viernes, 18 de septiembre de 2026

19 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria de María en sábado

 

La resurrección explicada

«¿Cómo resucitan los muertos?». ¿La respuesta de Pablo calma los interrogantes de sus contemporáneos y los nuestros? Nada menos seguro. Pero puede ayudar a poner fin al deseo de imaginar la vida resucitada únicamente a partir de lo que conocemos en este mundo. Pablo nos invita a contemplar una semilla: lo que depositamos en la tierra no tiene todavía la apariencia de la planta que brotará. Existe continuidad entre ambas, pero también una transformación que sorprende y desborda nuestras expectativas.

Así sucede con la resurrección. No se trata simplemente de regresar a nuestra existencia presente, con sus enfermedades, limitaciones y sufrimientos. Se trata de participar plenamente en la vida de Cristo resucitado. Nuestra identidad no desaparece: Dios transforma nuestra fragilidad y nos comunica una vida que la muerte ya no puede destruir.

Cuando Pablo habla de un «cuerpo espiritual», no se refiere a un fantasma ni a una existencia sin cuerpo, sino a una persona enteramente vivificada por el Espíritu de Dios. Lo que ahora está marcado por la debilidad será revestido de una vida incorruptible.

La fe no responde a todas nuestras curiosidades sobre el más allá, pero nos ofrece una certeza para vivir el presente: nuestra vida está llamada a la plenitud en Dios. Podemos cuidar a quienes sufren, acompañar a nuestros mayores y llorar a nuestros difuntos con esperanza. El dolor de la separación es real, pero no tiene la última palabra.

Creer en la resurrección es confiar en que el Dios que resucitó a Jesús también puede hacer florecer nuestra vida más allá de la muerte. No conocemos todos los detalles del camino; conocemos a Aquel que nos llama y nos sostiene.

 


 

Primera lectura

1 Cor 15, 35-37. 42-49

Se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?». Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere. Y al sembrar, no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también espiritual.
Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en ser viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre, que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos también la imagen del celestial.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 55, 10. 11-12. 13-14 (R.: cf. 14cd)

R. Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida.

V. Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco,
y así sabré que eres mi Dios.
R.

V. En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre?
R.

V. Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
porque libraste mi alma de la muerte,
mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios
a la luz de la vida.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia.
R.

 

Evangelio

Lc 8, 4-15

Lo de la tierra buena son los que guardan la palabra y dan fruto con perseverancia

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de toda la ciudad, dijo Jesús en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del cielo se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta de humedad.
Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo:
«A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría, pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».

Palabra del Señor.

 

***************

 

Dios siembra vida donde nosotros vemos el final



Hermanos queridos:

Quien ha sembrado alguna vez sabe cuánto tiene de confianza ese gesto. Uno deposita en la tierra una semilla pequeña, la cubre y espera. Durante algunos días parece que no sucede nada. Sin embargo, debajo de esa tierra puede estar comenzando una vida que todavía no vemos.

Hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar nuestra existencia con esa confianza. San Pablo habla de la semilla para acercarnos al misterio de la resurrección; Jesús habla de la siembra para preguntarnos cómo recibimos su Palabra. Y María, a quien recordamos especialmente este sábado, nos enseña a acoger lo que Dios promete y a perseverar cuando todavía no comprendemos sus caminos.

En la primera lectura aparece una pregunta que también puede habitar nuestro corazón: ¿cómo será la resurrección? Nos la hacemos cuando acompañamos a un enfermo, cuando sentimos el peso de los años o cuando despedimos a alguien querido. ¿Qué será de esta persona? ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo puede surgir vida donde nuestros ojos solamente ven muerte?

Pablo no nos entrega una descripción detallada del más allá. Nos ofrece una imagen que ayuda a confiar: entre la semilla y la planta hay continuidad, pero también una transformación extraordinaria. Mirando solamente el grano, difícilmente podríamos imaginar toda la belleza de la espiga.

También nuestra vida está llamada a una transformación que supera lo que ahora podemos comprender. La resurrección es la obra de Dios que lleva nuestra humanidad a su plenitud en Cristo. Nuestra historia personal no queda borrada; nuestra fragilidad no será eterna.

Por eso, cuando Pablo habla del cuerpo espiritual, se refiere a nuestra existencia corporal plenamente vivificada por el Espíritu. La salvación alcanza a toda la persona. Este cuerpo con el que hemos trabajado, abrazado, servido y sufrido tiene dignidad y está llamado a participar de la victoria de Jesús.

¡Cuánto cambia esto nuestra manera de mirar a los demás! El anciano que necesita ayuda para caminar, el enfermo que depende de otros para asearse, la persona cuyo cuerpo está debilitado merecen toda nuestra ternura. La esperanza de la resurrección empieza a expresarse ahora en el respeto y el cuidado.

Podemos decirle al Señor: «A veces tengo miedo de envejecer, de enfermar, de morir. A veces me duele profundamente la ausencia de quienes amo. Sostén mi fe cuando no encuentro respuestas. Enséñame a confiar en tu fidelidad».

El salmo de hoy da voz a esta confianza: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida».

Qué hermosa expresión: caminar en presencia de Dios. No significa tener todas las dificultades resueltas. Significa saber ante quién vivimos y en quién podemos apoyarnos. El salmista conoce la amenaza y la angustia, pero se atreve a confiar en el Señor.

También nosotros podemos caminar así. Con una preocupación familiar, pero en presencia de Dios. Con un duelo todavía doloroso, pero en presencia de Dios. Con preguntas que siguen abiertas, pero en presencia de Dios.

La fe no nos exige aparentar que todo está bien. Nos permite presentar nuestra vida tal como está, con sus heridas y sus esperanzas. Y en esa relación con el Señor encontramos fuerza para dar el siguiente paso.

Pero el Evangelio nos plantea una pregunta necesaria: ¿qué lugar tiene la Palabra de Dios en ese camino?

Jesús presenta a un sembrador que esparce su semilla sobre distintos terrenos. Podemos reconocer algo de cada terreno dentro de nosotros.

Hay momentos en que nuestro corazón se parece al camino endurecido. Escuchamos, pero no dejamos entrar. Incluso podemos pensar que la lectura le vendría muy bien al vecino, al esposo, a la esposa o a algún familiar. La Palabra pasa cerca, pero evitamos que nos cuestione personalmente.

Otras veces somos terreno pedregoso. Una celebración nos conmueve y salimos llenos de buenos propósitos. Sin embargo, al llegar la primera dificultad, abandonamos. Queríamos cambiar, pero nos cuesta sostener la decisión cuando exige esfuerzo, humildad o renuncia.

