Testigos de la fe:
San Pablo Miki y sus compañeros
Memoria de los primeros veintiséis
mártires de Japón:
Siglo XVI. Paul Miki
(1564-1597), el primer jesuita japonés, fue crucificado en Nagasaki,
con otros dos compañeros jesuitas, cinco franciscanos españoles, un franciscano
mexicano y diecisiete laicos japoneses, incluidos tres niños, fueron
crucificados en 1597. Beatificados en 1627 por Urbano VIII y
canonizados por Pío IX en 1862.
El precio del testimonio
(Mc 6,14-29) El
Evangelio nos conduce a la dramática muerte de Juan el Bautista. Su fidelidad a
la verdad y su valentía profética lo enfrentan al poder y lo llevan al
martirio. En este relato, se nos recuerda que la Palabra de Dios no puede ser
encadenada y que el testimonio auténtico tiene un precio.
Primera lectura
Eclo
47, 2-11
Con
todo su corazón David entonó himnos, demostrando el amor por su Creador
Lectura del libro del Eclesiástico.
COMO se separa la grasa en el sacrificio de comunión,
así David fue separado de entre los hijos de Israel.
Jugó con los leones como si fueran cabritos,
y con los osos como si fueran corderos.
¿Acaso no mató de joven al gigante,
y quitó el oprobio del pueblo,
lanzando la piedra con la honda
y abatiendo la arrogancia de Goliat?
Porque invocó al Señor altísimo,
quien dio vigor a su diestra,
para aniquilar al potente guerrero
y reafirmar el poder de su pueblo.
Por eso lo glorificaron por los diez mil
y lo alabaron por las bendiciones del Señor,
ofreciéndole la diadema de gloria.
Pues él aplastó a los enemigos del contorno,
aniquiló a los filisteos, sus adversarios,
para siempre quebrantó su poder.
Por todas sus acciones daba gracias
al Altísimo, el Santo, proclamando su gloria.
Con todo su corazón entonó himnos,
demostrando el amor por su Creador.
Organizó coros de salmistas ante el altar,
y con sus voces armonizó los cantos;
y cada día tocarán su música.
Dio esplendor a las fiestas,
embelleció las solemnidades a la perfección,
haciendo que alabaran el santo nombre del Señor,
llenando de cánticos el santuario desde la aurora.
El Señor le perdonó sus pecados
y exaltó su poder para siempre:
le otorgó una alianza real
y un trono de gloria en Israel.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
17, 31. 47 y 50. 51 (R.: cf. 47b)
R. Bendito sea mi Dios y
Salvador.
V. Perfecto es el camino
de Dios,
purísima es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen. R.
V. Viva el Señor,
bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre. R.
V. Tú diste gran
victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido,
de David y su linaje por siempre. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Bienaventurados
los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan
y dan fruto con perseverancia. R.
Evangelio
Mc
6, 14-29
Es
Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó
hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas
milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel
encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano
Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes
respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al
escucharlo quedaba
muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus
magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados.
El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso
desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de
Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la
entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un
sepulcro.
Palabra del Señor.
1
Hermanos, hoy la Palabra nos pone delante tres
figuras muy distintas y, al mismo tiempo, profundamente unidas: David, Juan
el Bautista y Pablo Miki con sus compañeros mártires. Tres maneras de
vivir la fe: la de quien canta, la de quien denuncia, la de quien entrega la
vida. Y en el fondo, un mismo mensaje: cuando Dios es nuestra roca, el dolor
no tiene la última palabra.
1) David: la fe que aprende a
cantar incluso con cicatrices
El Eclesiástico nos presenta a David como un hombre
de historia compleja: pastor, guerrero, rey, pecador, penitente… Pero el texto
subraya algo decisivo: David fue un hombre capaz de alabar. Su vida no
fue un camino sin caídas, pero sí fue un camino donde el corazón regresaba a
Dios. Por eso la Escritura lo recuerda como quien “puso orden en los cantos”,
quien supo traducir el alma en oración.
