martes, 28 de abril de 2026

29 de abril del 2026: miércoles de la cuarta semana de pascua- Santa Catalina de Siena- Virgen y Doctora de la Iglesia

 

Santo del día:

Santa Catalina de Siena

1347-1380

“Dios aborrece la soberbia y ama la humildad”, recordaba esta terciaria dominica, gran mística y mujer involucrada en los asuntos de su tiempo. Doctora de la Iglesia y copatrona de Europa.



“No estamos solos”

(Juan 12, 44-50) «El que me ve a mí, ve al que me ha enviado». Pero, ¿qué significa esto todavía más profundamente? ¿Qué rostro de Dios reveló Jesús al mundo? El rostro de su Padre, por supuesto. Precisemos: el rostro de Aquel que es el origen de la vida. Una vida que Él quiere compartir con los seres humanos y que, a pesar de nuestras limitaciones de criaturas, está llamada a durar para siempre. Cristo nos dice que Dios es una persona que irradia amor y bondad.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

Hch 12, 24 — 13, 5a

Apártenme a Bernabé y a Saulo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, la palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba. Cuando cumplieron su servicio, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre.
Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


O bien:

R. Aleluya.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. 
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.

 

Evangelio

Jn 12, 44-50

Yo he venido al mundo como luz

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra profundamente consoladora: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”. Jesús no viene a hablar en nombre propio. Él viene a mostrarnos el rostro del Padre. Y ese rostro no es de amenaza, ni de condena, ni de indiferencia, sino de luz, vida, amor y salvación.

En medio de un mundo donde tantas personas se sienten solas, heridas, enfermas o abandonadas, Jesús nos recuerda: no estamos solos. Dios no está lejos. Dios se ha acercado en su Hijo. Quien mira a Jesús, mira el corazón del Padre. Quien escucha a Jesús, escucha una palabra que no destruye, sino que levanta; no oscurece, sino que ilumina; no aplasta, sino que salva.

Por eso Jesús afirma: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. Hay muchas tinieblas en la vida: la enfermedad, el miedo, la incertidumbre, el cansancio del alma, la angustia de no saber qué vendrá. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo resucitado sigue siendo luz en medio de nuestras noches. No siempre quita inmediatamente el dolor, pero sí nos acompaña dentro del dolor. No siempre responde como esperamos, pero nunca abandona.

La primera lectura nos muestra a la Iglesia naciente impulsada por el Espíritu Santo. Mientras la Palabra de Dios crece y se difunde, la comunidad ora, discierne, impone las manos y envía a Bernabé y a Saulo a la misión. La Iglesia no camina por sus propias fuerzas; camina enviada por Dios. Así también nosotros: en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la prueba, somos sostenidos por una presencia mayor que nosotros.

Y el salmo nos hace cantar: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. La salvación de Dios no es para unos pocos. Su luz quiere llegar a todos: a los sanos y a los enfermos, a los fuertes y a los débiles, a quienes caminan con esperanza y a quienes hoy apenas pueden sostenerse.

Hoy, de manera especial, ponemos ante el Señor a nuestros enfermos. Que ellos puedan descubrir en Jesús el rostro cercano del Padre. Que no se sientan olvidados. Que en sus dolores encuentren consuelo, en sus tratamientos fortaleza, en sus noches compañía, y en su fe una luz que no se apaga.

Pidamos también por quienes los cuidan: familiares, médicos, enfermeros, servidores y amigos. Que sean para ellos reflejo del amor de Dios.

Que Cristo, luz del mundo, entre en nuestras tinieblas y nos conceda creer, esperar y confiar. Porque quien ve a Jesús, ve al Padre; y quien se abandona en sus manos, nunca está solo. Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la cuarta semana de Pascua nos coloca ante una afirmación profunda de Jesús: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”.

Esta frase nos lleva al corazón mismo de nuestra fe cristiana. Jesús no es simplemente un maestro admirable, un profeta poderoso o un hombre bueno que habló de Dios. Jesús es el rostro visible del Dios invisible. En Él, Dios se ha dejado ver, tocar, escuchar y amar. Quien contempla a Cristo contempla al Padre. Quien escucha a Cristo escucha la voz de Dios. Quien acoge a Cristo entra en comunión con Aquel que lo envió.

Muchas personas dicen: “Yo quisiera ver a Dios”, “quisiera sentirlo más cerca”, “quisiera tener más claridad en mi fe”. Y el Evangelio nos responde: mira a Jesús. Mira sus gestos, sus palabras, su compasión, su firmeza, su misericordia, su entrega. Allí está Dios. Dios no se ha quedado escondido detrás de las nubes. Dios ha querido mostrarse en Jesucristo.

Jesús dice también: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. La fe es una luz. No siempre elimina todos los misterios, no siempre responde todas nuestras preguntas de inmediato, pero nos permite caminar sin quedar atrapados en la oscuridad. La fe nos ayuda a descubrir que la vida tiene sentido, que Dios está presente, que la muerte no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que el pecado y que la gracia trabaja silenciosamente en la historia.

Pero esta luz se recibe con humildad. No se impone a la fuerza. Jesús mismo lo dice: “Al que oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo”. Cristo no viene primero como juez severo, sino como Salvador. Su misión es rescatar, levantar, iluminar, abrir caminos de vida eterna. Sin embargo, también nos advierte que la Palabra que rechazamos será la que nos juzgue. Es decir, no da lo mismo acoger o rechazar la luz. No da lo mismo vivir según el Evangelio o vivir de espaldas a él.

Inspirados en este evangelio, como comenta alguien, hemos de recordar una verdad muy hermosa: algún día, si perseveramos en la gracia de Dios, veremos al Señor cara a cara. Eso es lo que la tradición llama la visión beatífica: contemplar a Dios plenamente en el cielo, sin velos, sin sombras, sin dudas. Pero esa visión no empieza solamente después de la muerte. Ya desde ahora, por la fe, comenzamos a ver a Dios.

Lo vemos en la Eucaristía. Nuestros ojos ven pan y vino, pero la fe reconoce la presencia real de Cristo. Como canta la Iglesia en el Tantum Ergo: cuando los sentidos no alcanzan, la fe suple lo que falta. Allí, en la humildad del Sacramento, Dios se deja mirar. Allí Jesús sigue diciéndonos: “El que me ve a mí, ve al Padre”.

