viernes, 8 de mayo de 2026

José Ortega y Gasset: la fe, la razón y la circunstancia

 


Cada 9 de mayo vuelve a mi memoria el nombre de José Ortega y Gasset, nacido en Madrid en 1883, uno de los pensadores españoles más influyentes del siglo XX. Su obra sigue siendo una invitación a pensar la vida, la historia, la cultura, la política, la vocación humana y esa misteriosa relación entre lo que somos y el mundo que nos rodea.

La primera vez que oí hablar de Ortega y Gasset fue durante mi formación para el sacerdocio, en el seminario y en la universidad. Entre tantos nombres, sistemas filosóficos, escuelas, autores antiguos y modernos, Ortega me llamó la atención de una manera especial. No lo sentí lejano ni excesivamente abstracto. Al contrario: fue uno de los primeros filósofos que me pareció más existencial, más cercano, más ameno y más fácil de comprender.

Ortega no hablaba desde una torre de marfil. Hablaba de la vida concreta, de la persona situada en el mundo, de la historia que nos condiciona, de la cultura que nos forma, de las decisiones que nos definen. Su célebre afirmación —“yo soy yo y mi circunstancia”— no era una frase bonita para decorar cuadernos filosóficos; era casi una clave espiritual para mirar la existencia. Nadie vive en el aire. Nadie se salva solo de espaldas a su historia. Nadie se entiende plenamente si no mira también su familia, su pueblo, su época, sus heridas, sus sueños, sus límites y sus posibilidades.

Quizás por eso Ortega me pareció tan cercano desde joven. Porque en el fondo su filosofía no se quedaba en conceptos fríos, sino que tocaba la carne de la vida.

Uno de los aspectos que más me atrajo de él fue su interés por Don Quijote. Sus Meditaciones del Quijote me hicieron identificarme ampliamente con su sensibilidad. Ortega no miraba al caballero manchego como una simple figura literaria del pasado, sino como un símbolo profundo del alma española y, en cierto modo, del alma humana. Don Quijote representa esa tensión entre ideal y realidad, entre sueño y camino, entre locura aparente y fidelidad interior.

Y, ¿no hay algo profundamente cristiano en esa tensión? El creyente también vive entre la realidad y la esperanza, entre la pobreza de los medios humanos y la grandeza de la vocación divina. El Evangelio mismo nos pone muchas veces en actitud quijotesca: creer cuando otros se burlan, servir cuando otros buscan poder, perdonar cuando la lógica del mundo pide venganza, esperar cuando la noche parece cerrada.

Por eso leo siempre a Ortega con agrado. No necesariamente porque encuentre en él respuestas confesionales o teológicas, sino porque hallo preguntas hondas, intuiciones luminosas, caminos para comprender mejor al ser humano.

Ahora bien, la pregunta que suele surgir cuando nos acercamos a grandes figuras del pensamiento es inevitable: ¿creía Ortega y Gasset en Dios? ¿Fue católico? ¿Cuál fue su fe o su espiritualidad?

La respuesta no es simple.

Ortega nació y creció en una España de matriz católica. Recibió formación en ambientes religiosos y conoció bien el universo cultural del cristianismo. No fue un ignorante de la fe ni un enemigo superficial de la tradición cristiana. Sin embargo, su camino intelectual lo llevó pronto a tomar distancia de la Iglesia institucional y de la práctica religiosa. No podemos presentarlo, con honestidad, como un católico practicante ni como un pensador cristiano en sentido estricto.

Tampoco sería justo reducirlo a un ateo militante. Ortega fue más bien un espíritu crítico, liberal, inquieto, profundamente preocupado por el sentido de la vida y por el destino de España y de Europa. Su espiritualidad, si podemos usar esa palabra, fue más filosófica que devocional. No se expresó en clave de oración, sacramentos o pertenencia eclesial, sino en clave de búsqueda, razón vital, cultura y responsabilidad histórica.

Ortega parece pertenecer a esa categoría de intelectuales que no se sienten cómodos dentro de los moldes religiosos tradicionales, pero que tampoco pueden vivir de espaldas al misterio. En él no encontramos la fe humilde del santo, pero sí la inquietud del pensador que sabe que la vida humana no se agota en lo práctico, lo económico o lo inmediato.

Su distancia frente al catolicismo institucional debe entenderse también dentro de su contexto histórico. Ortega vivió una España marcada por fuertes tensiones entre tradición y modernidad, entre Iglesia y Estado, entre clericalismo y anticlericalismo, entre viejas estructuras y nuevas aspiraciones culturales. En ese ambiente, muchos intelectuales no rechazaban necesariamente a Dios, pero sí desconfiaban de ciertas formas sociales, políticas o culturales de la religión.

Ortega quiso pensar a España desde la razón, desde Europa, desde la modernidad. Quiso despertar conciencias. Quiso sacar a su país de lo que él veía como atraso, improvisación, particularismo y falta de proyecto común. En ese esfuerzo, la Iglesia no siempre aparece en su pensamiento como hogar espiritual, sino muchas veces como parte de una estructura histórica que debía ser examinada críticamente.

Pero aquí conviene hacer una distinción importante. Una cosa es no ser católico practicante y otra cosa es carecer por completo de sensibilidad espiritual. Ortega tuvo una profunda conciencia de la vida como misión. Para él, vivir no era simplemente existir, sino hacerse cargo de una tarea. El ser humano no está terminado: debe elegirse, construirse, responder a su circunstancia.