Y aquí viene una primera luz para nuestra intención
de hoy: quien sufre en el cuerpo o en el alma muchas veces pierde el canto interior.
La tristeza, la ansiedad, el duelo, el cansancio, la enfermedad, pueden apagar
la música del corazón. David nos enseña que la alabanza no es negar el dolor;
es no permitir que el dolor lo explique todo. Alabar es decir: “Señor,
estoy herido, pero no estoy abandonado”.
2) “El Señor es mi roca”: cuando
el alma necesita un lugar seguro
El salmo responde como un grito de confianza: “Perfecto
es el camino de Dios… ¡Viva el Señor!”
No es un salmo ingenuo; es un salmo de combate espiritual. Nos recuerda que la
fe no consiste en tener una vida sin tormentas, sino en tener una roca
cuando la tormenta llega.
Y pensemos con realismo pastoral: hay personas que
cargan dolores visibles —enfermedades, diagnósticos, tratamientos— y otras que
cargan dolores invisibles —depresión, soledad, recuerdos traumáticos, culpa,
agotamiento emocional—. A veces, el sufrimiento del alma cansa más que el
del cuerpo, porque no se ve, porque cuesta explicarlo, porque algunos no lo
entienden.
Hoy el salmo nos regala una frase para repetir como
medicina del corazón:
“Viva el Señor, bendita sea mi roca.”
Cuando el alma no puede más, una jaculatoria sencilla puede ser el hilo que nos
mantiene unidos a Dios.
3) Juan el Bautista: la verdad
que incomoda y el poder que se defiende
El Evangelio de Marcos es fuerte. Herodes no es un
monstruo simple; es un hombre dividido: le atrae Juan, lo teme, lo escucha
con gusto… pero no cambia. Se queda a mitad de camino. Y esa es una de las
tragedias más comunes: saber lo que es correcto y no decidirse.
El relato muestra cómo la verdad puede resultar
incómoda para quienes viven instalados en el pecado, en la apariencia, en los
pactos silenciosos con el mal. Juan no muere porque sea violento, sino porque
es libre. Y el poder —cuando no quiere convertirse— suele reaccionar
así: intenta callar la voz que lo desenmascara.
Aquí hay una enseñanza psicológica y espiritual muy
actual:
- Herodes
representa la conciencia inquieta: escucha la verdad, pero el miedo
a perder prestigio, placer o control lo paraliza.
- Herodías
representa la resentida que no soporta ser confrontada.
- Y la
corte representa la presión del ambiente: “quedar bien”, “no quedar
mal”, “sostener la imagen”.
¿Cuántas veces el sufrimiento del alma nace de ahí?
De vivir divididos, de sostener una doble vida, de callar lo que habría que
decir, o de decir “sí” por miedo, cuando el corazón grita “no”. Juan el
Bautista nos recuerda que la paz interior tiene un precio: la coherencia.
4) San Pablo Miki y compañeros:
el Evangelio no se negocia
Y hoy la Iglesia nos pone el sello de los mártires
de Japón: San Pablo Miki, jesuita, y sus compañeros. Ellos no murieron
por fanatismo; murieron por amor: amor a Cristo y al pueblo. En medio de
la persecución, la fe no se convirtió en odio ni en revancha, sino en
testimonio.
Ellos nos dicen: la fe auténtica no se sostiene
solo cuando todo va bien. La fe auténtica se vuelve más pura cuando toca la
cruz. Y aquí viene la gran noticia para quienes sufren en el alma y en el
cuerpo:
tu dolor no es una prueba de que Dios se fue; puede ser el lugar donde Dios
está obrando más profundamente.
No siempre entendemos el “por qué”, pero sí podemos
aferrarnos al “para qué”: para que en nosotros crezca la esperanza, para que la
compasión se haga más verdadera, para que la vida no sea superficial, para que
el amor se haga fuerte.
