jueves, 19 de febrero de 2026

20 de febrero del 2026: viernes después de Ceniza

 

Lejos de las falsas seguridades

(Isaías 58,1-9a) El ayuno que agrada a Dios pertenece a prácticas liberadoras respecto del otro y de uno mismo, a la apertura a la alteridad y a la capacidad de tomar distancia de nuestros intereses inmediatos, para considerar también los de los demás y orientar nuestras decisiones desde lo que tiene valor de eternidad. Esto nos invita a la interioridad y no, ante todo, a prácticas exteriores, a veces hipócritas y ostentosas. Como buen profeta, Isaías llama a sus oyentes a no instalarse en seguridades ficticias.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Is 58, 1-9a

Este es el ayuno que yo quiero

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor Dios:
«Grita a pleno pulmón, no te contengas;
alza la voz como una trompeta,
denuncia a mi pueblo sus delitos,
a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario,
desean conocer mi voluntad.
Como si fuera un pueblo que practica la justicia
y no descuida el mandato de su Dios,
me piden sentencias justas,
quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso;
mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacen sus negocios
y apremian a sus servidores;
ayunan para querellas y litigios,
y hieren con furibundos puñetazos.
No ayunen de este modo,
si quieren que se oiga su voz en el cielo.
¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:
inclinar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llaman ayuno,
día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero:
soltar las cadenas injustas,
desatar las correas del yugo,
liberar a los oprimidos,
quebrar todos los yugos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo,
cubrir a quien ves desnudo
y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6ab. 18-19 (R.: cf. 19cd)

R. Un corazón quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. 
R.

 

Aclamación

V. Busquen el bien, no el mal, y vivirán;
y el Señor estará con ustedes.

 

Evangelio

Mt 9, 14-15

Cuando les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor.

1

 

 

Hermanos y hermanas, en este viernes después de Ceniza, la Palabra de Dios nos pone frente a una pregunta muy concreta: ¿de qué sirve ayunar si el corazón no cambia? ¿Para qué “hacer sacrificios” si el trato con los demás sigue siendo el mismo, si la justicia se posterga, si el pobre continúa invisible, si el resentimiento sigue mandando en casa, y si por dentro el alma se nos está rompiendo?

1) El ayuno que Dios no soporta… y el que Dios bendice

Isaías es directo, casi incómodo. Describe gente religiosa, cumplidora, capaz de ayunar… pero al mismo tiempo capaz de oprimir, de discutir, de golpear con palabras, de pisotear al débil. Y entonces aparece la gran denuncia: hay ayunos que se vuelven “seguridades falsas”. Uno puede sentirse bien consigo mismo porque “cumple”, porque “hace algo”, porque “se priva de algo”, pero sin tocar el núcleo del egoísmo.

Y el Señor, por boca del profeta, redefine el ayuno: romper cadenas injustas, soltar ataduras, dejar libres a los oprimidos, compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, cubrir al desnudo (cf. Is 58). Es decir: el ayuno que a Dios le agrada no es primero el del estómago, sino el del corazón que aprende a amar.

Aquí hay una clave pastoral preciosa: la Cuaresma no es un gimnasio de voluntad; es una escuela de libertad. Ayunamos para despegarnos de lo que nos esclaviza: caprichos, impulsos, rencores, adicciones, vanidades, pequeñas venganzas… y para abrir espacio a Dios y al hermano.

2) “Misericordia quiero”: el Salmo 51 y la verdad del corazón

El Salmo 51 es la gran oración de quien ya entendió: lo que Dios quiere no es teatro, sino verdad. “Un corazón contrito y humillado, tú no lo desprecias” (cf. Sal 51).

Hay personas que están sufriendo mucho —en el alma y en el cuerpo— y quizá lo último que necesitan es sentirse examinadas por “cuánto ayunan”. Lo que necesitan es que la Iglesia les recuerde que Dios no se enamora de nuestras hazañas ascéticas: Dios se conmueve con nuestra sinceridad. Un corazón herido que se pone en sus manos vale más que mil prácticas perfectas hechas con soberbia.

Por eso, si hoy alguien llega a misa cargado de ansiedad, con depresión silenciosa, con duelo, con enfermedad, con cansancio, con culpa o con vergüenza, el salmo le dice: “Dios no te desprecia.” Y a la comunidad le recuerda: no podemos ayunar de comida y alimentarnos de chismes, de juicios, de dureza, de indiferencia.