Desde la fe cristiana, esta intuición puede dialogar muy bien con la idea de vocación. Dios nos llama dentro de una historia concreta. No nos llama en abstracto. Nos llama con nuestra familia, nuestra tierra, nuestra lengua, nuestras heridas, nuestras capacidades, nuestras pobrezas y nuestras oportunidades. La circunstancia no es una cárcel; puede ser también el lugar donde Dios nos habla.

Como sacerdote, esta lectura me resulta muy fecunda. Porque muchas veces, en el acompañamiento pastoral, uno descubre que las personas no necesitan primero una teoría, sino una clave para leer su propia vida. ¿Por qué nací aquí? ¿Por qué me tocó esta familia? ¿Qué hago con mis fracasos? ¿Qué sentido tienen mis luchas? ¿Cómo convierto mi historia en misión?

Ortega, sin predicar el Evangelio, ayuda a formular esas preguntas. Y el Evangelio, con su luz propia, puede llevarlas más lejos.

En cuanto a su muerte, Ortega falleció en Madrid el 18 de octubre de 1955, después de padecer cáncer. También allí aparece el matiz. Se ha dicho que recibió la extremaunción en sus últimos momentos, por mediación de un sacerdote cercano a la familia y con el consentimiento de su esposa, que era creyente. Sin embargo, no parece posible afirmar con certeza una conversión final consciente y explícita. Su final quedó envuelto en esa zona delicada donde se cruzan la fe de la familia, el respeto al moribundo, la tradición católica y el misterio último de la conciencia humana.

Como cristianos, esto nos invita a ser prudentes. No nos corresponde canonizarlo ni condenarlo. La última palabra sobre el alma de un ser humano pertenece solo a Dios. Nosotros podemos mirar su vida, agradecer su pensamiento, reconocer sus límites y dejar su destino en manos de la misericordia divina.

Ortega y Gasset no fue un santo de altar ni un maestro espiritual en sentido eclesial. Fue un filósofo. Un pensador brillante, a veces polémico, profundamente español y profundamente europeo. Un hombre que enseñó a pensar la vida no como una cosa ya hecha, sino como una tarea abierta.

Por eso, en esta efeméride de su nacimiento, me gusta recordarlo no solo como autor de libros importantes, sino como alguien que me ayudó, desde mis años de formación, a mirar la existencia con más hondura. Su pensamiento me resultó cercano porque no separaba la razón de la vida. Y quizá ahí esté una de sus mayores lecciones: pensar no es escapar del mundo, sino entrar más profundamente en él.

Para quienes creemos en Dios, Ortega puede ser leído como un interlocutor. No como un catequista, ciertamente, pero sí como un provocador de preguntas. Nos recuerda que la fe no debe ser superficial, que la cultura importa, que la vida humana necesita orientación, que cada generación tiene una misión y que nadie puede vivir responsablemente sin hacerse cargo de su circunstancia.

Y desde el Evangelio podríamos añadir: yo soy yo y mi circunstancia, sí; pero también soy yo y la gracia de Dios que me busca dentro de esa circunstancia. Soy mi historia, pero no estoy condenado a repetirla. Soy mis límites, pero también mi llamada. Soy mi tiempo, pero estoy abierto a la eternidad.

Tal vez Ortega no llegó a formularlo así. Pero quienes lo leemos desde la fe podemos acoger sus preguntas y dejarlas iluminar por Cristo, que es camino, verdad y vida. Porque al final, toda auténtica búsqueda de la verdad, aunque avance por senderos incompletos, puede convertirse en una forma secreta de nostalgia de Dios.

 

Henry Dunant: la fe que aprendió a vendar heridas

 

Cada 8 de mayo, al recordar el nacimiento de Henry Dunant, fundador de la Cruz Roja, no solo celebramos una efeméride humanitaria; también evocamos una de esas vidas en las que la fe, la compasión, la contradicción y el sufrimiento se entrecruzan de manera conmovedora. Dunant nació en Ginebra el 8 de mayo de 1828, y por eso esa fecha fue escogida como Día Mundial de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja. 

(Cruz Roja)


Hay nombres que uno conoce primero por admiración antes que por estudio. En mi juventud, cuando fui miembro de la Cruz Roja, participé en formaciones, brigadas, salidas, excursiones y actividades que me enseñaron algo muy concreto: el dolor humano no se atiende con discursos, sino con presencia, disciplina, servicio y humanidad. Allí aprendí que una venda bien puesta, una camilla cargada con cuidado, una voz serena en medio de una emergencia, una mano extendida al desconocido, pueden ser también una forma de predicación silenciosa.

Después la vida me llevó por otro camino. Opté por el sacerdocio. Cambié el uniforme de socorrista por la sotana, la estola, el alba, el ministerio pastoral. Pero, mirándolo bien, no cambié del todo de vocación: el fondo seguía siendo el mismo. Servir al herido. Socorrer al caído. Acompañar al que sangra, unas veces en el cuerpo, otras en el alma. Por eso la figura de Henry Dunant me ha seguido admirando desde aquellos años juveniles: porque en él descubrí a un hombre que, sin ser sacerdote ni católico, intuyó algo profundamente evangélico: ante el sufrimiento del otro no se pregunta primero de qué bando es, de qué nación viene, qué religión profesa o qué culpa tiene. Primero se le socorre.

