La luz de la fe:
Transfiguración del Señor
La fiesta de la Transfiguración del Señor celebra
el día en que Cristo Jesús, en presencia de los apóstoles Pedro, Santiago y
Juan, manifestó la gloria de su condición divina. Según la tradición, este
acontecimiento tuvo lugar en el monte Tabor.
Su rostro resplandeció como el sol y sus vestiduras
se volvieron blancas como la luz. Moisés y Elías aparecieron conversando con
Él, mostrando que en Cristo encuentran su cumplimiento la Ley y los Profetas.
Desde la nube luminosa se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en
quien me complazco; escúchenlo».
Jesús permitió que sus discípulos contemplaran
anticipadamente su gloria para fortalecerlos ante el escándalo de la cruz. Esta
fiesta nos recuerda que el camino de la entrega y del sufrimiento no termina en
la oscuridad, sino en la luz de la resurrección. También nosotros estamos
llamados a dejarnos transformar por Cristo, escuchando su Palabra y reflejando
su luz en medio del mundo.
G.Q
Una
declaración de amor
Jesús lleva consigo a
Pedro, Santiago y Juan a la montaña. Subamos también nosotros con Él,
apartándonos por un momento del ruido cotidiano, hasta ese lugar donde Dios se
manifiesta sin ostentación ni publicidad, pero con toda su gloria.
Todo lo que sucede allí
es una verdadera declaración de amor. El rostro de Jesús resplandece como el
sol, sus vestidos se vuelven blancos como la luz y la voz del Padre proclama:
«Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo».
El Padre declara su amor
por el Hijo y, al mismo tiempo, nos revela el camino que debemos seguir:
escuchar a Jesús. Escucharlo cuando nos habla en el Evangelio, cuando nos
invita a orar, cuando nos pide perdonar y cuando nos llama a reconocerlo en los
pobres y en quienes sufren.
La
Transfiguración nos recuerda que detrás del rostro humano de Jesús resplandece
la gloria de Dios y que detrás de nuestras cruces permanece encendida la luz de
la resurrección. Subamos con Cristo a la montaña de la oración, dejémonos
iluminar por su presencia y bajemos después para llevar su amor y su esperanza
a los demás.
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Primera lectura
Su vestido
era blanco como nieve
Lectura de la profecía de Daniel.
MIRÉ y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como nieve,
su cabellera como lana limpísima;
su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas;
un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él.
Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes.
Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Seguí mirando. Y en mi visión nocturna
vi venir una especie de hijo de hombre
entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.
A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.
Su poder es un poder eterno, no cesará.
Su reino no acabará.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor reina, Altísimo sobre toda la tierra.
V. El
Señor reina, la tierra goza,
se alegran las islas innumerables.
Tiniebla y nube lo rodean,
justicia y derecho sostienen su trono. R.
V. Los montes
se derriten como cera ante el Señor,
ante el Señor de toda la tierra;
los cielos pregonan su justicia,
y todos los pueblos contemplan su gloria. R.
V. Porque
tú eres, Señor,
Altísimo sobre toda la tierra,
encumbrado sobre todos los dioses. R.
Segunda
lectura
Esta voz del
cielo es la que oímos
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
No nos fundábamos en fábulas fantasiosas cuando les dimos a conocer el poder y
la venida de nuestro Señor Jesucristo, sino en que habíamos sido testigos
oculares de su grandeza.
Porque él recibió de Dios Padre honor y gloria cuando desde la sublime Gloria
se le transmitió aquella voz:
«Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido».
Y esta misma voz, transmitida desde el cielo, es la que nosotros oímos estando
con él en la montaña sagrada.
Así tenemos más confirmada la palabra profética y hacen muy bien en prestarle
atención como a una lámpara que brilla en un lugar oscuro hasta que despunte el
día y el lucero amanezca en sus corazones.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Este
es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escúchenlo. R.
Evangelio
Su rostro
resplandecía como el sol
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y
subió con ellos aparte a un monte alto.
Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el sol, y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz.
De repente se les aparecieron Moisés y Elías conversando con él.
Pedro, entonces, tomó la palabra y dijo a Jesús:
«Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres tiendas: una para
ti, otra para Moisés y otra para Elías».
Todavía estaba hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una
voz desde la nube decía:
«Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escúchenlo».
Al oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto.
Jesús se acercó y, tocándolos, les dijo:
«Levántense, no teman».
Al alzar los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús, solo.
Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó:
«No cuenten a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre
los muertos».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
Hoy
celebramos la Transfiguración del Señor. Jesús lleva consigo a Pedro, Santiago
y Juan, sube con ellos a una montaña elevada y, allí, se transfigura en su
presencia: su rostro resplandece como el sol y sus vestidos se vuelven blancos
como la luz.
Jesús
permite que sus discípulos contemplen por un instante la gloria de su
divinidad. Ellos lo conocían como Maestro; lo habían visto caminar, cansarse,
enseñar, curar y compartir la vida cotidiana. Pero ahora descubren algo mucho
más profundo: aquel Jesús que camina junto a ellos es verdaderamente el Hijo
amado del Padre.
Esta
escena estaba anticipada en la visión del profeta Daniel. En la primera lectura
aparece «un hijo de hombre» que se acerca al Anciano y recibe poder, honor y
reino. Su dominio es eterno y su reino no tendrá fin. La Iglesia reconoce en
esta figura a Jesucristo: Él es el Hijo del hombre que, después de pasar por el
sufrimiento y la muerte, manifestará plenamente su gloria.
Por
eso proclamamos con el salmo: «El Señor reina, altísimo sobre toda la tierra».
A veces parece que quienes dominan el mundo son el mal, la violencia, la
injusticia o la muerte. Sin embargo, la Transfiguración nos asegura que la
última palabra pertenece a Dios. Cristo reina, aunque su victoria todavía
permanezca escondida bajo la humildad de la cruz.
En
la montaña aparecen Moisés y Elías conversando con Jesús. Moisés representa la
Ley y Elías, a los profetas. Toda la historia de la salvación conduce hacia
Cristo y encuentra en Él su cumplimiento. Y mientras Pedro desea permanecer
allí —«Señor, ¡qué bien se está aquí!»—, una nube luminosa los cubre y se
escucha la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco;
escúchenlo».
Esta
es la invitación central de la fiesta: escuchar
a Jesús. No basta admirarlo, emocionarnos ante su gloria o
decir que creemos en Él. Hay que escuchar su Palabra, permitir que transforme
nuestros pensamientos, nuestras decisiones y nuestra manera de tratar a los
demás.
Jesús
se transfigura también para preparar a sus discípulos ante el escándalo de la
cruz. Muy pronto verán su rostro cubierto de sangre, sus vestidos repartidos y
su cuerpo clavado en el madero. Por eso necesitaban recordar el rostro luminoso
del Tabor. Cuando llegara la oscuridad del Calvario, aquella luz sostendría su
esperanza.
También
nosotros necesitamos subir al Tabor por medio de la oración. Necesitamos
encontrarnos con Cristo, contemplarlo y dejarnos iluminar por Él para poder
afrontar nuestras cruces. Pero no podemos quedarnos en la montaña. Después de
la experiencia luminosa, Jesús dice a sus discípulos: «Levántense, no tengan
miedo», y baja con ellos para continuar el camino.
La
verdadera oración no nos aleja de la realidad: nos devuelve a ella con un
corazón nuevo. Quien contempla a Cristo debe bajar para servir, consolar,
perdonar, anunciar el Evangelio y acompañar a quienes viven en la oscuridad.
Somos llamados a llevar un poco de la luz del Tabor a nuestras familias,
comunidades y ambientes de trabajo.
En
este jueves oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por
las vocaciones. Pidamos que toda la Iglesia refleje la luz de Cristo y no la
oscurezca con sus pecados, divisiones o incoherencias. Que anuncie con valentía
que Jesús está vivo y que su Reino no tendrá fin.
Pidamos
también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Que
muchos jóvenes escuchen la voz del Padre que los invita a seguir a su Hijo. Que
no tengan miedo de subir con Jesús a la montaña, de caminar con Él hacia la
cruz y de bajar después al encuentro de quienes necesitan esperanza.
Señor Jesús, muéstranos tu rostro luminoso cuando
atravesemos momentos de oscuridad. Tócanos y repítenos: «Levántense, no tengan
miedo». Haz de nosotros discípulos que te escuchen, testigos que reflejen tu
luz y servidores dispuestos a anunciar tu Evangelio. Amén.
2
Gloria y misterio unidos
«Jesús tomó consigo a Pedro, a Santiago y
a su hermano Juan, y los llevó aparte a una montaña elevada. Allí se
transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandeció como el sol y sus
vestidos se volvieron blancos como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés
y Elías, conversando con Él».
