Testigo de la Fe:
San José de Cupertino
1603-1663.
«Los santos no se fabrican en el paraíso, sino en
la tierra»,
recordaba este sorprendente fraile franciscano del sur de Italia, que
experimentó numerosos fenómenos místicos, como éxtasis y levitaciones.
Nacido en una familia muy pobre, José era
considerado torpe y de poca capacidad para los estudios. Después de varias
dificultades fue acogido por los franciscanos, inicialmente para realizar los
trabajos más humildes. Con el tiempo, sus hermanos descubrieron su profunda
riqueza espiritual y humana, y llegó a ser ordenado sacerdote.
Sus extraordinarios dones atrajeron a grandes
multitudes, pero también despertaron sospechas y le ocasionaron
interrogatorios, incomprensiones y largos periodos de aislamiento. José aceptó
todo con sencillez, obediencia y profunda humildad, sin quejarse. Su auténtica
grandeza no estuvo en sus levitaciones, sino en su pobreza de espíritu, su
caridad con los necesitados y su abandono confiado en Dios.
San José de Cupertino es considerado patrono de los
estudiantes —especialmente de quienes presentan exámenes— y también de los
aviadores. Su vida nos recuerda que la santidad se construye aquí en la tierra,
en medio de nuestras limitaciones, mediante la humildad, la perseverancia y la
fidelidad cotidiana.
Miembros
del mismo cuerpo
Al confesar la
resurrección de Cristo, pero negar la suya propia, los corintios se separan de
él. Ahora bien, Jesucristo, siendo «de condición divina», se hizo hombre para
liberar nuestra humanidad de la muerte y asociarla a su propia vida. Como
miembros de su Cuerpo, no podemos separar nuestro destino del suyo: si él
resucitó, también nosotros estamos llamados a resucitar con él.
Negar
la resurrección de los muertos equivaldría, por tanto, a vaciar de contenido la
predicación de los Apóstoles y a hacer inútil nuestra fe. Pero Pablo lo afirma
con fuerza: Cristo verdaderamente resucitó de entre los muertos; él es el
primero de los que durmieron. En él, nuestra esperanza tiene ya asegurado su
cumplimiento.
Primera lectura
Si Cristo no
ha resucitado, su fe no tiene sentido
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Si se anuncia que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo dicen
algunos de entre ustedes que no hay resurrección de muertos?
Pues bien: si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo ha resucitado.
Pero si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también la
fe de ustedes; más todavía: resultamos unos falsos testigos de Dios, porque
hemos dado testimonio contra él, diciendo que ha resucitado a Cristo, a quien
no ha resucitado... si es que los muertos no resucitan.
Pues si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado; y, si Cristo no
ha resucitado, la fe de ustedes no tiene sentido, siguen estando en sus
pecados; de modo que incluso los que murieron en Cristo han perecido.
Si hemos puesto nuestra esperanza en Cristo solo en esta vida, somos los más
desgraciados de toda la humanidad.
Pero Cristo ha resucitado de entre los muertos y es primicia de los que han
muerto.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Al
despertar me saciaré de tu semblante, Señor.
V. Señor,
escucha mi apelación,
atiende a mis clamores,
presta oído a mi súplica,
que en mis labios no hay engaño. R.
V. Yo te
invoco porque tú me respondes, Dios mío;
inclina el oído y escucha mis palabras.
Muestra las maravillas de tu misericordia,
tú que salvas de los adversarios
a quien se refugia a tu derecha. R.
V. Guárdame
como a las niñas de tus ojos,
a la sombra de tus alas escóndeme.
Yo con mi apelación vengo a tu presencia,
y al despertar me saciaré de tu semblante. R.
Aclamación
V. Bendito
eres, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
Evangelio
Las mujeres
iban con ellos, y les servían con sus bienes
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús iba caminando de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo,
proclamando y anunciando la Buena Noticia del reino de Dios, acompañado por los
Doce, y por algunas mujeres, que habían sido curadas de espíritus malos y de
enfermedades: María la Magdalena, de la que habían salido siete demonios;
Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes; Susana y otras muchas que
les servían con sus bienes.
Palabra del Señor.
2
Discípulos de
diversos orígenes
Queridos
hermanos:
El
Evangelio nos presenta hoy una escena profundamente significativa: Jesús
recorría ciudades y aldeas predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino
de Dios. Lo acompañaban los Doce y algunas mujeres que habían sido curadas de
espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían
salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes; Susana
y muchas otras que ayudaban a Jesús y a sus discípulos con sus propios bienes.
