domingo, 26 de abril de 2026

27 de abril del 2026: lunes de la cuarta semana de Pascua

 

Corazón de Dios, corazón de Jesús

(Jn 10,11-18) Jesús se presenta hoy con una de las imágenes más bellas y consoladoras del Evangelio: “Yo soy el buen Pastor.” No es un pastor distante, ni un jefe que manda desde lejos, ni un asalariado que cuida mientras no haya peligro. Es el Pastor verdadero, el que conoce a sus ovejas, las ama, las defiende y da la vida por ellas.

En este pasaje, Jesús nos revela el corazón de Dios: un corazón que no abandona, que no huye ante el lobo, que no se desentiende cuando llegan la prueba, el pecado, el cansancio o el miedo. Cristo no nos ama de manera general o anónima; nos conoce personalmente. Conoce nuestra historia, nuestras heridas, nuestras búsquedas y también nuestras resistencias.

Pero el Buen Pastor no cuida solamente a los que ya están cerca. Él dice: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer.” Su amor es misionero, amplio, universal. Su deseo es reunir, sanar, reconciliar, conducir a todos hacia la vida.

Escuchemos este Evangelio con corazón agradecido. Dejémonos mirar, conocer y conducir por Cristo. Y pidámosle que también nosotros aprendamos a tener un corazón pastoral: capaz de cuidar, de servir, de buscar al que está lejos y de dar la vida con amor.

G.Q

 



Primera lectura

Hch 2, 14a. 36-41

Dios lo ha constituido Señor y Mesías

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1b)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. 
R.

V. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
 R.

V. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. 
R.

V. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 2, 20b-25

Se han convertido al pastor de sus almas

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.

Palabra de Dios.

 

Aclamación                                       

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. R.

 

Evangelio

Jn 10, 1-10

Yo soy la puerta de las ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

 


“El Buen Pastor da la vida por sus ovejas”

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las imágenes más queridas de Jesús: el Buen Pastor. Es una imagen sencilla, cercana, profundamente humana. Todos entendemos, aunque no hayamos vivido en el campo, lo que significa cuidar: estar pendiente, proteger, alimentar, acompañar, no abandonar.

Pero Jesús no dice simplemente: “Yo soy un pastor.” Dice: “Yo soy el buen Pastor.” Y enseguida explica qué significa esa bondad: “El buen Pastor da la vida por sus ovejas.”

Ahí está el centro del Evangelio de hoy: Jesús no nos cuida desde lejos. No nos ama con palabras bonitas solamente. No nos salva con discursos. Nos salva entregando su vida. El amor del Buen Pastor llega hasta la cruz.

Jesús compara al pastor verdadero con el asalariado. El asalariado cuida mientras todo va bien. Pero cuando ve venir al lobo, huye. ¿Por qué? Porque las ovejas no son suyas. No le importan realmente. En cambio, el Buen Pastor permanece. No se escapa ante el peligro. No abandona cuando llega la noche. No deja solas a sus ovejas cuando aparecen el miedo, el pecado, la enfermedad, la tristeza o la persecución.

Esta es una gran noticia para nosotros: Cristo no huye de nuestra fragilidad.
No se aleja cuando nos ve débiles.
No nos descarta cuando caemos.
No nos abandona cuando nuestra fe se enfría.
No se cansa de buscarnos cuando nos perdemos.

A veces nosotros pensamos que Dios nos ama solamente cuando estamos bien, cuando oramos mucho, cuando cumplimos, cuando somos fuertes. Pero el Evangelio nos dice algo más profundo: Jesús es Pastor precisamente porque viene a buscarnos cuando estamos en peligro. Él no se escandaliza de nuestras heridas. Él las carga. Él no mira nuestra miseria con desprecio, sino con misericordia.

Por eso dice: “Conozco a mis ovejas, y las mías me conocen.” Esta frase es muy hermosa. Jesús nos conoce. Pero no nos conoce como quien tiene información sobre nosotros. Nos conoce por amor. Conoce lo que mostramos y lo que escondemos. Conoce nuestras luchas interiores, nuestros temores, nuestras lágrimas secretas, nuestros deseos de mejorar, nuestras contradicciones.

