martes, 16 de junio de 2026

16 de junio del 2026: martes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

 Desarmante

(Mateo 5,43-48) Amar a los enemigos: violentos, tiranos, abusadores, perseguidores… ¡imposible! Jesús no dice que haya que aceptarlo todo ni bendecirlo todo. Pero sí nos pide bendecir al otro, sin reducirlo a lo que ha hecho; mirarlo a la altura del rostro, devolverle una dignidad que quizá él mismo no sabe reconocer. No convertirlo en enemigo ni convertirme yo mismo en enemigo. Señor, desármalo a él, pero desármame también a mí, para invertir la espiral del odio y de la violencia.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Re 21, 17-29
Has hecho pecar a Israel

Lectura del primer libro de los Reyes.

DESPUÉS que hubo muerto Nabot, la palabra del Señor llegó a Elías tesbita para decirle:
«Levántate, baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Ahora se encuentra en la viña de Nabot, adonde ha bajado para tomar posesión de ella. Le hablarás diciendo: “Así habla el Señor: ‘¿Has asesinado y pretendes tomar posesión?’ Por esto, así habla el Señor: ‘En el mismo lugar donde los perros han lamido la sangre de Nabot, lamerán los perros también tu propia sangre’”».
Entonces Ajab se dirigió a Elías diciendo:
«Así que has dado conmigo, enemigo mío».
Respondió Elías:
«He dado contigo. Así, por haberte vendido, haciendo el mal a los ojos del Señor, yo mismo voy a traer sobre ti el desastre. Barreré tu descendencia y exterminaré en Israel a todos los varones de la familia de Ajab, del primero al último. Dispondré de tu casa como de la de Jeroboán, hijo de Nebat, y de la de Baasá, hijo de Ajías, por la irritación que me has producido y por haber hecho pecar a Israel. También contra Jezabel ha hablado el Señor diciendo: “Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yezrael”, y los perros devorarán a los de Ajab que mueran en la ciudad y las aves del cielo a los que mueran en el campo».
No hubo otro como Ajab que, instigado por su mujer Jezabel, se vendiera para hacer el mal a los ojos del Señor. Actuó del modo más abominable, yendo tras los ídolos,
procediendo en todo como los amorreos a quienes el Señor había expulsado frente a los hijos de Israel.
Ajab, al oír estas palabras, rasgó sus vestiduras, se echó un sayal sobre el cuerpo y ayunó. Con el sayal puesto se acostaba y andaba pesadamente.
Llegó a Elías tesbita la palabra del Señor:
«¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? No traeré el mal en los días de su vida, por haberse humillado ante mí, sino en vida de su hijo».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6b. 11 y 16 (R.: cf. 3a)

R. Misericordia, Señor, hemos pecado.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
 R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Líbrame de la sangre, oh, Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.

 

Evangelio

Mt 5, 43-48

Amen a sus enemigos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “‘Amarás a tu prójimo’ y aborrecerás a tu enemigo”. Pero yo les digo: amen a sus enemigos y recen por los que los persiguen, para que sean hijos de su Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y manda la lluvia a justos e injustos.
Porque, si aman a los que los aman, ¿qué premio tendrán? ¿No hacen lo mismo también los publicanos? Y, si saludan solo a sus hermanos, ¿qué hacen de extraordinario? ¿No hacen lo mismo también los gentiles? Por tanto, sean perfectos, como su Padre celestial es perfecto».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos pone ante una de las exigencias más altas y más desconcertantes del Evangelio: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. No se trata de una frase bonita ni de un ideal ingenuo. Jesús sabe muy bien que amar al enemigo parece imposible. Amar a quien nos ha herido, a quien ha sido injusto, a quien ha sembrado violencia o dolor, no nace espontáneamente del corazón humano.

Pero Jesús no nos pide aprobar el mal. No nos dice que llamemos bueno a lo que es malo, ni que bendigamos la injusticia, ni que nos dejemos destruir por quienes abusan o persiguen. Lo que Jesús nos pide es algo más profundo: no dejar que el mal del otro destruya también nuestro corazón. No permitir que el odio del otro nos convierta a nosotros en personas dominadas por el odio.

