La aventura de la fe
Mateo
no pierde ocasión de destacar a Pedro. Aquel que conducirá la Iglesia ocupa un
lugar eminente en su Evangelio. La primera cualidad de Pedro consiste en haber
conocido a Jesús y confesarlo como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Sin
embargo, este conocimiento no nace únicamente de su inteligencia: es un don
revelado por el Padre.
Sobre
esta fe, Cristo lo constituye piedra de su Iglesia y le confía las llaves del
Reino. Pedro, con sus fortalezas y fragilidades, nos recuerda que creer es una
aventura de encuentro, confianza y servicio. También hoy Jesús nos pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Nuestra respuesta debe expresarse no solo con palabras, sino con una vida fiel
y comprometida.
P.E.I
Primera lectura
Is
22, 19-23
Pongo
sobre sus hombros la llave del palacio de David
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc (R.: 8bc)
R. Señor, tu
misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.
V. Te doy gracias,
Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. R.
V. Daré gracias a tu
nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. R.
V. El Señor es sublime,
se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. R.
Segunda lectura
Rom
11, 33-36
De
él, por él y para él existe todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
¡QUÉ abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué
insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O
¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos.
Amén.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Tú eres Pedro,
y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará. R.
Evangelio
Mt
16, 13-20
Tú
eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a
sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni
la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el
poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los
cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.
Palabra del Señor.
1
«Y
ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»
Queridos hermanos:
Hay preguntas que podemos responder repitiendo lo
que hemos escuchado. Pero existen otras que comprometen nuestra vida entera.
Cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo
del hombre?», ellos responden fácilmente: «Unos dicen que Juan el Bautista;
otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Saben lo que
se comenta, conocen las opiniones que circulan.
Pero Jesús no está haciendo una encuesta. Le
interesa algo mucho más profundo. Por eso cambia la pregunta y la hace
personal: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Ya no se puede responder
con lo que dicen los demás. Cada discípulo debe comprometer su corazón y su
propia vida.
La escena sucede en Cesarea de Filipo, una región
marcada por templos paganos, símbolos del poder político y cultos a diferentes
dioses. Precisamente allí, rodeado de poderes humanos y falsas divinidades,
Jesús pregunta por su identidad. Es como si dijera: entre tantas voces,
promesas, autoridades e ídolos, ¿quién soy yo para ustedes?
También nosotros vivimos en una especie de Cesarea
de Filipo. Estamos rodeados de voces que nos dicen dónde encontrar la
felicidad, a quién seguir y en qué depositar nuestra confianza. Se nos invita a
creer en el dinero, el éxito, el poder, la fama, las ideologías o la aprobación
de las redes sociales. En medio de todas esas voces, Jesús vuelve a
preguntarnos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?»
Una respuesta que compromete la
vida
Pedro responde en nombre de los discípulos: «Tú
eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Es una respuesta extraordinaria. Pedro
no afirma solamente que Jesús es un gran maestro, un profeta admirable o un
hombre bueno. Reconoce que es el Mesías esperado, el Hijo de Dios, la presencia
salvadora de Dios en medio de su pueblo.
Jesús le aclara que esa respuesta no procede
solamente de su inteligencia: «Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre,
sino mi Padre que está en los cielos». La fe es un regalo de Dios. Podemos
estudiar la Biblia, aprender el catecismo y conocer muchas enseñanzas
religiosas, pero reconocer verdaderamente a Jesús como Señor es una gracia que
el Padre concede y que nosotros debemos acoger.
Sin embargo, no basta repetir: «Tú eres el Mesías».
Esa confesión debe convertirse en vida. Decir que Jesús es el Señor significa
permitirle orientar nuestras decisiones, sanar nuestras heridas, corregir
nuestros caminos y transformar nuestras relaciones.
¿Quién es Jesús para mí cuando llega la enfermedad?
¿Quién es cuando muere un ser querido? ¿Quién es cuando experimento soledad,
incomprensión o fracaso? ¿Quién es cuando debo perdonar, compartir mis bienes o
renunciar a mi orgullo? La verdadera respuesta no se da solamente con los
labios; se demuestra con nuestra manera de vivir.
Podemos pronunciar correctamente el nombre de Jesús
y, sin embargo, vivir como si Él no existiera. Podemos llevar una cruz,
participar en la Eucaristía y conocer muchas oraciones, pero mantener cerradas
ciertas zonas de nuestra vida. Jesús no quiere ocupar un pequeño rincón de
nuestra existencia. Quiere ser el Señor de toda nuestra vida, nuestro amigo,
pastor, redentor y salvador.
