Santo del día:
Santos John Fisher y Tomás Moro
Muertos en 1535. Respectivamente obispo de
Rochester y canciller de Inglaterra, se negaron, por fidelidad a Roma, a
prestar el juramento de supremacía del rey Enrique VIII, y murieron
decapitados. Ambos fueron canonizados en 1935.
La buena
medida
2 Reyes
17, 5-8.13-15a.18; Mateo 7, 1-5
La ley de la reciprocidad está inscrita en la
vocación moral que Dios nos da: seremos tratados según la “medida” con la que
tratemos a los demás. Así, Dios, abandonado por las tribus del Norte, termina
dejando a su pueblo a merced de gente que no tiene ninguna preocupación por la
moral. Dar una “buena medida” a nuestros hermanos pasa, como mínimo, por la
humildad de no erigirnos en jueces de sus acciones.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
El Señor
apartó a Israel de su presencia y solo quedó la tribu de Judá
Lectura del segundo libro de los Reyes.
EN aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país,
comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el
año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y
lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de
los medos.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios,
que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del
faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las
costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos.
Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas
y videntes:
«Conviértanse de sus malos caminos y guarden mis mandamientos y decretos,
conforme a la ley que prescribí a sus padres y que les transmití por mano de
mis siervos los profetas».
Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres,
que no confiaron en el Señor, su Dios.
Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto
como las exigencias que les impuso.
Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su
presencia.
Solo quedó la tribu de Judá.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Que
tu mano salvadora, Señor, nos responda.
V. Oh, Dios,
nos rechazaste y rompiste nuestras filas;
estabas airado, pero restáuranos. R.
V. Has
sacudido y agrietado el país:
repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo,
dándole a beber un vino de vértigo. R.
V. Oh, Dios,
nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas.
Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos. R.
Aclamación
V. La
palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.
Evangelio
Sácate
primero la viga del ojo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque serán juzgados como juzguen
ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la
viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”,
teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo;
entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este lunes nos pone delante
una advertencia muy seria, pero también muy necesaria: la vida espiritual se
pierde cuando dejamos de escuchar a Dios y cuando empezamos a mirar a los demás
desde la superioridad, el juicio y la dureza del corazón.
La primera lectura, tomada del segundo libro de los
Reyes, nos presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo
de Israel: la caída de Samaría y la deportación del reino del Norte. El texto
dice que esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra el Señor, su
Dios; porque siguieron las costumbres de otros pueblos; porque rechazaron las
advertencias de los profetas; porque endurecieron la cerviz y no quisieron
escuchar.
No se trata de imaginar a un Dios vengativo que se
complace castigando. Se trata más bien de reconocer que cuando un pueblo
abandona a Dios, termina quedando a merced de sus propios ídolos, de sus
propias confusiones, de sus propias esclavitudes. Israel se apartó del Señor, y
al apartarse de Él perdió también el camino de la justicia, de la fidelidad y
de la verdadera libertad.
Eso también puede sucedernos a nosotros. Cuando
dejamos de escuchar la voz de Dios, otras voces ocupan su lugar. Cuando dejamos
de buscar su voluntad, terminamos justificando cualquier cosa. Cuando olvidamos
que todo viene de Él, el corazón se vuelve autosuficiente, ingrato y duro.
Por eso el salmo de hoy tiene tono de súplica. El
pueblo reconoce su fragilidad y clama: “Auxílianos contra el enemigo, que la
ayuda del hombre es inútil”. Es una oración humilde. Es la oración de quien
sabe que no puede salvarse solo. Es la oración de quien descubre que, sin Dios,
nuestras fuerzas no bastan.
Y en el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de la
vida fraterna: “No juzguen, para no ser juzgados”. Esta frase es muy conocida,
pero no siempre es bien entendida. Jesús no nos está diciendo que renunciemos
al discernimiento, ni que llamemos bien al mal, ni que dejemos de corregir
cuando sea necesario. Lo que Jesús condena es esa actitud interior de quien se
coloca por encima del hermano, como si fuera dueño de la verdad, juez de las
conciencias y medida de todos.
