sábado, 19 de septiembre de 2026

20 de septiembre del 2026: vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario- ciclo A


Entrar en la lógica de Dios

Las lecturas de este domingo nos revelan a un Dios tan bueno… que incluso puede parecernos injusto. ¿Nos sentimos tentados a reconocernos en aquellos obreros de la parábola? Sin duda, espontáneamente nos ponemos del lado de quienes trabajaron desde la primera hora y soportaron todo el peso del día. Su protesta nos parece comprensible: ¿cómo pueden recibir lo mismo quienes apenas llegaron al final?

Pero Jesús no pretende darnos una lección sobre salarios o legislación laboral. Quiere revelarnos cómo es Dios. Y para entrar en su lógica debemos abandonar, por un momento, nuestros cálculos.

Nosotros calculamos méritos; Dios ofrece gracia.
Nosotros comparamos; Dios acoge.
Nosotros preguntamos quién merece más; Dios se pregunta quién necesita todavía ser llamado.

Por eso resuena con tanta fuerza la palabra del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son sus pensamientos, sus caminos no son mis caminos». La lógica de Dios supera la nuestra porque está guiada por una misericordia que no se mide con la calculadora.

Los trabajadores de la primera hora no han sufrido ninguna injusticia: reciben aquello que habían acordado. El problema aparece cuando descubren la generosidad del dueño con los últimos. Entonces la comparación les roba la alegría.

También a nosotros puede ocurrirnos. Podemos aceptar fácilmente que Dios sea misericordioso conmigo, pero puede costarnos más aceptar que lo sea con aquel que llegó tarde, con quien se equivocó gravemente, con quien vivió durante años lejos de Dios y un día decidió regresar.

El Evangelio nos invita entonces a cambiar la mirada.

Quizás, en lugar de identificarnos siempre con los trabajadores de la primera hora, deberíamos reconocernos entre los de la última. Porque, ¿quién de nosotros puede afirmar que ha respondido perfectamente a Dios? ¿Quién no ha desperdiciado oportunidades, retrasado una conversión, dejado de amar o comenzado muchas veces de nuevo?

Todos vivimos finalmente de la misma generosidad.

Y esta es la buena noticia: Dios sigue saliendo a buscarnos hasta la última hora. Nunca considera perdida una vida. Nunca dice: «Ya es demasiado tarde para ti». Mientras haya posibilidad de volver, de amar y de responder, continúa escuchándose su invitación:

«Ve también tú a mi viña».

Entrar en la lógica de Dios significa, por tanto, aprender a alegrarnos de su bondad, también cuando esa bondad alcanza a los demás.

Porque en el Reino de Dios nadie pierde cuando otro recibe misericordia.

Al contrario: cuando un hermano vuelve, cuando alguien comienza de nuevo, cuando un pecador descubre que todavía es amado, toda la viña debería alegrarse.

 

Primera lectura

Is 55, 6-9

Mis planes no son sus planes

Lectura del libro de Isaías.

BUSQUEN al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son sus planes,
los caminos de ustedes no son mis caminos
—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los de ustedes,
y mis planes de sus planes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)

R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza.
 R.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 R.

 

Segunda lectura

Flp 1, 20c-24. 27a

Para mí la vida es Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo que es más necesario para ustedes.
Lo importante es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. 
R.

 

Evangelio

Mt 20, 1-16a

¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo y les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido”.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».

Palabra del Señor.

 

***************

 

«VAYAN TAMBIÉN USTEDES A MI VIÑA»

 

Hermanos:

Durante estos domingos, Jesús nos hablará varias veces de la viña, una imagen muy querida en la Biblia. La viña representa al pueblo de Dios, el Reino, ese lugar donde Dios llama a hombres y mujeres a trabajar con Él.

El Evangelio de hoy comienza muy temprano. El dueño de una viña sale a contratar trabajadores. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía, sale de nuevo por la tarde y todavía, cuando la jornada casi termina, encuentra a algunos sin trabajo.

Les pregunta:

«¿Cómo es que están aquí todo el día sin trabajar?»

Y ellos responden:

«Porque nadie nos ha contratado».

Es una frase sencilla, pero muy dolorosa.

«Nadie nos ha contratado».

Podríamos traducirla también así:

Nadie nos ha tenido en cuenta.

Nadie confió en nosotros.

Nadie nos dio una oportunidad.

Y entonces aparece la palabra del dueño:

«Vayan también ustedes a mi viña».

Ese es uno de los mensajes centrales de este domingo:

Dios nunca deja de llamarnos

El dueño de la viña sale una y otra vez.

Dios también.

Nos busca en la niñez, en la juventud, en la madurez y aun cuando comienza el atardecer de nuestra vida.

Por eso la primera lectura nos dice:

«Busquen al Señor mientras se deja encontrar; invóquenlo mientras está cerca».

Y el salmo responde:

«Cerca está el Señor de los que lo invocan».

Nuestro Dios no es un Dios distante. Es un Dios que sale al encuentro, que llama, que espera y que siempre ofrece una nueva oportunidad.

Algunas personas encontraron al Señor desde niños.

Otras volvieron a Él después de muchos años.

Algunas descubrieron la fe después de una enfermedad, una pérdida, un fracaso o una crisis.

