sábado, 23 de mayo de 2026

Atahualpa Yupanqui: el cantor que vino de lejos para decir algo



Cada 23 de mayo se recuerda la partida de Atahualpa Yupanqui, uno de los nombres mayores de la música popular latinoamericana. En 2026 se cumplen 34 años de su muerte, ocurrida en Nîmes, Francia, el 23 de mayo de 1992.

Había nacido el 31 de enero de 1908, como Héctor Roberto Chavero Aramburu, en Campo de la Cruz, cerca de Juan A. de la Peña, en el partido de Pergamino, provincia de Buenos Aires, Argentina.

(Argentina)


Atahualpa Yupanqui fue mucho más que un cantor folklórico. Fue poeta, guitarrista, compositor, caminante, narrador de la tierra, intérprete del alma campesina y una de las voces más hondas de América Latina. Su canto no nació de los salones, sino de los caminos; no se alimentó del artificio, sino del paisaje, del silencio, del sufrimiento del pueblo y de esa sabiduría antigua que muchas veces sobrevive en los humildes.

Su seudónimo, elegido desde joven, tiene resonancia indígena y destino literario. “Atahualpa” evoca al último soberano inca; “Yupanqui” remite al universo quechua. La Secretaría de Cultura de Argentina recoge una explicación tradicional del nombre artístico: “el que vino de lejanas tierras a contar”. Esa frase parece una definición perfecta de su misión: venir desde la tierra profunda para contar lo que otros no querían escuchar. (Argentina)

La infancia, la tierra y la guitarra

Hijo de José Demetrio Chavero, empleado ferroviario de ascendencia criolla e indígena, y de Higinia Carmen Haran, de raíces vascas, Atahualpa creció entre estaciones, campos, pueblos y caminos. A los seis años comenzó a estudiar violín con el sacerdote del pueblo, pero muy pronto encontró en la guitarra su instrumento definitivo. Más tarde estudió con el maestro Bautista Almirón en Junín, quien lo puso en contacto con la tradición de la guitarra clásica y con autores como Sor, Albéniz, Granados y Tárrega. (Argentina)

En 1917 su familia llegó a Tucumán, y allí se abrió para él un mundo decisivo. Los paisajes del noroeste argentino, las zambas, las vidalas, las chacareras, los cerros, los valles, los silencios de la noche y la memoria indígena marcaron para siempre su sensibilidad. A los 19 años compuso “Camino del indio”, una de sus obras tempranas más conocidas. (Argentina)

A diferencia de otros autores populares que cantaron principalmente al suburbio, al arrabal o al desarraigo urbano, Yupanqui cantó al hombre de la tierra: el arriero, el minero, el hachero, el campesino, el gaucho, el indio, el jornalero. Su universo no es la ciudad ruidosa, sino el camino largo; no es el bullicio, sino la soledad del que anda con su guitarra y escucha lo que la tierra murmura.

Un poeta de los humildes

Atahualpa Yupanqui dio voz a quienes pocas veces la tenían. En sus canciones aparecen los pobres, los trabajadores rurales, los mineros, los hombres sencillos que soportan la dureza de la vida sin perder la dignidad. “Las penas son de nosotros…” —dice una de sus frases más recordadas— y en esa expresión se condensa buena parte de su mirada social.

Pero sería injusto reducirlo a un simple cantor de protesta. Yupanqui fue más que un militante con guitarra. Fue un poeta. Y en él la protesta no cancela la belleza. Su denuncia no empobrece la canción; la vuelve más humana. Su música no es panfleto, sino memoria herida, ternura austera, contemplación del paisaje y compasión por el hombre concreto.

Por eso sus canciones fueron interpretadas por artistas de generaciones y estilos muy distintos: Los Chalchaleros, Mercedes Sosa, Jorge Cafrune, Chavela Vargas, Facundo Cabral, Alberto Cortez, Lucho Gatica, Mocedades y tantos otros. Entre sus títulos más célebres están “Luna tucumana”, “Los ejes de mi carreta”, “El arriero”, “Camino del indio”, “Piedra y camino”, “El alazán”, “Chacarera de las piedras”, “Preguntitas sobre Dios” y “Los hermanos”.

