miércoles, 24 de junio de 2026

24 de junio del 2026: Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

SANTO DEL DÍA:


San Juan Bautista

Siglo I. “Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos” (Lc 1,76). Estas fueron las palabras de Zacarías en el nacimiento de su hijo Juan, cuya fiesta celebramos hoy.

 

El ritmo de la revelación

(Hechos 13,22-26; Lucas 1,57-66.80) Lucas subraya la diferencia entre los destinos de Jesús y de Juan. Este último nace acompañado de una fama de prodigio divino que lo seguirá durante toda su vida, hasta el punto de tener que justificar que él no es el Mesías esperado. El origen humilde y aparentemente oscuro de Jesús, por el contrario, será un obstáculo para que sea reconocido por lo que verdaderamente es. La revelación de Dios respeta el ritmo lento e incierto del despertar de las conciencias.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


 

Primera lectura

Is 49, 1-6
Te hago luz de las naciones

Lectura del libro de Isaías.


ESCÚCHENME, islas; atiendan, pueblos lejanos:
El Señor me llamó desde el vientre materno,
de las entrañas de mi madre, y pronunció mi nombre.
Hizo de mi boca una espada afilada,
me escondió en la sombra de su mano;
me hizo flecha bruñida, me guardó en su aljaba
y me dijo: «Tú eres mi siervo, Israel,
por medio de ti me glorificaré».
Y yo pensaba: «En vano me he cansado,
en viento y en nada he gastado mis fuerzas».
En realidad el Señor defendía mi causa,
mi recompensa la custodiaba Dios.
Y ahora dice el Señor,
el que me formó desde el vientre como siervo suyo,
para que le devolviese a Jacob,
para que le reuniera a Israel;
he sido glorificado a los ojos de Dios.
Y mi Dios era mi fuerza:
«Es poco que seas mi siervo
para restablecer las tribus de Jacob
y traer de vuelta a los supervivientes de Israel.
Te hago luz de las naciones,
para que mi salvación alcance hasta el confín de la tierra».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 14c-15 (R.: cf. 14a)

R. Te doy gracias porque me has escogido portentosamente.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras.
R.

V. Mi alma lo reconoce agradecida,
no desconocías mis huesos.
Cuando, en lo oculto, me iba formando,
y entretejiendo en lo profundo de la tierra.
R.

 

Segunda lectura

Hch 13, 22-26

Juan predicó antes de que llegara Cristo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, dijo Pablo:
«Dios suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida, decía: “Yo no soy quien ustedes piensan, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”.
Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación».

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor a preparar sus caminos.
R.

 

Evangelio

Lc 1, 57-66. 80

Juan es su nombre

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

Isabel se le cumplió el tiempo del parto y dio a luz un hijo. Se enteraron sus vecinos y parientes de que el Señor le había hecho una gran misericordia, y se alegraban con ella.
A los ocho días vinieron a circuncidar al niño, y querían llamarlo Zacarías, como su padre; pero la madre intervino diciendo:
«¡No! Se va a llamar Juan».
Y le dijeron:
«Ninguno de tus parientes se llama así».
Entonces preguntaban por señas al padre cómo quería que se llamase. Él pidió una tablilla y escribió: «Juan es su nombre». Y todos se quedaron maravillados.
Inmediatamente se le soltó la boca y la lengua, y empezó a hablar bendiciendo a Dios.
Los vecinos quedaron sobrecogidos, y se comentaban todos estos hechos por toda la montaña de Judea. Y todos los que los oían reflexionaban diciendo:
«Pues ¿qué será este niño?».
Porque la mano del Señor estaba con él.
El niño crecía y se fortalecía en el espíritu, y vivía en lugares desiertos hasta los días de su manifestación a Israel.

Palabra del Señor.

 

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Solemnidad de la Natividad de San Juan Bautista

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy la Iglesia celebra con alegría la Natividad de San Juan Bautista. Es una solemnidad especial, porque normalmente celebramos a los santos el día de su muerte, es decir, el día de su nacimiento para el cielo. Sin embargo, de Juan Bautista celebramos también su nacimiento, porque desde el vientre materno fue elegido por Dios para una misión única: preparar el camino del Señor.

La liturgia de hoy nos invita a mirar el misterio de una vida llamada por Dios desde el principio. El profeta Isaías dice: “El Señor me llamó desde el vientre de mi madre”. Y el salmo responde con admiración: “Te doy gracias porque me has escogido portentosamente”. Estas palabras iluminan la vida de Juan Bautista, pero también iluminan la nuestra. Ninguna vida es casualidad. Nadie existe por accidente. Cada persona, aun en su fragilidad, aun en su enfermedad, aun en su vejez o en su dolor, es conocida, amada y llamada por Dios.

El Evangelio nos presenta el nacimiento de Juan en medio de una familia marcada por la sorpresa y la misericordia. Isabel, que era estéril y avanzada en años, da a luz un hijo. Zacarías, que había quedado mudo por su incredulidad, recupera la palabra cuando acepta el nombre que Dios había señalado: “Juan es su nombre”. Y todos se preguntan: “¿Qué va a ser de este niño?”

Esa pregunta es muy hermosa: ¿Qué va a ser de este niño? La gente percibe que la mano de Dios está sobre él. Juan nace rodeado de signos. Su nacimiento despierta admiración, preguntas, temor santo, esperanza. Desde el comienzo, su vida aparece como un prodigio divino. Pero ese prodigio no es para engrandecer a Juan, sino para señalar a Otro. Juan será grande, pero no será el Mesías. Será profeta, pero no será la Palabra definitiva. Será lámpara, pero no será la Luz. Será voz, pero no será el Verbo.

