sábado, 26 de septiembre de 2026

27 de septiembre del 2026: vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

UNA VIÑA DE LIBERTAD

Dios nos invita a trabajar en su viña con la libertad de quienes se saben amados. Su llamada espera una respuesta personal, consciente y capaz de convertirse en compromiso. En la parábola de los dos hijos, Jesús nos ayuda a mirar la distancia que a veces existe entre nuestras palabras y nuestras decisiones: podemos prometer mucho y quedarnos inmóviles, pero también podemos reconocer una negativa y comenzar a caminar.

La primera lectura nos recuerda que la conversión es posible. Por medio de Ezequiel, el Señor anuncia la vida a quien abandona el mal y practica la justicia. Nuestra libertad puede abrirse a un nuevo comienzo. Para recorrer ese camino necesitamos la ayuda que pedimos en el salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Su misericordia sostiene nuestros pasos y nos enseña a responder con humildad.

San Pablo nos invita a tener los mismos sentimientos de Jesucristo, cuya obediencia al Padre se hizo entrega y servicio. En él aprendemos una libertad que madura amando y buscando el bien de los demás.

Al celebrar esta Eucaristía, dejemos que el Señor ilumine nuestra conciencia y renueve nuestra voluntad. ¿Qué paso concreto hará verdadero el «sí» que hoy queremos darle?

 


Primera lectura

Ez 18, 25-28

Cuando el malvado se convierte de la maldad, salva su propia vida

Lectura de la profecía de Ezequiel.


ESTO dice el Señor:
«Ustedes insisten: “No es justo el proceder del Señor”.
Escuchen, casa de Israel: ¿Es injusto mi proceder? ¿No es más bien su proceder el que es injusto?
Cuando el inocente se aparta de su inocencia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió.
Y cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo y practica el derecho y la justicia, él salva su propia vida. Si recapacita y se convierte de los delitos cometidos, ciertamente vivirá y no morirá».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 24, 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 6a)

R. Recuerda, Señor, tu ternura.

V. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador,
y todo el día te estoy esperando.
R.

V. Recuerda, Señor, que tu ternura
y tu misericordia son eternas;
no te acuerdes de los pecados
ni de las maldades de mi juventud;
acuérdate de mí con misericordia,
por tu bondad, Señor.
R.

V. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R.


Segunda lectura

Flp 2, 1-11 (forma larga) 

Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.
El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.



Flp 2, 1-5 (forma breve)

Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Si quieren darme el consuelo de Cristo y aliviarme con su amor, si nos une el mismo Espíritu y tienen entrañas compasivas, denme esta gran alegría: manténganse unánimes y concordes con un mismo amor y un mismo sentir.
No obren por rivalidad ni por vanagloria, considerando por la humildad a los demás superiores a ustedes. No se encierren en sus intereses, sino busquen todos el interés de los demás.
Tengan entre ustedes los sentimientos propios de Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

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APROXIMACIÓN PSICOLÓGICA AL EVANGELIO:

UN «SÍ» QUE SE CONVIERTE EN VIDA

 

«¿Qué les parece?» (Mateo 21,28-32).

Jesús comienza con una pregunta sencilla que invita a pensar y a mirarse por dentro. Sus parábolas tienen esa capacidad: mientras escuchamos una historia sobre otras personas, descubrimos que también habla de nosotros. Así ocurre con los dos hijos a quienes su padre pide que vayan a trabajar en la viña. Uno responde que no quiere, pero después se arrepiente y va. El otro acepta de palabra, pero no cumple.

Al preguntar cuál de los dos hizo la voluntad del padre, Jesús lleva a sus interlocutores a reconocer algo evidente: la respuesta verdadera termina expresándose en la vida. En este pasaje se dirige a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo. Les recuerda que los publicanos y las prostitutas creyeron en la predicación de Juan y acogieron su llamada a la conversión, mientras ellos permanecieron cerrados incluso después de presenciar aquel cambio.

Desde una mirada psicológica, podemos reconocer en esta parábola la distancia que a veces existe entre lo que decimos, lo que deseamos y lo que hacemos. Hay ocasiones en que respondemos afirmativamente para agradar, evitar un conflicto o conservar una buena imagen. Podemos incluso confundir una intención sincera con un compromiso ya cumplido. Otras veces reaccionamos con resistencia y, después de reflexionar, reconocemos nuestro error y cambiamos de actitud.

En nuestra propia experiencia, detrás de algunas resistencias puede haber miedo, cansancio, heridas o dificultad para confiar. Tenerlo en cuenta nos ayuda a mirar con mayor comprensión a los demás y a nosotros mismos. La responsabilidad permanece, pero necesita ir acompañada de paciencia, verdad y oportunidades para rectificar. Una primera reacción no cuenta toda la historia de una persona.

También nosotros podemos reconocernos en ambos hijos. Hemos pronunciado palabras generosas que luego nos ha costado sostener. Y hemos vivido momentos en los que, después de negarnos a escuchar, ayudar o perdonar, hemos encontrado la humildad necesaria para dar un paso distinto. La parábola nos invita a examinar estas contradicciones con honestidad y a dejarnos transformar por Dios.

Su enseñanza conserva toda su actualidad. Podemos compartir mensajes religiosos en las redes sociales y necesitar todavía aprender a tratar con respeto a quien piensa diferente. Podemos hablar de fraternidad y postergar una visita a alguien que está solo. Podemos comprometernos con una comunidad y descubrir que nos cuesta aceptar una tarea sencilla cuando nadie nos ve.

La fe está llamada a dar fruto precisamente allí: en la manera de escuchar, de trabajar, de cuidar a los nuestros, de afrontar los conflictos y de responder al sufrimiento ajeno. Jesús lo enseña también cuando vincula la entrada en el Reino con el cumplimiento de la voluntad del Padre, más allá de la invocación de su nombre (cf. Mt 7,21). La oración alimenta ese compromiso; el servicio, la honradez y la ternura lo hacen visible. Todo ello nace de una gracia que recibimos y que estamos llamados a acoger libremente.

Hay, además, una esperanza profunda en esta historia: nuestro pasado no tiene por qué decidir todas nuestras respuestas futuras. Quien se ha equivocado puede reconocer el daño, pedir perdón, reparar lo que sea posible y comenzar de nuevo. Del mismo modo, quien lleva años recorriendo un camino de fe necesita seguir cuidándolo, porque la fidelidad se renueva en las decisiones de cada día.

Esta enseñanza nos invita a revisar las etiquetas con las que tantas veces encerramos a los demás: «Siempre ha sido así», «ese nunca cambiará», «de ella ya no se puede esperar nada». Tales juicios pueden impedirnos reconocer una conversión que está comenzando. La comunidad cristiana está llamada a acompañar esos procesos con discernimiento y paciencia, valorando los pasos reales, aunque todavía sean pequeños.

Jesús abre posibilidades de vida donde nosotros solemos dar una historia por terminada. Su llamada nos mueve a salir de la comodidad, reconocer nuestras incoherencias y recuperar la confianza en la misericordia del Padre. Esa misma esperanza resuena en la parábola del hijo pródigo, cuando el padre invita a celebrar el regreso del hijo que estaba perdido y ha vuelto a la vida (cf. Lc 15,32).

