domingo, 5 de julio de 2026

6 de julio del 2026: lunes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II-Santa María Goretti, virgen y mártir-memoria opcional

 

SANTO DEL DÍA

Santa María Goretti (1890-1902)

 

Esta niña italiana de 12 años fue atacada brutalmente por un vecino. Antes de sucumbir a sus heridas, perdonó a su asesino. Canonizada en 1950.



«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».

(Mateo 9,18-26) En Jesús, Dios se hace cercano: no mira ni el pasado ni los fracasos, sino el corazón que se vuelve hacia Él. Acoge nuestra fragilidad con ternura y nos levanta cuando nos atrevemos a acercarnos a Él con confianza. Nada está perdido para quien espera en su misericordia. También hoy Cristo pasa por nuestra vida, dispuesto a sanar nuestras heridas más profundas y a reavivar en nosotros la esperanza. Atrevámonos a tocar, por la fe, el borde de su manto: Él nos ofrece una vida nueva, una paz que nada puede quitarnos y la alegría de caminar tras sus pasos.

G.Q

 


Primera lectura

Os 2, 16. 17b-18. 21-22

Me desposaré contigo para siempre

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día —oráculo del Señor—
me llamarás “esposo mío”,
y ya no me llamarás “mi amo”.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 8a)

R. El Señor es clemente y misericordioso.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. 
R.

V. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. 
R.

V. Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. 
R.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 18-26

Mi hija acaba de morir, pero ven tú y vivirá

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo:
«Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo:
«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo:
«¡Retírense! La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes de la décima cuarta semana del tiempo ordinario nos habla de un Dios que no se cansa de buscar, atraer, sanar y levantar a su pueblo.

En la primera lectura, el profeta Oseas nos presenta una imagen bellísima: Dios habla como un esposo fiel que quiere reconquistar el corazón de su pueblo. Dice el Señor: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto, que muchas veces representa prueba, soledad y pobreza, se convierte también en lugar de encuentro. Allí donde parece que todo falta, Dios se revela como amor fiel, como misericordia que no abandona.

El Señor promete desposarse con su pueblo “en justicia y derecho, en misericordia y ternura”. Esta es una de las grandes revelaciones de la Biblia: Dios no se relaciona con nosotros desde el rencor, sino desde la fidelidad. Aunque el pueblo se haya alejado, Dios vuelve a hablarle al corazón. Aunque haya pecado, heridas o infidelidades, Dios quiere reconstruir la alianza.

Por eso el salmo nos invita a bendecir al Señor cada día: “El Señor es clemente y misericordioso”. Su grandeza no está solamente en su poder, sino en su compasión. Él sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan. Esta es una palabra de consuelo para todos, especialmente para quienes atraviesan momentos de duelo, cansancio o incertidumbre.

Y el Evangelio nos muestra esa misericordia hecha carne en Jesús. La mujer enferma se acerca con fe y toca el borde de su manto. No pronuncia grandes discursos; simplemente cree. Y Jesús le dice: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado”. También llega a la casa donde una niña ha muerto, y allí donde todos ven final, Jesús ve vida. Donde la gente llora y se burla, Él entra, toma de la mano a la niña y la levanta.

Qué hermosa imagen para nuestra fe: Cristo toma de la mano a los caídos, a los heridos, a los enfermos, a los pecadores, a los que lloran y también a nuestros hermanos difuntos. Nosotros creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que el mismo Jesús que levantó a aquella niña es el Señor de la vida, el que conduce a los suyos hacia la plenitud del Reino.

Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos, los ponemos en las manos misericordiosas de Dios. No los confiamos a una idea vaga, sino al amor fiel del Señor, ese amor del que habla Oseas: amor de alianza, de ternura, de fidelidad eterna. Pedimos que quienes han partido de este mundo sean acogidos por Cristo, que sana toda herida y abre las puertas de la vida eterna.

Y también pedimos por nosotros, los que seguimos caminando. Que el Señor nos conceda una fe sencilla y audaz como la de aquella mujer; una fe capaz de acercarse a Jesús incluso en medio del dolor; una fe que no se rinde, que toca el manto del Señor y espera en su misericordia.

Que María, Madre de la esperanza, nos acompañe en este camino. Que ella interceda por nuestros difuntos y nos enseñe a confiar siempre en su Hijo, que nos dice también hoy: “Ánimo, tu fe te ha salvado”. Amén.

 

2

 

Responder al sufrimiento

Mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos, se postró ante Él y le dijo: “Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá”. Jesús se levantó y lo siguió, y también sus discípulos. Entonces una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Ella pensaba: “Con solo tocar su manto, quedaré curada”.
Mateo 9,18-21.

Trae a la memoria uno de los momentos más dolorosos y difíciles de tu vida. Tal vez sufriste una enfermedad grave o acompañaste la enfermedad de un ser querido. Quizá pasaste por una profunda humillación o caminaste junto a alguien cercano en medio de su propia humillación. Tal vez perdiste un trabajo, enfrentaste deudas crecientes y te sentiste impotente. El sufrimiento tiene muchas formas, y Dios solo permite esas pruebas porque, en su sabiduría, ve un bien mayor que puede brotar de nuestra perseverancia paciente, si ponemos toda nuestra esperanza y confianza en Él.

La primera lectura del profeta Oseas ilumina profundamente esta experiencia. Dios le habla a su pueblo herido como un esposo fiel que quiere reconquistar el corazón de su amada: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto puede ser lugar de soledad, pérdida y prueba; pero, cuando Dios entra en él, también se convierte en lugar de encuentro, de alianza y de restauración. Allí donde el pueblo se siente extraviado, Dios no responde con desprecio, sino con ternura: “Me desposaré contigo para siempre… en misericordia y compasión”.