La primera lectura nos ayuda a comprender esto. Después del pecado de Ajab y Jezabel contra Nabot, Dios envía al profeta Elías para denunciar la injusticia. Dios no es indiferente ante el abuso, el despojo, la mentira y la muerte del inocente. La fe no consiste en cerrar los ojos ante el mal. El Señor ve, escucha y juzga. Pero cuando Ajab se humilla, Dios también muestra misericordia. Aquí aparece el rostro de un Dios justo, pero también capaz de abrir caminos de conversión.

El salmo nos hace rezar desde esa misma conciencia: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Antes de mirar solamente el pecado ajeno, la Palabra nos invita a mirar también nuestro propio corazón. Porque muchas veces queremos que Dios sea misericordioso con nosotros, pero implacable con los demás. Queremos perdón para nuestras heridas, pero castigo para quienes nos han herido.

El Evangelio va más lejos: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esa perfección no significa no equivocarse nunca. Significa amar con un corazón parecido al de Dios. Dios hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Su amor no se reduce a simpatías, méritos o conveniencias. Dios ama porque Él es amor.

Por eso, amar al enemigo es una gracia que debemos pedir. No siempre podremos sentir afecto. No siempre podremos acercarnos. A veces será necesario poner límites, tomar distancia, protegernos y buscar justicia. Pero aun así, el cristiano está llamado a no desear la destrucción del otro, a no alimentar la venganza, a no convertir su corazón en un campo de batalla.

Podemos decirle hoy al Señor: “Señor, desarma al violento, desarma al injusto, desarma al que hace daño; pero desármame también a mí. Desarma mi orgullo, mi resentimiento, mis deseos de venganza. Rompe en mí la espiral del odio y enséñame a vencer el mal con el bien”.

Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores, familiares y amigos. Ellos son signos concretos de la bondad de Dios en nuestro camino. Que el Señor los bendiga, los proteja y recompense todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros aprendamos a ser bendición para otros: no solo para quienes nos aman, sino incluso para aquellos con quienes nos cuesta vivir la caridad.

Que esta Eucaristía nos conceda un corazón más libre, más humilde y más parecido al corazón del Padre. Amén.



2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este día nos sitúa ante dos realidades profundas del corazón humano: por una parte, la fuerza destructiva del pecado; por otra, la fuerza transformadora de la misericordia y del amor sin límites.

En la primera lectura, después del crimen cometido contra Nabot, Dios envía al profeta Elías a denunciar al rey Ajab. El pecado no queda oculto ante los ojos de Dios. La ambición, el abuso de poder, la injusticia y la muerte del inocente claman al cielo. Ajab ha permitido que la codicia destruya la vida de un hombre justo. Y Dios, que es justo, no permanece indiferente.

Pero la lectura también nos sorprende: cuando Ajab escucha la palabra de Dios, se humilla, hace penitencia y reconoce su pecado. Entonces el Señor muestra misericordia. Esto no borra la gravedad de lo ocurrido, pero revela algo esencial: Dios no desea la muerte del pecador, sino que se convierta y viva. Su justicia nunca está separada de su deseo de salvar.

Por eso el salmo 50 pone en nuestros labios una oración humilde: “Misericordia, Señor, hemos pecado”. Es el grito del corazón que reconoce su culpa y se abre al perdón. Antes de mirar el pecado de los demás, la Palabra nos invita a mirar nuestro propio corazón. Todos necesitamos ser purificados de la soberbia, del resentimiento, de la dureza y de la violencia interior.

Y en el Evangelio, Jesús nos lleva todavía más lejos: “Amen a sus enemigos y oren por los que los persiguen”. Esta es una de las enseñanzas más exigentes del cristianismo. Amar al enemigo no significa aprobar el mal, justificar la injusticia o permitir el abuso. Jesús no nos pide llamar bueno a lo que es malo. Lo que nos pide es no responder al odio con más odio, no dejar que la violencia del otro engendre violencia en nosotros.

El amor cristiano no tiene límites porque nace del corazón de Dios. El Padre hace salir el sol sobre buenos y malos, y manda la lluvia sobre justos e injustos. Así ama Dios: no de manera selectiva, no solo a quienes lo merecen, no solo a quienes responden bien. Dios ama porque Él es amor.

Por eso Jesús nos dice: “Sean perfectos como su Padre celestial es perfecto”. Esta perfección no consiste en no equivocarse nunca, sino en aprender a amar con un corazón cada vez más parecido al de Dios. Es la perfección de la misericordia, de la paciencia, del perdón y de la oración por todos, incluso por quienes nos han herido.

