Ha llegado el momento
El Evangelio de hoy ilustra el principio de la
sucesión de los tiempos enunciado por Qohelet. Para los discípulos ha llegado
el momento de pronunciarse acerca de Jesús. Su respuesta abre otra etapa en el
camino de la fe. Pedro reconoce en Él al «Mesías de Dios», pero
esta profesión de fe todavía debe ser purificada y profundizada.
En efecto, Jesús revela inmediatamente que su
misión no corresponde a las expectativas humanas de un Mesías poderoso y
victorioso. El Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y
resucitar al tercer día. Hay, pues, un tiempo para reconocer a Jesús, pero
también un tiempo para aceptar seguirlo por un camino que quizá nosotros no
habríamos elegido.
Como recuerda Qohelet, cada cosa tiene su momento.
También en nuestra vida de fe hay tiempos de búsqueda y tiempos de respuesta;
unos están marcados por la alegría y otros por la prueba. Pero, a través de
todos esos momentos, Dios continúa realizando su obra.
Para los discípulos ha llegado el momento de
superar lo que los demás dicen acerca de Jesús y responder personalmente a la
pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Esta pregunta
continúa dirigiéndose también a nosotros hoy. Nuestra respuesta no se da
solamente con palabras: se manifiesta en nuestra manera de vivir, de esperar,
de amar y de cargar nuestra cruz siguiendo a Cristo.
Primera lectura
Cada cosa
tiene su momento bajo el cielo
Lectura del libro del Eclesiastés.
TODO tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Tiempo de nacer, tiempo de morir;
tiempo de plantar, tiempo de arrancar;
tiempo de matar, tiempo de sanar;
tiempo de destruir, tiempo de construir;
tiempo de llorar, tiempo de reír;
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar;
tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas;
tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse;
tiempo de buscar, tiempo de perder;
tiempo de guardar, tiempo de arrojar;
tiempo de rasgar, tiempo de coser;
tiempo de callar, tiempo de hablar;
tiempo de amar, tiempo de odiar;
tiempo de guerra, tiempo de paz.
¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a
los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les
proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender
la obra que hizo Dios, de principio a fin.
Palabra de Dios.
Salmo
R. ¡Bendito el
Señor, mi alcázar!
V. Bendito el
Señor, mi Roca;
mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio. R.
V. Señor,
¿qué es el hombre
para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán
para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa. R.
Aclamación
V. El
Hijo del hombre ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos. R.
Evangelio
Tú eres el
Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UNA vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les
preguntó:
«¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos contestaron:
«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado
uno de los antiguos profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro respondió:
«El Mesías de Dios».
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Porque decía:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos,
sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Palabra del Señor.
1
HA LLEGADO EL
MOMENTO
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy tiene una expresión que podría acompañarnos durante toda
esta jornada: «Hay un
tiempo para cada cosa».
Qohelet
nos dice en la primera lectura que hay tiempo de nacer y tiempo de morir;
tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo
de buscar y tiempo de perder; tiempo de construir y tiempo de derribar.
Y
quizá alguno de nosotros, al escuchar estas palabras, podría preguntarse: ¿Qué tiempo estoy viviendo yo?
Porque
no todos llegamos hoy a la Eucaristía atravesando el mismo momento. Para alguno
puede ser tiempo de alegría y gratitud. Para otro, tiempo de enfermedad. Para
alguien, tiempo de incertidumbre. Para otro, tiempo de duelo, de soledad o de
dificultades familiares. Tal vez alguien viene luchando interiormente con una
preocupación que nadie conoce.
Y
la Palabra no nos dice que todos los tiempos sean agradables. Nos dice algo más
profundo: Dios puede
hacerse presente en todos ellos.
Qohelet
termina diciendo que Dios «hace todas las cosas apropiadas a su tiempo».
Nosotros no siempre comprendemos sus caminos. Hay cosas que solamente
entendemos mucho después; otras quizá nunca lleguemos a comprenderlas
completamente en esta vida.
Por
eso el salmo nos invita a colocar nuestra confianza en Dios:
«Bendito el Señor, mi Roca».
La
roca es aquello sobre lo cual uno puede apoyarse cuando todo lo demás parece
tambalearse.