Y otras quizá empiezan a tomarse en serio a Dios cuando ya sienten que buena parte de la vida ha pasado.

Pero el Evangelio nos dice hoy:

Nunca es demasiado tarde para entrar en la viña del Señor.

Tal vez alguien piense:

«He desperdiciado muchos años».

«He cometido demasiados errores».

«A estas alturas, ¿qué voy a cambiar?».

Y Jesús responde:

«Ve también tú a mi viña».

Mientras haya vida, hay posibilidad de conversión.

Mientras haya vida, podemos perdonar.

Mientras haya vida, podemos reconciliarnos.

Mientras haya vida, podemos servir.

Mientras haya vida, podemos volver a Dios.

Nosotros miramos el reloj.

Dios mira el corazón.

Nosotros contamos los años.

Dios mira nuestra disposición para comenzar de nuevo.

La lógica de Dios no es nuestra lógica

Pero la parábola se vuelve incómoda cuando llega el momento de pagar.

Los que trabajaron una sola hora reciben lo mismo que quienes trabajaron desde temprano.

Y estos últimos protestan:

«Hemos soportado el peso del día y el calor, ¿y los tratas igual que a nosotros?».

Podemos comprenderlos.

Nosotros también solemos pensar así:

«Yo hice más».

«Yo llevo más tiempo».

«Yo he sido más fiel».

«Yo merezco más».

Y aquí aparece la primera lectura:

«Mis pensamientos no son sus pensamientos y mis caminos no son sus caminos».

Jesús no está enseñando cómo organizar los salarios de una empresa.

Está hablando del Reino de Dios.

Los primeros trabajadores reciben exactamente lo que se les había prometido. El dueño no es injusto con ellos.

Simplemente decide ser generoso con los últimos.

Y ahí está nuestra dificultad.

Nos gusta que Dios sea misericordioso con nosotros.

Pero a veces nos cuesta aceptar que sea igualmente misericordioso con los demás.

Nos gusta el perdón cuando somos nosotros quienes necesitamos ser perdonados.

Pero cuando Dios acoge a alguien que consideramos indigno, empezamos a sacar cuentas.

Por eso el dueño dice:

«Amigo, no te hago ninguna injusticia… ¿vas a tener envidia porque yo soy bueno?»

Qué pregunta tan profunda.

El problema no es que los primeros hayan recibido poco.

El problema es que no soportan que los últimos hayan recibido mucho.

La contabilidad de Dios

Nuestra contabilidad pregunta:

«¿Cuánto hice?».

«¿Cuánto hizo el otro?».

«¿Qué me corresponde?».

Pero la contabilidad de Dios tiene otra palabra:

gracia.

Todos vivimos de la gracia.

Cuando miramos sinceramente nuestra vida, descubrimos que tampoco tenemos tanto de qué presumir.

¿Cuántas veces nos ha perdonado Dios?

¿Cuántas oportunidades nos ha dado?

¿Cuántas promesas le hemos hecho y luego hemos incumplido?

¿Cuánto bien podríamos haber realizado y dejamos pasar?

Tal vez creemos ser trabajadores de la primera hora, pero delante de Dios todos terminamos pareciéndonos bastante a aquellos que llegaron al final.

Todos necesitamos misericordia.

Por eso la Iglesia no puede convertirse en un club de perfectos.

La Iglesia es la comunidad de quienes han sido llamados.

Unos temprano.

Otros más tarde.

Pero todos llamados por el mismo Señor.

«Para mí la vida es Cristo»

San Pablo, en la segunda lectura, nos da la clave para comprender cómo trabajar en la viña:

«Para mí la vida es Cristo».

Quien descubre a Cristo deja de preguntarse solamente:

«¿Qué voy a recibir?».

Y comienza a preguntarse:

«Señor, ¿qué quieres de mí?»

Entonces servir deja de ser una carga.

Evangelizar deja de ser una obligación.

Ayudar a otro deja de ser una pérdida de tiempo.

Cuando Cristo está en el centro, trabajar en su viña se convierte en una gracia.

Porque la verdadera recompensa no es solamente aquello que recibiremos al final.

La verdadera recompensa es haber vivido con Cristo y para Cristo.

Todavía hay lugar para ti

Tal vez algunos llevamos muchos años trabajando en la viña.

No nos cansemos.

Otros acaban de llegar.

Bienvenidos.

Otros quizá siguen todavía en la plaza, dudando, mirando desde lejos.

También para ellos el Señor tiene una palabra:

«Vayan también ustedes a mi viña».

Y quizá alguno siente que ya desperdició demasiada vida.

El Evangelio de hoy le responde:

Todavía no ha terminado la jornada.

Mientras puedas amar, puedes trabajar en la viña.

Mientras puedas perdonar, puedes trabajar en la viña.

Mientras puedas acompañar a alguien, escuchar a quien sufre, visitar un enfermo, ayudar a una familia, enseñar la fe, pedir perdón o reconciliarte, puedes trabajar en la viña.

En la viña del Señor no hay jubilación para el amor.

Siempre se puede amar un poco más.

Siempre se puede servir un poco más.

Siempre se puede comenzar nuevamente.