La escena fundacional de su vida ocurrió en Solferino, el 24 de junio de 1859. Dunant, hombre de negocios, llegó al norte de Italia y se encontró con las consecuencias espantosas de una batalla entre los ejércitos austríaco, francés y piamontés. Miles de heridos quedaron abandonados. La Cruz Roja Española recuerda que Dunant, ayudado por mujeres de los pueblos cercanos, se esforzó por socorrerlos “sin distinción de uniforme ni de nacionalidad”. (Cruz Roja) Aquella experiencia lo llevó a escribir Recuerdo de Solferino, obra publicada en 1862, donde propuso la creación de sociedades de socorro formadas en tiempo de paz para atender a los heridos en tiempo de guerra. (CICR)

Hay una frase que resume el alma de aquella intuición: “Tutti fratelli”, todos hermanos. Según NobelPrize.org, fueron las mujeres de Castiglione quienes, ayudando a Dunant, expresaron esa convicción mientras cuidaban a los soldados heridos sin mirar el uniforme. (NobelPrize.org) Para un cristiano, esa frase tiene una resonancia inmediata: nos lleva al Buen Samaritano. El prójimo no es solo el que pertenece a mi grupo; el prójimo es aquel ante quien me detengo. Y también yo me hago prójimo cuando acepto mancharme las manos con la sangre del caído.

Ahora bien, cuando uno se pregunta por la fe de Dunant, la respuesta exige matices. Sí, creyó en Dios. Sí, fue un hombre profundamente marcado por el cristianismo. Pero no fue católico. Dunant nació y creció en una familia cristiana de Ginebra, de raíz calvinista, vinculada al movimiento conocido como el Réveil o “Despertar”, una corriente evangélica protestante que insistía en la lectura de la Biblia, la vida moral, la conversión personal, el celo misionero y la caridad activa. (CICR)

De joven participó en círculos bíblicos, en la Alianza Evangélica y en la Asociación Cristiana de Jóvenes, la YMCA. De hecho, contribuyó a fundar el capítulo ginebrino de la YMCA en 1852 y trabajó con entusiasmo en su expansión por Europa. (CICR) Esto nos muestra que Dunant no fue simplemente un filántropo laico movido por una vaga sensibilidad humanitaria. Su sensibilidad nació dentro de una cultura cristiana concreta, protestante, bíblica, disciplinada y fuertemente orientada al servicio.

Pero lo más interesante es que su obra, nacida en un humus cristiano, no quedó encerrada en una confesión religiosa. El Comité Internacional de la Cruz Roja reconoce que la fe cristiana influyó en la creación del movimiento, pero también afirma que su concreción fue secular y no confesional: la protección debía alcanzar a todos los heridos, sin importar afiliación, nacionalidad, religión o bando. (CICR) Esta es una de las grandes paradojas de Dunant: su impulso fue religioso, pero su obra se hizo universal; nació de una conciencia cristiana, pero no actuó en nombre de una Iglesia, sino en nombre de la humanidad.

Y aquí aparece una cuestión delicada: su relación con la Iglesia Católica. Dunant venía de una Ginebra calvinista, donde no faltaban prejuicios y reservas frente al catolicismo. Un estudio reciente sobre las relaciones entre la Santa Sede y la Cruz Roja señala que el Vaticano percibió durante mucho tiempo el ambiente cultural calvinista del Comité de Ginebra, e incluso temió que aquella nueva forma de caridad organizada reemplazara la caridad católica tradicional. El mismo estudio afirma que Dunant fue en su juventud un crítico duro de la Iglesia Católica, aunque en sus últimos años intentó obtener reconocimiento pontificio para su organización. (Diacronie)

Conviene no juzgarlo con ligereza. Era hijo de su tiempo, de su ciudad, de su tradición religiosa y de sus conflictos. No fue un católico escondido, ni un santo canonizable de nuestro santoral, ni un teólogo de la caridad. Fue un protestante convencido, atravesado por contradicciones, heridas personales, fracasos económicos, luchas de reconocimiento, momentos de aislamiento y, al final de su vida, una espiritualidad cada vez más compleja, incluso inclinada hacia el misticismo y el milenarismo. El CICR resume bien esta tensión: Dunant fue un cristiano protestante comprometido, pero su logro más grande terminó siendo una revolución humanitaria secular. (CICR)

Desde una mirada católica, esto no disminuye su grandeza. Al contrario, nos permite reconocer cómo la gracia de Dios puede trabajar también fuera de nuestras fronteras visibles. El Espíritu sopla donde quiere. La Iglesia Católica, con el paso del tiempo, también supo reconocer la importancia de aquella obra. En 2003, en una intervención de la Santa Sede ante la Conferencia Internacional de la Cruz Roja y de la Media Luna Roja, se afirmó que la motivación religiosa dio un impulso decisivo a la obra de Dunant y que el Movimiento podía contar con la colaboración y apoyo de la Iglesia Católica. (Vaticano)

Los últimos años de Dunant tienen algo de trágico y luminoso. La página oficial del Nobel describe su vida como un estudio de contrastes: nació en un hogar acomodado, pero murió en un hospicio; conoció la fama y luego el olvido; fue empresario y terminó en la bancarrota; fue admirado y después vivió casi exiliado de la sociedad ginebrina. (NobelPrize.org) En 1901 recibió, junto con Frédéric Passy, el primer Premio Nobel de la Paz, reconocimiento tardío a su papel en la fundación de la Cruz Roja y en la inspiración de los Convenios de Ginebra. (Encyclopedia Britannica)

Murió el 30 de octubre de 1910 en Heiden, Suiza. NobelPrize.org recuerda que, después del Nobel, siguió viviendo de manera sencilla en una casa de cuidados, y que el dinero del premio permaneció protegido hasta su muerte, siendo destinado en parte a la Cruz Roja Noruega, a una asociación noruega de salud pública femenina y a obras humanitarias en Suiza. (NobelPrize.org) Hay algo profundamente evangélico en ese final: el hombre que había visto a miles abandonados en Solferino terminó también experimentando soledad, fragilidad y abandono. Pero su obra no murió con él.

