SANTO DEL
DÍA:
San
Felipe Neri
1515-1595. “Esforcémonos por adquirir la pureza del
corazón, porque el Espíritu Santo habita en los corazones sencillos y limpios.”
Esto recomendaba el fundador de la Sociedad del Oratorio, dedicada al servicio
parroquial y a la predicación.
Al ciento
por uno
Marcos
10, 28-31
A quienes lo dejan todo por causa de Él, Jesús les
promete una ampliación al ciento por uno de los vínculos familiares y de su
horizonte. Ya en este tiempo, el discípulo pasa de una tierra particular a
tierras de misión que alcanzan a todas las naciones. Esto trae consigo el
choque de persecuciones, a veces brutales; pero, en el mundo venidero, recibirá
la vida eterna en la comunión de los santos. Entremos desde ahora en esta
fraternidad universal.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera lectura
1
Pe 1, 10-16
Profetizaron
sobre la gracia destinada a ustedes, por eso, manteniéndose sobrios, confíen
plenamente
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
Sobre la salvación de las almas estuvieron explorando e indagando los profetas
que profetizaron sobre la gracia destinada a ustedes
tratando de averiguar a quién y a qué momento apuntaba
el Espíritu de Cristo que había en ellos
cuando atestiguaba por anticipado la pasión del Mesías
y su consiguiente glorificación.
Y se les reveló que no era en beneficio propio,
sino en el de ustedes
por lo que administraban estas cosas
que ahora les anuncian quienes les proclaman el Evangelio
con la fuerza del Espíritu Santo enviado desde el cielo.
Son cosas que los mismos ángeles desean contemplar.
Por eso, ceñidos los lomos de su mente y, manteniéndose sobrios, confíen
plenamente en la gracia que se les dará en la revelación de Jesucristo.
Como hijos obedientes, no se amolden a las aspiraciones que tenían antes, en
los días de su ignorancia.
Al contrario, lo mismo que es santo el que los llamó, sean santos también
ustedes en toda su conducta, porque está escrito: «Serán santos, porque yo soy
santo».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
97, 1bcde. 2-3ab. 3c-4 (R.: 2a)
R. El Señor da
a conocer su salvación.
V. Canten al Señor
un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
V. El Señor da a conocer
su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.
V. Los confines de la
tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bendito seas,
Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del
reino a los pequeños. R.
Evangelio
Mc
10, 28-31
Recibirán
en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, vida
eterna
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús:
«Ya ves que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».
Jesús dijo:
«En verdad les digo que no hay nadie que haya dejado casa, o hermanos o
hermanas, o madre o padre, o hijos o tierras, por mí y por el Evangelio, que no
reciba ahora, en este tiempo, cien veces más —casas y hermanos y hermanas y
madres e hijos y tierras, con persecuciones— y en la edad futura, vida eterna.
Muchos primeros serán últimos, y muchos últimos primeros».
Palabra del Señor.
1
El
ciento por uno de Dios
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nace de una frase muy humana de Pedro: “Ya ves que nosotros lo
hemos dejado todo y te hemos seguido”. Pedro no habla como quien presume, sino
como quien necesita comprender. Después del encuentro de Jesús con el hombre
rico, que se marchó triste porque tenía muchos bienes, Pedro mira su propia
historia y la de sus compañeros: barcas dejadas, redes abandonadas, familia,
oficio, seguridades… Y entonces pregunta, casi sin preguntar: “Señor, ¿qué
sentido tiene haberlo dejado todo?”
Jesús
no lo reprende. Más bien le abre el horizonte. Le dice que quien deja algo por
Él y por el Evangelio no queda vacío, no queda huérfano, no queda perdido.
Recibe “cien veces más”: casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, tierras…
pero con una aclaración realista: “con persecuciones”, y al final, “vida
eterna”.
Aquí
está la clave: el seguimiento de Cristo no es un negocio espiritual donde uno
invierte renuncias para recibir ganancias materiales. El “ciento por uno” no es
una multiplicación bancaria. Es una nueva forma de pertenecer. Quien sigue a
Jesús descubre que su familia se ensancha, que su tierra se vuelve misión, que
su corazón ya no puede encerrarse en lo propio. El discípulo pierde posesión,
pero gana comunión; deja seguridades, pero encuentra hermanos; renuncia a vivir
para sí mismo, pero entra en la fraternidad universal del Reino.
