Cuando
la fe despierta la vida
Lázaro
y sus hermanas, Marta y María, amigos íntimos de Jesús, están sumergidos en el
dolor del duelo. La muerte parece haber apagado toda esperanza, y el corazón
humano se enfrenta al silencio, a la ausencia y a la aparente derrota
definitiva.
Sin
embargo, en medio de esa oscuridad, brilla una luz: la fe firme e
inquebrantable de Marta. Ella no niega el dolor, no es indiferente al
sufrimiento, pero cree. Cree incluso cuando todo parece perdido. Su confesión
—“Yo creo que tú eres la resurrección y la vida”— abre un horizonte nuevo donde
la muerte ya no tiene la última palabra.
Entonces
Jesús, profundamente conmovido, se acerca al sepulcro. No es un Dios lejano,
sino un Señor que llora con los que lloran, que se deja tocar por el
sufrimiento humano. Y allí, frente a la tumba sellada, pronuncia una palabra
que atraviesa la muerte: “¡Lázaro, sal fuera!”
Este
signo extraordinario no es solo la vuelta a la vida de un amigo; es un anuncio
poderoso: Jesús tiene autoridad sobre la muerte. Es la anticipación de su propia
resurrección, la promesa de que todo el que cree en Él, aunque muera, vivirá.
También
nosotros, en nuestros duelos, en nuestras pérdidas, en nuestras “tumbas”
interiores —de pecado, de tristeza, de desesperanza— estamos llamados a
escuchar esa voz del Señor que nos llama por nuestro nombre y nos invita a
salir, a levantarnos, a volver a la vida.
La
fe no elimina el dolor, pero lo transforma. Nos permite esperar contra toda
esperanza. Nos enseña que, incluso cuando todo parece terminado, Dios está
obrando en silencio, preparando una vida nueva.
Hoy,
el Señor nos pregunta como a Marta: “¿Crees esto?”
Y nuestra respuesta puede abrir, también para nosotros, el camino de la
resurrección.
G.Q
Primera lectura
Ez
37, 12-14
Pondré
mi espíritu en ustedes y vivirán
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ESTO dice el Señor Dios:
«Yo mismo abriré sus sepulcros,
y los sacaré de ellos, pueblo mío,
y los llevaré a la tierra de Israel.
Y cuando abra sus sepulcros
y los saque de ellos, pueblo mío,
comprenderán que soy el Señor.
Pondré mi espíritu en ustedes y vivirán;
los estableceré en su tierra
y comprenderán que yo, el Señor,
lo digo y lo hago” —oráculo del Señor—».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
129, 1b-2. 3-4. 5-7ab. 7cd-8 (R.: 7cd)
R. Del Señor
viene la misericordia,
la redención copiosa.
V. Desde lo hondo
a ti grito, Señor;
Señor, escucha mi voz;
estén tus oídos atentos
a la voz de mi súplica. R.
V. Si llevas cuenta de
los delitos, Señor,
¿quién podrá resistir?
Pero de ti procede el perdón,
y así infundes temor. R.
V. Mi alma espera en el
Señor,
espera en su palabra;
mi alma aguarda al Señor,
más que el centinela la aurora.
Aguarde Israel al Señor,
como el centinela la aurora. R.
V. Porque del Señor
viene la misericordia,
la redención copiosa;
y él redimirá a Israel
de todos sus delitos. R.
Segunda lectura
Rom
8, 8-11
El
Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero ustedes no están en la
carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes; en
cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Pero si Cristo está en ustedes, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el
espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de
entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a
Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu
que habita en ustedes.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Yo soy la
resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para
siempre.
Evangelio
Jn
11, 1-45 (forma larga)
Yo
soy la resurrección y la vida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de
María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le
enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro.
Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba
enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Los discípulos le replicaron:
«Maestro, hace poco intentaban apedrearte los judíos, ¿y vas a volver de nuevo
allí?».
Jesús contestó:
«¿No tiene el día doce horas? Si uno camina de día no tropieza, porque ve la
luz de este mundo; pero si camina de noche tropieza, porque la luz no está en
él».
Dicho esto, añadió:
«Lázaro, nuestro amigo, está dormido; voy a despertarlo».
