viernes, 10 de abril de 2026

11 de abril del 2026: sábado de la Octava de Pascua- San Estanislao, Obispo y mártir, memoria

 

Testigo de la fe:

San Estanislao

1030-1079. Este obispo de Cracovia fue asesinado por el rey Boleslao II, a quien había excomulgado a causa de sus crímenes y desórdenes. Muy popular en Polonia, de la cual es uno de los santos patronos.

 


Pedagogía de la Resurrección


(Marcos 16, 9-15)
Según Marcos, Jesús se aparece primero a una mujer sola, luego a dos peregrinos, y finalmente se manifiesta al conjunto de sus Apóstoles. Pedagogía del Maestro, que habría deseado tanto que unos y otros se tuvieran confianza y formaran una larga cadena de transmisión. Pero “su falta de fe y la dureza de sus corazones” se lo impidieron. ¡Solo el Espíritu Santo podrá dar cohesión a los testigos de la Resurrección y conducirlos a formar Iglesia!

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 

 

Primera lectura

Hch 4, 13-21
No podemos menos que contar lo que hemos visto y oído

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción, estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero, viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban respuesta. Les mandaron salir del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre ellos, diciendo:
«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese nombre».
Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:
«¿Es justo ante Dios que les obedezcamos a ustedes más que a él? Júzguenlo ustedes. Por nuestra parte no podemos menos que contar lo que hemos visto y oído».
Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo sucedido.

Palabra de Dios.


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Salmo

Sal 117, 1 y 14-15. 16-18. 19-21 (R.: 21a)

R. Te doy gracias, Señor, porque me escuchaste.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchen: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos.
 R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. 
R.

V. Ábranme las puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. 
R


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Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.


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Evangelio

Mc 16, 9-15

Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

JESÚS, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no les creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
«Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación».

Palabra del Señor.


 **************

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

En este sábado de la Octava de Pascua, la Iglesia continúa envuelta en la luz desbordante de la Resurrección. No hemos salido todavía del asombro pascual. Seguimos contemplando el sepulcro vacío, seguimos escuchando el anuncio de los ángeles, seguimos descubriendo que Cristo vive y que, porque vive, la historia humana ya no está condenada a la oscuridad ni al fracaso.

Y en este día, para mí y quienes también festejan la vida, de manera muy especial, esta celebración tiene un matiz profundamente personal y agradecido: dar gracias a Dios por un año más de vida, por el don del cumpleaños, por la historia recorrida, por las lágrimas y las alegrías, por las cruces y también por las resurrecciones que el Señor nos ha permitido experimentar.

Además, este sábado está iluminado por la memoria mariana. Y qué hermoso es que, en plena Octava de Pascua, podamos mirar a María como la mujer creyente, la mujer fiel, la Madre que permaneció de pie en la noche del Viernes Santo y que, sin duda, guardó en su corazón la esperanza del triunfo definitivo de Dios. María en sábado siempre nos recuerda que, cuando todo parece oscuro, la fe sabe esperar.

1. Un camino pedagógico: Jesús resucitado educa la fe de los suyos

El Evangelio de hoy, tomado del final de san Marcos, nos presenta algo muy humano y muy real: a los discípulos les cuesta creer. Jesús resucitado se aparece primero a María Magdalena. Ella va a anunciarlo, pero no le creen. Después se aparece a dos discípulos en el camino. También ellos dan testimonio, pero tampoco les creen. Finalmente, Jesús se manifiesta a los once y les reprocha su incredulidad y la dureza de corazón.

Este detalle es muy consolador para nosotros. Porque a veces pensamos que la fe de los apóstoles fue automática, inmediata, fácil. Y no. También ellos tuvieron miedo, confusión, dudas, resistencias interiores. También ellos necesitaron un proceso. También ellos tuvieron que ser educados pacientemente por el Señor.

Aquí aparece la pedagogía de la Resurrección. Jesús no aplasta, no humilla, no abandona a los suyos por su lentitud para creer. Al contrario: se acerca, se deja ver, insiste, vuelve a buscarlos, corrige con amor, fortalece, reúne, envía. El Resucitado tiene paciencia con la fragilidad humana.

Y eso vale también para nosotros. Tal vez hoy alguno vive una Pascua incompleta. Tal vez cree, pero con heridas. Tal vez ora, pero con cansancio. Tal vez anuncia a Cristo, pero a veces siente miedo o desánimo. Tal vez, incluso en medio del ministerio, de la vida consagrada, de la misión o del servicio parroquial, hay momentos en que el corazón se vuelve pesado y cuesta sostener la alegría pascual.