María
Magdalena, Juana, Susana y “muchas otras” acompañaban fielmente a Jesús y a los
Doce. Este diverso grupo de discípulos desafiaba las expectativas
convencionales. Aparentemente, no eran la clase de seguidores que alguien
habría reunido para iniciar una misión destinada a llegar hasta los confines de
la tierra. Sin embargo, la sabiduría de Dios no es como la nuestra. Dios no
descubre la grandeza en la posición social, los talentos, las riquezas o las
apariencias, sino en la sinceridad, la pureza y las posibilidades escondidas en
cada corazón.
Esto
se relaciona profundamente con la primera lectura. Algunos cristianos de
Corinto confesaban que Cristo había resucitado, pero negaban la resurrección de
los muertos. San Pablo les hace comprender que no podemos separar nuestro
destino del destino de Cristo. Somos miembros de su Cuerpo: si Cristo no
hubiera resucitado, nuestra fe sería inútil; pero Cristo verdaderamente
resucitó de entre los muertos y es la primicia de quienes han muerto.
La
resurrección nos dice que Dios no desecha ninguna vida ni abandona ninguna
historia. Así como puede levantar a Cristo del sepulcro, puede levantar a quien
ha caído, sanar al herido, devolver la esperanza a quien la ha perdido y abrir
un camino nuevo para quien piensa que todo ha terminado. Nuestro pasado no es
una sentencia definitiva cuando permitimos que la misericordia de Dios entre en
él.
La
presencia de estas mujeres entre los compañeros de camino de Jesús resulta
sorprendente dentro del contexto cultural del judaísmo del siglo primero. Jesús
no solamente las acogió, sino que les confió una participación significativa en
su misión. Al hacerlo, afirmó su dignidad y manifestó que su llamado es universal.
En el Reino de Dios nadie debe ser menospreciado por su sexo, su condición
social, su procedencia o su historia.
Todavía
resulta más sorprendente que algunas de estas mujeres vinieran de situaciones
dolorosas o de pasados marcados por la aflicción. María Magdalena es mencionada
en primer lugar: “de la que habían salido siete demonios”. El número siete
expresa plenitud o totalidad, lo cual sugiere una liberación profunda y
completa. El Evangelio no nos permite identificar sin más a María Magdalena con
una mujer de vida inmoral; lo que sí afirma es que había estado sometida a una
terrible situación de sufrimiento y que Jesús la liberó.
Su
sanación revela el inmenso poder de la misericordia divina. Aquella mujer que
había estado encadenada por la oscuridad se convirtió en una discípula fiel.
Más adelante permanecería junto a la cruz cuando muchos habían huido y sería
testigo de la gloria de la resurrección. Su vida demuestra cómo la gratitud por
la misericordia recibida puede florecer en un amor inquebrantable y en una
fidelidad perseverante.
En
María Magdalena pueden reconocerse hoy quienes sufren en el cuerpo o en el
alma. Hay enfermedades visibles, pero también existen tormentos interiores que
los demás no alcanzan a percibir: depresiones, angustias, adicciones,
sentimientos de culpa, traumas, duelos y profundas soledades. Algunas personas
sonríen externamente mientras interiormente están librando una dolorosa
batalla.
Jesús
no se acerca a ellas para juzgarlas ni para reducirlas a su padecimiento. Las
mira como personas, se interesa por su historia y les devuelve su dignidad. La
Iglesia está llamada a continuar esa misma misión: escuchar sin condenar,
acompañar sin humillar y ayudar sin hacer sentir inferior a quien necesita
apoyo. Quien sufre no necesita primero un sermón, sino una presencia cercana
que le permita descubrir la mirada compasiva de Cristo.
También
merece nuestra atención Juana, esposa de Cusa, administrador de Herodes. Su
relación con la corte de Herodes —un ambiente marcado por la corrupción, la
ambición y los abusos— demuestra que el Evangelio puede penetrar incluso en
lugares donde existe un gran desorden moral. No debemos pensar que hay personas
o ambientes a los que la gracia de Dios no pueda llegar. El Evangelio puede
abrirse paso en una familia dividida, en un ambiente laboral hostil, en una
estructura injusta y hasta en un corazón que parecía completamente cerrado.
Susana
y las muchas mujeres cuyos nombres no fueron conservados completan esta
comunidad. Representan el creciente círculo de discípulas atraídas por el amor
y la verdad de Cristo. Aunque sus nombres no aparezcan en los grandes relatos,
Dios conocía sus obras, su generosidad y su fidelidad.