Y aunque nos conoce así, nos ama. Esa es la maravilla. El amor humano muchas veces ama parcialmente: ama lo que le gusta, lo que le conviene, lo que le agrada. El amor de Cristo nos conoce por completo y aun así nos sostiene. No para dejarnos iguales, sino para sanarnos, levantarnos y conducirnos a una vida nueva.

Pero hay otro detalle importante. Jesús dice: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer.” El corazón del Buen Pastor no es pequeño. No se limita a los que ya están dentro. No piensa solamente en los que ya vienen a misa, en los que ya oran, en los que ya creen, en los que ya se sienten parte de la comunidad. Jesús mira también a los alejados, a los confundidos, a los heridos, a los que tal vez han perdido la fe, a los que no conocen todavía su amor.

Esta frase nos debe tocar como Iglesia. Porque a veces podemos caer en la tentación de formar comunidades cerradas, donde solo nos preocupamos por los de siempre. Pero Jesús nos recuerda que su misión es reunir. Él quiere que todos escuchen su voz. Quiere que haya un solo rebaño y un solo Pastor.

Y aquí aparece una pregunta para nosotros: ¿tenemos corazón de pastores o corazón de asalariados?

Un corazón de asalariado sirve solo cuando le conviene, cuando recibe reconocimiento, cuando no hay problemas. Pero cuando llegan las dificultades, se cansa, se queja, huye, se desentiende.

Un corazón de pastor, en cambio, ama aunque cueste. Permanece. Acompaña. Ora. Busca. Perdona. Sirve. No abandona fácilmente a quien está débil. No se queda indiferente ante el sufrimiento de los demás.

Claro, solo Cristo es el Buen Pastor en plenitud. Pero todos los bautizados estamos llamados a reflejar algo de su pastoreo. Los padres de familia están llamados a ser pastores en su hogar. Los educadores, en medio de sus alumnos. Los sacerdotes, religiosas y agentes de pastoral, en la comunidad. Los amigos, cuando sostienen con sinceridad. Los cristianos, cuando no viven encerrados en sí mismos, sino atentos al hermano que necesita una palabra, una visita, una oración, una ayuda concreta.

Hoy, en este tiempo de Pascua, Jesús Resucitado nos invita a confiar nuevamente en Él. Tal vez alguno de nosotros se siente cansado, perdido, herido, disperso. Tal vez hay situaciones que parecen lobos: problemas familiares, enfermedades, angustias económicas, soledad, tentaciones, desánimos. El Evangelio nos dice: no estás solo. Tienes un Pastor. Y ese Pastor no huye.

Cristo camina contigo.
Cristo te conoce.
Cristo te llama por tu nombre.
Cristo dio la vida por ti.
Cristo quiere conducirte a la vida abundante.

Pidámosle hoy la gracia de escuchar su voz. Porque hay muchas voces que nos llaman: la voz del miedo, del resentimiento, de la superficialidad, del egoísmo, de la desesperanza. Pero solo una voz salva: la voz del Buen Pastor. Esa voz no siempre grita; muchas veces susurra en la conciencia, en la Palabra, en la Eucaristía, en la oración, en el consejo de alguien bueno, en el dolor que nos despierta, en la alegría que nos devuelve esperanza.

Que esta Eucaristía nos ayude a dejarnos cuidar por Cristo y también a cuidar como Él. Que no seamos cristianos indiferentes, sino discípulos con corazón pastoral. Que aprendamos a permanecer cuando otros huyen, a servir cuando otros se cansan, a buscar cuando otros descartan.

Y que al final de nuestra vida podamos decir con gratitud: el Señor fue mi Pastor; nada me faltó. Él me buscó, me sostuvo, me perdonó y me condujo hasta la casa del Padre.

Amén.

 

2

 

“El valor del Buen Pastor”

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las imágenes más hermosas y profundas de Jesús: “Yo soy el buen Pastor.” Pero Jesús no se queda en una imagen tierna o decorativa. Él mismo explica qué significa ser buen Pastor: “El buen Pastor da la vida por sus ovejas.”

En tiempos de Jesús, el pastor no era simplemente alguien que miraba ovejas desde lejos. El pastor convivía con su rebaño. Caminaba con él, buscaba pastos, encontraba agua, protegía de los peligros, cuidaba a las ovejas heridas y estaba atento para que ninguna se perdiera. Su vida estaba ligada a la vida del rebaño.