3) El esposo está con nosotros: Mt 9,14-15

En el Evangelio, le preguntan a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como otros. Y Jesús responde con una imagen nupcial: mientras el esposo está, hay alegría; cuando se lo lleven, entonces ayunarán (cf. Mt 9).

Esto significa algo muy bello: el ayuno cristiano no nace del amargor, sino del amor. Ayunamos porque el corazón echa de menos al Esposo, porque deseamos que Cristo reine más en nosotros, porque queremos afinar el oído interior para reconocerlo. Si el ayuno me vuelve irritable, agresivo, superior, triste por dentro y duro por fuera, entonces me falta lo esencial: me falta el Esposo.

Cuaresma no es “ponerse sombrío”; es volver a enamorarse. Y cuando uno ama, renuncia a cosas por algo más grande. Renuncia a seguridades falsas para abrazar lo eterno.

4) Si se proclama Lucas: Getsemaní y el ayuno del alma

Si hoy se lee el texto de Lucas (22,39-46), vemos a Jesús en Getsemaní: ora, tiembla, suda angustia; y aun así se entrega: “que no se haga mi voluntad…” (cf. Lc 22). Aquí aparece un ayuno más profundo: el ayuno de la autosuficiencia, el ayuno de “yo puedo solo”, el ayuno de “yo controlo todo”.

Muchos de los que sufren en el alma y en el cuerpo están precisamente en esa batalla: la de aceptar ayuda, la de soltar el control, la de pedir oración, la de dejarse acompañar. Jesús, en Getsemaní, santifica esa lucha. Y a nosotros nos enseña: orar en la noche también es fidelidad.

5) Aplicación concreta para vivir hoy

Propongo tres gestos sencillos —muy “Isaías 58”— para este viernes:

1.    Un ayuno que libere: elige hoy una renuncia concreta que te haga más humano: no responder con ironía, no pelear, no “cobrar” con frialdad, no alimentar el rencor.

2.    Una limosna que sane: un acto real de misericordia: una llamada a alguien solo, una ayuda discreta, una visita, un mercado compartido, una palabra de dignidad a quien se siente invisible.

3.    Una oración que sostenga: ofrece hoy un misterio del Rosario, una hora de silencio, o una breve súplica repetida con fe: “Señor, crea en mí un corazón puro”, por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Porque al final, la promesa de Isaías es clara: cuando el ayuno es verdadero, “tu luz despuntará como la aurora… y cuando llames, el Señor responderá” (cf. Is 58,8-9). No es magia; es fruto de una vida que deja de girar alrededor del yo.


Oración final (intención orante)

Señor Jesús, Esposo del alma,
mira a quienes hoy sufren en el cuerpo por la enfermedad, el dolor o el cansancio;
y a quienes sufren en el alma por la angustia, la tristeza, la soledad o la culpa.
Danos un ayuno que libere, una oración sincera y una caridad concreta.
Arranca de nosotros las falsas seguridades,
y enséñanos a escoger lo que tiene valor de eternidad.
Amén.

 

2

 

1) Una pregunta honesta… y una Cuaresma que pide verdad

En el Evangelio, los discípulos de Juan se acercan a Jesús con una duda sincera: “¿Por qué nosotros ayunamos… y tus discípulos no?” (Mt 9,14). No vienen a atacar, sino a comprender. Y esa actitud humilde abre la puerta a la verdad.

Pero hoy la liturgia completa la escena con una luz fuerte: Dios no solo quiere prácticas religiosas; quiere un corazón convertido. No basta “hacer ayuno”; importa qué ayuno y para qué.

2) Isaías 58: Dios denuncia un ayuno que no cambia la vida

La primera lectura es directa, casi incómoda: “Grita a pleno pulmón… denuncia al pueblo sus delitos” (Is 58,1). ¿Qué denuncia? Un ayuno que convive con la injusticia; un ayuno que no toca el egoísmo; un ayuno que no se vuelve compasión.

Isaías describe una contradicción: “Me buscan cada día… quieren conocer mis caminos” (Is 58,2), pero al mismo tiempo hay pleitos, opresión, indiferencia ante el pobre. Es decir: mucha “religión” y poca misericordia.

