Un nuevo impulso
¡Es Pascua! Y más que un punto
de llegada, esta fiesta debería ser un nuevo comienzo en nuestra vida
espiritual. No en vano la primera lectura de la Vigilia Pascual comienza así: «En
el principio…». Recuerdo un año en que me impuse una disciplina exigente
durante la Cuaresma, especialmente en lo referente al ayuno. Al llegar la
Pascua, me comí de golpe la mitad de una torta de chocolate; fue un momento
placentero, lo reconozco. Pero pronto me enfrenté a un problema: durante los
primeros días del tiempo pascual, ya no sabía cómo disponerme interiormente,
ahora que la ascesis había terminado. Incluso estaba un poco triste: tanto
esfuerzo para un placer intenso, pero al final con muy poca alegría.
La verdad es que yo no había
corrido hacia Dios a lo largo de la Cuaresma; más bien había intentado “rendir”
para estar más disponible para Él cuando llegara la Pascua. Pero, al llegar al
final de la carrera, ya no sabía cómo caminar humildemente con Cristo. Había
confundido el fin con los medios. Había tomado el camino por la meta.
Que hayamos “logrado” o no
nuestra Cuaresma este año tiene hoy poca importancia. Porque la Pascua marca el
inicio de un nuevo impulso, siempre que nos dejemos alcanzar por la alegría de
esta convicción de fe: la muerte ha sido vencida, no tendrá la última palabra.
No es demasiado tarde; nunca es demasiado tarde para darle a Dios el lugar
central en nuestra vida. Y nada es tan eficaz para lograrlo como dejarnos atravesar
por la alegría de ser salvados por Aquel “que va delante de nosotros”.
¿Qué me impide dejarme
atravesar por la alegría de la Pascua, si es que algo me lo impide?
¿Qué “nuevo comienzo” deseo
emprender en mi vida espiritual?
Jonathan Guilbault, directeur
éditorial de Prions en Église Canada
Primera lectura
Hemos comido
y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después
del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios
con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos
los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en
Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al
tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a
los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él
después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha
constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas:
que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
O bien:
R. Aleluya.
V. Den gracias
al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.
V. «La
diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R.
V. La piedra
que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. R.
Segunda
lectura
Busquen los
bienes de allá arriba, donde está Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.
HERMANOS:
Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo
está sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de
la tierra.
Porque han muerto; y su vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca
Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán gloriosos,
juntamente con él.
Palabra de Dios.
1 Cor 5, 6b-8
(opción 2)
Barran la
levadura vieja para ser una masa nueva
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barran la levadura
vieja para ser una masa nueva, ya que ustedes son panes ácimos. Porque ha sido
inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción
y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.
Palabra de Dios.
Secuencia
Hoy es obligatorio
decir la Secuencia. Los días dentro de la Octava es potestativo.
Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.
Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.
Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.
«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,
los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!
Vengan a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos
la gloria de la Pascua».
Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.
Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.
Aclamación
V. Ha sido
inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua en el Señor. R.
Evangelio
Él había de
resucitar de entre los muertos
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer,
cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien
Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos,
pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al
sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos
tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos,
sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro;
vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar
de entre los muertos.
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Y esta es la noticia que hoy sacude la historia, renueva la Iglesia y quiere
transformar también nuestra vida. Pascua no es simplemente el final feliz de la
Semana Santa. Pascua no es la clausura solemne de unos días intensos. Pascua
es, en realidad, el comienzo de algo nuevo. Es el inicio de una
humanidad renovada. Es el amanecer de una esperanza que no engaña. Es el día en
que Dios ha dicho definitivamente que el pecado no tendrá la última palabra,
que el mal no tendrá la última palabra, que la tumba no tendrá la última
palabra.
A veces vivimos la Cuaresma como una meta de
esfuerzo: ayunamos, oramos, hacemos sacrificios, tratamos de confesarnos, de
mejorar, de corregir lo que está mal. Y todo eso está bien. Pero puede
sucedernos que podemos terminar la Cuaresma pensando que todo consistía en
“cumplir”, en “rendir”, en “hacer lo correcto”, y cuando llega Pascua no
sabemos qué hacer con la libertad, con la alegría, con la gracia. Como si el
camino espiritual hubiera sido una carrera de rendimiento y no una historia de
amor con Dios.
