Santo del día
San Ignacio de Loyola
1491-1556. «Señor […] dame tu amor y tu gracia, me basta». Así oró, en sus Ejercicios Espirituales, el hombre que fundó oficialmente, en 1540 en Roma, la Compañía de Jesús (Jesuitas).
Al comienzo del reinado de Joaquín, hijo de Josías, rey de Judá, vino esta palabra del Señor a Jeremías: «Así dice el Señor: Ponte en el atrio del templo y di a todos los ciudadanos de Judá que entran en el templo para adorar, las palabras que yo te mande decirles; no dejes ni una sola. A ver si escuchan y se convierte cada cual de su mala conducta, y me arrepiento del mal que medito hacerles a causa de sus malas acciones. Les dirás: Así dice el Señor: Si no me obedecéis, cumpliendo la ley que os di en vuestra presencia, y escuchando las palabras de mis siervos, los profetas, que os enviaba sin cesar (y vosotros no escuchabais), entonces trataré a este templo como al de Silo, a esta ciudad la haré fórmula de maldición para todos los pueblos de la tierra.»
Los profetas, los sacerdotes y el pueblo oyeron a Jeremías decir estas palabras, en el templo del Señor. Y, cuando terminó Jeremías de decir cuanto el Señor le había mandado decir al pueblo, lo agarraron los sacerdotes y los profetas y el pueblo, diciendo: «Eres reo de muerte. ¿Por qué profetizas en nombre del Señor que este templo será como el de Silo, y esta ciudad quedará en ruinas, deshabitada?»
Y el pueblo se juntó contra Jeremías en el templo del Señor.
Palabra de Dios
R/. Que me escuche tu gran bondad, Señor.
Más que los pelos de mi cabeza
son los que me odian sin razón;
más duros que mis huesos,
los que me atacan injustamente.
¿Es que voy a devolver lo que no he robado? R/.
Por ti he aguantado afrentas,
la vergüenza cubrió mi rostro.
Soy un extraño para mis hermanos,
un extranjero para los hijos de mi madre;
porque me devora el celo de tu templo,
y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí. R/.
Pero mi oración se dirige a ti,
Dios mío, el día de tu favor;
que me escuche tu gran bondad,
que tu fidelidad me ayude. R/.
En aquel tiempo fue Jesús a su ciudad y se puso a enseñar en la sinagoga. La gente decía admirada: «¿De dónde saca éste esa sabiduría y esos milagros? ¿No es el hijo del carpintero? ¿No es su madre María, y sus hermanos, Santiago, José, Simón y Judas? ¿No viven aquí todas sus hermanas? Entonces, ¿de dónde saca todo eso?» Y aquello les resultaba escandaloso.
Jesús les dijo: «Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta.» Y no hizo allí muchos milagros, porque les faltaba fe.
Palabra del Señor
No cerremos
el corazón a la voz de Dios
La
primera lectura, tomada del profeta Jeremías, nos introduce hoy —y continuará
haciéndolo mañana— en uno de los momentos más difíciles de la misión del
profeta. Jeremías recibe del Señor el encargo de colocarse en el atrio del
templo y anunciar, sin quitar una sola palabra, aquello que Dios quiere
comunicar a su pueblo.
El
mensaje contiene una advertencia severa, pero también una posibilidad de
salvación: «Quizá escuchen y se convierta cada cual de su mala conducta». Dios
no amenaza por el gusto de castigar. Dios advierte porque ama; corrige porque
desea salvar; llama a la conversión porque todavía confía en que el corazón
humano puede cambiar.
Sin
embargo, los sacerdotes, los falsos profetas y algunos dirigentes religiosos se
sienten cuestionados. Están tan seguros de sus privilegios, de sus
instituciones y de su manera de interpretar la voluntad de Dios, que ya no son
capaces de escuchar una palabra diferente. En lugar de examinar su vida, atacan
al mensajero. En vez de convertirse, exclaman contra Jeremías: «¡Eres reo de
muerte!».
Esta
escena nos descubre una tentación que también puede aparecer en nuestra vida
religiosa: creer que, por estar cerca del templo, por conocer las oraciones o
por participar en las celebraciones, ya no necesitamos convertirnos. Podemos
estar físicamente cerca de las cosas de Dios y, sin embargo, mantener el
corazón lejos de Él.
