lunes, 7 de septiembre de 2026

7 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

El don de la mirada

La mirada es uno de los dones más hermosos que el Señor nos ha concedido. Pero ¡qué fácil resulta desviarla y corromperla! Como los escribas y fariseos, podemos mirar a los demás no para comprenderlos y amarlos, sino para juzgarlos, descubrir sus errores o encontrar motivos para condenarlos.

Jesús, en cambio, posee una mirada que ilumina, libera y devuelve la dignidad. Ante el hombre de la mano paralizada, no ve un caso que discutir ni una norma que defender, sino una persona que sufre y necesita ser sanada. Su mirada alcanza el corazón y conduce siempre hacia la vida.

Pidamos al Señor que purifique nuestros ojos y nos enseñe a mirar como Él: con compasión, benevolencia y misericordia. Que sepamos descubrir en cada rostro a un hermano, en cada sufrimiento una llamada y en cada persona una historia sagrada que merece respeto y amor.

 


Primera lectura

1 Cor 5, 1-8
Barran la levadura vieja; porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Se oye decir en todas partes que hay entre ustedes un
caso de inmoralidad; y una inmoralidad tal que no se da ni
entre los gentiles: uno convive con la mujer de su padre.
¿Y ustedes siguen tan ufanos?
Estaría mejor ponerse de luto y expulsar de entre ustedes al
que ha hecho eso.
Pues lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en
espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera
presente: reunidos ustedes en el nombre de nuestro Señor
Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro
Señor Jesús entregar al que ha hecho eso en manos de
Satanás; para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu
se salve en el día del Señor.
Ese orgullo de ustedes no tiene razón de ser.
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?
Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que
ustedes son panes ácimos.
Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja
(levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes
ácimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 5-6a. 6b-7. 12 (R.: 9a)

R. Señor, guíame con tu justicia.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. 
R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

V. Que se alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre.
 R.


size=1 width=609 style='width:456.8pt' align=center>

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 6-11

Estaban al acecho para ver si curaba en sábado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y encontrar de qué acusarlo.
Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada:
«Levántate y ponte en medio».
Y, levantándose, se quedó en pie.
Jesús les dijo:
«Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o el mal, salvar una vida o destruirla?».
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo:
«Extiende tu mano».
Él lo hizo y su mano quedó restablecida.
Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.

Palabra del Señor.

 

******************

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a revisar nuestra manera de mirar. Los ojos son uno de los dones más hermosos que hemos recibido; pero la mirada puede convertirse en instrumento de amor o de condenación, de cercanía o de desprecio. Podemos mirar para comprender y ayudar, o mirar para descubrir los defectos del otro y acusarlo. Precisamente eso sucede en el Evangelio: todos observan, pero no todos ven de la misma manera.

En la sinagoga había un hombre que tenía paralizada la mano derecha. Los escribas y fariseos contemplaban la escena, pero aquel hombre no parecía importarles. Su atención estaba puesta en Jesús: querían comprobar si lo curaría en sábado para encontrar una acusación contra Él. Su mirada no nacía de la compasión, sino de la sospecha. No buscaban el bien, sino una falta; no esperaban un milagro, sino un motivo para condenar.

Jesús también mira, pero lo hace de otra manera. Donde ellos ven un problema legal, Él contempla a una persona que sufre. Donde ellos buscan una infracción, Jesús descubre una oportunidad para sanar. Por eso llama al hombre y le dice: «Levántate y ponte ahí en medio». Lo coloca en el centro porque, para Dios, la persona humana y su dignidad no pueden quedar relegadas. El dolor del hermano debe ocupar un lugar central en la comunidad creyente.

Luego Jesús pregunta: «¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal, salvar una vida o destruirla?». Con esta pregunta nos recuerda que ninguna práctica religiosa puede separarnos de la misericordia. El verdadero culto a Dios no consiste únicamente en cumplir normas externas, sino en reconocer el sufrimiento y actuar en favor de la vida. La ley de Dios alcanza su plenitud cuando nos enseña a amar.

