martes, 4 de agosto de 2026

5 de agosto del 2026: Miércoles de la decimoctava semana del tiempo ordinario II- Memoria de la Dedicación de la Basílica de Santa María

 

Luz de la fe:

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor

La basílica de Santa María la Mayor es la primera iglesia de Occidente dedicada a la Santísima Virgen María. Fue erigida en Roma en honor de la Madre de Jesús, poco después de que el Concilio de Éfeso, celebrado en el año 431, reconociera solemnemente a María con el título de Madre de Dios —Theotokos—, afirmando así la verdadera divinidad y humanidad de Jesucristo.

Según una antigua tradición, la Virgen indicó milagrosamente el lugar donde debía construirse el templo mediante una nevada ocurrida en pleno verano, durante la noche del 4 al 5 de agosto. Por esta razón, la basílica también fue conocida como Nuestra Señora de las Nieves.

La celebración de su dedicación nos invita a contemplar a María como Madre de Dios y Madre de la Iglesia. Ella nos conduce siempre hacia su Hijo y nos enseña a acoger la Palabra, a conservarla en el corazón y a vivir con fidelidad nuestra vocación cristiana.

 



Aunque sea una migaja


(Jr 31,1-7 / Sal Jr 31,10.11-12ab.13 (R. cf. 10d) /
Mt 15,21-28)
 

Una escena desconcertante: una mujer cananea sigue a Jesús con sus gritos, suplicando por su hija; los discípulos quieren despedirla. Jesús parece mantenerla a distancia, recordándole su condición de pagana y empleando incluso la imagen de los “perritos”.

Sin embargo, la mujer no se ofende ni se rinde. Con humildad y una fe admirable, responde que también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños. Ella no exige privilegios: confía en que una sola migaja de la misericordia de Dios basta para transformar la vida.

Jesús reconoce entonces la grandeza de su fe y concede la curación de su hija. El Evangelio nos enseña que la fe perseverante abre caminos, derriba barreras y alcanza el corazón de Dios. A veces, una sola migaja de su gracia es suficiente para devolvernos la esperanza.

G.Q

 

 

Primera lectura

Jer 31, 1-7

Con amor eterno te amé

Lectura del libro de Jeremías.

EN aquel tiempo —oráculo del Señor—, seré el Dios de todas las tribus de Israel, y ellas serán mi pueblo.
Esto dice el Señor:
«Encontró mi favor en el desierto
el pueblo que escapó de la espada;
Israel camina a su descanso.
El Señor se le apareció de lejos:
Con amor eterno te amé,
por eso prolongué mi misericordia para contigo.
Te construiré, serás reconstruida,
doncella capital de Israel;
volverás a llevar tus adornos,
bailarás entre grupos de fiesta.
Volverás a plantar viñas
allá por los montes de Samaría;
las plantarán y vendimiarán.
“Es de día” gritarán los centinelas
arriba, en la montaña de Efraín:
“En marcha, vayamos a Sion,
donde está el Señor nuestro Dios”».
Porque esto dice el Señor:
«Griten de alegría por Jacob,
regocíjense por la flor de los pueblos;
proclamen, alaben y digan:
¡El Señor ha salvado a su pueblo,
ha salvado al resto de Israel!».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Jer 31, 10. 11-12ab. 13 (R.: cf. 10d)

R. El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.

V. Escuchen, pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». 
R.

V. «Porque el Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor.
 R.

V. Entonces se alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Mt 15, 21-28

Mujer, qué grande es tu fe

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Una migaja de misericordia basta

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día está llena de consuelo para quienes atraviesan la enfermedad, el dolor o alguna situación que parece no tener salida.

En la primera lectura, el Señor habla por medio del profeta Jeremías a un pueblo herido, disperso y humillado. Israel había experimentado la derrota y el destierro; humanamente parecía que todo estaba perdido. Sin embargo, Dios le dice: «Con amor eterno te amé». Y le promete: «Volveré a reconstruirte y serás reconstruida».

¡Qué palabra tan hermosa para nuestros enfermos! Dios no abandona a quien está débil. Cuando el cuerpo pierde sus fuerzas, cuando un diagnóstico nos llena de temor, cuando la enfermedad se prolonga y parece arrebatarnos la alegría, el Señor continúa diciendo: “Yo no me he olvidado de ti. Mi amor por ti es eterno. Voy caminando contigo”.

Quizás la curación no llegue de la manera o en el momento que esperamos. Pero Dios siempre quiere reconstruirnos: unas veces restaura el cuerpo; otras, fortalece el alma; otras, concede serenidad para afrontar la prueba; y muchas veces nos sostiene mediante la oración, el cariño y el cuidado de quienes permanecen a nuestro lado.

El cántico de Jeremías prolonga esta promesa: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El enfermo no es una oveja olvidada. Está particularmente cerca del corazón del Buen Pastor. El Señor recoge nuestras lágrimas, escucha nuestros gemidos y permanece junto a la cama de quien sufre, incluso cuando no sentimos su presencia.

En el Evangelio aparece una madre cananea que lleva en el corazón el sufrimiento de su hija. Su oración nace del dolor: «Señor, Hijo de David, ten compasión de mí; mi hija está terriblemente atormentada».

Esta mujer representa a tantas madres, padres, esposos, hijos y amigos que oran por una persona enferma. Cuando sufre alguien que amamos, también nosotros sufrimos. La mujer no pide para ella, sino para su hija; pero dice: “Ten compasión de mí”, porque el dolor de la hija se ha convertido también en el dolor de la madre.

Al comienzo, Jesús guarda silencio. Y ese silencio desconcierta. También nosotros podemos sentir que Dios calla cuando llevamos mucho tiempo orando y la situación no cambia. Podemos preguntarnos: “¿Por qué el Señor no responde? ¿Por qué permite esta enfermedad? ¿Por qué no actúa como le pedimos?”.

Pero la mujer cananea no se marcha. No convierte el silencio de Jesús en motivo para abandonar la fe. Se acerca, se postra y pronuncia una oración breve, humilde y profunda: «Señor, ayúdame».

