martes, 7 de abril de 2026

8 de abril del 2026: Miércoles de la Octava de Pascua

 

Cuando Jesús parte el pan

(Lucas 24, 13-35) Un gesto reconocible entre mil revela la presencia de Jesús, el hombre que camina hacia Emaús. A los ojos de los discípulos, este peregrino tiene una manera tan singular de partir el pan, que sus ojos se abren y reconocen en Él a su Maestro y Señor. Cuando Jesús comparte el pan, entrega verdaderamente todo su ser a los suyos, sin reserva. Un cuerpo quebrantado por el sufrimiento y la muerte, pero resucitado en la fuerza del Espíritu.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 1-10
Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 (R.: 3b)

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor, invoquen su nombre,
den a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
 R.

V. Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro. 
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. 
R.

V. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy nos regala una palabra profundamente consoladora. En el Evangelio, los discípulos de Emaús van caminando tristes, desanimados, heridos por la decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz les había oscurecido el corazón. Caminan, hablan, recuerdan, pero no comprenden. Y precisamente allí, en medio de su tristeza, Jesús se hace compañero de camino.

Qué hermoso mensaje para nosotros, y de manera especial para nuestros enfermos. Muchas veces también nosotros recorremos caminos de Emaús: caminos de dolor, de incertidumbre, de cansancio interior, de preguntas sin respuesta. A veces el sufrimiento del cuerpo o las penas del alma nos hacen sentir que Dios está lejos. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que Cristo resucitado nunca abandona al que sufre. Aunque no siempre lo reconozcamos de inmediato, Él camina a nuestro lado.

Los discípulos lo reconocen al partir el pan. Ese gesto les abre los ojos. En ese pan partido descubren que el Crucificado está vivo, que el amor no ha sido vencido, que la muerte no tuvo la última palabra. Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros, sigue entregándose, sigue haciéndose alimento, fuerza y consuelo para su pueblo.

La primera lectura nos muestra a Pedro levantando al paralítico en el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Es la fuerza del Resucitado la que sana, la que levanta, la que devuelve dignidad y esperanza. La Pascua no es sólo un recuerdo bonito: es una fuerza viva que sigue actuando hoy.

Por eso, al orar por los enfermos, no lo hacemos desde una fe vacía, sino desde la certeza de que Jesús resucitado se acerca a sus camas, a sus hospitales, a sus hogares, a sus noches largas y silenciosas. Él no siempre suprime de inmediato el dolor, pero sí lo llena de su presencia. Él sostiene, fortalece, acompaña y transforma el sufrimiento en camino de gracia.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos abra los ojos para reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en cada hermano que sufre. Y que, como los discípulos de Emaús, después de haberlo encontrado, volvamos con el corazón ardiente a anunciar que Cristo vive.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más bellas y profundas de todo el tiempo pascual: los discípulos de Emaús. Es un relato que toca la vida real. No comienza con cantos de victoria, sino con dos hombres que caminan tristes, confundidos, heridos por la decepción. Habían esperado mucho de Jesús. Lo habían seguido, habían creído en Él, habían soñado con un futuro distinto. Pero la cruz les había destrozado los planes. Por eso se alejan de Jerusalén, el lugar de la comunidad, el lugar de la esperanza, y se van hablando de su fracaso.

Qué actual es este Evangelio. También nosotros muchas veces caminamos así: cansados, desilusionados, sin comprender lo que Dios permite, con preguntas en el corazón. Y eso se vuelve todavía más fuerte cuando aparecen la enfermedad, el sufrimiento, el dolor del cuerpo o el cansancio del alma. Cuántas personas hoy, especialmente nuestros enfermos, podrían decir con sinceridad: “Señor, yo esperaba otra cosa… yo pensaba que Tú ibas a actuar de otra manera… yo no entiendo este dolor, esta limitación, esta prueba”.

Y, sin embargo, el Evangelio nos revela algo maravilloso: Jesús resucitado se acerca precisamente a esos discípulos heridos. No espera a que estén fuertes, ni alegres, ni llenos de fe. Los alcanza en su confusión. Camina con ellos. Los escucha. Los deja hablar. Los deja vaciar su tristeza. Esa es la primera buena noticia de hoy: el Resucitado no se aparta del que sufre; al contrario, se hace compañero de camino.

Pero hay un detalle que sorprende: ellos no lo reconocen. Jesús está allí, a su lado, y no saben quién es. ¿Por qué? Porque la fe pascual no nace sólo de ver con los ojos del cuerpo. Nace cuando el corazón es iluminado por la Palabra de Dios. Antes de revelarse en el pan partido, Jesús primero les explica las Escrituras. Les enseña a leer su dolor, su cruz, su aparente fracaso, a la luz del plan de Dios. Les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

También nosotros necesitamos esa pedagogía del Señor. Muchas veces quisiéramos reconocer a Dios únicamente en el milagro visible, en la solución inmediata, en la curación instantánea. Pero con frecuencia Jesús primero se nos revela en la Palabra, en esa luz interior que nos ayuda a comprender que incluso en medio del sufrimiento Dios sigue obrando, sigue amando, sigue salvando. La fe se enciende cuando dejamos que la Palabra nos interprete la vida.

