miércoles, 19 de agosto de 2026

20 de agosto del 2026: jueves de la vigésima semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Bernardo, abad

 

Testigo de la fe:

San Bernardo

1090-1153

Gran figura de la Edad Media, san Bernardo de Claraval fue monje cisterciense, abad, predicador y consejero de papas y gobernantes. A pesar de su frágil salud, desarrolló una intensa actividad al servicio de la Iglesia.

Fue, sobre todo, un hombre de profunda oración y un gran enamorado de Cristo y de la Virgen María. Enseñó que conocer a Dios no consiste solo en saber cosas sobre Él, sino en amarlo y dejarse transformar por su gracia.

Murió el 20 de agosto de 1153 y fue proclamado Doctor de la Iglesia. Su vida nos invita hoy a pedir, como anuncia Ezequiel: «Señor, danos un corazón nuevo y revístenos de tu gracia».

 


Revestirse de la gracia

«Ilumina el vestido, el vestido de mi alma, y sálvame, Señor, sálvame», canta un tropario bizantino de la Semana Santa. El salmista, por su parte, imploraba a Dios que lo condujera…

Esta imagen del vestido atraviesa toda la Escritura. No se trata solamente de una apariencia exterior, sino de aquello que revela nuestra verdadera condición delante de Dios. El pecado desnuda, empobrece y desfigura; la gracia, en cambio, reviste, restaura y devuelve al ser humano la dignidad recibida de su Creador.

Revestirse de la gracia significa permitir que Dios transforme desde dentro nuestra vida. Podemos llevar signos religiosos, cumplir prácticas y conservar ciertas apariencias, pero el Señor mira el corazón. El verdadero vestido de fiesta es una existencia que se deja tocar por su misericordia y que comienza a transparentarla mediante el amor, el perdón, la justicia y el servicio.

Cuando Dios nos invita a su banquete, no nos pide llegar perfectos por nuestras propias fuerzas. Es Él quien nos ofrece el vestido nuevo. Basta recordar al padre de la parábola que, al regresar el hijo pródigo, manda: «Saquen enseguida el mejor vestido y vístanlo» (Lc 15,22). Ese vestido es signo de una dignidad recuperada, de una relación restaurada, de una vida que vuelve a comenzar.

Pero la gracia recibida también reclama una respuesta. No podemos aceptar la invitación de Dios y permanecer voluntariamente indiferentes a su llamada. Quien ha sido revestido de Cristo está llamado a vivir como Cristo: «Revístanse del Señor Jesucristo» (Rom 13,14). Y san Pablo lo concreta todavía más: «Revístanse de sentimientos de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia» (cf. Col 3,12).

Por eso podríamos preguntarnos hoy: ¿de qué está revestida mi alma? ¿De resentimientos, orgullo, indiferencia, apariencias? ¿O permito que cada día el Señor me revista nuevamente con su gracia?

Nuestra oración puede convertirse entonces en la súplica del antiguo himno: Señor, ilumina el vestido de mi alma. Lava lo que el pecado ha manchado, sana lo que está herido y revísteme de tu gracia, para que mi vida pueda entrar con alegría en el banquete de tu Reino. Amén.

 P.E.I


Primera lectura

Ez 36, 23-28
Les daré un corazón nuevo y les infundiré mi espíritu

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor:
«Manifestaré la santidad de mi gran nombre, profanado entre los gentiles, porque ustedes lo han profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor —oráculo del Señor Dios—, cuando por medio de ustedes les haga ver mi santidad.
Los recogeré de entre las naciones, los reuniré de todos los países y los llevaré a su tierra.
Derramaré sobre ustedes un agua pura que los purificará: de todas sus inmundicias e idolatrías los he de purificar; y les daré un corazón nuevo, y les infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne.
Les infundiré mi espíritu, y haré que caminen según mis preceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos. Y habitarán en la tierra que di a sus padres.
Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 12-13. 14-15. 18-19 (R.: Ez 36, 25)

R. Derramaré sobre ustedes un agua pura
que los purificará de todas sus inmundicias.


V. Oh, Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme.
No me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
R.

V. Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso.
Enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a ti.
R.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No endurezcan hoy su corazón;
escuchen la voz del Señor.
R.

 

Evangelio

Mt 22, 1-14

A todos los que encuentren, llámenlos a la boda

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús volvió a hablar en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca.
Entonces el rey dijo a los servidores:
“Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Palabra del Señor.

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Hermanos, 

hay una expresión del Evangelio de hoy que puede parecernos extraña e incluso dura: un hombre ha entrado al banquete, pero no lleva el traje de fiesta. Entonces el rey le pregunta: «Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta?».

Esta imagen conecta muy bien con aquella antigua oración que meditábamos: «Ilumina el vestido, el vestido de mi alma, y sálvame, Señor».

Porque quizás ahí está la pregunta que la Palabra de Dios nos dirige hoy: ¿cómo está vestido nuestro corazón?

1. Dios no quiere simplemente cambiarnos de ropa; quiere cambiarnos el corazón

La primera lectura de Ezequiel contiene una de las promesas más hermosas de toda la Biblia. Dios anuncia que purificará a su pueblo, le dará «un corazón nuevo» y pondrá dentro de él «un espíritu nuevo».

Esto es maravilloso.

Dios no dice simplemente: «Pórtense mejor».
No dice: «Disimulen sus pecados».
No dice: «Parezca que son buenos».

Dice algo mucho más profundo:

Yo mismo los limpiaré. Yo cambiaré su corazón. Yo pondré mi Espíritu dentro de ustedes.

Aquí comprendemos qué significa verdaderamente revestirse de la gracia.

La vida cristiana no consiste solamente en modificar algunas costumbres exteriores. Es permitir que Dios llegue hasta lo más profundo de nosotros.

Porque podemos cambiar de ropa sin cambiar de corazón.

Podemos estar bien vestidos para la Eucaristía y tener el alma llena de resentimientos.

Podemos rezar mucho y continuar sin perdonar.

Podemos llevar una cruz colgada al cuello y negarnos a cargar la cruz del hermano.

Podemos incluso hablar mucho de Dios sin permitir que Dios transforme nuestra vida.

Por eso la promesa de Ezequiel es tan actual:

«Les daré un corazón nuevo».

Quizás esa debería ser nuestra oración hoy:

Señor, no maquilles solamente mi vida; transfórmame por dentro.

2. «Oh Dios, crea en mí un corazón puro»

Y el salmo responde exactamente a esta promesa:

«Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme».

El salmista entiende que la conversión verdadera comienza dentro.

Y añade algo todavía más hermoso: el sacrificio que Dios quiere es «un corazón contrito y humillado».

No significa vivir aplastados por la culpa.

Significa presentarnos delante de Dios sin máscaras.

Decirle:

«Señor, aquí estoy.
Con mis heridas.
Con mis pecados.
Con mis contradicciones.
Con mis luchas.
Pero quiero que Tú me cambies».

Dios puede trabajar con un pecador humilde.

