viernes, 13 de marzo de 2026

14 de marzo del 2026: sábado de la tercera semana de Cuaresma- Memoria de María en sábado

 

Ante Dios, la verdad del corazón

(Lucas 18, 9-14) Jesús cuenta esta parábola para quienes se sienten seguros de sí mismos y miran a los demás con desprecio. El fariseo no hace nada malo al dar gracias a Dios, pero su oración se apoya en la comparación: necesita ver a los otros como menos dignos para sentirse justo. Su relación con Dios termina convertida en una justificación de su propio orgullo.

El publicano, en cambio, no se compara con nadie. Permanece de pie ante Dios con humildad y verdad. Reconoce su fragilidad y se abandona a la misericordia divina. Al ponerse sinceramente bajo la mirada de Dios, abre su corazón para que Él lo transforme.

El Evangelio nos recuerda que la verdadera confianza en Dios siempre está marcada por la humildad. No nace de nuestras supuestas virtudes, sino del asombro ante las maravillas que Dios realiza en nuestra vida. Incluso las caídas y las pruebas pueden convertirse en ocasión de encuentro con el Señor, que se revela como Salvador.

Quien se compara se encierra en sí mismo. Quien se reconoce necesitado, en cambio, deja espacio para que Dios actúe. Por eso Jesús concluye: el que se humilla será enaltecido.

G.Q

 



Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

VAMOS, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab



R/. Quiero misericordia, y no sacrificios



V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

V/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

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Ante Dios, con verdad y con humildad

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la tercera semana de Cuaresma nos conduce al corazón de la verdadera religión, al centro mismo de la conversión: no bastan las apariencias, no bastan los gestos externos, no bastan los méritos que uno enumera delante de Dios. El Señor mira el corazón. Y sólo un corazón humilde, sincero y arrepentido puede abrirse de verdad a su misericordia.

El Evangelio que hemos escuchado, tomado de san Lucas, nos presenta a dos hombres que suben al templo a orar: un fariseo y un publicano. Los dos están en el mismo lugar. Los dos hacen un acto religioso. Los dos se dirigen a Dios. Pero sólo uno vuelve a casa justificado.

Y aquí está lo sorprendente: no es el aparentemente más piadoso, sino el que se reconoce pobre, pecador y necesitado de misericordia.

1. El peligro de una religión comparativa

El fariseo de la parábola no parece, a primera vista, un mal hombre. Ayuna, paga el diezmo, cumple prácticas religiosas. El problema no está tanto en lo que hace, sino en la manera como se sitúa delante de Dios. Su oración no nace de la humildad, sino de la comparación. Se cree bueno porque se mide con los demás. Necesita ver al otro por debajo para sentirse él por encima.

En el fondo, no está adorando a Dios; se está adorando a sí mismo. Dios aparece casi como una excusa, como un respaldo religioso de su propio orgullo.

Esto también puede sucedernos a nosotros. A veces no decimos las cosas tan crudamente como el fariseo, pero sí las llevamos dentro: “yo sí cumplo”, “yo sí rezo”, “yo sí sirvo”, “yo no soy como aquellos”, “yo no soy tan pecador como otros”. Y sin darnos cuenta, la fe se nos puede volver soberbia espiritual.

La Cuaresma nos pone en guardia contra ese veneno. Porque uno puede estar muy cerca del altar y muy lejos de Dios. Uno puede saber muchas oraciones y no tener un corazón convertido. Uno puede practicar actos religiosos y seguir endurecido por dentro.

2. El publicano: la verdad que salva

En cambio, el publicano no se compara con nadie. No presenta excusas. No se justifica. No disfraza su miseria. Simplemente se pone bajo la mirada de Dios y dice: “Oh Dios, ten compasión de mí, que soy un pecador.”

¡Qué oración tan corta y tan grande! Es la oración del alma que ha entendido todo. Es la oración de quien ya no se apoya en sí mismo, sino en la misericordia de Dios. Es la oración que nace de la verdad.

Y precisamente por eso Jesús dice que ese hombre bajó a su casa justificado.

Hermanos, Dios no se cansa de perdonar; nosotros somos los que a veces nos cansamos de pedir perdón de verdad. Dios no rechaza al pecador que se humilla. Lo que Dios rechaza es el corazón cerrado, autosuficiente, satisfecho de sí mismo.

Por eso el Evangelio de hoy nos invita a revisar no sólo si oramos, sino cómo oramos; no sólo si venimos al templo, sino desde qué actitud interior venimos.

