martes, 7 de abril de 2026

8 de abril del 2026: Miércoles de la Octava de Pascua

 

Cuando Jesús parte el pan

(Lucas 24, 13-35) Un gesto reconocible entre mil revela la presencia de Jesús, el hombre que camina hacia Emaús. A los ojos de los discípulos, este peregrino tiene una manera tan singular de partir el pan, que sus ojos se abren y reconocen en Él a su Maestro y Señor. Cuando Jesús comparte el pan, entrega verdaderamente todo su ser a los suyos, sin reserva. Un cuerpo quebrantado por el sufrimiento y la muerte, pero resucitado en la fuerza del Espíritu.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 1-10
Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 (R.: 3b)

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor, invoquen su nombre,
den a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
 R.

V. Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro. 
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. 
R.

V. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy nos regala una palabra profundamente consoladora. En el Evangelio, los discípulos de Emaús van caminando tristes, desanimados, heridos por la decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz les había oscurecido el corazón. Caminan, hablan, recuerdan, pero no comprenden. Y precisamente allí, en medio de su tristeza, Jesús se hace compañero de camino.

Qué hermoso mensaje para nosotros, y de manera especial para nuestros enfermos. Muchas veces también nosotros recorremos caminos de Emaús: caminos de dolor, de incertidumbre, de cansancio interior, de preguntas sin respuesta. A veces el sufrimiento del cuerpo o las penas del alma nos hacen sentir que Dios está lejos. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que Cristo resucitado nunca abandona al que sufre. Aunque no siempre lo reconozcamos de inmediato, Él camina a nuestro lado.

Los discípulos lo reconocen al partir el pan. Ese gesto les abre los ojos. En ese pan partido descubren que el Crucificado está vivo, que el amor no ha sido vencido, que la muerte no tuvo la última palabra. Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros, sigue entregándose, sigue haciéndose alimento, fuerza y consuelo para su pueblo.

La primera lectura nos muestra a Pedro levantando al paralítico en el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Es la fuerza del Resucitado la que sana, la que levanta, la que devuelve dignidad y esperanza. La Pascua no es sólo un recuerdo bonito: es una fuerza viva que sigue actuando hoy.

Por eso, al orar por los enfermos, no lo hacemos desde una fe vacía, sino desde la certeza de que Jesús resucitado se acerca a sus camas, a sus hospitales, a sus hogares, a sus noches largas y silenciosas. Él no siempre suprime de inmediato el dolor, pero sí lo llena de su presencia. Él sostiene, fortalece, acompaña y transforma el sufrimiento en camino de gracia.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos abra los ojos para reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en cada hermano que sufre. Y que, como los discípulos de Emaús, después de haberlo encontrado, volvamos con el corazón ardiente a anunciar que Cristo vive.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más bellas y profundas de todo el tiempo pascual: los discípulos de Emaús. Es un relato que toca la vida real. No comienza con cantos de victoria, sino con dos hombres que caminan tristes, confundidos, heridos por la decepción. Habían esperado mucho de Jesús. Lo habían seguido, habían creído en Él, habían soñado con un futuro distinto. Pero la cruz les había destrozado los planes. Por eso se alejan de Jerusalén, el lugar de la comunidad, el lugar de la esperanza, y se van hablando de su fracaso.

Qué actual es este Evangelio. También nosotros muchas veces caminamos así: cansados, desilusionados, sin comprender lo que Dios permite, con preguntas en el corazón. Y eso se vuelve todavía más fuerte cuando aparecen la enfermedad, el sufrimiento, el dolor del cuerpo o el cansancio del alma. Cuántas personas hoy, especialmente nuestros enfermos, podrían decir con sinceridad: “Señor, yo esperaba otra cosa… yo pensaba que Tú ibas a actuar de otra manera… yo no entiendo este dolor, esta limitación, esta prueba”.

Y, sin embargo, el Evangelio nos revela algo maravilloso: Jesús resucitado se acerca precisamente a esos discípulos heridos. No espera a que estén fuertes, ni alegres, ni llenos de fe. Los alcanza en su confusión. Camina con ellos. Los escucha. Los deja hablar. Los deja vaciar su tristeza. Esa es la primera buena noticia de hoy: el Resucitado no se aparta del que sufre; al contrario, se hace compañero de camino.

Pero hay un detalle que sorprende: ellos no lo reconocen. Jesús está allí, a su lado, y no saben quién es. ¿Por qué? Porque la fe pascual no nace sólo de ver con los ojos del cuerpo. Nace cuando el corazón es iluminado por la Palabra de Dios. Antes de revelarse en el pan partido, Jesús primero les explica las Escrituras. Les enseña a leer su dolor, su cruz, su aparente fracaso, a la luz del plan de Dios. Les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

También nosotros necesitamos esa pedagogía del Señor. Muchas veces quisiéramos reconocer a Dios únicamente en el milagro visible, en la solución inmediata, en la curación instantánea. Pero con frecuencia Jesús primero se nos revela en la Palabra, en esa luz interior que nos ayuda a comprender que incluso en medio del sufrimiento Dios sigue obrando, sigue amando, sigue salvando. La fe se enciende cuando dejamos que la Palabra nos interprete la vida.