Tal vez esta sea la oración que hoy puede brotar de nuestro corazón: “Señor, ayúdame. Ayuda a quien está enfermo. Ayuda a esta familia. Danos fuerza para continuar. No permitas que perdamos la esperanza”.

Jesús utiliza entonces la imagen del pan de los hijos y de los pequeños perros. La mujer responde con una humildad extraordinaria: «También los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños».

Ella parece decirle: “Señor, no te pido grandes explicaciones; me basta una migaja de tu misericordia. Una palabra tuya, una mirada tuya, un pequeño signo de tu amor puede cambiarlo todo”.

Y Jesús, admirado por su perseverancia, le responde: «Mujer, grande es tu fe; que se cumpla lo que deseas». En aquel mismo momento, su hija quedó curada.

La grandeza de esta mujer no está en haber entendido todo, sino en haber seguido creyendo. Su fe no depende de una respuesta inmediata. Ella persevera, se humilla, suplica y confía. Nos enseña que la verdadera oración no consiste en exigirle a Dios, sino en permanecer junto a Él, aun cuando no comprendamos sus caminos.

Hoy celebramos también la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, uno de los templos más antiguos de Occidente dedicado a la Madre de Dios. Esta memoria nos invita a mirar a la Virgen María. Ella también conoció el dolor de una madre que ve sufrir a su Hijo. Permaneció al pie de la cruz cuando no podía evitar el sufrimiento de Jesús, pero podía acompañarlo, amarlo y confiar en el Padre.

Pidamos a María que acompañe a nuestros enfermos. Que se siente espiritualmente junto a sus camas, que sostenga a quienes sienten miedo, que fortalezca a sus familiares y que inspire a los médicos, enfermeros y cuidadores.

Tal vez nosotros esperamos un milagro grande, pero el Señor comienza regalándonos pequeñas migajas de gracia: una noche tranquila, una palabra de aliento, una medicina que hace efecto, una persona que nos visita, la fortaleza para soportar un día más, la paz interior para aceptar la voluntad de Dios.

No despreciemos esas migajas. Una sola migaja del amor de Dios puede alimentar nuestra esperanza. Una sola palabra de Cristo puede sostenernos. Una sola mirada de María puede consolarnos.

Hoy acerquémonos al Señor con la misma oración de la mujer cananea:

“Señor, ayúdanos. Mira a nuestros enfermos. Fortalece su cuerpo y consuela su alma. Si es tu voluntad, concédeles la salud; y, en toda circunstancia, no permitas que les falten tu presencia, tu gracia y nuestra cercanía”.

Que María, Madre de Dios y Salud de los enfermos, interceda por nosotros. Amén.

 

2

El don de consejo: saber escuchar y dejarse guiar

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos presenta hoy un encuentro que, a primera vista, resulta sorprendente y hasta desconcertante:

«Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea de aquella región se puso a gritar: “¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio”. Pero Jesús no le respondió palabra. Sus discípulos se acercaron y le pidieron: “Atiéndela y despídela, porque viene gritando detrás de nosotros”».

A primera vista, esta interacción puede parecernos extraña. Sin embargo, Jesús está realizando un acto de amor hacia aquella mujer cananea y, al mismo tiempo, está ofreciendo una enseñanza importante a sus discípulos.

Este acto de amor y de instrucción se realiza mediante la pedagogía divina, es decir, mediante la manera como Dios, Maestro sabio y amoroso, hace surgir verdades más profundas a través de una enseñanza paciente y, en ocasiones, de la prueba.

Jesús conduce a esta mujer a través de una triple prueba, y cada una de ellas va revelando una profundidad cada vez mayor de su fe.

La primera prueba: el silencio de Jesús

La primera prueba llega por medio del silencio. La mujer grita desde lo más profundo de su corazón:

«¡Señor, Hijo de David, ten compasión de mí! Mi hija está terriblemente atormentada por un demonio».

Los discípulos seguramente observaban atentamente para ver cómo respondería Jesús. Cuando Él no responde, interpretan equivocadamente su silencio como indiferencia, molestia o rechazo. Por eso le dicen:

«Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros».

Los discípulos quieren librarse de aquella mujer; Jesús, en cambio, quiere conducirla hacia una fe más profunda.

La mujer no se marcha. No interpreta el silencio como una negativa definitiva. Soporta la aparente ausencia de respuesta y espera pacientemente que el Señor le hable.

Aquí aparece el primer fruto de su fe: la perseverancia frente a un aparente rechazo.

También nosotros conocemos el silencio de Dios. Oramos por una enfermedad, por una dificultad familiar, por un hijo, por una crisis económica o espiritual, y parece que el Señor no responde.

A veces decimos: “Señor, llevo tanto tiempo pidiéndote esto y nada cambia. ¿Por qué guardas silencio? ¿Por qué no intervienes? ¿Por qué no me das una señal?”.

El silencio de Dios no significa necesariamente ausencia, indiferencia o abandono. Muchas veces, en el silencio, el Señor está purificando nuestra oración, fortaleciendo nuestra confianza y enseñándonos a permanecer junto a Él no solamente cuando recibimos lo que pedimos, sino también cuando no comprendemos sus caminos.

La primera lectura del profeta Jeremías ilumina esta experiencia. El pueblo de Israel se encuentra herido, disperso y humillado. Podría pensar que Dios lo ha olvidado. Pero el Señor le dice:

«Con amor eterno te amé; por eso prolongué mi misericordia contigo».

Aunque el pueblo no siempre perciba la acción de Dios, su amor continúa siendo eterno. Aunque atravesemos el desierto, aunque no veamos todavía la respuesta, Dios sigue amándonos y trabajando silenciosamente en nuestra historia.

La segunda prueba: una aparente exclusión

La segunda prueba llega cuando Jesús dice:

«No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel».

La mujer era cananea, procedente de la región pagana de Tiro y Sidón. Según todas las apariencias, estaba fuera del pueblo de la alianza de Israel.

Sin embargo, ella no permite que estas palabras la desanimen. Por el contrario, se acerca aún más, se postra ante Jesús y suplica:

«¡Señor, ayúdame!».

