jueves, 8 de octubre de 2026

9 de octubre del 2026: viernes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Luis Bertrán, sacerdote

 

Testigo de la fe:

San Luis Bertrán, sacerdote


1526-1581

Dominico nacido en Valencia, Luis Bertrán bebió en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio. Su ardor misionero lo llevó a tierras de la actual Colombia, donde evangelizó durante siete años y defendió a los indígenas frente a los abusos de los encomenderos. De regreso a España, se dedicó a formar religiosos, uniendo austeridad de vida y ternura de corazón. Venerado como patrono de Colombia, nos recuerda que la Palabra anunciada debe hacerse caridad y respeto por la dignidad de cada persona.

 


.    San Dionisio y compañeros mártires

✝ 258. Tras venir a evangelizar la Galia, se convirtió en el primer obispo de París. Junto con el sacerdote Eleuterio y el diácono Rustique, murió decapitado en el «monte de los mártires», hoy Montmartre.

 

  ✝️ San Juan Leonardi (1541-1609)

Presbítero y fundador

Nacido en Diecimo, Italia, San Juan Leonardi sintió desde joven la llamada a servir a Cristo con un corazón indiviso. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, con el propósito de renovar la Iglesia desde la santidad personal y el celo apostólico.

 

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Ha llegado hasta nosotros

Esto resulta difícil de comprender: Jesús es acusado de ser un demonio. Imaginar a Dios severo, duro, al acecho de nuestros pasos en falso, hecho, en definitiva, a nuestra imagen, es algo que a veces nos sucede. Pero reconocer su presencia en la bondad de Jesús, en su poder que libera y levanta, eso sí que sacude nuestras ideas sobre él.

Jesús no viene a encerrarnos en el miedo: viene a arrancarnos de cuanto nos impide amar. Si expulsa los demonios por el dedo de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros. Está ahí, en medio de nuestras luchas, y es más fuerte que el mal que nos pone a prueba.

Hace falta, sin embargo, abrirle nuestra vida. No basta una casa barrida y bien ordenada: está hecha para ser habitada. Dejemos que Cristo permanezca en nosotros, que su Palabra ilumine nuestras decisiones y que su Espíritu inspire nuestros gestos. Con él, nuestro corazón se convierte en un lugar de paz y acogida.

 

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Primera lectura

Gál 3, 7-14

Los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán, el fiel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Reconozcan que hijos de Abrahán son los de la fe.
En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que “por ti serán benditas todas las naciones”.
Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
En cambio, cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito:
“Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo”.
Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues “el justo por la fe vivirá”; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que “quien los cumpla vivirá por ellos”.
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito:
“Maldito todo el que cuelga de un madero”; y esto, para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Esplendor y belleza son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
R.

V. Él da alimento a los que le temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera —dice el Señor—. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. R.

 

Evangelio

Lc 11, 15-26

Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
“Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

Palabra del Señor.

 

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Que nuestra casa esté habitada por Cristo

Hermanos, a veces nos cuesta reconocer la bondad, incluso cuando la tenemos delante. Un prejuicio, una herida o la desconfianza pueden llevarnos a interpretar mal hasta el gesto más generoso. Algo así sucede en el Evangelio: Jesús libera a una persona del mal, pero algunos, en lugar de alegrarse por esa vida recuperada, lo acusan de actuar con el poder del príncipe de los demonios.

¡Qué doloroso! Allí donde Jesús devuelve la libertad, ellos ven una amenaza. Allí donde se manifiesta la misericordia de Dios, ellos sospechan una intención oscura.

También nosotros necesitamos preguntarnos: ¿qué imagen de Dios llevamos en el corazón? ¿La de un Padre que quiere levantarnos, o la de alguien severo que está esperando nuestra caída para castigarnos? Porque, si imaginamos a Dios siempre al acecho de nuestros errores, podemos terminar escondiéndonos de aquel que precisamente viene a buscarnos para salvarnos.

En este viernes penitencial, la Palabra nos invita a reconocer nuestros pecados, sí, pero con confianza. El arrepentimiento cristiano nace de descubrir que hemos herido un amor que sigue ofreciéndose.

En la primera lectura, san Pablo nos presenta a Abrahán como el hombre que creyó en Dios. Su grandeza estuvo en fiarse de la promesa, en ponerse en camino sostenido por una palabra que todavía no veía plenamente realizada. Por eso, quienes viven de la fe son hijos de Abrahán: participan de esa confianza que permite a Dios conducir la vida.

Pablo está recordando a los gálatas algo esencial: la salvación es un don de Dios que recibimos por la fe, no un premio que podemos exigir por nuestros méritos. Esto no significa que nuestras obras carezcan de importancia. Significa que la fuente de nuestra vida nueva es la gracia: Dios nos ama primero, nos sostiene y nos capacita para responder con obras de amor.

Podemos cumplir muchas prácticas religiosas y, sin embargo, vivir como si todo dependiera de nosotros. Incluso podemos llegar a pensar: «Como he rezado, como me he portado bien, Dios tiene que concederme lo que le pido». Pero la fe no es una negociación. Es una relación de confianza, también cuando llega la enfermedad, cuando una respuesta tarda o cuando no comprendemos el camino.

San Pablo anuncia, además, que Cristo nos ha rescatado de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición. Es una expresión fuerte. No significa que Jesús haya cometido pecado, sino que asumió la muerte de cruz, considerada maldita, para liberarnos y abrirnos a la bendición de Dios. El Señor ha entrado hasta el fondo de nuestra miseria para que podamos recibir la promesa del Espíritu.

Por eso hoy podemos acercarle nuestras culpas sin desesperar y nuestras heridas sin avergonzarnos. Su cruz nos dice cuánto nos ama.