Una autoridad que Dios confía
La primera lectura nos ayuda a comprender el
símbolo de las llaves. El profeta Isaías anuncia que Sebná será destituido de
su cargo por no haber ejercido fielmente su responsabilidad. En su lugar, Dios
llama a Eliacín, lo reviste con la túnica, le entrega la llave de la casa de
David y le dice: «Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo
abrirá».
La llave representa autoridad, pero también
responsabilidad. Eliacín no recibe la llave para sentirse superior,
enriquecerse o dominar al pueblo. Dios lo coloca como «padre para los
habitantes de Jerusalén». La autoridad que procede de Dios tiene como finalidad
cuidar, proteger y servir.
Podemos decir que toda autoridad es una llave
prestada por Dios. Los gobernantes, los padres de familia, los educadores,
los superiores, los ministros de la Iglesia y quienes tienen alguna
responsabilidad deben preguntarse: ¿estoy utilizando esta llave para abrir
caminos o para cerrar oportunidades? ¿Para servir o para sentirme superior?
¿Para acercar a las personas o para excluirlas?
Dios no sostiene una autoridad corrupta, orgullosa
o egoísta. Sebná pierde su cargo porque convirtió el servicio en privilegio
personal. Eliacín, en cambio, es llamado a convertirse en apoyo firme para su
pueblo. La autoridad vale ante Dios cuando se ejerce con humildad, justicia y
espíritu paternal.
Esta enseñanza resulta especialmente necesaria en
nuestra sociedad colombiana. Necesitamos autoridades que no se sirvan del
pueblo, sino que sirvan al pueblo; personas que no busquen únicamente
protagonismo, beneficios o poder, sino que atiendan el sufrimiento de las
comunidades, especialmente de los pobres, los desplazados, las víctimas de la
violencia y quienes han resultado afectados por las recientes emergencias.
«Tú eres Pedro»
Después de escuchar la profesión de fe de Simón,
Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El
cambio de nombre expresa una misión nueva. Simón recibe la responsabilidad de
ser piedra visible de unidad y de confirmar la fe de sus hermanos.
Jesús añade: «Te daré las llaves del Reino de los
cielos». Así como Eliacín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe
las llaves del Reino. Cristo le confía una verdadera autoridad para enseñar,
gobernar, discernir, atar y desatar. Esta misión continuará en sus sucesores y
constituye el fundamento del ministerio del Papa al servicio de la comunión de
toda la Iglesia.
Pero debemos observar cuidadosamente las palabras
de Jesús: «Edificaré mi Iglesia». La Iglesia pertenece a Cristo. Es Él
quien la construye, la sostiene y la santifica. Pedro es piedra por elección y
gracia de Cristo, no porque sea humanamente perfecto. De hecho, poco después
tendrá dificultades para comprender el camino de la cruz; durante la pasión
negará tres veces al Señor. Sin embargo, Jesús no retira su llamada. Lo
perdona, lo levanta y vuelve a confiarle su rebaño.
Esto nos llena de esperanza. La Iglesia no se
sostiene por la perfección de sus miembros ni por la capacidad humana de sus
ministros. Se sostiene porque Cristo permanece fiel. Los miembros de la Iglesia
somos frágiles, podemos equivocarnos y necesitamos conversión constante; pero
el Señor ha prometido: «El poder del infierno no la derrotará».
Esta promesa no significa que la Iglesia no vivirá
crisis, persecuciones, pecados o momentos dolorosos. Significa que el mal nunca
tendrá la última palabra. A lo largo de los siglos han caído imperios,
ideologías y sistemas poderosos, pero la comunidad fundada por Cristo continúa
anunciando el Evangelio, celebrando la Eucaristía, perdonando los pecados y
sirviendo a los pobres.
La Iglesia edificada sobre la
roca
Ante los templos y viviendas afectados por los
desastres, podríamos sentir que todo se derrumba. Las construcciones son
importantes: allí nos reunimos, celebramos los sacramentos y conservamos la
memoria de nuestras comunidades. Pero la roca más profunda de la Iglesia no es
el cemento, la madera o los muros. La roca es Cristo, confesado y anunciado en
la fe apostólica.