También están las espinas. ¡Cuántas cosas ocupan nuestra mente! Las deudas, las obligaciones, la necesidad de resolverlo todo, el deseo de tener más, las horas que se nos van mirando una pantalla. Poco a poco, la oración queda para después; escuchar a la familia queda para después; ayudar a alguien queda para después. La vida se llena de actividades y el amor se queda sin espacio.

Hoy podemos preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué está ahogando tu Palabra en mí? ¿Qué preocupación necesito confiarte? ¿Qué hábito debo cambiar para escucharte mejor?».

Finalmente, Jesús habla de la tierra buena: un corazón que recibe la Palabra, la guarda y persevera hasta dar fruto.

La perseverancia es el amor que sigue respondiendo cuando se acaba el entusiasmo. Es volver a orar después de un día difícil. Es retomar un propósito después de una caída. Es continuar cuidando con cariño a quien necesita de nosotros. Es hacer el bien aunque nadie lo reconozca.

Y aquí aparece María como maestra de nuestra vida cristiana.

Ella acogió la Palabra de Dios con toda su persona. Su disponibilidad se convirtió en una vida entregada. La vemos ponerse en camino para servir a Isabel, cuidar a Jesús en la sencillez de Nazaret y permanecer junto a la cruz.

María también tuvo que guardar en el corazón acontecimientos cuyo sentido no comprendía plenamente. Su fe conoció la espera y el dolor. Por eso puede acompañarnos cuando nosotros tampoco entendemos.

En este sábado, mirándola, podemos aprender a no arrancar la semilla por impaciencia. A veces queremos que una oración transforme inmediatamente una situación, que una conversación resuelva años de distanciamiento o que un buen propósito elimine de golpe una costumbre arraigada. María nos enseña a permanecer disponibles y a dejar que Dios trabaje en nosotros.

Las dos imágenes de la semilla que hoy escuchamos iluminan así nuestra vida: la Palabra está llamada a dar fruto en nuestro presente, y Dios promete llevar nuestra existencia a una plenitud que vencerá la muerte.

Por eso importa lo que hacemos hoy. Importa una visita al enfermo. Importa pedir perdón. Importa educar con paciencia. Importa cuidar la manera como hablamos. Son ocasiones concretas de dejar que la vida de Cristo crezca en nosotros.

En esta Eucaristía recibimos a Jesús resucitado, alimento para el camino y promesa de vida eterna. Acerquémonos con nuestras fragilidades y pidámosle un corazón dispuesto. Él puede hacer fecunda una vida que nosotros creemos agotada.

Antes de terminar, dejemos resonar esta pregunta: ¿qué debo cuidar o cambiar en mi corazón para que la Palabra escuchada hoy produzca un fruto concreto esta semana?

Oremos:

Santa María, Madre de la esperanza,
tú que acogiste la Palabra
y permaneciste fiel junto a la cruz,
enséñanos a confiar en tu Hijo.

Ayúdanos a quitar las piedras del orgullo
y las espinas que ahogan el amor.
Haznos pacientes para escuchar,
generosos para servir
y constantes para hacer el bien.

Acompaña a quienes lloran a sus seres queridos
y a quienes sienten miedo ante la enfermedad o la muerte.
Ruega por nosotros,
para que caminemos en presencia de Dios
y esperemos con fe la resurrección y la vida eterna.

Amén.

 

 

2

 

Un corazón abierto a la gracia



Hermanos queridos:

Dios siempre toma la iniciativa en nuestra vida. No necesitamos persuadirlo de que se preocupe por nosotros o de que nos conceda su gracia: Él ya lo hace. Nuestra relación con Él es una respuesta: Él siembra y nosotros estamos llamados a recibir. Le decimos «sí», permitiendo que su voluntad eche raíces en nuestra vida. En el corazón de su voluntad divina está la llamada a escuchar y acoger su Palabra.

Qué importante es recordar esto cuando nos acercamos a orar. Antes de que lo busquemos, Dios ya ha salido a nuestro encuentro. Antes de que sepamos expresarle nuestras necesidades, Él ya nos mira con amor. Nuestra oración nace de ese amor que nos precede: «Señor, aquí estoy. Abre mi corazón para recibir lo que quieres sembrar en mí».

El Evangelio de hoy presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús, rica en significado y en imágenes para la oración. Dios es el Sembrador divino y la semilla es su Palabra. Esa Palabra no es simplemente un mensaje o un conjunto de enseñanzas: es la Persona de Cristo mismo, la Palabra de Dios encarnada. Este es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Cristo es sembrado en los corazones de los fieles. No se nos invita a resolver este misterio, sino a recibirlo, entrar en él, meditarlo y permitir que nos transforme.

En la explicación de la parábola, Jesús identifica la semilla con la Palabra de Dios. Al contemplarla desde el conjunto de nuestra fe, reconocemos que esa Palabra nos conduce al encuentro con Él, el Hijo eterno hecho hombre. Por eso, escuchar el Evangelio compromete nuestra relación con una Persona viva que nos ama, nos llama y quiere habitar en nosotros.

Para entrar más profundamente en este misterio, imaginemos a Dios Padre sembrando la semilla de su Hijo en la tierra de nuestra alma. Una vez que comprendemos que Cristo mismo es la Semilla divina, queda claro que el cristianismo no consiste simplemente en seguir un código moral o un sistema ético. Consiste, más bien, en ser transformados interiormente por la presencia viva de Cristo. Él es plantado en nosotros por la gracia, echa raíces en nuestra alma y crece, dando fruto espiritual.

Aquí encontramos un vínculo hermoso con la primera lectura. San Pablo también nos invita a contemplar una semilla, aunque la utiliza para explicar otro misterio: la resurrección de los muertos. Entre el grano sembrado y la planta que brota existe continuidad, pero también una transformación que supera su apariencia inicial.

Algo semejante sucede con nuestra esperanza cristiana. Dios no se limita a acompañarnos durante unos años para abandonarnos después a la muerte. Su designio de amor alcanza a toda nuestra persona y nos llama a participar de la vida de Cristo resucitado. Nuestra condición presente, frágil y mortal, será transformada por su poder.

Cuando Pablo habla de un cuerpo espiritual, no describe una existencia fantasmal ni una persona despojada de su cuerpo. Habla de nuestra humanidad plenamente vivificada por el Espíritu. La gracia que hoy acogemos prepara nuestra vida para la plenitud que Dios quiere regalarnos.