Pidamos entonces al Señor que nos libre de compararnos con los demás.

Que no nos moleste que otro encuentre misericordia.

Que no sintamos celos porque alguien haya vuelto a Dios después de muchos años.

Alegrémonos de que haya entrado también en la viña.

Y preguntémonos hoy:

¿A qué me está llamando concretamente el Señor en este momento de mi vida?

Quizá la llamada sea a perdonar.

Quizá a reconciliarme con alguien.

Quizá a volver seriamente a la oración.

Quizá a servir más en la comunidad.

Quizá a dejar una vida que me está alejando de Dios.

Quizá simplemente a comenzar otra vez.

Que la Santísima Virgen María, la humilde servidora del Señor, nos ayude a responder:

«Aquí estoy».

Y cuando Cristo nos diga nuevamente:

«Vayan también ustedes a mi viña», podamos responder:

«Señor, aquí estoy. Cuenta conmigo».

Amén.

 


viernes, 18 de septiembre de 2026

19 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria de María en sábado

 

La resurrección explicada

«¿Cómo resucitan los muertos?». ¿La respuesta de Pablo calma los interrogantes de sus contemporáneos y los nuestros? Nada menos seguro. Pero puede ayudar a poner fin al deseo de imaginar la vida resucitada únicamente a partir de lo que conocemos en este mundo. Pablo nos invita a contemplar una semilla: lo que depositamos en la tierra no tiene todavía la apariencia de la planta que brotará. Existe continuidad entre ambas, pero también una transformación que sorprende y desborda nuestras expectativas.

Así sucede con la resurrección. No se trata simplemente de regresar a nuestra existencia presente, con sus enfermedades, limitaciones y sufrimientos. Se trata de participar plenamente en la vida de Cristo resucitado. Nuestra identidad no desaparece: Dios transforma nuestra fragilidad y nos comunica una vida que la muerte ya no puede destruir.

Cuando Pablo habla de un «cuerpo espiritual», no se refiere a un fantasma ni a una existencia sin cuerpo, sino a una persona enteramente vivificada por el Espíritu de Dios. Lo que ahora está marcado por la debilidad será revestido de una vida incorruptible.

La fe no responde a todas nuestras curiosidades sobre el más allá, pero nos ofrece una certeza para vivir el presente: nuestra vida está llamada a la plenitud en Dios. Podemos cuidar a quienes sufren, acompañar a nuestros mayores y llorar a nuestros difuntos con esperanza. El dolor de la separación es real, pero no tiene la última palabra.

Creer en la resurrección es confiar en que el Dios que resucitó a Jesús también puede hacer florecer nuestra vida más allá de la muerte. No conocemos todos los detalles del camino; conocemos a Aquel que nos llama y nos sostiene.

 


 

Primera lectura

1 Cor 15, 35-37. 42-49

Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual.
Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 55, 10. 11-12. 13-14 (R.: cf. 14cd)

R. Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.

V. Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco,
y así sabré que eres mi Dios.
R.

V. En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?
R.

V. Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
porque libraste mi alma de la muerte,
mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios
a la luz de la vida.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia.
R.

 

Evangelio

Lc 8, 4-15

Lo de la tierra buena son los que guardan la palabra y dan fruto con perseverancia

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo:
«A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».

Palabra del Señor.

 

***************

 

Dios siembra vida donde nosotros vemos el final



Hermanos queridos:

Quien ha sembrado alguna vez sabe cuánto tiene de confianza ese gesto. Uno deposita en la tierra una semilla pequeña, la cubre y espera. Durante algunos días parece que no sucede nada. Sin embargo, debajo de esa tierra puede estar comenzando una vida que todavía no vemos.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar nuestra existencia con esa confianza. San Pablo habla de la semilla para acercarnos al misterio de la resurrección; Jesús habla de la siembra para preguntarnos cómo recibimos su Palabra. Y María, a quien recordamos especialmente este sábado, nos enseña a acoger lo que Dios promete y a perseverar cuando todavía no comprendemos sus caminos.

En la primera lectura aparece una pregunta que también puede habitar nuestro corazón: ¿cómo será la resurrección? Nos la hacemos cuando acompañamos a un enfermo, cuando sentimos el peso de los años o cuando despedimos a alguien querido. ¿Qué será de esta persona? ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo puede surgir vida donde nuestros ojos solamente ven muerte?

Pablo no nos entrega una descripción detallada del más allá. Nos ofrece una imagen que ayuda a confiar: entre la semilla y la planta hay continuidad, pero también una transformación extraordinaria. Mirando solamente el grano, difícilmente podríamos imaginar toda la belleza de la espiga.

También nuestra vida está llamada a una transformación que supera lo que ahora podemos comprender. La resurrección es la obra de Dios que lleva nuestra humanidad a su plenitud en Cristo. Nuestra historia personal no queda borrada; nuestra fragilidad no será eterna.

Por eso, cuando Pablo habla del cuerpo espiritual, se refiere a nuestra existencia corporal plenamente vivificada por el Espíritu. La salvación alcanza a toda la persona. Este cuerpo con el que hemos trabajado, abrazado, servido y sufrido tiene dignidad y está llamado a participar de la victoria de Jesús.