Jeremías
no habla para destruir el templo ni para acabar con la fe del pueblo. Habla
para purificarla. Sus advertencias no cierran el futuro; por el contrario,
abren la posibilidad de un futuro nuevo. Mientras Dios envíe profetas, mientras
su Palabra nos cuestione y mientras sintamos la llamada a cambiar, significa
que el Señor no se ha cansado de nosotros.
Por
eso, el salmo responsorial expresa la experiencia dolorosa del justo
perseguido: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El salmista se siente
extranjero entre los suyos, incomprendido incluso por sus hermanos y convertido
en objeto de burlas por causa de su fidelidad a Dios.
Jeremías
vivió esa incomprensión. Jesús la experimentó de manera todavía más profunda. Y
también nosotros podemos sentirla cuando procuramos vivir el Evangelio con
coherencia. No siempre la fidelidad será comprendida; no siempre hacer el bien
recibirá aplausos; no siempre decir la verdad será bien recibido. Pero el salmo
nos recuerda que, en medio de la incomprensión humana, permanece la bondad de
Dios. Cuando los hombres cierran sus oídos, el Señor escucha; cuando otros nos
rechazan, Él nos sostiene.
El
Evangelio nos presenta a Jesús regresando a su tierra. Enseña en la sinagoga y
quienes lo escuchan quedan admirados por su sabiduría y por sus obras. Pero la
admiración pronto se transforma en rechazo: «¿No es este el hijo del
carpintero? ¿No se llama María su madre?».
Sus
paisanos creen conocerlo perfectamente. Conocen su familia, su oficio, su
procedencia y sus parientes. Precisamente por eso piensan que Jesús no puede
traerles nada nuevo. Lo han encerrado en una definición: para ellos es
solamente el hijo del carpintero.
El
Evangelio quiere prevenirnos contra el peligro de etiquetar o catalogar a las personas.
Existe en nosotros una tentación continua de definir a los demás por su pasado,
por su familia, por sus errores, por su oficio, por sus limitaciones o por lo
que alguna vez escuchamos decir acerca de ellos.
Decimos:
«Este siempre ha sido así», «aquella persona nunca cambiará», «de esa familia
no puede salir nada bueno», «ya sabemos cómo piensa». Estas etiquetas nos
producen una falsa seguridad, porque creemos que, al definir a alguien, ya lo
conocemos completamente.
Pero
ninguna persona puede ser encerrada en una sola definición. Cada ser humano es
complejo, es una historia sagrada, es un misterio conocido plenamente solo por
Dios. Todos somos mucho más de lo que los ojos pueden percibir. Somos más que
nuestros errores, más que nuestros fracasos, más que nuestro pasado y más que
las opiniones que otros se hayan formado sobre nosotros.
Y
si esto es verdad para toda persona, lo es todavía más cuando se trata de
Jesucristo. Sus paisanos conocían muchos datos sobre Él, pero no reconocieron
su misterio. Sabían de dónde venía humanamente, pero no comprendieron quién lo
enviaba. Conocían a María y a José, pero no descubrieron que, en aquel hombre
sencillo, Dios mismo estaba visitando a su pueblo.
Por
eso, Jesús concluye: «Un profeta solo es despreciado en su pueblo y en su
casa». A Jeremías lo rechazaron quienes debían escuchar la Palabra de Dios. A
Jesús lo rechazaron aquellos que creían conocerlo. En ambos casos, la
familiaridad se convirtió en obstáculo para la fe.
También
nosotros podemos acostumbrarnos tanto a Jesús que dejemos de sorprendernos ante
Él. Podemos escuchar muchas veces el Evangelio, contemplar la cruz, participar
en la Eucaristía y pronunciar el nombre de Dios, pero sin permitir que su
Palabra transforme verdaderamente nuestra vida.
La
incredulidad de Nazaret no consistió solamente en negar la existencia de Dios.
Consistió en negarse a reconocer que Dios podía manifestarse en lo sencillo, en
lo cotidiano y en alguien que ellos creían conocer.
Hoy
celebramos la memoria de san Ignacio de Loyola. También él tuvo que permitir
que Dios rompiera las etiquetas con las que había definido su propia vida.
Soñaba con honores, hazañas militares y gloria humana. Pero, durante su
convalecencia, descubrió que existía una gloria más grande: la gloria de Dios.
San
Ignacio comprendió que el ser humano no está terminado, que puede dejarse
transformar por la gracia y que toda la vida puede orientarse a «amar y servir»
al Señor. Su existencia quedó resumida en una expresión que sigue inspirando a
la Iglesia: hacerlo todo para la mayor gloria de Dios.
