jueves, 23 de abril de 2026

24 de abril del 2026: viernes de la tercera semana de Pascua

 

No es magia

(Juan 6, 52-59) Aquí, la “carne” y la “sangre” designan a la persona en su totalidad. Se trata, por tanto, de vivir de la misma vida de Jesús: por la manducación de la Palabra, por la participación en la mesa eucarística y por una relación con Él semejante a la que Él vivió con el Padre. Sin la interiorización de la Palabra, sin una oración personal ferviente, la comida eucarística corre el peligro de convertirse en un acto mágico. Un tipo de relación con Dios que la Biblia no deja de denunciar.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura


Hch 9, 1-20


Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:
«Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».
Dijo él:
«¿Quién eres, Señor?».
Respondió:
«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:
«Ananías».
Respondió él:
«Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo:
«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R. : Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
 R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que come mi carne y bebe mi sangre —dice el Señor— habita en mí y yo en él. R.

 

Evangelio

Jn 6, 52-59

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes de Pascua nos pone ante tres movimientos espirituales muy profundos: Saulo cae y es transformado, el salmo invita a todos los pueblos a alabar la misericordia del Señor, y Jesús en el Evangelio nos revela el misterio central de nuestra fe: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.

La primera lectura nos presenta una de las conversiones más impresionantes de la historia cristiana: Saulo, perseguidor de la Iglesia, va camino de Damasco “respirando amenazas de muerte”. Lleva cartas, autoridad humana, seguridad ideológica, convicción religiosa, pero su corazón todavía no ha sido alcanzado por la misericordia. Entonces una luz del cielo lo envuelve y escucha aquella pregunta que lo derrumba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Esa pregunta es decisiva. Jesús no le dice: “¿Por qué persigues a mis discípulos?”, sino: “¿Por qué me persigues?”. Aquí aparece una verdad bellísima y exigente: Cristo se identifica con su Iglesia, con sus pequeños, con sus heridos, con sus perseguidos, con sus miembros sufrientes. Tocar al hermano es tocar a Cristo. Herir al hermano es herir a Cristo. Servir al hermano es servir a Cristo.

Saulo cae al suelo. Y a veces, hermanos, necesitamos caer. No porque Dios quiera humillarnos, sino porque hay caminos de soberbia, de autosuficiencia, de dureza interior, que sólo se interrumpen cuando una luz más grande nos desinstala. Saulo queda ciego, pero en realidad empieza a ver. Pierde la vista exterior, pero comienza a abrirse la mirada interior. El perseguidor será apóstol. El violento será evangelizador. El enemigo será instrumento elegido.

Por eso esta lectura tiene una fuerza penitencial muy grande. Nos invita a preguntarnos: ¿qué zonas de mi vida necesitan caer ante Cristo? ¿Qué durezas, resentimientos, cegueras, prejuicios, violencias interiores o palabras hirientes necesitan ser tocadas por la luz del Resucitado? ¿A quién estoy persiguiendo quizá con mi indiferencia, con mi juicio, con mi falta de caridad?

Y al mismo tiempo, esta lectura es profundamente esperanzadora. Nadie está definitivamente perdido. Nadie es sólo su pasado. Nadie queda reducido a sus errores. Si Saulo pudo convertirse en Pablo, también nosotros podemos renacer. Si aquel hombre que respiraba amenazas terminó respirando Evangelio, también nuestras heridas pueden convertirse en misión.

El salmo responsorial es breve, pero inmenso: “Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya”. Y añade: “Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre”. La conversión de Saulo confirma precisamente eso: que la misericordia de Dios es más grande que el pecado humano. Dios no se cansa de buscar, de llamar, de levantar, de sanar. Su fidelidad no dura hasta que nosotros fallamos; su fidelidad “dura por siempre”.

Y llegamos al Evangelio. Jesús continúa el discurso del Pan de Vida y sus palabras provocan desconcierto: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. La pregunta no es superficial. Es una pregunta seria, porque Jesús está diciendo algo que supera toda comprensión puramente humana. Él no ofrece una idea, no ofrece solamente una enseñanza moral, no ofrece un símbolo vacío. Jesús se ofrece a sí mismo: su carne, su sangre, su vida entera.

Cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, habla de su persona total, de su existencia entregada, de su amor llevado hasta la cruz. La Eucaristía no es magia. No es un rito automático. No es una costumbre piadosa que funciona sin fe, sin conversión, sin amor, sin oración. La Eucaristía es comunión real con Cristo vivo, pero exige un corazón abierto, una vida que quiera dejarse transformar.

Hermanos como dice alguien comentando este evangelio: sin interiorizar la Palabra, sin oración personal ferviente, sin una relación viva con Jesús, la participación eucarística puede correr el riesgo de parecerse a un gesto mágico. Es decir, como si bastara comulgar exteriormente sin permitir que Cristo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de mirar, de perdonar, de servir.

La Eucaristía no es magia: es alianza, es comunión, es permanencia, es transformación. Jesús dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer no es visitar de vez en cuando. Permanecer no es acercarse sólo por tradición. Permanecer es habitar en Cristo y dejar que Cristo habite en nosotros. Es vivir de Él como Él vive del Padre.

Aquí está el centro de la vida cristiana: vivir por Cristo. No sólo hablar de Cristo, no sólo celebrar ritos en nombre de Cristo, no sólo defender ideas religiosas, sino vivir de su misma vida. Comer su carne y beber su sangre significa dejarnos alimentar por su amor entregado, por su obediencia al Padre, por su compasión hacia los enfermos, por su ternura hacia los pecadores, por su paciencia con los débiles, por su misericordia con los heridos.

