viernes, 5 de junio de 2026

5 de junio del 2026: viernes de la novena semana del tiempo ordinario-II-San Bonifacio, obispo y mártir-memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:

San Bonifacio

Hacia 680-754. Cada año, los obispos alemanes se reúnen en Fulda, en Hesse, junto a la tumba de San Bonifacio, monje inglés que desempeñó un papel capital en la evangelización de su patria.

 


Una cuestión de discernimiento

(2 Timoteo 3,10-17) Pablo hace un hermoso elogio de la Escritura “inspirada por Dios”, que puede estimularnos: comunicación de la sabiduría “con miras a la salvación por la fe”, enseñanza, denuncia del mal… Pero también es necesario interpretarla con rectitud. Esto nos impulsa a confrontarnos con la gran tradición de la Iglesia, para aprender a discernir aquello que hace resonar auténticamente el sonido del Evangelio; y esto, no para frenar la novedad y la singularidad de la acogida de la Palabra, sino para evitar los extravíos.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Tim 3, 10-17

Los que quieran vivir piadosamente en Cristo serán perseguidos

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

QUERIDO hermano:
Me has seguido en la doctrina, la conducta, los propósitos, la fe, la magnanimidad, el amor, la paciencia, las persecuciones y los padecimientos, como aquellos que me sobrevinieron en Antioquía, Iconio y Listra.
¡Qué persecuciones soporté! Y de todas me libró el Señor.
Por otra parte, todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús serán perseguidos. Pero los malvados y embaucadores irán de mal en peor, engañando a los demás y engañándose ellos mismos.
Tú, en cambio, permanece en lo que aprendiste y creíste, consciente de quiénes lo aprendiste, y que desde niño conoces las Sagradas Escrituras: ellas pueden darte la sabiduría que conduce a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús.
Toda Escritura es inspirada por Dios y además útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 157. 160. 161. 165. 166. 168 (R.: 165a)

R. Mucha paz tienen los que aman tu ley, Señor.

V. Muchos son los enemigos que me persiguen,
pero yo no me aparto de tus preceptos. 
R.

V. El compendio de tu palabra es la verdad,
y tus justos juicios son eternos. 
R.

V. Los nobles me perseguían sin motivo,
pero mi corazón respetaba tus palabras.
 R.

V. Mucha paz tienen los que aman tu ley,
y nada los hace tropezar. 
R.

V. Aguardo tu salvación, Señor,
y cumplo tus mandatos. 
R.

V. Guardo tus preceptos y tus mandatos,
y tú tienes presentes mis caminos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—, y mi Padre lo amará, y vendremos a él. R.

 

Evangelio

Mc 12, 35-37

¿Cómo dicen que el Mesías es hijo de David?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, mientras enseñaba en el templo, Jesús preguntó:
«¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David? El mismo David, movido por el Espíritu Santo, dice:
“Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos estrado de tus pies”.
Si el mismo David lo llama Señor, ¿cómo puede ser hijo suyo?».
Una muchedumbre numerosa le escuchaba a gusto.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a volver a una fuente que no engaña: la Sagrada Escritura. San Pablo le recuerda a Timoteo que toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, corregir, educar y conducir al creyente por el camino de la salvación. No se trata de leer la Biblia como quien busca frases bonitas para sentirse bien un momento, sino como quien se deja formar, purificar y orientar por Dios.

Pero hay algo muy importante: la Palabra necesita ser acogida con discernimiento. No basta citarla; hay que entenderla desde el corazón de Cristo y en comunión con la fe de la Iglesia. La Escritura no es un arma para herir, manipular o imponer, sino una lámpara para caminar, una medicina para el alma, una voz que corrige sin humillar y que consuela sin engañar.

Por eso el salmo canta: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. No dice que quienes aman la Palabra no tengan problemas, enfermedades, persecuciones o noches oscuras. Dice que tienen paz. Y esa paz no nace de la ausencia de dificultades, sino de saberse sostenidos por Dios. El salmista habla desde la fidelidad: “Guardo tus mandatos”, “amo tus preceptos”, “espero tu salvación”. Es la oración de quien sufre, pero no se rinde; de quien llora, pero no pierde la confianza.

En el Evangelio, Jesús plantea una pregunta sobre el Mesías: ¿cómo puede ser simplemente hijo de David, si David mismo lo llama Señor? Con esta pregunta, Jesús abre el horizonte. El Mesías no es solo un descendiente glorioso de un rey antiguo. Es mucho más: es el Señor, el Hijo de Dios, el Salvador que viene no con poder de dominio, sino con autoridad de amor.

Y aquí encontramos una luz preciosa para nuestra vida: Cristo no viene a resolver nuestra fe con respuestas superficiales. Él nos educa para mirar más hondo. Nos enseña a no quedarnos en apariencias, títulos, tradiciones repetidas sin alma o interpretaciones cómodas. La fe verdadera discierne, escucha, pregunta, se deja corregir y reconoce en Jesús al Señor de la vida.

Hoy, en nuestra intención penitencial y orante, ponemos ante Dios a quienes sufren en el cuerpo y en el alma: enfermos, deprimidos, angustiados, solos, heridos por la culpa, el duelo, la ansiedad, el cansancio o la desesperanza. Muchos llevan dolores invisibles. Otros tienen el cuerpo marcado por la enfermedad, la edad, el tratamiento médico o la fragilidad. A todos ellos les anunciamos hoy: la Palabra de Dios no abandona, Cristo no desprecia ninguna herida, y la paz prometida por el Señor puede entrar incluso allí donde humanamente todo parece oscuro.

Pidamos perdón porque a veces hemos escuchado poco la Palabra, la hemos interpretado a nuestro acomodo o no hemos sabido acompañar con misericordia a quienes sufren. Y pidamos también la gracia de amar la Escritura, de leerla con la Iglesia, de dejar que Cristo nos enseñe a discernir y de convertirnos nosotros mismos en una palabra de consuelo para los demás.

Que el Señor Jesús, Hijo de David y Señor de la historia, nos conceda una fe humilde, una esperanza firme y un corazón compasivo. Amén.