Su oración se hace cada vez más breve, pero también más profunda. Ya no utiliza muchos argumentos. No explica largamente su situación. Simplemente se postra y dice: “Señor, ayúdame”.

Esta puede ser también nuestra oración cuando no sabemos qué decir:

Señor, ayúdame”.

“Señor, ayuda a mi familia”.

“Señor, mira a este enfermo”.

“Señor, no permitas que pierda la fe”.

“Señor, dame fuerzas para continuar”.

La mujer persevera y su fe se profundiza mediante una humildad y una confianza cada vez mayores.

Ella no se presenta como alguien que tiene derechos sobre Dios. No exige, no reclama, no impone condiciones. Se acerca como una pobre que sabe que necesita misericordia.

Y eso mismo es lo que proclama el cántico responsorial de Jeremías:

«El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño».

El Señor no abandona a sus hijos. Es el Pastor que reúne a los dispersos, rescata a quienes estaban perdidos, transforma el duelo en alegría y consuela al que sufre.

El profeta anuncia:

«Vendrán con cantos de alegría a la altura de Sión; acudirán hacia los bienes del Señor».

Dios no quiere que su pueblo permanezca para siempre en la dispersión, la tristeza o la desesperanza. Su proyecto es reunir, reconstruir, sanar y consolar.

La tercera prueba: una palabra difícil

Finalmente, Jesús presenta el desafío más difícil:

«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».

Estas palabras pueden parecernos duras. Pero son una invitación para que la mujer revele lo que hay verdaderamente en su corazón.

Ella podría haberse ofendido. Podría haberse alejado diciendo: “No necesito seguir soportando esto”. Podría haber respondido con rabia o resentimiento.

Sin embargo, acepta la imagen y la convierte en una hermosa profesión de fe y humildad:

«Sí, Señor; pero también los perritos comen las migajas que caen de la mesa de sus dueños».

Es como si dijera: “Señor, no necesito ocupar el primer puesto. No pretendo arrebatar el pan a nadie. Sé que hasta la más pequeña migaja de tu misericordia es suficiente para salvar, sanar y transformar”.

Con estas palabras, la mujer manifiesta una confianza maravillosa en la misericordia de Dios. Reconoce que incluso la gracia más pequeña que procede del Señor es suficiente.

Esto es precisamente lo que Jesús quería hacer surgir de su corazón: una fe humilde, audaz, perseverante y llena de confianza.

Entonces Jesús honra públicamente la profundidad de su fe y proclama, para que los discípulos puedan escucharlo:

«Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas».

Y desde aquel momento su hija quedó curada.

Jesús no pretendía humillar a aquella mujer. Quería manifestar la grandeza de su fe, conceder la sanación de su hija y enseñar a los discípulos que la misericordia de Dios no puede encerrarse dentro de fronteras humanas.

Los discípulos querían despedirla; Jesús termina poniéndola como ejemplo.

Ellos pensaban que sus gritos eran una molestia; Jesús descubre en esos gritos una fe extraordinaria.

Ellos veían a una extranjera; Jesús veía a una hija que confiaba plenamente en la misericordia de Dios.

El don de consejo

En este encuentro sagrado, Jesús revela en acción el don de consejo.

Este don del Espíritu Santo, poseído y manifestado perfectamente por Jesús, permite a la mujer responder sabiamente ante los caminos misteriosos de Dios, especialmente cuando esos caminos están ocultos o son difíciles de comprender.

La mujer cananea, movida por la gracia divina y guiada por la pedagogía sabia y amorosa de Jesús, atraviesa las pruebas con perseverancia, humildad y confianza inquebrantable, hasta recibir la plenitud de la misericordia de Dios.

Jesús sabía exactamente lo que estaba haciendo. Conocía la profundidad de su corazón y, mediante su sabiduría divina, hizo salir aquella fe a la luz para bien de la mujer, para la sanación de su hija y para la formación de sus discípulos.

El don de consejo no consiste simplemente en tener buenas ideas o dar opiniones acertadas. Es la capacidad de dejarnos conducir por el Espíritu Santo para descubrir cómo actuar según la voluntad de Dios, especialmente en las circunstancias difíciles.

Necesitamos este don cuando no sabemos qué decisión tomar.

Lo necesitan los padres para orientar a sus hijos.

Lo necesitan los esposos para acompañarse en medio de las dificultades.

Lo necesitan los médicos y cuidadores para tratar a los enfermos con sabiduría y humanidad.

Lo necesitamos los sacerdotes, catequistas y agentes pastorales para no responder de manera precipitada, fría o meramente humana a quienes buscan consuelo y orientación.

A veces podemos parecernos a los discípulos, que dijeron: “Despídela”. Puede molestarnos la insistencia de los demás, su dolor, sus preguntas o sus necesidades. Podemos querer quitarnos de encima a quien nos incomoda.

El don de consejo, en cambio, nos enseña a detenernos, escuchar, discernir y preguntarnos: “¿Qué quiere hacer Dios en la vida de esta persona? ¿Cómo puedo ayudarla a acercarse más al corazón de Cristo?”.

María, Madre del Buen Consejo

Celebramos también la memoria de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, la primera gran iglesia de Occidente dedicada a la Santísima Virgen María.

Esta basílica nos recuerda la proclamación de María como Madre de Dios, título reconocido solemnemente por el Concilio de Éfeso. María es verdaderamente Madre de Dios porque aquel a quien concibió y dio a luz es Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre.

En María contemplamos también a la mujer que supo dejarse aconsejar y conducir por Dios.

En la Anunciación, aunque no comprendía plenamente cómo se realizarían las palabras del ángel, respondió:

«Hágase en mí según tu palabra».

En Caná, ofreció a los servidores el consejo más importante de toda vida cristiana:

«Hagan lo que Él les diga».

María no ocupa el lugar de Cristo; nos conduce hacia Él. No guarda para sí nuestras súplicas; las presenta ante su Hijo. Como Madre, comprende especialmente el sufrimiento de quienes oran por sus hijos, como lo hizo aquella mujer cananea.

