Levantarse para vivir
(Ez 47, 1-9. 12; Jn 5,1-16) La Palabra de hoy nos
invita a pasar de la parálisis a la vida. El profeta Ezequiel contempla un río
que brota del templo y que, a su paso, todo lo transforma y hace florecer:
donde llega el agua, nace la vida. Así es la fe cuando la dejamos fluir: renueva
el corazón y se convierte en fuente de vida también para los demás.
En
el Evangelio, Jesús se acerca al hombre paralizado junto a la piscina de
Betesda. Su palabra no solo le devuelve la salud, sino que lo invita a
levantarse y caminar: “Levántate,
toma tu camilla y anda.” Los dones de Dios no son simples favores
pasajeros; son llamadas a la conversión, a entrar en una vida nueva. Acogiendo
su palabra, también nosotros podemos levantarnos y continuar el camino hacia la
vida plena.
Primera lectura
Lectura de la profecía de Ezequiel (47,1-9.12):
EN aquellos días, el ángel me hizo volver a la entrada del templo del Señor.
De debajo del umbral del templo corría agua hacia el este —el templo miraba al
este—. El agua bajaba por el lado derecho del templo, al sur del altar.
Me hizo salir por el pórtico septentrional y me llevó por fuera hasta el
pórtico exterior que mira al este. El agua corría por el lado derecho.
El hombre que llevaba el cordel en la mano salió hacia el este, midió
quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me llegaba hasta los
tobillos. Midió otros quinientos metros y me hizo atravesar el agua, que me
llegaba hasta las rodillas. Midió todavía otros quinientos metros y me hizo
atravesar el agua, que me llegaba hasta la cintura. Midió otros quinientos
metros: era ya un torrente que no se podía vadear, sino cruzar a nado.
Entonces me dijo:
«¿Has visto, hijo de hombre?»,
Después me condujo por la ribera del torrente.
Al volver vi en ambas riberas del torrente una gran arboleda. Me dijo:
«Estas aguas fluyen hacia la zona oriental, descienden hacia la estepa y
desembocan en el mar de la Sal, Cuando hayan entrado en él, sus aguas serán
saneadas. Todo ser viviente que se agita, allí donde desemboque la corriente,
tendrá vida; y habrá peces en abundancia. Porque apenas estas aguas hayan
llegado hasta allí, habrán saneado el mar y habrá vida allí donde llegue el
torrente.
En ambas riberas del torrente crecerá toda clase de árboles frutales; no se
marchitarán sus hojas ni se acabarán sus frutos; darán nuevos frutos cada mes,
porque las aguas del torrente fluyen del santuario; su fruto será comestible y
sus hojas medicinales».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 45,2-3.5-6.8-9
R/. El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob
V/. Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.
Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar. R/.
V/. Un río y sus canales alegran la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.
Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora. R/.
V/. El Señor del universo está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.
Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra. R/.
Lectura del santo evangelio según san Juan (5,1-16):
SE celebraba una fiesta de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén.
Hay en Jerusalén, junto a la Puerta de las Ovejas, una piscina que llaman en
hebreo Betesda. Esta tiene cinco soportales, y allí estaban echados muchos
enfermos, ciegos, cojos, paralíticos.
Estaba también allí un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo.
Jesús, al verlo echado, y sabiendo que ya llevaba mucho tiempo, le dice:
«¿Quieres quedar sano?».
El enfermo le contestó:
«Señor, no tengo a nadie que me meta en la piscina cuando se remueve el agua;
para cuando llego yo, otro se me ha adelantado».
Jesús le dice:
«Levántate, toma tu camilla y echa a andar».
Y al momento el hombre quedó sano, tomó su camilla y echó a andar.
Aquel día era sábado, y los judíos dijeron al hombre que había quedado sano:
«Hoy es sábado, y no se puede llevar la camilla».
Él les contestó:
«El que me ha curado es quien me ha dicho: “Toma tu camilla y echa a andar”».
Ellos le preguntaron:
«¿Quién es el que te ha dicho que tomes la camilla y eches a andar?».
Pero el que había quedado sano no sabía quién era, porque Jesús, a causa del
gentío que había en aquel sitio, se había alejado.
