miércoles, 12 de agosto de 2026

13 de agosto del 2026: jueves de la decimonovena semana del tiempo ordinario- Memoria opcional de Santos Ponciano, papa e Hipólito, presbítero, mártires


Testigos de la fe:

Santos Ponciano e Hipólito, mártires

Siglo III. Ponciano, elegido papa en el año 230, e Hipólito, sacerdote y destacado teólogo romano que había llegado a enfrentarse a la autoridad pontificia y es considerado tradicionalmente el primer antipapa, terminaron compartiendo un mismo destino.

Durante la persecución del emperador Maximino el Tracio, hacia el año 235, ambos fueron deportados a las durísimas minas de Cerdeña. Allí, en medio del sufrimiento, Hipólito se reconcilió con la Iglesia y con el papa Ponciano, poniendo fin a años de división.

Ponciano renunció al pontificado para que la Iglesia de Roma pudiera elegir un nuevo pastor mientras él permanecía desterrado. Poco después, tanto él como Hipólito murieron a consecuencia de los malos tratos y del agotamiento, y la Iglesia los veneró como mártires.

Hay algo profundamente evangélico en que la Iglesia los recuerde juntos el 13 de agosto: quienes habían estado enfrentados terminaron unidos por la misma fe, el mismo sufrimiento y el mismo testimonio de Cristo.

Su memoria nos recuerda que ninguna división tiene que ser definitiva: la reconciliación puede convertir incluso una historia de enfrentamientos en una historia de santidad.

P.E.I

 


«Sordo a la verdad»

(Mt 18,21–19,1«El servidor perdonado no perdona a su deudor: ¿por qué? Sin duda, porque no ha escuchado realmente que ha sido liberado de su propia deuda. ¿Y por qué sucede esto? Porque no logra escuchar, en lo profundo de sí mismo, la verdad de la misericordia que acaba de recibir.»

El problema de aquel servidor no es simplemente que sea cruel: es que no ha comprendido verdaderamente el perdón recibido. Ha oído las palabras del rey, ha visto cancelada una deuda inmensa, pero esa gracia no ha llegado hasta su corazón.

Por eso, cuando encuentra a un compañero que le debe muchísimo menos, actúa como si él mismo nunca hubiera necesitado misericordia. Es sordo a la verdad de su propia historia: olvida de dónde lo sacaron, cuánto se le perdonó y cuánto dependía él también de la compasión de otro.

Aquí está una de las grandes enseñanzas del Evangelio: quien se sabe perdonado aprende a perdonar. No porque el daño sufrido deje de doler ni porque perdonar signifique justificar la injusticia, sino porque el cristiano reconoce que vive primero de una misericordia que no ha merecido.

Podríamos resumirlo así:

El perdón que no llega al corazón se convierte en una gracia olvidada; el perdón verdaderamente recibido termina transformándose en misericordia para los demás.

Y ahí cobra toda su fuerza la respuesta de Jesús a Pedro: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No se trata de llevar una contabilidad del perdón, sino de vivir desde la conciencia de que Dios ha dejado de llevar la cuenta de nuestras propias deudas.

 

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Primera lectura

Ez 12, 1-12

Emigra en pleno día, a la vista de todos

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, vives en medio de un pueblo rebelde: tienen ojos para ver, y no ven; tienen oídos para oír, y no oyen, porque son un pueblo rebelde.
Así pues, tú, hijo de hombre, prepara tu equipaje para el destierro, y emigra en pleno día, a la vista de todos; a la vista de todos emigra a otro sitio. Tal vez así comprendan que son un pueblo rebelde.
Sacarás tu equipaje de deportado en pleno día, a la vista de todos; partirás al atardecer, a la vista de todos, como quien va al destierro.
A la vista de todos abre una brecha en el muro y saca por allí tu equipaje.
Cárgalo al hombro a la vista de todos, sácalo en la oscuridad. Cúbrete la cara para no ver la tierra, porque hago de ti un signo para la casa de Israel».
Yo hice todo lo que me había ordenado. Saqué mi equipaje como quien va al destierro, en pleno día; al atardecer abrí una brecha en el muro con las manos, lo saqué en la oscuridad y me lo cargué al hombro, a la vista de todos.
A la mañana siguiente me fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, ¿no te ha preguntado la casa de Israel, la casa rebelde, qué es lo que hacías?
Pues respóndeles:
“Esto dice el Señor Dios: Este oráculo toca al príncipe en Jerusalén y a toda la casa de Israel que vive allí”.
Di: “Yo soy un signo para ustedes: como yo he hecho, así harán con ellos. Serán deportados, irán al destierro.
El príncipe que vive entre ellos se cargará al hombro el equipaje, en la oscuridad saldrá por una brecha que abrirán en el muro para sacarlo, se cubrirá la cara para no ver su tierra con sus propios ojos”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 77, 56-57. 58-59. 61-62 (R.: cf. 7b)

