La resurrección explicada
«¿Cómo resucitan los muertos?». ¿La respuesta de Pablo
calma los interrogantes de sus contemporáneos y los nuestros? Nada menos
seguro. Pero puede ayudar a poner fin al deseo de imaginar la vida resucitada únicamente
a partir de lo que conocemos en este mundo. Pablo nos invita a contemplar una
semilla: lo que depositamos en la tierra no tiene todavía la apariencia de la
planta que brotará. Existe continuidad entre ambas, pero también una
transformación que sorprende y desborda nuestras expectativas.
Así
sucede con la resurrección. No se trata simplemente de regresar a nuestra
existencia presente, con sus enfermedades, limitaciones y sufrimientos. Se
trata de participar plenamente en la vida de Cristo resucitado. Nuestra
identidad no desaparece: Dios transforma nuestra fragilidad y nos comunica una
vida que la muerte ya no puede destruir.
Cuando
Pablo habla de un «cuerpo espiritual», no se refiere a un fantasma ni a
una existencia sin cuerpo, sino a una persona enteramente vivificada por el
Espíritu de Dios. Lo que ahora está marcado por la debilidad será revestido de
una vida incorruptible.
La
fe no responde a todas nuestras curiosidades sobre el más allá, pero nos ofrece
una certeza para vivir el presente: nuestra vida está llamada a la plenitud en
Dios. Podemos cuidar a quienes sufren, acompañar a nuestros mayores y llorar a
nuestros difuntos con esperanza. El dolor de la separación es real, pero no
tiene la última palabra.
Creer
en la resurrección es confiar en que el Dios que resucitó a Jesús también puede
hacer florecer nuestra vida más allá de la muerte. No conocemos todos los
detalles del camino; conocemos a Aquel que nos llama y nos sostiene.
Primera lectura
1
Cor 15, 35-37. 42-49
Se
siembra un cuerpo corruptible, resucita incorruptible
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Alguno preguntará: «¿Y cómo resucitan los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán?».
Insensato, lo que tú siembras no recibe vida si (antes) no muere. Y al sembrar,
no siembras el cuerpo que llegará a ser, sino un simple grano, de trigo, por
ejemplo, o de cualquier otra planta.
Lo mismo es la resurrección de los muertos: se siembra un cuerpo corruptible,
resucita incorruptible; se siembra un cuerpo sin gloria, resucita glorioso; se
siembra un cuerpo débil, resucita lleno de fortaleza; se siembra un cuerpo
animal, resucita espiritual. Si hay un cuerpo animal, lo hay también
espiritual.
Efectivamente, así está escrito: el primer hombre, Adán, se convirtió en ser
viviente. El último Adán, en espíritu vivificante. Pero no fue primero lo
espiritual, sino primero lo material y después lo espiritual. El primer hombre,
que proviene de la tierra, es terrenal; el segundo hombre es del cielo. Como el
hombre terrenal, así son los de la tierra; como el celestial, así son los del
cielo. Y lo mismo que hemos llevado la imagen del hombre terrenal, llevaremos
también la imagen del celestial.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
55, 10. 11-12. 13-14 (R.: cf. 14cd)
R. Caminaré en
presencia de Dios a la luz de la vida.
V.
Que retrocedan mis enemigos
cuando te invoco,
y así sabré que eres mi Dios. R.
V.
En Dios, cuya promesa alabo,
en el Señor, cuya promesa alabo,
en Dios confío y no temo;
¿qué podrá hacerme un hombre? R.
V.
Te debo, Dios mío, los votos que hice,
los cumpliré con acción de gracias;
porque libraste mi alma de la muerte,
mis pies de la caída;
para que camine en presencia de Dios
a la luz de la vida. R.
Aclamación
R.
Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los
que escuchan la palabra de Dios
con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. R.