Aquí aparece una gran enseñanza espiritual: Juan Bautista sabe quién es y sabe quién no es. No se apropia del lugar de Cristo. No busca protagonismo. No se predica a sí mismo. Su vida entera será una flecha que apunta hacia Jesús. Por eso más adelante dirá: “Conviene que Él crezca y que yo disminuya”. Esta es la grandeza de Juan: aceptar humildemente su misión.

Hoy al escuchar este evangelio, hemos de  recordar algo muy profundo: la revelación de Dios tiene un ritmo. Dios no se impone violentamente. Dios no atropella la conciencia humana. Dios va preparando lentamente los corazones. Juan nace con fama de prodigio, y esa fama lo acompañará toda la vida, incluso hasta el punto de tener que aclarar que él no es el Cristo. Jesús, en cambio, nacerá en la humildad de Belén, crecerá en la sencillez de Nazaret, y precisamente esa humildad será para muchos un obstáculo para reconocerlo.

Así actúa Dios: muchas veces se revela de manera discreta, silenciosa, progresiva. No siempre comprendemos de inmediato sus caminos. A veces necesitamos tiempo para reconocer su paso por nuestra historia. También en nuestra vida espiritual ocurre así. La fe no siempre despierta de golpe; muchas veces madura lentamente. La conversión no siempre sucede en un instante; muchas veces se va abriendo paso poco a poco. La conciencia necesita ser iluminada, purificada y despertada por Dios.

San Juan Bautista nos enseña a respetar ese ritmo de Dios. Él prepara, anuncia, espera, señala. No obliga a nadie, pero llama a todos a la conversión. Su misión es disponer los corazones para que puedan reconocer a Jesús cuando llegue.

La primera lectura nos ayuda a comprender mejor esta vocación. Isaías habla del siervo llamado desde el vientre materno, formado por Dios para reunir a su pueblo y ser luz de las naciones. Esa misión se realiza plenamente en Cristo, pero también se refleja en Juan Bautista, que fue enviado para preparar al pueblo de Israel a recibir al Salvador. Juan no es la luz, pero da testimonio de la luz. No es el centro, pero conduce al centro. No es la meta, pero indica el camino.

Y el salmo nos permite llevar esta Palabra al corazón de cada uno de nosotros: “Tú has creado mis entrañas, me has tejido en el seno materno”. Dios nos conoce desde dentro. Conoce nuestros pensamientos, nuestros cansancios, nuestras heridas, nuestras luchas, nuestras enfermedades. Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos también pueden escuchar esta Palabra como una caricia de Dios: “Yo te conozco, yo te sostengo, yo no me he olvidado de ti”.

La enfermedad muchas veces nos hace sentir vulnerables. Puede traer miedo, soledad, impaciencia, tristeza. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la dignidad de una persona no depende de su fuerza física, de su productividad ni de su salud. La dignidad viene de Dios. Cada enfermo sigue siendo hijo amado de Dios, llamado por su nombre, sostenido por su misericordia.

También nuestros enfermos tienen una misión. Tal vez no sea una misión visible como la de Juan Bautista, pero puede ser profundamente fecunda: ofrecer su dolor, unirse a Cristo, enseñar paciencia, despertar compasión en los demás, recordarnos lo esencial, evangelizar desde la cama, desde el silencio, desde la oración. Cuántos enfermos son verdaderos profetas en nuestras familias y comunidades, porque nos recuerdan que la vida es frágil, que necesitamos cuidarnos unos a otros y que solo Dios es nuestra fuerza definitiva.

En la segunda lectura, San Pablo proclama que Dios suscitó a David y de su descendencia hizo nacer a Jesús, el Salvador. Y luego presenta a Juan como aquel que predicó un bautismo de conversión antes de la llegada del Señor. Juan sabe que su tarea es preparar el camino. No se queda con los aplausos. No se adueña de la misión. Señala a Cristo.

Esta es también una enseñanza para la Iglesia y para cada cristiano. Nuestra misión no es ocupar el lugar de Jesús, sino conducir hacia Él. Los padres de familia, los catequistas, los sacerdotes, los agentes de pastoral, los evangelizadores, todos estamos llamados a ser como Juan: voces que preparan el corazón para que Cristo sea recibido.

Y aquí podemos preguntarnos: ¿mi vida señala a Cristo? ¿Mis palabras ayudan a otros a acercarse a Dios? ¿Mi manera de vivir despierta preguntas buenas en los demás? Aquellos vecinos de Isabel y Zacarías se preguntaban: “¿Qué va a ser de este niño?” Ojalá también nuestra vida cristiana despierte en otros una pregunta semejante: ¿qué hay en esta persona que transmite paz?, ¿de dónde le viene esa esperanza?, ¿por qué vive con fe en medio de las pruebas?

Queridos hermanos, la solemnidad de hoy nos invita a tres actitudes.

Primero, agradecer la vida como don de Dios. Como dice el salmo, hemos sido formados admirablemente. Toda vida merece respeto, cuidado y amor, desde el vientre materno hasta la muerte natural.

Segundo, descubrir nuestra misión. Juan Bautista no vivió para sí mismo. Vivió para preparar el camino del Señor. También nosotros hemos sido llamados a servir, a anunciar, a consolar, a sembrar esperanza.