La pregunta inicial queda, entonces, abierta para cada uno: ¿qué paso concreto puedo dar hoy para que mi vida exprese el «sí» que quiero decirle a Dios? Tal vez sea cumplir una promesa, escuchar con calma, pedir perdón o retomar un compromiso abandonado. La conversión comienza a hacerse realidad cuando, sostenidos por su gracia, nos ponemos en camino.

                                                           

1

 

HOMILÍA SOBRE LA PARÁBOLA DE LOS DOS HIJOS

 

Queridos hermanos:

Imaginemos una escena que podría ocurrir en cualquiera de nuestras casas. La mamá le dice al hijo, que está entretenido con el celular:

—Mijo, vaya a la tienda por el pan.

—¡Ya voy, mamá!

Pasan diez minutos. El muchacho sigue sentado.

—Mijo, ¿y el pan?

—¡Que ya voy!

La mamá lo mira y le pregunta:

—Bueno, ¿pero ese «ya voy» es para hoy o hay que pedirle cita?

Nos reímos porque conocemos ese «ya voy». A veces también nosotros lo usamos con Dios: «Ya voy a cambiar, Señor; ya voy a reconciliarme; ya voy a dedicarles más tiempo a los míos». Y la vida va pasando mientras nuestras buenas intenciones siguen esperando.

Jesús nos cuenta hoy una historia muy parecida. Un padre pide a sus dos hijos que trabajen en la viña. Uno se niega, pero después recapacita y va. El otro responde amablemente, pero no cumple. El que hizo la voluntad del padre fue el que terminó yendo.

Jesús valora esa capacidad de rectificar. Aquel hijo tuvo que reconocer que su primera respuesta había sido equivocada. Y lo reconoció con los pies: se levantó y fue a trabajar. La conversión empieza a hacerse visible cuando damos un paso concreto.

Por eso Jesús habla de los publicanos y las prostitutas que creyeron en Juan. Destaca su apertura al llamado de Dios. Aquellas personas, despreciadas por muchos, habían comenzado a cambiar. Mientras tanto, algunos que se consideraban muy cercanos a Dios se resistían a reconocer que también necesitaban convertirse.

Hermanos, escuchemos esta palabra pensando en nosotros. También a mí, sacerdote, me corresponde preguntarme si vivo lo que predico. Todos podemos acostumbrarnos tanto a hablar de Dios que dejemos de escuchar lo que nos está pidiendo.

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos ofrece una esperanza inmensa: quien reconoce su mal camino y se vuelve hacia el bien puede vivir. Dios toma en serio nuestra libertad y nuestra capacidad de responder a su gracia.

Tal vez alguien ha llegado hoy pensando: «Padre, si usted conociera mi historia…». El Señor la conoce. Conoce lo que has hecho y el bien que todavía puedes hacer con su ayuda. Tu pecado necesita perdón, pero tu persona no ha perdido su dignidad ni está fuera del alcance de su misericordia.

Hay pasos que cuestan mucho: reconocer una dependencia y buscar ayuda, abandonar un negocio deshonesto, pedir perdón por el daño causado. La conversión puede requerir acompañamiento y tiempo. Incluso cuando hay tropiezos, vale la pena volver a levantarse. Como comunidad, necesitamos ayudar a quien está intentando cambiar.

Ezequiel también nos recuerda que el bien de ayer necesita continuidad hoy. Haber sido generosos alguna vez no nos autoriza a volvernos indiferentes. La fidelidad se cuida en las decisiones de cada día.

Por eso resulta tan hermosa la oración del salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Pedimos que Dios nos enseñe porque reconocemos que necesitamos orientación. Y apelamos a su ternura: «Recuerda, Señor, tu misericordia».

Podríamos rezarlo así: «Señor, me cuesta cambiar. A veces me gana el orgullo; otras veces, el cansancio. Ayúdame a reconocer por dónde debo comenzar». Esa oración humilde abre el corazón a la gracia.

Aquí viene bien otro relato, contado como una pequeña fábula. Un capitán navegaba de noche cuando vio una luz frente a su barco. Tomó la radio y ordenó:

—¡Cambie su rumbo! ¡Se acerca a mi embarcación!

Una voz tranquila respondió:

—Le aconsejo que cambie usted el suyo.

El capitán, molesto, insistió:

—¡Soy el capitán y llevo veinte años navegando!

Y la voz contestó:

—Mucho gusto, capitán. Yo soy el encargado del faro… y esto lleva cien años en el mismo sitio.

A veces nos parecemos a ese capitán. Queremos que todo se acomode a nosotros: la familia, la comunidad, incluso el Evangelio. Nos cuesta admitir que debemos corregir el rumbo. La Palabra de Dios alumbra para que podamos avanzar con seguridad; escucharla requiere humildad.

San Pablo nos muestra hoy a quién mirar: a Jesucristo. Él asumió nuestra humanidad, se hizo servidor y llevó su obediencia amorosa hasta la cruz. Su entrega y su exaltación revelan el camino que el apóstol propone a la comunidad. Jesús es el Hijo cuyo «sí» al Padre se cumple en toda su vida.

Pablo nos invita, por eso, a abandonar la rivalidad y a tener en cuenta el bien de los demás. Pensemos cuánto cambiaría la convivencia si, antes de una discusión, preguntáramos: «¿Cómo puedo actuar aquí con los sentimientos de Jesús?».

En Colombia deseamos vivir en paz. Esta palabra nos compromete también con la paz que podemos cuidar de cerca: escuchar antes de insultar, rechazar el engaño, pagar justamente un trabajo y reconocer los derechos del vecino. Nuestro «sí» a Dios alcanza el trato que damos en la casa, en la finca, en el negocio y en la carretera.

Quien conoce el campo sabe que una cosecha requiere trabajo. Lo mismo sucede con nuestras relaciones. Una familia necesita tiempo y cuidado. Una comunidad necesita personas dispuestas a servir. Ahí está también la viña a la que el Padre nos envía.

No estamos solos en esa tarea. La salvación es un regalo de Dios, y su gracia sostiene nuestra respuesta. En la Eucaristía recibimos a Cristo, que se entrega por nosotros y nos fortalece para amar. En la reconciliación encontramos el perdón que nos permite recomenzar y asumir con verdad la reparación del daño.

Antes de terminar, pensemos en un compromiso pendiente. Uno concreto. Tal vez una conversación que hemos evitado, una visita que llevamos meses aplazando o la decisión de pedir ayuda. ¿Qué paso voy a dar esta semana para cumplir el «sí» que hoy le digo al Señor?

Pidámosle a la Virgen María que nos acompañe. Ella acogió la voluntad de Dios y perseveró en su respuesta, también cuando el camino fue difícil.

Señor Jesús, tú conoces nuestras promesas y nuestras resistencias. Danos humildad para reconocer el error y fuerza para comenzar de nuevo. Que nuestro «ya voy» se convierta hoy en un «aquí estoy». Amén.

 

2

 

LAS OBRAS POR ENCIMA DE LAS PALABRAS

 

Queridos hermanos:

Esta parábola debió de resultar difícil de escuchar para los sumos sacerdotes y los ancianos, especialmente porque estaba claramente dirigida a ellos. De hecho, después de que Jesús les cuenta una segunda parábola, que no está incluida en el Evangelio de hoy, leemos que, aunque intentaban arrestarlo, temían a la multitud, porque esta lo consideraba un profeta (cf. Mt 21,46). Parece que rechazaron las palabras de Jesús y su reprensión; sin embargo, el temor a la reacción de la gente, más que el temor al juicio de Dios, contuvo por un tiempo sus intenciones.

