Testigo de la fe:
San Juan María Vianney
1786-1859
«Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan a vivir
de Él para poder vivir para Él», recomendaba el célebre Cura de Ars, pequeño pueblo
francés donde ejerció su ministerio con admirable entrega.
Canonizado en 1925, fue proclamado en 1929 patrono
de todos los párrocos del mundo.
Su vida continúa recordándonos que la fecundidad
del sacerdote nace de la Eucaristía, la oración, la confesión y el servicio
humilde al pueblo de Dios.
Guía
para cada día
¿Dónde está lo puro y
dónde lo impuro? Jesús nos invita a abrir los ojos y a no caminar como ciegos
ante la Ley. Nos llama a distinguir entre lo exterior y lo que realmente nace
del corazón. No basta cuidar las apariencias, repetir normas o realizar
prácticas religiosas si por dentro alimentamos el orgullo, la dureza o la falta
de caridad.
También hoy podemos
preocuparnos demasiado por “lo que dirán” y olvidar lo esencial. Jesús no
desprecia la Ley ni las buenas costumbres; nos enseña a vivirlas con
discernimiento, sin convertirlas en cargas ni sustituir con ellas la voluntad
de Dios. La verdadera pureza comienza en un corazón que escucha al Señor, busca
la verdad y se deja transformar por su gracia.
Pidámosle
que cure nuestra ceguera espiritual, para no dejarnos guiar por prejuicios ni
apariencias, sino para reconocer cada día lo que conduce al amor, a la
misericordia y a la vida.
G.Q
Primera lectura
Por todos tus
numerosos pecados te he tratado de ese modo. Cambiaré la suerte de las tiendas
de Jacob
Lectura del libro de Jeremías.
PALABRA que recibió Jeremías de parte del Señor:
«Esto dice el Señor, Dios de Israel:
“Escribe en un libro todas las palabras que he dicho:
Tu fractura es incurable,
tu herida está infectada;
tu llaga no tiene remedio,
no hay medicina que la cierre.
Tus amantes te han olvidado,
ya no preguntan por ti,
pues te herí como un enemigo,
te di un escarmiento cruel.
Y todo por tus muchos crímenes,
por la gran cantidad de tus pecados.
¿Por qué gritas por tu herida?
Tu llaga es incurable.
Por tantos y tantos crímenes,
por todos tus numerosos pecados
te he tratado de ese modo”.
Pero esto dice el Señor:
“Cambiaré la suerte de las tiendas de Jacob,
voy a compadecerme de sus moradas;
reconstruirán la ciudad sobre sus ruinas,
su palacio se asentará en su puesto.
De allí saldrán alabanzas,
voces con aire de fiesta.
Haré que crezcan y no mengüen,
que sea reconocida su importancia,
que no sean despreciados.
Serán sus hijos como antaño,
su asamblea, estable en mi presencia;
yo castigaré a sus opresores.
De entre ellos surgirá un príncipe,
su gobernante saldrá de entre ellos;
lo acercaré y estará junto a mí,
pues ¿quién arriesgaría su vida
por ponerse cerca de mí?
—oráculo del Señor—.
Y ustedes serán mi pueblo
y yo seré su Dios”».
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor reconstruyó Sion,
y apareció en su gloria.
V. Los
gentiles temerán tu nombre;
los reyes del mundo, tu gloria.
Cuando el Señor reconstruya Sion,
y aparezca en su gloria,
y se vuelva a las súplicas de los indefensos,
y no desprecie sus peticiones. R.
V. Quede
esto escrito para la generación futura,
y el pueblo que será creado alabará al Señor.
Que el Señor ha mirado desde su excelso santuario,
desde el cielo se ha fijado en la tierra,
para escuchar los gemidos de los cautivos
y librar a los condenados a muerte. R.
V. Los hijos
de tus siervos vivirán seguros,
su linaje durará en tu presencia.
Para anunciar en Sion el nombre del Señor,
y su alabanza en Jerusalén,
cuando se reúnan unánimes los pueblos
y los reyes para dar culto al Señor. R.