Pero Jesús lleva esta imagen mucho más lejos. Él no solo cuida; Él se entrega. No solo acompaña; Él da la vida. No solo defiende desde cierta distancia; Él se pone delante del lobo. Por eso se diferencia del asalariado. El asalariado trabaja mientras todo está tranquilo, pero cuando aparece el peligro, huye. No le importan las ovejas. Cuida por interés, no por amor.

Jesús, en cambio, no huye. Esta es una de las grandes noticias del Evangelio: Cristo no huye cuando ve venir el lobo.

Y los lobos pueden tener muchos nombres: el pecado, el miedo, la tristeza, la enfermedad, la soledad, la división, la desesperanza, la violencia, el egoísmo, la indiferencia, las fuerzas del mal que dispersan el corazón humano. Frente a todo eso, Jesús no abandona a sus ovejas. Él permanece. Él lucha por nosotros. Él nos defiende. Él entrega su vida en la cruz para que tengamos vida.

La cruz es la señal suprema del Buen Pastor. Allí Jesús demuestra que su amor no era teoría. No vino a salvarnos cómodamente. No vino a decirnos palabras bonitas desde lejos. Vino a cargar sobre sí nuestras heridas, nuestros pecados, nuestras sombras. Vino a dar la vida para que nosotros pudiéramos vivir.

Por eso, cuando escuchamos: “El buen Pastor da la vida por sus ovejas”, no pensemos solamente en una frase piadosa. Pensemos en Cristo crucificado. Pensemos en sus manos abiertas. Pensemos en su corazón traspasado. Pensemos en ese amor valiente que no retrocedió ante el sufrimiento.

Pero el Evangelio también nos dice algo más: Jesús conoce a sus ovejas. “Yo conozco a mis ovejas, y las mías me conocen.” Qué consuelo tan grande: Cristo nos conoce. No somos números para Él. No somos una multitud anónima. Él conoce nuestra historia, nuestras luchas, nuestros cansancios, nuestras caídas, nuestras búsquedas más íntimas.

Y nos conoce no para condenarnos, sino para salvarnos. Nos conoce con misericordia. Nos conoce como el pastor conoce a su oveja herida: no para rechazarla, sino para cargarla sobre sus hombros.

Esta imagen ilumina también la primera lectura. En los Hechos de los Apóstoles, Pedro tiene que explicar por qué ha entrado en casa de paganos y ha compartido con ellos. Algunos creyentes se escandalizan. Pensaban que la salvación debía quedarse dentro de ciertos límites, dentro de un redil cerrado, dentro de las costumbres conocidas.

Pero Dios le muestra a Pedro que su Espíritu también se derrama sobre los paganos. Entonces Pedro comprende que no puede poner límites a la misericordia de Dios y dice una frase decisiva: “Si Dios les ha dado a ellos el mismo don que a nosotros, ¿quién era yo para oponerme a Dios?”

Esta frase se conecta profundamente con el Evangelio. Jesús había dicho: “Tengo, además, otras ovejas que no son de este redil; también a esas las tengo que traer.” El Buen Pastor no tiene un corazón pequeño. Él no se conforma con cuidar a los que ya están dentro. Él busca también a los alejados, a los que no conocen su voz, a los que han sido excluidos, a los que nadie espera, a los que parecen estar fuera de nuestras fronteras religiosas, sociales o culturales.

La Iglesia nace de ese corazón amplio del Buen Pastor. Por eso no puede vivir encerrada en sí misma. Una comunidad cristiana que solo se preocupa por los de siempre corre el riesgo de olvidar el corazón de Jesús. El Buen Pastor nos llama a cuidar a los cercanos, sí, pero también a salir hacia los lejanos.

El salmo de hoy expresa una sed profunda: “Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.” Esa sed habita en todo corazón humano, incluso en quienes no saben nombrarla. Hay personas que buscan a Dios sin saberlo. Hay personas que tienen sed de paz, de perdón, de sentido, de esperanza. Y el Buen Pastor quiere llegar también a ellas.

Por eso, este Evangelio no solo nos invita a dejarnos cuidar por Jesús; también nos invita a participar en su misión. Todos, de alguna manera, estamos llamados a tener corazón de pastores.