Aquel hombre tenía paralizada la mano. La mano simboliza nuestra capacidad para trabajar, servir, acariciar, compartir y ayudar. También nosotros podemos tener “paralizadas” las manos cuando sabemos que alguien necesita ayuda y permanecemos indiferentes; cuando retenemos el perdón, cerramos el corazón o dejamos para mañana el bien que podríamos realizar hoy. Jesús nos dirige también su palabra: «Extiende tu mano». Es una invitación a salir de la pasividad, recuperar la capacidad de servir y tender la mano al hermano.

En la primera lectura, san Pablo corrige con firmeza una grave situación dentro de la comunidad de Corinto. No lo hace por desprecio hacia el pecador, sino porque el mal tolerado termina dañando a toda la comunidad. Utiliza la imagen de la levadura: «Un poco de levadura fermenta toda la masa». Hay actitudes que, si no son reconocidas y corregidas, van contaminando lentamente nuestra vida personal, familiar y comunitaria.

San Pablo nos invita a retirar la “levadura vieja” de la corrupción y la mentira para convertirnos en una masa nueva, marcada por «la sinceridad y la verdad». La misericordia cristiana no consiste en llamar bueno a lo que hace daño. Jesús acoge al pecador, pero también lo llama a levantarse y comenzar una vida nueva. La corrección, cuando nace del amor y busca la salvación del hermano, también es una obra de misericordia.

El salmo nos hace pedir: «Señor, guíame con tu justicia». Necesitamos que Dios guíe nuestra mirada, nuestras palabras y nuestras decisiones, porque fácilmente confundimos la justicia con la condena. Podemos ser exigentes con los demás e indulgentes con nosotros mismos. Podemos escandalizarnos por los pecados ajenos mientras toleramos en nuestro interior la envidia, la hipocresía, el resentimiento o la falta de caridad. La justicia de Dios, en cambio, desenmascara el mal, pero nunca deja de buscar la salvación de la persona.

Hoy ofrecemos esta Eucaristía por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, nuestra mirada se dirige más allá de la muerte. No los contemplamos solamente desde la tristeza de la ausencia, sino desde la esperanza en Cristo resucitado. Los confiamos a la mirada misericordiosa de Dios, que conoce toda su historia, sus luchas, sus heridas, sus obras buenas y también sus fragilidades.

Orar por los difuntos es una hermosa obra de caridad. Quizá ya no podamos estrechar sus manos ni escuchar su voz, pero todavía podemos ofrecer por ellos nuestra oración, la Santa Misa y nuestras obras de amor. Pedimos al Señor que los purifique de toda “levadura vieja”, perdone sus pecados y los reciba en la alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.

Pidamos finalmente la gracia de recibir una mirada nueva: que no busque defectos para condenar, sino heridas para sanar; que no ignore el sufrimiento, sino que se acerque con misericordia; que sepa corregir con verdad, pero también acompañar con amor. Y que nuestras manos, liberadas de toda parálisis espiritual, estén siempre dispuestas para hacer el bien, consolar al afligido y sostener a quien nos necesita.

Señor Jesús, purifica nuestra mirada, sana nuestras manos y guíanos por el camino de tu justicia. Acoge en tu misericordia a nuestros hermanos difuntos y concédeles participar para siempre de la luz y la alegría de tu presencia. Amén.

 

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

6 de septiembre del 2026: vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El trabajo de la escucha

Jesús funda una comunidad en el perdón mutuo: «¡Ve a buscar a tu hermano!». La responsabilidad de restablecer el vínculo fraterno recae también sobre la persona ofendida, llamada a atreverse a decir la verdad para restaurar la relación. No se trata de condenar al otro ni de demostrar que tenemos razón, sino de abrir un espacio donde cada uno pueda hablar y escuchar.