Queridos
hermanos:
La
Transfiguración del Señor, que celebramos hoy, está envuelta al mismo tiempo en
gloria y misterio. Solamente Pedro, Santiago y Juan fueron invitados a
contemplar aquel acontecimiento. Podríamos pensar que, si el Señor iba a realizar
algo tan extraordinario, habría podido invitar a grandes multitudes a subir a
la montaña y presenciar el esplendor de su gloria divina. Una manifestación
pública de tal magnitud seguramente habría convencido a muchos de que Jesús era
verdaderamente el Cristo, el Hijo de Dios y el Mesías prometido.
Sin
embargo, no fue eso lo que hizo. ¿Por qué?
También
resulta misteriosa la presencia de Moisés y Elías. Ambos se encontraban entre
las figuras espirituales más grandes de la historia de Israel. ¿Por qué
aparecieron precisamente ellos? ¿De qué conversaban con Jesús? ¿Y por qué los
apóstoles, al escuchar la voz del Padre que salía de la nube, cayeron rostro en
tierra, llenos de miedo? Podríamos pensar que escuchar la voz de Dios debería
provocar solamente alegría y no temor.
Aunque
con frecuencia buscamos respuestas para estas preguntas, en ocasiones es más
fecundo acercarnos a los misterios de la vida de Cristo sin pretender
resolverlos completamente. Estamos llamados a contemplarlos con admiración y
santo asombro, reconociendo que el misterio de Dios no es un problema que
debamos solucionar, sino una realidad gloriosa en la que somos invitados a
entrar con fe y amor.
Contemplemos,
entonces, tres misterios de la Transfiguración.
En
primer lugar, pensemos en la inmensa gracia recibida por aquellos tres
apóstoles al compartir ese momento sagrado con Jesús. Se les permitió
contemplar anticipadamente su gloria divina. Aquella experiencia fortaleció su
fe para lo que vendría después: la subida a Jerusalén, el rechazo, la pasión y la
cruz.
En
lugar de preguntarnos por qué los demás discípulos no estuvieron allí,
admiremos la gracia concedida a Pedro, Santiago y Juan. Reconozcamos también
que nosotros somos invitados, mediante la fe, la oración, la contemplación de
la Palabra y los sacramentos, a subir a la montaña y descubrir la gloria del
Señor en las formas silenciosas y escondidas que Él dispone.
Quizá
no veremos el rostro de Cristo resplandecer visiblemente como el sol, pero
podemos reconocer su luz en la Eucaristía, en la Palabra proclamada, en el
perdón recibido, en la oración sincera y en el rostro de quien necesita nuestra
ayuda. Dios sigue manifestando su gloria, aunque muchas veces lo haga
discretamente.
En
segundo lugar, más que intentar descifrar por qué estaban allí Moisés y Elías,
contemplemos la Transfiguración desde la perspectiva de ellos. Recibieron el
privilegio de hablar cara a cara con el Hijo de Dios. Ambos habían
experimentado la presencia divina en el monte Sinaí, también llamado Horeb.
Ahora vuelven a encontrarse sobre una montaña, convocados por Dios, pero esta
vez delante del Hijo eterno hecho hombre.
Moisés
representa la Ley y Elías a los profetas. En Jesús se cumple todo cuanto la Ley
y los profetas habían anunciado. ¡Qué alegría indecible debieron experimentar
al contemplar personalmente la gloria de Aquel a quien habían prefigurado y
esperado!
Esta
escena se relaciona profundamente con la visión del profeta Daniel que
escuchamos en la primera lectura. Daniel contempla al Anciano sentado en su
trono, rodeado de fuego y servido por millares. Después ve venir entre las
nubes del cielo a «uno como un hijo de hombre», a quien se le entrega poder,
honor y reino. Todos los pueblos y naciones lo servirán; su dominio es eterno y
su reino jamás será destruido.
Ese
Hijo del hombre es Cristo. El Jesús que sube humildemente a la montaña con sus
discípulos es el Señor eterno anunciado por Daniel. Su reino no se sostiene
sobre ejércitos, riquezas o poderes humanos. Es el reino del amor, de la
verdad, de la justicia y de la entrega. Su camino pasa por la cruz, pero
desemboca en la gloria.
