viernes, 15 de mayo de 2026

16 de mayo del 2026: sábado de la sexta semana de Pascua

 

La providencia

(Hechos 18,23-28; Juan 16,23b-28) Una vez más, nuestras dos lecturas se hacen eco mutuamente. Jesús predica a sus discípulos una fe ardiente en la providencia: deben creer que toda petición hecha en el Espíritu —que prolongará y desplegará su presencia en ellos— será escuchada por el Padre. Corinto, donde la comunidad tiene gran necesidad de apoyo, recibe providencialmente a Apolo, el hombre indicado para la situación, encontrado casi por casualidad en Éfeso. ¡Dios provee!

Jean-Marc Liautaud,, Fondacio

 


Primera lectura

Hch 18, 23-28
Apolo demostraba con la Escritura que Jesús es el Mesías

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

PASADO algún tiempo en Antioquía, Pablo marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos.
Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.
Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 8-9. 10 (R.: 8a)

R. Dios es el rey del mundo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.
 R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

V. Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. R.

 

Evangelio

Jn 16, 23b-28

El Padre los quiere porque ustedes me quieren y creen

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará.
Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan, y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente.
Aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos invita a contemplar una realidad profundamente consoladora: Dios no abandona a su Iglesia, Dios no abandona a sus discípulos, Dios no abandona a quienes caminan con fe. A esa acción amorosa, discreta y eficaz de Dios en nuestra historia la llamamos providencia.

Providencia no significa que todo nos saldrá como queremos. No significa que nunca tendremos problemas, cansancios, enfermedades, dificultades familiares o crisis espirituales. Providencia significa algo más profundo: Dios está presente en medio de la historia, guiando, sosteniendo, abriendo caminos, enviando personas, iluminando decisiones y haciendo fecundo incluso aquello que parece pequeño o accidental.

En el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos:

“Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.”

Jesús está preparando a los suyos para el tiempo de su aparente ausencia visible. Ya no lo verán como antes. Se acerca la hora de la cruz, de la Pascua, de la vuelta al Padre. Pero Jesús no los deja huérfanos. Les enseña a confiar. Les dice que el Padre los ama. Les recuerda que la oración hecha en su nombre no cae en el vacío.

Pedir en nombre de Jesús no es usar su nombre como una fórmula mágica. Pedir en nombre de Jesús significa orar unidos a Él, con su espíritu, con sus sentimientos, con su obediencia al Padre. Es decirle a Dios: “Padre, no quiero imponer mi voluntad; quiero aprender a querer lo que tu Hijo quiere. Quiero confiar como Él confió. Quiero esperar como Él esperó. Quiero amar como Él amó.”

Y cuando una persona ora así, aunque no siempre reciba exactamente lo que pide, siempre recibe algo más grande: la certeza de que el Padre la escucha, la sostiene y la conduce.

La primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Apolo. Era un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso de espíritu, capaz de hablar de Jesús con entusiasmo. Pero todavía necesitaba una formación más completa. Entonces aparecen Priscila y Aquila, dos cristianos sencillos pero profundamente comprometidos, que lo acogen y le explican con mayor precisión el camino de Dios.

Aquí vemos una escena preciosa de providencia. Dios no trabaja solamente a través de grandes milagros visibles. Muchas veces su providencia se manifiesta en encuentros, conversaciones, correcciones fraternas, personas que llegan en el momento justo, hermanos que nos ayudan a comprender mejor la fe, comunidades que nos sostienen cuando estamos débiles.

Apolo tenía dones, pero necesitaba ser acompañado. Priscila y Aquila tenían fe y experiencia, y supieron orientar sin humillar, corregir sin apagar el entusiasmo, formar sin despreciar. Así actúa Dios en la Iglesia: unos evangelizan, otros acompañan; unos predican, otros forman; unos siembran, otros riegan; pero es Dios quien hace crecer.

Cuánto necesitamos hoy esta misma actitud en nuestras comunidades. A veces nos cuesta aceptar que necesitamos aprender. Otras veces nos cuesta corregir con caridad. Algunos tienen entusiasmo, pero les falta profundidad. Otros tienen doctrina, pero les falta fuego. Algunos tienen experiencia, pero les falta paciencia con quienes están comenzando. La comunidad cristiana madura cuando todos aceptamos que Dios puede servirse de nosotros, pero también que todos necesitamos ser instruidos, corregidos y fortalecidos.

El salmo nos hace proclamar:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación sostiene toda la liturgia de hoy. Dios reina. Dios guía. Dios conduce la historia. Aunque a veces el mundo parezca en manos del caos, de la violencia, de la mentira, de la injusticia o del egoísmo, la fe pascual nos recuerda que Cristo resucitado ha vencido. El mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La muerte hiere, pero no reina definitivamente. La oscuridad asusta, pero no puede apagar la luz de Cristo.

Y por eso podemos confiar en la providencia.