Aclamación
V. Rabí,
tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel. R.
Evangelio
La planta que
no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús unos fariseos y escribas de Jerusalén y
le preguntaron:
«¿Por qué tus discípulos quebrantan la tradición de nuestros mayores y no se
lavan las manos antes de comer?».
Y, llamando a la gente, les dijo:
«Escuchen y entiendan: no mancha al hombre lo que entra por la boca, sino lo
que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre».
Se acercaron los discípulos y le dijeron:
«¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Respondió él:
«La planta que no haya plantado mi Padre celestial, será arrancada de raíz.
Déjenlos, son ciegos, guías de ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos
caerán en el hoyo».
Palabra del Señor.
1
un corazón limpio y sanado por Dios
Queridos
hermanos:
Hoy
la Palabra de Dios nos invita a mirar el corazón. Jesús cuestiona a quienes se
preocupan demasiado por el cumplimiento exterior de las normas, pero descuidan
lo esencial: la conversión interior, la misericordia y la verdad. Por eso
advierte: «Si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo».
También
nosotros podemos dejarnos guiar por cegueras: las apariencias, los prejuicios,
el miedo al qué dirán o una religiosidad reducida a costumbres. Podemos tener
las manos aparentemente limpias y, sin embargo, conservar un corazón herido por
el resentimiento, la envidia o la falta de caridad. Jesús no desprecia las
prácticas religiosas ni las buenas tradiciones; nos enseña a no convertirlas en
sustitutos del amor ni en cargas para los demás.
En
la primera lectura, el profeta Jeremías habla con palabras muy fuertes: «Tu
herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». El pueblo experimenta las
consecuencias dolorosas de haberse alejado de Dios. Su herida es demasiado
profunda para ser curada únicamente por fuerzas humanas.
Pero
Dios no abandona a su pueblo. Después de mostrarle la verdad de su pecado, le
anuncia la restauración: reconstruirá las tiendas de Jacob, se compadecerá de
sus moradas y volverá a establecer con él una alianza: «Ustedes serán mi pueblo
y yo seré su Dios». El Señor descubre nuestra herida no para humillarnos, sino
para sanarnos. Nos muestra lo que hay dentro del corazón para comenzar allí su
obra de misericordia.
Por
eso proclamamos con esperanza en el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y
apareció en su gloria». Él escucha la oración del indefenso y no desprecia su
súplica. Aunque nuestras familias, comunidades o vidas personales atraviesen
heridas que parecen no tener remedio, para Dios nunca está dicha la última
palabra. Él puede reconstruir lo que el pecado, los conflictos y los años han
deteriorado.
Esta
Palabra resplandece de manera especial en san Juan María Vianney, el santo Cura
de Ars. Fue un sacerdote humilde que no se dejó guiar por las apariencias.
Comprendió que el verdadero mal no era la pobreza exterior, sino el alejamiento
de Dios, y que la mayor medicina para el corazón era la gracia. Pasaba largas
horas en el confesionario porque sabía que allí Cristo limpiaba, perdonaba y
reconstruía vidas. Desde la Eucaristía invitaba: «Vengan a Jesús, vengan a
vivir de Él, para vivir para Él».
San
Juan María Vianney nos enseña que nadie puede conducir a otros hacia Dios si
antes no se deja iluminar por Él. Esto vale para los sacerdotes, para los
padres de familia, para los catequistas y para todos los creyentes. No basta
señalar el camino: debemos caminarlo. No basta hablar de Dios: necesitamos
vivir de Él.
Pidamos
hoy un corazón limpio, unos ojos capaces de discernir y una fe que no se quede
en las apariencias. Presentemos especialmente a nuestras familias, amigos y
benefactores. Que el Señor recompense su cercanía, su generosidad y el bien que
nos han hecho; sane sus heridas, bendiga sus hogares y los conserve unidos en
el amor.
San
Juan María Vianney, patrono de los párrocos y modelo de pastores, ruega por
nosotros y por todos los sacerdotes, para que no seamos guías ciegos, sino
servidores humildes que conduzcan a las personas hacia Jesús. Amén.
