lunes, 31 de agosto de 2026

Primero de septiembre del 2026: martes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

La obra revela al Artífice

La belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su finalidad no es solamente estética: nos abren a la sabiduría y a la bondad de Dios, que sostiene todas las cosas y confía el mundo a nuestro cuidado. Contemplar la Creación es reconocer su presencia, darle gracias y proteger responsablemente cuanto hemos recibido.

 

Primera lectura

1 Cor 2, 10b-16
El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre espiritual lo juzga todo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14 (R.: 17a)

R. El Señor es justo en todos sus caminos.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Lc 4, 31-37

Sé quién eres: el Santo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor.

 

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La obra revela al Artífice

Hermanos, solemos reconocer a un artista por sus obras. Un cuadro, una melodía o una construcción nos hablan de las capacidades, la sensibilidad y hasta de la personalidad de quien los realizó. De una manera mucho más profunda, la belleza y la bondad de la creación nos hablan de Dios. Como dice el título de nuestra reflexión: la obra revela al Artífice.

Cuando contemplamos el cielo, los campos, las montañas, la diversidad de los animales y, especialmente, la dignidad del ser humano, descubrimos que el mundo no es fruto del absurdo. La creación lleva las huellas de la sabiduría y del amor de Dios. Así lo proclama el salmo de hoy: «El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Todo cuanto existe está sostenido por su providencia y acompañado por su ternura.

Pero no siempre sabemos mirar. Podemos acostumbrarnos tanto a los dones recibidos que terminamos considerándolos como algo normal o como un derecho adquirido. Dejamos de maravillarnos por el regalo de la vida, por el alimento cotidiano, por la familia, por la amistad, por la posibilidad de servir o por las personas que Dios pone en nuestro camino. La falta de contemplación conduce fácilmente a la ingratitud; en cambio, quien aprende a contemplar descubre motivos para bendecir al Señor incluso en medio de las dificultades.

La primera lectura nos enseña que para reconocer plenamente los dones de Dios necesitamos la luz del Espíritu Santo. San Pablo afirma: «El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». La inteligencia humana puede descubrir muchas cosas, pero solo el Espíritu nos ayuda a comprenderlas como dones y llamadas de Dios. Por eso añade el apóstol: «Nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido».

Esta es una afirmación muy importante para nuestra vida espiritual. No basta con tener ojos; necesitamos aprender a mirar con fe. No basta con tener oídos; necesitamos escuchar lo que Dios quiere comunicarnos. No basta con recibir bendiciones; necesitamos reconocer de quién proceden y para qué nos han sido concedidas. El Espíritu Santo nos ayuda a pasar de la simple admiración a la gratitud, y de la gratitud al compromiso. Lo que hemos recibido gratuitamente no puede quedar encerrado en nosotros: debe ponerse al servicio de los demás.

En el Evangelio, Jesús llega a Cafarnaún y enseña con una autoridad que sorprende a todos. Su palabra no es un discurso vacío; posee poder para tocar la vida y liberar a un hombre atormentado por un espíritu impuro. Incluso el demonio reconoce su identidad y exclama: «Sé quién eres: el Santo de Dios».

Las obras de Jesús revelan quién es Él. Su manera de enseñar, de acercarse a los sufrientes, de enfrentarse al mal y de devolver la libertad manifiesta que Dios ha visitado a su pueblo. Jesús no utiliza su autoridad para dominar, humillar o buscar reconocimientos; la emplea para liberar, sanar y devolver a cada persona su dignidad. Esta es la autoridad de Dios: el poder del amor que vence el mal y abre caminos de vida nueva.

También nuestras acciones revelan lo que hay en nuestro corazón. Podemos decir muchas palabras hermosas, pero finalmente nuestras obras muestran si vivimos según el Espíritu de Dios o según los criterios egoístas del mundo. Una palabra de consuelo, una visita al enfermo, una ayuda oportuna, un perdón ofrecido, una colaboración generosa o un servicio realizado discretamente pueden hablar de Dios con mayor fuerza que muchos discursos.

Hoy queremos reconocer precisamente esas obras de amor en nuestros benefactores. Oramos por las personas que, con generosidad, comparten parte de sus bienes, su tiempo, sus conocimientos y sus esfuerzos para sostener la evangelización, acompañar las necesidades de la comunidad y socorrer a quienes atraviesan momentos difíciles. Muchos de ellos ayudan sin buscar reconocimiento; quizá su nombre no aparece públicamente, pero está escrito en el corazón de Dios.