Evangelio
Lc
8, 4-15
Lo
de la tierra buena son los que guardan la palabra y dan fruto con perseverancia
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, habiéndose reunido una gran muchedumbre y gente que salía de
toda la ciudad, dijo Jesús en parábola:
«Salió el sembrador a sembrar su semilla.
Al sembrarla, algo cayó al borde del camino, lo pisaron, y los pájaros del
cielo se lo comieron.
Otra parte cayó en terreno pedregoso, y, después de brotar, se secó por falta
de humedad.
Otra parte cayó entre abrojos, y los abrojos, creciendo al mismo tiempo, la
ahogaron.
Y otra parte cayó en tierra buena, y, después de brotar, dio fruto al ciento
por uno».
Dicho esto, exclamó:
«El que tenga oídos para oír, que oiga».
Entonces le preguntaron los discípulos qué significaba esa parábola.
Él dijo:
«A ustedes se les ha otorgado conocer los misterios del reino de Dios; pero a
los demás, en parábolas, “para que viendo no vean y oyendo no entiendan”.
El sentido de la parábola es este: la semilla es la palabra de Dios.
Los del borde del camino son los que escuchan, pero luego viene el diablo y se
lleva la palabra de sus corazones, para que no crean y se salven.
Los del terreno pedregoso son los que, al oír, reciben la palabra con alegría,
pero no tienen raíz; son los que por algún tiempo creen, pero en el momento de
la prueba fallan.
Lo que cayó entre abrojos son los que han oído, pero, dejándose llevar por los
afanes, riquezas y placeres de la vida, se quedan sofocados y no llegan a dar
fruto maduro.
Lo de la tierra buena son los que escuchan la palabra con un corazón noble y
generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia».
Palabra del Señor.
***************
Dios siembra vida donde nosotros vemos el final
Hermanos
queridos:
Quien
ha sembrado alguna vez sabe cuánto tiene de confianza ese gesto. Uno deposita
en la tierra una semilla pequeña, la cubre y espera. Durante algunos días
parece que no sucede nada. Sin embargo, debajo de esa tierra puede estar
comenzando una vida que todavía no vemos.
Hoy
la Palabra de Dios nos invita a mirar nuestra existencia con esa confianza. San
Pablo habla de la semilla para acercarnos al misterio de la resurrección; Jesús
habla de la siembra para preguntarnos cómo recibimos su Palabra. Y María, a
quien recordamos especialmente este sábado, nos enseña a acoger lo que Dios
promete y a perseverar cuando todavía no comprendemos sus caminos.
En
la primera lectura aparece una pregunta que también puede habitar nuestro
corazón: ¿cómo será la resurrección? Nos la hacemos cuando acompañamos a un
enfermo, cuando sentimos el peso de los años o cuando despedimos a alguien
querido. ¿Qué será de esta persona? ¿Qué será de nosotros? ¿Cómo puede surgir
vida donde nuestros ojos solamente ven muerte?
Pablo
no nos entrega una descripción detallada del más allá. Nos ofrece una imagen
que ayuda a confiar: entre la semilla y la planta hay continuidad, pero también
una transformación extraordinaria. Mirando solamente el grano, difícilmente
podríamos imaginar toda la belleza de la espiga.
También
nuestra vida está llamada a una transformación que supera lo que ahora podemos
comprender. La
resurrección es la obra de Dios que lleva nuestra humanidad a su plenitud en
Cristo. Nuestra historia personal no queda borrada; nuestra
fragilidad no será eterna.
Por
eso, cuando Pablo habla del cuerpo espiritual, se refiere a nuestra existencia
corporal plenamente vivificada por el Espíritu. La salvación alcanza a toda la
persona. Este cuerpo con el que hemos trabajado, abrazado, servido y sufrido
tiene dignidad y está llamado a participar de la victoria de Jesús.
¡Cuánto
cambia esto nuestra manera de mirar a los demás! El anciano que necesita ayuda
para caminar, el enfermo que depende de otros para asearse, la persona cuyo cuerpo
está debilitado merecen toda nuestra ternura. La esperanza de la resurrección
empieza a expresarse ahora en el respeto y el cuidado.