Y entonces aparece el ayuno que agrada a Dios (la gran pregunta cuaresmal):

·        romper cadenas injustas,

·        dejar libres a los oprimidos,

·        compartir el pan con el hambriento,

·        acoger al pobre,

·        vestir al desnudo,

·        no desentenderse del hermano (cf. Is 58,6-7).

Ahí está la clave: el ayuno verdadero no es solo dejar de comer; es dejar de herir, dejar de explotar, dejar de vivir encerrados. Si el ayuno no termina en caridad, se vuelve teatro.

Y Dios promete: “Entonces romperá tu luz como la aurora… entonces clamarás al Señor y te responderá” (Is 58,8-9). El ayuno que se vuelve amor abre el cielo.

3) Salmo 51: lo que Dios quiere no es apariencia, sino corazón contrito

El Salmo responsorial lo pone en oración penitencial: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad…” (Sal 51). No venimos a “lucir” santidad. Venimos a decir la verdad de nosotros mismos: “Señor, he fallado; límpiame; recrea en mí un corazón nuevo”.

Y remata con una frase decisiva: “Los sacrificios no te satisfacen… un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias” (Sal 51,18-19). Eso es Cuaresma: menos máscara, más verdad; menos orgullo, más humildad.

4) Evangelio: el Esposo y el sentido del ayuno cristiano

Jesús responde: “¿Pueden los invitados a la boda estar de duelo mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9,15). Cristo es el Esposo. Su presencia es alegría, gracia, vida nueva.

Pero añade: “Días vendrán en que les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán.” Ahí está la cruz. Cuando el Esposo sea “tomado” (Pasión y muerte), el ayuno tendrá sentido: será gesto de amor herido, de deseo de Dios, de reparación, de vigilancia del corazón.

Entonces entendemos algo precioso: el ayuno cristiano no es tristeza estéril; es amor que se ordena. Es educar el deseo para que Cristo sea el centro. Y, según Isaías, su prueba definitiva es esta: ¿me hace más misericordioso?

5) Para nuestra vida: ayunar de lo que enferma el alma… y cura el cuerpo social

Hoy la Palabra nos invita a un ayuno integral:

·        Ayuno penitencial: reconocer el pecado real, pedir perdón de verdad, reconciliarnos.

·        Ayuno de palabras: críticas destructivas, juicios, ironías que humillan.

·        Ayuno de indiferencia: pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.

·        Ayuno de egoísmo: “mi comodidad primero” por encima del hermano.

Y llenarlo con lo que Dios pide en Isaías: pan compartido, tiempo donado, escucha paciente, visita al enfermo, ayuda al que está solo, misericordia concreta.

6) Intención orante: penitencia y súplica por los que sufren

Hoy, con el Salmo 51 en los labios, hacemos una oración penitencial verdadera:
Señor, perdónanos por ayunos sin amor, por rezos sin conversión, por religiosidad sin compasión.

Y oramos por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:
por los enfermos, por los que viven dolor crónico, por quienes atraviesan ansiedad, depresión, duelo, adicciones, soledad, heridas familiares. Que encuentren en la Iglesia no juicio, sino abrazo; no reproche, sino pan compartido; no indiferencia, sino presencia.

7) Cierre: la señal de que el ayuno es auténtico

El signo de un ayuno verdadero no es la cara larga ni el orgullo espiritual. El signo es este: más luz, más humildad, más misericordia. Y entonces se cumple la promesa: “Clamarás al Señor y te responderá.” (Is 58,9)


Oración final

Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
perdona nuestra incoherencia y nuestra dureza.
Danos un corazón contrito y humilde,
capaz de ayunar del pecado y de la indiferencia.
Que nuestra penitencia se convierta en misericordia,
y nuestra oración en consuelo para los que sufren
en el cuerpo y en el alma.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Amén.


miércoles, 18 de febrero de 2026

19 de febrero del 2026: jueves después del miércoles de Ceniza

 

Asumir el riesgo

(Dt 30,15-20; Lc 9,22-25) La invitación de Dios a elegir la vida llega al final de un largo camino por el desierto, marcado por infidelidades, quejas y resistencias al querer del Señor. Precisamente por eso el texto es tan luminoso: nos recuerda que la conversión siempre es posible, y que Dios no mira nuestra historia con fatalismo, sino con esperanza. Él vuelve a proponernos el camino, como quien dice: “todavía se puede”.

