sábado, 22 de agosto de 2026

23 de agosto del 2026: vigésimo primer domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

La aventura de la fe

Mateo no pierde ocasión de destacar a Pedro. Aquel que conducirá la Iglesia ocupa un lugar eminente en su Evangelio. La primera cualidad de Pedro consiste en haber conocido a Jesús y confesarlo como «el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Sin embargo, este conocimiento no nace únicamente de su inteligencia: es un don revelado por el Padre.

Sobre esta fe, Cristo lo constituye piedra de su Iglesia y le confía las llaves del Reino. Pedro, con sus fortalezas y fragilidades, nos recuerda que creer es una aventura de encuentro, confianza y servicio. También hoy Jesús nos pregunta: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?». Nuestra respuesta debe expresarse no solo con palabras, sino con una vida fiel y comprometida.

P.E.I

 


Primera lectura

Is 22, 19-23

Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio:
«Te echaré de tu puesto,
te destituirán de tu cargo.
Aquel día llamaré a mi siervo,
a Eliaquín, hijo de Esquías,
le vestiré tu túnica,
le ceñiré tu banda,
le daré tus poderes;
será padre para los habitantes de Jerusalén
y para el pueblo de Judá.
Pongo sobre sus hombros
la llave del palacio de David:
abrirá y nadie cerrará;
cerrará y nadie abrirá.
Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro,
será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 6 y 8bc (R.: 8bc)

R. Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos.


V. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario. 
R.

V. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma. 
R.

V. El Señor es sublime, se fija en el humilde,
y de lejos conoce al soberbio.
Señor, tu misericordia es eterna,
no abandones la obra de tus manos. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 11, 33-36

De él, por él y para él existe todo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

¡QUÉ abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!
En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa?
Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia,
y el poder del infierno no la derrotará. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 13-20

Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos».
Y les mandó a los discípulos que no dijesen a nadie que él era el Mesías.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

 

Queridos hermanos:

Hay preguntas que podemos responder repitiendo lo que hemos escuchado. Pero existen otras que comprometen nuestra vida entera. Cuando Jesús pregunta a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?», ellos responden fácilmente: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas». Saben lo que se comenta, conocen las opiniones que circulan.

Pero Jesús no está haciendo una encuesta. Le interesa algo mucho más profundo. Por eso cambia la pregunta y la hace personal: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?» Ya no se puede responder con lo que dicen los demás. Cada discípulo debe comprometer su corazón y su propia vida.

La escena sucede en Cesarea de Filipo, una región marcada por templos paganos, símbolos del poder político y cultos a diferentes dioses. Precisamente allí, rodeado de poderes humanos y falsas divinidades, Jesús pregunta por su identidad. Es como si dijera: entre tantas voces, promesas, autoridades e ídolos, ¿quién soy yo para ustedes?

También nosotros vivimos en una especie de Cesarea de Filipo. Estamos rodeados de voces que nos dicen dónde encontrar la felicidad, a quién seguir y en qué depositar nuestra confianza. Se nos invita a creer en el dinero, el éxito, el poder, la fama, las ideologías o la aprobación de las redes sociales. En medio de todas esas voces, Jesús vuelve a preguntarnos: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?»

Una respuesta que compromete la vida

Pedro responde en nombre de los discípulos: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo». Es una respuesta extraordinaria. Pedro no afirma solamente que Jesús es un gran maestro, un profeta admirable o un hombre bueno. Reconoce que es el Mesías esperado, el Hijo de Dios, la presencia salvadora de Dios en medio de su pueblo.

Jesús le aclara que esa respuesta no procede solamente de su inteligencia: «Eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos». La fe es un regalo de Dios. Podemos estudiar la Biblia, aprender el catecismo y conocer muchas enseñanzas religiosas, pero reconocer verdaderamente a Jesús como Señor es una gracia que el Padre concede y que nosotros debemos acoger.

Sin embargo, no basta repetir: «Tú eres el Mesías». Esa confesión debe convertirse en vida. Decir que Jesús es el Señor significa permitirle orientar nuestras decisiones, sanar nuestras heridas, corregir nuestros caminos y transformar nuestras relaciones.

¿Quién es Jesús para mí cuando llega la enfermedad? ¿Quién es cuando muere un ser querido? ¿Quién es cuando experimento soledad, incomprensión o fracaso? ¿Quién es cuando debo perdonar, compartir mis bienes o renunciar a mi orgullo? La verdadera respuesta no se da solamente con los labios; se demuestra con nuestra manera de vivir.

Podemos pronunciar correctamente el nombre de Jesús y, sin embargo, vivir como si Él no existiera. Podemos llevar una cruz, participar en la Eucaristía y conocer muchas oraciones, pero mantener cerradas ciertas zonas de nuestra vida. Jesús no quiere ocupar un pequeño rincón de nuestra existencia. Quiere ser el Señor de toda nuestra vida, nuestro amigo, pastor, redentor y salvador.

Una autoridad que Dios confía

La primera lectura nos ayuda a comprender el símbolo de las llaves. El profeta Isaías anuncia que Sebná será destituido de su cargo por no haber ejercido fielmente su responsabilidad. En su lugar, Dios llama a Eliacín, lo reviste con la túnica, le entrega la llave de la casa de David y le dice: «Lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá».

La llave representa autoridad, pero también responsabilidad. Eliacín no recibe la llave para sentirse superior, enriquecerse o dominar al pueblo. Dios lo coloca como «padre para los habitantes de Jerusalén». La autoridad que procede de Dios tiene como finalidad cuidar, proteger y servir.

Podemos decir que toda autoridad es una llave prestada por Dios. Los gobernantes, los padres de familia, los educadores, los superiores, los ministros de la Iglesia y quienes tienen alguna responsabilidad deben preguntarse: ¿estoy utilizando esta llave para abrir caminos o para cerrar oportunidades? ¿Para servir o para sentirme superior? ¿Para acercar a las personas o para excluirlas?

