sábado, 29 de agosto de 2026

30 de agosto del 2026: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Bajo apariencia de sensatez

La mayoría de las veces, las tentaciones no aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería fácil decir con Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!». Más bien se presentan con apariencia de prudencia, comodidad o buenas intenciones. Pedro quiere evitarle el sufrimiento a Jesús; sin embargo, sin darse cuenta, intenta apartarlo del camino querido por el Padre.

En la primera lectura, Jeremías experimenta el peso de su misión: quisiera callar para evitar burlas y persecuciones, pero la Palabra de Dios arde dentro de él como fuego incontenible. El salmo descubre el secreto de su perseverancia: «Mi alma está sedienta de ti, Señor». Quien ha probado el amor de Dios no puede vivir lejos de Él.

San Pablo nos invita a no acomodarnos a los criterios de este mundo, sino a transformar nuestra mentalidad para discernir la voluntad de Dios y convertir la vida entera en una ofrenda agradable. Finalmente, Jesús nos recuerda en el Evangelio que seguirlo no consiste en buscar el sufrimiento, sino en permanecer fieles al amor cuando este exige renuncia, entrega y cruz.

Para reflexionar:

  • ¿Qué decisión evangélica estoy evitando bajo la apariencia de prudencia, comodidad o sentido común?
  • ¿Arde en mí la Palabra de Dios como en Jeremías, o prefiero callarla cuando puede traerme dificultades?
  • ¿Qué debo cambiar para no acomodarme a la mentalidad del mundo y seguir a Jesús con mayor libertad y fidelidad?



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Primera lectura

Jer 20, 7-9

La palabra del Señor me ha servido de oprobio

Lectura del libro de Jeremías.

ME sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. 
R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.
 R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 12, 1-2

Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

LOS exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 21-27

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor.

 

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Seguir a Cristo hoy: una fe que no huye de la cruz

 

Hermanos:

El domingo pasado escuchábamos a Pedro proclamar con entusiasmo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parecía haber comprendido quién era Jesús. Sin embargo, cuando el Señor anuncia que debe ir a Jerusalén, padecer, morir y resucitar, Pedro se escandaliza y trata de apartarlo del camino.

Pedro acepta al Mesías glorioso, pero rechaza al Mesías crucificado. Quiere el triunfo sin sacrificio, la resurrección sin Calvario, el Reino sin conversión. Y, si somos sinceros, también nosotros podemos caer en esa tentación: queremos un cristianismo que consuele, pero que no cuestione; una fe que bendiga nuestros planes, pero que no transforme nuestras decisiones; un Evangelio que prometa bienestar, pero que no nos pida renuncias.

Por eso Jesús dice con claridad:

«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Negarse a sí mismo no significa despreciarse, anular la personalidad o renunciar a la propia dignidad. Significa dejar de colocarnos en el centro; renunciar al egoísmo, al orgullo, al deseo de dominar y a la pretensión de que todo se haga según nuestra voluntad.

Y cargar con la cruz no significa buscar sufrimientos ni resignarse pasivamente ante las injusticias. Dios no pide a una persona maltratada que permanezca en peligro, ni al pobre que considere sagrada su pobreza, ni a las víctimas que callen ante sus agresores. La cruz cristiana no es el sufrimiento provocado por el capricho de los poderosos. Es el precio que, muchas veces, debe pagar quien ama, sirve, defiende la verdad y permanece fiel a Dios.

Un fuego que no puede apagarse

Jeremías conoció ese precio. Dios lo llamó para anunciar su Palabra en medio de una sociedad que no quería escuchar. Por denunciar la violencia, la corrupción y la injusticia, fue insultado, perseguido y encarcelado. Llegó a sentirse cansado y engañado. Por eso exclama: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Jeremías quiso guardar silencio. Pensó: «No volveré a hablar en su nombre». Pero no pudo hacerlo, porque la Palabra de Dios se había convertido dentro de él en «un fuego ardiente encerrado en los huesos».

El profeta continúa, no porque sea insensible ni porque tenga un carácter obstinado, sino porque ha sido alcanzado por Dios. La Palabra le duele, pero también lo sostiene. Lo persiguen, pero no pueden apagar el fuego que lleva dentro.

Colombia necesita hoy cristianos con ese fuego: hombres y mujeres que no se acostumbren a la violencia, a la corrupción, al reclutamiento de menores, al desplazamiento de comunidades, a las amenazas contra líderes sociales y al desprecio por la vida. Según la Defensoría del Pueblo, solamente durante los primeros cinco meses de 2026 fueron asesinados 67 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Detrás de cada cifra hay una familia, una comunidad y un proyecto de esperanza truncado.