Pidamos
hoy tres gracias.
Primero,
la gracia de escuchar a los profetas que Dios pone en nuestro camino, incluso
cuando su palabra nos incomoda.
Segundo,
la gracia de no encerrar a nadie en una etiqueta, sino mirar a cada persona con
esperanza, reconociendo que Dios puede obrar en ella.
Y
tercero, la gracia de reconocer a Jesús en lo sencillo: en su Palabra, en la
Eucaristía, en los pobres, en la comunidad y en aquellos que quizá conocemos
demasiado humanamente, pero no hemos aprendido a contemplar con los ojos de la
fe.
Que,
como san Ignacio de Loyola, busquemos en todo la mayor gloria de Dios; que
combatamos el buen combate de la fe bajo la protección del Señor; y que,
siguiendo el ejemplo de los santos, lleguemos un día a compartir con ellos la
gloria del cielo.
Amén.
31 de julio: San Ignacio de Loyola, presbítero — Memoria
1491–1556
Patrono de la Compañía de Jesús (Jesuitas), los Ejercicios Espirituales, los soldados y los retiros espirituales
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622
✨ Cita:
"El hombre ha sido creado para alabar, reverenciar y servir a Dios nuestro Señor, y mediante esto salvar su alma. Y las demás cosas sobre la faz de la tierra han sido creadas para el hombre, para que le ayuden a alcanzar el fin para el cual ha sido creado. De esto se sigue que el hombre debe usarlas en la medida en que le ayudan a alcanzar su fin, y debe apartarse de ellas en la medida en que se lo impiden. Para ello es necesario hacerse indiferente ante todas las cosas creadas, en lo que se permite a la elección de nuestro libre albedrío y no se le prohíbe; de modo que, por nuestra parte, no queramos salud más que enfermedad, riqueza más que pobreza, honor más que deshonor, vida larga más que corta, y así en todo lo demás; deseando y eligiendo solamente lo que más nos conduzca al fin para el cual hemos sido creados."
~ Principio y Fundamento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio
Reflexión:
Íñigo López de Oñaz y Loyola (Ignacio en latín) nació en el castillo de Loyola, en el municipio de Azpeitia, actual provincia de Guipúzcoa, España. Fue el menor de trece hermanos. Poco después de su nacimiento, su madre falleció, y fue cuidado por una mujer local llamada María. A los siete años, murió también su padre, y fue enviado a vivir con una familia noble donde sirvió como paje, lo cual lo introdujo en el ideal de la caballería y el servicio militar.
Como consecuencia, Ignacio se convirtió en un joven entusiasta que soñaba con ser un gran militar. Cautivado por los ideales del honor y la gloria mundanos, se hizo soldado alrededor de los diecisiete años. Durante los siguientes doce años participó en numerosas batallas y ascendió en el rango militar. En 1521, a los treinta años, fue herido en combate y pasó meses postrado en cama mientras se curaba su pierna.
Durante su convalecencia, pidió libros para entretenerse. Esperaba recibir novelas de caballería, pero en la casa donde se recuperaba no había tales libros. En su lugar, le ofrecieron La vida de Cristo, del cartujo Ludolfo de Sajonia, y Flores de los santos. Al leer y releer estos textos, comenzó a sentirse inspirado e imaginó su propia vida como la de un santo.
Ignacio también dedicaba mucho tiempo a imaginar romances y hazañas caballerescas. Sin embargo, notó una diferencia importante: aunque ambos tipos de pensamientos le generaban entusiasmo momentáneo, los mundanos lo dejaban luego seco y triste, mientras que los pensamientos sobre Cristo y los santos lo llenaban de un gozo que perduraba. Esta fue la primera gran clave de su conversión, una intuición que más tarde se convertiría en la base de su sabiduría espiritual y guía para la Iglesia.
Después de sanar, Ignacio decidió peregrinar a Tierra Santa. Antes de hacerlo, pasó por el santuario de Montserrat. Allí, dos experiencias marcaron profundamente su camino: sus penitencias y su confesión general. Como penitencia, vestía ropas ásperas e incómodas, ataba una cuerda bajo su rodilla y solo usaba un zapato. Oraba largamente de rodillas y de pie ante el Señor y la Virgen María.
