Testigo de la fe:
Nuestra Señora de La Merced:
Hoy,
24 de septiembre, celebramos a Nuestra
Señora de la Merced, madre de misericordia y patrona de los
reclusos. Bajo su amparo ponemos a quienes están privados de libertad, a sus
familias y a quienes los acompañan. María nos invita a acoger a Cristo, que
rompe las cadenas del pecado y abre caminos de conversión y esperanza. Que esta
Eucaristía nos haga testigos de su misericordia, atentos a la dignidad de cada
persona y dispuestos a tender la mano a quien necesita comenzar de nuevo.
¡Eso sí que es nuevo!
Qohélet y los contemporáneos de Herodes tienen
en común su incapacidad para pensar en términos de novedad. Su mirada está
orientada hacia el pasado. Para nosotros, todos están equivocados; en Jesús,
Dios abre un camino que las solas referencias al pasado no bastan para
comprender. Algunos ven en él a Juan Bautista vuelto a la vida; otros, a Elías
o a un antiguo profeta. Pero Jesús no se reduce a ninguna de estas figuras: es
el Hijo que viene a revelarnos al Padre.
Sin embargo, Qohélet nos ayuda a reconocer una
verdad esencial: las novedades con las que llenamos nuestros días no pueden
colmar nuestro corazón. Todo pasa y nuestros deseos quedan, con frecuencia,
insatisfechos. El salmo transforma entonces nuestra inquietud en oración:
enséñanos a vivir bien nuestros días y sácianos de tu amor.
La novedad de Dios se descubre en el encuentro
con Cristo. Se hace concreta en un perdón ofrecido, una injusticia reparada,
una vida que se abre a la esperanza. Herodes buscaba ver a Jesús. Y nosotros,
¿estamos dispuestos a escucharlo y a dejarnos transformar por él?
También
hoy, el Señor puede hacer surgir una vida nueva en medio de aquello que nos
parece siempre igual.
Ecl
1, 2-11
Nada
hay nuevo bajo el sol
Lectura del libro del Eclesiastés.
¡VANIDAD de vanidades! —dice Qohélet—.
¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad!
¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?
Una generación se va, otra generación viene, pero la tierra siempre permanece.
Sale el sol, se pone el sol, se afana por llegar a su puesto, y de allí vuelve
a salir. Sopla hacia el sur, gira al norte, gira que te gira el viento, y
vuelve el viento a girar.
Todos los ríos se encaminan al mar, y el mar nunca se llena; pero siempre se
encaminan los ríos al mismo sitio.
Todas las cosas cansan y nadie es capaz de explicarlas. No se sacian los ojos
de ver, ni se hartan los oídos de oír.
Lo que pasó volverá a pasar; lo que ocurrió volverá a ocurrir: nada hay nuevo
bajo el sol.
De algunas cosas se dice: «Mira, esto es nuevo». Sin embargo, ya sucedió en
otros tiempos, mucho antes de nosotros.
Nadie se acuerda de los antiguos, y lo mismo pasará con los que vengan: sus
sucesores no se acordarán de ellos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)
R. Señor, tú has
sido nuestro refugio
de generación en generación.
V.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R.
V.
Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.
V.
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R.
V. Por la mañana
sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V.
Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—;
nadie va al Padre sino por mí. R.
Evangelio
Lc
9, 7-9
A
Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, el tetrarca Herodes se enteró de lo que pasaba sobre Jesús y
no sabía a qué atenerse, porque unos decían que Juan había resucitado de entre
los muertos; otros, en cambio, que había aparecido Elías, y otros que había
vuelto a la vida uno de los antiguos profetas.
Herodes se decía:
«A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es este de quien oigo semejantes cosas?».
Y tenía ganas de verlo.
Palabra del Señor.
1
LA VERDADERA VIDA BUENA: UN CORAZÓN LIBRE PARA DIOS
Hermanos:
¿Qué
entendemos cuando decimos que alguien tiene «una buena vida»? Generalmente
pensamos en una persona que disfruta de comodidades, tiene dinero, puede viajar
y no parece sufrir grandes preocupaciones. Sin embargo, ¿basta todo eso para
vivir bien? ¿Puede llamarse buena una vida rodeada de abundancia, pero
interiormente vacía?
La
Palabra de Dios nos invita hoy a mirar más allá de las apariencias.