La providencia de Dios se ve en la historia de la Iglesia, pero también en nuestra vida personal. Si miramos hacia atrás, descubrimos que hubo personas que Dios puso en nuestro camino. Tal vez un catequista, una madre, un padre, un abuelo, un sacerdote, una religiosa, un maestro, un amigo, una comunidad. En su momento quizás no entendimos la importancia de esos encuentros. Pero con el paso del tiempo decimos: “Ahí estaba Dios. Ahí me estaba guiando. Ahí me estaba cuidando.”

También María, cuya memoria celebramos en este sábado, es signo humilde y luminoso de la providencia de Dios. En María vemos a la mujer que confía sin tenerlo todo claro. El ángel le anuncia un camino inmenso y misterioso; ella no controla todos los detalles, pero responde: “Hágase en mí según tu palabra.”

María cree en la providencia. Cree que Dios sabe más. Cree que Dios sostiene. Cree que Dios no falla. Y por eso camina. Camina a Belén, camina a Egipto, camina a Nazaret, camina al Calvario, camina con la Iglesia naciente en Pentecostés.

María nos enseña que la providencia no siempre evita la cruz, pero siempre nos acompaña en ella. No siempre nos libra del dolor, pero nos ayuda a atravesarlo con fe. No siempre nos da respuestas inmediatas, pero nos enseña a guardar las cosas en el corazón hasta que Dios las ilumine.

Queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿confío de verdad en la providencia de Dios? ¿O vivo dominado por la ansiedad, como si todo dependiera únicamente de mis fuerzas? ¿Sé reconocer a las personas que Dios pone en mi camino? ¿Me dejo formar, como Apolo? ¿Sé acompañar a otros, como Priscila y Aquila? ¿Oro al Padre en nombre de Jesús, buscando su voluntad y no solamente mis deseos?

La Pascua nos invita a vivir con una confianza nueva. Jesús ha vuelto al Padre, pero no se ha alejado de nosotros. Su Espíritu sigue actuando en la Iglesia. Su presencia sigue desplegándose en los corazones. Su amor sigue sosteniendo la misión.

Dios provee. Dios envía. Dios ilumina. Dios corrige. Dios fortalece. Dios abre puertas. Dios pone personas en el camino. Dios escucha la oración hecha con fe.

Pidamos hoy esa gracia: tener un corazón confiado, humilde y disponible. Un corazón que ore sin desesperarse. Un corazón que trabaje sin creer que todo depende de sí mismo. Un corazón que se deje enseñar. Un corazón que, como María, sepa decir cada día:

“Señor, no lo entiendo todo, pero confío en Ti.
No lo controlo todo, pero me abandono en tus manos.
No veo todo el camino, pero sé que Tú provees.”

Amén.

 

2

 

Pedir en nombre de Jesús para que nuestra alegría sea plena

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos coloca ante una de las promesas más hermosas y más exigentes de Jesús:

“Lo que pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.”

Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de su discurso de despedida. Está preparando a sus discípulos para la hora de la cruz, para su partida visible, para el tiempo nuevo en que ya no lo tendrán físicamente caminando con ellos como antes. Pero no los deja abandonados. Les revela un camino de intimidad profunda con Dios: orar al Padre en su nombre.

Ahora bien, esta promesa puede ser malentendida. Jesús no está diciendo que la oración sea una fórmula mágica para conseguir todo lo que se nos ocurre. No está prometiendo que Dios cumplirá todos nuestros caprichos, ni que la fe consiste en pedir y recibir automáticamente aquello que deseamos. Pedir en nombre de Jesús significa algo mucho más profundo: orar unidos a Él, con su corazón, con su voluntad, con su confianza filial, con su obediencia al Padre.

Pedir en nombre de Jesús es aprender a decir: “Padre, no quiero solamente que se haga mi voluntad; quiero entrar en la voluntad de tu Hijo. Quiero amar como Él ama. Quiero confiar como Él confía. Quiero buscar lo que Él busca. Quiero que mi vida se parezca a la suya.”

Por eso Jesús añade una finalidad preciosa: “para que su alegría sea completa.”

La alegría completa no es simplemente estar contentos porque las cosas salen bien. No es una emoción pasajera, ni una satisfacción superficial. La alegría completa de la que habla Jesús nace de la comunión con Dios. Es la alegría de sabernos amados por el Padre, salvados por Cristo y habitados por el Espíritu Santo. Es la alegría que no depende solo de las circunstancias externas, porque brota de una fuente más profunda: la vida misma de Dios en nosotros.

El pecado, en cambio, nos promete felicidad, pero termina robándonos la alegría. Nos ofrece caminos aparentemente fáciles, pero nos separa de la fuente de la vida. El pecado siempre engaña: nos hace pensar que seremos más libres sin Dios, más felices lejos de su voluntad, más dueños de nosotros mismos si dejamos de escuchar su Palabra. Pero al final nos deja vacíos, divididos, tristes y cansados.

Jesús, en cambio, nos muestra el verdadero camino: volver al Padre por medio de Él.

