Santo del día:
Santa Catalina de Siena
1347-1380
“Dios aborrece la soberbia y ama la humildad”, recordaba esta terciaria dominica, gran mística y mujer involucrada en los asuntos de su tiempo. Doctora de la Iglesia y copatrona de Europa.
“No estamos solos”
(Juan 12, 44-50) «El que me ve a mí, ve al que me ha
enviado». Pero, ¿qué significa esto todavía más profundamente? ¿Qué
rostro de Dios reveló Jesús al mundo? El rostro de su Padre, por supuesto.
Precisemos: el rostro de Aquel que es el origen de la vida. Una vida que Él
quiere compartir con los seres humanos y que, a pesar de nuestras limitaciones
de criaturas, está llamada a durar para siempre. Cristo nos dice que Dios es
una persona que irradia amor y bondad.
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera lectura
Apártenme a
Bernabé y a Saulo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, la palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba. Cuando
cumplieron su servicio, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose
con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé,
Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del
tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu
Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron.
Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para
Chipre.
Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los
judíos.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Oh,
Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
O bien:
R. Aleluya.
V. Que
Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. R.
V. Que
canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. R.
V. Oh, Dios,
que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. R.
Aclamación
V. Yo soy la
luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.
Evangelio
Yo he venido
al mundo como luz
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve
a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que
cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido
para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta
mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo
juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que
me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé
que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha
encargado el Padre».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra
profundamente consoladora: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel
que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”. Jesús no
viene a hablar en nombre propio. Él viene a mostrarnos el rostro del Padre. Y
ese rostro no es de amenaza, ni de condena, ni de indiferencia, sino de luz,
vida, amor y salvación.
En medio de un mundo donde tantas personas se
sienten solas, heridas, enfermas o abandonadas, Jesús nos recuerda: no
estamos solos. Dios no está lejos. Dios se ha acercado en su Hijo. Quien
mira a Jesús, mira el corazón del Padre. Quien escucha a Jesús, escucha una
palabra que no destruye, sino que levanta; no oscurece, sino que ilumina; no
aplasta, sino que salva.
Por eso Jesús afirma: “Yo he venido al mundo
como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. Hay
muchas tinieblas en la vida: la enfermedad, el miedo, la incertidumbre, el
cansancio del alma, la angustia de no saber qué vendrá. Pero la Pascua nos
anuncia que Cristo resucitado sigue siendo luz en medio de nuestras noches. No
siempre quita inmediatamente el dolor, pero sí nos acompaña dentro del dolor.
No siempre responde como esperamos, pero nunca abandona.
La primera lectura nos muestra a la Iglesia naciente
impulsada por el Espíritu Santo. Mientras la Palabra de Dios crece y se
difunde, la comunidad ora, discierne, impone las manos y envía a Bernabé y a
Saulo a la misión. La Iglesia no camina por sus propias fuerzas; camina enviada
por Dios. Así también nosotros: en la salud y en la enfermedad, en la alegría y
en la prueba, somos sostenidos por una presencia mayor que nosotros.
Y el salmo nos hace cantar: “Oh Dios, que te
alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. La salvación de Dios
no es para unos pocos. Su luz quiere llegar a todos: a los sanos y a los
enfermos, a los fuertes y a los débiles, a quienes caminan con esperanza y a
quienes hoy apenas pueden sostenerse.
Hoy, de manera especial, ponemos ante el Señor a
nuestros enfermos. Que ellos puedan descubrir en Jesús el rostro cercano del
Padre. Que no se sientan olvidados. Que en sus dolores encuentren consuelo, en
sus tratamientos fortaleza, en sus noches compañía, y en su fe una luz que no
se apaga.
Pidamos también por quienes los cuidan: familiares,
médicos, enfermeros, servidores y amigos. Que sean para ellos reflejo del amor
de Dios.