2
Reavivar nuestras prácticas religiosas
Jesús convocó a la gente y les dijo: «Escuchen
y entiendan. No es lo que entra por la boca lo que hace impura a la persona,
sino lo que sale de la boca». Entonces se acercaron los discípulos y le
dijeron: «¿Sabes que los fariseos se han escandalizado al oírte?».
Las
palabras de Jesús debieron sorprender profundamente a sus oyentes judíos,
porque cuestionaban creencias muy arraigadas sobre la pureza y la impureza.
Jesús no estaba negando el valor de las prácticas externas cuando se comprenden
correctamente y están ordenadas hacia Dios. Más bien, estaba llevando la
discusión hacia la vida interior, hacia el corazón, verdadera fuente de la
pureza moral o de la corrupción.
Esta
enseñanza surge como respuesta a la pregunta de los fariseos y escribas: «¿Por
qué tus discípulos quebrantan la tradición de los mayores? Porque no se
lavan las manos antes de comer». La llamada “tradición de los mayores” era
un conjunto de interpretaciones y aplicaciones orales de la Ley de Moisés,
desarrolladas a lo largo de varias generaciones. Aunque tenían la intención de
proteger la Ley, con el paso del tiempo algunas terminaron oscureciendo el
corazón de los mandamientos de Dios, al conceder una importancia excesiva a las
observancias exteriores.
Jesús,
entonces, dirige la mirada hacia el interior. Lo que mancha a la persona no es
el incumplimiento ritual de una costumbre externa, sino los deseos
desordenados, los pensamientos y las palabras que proceden de un corazón
corrompido. El pecado se arraiga en una manera equivocada de pensar y en un
desorden interior, no simplemente en la falta de conformidad con determinadas
prácticas rituales.
Esta
verdad ilumina la primera lectura del profeta Jeremías. Dios le dice a su
pueblo: «Tu herida es incurable, tu llaga no tiene remedio». La
verdadera enfermedad de Israel no estaba en su apariencia exterior, sino en lo
profundo de su relación con Dios. Había abandonado al Señor y ahora
experimentaba las consecuencias de su infidelidad. Ninguna solución superficial
podía sanar aquella herida.
Sin
embargo, Dios no muestra la llaga para condenar definitivamente a su pueblo,
sino para curarlo y restaurarlo. Por eso promete reconstruir las tiendas de
Jacob, compadecerse de sus moradas y renovar su alianza: «Ustedes serán mi
pueblo y yo seré su Dios». El Señor toca la raíz del mal, pero también
llega hasta lo más profundo para sanar. Lo que humanamente parece incurable
puede ser restaurado por su misericordia.
Por
eso respondemos con el salmo: «El Señor reconstruyó Sion y apareció en su
gloria». Él escucha la oración de los indefensos y no desprecia sus
súplicas. Dios no se deja impresionar solamente por palabras bonitas o gestos
exteriores; escucha la oración que brota de un corazón humilde, herido y
sincero.
Los
discípulos manifestaron su preocupación porque las palabras de Jesús habían
ofendido a los fariseos. Pero el Señor permaneció firme y dijo de ellos: «Son
ciegos que guían a otros ciegos». Su liderazgo se había separado del
corazón de la verdad divina y de la voluntad del Padre. Por eso Jesús añade: «Toda
planta que no haya plantado mi Padre celestial será arrancada». Las
tradiciones y prácticas que no están arraigadas en la voluntad de Dios no
pueden perdurar.
En
este caso, lavarse ritualmente las manos antes de comer no era algo bueno ni
malo en sí mismo. La limpieza, por supuesto, es una buena costumbre. Sin
embargo, cuando se trata un gesto simbólico como si por sí solo pudiera
comunicar la gracia o conceder la pureza, independientemente de la disposición
interior, termina convirtiéndose en obstáculo. El acto exterior, separado de la
fe y de una intención sincera, pierde su finalidad original.