También nosotros podemos escuchar una palabra que nos incomoda y apresurarnos a defendernos. Nos resulta más fácil pensar en los defectos ajenos que reconocer aquello que el Señor quiere corregir en nuestra propia vida. Esta parábola nos invita a dejarnos interpelar con sinceridad.

En el Evangelio de hoy, el primer hijo representa a los recaudadores de impuestos y a las prostitutas: personas que inicialmente habían quebrantado la ley de Dios, pero que después se arrepintieron al escuchar la predicación de Juan el Bautista y de Jesús. El segundo hijo representa a los sumos sacerdotes y a los ancianos. Después de contar la parábola, Jesús declara: «Les aseguro que los publicanos y las prostitutas entran en el Reino de Dios antes que ustedes».

Como el segundo hijo, aquellos dirigentes religiosos y civiles honraban la ley de Dios de palabra, pero sus acciones no correspondían a su verdadero sentido. Jesús denuncia su hipocresía: permanecían ciegos ante su propio rechazo de la Palabra salvadora de Dios y desorientaban a otros con su piedad exterior y su actitud de creerse justos.

Consideremos con más atención la reacción de ambos hijos. Podemos imaginar que el segundo, el que responde «Sí, señor», representa a quienes muestran una falsa apariencia de santidad. Delante de los demás dicen las palabras correctas, pero a puerta cerrada dejan de ponerlas en práctica. Existe una distancia entre la imagen que ofrecen y las decisiones que toman.

El primer hijo es muy diferente. Aunque inicialmente responde de manera desafiante —«No quiero»—, su conciencia termina moviéndolo a hacer lo correcto. Se deja cuestionar, reconoce su equivocación y cambia de actitud. Su primera negativa no se convierte en su última palabra.

Aquí encontramos una relación profunda con la primera lectura. Por medio del profeta Ezequiel, Dios nos recuerda que quien se aparta del mal y comienza a practicar la rectitud puede vivir. El Señor toma en serio nuestra responsabilidad, y también la verdad de nuestro arrepentimiento. Nuestro pasado no impide que su gracia abra un camino nuevo.

Es una palabra de esperanza para quien arrastra una historia dolorosa y piensa que ya no puede cambiar. Y es una llamada a la vigilancia para quien se considera bueno por lo que hizo en otro tiempo. La fidelidad necesita perseverancia. Dios nos llama a responderle en el presente, con la vida que hoy tenemos entre las manos.

Algunos podrían preguntarse por qué Jesús no incluyó un tercer hijo: uno que dijera «Sí, señor» y después cumpliera. Quizá no lo incluye porque todos nosotros podemos reconocernos en alguna de las dos actitudes que presenta. Necesitamos conversión y aprendemos, con la ayuda de Dios, a hacer coincidir nuestras palabras con nuestras obras.

En Jesucristo encontramos la obediencia perfecta al Padre. Y, entre las personas redimidas, contemplamos de manera singular a nuestra Santísima Madre: preservada del pecado original desde el primer instante de su Inmaculada Concepción, por los méritos de Cristo, permaneció fiel a Dios de palabra y de obra durante toda su vida. Su santidad es fruto de la gracia, acogida con plena libertad.

El primer hijo se convierte en modelo para nosotros por su arrepentimiento, porque cada uno, de alguna manera, experimenta dificultades para entrar en una obediencia plena a la voluntad de Dios. Desde la infancia nos enfrentamos a lo que la Iglesia llama concupiscencia: la inclinación desordenada que procede del pecado original. Aunque hemos sido creados buenos y a imagen de Dios, nuestra naturaleza está herida y experimenta inclinaciones contrarias a su voluntad.

El Bautismo nos libera del pecado original y nos comunica la vida de la gracia; sin embargo, permanece esa inclinación que hemos de combatir con la ayuda de Cristo. El camino espiritual que recorremos consiste en permitir que la gracia vaya ordenando nuestras inclinaciones heridas y nos conduzca hacia la obediencia que estamos llamados a vivir (cf. Catecismo, 1264).

Por eso necesitamos hacer nuestra la súplica del salmo: «Señor, enséñame tus caminos». Pedimos que el Señor nos enseñe porque reconocemos que todavía tenemos mucho que aprender. Necesitamos que ilumine nuestra conciencia y nos muestre cómo pasar de la buena intención a la decisión concreta.

El salmo también nos invita a confiar en su ternura y en su misericordia. Podemos presentarnos ante Dios sin fingir que somos perfectos: «Señor, conoces mis resistencias y mis pecados. Acuérdate de mí con misericordia. Enséñame a caminar». La humildad nos dispone a recibir la ayuda que el orgullo rechaza.

Reflexionemos hoy sobre el primer hijo y reconozcámonos humildemente en él. ¿En qué aspectos nos resulta difícil decir inmediatamente «sí» a la voluntad de Dios? ¿Dónde aparece primero nuestro «no quiero»? Tal vez al pedir perdón, al renunciar a una ventaja injusta o al dedicar tiempo a alguien que nos necesita.

No es pecado, por sí mismo, experimentar dificultad para obedecer. Esa lucha forma parte de nuestra condición humana herida. Sentir una tentación o una resistencia interior es distinto de consentir libremente en el mal. Podemos sentir que nos cuesta perdonar y, aun así, pedir la gracia de comenzar a hacerlo. Esa lucha, sostenida por el Señor, puede convertirse en camino de crecimiento.

Como el primer hijo, debemos permitir que la gracia trabaje en nosotros, formando nuestra conciencia e impulsándonos a actuar de acuerdo con la voluntad de Dios, especialmente en los ámbitos donde más nos resistimos. La gracia respeta nuestra libertad y nos fortalece para responder con amor.

Tal vez hoy ese paso consista en reconocer una mentira, reparar un daño o cumplir una promesa que llevamos demasiado tiempo aplazando. En nuestra familia y en nuestra comunidad, el amor se vuelve creíble cuando encuentra expresión en los hechos.

Cuando permitimos que la gracia nos lleve más allá de nuestra vacilación inicial, crecemos en virtud y nos asemejamos más a nuestra Santísima Madre y a nuestro Señor Jesucristo, que dijeron «sí» al Padre y lo cumplieron plenamente. En esta Eucaristía, pidamos recibir con docilidad a Cristo, que nos alimenta y nos sostiene en ese camino.

¿Qué negativa necesito transformar hoy, con la ayuda de Dios, en un acto concreto de obediencia y de amor?

Mi Señor obediente, tú y tu Santísima Madre respondieron siempre con fidelidad de todo corazón a la voluntad del Padre, tanto de palabra como de obra. Concédeme la gracia de imitar su ejemplo y de participar de la misma obediencia que viviste en unión con tu Madre. Arranca de mí las inclinaciones de mi naturaleza herida hacia el egoísmo y hazme generoso en la caridad, viviendo en plena conformidad y obediencia a la gloriosa voluntad del Padre. Jesús, en ti confío. Amén.