¿Podemos llamarnos cristianos y permanecer indiferentes? ¿Podemos celebrar la Eucaristía mientras cerramos los ojos ante quien sufre? La fe no nos autoriza para odiar, pero tampoco nos permite callar cobardemente. El Evangelio nos llama a defender la dignidad humana sin violencia, sin deseos de venganza y sin convertir al que piensa distinto en enemigo.

«Mi alma está sedienta de ti»

El salmo nos permite comprender de dónde nace la fortaleza del profeta:

«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;
mi alma está sedienta de ti».

Quien ha contemplado la fuerza y la gloria de Dios no puede vivir como si Dios no existiera. Los testigos del Evangelio no perseveran solamente por su temperamento o valentía personal. Los sostiene la certeza de que «la misericordia del Señor vale más que la vida» y de que su mano nunca abandona a quien se refugia en Él.

Esa sed de Dios sostuvo a los apóstoles, a san Óscar Romero, al beato Jesús Emilio Jaramillo, al beato Pedro María Ramírez y a tantos sacerdotes, religiosas, catequistas, campesinos, maestros y líderes comunitarios que han servido a Colombia aun en medio de amenazas. Algunos entregaron literalmente su vida; otros viven un martirio cotidiano, silencioso, manteniéndose fieles en medio de enormes dificultades.

Quizá nosotros no tengamos que derramar la sangre por Cristo, pero sí estamos llamados a ese martirio cotidiano: morir al egoísmo, al resentimiento, a la mentira, a la comodidad y a la indiferencia.

No acomodarse a los criterios del mundo

San Pablo expresa hoy la misma exigencia:

«No se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios».

Pablo nos invita a ofrecer nuestra existencia como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». El verdadero culto no termina cuando salimos del templo. Continúa en la casa, en el trabajo, en la carretera, en la escuela, en las redes sociales, en el manejo del dinero y en el trato que damos a los demás.

Ofrecerse como sacrificio vivo significa:

tener el valor de no robar, aunque otros roben; no hacer fraude, aunque parezca normal; no comprar votos ni vender la conciencia; rechazar la corrupción, aunque pueda producir ganancias; proteger a los niños frente a cualquier forma de abuso; respetar la fidelidad matrimonial; cuidar al enfermo y al anciano; defender al pobre; hablar con verdad sin destruir la reputación ajena; y no convertir las redes sociales en trincheras de odio.

Significa también conservar la humanidad en medio de la polarización. No podemos pedir paz para Colombia mientras sembramos odio en nuestras conversaciones. No podemos rechazar la violencia armada y, al mismo tiempo, disparar insultos, calumnias y desprecios contra quien piensa diferente.

La cruz de una Colombia herida

En estos días nuestra nación sigue llevando la cruz del terremoto que golpeó especialmente al Chocó, al Eje Cafetero y a otras regiones. Hay familias de luto, heridos, damnificados y comunidades que han perdido viviendas, templos y medios de subsistencia. Algunos hermanos que ya habían sido desplazados por el conflicto han vuelto a perderlo todo por el desastre.

Ante esta realidad, cargar con la cruz significa no limitar nuestra solidaridad a la emoción de unos días. Significa acompañar, compartir, reconstruir y permanecer cerca cuando las cámaras y las noticias se hayan ido. La cruz del damnificado debe convertirse también en responsabilidad de la comunidad cristiana.

Pero la última palabra de Jesús no es la cruz. Él anuncia que padecerá, morirá y resucitará. La cruz no es el destino definitivo: es el camino hacia la vida. Por eso afirma:

«El que pierda su vida por mí, la encontrará».

La vida se pierde cuando se encierra en el egoísmo; se encuentra cuando se entrega. Se pierde cuando solo busca dinero, apariencia, poder y placer; se encuentra cuando se convierte en servicio. Se pierde cuando vive para sí misma; se salva cuando aprende a amar.

Hermanos, seguir a Jesucristo hoy exige una fe profunda, una esperanza perseverante y un amor capaz de ensuciarse las manos por los demás. Este valor no se improvisa. Nace de la oración, de la escucha de la Palabra, de la contemplación de Cristo crucificado y de la participación fiel en la Eucaristía.

Pidamos al Señor que no nos deje convertirnos en obstáculos para su Evangelio. Que en los días sombríos no nos desanimemos; que en los días luminosos no nos olvidemos de agradecer; y que, llevando cada día nuestra cruz, podamos seguir los pasos de Cristo hasta participar de su resurrección.

Oración

Señor Jesús,
seguir tus pasos no es una invitación
a la comodidad ni a la indiferencia.