Esta es la misma lógica de Jesús en el Evangelio. En Él, Dios no se mantiene lejos del dolor humano. Jesús se deja alcanzar por quienes sufren, camina hacia la casa donde hay muerte y permite que una mujer considerada impura toque el borde de su manto. Lo que en la vida parecía desierto, exclusión, enfermedad o duelo, en presencia de Cristo puede convertirse en lugar de salvación.

En el Evangelio de hoy encontramos a dos personas que no se conocen entre sí, pero que están marcadas por un sufrimiento intenso. Primero, un padre se postra ante Jesús y le anuncia con dolor que su hija acaba de morir. En un acto admirable de fe, le suplica a Jesús que vaya y ponga su mano sobre ella, convencido de que volverá a vivir. Mientras Jesús va con él, una mujer que ha sufrido en silencio durante doce años a causa de hemorragias se acerca por detrás y toca el borde de su manto, creyendo que incluso un gesto tan sencillo bastará para recibir la curación.

La muerte repentina de una hija amada y doce años de sufrimiento físico y emocional son cruces pesadas. Aunque nuestras pruebas sean distintas, estamos invitados a reconocernos en estas dos almas sufrientes, especialmente cuando atravesamos tiempos de gran dificultad.

Aquel padre afligido seguramente también se sentía impotente. Él, que había cuidado amorosamente de su hija desde su nacimiento —alimentándola, protegiéndola, guiándola—, ahora se encuentra desarmado ante la muerte, una fuerza que no puede vencer. O al menos eso parece.

La mujer con hemorragias sufría no solo el desgaste físico de su enfermedad, sino también el aislamiento social y espiritual impuesto por la Ley de Moisés. Según la ley levítica, su sangrado continuo la hacía ritualmente impura y la apartaba del culto público y de la vida comunitaria. Como su sangrado era constante, también lo era su separación: un exilio doloroso, prolongado, aparentemente sin fin. Nada podía hacer para cambiar su situación. ¿O sí?

Ante el sufrimiento, cada uno de nosotros debe elegir: o nos volvemos hacia Dios con una fe radical y confiada, o caemos en la desesperación, el resentimiento y la rebeldía. El sufrimiento rara vez nos deja indiferentes: o purifica el corazón o lo endurece. Por eso, cada prueba nos plantea una pregunta: ¿responderé con fe o me encerraré en la amargura?

Estas dos personas sufrientes se negaron a rendirse ante la desesperanza. Al contrario, se volvieron hacia Jesús con una fe audaz y humilde: uno se arrodilla públicamente, la otra se acerca en silencio y toca su manto. En ambos casos, su confianza encuentra respuesta en la misericordia divina.

El salmo responsorial nos ayuda a poner nombre a esa misericordia: “El Señor es clemente y misericordioso”. El salmista bendice al Señor cada día porque reconoce que Dios no abandona a sus criaturas. Su grandeza no consiste solamente en su poder, sino en su compasión. Él sostiene a los que van a caer, levanta a los abatidos y derrama bondad sobre todo lo que ha creado.

Por eso, el padre que se postra y la mujer que toca el manto son imágenes vivas de lo que significa confiar en el Dios clemente y misericordioso. Ambos se acercan a Jesús no porque tengan todo resuelto, sino precisamente porque ya no pueden más. Y allí está la enseñanza para nosotros: no es necesario llegar ante Dios fuertes, impecables o seguros; basta llegar con fe, con humildad y con el corazón abierto.

Lo que la Ley de Moisés consideraba impuro, Jesús lo acoge y lo restaura. Él no queda contaminado por el toque de aquella mujer; al contrario, Él la purifica. Cristo revela así que es el cumplimiento de la Ley, la fuente de toda verdadera sanación, especialmente de aquella sanación que llega a nosotros por medio de los sacramentos. En la Eucaristía, la Reconciliación y la Unción de los enfermos, también nosotros podemos “tocar su manto” y recibir la gracia que restaura lo que está roto.

La primera lectura, el salmo y el Evangelio nos muestran un mismo rostro de Dios: un Dios que habla al corazón en el desierto, un Dios clemente y misericordioso, un Dios que en Jesús se acerca al dolor humano para levantarlo. Él no mira primero nuestras heridas como motivo de rechazo, sino como lugar donde puede manifestar su amor.

Reflexiona hoy sobre esta verdad consoladora: ningún sufrimiento es demasiado profundo, ningún exilio demasiado largo, ninguna pérdida demasiado definitiva para Cristo. Ya sean recientes o antiguas tus heridas, ya puedas gritar tu dolor o apenas susurrar una oración en silencio, acércate a Él. Póstrate ante Él. Toca con fe el borde de su manto por medio de la oración, los sacramentos y el abandono confiado. Él no se apartará. Él ve tu dolor y, si se lo permites, entrará en él, te hablará al corazón y te levantará.

Señor compasivo, Tú ves los sufrimientos de tu pueblo y tu Corazón se conmueve por nosotros. Cuando lleguen las pruebas a mi vida, ayúdame a descubrir en ellas una oportunidad para salir de mi indiferencia y confiar plenamente en Ti. Llévame al desierto si es necesario, pero háblame allí al corazón. Hazme experimentar que eres clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor. Creo que nunca permitirás que soporte una cruz sin darme también la gracia necesaria para llevarla contigo. Jesús, en Ti confío.

 

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Santa María Goretti, virgen y mártir

1890–1902
Memoria litúrgica: 6 de julio
Patrona de los adolescentes, de las jóvenes, de la pureza, del perdón y de las víctimas de violencia sexual

 


Santa María Goretti es una de las santas más jóvenes canonizadas por la Iglesia. Nació el 16 de octubre de 1890 en Corinaldo, Italia, en el seno de una familia campesina, pobre y profundamente creyente. Murió el 6 de julio de 1902, con apenas once años, después de haber sido brutalmente atacada por Alessandro Serenelli, un joven vecino que intentó abusar de ella.