La corrección fraterna comienza en un encuentro personal, discreto y respetuoso. Exige valor para hablar, pero también humildad para escuchar lo que el otro tiene que decirnos. Porque el diálogo verdadero puede revelar nuestros propios errores, malentendidos o heridas todavía no sanadas.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Esta es la finalidad: no ganar una discusión, sino recuperar al hermano; no humillarlo, sino reconstruir la comunión. Y cuando nuestros esfuerzos parecen insuficientes, Jesús nos invita a unirnos en la oración, seguros de su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cuando alguien me ofende, ¿busco dialogar directamente con esa persona o prefiero guardar resentimiento y hablar de ella con los demás?

Cuando corrijo a alguien, ¿lo hago para ayudarlo y recuperar la fraternidad, o para demostrar que tengo razón?

¿Tengo la humildad necesaria para escuchar la corrección que otros puedan hacerme y reconocer mis propios errores?

 

 


Primera lectura

Ez 33, 7-9
Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la
casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les
advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero
tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta,
él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y
no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado
la vida».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 (R.: cf. 7d-8a)

R. Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».

V. Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 
R.

V. Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. 
R.

V. Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». 
R.

 

Segunda lectura

Rom 13, 8-10

La plenitud de la ley es el amor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A nadie le deban nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

 

**************

 

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de este domingo nos colocan ante una verdad exigente: no podemos vivir la fe de manera aislada, como si la vida de los demás no tuviera nada que ver con nosotros. Dios nos ha hecho comunidad y, por eso, somos responsables unos de otros. Sin embargo, esta responsabilidad debe ejercerse desde el amor, la humildad y la misericordia, nunca desde el juicio, la murmuración o el deseo de humillar.

En la primera lectura, Dios le dice al profeta Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de Israel”. El centinela es quien permanece despierto, descubre el peligro y avisa para proteger la vida del pueblo. Dios no convierte a Ezequiel en espía, acusador o vigilante de la conducta ajena; lo hace responsable de transmitir su Palabra.

La misión del profeta no consiste en condenar al pecador, sino en advertirle para que cambie de camino y viva. Si guarda silencio por comodidad o cobardía, también él tendrá que responder. Pero si habla con fidelidad, habrá cumplido su misión.

También nosotros podemos caer en dos extremos. El primero es la indiferencia: “Ese no es mi problema; que cada cual haga con su vida lo que quiera”. El segundo es la condenación: señalar, divulgar la falta, destruir la reputación y cerrar toda posibilidad de cambio. La Palabra de Dios nos propone otro camino: cuidar al hermano, decirle la verdad con caridad y ayudarlo a regresar.

Pero antes de corregir a alguien debemos dejarnos interpelar por el salmo: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón”. No podemos corregir el corazón del hermano mientras mantenemos endurecido el nuestro. Antes de pedirle a otro que escuche, debemos preguntarnos si nosotros estamos escuchando al Señor.

Quizá el primer corazón que necesita ser corregido es el mío. Tal vez llevo demasiado tiempo alimentando un resentimiento, justificando una conducta equivocada o negándome a reconocer el daño que he causado. Corregir fraternalmente exige primero ponerse delante de Dios y pedir un corazón dócil, porque quien no escucha al Señor fácilmente confundirá la corrección con el desahogo de su rabia.

San Pablo nos entrega en la segunda lectura el criterio fundamental: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y añade: “El amor no hace mal al prójimo; por eso, la plenitud de la ley es el amor”.

Esta es la pregunta que debe acompañar toda corrección: ¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor? ¿Busco ayudar al hermano o hacerle sentir mi superioridad? ¿Quiero sanar la relación o cobrarle una ofensa? ¿Estoy dispuesto a escucharlo también y reconocer mi parte de responsabilidad?