En
la primera lectura, el Eclesiastés exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad». La
palabra «vanidad» evoca un soplo, un vapor que se desvanece. El sabio nos
recuerda el carácter pasajero de aquello que tantas veces convertimos en
nuestra mayor seguridad. Trabajamos, acumulamos, buscamos novedades; pero el
corazón sigue preguntando: «¿Y después? ¿Para qué todo esto?».
El
evangelio nos presenta a un hombre que, según los criterios del mundo, parecía
tenerlo todo: Herodes. Poseía poder, riquezas y privilegios. Sin embargo, al
escuchar lo que estaba sucediendo por medio de Jesús, se encontraba
profundamente desconcertado.
Unos
decían que Juan había resucitado; otros, que había aparecido Elías; otros, que
había vuelto a la vida uno de los antiguos profetas. Herodes se preguntaba: «A Juan lo mandé decapitar yo. ¿Quién es
este de quien oigo semejantes cosas?». Y quería verlo.
Algo
peculiar puede suceder cuando quienes se resisten a vivir según la voluntad de
Dios perciben su presencia en la vida de otros: se sienten inquietos, incluso
confundidos. La santidad ajena puede poner al descubierto contradicciones que
preferiríamos no reconocer.
Herodes
aparece como uno de esos hombres divididos. Pertenecía al mundo religioso
judío, pero su conducta estaba marcada por la complacencia consigo mismo, el
orgullo y las concesiones al mal. Al oír hablar de Jesús y de sus obras, su
fascinación se mezclaba con una perturbación interior. La mención de Juan, a
quien había mandado matar, hacía inevitable el recuerdo de su responsabilidad.
Podemos
interpretar su desconcierto como una mezcla de miedo, culpa y superstición. El
relato evangélico, aunque no describe por completo sus sentimientos, sí nos
muestra a un hombre que oye hablar de Jesús y no sabe qué pensar.
Se puede sentir curiosidad por la verdad y, al mismo
tiempo, resistirse a sus exigencias.
También
nosotros podemos escuchar con interés una homilía, emocionarnos ante un
testimonio o buscar una experiencia religiosa, sin estar todavía dispuestos a
cambiar. Nos interesa Jesús, pero quizá nos cuesta entregarle una decisión, una
relación, un resentimiento o una costumbre que sabemos que necesita conversión.
Herodes
nos ofrece una advertencia. Quienes resisten la voluntad de Dios pueden
alcanzar a descubrir su presencia mediante la santidad de otros. Pero ese
encuentro necesita una respuesta de arrepentimiento y de fe para dar fruto de
paz.
Más
adelante, durante la Pasión, Jesús estará delante de Herodes y guardará
silencio ante sus preguntas. Ese silencio es una llamada seria a examinar
nuestra manera de acercarnos al Señor. No podemos tratarlo como un espectáculo
ni exigirle que satisfaga nuestros caprichos. Él viene a salvarnos y nos llama
a acoger la verdad.
Si
miramos la vida de Herodes desde fuera, muchos podrían haberlo envidiado. Era
rico, poderoso, vivía en palacios y disfrutaba de privilegios. Hoy continúa
siendo fuerte la atracción de la riqueza, la fama y el prestigio. Las redes
sociales exhiben vidas aparentemente perfectas y nos hacen pensar que la
felicidad consiste en disfrutar sin límites y recibir la admiración de los
demás.
Pero
¿hacia dónde conduce una vida organizada únicamente alrededor de esos deseos?
¿Qué sucede cuando termina nuestra existencia y comparecemos ante Dios?
En
ese momento, las comodidades pasajeras ya no podrán sostenernos. Quedará la
verdad de nuestra vida: cómo hemos amado, qué hemos hecho con la libertad
recibida y cómo hemos respondido a la gracia.
No
nos corresponde declarar el destino eterno de Herodes. Sí nos corresponde
escuchar la advertencia de su historia: el
éxito exterior no garantiza la paz del corazón ni puede sustituir la
conversión.
Aquí
vuelve a resonar el Eclesiastés. Todo aquello que pretendemos poseer
definitivamente se nos escapa. Y el salmo transforma esta constatación en una
súplica: «Enséñanos a
calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».
Señor,
enséñanos a vivir. Ayúdanos a reconocer lo que merece nuestros esfuerzos. Que
no lleguemos al final habiendo cuidado tantas cosas y descuidado el alma;
habiendo buscado tantos reconocimientos y olvidado a quienes necesitaban
nuestro amor.
El
salmo pide también que el Señor nos sacie de su misericordia. Esa es nuestra
necesidad más profunda. Un corazón entregado al afán de poseer siempre
encuentra algo más que desear. La misericordia de Dios, en cambio, nos permite
reconocernos amados y comenzar a vivir desde la gratitud.