El salmo responde a este anuncio con unas palabras que conviene guardar en el corazón: «El Señor recuerda siempre su alianza».

Nosotros olvidamos; él permanece fiel. Nosotros atravesamos temporadas de tibieza; él sigue llamando. Nosotros podemos sentirnos solos en una habitación de hospital, en una casa silenciosa o en una noche de angustia; su alianza no desaparece.

El salmo proclama también que el Señor es clemente y misericordioso. Esta es la luz con la que debemos mirar nuestra vida. La misericordia de Dios no vuelve insignificante el pecado; nos da el valor de reconocerlo y abandonarlo. Sabernos amados nos permite decir con sinceridad: «Señor, he fallado. Necesito cambiar. Ayúdame a comenzar de nuevo».

En el Evangelio, Jesús declara: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes». El Reino se hace presente en su acción liberadora. Dios ha venido hasta nosotros. No contempla desde lejos nuestras luchas: se acerca y actúa.

Jesús habla de un hombre fuerte que guarda su palacio, pero también de otro más fuerte que lo vence. Nuestra esperanza está en Cristo, el más fuerte. El mal es real y hace daño, pero no tiene la última palabra sobre quien se entrega al Señor.

Ahora bien, el Evangelio termina con una advertencia que puede desconcertarnos. El espíritu impuro regresa y encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces vuelve con otros espíritus, y la situación de aquella persona empeora.

Esta imagen nos invita a comprender que la conversión necesita continuidad. No basta con una limpieza ocasional del corazón. No basta con decir: «Ya dejé aquello», si después no alimentamos una vida nueva. Nuestro corazón está hecho para ser habitado por Dios.

Si queremos dejar el rencor, necesitamos aprender a perdonar. Si queremos vencer la indiferencia, necesitamos ejercitarnos en el servicio. Si queremos alejarnos de la mentira, debemos acostumbrarnos a la verdad. Si hemos recibido el perdón en la confesión, necesitamos cuidar esa gracia con la oración, la Eucaristía y decisiones concretas.

Preguntémonos, entonces: ¿con qué estoy llenando mi casa interior? ¿Qué alimento cada día con mis conversaciones, mis pensamientos y lo que veo o comparto? ¿Estoy dejando espacio para la Palabra de Dios, para el silencio, para escuchar a quienes viven conmigo?

San Luis Bertrán, cuya memoria celebramos, nos ofrece un testimonio luminoso. Este sacerdote dominico encontró en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio en tierras de nuestra Colombia. Su misión lo llevó a encontrarse con las comunidades indígenas y a enfrentar los abusos que herían su dignidad. Su predicación se apoyaba en una vida entregada a Dios.

En él podemos reconocer la unión entre contemplación y servicio: dejar que el Señor habite el corazón para llevar después su luz a los demás. También nosotros evangelizamos cuando nuestra presencia ayuda a alguien a recuperar la esperanza, cuando defendemos al débil y cuando nuestras palabras dejan de herir y comienzan a consolar.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos que sufren en el alma y en el cuerpo. Por quienes viven con dolor, por quienes esperan un diagnóstico, por quienes atraviesan una depresión, por quienes lloran una pérdida y por quienes llevan heridas que nadie alcanza a ver.

Al escuchar este Evangelio, tengamos algo muy claro: no debemos identificar la enfermedad física o mental con una posesión, ni considerar el sufrimiento una prueba de falta de fe. Nuestros hermanos necesitan cercanía, escucha, atención adecuada y una comunidad que los sostenga. Nuestra oración debe hacerse también llamada, visita, ayuda concreta y compañía perseverante.

Y pidamos perdón por las veces en que hemos aumentado el sufrimiento de otros: por una palabra dura, un juicio apresurado, una ausencia, una burla o una indiferencia. Puede ser este nuestro gesto penitencial de hoy: acercarnos a alguien a quien hemos descuidado, pedir perdón o dedicar tiempo a una persona que necesita ser escuchada.

Antes de acercarnos a la mesa del Señor, dejemos que esta pregunta nos acompañe: ¿qué lugar de mi vida necesita hoy la presencia de Cristo y qué gesto de amor puedo ofrecer a alguien que sufre?

Señor Jesús, tú has venido hasta nosotros y conoces nuestras luchas. Perdona nuestros pecados, libera nuestro corazón del miedo y enséñanos a confiar en tu misericordia. Habita nuestra casa interior; que tu Palabra ilumine nuestras decisiones y tu Espíritu sostenga nuestra conversión.

Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y personas que sepan acompañarlos. Haznos atentos a su dolor y generosos en el servicio.

Santa María, Madre de misericordia, acompáñanos en el camino de la fe. San Luis Bertrán, intercede por nuestra patria y por todos los que anuncian el Evangelio. Amén.

 

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9 de octubre: memoria

🕊️ San Luis Bertrán (1526-1581)

Presbítero dominico, misionero, reformador y amigo del Espíritu Santo

Patrono de Colombia y protector de los misioneros



1. Infancia y vocación temprana

Luis Bertrán nació en Valencia, España, el 1 de enero de 1526, en una familia profundamente cristiana. Desde niño mostró una inclinación natural hacia la oración, la austeridad y la caridad con los pobres. Era sobrino del célebre pintor Juan de Juanes, pero su vocación no fue hacia el arte sino hacia la santidad.
En 1544, a los 18 años, ingresó a la Orden de Predicadores (Dominicos) en el convento de Santo Domingo de Valencia. Desde el inicio fue ejemplo de disciplina, humildad y celo apostólico. Fue ordenado sacerdote en 1547, con apenas 21 años, y pronto se convirtió en maestro de novicios, guiando a muchos jóvenes en el camino de la perfección cristiana.