Entonces le dijeron sus discípulos:
«Señor, si duerme, se salvará».
Jesús se refería a su muerte; en cambio, ellos creyeron que hablaba del sueño
natural.
Entonces Jesús les replicó claramente:
«Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de que no hayamos estado allí, para
que crean. Y ahora vamos a su encuentro».
Entonces Tomás, apodado el Mellizo, dijo a los demás discípulos:
«Vamos también nosotros y muramos con él».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Betania distaba
poco de Jerusalén: unos quince estadios; y muchos judíos habían ido a ver a
Marta y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras
María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé
que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que
venir al mundo».
Y dicho esto, fue a llamar a su hermana María, diciéndole en voz baja:
«El Maestro está ahí y te llama».
Apenas lo oyó se levantó y salió adonde estaba él, porque Jesús no había
entrado todavía en la aldea, sino que estaba aún donde Marta lo había encontrado.
Los judíos que estaban con ella en casa consolándola, al ver que María se
levantaba y salía deprisa, la siguieron, pensando que iba al sepulcro a llorar
allí. Cuando llegó María adonde estaba Jesús, al verlo se echó a sus pies
diciéndole:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano».
Jesús, viéndola llorar a ella y viendo llorar a los judíos que la acompañaban,
se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este
muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta
con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas
siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has
enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en
un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho
Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.
Jn
11, 3-7. 17. 20-27. 33b-45 (forma breve)
Yo
soy la resurrección y la vida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, las hermanas de Lázaro le mandaron recado a Jesús
diciendo:
«Señor, el que tú amas está enfermo».
Jesús, al oírlo, dijo:
«Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios,
para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba
enfermo se quedó todavía dos días donde estaba.
Solo entonces dijo a sus discípulos:
«Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras
María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé
que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto,
vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que
venir al mundo».
Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó:
«¿Dónde lo han enterrado?».
Le contestaron:
«Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban:
«¡Cómo lo quería!».
Pero algunos dijeron:
«Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este
muriera?».
Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad
cubierta con una losa. Dijo Jesús:
«Quiten la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dijo:
«Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días».
Jesús le replicó:
«¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?».
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo:
«Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas
siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has
enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente:
«Lázaro, sal afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en
un sudario. Jesús les dijo:
«Desátenlo y déjenlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho
Jesús, creyeron en él.
Palabra del Señor.
1
“Yo soy la resurrección y la vida”
Queridos
hermanos y hermanas:
A
medida que avanzamos en este camino cuaresmal, la liturgia nos conduce hoy a
uno de los evangelios más conmovedores, más profundos y más esperanzadores de
todo el Evangelio de san Juan: la resurrección de Lázaro. Ya no estamos
simplemente ante una enseñanza moral o una invitación genérica a la conversión.
Hoy se nos revela el corazón mismo de Cristo frente al drama humano del
sufrimiento, del duelo y de la muerte.
La
Iglesia, sabia madre y maestra, nos ofrece en este quinto domingo de Cuaresma
unas lecturas que convergen en una gran proclamación: Dios no nos quiere encerrados en
nuestros sepulcros; Dios quiere la vida. Dios es capaz de sacar vida de donde
nosotros solo vemos muerte.
1. “Abriré
sus sepulcros”: Dios no se resigna a nuestra muerte
La
primera lectura, del profeta Ezequiel, es de una fuerza impresionante. El
pueblo de Israel estaba en el exilio, humillado, derrotado, sin horizonte. Se
sentían como un pueblo muerto. Y entonces Dios pronuncia esta promesa:
“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de ellos, pueblo
mío”.
Qué
imagen tan poderosa. El Señor no dice simplemente: “los consolaré” o “los
acompañaré”. Dice algo más fuerte: abriré
sus sepulcros. Es decir, entraré hasta el lugar mismo donde
ustedes se sienten acabados, vencidos, sin aliento, sin futuro. Allí,
precisamente allí, actuaré yo.
También
nosotros tenemos sepulcros. No solo los cementerios donde descansan nuestros
seres queridos. También existen sepulcros interiores:
el de una fe debilitada,
el de una herida no sanada,
el de un pecado repetido,
el de una tristeza antigua,
el de una relación rota,
el de una culpa que no hemos podido superar,
el de una esperanza que se ha ido apagando.