Tercero, respetar el ritmo de Dios. No todos llegan a la fe al mismo tiempo. No todos comprenden inmediatamente. Dios sabe esperar. Dios trabaja en silencio. Dios despierta lentamente las conciencias. Nuestra tarea no es forzar, sino testimoniar; no es imponer, sino anunciar; no es ocupar el lugar de Cristo, sino señalarlo.

Hoy pongamos en manos del Señor a nuestros enfermos. Que San Juan Bautista interceda por ellos, para que en medio de su fragilidad experimenten la cercanía de Dios. Que el Señor fortalezca a quienes los cuidan, ilumine a los médicos y enfermeros, consuele a las familias y nos haga a todos más sensibles ante el sufrimiento ajeno.

Y pidamos también para nosotros la humildad de Juan: saber desaparecer para que Cristo aparezca; saber callar para que la Palabra hable; saber servir para que otros encuentren al Salvador.

Que al celebrar esta Eucaristía podamos decir con fe: Señor, tú me conoces, tú me has llamado, tú me sostienes. Haz de mi vida una señal que conduzca a Ti. Amén.

 

 

lunes, 22 de junio de 2026

23 de junio del 2026: martes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

La regla de oro

(Mt 7,6.12-14) Jesús enuncia aquí la regla de oro, que resume toda la finalidad de la Alianza. Ezequías ya ha encontrado el camino estrecho, siguiendo los pasos de los grandes creyentes de Israel: incluso allí donde todo parece perdido, renovar la confianza en Dios, aunque sea bajo la forma de un desafío confiado. No se trata de una negociación de “yo te doy y tú me das”, sino del acto de abandonarse enteramente en manos del Dador, cuyas bondades no se han agotado.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 19, 9b-11. 14-21. 31-35a. 36
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla, por mi honor y el de David

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, Senaquerib, rey de Asiria, envió mensajeros a Ezequías a decirle:
«Así hablarán a Ezequías, rey de Judá: “Que tu Dios, en el que confías, no te engañe diciendo: ‘Jerusalén no será entregada en manos del rey de Asiria’. Tú mismo has oído cómo han tratado los reyes de Asiria a todos los países entregándolos
al anatema, ¿y vas a librarte tú solo?”».
Ezequías tomó la carta de manos de los mensajeros y la leyó. Subió al templo del Señor y abrió la carta ante el Señor. Y elevó esta plegaria ante él:
«Señor, Dios de Israel, entronizado sobre los querubines:
Tú solo eres el Dios para todos los reinos de la tierra.
Tú formaste los cielos y la tierra.
¡Inclina tu oído, Señor, y escucha!
¡Abre tus ojos, Señor, y mira!
Escucha las palabras de Senaquerib enviadas
para insulto del Dios vivo.
Es verdad, Señor, los reyes asirios han exterminado las naciones,
han arrojado sus dioses al fuego y los han destruido.
Pero no eran dioses, sino hechura de mano humana,
de piedra, de madera.
Pero ahora, Señor, Dios nuestro, líbranos de sus manos
y sepan todos los reinos de la tierra
que solo tú eres Señor Dios».
Entonces Isaías, hijo de Amós, envió a Ezequías este mensaje:
«Así dice el Señor, Dios de Israel: “He escuchado tu plegaria acerca de Senaquerib, rey de Asiria”.
Esta es la palabra que el Señor pronuncia contra él:
“Te desprecia, se burla de ti la doncella, hija de Sion,
menea la cabeza a tu espalda la hija de Jerusalén.
Ha de brotar de Jerusalén un resto,
y supervivientes del monte Sion.
El celo del Señor del universo lo realizará.
Por eso, esto dice el Señor acerca del rey de Asiria:
‘No entrará en esta ciudad,
no disparará contra ella ni una flecha,
no avanzará contra ella con escudos,
ni levantará una rampa contra ella.
Regresará por el camino por donde vino
y no entrará en esta ciudad —palabra del Señor—.
Yo haré de escudo a esta ciudad para salvarla,
por mi honor y el de David, mi siervo’”».
Aquella misma noche el ángel del Señor avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres.
Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 47, 2. 3-4. 10-11 (R.: cf. 9d)

R. Dios ha fundado su ciudad para siempre.

V. Grande es el Señor
y muy digno de alabanza
en la ciudad de nuestro Dios,
su monte santo, altura hermosa,
alegría de toda la tierra. 
R.

V. El monte Sion, confín del cielo,
ciudad del gran rey;
entre sus palacios,
Dios descuella como un alcázar. 
R.

V. Oh, Dios, meditamos tu misericordia
en medio de tu templo:
como tu nombre, oh, Dios,
tu alabanza llega al confín de la tierra.
Tu diestra está llena de justicia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Mt 7, 6. 12-14

Lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo con ellos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No den lo santo a los perros, ni les echen sus perlas a los cerdos; no sea que las pisoteen con sus patas y después se revuelvan para destrozarlos.
Así, pues, todo lo que quieran que los demás hagan con ustedes, háganlo ustedes con ellos; pues esta es la Ley y los Profetas.
Entren por la puerta estrecha. Porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y muchos entran por ellos.
¡Qué estrecha es la puerta y qué angosto el camino que lleva a la vida! Y pocos dan con ellos».

Palabra del Señor.

 

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1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone delante dos caminos: el camino ancho de la autosuficiencia, del miedo, de la violencia y de la lógica del mundo; y el camino estrecho de la confianza, de la fidelidad y del amor verdadero.

En la primera lectura, el rey Ezequías recibe una amenaza terrible. El rey de Asiria, Senaquerib, pretende intimidarlo diciéndole que ningún dios ha podido salvar a otros pueblos y que tampoco el Dios de Israel podrá librar a Jerusalén. Humanamente hablando, todo parece perdido. El enemigo es fuerte, la ciudad está amenazada, el pueblo tiene miedo.

