miércoles, 4 de febrero de 2026

5 de febrero del 2026: jueves de la cuarta semana del tiempo ordinario-II- Santa Águeda, virgen y mártir- Memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

Santa Águeda, virgen y mártir

Nacida en Sicilia en el siglo III, consagró su vida a Cristo desde muy joven. Durante la persecución del emperador Decio, permaneció firme en su fe y rechazó toda renuncia al Evangelio, aun a costa de crueles tormentos. Su testimonio luminoso une la valentía y la ternura, la fidelidad y la entrega total. Mártir del amor y de la libertad interior, Santa Águeda nos recuerda que nada puede separarnos de Cristo cuando el corazón está anclado en Él.

 

Para venir al mundo

(Mc 6, 7-13) Jesús envía a sus discípulos por los caminos, del mismo modo que María se puso en camino para la Visitación. Los envía de dos en dos y los envía pobres, despojados de todo. De todo… excepto de Aquel que ya habita en ellos. Como María, que llevaba en su seno al Dios hecho carne, los discípulos llevan dentro al Señor para entregarlo al mundo.

No cargan provisiones ni seguridades: sólo un bastón —la fe que sostiene el caminar— y unas sandalias —la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz—. Salen como sale Dios: confiando, vulnerables, disponibles. Salen para encontrarse con el mundo tal como es y para descubrir, en la experiencia de la misión, la hospitalidad que Dios mismo ha sembrado en el corazón humano.

 


Primera lectura

1 Re 2, 1-4. 10-12

Yo emprendo el camino de todos. Ten valor, Salomón, y sé hombre

Lectura del primer libro de los Reyes.

SE acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”».
David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.

Palabra de Dios.

 

Salmo

1 Crón 29, 10bc. 11abc. 11d-12a. 12bcd (R.: 12b)

R. Tú eres Señor del universo.

V. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. 
R.

V. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. 
R.

V. Tú eres rey y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria.
 R.

V. Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 6, 7-13

Los fue enviando

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía:
«Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacudan el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, la Palabra de Dios de hoy nos pone en un cruce de caminos muy concreto: la herencia de la fe (David que se despide), la soberanía de Dios (el salmo que bendice al Señor como dueño de todo) y la misión (Jesús que envía). Y, como luz encendida en medio del camino, la memoria de Santa Águeda, mujer joven que sostuvo su “sí” a Cristo hasta el final.

1) “Sé fuerte y pórtate como un hombre”: la fortaleza según Dios (1R 2,1-4.10-12)

La primera lectura nos presenta a David en sus últimas horas, hablando a Salomón como un padre que entrega lo esencial. Le dice: “Sé fuerte… guarda los preceptos del Señor… camina por sus caminos”. No es un consejo moralista ni un discurso de despedida para quedar bien. Es una transmisión de lo que sostiene la vida: si Dios está en el centro, todo encuentra su lugar.

Y aquí conviene aclarar: cuando la Escritura dice “pórtate como un hombre”, no está hablando de machismo ni de fuerza bruta. Habla de madurez espiritual, de esa firmeza interior que no se compra, que no depende del aplauso, que no se derrumba con la crítica. David está diciendo: “Hijo, lo que te hará rey no es el poder; lo que te hará rey es la obediencia a Dios”.

Eso también vale para nosotros: la misión de la Iglesia no se sostiene con estrategias únicamente, sino con hombres y mujeres enraizados en Dios, con corazón fiel, con vida coherente.

2) “Tuyo es el poder y la gloria”: la misión nace de la alabanza (Sal 1Cro 29)

El salmo —tomado de 1 Crónicas— es como un himno que pone orden en el alma:
“Tuyo, Señor, es el poder, la grandeza… tuyas son la riqueza y la gloria”.

¡Qué medicina para nuestro tiempo! Porque cuando uno se cree dueño, se agota; cuando uno se cree salvador, se amarga; cuando uno se cree imprescindible, se endurece. Pero cuando el corazón vuelve a decir: “Señor, todo es tuyo”, entonces la misión se vuelve ligera, libre, fecunda.

Evangelizar no es “imponer mi idea”, ni “defender mi imagen”, ni “asegurar mi éxito”. Evangelizar es prestarle a Dios la voz, el corazón, los pies y las manos, para que Él siga saliendo al encuentro de su pueblo.

3) “Los envió de dos en dos… y les dio autoridad” (Mc 6,7-13)

En el Evangelio Jesús hace tres cosas, y ahí está la escuela del discípulo:

a) Los llama.
Antes de enviarlos, los reúne. La misión no empieza en la calle: empieza en el encuentro con Jesús. Si no hay oración, si no hay escucha, si no hay Eucaristía, la actividad termina siendo ruido.

b) Los envía de dos en dos.
Jesús conoce nuestra fragilidad: solos nos cansamos, nos desanimamos, nos volvemos duros o nos volvemos tibios. En cambio, en comunión, nos sostenemos. La misión es comunitaria: nadie evangeliza “por su cuenta”.
Y esto toca de lleno nuestra pastoral vocacional: las vocaciones nacen y crecen donde hay comunidad que acompaña, donde hay hermanos que animan, donde hay Iglesia que cuida.

c) Les manda ir ligeros: sin pan, sin alforja, sin dinero…
¿Por qué? Porque el misionero no puede apoyarse en seguridades que sustituyan a Dios. No es romanticismo: es pedagogía del Espíritu. Jesús está diciendo: “No te apoyes en lo que tienes; apóyate en el Padre. No confíes en tus recursos; confía en mi gracia”.