Cuántas
veces seguimos caminando por fuera, pero por dentro ya nos sentimos enterrados.
Hay personas que respiran, trabajan, sonríen, hablan… pero en el alma llevan
una tumba cerrada.
Y
hoy la Palabra de Dios nos dice: no
te acostumbres a vivir muerto por dentro. No te resignes. No
declares definitivo lo que Dios todavía puede transformar. El Señor puede abrir
lo que nosotros ya hemos cerrado. Él puede resucitar lo que nosotros ya
habíamos dado por perdido.
2. “Desde
lo hondo a ti grito, Señor”
El
salmo responsorial recoge muy bien el clamor del corazón humano:
“Desde lo hondo a ti grito, Señor”.
Ese
“hondo” puede ser muchas cosas: el dolor, el pecado, la angustia, el miedo, el
cansancio, el duelo, la soledad. Es la oración del que ya no tiene máscaras. La
oración del que ya no presume fuerzas. La oración de quien sabe que solo Dios
puede salvar.
Y
qué hermosa es la respuesta del salmo:
“Del Señor viene la
misericordia, la redención copiosa”.
No
una redención pequeña, no un alivio pasajero, no un consuelo superficial: redención copiosa,
abundante, desbordante. Dios no salva a medias. Dios no ama a medias. Dios no
perdona a medias. Cuando entra en la historia de una persona, lo hace con toda
la fuerza de su misericordia.
La
Cuaresma, entonces, no es tiempo para hundirnos en la culpa, sino para volver a
la fuente de la misericordia. No es una temporada para repetir: “ya no hay nada
que hacer conmigo”. Es tiempo para decir: “Señor, desde lo hondo te invoco,
porque sé que tu amor es más grande que mi abismo”.
3. “El
Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”
San
Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, lleva esta esperanza a
una profundidad aún mayor. Nos recuerda que no estamos dominados por la carne,
sino llamados a vivir según el Espíritu. Y dice algo extraordinario:
“Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los
muertos habita en ustedes, ese mismo Espíritu dará vida también a sus cuerpos
mortales”.
Es
decir: la fuerza de la resurrección no es solo una promesa para el final de los
tiempos. Ya ha comenzado a actuar en nosotros por el bautismo. El cristiano no
es alguien que simplemente admira a Jesús o recuerda su mensaje. El cristiano
es alguien en quien habita el Espíritu del Resucitado.
Esto
cambia totalmente la perspectiva. Porque entonces la vida cristiana no consiste
solo en “portarse bien”, ni en cumplir unas normas externas. Se trata de dejar
que el Espíritu Santo vaya resucitando lo que en nosotros está muerto:
la capacidad de amar,
la paciencia,
la pureza del corazón,
la confianza,
la verdad interior,
la alegría de creer,
la valentía para recomenzar.
San
Pablo nos recuerda que la resurrección empieza ya. Cada vez que uno se levanta
de una caída, cada vez que perdona, cada vez que vuelve a orar después de mucho
tiempo, cada vez que se confiesa sinceramente, cada vez que recupera la
esperanza, allí está actuando el Espíritu de la vida.
4. Jesús
ante la tumba: un Dios que llora con nosotros
Y
llegamos al Evangelio. El relato de Lázaro no es solo una historia de milagro;
es una revelación del rostro de Jesús.
Primero
vemos que Jesús no es indiferente al sufrimiento humano. Cuando llega a Betania
y encuentra el ambiente de duelo, de lágrimas y de desconsuelo, el Evangelio
dice que se conmovió
profundamente, se estremeció y lloró.
Qué
consuelo tan grande saber que nuestro Dios no es un espectador frío. Jesús
llora. Llora por su amigo. Llora con Marta y María. Llora ante la tragedia de
la muerte. Llora porque el mundo creado para la vida ha sido herido por el
pecado y el sufrimiento.
A
veces la gente, con buena intención, dice frases demasiado rápidas ante el
dolor ajeno: “no llores”, “sé fuerte”, “todo pasa”. Jesús no actúa así. Antes
de realizar el milagro, acompaña el dolor. Se deja tocar por él. Comparte el
llanto.