Aunque
hoy ya no practiquemos las mismas costumbres del judaísmo del siglo primero,
este principio continúa siendo actual. Pensemos, por ejemplo, en la costumbre
de bendecir los alimentos. Es una práctica hermosa y recomendable, pero
solamente cuando es una verdadera oración. Repetir palabras sin atención, sin
gratitud y sin dirigir el corazón a Dios no lo glorifica ni nos dispone para
recibir plenamente la bendición que pedimos. La oración debe nacer siempre de
un corazón sincero y devoto.
Podemos
preguntarnos: ¿a qué nos aferramos más, a nuestras costumbres, tradiciones y
hábitos, o al corazón mismo de la voluntad de Dios? En muchas ocasiones, seguir
fielmente al Señor exige que examinemos, reordenemos y fortalezcamos algunas
prácticas habituales, incluso aquellas que son buenas.
Esto
se aplica especialmente a nuestras prácticas religiosas: hacer la señal de la
cruz, rezar el avemaría o el padrenuestro, colaborar con los necesitados y
participar en la Misa dominical. Todas estas acciones poseen un gran valor
espiritual, pero deben estar unidas a una fe consciente y al amor. La
Eucaristía es verdaderamente fuente y cumbre de la vida cristiana; sin embargo,
si solo estamos presentes exteriormente, mientras nuestro corazón permanece
alejado del misterio sagrado que celebramos, no recibiremos con toda la
fecundidad los frutos de gracia que Dios desea concedernos.
Hoy,
en la memoria de san Juan María Vianney, contemplamos a un sacerdote que vivió
profundamente esta unidad entre el corazón y las prácticas de la fe. El santo
Cura de Ars celebraba la Eucaristía, confesaba, predicaba y oraba no como quien
cumple mecánicamente una obligación, sino como quien está enamorado de
Jesucristo y desea conducir a los demás hacia Él. Pasaba largas horas en el
confesionario porque sabía que solamente la gracia de Dios puede sanar esas
heridas interiores que parecen incurables.
San
Juan María Vianney solía invitar: «Vengan a comulgar, vengan a Jesús, vengan
a vivir de Él, para poder vivir para Él». Su vida nos recuerda que las
prácticas religiosas recuperan toda su fuerza cuando nacen de un encuentro vivo
con Cristo. También nos enseña que un pastor no puede ser un guía ciego:
necesita dejarse iluminar, sanar y conducir cada día por el Señor.
Examinemos,
pues, nuestras prácticas religiosas. ¿Son solamente costumbres externas o
expresan una fe viva? Busquemos reunir nuevamente el corazón y el hábito, para
que cada oración, cada gesto, cada obra de caridad y cada acto de culto broten
de un alma sinceramente unida a la voluntad de Dios.
Pidamos
hoy, por intercesión de san Juan María Vianney, por la santificación de los
sacerdotes y por nuestras familias, amigos y benefactores. Que el Señor escuche
sus súplicas, sane sus heridas, bendiga su generosidad y haga de sus hogares
verdaderas comunidades de fe y de amor.
Oración
Sacratísimo Corazón de Jesús, todo lo que hiciste brotó de
la perfección del amor que inundaba tu Corazón. Nunca actuaste por simple
rutina o costumbre, sino de manera consciente y sincera, realizando cada obra
con el amor que glorificaba a tu Padre celestial.
Haz mi corazón semejante al tuyo, para que mis palabras no
hieran, mis prácticas religiosas no sean vacías y todo cuanto haga produzca
frutos de gracia y te dé gloria eternamente. Sana mis heridas interiores y
enséñame a vivir de ti para vivir enteramente para ti.
Jesús, confío en ti. Amén.