La
primera lectura de la Primera Carta de Pedro nos recuerda que la salvación que
hemos recibido fue anunciada por los profetas y comunicada por el Espíritu
Santo; por eso se nos invita a poner toda nuestra esperanza en la gracia y a
vivir santamente: “Sean santos, porque yo soy santo”. Esa santidad no es aislamiento ni
perfeccionismo frío. Es vivir con el corazón orientado hacia Dios, con
sobriedad, con esperanza, con generosidad. Es aprender a dar sin perder la
alegría.
El
salmo proclama: “El Señor ha dado a conocer su salvación”. Esa salvación no es
para unos pocos. Es para todos los pueblos, para todos los confines de la
tierra. Por eso el discípulo no puede vivir encerrado en su pequeño mundo. La
fe nos vuelve misioneros. La Iglesia existe para salir, para servir, para
anunciar, para abrazar a quienes están lejos, solos, heridos o desanimados.
Hoy,
al orar especialmente por nuestros benefactores, comprendemos mejor este
Evangelio. Un benefactor no es simplemente alguien que “da algo”. Es alguien
que se une a la misión. Es alguien que, quizá desde el silencio, desde su
trabajo, desde su sacrificio o desde su generosidad humilde, ayuda a que el
Evangelio llegue más lejos. Muchos benefactores dan tiempo, oración, consejo,
cercanía, recursos, apoyo moral, presencia. Y quizá nadie los aplaude. Pero
Dios sí conoce el valor de cada gesto.
Jesús
promete el ciento por uno a quienes dan por Él y por el Evangelio. Por eso hoy
pedimos que nuestros benefactores reciban ese ciento por uno: no necesariamente
en cosas materiales, sino en paz, en fortaleza, en salud del alma, en
esperanza, en familia reconciliada, en alegría interior, en bendición para sus
hogares y, sobre todo, en vida eterna.
Que
San Felipe Neri, santo de la alegría cristiana, nos recuerde que seguir a
Cristo no es vivir con rostro triste, sino con corazón libre. Porque cuando uno
entrega algo por amor, Dios no se deja ganar en generosidad.
Señor
Jesús, bendice a nuestros benefactores. Multiplica en ellos tu gracia. Que
nunca les falte tu providencia, tu consuelo y tu paz. Y enséñanos a todos a
vivir el ciento por uno del Evangelio: menos egoísmo, más fraternidad; menos
cálculo, más entrega; menos miedo, más confianza. Amén.
2
San Felipe Neri: dejarlo todo para ganar el
corazón libre
Queridos
hermanos:
Pedro
le dice hoy a Jesús una frase que también puede nacer muchas veces en nuestro
corazón: “Ya ves que
nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido”. No es una
frase de orgullo; es casi una pregunta escondida: “Señor, ¿vale la pena? ¿Qué
recibimos quienes intentamos seguirte con fidelidad?”
Pedro
acaba de ver al joven rico marcharse triste, incapaz de desprenderse de sus
bienes. Y entonces mira su propia vida: redes dejadas, barcas abandonadas,
familia, oficio, seguridades… Como diciendo: “Nosotros sí hemos intentado dar
el paso”. Jesús no lo reprende; al contrario, le revela una promesa: quien deja
algo por Él y por el Evangelio recibe cien
veces más, aunque también con persecuciones, y en el mundo
futuro, vida eterna.
Pero
ese “ciento por uno” no debe entenderse como negocio con Dios. No seguimos a
Cristo para que nos vaya mejor materialmente, ni para que desaparezcan las
pruebas. Jesús mismo dice: “con persecuciones”. El ciento por uno es más
profundo: es una nueva familia, una nueva libertad, una nueva paz, una nueva
manera de mirar la vida. El que se entrega por Cristo puede perder comodidades,
pero gana sentido; puede dejar seguridades, pero encuentra comunión; puede
renunciar a vivir centrado en sí mismo, pero descubre la alegría de pertenecer
al Reino.
La
primera lectura nos invita a vivir con esperanza y santidad: “Sean santos, porque yo soy santo”.
La santidad no es una vida triste ni apagada. San Felipe Neri lo comprendió muy
bien. Fue un santo alegre, cercano, sencillo, profundamente humano. Su
espiritualidad nos recuerda que la verdadera renuncia cristiana no amarga el
corazón: lo purifica, lo ensancha y lo llena de la alegría del Espíritu Santo.
