sábado, 10 de octubre de 2026

11 de octubre del 2026: vigésimo octavo domingo del tiempo ordinario-ciclo A


Partícipes de la alegría

Esta parábola sigue a la de los viñadores homicidas, en la que se habla de un propietario que viene a reclamar a sus administradores el fruto de su viña. En ambos casos, Dios toma la iniciativa y se encuentra con el rechazo humano. Pero, en el relato de las bodas, se concreta una invitación maravillosa: el Padre quiere hacernos partícipes de la alegría de su Hijo.

Isaías anunciaba ya un banquete preparado para todos los pueblos. Allí Dios enjugaría las lágrimas y destruiría la muerte. Esta promesa abre un horizonte para nuestras vidas sometidas a la prueba: nuestros sufrimientos no han sido olvidados y nuestra esperanza descansa en la fidelidad de Aquel que nos ama.

El salmo 22 da a esta esperanza un tono muy personal. El Señor es ese pastor que nos conduce y nos acompaña incluso por las cañadas oscuras. Es también el anfitrión que nos acoge: «Preparas una mesa ante mí». Su bondad nos alcanza en medio de las dificultades; su casa se convierte en nuestra morada. Somos esperados, alimentados y amados.

Pablo lo experimenta tanto en la abundancia como en la pobreza: Cristo le da la fuerza para atravesar cada situación. También agradece a los filipenses que hayan compartido su tribulación. El cuidado de Dios adquiere así el rostro de hermanos y hermanas que saben dar y sostener.

Sin embargo, los invitados de la parábola prefieren sus campos y sus negocios. Su indiferencia nos interpela: ¿qué lugar reservamos a la llamada de Dios? La invitación llega después a todos los que encuentran los servidores. Es gratuita y pide una respuesta verdadera. Podemos reconocer en el traje de fiesta un corazón renovado por la gracia, que aprende a amar, a perdonar y a compartir.

Cada Eucaristía nos permite saborear ya la alegría de este banquete. Cristo nos reúne a su mesa y nos entrega su vida. Acerquémonos con nuestras pobrezas y con el deseo de dejarnos transformar. Después, volvamos al encuentro de nuestros hermanos, atentos a quienes todavía esperan una presencia, un poco de pan o una palabra de esperanza.

Dios quiere hacernos partícipes de su alegría. ¿Le abriremos nuestro corazón?

 



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Primera lectura

Is 25, 6-10a

Preparará el Señor un festín, y enjugará las lágrimas de todos los rostros

Lectura del libro de Isaías.

PREPARARÁ el Señor del universo para todos los pueblos,
en este monte, un festín de manjares suculentos,
un festín de vinos de solera;
manjares exquisitos, vinos refinados.
Y arrancará en este monte
el velo que cubre a todos los pueblos,
el lienzo extendido sobre todas las naciones.
Aniquilará la muerte para siempre.
Dios, el Señor, enjugará las lágrimas de todos los rostros,
y alejará del país el oprobio de su pueblo
—lo ha dicho el Señor—.
Aquel día se dirá: «Aquí está nuestro Dios.
Esperábamos en él y nos ha salvado.
Este es el Señor en quien esperamos.
Celebremos y gocemos con su salvación,
porque reposará sobre este monte la mano del Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 6cd)

R. Habitaré en la casa del Señor
por años sin término.


V. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas.
R.

V. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
R.

V. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa.
R.

V. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término.
R.

 

Segunda lectura

Flp 4, 12-14. 19-20

Todo lo puedo en aquel que me conforta

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

HERMANOS:
Sé vivir en pobreza y abundancia. Estoy entrenado en todo y para todo: a la hartura y al hambre, a la abundancia y a la privación. Todo lo puedo en aquel que me conforta. En todo caso, hicieron bien en compartir mis tribulaciones.
En pago, mi Dios proveerá a todas sus necesidades con magnificencia, conforme a su riqueza en Cristo Jesús.
A Dios, nuestro Padre, la gloria por los siglos de los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama.
R

 

Evangelio

Mt 22, 1-14 (forma larga)

A todos los que encuentren, llámenlos a la boda

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales. Cuando el rey entró a saludar a los comensales, reparó en uno que no llevaba traje de fiesta y le dijo:
“Amigo, ¿cómo has entrado aquí sin el vestido de boda?”.
El otro no abrió la boca. Entonces el rey dijo a los servidores:
“Átenlo de pies y manos y arrójenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el rechinar de dientes”.
Porque muchos son los llamados, pero pocos los elegidos».

Palabra del Señor.



Mt 22, 1-10 (forma breve)

A todos los que encuentren, llámenlos a la boda

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, volvió a hablar Jesús en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo:
«El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo; mandó a sus criados para que llamaran a los convidados, pero no quisieron ir. Volvió a mandar otros criados encargándoles que dijeran a los convidados:
“Tengo preparado el banquete, he matado terneros y reses cebadas y todo está a punto. Vengan a la boda”.
Pero ellos no hicieron caso; uno se marchó a sus tierras, otro a sus negocios, los demás agarraron a los criados y los maltrataron y los mataron.
El rey montó en cólera, envió sus tropas, que acabaron con aquellos asesinos y prendieron fuego a la ciudad.
Luego dijo a sus criados:
“La boda está preparada, pero los convidados no se la merecían. Vayan ahora a los cruces de los caminos y a todos los que encuentren, llámenlos a la boda”.
Los criados salieron a los caminos y reunieron a todos los que encontraron, malos y buenos. La sala del banquete se llenó de comensales».

Palabra del Señor.

 

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1

 

Invitados a la alegría de Dios

 

Hermanos queridos:

Cuenta un chiste que un matrimonio, después de casi sesenta años juntos, llegó al cielo. San Pedro les mostró una casa preciosa y un banquete extraordinario. El esposo, acostumbrado a cuidar cada peso, preguntó:

—¿Cuánto cuesta comer aquí?
—Nada. ¡Esto es el cielo!

Más tarde, ante otro buffet, el hombre volvió a preguntar:

—¿Y dónde está la comida baja en grasas y colesterol?
—Aquí pueden disfrutar de todo —respondió san Pedro—. ¡Ya no hay enfermedad!

Entonces el abuelo miró a su esposa y exclamó:

—¡Todo es culpa tuya! ¡Si no fuera por tus magdalenas de salvado y tu dieta sin azúcar, podríamos haber llegado hace diez años!

Es un chiste, por supuesto. Cuidemos con gratitud la vida que Dios nos entrega. Pero esa sorpresa del abuelo nos ayuda a escuchar el Evangelio: ¡Dios quiere compartir con nosotros su alegría! Jesús compara el Reino con una boda. El Padre tiene preparada la mesa y desea vernos reunidos alrededor de su Hijo.

La primera lectura nos permite mirar más allá de nuestros sufrimientos. Isaías anuncia un banquete para todos los pueblos y promete que Dios vencerá la muerte y secará las lágrimas. Pensemos en quienes lloran a un ser querido, en quien espera un diagnóstico, en una madre preocupada por sus hijos. Dios conoce esos rostros. Su promesa nos permite confiar en que el dolor tendrá un final y en que nuestra vida está llamada a la comunión con él.

