miércoles, 22 de abril de 2026

23 de abril del 2026: jueves de la tercera semana de Pascua

 

 Imprescindible

(Juan 6, 44-51) Jesús se presenta como la mediación imprescindible para conocer a Dios, a quien “nadie ha visto jamás” (Jn 1,18), y para vivir de su misma vida para siempre. Son palabras que pueden resultar difíciles de escuchar en la época del diálogo interreligioso, pero que nos invitan a preguntarnos, en la oración y en la acción de gracias, qué ha cambiado en nosotros la vida con Cristo. Sabiendo que Él es un misterio que nos sobrepasa y unas alturas a las que no podemos llegar por nosotros mismos (cf. Sal 138 [139], 6).

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 26-40
Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».
Contestó:
«¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.
Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 8-9. 16-17. 20 (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigan, pueblos, a nuestro Dios;
hagan resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. 
R.

V. Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. 
R.

V. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo —dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
 R.

 

Evangelio

Jn 6, 44-51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor.

 

 1


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves de la tercera semana de Pascua nos deja una certeza luminosa: Dios sigue atrayendo corazones hacia Cristo, y lo hace por medio de su Palabra, de la Iglesia y de testigos concretos.

En el Evangelio Jesús afirma: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre” y se presenta además como “el pan vivo bajado del cielo”.

Eso significa que la fe no nace solo de un razonamiento humano, ni de una costumbre religiosa, ni de una emoción pasajera. La fe nace porque el Padre nos atrae hacia su Hijo. Hay en el fondo del alma una gracia, una llamada, una moción interior de Dios. A veces la sentimos con fuerza; otras veces, apenas como una inquietud, como un deseo de buscar algo más, como un hambre que nada de este mundo logra saciar. Y Jesús hoy nos dice: esa hambre tiene nombre; ese anhelo encuentra respuesta en Él, porque solo Él es el Pan de la Vida.

La primera lectura nos muestra cómo obra esa atracción de Dios en la vida real. El etíope va leyendo al profeta Isaías, pero no entiende. Entonces Dios le sale al encuentro por medio de Felipe. El ángel del Señor lo envía, el Espíritu lo guía, Felipe se acerca, explica la Escritura, anuncia a Jesús, y finalmente aquel hombre pide el bautismo. Es una escena bellísima de evangelización: Dios prepara el corazón, la Iglesia se acerca, la Palabra es explicada, Cristo es anunciado, y el hombre renace en el agua del bautismo. Después sigue su camino lleno de alegría.

Ahí hay un mensaje muy fuerte para nosotros, sobre todo en esta intención orante por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Evangelizar no es hacer propaganda religiosa. Evangelizar es dejarnos usar por Dios para acercarnos al “carro” del otro: al lugar donde el otro viaja con sus dudas, sus heridas, sus búsquedas, sus preguntas y hasta sus soledades. Cuántas personas hoy van por la vida leyendo fragmentos sueltos de esperanza, pero sin encontrar todavía a alguien que les anuncie claramente a Jesucristo.

Por eso la Iglesia necesita vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, laicos comprometidos, hombres y mujeres disponibles para correr, como Felipe, al encuentro del que busca a Dios. La vocación no nace primero de un proyecto personal, sino de una docilidad al Espíritu. Felipe no improvisa su propia misión; escucha, obedece y se pone en camino. Y porque se deja conducir, un corazón se abre a la fe y una vida cambia para siempre.

El salmo responsorial nos da la respuesta de la asamblea creyente: “Aclamen al Señor, tierra entera”. Y añade: “Vengan a escuchar… les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno puede decir, no solo quién es Dios en teoría, sino lo que Dios ha hecho en mí. El cristiano evangeliza mejor cuando habla desde una experiencia agradecida; cuando no repite fórmulas vacías, sino que testimonia la misericordia, la paciencia y la fidelidad de Dios en su propia historia.

Pidámosle hoy al Señor una gracia muy concreta: que nos dejemos atraer por el Padre hacia Jesús cada día más. Que no busquemos solo un Cristo útil, sino al Cristo vivo; no solo sus dones, sino su Persona; no solo consuelos pasajeros, sino el Pan que da vida eterna. Y pidamos también por la Iglesia: que nunca falten Felipes, nunca falten evangelizadores ardientes, nunca falten vocaciones generosas que sepan anunciar a Cristo con claridad, ternura y valentía.