Lo vemos también en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la caridad, en el perdón, en la comunidad, en los signos sencillos de cada día. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular. Muchas veces se esconde en lo humilde, en lo cotidiano, en lo silencioso. Por eso necesitamos educar la mirada. Hay personas que pasan por la vida sin ver nada más que problemas; otras, en cambio, aun en medio de dificultades, descubren señales de Dios. La diferencia está en la mirada de la fe.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra una Iglesia que vive precisamente de esa luz. Después de persecuciones, pruebas y conflictos, el texto dice una frase breve pero poderosa: “La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba”. La Pascua no queda encerrada en un recuerdo bonito. La Resurrección se vuelve misión. La Palabra se expande. La Iglesia se mueve. El Espíritu Santo actúa.

En Antioquía encontramos una comunidad orante, plural, viva, capaz de escuchar al Espíritu. Mientras celebran el culto del Señor y ayunan, el Espíritu Santo dice: “Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. La misión no nace de una estrategia humana solamente. Nace de la oración, del discernimiento, de la escucha de Dios. La Iglesia no envía simplemente a quienes tienen talento; envía a quienes han sido llamados y sostenidos por el Espíritu.

Esto ilumina también nuestra vida cristiana. Si queremos ver a Dios, debemos aprender a orar. Si queremos conocer su voluntad, debemos hacer silencio. Si queremos ser instrumentos de su luz, debemos dejarnos enviar. Una comunidad que ora termina siendo una comunidad misionera. Una Iglesia que contempla a Cristo termina saliendo al encuentro del mundo.

El salmo 67 recoge esta misma dimensión universal: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Dios no quiere iluminar solamente a un pequeño grupo. Su rostro debe brillar sobre todos. Su salvación debe llegar hasta los confines de la tierra. La luz de Cristo no es para esconderla en la intimidad de una sacristía o en el consuelo privado de algunos creyentes. Es una luz para el mundo.

Por eso el cristiano no puede quedarse en una fe individualista. Ver a Dios en Cristo nos compromete a hacerlo visible para otros. Si Cristo es luz, nosotros estamos llamados a reflejar esa luz. Si Cristo revela el rostro misericordioso del Padre, nosotros no podemos mostrar un rostro duro, indiferente o amargado. Si Cristo vino a salvar y no a condenar, también nuestra manera de vivir la fe debe estar marcada por la misericordia, la verdad y la esperanza.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué rostro de Dios estoy mostrando a los demás? ¿El Dios de Jesús, lleno de luz, bondad y verdad? ¿O a veces presento un Dios deformado por mis impaciencias, mis juicios, mis durezas, mis incoherencias?

También podríamos preguntarnos: ¿veo a Dios en mi vida diaria? ¿Lo descubro en la Eucaristía? ¿Lo escucho en su Palabra? ¿Lo reconozco en las personas que me rodean? ¿Lo busco en la oración? ¿O vivo tan distraído que la luz pasa cerca de mí y no la percibo?

La duda, el cansancio espiritual, la rutina y el pecado pueden oscurecer nuestra mirada. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo ha venido precisamente para que no permanezcamos en tinieblas. Él no se cansa de ofrecernos su luz. Él no deja de llamarnos. Él no deja de revelarnos al Padre.

Pidamos hoy la gracia de una mirada más limpia y más creyente. Que podamos contemplar a Cristo y, en Él, reconocer al Padre. Que podamos acercarnos a la Eucaristía no como quien cumple una costumbre, sino como quien se deja iluminar por una presencia viva. Que podamos escuchar la Palabra no como un discurso antiguo, sino como una voz que hoy nos juzga, nos salva, nos despierta y nos envía.

Y que, como la comunidad de Antioquía, seamos una Iglesia atenta al Espíritu: una Iglesia que ora, discierne, celebra y sale; una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que permite que la Palabra de Dios crezca y se multiplique.

Porque quien cree en Cristo, cree en el Padre. Quien ve a Cristo, ve al Padre. Y quien camina en su luz, aunque todavía no lo vea cara a cara, ya empieza a gustar desde ahora la alegría de la vida eterna. Amén.

 

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29 de abril: Santa Catalina de Siena,

Virgen y Doctora de la Iglesia—Memoria

 

1347–1380 Santa patrona de Europa, Italia, las enfermeras, los enfermos y los ridiculizados por su piedad

Invocada contra incendios, abortos y tentaciones

Canonizada por el Papa Pío II el 29 de junio de 1461

Proclamada Doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en octubre 4, 1970

Proclamada Copatrona de Europa por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1999

 


Cita:
¿No sabes, hija querida, que todos los sufrimientos que el alma soporta o puede soportar en esta vida, son insuficientes para castigar la más pequeña falta, porque la ofensa ha sido hecha a Mí, que soy el Bien Infinito?, exige una satisfacción infinita? Sin embargo, deseo que sepáis, que no todas las penas que se dan a los hombres en esta vida se dan como castigos, sino como correcciones, para castigar al hijo cuando ofende; aunque es verdad que tanto la culpa como la pena pueden ser expiadas por el deseo del alma, es decir, por la verdadera contrición, no por el dolor finito soportado, sino por el deseo infinito; porque Dios, que es infinito, desea un amor y un dolor infinitos

~El Diálogo de Santa Catalina de Siena

 

Reflexión:

Caterina di Jacopo di Benincasa (Catalina) fue la vigésimo tercera o vigésimo cuarta hija nacida de padres amorosos en la próspera ciudad de Siena, Italia. Su gemela, así como la mitad de sus veinticuatro hermanos, no sobrevivieron a la infancia. Cuando era niña, Catalina se destacó. Le pusieron el sobrenombre de "Euphrosyne", que significa "alegría", debido a su carácter gozoso y su profunda devoción a Dios desde una edad temprana. A los cinco años subía de rodillas las escaleras de su casa mientras rezaba el Ave María en cada escalón. A la edad de seis años, mientras caminaba con su hermano, tuvo la primera de muchas visiones. Vio a Jesús, sentado en un trono, coronado como Rey, rodeado de los santos Pedro, Pablo y Juan. Esta experiencia sobrenatural llevó a Catalina aún más profundamente a una vida de oración, penitencia y devoción infantil. Al cabo de un año, había hecho el voto personal de entregar toda su vida a Dios. Su vida de oración era tan evidente que sus padres le dieron un dormitorio en el sótano para que pudiera usarlo como su lugar personal de oración. Esta “celda” en la que vivió y rezó también estaba en su alma. Más tarde le contaría a su director espiritual que cuando estaba preocupada o tentada, construía una célula dentro de su mente, de la cual nunca podría huir. Su vida de oración también aumentó sus virtudes y trató a su padre como a Jesús, a su madre como a María y a sus hermanos como a los Apóstoles.