3. “Quiero misericordia y no sacrificios”

La primera lectura, del profeta Oseas, ilumina profundamente este Evangelio. El Señor, por boca del profeta, nos dice una frase que atraviesa toda la Escritura: “Quiero misericordia y no sacrificios; conocimiento de Dios más que holocaustos.”

Qué fuerte es esto. Dios no desprecia el culto verdadero, ni la oración, ni los sacrificios ofrecidos con fe. Lo que denuncia es una religión vacía, externa, sin amor, sin verdad, sin conversión.

El pueblo decía palabras bonitas, hacía gestos religiosos, pero su amor era pasajero, inconstante, como nube mañanera o rocío que pronto se desvanece. Es decir: emoción sin fidelidad, rito sin cambio de vida, práctica externa sin entrega interior.

Y eso puede pasarnos también a nosotros en Cuaresma. Podemos ayunar, hacer viacrucis, rezar el rosario, asistir a misa, dar limosna... y todo eso es bueno y santo. Pero si no lleva a un corazón más humilde, más misericordioso, más verdadero, entonces nos estamos quedando en la superficie.

El Señor quiere nuestro corazón. Quiere una relación viva con Él. Quiere que dejemos de representar un papel y empecemos a vivir en autenticidad.

4. El salmo: el sacrificio que agrada a Dios

El salmo responsorial va en la misma dirección. Dios no necesita de nuestras ofrendas como si Él dependiera de ellas. Lo que busca es una alabanza que brote de un corazón sincero, de una vida reconciliada, de una obediencia nacida del amor.

Podríamos decir que el verdadero sacrificio que agrada a Dios no es el del orgullo, sino el del ego herido; no el de la apariencia, sino el del corazón contrito; no el del cumplimiento frío, sino el de una vida rendida a su misericordia.

En otras palabras: Dios no necesita que le mostremos lo buenos que somos; necesita que le dejemos actuar donde somos débiles, pobres y necesitados.

5. La Cuaresma: tiempo para dejar de compararnos

Uno de los males más sutiles de la vida espiritual es vivir comparándonos. Compararnos en virtud, en servicio, en oración, en prestigio, en reconocimiento, incluso en sufrimiento. Y la comparación siempre termina enfermando el alma: o nos llena de orgullo, o nos llena de amargura.

El fariseo vive comparándose. El publicano simplemente se deja mirar por Dios.

Ahí hay una gran enseñanza para nosotros. La santidad no consiste en ser “mejor que otros”, sino en vivir cada día más unidos al Señor. No se trata de humillar a nadie para sentirnos elevados, sino de reconocer que todos vivimos de la gracia.

La Iglesia no es una vitrina de perfectos; es una casa de pecadores que buscan la misericordia. Y cuanto más conscientes somos de eso, más compasivos nos volvemos con los demás.

Una señal de que alguien está creciendo espiritualmente no es que juzga más, sino que comprende más; no es que condena más, sino que intercede más; no es que se cree superior, sino que se sabe sostenido por la gracia.

6. María, humilde sierva del Señor

Y en este sábado, la memoria de la Santísima Virgen María nos ayuda a contemplar el rostro más bello de esta humildad. María no se presenta ante Dios presumiendo méritos. Ella se reconoce pequeña: “Ha mirado la humildad de su esclava.”

María no vive comparándose con nadie. Vive disponible para Dios. No se gloría en sí misma; glorifica al Señor. No se pone en el centro; deja que Dios ocupe el centro. No busca elevarse; se abandona. Y precisamente por eso, porque se humilló, fue enaltecida.

María es la antítesis del fariseo y la compañera espiritual del publicano. En ella no hay autosuficiencia, sino apertura; no hay vanidad espiritual, sino obediencia confiada; no hay máscara, sino verdad.

Cuánto necesitamos aprender de María en esta Cuaresma. Aprender a orar sin teatro. Aprender a servir sin orgullo. Aprender a callar para escuchar. Aprender a reconocernos pobres y amados. Aprender a vivir bajo la mirada de Dios, no bajo la tiranía de las apariencias.

María nos enseña que la verdadera grandeza no consiste en sobresalir, sino en dejar que Dios haga maravillas en nosotros.

7. Una llamada concreta para hoy

Hoy la Palabra de Dios nos deja preguntas muy concretas:

¿Mi oración nace de la humildad o de la autosuficiencia?
¿Me comparo con los demás para sentirme mejor?
¿Estoy viviendo una Cuaresma de apariencia o una Cuaresma de conversión?
¿Busco conocer más a Dios y amar más a mis hermanos?
¿Tengo el valor de decir, con verdad: “Señor, ten compasión de mí”?