Y hoy, al ofrecer esta Eucaristía con intención penitencial y por quienes sufren en el alma y en el cuerpo, comprendemos mejor el misterio. Hay personas que no sólo tienen hambre de pan material. Hay quienes tienen hambre de paz, de sentido, de perdón, de compañía, de salud, de esperanza. Hay hermanos que sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor físico, las limitaciones. Y hay otros que sufren en el alma: depresión, ansiedad, culpa, soledad, duelos, heridas familiares, miedos profundos, silencios que nadie conoce.

A todos ellos, Cristo les dice: “Yo soy alimento para tu camino. Yo soy vida para tu cansancio. Yo soy presencia para tu soledad. Yo soy medicina para tus heridas. Yo soy resurrección para tus muertes interiores”.

Pero también nos dice a nosotros: no reciban mi Cuerpo para seguir indiferentes ante el cuerpo sufriente de sus hermanos. No beban mi Sangre para seguir alimentando divisiones, odios o palabras que hieren. No vengan a mi mesa si no quieren aprender mi estilo: el estilo del pan partido, de la vida entregada, del amor que se vuelve servicio.

Saulo recibió la luz de Cristo, pero también necesitó la mediación de Ananías. Dios pudo haberlo sanado directamente, pero quiso que un hermano se acercara, le impusiera las manos y le dijera: “Hermano Saulo”. Qué palabra tan poderosa: “hermano”. Ananías tenía razones para temerle, para desconfiar de él, para rechazarlo. Pero la gracia le enseñó a mirar a Saulo no sólo por su pasado, sino por la posibilidad nueva que Dios estaba haciendo nacer en él.

También nosotros estamos llamados a ser Ananías para alguien: acercarnos al que está ciego, al que ha caído, al que carga culpa, al que tiene mala fama, al que necesita una palabra que lo devuelva a la vida. A veces una persona empieza a sanar cuando alguien se atreve a llamarla de nuevo “hermano”, “hermana”, “hijo”, “hija”, “amigo”, “persona amada por Dios”.

Queridos hermanos: este viernes pascual nos invita a comulgar con profundidad. No nos acerquemos a la Eucaristía como quien cumple un gesto externo. Acerquémonos como Saulo caído en el camino, necesitados de luz. Acerquémonos como enfermos que buscan al Médico. Acerquémonos como pecadores que necesitan misericordia. Acerquémonos como discípulos hambrientos de vida eterna.

Pidamos hoy tres gracias.

Primera: la gracia de la conversión, para que Cristo derribe nuestras cegueras y transforme nuestras durezas.

Segunda: la gracia de vivir la Eucaristía con fe, no como magia ni rutina, sino como comunión viva con Jesús, Pan bajado del cielo.

Tercera: la gracia de ser consuelo para quienes sufren, especialmente para quienes padecen en el alma y en el cuerpo.

Que el Señor, cuya misericordia es grande y cuya fidelidad dura por siempre, nos alimente con su Cuerpo y con su Sangre. Que nos haga pasar de la ceguera a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la compasión, de la muerte a la vida.

Y que cada comunión nos haga más parecidos a Jesús: pan partido para el mundo, presencia humilde para los heridos, testigos vivos de la Pascua.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes pascual nos conduce al corazón de nuestra fe: Cristo vivo, Cristo que transforma, Cristo que se nos da como Pan de Vida. La primera lectura nos presenta la conversión de Saulo; el salmo nos invita a proclamar la misericordia del Señor a todos los pueblos; y el Evangelio nos pone ante una afirmación fuerte, luminosa y exigente de Jesús:

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

Como comenta alguien:  la fe eucarística no nace solamente de la razón humana. La razón es un don precioso de Dios; nos ayuda a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a orientar nuestras decisiones. Pero hay misterios que la razón sola no puede alcanzar. Necesita abrirse a la revelación. Necesita dejarse iluminar por la voz de Dios.

Por eso, ante el misterio de la Eucaristía, la pregunta de los judíos en el Evangelio es comprensible: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Desde una mirada puramente humana, la Eucaristía parece imposible. ¿Cómo puede ese pan ser el Cuerpo de Cristo? ¿Cómo puede ese cáliz ser su Sangre? ¿Cómo puede lo pequeño contener al Infinito? ¿Cómo puede lo visible esconder una Presencia tan grande?

Pero Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “Me expresé mal”. No dice: “Era sólo una imagen”. Al contrario, afirma con más fuerza: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”. Y añade: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Aquí estamos ante una certeza de fe. La Eucaristía no es un simple símbolo vacío, no es una representación teatral, no es una costumbre piadosa heredada de nuestros mayores. La Eucaristía es Cristo mismo, entregado por nosotros; es su Cuerpo ofrecido, su Sangre derramada, su vida comunicada a quienes creen en Él.

Ahora bien, como decíamos en la reflexión anterior, la Eucaristía no es magia. No basta acercarse exteriormente a comulgar si el corazón no quiere convertirse. No basta recibir el Pan consagrado si no queremos alimentarnos también de la Palabra, de la oración, del perdón, de la caridad. La Eucaristía es real, pero pide una respuesta real. Cristo se nos da entero, pero también espera que nosotros nos entreguemos a Él con sinceridad.

La primera lectura ilumina muy bien este camino. Saulo iba camino de Damasco lleno de seguridades humanas. Creía tener razón. Creía defender a Dios. Creía servir a la verdad. Pero en realidad estaba persiguiendo a Cristo en sus hermanos. Entonces una luz lo derriba y escucha aquella voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Qué fuerte es esto: Saulo tenía religión, pero todavía no tenía comunión con Cristo. Tenía celo, pero no tenía amor. Tenía convicciones, pero no tenía misericordia. Tenía fuerza, pero no tenía luz.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. Podemos tener prácticas religiosas, devociones, discursos, cargos, conocimientos, pero necesitar todavía una verdadera conversión del corazón. Podemos comulgar y, sin embargo, seguir alimentando resentimientos. Podemos participar en la Eucaristía y, sin embargo, despreciar al hermano. Podemos decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar, pero no reconocer el cuerpo sufriente de Cristo en el enfermo, en el pobre, en el abatido, en el que sufre en el alma y en el cuerpo.