2. Maestro de almas y reformador silencioso

Como formador, San Luis Bertrán se distinguió por su sabiduría equilibrada: firme en la doctrina, pero paternal y lleno de mansedumbre. Su lema espiritual podría resumirse en la frase:

“La oración es la raíz de toda predicación verdadera.”

Vivía con extrema sencillez, evitando el lujo, el poder y las discusiones estériles. Durante años ejerció su ministerio en Valencia y otros conventos de su provincia, insistiendo en la necesidad de la renovación interior del clero y de la vida religiosa, en consonancia con el espíritu del Concilio de Trento.
Sus contemporáneos lo consideraban un “nuevo Domingo de Guzmán”: lúcido en la fe, prudente en el gobierno y siempre sereno incluso en medio de las tensiones internas que vivía la Orden.


3. El llamado misionero: del Mediterráneo al Nuevo Mundo

En 1562, movido por un ardor misionero que no conocía límites, San Luis Bertrán fue enviado como misionero a las Indias Occidentales, específicamente al Virreinato de la Nueva Granada, actual Colombia. Llegó a Cartagena de Indias en 1562, y desde allí emprendió un apostolado heroico entre indígenas, esclavos africanos y colonos españoles.

Predicó en Turbaco, Cartagena, y el Valle del Cauca, aprendiendo las lenguas nativas con paciencia y dedicación. Su palabra era sencilla pero llena de fuego; su presencia, austera pero luminosa. Se le atribuyen numerosos milagros, entre ellos el don de las lenguas, gracias al cual podía hacerse entender por los pueblos indígenas sin intérprete.

San Luis vivió su misión en una época difícil, marcada por los abusos de algunos encomenderos y el choque cultural entre europeos y pueblos originarios. Sin embargo, él se distinguió por su trato respetuoso y compasivo hacia los indígenas, defendiendo su dignidad y su derecho a recibir el Evangelio sin violencia. En su predicación, unía la doctrina firme con la ternura del corazón.

Una de sus frases más recordadas fue:

“El amor de Dios no se impone: se propone con mansedumbre y se demuestra con obras.”


4. Milagros y persecuciones

Durante su estancia en América, San Luis Bertrán enfrentó incomprensiones, calumnias y peligros constantes. Fue envenenado en una ocasión, pero sobrevivió milagrosamente. También tuvo visiones místicas, entre ellas una sobre el Juicio Final, que lo llevó a intensificar su vida de penitencia y de oración intercesora por los pecadores.

Su poder de intercesión y sus curaciones prodigiosas lo convirtieron en una figura de santidad viva. Sin embargo, nunca buscó la fama: se consideraba un “instrumento indigno del Espíritu Santo”.
En 1569, enfermo y agotado, fue llamado de nuevo a España, donde continuó su ministerio como guía espiritual y formador de predicadores.


5. Últimos años y muerte en paz

Los últimos doce años de su vida los pasó en su convento de Valencia, dedicado a la dirección espiritual, la confesión y la oración. Murió el 9 de octubre de 1581, con fama de santidad y rodeado del cariño de sus hermanos dominicos. Sus últimas palabras fueron una síntesis de su vida entera:

“En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu… Tú solo eres mi paz.”

Fue beatificado en 1608 por el Papa Pablo V y canonizado por Clemente X en 1671. Su cuerpo se conserva incorrupto en Valencia, como signo de la pureza de su alma y de su fidelidad a Dios.


6. Espiritualidad y legado

San Luis Bertrán encarna la síntesis perfecta entre vida contemplativa y acción misionera. Su espiritualidad dominicana se fundamenta en tres pilares:

  • La oración perseverante: como fuente de toda conversión.
  • La mansedumbre en la predicación: como medio para llegar al corazón del otro.
  • La pureza interior y el desapego: como condición para que el Espíritu Santo obre libremente.

En el contexto del Año Jubilar “Peregrinos de la Esperanza”, su vida nos recuerda que la verdadera evangelización nace de un corazón que ha orado largamente y que vive desapegado de sí mismo.


7. Iconografía y patronazgo

Se le representa como un fraile dominico de rostro sereno, sosteniendo un crucifijo y un lirio, símbolos de su pureza y de su predicación.
Es patrono de Colombia, de Valencia y de los novicios dominicos.
Su intercesión se invoca especialmente por los misioneros, catequistas y formadores, y por quienes desean perseverar en su vocación.


Oración a San Luis Bertrán

Oh Dios, que encendiste en tu siervo San Luis Bertrán el fuego del celo apostólico y la dulzura del Espíritu,
concédenos anunciar tu Evangelio con palabras llenas de amor y obras de misericordia.
Que su intercesión proteja a nuestros misioneros,
inspire nuevas vocaciones y renueve nuestras comunidades en la fidelidad al Evangelio.
Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Amén.

 

 

8 de octubre del 2026: jueves de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II

 

Puertas abiertas

Comparar a Dios, que escucha nuestras oraciones, con ese hombre ya acostado, que no quiere ser molestado, se niega a levantarse, a abrir su puerta para sacar de un apuro a un amigo, y termina cediendo ante su insistencia, puede sorprendernos. Sin embargo, Jesús nos conduce, a través de esta escena familiar, hacia una confianza más grande: si un hombre termina prestando un servicio a pesar de su cansancio, ¡cuánto más acogerá nuestro Padre a quienes se vuelven hacia él!

Pedir, buscar, llamar: estos tres verbos nos invitan a perseverar en la oración. Podemos confiarle todo al Señor: nuestras necesidades, nuestras inquietudes, nuestras decepciones, pero también la angustia de quienes esperan nuestra ayuda. El amigo de la parábola pide pan para alguien a quien acaba de recibir. Su oración nos enseña así a presentar a los demás ante Dios.