Esto
es muy importante para nosotros. Porque la fe no nos prohíbe llorar. Ser
creyente no significa volverse de piedra. Marta y María lloran. Jesús llora. El
duelo, vivido con fe, no deja de ser duelo. La esperanza cristiana no elimina
el dolor de la separación, pero le impide convertirse en desesperación.
5. Marta:
la fe en medio de la noche
En
medio de este relato aparece una de las mujeres más admirables del Evangelio:
Marta. A veces se la recuerda solo como la mujer ocupada en el servicio. Pero
aquí aparece como una mujer de fe madura, sólida, luminosa.
Ella
sale al encuentro del Señor y le dice:
“Señor, si hubieras estado
aquí, no habría muerto mi hermano”.
Hay
en esa frase dolor, pero también confianza. No es una protesta vacía. Es una
lamentación creyente. Y luego da un paso más:
“Pero aún ahora sé que
cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá”.
Y
entonces Jesús le revela una de las afirmaciones más grandes de todo el
Evangelio:
“Yo soy la resurrección y
la vida; el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá”.
No
le dice solo: “yo puedo dar la resurrección”, sino: “Yo soy”. La
resurrección no es simplemente un evento futuro; tiene un rostro, una voz, un
nombre: Jesús.
Después
viene la pregunta decisiva:
“¿Crees esto?”
Esa
pregunta no es solo para Marta. Es para cada uno de nosotros.
¿Crees esto cuando la enfermedad golpea?
¿Crees esto cuando muere un ser querido?
¿Crees esto cuando se derrumba un proyecto?
¿Crees esto cuando llevas años cargando una herida?
¿Crees esto cuando te parece que ya no puedes cambiar?
La
fe verdadera se vuelve más pura precisamente cuando todo parece contradecirla.
Marta cree delante del sepulcro. Cree antes del milagro. Cree en medio del olor
de muerte. Y por eso su fe se convierte en puerta para la manifestación de la
gloria de Dios.
6. “Lázaro,
sal fuera”
Llegamos
al momento culminante. Jesús se pone frente al sepulcro y grita con voz
poderosa:
“¡Lázaro, sal fuera!”
Y
el muerto salió.
Qué
escena tan impresionante. La voz de Cristo penetra el silencio de la tumba.
Allí donde el hombre ya no puede hacer nada, donde la ciencia no puede hacer
nada, donde el afecto humano no puede hacer nada, allí entra la palabra
soberana del Hijo de Dios.
Esa
voz sigue resonando hoy. Jesús sigue llamando:
“Sal fuera” de tu desánimo.
“Sal fuera” de tu incredulidad.
“Sal fuera” de la costumbre del pecado.
“Sal fuera” de la tibieza espiritual.
“Sal fuera” de tu rencor.
“Sal fuera” de la desesperanza.
“Sal fuera” de la mediocridad.
“Sal fuera” de esa imagen oscura que tienes de ti mismo.
Muchas
veces estamos vivos biológicamente, pero atados espiritualmente. Por eso,
cuando Lázaro sale, Jesús añade:
“Desátenlo y déjenlo
andar”.
No
basta con salir del sepulcro; hay que ser desatado. Y aquí aparece también la
misión de la Iglesia. Cristo resucita, pero quiere que la comunidad ayude a
quitar las vendas. Cuántas personas necesitan hoy una comunidad que no las
condene, sino que las ayude a caminar; que no las encierre en su pasado, sino
que crea en la gracia que las está levantando.
7. Una
palabra para nuestros duelos y pérdidas
Este
evangelio tiene un consuelo inmenso para quienes viven la experiencia del
duelo. Ante la muerte de un ser querido, todos experimentamos algo de Marta y
María: tristeza, preguntas, silencios, lágrimas, incluso la impresión de que
Dios llegó tarde.
Pero
el Señor nunca llega tarde. Puede parecer tardanza desde nuestro reloj humano,
pero en el plan de Dios siempre hay una hora de gracia. A veces no interviene
como nosotros esperábamos, pero siempre actúa para una vida más profunda, más
plena, más definitiva.