Nenette, Pablo del Cerro y la obra compartida

Una de las correcciones necesarias al hablar de Yupanqui es reconocer mejor el papel de Antonietta Paule Pepin Fitzpatrick, conocida como Nenette. Ella nació en Saint Pierre et Miquelon, territorio francés de ultramar cercano a Canadá, y llegó a la Argentina en 1928. Pianista, compositora y compañera de vida de Yupanqui, firmó muchas obras bajo el seudónimo masculino de Pablo del Cerro. (Fundación Atahualpa Yupanqui)

Durante mucho tiempo su aporte quedó oculto detrás de ese nombre. Hoy se reconoce con más claridad que Nenette fue coautora de canciones fundamentales del repertorio yupanquiano. La Secretaría de Cultura de Argentina señala que participó en 65 canciones de enorme éxito, entre ellas “El arriero” y “Luna tucumana”. (Argentina)

Este dato no disminuye a Yupanqui; al contrario, humaniza y enriquece su legado. Nos recuerda que muchas grandes obras nacen también del diálogo, del amor, de la escucha mutua y de colaboraciones que la historia tardó demasiado en reconocer.

Exilio, censura y consagración

Yupanqui vivió tiempos difíciles. Su vinculación con el Partido Comunista le trajo censura, persecución y cárcel durante el primer peronismo. Posteriormente se distanció del comunismo, pero nunca abandonó su sensibilidad social ni su preocupación por los pobres. Es importante decirlo con equilibrio: su obra puede dialogar con la canción social latinoamericana, pero no debe encerrarse únicamente en una lectura ideológica.

En 1949 salió hacia Europa y en 1950 se presentó en París. Allí fue apoyado por figuras como Édith Piaf, y su nombre comenzó a adquirir proyección internacional. Con el tiempo, se consolidó como uno de los grandes embajadores de la música argentina en el mundo. Francia lo condecoró, y su obra cruzó fronteras sin perder nunca el acento de la tierra. (Atacris)

Según datos recientes de la Secretaría de Cultura argentina, a lo largo de su carrera grabó más de 1200 canciones y registró cerca de 300 como propias. También publicó libros como Piedra sola y la novela Cerro Bayo, que inspiró la película Horizontes de piedra. (Argentina)

La religiosidad de un “dudante”

Uno de los aspectos más interesantes de Atahualpa Yupanqui es su relación con Dios. No fue un hombre religioso en el sentido convencional. Él mismo dijo alguna vez que no sabía si era creyente y recordaba que su padre, en tono de broma, se definía como “dudante”. Esa palabra le queda bien a Yupanqui: no fue un ateo agresivo ni un creyente devocional; fue un hombre atravesado por preguntas.

Su canción “Preguntitas sobre Dios” no es una negación superficial de la fe. Es más bien una pregunta dolorosa nacida del sufrimiento de los pobres. Allí no se burla de Dios; interroga la imagen de un Dios usado para justificar la injusticia. Lo que le duele no es Dios en sí mismo, sino que Dios parezca ausente de la mesa del pobre y demasiado presente en el discurso del poderoso.

Desde una mirada cristiana, esta inquietud no debería escandalizarnos demasiado. La Biblia está llena de preguntas parecidas: “¿Hasta cuándo, Señor?”, “¿Por qué prosperan los malvados?”, “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Los profetas también denunciaron una religión que se olvida del huérfano, de la viuda, del extranjero y del pobre.

Quizá Yupanqui no encontró una respuesta teológica clara, pero dejó una pregunta honesta. Y muchas veces una pregunta honesta vale más que una respuesta repetida sin alma. Su duda no era indiferencia; era una sed herida de justicia.

Actualidad de Yupanqui

Hoy Atahualpa Yupanqui sigue vigente porque cantó realidades que no han desaparecido: la desigualdad, el desarraigo, el abuso contra los humildes, la dignidad del trabajador, la soledad del caminante, el vínculo espiritual con la tierra y la pregunta por Dios en medio del dolor.

También sigue vigente porque su arte no envejeció como envejecen las modas. Hay canciones que pertenecen a una temporada; las de Yupanqui pertenecen a la memoria de un pueblo. Su figura continúa siendo objeto de homenajes, investigaciones y producciones culturales. En 2024, por ejemplo, se estrenó el documental Atahualpa Yupanqui, un trashumante, presentado por la Fundación Atahualpa Yupanqui como una mirada sobre su vida de viajes, exilios, búsquedas y encuentros con las culturas americanas. (Fundación Atahualpa Yupanqui)

Conviene, sin embargo, leerlo sin ingenuidad. La canción social latinoamericana tuvo grandezas y también riesgos: a veces pudo caer en simplificaciones políticas o en mitologías revolucionarias discutibles. Pero en Yupanqui hay una hondura que supera el panfleto. Su canto no invita a odiar; invita a mirar. No llama a destruir; llama a reconocer la dignidad de los olvidados.

