viernes, 29 de agosto de 2025

31 de agosto del 2025: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario- Ciclo C

 

Imitar a Dios en su abajamiento

Una frase atribuida a Pitágoras podría enlazarse bien con los textos litúrgicos que invitan a la humildad: «Un hombre nunca es tan grande como cuando está de rodillas para ayudar a un niño».

Las palabras de Ben Sirá el Sabio – «Realiza todo con humildad […]. Cuanto más grande seas, más debes humillarte» – resuenan como un eco de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos: «Quien se enaltece será humillado, y quien se humilla será enaltecido».

Es una lección hermosa y exigente para todos: para los que no quieren contentarse con su lugar y para los que, desde su lugar, miran a los demás por encima del hombro. Pues bien, «el único momento en que está permitido mirar a una persona desde arriba es para ayudarla a levantarse», decía el papa Francisco en su discurso en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa, en 2023.

En cualquier caso, las recomendaciones de la Palabra de Dios sobre la humildad cortan de raíz nuestros impulsos y nuestra búsqueda de honores y precedencias. Y es para nuestro bien.

El llamado último es este: imitar a Dios en su abajamiento. Cristo se abajó, y Dios lo exaltó soberanamente. Recordemos que al venir a nuestro mundo, Jesús no se presentó como un ídolo para ser adorado piadosamente. Él se mezcló con nuestra historia humana, con nuestros sufrimientos. Lo que pide a cada uno es: ser atentos con los demás, mirarlos con reconocimiento y admiración.

La humildad es difícil de vivir. Solo puede aprenderse en la escuela de Otro: Jesucristo.

Preguntas para la vida:

·        ¿Qué diferencia hago entre humildad y modestia?

·        ¿Qué medios puedo tomar para vivir la virtud de la humildad en lo cotidiano?

·        La sabiduría africana dice: «Se conoce la humildad de un hombre en su elevación, y su paciencia en la adversidad». ¿Cómo entiendo este proverbio?

Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique


 


Primera lectura

Eclo 3, 17-20. 28-29

Humíllate, y así alcanzarás el favor del Señor

Lectura del libro del Eclesiástico.

HIJO, actúa con humildad en tus quehaceres,
y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres,
pero él revela sus secretos a los mansos».
Porque grande es el poder del Señor
y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio,
pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios,
un oído atento es el deseo del sabio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68(67),4 y 5ac. 6-7ab.10-11 (R. cf. 11b) 

R. Tu bondad, oh, Dios,
preparó una casa para los pobres.


V. Los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. 
R.

V. Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. 
R.

V. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres.
 R.

 

Segunda lectura

Heb 12, 18-19. 22-24a

Ustedes se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
No se han acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando.
Ustedes, se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.

 

Evangelio

Lc 14,1.7-14

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Palabra del Señor.

 

A guisa de introducción:

1.    La verdadera grandeza

Corría el año de 1986. Yo cursaba el grado 10º (5º de bachillerato) en la Normal de mi pueblo, institución dedicada a la formación pedagógica. Éramos un grupo de 24 estudiantes: 16 chicas y 8 chicos. Cerca de terminar el año, unos dos meses antes, junto con siete de mis compañeros recibimos una invitación muy especial: debíamos asistir a la inauguración de un gran proyecto de la empresa que administraba el agua del municipio. Nos pidieron llegar dos horas antes, muy bien vestidos.

Naturalmente, nos sentimos honrados. Orgullosos en nuestra adolescencia, imaginábamos que se nos permitiría participar de la gran fiesta, compartir la mesa, comer y beber junto a funcionarios, políticos y personalidades de la región. Sin embargo, al llegar, la sorpresa nos hirió en el corazón: habíamos sido convocados no como invitados de honor, sino como servidores voluntarios, como meseros encargados de atender a los “verdaderos” invitados.

Recuerdo que mi orgullo se resintió de inmediato. Yo soñaba con un puesto en la mesa, y se me pedía humildad, disponibilidad y servicio. No sé si mis compañeros lo recuerdan de la misma manera, o si tal vez fui yo quien entendió mal desde el principio, o quizá todo fue una broma. Lo cierto es que aquel domingo —sin paga y con cansancio— me dejó una lección inolvidable. Aprendí que la vida, una y otra vez, pondría a prueba mi ego y me invitaría a crecer desde abajo.

Ese día descubrí también la profundidad de la palabra humildad. Ella viene de humus, la tierra fértil, el suelo que, aunque pisado, es la condición de todo crecimiento. “Humilis” en latín significaba ‘bajo’, ‘pequeño’, incluso ‘mezquino’. Pero con la luz del cristianismo adquirió un sentido nuevo: virtud moral, disposición positiva, fuerza escondida en el servicio.