¡Cuánto cambia esto nuestra manera de mirar a los demás! El anciano que necesita ayuda para caminar, el enfermo que depende de otros para asearse, la persona cuyo cuerpo está debilitado merecen toda nuestra ternura. La esperanza de la resurrección empieza a expresarse ahora en el respeto y el cuidado.

Podemos decirle al Señor: «A veces tengo miedo de envejecer, de enfermar, de morir. A veces me duele profundamente la ausencia de quienes amo. Sostén mi fe cuando no encuentro respuestas. Enséñame a confiar en tu fidelidad».

El salmo de hoy da voz a esta confianza: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida».

Qué hermosa expresión: caminar en presencia de Dios. No significa tener todas las dificultades resueltas. Significa saber ante quién vivimos y en quién podemos apoyarnos. El salmista conoce la amenaza y la angustia, pero se atreve a confiar en el Señor.

También nosotros podemos caminar así. Con una preocupación familiar, pero en presencia de Dios. Con un duelo todavía doloroso, pero en presencia de Dios. Con preguntas que siguen abiertas, pero en presencia de Dios.

La fe no nos exige aparentar que todo está bien. Nos permite presentar nuestra vida tal como está, con sus heridas y sus esperanzas. Y en esa relación con el Señor encontramos fuerza para dar el siguiente paso.

Pero el Evangelio nos plantea una pregunta necesaria: ¿qué lugar tiene la Palabra de Dios en ese camino?

Jesús presenta a un sembrador que esparce su semilla sobre distintos terrenos. Podemos reconocer algo de cada terreno dentro de nosotros.

Hay momentos en que nuestro corazón se parece al camino endurecido. Escuchamos, pero no dejamos entrar. Incluso podemos pensar que la lectura le vendría muy bien al vecino, al esposo, a la esposa o a algún familiar. La Palabra pasa cerca, pero evitamos que nos cuestione personalmente.

Otras veces somos terreno pedregoso. Una celebración nos conmueve y salimos llenos de buenos propósitos. Sin embargo, al llegar la primera dificultad, abandonamos. Queríamos cambiar, pero nos cuesta sostener la decisión cuando exige esfuerzo, humildad o renuncia.

También están las espinas. ¡Cuántas cosas ocupan nuestra mente! Las deudas, las obligaciones, la necesidad de resolverlo todo, el deseo de tener más, las horas que se nos van mirando una pantalla. Poco a poco, la oración queda para después; escuchar a la familia queda para después; ayudar a alguien queda para después. La vida se llena de actividades y el amor se queda sin espacio.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué está ahogando tu Palabra en mí? ¿Qué preocupación necesito confiarte? ¿Qué hábito debo cambiar para escucharte mejor?».

Finalmente, Jesús habla de la tierra buena: un corazón que recibe la Palabra, la guarda y persevera hasta dar fruto.

La perseverancia es el amor que sigue respondiendo cuando se acaba el entusiasmo. Es volver a orar después de un día difícil. Es retomar un propósito después de una caída. Es continuar cuidando con cariño a quien necesita de nosotros. Es hacer el bien aunque nadie lo reconozca.

Y aquí aparece María como maestra de nuestra vida cristiana.

Ella acogió la Palabra de Dios con toda su persona. Su disponibilidad se convirtió en una vida entregada. La vemos ponerse en camino para servir a Isabel, cuidar a Jesús en la sencillez de Nazaret y permanecer junto a la cruz.

María también tuvo que guardar en el corazón acontecimientos cuyo sentido no comprendía plenamente. Su fe conoció la espera y el dolor. Por eso puede acompañarnos cuando nosotros tampoco entendemos.

En este sábado, mirándola, podemos aprender a no arrancar la semilla por impaciencia. A veces queremos que una oración transforme inmediatamente una situación, que una conversación resuelva años de distanciamiento o que un buen propósito elimine de golpe una costumbre arraigada. María nos enseña a permanecer disponibles y a dejar que Dios trabaje en nosotros.

Las dos imágenes de la semilla que hoy escuchamos iluminan así nuestra vida: la Palabra está llamada a dar fruto en nuestro presente, y Dios promete llevar nuestra existencia a una plenitud que vencerá la muerte.

Por eso importa lo que hacemos hoy. Importa una visita al enfermo. Importa pedir perdón. Importa educar con paciencia. Importa cuidar la manera como hablamos. Son ocasiones concretas de dejar que la vida de Cristo crezca en nosotros.

En esta Eucaristía recibimos a Jesús resucitado, alimento para el camino y promesa de vida eterna. Acerquémonos con nuestras fragilidades y pidámosle un corazón dispuesto. Él puede hacer fecunda una vida que nosotros creemos agotada.

Antes de terminar, dejemos resonar esta pregunta: ¿qué debo cuidar o cambiar en mi corazón para que la Palabra escuchada hoy produzca un fruto concreto esta semana?

Oremos:

Santa María, Madre de la esperanza,
tú que acogiste la Palabra
y permaneciste fiel junto a la cruz,
enséñanos a confiar en tu Hijo.

Ayúdanos a quitar las piedras del orgullo
y las espinas que ahogan el amor.
Haznos pacientes para escuchar,
generosos para servir
y constantes para hacer el bien.