Y entonces Pascua viene a decirnos algo esencial: no
hemos sido salvados por nuestras marcas espirituales; hemos sido salvados por
Cristo muerto y resucitado. No es nuestro esfuerzo el que vence a la
muerte. No es nuestra disciplina la que abre el sepulcro. No es nuestra
perfección la que inaugura la vida nueva. Es Jesús. Solo Jesús. Él, que fue
crucificado, ha resucitado. Él, que cargó con nuestros pecados, vive para
siempre. Él, que descendió hasta el abismo de nuestra fragilidad, nos abre
ahora el camino de la vida.
En el evangelio de san Juan, María Magdalena va al
sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Qué detalle tan profundo. Todavía
estaba oscuro. No solo afuera. También en el corazón. Oscuridad de la pérdida,
oscuridad del dolor, oscuridad de la confusión. Cuántas veces nosotros también
caminamos así: con el alma todavía a oscuras. Seguimos amando a Jesús, sí, pero
con lágrimas. Seguimos buscándolo, sí, pero sin entender del todo. Seguimos
siendo creyentes, pero con el corazón herido por las cruces de la vida.
María Magdalena ve la piedra removida y corre a
avisar a Pedro y al discípulo amado. También ellos corren. Ese correr de los
discípulos es muy hermoso: es el movimiento del corazón que comienza a despertar.
La Pascua pone a correr a la Iglesia. La Pascua saca del inmovilismo. La Pascua
rompe la resignación. La Pascua nos arranca de la tristeza estéril y nos
impulsa a buscar, a anunciar, a creer.
Pero notemos algo: al principio no entienden del
todo. Ven signos. Ven el sepulcro vacío. Ven los lienzos. Ven que algo ha
sucedido. Y el evangelio concluye diciendo: “todavía no habían comprendido
que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. Es
decir, la fe pascual también es un camino. No todo se comprende de golpe. Se
entra poco a poco en el misterio. Primero se corre, luego se observa, después
se recuerda la Palabra, y finalmente se cree.
Eso nos consuela mucho. Porque también nosotros
estamos aprendiendo a creer en la Resurrección no solo con la cabeza, sino con
la vida. Decimos “Cristo resucitó”, pero a veces seguimos viviendo como si la
piedra siguiera cerrando el sepulcro. Nos domina el miedo, el pesimismo, el
rencor, la rutina, la desesperanza. Y hoy el Señor nos dice: “Mira bien: la
piedra ya fue removida”. No sigas buscando entre los muertos al que vive.
No sigas encerrado en lo que ya pasó. No sigas definiendo tu vida solo por tus
heridas. Yo he resucitado. Y si yo he resucitado, también tu historia puede
empezar de nuevo.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando con valentía el núcleo de la fe:
Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer
día, y nosotros somos testigos. Este es el kerigma, el anuncio fundamental de
la Iglesia. La Iglesia existe para decirle al mundo esta verdad: Jesús vive.
No anunciamos una idea bella. No defendemos solo una doctrina moral. No
conservamos únicamente una memoria religiosa del pasado. Proclamamos un
acontecimiento: el Crucificado vive. Y porque vive, se puede recomenzar. Y
porque vive, hay perdón. Y porque vive, hay esperanza para el pecador, para el
enfermo, para el anciano, para el joven confundido, para la familia herida,
para el que llora a sus difuntos, para el que siente que ha fracasado.
El salmo nos hace cantar: “Este es el día que
hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el
día”; dice: este es el día. Pascua no es solo recuerdo, es presencia.
Hoy el Resucitado sale a nuestro encuentro. Hoy quiere entrar en nuestras
casas. Hoy quiere renovar nuestra oración. Hoy quiere resucitar lo que en
nosotros estaba apagado.
San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos da una
orientación preciosa: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.”
No significa desentendernos de la tierra, de los problemas concretos, de las
responsabilidades humanas. Significa vivir esta tierra con el corazón orientado
por Cristo. Quien celebra la Pascua no escapa del mundo, sino que aprende a
habitarlo de otra manera: con esperanza, con limpieza interior, con libertad,
con caridad, con sentido de eternidad.
Y si tomamos la otra opción, la primera carta a los
Corintios, Pablo utiliza la imagen de la levadura: “Tiren la levadura vieja…
celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.”
Qué actual es esta exhortación. Pascua no es una emoción pasajera. Pascua exige
una vida nueva. No basta con cantar aleluya en el templo si seguimos
alimentando viejos fermentos: la hipocresía, la doble vida, la amargura, la
falta de reconciliación, la mediocridad espiritual. La Resurrección pide
sinceridad y verdad. Pide que dejemos que Cristo limpie nuestro interior.
