jueves, 30 de abril de 2026

Primero de mayo del 2026: viernes de la cuarta semana de Pascua-San José Obrero


SANTO DEL DÍA:

San José Obrero

El humilde carpintero de Nazaret fue proclamado santo patrono de todos los trabajadores en 1955.



Una impresión engañosa

Juan 14, 1-6

Períodos de sequedad en la oración, una situación familiar sin salida, un futuro que permanece oscuro: ¿quién no ha experimentado alguna vez la extraña sensación de que Jesús se hubiera retirado como de puntillas? ¡Impresión engañosa! Tal vez ya no sentimos su presencia, pero lo sabemos: Él se ha ido a “prepararnos un lugar” en el corazón de Dios.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


Primera lectura

Hch 13, 26-33

Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la sinagoga:
«Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo. También nosotros les anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a Jesús. Así está escrito en el salmo segundo:
“Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 2, 6-7. 8-9. 10-11 y 12a (R.: 7bc)

R. Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.

O bien:

R. 
V. «Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo».
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy. 
R.

V. Pídemelo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». 
R.

V. Y ahora, reyes, sean sensatos;
escarmienten, los que rigen la tierra:
sirvan al Señor con temor,
ríndanle homenaje temblando. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.

 

Evangelio

Jn 14, 1-6

Yo soy el camino y la verdad y la vida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya saben el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy comienza con una palabra que necesitamos escuchar muchas veces, especialmente cuando la vida se vuelve pesada, cuando el alma se cansa, cuando el cuerpo duele, cuando las preocupaciones nos quitan la paz:

“No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean también en mí.”

Jesús pronuncia estas palabras en la Última Cena. No las dice en un ambiente fácil. No las dice cuando todo va bien. Las dice cuando se acerca la traición, la negación de Pedro, la cruz, la dispersión de los discípulos. Jesús sabe que el corazón de los suyos se va a llenar de miedo. Sabe que muchos tendrán la impresión de que Él se va, de que los abandona, de que su presencia desaparece.

Y por eso les dice: “No se turbe su corazón.”

Alguien comentando este evangelio que acabamos de escuchar habla de una experiencia muy humana y muy espiritual: la impresión de que Jesús se ha retirado “como de puntillas”. Hay momentos en que uno reza y parece no sentir nada; momentos en que una familia se complica y no se ve salida; momentos en que el futuro aparece oscuro; momentos en que la enfermedad, la depresión, la soledad, el cansancio o la culpa hacen pensar: “¿Dónde está Dios?”

Pero el Evangelio nos dice que esa impresión puede ser engañosa. Que no sentir a Dios no significa que Dios se haya ido. Que no ver la salida no significa que Cristo no esté abriendo camino. Que el silencio de Dios no siempre es ausencia; muchas veces es una presencia más honda, más discreta, más misteriosa.

Jesús dice: “Voy a prepararles un lugar.”
No dice: “Me voy para olvidarme de ustedes.”
No dice: “Arréglense como puedan.”
No dice: “Ya no me importan sus lágrimas.”

Dice: “Voy a prepararles un lugar.”

Esta frase es profundamente consoladora, sobre todo hoy que oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Jesús no desprecia el sufrimiento humano. Jesús no mira desde lejos al enfermo, al deprimido, al angustiado, al que carga una culpa, al que no encuentra sentido, al que llora en silencio. Él mismo pasó por la angustia, por la soledad, por el abandono, por el dolor físico y moral.

Por eso puede decirnos con autoridad: “No se turbe su corazón.” No porque no haya problemas, sino porque Él está con nosotros dentro de los problemas. No porque la cruz desaparezca mágicamente, sino porque la cruz ya no es un callejón sin salida: en Cristo se convierte en camino hacia la vida.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando que Dios cumplió su promesa resucitando a Jesús. Pablo predica a un pueblo que esperaba la salvación, que había escuchado durante generaciones las promesas hechas a los padres. Y ahora anuncia que esas promesas no quedaron en palabras vacías: Dios las cumplió en Cristo resucitado.

Eso es Pascua: saber que Dios no abandona sus promesas. Que aunque los hombres rechacen, aunque haya injusticia, aunque parezca triunfar la muerte, Dios tiene la última palabra. Y esa última palabra no es condena, no es fracaso, no es oscuridad: es vida, resurrección, esperanza.

El salmo de hoy nos hace repetir: “Tú eres mi Hijo, yo te he engendrado hoy.” Es una palabra dirigida a Cristo, el Hijo amado, glorificado por el Padre. Pero también, en Él, esa palabra toca nuestra vida. En Cristo, también nosotros somos hijos amados. Incluso cuando sufrimos. Incluso cuando fallamos. Incluso cuando nos sentimos inútiles, rotos o perdidos.