Jesús mismo vivió este amor en la cruz, cuando oró por sus perseguidores: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Allí nos enseñó que el amor verdadero no es solo sentimiento; es decisión, gracia, entrega y victoria sobre el mal.

Hoy podemos preguntarnos: ¿a quién me cuesta amar? ¿Por quién me cuesta orar? ¿Qué resentimiento necesito entregar al Señor? Tal vez no podamos cambiar inmediatamente nuestros sentimientos, pero sí podemos comenzar por pedir a Dios que purifique nuestro corazón.

En esta Eucaristía, pidamos la gracia de amar más allá de nuestras simpatías, de nuestras heridas y de nuestros límites humanos. Que el Señor nos libre de toda amargura, nos conceda un corazón reconciliado y nos enseñe a vencer el mal con el bien.

Y oremos también hoy por nuestros benefactores, familiares y amigos. Que Dios recompense su generosidad, bendiga sus vidas, sostenga sus hogares y les conceda experimentar siempre la luz de su amor. Que nosotros, agradecidos por tanto bien recibido, aprendamos también a ser instrumentos de misericordia, perdón y paz. Amén.

 

 

 

domingo, 14 de junio de 2026

15 de junio del 2026: lunes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

 

La otra actitud

(Mt 5,38-42) Ante la violencia, ¿debemos quedarnos en el “ojo por ojo”? Jesús nos enseña otra cosa. No se trata de dejarnos maltratar ni de “poner” la mejilla para que nos golpeen, sino de proponer otra manera, otra actitud frente a la bofetada. Durante su pasión, Jesús no presenta simplemente la mejilla al soldado que lo golpea, sino que ofrece la palabra; lo devuelve a la palabra y, por tanto, a su humanidad. Una gracia que debemos pedir.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

1 Re 21, 1-16
Nabot ha sido lapidado y está muerto

Lectura del primer libro de los Reyes.

POR aquel tiempo, Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey de Samaría.
Ajab habló a Nabot diciendo:
«Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi casa; yo te daré a cambio una viña mejor, o, si te parece bien, te pagaré su precio en plata».
Nabot respondió a Ajab:
«Dios me libre de cederte la herencia de mis padres».
Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot de Yezrael:
«No te cederé la heredad de mis padres».
Se postró en su lecho de cara a la pared y se negó a comer.
Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo:
«¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?».
Él le respondió:
«Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó: “No te cederé mi viña”».
Jezabel, su mujer, le replicó:
«¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te alegrará el ánimo. Yo misma me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael». Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él, enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.
En las cartas escribió lo siguiente:
«Proclamen un ayuno y sienten a Nabot al frente de la asamblea. Frente a él sienten a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en su contra diciendo: “Tú has maldecido a Dios y al rey”. Entonces lo sacarán y lo lapidarán hasta que muera».
Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas remitidas a ellos. Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente de la asamblea.
Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron contra él diciendo:
«Nabot ha maldecido a Dios y al rey».
Lo sacaron de la ciudad y lo lapidaron hasta que murió.
Enviaron a decir a Jezabel:
«Nabot ha sido lapidado y está muerto».
En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab:
«Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto».
Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot, el de Yezrael, para tomar posesión de ella.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 5, 2-3ab. 5-6a. 6b-7 (R.: 2b)

R. Atiende a mis gemidos, Señor.

V. Señor, escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío. 
R.

V. Tú no eres un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia.
 R.

V. Detestas a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Lámpara es tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. R.

 

Evangelio

Mt 5, 38-42

Yo les digo que no hagan frente al que los agravia

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo les digo: no hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla, acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo rehúyas».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este lunes nos pone frente a una realidad dolorosa y muy humana: la violencia, la injusticia, el abuso del poder y la tentación de responder al mal con más mal.

En la primera lectura escuchamos una de las páginas más dramáticas del Antiguo Testamento: la historia de Nabot, el hombre justo que tenía una viña heredada de sus padres. El rey Ajab la quiere para sí. Nabot se niega, no por capricho, sino porque aquella viña representa la herencia recibida, la memoria de sus mayores, la fidelidad a Dios y a su familia. Pero cuando el poder se vuelve egoísta, ya no respeta ni la dignidad de la persona ni la justicia ni la vida. Jezabel organiza una mentira, manipula la ley, compra testigos falsos y consigue la muerte de Nabot. Después de eso, Ajab baja tranquilamente a tomar posesión de la viña.

