lunes, 31 de agosto de 2026

31 de agosto del 2026: lunes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II


Testigos de la fe:

Santos José de Arimatea y Nicodemo

Siglo I

El Martirologio Romano celebra hoy a estos dos discípulos que, después de recoger el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo envolvieron en lienzos y lo depositaron en un sepulcro.

José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín y discípulo secreto de Jesús, pidió valientemente a Pilato su cuerpo. Nicodemo, el fariseo que había acudido de noche a conversar con el Señor, llevó mirra y áloe para la sepultura. En la hora del aparente fracaso, ambos salieron de las sombras y manifestaron públicamente su fe mediante un gesto lleno de ternura, dignidad y valentía.

Su testimonio nos recuerda que nunca es demasiado tarde para reconocer a Cristo y servirlo con amor, especialmente cuando hacerlo exige superar el miedo y comprometerse públicamente. (Cf. Jn 19,38-42).

(Prions en Église)

 

 

La Buena Noticia en nuestra vida cotidiana

Jesús proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Su palabra resuena con especial fuerza en nuestro contexto colombiano, donde muchas familias afrontan dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo y falta de oportunidades.

Jesús no anuncia una esperanza lejana: viene a liberar, sanar y levantar aquí y ahora. También nosotros somos enviados a llevar esperanza en nuestros hogares, comunidades, escuelas, campos y lugares de trabajo. Estamos llamados a acercarnos al que sufre, acompañar al enfermo, escuchar al desanimado y defender la dignidad de los más vulnerables.

La Buena Noticia se anuncia con palabras, pero especialmente mediante una caridad concreta. Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestra vida cotidiana una misión, para que, por medio de nosotros, los pobres y afligidos puedan sentir que Dios no los ha olvidado.

 



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Primera lectura

1 Cor 2, 1-5
Les anuncié a Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 97. 98. 99. 100. 101. 102 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. ¡Cuánto amo tu ley!:
todo el día la estoy meditando.
R.

V. Tu mandato me hace más sabio
que mis enemigos,
siempre me acompaña.
R.

V. Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
R.

V. Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos.
R.

V. Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu del Señor está sobre mí;
me ha enviado a evangelizar a los pobres.
R.

 

Evangelio

Lc 4, 16-30

Me ha enviado a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

 

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“Hoy se cumple esta Escritura”

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy el corazón de la misión de Jesús: anunciar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos. San Pablo, por su parte, nos recuerda que esta misión no se realiza confiando solamente en la elocuencia o la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu. El salmo nos invita a amar y meditar la ley del Señor, porque ella ilumina nuestros pasos y nos hace verdaderamente sabios.

En la primera lectura, san Pablo recuerda cómo llegó a la comunidad de Corinto: no se presentó con discursos brillantes ni pretendiendo impresionar a nadie. Llegó sintiéndose débil, temeroso y vacilante, pero llevaba consigo lo esencial: «Jesucristo, y este crucificado». Pablo comprendió que la fe no puede apoyarse únicamente en la capacidad del predicador, sino en la acción poderosa de Dios.

Esta palabra nos ayuda a reconocer que no necesitamos ser personas extraordinarias para anunciar el Evangelio. No todos sabemos pronunciar grandes discursos ni poseemos una preparación excepcional, pero todos podemos ofrecer una palabra de consuelo, escuchar al que está solo, visitar al enfermo, compartir con el necesitado y acompañar a quien atraviesa una dificultad. Cuando estas acciones nacen del amor, el Espíritu Santo actúa por medio de nuestra fragilidad.

El salmo responde: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». Para el salmista, la ley de Dios no es una carga pesada, sino una luz que orienta la existencia. Quien medita la Palabra adquiere una sabiduría distinta: aprende a distinguir lo verdadero de lo engañoso, el bien del mal y el servicio del egoísmo. En medio de tantas voces, noticias y opiniones que recibimos diariamente, necesitamos volver a la Palabra para no perder el rumbo.

