Las aguas de la reconciliación
(Marcos 11, 11-25) La admiración que nos inspira “una fe capaz de
mover montañas” es, paradójicamente, a veces un pretexto para subestimar la
nuestra. Como si la fe fuera un potencial de acción que pudiéramos atribuirnos
a nosotros mismos. Jesús nos invita, más bien, a hacer de ella una experiencia
cotidiana de oración y de perdón. Pidamos humildemente que los resentimientos
que se levantan en nuestros corazones se sumerjan en las aguas de la
reconciliación.
Nicolas Tarralle, prêtre assomptionniste
Primera lectura
Sean buenos
administradores de la multiforme gracia de Dios
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
El fin de todas las cosas está cercano. Así pues, sean sensatos y sobrios para
la oración. Ante todo, mantengan un amor intenso entre ustedes, porque el amor
tapa multitud de pecados. Sean hospitalarios unos con otros sin protestar.
Como buenos administradores de la multiforme gracia de Dios, pongan al servicio
de los demás el carisma que cada uno ha recibido. Si uno habla, que sean sus
palabras como palabras de Dios; si uno presta servicio, que lo haga con la
fuerza que Dios le concede, para que Dios sea glorificado en todo, por medio de
Jesucristo, a quien corresponden la gloria y el poder por los siglos de los
siglos. Amén.
Queridos míos, no se extrañen del fuego que ha prendido en ustedes y sirve para
probarlos, como si ocurriera algo extraño. Al contrario, estén alegres en la
medida que comparten los sufrimientos de Cristo, de modo que, cuando se revele
su gloria, gocen de alegría desbordante.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Llega
el Señor a regir la tierra.
V. Digan
a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». R.
V. Alégrese
el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque. R.
V. Delante
del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad. R.
Aclamación
V. Yo los he
elegido del mundo —dice el Señor—, para que vayan y den fruto, y su fruto
permanezca. R.
Evangelio
Mi casa será
casa de oración para todos los pueblos. Tengan fe en Dios
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
DESPUÉS que el gentío lo hubo aclamado, entró Jesús en Jerusalén, en el templo,
lo estuvo observando todo y, como era ya tarde, salió hacia Betania con los
Doce.
Al día siguiente, cuando salían de Betania, sintió hambre. Vio de lejos una
higuera con hojas, y se acercó para ver si encontraba algo; al llegar no
encontró más que hojas, porque no era tiempo de higos. Entonces le dijo:
«Nunca jamás coma nadie frutos de ti».
Los discípulos lo oyeron.
Llegaron a Jerusalén y, entrando en el templo, se puso a echar a los que
vendían y compraban en el templo, volcando las mesas de los cambistas y los
puestos de los que vendían palomas. Y no consentía a nadie transportar objetos
por el templo.
Y los instruía diciendo:
«¿No está escrito: “Mi casa será casa de oración para todos los pueblos”?
Ustedes en cambio la han convertido en cueva de bandidos».
Se enteraron los sumos sacerdotes y los escribas y, como le tenían miedo,
porque todo el mundo admiraba su enseñanza, buscaban una manera de acabar con
él.
Cuando atardeció, salieron de la ciudad.
A la mañana siguiente, al pasar, vieron la higuera seca de raíz. Pedro cayó en
la cuenta y dijo a Jesús:
«Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado».
Jesús contestó:
«Tengan fe en Dios. En verdad les digo que si uno dice a este monte: “Quítate y
arrójate al mar”, y no duda en su corazón, sino que cree en que sucederá lo que
dice, lo obtendrá.
Por eso les digo: todo cuanto pidan en la oración, crean que se lo han
concedido y lo obtendrán.
Y cuando se pongan a orar, perdonen lo que tengan contra otros, para que
también su Padre del cielo les perdone a ustedes sus culpas».
Palabra del Señor.
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Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de hoy nos coloca ante tres
realidades profundamente unidas: la oración, la purificación del corazón y
la reconciliación. En el Evangelio vemos a Jesús entrando en el templo,
mirando todo a su alrededor, denunciando una religiosidad estéril y llamándonos
a una fe viva, capaz de confiar, orar y perdonar.
El pasaje de Marcos es fuerte. Jesús encuentra una
higuera llena de hojas, pero sin fruto. Luego entra en el templo y expulsa a
los vendedores. A primera vista, parecen dos escenas distintas, pero en
realidad hablan de lo mismo: una vida religiosa que aparenta mucho, pero
produce poco fruto. La higuera tenía hojas, pero no higos. El templo tenía
actividad, comercio, movimiento, ruido, pero había perdido algo esencial: ser
casa de oración, lugar de encuentro con Dios, espacio de misericordia y
reconciliación.
También nosotros podemos caer en esa tentación.