Su historia no debe leerse como una exaltación del sufrimiento, sino como el testimonio luminoso de una niña que, en medio de la pobreza, la vulnerabilidad y la violencia, conservó una conciencia clara del bien, una fe sencilla y una capacidad extraordinaria de perdón.

La familia Goretti vivía en condiciones muy duras. Sus padres, Luigi Goretti y Assunta Carlini, trabajaban la tierra como campesinos pobres. La situación se agravó cuando Luigi murió de malaria, dejando a Assunta con la responsabilidad de sostener a sus hijos. Para sobrevivir, la familia compartía vivienda y trabajo con otra familia campesina, los Serenelli. Mientras su madre trabajaba largas jornadas en el campo, María se quedaba con frecuencia en casa, encargada de cocinar, limpiar, remendar ropa y cuidar a sus hermanos menores.

En ese ambiente de precariedad ocurrió la tragedia. Alessandro Serenelli, que había intentado acercarse a María con intenciones desordenadas, la atacó violentamente cuando ella se encontraba sola en la casa. María se resistió con firmeza, no por desprecio a la vida, sino porque comprendía que aquella acción era una grave ofensa contra Dios, contra su dignidad y contra la dignidad del mismo agresor. Al no conseguir su propósito, Alessandro la hirió mortalmente con un arma blanca.

María fue llevada al hospital, donde los médicos intentaron salvarle la vida. Sus últimas horas fueron de enorme sufrimiento físico, pero también de una grandeza espiritual impresionante. Antes de morir, perdonó a su agresor y expresó el deseo de que un día él pudiera estar con ella en el paraíso. Este gesto de perdón no disminuye la gravedad del crimen ni borra la responsabilidad del culpable; más bien revela hasta dónde puede llegar la gracia de Dios en un corazón inocente, herido, pero no vencido por el odio.

Alessandro fue condenado y pasó muchos años en prisión. Al principio se mostró cerrado y endurecido, pero más tarde experimentó un profundo proceso de conversión. Según su propio testimonio, tuvo un sueño en el que María se le aparecía ofreciéndole lirios, símbolo de pureza. Con el tiempo pidió perdón a Assunta, la madre de María, quien también lo perdonó. Después de salir de la cárcel, Alessandro vivió humildemente, asociado a la vida franciscana, y sirvió durante años como jardinero en un convento.

Santa María Goretti fue canonizada por el papa Pío XII el 24 de junio de 1950. Su madre Assunta estuvo presente en la ceremonia, un hecho profundamente conmovedor: una madre veía a la Iglesia reconocer oficialmente la santidad de su hija. María fue presentada como una mártir de la pureza, pero también puede ser contemplada como testigo de la dignidad humana, de la fortaleza de la fe, del perdón cristiano y de la esperanza que vence al mal.

Su vida fue breve, pobre y escondida. No tuvo estudios, riquezas ni privilegios. Conoció desde muy niña el cansancio del trabajo, la fragilidad de la familia campesina, la pérdida de su padre y la dureza de una existencia marcada por la necesidad. Sin embargo, en medio de esa pobreza, poseía un tesoro que nadie pudo arrebatarle: la gracia de Dios en su alma.

Santa María Goretti nos recuerda que la santidad no depende de la edad, de la cultura ni de la posición social. También nos enseña que la pureza cristiana no es ingenuidad ni debilidad, sino respeto profundo por la dignidad del cuerpo, del alma y del amor. Su testimonio habla con especial fuerza a los jóvenes, llamados a descubrir que su vida vale, que su cuerpo es templo del Espíritu Santo y que ninguna presión, violencia o manipulación puede destruir la dignidad que Dios les ha dado.

Pero su mensaje también interpela a toda la Iglesia y a la sociedad: estamos llamados a proteger a los niños, adolescentes y personas vulnerables; a acompañar con delicadeza a las víctimas de abuso y violencia; a rechazar toda forma de agresión sexual; y a proclamar que la misericordia de Dios nunca es complicidad con el mal, sino fuerza que sana, convierte y restaura.

Santa María Goretti, niña fuerte y humilde, mártir de la pureza y testigo del perdón, intercede por nuestros niños y jóvenes. Ruega por las víctimas de violencia y abuso. Enséñanos a defender la dignidad de cada persona, a custodiar la gracia de Dios y a creer que el amor de Cristo puede vencer incluso las heridas más profundas.


Oración

Santa María Goretti,
tú que fuiste madura más allá de tus años
y permaneciste fiel a Dios en medio de la pobreza, la violencia y el dolor,
intercede por todos los niños, adolescentes y jóvenes.

Ayúdalos a descubrir el valor de su dignidad,
la belleza de un corazón limpio
y la fuerza de una fe que no se rinde.

Ruega por las víctimas de abuso y violencia,
para que encuentren protección, justicia, sanación y paz.
Ruega también por quienes han caído en el pecado y la violencia,
para que se abran a la conversión verdadera.

Santa María Goretti,
enséñanos a preferir la gracia al pecado,
la verdad a la mentira,
el perdón al odio
y la vida eterna a todo lo pasajero.

Amén.


sábado, 4 de julio de 2026

5 de julio del 2026: decimocuarto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

Compañero de los pequeños

En el “himno de júbilo”, Jesús cambia nuestras lógicas humanas. No se dirige primero a los sabios seguros de sí mismos, sino a los pequeños: aquellos que no pretenden dominar el misterio de Dios, sino acogerlo con humildad.

Jesús no desprecia la inteligencia; lo que cuestiona es la autosuficiencia. Hay un saber que ilumina, pero también un orgullo disfrazado de saber que cierra el corazón a la gracia.

Los pequeños, en cambio, no poseen a Dios: se dejan encontrar por Él. No quieren controlarlo todo; saben confiar. Por eso descubren lo que permanece oculto para los corazones cerrados.