El Evangelio nos lleva a la sinagoga de Nazaret. Jesús abre el libro del profeta Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Después afirma solemnemente: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

Ese “hoy” es muy importante. Jesús no habla de una salvación reservada solamente para el futuro. Dios está actuando en el presente. Allí donde una persona es consolada, un enfermo es acompañado, un cautivo recupera su libertad, un pobre es acogido y alguien vuelve a experimentar esperanza, la Palabra continúa cumpliéndose.

Esta Buena Noticia resuena con fuerza en nuestro contexto colombiano. Muchas familias padecen dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo, soledad o falta de oportunidades. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes. También nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro bautismo y enviados a convertir nuestra vida cotidiana en instrumento de la misericordia de Dios.

Sin embargo, los habitantes de Nazaret pasan rápidamente de la admiración al rechazo. Conocían a Jesús desde pequeño y creían saberlo todo sobre Él: «¿No es este el hijo de José?». La familiaridad les impidió reconocer la presencia de Dios. Además, querían que Jesús realizara milagros para ellos, como si la gracia de Dios fuera un privilegio reservado exclusivamente a su pueblo.

Jesús les recuerda entonces a la viuda de Sarepta y a Naamán, el sirio: dos extranjeros que recibieron la acción misericordiosa de Dios. Con ello enseña que la salvación no conoce fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un pueblo, una familia o un grupo. Su misericordia alcanza también al extranjero, al despreciado, al que piensa diferente y a aquel que nosotros podríamos considerar indigno.

Esta enseñanza provoca la indignación de sus paisanos. Quieren expulsarlo y despeñarlo, pero Jesús pasa en medio de ellos y continúa su camino. La misión no se detiene por el rechazo. Tampoco nosotros debemos abandonar el bien cuando no se nos comprende, cuando nuestras palabras no son acogidas o cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles. Como san Pablo, seguimos adelante apoyados no en nuestros éxitos, sino en la fuerza de Dios.

En esta Eucaristía presentamos una intención especial por nuestros fieles difuntos. Ante la muerte también nos sentimos débiles y sin palabras. Ninguna sabiduría humana puede eliminar completamente el dolor de la separación. Por eso, como san Pablo, fijamos nuestra mirada en Jesucristo crucificado. Él entró en nuestra muerte y, por su resurrección, abrió para nosotros el camino de la vida eterna.

Confiamos a nuestros seres queridos a la misericordia del Padre. Pedimos que sean liberados de toda atadura del pecado, que contemplen la luz del rostro de Dios y participen plenamente del año de gracia anunciado por Jesús. Recordarlos no significa quedarnos atrapados en la tristeza, sino agradecer su vida, conservar el bien que sembraron y mantener viva la esperanza del reencuentro.

Que el Espíritu del Señor repose sobre nosotros. Que nos conceda amar su Palabra, anunciar a Jesucristo con humildad y llevar una Buena Noticia concreta a quienes sufren. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.


sábado, 29 de agosto de 2026

30 de agosto del 2026: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Bajo apariencia de sensatez

La mayoría de las veces, las tentaciones no aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería fácil decir con Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!». Más bien se presentan con apariencia de prudencia, comodidad o buenas intenciones. Pedro quiere evitarle el sufrimiento a Jesús; sin embargo, sin darse cuenta, intenta apartarlo del camino querido por el Padre.

En la primera lectura, Jeremías experimenta el peso de su misión: quisiera callar para evitar burlas y persecuciones, pero la Palabra de Dios arde dentro de él como fuego incontenible. El salmo descubre el secreto de su perseverancia: «Mi alma está sedienta de ti, Señor». Quien ha probado el amor de Dios no puede vivir lejos de Él.

San Pablo nos invita a no acomodarnos a los criterios de este mundo, sino a transformar nuestra mentalidad para discernir la voluntad de Dios y convertir la vida entera en una ofrenda agradable. Finalmente, Jesús nos recuerda en el Evangelio que seguirlo no consiste en buscar el sufrimiento, sino en permanecer fieles al amor cuando este exige renuncia, entrega y cruz.

Para reflexionar:

  • ¿Qué decisión evangélica estoy evitando bajo la apariencia de prudencia, comodidad o sentido común?
  • ¿Arde en mí la Palabra de Dios como en Jeremías, o prefiero callarla cuando puede traerme dificultades?
  • ¿Qué debo cambiar para no acomodarme a la mentalidad del mundo y seguir a Jesús con mayor libertad y fidelidad?



