A riesgo de creer
A las puertas de Jerusalén, la multitud está allí,
agolpándose y aclamando. En el corazón de toda esa agitación está Jesús. La
Escritura se cumple. Jesús entra en Jerusalén montado en un asno. Es
reconocido, aclamado como el Mesías. “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre
del Señor!”. La multitud no tiene otras palabras para recibirlo.
Hoy, como cada año, nuestras iglesias acogen a la
multitud del Domingo de Ramos. Hombres y mujeres que vienen a buscar algunas
ramitas de olivo. La multitud está allí, como de costumbre y por costumbre,
pero sin medir demasiado lo que sucede en esta hermosa liturgia de Ramos.
Algunos se van a veces con la pregunta de Dios en la cabeza; otros, con el
deseo de recibir el bautismo; otros más, con una simple rama que vinieron a
tomar casi a escondidas, sin saber muy bien por qué. Si la multitud podía
desconcertar a las puertas de Jerusalén, la multitud del Domingo de Ramos
también nos desconcierta un poco hoy en nuestras asambleas.
La Escritura se cumple: Jesús entra en Jerusalén,
etapa última que nos revela la profunda humanidad y el despojamiento del
triunfo de este Rey sentado sobre un burrito, lejos de los fastos y grandezas
del mundo. La lectura de la Pasión nos permite comprender y acoger el don total
que Jesús hace de su vida. Él camina hacia la Cruz, hacia la muerte y hacia la
gran victoria de la Resurrección. El grito del centurión al pie de la Cruz abre
de par en par el porvenir: “¡Verdaderamente éste era Hijo de Dios!”.
Intento releer la Pasión de Jesús contemplando cada
instante de esta etapa de su vida.
Me dejo tocar por el grito del centurión. ¿Me ha
ocurrido también a mí, como a él, arriesgar un grito de fe y reconocer que Dios
está ahí, bien presente en tal o cual momento de mi vida?
Benoît Gschwind, évêque de Pamiers
Primera lectura
No escondí el
rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado (Tercer cántico del
Siervo del Señor)
Lectura del libro de Isaías.
EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
V. Al verme,
se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». R.
V. Me acorrala
una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. R.
V. Se
reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.
V. Contaré tu
fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que temen al Señor, alábenlo;
linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel». R.
Segunda
lectura
Se humilló a
sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
CRISTO Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.
Aclamación
Evangelio
Pasión de
nuestro Señor Jesucristo
Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.
Cronista: EN aquel
tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y
les propuso:
S. «¿Qué
están dispuestos a darme si se lo entrego a ustedes?».
C. Ellos
se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba
buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
C. El
primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde
quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ «Vayan
a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El Maestro dice: mi
hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
C. Los
discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Uno de ustedes me va a entregar
C. Al
atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En
verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
C. Ellos,
muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo
acaso, Señor?».
C. Él
respondió:
+ «El que
ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del
hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del
hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces
preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy
yo acaso, Maestro?».
C. Él
respondió:
+ «Tú lo has
dicho».
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre
C. Mientras
comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio
a los discípulos y les dijo:
+ «Tomen,
coman: esto es mi cuerpo».
C. Después
tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Beban
todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para
el perdón de los pecados. Y les digo que desde ahora ya no beberé del fruto de
la vid hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de
cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño
C. Entonces
Jesús les dijo:
+ Esta
noche se van a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al
pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré
delante de ustedes a Galilea».
C. Pedro
replicó:
S. «Aunque
todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le
dijo:
+ En verdad
te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le
replicó:
S. «Aunque
tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo
mismo decían los demás discípulos.
Empezó a sentir tristeza y angustia
C. Entonces
Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Siéntense
aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y
llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y
angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi
alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo».
C. Y
adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
+ «Padre mío,
si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino
como quieres tú».
C. Y volvió a
los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ «¿No han
podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues
el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se
apartó por segunda vez y oraba diciendo:
+ «Padre mío,
si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo
otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya
pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a
ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el
que me entrega».
Se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron
C. Todavía
estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un
tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los
ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo
bese, ese es: préndanlo».