Esta esperanza ilumina nuestras fragilidades. Tal vez sentimos que el paso de los años nos quita fuerzas, que una enfermedad limita nuestras posibilidades o que un duelo ha dejado un vacío inmenso. La fe nos permite confiar en que nuestra historia permanece en las manos de Dios. Todavía no vemos la espiga, pero podemos fiarnos de Aquel que promete la resurrección.

El salmo pone esta confianza en nuestros labios: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida». Nos invita a apoyarnos en el Señor y a confiar en su promesa. Caminar en su presencia es vivir sabiendo que Él nos acompaña, incluso cuando el terreno se vuelve difícil.

Podemos preguntarnos: ¿camino sostenido por esa confianza o vivo como si todo dependiera exclusivamente de mis fuerzas? ¿Le permito a Dios acompañar mis preocupaciones más profundas? ¿Creo que su amor sigue obrando cuando yo no percibo resultados?

La parábola también nos desafía a examinar el estado de nuestro corazón. ¿Estamos endurecidos como el camino, distraídos como el terreno pedregoso o ahogados por las preocupaciones mundanas como la tierra llena de espinas? ¿O nos esforzamos por ser tierra fértil y labrada, abierta, receptiva y dispuesta a nutrir la vida de Cristo en nuestro interior?

Jesús precisa que el terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con alegría, pero carecen de raíces y sucumben en la prueba. Podemos reconocer allí nuestra fe cuando depende demasiado del entusiasmo del momento. Nos emocionamos, hacemos propósitos, pero nos cuesta perseverar cuando llega una dificultad.

El camino endurecido puede recordarnos esas resistencias que no queremos reconocer: una ofensa que nos negamos a perdonar, una conducta que justificamos constantemente, una autosuficiencia que nos impide dejarnos enseñar.

Y las espinas pueden crecer casi sin que lo notemos. Las obligaciones son reales, pero pueden ocupar de tal manera nuestro interior que ya no quede espacio para escuchar, orar o servir. También el afán de comodidad, de dinero o de reconocimiento puede ir sofocando lo que Dios había sembrado.

Por eso necesitamos pedir: «Señor, trabaja la tierra de mi corazón. Ayúdame a reconocer lo que impide que tu Palabra dé fruto. Dame humildad para aceptar tu acción y constancia para colaborar contigo».

Si ampliamos la parábola y consideramos todo el campo, resulta consolador e inspirador reconocer a las innumerables almas de tierra fértil que también reciben la Palabra viva de Dios y en quienes Él crece y da fruto. Como miembros del Cuerpo de Cristo, no estamos solos. Formamos parte de un vasto campo, labrado y regado por la gracia divina.

Pensemos en tantas personas cuya fidelidad sostiene silenciosamente la vida de nuestras comunidades: padres y madres que educan en la fe, catequistas que preparan con cariño sus encuentros, enfermos que oran por otros, vecinos que acompañan a quien está solo. En sus vidas podemos descubrir los frutos de la gracia y encontrar aliento para nuestra propia respuesta.

Y, sin embargo, queda mucho por hacer. Muchos corazones todavía no han recibido a Cristo. Muchos permanecen endurecidos, distraídos o ahogados por las ansiedades y los placeres de la vida. Al recibir la Palabra de Dios y dar fruto nosotros mismos, también producimos semillas: semillas de la Palabra encarnada destinadas a ser sembradas en la vida de los demás. El Sembrador divino desea prolongar su misión a través de nosotros hasta el fin de los tiempos.

Esta imagen nos recuerda nuestra responsabilidad evangelizadora. El Señor puede servirse de nuestra voz, de nuestra paciencia, de nuestra cercanía y de nuestro testimonio para abrir caminos hacia Él. Una palabra oportuna, una invitación respetuosa, un gesto de reconciliación o una ayuda concreta pueden preparar un corazón para escuchar el Evangelio.

Aunque esta parábola se centra principalmente en el estado de nuestro propio corazón, también podemos discernir en ella la urgencia de la misión evangélica. El Sembrador divino busca trabajadores que ayuden a sembrar la Palabra por todas partes, extendiendo el campo de la Iglesia y multiplicando sus frutos.

En este sábado, María nos enseña cómo responder. Ella acogió la Palabra con fe y permitió que esa acogida orientara toda su existencia. Su disponibilidad se hizo servicio, fidelidad y perseverancia. Junto a ella aprendemos a escuchar con hondura y a permanecer abiertos a Dios incluso cuando no comprendemos todo.

Reflexionemos hoy sobre los elevados ideales que presenta la parábola del sembrador. Pasemos del concepto a la realidad. Esta parábola no está destinada solamente a inspirarnos; está destinada a impulsarnos a actuar. Primero, abramos nuestro corazón a Cristo, la Palabra, mediante la oración diaria, la participación en los sacramentos y las obras de caridad. Después, seamos colaboradores de Cristo.

¿De qué manera podemos ayudar al Sembrador divino? ¿Para quién podemos ser instrumentos de la Palabra de Dios? Seamos receptivos a su gracia y resueltos en nuestra misión, para que el campo del Reino de Dios siga creciendo y floreciendo.

Hoy, al acercarnos a la Eucaristía, presentemos al Señor la tierra concreta de nuestra vida: con sus posibilidades, sus heridas y sus resistencias. Recibimos a Cristo resucitado, que nos alimenta para vivir en su amor y sostiene nuestra esperanza de vida eterna.

¿Qué fruto concreto espera Dios de la Palabra que está sembrando hoy en mi corazón?

Oremos:

Mi Sembrador divino y Palabra eterna, deseas ardientemente que todas las personas lleguen a conocerte, formando corazones de tierra fértil, receptivos a tu Palabra salvadora.

Te ruego que labres la tierra de mi corazón. Quita toda maleza de pecado, toda piedra de resistencia y toda espina de preocupación mundana. Enriquéceme con la gracia que necesito para que tu Palabra eche raíces profundas y dé fruto abundante.

Hazme también instrumento de tu obra divina, sembrando las semillas de tu Palabra en los corazones de los demás. Que, a través de mí, florezca la misión de la Iglesia y tu Reino se extienda hasta los confines de la tierra.

Jesús, en ti confío.

Santa María, Madre de la esperanza, enséñanos a acoger la Palabra, a perseverar en el amor y a caminar en presencia de Dios a la luz de la vida. Amén.

jueves, 17 de septiembre de 2026

18 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II

 

Testigo de la Fe:

San José de Cupertino

1603-1663.