Lo que resulta difícil es trabajar con quien piensa que no necesita conversión.

3. Todos están invitados al banquete

Y llegamos al Evangelio.

Jesús compara el Reino de los cielos con un rey que organiza el banquete de bodas de su hijo. Los primeros invitados rechazan la invitación. Entonces el rey manda salir a los caminos y traer a todos los que encuentren, «malos y buenos», hasta llenar la sala.

Aquí aparece una de las grandes noticias del Evangelio:

Dios invita a todos.

No solamente a los perfectos.

No solamente a los que tienen una vida impecable.

No solamente a quienes parecen dignos.

El Evangelio dice que entraron buenos y malos.

Es la misericordia de Dios.

También nosotros hemos sido encontrados en los caminos de la vida y hemos recibido una invitación que no merecíamos.

Cada Eucaristía es, de alguna manera, anticipo de ese banquete.

El Señor continúa diciendo:

«Vengan, todo está preparado».

Pero entonces aparece aquel hombre sin traje de fiesta.

¿No acababan de recogerlo de la calle? ¿Por qué se le exige ahora un vestido?

Porque la invitación es gratuita, pero no puede dejarnos iguales.

Dios nos recibe como somos, pero su gracia quiere transformarnos.

El vestido de fiesta representa esa vida nueva, ese corazón nuevo anunciado por Ezequiel.

No basta con haber entrado al banquete.

Hay que dejar que la gracia nos revista.

Podríamos decirlo de otra manera:

No basta con llamarnos cristianos; necesitamos parecernos cada día un poco más a Cristo.

4. San Bernardo: dejar que Cristo tome forma en nosotros

Hoy la Iglesia recuerda a san Bernardo de Claraval, abad cisterciense y doctor de la Iglesia, fallecido el 20 de agosto de 1153. Benedicto XVI recordó su profunda familiaridad con la Escritura, su vida contemplativa y su intenso servicio a la Iglesia; la tradición lo conoce también como Doctor mellifluus, el «Doctor melifluo», por la dulzura con la que hablaba de las cosas de Dios.

San Bernardo comprendió algo fundamental: no basta conocer a Dios intelectualmente; hay que gustar de Dios, amar a Dios y dejarse transformar por Él.

Podemos conocer muchas cosas sobre Jesús y no haberle entregado todavía el corazón.

Podemos conocer la doctrina y no vivir la caridad.

Podemos saber muchas oraciones y no haber aprendido todavía a perdonar.

San Bernardo nos recuerda que la verdadera sabiduría cristiana termina convirtiéndose en amor.

Y tuvo también una profunda devoción a la Virgen María. En ella contemplaba precisamente lo que significa dejarse revestir completamente por la gracia: una criatura que responde a Dios diciendo:

«Hágase en mí según tu palabra».

5. ¿Cómo está vestido hoy mi corazón?

Y entonces podríamos llevarnos una pregunta muy sencilla para este día:

¿Con qué estoy vistiendo mi alma?

Tal vez con resentimiento.

Tal vez con orgullo.

Tal vez con preocupación.

Tal vez con indiferencia.

Tal vez con pecado.

Tal vez con tristeza.

Pero hoy Dios vuelve a decirnos:

«Les daré un corazón nuevo».

No tenemos que fabricar nosotros solos ese vestido.

Es Dios quien nos lo ofrece.

La gracia nos reviste nuevamente.

La confesión nos reviste.

La Eucaristía nos reviste.

La oración nos reviste.

El perdón nos reviste.

La caridad nos reviste.

Cada vez que permitimos que Cristo viva en nosotros, nuestro corazón comienza nuevamente a vestirse de fiesta.

Por eso, hermanos, Dios no solamente nos invita al banquete; también quiere prepararnos para participar en él.

Pidámosle hoy, por intercesión de san Bernardo:

Señor, crea en mí un corazón puro.
Quita de mí el corazón endurecido
y dame un corazón capaz de amar.
Lava el vestido de mi alma,
revísteme de tu gracia
y haz que, cuando llegue definitivamente el banquete de tu Reino,
pueda entrar no por mis méritos,
sino revestido de Cristo y de tu misericordia. Amén.

 

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20 de agosto: 

San Bernardo de Claraval, abad y doctor de la Iglesia—Memoria

1090–1153 Santo Patrón de los apicultores, abejas, fabricantes de velas, cereros, cistercienses y caballeros templarios 

Canonizado por el Papa Alejandro III el 18 de enero de 1174 Declarado Doctor de la Iglesia ( Doctor Mellifluus , "Doctor dulce como la miel") por el Papa Pío VIII en 1830 


Cita:
Admitamos que Dios merece ser amado mucho, sí, infinitamente, porque Él nos amó primero, Él infinito y nosotros nada, nos amó a nosotros, miserables pecadores, con un amor tan grande y gratuito. Por eso dije al principio que la medida de nuestro amor a Dios es amar inconmensurablemente. Porque si nuestro amor es hacia Dios, que es infinito e inmensurable, ¿cómo podemos limitar el amor que le debemos? Además, nuestro amor no es un don sino una deuda. Y si es la Divinidad quien nos ama, Él mismo amor infinito, eterno, supremo, de cuya grandeza no hay fin, sí, y su sabiduría es infinita, cuya paz sobrepasa todo entendimiento; si es Él quien nos ama, digo, ¿podemos pensar en pagarle de mala gana?

~San Bernardo, Sobre amar a Dios

 


Bernardo nació en una familia de la alta nobleza en Fontaines, Francia. Fue el tercero de siete hijos, con cinco hermanos y una hermana.

Como miembro de una familia adinerada con un alto estatus social, Bernardo probablemente recibió una educación integral. Sus padres devotos le inculcaron una fe profunda.

A temprana edad, fue enviado a ser educado por los canónigos de la Iglesia de Saint-Vorles en Châtillon-sur-Seine, ubicada a unas ochenta millas al norte de su ciudad natal. Allí, estudió gramática, poesía, literatura, retórica, dialéctica, Sagrada Escritura y teología.

Se destacó en el estudio de la Sagrada Escritura, personalizándola a través de la oración. También tenía una profunda devoción a la Santísima Virgen María, buscando continuamente su intercesión.

Cuando Bernardo tenía diecinueve años, falleció su madre. Este acontecimiento le afectó profundamente a él y a toda su familia. Ya había empezado a contemplar la vida religiosa, y la pérdida de su madre podría haberle hecho tomar una decisión más profunda de abandonar las actividades mundanas y vivir únicamente para Dios.

De vuelta en Fontaines con su familia, Bernardo empezó a manifestar su intención de entrar en el recién formado monasterio cisterciense de Císter, conocido como la Abadía de Notre Dame. Al principio, encontró resistencia, ya que estaría renunciando a todo lo que su noble familia podía proporcionarle. Sin embargo, se mantuvo firme y finalmente obtuvo su apoyo.

De hecho, su virtud, claridad de propósito y evidente santidad inspiraron a otros treinta jóvenes nobles a unirse a él, incluidos todos sus hermanos excepto el más joven, que se uniría a él más tarde, al igual que su padre. Su hermana se convertiría en monja benedictina.