5) Una palabra para quienes están
sufriendo
Si hoy alguien está cansado, triste, ansioso, con
el cuerpo adolorido o con el corazón hecho pedazos, la Iglesia no te da un
discurso frío: te da una compañía. Hoy caminan contigo David, Juan, Pablo Miki…
y sobre todo Jesús, que también fue malentendido, perseguido, herido y
entregado.
Te propongo tres “pasos pequeños” (muy concretos) a
la luz de la Palabra:
1. No te aísles. El dolor busca encerrarnos; Dios
busca comunidad. Pide ayuda, habla con alguien, deja que la Iglesia te abrace.
2. Nombra tu dolor delante de Dios. Como David: ponle palabras. La
oración no es bonita; es verdadera.
3. Da un acto de confianza, aunque
sea mínimo. Un
“Señor, sosténme hoy”. Eso ya es fe.
Conclusión
Hoy celebramos la fe que canta (David), la fe que
denuncia con amor (Juan) y la fe que entrega la vida (Pablo Miki y compañeros).
Y pedimos una gracia: que el Señor sea roca para los que sufren, alivio para el
cuerpo, consuelo para el alma, y fuerza para perseverar.
Que por intercesión de San Pablo Miki y sus
compañeros mártires, el Señor sostenga a los enfermos, a los deprimidos, a
los que viven noches interiores, a los que no encuentran salida, y a quienes
cuidan de otros con tanto desgaste.
Y que María, Madre compasiva, nos enseñe a
permanecer junto a la cruz sin desesperar, porque después del viernes, Dios
siempre prepara su amanecer. Amén.
Oración final
Señor
Jesús, roca firme y consuelo del corazón, mira a tus hijos que sufren en el
alma y en el cuerpo.
Dales alivio, esperanza y compañía.
Que tu Espíritu sane lo que está herido, fortalezca lo que está débil y
sostenga lo que está a punto de caer.
Por intercesión de San Pablo Miki y sus compañeros mártires, haznos valientes
en la fe y tiernos en la caridad. Amén.
2
1) Punto de partida: una
conciencia culpable que no descansa
El Evangelio comienza con un dato inquietante:
Herodes oye hablar de Jesús y, en vez de abrirse a la esperanza, cae en el
miedo: “Es Juan a quien decapité; ha resucitado” (Mc 6,16). No es fe; es
culpa. No es conversión; es remordimiento.
Hay una diferencia enorme entre ambos: el remordimiento nos aplasta y nos
encierra; la conversión nos libera y nos devuelve a Dios.
Aquí aparece el primer mensaje de hoy, muy actual:
cuando una persona persiste en el pecado y se niega a arrepentirse, la herida
se profundiza. La culpa, si no se entrega a la misericordia, se convierte en ruido
interior, en paranoia, en sospecha, en temor, en distorsión de la realidad.
Herodes ya no mira a Jesús con ojos limpios; lo mira a través del lente de su
culpa.
2) David: un corazón que sabe
volver a Dios
La primera lectura nos habla de David (Sir 47). La
Biblia no lo idealiza: fue grande, y también fue frágil. Pero la tradición lo
recuerda como hombre capaz de alabar, de ordenar los cantos, de reconocer a
Dios en su historia. David representa a quien, aun con cicatrices, aprende
el camino del regreso.
David nos enseña una lección decisiva frente al
drama de Herodes:
- Herodes
se queda en la culpa y se encierra.
- David,
cuando cae, se deja corregir, pide perdón, vuelve a Dios y reconstruye.
Es decir: no se trata de no caer nunca; se trata de
no quedarse tirado. La diferencia entre una vida que se vuelve amarga y
una vida que se vuelve sabia, muchas veces está en esto: humildad para
arrepentirse.