Para
vencer la seducción del pecado necesitamos dejarnos penetrar por las verdades
purificadoras del Evangelio. La verdad nos purifica y nos libera. Hace de
nuestra vida una morada para Dios y nos abre a una comunión sincera con
nuestros hermanos.
Hoy contemplamos esta libertad junto a Nuestra Señora de la
Merced, patrona de los reclusos.
La
invocamos por quienes están privados de libertad, por sus familias y por
quienes los acompañan. Una persona no pierde su dignidad por encontrarse en
prisión. Necesita justicia, condiciones humanas, oportunidades de
rehabilitación y caminos de reconciliación. Donde ha habido daño, la conversión
incluye reconocerlo, asumir la responsabilidad y procurar repararlo.
Pedimos
también por las víctimas, cuyas heridas necesitan escucha, protección y
consuelo.
La
Virgen de la Merced nos recuerda, además, que existen cadenas interiores: el
odio, las adicciones, la mentira, la ambición y el pecado. Se puede caminar
libremente por la calle y tener el corazón cautivo. Y se puede, aun en medio de
una privación exterior de libertad, comenzar un camino verdadero de encuentro
con Dios.
En
este jueves, oramos por la
obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos
que el Evangelio llegue a las cárceles, a las familias, a los lugares de
sufrimiento y a tantos corazones que han perdido la esperanza.
Que
el Señor suscite sacerdotes, diáconos, religiosos, religiosas y laicos
comprometidos que anuncien su misericordia con valentía. Que sostenga a quienes
sirven en la pastoral penitenciaria. Y que nosotros mismos respondamos a la
vocación de amar y evangelizar allí donde vivimos.
Hermanos,
preguntémonos hoy: ¿me
acerco a Jesús solamente con curiosidad o con un corazón dispuesto a dejarse
purificar y transformar?
La
Verdad misma sale a nuestro encuentro. Abrámosle la vida. La verdadera riqueza
comienza cuando permitimos que su gracia nos haga libres.
Señor de las verdaderas riquezas, el poder, el dinero y los
placeres desordenados pueden seducir nuestro corazón. Quita el velo de nuestros
ojos para que reconozcamos el vacío de sus promesas cuando pretendemos vivir
solamente para ellos.
Líbranos del engaño y ordena nuestros deseos hacia ti. Que
tu Reino sea nuestra búsqueda constante. Bendice la obra evangelizadora de tu
Iglesia y suscita vocaciones generosas.
Nuestra Señora de la Merced, acompaña a nuestros hermanos
reclusos, consuela a sus familias y sostén a las víctimas. Intercede para que
todos encontremos caminos de conversión, justicia y esperanza.
Jesús, en ti confío. Amén.
2
QUE NUESTRA VIDA NO SE NOS VAYA SIN AMAR
Hermanos:
Hay
preguntas que llegan cuando se apaga el ruido del día: «¿Para qué tanto
esfuerzo? ¿Qué estoy haciendo con mi vida? ¿Por qué, después de conseguir lo
que deseaba, sigo sintiendo que algo me falta?». A veces trabajamos, resolvemos
problemas, cumplimos obligaciones… y al día siguiente tenemos que comenzar de
nuevo.
Precisamente
por eso vale la pena leer el Eclesiastés. Aunque fue escrito hace muchos
siglos, sus preguntas se parecen mucho a las nuestras. Su autor nos habla como
un sabio que ha observado la vida y se atreve a decir lo que otros prefieren
callar. No tiene nada que vendernos; quiere invitarnos a pensar.
Hoy
escuchamos una expresión que puede desconcertarnos: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad».
Aquí, «vanidad» no significa solamente orgullo o deseo de aparentar. Evoca el
soplo, el vapor, aquello que intentamos retener y se nos escapa entre las
manos.
Así
sucede con tantas cosas: la juventud pasa, las fuerzas cambian, los aplausos se
apagan, las posesiones quedan en manos de otros. Incluso las preocupaciones que
hoy parecen enormes, mañana pueden haber perdido su importancia.
Pero
esta lectura no debemos entenderla como una invitación al desánimo. Nos pone
delante una pregunta necesaria: ¿estamos
pidiéndole a lo pasajero una felicidad que no puede darnos?