Jesús nos revela finalmente el don más precioso que el Padre quiere hacernos: el Espíritu Santo. Él ilumina nuestro camino, sostiene nuestra esperanza y nos enseña a amar. La respuesta de Dios puede sorprendernos y llegar por caminos inesperados. Perseveremos, pues, con confianza: su corazón está abierto para nosotros. Y dejemos que su Espíritu abra nuestras propias puertas a quienes llaman.



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Primera lectura

Gál 3, 1-5

¿Recibieron el Espíritu por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

¡OH, insensatos Gálatas!
¿Quién los ha fascinado a ustedes, a cuyos ojos se presentó a Cristo crucificado?
Solo quiero que me contesten a esto: ¿Recibieron el Espíritu
por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?
¿Tan insensatos son? ¿Empezaron por el Espíritu para terminar con la carne?
¿Han vivido en vano tantas experiencias? Y si fuera en vano…
Vamos a ver: el que les concede el Espíritu y obra prodigios entre ustedes, ¿lo hace por las obras de la ley o por haber escuchado con fe?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Lc 1, 69-70. 71-72. 73-75 (R.: cf. 68)

R. Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado a su pueblo.


V. Suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
R.

V. Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza. 
R.

V. Y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán para
concedernos
que, libres de temor, arrancados de la mano de los
enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo.
R.

 

Evangelio

Lc 11, 5-13

Pidan y se les dará

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Supongan que alguno de ustedes tiene un amigo, y viene durante la medianoche y le dice:
“Amigo, préstame tres panes, pues uno de mis amigos ha venido de viaje y no tengo nada que ofrecerle”; y, desde dentro, aquel le responde:
“No me molestes; la puerta ya está cerrada; mis niños y yo estamos acostados; no puedo levantarme para dártelos”; les digo que, si no se levanta y se los da por ser amigo suyo, al menos por su importunidad se levantará y le dará cuanto necesite.
Pues yo les digo a ustedes: pidan y se les dará, busquen y hallarán, llamen y se les abrirá; porque todo el que pide recibe, y el que busca halla, y al que llama se le abre.
¿Qué padre entre ustedes, si su hijo le pide un pez, le dará una serpiente en lugar del pez? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?
Si ustedes, pues, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?».

Palabra del Señor.

 

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Puertas abiertas: recibir el Espíritu y compartir sus dones

 

Queridos hermanos:

Una puerta que se abre cuando necesitamos ayuda puede devolvernos la esperanza. Pensemos en alguien que nos recibe cuando estamos preocupados, que escucha nuestra dificultad o que comparte lo que tiene. En esos gestos sencillos descubrimos cuánto bien hace encontrar un corazón disponible.

El Evangelio de hoy nos presenta una puerta cerrada. Es medianoche. Un hombre necesita pan para atender a un amigo que acaba de llegar de viaje. Acude a un vecino, llama y encuentra resistencia: todos están acostados. Sin embargo, insiste, porque alguien espera recibir alimento en su casa.

Esta escena nos introduce en la oración confiada y nos ayuda a comprender también nuestra misión como Iglesia: acudir a Dios para recibir lo que necesitamos compartir con nuestros hermanos.

Para entender mejor la primera lectura, recordemos brevemente lo que hemos escuchado estos días de la carta a los Gálatas.

El lunes, Pablo nos invitaba a permanecer fieles al Evangelio recibido. Estaba preocupado porque algunos confundían a la comunidad y la apartaban de la gracia de Cristo. Recordaba que el Evangelio que anunciaba procedía de Jesucristo y que su misión debía buscar la fidelidad a Dios por encima de la aprobación humana.

El martes, el apóstol compartía su propia historia: había perseguido a la Iglesia, pero Dios lo llamó por su gracia y le reveló a su Hijo para que lo anunciara a los pueblos. Su vida mostraba la fuerza transformadora del encuentro con Cristo. Quien había intentado destruir la fe se convirtió en su anunciador.

Ayer escuchábamos su encuentro con los apóstoles en Jerusalén: reconocieron la gracia recibida por Pablo y le tendieron la mano en señal de comunión, pidiéndole que recordara a los pobres. También escuchábamos su corrección a Pedro cuando, por miedo, se apartaba de los cristianos procedentes del paganismo. La verdad del Evangelio debía reflejarse en la fraternidad.

Así, estos días nos han dejado tres enseñanzas: fidelidad al Evangelio, gratitud por la gracia que transforma nuestra vida y coherencia para vivir como hermanos.

Hoy Pablo llega al corazón de su preocupación. Les recuerda a los gálatas a Jesucristo crucificado y les pregunta cómo recibieron el Espíritu: por el cumplimiento de la Ley o por haber acogido con fe el anuncio del Evangelio. Quiere que reconozcan la iniciativa de Dios y permanezcan abiertos a su acción.

También nosotros necesitamos recordar de dónde viene nuestra fuerza. La vida cristiana nace de la gracia y crece cuando colaboramos con ella. Nuestras obras buenas expresan esa respuesta: la fe recibida se convierte en caridad, servicio, reconciliación y perseverancia.

Esto ilumina nuestra intención de hoy por la obra evangelizadora. Organizamos catequesis, celebraciones, visitas y encuentros; preparamos mensajes y buscamos caminos para anunciar a Jesús. Todo ello necesita alimentarse del trato con el Señor. El evangelizador también necesita dejarse evangelizar, escuchar la Palabra y pedir cada día la ayuda del Espíritu.

Por eso podemos decirle: Señor, renueva en nosotros la alegría de haberte encontrado. Que nuestras ocupaciones conserven siempre espacio para escucharte.