Por eso los discípulos dirán después: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. El corazón empieza a arder antes de que los ojos se abran. Primero la Palabra enciende. Luego el pan partido revela. Así sucede también en cada Eucaristía: primero escuchamos la Palabra; luego reconocemos al Señor en la fracción del pan.

Y aquí aparece una enseñanza central para nosotros. El relato de Emaús es también una catequesis sobre la Santa Misa. En la Misa, Jesús resucitado sigue haciendo lo mismo: camina con su pueblo, nos habla en las Escrituras, enciende el corazón con su Palabra, y después se nos entrega en el Pan de Vida. No venimos a la Eucaristía sólo a cumplir una costumbre piadosa; venimos a encontrarnos verdaderamente con Cristo vivo. Él se hace presente en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote que preside en su nombre y, de manera plena y real, en la Eucaristía.

Cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, entonces sus ojos se abrieron. Lo reconocieron. Y en ese mismo momento desapareció de su vista. No porque se hubiera alejado, sino porque ahora estaría presente de un modo nuevo: dentro de ellos, en la fe renovada, en la comunión recibida, en el corazón transformado. Ya no necesitaban retenerlo externamente; lo llevaban dentro.

Eso mismo sucede con nosotros. Cada Comunión bien vivida hace de nuestra alma un santuario. Cristo resucitado no sólo pasa junto a nosotros: quiere habitar en nosotros. Quiere entrar en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestros temores, en nuestras enfermedades, en nuestras noches interiores. Quiere quedarse.

La primera lectura ilumina maravillosamente esta verdad. Pedro y Juan suben al templo y encuentran a un hombre paralítico de nacimiento. Ese hombre no puede caminar por sí mismo; depende de los demás; vive en situación de limitación permanente. Y Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina”. Y aquel hombre se levanta, entra caminando, saltando y alabando a Dios.

Qué hermosa conexión con el Evangelio. El Resucitado no sólo enciende el corazón de los discípulos de Emaús; también levanta al paralítico por medio de sus apóstoles. Pascua significa precisamente eso: Cristo vivo continúa actuando, sanando, levantando, devolviendo esperanza. A veces obra una curación física; otras veces, concede una fortaleza interior inmensa; otras, regala paz, paciencia, serenidad y una misteriosa fecundidad espiritual en medio del dolor. Pero siempre actúa. Siempre levanta de alguna manera al que se deja tomar de la mano.

Hoy, entonces, nuestra oración se dirige de manera especial a los enfermos. Pensamos en quienes padecen enfermedades largas, en quienes esperan un diagnóstico, en quienes sufren dolores físicos, en quienes viven abatidos por la depresión, la angustia o la soledad, en quienes están hospitalizados, en quienes ya casi no pueden salir de casa, en los ancianos, en quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. Para todos ellos resuena hoy esta buena noticia: Jesús camina contigo, aunque no siempre lo reconozcas; Jesús te habla, aunque a veces el dolor haga ruido; Jesús parte para ti el pan de la vida; Jesús tiene poder para levantarte.

Y a nosotros, que quizás acompañamos a un enfermo o convivimos con nuestras propias limitaciones, el Evangelio nos hace una invitación concreta: no huir de Jerusalén para encerrarnos en la tristeza; dejar que Cristo nos alcance en el camino; escuchar su Palabra; volver a la Eucaristía con más fe; y descubrir que el Resucitado sigue presente en la comunidad, en el sacramento y también en el hermano que sufre.

Hay, además, un detalle final muy significativo. Después de reconocer a Jesús, los discípulos no se quedan instalados en una emoción religiosa. Regresan inmediatamente a Jerusalén. Vuelven a la comunidad. Vuelven al anuncio. Vuelven a la misión. El encuentro auténtico con el Resucitado no nos encierra, nos envía. El que ha reconocido al Señor en la Palabra y en el Pan, no puede seguir viviendo igual.

Pidámosle hoy al Señor que haga arder también nuestro corazón. Que al escuchar su Palabra se disipen nuestras cegueras y se fortalezcan nuestras esperanzas. Que al recibirlo en la Eucaristía lo reconozcamos vivo y presente. Y que, de manera especial, visite con su consuelo y su fuerza a todos nuestros enfermos.

Que María, salud de los enfermos y madre de la esperanza, acompañe a quienes hoy cargan la cruz del dolor, y nos enseñe a descubrir a Jesús vivo en cada Misa, en cada prueba y en cada paso del camino.