Y les da algo fundamental: autoridad sobre el mal.
Esa autoridad no es arrogancia ni espectáculo: es la fuerza del Evangelio vivido. Donde entra la verdad, retrocede la mentira. Donde entra el perdón, se rompe la cadena del rencor. Donde entra la caridad, el mal pierde terreno.

Por eso el Evangelio describe una misión muy concreta: predicar conversión, expulsar demonios, ungir enfermos y curar. Es decir: palabra que despierta, presencia que libera, misericordia que sana.

4) Santa Águeda: una vocación vivida hasta el extremo

Hoy la Iglesia nos pone delante a Santa Águeda, virgen y mártir. Ella es un “Evangelio vivido”. Joven, frágil ante los ojos del mundo, pero fuerte en el Señor. Su cuerpo fue amenazado, su dignidad fue golpeada, su fe fue puesta a prueba… y aun así no negoció su pertenencia a Cristo.

Águeda nos enseña que la vocación no es un adorno: es un camino de amor fiel, a veces costoso, siempre fecundo. Ella evangelizó sin micrófonos, sin plataformas, sin aplausos: evangelizó con la fuerza de una vida entregada.

Y qué importante es decirlo hoy: necesitamos vocaciones valientes —sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales, laicales comprometidas—, vocaciones que no huyan cuando el ambiente se vuelve hostil, vocaciones que sostengan la esperanza del pueblo.

5) Aplicación pastoral: tres llamadas para hoy

Hoy el Señor nos deja tres invitaciones muy claras:

1.    Vuelve a la fuente: deja que Jesús te llame a estar con Él.
Sin oración, la misión se apaga.

2.    Camina acompañado: “de dos en dos”.
Busca comunión, trabaja en equipo, cultiva la fraternidad.

3.    Ve ligero: suelta lo que estorba.
Menos cargas, menos miedos, menos “yo controlo”, y más confianza.

Y en nuestra intención orante: pidamos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que Dios suscite obreros para su mies. Que despierte corazones generosos. Que nuestros jóvenes se atrevan a preguntar: “Señor, ¿qué quieres de mí?”, y que encuentren comunidades que los acompañen con ternura y verdad.

Oración final

Señor Jesús, que llamas y envías,
purifica nuestras motivaciones y renueva nuestra alegría misionera.
Haznos pobres de orgullo y ricos de fe;
ligeros de equipaje y ardientes de Evangelio.
Suscita en tu Iglesia vocaciones santas y valientes:
sacerdotes según tu Corazón, consagrados fieles, familias luminosas,
laicos comprometidos que sean sal y luz.
Por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba
y fidelidad hasta el final.
Amén.

 

2

 

Hermanos, la Palabra de hoy tiene una música interior muy clara: Dios llama, Dios envía, Dios sostiene. Vemos a David despidiéndose, vemos al pueblo bendiciendo al Señor como dueño de todo, y vemos a Jesús enviando a los Doce con autoridad y pobreza evangélica. Y, en medio, la figura luminosa de Santa Águeda, que no solo “fue enviada”: se dejó consumir por la fidelidad a Cristo.

1) La herencia que no se guarda en un cofre: se vive (1 Re 2, 1-4.10-12)

La primera lectura nos lleva al final de la vida de David. En su despedida no reparte bienes, reparte lo más valioso: una orientación para el alma. Le dice a Salomón: “Sé fuerte… guarda lo que manda el Señor… camina por sus caminos”. No es un mandato frío; es la experiencia de un hombre que entendió, a veces a golpes, que el corazón humano se pierde cuando se apoya en sí mismo, y se encuentra cuando se apoya en Dios.

La Escritura nos está diciendo: la misión no se improvisa. Antes de enviar, Dios forma. Antes de pedir frutos, Dios siembra raíces. Por eso, la evangelización auténtica no nace de la ocurrencia del momento, sino de una vida que aprende a caminar “por los caminos del Señor”.

Y hoy, para la obra evangelizadora de la Iglesia, esta palabra es decisiva: no evangelizamos desde la autosuficiencia, sino desde una fidelidad concreta a Dios. La mayor herencia que podemos dejar —a una comunidad, a una familia, a un grupo apostólico— no es solo una estructura o un proyecto, sino una manera de vivir: amar la voluntad de Dios y permanecer en ella.

2) La misión descansa en una certeza: “todo es tuyo, Señor” (Sal 1 Crón 29)

El salmo es una gran respiración de fe:
“Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder… tuyas son la riqueza y la gloria”.