El regreso al silencio

Atahualpa Yupanqui murió en Francia, pero quiso volver simbólicamente a su tierra. Sus cenizas descansan en los jardines de su Casa Museo de Cerro Colorado, Córdoba, bajo la sombra de un roble, junto a la memoria de Nenette y al paisaje que tanto amó. (Argentina)

Allí parece cumplirse el destino de su nombre: vino de lejos para contar algo, y después volvió al silencio de la tierra. Pero su voz no se apagó. Sigue sonando en guitarras, emisoras, escuelas, caminos y memorias familiares. Sigue recordándonos que un pueblo sin canto se queda sin alma, y que el arte verdadero no solo entretiene: también consuela, denuncia, dignifica y acompaña.

Atahualpa Yupanqui fue un “dudante”, sí, pero también un buscador. Dudó de las respuestas fáciles, de los poderosos, de las palabras religiosas usadas sin justicia. Tal vez por eso su canto sigue tocando el corazón de creyentes y no creyentes. Porque, en el fondo, sus preguntas nacen de un lugar profundamente humano: el deseo de que nadie tenga que sufrir para que otro viva mejor.

Y esa pregunta, aunque venga de un cantor que no se decía religioso, está muy cerca del Evangelio.

 

viernes, 22 de mayo de 2026

23 de mayo del 2026: sábado de la séptima semana de Pascua

El desafío de la unidad

(Juan 21,20-25) Pedro y el discípulo a quien Jesús amaba ilustran la diversidad de los miembros del cuerpo de Cristo. Una diversidad que cada uno está llamado a acoger. Esto supone liberarse de la comparación y vivir plenamente lo que se nos ha dado y lo que se nos pide ser. Pentecostés, que celebraremos mañana, no nos enseña otra cosa que la unidad en la diversidad. Un desafío que debemos asumir y que implica estar enraizados en Cristo y disponibles al Espíritu.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 28, 16-20. 30-31
Permaneció en Roma, predicando el reino de Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

CUANDO llegamos a Roma, le permitieron a Pablo vivir por su cuenta en una casa, con el soldado que lo vigilaba.
Tres días después, convocó a los judíos principales y, cuando se reunieron, les dijo:
«Yo, hermanos, sin haber hecho nada contra el pueblo ni contra las tradiciones de nuestros padres, fui entregado en Jerusalén como prisionero en manos de los romanos. Me interrogaron y querían ponerme en libertad, porque no encontraban nada que mereciera la muerte; pero, como los judíos se oponían, me vi obligado a apelar al César; aunque no es que tenga intención de acusar a mi pueblo. Por este motivo, pues, los he llamado para verlos y hablar con ustedes; pues por causa de la esperanza de Israel llevo encima estas cadenas».
Permaneció allí un bienio completo en una casa alquilada, recibiendo a todos los que acudían a verlo, predicándoles el reino de Dios y enseñando lo que se refiere al Señor Jesucristo con toda libertad, sin estorbos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 10, 4. 5 y 7 (R.: cf. 7b)

R. Los buenos verán tu rostro, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor está en su templo santo,
el Señor tiene su trono en el cielo;
sus ojos están observando,
sus pupilas examinan a los hombres. 
R.

V. El Señor examina a inocentes y culpables,
y al que ama la violencia él lo odia.
Porque el Señor es justo y ama la justicia:
los buenos verán su rostro. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les enviaré el Espíritu de la verdad —dice el Señor—; él los guiará hasta la verdad plena. R. 

 

Evangelio

Jn 21, 20-25

Este es el discípulo que ha escrito esto, y su testimonio es verdadero

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Pedro, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús amaba, el mismo que en la cena se había apoyado en su pecho y le había preguntado: «Señor, ¿quién es el que te va a entregar?».
Al verlo, Pedro dice a Jesús:
«Señor, y este, ¿qué?».
Jesús le contesta:
«Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme».
Entonces se empezó a correr entre los hermanos el rumor de que ese discípulo no moriría. Pero no le dijo Jesús que no moriría, sino: «Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué?».
Este es el discípulo que da testimonio de todo esto y lo ha escrito; y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero.
Muchas otras cosas hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni el mundo entero podría contener los libros que habría que escribir.

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

Estamos en la víspera de Pentecostés. La Pascua llega a su plenitud y la Iglesia se prepara para recibir nuevamente el don del Espíritu Santo. Y la Palabra de Dios de este sábado nos coloca ante una verdad muy necesaria para la vida cristiana: seguir a Cristo no significa vivir comparándonos con los demás, sino descubrir con humildad la propia misión dentro del cuerpo de la Iglesia.