Hoy, al recordar a Henry Dunant el 8 de mayo, yo vuelvo también a mis propios recuerdos de juventud cruzrojista. Veo aquellas formaciones, aquellas brigadas, aquellas excursiones, aquel entusiasmo de aprender a servir. Y comprendo que Dios va sembrando señales mucho antes de que uno entienda plenamente su vocación. Tal vez la Cruz Roja me enseñó, antes del seminario, una primera gramática de la misericordia: correr hacia el herido, no huir de él.

Después vino el sacerdocio, y con él otra forma de curar: la Palabra, los sacramentos, la escucha, la reconciliación, la unción, la Eucaristía, la compañía junto al enfermo, el consuelo al doliente, la oración por los difuntos. Pero en el fondo, el Evangelio y la Cruz Roja se encuentran en una misma pregunta: ¿qué hago yo ante el sufrimiento de mi hermano?

Dunant no fue católico, pero su intuición toca el corazón mismo del Evangelio. No perteneció a nuestra Iglesia, pero nos recuerda una verdad que nunca deberíamos olvidar: la fe que no se inclina ante el herido corre el riesgo de quedarse en idea; la caridad que no pregunta por bandos se parece mucho al amor de Cristo; y la humanidad que reconoce al enemigo como hermano ya está, de algún modo, rozando el Reino de Dios.

Por eso, en la efeméride de su nacimiento, Henry Dunant no solo merece ser recordado como fundador de la Cruz Roja. Merece ser contemplado como un testigo incómodo y luminoso de la compasión: un hombre creyente, protestante, contradictorio, herido, pero capaz de escuchar en medio del campo de batalla una frase que todavía interpela al mundo entero:

Todos hermanos.

 

8 de mayo del 2026: viernes de la quinta semana de Pascua


La amistad desmedida


(Juan 15, 12-17) En las redes sociales coleccionamos amigos. La amistad se ha convertido en un dato medible, a fuerza de “likes” y emoticones.
“Ya no los llamo siervos, los llamo amigos”. Jesús ofrece su amistad a todos, sin medida, de una manera única con cada uno. Él no quiere una obediencia servil ni el miedo a un juicio, sino que se da a conocer a quien quiera entrar, como amigo, en esta complicidad divina.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 15, 22-31

Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, los apóstoles y los presbíteros con toda la Iglesia acordaron elegir a algunos de ellos para mandarlos a Antioquía con Pablo y Bernabé. Eligieron a Judas, llamado Barsabás, y a Silas, miembros eminentes entre los hermanos, y enviaron por medio de ellos esta carta:
«Los apóstoles y los presbíteros hermanos saludan a los hermanos de Antioquía, Siria y Cilicia provenientes de la gentilidad. Habiéndonos enterado de que algunos de aquí, sin encargo nuestro, los han alborotado con sus palabras, desconcertando sus ánimos, hemos decidido, por unanimidad, elegir a algunos y enviárselos con nuestros queridos Bernabé y Pablo, hombres que han entregado su vida al nombre de nuestro Señor Jesucristo. Les mandamos, pues, a Silas y a Judas, que les referirán de palabra lo que sigue: Hemos decidido, el Espíritu Santo y nosotros, no imponerles más cargas que las indispensables: que se abstengan de carne sacrificada a los ídolos, de sangre, de animales estrangulados y de uniones ilegítimas. Harán bien en apartarse de todo esto. Saludos».
Los despidieron, y ellos bajaron a Antioquía, donde reunieron a la comunidad y entregaron la carta. Al leerla, se alegraron mucho por aquellas palabras alentadoras.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 56, 8-9. 10-12 (R. : 10 a)

R. Te daré gracias ante los pueblos, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Mi corazón está firme, Dios mío,
mi corazón está firme.
Voy a cantar y a tocar:
despierta, gloria mía;
despierten, cítara y arpa;
despertaré a la aurora. 
R.

V. Te daré gracias ante los pueblos, Señor;
tocaré para ti ante las naciones:
por tu bondad, que es más grande que los cielos;
por tu fidelidad, que alcanza las nubes.
Elévate sobre el cielo, Dios mío,
y llene la tierra tu gloria.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. A ustedes los llamo amigos —dice el Señor—, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer. R.

 

Evangelio

Jn 15, 12-17

Esto les mando: que se amen unos a otros

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado.
Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos.
Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando.
Ya no los llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor: a ustedes los llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre se lo he dado a conocer.
No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido y los he destinado para que vayan y den fruto, y su fruto permanezca.
De modo que lo que pidan al Padre en mi nombre se lo dé. Esto les mando: que se amen unos a otros».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos regala una de las palabras más hermosas que Jesús haya dirigido a sus discípulos:

“Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos”.