Esta lectura nos muestra hasta dónde puede llegar el corazón humano cuando se deja dominar por la codicia. Primero se desea lo que no es propio; luego se manipula la verdad; después se destruye al inocente; finalmente se pretende disfrutar como si nada hubiera pasado. Pero Dios ve. Dios escucha. Dios no es indiferente ante la sangre del justo ni ante las lágrimas de los pequeños.

Por eso el salmo pone en nuestros labios una oración muy profunda: “Señor, escucha mis palabras”. Es la súplica de quien sabe que Dios no aprueba la maldad, que el malvado no puede hospedarse junto a Él, que la mentira, la violencia y la injusticia no tienen la última palabra. Hoy, al orar por nuestros difuntos, esta súplica se hace también confiada: Señor, escucha nuestra oración por quienes han partido de este mundo. Acoge sus vidas, purifica sus faltas, perdona sus pecados y condúcelos a tu luz.

El Evangelio nos lleva todavía más lejos. Jesús dice: “Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo: no hagan frente al que les agravia”. Estas palabras no pueden entenderse como una invitación a la pasividad, a aceptar abusos o a callar ante la injusticia. Jesús no nos pide ser cómplices del mal ni renunciar a la dignidad. Lo que nos enseña es otra actitud: no responder a la violencia con violencia, no dejar que el agresor nos convierta también en agresores, no permitir que el odio del otro entre en nuestro corazón y lo gobierne.

Recordemos que Jesús, durante su pasión, cuando es golpeado, no responde con otro golpe, pero tampoco se queda simplemente en silencio como si el mal estuviera bien. En el Evangelio de Juan, cuando un guardia le da una bofetada, Jesús responde: “Si he hablado mal, muestra en qué; pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Jesús ofrece la palabra. Devuelve al agresor a la razón, a la conciencia, a su humanidad. No se rebaja al nivel de la violencia, pero tampoco renuncia a la verdad.

Esta es la gran enseñanza para nosotros: el cristiano no está llamado a vengarse, sino a transformar. No está llamado a humillar al enemigo, sino a desarmar el mal con la fuerza de la verdad, de la paciencia, de la mansedumbre y del amor. No se trata de debilidad. Se trata de una fortaleza más grande: la fortaleza de quien no permite que el odio tenga la última palabra.

Nabot, en la primera lectura, aparece como víctima de la injusticia. Jesús, en el Evangelio, nos enseña cómo no convertirnos en servidores de esa misma injusticia. Porque muchas veces la violencia empieza fuera de nosotros, pero puede terminar instalándose dentro de nosotros. Puede entrar en forma de resentimiento, deseo de venganza, palabras duras, juicios implacables, memoria herida. Por eso necesitamos pedir una gracia: la gracia de responder de otra manera.

Hoy, al celebrar esta Eucaristía por nuestros difuntos, también podemos pensar en tantas historias familiares marcadas por heridas, conflictos, deudas de amor, palabras que no se dijeron o palabras que hirieron. La muerte nos recuerda que la vida es breve y que no vale la pena vivir esclavos del rencor. Orar por los difuntos es también dejar que Dios sane nuestra memoria. Es decirle: Señor, recibe a quienes ya partieron; perdona lo que haya que perdonar; sana lo que quedó roto; danos paz a quienes seguimos caminando.

Cada Eucaristía nos pone ante Cristo, el justo condenado injustamente, el inocente entregado, el Cordero que no devuelve mal por mal. En la cruz, Jesús no pide venganza; pide perdón: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Esa es la otra actitud. Esa es la novedad del Evangelio. Esa es la fuerza que puede cambiar el corazón humano.

Pidamos hoy al Señor que nos libre de la codicia de Ajab, de la manipulación de Jezabel, de la mentira de los falsos testigos y de la tentación de la venganza. Pidámosle un corazón libre, justo, misericordioso y valiente. Que sepamos defender la verdad sin odio, denunciar el mal sin perder la caridad, y responder a la violencia no con cobardía, sino con la fuerza humilde del Evangelio.