Oración penitencial y de intercesión

Señor Jesús, Palabra viva del Padre,
te pedimos perdón porque muchas veces hemos escuchado tu voz sin dejar que transforme nuestra vida.
Perdónanos por leer tu Palabra con superficialidad, por acomodarla a nuestros intereses o por olvidar que en ella nos hablas para salvarnos.

Cristo Jesús, Señor de la misericordia,
mira con ternura a quienes sufren en el cuerpo y en el alma.
Sostén a los enfermos, consuela a los tristes, fortalece a quienes luchan con dolores interiores, acompaña a quienes se sienten solos y devuelve la esperanza a quienes han perdido la paz.

Señor Jesús, Maestro y Salvador,
enséñanos a discernir tu voluntad, a amar tu Palabra y a vivirla con humildad.
Que, iluminados por la Escritura y guiados por la Iglesia, sepamos ser instrumentos de paz, consuelo y esperanza para nuestros hermanos.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una pregunta decisiva: ¿quién es verdaderamente Jesús para nosotros? En el Evangelio, Jesús enseña en el templo y plantea una cuestión que parece difícil: “¿Cómo dicen los escribas que el Mesías es hijo de David?”. Luego cita el salmo: “Dijo el Señor a mi Señor: siéntate a mi derecha…”. Con esta pregunta, Jesús no quiere confundir al pueblo, sino abrirle los ojos. El Mesías no es solamente un descendiente glorioso de David, un rey humano, un libertador político o un personaje admirable de la historia. El Mesías es mucho más: es el Señor, el Hijo de Dios, aquel que viene con una autoridad que supera toda expectativa humana.

Y el Evangelio termina con una frase muy hermosa: “La muchedumbre lo escuchaba con gusto”. Otras traducciones dicen: “lo escuchaba con agrado”, “con deleite”. Esa es una clave espiritual preciosa. Hay maneras de escuchar la Palabra de Dios. Podemos escucharla por costumbre, por obligación, por curiosidad, por discusión, por crítica… o podemos escucharla con gusto, con hambre interior, con disponibilidad, dejando que el Espíritu Santo ilumine nuestra inteligencia y encienda nuestro corazón.

San Pablo, en la primera lectura, le habla a Timoteo de la Sagrada Escritura y le recuerda que desde niño conoce las Escrituras, capaces de darle la sabiduría que conduce a la salvación por la fe en Cristo Jesús. Y añade una afirmación fundamental: “Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar, para reprender, para corregir, para educar en la justicia”.

Esto es muy importante. La Biblia no es simplemente un libro antiguo, ni una colección de frases bonitas, ni un manual para confirmar nuestras ideas personales. La Escritura es Palabra inspirada por Dios. Ella enseña, corrige, consuela, ilumina y también incomoda. Nos muestra el camino de Dios, pero también desenmascara nuestras falsas seguridades.

Por eso, San Pablo no le dice a Timoteo simplemente: “lee mucho”. Le dice: permanece en lo que has aprendido y se te ha confiado. La Palabra necesita ser recibida con perseverancia, con humildad y dentro de la fe viva de la Iglesia. Porque uno puede saber muchas cosas religiosas y, sin embargo, no dejarse convertir. Uno puede citar la Biblia y no tener el corazón de Cristo. Uno puede conocer la letra y no dejarse conducir por el Espíritu.

Eso les pasó a muchos escribas. Conocían las Escrituras, pero no siempre reconocieron al Señor que tenían delante. Sabían hablar del Mesías, pero no supieron abrirse al misterio de Jesús. Esperaban un Mesías a la medida de sus expectativas, y cuando Dios se manifestó de una manera más profunda, más humilde y más desconcertante, no lo reconocieron.

También a nosotros nos puede pasar. Podemos reducir a Jesús a lo que nos conviene: un maestro moral, un consuelo sentimental, un juez para condenar a los demás, un solucionador de problemas, un recuerdo de infancia o una tradición familiar. Pero el Evangelio nos invita a reconocerlo como Señor. No solo como “hijo de David”, sino como Señor de nuestra historia, Señor de nuestra conciencia, Señor de nuestra comunidad, Señor de la Iglesia, Señor de la vida y de la muerte.

El salmo de hoy nos ayuda a entrar en esa actitud interior: “Mucha paz tienen los que aman tu ley”. No dice: “mucha paz tienen los que no tienen dificultades”. No dice: “mucha paz tienen los que nunca sufren”. Dice: “los que aman tu ley”. Es decir, los que aman tu Palabra, los que se dejan guiar por tu voluntad, los que confían en tus mandamientos, los que buscan tu verdad incluso cuando la vida es dura.

San Pablo mismo le dice a Timoteo que ha sufrido persecuciones, dificultades, incomprensiones. La fe no lo libró mágicamente de todos los problemas, pero lo sostuvo. La Palabra no le evitó el combate, pero le dio luz para permanecer fiel. Y esa es la verdadera paz del creyente: no una paz superficial, sino una paz enraizada en Dios.

Hoy celebramos la memoria de San Bonifacio, obispo y mártir, llamado muchas veces el apóstol de Alemania. Fue un hombre apasionado por el Evangelio, misionero incansable, reformador de la vida cristiana y testigo valiente de Cristo hasta derramar su sangre. San Bonifacio entendió que la Palabra de Dios no es para guardarla encerrada, sino para anunciarla. No es para adornar bibliotecas, sino para transformar pueblos, culturas y corazones.

Su martirio nos recuerda que la fe verdadera cuesta. No siempre será cómoda, no siempre será aplaudida, no siempre será comprendida. Pero cuando la Palabra de Dios arde en el corazón, como ardía en el corazón de los santos, se convierte en misión. San Bonifacio no anunció una idea: anunció a Cristo. No entregó simplemente enseñanzas religiosas: entregó su vida por el Señor.

Y aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿escuchamos la Palabra con deleite? ¿Nos dejamos formar por ella? ¿Permitimos que corrija nuestras actitudes, nuestras palabras, nuestras decisiones, nuestras durezas?