Por eso, en este día, confiemos a María a nuestros enfermos y a sus familias. Que ella, Salud de los enfermos y Madre del Buen Consejo, los acompañe, los sostenga y les enseñe a confiar aun en medio del silencio, de la prueba y de la espera.

Una fe que no se rinde

Preguntémonos hoy:

¿Qué hacemos cuando Dios guarda silencio?

¿Abandonamos la oración o permanecemos junto a Él?

¿Qué hacemos cuando su voluntad no coincide inmediatamente con nuestros deseos?

¿Nos ofendemos, nos alejamos, o seguimos diciendo humildemente: “Señor, ayúdame”?

La mujer cananea nos enseña que una fe grande no es aquella que nunca encuentra dificultades, sino aquella que persevera en medio de ellas.

Es la fe que sabe esperar.

Es la fe que se arrodilla.

Es la fe que no exige, pero confía.

Es la fe que se contenta con una migaja porque sabe que una sola migaja de la misericordia de Dios contiene poder suficiente para transformar una vida.

Reflexionemos hoy sobre este encuentro sagrado y pidamos al Espíritu Santo que profundice en nosotros el don de consejo, para que sepamos reconocer la mano de Dios en los momentos de silencio, prueba o demora, y respondamos con fe, humildad y perseverancia.

Pidamos este don no solamente para nosotros, sino también para que Dios pueda utilizarnos como instrumentos de su orientación amorosa, conduciendo a otros hacia Él de maneras que solo su sabiduría divina puede realizar.

Oración final

Señor del consejo perfecto,
Tú nos enseñas de muchas maneras
y siempre nos conduces más cerca de ti.

Abre mi corazón a tu pedagogía divina
y enséñame a perseverar
en cada prueba que permitas,
para que mi fe y mi confianza en ti
crezcan cada día más.

Concédeme el don de consejo,
para que pueda responder sabiamente
a las inspiraciones de tu Espíritu
y ayudar a otros a acercarse
a tu Corazón amoroso.

Mira con misericordia a nuestros enfermos.
Sostén a quienes atraviesan el dolor,
fortalece a sus familias,
ilumina a los médicos y cuidadores
y, si es conforme a tu voluntad,
concédeles la gracia de la salud.

Que la Santísima Virgen María,
Madre de Dios, Madre del Buen Consejo
y Salud de los enfermos,
interceda por nosotros.

Utilízame, Señor, como instrumento tuyo
para conducir las almas hacia la verdad
por los caminos que solo tú
puedes disponer.

Jesús, confío en ti. Amén.



*********

 

5 de agosto: 

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor — Memoria libre
(Nuestra Señora de las Nieves)
c. 352

 


Reflexión:

El siglo IV fue un tiempo significativo en la historia de la Iglesia, y el siglo V lo fue en la historia de la devoción mariana. En el año 313, el emperador romano Constantino el Grande promulgó el Edicto de Milán, legalizando el cristianismo y poniendo fin a las persecuciones estatales contra los cristianos. Durante los cuarenta años siguientes, muchas personas en todo el Imperio romano, incluyendo a muchos en la misma Roma, se convirtieron. La Iglesia Católica también se fue estructurando más, y el Obispo de Roma comenzó a ser entendido cada vez más como el líder de la Iglesia universal.

Mientras la Iglesia en Roma seguía encontrando su camino, cuenta la leyenda que la Madre de Dios decidió hacer su parte para ayudar. En el año 352, un rico aristócrata romano llamado Juan y su esposa, que no tenían hijos y eran cristianos fieles, quisieron utilizar su dinero para ayudar a expandir la Iglesia. Después de orar pidiendo dirección, Juan tuvo un sueño en la noche del 4 de agosto de 352, en el que la Santísima Virgen se le apareció y le dijo que quería que se construyera una iglesia en Roma, en la colina del Esquilino. Añadió que, a pesar de estar en pleno verano, al día siguiente caería nieve en el lugar indicado.

Cuando Juan despertó el 5 de agosto, fue a ver al papa Liberio para contarle su sueño-visión. Para su sorpresa, el papa había tenido un sueño similar la noche anterior, así que decidieron ir juntos a comprobar si había caído nieve en la colina del Esquilino. Efectivamente, al llegar encontraron nieve fresca que dibujaba la forma de los cimientos de una iglesia. El papa usó aquella nieve para trazar la planta y ordenó que se construyera el templo. Juan y su esposa utilizaron su dinero para financiar el proyecto, y la iglesia se llamó Basílica Liberiana, en honor al papa Liberio.

En el siglo siguiente surgió una controversia sobre el título apropiado para la madre de Jesús. ¿Debía llamársela “Madre de Cristo” o “Madre de Dios”? En otras palabras, ¿era solo madre del Cristo humano o madre de Dios? Nestorio, arzobispo de Constantinopla entre 428 y 431, sostenía que María era solo madre del lado humano de Cristo, sugiriendo que en Cristo había dos personas: una divina y una humana. Por su parte, san Cirilo, arzobispo de Alejandría, afirmaba que Cristo es una sola Persona y que su humanidad y divinidad están unidas en una sola persona. La consecuencia natural de su argumento era que, si María es madre de la Persona, y la Persona es Dios, entonces María es y siempre será Madre de Dios.

Para resolver la controversia, el emperador romano de Oriente, Teodosio II, convocó un concilio en Éfeso en el año 431. Asistieron Nestorio y Cirilo, aunque Nestorio llegó tarde, y la postura de Cirilo prevaleció. Nestorio fue depuesto y exiliado. El papa Celestino I aprobó la decisión del concilio, pero murió poco después. Su sucesor, el papa Sixto III, elegido en 432, hizo mucho por aplicar las enseñanzas del Concilio de Éfeso. Entre sus acciones estuvo reconstruir y ampliar la Basílica Liberiana, dándole un nuevo nombre en honor de la Madre de Dios. El núcleo de la actual Basílica de Santa María la Mayor, en la colina del Esquilino en Roma, fue edificado y dedicado por el papa Sixto antes de su muerte en el año 440.