Pero Ezequías hace algo profundamente creyente: toma la carta de amenaza, sube al templo y la extiende delante del Señor. No responde primero con armas, ni con orgullo, ni con desesperación. Responde con oración. Pone su angustia en manos de Dios. Reconoce que el Señor es el único Dios, creador del cielo y de la tierra, y le pide que intervenga para que todos sepan que Él es el Señor.

Esta escena nos enseña algo muy importante: cuando la vida nos amenaza, cuando sentimos que no tenemos salida, cuando llegan noticias que nos inquietan, el creyente no se encierra en el miedo. El creyente sube interiormente al templo, abre su corazón y le dice al Señor: “Mira, Señor, lo que estoy viviendo; mira esta preocupación; mira esta carga; mira esta amenaza. Yo no puedo solo, pero confío en Ti”.

El salmo nos ayuda a contemplar esa confianza: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén aparece como la ciudad protegida por Dios, no porque no tenga enemigos, sino porque Dios está en medio de ella. La fuerza del pueblo no está en sus murallas, sino en la presencia del Señor. Por eso el salmista proclama: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí, en la oración, el pueblo recuerda que la misericordia de Dios no se agota.

En el Evangelio, Jesús nos entrega la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Es una frase sencilla, pero exigente. No dice solamente: “No hagan daño”. Dice algo más profundo: hagan el bien que ustedes quisieran recibir. Traten a los demás con la comprensión, la paciencia, la delicadeza, el respeto y la misericordia que ustedes esperan para sí mismos.

Esta regla de oro resume la Ley y los Profetas, porque nos saca del egoísmo y nos introduce en la lógica del Reino de Dios. El camino ancho es vivir pensando solo en mí: mis intereses, mi comodidad, mi orgullo, mis derechos. El camino estrecho es preguntarme: ¿cómo puedo hacer el bien?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo responder con amor incluso cuando no es fácil?

Por eso Jesús añade: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es una invitación a vivir tristes o aplastados. Es la invitación a vivir de manera evangélica. Es estrecha porque exige conversión. Es estrecha porque no deja pasar el egoísmo, la soberbia, la indiferencia ni la venganza. Pero esa puerta conduce a la vida.

Ezequías entró por esa puerta estrecha cuando decidió confiar en Dios y no dejarse dominar por el miedo. También nosotros entramos por esa puerta cuando, en lugar de responder mal por mal, elegimos hacer el bien; cuando, en lugar de vivir reclamando, vivimos agradeciendo; cuando, en lugar de usar a los demás, los servimos con amor.

Hoy oramos especialmente por nuestros benefactores. Ellos son personas que, de muchas maneras, han aplicado esta regla de oro en nuestra vida: han hecho el bien, han compartido, han sostenido, han ayudado, han acompañado. Algunos lo han hecho con recursos materiales; otros con su tiempo, su consejo, su oración, su presencia o su amistad. A través de ellos, Dios nos ha mostrado que su bondad no se ha agotado.

Pidamos al Señor que bendiga abundantemente a nuestros benefactores. Que les conceda salud, paz, fortaleza, prosperidad espiritual y alegría en el corazón. Que todo bien que han sembrado vuelva a ellos convertido en gracia. Y pidamos también que nosotros aprendamos a ser benefactores para otros: hombres y mujeres capaces de abrir caminos de vida, de tender la mano, de consolar, de compartir y de amar.

Que el Señor nos ayude a escoger cada día la puerta estrecha del Evangelio: la puerta de la confianza, de la oración, de la gratitud y del amor concreto. Amén.

 

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2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a entrar con humildad en el misterio de Dios. No todo se comprende de una vez. No toda verdad se recibe del mismo modo. No todo corazón está preparado inmediatamente para acoger la profundidad del Evangelio. Por eso, Jesús nos habla hoy con palabras fuertes: “No den lo santo a los perros, ni echen sus perlas a los cerdos”. A primera vista, puede parecernos una expresión dura, pero en realidad contiene una enseñanza muy profunda sobre el valor de la fe, la prudencia y la disposición interior.

Jesús no está despreciando a nadie. Él no cierra la puerta de la salvación a ninguna persona. Él mismo vino a buscar a los pecadores, se sentó a la mesa con publicanos, tocó a los enfermos, perdonó a los caídos y abrió el Reino a los pobres. Pero también nos enseña que las cosas santas deben ser recibidas con reverencia. Las verdades de Dios son como perlas preciosas: no se imponen a la fuerza, no se tratan con superficialidad, no se entregan para que sean pisoteadas por la burla, el rechazo o la indiferencia.

El misterio de Dios necesita un corazón abierto. La fe no es simplemente saber muchas cosas religiosas; es tener un alma disponible para acoger la luz de Dios. Hay personas que necesitan primero “leche espiritual”, como decía san Pablo, antes de recibir alimento sólido. También nosotros, muchas veces, somos niños en la fe. Queremos comprenderlo todo de inmediato, pero Dios nos educa poco a poco. Él levanta el velo gradualmente. Nos va revelando sus caminos en la medida en que crecemos en oración, humildad y obediencia.

En la primera lectura vemos al rey Ezequías en una situación límite. Jerusalén está amenazada por Senaquerib, rey de Asiria. La carta que recibe está llena de intimidación: pretende convencerlo de que Dios no podrá salvar a su pueblo. Humanamente, todo parece perdido. Pero Ezequías no responde desde la soberbia ni desde la desesperación. Toma la carta, sube al templo y la extiende delante del Señor.