La humildad es grande porque humilde es Dios. Él, siendo eterno, no dudó en abajarse, hacerse hombre y ponerse a los pies de los suyos. En esa aparente pequeñez resplandece la verdadera grandeza.

Clave homilética

Las lecturas de este domingo nos recuerdan precisamente esto. El libro del Eclesiástico aconseja: “Hijo mío, actúa con humildad en tus quehaceres y te querrán más que al hombre generoso”. El sabio nos enseña que quien se sabe pequeño delante de Dios alcanza gracia y sabiduría. El Salmo 67 celebra a ese Dios que eleva a los humildes, que da hogar al huérfano y sostiene a la viuda.

La carta a los Hebreos nos muestra que la grandeza del cristiano no está en aproximarse al monte del temor, sino al monte de Sión, a la asamblea festiva de los santos, al Cristo mediador de la nueva alianza. Quien se acerca con corazón humilde, entra en comunión verdadera con el Dios vivo.

Y el Evangelio de san Lucas pone en labios de Jesús la enseñanza más gráfica: no busques los primeros puestos, porque quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será enaltecido. No invites solo a los que te pueden corresponder, sino a los pobres, los lisiados, los cojos, los ciegos… entonces serás verdaderamente dichoso, porque Dios mismo se encargará de recompensarte.

Mi experiencia adolescente en aquella fiesta se convierte hoy en parábola personal: pensé que me habían invitado a sentarme en los puestos de honor y terminé con la bandeja en la mano, sirviendo. Solo con el paso del tiempo comprendí que aquel “desplante” era en realidad una lección evangélica, un entrenamiento de Dios para hacerme discípulo suyo: aprender que el camino de Jesús no es el de los honores, sino el del servicio.

Que este domingo, al acercarnos a la mesa de la Eucaristía, no busquemos los lugares de prestigio, sino el lugar donde se sientan los pequeños y los que no cuentan, porque allí está Cristo. Y que, como María, la humilde esclava del Señor, aprendamos a proclamar: “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

 

2.


1. La Palabra: Dios nos enseña la humildad

  • El Eclesiástico nos recuerda: “Cuanto más grande seas, más humíllate”.
  • El Salmo proclama a Dios como Padre de huérfanos y defensor de viudas.
  • La carta a los Hebreos nos invita a acercarnos a la ciudad del Dios vivo, a la asamblea de los justos, donde todo es gracia.
  • En el Evangelio, Jesús nos dice: “Quien se enaltece será humillado; y quien se humilla será enaltecido”. La humildad no es debilidad, sino la manera de imitar a Cristo, que se abajó para servir y dar vida.

2. La Eucaristía: escuela del abajamiento de Cristo

  • Cada domingo, en la misa, Cristo mismo se abaja para hacerse pan y vino.
  • La Eucaristía nos enseña que en la mesa del Reino no hay lugares privilegiados: todos somos iguales ante el Señor.
  • Aquí aprendemos la verdadera humildad: compartir, agradecer, acoger a todos, especialmente a los más pobres y necesitados.
  • Vivir el tercer mandamientosantificar las fiestas— significa participar en la Eucaristía dominical, porque allí celebramos el banquete del Reino y nos dejamos transformar por la humildad de Jesús.

3. La Vida: humildad que se hace misión

  • Ser humilde no es aparentar, sino vivir en verdad, en servicio y en gratuidad.
  • En este Año Jubilar, como Peregrinos de la Esperanza, estamos llamados a hacer de nuestra vida un camino de humildad y fraternidad.
  • Hoy se realiza la colecta “Donna Nobis”, para sostener a los territorios de misión más pobres y ayudar a sus obispos. Contribuir es un gesto concreto de humildad y solidaridad: compartir con quienes no tienen.

Confiémonos a la Virgen María, la humilde esclava del Señor, que canta: “El Señor enaltece a los humildes”. Que ella nos ayude a vivir la humildad verdadera y a hacer del domingo una fiesta de fe, de familia y de esperanza. Amén.

 

 

Aproximación psicológica y pastoral al Evangelio:

El último lugar

Si estamos ante una parábola —como lo precisa san Lucas al inicio del pasaje— debemos ver en este relato algo mucho más profundo que una simple regla de etiqueta o, peor aún, un truco hábil para lograr una promoción delante de los demás (cf. Lc 14,10).

