jueves, 28 de agosto de 2025

29 de agosto del 2025: Martirio de San Juan Bautista

 

Santo del día

Martirio de San Juan Bautista

Conmemoración del martirio de San Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas encarceló en la fortaleza de Maqueronte y ordenó decapitar el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodías. Como una lámpara resplandeciente, el precursor del Señor dio testimonio de la verdad tanto en su muerte como en su vida.

 

 

Más allá de los límites

(Marcos 6, 17-29) Juan está encarcelado por haber dicho a los poderosos que no están por encima de la moral, pero Herodes, que le teme, no desea ir más lejos. Es su liberalidad mal entendida y su preocupación por preservar su reputación lo que lo llevará más allá del límite que él mismo se había fijado. Los manipuladores, que saben esperar su hora, terminan generalmente por obtener lo que quieren de los espíritus divididos.

 Jean-Marc Liautaud, Fondacio


Primera lectura

Jer 1, 17-19

Diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo

Lectura del libro de Jeremías.

EN aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
«Cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».



Palabra de Dios.


Salmo

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame. 
R.

V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa. 
R.

V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías. 
R.

V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas. 
R.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. R.


Evangelio

Mc 6, 17-29

Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista



Lectura del santo Evangelio según san Marcos.



EN aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.


 

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1. Introducción: la voz que incomoda

Hoy la liturgia nos presenta el martirio de San Juan Bautista, el Precursor, la voz que clama en el desierto. Su muerte, narrada por san Marcos, no es simplemente un hecho trágico en la corte de Herodes; es el símbolo de la tensión eterna entre la verdad del Evangelio y la corrupción del poder humano.

Juan fue encarcelado por denunciar el pecado de los poderosos, por recordarles que la ley de Dios está por encima de los caprichos personales. Y finalmente, por el miedo, la debilidad y la manipulación de quienes rodeaban a Herodes, fue llevado a la muerte.

En este Año Jubilar, al contemplar su testimonio, el Espíritu nos invita a revisar nuestra fidelidad al Evangelio y nuestra disposición a cargar con sus consecuencias.


2. Exégesis: Herodes, Herodías y la lógica del poder dividido

El Evangelio nos muestra un Herodes dividido: por un lado, temía a Juan y lo reconocía como justo y santo; por otro, quería mantener intacto su prestigio y no contradecir a quienes lo manipulaban.

  • Herodes representa el corazón dividido, incapaz de elegir la verdad plenamente.
  • Herodías simboliza el resentimiento que espera la ocasión para vengarse.
  • La hija danzante es el instrumento de seducción y manipulación.
  • La corte encarna la presión de la opinión pública, que arrastra a tomar decisiones contrarias a la conciencia.

El resultado es claro: la voz profética es silenciada, la justicia es sacrificada, la cobardía vence.


3. Aplicación a la vida cristiana: voces silenciadas hoy

La historia de Juan Bautista se repite en nuestros días. Muchas voces proféticas que denuncian la corrupción, la violencia, la injusticia social, la manipulación de conciencias y la destrucción de la vida son acalladas.

En la sociedad actual hay Herodes divididos que saben lo que es justo, pero no se deciden a hacerlo por miedo a perder poder, prestigio o comodidad. También hay Herodías resentidas, estructuras de pecado que esperan la ocasión de eliminar lo que les incomoda. Y hay cortes que aplauden, celebran y empujan hacia decisiones que ofenden a Dios y hieren al prójimo.

El cristiano está llamado a ser como Juan Bautista: voz que anuncia y denuncia, testigo de la verdad aunque incomode, capaz de decir “no” a lo que degrada la dignidad humana.


4. En clave penitencial: oración por los que sufren

Hoy hacemos memoria penitencial, orando especialmente por:

  • Quienes, como Juan, sufren persecución por defender la verdad.
  • Los pobres y excluidos, cuyas voces son silenciadas.
  • Quienes padecen manipulación, abuso o engaño.
  • Quienes sufren en el alma, atrapados en culpas, resentimientos o miedos.
  • Quienes sufren en el cuerpo, víctimas de enfermedad, violencia o abandono.

El martirio de Juan nos recuerda que la cruz no es estéril: el dolor ofrecido con fe se convierte en semilla de vida y esperanza.