Amén.

 

lunes, 6 de abril de 2026

7 de abril del 2026: martes de la Octava de Pascua-San Juan Butista de la Salle(memoria opcional)

 

Santo del día:


San Juan Bautista de La Salle

1651-1719.
“Subir cada día a Dios por la oración” y “descender luego hacia los niños para instruirlos”: esto es lo que recomendaba el fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Patrono de los educadores.

 

 

Ahí está, que vuelve

(Juan 20,11-18) Dos veces se le pide a María Magdalena que explique sus lágrimas. ¿Acaso es tan extraño llorar ante un sepulcro? Esta mujer, desbordada de dolor, viene a rendir los últimos homenajes al hombre que ama, crucificado el día del sábado… ¡y he aquí que él la llama por su nombre!

Novedad radical de este encuentro en el jardín de la Resurrección. El Maestro ha escapado al dominio de la muerte. Desde ahora, nada puede impedir su regreso al Padre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 2, 36-41

Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
 R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 20, 11-18

He visto al Señor y ha dicho esto

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos sumergidos en la alegría de la Pascua. La Iglesia no celebra un solo día de Resurrección, sino una gran octava, como si quisiera detener el tiempo para contemplar, gustar y dejar entrar en el corazón esta noticia que lo cambia todo: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y hoy el Evangelio nos regala una de las escenas más bellas, más humanas y más conmovedoras de todo el Nuevo Testamento: el encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena.

El comentario que hemos escuchado lo expresa de manera muy hermosa: “Ahí está, que vuelve”. Sí, eso es la Pascua: no solamente que Jesús vive en una forma abstracta o lejana, sino que vuelve; vuelve al corazón herido, vuelve al jardín del llanto, vuelve a la vida de quien lo busca entre sombras, vuelve para llamar por su nombre a quien lo ama.

1. María Magdalena: las lágrimas de una discípula fiel

El Evangelio de san Juan nos presenta a María Magdalena de pie junto al sepulcro, llorando. Dos veces le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y uno podría responder: ¿cómo no llorar? ¿Cómo no llorar ante la tumba de aquel que había cambiado su vida? ¿Cómo no llorar cuando el amor parece vencido, cuando la esperanza parece enterrada, cuando el cielo parece guardar silencio?

María llora porque ama. Sus lágrimas no son signo de debilidad, sino de fidelidad. Ella había permanecido cerca de la cruz. Ella no se desentendió del Maestro cuando todo parecía perdido. Ella vuelve al sepulcro porque el amor verdadero no abandona fácilmente. Va a buscar a Jesús incluso cuando ya no espera nada. Va a estar cerca de su memoria, de sus restos, de aquello que quede de Él.

Cuántas veces nosotros también hemos llorado así. No sólo ante la muerte de un ser querido, sino también ante la pérdida de ilusiones, ante una traición, ante una enfermedad, ante una oración que parece no ser escuchada, ante una noche interior que se hace larga. Hay lágrimas del cuerpo y lágrimas del alma. Y el Evangelio de hoy nos dice algo consolador: Jesús resucitado no desprecia nuestras lágrimas. Él no se burla de nuestro dolor. Él se acerca justamente allí donde lloramos.

2. María busca un cadáver, pero encuentra al Viviente

María Magdalena fue al sepulcro buscando a un muerto. Su amor era sincero, pero su esperanza todavía era pequeña. Ella pensaba en un cuerpo, en un recuerdo, en un pasado. Pero la Pascua viene precisamente a romper esos límites. Jesús no ha resucitado para convertirse en nostalgia piadosa, sino para inaugurar una vida nueva.

Por eso esta escena es tan profunda: María tiene a Jesús delante, pero no lo reconoce. Lo confunde con el hortelano. Esto también nos pasa muchas veces a nosotros. El Señor está cerca, actuando, sosteniéndonos, hablándonos en la Palabra, en la Eucaristía, en un hermano, en una gracia inesperada, en una puerta que se abre, en una fuerza interior que no sabemos de dónde viene… y sin embargo no lo reconocemos. Pensamos que está ausente, cuando en realidad está obrando. Pensamos que nos dejó solos, cuando en realidad nos está preparando un encuentro nuevo.

Hay algo muy humano en esta escena. El dolor nubla la mirada. El sufrimiento encierra. La tristeza hace ver el mundo desde la pérdida. Y entonces no reconocemos la presencia del Resucitado. Pero Jesús no se impacienta. Él tiene pedagogía divina. Él espera el momento preciso. Él se deja buscar. Él acompaña el camino interior de María hasta el instante decisivo.