Las parábolas de Jesús son siempre ventanas abiertas al misterio de Dios y de su Reino, es decir, a su proyecto de una nueva humanidad. En este contexto, los invitados que buscan los primeros puestos se exponen al ridículo de ser desplazados. En cambio, el anfitrión se acerca a quienes están en lo bajo de la escala y los dignifica, mejorando su suerte.

Este gesto nos remite al Magníficat de María: “Derribó a los poderosos de sus tronos y enalteció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos” (Lc 1,52-53). El evangelio es coherente: Dios toma partido por los pequeños y derriba las falsas seguridades de los autosuficientes.

Por eso, cuando Jesús invita a ocupar “el último lugar”, no nos está proponiendo una estrategia de humildad aparente, sino un gesto de solidaridad real con los pobres y despojados. Es en ese espacio donde llega la salvación. Quien se exalta, será humillado; quien se humilla, será enaltecido.

El sentido radical de la invitación (Lc 14,12-14)

Jesús va más allá: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Feliz serás, porque ellos no tienen cómo recompensarte, y tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos”.

Esto parece un despropósito en nuestra lógica actual. Casi nadie cumple al pie de la letra esta enseñanza: en toda cultura, incluso en las más sencillas, solemos invitar a quienes pueden devolvernos algo. Todos, alguna vez, nos hemos sentido incómodos al recordar este pasaje cuando participamos en una fiesta elegante… hasta que el primer bocado nos hace olvidar la interpelación.

Sin embargo, lo esencial del mensaje es claro: no podemos dejarnos moldear por la mentalidad egoísta de los ricos y poderosos. En la Biblia, con frecuencia, la riqueza aparece asociada a la injusticia y a la explotación de los pobres (cf. Amós, Oseas). Jesús estuvo en casas de fariseos, con Zaqueo, Nicodemo o Simón, pero nunca cedió en sus convicciones. No se dejó “contaminar”, sino que llevó allí la novedad del Reino.

La fidelidad de Jesús frente a las presiones sociales

El evangelista nos dice que esta escena ocurre “en casa de uno de los jefes de los fariseos” (Lc 14,1). Allí, en el corazón mismo del establishment religioso y social, Jesús no disimula ni negocia su fidelidad. Con elegancia pero con firmeza, denuncia el egoísmo de quienes sólo invitan para recibir algo a cambio.

Esto nos habla también a nosotros: con frecuencia, ciertos “ascensos” en la sociedad implican renunciar a valores y convicciones. Se nos presiona a suavizar principios, a callar la verdad o a disimular nuestras opciones. Jesús, en cambio, no retrocede un milímetro en sus solidaridades esenciales: los pobres, los cojos, los ciegos, los excluidos. Es como si dijera a su anfitrión: “Si me invitas a tu mesa, prepárate a invitar también a ellos, porque yo no avanzo sin ellos”.

Más que una exhortación moral

Este pasaje no es sólo una norma de cortesía ni un consejo para compartir. Es el testimonio de un hombre libre que, aun rodeado de quienes piensan distinto, permanece fiel a su misión. Jesús nos enseña que ser cristiano no significa enarbolar vagamente ciertos valores, sino mantenerse de pie, muchas veces en soledad, defendiendo la verdad del Evangelio y la opción por los pequeños.

 

Reflexión central



1

Homilía

1. Introducción: una virtud incomprendida

Hablar de la humildad es como caminar sobre un campo minado. Hoy muchos la confunden con debilidad, con resignación boba o con pobreza mal vestida. En una sociedad que premia la apariencia, el éxito y el poder, la humildad parece una “perla rara”, anacrónica, incomprensible. Y, sin embargo, la Palabra de Dios este domingo nos la presenta como el camino seguro hacia la grandeza auténtica.

El libro del Eclesiástico lo dice con claridad: “Hazte pequeño en las grandezas y alcanzarás el favor de Dios” (Eclo 3,18). No hay virtud más fecunda que la humildad, porque ella abre el corazón a la gracia.

2. El banquete y los rangos

El Evangelio de Lucas nos sitúa en un banquete en casa de un jefe fariseo. Jesús observa cómo los invitados buscan los primeros puestos. La escena es muy humana: todos queremos reconocimiento, subir algunos escalones, ser mirados con honor. Desde los animales hasta los hombres, las jerarquías parecen regir la vida.

Pero Jesús aprovecha para darle la vuelta al esquema: “Cuando te inviten, ve y siéntate en el último lugar”. No habla de un gesto de falsa modestia ni de una estrategia para luego recibir honores. Nos habla de un estilo de vida: situarse del lado de los últimos, porque ahí está Dios.