El
dinero permite atender necesidades, pero no puede comprar una conciencia en
paz. El reconocimiento puede alegrarnos, pero no sostiene por sí solo nuestra
dignidad. El trabajo es valioso, pero cuando ocupa toda la vida puede dejarnos
sin tiempo para quienes amamos y sin espacio para Dios.
El
Eclesiastés nos ayuda a despertar. Nos invita a dejar de vivir distraídos, como
si fuéramos a permanecer para siempre aquí y como si todo dependiera de
acumular un poco más.
También
afirma: «Nada nuevo bajo el sol». Cambian las herramientas, los estilos
de vida y las noticias, pero el corazón humano sigue enfrentando preguntas
semejantes: cómo amar, cómo afrontar el sufrimiento, cómo vivir sin miedo, cómo
encontrar sentido.
Podemos
tener un teléfono nuevo y conservar las mismas soledades. Podemos recibir
muchas novedades y seguir sin escuchar lo que ocurre dentro de nosotros. A
veces estamos muy informados de todo y muy poco atentos a nuestra propia vida.
En medio de estas preguntas, el salmo nos enseña a orar.
Le
pedimos a Dios que nos enseñe a contar nuestros días para alcanzar un corazón
sabio. No se trata de vivir calculando cuánto tiempo nos queda, sino de
reconocer el valor del tiempo que hoy recibimos.
Un
corazón sabio comprende que no vale la pena desperdiciar años alimentando un
resentimiento. Reconoce que hay conversaciones que no conviene seguir
aplazando, perdones que necesitamos pedir, personas a quienes debemos expresar
nuestro cariño.
Contar
nuestros días es preguntarnos: «Señor, ¿cómo quieres que viva este día? ¿A
quién puedo hacerle un poco más llevadera su carga? ¿Qué debo cambiar mientras
todavía tengo la oportunidad?».
El
salmo también pide que Dios dé firmeza a la obra de nuestras manos. ¡Qué
hermosa respuesta a la inquietud del Eclesiastés! Le presentamos al Señor
nuestros esfuerzos, incluso aquellos cuyos frutos todavía no vemos: la
educación de los hijos, el cuidado de un enfermo, el trabajo honrado, la
perseverancia en la familia, el servicio a la comunidad.
No
podemos retener el tiempo, pero sí podemos llenarlo de amor. Una jornada
sencilla puede tener un valor inmenso cuando se vive con fidelidad.
El evangelio nos presenta a un hombre inquieto: Herodes.
Le
llegan noticias sobre Jesús y escucha distintas explicaciones acerca de su
identidad. Él, que había hecho decapitar a Juan, se pregunta quién será aquel
de quien oye hablar. Y desea verlo.
Herodes
tiene autoridad, pero está desconcertado. Su posición no le permite comprender
lo que está sucediendo. El poder tampoco le proporciona todas las respuestas.
Ese
deseo de ver a Jesús nos invita a examinarnos. También nosotros podemos sentir
curiosidad por el Señor, escuchar comentarios sobre él y conocer episodios de
su vida. Pero la fe necesita avanzar hacia un encuentro que comprometa nuestra
manera de vivir.
Podemos
preguntarnos: ¿quiero
conocer a Jesús hasta el punto de permitir que su Palabra me corrija?
Porque
escuchar el Evangelio puede llevarme a reconocer una injusticia que estoy
cometiendo, abandonar una mentira que me conviene o acercarme a alguien de
quien me he distanciado. Encontrarse con Cristo implica abrirle también esas
habitaciones del corazón que preferiríamos mantener cerradas.
El
pasaje de hoy deja abierto el deseo de Herodes. Nosotros podemos dar un paso
más: convertir nuestro deseo de ver a Jesús en disposición para escucharlo y
seguirlo.
Y
aquí encontramos una luz para la pregunta inicial: ¿para qué tanto esfuerzo, si
todo pasa?
A
la luz de la muerte y resurrección de Cristo, sabemos que nuestra existencia
está llamada a la comunión con Dios. El amor vivido en él tiene un horizonte
que supera nuestros años. Por eso merece la pena hacer el bien, aunque nadie lo
aplauda; permanecer fieles, aunque cueste; acompañar, aunque no tengamos
soluciones para todo.
En
esta Eucaristía traemos nuestra vida tal como está: con su cansancio, sus
preguntas y sus tareas pendientes. Jesús nos recibe y se nos entrega. De él
aprendemos que la vida alcanza su plenitud cuando se ofrece por amor.
Hoy
podríamos salir de aquí con una decisión pequeña y concreta: hacer esa llamada
pendiente, dedicar tiempo a nuestra familia, visitar a una persona sola o
buscar unos minutos de silencio para escuchar al Señor.