Y
el mismo salmo nos recuerda nuestra fragilidad: el ser humano es como un soplo
y sus días pasan como una sombra. No es una palabra pesimista. Es una llamada a
la humildad: no somos
dueños absolutos del tiempo, de la salud, de la vida ni del mañana.
Por
eso necesitamos una roca.
Y
nuestra roca es el Señor.
El
Evangelio nos lleva un poco más lejos. Jesús está orando y pregunta a sus
discípulos:
«¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos
responden lo que han escuchado: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta.
Pero
Jesús entonces hace la pregunta verdaderamente importante:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
Ya
no sirve repetir lo que dicen los demás.
Pedro
responde:
«El Mesías de Dios».
Es
una respuesta correcta. Pero Jesús inmediatamente les hace comprender qué
significa realmente ser el Mesías: el Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser
rechazado, morir y resucitar.
Pedro
reconoce al Mesías, pero todavía tendrá que descubrir qué clase de Mesías es Jesús.
Porque
seguramente esperaba un Mesías triunfante, poderoso, vencedor. Y Jesús le habla
de sufrimiento, rechazo y cruz.
Aquí
aparece una de las grandes dificultades de nuestra fe.
Es
relativamente sencillo creer en Dios cuando las cosas salen bien. Pero cuando
llega la enfermedad, cuando muere alguien que amamos, cuando una familia
atraviesa una crisis, cuando una persona lleva años luchando con una
dificultad, entonces puede aparecer la pregunta:
«Señor, ¿dónde estás?»
Y
precisamente allí Jesús nos revela su verdadero rostro.
Nuestro
Dios no contempla el sufrimiento humano desde lejos. Ha entrado en él.
Conoció
el cansancio, la incomprensión, la traición, el abandono, las lágrimas, el
dolor y finalmente la cruz.
Por
eso quien sufre puede mirar a Cristo y decir:
«Tú sabes lo que significa sufrir».
Pero
Jesús añade algo decisivo: después de la cruz viene la resurrección.
El
Evangelio no termina diciendo que el Hijo del hombre será rechazado y morirá.
Dice que al tercer día
resucitará.
Eso
cambia todo.
El
cristiano no niega el dolor, pero tampoco permite que el dolor tenga la última
palabra.
Y
hoy es viernes.
Tradicionalmente,
para nosotros los cristianos, el viernes tiene un carácter penitencial porque
recordamos especialmente la pasión y la muerte del Señor.
Por
eso nuestra intención orante de hoy quiere abrazar dos realidades.
Primero,
pedimos perdón por
nuestros pecados.
Porque
también hay momentos en los que debemos reconocer humildemente que hemos
fallado.
Tal
vez hemos herido con nuestras palabras.
Tal
vez hemos alimentado resentimientos.
Tal
vez hemos sido indiferentes ante el sufrimiento de alguien.
Tal
vez hemos juzgado demasiado rápido.
Tal
vez hemos dejado enfriar nuestra relación con Dios.
La
penitencia cristiana no consiste simplemente en sentir culpa. Consiste en
volver el corazón hacia Dios y decir:
«Señor, necesito tu misericordia. Ayúdame a comenzar de
nuevo».
Pero
nuestra oración de hoy abraza también a
quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
A
quienes padecen una enfermedad.
A
quienes esperan un diagnóstico.
A
quienes viven con dolores crónicos.
A
quienes están hospitalizados.
A
quienes tienen miedo ante una cirugía o un tratamiento.
Pero
también a quienes sufren por dentro.
Porque
existen dolores que no aparecen en una radiografía.
La
soledad.
La
tristeza.
La
angustia.
El
duelo.
La
ansiedad ante el futuro.
Una
decepción.
Una
familia dividida.
Una
herida que nadie conoce.
Personas
que quizá sonríen delante de los demás, pero interiormente están librando una
batalla muy dura.
Hoy
queremos colocarlas junto al corazón de Cristo.
Y
decirles desde la fe:
Dios no es indiferente a tu sufrimiento.
Tal
vez no podamos explicar por qué ocurre todo lo que ocurre. Qohelet mismo
reconoce que el ser humano no alcanza a comprender completamente la obra de
Dios.
Pero
podemos hacer algo: confiar.