Por eso los discípulos dirán después: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. El corazón empieza a arder antes de que los ojos se abran. Primero la Palabra enciende. Luego el pan partido revela. Así sucede también en cada Eucaristía: primero escuchamos la Palabra; luego reconocemos al Señor en la fracción del pan.

Y aquí aparece una enseñanza central para nosotros. El relato de Emaús es también una catequesis sobre la Santa Misa. En la Misa, Jesús resucitado sigue haciendo lo mismo: camina con su pueblo, nos habla en las Escrituras, enciende el corazón con su Palabra, y después se nos entrega en el Pan de Vida. No venimos a la Eucaristía sólo a cumplir una costumbre piadosa; venimos a encontrarnos verdaderamente con Cristo vivo. Él se hace presente en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote que preside en su nombre y, de manera plena y real, en la Eucaristía.

Cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, entonces sus ojos se abrieron. Lo reconocieron. Y en ese mismo momento desapareció de su vista. No porque se hubiera alejado, sino porque ahora estaría presente de un modo nuevo: dentro de ellos, en la fe renovada, en la comunión recibida, en el corazón transformado. Ya no necesitaban retenerlo externamente; lo llevaban dentro.

Eso mismo sucede con nosotros. Cada Comunión bien vivida hace de nuestra alma un santuario. Cristo resucitado no sólo pasa junto a nosotros: quiere habitar en nosotros. Quiere entrar en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestros temores, en nuestras enfermedades, en nuestras noches interiores. Quiere quedarse.

La primera lectura ilumina maravillosamente esta verdad. Pedro y Juan suben al templo y encuentran a un hombre paralítico de nacimiento. Ese hombre no puede caminar por sí mismo; depende de los demás; vive en situación de limitación permanente. Y Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina”. Y aquel hombre se levanta, entra caminando, saltando y alabando a Dios.

Qué hermosa conexión con el Evangelio. El Resucitado no sólo enciende el corazón de los discípulos de Emaús; también levanta al paralítico por medio de sus apóstoles. Pascua significa precisamente eso: Cristo vivo continúa actuando, sanando, levantando, devolviendo esperanza. A veces obra una curación física; otras veces, concede una fortaleza interior inmensa; otras, regala paz, paciencia, serenidad y una misteriosa fecundidad espiritual en medio del dolor. Pero siempre actúa. Siempre levanta de alguna manera al que se deja tomar de la mano.

Hoy, entonces, nuestra oración se dirige de manera especial a los enfermos. Pensamos en quienes padecen enfermedades largas, en quienes esperan un diagnóstico, en quienes sufren dolores físicos, en quienes viven abatidos por la depresión, la angustia o la soledad, en quienes están hospitalizados, en quienes ya casi no pueden salir de casa, en los ancianos, en quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. Para todos ellos resuena hoy esta buena noticia: Jesús camina contigo, aunque no siempre lo reconozcas; Jesús te habla, aunque a veces el dolor haga ruido; Jesús parte para ti el pan de la vida; Jesús tiene poder para levantarte.

Y a nosotros, que quizás acompañamos a un enfermo o convivimos con nuestras propias limitaciones, el Evangelio nos hace una invitación concreta: no huir de Jerusalén para encerrarnos en la tristeza; dejar que Cristo nos alcance en el camino; escuchar su Palabra; volver a la Eucaristía con más fe; y descubrir que el Resucitado sigue presente en la comunidad, en el sacramento y también en el hermano que sufre.

Hay, además, un detalle final muy significativo. Después de reconocer a Jesús, los discípulos no se quedan instalados en una emoción religiosa. Regresan inmediatamente a Jerusalén. Vuelven a la comunidad. Vuelven al anuncio. Vuelven a la misión. El encuentro auténtico con el Resucitado no nos encierra, nos envía. El que ha reconocido al Señor en la Palabra y en el Pan, no puede seguir viviendo igual.

Pidámosle hoy al Señor que haga arder también nuestro corazón. Que al escuchar su Palabra se disipen nuestras cegueras y se fortalezcan nuestras esperanzas. Que al recibirlo en la Eucaristía lo reconozcamos vivo y presente. Y que, de manera especial, visite con su consuelo y su fuerza a todos nuestros enfermos.

Que María, salud de los enfermos y madre de la esperanza, acompañe a quienes hoy cargan la cruz del dolor, y nos enseñe a descubrir a Jesús vivo en cada Misa, en cada prueba y en cada paso del camino.

Amén.

 

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