3) El Salmo: “Viva el Señor,
bendita sea mi roca”
El salmo 18 es una proclamación de confianza: Dios
es roca, refugio, fuerza. Esta imagen es terapéutica. Porque quien vive con la
conciencia culpable —o con una herida interior no sanada— se siente sin suelo,
sin estabilidad, como si todo se pudiera venir abajo en cualquier momento.
Para quienes hoy sufren en el alma:
ansiedad, recuerdos dolorosos, culpa, tristeza profunda, pensamientos oscuros…
y para quienes sufren en el cuerpo: enfermedad, tratamientos, dolor
persistente, fatiga…
este salmo es una medicina espiritual: hay una roca. No eres tu
diagnóstico. No eres tu pasado. No eres tu caída. Tu identidad más profunda es:
hijo amado sostenido por Dios.
4) El Evangelio completo: cómo se
fabrica una tragedia
Marcos relata la muerte de Juan el Bautista con crudeza.
Y lo más doloroso es ver que todo ocurre como una cadena de pequeñas cobardías:
- Herodes
reconoce que Juan es justo y santo, lo escucha con gusto… pero no se
decide.
- La
presión social (“quedar bien”) pesa más que la verdad.
- Un
juramento hecho por vanidad se convierte en cárcel.
- La
manipulación de Herodías termina de cerrar la trampa.
- Y la
vida de un inocente se paga por una noche de excesos.
El pecado no suele destruir de golpe; destruye por
acumulación: una cesión hoy, otra mañana, y al final la conciencia queda sin
fuerza.
Y, sin embargo, Juan aparece como un faro: no
negocia la verdad, no grita por odio, sino por fidelidad. Su martirio es su
última predicación: la verdad de Dios vale más que la comodidad.
5) San Pablo Miki y compañeros:
la conciencia libre que canta en la cruz
Hoy, además, miramos a San Pablo Miki y a sus
compañeros mártires. Ellos representan lo contrario de Herodes: no una
conciencia culpable, sino una conciencia libre. No una vida sostenida
por la apariencia, sino por la fe. No el miedo al qué dirán, sino el amor a
Cristo.
El mártir no es alguien que “busca morir”; es
alguien que elige no traicionar el amor. Por eso su muerte no es
derrota, sino testimonio.
Y esto también trae consuelo a quienes sufren: el sufrimiento no es estéril
cuando se une a Cristo. En los mártires vemos que el dolor, abrazado en la fe,
puede convertirse en luz para muchos.
6) Aplicación pastoral: dos
caminos ante la culpa y el dolor
Hoy el Evangelio nos pone delante dos caminos muy
claros:
a) El camino de Herodes: obstinación
- culpa
no resuelta
- miedo
y confusión
- decisiones
sin libertad
- conciencia
que se apaga
- vida
dividida
b) El camino del Evangelio: arrepentimiento y
misericordia
- verdad
reconocida
- humildad
para pedir perdón
- corazón
sanado
- paz
interior
- libertad
para amar
Aquí está el punto clave: la culpa puede ser una
puerta o una cárcel.
Si la llevas a Dios, se vuelve puerta: te conduce a la confesión, a la
sanación, a la paz.
Si la escondes, se vuelve cárcel: te persigue, te deforma, te amarga.
7) Palabra directa para quienes
sufren en el alma y en el cuerpo
A ti, hermano o hermana que estás cargando dolor:
Dios no te acusa; Dios te busca.
Dios no te humilla; Dios te levanta.
Dios no te reduce a tu herida; Dios te revela tu dignidad.
Y si hay culpas en el corazón, el Señor no quiere
aplastarte con remordimiento: quiere darte arrepentimiento verdadero,
que es distinto: es mirar la herida con valentía y decir: “Señor, aquí está;
sálvame”. Eso es libertad.
Tres gestos sencillos para hoy:
1. No te encierres: busca una mano amiga, una
escucha, un acompañamiento espiritual.
2. Ponle nombre a tu dolor delante
de Dios: como
David en sus salmos.
3. Da un paso concreto hacia la
misericordia: si es
posible, la confesión; si no, una oración humilde pidiendo perdón y luz para
recomenzar.