Porque una comunidad cristiana que escucha la Palabra con gusto se vuelve más humilde, más fraterna, más misericordiosa. Una familia que escucha la Palabra con fe aprende a perdonar. Un enfermo que se aferra a la Palabra encuentra fortaleza. Un pecador que se abre a la Palabra descubre misericordia. Un sacerdote, un catequista, un evangelizador, un servidor de la Iglesia que ama la Palabra no se anuncia a sí mismo: anuncia a Cristo.

Pidámosle hoy al Espíritu Santo que nos enseñe a leer, escuchar y meditar la Escritura con el corazón abierto. Que no nos quedemos solo en una comprensión intelectual. Que la Palabra pase de los oídos al corazón, del corazón a la vida, y de la vida al testimonio.

Que, como aquella multitud del templo, también nosotros escuchemos a Jesús con gusto, con alegría, con reverencia y con hambre de verdad. Que, como Timoteo, permanezcamos fieles a lo aprendido. Que, como San Bonifacio, tengamos valentía para anunciar el Evangelio, incluso cuando no sea fácil.

Y que Cristo, Hijo de David y Señor eterno, reine en nuestra vida, venza en nosotros el pecado, ilumine nuestras oscuridades y nos conceda esa paz profunda que solo tienen quienes aman de verdad la Palabra de Dios.

Amén.

 

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5 de junio: San Bonifacio, Obispo y Mártir — Memoria

c. 675–754
Patrono de la Gran Germania

 


Gregorio, siervo de los siervos de Dios, a Bonifacio, santo sacerdote:

Tu santo propósito, tal como nos ha sido explicado, y tu fe probada nos conducen a hacer uso de tus servicios en la difusión del Evangelio, que por la gracia de Dios nos ha sido confiado. Sabiendo que desde tu infancia has sido estudiante de la Sagrada Escritura y que ahora deseas usar el talento que Dios te ha confiado para dedicarte a la obra misionera, nos alegramos por tu fe y deseamos tenerte como nuestro colaborador en esta empresa. Por tanto, ya que has presentado humildemente ante nosotros tus planes para esta misión… en el nombre de la Trinidad indivisible y por la autoridad de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles… ahora colocamos tu humilde y devoto trabajo sobre una base firme y decretamos que vayas a predicar la Palabra de Dios a aquellos pueblos que aún están encadenados por el paganismo.


~Carta del Papa Gregorio III a San Bonifacio


Reflexión

Una vez que el cristianismo fue legalizado en el Imperio Romano en el siglo IV, muchas personas en la Britania romana comenzaron a convertirse. Sin embargo, en el siglo V, tras la caída del Imperio Romano, Britania fue lentamente invadida y conquistada por los anglos, sajones y jutos, provenientes de lo que hoy son Alemania, Dinamarca y los Países Bajos. Estas personas trajeron consigo la práctica religiosa del paganismo germánico, que se caracterizaba por una creencia politeísta en dioses mayores y menores, invocados para la guerra, el gobierno, la fertilidad, la prosperidad y muchos otros aspectos de la vida humana. Estos paganos germánicos también practicaban el culto a los antepasados y a la naturaleza; realizaban rituales, festivales y conjuros mágicos, y mantenían una fuerte tradición oral.

A finales del siglo VI, San Agustín de Canterbury inició una expedición misionera que marcó el comienzo de la recristianización de las Islas Británicas.

Menos de un siglo después, el santo de hoy, San Bonifacio, descendiente de aquellos mismos paganos germánicos que habían conquistado la Britania romana un par de siglos antes, nació en uno de esos reinos recientemente cristianizados de Inglaterra. Más tarde en su vida, San Bonifacio regresaría a las tierras de lo que hoy son Alemania y los Países Bajos, de donde provenían sus antepasados, para convertir a los paganos, ayudar a organizar la Iglesia y unirla más estrechamente al papa en Roma.

San Bonifacio (cuyo nombre de nacimiento era Wynfrid) nació en una familia noble del Reino de Wessex, en el sur de Inglaterra. De joven, Wynfrid fue educado en la fe católica y recibió una excelente formación. Cuando algunos monjes misioneros visitaron su ciudad natal, él se sintió inspirado a seguir su ejemplo. Aunque su padre inicialmente se opuso, terminó dándole su consentimiento. Wynfrid fue enviado primero a un monasterio benedictino cercano durante siete años y luego a la Abadía de Nursling, a unos 160 km de distancia.

En Nursling, Wynfrid destacó en sus estudios y vida de oración, hizo sus votos como monje benedictino y fue ordenado sacerdote a los treinta años. Como joven sacerdote, el padre Wynfrid se hizo rápidamente conocido como excelente predicador y maestro, con un profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, además de ser un gran administrador, organizador y diplomático.

Durante sus primeros años como sacerdote, el padre Wynfrid sintió fuertemente el llamado a evangelizar a los pueblos de la tierra de sus antepasados. Aunque no tenía conexión personal con ellos, compartía su lengua o, al menos, un dialecto de ella. En el año 716, tras diez años de sacerdocio, comenzó su vocación misionera obteniendo permiso de su abad para viajar al norte, a Frisia (actual Países Bajos), para ayudar a un sacerdote misionero en esa región. En ese momento, el rey pagano local estaba en guerra con el rey cristiano franco, lo que dificultaba la misión. Los paganos no estaban dispuestos a convertirse a la religión de sus enemigos. El padre Wynfrid también observó que la Iglesia franca necesitaba reforma, organización y estabilidad si quería florecer.

Tras lo que podría considerarse como una misión fallida en Frisia, el padre Wynfrid regresó a su monasterio en Nursling. En el otoño del 718, viajó a Roma para consultar con el Santo Padre sobre su deseo de evangelizar a los paganos germánicos. El Papa Gregorio II lo recibió, evaluó sus intenciones y el 15 de mayo del 719, lo envió al norte a predicar el Evangelio. El Papa también le cambió el nombre a Bonifacio, que significa “el que hace el bien”. A pesar de las dificultades esperadas, en solo tres años hubo muchos frutos, y el Papa llamó al padre Bonifacio a Roma para recibir un informe y nuevas instrucciones.