Tú no prometiste un camino sin dificultades,
pero aseguraste tu presencia
a quienes cargan la cruz por amor.

Cuando el miedo nos invite a callar,
enciende tu Palabra en nuestros corazones.
Cuando nos venza el cansancio,
sostennos con tu mano.

Danos valor para defender la vida,
servir a quienes sufren,
trabajar por la paz
y permanecer fieles al Evangelio.

En los días sombríos,
no permitas que nos desanimemos;
y en los días luminosos,
enséñanos a darte gracias.

Hemos puesto nuestra confianza en Ti.
Guíanos por el camino de la cruz
hasta la alegría de la resurrección.

Amén.

viernes, 28 de agosto de 2026

29 de agosto del 2026: Martirio de san Juan Bautista


Fiesta de la Iglesia:

Martirio de san Juan Bautista

Celebramos la memoria del martirio de san Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas mantuvo encarcelado en la fortaleza de Maqueronte y mandó decapitar, el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodías. Como una lámpara que arde y alumbra, el precursor del Señor dio testimonio de la verdad tanto en su vida como en su muerte.

San Juan Bautista fue encarcelado porque tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). No murió por defender una opinión personal, sino por permanecer fiel a la verdad y a la ley de Dios. Su martirio revela el enfrentamiento entre una conciencia recta y un poder dominado por el miedo, la vanidad y el respeto humano.

Herodes reconocía que Juan era un hombre justo y santo; incluso lo escuchaba con agrado. Sin embargo, no tuvo el valor de cambiar de vida. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados y cumplir una promesa insensata antes que proteger la vida de un inocente. Herodías, por su parte, permitió que el resentimiento se transformara en deseo de venganza. El banquete, que debía celebrar la vida, terminó convertido en escenario de muerte.

Juan Bautista permaneció fiel hasta el final. El que había preparado los caminos del Señor anticipó también, con su muerte injusta, la pasión de Jesucristo. Su sangre continúa recordándonos que la verdad no puede acomodarse a los intereses del momento y que la fidelidad a Dios puede exigir valentía, renuncia e incluso el don de la propia vida.

Esta memoria nos invita a examinar nuestra conciencia: ¿callamos la verdad por miedo a perder la aprobación de los demás? ¿Permitimos que los compromisos sociales, las apariencias o el orgullo pesen más que la justicia? San Juan Bautista nos enseña a hablar con claridad, pero también con humildad; a denunciar el pecado sin dejar de buscar la conversión del pecador.

Pidamos por su intercesión una conciencia libre, una fe coherente y el valor de permanecer junto a Cristo cuando la verdad resulte incómoda. Que, como Juan, sepamos disminuir para que Cristo crezca en nosotros, y que nuestra vida sea una lámpara encendida que ilumine a los demás con la verdad y el amor de Dios.


Cuando nos cuesta…

Juan Bautista es un testigo fiel de Dios. Ante la injusticia, no habla para agradar a los demás, sino para ser justo delante del Señor. Se atreve a decir la verdad, incluso cuando esta le cuesta la libertad y, finalmente, la vida.

Su martirio nos recuerda que la fidelidad al Evangelio no siempre es cómoda. A veces exige ir contra la opinión dominante, vencer el miedo y renunciar a la aprobación de los demás. Herodes escucha a Juan, pero no tiene la valentía de convertirse: prefiere proteger su imagen antes que obedecer a su conciencia.

También nosotros estamos llamados a dar testimonio de la verdad, pero sin arrogancia ni violencia, siempre unidos a la caridad. Ser discípulos de Cristo significa permanecer fieles cuando resulta difícil, cuando nos critican o cuando hacer el bien implica algún sacrificio. La fe demuestra su autenticidad precisamente cuando nos cuesta.

Que san Juan Bautista nos conceda una conciencia recta, una palabra valiente y un corazón dispuesto a que Cristo crezca en nosotros, aunque para ello nuestro orgullo tenga que disminuir.

 

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Primera lectura

Jer 1, 17-19


Diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo

Lectura del libro de Jeremías.

EN aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
«Cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame.
R.

V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa.
R.

V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías.
R.

V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
R.

 

Evangelio

Mc 6, 17-29

Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista


Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.


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La verdad que permanece cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos el martirio de san Juan Bautista, el profeta fiel que se atrevió a decir la verdad aun cuando sabía que podía costarle la libertad y la vida. Juan no habló para agradar a Herodes ni para conservar su prestigio; habló para ser fiel delante de Dios: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Su palabra no nacía del odio ni del deseo de condenar, sino de una conciencia recta y del deseo de llamar a la conversión.