Cuántas personas sufren en el alma porque han olvidado —o les han hecho olvidar— que son hijos amados de Dios. Cuántas heridas nacen de sentirse rechazado, abandonado, no valorado, no escuchado. Cuántas enfermedades del corazón espiritual nacen de haber perdido la certeza de que tenemos un lugar en el corazón de alguien.

Y hoy Jesús nos dice: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas.”

Hay lugar para ti.
Hay lugar para el enfermo.
Hay lugar para el pecador arrepentido.
Hay lugar para el cansado.
Hay lugar para el que llora.
Hay lugar para el que viene de lejos.
Hay lugar para el que no sabe cómo volver.
Hay lugar para quien sufre en el alma y para quien sufre en el cuerpo.

Esta frase debería curarnos muchas imágenes falsas de Dios. A veces pensamos que Dios es estrecho, que Dios tiene poco espacio, que Dios solo recibe a los perfectos, a los fuertes, a los que nunca han caído. Pero Jesús revela otra cosa: la casa del Padre tiene muchas moradas. El corazón de Dios es más grande que nuestras miserias. La misericordia de Dios es más amplia que nuestras culpas. La fidelidad de Dios es más fuerte que nuestras inconstancias.

Ahora bien, Tomás, con su sinceridad, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?”

Tomás nos representa. También nosotros muchas veces no sabemos por dónde ir. No sabemos qué decisión tomar. No sabemos cómo enfrentar una enfermedad. No sabemos cómo reconstruir una familia herida. No sabemos cómo salir de una tristeza profunda. No sabemos cómo volver a empezar después de haber fallado.

Y Jesús no responde con una teoría. No entrega un mapa complicado. No da una receta fría. Responde con una de las frases más hermosas del Evangelio:

“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

Cristo no solo muestra el camino: Él es el Camino.
No solo enseña verdades: Él es la Verdad.
No solo promete vida: Él es la Vida.

Por eso, cuando todo se oscurece, no se trata únicamente de entenderlo todo. Se trata de permanecer unidos a Él. Cuando no sabemos qué hacer, al menos podemos decir: “Señor, no entiendo, pero confío. No veo claro, pero me agarro de tu mano. No siento tu presencia, pero creo que estás preparando un lugar para mí.”

Hoy celebramos también la memoria de San José Obrero. Y qué bien ilumina San José este Evangelio. José también vivió momentos oscuros. No entendió todo desde el principio. Tuvo que acoger un misterio que lo superaba. Tuvo que proteger a María y al Niño. Tuvo que emigrar, trabajar, sostener, callar, obedecer, confiar.

San José no fue un hombre de discursos largos. Fue un hombre de fe concreta, de trabajo silencioso, de responsabilidad diaria. En él vemos que la santidad también se vive en el taller, en la casa, en el cansancio, en el pan ganado con esfuerzo, en la fidelidad a las pequeñas tareas.

En este día de San José Obrero, pensemos en quienes sufren también por causa del trabajo: los desempleados, los mal pagados, los explotados, los que trabajan enfermos, los que viven con angustia económica, los que sienten que su esfuerzo no es reconocido. San José nos recuerda que el trabajo humano tiene dignidad, que no somos máquinas, que cada persona vale más que lo que produce.

Y pensemos también en quienes ya no pueden trabajar porque el cuerpo se debilitó, porque la enfermedad llegó, porque los años pesan, porque el alma se quebró. A ellos también Jesús les dice: “No se turbe su corazón.” Su valor no depende de su productividad. Su dignidad no se pierde por estar enfermos. Su vida sigue teniendo un lugar en la casa del Padre y en el corazón de la Iglesia.

Como es viernes, vivimos también una intención penitencial. Pero la penitencia cristiana no es tristeza estéril ni castigo sin esperanza. La penitencia es volver al camino, volver a Cristo, dejar que Él ordene nuestro corazón. Es reconocer que muchas veces hemos turbado el corazón de otros con nuestras palabras, con nuestra indiferencia, con nuestras omisiones, con nuestra falta de caridad.

Pidamos perdón si no hemos acompañado al que sufre.
Pidamos perdón si hemos juzgado al enfermo del alma.
Pidamos perdón si hemos sido duros con quien estaba débil.
Pidamos perdón si hemos olvidado que cada persona herida necesita más misericordia que reproches.

Y al mismo tiempo, pidamos la gracia de ser para otros una pequeña señal de la casa del Padre: una palabra que consuela, una visita, una oración, una ayuda concreta, una escucha paciente, una presencia humilde.

Hermanos, Cristo no se ha ido para abandonarnos. Ha ido a prepararnos un lugar. Y mientras caminamos hacia ese lugar, Él mismo sigue siendo nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.

Que San José Obrero nos enseñe a confiar en silencio, a trabajar con dignidad, a cuidar la vida frágil, a proteger a los que Dios nos confía.

