Imitar a Dios en su abajamiento
Una
frase atribuida a Pitágoras podría enlazarse bien con los textos litúrgicos que
invitan a la humildad: «Un
hombre nunca es tan grande como cuando está de rodillas para ayudar a un niño».
Las
palabras de Ben Sirá el Sabio – «Realiza
todo con humildad […]. Cuanto más grande seas, más debes humillarte»
– resuenan como un eco de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos: «Quien se enaltece será humillado, y
quien se humilla será enaltecido».
Es
una lección hermosa y exigente para todos: para los que no quieren contentarse
con su lugar y para los que, desde su lugar, miran a los demás por encima del
hombro. Pues bien, «el único
momento en que está permitido mirar a una persona desde arriba es para ayudarla
a levantarse», decía el papa Francisco en su discurso en la Jornada
Mundial de la Juventud de Lisboa, en 2023.
En
cualquier caso, las recomendaciones de la Palabra de Dios sobre la humildad
cortan de raíz nuestros impulsos y nuestra búsqueda de honores y precedencias.
Y es para nuestro bien.
El
llamado último es este: imitar
a Dios en su abajamiento. Cristo se abajó, y Dios lo exaltó
soberanamente. Recordemos que al venir a nuestro mundo, Jesús no se presentó
como un ídolo para ser adorado piadosamente. Él se mezcló con nuestra historia
humana, con nuestros sufrimientos. Lo que pide a cada uno es: ser atentos con
los demás, mirarlos con reconocimiento y admiración.
La
humildad es difícil de vivir. Solo puede aprenderse en la escuela de Otro:
Jesucristo.
Preguntas para la vida:
·
¿Qué diferencia hago entre humildad y modestia?
·
¿Qué medios puedo tomar para vivir la virtud de la humildad
en lo cotidiano?
·
La sabiduría africana dice: «Se
conoce la humildad de un hombre en su elevación, y su paciencia en la
adversidad».
¿Cómo entiendo este proverbio?
Jean-Paul Sagadou, prêtre
assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique
Primera lectura
Eclo
3, 17-20. 28-29
Humíllate,
y así alcanzarás el favor del Señor
Lectura del libro del Eclesiástico.
HIJO, actúa con humildad en tus quehaceres,
y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres,
pero él revela sus secretos a los mansos».
Porque grande es el poder del Señor
y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio,
pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios,
un oído atento es el deseo del sabio.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
68(67),4 y 5ac. 6-7ab.10-11 (R. cf. 11b)
R. Tu
bondad, oh, Dios,
preparó una casa para los pobres.
V. Los justos
se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. R.
V. Padre de
huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. R.
V. Derramaste en
tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres. R.
Segunda lectura
Heb
12, 18-19. 22-24a
Ustedes
se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo
Lectura de la carta a los Hebreos.
HERMANOS:
No se han acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la
tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el
cual, ellos rogaron que no continuase hablando.
Ustedes, se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del
cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos
inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han
llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre
ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de
corazón. R.
Evangelio
Lc
14,1.7-14
El
que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UN sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer
y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una
parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea
que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó
a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que,
cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será
enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos,
ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote,
y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y
ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la
resurrección de los justos».
Palabra del Señor.
A guisa de introducción:
1.
La
verdadera grandeza
Corría
el año de 1986. Yo cursaba el grado 10º (5º de bachillerato) en la Normal de mi
pueblo, institución dedicada a la formación pedagógica. Éramos un grupo de 24
estudiantes: 16 chicas y 8 chicos. Cerca de terminar el año, unos dos meses
antes, junto con siete de mis compañeros recibimos una invitación muy especial:
debíamos asistir a la inauguración de un gran proyecto de la empresa que
administraba el agua del municipio. Nos pidieron llegar dos horas antes, muy
bien vestidos.
Naturalmente,
nos sentimos honrados. Orgullosos en nuestra adolescencia, imaginábamos que se
nos permitiría participar de la gran fiesta, compartir la mesa, comer y beber
junto a funcionarios, políticos y personalidades de la región. Sin embargo, al
llegar, la sorpresa nos hirió en el corazón: habíamos sido convocados no como
invitados de honor, sino como servidores voluntarios, como meseros encargados
de atender a los “verdaderos” invitados.