«Los santos no se fabrican en el paraíso, sino en la tierra», recordaba este sorprendente fraile franciscano del sur de Italia, que experimentó numerosos fenómenos místicos, como éxtasis y levitaciones.

Nacido en una familia muy pobre, José era considerado torpe y de poca capacidad para los estudios. Después de varias dificultades fue acogido por los franciscanos, inicialmente para realizar los trabajos más humildes. Con el tiempo, sus hermanos descubrieron su profunda riqueza espiritual y humana, y llegó a ser ordenado sacerdote.

Sus extraordinarios dones atrajeron a grandes multitudes, pero también despertaron sospechas y le ocasionaron interrogatorios, incomprensiones y largos periodos de aislamiento. José aceptó todo con sencillez, obediencia y profunda humildad, sin quejarse. Su auténtica grandeza no estuvo en sus levitaciones, sino en su pobreza de espíritu, su caridad con los necesitados y su abandono confiado en Dios.

San José de Cupertino es considerado patrono de los estudiantes —especialmente de quienes presentan exámenes— y también de los aviadores. Su vida nos recuerda que la santidad se construye aquí en la tierra, en medio de nuestras limitaciones, mediante la humildad, la perseverancia y la fidelidad cotidiana.

 


Miembros del mismo cuerpo

Al confesar la resurrección de Cristo, pero negar la suya propia, los corintios se separan de él. Ahora bien, Jesucristo, siendo «de condición divina», se hizo hombre para liberar nuestra humanidad de la muerte y asociarla a su propia vida. Como miembros de su Cuerpo, no podemos separar nuestro destino del suyo: si él resucitó, también nosotros estamos llamados a resucitar con él.

Negar la resurrección de los muertos equivaldría, por tanto, a vaciar de contenido la predicación de los Apóstoles y a hacer inútil nuestra fe. Pero Pablo lo afirma con fuerza: Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos; él es el primero de los que durmieron. En él, nuestra esperanza tiene ya asegurado su cumplimiento.

 

 

Primera lectura

1 Cor 15, 12-20
Si Cristo no ha resucitado, su fe no tiene sentido

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen algunos de entre ustedes que no hay resurrección de muertos?
Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado. Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la fe de ustedes; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien no ha resucitado... si es que los muertos no resucitan.
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen estando en sus pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han muerto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 16, 1bcde. 6-7. 8 y 15 (R.: 15b)

R. Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor.

V. Señor, escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. 
R.

V. Yo te invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. 
R.

V. Guárdame como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños.
 R.

 

Evangelio

Lc 8, 1-3

Las mujeres iban con ellos, y les servían con sus bienes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que les servían con sus bienes.

Palabra del Señor.

 

2

 

Discípulos de diversos orígenes

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta hoy una escena profundamente significativa: Jesús recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes; Susana y muchas otras que ayudaban a Jesús y a sus discípulos con sus propios bienes.

María Magdalena, Juana, Susana y “muchas otras” acompañaban fielmente a Jesús y a los Doce. Este diverso grupo de discípulos desafiaba las expectativas convencionales. Aparentemente, no eran la clase de seguidores que alguien habría reunido para iniciar una misión destinada a llegar hasta los confines de la tierra. Sin embargo, la sabiduría de Dios no es como la nuestra. Dios no descubre la grandeza en la posición social, los talentos, las riquezas o las apariencias, sino en la sinceridad, la pureza y las posibilidades escondidas en cada corazón.

Esto se relaciona profundamente con la primera lectura. Algunos cristianos de Corinto confesaban que Cristo había resucitado, pero negaban la resurrección de los muertos. San Pablo les hace comprender que no podemos separar nuestro destino del destino de Cristo. Somos miembros de su Cuerpo: si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil; pero Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos y es la primicia de quienes han muerto.

La resurrección nos dice que Dios no desecha ninguna vida ni abandona ninguna historia. Así como puede levantar a Cristo del sepulcro, puede levantar a quien ha caído, sanar al herido, devolver la esperanza a quien la ha perdido y abrir un camino nuevo para quien piensa que todo ha terminado. Nuestro pasado no es una sentencia definitiva cuando permitimos que la misericordia de Dios entre en él.

La presencia de estas mujeres entre los compañeros de camino de Jesús resulta sorprendente dentro del contexto cultural del judaísmo del siglo primero. Jesús no solamente las acogió, sino que les confió una participación significativa en su misión. Al hacerlo, afirmó su dignidad y manifestó que su llamado es universal. En el Reino de Dios nadie debe ser menospreciado por su sexo, su condición social, su procedencia o su historia.

Todavía resulta más sorprendente que algunas de estas mujeres vinieran de situaciones dolorosas o de pasados marcados por la aflicción. María Magdalena es mencionada en primer lugar: “de la que habían salido siete demonios”. El número siete expresa plenitud o totalidad, lo cual sugiere una liberación profunda y completa. El Evangelio no nos permite identificar sin más a María Magdalena con una mujer de vida inmoral; lo que sí afirma es que había estado sometida a una terrible situación de sufrimiento y que Jesús la liberó.

Su sanación revela el inmenso poder de la misericordia divina. Aquella mujer que había estado encadenada por la oscuridad se convirtió en una discípula fiel. Más adelante permanecería junto a la cruz cuando muchos habían huido y sería testigo de la gloria de la resurrección. Su vida demuestra cómo la gratitud por la misericordia recibida puede florecer en un amor inquebrantable y en una fidelidad perseverante.

En María Magdalena pueden reconocerse hoy quienes sufren en el cuerpo o en el alma. Hay enfermedades visibles, pero también existen tormentos interiores que los demás no alcanzan a percibir: depresiones, angustias, adicciones, sentimientos de culpa, traumas, duelos y profundas soledades. Algunas personas sonríen externamente mientras interiormente están librando una dolorosa batalla.

Jesús no se acerca a ellas para juzgarlas ni para reducirlas a su padecimiento. Las mira como personas, se interesa por su historia y les devuelve su dignidad. La Iglesia está llamada a continuar esa misma misión: escuchar sin condenar, acompañar sin humillar y ayudar sin hacer sentir inferior a quien necesita apoyo. Quien sufre no necesita primero un sermón, sino una presencia cercana que le permita descubrir la mirada compasiva de Cristo.

También merece nuestra atención Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes. Su relación con la corte de Herodes —un ambiente marcado por la corrupción, la ambición y los abusos— demuestra que el Evangelio puede penetrar incluso en lugares donde existe un gran desorden moral. No debemos pensar que hay personas o ambientes a los que la gracia de Dios no pueda llegar. El Evangelio puede abrirse paso en una familia dividida, en un ambiente laboral hostil, en una estructura injusta y hasta en un corazón que parecía completamente cerrado.