La generosidad de nuestros benefactores es también una forma concreta de la providencia divina. Dios puede alimentar, consolar y sostener a sus hijos mediante las manos abiertas de otras personas. Cuando alguien comparte lo que posee, se convierte en instrumento de la bondad de Dios. Su obra generosa nos permite vislumbrar algo del gran Artífice, porque allí donde existe una caridad auténtica se hace visible la presencia del Señor.

Sin embargo, la oración por nuestros benefactores debe llevarnos también a revisar nuestra propia vida. Todos podemos ser benefactores de alguien. Quizá no todos podamos ofrecer grandes ayudas económicas, pero todos podemos compartir algo: tiempo, escucha, cercanía, conocimientos, trabajo, una palabra de esperanza o una oración sincera. Nadie es tan pobre que no tenga algo para ofrecer, ni tan rico que no necesite recibir de los demás.

Pidamos, entonces, que el Espíritu Santo nos conceda una mirada contemplativa para descubrir las huellas de Dios en la creación, en su Palabra y en las personas que hacen el bien. Que nuestras propias acciones revelen también la bondad del Padre y la autoridad liberadora de Jesucristo.

Pidamos que Dios bendiga abundantemente a nuestros benefactores, recompense su generosidad, proteja sus familias y les conceda cuanto necesitan. Que el Espíritu Santo nos enseñe también a nosotros a reconocer los dones recibidos y a convertir nuestra vida en una obra que revele la belleza, la bondad y la misericordia de nuestro Creador. Amén.

 

 

31 de agosto del 2026: lunes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II


Testigos de la fe:

Santos José de Arimatea y Nicodemo

Siglo I

El Martirologio Romano celebra hoy a estos dos discípulos que, después de recoger el cuerpo de Jesús bajado de la cruz, lo envolvieron en lienzos y lo depositaron en un sepulcro.

José de Arimatea, miembro respetado del Sanedrín y discípulo secreto de Jesús, pidió valientemente a Pilato su cuerpo. Nicodemo, el fariseo que había acudido de noche a conversar con el Señor, llevó mirra y áloe para la sepultura. En la hora del aparente fracaso, ambos salieron de las sombras y manifestaron públicamente su fe mediante un gesto lleno de ternura, dignidad y valentía.

Su testimonio nos recuerda que nunca es demasiado tarde para reconocer a Cristo y servirlo con amor, especialmente cuando hacerlo exige superar el miedo y comprometerse públicamente. (Cf. Jn 19,38-42).

(Prions en Église)

 

 

La Buena Noticia en nuestra vida cotidiana

Jesús proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Su palabra resuena con especial fuerza en nuestro contexto colombiano, donde muchas familias afrontan dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo y falta de oportunidades.

Jesús no anuncia una esperanza lejana: viene a liberar, sanar y levantar aquí y ahora. También nosotros somos enviados a llevar esperanza en nuestros hogares, comunidades, escuelas, campos y lugares de trabajo. Estamos llamados a acercarnos al que sufre, acompañar al enfermo, escuchar al desanimado y defender la dignidad de los más vulnerables.

La Buena Noticia se anuncia con palabras, pero especialmente mediante una caridad concreta. Pidamos al Espíritu Santo que haga de nuestra vida cotidiana una misión, para que, por medio de nosotros, los pobres y afligidos puedan sentir que Dios no los ha olvidado.

 



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Primera lectura

1 Cor 2, 1-5
Les anuncié a Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

YO, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 97. 98. 99. 100. 101. 102 (R.: 97a)

R. ¡Cuánto amo tu ley, Señor!

V. ¡Cuánto amo tu ley!:
todo el día la estoy meditando.
R.

V. Tu mandato me hace más sabio
que mis enemigos,
siempre me acompaña.
R.

V. Soy más docto que todos mis maestros,
porque medito tus preceptos.
R.

V. Soy más sagaz que los ancianos,
porque cumplo tus mandatos.
R.

V. Aparto mi pie de toda senda mala,
para guardar tu palabra.
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Espíritu del Señor está sobre mí;
me ha enviado a evangelizar a los pobres.
R.