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Primera lectura

Jer 20, 7-9

La palabra del Señor me ha servido de oprobio

Lectura del libro de Jeremías.

ME sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. 
R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.
 R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 12, 1-2

Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

LOS exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 21-27

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor.

 

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Seguir a Cristo hoy: una fe que no huye de la cruz

 

Hermanos:

El domingo pasado escuchábamos a Pedro proclamar con entusiasmo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parecía haber comprendido quién era Jesús. Sin embargo, cuando el Señor anuncia que debe ir a Jerusalén, padecer, morir y resucitar, Pedro se escandaliza y trata de apartarlo del camino.

Pedro acepta al Mesías glorioso, pero rechaza al Mesías crucificado. Quiere el triunfo sin sacrificio, la resurrección sin Calvario, el Reino sin conversión. Y, si somos sinceros, también nosotros podemos caer en esa tentación: queremos un cristianismo que consuele, pero que no cuestione; una fe que bendiga nuestros planes, pero que no transforme nuestras decisiones; un Evangelio que prometa bienestar, pero que no nos pida renuncias.

Por eso Jesús dice con claridad:

«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Negarse a sí mismo no significa despreciarse, anular la personalidad o renunciar a la propia dignidad. Significa dejar de colocarnos en el centro; renunciar al egoísmo, al orgullo, al deseo de dominar y a la pretensión de que todo se haga según nuestra voluntad.

Y cargar con la cruz no significa buscar sufrimientos ni resignarse pasivamente ante las injusticias. Dios no pide a una persona maltratada que permanezca en peligro, ni al pobre que considere sagrada su pobreza, ni a las víctimas que callen ante sus agresores. La cruz cristiana no es el sufrimiento provocado por el capricho de los poderosos. Es el precio que, muchas veces, debe pagar quien ama, sirve, defiende la verdad y permanece fiel a Dios.

Un fuego que no puede apagarse

Jeremías conoció ese precio. Dios lo llamó para anunciar su Palabra en medio de una sociedad que no quería escuchar. Por denunciar la violencia, la corrupción y la injusticia, fue insultado, perseguido y encarcelado. Llegó a sentirse cansado y engañado. Por eso exclama: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Jeremías quiso guardar silencio. Pensó: «No volveré a hablar en su nombre». Pero no pudo hacerlo, porque la Palabra de Dios se había convertido dentro de él en «un fuego ardiente encerrado en los huesos».

El profeta continúa, no porque sea insensible ni porque tenga un carácter obstinado, sino porque ha sido alcanzado por Dios. La Palabra le duele, pero también lo sostiene. Lo persiguen, pero no pueden apagar el fuego que lleva dentro.

Colombia necesita hoy cristianos con ese fuego: hombres y mujeres que no se acostumbren a la violencia, a la corrupción, al reclutamiento de menores, al desplazamiento de comunidades, a las amenazas contra líderes sociales y al desprecio por la vida. Según la Defensoría del Pueblo, solamente durante los primeros cinco meses de 2026 fueron asesinados 67 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Detrás de cada cifra hay una familia, una comunidad y un proyecto de esperanza truncado.

¿Podemos llamarnos cristianos y permanecer indiferentes? ¿Podemos celebrar la Eucaristía mientras cerramos los ojos ante quien sufre? La fe no nos autoriza para odiar, pero tampoco nos permite callar cobardemente. El Evangelio nos llama a defender la dignidad humana sin violencia, sin deseos de venganza y sin convertir al que piensa distinto en enemigo.

«Mi alma está sedienta de ti»

El salmo nos permite comprender de dónde nace la fortaleza del profeta:

«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;
mi alma está sedienta de ti».

Quien ha contemplado la fuerza y la gloria de Dios no puede vivir como si Dios no existiera. Los testigos del Evangelio no perseveran solamente por su temperamento o valentía personal. Los sostiene la certeza de que «la misericordia del Señor vale más que la vida» y de que su mano nunca abandona a quien se refugia en Él.