C. Después
se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve,
Maestro!».
C. Y lo besó.
Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo,
¿a qué vienes?».
C. Entonces se
acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con
él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del
sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina la
espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no
puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de
ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene
que pasar?».
C. Entonces
dijo Jesús a la gente:
+ «¿Han
salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me
sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendieron. Pero todo esto
ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En
aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder
C. Los
que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde
se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta
el palacio del sumo sacerdote y, entrando, se sentó con los criados para ver
cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra
Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos
falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este
ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
C. El
sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes
nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús
callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro
por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús
le respondió:
+ «Tú
lo has dicho. Más aún, yo les digo: desde ahora verán al Hijo del hombre
sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces
el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha
blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia.
¿Qué deciden?».
C. Y ellos
contestaron:
S. «Es
reo de muerte».
C. Entonces
le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz
de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Antes de que cante el gallo me negarás tres veces
C. Pedro
estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También
tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo
negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué
quieres decir».
C. Y al salir
al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este
estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez
negó él con juramento:
S. «No
conozco a ese hombre».
C. Poco
después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú
también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él
se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No
conozco a ese hombre».
C. Y enseguida
cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que
cante el gallo me negarás
tres veces». Y, saliendo, lloró amargamente.
Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador
C. Al hacerse
de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para
preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron
a Pilato, el gobernador.
No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre
C. Entonces
Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las
treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado
entregando sangre inocente».
C. Pero ellos
dijeron:
S. «¿A
nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él,
arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los
sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No
es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después
de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de
forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se
cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata,
el precio de uno que fue tasado,
según la tasa de los hijos de Israel,
y pagaron con ellas el Campo del Alfarero,
como me lo había ordenado el Señor».
¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús
fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú
el rey de los judíos?».
C. Jesús
respondió:
+ «Tú lo
dices».
C. Y,
mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.
Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No
oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no
contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la
fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía
entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A
quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía
que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el
tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No
te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero
los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran
la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de
los dos quieren que les suelte?».
C. Ellos
dijeron:
S. «A
Barrabás».
C. Pilato
les preguntó:
S. «¿Y qué
hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron
todos:
S. «Sea
crucificado».
C. Pilato
insistió:
S. «Pues, ¿qué
mal ha hecho?».
C. Pero ellos
gritaban más fuerte:
S. «¡Sea
crucificado!».
C. Al
ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un
tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «Soy
inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».
C. Todo el
pueblo contestó:
S. «¡Caiga
su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces
les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo
crucificaran.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces
los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de
color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y
le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se
burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve,
rey de los judíos!».
C. Luego le
escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada
la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Crucificaron con él a dos bandidos
C. Al salir,
encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su
cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la
Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no
quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a
suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un
letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey
de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a
la izquierda.
Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz
C. Los que
pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que
destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres
Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente
los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también
diciendo:
S. «A
otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora
de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues
dijo: “Soy Hijo de Dios”».
C. De la misma
manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?»
C. Desde
la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la
hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí,
lemá sabaqtaní?».
C. (Es
decir:
+ «Dios
mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al
oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está
llamando a Elías».
C. Enseguida
uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y,
sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjalo, a
ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús,
gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces
el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas
se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían
muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron
en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo
que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente
este era Hijo de Dios».
C. Había allí
muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús
desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre
de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José puso en su sepulcro nuevo el cuerpo de Jesús
C. Al
anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también
discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato
mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en
una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la
roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas
enfrente del sepulcro.
Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como saben
C. A la mañana
siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos
sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos
hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días
resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea
que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado
de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato
contestó:
S. «Ahí
tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como saben».
C. Ellos
aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
comenzamos la Semana Santa con una liturgia llena de contrastes. Empezamos con
ramos en las manos, con cantos, con aclamaciones, con el “¡Hosanna al Hijo de
David!”, y terminamos escuchando la Pasión, el rechazo, la traición, el juicio
injusto, la burla, la cruz y la muerte del Señor. Es como si la Iglesia quisiera
decirnos desde el comienzo: no basta aclamar a Jesús un momento; hay que estar
con Él también en la hora de la cruz.