Si se proclama el evangelio de Mateo, como en la
Vigilia Pascual, el ángel dice a las mujeres: “No tengan miedo.” Y luego
Jesús mismo les sale al encuentro. Ahí está el corazón de la Pascua: primero
Dios vence nuestro miedo, y después se hace encontradizo. El Resucitado no
espera que nosotros lleguemos solos hasta Él; sale a buscarnos. Va delante de nosotros.
Nos precede. Nos espera en Galilea, es decir, en la vida cotidiana, en el lugar
de la llamada primera, en el sitio donde comenzó la amistad con Él.
Tal vez hoy cada uno debería preguntarse:
¿qué me impide dejarme atravesar por la alegría de
la Pascua?
Puede ser una culpa no entregada.
Puede ser una herida mal cerrada.
Puede ser una imagen falsa de Dios.
Puede ser el cansancio del alma.
Puede ser la costumbre de vivir una fe sin asombro.
Puede ser también una Cuaresma mal entendida, vivida como carga y no como
camino hacia el encuentro.
Pero el Señor hoy no viene a reprocharnos nada.
Viene a abrir el sepulcro. Viene a despertarnos. Viene a decirnos: “No es
tarde. Nunca es tarde. Empieza de nuevo conmigo.”
Y esa es la gran invitación de este Domingo de
Pascua: tomar un nuevo impulso espiritual.
No simplemente felicitarse por haber llegado hasta aquí.
No simplemente decir: “ya pasó la Cuaresma”.
No simplemente volver a la normalidad.
No. Pascua nos pide comenzar de nuevo, pero ahora desde la alegría del
Resucitado.
Tal vez ese nuevo comienzo, para uno, será volver a
la confesión sincera.
Para otro, retomar la oración diaria.
Para otro, reconciliarse con alguien.
Para otro, dejar un pecado que lo tiene atado.
Para otro, volver a la Eucaristía dominical con un corazón nuevo.
Para otro, dejar de vivir la fe como obligación y empezar a vivirla como
amistad con Cristo vivo.
Hermanos, la tumba vacía no es un detalle más del
relato: es el signo de que Dios ha irrumpido donde parecía que todo estaba
terminado. Y eso vale también para nosotros. Hay situaciones humanas que
parecen cerradas como sepulcros: una enfermedad prolongada, una pena familiar,
una depresión silenciosa, un duelo reciente, una vocación cansada, un
matrimonio herido, una comunidad desanimada, un país golpeado por la violencia
o por la corrupción. Pero la Pascua nos dice: Dios sabe abrir caminos donde
solo veíamos piedras.
Por eso, hoy más que nunca, la Iglesia no grita una
consigna vacía. La Iglesia proclama una certeza:
Cristo ha resucitado.
Y porque Cristo ha resucitado, la esperanza es razonable.
Y porque Cristo ha resucitado, amar vale la pena.
Y porque Cristo ha resucitado, la fidelidad tiene sentido.
Y porque Cristo ha resucitado, nuestros difuntos descansan en su misericordia.
Y porque Cristo ha resucitado, nosotros no caminamos hacia la nada, sino hacia
la Vida.
Pidámosle al Señor en esta Pascua que no nos
quedemos solo con la emoción de la fiesta, sino que entremos de verdad en el
dinamismo de la Resurrección. Que no confundamos más el camino con la meta. Que
no vivamos una religión de puro rendimiento. Que aprendamos a caminar
humildemente con Cristo vivo. Que la alegría pascual atraviese nuestros miedos,
sane nuestras tristezas, purifique nuestra fe y encienda en nosotros un nuevo
impulso.
Que María, la Mujer fiel al pie de la cruz y la
Madre creyente en la aurora de la Resurrección, nos enseñe a acoger este día
santo con corazón disponible.
Y que hoy podamos decir con toda el alma, no solo
con los labios:
Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra
alegría y nuestro gozo.
Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Aleluya.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Hoy
la Iglesia entera estalla de gozo. Después del silencio del sepulcro, después
del dolor del Viernes Santo, después de la espera densa y creyente del Sábado
Santo, hoy amanece la luz nueva de la Pascua. Hoy celebramos que la muerte no
venció, que el pecado no triunfó, que la oscuridad no tuvo la última palabra. Jesús vive, y porque Él
vive, también nuestra vida puede ser renovada.