Pues bien, el Evangelio de hoy nos dice: el Señor resucitado sigue educando nuestra fe. No se cansa de nosotros. No se escandaliza de nuestras dudas. No rompe la caña cascada ni apaga la mecha vacilante. Él sigue viniendo a nuestro encuentro para llevarnos de una fe temerosa a una fe madura, de una fe aislada a una fe eclesial, de una fe cerrada a una fe misionera.

2. De testigos dispersos a Iglesia reunida

Jesús se aparece a personas distintas, en momentos distintos, y desea que ellas mismas formen una cadena de transmisión. Es decir, que la fe pase de unos a otros, que el testimonio sea acogido, que se cree confianza, que se construya comunión.

Pero los discípulos, al comienzo, fallan precisamente ahí: no se creen entre ellos. Hay testimonios, pero no hay acogida. Hay anuncio, pero no hay apertura. Hay gracia, pero todavía falta comunión.

Qué actual resulta esto. También hoy podemos tener mucha información religiosa, muchas prácticas, muchas palabras, pero poca confianza mutua; mucha actividad pastoral, pero poca comunión real; muchos esfuerzos personales, pero no siempre suficiente experiencia de Iglesia.

La Resurrección no solo anuncia que Jesús venció la muerte. También crea un pueblo nuevo. También reúne a los dispersos. También convierte un grupo asustado en una comunidad creyente. También transforma la soledad en fraternidad, el miedo en anuncio, la dispersión en misión.

Por eso, el Señor no se limita a decir: “Estoy vivo”. Termina enviándolos: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio”. El Resucitado no quiere discípulos encerrados, sino testigos en camino.

Aquí se une maravillosamente la primera lectura de los Hechos. Pedro y Juan aparecen ante las autoridades. Son hombres sencillos, sin grandes títulos académicos, pero hablan con una valentía que sorprende a todos. ¿De dónde les viene esa fuerza? Del encuentro con Cristo resucitado. Son hombres nuevos porque han pasado del miedo a la parresía, del encierro al testimonio, de la cobardía a la firmeza.

Aquellos que antes huyeron, ahora confiesan. Aquellos que antes temblaban, ahora proclaman. Aquellos que antes callaban, ahora no pueden dejar de hablar. De hecho, dicen una frase que debería arder siempre en el corazón de la Iglesia: “Nosotros no podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído”.

Ésa es la gran transformación pascual. El encuentro con Cristo vivo no produce simplemente consuelo interior; produce testimonio. No genera solo emoción religiosa; genera misión. No deja al discípulo igual; lo convierte en alguien que ya no puede vivir para sí mismo.

3. María en sábado: la mujer que sostuvo la esperanza

En este día resplandece también la presencia silenciosa de la Virgen María. La liturgia del sábado nos la pone delante como modelo de fe perseverante. Mientras los discípulos vacilan, se dispersan y se resisten a creer, María permanece. No hace ruido. No ocupa el centro. No pronuncia grandes discursos. Pero está. Cree. Espera. Guarda.

4. “Es mejor refugiarse en el Señor”

El salmo responsorial pone en nuestros labios una expresión bellísima: “Es mejor refugiarse en el Señor”. Esa frase, en el fondo, puede resumir toda una vida creyente.

5. Una palabra final para la vida y para la misión

Hermanos, el Evangelio termina con un envío. La Pascua no nos deja quietos. La Resurrección no es un recuerdo piadoso del pasado. Es una fuerza viva que nos pone en camino.

Conclusión

Pidamos al Señor que, así como transformó la incredulidad de los apóstoles en testimonio valiente, transforme también nuestra fragilidad en entrega, nuestro cansancio en esperanza, nuestras dudas en confianza, y nuestra vida entera en alabanza.

Que María, mujer del sábado santo y Madre de la esperanza nos acompañe.
Que el Espíritu Santo dé cohesión a nuestro corazón y nos haga verdaderos testigos del Resucitado.
Y que podamos decir con Pedro y Juan, con humilde alegría y firme convicción:

“No podemos callar lo que hemos visto y oído.”

Amén.

 

2

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos celebrando la Octava de Pascua, como si fuera un solo gran día de alegría, de luz y de victoria. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos muestra que esa alegría pascual no fue acogida inmediatamente por los discípulos. Al contrario: primero hubo llanto, confusión, miedo, incredulidad y dureza de corazón.

San Marcos nos presenta a María Magdalena anunciando que ha visto al Señor resucitado, pero los discípulos no le creen. Luego otros dos discípulos dan también testimonio, y tampoco les creen. Finalmente, Jesús mismo se aparece a los Once y les reprocha su incredulidad. Es decir, el Resucitado encuentra a su comunidad no llena de entusiasmo, sino encerrada en la tristeza y en la resistencia interior.