El Evangelio nos presenta un fuerte contraste. Juan es un hombre libre, aunque se encuentre encarcelado; Herodes, en cambio, parece poderoso, pero está prisionero de sus pasiones, del miedo, de una promesa imprudente y del deseo de quedar bien ante sus invitados. Juan pierde la cabeza, pero conserva la dignidad y la fidelidad; Herodes conserva el trono, pero traiciona su conciencia.

La primera lectura nos ayuda a comprender esta paradoja: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo fuerte». Dios no eligió a Juan por su poder, sus riquezas o su prestigio social. Lo eligió por su disponibilidad y por su fidelidad. Ante el mundo, Juan parece derrotado; ante Dios, participa de la victoria de quienes permanecen firmes en la verdad.

Por eso san Pablo nos recuerda que nadie puede gloriarse delante de Dios. Nuestra verdadera grandeza no está en los cargos, en el reconocimiento o en la opinión de los demás, sino en pertenecer a Cristo, quien ha sido hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Juan Bautista vivió plenamente esta verdad cuando dijo acerca de Jesús: «Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir».

El salmo proclama: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dichoso no es necesariamente quien evita toda dificultad, sino quien pone su confianza en el Señor. Los ojos de Dios están sobre quienes lo temen y esperan en su misericordia. Juan pudo entregar su vida porque sabía que su existencia estaba en las manos de Dios. Los poderosos podían silenciar su voz, pero no podían destruir su testimonio.

En este sábado dirigimos también nuestra mirada filial hacia la Virgen María. Ella, como Juan, no buscó agradar al mundo, sino cumplir la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». María permaneció fiel cuando la obediencia le exigió atravesar la incomprensión, el dolor y la cruz. Ella nos enseña que la verdad debe anunciarse con valentía, pero también con humildad, caridad y misericordia.

Preguntémonos hoy: ¿somos capaces de defender la verdad cuando nos cuesta? ¿Callamos por miedo a perder la aprobación de los demás? ¿Nos parecemos a Juan, que escucha a Dios, o a Herodes, que escucha la verdad, pero no se decide a cambiar?

Pidamos al Señor, por intercesión de san Juan Bautista y de la Santísima Virgen María, que nos conceda una conciencia recta, una palabra valiente y un corazón humilde. Que no busquemos quedar bien ante los hombres, sino permanecer fieles ante Dios; y que, incluso en medio de las dificultades, podamos decir con nuestra vida: nuestra gloria está solamente en el Señor. Amén.

 

jueves, 27 de agosto de 2026

28 de agosto del 2026: viernes de la vigésima primera semana del tiempo ordinario II-memoria de San Agustín de Hipona, obispo y Doctor de la Iglesia

 

Testigo de la fe:

San Agustín de Hipona

354-430.

Obispo y doctor de la Iglesia.

«Hombre incomparable, de quien todos en la Iglesia y en Occidente nos sentimos, de alguna manera, discípulos e hijos»: así calificó san Juan Pablo II a san Agustín en su carta apostólica Augustinum Hipponensem.

Agustín nació en Tagaste, en el norte de África, en el año 354. Hijo de Patricio, que recibió el bautismo poco antes de morir, y de santa Mónica, creció acompañado por la fe perseverante y las lágrimas de su madre. Dotado de una inteligencia excepcional, buscó apasionadamente la verdad, aunque durante muchos años lo hizo por caminos equivocados. Se dejó atraer por el maniqueísmo, por la ambición intelectual y por una vida moral desordenada.

Ejerció como profesor de retórica en Cartago, Roma y Milán. En esta última ciudad, la predicación de san Ambrosio, el testimonio de algunos cristianos y la lectura de las Sagradas Escrituras fueron abriendo su corazón a la gracia. En el año 386 vivió la experiencia decisiva de su conversión. Mientras lloraba bajo una higuera, escuchó una voz infantil que repetía: «Toma y lee». Abrió las cartas de san Pablo y encontró la palabra que iluminó definitivamente su vida.

Fue bautizado por san Ambrosio durante la Vigilia Pascual del año 387. Poco después, mientras regresaba a África, compartió con su madre Mónica una profunda experiencia espiritual en Ostia. Ella murió pocos días después, consolada porque Dios había respondido abundantemente a sus oraciones: su hijo no solamente se había convertido, sino que había entregado enteramente su vida a Cristo.

Ya en África, Agustín fue ordenado sacerdote y, más tarde, consagrado obispo de Hipona. Durante casi cuarenta años sirvió incansablemente a su pueblo mediante la predicación, la atención a los pobres, la defensa de la fe, la formación del clero y la vida comunitaria. Combatió los errores de su tiempo y profundizó especialmente en el misterio de la gracia, la Trinidad, la Iglesia, la libertad humana y la caridad.