El
evangelio de san Juan nos sitúa en una escena profundamente humana y
profundamente espiritual. María Magdalena va al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba
oscuro. Ese detalle no es accidental. No solo estaba oscuro
afuera; también estaba oscuro dentro del corazón de los discípulos. Había
oscuridad de dolor, de duelo, de desconcierto, de preguntas sin respuesta.
María amaba a Jesús, pero todavía no comprendía plenamente lo que Dios estaba
realizando.
Y
aquí hay una enseñanza muy hermosa para nosotros. María Magdalena ama de
verdad. Su amor es sincero, generoso, fiel. Ella no abandona al Señor. Va a
buscarlo. Va al sepulcro. Va movida por el amor. Pero al ver la piedra
removida, interpreta lo ocurrido desde su dolor y desde su lógica humana: “Se han llevado del sepulcro al Señor y
no sabemos dónde lo han puesto.” Ama mucho, sí; pero todavía no
entiende.
¿Cuántas
veces nos pasa también a nosotros?
Amamos al Señor, rezamos, buscamos hacer el bien, queremos ser fieles, pero no
entendemos lo que Él está haciendo en nuestra vida. A veces vemos una piedra
removida, un acontecimiento inesperado, una prueba, una ausencia, una ruptura,
una cruz, y enseguida sacamos conclusiones precipitadas. Nos dejamos llevar por
la emoción, por el miedo, por la tristeza, por la ansiedad. Y no alcanzamos a
descubrir que, detrás de todo, Dios puede estar preparando una obra nueva.
María
Magdalena representa entonces a tantos creyentes que aman sinceramente, pero
cuya fe todavía necesita madurar. Y esto no ofende al Señor. Al contrario: el
Resucitado sale al encuentro precisamente de quienes lo buscan, incluso con una
fe todavía incompleta. Esa es la gran esperanza de la Pascua: Jesús no espera una fe perfecta para
manifestarse; se revela a quienes lo buscan con corazón sincero.
María
corre entonces a avisar a Pedro y al discípulo amado. Y también ellos corren
hacia el sepulcro. La Pascua pone en movimiento. La Resurrección no deja a
nadie quieto. El encuentro con el sepulcro vacío provoca búsqueda, despierta
preguntas, sacude la rutina, obliga a mirar más hondo. Pedro entra, observa. El
otro discípulo entra también, ve y cree. Pero el evangelista añade algo muy
importante: “Pues hasta
entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre
los muertos.”
Es
decir, la fe pascual no nace de una emoción superficial, sino de un camino:
ver, buscar, recordar la Palabra, dejar que Dios ilumine lo que parecía
incomprensible. Poco a poco los discípulos entran en la inteligencia del
misterio. Primero constatan la ausencia del cuerpo. Luego advierten el orden de
los lienzos. Finalmente comienzan a abrirse a la verdad de la Resurrección.
También
nosotros estamos llamados a ese camino. Porque una cosa es saber de memoria que
Cristo resucitó, y otra muy distinta es dejar que esa verdad transforme nuestra
manera de vivir. Muchos cristianos creen en la Resurrección con los labios,
pero siguen viviendo como si todo terminara en el sepulcro. Siguen dominados
por el miedo, por la desesperanza, por el rencor, por la tristeza sin salida,
por la sensación de que nada cambia. Por eso la Pascua no es solo una
conmemoración; es una llamada a entrar existencialmente en la vida nueva de
Cristo.
La
primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro
anunciando el núcleo de la fe cristiana: Jesús pasó haciendo el bien, fue
crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día, y los apóstoles son testigos
de ello. La Iglesia nace de este anuncio. Nosotros no estamos aquí simplemente
para recordar a un personaje admirable del pasado. Estamos aquí para proclamar
que Jesucristo vive.
Y si Él vive, entonces la historia humana no está condenada al absurdo. Y si Él
vive, entonces el pecado puede ser perdonado. Y si Él vive, entonces el
sufrimiento no es estéril. Y si Él vive, entonces nuestros difuntos no están
perdidos, sino confiados a la misericordia del Dios de la vida.
El
salmo de hoy hace resonar el canto de la Iglesia: “Este es el día que hizo el Señor: sea
nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el día”,
como si se tratara solo de un recuerdo lejano. Dice: este es el día. Hoy
actúa el Señor. Hoy resucita nuestra esperanza. Hoy la piedra puede ser
removida de tantas tumbas interiores. Hoy puede renacer la fe apagada, la
oración descuidada, la alegría perdida, la confianza herida.
San
Pablo, en la carta a los Colosenses, nos dice: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.”