El salmo responsorial de hoy es el cántico de Zacarías. Con él bendecimos al Señor porque ha visitado a su pueblo. Recordamos su fidelidad a la alianza, su misericordia y su promesa a Abrahán. Dios viene a liberarnos para que podamos servirlo sin temor, con santidad y justicia, durante toda nuestra vida.

Detengámonos en esa expresión: servirlo sin temor. Cuántas veces el miedo detiene nuestros pasos. Miedo a hablar de la fe, a comprometernos con la comunidad, a aceptar una responsabilidad; miedo, también, a escuchar una posible llamada al sacerdocio o a la vida consagrada.

El cántico nos invita a apoyarnos en la fidelidad de Dios. Podemos ofrecerle nuestra vida porque él sostiene a quienes llama. La santidad y la justicia que cantamos deben hacerse visibles en nuestra manera de trabajar, de tratar a los demás y de cumplir nuestros compromisos.

Con esta confianza volvemos al Evangelio. Jesús conoce nuestras dificultades para perseverar y nos anima: «Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá». La escena culmina con una promesa: el Padre dará el Espíritu Santo a quienes se lo pidan.

La comparación con el vecino que acaba levantándose nos lleva a confiar en la generosidad mucho mayor del Padre. Podemos acercarnos a él con nuestras necesidades, incluso cuando nos sentimos pobres, cansados o sin palabras.

A veces llevamos mucho tiempo rezando por una persona, una dificultad familiar o una necesidad de nuestra comunidad. La espera puede doler. Jesús nos invita a permanecer en esa relación de confianza. Podemos expresarle al Padre nuestra impaciencia, nuestro desconcierto y nuestras lágrimas. La oración también puede ser ese sencillo acto de permanecer ante él cuando todavía no comprendemos el camino.

Y pidamos su Espíritu. Él nos ayuda a discernir, nos fortalece para hacer el bien y nos enseña a amar dentro de las circunstancias que estamos viviendo.

Hay un detalle precioso en la parábola: aquel hombre busca pan para ofrecerlo a otro. Su insistencia nace de la hospitalidad. Ha acogido a alguien y reconoce que necesita ayuda para atenderlo.

¡Qué hermosa imagen de la Iglesia que evangeliza! Recibimos a personas que buscan sentido, consuelo, perdón o una palabra de esperanza. Ante sus necesidades también reconocemos nuestra pobreza. Por eso acudimos al Señor: danos tu luz para orientar, tu paciencia para escuchar y tu caridad para acompañar.

Hoy presentemos ante él a los misioneros, los catequistas, los sacerdotes, los consagrados y los laicos que anuncian el Evangelio. Recordemos a quienes evangelizan en las familias, en las escuelas, en las veredas y a través de los medios de comunicación.

Pidamos también nuevas vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada, y perseverancia para quienes ya respondieron. Esa oración nos compromete a acompañar a los jóvenes, escuchar sus preguntas y ofrecerles comunidades donde puedan descubrir la alegría de servir a Dios.

Al acercarnos a la Eucaristía, pongamos ante Jesús nuestra pobreza y nuestra disponibilidad. Él nos alimenta con su propia vida y nos envía a compartir sus dones.

Dejemos que una pregunta acompañe nuestra jornada: ¿Para quién me está pidiendo el Señor que abra hoy la puerta de mi corazón?

Padre bueno, gracias por visitarnos y sostener a tu Iglesia. Danos tu Espíritu Santo. Renueva nuestra fe y enséñanos a perseverar en la oración.

Bendice la obra evangelizadora de la Iglesia. Fortalece a quienes están cansados, acompaña a quienes anuncian tu Palabra en medio de dificultades y despierta en nuestras comunidades el deseo de compartir el Evangelio.

Regálanos vocaciones al sacerdocio y a la vida consagrada. Concede libertad y generosidad a quienes llamas, y fidelidad a quienes han puesto su vida a tu servicio.

Virgen María, ayúdanos a escuchar al Señor y a responder con disponibilidad. Acompaña a nuestros evangelizadores y enséñanos a llevar a Jesús a nuestros hermanos.

Amén.

 

martes, 6 de octubre de 2026

7 de octubre del 2026: miércoles de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario

 

Bienaventurada Virgen María del Rosario

Nuestra Señora del Rosario es una de las numerosas advocaciones de la Virgen María. Según una tradición piadosa, se habría aparecido a santo Domingo, en el siglo XIII, para animarlo a difundir la oración del rosario. La Orden dominicana ha favorecido su difusión, invitando a los fieles a contemplar, con María, los misterios de la vida de Cristo.

Celebrada el 7 de octubre, esta memoria nos recuerda que el rosario es una oración profundamente evangélica. Al hilo de las avemarías, aprendemos a acoger la Palabra de Dios y a guardar en nuestro corazón los acontecimientos de la vida de Jesús.

María nos conduce a su Hijo. Con ella, confiamos al Señor las alegrías y las pruebas de nuestras familias, los sufrimientos de los enfermos y nuestro deseo de paz. En su escuela, descubrimos que una oración humilde y perseverante alimenta la fe, sostiene la esperanza y hace crecer la caridad.

Nuestra Señora del Rosario, enséñanos a contemplar a Jesús con tu mirada y a amarlo con tu corazón. Amén.

 

 

De la mano de Nuestra Señora del Rosario

En este miércoles de la vigesimoséptima semana del Tiempo Ordinario, celebramos la memoria obligatoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario, quien nos enseña a contemplar a Jesús y a guardar su Palabra en el corazón.