3. “¡María!”: el Resucitado nos llama por nuestro nombre

El centro del Evangelio de hoy está en una sola palabra: “¡María!”. Jesús no le da una explicación teológica. No le ofrece primero una demostración. No empieza con un discurso. La llama por su nombre. Y en ese instante, todo cambia.

Porque ser llamado por el nombre es ser reconocido en lo más íntimo. Es saber que no somos anónimos para Dios. Es descubrir que la Resurrección no es sólo un acontecimiento glorioso, sino también una relación viva. Jesús resucitado conoce a cada uno, entra en la historia concreta de cada uno, toca la herida concreta de cada uno, pronuncia el nombre concreto de cada uno.

Hermanos, esta es una gran noticia para nuestra vida espiritual: Dios no nos ama en masa; nos ama personalmente. No ama una multitud impersonal; ama rostros, historias, heridas, búsquedas, cansancios. Nos llama por nuestro nombre. Nos conoce por dentro. Sabe lo que cargamos. Sabe lo que nos duele. Sabe lo que nos falta. Sabe lo que hemos perdido y también aquello que todavía esperamos.

Y cuando uno escucha que el Señor lo llama por su nombre, entonces empieza de nuevo la fe. María responde: “¡Rabbuní!”, “¡Maestro!”. Ya no está aferrada a un sepulcro vacío. Ya no está encerrada en el duelo. Ya no vive sólo de recuerdos. Ahora está delante del Viviente.

4. La primera lectura: del corazón compungido a la conversión

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro proclamando con valentía: “Sepa todo Israel con absoluta certeza que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado”. Y entonces dice el texto que, al oír esto, se les traspasó el corazón.

Qué hermoso enlace con el Evangelio. María Magdalena pasa del llanto al reconocimiento; la multitud en Jerusalén pasa de la indiferencia a la compunción del corazón. La Pascua no deja a nadie igual. El Resucitado no aparece para entretenernos espiritualmente; aparece para transformarnos. Donde Él pasa, el corazón se despierta. Donde Él habla, la conciencia se mueve. Donde Él se hace presente, nace la pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?”

Y Pedro responde con claridad: “Conviértanse”. La Resurrección no es sólo consuelo; también es llamada. No basta conmoverse. No basta admirar el relato. No basta decir “qué bonito”. La Pascua exige una respuesta: volver a Dios, dejar que el corazón cambie, abrirse al perdón, recibir el don del Espíritu, comenzar una vida nueva.

A veces quisiéramos una Pascua sin conversión, una alegría sin compromiso, una fe sin cambio de vida. Pero la Iglesia, en esta Octava, nos recuerda que el Resucitado trae paz, sí, pero una paz que renueva; trae misericordia, sí, pero una misericordia que nos levanta; trae consuelo, sí, pero un consuelo que nos impulsa a vivir de otra manera.

5. “La misericordia del Señor llena la tierra”

El salmo responsorial nos ha hecho cantar: “La misericordia del Señor llena la tierra”. Esa es precisamente la atmósfera de la Pascua. La tierra parecía llena de violencia, de injusticia, de muerte, de traición, de miedo; pero ahora la liturgia nos hace proclamar que lo que verdaderamente llena la tierra es la misericordia de Dios.

No el pecado, sino la misericordia.
No la muerte, sino la vida.
No la noche, sino la luz.
No la desesperanza, sino la promesa.

Y eso vale también para nuestras historias. Quizá alguno ha llegado hoy con el corazón parecido al de María Magdalena: triste, cansado, confundido. Quizá alguno carga una herida reciente. Quizá alguno siente que ha perdido algo importante. Pues bien, la Palabra de hoy nos dice: el Resucitado sabe llegar precisamente a ese jardín donde lloras. Y cuando llega, no siempre quita de inmediato todos los problemas, pero sí cambia radicalmente el sentido de la vida, porque nos revela que el mal no tiene la última palabra.

6. “No me retengas”: la fe pascual no encierra, envía

Después del reconocimiento, Jesús dice una frase misteriosa: “No me retengas”. Como si dijera a María: no quieras relacionarte conmigo como antes, porque ahora ha comenzado algo nuevo. La Resurrección inaugura una forma distinta de presencia. Jesús ya no pertenece a un lugar, ni a una sola persona, ni a un tiempo limitado. Su presencia se hace nueva, universal, sacramental, eclesial, misionera.

Y enseguida le da una misión: “Ve a mis hermanos y diles…”. María pasa de ser mujer llorosa a ser mensajera pascual. La que había venido al sepulcro para honrar un cadáver es enviada ahora a anunciar la vida. La que estaba encerrada en su dolor se convierte en apóstol de la esperanza.

Ese es también el camino del cristiano. Nadie se encuentra de verdad con Cristo resucitado para quedarse quieto. El encuentro auténtico siempre se vuelve anuncio, servicio, testimonio, caridad, misión. Un cristiano pascual no vive atrapado en el sepulcro de sus penas, sino enviado al mundo para decir con su vida: “He visto al Señor”.