5. Marco Jubilar: testigos de esperanza

El Jubileo nos invita a ser peregrinos de la esperanza. Esto significa:

  • No callar la verdad. La esperanza se sostiene en la luz del Evangelio, no en la complicidad con el mal.
  • Ser solidarios con los que sufren. Nuestra esperanza es comunitaria: acompañar, consolar, interceder.
  • Renovar nuestra fidelidad a Cristo. Que nuestra vida no esté dividida como la de Herodes, sino firme como la de Juan.

El Jubileo es tiempo de reconciliación: reconocer nuestras cobardías, pedir perdón por nuestros silencios y suplicar la gracia de la valentía profética.


6. Conclusión: lámparas encendidas hasta el final

El salmo de hoy nos hace orar: “Tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud” (Sal 70,5). Esa esperanza sostuvo a Juan en la cárcel, lo sostuvo hasta el martirio, y es la misma que sostiene a la Iglesia.

Sigamos su ejemplo: que nuestra vida no esté dividida, que nuestra fe no sea negociable, que nuestra esperanza no se apague. Y si llega la hora de dar testimonio con dolor, sepamos que Cristo, el verdadero Esposo, nos espera con la corona de la vida eterna.

Amén.

 

 

 

 

 

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1. Introducción: “Yo estoy contigo”

Las palabras de Jeremías son también hoy para nosotros: “No tengas miedo de ellos, porque yo estoy contigo para librarte” (Jr 1,19). En la liturgia de esta memoria, las aplicamos a San Juan Bautista, el precursor, el amigo del Esposo, aquel que señaló a Jesús y que dio testimonio de la verdad con su vida.

Jeremías y Juan son dos figuras proféticas unidas por la misma promesa: la compañía de Dios. No están solos frente al poder, la incomprensión, el rechazo. El Señor los sostiene, aun cuando todo parezca hundirse a su alrededor.

Este es también nuestro consuelo en el Año Jubilar: Dios no nos abandona en las pruebas, ni a su Iglesia, ni a cada uno de nosotros.


2. Misión peligrosa: la verdad incomoda

El Evangelio (Mc 6,17-29) nos narra la muerte de Juan el Bautista. Herodes, dividido, escucha con gusto a Juan, pero lo teme. Herodías, resentida, espera el momento de vengarse. La danza de su hija, un juramento imprudente y la presión de la corte acaban en un crimen atroz: la decapitación del profeta.

La misión profética es peligrosa. La palabra de Dios incomoda porque denuncia el pecado, señala las injusticias, desarma la hipocresía. Juan murió por decir la verdad sobre el matrimonio de Herodes. No podía callar, porque el profeta habla en nombre de Dios, no en nombre propio.

¿No es esto lo que sigue ocurriendo hoy? Quienes alzan la voz en defensa de los pobres, de la vida, de la justicia, siguen siendo perseguidos, marginados o silenciados.


3. San Juan Bautista: testigo de integridad y verdad

La grandeza de Juan no estuvo solo en anunciar al Mesías, sino en su integridad radical. No acomodó el mensaje para agradar. No calculó las consecuencias. Prefirió perder la vida antes que perder la verdad.

La Iglesia, y cada uno de nosotros, está llamada a tener este mismo coraje: no pactar con la mentira, no callar ante la injusticia, no disfrazar el Evangelio para hacerlo “más cómodo”.

El Jubileo nos invita a preguntarnos: ¿tenemos nosotros ese valor profético? ¿Estamos dispuestos a ser incómodos por el Evangelio? ¿O nos dejamos arrastrar como Herodes, que sabía la verdad pero no tuvo la valentía de defenderla?


4. Una homilía penitencial: oración por los que sufren

Hoy pedimos perdón, como Iglesia y como creyentes, por nuestras cobardías, por las veces que callamos donde debíamos hablar, por las veces que nos dividimos en lugar de ser íntegros.

Elevamos nuestra oración penitencial por quienes sufren:

  • Por los que padecen persecución por causa de la justicia.
  • Por quienes son víctimas de abusos, manipulaciones, engaños.
  • Por los que sufren en el alma: soledad, desesperanza, depresión.
  • Por los que sufren en el cuerpo: enfermedad, pobreza, violencia.
  • Por tantos inocentes cuyas vidas son segadas por la injusticia humana.

La sangre de Juan Bautista, como la de tantos mártires, se une a la sangre de Cristo para dar vida nueva a la Iglesia.


5. El marco jubilar: peregrinos de la esperanza

El Jubileo nos invita a mirar más allá del martirio, hacia la esperanza. La muerte de Juan no fue derrota, fue semilla. Su voz silenciada en la cárcel sigue resonando en la Iglesia.