Esa sed de Dios sostuvo a los apóstoles, a san Óscar Romero, al beato Jesús Emilio Jaramillo, al beato Pedro María Ramírez y a tantos sacerdotes, religiosas, catequistas, campesinos, maestros y líderes comunitarios que han servido a Colombia aun en medio de amenazas. Algunos entregaron literalmente su vida; otros viven un martirio cotidiano, silencioso, manteniéndose fieles en medio de enormes dificultades.

Quizá nosotros no tengamos que derramar la sangre por Cristo, pero sí estamos llamados a ese martirio cotidiano: morir al egoísmo, al resentimiento, a la mentira, a la comodidad y a la indiferencia.

No acomodarse a los criterios del mundo

San Pablo expresa hoy la misma exigencia:

«No se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios».

Pablo nos invita a ofrecer nuestra existencia como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». El verdadero culto no termina cuando salimos del templo. Continúa en la casa, en el trabajo, en la carretera, en la escuela, en las redes sociales, en el manejo del dinero y en el trato que damos a los demás.

Ofrecerse como sacrificio vivo significa:

tener el valor de no robar, aunque otros roben; no hacer fraude, aunque parezca normal; no comprar votos ni vender la conciencia; rechazar la corrupción, aunque pueda producir ganancias; proteger a los niños frente a cualquier forma de abuso; respetar la fidelidad matrimonial; cuidar al enfermo y al anciano; defender al pobre; hablar con verdad sin destruir la reputación ajena; y no convertir las redes sociales en trincheras de odio.

Significa también conservar la humanidad en medio de la polarización. No podemos pedir paz para Colombia mientras sembramos odio en nuestras conversaciones. No podemos rechazar la violencia armada y, al mismo tiempo, disparar insultos, calumnias y desprecios contra quien piensa diferente.

La cruz de una Colombia herida

En estos días nuestra nación sigue llevando la cruz del terremoto que golpeó especialmente al Chocó, al Eje Cafetero y a otras regiones. Hay familias de luto, heridos, damnificados y comunidades que han perdido viviendas, templos y medios de subsistencia. Algunos hermanos que ya habían sido desplazados por el conflicto han vuelto a perderlo todo por el desastre.

Ante esta realidad, cargar con la cruz significa no limitar nuestra solidaridad a la emoción de unos días. Significa acompañar, compartir, reconstruir y permanecer cerca cuando las cámaras y las noticias se hayan ido. La cruz del damnificado debe convertirse también en responsabilidad de la comunidad cristiana.

Pero la última palabra de Jesús no es la cruz. Él anuncia que padecerá, morirá y resucitará. La cruz no es el destino definitivo: es el camino hacia la vida. Por eso afirma:

«El que pierda su vida por mí, la encontrará».

La vida se pierde cuando se encierra en el egoísmo; se encuentra cuando se entrega. Se pierde cuando solo busca dinero, apariencia, poder y placer; se encuentra cuando se convierte en servicio. Se pierde cuando vive para sí misma; se salva cuando aprende a amar.

Hermanos, seguir a Jesucristo hoy exige una fe profunda, una esperanza perseverante y un amor capaz de ensuciarse las manos por los demás. Este valor no se improvisa. Nace de la oración, de la escucha de la Palabra, de la contemplación de Cristo crucificado y de la participación fiel en la Eucaristía.

Pidamos al Señor que no nos deje convertirnos en obstáculos para su Evangelio. Que en los días sombríos no nos desanimemos; que en los días luminosos no nos olvidemos de agradecer; y que, llevando cada día nuestra cruz, podamos seguir los pasos de Cristo hasta participar de su resurrección.

Oración

Señor Jesús,
seguir tus pasos no es una invitación
a la comodidad ni a la indiferencia.

Tú no prometiste un camino sin dificultades,
pero aseguraste tu presencia
a quienes cargan la cruz por amor.

Cuando el miedo nos invite a callar,
enciende tu Palabra en nuestros corazones.
Cuando nos venza el cansancio,
sostennos con tu mano.

Danos valor para defender la vida,
servir a quienes sufren,
trabajar por la paz
y permanecer fieles al Evangelio.

En los días sombríos,
no permitas que nos desanimemos;
y en los días luminosos,
enséñanos a darte gracias.