La
resurrección de Lázaro no fue simplemente devolverlo a esta vida temporal. Fue
sobre todo un signo para revelar que Cristo ha venido a destruir el poder de la
muerte. Y eso se cumplirá plenamente en su Pascua. Lázaro volverá a morir un
día. Pero Cristo resucitado ya no muere más. En Él, la muerte no tiene la
última palabra.
Por
eso, cuando un cristiano se encuentra ante la tumba de un ser querido, llora,
sí; pero llora con esperanza. Reza, espera, ofrece, confía. Sabe que la
historia no termina en un cementerio. Sabe que estamos hechos para la comunión
eterna con Dios.
8.
Cuaresma: dejar que Cristo visite nuestras tumbas
Ya
cerca de la Semana Santa, esta liturgia nos invita a preguntarnos:
¿Cuál es el sepulcro que Cristo quiere abrir en mí?
¿Qué parte de mi vida necesita escuchar hoy la voz de Jesús?
¿Qué piedra debo dejar remover?
¿Qué vendas necesito que el Señor me quite?
Quizá
llevamos demasiado tiempo acostumbrados a convivir con algo muerto en nosotros:
una oración sin alma,
una fe rutinaria,
un cansancio moral,
una tristeza sin nombre,
una reconciliación pendiente,
una herida familiar que no hemos querido entregar a Dios.
Hoy
Jesús no se queda lejos. Se acerca a nuestra Betania. Entra en nuestro duelo.
Mira nuestra tumba. Llora con nosotros. Y después nos llama a la vida.
Conclusión
Queridos
hermanos, el mensaje de este domingo es luminoso:
nuestro Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos;
no es un Dios del encierro, sino de la salida;
no es un Dios del final, sino del comienzo nuevo.
Ezequiel
nos dice: “Abriré sus
sepulcros”.
El salmo nos hace clamar: “Desde
lo hondo a ti grito, Señor”.
San Pablo nos promete: “El
Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales”.
Y Jesús nos declara: “Yo
soy la resurrección y la vida”.
Que
en esta Eucaristía le presentemos al Señor nuestras tumbas interiores, nuestros
duelos, nuestros miedos y nuestras pérdidas. Y que, como Marta, podamos decirle
con fe:
“Sí, Señor, yo creo”.
Que
Él nos conceda escuchar, en lo más profundo del alma, esa palabra poderosa que
cambia la historia:
“Sal fuera”.
Amén.
2
“Jesús llora con nosotros
y nos llama a la vida”
Queridos
hermanos y hermanas:
En
este quinto domingo de Cuaresma, cuando ya nos acercamos al umbral de la Semana
Santa, la Palabra de Dios nos introduce en uno de los pasajes más conmovedores,
más tiernos y al mismo tiempo más poderosos de todo el Evangelio: la
resurrección de Lázaro.
No
estamos hoy ante un simple milagro espectacular. Estamos ante una revelación
del corazón de Cristo. Un corazón verdaderamente humano, capaz de conmoverse,
de estremecerse, de llorar. Pero también un corazón divino, capaz de
enfrentarse a la muerte y vencerla con su palabra soberana.
Hoy
contemplamos a Jesús en Betania, junto a Marta y María, ante la tumba de su
amigo Lázaro. Y allí descubrimos tres grandes verdades para nuestra vida:
Jesús comparte nuestro
dolor, Jesús entra en nuestros sepulcros, y Jesús nos llama a la vida.
1. Jesús comparte nuestro dolor
El
evangelio nos presenta una escena profundamente humana. María cae a los pies de
Jesús y le dice:
“Señor, si hubieras estado
aquí, no habría muerto mi hermano.”
Es
una frase cargada de amor, de fe, pero también de dolor. Es la frase de quien
cree, pero sufre. La frase de quien ama al Señor, pero no entiende del todo sus
tiempos. La frase de tantos creyentes que, en los momentos duros de la vida,
también le han dicho a Dios:
“Señor, ¿por qué no llegaste antes?”
“Señor, ¿por qué permitiste esto?”
“Señor, ¿dónde estabas cuando más te necesitábamos?”
Y
Jesús no responde con un discurso frío. No corrige inmediatamente. No regaña.
No se distancia. El Evangelio dice que al ver llorar a María y a los que la
acompañaban, se estremeció
profundamente y se
conmovió.