«Bendito el Señor, mi Roca».
Cuando
no entendemos, Él sigue siendo nuestra roca.
Cuando
lloramos, Él sigue siendo nuestra roca.
Cuando
esperamos una respuesta, Él sigue siendo nuestra roca.
Cuando
el cuerpo se debilita, Él sigue siendo nuestra roca.
Cuando
el alma está cansada, Él sigue siendo nuestra roca.
Queridos
hermanos:
Para
los discípulos había
llegado el momento de responder quién era Jesús.
Quizá
también para nosotros haya llegado ese momento.
No
basta decir: «Jesús es el Mesías».
La
verdadera pregunta es:
¿Quién es Jesús para mí cuando llega el tiempo de la
prueba?
¿Sigue
siendo mi Señor cuando las cosas no suceden como yo esperaba?
¿Sigo
confiando cuando no comprendo?
¿Soy
capaz de permanecer junto a Él también al pie de la cruz?
Hoy
podríamos decirle sencillamente:
Señor, no sé qué tiempo me tocará vivir mañana, pero quiero
vivir contigo el tiempo que estoy viviendo hoy.
Si
es tiempo de alegría, enséñame a agradecer.
Si
es tiempo de lágrimas, acompáñame.
Si
es tiempo de enfermedad, fortaléceme.
Si
es tiempo de espera, dame paciencia.
Si
es tiempo de arrepentimiento, concédeme volver a Ti.
Y
si encuentro a alguien sufriendo, no permitas que pase de largo.
Porque
quizá una palabra, una llamada, una visita, una oración o una mano tendida
puedan convertirse para esa persona en un pequeño signo de tu presencia.
Y
terminemos preguntándonos:
¿Qué tiempo estoy viviendo hoy, y estoy permitiendo que
Dios entre verdaderamente en él?
Que
la Santísima Virgen María, que supo vivir junto a Jesús los tiempos de alegría
y también la hora dolorosa de la cruz, nos enseñe a permanecer fieles y
confiados.
María, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos,
ruega por nosotros. Amén.
2
EL MESÍAS QUE
SUFRE
Queridos
hermanos:
La
primera lectura de hoy nos recuerda, por medio de Qohelet, una verdad
profundamente humana: todo
tiene su tiempo. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para
morir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para callar y un
tiempo para hablar; un tiempo para construir y un tiempo para derribar.
Y
podríamos decir que también en el Evangelio de hoy ha llegado un tiempo decisivo.
Ha llegado para los discípulos el momento de pronunciarse sobre Jesús. Ya no
basta lo que dice la gente. Ya no basta con escuchar opiniones ajenas. Ahora
tendrán que responder personalmente.
El
Evangelio nos presenta precisamente un momento decisivo de revelación.
Jesús
se encuentra orando en un lugar solitario, con los Doce cerca de Él, y les
pregunta:
«¿Quién dice la gente que soy yo?»
Ellos
responden: «Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos
profetas que ha resucitado».
Pero
entonces Jesús hace la pregunta mucho más personal:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
Pedro,
hablando en nombre de los Doce, proclama:
«El Mesías de Dios».
Es
decir: el Ungido, el Cristo, aquel Mesías largamente esperado.
Aunque
es Pedro quien pronuncia esas palabras, en realidad es Jesús, en su naturaleza
divina, quien le está revelando esta verdad y quien suscita en él esa profesión
de fe. Jesús habría podido simplemente anunciarles quién era. Sin embargo,
quiere que Pedro participe de esta revelación mediante la fe.
Y
aquí hay algo importante también para nosotros.
Jesús
podría preguntarnos hoy:
«¿Quién dices tú que soy yo?»
No:
«¿Qué aprendiste de mí en el catecismo?».
No:
«¿Qué dice la gente de mí?».
No:
«¿Qué dicen los libros acerca de mí?».
Sino:
«¿Quién soy yo para ti?»
Pedro
responde correctamente: «El Mesías de Dios».
Pero
inmediatamente ocurre algo sorprendente: Jesús les ordena severamente que no se lo digan a nadie.
¿Por
qué este silencio?
A
primera vista parece contradictorio. Si Jesús es verdaderamente el Mesías, ¿no
debería esa verdad anunciarse inmediatamente por todas partes?