En el Evangelio, Pedro acaba de recibir de Jesús una misión muy grande: “Apacienta mis ovejas”. También ha escuchado que su seguimiento lo llevará por caminos de entrega, incluso de cruz. Pero inmediatamente mira hacia atrás y ve al discípulo amado. Entonces pregunta: “Señor, ¿y éste qué?”

Esa pregunta de Pedro es muy humana. También nosotros la hacemos muchas veces: “¿Y él por qué tiene ese camino? ¿Y ella por qué recibe ese don? ¿Y aquel por qué tiene más reconocimiento? ¿Y yo por qué tengo que cargar con esto?” La comparación es una de las tentaciones más frecuentes del corazón humano. Nos roba la paz, nos distrae de la misión y nos hace olvidar que Dios no trabaja en serie, sino que llama a cada uno por su nombre.

Jesús responde con firmeza y ternura: “Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿a ti qué? Tú sígueme.” Es decir: Pedro, no vivas mirando el camino del otro. No midas tu vocación con la vocación ajena. No conviertas la vida espiritual en competencia. Tu tarea es seguirme.

Aquí aparece el gran desafío de la unidad. La unidad cristiana no es uniformidad. Pedro no es Juan, y Juan no es Pedro. Pedro representa el pastoreo, la responsabilidad visible, la roca, la misión de confirmar a los hermanos. Juan representa la intimidad, la contemplación, la memoria amorosa del Evangelio, el testimonio del discípulo que se sabe amado. Ambos son necesarios. Ambos pertenecen a Cristo. Ambos edifican la Iglesia.

También en nuestras comunidades pasa lo mismo. Hay quienes sirven desde la palabra, otros desde el silencio; unos desde el liderazgo, otros desde la oración escondida; unos desde la enseñanza, otros desde la caridad; unos desde la administración, otros desde el canto, la visita al enfermo, la limpieza del templo, la catequesis, la escucha humilde. El problema comienza cuando dejamos de agradecer el don propio y empezamos a envidiar el don ajeno.

La primera lectura nos presenta a san Pablo en Roma. Está limitado, vigilado, condicionado por las circunstancias, pero no está apagado. Vive en una casa alquilada, recibe a quienes van a verlo y anuncia el Reino de Dios “con toda valentía y sin obstáculo”. Pablo podría haberse lamentado: “¿Por qué otros predican libres y yo estoy preso? ¿Por qué otros viajan y yo estoy detenido?” Pero no se deja paralizar por la comparación. Desde el lugar donde está, con lo que tiene, hace lo que Dios le pide.

Ese es un gran mensaje para nosotros: la misión no comienza cuando todo es perfecto; la misión comienza cuando, incluso en medio de límites, decimos: Señor, aquí estoy. Pablo evangeliza desde su encierro. Pedro seguirá a Cristo hasta dar la vida. Juan testimoniará el amor del Señor. María permanecerá fiel, orante y disponible.

Por eso la memoria de María en sábado ilumina bellamente esta Palabra. María no compite, no reclama protagonismo, no pregunta por qué otros ocupan ciertos lugares. Ella guarda, acompaña, intercede, permanece. En el Cenáculo, junto a los discípulos, espera el Espíritu Santo. María es madre de la unidad porque no uniforma a los hijos, sino que los reúne en torno a Cristo. Ella sabe que cada discípulo tiene un camino, pero todos necesitan el mismo Espíritu.

El salmo nos recuerda que “el Señor ama la justicia” y que “los buenos verán su rostro”. Esa es la meta: no sobresalir sobre los demás, sino ver el rostro de Dios. No ganar una comparación, sino vivir en fidelidad. No preguntarnos obsesivamente qué pasa con el otro, sino escuchar cada día la voz del Señor que nos dice: “Tú sígueme.”

Mañana celebraremos Pentecostés. El Espíritu Santo no elimina las diferencias: las purifica, las armoniza y las pone al servicio del bien común. En Pentecostés todos entienden el mensaje, aunque vienen de pueblos distintos y lenguas distintas. La Iglesia nace como una comunidad plural, pero unida por el mismo fuego, por el mismo Señor, por la misma misión.

Pidamos hoy la gracia de liberarnos del veneno de la comparación. Que no miremos al hermano como rival, sino como regalo. Que no despreciemos nuestro propio camino por admirar o envidiar el de otro. Que aprendamos a decir: Señor, no quiero vivir preguntando “¿y éste qué?”; quiero responder con amor a tu llamado: “Tú sígueme.”

