Paso a la acción
(Hechos 6, 1-7) Los
Apóstoles prefieren no descuidar la Palabra de Dios por el servicio de las
mesas, porque son limitados. Como nosotros, su tiempo es contado. Pero la
misión junto a las viudas es urgente y por eso instituyen a los Siete para este
servicio esencial. Por Esteban y sus compañeros, la comunidad prolonga en actos
la perseverancia en la oración y la comunión en la Palabra. Esta institución
hace visible la fuente de nuestra caridad.
Nicolas Tarralle, prêtre
assomptionniste
Primera lectura
Hch
6, 1-7
Eligieron
a siete hombres llenos del Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, al crecer el número de los discípulos, los de lengua griega
se quejaron contra los de lengua hebrea, porque en el servicio diario no se
atendía a sus viudas.
Los Doce, convocando a la asamblea de los discípulos, dijeron:
«No nos parece bien descuidar la palabra de Dios para ocuparnos del servicio de
las mesas. Por tanto, hermanos, escojan a siete de ustedes, hombres de buena
fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y los encargaremos de esta tarea;
nosotros nos dedicaremos a la oración y al servicio de la palabra».
La propuesta les pareció bien a todos y eligieron a Esteban, hombre lleno de fe
y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro, Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás,
prosélito de Antioquía. Se los presentaron a los apóstoles y ellos les impusieron
las manos orando.
La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén se multiplicaba el número de
discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la fe.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
32, 1-2. 4-5. 18-19 (R.: 22)
R. Que tu
misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Aclamen,
justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.
V. La palabra del Señor
es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
V. Los ojos del
Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Ha resucitado Cristo,
que creó todas las cosas, y se ha compadecido del género humano. R.
Evangelio
Jn
6, 16-21
Vieron
a Jesús caminando sobre el mar
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
AL oscurecer, los discípulos de Jesús bajaron al mar, embarcaron y empezaron la
travesía hacia Cafarnaún. Era ya noche cerrada, y todavía Jesús no los había
alcanzado; soplaba un viento fuerte, y el lago se iba encrespando.
Habían remado unos veinticinco o treinta estadios, cuando vieron a Jesús que se
acercaba a la barca, caminando sobre el mar, y se asustaron.
Pero él les dijo:
«Soy yo, no teman».
Querían recogerlo a bordo, pero la barca tocó tierra en seguida, en el sitio
adonde iban.
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este sábado de la segunda
semana de Pascua nos regala un mensaje profundamente actual: la fe pascual
no puede quedarse en palabras; debe traducirse en obras, en organización, en
servicio y en confianza en medio de las tormentas.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, contemplamos una comunidad cristiana que crece, pero que también
empieza a experimentar tensiones. Los helenistas se quejan porque sus viudas
son desatendidas en el servicio cotidiano. Es decir, la Iglesia naciente, aun
llena del Espíritu Santo, no era una comunidad perfecta ni exenta de problemas.
También allí surgían dificultades, malestares, reclamos y necesidades
concretas.
Y esto es importante subrayarlo: la santidad de
la Iglesia no consiste en que no haya problemas, sino en que, a la luz del
Espíritu, sabe afrontarlos evangélicamente.
Los Apóstoles no niegan la dificultad, no la
esconden, no se ponen a discutir inútilmente ni a defenderse. Tampoco abandonan
aquello que les corresponde, que es la oración y el ministerio de la Palabra.
Lo que hacen es discernir. Reconocen que la caridad no puede improvisarse, que
el servicio a los pobres no puede depender solo de la buena voluntad, y que la
comunidad necesita ministros adecuados para una tarea concreta. Entonces
instituyen a los Siete.
Qué hermosa enseñanza para nosotros. La Iglesia no
solo anuncia; la Iglesia sirve. La Iglesia no solo predica; la
Iglesia organiza la caridad. La Iglesia no solo ora; la Iglesia
convierte la oración en gesto, en cercanía, en pan compartido, en justicia
concreta.
A veces nosotros pensamos que lo espiritual está
por un lado y lo humano por otro. Como si rezar fuera una cosa y servir fuera
otra. Pero la primera lectura nos muestra exactamente lo contrario: la
oración auténtica desemboca en el servicio, y el servicio cristiano nace de
la oración. No hay oposición entre altar y mesa, entre liturgia y caridad,
entre contemplación y acción. Todo brota de Cristo resucitado.
Por eso hay que pasar de la Palabra a la acción”.
La comunidad prolonga en actos la perseverancia en la oración y la comunión en
la Palabra. En otras palabras: lo que creemos, lo vivimos; lo que
celebramos, lo practicamos; lo que escuchamos, lo encarnamos.