Hoy, Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas mayores de Roma, junto con la Basílica de San Pedro en la colina vaticana, la Basílica de San Juan de Letrán (catedral oficial de la diócesis de Roma) y la Basílica de San Pablo Extramuros. Cada basílica tiene una importancia e historia únicas. Santa María la Mayor conserva en su interior un arco triunfal y magníficos mosaicos de la nave que datan del siglo V. Los mosaicos representan varias escenas bíblicas, incluyendo episodios del Antiguo Testamento y de la infancia de Cristo, y son de los más antiguos e importantes mosaicos cristianos de Roma.

En la basílica, bajo el altar mayor, se encuentra la reliquia más sagrada: la madera del pesebre en el que fue colocado el Niño Jesús. Otra reliquia importante es la imagen de la Salus Populi Romani, un icono de la Santísima Virgen. Según la tradición, este antiguo icono fue el primero en ser pintado de María y fue obra de san Lucas, el evangelista. Durante siglos, como recuerdo de la leyenda de la milagrosa nevada estival, cada 5 de agosto se han dejado caer pétalos blancos de rosa desde la cúpula de la basílica sobre los fieles.

Aunque las reliquias, la historia y las leyendas asociadas a esta antigua iglesia son inspiradoras, quizás la mayor inspiración que nos deja es que ha sido un lugar de culto divino durante más de 1.600 años. Desde entonces, casi todos los papas han celebrado allí la Misa, millones de personas han orado en su interior, numerosos santos han peregrinado a este templo santo, y la Santísima Virgen, sin duda, ha recibido y respondido muchas oraciones dentro de sus muros.

Al celebrar la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, reflexionemos sobre nuestra propia devoción a la Madre de Dios. Recordemos especialmente a los innumerables santos que han orado dentro de esas paredes y busquemos imitar su fe y su amor a la Madre de Dios.

Oración:

Nuestra Señora de las Nieves, Tú enviaste una suave nieve blanca desde el Cielo sobre el lugar donde querías que se erigiera una iglesia en tu honor. Tú eres la Madre de Dios, la Theotokos, y te honro y amo como tal. Por favor, ruega por mí, para que yo también pueda convertirme en portador de Dios, llevando la presencia de tu divino Hijo a quienes más lo necesitan en mi vida. Nuestra Señora de las Nieves, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

lunes, 3 de agosto de 2026

4 de agosto del 2026: martes de la decimoctava semana del tiempo ordinario II-San Juan María Vianney-memoria obligatoria


Testigo de la fe:

San Juan María Vianney


1786-1859

«Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan a vivir de Él para poder vivir para Él», recomendaba el célebre Cura de Ars, pequeño pueblo francés donde ejerció su ministerio con admirable entrega.

Canonizado en 1925, fue proclamado en 1929 patrono de todos los párrocos del mundo.

Su vida continúa recordándonos que la fecundidad del sacerdote nace de la Eucaristía, la oración, la confesión y el servicio humilde al pueblo de Dios.

 


Guía para cada día

¿Dónde está lo puro y dónde lo impuro? Jesús nos invita a abrir los ojos y a no caminar como ciegos ante la Ley. Nos llama a distinguir entre lo exterior y lo que realmente nace del corazón. No basta cuidar las apariencias, repetir normas o realizar prácticas religiosas si por dentro alimentamos el orgullo, la dureza o la falta de caridad.

También hoy podemos preocuparnos demasiado por “lo que dirán” y olvidar lo esencial. Jesús no desprecia la Ley ni las buenas costumbres; nos enseña a vivirlas con discernimiento, sin convertirlas en cargas ni sustituir con ellas la voluntad de Dios. La verdadera pureza comienza en un corazón que escucha al Señor, busca la verdad y se deja transformar por su gracia.

Pidámosle que cure nuestra ceguera espiritual, para no dejarnos guiar por prejuicios ni apariencias, sino para reconocer cada día lo que conduce al amor, a la misericordia y a la vida.

G.Q

 

 

Primera lectura

Jer 30, 1-2. 12b-15. 18-22

Por todos tus numerosos pecados te he tratado de ese modo. Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob

Lectura del libro de Jeremías.

PALABRA que recibió Jeremías de parte del Señor:
«Esto dice el Señor, Dios de Israel:
“Escribe en un libro todas las palabras que he dicho:
Tu fractura es incurable,
tu herida está infectada;
tu llaga no tiene remedio,
no hay medicina que la cierre.
Tus amantes te han olvidado,
ya no preguntan por ti,
pues te herí como un enemigo,
te di un escarmiento cruel.
Y todo por tus muchos crímenes,
por la gran cantidad de tus pecados.
¿Por qué gritas por tu herida?
Tu llaga es incurable.
Por tantos y tantos crímenes,
por todos tus numerosos pecados
te he tratado de ese modo”.
Pero esto dice el Señor:
“Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob,
voy a compadecerme de sus moradas;
reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,
su palacio se asentará en su puesto.
De allí saldrán alabanzas,
voces con aire de fiesta.
Haré que crezcan y no mengüen,
que sea reconocida su importancia,
que no sean despreciados.
Serán sus hijos como antaño,
su asamblea, estable en mi presencia;
yo castigaré a sus opresores.
De entre ellos surgirá un príncipe,
su gobernante saldrá de entre ellos;
lo acercaré y estará junto a mí,
pues ¿quién arriesgaría su vida
por ponerse cerca de mí?
—oráculo del Señor—.
Y ustedes serán mi pueblo
y yo seré su Dios”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 101, 16-18. 19-21. 29 y 22-23 (R.: cf. 17)

R. El Señor reconstruyó Sion,
y apareció en su gloria.


V. Los gentiles temerán tu nombre;
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. 
R.

V. Quede esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. 
R.

V. Los hijos de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Para anunciar en Sion el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.

 

Evangelio

Mt 15, 1-2. 10-14

La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz. Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

Palabra del Señor.

 

1

 

un corazón limpio y sanado por Dios

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a mirar el corazón. Jesús cuestiona a quienes se preocupan demasiado por el cumplimiento exterior de las normas, pero descuidan lo esencial: la conversión interior, la misericordia y la verdad. Por eso advierte: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».

