Santo del día
Martirio de San Juan Bautista
Conmemoración del martirio de
San Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas encarceló en la fortaleza de
Maqueronte y ordenó decapitar el día de su cumpleaños, a petición de la hija de
Herodías. Como una lámpara resplandeciente, el precursor del Señor dio
testimonio de la verdad tanto en su muerte como en su vida.
Más allá de los límites
(Marcos 6, 17-29) Juan está encarcelado por haber dicho a los poderosos que no están por encima de la moral, pero Herodes, que le teme, no desea ir más lejos. Es su liberalidad mal entendida y su preocupación por preservar su reputación lo que lo llevará más allá del límite que él mismo se había fijado. Los manipuladores, que saben esperar su hora, terminan generalmente por obtener lo que quieren de los espíritus divididos.
Primera lectura
Jer
1, 17-19
Diles
todo lo que yo te mande. No les tengas miedo
Lectura del libro de Jeremías.
EN aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
«Cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)
R. Mi boca contará
tu salvación.
V. A ti, Señor, me
acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. R.
V. Sé tú mi roca
de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. R.
V. Porque tú,
Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. R.
V. Mi boca contará tu
justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bienaventurados los
perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los
cielos. R.
Evangelio
Mc
6, 17-29
Quiero
que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en
la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano
Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba
a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo
quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus
magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.
El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso
desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de
Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la
entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un
sepulcro.
Palabra del Señor.
1
1. Introducción: la voz que incomoda
Hoy la liturgia nos presenta el martirio de San
Juan Bautista, el Precursor, la voz que clama en el desierto. Su muerte,
narrada por san Marcos, no es simplemente un hecho trágico en la corte de
Herodes; es el símbolo de la tensión eterna entre la verdad del Evangelio y la
corrupción del poder humano.
Juan fue encarcelado por denunciar el pecado de los
poderosos, por recordarles que la ley de Dios está por encima de los caprichos
personales. Y finalmente, por el miedo, la debilidad y la manipulación de
quienes rodeaban a Herodes, fue llevado a la muerte.
En este Año Jubilar, al contemplar su testimonio,
el Espíritu nos invita a revisar nuestra fidelidad al Evangelio y nuestra
disposición a cargar con sus consecuencias.
2. Exégesis: Herodes, Herodías y
la lógica del poder dividido
El Evangelio nos muestra un Herodes dividido: por
un lado, temía a Juan y lo reconocía como justo y santo; por otro, quería
mantener intacto su prestigio y no contradecir a quienes lo manipulaban.
- Herodes representa el corazón
dividido, incapaz de elegir la verdad plenamente.
- Herodías simboliza el resentimiento
que espera la ocasión para vengarse.
- La
hija danzante es
el instrumento de seducción y manipulación.
- La
corte
encarna la presión de la opinión pública, que arrastra a tomar decisiones
contrarias a la conciencia.
El resultado es claro: la voz profética es
silenciada, la justicia es sacrificada, la cobardía vence.
3. Aplicación a la vida
cristiana: voces silenciadas hoy
La historia de Juan Bautista se repite en nuestros
días. Muchas voces proféticas que denuncian la corrupción, la violencia, la
injusticia social, la manipulación de conciencias y la destrucción de la vida
son acalladas.
En la sociedad actual hay Herodes divididos
que saben lo que es justo, pero no se deciden a hacerlo por miedo a perder
poder, prestigio o comodidad. También hay Herodías resentidas,
estructuras de pecado que esperan la ocasión de eliminar lo que les incomoda. Y
hay cortes que aplauden, celebran y empujan hacia decisiones que ofenden
a Dios y hieren al prójimo.
El cristiano está llamado a ser como Juan Bautista:
voz que anuncia y denuncia, testigo de la verdad aunque incomode, capaz de
decir “no” a lo que degrada la dignidad humana.
4. En clave penitencial: oración
por los que sufren
Hoy hacemos memoria penitencial, orando
especialmente por:
- Quienes,
como Juan, sufren persecución por defender la verdad.
- Los
pobres y excluidos, cuyas voces son silenciadas.
- Quienes
padecen manipulación, abuso o engaño.
- Quienes
sufren en el alma, atrapados en culpas, resentimientos o miedos.
- Quienes
sufren en el cuerpo, víctimas de enfermedad, violencia o abandono.
El martirio de Juan nos recuerda que la cruz no es
estéril: el dolor ofrecido con fe se convierte en semilla de vida y esperanza.