La orden cisterciense, fundada en 1098, pretendía volver a los ideales de la Regla de San Benito. Durante esa época, muchos monasterios benedictinos se habían desviado de la Regla al involucrarse en asuntos sociales y políticos, adoptar liturgias excesivamente elaboradas y acumular tierras y riquezas importantes. Si bien la Regla de San Benito prescribía una vida equilibrada de oración y trabajo para todos los monjes, muchos monasterios habían desarrollado una estructura de dos niveles.

Los hermanos legos realizaban principalmente trabajos manuales y cumplían con los requisitos mínimos de oración, mientras que los monjes del coro, a menudo sacerdotes, pasaban menos tiempo trabajando y se concentraban más en la capilla y el estudio.

Los cistercienses pretendían restaurar una práctica monástica de un solo tipo.

En 1113, Bernardo y sus hermanos se despidieron de su padre, su hermano menor y su hermana, y acompañados por el resto de sus compañeros nobles, viajaron treinta millas al norte hasta la Abadía de Notre Dame en Císter. A su llegada, se postraron ante la puerta principal, rogando humildemente al abad Stephen Harding que les permitiera entrar, lo que él concedió con alegría.

El abad Esteban, que ahora es reconocido como santo, pasó veinticinco años como abad. Su compromiso con una vida más fiel a la Regla de San Benito, la santidad y las habilidades administrativas permitieron que la orden cisterciense recién fundada experimentara un rápido crecimiento. Numerosos jóvenes se unieron durante sus primeros años, lo que dio como resultado el establecimiento de muchos monasterios nuevos. Uno de estos monasterios se fundó en lo que entonces se llamaba el Valle de Ajenjo. Era un lugar desolado, pantanoso, accidentado e inhóspito, pero pronto se transformaría y recibiría el nombre de Clairvaux, que significa "valle claro".

El abad Esteban nombró a Bernardo como su abad fundador, un papel que desempeñaría durante los siguientes treinta y ocho años.

Durante su estancia en Claraval, el abad Bernardo se ganó un gran respeto por su santidad y liderazgo en la reforma monástica. Fue un escritor prolífico, que dejó tras de sí aproximadamente 530 cartas y 300 sermones.

Entre sus sermones más influyentes se encuentra una serie de ochenta y seis sermones sobre el Cantar de los Cantares. Estos sermones fueron predicados a sus monjes durante varios años y ejemplifican la naturaleza de su espiritualidad. Profundizan en la contemplación, centrándose en el amor divino, el anhelo del alma por Dios, la experiencia de la unión espiritual y el poder transformador de la gracia de Dios.

Además, escribió más de veinte obras más extensas de naturaleza teológica y contemplativa.

Cabe destacar que su tratado “Sobre el amor a Dios” articula apasionada y racionalmente las razones por las que debemos amar a Dios en un grado inconmensurable.

En todas sus obras, el abad Bernardo buscó enseñar no solo la mente sino también atraer el corazón a la conversión y al amor. Hizo hincapié con regularidad en la naturaleza personal de Dios tal como se revela en Jesucristo, nuestro llamado a la unión mística con Él, la necesidad de humildad, los beneficios del ascetismo y el papel central que debe desempeñar la Santísima Virgen María en nuestras vidas.

Fue un teólogo, contemplativo y místico cuyos objetivos centrales eran amar a Dios y atraer a los demás hacia ese mismo amor.

Además de sus funciones como abad y escritor, Bernardo era convocado con frecuencia por la Iglesia en general, lo que requería muchos viajes.

Fundó muchos monasterios como extensiones de la Abadía de Claraval, ayudó regularmente a papas y obispos con necesidades apremiantes dentro de la Iglesia, fue un apologista elocuente en defensa de la fe contra las herejías, fue franco en su defensa de los judíos perseguidos, ayudó en los concilios de la Iglesia, predicó en la segunda Cruzada y jugó un papel importante en la resolución de muchas otras disputas teológicas, políticas y sociales.

Fue un verdadero pacificador y unificador. Se le atribuyeron muchos milagros. Curó a los enfermos, expulsó demonios, multiplicó los alimentos, calmó las tormentas y resucitó a los muertos. Tenía el carisma del discernimiento espiritual y era capaz de leer los pensamientos e intenciones internos de las personas. Su influencia fue fuerte durante su tiempo en la tierra, y sus voluminosos escritos continúan impactando profundamente la vida monástica y a todos aquellos que buscan conocer y amar a Dios y a nuestra Santísima Madre más profundamente, a quien él vio especialmente como nuestra Mediadora y como la Estrella del Mar que nos guía a través de la oscuridad de la vida.

Cuando murió el abad Bernardo, su monasterio de Claraval contaba con unos 700 monjes y había fundado al menos sesenta y ocho monasterios. Desde entonces se le ha dado el título de Doctor melifluo de la Iglesia, lo que significa que sus palabras eran como la miel: convincentes, directas, elegantes, dulces y eficaces. Cuando hablaba, todos escuchaban y respondían.

Al honrar a este gran santo, reformador, teólogo, místico, unificador y Doctor de la Iglesia, reflexionemos sobre el efecto que puede tener un hombre cuando su amor por Dios alcanza un grado inconmensurable. Su profunda unión con Cristo y su ardiente deseo de atraer a la gente hacia Dios deberían inspirarnos a aumentar exponencialmente nuestro amor por Dios, entregándole todo a Él para Su gloria.

 

San Bernardo de Claraval, Dios te llamó y respondiste. Superaste las debilidades de tu edad, inspiraste a muchos otros a amar a Dios y continúas teniendo un impacto duradero en el mundo. Por favor, reza por mí, para que nunca vacile en mi amor por Dios y crea, con una fe firme, que la santidad profunda es alcanzable. Como fuiste tan profundamente devoto de la Santísima Virgen María, por favor reza por mí y por toda la Iglesia, para que descubramos ese mismo amor en nuestros corazones y le permitamos que nos guíe a través de la oscuridad que encontremos. San Bernardo de Claraval, reza por mí. Jesús, confío en Ti.


19 de agosto del 2026: miércoles de la vigésima semana del tiempo ordinario-San Juan Eudes, presbítero-memoria obligatoria


Testigo de la fe:

San Juan Eudes, presbítero

1601-1680

«¡Jesús, sol mío, ilumina las tinieblas de mi espíritu e inflama la frialdad de mi corazón!». Así oraba este sacerdote francés de Normandía, incansable predicador y formador de sacerdotes.

Fundó la Congregación de Jesús y María, cuyos miembros son conocidos como Eudistas, y la Orden de Nuestra Señora de la Caridad, dedicada a acoger y acompañar a mujeres en situación de vulnerabilidad. Fue también un gran apóstol de la devoción a los Sagrados Corazones de Jesús y de María.

San Juan Eudes nos enseña que toda verdadera renovación de la Iglesia comienza dejando que Cristo ilumine nuestra mente, encienda nuestro corazón y transforme nuestra vida en instrumento de misericordia.