También nosotros podemos dejarnos guiar por cegueras: las apariencias, los prejuicios, el miedo al qué dirán o una religiosidad reducida a costumbres. Podemos tener las manos aparentemente limpias y, sin embargo, conservar un corazón herido por el resentimiento, la envidia o la falta de caridad. Jesús no desprecia las prácticas religiosas ni las buenas tradiciones; nos enseña a no convertirlas en sustitutos del amor ni en cargas para los demás.

En la primera lectura, el profeta Jeremías habla con palabras muy fuertes: «Tu herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». El pueblo experimenta las consecuencias dolorosas de haberse alejado de Dios. Su herida es demasiado profunda para ser curada únicamente por fuerzas humanas.

Pero Dios no abandona a su pueblo. Después de mostrarle la verdad de su pecado, le anuncia la restauración: reconstruirá las tiendas de Jacob, se compadecerá de sus moradas y volverá a establecer con él una alianza: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios». El Señor descubre nuestra herida no para humillarnos, sino para sanarnos. Nos muestra lo que hay dentro del corazón para comenzar allí su obra de misericordia.

Por eso proclamamos con esperanza en el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y apareció en su gloria». Él escucha la oración del indefenso y no desprecia su súplica. Aunque nuestras familias, comunidades o vidas personales atraviesen heridas que parecen no tener remedio, para Dios nunca está dicha la última palabra. Él puede reconstruir lo que el pecado, los conflictos y los años han deteriorado.

Esta Palabra resplandece de manera especial en san Juan María Vianney, el santo Cura de Ars. Fue un sacerdote humilde que no se dejó guiar por las apariencias. Comprendió que el verdadero mal no era la pobreza exterior, sino el alejamiento de Dios, y que la mayor medicina para el corazón era la gracia. Pasaba largas horas en el confesionario porque sabía que allí Cristo limpiaba, perdonaba y reconstruía vidas. Desde la Eucaristía invitaba: «Vengan a Jesús, vengan a vivir de Él, para vivir para Él».

San Juan María Vianney nos enseña que nadie puede conducir a otros hacia Dios si antes no se deja iluminar por Él. Esto vale para los sacerdotes, para los padres de familia, para los catequistas y para todos los creyentes. No basta señalar el camino: debemos caminarlo. No basta hablar de Dios: necesitamos vivir de Él.

Pidamos hoy un corazón limpio, unos ojos capaces de discernir y una fe que no se quede en las apariencias. Presentemos especialmente a nuestras familias, amigos y benefactores. Que el Señor recompense su cercanía, su generosidad y el bien que nos han hecho; sane sus heridas, bendiga sus hogares y los conserve unidos en el amor.

San Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo de pastores, ruega por nosotros y por todos los sacerdotes, para que no seamos guías ciegos, sino servidores humildes que conduzcan a las personas hacia Jesús. Amén.

 

2

 

Reavivar nuestras prácticas religiosas

 

Jesús convocó a la gente y les dijo: «Escuchen y entiendan. No es lo que entra por la boca lo que hace impura a la persona, sino lo que sale de la boca». Entonces se acercaron los discípulos y le dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».

Las palabras de Jesús debieron sorprender profundamente a sus oyentes judíos, porque cuestionaban creencias muy arraigadas sobre la pureza y la impureza. Jesús no estaba negando el valor de las prácticas externas cuando se comprenden correctamente y están ordenadas hacia Dios. Más bien, estaba llevando la discusión hacia la vida interior, hacia el corazón, verdadera fuente de la pureza moral o de la corrupción.

Esta enseñanza surge como respuesta a la pregunta de los fariseos y escribas: «¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de los mayores? Porque no se lavan las manos antes de comer». La llamada “tradición de los mayores” era un conjunto de interpretaciones y aplicaciones orales de la Ley de Moisés, desarrolladas a lo largo de varias generaciones. Aunque tenían la intención de proteger la Ley, con el paso del tiempo algunas terminaron oscureciendo el corazón de los mandamientos de Dios, al conceder una importancia excesiva a las observancias exteriores.

Jesús, entonces, dirige la mirada hacia el interior. Lo que mancha a la persona no es el incumplimiento ritual de una costumbre externa, sino los deseos desordenados, los pensamientos y las palabras que proceden de un corazón corrompido. El pecado se arraiga en una manera equivocada de pensar y en un desorden interior, no simplemente en la falta de conformidad con determinadas prácticas rituales.

Esta verdad ilumina la primera lectura del profeta Jeremías. Dios le dice a su pueblo: «Tu herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». La verdadera enfermedad de Israel no estaba en su apariencia exterior, sino en lo profundo de su relación con Dios. Había abandonado al Señor y ahora experimentaba las consecuencias de su infidelidad. Ninguna solución superficial podía sanar aquella herida.

Sin embargo, Dios no muestra la llaga para condenar definitivamente a su pueblo, sino para curarlo y restaurarlo. Por eso promete reconstruir las tiendas de Jacob, compadecerse de sus moradas y renovar su alianza: «Ustedes serán mi pueblo y yo seré su Dios». El Señor toca la raíz del mal, pero también llega hasta lo más profundo para sanar. Lo que humanamente parece incurable puede ser restaurado por su misericordia.

Por eso respondemos con el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y apareció en su gloria». Él escucha la oración de los indefensos y no desprecia sus súplicas. Dios no se deja impresionar solamente por palabras bonitas o gestos exteriores; escucha la oración que brota de un corazón humilde, herido y sincero.

Los discípulos manifestaron su preocupación porque las palabras de Jesús habían ofendido a los fariseos. Pero el Señor permaneció firme y dijo de ellos: «Son ciegos que guían a otros ciegos». Su liderazgo se había separado del corazón de la verdad divina y de la voluntad del Padre. Por eso Jesús añade: «Toda planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada». Las tradiciones y prácticas que no están arraigadas en la voluntad de Dios no pueden perdurar.