Y por nuestros difuntos, elevemos una oración confiada: que el Señor, justo y misericordioso, los reciba en su Reino; que purifique sus vidas con su amor; que les conceda la paz eterna; y que a nosotros nos enseñe a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestra hora, podamos presentarnos ante Él con un corazón reconciliado.

Amén.

 

sábado, 13 de junio de 2026

14 de junio del 2026: undécimo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Desde el corazón compasivo de Cristo

Jesús llama a sus discípulos, los envía, les da poder y les detalla sus indicaciones. La misión que les confía nace de su corazón compasivo. En efecto, el Evangelio se abre con una mirada de Jesús sobre las multitudes “desconcertadas y abatidas”. Así, antes incluso de enviar a los discípulos hacia esas multitudes, Jesús ve; antes de dar instrucciones, ama; y antes de confiar la misión, se compadece.

Para los discípulos, la misión comienza con la oración. Nadie se envía a sí mismo: uno es enviado. La iniciativa pertenece al Dueño de la mies. El poder que reciben no es suyo: les es dado. Los discípulos no hablan en nombre propio, sino que proclaman lo mismo que Jesús proclama: “El Reino de los Cielos está cerca”. No actúan con autoridad propia, sino que ejercen la autoridad recibida de Cristo.

La enumeración de sus nombres nos hace pensar que la misión es confiada a hombres concretos, diversos y frágiles. El contenido y el marco de la misión son claros: ir hacia “las ovejas perdidas de la casa de Israel”, proclamar la cercanía del Reino, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos y expulsar demonios. La misión es palabra y acción. Anuncia y restaura. Proclama un Reino que se acerca y, al mismo tiempo, ofrece ya sus signos.

Finalmente, lo que los discípulos han recibido gratuitamente, deben darlo gratuitamente. Ahí está todo. El discípulo no es dueño de la gracia: es su servidor. Lo que ha recibido sin mérito, debe transmitirlo sin cálculo. La gratuidad es la marca del Reino.

¿Qué lugar doy a la compasión en mi vida?

¿Qué he recibido gratuitamente en mi vida y estoy dispuesto a dar gratuitamente a los demás?

Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique



Primera lectura

Éx 19, 2-6a

Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, llegaron los hijos de Israel al desierto del Sinaí y acamparon allí, frente a la montaña.
Moisés subió hacia Dios. El Señor lo llamó desde la montaña diciendo:
«Así dirás a la casa de Jacob y esto anunciarás a los hijos de Israel: “Han visto lo que he hecho con los egipcios y cómo a ustedes los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí. Ahora, pues, si de veras me obedecen y guardan mi alianza, serán mi propiedad personal entre todos los pueblos, porque mía es toda la tierra. Serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 99, 1b-2. 3. 5 (R.: 3c)

R. Nosotros somos su pueblo y ovejas de su rebaño.

V. Aclama al Señor, tierra entera,
sirvan al Señor con alegría,
entren en su presencia con vítores. 
R.

V. Sepan que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.
 R.

V. El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 6-11

Si fuimos reconciliados por la muerte del Hijo, ¡con cuánta más razón seremos salvados por su vida!

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
¡Con cuánta más razón, pues, justificados ahora por su sangre, seremos por él salvados del castigo!
Si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvados por su vida!
Y no solo eso, sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos obtenido ahora la reconciliación.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mt 9, 36 — 10, 8

Llamó a sus doce discípulos y los envió

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al ver Jesús a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor». Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».
Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel.
Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, arrojen demonios. Gratis han recibido, den gratis».

Palabra del Señor.

 

 

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Desde el corazón compasivo de Cristo: elegidos, reconciliados y enviados


Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que escuchamos hoy nos sitúa ante una verdad profunda y hermosa: Dios no mira a su pueblo con indiferencia. Dios ve, Dios escucha, Dios se conmueve, Dios llama, Dios salva y Dios envía. La historia de la salvación no nace de una idea fría ni de una orden lejana, sino del corazón de un Dios que ama, que se acerca y que hace alianza con su pueblo.

El Evangelio nos presenta a Jesús mirando a la multitud. No es una mirada superficial, no es la mirada rápida de quien ve gente pasando por el camino. Jesús mira de verdad. Mira el cansancio, la confusión, la soledad, las heridas, la desorientación espiritual de la gente. El texto dice que al ver a las multitudes, se compadeció de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor.