Estas
mujeres ayudaban a Jesús y a los Doce “con sus propios bienes”. Su generosidad
no fue solamente material; también fue espiritual. Su administración
responsable de los bienes desempeñó un papel vital en el sostenimiento de la
misión de Cristo. Al ofrecer lo que poseían, se convirtieron en instrumentos de
la gracia y anticiparon la colaboración permanente dentro de la Iglesia entre
laicos y ministros ordenados, hombres y mujeres, ricos y pobres.
Nadie
puede hacerlo todo en la Iglesia, pero todos podemos hacer algo. Algunos
anuncian la Palabra; otros sostienen silenciosamente la misión. Unos visitan a
los enfermos; otros colaboran económicamente. Algunos cantan, enseñan o sirven
en el altar; otros preparan un alimento, transportan a una persona enferma,
limpian el templo o llaman a quien está solo. Cuando ofrecemos nuestros dones
con amor, incluso el gesto más sencillo se convierte en servicio al Reino de
Dios.
Esta
primera comunidad de seguidores representa a la Iglesia de todos los tiempos.
Sus integrantes procedían de ambientes muy diferentes: algunos eran piadosos y
otros habían conocido el pecado; algunos poseían bienes y otros eran humildes;
había hombres y mujeres, personas reconocidas y gente sencilla. Sin embargo,
todos estaban unidos por un mismo propósito: seguir a Jesús y servir al Reino
de Dios con todo lo que eran y tenían.
El
salmista expresa hoy la actitud interior de estos discípulos: “Escucha, Señor,
mi justa petición, atiende a mis clamores”. Es la oración de quien se sabe
necesitado y pone su vida en las manos de Dios. Más adelante suplica: “Guárdame
como a las niñas de tus ojos; a la sombra de tus alas escóndeme”.
Quien
está enfermo, triste o angustiado puede apropiarse de esta oración. Dios nos
considera valiosos, nos guarda como aquello que se protege con especial cuidado
y nos cobija bajo sus alas. Quizá la curación no llegue inmediatamente o de la
manera que esperamos, pero nunca dejamos de estar bajo su mirada.
El
salmo termina con una expresión llena de esperanza: “Al despertar me saciaré de
tu semblante, Señor”. Esta certeza se une a lo anunciado por san Pablo: Cristo
ha resucitado y nosotros resucitaremos con él. Llegará el día en que
despertaremos de la noche del sufrimiento y contemplaremos el rostro de Dios.
Entonces no habrá enfermedad, angustia, soledad ni muerte.
Reflexionemos
hoy sobre esta inesperada compañía que Jesús reunió. Muchas personas luchan
contra un sentimiento de indignidad o se consideran incapaces de participar en
la vida de la Iglesia. Tal vez alguno piense: “Mi pasado me condena”, “no tengo
suficientes talentos”, “no poseo nada importante para ofrecer” o “Dios no puede
servirse de alguien como yo”.
Si
alguna vez nos hemos sentido así, recordemos el diverso grupo que Cristo llamó.
Sus diferentes e imperfectas historias nos revelan una verdad profunda y
consoladora: nadie está fuera del alcance del llamado de Dios. Cada uno de
nosotros, cualquiera que sea nuestro pasado o nuestra situación presente, está
invitado a caminar con Jesús, ofrecer lo que tiene y participar plenamente en
su misión redentora.
Aceptemos
esta invitación. Unámonos a esta santa compañía y entreguémonos de todo corazón
al anuncio del Reino de Dios. Y, como María Magdalena, permitamos que la
misericordia recibida se convierta en amor, servicio y fidelidad.
Preguntémonos:
¿qué heridas, capacidades
o bienes puedo poner hoy en las manos de Jesús para colaborar con su misión y
acompañar a quienes sufren en el cuerpo o en el alma?
Señor misericordioso, tú siempre miras más allá del pecado
para contemplar al pecador y ofreces tu infinita misericordia a cuantos se
vuelven hacia ti con corazón arrepentido. Continúa llamándome a participar en
tu misión divina de construir tu Reino en la tierra, para que yo y todos
aquellos a quienes alcances por medio de mí podamos compartir la alegría eterna
de tu Reino celestial.
María, salud de los enfermos y consuelo de los afligidos,
acompaña a quienes sufren y enséñanos a permanecer fielmente junto a ellos.
Jesús, confío en ti. Amén.
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