 

Evangelio

Lc 4, 16-30

Me ha enviado a evangelizar a los pobres… Ningún profeta es aceptado en su pueblo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él.
Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Y todos le expresaban su aprobación y se admiraban de las palabras de gracia que salían de su boca.
Y decían:
«¿No es este el hijo de José?».
Pero Jesús les dijo:
«Sin duda me dirán aquel refrán: “Médico, cúrate a ti mismo”, haz también aquí, en tu pueblo, lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún».
Y añadió:
«En verdad les digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo asegurarles que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naamán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor.

 

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“Hoy se cumple esta Escritura”

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos presenta hoy el corazón de la misión de Jesús: anunciar la Buena Noticia a los pobres, liberar a los cautivos, devolver la vista a los ciegos y poner en libertad a los oprimidos. San Pablo, por su parte, nos recuerda que esta misión no se realiza confiando solamente en la elocuencia o la sabiduría humana, sino en el poder del Espíritu. El salmo nos invita a amar y meditar la ley del Señor, porque ella ilumina nuestros pasos y nos hace verdaderamente sabios.

En la primera lectura, san Pablo recuerda cómo llegó a la comunidad de Corinto: no se presentó con discursos brillantes ni pretendiendo impresionar a nadie. Llegó sintiéndose débil, temeroso y vacilante, pero llevaba consigo lo esencial: «Jesucristo, y este crucificado». Pablo comprendió que la fe no puede apoyarse únicamente en la capacidad del predicador, sino en la acción poderosa de Dios.

Esta palabra nos ayuda a reconocer que no necesitamos ser personas extraordinarias para anunciar el Evangelio. No todos sabemos pronunciar grandes discursos ni poseemos una preparación excepcional, pero todos podemos ofrecer una palabra de consuelo, escuchar al que está solo, visitar al enfermo, compartir con el necesitado y acompañar a quien atraviesa una dificultad. Cuando estas acciones nacen del amor, el Espíritu Santo actúa por medio de nuestra fragilidad.

El salmo responde: «¡Cuánto amo tu ley, Señor!». Para el salmista, la ley de Dios no es una carga pesada, sino una luz que orienta la existencia. Quien medita la Palabra adquiere una sabiduría distinta: aprende a distinguir lo verdadero de lo engañoso, el bien del mal y el servicio del egoísmo. En medio de tantas voces, noticias y opiniones que recibimos diariamente, necesitamos volver a la Palabra para no perder el rumbo.

El Evangelio nos lleva a la sinagoga de Nazaret. Jesús abre el libro del profeta Isaías y proclama: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido y me ha enviado a llevar la Buena Noticia a los pobres». Después afirma solemnemente: «Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír».

Ese “hoy” es muy importante. Jesús no habla de una salvación reservada solamente para el futuro. Dios está actuando en el presente. Allí donde una persona es consolada, un enfermo es acompañado, un cautivo recupera su libertad, un pobre es acogido y alguien vuelve a experimentar esperanza, la Palabra continúa cumpliéndose.

Esta Buena Noticia resuena con fuerza en nuestro contexto colombiano. Muchas familias padecen dificultades económicas, enfermedad, violencia, desplazamiento, desempleo, soledad o falta de oportunidades. Ante estas situaciones no podemos permanecer indiferentes. También nosotros hemos sido ungidos por el Espíritu desde nuestro bautismo y enviados a convertir nuestra vida cotidiana en instrumento de la misericordia de Dios.

Sin embargo, los habitantes de Nazaret pasan rápidamente de la admiración al rechazo. Conocían a Jesús desde pequeño y creían saberlo todo sobre Él: «¿No es este el hijo de José?». La familiaridad les impidió reconocer la presencia de Dios. Además, querían que Jesús realizara milagros para ellos, como si la gracia de Dios fuera un privilegio reservado exclusivamente a su pueblo.

Jesús les recuerda entonces a la viuda de Sarepta y a Naamán, el sirio: dos extranjeros que recibieron la acción misericordiosa de Dios. Con ello enseña que la salvación no conoce fronteras. Dios no pertenece exclusivamente a un pueblo, una familia o un grupo. Su misericordia alcanza también al extranjero, al despreciado, al que piensa diferente y a aquel que nosotros podríamos considerar indigno.

Esta enseñanza provoca la indignación de sus paisanos. Quieren expulsarlo y despeñarlo, pero Jesús pasa en medio de ellos y continúa su camino. La misión no se detiene por el rechazo. Tampoco nosotros debemos abandonar el bien cuando no se nos comprende, cuando nuestras palabras no son acogidas o cuando nuestros esfuerzos parecen inútiles. Como san Pablo, seguimos adelante apoyados no en nuestros éxitos, sino en la fuerza de Dios.