Luego Jesús pronuncia una de sus palabras más consoladoras: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. No dice: vengan cuando estén fuertes o perfectos. Dice: vengan cansados, heridos, frágiles, con sus cargas y preocupaciones.

Su descanso no elimina mágicamente los problemas, pero nos enseña a cargarlos con Él. Su yugo es suave porque está hecho de amor. Y lo que se lleva con amor cambia de peso.

“Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. En un mundo duro, competitivo y orgulloso, Jesús nos ofrece otro camino: la mansedumbre, la humildad y la confianza.

Cristo sigue siendo compañero de los pequeños. Se acerca a quienes ya no pueden fingir fortaleza, levanta a los cansados y nos recuerda que el verdadero descanso no consiste en vivir sin cargas, sino en dejarnos acompañar por Él.

¿Qué cargas necesito entregar hoy al Señor?

¿En qué momentos mi orgullo o autosuficiencia me impiden acoger la gracia de Dios?

¿Soy descanso para los demás, o aumento el peso que otros ya llevan?

G.Q


Primera lectura

Zac 9, 9-10

Mira a tu rey que viene a ti pobre

Lectura de la profecía de Zacarías.

ESTO dice el Señor:
«¡Salta de gozo, Sion;
alégrate, Jerusalén!
Mira que viene tu rey,
justo y triunfador,
pobre y montado en un borrico,
en un pollino de asna.
Suprimirá los carros de Efraín
y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero
y proclamará la paz a los pueblos.
Su dominio irá de mar a mar,
desde el Río hasta los extremos del país».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 1bc-2. 8-9. 10-11. 13cd-14 (R.: cf. 1bc)

R. Bendeciré tu nombre por siempre, Dios mío, mi rey.

O bien:

R. Aleluya.

V. Te ensalzaré, Dios mío, mi rey;
bendeciré tu nombre por siempre jamás.
Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás. 
R.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 9. 11-13

Si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Ustedes no están en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo.
Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a sus cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en ustedes. Así pues, hermanos, somos deudores, pero no de la carne para vivir según la carne. Pues si viven según la carne, morirán; pero si con el Espíritu dan muerte a las obras del cuerpo, vivirán.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mt 11, 25-30

Soy manso y humilde de corazón

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, tomó la palabra Jesús y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y se las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar.
Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré. Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán descanso para sus almas. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera».

Palabra del Señor.

 

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A guisa de introducción

En los Estados Unidos, durante las celebraciones del Día de la Independencia, suele recordarse un conocido poema de Emma Lazarus, inscrito en la base de la Estatua de la Libertad: “Denme a sus cansados, a sus pobres, a esas multitudes hacinadas que anhelan respirar en libertad… Envíenme a los sin hogar, sacudidos por la tempestad: yo levanto mi lámpara junto a la puerta dorada”.

Estas palabras, aunque nacidas en otro contexto, hablan de una humanidad cansada, desplazada, herida y necesitada de acogida. Y no son ajenas a nuestra realidad colombiana. También en nuestro país hay multitudes fatigadas: familias desplazadas por la violencia, campesinos que cargan el peso de la pobreza, jóvenes sin oportunidades, migrantes que buscan un nuevo comienzo, enfermos, ancianos solos, madres cabeza de hogar, comunidades rurales olvidadas y tantos hermanos que viven bajo el peso de la incertidumbre.

Pero las lecturas de este domingo, especialmente el Evangelio, nos ofrecen un mensaje todavía más profundo y esperanzador. Jesús no solo abre una puerta de acogida; Él mismo se convierte en descanso para el alma. Su invitación es clara y consoladora: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré… Carguen con mi yugo y encontrarán descanso”.

Resumen de las lecturas

En la primera lectura, el profeta Zacarías consuela al pueblo judío que vivía bajo dominación extranjera. Les anuncia la llegada de un Rey distinto a los reyes poderosos de este mundo: un Rey humilde, justo y pacífico, que entra montado en un asno. No viene con violencia ni con arrogancia, sino con mansedumbre. Este Rey mesiánico traerá paz, descanso y libertad.

Esta imagen ilumina también nuestra realidad colombiana. En un país tantas veces marcado por la confrontación, la polarización, la desigualdad y la violencia, la Palabra nos recuerda que la verdadera esperanza no nace de la imposición ni del odio, sino de la humildad, la justicia y la paz. Cristo no viene a aplastar al cansado, sino a levantarlo.

El salmo responsorial, tomado del Salmo 145, es una alabanza al Dios compasivo y misericordioso, al Dios que sostiene a los que caen y levanta a los agobiados. Es el Dios que no permanece indiferente ante quienes llevan cargas demasiado pesadas. Él mira al pobre, al humilde, al enfermo, al desplazado, al pecador arrepentido y al que ya no puede más.

En la segunda lectura, san Pablo habla a la comunidad cristiana de Roma sobre dos maneras de vivir: según la carne o según el Espíritu. La “carne” no se refiere simplemente al cuerpo, sino a una vida encerrada en el egoísmo, el pecado, la violencia, la ambición y la autosuficiencia. El “Espíritu”, en cambio, es la vida nueva que viene de Cristo resucitado.

También nosotros, como sociedad y como Iglesia en Colombia, estamos llamados a elegir. Podemos seguir bajo el yugo pesado del rencor, la corrupción, la indiferencia, la venganza y el individualismo; o podemos dejarnos conducir por el Espíritu de Jesús, que nos hace libres para amar, servir, perdonar y construir fraternidad.

En el Evangelio, Jesús dirige una de las invitaciones más hermosas de toda la Escritura: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Él no se dirige a los autosuficientes, sino a los que reconocen que necesitan ayuda. No llama primero a los fuertes, sino a los cansados. No desprecia al que cae; lo invita a descansar en Él.