En Roma, en 722, el Papa Gregorio II, complacido por su labor, lo consagró obispo. Lo nombró obispo regional de toda Germania y lo envió de regreso con cartas dirigidas al rey franco y al clero de las diversas diócesis, instruyéndoles que Bonifacio estaba ahora a cargo. Con esta autoridad, el obispo Bonifacio comenzó a organizar mejor la Iglesia franca, construir monasterios e iglesias, y mejorar las relaciones entre católicos y paganos.

La leyenda cuenta que Bonifacio ganó la estima de muchos paganos el día que derribó un gran roble, considerado sagrado por los lugareños. Se dice que, al golpear el árbol con su hacha, un fuerte viento lo tumbó. Los presentes quedaron tan sorprendidos de que Thor, el dios del trueno, no lo castigara, que comenzaron a interesarse por la fe católica. Bonifacio usó la madera de ese árbol para construir una capilla y un monasterio bajo la protección de San Pedro.

Durante los siguientes treinta años, el obispo Bonifacio fue un verdadero pilar de evangelización, organización y reforma. Fundó monasterios e iglesias, convocó sínodos donde se establecieron leyes eclesiásticas claras para la Iglesia franca, colaboró con los reyes y autoridades locales, sirvió bajo cuatro papas, y creó la estructura básica para la misión de evangelización de los pueblos paganos.

A los setenta y nueve años, satisfecho con la organización de las diócesis en Germania, decidió regresar a Frisia, donde todo había comenzado, para predicar y convertir a los paganos restantes. Luego de muchos éxitos, mientras se preparaba para celebrar el sacramento de la Confirmación a nuevos conversos, él y decenas de sus compañeros fueron asesinados, probablemente por ladrones comunes. Al saquear sus pertenencias, encontraron libros y cartas, sin valor para ellos, y los arrojaron al bosque, ya que no sabían leer. Esos libros y cartas fueron posteriormente recuperados y se conservan hasta hoy, incluida una Biblia que, según se cree, usó el obispo Bonifacio como escudo cuando fue asesinado a espada.

El obispo y sus compañeros murieron con valentía, sin defenderse. Sus últimas palabras fueron:

“Cesad, hijos míos, de luchar; abandonad la guerra, porque el testimonio de la Escritura recomienda que no devolvamos ojo por ojo, sino bien por mal. Ha llegado el día tan esperado; ha llegado el momento de nuestro fin. ¡Ánimo en el Señor!”


San Bonifacio es conocido como el “Apóstol de Alemania”. Desde joven escuchó el llamado de Dios a ser misionero y respondió con generosidad. Como resultado, Dios obró maravillas a través de él para el bien de su tierra ancestral y más allá. Su impacto fue tan profundo que las semillas que plantó en Alemania contribuyeron enormemente a la configuración de la Europa moderna.

Mientras reflexionas sobre el fruto abundante del coraje y el celo de San Bonifacio, ofrece también tu vida a Dios en oración, prometiendo servirle a Él y a su Iglesia como Él te lo pida.


Oración

San Bonifacio, tú escuchaste el llamado de Dios siendo joven y respondiste con fervor. Continuaste respondiendo a su voluntad el resto de tu vida. Por medio de esa santa obediencia y servicio, el don de la salvación eterna fue otorgado a muchos. Te ruego que intercedas por mí, para que tenga el coraje y el celo que tú tuviste, y nunca dude en decir “Sí” a la voluntad de Dios.
San Bonifacio y compañeros mártires, rogad por mí. Jesús, en Ti confío.

miércoles, 3 de junio de 2026

4 de junio del 2026: jueves de la novena semana del tiempo ordinario-II

 

No olvidar a Jesús

(2 Timoteo 2, 8-15) «Acuérdate de Jesucristo». ¿No es ahí donde Pablo saca su fuerza en medio de las pruebas que debe afrontar? Este “hacer memoria” conviene practicarlo a lo largo de los días, en nuestros momentos concretos de oración, pero también en nuestras relaciones y en nuestras decisiones. Un himno latino habla de la “dulce memoria de Jesús”; dulce, porque está movida por el amor que le tenemos, pero de la cual nos dejamos distraer fácilmente si no está sostenida por una meditación asidua de la Palabra.

Emmanuelle Billoteau, ermite




  

Primera lectura

2 Tim 2, 8-15

La palabra de Dios no está encadenada. Si morimos con él, también viviremos con él

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

QUERIDO hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él;
si perseveramos, también reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.
Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.
Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 24, 4-5a. 8-9. 10 y 14 (R.: 4a)

R. Señor, enséñame tus caminos.

V. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
R.

V. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R.

V. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que le temen,
y les da a conocer su alianza.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R. 

 

Evangelio

Mc 12, 28b-34

No hay mandamiento mayor que estos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos regala una frase sencilla, pero capaz de sostener una vida entera: “Acuérdate de Jesucristo”. San Pablo se la dice a Timoteo, su discípulo, como quien entrega un secreto espiritual. Pablo está preso, encadenado, probado por el sufrimiento; pero no está derrotado. ¿Por qué? Porque su memoria no está llena solamente de heridas, cansancios o frustraciones: su memoria está habitada por Cristo.

También nosotros necesitamos recordar a Jesús. No recordarlo como quien mira una fotografía vieja, sino como quien vuelve al amor primero, a la fuente, al centro de su vocación. Recordar a Jesús es preguntarnos cada día: ¿qué haría Él en mi lugar? ¿Cómo miraría Él a esta persona? ¿Cómo respondería Él ante esta dificultad? ¿Qué palabra suya ilumina hoy mi decisión?

El salmo nos hace pedir: “Señor, enséñame tus caminos”. Esa es la oración de quien no quiere caminar a ciegas. En medio de tantas voces, opiniones, miedos y distracciones, el creyente necesita volver una y otra vez al camino del Señor. Y ese camino no es una teoría: es una Persona viva, Jesucristo.

En el Evangelio, un escriba se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el mandamiento principal. Jesús responde uniendo dos amores inseparables: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo. Ahí está el corazón de la fe. No basta saber mucho de Dios si no amamos. No basta hablar de religión si el corazón se vuelve duro. No basta cumplir normas si olvidamos la misericordia.