3. La lógica de Dios: el Magníficat hecho vida

El Magníficat de María ilumina estas palabras: “Derribó a los poderosos de su trono y enalteció a los humildes” (Lc 1,52). El Evangelio no es un manual de urbanidad, es la revelación de un Dios que subvierte nuestras lógicas. Él se pone del lado de los pequeños, de los pobres, de los invisibles.

Por eso Jesús añade: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. No es simplemente un consejo moral: es la descripción del Reino. El banquete de Dios es gratuito, abierto, sin exclusiones. Allí los preferidos son los que no tienen cómo devolver el favor.

4. Humildad: más que cortesía

El salmo responsorial nos lo recuerda con imágenes bellísimas: “El Señor prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos, hace pasar a los solitarios a un hogar dichoso” (Sal 67). La humildad no es encogerse ni humillarse por miedo, sino aprender a vivir desde Dios, reconociendo que somos criaturas y que nuestra dignidad no depende de títulos ni rangos, sino de su amor.

Por eso la humildad no es simple cortesía. Es una virtud que brota del amor y que nos hace disponibles para acoger al otro sin reservas. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, lo resumía con su célebre frase: las tres condiciones para la santidad son la humildad, la humildad y la humildad.

5. La ciudad de Dios: plenitud de la humildad

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, nos abre a un horizonte mayor. Dice el autor: “Ustedes se han acercado a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a la asamblea festiva de los primogénitos” (Heb 12,22). Allí no cuentan las jerarquías humanas, ni los títulos, ni los rangos. Lo que vale es haber sido humildes y fieles, haberse dejado reconciliar por la sangre de Cristo.

La humildad es el camino de entrada en esa ciudad. Nadie entra por méritos propios, sino por gracia. Y la gracia solo se acoge con corazón sencillo.

6. Actualización: nuestra sociedad y nuestra Iglesia

Hermanos, el Evangelio de hoy nos incomoda porque cuestiona nuestras prácticas:

  • En la sociedad, donde vale más el que aparenta, el que ostenta, el que pisa al otro para subir.
  • En la Iglesia, donde también puede haber favoritismos, elitismos, exclusiones.

Jesús nos recuerda que en la fiesta de Dios los lugares no los asignan las intrigas ni los contactos, sino la gratuidad del Padre. Y que el verdadero discípulo es el que sabe vivir con los últimos, compartir con ellos, estar de pie en medio de un mundo que no piensa igual, defendiendo siempre la dignidad de los pequeños.

7. Conclusión: aprender del último

La enseñanza de hoy se resume en el mismo camino de Cristo. Él, siendo Dios, no se aferró a su rango, sino que se abajó, tomó la condición de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso el Padre lo exaltó (cf. Flp 2,6-11).

Si queremos ser grandes, aprendamos de Él. Si queremos ser reconocidos, pongámonos al servicio. Si queremos un lugar en el banquete eterno, no busquemos trepar, sino amar.

Pidamos hoy la gracia de la humildad verdadera, la que nace del amor, la que se traduce en servicio, la que nos hace libres frente a los honores del mundo y nos acerca al corazón de Dios.

8. Conclusión: humildad que se hace misión y solidaridad

Queridos hermanos, la liturgia de hoy nos ha recordado que la verdadera grandeza está en la humildad, en ponerse al servicio y en escoger los últimos lugares. Pero esta humildad no es pasiva: se traduce en gestos concretos de solidaridad y de amor fraterno.

Hoy, en toda la Iglesia, se realiza la colecta “Donna Nobis”, destinada a sostener a los territorios de misión más pobres y a ayudar a sus obispos en la tarea de pastorear comunidades que carecen de lo básico para anunciar el Evangelio. Este gesto es profundamente evangélico: compartir lo que tenemos con quienes menos tienen, poner nuestra mesa en común, abrir nuestro corazón y nuestro bolsillo para que otros pueblos puedan experimentar la alegría del banquete del Reino.

Dar para la misión es también un modo de vivir la humildad: reconocer que no somos dueños de lo que tenemos, sino administradores de los dones de Dios. Cada aporte, por pequeño que parezca, es un signo de comunión y esperanza para tantos hermanos que esperan el pan de la Palabra y el sustento material para sus comunidades.

Confiemos este compromiso de humildad y solidaridad a la intercesión de la Virgen María, la humilde esclava del Señor, que en su Magníficat nos enseñó que Dios derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. Que ella nos ayude a vivir según las “buenas maneras” del Reino: la gratuidad, el servicio y la apertura a los pobres.