Dios no sostiene una autoridad corrupta, orgullosa o egoísta. Sebná pierde su cargo porque convirtió el servicio en privilegio personal. Eliacín, en cambio, es llamado a convertirse en apoyo firme para su pueblo. La autoridad vale ante Dios cuando se ejerce con humildad, justicia y espíritu paternal.

Esta enseñanza resulta especialmente necesaria en nuestra sociedad colombiana. Necesitamos autoridades que no se sirvan del pueblo, sino que sirvan al pueblo; personas que no busquen únicamente protagonismo, beneficios o poder, sino que atiendan el sufrimiento de las comunidades, especialmente de los pobres, los desplazados, las víctimas de la violencia y quienes han resultado afectados por las recientes emergencias.

«Tú eres Pedro»

Después de escuchar la profesión de fe de Simón, Jesús le dice: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». El cambio de nombre expresa una misión nueva. Simón recibe la responsabilidad de ser piedra visible de unidad y de confirmar la fe de sus hermanos.

Jesús añade: «Te daré las llaves del Reino de los cielos». Así como Eliacín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe las llaves del Reino. Cristo le confía una verdadera autoridad para enseñar, gobernar, discernir, atar y desatar. Esta misión continuará en sus sucesores y constituye el fundamento del ministerio del Papa al servicio de la comunión de toda la Iglesia.

Pero debemos observar cuidadosamente las palabras de Jesús: «Edificaré mi Iglesia». La Iglesia pertenece a Cristo. Es Él quien la construye, la sostiene y la santifica. Pedro es piedra por elección y gracia de Cristo, no porque sea humanamente perfecto. De hecho, poco después tendrá dificultades para comprender el camino de la cruz; durante la pasión negará tres veces al Señor. Sin embargo, Jesús no retira su llamada. Lo perdona, lo levanta y vuelve a confiarle su rebaño.

Esto nos llena de esperanza. La Iglesia no se sostiene por la perfección de sus miembros ni por la capacidad humana de sus ministros. Se sostiene porque Cristo permanece fiel. Los miembros de la Iglesia somos frágiles, podemos equivocarnos y necesitamos conversión constante; pero el Señor ha prometido: «El poder del infierno no la derrotará».

Esta promesa no significa que la Iglesia no vivirá crisis, persecuciones, pecados o momentos dolorosos. Significa que el mal nunca tendrá la última palabra. A lo largo de los siglos han caído imperios, ideologías y sistemas poderosos, pero la comunidad fundada por Cristo continúa anunciando el Evangelio, celebrando la Eucaristía, perdonando los pecados y sirviendo a los pobres.

La Iglesia edificada sobre la roca

Ante los templos y viviendas afectados por los desastres, podríamos sentir que todo se derrumba. Las construcciones son importantes: allí nos reunimos, celebramos los sacramentos y conservamos la memoria de nuestras comunidades. Pero la roca más profunda de la Iglesia no es el cemento, la madera o los muros. La roca es Cristo, confesado y anunciado en la fe apostólica.

Un templo puede sufrir daños, pero la Iglesia continúa viva cuando una familia reza, cuando una comunidad comparte sus alimentos, cuando alguien consuela al que ha perdido a un ser querido y cuando abrimos nuestras manos para ayudar al damnificado. Somos las piedras vivas de la casa de Dios.

Por eso, nuestra solidaridad no puede quedarse únicamente en palabras. Si confesamos que Jesús es el Mesías y el Hijo de Dios vivo, debemos reconocerlo también en el hermano que sufre. Las llaves que el Señor ha puesto en nuestras manos —nuestro tiempo, nuestros bienes, nuestras capacidades y nuestros recursos— deben abrir puertas de esperanza. La fe que no abre el corazón y las manos corre el riesgo de convertirse en una fórmula vacía.

«¡Qué abismo de generosidad!»

San Pablo, en la segunda lectura, contempla maravillado el misterio de Dios: «¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios!». Pablo reconoce que los caminos del Señor superan nuestros cálculos. No podemos encerrar a Dios dentro de nuestros proyectos ni exigirle que actúe según nuestras expectativas.

A veces quisiéramos comprender inmediatamente todo lo que sucede. Preguntamos por qué Dios permite una enfermedad, una pérdida, una tragedia o una injusticia. No siempre encontraremos una respuesta completa. La fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite confiar en que la sabiduría y la misericordia de Dios son más grandes que aquello que ahora podemos comprender.

San Pablo concluye diciendo: «Todo viene de Él, ha sido hecho por Él y todo tiende hacia Él». Esta certeza pone en su lugar nuestras pretensiones. Ninguno de nosotros es dueño absoluto de la vida, de la comunidad o de la Iglesia. Todo viene de Dios y debe orientarse hacia su gloria.

Por eso, el salmo nos invita a rezar: «Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos». Somos obra de sus manos. Nuestras familias, comunidades y parroquias también lo son. Incluso cuando atravesamos momentos de fragilidad, podemos confiar en que Dios no abandona lo que ha comenzado.

Nuestra respuesta

Hoy podemos asumir tres compromisos sencillos. Primero, responder personalmente a la pregunta de Jesús. No basta saber lo que dicen los demás. En la oración debemos decirle: «Señor, tú eres el Mesías; tú eres mi Salvador; en ti pongo mi vida».

Segundo, vivir nuestra fe en comunión con la Iglesia edificada sobre Pedro. Amemos a la Iglesia, oremos por el Papa, por los obispos, sacerdotes y servidores de nuestras comunidades. No ignoremos sus debilidades, pero tampoco olvidemos que Cristo continúa actuando en ella.

Tercero, convirtamos toda autoridad y todo don recibido en servicio. Utilicemos nuestras llaves para abrir, no para encerrar; para reconciliar, no para dividir; para ayudar, no para dominar; para acercar a las personas a Dios, no para buscar reconocimiento.