Comparar no es tener razón

El Evangelio nos interroga sobre una actitud que con frecuencia envenena nuestra vida: compararnos con los demás. Fuente de descontento e incluso de rebeldía, o motivo de orgullo y exaltación personal, esta actitud termina deformando la mirada que tenemos sobre nosotros mismos, sobre los demás y también sobre Dios.

Los trabajadores contratados desde la mañana estaban satisfechos con el salario acordado, pero dejaron de estarlo cuando vieron que quienes habían llegado al final de la jornada recibían la misma paga. Su malestar no nació de una injusticia, sino de la comparación. El dueño cumplió su promesa y, además, quiso mostrarse generoso con los últimos.

Jesús nos revela así que el Reino de Dios no funciona según la lógica de los méritos acumulados, sino según la gratuidad del amor. Dios no nos compara ni ama a unos a costa de otros; ofrece a todos la misma salvación. En lugar de llevar la cuenta de lo que creemos merecer, aprendamos a agradecer lo recibido y a alegrarnos por el bien concedido a nuestros hermanos.

Quizás hoy debamos preguntarnos: ¿sirvo al Señor por amor y gratitud, o estoy calculando continuamente lo que pienso que Él debería darme?

P.E.I

 


Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel (34,1-11):

Me vino esta palabra del Señor: «Hijo de Adán, profetiza contra los pastores de Israel, profetiza, diciéndoles: "¡Pastores!, esto dice el Señor: ¡Ay de los pastores de Israel que se apacientan a sí mismos! ¿No son las ovejas lo que tienen que apacentar los pastores? Os coméis su enjundia, os vestís con su lana; matáis las más gordas, y las ovejas no las apacentáis. No fortalecéis a las débiles, ni curáis a las enfermas, ni vendáis a las heridas; no recogéis a las descarriadas, ni buscáis las perdidas, y maltratáis brutalmente a las fuertes. Al no tener pastor, se desperdigaron y fueron pasto de las fieras del campo. Mis ovejas se desperdigaron y vagaron sin rumbo por montes y altos cerros; mis ovejas se dispersaron por toda la tierra, sin que nadie las buscase, siguiendo su rastro. Por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor: '¡Lo juro por mi vida! –oráculo del Señor–. Mis ovejas fueron presa, mis ovejas fueron pasto de las fieras del campo, por falta de pastor; pues los pastores no las cuidaban, los pastores se apacentaban a sí mismos; por eso, pastores, escuchad la palabra del Señor. Así dice el Señor: Me voy a enfrentar con los pastores; les reclamaré mis ovejas, los quitaré de pastores de mis ovejas, para que dejen de apacentarse a si mismos los pastores; libraré a mis ovejas de sus fauces, para que no sean su manjar. Así dice el Señor Dios: "Yo mismo en persona buscaré a mis ovejas, siguiendo su rastro."»

Palabra de Dios




Salmo

Sal 22,1-3a.3b-4.5.6

R/. El Señor es mi pastor, nada me falta

El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R/.

Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R/.

Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R/.

Tu bondad y tu misericordia
me acompañan todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R/.



Lectura del santo evangelio según san Mateo (20,1-16):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola: «El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario por jornada, los mandó a la viña. Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo, y les dijo: "Id también vosotros a mi viña, y os pagaré lo debido." Ellos fueron. Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde e hizo lo mismo. Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo: "¿Cómo es que estáis aquí el día entero sin trabajar?" Le respondieron: "Nadie nos ha contratado." Él les dijo: "Id también vosotros a mi viña." Cuando oscureció, el dueño de la viña dijo al capataz: "Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y acabando por los primeros." Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno. Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también recibieron un denario cada uno. Entonces se pusieron a protestar contra el amo: "Estos últimos han trabajado sólo una hora, y los has tratado igual que a nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno. Él replicó a uno de ellos: "Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?" Así, los últimos serán los primeros y los primeros los últimos.»

Palabra del Señor

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Queridos hermanos:

Hay una actitud que puede robarnos silenciosamente la alegría: compararnos con los demás. Miramos lo que otro posee, el reconocimiento que recibe, las oportunidades que ha tenido o incluso el modo como Dios parece bendecirlo. Entonces dejamos de agradecer lo nuestro y comenzamos a reclamar: «¿Por qué a él sí y a mí no?».

Esto sucede en el Evangelio. Los trabajadores contratados desde la mañana habían aceptado libremente el salario ofrecido. El dueño cumplió su palabra y no les quitó nada. Sin embargo, cuando observaron que quienes habían llegado al final de la jornada recibían la misma paga, comenzaron a protestar. Su descontento no nació de una injusticia, sino de la comparación.

El propietario les pregunta: «¿Vas a tener tú envidia porque yo soy bueno?». Esta pregunta también está dirigida a nosotros. A veces olvidamos los dones recibidos porque estamos demasiado ocupados mirando los dones de los demás. Incluso podemos trasladar esa lógica a nuestra relación con Dios: «Señor, llevo tantos años sirviéndote; ¿por qué permites que me suceda esto? ¿Por qué bendices a quien llegó después?».

Jesús nos recuerda que la salvación no es un salario conquistado, sino un regalo de la misericordia divina. Dios no ama más a quien llegó primero ni menos a quien llegó al final. En la viña del Señor hay lugar para todos: para quienes han caminado con Él desde la infancia y para quienes lo descubren en la última etapa de su vida; para los fuertes y para los débiles; para los sanos y para los enfermos. Nadie llega demasiado tarde para recibir su gracia.

La primera lectura denuncia con dureza a los malos pastores de Israel. En lugar de cuidar el rebaño, se aprovechaban de él. El Señor les reprocha: «No fortalecieron a las débiles, no curaron a las enfermas, no vendaron a las heridas, no buscaron a las perdidas». Es una palabra exigente para todos los que tenemos alguna responsabilidad sobre los demás: ministros de la Iglesia, gobernantes, padres de familia, educadores y líderes comunitarios. La autoridad no es un privilegio para servirse, sino una misión para servir y cuidar.

Pero la lectura termina con una promesa consoladora: ante el abandono de los malos pastores, Dios mismo dice: «Yo buscaré a mis ovejas y las cuidaré». El Señor no permanece indiferente ante el dolor de sus hijos. Él sale al encuentro de la persona herida, enferma, sola o desanimada. Tal vez no siempre nos libra inmediatamente de la enfermedad, pero nunca nos abandona en medio de ella. Nos sostiene mediante la medicina, la oración, los sacramentos, la familia, los profesionales de la salud y las personas que nos acompañan con amor.

Por eso respondemos con confianza en el salmo: «El Señor es mi pastor, nada me falta». Decir «nada me falta» no significa que no existan enfermedades, dificultades o lágrimas. Significa que, incluso cuando atravesamos cañadas oscuras, no caminamos solos: el Señor va con nosotros, nos sostiene con su cayado, prepara su mesa y derrama sobre nuestras heridas el aceite de su consuelo.