Esta alabanza pone en su sitio aquello que nos tienta en toda misión: el deseo de controlar, de figurar, de apropiarnos de resultados. Cuando uno se cree “propietario” de la obra, se vuelve duro. Cuando uno se cree “salvador”, se agota. Cuando uno se cree “indispensable”, se amarga.

Pero cuando la Iglesia ora de verdad —“Señor, todo es tuyo”— entonces el corazón se vuelve humilde, libre y fecundo. Se trabaja mejor, se sufre mejor, se sirve mejor. Y, sobre todo, se entiende que la evangelización es de Dios: nosotros somos instrumentos, no dueños; sembradores, no ídolos.

3) Jesús envía a los Doce: pobreza, comunión y autoridad (Mc 6,7-13)

El Evangelio nos muestra un momento crucial: los Doce dejan de ser solo “alumnos” y pasan a ser enviados. Jesús los llama y los envía de dos en dos, y les da autoridad sobre los espíritus impuros.

a) De dos en dos: porque la misión es comunión
Jesús conoce la fragilidad humana. Sabe que, solos, nos desanimamos, exageramos el éxito o nos hundimos con el rechazo. En cambio, cuando vamos con un hermano, la misión se humaniza: nos corregimos, nos sostenemos, nos recordamos el motivo por el que empezamos. Nadie evangeliza “por su cuenta”. La obra de Dios se construye en Iglesia, en comunidad.

Esto vale también para las vocaciones: donde hay fraternidad, acompañamiento y vida comunitaria real, las vocaciones florecen. Donde todo recae en una sola persona, se quema el corazón, y la obra se resiente.

b) “No lleven nada… solo un bastón”: para aprender Providencia
Jesús los manda ligeros. No es falta de realismo: es una escuela de libertad. Les está diciendo: “No confíen primero en los medios; confíen primero en el Padre”. La misión se vuelve estéril cuando el misionero se llena de seguridades humanas y se vacía de Dios.

Y aquí hay una enseñanza pastoral muy fina: no se trata de despreciar la organización o los recursos; se trata de que los recursos no sustituyan la fe. La Iglesia organiza, sí. Planifica, sí. Pero nunca puede perder el estilo del Evangelio: sencillez, confianza, disponibilidad.

c) “Quédense en la casa… y si no los reciben, sacudan el polvo”
Qué realista es Jesús: habrá puertas abiertas y puertas cerradas. Él enseña una actitud que hoy necesitamos mucho: perseverar donde hay acogida y no amargarnos donde hay rechazo. “Sacudir el polvo” no es odio ni venganza; es libertad interior. Es decir: “No cargo resentimiento; no vivo atrapado en la frustración; sigo adelante”.

En tiempos donde la fe a veces es recibida con indiferencia o burla, esta palabra es medicina: el discípulo no se define por el éxito social, sino por la fidelidad. El rechazo no debe volvernos agresivos, ni la acogida debe volvernos soberbios.

d) La autoridad: no para lucirse, sino para liberar
Jesús les da autoridad sobre el mal. Y el Evangelio muestra los frutos: predican conversión, expulsan demonios, ungiendo con aceite curan a los enfermos. No es teatro; es Reino de Dios irrumpiendo.

Y aquí conviene ampliar, esa autoridad no se reduce al exorcismo formal. Cada cristiano, viviendo en gracia, practicando la caridad, defendiendo la verdad, perdonando, resistiendo la mentira, participa de la victoria de Cristo sobre el mal. Hay demonios que se alimentan del odio, de la división, de la pornografía, del alcoholismo, de la desesperanza, de la mentira normalizada… y se debilitan cuando una vida se vuelve evangélica.

Muchas veces no expulsamos demonios con gritos, sino con santidad cotidiana: una palabra honesta, una paciencia heroica, una reconciliación, una fidelidad en lo escondido, una presencia que trae paz.

4) Santa Águeda: el Evangelio encarnado en una mujer valiente

La memoria de hoy nos pone a Santa Águeda como espejo de esta misión. Águeda no fue “misionera itinerante” como los Doce, pero vivió la misión en su forma más radical: dar testimonio de Cristo hasta la sangre. Joven, vulnerable ante el poder, pero invencible por dentro, porque su fortaleza no venía de ella: venía del Señor.

Águeda nos enseña dos cosas esenciales para la evangelización:

·        Que la fe no se negocia cuando se trata de la dignidad y de la verdad.

·        Que la fuerza del cristiano no está en dominar, sino en permanecer fiel.

En un mundo que presiona para acomodar el Evangelio, ella nos recuerda: el Evangelio no se acomoda; se vive. Y esa vida, aunque cueste, fecunda a la Iglesia.

5) Llamados hoy: conversión, unión con Cristo, misión

Este evangelio nos deja dos preguntas que vale la pena convertir en examen de conciencia pastoral:

1.    ¿He abrazado yo mismo la conversión?
¿Estoy dejando que Jesús me cambie, o solo hablo de Dios sin dejarme tocar por Dios?