Fijémonos también en la amplitud de esa mesa: hay una invitación para todos los pueblos. Cuando nosotros reducimos nuestro cariño a los que piensan como nosotros o nos caen bien, la Palabra nos ensancha el corazón. En nuestras familias y comunidades también hacen falta sillas para quienes solemos dejar al margen.

El salmo lo expresa con una imagen cercana: «Preparas una mesa ante mí». El Señor, nuestro pastor, nos conduce y restaura nuestras fuerzas. Nos acompaña incluso por las cañadas oscuras. Podemos acudir a él con el cansancio de la semana y decirle: «Señor, me cuesta seguir, pero confío en que caminas conmigo». Su presencia sostiene también a quien todavía no encuentra la salida.

Sin embargo, en el Evangelio, algunos invitados rechazan la fiesta. Uno se va al campo, otro a sus negocios. Trabajar es necesario y bueno; el problema aparece cuando nuestras ocupaciones absorben todo el corazón y aplazamos siempre la respuesta a Dios.

Esto recuerda otro cuento. Un sastre arreglaba la ropa de todo el pueblo, pero llevaba su propio abrigo lleno de rotos. Decía que estaba demasiado ocupado para remendarlo. Un amigo decidió ayudarlo:

—Te pago el arreglo. Considérame un cliente y arregla tu abrigo.

Al domingo siguiente apareció con los mismos agujeros.

—¿Pero no te pagué para que lo arreglaras?
—Sí —respondió el sastre—, pero hice las cuentas… ¡y por ese dinero el trabajo no me salía rentable!

¡Siempre encontraba una excusa! A veces también nosotros: «Cuando tenga tiempo, rezaré; cuando se calme todo, me confesaré; cuando el otro cambie, lo perdonaré». Mientras esperamos unas condiciones perfectas, pasan los años. El Señor nos llama en medio de la vida que tenemos. Hoy podemos darle una respuesta concreta.

El rey manda entonces buscar invitados por los caminos. Los servidores reúnen a buenos y malos. Esa sala se parece a la Iglesia: personas distintas, heridas por el pecado y necesitadas de misericordia. Dios nos invita gratuitamente y nos ofrece la posibilidad de comenzar de nuevo.

Pero aparece un hombre sin traje de fiesta. Ese detalle nos pregunta cómo estamos acogiendo la invitación. Podemos reconocer en ese vestido la vida nueva que recibimos de Cristo: una gracia que quiere transformar nuestras relaciones y decisiones. La dureza del desenlace nos recuerda que nuestra respuesta tiene consecuencias.

En el Bautismo fuimos revestidos de Cristo. Ese regalo pide hacerse visible cada día: en la honradez del trabajo, en la paciencia dentro de casa, en una reconciliación que dejamos pendiente. Conviene preguntarnos qué necesita cambiar en nosotros para que nuestra participación en la misa dé fruto durante la semana.

San José Benito Cottolengo nos ofrece un testimonio. En Turín, en 1827, acompañó en su agonía a una madre que, estando embarazada y enferma, no había encontrado acogida en los hospitales. Su muerte y el dolor de aquella familia lo conmovieron profundamente. Fue a orar ante el Santísimo y se preguntó qué le pedía Dios. A partir de aquella experiencia dedicó sus capacidades a organizar ayuda para los más necesitados, hasta dar vida a la Pequeña Casa de la Divina Providencia.

Cottolengo respondió abriendo espacio para otros. También nosotros podemos preparar una mesa: llevar comida a un enfermo, visitar a alguien que vive solo, compartir lo que tenemos. La caridad permite que otra persona experimente, a través de nuestras manos, algo de la ternura de Dios.

Precisamente san Pablo, en la segunda lectura, agradece a los filipenses que hayan compartido su tribulación. Él conoce tanto la abundancia como la necesidad, y encuentra su fortaleza en Cristo: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». Habla de la capacidad de mantenerse fiel en circunstancias difíciles. Podemos hacer nuestra esa confianza cuando nos cuesta cuidar a un enfermo, perseverar en una responsabilidad o dar el primer paso hacia la paz.

Y fijémonos: Pablo confía en Dios y agradece la ayuda humana. La providencia llega muchas veces mediante un hermano que escucha o comparte. Quizás esta semana el Señor quiera servirse de nosotros para responder a la oración de alguien.

Ahora estamos alrededor de la mesa de la Eucaristía. Aquí Cristo se nos da como alimento y nos hace gustar anticipadamente el banquete de su Reino. Preparémonos para recibirlo con fe y un sincero deseo de conversión. Si tenemos conciencia de un pecado grave, acudamos a la confesión antes de comulgar. El Señor ha puesto también a nuestro alcance ese encuentro de perdón.

Al salir de misa, la invitación seguirá resonando en nuestra vida. Pensemos en una respuesta para esta semana: reservar un momento para orar, buscar la reconciliación o acercarnos a alguien que necesita compañía. Que la alegría de encontrarnos con Cristo se note en nuestro trato.

Antes de terminar, dejemos que esta pregunta nos acompañe: ¿qué excusa necesito abandonar para responder hoy a Dios, y a quién puedo hacerle un lugar en mi mesa?

Señor Jesús, gracias por invitarnos a tu alegría. Perdona nuestras excusas y renueva en nosotros la gracia del Bautismo. Danos hambre de tu presencia y un corazón disponible para nuestros hermanos. Santísima Virgen María, ayúdanos a escuchar a tu Hijo y a responder con generosidad. Acompáñanos hasta el encuentro definitivo en la casa del Padre. Amén.

 

2

 

Jesús, tomando de nuevo la palabra, habló en parábolas a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo, diciendo: «El Reino de los cielos puede compararse con un rey que ofreció un banquete de bodas para su hijo. Envió a sus servidores a llamar a los invitados al banquete, pero ellos se negaron a venir»

(Mateo 22,1-3).

La parábola de hoy forma parte de las últimas enseñanzas de Jesús en Jerusalén durante la Semana que tendría lugar su captura, pasión y muerte. Continúa su confrontación directa con los dirigentes religiosos de Israel, específicamente con los sumos sacerdotes y los ancianos. Mediante este relato, Jesús revela el misterio del Reino, la tragedia del rechazo por parte de Israel y la llamada universal a la salvación.

El tema central de esta parábola se encuentra en la frase inicial: «El Reino de los cielos puede compararse con un rey que ofreció un banquete de bodas para su hijo». En esta parábola, el rey es Dios Padre, el Hijo es Jesús y el banquete de bodas representa el banquete mesiánico: una celebración de la alegría eterna de la unión con Dios. Hoy, la Santa Misa es una participación real en ese banquete mesiánico y un anticipo de su plenitud futura.

La primera lectura, tomada de Isaías 25,6-10a, anuncia precisamente este horizonte: el Señor prepara un banquete para todos los pueblos, vence definitivamente a la muerte y seca las lágrimas de los rostros. La abundancia de los alimentos y la calidad de los vinos expresan la generosidad de la salvación que Dios ofrece. La invitación del rey en el Evangelio prolonga esta promesa: el Padre quiere reunir a la humanidad en la alegría de su Hijo.