Entre sus numerosas obras sobresalen las Confesiones, diálogo íntimo con Dios y testimonio de su conversión, y La Ciudad de Dios, reflexión monumental sobre la historia, la sociedad y el destino eterno del ser humano. Su pensamiento marcó profundamente la teología, la filosofía y la cultura occidental.

Agustín murió el 28 de agosto del año 430, mientras Hipona era sitiada por los vándalos. Pasó sus últimos días en oración y penitencia, haciendo colocar en las paredes de su habitación los salmos penitenciales para poder leerlos y meditarlos.

La vida de san Agustín nos recuerda que ningún corazón se encuentra demasiado lejos de Dios y que la gracia puede transformar incluso nuestros extravíos en un camino de santidad. Su búsqueda continúa hablando al ser humano de hoy, sediento de verdad, belleza y amor. Él mismo resumió esa inquietud en una de sus expresiones más conocidas:

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

Y después de haber buscado la felicidad lejos de Dios, confesó con emoción:

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!».

San Agustín nos enseña a no cansarnos de buscar la verdad, a confiar en la fuerza de la gracia y a amar profundamente a Cristo y a la Iglesia. Su conversión demuestra que Dios nunca abandona al ser humano y que ninguna oración perseverante —como la de santa Mónica— queda sin fruto.

Carta apostólica Augustinum Hipponensem, san Juan Pablo II

 


Tener con qué perseverar

Jesús nos llama a ser previsores. La tardanza del esposo se convierte en un momento de verdad que revela lo que habita en nuestro corazón. Las jóvenes prudentes prepararon sus lámparas con la cantidad suficiente de aceite para afrontar la espera; las descuidadas confiaron únicamente en el entusiasmo del momento.

El aceite simboliza una fe alimentada cada día por la oración, la Palabra de Dios, los sacramentos y las obras de caridad. No se puede improvisar una vida interior ni pedir prestada, a última hora, la fidelidad de los demás. Cada uno debe mantener encendida su propia lámpara.

El Señor puede parecer que tarda, pero vendrá. Por eso, velar no significa vivir con miedo, sino amar con perseverancia, servir con fidelidad y permanecer preparados para recibirlo. Que, cuando Cristo llegue, encuentre nuestras lámparas encendidas y nuestro corazón lleno del aceite del amor.

«Velen, porque no saben el día ni la hora» (Mt 25,13).

 

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Primera lectura

1 Cor 1, 17-25
Predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los hombres; pero para los llamados es sabiduría de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo.
Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios.
Pues está escrito:
«Destruiré la sabiduría de los sabios, frustraré la sagacidad de los sagaces».
¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el docto? ¿Dónde está el sofista de este tiempo? ¿No ha convertido Dios en necedad
la sabiduría del mundo?
Y puesto que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, quiso Dios valerse de la necedad de la predicación para salvar a los que creen.
Pues los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios.
Pues lo necio de Dios es más sabio que los hombres; y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 1-2. 4-5. 10-11 (R.: cf. 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

V. Aclamen, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. 
R.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. El Señor deshace los planes de las naciones,
frustra los proyectos de los pueblos;
pero el plan del Señor subsiste por siempre;
los proyectos de su corazón, de edad en edad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Estén despiertos en todo tiempo,
pidiendo mantenerse en pie ante el Hijo del hombre.
 R.

 

Evangelio

Mt 25, 1-13

¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a diez vírgenes que tomaron sus lámparas y salieron al encuentro del esposo.
Cinco de ellas eran necias y cinco eran prudentes.
Las necias, al tomar las lámparas, no se proveyeron de aceite; en cambio, las prudentes se llevaron alcuzas de aceite con las lámparas.
El esposo tardaba, les entró sueño a todas y se durmieron.
A medianoche se oyó una voz:
“¡Que llega el esposo, salgan a su encuentro!”.
Entonces se despertaron todas aquellas vírgenes y se pusieron a preparar sus lámparas.
Y las necias dijeron a las prudentes:
“Dennos de su aceite, que se nos apagan las lámparas”.
Pero las prudentes contestaron:
“Por si acaso no hay bastante para ustedes y nosotras, mejor es que vayan a la tienda y se lo compren”.
Mientras iban a comprarlo, llegó el esposo, y las que estaban preparadas entraron con él al banquete de bodas, y se cerró la puerta.
Más tarde llegaron también las otras vírgenes, diciendo:
“Señor, señor, ábrenos”.
Pero él respondió:
“En verdad les digo que no las conozco”.
Por tanto, velen, porque no saben el día ni la hora».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta la parábola de las diez jóvenes que salieron con sus lámparas al encuentro del esposo. Cinco eran prudentes y llevaron consigo una provisión de aceite; las otras cinco fueron descuidadas y, cuando el esposo tardó, sus lámparas comenzaron a apagarse.