2.    ¿Dejo que mi unión con Cristo me equipe para la misión?
¿Mis palabras y mis gestos transmiten gracia? ¿Mi presencia trae paz? ¿O llevo cansancio, queja, dureza?

Si respondemos con sinceridad, la misión se purifica. Y la Iglesia evangeliza mejor cuando se evangeliza primero a sí misma: cuando vuelve al Evangelio con humildad.

Oración final

Señor Jesús, Tú llamaste a los Doce, los formaste en la verdad y en la gracia, y los enviaste en tu Nombre.
Atráenos hacia Ti, conviértenos de corazón, y haznos instrumentos dóciles de tu amor.
Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia: renueva el ardor misionero, cura nuestros cansancios, purifica nuestras intenciones.
Suscita vocaciones santas y valientes: sacerdotes según tu Corazón, consagrados fieles, familias luminosas, laicos comprometidos.
Y por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba y fidelidad en la misión.
Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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Santa Águeda:

5 de febrero: Santa Águeda, virgen y mártir—Memoria

c. 231–c. 251
Patrona de los pacientes con cáncer de mama, de los mártires, de las víctimas de violación, de los fundidores de campanas y de los panaderos
Invocada contra los terremotos, los desastres naturales y los incendios
Canonización anterior a la Congregación, confirmada posteriormente por el papa san Gregorio Magno, siglo VII.

 


Cita:


Oh Señor, que me hiciste y me creaste, y me has guardado desde mi infancia, … que me quitaste el amor del mundo, que guardaste mi cuerpo de toda contaminación, que me hiciste vencer los tormentos del verdugo, el hierro, el fuego y las cadenas, que me diste la virtud de la paciencia en medio de los tormentos, te ruego que recibas mi espíritu.


~Breviario Romano de 1529

 

Reflexión:

Como ocurre con muchos de los mártires más antiguos y venerados de nuestra Iglesia, se sabe muy poco sobre la vida y la muerte de santa Águeda. Nació en Palermo o en Catania, Sicilia, hacia el año 231, y murió con muerte de mártir en Catania hacia el año 251, durante la persecución de los cristianos ordenada por el emperador romano Decio. La devoción temprana hacia ella queda atestiguada por el hecho de que es una de las siete vírgenes mártires mencionadas en el Canon Romano (Plegaria eucarística I del Misal actual). Desde los siglos V o VI han surgido otros detalles, himnos, obras de arte y relatos sobre su vida y su muerte. Sin embargo, gran parte de lo que se escribe sobre ella apareció siglos después, lo cual deja en duda su exactitud histórica.

Según esas tradiciones posteriores, Águeda nació en una familia noble y rica. A los quince años hizo voto de virginidad, eligiendo consagrarse a sí misma y a sus bienes únicamente a Cristo, su divino Esposo. Por ser muy hermosa y rica, el prefecto romano local, Quintianus, quiso tomarla por esposa por motivos impuros y para apropiarse de sus riquezas. Ella rechazó todos sus intentos.

Cuando el emperador Decio promulgó un decreto en el año 250 exigiendo que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses romanos, Quintianus tuvo una idea. Decidió que, si arrestaba a Águeda y la amenazaba con tortura y muerte, ella renunciaría a su fe católica y aceptaría su propuesta de matrimonio. En lugar de eso, ella profundizó su devoción a Cristo y lo rechazó nuevamente, diciendo: “Si me amenazas con fieras, sabe que al Nombre de Cristo se vuelven mansas; si usas el fuego, del cielo los ángeles dejarán caer sobre mí un rocío sanador.”

Ante otro fracaso en su intento de arrebatarle la pureza, Quintianus ideó otro plan. Encerró a Águeda en el burdel de la ciudad, pensando que perdería allí su virginidad y luego cambiaría de parecer. Sin embargo, ella permaneció firme en su pureza y en su fe en aquel ambiente impío.

Después de un mes en el burdel, Águeda fue citada de nuevo ante Quintianus. Lleno de furia, la amenazó con tortura y muerte. Ella lo enfrentó con valentía y se mantuvo en paz, irradiando alegría ante la oportunidad de sufrir por Cristo. Su actitud serena y gozosa enfureció aún más a Quintianus, de modo que mandó estirarla en el potro, desgarrarle la carne con garfios de hierro, quemarla con antorchas y azotarla. Finalmente, el enfermo y diabólico Quintianus ordenó que le retorcieran y desgarraran los pechos y luego se los cortaran. Ante esto, Águeda respondió: “Tirano cruel, impío y sacrílego, ¿no sientes vergüenza de torturar a una mujer en sus pechos, tú que del pecho de una madre tomaste tu primer alimento? Puedes destruir mi cuerpo, pues es débil y perecedero; pero mi alma, consagrada desde mi infancia a su Salvador, no puedes alcanzarla ni destruirla.” Tras ser devuelta a prisión en ese estado mutilado, Águeda vio aparecerse a san Pedro, quien sanó milagrosamente sus heridas con amor de padre. Entonces la celda se llenó de luz, lo cual asustó y confundió a los guardias.