Hoy oremos especialmente por nuestros hermanos enfermos. Que nunca los tratemos como una carga ni los abandonemos en la soledad. Quizás no podamos devolverles la salud, pero siempre podemos ofrecerles nuestra presencia, una llamada, una visita, una ayuda concreta, una palabra de esperanza y nuestra oración.

Pidamos también la gracia de abandonar las comparaciones. En vez de preguntarnos cuánto reciben los otros, agradezcamos la invitación a trabajar en la viña. En vez de sentir envidia por la bondad de Dios, alegrémonos porque su misericordia alcanza también a quienes llegan al final.

Señor, Buen Pastor, busca a tus hijos enfermos, fortalece a los débiles, venda sus heridas y concede sabiduría a quienes los cuidan. Líbranos de la envidia y enséñanos a servirte con gratitud, sabiendo que tu amor no es una recompensa que se calcula, sino un don que se acoge y se comparte. Amén.


 

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19 de agosto:
San Juan Eudes, presbítero — Memoria libre
1601–1680
Patrono de los eudistas, de la Orden de Nuestra Señora de la Caridad, de la diócesis de Baie-Comeau y de los misioneros
Canonizado por el papa Pío XI el 31 de mayo de 1925

 


Cita:


Padre de misericordias y Dios de todo consuelo, Tú nos diste el Corazón amante de tu propio Hijo amado, a causa del amor inmenso con el que nos has amado, que ninguna lengua puede describir. Concédenos ofrecerte un amor perfecto con corazones hechos uno con el suyo. Haz que, te rogamos, nuestros corazones sean llevados a la perfecta unidad: cada corazón con el otro y todos los corazones con el Corazón de Jesús; y que los justos anhelos de nuestros corazones encuentren su cumplimiento por medio de Él: Nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
~ Colecta de la Misa del Sagrado Corazón de San Juan Eudes


Reflexión:

En Francia, en 1562, las tensiones eran altas entre la mayoría católica y la minoría protestante calvinista. El calvinismo se expandía y la oposición era feroz. Esto provocó enfrentamientos violentos entre 1562 y 1598 en las Guerras de Religión. Aunque las guerras fueron impulsadas principalmente por poderosas familias nobles, muchos ciudadanos se involucraron, lo que llevó a múltiples masacres. En 1589, Enrique de Navarra, calvinista, ascendió al trono como el rey Enrique IV de Francia. A pesar de sus raíces calvinistas, Enrique se convirtió nuevamente al catolicismo para asegurar su reinado y establecer la paz. En 1598 promulgó el Edicto de Nantes, que concedía tolerancia religiosa a los protestantes, poniendo fin a las guerras internas. Tres años después nació San Juan Eudes.

Juan Eudes nació en Ri, un pequeño pueblo agrícola en la región de Normandía, en el noroeste de Francia. El suelo fértil de la región producía abundantes cosechas de trigo, cebada y frutas. Juan tuvo dos hermanos menores y cuatro hermanas, y sus padres eran católicos devotos. Tras su nacimiento, realizaron una peregrinación a la iglesia de Notre-Dame de la Recouvrance, a unos 200 kilómetros de Ri, para dedicar a su hijo a Dios. Su devoción dio fruto, pues Juan desarrolló una fuerte fe católica desde temprana edad. Una historia cuenta que cuando un compañero de juegos golpeó en la mejilla al pequeño Juan de diez años, este cayó de rodillas inmediatamente y puso la otra mejilla, obedeciendo al mandato evangélico.

Después de ser educado por un sacerdote santo, Juan hizo su Primera Comunión y recibió la Confirmación hacia los doce años. Se dice que en ese día apareció como un ángel en éxtasis divino. Lleno de gozo, poco después hizo un voto personal de castidad, dedicando su vida a Dios, tal como sus padres habían hecho por él al nacer.

Siendo adolescente, Juan fue enviado a la ciudad más grande de Caen, a unos cincuenta kilómetros al norte, donde fue educado por los jesuitas. Los jesuitas, una orden nueva y respetada, eran conocidos por su excelente enseñanza. En Caen, Juan completó sus estudios de filosofía y profundizó en su devoción, especialmente hacia la Sagrada Eucaristía y la Santísima Virgen María. Su devoción era tan profunda que sus compañeros lo llamaban “el devoto Eudes”. Tras completar sus estudios filosóficos, el padre de Juan quiso que regresara a casa y se estableciera, pero Juan explicó que había dedicado su vida a Dios y suplicó continuar con sus estudios. Su padre cedió, y Juan volvió a Caen para los estudios de teología con los jesuitas. Al terminar, ingresó en el Oratorio Francés de Pierre de Bérulle en París y fue ordenado sacerdote un año después, a los veinticuatro años.

El Oratorio Francés, distinto del Oratorio Romano de San Felipe Neri, fue fundado en 1611 por el cardenal Pierre de Bérulle. Ante las guerras religiosas que habían devastado Francia en el siglo XVI, el cardenal Bérulle tomó un nuevo enfoque frente al calvinismo: combatir no con armas, sino con la razón y la fe. Es reconocido como uno de los fundadores de la Escuela Francesa de Espiritualidad, un movimiento católico de la Contrarreforma que fomentaba la devoción personal. Este movimiento, centrado en la Encarnación y en la naturaleza profundamente personal de Dios, se alejaba del excesivo énfasis en la doctrina propio de la escolástica. En cambio, fomentaba una devoción íntima mediante el amor a Dios y la conversión personal. Este movimiento cautivó profundamente al padre Juan Eudes, que se convirtió en uno de sus grandes seguidores y líderes.

Tras su ordenación en 1625, el padre Eudes cayó gravemente enfermo y permaneció en cama casi un año. Una vez recuperado, fue enviado a Aubervilliers, a las afueras de París, para continuar sus estudios teológicos. En 1627, su padre le informó de una peste que había estallado en un pueblo cercano a su ciudad natal. El padre Eudes acudió rápidamente a atender las necesidades físicas y espirituales de las víctimas, alentándolas especialmente a recurrir a su madre del Cielo y a confiar en su intercesión. Cuando otra localidad cercana sufrió la misma peste algunos años después, hizo lo mismo. En esa ocasión, por temor a contagiarse y transmitir la infección a los demás en el Oratorio, vivió durante un tiempo en un barril en un campo abierto mientras atendía a los enfermos, sin preocuparse por su propio bienestar.

En 1633, el padre Eudes comenzó a predicar con mayor intensidad. Sus misiones parroquiales duraban semanas o más. Sus sermones enfatizaban la misericordia de Dios, y reunió a numerosos sacerdotes para confesar. Él mismo fue un confesor eficaz, que encarnaba el Corazón de Cristo para los pecadores. Una parroquia tras otra fue transformada. Durante sus misiones, desarrolló una profunda compasión por los pecadores atrapados en ciclos de pecado, especialmente las prostitutas. Para atender sus necesidades, fundó la Orden de Nuestra Señora de la Caridad del Refugio en 1641, con la ayuda de tres hermanas de la Visitación. El propósito de esta orden era brindar ayuda espiritual y material a las prostitutas arrepentidas que necesitaban cambiar de vida.