En Montserrat, se preparó durante tres días para realizar una confesión general de todos los pecados de su vida. Durante esta confesión, por primera vez reveló su intención de dedicar toda su vida al servicio de Dios. Al terminar, se consagró al Señor y a la Virgen, y pasó la noche entera en oración. Así comenzó un camino radical hacia la santidad.
Luego, viajó a la ciudad de Manresa, donde permaneció desde el 25 de marzo de 1522 hasta mediados de febrero de 1523. Ese tiempo en Manresa fue de profunda conversión interior. Pasaba largas horas en oración, asistía a misa diariamente, realizaba duras penitencias, buscaba dirección espiritual y estudiaba los evangelios. Solía orar en silencio en una cueva cercana, despreocupado de su apariencia externa, centrado en embellecer su alma.
Durante este periodo, Ignacio comenzó a experimentar profundas consolaciones espirituales. Pero poco después también sufrió fuertes pruebas interiores, sintiendo que el maligno lo tentaba diciéndole que no podría mantener su vida de penitencia y fervor. Incluso fue atacado por pensamientos de desesperanza y escrúpulos, creyendo que no había confesado adecuadamente todos sus pecados. Esta lucha fue tan intensa que, por un breve momento, pensó en quitarse la vida. Sin embargo, logró discernir que tales pensamientos no venían de Dios. Una vez comprendido esto, rechazó los escrúpulos y fue liberado de esa carga.
En Manresa, continuó con ayunos extremos (llegando a no comer ni beber durante siete días), se flagelaba tres veces al día y dedicaba siete horas diarias a la oración. La Virgen y Jesús se le manifestaban en lo profundo de su alma, comunicándole grandes verdades espirituales. Fue allí donde comenzó a escribir uno de los mayores clásicos espirituales de la Iglesia: los Ejercicios Espirituales.
Los Ejercicios no son tanto un libro como una guía estructurada para un retiro de treinta días, preferiblemente en silencio, bajo la dirección de un guía espiritual entrenado. El texto ofrece instrucciones diarias para el orante y directrices para que el director espiritual lo guíe en el discernimiento de la voluntad de Dios.
Tras este período de formación espiritual, Ignacio estudió en Barcelona, Alcalá y Salamanca. Allí comenzó a difundir sus ideas, pero sus escritos fueron examinados por la Inquisición española, y fue brevemente encarcelado varias veces antes de ser absuelto de toda acusación de herejía.
Más tarde se trasladó a París, donde obtuvo el grado de maestro en teología. Allí conoció a Francisco Javier y Pedro Fabro, quienes más tarde serían también santos. En 1537, Ignacio y sus compañeros fueron ordenados sacerdotes en Venecia. En 1540, fundaron la Compañía de Jesús (Jesuitas), y en 1541 Ignacio fue elegido como su primer superior, cargo que ocuparía hasta su muerte.
En los siguientes veinte años, los Jesuitas crecieron hasta contar con unos mil miembros, fundaron más de treinta escuelas y emprendieron misiones en territorios no cristianos. En el siglo siguiente, los Jesuitas jugarían un papel clave en la Contrarreforma católica, destacándose como defensores del Papa y de la ortodoxia de la fe.
San Ignacio de Loyola es una de las figuras más inspiradoras de la historia de la Iglesia. Dejó un legado espiritual invaluable en sus Ejercicios Espirituales, fundó una de las órdenes religiosas más influyentes, y escribió unas 7.000 cartas llenas de sabiduría.
Al conmemorar a San Ignacio, recordemos su primera conversión, aquella que dio fruto a tantos bienes. Él descubrió que la voluntad de Dios produce un gozo duradero y una paz profunda, a diferencia de las emociones del mundo que son efímeras y dejan vacío. Esa intuición ha ayudado a miles a discernir la voluntad divina para sus vidas mediante el método ignaciano.
Medita hoy sobre la voluntad de Dios para ti. Aprende de San Ignacio y busca siempre el camino que te conduzca a la alegría profunda, la paz del alma y la consolación espiritual que no pasa.
🙏 Oración:
San Ignacio de Loyola, tu pierna herida fue la ocasión para que Dios te hablara mientras sufrías y te recuperabas. Supiste escuchar y discernir el llamado a una vida de servicio desinteresado.
Te ruego que intercedas por mí, para que esté siempre atento a la voz de Dios y sepa discernir su voluntad.
Como tú, deseo entregarme por completo al servicio de Dios, para su gloria y la salvación de las almas.
San Ignacio de Loyola, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.