Recuerdo
que mi orgullo se resintió de inmediato. Yo soñaba con un puesto en la mesa, y
se me pedía humildad, disponibilidad y servicio. No sé si mis compañeros lo
recuerdan de la misma manera, o si tal vez fui yo quien entendió mal desde el
principio, o quizá todo fue una broma. Lo cierto es que aquel domingo —sin paga
y con cansancio— me dejó una lección inolvidable. Aprendí que la vida, una y otra
vez, pondría a prueba mi ego y me invitaría a crecer desde abajo.
Ese
día descubrí también la profundidad de la palabra humildad. Ella viene de humus, la tierra fértil, el
suelo que, aunque pisado, es la condición de todo crecimiento. “Humilis” en
latín significaba ‘bajo’, ‘pequeño’, incluso ‘mezquino’. Pero con la luz del
cristianismo adquirió un sentido nuevo: virtud moral, disposición positiva,
fuerza escondida en el servicio.
La
humildad es grande porque humilde es Dios. Él, siendo eterno, no dudó en
abajarse, hacerse hombre y ponerse a los pies de los suyos. En esa aparente
pequeñez resplandece la verdadera grandeza.
Clave
homilética
Las
lecturas de este domingo nos recuerdan precisamente esto. El libro del Eclesiástico aconseja: “Hijo mío, actúa con humildad en tus
quehaceres y te querrán más que al hombre generoso”. El sabio nos
enseña que quien se sabe pequeño delante de Dios alcanza gracia y sabiduría. El
Salmo 67
celebra a ese Dios que eleva a los humildes, que da hogar al huérfano y
sostiene a la viuda.
La
carta a los Hebreos
nos muestra que la grandeza del cristiano no está en aproximarse al monte del
temor, sino al monte de Sión, a la asamblea festiva de los santos, al Cristo
mediador de la nueva alianza. Quien se acerca con corazón humilde, entra en
comunión verdadera con el Dios vivo.
Y
el Evangelio de san Lucas
pone en labios de Jesús la enseñanza más gráfica: no busques los primeros
puestos, porque quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será
enaltecido. No invites solo a los que te pueden corresponder, sino a los
pobres, los lisiados, los cojos, los ciegos… entonces serás verdaderamente
dichoso, porque Dios mismo se encargará de recompensarte.
Mi
experiencia adolescente en aquella fiesta se convierte hoy en parábola personal:
pensé que me habían invitado a sentarme en los puestos de honor y terminé con
la bandeja en la mano, sirviendo. Solo con el paso del tiempo comprendí que
aquel “desplante” era en realidad una lección evangélica, un entrenamiento de
Dios para hacerme discípulo suyo: aprender que el camino de Jesús no es el de
los honores, sino el del servicio.
Que
este domingo, al acercarnos a la mesa de la Eucaristía, no busquemos los
lugares de prestigio, sino el lugar donde se sientan los pequeños y los que no
cuentan, porque allí está Cristo. Y que, como María, la humilde esclava del
Señor, aprendamos a proclamar: “El
Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.
2.
1. La Palabra: Dios nos enseña la
humildad
- El Eclesiástico
nos recuerda: “Cuanto más grande seas, más humíllate”.
- El Salmo
proclama a Dios como Padre de huérfanos y defensor de viudas.
- La carta
a los Hebreos nos invita a acercarnos a la ciudad del Dios vivo, a la
asamblea de los justos, donde todo es gracia.
- En
el Evangelio, Jesús nos dice: “Quien se enaltece será humillado;
y quien se humilla será enaltecido”. La humildad no es debilidad, sino
la manera de imitar a Cristo, que se abajó para servir y dar vida.
2. La Eucaristía: escuela del
abajamiento de Cristo
- Cada
domingo, en la misa, Cristo mismo se abaja para hacerse pan y vino.