Esta imagen es muy fuerte. Las ovejas sin pastor están expuestas al peligro, no saben hacia dónde ir, no encuentran alimento seguro, se dispersan fácilmente. Así ve Jesús a la humanidad: no con desprecio, no con juicio duro, no con impaciencia, sino con compasión. El corazón de Cristo no se acostumbra al dolor humano. Jesús no se queda indiferente ante la gente cansada de luchar, ante los enfermos, ante los pobres, ante los pecadores, ante los que han perdido el rumbo, ante los que buscan una palabra de esperanza.

Y aquí encontramos la raíz de toda misión cristiana: la compasión. Antes de enviar a los discípulos, Jesús contempla. Antes de darles autoridad, ama. Antes de pedirles que salgan, les muestra con su propio corazón cómo se debe mirar al mundo. Porque una misión sin compasión se vuelve oficio, rutina, propaganda o poder. Pero una misión que nace del corazón de Cristo se vuelve servicio, cercanía, misericordia y anuncio gozoso del Reino.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos recuerda que Dios ya había actuado así con Israel. El pueblo llega al Sinaí después de haber sido liberado de Egipto. Había vivido la esclavitud, la humillación, el trabajo duro, el miedo y la opresión. Pero Dios no se olvidó de su pueblo. Él mismo les dice: “Ustedes han visto lo que hice con los egipcios, y cómo los he llevado sobre alas de águila y los he traído a mí”.

Qué expresión tan bella: “sobre alas de águila”. Dios no dice simplemente: “Los saqué de Egipto”. Dice: “Los llevé sobre alas de águila”. Es decir, los cargué, los sostuve, los protegí, los conduje. Cuando ustedes no podían salvarse por sí mismos, yo los llevé. Cuando estaban indefensos, yo los levanté. Cuando no tenían camino, yo abrí el camino.

Así es Dios. Él no comienza pidiéndole al pueblo que sea perfecto. Comienza recordándole su amor. Antes del mandamiento está la gracia. Antes de la respuesta humana está la iniciativa divina. Antes de la fidelidad de Israel está la fidelidad de Dios. Por eso el Señor dice: “Si escuchan mi voz y guardan mi alianza, serán mi especial tesoro entre todos los pueblos… serán para mí un reino de sacerdotes y una nación santa”.

Aquí aparece una clave muy importante: Dios libera para hacer alianza, y hace alianza para confiar una misión. Israel no es elegido para encerrarse en sí mismo ni para sentirse superior a los demás pueblos. Es elegido para pertenecer a Dios y para ser signo de su presencia en medio del mundo. Ser “reino de sacerdotes” significa ser un pueblo llamado a ofrecer a Dios la vida, la historia, el trabajo, el sufrimiento y la esperanza de la humanidad. Ser “nación santa” no significa vivir apartados de todos con orgullo, sino vivir unidos a Dios para transparentar su santidad, su justicia y su misericordia.

Lo mismo ocurre con nosotros. Dios nos ha elegido en Cristo. Nos ha llamado por el Bautismo. Nos ha hecho su pueblo. Nos alimenta con su Palabra y con la Eucaristía. Pero no nos llama para que vivamos una fe cómoda, encerrada en el templo o reducida a devociones privadas. Nos llama para ser signos vivos de su Reino. Nos llama para que nuestra vida diga algo de Dios. Nos llama para que otros puedan experimentar, a través de nosotros, que Dios no abandona, que Dios perdona, que Dios consuela, que Dios salva.

Por eso el salmo nos invita a aclamar al Señor con alegría: “Reconozcan que el Señor es Dios, que él nos hizo y somos suyos, su pueblo y ovejas de su rebaño”. Esta frase ilumina de manera preciosa el Evangelio. Jesús ve a las multitudes como ovejas sin pastor. El salmo, en cambio, proclama la verdad de la fe: somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Es decir, no estamos destinados a vivir perdidos, abandonados o dispersos. Tenemos Pastor. Tenemos Dueño amoroso. Tenemos un Dios que nos conoce, nos llama por nuestro nombre y nos reúne.