Acompaña a quienes lloran a sus seres queridos
y a quienes sienten miedo ante la enfermedad o la muerte.
Ruega por nosotros,
para que caminemos en presencia de Dios
y esperemos con fe la resurrección y la vida eterna.

Amén.

 

 

2

 

Un corazón abierto a la gracia



Hermanos queridos:

Dios siempre toma la iniciativa en nuestra vida. No necesitamos persuadirlo de que se preocupe por nosotros o de que nos conceda su gracia: Él ya lo hace. Nuestra relación con Él es una respuesta: Él siembra y nosotros estamos llamados a recibir. Le decimos «sí», permitiendo que su voluntad eche raíces en nuestra vida. En el corazón de su voluntad divina está la llamada a escuchar y acoger su Palabra.

Qué importante es recordar esto cuando nos acercamos a orar. Antes de que lo busquemos, Dios ya ha salido a nuestro encuentro. Antes de que sepamos expresarle nuestras necesidades, Él ya nos mira con amor. Nuestra oración nace de ese amor que nos precede: «Señor, aquí estoy. Abre mi corazón para recibir lo que quieres sembrar en mí».

El Evangelio de hoy presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús, rica en significado y en imágenes para la oración. Dios es el Sembrador divino y la semilla es su Palabra. Esa Palabra no es simplemente un mensaje o un conjunto de enseñanzas: es la Persona de Cristo mismo, la Palabra de Dios encarnada. Este es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Cristo es sembrado en los corazones de los fieles. No se nos invita a resolver este misterio, sino a recibirlo, entrar en él, meditarlo y permitir que nos transforme.

En la explicación de la parábola, Jesús identifica la semilla con la Palabra de Dios. Al contemplarla desde el conjunto de nuestra fe, reconocemos que esa Palabra nos conduce al encuentro con Él, el Hijo eterno hecho hombre. Por eso, escuchar el Evangelio compromete nuestra relación con una Persona viva que nos ama, nos llama y quiere habitar en nosotros.

Para entrar más profundamente en este misterio, imaginemos a Dios Padre sembrando la semilla de su Hijo en la tierra de nuestra alma. Una vez que comprendemos que Cristo mismo es la Semilla divina, queda claro que el cristianismo no consiste simplemente en seguir un código moral o un sistema ético. Consiste, más bien, en ser transformados interiormente por la presencia viva de Cristo. Él es plantado en nosotros por la gracia, echa raíces en nuestra alma y crece, dando fruto espiritual.

Aquí encontramos un vínculo hermoso con la primera lectura. San Pablo también nos invita a contemplar una semilla, aunque la utiliza para explicar otro misterio: la resurrección de los muertos. Entre el grano sembrado y la planta que brota existe continuidad, pero también una transformación que supera su apariencia inicial.

Algo semejante sucede con nuestra esperanza cristiana. Dios no se limita a acompañarnos durante unos años para abandonarnos después a la muerte. Su designio de amor alcanza a toda nuestra persona y nos llama a participar de la vida de Cristo resucitado. Nuestra condición presente, frágil y mortal, será transformada por su poder.

Cuando Pablo habla de un cuerpo espiritual, no describe una existencia fantasmal ni una persona despojada de su cuerpo. Habla de nuestra humanidad plenamente vivificada por el Espíritu. La gracia que hoy acogemos prepara nuestra vida para la plenitud que Dios quiere regalarnos.

Esta esperanza ilumina nuestras fragilidades. Tal vez sentimos que el paso de los años nos quita fuerzas, que una enfermedad limita nuestras posibilidades o que un duelo ha dejado un vacío inmenso. La fe nos permite confiar en que nuestra historia permanece en las manos de Dios. Todavía no vemos la espiga, pero podemos fiarnos de Aquel que promete la resurrección.

El salmo pone esta confianza en nuestros labios: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida». Nos invita a apoyarnos en el Señor y a confiar en su promesa. Caminar en su presencia es vivir sabiendo que Él nos acompaña, incluso cuando el terreno se vuelve difícil.

Podemos preguntarnos: ¿camino sostenido por esa confianza o vivo como si todo dependiera exclusivamente de mis fuerzas? ¿Le permito a Dios acompañar mis preocupaciones más profundas? ¿Creo que su amor sigue obrando cuando yo no percibo resultados?

La parábola también nos desafía a examinar el estado de nuestro corazón. ¿Estamos endurecidos como el camino, distraídos como el terreno pedregoso o ahogados por las preocupaciones mundanas como la tierra llena de espinas? ¿O nos esforzamos por ser tierra fértil y labrada, abierta, receptiva y dispuesta a nutrir la vida de Cristo en nuestro interior?

Jesús precisa que el terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con alegría, pero carecen de raíces y sucumben en la prueba. Podemos reconocer allí nuestra fe cuando depende demasiado del entusiasmo del momento. Nos emocionamos, hacemos propósitos, pero nos cuesta perseverar cuando llega una dificultad.

El camino endurecido puede recordarnos esas resistencias que no queremos reconocer: una ofensa que nos negamos a perdonar, una conducta que justificamos constantemente, una autosuficiencia que nos impide dejarnos enseñar.

