El árbol y su savia
(Jeremías 17, 5-10; Salmo 1) El creyente se parece
a un árbol. Con la cabeza erguida hacia el cielo, hunde profundamente sus
raíces y da fruto en abundancia. Las representaciones de los primeros
cristianos los muestran orando de pie, con los brazos levantados hacia el
cielo, a imagen del Resucitado. Siguiendo la estela del Hijo levantado de entre
los muertos, la Palabra de Dios meditada cada día y la recepción regular de los
sacramentos van infundiendo en nuestras venas una savia nueva: la vida eterna.
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
Lectura del libro de Jeremías
(17,5-10):
ESTO dice el Señor:
«Maldito quien confía en el hombre,
y busca el apoyo de las criaturas,
apartando su corazón del Señor.
Será como cardo en la estepa,
que nunca recibe la lluvia;
habitará en un árido desierto,
tierra salobre e inhóspita.
Bendito quien confía en el Señor
y pone en el Señor su confianza.
Será un árbol plantado junto al agua,
que alarga a la corriente sus raíces;
no teme la llegada del estío,
su follaje siempre está verde;
en año de sequía no se inquieta,
ni dejará por eso de dar fruto.
Nada hay más falso y enfermo
que el corazón: ¿quién lo conoce?
Yo, el Señor, examino el corazón,
sondeo el corazón de los hombres
para pagar a cada cual su conducta
según el fruto de sus acciones».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 1,1-2.3.4.6
R/. Dichoso el hombre
que ha puesto su confianza en el Señor
V/. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. R/.
V/. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto en su sazón
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. R/.
V/. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. R/.
Lectura del santo evangelio según san
Lucas (16,19-31):
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los fariseos:
«Había un hombre rico que se vestía de púrpura y de lino y banqueteaba cada
día. Y un mendigo llamado Lázaro estaba echado en su portal, cubierto de
llagas, y con ganas de saciarse de lo que caía de la mesa del rico.
Y hasta los perros venían y le lamían las llagas.
Sucedió que murió el mendigo, y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán.
Murió también el rico y fue enterrado. Y, estando en el infierno, en medio de
los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abrahán, y a Lázaro en su seno,
y gritando, dijo:
“Padre Abrahán, ten piedad de mí y manda a Lázaro que moje en agua la punta del
dedo y me refresque la lengua, porque me torturan estas llamas”.
Pero Abrahán le dijo:
“Hijo, recuerda que recibiste tus bienes en tu vida, y Lázaro, a su vez, males:
por eso ahora él es aquí consolado, mientras que tú eres atormentado.
Y, además, entre nosotros y vosotros se abre un abismo inmenso, para que los
que quieran cruzar desde aquí hacia vosotros no puedan hacerlo, ni tampoco
pasar de ahí hasta nosotros”.
Él dijo:
“Te ruego, entonces, padre, que le mandes a casa de mi padre, pues tengo cinco
hermanos: que les dé testimonio de estas cosas, no sea que también ellos vengan
a este lugar de tormento”.
Abrahán le dice:
“Tienen a Moisés y a los profetas: que los escuchen”.
Pero él le dijo:
“No, padre Abrahán. Pero si un muerto va a ellos, se arrepentirán”.
Abrahán le dijo:
“Si no escuchan a Moisés y a los profetas, no se convencerán ni aunque resucite
un muerto”».
Palabra del Señor
1
Hermanos,
en Cuaresma Dios no se cansa de repetirnos una verdad sencilla y decisiva: la vida se nos seca o florece según
dónde pongamos la confianza. Y hoy la liturgia lo expresa con
una imagen bellísima: el
creyente es como un árbol.
1) ¿De qué vive el árbol?
Jeremías
pone dos caminos delante de nosotros:
·
“Maldito el que confía en el hombre… será como un cardo en
la estepa”.
·
“Bendito el que confía en el Señor… será como un árbol
plantado junto al agua”.
No
es que Dios desprecie lo humano; lo que denuncia el profeta es cuando el corazón se encierra
y busca su seguridad última en lo frágil: el poder, el dinero, la imagen, el
aplauso, el control… Eso es “confiar en el hombre” como si fuera dios. Y
entonces el alma se vuelve como tierra salitrosa: hay movimiento, hay ruido,
hay actividad… pero por
dentro hay sequía.
El
Salmo 1 completa el retrato: “Será
como árbol plantado al borde de la acequia: da fruto a su tiempo y no se
marchitan sus hojas.” La diferencia no está en que al árbol “bueno”
no le llegue el calor o el viento: le llegan. La diferencia es la raíz. Donde hay raíz,
hay savia. Donde hay savia, hay fruto.
