“El Espíritu está ahí”
(Hechos 5, 27-33; Juan 3,
31-36) He aquí el núcleo central de la predicación de los
Apóstoles: “El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien ustedes
dieron muerte colgándolo del madero del suplicio.” A través de este
testimonio se afirma la presencia operante del Espíritu Santo: Espíritu sin
medida dado por Dios a su Hijo amado. La exasperación del Consejo supremo, que
rechaza este testimonio, conduce a la ira de Dios. Nuestra obediencia conduce a
la vida eterna.
Nicolas
Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Hch
5, 27-33
Testigos
de esto somos nosotros y el Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, los apóstoles fueron conducidos a comparecer ante el Sanedrín
y el sumo sacerdote los interrogó, diciendo:
«¿No les habíamos ordenado formalmente no enseñar en ese Nombre? En cambio, han
llenado Jerusalén con su enseñanza y quieren hacernos responsables de la sangre
de ese hombre».
Pedro y los apóstoles replicaron:
«Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres
resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron, colgándolo de un madero. Dios lo ha
exaltado con su diestra, haciéndolo jefe y salvador, para otorgar a Israel la
conversión y el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el
Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen».
Ellos, al oír esto, se consumían de rabia y trataban de matarlos.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
33, 2 y 9. 17-18. 19-20 (R.: 7ab)
R. El afligido invocó al
Señor, y él lo escuchó.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Bendigo al Señor en
todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.
V. El Señor se enfrenta
con los malhechores,
para borrar de la tierra su memoria.
Cuando uno grita, el Señor lo escucha
y lo libra de sus angustias. R.
V. El Señor está cerca
de los atribulados,
salva a los abatidos.
Aunque el justo sufra muchos males,
de todos lo libra el Señor. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Porque me has
visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin
haber visto. R.
Evangelio
Jn
3, 31-36
El
Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EL que viene de lo alto está por encima de todos. El que es de la tierra es
de la tierra y habla de la tierra. El que viene del cielo está por encima de
todos. De lo que ha visto y ha oído da testimonio, y nadie acepta su
testimonio. El que acepta su testimonio certifica que Dios es veraz.
El que Dios envió habla las palabras de Dios, porque no da el Espíritu con
medida. El Padre ama al Hijo y todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el
Hijo posee la vida eterna; el que no crea al Hijo no verá la vida, sino que la
ira de Dios pesa sobre él.
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este día nos pone ante una verdad
fuerte, luminosa y exigente: Cristo ha resucitado, el Espíritu Santo está
actuando, y nadie puede detener la obra de Dios.
En la primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, vemos a Pedro y a los demás compareciendo ante el Sanedrín. Los han
hecho callar, los han amenazado, los han perseguido. Pero ellos no retroceden.
Y Pedro pronuncia una frase que atraviesa los siglos y sigue resonando hoy con
una fuerza impresionante: “Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Esa frase no es un gesto de rebeldía caprichosa. No
es orgullo. No es terquedad humana. Es la confesión serena y valiente de quien
ha sido tocado por la Resurrección. Los Apóstoles ya no anuncian una teoría, ni
una ideología, ni un sentimiento pasajero. Anuncian un acontecimiento: Jesús,
a quien ustedes crucificaron, ha resucitado. Y anuncian también una
certeza: el Espíritu Santo ha sido dado a quienes obedecen a Dios.
Ahí está el corazón del mensaje cristiano. La
Iglesia existe para eso: para proclamar que Cristo vive. La obra evangelizadora
de la Iglesia no nace de una estrategia de mercadeo, ni de un plan humano, ni
de una simple simpatía religiosa. Nace de una experiencia pascual: hemos
encontrado al Resucitado y no podemos callarlo.
El Evangelio según san Juan profundiza aún más esta
verdad. Jesús dice que el que viene de arriba está por encima de todos, que
habla las palabras de Dios, y que Dios no da el Espíritu con medida.
¡Qué frase tan hermosa! No da el Espíritu con medida. Dios no ama a
medias. Dios no salva a medias. Dios no comunica su vida a cuentagotas. En su
Hijo amado, Dios nos lo entrega todo.