Conclusión
Herodes nos muestra el drama de una conciencia
culpable que se resiste a la conversión. Juan el Bautista y los mártires nos
muestran la belleza de una conciencia fiel. David nos muestra que la santidad
no es perfección sin grietas, sino un corazón que vuelve.
Pidamos hoy, por intercesión de San Pablo Miki y
compañeros mártires, la gracia de una fe valiente y de un corazón reconciliado.
Y supliquemos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: que el Señor sea su
roca, su paz y su alivio.
Amén.
Oración final (para cerrar)
Señor
Jesús, médico de los cuerpos y de las almas,
libéranos de la ceguera del pecado y del peso de una culpa que no se entrega a
tu misericordia.
Sana a los que sufren en el cuerpo, consuela a los que sufren en el alma,
y danos la valentía de arrepentirnos con sinceridad.
Por intercesión de San Pablo Miki y sus compañeros mártires,
haznos firmes en la fe y dóciles a tu gracia.
Jesús, en Ti confío. Amén.
********************
6 de febrero:
Santos Pablo Miki y Compañeros, Mártires — Memoria
Martirizados el 5 de febrero de 1597
Santos Patronos de Japón
Canonizados por el papa Pío IX el 8 de junio de 1862
Cita:
Nuestro hermano, Pablo Miki, se vio a sí mismo de pie en el púlpito más
noble que jamás había ocupado. A su “congregación” comenzó proclamándose
japonés y jesuita. Estaba muriendo por el Evangelio que había predicado. Dio
gracias a Dios por esta maravillosa bendición y terminó su “sermón” con estas
palabras:
“Al llegar a este momento supremo de mi vida, estoy seguro de que ninguno de
ustedes supondrá que quiero engañarlos. Por eso les digo con toda claridad: no
hay otro camino de salvación sino el cristiano. Mi religión me enseña a
perdonar a mis enemigos y a todos los que me han ofendido. Perdono gustosamente
al Emperador y a todos los que han buscado mi muerte. Les ruego que busquen el
bautismo y que ellos mismos se hagan cristianos.”
~ Oficio
de Lecturas
Reflexión:
En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen
María, en 1549, san Francisco Javier y otros dos jesuitas llegaron al puerto de
Kagoshima, convirtiéndose en los primeros misioneros en entrar en Japón. Menos
de sesenta y cinco años después, la fe católica florecía en Japón, con más de 300.000
convertidos. Sobre el pueblo japonés, san Francisco Javier dijo: “Estos son los
mejores pueblos descubiertos hasta ahora, y me parece que entre los no
creyentes no se puede encontrar un pueblo que los supere”. Los jesuitas
tuvieron éxito en su actividad misionera dentro de la altamente civilizada
cultura japonesa porque respetaron las normas culturales, actuaron con gran
dignidad y respeto, y aprendieron la lengua.
Sin embargo, en 1587 las cosas comenzaron a
cambiar. Los monjes budistas estaban cada vez más preocupados por el creciente
número de cristianos, lo que generó tensiones políticas para el gobernante de
Japón, Hideyoshi. Hideyoshi y su predecesor habían sido amistosos y acogedores
con los misioneros, quizá en gran parte porque veían en la relación con estos
europeos una ventaja política y financiera. Pero, a causa de nuevas tensiones
—provocadas en parte por algunos cristianos fanáticos—, Hideyoshi prohibió el
cristianismo y dio a los misioneros seis meses para abandonar el país. Muchos
permanecieron, no obstante, continuando discretamente su buena labor, y
Hideyoshi los toleró.