Pero muchas veces el ser humano vive como si no tuviera pastor. A veces se deja guiar por voces que prometen felicidad y terminan dejando vacío. A veces se deja conducir por el orgullo, el dinero, la fama, el placer, la violencia, la desesperanza. A veces las familias se sienten como ovejas sin pastor: cansadas, divididas, heridas. A veces los jóvenes buscan rumbo entre tantas voces contradictorias. A veces los enfermos se sienten solos. A veces los ancianos se sienten olvidados. A veces los pobres sienten que nadie los mira. A veces incluso dentro de la Iglesia podemos sentir cansancio, desánimo o pérdida de entusiasmo.

Por eso necesitamos volver siempre al corazón de Cristo. Él es el Pastor que no abandona. Él es quien mira con compasión. Él es quien reúne lo disperso. Él es quien levanta al caído. Él es quien cura, perdona, restaura y envía.

San Pablo, en la segunda lectura de la carta a los Romanos, nos lleva todavía más hondo: “Cuando todavía estábamos sin fuerzas, Cristo murió por los impíos”. Y añade: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores”.

Esta palabra es fundamental. Cristo no murió por nosotros porque ya éramos buenos. No nos amó porque lo mereciéramos. No esperó a que fuéramos perfectos para entregarse. Nos amó cuando éramos débiles, pecadores, enemigos, necesitados de reconciliación. Ahí está la gratuidad del amor de Dios. Ahí está la fuente de la misión. Ahí está la razón de nuestra esperanza.

A veces nosotros amamos con medida. Amamos a quien nos ama. Ayudamos a quien nos cae bien. Perdonamos cuando el otro ya ha pagado bastante. Damos cuando nos sobra. Servimos si nos reconocen. Pero Dios no actúa así. Dios nos amó primero. Dios tomó la iniciativa. Dios no calculó. En Cristo, Dios nos lo dio todo.

Por eso la misión cristiana no puede vivirse desde el mérito, sino desde la gratitud. El discípulo no anuncia porque se crea superior. No sirve porque sea dueño de la gracia. No predica porque sea perfecto. No acompaña porque tenga todas las respuestas. El discípulo anuncia porque ha sido amado. Sirve porque ha sido servido por Cristo. Perdona porque ha sido perdonado. Consuela porque ha sido consolado. Da gratuitamente porque gratuitamente lo recibió todo.

En el Evangelio, Jesús llama a los Doce por su nombre. Esta lista de nombres podría pasar desapercibida, pero es muy importante. Allí están Pedro y Andrés, Santiago y Juan, Felipe y Bartolomé, Tomás, Mateo, Santiago, Tadeo, Simón y Judas. Son hombres concretos, con historias distintas, temperamentos diversos, límites, fragilidades y hasta contradicciones. Pedro negará a Jesús. Tomás dudará. Mateo fue publicano. Judas lo traicionará. Y, sin embargo, Jesús los llama.

Esto nos consuela y nos compromete. Nos consuela porque Dios no llama solo a los perfectos. Si esperara perfección absoluta, no llamaría a nadie. Dios llama a personas reales. Llama con nuestra historia, con nuestras heridas, con nuestro carácter, con nuestras luchas. Llama a matrimonios concretos, jóvenes concretos, sacerdotes concretos, religiosas concretas, catequistas concretos, servidores concretos, comunidades concretas.

Pero también nos compromete, porque ser frágiles no es excusa para no responder. Jesús llama a los discípulos y los envía. No los deja contemplando la necesidad del mundo desde lejos. Los involucra. Les dice: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”.

Lo primero que Jesús pide no es activismo, sino oración. La misión comienza de rodillas. La Iglesia no se envía a sí misma. El sacerdote no se envía a sí mismo. El catequista no se envía a sí mismo. El evangelizador no se envía a sí mismo. Todo verdadero envío nace de Dios. Por eso hay que pedir trabajadores. Hay que orar por las vocaciones. Hay que suplicar al Señor que despierte corazones generosos. Hay que pedir que nuestras comunidades no sean espectadoras pasivas de la evangelización, sino tierra fecunda donde broten servidores del Reino.

Pero notemos algo hermoso: Jesús manda orar por trabajadores, y enseguida llama a los Doce y los envía. Es como si les dijera: “Oren para que haya trabajadores… y estén dispuestos ustedes mismos a ser respuesta a esa oración”. Muchas veces pedimos que Dios envíe personas buenas, catequistas, sacerdotes, misioneros, servidores, líderes, voluntarios. Pero quizá el Señor nos responde: “Empieza tú. Da tú el primer paso. Sé tú una señal de mi compasión”.