Más tarde lo encuentra Jesús en el templo y le dice:
«Mira, has quedado sano; no peques más, no sea que te ocurra algo peor».
Se marchó aquel hombre y dijo a los judíos que era Jesús quien lo había sanado.
Por esto los judíos perseguían a Jesús, porque hacía tales cosas en sábado.
Palabra del Señor
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“Levántate y camina: cuando Dios toma la
iniciativa”
Queridos hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de este día tiene un sabor
profundamente cuaresmal. Nos pone delante dos imágenes llenas de esperanza: por
un lado, el agua que brota del templo en la visión del profeta Ezequiel; por
otro, el hombre paralítico que yace junto a la piscina de Betesda, esperando
inútilmente una oportunidad para sanar. En ambos casos aparece el mismo
mensaje: Dios quiere comunicar vida allí donde parecía reinar el
estancamiento, la impotencia y la tristeza.
La primera lectura es bellísima. Ezequiel contempla
un agua que sale del templo y que, a medida que avanza, va transformando todo:
donde llega esa corriente, hay vida; lo árido se fecunda, lo estéril florece,
lo muerto revive. El agua no se queda quieta; sale, corre, sanea, fecunda. No
es un agua encerrada, sino una gracia en movimiento. Así es Dios. Dios no es un
Dios inmóvil ni lejano. Dios sale al encuentro, busca, toca, levanta, renueva.
Y ese río que brota del templo es una imagen de su misericordia, de su gracia,
de su amor que no se resigna a vernos postrados.
Luego el Evangelio nos presenta a un hombre que
llevaba treinta y ocho años enfermo junto a la piscina de Betesda. Era
prácticamente una vida entera. Treinta y ocho años esperando, treina y ocho
años viendo pasar gente, treina y ocho años acumulando frustración, cansancio,
decepción. Seguramente al comienzo tuvo esperanza; después, resignación; y
finalmente quizá una especie de costumbre del dolor. Jesús lo ve tendido allí,
conoce su larga enfermedad y le pregunta: “¿Quieres quedar sano?”. Y
luego le dice: “Levántate, toma tu camilla y echa a andar.”
A primera vista, esa pregunta de Jesús parece extraña.
¿Cómo no va a querer sanar alguien que ha sufrido tanto tiempo? Pero Jesús no
formula preguntas inútiles. Él entra al corazón. La pregunta va más allá del
cuerpo: ¿de verdad quieres cambiar? ¿de verdad quieres salir de aquello que
te tiene postrado? ¿de verdad quieres comenzar una vida nueva? Porque hay
parálisis físicas, sí; pero también hay parálisis del alma. Está la parálisis
del resentimiento, de la tristeza prolongada, de la culpa, de la rutina
espiritual, de los pecados repetidos, del desánimo, de la falta de perdón, del
“yo soy así”, del “ya no puedo cambiar”, del “esto siempre será igual”.
Y aquí esta Palabra se vuelve actual para nosotros.
Muchos no estamos en una camilla visible, pero llevamos dentro alguna
inmovilidad. A veces seguimos respirando, trabajando, conversando, incluso
sonriendo, pero interiormente estamos detenidos. Hay personas que llevan años
paralizadas por una herida del pasado. Otras, por una pérdida que no han
logrado elaborar. Otras, por una culpa que no se atreven a poner en manos de
Dios. Otras, por un pecado habitual contra el que dejaron de luchar porque
piensan que ya no tiene remedio.
Ese hombre del Evangelio dice algo muy humano: “No
tengo a nadie”. Es una de las frases más tristes de toda la escena. No
tengo a nadie que me ayude. No tengo a nadie que me meta en el agua. No tengo a
nadie que me sostenga. Cuánta gente hoy podría repetir esas palabras. Ancianos
solos. Enfermos olvidados. Personas que atraviesan duelos en silencio. Hombres
y mujeres cansados de dar y no recibir. Amigos heridos por la indiferencia.
Benefactores generosos que a veces también cargan sus propias cruces. Familias
enteras que parecen llevar años esperando una consolación que no llega.