Y esto nos dice mucho a nosotros. Porque también nosotros, muchas veces, creemos en Jesús, pero no dejamos que la fuerza de su Resurrección transforme de verdad nuestra manera de vivir. Seguimos enfrentando las cruces con desaliento, los problemas con miedo, las pruebas con pesimismo, y los sufrimientos con un corazón casi vencido. Creemos, sí, pero a veces vivimos como si la última palabra la tuviera todavía el dolor y no la vida.

El Evangelio de hoy nos recuerda una verdad central: la Resurrección de Cristo no elimina mágicamente la cruz, pero sí le cambia el sentido. Desde Pascua, el sufrimiento no es signo de derrota definitiva; puede convertirse, unido a Cristo, en camino de gracia, de purificación, de madurez y de esperanza. Lo que parecía final, en Dios puede ser comienzo. Lo que parecía fracaso, en Cristo resucitado puede abrirse a la victoria.

Por eso Jesús corrige a sus discípulos. No para humillarlos, sino para enseñarles a mirar todo desde una luz nueva. Él quiere arrancarlos de la tristeza sin horizonte. Quiere enseñarles que quien se encuentra con el Resucitado ya no puede vivir prisionero del miedo ni del desespero.

La primera lectura nos muestra precisamente ese cambio. Pedro y Juan, antes temerosos, ahora aparecen valientes ante las autoridades. Hablan con una firmeza que sorprende. ¿Qué ocurrió? Que la Pascua los transformó. El encuentro con Cristo vivo les dio la fuerza para no callar. Por eso dicen: “No podemos callar lo que hemos visto y oído.” Ésa es la señal de una fe pascual auténtica: no una fe triste, sino una fe valiente; no una fe derrotada, sino una fe que da testimonio.

Y en este sábado, memoria de la Santísima Virgen María, miramos también a Ella como mujer de esperanza. María permaneció firme junto a la cruz. María supo esperar contra toda esperanza. María guardó la promesa de Dios incluso en la noche más oscura. Por eso ella es maestra de fe pascual: nos enseña a no rendirnos, a no desesperar, a no dejar que el dolor nos robe la confianza en Dios.

Cuántas veces necesitamos aprender de María. Cuando no entendemos los caminos del Señor, cuando una prueba nos pesa, cuando el corazón se cansa, María nos enseña a permanecer, a creer, a esperar. Ella nos toma de la mano y nos conduce a su Hijo resucitado.

El salmo de hoy pone en nuestros labios una frase preciosa: “Mejor es refugiarse en el Señor.” Ahí está la clave. No en nuestras solas fuerzas, no en nuestros cálculos, no en nuestras seguridades humanas, sino en el Señor. El que ha resucitado es nuestra fortaleza, nuestra esperanza y nuestro canto.

Pidámosle hoy al Señor que nos libre de una fe débil, rutinaria o triste. Que quite de nuestro corazón la dureza, la incredulidad y el desaliento. Que nos conceda vivir cada cruz con la certeza de que, unida a Él, puede dar fruto de vida nueva.

Que María, Madre de la Pascua y mujer del sábado santo, nos enseñe a creer aun en la oscuridad, a esperar aun en medio del dolor y a proclamar con la vida que Cristo vive y que su Resurrección sigue transformando nuestro mundo.

Amén.

 


11 de abril:

San Estanislao, obispo y mártir—Memoria
1030–1079
Santo patrono de Polonia, de los soldados en batalla y del orden moral
Canonizado por el Papa Inocencio IV el 17 de septiembre de 1253, en Asís, Italia

 


Cita:

Así como una persona bautizada llega a la madurez cristiana por medio del sacramento de la Confirmación, así la Divina Providencia concedió a nuestra nación, después de su Bautismo, el momento histórico de la Confirmación. San Estanislao, separado por casi todo un siglo del período del Bautismo y de la misión de San Adalberto, simboliza de modo especial este momento por el hecho de haber dado testimonio de Cristo con su propia sangre.
~Homilía de San Juan Pablo II en Polonia, 1979

 

Reflexión: En el año 966, Mieszko I, duque y gobernante de Polonia, junto con muchos otros de su corte gobernante, se convirtió a la fe católica. Su conversión marcó el inicio de lo que a menudo se conoce como “el Bautismo de Polonia”. En los años siguientes, muchas más conversiones tuvieron lugar por toda la tierra, especialmente gracias a los esfuerzos del obispo misionero San Adalberto. Poco más de un siglo después, ocurrió en Polonia otro hecho significativo. El arzobispo de Cracovia, Estanislao de Szczepanów, fue brutalmente martirizado por el rey Boleslao II. En 1979, el Papa San Juan Pablo II, quien había sido también arzobispo de Cracovia, se refirió al martirio de San Estanislao, de manera análoga, como “la Confirmación de Polonia” (véase arriba).