Los padres son pastores cuando cuidan, orientan y protegen a sus hijos con amor responsable.
Los sacerdotes y consagrados son llamados a guiar al pueblo de Dios con entrega y no con comodidad.
Los educadores son pastores cuando forman con paciencia y esperanza.
Los amigos son pastores cuando no abandonan en los momentos difíciles.
Cada cristiano es pastor cuando cuida al hermano, cuando ora por los demás, cuando acompaña al que sufre, cuando no huye ante la necesidad ajena.

La pregunta es: ¿somos pastores o asalariados?

El asalariado sirve mientras no le cueste demasiado. Ama mientras recibe algo a cambio. Acompaña mientras todo es fácil. Pero cuando llega el lobo, huye. En cambio, quien tiene corazón de pastor permanece, aunque cueste; ama, aunque no sea reconocido; sirve, aunque implique sacrificio; protege, aunque tenga que renunciar a su comodidad.

No se trata de buscar sufrimientos innecesarios, sino de amar con valentía. La caridad cristiana siempre tiene algo de cruz. Amar de verdad significa dar tiempo, paciencia, escucha, perdón, presencia. Amar como Cristo significa no vivir solo para uno mismo.

Hoy, en esta Pascua, contemplemos el valor del Buen Pastor. Jesús resucitado lleva todavía las huellas de su entrega. Su alegría pascual fue conquistada por un amor que no huyó. La Resurrección nos recuerda que quien da la vida por amor no la pierde: la encuentra en Dios.

Pidámosle al Señor que nos conceda tres gracias.

Primero, la gracia de dejarnos cuidar por Él. Que no huyamos de su voz. Que no nos escondamos cuando estamos heridos. Que volvamos a Él con confianza.

Segundo, la gracia de reconocer a las otras ovejas que Él también quiere traer. Que no pongamos límites a la misericordia de Dios. Que no nos opongamos a lo que el Espíritu Santo quiere hacer en personas y lugares que quizá no esperábamos.

Tercero, la gracia de amar con corazón de pastor. Que no huyamos ante los lobos de nuestro tiempo. Que no seamos indiferentes ante el dolor de los demás. Que nuestra vida, aunque sea sencilla, tenga sabor de entrega.

Hermanos, Cristo es el Buen Pastor. Él dio la vida por nosotros. Él nos conoce, nos llama, nos busca y nos reúne. Que esta Eucaristía nos ayude a escuchar su voz, a confiar en su amor y a participar en su misión.

Y que un día se cumpla plenamente su deseo: “Habrá un solo rebaño y un solo Pastor.”

Amén.

 

sábado, 25 de abril de 2026

26 de abril del 2026: Cuarto Domingo de Pascua- Día del Buen Pastor-Ciclo A-LXIII Jornada mundial de oración por las Vocaciones

 

Un paso que no es secreto

El evangelio de este domingo es rico en protagonistas: unas ovejas, un pastor, un bandido o ladrón, un portero y… ¡una puerta! La puerta es Jesús mismo. Al calificarse de esta manera, Él nos sorprende. En efecto, la imagen del buen pastor, con la cual se va a presentar inmediatamente después, nos resulta mucho más familiar.

Cuando Jesús dice de sí mismo que es la puerta que permite pasar de la seguridad del redil al espacio nutritivo de los pastos, expresa con imágenes lo que afirmará más adelante en el mismo evangelio: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).

Pasar por Jesús es acceder al Padre, es decir, a una vida entregada en abundancia. Por tanto, hay una cuestión de vida o muerte en poner nuestra confianza en Jesús. La imagen del rebaño amenazado por un ladrón animado por intenciones asesinas lo expresa claramente. Sin nombrar las fuerzas que se oponen a la vida, Jesús afirma que ellas están realmente actuando.

Ahora bien, Él nos recuerda que ha venido precisamente para que tengamos vida. Ciertamente, no somos librados de la muerte, pero la promesa de vida que Jesús hace en este texto no deja de ser real. Jesús, que viene a vivir con nosotros, nos abre el paso hacia la vida. Este paso no está escondido ni reservado únicamente a quienes poseen una llave; no es un laberinto de condiciones y leyes. Es Jesús, sencillamente.

¿Qué es para mí esta vida en abundancia?