Cuando Catalina era una adolescente, se opuso firmemente al deseo de sus padres de que se casara. Quería dedicarse únicamente a Dios, por lo que comenzó a ayunar y orar. Incluso llegó a cortarse el pelo para ser menos atractiva para los hombres jóvenes. Finalmente, sus padres aceptaron su vocación.

En 1363, apenas tres días después de cumplir dieciséis años, Catalina se unió a la Tercera Orden de Santo Domingo. La Tercera Orden estaba formada por laicos que vestían hábito religioso pero vivían en casa y trabajaban en el mundo en lugar de en un claustro. Sirvieron a los pobres y enfermos y realizaron obras de caridad. Durante los primeros años como Dominica de la Tercera Orden, Catalina vivió principalmente una vida de reclusión y oración. Alrededor de los veintiún años, contrajo lo que más tarde se describiría como “matrimonio místico” con nuestro Señor. Mientras oraba, se le apareció Jesús, junto con la Virgen María y el rey David como arpista. Jesús le puso un anillo en el dedo y se fue. El anillo permaneció por el resto de su vida, aunque Catalina fue la única que pudo verlo.

Dos siglos después, la mística española Santa Teresa de Ávila describiría así el matrimonio místico en su clásico espiritual, Castillo Interior :

Cuando nuestro Señor se complace en apiadarse de los sufrimientos, tanto pasados ​​como presentes, soportados por su anhelo por Él por esta alma que Él ha tomado espiritualmente por Su esposa, Él, antes de consumar el matrimonio celestial, la trae a esta Su mansión o cámara de presencia. Esta es la séptima morada, porque así como tiene morada en el cielo, así también la tiene en el alma, donde nadie sino Él puede morar y que se puede llamar segundo cielo.

Santa Teresa continuó explicando que este matrimonio celestial, este segundo cielo, es un don permanente otorgado a un alma. Por Su divina presciencia, cuando Él es consciente de la santidad permanente de un alma, le otorga este don de unión divina. Catalina fue una de las que recibió este raro regalo.

Después de recibir el don del matrimonio espiritual, Catalina comenzó un ministerio más activo hacia los pobres, los enfermos y los encarcelados de Siena. Cuando la peste bubónica (“Peste Negra”) azotó Siena, Catalina y sus compañeros siguieron trabajando arduamente, atendiendo a los afectados. Catalina también comenzó a involucrarse en controversias que asolaban a la Iglesia y al Estado. Escribió cientos de cartas a reyes, reinas, noblezas, religiosos, sacerdotes e incluso al propio Papa. En ese momento, las divisiones en la Iglesia eran tan profundas que Catalina se dedicó a severas penitencias y oraciones. Por ejemplo, ya no comía ni bebía, vivía únicamente de la Sagrada Eucaristía que recibía todos los días. Mientras estaba en Pisa en 1375, Catalina se enteró de las rebeliones dentro de la Iglesia. Cayó en éxtasis y recibió el regalo de un estigma invisible, que apareció físicamente en su cuerpo sólo después de su muerte. Tuvo una visión de nuestro Señor crucificado y rayos de luz se extendieron desde el cuerpo de Jesús hasta el de ella, atravesándola.

Un tema dominante de sus cartas al Papa fue instarlo a regresar a Roma. En ese momento, el papado se había trasladado a Aviñón, Francia, lo que se convirtió en la causa de muchos conflictos internos de la Iglesia. Se eligieron antipapas y la confusión fue generalizada. Catalina sabía que el Santo Padre, “papá” como ella lo llamaba, necesitaba regresar a la Ciudad Eterna para poner fin al caos. Sus cartas, y más tarde sus conversaciones cara a cara, no sólo fueron dirigidas al Santo Padre con el afecto y la sinceridad de una amorosa hija espiritual, sino que también fueron firmes, directas y desafiantes. En una carta al Papa Gregorio XI, le escribió instándolo a regresar a Roma: “Te digo, padre en Cristo Jesús, ven pronto como un manso cordero. Responded al Espíritu Santo que os llama. Yo os digo: Venid, venid, venid, y no esperéis el tiempo, porque el tiempo no os espera”. El Papa escuchó y regresó a Roma en 1377. Los últimos años de la vida de Catalina los pasó escribiendo cartas, visitando ciudades que estaban en guerra contra el papado y consultando a dos papas, primero el Papa Gregorio XI y luego su sucesor el Papa Urbano VI. Ella unió al pueblo, ganó muchos seguidores, abordó los abusos políticos, culturales y morales y dio un testimonio continuo de Cristo crucificado a través de su vida penitencial.

Su último, y quizás el mayor, regalo a la Iglesia fue su libro titulado El Diálogo de la Divina Providencia. Se cree que este libro fue dictado por Catalina mientras permanecía en éxtasis. Es una conversación entre un alma y el Padre Celestial. Además de esta gran obra maestra espiritual, han sobrevivido 382 de sus cartas y veintiséis de sus oraciones.

Santa Catalina fue una de las santas más grandes e influyentes de la historia de la Iglesia. Durante su vida tuvo un poderoso impacto en aquellos con quienes se encontró, incluido el Papa. Con su muerte, sigue teniendo un profundo impacto en la Iglesia como Doctora de la Iglesia. Nada de eso hubiera sido posible si ella no se hubiera dedicado a fervientes oraciones y penitencias durante toda su vida. Reflexiona sobre tu propia vida de oración mientras honramos a Santa Catalina y esfuérzate por imitar su amor ardiente por su Señor, su Divino Esposo. Ese amor, alimentado por un deseo insaciable de Dios, se ve maravillosamente en la siguiente oración que ella misma escribió:

 

Oración:

Dios eterno, Trinidad eterna, Tú has hecho tan preciosa la Sangre de Cristo al compartir Tu naturaleza Divina. Eres un misterio tan profundo como el mar; cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Pero nunca podré estar satisfecha; Lo que recibo siempre me dejará deseando más. Cuando Tú llenas mi alma, tengo un hambre cada vez mayor y me siento más hambrienta de Tu luz. Deseo sobre todo verte a Ti, la verdadera Luz, tal como eres realmente. Amén. 