5. Marco Jubilar: testigos de
esperanza
El Jubileo nos invita a ser peregrinos de la
esperanza. Esto significa:
- No
callar la verdad. La esperanza se sostiene en la luz del Evangelio, no en la
complicidad con el mal.
- Ser
solidarios con los que sufren. Nuestra esperanza es comunitaria: acompañar,
consolar, interceder.
- Renovar
nuestra fidelidad a Cristo. Que nuestra vida no esté dividida como la de
Herodes, sino firme como la de Juan.
El Jubileo es tiempo de reconciliación: reconocer
nuestras cobardías, pedir perdón por nuestros silencios y suplicar la gracia de
la valentía profética.
6. Conclusión: lámparas
encendidas hasta el final
El salmo de hoy nos hace orar: “Tú, Señor,
fuiste mi esperanza desde mi juventud” (Sal 70,5). Esa esperanza sostuvo a
Juan en la cárcel, lo sostuvo hasta el martirio, y es la misma que sostiene a
la Iglesia.
Sigamos su ejemplo: que nuestra vida no esté
dividida, que nuestra fe no sea negociable, que nuestra esperanza no se apague.
Y si llega la hora de dar testimonio con dolor, sepamos que Cristo, el
verdadero Esposo, nos espera con la corona de la vida eterna.
Amén.
2
1. Introducción: “Yo estoy
contigo”
Las palabras de Jeremías son también hoy para
nosotros: “No tengas miedo de ellos, porque yo estoy contigo para librarte”
(Jr 1,19). En la liturgia de esta memoria, las aplicamos a San Juan Bautista,
el precursor, el amigo del Esposo, aquel que señaló a Jesús y que dio
testimonio de la verdad con su vida.
Jeremías y Juan son dos figuras proféticas unidas
por la misma promesa: la compañía de Dios. No están solos frente al
poder, la incomprensión, el rechazo. El Señor los sostiene, aun cuando todo
parezca hundirse a su alrededor.
Este es también nuestro consuelo en el Año Jubilar:
Dios no nos abandona en las pruebas, ni a su Iglesia, ni a cada uno de
nosotros.
2. Misión peligrosa: la verdad
incomoda
El Evangelio (Mc 6,17-29) nos narra la muerte de
Juan el Bautista. Herodes, dividido, escucha con gusto a Juan, pero lo teme.
Herodías, resentida, espera el momento de vengarse. La danza de su hija, un
juramento imprudente y la presión de la corte acaban en un crimen atroz: la
decapitación del profeta.
La misión profética es peligrosa. La palabra de
Dios incomoda porque denuncia el pecado, señala las injusticias, desarma la
hipocresía. Juan murió por decir la verdad sobre el matrimonio de Herodes. No
podía callar, porque el profeta habla en nombre de Dios, no en nombre propio.
¿No es esto lo que sigue ocurriendo hoy? Quienes
alzan la voz en defensa de los pobres, de la vida, de la justicia, siguen
siendo perseguidos, marginados o silenciados.
3. San Juan Bautista: testigo de
integridad y verdad
La grandeza de Juan no estuvo solo en anunciar al
Mesías, sino en su integridad radical. No acomodó el mensaje para
agradar. No calculó las consecuencias. Prefirió perder la vida antes que perder
la verdad.
La Iglesia, y cada uno de nosotros, está llamada a
tener este mismo coraje: no pactar con la mentira, no callar ante la
injusticia, no disfrazar el Evangelio para hacerlo “más cómodo”.
El Jubileo nos invita a preguntarnos: ¿tenemos
nosotros ese valor profético? ¿Estamos dispuestos a ser incómodos por el
Evangelio? ¿O nos dejamos arrastrar como Herodes, que sabía la verdad pero no
tuvo la valentía de defenderla?
4. Una homilía penitencial:
oración por los que sufren
Hoy pedimos perdón, como Iglesia y como creyentes,
por nuestras cobardías, por las veces que callamos donde debíamos hablar, por
las veces que nos dividimos en lugar de ser íntegros.
Elevamos nuestra oración penitencial por quienes
sufren:
- Por
los que padecen persecución por causa de la justicia.
- Por
quienes son víctimas de abusos, manipulaciones, engaños.
- Por
los que sufren en el alma: soledad, desesperanza, depresión.
- Por
los que sufren en el cuerpo: enfermedad, pobreza, violencia.
- Por
tantos inocentes cuyas vidas son segadas por la injusticia humana.
La sangre de Juan Bautista, como la de tantos
mártires, se une a la sangre de Cristo para dar vida nueva a la Iglesia.
