miércoles, 2 de septiembre de 2026

3 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II- San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia

 

Testigo de la fe:

San Gregorio Magno

Hacia 540-604.

«Cuanto más perfecta es un alma, más compasión siente por los sufrimientos de los demás», afirmaba este monje benedictino, elegido papa en el año 590.

Dejó numerosos escritos de carácter pastoral, moral y espiritual.

Fue un gran pastor, reformador y evangelizador, reconocido como uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente.

 

 

«Dejándolo todo, lo siguieron»

La palabra de Jesús manifiesta toda su eficacia, pues transforma una situación de fracaso en sobreabundancia. Y esta eficacia abre a los discípulos a una misión que los supera. Por tanto, la misión no se apoya principalmente en sus capacidades, sino en la confianza depositada en aquel que los llama.

Simón acepta echar las redes «por la palabra» de Jesús. Descubre así que la obediencia de la fe hace fecundo aquello que los solos esfuerzos humanos no habían podido realizar. Ante tal abundancia, Pedro reconoce su pequeñez y su condición de pecador. Sin embargo, Jesús no lo rechaza, sino que lo tranquiliza y le confía una misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Seguir a Cristo supone, entonces, dejar no solamente los bienes materiales, sino también nuestras seguridades, costumbres y pretensiones de controlarlo todo. El Señor no busca discípulos perfectos, sino corazones disponibles. También hoy sube a la barca de nuestros fracasos, nos invita a remar mar adentro y transforma nuestra pobreza en camino de fecundidad y misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 18-23

Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es de ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 (R.: 1b)

R. Del Señor es la tierra y cuanto la llena.

V. Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. 
R.

V. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. 
R.

V. Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan en pos de mí —dice el Señor—,
y los haré pescadores de hombres. 
R.

 

Evangelio

Lc 5, 1-11

Dejándolo todo, lo siguieron

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.

 

**************

 

«Por tu palabra echaré las redes»

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos sitúa ante unos pescadores cansados y decepcionados. Han trabajado durante toda la noche, han empleado su experiencia y sus mejores esfuerzos, pero no han conseguido nada. Ahora están en la orilla lavando las redes, quizá resignados a aceptar el fracaso.

También nosotros conocemos noches semejantes. Trabajamos, oramos, aconsejamos, evangelizamos y procuramos hacer el bien, pero no siempre vemos los frutos esperados. Algunas veces sentimos que nuestras palabras no son escuchadas; que los jóvenes se alejan; que disminuyen las vocaciones; que nuestras familias no responden como quisiéramos; o que, a pesar de tanto esfuerzo pastoral, las redes continúan vacías.

Jesús no contempla aquella barca vacía desde lejos. Sube a ella. Entra precisamente en el lugar del cansancio y del fracaso de Simón. Esto es profundamente consolador: el Señor no espera que nuestra barca esté llena para acercarse a nosotros. Él entra cuando está vacía; sube a ella cuando nosotros pensamos que ya no tenemos nada que ofrecer.

Después de enseñar a la multitud, Jesús dice a Simón: «Rema mar adentro y echen las redes para pescar». Humanamente, la orden parece poco razonable. Pedro conoce el lago, domina su oficio y sabe que ya ha pasado el momento más conveniente para la pesca. Sin embargo, responde: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Estas últimas palabras contienen el secreto de toda fecundidad cristiana: «Por tu palabra». Pedro no vuelve a intentarlo porque confíe más en su experiencia, ni porque haya recuperado súbitamente el entusiasmo. Lo hace porque Jesús se lo ha pedido. La pesca abundante no será solamente fruto del esfuerzo de Pedro, sino de su obediencia confiada.

La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. San Pablo advierte a los corintios que no deben apoyarse exclusivamente en la sabiduría de este mundo ni convertir a los dirigentes de la comunidad en ídolos. Algunos decían pertenecer a Pablo, otros a Apolo y otros a Cefas. Pero el Apóstol corrige estas divisiones afirmando: «Todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios».