Y que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe a esperar el Espíritu Santo con corazón humilde, disponible y fraterno. Que ella nos ayude a ser comunidades donde la diversidad no divida, sino que embellezca; donde cada carisma encuentre su lugar; donde cada persona se sienta llamada, amada y enviada.

Amén.

 


jueves, 21 de mayo de 2026

22 de mayo del 2026: viernes de la séptima semana de Pascua- Santa Rita de Casia- memoria opcional

 

Santo del día:

Santa Rita de Casia

1381-1457. Impulsada por un profundo sentido del perdón y una gran paciencia frente al sufrimiento, esta monja agustina de Casia (Italia) es venerada como la santa patrona de las causas perdidas y desesperadas.

 


Coherencia del Resucitado

(Juan 21,15-19) El Resucitado muestra coherencia entre sus palabras y sus actos. Él guarda a aquellos que el Padre le ha dado y no abandona a su triste suerte a Pedro ni a los discípulos que lo dejaron solo durante la Pasión. Viene a ellos, se toma el tiempo de entablar un diálogo y de hacer avanzar a cada uno en su propia verdad: tanto en su incapacidad de amar con un amor totalmente desinteresado, como en su capacidad de progresar. Dios no nos pide ser “perfectos”, sino encaminarnos hacia la vida en plenitud.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 25, 13b-21
De un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, el rey Agripa y Berenice llegaron a Cesarea para cumplimentar a Festo. Como se quedaron allí bastantes días, Festo expuso al rey el caso de Pablo, diciéndole:
«Tengo aquí un hombre a quien Félix ha dejado preso y contra el cual, cuando fui a Jerusalén, presentaron acusación los sumos sacerdotes y los ancianos judíos, pidiendo su condena. Les respondí que no es costumbre romana entregar a un hombre arbitrariamente; primero, el acusado tiene que carearse con sus acusadores, para que tenga ocasión de defenderse de la acusación. Vinieron conmigo, y yo, sin dar largas al asunto, al día siguiente me senté en el tribunal y mandé traer a este hombre.
Pero, cuando los acusadores comparecieron, no presentaron ninguna acusación de las maldades que yo suponía; se trataba solo de ciertas discusiones acerca de su propia religión y de un tal Jesús, ya muerto, que Pablo sostiene que está vivo. Yo, perdido en semejante discusión, le pregunté si quería ir a Jerusalén a que lo juzgase allí de esto. Pero, como Pablo ha apelado, pidiendo que lo deje en la cárcel para que decida el Augusto, he dado orden de que se le custodie hasta que pueda remitirlo al César».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 11-12. 19-20ab (R.: 19a)

R. El Señor puso en el cielo su trono.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
R.

V. El Señor puso en el cielo su trono,
su soberanía gobierna el universo.
Bendigan al Señor, ángeles suyos,
poderosos ejecutores de sus órdenes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu Santo será quien se lo enseñe todo a ustedes y les vaya recordando todo lo que les he dicho. R.

 

Evangelio

Jn 21, 15-19

Apacienta mis corderos, pastorea mis ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

HABIÉNDOSE aparecido Jesús a sus discípulos, después de comer, le dice a Simón Pedro:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que estos?».
Él le contestó:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis corderos».
Por segunda vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me amas?».
Él le contesta:
«Sí, Señor, tú sabes que te quiero».
Él le dice:
«Pastorea mis ovejas».
Por tercera vez le pregunta:
«Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?».
Se entristeció Pedro de que le preguntara por tercera vez: «¿Me quieres?» y le contestó:
«Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero».
Jesús le dice:
«Apacienta mis ovejas. En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías e ibas adonde querías; pero, cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras».
Esto dijo aludiendo a la muerte con que iba a dar gloria a Dios. Dicho esto, añadió:
«Sígueme».

Palabra del Señor.

 

1

 

“¿Me amas?... Apacienta mis ovejas”

Queridos hermanos y hermanas:

Las lecturas de este viernes de la séptima semana de Pascua nos colocan ante una verdad profundamente consoladora: Dios no abandona a los suyos, ni siquiera cuando han fallado, ni siquiera cuando están confundidos, ni siquiera cuando cargan heridas en el cuerpo o en el alma.

En la primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, encontramos a Pablo prisionero. Su causa parece judicial, política, religiosa; pero en el fondo todo gira alrededor de una afirmación decisiva: Jesús, que había muerto, está vivo. Eso es lo que inquieta, lo que divide, lo que desconcierta. Pablo no está preso por una simple idea religiosa, sino por anunciar que la muerte no tuvo la última palabra sobre Cristo.