************
4 de agosto:
San Juan María Vianney (el Cura de Ars), Presbítero — Memoria
1786–1859
Patrono de los párrocos, de todos los sacerdotes y de los confesores
Canonizado por el Papa Pío XI en 1925
Cita:
…Creo, hermanos, que ustedes querrían saber cuál es el estado del alma tibia. Pues bien, este es. Un alma tibia no está del todo muerta a los ojos de Dios porque la fe, la esperanza y la caridad que son su vida espiritual no están completamente extinguidas. Pero es una fe sin celo, una esperanza sin resolución, una caridad sin ardor. Nada conmueve a esta alma: escucha la Palabra de Dios, sí, es verdad; pero a menudo le aburre… ¿Quién puede atreverse a asegurarse a sí mismo que no es ni un gran pecador ni un alma tibia, sino que es uno de los elegidos? ¡Ay, hermanos míos!, cuántos parecen ser buenos cristianos a los ojos del mundo, pero en realidad son almas tibias a los ojos de Dios, que conoce lo más íntimo de nuestros corazones. Pidamos a Dios con todo nuestro corazón, si estamos en este estado, que nos dé la gracia de salir de él, para que podamos tomar el camino que todos los santos han recorrido y llegar a la felicidad que ellos están disfrutando. Eso es lo que deseo para ustedes.
~Homilía, San Juan María Vianney
Reflexión:
Juan María Bautista Vianney fue el cuarto de seis hijos nacidos de padres católicos devotos en Dardilly, un pueblo rural situado cerca de Lyon, en el este de Francia. Juan nació apenas tres años antes del inicio de la Revolución Francesa, durante la cual la Iglesia Católica fue ferozmente atacada. El culto público fue suprimido, las iglesias fueron cerradas o reconvertidas, y muchos sacerdotes, bajo coacción, juraron lealtad al nuevo Estado, se ocultaron o fueron asesinados. Durante el Reinado del Terror, de 1793 a 1794, miles de clérigos en Francia fueron ejecutados en la guillotina. Fue un tiempo caótico en Francia y aún más caótico para ser sacerdote.
Durante este tiempo, la familia Vianney a menudo escondía sacerdotes y asistía a sus misas clandestinas en granjas cercanas. El testimonio de aquellos sacerdotes que arriesgaban su vida para ofrecer los sacramentos fue una fuente poderosa de inspiración para el joven Juan, motivándolo más tarde a convertirse en sacerdote. Dadas las circunstancias, Juan pasó la mayor parte de su infancia ayudando en la granja familiar y cuidando los rebaños, más que asistiendo a la escuela. Recibió una educación sencilla de su madre, pero era prácticamente analfabeto durante su adolescencia. Recibió instrucción catequética en secreto de dos religiosas para prepararse para su Primera Comunión, que recibió a los trece años en la casa de un vecino.
En 1799, Napoleón tomó el poder en Francia y, en 1801, él y el Papa Pío VII firmaron un acuerdo llamado el Concordato. Este acuerdo no restauró por completo los derechos anteriores de la Iglesia Católica, pero sí reconoció el catolicismo como la fe de la mayoría de los ciudadanos franceses y permitió el culto público, aunque regulado por el Estado. En 1806, el párroco de la aldea vecina de Écully, el Padre Balley, abrió una escuela para aspirantes al seminario. A los veinte años, Juan comenzó allí su formación formal. Aunque tuvo grandes dificultades, especialmente con el latín, su fe era evidente y su humildad profunda.
En 1809, su formación fue interrumpida cuando fue reclutado para el ejército de Napoleón para combatir a los españoles durante la Guerra de la Quinta Coalición. Antes, los seminaristas estaban exentos del servicio militar, pero Napoleón, ante las fuertes bajas, abolió la exención. Tras unirse a su regimiento, Juan cayó enfermo, fue hospitalizado y quedó rezagado. Luego fue asignado a otro regimiento, pero, absorto en la oración en una iglesia cercana, perdió la partida de sus compañeros. Fue enviado a alcanzarlos, pero no logró encontrarlos y, en cambio, fue mal dirigido a la aldea de Noes, donde se escondían varios desertores. Lo convencieron de quedarse, cambiar de nombre, ocultarse y enseñar en la escuela. Permaneció allí más de un año. Finalmente, obtuvo amnistía y pudo regresar a Écully para continuar su formación con el Padre Balley.