La liturgia de hoy nos invita a vivir con coherencia el Evangelio, a proclamar entre todos los pueblos el amor fiel del Señor y a acercarnos a Dios con confianza de hijos. Como los discípulos, también nosotros le decimos a Jesús: «Señor, enséñanos a orar».

De la mano de María, presentemos al Padre nuestra vida y las necesidades de nuestros hermanos, especialmente de los enfermos y de quienes los cuidan. Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos ayude a vivir como una verdadera familia en Cristo.

 


 

Primera lectura

Gál 2, 1-2. 7-14

Reconocieron la gracia que me ha sido otorgada

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Transcurridos catorce años, subí otra vez a Jerusalén con Bernabé, llevando también a Tito.
Subí por una revelación. Y les expuse el Evangelio que predico entre los gentiles, aunque en privado, a los más cualificados, no fuera que caminara o hubiera caminado en vano.
Todo lo contrario, vieron que se me ha encomendado anunciar el Evangelio a los incircuncisos, lo mismo que a Pedro a los circuncisos, pues el mismo que capacita a Pedro para su misión entre los judíos, me capacita a mí para la mía entre los gentiles; además, reconociendo la gracia que me ha sido otorgada, Santiago, Cefas y Juan, considerados como columnas, nos dieron la mano en señal de comunión a Bernabé y a mí, de modo que nosotros nos dirigiéramos a los gentiles y ellos a los circuncisos.
Solo nos pidieron que nos acordáramos de los pobres, lo cual he procurado cumplir.
Ahora bien, cuando llegó Cefas a Antioquía, tuve que encararme con él, porque era reprensible.
En efecto, antes de que llegaran algunos de parte de Santiago, comía con los gentiles; pero cuando llegaron aquellos, se fue retirando y apartando por miedo a los de la circuncisión.
Los demás judíos comenzaron a simular con él, hasta el punto de que incluso Bernabé se vio arrastrado a su simulación.
Pero cuando vi que no se comportaban correctamente, según la verdad del Evangelio, le dije a Pedro delante de todos:
«Si tú, siendo judío, vives como los gentiles y no como los judíos, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero
y proclamen el Evangelio.


O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Han recibido un Espíritu de hijos de adopción,
en el que clamamos: «¡“Abba”, Padre!».
R.

 

Evangelio

Lc 11, 1-4

Señor, enséñanos a orar

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que estaba Jesús orando en cierto lugar, cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo:
«Señor, enséñanos a orar, como Juan enseñó a sus discípulos».
Él les dijo:
«Cuando oren, digan: “Padre, santificado sea tu nombre, venga tu reino, danos cada día nuestro pan cotidiano, perdónanos nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a todo el que nos debe, y no nos dejes caer en tentación”».

Palabra del Señor.


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«Señor, enséñanos a orar»: con María, junto a nuestros enfermos


Hermanos, hay momentos en los que las palabras no nos alcanzan para rezar. Frente a una enfermedad, mientras esperamos el resultado de un examen o acompañamos a una persona que sufre, podemos sentir que no sabemos qué decirle a Dios. Tenemos fe, pero también miedo. Queremos confiar, pero nos asaltan las preguntas. En esos momentos, la petición del discípulo en el Evangelio de hoy puede hacerse nuestra: «Señor, enséñanos a orar».

Esta súplica nos reúne hoy, cuando celebramos la memoria de la Bienaventurada Virgen María del Rosario y presentamos al Señor, de manera especial, a nuestros hermanos enfermos. Le pedimos a María que nos acompañe para aprender a orar, a confiar y a permanecer cerca de quienes sufren.

El Evangelio nos cuenta que Jesús estaba orando. El discípulo lo contempla y, cuando termina, le pide que les enseñe. Antes de escuchar una enseñanza sobre la oración, ha visto a Jesús orar. Ha descubierto que su Maestro busca al Padre, que vive en comunión con él.

También nosotros necesitamos detenernos. A veces vivimos tan ocupados, incluso haciendo cosas buenas, que dejamos la oración para cuando sobre tiempo. Pero el encuentro con Dios sostiene nuestra vida y nuestro servicio. Necesitamos hablarle de lo que llevamos dentro y escuchar su Palabra.

Jesús responde con una palabra que abre todo un camino: «Padre».

Podríamos detenernos hoy solamente en ella. Antes de presentar nuestras necesidades, Jesús nos invita a reconocer a quién nos dirigimos. Hablamos con el Padre que nos conoce y nos ama. Podemos acercarnos con nuestra historia real, con nuestras heridas y hasta con nuestra dificultad para creer.

Hermano enfermo, hermana enferma: quizá hoy tu oración sea muy sencilla. Tal vez no tengas fuerzas para rezar un rosario completo, para leer una página del Evangelio o para mantener la atención. Puedes decir: «Padre, aquí estoy. Tengo miedo. Me duele. Acompáñame». Esa oración breve puede expresar una confianza profunda. No necesitas ocultarle a Dios tu cansancio.

Jesús nos enseña después a pedir que el nombre del Padre sea santificado y que venga su Reino. También desde una habitación de hospital podemos hacer esa petición. Allí deseamos que se haga presente el amor de Dios: en una atención digna, en una palabra respetuosa, en el cuidado oportuno, en una mano que acompaña.

Y nosotros podemos colaborar con ese Reino. Cada vez que tratamos al enfermo con paciencia y reconocemos su dignidad, damos testimonio del Padre al que rezamos.

«Danos cada día nuestro pan cotidiano».

Qué cercana resulta esta petición cuando la enfermedad cambia la vida de una familia. El pan cotidiano incluye el alimento necesario, y junto a él presentamos otras necesidades concretas: los medicamentos, una cita médica, el transporte, la posibilidad de continuar un tratamiento, el descanso de quien cuida.