Tras diez años de predicar misiones, el padre Eudes notó que, aunque la gente cambiaba inicialmente, pronto recaía en sus pecados sin un acompañamiento espiritual continuo. Para remediarlo, se centró en la formación del clero. Comprendió que no podía evangelizar y acompañar a todos por sí solo, y así, en 1643, dejó el Oratorio y fundó la Congregación de Jesús y María, conocidos luego como los eudistas. El objetivo de esta nueva congregación era formar seminaristas y continuar con las misiones parroquiales. Durante los treinta años siguientes, el padre Eudes fundó seis grandes seminarios en Francia: Caen, Coutances, Lisieux, Rouen, Évreux y Rennes. Estos seminarios formaban no solo a seminaristas, sino que también acogían sacerdotes para formación y retiros, y ofrecían enseñanzas a los laicos.

La devoción estuvo en el centro de su ministerio, y su legado más perdurable es la promoción de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús y al Inmaculado Corazón de María. En 1648, con permiso del obispo local, instituyó una fiesta en honor del Santo Corazón de María, para fomentar la conciencia del amor de la Virgen hacia su Hijo y hacia toda la humanidad. Más tarde, compuso una Misa y un Oficio en honor del Sagrado Corazón de Jesús, que celebró por primera vez en 1670 con el permiso del obispo. Su meta era revelar el amor infinito y personal de Cristo Jesús por su pueblo. Providencialmente, en 1673, una religiosa y mística francesa, luego santa, Margarita María Alacoque, comenzó a tener visiones de Jesús, en las cuales Él transmitía la importancia de la devoción a su Sagrado Corazón. Entre sus peticiones, Jesús le pidió que la fiesta de su Sagrado Corazón se celebrara el viernes después de la octava del Corpus Christi, en reparación por la ingratitud de la humanidad hacia su Sacrificio. Así, lo que el padre Eudes había impulsado en 1670, Jesús lo confirmó poco después a través de una mística. En 1856, el papa Pío IX extendió esta fiesta a toda la Iglesia.

San Juan Eudes se destacó como uno de los muchos santos de la Iglesia en Francia durante un tiempo de renovación espiritual, utilizando las armas de la devoción personal, la oración, la adoración, la Comunión frecuente y la Confesión. Los corazones fueron transformados, no solo las mentes. Para garantizar que esta renovación continuara, se dedicó junto a su congregación a la formación de sacerdotes, ofreciendo buenos pastores que reflejaran el Corazón de Jesús al pueblo de Dios. Al honrar a este gran santo, contemplemos todo lo que hizo, pero sobre todo su devoción a los Corazones de María y de Jesús. Sus Corazones revelan quiénes son, junto con su compasión y amor sin límites por todos nosotros. Corramos a sus Corazones hoy y siempre, recibiendo de ellos todo lo que necesitamos para nuestra propia transformación. Luego, dispensemos a los demás la infinita misericordia de Dios.

Oración:

San Juan Eudes, Dios te utilizó en un momento particular de renovación en la historia de la Iglesia, y tú respondiste con generosidad. Estuviste especialmente atraído por los Corazones de Jesús y de María y compartiste esos descubrimientos con muchos. Por favor, ruega por mí, para que yo siempre recurra a estos Corazones gloriosos, sea transformado por ellos y emule su misericordia, para ser un mayor instrumento del amor de Dios en el mundo.
San Juan Eudes, ruega por mí.
Inmaculado Corazón de María, ruega por mí.
Sagrado Corazón de Jesús, en Ti confío.

 

lunes, 17 de agosto de 2026

18 de agosto del 2026: martes de la vigésima semana del tiempo ordinario-II

 

Por la pobreza de corazón

(Mt 19,23-30) Jesús insiste: la riqueza, cualquiera que sea su forma, puede convertirse en un riesgo humano y espiritual. Cuando se transforma en ídolo y en el principal criterio de referencia para nuestras decisiones, termina ocupando el lugar que solo corresponde a Dios.

No se trata únicamente del dinero. Podemos sentirnos “ricos” de poder, prestigio, conocimientos, seguridades, proyectos o incluso de nuestras propias cualidades. El peligro aparece cuando aquello que poseemos termina poseyéndonos a nosotros, cerrando el corazón a Dios y a los demás.

La verdadera pobreza evangélica es, ante todo, pobreza de corazón: reconocer que todo es don, vivir desprendidos, saber compartir y poner nuestra confianza definitiva en el Señor. Quien se vacía de falsas seguridades queda libre para recibir la riqueza que no pasa: Dios mismo y su Reino.

Por eso, la pregunta no es solamente: «¿Cuánto tengo?», sino más profundamente: «¿Dónde está puesto mi corazón?».

P.E.I



Primera lectura

Ez 28, 1-10
Eres hombre, y no dios; pusiste tu corazón como el corazón de Dios

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, di al príncipe de Tiro: Esto dice el Señor Dios:
Se enalteció tu corazón y dijiste:
“Soy un dios
y estoy sentado en el trono de los dioses en el corazón
del mar”.
Tú que eres hombre, y no dios,
pusiste tu corazón como el corazón de Dios.
Te dijiste: “¡Si eres más sabio que Daniel,
ningún enigma se te resiste!
Con tu sabiduría e inteligencia
te has hecho una fortuna;
acumulaste tesoros de oro y plata”.
Con tu gran habilidad para el comercio
acrecentaste tu fortuna;
y por tu fortuna te llenaste de presunción.
Por ello, así dice el Señor Dios:
“Por haber puesto tu corazón como el corazón de Dios,
por eso, haré venir contra ti extranjeros,
los más feroces de entre los pueblos.
Desenvainarán sus espadas
contra tu brillante sabiduría,
y profanarán tu belleza.
Te hundirán en la fosa
y perecerás de muerte violenta
en el corazón del mar.
¿Podrás seguir diciendo delante de tus verdugos:
‘Soy un dios’? Serás un hombre, y no un dios,
en mano de los que te apuñalen.
Morirás con muerte de incircunciso,
a manos de gentes extrañas.
Porque lo he dicho yo”
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Dt 32, 26-27ab. 27cd-28. 30. 35cd-36ab (R.: 39c)

R. Yo doy la muerte y la vida.

V. Me dije: «Los aniquilaría,
y borraría su memoria entre los hombres».
Si no temiese las burlas del enemigo,
y la mala interpretación del adversario.
 R.

V. No sea que digan: «Nuestra mano ha vencido,
no es el Señor quien ha hecho todo esto».
Porque es gente que ha perdido el juicio,
y que carece de inteligencia. 
R.

V. ¿Cómo puede uno perseguir a mil,
y dos poner en fuga a diez mil,
si no fuera porque los ha vendido su Roca
y el Señor los ha entregado? 
R.

V. El día de su ruina se acerca,
y se precipita su destino.
El Señor hará justicia a su pueblo,
y tendrá piedad de sus siervos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, siendo rico, se hizo pobre
para enriquecerlos con su pobreza. 
R.