Sin
embargo, Jesús, en su sabiduría divina, exige por ahora silencio.
Y
la razón aparece enseguida.
Antes
de anunciar que Jesús es el Mesías, los discípulos necesitan comprender qué clase de Mesías es Jesús.
Porque
inmediatamente después Él comienza a revelar la naturaleza de su misión:
el Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, ser rechazado,
morir y resucitar al tercer día.
Esto
no era lo que los discípulos esperaban.
Los
profetas habían anunciado la venida del Mesías, pero muchos contemporáneos de
Jesús esperaban un líder poderoso: alguien capaz de reunir nuevamente a Israel,
derrotar al dominio romano y restaurar un reino glorioso sobre la tierra.
Pero
Jesús rompe completamente esa expectativa.
Él
revela que, como Mesías, no realizará su misión mediante la conquista, sino
mediante el sufrimiento,
la muerte y la resurrección.
No
vencerá empuñando una espada.
Vencerá
entregando su vida.
No
impondrá su poder destruyendo enemigos.
Vencerá
al pecado y a la muerte mediante el amor llevado hasta el extremo.
Y
aquí comprendemos mejor también la primera lectura.
Qohelet
nos dice que hay un tiempo para cada cosa. Y en la vida de Jesús también llega el tiempo de la cruz.
Hubo
un tiempo para Nazaret.
Un
tiempo para predicar.
Un
tiempo para sanar enfermos.
Un
tiempo para llamar discípulos.
Un
tiempo para realizar milagros.
Pero
llegará también el tiempo de Jerusalén.
El
tiempo del rechazo.
El
tiempo de Getsemaní.
El
tiempo de la cruz.
Y,
después de la cruz, llegará el
tiempo de la Resurrección.
Por
eso Qohelet termina reconociendo algo que también nosotros necesitamos
aprender: el ser humano no alcanza a comprender plenamente la obra de Dios
desde el principio hasta el final.
Muchas
veces nosotros quisiéramos comprenderlo todo inmediatamente.
¿Por
qué esta enfermedad?
¿Por
qué esta pérdida?
¿Por
qué esta dificultad?
¿Por
qué Dios permitió esto?
¿Por
qué ahora?
Pero
nuestros tiempos no siempre coinciden con los tiempos de Dios.
Y
aquí adquiere una fuerza especial el salmo de hoy:
«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».
El
salmista reconoce nuestra fragilidad. La vida humana pasa rápidamente; somos
criaturas limitadas. Y precisamente por eso necesitamos una roca, una
fortaleza, alguien en quien apoyarnos cuando no comprendemos.
Esa
fortaleza es Dios.
La
revelación de Jesús debió ser profundamente desconcertante para los discípulos.
Quizá
la referencia a la resurrección al tercer día despertó alguna esperanza. Pero
escuchar que su Maestro tendría que sufrir, ser rechazado y morir debió
resultarles muy difícil de aceptar.
Y
todavía faltaba algo más.
Porque
en los versículos que siguen inmediatamente a este Evangelio, Jesús les dirá
que quien quiera seguirlo
deberá tomar también su propia cruz.
Aquí
tocamos el corazón de nuestra vida cristiana.
Hay
una palabra del profeta Isaías que ilumina este misterio:
«Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni
sus caminos son mis caminos».
Los
caminos de Dios están por encima de nuestros caminos.
Esta
verdad puede aplicarse a muchas situaciones de nuestra vida, pero adquiere un
significado especial cuando pensamos en la Pasión de Jesús y en nuestra
participación en ella.
Los
contemporáneos de Jesús esperaban un Mesías conquistador.
Y
también nosotros podemos cometer un error parecido.
Podemos
imaginar que seguir a Cristo significa que desaparecerán nuestros sufrimientos.
Podemos
pensar:
«Si
tengo fe, nada malo debería sucederme».
«Si
oro, Dios debería resolver inmediatamente mis problemas».
«Si
sigo a Jesús, mi vida debería ser más fácil».
Pero
el Evangelio de hoy nos dice algo diferente.
Cristo
no vino simplemente para eliminar
la cruz de nuestra vida.
Vino
para entrar en ella, cargarla con nosotros y transformarla desde dentro.