Susana y las muchas mujeres cuyos nombres no fueron conservados completan esta comunidad. Representan el creciente círculo de discípulas atraídas por el amor y la verdad de Cristo. Aunque sus nombres no aparezcan en los grandes relatos, Dios conocía sus obras, su generosidad y su fidelidad.

Estas mujeres ayudaban a Jesús y a los Doce “con sus propios bienes”. Su generosidad no fue solamente material; también fue espiritual. Su administración responsable de los bienes desempeñó un papel vital en el sostenimiento de la misión de Cristo. Al ofrecer lo que poseían, se convirtieron en instrumentos de la gracia y anticiparon la colaboración permanente dentro de la Iglesia entre laicos y ministros ordenados, hombres y mujeres, ricos y pobres.

Nadie puede hacerlo todo en la Iglesia, pero todos podemos hacer algo. Algunos anuncian la Palabra; otros sostienen silenciosamente la misión. Unos visitan a los enfermos; otros colaboran económicamente. Algunos cantan, enseñan o sirven en el altar; otros preparan un alimento, transportan a una persona enferma, limpian el templo o llaman a quien está solo. Cuando ofrecemos nuestros dones con amor, incluso el gesto más sencillo se convierte en servicio al Reino de Dios.

Esta primera comunidad de seguidores representa a la Iglesia de todos los tiempos. Sus integrantes procedían de ambientes muy diferentes: algunos eran piadosos y otros habían conocido el pecado; algunos poseían bienes y otros eran humildes; había hombres y mujeres, personas reconocidas y gente sencilla. Sin embargo, todos estaban unidos por un mismo propósito: seguir a Jesús y servir al Reino de Dios con todo lo que eran y tenían.

El salmista expresa hoy la actitud interior de estos discípulos: “Escucha, Señor, mi justa petición, atiende a mis clamores”. Es la oración de quien se sabe necesitado y pone su vida en las manos de Dios. Más adelante suplica: “Guárdame como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme”.

Quien está enfermo, triste o angustiado puede apropiarse de esta oración. Dios nos considera valiosos, nos guarda como aquello que se protege con especial cuidado y nos cobija bajo sus alas. Quizá la curación no llegue inmediatamente o de la manera que esperamos, pero nunca dejamos de estar bajo su mirada.

El salmo termina con una expresión llena de esperanza: “Al despertar me saciaré de tu semblante, Señor”. Esta certeza se une a lo anunciado por san Pablo: Cristo ha resucitado y nosotros resucitaremos con él. Llegará el día en que despertaremos de la noche del sufrimiento y contemplaremos el rostro de Dios. Entonces no habrá enfermedad, angustia, soledad ni muerte.

Reflexionemos hoy sobre esta inesperada compañía que Jesús reunió. Muchas personas luchan contra un sentimiento de indignidad o se consideran incapaces de participar en la vida de la Iglesia. Tal vez alguno piense: “Mi pasado me condena”, “no tengo suficientes talentos”, “no poseo nada importante para ofrecer” o “Dios no puede servirse de alguien como yo”.

Si alguna vez nos hemos sentido así, recordemos el diverso grupo que Cristo llamó. Sus diferentes e imperfectas historias nos revelan una verdad profunda y consoladora: nadie está fuera del alcance del llamado de Dios. Cada uno de nosotros, cualquiera que sea nuestro pasado o nuestra situación presente, está invitado a caminar con Jesús, ofrecer lo que tiene y participar plenamente en su misión redentora.

Aceptemos esta invitación. Unámonos a esta santa compañía y entreguémonos de todo corazón al anuncio del Reino de Dios. Y, como María Magdalena, permitamos que la misericordia recibida se convierta en amor, servicio y fidelidad.

Preguntémonos: ¿qué heridas, capacidades o bienes puedo poner hoy en las manos de Jesús para colaborar con su misión y acompañar a quienes sufren en el cuerpo o en el alma?

Señor misericordioso, tú siempre miras más allá del pecado para contemplar al pecador y ofreces tu infinita misericordia a cuantos se vuelven hacia ti con corazón arrepentido. Continúa llamándome a participar en tu misión divina de construir tu Reino en la tierra, para que yo y todos aquellos a quienes alcances por medio de mí podamos compartir la alegría eterna de tu Reino celestial.

María, salud de los enfermos y consuelo de los afligidos, acompaña a quienes sufren y enséñanos a permanecer fielmente junto a ellos.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

 

17 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-San Roberto Belarmino-memoria obligatoria

 

Santos del día:

 

1.    San Roberto Belarmino

1542-1621.

«Quien encuentra a Dios lo encuentra todo; quien pierde a Dios lo pierde todo», afirmó este jesuita toscano, uno de los polemistas más brillantes de su tiempo. Doctor de la Iglesia.

 

2.    Santa Hildegarda de Bingen

1098-1179.
Monja benedictina alemana, mística, compositora y escritora. Fue llamada la “Sibila del Rin” por sus visiones y su sabiduría.

Doctora de la Iglesia desde 2012, destacó por su teología luminosa, su amor por la creación y su audacia profética. Enseñó: «La creación es un canto de amor que revela la gloria de Dios».

 

Experiencia del encuentro

El apóstol vuelve a centrar a sus destinatarios en aquello que constituye el corazón de la fe cristiana: la muerte y la resurrección de Cristo. Da testimonio, por tanto, de un acontecimiento que supera toda demostración intelectual: un encuentro que transformó profundamente su existencia. Pablo no recibió solamente una enseñanza; fue alcanzado personalmente por el Resucitado. Esta experiencia convirtió al perseguidor en apóstol y lo envió a anunciar el Evangelio.

En el Evangelio, la mujer pecadora también vive la experiencia de un encuentro que cambia su vida. Se acerca a Jesús con sus lágrimas, su arrepentimiento y su amor. Mientras Simón, el fariseo, permanece encerrado en el juicio y la condena, Jesús acoge a aquella mujer, reconoce la sinceridad de su corazón y le ofrece el perdón.

La fe cristiana, por consiguiente, no se reduce a unos conocimientos ni al cumplimiento exterior de ciertas normas: nace del encuentro personal con Cristo muerto y resucitado, que perdona, levanta y abre un camino nuevo.

 

Primera lectura

1 Cor 15, 1-11
Predicamos así, y así lo creyeron ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

LES recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creyeron ustedes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2. 16-17. 28 (R.: 1)

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. 
R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados
—dice el Señor—, y yo los aliviaré. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 36-50

Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Palabra del Señor.