En este caso, lavarse ritualmente las manos antes de comer no era algo bueno ni malo en sí mismo. La limpieza, por supuesto, es una buena costumbre. Sin embargo, cuando se trata un gesto simbólico como si por sí solo pudiera comunicar la gracia o conceder la pureza, independientemente de la disposición interior, termina convirtiéndose en obstáculo. El acto exterior, separado de la fe y de una intención sincera, pierde su finalidad original.

Aunque hoy ya no practiquemos las mismas costumbres del judaísmo del siglo primero, este principio continúa siendo actual. Pensemos, por ejemplo, en la costumbre de bendecir los alimentos. Es una práctica hermosa y recomendable, pero solamente cuando es una verdadera oración. Repetir palabras sin atención, sin gratitud y sin dirigir el corazón a Dios no lo glorifica ni nos dispone para recibir plenamente la bendición que pedimos. La oración debe nacer siempre de un corazón sincero y devoto.

Podemos preguntarnos: ¿a qué nos aferramos más, a nuestras costumbres, tradiciones y hábitos, o al corazón mismo de la voluntad de Dios? En muchas ocasiones, seguir fielmente al Señor exige que examinemos, reordenemos y fortalezcamos algunas prácticas habituales, incluso aquellas que son buenas.

Esto se aplica especialmente a nuestras prácticas religiosas: hacer la señal de la cruz, rezar el avemaría o el padrenuestro, colaborar con los necesitados y participar en la Misa dominical. Todas estas acciones poseen un gran valor espiritual, pero deben estar unidas a una fe consciente y al amor. La Eucaristía es verdaderamente fuente y cumbre de la vida cristiana; sin embargo, si solo estamos presentes exteriormente, mientras nuestro corazón permanece alejado del misterio sagrado que celebramos, no recibiremos con toda la fecundidad los frutos de gracia que Dios desea concedernos.

Hoy, en la memoria de san Juan María Vianney, contemplamos a un sacerdote que vivió profundamente esta unidad entre el corazón y las prácticas de la fe. El santo Cura de Ars celebraba la Eucaristía, confesaba, predicaba y oraba no como quien cumple mecánicamente una obligación, sino como quien está enamorado de Jesucristo y desea conducir a los demás hacia Él. Pasaba largas horas en el confesionario porque sabía que solamente la gracia de Dios puede sanar esas heridas interiores que parecen incurables.

San Juan María Vianney solía invitar: «Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan a vivir de Él, para poder vivir para Él». Su vida nos recuerda que las prácticas religiosas recuperan toda su fuerza cuando nacen de un encuentro vivo con Cristo. También nos enseña que un pastor no puede ser un guía ciego: necesita dejarse iluminar, sanar y conducir cada día por el Señor.

Examinemos, pues, nuestras prácticas religiosas. ¿Son solamente costumbres externas o expresan una fe viva? Busquemos reunir nuevamente el corazón y el hábito, para que cada oración, cada gesto, cada obra de caridad y cada acto de culto broten de un alma sinceramente unida a la voluntad de Dios.

Pidamos hoy, por intercesión de san Juan María Vianney, por la santificación de los sacerdotes y por nuestras familias, amigos y benefactores. Que el Señor escuche sus súplicas, sane sus heridas, bendiga su generosidad y haga de sus hogares verdaderas comunidades de fe y de amor.

Oración

Sacratísimo Corazón de Jesús, todo lo que hiciste brotó de la perfección del amor que inundaba tu Corazón. Nunca actuaste por simple rutina o costumbre, sino de manera consciente y sincera, realizando cada obra con el amor que glorificaba a tu Padre celestial.

Haz mi corazón semejante al tuyo, para que mis palabras no hieran, mis prácticas religiosas no sean vacías y todo cuanto haga produzca frutos de gracia y te dé gloria eternamente. Sana mis heridas interiores y enséñame a vivir de ti para vivir enteramente para ti.

Jesús, confío en ti. Amén.


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4 de agosto:

San Juan María Vianney (el Cura de Ars), Presbítero — Memoria
1786–1859
Patrono de los párrocos, de todos los sacerdotes y de los confesores
Canonizado por el Papa Pío XI en 1925

 


Cita:


…Creo, hermanos, que ustedes querrían saber cuál es el estado del alma tibia. Pues bien, este es. Un alma tibia no está del todo muerta a los ojos de Dios porque la fe, la esperanza y la caridad que son su vida espiritual no están completamente extinguidas. Pero es una fe sin celo, una esperanza sin resolución, una caridad sin ardor. Nada conmueve a esta alma: escucha la Palabra de Dios, sí, es verdad; pero a menudo le aburre… ¿Quién puede atreverse a asegurarse a sí mismo que no es ni un gran pecador ni un alma tibia, sino que es uno de los elegidos? ¡Ay, hermanos míos!, cuántos parecen ser buenos cristianos a los ojos del mundo, pero en realidad son almas tibias a los ojos de Dios, que conoce lo más íntimo de nuestros corazones. Pidamos a Dios con todo nuestro corazón, si estamos en este estado, que nos dé la gracia de salir de él, para que podamos tomar el camino que todos los santos han recorrido y llegar a la felicidad que ellos están disfrutando. Eso es lo que deseo para ustedes.


~Homilía, San Juan María Vianney

 

Reflexión:

Juan María Bautista Vianney fue el cuarto de seis hijos nacidos de padres católicos devotos en Dardilly, un pueblo rural situado cerca de Lyon, en el este de Francia. Juan nació apenas tres años antes del inicio de la Revolución Francesa, durante la cual la Iglesia Católica fue ferozmente atacada. El culto público fue suprimido, las iglesias fueron cerradas o reconvertidas, y muchos sacerdotes, bajo coacción, juraron lealtad al nuevo Estado, se ocultaron o fueron asesinados. Durante el Reinado del Terror, de 1793 a 1794, miles de clérigos en Francia fueron ejecutados en la guillotina. Fue un tiempo caótico en Francia y aún más caótico para ser sacerdote.