No es una frase decorativa. No es una expresión sentimental. Es una revelación profunda del corazón de Cristo. Jesús nos está diciendo cuál es el tipo de relación que quiere tener con nosotros. No quiere tratarnos como esclavos que obedecen por miedo. No quiere que vivamos la fe como una carga pesada, como una obligación fría, como una religión del temor. Jesús quiere introducirnos en su intimidad. Quiere hacernos partícipes de su confianza. Quiere que entremos en la comunión de amor que Él vive con el Padre.

Hoy, en tiempos de redes sociales, la palabra “amigo” se ha vuelto muy fácil de decir y muy difícil de vivir. Podemos tener cientos o miles de contactos, recibir muchos “me gusta”, intercambiar emoticones, saludos rápidos, mensajes breves… y, sin embargo, sentirnos profundamente solos. Hay amistades que se miden por números, por reacciones, por apariencias. Pero Jesús nos habla de otra amistad: una amistad que no se mide por cantidad, sino por entrega; no por popularidad, sino por fidelidad; no por palabras bonitas, sino por amor concreto.

Por eso dice:

“Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”.

La medida del amor cristiano no es nuestro gusto, ni nuestra simpatía, ni nuestra conveniencia. La medida es Cristo: “como yo los he amado”. Y ¿cómo nos amó Jesús? Nos amó perdonando, sirviendo, acercándose a los heridos, tocando a los excluidos, levantando a los caídos, dando la vida en la cruz. Por eso añade:

“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Dar la vida no significa solamente morir físicamente por alguien. También damos la vida cuando dedicamos tiempo, cuando escuchamos con paciencia, cuando perdonamos de corazón, cuando acompañamos al enfermo, cuando no abandonamos al que está triste, cuando ayudamos a quien sufre en el cuerpo o en el alma. Damos la vida cuando dejamos de vivir encerrados en nuestro egoísmo y comenzamos a vivir como hermanos.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a la Iglesia naciente viviendo esta amistad de Cristo de manera concreta. Había tensiones, dudas, discusiones. Algunos querían imponer cargas pesadas a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles y los presbíteros, guiados por el Espíritu Santo, toman una decisión sabia, fraterna y misericordiosa. Envían una carta para consolar y confirmar a los hermanos. No quieren aplastar la fe de los demás con exigencias innecesarias. Quieren cuidar la comunión.

Hay una frase preciosa en esa lectura:

“Hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros…”

La Iglesia no camina sola. La comunidad cristiana no decide simplemente por estrategia humana. Discierne, escucha, ora, dialoga y se deja conducir por el Espíritu Santo. Y cuando la Iglesia se deja guiar por el Espíritu, no se vuelve una institución que oprime, sino una madre que acompaña; no impone cargas inútiles, sino que ayuda a caminar; no hiere más a los heridos, sino que consuela.

Qué importante es esto para nuestra vida cristiana. A veces, sin darnos cuenta, podemos convertir la fe en un peso para los demás. Podemos juzgar demasiado rápido. Podemos mirar con dureza al que cae. Podemos señalar al enfermo, al pecador, al confundido, al que sufre interiormente. Pero Jesús no nos llamó para ser jueces fríos de nuestros hermanos. Nos llamó amigos. Y si somos amigos de Jesús, tenemos que aprender a mirar a los demás con los ojos de Jesús.

Por eso nuestra intención orante de hoy es penitencial. Pedimos perdón al Señor por nuestras faltas de amor. Perdón por las veces en que hemos vivido la fe como apariencia y no como entrega. Perdón por las veces en que hemos multiplicado palabras religiosas, pero nos ha faltado misericordia. Perdón por nuestras indiferencias, por nuestras amistades interesadas, por nuestros silencios ante el dolor ajeno, por nuestras durezas familiares y comunitarias.

También oramos hoy por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: enfermedades, dolores físicos, cansancios, tratamientos, limitaciones. Pero hay también sufrimientos escondidos: angustias, depresiones, duelos, soledades, heridas del pasado, culpas, miedos, crisis de fe, vacíos interiores. Muchas personas sonríen por fuera, pero por dentro están librando grandes batallas. A ellas también Jesús les dice: “Ustedes son mis amigos”.

Cristo no abandona al que sufre. Cristo no desprecia al débil. Cristo no se cansa del herido. Su amistad es desmedida. Él no ama a medias. Él no ama solo cuando somos fuertes. Él no ama solo cuando todo está bien. Él nos ama precisamente allí donde más necesitamos ser amados.

El salmo de hoy dice:

“Mi corazón está firme, Dios mío, mi corazón está firme”.

Esa firmeza no nace de no tener problemas. Nace de saber que Dios está cerca. Nace de confiar en que su misericordia es más grande que nuestra fragilidad. Nace de descubrir que somos amados no como empleados de Dios, sino como amigos de Cristo.

Queridos hermanos, hoy Jesús nos invita a revisar nuestra relación con Él. ¿Lo vemos como un patrón exigente o como un amigo fiel? ¿Vivimos la fe por miedo o por amor? ¿Nos acercamos a Dios solo cuando necesitamos algo o cultivamos una verdadera amistad con Él en la oración, en la Eucaristía, en la escucha de su Palabra?

Y también nos invita a revisar nuestras relaciones con los demás. ¿Somos amigos al estilo de Jesús? ¿Sabemos acompañar sin juzgar? ¿Sabemos corregir sin humillar? ¿Sabemos estar cerca del que sufre? ¿Somos capaces de dar algo de nuestra vida por los demás?