Ese gesto es profundamente espiritual. Ezequías reconoce que hay situaciones que superan sus fuerzas. Por eso se pone ante Dios y le confía aquello que lo angustia. Allí aparece la puerta estrecha de la fe: no apoyarse únicamente en cálculos humanos, no dejarse dominar por el miedo, no convertir la oración en una negociación, sino abandonarse en las manos del Señor.

Ezequías no pretende manipular a Dios. No le dice: “Si tú me das, yo te doy”. Más bien se entrega al Dios vivo, al Dios que conoce el corazón de su pueblo, al Dios cuyas bondades no se han agotado. Y Dios responde. La ciudad no queda abandonada. El Señor manifiesta que su presencia es más fuerte que la arrogancia de los poderosos.

El salmo nos ayuda a contemplar esa seguridad: “Grande es el Señor y muy digno de alabanza en la ciudad de nuestro Dios”. Jerusalén no es grande simplemente por sus murallas, sino porque Dios habita en medio de ella. Por eso el salmista dice: “Oh Dios, meditamos tu misericordia en medio de tu templo”. Allí está la clave: meditar la misericordia de Dios. Cuando el alma entra en oración, comienza a ver de otra manera. Donde antes solo veía amenaza, empieza a descubrir presencia; donde antes solo veía angustia, empieza a nacer la confianza.

En el Evangelio, Jesús añade también la llamada regla de oro: “Todo cuanto quieran que les hagan los hombres, háganlo también ustedes con ellos”. Esta frase resume la Ley y los Profetas. No basta con evitar el mal; el discípulo está llamado a hacer activamente el bien. El cristiano no vive solo preguntándose: “¿Qué me conviene a mí?”, sino: “¿Cómo puedo amar mejor?, ¿cómo puedo tratar al otro como hijo de Dios?, ¿cómo puedo hacer por los demás aquello que yo mismo espero recibir?”.

Esta regla de oro también es una perla del Evangelio. Es sencilla de entender, pero exigente de vivir. Todos queremos ser tratados con respeto, paciencia, misericordia y comprensión. Entonces Jesús nos dice: empieza tú. No esperes que el otro cambie primero. No esperes que todos sean justos contigo para tú ser justo con ellos. Haz el bien. Siembra bondad. Trata a los demás como quisieras ser tratado.

Y luego Jesús nos dice: “Entren por la puerta estrecha”. La puerta estrecha no es el camino de la tristeza, sino el camino de la verdad. Es estrecha porque no deja pasar el orgullo, la venganza, la superficialidad, la dureza del corazón ni la autosuficiencia. Para entrar por ella hay que hacerse humilde, hay que dejarse enseñar por Dios, hay que reconocer que necesitamos conversión.

La puerta ancha, en cambio, es más cómoda: hacer lo que todos hacen, responder mal por mal, vivir sin oración, despreciar lo sagrado, burlarse de la fe, tratar el Evangelio como una idea más. Pero ese camino no conduce a la vida. La puerta estrecha es la de Ezequías: ponerlo todo delante de Dios. Es la puerta del discípulo: recibir con reverencia las perlas de la verdad divina. Es la puerta de quien no solo oye la Palabra, sino que la guarda, la medita y la vive.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cómo recibo yo las cosas santas? ¿Me acerco a la Palabra de Dios con humildad o con rutina? ¿Valoro la Eucaristía, la oración, el perdón, la enseñanza de la Iglesia, o las trato como algo común? ¿Tengo un corazón dispuesto a recibir las perlas de la sabiduría divina?

Pidamos al Señor que nos dé un corazón receptivo. Que no seamos indiferentes ante sus misterios. Que sepamos valorar lo santo. Que aprendamos a compartir la fe con prudencia, amor y delicadeza, respetando los procesos de cada persona. Y que, como Ezequías, sepamos extender delante de Dios nuestras preocupaciones, confiando en que su misericordia no se agota.

Señor de eterna sabiduría, abre nuestro corazón a tus misterios. Enséñanos a recibir tus perlas con reverencia, a meditar tu Palabra con fe y a caminar por la puerta estrecha que conduce a la vida. Amén.

 

22 de junio del 2026: lunes de la decimosegunda semana del tiempo ordinario-II

 

Santo del día:

Santos John Fisher y Tomás Moro

Muertos en 1535. Respectivamente obispo de Rochester y canciller de Inglaterra, se negaron, por fidelidad a Roma, a prestar el juramento de supremacía del rey Enrique VIII, y murieron decapitados. Ambos fueron canonizados en 1935.

 


La buena medida

2 Reyes 17, 5-8.13-15a.18; Mateo 7, 1-5

La ley de la reciprocidad está inscrita en la vocación moral que Dios nos da: seremos tratados según la “medida” con la que tratemos a los demás. Así, Dios, abandonado por las tribus del Norte, termina dejando a su pueblo a merced de gente que no tiene ninguna preocupación por la moral. Dar una “buena medida” a nuestros hermanos pasa, como mínimo, por la humildad de no erigirnos en jueces de sus acciones.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

2 Re 17, 5-8. 13-15a. 18
El Señor apartó a Israel de su presencia y solo quedó la tribu de Judá

Lectura del segundo libro de los Reyes.