En 1593 comenzaron a llegar franciscanos españoles,
quienes adoptaron un enfoque de conversión más confrontativo que el de los
jesuitas. Las tensiones siguieron creciendo y, en 1597, la situación llegó a un
punto crítico. Un barco español naufragó frente a las costas de Japón, y
Hideyoshi se apoderó de su mercancía. El capitán, enfurecido, habló
imprudentemente con Hideyoshi y lo amenazó diciendo que los misioneros españoles
habían sido enviados para preparar una invasión española de la isla. Entonces,
Hideyoshi comenzó a hacer cumplir su edicto de una década atrás que prohibía el
cristianismo, arrestando a veintiséis católicos: seis misioneros franciscanos,
diecisiete franciscanos laicos japoneses y coreanos (tres de ellos niños), y
tres jesuitas. Los jesuitas eran el hermano Pablo Miki, a pocos meses de ser
ordenado sacerdote, otro hermano y un sacerdote.
Pablo había nacido en el seno de una familia
japonesa acomodada y se hizo católico cuando toda su familia se convirtió. A
los veinte años ingresó en un nuevo seminario jesuita en Japón y dos años
después se convirtió en hermano. Pasó trece años como jesuita, durante los
cuales fue conocido como un predicador dotado que ayudó a convertir a muchos de
sus compatriotas.
Cuando el hermano Pablo y sus compañeros fueron
arrestados, fueron torturados, se les cortó una oreja y fueron obligados a
recorrer 600 millas durante treinta días consecutivos por muchas ciudades,
expuestos públicamente para disuadir a la gente de hacerse cristiana. Al llegar
a Nagasaki, que en aquel tiempo era el centro del cristianismo en Japón, a los
futuros mártires se les permitió confesarse por última vez. Atados a sus
cruces, asegurados con un collar de hierro y alineados unos junto a otros,
cuatro soldados permanecían debajo de ellos, cada uno con una lanza en la mano.
Durante todo ese tiempo, el padre Pasio y el padre Rodríguez animaban
continuamente a los demás. El hermano Martín repetía sin cesar: “En tus manos,
Señor, encomiendo mi vida”. El hermano Francisco y el hermano Gonsalvo oraban
en voz alta dando gracias. Y el hermano Pablo Miki predicó su último sermón,
proclamando a Jesús como el único camino de salvación, perdonando a sus
perseguidores y orando para que se convirtieran a Cristo y recibieran el
bautismo. El hermano Pablo siguió alentando a los demás y, mientras todos
aguardaban la muerte, estaban llenos de alegría y repetían constantemente:
“¡Jesús, María!”. Luego, con un solo empuje de la lanza y un golpe certero,
cada mártir partió a la casa de Dios.
Durante los 250 años siguientes, cientos de miles
de cristianos fueron martirizados y muchos otros torturados cruelmente hasta
que renunciaron públicamente a su fe. A pesar de ello, pequeños grupos de
católicos permanecieron y practicaron su fe en secreto. En 1854, las fronteras
de Japón se abrieron a Occidente, y numerosos misioneros regresaron para
alimentar la fe de estos cristianos ocultos. En 1871 volvió la tolerancia
religiosa, haciendo posible el culto público. Hoy, un monumento nacional señala
el lugar de las ejecuciones en Nagasaki.
A veces, nuestros intentos de compartir la fe con
otros parecen ser silenciados por influencias diabólicas presentes en el mundo.
Estos mártires de Nagasaki nos enseñan que las semillas de la fe pueden seguir
viviendo. Los numerosos mártires que les siguieron dan testimonio del poder de
la gracia de Dios y del carácter transformador de su Palabra. ¿Qué tan fuerte
es tu fe? ¿Es lo suficientemente fuerte como para soportar la tortura y la
muerte? Deja que el testimonio de estos santos te inspire a ser más fervoroso.
Oración:
Santos
Mártires de Nagasaki, ustedes y tantos otros entregaron sus vidas como
testimonio de la fe que Dios sembró en sus corazones. Les ruego que intercedan
por mí, para que tenga la misma fe y el mismo valor que cada uno de ustedes
tuvo, y para que sea testigo de Cristo en todo lo que haga. Santos mártires de
Dios, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.



