En el corazón de este mundo
(Juan 15, 18-21) “Ustedes no pertenecen al mundo”. Jesús no nos
dice que huyamos del mundo ni que lo despreciemos, aunque en él encontremos
oposiciones. Él vino a habitarlo. Nos invita al discernimiento, a situarnos a
veces de manera diferente, a no vivir según la mundanidad. Aceptar ser lo que
somos: discípulos, hasta el extremo de nuestra vida, como Él. Configurados con
Cristo y vencedores con Él.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Pasa a
Macedonia y ayúdanos
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Pablo llegó a Derbe y luego a Listra. Había allí un discípulo
que se llamaba Timoteo, hijo de una judía creyente, pero de padre griego. Los
hermanos de Listra y de Iconio daban buenos informes de él. Pablo quiso que
fuera con él y, puesto que todos sabían que su padre era griego, por
consideración a los judíos de la región, lo tomó y lo hizo circuncidar.
Al pasar por las ciudades, comunicaban las decisiones de los apóstoles y
presbíteros de Jerusalén, para que las observasen. Las Iglesias se robustecían
en la fe y crecían en número de día en día.
Atravesaron Frigia y la región de Galacia, al haberles impedido el Espíritu
Santo anunciar la palabra en Asia. Al llegar cerca de Misia, intentaron entrar
en Bitinia, pero el Espíritu de Jesús no se lo consintió. Entonces dejaron
Misia a un lado y bajaron a Tróade.
Aquella noche Pablo tuvo una visión: se le apareció un macedonio, de pie, que
le rogaba: «Pasa a Macedonia y ayúdanos».
Apenas tuvo la visión, inmediatamente tratamos de salir para Macedonia, seguros
de que Dios nos llamaba a predicarles el Evangelio.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Aclama
al Señor, tierra entera.
O bien:
R. Aleluya.
V. Aclama al
Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. R.
V. Sepan que
el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño. R.
V. El Señor es
bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. R.
Aclamación
V. Si han
resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está
sentado a la derecha de Dios. R.
Evangelio
No son del
mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si el mundo los odia, sepan que me han odiado a mí antes que a ustedes.
Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya, pero como no son del
mundo, sino que yo los he escogido sacándolos del mundo, por eso el mundo los
odia.
Recuerden lo que les dije: “No es el siervo más que su amo”. Si a mí me han
perseguido, también a ustedes les perseguirán; si han guardado mi palabra,
también guardarán la de ustedes.
Y todo eso lo harán con ustedes a causa de mi nombre, porque no conocen al que
me envió».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos:
El Evangelio de hoy nos pone ante una palabra
exigente de Jesús: “Si el mundo los odia, sepan que me ha odiado a mí antes
que a ustedes”. A primera vista puede sonar dura, incluso desalentadora.
Pero Jesús no habla para asustarnos, sino para prepararnos. Él quiere que sus
discípulos comprendan que seguirlo no siempre será cómodo, popular ni fácil.
Cuando Jesús dice: “Ustedes no son del mundo”,
no nos está invitando a despreciar la vida, la sociedad, la cultura, las
relaciones humanas o las realidades de cada día. El cristiano no es alguien que
huye del mundo. Al contrario, está llamado a vivir en el corazón del mundo,
como luz, sal, fermento, testigo de esperanza.
Jesús mismo no huyó del mundo. Se encarnó, caminó
por nuestros pueblos, entró en las casas, comió con pecadores, tocó a los
enfermos, lloró con los que lloraban, compartió la vida de la gente sencilla.
Pero no se dejó dominar por los criterios del mundo: la ambición, la
apariencia, la injusticia, la violencia, la mentira, el egoísmo.
Por eso, el discípulo de Cristo debe aprender a
vivir con discernimiento. Estamos en el mundo, pero no podemos vivir según todo
lo que el mundo propone. Hay modas, ideologías, estilos de vida y formas de
pensar que pueden alejarnos del Evangelio. Y a veces, por ser fieles a Cristo,
tendremos que caminar contra corriente.
La primera lectura nos muestra precisamente a Pablo
dejándose conducir por el Espíritu Santo. Él quería evangelizar ciertos
lugares, pero el Espíritu le fue cerrando algunos caminos y abriendo otros.
Finalmente, en una visión, comprende que debe pasar a Macedonia. La misión no
nace simplemente de los planes humanos; nace de la escucha de Dios.
Esto nos enseña algo muy importante: el cristiano
no se mueve solo por impulsos, caprichos o conveniencias. El discípulo se
pregunta: ¿Dónde me quiere Dios? ¿Qué me está pidiendo el Espíritu? ¿Qué
camino me acerca más al Evangelio?