Se sabe con certeza muy poco acerca de San Estanislao, ya que su primera biografía no fue escrita sino hasta más de un siglo después de su muerte. Sin embargo, su influencia sobre Polonia ha sido enorme. Se cree que nació y creció en el sur de Polonia, en el pueblo de Szczepanów. Su localidad y la región circundante se distinguían del resto de Polonia por su cultura singular, su arquitectura, sus trajes tradicionales, sus danzas, su comida y su dialecto. La capital y ciudad más grande del territorio era Cracovia. Sus padres eran personas prominentes y ricas, además de devotas y caritativas. Durante la mayor parte de su matrimonio no tuvieron hijos. Cuando su madre concibió a Estanislao ya avanzada en años, sus padres vieron en aquel hijo un don del Cielo.

En su juventud, Estanislao se volvió muy devoto, caritativo con los pobres, fervoroso en las mortificaciones y entregado al crecimiento en la virtud. Siendo joven, se cree que fue enviado a estudiar a Gniezno, entonces capital de Polonia, y que más tarde completó sus estudios teológicos en París. Después de la muerte de sus padres, Estanislao recibió una enorme herencia, que de inmediato entregó a los pobres. Fue ordenado sacerdote por el obispo de Cracovia y nombrado canónigo de la catedral; llegó a ser un predicador muy respetado, más tarde fue nombrado párroco y, finalmente, se convirtió en vicario general de Cracovia, un cargo de gran importancia en la Iglesia local. Cuando murió el obispo de Cracovia, Estanislao fue escogido como su sucesor por aclamación popular. Al principio rehusó el cargo, pero por orden expresa del Papa lo aceptó y fue ordenado obispo hacia los cuarenta y dos años.

Como obispo, Estanislao predicó enérgicamente contra las inmoralidades en todos los niveles sociales. Incluso enfrentó al rey. Cuando encontró oposición, permaneció firme en sus convicciones. Se cree que, para ayudar a resolver diversos asuntos eclesiásticos, llevó legados pontificios a Polonia, restableció la diócesis de Gniezno como arquidiócesis y trabajó con el rey para fundar nuevos monasterios que ayudaran en los continuos esfuerzos de evangelización.

En aquel tiempo, Boleslao II era rey de Polonia. Cuenta la leyenda que el obispo Estanislao había comprado para la Iglesia unas tierras a un hombre llamado Piotr. Después de la muerte de Piotr, sin embargo, sus tres hijos disputaron la venta y llevaron el asunto ante el rey. El rey, irritado contra el obispo Estanislao por haber condenado sus inmoralidades, se puso de parte de los hijos y ordenó que el obispo devolviera la propiedad. Se dice que el obispo Estanislao pidió tres días para presentar a Piotr como testigo de la venta. El rey y su corte se rieron y le concedieron esos tres días. Después de tres días de oración y ayuno, el obispo Estanislao condujo una procesión hasta el cementerio donde el cuerpo de Piotr fue exhumado, y el obispo le ordenó levantarse, cosa que hizo. Luego el grupo se dirigió ante el rey, y Piotr dio testimonio de que efectivamente había vendido la propiedad, reprendiendo a sus hijos antes de volver a su tumba.

Aunque el rey Boleslao gozaba de muchos honores como exitoso líder militar, también seguía entregándose públicamente a inmoralidades, como la lujuria y una cruel dureza contra cualquiera que se le opusiera. Las tensiones entre el obispo y el rey continuaron creciendo. Finalmente, después de que el rey ignorara las advertencias del obispo, el obispo Estanislao excomulgó a Boleslao. Furioso, Boleslao organizó un juicio amañado y declaró al obispo culpable de traición, delito castigado con la muerte. Cuando los soldados de Boleslao se negaron a ejecutar la orden, el propio Boleslao mató al obispo con su espada mientras este celebraba la Misa. La leyenda continúa diciendo que, después de la muerte de Estanislao, los soldados recibieron la orden de descuartizar el cuerpo del obispo y esparcir sus partes por la tierra para que fueran devoradas por las fieras salvajes. Milagrosamente, unas águilas custodiaron los restos hasta que los canónigos de la catedral pudieron recogerlos y darles digna sepultura. La indignación por las acciones de Boleslao llegó rápidamente a un punto crítico en el reino, y el rey tuvo que huir a Hungría, donde murió una muerte desdichada.

San Estanislao se ha convertido en leyenda e inspiración para toda Polonia durante muchos siglos. Como muchos reinos a lo largo de la historia, Polonia ha pasado por tiempos de división, para luego volver a reunificarse. En medio de todo ello, San Estanislao ha sido una luz orientadora para los polacos y una fuente de esperanza cuando más se necesitaba. Hay poca duda de que su martirio confirmó a Polonia como país cristiano, fortaleciendo a su pueblo a lo largo de los años para convertirse en verdaderos testigos de Cristo, cueste lo que cueste.