A veces nosotros vivimos una fe “medida”: una fe
con cálculos, una fe con miedo, una fe reducida a costumbre, una fe que no
quiere comprometerse demasiado. Pero Dios no actúa así. Dios derrama su
Espíritu abundantemente. El problema no está en que Dios dé poco; el problema
muchas veces está en que nosotros abrimos poco el corazón.
Y eso vale también para la evangelización. Una
Iglesia temerosa, cerrada, cansada, acomplejada, no puede anunciar con alegría.
En cambio, una Iglesia llena del Espíritu es una Iglesia que sale, que habla,
que consuela, que corrige, que acompaña, que sirve, que llama, que invita, que
despierta vocaciones.
Por eso hoy, al orar por la Obra evangelizadora
de la Iglesia, hemos de pedir que no nos gane el cansancio pastoral, ni la
rutina, ni el desaliento. Evangelizar no es simplemente organizar actividades.
Evangelizar es dejar que el Espíritu Santo haga de nosotros testigos de
Jesucristo. Y un testigo no solo habla: también transparenta con su vida
aquello que anuncia con los labios.
Y junto con esta intención, oramos por las vocaciones.
Porque donde el Evangelio se anuncia con fuego, allí surgen vocaciones. Cuando
un joven ve un sacerdote feliz en su entrega, una religiosa luminosa en su
servicio, una familia cristiana coherente, un catequista convencido, una
comunidad viva, puede comenzar a preguntarse: “Señor, ¿qué quieres de mí?”
Las vocaciones no nacen en un laboratorio. Nacen en
el corazón de Dios y florecen en comunidades creyentes, orantes y misioneras.
Por eso no basta lamentarnos diciendo que faltan vocaciones. Hay que
preguntarnos también: ¿estamos creando un ambiente donde sea posible
escuchar la voz de Dios? ¿Estamos mostrando una Iglesia viva, alegre, enamorada
de Cristo?
El Salmo de hoy nos da otra clave: “Si el
afligido invoca al Señor, él lo escucha.” Cuántas veces la obra
evangelizadora parece difícil. Cuántas veces los sembradores del Evangelio se
sienten solos. Cuántas veces hay rechazo, indiferencia o incomprensión. Pero el
Señor no abandona a los suyos. La Pascua nos recuerda que la última palabra no
la tienen los poderosos, ni los perseguidores, ni los que se cierran a la
verdad. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida.
Hermanos, hoy la Palabra nos invita a tres cosas
muy concretas:
Primero, creer de verdad en Jesucristo, el
enviado del Padre, aquel sobre quien reposa el Espíritu sin medida.
Segundo, obedecer a Dios antes que a los hombres,
aunque eso exija valentía, aunque implique incomodidad, aunque nos traiga
incomprensiones.
Y tercero, pedir un nuevo ardor evangelizador y
vocacional para la Iglesia. Que no falten sacerdotes santos, religiosos
generosos, matrimonios fieles, jóvenes disponibles, laicos apasionados por el
Reino.
Que María, Madre de la Iglesia, mujer dócil al
Espíritu, nos enseñe a recibir la gracia de Dios sin resistencias y a
convertirnos en testigos valientes de Cristo Resucitado.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy nos coloca delante de una pregunta decisiva: ¿qué clase de fe tenemos?
¿Una fe solamente pensada, solamente repetida, solamente heredada, solamente
cultural?
¿O una fe viva, capaz de transformarnos, de mover nuestra voluntad, de cambiar
nuestro modo de vivir, de hablar, de decidir y de amar?
El
evangelio de san Juan nos presenta unas palabras muy fuertes de Jesús:
“El Padre ama al Hijo y
todo lo ha puesto en su mano. El que cree en el Hijo tiene vida eterna; el que
no cree en el Hijo no verá la vida.”
Estas
palabras nos obligan a tomarnos en serio la fe. Porque creer en Jesucristo no
es simplemente aceptar una idea religiosa ni admitir intelectualmente que Dios
existe. Hasta el demonio sabe que Dios existe. El problema no es saberlo, sino abrirse a Él, obedecerle, dejarse
transformar por Él.
1. Una fe que no transforme, todavía no ha
madurado
Muchos
podrían decir: “Yo creo en Dios”, “yo soy católico”, “yo fui bautizado”, “yo
voy a misa de vez en cuando”. Pero la liturgia de hoy nos empuja a ir más al
fondo:
¿Esa fe te está cambiando
realmente?