Podemos
decirle al Señor: «A veces tengo miedo de envejecer, de enfermar, de morir. A
veces me duele profundamente la ausencia de quienes amo. Sostén mi fe cuando no
encuentro respuestas. Enséñame a confiar en tu fidelidad».
El
salmo de hoy da voz a esta confianza: «Caminaré
en presencia de Dios a la luz de la vida».
Qué
hermosa expresión: caminar en presencia de Dios. No significa tener todas las
dificultades resueltas. Significa saber ante quién vivimos y en quién podemos
apoyarnos. El salmista conoce la amenaza y la angustia, pero se atreve a
confiar en el Señor.
También
nosotros podemos caminar así. Con una preocupación familiar, pero en presencia
de Dios. Con un duelo todavía doloroso, pero en presencia de Dios. Con
preguntas que siguen abiertas, pero en presencia de Dios.
La
fe no nos exige aparentar que todo está bien. Nos permite presentar nuestra
vida tal como está, con sus heridas y sus esperanzas. Y en esa relación con el
Señor encontramos fuerza para dar el siguiente paso.
Pero
el Evangelio nos plantea una pregunta necesaria: ¿qué lugar tiene la Palabra de
Dios en ese camino?
Jesús
presenta a un sembrador que esparce su semilla sobre distintos terrenos.
Podemos reconocer algo de cada terreno dentro de nosotros.
Hay
momentos en que nuestro corazón se parece al camino endurecido. Escuchamos,
pero no dejamos entrar. Incluso podemos pensar que la lectura le vendría muy
bien al vecino, al esposo, a la esposa o a algún familiar. La Palabra pasa
cerca, pero evitamos que nos cuestione personalmente.
Otras
veces somos terreno pedregoso. Una celebración nos conmueve y salimos llenos de
buenos propósitos. Sin embargo, al llegar la primera dificultad, abandonamos.
Queríamos cambiar, pero nos cuesta sostener la decisión cuando exige esfuerzo,
humildad o renuncia.
También
están las espinas. ¡Cuántas cosas ocupan nuestra mente! Las deudas, las
obligaciones, la necesidad de resolverlo todo, el deseo de tener más, las horas
que se nos van mirando una pantalla. Poco a poco, la oración queda para
después; escuchar a la familia queda para después; ayudar a alguien queda para
después. La vida se llena de actividades y el amor se queda sin espacio.
Hoy
podemos preguntarnos con sinceridad: «Señor, ¿qué está ahogando tu Palabra en
mí? ¿Qué preocupación necesito confiarte? ¿Qué hábito debo cambiar para
escucharte mejor?».
Finalmente,
Jesús habla de la tierra buena: un corazón que recibe la Palabra, la guarda y
persevera hasta dar fruto.
La perseverancia es el amor que sigue respondiendo cuando
se acaba el entusiasmo. Es volver a orar después de un día difícil. Es
retomar un propósito después de una caída. Es continuar cuidando con cariño a
quien necesita de nosotros. Es hacer el bien aunque nadie lo reconozca.
Y
aquí aparece María como maestra de nuestra vida cristiana.
Ella
acogió la Palabra de Dios con toda su persona. Su disponibilidad se convirtió
en una vida entregada. La vemos ponerse en camino para servir a Isabel, cuidar
a Jesús en la sencillez de Nazaret y permanecer junto a la cruz.
María
también tuvo que guardar en el corazón acontecimientos cuyo sentido no
comprendía plenamente. Su fe conoció la espera y el dolor. Por eso puede
acompañarnos cuando nosotros tampoco entendemos.
En
este sábado, mirándola, podemos aprender a no arrancar la semilla por
impaciencia. A veces queremos que una oración transforme inmediatamente una
situación, que una conversación resuelva años de distanciamiento o que un buen
propósito elimine de golpe una costumbre arraigada. María nos enseña a
permanecer disponibles y a dejar que Dios trabaje en nosotros.