Ser peregrinos de la esperanza hoy significa:

  • Confiar en la promesa: “Yo estoy contigo”.
  • Mantenernos firmes: aunque haya riesgos, incomodidad o rechazo.
  • Acompañar a los que sufren: estar cerca de los que son silenciados y marginados.
  • Anunciar con alegría: que Cristo es el Esposo que viene a darnos vida eterna.

6. Conclusión: esperanza en la fidelidad

El salmista proclamaba: “Tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud” (Sal 71,5). Esa esperanza sostuvo a Jeremías, a Juan Bautista y a todos los mártires.

La pregunta final que nos deja la Palabra es directa: ¿tenemos nosotros el valor de hablar claro cuando es necesario, como Juan?

Pidamos al Señor en este día jubilar que nos conceda esa valentía profética, que nos dé integridad para vivir la verdad del Evangelio y que nos sostenga en medio de las pruebas, porque Él mismo nos repite:

“Yo estoy contigo para librarte” (Jr 1,19).

Amén.

 

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1. Introducción: dos vidas paralelas

El martirio de San Juan Bautista no puede comprenderse sino a la luz del misterio de Cristo. La tradición evangélica resalta la cercanía entre ambos: eran parientes, sus nacimientos estuvieron marcados por la intervención de Dios, y sus muertes, aunque distintas, reflejan la misma realidad: la verdad incomoda al poder y la integridad exige la vida.

Juan saltó de alegría en el vientre de su madre cuando percibió la presencia del Salvador. Desde entonces, toda su vida fue un anuncio y un servicio: preparar el camino, señalar al Cordero, disminuir para que Cristo creciera. Y como último gesto de fidelidad, entregó su vida por decir la verdad.


2. Exégesis: Herodes y Pilato, Herodías y los sumos sacerdotes

El Evangelio de Marcos nos muestra a Herodes dividido: reconoce en Juan a un hombre justo y santo, lo escucha con gusto, pero no se decide a liberarlo. Su debilidad es la misma de Pilato ante Jesús: sabe que es inocente, pero se deja llevar por el miedo y la presión social.

Herodías es la figura del resentimiento que no olvida ni perdona. Como los escribas y fariseos contra Jesús, espera la ocasión de ejecutar su venganza. Ambos relatos nos muestran cómo el odio y la manipulación terminan doblegando a quienes no tienen firmeza interior.

En la muerte de Juan y en la Pasión de Cristo se revela la misma dinámica:

·        Un inocente perseguido.

·        Un gobernante débil que sabe la verdad pero cede al miedo.

·        El odio que trama y logra su objetivo.

·        La sepultura otorgada como signo de aparente derrota.

Pero al mismo tiempo, ambos martirios nos hablan de que la sangre derramada por la verdad nunca es estéril.


3. Aplicación: ¿tenemos el coraje de Juan?

La vida de Juan nos confronta. Su misión fue ser precursor, su grandeza consistió en ser fiel hasta el final. No midió consecuencias, no buscó diplomacia, no quiso agradar a todos. Su palabra fue clara: “No te es lícito tener la mujer de tu hermano”.

Hoy también la Iglesia está llamada a ser voz profética en medio de un mundo que relativiza la verdad. Nos preguntamos:

·        ¿Tenemos nosotros el coraje de anunciar el Evangelio cuando incomoda?

·        ¿Sabemos denunciar el pecado, la corrupción, la injusticia, aun cuando nos pueda costar rechazo o persecución?

·        ¿O nos parecemos más a Herodes, que sabe lo correcto pero se queda paralizado por miedo a perder imagen y poder?

El Jubileo nos urge a dar testimonio: ser peregrinos de esperanza y de verdad, discípulos que no negocian el Evangelio.


4. En clave penitencial: oración por los que sufren

Hoy nuestra homilía se hace también súplica penitencial. Reconocemos nuestras cobardías, nuestras veces de silencio cómplice, nuestra falta de profetismo.

Oramos por quienes sufren en el alma: los que cargan injusticias, los que han sido callados, los que viven bajo la opresión del miedo.
Oramos por quienes sufren en el cuerpo: enfermos, víctimas de la violencia, desplazados, perseguidos, encarcelados injustamente.
Oramos por todos aquellos que, como Juan y como Cristo, ofrecen su vida en fidelidad a la verdad y al amor.

Que su sufrimiento se una a la ofrenda de Cristo y sea semilla de un mundo nuevo.