La
entrada de Jesús en Jerusalén es profundamente significativa. No entra como un
rey poderoso según la lógica del mundo. No viene montado en caballo de guerra,
sino en un humilde borrico. No entra imponiendo miedo, sino despertando
esperanza. Jesús se nos presenta como el Mesías humilde, pobre, desarmado,
cercano. En Él se cumple la profecía; en Él Dios visita a su pueblo. Pero muchos
de los que lo aclaman no alcanzan todavía a comprender qué clase de Rey es
este.
Y
quizá ahí estamos también nosotros. Venimos con nuestros ramos, participamos en
la celebración, repetimos palabras hermosas, pero la liturgia nos invita a ir
más allá de la costumbre. No se trata solo de bendecir un ramo para llevarlo a
la casa; se trata de dejar que Cristo entre de verdad en nuestra vida. Porque
uno puede tener el ramo en la mano y no haberle abierto todavía el corazón al
Señor.
La
primera lectura, del profeta Isaías, nos presenta al Siervo de Dios: un hombre
obediente, fiel, que no se echa atrás ante el sufrimiento: “Ofrecí la espalda a
los que me golpeaban… y no aparté el rostro de insultos y salivazos”. Estas
palabras encuentran en Jesús su plenitud. Él no huye. Él no se devuelve. Él no
responde al odio con odio. Él permanece fiel al Padre, fiel a su misión, fiel
al amor hasta el extremo.
El
salmo 22 nos ha puesto en los labios el clamor del justo sufriente: “Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es el grito de tantos hombres y mujeres
que sufren, de quienes se sienten solos, heridos, incomprendidos, aplastados
por el dolor. Y es también el grito que Jesús asume en la cruz. Con eso nos
está diciendo algo muy consolador: no hay dolor humano en el que Cristo no haya
entrado; no hay noche humana en la que Él no haya puesto su presencia.
Luego
san Pablo, en la carta a los Filipenses, nos ha regalado uno de los textos más
bellos y profundos de todo el Nuevo Testamento: Cristo, “siendo de condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de sí mismo”.
Este es el camino de Jesús: el abajamiento, la entrega, la humildad, la
obediencia. Y precisamente por eso el Padre lo exaltó. La gloria de Cristo pasa
por la cruz. Su triunfo no consiste en salvarse a sí mismo, sino en entregarse
por amor.
El
relato de la Pasión según san Mateo nos muestra con crudeza hasta dónde llega
el amor de Jesús. Judas lo entrega; Pedro lo niega; los discípulos huyen; las
autoridades lo condenan; la multitud cambia de voz; los soldados se burlan; al
pie de la cruz casi nadie permanece. Sin embargo, Jesús sigue amando. No deja
de ser el Hijo obediente. No deja de ser el Siervo fiel. No deja de ser el
Salvador misericordioso.
Y
hay un detalle muy bello al final: el centurión, viendo cómo murió Jesús,
exclama: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. Qué misterio tan grande: un
pagano reconoce al Hijo de Dios precisamente al pie de la cruz. Es decir,
cuando aparentemente todo está perdido, cuando parece el fracaso total, allí
brota una confesión de fe. La cruz, entonces, no es el final; es el lugar donde
se revela el amor más grande.
Hermanos,
el Domingo de Ramos nos hace una pregunta muy seria: ¿qué clase de discípulos
somos? ¿De los que aclaman solo cuando todo va bien? ¿De los que acompañan a
Jesús mientras reparte pan, cura enfermos y hace milagros? ¿O de los que
permanecen con Él también cuando llega la hora dura, la hora del silencio, la
hora del dolor, la hora de la cruz?
Seguir
a Cristo no es solo decir “Hosanna”; es caminar con Él. Es aceptar que el amor
verdadero cuesta. Es comprender que no hay resurrección sin pasión, ni gloria
sin entrega, ni fecundidad sin cruz. La Semana Santa que hoy iniciamos no es
simplemente el recuerdo de unos hechos del pasado; es una invitación a entrar
con Jesús en el misterio de su entrega, para que también nuestra vida sea
transformada.