Las
dos imágenes de la semilla que hoy escuchamos iluminan así nuestra vida: la
Palabra está llamada a dar fruto en nuestro presente, y Dios promete llevar
nuestra existencia a una plenitud que vencerá la muerte.
Por
eso importa lo que hacemos hoy. Importa una visita al enfermo. Importa pedir
perdón. Importa educar con paciencia. Importa cuidar la manera como hablamos.
Son ocasiones concretas de dejar que la vida de Cristo crezca en nosotros.
En
esta Eucaristía recibimos a Jesús resucitado, alimento para el camino y promesa
de vida eterna. Acerquémonos con nuestras fragilidades y pidámosle un corazón
dispuesto. Él puede hacer fecunda una vida que nosotros creemos agotada.
Antes
de terminar, dejemos resonar esta pregunta: ¿qué debo cuidar o cambiar en mi corazón para que la
Palabra escuchada hoy produzca un fruto concreto esta semana?
Oremos:
Santa
María, Madre de la esperanza,
tú que acogiste la Palabra
y permaneciste fiel junto a la cruz,
enséñanos a confiar en tu Hijo.
Ayúdanos a
quitar las piedras del orgullo
y las espinas que ahogan el amor.
Haznos pacientes para escuchar,
generosos para servir
y constantes para hacer el bien.
Acompaña a
quienes lloran a sus seres queridos
y a quienes sienten miedo ante la enfermedad o la muerte.
Ruega por nosotros,
para que caminemos en presencia de Dios
y esperemos con fe la resurrección y la vida eterna.
Amén.
2
Un corazón abierto a la gracia
Hermanos
queridos:
Dios
siempre toma la iniciativa en nuestra vida. No necesitamos persuadirlo de que
se preocupe por nosotros o de que nos conceda su gracia: Él ya lo hace. Nuestra
relación con Él es una respuesta: Él siembra y nosotros estamos llamados a
recibir. Le decimos «sí», permitiendo que su voluntad eche raíces en nuestra
vida. En el corazón de su voluntad divina está la llamada a escuchar y acoger
su Palabra.
Qué
importante es recordar esto cuando nos acercamos a orar. Antes de que lo
busquemos, Dios ya ha salido a nuestro encuentro. Antes de que sepamos
expresarle nuestras necesidades, Él ya nos mira con amor. Nuestra oración nace
de ese amor que nos precede: «Señor, aquí estoy. Abre mi corazón para recibir
lo que quieres sembrar en mí».
El
Evangelio de hoy presenta una de las parábolas más conocidas de Jesús, rica en
significado y en imágenes para la oración. Dios es el Sembrador divino y la
semilla es su Palabra. Esa Palabra no es simplemente un mensaje o un conjunto
de enseñanzas: es la Persona de Cristo mismo, la Palabra de Dios encarnada.
Este es uno de los grandes misterios de nuestra fe. Cristo es sembrado en los
corazones de los fieles. No se nos invita a resolver este misterio, sino a
recibirlo, entrar en él, meditarlo y permitir que nos transforme.
En
la explicación de la parábola, Jesús identifica la semilla con la Palabra de
Dios. Al contemplarla desde el conjunto de nuestra fe, reconocemos que esa
Palabra nos conduce al encuentro con Él, el Hijo eterno hecho hombre. Por eso,
escuchar el Evangelio compromete nuestra relación con una Persona viva que nos
ama, nos llama y quiere habitar en nosotros.
Para
entrar más profundamente en este misterio, imaginemos a Dios Padre sembrando la
semilla de su Hijo en la tierra de nuestra alma. Una vez que comprendemos que
Cristo mismo es la Semilla divina, queda claro que el cristianismo no consiste
simplemente en seguir un código moral o un sistema ético. Consiste, más bien,
en ser transformados interiormente por la presencia viva de Cristo. Él es
plantado en nosotros por la gracia, echa raíces en nuestra alma y crece, dando
fruto espiritual.