Jesús nos enseña a pedir el pan de cada día. Hay sufrimientos que se vuelven más pesados cuando intentamos cargar, de una sola vez, con todos los temores del futuro. La oración nos permite decir: «Señor, dame la fuerza para este día. Ayúdame a dar el paso que hoy me corresponde».

Y fijémonos en algo: pedimos nuestro pan. Al orar, llevamos también la necesidad del hermano. Si pido por un enfermo, puedo preguntarme qué está a mi alcance para ayudarlo. Quizá una visita prudente, una llamada, llevarle comida, acompañarlo a una consulta o relevar por un rato a su cuidador. La oración va educando nuestras manos para servir.

Esto nos acerca a la primera lectura. San Pablo recuerda su encuentro con los apóstoles y la comunión en la misión de anunciar el Evangelio. En medio de ese relato aparece una recomendación muy concreta: acordarse de los pobres. Pablo afirma que ha procurado hacerlo con empeño.

Esa palabra nos toca hoy. La enfermedad puede traer nuevas formas de pobreza: perder ingresos, depender de otras personas, quedarse solo, sentir que ya no se cuenta para nadie. Una comunidad cristiana necesita recordar a quienes ya no pueden salir de casa o venir a la Eucaristía. Su ausencia no puede convertirse en olvido.

En la misma lectura, Pablo relata que tuvo que corregir a Pedro porque su comportamiento no correspondía a la verdad del Evangelio. Es una escena exigente: también los creyentes podemos actuar por miedo a la opinión ajena y terminar levantando barreras entre hermanos.

La Palabra nos invita a revisar nuestra coherencia. Cuando llamamos Padre a Dios, estamos reconociendo que los demás son nuestros hermanos. Esa fraternidad debe notarse en el modo de acogerlos, especialmente cuando están débiles o necesitan ayuda. La fe que profesamos pide hacerse visible en nuestras relaciones.

El salmo nos ofrece el fundamento de esta confianza: el amor del Señor hacia nosotros es grande y su fidelidad permanece.

Escuchar esto junto a nuestros enfermos requiere delicadeza. Hay personas que llevan mucho tiempo pidiendo una mejoría y siguen sufriendo. Puede surgir una pregunta dolorosa: «Si Dios me ama, ¿por qué continúo así?».

No tenemos una explicación que resuelva cada sufrimiento. Podemos, sin embargo, mirar a Jesús, que conoció el dolor y la muerte, y confiar en que también nos acompaña en esa oscuridad. La enfermedad no demuestra falta de fe ni abandono de Dios. Pedimos con esperanza la salud y, al mismo tiempo, pedimos fortaleza para atravesar lo que todavía no comprendemos. Cuidarnos y recibir atención médica también forma parte de esa responsabilidad por la vida.

Hoy María del Rosario nos acompaña en este camino. Ella recibió con alegría el anuncio del ángel, hizo sus preguntas y ofreció su disponibilidad: «Hágase en mí según tu palabra». Su confianza fue creciendo a lo largo de una vida que también conoció la incertidumbre y el sufrimiento.

Al rezar el rosario, recorremos con ella la vida de Jesús. Hay misterios de alegría, de luz, de dolor y de gloria. También nuestra vida tiene momentos distintos, y todos pueden entrar en la oración. Podemos agradecer un nacimiento, pedir orientación para una decisión, llorar una pérdida y sostener la esperanza de la resurrección.

María permaneció junto a la cruz. De ella aprendemos algo muy valioso para acompañar a los enfermos: permanecer. No siempre tendremos una respuesta ni una frase que alivie. Podemos ofrecer presencia, escuchar sin prisa y respetar incluso el silencio del otro. Cuánto consuela saber que alguien está dispuesto a quedarse cerca.

En el Evangelio, Jesús también nos enseña a pedir perdón y a perdonar. A veces, junto al dolor del cuerpo, llevamos heridas en el corazón. Podemos pedir al Señor que nos ayude a dar un paso hacia la reconciliación, con paciencia y sin forzar procesos. Una llamada, una palabra sincera o la disposición a escuchar pueden abrir un camino de paz.

Y terminamos suplicando que no nos deje caer en la tentación. En medio de la prueba necesitamos ayuda para no encerrarnos, para aceptar el cuidado de otros, para seguir buscando el bien. También quienes acompañan a los enfermos necesitan esta fuerza: se cansan, se preocupan y pueden sentirse solos.

Hermanos, hoy pongamos nombres y rostros en nuestra oración. Recordemos a los hospitalizados, a quienes viven con dolor crónico, a quienes sufren en su salud mental, a los que esperan un diagnóstico y a quienes atraviesan sus últimos días. Oremos por sus familias, por sus cuidadores y por el personal sanitario.

Y llevemos una pregunta a nuestra vida: ¿qué persona enferma necesita esta semana que mi oración se convierta también en cercanía?

Señor Jesús, enséñanos a orar. Cuando nos falten palabras, ayúdanos a decir «Padre» con confianza. Mira a nuestros enfermos; concédeles alivio y salud, sostén su esperanza y hazles sentir nuestro cariño. Da sabiduría a quienes los atienden y descanso a quienes los cuidan.

Bienaventurada Virgen María del Rosario, acompáñanos en los días luminosos y en las horas difíciles. Enséñanos a contemplar a tu Hijo y a permanecer junto a nuestros hermanos que sufren. Ruega por nosotros y por todos nuestros enfermos. Amén.