Preguntémonos:
si mi vida es un soplo, ¿a
quién estoy dando aliento con ella?
Oremos:
Señor Jesús, enséñanos a vivir con un corazón sabio. Que
las prisas no nos impidan amar ni las preocupaciones nos hagan olvidar tu
presencia. Da firmeza a nuestras manos para servir y libertad a nuestro corazón
para acoger tu Palabra.
Virgen María, tú que recibiste al Señor con fe y le
entregaste tu vida, acompáñanos. Ayúdanos a reconocer lo esencial y a hacer de
cada día una respuesta de amor a Dios y a nuestros hermanos. Amén.
3
DIOS TAMBIÉN NOS ENCUENTRA AQUÍ
Queridos
hermanos:
Hoy
celebramos la Eucaristía en este patio. Aquí, donde transcurre buena parte de
sus días, donde se comparten conversaciones y silencios, preocupaciones y
esperanzas, Jesús viene a
encontrarse con ustedes.
El
Señor conoce lo que cada uno lleva en el corazón: la preocupación por la
familia, la incertidumbre de un proceso, el dolor de una ausencia, el deseo de
una nueva oportunidad. Conoce también esas cosas que cuesta expresar y que, a
veces, solo salen entre lágrimas o en una oración silenciosa.
Celebramos
a Nuestra Señora de la Merced, a quien invocamos como patrona de los reclusos.
Hoy nos ponemos bajo su cuidado de Madre. Le confiamos nuestra vida y la de
quienes amamos, especialmente la de aquellos a quienes quisiéramos abrazar y
tenemos lejos.
La
primera lectura parece acercarse mucho a lo que puede sentirse aquí: pasan los
días, vuelve a salir el sol y, en ocasiones, todo parece repetirse. El
Eclesiastés se pregunta por el sentido de nuestros esfuerzos y exclama: «Vanidad de vanidades; todo es vanidad».
Esa
palabra, «vanidad», evoca un soplo, algo que se escapa de las manos. Hay
momentos en que uno mira hacia atrás y piensa: «Qué rápido pasó el tiempo.
Cuántas cosas creía indispensables y ahora veo de otra manera».
Cuando
faltan tantas cosas, pueden reconocerse con más claridad otras: el valor de una
visita, una llamada, una noticia de los hijos, una palabra respetuosa, una
amistad sincera, un momento de tranquilidad.
Pero
debemos escuchar bien la lectura: que
muchas cosas sean pasajeras no significa que nuestra vida carezca de valor.
Su vida tiene valor. La de cada uno. Incluso cuando alguien los haya
despreciado, incluso cuando ustedes mismos tengan dificultad para reconocerlo.
Ante
Dios, cada uno tiene un nombre, una historia y una dignidad que merece respeto.
Él conoce toda la verdad de esa historia, también lo que los demás ignoran.
Aquí puede haber situaciones judiciales muy distintas; no nos corresponde
suponerlas ni juzgarlas. Hoy nos reunimos como hermanos necesitados de la
misericordia y de la fuerza del Señor.
El
salmo nos ayuda a responder a las preguntas del Eclesiastés con una oración: «Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato».
Aquí
se cuentan los días de una manera muy particular. Se cuenta cuánto falta para
una visita, para una audiencia, para recibir una respuesta o para regresar a
casa. Esa espera puede pesar mucho.
Hoy
le pedimos al Señor: «Ayúdame a vivir este día. Dame fuerzas para atravesarlo
sin dejar que el rencor se apodere de mí. Enséñame qué puedo hacer con el
tiempo que tengo entre las manos».
Hay
muchas cosas que ustedes no pueden decidir. Sin embargo, aun dentro de límites
muy duros, quedan decisiones pequeñas y valiosas: evitar una humillación, respetar
al compañero, aceptar ayuda, estudiar cuando sea posible, escuchar a quien está
angustiado, pedir perdón, detener una respuesta que podría terminar en
violencia.
Habrá
días en que incluso eso resulte difícil. También entonces se puede orar:
«Señor, hoy no puedo solo. Sostenme».
Dios no les pide que finjan estar bien para acercarse a él. Pueden hablarle con
cansancio, con preguntas y hasta con ese dolor que todavía no saben cómo
expresar.
En
el evangelio encontramos a Herodes desconcertado. Oye hablar de Jesús y quiere
verlo. Tiene poder, pero no tiene claridad. La noticia de Jesús lo inquieta y
le hace recordar a Juan, a quien había mandado decapitar.