La oración cristiana no es solamente pedir favores. Muchas veces nuestra oración se queda en una lista de necesidades: Señor, dame salud; Señor, resuelve este problema; Señor, ayúdame en esta dificultad; Señor, abre esta puerta. Y todo eso está bien, porque somos hijos necesitados y Dios es Padre. Pero la oración no puede quedarse solo en pedir cosas. La oración cristiana debe crecer hasta convertirse en adoración.

Adorar es reconocer que Dios es Dios. Es ponernos ante Él no solo por lo que nos puede dar, sino por lo que Él es. Adorar es decirle al Señor: “Tú eres mi Dios, mi Salvador, mi todo. Aunque no me des inmediatamente lo que pido, yo te amo. Aunque no entienda todo lo que ocurre, yo confío. Aunque tenga lágrimas en el alma, yo sé que Tú eres mi vida.”

Por eso hemos de hablar de la oración como culto divino, como adoración. La adoración es la forma más alta del amor, porque ya no buscamos primero los dones de Dios, sino a Dios mismo. Y cuando encontramos a Dios, entonces recibimos lo más grande: su presencia, su paz, su gracia y su alegría.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, aparece Apolo, un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso, lleno de entusiasmo para hablar de Jesús. Pero todavía necesitaba ser instruido con mayor precisión. Entonces Priscila y Aquila lo acogen y lo ayudan a comprender mejor el camino de Dios.

También aquí vemos cómo actúa la gracia. Apolo tenía dones, pero necesitaba formación. Tenía entusiasmo, pero necesitaba madurar. Tenía palabra, pero necesitaba mayor profundidad. Y Dios, providencialmente, le pone en el camino a Priscila y Aquila.

Esto nos recuerda que nadie crece solo en la fe. También nuestra oración necesita ser educada. También nuestra forma de pedir necesita purificarse. También nuestra manera de relacionarnos con Dios debe madurar. A veces empezamos buscando a Dios por necesidad; luego aprendemos a buscarlo por amor. A veces comenzamos diciendo: “Señor, dame esto”; y poco a poco el Espíritu nos enseña a decir: “Señor, me entrego a Ti.”

La comunidad cristiana tiene precisamente esa misión: ayudarnos a crecer. Hay hermanos que nos enseñan a orar mejor, a entender mejor la Palabra, a vivir con mayor fidelidad. Hay personas que Dios pone en nuestro camino para corregirnos con caridad, iluminarnos con humildad y acompañarnos sin apagar el fuego que llevamos dentro.

El salmo proclama:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación nos introduce en la adoración. Dios reina. Dios es Señor. Dios no es simplemente un recurso para nuestros momentos difíciles. Dios no es una ayuda de emergencia a la que acudimos solo cuando ya no podemos más. Dios es el centro, el principio y el fin de nuestra existencia.

Cuando reconocemos que Dios reina, nuestra oración cambia. Ya no oramos como quien exige, sino como quien confía. Ya no oramos como quien negocia, sino como quien se entrega. Ya no oramos solo para que Dios cambie las circunstancias, sino para que transforme nuestro corazón.

Y aquí entra de manera hermosa la memoria de María en sábado.

María es maestra de oración y de adoración. En ella vemos una fe que no se limita a pedir explicaciones. Cuando el ángel le anuncia el misterio de la Encarnación, ella pregunta, ciertamente, pero no desde la incredulidad, sino desde la disponibilidad. Y termina diciendo:

“Hágase en mí según tu palabra.”

Esa es una oración perfecta. María no le impone a Dios su plan; se abre al plan de Dios. No busca controlar el misterio; se deja envolver por él. No exige seguridades humanas; confía en la fidelidad del Señor.

María también adoró a Jesús antes que nadie. Lo adoró en su seno virginal, en Belén, en Nazaret, en el silencio de la vida cotidiana, en Caná, al pie de la cruz y en la espera de Pentecostés. Ella nos enseña que la verdadera oración no es ruido, ansiedad ni acumulación de palabras. La verdadera oración nace de un corazón que escucha, ama, adora y se entrega.

Por eso, queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿cómo es mi oración? ¿Oro solamente cuando necesito algo? ¿Busco a Dios solo para que me resuelva problemas? ¿O he aprendido también a adorarlo, a alabarlo, a darle gracias, a permanecer ante Él simplemente porque Él es mi Dios?

Una de las formas más bellas de vivir esta oración de adoración es la Eucaristía. En cada Misa, la Iglesia ora al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Y en la adoración eucarística, nos arrodillamos ante Jesús realmente presente, no para hablar mucho necesariamente, sino para reconocerlo como Señor.

Ante el Santísimo Sacramento podemos decir: “Jesús, Tú eres mi Dios. Tú eres mi alegría. Tú eres mi paz. Tú eres el sentido de mi vida. No quiero buscarte solo por lo que me das; quiero amarte por lo que eres.”

Cuando adoramos así, nuestra oración se une a la oración de Cristo. Y entonces el Padre nos mira en su Hijo amado. Nuestra voz, pobre y frágil, queda unida a la voz de Jesús. Nuestra súplica, limitada y débil, entra en la oración perfecta del Hijo al Padre. Ahí comienza la alegría completa.