Así, caminando de su mano, podremos participar un día en el banquete eterno, donde Cristo mismo nos dará el lugar de honor reservado a los sencillos de corazón.

Amén.

 

2

 

1. Introducción: un mandamiento para hoy

Queridos hermanos:

El tercer mandamiento —“Santificarás las fiestas”— no es un simple recordatorio de asistir a misa. Es la invitación a reconocer que el domingo pertenece al Señor y que nuestra vida solo alcanza plenitud cuando se alimenta del banquete de la Palabra y de la Eucaristía. La misa dominical es, por tanto, el gran banquete del pueblo de Dios, donde aprendemos el estilo del Reino: la humildad, el servicio, la gratuidad.

En este Año Jubilar, como Peregrinos de la Esperanza, la liturgia de este domingo nos conduce a lo esencial: la verdadera grandeza no está en los honores, sino en la humildad de Cristo, que se abajó para hacernos hijos del Padre.


2. Primera lectura: la humildad abre la puerta de Dios

El libro del Eclesiástico nos dice: “Haz tus obras con humildad y serás amado más que el hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte” (Eclo 3,17-18). La sabiduría bíblica nos recuerda que la humildad no es debilidad, sino fuerza interior. Es reconocerse criatura ante Dios, saberse limitado y necesitado de su amor.

El humilde no vive para figurar, sino para servir. El soberbio se mira a sí mismo; el humilde mira a Dios y a sus hermanos.


3. Salmo responsorial: Dios, casa para los pobres

El salmo 67 nos muestra al Dios que es Padre de huérfanos y protector de viudas, al que prepara casa para los desvalidos y libera a los cautivos. El humilde se hace semejante a este Dios que inclina su mirada hacia el pequeño.

Participar en la misa dominical es reconocer que nuestro Dios no es indiferente al sufrimiento humano: nos acoge, nos alimenta, nos libera.


4. Segunda lectura: hemos llegado a la ciudad del Dios vivo

La carta a los Hebreos contrasta el monte del temor con la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial. Nosotros no nos acercamos a un Dios lejano y terrible, sino al Mediador de la nueva alianza: Cristo Jesús, humilde y crucificado.

Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, hacemos presente esa liturgia celestial. En ella aprendemos que la humildad de Jesús —su sangre derramada— es el fundamento de nuestra esperanza.


5. Evangelio: escoger el último lugar

En el evangelio, Jesús observa cómo los invitados buscan los primeros puestos. Y enseña: “Quien se enaltece será humillado; quien se humilla será enaltecido”. No se trata de estrategia social ni de falsa modestia. Se trata de imitar a Dios en su abajamiento.

El único momento en que podemos mirar a alguien desde arriba —como decía el Papa Francisco— es para tenderle la mano y levantarlo. El discípulo de Jesús se sienta al lado de los últimos porque sabe que allí está Dios.

Por eso añade: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. El banquete del Reino no es exclusivo ni selecto; es para todos, comenzando por los descartados. Y la misa dominical es precisamente ese banquete, donde Cristo mismo nos alimenta y nos une como hermanos.


6. Vivir el domingo: escuela de humildad

Queridos hermanos:
Participar en la Eucaristía dominical es más que cumplir un precepto. Es aprender la pedagogía de la humildad. Aquí nadie tiene mejores asientos, todos somos iguales ante el Señor. Aquí descubrimos que lo que nos da dignidad no son los títulos ni los honores, sino ser invitados al banquete del Cordero.

En el altar, Cristo se abaja hasta hacerse pan y vino. Cada domingo, la misa nos enseña a vivir lo que celebramos: compartir con los pobres, abrir nuestra mesa, mirar con gratitud y respeto a cada persona.


7. Año Jubilar: humildad que se hace esperanza

Este Jubileo nos llama a ser peregrinos de la esperanza. Y la esperanza solo florece en un corazón humilde. El soberbio se encierra en sí mismo; el humilde abre caminos de fraternidad y de misión.

Que este domingo, al santificar el día del Señor, nos comprometamos a vivir la humildad como estilo de vida: en la familia, en la comunidad, en el trabajo.


8. Conclusión: confiarnos a María

La Virgen María, la humilde esclava del Señor, nos muestra el camino. Ella canta en su Magníficat que Dios derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. Pidámosle que nos enseñe a vivir la humildad verdadera y a santificar el domingo como día del encuentro con Dios y con los hermanos.

Así, cada Eucaristía será un anticipo del gran banquete del Reino, donde Dios mismo enjugará nuestras lágrimas y nos dará la alegría de sentarnos a su mesa para siempre.

Amén.

 

 

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