Reflexiona sobre tu propia llamada a entregar valerosamente la vida por la fe. Cuando el miedo te impida ser fiel, recurre a la oración y busca imitar a San Estanislao. Deja que sus oraciones y su testimonio te confirmen más firmemente en la fe, para que seas testigo ante quienes más lo necesitan.

Oración: San Estanislao, tu nacimiento fue un don del Cielo, y tu vida de virtud, valentía y caridad fue un don para la Iglesia de Polonia. Ruega por mí, para que nunca me acobarde ante la oposición, prefiriendo siempre la persecución antes que el pecado, y una vida santa antes que el miedo a la muerte. Que, como tú, llegue a ser un verdadero testigo de mi fe y una fuente de inspiración para los demás. San Estanislao, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

10 de abril del 2026: Viernes de la Octava de Pascua


El hambre del Resucitado

(Juan 21, 1-14) Durante la octava pascual, la liturgia nos va haciendo recorrer una a una las apariciones de Jesús a sus discípulos. ¡En tres de ellas se habla de comer! Jesús acaba de vencer la muerte, se revela igual a Dios, Señor de la vida, y hoy lo vemos en una playa compartiendo pan y pescado con los suyos. No hace ningún comentario sobre lo que acaba de atravesar, sino que se preocupa por habitar lo ordinario de los días con una sorprendente sencillez.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 4, 1-12

No hay salvación en ningún otro

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, mientras Pedro y Juan hablaban al pueblo, después de que el paralítico fuese sanado, se les presentaron los sacerdotes, el jefe de la guardia del templo y los saduceos, indignados de que enseñaran al pueblo y anunciaran en Jesús la resurrección de los muertos. Los apresaron y los metieron en la cárcel hasta el día siguiente, pues ya era tarde. Muchos de los que habían oído el discurso creyeron; eran unos cinco mil hombres.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, junto con el sumo sacerdote Anás, y con Caifás y Alejandro, y los demás que
eran familia de sumos sacerdotes. Hicieron comparecer en medio de ellos a Pedro y a Juan y se pusieron a interrogarlos:
«¿Con qué poder o en nombre de quién han hecho eso ustedes?».
Entonces Pedro, lleno de Espíritu Santo, les dijo:
«Jefes del pueblo y ancianos: Porque le hemos hecho un favor a un enfermo, nos interrogan ustedes hoy para averiguar qué poder ha curado a ese hombre; quede bien claro a todos ustedes y a todo Israel que ha sido el Nombre de Jesucristo el Nazareno, a quien ustedes crucificaron y a quien Dios resucitó de entre los muertos; por este Nombre, se presenta este sano ante ustedes. Él es “la piedra que desecharon ustedes, los arquitectos, y que se ha convertido en piedra angular”; no hay salvación en ningún otro, pues bajo el cielo no se ha dado a los hombres otro nombre por el que debamos salvarnos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2 y 4. 22-24. 25-27a (R,.: 22)

R. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
 R.

V. Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.
Bendito el que viene en nombre del Señor,
los bendecimos desde la casa del Señor.
El Señor es Dios, él nos ilumina. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 21, 1-14

Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús se apareció otra vez a los discípulos junto al lago de Tiberíades. Y se apareció de esta manera:
Estaban juntos Simón Pedro, Tomás, apodado el Mellizo; Natanael, el de Caná de Galilea; los Zebedeos y otros dos discípulos suyos.
Simón Pedro les dice:
«Me voy a pescar».
Ellos contestan:
«Vamos también nosotros contigo».
Salieron y se embarcaron; y aquella noche no cogieron nada. Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús.
Jesús les dice:
«Muchachos, ¿tienen pescado?».
Ellos contestaron:
«No».
Él les dice:
«Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán».
La echaron, y no podían sacarla, por la multitud de peces. Y aquel discípulo a quien Jesús amaba le dice a Pedro:
«Es el Señor».
Al oír que era el Señor, Simón Pedro, que estaba desnudo, se ató la túnica y se echó al agua. Los demás discípulos se acercaron en la barca, porque no distaban de tierra más que unos doscientos codos, remolcando la red con los peces. Al saltar a tierra, ven unas brasas con un pescado puesto encima y pan.
Jesús les dice:
«Traigan de los peces que acaban de coger».
Simón Pedro subió a la barca y arrastró hasta la orilla la red repleta de peces grandes: ciento cincuenta y tres. Y aunque eran tantos, no se rompió la red.
Jesús les dice:
«Vamos, almuercen».
Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle quién era, porque sabían bien que era el Señor.
Jesús se acerca, toma el pan y se lo da, y lo mismo el pescado.
Esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los discípulos después de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