Tal vez hoy el Señor nos pide algo muy simple pero muy profundo: dejar de justificarnos tanto y comenzar a pedir misericordia; dejar de mirar con desprecio a otros y comenzar a mirarnos con verdad delante de Dios; dejar de ofrecerle una religiosidad externa y entregarle, por fin, el corazón.

Conclusión

Queridos hermanos, el fariseo y el publicano siguen subiendo al templo cada día. También hoy conviven dentro de nosotros esas dos actitudes: la soberbia que se compara y la humildad que suplica. La Cuaresma es el tiempo en que debemos dejar morir al fariseo interior para que nazca en nosotros el corazón arrepentido y confiado del publicano.

Pidámosle al Señor la gracia de una oración humilde, verdadera y confiada. Pidámosle que no nos deje encerrarnos en la apariencia, sino que nos abra a la alegría de su misericordia.

Y que María, humilde sierva del Señor, nos acompañe en este camino cuaresmal. Que ella nos enseñe a ponernos ante Dios con corazón pobre, limpio y disponible, para que también nosotros bajemos a nuestra casa justificados, renovados y llenos de paz.

Amén.

 

29 de marzo del 2025: sábado de la tercera semana de Cuaresma

 

Sin comparación

(Lucas 18:9-14) El problema de este fariseo no es dar gracias a Dios sino apoyarse en la imagen deplorable que tiene de los demás para “elevarse”. Dios sirve de coartada para reforzar un ideal del yo, alimentado por la comparación. El publicano, sin embargo, no se compara con nadie. Él realmente se pone bajo la mirada de Dios. Es su “ajuste” relacional lo que le permite a Dios “hacerlo correcto”.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


(Lucas 18: 9-14) Según el Evangelio, la confianza debe estar teñida de humildad, verdad y estar llena de asombro por las maravillas que Dios realiza en nuestra vida. Además, cada vez que una prueba nos hace tropezar, podemos verla como una oportunidad para que Dios se revele a nosotros como nuestro Salvador.

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (6,1-6):

VAMOS, volvamos al Señor.
Porque él ha desgarrado,
y él nos curará;
él nos ha golpeado,
y él nos vendará.
En dos días nos volverá a la vida
y al tercero nos hará resurgir;
viviremos en su presencia
y comprenderemos.
Procuremos conocer al Señor.
Su manifestación es segura como la aurora.
Vendrá como la lluvia,
como la lluvia de primavera
que empapa la tierra».
¿Qué haré de ti, Efraín,
qué haré de ti, Judá?
Vuestro amor es como nube mañanera,
como el rocío que al alba desaparece.
Sobre una roca tallé mis mandamientos;
los castigué por medio de los profetas
con las palabras de mi boca.
Mi juicio se manifestará como la luz.
Quiero misericordia y no sacrificio,
conocimiento de Dios, más que holocaustos.

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 50,3-4.18-19.20-21ab



R/. Quiero misericordia, y no sacrificios



V/. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R/.

V/. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R/.

V/. Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (18,9-14):

EN aquel tiempo, dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano. El fariseo, erguido, oraba así en su interior:
“Oh, Dios!, te doy gracias porque no soy como los demás hombres: ladrones, injustos, adúlteros; ni tampoco como ese publicano. Ayuno dos veces por semana y pago el diezmo de todo lo que tengo”.
El publicano, en cambio, quedándose atrás, no se atrevía ni a levantar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho diciendo: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.
Os digo que este bajó a su casa justificado, y aquel no. Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Palabra del Señor

 

 

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 1

Las lecturas del sábado de la tercera semana de Cuaresma nos invitan a reflexionar sobre la misericordia divina y la actitud que debemos adoptar ante Dios. A continuación, se presentan comentarios y una homilía basados en los pasajes de Oseas 6,1-6; Salmo 51(50),3-4.18-19.20-21a; y Lucas 18,9-14.

Primera lectura: Oseas 6,1-6

El profeta Oseas exhorta al pueblo de Israel a regresar al Señor, confiando en su capacidad para sanar y restaurar. Sin embargo, Dios señala que el amor y la fidelidad del pueblo son efímeros, como el rocío matutino que se desvanece. Dios desea un amor constante y sincero, más que sacrificios vacíos.

Salmo 51(50),3-4.18-19.20-21a

Este salmo es una súplica de perdón, reconociendo la propia culpa y apelando a la misericordia divina. Se destaca que Dios no se complace en sacrificios materiales, sino en un corazón contrito y humillado.

Evangelio: Lucas 18,9-14

Jesús relata la parábola del fariseo y el publicano que suben al templo a orar. El fariseo se enorgullece de sus propias obras y se compara con los demás, mientras que el publicano, consciente de su pecado, pide humildemente misericordia. Jesús concluye que este último, y no el primero, vuelve a su casa justificado.