7. Una palabra para nuestros benefactores

Hoy queremos poner de manera especial esta Eucaristía en intención por nuestros benefactores. Qué hermoso hacerlo precisamente con estas lecturas. Porque un benefactor, en el fondo, es alguien que, de algún modo, ayuda a que la vida venza sobre la escasez, el desánimo o la necesidad. Un benefactor es alguien que no se encierra en sí mismo, sino que comparte. Alguien que sostiene una obra buena, una comunidad, una misión, una persona necesitada. Alguien que hace presente algo de la bondad de Dios.

Cuántas obras de la Iglesia, cuántos procesos de evangelización, cuántos gestos de caridad, cuántos sueños apostólicos han sido posibles gracias a hombres y mujeres generosos que tal vez no buscan protagonismo, pero sí desean colaborar con el bien. Detrás de una misión, de una radio evangelizadora, de una comunidad que sale adelante, de una obra parroquial, de un servicio pastoral, suele haber corazones benefactores que dan, apoyan, oran, animan, comparten.

Hoy pedimos al Señor resucitado que los bendiga abundantemente. Que así como Él llamó a María por su nombre, llame también por su nombre a cada uno de nuestros benefactores y les haga sentir que nada de lo que han hecho por amor queda olvidado delante de Dios. Que el Señor les conceda salud, paz, fortaleza, alegría espiritual. Y a quienes atraviesan dificultades, que les regale consuelo y esperanza. Y si alguno de nuestros benefactores ha partido ya a la Casa del Padre, que la victoria de Cristo sobre la muerte le abra las puertas de la vida eterna.

8. Para nuestra vida concreta

Hoy el Evangelio nos deja varias preguntas muy sencillas pero muy profundas:

¿Dónde estoy buscando al Señor: en un sepulcro vacío o en la vida nueva de la Pascua?
¿Qué lágrimas llevo en el corazón?
¿He dejado que Jesús pronuncie mi nombre?
¿Estoy reteniendo a Jesús a mi manera, o dejándome enviar por Él?
¿Mi fe pascual me ha vuelto más testigo, más generoso, más agradecido?

Tal vez hoy el Señor no nos está pidiendo grandes cosas extraordinarias. Tal vez sólo nos pide lo esencial: que dejemos de vivir como si Él siguiera en el sepulcro. Porque muchos bautizados dicen creer en la Resurrección, pero viven derrotados, amargados, resentidos, sin horizonte, sin impulso misionero, sin alegría interior. La Pascua no elimina automáticamente todos nuestros problemas, pero sí cambia la base de nuestra existencia: ya no vivimos bajo el poder definitivo de la muerte, sino bajo el señorío del Resucitado.

9. Conclusión

Hermanos, en esta mañana de Pascua contemplemos a María Magdalena. La vemos llorando, buscando, confundida… y luego la vemos iluminada, llamada, enviada. Ese es también nuestro itinerario. Del llanto al anuncio. De la noche a la fe. Del sepulcro a la misión. Del dolor al encuentro.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos llame por nuestro nombre. Que nos saque de nuestros sepulcros interiores. Que nos conceda un corazón traspasado y convertido, como el de aquellos oyentes de Pedro. Que nos haga cantar con verdad que su misericordia llena la tierra. Y que bendiga con amor de predilección a todos nuestros benefactores, para que experimenten en su vida la fuerza consoladora de Cristo vivo.

Que María Magdalena, testigo del alba pascual, nos enseñe a reconocer la voz del Maestro. Y que nosotros, como ella, podamos decir con alegría y con convicción:

¡He visto al Señor!

Amén.

 

 

7 de abril:

San Juan Bautista de La Salle, presbítero — Memoria

1651–1719
Patrono de los educadores
Canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

En verdad, si hubiera pensado alguna vez que el cuidado que estaba teniendo de los maestros por pura caridad me obligaría a vivir con ellos, habría abandonado todo el proyecto. Pues, hablando humanamente, consideraba a los hombres que estaba obligado a emplear en las escuelas, al comienzo, como inferiores incluso a mi criado; el solo pensamiento de tener que vivir con ellos me habría resultado insoportable. De hecho, experimenté muchas incomodidades cuando por primera vez los hice venir a mi casa. Esto duró dos años.

Sin duda, por esta razón Dios, que guía todas las cosas con sabiduría y serenidad, y cuyo modo de obrar no es forzar las inclinaciones de las personas, quiso confiarme enteramente el desarrollo de las escuelas. Dios lo hizo de manera imperceptible y a lo largo de mucho tiempo, de modo que un compromiso llevó a otro, sin que yo lo hubiera previsto al principio.
~ Memorias de San Juan de La Salle


Reflexión:

San Juan Bautista de La Salle murió en Viernes Santo, quizá como signo divino de la vida sacrificial que vivió por la salvación de las almas. Pero esa no fue su primera muerte. Su primera muerte fue la renuncia a la vida que llevaba y al mundo, por causa de la misión inesperada que Dios le confió.