Dentro de unos momentos profesaremos juntos el Credo. Cuando digamos: «Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor», estaremos respondiendo a la misma pregunta dirigida a Pedro. Y cuando recibamos la comunión y respondamos «Amén», estaremos diciendo nuevamente: «Sí, Señor, creo que eres tú. Creo que vienes a mi encuentro. Quiero que seas el centro de mi vida».

Pidamos la gracia de no responder únicamente con palabras. Que nuestra fe se haga fidelidad, comunión, solidaridad y servicio. Y que, en medio de las dificultades, podamos confesar con Pedro:

«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Amén.

 

2

 

Vencer las puertas del infierno

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de este domingo nos presenta una pregunta decisiva, una profesión de fe extraordinaria y una promesa que continúa sosteniendo la vida de la Iglesia:

«Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?”. Ellos contestaron: “Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas”. Él les preguntó: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”. Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo”».

El simbolismo asociado con Cesarea de Filipo es fundamental para comprender este Evangelio. Situada al norte de Cafarnaún, donde Jesús había establecido el centro de buena parte de su ministerio, era una ciudad predominantemente pagana, conocida por sus santuarios dedicados a falsos dioses.

Uno de los más destacados estaba dedicado a Pan, de quien la región había recibido el nombre de Panias, posteriormente Banias. Pan era un dios griego honrado en un santuario cercano a una gran cueva y a un manantial considerados la entrada al Hades, es decir, al reino de los muertos.

Se lo presentaba como el dios de la naturaleza, los pastores, los rebaños, los lugares agrestes, la fertilidad y la música campestre. Frecuentemente era representado como una figura mitad hombre y mitad cabra, con cuernos y pezuñas. Tocaba la flauta de Pan y se asociaba con la lujuria, el desorden y el miedo repentino, de donde procede la palabra «pánico».

Además, en aquella región había un templo dedicado al emperador César Augusto, quien era venerado como una divinidad dentro del mundo romano. Fue precisamente a ese ambiente pagano y espiritualmente oscuro adonde Jesús condujo a sus discípulos, posiblemente después de un viaje de dos días, para plantearles una pregunta monumental.

Jesús sacó a los Doce de la comodidad de su entorno familiar, de sus pueblos de pescadores y de sus vecinos judíos, por una razón muy concreta. Quería que respondieran a su pregunta no en medio de lo conocido y seguro, sino en un lugar marcado por la confusión espiritual y la idolatría.

¿Para qué? Para que la fe pudiera ser proclamada también allí, y para que la gracia divina confrontara las tinieblas que impregnaban aquella región.

Hermanos, también nosotros vivimos en medio de múltiples idolatrías. Quizás ya no levantamos templos a Pan ni adoramos públicamente a los emperadores, pero existen otros dioses ante los cuales muchas personas se inclinan: el dinero, el poder, la apariencia, el placer sin responsabilidad, la violencia, el prestigio o la ambición desmedida.

Frente a esos ídolos, Cristo sigue preguntando a su Iglesia: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

Al principio, Jesús preguntó qué decía la gente. Los discípulos respondieron: «Unos dicen que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o alguno de los profetas».

Eran respuestas respetuosas, pero insuficientes. Jesús no era simplemente otro profeta, un maestro admirable o una figura religiosa más. Por eso formuló la pregunta que llegaba al corazón de su misión: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».

Fue un momento de prueba espiritual, y Simón respondió con una fe profunda: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Jesús contestó con palabras extraordinarias, cuyas consecuencias permanecen hasta nuestros días:

«Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo».

Estas palabras se comprenden mejor a la luz de la primera lectura. El profeta Isaías anuncia que Dios retirará de su cargo a Sebná y confiará la autoridad a Eliacín. El Señor declara:

«Pondré sobre su hombro la llave de la casa de David: lo que él abra, nadie lo cerrará; lo que él cierre, nadie lo abrirá».

Eliacín recibe una responsabilidad que no le pertenece por derecho propio: administrar la casa del rey y actuar como padre para los habitantes de Jerusalén. La llave expresa autoridad, pero una autoridad confiada para servir, proteger y cuidar al pueblo.

Este pasaje anticipa lo que Jesús realiza en el Evangelio. Si Eliacín recibió la llave de la casa de David, Pedro recibe las llaves del Reino de los cielos. Si Eliacín debía velar por el pueblo de Jerusalén, Pedro recibe la misión de cuidar y fortalecer a toda la comunidad de los creyentes.

Pero hay una diferencia decisiva: mientras la autoridad de Eliacín se ejercía dentro de un reino temporal, la misión confiada a Pedro se orienta hacia el Reino de Dios y permanece al servicio de la Iglesia a través de los siglos.

Con estas palabras sagradas, Jesús fundó su Iglesia sobre Pedro, constituyéndolo en el primer Papa. En la tradición bíblica, un cambio de nombre significa una nueva identidad y una nueva misión. Simón, hijo de Jonás, sería llamado desde entonces Pedro: Petros en griego y Cefas en arameo, palabras que significan «piedra» o «roca».

Pedro se convirtió así en el fundamento visible sobre el cual sería edificada la Iglesia de Cristo. Ningún poder pagano, ningún falso dios y ningún gobernante terrenal podría destruir aquello que Cristo estableció con su autoridad divina.

Sin embargo, es necesario subrayar algo importante: la fortaleza de Pedro no procedía de su perfección personal. Sabemos que era impulsivo, que experimentó temor y que incluso negó al Señor durante la pasión. Su firmeza no dependía únicamente de sus capacidades humanas, sino de la elección y de la gracia de Cristo.

Por eso Jesús no dice: «Tú construirás tu Iglesia». Dice: «Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia». La Iglesia es de Cristo. Él la funda, Él la sostiene y Él garantiza que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Aquí resuena de manera especial la segunda lectura. San Pablo exclama:

«¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos!».

