Intrusión liberadora
Alejado de su tierra,
tras haber proclamado una enseñanza sobre la pureza que le cerró puertas en
Israel, Jesús parece situarse en una encrucijada: por un lado, la dificultad de
que su mensaje sea acogido por su propio pueblo; por otro, su aparente reserva
ante la súplica de una mujer pagana, Él, el Mesías enviado a Israel.
Sin
embargo, la audaz y humilde palabra de aquella mujer —cuando habla de las
migajas que caen de la mesa— provoca un giro decisivo. Esa intervención libera
no solo a su hija atormentada, sino que manifiesta la amplitud universal de la
misión de Jesús. Desde ese momento, su don se revela sin fronteras: el pan de
la salvación será ofrecido a todos, judíos y paganos, hasta el extremo.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
1
Re 11, 4-13
Por
no guardar la alianza, voy a arrancar el reino de tus manos; pero daré a tu
hijo una tribu, en atención a David
Lectura del primer libro de los Reyes.
CUANDO el rey Salomón llegó a viejo, sus mujeres desviaron su corazón tras
otros dioses y su corazón no fue por entero del Señor, su Dios, como lo había
sido el corazón de David, su padre.
Salomón iba en pos de Astarté, diosa de los sidonios, y de Milcón, abominación
de los amonitas. Salomón hizo así lo malo a los ojos del Señor, no
manteniéndose del todo al lado del Señor como David, su padre.
Edificó Salomón por entonces un altar a Camós, abominación de Moab, sobre el
monte que está frente a Jerusalén, y otro a Milcón, abominación de los
amonitas.
Lo mismo hizo con todas sus mujeres extranjeras que quemaban incienso y
sacrificaban a sus dioses.
Y se enojó el Señor contra Salomón por haber desviado su corazón del Señor,
Dios de Israel, que se le había aparecido dos veces, dándole instrucciones
sobre este asunto: que no fuera en pos de otros dioses. Pero no guardó lo que
el Señor le había ordenado.
El Señor dijo a Salomón:
«Por haber actuado así y no guardar mi alianza y las leyes que te ordené, voy a
arrancar el reino de tus manos y lo daré a un siervo tuyo. Pero no lo haré en
vida tuya, en atención a David, tu padre, sino que lo arrancaré de manos de tu
hijo. Tampoco le arrancaré todo el reino, en atención a David, mi siervo, sino
que daré a tu hijo una tribu en consideración a Jerusalén, a la que he
elegido».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
105, 3-4. 35-36. 37 y 40 (R.: 4ab)
R. Acuérdate de
mí, Señor,
por amor a tu pueblo.
V. Dichosos los que
respetan el derecho
y practican siempre la justicia.
Acuérdate de mí
por amor a tu pueblo,
visítame con tu salvación. R.
V. Emparentaron
con los gentiles,
imitaron sus costumbres;
adoraron sus ídolos
y cayeron en sus lazos. R.
V. Inmolaron a los
demonios
sus hijos y sus hijas.
La ira del Señor se encendió contra su pueblo,
y aborreció su heredad. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Acojan con
docilidad la palabra, que ha sido injertada en ustedes y es capaz de salvar sus
vidas. R.
Evangelio
Mc
7, 24-30
Los
perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran los niños
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús fue a la región de Tiro.
Entró en una casa procurando pasar desapercibido, pero no logró ocultarse.
Una mujer que tenía una hija poseída por un espíritu impuro se enteró
enseguida, fue a buscarlo y se le echó a los pies.
La mujer era pagana, una fenicia de Siria, y le rogaba que echase el demonio de
su hija.
Él le dijo:
«Deja que se sacien primero los hijos. No está bien tomar el pan de los hijos y
echárselo a los perritos».
Pero ella replicó:
«Señor, pero también los perros, debajo de la mesa, comen las migajas que tiran
los niños».
Él le contestó:
«Anda, vete, que por eso que has dicho, el demonio ha salido de tu hija».
Al llegar a su casa, se encontró a la niña echada en la cama; el demonio se
había marchado.
Palabra del Señor.
1
Hermanos, hoy la Palabra nos pone frente a una
escena que, si la miramos con calma, es profundamente transformadora: una mujer
extranjera “se mete” donde no la han invitado, insiste con humildad, y esa
“intrusión” termina siendo… una liberación. No solo para su hija, también
—misteriosamente— para el propio camino de Jesús en su misión.
1) Un corazón que se divide:
Salomón y la lógica del “acomodo”
La primera lectura (1R 11,4-13) es dolorosa: Salomón,
el sabio, el que edificó y oró con belleza, termina con el corazón
“inclinado” hacia otros dioses. No es una caída de un día para otro: es el
desgaste lento del alma cuando uno empieza a negociar con lo que no debe
negociarse.
Y aquí hay una clave psicológica muy humana: el mal
casi nunca entra con estruendo; suele entrar por cansancio, por
conveniencia, por el deseo de agradar, por esa frase interior: “no pasa
nada… total, es solo un poco”. Pero “un poco” repetido muchas veces acaba
siendo “mucho”. El salmo lo grita con honestidad: el pueblo “se mezcló con los
paganos”, “sirvió a sus ídolos” … y el corazón se fue perdiendo (Sal 106).