Cuando Jesús dice: “Mi yugo es llevadero y mi carga ligera”, no está diciendo que la vida cristiana no tenga exigencias. Seguir a Cristo implica cargar la cruz, perdonar, servir, renunciar al egoísmo y amar incluso cuando cuesta. Pero el yugo de Jesús es distinto: no esclaviza, no aplasta, no roba la alegría. Es un yugo llevado con Él, sostenido por Él y transformado por el amor.

La carga no siempre desaparece, pero cambia cuando se lleva con Cristo. Una enfermedad, una pérdida, una dificultad familiar, una preocupación económica o una herida interior pueden parecer insoportables cuando se cargan en soledad. Pero cuando las ponemos en manos del Señor, descubrimos que Él no nos abandona, que camina con nosotros y que su amor hace más ligera incluso la carga más pesada.

Mensajes para la vida

Primero, necesitamos descargar nuestras cargas en el Señor. Muchas veces pretendemos cargar solos lo que nos supera: preocupaciones, culpas, miedos, tristezas, fracasos, cansancios familiares, heridas del pasado y angustias por el futuro. Jesús hoy nos dice: “Vengan a mí”. No dice: “Resuelvan todo primero y luego vengan”. No dice: “Vengan cuando sean perfectos”. Dice: “Vengan cansados, vengan agobiados, vengan como están”.

Por eso la oración personal y familiar es tan necesaria. Al final del día, cuando nos ponemos delante de Dios, podemos entregarle lo que nos pesa, pedir perdón por nuestras faltas, agradecer sus bendiciones y descansar en su misericordia. La oración no es una fuga de la realidad; es el lugar donde el corazón recupera fuerza para seguir caminando.

También la Eucaristía es el lugar privilegiado donde descargamos nuestras cargas. En cada Santa Misa ponemos sobre el altar nuestra vida: nuestras alegrías y tristezas, nuestras fatigas y esperanzas, nuestros pecados y deseos de conversión. Allí Jesús toma nuestra vida herida y la une a su propia entrega. En el altar, Él enfría los “radiadores recalentados” de nuestras vidas agitadas, nos devuelve la paz y nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre.

Segundo, necesitamos ser liberados de cargas innecesarias. No toda carga viene de Dios. Hay pesos que nosotros mismos nos imponemos o que la sociedad nos impone: la obsesión por aparentar, el deseo de tener siempre la razón, la comparación con los demás, el resentimiento, la ambición desmedida, la dependencia de la aprobación ajena, la esclavitud del dinero, la violencia verbal, la falta de perdón y la vida sin Dios.

Jesús quiere quitar de nuestra espalda esas cargas que nos roban la vida. Él no quiere vernos aplastados por el pecado, el miedo o la desesperanza. Por eso nos ofrece su propio yugo: el mandamiento del amor. Amar a Dios y al prójimo no siempre es fácil, pero es el único camino que nos hace verdaderamente libres.

El yugo de Jesús es ligero porque lo cargamos con Él. Él nos da la fuerza del Espíritu Santo para vivir como hijos de Dios. Nos ayuda a perdonar cuando solos no podemos, a servir cuando estamos cansados, a esperar cuando todo parece oscuro, a levantarnos cuando hemos caído y a seguir creyendo cuando la vida se vuelve difícil.

Finalmente, no estamos llamados solo a encontrar descanso para nosotros mismos. También estamos llamados a ser descanso para otros. Una palabra amable, una visita, una escucha paciente, una ayuda concreta, una oración sincera, una actitud reconciliadora pueden convertirse en alivio para alguien que ya no puede más.

En una Colombia necesitada de paz, reconciliación y esperanza, los discípulos de Jesús debemos ser hombres y mujeres que no aumentan las cargas de los demás, sino que ayudan a llevarlas. Que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares donde los cansados encuentren acogida, donde los heridos encuentren consuelo, donde los pobres encuentren cercanía y donde todos puedan descubrir que Cristo sigue diciendo: “Vengan a mí… y yo los aliviaré”.

Que el Señor nos conceda la gracia de descansar en Él, de cargar con su yugo de amor y de convertirnos también nosotros en alivio, paz y esperanza para nuestros hermanos. Amén.


 

Aproximación psicológico-social a los textos:

 

Vengan a mí: una palabra para los cansados

El Evangelio de este domingo toca una de las fibras más hondas del ser humano: el cansancio. No solo el cansancio del cuerpo después de una larga jornada, sino ese cansancio más silencioso que se instala en el alma cuando la vida pesa demasiado.

Jesús dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. No habla a los perfectos, ni a los fuertes, ni a los que tienen todas las respuestas. Habla a los que ya no pueden más, a los que cargan preocupaciones, culpas, duelos, enfermedades, conflictos familiares, angustias económicas, soledades y heridas que no siempre se ven.

En Colombia entendemos bien esta palabra. Somos un pueblo alegre, creyente y resistente, pero también un pueblo cansado. Cansado de la violencia que vuelve con distintos rostros, de la pobreza que golpea a tantas familias, de la corrupción que roba confianza, de la polarización que rompe la conversación, de la inseguridad que roba la paz, del abandono que sufren muchas comunidades rurales. Hay cansancios personales, pero también cansancios sociales. Hay heridas íntimas, pero también heridas colectivas.

Jesús no niega ese peso. No lo minimiza. No dice: “No se quejen”. Tampoco ofrece una solución superficial. Su primera respuesta es una invitación: “Vengan a mí”. En términos humanos, podríamos decir que Jesús se ofrece como un lugar seguro: alguien ante quien podemos dejar de fingir, dejar de defendernos, dejar de aparentar fortaleza. Él no aplasta al cansado; lo recibe. No humilla al herido; lo levanta.