Santa Catalina de Siena, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

lunes, 27 de abril de 2026

28 de abril del 2026: martes de la cuarta semana de Pascua- San Pedro Chanel- San Luis María Grignion de Montfort

 

Testigos de la fe: 


1- San Pedro Chanel

1803-1841

Sacerdote marista, uno de los primeros misioneros en Oceanía, ejecutado en 1841 en la isla de Futuna, cuya población se convirtió entonces a la fe cristiana.


2- San Luis María Grignion de Montfort

1673-1716

Este incansable predicador “predicó a Cristo en todas partes”, fundó la Compañía de María —sacerdotes montfortianos— y los Hermanos de San Gabriel, y promovió la piedad mariana. Fue canonizado en 1947.

 

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Mejor que respuestas prefabricadas

(Juan 10, 22-30) «¿Hasta cuándo nos tendrás en suspenso?»: esta pregunta que los judíos dirigen a Jesús en el Templo de Jerusalén, también nosotros podemos hacerla nuestra. Porque, hay que reconocerlo, Jesús no siempre es totalmente claro en sus respuestas. A los judíos de su tiempo, como también a nosotros, se cuida bien de no ofrecer soluciones y respuestas ya hechas. Pero hace algo mejor: muestra el camino que conduce al Padre.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Hch 11, 19-26

Se pusieron a hablar a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, los que se habían dispersado en la persecución provocada por lo de Esteban llegaron hasta Fenicia, Chipre y Antioquía, sin predicar la palabra más que a los judíos. Pero algunos, naturales de Chipre y de Cirene, al llegar a Antioquía, se pusieron a hablar también a los griegos, anunciándoles la Buena Nueva del Señor Jesús. Como la mano del Señor estaba con ellos, gran número creyó y se convirtió al Señor.
Llegó la noticia a oídos de la Iglesia de Jerusalén, y enviaron a Bernabé a Antioquía; al llegar y ver la acción de la gracia de Dios, se alegró y exhortaba a todos a seguir unidos al Señor con todo empeño, porque era un hombre bueno, lleno de Espíritu Santo y de fe. Y una multitud considerable se adhirió al Señor.
Bernabé salió para Tarso en busca de Saulo; cuando lo encontró, se lo llevó a Antioquía. Durante todo un año estuvieron juntos en aquella Iglesia e instruyeron a muchos. Fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos fueron llamados cristianos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 86, 1b-3. 4-5. 6-7 (R.: 116, 1a)

R. Alaben al Señor todas las naciones.

O bien:

R. Aleluya.

V. Él la ha cimentado sobre el monte santo;
y el Señor prefiere las puertas de Sion
a todas las moradas de Jacob.
¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios! 
R.

V. «Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí».
Se dirá de Sion: «Uno por uno,
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado». 
R.

V. El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Este ha nacido allí».
Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Jn 10, 22-30

Yo y el Padre somos uno

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

SE celebraba en Jerusalén la fiesta de la Dedicación del templo. Era invierno, y Jesús se paseaba en el templo por el pórtico de Salomón.
Los judíos, rodeándolo, le preguntaban:
«¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente».
Jesús les respondió:
«Se lo he dicho, y no creen; las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí. Pero ustedes no creen, porque no son de mis ovejas. Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y ellas me siguen, y yo les doy la vida eterna; no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que mi Padre me ha dado es más que todas las cosas, y nadie puede arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno».

Palabra del Señor.


 1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena cargada de tensión y de búsqueda. Jesús está en Jerusalén, en el Templo, durante la fiesta de la Dedicación. Los judíos lo rodean y le preguntan: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”.

Es una pregunta que también nosotros, muchas veces, llevamos dentro. Señor, ¿por qué no hablas más claro? Señor, ¿por qué no respondes como yo quisiera? Señor, ¿por qué no me dices exactamente qué debo hacer? Señor, ¿por qué permites esta incertidumbre?

Y, sin embargo, Jesús no responde como quien entrega una fórmula automática. No da una respuesta prefabricada. No dice simplemente lo que ellos quieren oír. Jesús los invita a mirar más hondo: “Las obras que yo hago en nombre de mi Padre, esas dan testimonio de mí”.

Es decir: no basta pedir explicaciones; hay que aprender a reconocer los signos. No basta querer que Dios nos hable según nuestros esquemas; hay que abrir el corazón para escuchar su voz. Jesús no vino a satisfacer curiosidades religiosas, sino a conducirnos al Padre. Él no vino a darnos seguridades superficiales, sino una relación viva con Dios.

Por eso añade: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”.

Aquí está el corazón del Evangelio de hoy. La fe cristiana no consiste solamente en tener respuestas; consiste en reconocer una voz. La voz del Buen Pastor. La voz de Cristo resucitado. Una voz que no grita para imponerse, sino que llama para conducir. Una voz que no manipula, sino que guía. Una voz que no abandona, sino que promete: “Yo les doy la vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano”.

Qué consuelo tan grande hay en estas palabras. Estamos en manos de Cristo. La vida del creyente no está sostenida solamente por sus fuerzas, por sus méritos o por sus seguridades humanas. Está sostenida por la mano del Buen Pastor. Y esa mano es fuerte, fiel, misericordiosa. Nadie puede arrebatar de las manos de Cristo a quien se deja encontrar, conocer y conducir por Él.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente cómo esa voz del Pastor sigue resonando en la historia. Después de la persecución que se desató tras la muerte de Esteban, los discípulos se dispersan. Humanamente hablando, parecía una tragedia. Pero Dios convierte esa dispersión en misión. Los que habían huido por causa de la persecución comienzan a anunciar el Evangelio.

Así llega la Buena Nueva a Antioquía. Y allí ocurre algo maravilloso: el Evangelio ya no queda limitado a un solo pueblo o a una sola cultura. La comunidad se abre. Muchos creen. Bernabé llega, ve la gracia de Dios y se alegra. Luego busca a Saulo, y juntos forman durante un año a aquella comunidad. Y el texto nos deja un dato precioso: “En Antioquía fue donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos”.