La verdadera memoria de Jesús nos lleva al amor. Quien recuerda a Jesús aprende a mirar al hermano de otra manera. Quien recuerda a Jesús no puede vivir encerrado en sí mismo. Quien recuerda a Jesús descubre que la evangelización no es propaganda, sino testimonio de un amor que nos ha cambiado la vida.

Por eso hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia necesita hombres y mujeres que no olviden a Jesús; sacerdotes, religiosos, religiosas, matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos comprometidos que tengan el corazón encendido por el Evangelio. Las vocaciones nacen allí donde alguien ha hecho memoria viva de Cristo y ha sentido que su amor merece la vida entera.

Pidamos al Señor que no se nos enfríe la memoria del corazón. Que no olvidemos a Jesús en la oración, en el trabajo, en la familia, en la comunidad, en las decisiones difíciles y en el servicio cotidiano. Porque cuando Cristo permanece vivo en nuestra memoria, también permanece vivo en nuestras palabras, en nuestras obras y en nuestra manera de amar.

Que el Señor nos conceda vivir cerca de su Reino, como aquel escriba del Evangelio, y dar un paso más: no solo admirar la respuesta de Jesús, sino hacer de ella nuestra vida. Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón de la fe. Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” No parece venir con mala intención, como otros que antes habían buscado tenderle trampas. Este hombre pregunta con sinceridad. Quiere saber, quiere comprender, quiere acercarse a la verdad.

Y Jesús no le responde con una norma fría, ni con una teoría complicada. Jesús va al centro: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, y añade: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” En estas dos frases está resumida toda la Ley, toda la vida espiritual, toda la vocación cristiana.

Jesús nos enseña que la fe no consiste ante todo en cumplir por cumplir, ni en discutir quién tiene más razón, ni en multiplicar normas sin alma. La fe verdadera nace del amor y conduce al amor. Amar a Dios con todo el corazón significa que Él no puede ser un adorno de nuestra vida, ni un recurso solo para los momentos difíciles. Dios debe ocupar el centro: de nuestras decisiones, de nuestros afectos, de nuestro tiempo, de nuestros proyectos.

Pero Jesús une inseparablemente el amor a Dios con el amor al prójimo. No podemos decir que amamos a Dios si despreciamos al hermano. No podemos rezar con las manos levantadas al cielo y cerrar el corazón ante quien sufre a nuestro lado. No podemos defender la verdad con palabras duras, soberbias o hirientes, porque la verdad de Dios siempre debe estar vestida de caridad.

San Pablo, en la primera lectura, le dice a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo.” Esa frase es preciosa. Pablo está encarcelado, sufre, pero no está vencido. Puede estar encadenado, pero dice con fuerza: “La Palabra de Dios no está encadenada.” Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia: pueden existir dificultades, cansancios, rechazos, crisis, persecuciones, falta de vocaciones, escasez de recursos; pero la Palabra de Dios no está encadenada. El Evangelio sigue abriéndose camino cuando encuentra corazones disponibles.

Por eso, evangelizar no es simplemente organizar actividades, hacer discursos o llenar agendas pastorales. Evangelizar es ayudar a otros a recordar a Jesucristo. Es hacer presente su amor. Es mostrar, con la vida, que vale la pena seguirlo. Es testimoniar que en Él hay perdón, sentido, esperanza y vida nueva.

También hoy el salmo nos hace orar: “Señor, enséñame tus caminos.” Esa es la oración de quien reconoce que necesita ser guiado. Muchas veces creemos saberlo todo, discutimos mucho, opinamos demasiado, pero escuchamos poco. El escriba del Evangelio nos da una lección: se acerca, pregunta, escucha y reconoce la verdad. Por eso Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios.”

No estar lejos del Reino significa estar en camino. Pero todavía falta dar un paso: pasar de saber el mandamiento del amor a vivirlo. Porque una cosa es saber que debemos amar a Dios y al prójimo, y otra cosa es amar concretamente cuando el prójimo nos incomoda, cuando piensa distinto, cuando nos exige paciencia, cuando necesita perdón, cuando reclama nuestra compasión.

Hoy, al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos que el Señor suscite corazones enamorados de Él. La Iglesia necesita sacerdotes que amen a Dios y a su pueblo; religiosos y religiosas que sean signos vivos del Reino; matrimonios que evangelicen desde la fidelidad y la ternura; jóvenes que no tengan miedo de preguntarle al Señor: “¿Qué quieres de mí?”; catequistas, misioneros y laicos que anuncien el Evangelio no desde la imposición, sino desde la alegría del amor.

Toda vocación auténtica nace de este doble amor: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo con un corazón generoso. Quien descubre que Dios lo ama, ya no puede vivir solo para sí mismo. Quien se sabe llamado por Cristo, entiende que su vida se vuelve misión.

Pidamos, entonces, la gracia de no reducir la fe a costumbre, ni la evangelización a estrategia, ni la vocación a simple función. Que todo nazca del amor y conduzca al amor. Que podamos recordar siempre a Jesucristo, porque cuando Cristo está vivo en la memoria del corazón, la Palabra no se encadena, la misión no se apaga y las vocaciones florecen.

Que el Señor nos enseñe sus caminos, nos haga humildes buscadores de la verdad y nos convierta en instrumentos de su caridad, para que muchos, al ver nuestra vida, puedan acercarse también al Reino de Dios.

Amén.

A la luz de las pantallas-1: amar a Dios y al prójimo

 

Jueves de la 9ª semana del Tiempo Ordinario – Año II

Evangelio: Mc 12,28b-34
Película sugerida: De dioses y hombres



A la luz de las pantallas, hoy podríamos asomarnos a una película profundamente evangélica: ** De dioses y hombres **. Esta película francesa de 2010, dirigida por Xavier Beauvois, se inspira en la historia de los monjes cistercienses de Tibhirine, en Argelia, y en el difícil discernimiento que vivieron cuando la violencia comenzó a amenazar su presencia entre la población local. (Wikipedia)

Allí vemos a unos monjes que no predican con grandes discursos, ni buscan imponerse, ni hacen de la fe una bandera agresiva. Evangelizan de otro modo: con la presencia, la oración, la fidelidad, el servicio médico, la amistad cotidiana, la cercanía con los pobres y el respeto profundo por un pueblo de otra tradición religiosa. Son hombres de Dios, pero también hombres del pueblo; viven mirando al cielo, pero con los pies metidos en la tierra sufriente.