5. El marco jubilar: peregrinos
de la esperanza
El Jubileo nos invita a mirar más allá del
martirio, hacia la esperanza. La muerte de Juan no fue derrota, fue semilla. Su
voz silenciada en la cárcel sigue resonando en la Iglesia.
Ser peregrinos de la esperanza hoy
significa:
- Confiar
en la promesa: “Yo
estoy contigo”.
- Mantenernos
firmes:
aunque haya riesgos, incomodidad o rechazo.
- Acompañar
a los que sufren: estar cerca de los que son silenciados y marginados.
- Anunciar
con alegría: que
Cristo es el Esposo que viene a darnos vida eterna.
6. Conclusión: esperanza en la
fidelidad
El salmista proclamaba: “Tú, Señor, fuiste mi
esperanza desde mi juventud” (Sal 71,5). Esa esperanza sostuvo a Jeremías,
a Juan Bautista y a todos los mártires.
La pregunta final que nos deja la Palabra es
directa: ¿tenemos nosotros el valor de hablar claro cuando es necesario,
como Juan?
Pidamos al Señor en este día jubilar que nos
conceda esa valentía profética, que nos dé integridad para vivir la verdad del
Evangelio y que nos sostenga en medio de las pruebas, porque Él mismo nos
repite:
“Yo estoy contigo para librarte” (Jr 1,19).
Amén.
3
1.
Introducción: dos vidas paralelas
El
martirio de San Juan
Bautista no puede comprenderse sino a la luz del misterio de
Cristo. La tradición evangélica resalta la cercanía entre ambos: eran
parientes, sus nacimientos estuvieron marcados por la intervención de Dios, y
sus muertes, aunque distintas, reflejan la misma realidad: la verdad incomoda al poder y la
integridad exige la vida.
Juan
saltó de alegría en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del
Salvador. Desde entonces, toda su vida fue un anuncio y un servicio: preparar el camino,
señalar al Cordero, disminuir para que Cristo creciera. Y como último gesto de
fidelidad, entregó su vida por decir la verdad.
2.
Exégesis: Herodes y Pilato, Herodías y los sumos sacerdotes
El
Evangelio de Marcos nos muestra a Herodes
dividido: reconoce en Juan a un hombre justo y santo, lo escucha con gusto,
pero no se decide a liberarlo. Su debilidad es la misma de Pilato ante Jesús: sabe
que es inocente, pero se deja llevar por el miedo y la presión social.
Herodías
es la figura del resentimiento que no olvida ni perdona. Como los escribas y
fariseos contra Jesús, espera la ocasión de ejecutar su venganza. Ambos relatos
nos muestran cómo el odio y la manipulación terminan doblegando a quienes no
tienen firmeza interior.
En
la muerte de Juan y en la Pasión de Cristo se revela la misma dinámica:
·
Un
inocente perseguido.
·
Un
gobernante débil que sabe la verdad pero cede al miedo.
·
El
odio que trama y logra su objetivo.
·
La
sepultura otorgada como signo de aparente derrota.
Pero
al mismo tiempo, ambos martirios nos hablan de que la sangre derramada por la verdad nunca
es estéril.
3.
Aplicación: ¿tenemos el coraje de Juan?
La
vida de Juan nos confronta. Su misión fue ser precursor, su grandeza consistió
en ser fiel hasta el final.
No midió consecuencias, no buscó diplomacia, no quiso agradar a todos. Su
palabra fue clara: “No te es
lícito tener la mujer de tu hermano”.
Hoy
también la Iglesia está llamada a ser voz profética en medio de un mundo que
relativiza la verdad. Nos preguntamos:
·
¿Tenemos
nosotros el coraje de anunciar el Evangelio cuando incomoda?
·
¿Sabemos
denunciar el pecado, la corrupción, la injusticia, aun cuando nos pueda costar
rechazo o persecución?
·
¿O
nos parecemos más a Herodes, que sabe lo correcto pero se queda paralizado por
miedo a perder imagen y poder?
El
Jubileo nos urge a dar testimonio: ser peregrinos
de esperanza y de verdad, discípulos que no negocian el
Evangelio.
4.
En clave penitencial: oración por los que sufren
Hoy
nuestra homilía se hace también súplica penitencial. Reconocemos nuestras
cobardías, nuestras veces de silencio cómplice, nuestra falta de profetismo.
Oramos
por quienes sufren en el alma: los que cargan injusticias, los que han sido
callados, los que viven bajo la opresión del miedo.