La elección de Pedro manifiesta precisamente esa sabiduría divina. Según los criterios humanos, quizás habríamos buscado a alguien más instruido, más influyente o menos propenso a equivocarse. Pero Dios escoge a un pescador, lo transforma mediante su gracia y lo convierte en piedra para sostener la comunión de la Iglesia.

Los caminos de Dios no son nuestros caminos. Su sabiduría supera nuestros cálculos, porque, como proclama san Pablo, «de Él, por Él y para Él existe todo».

También el salmo nos ayuda a comprender este misterio cuando responde:

«Señor, tu misericordia es eterna; no abandones la obra de tus manos».

La Iglesia es obra de las manos del Señor. Aunque sus miembros seamos frágiles, aunque existan pecados, heridas, escándalos o dificultades, Dios no abandona aquello que ha comenzado. La historia de la Iglesia no se explica únicamente por la capacidad de sus pastores o por la fidelidad de sus miembros, sino por la misericordia y la promesa de Cristo.

Por eso debemos reflexionar sobre el significado del ministerio del Papa. También hoy, en el sucesor de san Pedro, continúan resonando por todo el mundo las palabras pronunciadas por Simón: «Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».

Esta es la primera y más importante responsabilidad del Papa: dar testimonio de Cristo, el Hijo de Dios. Su misión no consiste en ocupar un lugar de prestigio o ejercer un poder mundano, sino en confirmar a sus hermanos en la fe, custodiar la unidad de la Iglesia y anunciar el Evangelio.

A pesar de las debilidades personales de algunos papas y de la santidad de otros, es Jesús quien estableció a Pedro y a sus sucesores como fundamento visible de la comunión eclesial. Nuestra confianza no descansa en la impecabilidad de las personas, sino en la fidelidad de Cristo.

Por eso debemos orar por el Santo Padre y confiar en el testimonio que el ministerio de Pedro ha ofrecido desde aquel primer momento en Cesarea de Filipo. Se trata de un testimonio sostenido no por la fuerza humana, sino por la promesa del Señor.

Profesar nuestra fe en el ministerio que Cristo confió a Pedro significa, en definitiva, profesar nuestra fe en Aquel que lo instituyó y lo revistió de autoridad para servir a su pueblo.

Ahora bien, estas palabras también nos comprometen personalmente. Jesús no pregunta únicamente qué enseña el Papa, qué predica el sacerdote o qué recuerda el catecismo. Jesús nos mira y nos pregunta a cada uno: «Y tú, ¿quién dices que soy yo?».

¿Es Cristo verdaderamente el centro de nuestra vida? ¿Es nuestro Señor en los momentos de alegría y también cuando atravesamos el dolor? ¿Lo reconocemos cuando debemos perdonar, compartir con el necesitado y acompañar al hermano que sufre?

En medio de las dificultades de nuestras familias, de las heridas de Colombia y del sufrimiento de tantas personas afectadas por la violencia, la pobreza o las emergencias, necesitamos proclamar con renovada convicción que Cristo es el Hijo del Dios vivo.

Y esa proclamación debe traducirse en obras concretas. Quien reconoce a Jesús como Señor no permanece indiferente ante el dolor de sus hermanos. La fe abre puertas, construye comunión, sostiene la esperanza y se convierte en solidaridad.

Pidámosle al Señor que nuestra confianza permanezca firme, incluso cuando parezca que la oscuridad se extiende. Frente a los ídolos de nuestro tiempo, frente al miedo y la desesperanza, Cristo continúa edificando su Iglesia y repitiéndonos que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.

Concluyamos haciendo nuestra esta oración:

Señor mío, tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo. Junto con Simón, profeso esta verdad y pongo mi fe en ti, que estableciste a Simón, hijo de Jonás, como Pedro, la roca y fundamento de tu Iglesia.

Creo y confieso que las puertas del infierno nunca prevalecerán contra la Iglesia, no por la fuerza o la perfección humanas, sino por tu promesa eterna.

Oro por nuestro Santo Padre, el Papa, y por todos sus sucesores. Haz que sean testigos verdaderos y fieles de aquella confesión pronunciada por primera vez por san Pedro.

Jesús, en ti confío. Amén.

 

viernes, 21 de agosto de 2026

22 de agosto del 2026: sábado de la vigésima semana del tiempo ordinario II o Fiesta de la Bienaventurada Virgen María Reina

 

Testigo de la fe:

Bienaventurada Virgen María, Reina

En la octava de la solemnidad de la Asunción, la Iglesia celebra hoy a María, Reina, contemplándola ya glorificada junto a su Hijo. Su realeza no es poder al modo humano, sino participación en la realeza de Cristo, el Rey servidor que entrega la vida por amor.

María reina porque es la Madre del Rey, porque estuvo plenamente asociada a la obra salvadora de su Hijo y porque, elevada al cielo en cuerpo y alma, participa de manera singular de su gloria. Desde allí continúa ejerciendo su maternidad espiritual, intercediendo por nosotros como Madre.

Esta dimensión triunfal de María anticipa también el destino de toda la Iglesia: lo que contemplamos realizado plenamente en ella es signo de aquello a lo que todos estamos llamados. María Reina es imagen de la Iglesia gloriosa del cielo y prenda de nuestra esperanza.

La memoria de Santa María Reina, instituida por el papa Pío XII, se celebra el 22 de agosto, ocho días después de la Asunción.

María, Reina del cielo y Madre nuestra, intercede por nosotros y condúcenos siempre hacia Cristo, tu Hijo y nuestro Rey.

 


Un gran anuncio

Isaías da testimonio de una experiencia de luz, alegría, liberación y paz. Todo ello está vinculado al nacimiento de un “hijo” de la descendencia de David, que recibe nombres de clara resonancia mesiánica: “Consejero admirable, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz”.