No toda palabra aparentemente sincera es caritativa. A veces decimos: “Yo digo las cosas de frente”, pero usamos la verdad como una piedra. La verdad cristiana no se arroja contra nadie: se ofrece con respeto, se pronuncia con humildad y se acompaña con misericordia. El amor no permanece indiferente ante el mal, pero tampoco disfruta exponiendo o avergonzando al que se equivocó.

En el Evangelio, Jesús nos presenta un camino concreto y progresivo: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas entre los dos”. Jesús dice: “Ve”. No dice que esperemos a que el otro adivine nuestro disgusto; tampoco que publiquemos indirectas, que formemos bandos o que contemos a todos lo ocurrido antes de hablar con la persona implicada.

En nuestro tiempo, esta enseñanza tiene una actualidad enorme. Resulta muy fácil divulgar una acusación por las redes sociales, reenviar un mensaje, compartir una fotografía o comentar los errores ajenos. En pocos minutos podemos destruir una reputación que tardó años en construirse. Con frecuencia hablamos con muchas personas acerca del hermano, pero no somos capaces de hablar con el hermano.

Jesús pide discreción: “A solas entre los dos”. Esa privacidad protege la dignidad de la persona y le permite reconocer su falta sin quedar humillada ante los demás. El propósito no es vencerla en una discusión, sino recuperarla: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Qué expresión tan hermosa: ganar al hermano, no ganar la pelea; salvar la comunión, no demostrar que teníamos razón.

Si ese primer diálogo no da fruto, Jesús propone acudir a una o dos personas prudentes. Y, si tampoco escucha, comunicarlo a la comunidad. No se trata de aumentar progresivamente la presión o la vergüenza, sino de ampliar la ayuda, garantizar la verdad de los hechos y buscar caminos de reconciliación.

Esta enseñanza sobre la discreción nunca debe utilizarse para ocultar delitos, abusos, violencia o situaciones que ponen en peligro a una persona. En esos casos, proteger a la víctima y acudir a las autoridades competentes también forma parte de nuestra responsabilidad cristiana. La misericordia no encubre la injusticia; busca la verdad, la protección de quien sufre y la conversión de quien ha causado el daño.

Jesús añade: “Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. No es una autorización para odiarlo o despreciarlo. Recordemos cómo trataba Jesús a los gentiles y publicanos: no justificaba sus pecados, pero nunca dejaba de buscarlos, llamarlos y ofrecerles misericordia. En algunas situaciones será necesario establecer límites claros y reconocer que la comunión está herida, pero nunca podremos cerrar definitivamente la puerta de la oración y de la esperanza.

El Señor confía además a la comunidad la responsabilidad de “atar y desatar”. La Iglesia no es un grupo de personas perfectas, sino una comunidad reconciliada y reconciliadora, llamada a discernir, perdonar, acompañar y restaurar los vínculos rotos.

El Evangelio concluye con una promesa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe que reconstruir una relación no depende únicamente de nuestras capacidades. Por eso nos invita a orar juntos. Cuando Cristo está realmente en medio, disminuye nuestro orgullo, aprendemos a escuchar, encontramos palabras menos hirientes y descubrimos que el otro sigue siendo nuestro hermano.

En esta Eucaristía ninguno puede presentarse como juez de los demás. Al comienzo de la celebración no dijimos: “Señor, ten piedad de los pecadores que están a mi lado”, sino: “Señor, ten piedad de nosotros”. Todos necesitamos ser corregidos, perdonados y levantados.

Pidámosle hoy al Señor que nos libre de la indiferencia que abandona al hermano, de la murmuración que lo destruye y del orgullo que pretende corregirlo sin amor. Que nos conceda un corazón capaz de escuchar su voz, la valentía para hablar cuando sea necesario, la humildad para aceptar nuestras propias faltas y la caridad para buscar siempre la reconciliación.

Porque corregir cristianamente no es perder a una persona, sino hacer todo lo posible por ganarla nuevamente como hermana. Y donde una comunidad se escucha, se perdona, ora unida y reconstruye la comunión, allí está Cristo vivo en medio de ella. Amén.