Comentario y homilía

Las lecturas de hoy nos invitan a reflexionar sobre la autenticidad de nuestra relación con Dios. En Oseas, Dios anhela un amor sincero y constante, más allá de rituales vacíos. El salmo refuerza esta idea, indicando que un corazón arrepentido es el verdadero sacrificio que agrada al Señor.

La parábola del fariseo y el publicano nos muestra dos actitudes contrastantes ante Dios:

·        El fariseo: Representa a quien confía en sus propias obras y se siente superior a los demás. Su oración es más una autoalabanza que una verdadera comunicación con Dios.

·        El publicano: Reconoce su indignidad y clama por misericordia. Su humildad y arrepentimiento sincero lo llevan a ser justificado ante Dios.

Esta enseñanza nos recuerda que la justificación no proviene de nuestras obras o méritos, sino de la gracia de Dios que responde a un corazón humilde y arrepentido. Nos invita a examinar nuestra propia actitud en la oración y en la vida diaria, fomentando la humildad y la confianza en la misericordia divina.

Memoria de Santa María en sábado

Tradicionalmente, los sábados están dedicados a la memoria de la Virgen María. Esta práctica se basa en la tradición medieval que ve en María el modelo perfecto de fe y esperanza, especialmente en el Sábado Santo, cuando, tras la crucifixión de Jesús, ella mantuvo la esperanza en la resurrección. Por ello, la Iglesia dedica los sábados a honrar a María, reconociendo su papel en la historia de la salvación y su intercesión constante por nosotros.

Al meditar en las lecturas de hoy y en la figura de María, se nos invita a cultivar un corazón humilde y confiado, abierto a la misericordia de Dios y dispuesto a seguir el ejemplo de fe y esperanza que nos ofrece la Madre de nuestro Señor.

 

2

Ser justificado por la misericordia


dijo Jesús esta parábola a algunos que confiaban en sí mismos por considerarse justos y despreciaban a los demás:
«Dos hombres subieron al templo a orar. Uno era fariseo; el otro, publicano.

 

Lucas 18: 9-10

 

 

Este pasaje presenta la parábola del fariseo y el recaudador de impuestos. Ambos van al templo a orar, pero sus oraciones son muy diferentes entre sí. La oración del fariseo es muy deshonesta, mientras que la oración del recaudador de impuestos es excepcionalmente sincera y honesta. Jesús concluye diciendo que el recaudador de impuestos se fue a casa justificado, pero no el fariseo. Él declara:

"Porque todo el que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

La verdadera humildad es simplemente ser honesto. Con demasiada frecuencia en la vida no somos honestos con nosotros mismos y, por lo tanto, no somos honestos con Dios. Por lo tanto, para que nuestra oración sea verdadera, debe ser honesta y humilde. Y la humilde verdad para todas nuestras vidas se expresa mejor en la oración del recaudador de impuestos que oró: “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.


¿Qué tan fácil es para usted admitir su pecado? Cuando entendemos la misericordia de Dios, esta humildad es mucho más fácil. Dios no es un Dios de dureza, sino un Dios de gran misericordia. Cuando entendemos que el deseo más profundo de Dios es perdonarnos y reconciliarnos con nosotros mismos, entonces desearemos profundamente la humildad honesta ante Él.

 

La Cuaresma es un momento importante para que examinemos profundamente nuestra conciencia y tomemos nuevas resoluciones para el futuro. Hacerlo traerá nueva libertad y gracia a nuestras vidas. Así que no tema examinar honestamente su conciencia para ver su pecado claramente en la forma en que Dios lo ve. Si lo hace, estará en condiciones de hacer esta oración del recaudador de impuestos “Oh, Dios!, ten compasión de este pecador”.


Reflexione hoy sobre su pecado. ¿Con qué lucha más en este momento? ¿Hay pecados de su pasado que nunca ha confesado? ¿Hay pecados continuos que justifica, ignora y tiene miedo de enfrentar? Anímese y sepa que la humildad honesta es el camino a la libertad y la única manera de experimentar la justificación ante Dios.


 

Mi misericordioso Señor, te agradezco por amarme con un amor perfecto. Te agradezco por tu increíble y profunda misericordia. Ayúdame a ver todo mi pecado y a volverme a Ti con honestidad y humildad para que pueda ser liberado de estas cargas y ser justificado ante Tus ojos. Jesús, en Ti confío.

jueves, 12 de marzo de 2026

13 de marzo del 2026: viernes de la tercera semana de Cuaresma

El corazón de la Ley

En el camino cuaresmal, la Palabra de Dios nos conduce hoy al corazón mismo de la fe. El profeta Oseas recuerda al pueblo que Dios desea un amor sincero y fiel más que sacrificios vacíos: “misericordia quiero y no sacrificios”. La relación con Dios no puede reducirse a ritos externos; Él busca un corazón que lo conozca y lo ame de verdad.