R. ¡No olviden las acciones del Señor!

V. Ellos tentaron al Dios altísimo y se rebelaron,
negándose a guardar sus preceptos;
desertaron y traicionaron como sus padres,
fallaron como un arco engañoso. 
R.

V. Con sus altozanos lo irritaban,
con sus ídolos provocaban sus celos.
Dios lo oyó y se indignó
y rechazó totalmente a Israel.
 R.

V. Abandonó sus valientes al cautiverio,
su orgullo a las manos enemigas;
entregó su pueblo a la espada,
encolerizado contra su heredad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
enséñame tus decretos. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 21 — 19, 1

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión
de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».
Cuando acabó Jesús estos discursos, partió de Galilea y vino a la región de Judea, al otro lado del Jordán.

Palabra del Señor.

 

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Hermanos:

Hay una frase que puede ayudarnos a entrar en toda la Palabra de hoy: «Sordo a la verdad».

Y curiosamente, la primera lectura comienza precisamente hablando de una sordera espiritual. Dios dice al profeta Ezequiel que vive en medio de un pueblo que «tiene ojos para ver y no ve, oídos para oír y no oye». No se trata de una incapacidad física; se trata de algo mucho más peligroso: podemos escuchar a Dios y, sin embargo, vivir como si no hubiéramos escuchado nada.

Por eso Dios convierte al mismo Ezequiel en un signo viviente. Le manda preparar su equipaje, cargarlo sobre sus hombros, abrir un boquete en el muro y salir como quien marcha al destierro. Quizá, viendo aquel gesto, el pueblo comprenda finalmente aquello que no quiere escuchar con palabras.

También la Iglesia está llamada a ser así: una Palabra que se hace visible. Evangelizar no consiste solamente en hablar de Cristo; consiste en vivir de tal manera que nuestra vida haga visible el Evangelio.

El salmo nos da entonces una clave preciosa: «No olviden las acciones del Señor». El drama de Israel fue precisamente olvidar lo que Dios había hecho por él. Y el drama del servidor del Evangelio será exactamente el mismo: olvidar la misericordia que acaba de recibir.

Pedro pregunta:

«Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?»

Y Jesús responde llevando el perdón más allá de toda contabilidad: no siete veces, sino setenta veces siete —o, según la traducción, setenta y siete veces—.

Entonces cuenta la parábola.

Un hombre debe una cantidad inmensa, imposible de pagar. Suplica misericordia y el señor, movido a compasión, le perdona toda la deuda. Pero apenas sale, encuentra a otro que le debe mucho menos. Lo agarra, lo aprieta y le exige: «Págame lo que me debes».

¿Qué le pasó?

Aquí aparece aquella expresión: se volvió sordo a la verdad.

Había escuchado: «Estás perdonado», pero todavía no había comprendido lo que significaba estar perdonado.

Había recibido misericordia, pero la misericordia no había llegado hasta su corazón.

Y quizás aquí está una de las preguntas más fuertes que hoy nos hace Jesús: ¿soy consciente de cuánto me ha perdonado Dios?

Porque muchas veces tenemos una memoria extraordinaria para recordar lo que otros nos hicieron, pero una memoria muy corta para recordar lo que Dios nos ha perdonado.

Recordamos una palabra que nos dijeron hace diez años.
Recordamos aquella traición.
Recordamos aquella humillación.
Recordamos quién no nos llamó, quién no nos agradeció, quién nos decepcionó.

Pero el salmo nos dice:

«No olviden las acciones del Señor».

No olvides las veces que Dios te levantó.
No olvides las veces que volvió a confiar en ti.
No olvides las absoluciones recibidas.
No olvides las oportunidades que te concedió.
No olvides cuánto has vivido también tú de misericordia.