Durante este tiempo, la familia Vianney a menudo escondía sacerdotes y asistía a sus misas clandestinas en granjas cercanas. El testimonio de aquellos sacerdotes que arriesgaban su vida para ofrecer los sacramentos fue una fuente poderosa de inspiración para el joven Juan, motivándolo más tarde a convertirse en sacerdote. Dadas las circunstancias, Juan pasó la mayor parte de su infancia ayudando en la granja familiar y cuidando los rebaños, más que asistiendo a la escuela. Recibió una educación sencilla de su madre, pero era prácticamente analfabeto durante su adolescencia. Recibió instrucción catequética en secreto de dos religiosas para prepararse para su Primera Comunión, que recibió a los trece años en la casa de un vecino.

En 1799, Napoleón tomó el poder en Francia y, en 1801, él y el Papa Pío VII firmaron un acuerdo llamado el Concordato. Este acuerdo no restauró por completo los derechos anteriores de la Iglesia Católica, pero sí reconoció el catolicismo como la fe de la mayoría de los ciudadanos franceses y permitió el culto público, aunque regulado por el Estado. En 1806, el párroco de la aldea vecina de Écully, el Padre Balley, abrió una escuela para aspirantes al seminario. A los veinte años, Juan comenzó allí su formación formal. Aunque tuvo grandes dificultades, especialmente con el latín, su fe era evidente y su humildad profunda.

En 1809, su formación fue interrumpida cuando fue reclutado para el ejército de Napoleón para combatir a los españoles durante la Guerra de la Quinta Coalición. Antes, los seminaristas estaban exentos del servicio militar, pero Napoleón, ante las fuertes bajas, abolió la exención. Tras unirse a su regimiento, Juan cayó enfermo, fue hospitalizado y quedó rezagado. Luego fue asignado a otro regimiento, pero, absorto en la oración en una iglesia cercana, perdió la partida de sus compañeros. Fue enviado a alcanzarlos, pero no logró encontrarlos y, en cambio, fue mal dirigido a la aldea de Noes, donde se escondían varios desertores. Lo convencieron de quedarse, cambiar de nombre, ocultarse y enseñar en la escuela. Permaneció allí más de un año. Finalmente, obtuvo amnistía y pudo regresar a Écully para continuar su formación con el Padre Balley.

Aunque siguió teniendo dificultades en los estudios, el Padre Balley lo apoyó, viendo en él una verdadera vocación, un profundo amor a la Virgen María y una intensa vida de oración. Tras completar sus estudios en Écully, el Padre Balley convenció al Vicario General de la diócesis de admitirlo en el seminario diocesano. Juan perseveró. Cuando llegó el momento de su ordenación, algunos dudaban de su idoneidad. El obispo preguntó por su piedad y le respondieron que rezaba el rosario como un ángel. Eso bastó al obispo. Juan fue ordenado sacerdote el 12 de agosto de 1815 y enviado como vicario a Écully, donde sirvió dos años hasta la muerte del Padre Balley.

En 1817, el Padre Vianney fue enviado como capellán a la iglesia de San Sixto, en Ars, una comunidad agrícola de poco más de 200 habitantes. Permanecería allí los siguientes cuarenta y un años. Se cuenta que, en el camino, se encontró con un niño que cuidaba ovejas. Le preguntó cuánto faltaba para llegar a Ars y el niño lo guió. Al ver el campanario, el Padre Vianney se arrodilló, oró largamente y luego continuó. Al llegar, le dijo al niño: “Tú me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al Cielo.”

Ars era conocida por sus bailes, borracheras y blasfemias. La iglesia estaba deteriorada, la moral baja y la asistencia a misa escasa. El Padre Vianney se puso a trabajar de inmediato. Los vecinos ni siquiera sabían que recibirían un capellán, así que nadie asistió a sus primeras misas. Pero, al verlo orar ante el Santísimo, la curiosidad creció y la gente empezó a asistir. Sus homilías eran sencillas y directas: evitar el pecado, vivir en gracia, orar, recibir los sacramentos —especialmente la confesión y la Eucaristía— y vivir la caridad y la virtud.

En tres años, Ars comenzó a transformarse. El Padre Vianney oraba largas horas, hacía severas penitencias y ayunos (alimentándose casi solo de patatas hervidas), restauró la iglesia, visitó casas y aldeas cercanas. En 1823, el obispo elevó la iglesia a parroquia, nombrándolo párroco. En 1827, podía decir: “Ars ya no es Ars.” La gente acudía en masa a misa y a confesarse. Pronto, su fama atrajo a miles cada año; algunos días pasaba hasta dieciséis horas en el confesionario. En la década de 1850, decenas o cientos de miles de peregrinos llegaban a Ars. Se construyó una iglesia más grande y hasta un ferrocarril para facilitar el acceso.

Su método sacerdotal era sencillo: dejar que Dios actuara a través de él. El diablo, dicen, lo atormentó muchas veces, admitiendo en una ocasión: “Si hubiera tres como tú en Francia, no podría poner un pie aquí.”

Al honrar a este santo sacerdote, pensemos en la importancia del sacerdocio. San Juan Vianney decía: “Si me encontrara con un sacerdote y un ángel, saludaría primero al sacerdote… Si no hubiera sacerdote, la Pasión y muerte de Jesús no servirían de nada. ¿De qué sirve un cofre lleno de oro si no hay quien lo abra? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo.” Aunque pocos sacerdotes alcanzan plenamente la dignidad y responsabilidad de su ministerio, todos llevan en sí el poder sagrado de dispensar la misericordia de Dios, absolver los pecados y hacer presente la Pasión de Cristo en la Eucaristía.

Oración:

San Juan María Vianney, amaste a Dios con todo tu corazón y lo diste a conocer a tu pueblo. Por ti, Ars y gran parte de Francia se convirtieron. Ruega por mí, para que esté abierto al ministerio de los sacerdotes, recibiendo por ellos la Palabra y la gracia de Dios, y ofreciéndoles el amor, apoyo y respeto que merecen. Rezo especialmente por los sacerdotes que forman parte de mi vida, para que sean pastores santos a imitación de Cristo. San Juan Vianney, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

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