Él
decía: “Esforcémonos por
adquirir la pureza del corazón, porque el Espíritu Santo habita en los
corazones sencillos y limpios.” Esa frase ilumina muy bien el
Evangelio de hoy. Solo un corazón sencillo puede dejarlo todo por amor. Solo un
corazón limpio entiende que Cristo vale más que cualquier apego. Solo un
corazón libre descubre que, cuando Dios pide algo, no es para empobrecernos,
sino para regalarnos una vida más grande.
Hoy
oramos especialmente por nuestros benefactores.
Ellos también participan de este Evangelio. El benefactor no es solamente quien
aporta una ayuda material; es quien se une a la misión, quien sostiene el
anuncio del Evangelio, quien comparte con generosidad lo que tiene y lo que es.
A veces lo hacen en silencio, sin aplausos, sin reconocimiento público, pero
Dios ve cada gesto, cada sacrificio, cada mano tendida.
Pidamos
al Señor que conceda a nuestros benefactores ese ciento por uno prometido por
Jesús: ciento por uno en paz, en salud del alma, en fortaleza, en esperanza, en
bendición para sus familias, en alegría interior y, sobre todo, en vida eterna.
Que
San Felipe Neri nos enseñe a seguir a Cristo con corazón libre, alegre y
sencillo. Que no tengamos miedo de soltar lo que nos ata, porque nadie supera a
Dios en generosidad. Quien lo entrega todo por amor, descubre que en Cristo no
se pierde nada: se gana la vida verdadera.
Señor Jesús, bendice a nuestros benefactores. Recompensa su
generosidad, fortalece sus hogares y llena sus corazones de tu paz. Amén.
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26 de mayo: San Felipe Neri, presbítero
— Memoria
1515–1595
Patrono de Roma, la alegría, los comediantes y los artistas
Canonizado por el Papa Gregorio XV el 12 de marzo de 1622
Cita:
Al hojear la biografía de San Felipe, de hecho, uno se sorprende y se siente
fascinado por el método alegre y relajado que utilizaba para educar,
acompañando a cada persona con generosa fraternidad y paciencia. Como es bien
sabido, el santo solía condensar su enseñanza en máximas breves y sabias: “Sé
bueno, si puedes;” “Escrúpulos y melancolía, fuera de mi casa;” “Sé sencillo y
humilde;” “El que no reza es un animal sin voz;” y, llevándose la mano a la
frente, “La santidad está a tres dedos de profundidad.” Detrás de la agudeza de
estos y muchos otros "dichos", se percibe el profundo y realista
conocimiento que había adquirido sobre la naturaleza humana y la dinámica de la
gracia. Estas enseñanzas inmediatas y concisas traducen la experiencia de su
larga vida y la sabiduría de un corazón habitado por el Espíritu Santo. Estos
aforismos se han convertido en un patrimonio de sabiduría para la
espiritualidad cristiana.
~San Juan Pablo II
Reflexión:
Felipe Rómulo Neri, el tercero de cinco
hijos, nació en una familia de clase media en Florencia, en la actual Italia.
De niño, sus amigos y familiares lo llamaban con cariño "Pippo
Buono" (el buen Felipe), por su carácter alegre y su moral
intachable. Su madre murió cuando él tenía alrededor de cinco años, y fue
criado junto a sus dos hermanas por su abuela.
Fue bien educado por los frailes
dominicos en Florencia y más tarde reconocería la buena influencia que estos
tuvieron sobre él. A los once años ya se destacaba por su piedad, su amor a la
oración y sus frecuentes visitas a las iglesias de la ciudad.
A los dieciocho años fue enviado a
vivir con el primo adinerado de su padre, Rómulo, a quien llamaba “tío”, cerca
del monasterio benedictino de Montecassino. Rómulo no tenía hijos, y Felipe fue
enviado para convertirse en su heredero.
Poco después de mudarse, Felipe
experimentó una conversión profunda. Se dice que esta ocurrió en una capilla
junto al mar llamada Santuario de la Santísima Trinidad. La leyenda sostiene
que el enorme acantilado que domina la capilla se partió en dos al morir Jesús,
dejando un santuario con vista al mar. Aunque su conversión ya estaba en
proceso desde antes, al enfrentarse con la posibilidad real de una vida cómoda,
Felipe se vio ante una elección: ¿una existencia estable como empresario o
seguir al Espíritu Santo que le hablaba al corazón? Eligió lo segundo.