¿Te hace más humilde?
¿Más misericordioso?
¿Más obediente a la voluntad de Dios?
¿Más disponible para servir?
¿Más comprometido con el Evangelio?
Porque
la verdadera fe no se queda en la cabeza. Baja al corazón. Y del corazón pasa a
las manos, a la lengua, a las decisiones, a la conducta diaria.
Creer
en Cristo significa escuchar su Palabra y permitir que ella nos reoriente.
Significa renunciar a lo que no es de Dios. Significa aceptar que el Evangelio
no solo nos consuela, sino que también nos corrige, nos purifica, nos poda, nos
llama a conversión.
Hay
personas que quieren un Cristo que bendiga sus planes, pero no un Cristo que
los cambie. Quieren el consuelo del Evangelio, pero no sus exigencias. Quieren
la promesa de la vida eterna, pero no el camino de la obediencia. Y ahí está la
gran tensión espiritual de este texto.
2. “Hay que obedecer a Dios antes que a los
hombres”
La
primera lectura nos ofrece una escena impresionante. Pedro y los apóstoles
comparecen ante el Sanedrín. Han sido prohibidos, vigilados, amenazados. Sin
embargo, no se retractan. Y Pedro dice con firmeza:
“Hay que obedecer a Dios
antes que a los hombres.”
Esa
es la fe que transforma.
No una fe acomodada.
No una fe diplomática.
No una fe silenciosa por miedo.
Sino una fe pascual, una fe que nace del encuentro con Cristo resucitado.
Los
apóstoles ya no pueden callar porque han sido tocados por una verdad mayor que
sus miedos. Ellos anuncian el núcleo de toda evangelización:
“El Dios de nuestros
padres resucitó a Jesús, a quien ustedes mataron colgándolo de un madero.”
Ese
es el centro de la predicación apostólica. Ese es el corazón de la Iglesia. Ese
es el contenido de toda verdadera obra evangelizadora: Cristo ha muerto y ha resucitado; Cristo
vive; Cristo salva; Cristo llama a la conversión; Cristo ofrece perdón y vida
nueva.
La
evangelización no consiste primero en transmitir valores, ni normas, ni
costumbres, aunque todo eso tenga su lugar. Evangelizar es anunciar una Persona
viva: Jesucristo, el Señor
resucitado.
3. El “temor de Dios”: no terror servil, sino
conciencia santa
No olvidemos que el santo temor de Dios,
uno de los dones del Espíritu Santo. Hoy esa expresión puede malinterpretarse.
Algunos la identifican con un miedo enfermizo a Dios, como si Dios fuera un
tirano esperando castigarnos. Pero no es eso.
El
santo temor de Dios comienza, sí, con el miedo a perder la gracia, a apartarnos
de Dios, a cerrarnos a la vida eterna. Pero madura hasta convertirse en algo
mucho más hermoso: el
temor amoroso de no querer ofender a Aquel que nos ama, el
deseo ardiente de no alejarnos de Él, la delicadeza del alma que no quiere
romper la amistad con Dios.
Es
el temor del hijo que no quiere herir el corazón del padre.
Es el temor del discípulo que no quiere traicionar al Maestro.
Es el temor del enamorado que no quiere perder al Amado.
Por
eso, cuando el Evangelio habla de la “ira de Dios”, no debemos imaginarnos una
explosión emocional de parte de Dios. Más bien se trata de la consecuencia
seria y real de cerrarse a la verdad, de rechazar la gracia, de resistirse
obstinadamente al amor. Dios respeta profundamente nuestra libertad. No nos
fuerza a salvarnos. No nos impone la vida eterna. La ofrece, la regala, la
suplica casi, pero no la impone.
Y
aquí hay una verdad muy actual: el peor castigo del ser humano no siempre es un
castigo externo; muchas veces es quedarse
sin Dios por haberse negado a recibirlo.
4. Fe, esperanza y caridad: una sola corriente
de vida
La Palabra hoy también nos recuerda que la fe verdadera
no camina sola. Va unida a la esperanza y a la caridad.
La
fe me hace reconocer a Dios y su verdad.
La esperanza me impulsa a caminar hacia lo que Dios promete.
La caridad me mueve a amar como Dios ama.
Cuando
estas tres virtudes se unen, la fe deja de ser teoría y se vuelve vida.