En esta Eucaristía presentamos una intención especial por nuestros fieles difuntos. Ante la muerte también nos sentimos débiles y sin palabras. Ninguna sabiduría humana puede eliminar completamente el dolor de la separación. Por eso, como san Pablo, fijamos nuestra mirada en Jesucristo crucificado. Él entró en nuestra muerte y, por su resurrección, abrió para nosotros el camino de la vida eterna.

Confiamos a nuestros seres queridos a la misericordia del Padre. Pedimos que sean liberados de toda atadura del pecado, que contemplen la luz del rostro de Dios y participen plenamente del año de gracia anunciado por Jesús. Recordarlos no significa quedarnos atrapados en la tristeza, sino agradecer su vida, conservar el bien que sembraron y mantener viva la esperanza del reencuentro.

Que el Espíritu del Señor repose sobre nosotros. Que nos conceda amar su Palabra, anunciar a Jesucristo con humildad y llevar una Buena Noticia concreta a quienes sufren. Y que nuestros fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz. Amén.


sábado, 29 de agosto de 2026

30 de agosto del 2026: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

Bajo apariencia de sensatez

La mayoría de las veces, las tentaciones no aparecen bajo la forma de pequeños demonios. De ser así, sería fácil decir con Jesús: «¡Apártate de mí, Satanás!». Más bien se presentan con apariencia de prudencia, comodidad o buenas intenciones. Pedro quiere evitarle el sufrimiento a Jesús; sin embargo, sin darse cuenta, intenta apartarlo del camino querido por el Padre.

En la primera lectura, Jeremías experimenta el peso de su misión: quisiera callar para evitar burlas y persecuciones, pero la Palabra de Dios arde dentro de él como fuego incontenible. El salmo descubre el secreto de su perseverancia: «Mi alma está sedienta de ti, Señor». Quien ha probado el amor de Dios no puede vivir lejos de Él.

San Pablo nos invita a no acomodarnos a los criterios de este mundo, sino a transformar nuestra mentalidad para discernir la voluntad de Dios y convertir la vida entera en una ofrenda agradable. Finalmente, Jesús nos recuerda en el Evangelio que seguirlo no consiste en buscar el sufrimiento, sino en permanecer fieles al amor cuando este exige renuncia, entrega y cruz.

Para reflexionar:

  • ¿Qué decisión evangélica estoy evitando bajo la apariencia de prudencia, comodidad o sentido común?
  • ¿Arde en mí la Palabra de Dios como en Jeremías, o prefiero callarla cuando puede traerme dificultades?
  • ¿Qué debo cambiar para no acomodarme a la mentalidad del mundo y seguir a Jesús con mayor libertad y fidelidad?



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Primera lectura

Jer 20, 7-9

La palabra del Señor me ha servido de oprobio

Lectura del libro de Jeremías.

ME sedujiste, Señor, y me dejé seducir;
has sido más fuerte que yo y me has podido.
He sido a diario el hazmerreír,
todo el mundo se burlaba de mí.
Cuando hablo, tengo que gritar,
proclamar violencia y destrucción.
La palabra del Señor me ha servido
de oprobio y desprecio a diario.
Pensé en olvidarme del asunto y dije:
«No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»;
pero había en mis entrañas como fuego,
algo ardiente encerrado en mis huesos.
Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 62, 2. 3-4. 5-6. 8-9 (R.: cf. 2b)

R. Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V. Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua. 
R.

V. ¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios. 
R.

V. Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré de manjares exquisitos,
y mis labios te alabarán jubilosos.
 R.

V. Porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo.
Mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 12, 1-2

Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

LOS exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presenten sus cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es su culto espiritual.
Y no se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama. 
R.

 

Evangelio

Mt 16, 21-27

Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí
mucho por parte de los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, y que tenía que ser ejecutado y resucitar al tercer día.
Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo:
«¡Lejos de ti tal cosa, Señor! Eso no puede pasarte».
Jesús se volvió y dijo a Pedro:
«¡Ponte detrás de mí, Satanás! Eres para mí piedra de tropiezo, porque tú piensas como los hombres, no como Dios».
Entonces dijo a los discípulos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.
Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que la pierda por mí, la encontrará.
¿Pues de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma? ¿O qué podrá dar para recobrarla?
Porque el Hijo del hombre vendrá, con la gloria de su Padre, entre sus ángeles, y entonces pagará a cada uno según su conducta.