Pero surge una pregunta decisiva: ¿cómo discernir dónde está la vida? La respuesta se vuelve más clara a la luz del Evangelio: la vida verdadera no se conserva encerrándola, sino entregándola. Jesús lo expresa con una paradoja que atraviesa toda la Cuaresma: “perder para ganar”. No hay vida sin confianza, sin riesgo, sin dar pasos que nos saquen de la comodidad. Elegir la vida supone, entonces, aceptar el desafío de superar límites y miedos, y creer que el amor de Dios sostiene al que se atreve a seguir a Cristo.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Dt 30, 15-20

Mira: yo les propongo hoy bendición y maldición

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo les declaro hoy que morirán sin remedio; no durarán mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivan tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: Sal 39, 5ab)

R. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.


V. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. 
R.

V. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. 
R.

V. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. 
R.

 

Aclamación

V. Conviértanse —dice el Señor—,
porque está cerca el reino de los cielos.

 

Evangelio

Lc 9, 22-25

El que pierda su vida por mi causa la salvará

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, apenas estamos comenzando la Cuaresma y la liturgia ya nos coloca frente a una decisión que no admite neutralidad. Moisés lo dice con una claridad estremecedora: “Mira: hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida” (cf. Dt 30,15.19). No es un discurso para gente “perfecta”. Es una palabra proclamada después de un camino difícil, con tropiezos, infidelidades y cansancios. Y eso es lo que la vuelve tan consoladora: Dios no nos habla porque ya seamos santos; nos habla para que podamos volver a empezar.

Cuaresma, entonces, no es una temporada de tristeza ni de culpabilidad estéril. Es el tiempo de la elección. Y elegir significa que hay algo que debo dejar, algo que debo recuperar, algo que debo ordenar. Porque el corazón puede vivir dividido: queremos a Dios… pero también queremos asegurar el control; deseamos la vida… pero nos aferramos a lo que nos quita vida.

1) “Elige la vida”: ¿dónde se reconoce?

El salmo de hoy nos dibuja dos caminos: el del justo y el del malvado (Sal 1). Uno es como árbol plantado junto al agua, que da fruto a su tiempo; el otro es como paja que se lleva el viento. Es una imagen sencilla: la vida verdadera se nota en los frutos.

  • Donde hay vida, hay raíces: oración, verdad, humildad, reconciliación.
  • Donde hay vida, hay fruto: paz interior, capacidad de amar, paciencia, servicio.
  • Donde no hay vida, todo se vuelve inestable: hoy entusiasmo, mañana vacío; hoy promesas, mañana excusas.

Y aquí aparece un criterio muy cuaresmal: cuando uno se aparta de Dios, no queda “neutral”; se va secando por dentro. Por eso la Cuaresma no es “portarse mejor”, sino volver a la fuente.

2) La clave del Evangelio: “perder para ganar”

Jesús, en el Evangelio, no endulza el seguimiento: anuncia la cruz (Lc 9,22) y enseña una lógica que desconcierta:
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,24).

¿Qué significa esto en la vida real? Que muchas veces confundimos “salvar la vida” con protegernos, con no sufrir, con no complicarnos, con no comprometernos. Y Jesús nos dice: cuidado… porque puedes “salvarte” tanto, que termines perdiéndote.

Hay pérdidas que destruyen, sí. Pero hay otras pérdidas que fecundan:

  • Pierde el que perdona… pero gana libertad.
  • Pierde el que dice la verdad… pero gana dignidad.
  • Pierde el que sirve sin aplausos… pero gana el corazón de Dios.
  • Pierde el que deja un pecado habitual… pero gana paz.
  • Pierde el que responde a una vocación… pero gana sentido.

El Evangelio no nos invita al masoquismo, sino a la valentía del amor. Y amar siempre tiene riesgo. Porque amar es salir del “yo primero”, salir del cálculo, salir de la comodidad.

3) ¿Qué “vida” estoy eligiendo hoy?

Moisés lo aterriza: elegir la vida es amar al Señor, escuchar su voz y seguirlo (cf. Dt 30,20). No es una idea bonita; es una dirección concreta. Y hoy la Iglesia nos pregunta, con mucha serenidad:

  • ¿Qué decisiones me están acercando a Dios?
  • ¿Qué hábitos me están alejando de la vida?
  • ¿Qué estoy defendiendo con tanta fuerza que ya se volvió un “ídolo” (una falsa seguridad)?
  • ¿A qué cruz le huyo, que en realidad podría ser el inicio de una vida más auténtica?