Aquí
encontramos un vínculo hermoso con la primera lectura. San Pablo también nos
invita a contemplar una semilla, aunque la utiliza para explicar otro misterio:
la resurrección de los muertos. Entre el grano sembrado y la planta que brota
existe continuidad, pero también una transformación que supera su apariencia
inicial.
Algo
semejante sucede con nuestra esperanza cristiana. Dios no se limita a
acompañarnos durante unos años para abandonarnos después a la muerte. Su
designio de amor alcanza a toda nuestra persona y nos llama a participar de la
vida de Cristo resucitado. Nuestra condición presente, frágil y mortal, será
transformada por su poder.
Cuando
Pablo habla de un cuerpo espiritual, no describe una existencia fantasmal ni
una persona despojada de su cuerpo. Habla de nuestra humanidad plenamente
vivificada por el Espíritu. La
gracia que hoy acogemos prepara nuestra vida para la plenitud que Dios quiere
regalarnos.
Esta
esperanza ilumina nuestras fragilidades. Tal vez sentimos que el paso de los
años nos quita fuerzas, que una enfermedad limita nuestras posibilidades o que
un duelo ha dejado un vacío inmenso. La fe nos permite confiar en que nuestra
historia permanece en las manos de Dios. Todavía no vemos la espiga, pero
podemos fiarnos de Aquel que promete la resurrección.
El
salmo pone esta confianza en nuestros labios: «Caminaré en presencia de Dios a la luz de la vida».
Nos invita a apoyarnos en el Señor y a confiar en su promesa. Caminar en su
presencia es vivir sabiendo que Él nos acompaña, incluso cuando el terreno se
vuelve difícil.
Podemos
preguntarnos: ¿camino sostenido por esa confianza o vivo como si todo
dependiera exclusivamente de mis fuerzas? ¿Le permito a Dios acompañar mis
preocupaciones más profundas? ¿Creo que su amor sigue obrando cuando yo no
percibo resultados?
La
parábola también nos desafía a examinar el estado de nuestro corazón. ¿Estamos
endurecidos como el camino, distraídos como el terreno pedregoso o ahogados por
las preocupaciones mundanas como la tierra llena de espinas? ¿O nos esforzamos
por ser tierra fértil y labrada, abierta, receptiva y dispuesta a nutrir la
vida de Cristo en nuestro interior?
Jesús
precisa que el terreno pedregoso representa a quienes reciben la Palabra con
alegría, pero carecen de raíces y sucumben en la prueba. Podemos reconocer allí
nuestra fe cuando depende demasiado del entusiasmo del momento. Nos emocionamos,
hacemos propósitos, pero nos cuesta perseverar cuando llega una dificultad.
El
camino endurecido puede recordarnos esas resistencias que no queremos
reconocer: una ofensa que nos negamos a perdonar, una conducta que justificamos
constantemente, una autosuficiencia que nos impide dejarnos enseñar.
Y
las espinas pueden crecer casi sin que lo notemos. Las obligaciones son reales,
pero pueden ocupar de tal manera nuestro interior que ya no quede espacio para
escuchar, orar o servir. También el afán de comodidad, de dinero o de
reconocimiento puede ir sofocando lo que Dios había sembrado.
Por
eso necesitamos pedir: «Señor, trabaja la tierra de mi corazón. Ayúdame a
reconocer lo que impide que tu Palabra dé fruto. Dame humildad para aceptar tu
acción y constancia para colaborar contigo».
Si
ampliamos la parábola y consideramos todo el campo, resulta consolador e
inspirador reconocer a las innumerables almas de tierra fértil que también
reciben la Palabra viva de Dios y en quienes Él crece y da fruto. Como miembros
del Cuerpo de Cristo, no estamos solos. Formamos parte de un vasto campo,
labrado y regado por la gracia divina.