EN aquellos días, avanzó Salmanasar, rey de Asiria, contra todo el país, comenzando por Samaría, a la que puso sitio durante tres años, hasta que, el año noveno de Oseas, el rey de Asiria la conquistó. Deportó a Israel a Asiria y lo estableció en Jalaj, en el Jabor, río de Gozán, así como en las ciudades de los medos.
Esto sucedió porque los hijos de Israel habían pecado contra el Señor, su Dios, que los había sacado de la tierra de Egipto, sustrayéndolos a la mano del faraón, rey de Egipto; porque dieron culto a otros dioses y siguieron las costumbres de aquellas naciones que el Señor había expulsado ante ellos.
Pues el Señor había advertido a Israel y a Judá, por boca de todos los profetas y videntes:
«Conviértanse de sus malos caminos y guarden mis mandamientos y decretos, conforme a la ley que prescribí a sus padres y que les transmití por mano de mis siervos los profetas».
Pero no hicieron caso, manteniendo dura la cerviz como habían hecho sus padres, que no confiaron en el Señor, su Dios.
Despreciaron así sus leyes y la alianza que estableció con sus padres, tanto como las exigencias que les impuso.
Y se encolerizó el Señor sobremanera contra Israel, apartándolos de su presencia.
Solo quedó la tribu de Judá.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 59, 3. 4-5. 12-14 (R.: 7b)

R. Que tu mano salvadora, Señor, nos responda.

V. Oh, Dios, nos rechazaste y rompiste nuestras filas;
estabas airado, pero restáuranos. 
R.

V. Has sacudido y agrietado el país:
repara sus grietas, que se desmorona.
Hiciste sufrir un desastre a tu pueblo,
dándole a beber un vino de vértigo.
 R.

V. Oh, Dios, nos has rechazado
y no sales ya con nuestras tropas.
Auxílianos contra el enemigo,
que la ayuda del hombre es inútil.
Con Dios haremos proezas,
él pisoteará a nuestros enemigos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. La palabra de Dios es viva y eficaz; juzga los deseos e intenciones del corazón. R.

 

Evangelio

Mt 7, 1-5

Sácate primero la viga del ojo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No juzguen, para que no sean juzgados. Porque serán juzgados como juzguen ustedes, y la medida que usen, la usarán con ustedes.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?
¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Déjame que te saque la mota del ojo”, teniendo una viga en el tuyo? Hipócrita: sácate primero la viga del ojo; entonces verás claro y podrás sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone delante una advertencia muy seria, pero también muy necesaria: la vida espiritual se pierde cuando dejamos de escuchar a Dios y cuando empezamos a mirar a los demás desde la superioridad, el juicio y la dureza del corazón.

La primera lectura, tomada del segundo libro de los Reyes, nos presenta uno de los momentos más dolorosos de la historia del pueblo de Israel: la caída de Samaría y la deportación del reino del Norte. El texto dice que esto sucedió porque los hijos de Israel pecaron contra el Señor, su Dios; porque siguieron las costumbres de otros pueblos; porque rechazaron las advertencias de los profetas; porque endurecieron la cerviz y no quisieron escuchar.

No se trata de imaginar a un Dios vengativo que se complace castigando. Se trata más bien de reconocer que cuando un pueblo abandona a Dios, termina quedando a merced de sus propios ídolos, de sus propias confusiones, de sus propias esclavitudes. Israel se apartó del Señor, y al apartarse de Él perdió también el camino de la justicia, de la fidelidad y de la verdadera libertad.

Eso también puede sucedernos a nosotros. Cuando dejamos de escuchar la voz de Dios, otras voces ocupan su lugar. Cuando dejamos de buscar su voluntad, terminamos justificando cualquier cosa. Cuando olvidamos que todo viene de Él, el corazón se vuelve autosuficiente, ingrato y duro.

Por eso el salmo de hoy tiene tono de súplica. El pueblo reconoce su fragilidad y clama: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una oración humilde. Es la oración de quien sabe que no puede salvarse solo. Es la oración de quien descubre que, sin Dios, nuestras fuerzas no bastan.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva al corazón de la vida fraterna: “No juzguen, para no ser juzgados”. Esta frase es muy conocida, pero no siempre es bien entendida. Jesús no nos está diciendo que renunciemos al discernimiento, ni que llamemos bien al mal, ni que dejemos de corregir cuando sea necesario. Lo que Jesús condena es esa actitud interior de quien se coloca por encima del hermano, como si fuera dueño de la verdad, juez de las conciencias y medida de todos.

El Señor nos recuerda una ley espiritual profunda: “La medida que usen, la usarán con ustedes”. Es decir, el modo como tratamos a los demás revela el modo como entendemos la misericordia de Dios. Si somos duros, implacables y condenatorios, quizá todavía no hemos comprendido cuánto nos ha perdonado el Señor. Si somos misericordiosos, pacientes y humildes, entonces estamos dejando que la gracia de Dios transforme nuestra mirada.

Jesús usa una imagen fuerte: vemos la paja en el ojo del hermano, pero no vemos la viga en el nuestro. Qué fácil es descubrir los defectos ajenos. Qué fácil es señalar, comentar, sospechar, condenar. Qué fácil es mirar la vida de los demás desde fuera, sin conocer sus luchas, sus heridas, sus lágrimas, sus historias y sus cargas.

Pero el Evangelio nos invita a comenzar por dentro. Antes de querer corregir a los demás, debemos dejarnos corregir por Dios. Antes de hablar de la paja del hermano, debemos pedir luz para reconocer nuestras vigas: nuestro orgullo, nuestra falta de caridad, nuestras palabras hirientes, nuestras omisiones, nuestras incoherencias, nuestros pecados escondidos.