Jesús nos habla de la necesidad de estar preparados. La tardanza del esposo se convierte en un momento de verdad: revela lo que cada una lleva en su corazón. Mientras todo marcha bien, las diez lámparas parecen iguales; pero cuando llega la noche y la espera se prolonga, aparece la diferencia entre una fe profunda y una fe superficial, entre la perseverancia y el entusiasmo pasajero.

El aceite representa aquello que sostiene nuestra vida espiritual: la oración constante, la escucha de la Palabra, la participación en los sacramentos, las obras de misericordia, el amor convertido en servicio y la fidelidad en los momentos difíciles. La lámpara puede ser la fe recibida en el Bautismo, pero esa fe necesita alimentarse. No basta con haber comenzado el camino cristiano: es necesario perseverar.

Hay cosas que nadie puede hacer por nosotros. Otros pueden acompañarnos, aconsejarnos y orar a nuestro lado, pero nadie puede creer, amar, perdonar o convertirse en nuestro lugar. Las jóvenes prudentes no fueron egoístas al no compartir el aceite; la parábola quiere enseñarnos que la relación personal con Dios no se puede improvisar ni pedir prestada en el último momento.

La sabiduría de la cruz

San Pablo, en la primera lectura, afirma que Cristo lo envió a anunciar el Evangelio, no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo. Y añade:

«El mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan es fuerza de Dios».

El mundo suele considerar sabio al poderoso, al triunfador, al que se impone y asegura su propio bienestar. Dios, en cambio, nos muestra su sabiduría en Cristo crucificado: en aquel que ama hasta entregar la vida, perdona a sus enemigos y transforma el sufrimiento en una ofrenda de salvación.

La cruz es también el aceite que mantiene encendida nuestra lámpara. Una fe que rechaza toda dificultad puede apagarse fácilmente. Pero la fe que aprende a mirar a Cristo crucificado encuentra fuerza incluso en medio de la enfermedad, la soledad, el duelo, la pobreza, las decepciones y las pruebas de la vida.

No significa que debamos buscar el sufrimiento ni resignarnos pasivamente ante la injusticia. Significa que ningún dolor vivido con Cristo es inútil. La cruz acogida con fe puede convertirse en oración, solidaridad, madurez espiritual y entrega generosa.

«La misericordia del Señor llena la tierra»

El salmo proclama:

«La misericordia del Señor llena la tierra».

Esta respuesta nos ayuda a comprender que la vigilancia cristiana no nace del miedo, sino de la confianza. No esperamos a un juez caprichoso dispuesto a sorprendernos en una equivocación; esperamos al Esposo que nos ama, viene a nuestro encuentro y desea introducirnos en el banquete de su Reino.

Aunque atravesemos una noche prolongada, la misericordia del Señor no nos abandona. Cuando nuestra lámpara parece debilitarse, Dios puede renovar nuestro aceite si volvemos a Él con un corazón humilde. El sacramento de la Reconciliación, la Eucaristía, la oración y la caridad fraterna son fuentes en las que el Señor reaviva nuestra esperanza.

San Agustín: un corazón que despertó

Hoy celebramos a san Agustín de Hipona, obispo y doctor de la Iglesia. Su vida ilumina de manera especial la Palabra que hemos escuchado. Durante muchos años buscó la verdad por caminos equivocados. Su inteligencia era brillante, pero su corazón permanecía inquieto. Se dejó seducir por falsas doctrinas, por la ambición y por placeres que no lograban darle la felicidad.

Sin embargo, la lámpara de la oración de su madre, santa Mónica, permaneció encendida. Ella creyó, esperó, lloró y perseveró. Cuando parecía que Dios tardaba, Mónica no dejó que se agotara el aceite de su esperanza.

Finalmente, Agustín se dejó alcanzar por la gracia. Abrió las Escrituras, escuchó la voz de Dios y comprendió que la verdad que buscaba no era solamente una idea, sino una persona: Jesucristo. Después pudo confesar:

«Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti».

San Agustín nos enseña que nunca es demasiado tarde para despertar, llenar nuevamente nuestra lámpara y regresar a Dios. Pero también nos advierte que no debemos aplazar indefinidamente la conversión. La gracia llama hoy; la reconciliación comienza hoy; el bien que podemos hacer debe hacerse hoy.