Y que el Señor Jesús, médico del alma y del cuerpo, mire hoy con ternura a todos los que sufren. Que sostenga a los enfermos, consuele a los tristes, levante a los caídos, perdone nuestras faltas y nos conceda caminar, aun en medio de la oscuridad, con esta certeza pascual:

En la casa del Padre hay lugar para nosotros. Y Cristo mismo nos conduce hacia allí. Amén.

 

 

Fiesta de San José Obrero




Jesús vino a su pueblo natal y enseñaba a la gente en su sinagoga. Se asombraron y dijeron: “¿De dónde saca este hombre tanta sabiduría y proezas? ¿No es el hijo del carpintero?

Mateo 13:54–55

 

 

El 8 de diciembre de 2020, el Papa Francisco anunció el inicio de la celebración universal del “Año de San José”. Presentó este año con una Carta Apostólica titulada “Con Corazón de Padre”. En la introducción a esa carta, el Santo Padre dijo: “Cada uno de nosotros puede descubrir en José, el hombre que pasa desapercibido, una presencia diaria, discreta y escondida, un intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.

El Evangelio anterior, tomado de las lecturas de este memorial, señala el hecho de que Jesús era “el hijo del carpintero”. José era un trabajador. Trabajó con sus manos como carpintero para proveer a las necesidades diarias de la Santísima Virgen María y del Hijo de Dios. Les proporcionó un hogar, comida y las demás necesidades diarias de la vida. José también los protegió a ambos siguiendo los diversos mensajes del ángel de Dios que le habló en sueños. José cumplió sus deberes en la vida de manera tranquila y oculta, sirviendo en su papel de padre, esposo y trabajador.

Aunque José es universalmente reconocido y honrado hoy en día dentro de nuestra Iglesia e incluso como una figura histórica mundial prominente, durante su vida habría sido un hombre que pasó desapercibido en gran medida. Habría sido visto como un hombre ordinario que cumplía con su deber ordinario. Pero en muchos sentidos, eso es lo que hace de San José un hombre ideal a imitar y una fuente de inspiración. Muy pocas personas están llamadas a servir a otros en el centro de atención. Muy pocas personas son elogiadas públicamente por sus deberes cotidianos. Los padres, especialmente, a menudo no son apreciados en gran medida. Por eso, la vida de san José, esta vida humilde y escondida vivida en Nazaret, sirve de inspiración a la mayoría de las personas para su propia vida cotidiana.

Si tu vida es algo monótona, oculta, poco apreciada por las masas, tediosa e incluso aburrida a veces, entonces busca inspiración en San José. El memorial de hoy honra especialmente a José como un hombre que trabajó. Y su trabajo era bastante ordinario. Pero la santidad se encuentra especialmente en las partes ordinarias de nuestra vida diaria. Elegir servir, día tras día, con pocos o ningún elogio terrenal, es un servicio de amor, una imitación de la vida de San José y una fuente de tu propia santidad en la vida. No subestimes la importancia de servir de estas y otras formas ordinarias y ocultas.

Reflexiona, hoy, sobre la vida cotidiana ordinaria y “ordinaria” de San José. Si encuentra que su vida es similar a lo que él habría experimentado como trabajador, cónyuge y padre, entonces regocíjese por ese hecho. Alegraos de que también vosotros estáis llamados a una vida de santidad extraordinaria a través de los deberes ordinarios de la vida diaria. Hazlos bien. Hazlos con amor. Y hacedlas por inspiración de san José y de su esposa, la santísima Virgen María, que habrían compartido esta cotidianidad ordinaria. Sabed que lo que hacéis cada día, cuando lo hacéis por amor y servicio a los demás, es para vosotros el camino más seguro hacia la santidad de vida.

Jesús mío, Hijo del carpintero, te doy gracias por el don y la inspiración de tu padre terrenal, San José. Te agradezco por su vida ordinaria vivida con gran amor y responsabilidad. Ayúdame a imitar su vida cumpliendo bien mis deberes diarios de trabajo y servicio. Que reconozca en la vida de San José, un modelo ideal para mi propia santidad de vida. San José Obrero, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.

 

 

30 de abril del 2026: jueves de la cuarta semana de Pascua- San Pío V, papa-memoria opcional

 

Santo del día:

San Pío V, papa

Miguel Ghislieri nació en Italia en 1504 y entró en la Orden a los quince años tomando el nombre de Pío. Fue prior, inquisidor, obispo, cardenal y elegido Papa el 7 de enero de 1566. Res­tauró el culto cristiano y la disciplina eclesiástica, poniendo en práctica, sobre todo con su misma vida, las normas del concilio de Trento. 



Fidelidad y humildad

(Hch 13,13-25 / Sal 89(88),2-3.21-22.25+27 (R. cf. 18[17],51) /
Jn 13,16-20)  
san Pablo anuncia cómo Dios ha guiado la historia de su pueblo hasta hacer surgir de la descendencia de David a Jesús, el Salvador prometido. El salmo nos hace cantar las misericordias del Señor, que permanece fiel a su alianza. Y en el Evangelio, Jesús, después de lavar los pies a sus discípulos, nos recuerda que el enviado no es más grande que quien lo envía.