La Iglesia no pertenece a un sacerdote, a un grupo, a un movimiento ni a una determinada figura pastoral. Todos pertenecemos a Cristo. Los evangelizadores somos servidores; la barca es del Señor y la pesca también es suya. Necesitamos capacidades, preparación, organización y buenos medios, pero nada de eso puede reemplazar la escucha de la Palabra, la oración y la confianza en Dios.

El salmo proclama: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena». El mundo al que somos enviados ya le pertenece a Dios. Antes de que llegue el misionero, el Señor ya está actuando en el corazón de las personas. Antes de que el catequista pronuncie una palabra, el Espíritu Santo ya ha comenzado silenciosamente su obra. Evangelizar no significa llevar a Dios a un lugar donde Él no está, sino ayudar a las personas a descubrir su presencia y abrirse a su amor.

El salmo también pregunta: «¿Quién puede subir al monte del Señor?». Y responde: «El hombre de manos inocentes y puro corazón». No se trata de exigir una perfección imposible. Pedro acaba de reconocer: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Jesús no niega su debilidad ni aprueba su pecado, pero tampoco lo rechaza. Le dice: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

La conciencia de su pecado no incapacita a Pedro para la misión; lo hace humilde y dependiente de la misericordia. Dios no llama únicamente a personas que se sienten fuertes y preparadas. Llama a hombres y mujeres que, reconociendo su fragilidad, se dejan purificar, confían en su gracia y se ponen en camino. La vocación no nace de pensar: «Yo soy capaz», sino de responder: «Señor, si tú me llamas, confiaré en ti».

Hoy recordamos a san Gregorio Magno, monje benedictino llamado a conducir la barca de la Iglesia como papa. En medio de tiempos difíciles, supo unir la contemplación, el cuidado pastoral, la caridad con los necesitados y el impulso evangelizador. Comprendió que la verdadera grandeza del pastor consiste en servir y compadecerse de los sufrimientos ajenos.

Pidamos hoy especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras parroquias, comunidades, escuelas, familias, medios de comunicación y redes sociales sean barcas desde las cuales Jesús pueda enseñar y acercarse a muchas personas. Que no nos desanimemos cuando parezca que hemos trabajado en vano, sino que volvamos a echar las redes confiados en su Palabra.

Oremos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Que muchos niños, adolescentes y jóvenes permitan que Jesús suba a la barca de sus vidas; que no tengan miedo de remar mar adentro ni de dejar aquellas seguridades que les impiden seguirlo. Y que nuestras comunidades sepan acompañarlos con la oración, el testimonio y la alegría.

El Señor sigue diciendo: «Rema mar adentro». Aunque estemos cansados, aunque las redes parezcan vacías, aunque nos sintamos pequeños y pecadores, respondamos como Pedro:

«Señor, por tu palabra volveré a intentarlo; por tu palabra echaré las redes; por tu palabra te seguiré». Amén.



 *************


3 de septiembre:

San Gregorio Magno, Papa y Doctor — Memoria

c. 540–604
Patrono de los monaguillos, educadores, albañiles, músicos, papas, estudiantes y cantores.
Invocado contra la gota y la peste.
Canonizado antes del proceso formal de canonización.
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1295.

 


Cita

Nadie presume enseñar un arte antes de haberlo aprendido primero mediante la meditación atenta. ¡Qué temeridad, entonces, que los inexpertos asuman la autoridad pastoral, siendo que el gobierno de las almas es el arte de las artes! … Y, sin embargo, ¡cuántas veces hombres sin conocimiento alguno de los preceptos espirituales se profesan temerariamente médicos del corazón, mientras que aquellos que ignoran el efecto de los medicamentos se sonrojan de presentarse como médicos del cuerpo! Pero, debido a que, por disposición de Dios, todos los de mayor rango de esta época se inclinan a reverenciar la religión, hay algunos que, con la apariencia externa de autoridad en el seno de la santa Iglesia, buscan la gloria de la distinción. Desean aparecer como maestros, codician ser superiores a los demás y, como lo atestigua la Verdad, buscan los primeros saludos en las plazas, los primeros asientos en los banquetes, los primeros puestos en las asambleas (Mt 23,6-7), resultando tanto menos capaces de administrar dignamente el oficio que han asumido de cuidado pastoral, cuanto que han alcanzado el puesto magisterial de la humildad únicamente por vanagloria.
~San Gregorio Magno, Regla Pastoral, Libro I


Reflexión

San Gregorio Magno nació en Roma en el seno de una familia aristocrática cuyos miembros ocuparon cargos políticos y religiosos. Su padre fue senador y más tarde Prefecto de Roma, cargo similar al de un alcalde. Su madre, Silvia, fue una mujer virtuosa que después fue reconocida como santa, al igual que dos de sus tías. Así, la familia influyente, rica y santa de Gregorio le proporcionó una educación brillante y lo formó en la fe católica desde joven.