También nosotros tenemos que preguntarnos hoy:
¿En qué se traduce nuestra Pascua?
¿En qué se concreta nuestra fe?
¿Dónde se vuelve visible la caridad que decimos profesar?
Porque se puede asistir a misa, rezar el rosario,
escuchar la Palabra y, sin embargo, permanecer indiferentes ante las
necesidades del hermano. Se puede incluso hablar mucho de Dios y no mover un
dedo para aliviar el sufrimiento ajeno. La Pascua, en cambio, nos llama a una
fe que se hace servicio.
El salmo responsorial nos ha recordado: “Que tu
misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti.” La
misericordia de Dios no es una idea abstracta. Dios manifiesta su amor
sosteniendo, levantando, alimentando, librando de la muerte. Y quiere hacerlo
muchas veces a través de nosotros. Nuestras manos, nuestra disponibilidad,
nuestro tiempo, nuestra escucha, pueden convertirse en instrumentos de la
misericordia divina.
Luego el Evangelio nos lleva a otra escena: los
discípulos están en la barca, en la oscuridad, en medio del lago. Sopla un
viento fuerte, el mar se agita, y Jesús aún no ha llegado a ellos. Qué imagen
tan humana y tan cercana. Cuántas veces nuestra vida se parece a esa barca.
También nosotros atravesamos noches, miedos, incertidumbres, fatigas. También
nuestras comunidades a veces navegan con dificultad, sacudidas por tensiones
internas o por tormentas externas.
Y en medio de esa oscuridad aparece Jesús,
caminando sobre el mar y acercándose a la barca. Los discípulos se llenan de
miedo. Pero Él les dice: “Soy yo, no teman.” Esa es una de las frases
más consoladoras de todo el Evangelio.
No les explica el misterio del viento.
No elimina primero las olas.
No les ahorra completamente la travesía.
Pero se hace presente.
Y eso cambia todo.
El Resucitado no siempre suprime de inmediato la
tormenta, pero sí nos da su presencia. Y cuando Cristo está presente, la barca
no se hunde. Cuando Cristo está presente, el miedo no tiene la última palabra.
Cuando Cristo está presente, la noche no es eterna.
Quizá alguno de nosotros está viviendo precisamente
así: con el alma agitada, con preocupaciones, con cansancio interior, con
preguntas sin respuesta. Tal vez hay tormentas en la familia, en la comunidad,
en la salud, en la vocación, en la situación del país o en la propia historia
personal. Hoy el Señor nos repite: “Soy yo, no teman.”
No teman seguir sirviendo.
No teman cargar responsabilidades.
No teman en medio del cansancio pastoral.
No teman cuando parezca que Jesús tarda.
No teman cuando el mar de la vida se agite.
Él viene. Él se acerca. Él no abandona la barca.
Y en este sábado, la Iglesia nos invita también a
mirar a la Santísima Virgen María. La memoria de María en sábado tiene un sabor
particularmente pascual. María es la mujer creyente, la mujer fiel, la mujer
que supo esperar aun en la noche. Ella conoció el silencio del Sábado Santo, la
hora oscura, la aparente ausencia, el tiempo en que todo parecía suspendido. Y
sin embargo permaneció firme en la fe.
Por eso María puede acompañarnos cuando sentimos que
estamos remando en la oscuridad. Ella sabe lo que significa confiar sin ver.
Ella sabe lo que significa guardar la Palabra en el corazón. Ella sabe lo que
significa pasar del amor contemplado al amor vivido.
María no hizo ruido, no buscó protagonismo, pero
estuvo presente en la historia de la salvación con una disponibilidad total. En
ella vemos un modelo perfecto de lo que hoy nos enseña la Palabra: una vida
unida a Dios que se convierte en servicio humilde y en fidelidad concreta.
Pidámosle entonces a la Virgen Santísima que nos
enseñe a vivir esta Pascua con autenticidad. Que no reduzcamos la fe a palabras
bonitas ni a sentimientos pasajeros. Que sepamos, como la primera comunidad
cristiana, organizar mejor el bien, servir mejor a los más frágiles, atender
mejor a quienes sufren, y cuidar que en nuestras comunidades nadie se sienta
olvidado.
Que María nos enseñe también a no desesperar en las
noches del alma. Que cuando el mar se agite, sepamos reconocer la voz de su
Hijo que nos dice: “Soy yo, no teman.”
Y que esta Eucaristía nos renueve en una convicción
profunda:
Cristo resucitado sigue guiando la barca de su Iglesia, sigue alimentando a
su pueblo con su Palabra y su Pan, y sigue suscitando servidores humildes para
que su amor llegue a todos.
Amén.