El salmo 22(23) convierte esta promesa en una experiencia personal de confianza: «Preparas una mesa ante mí». El Señor es nuestro pastor; nos alimenta, restaura nuestras fuerzas y permanece a nuestro lado incluso cuando atravesamos cañadas oscuras. Al acercarnos a la Eucaristía, podemos reconocer esa mesa preparada por su amor y renovar nuestra esperanza de habitar para siempre en su casa.

Los primeros invitados «se negaron a venir». Comúnmente se entiende que esto se refiere a muchos entre el pueblo de Israel que rechazaron a Jesús como Mesías, especialmente a los dirigentes religiosos. La segunda invitación fue ignorada por algunos y recibida con hostilidad por otros. Esto refleja la manera en que fueron tratados los profetas a lo largo de la historia de la salvación: ignorados, rechazados y, con frecuencia, perseguidos.

Cuando el rey se enteró de su negativa, envió sus tropas para destruir a quienes habían sido invitados, lo cual constituye una clara referencia a la justicia de Dios, a su juicio y a la pena del pecado grave: la muerte espiritual. El rey envía entonces a sus servidores a invitar a todos los que puedan encontrar. Esta es la misión de la Iglesia. Desde el momento en que Jesús fundó su Iglesia y la confió a los Apóstoles, la invitación al banquete celestial se ha extendido hasta los confines de la tierra y continúa hasta nuestros días.

Cada uno de nosotros ha recibido esta invitación divina. Hoy, la manera más plena de participar en el banquete de bodas es a través de la Santa Misa. La Misa es verdaderamente nuestro banquete de bodas, y nuestra unión con Cristo queda sellada en la Sagrada Comunión. Pero ¿vemos la Misa de esta manera? Con frecuencia tendemos a valorar la Misa según la personalidad y la predicación del sacerdote, la calidad de la música u otros elementos superficiales.

Cuando no asistimos a la Misa como asistiríamos al banquete de bodas del Hijo de Dios, entonces, al igual que el primer grupo, «nos negamos a venir», aunque estemos físicamente presentes. La verdadera asistencia exige atención espiritual y participación interior. Cuando consideramos la Misa una carga o un inconveniente, actuamos como aquellos del segundo grupo que respondieron con indiferencia u hostilidad.

Lo ideal sería que asistiéramos a Misa todos los domingos —y con mayor frecuencia, si fuera posible—, de buena gana, con alegría, con reverencia y con el corazón preparado para encontrarnos con el Esposo. Esto exige que permanezcamos en estado de gracia. La parábola termina con una imagen que invita a una seria reflexión: un hombre que se encuentra en el banquete sin el traje de bodas es arrojado a las tinieblas. El «traje de bodas» simboliza el estado del alma, especialmente la presencia de la gracia santificante, que se recibe en el Bautismo y se restaura mediante la Confesión. Acercarnos al altar sin este vestido supone correr el riesgo de ser arrojados fuera, como lo fue el hombre de la parábola. Por tanto, debemos examinar nuestra conciencia, arrepentirnos del pecado y preparar nuestro corazón con devoción para que podamos participar dignamente de este alimento celestial.

La segunda lectura, Filipenses 4,12-14.19-20, nos ayuda a responder a esta invitación confiando en Cristo. Pablo ha aprendido a vivir tanto en la abundancia como en la necesidad y encuentra en el Señor la fuerza para perseverar: «Todo lo puedo en aquel que me conforta». También agradece a los filipenses que hayan compartido su tribulación. Así, nuestra participación en el banquete eucarístico está llamada a expresarse en una vida sostenida por Cristo y en una solidaridad concreta con quienes sufren o carecen de lo necesario.

Reflexiona hoy sobre la Misa como el verdadero banquete de bodas del Cordero. ¿Te acercas a esta celebración sagrada con alegre reverencia, preparación espiritual y un amor auténtico por el Esposo? Esfuérzate por hacer que tu presencia en la Misa sea mucho más que física; permite que sea la expresión de un alma debidamente revestida, que responde con alegría a la invitación del Rey. Que nuestra participación digna en la Eucaristía sea un anticipo del banquete eterno preparado para quienes son invitados y responden con todo su corazón.

Rey mío y Esposo de la Iglesia, la Misa es tu banquete de bodas y un anticipo del banquete eterno del Cielo. Nos invitas a esta fiesta no solo corporalmente, sino con corazones recogidos, mentes atentas y almas preparadas por la gracia. Que siempre responda a tu invitación con fe y amor, y celebre la Santa Misa con todo mi corazón, revestido del traje de la gracia santificante. Jesús, en ti confío.

 


10 de octubre del 2026: sábado de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- San Daniel Comboni-memoria opcional

 

Testigo de la fe:

San Daniel Comboni (1831–1881)

«Ganar África para Cristo»: tal fue la aspiración de este tenaz sacerdote italiano que fundó dos congregaciones religiosas misioneras. Nombrado obispo de Jartum (Sudán), luchó contra los traficantes de esclavos.

Nacido en una familia humilde de Italia, recibió la ordenación sacerdotal en 1854 y partió hacia África en 1857. Las enfermedades, las dificultades y la muerte de sus compañeros no apagaron su ardor misionero. Su proyecto se resumía en una convicción: «Salvar África por medio de África», promoviendo que los propios africanos fueran protagonistas de la evangelización de sus pueblos. Fundó los institutos de los Misioneros Combonianos en 1867 y de las Misioneras Combonianas en 1872.

En 1877 fue nombrado vicario apostólico de África Central y consagrado obispo. Desde Jartum, perseveró en el anuncio del Evangelio y en la defensa de la dignidad de las personas esclavizadas. Murió el 10 de octubre de 1881, a los cincuenta años. San Juan Pablo II lo canonizó el 5 de octubre de 2003.

Su testimonio nos invita a unir el anuncio de Jesucristo con el servicio a los más olvidados, confiando en que Dios hace fecunda nuestra entrega, incluso en medio de las dificultades.

San Daniel Comboni, ruega por nosotros y por todos los misioneros.

 


 

¡Liberados!

¡Ya no hay esclavos, todos libres! San Pablo sabía bien lo que significaba ser esclavo. Tras atravesar el mar Rojo, el pueblo que había salido de la esclavitud en Egipto había descubierto la libertad…

En Cristo, esta liberación adquiere una profundidad nueva: por la fe y el bautismo somos hijos de Dios. Las diferencias de origen, condición social o sexo no pueden convertirse en barreras que separen o rebajen nuestra dignidad. Todos estamos llamados a ser uno en Cristo Jesús, herederos de la promesa y miembros de una misma familia.

Pero la libertad recibida necesita hacerse vida. Jesús nos señala el camino: escuchar la Palabra de Dios y ponerla en práctica. Ser libres es aprender a amar sin quedar prisioneros del egoísmo, del miedo o de los prejuicios. La Palabra acogida en el corazón transforma nuestra manera de mirar y de actuar.

María vivió plenamente esta libertad: escuchó, creyó y respondió con toda su existencia. Con ella, dejémonos conducir por el Señor hacia la alegría de sus hijos.