Hemos puesto nuestra confianza en Ti.
Guíanos por el camino de la cruz
hasta la alegría de la resurrección.

Amén.

viernes, 28 de agosto de 2026

29 de agosto del 2026: Martirio de san Juan Bautista


Fiesta de la Iglesia:

Martirio de san Juan Bautista

Celebramos la memoria del martirio de san Juan Bautista, a quien el rey Herodes Antipas mantuvo encarcelado en la fortaleza de Maqueronte y mandó decapitar, el día de su cumpleaños, a petición de la hija de Herodías. Como una lámpara que arde y alumbra, el precursor del Señor dio testimonio de la verdad tanto en su vida como en su muerte.

San Juan Bautista fue encarcelado porque tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano» (Mc 6,18). No murió por defender una opinión personal, sino por permanecer fiel a la verdad y a la ley de Dios. Su martirio revela el enfrentamiento entre una conciencia recta y un poder dominado por el miedo, la vanidad y el respeto humano.

Herodes reconocía que Juan era un hombre justo y santo; incluso lo escuchaba con agrado. Sin embargo, no tuvo el valor de cambiar de vida. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados y cumplir una promesa insensata antes que proteger la vida de un inocente. Herodías, por su parte, permitió que el resentimiento se transformara en deseo de venganza. El banquete, que debía celebrar la vida, terminó convertido en escenario de muerte.

Juan Bautista permaneció fiel hasta el final. El que había preparado los caminos del Señor anticipó también, con su muerte injusta, la pasión de Jesucristo. Su sangre continúa recordándonos que la verdad no puede acomodarse a los intereses del momento y que la fidelidad a Dios puede exigir valentía, renuncia e incluso el don de la propia vida.

Esta memoria nos invita a examinar nuestra conciencia: ¿callamos la verdad por miedo a perder la aprobación de los demás? ¿Permitimos que los compromisos sociales, las apariencias o el orgullo pesen más que la justicia? San Juan Bautista nos enseña a hablar con claridad, pero también con humildad; a denunciar el pecado sin dejar de buscar la conversión del pecador.

Pidamos por su intercesión una conciencia libre, una fe coherente y el valor de permanecer junto a Cristo cuando la verdad resulte incómoda. Que, como Juan, sepamos disminuir para que Cristo crezca en nosotros, y que nuestra vida sea una lámpara encendida que ilumine a los demás con la verdad y el amor de Dios.


Cuando nos cuesta…

Juan Bautista es un testigo fiel de Dios. Ante la injusticia, no habla para agradar a los demás, sino para ser justo delante del Señor. Se atreve a decir la verdad, incluso cuando esta le cuesta la libertad y, finalmente, la vida.

Su martirio nos recuerda que la fidelidad al Evangelio no siempre es cómoda. A veces exige ir contra la opinión dominante, vencer el miedo y renunciar a la aprobación de los demás. Herodes escucha a Juan, pero no tiene la valentía de convertirse: prefiere proteger su imagen antes que obedecer a su conciencia.

También nosotros estamos llamados a dar testimonio de la verdad, pero sin arrogancia ni violencia, siempre unidos a la caridad. Ser discípulos de Cristo significa permanecer fieles cuando resulta difícil, cuando nos critican o cuando hacer el bien implica algún sacrificio. La fe demuestra su autenticidad precisamente cuando nos cuesta.

Que san Juan Bautista nos conceda una conciencia recta, una palabra valiente y un corazón dispuesto a que Cristo crezca en nosotros, aunque para ello nuestro orgullo tenga que disminuir.

 

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Primera lectura

Jer 1, 17-19


Diles todo lo que yo te mande. No les tengas miedo

Lectura del libro de Jeremías.

EN aquellos días, me vino esta palabra del Señor:
«Cíñete los lomos:
prepárate para decirles todo lo que yo te mande.
No les tengas miedo,
o seré yo quien te intimide.
Desde ahora te convierto en plaza fuerte,
en columna de hierro y muralla de bronce,
frente a todo el país:
frente a los reyes y príncipes de Judá,
frente a los sacerdotes y al pueblo de la tierra.
Lucharán contra ti, pero no te podrán,
porque yo estoy contigo para librarte
—oráculo del Señor—».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 70, 1-2. 3-4a. 5-6ab. 15ab y 17 (R.: cf. 15ab)

R. Mi boca contará tu salvación.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo derrotado para siempre.
Tú que eres justo, líbrame y ponme a salvo,
inclina a mí tu oído y sálvame.
R.