Palabra del Señor.

 

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Seguir a Cristo hoy: una fe que no huye de la cruz

 

Hermanos:

El domingo pasado escuchábamos a Pedro proclamar con entusiasmo: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Parecía haber comprendido quién era Jesús. Sin embargo, cuando el Señor anuncia que debe ir a Jerusalén, padecer, morir y resucitar, Pedro se escandaliza y trata de apartarlo del camino.

Pedro acepta al Mesías glorioso, pero rechaza al Mesías crucificado. Quiere el triunfo sin sacrificio, la resurrección sin Calvario, el Reino sin conversión. Y, si somos sinceros, también nosotros podemos caer en esa tentación: queremos un cristianismo que consuele, pero que no cuestione; una fe que bendiga nuestros planes, pero que no transforme nuestras decisiones; un Evangelio que prometa bienestar, pero que no nos pida renuncias.

Por eso Jesús dice con claridad:

«El que quiera venir conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga».

Negarse a sí mismo no significa despreciarse, anular la personalidad o renunciar a la propia dignidad. Significa dejar de colocarnos en el centro; renunciar al egoísmo, al orgullo, al deseo de dominar y a la pretensión de que todo se haga según nuestra voluntad.

Y cargar con la cruz no significa buscar sufrimientos ni resignarse pasivamente ante las injusticias. Dios no pide a una persona maltratada que permanezca en peligro, ni al pobre que considere sagrada su pobreza, ni a las víctimas que callen ante sus agresores. La cruz cristiana no es el sufrimiento provocado por el capricho de los poderosos. Es el precio que, muchas veces, debe pagar quien ama, sirve, defiende la verdad y permanece fiel a Dios.

Un fuego que no puede apagarse

Jeremías conoció ese precio. Dios lo llamó para anunciar su Palabra en medio de una sociedad que no quería escuchar. Por denunciar la violencia, la corrupción y la injusticia, fue insultado, perseguido y encarcelado. Llegó a sentirse cansado y engañado. Por eso exclama: «Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir».

Jeremías quiso guardar silencio. Pensó: «No volveré a hablar en su nombre». Pero no pudo hacerlo, porque la Palabra de Dios se había convertido dentro de él en «un fuego ardiente encerrado en los huesos».

El profeta continúa, no porque sea insensible ni porque tenga un carácter obstinado, sino porque ha sido alcanzado por Dios. La Palabra le duele, pero también lo sostiene. Lo persiguen, pero no pueden apagar el fuego que lleva dentro.

Colombia necesita hoy cristianos con ese fuego: hombres y mujeres que no se acostumbren a la violencia, a la corrupción, al reclutamiento de menores, al desplazamiento de comunidades, a las amenazas contra líderes sociales y al desprecio por la vida. Según la Defensoría del Pueblo, solamente durante los primeros cinco meses de 2026 fueron asesinados 67 líderes, lideresas y defensores de derechos humanos. Detrás de cada cifra hay una familia, una comunidad y un proyecto de esperanza truncado.

¿Podemos llamarnos cristianos y permanecer indiferentes? ¿Podemos celebrar la Eucaristía mientras cerramos los ojos ante quien sufre? La fe no nos autoriza para odiar, pero tampoco nos permite callar cobardemente. El Evangelio nos llama a defender la dignidad humana sin violencia, sin deseos de venganza y sin convertir al que piensa distinto en enemigo.

«Mi alma está sedienta de ti»

El salmo nos permite comprender de dónde nace la fortaleza del profeta:

«Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo;
mi alma está sedienta de ti».

Quien ha contemplado la fuerza y la gloria de Dios no puede vivir como si Dios no existiera. Los testigos del Evangelio no perseveran solamente por su temperamento o valentía personal. Los sostiene la certeza de que «la misericordia del Señor vale más que la vida» y de que su mano nunca abandona a quien se refugia en Él.

Esa sed de Dios sostuvo a los apóstoles, a san Óscar Romero, al beato Jesús Emilio Jaramillo, al beato Pedro María Ramírez y a tantos sacerdotes, religiosas, catequistas, campesinos, maestros y líderes comunitarios que han servido a Colombia aun en medio de amenazas. Algunos entregaron literalmente su vida; otros viven un martirio cotidiano, silencioso, manteniéndose fieles en medio de enormes dificultades.