Durante los primeros catorce años de su vida, Gregorio fue testigo de cómo la guerra y la enfermedad devastaban Roma. Los ostrogodos habían gobernado la ciudad desde 479, pero entre 535 y 554 el emperador romano de Oriente libró una guerra para recuperarla. Ese conflicto causó gran destrucción y muchas muertes. Es posible que la familia de Gregorio incluso tuviera que huir por un tiempo. Tras la paz de 554, cuando Italia quedó bajo control del emperador de Oriente, la gente volvió a Roma para reconstruir la ciudad y restablecer el orden.

Entre 554 y 574, Gregorio siguió los pasos de su padre, asumiendo distintos cargos civiles de liderazgo. Alrededor del año 573 fue elegido Prefecto de Roma, el mismo puesto que había ocupado su padre. Sin embargo, poco después de asumirlo, murió su padre, y este acontecimiento lo llevó a dar un giro decisivo: renunció al cargo, transformó la casa familiar en un monasterio y profesó votos monásticos. Ese tiempo de profunda oración fue invaluable para él y lo preparó para las grandes responsabilidades que Dios más tarde le confiaría.

Como monje, Gregorio pasó cuatro años en oración y estudio silencioso. Aquellos años fueron de los más felices de su vida. En 578, el Papa Pelagio II lo ordenó diácono y, un año después, lo envió a Constantinopla como apocrisiario, es decir, embajador papal. Durante seis años allí, a pesar de los desafíos, mantuvo su vida monástica de oración y estudio mientras cumplía sus deberes en la corte imperial. En ese tiempo comenzó a escribir su célebre comentario al libro de Job, donde abordó la naturaleza de Dios, el problema del mal, la comprensión cristiana del sufrimiento humano y la virtud de la paciencia.

Tras su servicio en Constantinopla, Gregorio regresó a Roma, fue elegido abad de su monasterio y disfrutó algunos años más de paz monástica. En 590, a la muerte del Papa Pelagio II, el pueblo de Roma lo eligió como su sucesor. Gregorio aceptó, aunque con gran reticencia. Fue el primer monje en ser elegido papa.

Durante los siguientes catorce años, a pesar de su constante mala salud, el Papa Gregorio I se convirtió en uno de los pontífices más influyentes de la historia. Entre sus logros destacan importantes reformas en la administración y la liturgia de la Iglesia. En lo administrativo, reformó la gestión de los bienes y finanzas eclesiásticas, estableció directrices estrictas para el uso responsable de los recursos, puso medidas contra abusos como el nepotismo, aumentó la transparencia y expandió notablemente las obras de caridad, hasta vaciar el tesoro pontificio. También forjó alianzas políticas y militares estratégicas que fortalecieron al papado y garantizaron la seguridad y el bienestar de su pueblo. Incluso muchos líderes civiles acudieron a él en busca de orientación.

En lo litúrgico, contribuyó a la estandarización de la liturgia, estableciendo oraciones, el orden de la misa, el calendario litúrgico y desarrollando el canto litúrgico que, con el tiempo, llevaría su nombre: el canto gregoriano.

El Papa Gregorio también mostró un profundo espíritu misionero. En particular, impulsó la misión que inició la conversión de los pueblos anglosajones en Inglaterra. Se cuenta que, al ver en el mercado de Roma a unos niños esclavos de origen anglosajón, preguntó de dónde venían. Al oír que eran “anglos” de Inglaterra, respondió que parecían “ángeles”. Aquel encuentro le inspiró el deseo de evangelizar aquella nación pagana, enviando posteriormente a san Agustín de Canterbury y a cuarenta monjes de su propio monasterio, quienes llevaron adelante con gran éxito esta misión.