Para los cristianos, esta profecía alcanza su plenitud en Jesucristo, el Mesías esperado, cuya venida inaugura un reino de justicia y de paz que no tendrá fin. En la memoria de Santa María Reina, esta palabra adquiere además una hermosa resonancia: María es Reina porque es Madre del Rey mesiánico. Su grandeza no procede de un poder propio, sino de su íntima unión con Cristo y de su humilde disponibilidad al proyecto de Dios.

Contemplar hoy a María Reina es reconocer que el verdadero reinado de Dios se manifiesta en el servicio, la entrega y la paz. Ella, plenamente asociada a su Hijo, sigue señalándonos el camino hacia Aquel que es nuestro verdadero Rey.

 

*************

 

Hermanos, ocho días después de celebrar la Asunción de la Virgen María, la Iglesia nos invita hoy a contemplarla como Reina. Pero debemos entender bien qué significa esta realeza. María no reina al estilo de los poderosos de este mundo; no reina imponiendo, dominando o buscando privilegios. María reina porque pertenece totalmente a Cristo, porque sirvió, porque creyó y porque amó. Su corona está hecha de humildad, obediencia y entrega.

La primera lectura del profeta Isaías nos coloca precisamente ante una gran promesa: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande». Es una palabra de esperanza para un pueblo herido, cansado, amenazado. Dios anuncia que la oscuridad no tendrá la última palabra. Habrá alegría, liberación y paz porque nacerá un niño, un hijo que llevará nombres extraordinarios: Consejero admirable, Dios fuerte, Padre para siempre, Príncipe de la paz.

Para nosotros esa profecía alcanza su plenitud en Jesucristo. Él es la luz que vence nuestras tinieblas; Él es el verdadero Rey y el verdadero Príncipe de la paz.

Por eso, si hoy llamamos Reina a María, es porque ella es, ante todo, la Madre del Rey. Toda su grandeza nace de su relación con Cristo. María nunca se queda con la gloria para sí. Todo en ella señala hacia Jesús.

También nosotros atravesamos muchas veces nuestras propias oscuridades: preocupaciones familiares, enfermedad, violencia, incertidumbre, dificultades económicas, soledad, miedo al futuro. La Palabra de Isaías vuelve a decirnos hoy: Dios es capaz de encender una luz precisamente donde parece que todo está oscuro.

El Salmo 112 nos invita a responder con alabanza: «Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre». Y añade algo bellísimo: Dios es tan grande que está por encima de todas las naciones y, sin embargo, se inclina para mirar al cielo y a la tierra; levanta del polvo al desvalido y alza de la basura al pobre.

Esta es también una clave para comprender la realeza de María.

Dios no eligió una reina de un palacio poderoso. Eligió a una joven sencilla de Nazaret. Dios mira lo pequeño, lo humilde, aquello que muchas veces el mundo desprecia. Y precisamente desde esa pequeñez realiza cosas grandes.

En el Evangelio de Lucas contemplamos la anunciación. El ángel Gabriel llega a María y le dice: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Después viene el anuncio desconcertante: será Madre del Hijo del Altísimo; Él heredará el trono de David y su reino no tendrá fin.

Ahí está nuevamente el tema de la realeza.

Pero fijémonos en María. Ella no pregunta qué privilegios obtendrá. No pregunta qué corona llevará ni qué reconocimiento recibirá. Solo pregunta cómo puede realizarse la voluntad de Dios. Y termina pronunciando una de las frases más grandes de toda la historia de la salvación:

«He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra».

Ahí comienza la verdadera realeza de María.

María es Reina porque primero fue servidora.

Es grande porque se hizo pequeña.

Es glorificada porque se entregó totalmente a Dios.

Por eso esta fiesta corrige también nuestra manera humana de entender el poder. El Evangelio nos enseña que, en el Reino de Dios, reinar es servir. Quien quiere ser grande debe aprender a ponerse al servicio de los demás. Quien quiere parecerse a María debe aprender a decir cada día: «Hágase en mí según tu palabra».

Tal vez nosotros rezamos muchas veces el Padrenuestro diciendo: «Hágase tu voluntad», pero cuando la voluntad de Dios no coincide con nuestros planes nos cuesta aceptarla. María nos enseña una confianza diferente. Ella no comprende todo lo que vendrá, pero confía. No conoce todos los detalles del camino, pero se abandona en las manos de Dios.

Y esa actitud sigue siendo profundamente actual.

Hay situaciones de nuestra vida que no podemos controlar. Hay preguntas que todavía no tienen respuesta. Hay acontecimientos que nos inquietan. María nos enseña que la fe no consiste en tener todo claro, sino en confiar en Dios aun cuando todavía no vemos completamente el camino.

Celebrar a Santa María Reina significa entonces renovar nuestra esperanza. Ella, que ya participa plenamente de la gloria de su Hijo, es signo de lo que Dios quiere realizar también en nosotros. Su Asunción y su realeza nos recuerdan que nuestra historia no termina en la muerte, ni en el sufrimiento, ni en las dificultades de este mundo. Nuestra vocación es participar un día de la gloria de Cristo.

Y desde el cielo, María sigue siendo Madre. Su realeza es una realeza maternal: intercede, acompaña, protege y nos conduce hacia Jesús.

Podemos preguntarnos hoy:

¿Quién reina verdaderamente en mi vida?

¿Mis miedos? ¿Mi orgullo? ¿El dinero? ¿Mis preocupaciones? ¿Mis planes?

¿O permito que Cristo sea realmente el Rey de mi corazón?

María Reina nos enseña precisamente eso: dejar que Dios reine.

Que ella nos ayude a abrirle espacio al Señor en nuestras decisiones, en nuestras familias, en nuestro trabajo, en nuestras comunidades y en nuestra Iglesia.

Y cuando atravesemos momentos de oscuridad, recordemos la promesa de Isaías: una gran luz ha brillado.