 

Evangelio

Mt 19, 23-30

Más fácil le es a un camello entrar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos:
«En verdad les digo que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. Lo repito: más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja, que a un rico entrar en el reino de los cielos».
Al oírlo, los discípulos dijeron espantados:
«Entonces, ¿quién puede salvarse?».
Jesús se les quedó mirando y les dijo:
«Es imposible para los hombres, pero Dios lo puede todo».
Entonces dijo Pedro a Jesús:
«Ya ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?».
Jesús les dijo:
«En verdad les digo: cuando llegue la renovación y el Hijo del hombre se siente en el trono de su gloria, también ustedes, los que me han seguido, se sentarán en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel.
Todo el que por mí deja casa, hermanos o hermanas, padre o madre, hijos o tierras, recibirá cien veces más y heredará la vida eterna.
Pero muchos primeros serán últimos y muchos últimos primeros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos:

Las lecturas de hoy nos ponen frente a una tentación muy antigua y, al mismo tiempo, muy actual: creernos autosuficientes, pensar que lo que tenemos, sabemos o hemos conseguido nos hace invulnerables.

Jesús nos advierte en el Evangelio: «Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos». No está condenando simplemente los bienes materiales. Está señalando algo más profundo: el peligro de que la riqueza —sea dinero, poder, prestigio, conocimientos o seguridades— termine ocupando en nuestro corazón el lugar que pertenece a Dios.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, es muy fuerte. El príncipe de Tiro se ha llenado de orgullo por su poder y sus riquezas. Ha llegado a decir en su corazón: «Soy un dios».

Ahí está el verdadero pecado.

No es simplemente poseer mucho, sino llegar a pensar: yo puedo solo, yo no necesito a nadie, yo controlo mi vida, mi futuro está asegurado porque tengo recursos, inteligencia, influencia o poder.

Dios le responde por medio del profeta:

«Eres hombre y no dios».

Qué palabra tan necesaria también para nosotros.

Somos criaturas. Somos frágiles. Necesitamos de Dios y necesitamos de los demás.

A veces basta una enfermedad, una pérdida inesperada, una crisis económica o una dificultad familiar para recordarnos que no tenemos el control absoluto de la vida.

Y esto no debe llevarnos al miedo, sino a la humildad.

La humildad no consiste en despreciarnos, sino en reconocer la verdad: todo lo que somos y tenemos es don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo responsorial continúa esta enseñanza y pone en boca de Dios una afirmación contundente:

«Yo doy la muerte y la vida».

El pueblo había olvidado al Señor y había puesto su confianza en otros dioses, en otras fuerzas, en otras seguridades.

El salmo nos recuerda que Dios sigue siendo el Señor de la historia.

Nuestros bienes no nos salvan.

Nuestro prestigio no nos salva.

Nuestros títulos no nos salvan.

Nuestros contactos no nos salvan.

Incluso nuestras fuerzas terminarán un día por disminuir.

Solamente Dios permanece.

Por eso la verdadera pobreza evangélica consiste en tener un corazón capaz de decir:

Señor, gracias por todo lo que me has dado, pero nada de esto quiero ponerlo por encima de Ti.

El peligro no está únicamente en el bolsillo

Jesús dice:

«Es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de los cielos».

Es una imagen deliberadamente exagerada para despertarnos.

Porque podemos ser pobres económicamente y, sin embargo, tener un corazón profundamente apegado.

Hay quien no tiene mucho dinero, pero está lleno de orgullo.

Hay quien se aferra desesperadamente a un cargo.

Hay quien considera indispensable su reconocimiento social.

Hay quien no puede soltar una ofensa.

Hay quien necesita tener siempre la razón.

Hay quien convierte incluso a una persona amada en una posesión.

Por eso la pregunta de hoy no es solamente:

«¿Cuánto tengo?»

La pregunta es:

«¿Qué cosa ocupa demasiado espacio en mi corazón?»

¿Qué me cuesta entregar?

¿Qué temo perder?

¿En qué pongo mi seguridad?

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Los discípulos quedan desconcertados y preguntan:

«Entonces, ¿quién puede salvarse?»

Y Jesús responde con una de las frases más consoladoras del Evangelio:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Aquí está la Buena Noticia.

Jesús no nos está diciendo: sálvense ustedes mismos desprendiéndose perfectamente de todo.

Nos está diciendo: déjense salvar por Dios.

Porque solamente la gracia puede hacer verdaderamente libre nuestro corazón.

Pedro añade:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido».

Y Jesús promete que ningún desprendimiento hecho por amor a Él queda sin recompensa.

Lo que entregamos a Dios no se pierde.

Se transforma.

Cuando dejamos una ambición por seguir a Cristo, ganamos libertad.

Cuando compartimos nuestros bienes, ganamos fraternidad.

Cuando renunciamos al orgullo, ganamos paz.

Cuando dejamos de querer controlarlo todo, aprendemos a confiar.

Una pregunta para llevarnos hoy

Hermanos, podríamos terminar haciéndonos una pregunta sencilla:

¿Qué riqueza necesito hoy bajar del trono de mi corazón para que Dios vuelva a ocupar el primer lugar?

Tal vez sea el dinero.

Tal vez el orgullo.

Tal vez la imagen que queremos mantener ante los demás.

Tal vez una seguridad a la que nos aferramos.

Tal vez pensar que no necesitamos de nadie.

Escuchemos hoy aquella palabra que Dios dirige al príncipe de Tiro:

«Eres hombre y no dios».

No para humillarnos, sino para liberarnos.

Porque cuando dejamos de querer ser dioses, descubrimos la alegría de ser hijos.

Y cuando reconocemos que todo viene de Dios, podemos disfrutar lo que tenemos sin convertirlo en ídolo, compartirlo sin miedo y perderlo sin perder el sentido de nuestra existencia.

Pidámosle al Señor:

Señor Jesús, danos un corazón pobre y libre.
Que las cosas no nos posean,
que el orgullo no nos engañe,
que nuestras seguridades no ocupen tu lugar.
Enséñanos a reconocerte como nuestra verdadera riqueza
y a creer, aun en nuestra fragilidad,
que para nosotros muchas cosas son imposibles,
pero para Ti todo es posible.
Amén.

 

2

 

Hermanos:

El Evangelio de hoy nos deja una de esas palabras de Jesús que no podemos suavizar demasiado:

«Difícilmente entrará un rico en el Reino de los cielos… es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre en el Reino de Dios».

Y los discípulos, desconcertados, preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Esta enseñanza viene inmediatamente después del encuentro con el joven rico. Aquel muchacho era bueno, cumplía los mandamientos, tenía inquietud espiritual y deseaba la vida eterna. Pero cuando Jesús tocó precisamente aquello a lo que estaba más aferrado —sus bienes—, se marchó triste.

Y ahí aparece una pregunta para nosotros:

¿Qué cosa podría pedirme Jesús que me costaría demasiado entregar?