¿Cómo puedo reconocer la voz de Jesús en mi existencia?

¿Cómo me habla esta imagen del pastor y de las ovejas? ¿Qué me dice de mi relación con Dios?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola



Primera lectura

Hch 2, 14a. 36-41
Dios lo ha constituido Señor y Mesías


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1b)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. 
R.

V. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
 R.

V. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. 
R.

V. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 2, 20b-25

Se han convertido al pastor de sus almas

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.


QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. R.

 

Evangelio

Jn 10, 1-10

Yo soy la puerta de las ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“Entrar por la puerta, escuchar la voz, descubrir la vocación”

 

Queridos hermanos:

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a contemplar a Jesús como Pastor y, de manera muy especial en el evangelio de hoy, como Puerta. Jesús dice: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No dice simplemente: “Yo les muestro una puerta”, ni “Yo conozco una puerta”, sino: “Yo soy la puerta”.

Una puerta sirve para entrar, para salir, para proteger, para abrir camino. Jesús es la puerta por la que entramos a la vida de Dios y por la que salimos hacia los hermanos con una misión. Pasar por Jesús es pasar de la confusión a la luz, del miedo a la confianza, del pecado al perdón, de la vida dispersa a una vida con sentido.

Como dice alguien comentando este evangelio de hoy, este paso-pasaje no es secreto. No está reservado a unos pocos. No es un laberinto de leyes imposibles. El paso hacia la vida verdadera es Jesús mismo. Él no vino a complicarnos la existencia, sino a abrirnos el camino hacia el Padre. Por eso dice al final del evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Y aquí aparece la gran pregunta de este domingo: ¿qué vida estamos buscando? ¿Una vida llena de cosas, pero vacía de sentido? ¿Una vida movida por la prisa, la apariencia, el resentimiento o la tristeza? ¿O la vida abundante que sólo Cristo puede dar?

En la primera lectura, Pedro anuncia con valentía: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Sus oyentes se sienten traspasados en el corazón y preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Esa pregunta es el comienzo de toda conversión. Cuando la Palabra toca el corazón, uno deja de justificarse y empieza a buscar la puerta verdadera.

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Es decir: vuelvan a Cristo, entren por Él, dejen que su gracia les perdone, les renueve y les dé el Espíritu Santo. La conversión no es solamente dejar algo malo; es volver al Pastor, dejarse encontrar por Él y permitir que ordene nuestra vida.

Por eso el salmo 23 nos pone en los labios una de las confesiones más hermosas de la Biblia: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No significa que nunca tendremos problemas. El mismo salmo habla de cañadas oscuras y de enemigos. Pero quien tiene al Señor como Pastor sabe que no camina solo. Puede atravesar noches, pérdidas, enfermedades, cansancios y pruebas, pero con una certeza: “Tú vas conmigo”.

Esa es la vida abundante: no una vida sin cruz, sino una vida acompañada por Cristo. No una vida sin heridas, sino una vida donde las heridas pueden ser curadas por el amor del Resucitado.

La segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, nos recuerda precisamente esto: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor no es un pastor lejano. Es un Pastor herido. Cristo ha conocido el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Pero sus heridas se han convertido en fuente de vida para nosotros.

San Pedro añade: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Esta frase describe muchas veces nuestra historia. Andamos errantes cuando escuchamos voces que no vienen de Dios. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que invitan al egoísmo, a la indiferencia, a la mentira, a la superficialidad, al resentimiento. Jesús las llama voces de ladrones, porque el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir.

También hoy hay muchos ladrones de vida: la prisa que no deja orar, el ruido que no deja escuchar, la tristeza que nos encierra, la comparación que nos amarga, el pecado que nos separa, la indiferencia que endurece el corazón. Frente a todo eso, Jesús dice: “Yo soy la puerta”. Si entras por mí, encontrarás vida.

Y hoy, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El Papa León XIV nos recuerda que la vocación no es primero una obligación externa, sino un descubrimiento interior: Dios ha puesto en cada corazón un don, una llamada, un camino único de santidad y servicio. Para descubrirlo, dice el Papa, necesitamos interioridad: detenernos, escuchar, rezar, acoger la mirada de Cristo y confiar en Él.