Y esto ilumina nuestra propia vida. También nosotros, cuando sufrimos, cuando enfermamos, cuando atravesamos angustias, depresiones, duelos, cansancios espirituales o heridas interiores, necesitamos escuchar nuevamente esa certeza: Jesús, que murió, vive. Y porque Él vive, ningún sufrimiento humano queda definitivamente encerrado en la oscuridad.

El salmo nos hace proclamar: “El Señor puso en el cielo su trono”. Es decir, Dios reina. No reina como un tirano distante, sino como un Padre misericordioso. Su trono no es indiferencia, sino compasión; no es frialdad, sino amor. El mismo salmo recuerda que su misericordia es inmensa con quienes lo temen, y que aleja de nosotros nuestras culpas como dista el oriente del ocaso.

Esa misericordia se hace visible de manera bellísima en el Evangelio.

Pedro había negado a Jesús tres veces. Lo había seguido con entusiasmo, había prometido fidelidad, incluso había dicho que daría la vida por Él. Pero cuando llegó la hora de la prueba, tuvo miedo. Lloró amargamente su pecado. Seguramente llevaba por dentro una herida profunda: la vergüenza de haber fallado, el peso de la culpa, la tristeza de no haber estado a la altura.

Y el Resucitado no lo abandona.

Jesús se acerca a Pedro no para humillarlo, no para reprocharle públicamente su traición, no para decirle: “Yo te lo dije”. Jesús se acerca para sanarlo. Y lo sana con una pregunta repetida tres veces: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres negaciones, tres preguntas de amor. Donde abundó la fragilidad, sobreabunda la misericordia.

Jesús no le pregunta a Pedro: “¿Por qué me negaste?”
No le pregunta: “¿Te avergüenzas de lo que hiciste?”
No le pregunta: “¿Me vas a fallar otra vez?”
Le pregunta algo más profundo: “¿Me amas?”

Porque para Jesús, lo decisivo no es que Pedro tenga un pasado impecable, sino que todavía conserve un corazón capaz de amar.

Esta es una gran noticia para nosotros. Dios no nos pide presentarle una vida perfecta. Nos pide presentarle una vida sincera. No nos exige llegar ante Él sin heridas, sin contradicciones, sin miedos. Nos pide dejarnos mirar, dejarnos preguntar, dejarnos levantar.

Pedro responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.” Ya no presume. Ya no se apoya en sus propias fuerzas. Ya no dice: “Yo jamás te abandonaré.” Ahora se abandona al conocimiento amoroso de Cristo: “Tú lo sabes todo.”

Qué oración tan hermosa para quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

“Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor.
Tú sabes mi cansancio.
Tú sabes mis miedos.
Tú sabes mis heridas escondidas.
Tú sabes que, a pesar de todo, quiero amarte.”

Y Jesús, después de cada respuesta de Pedro, le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas… apacienta mis ovejas.”

Esto también es muy importante: Jesús no solo perdona a Pedro; lo reincorpora a la misión. No lo deja reducido a su pecado. No lo define por su caída. No le dice: “Como fallaste, ya no sirves.” Al contrario, le confía el cuidado de los hermanos.

Así actúa el Resucitado. Él no descarta a los heridos. Los sana y los convierte en servidores de otros heridos.

Por eso esta Palabra es tan luminosa para nuestra intención orante de hoy: orar por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, limitaciones físicas, dolores crónicos, tratamientos, cansancio, dependencia. Pero hay también sufrimientos invisibles: ansiedad, depresión, soledad, culpa, heridas familiares, duelos no resueltos, decepciones, sensación de fracaso, cansancio espiritual.

A todos ellos, el Señor les dice hoy: “No estás abandonado. Yo vuelvo a ti. Yo me siento contigo. Yo dialogo contigo. Yo no te reduzco a tu dolor. Yo te sigo llamando a la vida.”

El Evangelio termina con una palabra exigente y hermosa: “Sígueme.”

Después de la herida, “sígueme”.
Después del pecado, “sígueme”.
Después del llanto, “sígueme”.
Después de la enfermedad, “sígueme”.
Después de la noche oscura, “sígueme”.

Seguir a Cristo no significa no sufrir. Pedro mismo escuchará que su seguimiento lo llevará por caminos difíciles. Pero seguir a Cristo significa que el dolor ya no se vive solo, que la cruz ya no es un absurdo, que la fragilidad puede convertirse en lugar de encuentro con Dios.