Entonces sí aparece el cristiano maduro: el que no solo dice “Señor, Señor”,
sino el que hace la voluntad del Padre.
Por
eso conviene preguntarnos con sinceridad:
¿Estoy hoy más cerca de Dios que hace un año?
¿Mi fe ha crecido o se ha estancado?
¿He dejado que el Evangelio modifique algo concreto en mí?
¿O sigo siendo, en el fondo, la misma persona, con las mismas resistencias, los
mismos egoísmos, la misma tibieza?
La
Pascua no es un recuerdo bonito. La Pascua es una fuerza transformadora. Cristo
resucitado no vino solo a emocionarnos, sino a resucitar zonas muertas de nuestra vida.
5. La obra evangelizadora de la Iglesia
necesita testigos transformados
Hoy
oramos por la obra
evangelizadora de la Iglesia. Y esta Palabra viene como anillo
al dedo. Porque la Iglesia evangeliza con fecundidad cuando sus miembros han
sido realmente transformados por Cristo.
El
mundo no necesita solo maestros que expliquen doctrinas. Necesita testigos que
hablen desde una experiencia. Necesita cristianos en quienes se note que Jesús
vive. Necesita sacerdotes, religiosos, catequistas, padres de familia, jóvenes,
laicos comprometidos, que no reduzcan la fe a discurso, sino que la encarnen.
La
evangelización pierde fuerza cuando el mensaje no pasa por la vida del
evangelizador. Pero adquiere una potencia enorme cuando quien anuncia puede
decir, aunque sea humildemente:
“Yo no les hablo de
alguien lejano; yo les hablo de Aquel que me ha levantado, me ha perdonado, me
ha sostenido y me sigue cambiando.”
La
Iglesia evangeliza cuando predica, sí. Pero también cuando sirve, cuando
acompaña, cuando sufre con los que sufren, cuando educa, cuando defiende la
dignidad humana, cuando consuela, cuando perdona, cuando se arrodilla para
orar, cuando sale al encuentro de los alejados.
6. Y de esa Iglesia nacen las vocaciones
También
oramos hoy por las vocaciones.
Y hay que decirlo con claridad: las vocaciones nacen donde hay fe viva. Donde
Cristo es amado de verdad. Donde la comunidad no se conforma con una religión de
costumbre. Donde se predica con convicción. Donde se ora intensamente. Donde se
vive con alegría el seguimiento de Jesús.
Una
vocación sacerdotal o religiosa no brota del vacío. Nace cuando alguien
descubre que Cristo vale la pena. Nace cuando un joven ve un sacerdote
auténtico. Nace cuando contempla una religiosa feliz en su entrega. Nace cuando
una familia enseña a escuchar a Dios. Nace cuando una parroquia se convierte en
hogar espiritual y escuela de discernimiento.
Si
queremos vocaciones, no basta pedirlas de palabra. Hay que crear un clima
espiritual donde sea posible escuchar la voz de Dios. Un ambiente en el que los
jóvenes puedan preguntarse sin miedo:
“Señor, ¿qué quieres de
mí?”
“¿Dónde me necesitas?”
“¿Cómo puedo entregarte mi
vida?”
Y
esto vale no solo para el sacerdocio o la vida consagrada. También hay vocación
al matrimonio santo, a la misión laical, al servicio eclesial, al compromiso
generoso con el Reino. Toda vocación verdadera nace de una fe que se deja
transformar.
7. El salmo de hoy: una Iglesia que confía
El
salmo nos regala una palabra de consuelo:
“Si el afligido invoca al
Señor, él lo escucha.”
Qué importante es esto para la Iglesia evangelizadora. Porque evangelizar no
siempre es fácil. Hay cansancio, oposición, indiferencia, rechazo, escasez de
obreros, incomprensiones internas y externas. Pero el Señor escucha a su
pueblo. El Señor no abandona su obra. El Señor sigue llamando. El Señor sigue
sosteniendo.
Nos
toca a nosotros no endurecer el corazón. No enfriar la fe. No reducir el
cristianismo a una identidad cultural vacía. No quedarnos en un asentimiento
intelectual. Hay que pasar a una fe obediente, operante, fecunda.
Conclusión
Hermanos,
hoy la Palabra nos llama a revisar la autenticidad de nuestra fe.