Y las espinas pueden crecer casi sin que lo notemos. Las obligaciones son reales, pero pueden ocupar de tal manera nuestro interior que ya no quede espacio para escuchar, orar o servir. También el afán de comodidad, de dinero o de reconocimiento puede ir sofocando lo que Dios había sembrado.

Por eso necesitamos pedir: «Señor, trabaja la tierra de mi corazón. Ayúdame a reconocer lo que impide que tu Palabra dé fruto. Dame humildad para aceptar tu acción y constancia para colaborar contigo».

Si ampliamos la parábola y consideramos todo el campo, resulta consolador e inspirador reconocer a las innumerables almas de tierra fértil que también reciben la Palabra viva de Dios y en quienes Él crece y da fruto. Como miembros del Cuerpo de Cristo, no estamos solos. Formamos parte de un vasto campo, labrado y regado por la gracia divina.

Pensemos en tantas personas cuya fidelidad sostiene silenciosamente la vida de nuestras comunidades: padres y madres que educan en la fe, catequistas que preparan con cariño sus encuentros, enfermos que oran por otros, vecinos que acompañan a quien está solo. En sus vidas podemos descubrir los frutos de la gracia y encontrar aliento para nuestra propia respuesta.

Y, sin embargo, queda mucho por hacer. Muchos corazones todavía no han recibido a Cristo. Muchos permanecen endurecidos, distraídos o ahogados por las ansiedades y los placeres de la vida. Al recibir la Palabra de Dios y dar fruto nosotros mismos, también producimos semillas: semillas de la Palabra encarnada destinadas a ser sembradas en la vida de los demás. El Sembrador divino desea prolongar su misión a través de nosotros hasta el fin de los tiempos.

Esta imagen nos recuerda nuestra responsabilidad evangelizadora. El Señor puede servirse de nuestra voz, de nuestra paciencia, de nuestra cercanía y de nuestro testimonio para abrir caminos hacia Él. Una palabra oportuna, una invitación respetuosa, un gesto de reconciliación o una ayuda concreta pueden preparar un corazón para escuchar el Evangelio.

Aunque esta parábola se centra principalmente en el estado de nuestro propio corazón, también podemos discernir en ella la urgencia de la misión evangélica. El Sembrador divino busca trabajadores que ayuden a sembrar la Palabra por todas partes, extendiendo el campo de la Iglesia y multiplicando sus frutos.

En este sábado, María nos enseña cómo responder. Ella acogió la Palabra con fe y permitió que esa acogida orientara toda su existencia. Su disponibilidad se hizo servicio, fidelidad y perseverancia. Junto a ella aprendemos a escuchar con hondura y a permanecer abiertos a Dios incluso cuando no comprendemos todo.

Reflexionemos hoy sobre los elevados ideales que presenta la parábola del sembrador. Pasemos del concepto a la realidad. Esta parábola no está destinada solamente a inspirarnos; está destinada a impulsarnos a actuar. Primero, abramos nuestro corazón a Cristo, la Palabra, mediante la oración diaria, la participación en los sacramentos y las obras de caridad. Después, seamos colaboradores de Cristo.

¿De qué manera podemos ayudar al Sembrador divino? ¿Para quién podemos ser instrumentos de la Palabra de Dios? Seamos receptivos a su gracia y resueltos en nuestra misión, para que el campo del Reino de Dios siga creciendo y floreciendo.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, presentemos al Señor la tierra concreta de nuestra vida: con sus posibilidades, sus heridas y sus resistencias. Recibimos a Cristo resucitado, que nos alimenta para vivir en su amor y sostiene nuestra esperanza de vida eterna.

¿Qué fruto concreto espera Dios de la Palabra que está sembrando hoy en mi corazón?

Oremos:

Mi Sembrador divino y Palabra eterna, deseas ardientemente que todas las personas lleguen a conocerte, formando corazones de tierra fértil, receptivos a tu Palabra salvadora.

Te ruego que labres la tierra de mi corazón. Quita toda maleza de pecado, toda piedra de resistencia y toda espina de preocupación mundana. Enriquéceme con la gracia que necesito para que tu Palabra eche raíces profundas y dé fruto abundante.

Hazme también instrumento de tu obra divina, sembrando las semillas de tu Palabra en los corazones de los demás. Que, a través de mí, florezca la misión de la Iglesia y tu Reino se extienda hasta los confines de la tierra.

Jesús, en ti confío.

Santa María, Madre de la esperanza, enséñanos a acoger la Palabra, a perseverar en el amor y a caminar en presencia de Dios a la luz de la vida. Amén.

jueves, 17 de septiembre de 2026

18 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II

 

Testigo de la Fe:

San José de Cupertino

1603-1663.

«Los santos no se fabrican en el paraíso, sino en la tierra», recordaba este sorprendente fraile franciscano del sur de Italia, que experimentó numerosos fenómenos místicos, como éxtasis y levitaciones.

Nacido en una familia muy pobre, José era considerado torpe y de poca capacidad para los estudios. Después de varias dificultades fue acogido por los franciscanos, inicialmente para realizar los trabajos más humildes. Con el tiempo, sus hermanos descubrieron su profunda riqueza espiritual y humana, y llegó a ser ordenado sacerdote.