 

5 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima segunsa semana del tiempo ordinario II-Memoria de Santa Teresa de Calcuta, Virgen

 

Testigo de la fe:

Santa Teresa de Calcuta

1910-1997

«Comiencen el día con la oración y termínenlo con la oración», aconsejaba la célebre fundadora de las Misioneras de la Caridad, quien dedicó cerca de medio siglo al servicio de los más pobres entre los pobres. Convencida de que en cada persona abandonada encontraba al mismo Cristo, acogió a enfermos, moribundos, huérfanos y excluidos, devolviéndoles dignidad mediante la ternura y el cuidado.

Su caridad nacía de una intensa vida de oración y de su encuentro cotidiano con Jesús en la Eucaristía. Incluso durante largos años de oscuridad espiritual, permaneció fiel a su vocación y continuó sirviendo con amor.

Galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 1979, murió en Calcuta el 5 de septiembre de 1997.

Fue canonizada por el papa Francisco el 4 de septiembre de 2016.

Santa Teresa nos recuerda que la santidad comienza al reconocer a Jesús en quien sufre y al realizar con un amor extraordinario las cosas pequeñas de cada día.

 

 


El sábado al servicio de la vida


«El Hijo del hombre es señor del sábado».

El sentido del sábado se comprende ahora a partir de la autoridad de Jesús. Él no lo suprime ni le quita importancia, sino que revela su significado más profundo: el sábado fue dado para conducir al ser humano hacia Dios, procurarle descanso y proteger su vida. Cuando la norma se olvida de la persona, traiciona la intención de Aquel que la estableció. Jesús nos enseña así que la fidelidad a Dios nunca puede separarse de la misericordia, del cuidado de los más frágiles y del amor concreto al prójimo.

 

***************

Primera lectura

1 Cor 4, 6b-15

Pasamos hambre y sed y falta de ropa

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Aprendan de Apolo y de mí a jugar limpio y no se engrían el uno contra el otro. A ver, ¿quién te hace tan importante? ¿Tienes algo que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿a qué tanto orgullo, como si nadie te lo hubiera dado?
Ya tienen todo lo que ansiaban, ya son ricos, han conseguido un reino sin nosotros. ¿Qué más quisiera yo? Así reinaríamos juntos. Por lo que veo, a nosotros, los apóstoles, Dios nos coloca los últimos; como condenados a muerte, dados en espectáculo público para ángeles y hombres. Nosotros unos locos por Cristo, ustedes, sensatos en Cristo; nosotros débiles, ustedes fuertes; ustedes célebres, nosotros despreciados; hasta ahora pasamos hambre y sed y falta de ropa; recibimos bofetadas, no tenemos domicilio, nos agotamos trabajando con nuestras propias manos; nos insultan y les deseamos bendiciones; nos persiguen y aguantamos; nos calumnian y respondemos con buenos modos; nos tratan como a la basura del mundo, el desecho de la humanidad; y así hasta el día de hoy.
No les escribo esto para avergonzarlos, sino para amonestarlos. Porque los quiero como a hijos; ahora que están en Cristo tendrán mil tutores, pero padres no tienen muchos; por medio del Evangelio soy yo quien los ha engendrado para Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 17-18. 19-20. 21 (R.: 18a)

R. Cerca está el Señor de los que lo invocan.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
R.

V. Satisface los deseos de los que le temen,
escucha sus gritos, y los salva.
El Señor guarda a los que lo aman,
pero destruye a los malvados.
R.

V. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—;
nadie va al Padre sino por mí.
R.

 

Evangelio

Lc 6, 1-5

¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, iba Jesús caminando por medio de un sembrado y sus discípulos arrancaban y comían espigas, frotándolas con las manos.
Unos fariseos dijeron:
«¿Por qué hacen en sábado lo que no está permitido?».
Respondiendo Jesús, les dijo:
«¿No han leído lo que hizo David, cuando él y sus compañeros sintieron hambre?
Entró en la casa de Dios, y tomando los panes de la proposición, que solo está permitido comer a los sacerdotes, comió él y dio a los que estaban con él».
Y les decía:
«El Hijo del hombre es señor del sábado».