La catedral de Reims, en Francia, fue fundada en el siglo V. Allí fue bautizado el primer rey franco por san Remigio, lo que dio origen a la conversión de muchos otros y a la cristianización del reino. Desde entonces, la catedral se convirtió en el lugar donde la mayoría de los reyes franceses fueron coronados. En su reconstrucción del siglo XIII, llegó a ser una de las catedrales góticas más ornamentadas y hermosas de Francia.

El santo de hoy nació en una familia acomodada en Reims y, desde joven, disfrutó de una vida de honor y prestigio social, así como de una excelente y costosa educación. Sus padres eran profundamente piadosos. A los once años recibió la tonsura, y junto con sus padres hizo la promesa de dedicar su vida al servicio de la Iglesia.

A los dieciséis años se convirtió en canónigo de la catedral de Reims. Los canónigos cuidaban de la catedral y aconsejaban al arzobispo. Posteriormente fue enviado a completar su formación en algunas de las mejores escuelas de Francia.

Poco después de comenzar sus estudios de teología, a los veintiún años, sus padres fallecieron, y tuvo que regresar a casa para cuidar de sus seis hermanos menores y administrar el patrimonio familiar. Durante los cinco años siguientes terminó sus estudios teológicos y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años.

Después de su ordenación, obtuvo el doctorado en teología y se entregó a la vida de un joven sacerdote respetado. Su director espiritual, el padre Nicolás Roland, era un hombre santo con gran amor por los pobres y por la educación de los niños. Él ayudó a fundar una congregación religiosa —las Hermanas del Niño Jesús— dedicada a atender a los enfermos y educar a las niñas pobres. El padre de La Salle se convirtió en su capellán y confesor, colaborando activamente con ellas.

Antes de morir, el padre Roland le pidió que continuara la obra educativa de los jóvenes pobres. De La Salle aceptó, sin imaginar lo que eso implicaría. Poco después conoció a un laico, Adrián Nyel, con quien fundó una escuela para niños pobres en Reims, seguida de otra más.

Se encontró entonces ante un dilema: humanamente no se sentía inclinado a esa misión, pero la pasión de los colaboradores y la inspiración divina lo impulsaban. Intentó retirarse, pero terminó continuando. Sin saberlo, había comenzado la obra que marcaría toda su vida y transformaría la Iglesia.

Con el tiempo, vio la necesidad de formar mejor a los maestros. Él había recibido una educación excelente y notaba la falta de preparación humana y espiritual de los docentes. Los niños que enseñaban estaban muchas veces “lejos de la salvación”.

Por ello, comenzó a invitar a los maestros a su casa, compartiendo con ellos la mesa y enseñándoles a ser mejores educadores y hombres de Dios. Luego los invitó a vivir con él para dedicarse plenamente a su formación.

Esto provocó incomprensión y críticas. Sus familiares se escandalizaban de su cercanía con personas de clase social baja. Algunos lo acusaban de ambición, de querer hacerse famoso. Incluso el obispo expresó preocupaciones similares.

A pesar de todo, perseveró en oración. Renunció a su cargo de canónigo y se dedicó por completo a la educación de los pobres.

Aunque había heredado una fortuna, en vez de usarla para fundar escuelas, la entregó a los pobres afectados por una hambruna, confiando totalmente en la Providencia divina para su obra.

Fundó entonces el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Los hermanos vivían en comunidad, sin aspirar al sacerdocio, dedicados exclusivamente a la educación de los niños pobres.

Desarrolló métodos pedagógicos innovadores, ordenados y eficaces. Enseñar a niños provenientes de ambientes difíciles exigía formar no solo la inteligencia, sino también el carácter y la virtud.

Sostenía que la educación debía ser gratuita para los pobres y que debía impartirse en francés, no en latín, lo cual era revolucionario.

A pesar de resistencias dentro y fuera de la Iglesia, perseveró. Fundó escuelas de formación para maestros y su obra creció rápidamente.

Más tarde reconocería que, si hubiera sabido desde el principio todo lo que Dios le pediría, jamás habría dicho “sí”. Pero Dios lo fue guiando paso a paso, y él solo tuvo que responder a cada impulso de la gracia.


Meditación:

Considera cómo Dios quiere obrar también en tu vida de ese modo. No te revela todo su plan de una vez. Te guía hoy, paso a paso, dándote la gracia necesaria para responder.

Di “sí” hoy, mañana y cada día. Y al final de tu vida, te sorprenderás de hasta dónde Dios te habrá conducido.