Ese es el drama: cuando se pierde el centro, se
pierde la libertad. Y cuando se pierde la libertad interior, la misión se
apaga.
2) Jesús en tierra pagana: cuando
la misión parece “atascada”
El Evangelio (Mc 7,24-30) nos muestra a Jesús
saliendo hacia la región de Tiro. Quiere pasar desapercibido, pero no puede.
Aparece una mujer sirofenicia: extranjera, pagana, madre desesperada. Suplica
por su hija atormentada.
Y sucede algo que nos desconcierta: Jesús responde
con una frase dura sobre el pan de los hijos y los perritos. Pero la mujer no
se ofende, no se va, no cancela la conversación. Con una inteligencia humilde
—y con un amor de madre que no se rinde— responde: “también los perritos,
debajo de la mesa, comen las migajas de los hijos.”
Esa frase es dinamita espiritual. No exige
derechos; pide misericordia. No reclama un banquete; suplica por una migaja…
porque sabe que una migaja del Señor es más poderosa que todos los banquetes
del mundo.
Y entonces Jesús dice: “Por lo que has dicho,
vete: el demonio ha salido de tu hija.”
3) La “intrusa” que libera: la fe
que abre puertas
Alguien comentando este evangelio, lo dice de un
modo precioso: la palabra de la intrusa libera a la hija y libera a Jesús.
¿Cómo entenderlo? No es que Jesús “aprenda” como si ignorara su misión, sino
que en esa escena se revela el paso decisivo: la salvación no será un
círculo cerrado, sino una mesa abierta. La misericordia de Dios desborda
fronteras.
Y aquí está la buena noticia para nuestra vida
pastoral: muchas veces, Dios empuja la evangelización con personas que “no
estaban en el plan”, con situaciones que “interrumpen”, con preguntas
incómodas, con dolores que llegan sin cita. A veces, lo que parece estorbo
resulta ser el llamado de Dios a ensanchar el corazón.
4) Evangelizar hoy: migajas que
se vuelven pan para muchos
Nuestra Iglesia evangeliza así: no siempre con
grandes discursos, sino con “migajas” de Reino que se vuelven pan multiplicado:
- una
visita a un enfermo,
- una
conversación que devuelve esperanza,
- una
catequista que persevera,
- un
joven que se atreve a preguntar por Dios,
- una
familia que vuelve a la Eucaristía,
- un
sacerdote que escucha sin prisa,
- una
comunidad que ora por las vocaciones aunque no vea resultados inmediatos.
La sirofenicia nos enseña el estilo: humildad sin
humillación, insistencia sin agresividad, fe sin teatro. Ella no busca
“ganar” una discusión; busca salvar a su hija. Y Dios ama esa fe que no se
rinde.
5) Vocaciones: Dios llama donde
menos lo esperamos
Si hoy oramos por las vocaciones, este Evangelio nos
deja una luz: Dios no llama solo a los “perfectos” ni a los “de siempre”.
A veces llama a quien viene de lejos, a quien parecía fuera, a quien solo tiene
“migajas” de fe… pero tiene un corazón grande.
La vocación nace muchas veces así:
- de
un dolor que se vuelve oración,
- de
una búsqueda sincera,
- de
una experiencia de misericordia,
- de
una “intrusión” de Dios en la rutina.
Por eso la Iglesia no puede cansarse de pedir
vocaciones: porque el Señor sigue actuando, y porque la mies es mucha, y porque
hay muchas “hijas” y “hijos” heridos que esperan liberación.
6) Una llamada concreta para hoy
Hoy la Palabra nos pide dos decisiones:
1. Revisar el corazón: ¿en qué se me está “inclinando”
el alma, como a Salomón? ¿Qué pactos pequeños estoy tolerando y me van apagando
por dentro?
2. Abrir la mesa: ¿a quién he dejado “debajo de
la mesa”? ¿A quién le he negado incluso “migajas” de escucha, de respeto, de
acompañamiento, de Evangelio?
Cuando el corazón se centra en Dios, la misión se
enciende. Cuando la misión se enciende, muchos quedan libres.
Oración final (breve)
Señor
Jesús,
danos un corazón fiel, que no se incline ante los ídolos de la comodidad, del
miedo o del qué dirán.
Regálanos la fe humilde y valiente de la mujer sirofenicia: la fe que insiste,
la fe que confía, la fe que abre caminos.
Bendice la Obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita santas vocaciones:
sacerdotes, consagrados y laicos apasionados por tu Reino.
Y que una sola “migaja” de tu amor baste para sanar nuestras casas y levantar a
tus hijos. Amén.
2
1) Puerta de
entrada: el tirón irresistible de la misericordia
Jesús
entra en una casa en la región de Tiro queriendo pasar desapercibido, pero “no
pudo ocultarse”. La misericordia tiene ese peso: cuando Dios está cerca, el dolor lo
reconoce. Y aquí aparece una madre con el corazón en carne
viva: su hija está oprimida. Ella no viene a debatir; viene a suplicar.