La Pascua nos recuerda que Cristo resucitado sigue vivo en medio de nosotros. Y el Resucitado nos llama amigos. No somos extraños para Dios. No somos números en una multitud. No somos seguidores anónimos en una red social divina. Somos conocidos, amados, elegidos y enviados.

Porque Jesús también dice:

“No son ustedes los que me han elegido, soy yo quien los he elegido”.

Esta palabra debe llenarnos de consuelo. Antes de que nosotros buscáramos a Dios, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que nosotros lo amáramos, Él ya nos amaba. Antes de que nosotros le abriéramos la puerta, Él ya estaba llamando.

Pidámosle hoy al Señor que sane nuestra manera de amar. Que purifique nuestras amistades. Que nos libre de la superficialidad. Que haga de nuestras comunidades lugares de acogida, consuelo y misericordia. Que quienes sufren en el cuerpo encuentren fortaleza, y quienes sufren en el alma encuentren paz. Que nadie se sienta excluido de la amistad de Cristo.

Y que al acercarnos a esta Eucaristía podamos escuchar en lo profundo del corazón la voz del Señor que nos dice:

“No tengas miedo. Ya no te llamo siervo. Te llamo amigo. Permanece en mi amor”.

Amén.

 

2


 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón mismo de la vida cristiana: “Este es mi mandamiento: que se amen unos a otros como yo los he amado”. Jesús no nos pide simplemente amar “como podamos”, “como nos nazca” o “cuando nos convenga”. Nos da una medida mucho más alta: amar como Él nos ha amado.

Y enseguida nos muestra cuál es esa medida: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”. Amar cristianamente no es solo sentir cariño, simpatía o afecto. Amar como Cristo es entregar la vida. A veces esa entrega será heroica y visible; pero muchas veces será silenciosa, cotidiana, escondida: escuchar al que sufre, perdonar al que nos hirió, servir sin esperar aplausos, renunciar al egoísmo, estar cerca de quien nos necesita, buscar el bien del otro antes que nuestra comodidad.

Alguien comenta que la gracia de Dios es como un océano infinito. Jesús no nos da apenas un vaso de gracia, ni unas cuantas gotas de amor. Él nos ofrece el océano entero de la vida de Dios. Pero nuestro corazón, muchas veces, es pequeño; está estrechado por el miedo, por el egoísmo, por el pecado, por el orgullo, por la costumbre de pensar primero en nosotros mismos.

Por eso la vida cristiana consiste en ensanchar el corazón. Cada acto de amor verdadero aumenta nuestra capacidad de recibir a Dios. Cada vez que perdonamos, el corazón se agranda. Cada vez que servimos, el alma respira mejor. Cada vez que nos desprendemos de nosotros mismos para amar a otro, nos volvemos más capaces de Dios.

Los santos entendieron esto. Santa Teresa de Ávila hablaba del camino interior hacia la unión con Dios. San Juan de la Cruz enseñaba que el alma necesita purificarse y desprenderse para llenarse de Dios. Santo Tomás de Aquino decía que la caridad ensancha el alma para recibir el amor divino. En palabras más sencillas: cuanto más amamos, más capacidad tenemos de recibir el amor de Dios.

Pero Jesús añade algo sorprendente: “Ya no los llamo siervos… a ustedes los llamo amigos”. Esto cambia nuestra manera de relacionarnos con Dios. No somos esclavos movidos por el miedo. No somos empleados religiosos que cumplen órdenes para evitar castigos. Somos amigos de Cristo. Él nos abre su corazón. Nos comunica lo que ha oído del Padre. Nos invita a entrar en su intimidad.

Sin embargo, esta amistad tiene una señal concreta: “Ustedes son mis amigos si hacen lo que yo les mando”. La obediencia cristiana no es servilismo; es respuesta de amor. Quien ama de verdad escucha. Quien ama de verdad confía. Quien ama de verdad procura vivir según el corazón del amado. Obedecer a Cristo no disminuye nuestra libertad; al contrario, nos libera del egoísmo que nos encierra y nos hace capaces de amar más.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra a la Iglesia primitiva viviendo esta caridad. Había tensiones y discusiones sobre qué exigir a los nuevos creyentes. Pero los apóstoles, guiados por el Espíritu Santo, no quisieron imponer cargas innecesarias. Buscaron la comunión, el discernimiento y la paz. Por eso la comunidad se llenó de alegría al recibir aquella carta. Donde hay caridad, la fe no se convierte en peso insoportable, sino en camino de vida.

También nosotros necesitamos aprender eso. A veces hacemos pesada la vida de los demás con juicios, exigencias, palabras duras o actitudes frías. Jesús, en cambio, nos invita a amar de tal manera que los otros se sientan levantados, no aplastados; acompañados, no condenados; reconciliados, no excluidos.

El salmo de hoy canta: “Mi corazón está firme, Dios mío”. Un corazón firme no es un corazón duro. Es un corazón anclado en el amor de Dios. Firme para no dejarse vencer por el egoísmo. Firme para seguir amando aunque cueste. Firme para dar la vida poco a poco, día a día, como Cristo.

Queridos hermanos, preguntémonos hoy: ¿qué tan grande es mi capacidad de amar? ¿Mi corazón se está ensanchando o se está cerrando? ¿Me conformo con recibir apenas unas gotas de gracia, o deseo sumergirme más profundamente en el océano del amor de Dios?