Que la Eucaristía que celebramos nos recuerde esta verdad central: Jesús no es un complemento de la vida; Jesús es el Pan indispensable para vivir de verdad. Y quien se alimenta de Él, aunque atraviese desiertos, continúa su camino con alegría.

Amén.

 

2

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una certeza profundamente consoladora: nadie llega a Jesús por pura iniciativa propia; es el Padre quien nos atrae hacia Él. En el Evangelio, Jesús lo dice con claridad: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Y enseguida añade algo todavía más grande: Él es el pan vivo bajado del cielo, el alimento que da la vida eterna.

Esto cambia mucho nuestra manera de vivir la fe. A veces pensamos que oramos, venimos a misa, leemos la Palabra o servimos en la Iglesia porque nosotros tomamos la iniciativa, porque se nos ocurrió, porque somos buenos o responsables. Pero hoy Jesús nos recuerda algo más hondo: antes de que nosotros lo buscáramos, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que pensáramos en Él, el Padre ya nos estaba llamando. Antes de que decidiéramos acercarnos a la Eucaristía, Él ya nos estaba atrayendo hacia su Hijo.

Y esto ilumina bellamente la primera lectura. El etíope iba en su carro leyendo al profeta Isaías, pero no entendía. Entonces Dios le sale al encuentro: envía a Felipe, lo pone en camino, lo acerca al hombre que buscaba sentido, y por medio del anuncio de Jesús aquel corazón termina pidiendo el bautismo. Es una escena preciosa de evangelización: Dios prepara el corazón, Dios suscita al misionero, Dios abre la inteligencia, Dios concede la fe. Y el resultado final es la alegría de un hombre que sigue su camino transformado por Cristo.

Ahí aparece una palabra muy importante para nuestra intención orante de hoy: la Iglesia evangeliza porque antes ha sido enviada. Felipe no evangeliza por gusto personal, ni por protagonismo, ni para cumplir una tarea fría. Evangeliza porque escucha al Espíritu y obedece. La Iglesia solo será fecunda cuando viva así: dejándose conducir por Dios, no por la pura estrategia humana; dejándose mover por el Espíritu, no solo por planes y estructuras.

Esto vale también para las vocaciones. Una vocación no nace simplemente del deseo de “hacer algo bueno”. Nace cuando una persona se deja atraer por el Padre, fascinar por Cristo y conducir por el Espíritu. Por eso hoy debemos orar con fervor por la Iglesia, por su obra evangelizadora y por las vocaciones: para que no falten hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios, de levantarse sin miedo y de acercarse al “carro” de tantos hermanos que van por la vida con preguntas, heridas, búsquedas y hambre de verdad.

El salmo responsorial nos da la respuesta del corazón creyente: “Aclama al Señor, tierra entera”. Y luego dice: “Vengan a escuchar, les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno no habla de un Dios lejano, sino del Dios que ha actuado en su propia vida. Evangeliza de verdad el que puede decir: el Señor me sostuvo, me corrigió, me levantó, me alimentó, me tuvo paciencia, me dio nueva esperanza.

Y llegamos así al centro de todo: la Eucaristía. Jesús no dice solamente que enseña el camino; dice que Él mismo es el Pan vivo. La misa, entonces, no es un favor que nosotros le hacemos a Dios. No venimos a cumplirle. Venimos porque el Padre nos invita a recibir el Cuerpo y la Sangre de su Hijo como alimento para el camino. Venimos porque tenemos hambre de eternidad, aunque a veces no sepamos nombrarla. Venimos porque sin ese Pan el alma se debilita, la fe se enfría y el corazón se extravía.

Qué distinto sería participar en cada misa si entráramos con esta convicción: hoy el Padre me está atrayendo hacia Jesús. Hoy no vengo solo por costumbre, ni solo por obligación, ni solo porque “me toca”. Hoy vengo porque Dios me llama a sentarme a su mesa. Hoy vengo porque Cristo quiere darse a mí. Hoy vengo porque el cielo se inclina sobre mi pobreza para alimentarme con el Pan de vida.