Este
pasaje nos invita a todos, también a quienes venimos a acompañarlos, a examinar
nuestro corazón. ¿Qué hacemos cuando la verdad nos incomoda? ¿La escuchamos?
¿Nos justificamos? ¿Nos atrevemos a reconocer lo que necesita cambiar?
Herodes
quería ver a Jesús. Ese deseo puede convertirse hoy en nuestra oración: «Señor, yo también quiero encontrarte.
Necesito que entres en mi historia».
Encontrarse
con Jesús nos abre a la verdad y a la esperanza. Donde hay una responsabilidad,
su gracia nos ayuda a reconocerla sin escondernos detrás de excusas. Donde
hemos causado daño, nos invita a asumirlo y a buscar, en lo posible, caminos de
reparación. Donde hemos sufrido una injusticia, nos sostiene para buscar
justicia sin quedar consumidos por el odio.
Nada
de esto es sencillo. Hay heridas profundas, historias complicadas y relaciones
rotas que no se reconstruyen de un día para otro. El perdón tampoco puede
exigirse como si el dolor de los demás no importara. Pero con Dios siempre
podemos comenzar a dar un paso verdadero.
Tal
vez alguno piense: «Padre, usted no sabe lo que yo he vivido». Es verdad: no
conozco toda su historia. Por eso quiero hablarles con respeto. Lo que sí puedo
anunciarles es que la
misericordia de Dios puede alcanzarlos en este momento de su vida.
Nadie aquí está fuera de su llamada.
Quizá
otro se diga: «Yo he intentado cambiar y he vuelto a caer». Hoy puede volver a
pedir ayuda. La conversión necesita perseverancia, acompañamiento y decisiones
concretas. No tienen que recorrer solos ese camino.
Nuestra
Señora de la Merced nos acompaña con su ternura de Madre. A ella le confiamos a
quienes hoy no reciben visitas, a quienes tienen noticias dolorosas de su
hogar, a quienes están enfermos y a quienes sienten que la esperanza se les
está acabando.
También
le confiamos a sus familias. A las madres que esperan, a los padres
preocupados, a las esposas, a los hijos que extrañan. Y ponemos ante Dios a
todas las personas heridas por la violencia y el delito, para que encuentren
protección, justicia y consuelo.
Hablar
de libertad interior no disminuye lo que significa estar privados de libertad.
Sus necesidades concretas importan: el trato digno, la salud, la seguridad, el
acceso a la justicia y las oportunidades para preparar el futuro. La fe nos
compromete a cuidar esa dignidad y a acompañarlos.
Hoy,
jueves, oramos por la obra
evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pedimos al
Señor que nunca falten personas dispuestas a venir, escuchar, compartir la
Palabra y caminar con ustedes.
Y
ustedes también pueden hacer presente el Evangelio en este patio. Cuando un
compañero está desesperado y alguien lo escucha; cuando uno evita una pelea;
cuando se comparte algo con quien no tiene; cuando se respeta al más
vulnerable, el amor de Cristo encuentra espacio entre nosotros.
Ahora
vamos a acercarnos al altar con todo lo que somos. Traigamos al Señor nuestros
deseos de cambio, nuestras preocupaciones y los nombres de quienes amamos.
Jesús
conoce el abandono y el sufrimiento. En la cruz escuchó a un hombre que le
pidió ser recordado y le abrió una esperanza. Hoy también escucha nuestra
oración: «Señor, acuérdate de mí. Acuérdate de mi familia. Ayúdame a comenzar».
Antes
de continuar esta Eucaristía, pensemos en silencio: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para
cuidar mi vida y la de quien está a mi lado?
Oremos:
Señor Jesús, aquí estamos, con nuestra historia y con lo
que llevamos por dentro. Tú conoces nuestras heridas, nuestras
responsabilidades y nuestras esperanzas.
Danos valor para vivir en la verdad, humildad para aceptar
ayuda y fortaleza para comenzar de nuevo. Protege a nuestras familias. Consuela
a quienes sufren por nuestras ausencias y sana a quienes han sido heridos.
Bendice a quienes nos acompañan y suscita vocaciones al
servicio de tu Evangelio.
Nuestra Señora de la Merced, Madre nuestra, cuida especialmente
a quien hoy se siente solo y a quien está a punto de perder la esperanza.
Ayúdanos a reconocer a tu Hijo cerca de nosotros y a caminar de su mano.
Jesús, en ti confiamos. Amén.