Un templo puede sufrir daños, pero la Iglesia
continúa viva cuando una familia reza, cuando una comunidad comparte sus
alimentos, cuando alguien consuela al que ha perdido a un ser querido y cuando
abrimos nuestras manos para ayudar al damnificado. Somos las piedras vivas de
la casa de Dios.
Por eso, nuestra solidaridad no puede quedarse
únicamente en palabras. Si confesamos que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios
vivo, debemos reconocerlo también en el hermano que sufre. Las llaves que el
Señor ha puesto en nuestras manos —nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestras
capacidades y nuestros recursos— deben abrir puertas de esperanza. La fe que no
abre el corazón y las manos corre el riesgo de convertirse en una fórmula
vacía.
«¡Qué abismo de generosidad!»
San Pablo, en la segunda lectura, contempla
maravillado el misterio de Dios: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de
conocimiento el de Dios!». Pablo reconoce que los caminos del Señor superan
nuestros cálculos. No podemos encerrar a Dios dentro de nuestros proyectos ni
exigirle que actúe según nuestras expectativas.
A veces quisiéramos comprender inmediatamente todo
lo que sucede. Preguntamos por qué Dios permite una enfermedad, una pérdida,
una tragedia o una injusticia. No siempre encontraremos una respuesta completa.
La fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite confiar en que la
sabiduría y la misericordia de Dios son más grandes que aquello que ahora
podemos comprender.
San Pablo concluye diciendo: «Todo viene de Él, ha
sido hecho por Él y todo tiende hacia Él». Esta certeza pone en su lugar
nuestras pretensiones. Ninguno de nosotros es dueño absoluto de la vida, de la
comunidad o de la Iglesia. Todo viene de Dios y debe orientarse hacia su
gloria.
Por eso, el salmo nos invita a rezar: «Señor, tu
misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Somos obra de sus
manos. Nuestras familias, comunidades y parroquias también lo son. Incluso
cuando atravesamos momentos de fragilidad, podemos confiar en que Dios no abandona
lo que ha comenzado.
Nuestra respuesta
Hoy podemos asumir tres compromisos sencillos.
Primero, responder personalmente a la pregunta de Jesús. No basta saber lo que
dicen los demás. En la oración debemos decirle: «Señor, tú eres el Mesías; tú
eres mi Salvador; en ti pongo mi vida».
Segundo, vivir nuestra fe en comunión con la
Iglesia edificada sobre Pedro. Amemos a la Iglesia, oremos por el Papa, por los
obispos, sacerdotes y servidores de nuestras comunidades. No ignoremos sus
debilidades, pero tampoco olvidemos que Cristo continúa actuando en ella.
Tercero, convirtamos toda autoridad y todo don
recibido en servicio. Utilicemos nuestras llaves para abrir, no para encerrar;
para reconciliar, no para dividir; para ayudar, no para dominar; para acercar a
las personas a Dios, no para buscar reconocimiento.
Dentro de unos momentos profesaremos juntos el
Credo. Cuando digamos: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor»,
estaremos respondiendo a la misma pregunta dirigida a Pedro. Y cuando recibamos
la comunión y respondamos «Amén», estaremos diciendo nuevamente: «Sí, Señor,
creo que eres tú. Creo que vienes a mi encuentro. Quiero que seas el centro de
mi vida».
Pidamos la gracia de no responder únicamente con
palabras. Que nuestra fe se haga fidelidad, comunión, solidaridad y servicio. Y
que, en medio de las dificultades, podamos confesar con Pedro:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Amén.
2
Vencer las puertas del infierno
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de este domingo nos presenta una pregunta decisiva, una profesión de
fe extraordinaria y una promesa que continúa sosteniendo la vida de la Iglesia:
«Al
llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
“¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos contestaron: “Unos
dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de
los profetas”. Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón
Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”».
El
simbolismo asociado con Cesarea de Filipo es fundamental para comprender este
Evangelio. Situada al norte de Cafarnaún, donde Jesús había establecido el
centro de buena parte de su ministerio, era una ciudad predominantemente
pagana, conocida por sus santuarios dedicados a falsos dioses.
Uno
de los más destacados estaba dedicado a Pan, de quien la región había recibido
el nombre de Panias, posteriormente Banias. Pan era un dios griego honrado en
un santuario cercano a una gran cueva y a un manantial considerados la entrada
al Hades, es decir, al reino de los muertos.
Se
lo presentaba como el dios de la naturaleza, los pastores, los rebaños, los
lugares agrestes, la fertilidad y la música campestre. Frecuentemente era
representado como una figura mitad hombre y mitad cabra, con cuernos y pezuñas.