Que Cristo, luz del mundo, entre en nuestras
tinieblas y nos conceda creer, esperar y confiar. Porque quien ve a Jesús, ve
al Padre; y quien se abandona en sus manos, nunca está solo. Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de este miércoles de la cuarta semana de Pascua nos coloca ante
una afirmación profunda de Jesús: “El
que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve
a mí, ve al que me ha enviado”.
Esta
frase nos lleva al corazón mismo de nuestra fe cristiana. Jesús no es
simplemente un maestro admirable, un profeta poderoso o un hombre bueno que
habló de Dios. Jesús es el
rostro visible del Dios invisible. En Él, Dios se ha dejado
ver, tocar, escuchar y amar. Quien contempla a Cristo contempla al Padre. Quien
escucha a Cristo escucha la voz de Dios. Quien acoge a Cristo entra en comunión
con Aquel que lo envió.
Muchas
personas dicen: “Yo quisiera ver a Dios”, “quisiera sentirlo más cerca”,
“quisiera tener más claridad en mi fe”. Y el Evangelio nos responde: mira a Jesús. Mira sus
gestos, sus palabras, su compasión, su firmeza, su misericordia, su entrega.
Allí está Dios. Dios no se ha quedado escondido detrás de las nubes. Dios ha
querido mostrarse en Jesucristo.
Jesús
dice también: “Yo he
venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en
tinieblas”. La fe es una luz. No siempre elimina todos los
misterios, no siempre responde todas nuestras preguntas de inmediato, pero nos
permite caminar sin quedar atrapados en la oscuridad. La fe nos ayuda a
descubrir que la vida tiene sentido, que Dios está presente, que la muerte no
tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que el pecado y que la
gracia trabaja silenciosamente en la historia.
Pero
esta luz se recibe con humildad. No se impone a la fuerza. Jesús mismo lo dice:
“Al que oye mis palabras y
no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino
para salvar al mundo”. Cristo no viene primero como juez
severo, sino como Salvador. Su misión es rescatar, levantar, iluminar, abrir
caminos de vida eterna. Sin embargo, también nos advierte que la Palabra que
rechazamos será la que nos juzgue. Es decir, no da lo mismo acoger o rechazar
la luz. No da lo mismo vivir según el Evangelio o vivir de espaldas a él.
Inspirados
en este evangelio, como comenta alguien, hemos de recordar una verdad muy
hermosa: algún día, si perseveramos en la gracia de Dios, veremos al Señor cara
a cara. Eso es lo que la tradición llama la visión beatífica: contemplar a Dios
plenamente en el cielo, sin velos, sin sombras, sin dudas. Pero esa visión no
empieza solamente después de la muerte. Ya desde ahora, por la fe, comenzamos a
ver a Dios.
Lo
vemos en la Eucaristía. Nuestros ojos ven pan y vino, pero la fe reconoce la
presencia real de Cristo. Como canta la Iglesia en el Tantum Ergo: cuando los
sentidos no alcanzan, la fe suple lo que falta. Allí, en la humildad del
Sacramento, Dios se deja mirar. Allí Jesús sigue diciéndonos: “El que me ve a
mí, ve al Padre”.
Lo
vemos también en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la caridad, en
el perdón, en la comunidad, en los signos sencillos de cada día. Dios no
siempre se manifiesta de manera espectacular. Muchas veces se esconde en lo
humilde, en lo cotidiano, en lo silencioso. Por eso necesitamos educar la
mirada. Hay personas que pasan por la vida sin ver nada más que problemas;
otras, en cambio, aun en medio de dificultades, descubren señales de Dios. La
diferencia está en la mirada de la fe.
La
primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra una Iglesia
que vive precisamente de esa luz. Después de persecuciones, pruebas y
conflictos, el texto dice una frase breve pero poderosa: “La Palabra de Dios crecía y se
multiplicaba”. La Pascua no queda encerrada en un recuerdo
bonito. La Resurrección se vuelve misión. La Palabra se expande. La Iglesia se
mueve. El Espíritu Santo actúa.