Pero precisamente ahí sucede lo más hermoso del
Evangelio: cuando el hombre ya no espera nada, Jesús toma la iniciativa.
No fue el enfermo quien buscó a Jesús; fue Jesús quien lo vio. No fue el
enfermo quien encontró la solución; fue Cristo quien se le acercó. No fue la
piscina la que lo sanó; fue la palabra viva del Señor. Ese es el corazón del
mensaje de hoy: la salvación no nace de nuestras fuerzas, sino de la
iniciativa misericordiosa de Dios.
Y eso es muy importante en Cuaresma. A veces convertimos
la Cuaresma en una especie de lista de esfuerzos personales: voy a dejar esto,
voy a hacer aquello, voy a mejorar en esto otro. Y está bien. Pero la Cuaresma
no comienza por lo que yo hago por Dios, sino por lo que Dios hace por mí. Él
ve mi postración. Él conoce mis años de lucha. Él sabe mis cansancios secretos.
Él no me humilla por mi fragilidad; me pregunta con ternura: “¿Quieres
sanar?”. Y cuando reconozco que no puedo solo, entonces su gracia empieza a
obrar.
El comentario que compartiste lo expresa muy bien:
la impotencia reconocida puede convertirse en la puerta por donde entra la
gracia. Mientras uno se cree autosuficiente, se encierra. Pero cuando uno dice
de verdad: “Señor, no puedo solo; Señor, necesito tu ayuda; Señor, ven a
levantarme”, entonces el alma comienza a abrirse a la acción de Dios.
Hay aquí también una enseñanza profundamente
espiritual. Aquel hombre estaba esperando que el agua se moviera. Y mientras
esperaba una señal externa, la verdadera fuente de vida estaba ya delante de él:
Jesús. A veces nosotros también nos quedamos esperando “algo”: una emoción
extraordinaria, un milagro espectacular, una circunstancia ideal, una solución
inmediata. Y sin embargo el Señor ya está actuando, quizá de un modo humilde y
silencioso: en su Palabra, en una confesión pendiente, en una eucaristía bien
vivida, en la compañía de alguien bueno, en una reconciliación, en una llamada
a comenzar de nuevo.
Ezequiel habla de un río que lo sana todo; el
Evangelio nos muestra que ese río tiene rostro: Jesucristo. Él es el
verdadero templo del que brota el agua viva. Él es la fuente que sana nuestras
zonas secas. Él es el que puede devolver movilidad a la conciencia adormecida,
esperanza al corazón vencido y dignidad al que se siente tirado al borde del
camino.
Y no olvidemos un detalle: Jesús no solo sana al
hombre; también lo pone en marcha. No le dice: “Quédate ahí descansando”. Le
dice: “Levántate, toma tu camilla y anda.” Es decir: no vuelvas a vivir
como antes. No te identifiques para siempre con tu herida. No reduzcas tu
identidad a aquello que sufriste. No sigas acostado en el lugar de tu antigua
impotencia. La gracia de Dios no solo consuela; también impulsa. No solo cura;
también envía. No solo limpia; también transforma.
Tal vez esa “camilla” que el hombre debe cargar
representa precisamente su historia. Jesús no borra mágicamente el pasado, pero
hace que ese pasado ya no lo domine. Antes la camilla lo cargaba a él; ahora él
carga la camilla. Antes estaba postrado sobre ella; ahora camina. Qué hermosa
imagen de la vida cristiana. Con Cristo, nuestras heridas no necesariamente
desaparecen de la memoria, pero dejan de gobernarnos. Nuestro pasado ya no nos
aplasta; integrado en la gracia, puede incluso convertirse en testimonio.
Hoy, además, queremos vivir esta Eucaristía con una
intención orante por nuestros familiares, amigos y benefactores. Y esta
Palabra ilumina muy bien esa intención. Pensemos en tantos familiares nuestros
que quizá están cansados, enfermos, tristes o espiritualmente paralizados. Pensemos
en amigos que necesitan una palabra de ánimo, una reconciliación, una cercanía.