Por eso hoy la intención penitencial es tan necesaria. Pedimos perdón al Señor porque muchas veces nuestra fe ha sido débil, rutinaria, superficial. Pedimos perdón porque nos hemos acercado a la Eucaristía sin hambre verdadera de conversión. Pedimos perdón porque hemos creído más en nuestras ideas que en la Palabra de Cristo. Pedimos perdón porque a veces hemos recibido el Cuerpo del Señor, pero hemos ignorado las heridas de su Cuerpo místico, que es la Iglesia y que son nuestros hermanos.

Saulo cae al suelo, queda ciego, ayuna tres días, entra en silencio. Y allí comienza su transformación. La fe verdadera siempre nos lleva a una caída de nuestras soberbias y a un nuevo nacimiento. Saulo tiene que dejarse conducir. Él, que iba seguro de sí mismo, ahora necesita que otros lo lleven de la mano. Él, que quería apresar cristianos, ahora necesita recibir ayuda de un cristiano llamado Ananías.

Y Ananías también vive su propia conversión. Tiene miedo, porque sabe quién es Saulo. Pero Dios le pide que se acerque. Y cuando llega, no lo llama “enemigo”, no lo llama “perseguidor”, no lo llama “asesino”. Le dice: “Hermano Saulo”.

Esa palabra es profundamente eucarística: hermano. Porque quien comulga con Cristo aprende a mirar de otra manera. Aprende a ver posibilidades donde otros sólo ven pasado. Aprende a reconocer la gracia donde otros sólo ven culpa. Aprende a acercarse al herido, al caído, al difícil, al que necesita una nueva oportunidad.

El salmo lo resume con una frase breve y universal: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. Y también dice: “Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre”. Eso fue lo que experimentó Saulo: una misericordia firme, más fuerte que su pecado; una fidelidad que no se cansó de buscarlo; una gracia capaz de convertir al perseguidor en apóstol.

Y eso es lo que recibimos en la Eucaristía: no una idea, sino misericordia viva; no una teoría, sino presencia real; no un simple recuerdo del pasado, sino el mismo Cristo que nos alimenta hoy para la vida eterna.

Hermanos, el Evangelio nos invita a una fe más cierta, más profunda, más confiada. Creer en la Eucaristía no significa entenderlo todo con la cabeza. Significa fiarnos de Jesús. Significa escuchar su Palabra y decir: “Señor, si Tú lo dices, es verdad. Si Tú lo prometes, se cumple. Si Tú te entregas, yo quiero recibirte con fe”.

Muchas cosas las creemos porque las vemos, las tocamos, las comprobamos. Pero las verdades de la fe tienen una certeza más profunda, porque no descansan solamente en nuestros sentidos, sino en la Palabra de Dios. Los sentidos ven pan; la fe reconoce a Cristo. Los sentidos perciben vino; la fe adora la Sangre del Señor. Los sentidos ven un altar; la fe contempla el sacrificio redentor actualizado sacramentalmente. Los sentidos ven una asamblea reunida; la fe descubre al Cuerpo de Cristo alimentado por su Cabeza.

Por eso, al acercarnos a comulgar, no digamos “Amén” de manera distraída. Ese “Amén” es una profesión de fe. Es decir: “Creo, Señor, que eres Tú. Creo que vienes a mí. Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida. Creo que me das vida eterna. Creo que puedes sanar lo que está enfermo en mí. Creo que puedes levantar lo que ha caído. Creo que puedes iluminar mis cegueras”.

Y hoy, de modo especial, pongamos sobre el altar a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a los tristes, a los deprimidos, a los ansiosos, a los que llevan duelos, a los que se sienten solos, a los que han perdido la esperanza, a los que viven dolores silenciosos que nadie conoce. La Eucaristía es alimento para los débiles. Es medicina para los heridos. Es compañía para los solos. Es fuerza para los cansados. Es promesa de resurrección para quienes sienten que algo se les está muriendo por dentro.

Pero también pidamos que esta Eucaristía nos convierta en presencia sanadora para ellos. Que no salgamos de misa igual. Que no salgamos sólo “cumplidos”, sino enviados. Que cada comunión nos haga más compasivos, más pacientes, más humildes, más capaces de decirle a alguien, como Ananías: “Hermano, hermana, Cristo también viene por ti”.

Queridos hermanos: Saulo encontró a Cristo en el camino y su vida cambió para siempre. Nosotros encontramos a Cristo en la Eucaristía. No lo dejemos pasar en vano. No lo recibamos como rutina. No lo reduzcamos a costumbre. No lo tratemos como magia. Recibámoslo como lo que es: el Señor vivo, el Pan verdadero, la Vida eterna que se nos entrega por amor.

Que el Señor aumente nuestra fe eucarística. Que purifique nuestra razón con la luz de su revelación. Que sane nuestras heridas. Que convierta nuestras durezas. Que haga de nosotros testigos de su misericordia.

Y que al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos decir con toda el alma:

Señor Jesús, creo que estás verdaderamente presente en la Eucaristía.
Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida.
Creo que Tú eres vida para mi alma, fuerza para mi camino y esperanza para mi dolor.
Aumenta mi fe. Sana mis heridas. Convierte mi corazón.
Y hazme instrumento de consuelo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Amén.

 

miércoles, 22 de abril de 2026

23 de abril del 2026: jueves de la tercera semana de Pascua

 

 Imprescindible

(Juan 6, 44-51) Jesús se presenta como la mediación imprescindible para conocer a Dios, a quien “nadie ha visto jamás” (Jn 1,18), y para vivir de su misma vida para siempre. Son palabras que pueden resultar difíciles de escuchar en la época del diálogo interreligioso, pero que nos invitan a preguntarnos, en la oración y en la acción de gracias, qué ha cambiado en nosotros la vida con Cristo. Sabiendo que Él es un misterio que nos sobrepasa y unas alturas a las que no podemos llegar por nosotros mismos (cf. Sal 138 [139], 6).