Pidámosle entonces al Señor tres gracias. Primero, un corazón humilde, para reconocer que la fe es don antes que mérito. Segundo, un corazón agradecido, para vivir cada Eucaristía como regalo inmenso. Y tercero, un corazón misionero, para que la Iglesia nunca se canse de anunciar a Cristo y surjan vocaciones santas, generosas y valientes al servicio del Evangelio.

Que María, mujer atraída totalmente por el Padre y entregada por completo al Hijo, nos enseñe a decir nuestro “sí”. Y que al acercarnos hoy a la Eucaristía, podamos hacerlo con fe viva, con gratitud profunda y con la certeza de que Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo.

Amén.

martes, 21 de abril de 2026

22 de abril del 2026: miércoles de la tercera semana de Pascua

 Un proyecto de vida

(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

Un proyecto de vida


(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

 

Emmanuelle Billoteau, ermite

 

 

Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos regala una de las páginas más consoladoras del capítulo 6 de san Juan. Jesús se presenta diciendo: “Yo soy el pan de vida”, y enseguida nos abre una ventana luminosa al corazón del Padre: la voluntad de Dios no es una amenaza, sino un proyecto de vida.

A veces, cuando hablamos de “la voluntad de Dios”, muchos la imaginan como algo duro, implacable, casi como si Dios estuviera esperando quitarnos lo que nos gusta, contrariar nuestros planes o imponernos cargas insoportables. Incluso hay quienes utilizan esa expresión de manera equivocada: ante cualquier dolor, ante cualquier fracaso, ante cualquier tragedia, repiten casi mecánicamente: “era voluntad de Dios”, como si Dios fuera autor del sufrimiento o enemigo de la alegría humana. Pero Jesús, en el Evangelio de hoy, corrige esa imagen deformada y nos muestra algo muy distinto: la voluntad del Padre es que nadie se pierda, que todos tengan vida, que el hombre encuentre en Cristo el camino de la salvación y de la plenitud.

Escuchemos bien las palabras del Señor: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” ¡Qué maravilla! La voluntad de Dios no consiste en aplastar, sino en salvar. No consiste en reducirnos, sino en levantarnos. No consiste en conducirnos a la muerte, sino en llevarnos a la vida eterna.

Eso conecta bellamente con la palabra del profeta Jeremías que cita este versículo : “Yo sé los planes que tengo para ustedes: planes de paz y no de desgracia, para darles un futuro y una esperanza.” Nuestro Dios no improvisa. Nuestro Dios no juega con nosotros. Nuestro Dios no disfruta viendo sufrir a sus hijos. Tiene sobre cada uno de nosotros un designio de amor, un proyecto de vida, una vocación a la esperanza.

Claro está: ese proyecto no siempre coincide con nuestros caprichos ni con nuestros tiempos. A veces nosotros queremos caminos fáciles, seguridades inmediatas, respuestas rápidas. En cambio, Dios trabaja en profundidad. Mientras nosotros miramos lo urgente, Él mira lo eterno. Mientras nosotros pedimos solo pan para el cuerpo, Él quiere darnos el Pan de Vida. Mientras nosotros soñamos soluciones pasajeras, Él quiere regalarnos resurrección.

Por eso Jesús dice hoy: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.” El Señor está tocando aquí el centro de nuestra existencia. Todos llevamos dentro alguna forma de hambre y de sed. Hambre de amor, de aceptación, de paz, de sentido, de seguridad, de consuelo. Sed de plenitud, de verdad, de felicidad, de ternura, de futuro. El problema es que muchas veces intentamos saciar esas hambres en lugares equivocados.

Hay personas que buscan llenar el vacío del alma con dinero. Otras con placeres. Otras con poder. Otras con activismo. Otras con afectos posesivos. Otras con apariencias. Y nada de eso basta. Todo eso puede entretener un momento, pero no sacia el corazón. Solo Cristo puede hacerlo, porque solo Él conoce la profundidad del ser humano. Solo Él ha venido del Padre. Solo Él puede conducirnos al Padre.