Ese
estremecimiento de Jesús no es superficial. Es una sacudida interior. Es el
estremecimiento del Hijo de Dios hecho hombre ante el sufrimiento humano. Es
como si toda la tragedia de la muerte, del dolor, del pecado y de la ruptura de
la creación buena del Padre golpeara su alma santísima.
Y
luego viene una de las frases más cortas de toda la Escritura, pero también una
de las más conmovedoras:
“Jesús lloró.”
Qué
consuelo tan grande para nosotros. Nuestro Dios no es indiferente. Nuestro Dios
no es una idea abstracta. Nuestro Dios no es un juez impasible encerrado en su
gloria. Nuestro Dios, en Jesucristo, llora con nosotros.
Jesús
llora ante la tumba del amigo. Llora viendo el dolor de las hermanas. Llora
contemplando lo que el pecado ha hecho en la historia humana. Llora porque la
muerte no formaba parte del proyecto original del Padre. Llora porque ama.
Y
aquí hay una primera enseñanza para nosotros: la fe no elimina los sentimientos humanos; los redime.
Ser creyente no significa no llorar. No significa endurecerse. No significa
aparentar fortaleza cuando por dentro uno está roto. Marta llora. María llora.
Los judíos lloran. Y Jesús llora.
Por
eso, si alguno de nosotros hoy viene a esta Eucaristía con un duelo reciente,
con una herida abierta, con una tristeza honda, con el corazón apretado por una
pérdida, que sepa esto: Jesús
no se escandaliza de tus lágrimas. Jesús entra en tu dolor. Jesús lo conoce por
dentro.
2. Cristo se enfrenta a la muerte
Sin
embargo, Jesús no solo llora. También se enfrenta. Su conmoción no es solo
ternura; también hay en ella una santa indignación. Como si en lo profundo de
su ser se levantara un rechazo total ante el poder de la muerte.
Y
esto es importante entenderlo. Jesús no se resigna a la muerte. No la
normaliza. No la banaliza. No dice: “así es la vida” y ya. Él sabe que la
muerte, el sufrimiento, la ruina interior del hombre, están ligados al drama
del pecado. No eran el sueño original del Creador. Por eso, el corazón de
Cristo se rebela, en el sentido más santo del término, contra aquello que
destruye la vida de sus hijos.
A
la luz de esto comprendemos mejor la primera lectura del profeta Ezequiel. El
Señor dice a su pueblo:
“Yo mismo abriré sus sepulcros, los sacaré de sus tumbas,
pueblo mío.”
Qué
hermosa y qué potente es esta promesa. Dios no se limita a observar nuestra
muerte desde lejos. Él mismo interviene. Él mismo entra. Él mismo abre. Él
mismo rescata.
Israel
se sentía como un pueblo enterrado, derrotado, exiliado, sin futuro. Y Dios les
promete: “no se quedarán en la tumba.” Esa palabra se cumple anticipadamente en
Lázaro, y alcanza su plenitud en Cristo resucitado.
Pero
también se refiere a nosotros. Porque hay muchas formas de estar sepultados sin
haber muerto físicamente. Hay tumbas interiores:
la tumba de un pecado que se volvió costumbre,
la tumba de una tristeza que ya no deja respirar,
la tumba de un resentimiento antiguo,
la tumba de una fe apagada,
la tumba de una culpa no entregada a Dios,
la tumba de una adicción,
la tumba de una relación destruida,
la tumba del cansancio espiritual.
Cuántas
veces seguimos funcionando por fuera, pero por dentro estamos encerrados.
Cuántas veces sonreímos, trabajamos, hablamos, celebramos incluso, pero en el
alma cargamos una piedra pesada, una tumba cerrada, una zona muerta.
Y
hoy el Señor nos dice con fuerza:
“Yo abriré tus sepulcros.”
No dice: “arréglatelas solo.”
No dice: “a ver si puedes salir.”
Dice: “Yo abriré.”
3. Desde lo hondo clamamos al Señor
El
salmo de hoy parece brotar precisamente desde el corazón de Marta, de María y
de todo ser humano herido:
“Desde lo hondo a ti grito, Señor.”