Esta enseñanza se une profundamente con la primera lectura. Israel cayó porque dejó de escuchar a Dios y se cerró a sus profetas. Nosotros también podemos caer cuando dejamos de escuchar al Señor y, en lugar de convertirnos, preferimos juzgar a los demás. El que no se examina a sí mismo termina examinando sin misericordia la vida ajena. El que no se reconoce pecador termina mirando al hermano como culpable. El que olvida que necesita perdón se vuelve incapaz de perdonar.

Hoy, además, oramos por nuestros fieles difuntos. Esta intención nos ayuda a mirar la vida con más humildad. Ante la muerte, se apagan muchas pretensiones. Ante la eternidad, comprendemos que todos somos pobres delante de Dios. Ninguno de nosotros puede presentarse ante el Señor apoyado solamente en sus méritos. Todos necesitamos misericordia.

Orar por los difuntos es un acto de amor y de fe. Es confiar en que Dios, que conoce el corazón de cada persona, mira con ternura la historia de sus hijos. Nosotros no juzgamos su destino eterno; los entregamos a la misericordia del Padre. Pedimos que el Señor purifique lo que haya que purificar, sane lo que haya que sanar y conceda a nuestros hermanos difuntos participar de la luz y de la paz de su Reino.

Y al orar por ellos, también aprendemos algo para nuestra vida: un día nosotros estaremos delante de Dios. Ese día no contará tanto cuántas veces juzgamos, criticamos o condenamos, sino cuánto amamos, cuánto perdonamos, cuánto servimos, cuánto dejamos que Dios cambiara nuestro corazón.

Por eso, pidamos hoy tres gracias.

Primero, la gracia de escuchar a Dios. Que no nos pase como al pueblo que endureció su corazón. Que cada llamada del Señor nos encuentre disponibles para la conversión.

Segundo, la gracia de mirarnos con verdad. Que antes de señalar la paja del hermano, tengamos la humildad de reconocer nuestras propias vigas.

Y tercero, la gracia de mirar a los demás con misericordia. No con ingenuidad, pero sí con caridad. No justificando el mal, pero tampoco condenando sin amor. No cerrando los ojos ante la verdad, pero siempre recordando que solo Dios conoce plenamente el corazón humano.

Que esta Eucaristía nos enseñe la “buena medida” del Evangelio: una medida generosa, humilde, compasiva y fraterna. Porque la medida de Dios para nosotros ha sido siempre la misericordia. Y quien ha sido mirado con misericordia, debe aprender también a mirar con misericordia.

Encomendemos hoy a nuestros difuntos al amor del Padre. Que descansen en la paz de Cristo. Y que nosotros, mientras caminamos en esta vida, aprendamos a vivir sin juzgar con dureza, sin condenar con soberbia, y con un corazón cada vez más parecido al corazón misericordioso de Jesús.

Amén.

 

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Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes nos invita a mirar hacia dentro. No para encerrarnos en nosotros mismos, sino para dejarnos iluminar por Dios. Porque muchas veces el ser humano cae en una gran tentación: ver con facilidad el pecado, el error y la fragilidad de los demás, pero resistirse a reconocer su propia necesidad de conversión.

En el Evangelio, Jesús nos dice con palabras muy claras: “No juzguen, para no ser juzgados”. Y luego añade esa imagen tan fuerte y tan conocida: “¿Por qué te fijas en la paja que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo?”. Esta enseñanza de Jesús no es una invitación a vivir sin discernimiento, como si todo diera igual. Tampoco significa que debamos renunciar a corregir fraternalmente cuando sea necesario. Lo que Jesús denuncia es el corazón que se cree superior, el corazón que condena, el corazón que encuentra una satisfacción desordenada en señalar el pecado ajeno.

Y esta es una verdad incómoda: a veces juzgar produce una especie de falsa satisfacción. Criticar, sospechar, hablar mal, comentar los defectos del otro, puede hacernos sentir momentáneamente mejores, más justos, más lúcidos o más santos. Pero esa satisfacción es engañosa. Es una satisfacción desordenada. No viene de Dios. Puede alimentar el orgullo, endurecer el corazón y alejarnos de la verdadera misericordia.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos advierte contra el juicio temerario, la maledicencia y la calumnia. Se cae en juicio temerario cuando, sin fundamento suficiente, damos por cierta la culpa moral del prójimo. La maledicencia consiste en revelar sin necesidad los defectos reales de otra persona. Y la calumnia añade algo todavía más grave: decir falsedades que dañan la fama del hermano. En todos estos casos, se hiere la verdad, se hiere la caridad y se hiere la comunión.

Jesús sabe que este pecado puede parecer, a veces, muy justificado. La persona que juzga puede pensar: “Yo solo estoy diciendo la verdad”, “yo solo estoy defendiendo lo correcto”, “yo sí veo lo que otros no quieren ver”. Pero el Señor va más profundo. Él no mira solamente lo que decimos; mira desde dónde lo decimos. No mira solo la corrección exterior; mira si el corazón está movido por el amor o por el orgullo, por la misericordia o por el resentimiento, por el deseo de salvar al hermano o por la necesidad de condenarlo.

Esto fue, precisamente, lo que muchas veces ocurrió con los escribas y fariseos. Conocían la Ley, la citaban, la defendían; pero no siempre la vivían desde el corazón de Dios. Podían juzgar a los demás con dureza, mientras olvidaban la humildad, la compasión y la conversión personal. Se sentían guardianes de la justicia, pero muchas veces estaban cegados por la soberbia.