El salmo prolonga esta misma invitación: cuando el corazón escucha la voz del Señor y no endurece su interior, vuelve a descubrir el camino de la vida.

En el Evangelio según Evangelio según San Marcos, un escriba pregunta a Jesús cuál es el mandamiento más importante. La respuesta es clara y luminosa: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a uno mismo. En estas palabras, Jesús resume toda la ley y los profetas.

En este tiempo de conversión, la liturgia nos invita a revisar nuestro amor: ¿es solo una práctica religiosa exterior, o un amor verdadero que transforma la vida? La Cuaresma es una oportunidad para volver al centro: amar a Dios y dejarnos transformar por ese amor para amar mejor a los demás.

G.Q


 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Oseas (14,2-10):

ESTO dice el Señor:
«Vuelve, Israel, al Señor tu Dios,
porque tropezaste por tu falta.
Tomad vuestras promesas con vosotros
y volved al Señor.
Decidle: “Tú quitas toda falta,
acepta el pacto.
Pagaremos con nuestra confesión:
Asiria no nos salvará,
no volveremos a montar a caballo,
y no llamaremos ya ‘nuestro Dios’
a la obra de nuestras manos.
En ti el huérfano encuentra compasión”.
“Curaré su deslealtad,
los amaré generosamente,
porque mi ira se apartó de ellos.
Seré para Israel como el rocío,
florecerá como el lirio,
echará sus raíces como los cedros del Líbano.
Brotarán sus retoños
y será su esplendor como el olivo,
y su perfume como el del Líbano.
Regresarán los que habitaban a su sombra,
revivirán como el trigo,
florecerán como la viña,
será su renombre como el del vino del Líbano.
Efraín, ¿qué tengo que ver con los ídolos?
Yo soy quien le responde y lo vigila.
Yo soy como un abeto siempre verde,
de mí procede tu fruto”.
¿Quién será sabio, para comprender estas cosas,
inteligente, para conocerlas?
Porque los caminos del Señor son rectos:
los justos los transitan,
pero los traidores tropiezan en ellos».

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 80,6c-8a.8bc-9.10-11ab.14.17



R/.
 Yo soy el Señor, Dios tuyo: escucha mi voz

V/. Oigo un lenguaje desconocido:
«Retiré sus hombros de la carga,
y sus manos dejaron la espuerta.
Clamaste en la aflicción, y te libré. R/.

V/. Te respondí oculto entre los truenos,
te puse a prueba junto a la fuente de Meribá.
Escucha, pueblo mío, doy testimonio contra ti;
¡ojalá me escuchases, Israel! R/.

V/. No tendrás un dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué del país de Egipto. R/.

V/. ¡Ojalá me escuchase mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!
Los alimentaría con flor de harina,
los saciaría con miel silvestre». R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (12,28b-34):

EN aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.


Palabra del Señor

 

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Amar de verdad


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este viernes de la 3ª semana de Cuaresma nos conduce al centro de nuestra fe. El profeta Oseas pone en labios del pueblo una súplica humilde: “Perdona todas nuestras faltas” y recuerda que Dios quiere sanar la infidelidad de su pueblo y amarlo generosamente. El Evangelio, por su parte, nos presenta la respuesta de Jesús al escriba: el mandamiento primero es amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y el segundo, amar al prójimo como a uno mismo. Jesús añade que no hay mandamiento mayor que estos.

La Cuaresma, entonces, no es solo tiempo de prácticas externas. Es tiempo de volver al corazón: Dios no quiere una religiosidad vacía, sino un amor verdadero, un corazón sincero, una fe que se traduzca en misericordia. Eso aparece con claridad en la primera lectura: el Señor invita a Israel a volver, a dejar falsas seguridades y a reconocer que solo en Dios hay compasión y vida.

Y aquí la Palabra toca de manera muy especial nuestra intención orante por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que cargan dolores físicos, enfermedades largas, cansancios profundos. Hay otras que, aunque por fuera parecen fuertes, por dentro viven heridas, tristezas, ansiedad, soledad, duelos, decepciones y luchas silenciosas. El Señor no las mira con frialdad. El Dios de Oseas es el Dios que dice: “Yo curaré su deslealtad”. Esa es una palabra de esperanza para tantos corazones rotos.