Y entonces llega la gran pregunta: ¿huir o permanecer?
¿Salvar la propia vida o quedarse junto a quienes los necesitan?
¿Protegerse o seguir amando?
¿Cerrar la puerta por miedo o mantener abierta la casa por fidelidad?

Esa pregunta nos conduce directamente al Evangelio de hoy. Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús responde con el corazón mismo de la fe: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo.

En la película, esos monjes parecen encarnar esta respuesta de Jesús. Aman a Dios en la liturgia, en el silencio, en la Eucaristía, en los salmos, en la vida comunitaria. Pero ese amor no se queda encerrado en la capilla. Sale al encuentro del otro. Se hace medicina, pan compartido, escucha, compañía, respeto, hospitalidad y permanencia.

Ese es el punto clave: cuando el amor a Dios es verdadero, siempre termina haciéndose cercanía al prójimo. No hay adoración sincera que no nos vuelva más humanos. No hay oración auténtica que no nos haga más compasivos. No hay vocación cristiana que no termine convirtiéndose en servicio.

La primera lectura de hoy también ilumina esta mirada. San Pablo le dice a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo”. Pablo está encadenado, pero afirma con fuerza que la Palabra de Dios no está encadenada. Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia. A veces la misión encuentra dificultades: cansancio, indiferencia, rechazo, persecución, escasez de vocaciones, pobreza de medios. Pero la Palabra sigue viva. No se encadena cuando hay corazones capaces de recordar a Cristo y de vivir como Él.

Los monjes de De dioses y hombres nos recuerdan precisamente eso: la evangelización no siempre hace ruido. A veces evangeliza más una presencia fiel que mil discursos. Evangeliza una comunidad que ora. Evangeliza una mesa compartida. Evangeliza un gesto de cuidado. Evangeliza quedarse cuando todos aconsejan irse. Evangeliza amar sin poseer, servir sin dominar, acompañar sin imponer.

El salmo de hoy nos pone en los labios una petición preciosa: “Señor, enséñame tus caminos.” Y el camino que Jesús nos enseña en el Evangelio no es el de la autosuficiencia, ni el de la vanidad religiosa, ni el de la discusión permanente para demostrar quién tiene la razón. Es el camino del amor humilde, entero, concreto. Amar a Dios con todo lo que somos, y amar al prójimo no en abstracto, sino en el rostro real de quien tenemos cerca.

Por eso esta reflexión se une hoy a nuestra intención orante: la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones. Necesitamos vocaciones así: hombres y mujeres que no vivan la fe como refugio cómodo, sino como entrega. Sacerdotes, religiosos, religiosas, matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos que recuerden a Jesucristo y hagan visible su amor en medio del mundo.

Al final, el escriba del Evangelio escucha a Jesús y reconoce que amar vale más que todos los sacrificios y holocaustos. Entonces Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios.” Quizás esa sea también la pregunta para nosotros al apagar la pantalla y volver a la vida real:
¿Estoy cerca del Reino?
¿Mi fe me está haciendo amar más?
¿Mi oración me vuelve más servidor?
¿Mi amor a Dios se nota en la manera como trato al prójimo?

Porque el Reino de Dios no está lejos cuando el amor deja de ser teoría y se vuelve vida. Y quizá, como en aquellos monjes de Tibhirine, el mundo necesite menos discursos brillantes y más testigos silenciosos; menos palabras duras y más presencias fieles; menos religiosidad de fachada y más corazones capaces de amar a Dios y al prójimo hasta el final.

A la luz de las pantallas, hoy la película nos deja una pregunta evangélica: cuando amar se vuelve difícil, ¿seguimos amando?

 

A la luz de las pantallas-una forma alternativa de leer el evangelio

 



Vivimos rodeados de pantallas. Algunas nos informan, otras nos entretienen; unas nos distraen, otras nos conmueven; unas nos roban el silencio, pero otras, cuando sabemos mirar, pueden convertirse en pequeñas ventanas hacia el misterio de la vida, del dolor, del amor, de la esperanza y de Dios.

Con esta serie, “A la luz de las pantallas”, quiero proponer una mirada creyente sobre películas, series, documentales o escenas que, sin reemplazar jamás la Palabra de Dios, pueden ayudarnos a entrar mejor en ella. El cine y la televisión, cuando son leídos con sensibilidad espiritual, pueden funcionar como parábolas contemporáneas: relatos donde aparecen nuestras preguntas, nuestras heridas, nuestros deseos, nuestras contradicciones y también nuestros anhelos más hondos.

Cada día, a partir del Evangelio y del santo o memoria litúrgica correspondiente, nos asomaremos a una historia de la pantalla para descubrir allí una chispa de luz. No se trata de “bautizar” cualquier producción ni de forzar mensajes religiosos donde no los hay, sino de ejercitar una mirada evangélica: aprender a ver cómo el amor, la entrega, el perdón, la fidelidad, la vocación, la compasión y la búsqueda de sentido también aparecen narrados en los lenguajes de nuestro tiempo.

Porque la fe no nos saca del mundo: nos enseña a mirarlo mejor. Y si Cristo es la Luz verdadera, entonces todo lo humano —también el arte, la cultura, la música, el cine y las series— puede ser iluminado por Él.

San Andrés en el corazón: dos años de misión entre el mar, la fe y la gratitud

 

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”
Salmo 126

 




Era el 8 de marzo de 2024. Recuerdo bien aquella fecha porque, sin saberlo, ese día se abría una nueva página en mi historia sacerdotal y misionera. Estábamos en un compartir de vicaría, en un ambiente fraterno, sencillo, de esos encuentros donde uno conversa, escucha, se ríe, comparte la mesa y también la vida. En medio de aquel momento, nuestro obispo, Monseñor Hency Martínez, nos comentó que había llegado una invitación del obispo del Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina: se necesitaba algún sacerdote que quisiera ir a ofrecer su servicio pastoral en aquella jurisdicción insular, tan hermosa como necesitada de presencia sacerdotal.