 

viernes, 25 de septiembre de 2026

26 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II- Memoria de los santos mártires Cosme y Damián

 

Testigos de la fe:

Santos Cosme y Damián

Hermanos y mártires, médicos y de los siglos III–IV, hicieron de la medicina un servicio de caridad. Según la tradición, atendían gratuitamente a los enfermos, anunciando con sus gestos la bondad de Dios. Su fidelidad a Cristo los llevó hasta la entrega de la vida.

Su memoria nos invita a poner nuestros talentos al servicio de los demás, sin calcular recompensas. Una presencia cercana, una escucha paciente y una ayuda concreta pueden llevar consuelo a quien sufre. ¿Qué podemos ofrecer hoy para aliviar el dolor de un hermano?

Señor, por intercesión de san Cosme y san Damián, fortalece a los enfermos y concede a quienes los cuidan un corazón generoso y compasivo.

 

 

¿A qué edad?

La conmovedora poesía de Qohélet sobre la vejez encierra un mensaje discreto: ¡ya desde nuestra juventud nos conviene orientar nuestra vida según Dios! Hoy, una vez más, el Evangelio se hace eco de esta invitación a mirar nuestra existencia con lucidez. Mientras todos se admiran de sus obras, Jesús anuncia que será entregado en manos de los hombres. Los discípulos no comprenden sus palabras y tienen miedo de preguntarle.

También nosotros podemos aplazar las preguntas esenciales, como si siempre hubiera tiempo para volver a Dios, reconciliarnos o aprender a amar. Qohélet nos invita a recordar al Creador mientras recibimos y disfrutamos los dones de la vida. Jesús nos enseña a confiar en él también cuando el camino nos desconcierta.

El salmo convierte esta enseñanza en oración: pidamos aprender a contar nuestros días para alcanzar un corazón sabio. Cada edad tiene su gracia, sus posibilidades y su llamada. La juventud puede abrirse a Dios con entusiasmo; la madurez, con responsabilidad; la vejez, con confianza y esperanza.

¿A qué edad comenzar a vivir de verdad con el Señor? A la que tenemos hoy.




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Primera lectura

Ecl 11, 9 — 12, 8

Acuérdate del Creador en los años mozos, antes de que el polvo vuelva a la tierra y el espíritu a Dios

Lectura del libro del Eclesiastés.

DISFRUTA mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del corazón y de lo que te recrea la vista; pero sábete que Dios te llevará a juicio para dar cuenta de todo.
Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: adolescencia y juventud son efímeras.
Acuérdate de tu Creador en tus años mozos, antes de que lleguen los días aciagos y te alcancen los años en que digas: «No les saco gusto»; antes de que se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y tras la lluvia vuelva el nublado.
Ese día temblarán los guardianes de la casa, y los valientes se encorvarán; las que muelen serán pocas y se pararán; los que miran por las ventanas se ofuscarán; las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino será solo un eco; se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán apagando; darán miedo las alturas y en las calles rondarán los terrores; cuando florezca el almendro y se arrastre la langosta y sea ineficaz la alcaparra; porque el hombre va a la morada de su eternidad y el cortejo fúnebre recorre las calles.
Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.
Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades, todo es vanidad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna.
R.

V. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca.
R.

V. Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos.
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 43b-45

El Hijo del hombre va a ser entregado. Les daba miedo preguntarle sobre el asunto

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus discípulos:
«Métanse bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.

Palabra del Señor.

 

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HOY ES TIEMPO DE CAMINAR CON DIOS

 

Queridos hermanos:

A veces vamos dejando lo más importante para después: «Cuando tenga más tiempo, rezaré con tranquilidad»; «cuando se resuelvan estos problemas, me acercaré a Dios»; «cuando esté menos ocupado, visitaré a esa persona». Y, mientras tanto, pasan los días, cambian las circunstancias y quedan pendientes muchas oportunidades de amar.

La Palabra de Dios nos invita hoy a recibir nuestra vida con gratitud y a vivirla junto al Señor desde este momento, con la edad, las fuerzas y las circunstancias que tenemos.

En la primera lectura, Qohélet comienza invitando al joven a disfrutar de su juventud. Hay lugar para la alegría, los proyectos y los deseos del corazón. Esa invitación va acompañada de una llamada a la responsabilidad: nuestras decisiones tienen consecuencias y nuestra vida está abierta a la mirada de Dios. Por eso escuchamos: «Acuérdate de tu Creador en tus años jóvenes».

Después aparece ese conmovedor poema sobre la vejez: las fuerzas disminuyen, la mirada se debilita y las actividades cotidianas se vuelven difíciles. El autor nos sitúa ante la fragilidad de nuestra existencia.

Muchos conocen esa fragilidad de cerca. La experimentan en su propio cuerpo o la acompañan en un padre, una madre, un familiar enfermo. Hay personas a quienes les cuesta aceptar que ahora necesitan ayuda para hacer lo que antes hacían con facilidad.

Esta Palabra nos invita a mirarlas con ternura. Una persona conserva toda su dignidad cuando sus pasos se hacen lentos, cuando repite una historia o cuando necesita que alguien la sostenga. Su vida sigue siendo preciosa ante Dios. Y quienes todavía disfrutamos de salud y fortaleza tenemos una hermosa responsabilidad: convertirlas en servicio.

Por eso resulta tan oportuna la oración del salmo: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato».

Podemos pedirle al Señor que nos enseñe a reconocer el valor de cada jornada: el valor de una conversación pendiente, de una reconciliación, de una visita, de un momento de oración. El salmista encuentra en Dios un refugio que permanece a través de las generaciones y le confía también el trabajo de sus manos.

¡Cuánto necesitamos esa sabiduría! A veces dedicamos mucha energía a una discusión y muy poca a expresar cariño. Nos preocupamos por acumular cosas y dejamos sin atender a una persona cercana. Hoy podemos pedir: «Señor, ayúdame a reconocer lo que merece mi tiempo. Enséñame a amar mientras tengo la oportunidad».

El Evangelio nos lleva a un momento desconcertante. Todos admiran lo que Jesús hace y, precisamente entonces, él anuncia: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres». Los discípulos no comprenden y tienen miedo de preguntarle.

También nosotros conocemos ese miedo. Hay acontecimientos que nos dejan sin palabras: una enfermedad, una pérdida, una dificultad familiar que se prolonga. Nos cuesta unir lo que creemos sobre el amor de Dios con aquello que estamos viviendo.

Podemos acercarnos a Jesús llevando esas preguntas. La oración también puede comenzar así: «Señor, no entiendo lo que está pasando. Me siento débil. Ayúdame a permanecer contigo».

Jesús camina hacia su entrega con amor fiel. Su pasión y su resurrección nos permiten confiar en que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. Y esa esperanza nos impulsa a acompañar el dolor de los demás.

En ese camino encontramos hoy a los santos Cosme y Damián. La tradición los recuerda como hermanos médicos que atendían gratuitamente a los enfermos. Su servicio expresaba la fe que profesaban, y su martirio llevó hasta el extremo su fidelidad a Cristo.

Pusieron lo que sabían hacer al servicio de quienes necesitaban ayuda. Su ejemplo nos invita a preguntarnos cómo estamos empleando nuestros propios dones. Algunos pueden cuidar, otros enseñar, escuchar, acompañar o compartir recursos. Todos podemos ofrecer una presencia que haga más llevadera la soledad.