Porque cuando uno recuerda cuánto ha sido perdonado, comienza a mirar de otra manera las deudas de los demás.

Eso no significa justificar el mal, negar las heridas o permitir abusos. Perdonar no es decir que nada ocurrió. Perdonar significa no permitir que el mal recibido tenga la última palabra sobre nuestro corazón.

Y hoy, cuando oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, esta Palabra adquiere una fuerza particular.

El mundo necesita evangelizadores que no solamente anuncien misericordia, sino que sean misericordiosos.

Necesitamos sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas y laicos que sean como Ezequiel: signos vivos de Dios en medio del pueblo. Hombres y mujeres cuya vida haga creíble aquello que anuncian.

¿Qué hermoso sería que algún joven sintiera la llamada de Dios porque encontró una comunidad capaz de perdonar!

¿Qué hermoso que alguien descubriera su vocación porque conoció un sacerdote, una religiosa, un catequista o una familia en quienes pudo decir: «Ahí se nota que Dios existe; ahí se nota que el Evangelio es verdad».

Pidamos entonces hoy:

Señor, líbranos de tener ojos y no ver,
oídos y no escuchar.
No permitas que olvidemos tu misericordia.
Haz de tu Iglesia un signo vivo de reconciliación.
Suscita jóvenes capaces de entregar su vida al Evangelio,
sacerdotes santos, religiosos y religiosas generosos,
familias misioneras y laicos comprometidos.
Y que quienes hemos sido perdonados por Ti
aprendamos también a perdonar de corazón. Amén.

Una frase para llevarnos hoy:
«Quien recuerda cuánto ha sido perdonado por Dios, aprende a mirar con misericordia las deudas de los demás».

 

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13 de agosto:
Santos Ponciano, Papa, e Hipólito, Presbítero, Mártires — Memoria opcional
Desconocida – c. 235
San Hipólito — Patrono de los caballos
San Ponciano — Patrono de Carbonia y Montaldo Scarampi, Italia

 


Cita:


“Pero que cada uno de los fieles sea celoso, antes de comer cualquier otra cosa, de recibir la Eucaristía; porque si alguien la recibe con fe, después de tal recepción no podrá ser dañado, incluso si se le diera un veneno mortal. Pero que cada uno se cuide de que ningún incrédulo pruebe la Eucaristía, ni un ratón ni ningún otro animal, y que nada de ella caiga o se pierda; porque el Cuerpo de Cristo ha de ser comido por los creyentes y no debe ser despreciado. La copa, cuando hayas dado gracias en el nombre del Señor, la has aceptado como imagen de la sangre de Cristo. Por lo tanto, que nada de ella se derrame, para que ningún espíritu extraño la lama, como si la despreciaras; serás culpable de la sangre, como si despreciaras el precio con el que has sido comprado.”


~De la Tradición Apostólica, por San Hipólito

 

Reflexión:


Después de que Jesús encomendó a los Apóstoles difundir el Evangelio hasta los confines de la tierra, se cree que San Juan Evangelista convirtió a muchos, entre ellos a San Policarpo, a quien ordenó obispo de Esmirna, en la actual Turquía. San Ireneo se convirtió en discípulo de San Policarpo, y fue ordenado primero presbítero y luego obispo en lo que hoy es Lyon, Francia. Se cree que uno de los santos que hoy celebramos, Hipólito, fue influenciado por San Ireneo, e incluso quizá fue su discípulo.

San Ireneo fue un fuerte opositor de las herejías emergentes de su tiempo. Su famosa obra Contra las Herejías describe los muchos errores de las primeras herejías, especialmente el gnosticismo. Ireneo murió aproximadamente treinta y tres años antes que Hipólito, pero es muy probable que sus caminos se cruzaran. Ambos compartieron la misión de erradicar la herejía, y es probable que Hipólito fuera influenciado por el obispo Ireneo. Una de las obras más conocidas de Hipólito se titula Philosophumena o Refutación de todas las Herejías. En esta obra, al igual que Ireneo, refuta sistemáticamente las herejías de su tiempo, particularmente el gnosticismo.