Señor Jesús, libéranos de cuanto nos impide amar y enséñanos a vivir tu Palabra. Amén.



 

Primera lectura

Gál 3, 22-29

Todos son hijos de Dios por la fe

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.


HERMANOS:
La Escritura lo encerró todo bajo el pecado, para que la promesa se otorgara por la fe en Jesucristo a los que creen.
Antes de que llegara la fe, éramos prisioneros y estábamos custodiados bajo la ley hasta que se revelase la fe.
La ley fue así nuestro pedagogo, hasta que llegara Cristo, a fin de ser justificados por fe; pero una vez llegada la fe, ya no estamos sometidos al pedagogo. Pues todos son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
Cuantos han sido bautizados en Cristo, se han revestido de Cristo. No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos ustedes son uno en Cristo Jesús. Y si son de Cristo, son descendencia de Abrahán y herederos según la promesa.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 8a)

R. El Señor se acuerda de su alianza eternamente.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
R.

V. Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca.
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. R.

 

Evangelio

Lc 11, 27-28

Bienaventurado el vientre que te llevó. Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

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La libertad de escuchar y vivir la Palabra

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos ofrece una promesa que puede acompañarnos durante toda la jornada: hay una felicidad que nace de escuchar a Dios y vivir su Palabra. Jesús la pone al alcance de todos. Y san Pablo nos ayuda a comprender por qué podemos responder a esa invitación: por la fe y el bautismo pertenecemos a Cristo y hemos recibido la dignidad de hijos de Dios.

La palabra «liberados» nos lleva a recordar al pueblo de Israel atravesando el mar Rojo y dejando atrás la esclavitud de Egipto. Aquella salida inauguró un camino en el que el pueblo tuvo que aprender a confiar en Dios. También nuestra libertad cristiana necesita crecer: podemos desear sinceramente el bien y descubrir, al mismo tiempo, cuánto nos cuesta desprendernos del orgullo o del resentimiento.

En la primera lectura, Pablo reconoce la función de la Ley como una guía que preparó el camino hacia Cristo. Ahora nos invita a acoger la salvación que Jesús nos ofrece. La vida nueva comienza con su gracia; nuestra fidelidad es la respuesta agradecida a ese amor. Cuando olvidamos esto, podemos vivir la religión como una carga y perder la confianza de los hijos.

El bautismo nos ha unido a Cristo. Por eso, las diferencias entre judíos y griegos, esclavos y libres, hombres y mujeres no pueden convertirse en motivos para negar la dignidad de nadie. Esta enseñanza toca nuestra comunidad: el dinero, el apellido o la preparación académica no hacen que alguien valga más ante Dios. Cada persona merece ser acogida y escuchada.

Señor, ayúdanos a creer lo que tantas veces hemos oído: somos tus hijos. Que esa certeza cambie nuestra manera de tratarnos y nos dé valor para reconocer a quienes hemos despreciado.

El salmo nos permite descansar en una certeza: «El Señor se acuerda de su alianza eternamente». En la Biblia, ese recuerdo de Dios expresa su fidelidad activa: sostiene a su pueblo y cumple sus promesas. Podemos volver a él después de una caída porque su misericordia sigue llamándonos. La conversión comienza también cuando dejamos de escondernos y nos atrevemos a confiar.

El salmista nos invita, además, a buscar al Señor y recordar sus maravillas. A veces, una preocupación ocupa tanto espacio que nos hace olvidar todo el bien recibido. Hagamos memoria de una ayuda oportuna, de una reconciliación, de alguien que nos sostuvo cuando estábamos débiles. Ese agradecimiento alimenta la esperanza y dispone el corazón para escuchar.

Entremos ahora en la escena del Evangelio. Jesús está hablando y, entre la multitud, una mujer levanta la voz para felicitar a la madre que lo llevó en su seno y lo amamantó. Podemos reconocer en ese gesto algo muy cercano: cuando una persona nos conmueve por su bondad, pensamos con gratitud en quien la crió. La mujer expresa su admiración por Jesús elogiando a su madre.

Jesús responde: «Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen». Con estas palabras abre a toda la multitud el camino de la bienaventuranza. Cada uno puede acoger a Dios y permitir que su Palabra dé fruto.

Esta respuesta ilumina la grandeza de María. Su maternidad divina es un don único, y toda su vida está marcada por la fe con que acogió ese don. Escuchó el anuncio del ángel, se puso a disposición de Dios y siguió creyendo cuando no comprendía todo lo que ocurría. Guardó los acontecimientos en su corazón y permaneció unida a su Hijo hasta la cruz. La dicha que Jesús proclama resplandece en ella.

Al escuchar a Jesús, también nosotros podemos sentirnos incluidos. Quizá alguno piense que sabe poco de la Biblia, que tiene un pasado difícil o que le cuesta expresarse al rezar. El Señor le ofrece un camino real de cercanía: escuchar su voz y responder desde la vida que tiene hoy. La santidad puede crecer en una casa sencilla, en el trabajo del campo o junto a la cama de un enfermo.

Detengámonos en el primer verbo: escuchar. Hace falta dar tiempo a Dios y dejar que nos hable personalmente. Podemos oír una lectura y pensar enseguida en la persona que debería cambiar. La escucha creyente nos lleva a preguntarnos qué necesita transformar el Señor en nosotros. Una frase del Evangelio, acogida con humildad, puede ayudarnos a reconocer una herida que debemos atender o una conducta que debemos corregir.

El segundo verbo es cumplir. La Palabra busca una respuesta concreta. Si hemos escuchado una invitación al perdón, podemos comenzar pidiendo la gracia de soltar el rencor. Si reconocemos que nuestras palabras han herido, podemos pedir perdón. Si el Evangelio nos acerca al que sufre, podemos dedicarle tiempo y ayudarlo según nuestras posibilidades.

Muchas veces esa respuesta será pequeña y exigirá perseverancia. Habrá que volver a intentarlo al día siguiente. Dios conoce nuestra fragilidad y nos sostiene con su gracia. La felicidad que Jesús promete puede convivir con el esfuerzo y con las lágrimas: es la alegría profunda de sabernos amados y de caminar en su amistad.

Aquí se unen la primera lectura y el Evangelio. Cristo nos comunica una libertad que va madurando en el amor. Cuando podemos responder con serenidad a una ofensa o actuar con honradez aunque perdamos una ventaja, esa libertad empieza a tomar forma en nuestra vida. Escuchar al Señor nos ayuda a elegir el bien con un corazón cada vez más disponible.

San Daniel Comboni, a quien recordamos hoy, dio una respuesta concreta a la Palabra: dedicó su vida a la evangelización de África y luchó contra la esclavitud. Además, confió en que los propios africanos fueran protagonistas de la evangelización de sus pueblos. Su testimonio nos anima a unir la fe con la defensa de la dignidad humana y a reconocer los dones de las personas a quienes servimos.

En este sábado nos confiamos especialmente a la Virgen María. Nuestra devoción a ella encuentra fruto cuando aprendemos de su escucha y de su disponibilidad. Al rezar el Rosario, podemos presentarle una situación concreta y pedirle que nos ayude a responder como discípulos de Jesús: con paciencia en casa, con honestidad en nuestras responsabilidades, con atención a quien necesita compañía.