Tocaba la flauta de Pan y se asociaba con la lujuria, el desorden y el miedo
repentino, de donde procede la palabra «pánico».
Además,
en aquella región había un templo dedicado al emperador César Augusto, quien
era venerado como una divinidad dentro del mundo romano. Fue precisamente a ese
ambiente pagano y espiritualmente oscuro adonde Jesús condujo a sus discípulos,
posiblemente después de un viaje de dos días, para plantearles una pregunta
monumental.
Jesús
sacó a los Doce de la comodidad de su entorno familiar, de sus pueblos de
pescadores y de sus vecinos judíos, por una razón muy concreta. Quería que
respondieran a su pregunta no en medio de lo conocido y seguro, sino en un
lugar marcado por la confusión espiritual y la idolatría.
¿Para
qué? Para que la fe pudiera ser proclamada también allí, y para que la gracia
divina confrontara las tinieblas que impregnaban aquella región.
Hermanos,
también nosotros vivimos en medio de múltiples idolatrías. Quizás ya no
levantamos templos a Pan ni adoramos públicamente a los emperadores, pero
existen otros dioses ante los cuales muchas personas se inclinan: el dinero, el
poder, la apariencia, el placer sin responsabilidad, la violencia, el prestigio
o la ambición desmedida.
Frente
a esos ídolos, Cristo sigue preguntando a su Iglesia: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Al
principio, Jesús preguntó qué decía la gente. Los discípulos respondieron:
«Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o
alguno de los profetas».
Eran
respuestas respetuosas, pero insuficientes. Jesús no era simplemente otro
profeta, un maestro admirable o una figura religiosa más. Por eso formuló la
pregunta que llegaba al corazón de su misión: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy
yo?».
Fue
un momento de prueba espiritual, y Simón respondió con una fe profunda: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios
vivo».
Jesús
contestó con palabras extraordinarias, cuyas consecuencias permanecen hasta
nuestros días:
«Dichoso
tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la
sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y
sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no
prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que
ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra
quedará desatado en el cielo».
Estas
palabras se comprenden mejor a la luz de la primera lectura. El profeta Isaías
anuncia que Dios retirará de su cargo a Sebná y confiará la autoridad a
Eliacín. El Señor declara:
«Pondré
sobre su hombro la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará;
lo que él cierre, nadie lo abrirá».
Eliacín
recibe una responsabilidad que no le pertenece por derecho propio: administrar
la casa del rey y actuar como padre para los habitantes de Jerusalén. La llave
expresa autoridad, pero una autoridad confiada para servir, proteger y cuidar
al pueblo.
Este
pasaje anticipa lo que Jesús realiza en el Evangelio. Si Eliacín recibió la
llave de la casa de David, Pedro recibe las llaves del Reino de los cielos. Si
Eliacín debía velar por el pueblo de Jerusalén, Pedro recibe la misión de
cuidar y fortalecer a toda la comunidad de los creyentes.
Pero
hay una diferencia decisiva: mientras la autoridad de Eliacín se ejercía dentro
de un reino temporal, la misión confiada a Pedro se orienta hacia el Reino de
Dios y permanece al servicio de la Iglesia a través de los siglos.
Con
estas palabras sagradas, Jesús fundó su Iglesia sobre Pedro, constituyéndolo en
el primer Papa. En la tradición bíblica, un cambio de nombre significa una
nueva identidad y una nueva misión. Simón, hijo de Jonás, sería llamado desde
entonces Pedro: Petros
en griego y Cefas
en arameo, palabras que significan «piedra» o «roca».
Pedro
se convirtió así en el fundamento visible sobre el cual sería edificada la
Iglesia de Cristo. Ningún poder pagano, ningún falso dios y ningún gobernante
terrenal podría destruir aquello que Cristo estableció con su autoridad divina.
Sin
embargo, es necesario subrayar algo importante: la fortaleza de Pedro no
procedía de su perfección personal. Sabemos que era impulsivo, que experimentó
temor y que incluso negó al Señor durante la pasión. Su firmeza no dependía
únicamente de sus capacidades humanas, sino de la elección y de la gracia de
Cristo.
Por
eso Jesús no dice: «Tú construirás tu Iglesia». Dice: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia».