Ese
“hondo” es el lugar de nuestra pobreza verdadera. Allí donde ya no podemos
fingir. Allí donde ya no alcanzan las fórmulas. Allí donde se rompen nuestras
seguridades. Desde lo hondo grita el enfermo. Desde lo hondo grita el pecador
arrepentido. Desde lo hondo grita el que ha perdido un ser querido. Desde lo
hondo grita el que se siente frágil, cansado, derrotado.
Y
justamente desde allí comienza la salvación.
Porque
el peligro más grande no es tocar fondo. El peligro más grande es cerrarse a
Dios en el fondo. El salmista, en cambio, nos enseña el camino correcto: desde lo hondo clamar.
No desesperar, sino invocar. No encerrarse, sino elevar la súplica.
Y
añade una de las frases más hermosas de toda la Escritura:
“Del Señor viene la
misericordia, la redención copiosa.”
Redención
copiosa: abundante, desbordante, más grande que nuestro pecado, más grande que
nuestro fracaso, más grande incluso que la muerte.
La
Cuaresma es precisamente este tiempo para volver a creer que la misericordia de
Dios es mayor que la piedra del sepulcro. A veces nosotros medimos nuestros
problemas y nuestros pecados con la lógica humana: “esto ya no tiene arreglo”,
“ya no puedo cambiar”, “esto ya está muerto”. Pero Dios no mira como nosotros.
Donde nosotros vemos final, Él ve posibilidad. Donde nosotros vemos piedra, Él
ve una puerta que puede abrir.
4. El Espíritu da vida
San
Pablo, en la carta a los Romanos, nos lleva todavía más lejos. Nos recuerda que
no estamos llamados a vivir según la carne, es decir, encerrados en una
existencia dominada por la debilidad, el egoísmo y la muerte, sino según el
Espíritu.
Y
dice algo maravilloso:
“Si el Espíritu del que
resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó a
Cristo Jesús de entre los muertos dará vida también a sus cuerpos mortales.”
Esta
es nuestra esperanza cristiana. No se trata solo de admirar a Jesús desde
lejos. No se trata solo de recordar un acontecimiento pasado. Se trata de que
el mismo Espíritu de la resurrección habita en nosotros por el bautismo.
El
cristiano no es alguien resignado a morir por dentro. El cristiano es alguien
habitado por el Espíritu de la vida.
Eso
significa que la resurrección no es solo una promesa para el último día;
comienza ya. Cada vez que un pecador se convierte, algo resucita. Cada vez que
alguien perdona de corazón, algo resucita. Cada vez que un hombre o una mujer
vuelven a la oración después de años de sequedad, algo resucita. Cada vez que
uno sale del egoísmo y comienza a amar de verdad, algo resucita.
Hay
personas que creen que la santidad consiste en no caer nunca. No. La santidad
consiste, sobre todo, en dejar que el Espíritu de Cristo nos levante una y otra
vez. En consentir que Dios ponga vida donde nosotros habíamos firmado la
derrota.
5. “Lázaro, sal afuera”
Llegamos
al culmen del evangelio. Jesús se hace llevar al sepulcro. Manda quitar la
piedra. Y luego grita con voz fuerte:
“¡Lázaro, sal afuera!”
Es
una orden breve, pero llena de autoridad, de ternura y de poder. La voz que un
día llamó el universo a la existencia, ahora llama a un muerto a la vida. Y
Lázaro sale.
Este
signo anuncia algo mucho más grande: anuncia la Pascua de Cristo. Anuncia que
Jesús no solo tiene compasión del hombre, sino poder sobre la muerte. Anuncia
que la tumba no tendrá la última palabra. Anuncia que el amor de Dios es más
fuerte que la corrupción del sepulcro.
Pero
también es una palabra para cada uno de nosotros hoy. Porque Cristo sigue
gritando:
“Sal afuera” de tu miedo.
“Sal afuera” de tu rencor.
“Sal afuera” de tu mediocridad espiritual.
“Sal afuera” de tu incredulidad.
“Sal afuera” de ese pecado al que te has acostumbrado.
“Sal afuera” de tu desesperanza.
“Sal afuera” de la imagen triste y derrotada que tienes de ti mismo.