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 26-40
Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».
Contestó:
«¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.
Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 8-9. 16-17. 20 (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigan, pueblos, a nuestro Dios;
hagan resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. 
R.

V. Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. 
R.

V. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo —dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
 R.

 

Evangelio

Jn 6, 44-51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor.

 

 1


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves de la tercera semana de Pascua nos deja una certeza luminosa: Dios sigue atrayendo corazones hacia Cristo, y lo hace por medio de su Palabra, de la Iglesia y de testigos concretos.

En el Evangelio Jesús afirma: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre” y se presenta además como “el pan vivo bajado del cielo”.

Eso significa que la fe no nace solo de un razonamiento humano, ni de una costumbre religiosa, ni de una emoción pasajera. La fe nace porque el Padre nos atrae hacia su Hijo. Hay en el fondo del alma una gracia, una llamada, una moción interior de Dios. A veces la sentimos con fuerza; otras veces, apenas como una inquietud, como un deseo de buscar algo más, como un hambre que nada de este mundo logra saciar. Y Jesús hoy nos dice: esa hambre tiene nombre; ese anhelo encuentra respuesta en Él, porque solo Él es el Pan de la Vida.

La primera lectura nos muestra cómo obra esa atracción de Dios en la vida real. El etíope va leyendo al profeta Isaías, pero no entiende. Entonces Dios le sale al encuentro por medio de Felipe. El ángel del Señor lo envía, el Espíritu lo guía, Felipe se acerca, explica la Escritura, anuncia a Jesús, y finalmente aquel hombre pide el bautismo. Es una escena bellísima de evangelización: Dios prepara el corazón, la Iglesia se acerca, la Palabra es explicada, Cristo es anunciado, y el hombre renace en el agua del bautismo. Después sigue su camino lleno de alegría.

Ahí hay un mensaje muy fuerte para nosotros, sobre todo en esta intención orante por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Evangelizar no es hacer propaganda religiosa. Evangelizar es dejarnos usar por Dios para acercarnos al “carro” del otro: al lugar donde el otro viaja con sus dudas, sus heridas, sus búsquedas, sus preguntas y hasta sus soledades. Cuántas personas hoy van por la vida leyendo fragmentos sueltos de esperanza, pero sin encontrar todavía a alguien que les anuncie claramente a Jesucristo.

Por eso la Iglesia necesita vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, laicos comprometidos, hombres y mujeres disponibles para correr, como Felipe, al encuentro del que busca a Dios. La vocación no nace primero de un proyecto personal, sino de una docilidad al Espíritu. Felipe no improvisa su propia misión; escucha, obedece y se pone en camino. Y porque se deja conducir, un corazón se abre a la fe y una vida cambia para siempre.

El salmo responsorial nos da la respuesta de la asamblea creyente: “Aclamen al Señor, tierra entera”. Y añade: “Vengan a escuchar… les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno puede decir, no solo quién es Dios en teoría, sino lo que Dios ha hecho en mí. El cristiano evangeliza mejor cuando habla desde una experiencia agradecida; cuando no repite fórmulas vacías, sino que testimonia la misericordia, la paciencia y la fidelidad de Dios en su propia historia.

Pidámosle hoy al Señor una gracia muy concreta: que nos dejemos atraer por el Padre hacia Jesús cada día más. Que no busquemos solo un Cristo útil, sino al Cristo vivo; no solo sus dones, sino su Persona; no solo consuelos pasajeros, sino el Pan que da vida eterna. Y pidamos también por la Iglesia: que nunca falten Felipes, nunca falten evangelizadores ardientes, nunca falten vocaciones generosas que sepan anunciar a Cristo con claridad, ternura y valentía.

Que la Eucaristía que celebramos nos recuerde esta verdad central: Jesús no es un complemento de la vida; Jesús es el Pan indispensable para vivir de verdad. Y quien se alimenta de Él, aunque atraviese desiertos, continúa su camino con alegría.

Amén.

 

2

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una certeza profundamente consoladora: nadie llega a Jesús por pura iniciativa propia; es el Padre quien nos atrae hacia Él. En el Evangelio, Jesús lo dice con claridad: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Y enseguida añade algo todavía más grande: Él es el pan vivo bajado del cielo, el alimento que da la vida eterna.

Esto cambia mucho nuestra manera de vivir la fe. A veces pensamos que oramos, venimos a misa, leemos la Palabra o servimos en la Iglesia porque nosotros tomamos la iniciativa, porque se nos ocurrió, porque somos buenos o responsables. Pero hoy Jesús nos recuerda algo más hondo: antes de que nosotros lo buscáramos, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que pensáramos en Él, el Padre ya nos estaba llamando. Antes de que decidiéramos acercarnos a la Eucaristía, Él ya nos estaba atrayendo hacia su Hijo.

Y esto ilumina bellamente la primera lectura. El etíope iba en su carro leyendo al profeta Isaías, pero no entendía. Entonces Dios le sale al encuentro: envía a Felipe, lo pone en camino, lo acerca al hombre que buscaba sentido, y por medio del anuncio de Jesús aquel corazón termina pidiendo el bautismo. Es una escena preciosa de evangelización: Dios prepara el corazón, Dios suscita al misionero, Dios abre la inteligencia, Dios concede la fe. Y el resultado final es la alegría de un hombre que sigue su camino transformado por Cristo.