Palabra del Señor.


**********

«¿Qué tienes que no hayas recibido?»

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este sábado nos invita a pasar de una religiosidad centrada únicamente en el cumplimiento exterior a una fe que reconoce los dones recibidos, se compadece del hambre ajena y se convierte en servicio.

San Pablo pregunta en la primera lectura: «¿Qué tienes que no hayas recibido? Y, si lo has recibido, ¿por qué presumes como si no lo hubieras recibido?» Esta pregunta desmonta nuestro orgullo. La vida, la fe, la inteligencia, la salud, las capacidades, la familia, la comunidad y hasta las oportunidades que hemos tenido son dones recibidos. Nada nos autoriza a sentirnos superiores ni a despreciar a los demás.

Los corintios se consideraban ricos, fuertes y sabios; mientras tanto, Pablo describe la condición de los apóstoles: padecen hambre, sed y cansancio; son despreciados, perseguidos y calumniados. Sin embargo, cuando los insultan, bendicen; cuando los persiguen, soportan; cuando los calumnian, responden con bondad. Así se reconoce al verdadero discípulo: no solamente por lo que enseña, sino por la manera cristiana de responder al sufrimiento y a la ofensa.

Pablo tampoco habla para humillar a la comunidad. Les dice que los amonesta como a hijos queridos, porque los ha engendrado en Cristo mediante el Evangelio. El auténtico evangelizador no busca admiradores, privilegios ni reconocimientos: ama con corazón de padre, acompaña, corrige con caridad y está dispuesto a desgastarse por aquellos que Dios le ha confiado.

El salmo nos ofrece una certeza consoladora: «Cerca está el Señor de los que lo invocan». Dios no permanece distante frente al sufrimiento humano. Escucha el grito del pobre, sostiene al que está abatido y protege al que lo ama. Pero debemos preguntarnos: si Dios está cerca de quienes sufren, ¿podemos nosotros permanecer indiferentes? Quien invoca sinceramente al Señor aprende también a acercarse al hambriento, al enfermo, al anciano abandonado, al migrante, al niño desprotegido y a quien sufre en silencio. Las lecturas completas corresponden a 1 Corintios 4,6b-15; Salmo 144 y Lucas 6,1-5.

En el Evangelio, los discípulos tienen hambre y arrancan algunas espigas para comer. Algunos fariseos no ven personas necesitadas, sino infractores de una norma. Jesús no desprecia el sábado ni relativiza la Ley de Dios. Por el contrario, revela su sentido más profundo: el sábado fue entregado para honrar a Dios, devolverle dignidad y descanso al ser humano y proteger la vida.

Por eso Jesús proclama: «El Hijo del hombre es señor del sábado». Él es quien interpreta plenamente la voluntad del Padre. Ninguna práctica religiosa puede utilizarse para ignorar el dolor, condenar al necesitado o cerrar las puertas de la misericordia. La ley sin amor se convierte en carga; la verdad sin compasión puede convertirse en piedra; la religión sin cercanía termina olvidando el corazón de Dios.

En este sábado dirigimos también nuestra mirada hacia la Virgen María. Ella comprendió que todo era gracia. No presumió de sus privilegios, sino que proclamó: «El Poderoso ha hecho obras grandes por mí». Y enseguida se puso en camino para servir a Isabel. María nos muestra que quien reconoce los dones de Dios no los guarda egoístamente: los convierte en disponibilidad, servicio y alabanza.