Además de sus comentarios bíblicos, Gregorio escribió la Regla Pastoral (Regula Pastoralis), una guía influyente para obispos y líderes de la Iglesia sobre su responsabilidad pastoral y la conducta en su vida personal y pública. Sus Diálogos recogen visiones, milagros y vidas de santos, incluyendo una de las primeras biografías de san Benito. Sus alrededor de 800 cartas ofrecen una rica visión del panorama eclesial, social y político de su tiempo, con consejos pastorales y teológicos de gran vigencia.

Los legados duraderos no se fabrican ni se compran: son fruto de un liderazgo verdadero y de un impacto profundo. El Papa Gregorio I es conocido como San Gregorio Magno. Es “Magno” porque no solo influyó en su época, en lo religioso y lo político, sino porque sus escritos y reformas marcaron el rumbo de la Iglesia por siglos. Sus primeros amores fueron Cristo y la vida monástica. Dios utilizó su humildad como cimiento para seguir edificando la Iglesia.

Al honrar a este gran papa, reflexionemos sobre la importancia de hacer de nuestra vida un fundamento sólido sobre el cual otros puedan crecer y florecer. Solo establecemos un verdadero cimiento para nuestra vida espiritual —y para la de quienes nos rodean— cuando hacemos de la oración y de la unión con Dios nuestra misión principal. San Gregorio lo hizo, y Dios lo usó de manera gloriosa. Que lo mismo pueda decirse de nosotros.


Oración

San Gregorio Magno, tu primer deseo fue amar a Dios, conocerlo en la oración y el estudio, y servirlo con todo tu corazón. Dios tomó lo que le ofreciste y lo convirtió en un sólido fundamento sobre el cual siguió edificando su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que mi vida esté siempre cimentada en la fe, de modo que Dios pueda servirse de mí como Él quiera, para su gloria y la salvación de las almas.
San Gregorio Magno, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 


martes, 1 de septiembre de 2026

2 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Es Dios quien da el crecimiento

La fecundidad de una comunidad eclesial es obra de Dios. Los cristianos que la integran son sus colaboradores. Por eso, dentro de la Iglesia no estamos para competir, sino para complementarnos, poniendo cada uno sus dones al servicio de todos. Uno siembra, otro riega, pero solo Dios da el crecimiento. Esta certeza nos libra del orgullo y del desaliento: trabajamos con fidelidad y confiamos al Señor los frutos de nuestra misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 1-9
Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, les di a beber leche, pues todavía no estaban para más. Aunque tampoco lo están ahora, pues siguen siendo carnales. En efecto, mientras haya entre ustedes envidias y contiendas, ¿no es que siguen siendo carnales y que se comportan al modo humano? Pues si uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no se comportan al modo humano?
En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales ustedes accedieron a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer. El que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 12-13. 14-15. 20-21 (R.: cf. 12)

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
 R.

V. Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones. 
R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad.
 R.

 

Evangelio

Lc 4, 38-44

Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto.
La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.
Pero él les dijo:
«Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

 

**************

 

Dios da el crecimiento y nos levanta para servir

 

Queridos hermanos:

San Pablo contempla hoy una comunidad cristiana afectada por los celos, las rivalidades y las divisiones. Algunos decían: «Yo soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo». Habían olvidado que los ministros no son dueños de la Iglesia ni propietarios de la fe. Son solamente servidores y colaboradores de Dios.

Por eso, Pablo les recuerda una verdad que también nosotros necesitamos escuchar: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien dio el crecimiento». Uno siembra la Palabra, otro acompaña, otro catequiza, visita a los enfermos, sirve en la liturgia o ayuda silenciosamente a quien lo necesita; pero es Dios quien toca los corazones y hace fecunda la misión.

En la Iglesia no estamos llamados a competir, sino a complementarnos. No debemos preguntarnos quién es más importante, quién recibe más reconocimiento o quién hace más cosas. Lo verdaderamente importante es que cada uno descubra los dones que ha recibido y los coloque con humildad al servicio de los demás. Nosotros sembramos y regamos; Dios hace germinar la semilla.