Esto ilumina profundamente el evangelio de hoy. Jesús dice que las ovejas escuchan la voz del pastor, y que el pastor llama a cada una por su nombre. La vocación comienza ahí: cuando descubro que Dios no me llama en masa, sino personalmente. Me llama por mi nombre. Conoce mi historia, mis talentos, mis miedos, mis caídas y mis posibilidades.

Y la pregunta vocacional no es sólo para los jóvenes que quizá puedan ser sacerdotes o religiosas. Es para todos. Cada bautizado debe preguntarse: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cómo quieres que sirva? ¿Dónde quieres que entregue mi vida? ¿Qué don has sembrado en mí para la Iglesia y para el mundo?

Necesitamos sacerdotes con corazón de pastor, no de funcionarios. Necesitamos religiosos y religiosas que recuerden al mundo que Dios basta. Necesitamos matrimonios santos, familias que sean escuelas de fe y ternura. Necesitamos laicos comprometidos que lleven el Evangelio a la educación, la política, la salud, la comunicación, la cultura, el trabajo y la vida social. Necesitamos jóvenes capaces de hacer silencio y decir: “Señor, habla, que tu siervo escucha”.

El Papa León XIV insiste en que la vocación madura en la oración, en la escucha de la Palabra, en la vida sacramental, en la adoración eucarística y en el acompañamiento fraterno; no es algo estático, sino un camino que crece cuando permanecemos unidos al Señor.

Por eso, queridos hermanos, hoy no basta con admirar al Buen Pastor desde lejos. Hay que entrar por la puerta. Hay que escuchar su voz. Hay que volver a Él. Hay que preguntarle: “Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?”

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos cura, nos alimenta y nos envía. Aquí entramos por Cristo para salir renovados hacia la vida. Aquí recibimos la vida abundante para llevarla a otros.

Pidamos hoy por las vocaciones. Pidamos que no falten pastores según el corazón de Cristo. Pidamos que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares donde los jóvenes puedan escuchar la voz de Dios. Y pidamos también por nuestra propia vocación, para que ninguno de nosotros viva distraído, perdido o encerrado, sino siguiendo al Pastor que nos llama por nuestro nombre.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a detenernos, escuchar y confiar. Y que Jesús, puerta de las ovejas, nos conduzca a todos hacia la vida abundante.

Amén.

 

2

 

 

“Reconocer la voz del Pastor”

 

Queridos hermanos:

En este IV Domingo de Pascua, llamado también Domingo del Buen Pastor, Jesús nos regala una imagen muy sencilla y profunda: las ovejas conocen la voz de su pastor y lo siguen; pero no siguen a un extraño, porque no conocen su voz.

Esta imagen puede parecer lejana a nuestra vida moderna, pero en realidad habla de algo muy humano. Pensemos en un niño pequeño que reconoce la voz de su madre. Aunque haya muchas personas alrededor, él distingue esa voz familiar, esa voz que le da seguridad, alimento, ternura y protección. Cuando un extraño intenta tomarlo en brazos, muchas veces llora, se asusta, busca de nuevo los brazos conocidos.

Así también ocurre en la vida espiritual. El alma aprende a reconocer la voz de Dios cuando vive cerca de Él. Cuando oramos, cuando escuchamos la Palabra, cuando celebramos la Eucaristía, cuando hacemos silencio, cuando dejamos que Cristo nos mire y nos cure, poco a poco el corazón aprende a distinguir su voz. Y cuando llega una voz extraña, aunque parezca atractiva, el corazón creyente percibe que allí no está la vida.

Jesús dice en el evangelio: “Las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él”. Esta palabra nos hace preguntarnos: ¿qué voces estamos escuchando? ¿Qué voces guían nuestras decisiones? ¿La voz de Cristo o la voz del miedo? ¿La voz del Evangelio o la voz del egoísmo? ¿La voz del Pastor o la voz del ladrón?

El evangelio de hoy no nace en abstracto. Jesús pronuncia estas palabras después de haber curado al ciego de nacimiento. Aquel hombre, que era ciego, termina viendo no sólo con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe. En cambio, los fariseos, que creían ver y saberlo todo, permanecen ciegos porque no reconocen la voz de Jesús.