Recordamos además a santa Teresa de Calcuta, quien comenzó cada jornada en la oración y en la Eucaristía, y desde ese encuentro salió a buscar a Cristo en los más pobres. En los moribundos abandonados, en los enfermos, en los hambrientos y en quienes nadie quería, ella reconoció el rostro del Señor. Su caridad no nació simplemente de la sensibilidad humana, sino de una profunda unión con Jesús. Su vida confirma que la oración verdadera abre los ojos y las manos: nos permite descubrir que el necesitado no es una molestia, sino un hermano; no es un número, sino una persona amada por Dios. La Santa Sede recuerda que las Misioneras de la Caridad fueron establecidas en 1950 para servir a “los más pobres entre los pobres”.

Hoy podríamos preguntarnos:

¿Reconozco agradecidamente que todo lo bueno que poseo lo he recibido de Dios? ¿Mi manera de vivir la fe me vuelve más cercano y misericordioso? ¿Soy capaz de descubrir a Jesús en quien tiene hambre de pan, de compañía, de escucha, de perdón o de esperanza?

Pidamos al Señor que nos libre del orgullo espiritual y de una religiosidad fría. Que, siguiendo el ejemplo de la Virgen María y de santa Teresa de Calcuta, comencemos y terminemos cada jornada en oración, pero que entre una oración y otra transcurra una vida llena de amor, servicio y misericordia.

Santa María, Madre de los pobres, ruega por nosotros.
Santa Teresa de Calcuta, ruega por nosotros. Amén.

 

jueves, 3 de septiembre de 2026

4 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Acoger la alegría del Esposo

«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el Esposo está con ellos?».

La presencia de Jesús, el Esposo, nos llama a vivir de una manera nueva nuestra relación con Dios: una relación fundada no en el miedo ni en el simple cumplimiento exterior, sino en la alegría del encuentro y de la comunión con Él. Sin embargo, acoger el vino nuevo del Evangelio exige odres nuevos: un corazón disponible y capaz de dejarse transformar. También el ayuno adquiere entonces un sentido nuevo: no es una práctica triste, sino la expresión de nuestro deseo de Cristo y de la espera de su presencia plena.

 


Primera lectura

1 Cor 4, 1-5
El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que ustedes me pidan cuentas o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguen antes de tiempo, dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40 (R.: 39a)

R. El Señor es quien salva a los justos.

V. Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
R.

V. Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
R.

V. Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá.
R.

V. El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
R.

 

Evangelio

Lc 5, 33-39

Les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:
«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
Jesús les dijo:
«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

Palabra del Señor.

 

 ************


«A vino nuevo, corazones nuevos»

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a renovar nuestra vida desde dentro. No basta cambiar algunas costumbres externas o colocar pequeños remiendos sobre aquello que no queremos transformar. Jesús nos ofrece el vino nuevo del Evangelio y, para recibirlo, necesitamos odres nuevos: un corazón humilde, disponible y abierto a la gracia.

San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda que somos «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios». Y lo que se espera de un administrador no es que busque aplausos o reconocimientos, sino que sea fiel. Pablo tampoco se deja esclavizar por los juicios humanos: sabe que solamente el Señor conoce lo que se esconde en lo profundo del corazón y puede manifestar las verdaderas intenciones de cada persona.

Esta enseñanza nos invita a revisar dos actitudes. Primero, nuestra tendencia a juzgar precipitadamente a los demás, sin conocer sus luchas, heridas o sufrimientos interiores. Muchas personas sonríen exteriormente, pero llevan en su alma una tristeza profunda; otras padecen enfermedades que no siempre se notan; algunas luchan silenciosamente contra la soledad, la ansiedad, la culpa o el desaliento. Solo Dios conoce completamente su historia. Antes de juzgar, estamos llamados a acercarnos, escuchar, comprender y acompañar.

En segundo lugar, san Pablo nos invita a reconocer que nuestra vida es un servicio. No somos dueños de los dones recibidos, sino administradores. Nuestra inteligencia, nuestra salud, nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestra fe nos han sido confiados para ponerlos al servicio de los demás. La pregunta cristiana no es: «¿Cuánto me reconocen?», sino: «¿Estoy siendo fiel a lo que Dios me ha confiado?».