Dentro de unos momentos nos acercaremos a la mesa del Señor. El mismo Cristo que nos habla se nos entrega como alimento. Traigamos ante él nuestras resistencias y también nuestro deseo de cambiar. Pidámosle que su presencia nos fortalezca para vivir, al salir de esta Eucaristía, la Palabra que hemos escuchado.

Dejemos que una pregunta nos acompañe hoy: ¿Qué palabra de Jesús necesito tomar en serio y qué paso concreto voy a dar para ponerla en práctica?

Señor Jesús, gracias por hacernos hijos del Padre y reunirnos como hermanos. Libéranos de aquello que endurece nuestro corazón. Danos la humildad de escucharte y la fortaleza de responder a tu amor.

Virgen María, Madre nuestra, enséñanos a guardar la Palabra y a vivirla con fidelidad. Acompaña a nuestras familias y ayúdanos a llevar a los demás la alegría de creer. Amén.


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Daniel Comboni (1831-1881)

   


Daniel Comboni: hijo de campesinos pobres que llegó a ser el primer obispo de África Central y uno de los más grandes misioneros de la historia de la Iglesia.

Cuando el Señor decide intervenir y encuentra un alma generosa y disponible, podemos ver realizarse cosas grandes y nuevas.

  

Hijo “único” – Santos Padres 

Daniel Comboni nació en Limone sul Garda (Brescia - Italia) el 15 de marzo de 1831, en el seno de una familia de campesinos al servicio de un rico señor de la región. Su padre Louis y su madre Dominique están muy apegados a Daniel, el cuarto de ocho hijos, casi todos los cuales murieron a una edad temprana. Forman una familia unida, rica en fe y en valores humanos, pero pobre en medios económicos. Es precisamente la pobreza de la familia comboniana la que empuja a Daniel a dejar su pueblo para ir a la escuela de Verona, en el Instituto del Abad Nicolás Mazza.

Durante estos años pasados​​en Verona, Daniel descubrió su vocación al sacerdocio, completó sus estudios de filosofía y teología y, sobre todo, se abrió a la misión de África Central, atraído por el testimonio de los primeros misioneros del abad Mazza que regresaban del país. Continente africano. En 1854, Daniel Comboni fue ordenado sacerdote y tres años después partió hacia África con otros cinco misioneros del padre Mazza, con la bendición de su madre Dominique que le dijo: “Ve, Daniel, y que el Señor te bendiga”. 

En el corazón de África - con África en su corazón 

Después de cuatro meses de viaje, la expedición misionera de la que Comboni formaba parte llegó a Jartum, capital de Sudán. El impacto del contacto con la realidad africana es enorme. Comboni se da cuenta inmediatamente de las dificultades que entraña su nueva misión. El cansancio, el clima difícil, las enfermedades, la muerte de numerosos jóvenes compañeros de misión, la pobreza y la situación de abandono de las personas, lo empujan cada vez más a continuar y no abandonar lo que con tanto esfuerzo había iniciado. Desde la misión de Santa Cruz, escribió a sus padres: “Tendremos que cansarnos, sudar, morir; pero el pensamiento de que sudamos y morimos por amor a Jesucristo y a la salvación de las almas más abandonadas del mundo es demasiado dulce para hacernos desistir de esta gran empresa”.

Al presenciar la muerte en África de un joven compañero misionero, Comboni, en lugar de desanimarse, se sintió aún más confirmado internamente en su decisión de continuar su misión: “O África o la muerte”.

Y son siempre África y sus pueblos los que empujan a Comboni, una vez de regreso a Italia, a desarrollar una nueva estrategia misionera. En 1864, mientras rezaba ante la tumba de San Pedro en Roma, Daniel fue sorprendido por una iluminación deslumbrante que lo impulsó a desarrollar su famoso "Plan para la regeneración de África", un proyecto misionero que podría sintetizarse en una frase: “ Save Africa by Africa”, fruto de su confianza ilimitada en las capacidades humanas y religiosas del pueblo africano.

 

Un obispo misionero original 

En medio de tantas dificultades e incomprensiones, Daniel Comboni comprende que la sociedad europea y la Iglesia católica están llamadas a considerar más seriamente la misión de África Central. Para ello se dedicó a una incansable animación misionera en todos los rincones de Europa, pidiendo ayuda espiritual y material para las misiones a los Reyes, a los Obispos, a los ricos y sencillos y a los pobres. Y como instrumento de animación misionera fundó una revista misionera, la primera en Italia.

Su fe inquebrantable en el Señor y en África le llevó a fundar, en 1867 y 1872 respectivamente, los Institutos masculino y femenino de sus misioneros, más tarde conocidos como Misioneros Combonianos y Hermanas Misioneras Combonianas.

Como teólogo del obispo de Verona, participó en el Concilio Vaticano I, haciendo que 70 obispos suscribieran una petición a favor de la evangelización de África Central ( Postulatum pro Nigris Africæ Centralis ).

El 2 de julio de 1877, Comboni fue nombrado Vicario Apostólico de África Central; un mes después fue consagrado obispo: es la confirmación de que sus ideas y sus acciones, consideradas por muchos demasiado valientes o incluso locas, son muy eficaces para el anuncio del Evangelio y la liberación del continente africano.

Durante los años 1877-1878, con sus misioneros y misioneras, sufrió en cuerpo y mente la tragedia de una sequía y una hambruna sin precedentes, que redujo a la mitad la población local y agotó al personal y la actividad misionera.

 

La cruz, amiga y esposa 

En 1880, con siempre la misma valentía, monseñor Comboni regresó a África, por octava y última vez, junto a sus misioneros, decidido a continuar la lucha contra el flagelo de la esclavitud y a consolidar la actividad misionera entre los propios africanos. Al año siguiente, probado por el cansancio, las frecuentes y recientes muertes de sus colaboradores, la amargura de las acusaciones y las calumnias, el gran misionero cayó enfermo. El 10 de octubre de 1881, a la edad de cincuenta años, marcada por la cruz que nunca le abandonó como esposa fiel y amada, murió en Jartum, entre su pueblo, consciente de que su obra misionera no morirá. “Muero”, dijo, “pero mi obra, que es obra de Dios, no morirá”.

Daniel Comboni tenía razón. Su obra no está muerta; al contrario, como todas las grandes obras que "nacen a los pies de la cruz", sigue viviendo gracias al don de la propia vida que viven tantos hombres y mujeres que decidieron seguir a Comboni en el camino. de la ardua y apasionante misión entre los pueblos de la fe más pobres y los más abandonados de la solidaridad humana.

 

Las fechas fundamentales de su vida 

—Daniel Comboni nació en Limone sul Garda (Brescia - Italia) el 15 de marzo de 1831. 

— Dedicó su vida a África (1849), llevando a cabo un proyecto que le llevó a arriesgar su vida varias veces durante extenuantes expediciones misioneras a partir de 1857, año en el que partió por primera vez hacia África. 