G.Q

 


Primera lectura

Hch 13, 13-25

Dios sacó de la descendencia de David un salvador: Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


PABLO y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:
«Hermanos, si tienen una palabra de exhortación para el pueblo, hablen».
Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:
«Israelitas y los que temen a Dios, escuchen: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida,
decía: “Yo no soy quien ustedes piensen, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 2-3. 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)

R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. 
R.

V. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. 
R.

V. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has librado de nuestros pecados
con tu sangre. 
R.

 

Evangelio

Jn 13, 16-20

El que recibe a quien yo envíe me recibe a mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

CUANDO Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica. No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Se lo digo ahora a ustedes, antes de que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy.
En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“El enviado no es más grande que quien lo envía”

 

Queridos hermanos y hermanas:

 “Que Cristo habite en sus corazones.”, nos dice hoy Pablo.  No se trata simplemente de creer en Cristo como una idea, una doctrina o un recuerdo piadoso. Se trata de dejar que Él viva dentro de nosotros, que su Espíritu transforme nuestra manera de pensar, de amar, de servir, de trabajar, de anunciar y de esperar.

En este cuarto jueves de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta justamente ese dinamismo: Dios llama, Dios elige, Dios envía, Dios sostiene y Dios cumple sus promesas. Y quien acepta ser enviado por Él debe aprender primero a ser servidor.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo llega a Antioquía de Pisidia y, en la sinagoga, toma la palabra para anunciar a Cristo. Pero su predicación no empieza con una teoría. Pablo hace memoria. Recuerda la historia de Israel: Dios eligió al pueblo, lo sacó de Egipto, lo condujo por el desierto, le dio jueces, le dio reyes, eligió a David y, de su descendencia, hizo surgir a Jesús, el Salvador.

Es muy bello ver que Pablo evangeliza contando la historia de la fidelidad de Dios. Él no anuncia una novedad desconectada de la vida; anuncia que toda la historia estaba caminando hacia Cristo. Dios ha sido fiel. Dios no improvisa. Dios no abandona a su pueblo. Dios prepara caminos incluso cuando nosotros no los entendemos.

Por eso el salmo responde con alegría: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor.” La misericordia de Dios no es un sentimiento pasajero. Es una alianza. Es una promesa. Es una fidelidad que atraviesa generaciones. El salmo recuerda a David, elegido y ungido por Dios: “Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado.” Esa elección no nace del mérito humano, sino del amor gratuito de Dios.

Y aquí aparece una primera enseñanza vocacional: toda vocación nace de una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo. Nadie se envía a sí mismo. Nadie se consagra por cuenta propia. Dios llama primero. Dios unge primero. Dios confía primero. Y luego sostiene con su mano a quienes llama.

Esto vale para el sacerdote, para la religiosa, para el misionero, para el catequista, para el laico comprometido, para el padre y la madre de familia, para el joven que busca sentido, para el enfermo que ofrece su dolor, para el anciano que ora por la Iglesia. Cada vocación cristiana es una forma concreta de permitir que Cristo habite en el corazón y desde allí haga fecunda la vida.

El Evangelio de Juan nos sitúa en un momento muy intenso: Jesús está con sus discípulos en la Última Cena. Acaba de lavarles los pies. El Maestro se ha arrodillado ante los suyos. El Señor ha tomado el puesto del servidor. Y entonces dice: “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.”

Estas palabras son fundamentales para comprender la evangelización y las vocaciones. Jesús nos recuerda que quien anuncia el Evangelio no puede hacerlo desde la arrogancia, desde la superioridad o desde la búsqueda de prestigio. El enviado de Cristo debe parecerse a Cristo. Y Cristo evangelizó sirviendo, tocando heridas, perdonando pecadores, levantando caídos, partiendo el pan, lavando pies, entregando la vida.

A veces podemos pensar que evangelizar es hablar mucho de Dios. Y sí, hay que anunciar la Palabra. Pero antes de hablar mucho de Dios, hay que dejar que Dios hable a través de nuestra vida. Evangeliza quien sirve con humildad. Evangeliza quien escucha. Evangeliza quien consuela. Evangeliza quien no se cansa de sembrar esperanza. Evangeliza quien, aun en medio de cansancios y luchas, deja que Cristo siga habitando en su corazón.

Qué importante es esto para nosotros: Dios también trabaja en las etapas aparentemente ordinarias de nuestra vida. A veces pensamos que la vocación aparece solamente en momentos espectaculares. Pero muchas veces Dios llama en la vida sencilla: en el trabajo diario, en una pérdida, en una responsabilidad familiar, en una enfermedad, en una crisis, en una espera prolongada, en un deseo que no muere.