 

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«Un encuentro que cambia la vida»

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos presentan dos encuentros con Cristo que transformaron completamente la vida de quienes los experimentaron. Por una parte, san Pablo recuerda su encuentro con el Señor resucitado; por otra, el Evangelio nos muestra a una mujer pecadora que se acerca a Jesús con sus lágrimas, su arrepentimiento y su amor.

Son dos personas con historias muy diferentes. Pablo había perseguido a los cristianos; aquella mujer llevaba sobre sus hombros el peso de sus pecados y el desprecio de la sociedad. Sin embargo, ambos fueron alcanzados por la gracia. Después de encontrarse con Cristo, ya no pudieron continuar viviendo de la misma manera.

En la primera lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, san Pablo resume el corazón de nuestra fe: «Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día». Esta es la Buena Noticia que la Iglesia ha recibido, conserva y anuncia de generación en generación.

Nuestra fe no se apoya solamente en unas normas, unas costumbres o unas tradiciones. En el centro de la fe cristiana hay una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado. Pablo no habla de una teoría que aprendió en un libro; habla de alguien que salió a su encuentro y cambió su existencia.

Él mismo reconoce con humildad: «Yo soy el menor de los apóstoles y no merezco llamarme apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios». Pablo no oculta su pasado ni intenta presentarse como un hombre perfecto. Sabe que su vocación no nació de sus propios méritos, sino de la misericordia de Dios. Por eso puede afirmar: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí».

¡Qué palabras tan hermosas para comprender toda vocación! Nadie es llamado porque sea perfecto, porque nunca se haya equivocado o porque posea capacidades extraordinarias. Dios llama por pura gracia. Él mira nuestra pequeñez, nuestras heridas y hasta nuestros pecados; pero también contempla lo que su amor puede realizar en nosotros.

Cuando Dios llamó a Pablo, no vio solamente al perseguidor; vio al futuro apóstol de los pueblos. Cuando Jesús miró a aquella mujer del Evangelio, no vio simplemente a una pecadora; vio a una hija arrepentida, capaz de amar profundamente.

También nosotros necesitamos aprender a mirar como mira Jesús. Con frecuencia reducimos a las personas a sus errores: “Ese es el que hizo aquello”, “esa mujer tiene mala fama”, “aquel joven anda por malos caminos”, “esa persona ya no tiene remedio”. Pero Jesús nunca encierra a nadie en su pasado. Para él, mientras exista un corazón capaz de abrirse a la gracia, siempre será posible comenzar de nuevo.

El Evangelio nos sitúa en la casa de Simón, el fariseo. Él ha invitado a Jesús a comer, pero lo recibe con frialdad. No le ofrece agua para los pies, no le da el beso de bienvenida ni unge su cabeza. En cambio, aparece una mujer conocida públicamente como pecadora. Se coloca a los pies de Jesús, llora, los moja con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa y los unge con perfume.

Simón mira la escena y juzga interiormente. No ve a una mujer arrepentida; solo ve a una pecadora. Tampoco comprende a Jesús, porque piensa: “Si este fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando”.

Pero Jesús conoce el corazón de ambos. Conoce el pecado de la mujer, pero también su arrepentimiento y su amor. Conoce la corrección exterior de Simón, pero también su frialdad, su orgullo y su incapacidad para experimentar misericordia.

Entonces Jesús pronuncia una de las frases más bellas del Evangelio: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». No significa que el amor compre el perdón. Significa que aquella mujer, al saberse acogida y perdonada, responde con un amor inmenso. Quien ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios ya no puede permanecer indiferente.

Quizá nosotros podemos encontrarnos físicamente cerca de Jesús y, sin embargo, mantener cerrado el corazón. Simón compartió la mesa con él, pero no se dejó tocar interiormente. La mujer, en cambio, permaneció a sus pies y salió transformada. No basta con estar cerca de las cosas de Dios; es necesario permitir que Dios entre en nuestra vida.

El salmo nos invita: «Den gracias al Señor porque es bueno». Y proclama: «No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Esta podría ser la frase de Pablo, de la mujer perdonada y de todo discípulo que ha experimentado la salvación.

Evangelizar es precisamente contar lo que el Señor ha realizado en nosotros. No se trata únicamente de repetir doctrinas, sino de compartir una experiencia: “Yo estaba perdido y el Señor me buscó; estaba herido y me sanó; estaba caído y me levantó; me sentía indigno y él me llamó”.

Hoy, jueves, nuestra intención orante es por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos que surjan jóvenes, hombres y mujeres que, después de encontrarse con Cristo, puedan decir como Pablo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Necesitamos sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, familias cristianas y laicos comprometidos que anuncien con alegría que Cristo vive.

Una vocación comienza muchas veces con un encuentro silencioso: una celebración que toca el corazón, una palabra de la Escritura, el testimonio de un sacerdote, la cercanía de una religiosa, el servicio de un catequista, el dolor de los pobres o una pregunta que Dios va colocando en el alma: “¿Por qué no tú? ¿Por qué no entregar tu vida al Evangelio?”.

En esta celebración recordamos también a san Roberto Belarmino, jesuita, obispo y doctor de la Iglesia. Fue un hombre de profunda oración y de gran inteligencia, que puso sus conocimientos al servicio de la defensa y la transmisión de la fe. Nos enseña que evangelizar exige un corazón encendido por el amor de Dios, pero también una fe bien conocida, meditada y explicada con claridad. No podemos amar verdaderamente lo que no conocemos, ni anunciar con convicción aquello que no hemos hecho vida.

San Roberto comprendió que la sabiduría cristiana no consiste en ganar discusiones, sino en conducir a las personas hacia la verdad que salva: Jesucristo. Su testimonio nos invita a formarnos mejor, a profundizar en la Palabra de Dios y a dar razón de nuestra esperanza con humildad y caridad.

Preguntémonos hoy: ¿mi encuentro con Cristo está transformando realmente mi manera de vivir? ¿Miro a los demás con la misericordia de Jesús o con la dureza de Simón? ¿He pensado alguna vez que Dios puede estar llamándome a colaborar más generosamente en su obra evangelizadora?

Pidamos al Señor que renueve en nosotros la alegría del primer encuentro; que la gracia recibida no se frustre por nuestra indiferencia; y que podamos decir con el salmista: «Viviré para contar las hazañas del Señor».

Que María Santísima, primera discípula y estrella de la evangelización, acompañe a quienes anuncian el Evangelio, sostenga a nuestros sacerdotes y consagrados, y ayude a los jóvenes a escuchar sin miedo la voz de Dios.