No significa desentendernos de la tierra o de las responsabilidades de cada
día. Significa vivir de otra manera. El que cree en Cristo resucitado no se
arrastra espiritualmente; levanta la mirada. No se deja encerrar solo en lo
inmediato; vive orientado hacia lo eterno. No reduce su existencia a comer,
producir, sufrir y morir; descubre que su vida está escondida con Cristo en
Dios.
Y
si se proclama la otra segunda lectura, san Pablo usa la imagen de la levadura
vieja: hay que limpiarla, hay que dejar atrás lo corrompido, para vivir la
Pascua con el pan nuevo de la sinceridad y la verdad. La Resurrección no es una
emoción bonita de un solo día. Es un llamado a una vida nueva. Pascua nos
invita a dejar atrás la vieja levadura del pecado, de la doblez, de la
mediocridad, del resentimiento, de la tibieza espiritual.
Volvamos
a María Magdalena. Ella corre movida por el amor, pero todavía no entiende. Y
esto nos enseña que el amor necesita ser purificado por la fe. A veces queremos
mucho al Señor, pero mezclamos ese amor con nuestras confusiones, con nuestras
expectativas, con nuestros miedos, con nuestra necesidad de controlar lo que
ocurre. Entonces Jesús resucitado se nos acerca para educar nuestro corazón.
Nos toma de la mano y nos lleva de una fe emotiva a una fe más profunda; de una
búsqueda angustiada a una confianza serena; de un amor herido a un amor maduro.
Cuántas
veces nosotros también miramos la realidad solo con ojos humanos. Vemos
problemas en la familia y pensamos que todo está perdido. Vemos crisis en la
Iglesia y creemos que ya no hay esperanza. Vemos enfermedad, pobreza,
violencia, divisiones, y sentimos que el mal está ganando. Pero la Pascua nos obliga
a mirar más allá. Lo que parecía derrota era, en realidad, el umbral de la
victoria de Dios. Lo que parecía final era el comienzo. Lo que parecía ausencia
era presencia nueva. Lo que parecía tumba cerrada era puerta abierta a la vida
eterna.
Por
eso, hermanos, hoy la pregunta no es solo si creemos que Jesús resucitó hace
dos mil años. La pregunta es: ¿estamos
dejando que la Resurrección entre hoy en nuestra vida?
¿Dejamos que Cristo resucitado ilumine nuestras noches?
¿Permitimos que quite las piedras de nuestro corazón?
¿Aceptamos que purifique nuestro amor y fortalezca nuestra fe?
¿Vivimos como hombres y mujeres pascuales, o seguimos instalados en el Viernes
Santo de la tristeza y del miedo?
Hoy
el Señor nos llama a pasar del sepulcro a la vida, de la oscuridad a la luz, de
la confusión a la fe, del duelo a la esperanza. No se trata de negar el dolor.
María Magdalena fue al sepulcro llorando. Los discípulos corrían todavía con el
corazón turbado. La Pascua no borra mágicamente nuestras heridas. Pero sí les
da un horizonte nuevo. Nos dice que el dolor no es el último capítulo. Nos dice
que Dios puede escribir vida donde parecía haberse cerrado todo.
Tal
vez alguno hoy llega a esta Pascua con mucha fe y mucha alegría. Bendito sea
Dios. Pero tal vez otro llega cansado, confundido, con heridas recientes, con
preguntas sin respuesta, con duelos todavía abiertos, con temores hondos.
También para él es esta fiesta. Porque Cristo resucitado sale al encuentro de
quienes lo buscan incluso entre lágrimas. Y a todos nos repite hoy: No tengas miedo. Estoy vivo. Camina
conmigo.
Pidamos,
entonces, en esta Eucaristía, la gracia de una fe más profunda. No una fe
superficial ni solo emotiva, sino una fe que sepa leer los signos de Dios.
Pidamos un amor semejante al de María Magdalena: un amor fervoroso, fiel, que
corre hacia el Señor. Pero pidamos también que ese amor sea purificado,
iluminado, madurado por la gracia, para que podamos reconocer de verdad al
Resucitado.
Que
esta Pascua no sea solo una celebración externa, sino un verdadero comienzo.
Que resucite nuestra esperanza.
Que resucite nuestra oración.
Que resucite nuestra confianza.
Que resucite nuestra caridad.
Que resucite nuestra alegría de ser discípulos.
Y
que al salir de esta celebración podamos proclamar no solo con los labios, sino
con la vida entera:
¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha
resucitado! Aleluya.

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