Hermanos, hoy pidamos al Señor tres gracias.

Primero, la gracia de dejarnos mirar por Cristo. Que no huyamos de su mirada cuando nos sentimos indignos. Su mirada no destruye; reconstruye.

Segundo, la gracia de responder con sinceridad. No hace falta fingir una santidad que no tenemos. Basta decir: “Señor, tú sabes que quiero amarte, aunque soy débil.”

Y tercero, la gracia de cuidar a los demás desde nuestras propias heridas sanadas. Quien ha sufrido puede volverse más compasivo. Quien ha sido perdonado puede perdonar mejor. Quien ha sido levantado por Cristo puede ayudar a levantar a otros.

Que el Resucitado, coherente en su amor, fiel a su promesa, cercano a sus discípulos frágiles, visite hoy a todos los enfermos, a todos los tristes, a todos los abatidos, a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma.

Y que, como Pedro, podamos decirle humildemente:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos muestra una de las escenas más hermosas de la Pascua: Jesús Resucitado se encuentra con Pedro después de sus negaciones. Pedro había fallado. Había prometido fidelidad, pero en la hora de la prueba tuvo miedo y negó al Maestro tres veces.

Y, sin embargo, Jesús no lo rechaza. No lo humilla. No le pregunta: “¿Por qué me traicionaste?” Le pregunta algo mucho más profundo: “Simón, hijo de Juan, ¿me amas?”

Tres veces Pedro lo negó; tres veces Jesús le permite responder desde el amor. Es como si el Señor sanara, una por una, las heridas de su caída.

Pedro ya no presume. Ya no dice que será más fiel que los demás. Responde con humildad: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Esta frase puede ser hoy nuestra oración, especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:

Señor, tú lo sabes todo.
Tú sabes mi dolor, mi cansancio, mi enfermedad, mi tristeza, mis miedos.
Tú sabes que soy frágil, pero también sabes que quiero amarte.

Jesús se encuentra con Pedro allí donde está. No le exige un amor perfecto para volver a confiar en él. Acepta su amor pobre, sincero, herido, y desde ahí lo levanta. Pero no solo lo perdona: también le confía una misión: “Apacienta mis corderos… pastorea mis ovejas.”

Esto nos recuerda que Dios no espera a que seamos perfectos para llamarnos. Él nos toma como somos, con nuestras heridas y debilidades, pero nos invita a crecer, a amar más, a servir mejor.

En la primera lectura, san Pablo está prisionero por anunciar que Jesús, que había muerto, está vivo. Esa es la gran noticia que sostiene nuestra fe: Cristo vive. Y si Cristo vive, ninguna caída, ningún dolor, ninguna enfermedad, ninguna tristeza tiene la última palabra.

El salmo nos recuerda que el Señor reina desde el cielo, pero su reinado es de misericordia: aleja de nosotros nuestras culpas y nos cubre con su amor.

Hermanos, hoy Jesús también nos pregunta: “¿Me amas?” No para condenarnos, sino para sanarnos. No para avergonzarnos, sino para levantarnos.

Y después nos dice: “Sígueme.”

Sígueme en tu fragilidad.
Sígueme en tu enfermedad.
Sígueme en tu cansancio.
Sígueme aun con tus heridas.

Pidamos al Señor Resucitado que visite hoy a todos los que sufren en el cuerpo y en el alma, y que nos conceda responderle con humildad y confianza:

“Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero.”

Amén.

 

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22 de mayo: Santa Rita de Casia – Memoria opcional

1386–1457
Patrona de las víctimas de abuso, causas imposibles, enfermedades, heridas, paternidad y viudez.
Invocada contra los problemas matrimoniales, peleas y discordias, e infertilidad.
Canonizada por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

"Queridos hermanos y hermanas, la devoción mundial a Santa Rita está simbolizada por la rosa. Se espera que la vida de quienes la veneran sea como la rosa recogida en el jardín de Roccaporena en el invierno antes de la muerte de la santa. Es decir, que sea una vida sostenida por un amor apasionado al Señor Jesús; una vida capaz de responder al sufrimiento y a las espinas con el perdón y la entrega total de sí mismo, para difundir por todas partes el buen olor de Cristo (cf. 2 Cor 2,15) mediante una proclamación constante del Evangelio."
~ Discurso de San Juan Pablo II


Reflexión:

Margherita Lotti, conocida como Rita, nació en un pequeño pueblo cerca de Casia, Italia, en el seno de una familia de padres de edad avanzada. Tras años de infertilidad, sus padres vieron en su nacimiento una respuesta directa de Dios. Desde niña, Rita mostró una fe tan profunda que sus padres le construyeron un pequeño oratorio en casa para orar. Su deseo era entrar al convento, pero siguiendo las costumbres de la época, fue entregada en matrimonio a los doce años.