Ahí aparece una palabra muy importante para nuestra intención orante de hoy: la Iglesia evangeliza porque antes ha sido enviada. Felipe no evangeliza por gusto personal, ni por protagonismo, ni para cumplir una tarea fría. Evangeliza porque escucha al Espíritu y obedece. La Iglesia solo será fecunda cuando viva así: dejándose conducir por Dios, no por la pura estrategia humana; dejándose mover por el Espíritu, no solo por planes y estructuras.

Esto vale también para las vocaciones. Una vocación no nace simplemente del deseo de “hacer algo bueno”. Nace cuando una persona se deja atraer por el Padre, fascinar por Cristo y conducir por el Espíritu. Por eso hoy debemos orar con fervor por la Iglesia, por su obra evangelizadora y por las vocaciones: para que no falten hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios, de levantarse sin miedo y de acercarse al “carro” de tantos hermanos que van por la vida con preguntas, heridas, búsquedas y hambre de verdad.

El salmo responsorial nos da la respuesta del corazón creyente: “Aclama al Señor, tierra entera”. Y luego dice: “Vengan a escuchar, les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno no habla de un Dios lejano, sino del Dios que ha actuado en su propia vida. Evangeliza de verdad el que puede decir: el Señor me sostuvo, me corrigió, me levantó, me alimentó, me tuvo paciencia, me dio nueva esperanza.

Y llegamos así al centro de todo: la Eucaristía. Jesús no dice solamente que enseña el camino; dice que Él mismo es el Pan vivo. La misa, entonces, no es un favor que nosotros le hacemos a Dios. No venimos a cumplirle. Venimos porque el Padre nos invita a recibir el Cuerpo y la Sangre de su Hijo como alimento para el camino. Venimos porque tenemos hambre de eternidad, aunque a veces no sepamos nombrarla. Venimos porque sin ese Pan el alma se debilita, la fe se enfría y el corazón se extravía.

Qué distinto sería participar en cada misa si entráramos con esta convicción: hoy el Padre me está atrayendo hacia Jesús. Hoy no vengo solo por costumbre, ni solo por obligación, ni solo porque “me toca”. Hoy vengo porque Dios me llama a sentarme a su mesa. Hoy vengo porque Cristo quiere darse a mí. Hoy vengo porque el cielo se inclina sobre mi pobreza para alimentarme con el Pan de vida.

Pidámosle entonces al Señor tres gracias. Primero, un corazón humilde, para reconocer que la fe es don antes que mérito. Segundo, un corazón agradecido, para vivir cada Eucaristía como regalo inmenso. Y tercero, un corazón misionero, para que la Iglesia nunca se canse de anunciar a Cristo y surjan vocaciones santas, generosas y valientes al servicio del Evangelio.

Que María, mujer atraída totalmente por el Padre y entregada por completo al Hijo, nos enseñe a decir nuestro “sí”. Y que al acercarnos hoy a la Eucaristía, podamos hacerlo con fe viva, con gratitud profunda y con la certeza de que Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo.

Amén.

martes, 21 de abril de 2026

22 de abril del 2026: miércoles de la tercera semana de Pascua

 Un proyecto de vida

(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

Un proyecto de vida


(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

 

Emmanuelle Billoteau, ermite

 

 

Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos regala una de las páginas más consoladoras del capítulo 6 de san Juan. Jesús se presenta diciendo: “Yo soy el pan de vida”, y enseguida nos abre una ventana luminosa al corazón del Padre: la voluntad de Dios no es una amenaza, sino un proyecto de vida.

A veces, cuando hablamos de “la voluntad de Dios”, muchos la imaginan como algo duro, implacable, casi como si Dios estuviera esperando quitarnos lo que nos gusta, contrariar nuestros planes o imponernos cargas insoportables. Incluso hay quienes utilizan esa expresión de manera equivocada: ante cualquier dolor, ante cualquier fracaso, ante cualquier tragedia, repiten casi mecánicamente: “era voluntad de Dios”, como si Dios fuera autor del sufrimiento o enemigo de la alegría humana. Pero Jesús, en el Evangelio de hoy, corrige esa imagen deformada y nos muestra algo muy distinto: la voluntad del Padre es que nadie se pierda, que todos tengan vida, que el hombre encuentre en Cristo el camino de la salvación y de la plenitud.

Escuchemos bien las palabras del Señor: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” ¡Qué maravilla! La voluntad de Dios no consiste en aplastar, sino en salvar. No consiste en reducirnos, sino en levantarnos. No consiste en conducirnos a la muerte, sino en llevarnos a la vida eterna.

Eso conecta bellamente con la palabra del profeta Jeremías que cita este versículo : “Yo sé los planes que tengo para ustedes: planes de paz y no de desgracia, para darles un futuro y una esperanza.” Nuestro Dios no improvisa. Nuestro Dios no juega con nosotros. Nuestro Dios no disfruta viendo sufrir a sus hijos. Tiene sobre cada uno de nosotros un designio de amor, un proyecto de vida, una vocación a la esperanza.

Claro está: ese proyecto no siempre coincide con nuestros caprichos ni con nuestros tiempos. A veces nosotros queremos caminos fáciles, seguridades inmediatas, respuestas rápidas. En cambio, Dios trabaja en profundidad. Mientras nosotros miramos lo urgente, Él mira lo eterno. Mientras nosotros pedimos solo pan para el cuerpo, Él quiere darnos el Pan de Vida. Mientras nosotros soñamos soluciones pasajeras, Él quiere regalarnos resurrección.

Por eso Jesús dice hoy: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.” El Señor está tocando aquí el centro de nuestra existencia. Todos llevamos dentro alguna forma de hambre y de sed. Hambre de amor, de aceptación, de paz, de sentido, de seguridad, de consuelo. Sed de plenitud, de verdad, de felicidad, de ternura, de futuro. El problema es que muchas veces intentamos saciar esas hambres en lugares equivocados.