 

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7 de octubre: Nuestra Señora del Rosario — Memoria

 


Citas:

“Un día, por medio del Rosario y del Escapulario, Nuestra Señora salvará al mundo.”
~San Domingo de Guzmán

“Jamás se perderá quien rece su Rosario todos los días. Es una afirmación que gustosamente firmaría con mi propia sangre.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“De todas las oraciones, el Rosario es la más hermosa y la más rica en gracias... ama el Rosario y recítalo cada día con devoción.”
~San Pío X

“El Rosario es mi oración predilecta. ¡Una oración maravillosa! Maravillosa por su sencillez y su profundidad.”
~San Juan Pablo II

“El Rosario es un tesoro de valor incalculable inspirado por Dios.”
~San Luis María Grignion de Montfort

“El Rosario es la forma de oración más excelente y el medio más eficaz para alcanzar la vida eterna. Es el remedio para todos nuestros males, la raíz de todas nuestras bendiciones. No hay modo de orar más perfecto.”
~Papa León XIII


Reflexión:

En los siglos XII y XIII floreció en el sur de Francia la herejía albigense. Los albigenses eran cristianos dualistas que creían que el Dios del Antiguo Testamento era el origen del mundo material —considerado malo—, mientras que el Dios del Nuevo Testamento era el origen del mundo espiritual —considerado bueno—. Rechazaban los sacramentos y promovían un ascetismo extremo como forma de negar la materia.

En el año 1203, Santo Domingo de Guzmán viajaba por el sur de Francia en una misión diplomática cuando se encontró con esta grave herejía. Durante las dos décadas siguientes se dedicó plenamente a combatirla mediante la predicación y el debate. Cuenta la tradición que, en un momento de profunda dificultad, se retiró durante algunos días para orar y ayunar, pidiendo a la Virgen María su guía.

La Virgen se le apareció, entregándole el Rosario, revelándole los misterios que debían meditarse durante los quince decenarios, y exhortándole a predicar y rezar esas oraciones como arma espiritual. La palabra “Rosario” proviene del latín rosarium, que significa “jardín de rosas”. Cada Avemaría es una rosa espiritual, y juntas forman un jardín de amor ofrecido a Dios. Santo Domingo obedeció a la Virgen y tuvo gran éxito en la conversión de los herejes.

La fiesta que hoy celebramos, Nuestra Señora del Rosario, tiene su origen en la antigua fiesta de Nuestra Señora de la Victoria. A fines del siglo XVI, los musulmanes del Imperio Otomano estaban expandiéndose hacia el sudeste de Europa y el Mediterráneo. En 1571, el Papa San Pío V, dominico, formó una alianza entre los Estados Pontificios, España, Venecia y otros pequeños reinos cristianos, llamada la Santa Liga, para detener el avance otomano.

El 7 de octubre de ese año, la flota cristiana se enfrentó a la armada otomana en el Mediterráneo, y el Papa pidió a toda Europa que rezara el Rosario pidiendo la victoria. La victoria llegó. En gratitud, el Papa instituyó la Fiesta de Nuestra Señora de la Victoria, a celebrarse el primer domingo de octubre de cada año. Dos años después, el Papa Gregorio XIII cambió su nombre por el de Fiesta del Santo Rosario.

En 1671 la fiesta fue extendida a toda España, y en 1716, tras otra victoria importante sobre los musulmanes, se extendió a toda la Iglesia. En 1913, el Papa San Pío X trasladó la fecha del primer domingo de octubre al 7 de octubre, para preservar las celebraciones dominicales. Hoy, esta fiesta se celebra en el calendario romano con el título de Nuestra Señora del Rosario, como memoria obligatoria.


El Rosario, arma espiritual y escuela de esperanza

Aunque la guerra es siempre una tragedia y debe evitarse en lo posible, defender la vida, la familia y la nación es un deber moral cuando un agresor injusto ataca. En ese contexto, la oración se convierte en el arma más poderosa, y después de la Eucaristía, el Rosario es la oración más eficaz que puede elevarse.

Más allá de los conflictos armados, el Rosario es también una de las mayores armas espirituales contra todo tipo de mal. Aun en tiempos de paz exterior, el mundo vive guerras interiores: el pecado, la corrupción, el odio, la violencia, la indiferencia. Hoy, con las comunicaciones globales, somos testigos de los males espirituales que hieren a la humanidad: guerras, inmoralidad, abusos, crímenes, pobreza, descomposición moral.

No basta con condenar o lamentarse ante el mal. Rezar el Rosario es combatirlo desde su raíz, con la fuerza del amor y la intercesión. Cada Avemaría es una súplica de conversión; cada misterio contemplado, una semilla de luz sembrada en la oscuridad del mundo.

En este día, dedicado al Santo Rosario y a Nuestra Señora, somos llamados a renovar nuestra confianza en su intercesión y a usar con fidelidad esta poderosa arma espiritual. Cada crimen, abuso o pecado es, antes que nada, un defecto del alma, una herida espiritual. Y el mejor remedio para el pecado es la conversión del corazón.

La forma más eficaz de ganar corazones para Dios es la oración, y entre todas las oraciones, el Rosario ocupa un lugar privilegiado. A lo largo de los siglos, los Papas, obispos y santos han promovido esta devoción. Innumerables santos lo rezaron cada día, ofreciendo a la Virgen un ramo espiritual de rosas, que Ella derrama luego sobre el mundo en forma de gracia.


Oración

Nuestra Señora del Rosario,
Tú confiaste esta santa oración a Santo Domingo,
y a través de él la diste al mundo.
Siempre estás atenta a quienes rezan tu Rosario,
y nunca dejas de derramar las gracias de Dios en respuesta.

Ruega por mí,
para que comprenda más profundamente
el poder del Santo Rosario
y nunca falte a mi deber de rezarlo cada día.

Nuestra Señora del Rosario, ruega por mí.

Jesús, en Ti confío.

9 de octubre del 2026: viernes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Luis Bertrán, sacerdote

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