Porque la riqueza no está solamente en el bolsillo. Podemos estar apegados al dinero, pero también al prestigio, al cargo, a nuestra imagen, a nuestras comodidades, a nuestros proyectos, a nuestra opinión o incluso a la necesidad de tener siempre el control.

«Te has creído un dios»

La primera lectura, del profeta Ezequiel, nos presenta al príncipe de Tiro, un hombre que había alcanzado riqueza, poder y sabiduría, pero precisamente esas cosas terminaron engañándolo.

Dios le dice:

«Se enorgulleció tu corazón y dijiste: “Soy un dios”».

Y enseguida le recuerda:

«Eres hombre y no dios».

Ahí encontramos la raíz del problema.

La riqueza se vuelve peligrosa cuando deja de ser un instrumento y se convierte en una identidad; cuando pensamos que porque tenemos dinero, conocimientos, contactos, poder o experiencia podemos asegurar completamente nuestra vida.

El príncipe de Tiro llegó a sentirse casi invencible.

Y esta tentación sigue existiendo.

El ser humano puede terminar diciendo, aunque nunca lo pronuncie con los labios:

«Yo puedo solo».
«No necesito a nadie».
«Con lo que tengo me basta».
«Yo controlo mi futuro».

Y entonces los bienes terminan haciendo algo mucho más grave que llenar nuestras manos: empiezan a ocupar el lugar de Dios en el corazón.

Por eso Ezequiel nos recuerda una verdad elemental pero profundamente espiritual:

somos criaturas, no dioses.

Todo lo que tenemos es recibido.

Nuestra inteligencia es un don.

Nuestra salud es un don.

Nuestra familia es un don.

Nuestros amigos son un don.

Las personas que nos han ayudado y sostenido también son un don.

«Yo doy la muerte y la vida»

El salmo, tomado del Deuteronomio, nos devuelve precisamente a esa verdad:

«Yo doy la muerte y la vida».

Y añade que llega el momento en que el Señor «hará justicia a su pueblo y tendrá compasión de sus siervos».

El salmo destruye suavemente nuestra ilusión de autosuficiencia.

Podemos hacer planes —y debemos hacerlos—; podemos trabajar, ahorrar, construir, progresar. Pero hay realidades de la existencia que jamás podremos dominar completamente.

La vida sigue siendo don.

Y cuando reconocemos esto, nace la verdadera pobreza espiritual.

Ser pobre de corazón significa poder decir:

«Señor, tengo cosas, pero mi vida no depende de ellas. Tengo personas que amo, pero sé que también ellas son tuyas. Tengo capacidades, pero sé que proceden de Ti. Tú eres mi verdadera seguridad».

El problema no es tener; es quedar atrapados

Jesús no está diciendo que el dinero sea malo.

Con el dinero podemos sostener una familia, educar a los hijos, ayudar a quien sufre, crear trabajo, apoyar una obra evangelizadora y practicar la caridad.

El problema aparece cuando dejamos de poseer las cosas y las cosas empiezan a poseernos.

Por eso quizá la pregunta no debería ser únicamente:

«¿Cuánto tengo?»

Sino:

«¿Qué lugar ocupa en mi corazón aquello que tengo?»

¿Soy capaz de compartir?

¿Puedo vivir con menos?

¿Necesito acumular continuamente?

¿Me angustia demasiado perder?

¿La comparación con quienes tienen más me roba la paz?

¿Me acuerdo de quienes tienen menos?

La pobreza evangélica no consiste necesariamente en la indigencia. Consiste en una libertad interior capaz de agradecer, disfrutar, compartir y también desprenderse.

«Nosotros lo hemos dejado todo»

Pedro entonces pregunta:

«Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido; ¿qué nos va a tocar?»

Jesús responde que quien haya dejado algo por Él recibirá mucho más y heredará la vida eterna.

Esto significa que nada entregado por amor a Cristo se pierde.

Cuando compartimos, no perdemos: nos enriquecemos interiormente.

Cuando renunciamos a una comodidad para ayudar a alguien, crecemos.

Cuando dejamos atrás nuestro orgullo para reconciliarnos, somos más libres.

Cuando ponemos nuestros bienes al servicio del prójimo, comenzamos a convertir tesoros de la tierra en tesoros del cielo.

Y entonces comprendemos la paradoja cristiana:

hay pobres que son profundamente ricos y ricos que viven terriblemente pobres.

La verdadera riqueza consiste en tener un corazón lleno de Dios.

Nuestros familiares, amigos y benefactores

Y hoy queremos poner de manera especial ante el Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores.

¡Cuánta riqueza hemos recibido por medio de ellos!

Personas que nos han amado.

Personas que han creído en nosotros.

Personas que nos han tendido una mano en momentos difíciles.

Personas que han compartido su tiempo, sus bienes, su consejo, su oración, su amistad.

Tal vez algunos nunca sabrán cuánto bien nos hicieron.

Por eso hoy no solamente pedimos por ellos: damos gracias a Dios por ellos.

Que el Señor bendiga a nuestros familiares, fortalezca nuestros vínculos y sane las heridas que puedan existir.

Que bendiga a nuestros amigos, especialmente aquellos que han permanecido fieles en momentos difíciles.

Y que recompense abundantemente a nuestros benefactores, especialmente a quienes, muchas veces silenciosamente, han colaborado con nosotros y con la obra de la Iglesia.

Porque también ellos nos enseñan algo del Evangelio de hoy:

la verdadera riqueza crece cuando se comparte.

Para llevarnos una pregunta

Hermanos, quizá hoy podamos regresar a casa con una sola pregunta:

¿Qué ocupa hoy el primer lugar en mi corazón?

Si la respuesta es Dios, todo lo demás encontrará su lugar.

Entonces podremos tener sin idolatrar.

Disfrutar sin aferrarnos.

Trabajar sin convertir el éxito en nuestro dios.

Amar profundamente sin querer poseer.

Compartir sin sentir que perdemos.

Y confiar sin pretender controlarlo todo.

Porque finalmente, cuando los discípulos preguntan:

«Entonces, ¿quién podrá salvarse?»

Jesús responde:

«Para los hombres es imposible; pero Dios lo puede todo».

Ahí está nuestra esperanza.

No se trata solamente de nuestro esfuerzo por desprendernos. Es Dios quien puede transformar nuestro corazón y hacerlo verdaderamente libre.

Pidámosle:

Señor Jesús, verdadera riqueza de nuestra vida, líbranos del orgullo que nos hace creer autosuficientes. Que los bienes nunca ocupen tu lugar en nuestro corazón. Danos la gracia de vivir con sencillez, agradecer lo recibido y compartir con generosidad. Bendice hoy especialmente a nuestros familiares, amigos y benefactores; recompénsales todo el bien que han sembrado en nuestra vida. Y haznos comprender que quien te tiene a Ti posee un tesoro que nadie podrá arrebatarle. Amén.


20 de agosto del 2026: jueves de la vigésima semana del tiempo ordinario II-Memoria de San Bernardo, abad

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