********************

 

Queridos hermanos y hermanas:

seguimos avanzando en esta luminosa Octava de Pascua, como quien contempla un diamante desde diversos ángulos. Cada día la liturgia nos muestra un destello nuevo del Resucitado. Hoy, sin embargo, ese resplandor no aparece primero en lo extraordinario, sino en lo cotidiano. No vemos a Jesús entre relámpagos, ni pronunciando largos discursos, ni rodeado de solemnidad. Lo vemos en la orilla del lago, al amanecer, preparando alimento para los suyos. Lo vemos ocupándose del hambre de sus discípulos. Lo vemos, sencillamente, resucitado y cercano.

Y eso ya es en sí mismo una gran noticia para nosotros.

Porque a veces imaginamos que la Resurrección tendría que alejarnos de la vida concreta, de las preocupaciones humanas, de los cansancios del cuerpo, de las heridas del alma. Pero el Evangelio de hoy nos dice exactamente lo contrario: el Resucitado entra en lo concreto, en lo frágil, en lo humano, en lo cotidiano. Se hace presente allí donde hay fatiga, hambre, frustración, silencio, noche, trabajo sin frutos y corazones confundidos.

1. Una noche estéril

El relato comienza con una escena profundamente humana. Pedro dice: “Voy a pescar”. Los demás responden: “Vamos también nosotros contigo”. Y salieron. Pero aquella noche no pescaron nada.

¡Qué escena tan conocida para nosotros! Cuántas veces también nosotros volvemos a nuestras redes viejas, a nuestras costumbres, a nuestros mecanismos de defensa, a lo conocido, cuando el dolor nos descoloca o cuando no entendemos lo que Dios está haciendo en nuestra vida. Los discípulos han visto señales, han oído noticias, han sido tocados por la novedad pascual, pero todavía están recomponiéndose interiormente. Aún no saben del todo cómo vivir después del Viernes Santo. Aún no saben cómo rearmar la existencia después del trauma de la cruz.

Y entonces hacen lo que muchas veces hacemos nosotros: vuelven a lo de antes.

Pero ni siquiera eso les sale bien. Trabajan toda la noche y no consiguen nada.

Aquí hay una palabra para tantos hombres y mujeres que hoy sufren en el cuerpo y en el alma. Para quienes están agotados de luchar contra una enfermedad, para quienes viven con dolores físicos persistentes, para quienes experimentan la ansiedad, la tristeza, el duelo, la depresión, la soledad, el cansancio interior. Para quienes sienten que han trabajado mucho, han orado mucho, han llorado mucho… y, sin embargo, la red sigue vacía.

El Evangelio no niega esa experiencia. No la disfraza. No dice que todo fue fácil. No dice que la fe evita la noche. Dice que pasaron la noche entera y no pescaron nada.

La Pascua no borra mágicamente nuestras noches. Pero sí nos asegura que ninguna noche es eterna.

2. Jesús está en la orilla, aunque no lo reconozcamos

Dice el Evangelio: “Estaba ya amaneciendo, cuando Jesús se presentó en la orilla; pero los discípulos no sabían que era Jesús”.

Éste es uno de los grandes dramas y, a la vez, uno de los grandes consuelos de la vida espiritual: Jesús está, aunque nosotros no siempre lo reconozcamos.

Está en la orilla de nuestras derrotas.
Está en la orilla de nuestra enfermedad.
Está en la orilla de nuestros duelos.
Está en la orilla de las lágrimas que nadie ve.
Está en la orilla de las noches en que nos sentimos inútiles, vacíos o abandonados.

Pero no siempre lo reconocemos. Y no lo reconocemos porque el dolor nubla la mirada, porque el miedo vuelve torpe el corazón, porque la tristeza nos encierra, porque la rutina nos impide advertir lo sagrado.

Cuántas personas, especialmente las que sufren en el cuerpo y en el alma, pueden llegar a pensar: “Dios me dejó”, “Dios no escucha”, “Dios no está”. Sin embargo, la Pascua nos dice: aunque no lo reconozcas, Él está en la orilla de tu vida.

No grita. No violenta. No humilla. No reprocha. No les dice: “¿Ven que sin mí no pueden nada?”. Les pregunta con ternura: “Muchachos, ¿tienen pescado?”. Es la delicadeza de Dios. Un Dios que se interesa por nuestra pobreza sin avergonzarnos de ella.

3. La obediencia humilde abre caminos inesperados

Jesús les dice: “Echen la red a la derecha de la barca y encontrarán”. Ellos la echaron y ya no podían arrastrarla por la abundancia de peces.