A veces pensamos que amar a Dios consiste solo en rezar mucho. Pero Jesús nos enseña que el amor a Dios y el amor al prójimo no se pueden separar. Decimos que amamos a Dios, pero el Señor nos pregunta: ¿cómo tratas al enfermo?, ¿cómo acompañas al que está deprimido?, ¿cómo escuchas al que necesita consuelo?, ¿cómo miras al que sufre? La mejor prueba de que nuestro culto es auténtico es la compasión.

Por eso, esta liturgia nos invita a revisar tres cosas.

Primero, cómo está nuestro amor a Dios. Tal vez hemos conservado costumbres religiosas, pero el corazón se ha enfriado. Tal vez rezamos, pero sin entregarnos de verdad. La Cuaresma nos llama a volver a un amor entero, no a medias.

Segundo, cómo está nuestro amor al prójimo. Quizá cerca de nosotros hay personas sufriendo en el alma y en el cuerpo, y no nos hemos dado cuenta. A veces una palabra amable, una visita, una llamada, una oración hecha con fe, pueden ser un verdadero bálsamo.

Tercero, cómo está nuestro propio corazón herido. Porque también nosotros podemos ser ese enfermo interior que necesita regresar al Señor. Quizá llevamos cansancios, culpas, penas viejas, heridas no sanadas. Hoy el Señor nos dice: vuelve a mí; yo no te rechazo; yo puedo curarte.

Qué hermoso que el escriba del Evangelio termine comprendiendo que amar vale más que todos los holocaustos y sacrificios. En otras palabras: lo que más agrada a Dios no es la apariencia religiosa, sino un corazón que ama. Un corazón que se deja sanar por Dios para convertirse también en alivio para los demás.

Pidamos hoy de manera especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Que Cristo médico cure a los enfermos, fortalezca a los agotados, consuele a los tristes, levante a los desanimados y nos conceda a nosotros un corazón más sensible, más cercano y más misericordioso.

Que esta Cuaresma no se quede en ritos, sino que nos lleve a lo esencial: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo con ternura concreta.

Amén.

 

 



miércoles, 11 de marzo de 2026

12 de marzo del 2026: jueves de la tercera semana de Cuaresma

 

Escuchar hoy la voz del Señor

A través del profeta Jeremías, Dios revela hoy el drama de un pueblo al que no deja de hablar y que, sin embargo, le da la espalda: “Escuchen mi voz” (Jer 7). La historia de la salvación está marcada por esta tensión entre la fidelidad de Dios y la dureza del corazón humano. El salmo nos advierte con fuerza: “Ojalá escuchen hoy su voz: no endurezcan el corazón”.

En el Evangelio, Jesús libera a un hombre del poder del mal, pero algunos, en lugar de reconocer la acción de Dios, sospechan de Él y piden más signos. Como en tiempos de Jeremías, el corazón humano puede volverse sordo incluso ante las obras de Dios.

La Cuaresma nos invita a examinar nuestra propia escucha: ¿no corremos también el riesgo de cerrar el corazón? Hoy el Señor nos llama nuevamente a reconocer su acción, a acoger su Palabra y a caminar con Él.

Escuchar su voz es el primer paso para volver a la vida.

G.Q


Primera lectura

Lectura del libro de Jeremías (7,23-28):

ESTO dice el Señor:
«Esta fue la orden que di a mi pueblo:
“Escuchad mi voz, Yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Seguid el camino que os señalo, y todo os irá bien”.
Pero no escucharon ni hicieron caso. Al contrario, caminaron según sus ideas, según la maldad de su obstinado corazón. Me dieron la espalda y no la cara.
Desde que salieron vuestros padres de Egipto hasta hoy, os envié a mis siervos, los profetas, un día tras otro; pero no me escucharon ni me hicieron caso. Al contrario, endurecieron la cerviz y fueron peores que sus padres.
Ya puedes repetirles este discurso, seguro que no te escucharán; ya puedes gritarles, seguro que no te responderán. Aun así les dirás:
“Esta es la gente que no escuchó la voz del Señor, su Dios, y no quiso escarmentar. Ha desaparecido la sinceridad, se la han arrancado de la boca”».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 94,1-2.6-7.8-9

R/.
 Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor:
«No endurezcáis vuestro corazón»


V/. Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. R/.

V/. Entrad, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. R/.

V/. Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (11,14-23):

EN aquel tiempo, estaba Jesús echando un demonio que era mudo.
Sucedió que, apenas salió el demonio, empezó a hablar el mudo. La multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues vosotros decís que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, vuestros hijos, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán vuestros jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama».