Esta certeza nos libra de dos grandes tentaciones: el orgullo y el desaliento. Nos libra del orgullo porque ningún fruto apostólico nos pertenece totalmente; todo es gracia. Y nos libra del desaliento porque, aunque no veamos resultados inmediatos, la semilla puede estar germinando silenciosamente en el corazón de las personas.

El salmo expresa esta confianza diciendo: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dios contempla desde el cielo, conoce el corazón de cada persona y no permanece indiferente ante nuestras necesidades. Por eso podemos decir: «Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo». Nuestra esperanza no descansa solamente en nuestras fuerzas, en nuestros recursos o en nuestras capacidades, sino en el amor fiel de Dios.

Esta confianza aparece de una manera muy hermosa en el Evangelio. La suegra de Simón estaba enferma, con una fiebre muy alta, y los discípulos le hablaron a Jesús de ella. Este pequeño detalle es profundamente significativo: aquella mujer no podía acercarse por sí misma al Señor; fueron otros quienes intercedieron por ella.

Eso mismo hacemos hoy al orar por nuestros hermanos enfermos. Los acercamos espiritualmente a Jesús. Le hablamos de quienes están hospitalizados, de quienes esperan un diagnóstico o una cirugía, de quienes padecen enfermedades crónicas, de quienes sufren dolores físicos o heridas del alma. Presentamos también a quienes se sienten solos, desanimados o asustados ante la enfermedad.

Jesús se acerca a la mujer, se inclina sobre ella y la levanta. Después, al caer la tarde, muchas personas llevan ante él a sus familiares enfermos. El Evangelio dice que Jesús imponía las manos «sobre cada uno». Para él no eran una multitud anónima: cada enfermo tenía un rostro, una historia y un sufrimiento particular. Así nos mira también el Señor. Él conoce el nombre, el dolor y las lágrimas de cada persona.

No siempre recibimos la curación de la manera o en el momento que deseamos. Sin embargo, Cristo nunca abandona al enfermo. Algunas veces concede la recuperación física; otras veces regala fortaleza, serenidad, reconciliación y esperanza para atravesar la prueba. También actúa mediante los médicos, enfermeros, familiares, cuidadores y todas las personas que acompañan con amor.

Cuando la suegra de Simón recuperó la salud, inmediatamente se puso a servir. La gracia recibida se convirtió en servicio. Jesús no nos levanta únicamente para que nos sintamos mejor, sino para que también nosotros ayudemos a levantar a los demás. Quien ha experimentado el consuelo de Dios aprende a consolar; quien ha sido perdonado aprende a perdonar; quien ha sido sostenido en su enfermedad puede comprender con mayor ternura el dolor ajeno.

Finalmente, Jesús se retira a un lugar solitario para orar y después continúa su camino, porque debe anunciar el Reino de Dios en otros lugares. La oración no lo aleja de la misión: le da fuerzas para continuarla. También nosotros necesitamos encontrarnos con el Padre para seguir sembrando, regando, sanando heridas y llevando esperanza.

Pidamos hoy la gracia de trabajar unidos, sin rivalidades, sabiendo que todos somos colaboradores de Dios. Y pongamos especialmente en sus manos a nuestros hermanos enfermos. Que Jesús se acerque a sus camas, toque sus vidas, alivie sus dolores y fortalezca a sus familias. Que les conceda, según su voluntad, la salud del cuerpo y siempre la paz, el consuelo y la esperanza del corazón.

Nosotros sembramos, acompañamos, cuidamos y oramos; pero es Dios quien sana, sostiene y da el crecimiento. Amén.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2026

Primero de septiembre del 2026: martes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

La obra revela al Artífice

La belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su finalidad no es solamente estética: nos abren a la sabiduría y a la bondad de Dios, que sostiene todas las cosas y confía el mundo a nuestro cuidado. Contemplar la Creación es reconocer su presencia, darle gracias y proteger responsablemente cuanto hemos recibido.

 

Primera lectura

1 Cor 2, 10b-16
El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre espiritual lo juzga todo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14 (R.: 17a)

R. El Señor es justo en todos sus caminos.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Lc 4, 31-37

Sé quién eres: el Santo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor.