Esa
escena nos recuerda que la evangelización, antes que estrategia, es compasión que conduce a Cristo.
2)
Contexto: Tiro y las fronteras que Dios atraviesa
Tiro
es tierra pagana, próspera, comercial, marcada por idolatrías en la memoria
bíblica. Jesús cruza fronteras: geográficas, culturales, religiosas. Es un
signo: su Reino no será
propiedad privada de nadie. La Iglesia, cuando es fiel, siempre
está en salida, cruzando límites, buscando a quienes están lejos.
3)
Primera lectura: Salomón, el corazón dividido y la misión debilitada
La
1ª lectura (1R 11,4-13) nos muestra la tragedia de un hombre grande que termina
pequeño por dentro: “su
corazón ya no fue enteramente del Señor”. Salomón se deja
inclinar por amores, alianzas e idolatrías. Y cuando el corazón se divide, la
fe se vuelve tibia y la misión se apaga.
Aquí
hay un espejo para nosotros: la evangelización se debilita no solo por falta de
recursos, sino por corazones
partidos: cuando Dios deja de ser el centro, cuando la
comodidad, el prestigio, la costumbre o la aprobación de los demás se vuelven
“dioses discretos”.
4)
Salmo 106: memoria del pecado y súplica por conversión
El
salmo (106) es una confesión colectiva: el pueblo se mezcló, imitó, se
contaminó, sirvió ídolos… y eso terminó en oscuridad interior. Pero el salmo
también es oración humilde:
“Acuérdate de mí, Señor,
por amor a tu pueblo”.
¡Qué
importante para la Iglesia! Evangelizar sin conversión sería propaganda. Por
eso el salmo pone el suelo firme: volvemos
a Dios, y desde ahí anunciamos. Si queremos vocaciones y ardor
misionero, lo primero es pedir un corazón limpio.
5)
Nos parecemos a la mujer: todos somos mendigos de gracia
Aunque
seamos creyentes, hay un sentido en el que todos somos “extranjeros” aquí:
llevamos heridas, tentaciones, sombras, y anhelamos libertad. Por eso esta
mujer sirofenicia nos representa: se postra, insiste, confía. No pide por
capricho, pide por amor.
Y
cuando el amor por otros arde, el alma se vuelve más fina: la caridad nos hace reconocer a Cristo
aun cuando está “oculto” en una casa, en un hecho pequeño, en una situación
inesperada.
6)
La respuesta desconcertante de Jesús: cura la lógica del “merecimiento”
Jesús
dice: “Deja que primero se sacien los hijos… no está bien tomar el pan de los
hijos y echárselo a los perritos.” No es desprecio: es una pedagogía fuerte
para revelar algo esencial: nadie
tiene derecho a la misericordia. Es don.
Aquí
se rompe una tentación muy común (también en la vida religiosa): acercarnos a
Dios con mentalidad de “me lo deben”. Salomón cayó, en parte, por la lógica del
acomodo; el salmo denuncia el corazón que se mezcla; y el Evangelio nos cura de
raíz: la gracia no se
exige, se implora.
7)
Fe y humildad: la oración de las “migajas” que vence al mal
La
mujer responde con una frase luminosa:
“También los perritos,
debajo de la mesa, comen las migajas de los hijos.”
Ahí
se unen dos fuerzas que atraen irresistiblemente el corazón de Dios:
·
Fe: una migaja basta, porque el poder está en Él.
·
Humildad: no presume, no reclama, se abandona.
Y
ocurre la liberación: su hija queda sana. El mal retrocede ante un corazón
humilde. El demonio se alimenta del orgullo; la humildad lo desarma.
8)
Aplicación pastoral: misión y vocaciones nacen de un corazón entero
Con
esto la liturgia nos amarra tres hilos en una sola cuerda:
·
Salomón: cuando el corazón se divide, la misión
se fractura.
·
El salmo: cuando el pueblo se mezcla con ídolos,
se apaga; pero cuando suplica, renace.
·
La sirofenicia: cuando la fe es
humilde, la misericordia irrumpe.
Por
eso, si oramos hoy por la Obra
evangelizadora y por las vocaciones,
el primer terreno es el corazón: vocaciones nacen donde se aprende a decir:
“Señor, no merezco… pero confío.” Y la misión se sostiene cuando no adoramos
“Astartés” modernos: la vanidad, el poder, el dinero, la comodidad, el aplauso.
9)
Llamado concreto para hoy
Dos
preguntas para llevar a casa:
1.
¿Qué ídolo pequeño me está dividiendo el
corazón?
(como a Salomón)
2.
¿Rezo como quien exige o como quien confía? (como la sirofenicia)
Y
una oración breve que vale oro, tomada del Evangelio:
“Señor, aunque sea una migaja…”
Oración final
Señor
Jesús,
acuérdate de nosotros por amor a tu pueblo.
Arranca de nuestro corazón toda idolatría que debilite la misión.
Danos la fe humilde de la mujer sirofenicia: fe que insiste, humildad que
confía.
Sostén la Obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones santas:
sacerdotes, consagrados y laicos misioneros, con el corazón entero para Ti.
Jesús, en Ti confío.
Amén.