El salmo nos entrega una orientación muy concreta: «Confía en el Señor y haz el bien». En los momentos de dolor no siempre encontramos explicaciones, pero sí podemos encontrar una presencia. Dios no promete una existencia sin pruebas; promete permanecer junto a quien sufre y salvar a quien se refugia en Él.

Confiar en el Señor no significa permanecer pasivos. El salmo une dos acciones: confiar y hacer el bien. Quien confía en Dios no se encierra en su propio dolor, sino que procura convertirse en consuelo para otros. Tal vez no podamos resolver todos los problemas, pero sí podemos escuchar al que está solo, visitar al enfermo, acompañar al afligido, compartir el pan, ofrecer una oración y pronunciar una palabra que devuelva esperanza.

En el Evangelio, algunos cuestionan a Jesús porque sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan y los fariseos. Jesús responde presentándose como el Esposo. Mientras Él está presente, los invitados a la boda están llamados a celebrar. Con Jesucristo ha llegado el tiempo de la salvación, del encuentro y de la alegría.

Esto no significa que Jesús rechace el ayuno o la penitencia. Él mismo anuncia que llegará el momento en que el Esposo será arrebatado y entonces sus discípulos ayunarán. La penitencia cristiana no nace del desprecio por la vida ni de una tristeza sin esperanza. Nace del amor. Ayunamos porque queremos liberar el corazón de aquello que nos impide amar; hacemos penitencia porque reconocemos nuestros pecados y deseamos volver al Señor; renunciamos a algo para compartir con quien lo necesita y solidarizarnos con quienes sufren.

Una penitencia que no nos hace más humildes, misericordiosos y generosos corre el riesgo de convertirse en un acto vacío. Dios no quiere únicamente privaciones exteriores: desea la conversión del corazón. Quizá el ayuno que necesitamos sea renunciar a una palabra hiriente, al juicio apresurado, al resentimiento, a la indiferencia o a esa costumbre que nos aleja de Él. Tal vez nuestro mejor sacrificio sea reconciliarnos, pedir perdón, visitar a una persona enferma o dedicar tiempo a quien atraviesa una noche oscura.

Jesús concluye diciendo: «A vino nuevo, odres nuevos». No podemos recibir la novedad del Evangelio conservando intactos nuestros viejos odres: el orgullo, la dureza, la indiferencia, la autosuficiencia y la falta de perdón. Cristo no vino simplemente a remendar nuestra vida antigua; vino a darnos un corazón nuevo. La gracia no es un adorno religioso que se añade a nuestra existencia: es una fuerza que transforma nuestra manera de pensar, juzgar, amar y servir.

En esta Eucaristía presentamos nuestra intención penitencial. Reconozcamos con sinceridad nuestros pecados y permitamos que el Señor manifieste y purifique las intenciones escondidas de nuestro corazón. Pidamos perdón por las veces que hemos juzgado, ignorado el dolor ajeno o administrado egoístamente los dones recibidos.

Oremos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: por los enfermos, quienes padecen dolores prolongados, quienes esperan un diagnóstico o afrontan un tratamiento; por quienes viven deprimidos, angustiados, solos o desanimados; por quienes han perdido el deseo de continuar y por sus familiares y cuidadores. Que encuentren en Cristo, Esposo y Salvador, consuelo, fortaleza y esperanza. Y que nosotros sepamos convertirnos en odres nuevos capaces de llevarles el vino de la misericordia, la cercanía y el amor de Dios.

Que María, Madre compasiva, permanezca junto a todos los que sufren y nos enseñe a conservar un corazón abierto a la novedad del Evangelio. Amén.

 

7 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

  El don de la mirada La mirada es uno de los dones más hermosos que el Señor nos ha concedido. Pero ¡qué fácil resulta desviarla y corrom...