Encomendemos especialmente a los médicos, enfermeros, cuidadores y familiares que atienden a personas enfermas. Pensemos en quienes pasan una noche en vela, ayudan con paciencia o sostienen una mano cuando faltan las palabras.

Y, en este sábado, volvamos la mirada hacia la Santísima Virgen María.

María conoció acontecimientos que no comprendía plenamente y los guardaba en su corazón. Su fe fue una confianza vivida día tras día. Al pie de la cruz permaneció junto a su Hijo, compartiendo su dolor y perseverando en el amor.

A ella podemos confiarle nuestras preguntas y nuestros temores. Podemos pedirle que nos enseñe a acompañar sin huir de la fragilidad, a escuchar con paciencia y a mantener la esperanza durante la espera.

Hermanos, en esta Eucaristía recibimos a Jesús, que entrega su vida por nosotros. Pongamos junto al pan y al vino nuestra historia entera: la juventud de unos, el cansancio de otros, nuestros trabajos, nuestros enfermos y todo lo que todavía necesitamos reconciliar.

La gracia de Dios nos alcanza hoy. Dejemos que transforme este día en una oportunidad concreta de amar.

¿Qué gesto de fe, de reconciliación o de servicio estoy llamado a realizar hoy, sin seguir aplazándolo?

Virgen María, Madre nuestra, enséñanos a recibir cada día como un don de Dios. Acompaña a nuestros jóvenes, fortalece a los adultos y consuela a nuestros mayores y enfermos. Sostennos cuando nos cueste comprender y ayúdanos a permanecer junto a Jesús. Que, por intercesión de los santos Cosme y Damián, aprendamos a servir con generosidad y a cuidar con ternura la vida de nuestros hermanos. Amén.


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26 de septiembre:

Santos Cosme y Damián, Mártires — Memoria opcional

c. Finales del siglo III – c. 287 o 303
Santos patronos de boticarios, barberos, ciegos, industria química, droguistas, parteras, médicos, farmacéuticos, cirujanos.
Invocados contra la ceguera, cálculos renales, hernias y pestes.


 


Cita

El juez ordenó que los arrojaran a un gran fuego, pero las llamas se apartaron de ellos y mataron a muchos. Luego ordenó que los colocaran en un instrumento de tortura… pero un ángel del Señor los protegió… El juez ordenó encarcelar a los tres y mandó que Cosme y Damián fueran crucificados y apedreados por la gente, pero las piedras regresaban contra quienes las lanzaban, hiriendo a muchos. Entonces el juez, lleno de locura, hizo que los tres hermanos se colocaran junto a la cruz y ordenó a cuatro caballeros que dispararan flechas contra Cosme y Damián. Sin embargo, las flechas se volvieron en contra… Al ver esto, el juez quedó totalmente desconcertado, atormentado hasta la muerte, y ordenó que los cinco hermanos fueran decapitados juntos.
~ Extracto de la Leyenda Dorada, siglo XIII


Reflexión

Hoy la Iglesia honra a los santos Cosme y Damián: hermanos gemelos, médicos y mártires que han sido ampliamente venerados en Oriente y Occidente desde el tiempo de sus muertes. Poco se sabe con certeza de estos santos. Lo que sí sabemos es que fueron mártires, probablemente bajo el emperador romano Diocleciano. Lo que nos llega por vía de la leyenda, sin embargo, ofrece un testimonio inspirador de fe y valentía de la Iglesia primitiva.

Cosme y Damián pudieron haber nacido en Cirro, en la actual Siria, y más tarde haberse trasladado al golfo de Iskenderun en Cilicia, actual Turquía, hacia mediados o finales del siglo III. Eran gemelos, hijos de una madre cristiana y posiblemente de un padre cristiano, quienes los educaron en la fe. Se formaron en la ciencia de la curación y se convirtieron en médicos.

En aquel tiempo, los médicos solían cobrar según su reputación. Los más hábiles y exitosos atendían a los ricos, recibiendo de ellos un salario regular. Otros cobraban por caso atendido. Como Cosme y Damián eran cristianos, cuenta la leyenda que decidieron evangelizar a la comunidad pagana en la que vivían haciendo algo extraordinario: ofrecían sus servicios médicos gratuitamente. Este gesto de caridad les valió el título de “Anárgiros”, que significa “sin plata”. Su práctica contracultural llamó la atención de sus conciudadanos y atrajo a muchos a la fe. Se dice que eran excelentes médicos que curaban a muchos, quizás más por sus oraciones que por su ciencia. Una leyenda afirma que fueron los primeros en trasplantar una pierna a un amputado, lo que suele representarse en el arte.

En el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador romano y emprendió numerosas reformas en el Imperio. En el 303 comenzó a emitir una serie de edictos que desembocaron en una persecución general contra los cristianos, con la muerte de muchos. Antes de esto, las persecuciones eran más localizadas y esporádicas. Hacia el año 287 o 303 (los registros son contradictorios), el prefecto romano Lisias de Cilicia arrestó a los gemelos Cosme y Damián. Los cristianos prominentes solían ser los primeros en ser atacados.

Como era costumbre, se les ofreció la oportunidad de renunciar públicamente a su fe y honrar a los dioses romanos para salvar la vida. Ellos se negaron y fueron condenados a muerte. Diversas leyendas sobre sus muertes cuentan que fueron primero torturados para obligarlos a obedecer, pero fueron milagrosamente preservados del dolor, sin sufrir heridas. Se intentó matarlos ahogándolos, quemándolos, atravesándolos con flechas y apedreándolos, pero cada intento fracasó. Finalmente, Cosme y Damián, junto con tres de sus hermanos, fueron decapitados.

Se cree que fueron sepultados en la ciudad de Cirro, su posible lugar de nacimiento. Desde entonces han sido ampliamente venerados. Muchos milagros de curación se les han atribuido por intercesión. A menos de un siglo de su martirio, ya se habían erigido iglesias en su honor en Jerusalén, Egipto y Mesopotamia.

En el siglo VI, el emperador romano Justiniano I honró a estos santos restaurando la ciudad de su sepultura. Poco después, el emperador recibió una curación milagrosa por su intercesión. En agradecimiento, llevó sus reliquias a Constantinopla, donde construyó una iglesia en su honor que se convirtió en popular lugar de peregrinación. En esa iglesia surgió la costumbre de velar toda la noche en oración junto a su tumba, pidiendo curación para las enfermedades. A lo largo de los siglos se reportaron numerosos milagros.

También en el siglo VI, el papa Símaco insertó los nombres de Cosme y Damián en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I), y el papa Félix IV adaptó un templo pagano del siglo IV en Roma, dentro del Foro de la Paz, dándole el nombre de Basílica de los Santos Cosme y Damián. Aunque ha sido renovada varias veces, los mosaicos del siglo V que narran su historia siguen siendo de las obras de arte sagrado más veneradas en Roma.

Aunque nunca conoceremos con certeza los detalles históricos de la vida y el martirio de los santos Cosme y Damián hasta que lleguemos a la gloria del Cielo, las virtudes que encarnan deben ser fuente de inspiración y estímulo. Su obra de evangelización mediante un servicio gratuito y desinteresado en nombre de Cristo es digna de imitación. Su heroico martirio nos presenta las virtudes de la valentía y la fidelidad a Cristo. Su intercesión milagrosa a favor de los enfermos nos invita a recurrir hoy a ellos por los que sufren.