Pero hay algo sorprendente. Jesús no dice: “Vengan y no tendrán que cargar nada”. Dice: “Carguen con mi yugo”. El problema, entonces, no está simplemente en tener cargas, sino en qué clase de cargas llevamos y con quién las llevamos. Hay yugos que destruyen: el resentimiento, la culpa mal vivida, la ambición, el miedo, la obsesión por tener razón, la necesidad de aparentar, el odio, la indiferencia y el pecado. Esos pesos van enfermando el corazón y deteriorando la convivencia.

El yugo de Jesús, en cambio, no esclaviza. Es el yugo del amor. Y lo que se carga con amor cambia de peso. No siempre desaparece la dificultad, pero aparece un sentido. No siempre se elimina la cruz, pero ya no se carga en soledad. Jesús no promete una vida sin problemas; promete caminar con nosotros en medio de ellos.

Por eso dice: “Aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. Esta frase tiene una enorme fuerza social. En un ambiente donde muchos gritan, Jesús propone mansedumbre. En una cultura donde tantos quieren imponerse, Jesús propone humildad. En un país herido por la confrontación, Él nos recuerda que la paz no nace de la prepotencia, sino de corazones capaces de escuchar, perdonar y servir.

La primera lectura presenta al Mesías como un rey humilde que entra montado en un asno, no en un caballo de guerra. Es la imagen de un Dios que no salva aplastando, sino levantando; no venciendo por la fuerza, sino sembrando paz desde dentro. Y san Pablo nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne —es decir, según el egoísmo y la violencia interior—, sino según el Espíritu, que nos hace libres para amar.

El descanso que Jesús ofrece no es simple reposo emocional. Es una restauración del corazón. Es volver a encontrar el centro. Es recordar que no somos máquinas de producir, ni fracasos acumulados, ni heridas sin remedio. Somos hijos amados de Dios. Descansar en Cristo es permitirle ordenar nuestros afectos, sanar nuestras memorias y devolvernos la capacidad de amar.

En la Eucaristía vivimos esta experiencia. Llegamos con nuestras cargas y las ponemos sobre el altar: la familia, la enfermedad, los duelos, el cansancio, las culpas, el país, la comunidad, la propia historia. Cristo no siempre quita mágicamente el peso, pero nos da su presencia. Y cuando Él está, la carga ya no se lleva igual.

Tal vez la pregunta de este domingo sea muy sencilla: ¿qué carga necesito entregarle hoy al Señor? Pero hay otra pregunta igualmente importante: ¿soy yo descanso para los demás o soy una carga más sobre sus hombros?

Porque quien descansa en Cristo aprende también a aliviar. Una palabra amable, una escucha paciente, una visita, una oración, un gesto de reconciliación pueden ser descanso para alguien que ya no puede más.

Hoy Jesús nos dice: “Ven a mí con tu cansancio. Ven con tu historia. Ven con tus heridas. Ven como estás”. Y nosotros podemos responderle: Señor, aquí está mi carga. Enséñame a llevarla contigo. Dame tu mansedumbre, tu humildad y tu Espíritu. Y haz de mí un pequeño descanso para mis hermanos. Amén.

 

Reflexión central

1

 

La sabiduría de los pequeños y el descanso de Cristo

El Evangelio de este domingo nos presenta dos palabras de Jesús que, a primera vista, parecen sencillas, pero que contienen una profunda sabiduría espiritual. Primero, Jesús bendice al Padre porque ha escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las ha revelado a los pequeños. Luego, invita a los cansados y agobiados a venir a Él para encontrar descanso.

Estas dos partes están íntimamente unidas. Jesús nos enseña que solo el corazón humilde puede comprender el misterio de Dios, y solo quien reconoce su cansancio puede dejarse aliviar por Él.

Cuando Jesús habla de los “sabios y entendidos”, no está despreciando la inteligencia, la ciencia o el estudio. La fe cristiana nunca ha sido enemiga de la razón. Lo que Jesús cuestiona es la autosuficiencia: esa actitud de quien cree que puede vivir sin Dios, decidir sin Dios, juzgar sin Dios y construir su vida como si Dios no existiera.

Esta fue, en el fondo, la tentación antigua del ser humano desde el jardín del Edén. Adán y Eva quisieron alcanzar por sí mismos el conocimiento del bien y del mal. No aceptaron depender de Dios. Buscaron una autonomía absoluta, y allí estuvo su caída. Porque la verdadera sabiduría no nace de apartarse de Dios, sino de someterse humildemente a Él.

También hoy, en nuestra realidad colombiana, necesitamos escuchar esta Palabra. Vivimos en un país lleno de talentos, inteligencia, creatividad y capacidad de lucha. Pero también sufrimos cuando esa inteligencia se separa de la ética, cuando la astucia se vuelve corrupción, cuando la viveza reemplaza la honestidad, cuando la política se llena de arrogancia, cuando la economía olvida al pobre, cuando la violencia pretende imponerse como camino y cuando cada uno quiere tener la razón sin escuchar al otro.

El Evangelio nos recuerda que no basta ser hábiles, informados o poderosos. Podemos saber mucho y, sin embargo, estar espiritualmente ciegos. Podemos tener muchos títulos, dinero, influencia o experiencia, y no saber amar, perdonar, servir ni reconocer a Dios. La verdadera sabiduría comienza cuando aceptamos que somos pequeños delante del Señor.

San Pablo, en la segunda lectura, lo expresa de otra manera: hay una vida según la carne y una vida según el Espíritu. Vivir según la carne es vivir encerrados en el egoísmo, la autosuficiencia, la ambición y el pecado. Vivir según el Espíritu es dejarnos conducir por Dios, reconocer que no nos salvamos solos y permitir que la gracia transforme nuestra vida desde dentro.