Cuatro días después, Quintianus volvió a convocarla. Cuando ella se presentó ante él curada de sus heridas, Quintianus quedó atónito, pero su corazón permaneció obstinado. Esta vez la despojó de sus vestidos y la obligó a rodar sobre carbones encendidos y piedras afiladas. Pero la ira de Dios se manifestó y hubo un terremoto. Parte del edificio en el que estaban se derrumbó y mató a dos de los compañeros de Quintianus. El pueblo se indignó por lo que Quintianus había hecho con Águeda y lo culpó del terremoto. Una vez más, Quintianus no cedió. De vuelta en la prisión, Águeda oró y entregó su espíritu al Señor, quien la recibió en su morada celestial.

Es impactante de lo que las personas son capaces. Algunos son capaces de los actos más horribles, diabólicos y egoístas. Otros son capaces de soportar esos males por amor a Cristo con paz, fortaleza y alegría. Independientemente de la exactitud histórica de los detalles de la vida y muerte de santa Águeda, el relato transmitido revela el potencial de todo corazón humano. Tenemos el potencial de ser grandes pecadores, el potencial de ser grandes santos, o de quedarnos en algún punto intermedio. Deja que el testimonio de Quintianus llene tu corazón de un santo temor al pecado y que el testimonio de santa Águeda te saque de ese “punto intermedio”. Su valentía y su fidelidad inquebrantable a Cristo han iluminado el camino de innumerables personas a lo largo de los siglos. Un día, en el Cielo, encontraremos a la verdadera santa Águeda y nos alegraremos al contemplar la belleza y la pureza de su alma. Busca que tu alma irradie esa misma gloria por la gracia de Dios y por tu fidelidad a su santa voluntad.

Oración:

Santa Águeda, ofreciste tu vida a Cristo, tu divino Esposo, y fuiste fiel hasta tu último aliento. Ruega por mí, para que aprenda del testimonio de tu vida a ser íntegro en mi fidelidad a la voluntad de Dios y a estar consagrado a Él por encima de todos los temores y males de la tierra, confiando en Él hasta el final. Santa Águeda, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

martes, 3 de febrero de 2026

4 de febrero del 2026: miércoles de la cuarta semana del tiempo ordinario-II

 

(Mc 6,1-6) Jesús experimenta el rechazo en su propia tierra, invitándonos a examinar nuestra fe: ¿sabemos reconocer la acción de Dios cuando se manifiesta en lo cotidiano y cercano?
Dispongamos el corazón para acoger la Palabra que sana, convierte y renueva nuestra confianza en el Señor.

 


Primera lectura

2 Sam 24, 2. 9-17

Soy yo el que ha pecado al censar al pueblo. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho?

Lectura del segundo libro de Samuel.

EN aquellos días, el rey David mandó a Joab, jefe del ejército, que estaba a su lado:
«Recorre todas las tribus de Israel, desde Dan a Berseba, y haz el censo del pueblo, para que sepa su número».
Joab entregó al rey el número del censo del pueblo: Israel contaba con ochocientos mil guerreros, que podían empuñar la espada y Judá con quinientos mil hombres.
Pero después, David sintió remordimiento por haber hecho el censo del pueblo. Y dijo al Señor:
«He pecado gravemente por lo que he hecho. Ahora, Señor, perdona la falta de tu siervo, que ha obrado tan neciamente».
Al levantarse David por la mañana, el profeta Gad, vidente de David, recibió esta palabra del Señor:
«Ve y di a David: así dice el Señor. “Tres cosas te propongo. Elige una de ellas y la realizaré”».
Gad fue a ver a David y le notificó:
«¿Prefieres que vengan siete años de hambre en tu país, o que tengas que huir durante tres meses ante tus enemigos, los cuales te perseguirán, o que haya tres días de peste en tu país? Ahora, reflexiona y decide qué he de responder al que me ha enviado».
David respondió a Gad:
«¡Estoy en un gran apuro! Pero pongámonos en manos del Señor, cuya misericordia es enorme, y no en manos de los hombres».
Y David escogió la peste. Eran los días de la recolección del trigo. El Señor mandó la peste a Israel desde la mañana hasta el plazo fijado.
Murieron setenta y siete mil hombres del pueblo desde Dan hasta Berseba.
El ángel del Señor extendió su mano contra Jerusalén para asolarla. Pero el Señor se arrepintió del castigo y ordenó al ángel que asolaba al pueblo:
«¡Basta! Retira ya tu mano».
El ángel del Señor se encontraba junto a la era de Arauná, el jebuseo. Al ver al ángel golpeando al pueblo, David suplicó al Señor:
«Soy yo el que ha pecado y el que ha obrado mal. Pero ellos, las ovejas, ¿qué han hecho? Por favor, carga tu mano contra mí y contra la casa de mi padre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 31, 1b-2. 5. 6. 7 (R.: cf. 5d)

R. Perdona, Señor, mi culpa y mi pecado.

V. Dichoso el que está absuelto de su culpa,
a quien le han sepultado su pecado;
dichoso el hombre a quien el Señor no le apunta el delito
y en cuyo espíritu no hay engaño.
 R.