Impulsado por un exceso de celo, Hipólito entró en conflicto con el papa San Ceferino y otros presbíteros en Roma, a quienes consideraba demasiado indulgentes con ciertas herejías que afectaban a la Iglesia, especialmente el modalismo, herejía que niega las distintas personas de la Trinidad. Cuando el papa Ceferino murió y San Calixto fue elegido en 217, Hipólito lo consideró demasiado tolerante y no estuvo de acuerdo con su enfoque doctrinal para reconciliar a adúlteros y asesinos, que incluía legitimar lo que Hipólito veía como matrimonios inválidos. También acusó al papa Calixto, como antes a Ceferino, de modalismo. Esto llevó a Hipólito a separarse de la Iglesia Católica y a declararse antipapa. El antipapa Hipólito continuó su cisma durante los pontificados de los dos sucesores de Calixto: el papa Urbano (c. 223–230) y el papa Ponciano (230–235).

El pontificado de Ponciano estuvo marcado por su lucha constante contra las herejías que azotaban la Iglesia. Luchó especialmente contra las herejías relacionadas con la naturaleza de la Santísima Trinidad. Ponciano es también conocido por su condena de las enseñanzas del renombrado teólogo Orígenes. Entre las doctrinas condenadas de Orígenes estaban la creencia en la preexistencia de las almas y la salvación final de todos. Aunque Orígenes fue un importante teólogo de la Iglesia primitiva, esta condena impidió que se le concediera formalmente el título de “santo”. El papa Ponciano también tuvo que enfrentar el cisma en curso liderado por el antipapa Hipólito durante todo su pontificado.

En el año 235, Maximino el Tracio tomó el poder con el apoyo de su ejército y se convirtió en emperador romano. El emperador Maximino ordenó inmediatamente el arresto y encarcelamiento de los líderes cristianos. Entre los primeros arrestados estuvieron el papa Ponciano y el antipapa Hipólito, quienes fueron enviados a trabajar en las duras condiciones de las minas en la isla de Cerdeña.

Aunque su arresto pudiera parecer trágico, dio frutos. En prisión, Hipólito se reconcilió con el papa Ponciano, poniendo fin a una división que había durado unos dieciocho años. Incapaz de gobernar la Iglesia desde la cárcel, Ponciano renunció a su cargo, convirtiéndose en el primer papa en hacerlo. Las condiciones eran tan severas que ambos murieron a causa de ellas, convirtiéndose así en mártires. El papa Antero sucedió a Ponciano, pero murió en pocos meses. Después fue elegido el papa Fabián, quien gobernó la Iglesia durante los siguientes catorce años.

Los cuerpos de Hipólito y Ponciano fueron devueltos a Roma dentro del año siguiente a sus muertes por el papa Fabián. San Ponciano fue sepultado en la cripta papal de las Catacumbas de Calixto, y San Hipólito en un cementerio en la Vía Tiburtina. Con el tiempo, se erigió una basílica sobre la tumba de San Hipólito, lo que indica la gran veneración que el pueblo de Roma le tenía y la alegría por su reconciliación con la Iglesia.

Los santos Ponciano e Hipólito vivieron en una época difícil para la Iglesia. Ambos fueron fervientes defensores de la verdadera naturaleza de la Santísima Trinidad y murieron por su fe. Además de su Philosophumena, San Hipólito nos dejó su Tradición Apostólica, que ofrece una detallada descripción de los primeros ritos de ordenación, la recepción de catecúmenos en la Iglesia y la celebración de la Eucaristía. También escribió un comentario sobre el profeta Daniel y el Cantar de los Cantares, un tratado sobre Cristo y el Anticristo basado en los libros de Daniel y Apocalipsis, y varios sermones. Aunque San Ponciano no dejó escritos conocidos, nos dejó el testimonio de su vida y muerte, su disposición a reconciliarse con su rival y su valiente defensa de las verdaderas doctrinas de la Iglesia.

Al honrar hoy a estos dos santos antiguos, recordemos que sus luchas no son tan diferentes de las nuestras. Aunque las herejías y desafíos cambian con los siglos, también se repiten. Inspírate en el valor y el celo de estos dos hombres, y pide la gracia de ser tan fiel al Evangelio hoy como ellos lo fueron en su tiempo.