Esto
no significa que Dios disfrute con nuestro sufrimiento ni que debamos buscarlo.
Significa que incluso aquello que nos hace sufrir puede ser asumido, ofrecido y
unido a la Pasión de Cristo.
Porque
el sufrimiento ha sido redimido por la Pasión de Jesús.
Y
cuando nuestro dolor se une al suyo, puede convertirse misteriosamente en un
camino de gracia, purificación, compasión y santidad.
Tal
vez no comprendamos inmediatamente el sentido de una cruz.
Qohelet
ya nos lo advertía: no podemos abarcar completamente la obra de Dios desde el
principio hasta el fin.
A
veces solamente con el paso del tiempo y con mucha oración descubrimos lo que
Dios estaba realizando en nosotros.
Por
eso hoy vale la pena detenernos ante esta sorprendente revelación:
seguir a Cristo no significa necesariamente que la cruz
desaparezca de nuestra vida.
La
pregunta es otra:
¿Cómo voy a vivir esa cruz con Cristo?
Quizá
también nosotros, como los primeros discípulos, tengamos expectativas
equivocadas acerca de Dios.
Tal
vez hemos construido una imagen de Dios según nuestros propios deseos.
Queremos
al Dios que sana, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos acompaña
pacientemente durante una enfermedad.
Queremos
al Dios que resuelve, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos enseña a esperar.
Queremos
al Dios de la Resurrección, pero muchas veces quisiéramos llegar al domingo sin
pasar por el viernes de la cruz.
Y,
sin embargo, Jesús nos muestra otro camino.
Primero
la pasión.
Después
la Resurrección.
Primero
la entrega.
Después
la gloria.
Primero
la cruz.
Después
la vida nueva.
Por
eso el salmo nos ayuda nuevamente:
«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».
Cuando
comprendemos, Él es nuestra fortaleza.
Cuando
no comprendemos, también.
Cuando
reímos, Él es nuestra fortaleza.
Cuando
lloramos, también.
Cuando
todo parece claro, Él está con nosotros.
Y
cuando caminamos en medio de la oscuridad, también.
Hoy
podríamos preguntarnos:
¿Quién es Jesús para mí cuando llega la cruz?
Es
fácil responder «Tú eres el Mesías» cuando todo marcha bien.
Pero
la profesión de fe se vuelve más profunda cuando somos capaces de decir:
«Tú
sigues siendo mi Señor también en este dolor».
«Tú
sigues siendo mi Dios en esta enfermedad».
«Tú
sigues siendo mi esperanza en esta dificultad».
«Tú
sigues siendo mi fortaleza aunque todavía no comprenda lo que está sucediendo».
Reflexionemos
hoy sobre nuestras propias cruces.
¿Las
vemos únicamente como obstáculos para nuestra felicidad?
¿O
podemos comenzar a descubrir que, unidas a Cristo, también pueden convertirse
en camino hacia una mayor santidad?
Los
caminos de Dios son con frecuencia difíciles de comprender y de aceptar. Pero
con el tiempo, la oración y la confianza vamos entendiendo algo del misterio de
la cruz y de su fruto glorioso.
No
tengamos miedo de seguir el camino que nuestro Mesías ha recorrido antes que
nosotros.
Porque
quien anuncia su pasión también anuncia su Resurrección.
La
cruz no es la última
palabra.
La
última palabra es la vida.
Y
termino dejando esta pregunta para nuestro corazón:
Cuando Jesús me pregunta hoy: «Y tú, ¿quién dices que soy
yo?», ¿mi respuesta permanece firme también cuando tengo que cargar la cruz?
Oremos:
Señor mío sufriente, Tú eres el Cristo, el
Mesías, el Hijo del Dios vivo. Asumiste nuestra naturaleza humana, no para
conquistar naciones ni establecer un reino terreno, sino para vencer el pecado
y la muerte. Atráeme hacia tu Pasión, tu Muerte y tu Resurrección. Que no
solamente sepa quién eres, sino que viva unido a Ti, tomando cada día mi cruz y
siguiendo tus huellas. Cuando no comprenda tus caminos, sé Tú mi fortaleza.
Jesús, confío en Ti. Amén.