Qué hermoso: los cristianos nacen como fruto de una Iglesia que escucha la voz del Pastor y se deja enviar. Una Iglesia que no se encierra en el miedo. Una Iglesia que, aun herida por la persecución, sigue anunciando. Una Iglesia que sabe reconocer la gracia de Dios donde brota, aunque sea en lugares inesperados.

El Salmo 87 también nos ayuda a contemplar esta universalidad de la salvación. Sión aparece como ciudad madre, como lugar donde todos los pueblos pueden encontrar su pertenencia. Es como si Dios dijera: también este nació allí. También aquel pertenece. También los lejanos son llamados. También quienes vienen de otras historias, lenguas y caminos pueden encontrar su casa en Dios.

Por eso el salmo se ilumina con la respuesta: “Alaben al Señor todas las naciones”. La Pascua no es una alegría privada. Cristo resucitado es esperanza para todos. La Iglesia no existe para sí misma, sino para reunir a los hijos de Dios dispersos, para que todos puedan escuchar la voz del Buen Pastor.

Y hoy, al celebrar esta Eucaristía, unimos a esta Palabra nuestra intención orante por los benefactores.

¿Quiénes son los benefactores? Son esas personas que, de muchas maneras, colaboran con la obra de Dios. Algunos ayudan con bienes materiales; otros con su tiempo; otros con su oración; otros con su consejo; otros con su trabajo silencioso; otros con una palabra de aliento cuando más se necesita. A veces los benefactores no aparecen en fotografías, no reciben aplausos, no figuran en grandes listas, pero su generosidad sostiene muchas obras buenas.

En la primera lectura vemos algo de esto. Bernabé fue un gran benefactor de la Iglesia naciente. Su nombre significa “hijo de la consolación”. Él no aparece como protagonista ruidoso, pero sabe ver la gracia de Dios, sabe animar, sabe buscar a Saulo, sabe acompañar una comunidad. ¡Cuántos benefactores son como Bernabé! Personas que consuelan, que apoyan, que abren caminos, que ayudan a otros a servir mejor.

También nuestros benefactores son, en cierto modo, colaboradores del Buen Pastor. Porque cuando alguien ayuda a la Iglesia, a una comunidad, a una obra evangelizadora, a un pobre, a un enfermo, a una familia necesitada, está participando del cuidado de Cristo por sus ovejas. Está ayudando a que la voz del Pastor llegue más lejos. Está haciendo posible que otros sean sostenidos, acompañados y evangelizados.

Por eso hoy oramos por ellos con gratitud. Pedimos al Señor que bendiga sus vidas, sus familias, sus trabajos, sus intenciones. Pedimos que nunca les falte el ciento por uno prometido por el Evangelio. Pedimos que el bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en paz, salud, esperanza, fortaleza y vida eterna.

Pero la Palabra de hoy también nos invita a examinar nuestra propia manera de escuchar a Cristo. Porque no basta estar cerca del Templo, como aquellos judíos que rodeaban a Jesús. No basta hacer preguntas religiosas. No basta pedir señales. Lo decisivo es reconocer su voz y seguirlo.

Y seguir a Jesús implica pasar de la duda estéril a la confianza; de la curiosidad a la fe; del miedo a la misión; del encierro a la comunión; de la gratitud superficial a la generosidad concreta.

Hoy el Señor no nos da una respuesta prefabricada para cada problema. Hace algo mejor: nos ofrece su presencia. Nos dice: escucha mi voz, déjate conocer por mí, camina conmigo, permanece en mis manos.

Y eso basta. Porque quien está en manos de Cristo no está perdido. Quien escucha la voz del Buen Pastor encuentra dirección. Quien se deja conducir por Él termina llegando al Padre.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la confianza pascual. Que, como la comunidad de Antioquía, seamos cristianos no solo de nombre, sino de vida, de obras y de testimonio. Y que nuestros benefactores, vivos y difuntos, reciban del Señor la recompensa que solo Él sabe dar: la alegría de haber servido, la paz del corazón generoso y la promesa de la vida eterna.

Amén.

 

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¿Escuchamos de verdad la voz del Buen Pastor?”


Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy comienza con una escena muy humana. Jesús está en Jerusalén, en el Templo, durante la fiesta de la Dedicación. Es invierno. Y los judíos lo rodean para preguntarle: “¿Hasta cuándo nos vas a tener en suspenso? Si tú eres el Mesías, dínoslo francamente”.

A primera vista, parece una pregunta sincera. Quieren claridad. Quieren una respuesta directa. Quieren que Jesús les diga sin rodeos quién es. Pero la respuesta del Señor revela algo más profundo: “Se lo he dicho, y no creen”.

El problema no era que Jesús no hubiera hablado. El problema era que ellos no habían escuchado con fe. El problema no era la falta de signos, sino la dureza del corazón. Jesús había predicado, había curado, había perdonado, había mostrado la misericordia del Padre; sus obras hablaban por Él. Pero cuando el corazón está cerrado, ni siquiera las evidencias más claras bastan.

También nosotros podemos parecernos a aquellos que rodeaban a Jesús. A veces decimos: “Señor, háblame claro. Señor, dime qué hacer. Señor, muéstrame tu voluntad”. Pero quizás el Señor ya nos ha hablado muchas veces y nosotros no hemos querido escuchar. Nos habla en la Palabra, pero no siempre la meditamos. Nos habla en la Eucaristía, pero no siempre nos acercamos con hambre espiritual. Nos habla en el sacramento de la Reconciliación, pero a veces postergamos la conversión. Nos habla en la oración, pero muchas veces dejamos que el ruido nos domine. Nos habla también en los acontecimientos de la vida, en los hermanos, en los pobres, en los enfermos, en las cruces, en las alegrías sencillas, en la belleza de la creación.

La pregunta entonces no es solamente: “Señor, ¿por qué no me hablas?”. La pregunta más honesta sería: “Señor, ¿por qué no te escucho?”

Jesús lo dice con una frase hermosa y exigente: “Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen”.

Aquí hay tres verbos fundamentales para la vida cristiana: escuchar, conocer y seguir.