Oración:


Santos Ponciano e Hipólito, ambos sirvieron a la Iglesia en un tiempo difícil, cuando la naturaleza de la Santísima Trinidad fue puesta en duda. Defendieron la verdad y la enseñaron incansablemente. Por su fidelidad, murieron por la fe, reconciliados con Dios y entre ustedes. Les ruego que oren por mí, para que siempre busque la reconciliación, especialmente con otros cristianos, y permanezca fiel a la única fe verdadera. Santos Ponciano e Hipólito, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

martes, 11 de agosto de 2026

12 de agosto del 2026: miércoles de la decimonovena semana del tiempo ordinario II

 

Manual para tiempos de crisis

Mateo nos ayuda a comprender la comunidad cristiana como un lugar donde el Resucitado está verdaderamente «con nosotros», y es precisamente la concordia entre los hermanos la que mejor manifiesta esa presencia activa.

Jesús no imagina una comunidad sin conflictos. Sabe que habrá heridas, desacuerdos y pecados. Por eso ofrece casi un manual para los momentos de crisis: primero hablar personalmente con el hermano; después, si es necesario, buscar la ayuda de uno o dos más; finalmente, acudir a la comunidad. El objetivo nunca es humillar, señalar o excluir, sino «ganar al hermano» (cf. Mt 18,15).

La corrección cristiana nace del amor, no de la superioridad. Quien corrige debe hacerlo buscando salvar la relación y reconstruir la comunión.

Por eso Jesús termina con una promesa extraordinaria: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Cristo se hace presente allí donde los discípulos buscan reconciliarse, escucharse, perdonarse y ponerse de acuerdo para orar.

En tiempos de crisis, una comunidad cristiana no se salva porque nunca tenga problemas, sino porque aprende a afrontarlos con verdad, caridad, diálogo y oración.

Quizá podríamos resumir el Evangelio así:

Cuando surge un conflicto, no hables primero del hermano: habla primero con el hermano. Y cuando la comunión parece imposible, recuerda que Cristo sigue estando en medio.

 



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Primera lectura

Ez 9, 1-7; 10, 18-22
Marca en la frente a los que se lamentan por las acciones detestables de Jerusalén

Lectura de la profecía de Ezequiel.

OÍ al Señor que exclamaba con voz potente:
«¡Ha llegado el juicio de la ciudad! Que cada uno empuñe su arma destructora».
Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte. Cada uno empuñaba una maza. En medio de ellos estaba un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce.
La Gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, dirigiéndose al umbral del templo.
Llamó al hombre vestido de lino, que tenía los avíos de escribano a la cintura.
El Señor le dijo:
«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen y se lamentan por las acciones detestables que en ella se cometen».
A los otros les dijo en mi presencia:
«Recorran la ciudad detrás de él, golpeando sin compasión y sin piedad. A viejos, jóvenes y doncellas, a niños y mujeres, mátenlos, acaben con ellos; pero no se acerquen a ninguno de los que tienen la señal. Comenzarán por mi santuario».
Y comenzaron por los ancianos que estaban frente al templo.
Luego les dijo:
«Profanen el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salgan a matar por la ciudad».
La Gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre los querubines. Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron sobre la tierra ante mis ojos. Junto con ellos partieron también las ruedas y se detuvieron a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor. La Gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.
Eran los mismos seres que había visto bajo el Dios de Israel junto al río Quebar, y comprendí que eran querubines.
Cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas, y bajo las alas una especie de mano humana. El aspecto de sus rostros era el de los rostros que había visto junto al río Quebar. Todos ellos iban de frente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 4b)

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra
quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

 

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Hermanos, hay una frase del Evangelio de hoy que podría servirnos como un pequeño manual para los momentos de crisis:

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas».

Jesús es muy realista. Él no imagina una comunidad cristiana donde nunca haya problemas, diferencias, errores o pecados. Sabe que incluso entre quienes creen en Él habrá heridas. La cuestión no es si tendremos conflictos; la pregunta es qué hacemos cuando aparecen.

Y Jesús nos propone un camino muy distinto al que muchas veces sigue nuestra sociedad.

Porque cuando alguien se equivoca, nuestra primera reacción puede ser contárselo a otro. Después a otro. Y después quizá a todo el mundo.

Jesús propone exactamente lo contrario:

No hables primero del hermano; habla primero con el hermano.

Y añade algo todavía más importante: la finalidad de la corrección no es demostrar que yo tenía razón. Jesús dice:

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Ese es el objetivo: ganar al hermano, no ganar la discusión.

Ahí está la diferencia entre la corrección cristiana y la condena.

La condena dice: «Quiero demostrar que estás equivocado».

La corrección fraterna dice: «No quiero perderte como hermano».