V. Había pecado, lo reconocí,
no te encubrí mi delito;
propuse: «Confesaré al Señor mi culpa»,
y tú perdonaste mi culpa y mi pecado. 
R.

V. Por eso, que todo fiel te suplique
en el momento de la desgracia:
la crecida de las aguas caudalosas
no lo alcanzará. 
R.

V. Tú eres mi refugio,
me libras del peligro,
me rodeas de cantos de liberación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 6, 1-6

No desprecian a un profeta más que en su tierra

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús se dirigió a su ciudad y lo seguían sus discípulos.
Cuando llegó el sábado, empezó a enseñar en la sinagoga; la multitud que lo oía se preguntaba asombrada:
«¿De dónde saca todo eso? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada? ¿Y esos milagros que realizan sus manos? ¿No es este el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago y José y Judas y Simón? Y sus hermanas ¿no viven con nosotros aquí?».
Y se escandalizaban a cuenta de él.
Les decía:
«No desprecian a un profeta más que en su tierra, entre sus parientes y en su casa».
No pudo hacer allí ningún milagro, solo curó algunos enfermos imponiéndoles las manos. Y se admiraba de su falta de fe.
Y recorría los pueblos de alrededor enseñando.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

1) Un corazón que se deja corregir

La primera lectura nos muestra a David en un momento delicado: manda hacer un censo del pueblo (2S 24). No es un simple dato estadístico; en el fondo es una tentación: medirse, asegurarse, controlar, como si la fuerza del pueblo garantizara el futuro. Cuando el corazón se apoya demasiado en números, poder o estrategias, se le va haciendo difícil apoyarse en Dios.

Y entonces llega lo más importante: “David sintió remordimiento” (2S 24,10). No justifica, no maquilla, no culpa a otros. Reconoce: “He pecado gravemente”. En la Biblia, ese instante de verdad es el inicio del milagro. Porque el Señor no se cansa de rescatar al que se deja tocar por la conciencia.

Aquí ya se abre una luz para nuestra intención por los enfermos: muchas veces la enfermedad nos “desinstala”, nos quita seguridades, nos deja sin control… y ahí se decide algo grande: o nos encerramos en la angustia, o aprendemos a confiar.

2) El Dios que castiga… o el Dios que sana

Este pasaje nos impresiona: aparece una plaga, un castigo, un ángel que hiere. Es un lenguaje bíblico fuerte, propio de una etapa donde se interpretaba el sufrimiento como consecuencia directa del pecado.

Pero en el mismo texto hay un giro que revela el corazón de Dios: Dios se conmueve y detiene la desgracia (2S 24,16). David intercede: “Yo he pecado; ¿qué han hecho estas ovejas?” (2S 24,17). Es bellísimo: el rey se pone delante como responsable, como pastor que protege.

A la luz de todo el Evangelio, entendemos mejor: Dios no se deleita en el dolor humano. El Señor no es un verdugo; es un Padre que busca salvar. Y si permite que ciertas pruebas nos alcancen, nunca es para destruir, sino para despertar, purificar, acercar el corazón a lo esencial.

Por eso, cuando visitamos a un enfermo o rezamos por él, conviene desterrar esa frase que a veces hiere más que la enfermedad: “Dios te mandó esto”. No. Dios no manda la enfermedad como castigo. Dios se hace compañero en el valle oscuro, y abre caminos de esperanza incluso donde humanamente no los vemos.

3) “Dichoso el que ha sido absuelto”

El salmo de hoy es como un bálsamo (Sal 32/31). No canta al “perfecto”, sino al perdonado:
“Dichoso el que está absuelto de su culpa”;
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste”.

Esto es medicina del alma. Hay enfermos del cuerpo que sostienen una fe luminosa. Y hay gente “sana” por fuera, pero rota por dentro: resentimientos, culpas, duelos, miedos. La Palabra hoy nos recuerda que hay una sanación indispensable: la reconciliación con Dios, la paz del corazón.

A los enfermos, esta palabra les dice: No estás solo; tu vida no se reduce a un diagnóstico; Dios es tu refugio.
A la comunidad, esta palabra le dice: Acompaña, perdona, reconcilia, levanta al caído, no juzgues.

4) Jesús rechazado: el obstáculo más grande es la falta de fe

El Evangelio (Mc 6,1-6) nos coloca en Nazaret. Los paisanos de Jesús lo conocen desde niño, y justamente por eso se escandalizan: “¿De dónde le viene todo esto? ¿No es el carpintero?” Lo reducen a lo que recuerdan, le cierran la puerta a la novedad de Dios.

Y sucede algo tremendo: “no pudo hacer allí ningún milagro”, sólo curó a algunos imponiéndoles las manos. ¿Por qué? No porque Jesús pierda poder, sino porque la incredulidad levanta un muro. Dios respeta la libertad; el Señor no violenta el corazón. El milagro necesita una rendija de confianza por donde entrar.