5. El marco jubilar: testigos de esperanza

En este Año Jubilar, el martirio de Juan nos recuerda que la esperanza no es ingenua: se nutre de la fe y se sostiene en la verdad.

·        Ser peregrinos de la esperanza es vivir con las lámparas encendidas, aunque el mundo pretenda apagarlas.

·        Es acompañar a los que sufren, siendo voz de consuelo y de justicia.

·        Es confiar en la promesa de Dios: “Yo estoy contigo para librarte” (Jr 1,19).

La sangre de Juan no fue estéril: su martirio preparó la Pasión de Cristo, y su voz sigue resonando como ejemplo de valentía y fidelidad.


6. Conclusión: ofrenda de vida

El salmista oraba: “Tú, Señor, fuiste mi esperanza desde mi juventud” (Sal 71,5). Esa esperanza sostuvo a Juan, sostuvo a Jesús y debe sostenernos a nosotros.

Reflexionemos: ¿cómo estamos llamados a proclamar la verdad hoy? ¿Qué injusticias hemos vivido y cómo podemos ofrecerlas, uniéndolas a la cruz de Cristo y al martirio de Juan?

La última palabra no es la violencia, sino la victoria de la fidelidad. Lo que parece derrota, en Dios se transforma en ofrenda fecunda.

Que, como Juan, tengamos el coraje de ser testigos de integridad y de honesta verdad, aun cuando nos cueste. Y que nuestra vida, unida a la de Cristo, sea luz y esperanza para un mundo sediento de verdad.

Amén.

 

 

29 de agosto:

La Pasión de San Juan Bautista, Mártir — Memoria

c. 1 a.C.–c. 30 d.C.
Patrono de: el bautismo, los vendedores de aves, los conversos, la vida monástica, las autopistas, los impresores, los sastres, los corderos y los prisioneros.
Invocado contra: la epilepsia, las convulsiones, las tormentas de granizo y los espasmos.


Cita

“Porque Herodes había mandado prender a Juan, y lo había encadenado y encarcelado por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, con la que se había casado. Porque Juan le decía: «No te es lícito tener la mujer de tu hermano». Herodías le guardaba rencor y quería matarlo, pero no podía. Herodes, que respetaba a Juan, sabía que era un hombre justo y santo y lo defendía; cuando lo oía, quedaba muy perplejo, y, sin embargo, lo escuchaba con gusto. Llegó un día oportuno cuando Herodes, en su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a los tribunos y a la gente principal de Galilea. Entró la hija de Herodías, danzó y gustó tanto a Herodes y a los convidados, que el rey dijo a la joven: «Pídeme lo que quieras, y te lo daré». Y le juró: «Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino». Ella salió y preguntó a su madre: «¿Qué le pido?». La madre le contestó: «La cabeza de Juan el Bautista». Entrando enseguida con prisa adonde estaba el rey, pidió: «Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista». El rey se entristeció mucho; pero, por el juramento y por los convidados, no quiso desairarla. Al instante envió un verdugo con la orden de traer la cabeza de Juan. Este fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja, la entregó a la joven y la joven se la dio a su madre. Cuando los discípulos de Juan lo supieron, fueron a recoger el cadáver y lo enterraron. Luego fueron a contarle a Jesús lo sucedido.”
~Mateo 14,3–12


 

Reflexión

Juan, hijo de Zacarías e Isabel, nació aproximadamente seis meses antes que el Salvador del mundo. Probablemente nació en la pequeña y rural aldea judía de Ein Karem, en la región montañosa, a unos ocho kilómetros al oeste de Jerusalén. La tierra circundante se usaba para la agricultura y el pastoreo, con un pozo de agua y un centro comunitario. Juan fue bendecido de manera única con la presencia tanto del Hijo de Dios como de la Madre de Dios en su nacimiento. Muchos teólogos católicos, incluido el Doctor Angélico Santo Tomás de Aquino, creen que aunque Juan fue concebido en pecado original, fue santificado en el seno materno inmediatamente después de que la Virgen María saludó a Isabel, meses antes de su nacimiento. “En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno” (Lc 1,41). Este salto en el vientre ha sido interpretado como la santificación de Juan por la gracia antes de nacer. Jesús diría más tarde de Juan: “En verdad os digo, entre los nacidos de mujer no ha surgido nadie mayor que Juan el Bautista” (Mt 11,11).