Oración:

San Juan Bautista de La Salle,
Dios te condujo paso a paso a lo largo de tu vida.
Tu generosidad ante los llamados de la gracia
te llevó por caminos que nunca imaginaste.

Ruega por mí,
para que siempre esté abierto al plan de Dios
y responda con generosidad, sin importar las dificultades.

San Juan Bautista de La Salle, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

6 de abril del 2026: Lunes de la Octava de Pascua


Cita del salmo

(Hechos 2:14.22b-33) El Salmo 15, citado por Pedro, le permite predicar al mismo tiempo el mesianismo de Jesús, descendiente de David, y su resurrección. Le permite también pintar una especie de retrato espiritual de Cristo, hombre de alabanza y de esperanza, teniendo constantemente ante los ojos la voluntad del Padre. Entregado a todos, incluso a sus detractores, hasta el extremo, hizo triunfar la vida de Dios y abre en adelante, el paso al Espíritu.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


(Mateo 28, 8-15) No hay pruebas contundentes de la resurrección. La fe se basa en la credibilidad del testimonio. Y esta fe nos llama a buscar en nuestra vida las huellas de la presencia del Resucitado. Nos corresponde ahora convertirnos en testigos de la resurrección.


Primera lectura

 Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.
A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 15,1b-2a y 5.7-8 9-10.11


R/.
 Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (28,8-15):

EN aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor

 

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 COMENTARIOS EXEGÉTICOS

1. Primera lectura: Hechos 2,14.22-33

Estamos ante el comienzo del kerygma de Pedro en Pentecostés. El apóstol interpreta los acontecimientos de Jesús a la luz del plan salvífico de Dios, destacando:

·        La identidad de Jesús: Hombre acreditado por Dios con milagros, signos y prodigios.

·        Su muerte: No como un fracaso, sino como parte del "designio determinado y la presciencia de Dios".

·        La resurrección: Prueba de que la muerte no pudo retener a Jesús.

·        El testimonio apostólico: Pedro dice con valentía: "Nosotros somos testigos de esto".

·        La exaltación: Jesús está “a la derecha de Dios”, ya glorificado, derramando el Espíritu.

Pedro cita el Salmo 15 para demostrar que la Escritura ya anunciaba que el “Santo no conocería la corrupción”.

2. Salmo 15(16)

Es un salmo de confianza absoluta en Dios. En Pascua, se convierte en un canto de victoria sobre la muerte. Los versículos clave son:

“No me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.”

Esto se ve cumplido en Jesús y promete también una vida plena para quienes en Él creen.

3. Evangelio: Mateo 28,8-15

Dos reacciones a la resurrección:

·        La fe de las mujeres: Salen “con miedo y gran alegría” y corren a anunciar la noticia. El Resucitado se les aparece, las consuela (“No temáis”) y las envía.

·        La incredulidad de los sumos sacerdotes: Frente a la verdad del sepulcro vacío, optan por ocultarla, comprando a los soldados y difundiendo una mentira.

Esto confronta al lector: ¿a qué grupo pertenezco? ¿A los que anuncian la vida o a los que encubren la verdad?


🕊 HOMILÍA: “No temáis… Id y anunciad”

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Este lunes de la Octava de Pascua no es un día cualquiera. Es parte de esta gran semana luminosa, en la que la Iglesia celebra como si fuera un solo y largo domingo, la Pascua del Señor.

Hoy la Palabra nos invita a vivir y anunciar la Resurrección con la fuerza del Espíritu y con la alegría del corazón.


1. La valentía del anuncio

Pedro, el mismo que había negado a Jesús, ahora se pone de pie y proclama con fuerza la verdad pascual: Jesús ha resucitado. Su transformación es obra del Espíritu, pero también fruto de la experiencia pascual.

El miedo ha sido vencido. Como las mujeres del Evangelio, que salieron del sepulcro con "miedo y gran alegría", Pedro también supera su temor para convertirse en testigo valiente. Esta es la Pascua: pasar del temor a la misión.


2. Del sepulcro vacío a la vida en plenitud

El salmo proclama una verdad eterna: “no me entregarás a la muerte”. Esto no solo habla de Jesús, sino también de nosotros.

Vivimos en un mundo donde muchas cosas parecen oler a muerte: violencia, desesperanza, corrupción, hambre… Y sin embargo, la Pascua nos recuerda que Dios no abandona a los suyos. Que la última palabra no la tiene la tumba, sino la vida.


3. La lucha por la verdad

El evangelio también nos pone en guardia: no todos quieren aceptar la Resurrección. Algunos, como los sumos sacerdotes, prefieren el poder, el control, la mentira. Prefieren un mundo sin Resurrección.