Cuando sintamos que somos pequeños o insignificantes, recordemos el salmo: Dios levanta del polvo al desvalido.

Y cuando no sepamos qué camino tomar, aprendamos de María a decir:

«Aquí estoy, Señor. Hágase en mí según tu palabra».

Santa María Reina, Madre del Príncipe de la Paz,
ruega por nosotros.

Enséñanos a servir como tú,
a confiar como tú,
a amar como tú
y a dejar que Cristo reine siempre en nuestro corazón.

Amén.

 

2

 

(Mateo 23, 1-12) Jesús es claro, nadie puede pretender tener el título de Padre y de Maestro: nuestro único Padre, es Dios; y nuestro único Maestro es Cristo.  Es importante entonces decir NO a los gurús de todo tipo que se creen están por encima de todo y quieren regir la vida de la gente que está a su alrededor!


Homilía a la luz de las lecturas del sábado de la vigésima semana del tiempo ordinario año II

 

«Que Dios vuelva a habitar en medio de nosotros»

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en la vida en los que parece que Dios se hubiera marchado.

Sucede cuando una familia atraviesa una crisis, cuando una enfermedad prolongada agota las fuerzas, cuando sobreviene una pérdida inesperada o cuando contemplamos comunidades enteras heridas por la tragedia. También ocurre cuando vemos injusticias, divisiones y comportamientos que contradicen el Evangelio, incluso dentro de la Iglesia.

Entonces nace una pregunta dolorosa: ¿dónde está Dios?, ¿por qué parece tan silencioso?, ¿volverá la esperanza?

Las lecturas de hoy responden con una certeza consoladora: Dios quiere habitar entre nosotros; pero, para reconocer su presencia, necesitamos abandonar la apariencia, la soberbia y el deseo de superioridad, y aprender el camino de la humildad y del servicio.

El profeta Ezequiel vivió una de las épocas más difíciles de la historia de Israel. El pueblo había sido deportado, Jerusalén estaba herida y el templo, lugar sagrado de la presencia divina, parecía destinado a la desolación.

En una visión anterior, el profeta había contemplado cómo la gloria del Señor abandonaba la ciudad y se dirigía hacia el oriente. Para aquellos israelitas, semejante imagen expresaba una realidad estremecedora: el pecado, la infidelidad y la injusticia habían roto la comunión con Dios.

Sin embargo, ese alejamiento no significaba que el Señor hubiera abandonado definitivamente a su pueblo. Su gloria se orientaba hacia donde estaban los desterrados: Dios seguía acompañando a sus hijos incluso lejos de la tierra prometida.

¡Qué importante es comprenderlo!

Cuando una persona se encuentra lejos, herida o confundida, el Señor no deja de buscarla. Dios acompaña al enfermo en su habitación, al migrante en tierra extraña, al anciano que se siente olvidado, al joven que ha perdido el rumbo y a las familias que atraviesan momentos de incertidumbre.

Dios no se desentiende de sus hijos.

En la lectura de hoy, Ezequiel contempla algo nuevo: la gloria del Señor regresa por la puerta oriental y llena nuevamente el templo.

El profeta describe aquella presencia con imágenes llenas de fuerza: la gloria venía del oriente, su voz era como el estruendo de aguas caudalosas y la tierra resplandecía con su gloria.

Es una visión de renovación.

Donde antes había oscuridad, vuelve la luz.

Donde había destierro, comienza a abrirse el camino del regreso.

Donde parecía que todo estaba perdido, Dios anuncia un nuevo comienzo.

Y el Señor declara:

«Este es el lugar de mi trono, el lugar donde posaré la planta de mis pies; aquí habitaré en medio de los hijos de Israel para siempre».

Para los exiliados, estas palabras eran una promesa inmensa. Si la gloria de Dios regresaba al templo, ellos también podrían regresar. Si Dios volvía a habitar en medio del pueblo, la historia no estaba cerrada.

Queridos hermanos, también nosotros necesitamos escuchar esta promesa.

Quizás alguien lleva tiempo experimentando un exilio interior: se ha alejado de la fe, ha perdido la alegría de orar o siente que su vida espiritual se ha enfriado.

Quizás en alguna familia la paz se marchó hace tiempo por discusiones, resentimientos o heridas que nadie se atreve a sanar.

Quizás nuestras comunidades, golpeadas por la pobreza, la incertidumbre o las consecuencias de una tragedia, necesitan recuperar la confianza.

La Palabra de Dios nos asegura: el Señor puede volver a llenar de esperanza aquello que parecía vacío.

Pero hay una condición: debemos abrirle de nuevo las puertas del corazón.

El salmo responde a esta promesa con una expresión bellísima:

«La gloria del Señor habitará en nuestra tierra».

Y añade:

«La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan».

La presencia de Dios no se reduce a ceremonias, edificios o palabras religiosas. Cuando el Señor habita verdaderamente entre nosotros, aparecen señales concretas: misericordia, fidelidad, justicia y paz.

Hay gloria de Dios cuando alguien decide perdonar.

Hay gloria de Dios cuando una familia vuelve a dialogar.

Hay gloria de Dios cuando una comunidad comparte con quien lo ha perdido todo.

Hay gloria de Dios cuando defendemos la dignidad del pobre, acompañamos al enfermo y consolamos al que sufre.

Y hay gloria de Dios cuando, frente al dolor de nuestros hermanos afectados por las tragedias que han golpeado a Colombia, no permanecemos indiferentes.

La solidaridad también es una forma de decirle al Señor: ven y habita en nuestra tierra.

Sin embargo, el Evangelio nos advierte sobre aquello que puede impedirnos reconocer y comunicar la presencia divina: la incoherencia entre lo que decimos y lo que vivimos.