A veces quisiéramos una fe sin conflictos, una
Iglesia sin dificultades, una vida cristiana sin renuncias. Pero Jesús nunca
prometió eso. Prometió su presencia, su amor, su Espíritu, su victoria. Nos dijo
que habría oposición, pero también nos recordó que Él ya venció al mundo.
Y hoy, en sábado, miramos a María. Ella también
vivió en el corazón del mundo, en la sencillez de Nazaret, en la vida familiar,
en el trabajo cotidiano, en la incertidumbre y en el dolor. María no huyó de la
realidad. Pero tampoco se dejó dominar por el miedo. Supo decir: “Hágase en
mí según tu palabra”.
María nos enseña a vivir en el mundo con el corazón
puesto en Dios. Nos enseña a escuchar, a discernir, a guardar la Palabra, a permanecer
fieles incluso cuando no comprendemos todo. Ella estuvo junto a Jesús en la
alegría de Caná y también al pie de la cruz. Por eso es maestra de discípulos.
Pidamos hoy al Señor la gracia de no avergonzarnos
de nuestra fe. Que no busquemos una vida cristiana de apariencias, sino una fe
valiente, humilde y coherente. Que sepamos amar este mundo, servirlo y
evangelizarlo, pero sin dejarnos atrapar por la mundanidad.
Y que María, Madre de los discípulos, nos acompañe
para vivir configurados con Cristo, fieles en la prueba, alegres en la misión y
vencedores con Él. Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos coloca ante una de esas palabras de Jesús que no son
fáciles de escuchar, pero que son profundamente necesarias: “Si el mundo los odia, sepan que me ha
odiado a mí antes que a ustedes”. Jesús no maquilla la
realidad. No les promete a sus discípulos una vida cómoda, sin conflictos, sin
rechazo, sin incomprensiones. Les anuncia algo muy claro: seguirlo tendrá
consecuencias.
Pero
debemos comprender bien qué significa aquí la palabra “mundo”. Jesús no está
hablando de la creación, porque todo lo que Dios ha creado es bueno. No está
hablando de la humanidad como objeto del amor de Dios, porque “tanto amó Dios
al mundo que entregó a su Hijo único”. El “mundo”, en este pasaje, representa
esa mentalidad cerrada a Dios, esa lógica del pecado, de la apariencia, de la
soberbia, de la búsqueda del poder, del placer sin responsabilidad, del éxito
sin verdad, de la libertad sin amor.
Por
eso, cuando Jesús dice: “Ustedes
no son del mundo, porque yo los he escogido sacándolos del mundo”,
no nos está invitando a despreciar la realidad ni a encerrarnos en una burbuja
religiosa. Nos está diciendo que el cristiano vive en el mundo, ama el mundo,
sirve al mundo, trabaja por el mundo, pero no puede dejarse gobernar por los
criterios mundanos.
El
discípulo de Cristo no puede vivir como si Dios no existiera. No puede llamar
normal a todo lo que hiere la dignidad humana. No puede aplaudir la mentira
solo porque es popular. No puede vender su conciencia para quedar bien. No
puede reducir la vida a tener, aparentar, consumir y disfrutar. El cristiano
está llamado a vivir con otro corazón, con otra mirada, con otra libertad.
Y
eso, muchas veces, molesta.
Molesta
una persona honesta en medio de ambientes corruptos. Molesta alguien que
perdona donde todos esperan venganza. Molesta quien defiende la vida cuando
otros la consideran descartable. Molesta quien habla de Dios en una cultura que
quiere encerrarlo en lo privado. Molesta quien vive su fe con coherencia, no
con fanatismo, sino con humildad y firmeza.
Jesús
no nos dice esto para que nos creamos mejores que los demás. Al contrario, nos
lo dice para que no nos sorprendamos cuando la fidelidad traiga rechazo. El
discípulo no debe vivir buscando enemigos, pero tampoco debe vivir mendigando
aprobación. Hay una pregunta que hoy nos toca profundamente: ¿queremos agradar a Cristo o agradar a
toda costa al mundo?
La
primera lectura nos ayuda a entender cómo se vive esta fidelidad. Pablo llega a
Derbe y Listra, encuentra a Timoteo y lo incorpora a la misión. Luego, mientras
van recorriendo caminos, experimentan algo muy interesante: quieren ir a unos
lugares, pero el Espíritu Santo no se los permite; intentan dirigirse a otros,
pero el Espíritu de Jesús se lo impide. Finalmente, en una visión, Pablo
escucha a un hombre de Macedonia que le suplica: “Ven a Macedonia y ayúdanos”.
Aquí
aparece una gran enseñanza: el discípulo no se guía simplemente por sus planes,
sus gustos o sus seguridades. El discípulo se deja conducir. Pablo tenía celo
misionero, tenía deseos de evangelizar, pero aun así tuvo que aprender que la
misión no es propiedad suya. La misión pertenece a Dios.