— El 31 de diciembre de 1854, año de la proclamación de la Inmaculada Concepción de María, fue ordenado sacerdote por el beato Giovanni Nepomuceno Tschiderer, obispo de Trento. 

— Con la confianza de que los africanos se convertirán ellos mismos en protagonistas de su propia evangelización, prepara un proyecto que pretende “salvar África por África misma” (Plande 1864). 

— Fiel a su lema: “O África o la muerte”, a pesar de las dificultades, continuó su proyecto fundando el Instituto de los Misioneros Combonianos en 1867. 

— De modo profético, anuncia a toda la Iglesia, particularmente en Europa, que ha llegado la hora de la salvación para los pueblos de África. Por ello, aunque sea un simple sacerdote, no duda en comparecer en el Concilio Vaticano I para pedir a los obispos que cada iglesia local se comprometa en la conversión de África ( Postulatum, 1870). 

— Con extraordinaria valentía en su momento, fue el primero en enviar Hermanas Misioneras a la misión de África Central y en 1872 fundó su Instituto de hermanas dedicadas exclusivamente a las misiones: las Misioneras Combonianas. 

— Por los africanos, dedica todas sus energías y lucha por la abolición de la esclavitud. 

— En 1877 fue consagrado Obispo y nombrado Vicario Apostólico de África Central. 

— Agotado por el cansancio y las cruces, murió en Jartum (Sudán), la tarde del 10 de octubre de 1881. 

— El 26 de marzo de 1994 se reconoció el carácter heroico de sus virtudes. 

— El 6 de abril de 1995 fue reconocido el milagro realizado gracias a su intercesión en favor de una joven afrobrasileña, María José de Oliveira Paixão. 

— El 17 de marzo de 1996 fue beatificado por Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro. 

— El 20 de diciembre de 2002 se reconoció el segundo milagro gracias a su intercesión en favor de una madre musulmana de Sudán, Lubna Abdel Aziz. 

— El 5 de octubre de 2003 fue canonizado por Juan Pablo II en la Basílica de San Pedro


Fuente:

 https://www.vatican.va/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_20031005_comboni_fr.html


 

jueves, 8 de octubre de 2026

9 de octubre del 2026: viernes de la vigésima séptima semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Luis Bertrán, sacerdote

 

Testigo de la fe:

San Luis Bertrán, sacerdote


1526-1581

Dominico nacido en Valencia, Luis Bertrán bebió en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio. Su ardor misionero lo llevó a tierras de la actual Colombia, donde evangelizó durante siete años y defendió a los indígenas frente a los abusos de los encomenderos. De regreso a España, se dedicó a formar religiosos, uniendo austeridad de vida y ternura de corazón. Venerado como patrono de Colombia, nos recuerda que la Palabra anunciada debe hacerse caridad y respeto por la dignidad de cada persona.

 


.    San Dionisio y compañeros mártires

✝ 258. Tras venir a evangelizar la Galia, se convirtió en el primer obispo de París. Junto con el sacerdote Eleuterio y el diácono Rustique, murió decapitado en el «monte de los mártires», hoy Montmartre.

 

  ✝️ San Juan Leonardi (1541-1609)

Presbítero y fundador

Nacido en Diecimo, Italia, San Juan Leonardi sintió desde joven la llamada a servir a Cristo con un corazón indiviso. Fundó la Congregación de los Clérigos Regulares de la Madre de Dios, con el propósito de renovar la Iglesia desde la santidad personal y el celo apostólico.

 

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Ha llegado hasta nosotros

Esto resulta difícil de comprender: Jesús es acusado de ser un demonio. Imaginar a Dios severo, duro, al acecho de nuestros pasos en falso, hecho, en definitiva, a nuestra imagen, es algo que a veces nos sucede. Pero reconocer su presencia en la bondad de Jesús, en su poder que libera y levanta, eso sí que sacude nuestras ideas sobre él.

Jesús no viene a encerrarnos en el miedo: viene a arrancarnos de cuanto nos impide amar. Si expulsa los demonios por el dedo de Dios, entonces el Reino de Dios ha llegado hasta nosotros. Está ahí, en medio de nuestras luchas, y es más fuerte que el mal que nos pone a prueba.

Hace falta, sin embargo, abrirle nuestra vida. No basta una casa barrida y bien ordenada: está hecha para ser habitada. Dejemos que Cristo permanezca en nosotros, que su Palabra ilumine nuestras decisiones y que su Espíritu inspire nuestros gestos. Con él, nuestro corazón se convierte en un lugar de paz y acogida.

 

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Primera lectura

Gál 3, 7-14

Los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán, el fiel

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Gálatas.

HERMANOS:
Reconozcan que hijos de Abrahán son los de la fe.
En efecto, la Escritura, previendo que Dios justificaría a los gentiles por la fe, le adelantó a Abrahán la buena noticia de que “por ti serán benditas todas las naciones”.
Así pues, los que viven de la fe son bendecidos con Abrahán el fiel.
En cambio, cuantos viven de las obras de la ley están bajo maldición, porque está escrito:
“Maldito quien no se mantenga en todo lo escrito en el libro de la ley, cumpliéndolo”.
Que en el ámbito de la ley nadie es justificado resulta evidente, pues “el justo por la fe vivirá”; en cambio, la ley no procede de la fe, sino que “quien los cumpla vivirá por ellos”.
Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose por nosotros maldición, porque está escrito:
“Maldito todo el que cuelga de un madero”; y esto, para que la bendición de Abrahán alcanzase a los gentiles en Cristo Jesús, y para que recibiéramos por la fe la promesa del Espíritu.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 110, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 5b)

R. El Señor recuerda siempre su alianza.

O bien:

R. Aleluya.

V. Doy gracias al Señor de todo corazón,
en compañía de los rectos, en la asamblea.
Grandes son las obras del Señor,
dignas de estudio para los que las aman.
R.

V. Esplendor y belleza son su obra,
su justicia dura por siempre.
Ha hecho maravillas memorables,
el Señor es piadoso y clemente.
R.

V. Él da alimento a los que le temen
recordando siempre su alianza.
Mostró a su pueblo la fuerza de su obrar,
dándoles la heredad de los gentiles.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Ahora el príncipe de este mundo va a ser echado fuera —dice el Señor—. Y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. R.

 

Evangelio

Lc 11, 15-26

Si yo echo los demonios con el dedo de Dios, es que el reino de Dios ha llegado a ustedes

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

En aquel tiempo, habiendo expulsado Jesús a un demonio, algunos de entre la multitud dijeron:
«Por arte de Belzebú, el príncipe de los demonios, echa a los demonios».
Otros, para ponerlo a prueba, le pedían un signo del cielo. Él, conociendo sus pensamientos, les dijo:
«Todo reino dividido contra sí mismo va a la ruina y cae casa sobre casa. Si, pues, también Satanás se ha dividido contra sí mismo, ¿cómo se mantendrá su reino? Pues ustedes dicen que yo echo los demonios con el poder de Belzebú. Pero, si yo echo los demonios con el poder de Belzebú, los hijos de ustedes, ¿por arte de quién los echan? Por eso, ellos mismos serán sus jueces. Pero, si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a ustedes.
Cuando un hombre fuerte y bien armado guarda su palacio, sus bienes están seguros, pero, cuando otro más fuerte lo asalta y lo vence, le quita las armas de que se fiaba y reparte su botín.
El que no está conmigo está contra mí; el que no recoge conmigo desparrama.
Cuando el espíritu inmundo sale de un hombre, da vueltas por lugares áridos, buscando un sitio para descansar, y, al no encontrarlo, dice:
“Volveré a mi casa de donde salí”.
Al volver se la encuentra barrida y arreglada.
Entonces va y toma otros siete espíritus peores que él, y se mete a vivir allí.
Y el final de aquel hombre resulta peor que el principio».