Primero, escuchar. La fe nace de la escucha. Pero escuchar a Dios no es solo oír palabras religiosas. Es abrir el corazón. Es dejar que la Palabra nos cuestione. Es permitir que Cristo ilumine nuestras decisiones, nuestras relaciones, nuestras heridas y nuestros proyectos.

Segundo, ser conocidos por Él. Jesús dice: “Yo las conozco”. Qué consuelo tan grande. El Señor no nos mira como masa anónima. Nos conoce por dentro. Conoce nuestras luchas, nuestras búsquedas, nuestras lágrimas, nuestras dudas, nuestras caídas y nuestros deseos más profundos. Y aun así nos ama. Nos conoce no para condenarnos, sino para salvarnos.

Tercero, seguirlo. Porque escuchar sin seguir puede convertirse en simple emoción religiosa. El verdadero discípulo no solo admira a Jesús; camina detrás de Él. No solo le dice “Señor, Señor”; intenta vivir según su voz. Seguir al Buen Pastor significa aprender a amar como Él, perdonar como Él, servir como Él, entregarse como Él.

La primera lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra una comunidad que sí escuchó la voz del Pastor. Después de la persecución que siguió a la muerte de Esteban, los discípulos se dispersan. Humanamente, aquello parecía una derrota. Pero Dios transforma la persecución en misión. Los que fueron dispersados comenzaron a anunciar la Palabra en nuevos lugares.

Así llega el Evangelio a Antioquía. Y allí sucede algo decisivo: muchos se convierten al Señor. Bernabé llega, ve la gracia de Dios y se alegra. Luego busca a Saulo, y juntos enseñan a aquella comunidad. Y el texto dice que fue en Antioquía donde por primera vez los discípulos recibieron el nombre de cristianos.

Ser cristiano, entonces, no es solo llevar un nombre. Es pertenecer a Cristo. Es escuchar su voz y dejarse guiar por Él. Es vivir de tal manera que otros puedan reconocer en nosotros algo del Evangelio. Aquellos discípulos fueron llamados cristianos porque su vida hablaba de Cristo. Sus obras daban testimonio, como las obras de Jesús daban testimonio de Él.

El Salmo 87 nos abre todavía más el horizonte: “Alaben al Señor todas las naciones”. La salvación no está encerrada en un grupo pequeño. La voz del Buen Pastor quiere llegar a todos los pueblos, a todas las culturas, a todas las historias. Cristo no llama solo a unos pocos privilegiados; llama a todos a encontrar en Él vida, pertenencia y esperanza.

Pero para escuchar esa voz necesitamos hacer silencio. Y este es uno de los grandes desafíos de nuestro tiempo. Hay demasiado ruido: ruido exterior, ruido interior, ruido de redes, ruido de opiniones, ruido de preocupaciones, ruido de miedos. A veces Dios habla suavemente, pero nosotros vivimos con el corazón lleno de interferencias.

Por eso, esta Palabra nos invita hoy a revisar nuestra vida: ¿qué me impide escuchar a Dios? ¿La prisa? ¿El orgullo? ¿El pecado? ¿La falta de oración? ¿La desconfianza? ¿El miedo a que Dios me pida algo? ¿La costumbre de querer que Dios hable según mis condiciones?

Jesús no deja de hablar. El Buen Pastor sigue llamando. Pero hay que aprender a distinguir su voz. Y esa voz se reconoce en la Escritura, en la enseñanza de la Iglesia, en los sacramentos, en la oración diaria y en la vida vivida con fe.

San Jerónimo decía: “Desconocer las Escrituras es desconocer a Cristo”. Por eso, quien quiere escuchar al Pastor debe acercarse a la Palabra. No basta leer noticias, mensajes y opiniones; el alma necesita Evangelio. No basta alimentar la mente con información; necesitamos alimentar el corazón con la voz de Dios.

También necesitamos los sacramentos. En la Eucaristía, Cristo no solo nos habla: se nos entrega. En la Reconciliación, no solo nos corrige: nos levanta. En la oración, no solo nos escucha: nos educa en la confianza.

Y el Evangelio termina con una promesa que debe llenar de paz nuestro corazón: “Yo les doy la vida eterna; no perecerán jamás y nadie las arrebatará de mi mano”.

Qué palabra tan fuerte: nadie las arrebatará de mi mano. Si escuchamos a Cristo y lo seguimos, nuestra vida queda sostenida por Él. Vendrán pruebas, cruces, dudas, cansancios, noches oscuras; pero no estaremos solos. El Buen Pastor no abandona a sus ovejas. Él nos toma de la mano, nos guarda, nos levanta y nos conduce al Padre.

Pidamos hoy la gracia de ser cristianos de verdad, como aquella comunidad de Antioquía: creyentes que escuchan, discípulos que siguen, testigos que anuncian. Que el Señor nos libre de la sordera espiritual y nos conceda un corazón atento, humilde y disponible.

Que cada día podamos decirle:
Señor Jesús, Buen Pastor, habla, que tu siervo escucha. Enséñame a reconocer tu voz en medio del ruido. Guíame por tus caminos. Tómame de tu mano y no permitas que me aparte de Ti. Amén.



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28 de abril: San Pedro Chanel, Presbítero y Mártir

1803–1841 

Patrono de Oceanía Canonizado por el Papa Pío XII el 12 de junio de 1954 




No importa si me matan o no; la religión se ha arraigado en la isla; no será destruida por mi muerte, ya que no viene de los hombres sino de Dios.

~San Pedro Chanel

 

El santo de hoy, San Pedro Luis María Chanel (Pedro), fue el quinto de ocho hijos. El padre de Pedro fue descrito más tarde como un buen hombre, pero también un hombre "más inclinado a la botella que a la religión". La madre de Pedro sin educación era una cristiana fuerte. Cuando era joven, Pedro trabajó como pastor en su granja familiar de sesenta y cinco acres. Su tierra había pertenecido recientemente a la Iglesia, pero fue confiscada por el estado al comienzo de la Revolución Francesa y vendida al padre de Pedro. Consciente de este hecho, Pedro tuvo el deseo de reparar por su familia. Al final de su vida lo haría, y más, entregando su vida como sacerdote mártir en la diminuta, remota y bárbara isla de Futuna, en el Océano Pacífico, Oceanía.