No una alegría artificial. No una alegría que niega los problemas. No una alegría ingenua. Sino una alegría pascual: la alegría de quien sabe que Cristo ha vencido, que el Padre nos ama, que el Espíritu nos acompaña y que nuestra vida está llamada a participar de la comunión eterna de Dios.

Pidamos hoy la gracia de orar mejor. De pedir, sí, porque somos hijos. Pero también de adorar, porque Dios es digno de todo amor. Pidamos la gracia de no apagar la alegría con el pecado, la queja o la desconfianza. Pidamos la gracia de dejarnos formar, como Apolo, y de acompañar a otros, como Priscila y Aquila. Pidamos la gracia de vivir como María: creyendo, adorando y entregándonos.

Y que al acercarnos al altar podamos decir con todo el corazón:

Señor Jesús, creo que Tú eres Dios.
Te adoro con toda mi alma.
Purifica mi oración, transforma mis deseos,
enséñame a pedir en tu nombre
y haz que mi alegría sea completa.

Amén.

 

Maestro, eres maestro

 



Cada 15 de mayo Colombia celebra el Día del Maestro. No es una fecha cualquiera. Desde 1951, el Decreto 996 declaró oficialmente este día como Día del Educador, en relación con san Juan Bautista de La Salle, reconocido como patrono de los maestros, profesores y educadores de la niñez y la juventud.

 (Función Pública)

Y quizá por eso conviene detenernos un momento y preguntarnos: ¿qué significa ser maestro?


Habría que distinguir, en verdad, entre docentes, profesores y maestros. No lo digo para menospreciar a nadie. Al contrario. Lo digo porque las palabras también tienen alma, peso y vocación. Hay millones de docentes, una gran cantidad de profesores, pero quizá no tantos maestros en el sentido más hondo de la palabra.

El docente transmite contenidos. El profesor orienta una disciplina, enseña una materia, abre caminos en el conocimiento. Pero el maestro va más allá: toca la vida. No solo enseña lo que sabe, sino que comunica lo que es. No solo llena la mente de datos, sino que despierta el corazón, la conciencia, la libertad, el deseo de buscar la verdad y de servir mejor.

Por eso, para quienes creemos en Jesucristo, la palabra Maestro tiene una resonancia sagrada. Maestro, con mayúscula, es uno de los nombres más hermosos de Jesús. Él no enseñaba como quien repite teorías, sino como quien entrega la vida. No hablaba desde la distancia fría de una cátedra, sino desde la cercanía del Buen Pastor, desde la compasión por los cansados, desde la ternura por los pequeños, desde la firmeza ante la injusticia y desde la esperanza ante los pecadores.

El ideal de todo docente, de todo profesor, de todo catequista, de todo padre y madre de familia, debería ser llegar a ser maestro. Maestro en humanidad. Maestro en fe. Maestro en servicio. Maestro en esperanza.

Recuerdo que en mi pueblo tengo un amigo, hoy residente en la capital caldense, que suele llamar “profesores” a todos aquellos que le enseñaron en la escuela y en el poco colegio que pudo cursar. Nunca los llama “maestros”. Y cuando se le pregunta por qué, responde con una sabiduría muy propia de la gente sencilla: “Maestro es un título muy grande; no cualquiera merece cargar con ese nombre”.

Tiene razón. Ser maestro no es cuestión de diploma solamente. Es cuestión de alma.

Yo tenía unos quince años cuando empecé a ver en mi vida la posibilidad de llegar a ser maestro. Me matriculé, con libertad y entusiasmo, en la Normal Nuestra Señora de la Candelaria, en mi querido Marquetalia, Caldas. Allí se obtenía el título de bachiller pedagógico; en tiempos anteriores se hablaba más directamente del título de maestro. Me gradué en 1987 y, al año siguiente, en 1988, entré al Seminario de Misiones.

Muchas veces, siendo seminarista, descubrí cuánto me servía aquella formación pedagógica recibida en la Normal. En las montañas del Azuay, en Ecuador, pude verme como catequista, como orientador, como alguien que intentaba explicar la fe con palabras sencillas y cercanas. También en Medellín, en colegios y parroquias, tuve experiencias temporales como profesor y catequista. No sé si fui maestro en el sentido pleno de la palabra, pero sí puedo decir que desde entonces entendí que enseñar es una de las formas más nobles de amar.

En 1994 tuve uno de los grandes honores de mi vida: regresar como docente a mi amada Normal. Fui profesor de Filosofía e instructor musical, o quizá mejor, introductor a la guitarra. Aquella experiencia quedó grabada en mi memoria como una de las más bellas de mi historia personal. Volver a la Normal no ya como estudiante, sino como servidor de otros jóvenes, fue una manera de agradecer lo recibido y de confirmar que la pedagogía había dejado en mí una huella imborrable.

De 1995 a 1998, como docente nombrado por el Estado, viví 4 de los años más inolvidables de mi vida al ser docente rural en el Colegio El Placer de mi querido pueblo.