Oramos por quienes sufren en el cuerpo: enfermos, víctimas de la violencia,
desplazados, perseguidos, encarcelados injustamente.
Oramos por todos aquellos que, como Juan y como Cristo, ofrecen su vida en
fidelidad a la verdad y al amor.
Que
su sufrimiento se una a la ofrenda de Cristo y sea semilla de un mundo nuevo.
5.
El marco jubilar: testigos de esperanza
En
este Año Jubilar, el martirio de Juan nos recuerda que la esperanza no es
ingenua: se nutre de la fe y se sostiene en la verdad.
·
Ser
peregrinos de la esperanza
es vivir con las lámparas encendidas, aunque el mundo pretenda apagarlas.
·
Es
acompañar a los que sufren, siendo voz de consuelo y de justicia.
·
Es
confiar en la promesa de Dios: “Yo
estoy contigo para librarte” (Jr 1,19).
La
sangre de Juan no fue estéril: su martirio preparó la Pasión de Cristo, y su
voz sigue resonando como ejemplo de valentía y fidelidad.
6.
Conclusión: ofrenda de vida
El
salmista oraba: “Tú, Señor,
fuiste mi esperanza desde mi juventud” (Sal 71,5). Esa esperanza
sostuvo a Juan, sostuvo a Jesús y debe sostenernos a nosotros.
Reflexionemos:
¿cómo estamos llamados a proclamar la verdad hoy? ¿Qué injusticias hemos vivido
y cómo podemos ofrecerlas, uniéndolas a la cruz de Cristo y al martirio de
Juan?
La
última palabra no es la violencia, sino la victoria de la fidelidad. Lo que
parece derrota, en Dios se transforma en ofrenda fecunda.
Que,
como Juan, tengamos el coraje de ser testigos
de integridad y de honesta verdad, aun cuando nos cueste. Y que
nuestra vida, unida a la de Cristo, sea luz y esperanza para un mundo sediento
de verdad.
Amén.
29 de agosto:
La Pasión de San Juan Bautista,
Mártir — Memoria
c. 1 a.C.–c. 30 d.C.
Patrono de: el bautismo, los vendedores de aves, los conversos, la vida
monástica, las autopistas, los impresores, los sastres, los corderos y los
prisioneros.
Invocado contra: la epilepsia, las convulsiones, las tormentas de granizo y los
espasmos.
Cita
“Porque Herodes había mandado prender a Juan, y lo
había encadenado y encarcelado por causa de Herodías, la mujer de su hermano
Filipo, con la que se había casado. Porque Juan le decía: «No te es lícito
tener la mujer de tu hermano». Herodías le guardaba rencor y quería matarlo,
pero no podía. Herodes, que respetaba a Juan, sabía que era un hombre justo y
santo y lo defendía; cuando lo oía, quedaba muy perplejo, y, sin embargo, lo
escuchaba con gusto. Llegó un día oportuno cuando Herodes, en su cumpleaños, dio
un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la gente principal de Galilea.
Entró la hija de Herodías, danzó y gustó tanto a Herodes y a los convidados,
que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré». Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió y
preguntó a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan
el Bautista». Entrando enseguida con prisa adonde estaba el rey, pidió: «Quiero
que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se
entristeció mucho; pero, por el juramento y por los convidados, no quiso
desairarla. Al instante envió un verdugo con la orden de traer la cabeza de
Juan. Este fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, la
entregó a la joven y la joven se la dio a su madre. Cuando los discípulos de
Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. Luego fueron a
contarle a Jesús lo sucedido.”
~Mateo
14,3–12
Reflexión
Juan, hijo de Zacarías e Isabel, nació
aproximadamente seis meses antes que el Salvador del mundo. Probablemente nació
en la pequeña y rural aldea judía de Ein Karem, en la región montañosa, a unos
ocho kilómetros al oeste de Jerusalén. La tierra circundante se usaba para la
agricultura y el pastoreo, con un pozo de agua y un centro comunitario. Juan
fue bendecido de manera única con la presencia tanto del Hijo de Dios como de
la Madre de Dios en su nacimiento. Muchos teólogos católicos, incluido el
Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino, creen que aunque Juan fue concebido en
pecado original, fue santificado en el seno materno inmediatamente después de
que la Virgen María saludó a Isabel, meses antes de su nacimiento. “En
cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno”
(Lc 1,41). Este salto en el vientre ha sido interpretado como la santificación
de Juan por la gracia antes de nacer. Jesús diría más tarde de Juan: “En
verdad os digo, entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan
el Bautista” (Mt 11,11).