Sus extraordinarios dones atrajeron a grandes multitudes, pero también despertaron sospechas y le ocasionaron interrogatorios, incomprensiones y largos periodos de aislamiento. José aceptó todo con sencillez, obediencia y profunda humildad, sin quejarse. Su auténtica grandeza no estuvo en sus levitaciones, sino en su pobreza de espíritu, su caridad con los necesitados y su abandono confiado en Dios.

San José de Cupertino es considerado patrono de los estudiantes —especialmente de quienes presentan exámenes— y también de los aviadores. Su vida nos recuerda que la santidad se construye aquí en la tierra, en medio de nuestras limitaciones, mediante la humildad, la perseverancia y la fidelidad cotidiana.

 


Miembros del mismo cuerpo

Al confesar la resurrección de Cristo, pero negar la suya propia, los corintios se separan de él. Ahora bien, Jesucristo, siendo «de condición divina», se hizo hombre para liberar nuestra humanidad de la muerte y asociarla a su propia vida. Como miembros de su Cuerpo, no podemos separar nuestro destino del suyo: si él resucitó, también nosotros estamos llamados a resucitar con él.

Negar la resurrección de los muertos equivaldría, por tanto, a vaciar de contenido la predicación de los Apóstoles y a hacer inútil nuestra fe. Pero Pablo lo afirma con fuerza: Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos; él es el primero de los que durmieron. En él, nuestra esperanza tiene ya asegurado su cumplimiento.

 

 

Primera lectura

1 Cor 15, 12-20
Si Cristo no ha resucitado, su fe no tiene sentido

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre ustedes que no hay resurrección de muertos?
Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado... si es que los muertos no resucitan.
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen estando en sus pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 16, 1bcde. 6-7. 8 y 15 (R.: 15b)

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

V. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. 
R.

V. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. 
R.

V. Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Lc 8, 1-3

Las mujeres iban con ellos, y les servían con sus bienes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Palabra del Señor.

 

2

 

Discípulos de diversos orígenes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta hoy una escena profundamente significativa: Jesús recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes; Susana y muchas otras que ayudaban a Jesús y a sus discípulos con sus propios bienes.

María Magdalena, Juana, Susana y “muchas otras” acompañaban fielmente a Jesús y a los Doce. Este diverso grupo de discípulos desafiaba las expectativas convencionales. Aparentemente, no eran la clase de seguidores que alguien habría reunido para iniciar una misión destinada a llegar hasta los confines de la tierra. Sin embargo, la sabiduría de Dios no es como la nuestra. Dios no descubre la grandeza en la posición social, los talentos, las riquezas o las apariencias, sino en la sinceridad, la pureza y las posibilidades escondidas en cada corazón.

Esto se relaciona profundamente con la primera lectura. Algunos cristianos de Corinto confesaban que Cristo había resucitado, pero negaban la resurrección de los muertos. San Pablo les hace comprender que no podemos separar nuestro destino del destino de Cristo. Somos miembros de su Cuerpo: si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil; pero Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos y es la primicia de quienes han muerto.

La resurrección nos dice que Dios no desecha ninguna vida ni abandona ninguna historia. Así como puede levantar a Cristo del sepulcro, puede levantar a quien ha caído, sanar al herido, devolver la esperanza a quien la ha perdido y abrir un camino nuevo para quien piensa que todo ha terminado. Nuestro pasado no es una sentencia definitiva cuando permitimos que la misericordia de Dios entre en él.

La presencia de estas mujeres entre los compañeros de camino de Jesús resulta sorprendente dentro del contexto cultural del judaísmo del siglo primero. Jesús no solamente las acogió, sino que les confió una participación significativa en su misión. Al hacerlo, afirmó su dignidad y manifestó que su llamado es universal. En el Reino de Dios nadie debe ser menospreciado por su sexo, su condición social, su procedencia o su historia.

Todavía resulta más sorprendente que algunas de estas mujeres vinieran de situaciones dolorosas o de pasados marcados por la aflicción. María Magdalena es mencionada en primer lugar: “de la que habían salido siete demonios”. El número siete expresa plenitud o totalidad, lo cual sugiere una liberación profunda y completa. El Evangelio no nos permite identificar sin más a María Magdalena con una mujer de vida inmoral; lo que sí afirma es que había estado sometida a una terrible situación de sufrimiento y que Jesús la liberó.

Su sanación revela el inmenso poder de la misericordia divina. Aquella mujer que había estado encadenada por la oscuridad se convirtió en una discípula fiel. Más adelante permanecería junto a la cruz cuando muchos habían huido y sería testigo de la gloria de la resurrección. Su vida demuestra cómo la gratitud por la misericordia recibida puede florecer en un amor inquebrantable y en una fidelidad perseverante.

En María Magdalena pueden reconocerse hoy quienes sufren en el cuerpo o en el alma. Hay enfermedades visibles, pero también existen tormentos interiores que los demás no alcanzan a percibir: depresiones, angustias, adicciones, sentimientos de culpa, traumas, duelos y profundas soledades. Algunas personas sonríen externamente mientras interiormente están librando una dolorosa batalla.