Pidámosle
al Señor que no vivamos estos días superficialmente. Que no nos quedemos solo
con el ramo bendito, sino que entremos con fe en el misterio santo que
celebramos. Que contemplemos a Cristo humilde, obediente y entregado. Y que, al
pie de tantas cruces de nuestra vida, también nosotros nos atrevamos a hacer
nuestra la confesión del centurión: “Verdaderamente
tú eres el Hijo de Dios”.
Amén.
2
“Bendito el que viene en nombre del Señor”
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
entramos en la Semana Santa. Y entramos de una manera muy especial: con ramos
en las manos, con cantos en los labios, con una procesión que recuerda la
entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pero sabemos que esta liturgia tiene un
tono profundamente paradójico: comenzamos con alegría y terminamos escuchando
la Pasión; empezamos con los “hosannas” y terminamos contemplando la cruz;
iniciamos con la aclamación de la multitud y concluimos con el silencio del
sepulcro.
Esta
tensión no es accidental. La Iglesia quiere que comprendamos desde hoy que el
verdadero triunfo de Cristo no es un triunfo mundano. Jesús no entra en
Jerusalén buscando poder, prestigio o aplausos. Entra montado en un burrito,
con humildad, con mansedumbre, con una soberanía distinta. Es Rey, sí, pero su
trono será la cruz. Es Mesías, sí, pero no a la manera que muchos esperaban. Es
Salvador, sí, pero salvará entregando su vida.
La
multitud gritaba: “¡Hosanna
al Hijo de David!”. Esa palabra “Hosanna” significa: “¡Sálvanos, te rogamos!”.
Era al mismo tiempo súplica y alabanza. El pueblo intuía que en Jesús había
salvación, que en Él Dios visitaba a su pueblo. Pero todavía no comprendían del
todo cómo iba a realizarse esa salvación. Muchos soñaban quizás con una
liberación política, con un mesianismo de fuerza, con un cambio inmediato de
las circunstancias exteriores. Jesús, en cambio, entra en Jerusalén con otra
determinación: ofrecerse como el Cordero que quita el pecado del mundo.
Y
aquí hay algo muy importante para nosotros. Jesús sabía lo que le esperaba.
Sabía que venían la traición, el abandono, la injusticia, los azotes, la
humillación, la cruz. Y, sin embargo, entra. No retrocede. No huye. No se
esconde. No negocia con la verdad. No se deja paralizar por el miedo. Hay en Él
una fortaleza interior admirable, una paz profunda, una determinación nacida
del amor y de la obediencia al Padre.
Por
eso, hermanos, el Domingo de Ramos no solo nos invita a admirar a Jesús; nos
invita a aprender de Él. Cristo no solamente nos redime: también nos muestra
cómo vivir. Su entrada en Jerusalén es un modelo de valentía, de fidelidad y de
entrega. Cuántas veces nosotros nos dejamos frenar por el temor, por la
ansiedad, por la inseguridad, por el qué dirán, por la preocupación excesiva,
por el miedo al sufrimiento o al fracaso. Jesús, en cambio, nos enseña a
avanzar con serenidad cuando sabemos que estamos cumpliendo la voluntad de
Dios.
La
primera lectura de Isaías nos presenta al Siervo del Señor: “No me eché atrás… ofrecí la espalda a
los que me golpeaban”. Este Siervo no responde con violencia,
no escapa, no renuncia a su misión. Mantiene firme el rostro porque sabe que
Dios lo sostiene. Esa profecía se cumple perfectamente en Jesús. Él entra en la
Pasión con esa actitud: firmeza, docilidad, confianza total en el Padre.
El
salmo 22 nos introduce en el sufrimiento del justo perseguido: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”. Son palabras que escucharemos también en labios
de Jesús en la cruz. Allí vemos hasta qué punto el Señor quiso solidarizarse
con nuestra condición humana. No se quedó en la superficie del dolor; entró
hasta lo más hondo de nuestra angustia, de nuestra soledad, de nuestras
heridas. Nadie podrá decir jamás: “Dios no sabe lo que estoy sufriendo”. En
Cristo crucificado, Dios ha cargado con el peso del sufrimiento humano.