Ahí está una gran enseñanza: la peor ceguera no es la de los ojos, sino la del corazón. El ciego curado reconoce la voz del Pastor con humildad; los fariseos rechazan a Jesús porque su orgullo les impide escuchar. Para ellos, Jesús era un extraño, alguien que no encajaba en sus esquemas. Y cuando Dios no cabe en nuestros esquemas, corremos el riesgo de rechazarlo precisamente cuando viene a salvarnos.

Por eso la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro anunciando con fuerza: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Esa palabra traspasa el corazón de los oyentes y ellos preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Esta pregunta es el inicio de toda conversión. Cuando una persona empieza a reconocer la voz de Dios, deja de justificarse y pregunta humildemente: Señor, ¿qué quieres que haga? ¿Por dónde debo caminar? ¿Qué tengo que cambiar? ¿Qué voz debo dejar de seguir?

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Convertirse es volver al Pastor. Es reconocer que a veces hemos seguido voces extrañas. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que ofrecen libertad, pero esclavizan. Voces que parecen dulces, pero nos alejan de Dios, de los demás y de nosotros mismos.

Jesús lo dice con claridad: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Hay voces que roban vida: la soberbia, la mentira, el resentimiento, la indiferencia, el placer sin amor, la codicia, la violencia, la desesperanza, la superficialidad, el ruido que no nos deja orar. Son voces extrañas. Pueden sonar fuertes, modernas, seductoras; pero no conducen a verdes praderas.

En cambio, la voz de Cristo puede ser suave, pero es firme. A veces corrige, pero no humilla. A veces exige, pero no destruye. A veces nos llama a cargar la cruz, pero siempre para llevarnos a la vida. Esa voz nos dice: vuelve, confía, perdona, levántate, sígueme, no tengas miedo.

El salmo 23 expresa la confianza de quien ha aprendido a escuchar esa voz: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No dice: “Nada me duele”. No dice: “Nada me preocupa”. No dice: “Nunca pasaré por cañadas oscuras”. Dice algo más profundo: si el Señor es mi pastor, nada esencial me falta, porque Él va conmigo.

Y la segunda lectura nos recuerda que este Pastor no nos guía desde lejos. San Pedro dice: “Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas”. Y añade: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor es un Pastor herido. Conoce el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Por eso su voz no es la voz de un desconocido, sino la voz de quien ha entrado en nuestras heridas para sanarlas desde dentro.

San Pedro resume nuestra historia espiritual con una frase hermosa: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Todos, de alguna manera, hemos andado errantes. Pero Pascua nos anuncia que podemos volver. El Pastor no se cansa de llamarnos.

Y hoy, en esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa León XIV nos recuerda que la vocación nace precisamente de esa escucha interior. La vocación no es primero una obligación, ni una carga, ni un simple oficio religioso. Es el descubrimiento de un don de Dios que florece en el corazón cuando aprendemos a detenernos, escuchar y confiar.

Qué importante es esto para nuestros jóvenes, para nuestras familias, para nuestras comunidades. En un mundo lleno de ruido, necesitamos crear espacios donde la voz de Dios pueda ser escuchada. Una vocación no madura en medio de la dispersión permanente, sino en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en el silencio, en el acompañamiento espiritual, en la vida de la Iglesia y en el servicio.

Por eso hoy pedimos al Buen Pastor que llame a muchos jóvenes al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio santo, al diaconado, a la misión, al servicio generoso en la Iglesia y en la sociedad. Pero también pedimos algo más: que cada bautizado descubra su propia vocación. Porque Dios no llama en masa; llama personalmente. El Pastor llama a cada oveja por su nombre.

Preguntémonos hoy: ¿conozco la voz de Jesús? ¿La busco en la oración? ¿La escucho en la Palabra? ¿La reconozco en la Eucaristía? ¿La sigo cuando me invita a cambiar? ¿O me he acostumbrado a voces extrañas que me alejan de la vida abundante?

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos alimenta y nos envía. Aquí aprendemos a reconocer su voz. Aquí recibimos la fuerza para huir de los extraños que roban la vida. Aquí descubrimos que nuestra existencia tiene una misión.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a decirle al Señor: habla, que tu siervo escucha. Y que Jesús, Pastor y puerta de las ovejas, nos conduzca siempre hacia la vida abundante.

Amén.

 

27 de abril del 2026: lunes de la cuarta semana de Pascua

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