San Roberto Belarmino, ruega por nosotros y alcánzanos una fe luminosa, humilde y misionera. Amén.

 

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17 de septiembre:

San Roberto Belarmino, obispo y doctor — Memoria opcional

1542–1621
Patrono de los abogados canonistas, autores de catecismos, catequistas y catecúmenos
Canonizado por el Papa Pío XI en 1930
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI en 1931

 


Cita:


«Si busco a mi creador, encuentro sólo a Dios. Si busco la materia de la que me hizo, no encuentro absolutamente nada. De esto se puede concluir que todo lo que hay en mí fue hecho por Dios y pertenece enteramente a Dios. Si pregunto por mi naturaleza, descubro que soy imagen de Dios. Si pregunto por mi fin, hallo a Dios mismo, que es mi bien supremo y total. Por lo tanto, reconoceré que tengo un gran vínculo con Dios, y necesidad de Él, pues solo Él es mi creador, mi hacedor, mi padre, mi modelo, mi felicidad, mi todo. Si entiendo esto, ¿qué puede suceder sino que lo busque ardientemente, que piense en Él, que lo anhele, que desee verlo y abrazarlo? ¿Acaso no debo horrorizarme de la densa oscuridad de mi corazón, que durante tanto tiempo ha considerado, deseado y buscado cosas distintas a Dios, que es mi todo?»


~San Roberto Belarmino, La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas


Reflexión

Roberto Belarmino fue el tercero de diez hijos nacidos en una familia noble en el pueblo de Montepulciano, en el Gran Ducado de Toscana (actual Italia), a unos 160 kilómetros al norte de Roma. A pesar de su linaje noble, los padres de Roberto eran materialmente pobres. Cuando nació, su tío Marcello Cervini degli Spannocchi era cardenal; cuando Roberto tenía trece años, este tío fue elegido Papa con el nombre de Marcelo II, pero enfermó rápidamente y murió solo veintidós días después.

De niño, Roberto se distinguió por su inteligencia. Se decía que tenía memoria fotográfica, pues memorizaba rápidamente páginas enteras de libros y poemas, como los de Virgilio en latín. A los dieciocho años ingresó en el noviciado jesuita en Roma, donde brilló. Pocos años después, cuando se le pidió enseñar griego, idioma que no conocía, lo aprendió junto con sus alumnos y en poco tiempo lo dominaba. Sus estudios teológicos lo sumergieron en la escolástica tomista. Estudió en Padua y luego en Lovaina (actual Bélgica), donde fue ordenado sacerdote en 1570, a los veintiocho años.

Recién ordenado, el padre Belarmino fue asignado a enseñar en la Universidad de Lovaina, donde había completado sus estudios de teología. Tras seis años, lo enviaron a enseñar en el Colegio Romano, hoy Pontificia Universidad Gregoriana. Allí se convirtió en director espiritual y confesor del seminarista y futuro santo Luis Gonzaga.

Tanto en Lovaina como en Roma, se ganó el respeto por su brillantez y su predicación. Sus lecciones en Roma dieron origen a un libro en tres volúmenes: De Controversiis, una defensa sistemática de la fe católica frente a la Reforma protestante. En él abordó diecisiete controversias y defendió con poder y elocuencia la doctrina católica. Fue el primer intento católico de responder de forma ordenada y global a los reformadores. Sus temas incluyeron: Escritura y Tradición, Cristo, el Papa y la Iglesia, los sacramentos, el pecado, la gracia, el libre albedrío y las buenas obras. No solo expuso la fe católica, también refutó los errores de Lutero, Calvino, Zwinglio y otros. Su obra se convirtió en el estándar de la apologética católica en Europa.

Además de escribir, enseñar y predicar, fue requerido por los papas para tareas administrativas y diplomáticas. En 1592, a los cincuenta años, fue nombrado rector del Colegio Romano. En 1598 fue creado cardenal y designado Inquisidor, participando como juez en procesos importantes de la Inquisición, como el de Giordano Bruno, quien fue hallado culpable y entregado a la autoridad civil, que lo condenó a muerte.

En 1602, el Papa Clemente VIII lo ordenó obispo y lo nombró arzobispo de Capua. Tres años después, al morir Clemente VIII, Belarmino participó en el cónclave, donde incluso recibió algunos votos. Sin embargo, fueron elegidos sucesivamente León XI (que murió a los 26 días) y Pablo V. Este último ordenó, según el Concilio de Trento, que los obispos residentes en Roma regresaran a sus diócesis; pero pidió a Belarmino que permaneciera en la Curia, a lo cual obedeció. Renunció a su sede y se dedicó como teólogo y consejero principal de la Santa Sede.

Durante los siguientes dieciséis años, Belarmino fue figura central en el Vaticano. Ayudó a implementar el Catecismo de Trento (que él mismo había contribuido a redactar), resolvió divisiones, aclaró posiciones doctrinales y se enfrentó incluso a reyes y gobernantes. En 1616 intervino en el caso de Galileo, a quien consideraba amigo. No lo condenó, pero le transmitió la posición de la Iglesia: mientras la teoría heliocéntrica no estuviera probada científicamente, debía mantenerse la interpretación tradicional de la Escritura. Añadió que si la ciencia llegaba a demostrarlo, la Iglesia debía releer la Escritura a la luz de los nuevos datos. Tras su muerte, la Iglesia fue más lejos y condenó a Galileo, error que reconocería con el tiempo.

En sus últimos años, retirado por enfermedad, escribió hermosas obras espirituales: La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas, Las siete palabras en la cruz y El arte de bien morir. También un extenso comentario a los Salmos y varias obras menores.

San Roberto Belarmino fue un hombre de mente brillante, pero lo que lo hizo santo fue que entregó toda su inteligencia y talentos al servicio de Dios. Él convirtió esa ofrenda en frutos inmensos para la Iglesia.