No basta decir que creemos.
Hay que vivir como creyentes.
No basta admirar a Jesús.
Hay que obedecerle.
No basta defender ideas religiosas.
Hay que dejarse transformar por el Resucitado.
Pidamos
hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia: que sea valiente, fiel, luminosa,
llena del Espíritu Santo.
Pidamos por las vocaciones: que el Señor siga llamando y que haya corazones
generosos dispuestos a responder.
Y pidamos también por cada uno de nosotros: que nuestra fe no sea estéril, sino
viva; no solo pensada, sino encarnada; no solo confesada con los labios, sino
demostrada con la vida.
Que
María, Madre de la Iglesia y mujer totalmente dócil a la Palabra, nos enseñe a
creer de tal manera que nuestra fe se convierta en obediencia, nuestra
obediencia en testimonio, y nuestro testimonio en semilla de nuevas vocaciones
para la Iglesia.
Amén.
Homilía
III Domingo de Pascua – Ciclo A
Providencia, comunidad insular
Lecturas: Hch 2,14.22-33 / Sal 16(15) / 1 Pe 1,17-21 / Lc 24,13-35
Queridos hermanos y hermanas en el Señor:
La Palabra de Dios que hoy hemos escuchado nos
conduce por uno de los caminos más conmovedores del Evangelio: el camino de
Emaús. Allí aparecen dos discípulos desanimados, tristes, confundidos, heridos
por los acontecimientos, con el corazón cargado de preguntas y con la sensación
amarga de que todo había terminado mal. Ellos mismos lo dicen: “Nosotros
esperábamos…”
Esa frase resume muy bien el dolor humano.
“Nosotros esperábamos…”
Esperábamos algo distinto.
Esperábamos una respuesta más clara.
Esperábamos que el Señor actuara de otra manera.
Esperábamos que la cruz no fuera tan pesada.
Y esa misma frase podría salir hoy de muchos
corazones aquí, en esta querida Providencia. También nuestras comunidades
conocen el cansancio, la incertidumbre, la espera larga, la herida que todavía
no sana del todo, las promesas no siempre cumplidas, las dificultades sociales
y económicas, las tensiones que dejan huella en la convivencia, los desafíos
políticos y administrativos, y tantas luchas silenciosas que solo Dios conoce
plenamente.
Una comunidad insular como la nuestra lleva en el
alma una mezcla profunda de belleza y sufrimiento. Belleza, porque Dios nos ha
regalado mar, cielo, historia, cultura, raíces, fe sencilla, sentido de familia
y capacidad de resistencia. Pero también sufrimiento, porque no faltan las
preocupaciones concretas: el costo de la vida, la fragilidad laboral de muchas
familias, las heridas que dejan el abandono o la lentitud institucional, las
secuelas de crisis pasadas, las divisiones, la sensación de olvido, la migración
de muchos jóvenes, la pérdida progresiva de ciertos valores y, a veces, también
el enfriamiento de la fe.
Y en medio de todo eso, el Evangelio de hoy nos
anuncia una verdad consoladora: Jesús resucitado camina con su pueblo,
incluso cuando su pueblo no logra reconocerlo de inmediato.
Los discípulos de Emaús iban caminando tristes.
Jesús se acercó a ellos, pero ellos no lo reconocieron. Eso también nos puede
suceder a nosotros. A veces el Señor está presente en medio de nuestra
historia, en medio de nuestra isla, en medio de nuestras luchas, y sin embargo
no lo advertimos. Está cuando una madre sigue sosteniendo a su familia con
valentía. Está cuando un pescador o un trabajador honesto sale cada día a
luchar por el pan. Está cuando una abuela enseña a sus nietos a persignarse.
Está cuando una comunidad no pierde la esperanza. Está cuando la Iglesia
permanece junto al pueblo, aun en medio de las limitaciones. Está cuando
alguien sirve en silencio, sin aplausos. Está cuando se reconstruye no solo una
casa, sino también un corazón.
El problema de los discípulos no era que Jesús
hubiera desaparecido; el problema era que no comprendían el sentido de lo
que estaban viviendo. Miraban la cruz, pero no alcanzaban a ver todavía la
gloria. Miraban la herida, pero no el fruto. Miraban la muerte, pero no la vida
nueva que ya estaba brotando.