Hay personas que buscan llenar el vacío del alma con dinero. Otras con placeres. Otras con poder. Otras con activismo. Otras con afectos posesivos. Otras con apariencias. Y nada de eso basta. Todo eso puede entretener un momento, pero no sacia el corazón. Solo Cristo puede hacerlo, porque solo Él conoce la profundidad del ser humano. Solo Él ha venido del Padre. Solo Él puede conducirnos al Padre.

La gran revelación del Evangelio es esta: la voluntad de Dios tiene rostro, y ese rostro es Jesucristo. No estamos llamados a adivinar un destino oscuro, sino a seguir a una Persona viva. No estamos condenados a caminar entre miedos religiosos, sino invitados a una relación de fe y confianza con el Hijo. Creer en Jesús no es adherirse a una idea abstracta; es confiar la vida a Aquel que es Pan para el camino, Luz en la noche y Promesa de resurrección.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra precisamente cómo ese proyecto de vida se abre camino incluso en medio del dolor. Después de la muerte de Esteban, se desencadena una persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todo parece ruina, dispersión, fracaso. Pero quienes fueron dispersados iban anunciando la Palabra. Felipe baja a Samaría, predica a Cristo, y allí donde parecía que solo había caos, brota la gracia: los enfermos son curados, los oprimidos son liberados, y dice el texto que “hubo una gran alegría en aquella ciudad”.

Qué enseñanza tan profunda para nosotros. Dios sabe sacar vida incluso de las persecuciones. Sabe hacer brotar esperanza de en medio de las lágrimas. Sabe transformar una dispersión en misión. Lo que parecía derrota se convierte en fecundidad apostólica. Eso significa que el proyecto de Dios no queda frustrado por las maldades humanas. Al contrario, su amor es tan poderoso que puede escribir recto incluso sobre renglones torcidos.

Cuántas veces también nosotros hemos vivido momentos de dispersión: crisis familiares, enfermedades, duelos, desilusiones, problemas pastorales, cansancios interiores, incertidumbre. Y uno podría pensar: “Aquí se acabó todo.” Pero el Señor sigue obrando. El Resucitado sigue caminando con su Iglesia. El proyecto de Dios no se detiene porque nosotros no veamos claro. A veces precisamente en medio de la prueba es donde más profundamente madura la fe.

El salmo responsorial nos invita hoy a la alabanza: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un salmo que canta las obras admirables de Dios. Y eso es lo que estamos llamados a redescubrir: Dios sigue actuando. No es un Dios ausente. No es un Dios indiferente. No es un Dios que nos abandona a nuestra suerte. Él conduce la historia. Él sostiene a su Iglesia. Él acompaña a cada uno de sus hijos. Incluso cuando no entendemos del todo sus caminos, podemos confiar en que sus pensamientos son de paz y no de desgracia.

Ese proyecto de vida va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano. Esto es importante. Porque creer en Cristo no nos aleja de lo humano, sino que nos hace más humanos. Jesús no destruye al hombre; lo revela. No lo empequeñece; lo dignifica. No apaga sus anhelos; los purifica y los eleva.

En Cristo aprendemos también a creer en las posibilidades del ser humano redimido. A no desesperar de nadie. A no cerrar la puerta a la conversión de nadie. A no mirar a los otros solo desde sus límites, sino también desde la obra que la gracia puede realizar en ellos. Felipe lo entendió cuando fue a Samaría, un lugar mirado con sospecha por muchos judíos. Pero allí también había corazones abiertos, allí también podía florecer el Evangelio, allí también Dios tenía un proyecto.

Eso vale para nuestras comunidades, para nuestras familias, para nuestra propia vida. Quizá alguno piense: “Ya es tarde para mí.” “Yo he fallado demasiado.” “Mi historia está muy rota.” “Mi comunidad está muy herida.” Pero Jesús responde hoy: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Esta es una de las frases más conmovedoras del Evangelio. No dice: “Solo aceptaré al perfecto.” Dice: “Al que venga a mí no lo rechazaré.”

Qué consuelo para el pecador. Qué esperanza para el cansado. Qué alivio para quien se siente indigno. Cristo no cierra la puerta. Cristo no humilla al que vuelve. Cristo no desprecia la fragilidad humana. Él recibe, cura, alimenta y conduce.

Y aquí se abre para nosotros una resonancia profundamente eucarística. Cuando Jesús dice: “Yo soy el pan de vida”, está anunciando ya el gran don de la Eucaristía. La voluntad de Dios se concreta también en este sacramento admirable: que no caminemos solos, que no muramos de hambre espiritual, que tengamos un alimento para el peregrinaje de la fe. En la Eucaristía, el proyecto de vida de Dios se hace cercanía, presencia, comunión. Allí Cristo mismo se nos da como pan para sostener nuestras debilidades, iluminar nuestras decisiones y fortalecer nuestra esperanza.

A veces comulgamos sin darnos cuenta de lo que recibimos. Nos acostumbramos. Nos distraemos. Perdemos el asombro. Pero si hoy escuchamos de verdad el Evangelio, deberíamos volver a decir con fe renovada: Señor, tú eres el Pan de Vida. Tú eres mi futuro y mi esperanza. Tú eres el proyecto del Padre para mi salvación.

Hermanos, el mundo ofrece muchos proyectos de vida: éxito, consumo, autosuficiencia, placer, prestigio. Pero casi todos terminan dejando vacío el corazón. En cambio, el proyecto de Jesús pasa por la fe, la entrega, la comunión, el amor, la perseverancia, y desemboca en la vida eterna. El mundo promete mucho y da poco. Cristo promete plenitud y cumple. El mundo seduce por un tiempo. Cristo salva para siempre.

Hoy el Señor nos invita a hacernos algunas preguntas muy concretas:
¿Estoy viviendo desde la confianza o desde el miedo?
¿Veo la voluntad de Dios como amenaza o como camino de vida?
¿Busco saciar mi hambre interior con cosas pasajeras o con Cristo?
¿Creo de verdad que el Señor quiere para mí un futuro y una esperanza?
¿Me acerco a la Eucaristía con fe viva?