Muchas veces estamos tan ocupados en el mundo visible —lo que se ve, se mide, se compra, se publica, se comenta— que olvidamos el mundo interior, el mundo del Espíritu. Y cuando el alma pierde silencio, pierde también la capacidad de ver a Dios. Por eso necesitamos recuperar la oración, la escucha, la humildad y el asombro. Dios no se revela al corazón lleno de orgullo, sino al corazón disponible.

La segunda parte del Evangelio nos lleva a otra paradoja. Jesús dice: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Pero enseguida añade: “Carguen con mi yugo”. Humanamente, esto parece extraño. Si alguien está cansado, esperaríamos que Jesús le dijera: “Quítate todo y descansa”. Pero Jesús no nos ofrece una vida sin yugo; nos ofrece su yugo.

El yugo era instrumento de trabajo. En la tradición judía, también podía representar la Ley. Muchos vivían la religión como un peso insoportable, cargado de normas, miedos y exigencias. Jesús no viene a aplastar con más cargas. Él ofrece el yugo de la gracia: no depender solamente de nuestras fuerzas, sino caminar unidos a Él.

También nosotros tenemos nuestros propios yugos. No siempre son los de la antigua Ley, pero sí otros muy pesados: el yugo del rendimiento, de tener que demostrar siempre algo, de cumplir expectativas ajenas, de aparentar, de competir, de producir, de ser exitosos, de no fallar. Muchos padres se sienten culpables porque sus hijos no resultan como esperaban. Muchos trabajadores viven agotados porque temen decir “no”. Muchos jóvenes cargan la presión de las redes, la comparación y la aprobación. Muchas familias cargan deudas, enfermedades, duelos, conflictos y cansancios acumulados.

Y a nivel social, Colombia carga yugos pesados: violencia, pobreza, inseguridad, corrupción, polarización, abandono de muchas comunidades y falta de confianza. A veces queremos cargar todo esto solo con nuestras fuerzas, con rabia, con discursos, con ideologías o con soluciones rápidas. Pero terminamos más cansados.

Jesús no nos invita a huir de la realidad. Nos invita a cargarla con Él. Su yugo es suave no porque la vida cristiana sea fácil, sino porque Él carga con nosotros. Cuando estamos unidos a Cristo, Él lleva el mayor peso. Él camina a nuestro ritmo, nos sostiene, nos corrige, nos levanta y nos enseña a vivir desde la gracia y no desde la pura exigencia.

El yugo de Cristo no siempre es cómodo, pero nunca destruye. No siempre evita la cruz, pero le da sentido. No siempre elimina la fatiga, pero nos impide caer en la desesperanza. Bajo el yugo de la gracia podemos aceptar nuestra fragilidad, nuestras limitaciones y nuestras luchas, sabiendo que no caminamos solos.

Por eso, el discípulo cristiano aprende dos cosas esenciales: a ser pequeño ante Dios y a descansar en Cristo. Ser pequeño no es ser débil o ignorante; es vivir con humildad. Descansar en Cristo no es dejar de trabajar o de luchar; es dejar de cargar la vida como si todo dependiera solamente de nosotros.

Y aquí aparece para nosotros la Virgen María como modelo luminoso de esta Palabra. María fue la pequeña del Señor, la humilde sierva que no pretendió dominar el misterio, sino acogerlo: “Hágase en mí según tu palabra”. Ella no lo entendió todo desde el principio, pero confió. Guardó la Palabra en su corazón, caminó en la fe y se dejó conducir por el Espíritu.

María también cargó su yugo: el de la maternidad, el de la incertidumbre, el de la pobreza de Belén, el del exilio, el de la espada que atravesó su alma al pie de la cruz. Pero nunca cargó sola. Su fuerza estuvo en permanecer unida a Dios.

Que la Virgen María, Madre humilde y fiel, nos enseñe a ser pequeños ante el Señor, a no vivir desde la soberbia sino desde la confianza; a no dejarnos aplastar por los yugos de este mundo, sino a tomar el yugo suave de Cristo. Que Ella acompañe a Colombia, a nuestras familias, a nuestras comunidades y a todos los cansados y agobiados. Y que, como Madre, nos lleve siempre hacia Jesús, único descanso verdadero del corazón. Amén.

 

2

 

La oración al Padre en el Hijo

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este domingo nos invita a contemplar una de las escenas más hermosas y profundas del Evangelio: Jesús orando al Padre. No se trata simplemente de una frase piadosa ni de una oración improvisada. Es como si, por un momento, el Evangelio nos permitiera asomarnos al corazón mismo de Jesús, a su intimidad con el Padre.

Jesús exclama: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla”. En esta oración, Jesús reconoce públicamente la grandeza del Padre. Lo llama “Señor del cielo y de la tierra”, es decir, dueño de todo, origen de todo, meta de todo. Jesús, siendo el Hijo eterno, no vive de espaldas al Padre, sino en una relación continua de amor, obediencia, confianza y alabanza.

Y aquí encontramos una primera enseñanza para nuestra vida cristiana: la fe comienza cuando aprendemos a mirar la vida desde Dios y hacia Dios. Muchas veces oramos solo para pedir, reclamar, resolver urgencias o descargar angustias. Todo eso también puede entrar en la oración. Pero Jesús nos enseña que la oración comienza con la alabanza: “Te doy gracias, Padre”. Antes de pedir, Jesús reconoce. Antes de hablar de sus cargas, bendice. Antes de mirar el cansancio humano, contempla la voluntad amorosa del Padre.

Esta actitud de Jesús ilumina también la primera lectura del profeta Zacarías: “Mira a tu rey que viene a ti justo y victorioso; humilde, cabalgando en un asno”. El rey prometido no viene con arrogancia, violencia ni dominio aplastante. Viene humilde. Viene manso. Viene desarmado. Viene a traer la paz. Este anuncio se cumple plenamente en Cristo. Él es el Rey humilde que no conquista por la fuerza, sino por el amor; no domina imponiendo miedo, sino atrayendo con misericordia.