V. Sé tú mi roca de refugio,
el alcázar donde me salve,
porque mi peña y mi alcázar eres tú.
Dios mío, líbrame de la mano perversa.
R.

V. Porque tú, Señor, fuiste mi esperanza
y mi confianza, Señor, desde mi juventud.
En el vientre materno ya me apoyaba en ti,
en el seno tú me sostenías.
R.

V. Mi boca contará tu justicia,
y todo el día tu salvación,
Dios mío, me instruiste desde mi juventud,
y hasta hoy relato tus maravillas.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el reino de los cielos.
R.

 

Evangelio

Mc 6, 17-29

Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista


Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.


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La verdad que permanece cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hoy contemplamos el martirio de san Juan Bautista, el profeta fiel que se atrevió a decir la verdad aun cuando sabía que podía costarle la libertad y la vida. Juan no habló para agradar a Herodes ni para conservar su prestigio; habló para ser fiel delante de Dios: «No te está permitido tener la mujer de tu hermano». Su palabra no nacía del odio ni del deseo de condenar, sino de una conciencia recta y del deseo de llamar a la conversión.

El Evangelio nos presenta un fuerte contraste. Juan es un hombre libre, aunque se encuentre encarcelado; Herodes, en cambio, parece poderoso, pero está prisionero de sus pasiones, del miedo, de una promesa imprudente y del deseo de quedar bien ante sus invitados. Juan pierde la cabeza, pero conserva la dignidad y la fidelidad; Herodes conserva el trono, pero traiciona su conciencia.

La primera lectura nos ayuda a comprender esta paradoja: «Lo débil del mundo lo ha escogido Dios para humillar lo fuerte». Dios no eligió a Juan por su poder, sus riquezas o su prestigio social. Lo eligió por su disponibilidad y por su fidelidad. Ante el mundo, Juan parece derrotado; ante Dios, participa de la victoria de quienes permanecen firmes en la verdad.

Por eso san Pablo nos recuerda que nadie puede gloriarse delante de Dios. Nuestra verdadera grandeza no está en los cargos, en el reconocimiento o en la opinión de los demás, sino en pertenecer a Cristo, quien ha sido hecho para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención. Juan Bautista vivió plenamente esta verdad cuando dijo acerca de Jesús: «Él tiene que crecer y yo tengo que disminuir».

El salmo proclama: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dichoso no es necesariamente quien evita toda dificultad, sino quien pone su confianza en el Señor. Los ojos de Dios están sobre quienes lo temen y esperan en su misericordia. Juan pudo entregar su vida porque sabía que su existencia estaba en las manos de Dios. Los poderosos podían silenciar su voz, pero no podían destruir su testimonio.

En este sábado dirigimos también nuestra mirada filial hacia la Virgen María. Ella, como Juan, no buscó agradar al mundo, sino cumplir la voluntad de Dios: «Hágase en mí según tu palabra». María permaneció fiel cuando la obediencia le exigió atravesar la incomprensión, el dolor y la cruz. Ella nos enseña que la verdad debe anunciarse con valentía, pero también con humildad, caridad y misericordia.

Preguntémonos hoy: ¿somos capaces de defender la verdad cuando nos cuesta? ¿Callamos por miedo a perder la aprobación de los demás? ¿Nos parecemos a Juan, que escucha a Dios, o a Herodes, que escucha la verdad, pero no se decide a cambiar?

Pidamos al Señor, por intercesión de san Juan Bautista y de la Santísima Virgen María, que nos conceda una conciencia recta, una palabra valiente y un corazón humilde. Que no busquemos quedar bien ante los hombres, sino permanecer fieles ante Dios; y que, incluso en medio de las dificultades, podamos decir con nuestra vida: nuestra gloria está solamente en el Señor. Amén.

 

31 de agosto del 2026: lunes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

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