Por eso Jesús propone un proceso lleno de delicadeza: primero personalmente; después, si es necesario, con la ayuda de otros; finalmente, con la comunidad. Todo está orientado a reconstruir la comunión.

Y esto conecta profundamente con la impresionante visión del profeta Ezequiel.

Jerusalén atraviesa uno de los momentos más dolorosos de su historia. El pecado, la idolatría y la injusticia han penetrado incluso en el lugar santo. Entonces Dios manda colocar una tav, una marca, sobre la frente de aquellos que todavía son capaces de lamentarse por el mal que se comete.

Es una imagen muy fuerte.

Los marcados por Dios son aquellos que no se han acostumbrado al mal.

Porque existe un peligro mayor que equivocarnos: dejar de sentir que algo está mal.

Acostumbrarnos a la mentira.

Acostumbrarnos a la violencia.

Acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.

Acostumbrarnos a destruir la fama de las personas.

Acostumbrarnos a guardar resentimientos.

Acostumbrarnos incluso a nuestras propias incoherencias.

Aquellos hombres de Ezequiel llevan la tav porque todavía conservan un corazón sensible ante Dios. Y el texto continúa con una escena dramática: la gloria del Señor abandona el umbral del Templo y se desplaza con los querubines.

Es como si Dios dijera:

«No pueden encerrarme dentro de un templo mientras mi alianza desaparece de sus vidas».

Dios ama el culto, porque Él mismo lo pidió a su pueblo; pero el culto verdadero tiene que transformar la existencia.

También nosotros podríamos llevar una cruz al cuello, persignarnos muchas veces, participar en procesiones y venir a la Eucaristía; pero la pregunta es:

¿la cruz que llevamos por fuera está también grabada en nuestra manera de vivir?

Por eso la antigua tav de Ezequiel resulta tan sugerente para nosotros. Aquella señal que distinguía a quienes pertenecían al Señor puede hacernos pensar, a la luz de Cristo, en la cruz con la que nosotros hemos sido marcados.

Pero la cruz no puede convertirse en un simple adorno.

Ser marcados por Cristo significa aprender a vivir como Cristo.

Perdonar como Cristo.

Buscar al que se ha alejado como Cristo.

Corregir sin destruir.

Decir la verdad sin humillar.

Defender la comunión sin esconder el pecado.

Y entonces comprendemos el salmo:

«La gloria del Señor se eleva sobre los cielos».

El profeta contempla la gloria alejándose del Templo; el salmista recuerda que esa gloria no puede quedar encerrada dentro de ningún edificio. Dios es más grande que nuestras estructuras, nuestros esquemas e incluso nuestras crisis. Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor.

Y precisamente por eso el Evangelio termina de una manera sorprendente.

Después de hablar de pecado, corrección y conflictos, Jesús habla de oración y presencia:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Qué hermoso.

Cristo está presente allí donde dos personas que estaban distanciadas vuelven a hablarse.

Cristo está presente cuando alguien tiene el valor de corregir sin humillar.

Cristo está presente cuando el ofendido decide escuchar.

Cristo está presente cuando una familia se reúne para pedir perdón.

Cristo está presente cuando una comunidad decide que vale más salvar al hermano que ganar una pelea.

Tal vez por eso podríamos resumir hoy el Evangelio con una frase:

Una comunidad cristiana no es aquella donde nunca hay problemas, sino aquella donde los problemas se enfrentan con verdad, caridad, diálogo y oración.

Y hoy queremos llevar esta Palabra de manera especial hacia nuestros enfermos.

Hay enfermedades del cuerpo que producen dolor, cansancio, preocupación e incertidumbre. Pero existen también heridas que no aparecen en una radiografía: la soledad, el miedo, el desánimo, la angustia, el sentirse una carga para los demás.

Quizá nosotros podemos convertirnos hoy en esa presencia de Cristo para ellos.

Una llamada.

Una visita.

Un mensaje.

Una oración.

Un momento para escuchar sin prisa.

A veces no podemos curar la enfermedad, pero sí podemos hacer que ningún enfermo tenga que vivirla sintiéndose solo.

Por eso, al celebrar esta Eucaristía, ponemos delante del Señor a nuestros familiares, amigos y miembros de nuestra comunidad que atraviesan alguna enfermedad.

Que Cristo pase hoy junto a sus camas.