Por eso el Evangelio termina con una frase preciosa: “El que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.” Jesús se identifica con sus enviados. Esta es una gran dignidad y una gran responsabilidad. La Iglesia no evangeliza en nombre propio. El sacerdote no predica en nombre propio. El catequista no enseña en nombre propio. El misionero no va en nombre propio. Somos enviados de Cristo, y Cristo mismo quiere hacerse presente a través de nuestra pequeñez.

Pero para que eso suceda, necesitamos humildad. La humildad del servidor. La humildad de quien sabe que no es dueño del mensaje, sino mensajero. La humildad de quien no busca aplausos, sino frutos de salvación. La humildad de quien no se coloca en el centro, porque el centro es Cristo.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esta intención nace directamente de la Palabra. La Iglesia necesita hombres y mujeres con el corazón habitado por Cristo. Necesita sacerdotes que no vivan para sí mismos, sino para servir al Pueblo de Dios. Necesita religiosas y religiosos que sean signos vivos del Reino. Necesita familias que eduquen en la fe. Necesita jóvenes capaces de escuchar la voz del Señor y responder con generosidad. Necesita laicos que lleven el Evangelio a la cultura, a la educación, a la comunicación, a la política, al mundo del trabajo, a las redes sociales, a los ambientes donde muchas veces Dios parece olvidado.

Pero pidamos también algo más profundo: que no falten vocaciones porque no falte oración; que no falten respuestas porque no falten testigos; que no falten servidores porque no falten comunidades que sepan acompañar, valorar y cuidar los llamados de Dios.

Una comunidad que no ora por las vocaciones se va quedando sin horizonte. Una Iglesia que no evangeliza se encierra en sí misma. Una fe que no se comparte se debilita. Por eso hoy el Señor nos dice: “El enviado no es más grande que quien lo envía.” Es decir: vuelvan a la fuente. Miren al Maestro. Aprendan de Él. Sirvan como Él. Amen como Él. Anuncien como Él. Entréguense como Él.

Y volvamos a esa hermosa oración de san Pablo: que Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Si Cristo habita en nosotros, nuestras palabras tendrán alma. Si Cristo habita en nosotros, nuestro servicio tendrá ternura. Si Cristo habita en nosotros, nuestra evangelización no será propaganda, sino testimonio. Si Cristo habita en nosotros, nuestra vida ordinaria podrá convertirse en misión.

Hermanos, que este jueves de Pascua renueve en nosotros la alegría de ser enviados. No somos dueños del Evangelio, somos servidores. No somos protagonistas absolutos, somos instrumentos. No anunciamos una idea, anunciamos a una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado, el Salvador prometido, el Hijo enviado por el Padre.

Pidamos al Señor que haga fecunda la obra evangelizadora de su Iglesia. Que suscite vocaciones santas, humildes, alegres y perseverantes. Que fortalezca a quienes ya han respondido. Que despierte en muchos jóvenes el deseo de entregar la vida. Y que en cada uno de nosotros se cumpla esta gracia: que Cristo habite en nuestros corazones, para que nuestra vida entera sea Evangelio vivido, servido y anunciado.

Amén.

 

2

Queridos hermanos y hermanas:

En este jueves de la cuarta semana de Pascua, la Palabra de Dios nos lleva al corazón mismo de la misión cristiana: somos enviados por Cristo para servir como Cristo. Y el Evangelio de hoy nos recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.”

Estas palabras de Jesús están dichas en un contexto muy especial: la Última Cena. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos. El Maestro se ha puesto de rodillas. El Señor ha tomado el lugar del servidor. El Hijo de Dios, que viene del Padre y vuelve al Padre, se inclina ante hombres frágiles, temerosos, lentos para comprender, e incluso ante Judas, que lo va a traicionar.

Ese gesto resume todo el Evangelio. Jesús no vino a dominar, sino a servir. No vino a buscar honores humanos, sino a entregar la vida. No vino a imponer su poder, sino a revelar la fuerza humilde del amor de Dios.

Y esto nos toca profundamente, porque muchas veces nosotros asociamos la grandeza con mandar, figurar, tener reconocimiento, ser importantes o tener la última palabra. Pero Jesús nos enseña que, en el Reino de Dios, la verdadera grandeza está en amar, servir, perdonar y entregarse.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando a Cristo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. Pablo hace memoria de la historia de salvación. Recuerda cómo Dios eligió a Israel, cómo lo liberó de Egipto, cómo lo condujo por el desierto, cómo le dio jueces, profetas y reyes. Recuerda especialmente a David, de cuya descendencia Dios hizo surgir al Salvador: Jesús.

Pablo evangeliza contando la fidelidad de Dios. No se anuncia a sí mismo. No se pone en el centro. No predica para lucirse. Él se sabe enviado. Él sabe que la historia no comenzó con él ni termina en él. La historia es de Dios. La salvación viene de Dios. La misión pertenece a Dios.