Porque, seamos sinceros: hay cruces que no escogemos. Pero hay otras cruces que sí escogemos cuando decidimos amar de verdad: la cruz de pedir perdón, la cruz de cambiar, la cruz de renunciar a una relación tóxica, la cruz de poner límites, la cruz de ser coherentes.

4) Una Cuaresma misionera y vocacional

Hoy, además, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esto encaja perfecto con el Evangelio: la evangelización y la vocación nacen del mismo lugar: la disponibilidad a “perder” algo por Cristo para que otros ganen vida.

No hay Iglesia misionera sin cristianos valientes. No hay vocaciones sin jóvenes (y adultos) capaces de decir: “Señor, me arriesgo contigo”. La vocación —al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, al servicio laical comprometido— siempre tiene algo de salto al vacío… pero en realidad es salto a las manos de Dios.

Pidámosle al Señor que en nuestras comunidades no falten corazones dispuestos a decir: “Aquí estoy”. Y pidámosle también que quienes ya servimos en la misión no nos cansemos ni nos encerremos: que nuestra fe no sea una fe “de mantenimiento”, sino una fe que se entrega.

Conclusión

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, Dios nos lo vuelve a poner delante, con ternura y firmeza: vida o muerte, camino o deriva, árbol o paja. Y Jesús nos da la llave: se gana perdiendo por amor.

Que esta Cuaresma no sea solo “de propósitos”, sino de decisiones profundas. Y que el Señor nos conceda el coraje de escoger lo que da vida: su Palabra, su cruz, su amor y su misión. Amén.

Oración final (breve):

Señor Jesús, danos un corazón libre para elegir la vida. Haznos valientes para seguirte, aun cuando el amor cueste. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y despierta vocaciones santas: sacerdotes, consagrados y laicos con fuego misionero. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, la Palabra de Dios nos coloca, desde el inicio de la Cuaresma, frente a una decisión que define la vida entera: ¿qué camino elijo? ¿Qué “felicidad” persigo? ¿Dónde pongo mi esperanza?

1) “Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la muerte”

La primera lectura (Dt 30,15-20) es directa y conmovedora. Moisés no presenta una teoría moral: presenta una encrucijada. Dice, en nombre de Dios: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida.”
Y la vida, según la Biblia, no es solo “estar respirando”. Vida significa comunión con Dios, verdad, libertad interior, paz, fecundidad, futuro. Muerte significa lo contrario: un corazón que se va apagando, una existencia encerrada en sí misma, un camino que parece “cómodo” pero termina secando el alma.

Moisés añade algo decisivo: “Ama al Señor, escucha su voz, permanece unido a Él, porque Él es tu vida.” (cf. Dt 30,20). No dice: “cumple un listado” como si Dios fuera un examinador. Dice: ámalo, escúchalo, únete a Él. La Cuaresma comienza ahí: no con un maquillaje religioso, sino con una opción del corazón.

2) El Salmo 1: árbol o paja

El Salmo 1 pone dos imágenes que cualquiera entiende:

  • El justo es como árbol plantado junto al agua, que da fruto.
  • El malvado es como paja que se lleva el viento.

Aquí está la pregunta cuaresmal: ¿me estoy volviendo árbol o me estoy volviendo paja?
Porque uno puede tener actividad, agenda, ruido, incluso “religiosidad”… y sin embargo estar seco por dentro. La señal del árbol es que tiene raíces: oración, Palabra, vida sacramental, coherencia, caridad. La señal de la paja es que vive a merced de lo que diga el mundo, de la prisa, de la aprobación ajena, de la ansiedad, del “me da igual”.

Y por eso el salmo es una súplica implícita: “Señor, muéstrame el camino de tus mandatos” (responso tomado del Sal 119[118],29). Es como decir: “No me dejes vivir a la deriva”.

3) El Evangelio: el gran “paradoja” cristiana

Y entonces llega Jesús (Lc 9,22-25) y nos suelta una frase que rompe la lógica habitual:
“El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará.”
Y remata con una pregunta que no deja escapatoria:
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?”

Aquí está el corazón del mensaje: la cruz no es un accidente; es un camino. Jesús no la busca por gusto, pero la abraza por amor. Y nos dice: “Tome su cruz cada día y sígame.” No “una vez al año”, no “cuando me sobre tiempo”, no “si me conviene”. Cada día.