No lo pensé demasiado. O mejor: creo que lo pensé con el corazón.

Apenas escuché la propuesta, levanté la mano. Así, de una. Manifesté que deseaba ir. No hubo grandes cálculos, ni largas deliberaciones, ni análisis complicados. Simplemente sentí que allí podía haber un llamado de Dios. Y uno, después de tantos años de ministerio, aprende —o debería aprender— que algunas llamadas del Señor no llegan con truenos ni relámpagos, sino con una invitación sencilla, dicha casi al pasar, pero capaz de mover la vida.

En ese momento yo era párroco de la comunidad de San Francisco de Asís, en el corregimiento de La Danta, donde llevaba ya cuatro años y poco más de un mes. Había aprendido a querer aquella comunidad, sus luchas, su gente, sus ritmos, sus rostros. Pero la vida sacerdotal, cuando se vive en clave de misión, tiene siempre algo de tienda de campaña: uno planta, riega, acompaña, ama… y un día el Señor dice: “levántate y ve”.

Monseñor Hency, al ver mi disposición, se comunicó inmediatamente con Monseñor Jaime Uriel Sanabria, Vicario Apostólico de las islas, para contarle que había un sacerdote interesado. Enseguida me pasó el teléfono. Monseñor Jaime me saludó con amabilidad, me hizo algunas preguntas, quiso conocer un poco mi disponibilidad y mis motivaciones. Yo, con entusiasmo, le manifesté mi deseo de ir a servir allí.

Así comenzaron las cosas. Sin ruido. Sin demasiada planeación humana. Con esa mezcla de incertidumbre y confianza que suele acompañar las verdaderas aventuras de Dios.

Celebré la Semana Santa en mi parroquia, entregué la administración y me dispuse a partir. Finalmente, el 2 de mayo de 2024, llegué a San Andrés Isla. El avión aterrizó casi a las cuatro de la tarde en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla. Allí me recibió Monseñor José Archbold, quien desde el primer momento me acogió con esa mezcla de seriedad, experiencia, cordialidad y sabiduría pastoral que tanto agradezco. Me llevó enseguida a saludar a Monseñor Jaime Sanabria, y también pude encontrarme con algunos sacerdotes que estaban por la Curia en ese momento.

Aquella misma noche acompañé a Monseñor José en la Eucaristía. Como era jueves, también participé con él en la Hora de Adoración. De ese modo, mi llegada no fue turística, sino eucarística. No llegué primero a conocer playas, paisajes o sitios emblemáticos; llegué al altar, al Sagrario, al encuentro con la comunidad orante. Y tal vez esa fue la mejor manera de comenzar.

Supe entonces que la parroquia se llamaba Santa María Estrella del Mar, un nombre profundamente bello y significativo para una comunidad rodeada por el azul inmenso del Caribe. Estaba ubicada en la parte sur de la isla, en el sector de San Luis, una comunidad de fuerte identidad raizal, marcada por su historia, su lengua, su cultura, su música, sus tradiciones y su profunda religiosidad.

Durante dos años y veinticinco días, tuve la gracia de compartir la vida y la fe con las comunidades del Vicariato. Apoyé al párroco en la celebración de las Eucaristías, en la atención pastoral ordinaria y también en la apertura y consolidación de una experiencia misionera en el sector de Nueva Guinea. A esta misión se le dio el nombre de San Pedro Claver, evocando al santo que supo reconocer la dignidad de los hermanos afrodescendientes y servir a Cristo en ellos.

Allí se mantuvieron durante mi estadía dos pequeñas comunidades eclesiales: New Hope, es decir, Nueva Esperanza, y Los Hijos de Abraham. Cada lunes procuramos acompañar estos grupos con fidelidad, paciencia y cariño pastoral. No siempre se trataba de grandes multitudes ni de estructuras complejas. Muchas veces la Iglesia crece así: en pequeños grupos, en casas, en encuentros sencillos, en la Palabra compartida, en una oración humilde, en un saludo, en una visita, en una silla puesta para escuchar.

Y comprendí una vez más que la misión no consiste únicamente en hacer muchas cosas, sino en estar. Estar con la gente. Estar con fe. Estar con respeto. Estar con el oído abierto y el corazón disponible. Estar allí donde la Iglesia necesita una presencia que recuerde que Dios no abandona a su pueblo.

También tuve la oportunidad de acompañar, por deseo de mi párroco, a la comunidad educativa del colegio Philippe Beckman, en el sector. Allí compartimos Eucaristías y algunas charlas en tiempos fuertes de la liturgia. Siempre he creído que el mundo educativo es una tierra sagrada. Allí se siembran no solo conocimientos, sino valores, preguntas, sueños, búsquedas y heridas. Estar cerca de niños, adolescentes, jóvenes, profesores y familias es también una forma preciosa de evangelización.

Cuando pude, acompañé igualmente los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera, así como el grupo juvenil. Ver a los niños y jóvenes acercarse a la fe, con sus preguntas, sus energías, sus dudas y sus talentos, confirma que la Iglesia no puede cansarse de sembrar. Quizás uno no siempre ve los frutos inmediatos, pero el Evangelio tiene su propio calendario. Dios sabe cuándo germina cada semilla.

Una de las pastorales más fuertes, constantes y profundamente humanas fue, sin duda, la visita y asistencia a los enfermos y ancianos. Durante año y medio tuve la oportunidad de compartir con poco más de una veintena de personas, visitándolas cada miércoles. Allí, en la habitación del enfermo, en la casa del anciano, junto a una cama, frente a una mirada cansada o una sonrisa agradecida, uno vuelve a descubrir el centro del ministerio sacerdotal.

Porque el sacerdote no está solamente para predicar desde el ambón o presidir desde el altar. Está también para llevar consuelo, escuchar silencios, bendecir lágrimas, ungir fragilidades, acompañar soledades y recordar, con su pobre presencia, que Cristo sigue pasando por las casas de su pueblo.