Jesús no se acerca a ellas para juzgarlas ni para reducirlas a su padecimiento. Las mira como personas, se interesa por su historia y les devuelve su dignidad. La Iglesia está llamada a continuar esa misma misión: escuchar sin condenar, acompañar sin humillar y ayudar sin hacer sentir inferior a quien necesita apoyo. Quien sufre no necesita primero un sermón, sino una presencia cercana que le permita descubrir la mirada compasiva de Cristo.

También merece nuestra atención Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes. Su relación con la corte de Herodes —un ambiente marcado por la corrupción, la ambición y los abusos— demuestra que el Evangelio puede penetrar incluso en lugares donde existe un gran desorden moral. No debemos pensar que hay personas o ambientes a los que la gracia de Dios no pueda llegar. El Evangelio puede abrirse paso en una familia dividida, en un ambiente laboral hostil, en una estructura injusta y hasta en un corazón que parecía completamente cerrado.

Susana y las muchas mujeres cuyos nombres no fueron conservados completan esta comunidad. Representan el creciente círculo de discípulas atraídas por el amor y la verdad de Cristo. Aunque sus nombres no aparezcan en los grandes relatos, Dios conocía sus obras, su generosidad y su fidelidad.

Estas mujeres ayudaban a Jesús y a los Doce “con sus propios bienes”. Su generosidad no fue solamente material; también fue espiritual. Su administración responsable de los bienes desempeñó un papel vital en el sostenimiento de la misión de Cristo. Al ofrecer lo que poseían, se convirtieron en instrumentos de la gracia y anticiparon la colaboración permanente dentro de la Iglesia entre laicos y ministros ordenados, hombres y mujeres, ricos y pobres.

Nadie puede hacerlo todo en la Iglesia, pero todos podemos hacer algo. Algunos anuncian la Palabra; otros sostienen silenciosamente la misión. Unos visitan a los enfermos; otros colaboran económicamente. Algunos cantan, enseñan o sirven en el altar; otros preparan un alimento, transportan a una persona enferma, limpian el templo o llaman a quien está solo. Cuando ofrecemos nuestros dones con amor, incluso el gesto más sencillo se convierte en servicio al Reino de Dios.

Esta primera comunidad de seguidores representa a la Iglesia de todos los tiempos. Sus integrantes procedían de ambientes muy diferentes: algunos eran piadosos y otros habían conocido el pecado; algunos poseían bienes y otros eran humildes; había hombres y mujeres, personas reconocidas y gente sencilla. Sin embargo, todos estaban unidos por un mismo propósito: seguir a Jesús y servir al Reino de Dios con todo lo que eran y tenían.

El salmista expresa hoy la actitud interior de estos discípulos: “Escucha, Señor, mi justa petición, atiende a mis clamores”. Es la oración de quien se sabe necesitado y pone su vida en las manos de Dios. Más adelante suplica: “Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme”.

Quien está enfermo, triste o angustiado puede apropiarse de esta oración. Dios nos considera valiosos, nos guarda como aquello que se protege con especial cuidado y nos cobija bajo sus alas. Quizá la curación no llegue inmediatamente o de la manera que esperamos, pero nunca dejamos de estar bajo su mirada.

El salmo termina con una expresión llena de esperanza: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”. Esta certeza se une a lo anunciado por san Pablo: Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con él. Llegará el día en que despertaremos de la noche del sufrimiento y contemplaremos el rostro de Dios. Entonces no habrá enfermedad, angustia, soledad ni muerte.

Reflexionemos hoy sobre esta inesperada compañía que Jesús reunió. Muchas personas luchan contra un sentimiento de indignidad o se consideran incapaces de participar en la vida de la Iglesia. Tal vez alguno piense: “Mi pasado me condena”, “no tengo suficientes talentos”, “no poseo nada importante para ofrecer” o “Dios no puede servirse de alguien como yo”.

Si alguna vez nos hemos sentido así, recordemos el diverso grupo que Cristo llamó. Sus diferentes e imperfectas historias nos revelan una verdad profunda y consoladora: nadie está fuera del alcance del llamado de Dios. Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro pasado o nuestra situación presente, está invitado a caminar con Jesús, ofrecer lo que tiene y participar plenamente en su misión redentora.

Aceptemos esta invitación. Unámonos a esta santa compañía y entreguémonos de todo corazón al anuncio del Reino de Dios. Y, como María Magdalena, permitamos que la misericordia recibida se convierta en amor, servicio y fidelidad.

Preguntémonos: ¿qué heridas, capacidades o bienes puedo poner hoy en las manos de Jesús para colaborar con su misión y acompañar a quienes sufren en el cuerpo o en el alma?

Señor misericordioso, tú siempre miras más allá del pecado para contemplar al pecador y ofreces tu infinita misericordia a cuantos se vuelven hacia ti con corazón arrepentido. Continúa llamándome a participar en tu misión divina de construir tu Reino en la tierra, para que yo y todos aquellos a quienes alcances por medio de mí podamos compartir la alegría eterna de tu Reino celestial.

María, salud de los enfermos y consuelo de los afligidos, acompaña a quienes sufren y enséñanos a permanecer fielmente junto a ellos.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

 

20 de septiembre del 2026: vigésimo quinto domingo del tiempo ordinario- ciclo A

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