Esta es una enseñanza muy importante para la Iglesia de todos los tiempos: la evangelización no es propaganda personal, sino servicio humilde a la obra de Dios. La Iglesia no anuncia una ideología. No anuncia una moda. No anuncia un proyecto humano. La Iglesia anuncia a Jesucristo, muerto y resucitado, Salvador del mundo.

Por eso también el salmo nos hace cantar: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor.” La evangelización nace de la experiencia de la misericordia. Solo quien ha experimentado que Dios ha sido fiel, que Dios lo ha levantado, que Dios lo ha perdonado, que Dios lo ha sostenido, puede anunciar con verdad el Evangelio.

No evangeliza bien quien se siente superior a los demás. Evangeliza quien sabe que también ha sido alcanzado por la gracia. Evangeliza quien no olvida que fue amado primero. Evangeliza quien, como Jesús, se inclina ante los pies cansados de la humanidad.

Hoy el evangelio nos enseña que el amor se perfecciona en la humildad. Jesús no solo predicó el amor; lo puso en práctica lavando los pies. Y lo hizo incluso sabiendo que uno de los suyos lo iba a traicionar.

Aquí el Evangelio se vuelve todavía más exigente. Porque servir a quienes nos aman puede ser relativamente fácil. Servir a quienes nos agradecen puede darnos satisfacción. Servir a quienes reconocen nuestro esfuerzo puede alimentar nuestro corazón. Pero Jesús va más lejos: Él sirve también a Judas. No aprueba su traición, no la disimula, no la llama bien; pero no deja de amarlo.

Este es uno de los rostros más desconcertantes del amor de Cristo: su humildad no tiene fronteras. Jesús ama incluso cuando no es correspondido. Sirve incluso cuando será rechazado. Ofrece una posibilidad de conversión incluso a quien ya está cerrando su corazón.

Y aquí debemos mirarnos sinceramente. ¿A quién me cuesta amar? ¿A quién he dejado de servir? ¿A quién he excluido de mi corazón? ¿Qué persona, por haberme herido, traicionado o decepcionado, ya no merece para mí ni siquiera una palabra de paz?

Jesús no nos pide ingenuidad. No nos pide negar el mal. Él mismo reconoce la traición: “El que comparte mi pan me ha traicionado.” Pero nos enseña que el discípulo no debe responder al mal con más mal, ni a la traición con odio, ni a la herida con venganza. El discípulo está llamado a responder desde otro lugar: desde la humildad de Cristo.

Esto es muy importante para nuestras familias, para nuestras comunidades, para nuestras parroquias y también para quienes ejercen algún liderazgo en la Iglesia. Un padre de familia, una madre, un sacerdote, una religiosa, un catequista, un animador pastoral, un educador, un servidor de la comunidad, no está llamado a mandar desde el orgullo, sino a guiar desde el servicio.

La autoridad cristiana no se impone humillando a los demás; se ejerce levantando a los demás. La autoridad cristiana no busca privilegios; busca lavar pies. La autoridad cristiana no usa a las personas; se gasta por ellas. La autoridad cristiana no vive de aplausos; vive de fidelidad.

Por eso, en este día oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Necesitamos una Iglesia que evangelice de rodillas, no por debilidad, sino por amor. Una Iglesia que no tenga miedo de ensuciarse las manos sirviendo. Una Iglesia que no se encierre en sí misma, sino que salga al encuentro de los cansados, los heridos, los alejados, los pobres, los jóvenes, los enfermos, los que han perdido la fe o la esperanza.

Y necesitamos vocaciones con el corazón de Cristo. Sacerdotes que sepan lavar los pies del pueblo de Dios. Religiosas y religiosos que sean memoria viva del amor entregado. Misioneros que no vayan a conquistar, sino a servir. Laicos comprometidos que evangelicen desde su familia, su trabajo, su profesión, su cultura, sus redes sociales, su palabra y su testimonio.

Pidamos al Señor que suscite vocaciones humildes, alegres, valientes y generosas. Vocaciones que no busquen brillar por sí mismas, sino transparentar a Cristo. Vocaciones que entiendan que el enviado nunca es más grande que quien lo envía. Vocaciones capaces de amar incluso cuando no reciban gratitud inmediata. Vocaciones capaces de perseverar incluso cuando aparezcan incomprensiones, cansancios o traiciones.

Pero no pensemos solo en “otros”. Cada uno de nosotros tiene una vocación. Cada bautizado es un enviado. Cada cristiano está llamado a hacer visible a Cristo en el mundo. Y Jesús nos dice hoy: “Si saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica.”