Qué distinto es este Rey de los poderes de este mundo. En nuestra sociedad, muchas veces se admira al que grita más fuerte, al que se impone, al que humilla, al que aparenta saberlo todo. Pero el Evangelio nos muestra otro camino: el camino de los pequeños, de los mansos, de los humildes, de quienes no se creen autosuficientes. Por eso Jesús dice que el Padre ha revelado sus secretos no a los “sabios y entendidos”, sino a los pequeños.

No se trata de despreciar la inteligencia, el estudio o la formación. La Iglesia siempre ha amado la sabiduría verdadera. Lo que Jesús denuncia es la soberbia del corazón cerrado, la autosuficiencia de quien cree que no necesita de Dios, la inteligencia que se vuelve orgullo, la religión que se vuelve apariencia, el conocimiento que no se convierte en amor.

Los pequeños, en cambio, son los que se dejan enseñar. Son los que saben decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero confío en Ti”. Son los que se saben necesitados. Son los que no viven de máscaras. Son los que llegan ante Dios con el corazón abierto, sin pretender comprar su amor ni merecerlo todo por sus propias fuerzas.

El salmo de este domingo nos ayuda a reconocer ese rostro de Dios: “El Señor es clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en piedad; el Señor es bueno con todos”. Este es el Padre que Jesús revela. No un Dios distante, frío o vengativo, sino un Padre compasivo, cercano, paciente, que sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan bajo el peso de la vida.

Y por eso el Evangelio culmina con una invitación profundamente consoladora: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo los aliviaré”. Qué palabras tan necesarias. Jesús no dice: “Vengan a mí solo los fuertes, los perfectos, los que nunca se equivocan”. Dice: “Vengan los cansados, los agobiados, los que llevan peso, los que ya no pueden más”.

Todos cargamos algo. Unos cargan enfermedades. Otros cargan duelos. Otros cargan culpas. Otros cargan problemas familiares, dificultades económicas, soledad, ansiedad, heridas antiguas, cansancio espiritual. A veces cargamos incluso una imagen equivocada de Dios, como si Él fuera solamente un juez implacable y no el Padre misericordioso que Jesús nos revela.

Pero Cristo nos dice hoy: “Vengan a mí”. No dice: “Resuelvan primero su vida y después vengan”. No dice: “Hagan méritos y después los recibiré”. Dice: “Vengan”. Vengan con su pobreza, con su cansancio, con sus lágrimas, con sus luchas, con sus pecados arrepentidos, con sus preguntas. Vengan, porque yo los aliviaré.

Ahora bien, Jesús no promete una vida sin cruz. Él dice: “Carguen con mi yugo y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El yugo de Cristo no es una esclavitud. Es una comunión. Antiguamente el yugo unía a dos animales para caminar juntos y llevar la carga. Jesús nos está diciendo: “No lleves la vida solo. Camina conmigo. Une tu carga a la mía. Aprende mi mansedumbre. Aprende mi humildad. Aprende mi confianza en el Padre”.

Aquí entra con fuerza la segunda lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Romanos. San Pablo nos recuerda que no estamos llamados a vivir según la carne, sino según el Espíritu. Vivir según la carne no significa simplemente tener cuerpo; significa vivir encerrados en el egoísmo, en el orgullo, en los impulsos desordenados, en la autosuficiencia, en todo aquello que nos aleja de Dios. Vivir según el Espíritu es dejar que el mismo Espíritu que resucitó a Jesús habite en nosotros y vaya transformando nuestro corazón.

El descanso que Jesús promete no es una anestesia superficial. Es el descanso profundo de quien vive reconciliado con Dios. Es el descanso de quien ya no necesita aparentar. Es el descanso de quien se sabe amado. Es el descanso de quien aprende a decir con Cristo: “Padre, hágase tu voluntad”. Es el descanso que nace cuando dejamos de vivir esclavos del orgullo y comenzamos a vivir conducidos por el Espíritu.

Por eso, la oración de Jesús en el Evangelio está muy unida al Padrenuestro. Jesús alaba al Padre, reconoce su señorío, acepta su voluntad y nos introduce en esa misma relación filial. El cristiano no ora desde fuera de Cristo, sino dentro de Cristo. Oramos al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Nuestra voz se une a la voz del Hijo. Nuestro corazón cansado se une al corazón manso y humilde de Jesús.

Hermanos, este domingo la Palabra nos pregunta: ¿desde dónde estoy viviendo mi fe? ¿Desde la soberbia de quien cree saberlo todo o desde la sencillez de quien se deja enseñar? ¿Desde la carne que me encierra en mí mismo o desde el Espíritu que me abre a Dios? ¿Desde el peso insoportable de querer controlarlo todo o desde la confianza de quien se abandona en las manos del Padre?

Hoy Cristo, Rey humilde anunciado por Zacarías, nos invita a acercarnos. El Señor compasivo que canta el salmo quiere levantarnos. El Espíritu del Resucitado, del que habla san Pablo, quiere habitar en nosotros. Y Jesús, el Hijo amado, quiere introducirnos en su propia oración al Padre.

Vayamos entonces a Él. No escondamos nuestras cargas. No endurezcamos el corazón. No tengamos miedo de ser pequeños ante Dios. Porque los pequeños entienden lo que los soberbios no alcanzan a comprender: que Dios no se conquista por orgullo, sino que se recibe con humildad; que la fe no es una carga pesada, sino un yugo compartido con Cristo; que el verdadero descanso no está en huir de Dios, sino en descansar en su corazón.

Que María Santísima, la humilde esclava del Señor, la pequeña de Nazaret en quien Dios hizo maravillas, nos enseñe a orar con sencillez, a confiar como hijos y a cargar con Cristo el yugo suave del amor.

Amén.

 

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