 

*********

 

La obra revela al Artífice

Hermanos, solemos reconocer a un artista por sus obras. Un cuadro, una melodía o una construcción nos hablan de las capacidades, la sensibilidad y hasta de la personalidad de quien los realizó. De una manera mucho más profunda, la belleza y la bondad de la creación nos hablan de Dios. Como dice el título de nuestra reflexión: la obra revela al Artífice.

Cuando contemplamos el cielo, los campos, las montañas, la diversidad de los animales y, especialmente, la dignidad del ser humano, descubrimos que el mundo no es fruto del absurdo. La creación lleva las huellas de la sabiduría y del amor de Dios. Así lo proclama el salmo de hoy: «El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Todo cuanto existe está sostenido por su providencia y acompañado por su ternura.

Pero no siempre sabemos mirar. Podemos acostumbrarnos tanto a los dones recibidos que terminamos considerándolos como algo normal o como un derecho adquirido. Dejamos de maravillarnos por el regalo de la vida, por el alimento cotidiano, por la familia, por la amistad, por la posibilidad de servir o por las personas que Dios pone en nuestro camino. La falta de contemplación conduce fácilmente a la ingratitud; en cambio, quien aprende a contemplar descubre motivos para bendecir al Señor incluso en medio de las dificultades.

La primera lectura nos enseña que para reconocer plenamente los dones de Dios necesitamos la luz del Espíritu Santo. San Pablo afirma: «El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». La inteligencia humana puede descubrir muchas cosas, pero solo el Espíritu nos ayuda a comprenderlas como dones y llamadas de Dios. Por eso añade el apóstol: «Nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido».

Esta es una afirmación muy importante para nuestra vida espiritual. No basta con tener ojos; necesitamos aprender a mirar con fe. No basta con tener oídos; necesitamos escuchar lo que Dios quiere comunicarnos. No basta con recibir bendiciones; necesitamos reconocer de quién proceden y para qué nos han sido concedidas. El Espíritu Santo nos ayuda a pasar de la simple admiración a la gratitud, y de la gratitud al compromiso. Lo que hemos recibido gratuitamente no puede quedar encerrado en nosotros: debe ponerse al servicio de los demás.

En el Evangelio, Jesús llega a Cafarnaún y enseña con una autoridad que sorprende a todos. Su palabra no es un discurso vacío; posee poder para tocar la vida y liberar a un hombre atormentado por un espíritu impuro. Incluso el demonio reconoce su identidad y exclama: «Sé quién eres: el Santo de Dios».

Las obras de Jesús revelan quién es Él. Su manera de enseñar, de acercarse a los sufrientes, de enfrentarse al mal y de devolver la libertad manifiesta que Dios ha visitado a su pueblo. Jesús no utiliza su autoridad para dominar, humillar o buscar reconocimientos; la emplea para liberar, sanar y devolver a cada persona su dignidad. Esta es la autoridad de Dios: el poder del amor que vence el mal y abre caminos de vida nueva.

También nuestras acciones revelan lo que hay en nuestro corazón. Podemos decir muchas palabras hermosas, pero finalmente nuestras obras muestran si vivimos según el Espíritu de Dios o según los criterios egoístas del mundo. Una palabra de consuelo, una visita al enfermo, una ayuda oportuna, un perdón ofrecido, una colaboración generosa o un servicio realizado discretamente pueden hablar de Dios con mayor fuerza que muchos discursos.

Hoy queremos reconocer precisamente esas obras de amor en nuestros benefactores. Oramos por las personas que, con generosidad, comparten parte de sus bienes, su tiempo, sus conocimientos y sus esfuerzos para sostener la evangelización, acompañar las necesidades de la comunidad y socorrer a quienes atraviesan momentos difíciles. Muchos de ellos ayudan sin buscar reconocimiento; quizá su nombre no aparece públicamente, pero está escrito en el corazón de Dios.

La generosidad de nuestros benefactores es también una forma concreta de la providencia divina. Dios puede alimentar, consolar y sostener a sus hijos mediante las manos abiertas de otras personas. Cuando alguien comparte lo que posee, se convierte en instrumento de la bondad de Dios. Su obra generosa nos permite vislumbrar algo del gran Artífice, porque allí donde existe una caridad auténtica se hace visible la presencia del Señor.