En
Antioquía encontramos una comunidad orante, plural, viva, capaz de escuchar al
Espíritu. Mientras celebran el culto del Señor y ayunan, el Espíritu Santo
dice: “Apártenme a Bernabé
y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. La misión no
nace de una estrategia humana solamente. Nace de la oración, del
discernimiento, de la escucha de Dios. La Iglesia no envía simplemente a quienes
tienen talento; envía a quienes han sido llamados y sostenidos por el Espíritu.
Esto
ilumina también nuestra vida cristiana. Si queremos ver a Dios, debemos
aprender a orar. Si queremos conocer su voluntad, debemos hacer silencio. Si
queremos ser instrumentos de su luz, debemos dejarnos enviar. Una comunidad que
ora termina siendo una comunidad misionera. Una Iglesia que contempla a Cristo
termina saliendo al encuentro del mundo.
El
salmo 67 recoge esta misma dimensión universal: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos
te alaben”. Dios no quiere iluminar solamente a un pequeño
grupo. Su rostro debe brillar sobre todos. Su salvación debe llegar hasta los
confines de la tierra. La luz de Cristo no es para esconderla en la intimidad
de una sacristía o en el consuelo privado de algunos creyentes. Es una luz para
el mundo.
Por
eso el cristiano no puede quedarse en una fe individualista. Ver a Dios en
Cristo nos compromete a hacerlo visible para otros. Si Cristo es luz, nosotros
estamos llamados a reflejar esa luz. Si Cristo revela el rostro misericordioso
del Padre, nosotros no podemos mostrar un rostro duro, indiferente o amargado.
Si Cristo vino a salvar y no a condenar, también nuestra manera de vivir la fe
debe estar marcada por la misericordia, la verdad y la esperanza.
Hoy
podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué rostro de Dios estoy mostrando a los
demás? ¿El Dios de Jesús, lleno de luz, bondad y verdad? ¿O a veces presento un
Dios deformado por mis impaciencias, mis juicios, mis durezas, mis
incoherencias?
También
podríamos preguntarnos: ¿veo a Dios en mi vida diaria? ¿Lo descubro en la
Eucaristía? ¿Lo escucho en su Palabra? ¿Lo reconozco en las personas que me
rodean? ¿Lo busco en la oración? ¿O vivo tan distraído que la luz pasa cerca de
mí y no la percibo?
La
duda, el cansancio espiritual, la rutina y el pecado pueden oscurecer nuestra
mirada. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo ha venido precisamente para que
no permanezcamos en tinieblas. Él no se cansa de ofrecernos su luz. Él no deja
de llamarnos. Él no deja de revelarnos al Padre.
Pidamos
hoy la gracia de una mirada más limpia y más creyente. Que podamos contemplar a
Cristo y, en Él, reconocer al Padre. Que podamos acercarnos a la Eucaristía no
como quien cumple una costumbre, sino como quien se deja iluminar por una
presencia viva. Que podamos escuchar la Palabra no como un discurso antiguo,
sino como una voz que hoy nos juzga, nos salva, nos despierta y nos envía.
Y
que, como la comunidad de Antioquía, seamos una Iglesia atenta al Espíritu: una
Iglesia que ora, discierne, celebra y sale; una Iglesia que no se encierra en
sí misma, sino que permite que la Palabra de Dios crezca y se multiplique.
Porque
quien cree en Cristo, cree en el Padre. Quien ve a Cristo, ve al Padre. Y quien
camina en su luz, aunque todavía no lo vea cara a cara, ya empieza a gustar
desde ahora la alegría de la vida eterna. Amén.