La felicidad cristiana no está solo en saber el Evangelio, sino en vivirlo. No basta entender que Jesús lavó los pies. Hay que lavar pies. No basta admirar su humildad. Hay que practicarla. No basta hablar del amor. Hay que amar concretamente, incluso cuando cuesta.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a mirar a Jesús servidor. En cada misa, Él vuelve a ponerse en medio de nosotros no como un rey distante, sino como Pan partido, como alimento humilde, como amor entregado. La Eucaristía es la escuela más profunda del servicio: Cristo se nos da para que nosotros aprendamos a darnos.

Que el Señor renueve en nosotros la alegría de evangelizar. Que sane nuestras resistencias para servir. Que nos conceda un corazón humilde, capaz de perdonar, capaz de reconciliarse, capaz de amar sin calcular demasiado.

Y que, al orar por las vocaciones, podamos decirle con sinceridad:

Señor Jesús, servidor humilde del Padre,
haz de tu Iglesia una comunidad misionera,
pobre de orgullo y rica en amor.
Danos sacerdotes, consagrados, misioneros y laicos
con un corazón semejante al tuyo.
Enséñanos a lavar los pies de nuestros hermanos,
a servir sin buscar honores,
a perdonar sin guardar rencor,
y a anunciar tu Evangelio con la vida.

Amén.

 

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30 de abril: San Pío V, Papa—Memoria libre

1504–1572 Santo Patrono del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Invocado para la reforma y defensa de la Iglesia 

Canonizado por el Papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712 






Cita:


Desde el principio, al ser elevados al Apostolado Mayor, con gusto dedicamos nuestra mente y energías, y dirigimos todos nuestros pensamientos a los asuntos concernientes a la preservación de una liturgia pura, y nos esforzamos, con la ayuda de Dios, por todos los medios a nuestro alcance, por lograr este propósito. Pues, además de otros decretos del sagrado Concilio de Trento, se nos dispuso la revisión y reedición de los libros sagrados: el Catecismo, el Misal y el Breviario. Con el Catecismo publicado para la instrucción de los fieles, con la ayuda de Dios, y el Breviario completamente revisado para la digna alabanza de Dios… Consideramos necesario dedicar nuestra atención inmediata a lo que aún quedaba por hacer, a saber, la reedición del Misal lo antes posible…

~Promulgación de la Liturgia Tridentina, San Pío V

 

Reflexión: 

En 1517, cuando Martín Lutero publicó sus Noventa y cinco Tesis en Alemania, lo que dio inicio a la Reforma Protestante, los reinos europeos enfrentaban numerosos desafíos y la Iglesia necesitaba urgentemente una reforma.

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado eran constantemente tensas. Algunos gobernantes civiles luchaban por mantener la fe católica en sus territorios, mientras que otros luchaban por eliminarla. Muchos de estos reinos se enfrentaban entre sí, y todos estaban bajo la amenaza constante de invasores musulmanes.

Dentro de la Iglesia, era necesaria una reforma para abordar los abusos financieros, el nepotismo, la formación deficiente del clero, la gobernanza deficiente, los debates teológicos y la falta de un culto litúrgico uniforme. Fue en esta situación histórica que nació el santo que hoy conocemos.

Antonio Ghislieri nació en Bosco Marengo, en el noroeste de Italia.

De niño, Antonio era pobre y trabajaba para ayudar a su familia. A los catorce años, adoptó el nombre de Michele al ingresar en la orden dominica y recibió su educación de los frailes de Vigevano, Bolonia y Génova.

A lo largo de su formación, fue un estudiante excelente y aplicado, especialmente atraído por el estudio de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.

A los veinticuatro años, fue ordenado sacerdote, y durante los dieciséis años siguientes enseñó teología y filosofía, formó novicios dominicos y fue prior en varios conventos. Siendo un joven sacerdote, el padre Michele continuó profundizando su vida de oración, desarrolló una profunda devoción a la Santísima Virgen María y al Rosario, hacía vigilias nocturnas, abrazó el carisma dominicano, ayunaba, hacía penitencia, abrazaba la pobreza y practicaba el silencio interior, con el que se esforzaba por mantenerse continuamente recogido, negándose a las conversaciones ociosas.

En 1542, para hacer frente a la amenaza constante que representaban los errores introducidos por la Reforma Protestante, que se extendían lentamente por los estados italianos, el papa Pablo III reorganizó la Inquisición Italiana. Poco después, el padre Michele fue nombrado para servir en varias misiones inquisitoriales, lo que llevó a cabo con inquebrantable determinación.

En 1556, el papa Pablo IV lo nombró obispo de Sutri, una diócesis al norte de Roma, y ​​un año después fue nombrado cardenal.

Como obispo y luego cardenal, continuó trabajando con celo, defendiendo vigorosamente la verdadera fe, erradicando la herejía, corrigiendo abusos, fortaleciendo las estructuras eclesiásticas y viviendo personalmente la vida de fe y moral a la que estaba llamado. Llegó a ser tan respetado, y su valentía, claridad y celo fueron tan beneficiosos para la Iglesia, que el Santo Padre lo nombró Gran Inquisidor de toda la cristiandad.