Vigilar junto a quienes sufren

En este viernes de intención penitencial, reconozcamos las veces en que hemos permitido que nuestra lámpara se apague: cuando descuidamos la oración, nos acostumbramos al pecado, permanecemos indiferentes ante el dolor ajeno o dejamos para mañana la reconciliación que deberíamos buscar hoy.

Nuestra penitencia no puede reducirse a una práctica exterior. Debe abrir nuestros ojos y nuestro corazón hacia quienes sufren. Hay personas cuya noche parece demasiado larga: enfermos, familias que lloran a sus seres queridos, personas solas, víctimas de la violencia, desplazados, damnificados, desempleados y quienes padecen angustias que nadie alcanza a ver.

Tal vez nosotros podamos ser para ellos una pequeña lámpara encendida. Una visita, una llamada, un alimento compartido, una escucha paciente, una ayuda económica o una oración sincera pueden convertirse en signos de que la misericordia del Señor sigue llenando la tierra.

Pidamos la intercesión de san Agustín para que sepamos buscar sinceramente la verdad, amar a Cristo y permanecer fieles en medio de la espera. Que el Señor nos conceda el aceite de una fe perseverante, una esperanza que no se apague y una caridad atenta al sufrimiento de los hermanos.

Y que, cuando llegue el Esposo, nos encuentre despiertos, con las lámparas encendidas y las manos ocupadas en amar. Amén.

 

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28 de agosto:

San Agustín de Hipona, Obispo y Doctor de la Iglesia —

Memoria

354–430
Patrono de cerveceros, impresores y teólogos
Invocado contra enfermedades de los ojos y plagas de insectos
Canonización pre-congregación
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1298
Llamado popularmente “Doctor de la Gracia”

 


Cita:
“¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Tú estabas dentro de mí y yo fuera, y por fuera te buscaba; y deforme como era, me lanzaba sobre estas cosas hermosas que tú creaste. Tú estabas conmigo, pero yo no estaba contigo. Reteníanme lejos de ti aquellas cosas que, si no existieran en ti, nada serían. Me llamaste y clamaste, y venciste mi sordera; brillaste, resplandeciste y curaste mi ceguera; exhalaste tu fragancia y la aspiré, y ahora suspiro por ti; gusté de ti y ahora tengo hambre y sed; me tocaste, y me abrasé en tu paz.”


~ Confesiones de San Agustín, Libro X


Reflexión

Ayer, la Iglesia honró a Santa Mónica, madre del santo de hoy, San Agustín. A pesar de una vida difícil, Mónica cumplió su deber más crucial como madre y esposa: rezó por su familia y dio testimonio de virtudes tan convincentes que su esposo, su suegra y sus tres hijos se convirtieron a Cristo. Entre ellos, San Agustín de Hipona, uno de los santos más venerados de la Iglesia.

Aurelio Agustín Hiponense, conocido como Agustín, nació en Tagaste, actual Souk Ahras en Argelia, África del Norte. Fue el mayor de tres hijos, con un hermano y una hermana menores. Su padre, Patricio, no era rico pero tenía responsabilidades cívicas en su ciudad, parte del Imperio Romano. Era pagano, de temperamento violento y vida inmoral. Su madre, hoy venerada como Santa Mónica, había luchado con el alcohol en su juventud, pero superó ese vicio. Criada como cristiana, abrazó de lleno su fe católica. A pesar de sufrir por el temperamento y las infidelidades de su esposo, fue modelo de caridad, y sus oraciones convirtieron finalmente a toda la familia.

El padre de Agustín no permitió que sus hijos fueran bautizados, a pesar de las súplicas de su madre. Sin embargo, Mónica se aseguró de que recibieran formación catequética y educación en los clásicos. La fe de Mónica sembró en Agustín la conciencia de Cristo Salvador, aunque esa semilla no caló en su juventud. Era travieso: en sus Confesiones cuenta cómo él y unos amigos robaron peras, no por hambre ni por gusto, sino por el mero placer de hacerlo. Escribió: “Amaba mi propia perdición. Amaba mi error, no aquello por lo que erraba, sino el error mismo… buscando nada en el acto vergonzoso, salvo la vergüenza misma. Era amor al pecado.”

Agustín se destacó en los estudios y su orgulloso padre quiso enviarlo a Cartago, ciudad próspera cercana, a continuar su educación, aunque debió esperar hasta conseguir un mecenas. Durante esos meses de ocio cayó en mayores travesuras. Ese mismo año murió su padre, pero un rico ciudadano costeó sus estudios. Ya en Cartago, se sumergió en la vida desordenada: el teatro encendía sus pasiones, se embriagaba de sus éxitos literarios, y pronto convivió con una joven con la que tuvo un hijo fuera del matrimonio.