Pensemos en los benefactores que el Señor ha puesto en nuestro camino, personas
que nos han ayudado material, espiritual o afectivamente. Muchos de ellos han
sido, para nosotros, como un cauce de ese río de Ezequiel: por medio de ellos
Dios nos ha sostenido, alentado, consolado.
Qué importante es orar por ellos. Porque a veces
recibimos mucho de determinadas personas y no siempre correspondemos con
gratitud espiritual. Hoy la liturgia nos invita a ponerlos delante del Señor y
a pedir por cada uno:
Señor, sana a nuestros familiares.
Señor, fortalece a nuestros amigos.
Señor, bendice a nuestros benefactores.
Señor, levanta a los que están postrados.
Señor, haz correr tu agua viva por sus hogares, sus trabajos, sus luchas y sus
esperanzas.
Y quizá también debemos preguntarnos: ¿no quiere
el Señor que nosotros seamos para otros esa ayuda que el paralítico no
encontraba? El hombre decía: “No tengo a nadie”. Ojalá nadie cercano a
nosotros tenga que repetir esa frase. Ojalá en nuestras familias haya más
presencia. Ojalá en nuestras comunidades haya más atención. Ojalá nuestros
amigos puedan contar con nosotros. Ojalá nuestros benefactores no solo reciban
agradecimientos humanos, sino también oración fiel, cercanía sincera y memoria
agradecida.
Una aproximación psicológica también puede
ayudarnos. Con frecuencia, cuando una persona ha sufrido durante mucho tiempo,
termina organizando su identidad alrededor de su herida. Se acostumbra a
definirse desde la carencia, desde la frustración, desde la imposibilidad. El
dolor prolongado genera a veces una resignación interior: “yo ya no cambio”,
“esto no tiene remedio”, “para mí ya es tarde”. El Evangelio rompe esa lógica.
Jesús entra justamente en ese espacio donde la persona se ha acostumbrado a
sobrevivir y le devuelve la capacidad de desear una vida distinta. En otras
palabras, Jesús no solo cura el cuerpo; devuelve también el deseo, la esperanza
y la iniciativa interior.
Por eso esta Palabra es una gran noticia para todos
los que sienten que llevan demasiado tiempo mal. Para el que lleva años en una
tibieza espiritual. Para el que arrastra un pecado recurrente. Para el que se
acostumbró a vivir sin ilusión. Para el que se resignó a una relación rota.
Para el que piensa que Dios ya no puede hacer nada con su vida. Cristo le dice
hoy: sí hay esperanza, sí puedes levantarte, sí la gracia puede tocarte.
Hermanos, estamos en Cuaresma, tiempo de volver a
la fuente. No nos contentemos con quedarnos al borde de la piscina
lamentándonos. No vivamos solo enumerando nuestras limitaciones. Miremos a
Cristo. Dejemos que nos haga la pregunta decisiva: “¿Quieres quedar sano?”.
Y respondamos con humildad:
“Señor, sí quiero, pero no puedo sin ti”.
“Señor, quiero sanar mis heridas”.
“Señor, quiero dejar ese pecado”.
“Señor, quiero volver a orar”.
“Señor, quiero perdonar”.
“Señor, quiero caminar”.
Entonces veremos que la gracia ya estaba obrando.
Porque el Señor no espera a que todo esté resuelto para acercarse. Se acerca
precisamente cuando estamos tirados, cansados, confundidos y sin fuerzas. Esa
es su misericordia. Esa es su iniciativa. Ese es el Evangelio.
Pidamos en esta celebración por nuestros
familiares, amigos y benefactores. Que sobre ellos corra el río de la vida que
vio Ezequiel. Que sobre ellos repose la mirada compasiva de Cristo en Betesda.
Que el Señor cure sus heridas visibles e invisibles. Que bendiga su
generosidad. Que los sostenga en la prueba. Y que también a nosotros nos
convierta en instrumentos de consuelo, gratitud y esperanza para ellos.
Que al acercarnos hoy a la Eucaristía escuchemos,
en lo más íntimo del corazón, la voz de Jesús que nos dice:
“Levántate, toma tu camilla y anda.”
Y que, sostenidos por su gracia, nos pongamos de pie para caminar hacia una
vida nueva.
Amén.