Por
eso respondemos con el salmista: «El Señor reina, altísimo sobre toda la
tierra». Las nubes y la oscuridad lo rodean porque el misterio de Dios
sobrepasa nuestra inteligencia; pero la justicia y el derecho sostienen su
trono. Las montañas se derriten como cera ante Él, los cielos proclaman su
justicia y todos los pueblos contemplan su gloria.
Finalmente,
contemplemos el santo temor que se apoderó de los apóstoles al escuchar la voz
del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escúchenlo».
Aunque
el temor pueda parecernos contrario a la alegría, no se trataba del miedo a un
castigo. Era el sobrecogimiento de quienes descubren que se encuentran ante la
santidad y la grandeza infinita de Dios. Es el temor reverente que nace cuando
la persona comprende que está en presencia del Eterno.
Entonces
Jesús se acerca, los toca y les dice: «Levántense, no tengan miedo». Con estas
palabras no elimina la admiración ni el respeto ante el misterio, sino que
transforma aquel temor en amor confiado. El misterio permanece, pero ahora
puede ser acogido desde la cercanía y la confianza.
También
a nosotros Jesús nos toca hoy. Nos encuentra postrados por nuestros temores,
incertidumbres, sufrimientos o pecados, y nos dice: «Levántense, no tengan
miedo». La gloria contemplada en la montaña no nos permite quedarnos allí.
Pedro quería construir tres tiendas, pero Jesús los conduce nuevamente hacia el
valle, donde los esperan la misión, el dolor humano y el camino hacia
Jerusalén.
La
contemplación auténtica nunca nos encierra ni nos aparta de los demás. Quien
contempla la luz de Cristo está llamado a llevarla a quienes viven en la
oscuridad. Subimos a la montaña para orar, pero debemos bajar para servir. Escuchamos
al Hijo amado para anunciar después su Evangelio con nuestras palabras y,
especialmente, con nuestra vida.
En
esta fiesta oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Pidamos que la
Iglesia no anuncie sus propias ideas, sino a Jesucristo, el Hijo amado del
Padre. Que sus pastores, misioneros, catequistas, familias y comunidades sepan
subir a la montaña de la oración para poder descender después al encuentro de
un mundo que necesita luz, consuelo y esperanza.
Una
Iglesia que deja de contemplar a Cristo corre el peligro de anunciarse a sí
misma. Pero una Iglesia que escucha al Hijo, se alimenta de la Eucaristía y se
deja transformar por su presencia puede reflejar su gloria aun en medio de sus
fragilidades. Evangelizar es ayudar a otros a descubrir que, detrás de tantas
oscuridades, permanece encendida la luz de Cristo.
Cuando
leemos la Sagrada Escritura, ¿nos acercamos a ella solamente como quienes
intentan resolver un problema, o también como verdaderos contemplativos? Ambos
acercamientos tienen su lugar, pero la contemplación nos introduce más
profundamente en la comunión con Dios. Él es el Misterio más grande de todos.
No puede reducirse a conceptos ni ser comprendido plenamente por la sola razón.
Nunca podremos “descifrar” a Dios; solamente podremos conocerlo y amarlo a
medida que Él quiera revelarse.
Reflexionemos
hoy sobre nuestra manera de acercarnos a los misterios divinos. Recibámoslos no
solamente con la inteligencia, sino también con el corazón. Saboreemos lo que
el Señor nos concede, guardemos como un tesoro cada manifestación de su gloria
y permanezcamos con humildad ante su misterio. Porque en la contemplación
reverente no somos nosotros quienes dominamos el misterio de Dios: es Dios
quien nos introduce y transforma en su vida divina.
Oración
final
Señor mío transfigurado, permanezco maravillado ante Ti,
ante tu majestad, tu gloria y el resplandor luminoso de tu presencia divina. Me
alegro en el gran misterio de quien Tú eres.
Concédeme los dones de sabiduría, ciencia y entendimiento,
para que pueda penetrar más profundamente en los misterios de la fe. Pero,
sobre todo, llena mi alma de admiración y santo temor, para que nunca deje de
maravillarme ante Ti, ahora y por toda la eternidad.
Haz que tu Iglesia contemple tu luz, escuche tu Palabra y
anuncie fielmente tu Evangelio. Bendice a quienes consagran su vida a la misión
y convierte a todos los bautizados en testigos de tu amor. Que, iluminados por
Ti, llevemos esperanza a quienes atraviesan la oscuridad.
Jesús transfigurado, confío en Ti. Amén.