Aunque siguió teniendo dificultades en los estudios, el Padre Balley lo apoyó, viendo en él una verdadera vocación, un profundo amor a la Virgen María y una intensa vida de oración. Tras completar sus estudios en Écully, el Padre Balley convenció al Vicario General de la diócesis de admitirlo en el seminario diocesano. Juan perseveró. Cuando llegó el momento de su ordenación, algunos dudaban de su idoneidad. El obispo preguntó por su piedad y le respondieron que rezaba el rosario como un ángel. Eso bastó al obispo. Juan fue ordenado sacerdote el 12 de agosto de 1815 y enviado como vicario a Écully, donde sirvió dos años hasta la muerte del Padre Balley.
En 1817, el Padre Vianney fue enviado como capellán a la iglesia de San Sixto, en Ars, una comunidad agrícola de poco más de 200 habitantes. Permanecería allí los siguientes cuarenta y un años. Se cuenta que, en el camino, se encontró con un niño que cuidaba ovejas. Le preguntó cuánto faltaba para llegar a Ars y el niño lo guió. Al ver el campanario, el Padre Vianney se arrodilló, oró largamente y luego continuó. Al llegar, le dijo al niño: “Tú me has mostrado el camino a Ars, yo te mostraré el camino al Cielo.”
Ars era conocida por sus bailes, borracheras y blasfemias. La iglesia estaba deteriorada, la moral baja y la asistencia a misa escasa. El Padre Vianney se puso a trabajar de inmediato. Los vecinos ni siquiera sabían que recibirían un capellán, así que nadie asistió a sus primeras misas. Pero, al verlo orar ante el Santísimo, la curiosidad creció y la gente empezó a asistir. Sus homilías eran sencillas y directas: evitar el pecado, vivir en gracia, orar, recibir los sacramentos —especialmente la confesión y la Eucaristía— y vivir la caridad y la virtud.
En tres años, Ars comenzó a transformarse. El Padre Vianney oraba largas horas, hacía severas penitencias y ayunos (alimentándose casi solo de patatas hervidas), restauró la iglesia, visitó casas y aldeas cercanas. En 1823, el obispo elevó la iglesia a parroquia, nombrándolo párroco. En 1827, podía decir: “Ars ya no es Ars.” La gente acudía en masa a misa y a confesarse. Pronto, su fama atrajo a miles cada año; algunos días pasaba hasta dieciséis horas en el confesionario. En la década de 1850, decenas o cientos de miles de peregrinos llegaban a Ars. Se construyó una iglesia más grande y hasta un ferrocarril para facilitar el acceso.
Su método sacerdotal era sencillo: dejar que Dios actuara a través de él. El diablo, dicen, lo atormentó muchas veces, admitiendo en una ocasión: “Si hubiera tres como tú en Francia, no podría poner un pie aquí.”
Al honrar a este santo sacerdote, pensemos en la importancia del sacerdocio. San Juan Vianney decía: “Si me encontrara con un sacerdote y un ángel, saludaría primero al sacerdote… Si no hubiera sacerdote, la Pasión y muerte de Jesús no servirían de nada. ¿De qué sirve un cofre lleno de oro si no hay quien lo abra? El sacerdote tiene la llave de los tesoros del Cielo.” Aunque pocos sacerdotes alcanzan plenamente la dignidad y responsabilidad de su ministerio, todos llevan en sí el poder sagrado de dispensar la misericordia de Dios, absolver los pecados y hacer presente la Pasión de Cristo en la Eucaristía.
Oración:
San Juan María Vianney, amaste a Dios con todo tu corazón y lo diste a conocer a tu pueblo. Por ti, Ars y gran parte de Francia se convirtieron. Ruega por mí, para que esté abierto al ministerio de los sacerdotes, recibiendo por ellos la Palabra y la gracia de Dios, y ofreciéndoles el amor, apoyo y respeto que merecen. Rezo especialmente por los sacerdotes que forman parte de mi vida, para que sean pastores santos a imitación de Cristo. San Juan Vianney, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