Oración

Santos Cosme y Damián,
ustedes fueron tocados por Cristo y buscaron compartir su fe en Él mediante un servicio gratuito y desinteresado a todos los que necesitaban de su cuidado médico. Al ser perseguidos, permanecieron firmes en la fe, prefiriendo la muerte antes que el pecado.

Por favor, intercedan por mí, para que siga su ejemplo de servicio abnegado a los demás y tenga el valor de dar testimonio de Cristo, sin importar el costo. Hoy les confío también a todos los enfermos que necesitan sus oraciones.

Santos Cosme y Damián, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.

 

jueves, 24 de septiembre de 2026

25 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima quinta semana del tiempo ordinario II

 

Ha llegado el momento

El Evangelio de hoy ilustra el principio de la sucesión de los tiempos enunciado por Qohelet. Para los discípulos ha llegado el momento de pronunciarse acerca de Jesús. Su respuesta abre otra etapa en el camino de la fe. Pedro reconoce en Él al «Mesías de Dios», pero esta profesión de fe todavía debe ser purificada y profundizada.

En efecto, Jesús revela inmediatamente que su misión no corresponde a las expectativas humanas de un Mesías poderoso y victorioso. El Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día. Hay, pues, un tiempo para reconocer a Jesús, pero también un tiempo para aceptar seguirlo por un camino que quizá nosotros no habríamos elegido.

Como recuerda Qohelet, cada cosa tiene su momento. También en nuestra vida de fe hay tiempos de búsqueda y tiempos de respuesta; unos están marcados por la alegría y otros por la prueba. Pero, a través de todos esos momentos, Dios continúa realizando su obra.

Para los discípulos ha llegado el momento de superar lo que los demás dicen acerca de Jesús y responder personalmente a la pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Esta pregunta continúa dirigiéndose también a nosotros hoy. Nuestra respuesta no se da solamente con palabras: se manifiesta en nuestra manera de vivir, de esperar, de amar y de cargar nuestra cruz siguiendo a Cristo.

 


Primera lectura

Ecl 3, 1-11
Cada cosa tiene su momento bajo el cielo

Lectura del libro del Eclesiastés.

TODO tiene su momento, y cada cosa su tiempo bajo el cielo:
Tiempo de nacer, tiempo de morir;
tiempo de plantar, tiempo de arrancar;
tiempo de matar, tiempo de sanar;
tiempo de destruir, tiempo de construir;
tiempo de llorar, tiempo de reír;
tiempo de hacer duelo, tiempo de bailar;
tiempo de arrojar piedras, tiempo de recogerlas;
tiempo de abrazar, tiempo de desprenderse;
tiempo de buscar, tiempo de perder;
tiempo de guardar, tiempo de arrojar;
tiempo de rasgar, tiempo de coser;
tiempo de callar, tiempo de hablar;
tiempo de amar, tiempo de odiar;
tiempo de guerra, tiempo de paz.
¿Qué saca el obrero de sus fatigas? Comprobé la tarea que Dios ha encomendado a los hombres para que se ocupen en ella: todo lo hizo bueno a su tiempo, y les proporcionó el sentido del tiempo, pero el hombre no puede llegar a comprender la obra que hizo Dios, de principio a fin.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 143, 1b y 2abc. 3-4 (R.: cf. 1a)

R. ¡Bendito el Señor, mi alcázar!

V. Bendito el Señor, mi Roca;
mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y refugio. 
R.

V. Señor, ¿qué es el hombre
para que te fijes en él?
¿Qué los hijos de Adán
para que pienses en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Hijo del hombre ha venido a servir
y dar su vida en rescate por muchos. 
R.

 

Evangelio

Lc 9, 18-22

Tú eres el Mesías de Dios. El Hijo del hombre tiene que padecer mucho

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UNA vez que Jesús estaba orando solo, lo acompañaban sus discípulos y les preguntó:
«¿Quién dice la gente que soy yo?».
Ellos contestaron:
«Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías, otros dicen que ha resucitado uno de los antiguos profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Pedro respondió:
«El Mesías de Dios».
Él les prohibió terminantemente decírselo a nadie. Porque decía:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

HA LLEGADO EL MOMENTO

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy tiene una expresión que podría acompañarnos durante toda esta jornada: «Hay un tiempo para cada cosa».

Qohelet nos dice en la primera lectura que hay tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de llorar y tiempo de reír; tiempo de callar y tiempo de hablar; tiempo de buscar y tiempo de perder; tiempo de construir y tiempo de derribar.

Y quizá alguno de nosotros, al escuchar estas palabras, podría preguntarse: ¿Qué tiempo estoy viviendo yo?

Porque no todos llegamos hoy a la Eucaristía atravesando el mismo momento. Para alguno puede ser tiempo de alegría y gratitud. Para otro, tiempo de enfermedad. Para alguien, tiempo de incertidumbre. Para otro, tiempo de duelo, de soledad o de dificultades familiares. Tal vez alguien viene luchando interiormente con una preocupación que nadie conoce.

Y la Palabra no nos dice que todos los tiempos sean agradables. Nos dice algo más profundo: Dios puede hacerse presente en todos ellos.

Qohelet termina diciendo que Dios «hace todas las cosas apropiadas a su tiempo». Nosotros no siempre comprendemos sus caminos. Hay cosas que solamente entendemos mucho después; otras quizá nunca lleguemos a comprenderlas completamente en esta vida.

Por eso el salmo nos invita a colocar nuestra confianza en Dios:

«Bendito el Señor, mi Roca».

La roca es aquello sobre lo cual uno puede apoyarse cuando todo lo demás parece tambalearse.

Y el mismo salmo nos recuerda nuestra fragilidad: el ser humano es como un soplo y sus días pasan como una sombra. No es una palabra pesimista. Es una llamada a la humildad: no somos dueños absolutos del tiempo, de la salud, de la vida ni del mañana.

Por eso necesitamos una roca.

Y nuestra roca es el Señor.

El Evangelio nos lleva un poco más lejos. Jesús está orando y pregunta a sus discípulos:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden lo que han escuchado: Juan el Bautista, Elías, algún antiguo profeta.

Pero Jesús entonces hace la pregunta verdaderamente importante:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Ya no sirve repetir lo que dicen los demás.

Pedro responde:

«El Mesías de Dios».

Es una respuesta correcta. Pero Jesús inmediatamente les hace comprender qué significa realmente ser el Mesías: el Hijo del hombre tendrá que sufrir, ser rechazado, morir y resucitar.

Pedro reconoce al Mesías, pero todavía tendrá que descubrir qué clase de Mesías es Jesús.

Porque seguramente esperaba un Mesías triunfante, poderoso, vencedor. Y Jesús le habla de sufrimiento, rechazo y cruz.

Aquí aparece una de las grandes dificultades de nuestra fe.

Es relativamente sencillo creer en Dios cuando las cosas salen bien. Pero cuando llega la enfermedad, cuando muere alguien que amamos, cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una persona lleva años luchando con una dificultad, entonces puede aparecer la pregunta:

«Señor, ¿dónde estás?»