La gran revelación del Evangelio es esta: la voluntad de Dios tiene rostro, y ese rostro es Jesucristo. No estamos llamados a adivinar un destino oscuro, sino a seguir a una Persona viva. No estamos condenados a caminar entre miedos religiosos, sino invitados a una relación de fe y confianza con el Hijo. Creer en Jesús no es adherirse a una idea abstracta; es confiar la vida a Aquel que es Pan para el camino, Luz en la noche y Promesa de resurrección.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra precisamente cómo ese proyecto de vida se abre camino incluso en medio del dolor. Después de la muerte de Esteban, se desencadena una persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todo parece ruina, dispersión, fracaso. Pero quienes fueron dispersados iban anunciando la Palabra. Felipe baja a Samaría, predica a Cristo, y allí donde parecía que solo había caos, brota la gracia: los enfermos son curados, los oprimidos son liberados, y dice el texto que “hubo una gran alegría en aquella ciudad”.

Qué enseñanza tan profunda para nosotros. Dios sabe sacar vida incluso de las persecuciones. Sabe hacer brotar esperanza de en medio de las lágrimas. Sabe transformar una dispersión en misión. Lo que parecía derrota se convierte en fecundidad apostólica. Eso significa que el proyecto de Dios no queda frustrado por las maldades humanas. Al contrario, su amor es tan poderoso que puede escribir recto incluso sobre renglones torcidos.

Cuántas veces también nosotros hemos vivido momentos de dispersión: crisis familiares, enfermedades, duelos, desilusiones, problemas pastorales, cansancios interiores, incertidumbre. Y uno podría pensar: “Aquí se acabó todo.” Pero el Señor sigue obrando. El Resucitado sigue caminando con su Iglesia. El proyecto de Dios no se detiene porque nosotros no veamos claro. A veces precisamente en medio de la prueba es donde más profundamente madura la fe.

El salmo responsorial nos invita hoy a la alabanza: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un salmo que canta las obras admirables de Dios. Y eso es lo que estamos llamados a redescubrir: Dios sigue actuando. No es un Dios ausente. No es un Dios indiferente. No es un Dios que nos abandona a nuestra suerte. Él conduce la historia. Él sostiene a su Iglesia. Él acompaña a cada uno de sus hijos. Incluso cuando no entendemos del todo sus caminos, podemos confiar en que sus pensamientos son de paz y no de desgracia.

Ese proyecto de vida va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano. Esto es importante. Porque creer en Cristo no nos aleja de lo humano, sino que nos hace más humanos. Jesús no destruye al hombre; lo revela. No lo empequeñece; lo dignifica. No apaga sus anhelos; los purifica y los eleva.

En Cristo aprendemos también a creer en las posibilidades del ser humano redimido. A no desesperar de nadie. A no cerrar la puerta a la conversión de nadie. A no mirar a los otros solo desde sus límites, sino también desde la obra que la gracia puede realizar en ellos. Felipe lo entendió cuando fue a Samaría, un lugar mirado con sospecha por muchos judíos. Pero allí también había corazones abiertos, allí también podía florecer el Evangelio, allí también Dios tenía un proyecto.

Eso vale para nuestras comunidades, para nuestras familias, para nuestra propia vida. Quizá alguno piense: “Ya es tarde para mí.” “Yo he fallado demasiado.” “Mi historia está muy rota.” “Mi comunidad está muy herida.” Pero Jesús responde hoy: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Esta es una de las frases más conmovedoras del Evangelio. No dice: “Solo aceptaré al perfecto.” Dice: “Al que venga a mí no lo rechazaré.”

Qué consuelo para el pecador. Qué esperanza para el cansado. Qué alivio para quien se siente indigno. Cristo no cierra la puerta. Cristo no humilla al que vuelve. Cristo no desprecia la fragilidad humana. Él recibe, cura, alimenta y conduce.

Y aquí se abre para nosotros una resonancia profundamente eucarística. Cuando Jesús dice: “Yo soy el pan de vida”, está anunciando ya el gran don de la Eucaristía. La voluntad de Dios se concreta también en este sacramento admirable: que no caminemos solos, que no muramos de hambre espiritual, que tengamos un alimento para el peregrinaje de la fe. En la Eucaristía, el proyecto de vida de Dios se hace cercanía, presencia, comunión. Allí Cristo mismo se nos da como pan para sostener nuestras debilidades, iluminar nuestras decisiones y fortalecer nuestra esperanza.