También
nosotros necesitamos ese discernimiento. A veces queremos abrir caminos donde
Dios nos está diciendo “todavía no”. Otras veces tenemos miedo de cruzar hacia
una Macedonia nueva, hacia una realidad que nos espera, hacia una persona que
necesita ayuda, hacia una comunidad que clama por luz. El Espíritu Santo no
siempre nos lleva por donde nos parece más fácil; nos lleva por donde podemos
ser más fieles.
El
salmo de hoy nos dice: “Aclamen
al Señor, tierra entera; sirvan al Señor con alegría”. Esta
frase ilumina todo. Aunque el Evangelio hable de odio, rechazo y persecución,
la respuesta del creyente no es la amargura. El cristiano no vive a la defensiva,
resentido, quejándose de todo. El cristiano sirve con alegría, porque sabe que
pertenece al Señor.
Ser
escogidos por Cristo no significa vivir tristes ni aislados. Significa vivir
con una identidad profunda. No somos hijos de la moda, ni esclavos del qué
dirán, ni propiedad del pecado, ni prisioneros del miedo. Somos de Cristo. Y
quien sabe que es de Cristo puede perder aplausos, pero no pierde la paz; puede
enfrentar críticas, pero no pierde la esperanza; puede ser incomprendido, pero
no pierde el sentido de su vida.
Hoy,
además, la Iglesia nos invita a mirar a María en sábado. Y María es la mejor
discípula para entender este Evangelio. Ella vivió en el mundo, en Nazaret, en
una casa sencilla, en una familia concreta, en medio de trabajos, preocupaciones,
alegrías y dolores. María no huyó del mundo. Pero tampoco se dejó dominar por
el mundo.
Cuando
el ángel le anunció la voluntad de Dios, ella no respondió según la lógica del
miedo, sino según la lógica de la fe: “Hágase
en mí según tu palabra”. Cuando no comprendía todo, guardaba
las cosas en su corazón. Cuando llegó la cruz, permaneció de pie. María no
buscó prestigio, poder ni aplausos. Su grandeza estuvo en pertenecer totalmente
a Dios.
Por
eso María nos enseña a vivir en medio del mundo con el corazón libre. Nos
enseña a no dejarnos comprar por la vanidad. Nos enseña a obedecer a Dios
aunque no todo sea claro. Nos enseña a permanecer cuando otros huyen. Nos
enseña que la verdadera victoria no está en imponerse, sino en ser fiel.
Queridos
hermanos, el Evangelio de hoy nos invita a revisar nuestras pequeñas
concesiones. A veces no renegamos de Cristo con grandes traiciones, sino con
silencios cobardes, con incoherencias aceptadas, con pecados justificados, con
el deseo de quedar bien con todos. A veces el mundo no nos rechaza porque ya
nos parecemos demasiado a él. Y esa es una pregunta incómoda pero necesaria: ¿mi vida cristiana incomoda algo al
pecado, o ya hice las paces con todo?
No
se trata de vivir enfrentados con la sociedad. Se trata de vivir despiertos. No
se trata de condenar a todos. Se trata de no perder el alma. No se trata de
sentirnos superiores. Se trata de recordar que hemos sido elegidos por Cristo
para una vida nueva.
Jesús
nos advierte: “Si a mí me
persiguieron, también a ustedes los perseguirán”. Pero esa
advertencia no termina en derrota. Cristo ha vencido al mundo. Su cruz no fue
fracaso; fue camino de resurrección. Su aparente debilidad fue la manifestación
más grande del amor de Dios.
Por
eso, cuando experimentemos rechazo por hacer el bien, cuando se burlen de
nuestra fe, cuando nos critiquen por ser coherentes, cuando nos sintamos solos
por no seguir la corriente, recordemos: no estamos solos. Caminamos con Cristo.
Y donde está Cristo, incluso la persecución puede convertirse en testimonio;
incluso la cruz puede convertirse en fecundidad; incluso la noche puede abrirse
a la Pascua.
Pidamos
hoy al Señor un corazón valiente y humilde. Valiente para no vender nuestra fe.
Humilde para no creernos mejores que nadie. Fiel para escuchar al Espíritu,
como Pablo. Alegre para servir al Señor, como nos invita el salmo. Y mariano,
profundamente mariano, para guardar la Palabra, obedecerla y permanecer de pie
junto a Cristo.
Que
María, Madre de los discípulos, nos acompañe en esta misión: vivir en el mundo
sin ser del mundo; amar a todos sin someternos al pecado; servir con alegría
sin perder la identidad; y permanecer fieles a Cristo, sabiendo que quien
comparte sus sufrimientos compartirá también su gloria.
Amén.