Podemos tener hojas: costumbres religiosas, palabras piadosas, signos externos,
prácticas devocionales. Pero el Señor busca frutos: amor, perdón, paciencia,
conversión, humildad, caridad concreta. La fe no es solo apariencia; la fe
verdadera transforma el corazón.
Por eso Jesús dice: “Tengan fe en Dios”. No
dice simplemente: tengan fe en sus fuerzas, en sus planes, en sus métodos o en
sus seguridades. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una energía mágica para
conseguir lo que queremos. No es una técnica para dominar la realidad. La fe es
confianza filial, abandono humilde, apertura a la voluntad de Dios.
Cuando Jesús habla de una fe capaz de mover
montañas, no nos está invitando a la arrogancia espiritual, como si el creyente
pudiera manipular a Dios. Nos está recordando que hay montañas interiores que
solo se mueven con oración: la montaña del orgullo, del resentimiento, de la
culpa, del miedo, de la tristeza, de la desesperanza, de la enfermedad vivida
en soledad, del pecado que se enquista en el alma.
Y aquí aparece una frase decisiva del Evangelio: “Cuando
se pongan de pie para orar, perdonen, si tienen algo contra alguien”. Jesús
une la oración con el perdón. No podemos acercarnos sinceramente a Dios
llevando en el corazón un deseo obstinado de venganza. No podemos pedir
misericordia mientras nos negamos a ofrecer misericordia. No podemos levantar
las manos hacia el cielo si al mismo tiempo cerramos el corazón al hermano.
Esto no significa que perdonar sea fácil. A veces
hay heridas muy profundas. Hay personas que sufren en el alma por traiciones,
humillaciones, duelos, enfermedades, abandono, soledad, depresión, ansiedad,
recuerdos dolorosos. También hay quienes sufren en el cuerpo: enfermos,
ancianos, personas agotadas por tratamientos médicos, familias cansadas de
esperar una mejoría. La Palabra de hoy no viene a imponerles una carga más.
Viene a abrir una fuente: las aguas de la reconciliación.
Perdonar no siempre significa olvidar de inmediato.
No siempre significa volver ingenuamente a una relación dañina. No siempre
significa que el dolor desaparezca de un momento a otro. Perdonar, en sentido
cristiano, es comenzar a entregarle a Dios el veneno que nos está destruyendo
por dentro. Es decirle al Señor: “Yo no puedo solo con esto. Sana mi memoria.
Purifica mi corazón. No permitas que esta herida me robe la paz ni me encierre
en la amargura”.
San Pedro, en la primera lectura, nos ofrece una
clave preciosa: “Sean moderados y sobrios, para poder orar. Ante todo,
mantengan entre ustedes una caridad intensa, porque la caridad cubre multitud
de pecados”. La caridad intensa no niega el pecado, pero lo vence con una
fuerza mayor. No se trata de justificar el mal, sino de impedir que el mal
tenga la última palabra en nosotros.
También San Pedro dice algo que toca muy de cerca
nuestra intención de hoy: “Alégrense en la medida en que comparten los
sufrimientos de Cristo”. Esto no significa buscar el sufrimiento ni
romantizar el dolor. Significa que, cuando el sufrimiento llega, no estamos
solos. Cristo ya pasó por ahí. Cristo conoce la angustia, la traición, la
injusticia, la cruz. Y desde su Pascua, todo dolor unido a Él puede convertirse
en camino de redención.
Por eso hoy oramos con intención penitencial.
Reconocemos que muchas veces nuestro corazón se ha parecido a esa higuera:
muchas hojas y pocos frutos. Mucha palabra y poca conversión. Mucha actividad y
poca oración. Mucha queja y poca confianza. Mucha memoria de las ofensas y poca
disponibilidad para reconciliarnos.
Pero también oramos por quienes sufren en el alma y
en el cuerpo. Que el Señor visite sus noches interiores. Que toque sus heridas.
Que dé fortaleza a los enfermos, consuelo a los tristes, serenidad a los
angustiados, esperanza a quienes se sienten vencidos, y paz a quienes cargan
resentimientos que pesan como montañas.
El salmo proclama: “El Señor llega para regir la
tierra”. Esa venida del Señor no es amenaza para el humilde; es esperanza.
El Señor viene a poner orden donde el pecado desordenó. Viene a purificar el
templo de nuestro corazón. Viene a hacer fecunda la higuera de nuestra vida.
Viene a recordarnos que la verdadera religión no se reduce a ritos externos,
sino que florece en oración, perdón y amor.
Pidámosle hoy al Señor tres gracias.
Primero, una fe humilde, que no presuma de
sí misma, sino que confíe en Dios cada día.
Segundo, un corazón purificado, para que
nuestra vida no tenga solo hojas de apariencia, sino frutos de Evangelio.
Tercero, la gracia de la reconciliación,
para que los resentimientos que se levantan dentro de nosotros puedan
sumergirse en las aguas sanadoras del amor de Cristo.