Palabra del Señor.

 

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Que nuestra casa esté habitada por Cristo

Hermanos, a veces nos cuesta reconocer la bondad, incluso cuando la tenemos delante. Un prejuicio, una herida o la desconfianza pueden llevarnos a interpretar mal hasta el gesto más generoso. Algo así sucede en el Evangelio: Jesús libera a una persona del mal, pero algunos, en lugar de alegrarse por esa vida recuperada, lo acusan de actuar con el poder del príncipe de los demonios.

¡Qué doloroso! Allí donde Jesús devuelve la libertad, ellos ven una amenaza. Allí donde se manifiesta la misericordia de Dios, ellos sospechan una intención oscura.

También nosotros necesitamos preguntarnos: ¿qué imagen de Dios llevamos en el corazón? ¿La de un Padre que quiere levantarnos, o la de alguien severo que está esperando nuestra caída para castigarnos? Porque, si imaginamos a Dios siempre al acecho de nuestros errores, podemos terminar escondiéndonos de aquel que precisamente viene a buscarnos para salvarnos.

En este viernes penitencial, la Palabra nos invita a reconocer nuestros pecados, sí, pero con confianza. El arrepentimiento cristiano nace de descubrir que hemos herido un amor que sigue ofreciéndose.

En la primera lectura, san Pablo nos presenta a Abrahán como el hombre que creyó en Dios. Su grandeza estuvo en fiarse de la promesa, en ponerse en camino sostenido por una palabra que todavía no veía plenamente realizada. Por eso, quienes viven de la fe son hijos de Abrahán: participan de esa confianza que permite a Dios conducir la vida.

Pablo está recordando a los gálatas algo esencial: la salvación es un don de Dios que recibimos por la fe, no un premio que podemos exigir por nuestros méritos. Esto no significa que nuestras obras carezcan de importancia. Significa que la fuente de nuestra vida nueva es la gracia: Dios nos ama primero, nos sostiene y nos capacita para responder con obras de amor.

Podemos cumplir muchas prácticas religiosas y, sin embargo, vivir como si todo dependiera de nosotros. Incluso podemos llegar a pensar: «Como he rezado, como me he portado bien, Dios tiene que concederme lo que le pido». Pero la fe no es una negociación. Es una relación de confianza, también cuando llega la enfermedad, cuando una respuesta tarda o cuando no comprendemos el camino.

San Pablo anuncia, además, que Cristo nos ha rescatado de la maldición de la Ley haciéndose por nosotros maldición. Es una expresión fuerte. No significa que Jesús haya cometido pecado, sino que asumió la muerte de cruz, considerada maldita, para liberarnos y abrirnos a la bendición de Dios. El Señor ha entrado hasta el fondo de nuestra miseria para que podamos recibir la promesa del Espíritu.

Por eso hoy podemos acercarle nuestras culpas sin desesperar y nuestras heridas sin avergonzarnos. Su cruz nos dice cuánto nos ama.

El salmo responde a este anuncio con unas palabras que conviene guardar en el corazón: «El Señor recuerda siempre su alianza».

Nosotros olvidamos; él permanece fiel. Nosotros atravesamos temporadas de tibieza; él sigue llamando. Nosotros podemos sentirnos solos en una habitación de hospital, en una casa silenciosa o en una noche de angustia; su alianza no desaparece.

El salmo proclama también que el Señor es clemente y misericordioso. Esta es la luz con la que debemos mirar nuestra vida. La misericordia de Dios no vuelve insignificante el pecado; nos da el valor de reconocerlo y abandonarlo. Sabernos amados nos permite decir con sinceridad: «Señor, he fallado. Necesito cambiar. Ayúdame a comenzar de nuevo».

En el Evangelio, Jesús declara: «Si yo expulso los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el Reino de Dios ha llegado a ustedes». El Reino se hace presente en su acción liberadora. Dios ha venido hasta nosotros. No contempla desde lejos nuestras luchas: se acerca y actúa.

Jesús habla de un hombre fuerte que guarda su palacio, pero también de otro más fuerte que lo vence. Nuestra esperanza está en Cristo, el más fuerte. El mal es real y hace daño, pero no tiene la última palabra sobre quien se entrega al Señor.

Ahora bien, el Evangelio termina con una advertencia que puede desconcertarnos. El espíritu impuro regresa y encuentra la casa barrida y arreglada. Entonces vuelve con otros espíritus, y la situación de aquella persona empeora.

Esta imagen nos invita a comprender que la conversión necesita continuidad. No basta con una limpieza ocasional del corazón. No basta con decir: «Ya dejé aquello», si después no alimentamos una vida nueva. Nuestro corazón está hecho para ser habitado por Dios.

Si queremos dejar el rencor, necesitamos aprender a perdonar. Si queremos vencer la indiferencia, necesitamos ejercitarnos en el servicio. Si queremos alejarnos de la mentira, debemos acostumbrarnos a la verdad. Si hemos recibido el perdón en la confesión, necesitamos cuidar esa gracia con la oración, la Eucaristía y decisiones concretas.

Preguntémonos, entonces: ¿con qué estoy llenando mi casa interior? ¿Qué alimento cada día con mis conversaciones, mis pensamientos y lo que veo o comparto? ¿Estoy dejando espacio para la Palabra de Dios, para el silencio, para escuchar a quienes viven conmigo?

San Luis Bertrán, cuya memoria celebramos, nos ofrece un testimonio luminoso. Este sacerdote dominico encontró en la oración la fuerza para anunciar el Evangelio en tierras de nuestra Colombia. Su misión lo llevó a encontrarse con las comunidades indígenas y a enfrentar los abusos que herían su dignidad. Su predicación se apoyaba en una vida entregada a Dios.

En él podemos reconocer la unión entre contemplación y servicio: dejar que el Señor habite el corazón para llevar después su luz a los demás. También nosotros evangelizamos cuando nuestra presencia ayuda a alguien a recuperar la esperanza, cuando defendemos al débil y cuando nuestras palabras dejan de herir y comienzan a consolar.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos que sufren en el alma y en el cuerpo. Por quienes viven con dolor, por quienes esperan un diagnóstico, por quienes atraviesan una depresión, por quienes lloran una pérdida y por quienes llevan heridas que nadie alcanza a ver.

Al escuchar este Evangelio, tengamos algo muy claro: no debemos identificar la enfermedad física o mental con una posesión, ni considerar el sufrimiento una prueba de falta de fe. Nuestros hermanos necesitan cercanía, escucha, atención adecuada y una comunidad que los sostenga. Nuestra oración debe hacerse también llamada, visita, ayuda concreta y compañía perseverante.