Pidámosle al Resucitado que sane nuestras imágenes falsas de Dios. Que nos libre de pensar en un Padre que castiga arbitrariamente o que juega con nuestra vida. Que nos haga descubrir al Padre de Jesucristo, cuyo designio es salvar, reunir, alimentar y resucitar.

Y pidámosle también que, como a Felipe en Samaría, nos convierta en portadores de alegría. Porque quien ha descubierto que Dios tiene un proyecto de vida para la humanidad, ya no puede vivir sembrando desesperanza. El cristiano pascual no es un profeta de desgracias, sino un testigo de la esperanza.

Que María Santísima, mujer de la confianza, mujer del “hágase”, nos enseñe a abrazar la voluntad de Dios no con temor, sino con amor. Y que al acercarnos al altar podamos repetir desde el fondo del alma:

Señor Jesús, Pan de Vida,
hazme creer que la voluntad del Padre es mi salvación.
Hazme confiar en tu proyecto de paz.
Sacía mi hambre de verdad, de amor y de esperanza.
Y no permitas que busque lejos de ti la vida que solo tú puedes dar.
Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone delante una de las palabras más bellas, más profundas y más desafiantes de Jesús: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.” Estas no son palabras poéticas solamente. Son una revelación. Son una promesa. Son una invitación. Y son también una especie de examen para nuestro corazón: ¿de verdad creemos que solo Cristo puede saciar el hambre más profunda del alma?

Porque una cosa es escuchar a Jesús, y otra muy distinta es creerle. La multitud lo escucha. Algunos incluso lo buscan. Han visto signos. Han comido del pan multiplicado. Han sido testigos de algo extraordinario. Pero Jesús les dice con dolor: “Ustedes me han visto y no creen.” Qué frase tan fuerte. Ver no siempre significa creer. Estar cerca no siempre significa adherirse. Oír el Evangelio no siempre significa dejarse transformar por él.

También a nosotros puede pasarnos eso. Podemos estar rodeados de cosas sagradas, asistir a la misa, escuchar la Palabra, tener imágenes religiosas, hacer nuestras devociones… y, sin embargo, no entregarle verdaderamente la vida al Señor. Podemos ver, pero no creer. Podemos saber cosas sobre Jesús, pero no descansar en Él. Podemos admirarlo, pero no abandonarnos a su voluntad.

En el fondo, el Evangelio de hoy nos dice que el gran drama del corazón humano no es solo el pecado, sino también la falsa saciedad. Es decir, querer llenarnos con lo que no llena. Buscar vida donde no hay vida. Esperar plenitud de aquello que solo entretiene por un rato. Buscamos saciar el alma con éxitos, afectos, consumos, comodidades, placeres, distracciones, prestigio, aprobación de los demás. Y aunque algunas de esas cosas no sean malas en sí mismas, ninguna puede ocupar el lugar de Dios. Ninguna puede convertirse en pan de eternidad.

Por eso Jesús no dice simplemente: “Yo doy pan”, sino: “Yo soy el pan.” Él mismo es el alimento. Él mismo es el don. Él mismo es la respuesta del Padre a nuestras hambres más profundas. Hambre de amor verdadero. Hambre de perdón. Hambre de sentido. Hambre de paz. Hambre de ser plenamente acogidos. Hambre de vida que no termine. Y también sed: sed de ternura, de verdad, de pureza, de reconciliación, de esperanza.

Qué importante es entender esto. Jesús no ha venido solo a resolver problemas exteriores, sino a sanar el corazón humano desde dentro. No vino solo a enseñarnos una moral, sino a darnos su propia vida. No vino solo a mejorar la tierra, sino a abrirnos el cielo. No vino solo a calmarnos por un momento, sino a saciarnos de verdad.

Algunos escucharon a Jesús con escepticismo, otros con humildad. Los humildes de corazón, aunque no entendían todo, comenzaron a creer. Y esa es una clave espiritual muy importante: muchas veces la fe precede a la comprensión. Primero el corazón dice: “Sí, Señor, creo”; y luego la inteligencia va entrando poco a poco en el misterio.

Eso pasa particularmente con la Eucaristía. Nadie agota el misterio eucarístico. Nadie lo comprende plenamente. Pero quien se abre con humildad empieza a experimentar que allí está realmente Jesús, vivo, entregado, presente, cercano, transformante. El mundo podrá decir: “Eso es solo pan.” La razón sola puede quedarse corta. Pero la fe de la Iglesia reconoce: es el Cuerpo del Señor, es la Sangre del Señor, es su presencia real, verdadera y sustancial.

Por eso las palabras de Jesús hoy tienen una resonancia profundamente eucarística. Cuando Él dice: “Yo soy el pan de vida”, no está pronunciando una metáfora vacía. Está revelando una verdad que llegará a su cumbre en el don de la Última Cena y que la Iglesia sigue viviendo en cada santa misa. En la Eucaristía no recibimos solo una bendición, no recibimos solo un símbolo, no recibimos solo un recuerdo: recibimos a Cristo mismo. Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El Resucitado se hace alimento para que no desfallezcamos en el camino.

Y aquí tendríamos que preguntarnos con mucha sinceridad: ¿cómo estoy comulgando? ¿Con fe viva? ¿Con rutina? ¿Con prisa? ¿Con amor? ¿Con superficialidad? ¿Con hambre espiritual? Porque uno puede acercarse muchas veces a la comunión y seguir interiormente vacío, no porque la Eucaristía no tenga poder, sino porque el corazón viene distraído, cerrado, endurecido o demasiado lleno de otras cosas.