Y precisamente allí Jesús nos revela su verdadero rostro.

Nuestro Dios no contempla el sufrimiento humano desde lejos. Ha entrado en él.

Conoció el cansancio, la incomprensión, la traición, el abandono, las lágrimas, el dolor y finalmente la cruz.

Por eso quien sufre puede mirar a Cristo y decir:

«Tú sabes lo que significa sufrir».

Pero Jesús añade algo decisivo: después de la cruz viene la resurrección.

El Evangelio no termina diciendo que el Hijo del hombre será rechazado y morirá. Dice que al tercer día resucitará.

Eso cambia todo.

El cristiano no niega el dolor, pero tampoco permite que el dolor tenga la última palabra.


Y hoy es viernes.

Tradicionalmente, para nosotros los cristianos, el viernes tiene un carácter penitencial porque recordamos especialmente la pasión y la muerte del Señor.

Por eso nuestra intención orante de hoy quiere abrazar dos realidades.

Primero, pedimos perdón por nuestros pecados.

Porque también hay momentos en los que debemos reconocer humildemente que hemos fallado.

Tal vez hemos herido con nuestras palabras.

Tal vez hemos alimentado resentimientos.

Tal vez hemos sido indiferentes ante el sufrimiento de alguien.

Tal vez hemos juzgado demasiado rápido.

Tal vez hemos dejado enfriar nuestra relación con Dios.

La penitencia cristiana no consiste simplemente en sentir culpa. Consiste en volver el corazón hacia Dios y decir:

«Señor, necesito tu misericordia. Ayúdame a comenzar de nuevo».

Pero nuestra oración de hoy abraza también a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

A quienes padecen una enfermedad.

A quienes esperan un diagnóstico.

A quienes viven con dolores crónicos.

A quienes están hospitalizados.

A quienes tienen miedo ante una cirugía o un tratamiento.

Pero también a quienes sufren por dentro.

Porque existen dolores que no aparecen en una radiografía.

La soledad.

La tristeza.

La angustia.

El duelo.

La ansiedad ante el futuro.

Una decepción.

Una familia dividida.

Una herida que nadie conoce.

Personas que quizá sonríen delante de los demás, pero interiormente están librando una batalla muy dura.

Hoy queremos colocarlas junto al corazón de Cristo.

Y decirles desde la fe:

Dios no es indiferente a tu sufrimiento.

Tal vez no podamos explicar por qué ocurre todo lo que ocurre. Qohelet mismo reconoce que el ser humano no alcanza a comprender completamente la obra de Dios.

Pero podemos hacer algo: confiar.

«Bendito el Señor, mi Roca».

Cuando no entendemos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando lloramos, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando esperamos una respuesta, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el cuerpo se debilita, Él sigue siendo nuestra roca.

Cuando el alma está cansada, Él sigue siendo nuestra roca.


Queridos hermanos:

Para los discípulos había llegado el momento de responder quién era Jesús.

Quizá también para nosotros haya llegado ese momento.

No basta decir: «Jesús es el Mesías».

La verdadera pregunta es:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega el tiempo de la prueba?

¿Sigue siendo mi Señor cuando las cosas no suceden como yo esperaba?

¿Sigo confiando cuando no comprendo?

¿Soy capaz de permanecer junto a Él también al pie de la cruz?

Hoy podríamos decirle sencillamente:

Señor, no sé qué tiempo me tocará vivir mañana, pero quiero vivir contigo el tiempo que estoy viviendo hoy.

Si es tiempo de alegría, enséñame a agradecer.

Si es tiempo de lágrimas, acompáñame.

Si es tiempo de enfermedad, fortaléceme.

Si es tiempo de espera, dame paciencia.

Si es tiempo de arrepentimiento, concédeme volver a Ti.

Y si encuentro a alguien sufriendo, no permitas que pase de largo.

Porque quizá una palabra, una llamada, una visita, una oración o una mano tendida puedan convertirse para esa persona en un pequeño signo de tu presencia.

Y terminemos preguntándonos:

¿Qué tiempo estoy viviendo hoy, y estoy permitiendo que Dios entre verdaderamente en él?

Que la Santísima Virgen María, que supo vivir junto a Jesús los tiempos de alegría y también la hora dolorosa de la cruz, nos enseñe a permanecer fieles y confiados.

María, consuelo de los afligidos y salud de los enfermos, ruega por nosotros. Amén.

 

2

 

EL MESÍAS QUE SUFRE

 

Queridos hermanos:

La primera lectura de hoy nos recuerda, por medio de Qohelet, una verdad profundamente humana: todo tiene su tiempo. Hay un tiempo para nacer y un tiempo para morir; un tiempo para llorar y un tiempo para reír; un tiempo para callar y un tiempo para hablar; un tiempo para construir y un tiempo para derribar.

Y podríamos decir que también en el Evangelio de hoy ha llegado un tiempo decisivo. Ha llegado para los discípulos el momento de pronunciarse sobre Jesús. Ya no basta lo que dice la gente. Ya no basta con escuchar opiniones ajenas. Ahora tendrán que responder personalmente.

El Evangelio nos presenta precisamente un momento decisivo de revelación.

Jesús se encuentra orando en un lugar solitario, con los Doce cerca de Él, y les pregunta:

«¿Quién dice la gente que soy yo?»

Ellos responden: «Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los antiguos profetas que ha resucitado».

Pero entonces Jesús hace la pregunta mucho más personal:

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

Pedro, hablando en nombre de los Doce, proclama:

«El Mesías de Dios».

Es decir: el Ungido, el Cristo, aquel Mesías largamente esperado.

Aunque es Pedro quien pronuncia esas palabras, en realidad es Jesús, en su naturaleza divina, quien le está revelando esta verdad y quien suscita en él esa profesión de fe. Jesús habría podido simplemente anunciarles quién era. Sin embargo, quiere que Pedro participe de esta revelación mediante la fe.

Y aquí hay algo importante también para nosotros.

Jesús podría preguntarnos hoy:

«¿Quién dices tú que soy yo?»

No: «¿Qué aprendiste de mí en el catecismo?».

No: «¿Qué dice la gente de mí?».

No: «¿Qué dicen los libros acerca de mí?».

Sino:

«¿Quién soy yo para ti?»

Pedro responde correctamente: «El Mesías de Dios».

Pero inmediatamente ocurre algo sorprendente: Jesús les ordena severamente que no se lo digan a nadie.

¿Por qué este silencio?

A primera vista parece contradictorio. Si Jesús es verdaderamente el Mesías, ¿no debería esa verdad anunciarse inmediatamente por todas partes?

Sin embargo, Jesús, en su sabiduría divina, exige por ahora silencio.

Y la razón aparece enseguida.

Antes de anunciar que Jesús es el Mesías, los discípulos necesitan comprender qué clase de Mesías es Jesús.

Porque inmediatamente después Él comienza a revelar la naturaleza de su misión:

el Hijo del hombre tendrá que sufrir mucho, ser rechazado, morir y resucitar al tercer día.

Esto no era lo que los discípulos esperaban.

Los profetas habían anunciado la venida del Mesías, pero muchos contemporáneos de Jesús esperaban un líder poderoso: alguien capaz de reunir nuevamente a Israel, derrotar al dominio romano y restaurar un reino glorioso sobre la tierra.