La Iglesia es de Cristo. Él la funda, Él la sostiene y Él garantiza que las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Aquí
resuena de manera especial la segunda lectura. San Pablo exclama:
«¡Qué
abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables
sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!».
La
elección de Pedro manifiesta precisamente esa sabiduría divina. Según los
criterios humanos, quizás habríamos buscado a alguien más instruido, más
influyente o menos propenso a equivocarse. Pero Dios escoge a un pescador, lo
transforma mediante su gracia y lo convierte en piedra para sostener la
comunión de la Iglesia.
Los
caminos de Dios no son nuestros caminos. Su sabiduría supera nuestros cálculos,
porque, como proclama san Pablo, «de Él, por Él y para Él existe todo».
También
el salmo nos ayuda a comprender este misterio cuando responde:
«Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de
tus manos».
La
Iglesia es obra de las manos del Señor. Aunque sus miembros seamos frágiles,
aunque existan pecados, heridas, escándalos o dificultades, Dios no abandona
aquello que ha comenzado. La historia de la Iglesia no se explica únicamente
por la capacidad de sus pastores o por la fidelidad de sus miembros, sino por
la misericordia y la promesa de Cristo.
Por
eso debemos reflexionar sobre el significado del ministerio del Papa. También
hoy, en el sucesor de san Pedro, continúan resonando por todo el mundo las
palabras pronunciadas por Simón: «Tú
eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Esta
es la primera y más importante responsabilidad del Papa: dar testimonio de
Cristo, el Hijo de Dios. Su misión no consiste en ocupar un lugar de prestigio
o ejercer un poder mundano, sino en confirmar a sus hermanos en la fe,
custodiar la unidad de la Iglesia y anunciar el Evangelio.
A
pesar de las debilidades personales de algunos papas y de la santidad de otros,
es Jesús quien estableció a Pedro y a sus sucesores como fundamento visible de
la comunión eclesial. Nuestra confianza no descansa en la impecabilidad de las
personas, sino en la fidelidad de Cristo.
Por
eso debemos orar por el Santo Padre y confiar en el testimonio que el
ministerio de Pedro ha ofrecido desde aquel primer momento en Cesarea de
Filipo. Se trata de un testimonio sostenido no por la fuerza humana, sino por
la promesa del Señor.
Profesar
nuestra fe en el ministerio que Cristo confió a Pedro significa, en definitiva,
profesar nuestra fe en Aquel que lo instituyó y lo revistió de autoridad para
servir a su pueblo.
Ahora
bien, estas palabras también nos comprometen personalmente. Jesús no pregunta
únicamente qué enseña el Papa, qué predica el sacerdote o qué recuerda el
catecismo. Jesús nos mira y nos pregunta a cada uno: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?».
¿Es
Cristo verdaderamente el centro de nuestra vida? ¿Es nuestro Señor en los momentos
de alegría y también cuando atravesamos el dolor? ¿Lo reconocemos cuando
debemos perdonar, compartir con el necesitado y acompañar al hermano que sufre?
En
medio de las dificultades de nuestras familias, de las heridas de Colombia y
del sufrimiento de tantas personas afectadas por la violencia, la pobreza o las
emergencias, necesitamos proclamar con renovada convicción que Cristo es el
Hijo del Dios vivo.
Y
esa proclamación debe traducirse en obras concretas. Quien reconoce a Jesús
como Señor no permanece indiferente ante el dolor de sus hermanos. La fe abre
puertas, construye comunión, sostiene la esperanza y se convierte en
solidaridad.
Pidámosle
al Señor que nuestra confianza permanezca firme, incluso cuando parezca que la
oscuridad se extiende. Frente a los ídolos de nuestro tiempo, frente al miedo y
la desesperanza, Cristo continúa edificando su Iglesia y repitiéndonos que las
puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
Concluyamos
haciendo nuestra esta oración:
Señor mío, tú eres el Mesías, el Hijo del Dios
vivo. Junto con Simón, profeso esta verdad y pongo mi fe en ti, que
estableciste a Simón, hijo de Jonás, como Pedro, la roca y fundamento de tu
Iglesia.
Creo y confieso que las puertas del infierno
nunca prevalecerán contra la Iglesia, no por la fuerza o la perfección humanas,
sino por tu promesa eterna.
Oro por nuestro Santo Padre, el Papa, y por
todos sus sucesores. Haz que sean testigos verdaderos y fieles de aquella
confesión pronunciada por primera vez por san Pedro.
Jesús, en ti confío. Amén.