No se sabe mucho sobre su infancia, salvo lo que dice la Biblia: “El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivió en lugares desiertos hasta el día de su manifestación a Israel” (Lc 1,80). Aunque seguramente fue criado en la fe judía por sus padres, en algún momento se retiró al desierto, a unos treinta kilómetros de su pueblo, para vivir como ermitaño: orando, practicando la penitencia y preparándose para su misión.

La primera misión de Juan fue ser precursor del Señor. Como el último de los profetas del Antiguo Testamento y el primero del Nuevo, fue puente hacia Cristo. Su misión fue preceder a Jesús “con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver el corazón de los padres hacia los hijos y a los desobedientes a la sensatez de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lc 1,17). Entre los años 27 y 29, Juan recibió inspiración de Dios en el desierto de Judea y comenzó a reunir discípulos a quienes enseñaba, exhortaba a la conversión y bautizaba con agua. Su predicación fue ardiente, llamando a algunos “raza de víboras” y exigiendo frutos de conversión. Llamaba al arrepentimiento a recaudadores, soldados, dirigentes religiosos, al pueblo sencillo e incluso al mismo Herodes. Muchos respondieron.

El momento culminante de su vida fue cuando vio a Jesús venir hacia él mientras bautizaba en el Jordán. Juan exclamó: “He ahí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Él es de quien yo dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él se manifestara a Israel… Yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios” (Jn 1,29-31.34). Bautizó a Jesús con reticencia y, tras ello, el Espíritu Santo descendió sobre Jesús y la voz del Padre proclamó: “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco” (Mt 3,17). Desde entonces Juan se retiró al silencio, afirmando: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya” (Jn 3,30).

Hoy celebramos una de las fiestas más antiguas de la Iglesia: la memoria de la decapitación de San Juan Bautista. Así como precedió a Cristo en su nacimiento, predicación y bautismo, también lo precedió en la muerte, como prefiguración del sacrificio de Jesús en la Cruz.

La muerte de Juan fue consecuencia de su firme anuncio de la verdad. Su llamada a la conversión no excluyó a nadie, ni siquiera a Herodes Antipas, tetrarca de Galilea y Perea. Aunque parece que el lugar de predicación de Juan no estaba bajo dominio directo de Herodes, este conocía bien su predicación y se sintió condenado. Lo mandó apresar y encarcelar, probablemente en la fortaleza de Maqueronte, al noroeste del mar Muerto, o en el Herodión, al sur de Jerusalén.

Los Evangelios de Mateo (14,1-12) y Marcos (6,14-29) narran la muerte de Juan. Él denunció el matrimonio ilícito de Herodes con Herodías, la mujer de su hermano. Aunque Herodes temía a Juan y lo respetaba, accedió al odio de Herodías. Durante su banquete de cumpleaños, la hija de Herodías, tradicionalmente llamada Salomé, bailó y agradó tanto a Herodes que le prometió darle lo que pidiera. Su madre la instruyó para que pidiera la cabeza de Juan en una bandeja. Herodes, por debilidad y miedo al qué dirán, accedió.

Tras su muerte, “los discípulos de Juan fueron, recogieron su cadáver y lo enterraron; luego fueron a informar a Jesús” (Mt 14,12). El Evangelio dice que, al enterarse, Jesús se retiró solo a orar. Lloró con dolor humano por la muerte de su primo y, a la vez, meditó en su propio destino. Ese momento de oración fue renovación perfecta de su fidelidad a la misión de entregar la vida para la salvación del mundo.

La tradición dice que el cuerpo de Juan fue enterrado en Sebaste, unos 80 km al norte de Jerusalén. Sobre su cabeza hay múltiples leyendas: que Herodías la escondió en un basurero, que luego se halló en el monte de los Olivos, y que actualmente se venera en la iglesia de San Silvestro in Capite, en Roma.

Al honrar a este hombre tan honrado por el Señor, honramos también a Cristo. Juan entregó su vida sin titubeos, fue voz que señaló al Cordero, bautizó en penitencia y murió como testigo de la verdad. Su vida es espejo de fidelidad y valor.


Oración

San Juan Bautista, recibiste una misión santa y fuiste santificado en el seno de tu madre en preparación para ella. Nunca te apartaste de tu vocación y siempre señalaste a Cristo, el Salvador de todos. Ruega por mí, para que tenga el mismo valor que tú y la misma decisión de cumplir con mis deberes, sin importar el costo.

San Juan Bautista, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

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