Que esta Eucaristía sea para nosotros casa de
oración, medicina del alma, fortaleza para el cuerpo cansado y escuela de
perdón. Y que, al acercarnos al altar, podamos decirle al Señor:
Señor Jesús, purifica mi corazón.
Mueve las montañas que me impiden amar.
Sana mis heridas.
Perdona mis pecados.
Y enséñame a perdonar como Tú me perdonas. Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
La
Palabra de Dios de este viernes nos pone delante de una pregunta muy seria: ¿nuestra vida de fe está dando fruto o
solo tiene hojas?
El
Evangelio de Marcos nos presenta una escena fuerte, incluso desconcertante.
Jesús se acerca a una higuera que tiene muchas hojas, pero no encuentra fruto
en ella. Luego entra en el templo de Jerusalén y expulsa a los vendedores y
cambistas, denunciando que la casa de oración se ha convertido en cueva de
ladrones. Al día siguiente, los discípulos ven que la higuera se ha secado
desde la raíz.
A
primera vista, podría parecernos una reacción dura de Jesús. Pero no se trata
de un capricho. Es un gesto profético. Como tantas veces hicieron los profetas
de Israel, Jesús utiliza un signo visible para revelar una verdad espiritual
profunda. La higuera con hojas pero sin frutos representa una religiosidad que
aparenta vida, pero está vacía por dentro. El templo lleno de movimiento,
comercio y ruido representa un culto que ha perdido su centro: Dios, la
oración, la misericordia, la justicia y la conversión del corazón.
Y
esa Palabra hoy no se dirige solo al Israel de aquel tiempo. Se dirige también
a nosotros. Porque también nosotros podemos tener muchas hojas y pocos frutos.
Podemos
tener hojas de costumbre religiosa, hojas de lenguaje piadoso, hojas de
apariencias, hojas de cumplimiento externo, hojas de una fe que se ve, pero que
quizá no siempre transforma. Podemos asistir a celebraciones, rezar algunas
oraciones, conocer frases del Evangelio, participar en actividades de Iglesia,
pero el Señor nos pregunta: ¿dónde
están los frutos?
Frutos
de paciencia.
Frutos de perdón.
Frutos de humildad.
Frutos de caridad.
Frutos de conversión.
Frutos de servicio.
Frutos de reconciliación.
Frutos de compasión con quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Jesús
no condena la religiosidad verdadera. Al contrario, quiere purificarla. Él no
destruye el templo porque sea templo; lo purifica porque ha dejado de ser casa
de oración. Él no rechaza la fe externa cuando nace de un corazón sincero; lo
que denuncia es la apariencia sin conversión, el culto sin amor, la oración sin
perdón, la religión sin justicia.
Por
eso, después del signo de la higuera seca, Jesús enseña a sus discípulos tres
cosas inseparables: fe,
oración y perdón.
Primero
dice: “Tengan fe en Dios”.
No dice: tengan fe en sus fuerzas, en sus seguridades, en sus méritos o en su
imagen ante los demás. Dice: tengan fe en Dios. La fe no es una autosuficiencia
espiritual. No es creer que yo puedo mover montañas porque soy fuerte. La fe es
reconocer que Dios puede actuar incluso donde yo ya no puedo. Es poner en Él
las heridas, las luchas, las culpas, los miedos y las montañas interiores que
parecen imposibles de mover.
Porque
hay montañas que no se ven, pero pesan mucho: la montaña del pecado repetido,
la montaña del resentimiento, la montaña de una culpa no sanada, la montaña de
una tristeza antigua, la montaña de la enfermedad, la montaña del cansancio
espiritual, la montaña de una relación rota, la montaña de una angustia que
nadie conoce.
Jesús
nos dice que la fe, vivida en oración, puede mover esas montañas. No siempre
las mueve como nosotros imaginamos. No siempre desaparecen de inmediato. Pero
Dios comienza a moverlas desde la raíz, como la higuera seca desde la raíz. Él
va a lo profundo. Él no se queda en las hojas. Él toca el corazón.
Luego
Jesús habla de la oración: “Todo
cuanto pidan en la oración, crean que ya lo han recibido y lo obtendrán”.
Esta frase no significa que la oración sea una fórmula mágica para conseguir
todo lo que queremos. La oración cristiana no manipula a Dios. La oración
verdadera nos pone en comunión con su voluntad. Nos enseña a pedir, sí, pero
también a confiar; a suplicar, pero también a esperar; a abrir las manos, pero
también a entregar el corazón.
Y
enseguida Jesús añade algo decisivo: “Cuando
se pongan a orar, perdonen si tienen algo contra alguien”. Aquí
está una de las claves del Evangelio de hoy. No hay oración auténtica sin deseo
de reconciliación. No hay templo purificado si el corazón sigue convertido en
mercado de rencores, de odios, de cuentas pendientes, de resentimientos
acumulados.