Siempre me he considerado amante de la enseñanza. Amo la pedagogía. Me conmueve esa tarea humilde y luminosa de ayudar a otros a ver la luz. Sócrates hablaba de la mayéutica, ese arte de ayudar a “dar a luz” la verdad que ya habita, de alguna manera, en el interior de la persona. El verdadero maestro se parece a una partera del espíritu: no impone la vida, ayuda a nacer.

En el fondo, todos estamos llamados a ser maestros, pastores y guías para nuestros semejantes. No todos desde un aula, no todos con un tablero, no todos con un título académico, pero sí todos desde la vida. La familia, la Iglesia, la escuela, la comunidad y la sociedad necesitan personas capaces de comunicar lo mejor de sí mismas: lo aprendido, lo sufrido, lo amado, lo descubierto, aquello que las ha hecho más humanas y más libres.

Porque a nuestro alrededor hay muchos desalentados. Hay niños y jóvenes heridos por la indiferencia, adultos vencidos por la frustración, personas esclavizadas por dependencias, hombres y mujeres paralizados por el miedo, deprimidos ante el futuro, necesitados de una palabra que levante, de una mirada que reconozca, de una presencia que acompañe. En medio de ese panorama, un maestro no es un lujo: es una bendición.

Y en este 2026, cuando la educación vive nuevos desafíos, la figura del maestro se vuelve todavía más necesaria. Hoy se habla mucho de inteligencia artificial, de plataformas digitales, de pantallas, de algoritmos, de nuevas formas de aprender y enseñar. La UNESCO ha señalado que la inteligencia artificial puede ayudar a innovar las prácticas educativas, pero también advierte que trae riesgos y desafíos que exigen criterios éticos, inclusión, equidad y una mirada centrada en la persona. (UNESCO)

La tecnología puede ofrecer herramientas, pero no puede reemplazar la mirada de un maestro. Puede organizar información, pero no puede amar a un estudiante. Puede generar respuestas, pero no puede formar la conciencia. Puede sugerir contenidos, pero no puede discernir el dolor escondido detrás del silencio de un alumno. Por eso, la pregunta educativa de nuestro tiempo no es si las máquinas podrán enseñar más rápido, sino si los seres humanos sabremos seguir educando con alma.

La misma UNESCO, al reflexionar en 2026 sobre inteligencia artificial, ciencias del aprendizaje y profesión docente, subrayó que el rol del maestro sigue siendo central e irremplazable: diseñador de experiencias de aprendizaje, mediador pedagógico y garante del sentido ético y contextual de la enseñanza. (UNESCO)

Por eso, el maestro verdadero no se define por saberlo todo, sino por vivir aprendiendo. No se engrandece humillando al estudiante, sino ayudándolo a descubrir su dignidad. No obliga a pensar como él, sino que enseña a pensar. No mata la pregunta, la despierta. No se burla del error, lo convierte en camino. No reduce la educación a notas, exámenes y resultados, sino que entiende que cada persona es un misterio en crecimiento.

El maestro contagia su vocación de servicio y su amor por la ciencia, la sabiduría, la lectura, el arte y la vida. Su principal preocupación no es transmitir conocimientos fríos, sino dar testimonio. No enseña solo por un sueldo —aunque todo maestro merece condiciones dignas, respeto social y justa remuneración—, sino porque sabe que su mayor ganancia está en ver crecer a sus alumnos.

El maestro muestra posibilidades. Luego cada estudiante debe escoger su camino. El maestro acompaña sin sustituir la libertad del otro. Corrige sin destruir. Exige sin humillar. Comprende sin alcahuetear. Tolera la diferencia, pero no renuncia a la verdad. Tiene paciencia, pero no indiferencia. Tiene firmeza, pero no dureza de corazón.

El verdadero maestro capta lo esencial, lo urgente y lo necesario en cada momento. Sabe que no todas las clases se dan dentro del aula. Enseña en la casa, en la calle, en el recreo, en la conversación espontánea, en la forma como trata a sus colegas, en su manera de escuchar a los padres de familia, en su actitud ante los conflictos, en su honestidad y en su coherencia.

Al maestro le palpita fuerte el corazón cuando está frente a sus alumnos. Aunque no siempre lo diga, en el fondo de su ser pide al Espíritu Santo, Maestro interior, que inspire su palabra, fecunde su esfuerzo y haga noble su labor. Porque enseñar también es sembrar, y quien siembra sabe que no todo fruto se ve de inmediato.

El maestro inspira el amor a la sabiduría. Despierta las ganas de leer, de preguntar, de descubrir el mundo. En tiempos de superficialidad, enseña profundidad. En tiempos de ruido, enseña silencio interior. En tiempos de fanatismos, enseña discernimiento. En tiempos de polarización política, no adoctrina desde odios o intereses pasajeros, sino que invita a analizar, comparar, pensar y buscar siempre el bien común.