- La
Eucaristía nos enseña que en la mesa del Reino no hay lugares
privilegiados: todos somos iguales ante el Señor.
- Aquí
aprendemos la verdadera humildad: compartir, agradecer, acoger a todos,
especialmente a los más pobres y necesitados.
- Vivir
el tercer mandamiento —santificar las fiestas— significa
participar en la Eucaristía dominical, porque allí celebramos el banquete
del Reino y nos dejamos transformar por la humildad de Jesús.
3. La Vida: humildad que se hace
misión
- Ser
humilde no es aparentar, sino vivir en verdad, en servicio y en
gratuidad.
- En
este Año Jubilar, como Peregrinos de la Esperanza, estamos
llamados a hacer de nuestra vida un camino de humildad y fraternidad.
- Hoy
se realiza la colecta “Donna Nobis”, para sostener a los
territorios de misión más pobres y ayudar a sus obispos. Contribuir es un
gesto concreto de humildad y solidaridad: compartir con quienes no tienen.
Confiémonos a la Virgen María, la humilde
esclava del Señor, que canta: “El Señor enaltece a los humildes”. Que
ella nos ayude a vivir la humildad verdadera y a hacer del domingo una fiesta
de fe, de familia y de esperanza. Amén.
Aproximación psicológica y
pastoral al Evangelio:
El último lugar
Si estamos ante una parábola —como lo precisa san
Lucas al inicio del pasaje— debemos ver en este relato algo mucho más profundo
que una simple regla de etiqueta o, peor aún, un truco hábil para lograr una
promoción delante de los demás (cf. Lc 14,10).
Las parábolas de Jesús son siempre ventanas
abiertas al misterio de Dios y de su Reino, es decir, a su proyecto de una
nueva humanidad. En este contexto, los invitados que buscan los primeros
puestos se exponen al ridículo de ser desplazados. En cambio, el anfitrión se
acerca a quienes están en lo bajo de la escala y los dignifica, mejorando su
suerte.
Este gesto nos remite al Magníficat de
María: “Derribó a los poderosos de sus tronos y enalteció a los humildes.
Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos” (Lc
1,52-53). El evangelio es coherente: Dios toma partido por los pequeños y
derriba las falsas seguridades de los autosuficientes.
Por eso, cuando Jesús invita a ocupar “el último
lugar”, no nos está proponiendo una estrategia de humildad aparente, sino un
gesto de solidaridad real con los pobres y despojados. Es en ese espacio
donde llega la salvación. Quien se exalta, será humillado; quien se humilla,
será enaltecido.
El sentido radical de la
invitación (Lc 14,12-14)
Jesús va más allá: “Cuando des un banquete,
invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Feliz serás, porque ellos no
tienen cómo recompensarte, y tendrás tu recompensa en la resurrección de los
justos”.
Esto parece un despropósito en nuestra lógica
actual. Casi nadie cumple al pie de la letra esta enseñanza: en toda cultura,
incluso en las más sencillas, solemos invitar a quienes pueden devolvernos
algo. Todos, alguna vez, nos hemos sentido incómodos al recordar este pasaje
cuando participamos en una fiesta elegante… hasta que el primer bocado nos hace
olvidar la interpelación.
Sin embargo, lo esencial del mensaje es claro: no
podemos dejarnos moldear por la mentalidad egoísta de los ricos y poderosos.
En la Biblia, con frecuencia, la riqueza aparece asociada a la injusticia y a
la explotación de los pobres (cf. Amós, Oseas). Jesús estuvo en casas de
fariseos, con Zaqueo, Nicodemo o Simón, pero nunca cedió en sus convicciones.
No se dejó “contaminar”, sino que llevó allí la novedad del Reino.
La fidelidad de Jesús frente a las
presiones sociales
El evangelista nos dice que esta escena ocurre “en
casa de uno de los jefes de los fariseos” (Lc 14,1). Allí, en el corazón
mismo del establishment religioso y social, Jesús no disimula ni negocia su
fidelidad. Con elegancia pero con firmeza, denuncia el egoísmo de quienes sólo
invitan para recibir algo a cambio.