Rita es venerada como patrona de las causas imposibles, en parte debido al matrimonio difícil y doloroso que soportó con paciencia y amor. Su esposo era conocido por su carácter violento y cruel, tanto en lo físico como en lo emocional. Sin embargo, durante los dieciocho años de matrimonio, sus oraciones y su testimonio de virtud suavizaron poco a poco el corazón de su esposo, quien finalmente se acercó a Dios.

Tuvieron dos hijos, posiblemente gemelos, a quienes Rita educó en la fe católica con devoción maternal. En ese tiempo, eran comunes los conflictos entre familias. Su esposo, Paolo, pertenecía a la familia Mancini, enemistada con la familia Chiqui. Rita rezaba a diario por el fin de esa rivalidad. Sus súplicas dieron fruto: Paolo, ya convertido, intentó reconciliarse con los Chiqui, pero fue asesinado con engaño.

En el funeral, Rita perdonó públicamente al asesino de su esposo. Pero su cuñado Bernardo instigó a sus hijos a vengar la muerte del padre. Ante su negativa a perdonar, Rita recurrió a la oración. Pidió a Dios que preservara a sus hijos del pecado mortal del asesinato, incluso si eso significaba llevarlos al cielo antes. Dios la escuchó, y ambos murieron de disentería en el plazo de un año.

Ya viuda y sin hijos, Rita pidió entrar al convento. Fue rechazada por haber sido casada y por el escándalo de la muerte violenta de su esposo. Entonces, se consagró a buscar la paz definitiva entre su familia y los Chiqui. Oró fervientemente por la intercesión de sus santos patronos: san Juan Bautista, san Agustín y san Nicolás de Tolentino. También pidió la ayuda de santa María Magdalena, patrona del convento que deseaba. Finalmente, la reconciliación llegó, y Rita fue admitida en el convento de Santa María Magdalena en Casia. Una antigua tradición piadosa dice que sus tres santos patronos la introdujeron milagrosamente al convento a través de sus puertas cerradas.

Durante los cuarenta años de vida religiosa, Rita vivió en oración profunda, muchas veces durante toda la noche. Aceptó penitencias severas con alegría y se alimentaba solo una vez al día, principalmente del Santísimo Sacramento. Su fama de santidad atrajo a muchos que buscaban su intercesión. Algunos testimonios atribuyen milagros a sus oraciones.

A los 60 años, en oración ante el crucifijo, recibió los estigmas en forma de una herida en la frente, causada por una espina de la corona de Cristo. Este don místico habría ocurrido después de escuchar una predicación de san Jaime de la Marca sobre la corona de espinas. La herida era tan dolorosa y repulsiva que pasó la última década de su vida en reclusión, incluso de las demás religiosas. Solo una vez salió del convento: en una peregrinación a Roma. Milagrosamente, la herida sanó antes del viaje y reapareció al regresar.

Rita murió de tuberculosis a los 70 años. Su cuerpo fue hallado incorrupto al ser exhumado, y hoy reposa en un relicario de cristal en la Basílica de Santa Rita en Casia. Se afirma que a veces su cuerpo se eleva y que un suave perfume inunda el lugar.

Santa Rita sufrió profundamente, pero unió todo ese dolor a los sufrimientos de Cristo. Su deseo de infancia de ser religiosa se cumplió después de una vida marcada por la violencia, la pérdida y la renuncia. Vivió la entrega radical, el perdón heroico, la penitencia amorosa y la obediencia santa.


Invitación final:

Medita en tus propios sufrimientos. Si alguno se asemeja a los de Santa Rita —en el matrimonio, la pérdida, la familia, la salud o las heridas del alma—, une ese dolor al de Cristo crucificado y permite que Él transforme tu cruz en resurrección. Así, como Rita, llevarás el buen olor de Cristo al mundo.


Oración:

Santa Rita, tú que sufriste tanto a lo largo de tu vida, abrazando con amor cada herida y uniéndola a la Pasión de tu Salvador,
intercede por mí,
para que yo también sea fortalecido en la caridad,
acepte con amor toda cruz,
y busque la paz en mi corazón y en los que me rodean.
Santa Rita de Casia, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío. Amén.

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