Y eso mismo puede pasarnos como comunidad. Cuando
atravesamos tiempos difíciles, corremos el riesgo de leer la historia solo
desde el cansancio, solo desde la queja, solo desde el desencanto. Y entonces
la esperanza se debilita. Empezamos a pensar que nada cambia, que todo sigue
igual, que no vale la pena esforzarse, que la fe no transforma, que ya no hay
futuro. Pero Pascua viene a decirnos precisamente lo contrario: Cristo vive,
y porque vive, ninguna noche es definitiva.
Jesús, en el camino de Emaús, primero escucha. Deja
que aquellos discípulos hablen, saquen su tristeza, expresen su confusión. Qué
hermoso es esto. Nuestro Dios no es indiferente al dolor de su pueblo. Él no
desprecia nuestros interrogantes. Él no se escandaliza de nuestras lágrimas. Él
camina a nuestro ritmo y escucha nuestras conversaciones heridas.
Luego, Jesús les explica las Escrituras. Les hace
comprender que el Mesías tenía que pasar por el sufrimiento para entrar en la
gloria. Es decir, les enseña que Dios sigue actuando incluso cuando todo parece
oscuro. Hermanos, cuánto necesitamos esa luz hoy. Providencia no solo necesita
ayudas materiales, que ciertamente son importantes y necesarias; Providencia
necesita también una mirada iluminada por la fe, una lectura espiritual
de su propia historia, una esperanza que no se rinda, una conciencia viva de
que Dios no abandona a esta comunidad insular.
Porque una comunidad puede reconstruir calles,
casas, muros y edificios; pero si no reconstruye la confianza, la fraternidad,
el sentido de Dios, el amor a la familia, el respeto mutuo, la honestidad, la
esperanza de los jóvenes y la vida espiritual, quedará todavía por dentro muy
herida.
Por eso este Evangelio es tan actual para nosotros.
Jesús no solo quiere caminar con Providencia: quiere sanar el corazón de
Providencia. Quiere disipar nuestras dudas. Quiere levantar nuestra
esperanza. Quiere devolvernos la capacidad de reconocernos como pueblo de Dios,
llamado a vivir no desde el resentimiento ni la resignación, sino desde la fe
pascual.
Y el relato culmina en un gesto que para nosotros,
los creyentes, lo dice todo: lo reconocieron al partir el pan. Allí, en
la mesa compartida, en la fracción del pan, en ese gesto que anticipa y expresa
la Eucaristía, sus ojos se abrieron. Primero había ardido el corazón al
escuchar la Palabra; luego se abrieron los ojos en el pan partido.
Ahí está el centro de nuestra vida cristiana y
también el centro de la vida de nuestras comunidades: la Eucaristía.
Aquí el Señor resucitado se nos hace presente. Aquí nos habla. Aquí nos reúne.
Aquí nos sana. Aquí fortalece a su pueblo. Aquí nos devuelve la esperanza. En
una isla, en una comunidad muchas veces probada, la Misa dominical no es un
simple rito: es el encuentro con Cristo vivo, que sigue partiéndose por
nosotros para que no desfallezcamos en el camino.
Y en este contexto, queridos hermanos, hoy queremos
elevar también una palabra de gratitud, de reconocimiento sincero y de afecto
fraterno por la presencia y la labor de las Hermanas Marianitas de Jesús
en estas comunidades insulares.
Este fin de semana han venido para visitar a sus
hermanas y acompañarnos a nosotros las hermanas:
Gloria Isabel,
Maritza,
Ellas, oriundas del Ecuador, nacidas del carisma de
la beata Mercedes de Jesús Molina, celebraron el pasado 14 de abril
sus 153 años de fundación. ¡Qué hermoso motivo para dar gracias a Dios!
Ciento cincuenta y tres años de una obra que nació del Evangelio, de la caridad
y de la entrega, y que ha llegado también hasta estas tierras del mar Caribe
para sembrar fe, servicio, ternura, educación cristiana, cercanía y consuelo.
Después de varios años de presencia entre nosotros,
las Hermanas Marianitas forman ya parte de la historia viva de esta comunidad.