Por eso Jesús dice: “Hipócrita, saca primero la viga de tu ojo; entonces verás claro para sacar la paja del ojo de tu hermano”. El Señor no dice que la paja no exista. No niega que el hermano pueda tener algo que corregir. Pero nos recuerda que solo puede ayudar de verdad quien primero ha dejado que Dios lo purifique. Solo puede corregir evangélicamente quien se reconoce también pecador. Solo puede ayudar a otro a salir de su error quien no lo mira desde arriba, sino desde la humildad de quien también ha sido salvado por misericordia.

La primera lectura del segundo libro de los Reyes ilumina este Evangelio. Allí se nos presenta la caída del reino del Norte, la deportación de Israel y el doloroso resultado de haber abandonado al Señor. El texto dice que los hijos de Israel pecaron contra Dios, siguieron otros caminos, no escucharon a los profetas y despreciaron sus mandamientos. En el fondo, el pueblo se alejó de Dios porque dejó de escucharlo.

Ese es también el peligro del corazón que juzga: deja de escuchar a Dios y comienza a escuchar solo su propio orgullo. Israel fue advertido muchas veces por los profetas, pero endureció el corazón. Nosotros también podemos ser advertidos por la Palabra, por la conciencia, por la Iglesia, por personas que nos aman; pero si no somos humildes, podemos preferir ver el pecado de los otros antes que reconocer el nuestro.

El salmo de hoy es una oración nacida de esa experiencia de fragilidad: “Auxílianos contra el enemigo, que la ayuda del hombre es inútil”. Es una súplica que reconoce que solos no podemos. Necesitamos la ayuda de Dios para vencer nuestros enemigos exteriores, pero también nuestros enemigos interiores: el orgullo, la crítica amarga, el resentimiento, la dureza, la envidia, el deseo de quedar por encima de los demás.

La verdadera medicina para el corazón que juzga es la misericordia. Pero no una misericordia superficial, sentimental o permisiva. La misericordia cristiana no niega la verdad; la mira con los ojos de Dios. La misericordia no llama bien al mal; pero tampoco reduce a la persona a su pecado. La misericordia no destruye al pecador; lo busca, lo levanta y lo acompaña hacia la libertad.

Para crecer en misericordia necesitamos educar la mente, la voluntad y también los sentimientos. Con la mente, debemos aprender a mirar como Cristo mira. Con la voluntad, debemos elegir perdonar, aunque no siempre tengamos ganas. Y con el corazón, debemos pedirle a Dios que transforme nuestras heridas, para que no se conviertan en resentimiento ni en juicio permanente contra los demás.

Porque muchas veces juzgamos más duramente a quienes nos han herido, decepcionado o contradicho. Cuando alguien nos ofende, la primera reacción puede ser defendernos, condenar, exagerar sus defectos, contar a otros lo sucedido o alimentar interiormente la queja. Pero Jesús nos invita a comenzar por otro camino: “Saca primero la viga de tu ojo”. Es decir: revisa primero tu corazón; mira qué hay en ti de orgullo, de rabia, de vanidad herida, de falta de perdón, de deseo de venganza.

Este camino duele, porque reconocer la propia viga siempre duele. Es más fácil hablar de la paja ajena que admitir nuestras propias incoherencias. Pero ese dolor es saludable. Es el dolor de la conversión. Es el dolor que purifica. Es el dolor que nos libera de la falsa satisfacción de juzgar y nos abre a la alegría verdadera de la misericordia.

Una comunidad cristiana no se construye con chismes, sospechas y condenas. Se construye con verdad, sí, pero también con caridad. Se construye con corrección fraterna, pero hecha desde la humildad. Se construye cuando cada uno se pregunta primero: “Señor, ¿qué quieres cambiar en mí?”. Una parroquia, una familia, un grupo apostólico, una comunidad religiosa o una amistad se enferman cuando la crítica reemplaza al diálogo, cuando el comentario reemplaza a la oración, cuando el juicio reemplaza a la misericordia.

Hoy el Señor nos invita a hacer un examen sincero. ¿Tengo un corazón que juzga fácilmente? ¿Me siento secretamente satisfecho cuando descubro o comento el defecto de otra persona? ¿Me cuesta alegrarme por el bien de los demás? ¿Presumo malas intenciones sin conocer toda la historia? ¿He dañado la fama de alguien con mis palabras? ¿He confundido la defensa de la verdad con la falta de caridad?

Estas preguntas no son para condenarnos, sino para abrirnos a la gracia. Jesús no nos muestra la viga para humillarnos, sino para sanarnos. No nos invita a reconocer nuestro pecado para aplastarnos, sino para liberarnos. La misericordia de Dios no es una teoría bonita; es una fuerza que puede cambiar nuestro modo de mirar, hablar, pensar y actuar.

Pidamos hoy al Señor que nos dé un corazón humilde. Que antes de juzgar, sepamos orar. Que antes de condenar, sepamos comprender. Que antes de hablar del hermano, sepamos examinarnos delante de Dios. Que antes de corregir, sepamos amar.

Y si algún día tenemos que ayudar a alguien a ver su error, que lo hagamos como Jesús: no desde la superioridad, sino desde la misericordia; no desde la condena, sino desde el deseo sincero de salvación; no para sentirnos mejores, sino para que todos caminemos hacia la libertad de los hijos de Dios.

Que el Señor nos libre de la satisfacción desordenada de juzgar. Que saque de nuestros ojos la viga del orgullo. Y que nos conceda la buena medida del Evangelio: la medida de la misericordia, de la verdad y del amor.

Amén.

 

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