Y
san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece la clave más profunda de todo este
misterio: Cristo, siendo
de condición divina, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo.
Este es el camino de Jesús: la kénosis, el abajamiento, la humildad, la
obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Y precisamente por eso el Padre lo
exaltó. El mundo piensa que triunfar es imponerse; Dios nos revela en Cristo
que triunfar es amar hasta el extremo. El mundo exalta al que domina; Dios
glorifica al que se entrega.
Luego
escuchamos la Pasión según san Mateo. Y allí vemos cómo el entusiasmo de la
entrada en Jerusalén contrasta con la dureza de los acontecimientos. Aparecen
Judas con su traición, Pedro con su negación, los discípulos con su huida,
Pilato con su cobardía, la multitud con su inconstancia, los soldados con su crueldad.
Pero en medio de tanta oscuridad resplandece la figura serena y majestuosa de
Jesús. Es golpeado, insultado, juzgado injustamente, coronado de espinas,
clavado en la cruz; y, sin embargo, sigue siendo el Señor. No pierde su
dignidad. No pierde su amor. No pierde su confianza en el Padre.
Qué
importante es contemplar hoy la disposición interior de Jesús. No entra en
Jerusalén arrastrado por los acontecimientos; entra libremente. No es una
víctima pasiva de la historia; es el Hijo que se ofrece por amor. No va a la
cruz derrotado; va a la cruz obedeciendo y amando. Eso cambia completamente
nuestra mirada sobre la Pasión. La cruz no es simplemente un dolor padecido; es
un amor entregado.
Hermanos,
también nosotros tenemos nuestras Jerusalén. También nosotros atravesamos
momentos difíciles: enfermedades, incomprensiones, pérdidas, cansancios,
conflictos familiares, preocupaciones pastorales, cruces personales, noches
interiores. Y muchas veces quisiéramos evitar el sufrimiento a cualquier
precio. Pero Jesús nos enseña que no debemos dejarnos dominar por el miedo. No
se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de vivir con fidelidad y
amor aquello que Dios permite en nuestro camino, sabiendo que con Él la cruz
nunca tiene la última palabra.
En
este Domingo de Ramos la pregunta no es solamente: “¿Quién es Jesús?”, como se
preguntaba la ciudad de Jerusalén. La pregunta también es: ¿qué clase de discípulo soy yo?
¿Soy de los que aclaman al Señor solo en los momentos bellos y emotivos? ¿O
estoy dispuesto a caminar con Él también cuando el camino pasa por el Calvario?
¿Mi fe es solo entusiasmo pasajero, o es fidelidad perseverante? ¿Llevo un ramo
bendito en la mano, pero sigo reteniendo egoísmos, miedos y resistencias en el
corazón?
La
Semana Santa que hoy comenzamos es una invitación a acompañar de verdad a
Jesús. A entrar con Él en Jerusalén. A sentarnos con Él en la Cena. A velar con
Él en Getsemaní. A caminar con Él hasta el Calvario. A permanecer con Él al pie
de la cruz. Y, solo así, podremos también participar con Él en la alegría de la
Resurrección.
Pidámosle
hoy al Señor una gracia muy concreta: que su valentía se vuelva nuestra
valentía; que su paz se vuelva nuestra paz; que su fidelidad se vuelva nuestra
fidelidad. Que no dejemos que el miedo, la ansiedad o el egoísmo frenen la obra
de Dios en nosotros. Y que, unidos a Cristo, aprendamos a dar la vida cada día
en las pequeñas y grandes entregas del amor.
Que
al comenzar esta Semana Santa no nos quedemos solo con el gesto externo del
ramo, sino que abramos el corazón al Rey humilde que viene a salvarnos. Y que
podamos decir con fe, con amor y con compromiso verdadero:
¡Hosanna al Hijo de David!
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!
Amén.
