Es Dios quien da el
crecimiento
La
fecundidad de una comunidad eclesial es obra de Dios. Los cristianos que la
integran son sus colaboradores. Por eso, dentro de la Iglesia no estamos para
competir, sino para complementarnos, poniendo cada uno sus dones al servicio de
todos. Uno siembra, otro riega, pero solo Dios da el crecimiento. Esta certeza
nos libra del orgullo y del desaliento: trabajamos con fidelidad y confiamos al
Señor los frutos de nuestra misión.
Primera lectura
Nosotros
somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a
niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, les di a beber leche, pues
todavía no estaban para más. Aunque tampoco lo están ahora, pues siguen siendo
carnales. En efecto, mientras haya entre ustedes envidias y contiendas, ¿no es
que siguen siendo carnales y que se comportan al modo humano? Pues si uno dice
«yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no se comportan al modo humano?
En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales
ustedes accedieron a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a
entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que,
ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer.
El que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada uno recibirá el
salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y
ustedes, campo de Dios, edificio de Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dichoso
el pueblo que Dios se escogió como heredad.
V. Dichosa la
nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres. R.
V. Desde
su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones. R.
V. Nosotros
esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. R.
Aclamación
V. El
Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad. R.
Evangelio
Es necesario
que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella,
levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los
llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto.
La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para
que no se separara de ellos.
Pero él les dijo:
«Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues
para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea.
Palabra del Señor.
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Dios da el crecimiento y nos
levanta para servir
Queridos hermanos:
San Pablo contempla hoy una comunidad cristiana
afectada por los celos, las rivalidades y las divisiones. Algunos decían: «Yo
soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo». Habían olvidado que los ministros no
son dueños de la Iglesia ni propietarios de la fe. Son solamente servidores y
colaboradores de Dios.
Por eso, Pablo les recuerda una verdad que también
nosotros necesitamos escuchar: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien dio
el crecimiento». Uno siembra la Palabra, otro acompaña, otro catequiza, visita
a los enfermos, sirve en la liturgia o ayuda silenciosamente a quien lo
necesita; pero es Dios quien toca los corazones y hace fecunda la misión.
En la Iglesia no estamos llamados a competir, sino
a complementarnos. No debemos preguntarnos quién es más importante, quién
recibe más reconocimiento o quién hace más cosas. Lo verdaderamente importante
es que cada uno descubra los dones que ha recibido y los coloque con humildad
al servicio de los demás. Nosotros sembramos y regamos; Dios hace germinar la
semilla.
Esta certeza nos libra de dos grandes tentaciones:
el orgullo y el desaliento. Nos libra del orgullo porque ningún fruto
apostólico nos pertenece totalmente; todo es gracia. Y nos libra del desaliento
porque, aunque no veamos resultados inmediatos, la semilla puede estar
germinando silenciosamente en el corazón de las personas.
El salmo expresa esta confianza diciendo: «Dichoso
el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dios contempla desde el cielo,
conoce el corazón de cada persona y no permanece indiferente ante nuestras
necesidades. Por eso podemos decir: «Nosotros aguardamos al Señor: él es
nuestro auxilio y escudo». Nuestra esperanza no descansa solamente en nuestras
fuerzas, en nuestros recursos o en nuestras capacidades, sino en el amor fiel
de Dios.
Esta confianza aparece de una manera muy hermosa en
el Evangelio. La suegra de Simón estaba enferma, con una fiebre muy alta, y los
discípulos le hablaron a Jesús de ella. Este pequeño detalle es profundamente
significativo: aquella mujer no podía acercarse por sí misma al Señor; fueron
otros quienes intercedieron por ella.
Eso mismo hacemos hoy al orar por nuestros hermanos
enfermos. Los acercamos espiritualmente a Jesús. Le hablamos de quienes están
hospitalizados, de quienes esperan un diagnóstico o una cirugía, de quienes
padecen enfermedades crónicas, de quienes sufren dolores físicos o heridas del
alma. Presentamos también a quienes se sienten solos, desanimados o asustados
ante la enfermedad.
Jesús se acerca a la mujer, se inclina sobre ella y
la levanta. Después, al caer la tarde, muchas personas llevan ante él a sus
familiares enfermos. El Evangelio dice que Jesús imponía las manos «sobre cada
uno». Para él no eran una multitud anónima: cada enfermo tenía un rostro, una
historia y un sufrimiento particular. Así nos mira también el Señor. Él conoce
el nombre, el dolor y las lágrimas de cada persona.
No siempre recibimos la curación de la manera o en
el momento que deseamos. Sin embargo, Cristo nunca abandona al enfermo. Algunas
veces concede la recuperación física; otras veces regala fortaleza, serenidad,
reconciliación y esperanza para atravesar la prueba. También actúa mediante los
médicos, enfermeros, familiares, cuidadores y todas las personas que acompañan
con amor.
Cuando la suegra de Simón recuperó la salud,
inmediatamente se puso a servir. La gracia recibida se convirtió en servicio.
Jesús no nos levanta únicamente para que nos sintamos mejor, sino para que
también nosotros ayudemos a levantar a los demás. Quien ha experimentado el
consuelo de Dios aprende a consolar; quien ha sido perdonado aprende a
perdonar; quien ha sido sostenido en su enfermedad puede comprender con mayor
ternura el dolor ajeno.
Finalmente, Jesús se retira a un lugar solitario
para orar y después continúa su camino, porque debe anunciar el Reino de Dios
en otros lugares. La oración no lo aleja de la misión: le da fuerzas para
continuarla. También nosotros necesitamos encontrarnos con el Padre para seguir
sembrando, regando, sanando heridas y llevando esperanza.
Pidamos hoy la gracia de trabajar unidos, sin
rivalidades, sabiendo que todos somos colaboradores de Dios. Y pongamos
especialmente en sus manos a nuestros hermanos enfermos. Que Jesús se acerque a
sus camas, toque sus vidas, alivie sus dolores y fortalezca a sus familias. Que
les conceda, según su voluntad, la salud del cuerpo y siempre la paz, el
consuelo y la esperanza del corazón.
Nosotros sembramos, acompañamos, cuidamos y oramos;
pero es Dios quien sana, sostiene y da el crecimiento. Amén.