Aquí hay un mensaje directo para nuestra oración por los enfermos:

  • Cuando la enfermedad se prolonga, puede crecer la amargura: “Dios ya no me oye”.
  • Cuando el dolor aprieta, puede crecer el miedo: “No hay salida”.
  • Cuando la medicina no alcanza, puede aparecer la desesperanza.

Pero el Evangelio insiste: la fe no niega el dolor; la fe lo entrega.
La fe no siempre cambia la situación, pero cambia el corazón y lo vuelve capaz de atravesar la prueba con una paz que no es de este mundo.

5) ¿Qué “Nazaret” hay en mi corazón?

A veces el “Nazaret” no está afuera, sino dentro: esa zona donde decimos:

  • “Dios no puede actuar aquí.”
  • “Esto no va a cambiar.”
  • “Yo ya soy así.”
  • “A mí no me van a sanar.”
  • “Mi familia nunca.”
  • “Con ese sacerdote, con esa comunidad, nada.”

Jesús sigue pasando. Y como en Nazaret, puede encontrar puertas cerradas… o corazones sencillos. Lo dramático no es que falten milagros, sino que falte fe. El milagro más grande es volver a confiar.

6) Mirada pastoral hacia los enfermos

Hoy, al rezar por los enfermos, pidamos tres gracias:

1.    La gracia de la paz interior: que el Señor los envuelva con su presencia, y que la culpa, el miedo o la tristeza no los aplasten.

2.    La gracia de una fe humilde: esa fe de “rendija” por donde Dios entra: “Señor, si quieres, puedes…”; “Señor, en tus manos…”

3.    La gracia de una comunidad que acompaña: que no dejemos solos a los que sufren; que sepamos estar, escuchar, ayudar, orar, llevar consuelo y, cuando sea posible, los sacramentos.

Porque muchas veces, el Señor hace su obra mediante manos humanas: una visita, un mensaje, una oración, una medicina compartida, una presencia fiel.

Conclusión

Hermanos, David nos enseña a reconocer el pecado y a interceder; el salmo nos enseña a confesar y a descansar en el perdón; el Evangelio nos alerta contra el corazón que se acostumbra y ya no cree.

Que hoy, al presentar en el altar a nuestros enfermos, le digamos al Señor con sencillez:
“Tú eres mi refugio; líbrame del peligro; rodéame con cantos de liberación.”
Y que, al salir, seamos para ellos un signo concreto del cuidado de Dios: cercanía, paciencia, esperanza.

Oremos:
Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas, mira con compasión a nuestros enfermos. Fortalece a quienes están en dolor, ilumina a los médicos y cuidadores, consuela a las familias, y aviva en todos la fe que abre la puerta a tus milagros. Amén.

 

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1) Puerta de entrada: cuando lo conocido se vuelve obstáculo

Hay un dicho popular que encierra mucha verdad: “la familiaridad engendra desprecio”. A veces, con quienes más convivimos —familia, vecinos, compañeros— se nos hace más fácil ver defectos que virtudes, más fácil sospechar que admirar, más fácil reducir al otro a una etiqueta que abrirnos a lo nuevo que Dios puede estar haciendo en su vida.

Y esto no sucede solo en relaciones humanas: también puede pasar en la fe. Podemos acostumbrarnos tanto a Dios, a la Iglesia, a la Palabra, a la Eucaristía, que terminamos mirando todo como “lo de siempre”, sin asombro, sin expectación, sin corazón disponible. Y cuando se pierde el asombro, comienza a enfriarse la fe.

2) El Evangelio: Jesús “demasiado conocido” para ser escuchado

El Evangelio de hoy (Mc 6,1-6) nos muestra a Jesús regresando a su pueblo. Entra a la sinagoga y enseña. La gente se asombra… pero no se abre. Se asombra y se cierra. Y empiezan las frases que matan la esperanza:

  • “¿De dónde le viene todo esto?”
  • “¿No es éste el carpintero?”
  • “¿No es el hijo de María…?”

Lo reducen al “Jesús que ellos creen conocer”: el muchacho del barrio, el trabajador del pueblo, alguien predecible, alguien sin misterio. Y por eso “se escandalizaban de él”. No es que Jesús haya cambiado de verdad: es que ellos no pudieron reconciliar lo cotidiano con lo divino, lo familiar con lo sorprendente, lo humilde con lo grande.

Entonces se cumple la frase dura:
“Un profeta no es despreciado sino en su tierra, entre sus parientes y en su casa.”
Y el texto remata con un dolor silencioso: “no pudo hacer allí ningún milagro… y se maravilló de su falta de fe.”

Dios respeta la libertad. La incredulidad no le quita a Jesús su poder; pero sí le cierra la puerta a su acción. Como si la gracia tocara… y el corazón no abriera.

3) Aplicación: ¿dónde nos está pasando “Nazaret” hoy?