A
veces nosotros pensamos que Dios solo nos consuela. Y sí, nos consuela. Pero
también nos llama. Nos saca. Nos levanta. No quiere que nos instalemos en la
tumba.
Quizá
alguno lleva mucho tiempo atrapado en una tristeza profunda. Quizá otro carga
una herida familiar que no ha podido sanar. Quizá otro viene luchando hace años
con la misma debilidad moral. Quizá alguno ha perdido el gusto por la oración,
la esperanza, la fe. Hoy Jesús no solo llora contigo: hoy te llama fuera.
6. “Desátenlo y déjenlo caminar”
Lázaro
sale, pero todavía viene atado con vendas. Entonces Jesús dice:
“Desátenlo y déjenlo
caminar.”
Qué
detalle tan hermoso. Cristo da la vida, pero también quiere contar con la
comunidad para ayudar a quitar las ataduras. Aquí aparece la misión de la
Iglesia.
Porque
muchos salen del sepulcro, pero todavía necesitan ser desatados: del pasado, de
la culpa, del miedo, de la vergüenza, de las heridas, de ciertas cadenas. Y
Dios quiere servirse de nosotros para eso.
Una
comunidad cristiana de verdad no es una comunidad que juzga al que estaba
muerto. Es una comunidad que ayuda a desatarlo. No es una comunidad que le
recuerda todo el tiempo su sepulcro. Es una comunidad que lo acompaña en su
nueva vida.
Cuántas
veces nuestras familias, nuestras parroquias, nuestros grupos apostólicos están
llamados a ser espacios donde el que estaba caído pueda levantarse, donde el
que estaba herido pueda sanar, donde el que vuelve a Dios no sea humillado sino
acogido.
7. Una palabra para nuestros duelos
Este
evangelio tiene una resonancia especial para quienes han vivido o están
viviendo un duelo. Jesús no elimina el dolor de Marta y María, pero entra en
él. No evita pasar por la tumba, pero transforma la tumba en lugar de
revelación.
Así
también ocurre con nosotros. El Señor no siempre evita la pérdida que tememos.
No siempre responde como quisiéramos. Pero nunca abandona. Nunca llega tarde
desde la perspectiva de la salvación. Nunca deja de actuar.
Cuando
muere un ser querido, pareciera que todo se rompe. Pero la fe cristiana nos
recuerda que la muerte no es el final. Lázaro resucitado es un signo; Cristo
resucitado es la victoria definitiva. En Él, toda lágrima puede encontrar
sentido. En Él, todo sepulcro queda provisional. En Él, la esperanza se vuelve
más fuerte que la ausencia.
Conclusión
Queridos
hermanos, en este quinto domingo de Cuaresma contemplamos a un Jesús
verdaderamente cercano:
un Jesús que se conmueve,
un Jesús que llora,
un Jesús que se enfrenta a la muerte,
un Jesús que llama a la vida.
Ezequiel
nos dice: “Abriré sus
sepulcros.”
El salmo nos hace clamar: “Desde
lo hondo a ti grito, Señor.”
San Pablo proclama: “El
Espíritu dará vida a sus cuerpos mortales.”
Y el evangelio culmina con esa voz poderosa: “Lázaro, sal afuera.”
Pidámosle
hoy al Señor que visite nuestras tumbas interiores. Que ponga su mano allí
donde nos sentimos muertos. Que quite la piedra que nosotros no hemos podido
mover. Que nos dé la gracia de creer como Marta, de esperar como María y de
dejarnos resucitar por su palabra.
Y
si hoy venimos con lágrimas, no tengamos vergüenza: Jesús también lloró.
Y si hoy venimos con algo muerto por dentro, no desesperemos: Jesús sigue
llamando a la vida.
Y si hoy nos sentimos débiles, no olvidemos: el Espíritu del Resucitado habita
en nosotros.
Que
esta Eucaristía nos haga escuchar en lo más profundo del alma esa voz del Señor
que nos dice:
“Sal afuera.”
Amén.
Si
deseas, te la adapto ahora en versión breve
de 7 a 9 minutos para predicar, o también te preparo un mensaje corto para feligreses y
seguidores a partir de esta homilía.