La Eucaristía no actúa mágicamente. Es presencia real de Cristo, sí. Es fuente de gracia inmensa, sí. Pero pide de nosotros apertura interior, deseo verdadero, fe humilde. Cuando uno se acerca con el alma abierta, Jesús empieza a realizar algo profundo: ordena lo desordenado, serena lo agitado, ilumina lo confuso, fortalece lo débil, limpia lo manchado, despierta lo dormido.

La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece un contraste muy bello. La Iglesia está siendo perseguida. Después de la muerte de Esteban, muchos son dispersados. Humanamente parecería una tragedia. Pero aquellos discípulos dispersos iban anunciando el Evangelio, y Felipe predica en Samaría. ¿Y qué produce el anuncio de Cristo? Dice el texto: “La ciudad se llenó de alegría.”

Es admirable. Donde parecía haber derrota, brota la misión. Donde parecía reinar el miedo, nace la esperanza. Donde había enfermedad, opresión y sufrimiento, aparece la alegría del Evangelio. Y eso sucede porque cuando Cristo entra realmente en una ciudad, en una comunidad, en una familia o en un alma, ya nada queda igual.

Notemos que la alegría en Samaría no nace simplemente de una mejora emocional. Nace del encuentro con Cristo. El corazón humano no se alegra de verdad solo porque sus circunstancias cambien, sino cuando encuentra una razón más profunda para vivir. Y esa razón es Cristo. Él es el pan que sostiene a la Iglesia perseguida. Él es la fuerza del evangelizador. Él es la consolación del atribulado. Él es la paz del que está en combate.

El salmo responsorial nos hace exclamar: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un canto de alabanza por las maravillas de Dios. Y hoy ese salmo nos invita a reconocer que las obras de Dios siguen vivas entre nosotros. Él sigue sacando a su pueblo de las esclavitudes. Sigue abriendo caminos en medio del mar. Sigue convirtiendo persecuciones en misión. Sigue transformando tristezas en alegría. Sigue dándonos en Cristo el pan vivo bajado del cielo.

En el Evangelio, Jesús añade unas palabras que son puro consuelo: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Qué frase tan llena de misericordia. Tal vez aquí haya personas que se sienten indignas, cansadas, decepcionadas de sí mismas, con culpas acumuladas, con luchas interiores, con heridas antiguas. Jesús no dice: “Al que venga perfecto lo recibiré.” Dice: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.”

Eso significa que siempre se puede volver. Siempre se puede recomenzar. Siempre se puede venir al Señor con la verdad del corazón. Aunque vengamos rotos. Aunque vengamos confundidos. Aunque vengamos con fe débil. El Señor no rechaza al que lo busca sinceramente. Lo recibe. Lo abraza. Lo alimenta. Lo levanta.

Y luego Jesús pronuncia la gran promesa pascual: “Esta es la voluntad del que me ha enviado: que yo no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” Aquí está la meta final. Jesús no solo quiere darnos alivio en la vida presente. Quiere darnos la vida eterna. Quiere resucitarnos. Quiere llevarnos a la plenitud definitiva. La Eucaristía, por tanto, es también pan de resurrección, anticipo del cielo, medicina de inmortalidad, como decían los Padres de la Iglesia.

Hermanos, vivimos en un mundo lleno de ofertas de saciedad inmediata. Todo parece prometer felicidad rápida: placer, consumo, imagen, éxito, poder. Pero muy pronto se descubre que esas cosas no bastan. Dejan resaca interior. Dejan cansancio. Dejan un vacío todavía mayor. Solo Cristo puede llenar el corazón sin empobrecerlo. Solo Cristo puede saciar el alma sin esclavizarla. Solo Cristo puede colmar la sed sin dejar amargura.

Por eso hoy el Señor nos invita a revisar nuestras hambres. ¿Qué estoy buscando realmente? ¿Qué deseo me mueve? ¿Qué sed llevo por dentro? ¿Qué intento llenar con cosas pasajeras? ¿Dónde estoy poniendo mi esperanza? ¿Voy a la Eucaristía como quien cumple, o como quien sabe que allí está su vida?

San Juan María Vianney decía que si Dios hubiera tenido algo más precioso que la Eucaristía, nos lo habría dado. Y no lo hizo, porque no hay nada más grande: en la Eucaristía nos dio a su Hijo. Nos dio lo más santo, lo más tierno, lo más sublime. Por eso cada misa es una visita del cielo. Cada comunión bien recibida es una semilla de eternidad. Cada adoración eucarística es una escuela de amor.

Hoy, entonces, la Palabra nos invita a una fe más profunda, más humilde y más eucarística. No necesitamos comprenderlo todo para empezar a creer. Basta abrir el corazón. Basta decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero me fío de ti. Creo que eres el pan de vida. Creo que estás realmente presente. Creo que solo tú puedes saciar mi sed más honda.”

Pidámosle al Señor tres gracias.

La primera: hambre de Él. Que no nos acostumbremos a su presencia. Que no perdamos el deseo de buscarlo.

La segunda: fe en la Eucaristía. Una fe sencilla, adorante, obediente, enamorada. Una fe que no se quede en teorías, sino que se arrodille y adore.

La tercera: dejar que Él nos sacie. No a medias. No superficialmente. Sino de verdad. Que sane nuestras culpas, nuestros vacíos, nuestras nostalgias, nuestras ansiedades, nuestras soledades.

Que María Santísima, mujer del “sí”, mujer eucarística, nos enseñe a acoger a Jesús con un corazón abierto. Y que al acercarnos hoy al altar podamos decirle con toda el alma:

Señor Jesús, Pan de Vida, solo tú bastas.
Solo tú puedes llenar mi corazón.
Solo tú eres mi paz, mi fuerza y mi esperanza.
No permitas que busque fuera de ti lo que solo en ti puedo encontrar. Amén

 


24 de abril del 2026: viernes de la tercera semana de Pascua

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