A veces comulgamos sin darnos cuenta de lo que recibimos. Nos acostumbramos. Nos distraemos. Perdemos el asombro. Pero si hoy escuchamos de verdad el Evangelio, deberíamos volver a decir con fe renovada: Señor, tú eres el Pan de Vida. Tú eres mi futuro y mi esperanza. Tú eres el proyecto del Padre para mi salvación.

Hermanos, el mundo ofrece muchos proyectos de vida: éxito, consumo, autosuficiencia, placer, prestigio. Pero casi todos terminan dejando vacío el corazón. En cambio, el proyecto de Jesús pasa por la fe, la entrega, la comunión, el amor, la perseverancia, y desemboca en la vida eterna. El mundo promete mucho y da poco. Cristo promete plenitud y cumple. El mundo seduce por un tiempo. Cristo salva para siempre.

Hoy el Señor nos invita a hacernos algunas preguntas muy concretas:
¿Estoy viviendo desde la confianza o desde el miedo?
¿Veo la voluntad de Dios como amenaza o como camino de vida?
¿Busco saciar mi hambre interior con cosas pasajeras o con Cristo?
¿Creo de verdad que el Señor quiere para mí un futuro y una esperanza?
¿Me acerco a la Eucaristía con fe viva?

Pidámosle al Resucitado que sane nuestras imágenes falsas de Dios. Que nos libre de pensar en un Padre que castiga arbitrariamente o que juega con nuestra vida. Que nos haga descubrir al Padre de Jesucristo, cuyo designio es salvar, reunir, alimentar y resucitar.

Y pidámosle también que, como a Felipe en Samaría, nos convierta en portadores de alegría. Porque quien ha descubierto que Dios tiene un proyecto de vida para la humanidad, ya no puede vivir sembrando desesperanza. El cristiano pascual no es un profeta de desgracias, sino un testigo de la esperanza.

Que María Santísima, mujer de la confianza, mujer del “hágase”, nos enseñe a abrazar la voluntad de Dios no con temor, sino con amor. Y que al acercarnos al altar podamos repetir desde el fondo del alma:

Señor Jesús, Pan de Vida,
hazme creer que la voluntad del Padre es mi salvación.
Hazme confiar en tu proyecto de paz.
Sacía mi hambre de verdad, de amor y de esperanza.
Y no permitas que busque lejos de ti la vida que solo tú puedes dar.
Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone delante una de las palabras más bellas, más profundas y más desafiantes de Jesús: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.” Estas no son palabras poéticas solamente. Son una revelación. Son una promesa. Son una invitación. Y son también una especie de examen para nuestro corazón: ¿de verdad creemos que solo Cristo puede saciar el hambre más profunda del alma?

Porque una cosa es escuchar a Jesús, y otra muy distinta es creerle. La multitud lo escucha. Algunos incluso lo buscan. Han visto signos. Han comido del pan multiplicado. Han sido testigos de algo extraordinario. Pero Jesús les dice con dolor: “Ustedes me han visto y no creen.” Qué frase tan fuerte. Ver no siempre significa creer. Estar cerca no siempre significa adherirse. Oír el Evangelio no siempre significa dejarse transformar por él.

También a nosotros puede pasarnos eso. Podemos estar rodeados de cosas sagradas, asistir a la misa, escuchar la Palabra, tener imágenes religiosas, hacer nuestras devociones… y, sin embargo, no entregarle verdaderamente la vida al Señor. Podemos ver, pero no creer. Podemos saber cosas sobre Jesús, pero no descansar en Él. Podemos admirarlo, pero no abandonarnos a su voluntad.

En el fondo, el Evangelio de hoy nos dice que el gran drama del corazón humano no es solo el pecado, sino también la falsa saciedad. Es decir, querer llenarnos con lo que no llena. Buscar vida donde no hay vida. Esperar plenitud de aquello que solo entretiene por un rato. Buscamos saciar el alma con éxitos, afectos, consumos, comodidades, placeres, distracciones, prestigio, aprobación de los demás. Y aunque algunas de esas cosas no sean malas en sí mismas, ninguna puede ocupar el lugar de Dios. Ninguna puede convertirse en pan de eternidad.