Sin embargo, la oración por nuestros benefactores debe llevarnos también a revisar nuestra propia vida. Todos podemos ser benefactores de alguien. Quizá no todos podamos ofrecer grandes ayudas económicas, pero todos podemos compartir algo: tiempo, escucha, cercanía, conocimientos, trabajo, una palabra de esperanza o una oración sincera. Nadie es tan pobre que no tenga algo para ofrecer, ni tan rico que no necesite recibir de los demás.

Pidamos, entonces, que el Espíritu Santo nos conceda una mirada contemplativa para descubrir las huellas de Dios en la creación, en su Palabra y en las personas que hacen el bien. Que nuestras propias acciones revelen también la bondad del Padre y la autoridad liberadora de Jesucristo.

Pidamos que Dios bendiga abundantemente a nuestros benefactores, recompense su generosidad, proteja sus familias y les conceda cuanto necesitan. Que el Espíritu Santo nos enseñe también a nosotros a reconocer los dones recibidos y a convertir nuestra vida en una obra que revele la belleza, la bondad y la misericordia de nuestro Creador. Amén.

 

 

31 de agosto del 2026: lunes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II


Testigos de la fe:

Santos José de Arimatea y Nicodemo

Siglo I

El Martirologio Romano celebra hoy a estos dos discípulos que, después de recoger el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo envolvieron en lienzos y lo depositaron en un sepulcro.

José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín y discípulo secreto de Jesús, pidió valientemente a Pilato su cuerpo. Nicodemo, el fariseo que había acudido de noche a conversar con el Señor, llevó mirra y áloe para la sepultura. En la hora del aparente fracaso, ambos salieron de las sombras y manifestaron públicamente su fe mediante un gesto lleno de ternura, dignidad y valentía.

Su testimonio nos recuerda que nunca es demasiado tarde para reconocer a Cristo y servirlo con amor, especialmente cuando hacerlo exige superar el miedo y comprometerse públicamente. (Cf. Jn 19,38-42).

(Prions en Église)

 

 

La Buena Noticia en nuestra vida cotidiana

Jesús proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Su palabra resuena con especial fuerza en nuestro contexto colombiano, donde muchas familias afrontan dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo y falta de oportunidades.

Jesús no anuncia una esperanza lejana: viene a liberar, sanar y levantar aquí y ahora. También nosotros somos enviados a llevar esperanza en nuestros hogares, comunidades, escuelas, campos y lugares de trabajo. Estamos llamados a acercarnos al que sufre, acompañar al enfermo, escuchar al desanimado y defender la dignidad de los más vulnerables.

La Buena Noticia se anuncia con palabras, pero especialmente mediante una caridad concreta. Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestra vida cotidiana una misión, para que, por medio de nosotros, los pobres y afligidos puedan sentir que Dios no los ha olvidado.

 



*************

Primera lectura

1 Cor 2, 1-5
Les anuncié a Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 97. 98. 99. 100. 101. 102 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. ¡Cuánto amo tu ley!:
todo el día la estoy meditando.
R.

V. Tu mandato me hace más sabio
que mis enemigos,
siempre me acompaña.
R.

V. Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
R.

V. Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos.
R.

V. Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu del Señor está sobre mí;
me ha enviado a evangelizar a los pobres.
R.

 

Evangelio

Lc 4, 16-30

Me ha enviado a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

 

**********

 

“Hoy se cumple esta Escritura”

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy el corazón de la misión de Jesús: anunciar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos. San Pablo, por su parte, nos recuerda que esta misión no se realiza confiando solamente en la elocuencia o la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu. El salmo nos invita a amar y meditar la ley del Señor, porque ella ilumina nuestros pasos y nos hace verdaderamente sabios.

En la primera lectura, san Pablo recuerda cómo llegó a la comunidad de Corinto: no se presentó con discursos brillantes ni pretendiendo impresionar a nadie. Llegó sintiéndose débil, temeroso y vacilante, pero llevaba consigo lo esencial: «Jesucristo, y este crucificado». Pablo comprendió que la fe no puede apoyarse únicamente en la capacidad del predicador, sino en la acción poderosa de Dios.