Palabra del Señor


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1


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante una verdad muy seria, pero también muy luminosa: Dios no se cansa de hablarnos, aunque muchas veces nosotros sí nos cansamos de escucharlo.

En la primera lectura, por boca del profeta Jeremías, el Señor le dice a su pueblo: “Escuchen mi voz; yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”. Qué frase tan hermosa. Dios no pide primero cosas extraordinarias; pide algo más profundo: un corazón que escuche. Pero el mismo texto nos muestra la tragedia: el pueblo no escuchó, endureció el corazón, dio la espalda al Señor.

Y el salmo responde con una invitación que hoy resuena también para nosotros: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón.” No mañana. Hoy. Porque siempre existe el peligro de acostumbrarnos a lo sagrado, de oír la Palabra sin dejar que nos toque, de venir al templo sin permitir que Dios nos convierta de verdad.

En el Evangelio, Jesús expulsa un demonio. Realiza una obra de liberación, una obra de vida, una obra claramente buena. Y, sin embargo, algunos no creen. En lugar de abrirse al misterio de Dios, buscan excusas, sospechan, descalifican, piden más pruebas. Es impresionante: el problema no es falta de signos; el problema es la cerrazón del corazón.

Eso también puede pasar hoy. A veces pedimos señales de Dios, pero no reconocemos las que ya nos ha dado. A veces decimos que queremos vocaciones, que queremos una Iglesia viva, que queremos evangelización fecunda; pero quizá no estamos escuchando de verdad la voz del Señor.

Y aquí aparece nuestra intención orante de este día: la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones.

La Iglesia evangeliza no solo con planes, reuniones, estrategias o actividades. Todo eso es importante, pero la evangelización comienza cuando hay hombres y mujeres que escuchan a Dios, se dejan convertir por Él y viven en coherencia. Una Iglesia que no escucha al Señor corre el riesgo de hablar mucho de Dios, pero con poca unción. En cambio, una Iglesia que escucha, ora, discierne y obedece, se vuelve verdaderamente fecunda.

Por eso, pedir por la obra evangelizadora de la Iglesia es pedir que nunca nos falte un corazón dócil al Espíritu. Y pedir por las vocaciones es pedir que muchos jóvenes, niños, adolescentes y adultos puedan escuchar esa voz del Señor que sigue diciendo: “Ven y sígueme”.

Pero también debemos preguntarnos: ¿estamos creando un ambiente donde esa voz pueda ser escuchada?
Porque las vocaciones nacen en comunidades que oran, en familias que transmiten la fe, en parroquias donde se ama la Eucaristía, donde se vive la caridad, donde hay alegría de servir. Las vocaciones no surgen del ruido del mundo, sino del silencio del alma que se abre a Dios.

Hoy el Señor nos recuerda algo muy fuerte en el Evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama.” No se puede ser discípulo a medias. No se puede evangelizar con un corazón dividido. No se puede anunciar a Cristo sin pertenecerle de verdad.

En esta Cuaresma, el Señor nos llama entonces a tres actitudes sencillas:

Primero, escuchar. Escuchar de verdad la Palabra, no solo con los oídos, sino con la vida.

Segundo, convertirnos. Reconocer que a veces también nosotros hemos endurecido el corazón, hemos dudado, hemos pospuesto la respuesta a Dios.

Y tercero, orar y trabajar por la misión. Orar por la Iglesia, por los sacerdotes, por los consagrados, por los seminaristas, por las familias cristianas, y por tantos jóvenes que quizá sienten una inquietud vocacional pero todavía tienen miedo de responder.

Hermanos, la Iglesia necesita evangelizadores con alma de discípulos. Necesita vocaciones generosas. Necesita corazones abiertos. Y todo comienza allí donde alguien deja de darle la espalda a Dios y decide escuchar su voz.

Que esta Eucaristía nos conceda esa gracia:
no endurecer el corazón, reconocer la acción de Dios en medio de nosotros, y sostener con nuestra oración y nuestro testimonio la obra evangelizadora de la Iglesia y el florecimiento de nuevas vocaciones.

Amén.

 


2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos confronta con una verdad exigente y necesaria: con Jesús no hay neutralidad. En la vida cristiana llega un momento en que no basta con admirar a Cristo, escuchar su Palabra de vez en cuando o simpatizar con sus enseñanzas. El Señor lo dice con claridad en el Evangelio: “El que no está conmigo, está contra mí; y el que no recoge conmigo, desparrama”.

Son palabras fuertes. Pero precisamente por eso son palabras que pueden despertarnos. Porque muchas veces quisiéramos vivir una fe sin conflicto, una fe cómoda, una fe que no nos comprometa demasiado. Y, sin embargo, Jesús nos recuerda que el discipulado verdadero exige tomar posición, decidirse, optar por Él con el corazón y con la vida.