Ante la religión, el maestro auténtico no niega con amargura ni afirma con fanatismo. Respeta la conciencia, abre espacio al misterio, sabe que la fe no se impone, se propone; y que Dios, cuando se anuncia bien, no aplasta la libertad, sino que la ilumina.

Un maestro arrastra más por sus convicciones y por su ejemplo que por sus discursos. Respira justicia, se inclina con compasión ante el sufrimiento humano y no juzga precipitadamente. Sabe que detrás de cada estudiante difícil hay una historia que quizá nadie ha querido escuchar. Sabe que detrás de cada rebeldía puede haber una herida. Sabe que detrás de cada fracaso escolar puede haber hambre, soledad, violencia, abandono o miedo.

El maestro ideal, paradójicamente, no se siente dueño del título. Quizá por humildad preferiría que le dijeran profesor. Sabe que la palabra maestro le queda grande, porque solo Dios es plenamente Maestro. Por eso no presume. Sirve. No se instala en la superioridad. Aprende. No pretende enseñarlo todo. Reconoce que todos aprendemos de todos y que nadie educa sin ser también educado por la vida.

Un maestro es sinónimo de alegría, buen humor, paciencia, creatividad, amor al arte, pasión por la ciencia, respeto por la dignidad humana y capacidad de esperanza. Es discípulo y guía. Es padre o madre espiritual. Es servidor. Es amigo confiable. Es luz y sal. Es alguien capaz de entregar la vida, si es preciso, por lo justo, lo bueno y lo verdadero, dentro y fuera del salón de clase.

Por eso, en este Día del Maestro, mi gratitud va para todos mis maestros de antes y de ahora. Para los que me enseñaron las primeras letras. Para quienes me corrigieron con paciencia. Para los que despertaron en mí el amor por la palabra, por la música, por la filosofía, por la fe y por la vida. Para aquellos que ya partieron a la eternidad y siguen enseñando desde la memoria agradecida. Para los que todavía luchan en las aulas, muchas veces con pocos recursos, pero con inmensa generosidad.

A todos ellos, gracias.

Gracias por no rendirse. Gracias por sembrar. Gracias por corregir. Gracias por creer en quienes a veces ni siquiera creíamos en nosotros mismos. Gracias por mostrarnos que enseñar es una forma de amar y que educar es ayudar a Dios en la obra paciente de formar seres humanos.

Feliz Día del Maestro a todos mis maestros de ayer, de hoy y de siempre.

Que Dios los bendiga, los fortalezca y les conceda la alegría de saber que ninguna semilla sembrada con amor se pierde jamás.

 

jueves, 14 de mayo de 2026

15 de mayo del 2026: viernes de la sexta semana de Pascua

 

La alegría de un nacimiento

Hechos 18,9-18; Juan 16,20-23a

La alegría anunciada por Jesús a los suyos es, ante todo, la alegría futura de su encuentro con el Resucitado, después del drama de la Pasión. Pero la imagen de la mujer que da a luz sugiere también las pruebas que los testigos deberán atravesar para entrar en la fecundidad de su misión. Así Pablo, en Corinto, a pesar de toda clase de dificultades, experimenta la alegría del nacimiento de una hermosa comunidad. Dios ha cumplido su promesa.

Jean-Marc Liautaud,, Fondacio



Primera lectura

Hch 18, 9-18
Tengo un pueblo numeroso en esta ciudad

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


CUANDO estaba Pablo en Corinto, una noche le dijo el Señor en una visión:
«No temas, sigue hablando y no te calles, pues yo estoy contigo, y nadie te pondrá la mano encima para hacerte daño, porque tengo un pueblo numeroso en esta ciudad».
Se quedó, pues, allí un año y medio, enseñando entre ellos la palabra de Dios.
Pero, siendo Galión procónsul de Acaya, los judíos se abalanzaron de común acuerdo contra Pablo y lo condujeron al tribunal diciendo:
«Este induce a la gente a dar a Dios un culto contrario a la ley».
Iba Pablo a tomar la palabra, cuando Galión dijo a los judíos:
«Judíos, si se tratara de un crimen o de un delito grave, sería razón escucharlos con paciencia; pero, si discuten de palabras, de nombres y de su ley, véanlo ustedes. Yo no quiero ser juez de esos asuntos».
Y les ordenó despejar el tribunal.
Entonces agarraron a Sóstenes, jefe de la sinagoga, y le dieron una paliza delante del tribunal, sin que Galión se preocupara de ello.
Pablo se quedó allí todavía bastantes días; luego se despidió de los hermanos y se embarcó para Siria con Priscila y Áquila. En Cencreas se había hecho rapar la cabeza, porque había hecho un voto.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 4-5. 6-7 (R : 8a)

R. Dios es el rey del mundo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.
R.

V. Él nos somete los pueblos
y nos sojuzga las naciones;
él nos escogió por heredad suya:
gloria de Jacob, su amado.
R.

V. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos;
y entrara así en su gloria.
R.