Jesús habla de los escribas y fariseos, sentados en la cátedra de Moisés. Reconoce que tienen una responsabilidad de enseñanza y, por eso, exhorta:

«Hagan y cumplan todo lo que les digan; pero no hagan lo que ellos hacen, porque dicen y no hacen».

Esta crítica no debe convertirse en desprecio hacia el pueblo judío. Jesús denuncia una tentación religiosa que puede aparecer en cualquier época, en cualquier comunidad y también en cada uno de nosotros.

Es la tentación de hablar de Dios sin dejarnos transformar por Dios.

La tentación de exigir mucho a los demás y justificarnos siempre a nosotros mismos.

La tentación de predicar la humildad mientras buscamos reconocimiento.

La tentación de condenar los errores ajenos sin revisar nuestras propias faltas.

Jesús describe a quienes imponen cargas pesadas sobre los hombros de otros, pero no están dispuestos a mover un dedo para ayudarlos.

¡Qué fácil es señalar!

¡Qué fácil es decirle a una familia cómo debería vivir, a un joven cómo debería comportarse o a una persona herida cómo debería reaccionar!

Lo difícil es acompañar, comprender, escuchar y ayudar a cargar el peso.

Una Iglesia fiel a Jesucristo no se dedica solamente a recordar obligaciones: se acerca, consuela y camina con las personas.

La autoridad cristiana no consiste en aumentar las cargas, sino en ayudar a llevarlas.

El Señor también cuestiona a quienes buscan los primeros puestos, los saludos honoríficos y el reconocimiento público.

No condena el ejercicio responsable de una misión ni el respeto debido a quienes sirven. Lo que rechaza es que la fe se convierta en una plataforma para la vanidad.

Cuando alguien utiliza la religión para sentirse superior, el templo puede estar lleno de palabras, pero el corazón permanece vacío de Dios.

Por eso Jesús insiste:

«Ustedes, en cambio, no se dejen llamar maestros, porque uno solo es su Maestro y todos ustedes son hermanos».

Y añade:

«No llamen padre suyo a nadie en la tierra, porque uno solo es su Padre: el del cielo».

Estas palabras no prohíben llamar «padre» al propio papá ni utilizar ese término para expresar una paternidad espiritual. La misma Sagrada Escritura emplea ese lenguaje: san Pablo afirma que ha engendrado espiritualmente a los creyentes mediante el Evangelio.

Lo que Jesús enseña es que nadie puede ocupar el lugar de Dios ni ejercer autoridad como dueño de la conciencia y de la vida de los demás.

Quien es padre, sacerdote, catequista, maestro o responsable de una comunidad debe recordar que su misión consiste en acercar a las personas al Padre celestial, no en apropiarse de ellas ni buscar privilegios.

El sacerdote no está por encima de la comunidad: está llamado a servirla.

El catequista no enseña para recibir aplausos: transmite la fe para que otros conozcan a Cristo.

Los padres no educan para dominar: acompañan a sus hijos para que crezcan en libertad y responsabilidad.

Y quienes ejercen autoridad deben preguntarse si su liderazgo alivia las cargas o las hace más pesadas.

Jesús resume todo con una frase decisiva:

«El primero entre ustedes será su servidor».

En el mundo, muchas veces se considera grande a quien tiene poder, dinero, prestigio o capacidad de imponerse.

Para Jesús, es grande quien sirve.

Es grande la madre que cuida silenciosamente a su familia.

Es grande el padre que trabaja con honestidad.

Es grande el joven que se solidariza con quien está solo.

Es grande el catequista que entrega su tiempo para formar a los niños.

Es grande quien acompaña a un enfermo, comparte su alimento o sostiene la esperanza de alguien que está a punto de rendirse.

Dios no mide nuestra vida por los honores recibidos, sino por el amor entregado.

En este sábado podemos contemplar también a la Virgen María, cuya memoria celebramos como Reina.

¿Y por qué María es Reina?

No porque haya buscado los primeros puestos, sino porque se reconoció como la esclava del Señor.

Su grandeza nace de su humildad. Su corona está hecha de fe, disponibilidad, ternura y servicio.

Ella permitió que Dios habitara plenamente en su vida y, por eso, se convirtió en morada del Salvador.

Cuando visitó a Isabel, cuando acompañó a Jesús y cuando permaneció junto a la cruz, María mostró que la verdadera autoridad espiritual consiste en amar y servir.

Por eso, la enseñanza de Jesús encuentra en ella una expresión luminosa:

«El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

Hermanos, preguntémonos hoy con sinceridad:

¿Estoy permitiendo que Dios regrese a las zonas de mi vida donde parecía ausente?

¿Mi manera de vivir ayuda a que la misericordia y la justicia se encuentren?

¿Alivio las cargas de los demás o contribuyo a hacerlas más pesadas?

¿Busco servir o busco que me reconozcan?

Pidámosle al Señor que nuestra Iglesia, nuestras familias y nuestras comunidades sean lugares donde su presencia vuelva a resplandecer.

Que la gloria de Dios habite en Guaduero, en El Dindal, en Córdoba y en Cambrás.

Que habite en nuestros hogares, en los enfermos, en los jóvenes, en quienes sufren y en las familias que necesitan reconstruir su vida.

Y que María, Reina y Madre, nos enseñe que la verdadera grandeza no está en ser admirados, sino en amar como Cristo y servir como hermanos.

Señor, vuelve a habitar en nuestra tierra.
Llena de tu gloria nuestros corazones.
Haznos humildes para reconocer tu presencia
y generosos para servir a quienes más nos necesitan.
Amén.