Esto nos habla también a nosotros: con frecuencia,
ciertos “ascensos” en la sociedad implican renunciar a valores y convicciones.
Se nos presiona a suavizar principios, a callar la verdad o a disimular
nuestras opciones. Jesús, en cambio, no retrocede un milímetro en sus
solidaridades esenciales: los pobres, los cojos, los ciegos, los excluidos.
Es como si dijera a su anfitrión: “Si me invitas a tu mesa, prepárate a invitar
también a ellos, porque yo no avanzo sin ellos”.
Más que una exhortación moral
Este pasaje no es sólo una norma de cortesía ni un
consejo para compartir. Es el testimonio de un hombre libre que, aun rodeado de
quienes piensan distinto, permanece fiel a su misión. Jesús nos enseña que ser
cristiano no significa enarbolar vagamente ciertos valores, sino mantenerse
de pie, muchas veces en soledad, defendiendo la verdad del Evangelio y la
opción por los pequeños.
Reflexión
central
1
Homilía
1. Introducción: una virtud incomprendida
Hablar de la humildad es como caminar sobre un
campo minado. Hoy muchos la confunden con debilidad, con resignación boba o con
pobreza mal vestida. En una sociedad que premia la apariencia, el éxito y el
poder, la humildad parece una “perla rara”, anacrónica, incomprensible. Y, sin
embargo, la Palabra de Dios este domingo nos la presenta como el camino seguro
hacia la grandeza auténtica.
El libro del Eclesiástico lo dice con claridad: “Hazte
pequeño en las grandezas y alcanzarás el favor de Dios” (Eclo 3,18). No hay
virtud más fecunda que la humildad, porque ella abre el corazón a la gracia.
2. El banquete y los rangos
El Evangelio de Lucas nos sitúa en un banquete en
casa de un jefe fariseo. Jesús observa cómo los invitados buscan los primeros
puestos. La escena es muy humana: todos queremos reconocimiento, subir algunos
escalones, ser mirados con honor. Desde los animales hasta los hombres, las
jerarquías parecen regir la vida.
Pero Jesús aprovecha para darle la vuelta al
esquema: “Cuando te inviten, ve y siéntate en el último lugar”. No habla
de un gesto de falsa modestia ni de una estrategia para luego recibir honores.
Nos habla de un estilo de vida: situarse del lado de los últimos, porque ahí
está Dios.
3. La lógica de Dios: el Magníficat
hecho vida
El Magníficat de María ilumina estas palabras: “Derribó
a los poderosos de su trono y enalteció a los humildes” (Lc 1,52). El
Evangelio no es un manual de urbanidad, es la revelación de un Dios que
subvierte nuestras lógicas. Él se pone del lado de los pequeños, de los pobres,
de los invisibles.
Por eso Jesús añade: “Cuando des un banquete,
invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. No es simplemente un
consejo moral: es la descripción del Reino. El banquete de Dios es gratuito,
abierto, sin exclusiones. Allí los preferidos son los que no tienen cómo
devolver el favor.
4. Humildad: más que cortesía
El salmo responsorial nos lo recuerda con imágenes
bellísimas: “El Señor prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos,
hace pasar a los solitarios a un hogar dichoso” (Sal 67). La humildad no es
encogerse ni humillarse por miedo, sino aprender a vivir desde Dios,
reconociendo que somos criaturas y que nuestra dignidad no depende de títulos
ni rangos, sino de su amor.
Por eso la humildad no es simple cortesía. Es una
virtud que brota del amor y que nos hace disponibles para acoger al otro sin
reservas. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, lo resumía con su célebre
frase: las tres condiciones para la santidad son la humildad, la humildad y la
humildad.
5. La ciudad de Dios: plenitud de
la humildad
La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, nos
abre a un horizonte mayor. Dice el autor: “Ustedes se han acercado a la
ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a la asamblea festiva de los
primogénitos” (Heb 12,22). Allí no cuentan las jerarquías humanas, ni los
títulos, ni los rangos. Lo que vale es haber sido humildes y fieles, haberse
dejado reconciliar por la sangre de Cristo.