En 1559, fue trasladado más al norte, a la diócesis de Mondovì, pero era llamado regularmente a Roma para consultar con el Papa. En Mondovì, se esforzó por reconstruir dicha diócesis tras ser devastada por las guerras, alimentadas por la confusión teológica causada por la Reforma Protestante.

El obispo Michele no era un pusilánime, ni siquiera en lo que se refería al papa. Uno de los abusos recurrentes dentro de la Iglesia en aquella época era el nepotismo, la práctica de otorgar favores eclesiásticos a familiares. Cuando el papa Pablo IV anunció a su corte que quería nombrar cardenal a su sobrino de catorce años, el obispo Michele se opuso firmemente y detuvo el abuso. Si bien esto llevó al papa a disminuir parte de la autoridad inquisitorial del obispo Michele, también provocó la admiración de muchos cardenales. Como resultado, en 1566, el obispo Michele fue elegido nuevo papa y adoptó el nombre de Pío V.

Tan solo tres años antes de la elección papal de Pío V, el Concilio de Trento, que duró dieciocho años, concluyó su última sesión. Este concilio marcó el inicio de la Contrarreforma católica, que abordó directamente cuestiones teológicas y litúrgicas y buscó eliminar diversos abusos dentro de la Iglesia. Solo quedaba por implementar los decretos del concilio. No fue tarea fácil, pero el papa Pío V era, sin duda, el hombre indicado para la tarea.

Desde el comienzo de su pontificado, el Papa Pío V continuó siendo el hombre de Dios santo, devoto, concienzudo y decidido que había sido desde su juventud. En lugar de actuar como un rey, actuó como un siervo. Continuó vistiendo su hábito blanco dominico (del que solo conservó uno), razón por la cual el Papa viste de blanco hoy en día. Distribuyó el dinero reservado para los extravagantes banquetes papales entre los pobres. Visitó a los enfermos, construyó hospitales, rezó dos veces al día ante el Santísimo Sacramento y resistió las trampas que conllevan el poder y la riqueza. Los Estados Pontificios, en particular, pronto se convirtieron en un monasterio más que en un reino.

Para abordar las confusiones teológicas que dividían a la Iglesia, promulgó un nuevo catecismo especialmente para párrocos, instituyó clases de catequesis para jóvenes, introdujo las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino en las universidades y continuó la buena labor del Santo Oficio de la Inquisición con celo pastoral.

Para abordar los problemas eclesiásticos, denunció las inmoralidades dentro del clero, lo vinculó más estrechamente a una sola diócesis, impuso el sistema de seminarios, reafirmó la práctica del celibato, exhortó a los obispos a permanecer en su diócesis y servirla como verdaderos pastores, y renovó la disciplina, cada vez más debilitada, dentro de las casas religiosas.

Para atender las necesidades espirituales de la Iglesia, difundió especialmente la devoción al Santo Rosario, que él mismo rezaba íntegramente a diario, y promulgó un nuevo Breviario y un Misal Romano.

En el ámbito político, no dudó en reprender, e incluso penalizar, a los gobernantes desobedientes.

Defendió a Europa de los invasores musulmanes trabajando con varios gobernantes para formar la Liga Santa, un esfuerzo cooperativo de los reinos católicos de España e Italia, que incluía la Orden de Malta.

A lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha necesitado una reforma interna. Aunque Cristo nunca abandona a su Iglesia, quienes están a su cuidado son pecadores. Pero entre esos pecadores, Dios siempre suscita santos para encaminar a la Iglesia y sus instituciones por el buen camino. En el siglo XVI, uno de los santos más notables que Dios usó para este propósito fue el papa San Pío V.

Al honrar a este santo papa, reflexionen ustedes sobre su propio llamado a apoyar las necesidades de reforma constantes en la Iglesia. Esas necesidades siempre estarán presentes. Aunque no estén llamados a hacerlo desde la perspectiva del papado, sí están llamados a hacerlo en el contexto de su propia vocación.

Reflexionen sobre cómo pueden reformar su vida, su familia, su parroquia y su comunidad. Comprométanse a someterse en oración a la voluntad de Dios y busquen el don de la valentía para que Dios los use de maneras que están más allá de sus capacidades naturales.

Oración: 

San Pío V, fuiste inquebrantable en tu fe y tu valentía. Dios usó esas virtudes para ayudar a defender y reformar a su Iglesia en un momento de gran sufrimiento. Por favor, reza por mí, para que, mientras la Iglesia sigue necesitando renovación y el Evangelio necesite ser proclamado, yo sea un instrumento santo en las manos de Dios.

Que también sea valiente y fiel hasta el final, cueste lo que cueste.

San Pío V, ruega por mí. Jesús, confío en ti.

 

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