El Señor nos recuerda una ley espiritual profunda:
“La medida que usen, la usarán con ustedes”. Es decir, el modo como tratamos a
los demás revela el modo como entendemos la misericordia de Dios. Si somos
duros, implacables y condenatorios, quizá todavía no hemos comprendido cuánto nos
ha perdonado el Señor. Si somos misericordiosos, pacientes y humildes, entonces
estamos dejando que la gracia de Dios transforme nuestra mirada.
Jesús usa una imagen fuerte: vemos la paja en el
ojo del hermano, pero no vemos la viga en el nuestro. Qué fácil es descubrir
los defectos ajenos. Qué fácil es señalar, comentar, sospechar, condenar. Qué
fácil es mirar la vida de los demás desde fuera, sin conocer sus luchas, sus
heridas, sus lágrimas, sus historias y sus cargas.
Pero el Evangelio nos invita a comenzar por dentro.
Antes de querer corregir a los demás, debemos dejarnos corregir por Dios. Antes
de hablar de la paja del hermano, debemos pedir luz para reconocer nuestras
vigas: nuestro orgullo, nuestra falta de caridad, nuestras palabras hirientes,
nuestras omisiones, nuestras incoherencias, nuestros pecados escondidos.
Esta enseñanza se une profundamente con la primera
lectura. Israel cayó porque dejó de escuchar a Dios y se cerró a sus profetas.
Nosotros también podemos caer cuando dejamos de escuchar al Señor y, en lugar
de convertirnos, preferimos juzgar a los demás. El que no se examina a sí mismo
termina examinando sin misericordia la vida ajena. El que no se reconoce
pecador termina mirando al hermano como culpable. El que olvida que necesita perdón
se vuelve incapaz de perdonar.
Hoy, además, oramos por nuestros fieles difuntos.
Esta intención nos ayuda a mirar la vida con más humildad. Ante la muerte, se
apagan muchas pretensiones. Ante la eternidad, comprendemos que todos somos
pobres delante de Dios. Ninguno de nosotros puede presentarse ante el Señor
apoyado solamente en sus méritos. Todos necesitamos misericordia.
Orar por los difuntos es un acto de amor y de fe.
Es confiar en que Dios, que conoce el corazón de cada persona, mira con ternura
la historia de sus hijos. Nosotros no juzgamos su destino eterno; los
entregamos a la misericordia del Padre. Pedimos que el Señor purifique lo que
haya que purificar, sane lo que haya que sanar y conceda a nuestros hermanos
difuntos participar de la luz y de la paz de su Reino.
Y al orar por ellos, también aprendemos algo para
nuestra vida: un día nosotros estaremos delante de Dios. Ese día no contará
tanto cuántas veces juzgamos, criticamos o condenamos, sino cuánto amamos,
cuánto perdonamos, cuánto servimos, cuánto dejamos que Dios cambiara nuestro
corazón.
Por eso, pidamos hoy tres gracias.
Primero, la gracia de escuchar a Dios. Que no nos
pase como al pueblo que endureció su corazón. Que cada llamada del Señor nos
encuentre disponibles para la conversión.
Segundo, la gracia de mirarnos con verdad. Que
antes de señalar la paja del hermano, tengamos la humildad de reconocer
nuestras propias vigas.
Y tercero, la gracia de mirar a los demás con
misericordia. No con ingenuidad, pero sí con caridad. No justificando el mal,
pero tampoco condenando sin amor. No cerrando los ojos ante la verdad, pero
siempre recordando que solo Dios conoce plenamente el corazón humano.
Que esta Eucaristía nos enseñe la “buena medida”
del Evangelio: una medida generosa, humilde, compasiva y fraterna. Porque la
medida de Dios para nosotros ha sido siempre la misericordia. Y quien ha sido
mirado con misericordia, debe aprender también a mirar con misericordia.
Encomendemos hoy a nuestros difuntos al amor del
Padre. Que descansen en la paz de Cristo. Y que nosotros, mientras caminamos en
esta vida, aprendamos a vivir sin juzgar con dureza, sin condenar con soberbia,
y con un corazón cada vez más parecido al corazón misericordioso de Jesús.
Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
La
Palabra de Dios de este lunes nos invita a mirar hacia dentro. No para
encerrarnos en nosotros mismos, sino para dejarnos iluminar por Dios. Porque
muchas veces el ser humano cae en una gran tentación: ver con facilidad el
pecado, el error y la fragilidad de los demás, pero resistirse a reconocer su
propia necesidad de conversión.
En
el Evangelio, Jesús nos dice con palabras muy claras: “No juzguen, para no ser
juzgados”. Y luego añade esa imagen tan fuerte y tan conocida: “¿Por qué te
fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que
llevas en el tuyo?”. Esta enseñanza de Jesús no es una invitación a vivir sin
discernimiento, como si todo diera igual. Tampoco significa que debamos
renunciar a corregir fraternalmente cuando sea necesario. Lo que Jesús denuncia
es el corazón que se cree superior, el corazón que condena, el corazón que
encuentra una satisfacción desordenada en señalar el pecado ajeno.
Y
esta es una verdad incómoda: a veces juzgar produce una especie de falsa
satisfacción. Criticar, sospechar, hablar mal, comentar los defectos del otro,
puede hacernos sentir momentáneamente mejores, más justos, más lúcidos o más
santos. Pero esa satisfacción es engañosa. Es una satisfacción desordenada. No
viene de Dios. Puede alimentar el orgullo, endurecer el corazón y alejarnos de
la verdadera misericordia.
El
Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte contra el juicio temerario, la
maledicencia y la calumnia. Se cae en juicio temerario cuando, sin fundamento
suficiente, damos por cierta la culpa moral del prójimo. La maledicencia
consiste en revelar sin necesidad los defectos reales de otra persona. Y la
calumnia añade algo todavía más grave: decir falsedades que dañan la fama del
hermano. En todos estos casos, se hiere la verdad, se hiere la caridad y se
hiere la comunión.
Jesús
sabe que este pecado puede parecer, a veces, muy justificado. La persona que
juzga puede pensar: “Yo solo estoy diciendo la verdad”, “yo solo estoy
defendiendo lo correcto”, “yo sí veo lo que otros no quieren ver”. Pero el
Señor va más profundo. Él no mira solamente lo que decimos; mira desde dónde lo
decimos. No mira solo la corrección exterior; mira si el corazón está movido
por el amor o por el orgullo, por la misericordia o por el resentimiento, por
el deseo de salvar al hermano o por la necesidad de condenarlo.
Esto
fue, precisamente, lo que muchas veces ocurrió con los escribas y fariseos.
Conocían la Ley, la citaban, la defendían; pero no siempre la vivían desde el
corazón de Dios. Podían juzgar a los demás con dureza, mientras olvidaban la
humildad, la compasión y la conversión personal. Se sentían guardianes de la
justicia, pero muchas veces estaban cegados por la soberbia.
Por
eso Jesús dice: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo; entonces verás
claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El Señor no dice que la paja
no exista. No niega que el hermano pueda tener algo que corregir. Pero nos
recuerda que solo puede ayudar de verdad quien primero ha dejado que Dios lo
purifique. Solo puede corregir evangélicamente quien se reconoce también
pecador. Solo puede ayudar a otro a salir de su error quien no lo mira desde
arriba, sino desde la humildad de quien también ha sido salvado por
misericordia.
La
primera lectura del segundo libro de los Reyes ilumina este Evangelio. Allí se
nos presenta la caída del reino del Norte, la deportación de Israel y el
doloroso resultado de haber abandonado al Señor. El texto dice que los hijos de
Israel pecaron contra Dios, siguieron otros caminos, no escucharon a los
profetas y despreciaron sus mandamientos. En el fondo, el pueblo se alejó de
Dios porque dejó de escucharlo.
Ese
es también el peligro del corazón que juzga: deja de escuchar a Dios y comienza
a escuchar solo su propio orgullo. Israel fue advertido muchas veces por los
profetas, pero endureció el corazón. Nosotros también podemos ser advertidos
por la Palabra, por la conciencia, por la Iglesia, por personas que nos aman;
pero si no somos humildes, podemos preferir ver el pecado de los otros antes
que reconocer el nuestro.