29 de abril: Santa Catalina de Siena,
Virgen y Doctora de la Iglesia—Memoria
1347–1380 Santa patrona de Europa, Italia, las enfermeras, los enfermos y los ridiculizados por su piedad
Invocada contra incendios, abortos y tentaciones
Canonizada por el Papa Pío II el 29 de junio de 1461
Proclamada Doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en octubre 4, 1970
Proclamada Copatrona de Europa por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1999
~El Diálogo de Santa Catalina de Siena
Reflexión:
Caterina di Jacopo di Benincasa (Catalina) fue la vigésimo tercera o vigésimo cuarta hija nacida de padres amorosos en la próspera ciudad de Siena, Italia. Su gemela, así como la mitad de sus veinticuatro hermanos, no sobrevivieron a la infancia. Cuando era niña, Catalina se destacó. Le pusieron el sobrenombre de "Euphrosyne", que significa "alegría", debido a su carácter gozoso y su profunda devoción a Dios desde una edad temprana. A los cinco años subía de rodillas las escaleras de su casa mientras rezaba el Ave María en cada escalón. A la edad de seis años, mientras caminaba con su hermano, tuvo la primera de muchas visiones. Vio a Jesús, sentado en un trono, coronado como Rey, rodeado de los santos Pedro, Pablo y Juan. Esta experiencia sobrenatural llevó a Catalina aún más profundamente a una vida de oración, penitencia y devoción infantil. Al cabo de un año, había hecho el voto personal de entregar toda su vida a Dios. Su vida de oración era tan evidente que sus padres le dieron un dormitorio en el sótano para que pudiera usarlo como su lugar personal de oración. Esta “celda” en la que vivió y rezó también estaba en su alma. Más tarde le contaría a su director espiritual que cuando estaba preocupada o tentada, construía una célula dentro de su mente, de la cual nunca podría huir. Su vida de oración también aumentó sus virtudes y trató a su padre como a Jesús, a su madre como a María y a sus hermanos como a los Apóstoles.
Cuando Catalina era una adolescente, se opuso firmemente al deseo de sus padres de que se casara. Quería dedicarse únicamente a Dios, por lo que comenzó a ayunar y orar. Incluso llegó a cortarse el pelo para ser menos atractiva para los hombres jóvenes. Finalmente, sus padres aceptaron su vocación.
En 1363, apenas tres días después de cumplir dieciséis años, Catalina se unió a la Tercera Orden de Santo Domingo. La Tercera Orden estaba formada por laicos que vestían hábito religioso pero vivían en casa y trabajaban en el mundo en lugar de en un claustro. Sirvieron a los pobres y enfermos y realizaron obras de caridad. Durante los primeros años como Dominica de la Tercera Orden, Catalina vivió principalmente una vida de reclusión y oración. Alrededor de los veintiún años, contrajo lo que más tarde se describiría como “matrimonio místico” con nuestro Señor. Mientras oraba, se le apareció Jesús, junto con la Virgen María y el rey David como arpista. Jesús le puso un anillo en el dedo y se fue. El anillo permaneció por el resto de su vida, aunque Catalina fue la única que pudo verlo.
Dos siglos después, la mística española Santa Teresa de Ávila describiría así el matrimonio místico en su clásico espiritual, Castillo Interior :
Cuando nuestro Señor se complace en apiadarse de los sufrimientos, tanto pasados como presentes, soportados por su anhelo por Él por esta alma que Él ha tomado espiritualmente por Su esposa, Él, antes de consumar el matrimonio celestial, la trae a esta Su mansión o cámara de presencia. Esta es la séptima morada, porque así como tiene morada en el cielo, así también la tiene en el alma, donde nadie sino Él puede morar y que se puede llamar segundo cielo.
Santa Teresa continuó explicando que este matrimonio celestial, este segundo cielo, es un don permanente otorgado a un alma. Por Su divina presciencia, cuando Él es consciente de la santidad permanente de un alma, le otorga este don de unión divina. Catalina fue una de las que recibió este raro regalo.