Jesús nos llama amigos. Nos ofrece su vida. Nos confía el amor del Padre. Y nos deja un mandamiento que resume toda la existencia cristiana:

“Ámense unos a otros como yo los he amado”.

Que esta Eucaristía ensanche nuestro corazón, nos libere del egoísmo y nos haga amigos verdaderos de Cristo, capaces de dar la vida por amor.

Amén.

 


jueves, 7 de mayo de 2026

Almudena Grandes: la nostalgia de Dios en una escritora laica: En el aniversario 66 de su nacimiento, 7 de mayo

  



Cada 7 de mayo, la literatura española recuerda el nacimiento de Almudena Grandes, nacida en Madrid en 1960 y fallecida también en Madrid el 27 de noviembre de 2021. Escritora, columnista, narradora apasionada de la memoria, de los derrotados y de las heridas de España, fue una de las voces más potentes de la narrativa contemporánea en lengua castellana. El Instituto Cervantes la presenta como escritora y columnista española, formada en Geografía e Historia, colaboradora habitual de prensa y autora de una obra ampliamente reconocida, coronada en 2018 con el Premio Nacional de Narrativa. (Instituto Cervantes)

Pero junto a su figura literaria surge una pregunta delicada, especialmente para quienes leemos la cultura desde la fe: ¿creía Almudena Grandes en Dios? ¿Qué lugar ocupaban en ella la fe, la Iglesia y la espiritualidad?

No parece prudente responder con una frase tajante. No he encontrado una confesión directa y definitiva de ella diciendo “soy atea” o “soy creyente”. Lo que sí aparece con claridad es una postura laica, crítica frente a la Iglesia institucional y muy marcada por la memoria del nacionalcatolicismo español. En una entrevista sobre educación, defendía la escuela pública “mixta, laica, gratuita e integradora”, y afirmaba: “A la escuela debe irse a aprender, no a creer”. Para ella, la religión debía quedar reservada al ámbito privado. (laicismo.org)

Esa frase no es simplemente una opinión educativa. Revela una manera de mirar la fe: no como respiración comunitaria de una cultura, ni como horizonte último de sentido, sino como una convicción íntima que no debería ocupar el espacio público. Allí se percibe una distancia profunda entre Almudena Grandes y la tradición católica como institución social.

Ahora bien, conviene preguntarse: ¿qué Dios rechazaba Almudena Grandes?

Porque muchas veces una persona no rechaza al Dios vivo de la Biblia, sino una imagen histórica, cultural o deformada de Dios. En el caso de Grandes, su crítica se dirigía con frecuencia a una Iglesia asociada al franquismo, al control moral, a los privilegios fiscales y al peso del nacionalcatolicismo. En una de sus columnas, comentada por la prensa, afirmaba que los privilegios de la Iglesia en España eran una “herencia directa de la dictadura” y un “vestigio del nacionalcatolicismo”. (ElHuffPost)

Ahí hay una clave de lectura. Para muchos españoles nacidos en la posguerra o educados bajo sus restos culturales, la Iglesia no fue percibida ante todo como casa de misericordia, comunidad de discípulos, mesa de los pobres o sacramento de salvación. Fue vista, muchas veces, como poder, vigilancia, culpa, represión y alianza con los vencedores.

Y cuando Dios queda demasiado identificado con el poder, los sensibles al dolor de las víctimas terminan sospechando de Él.

En La madre de Frankenstein, novela ambientada en la España de los años cincuenta, Almudena Grandes exploró precisamente esa atmósfera opresiva. Al presentar la obra, dijo que en aquella época el nacionalcatolicismo del Estado pasó a “ejercer el terror de otra manera” y que el Estado y la Iglesia entraron en la intimidad de la gente, creando una “atmósfera irrespirable”. (La Vanguardia)

Estas palabras son duras, pero también son reveladoras. Almudena no discute tanto con el misterio de Dios cuanto con una experiencia histórica concreta: la de una religión convertida en dispositivo de control. Desde ahí se entiende su vacío religioso, su distancia eclesial, su dificultad para mirar la Iglesia como espacio de libertad.

Sin embargo, y aquí está lo más interesante, su literatura no está vacía de espiritualidad. No es una espiritualidad confesional, sacramental o bíblica en sentido estricto. Es una espiritualidad de la memoria, de la dignidad herida, de la compasión por los vencidos, de la fidelidad a los muertos, de la resistencia frente al olvido.

Almudena Grandes no escribió desde la fe de la Iglesia, pero muchas veces escribió desde heridas que la fe cristiana no puede ignorar.

Sus Episodios de una guerra interminable giran alrededor de una gran pregunta moral: ¿qué hacer con los vencidos? ¿Cómo nombrar a quienes fueron borrados de la historia? ¿Cómo devolverles rostro, voz, pan, casa, amor, sepultura? Estas preguntas, aunque ella las formulara desde una sensibilidad laica y republicana, rozan profundamente el corazón del Evangelio.

Porque el Dios bíblico también es el Dios de la memoria:
el Dios que escucha el clamor de los esclavos en Egipto,
el Dios que no olvida la sangre de Abel,
el Dios que levanta del polvo al desvalido,
el Dios que en Jesús se inclina ante los descartados.

Quizás Almudena Grandes no creyó en ese Dios con lenguaje de catecismo. Pero su literatura parece perseguir, una y otra vez, algo que se parece mucho a una sed bíblica: la sed de justicia.