Por eso Jesús no dice simplemente: “Yo doy pan”, sino: “Yo soy el pan.” Él mismo es el alimento. Él mismo es el don. Él mismo es la respuesta del Padre a nuestras hambres más profundas. Hambre de amor verdadero. Hambre de perdón. Hambre de sentido. Hambre de paz. Hambre de ser plenamente acogidos. Hambre de vida que no termine. Y también sed: sed de ternura, de verdad, de pureza, de reconciliación, de esperanza.

Qué importante es entender esto. Jesús no ha venido solo a resolver problemas exteriores, sino a sanar el corazón humano desde dentro. No vino solo a enseñarnos una moral, sino a darnos su propia vida. No vino solo a mejorar la tierra, sino a abrirnos el cielo. No vino solo a calmarnos por un momento, sino a saciarnos de verdad.

Algunos escucharon a Jesús con escepticismo, otros con humildad. Los humildes de corazón, aunque no entendían todo, comenzaron a creer. Y esa es una clave espiritual muy importante: muchas veces la fe precede a la comprensión. Primero el corazón dice: “Sí, Señor, creo”; y luego la inteligencia va entrando poco a poco en el misterio.

Eso pasa particularmente con la Eucaristía. Nadie agota el misterio eucarístico. Nadie lo comprende plenamente. Pero quien se abre con humildad empieza a experimentar que allí está realmente Jesús, vivo, entregado, presente, cercano, transformante. El mundo podrá decir: “Eso es solo pan.” La razón sola puede quedarse corta. Pero la fe de la Iglesia reconoce: es el Cuerpo del Señor, es la Sangre del Señor, es su presencia real, verdadera y sustancial.

Por eso las palabras de Jesús hoy tienen una resonancia profundamente eucarística. Cuando Él dice: “Yo soy el pan de vida”, no está pronunciando una metáfora vacía. Está revelando una verdad que llegará a su cumbre en el don de la Última Cena y que la Iglesia sigue viviendo en cada santa misa. En la Eucaristía no recibimos solo una bendición, no recibimos solo un símbolo, no recibimos solo un recuerdo: recibimos a Cristo mismo. Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El Resucitado se hace alimento para que no desfallezcamos en el camino.

Y aquí tendríamos que preguntarnos con mucha sinceridad: ¿cómo estoy comulgando? ¿Con fe viva? ¿Con rutina? ¿Con prisa? ¿Con amor? ¿Con superficialidad? ¿Con hambre espiritual? Porque uno puede acercarse muchas veces a la comunión y seguir interiormente vacío, no porque la Eucaristía no tenga poder, sino porque el corazón viene distraído, cerrado, endurecido o demasiado lleno de otras cosas.

La Eucaristía no actúa mágicamente. Es presencia real de Cristo, sí. Es fuente de gracia inmensa, sí. Pero pide de nosotros apertura interior, deseo verdadero, fe humilde. Cuando uno se acerca con el alma abierta, Jesús empieza a realizar algo profundo: ordena lo desordenado, serena lo agitado, ilumina lo confuso, fortalece lo débil, limpia lo manchado, despierta lo dormido.

La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece un contraste muy bello. La Iglesia está siendo perseguida. Después de la muerte de Esteban, muchos son dispersados. Humanamente parecería una tragedia. Pero aquellos discípulos dispersos iban anunciando el Evangelio, y Felipe predica en Samaría. ¿Y qué produce el anuncio de Cristo? Dice el texto: “La ciudad se llenó de alegría.”

Es admirable. Donde parecía haber derrota, brota la misión. Donde parecía reinar el miedo, nace la esperanza. Donde había enfermedad, opresión y sufrimiento, aparece la alegría del Evangelio. Y eso sucede porque cuando Cristo entra realmente en una ciudad, en una comunidad, en una familia o en un alma, ya nada queda igual.

Notemos que la alegría en Samaría no nace simplemente de una mejora emocional. Nace del encuentro con Cristo. El corazón humano no se alegra de verdad solo porque sus circunstancias cambien, sino cuando encuentra una razón más profunda para vivir. Y esa razón es Cristo. Él es el pan que sostiene a la Iglesia perseguida. Él es la fuerza del evangelizador. Él es la consolación del atribulado. Él es la paz del que está en combate.