Qué extraño: aquellos hombres eran pescadores, conocían el lago, sabían su oficio, habían trabajado toda la noche. Sin embargo, el fruto no vino de su experiencia solamente, sino de la obediencia a la palabra del Señor.

También nosotros, en días penitenciales como éste, estamos invitados a revisar una verdad muy sencilla y muy honda: a veces sufrimos más porque insistimos en hacerlo todo solos. Queremos controlar, resolver, entender, dominar. Pensamos que con nuestras propias fuerzas bastará. Y terminamos agotados, vacíos, frustrados.

La penitencia cristiana no es simplemente “aguantar” o “castigarse”. La verdadera penitencia es volver el corazón hacia Dios, reconocer que sin Él nuestras redes quedan vacías, y dejar que su palabra reoriente nuestra vida.

Hay sufrimientos que no desaparecerán de inmediato. Hay enfermedades que exigirán paciencia. Hay heridas del alma cuyo proceso será largo. Pero incluso en medio de todo eso, la obediencia humilde al Señor puede abrir fecundidades inesperadas: una paz nueva, una fortaleza distinta, una reconciliación pendiente, una capacidad de ofrecer el dolor, una luz para seguir caminando, una presencia de Dios que antes no percibíamos.

4. “Es el Señor”

El discípulo amado dice a Pedro: “Es el Señor”.

Ésa es la gran meta de la Pascua: aprender a leer los signos hasta llegar al reconocimiento. No basta ver la red llena; hay que descubrir a Aquel que hace posible la abundancia. No basta constatar que algo cambió; hay que confesar: “Es el Señor”.

Y Pedro, impulsivo y apasionado como siempre, se lanza al agua. El amor auténtico tiene esa prisa. Cuando el corazón reconoce a Jesús, ya no calcula tanto; se lanza.

Qué hermoso sería que también nosotros, en medio de nuestras heridas, pudiéramos hacer este tránsito interior: del lamento a la fe, del vacío al reconocimiento, del cansancio a la confianza, de la oscuridad a la confesión creyente: “Es el Señor”.

Es el Señor quien me sostiene.
Es el Señor quien no me abandona.
Es el Señor quien me busca cuando me encierro.
Es el Señor quien prepara para mí alimento en la orilla.
Es el Señor quien no se escandaliza de mi fragilidad.

5. El Resucitado prepara desayuno

Cuando llegan a tierra, encuentran unas brasas con pescado y pan. Jesús ya lo tenía preparado.

Este detalle es conmovedor. Ellos estuvieron bregando toda la noche; Jesús ya les tenía fuego, pan y pescado. Es decir: la gracia nos precede. Antes de que lleguemos rotos, cansados y con frío, el Señor ya ha preparado consuelo. Antes de que podamos explicarle nuestra angustia, Él ya ha encendido el fuego de su misericordia.

Y aquí aparece lo más hermoso: Jesús resucitado no se dedica a explicar largamente su triunfo sobre la muerte. No hace exhibición de poder. No pronuncia un tratado. Se sienta a comer con los suyos. Habita lo ordinario con sorprendente sencillez.

¡Qué lección para nosotros!

A veces esperamos a Dios sólo en lo extraordinario, pero Él suele visitarnos en lo sencillo: una palabra oportuna, una mano amiga, una Eucaristía celebrada con fe, una visita al enfermo, una llamada inesperada, un poco de pan compartido, un silencio acompañado, una confesión que devuelve la paz, un amanecer después de una noche muy dura.

El Resucitado santifica también los pequeños gestos. La Pascua entra en la cocina de la vida, en el desayuno de los cansados, en la orilla de los derrotados, en la mesa de los frágiles.

6. “No hay salvación en ningún otro”

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, da un paso más. Pedro, lleno del Espíritu Santo, proclama con valentía: “No hay salvación en ningún otro”. El mismo Pedro que había tenido miedo, el mismo Pedro que negó, ahora da testimonio público de Jesucristo.

¿De dónde le viene esa fuerza? Del encuentro con el Resucitado.

La Pascua no sólo consuela; también transforma. No sólo acaricia las heridas; también convierte a los testigos en anunciadores valientes. Pedro ya no habla desde su autosuficiencia. Habla desde la experiencia de haber sido salvado.

Y eso vale también para nosotros. En un mundo lleno de ofertas engañosas de salvación, de fugas, de anestesias, de evasiones, de promesas vacías, la Iglesia sigue proclamando con humildad y con firmeza: la verdadera salvación está en Jesucristo. No en el poder, no en el dinero, no en las apariencias, no en el activismo, no en las compensaciones superficiales. Sólo en Él.