En algunos fragmentos de su obra aparece Dios, pero casi siempre como un nombre problemático, irónico, herido por la historia. En Inés y la alegría, según recogen lectores y reseñas, aparece una frase brevísima y tremenda: “Dios existía, pero nunca iba a cambiar de bando”. (elblogdelafabula.blogspot.com)

La frase es literariamente poderosa. Sugiere una experiencia amarga: si Dios existe, parece estar del lado equivocado, o al menos parece no intervenir como esperan los derrotados. Es la vieja pregunta de Job, de los salmos de lamentación, de las víctimas de toda guerra: ¿dónde estaba Dios cuando triunfaba la injusticia?

También se menciona en comentarios sobre Los pacientes del doctor García otra sentencia de sabor popular y sombrío: “Dios aprieta y también ahoga”. (El Club del Libro)

La expresión subvierte el refrán tradicional —“Dios aprieta, pero no ahoga”— y revela un universo narrativo donde la providencia no aparece como consuelo fácil. Para Almudena, la historia no está ordenada por una justicia visible. La historia pesa, aplasta, abandona, castiga de forma desigual. Sus personajes no viven bajo una providencia luminosa, sino bajo una intemperie moral donde la salvación, si llega, suele venir por la solidaridad humana.

Hay otro dato muy sugerente: en Estaciones de paso incluyó un relato titulado “Demostración de la existencia de Dios”, donde un joven pide cuentas a Dios por la muerte de su hermano en medio de un partido del Atlético de Madrid. Una entrevista literaria resume ese cuento como “hermoso y muy triste”, pero también con un final algo esperanzador: el protagonista logra decir que seguirá adelante a pesar del sufrimiento. (Líbero)

Ese detalle me parece precioso. Incluso cuando Almudena Grandes pone a un personaje a discutir con Dios, lo hace desde el dolor, no desde la indiferencia. Y discutir con Dios también es una forma de no haberlo expulsado del todo. En la Biblia, muchos creyentes no hablan de Dios con serenidad: le reclaman, le preguntan, le gritan. Job, Jeremías, algunos salmos, incluso Jesús en la cruz —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”— nos muestran que la fe verdadera no siempre es paz inmediata; a veces es combate.

Tal vez Almudena no tuvo fe eclesial, pero sí tuvo una profunda conciencia de la ausencia. Y la ausencia de Dios, cuando duele, también habla de Él.

Desde una mirada cristiana, no se trata de bautizar artificialmente a una escritora que no quiso presentarse como creyente. Sería injusto con ella y poco honesto intelectualmente. Pero tampoco debemos reducirla a “atea”, “anticlerical” o “enemiga de la Iglesia”. Sería una lectura pobre. Su obra es más compleja: está atravesada por la memoria, la culpa histórica, la compasión, la rebeldía, la fidelidad, el amor a los humillados.

En términos pastorales, Almudena Grandes nos obliga a una pregunta incómoda: ¿qué rostro de Dios hemos mostrado?

Si muchos hombres y mujeres de cultura han sentido que para defender la libertad debían alejarse de la Iglesia, algo tenemos que revisar. Si muchos han asociado a Dios con censura, miedo, culpa o poder, algo del Evangelio quedó oscurecido. Si algunos han encontrado más misericordia en la literatura que en la predicación, más memoria en la novela que en la liturgia, más defensa de las víctimas en la cultura laica que en la comunidad creyente, entonces no basta con juzgarlos: hay que escucharlos.

Almudena Grandes puede ser leída, desde la fe, como una autora que no encontró en la institución católica el hogar espiritual de sus grandes preocupaciones. Pero esas preocupaciones —la justicia, la memoria, la dignidad de los vencidos, la denuncia de la hipocresía, la ternura hacia los heridos— no son extrañas al cristianismo. Al contrario: pertenecen al núcleo profético del Evangelio.

Quizás su distancia de la Iglesia fue también una denuncia.
Quizás su laicismo fue una defensa de la conciencia.
Quizás su crítica fue una herida.
Quizás su literatura fue una búsqueda de redención sin altar.

Y quizás ahí haya una lección para nosotros, creyentes: no basta con tener doctrina verdadera; hay que transparentar el rostro verdadero de Dios. No basta con proclamar la fe; hay que hacerla amable, compasiva, libre, humilde, samaritana. No basta con defender la Iglesia; hay que purificarla de todo aquello que impide reconocer en ella a la esposa pobre y servidora de Cristo.

En este 7 de mayo, recordar a Almudena Grandes puede ser más que un homenaje literario. Puede ser también un examen de conciencia. Ella escribió desde el lado de los que perdieron, de los que fueron silenciados, de los que no tuvieron relato oficial. Y el cristiano sabe que Dios también suele escribir la historia desde abajo: desde un pesebre, desde una cruz, desde una tumba vacía, desde los pobres de la tierra.

Almudena Grandes tal vez no creyó en el Dios bíblico como creemos nosotros. Pero su obra nos recuerda que hay preguntas humanas que siguen esperando una respuesta de Dios. Y esa respuesta no puede ser solo argumental o doctrinal. Tiene que ser una vida: una Iglesia más parecida a Jesús, más cercana a las víctimas, más humilde ante la historia, más libre frente al poder y más apasionada por la verdad.

Tal vez entonces, los alejados no vean en Dios al cómplice de los vencedores, sino al Padre de los heridos.

Y tal vez descubran que el Evangelio, cuando se vive de verdad, no apaga la memoria ni la libertad: las redime.

 

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