En el pueblo vecino de Cras, el párroco, el padre Jean-Marie Trompier, dirigía una pequeña escuela para niños a la que ingresó Pedro. El padre Trompier enseñaba a los niños durante todo el día mientras realizaba sus propios deberes de visitar a los enfermos, celebrar la Misa, hacer las tareas del hogar y conversar durante las comidas. El Padre Trompier tuvo un efecto profundo por Pedro, inculcando en él el deseo tanto por el sacerdocio como por la vida de un misionero extranjero. Cuando Pedro  tenía unos dieciséis años, fue enviado al seminario menor diocesano de Lyon y más tarde al seminario mayor de Brou. El 15 de julio de 1827, Pedro fue ordenado sacerdote diocesano a la edad de veinticuatro años.

El padre Pedro fue asignado primero como párroco adjunto en la ciudad de Ambérieu. Solo quedan algunos de sus sermones de esa asignación, pero lo muestran como un predicador celoso y devoto que preparaba cuidadosamente sus sermones. Después de un año, el padre Pedro se acercó al obispo para ir a una misión en el extranjero. En cambio, el obispo lo asignó como párroco a una parroquia remota, cerca de la frontera con Suiza, en el pueblo de Crozet. La parroquia de Crozet estaba necesitada. La asistencia a misa era baja y el sacerdote anterior se había marchado frustrado. El padre Pedro pasó tres años mostrando una gran devoción por los enfermos, predicando con celo y organizando procesiones eucarísticas. En el momento de su partida, se había ganado el corazón de la gente y había revivido la parroquia en apuros.

Aunque el Padre Pedro era un excelente párroco, su corazón estaba atraído por las misiones. Después de servir en Crozet durante tres años, buscó y obtuvo permiso para ingresar a la Sociedad de María (Maristas). Los maristas eran una orden recién formada cuya misión era vivir como María, escondida, humilde y sencilla. Entre sus carismas estaba el de ser misioneros en tierras remotas y escondidas, especialmente en Oceanía.

Aunque esperaba ser enviado a la misión, el padre Pedro pasó los siguientes cinco años en el seminario menor de Belley, donde enseñó a niños de doce años antes de convertirse en director espiritual y ecónomo. Dos años más tarde, fue nombrado vicesuperior y en 1833 viajó a Roma para ayudar al fundador de la comunidad a obtener la aprobación final de la sociedad. El 10 de febrero de 1836, los maristas fueron aprobados por el Papa Gregorio XVI como Congregación Religiosa de la Iglesia universal y se les dio la responsabilidad de evangelizar a los pueblos de Oceanía Occidental. A la edad de treinta y tres años, el deseo de la infancia del padre Pedro se hizo realidad cuando fue nombrado superior de un grupo de siete maristas (cuatro sacerdotes y tres hermanos) y un obispo recién ordenado que emprendió un viaje de diez meses en barco a Oceanía. El viaje fue brutal,

El grupo zarpó del puerto de La Havre, Francia, el 24 de diciembre de 1836 y navegó hacia las Islas Canarias; luego al sur alrededor del Cabo de Hornos hasta Valparaíso, Chile; al oeste de las islas Gambier; luego a Fiyi, Tongo; y finalmente llegó a la pequeña isla de Futuna el 12 de noviembre de 1837. El padre Pedro y el hermano Marie-Nizier Delorme fueron elegidos para desembarcar en esa isla.

Futuna y su isla vecina eran pequeñas, con solo cuarenta y cinco millas cuadradas entre las dos. Los 1.000 habitantes en ese momento eran agricultores y pescadores. La gente se organizó en tribus más pequeñas que se unieron en dos reinos más grandes. Estos dos reinos frecuentemente entraron en guerra entre sí, uno emergiendo como los Vencedores y los otros como los Vencidos. Eran personas religiosas que apaciguaban a los dioses enojados a través de rituales paganos y adoraban a grandes espíritus que a menudo hablaban a través de los jefes y sacerdotes paganos. En años anteriores, incluso habían practicado el canibalismo.

El rey Niuliki, entonces de la tribu Víctor, al principio dio una calurosa bienvenida a estos visitantes. Los alimentó, los invitó a su casa y los mantuvo a salvo. El primer año en la isla dio el fruto de sólo unos diez bautismos, en su mayoría niños que se estaban muriendo. Los misioneros trabajaron incansablemente para aprender el idioma local. Además, ofrecieron misa abiertamente mientras los isleños miraban intrigados, les dieron consejos agrícolas y simplemente les mostraron amabilidad, que era un lenguaje que los maristas entendían y apreciaban. Después de un año y medio en la isla, llegó otro barco con misioneros maristas, para regocijo de todos.

Durante el año siguiente, continuó el trabajo de catequesis. Cuando el hijo pequeño del rey se enfermó, se le dio permiso al padre Pedro para bautizarlo. Esperaba que esto abriera la puerta a más conversos, porque sabía que si el rey estaba de acuerdo, todos serían bautizados y abandonarían sus rituales paganos que el padre Pedro consideraba demoníacos. Sin embargo, a fines de 1840, el rey comenzó a volverse contra el padre Pedro porque más isleños se estaban convirtiendo en catecúmenos. El rey temía perder su propio poder, especialmente su autoridad espiritual pagana, por lo que retiró sus bondades y comenzó a mostrarse hostil hacia los maristas y catecúmenos. Cuando el rey escuchó que todos los habitantes de la cercana isla de Wallis se estaban preparando para el bautismo, decidió que se debía hacer algo para evitar que esto sucediera en su isla. La chispa final llegó cuando el propio hijo del rey, Meitala, se convirtió en catecúmeno. El 27 de abril de 1841, el rey tuvo una larga conversación con su hijo, tratando de convencerlo de que cambiara de opinión. Su hijo se negó, por lo que el rey Niuliki llamó a su yerno Musumusu y le ordenó que matara tanto a los catecúmenos como a los misioneros. Al día siguiente, después de intentar sin éxito matar a los catecúmenos, se dirigieron a donde se hospedaba el padre Pedro. Primero aporrearon al padre Pedro; luego Musumusu le dio un golpe mortal en la cabeza con un hacha. Pero este final brutal fue solo el comienzo de grandes cosas por venir. 