También hoy hay estructuras que quieren ocultar la luz. En nuestras comunidades, incluso en nuestro país, hay quienes propagan la desinformación, dividen, manipulan. Frente a eso, el cristiano está llamado a ser testigo de la verdad, aunque cueste.


4. La Pascua como misión: “Id a decir a mis hermanos”

Cristo no solo aparece. Da una misión: "Id y decid a mis hermanos". Esta es la tarea pascual: anunciar a todos que Jesús vive.

 No podemos quedarnos quietos, encerrados en nuestros templos o en nuestras comodidades.

Hoy, desde nuestras islas del Caribe colombiano, desde las comunidades del Vicariato, desde cada rincón del país, el Resucitado nos dice: “No temáis… id y anunciad”.

 

🌿 ORACIÓN FINAL

Señor Resucitado,
derrama sobre nosotros tu Espíritu,
como lo hiciste sobre los apóstoles.
Haznos valientes para proclamar tu victoria,
firmes para resistir la mentira,
y generosos para llevar tu luz
a cada rincón donde aún reina la sombra.

Amén.

 


2

Humildad ante la Resurrección


Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Mateo 28: 12-14

 

 

El Señor de todos resucitó de la tumba, venciendo el pecado y la muerte, ¡haciendo posible que todos compartamos su gloriosa resurrección! La muerte había perdido. Satanás había perdido. Los líderes religiosos corruptos habían perdido. Y todos los que creían en Jesús ahora tenían renovada su esperanza eterna. Sin embargo, lamentablemente, la victoria más grande jamás conocida para la humanidad, una victoria que abrió las puertas a la gloria eterna para todos los que creen, no pudo ser aceptada por los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo. Vieron su muerte y, ahora que había resucitado, se apresuraron a hacer todo lo posible por ocultar esa verdad.

 

El orgullo es difícil de superar. Cuando una persona profesa que tiene razón, cuando en realidad está equivocada, y cuando luego se enfrenta a su error, el pecado del orgullo lo tentará inevitablemente a seguir pecando. Esto es lo que vemos hoy en este pasaje de nuestro Evangelio. Los soldados informaron a los principales sacerdotes y a los ancianos que cuando las mujeres llegaron a la tumba temprano en la mañana, hubo un gran terremoto, y vieron a un ángel del Señor descender del cielo, hacer retroceder la piedra y sentarse en ella. Cuando vieron esto, “los guardias se estremecieron de miedo y quedaron como muertos” ( Mateo 28: 4 ). Y después de que oyeron al ángel decir a las mujeres que Jesús había resucitado, los guardias fueron a avisar a los principales sacerdotes y a los ancianos.

 

Después de todos los milagros y la poderosa predicación de Jesús, uno pensaría que los principales sacerdotes y los ancianos habrían creído. Pero no lo hicieron. Y luego, después de escuchar el testimonio de estos soldados, pensaría uno que  habrían caído de rodillas, se habrían arrepentido de la dureza de su corazón y habrían llegado a creer. Pero no lo hicieron. Doblaron su pecado y agregaron pecado sobre pecado.

 

Algunas formas de pecado pueden admitirse más fácilmente, especialmente los pecados de debilidad. Cuando uno es débil y cae, puede que no siempre sea fácil vencer ese pecado en el futuro, pero es más fácil reconocerlo como pecado cuando es causado por la debilidad humana. Pero un pecado de debilidad es muy diferente a un pecado de orgullo obstinado. El orgullo obstinado no solo es difícil de superar, es difícil de admitir. Es difícil admitir nuestro pecado cuando se basa en nuestra obstinación y orgullo. Como resultado, este tipo de pecado a menudo conduce a otros pecados como el engaño, la manipulación y el enojo continuos. 

 

Esto lo ilustran estos sumos sacerdotes y ancianos. Pero si puedes humillarte y admitir tu pecado cuando proviene de tu orgullo, esa humildad puede tener un efecto poderoso y transformador en tu vida.


Reflexiona hoy sobre estos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Trata de reflexionar sobre la dureza de su corazón y la triste situación en la que se encontraron mientras intentaban encubrir su error y pecado. Decide no caer nunca en esta forma de pecado. Sin embargo, si esto es una lucha para ti, busca la humildad para que puedas ser liberado de esta pesada carga por la gracia de la Resurrección de nuestro Señor.


 

Mi Señor resucitado, Tú conquistaste el pecado y la muerte y trajiste nueva vida a todos los que creen en Ti. Dame la gracia, querido Jesús, de nunca permitir que mi pecado de orgullo me impida estar abierto a la acción gloriosa y transformadora que deseas hacer en mi vida. Por favor, dame el don de la humildad para que siempre pueda apartarme de mi pecado y volverme a Ti. Jesús, en Ti confío.


8 de abril del 2026: Miércoles de la Octava de Pascua

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