Aquí
encaja perfecto el texto que hemos traducido: la Palabra meditada cada día y los sacramentos recibidos
con fidelidad “instilan en nuestras venas una savia nueva”. Esa
savia tiene un nombre: vida
eterna, vida del Resucitado dentro de nosotros.
2) El Evangelio: cuando el corazón se vuelve
desierto
Y
ahora miremos el Evangelio. La parábola del rico y Lázaro no es solo una
historia sobre “tener o no tener”; es una radiografía del corazón.
El
rico no aparece como un criminal; aparece como alguien que vive encerrado en su bienestar,
con una vida “a puertas cerradas”. Y en la puerta —¡en la puerta!— está Lázaro,
el hermano real, concreto, con nombre. La tragedia no es que el rico tenga
bienes; la tragedia es que se
le secó la compasión. Es decir, su interior se volvió “estepa”:
no circula savia hacia el otro.
Desde
una mirada muy humana —y también espiritual—, cuando uno vive centrado en sí
mismo, termina pasando algo parecido: se
pierde la capacidad de ver. No porque falten ojos, sino porque
el corazón se acostumbra a ignorar. El egoísmo crea una especie de “ceguera
selectiva”: vemos lo que nos conviene, y dejamos de ver lo que nos compromete.
Cuaresma
viene a romper esa ceguera. Dios nos devuelve la mirada limpia: ver al hermano, ver a los pobres, ver al
que sufre, ver la necesidad de la Iglesia, ver el llamado de Dios.
3) Evangelización: llevar savia, sembrar raíces
Hoy
oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Evangelizar no es hacer
propaganda; evangelizar es llevar
vida. Y para llevar vida hay que tenerla dentro.
La
Iglesia evangeliza cuando sus hijos están:
·
plantados junto al agua (oración real, no solo
palabras),
·
alimentados por la Palabra (no solo frases
sueltas, sino escucha obediente),
·
sostenidos por los sacramentos (especialmente
Eucaristía y Reconciliación),
·
y
abiertos al hermano
(caridad concreta, no abstracta).
Si
falta esto, podemos tener muchas actividades, pero poca savia. Y cuando falta
savia, el anuncio se vuelve cansado, moralista, sin alegría. En cambio, cuando
hay savia, el Evangelio se nota: da
sombra, da fruto, da esperanza.
4) Vocaciones: fruto de un árbol bien plantado
También
hoy oramos por las vocaciones. Y aquí la imagen del árbol es preciosa: la vocación es fruto,
pero el fruto no se fabrica; el
fruto se recibe cuando el árbol está bien plantado.
Las
vocaciones nacen donde hay:
·
familias
que oran,
·
comunidades
que adoran,
·
jóvenes
que escuchan a Dios sin miedo,
·
sacerdotes
y consagrados que viven con alegría y coherencia,
·
y
un pueblo que acompaña, no que juzga ni presiona.
La
vocación madura cuando el corazón deja de decir: “¿Qué gano yo?” y empieza a
decir: “Señor, ¿para quién me quieres?” Ahí brota el fruto. Ahí aparece el
“sí”.
5) Una invitación concreta para esta Cuaresma
Hoy
el Señor nos propone algo muy concreto, casi como un examen del corazón
(Jeremías lo decía: “Yo, el
Señor, sondeo el corazón”):
1.
Una raíz diaria: 10–15 minutos de
Evangelio, en silencio, sin prisa.
2.
Un sacramento que riega: Confesión cuaresmal y
Eucaristía vivida con hambre de Dios.
3.
Un Lázaro a tu puerta: una obra concreta de
caridad esta semana (persona, familia, enfermo, necesidad real).
4.
Una oración por vocaciones: cada día, aunque sea
breve: “Señor, envía obreros a tu mies; y aquí estoy para lo que quieras”.
Conclusión
Hermanos,
Dios quiere que su Iglesia
sea un bosque de esperanza en medio de un mundo que a veces
parece desierto. Pero ese bosque no nace del activismo: nace de la savia del
Resucitado.
Pidámosle
hoy al Señor que nos plante junto al agua, que nos dé entrañas misericordiosas
para reconocer a Lázaro, y que de nuestras comunidades broten vocaciones
santas, valientes, alegres, para la evangelización.
Señor,
riega tu Iglesia.
Danos tu savia.
Haznos raíces profundas,
para que demos fruto
abundante. Amén.