El envío de Jesús tiene una misión concreta: proclamar que el Reino de los Cielos está cerca, curar enfermos, resucitar muertos, purificar leprosos, expulsar demonios. Es decir, la misión no se reduce a palabras, pero tampoco puede quedarse sin palabras. La misión anuncia y sana. Proclama y restaura. Predica y toca la vida concreta de la gente.

La Iglesia debe anunciar claramente que el Reino está cerca. Debe hablar de Dios, de conversión, de salvación, de esperanza, de vida eterna. Pero ese anuncio debe ir acompañado por signos concretos: cercanía a los enfermos, consuelo a los tristes, acogida a los descartados, perdón a los pecadores arrepentidos, defensa de la dignidad humana, lucha contra todo lo que desfigura la vida.

Curar enfermos hoy significa también acompañar a quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Resucitar muertos significa anunciar la vida donde parece que todo está perdido: en una familia rota, en un joven sin esperanza, en una persona hundida por la culpa, en una comunidad cansada. Purificar leprosos significa acercarse a los excluidos, a los que la sociedad prefiere no mirar. Expulsar demonios significa combatir el mal que esclaviza: el odio, la mentira, la corrupción, la violencia, las adicciones, la indiferencia, la desesperanza.

Y al final Jesús dice una frase que resume todo: “Gratis lo recibieron, denlo gratis”. Esta es una de las frases más evangélicas y más exigentes. Nos recuerda que la gracia no se vende, no se manipula, no se usa para dominar, no se convierte en negocio ni en prestigio personal. La gracia se recibe con humildad y se comparte con generosidad.

¿Qué hemos recibido gratuitamente? La vida. La fe. El perdón. La Palabra de Dios. La Eucaristía. El amor de nuestras familias. La paciencia de quienes nos han soportado. La enseñanza de quienes nos formaron. La oración de quienes intercedieron por nosotros. La misericordia de Dios en momentos en que no la merecíamos. Todo eso lo hemos recibido como don. Y si todo es don, entonces nuestra vida debe convertirse también en don.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué lugar ocupa la compasión en mi vida? ¿Miro a los demás como Jesús los mira? ¿O los miro con juicio, fastidio, indiferencia o superioridad? ¿Soy capaz de detenerme ante el sufrimiento ajeno? ¿Me duele el dolor del otro? ¿Me conmueve la soledad del hermano? ¿Me importa la suerte de los pobres, de los enfermos, de los alejados, de los que viven sin pastor?

Y también: ¿qué he recibido gratuitamente que puedo dar gratuitamente? Tal vez puedo dar tiempo, escucha, perdón, consejo, oración, servicio, compañía, una palabra de ánimo, un gesto de reconciliación. Tal vez puedo poner mis dones al servicio de la comunidad. Tal vez puedo visitar a un enfermo, acompañar a un anciano, enseñar la fe a un niño, apoyar una obra evangelizadora, orar por las vocaciones, servir sin buscar aplausos.

Hermanos, la Eucaristía que celebramos es el signo supremo de la gratuidad de Dios. Aquí Cristo se nos da sin medida. Aquí el Pastor alimenta a sus ovejas. Aquí el Señor nos recuerda que somos su pueblo y ovejas de su rebaño. Aquí se renueva la alianza. Aquí se nos entrega el amor de Cristo, que murió por nosotros cuando todavía éramos pecadores. Aquí el corazón compasivo de Jesús nos mira, nos sana, nos reconcilia y nos envía.

Que al acercarnos a esta mesa no vengamos solo a recibir consuelo, sino también a dejarnos transformar en instrumentos de compasión. Que la Iglesia, nuestras familias y nuestra comunidad sean reflejo del corazón de Cristo. Que no seamos discípulos encerrados, sino enviados. Que no seamos dueños de la gracia, sino servidores humildes. Que no demos con cálculo lo que recibimos sin mérito. Y que nuestra vida entera proclame, con palabras y obras, que el Reino de Dios está cerca.

Amén.

 

 

 

 

 

 

16 de junio del 2026: martes de la undécima semana del tiempo ordinario-II

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