Nazaret no es solo un lugar en el mapa; es una actitud del corazón. Nazaret ocurre cuando:

  • ya no escucho de verdad a los míos, porque “ya los conozco”;
  • reduzco a alguien a su pasado, a su error, a su caída;
  • me cuesta reconocer que Dios puede obrar en lo pequeño, en lo sencillo, en lo cotidiano;
  • y, lo más delicado: cuando me acostumbro tanto a la fe que ya no espero nada.

Esto puede suceder incluso dentro de una comunidad cristiana: el ambiente de familiaridad se vuelve rutina y la rutina se vuelve indiferencia. Y la indiferencia termina apagando milagros.

4) Primera lectura: el pecado de medir la vida sin Dios

La primera lectura (2S 24) habla de David y el censo. A simple vista, parece un asunto administrativo, pero en el fondo revela una tentación espiritual: querer apoyarse en números, en fuerzas humanas, en controles, como si la seguridad dependiera de lo cuantificable.

Cuando David “toma cuenta del pueblo”, está tentado a creer que su futuro está garantizado por la estadística y no por la promesa. Y entonces viene el golpe interior: “David sintió remordimiento”. Ese remordimiento es gracia. Es Dios tocando la conciencia para que el rey vuelva a la verdad.

Aquí la Escritura nos enseña algo crucial: el verdadero poder no está en contar, sino en confiar; no en controlar, sino en obedecer; no en las seguridades visibles, sino en la fidelidad de Dios.

Y David reacciona como pastor: asume responsabilidad y suplica por el pueblo:
“Yo soy el que pequé… ¿qué han hecho estas ovejas?”
Es intercesión. Es corazón de pastor. Es figura de Cristo, que carga con lo que no le corresponde para salvar a los suyos.

5) El Salmo: la medicina del corazón herido

El salmo 32(31) es una terapia del alma:
“Te confesé mi pecado… y tú perdonaste.”
“Tú eres mi refugio.”

Para tantos enfermos —y para quienes los acompañan— esta palabra es un descanso: la enfermedad suele traer preguntas, culpas antiguas, temores, y a veces soledad. Pero la Palabra nos dice: no estás abandonado. Hay un refugio que no se derrumba: Dios.

La misericordia no es un premio para los fuertes; es el hogar de los frágiles. Y el salmo lo afirma: dichoso no el impecable, sino el reconciliado; dichoso el que deja de fingir y se pone en manos de Dios.

6) Intención por los enfermos: fe que abre espacio al milagro

El Evangelio dice que Jesús “curó a algunos enfermos imponiéndoles las manos”. ¡Qué gesto tan de Iglesia! El Señor se acerca, toca, sostiene, consuela. A veces pedimos que el milagro sea inmediato; pero el primer milagro que Dios realiza en el enfermo es más profundo: no dejarlo solo, darle paz, sostener la esperanza.

Hoy, al orar por los enfermos, pidamos tres gracias:

1.    La gracia de no vivir la enfermedad en “Nazaret”, es decir, sin fe, sin confianza, sin apertura.

2.    La gracia de reconocer a Cristo obrando en lo cercano: en un médico, una enfermera, un cuidador, una llamada, una visita, un sacramento, una comunidad.

3.    La gracia de una fe sencilla que diga: “Señor, no entiendo todo, pero confío en Ti”.

Porque la fe no siempre cambia la situación, pero siempre puede cambiar el corazón: lo vuelve capaz de atravesar la noche con una luz interior.

7) Examen breve: aprender a “buscar a Cristo” en los más cercanos

Hoy se nos invita a un examen concreto:
¿A quiénes tengo demasiado “vistos”, demasiado “sabidos”, demasiado “clasificados”?
¿En quiénes me cuesta celebrar el bien?
¿En quiénes prefiero recordar fallas que reconocer crecimiento?

Y no solo con otros: también con uno mismo. Hay personas que se miran con desprecio y se dicen: “Yo no cambio”, “yo no valgo”, “Dios no me usa”. Eso también es Nazaret: no creer que Dios puede obrar en mi propia historia.

Hoy el Señor nos dice: busca y encontrarás. Busca a Cristo en tu casa. En tu comunidad. En tu propia vida. No te quedes en lo superficial. En lo ordinario se esconde lo eterno.

Conclusión

Hermanos, lo trágico de Nazaret no fue que Jesús faltara; fue que la fe faltó. Y lo hermoso del Evangelio es que todavía estamos a tiempo: abrir el corazón, salir de la rutina, dejar que Dios nos sorprenda.

Que María, que supo reconocer lo grande de Dios en lo humilde de Nazaret, nos enseñe a creer. Y que el Señor visite hoy, con su paz y su fuerza, a todos nuestros enfermos.

Oración final (por los enfermos)

Señor Jesús, médico de las almas y de los cuerpos, mira con compasión a nuestros enfermos.
Impón tu mano sobre ellos: dales alivio en el dolor, paciencia en la prueba, paz en el corazón y esperanza firme.
Sostén a sus familias, ilumina a los cuidadores y fortalece nuestra fe para reconocerte presente en lo cotidiano.
Jesús, en Ti confiamos
. Amén.


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