Y pidamos perdón por las veces en que hemos aumentado el sufrimiento de otros: por una palabra dura, un juicio apresurado, una ausencia, una burla o una indiferencia. Puede ser este nuestro gesto penitencial de hoy: acercarnos a alguien a quien hemos descuidado, pedir perdón o dedicar tiempo a una persona que necesita ser escuchada.

Antes de acercarnos a la mesa del Señor, dejemos que esta pregunta nos acompañe: ¿qué lugar de mi vida necesita hoy la presencia de Cristo y qué gesto de amor puedo ofrecer a alguien que sufre?

Señor Jesús, tú has venido hasta nosotros y conoces nuestras luchas. Perdona nuestros pecados, libera nuestro corazón del miedo y enséñanos a confiar en tu misericordia. Habita nuestra casa interior; que tu Palabra ilumine nuestras decisiones y tu Espíritu sostenga nuestra conversión.

Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y personas que sepan acompañarlos. Haznos atentos a su dolor y generosos en el servicio.

Santa María, Madre de misericordia, acompáñanos en el camino de la fe. San Luis Bertrán, intercede por nuestra patria y por todos los que anuncian el Evangelio. Amén.

 

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9 de octubre: memoria

🕊️ San Luis Bertrán (1526-1581)

Presbítero dominico, misionero, reformador y amigo del Espíritu Santo

Patrono de Colombia y protector de los misioneros



1. Infancia y vocación temprana

Luis Bertrán nació en Valencia, España, el 1 de enero de 1526, en una familia profundamente cristiana. Desde niño mostró una inclinación natural hacia la oración, la austeridad y la caridad con los pobres. Era sobrino del célebre pintor Juan de Juanes, pero su vocación no fue hacia el arte sino hacia la santidad.
En 1544, a los 18 años, ingresó a la Orden de Predicadores (Dominicos) en el convento de Santo Domingo de Valencia. Desde el inicio fue ejemplo de disciplina, humildad y celo apostólico. Fue ordenado sacerdote en 1547, con apenas 21 años, y pronto se convirtió en maestro de novicios, guiando a muchos jóvenes en el camino de la perfección cristiana.


2. Maestro de almas y reformador silencioso

Como formador, San Luis Bertrán se distinguió por su sabiduría equilibrada: firme en la doctrina, pero paternal y lleno de mansedumbre. Su lema espiritual podría resumirse en la frase:

“La oración es la raíz de toda predicación verdadera.”

Vivía con extrema sencillez, evitando el lujo, el poder y las discusiones estériles. Durante años ejerció su ministerio en Valencia y otros conventos de su provincia, insistiendo en la necesidad de la renovación interior del clero y de la vida religiosa, en consonancia con el espíritu del Concilio de Trento.
Sus contemporáneos lo consideraban un “nuevo Domingo de Guzmán”: lúcido en la fe, prudente en el gobierno y siempre sereno incluso en medio de las tensiones internas que vivía la Orden.


3. El llamado misionero: del Mediterráneo al Nuevo Mundo

En 1562, movido por un ardor misionero que no conocía límites, San Luis Bertrán fue enviado como misionero a las Indias Occidentales, específicamente al Virreinato de la Nueva Granada, actual Colombia. Llegó a Cartagena de Indias en 1562, y desde allí emprendió un apostolado heroico entre indígenas, esclavos africanos y colonos españoles.

Predicó en Turbaco, Cartagena, y el Valle del Cauca, aprendiendo las lenguas nativas con paciencia y dedicación. Su palabra era sencilla pero llena de fuego; su presencia, austera pero luminosa. Se le atribuyen numerosos milagros, entre ellos el don de las lenguas, gracias al cual podía hacerse entender por los pueblos indígenas sin intérprete.

San Luis vivió su misión en una época difícil, marcada por los abusos de algunos encomenderos y el choque cultural entre europeos y pueblos originarios. Sin embargo, él se distinguió por su trato respetuoso y compasivo hacia los indígenas, defendiendo su dignidad y su derecho a recibir el Evangelio sin violencia. En su predicación, unía la doctrina firme con la ternura del corazón.

Una de sus frases más recordadas fue:

“El amor de Dios no se impone: se propone con mansedumbre y se demuestra con obras.”


4. Milagros y persecuciones

Durante su estancia en América, San Luis Bertrán enfrentó incomprensiones, calumnias y peligros constantes. Fue envenenado en una ocasión, pero sobrevivió milagrosamente. También tuvo visiones místicas, entre ellas una sobre el Juicio Final, que lo llevó a intensificar su vida de penitencia y de oración intercesora por los pecadores.

Su poder de intercesión y sus curaciones prodigiosas lo convirtieron en una figura de santidad viva. Sin embargo, nunca buscó la fama: se consideraba un “instrumento indigno del Espíritu Santo”.
En 1569, enfermo y agotado, fue llamado de nuevo a España, donde continuó su ministerio como guía espiritual y formador de predicadores.


5. Últimos años y muerte en paz

Los últimos doce años de su vida los pasó en su convento de Valencia, dedicado a la dirección espiritual, la confesión y la oración. Murió el 9 de octubre de 1581, con fama de santidad y rodeado del cariño de sus hermanos dominicos. Sus últimas palabras fueron una síntesis de su vida entera:

“En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu… Tú solo eres mi paz.”

Fue beatificado en 1608 por el Papa Pablo V y canonizado por Clemente X en 1671. Su cuerpo se conserva incorrupto en Valencia, como signo de la pureza de su alma y de su fidelidad a Dios.


6. Espiritualidad y legado

San Luis Bertrán encarna la síntesis perfecta entre vida contemplativa y acción misionera. Su espiritualidad dominicana se fundamenta en tres pilares:

  • La oración perseverante: como fuente de toda conversión.
  • La mansedumbre en la predicación: como medio para llegar al corazón del otro.
  • La pureza interior y el desapego: como condición para que el Espíritu Santo obre libremente.

En el contexto del Año Jubilar “Peregrinos de la Esperanza”, su vida nos recuerda que la verdadera evangelización nace de un corazón que ha orado largamente y que vive desapegado de sí mismo.


7. Iconografía y patronazgo

Se le representa como un fraile dominico de rostro sereno, sosteniendo un crucifijo y un lirio, símbolos de su pureza y de su predicación.
Es patrono de Colombia, de Valencia y de los novicios dominicos.
Su intercesión se invoca especialmente por los misioneros, catequistas y formadores, y por quienes desean perseverar en su vocación.


Oración a San Luis Bertrán

Oh Dios, que encendiste en tu siervo San Luis Bertrán el fuego del celo apostólico y la dulzura del Espíritu,
concédenos anunciar tu Evangelio con palabras llenas de amor y obras de misericordia.
Que su intercesión proteja a nuestros misioneros,
inspire nuevas vocaciones y renueve nuestras comunidades en la fidelidad al Evangelio.
Por Jesucristo, tu Hijo, nuestro Señor.

Amén.

 

 

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