La humildad es el camino de entrada en esa ciudad.
Nadie entra por méritos propios, sino por gracia. Y la gracia solo se acoge con
corazón sencillo.
6. Actualización: nuestra
sociedad y nuestra Iglesia
Hermanos, el Evangelio de hoy nos incomoda porque
cuestiona nuestras prácticas:
- En
la sociedad, donde vale más el que aparenta, el que ostenta, el que pisa
al otro para subir.
- En
la Iglesia, donde también puede haber favoritismos, elitismos,
exclusiones.
Jesús nos recuerda que en la fiesta de Dios los
lugares no los asignan las intrigas ni los contactos, sino la gratuidad del
Padre. Y que el verdadero discípulo es el que sabe vivir con los últimos,
compartir con ellos, estar de pie en medio de un mundo que no piensa igual,
defendiendo siempre la dignidad de los pequeños.
7. Conclusión: aprender del
último
La enseñanza de hoy se resume en el mismo camino de
Cristo. Él, siendo Dios, no se aferró a su rango, sino que se abajó, tomó la
condición de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz.
Por eso el Padre lo exaltó (cf. Flp 2,6-11).
Si queremos ser grandes, aprendamos de Él. Si
queremos ser reconocidos, pongámonos al servicio. Si queremos un lugar en el
banquete eterno, no busquemos trepar, sino amar.
Pidamos hoy la gracia de la humildad verdadera, la
que nace del amor, la que se traduce en servicio, la que nos hace libres frente
a los honores del mundo y nos acerca al corazón de Dios.
8.
Conclusión: humildad que se hace misión y solidaridad
Queridos
hermanos, la liturgia de hoy nos ha recordado que la verdadera grandeza está en
la humildad, en ponerse al servicio y en escoger los últimos lugares. Pero esta
humildad no es pasiva: se traduce en gestos concretos de solidaridad y de amor
fraterno.
Hoy,
en toda la Iglesia, se realiza la colecta “Donna Nobis”, destinada a sostener a los
territorios de misión más pobres y a ayudar a sus obispos en la tarea de
pastorear comunidades que carecen de lo básico para anunciar el Evangelio. Este
gesto es profundamente evangélico: compartir lo que tenemos con quienes menos
tienen, poner nuestra mesa en común, abrir nuestro corazón y nuestro bolsillo
para que otros pueblos puedan experimentar la alegría del banquete del Reino.
Dar
para la misión es también un modo de vivir la humildad: reconocer que no somos
dueños de lo que tenemos, sino administradores de los dones de Dios. Cada
aporte, por pequeño que parezca, es un signo de comunión y esperanza para
tantos hermanos que esperan el pan de la Palabra y el sustento material para
sus comunidades.
Confiemos
este compromiso de humildad y solidaridad a la intercesión de la Virgen María, la humilde
esclava del Señor, que en su Magníficat nos enseñó que Dios derriba a los
poderosos y enaltece a los humildes. Que ella nos ayude a vivir según las
“buenas maneras” del Reino: la gratuidad, el servicio y la apertura a los
pobres.
Así,
caminando de su mano, podremos participar un día en el banquete eterno, donde
Cristo mismo nos dará el lugar de honor reservado a los sencillos de corazón.
Amén.
2
1. Introducción: un mandamiento
para hoy
Queridos hermanos:
El tercer mandamiento —“Santificarás las
fiestas”— no es un simple recordatorio de asistir a misa. Es la invitación
a reconocer que el domingo pertenece al Señor y que nuestra vida solo alcanza
plenitud cuando se alimenta del banquete de la Palabra y de la Eucaristía. La
misa dominical es, por tanto, el gran banquete del pueblo de Dios, donde
aprendemos el estilo del Reino: la humildad, el servicio, la gratuidad.
En este Año Jubilar, como Peregrinos de la
Esperanza, la liturgia de este domingo nos conduce a lo esencial: la
verdadera grandeza no está en los honores, sino en la humildad de Cristo, que
se abajó para hacernos hijos del Padre.