Para quien sufre en el cuerpo y en el alma, esta afirmación no es una consigna fría; es una promesa viva: Cristo no siempre elimina inmediatamente el dolor, pero sí entra en él para llenarlo de presencia, sentido y esperanza.

7. La piedra rechazada

El salmo responde: “La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular”.

Jesús crucificado y resucitado es esa piedra. Rechazado, humillado, herido, condenado… pero elegido por Dios como fundamento de una vida nueva.

Cuántas personas hoy se sienten “desechadas”: enfermos olvidados, ancianos solos, personas deprimidas, familias heridas, jóvenes atrapados en angustias silenciosas, hombres y mujeres que por fuera sonríen pero por dentro se desmoronan. La Pascua les dice: lo que el mundo desecha, Dios puede convertirlo en piedra angular.

Tu herida no es basura para Dios.
Tu cansancio no le da asco.
Tu depresión no lo espanta.
Tu enfermedad no te quita dignidad.
Tu llanto no cae en el vacío.

En Cristo resucitado, incluso lo herido puede ser transfigurado.

8. Un viernes penitencial a la luz de la Pascua

Hoy además es viernes, día penitencial. Y eso da un matiz muy especial a esta celebración. Porque la penitencia en Pascua no es contradicción; es purificación de la alegría. No se trata de una tristeza sin horizonte, sino de una conversión iluminada por la Resurrección.

Podríamos preguntarnos hoy:

¿En qué aspectos sigo pescando toda la noche sin Jesús?
¿Qué redes vacías me están revelando que necesito volver a Él?
¿Qué dolor del cuerpo o del alma necesito poner en sus manos?
¿A quién debo acompañar con más compasión, porque quizá está viviendo una noche silenciosa?
¿Qué autosuficiencia debo dejar para obedecer humildemente la palabra del Señor?

Una penitencia pascual muy concreta podría ser ésta: dejar que el Señor entre en nuestra fragilidad sin esconderle nada. Dejar de fingir fortaleza. Dejar de aparentar que todo está bien. Presentarle con verdad nuestras llagas. Y, además, hacernos más sensibles al dolor ajeno.

Porque quien se encuentra con el Resucitado en la orilla aprende también a convertirse en presencia de consuelo para otros.

9. Una palabra para quienes sufren

Hoy quisiera dirigir una palabra muy especial a quienes sufren en el cuerpo y en el alma.

Hermano, hermana: si estás cansado, si la enfermedad te limita, si llevas una tristeza honda, si hay noches en que no sabes cómo seguir, escucha este Evangelio como dirigido personalmente a ti. El Resucitado no te mira desde lejos. Está en la orilla de tu vida. Te llama. Te espera. Ya ha encendido fuego para ti. Ya ha preparado pan para ti. Ya piensa en tu hambre más profunda.

Quizá no entiendas todavía muchas cosas. Quizá no puedas reconocerlo claramente. Quizá sigas llorando. Pero Él no se ha ido.

Y si hoy no tienes fuerzas para grandes oraciones, basta con una muy sencilla:
“Señor Jesús, si estás en mi orilla, hazme reconocerte.”

10. Hacia la Eucaristía

Este Evangelio tiene también un eco eucarístico muy profundo. Pan compartido, presencia del Señor, comunidad reunida, alimento ofrecido por Cristo mismo. La playa del lago anticipa y evoca la mesa del altar.

Cada Eucaristía es precisamente eso: el Resucitado que sale a nuestro encuentro y nos alimenta. Nosotros llegamos con nuestras noches, con nuestras redes vacías, con nuestros cansancios, con nuestros pecados, con nuestras heridas. Y Él nos dice de nuevo: “Vengan a comer.”

No nos ofrece teorías. Nos ofrece su presencia.
No nos entrega sólo consuelos humanos. Nos entrega su Cuerpo.
No nos promete una vida sin cruz. Nos promete caminar con nosotros hasta que la cruz florezca en Resurrección.


Conclusión

Hermanos, en este Viernes de la Octava de Pascua, el Señor nos regala una imagen entrañable: el Resucitado en la orilla, preparando pan y pescado para sus amigos cansados.

Que esta escena nos acompañe hoy.

Cuando sintamos que la noche ha sido larga, recordemos: Él está en la orilla.
Cuando nuestras redes parezcan vacías, recordemos: su palabra puede llenarlas.
Cuando el cuerpo duela y el alma se agote, recordemos: Él prepara alimento para nosotros.
Cuando no sepamos cómo seguir, repitamos con fe: “Es el Señor”.

Y que, al celebrar esta Pascua en clave penitencial, sepamos ofrecer al Señor nuestros dolores, nuestras llagas y las de tantos hermanos que sufren en el cuerpo y en el alma, para que el Resucitado los visite con su paz, su fuerza y su consuelo.

Amén.

 

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