 

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22 de agosto:
Memoria de la Bienaventurada Virgen María Reina

 


Cita:

“Apareció en el cielo una gran señal: una Mujer vestida del sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza.”
~Apocalipsis 12,1

 

Reflexión:

El siglo XX presenció un gran resurgimiento en la devoción a la Madre de Dios. Varias décadas antes, el 8 de diciembre de 1854, el Papa Pío IX declaró el Dogma de la Inmaculada Concepción. Cuatro años más tarde, la Santísima Virgen se apareció a Bernardita Soubirous, una joven campesina de catorce años, en Lourdes (Francia). En esa aparición, cuando Bernardita preguntó quién era la Señora Celestial, ella respondió: “Yo soy la Inmaculada Concepción”. Esta confirmación mística del dogma papal encendió una gran devoción hacia la Madre de Dios, y Lourdes se convirtió en un lugar de peregrinación frecuente donde han ocurrido muchos milagros.

En 1916, tres niños pastores en Fátima, Portugal, recibieron tres apariciones del Ángel de la Paz, el Ángel de la Guarda de Portugal. Luego, en 1917, recibieron seis apariciones de la “Señora del Rosario”, como ella misma se llamó. El día de su última aparición, unas 70.000 personas se habían congregado y todos fueron testigos del milagro prometido. Una lluvia torrencial cesó de inmediato, el sol “bailó” y pareció precipitarse hacia la tierra, y todo —personas y objetos— quedaron repentinamente secos. Esta aparición y este milagro continúan alimentando la devoción a la Madre de Dios.

En 1950, el Papa Pío XII promulgó una constitución apostólica mediante la cual declaró como dogma de nuestra fe “que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Ya que Jesús es el Rey de reyes, y porque está sentado en su trono a la derecha del Padre en el Cielo, y su Madre fue asunta al Cielo en cuerpo y alma, la conclusión lógica de estas verdades nos conduce necesariamente a la memoria que hoy celebramos.

Los Padres de la Iglesia primitiva utilizaron lo que se conoce como “tipología” para establecer claramente la continuidad entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. Por ejemplo, aunque el rey Salomón pecó, también es una prefiguración o “tipo” de Cristo, porque fue un pacificador, lleno de sabiduría, y construyó el Templo. San Agustín, en su comentario al Salmo 127, afirma que nuestro Señor es “el verdadero Salomón” y que “Salomón fue la figura de este Pacificador”. El verdadero Pacificador es Cristo, y así como Salomón edificó el Templo, nuestro Señor construyó el verdadero Templo de su Cuerpo, que es la Iglesia.

Siguiendo esta tipología, el Primer Libro de los Reyes dice: “Fue Betsabé a ver al rey Salomón para hablarle en favor de Adonías; el rey se levantó a recibirla y se postró ante ella. Luego volvió a sentarse en su trono, e hizo colocar un trono para la madre del rey, que se sentó a su derecha. Ella dijo: ‘Tengo que hacerte una pequeña súplica, no me la niegues’. El rey le contestó: ‘Pide, madre mía, pues no te la negaré’” (1 Re 2,19-20). Si el rey Salomón, figura veterotestamentaria de Cristo, honró las peticiones de su madre, sentándola en un trono a su derecha, ¡cuánto más nuestro Señor, verdadero Rey de reyes, hace lo mismo con su Madre! Por eso, la memoria de hoy celebra el hecho de que, en el Cielo, la Madre de Jesús está sentada en un trono junto al suyo, y como Salomón, Jesús le dice con certeza: “Pide, madre mía, pues no te la negaré”.

Por estas razones, el 11 de octubre de 1954, cuatro años después de la proclamación de la Asunción, el Papa Pío XII instituyó la memoria de la Realeza de María con su carta encíclica Ad Caeli Reginam (La Reina del Cielo). Esta memoria fue asignada inicialmente al 31 de mayo, tras la memoria del Inmaculado Corazón de María. Sin embargo, en 1969, el Papa Pablo VI trasladó la fecha al 22 de agosto, ocho días después de la solemnidad de la Asunción de la Bienaventurada Virgen María. En gran parte, esto se hizo para crear una octava de continuidad y mostrar que la Asunción necesariamente conduce a que la Madre de Dios sea también la Reina Madre del Cielo y de la Tierra.

Como Reina, la Madre María no solo intercede en nuestro favor, sino que también actúa como mediadora de su Hijo. Desde su trono celestial, la Reina Madre del Cielo y de la Tierra recibe la misión de dispensar la gracia de Dios. Ella no es la fuente, pero tiene el privilegio de ser el instrumento de distribución. Como madre amorosa, nada la complace más que prodigar todo bien a sus hijos en la tierra. Anhela reunir a todos sus hijos en el Cielo, con y en su divino Hijo.

Aunque la evolución litúrgica y teológica de esta memoria pueda parecer compleja, su esencia es simple: no solo tenemos una Madre en el Cielo, también tenemos una Reina Madre. Como María es la Reina Madre de Dios, debemos acudir a ella con fe infantil y simplicidad. Así como un niño corre hacia una madre amorosa en el momento de necesidad, sin cuestionar jamás su amor, protección y cuidado, así debemos correr hacia ella. Ella es nuestra protectora, nuestro refugio, nuestra esperanza y nuestro dulce gozo. Su afecto es perfecto y su amor maternal incomparable.

Al honrar hoy a la Reina del Cielo, contemplemos la comprensión cada vez más profunda que la Iglesia tiene de su papel. Así como la Iglesia ha ido profundizando a lo largo de los siglos en la grandeza de María, así también nosotros debemos descubrirlo personalmente a lo largo de nuestras vidas. Acudamos a ella, busquemos su oración, confiemos en su intercesión y honrémosla como nuestra Madre y nuestra Reina.

Oración:

Madre y Reina del Cielo, hoy corro hacia ti como un niño, con confianza y fe. Tú eres la gloriosa Reina Madre, que reinas sobre todos tus hijos con amor y misericordia. Ruega por mí y concédeme todo lo que necesito. Abro mi corazón a la gracia de tu Hijo, que a ti se te ha confiado distribuir. Hazme santo y libre de pecado, para que puedas presentarme limpio y puro a tu amado Hijo, el Rey del Universo. Reina del Cielo, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

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