Oración

San Roberto Belarmino,
Dios te usó para su gloria al poner tu mente a su servicio.
Él te hizo articular su verdad de modo sistemático y práctico, fortaleciendo y unificando a la Iglesia.
Ruega por mí, para que siempre ponga mis dones y talentos al servicio de Dios,
y Él los use para cumplir su santa voluntad.
San Roberto Belarmino, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

2

 

Santa Hildegarda de Bingen, virgen y doctora de la Iglesia — Memoria opcional

1098–1179
Patrona de los filólogos y esperantistas
Canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2012 (canonización equipolente)
Declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI en 2012

 


Cita:
«Y he aquí que Aquel que estaba entronizado sobre aquella montaña clamó con voz fuerte y sonora diciendo: “¡Oh ser humano, polvo frágil de la tierra y ceniza de cenizas! ¡Clama y habla del origen de la salvación pura hasta que sean instruidos aquellos que, aunque ven los contenidos más íntimos de las Escrituras, no quieren transmitirlos ni predicarlos, porque son tibios y perezosos en servir a la justicia de Dios! Ábreles el cerco de los misterios que, tímidos como son, esconden en un campo oculto e infecundo. Estalla en una fuente de abundancia y rebosa de conocimiento místico, hasta que aquellos que ahora te desprecian a causa de la transgresión de Eva se agiten por la inundación de tu riego. Porque tu profundo entendimiento no lo has recibido de los hombres, sino del alto y tremendo Juez supremo, donde esta serenidad brillará con fuerza con luz gloriosa entre los resplandecientes.”»


~Visión de Santa Hildegarda


Reflexión

El feudalismo, caracterizado por relaciones estructuradas en torno a la posesión de tierras a cambio de servicios o trabajo, fue el rasgo definitorio del sistema socioeconómico en Europa entre los siglos IX y XV. Dentro de este sistema, el monarca, príncipes, duques, condes y sus familias —la alta nobleza— eran los principales terratenientes y gobernantes. Por debajo se encontraba la baja nobleza, que solía administrar menos tierras y servía a los grandes nobles como caballeros, barones y señores menores. Según su rango, estos nobles gobernaban sobre reinos, principados y ducados. Fue en medio de este complejo sistema feudal, con su jerarquía intrincada y su mezcla de autoridad secular y eclesiástica, donde nació la santa de hoy.

Santa Hildegarda de Bingen nació de padres de la baja nobleza en el pueblo de Bermersheim vor der Höhe, en el Ducado de Franconia (actual Alemania). Su padre estaba al servicio del conde Esteban II de Sponheim, miembro poderoso de la alta nobleza. Hildegarda, la décima hija de su familia, fue ofrecida a la Iglesia como “diezmo” por sus padres cuando tenía ocho años, como era costumbre en aquella época. Fue entregada al monasterio benedictino de Disibodenberg, a unos 40 km de su pueblo natal, y quedó al cuidado de Jutta von Sponheim, hija del conde Esteban II.

Jutta tenía solo seis años más que Hildegarda. A los catorce años se hizo ermitaña junto al monasterio masculino de Disibodenberg y más tarde fue magistra o abadesa de la rama femenina. A pesar de la fragilidad de Hildegarda en su infancia, Jutta le enseñó a leer latín lo suficiente para rezar los Salmos y el Oficio Divino. También le enseñó el catecismo básico y la guió en la fe, la devoción y la ascesis. Hildegarda aprendió además a tocar el salterio, una forma primitiva de arpa. Como Jutta también era de linaje noble, estaba en una posición única para comprender y acompañar a Hildegarda en su crecimiento. Juntas inspiraron a otras jóvenes nobles a unirse a ellas. En 1112, tras unos siete años con los benedictinos, Hildegarda tomó el velo bajo el obispo Otón de Bamberg a los quince años.

En 1136, la abadesa Jutta murió y Hildegarda, con treinta y ocho años, fue elegida abadesa. Durante los siguientes catorce años la comunidad siguió creciendo bajo su liderazgo. En 1150 trasladó la comunidad a Rupertsberg, cerca de Bingen, y en 1165 fundó un segundo monasterio en Eibingen.

Aunque ingresó en la vida religiosa con una educación limitada, Hildegarda desarrolló un vasto conocimiento en múltiples campos, señal de su gran inteligencia. Pero ella misma decía que su saber provenía de la “sombra de la luz viviente”, es decir, de las visiones místicas que experimentaba desde pequeña. Guardó estas experiencias en silencio hasta llegar a los cuarenta años, cuando ya las había meditado, interiorizado y profundizado. Su verdadero Maestro fue el Espíritu Santo, que le concedió un conocimiento divinamente infundido, iluminando su mente con la verdad y otorgándole comprensión sobrenatural de la Escritura, de la vida, de Dios, del cielo y del infierno, del pecado, de Cristo y de toda la revelación. Su sabiduría abarcaba también las ciencias naturales.

En 1142, a los cuarenta y cuatro años, Hildegarda sintió con fuerza el mandato divino de escribir sus visiones y compartir su conocimiento infundido. El resto de su vida lo dedicó a transcribir lo recibido de esa “luz viviente”. La claridad, especificidad y profundidad de sus escritos muestran que provenían del Espíritu Santo. Su primera obra, concluida en 1151, fue Scivias (“Conoce los caminos”), con veintiséis visiones comentadas que abarcan la creación, la naturaleza de Dios, el cielo y el infierno, los ángeles y demonios, la encarnación, la caída y la redención, la Iglesia, los sacramentos y el fin de los tiempos. Allí ofreció una síntesis grandiosa de la historia de la salvación.

Después de Scivias, Hildegarda escribió durante veintiocho años más, completando dos obras visionarias mayores, además de escritos sobre ciencias naturales, medicina, salud de la mujer, la Regla de San Benito y vidas de santos. Compuso himnos con melodías originales y escribió numerosas cartas a papas, emperadores, abades y abadesas. Sus composiciones, con melodías elevadas y armonías bellas, aún se interpretan hoy.

Aunque vivió en el claustro, fue buscada como consejera por toda la Iglesia. Predicó incluso en plazas y catedrales, algo poco común en mujeres de su tiempo. Sus escritos fueron examinados y aprobados por el Papa Eugenio III y elogiados por San Bernardo de Claraval.

Santa Hildegarda fue reconocida como santa desde su muerte, pero oficialmente canonizada y declarada Doctora de la Iglesia en 2012 por Benedicto XVI. Su sabiduría mística y casi apocalíptica sigue siendo actual para iluminar los misterios de la vida.


Oración

Santa Hildegarda de Bingen,
en tu humildad y sencillez fuiste levantada por Dios
y recibiste un don especial de conocimiento sobrenatural
sobre los misterios más profundos del cielo y de la tierra.
Ruega por mí, para que siempre esté abierto a las verdades
que Dios me revela y use ese conocimiento
como base de mis decisiones en la vida.
Santa Hildegarda de Bingen, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

19 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Memoria de María en sábado

  La resurrección explicada «¿Cómo resucitan los muertos?». ¿La respuesta de Pablo calma los interrogantes de sus contemporáneos y los nu...