Que fortalezca a quienes están cansados.

Que dé paciencia a quienes llevan tratamientos prolongados.

Que ilumine a médicos, enfermeras y cuidadores.

Que consuele a las familias.

Y que a nosotros nos quite la indiferencia para que sepamos reconocerlo en quien sufre.

Pidámosle al Señor una gracia muy concreta:

que la cruz que trazamos cada día sobre nuestra frente se convierta también en una manera de vivir: amar, reconciliar, acompañar y no abandonar a ningún hermano, especialmente cuando está enfermo.

Amén.

 

2

 

La caridad fraterna

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos ofrece una enseñanza muy concreta sobre algo que todos vivimos: los conflictos, las heridas y las ofensas.

Jesús dice:

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas».

La caridad fraterna no consiste solamente en sentir afecto por los demás. A veces amar es fácil, pero cuando alguien nos hiere, nos decepciona o habla mal de nosotros, amar se vuelve mucho más difícil.

Y precisamente ahí comienza el Evangelio.

Jesús no nos pide negar el dolor. La herida existe. Pero nos enseña que esa herida no tiene por qué convertirse en resentimiento.

Por eso propone un camino muy concreto.

Primero: hablar a solas con el hermano.

No ir inmediatamente a contárselo a otros.

No comenzar por el chisme.

No publicar indirectas.

No destruir la fama de quien nos ha ofendido.

Jesús dice:

«Ve y habla con él».

Y añade:

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Qué importante esa expresión.

Jesús no dice: “habrás ganado la discusión”.

Dice:

«Habrás ganado a tu hermano».

La finalidad de la corrección cristiana no es humillar, sino recuperar.

Si no escucha, entonces se busca la ayuda de uno o dos más. Y si todavía persiste, se acude a la comunidad.

Todo el proceso está orientado a una misma finalidad:

salvar la comunión y buscar la conversión.

La misericordia no significa aceptar todo.

A veces amar también significa corregir.

Pero corregir con caridad.

Decir la verdad sin destruir.

Ser firmes sin dejar de amar.

Y esto conecta muy bien con la primera lectura del profeta Ezequiel.

Dios manda marcar con una tav la frente de aquellos que sufren por el mal que se comete en Jerusalén.

Son personas que no se han acostumbrado al pecado.

Y esta es una gran tentación también hoy: acostumbrarnos.

Acostumbrarnos a la mentira.

A la violencia.

Al resentimiento.

A hablar mal del otro.

A la indiferencia frente al sufrimiento.

Ezequiel nos recuerda que el hombre de Dios no puede volverse insensible frente al mal.

Pero el Evangelio completa la enseñanza:

no basta lamentarse por el pecado; hay que intentar salvar al pecador.

Podríamos resumirlo así:

Ezequiel nos enseña a no acostumbrarnos al pecado; Jesús nos enseña a no abandonar al pecador.

Después, Ezequiel contempla cómo la gloria de Dios abandona el Templo.

Es una imagen fuerte.

El Señor muestra que no basta conservar ritos, ceremonias o signos religiosos si el corazón está lejos de Él.

Podemos rezar mucho, venir a misa, llevar una cruz al cuello y, sin embargo, guardar resentimientos durante años.

Por eso el Evangelio termina con una promesa bellísima:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cristo está presente cuando una familia se reconcilia.

Cristo está presente cuando dos personas vuelven a hablarse.

Cristo está presente cuando alguien renuncia a la venganza.

Cristo está presente cuando preferimos recuperar al hermano antes que tener la última palabra.

Y el salmo nos recuerda:

«Desde la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor».

La gloria de Dios está sobre los cielos, pero ese Dios grande también se hace presente en los pequeños gestos de reconciliación, perdón y misericordia.

Hoy queremos poner esta Palabra especialmente en manos de nuestros enfermos.

Hay enfermedades del cuerpo, pero también existen heridas del corazón.

Que el Señor fortalezca a quienes sufren.

Que consuele a sus familias.

Que acompañe a médicos, enfermeros y cuidadores.

Y que también nosotros sepamos ser presencia de Cristo para ellos con una visita, una llamada, una palabra y una oración.

Pidamos hoy una gracia sencilla:

Señor, que no me acostumbre al mal, pero tampoco abandone al hermano que ha caído. Dame un corazón capaz de corregir con verdad y amar con misericordia.

Amén.

 

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