 

Evangelio

Jn 16, 20-23a

Nadie les quitará su alegría

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: ustedes llorarán y se lamentarán, mientras el mundo estará alegre; ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría.
La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero, en cuanto da a luz al niño, ni se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre.
También ustedes ahora sienten tristeza; pero volveré a verlos, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría. Ese día no me preguntarán nada».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone ante una de las imágenes más humanas, más fuertes y más esperanzadoras que Jesús haya utilizado: la imagen de una mujer que va a dar a luz. Jesús dice: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”.

Con esta comparación, Jesús no está negando el dolor. No dice que el dolor no exista. No dice que la tristeza sea una ilusión. Al contrario: reconoce que sus discípulos van a llorar, que van a sufrir, que van a experimentar angustia. Pero también les anuncia algo más grande: ese dolor no será la última palabra. La tristeza será transformada en alegría.

Esta palabra de Jesús ilumina profundamente nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Hay dolores físicos que desgastan: enfermedades, tratamientos, cansancio, limitaciones, dolores crónicos. Pero también hay dolores del alma: la soledad, la tristeza, la depresión, la ansiedad, el duelo, la culpa, la decepción, la sensación de no tener fuerzas para continuar.

Jesús no mira esos dolores desde lejos. Él mismo pasó por la angustia, por la cruz, por el abandono, por las lágrimas. Pero desde su Pascua nos dice: el sufrimiento vivido en Dios puede convertirse en nacimiento; la cruz puede convertirse en camino de vida; la noche puede abrir paso a una aurora nueva.

En la primera lectura vemos a Pablo en Corinto. No lo tuvo fácil. Anunciar el Evangelio le trajo conflictos, rechazos y amenazas. Sin embargo, el Señor le dice en una visión: “No temas. Sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo”. Qué palabra tan necesaria para nosotros: “Yo estoy contigo”.

Esa es la gran fuerza del creyente. No siempre entendemos lo que nos sucede. No siempre se resuelven rápidamente nuestras pruebas. No siempre desaparece el dolor cuando rezamos. Pero la fe nos asegura algo: no estamos solos. Dios acompaña. Dios sostiene. Dios fecunda incluso nuestras lágrimas.

Pablo permaneció en Corinto y allí nació una comunidad cristiana. En medio de las dificultades, nació algo bello. Así actúa Dios. Muchas veces, en el terreno de nuestras pruebas, Él siembra una gracia nueva. Donde nosotros vemos solo cansancio, Dios puede estar preparando una misión. Donde nosotros vemos pérdida, Dios puede estar gestando una vida más profunda. Donde nosotros vemos fracaso, Dios puede estar abriendo un camino de fecundidad.

El Salmo nos invita a cantar: “Dios es el rey del mundo”. Esta afirmación no significa que todo sea fácil, sino que la historia no está abandonada al absurdo. Dios reina también cuando no entendemos. Dios reina también cuando lloramos. Dios reina también cuando la vida parece pesada. Y porque Dios reina, podemos esperar.

Hoy el Señor nos dice: “Ustedes estarán tristes, pero su tristeza se convertirá en alegría”. No se trata de una alegría superficial, ni de una risa pasajera, ni de un optimismo ingenuo. Es la alegría pascual: la certeza de que Cristo está vivo, de que el dolor no vence para siempre, de que la muerte no tiene la última palabra, de que Dios puede transformar nuestras heridas en lugares de gracia.

Pidamos hoy por todos los que sufren en el cuerpo y en el alma. Que el Señor les conceda fortaleza, consuelo y esperanza. Que quienes están enfermos no se sientan abandonados. Que quienes sufren interiormente encuentren manos amigas, escucha sincera y ayuda oportuna. Que nuestras comunidades cristianas sean lugares donde nadie tenga que cargar solo su dolor.

Y pidamos también por nosotros: para que, como Pablo, no callemos por miedo, no abandonemos la misión por cansancio, no perdamos la esperanza en medio de la prueba. El Señor nos repite hoy: “No temas, yo estoy contigo”.

Que María, Madre de la Pascua, que también conoció la espada del dolor y la alegría de la Resurrección, acompañe a todos los que sufren y nos enseñe a creer que, en Dios, toda cruz puede abrirse a una vida nueva.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las imágenes más profundas y humanas que Jesús utiliza para hablar de la Pascua: la imagen de una mujer que está a punto de dar a luz. Dice el Señor: “La mujer, cuando va a dar a luz, siente tristeza, porque ha llegado su hora; pero cuando ha dado a luz al niño, ya no se acuerda del apuro, por la alegría de que al mundo le ha nacido un hombre”.

Jesús habla a sus discípulos en la víspera de su Pasión. Ellos todavía no comprenden del todo lo que está por suceder. Viene la noche de Getsemaní, la traición de Judas, el abandono de los amigos, el juicio injusto, la cruz y el sepulcro. Viene la hora del llanto. Por eso Jesús les dice: “Ustedes ahora están tristes”. Pero enseguida añade la promesa pascual: “Volveré a verlos, y se alegrará su corazón, y nadie les quitará su alegría”.