Han estado cerca de los niños, de los jóvenes, de las familias, de los
ancianos, de los más vulnerables; han acompañado procesos pastorales, han
sostenido la fe cotidiana de muchas personas, han servido con discreción, con
espíritu misionero, con paciencia y con amor. Su trabajo quizá muchas veces no
hace ruido, pero deja huella. Y esa huella es evangélica.
En una sociedad donde a veces se exalta más el
poder que el servicio, más la visibilidad que la fidelidad, más el interés que
la entrega, la presencia de unas religiosas consagradas recuerda algo esencial:
que vale la pena gastar la vida por el Reino de Dios. Su testimonio nos
dice que la Iglesia sigue siendo madre, sigue siendo maestra, sigue siendo
presencia concreta de Dios en medio del pueblo.
Por eso, en nombre del padre Benito, nuestro
párroco, que se encuentra ausente por motivo de vacaciones, queremos
expresarles hoy un agradecimiento profundo, un reconocimiento respetuoso y una
palabra de bendición. Gracias, queridas Hermanas Marianitas de Jesús, por su
testimonio silencioso y fecundo. Gracias por permanecer. Gracias por servir.
Gracias por creer en estas comunidades. Gracias por acompañar esta porción del
pueblo de Dios en Providencia. Gracias por ayudarnos a reconocer a Cristo en la
Palabra, en los pobres, en la educación de la fe, en la vida comunitaria y en
el pan compartido de cada día.
Que el Señor Resucitado, a quien ustedes han
consagrado la vida, les conceda fortaleza, alegría, perseverancia y abundantes
frutos espirituales. Y que la beata Mercedes interceda por ustedes, por sus
comunidades y por esta misión que realizan en medio de nosotros.
También la primera lectura de hoy, tomada de los
Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro proclamando con valentía la
resurrección de Cristo. Ya no es el Pedro temeroso de la Pasión; ahora es el
Pedro transformado por la Pascua. Eso significa que cuando un creyente se encuentra
realmente con Cristo vivo, algo cambia dentro de él. Recupera la valentía, la
claridad, la fuerza interior.
Eso mismo necesitamos nosotros como Iglesia en
Providencia: no una fe cansada, resignada o meramente tradicional, sino una fe
pascual, viva, misionera, capaz de anunciar, de servir, de unir, de sanar,
de reconstruir el tejido espiritual y humano de nuestra comunidad.
La segunda lectura, de la primera carta de san
Pedro, nos recuerda además que hemos sido rescatados no con oro ni plata, sino
con la sangre preciosa de Cristo. Es una afirmación bellísima. Nuestro valor no
depende del dinero, ni del poder, ni del reconocimiento, ni de la posición
social. Nuestra dignidad brota del amor de Cristo. Y esa verdad tiene una
fuerza enorme para una comunidad que a veces puede sentirse marginada, olvidada
o disminuida. Ante Dios, Providencia no es una periferia abandonada: es un
pueblo amado, redimido y acompañado por el Señor.
Hermanos, tal vez muchos de nosotros seguimos
caminando con preguntas. Tal vez todavía hay heridas abiertas en lo social, en
lo familiar, en lo eclesial, en lo personal. Tal vez seguimos diciendo:
“Nosotros esperábamos…” Pero el Evangelio de hoy nos invita a completar esa
frase desde la fe:
“Nosotros esperábamos… y el Señor no nos abandonó.”
“Nosotros esperábamos… y Cristo siguió caminando con nosotros.”
“Nosotros esperábamos… y al final descubrimos que Él estaba vivo, presente,
actuando.”
Pidámosle entonces al Señor tres gracias para esta
comunidad parroquial.
Primero, la gracia de reconocerlo en nuestro
camino, en medio de la historia concreta de Providencia.
Segundo, la gracia de dejar que su Palabra
ilumine nuestras heridas, para no vivir solo desde la queja o el
desencanto.
Y tercero, la gracia de redescubrir la fuerza de
la Eucaristía, donde Cristo resucitado sigue partiéndose por nosotros para
sostener nuestra esperanza.
Que esta celebración fortalezca a las familias,
anime a los jóvenes, consuele a los enfermos, sostenga a quienes sirven,
bendiga a las Hermanas Marianitas de Jesús y renueve espiritualmente a toda
esta comunidad.
Y que al terminar esta Eucaristía, también nosotros
podamos decir, como los discípulos de Emaús:
“¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino?”
Amén.