Por
eso esta Eucaristía tiene también un tono penitencial. Venimos ante el Señor
reconociendo que muchas veces nuestro corazón necesita ser purificado. A veces
la casa interior que debía ser casa de oración se llena de ruido, de orgullo,
de envidia, de amargura, de falta de perdón. A veces defendemos mucho las
hojas, pero descuidamos los frutos. A veces queremos que Dios escuche nuestras
súplicas, pero nos cerramos a escuchar el clamor del hermano.
La
primera carta de San Pedro nos ayuda a completar este mensaje: “Sean sensatos y sobrios para poder
orar. Ante todo, mantengan entre ustedes un amor intenso, porque el amor cubre
multitud de pecados”. San Pedro no nos invita a una
espiritualidad superficial. Nos invita a una fe vigilante, sobria, concreta,
fraterna. Una fe que sabe que el tiempo es breve y que no podemos gastar la
vida en rencores estériles.
“Ante
todo, mantengan un amor intenso”. Esta expresión es preciosa. El amor cristiano
no puede ser tibio, no puede ser decorativo, no puede ser solamente una palabra
bonita. Debe ser intenso, perseverante, real. Un amor que acoge, que sirve, que
perdona, que sostiene, que acompaña a quien sufre, que no abandona al enfermo,
que no juzga con dureza al herido, que no se cansa de empezar de nuevo.
Y
Pedro añade: “Alégrense en
la medida en que comparten los sufrimientos de Cristo”. Esta
frase no significa que el cristiano busque el sufrimiento o que deba resignarse
pasivamente ante el dolor. Significa que ningún sufrimiento vivido en Cristo
queda perdido. Quienes sufren en el cuerpo, quienes padecen enfermedad, debilidad,
limitación o dolor físico, no están solos. Cristo crucificado está con ellos.
Quienes sufren en el alma, quienes cargan tristeza, ansiedad, soledad, duelo,
depresión, heridas afectivas o cansancio interior, tampoco están solos. Cristo
ha entrado en la noche humana para llevar allí su luz.
Hoy
oramos especialmente por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Y tal vez
algunos de nosotros venimos así: cansados, heridos, preocupados, enfermos,
confundidos, culpables, necesitados de paz. La Palabra no nos condena; nos
llama a volver a la raíz. La higuera se secó desde la raíz porque estaba vacía
de fruto. Pero en nosotros el Señor quiere hacer lo contrario: quiere sanar la
raíz para que vuelva el fruto.
Quiere
sanar la raíz de nuestra fe.
Quiere sanar la raíz de nuestra oración.
Quiere sanar la raíz de nuestras relaciones.
Quiere sanar la raíz de nuestros recuerdos.
Quiere sanar la raíz de nuestra vida espiritual.
El
Salmo nos invita a proclamar: “El
Señor llega a regir la tierra”. El Señor viene. Y cuando viene,
no viene solo a mirar las hojas. Viene a buscar frutos. Pero también viene como
médico, como purificador, como salvador. Viene a limpiar el templo de nuestro
corazón para que vuelva a ser casa de oración. Viene a quitar lo que nos roba
la paz. Viene a enseñarnos que la verdadera fecundidad no nace de la
apariencia, sino de la comunión con Él.
Hermanos,
pidamos hoy la gracia de no vivir una espiritualidad estéril. Que no seamos
higueras llenas de hojas, pero sin frutos. Que no seamos templos llenos de
ruido, pero vacíos de Dios. Que nuestra fe se traduzca en oración sincera,
nuestra oración en perdón, nuestro perdón en caridad, y nuestra caridad en
frutos concretos para el Reino.
Y
al acercarnos al altar, preguntémonos con humildad:
¿Qué
tiene que purificar Jesús en mí?
¿Qué resentimiento debo entregar?
¿Qué montaña interior necesito poner en manos de Dios?
¿Qué fruto espera el Señor de mi vida?
¿A quién debo perdonar?
¿A quién debo servir con más amor?
¿A quién debo acompañar en su sufrimiento?
Que
esta Eucaristía sea para nosotros casa de oración, fuente de reconciliación y
medicina para el alma. Que el Señor sane a quienes sufren, fortalezca a los
enfermos, consuele a los tristes, perdone nuestros pecados y nos haga fecundos
en el amor.
Pidámosle
con confianza:
Señor
Jesús,
purifica el templo de mi corazón.
Arranca de raíz lo que me aleja de Ti.
No permitas que mi vida tenga solo hojas de apariencia.
Hazme dar frutos de fe, oración, perdón y caridad.
Sana a quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Y convierte nuestra vida en una ofrenda fecunda para tu Reino.
Amén.