Aquí está el centro del mensaje de hoy: hay dolores que son pasajeros, pero hay una alegría que es eterna. Hay pruebas que duelen, pero no tienen la última palabra. Hay noches que parecen interminables, pero no pueden apagar la luz de la Resurrección.

Jesús no está glorificando el sufrimiento por el sufrimiento. El dolor no es bueno en sí mismo. Nadie busca el dolor como si fuera un ideal. Pero Jesús nos enseña que, unido a Dios, incluso el dolor puede convertirse en camino de vida. La mujer que da a luz no ama el dolor del parto; ama la vida que nace. Soporta el dolor porque sabe que detrás de esa hora difícil hay una alegría inmensa: un hijo ha venido al mundo.

Así sucede también en la vida cristiana. Muchas veces queremos la alegría sin pasar por la paciencia, la madurez sin pasar por la prueba, la resurrección sin pasar por la cruz. Pero el Evangelio nos recuerda que la vida verdadera no nace de la comodidad, sino de la entrega. Lo eterno no se conquista evitando toda dificultad, sino permaneciendo fieles en medio de ella.

La primera lectura nos ayuda a comprender esto en la experiencia de san Pablo. Él está en Corinto, anunciando el Evangelio. No todo es fácil. Encuentra oposición, rechazo, amenazas y conflictos. Pablo también pudo haber sentido miedo y cansancio. Pero el Señor se le aparece y le dice: “No temas. Sigue hablando y no calles, porque yo estoy contigo”.

Esa frase vale oro para cualquier discípulo: “No temas, yo estoy contigo”.

Dios no le promete a Pablo una misión sin dificultades. No le dice: “Todo será fácil”. No le dice: “Nadie te atacará”. Lo que le promete es algo más profundo: su presencia. Y cuando Dios está con nosotros, la prueba no desaparece mágicamente, pero cambia de sentido. Ya no caminamos solos. Ya no luchamos solos. Ya no cargamos la cruz solos.

Pablo permanece en Corinto y allí nace una comunidad cristiana. De la dificultad brota una Iglesia. De la prueba nace una familia de creyentes. De la perseverancia surge una fecundidad nueva. Lo que parecía obstáculo se convierte en ocasión de gracia.

Ese es también el camino de la Pascua. Cristo entra en la muerte y de allí hace brotar la vida. Entra en la oscuridad y de allí hace surgir la luz. Entra en el aparente fracaso de la cruz y de allí nos regala la victoria definitiva.

Por eso el cristiano está llamado a preguntarse: ¿vivo buscando solo lo pasajero o tengo la mirada puesta en lo eterno? ¿Me dejo vencer por las pruebas de cada día o las uno a Cristo? ¿Huyo siempre de todo lo que exige sacrificio o aprendo a vivirlo con esperanza?

A veces una pequeña contrariedad nos roba la paz. Una crítica, una incomodidad, una espera, una decepción, una enfermedad, una dificultad familiar, un fracaso pastoral o laboral, y sentimos que todo se viene abajo. Pero el Evangelio nos invita a mirar más lejos. No todo dolor es final. No toda lágrima es derrota. No toda cruz es fracaso. Algunas lágrimas son semilla. Algunas cruces son parto. Algunas pruebas son el lugar donde Dios está gestando algo nuevo.

Jesús dice: “Nadie les quitará su alegría”. Esta no es una alegría superficial. No es simplemente estar de buen humor. No es negar los problemas ni fingir que todo está bien. Es una alegría más profunda: la certeza de que Cristo está vivo, de que nos ama, de que camina con nosotros, de que nuestra vida tiene destino eterno.

El mundo puede quitarnos muchas cosas: salud, seguridades, bienes, prestigio, compañía, planes. Pero no puede quitarnos a Cristo. Y si Cristo permanece en nosotros, hay una alegría que nadie puede arrancar del corazón.

El Salmo de hoy proclama: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. Es un salmo de victoria. Nos recuerda que Dios reina, que la historia no está abandonada al caos, que el Señor conduce a su pueblo. La Pascua es precisamente eso: la victoria de Dios sobre todo lo que parecía invencible.

Hermanos, hoy el Señor nos invita a vivir con mirada pascual. Las pruebas son temporales; la promesa es eterna. La angustia puede ser real, pero la alegría de Cristo es más fuerte. La cruz pesa, pero no pesa más que la gloria que Dios prepara para los que confían en Él.

Pidamos la gracia de no quedarnos atrapados en lo inmediato. Pidamos la sabiduría de mirar cada dificultad desde la fe. Pidamos la fuerza para llevar nuestras cruces unidos a Cristo, sabiendo que Él ya pasó por la pasión y nos abrió el camino de la Resurrección.

Que María, Madre dolorosa y Madre de la alegría pascual, nos enseñe a permanecer firmes en la hora difícil, a confiar cuando no entendemos, y a esperar con fe la alegría que nadie nos podrá quitar.

Amén.

 

16 de mayo del 2026: sábado de la sexta semana de Pascua

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