Esta palabra nos ayuda a reconocer que no necesitamos ser personas extraordinarias para anunciar el Evangelio. No todos sabemos pronunciar grandes discursos ni poseemos una preparación excepcional, pero todos podemos ofrecer una palabra de consuelo, escuchar al que está solo, visitar al enfermo, compartir con el necesitado y acompañar a quien atraviesa una dificultad. Cuando estas acciones nacen del amor, el Espíritu Santo actúa por medio de nuestra fragilidad.

El salmo responde: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». Para el salmista, la ley de Dios no es una carga pesada, sino una luz que orienta la existencia. Quien medita la Palabra adquiere una sabiduría distinta: aprende a distinguir lo verdadero de lo engañoso, el bien del mal y el servicio del egoísmo. En medio de tantas voces, noticias y opiniones que recibimos diariamente, necesitamos volver a la Palabra para no perder el rumbo.

El Evangelio nos lleva a la sinagoga de Nazaret. Jesús abre el libro del profeta Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Después afirma solemnemente: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

Ese “hoy” es muy importante. Jesús no habla de una salvación reservada solamente para el futuro. Dios está actuando en el presente. Allí donde una persona es consolada, un enfermo es acompañado, un cautivo recupera su libertad, un pobre es acogido y alguien vuelve a experimentar esperanza, la Palabra continúa cumpliéndose.

Esta Buena Noticia resuena con fuerza en nuestro contexto colombiano. Muchas familias padecen dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo, soledad o falta de oportunidades. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes. También nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro bautismo y enviados a convertir nuestra vida cotidiana en instrumento de la misericordia de Dios.

Sin embargo, los habitantes de Nazaret pasan rápidamente de la admiración al rechazo. Conocían a Jesús desde pequeño y creían saberlo todo sobre Él: «¿No es este el hijo de José?». La familiaridad les impidió reconocer la presencia de Dios. Además, querían que Jesús realizara milagros para ellos, como si la gracia de Dios fuera un privilegio reservado exclusivamente a su pueblo.

Jesús les recuerda entonces a la viuda de Sarepta y a Naamán, el sirio: dos extranjeros que recibieron la acción misericordiosa de Dios. Con ello enseña que la salvación no conoce fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un pueblo, una familia o un grupo. Su misericordia alcanza también al extranjero, al despreciado, al que piensa diferente y a aquel que nosotros podríamos considerar indigno.

Esta enseñanza provoca la indignación de sus paisanos. Quieren expulsarlo y despeñarlo, pero Jesús pasa en medio de ellos y continúa su camino. La misión no se detiene por el rechazo. Tampoco nosotros debemos abandonar el bien cuando no se nos comprende, cuando nuestras palabras no son acogidas o cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles. Como san Pablo, seguimos adelante apoyados no en nuestros éxitos, sino en la fuerza de Dios.

En esta Eucaristía presentamos una intención especial por nuestros fieles difuntos. Ante la muerte también nos sentimos débiles y sin palabras. Ninguna sabiduría humana puede eliminar completamente el dolor de la separación. Por eso, como san Pablo, fijamos nuestra mirada en Jesucristo crucificado. Él entró en nuestra muerte y, por su resurrección, abrió para nosotros el camino de la vida eterna.

Confiamos a nuestros seres queridos a la misericordia del Padre. Pedimos que sean liberados de toda atadura del pecado, que contemplen la luz del rostro de Dios y participen plenamente del año de gracia anunciado por Jesús. Recordarlos no significa quedarnos atrapados en la tristeza, sino agradecer su vida, conservar el bien que sembraron y mantener viva la esperanza del reencuentro.

Que el Espíritu del Señor repose sobre nosotros. Que nos conceda amar su Palabra, anunciar a Jesucristo con humildad y llevar una Buena Noticia concreta a quienes sufren. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.


3 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II- San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia

  Testigo de la fe: San Gregorio Magno Hacia 540-604. «Cuanto más perfecta es un alma, más compasión siente por los sufrimientos de lo...