Quizá nosotros no tengamos que derramar la sangre por Cristo, pero sí estamos llamados a ese martirio cotidiano: morir al egoísmo, al resentimiento, a la mentira, a la comodidad y a la indiferencia.

No acomodarse a los criterios del mundo

San Pablo expresa hoy la misma exigencia:

«No se amolden a este mundo, sino transfórmense por la renovación de la mente, para que sepan discernir cuál es la voluntad de Dios».

Pablo nos invita a ofrecer nuestra existencia como «sacrificio vivo, santo y agradable a Dios». El verdadero culto no termina cuando salimos del templo. Continúa en la casa, en el trabajo, en la carretera, en la escuela, en las redes sociales, en el manejo del dinero y en el trato que damos a los demás.

Ofrecerse como sacrificio vivo significa:

tener el valor de no robar, aunque otros roben; no hacer fraude, aunque parezca normal; no comprar votos ni vender la conciencia; rechazar la corrupción, aunque pueda producir ganancias; proteger a los niños frente a cualquier forma de abuso; respetar la fidelidad matrimonial; cuidar al enfermo y al anciano; defender al pobre; hablar con verdad sin destruir la reputación ajena; y no convertir las redes sociales en trincheras de odio.

Significa también conservar la humanidad en medio de la polarización. No podemos pedir paz para Colombia mientras sembramos odio en nuestras conversaciones. No podemos rechazar la violencia armada y, al mismo tiempo, disparar insultos, calumnias y desprecios contra quien piensa diferente.

La cruz de una Colombia herida

En estos días nuestra nación sigue llevando la cruz del terremoto que golpeó especialmente al Chocó, al Eje Cafetero y a otras regiones. Hay familias de luto, heridos, damnificados y comunidades que han perdido viviendas, templos y medios de subsistencia. Algunos hermanos que ya habían sido desplazados por el conflicto han vuelto a perderlo todo por el desastre.

Ante esta realidad, cargar con la cruz significa no limitar nuestra solidaridad a la emoción de unos días. Significa acompañar, compartir, reconstruir y permanecer cerca cuando las cámaras y las noticias se hayan ido. La cruz del damnificado debe convertirse también en responsabilidad de la comunidad cristiana.

Pero la última palabra de Jesús no es la cruz. Él anuncia que padecerá, morirá y resucitará. La cruz no es el destino definitivo: es el camino hacia la vida. Por eso afirma:

«El que pierda su vida por mí, la encontrará».

La vida se pierde cuando se encierra en el egoísmo; se encuentra cuando se entrega. Se pierde cuando solo busca dinero, apariencia, poder y placer; se encuentra cuando se convierte en servicio. Se pierde cuando vive para sí misma; se salva cuando aprende a amar.

Hermanos, seguir a Jesucristo hoy exige una fe profunda, una esperanza perseverante y un amor capaz de ensuciarse las manos por los demás. Este valor no se improvisa. Nace de la oración, de la escucha de la Palabra, de la contemplación de Cristo crucificado y de la participación fiel en la Eucaristía.

Pidamos al Señor que no nos deje convertirnos en obstáculos para su Evangelio. Que en los días sombríos no nos desanimemos; que en los días luminosos no nos olvidemos de agradecer; y que, llevando cada día nuestra cruz, podamos seguir los pasos de Cristo hasta participar de su resurrección.

Oración

Señor Jesús,
seguir tus pasos no es una invitación
a la comodidad ni a la indiferencia.

Tú no prometiste un camino sin dificultades,
pero aseguraste tu presencia
a quienes cargan la cruz por amor.

Cuando el miedo nos invite a callar,
enciende tu Palabra en nuestros corazones.
Cuando nos venza el cansancio,
sostennos con tu mano.

Danos valor para defender la vida,
servir a quienes sufren,
trabajar por la paz
y permanecer fieles al Evangelio.

En los días sombríos,
no permitas que nos desanimemos;
y en los días luminosos,
enséñanos a darte gracias.

Hemos puesto nuestra confianza en Ti.
Guíanos por el camino de la cruz
hasta la alegría de la resurrección.

Amén.

Primero de septiembre del 2026: martes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

  La obra revela al Artífice La belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su finalidad no es solamente estética...