La paradoja de la fe es esta: el mundo promete felicidad evitando la cruz; Cristo promete plenitud abrazándola con sentido. El mundo dice: “sálvate a ti mismo”. Cristo dice: “entrégate y vivirás”.

4) ¿Y Jesús fue feliz?

Hay una pregunta que mucha gente lleva por dentro: “¿Soy feliz?”
Si miramos la vida de Jesús con ojos mundanos, no parece una historia “exitosa”: pobreza, rechazo, incomprensiones, persecución, traición, cruz. Sin embargo, Jesús revela una alegría más honda: la alegría de hacer la voluntad del Padre, la alegría de amar hasta el extremo, la alegría de cumplir la misión para la salvación de todos.

Esa es la verdad que la Cuaresma quiere despertarnos: hay una “felicidad” que depende de que todo salga bien… y se rompe al primer golpe. Y hay una alegría más profunda, que nace de saber para qué vivo, a quién pertenezco, a quién sigo, por quién me entrego.

5) “Negarse a sí mismo”: no es odiarse, es liberarse

Jesús dice: “niéguese a sí mismo”. Eso no significa despreciarse. Significa algo muy concreto:

  • Negar el ego tirano que quiere tener siempre la razón.
  • Negar el apego que no suelta.
  • Negar la vanidad que vive de aplausos.
  • Negar la comodidad que siempre pospone lo importante.
  • Negar el pecado que promete alivio y deja vacío.

Negarse a sí mismo es dejar de vivir para uno mismo. Es pasar del “mi vida” al “Señor, tu vida en mí”.

6) La cruz diaria: ¿cuál es la mía?

Jesús no habla de cruces imaginarias ni de dramas inventados. Habla de la cruz real, cotidiana:

  • La cruz de perdonar cuando lo fácil sería cobrar venganza.
  • La cruz de ser fiel cuando la tentación ofrece atajos.
  • La cruz de servir sin reconocimiento.
  • La cruz de decir la verdad aunque cueste.
  • La cruz de cuidar a un enfermo, sostener una familia, educar con paciencia.
  • La cruz de convertirse de verdad: cortar con lo que me destruye, confesarme, ordenar mi vida.

Y aquí está el milagro: esa cruz, unida a Cristo, deja de ser solo peso y se convierte en camino, en ofrenda, en redención.

7) Intención orante: obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones. Y esto encaja perfectamente: porque evangelizar es, en el fondo, perder la vida por Cristo para que otros la encuentren.

No hay evangelización sin cruz:

  • Cruz de salir, de tocar heridas, de no cansarse.
  • Cruz de formar, acompañar, corregir con caridad.
  • Cruz de la paciencia pastoral y de la perseverancia.

Y no hay vocaciones sin esta misma lógica: el Señor sigue llamando a jóvenes y adultos a decirle: “Aquí estoy”. Pero responder siempre implica renuncias, implica riesgos, implica cruz… y, a la vez, implica una alegría más grande: la alegría de vivir para Dios y para los hermanos.

Pidamos al Señor vocaciones santas, alegres, firmes: sacerdotes según su Corazón, consagrados y consagradas con pasión, matrimonios que sean evangelio vivo, laicos misioneros que sostengan la fe en medio del mundo.

Conclusión

Al inicio de esta Cuaresma, la Palabra nos deja dos preguntas que conviene llevar al silencio:

1.    ¿Qué estoy eligiendo: vida o muerte? (Dt 30)

2.    ¿Qué estoy persiguiendo: ganar el mundo o salvar el alma? (Lc 9)

Y una certeza que lo resume todo: la cruz, abrazada con Cristo, no aplasta; transforma.
Pidámosle hoy al Señor la sabiduría del corazón para entender lo que la lógica del mundo no entiende: que se gana perdiendo por amor, y que el camino más seguro hacia la vida es seguir a Jesús, cada día, con la cruz al hombro y la esperanza encendida.

Oración final:

Señor Jesús, danos tu sabiduría para no dejarnos seducir por las falsas promesas del mundo. Enséñanos a elegir la vida, a tomar la cruz cada día y a seguirte con alegría. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas, valientes y santas. Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

20 de febrero del 2026: viernes después de Ceniza

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