¡Cuánto me enseñaron esos enfermos y ancianos! Algunos hablaban poco, otros contaban su historia con detalle. Algunos esperaban la comunión con emoción; otros simplemente agradecían que alguien llegara. En ellos encontré una cátedra silenciosa de paciencia, de fe, de humanidad y de esperanza.

También pude compartir temas de formación catequética con catequistas y diversos grupos apostólicos, entre ellos la Legión de María. Siempre he valorado mucho estos espacios porque la fe necesita ser alimentada, pensada, profundizada y celebrada. Una comunidad que se forma es una comunidad que aprende a amar mejor, a servir mejor y a dar razón de su esperanza.


La misión me llevó además a Providencia, una isla entrañable, herida y resucitada tantas veces por la fuerza de su gente. Tuve la oportunidad de acompañar comunidades allí en julio de 2025, y luego nuevamente en enero, abril y mayo de 2026. Providencia tiene algo especial: una belleza que no se queda en el paisaje, sino que se transparenta en la dignidad de sus habitantes, en su capacidad de resistir, reconstruir y seguir creyendo.

Mirando hacia atrás, descubro que esta experiencia en el Vicariato me conectó con otras etapas de mi vida misionera. El ambiente afrocaribeño, la cultura raizal, la música, la oralidad, la fuerza de la comunidad, el mar como horizonte y símbolo, todo ello me recordó experiencias anteriores: Buenaventura en 1991, mi paso por Camerún y otros países africanos entre 2003 y 2007. Hay culturas que, aunque distintas entre sí, comparten una manera profunda de celebrar la vida, llorar las pérdidas, resistir las adversidades y abrirse a Dios con una sensibilidad especial.

Por eso, San Andrés, Providencia y Santa Catalina no fueron para mí simplemente un destino pastoral. Fueron una escuela. Una escuela de misión, de humildad, de adaptación, de escucha y de gratitud. Me ayudaron a comprender nuevamente que la Iglesia es verdaderamente católica no porque uniforma, sino porque abraza la diversidad de pueblos, lenguas, acentos, memorias y caminos.

El pasado 28 de mayo de 2026, después de dos años y veinticinco días de experiencia con las comunidades isleñas del Vicariato, me despedí del obispo, de las comunidades, de los hermanos sacerdotes, de los diáconos, de tantos laicos y laicas que durante este tiempo me brindaron su amistad, su apoyo y su confianza. Las despedidas nunca son fáciles cuando uno ha compartido la fe, la mesa, la oración, las alegrías y también las preocupaciones. Pero en la vida sacerdotal despedirse no significa borrar, sino agradecer. No significa cerrar el corazón, sino llevar dentro lo vivido.

Hoy regreso a mi diócesis de origen, La Dorada-Guaduas, en la cual me incardiné entre 2022 y 2023. Vuelvo con la maleta cargada de recuerdos, rostros, nombres, aprendizajes y bendiciones. Vuelvo con la certeza de que nada de lo vivido ha sido casualidad. Dios va tejiendo la historia con hilos que a veces solo entendemos después.

Por eso, más que hacer un balance administrativo o pastoral, quiero elevar una acción de gracias. Gracias al Señor por haberme permitido vivir esta experiencia. Gracias por haberme llevado una vez más a una tierra distinta, a una cultura concreta, a una Iglesia necesitada y viva. Gracias por las Eucaristías celebradas, por las Horas Santas compartidas, por las visitas a los enfermos, por las comunidades pequeñas, por las conversaciones sencillas, por los niños, jóvenes, catequistas, legionarias, familias, ancianos, benefactores, servidores y amigos.

Gracias a Monseñor Hency Martínez, por haber acogido mi disponibilidad y facilitar este envío. Gracias a Monseñor Jaime Uriel Sanabria, por recibirme en el Vicariato y permitirme servir en esta porción del Pueblo de Dios. Gracias a Monseñor José Archbold, por su acogida, su confianza, su experiencia compartida y por permitirme acompañar la vida pastoral de Santa María Estrella del Mar. Gracias a los sacerdotes, diáconos, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos que hicieron más fraterno este camino.

Gracias también a mi familia, que siempre ha acompañado mis idas y venidas, mis cambios, mis misiones, mis silencios y mis cansancios. Gracias a las comunidades con las que he compartido aquí y allá, a quienes han orado por mí, a quienes me han apoyado espiritual y materialmente, a quienes me han animado en los momentos de dificultad y a quienes han comprendido que el sacerdote no se pertenece del todo a sí mismo, porque su vida está puesta al servicio de Dios y de los hermanos.

Me voy de las islas, pero las islas no se van de mí.

Quedan en mi memoria el azul del mar, la brisa de San Luis, los rostros de los enfermos, la fe de las comunidades, la esperanza de Nueva Guinea, el nombre hermoso de Santa María Estrella del Mar, la fortaleza de Providencia, la identidad raizal, las voces, los cantos, las celebraciones, los saludos, las despedidas y tantas pequeñas escenas que, aunque quizá no aparezcan en ninguna crónica oficial, quedan escritas en el corazón.

Al final, uno descubre que la misión no es solamente lo que uno entrega. La misión es también —y quizá sobre todo— lo que uno recibe. Yo llegué a San Andrés creyendo que iba a dar un aporte. Y sí, con mis límites, traté de hacerlo. Pero hoy reconozco que recibí mucho más: recibí cariño, confianza, aprendizaje, paciencia, fe sencilla, nuevos amigos y una confirmación interior de que vale la pena seguir diciendo sí.

Que el Señor bendiga infinitamente al Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Que bendiga a sus pastores, a sus comunidades, a sus familias, a sus enfermos, a sus jóvenes, a sus ancianos, a sus niños, a sus catequistas, a sus servidores y a todo el pueblo raizal y residente que peregrina en esas islas amadas.

Y que Santa María, Estrella del Mar, siga guiando la barca de esa Iglesia particular, para que en medio de las aguas, los vientos y los desafíos, nunca falte la luz de Cristo, puerto seguro, esperanza viva y Señor de toda misión.

Gracias, Señor, por estos dos años de gracia.
Gracias por enviarme.
Gracias por sostenerme.
Gracias por permitirme amar y ser amado en tu nombre.

Dios les bendiga infinitamente.

 

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