En 1533, agradeció a su tío y le
anunció que el Espíritu Santo lo llamaba a ir a Roma. Llegó sin dinero,
alojándose en el desván de un funcionario de aduanas, a quien le pagaba dando
clases particulares a sus hijos. En Roma visitaba los lugares santos, rezaba en
las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo, y esperaba que Dios le mostrara el
camino. Su alimentación era muy sencilla: normalmente solo pan y agua una vez
al día. Se matriculó en la universidad para estudiar filosofía, teología y
ciencias humanas.
Mientras estudiaba teología en la
Universidad de San Agustín, quedó profundamente tocado al contemplar un gran
crucifijo. Decidió entonces abandonar sus estudios, vender sus libros y
dedicarse por completo a la oración. Durante los siguientes diez años, hasta
los treinta y tres, llevó una vida eremítica, rezando en las catacumbas de los
mártires y realizando vigilias nocturnas. Evitaba las distracciones inútiles, y
dedicaba su tiempo a la oración y la caridad: visitaba enfermos, conversaba de
cosas santas con los pobres, convertía pecadores y esparcía alegría por
doquier.
Hacia 1544, justo antes de Pentecostés,
mientras oraba en las catacumbas, tuvo una experiencia mística profunda: un
anillo de fuego descendió y entró por su boca, alojándose en su corazón. El
amor divino lo llenó tan intensamente que cayó al suelo exclamando: “¡Basta,
Señor, ¡no puedo soportarlo más!” Desde entonces, su corazón palpitaba
visiblemente, especialmente durante la oración o conversaciones santas. Tras su
muerte, una autopsia reveló que su corazón era tan grande que le había
desplazado dos costillas.
Después de esta experiencia, comenzó
una labor apostólica más activa como predicador callejero en Roma. A diferencia
de otros, no denunciaba con dureza los males de su época, sino que reunía a
jóvenes a su alrededor con alegría y ternura, inspirándolos a seguir a Cristo.
Con sus compañeros servía a los enfermos en hospitales y realizaban tareas
humildes: limpiar, tender camas, conversar, ayudar en lo que hiciera falta.
Solía comenzar diciendo: “Bueno, hermanos, ¿cuándo empezamos a hacer el
bien?” Su alegría y entusiasmo atraían a muchos.
En 1548, con ayuda de su confesor,
fundó la Cofradía de la Santísima Trinidad, cuyos miembros se
reunían para orar, especialmente en adoración eucarística, y fomentar la
fraternidad cristiana. En 1551, a los 35 años y animado por su confesor, fue
ordenado sacerdote e ingresó en la comunidad de San Girolamo della Carità. Como
presbítero, se convirtió en confesor de muchísimos: pobres y ricos. Pasaba casi
todo el día en el confesionario. Tenía el don de leer las almas, señalar
pecados no confesados, dar consejos sobrenaturales, hacer milagros y hablar
palabras que venían del Corazón de Cristo.
Al año siguiente de su ordenación,
comenzó a reunir jóvenes en su habitación para rezar y conversar. Leían vidas
de santos, compartían comidas, cantaban, paseaban y rezaban juntos. Con el
tiempo, el grupo creció tanto que construyó un oratorio. Así nació la Congregación
del Oratorio, aprobada por el Papa en 1575, dedicada a la oración, la
predicación y los sacramentos.
San Felipe Neri fue un verdadero
misionero: Re evangelizó Roma alma por alma. Sus milagros, éxtasis en la
oración y capacidad de leer los corazones asombraban, pero más aún, la alegría
que brotaba de su corazón, unido al Corazón de Cristo. Esa fue la señal más
segura de su santidad.
Oración:
San Felipe Neri, por medio de la
oración profunda, Dios te transformó y llenó tu corazón con el don de la
alegría divina. Compartiste ese don con muchos, atrayéndolos al amor de Dios.
Ruega por mí, para que también yo sea lleno de esa alegría que impregnó tu
corazón, y así me convierta en un instrumento santo del amor de Dios.
San Felipe Neri, ruega por mí. Jesús,
en Ti confío.