Pensemos
en tantas personas cuya fidelidad sostiene silenciosamente la vida de nuestras
comunidades: padres y madres que educan en la fe, catequistas que preparan con
cariño sus encuentros, enfermos que oran por otros, vecinos que acompañan a
quien está solo. En sus vidas podemos descubrir los frutos de la gracia y
encontrar aliento para nuestra propia respuesta.
Y,
sin embargo, queda mucho por hacer. Muchos corazones todavía no han recibido a
Cristo. Muchos permanecen endurecidos, distraídos o ahogados por las ansiedades
y los placeres de la vida. Al recibir la Palabra de Dios y dar fruto nosotros
mismos, también producimos semillas: semillas de la Palabra encarnada
destinadas a ser sembradas en la vida de los demás. El Sembrador divino desea
prolongar su misión a través de nosotros hasta el fin de los tiempos.
Esta
imagen nos recuerda nuestra responsabilidad evangelizadora. El Señor puede
servirse de nuestra voz, de nuestra paciencia, de nuestra cercanía y de nuestro
testimonio para abrir caminos hacia Él. Una palabra oportuna, una invitación
respetuosa, un gesto de reconciliación o una ayuda concreta pueden preparar un
corazón para escuchar el Evangelio.
Aunque
esta parábola se centra principalmente en el estado de nuestro propio corazón,
también podemos discernir en ella la urgencia de la misión evangélica. El
Sembrador divino busca trabajadores que ayuden a sembrar la Palabra por todas partes,
extendiendo el campo de la Iglesia y multiplicando sus frutos.
En
este sábado, María nos enseña cómo responder. Ella acogió la Palabra con fe y
permitió que esa acogida orientara toda su existencia. Su disponibilidad se
hizo servicio, fidelidad y perseverancia. Junto a ella aprendemos a escuchar
con hondura y a permanecer abiertos a Dios incluso cuando no comprendemos todo.
Reflexionemos
hoy sobre los elevados ideales que presenta la parábola del sembrador. Pasemos
del concepto a la realidad. Esta parábola no está destinada solamente a
inspirarnos; está destinada a impulsarnos a actuar. Primero, abramos nuestro
corazón a Cristo, la Palabra, mediante la oración diaria, la participación en
los sacramentos y las obras de caridad. Después, seamos colaboradores de
Cristo.
¿De
qué manera podemos ayudar al Sembrador divino? ¿Para quién podemos ser
instrumentos de la Palabra de Dios? Seamos receptivos a su gracia y resueltos
en nuestra misión, para que el campo del Reino de Dios siga creciendo y
floreciendo.
Hoy,
al acercarnos a la Eucaristía, presentemos al Señor la tierra concreta de
nuestra vida: con sus posibilidades, sus heridas y sus resistencias. Recibimos
a Cristo resucitado, que nos alimenta para vivir en su amor y sostiene nuestra
esperanza de vida eterna.
¿Qué fruto concreto espera Dios de la Palabra que está
sembrando hoy en mi corazón?
Oremos:
Mi
Sembrador divino y Palabra eterna, deseas ardientemente que todas las personas
lleguen a conocerte, formando corazones de tierra fértil, receptivos a tu
Palabra salvadora.
Te ruego
que labres la tierra de mi corazón. Quita toda maleza de pecado, toda piedra de
resistencia y toda espina de preocupación mundana. Enriquéceme con la gracia
que necesito para que tu Palabra eche raíces profundas y dé fruto abundante.
Hazme
también instrumento de tu obra divina, sembrando las semillas de tu Palabra en
los corazones de los demás. Que, a través de mí, florezca la misión de la
Iglesia y tu Reino se extienda hasta los confines de la tierra.
Jesús, en
ti confío.
Santa
María, Madre de la esperanza, enséñanos a acoger la Palabra, a perseverar en el
amor y a caminar en presencia de Dios a la luz de la vida. Amén.

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