2. Primera lectura: la humildad
abre la puerta de Dios
El libro del Eclesiástico nos dice: “Haz tus
obras con humildad y serás amado más que el hombre generoso. Cuanto más grande
seas, más debes humillarte” (Eclo 3,17-18). La sabiduría bíblica nos
recuerda que la humildad no es debilidad, sino fuerza interior. Es reconocerse
criatura ante Dios, saberse limitado y necesitado de su amor.
El humilde no vive para figurar, sino para servir.
El soberbio se mira a sí mismo; el humilde mira a Dios y a sus hermanos.
3. Salmo responsorial: Dios, casa
para los pobres
El salmo 67 nos muestra al Dios que es Padre de
huérfanos y protector de viudas, al que prepara casa para los desvalidos y
libera a los cautivos. El humilde se hace semejante a este Dios que inclina su
mirada hacia el pequeño.
Participar en la misa dominical es reconocer que
nuestro Dios no es indiferente al sufrimiento humano: nos acoge, nos alimenta,
nos libera.
4. Segunda lectura: hemos llegado
a la ciudad del Dios vivo
La carta a los Hebreos contrasta el monte del temor
con la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial. Nosotros no nos
acercamos a un Dios lejano y terrible, sino al Mediador de la nueva alianza:
Cristo Jesús, humilde y crucificado.
Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, hacemos
presente esa liturgia celestial. En ella aprendemos que la humildad de Jesús
—su sangre derramada— es el fundamento de nuestra esperanza.
5. Evangelio: escoger el último
lugar
En el evangelio, Jesús observa cómo los invitados
buscan los primeros puestos. Y enseña: “Quien se enaltece será humillado;
quien se humilla será enaltecido”. No se trata de estrategia social ni de
falsa modestia. Se trata de imitar a Dios en su abajamiento.
El único momento en que podemos mirar a alguien
desde arriba —como decía el Papa Francisco— es para tenderle la mano y
levantarlo. El discípulo de Jesús se sienta al lado de los últimos porque sabe
que allí está Dios.
Por eso añade: “Cuando des un banquete, invita a
los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. El banquete del Reino no es
exclusivo ni selecto; es para todos, comenzando por los descartados. Y la misa
dominical es precisamente ese banquete, donde Cristo mismo nos alimenta y nos
une como hermanos.
6. Vivir el domingo: escuela de
humildad
Queridos hermanos:
Participar en la Eucaristía dominical es más que cumplir un precepto. Es
aprender la pedagogía de la humildad. Aquí nadie tiene mejores asientos, todos
somos iguales ante el Señor. Aquí descubrimos que lo que nos da dignidad no son
los títulos ni los honores, sino ser invitados al banquete del Cordero.
En el altar, Cristo se abaja hasta hacerse pan y
vino. Cada domingo, la misa nos enseña a vivir lo que celebramos: compartir con
los pobres, abrir nuestra mesa, mirar con gratitud y respeto a cada persona.
7. Año Jubilar: humildad que se
hace esperanza
Este Jubileo nos llama a ser peregrinos de la
esperanza. Y la esperanza solo florece en un corazón humilde. El soberbio
se encierra en sí mismo; el humilde abre caminos de fraternidad y de misión.
Que este domingo, al santificar el día del Señor,
nos comprometamos a vivir la humildad como estilo de vida: en la familia, en la
comunidad, en el trabajo.
8. Conclusión: confiarnos a María
La Virgen María, la humilde esclava del Señor, nos
muestra el camino. Ella canta en su Magníficat que Dios derriba a los poderosos
y enaltece a los humildes. Pidámosle que nos enseñe a vivir la humildad
verdadera y a santificar el domingo como día del encuentro con Dios y con los
hermanos.
Así, cada Eucaristía será un anticipo del gran
banquete del Reino, donde Dios mismo enjugará nuestras lágrimas y nos dará la
alegría de sentarnos a su mesa para siempre.
Amén.
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