A los diecinueve años leyó una obra que cambió su vida: Hortensius de Cicerón, que exaltaba la sabiduría. Ese texto despertó en él el hambre de verdad. Sin embargo, en ese tiempo comenzó a dudar de la fe cristiana, sobre todo por sus dificultades con el Antiguo Testamento, que le parecía violento y confuso. Se encontró entonces con el maniqueísmo, filosofía religiosa que prometía conocimiento secreto y confirmaba sus sospechas de contradicciones en la Biblia. Según esta doctrina, la realidad era lucha entre luz y tinieblas, bien y mal. El mundo creado era parte de la oscuridad, que buscaba atraparnos. Agustín investigó sus enseñanzas con la esperanza de hallar la sabiduría que prometían, pero nunca se adhirió del todo. Años más tarde, al conocer al líder Fausto, se decepcionó por su mediocridad intelectual y abandonó definitivamente el maniqueísmo.

Tras terminar sus estudios en Cartago, regresó a Tagaste con su compañera y su hijo, y comenzó a enseñar gramática. Cuando anunció a su madre que pensaba hacerse maniqueo, ella lo echó de casa, aunque luego, inspirada por Dios, se reconcilió con él. Su éxito como profesor lo llevó de nuevo a Cartago, donde enseñó retórica con renombre. Más tarde fue invitado a Roma, lo que consideró un honor. Su madre quiso acompañarlo, pero Agustín la engañó y partió solo. En Roma se desilusionó por los estudiantes que lo estafaban en las matrículas, y terminó aceptando un puesto en Milán. Allí, a los treinta años, su madre lo alcanzó finalmente, siendo testigo de su conversión.

En Milán conoció al obispo Ambrosio, gran predicador y pensador, que lo acogió con amistad, respondió sus dudas y lo introdujo en la lectura adecuada de la Biblia, ayudándole especialmente con el Antiguo Testamento. Ambrosio también impresionó a Agustín por su valentía frente a la emperatriz Justina, quien quiso apoderarse de su catedral para los arrianos.

Un día, en un jardín, Agustín escuchó una voz infantil que le decía: “Toma y lee”. Tomó una Biblia y abrió al azar en Romanos 13,13-14: “…conduzcámonos dignamente como en pleno día: nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos, nada de rivalidades y envidias; revístanse más bien del Señor Jesucristo y no se preocupen de la carne para satisfacer sus apetitos.” Esta lectura lo impactó profundamente y aceleró su conversión.

Apoyado por amigos católicos, por los consejos y oraciones de su madre, y por la gracia de Dios, Agustín recibió el bautismo a los 33 años, en la Vigilia Pascual del 387, de manos de Ambrosio, junto con su hijo. De regreso a África, su madre murió cerca de Roma, hecho que él narra en Confesiones en una de las páginas más bellas sobre el amor entre madre e hijo.

En Tagaste fundó una comunidad religiosa con amigos. Su fama creció y fue ordenado sacerdote en el 391, y obispo de Hipona en el 396. En los 43 años siguientes se convirtió en uno de los teólogos más grandes de la historia. Sus sermones, su cercanía pastoral y sus escritos marcaron a generaciones.

Sus obras son monumentales: apologías, cartas, comentarios bíblicos, tratados filosóficos y teológicos, reglas monásticas… Más de cinco millones de palabras han llegado hasta hoy. Su Confesiones es una autobiografía espiritual profundamente teológica; su Ciudad de Dios confronta la crisis de Roma mostrando la contraposición entre la ciudad terrena y la ciudad de Dios; su tratado sobre la Trinidad es un hito en la teología cristiana.

En su último año, presenció la invasión de los vándalos que destruyeron Hipona, pero no pudieron borrar su legado. San Agustín sigue influyendo no sólo en la Iglesia, sino en todo el pensamiento occidental.


Síntesis espiritual

Podemos decir que Agustín vivió dos vidas: la del hombre débil, confundido y pecador, y la del pecador transformado por la gracia. Su célebre frase resume su vida:
“Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti.”

Su lucha lo llevó a la verdad, y una vez convertido, Dios lo usó de manera extraordinaria.


Oración

San Agustín, tú fuiste un pecador redimido por Cristo. Luego dedicaste toda tu vida a la gloria de Dios y a la salvación de las almas. Te ruego que ores por mí, para que yo descubra lo que tú descubriste, e imite tu radical conversión, sin reservar nada a nuestro Dios misericordioso. San Agustín de Hipona, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

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