En la primera lectura, tomada del profeta Jeremías, escuchamos el lamento de Dios ante un pueblo que no quiso escuchar su voz. El Señor les había dicho: “Escuchen mi voz; yo seré su Dios y ustedes serán mi pueblo”. Pero ellos no escucharon; endurecieron el corazón y caminaron según sus propios criterios. Ese es el drama del pecado: no solo hacer el mal, sino cerrarse a la voz de Dios, preferir nuestras seguridades antes que su voluntad.

Por eso el salmo de hoy resuena como una súplica urgente: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón”. La Cuaresma es precisamente ese tiempo de gracia en que Dios intenta nuevamente abrirse paso en nuestra conciencia. No para condenarnos, sino para convertirnos. No para humillarnos, sino para salvarnos.

En el Evangelio, Jesús expulsa a un demonio mudo. Y este detalle no deja de ser significativo. Aquel hombre había quedado sin voz. También nosotros podemos padecer una especie de mudez espiritual. Sabemos lo que está bien, intuimos lo que Dios nos pide, reconocemos la verdad del Evangelio, pero callamos. Callamos por miedo, por comodidad, por respeto humano, por no complicarnos la vida. Y poco a poco esa mudez se convierte en complicidad con el mal.

Jesús, en cambio, no permanece neutral frente al mal. Lo enfrenta, lo desenmascara y lo vence. Él es el más fuerte que entra en la casa del fuerte y le arrebata su dominio. Con esta imagen, el Evangelio nos recuerda que el mal existe, que las fuerzas del pecado son reales, pero también que Cristo es más fuerte. Y esta es una gran noticia para la Iglesia y para su misión evangelizadora: no anunciamos una esperanza débil, no proclamamos una palabra vacía; anunciamos a Cristo, vencedor del pecado, de la mentira y del mal.

Hoy oramos de manera particular por la obra evangelizadora de la Iglesia. Y esta Palabra nos ayuda a comprender que evangelizar no es simplemente organizar actividades, transmitir ideas o repetir doctrinas. Evangelizar es ponerse de parte de Cristo, recoger con Él, trabajar con Él, hablar en su nombre, dejar que su fuerza actúe en nuestra debilidad.

La Iglesia evangeliza de verdad cuando no se avergüenza del Evangelio. Cuando no diluye la verdad para agradar al mundo. Cuando sabe hablar con caridad, pero también con claridad. Cuando no confunde misericordia con permisividad, ni prudencia con cobardía. La obra evangelizadora de la Iglesia necesita discípulos convencidos, no cristianos tibios; testigos valientes, no creyentes silenciosos; hombres y mujeres que, sin agresividad pero con firmeza, sepan decir con su vida: yo estoy con el Señor.

Esto vale para los sacerdotes, para los religiosos, para los catequistas, para los agentes de pastoral, para los padres de familia, para los jóvenes, para todos. Porque evangelizar no es tarea de unos pocos especialistas: es vocación de toda la Iglesia. Cada bautizado está llamado a recoger con Cristo y no a desparramar.

Y aquí conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Estoy ayudando a reunir o estoy dispersando?
¿Mis palabras acercan a los demás a Dios o los alejan?
¿Mi testimonio fortalece la fe de otros o la debilita?
¿Mi manera de vivir el Evangelio anima a otros a creer, o los deja confundidos?

Hermanos, en una sociedad marcada por tanta confusión, por tantos discursos contradictorios y por tanto relativismo, la Iglesia necesita volver una y otra vez a la fuente: escuchar la voz del Señor. Porque solo una Iglesia que escucha puede anunciar. Solo una Iglesia convertida puede evangelizar. Solo una Iglesia unida a Cristo puede vencer la dispersión, el cansancio, el miedo y la esterilidad pastoral.

Pidamos hoy al Señor por toda la obra evangelizadora de la Iglesia: por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes, por los misioneros, por las comunidades cristianas, por quienes anuncian la fe en ambientes difíciles, por quienes siembran el Evangelio en medio de la indiferencia, y también por nosotros mismos, para que no seamos cristianos neutrales, sino discípulos valientes.

Que esta Eucaristía nos conceda un corazón dócil para escuchar, una fe firme para tomar partido por Cristo y una caridad ardiente para colaborar con su misión. Y que nunca olvidemos esta certeza: si estamos con Él, aunque el mal parezca fuerte, Cristo siempre es el más fuerte.

Amén.

14 de marzo del 2026: sábado de la tercera semana de Cuaresma- Memoria de María en sábado

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