El
salmo de hoy es una oración nacida de esa experiencia de fragilidad:
“Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una
súplica que reconoce que solos no podemos. Necesitamos la ayuda de Dios para
vencer nuestros enemigos exteriores, pero también nuestros enemigos interiores:
el orgullo, la crítica amarga, el resentimiento, la dureza, la envidia, el
deseo de quedar por encima de los demás.
La
verdadera medicina para el corazón que juzga es la misericordia. Pero no una
misericordia superficial, sentimental o permisiva. La misericordia cristiana no
niega la verdad; la mira con los ojos de Dios. La misericordia no llama bien al
mal; pero tampoco reduce a la persona a su pecado. La misericordia no destruye
al pecador; lo busca, lo levanta y lo acompaña hacia la libertad.
Para
crecer en misericordia necesitamos educar la mente, la voluntad y también los
sentimientos. Con la mente, debemos aprender a mirar como Cristo mira. Con la
voluntad, debemos elegir perdonar, aunque no siempre tengamos ganas. Y con el
corazón, debemos pedirle a Dios que transforme nuestras heridas, para que no se
conviertan en resentimiento ni en juicio permanente contra los demás.
Porque
muchas veces juzgamos más duramente a quienes nos han herido, decepcionado o
contradicho. Cuando alguien nos ofende, la primera reacción puede ser
defendernos, condenar, exagerar sus defectos, contar a otros lo sucedido o
alimentar interiormente la queja. Pero Jesús nos invita a comenzar por otro
camino: “Saca primero la viga de tu ojo”. Es decir: revisa primero tu corazón;
mira qué hay en ti de orgullo, de rabia, de vanidad herida, de falta de perdón,
de deseo de venganza.
Este
camino duele, porque reconocer la propia viga siempre duele. Es más fácil
hablar de la paja ajena que admitir nuestras propias incoherencias. Pero ese
dolor es saludable. Es el dolor de la conversión. Es el dolor que purifica. Es
el dolor que nos libera de la falsa satisfacción de juzgar y nos abre a la
alegría verdadera de la misericordia.
Una
comunidad cristiana no se construye con chismes, sospechas y condenas. Se
construye con verdad, sí, pero también con caridad. Se construye con corrección
fraterna, pero hecha desde la humildad. Se construye cuando cada uno se
pregunta primero: “Señor, ¿qué quieres cambiar en mí?”. Una parroquia, una
familia, un grupo apostólico, una comunidad religiosa o una amistad se enferman
cuando la crítica reemplaza al diálogo, cuando el comentario reemplaza a la
oración, cuando el juicio reemplaza a la misericordia.
Hoy
el Señor nos invita a hacer un examen sincero. ¿Tengo un corazón que juzga
fácilmente? ¿Me siento secretamente satisfecho cuando descubro o comento el
defecto de otra persona? ¿Me cuesta alegrarme por el bien de los demás?
¿Presumo malas intenciones sin conocer toda la historia? ¿He dañado la fama de
alguien con mis palabras? ¿He confundido la defensa de la verdad con la falta
de caridad?
Estas
preguntas no son para condenarnos, sino para abrirnos a la gracia. Jesús no nos
muestra la viga para humillarnos, sino para sanarnos. No nos invita a reconocer
nuestro pecado para aplastarnos, sino para liberarnos. La misericordia de Dios
no es una teoría bonita; es una fuerza que puede cambiar nuestro modo de mirar,
hablar, pensar y actuar.
Pidamos
hoy al Señor que nos dé un corazón humilde. Que antes de juzgar, sepamos orar.
Que antes de condenar, sepamos comprender. Que antes de hablar del hermano,
sepamos examinarnos delante de Dios. Que antes de corregir, sepamos amar.
Y
si algún día tenemos que ayudar a alguien a ver su error, que lo hagamos como
Jesús: no desde la superioridad, sino desde la misericordia; no desde la
condena, sino desde el deseo sincero de salvación; no para sentirnos mejores,
sino para que todos caminemos hacia la libertad de los hijos de Dios.
Que
el Señor nos libre de la satisfacción desordenada de juzgar. Que saque de
nuestros ojos la viga del orgullo. Y que nos conceda la buena medida del
Evangelio: la medida de la misericordia, de la verdad y del amor.
Amén.