Después de recibir el don del matrimonio espiritual, Catalina comenzó un ministerio más activo hacia los pobres, los enfermos y los encarcelados de Siena. Cuando la peste bubónica (“Peste Negra”) azotó Siena, Catalina y sus compañeros siguieron trabajando arduamente, atendiendo a los afectados. Catalina también comenzó a involucrarse en controversias que asolaban a la Iglesia y al Estado. Escribió cientos de cartas a reyes, reinas, noblezas, religiosos, sacerdotes e incluso al propio Papa. En ese momento, las divisiones en la Iglesia eran tan profundas que Catalina se dedicó a severas penitencias y oraciones. Por ejemplo, ya no comía ni bebía, vivía únicamente de la Sagrada Eucaristía que recibía todos los días. Mientras estaba en Pisa en 1375, Catalina se enteró de las rebeliones dentro de la Iglesia. Cayó en éxtasis y recibió el regalo de un estigma invisible, que apareció físicamente en su cuerpo sólo después de su muerte. Tuvo una visión de nuestro Señor crucificado y rayos de luz se extendieron desde el cuerpo de Jesús hasta el de ella, atravesándola.
Un tema dominante de sus cartas al Papa fue instarlo a regresar a Roma. En ese momento, el papado se había trasladado a Aviñón, Francia, lo que se convirtió en la causa de muchos conflictos internos de la Iglesia. Se eligieron antipapas y la confusión fue generalizada. Catalina sabía que el Santo Padre, “papá” como ella lo llamaba, necesitaba regresar a la Ciudad Eterna para poner fin al caos. Sus cartas, y más tarde sus conversaciones cara a cara, no sólo fueron dirigidas al Santo Padre con el afecto y la sinceridad de una amorosa hija espiritual, sino que también fueron firmes, directas y desafiantes. En una carta al Papa Gregorio XI, le escribió instándolo a regresar a Roma: “Te digo, padre en Cristo Jesús, ven pronto como un manso cordero. Responded al Espíritu Santo que os llama. Yo os digo: Venid, venid, venid, y no esperéis el tiempo, porque el tiempo no os espera”. El Papa escuchó y regresó a Roma en 1377. Los últimos años de la vida de Catalina los pasó escribiendo cartas, visitando ciudades que estaban en guerra contra el papado y consultando a dos papas, primero el Papa Gregorio XI y luego su sucesor el Papa Urbano VI. Ella unió al pueblo, ganó muchos seguidores, abordó los abusos políticos, culturales y morales y dio un testimonio continuo de Cristo crucificado a través de su vida penitencial.
Su último, y quizás el mayor, regalo a la Iglesia fue su libro titulado El Diálogo de la Divina Providencia. Se cree que este libro fue dictado por Catalina mientras permanecía en éxtasis. Es una conversación entre un alma y el Padre Celestial. Además de esta gran obra maestra espiritual, han sobrevivido 382 de sus cartas y veintiséis de sus oraciones.
Santa Catalina fue una de las santas más grandes e influyentes de la historia de la Iglesia. Durante su vida tuvo un poderoso impacto en aquellos con quienes se encontró, incluido el Papa. Con su muerte, sigue teniendo un profundo impacto en la Iglesia como Doctora de la Iglesia. Nada de eso hubiera sido posible si ella no se hubiera dedicado a fervientes oraciones y penitencias durante toda su vida. Reflexiona sobre tu propia vida de oración mientras honramos a Santa Catalina y esfuérzate por imitar su amor ardiente por su Señor, su Divino Esposo. Ese amor, alimentado por un deseo insaciable de Dios, se ve maravillosamente en la siguiente oración que ella misma escribió:
Oración:
Dios eterno, Trinidad eterna, Tú has hecho tan preciosa la Sangre de Cristo al compartir Tu naturaleza Divina. Eres un misterio tan profundo como el mar; cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Pero nunca podré estar satisfecha; Lo que recibo siempre me dejará deseando más. Cuando Tú llenas mi alma, tengo un hambre cada vez mayor y me siento más hambrienta de Tu luz. Deseo sobre todo verte a Ti, la verdadera Luz, tal como eres realmente. Amén.
Santa Catalina de Siena, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.