Poco después, el rey se arrepintió de lo que había hecho. Muchos de los isleños que se habían encariñado con el padre Pedro lloraron su muerte. Este luto y pesar se convirtió en alegría cuando, en los años siguientes, todos los habitantes fueron bautizados. La guerra entre las dos tribus finalmente cesó y se estableció la paz. Hoy esas islas viven bien su fe católica y se regocijan en su mártir que hizo más por ellas en la muerte que en la vida.

Mientras honramos a San Pedro Chanel, reflexiona sobre el hecho misterioso de que el Padre usa el sufrimiento y la muerte para Su gloria y la salvación de las almas cuando ese sufrimiento y esa muerte le son ofrecidos a Él, sacrificialmente, en unión con la muerte de Su divino Hijo. Reflexiona sobre el increíble poder de Dios que es capaz de sacar el bien del mal y la salvación de la misma muerte. Une tus   propios sufrimientos a Cristo, y y ten por seguro que Dios quiere que el don inquebrantable del sacrificio de tu vida le sea dado para Su gloria y para la salvación de las almas.

 

San Pedro, Dios puso en tu corazón de joven la semilla del deseo de entregarte a su servicio como misionero en tierras lejanas. Cuando ese deseo se hizo realidad, no retuviste nada, poniendo tu vida en sacrificio. A través de ese sacrificio, tu sangre alimentó la fe de las personas a las que serviste, y Dios las transformó en su pueblo santo. Por favor, ora por mí, que valientemente me entregue para la Gloria de Dios , sin importar el costo. San Pedro Chanel, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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San Luis Grignion de Montfort, Sacerdote
1673 – 1716

Patrono de los predicadores

 

Un predicador ardiente y amante de Dios, su llama ardió, pero no por mucho tiempo.

 


El escritor inglés Graham Greene creció anglicano con los típicos prejuicios anticatólicos de su generación del siglo XX. Uno de esos prejuicios sostenía firmemente que los católicos adoraban a la Virgen María y, por lo tanto, desviaban hacia la madre de Cristo la gloria que sólo le corresponde a Él. Pero cuando Greene comenzó a salir con una chica católica educada, ella le enseñó que los católicos rinden latria (adoración) a Dios, dulia (alabanza) a los santos e hiperdulia .(abundancia de alabanzas) a María. Tiene sentido. La adoración se da sólo a Dios. Se alaba a los santos. Y María recibe una alabanza de una intensidad única en reconocimiento de su papel único en la historia de la salvación.

Graham estaba convencido. Por estas y otras razones, entró en la Iglesia. Luego se convirtió en un conocido novelista sobre temas católicos, en parte porque una adolescente con la que una vez salió sabía algo de teología básica.

A lo largo de los siglos desde la Reforma, los católicos han sido acusados ​​de conceder a María lo que se debe únicamente a Dios. Esta falsa acusación es más aparente que real. Pero su apariencia a veces incluso molesta a los católicos. Cuando era joven, el futuro Papa San Juan Pablo II se preguntó si le dio a María un papel demasiado central en sus devociones, oraciones y lecturas. Pero los escritos del santo de hoy, Luis de Montfort, ayudaron al joven polaco a ubicar la devoción mariana en su contexto teológico más amplio. 

El Papa San Juan Pablo II solía dar gracias al libro de San Luis de Montfort, La verdadera devoción a María , por ayudarlo a desarrollar una espiritualidad mariana más madura. El Papa incluso tomó prestado de Montfort el latín Totus Tuus como su lema papal. De Montfort había escrito a la Virgen: “Soy todo tuyo, y todo lo mío te pertenece”. Cuando honramos a María, María honra a Dios junto con nosotros.

Louis Grignion de Montfort nunca dejó de estar enamorado de Dios. Fue uno de los dieciocho hijos de sus padres. Once de ellos son santos: Louis y diez de sus hermanos que murieron cuando eran bebés poco después de su bautismo. 

Desde niño, Louis se dedicó a la oración ante el Santísimo Sacramento. Estudió con los jesuitas cuando era adolescente y luego asistió a cursos de teología en St. Sulpice en París. Fue ordenado sacerdote a la edad de veintisiete años. Al principio quiso convertirse en misionero, como tantos ardientes sacerdotes franceses de su tiempo. Pero un director espiritual lo desaconsejó y Louis se convirtió en capellán de un hospital, predicó misiones y sirvió como confesor. El padre Louis era interpersonalmente torpe y ardiente hasta el punto de hacer que los demás se sintieran incómodos, todo lo cual limitaba su ministerio sacerdotal a foros no tradicionales.

La intensa vida devocional de Louis de Montfort, el estilo de predicación teatral, la rectitud moral y las visiones de María, los ángeles y satanás, fueron interpretados como una tontería santa por muchos en la Iglesia que le deseaban el mal. 

Los jansenistas, una rama ultra rigorista de la Iglesia francesa, despreciaron particularmente su predicación sobre el amor y la misericordia de Dios. La vida itinerante de San Luis terminó por agotamiento físico a la temprana edad de cuarenta y tres años. Practicó penitencias físicas tan extremas que su cuerpo estaba bien preparado para la tumba cuando murió. Fue sacerdote sólo dieciséis años. Es posible que su vida y sus escritos hicieran más bien a las edades futuras que a la suya propia. Sus escritos sobre María, en particular, fueron redescubiertos y publicados en el siglo XIX, lo que llevó a su canonización en 1947 ya su gran fama en la Iglesia. 

Nuestro santo murió con una estatua de la Virgen María en un brazo y un crucifijo que le regaló el Papa en el otro brazo. Se sintió atacado por el diablo en su última agonía y le gritó: “Me atacas en vano. Yo estoy entre Jesús y María. He terminado mi curso. No pecaré más.” 

Fue sepultado, por petición suya, bajo un altar dedicado a su Señora... a Nuestra Señora.  


San Luis de Montfort, pedimos tu intercesión ante Dios en el Cielo para que encienda en todos los corazones un fuego que arda como el tuyo de amor a la Santísima Trinidad. Ayuda a todos los que lean tus obras a beneficiarse de su sabiduría, y así acercarse más a la madre de Dios.

29 de abril del 2026: miércoles de la cuarta semana de pascua- Santa Catalina de Siena- Virgen y Doctora de la Iglesia

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