El salmo responsorial nos hace exclamar: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un canto de alabanza por las maravillas de Dios. Y hoy ese salmo nos invita a reconocer que las obras de Dios siguen vivas entre nosotros. Él sigue sacando a su pueblo de las esclavitudes. Sigue abriendo caminos en medio del mar. Sigue convirtiendo persecuciones en misión. Sigue transformando tristezas en alegría. Sigue dándonos en Cristo el pan vivo bajado del cielo.

En el Evangelio, Jesús añade unas palabras que son puro consuelo: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Qué frase tan llena de misericordia. Tal vez aquí haya personas que se sienten indignas, cansadas, decepcionadas de sí mismas, con culpas acumuladas, con luchas interiores, con heridas antiguas. Jesús no dice: “Al que venga perfecto lo recibiré.” Dice: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.”

Eso significa que siempre se puede volver. Siempre se puede recomenzar. Siempre se puede venir al Señor con la verdad del corazón. Aunque vengamos rotos. Aunque vengamos confundidos. Aunque vengamos con fe débil. El Señor no rechaza al que lo busca sinceramente. Lo recibe. Lo abraza. Lo alimenta. Lo levanta.

Y luego Jesús pronuncia la gran promesa pascual: “Esta es la voluntad del que me ha enviado: que yo no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” Aquí está la meta final. Jesús no solo quiere darnos alivio en la vida presente. Quiere darnos la vida eterna. Quiere resucitarnos. Quiere llevarnos a la plenitud definitiva. La Eucaristía, por tanto, es también pan de resurrección, anticipo del cielo, medicina de inmortalidad, como decían los Padres de la Iglesia.

Hermanos, vivimos en un mundo lleno de ofertas de saciedad inmediata. Todo parece prometer felicidad rápida: placer, consumo, imagen, éxito, poder. Pero muy pronto se descubre que esas cosas no bastan. Dejan resaca interior. Dejan cansancio. Dejan un vacío todavía mayor. Solo Cristo puede llenar el corazón sin empobrecerlo. Solo Cristo puede saciar el alma sin esclavizarla. Solo Cristo puede colmar la sed sin dejar amargura.

Por eso hoy el Señor nos invita a revisar nuestras hambres. ¿Qué estoy buscando realmente? ¿Qué deseo me mueve? ¿Qué sed llevo por dentro? ¿Qué intento llenar con cosas pasajeras? ¿Dónde estoy poniendo mi esperanza? ¿Voy a la Eucaristía como quien cumple, o como quien sabe que allí está su vida?

San Juan María Vianney decía que si Dios hubiera tenido algo más precioso que la Eucaristía, nos lo habría dado. Y no lo hizo, porque no hay nada más grande: en la Eucaristía nos dio a su Hijo. Nos dio lo más santo, lo más tierno, lo más sublime. Por eso cada misa es una visita del cielo. Cada comunión bien recibida es una semilla de eternidad. Cada adoración eucarística es una escuela de amor.

Hoy, entonces, la Palabra nos invita a una fe más profunda, más humilde y más eucarística. No necesitamos comprenderlo todo para empezar a creer. Basta abrir el corazón. Basta decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero me fío de ti. Creo que eres el pan de vida. Creo que estás realmente presente. Creo que solo tú puedes saciar mi sed más honda.”

Pidámosle al Señor tres gracias.

La primera: hambre de Él. Que no nos acostumbremos a su presencia. Que no perdamos el deseo de buscarlo.

La segunda: fe en la Eucaristía. Una fe sencilla, adorante, obediente, enamorada. Una fe que no se quede en teorías, sino que se arrodille y adore.

La tercera: dejar que Él nos sacie. No a medias. No superficialmente. Sino de verdad. Que sane nuestras culpas, nuestros vacíos, nuestras nostalgias, nuestras ansiedades, nuestras soledades.

Que María Santísima, mujer del “sí”, mujer eucarística, nos enseñe a acoger a Jesús con un corazón abierto. Y que al acercarnos hoy al altar podamos decirle con toda el alma:

Señor Jesús, Pan de Vida, solo tú bastas.
Solo tú puedes llenar mi corazón.
Solo tú eres mi paz, mi fuerza y mi esperanza.
No permitas que busque fuera de ti lo que solo en ti puedo encontrar. Amén

 


23 de abril del 2026: jueves de la tercera semana de Pascua

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