No se sabe mucho sobre su infancia, salvo lo que
dice la Biblia: “El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivió en
lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lc 1,80).
Aunque seguramente fue criado en la fe judía por sus padres, en algún momento
se retiró al desierto, a unos treinta kilómetros de su pueblo, para vivir como
ermitaño: orando, practicando la penitencia y preparándose para su misión.
La primera misión de Juan fue ser precursor del Señor.
Como el último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo,
fue puente hacia Cristo. Su misión fue preceder a Jesús “con el espíritu y
el poder de Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos y
a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un
pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17). Entre los años 27 y 29, Juan recibió
inspiración de Dios en el desierto de Judea y comenzó a reunir discípulos a
quienes enseñaba, exhortaba a la conversión y bautizaba con agua. Su
predicación fue ardiente, llamando a algunos “raza de víboras” y
exigiendo frutos de conversión. Llamaba al arrepentimiento a recaudadores,
soldados, dirigentes religiosos, al pueblo sencillo e incluso al mismo Herodes.
Muchos respondieron.
El momento culminante de su vida fue cuando vio a
Jesús venir hacia él mientras bautizaba en el Jordán. Juan exclamó: “He ahí
el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Él es de quien yo dije:
Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo
no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él se manifestara a
Israel… Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios”
(Jn 1,29-31.34). Bautizó a Jesús con reticencia y, tras ello, el Espíritu Santo
descendió sobre Jesús y la voz del Padre proclamó: “Este es mi Hijo amado,
en quien me complazco” (Mt 3,17). Desde entonces Juan se retiró al
silencio, afirmando: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn
3,30).
Hoy celebramos una de las fiestas más antiguas de
la Iglesia: la memoria de la decapitación de San Juan Bautista. Así como
precedió a Cristo en su nacimiento, predicación y bautismo, también lo precedió
en la muerte, como prefiguración del sacrificio de Jesús en la Cruz.
La muerte de Juan fue consecuencia de su firme
anuncio de la verdad. Su llamada a la conversión no excluyó a nadie, ni
siquiera a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea. Aunque parece que el
lugar de predicación de Juan no estaba bajo dominio directo de Herodes, este
conocía bien su predicación y se sintió condenado. Lo mandó apresar y
encarcelar, probablemente en la fortaleza de Maqueronte, al noroeste del mar
Muerto, o en el Herodión, al sur de Jerusalén.
Los Evangelios de Mateo (14,1-12) y Marcos
(6,14-29) narran la muerte de Juan. Él denunció el matrimonio ilícito de
Herodes con Herodías, la mujer de su hermano. Aunque Herodes temía a Juan y lo
respetaba, accedió al odio de Herodías. Durante su banquete de cumpleaños, la
hija de Herodías, tradicionalmente llamada Salomé, bailó y agradó tanto a
Herodes que le prometió darle lo que pidiera. Su madre la instruyó para que
pidiera la cabeza de Juan en una bandeja. Herodes, por debilidad y miedo al qué
dirán, accedió.
Tras su muerte, “los discípulos de Juan fueron,
recogieron su cadáver y lo enterraron; luego fueron a informar a Jesús” (Mt
14,12). El Evangelio dice que, al enterarse, Jesús se retiró solo a orar. Lloró
con dolor humano por la muerte de su primo y, a la vez, meditó en su propio
destino. Ese momento de oración fue renovación perfecta de su fidelidad a la
misión de entregar la vida para la salvación del mundo.
La tradición dice que el cuerpo de Juan fue
enterrado en Sebaste, unos 80 km al norte de Jerusalén. Sobre su cabeza hay
múltiples leyendas: que Herodías la escondió en un basurero, que luego se halló
en el monte de los Olivos, y que actualmente se venera en la iglesia de San
Silvestro in Capite, en Roma.
Al honrar a este hombre tan honrado por el Señor,
honramos también a Cristo. Juan entregó su vida sin titubeos, fue voz que
señaló al Cordero, bautizó en penitencia y murió como testigo de la verdad. Su
vida es espejo de fidelidad y valor.
Oración
San Juan Bautista, recibiste una misión santa y
fuiste santificado en el seno de tu madre en preparación para ella. Nunca te
apartaste de tu vocación y siempre señalaste a Cristo, el Salvador de todos.
Ruega por mí, para que tenga el mismo valor que tú y la misma decisión de
cumplir con mis deberes, sin importar el costo.
San Juan Bautista, ruega por mí. Jesús, en Ti
confío.
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