Pero Jesús rompe completamente esa expectativa.

Él revela que, como Mesías, no realizará su misión mediante la conquista, sino mediante el sufrimiento, la muerte y la resurrección.

No vencerá empuñando una espada.

Vencerá entregando su vida.

No impondrá su poder destruyendo enemigos.

Vencerá al pecado y a la muerte mediante el amor llevado hasta el extremo.

Y aquí comprendemos mejor también la primera lectura.

Qohelet nos dice que hay un tiempo para cada cosa. Y en la vida de Jesús también llega el tiempo de la cruz.

Hubo un tiempo para Nazaret.

Un tiempo para predicar.

Un tiempo para sanar enfermos.

Un tiempo para llamar discípulos.

Un tiempo para realizar milagros.

Pero llegará también el tiempo de Jerusalén.

El tiempo del rechazo.

El tiempo de Getsemaní.

El tiempo de la cruz.

Y, después de la cruz, llegará el tiempo de la Resurrección.

Por eso Qohelet termina reconociendo algo que también nosotros necesitamos aprender: el ser humano no alcanza a comprender plenamente la obra de Dios desde el principio hasta el final.

Muchas veces nosotros quisiéramos comprenderlo todo inmediatamente.

¿Por qué esta enfermedad?

¿Por qué esta pérdida?

¿Por qué esta dificultad?

¿Por qué Dios permitió esto?

¿Por qué ahora?

Pero nuestros tiempos no siempre coinciden con los tiempos de Dios.

Y aquí adquiere una fuerza especial el salmo de hoy:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

El salmista reconoce nuestra fragilidad. La vida humana pasa rápidamente; somos criaturas limitadas. Y precisamente por eso necesitamos una roca, una fortaleza, alguien en quien apoyarnos cuando no comprendemos.

Esa fortaleza es Dios.


La revelación de Jesús debió ser profundamente desconcertante para los discípulos.

Quizá la referencia a la resurrección al tercer día despertó alguna esperanza. Pero escuchar que su Maestro tendría que sufrir, ser rechazado y morir debió resultarles muy difícil de aceptar.

Y todavía faltaba algo más.

Porque en los versículos que siguen inmediatamente a este Evangelio, Jesús les dirá que quien quiera seguirlo deberá tomar también su propia cruz.

Aquí tocamos el corazón de nuestra vida cristiana.

Hay una palabra del profeta Isaías que ilumina este misterio:

«Mis pensamientos no son los pensamientos de ustedes, ni sus caminos son mis caminos».

Los caminos de Dios están por encima de nuestros caminos.

Esta verdad puede aplicarse a muchas situaciones de nuestra vida, pero adquiere un significado especial cuando pensamos en la Pasión de Jesús y en nuestra participación en ella.

Los contemporáneos de Jesús esperaban un Mesías conquistador.

Y también nosotros podemos cometer un error parecido.

Podemos imaginar que seguir a Cristo significa que desaparecerán nuestros sufrimientos.

Podemos pensar:

«Si tengo fe, nada malo debería sucederme».

«Si oro, Dios debería resolver inmediatamente mis problemas».

«Si sigo a Jesús, mi vida debería ser más fácil».

Pero el Evangelio de hoy nos dice algo diferente.

Cristo no vino simplemente para eliminar la cruz de nuestra vida.

Vino para entrar en ella, cargarla con nosotros y transformarla desde dentro.

Esto no significa que Dios disfrute con nuestro sufrimiento ni que debamos buscarlo. Significa que incluso aquello que nos hace sufrir puede ser asumido, ofrecido y unido a la Pasión de Cristo.

Porque el sufrimiento ha sido redimido por la Pasión de Jesús.

Y cuando nuestro dolor se une al suyo, puede convertirse misteriosamente en un camino de gracia, purificación, compasión y santidad.

Tal vez no comprendamos inmediatamente el sentido de una cruz.

Qohelet ya nos lo advertía: no podemos abarcar completamente la obra de Dios desde el principio hasta el fin.

A veces solamente con el paso del tiempo y con mucha oración descubrimos lo que Dios estaba realizando en nosotros.


Por eso hoy vale la pena detenernos ante esta sorprendente revelación:

seguir a Cristo no significa necesariamente que la cruz desaparezca de nuestra vida.

La pregunta es otra:

¿Cómo voy a vivir esa cruz con Cristo?

Quizá también nosotros, como los primeros discípulos, tengamos expectativas equivocadas acerca de Dios.

Tal vez hemos construido una imagen de Dios según nuestros propios deseos.

Queremos al Dios que sana, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos acompaña pacientemente durante una enfermedad.

Queremos al Dios que resuelve, pero nos cuesta aceptar al Dios que nos enseña a esperar.

Queremos al Dios de la Resurrección, pero muchas veces quisiéramos llegar al domingo sin pasar por el viernes de la cruz.

Y, sin embargo, Jesús nos muestra otro camino.

Primero la pasión.

Después la Resurrección.

Primero la entrega.

Después la gloria.

Primero la cruz.

Después la vida nueva.

Por eso el salmo nos ayuda nuevamente:

«Bendito sea el Señor, mi fortaleza».

Cuando comprendemos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando no comprendemos, también.

Cuando reímos, Él es nuestra fortaleza.

Cuando lloramos, también.

Cuando todo parece claro, Él está con nosotros.

Y cuando caminamos en medio de la oscuridad, también.


Hoy podríamos preguntarnos:

¿Quién es Jesús para mí cuando llega la cruz?

Es fácil responder «Tú eres el Mesías» cuando todo marcha bien.

Pero la profesión de fe se vuelve más profunda cuando somos capaces de decir:

«Tú sigues siendo mi Señor también en este dolor».

«Tú sigues siendo mi Dios en esta enfermedad».

«Tú sigues siendo mi esperanza en esta dificultad».

«Tú sigues siendo mi fortaleza aunque todavía no comprenda lo que está sucediendo».

Reflexionemos hoy sobre nuestras propias cruces.

¿Las vemos únicamente como obstáculos para nuestra felicidad?

¿O podemos comenzar a descubrir que, unidas a Cristo, también pueden convertirse en camino hacia una mayor santidad?

Los caminos de Dios son con frecuencia difíciles de comprender y de aceptar. Pero con el tiempo, la oración y la confianza vamos entendiendo algo del misterio de la cruz y de su fruto glorioso.

No tengamos miedo de seguir el camino que nuestro Mesías ha recorrido antes que nosotros.

Porque quien anuncia su pasión también anuncia su Resurrección.

La cruz no es la última palabra.

La última palabra es la vida.

Y termino dejando esta pregunta para nuestro corazón:

Cuando Jesús me pregunta hoy: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?», ¿mi respuesta permanece firme también cuando tengo que cargar la cruz?

Oremos:

Señor mío sufriente, Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Asumiste nuestra naturaleza humana, no para conquistar naciones ni establecer un reino terreno, sino para vencer el pecado y la muerte. Atráeme hacia tu Pasión, tu Muerte y tu Resurrección. Que no solamente sepa quién eres, sino que viva unido a Ti, tomando cada día mi cruz y siguiendo tus huellas. Cuando no comprenda tus caminos, sé Tú mi fortaleza. Jesús, confío en Ti. Amén.

 

27 de septiembre del 2026: vigésimo sexto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

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