jueves, 17 de septiembre de 2026

17 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-San Roberto Belarmino-memoria obligatoria

 

Santos del día:

 

1.    San Roberto Belarmino

1542-1621.

«Quien encuentra a Dios lo encuentra todo; quien pierde a Dios lo pierde todo», afirmó este jesuita toscano, uno de los polemistas más brillantes de su tiempo. Doctor de la Iglesia.

 

2.    Santa Hildegarda de Bingen

1098-1179.
Monja benedictina alemana, mística, compositora y escritora. Fue llamada la “Sibila del Rin” por sus visiones y su sabiduría.

Doctora de la Iglesia desde 2012, destacó por su teología luminosa, su amor por la creación y su audacia profética. Enseñó: «La creación es un canto de amor que revela la gloria de Dios».

 

Experiencia del encuentro

El apóstol vuelve a centrar a sus destinatarios en aquello que constituye el corazón de la fe cristiana: la muerte y la resurrección de Cristo. Da testimonio, por tanto, de un acontecimiento que supera toda demostración intelectual: un encuentro que transformó profundamente su existencia. Pablo no recibió solamente una enseñanza; fue alcanzado personalmente por el Resucitado. Esta experiencia convirtió al perseguidor en apóstol y lo envió a anunciar el Evangelio.

En el Evangelio, la mujer pecadora también vive la experiencia de un encuentro que cambia su vida. Se acerca a Jesús con sus lágrimas, su arrepentimiento y su amor. Mientras Simón, el fariseo, permanece encerrado en el juicio y la condena, Jesús acoge a aquella mujer, reconoce la sinceridad de su corazón y le ofrece el perdón.

La fe cristiana, por consiguiente, no se reduce a unos conocimientos ni al cumplimiento exterior de ciertas normas: nace del encuentro personal con Cristo muerto y resucitado, que perdona, levanta y abre un camino nuevo.

 

Primera lectura

1 Cor 15, 1-11
Predicamos así, y así lo creyeron ustedes

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

LES recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol, porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos predicamos así, y así lo creyeron ustedes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2. 16-17. 28 (R.: 1)

R. Den gracias al Señor porque es bueno.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. 
R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados
—dice el Señor—, y yo los aliviaré. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 36-50

Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies; ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo: sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».

Palabra del Señor.

 

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«Un encuentro que cambia la vida»

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de hoy nos presentan dos encuentros con Cristo que transformaron completamente la vida de quienes los experimentaron. Por una parte, san Pablo recuerda su encuentro con el Señor resucitado; por otra, el Evangelio nos muestra a una mujer pecadora que se acerca a Jesús con sus lágrimas, su arrepentimiento y su amor.

Son dos personas con historias muy diferentes. Pablo había perseguido a los cristianos; aquella mujer llevaba sobre sus hombros el peso de sus pecados y el desprecio de la sociedad. Sin embargo, ambos fueron alcanzados por la gracia. Después de encontrarse con Cristo, ya no pudieron continuar viviendo de la misma manera.

En la primera lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, san Pablo resume el corazón de nuestra fe: «Cristo murió por nuestros pecados, fue sepultado y resucitó al tercer día». Esta es la Buena Noticia que la Iglesia ha recibido, conserva y anuncia de generación en generación.

Nuestra fe no se apoya solamente en unas normas, unas costumbres o unas tradiciones. En el centro de la fe cristiana hay una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado. Pablo no habla de una teoría que aprendió en un libro; habla de alguien que salió a su encuentro y cambió su existencia.

Él mismo reconoce con humildad: «Yo soy el menor de los apóstoles y no merezco llamarme apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios». Pablo no oculta su pasado ni intenta presentarse como un hombre perfecto. Sabe que su vocación no nació de sus propios méritos, sino de la misericordia de Dios. Por eso puede afirmar: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado en mí».

¡Qué palabras tan hermosas para comprender toda vocación! Nadie es llamado porque sea perfecto, porque nunca se haya equivocado o porque posea capacidades extraordinarias. Dios llama por pura gracia. Él mira nuestra pequeñez, nuestras heridas y hasta nuestros pecados; pero también contempla lo que su amor puede realizar en nosotros.

Cuando Dios llamó a Pablo, no vio solamente al perseguidor; vio al futuro apóstol de los pueblos. Cuando Jesús miró a aquella mujer del Evangelio, no vio simplemente a una pecadora; vio a una hija arrepentida, capaz de amar profundamente.

También nosotros necesitamos aprender a mirar como mira Jesús. Con frecuencia reducimos a las personas a sus errores: “Ese es el que hizo aquello”, “esa mujer tiene mala fama”, “aquel joven anda por malos caminos”, “esa persona ya no tiene remedio”. Pero Jesús nunca encierra a nadie en su pasado. Para él, mientras exista un corazón capaz de abrirse a la gracia, siempre será posible comenzar de nuevo.

El Evangelio nos sitúa en la casa de Simón, el fariseo. Él ha invitado a Jesús a comer, pero lo recibe con frialdad. No le ofrece agua para los pies, no le da el beso de bienvenida ni unge su cabeza. En cambio, aparece una mujer conocida públicamente como pecadora. Se coloca a los pies de Jesús, llora, los moja con sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa y los unge con perfume.

Simón mira la escena y juzga interiormente. No ve a una mujer arrepentida; solo ve a una pecadora. Tampoco comprende a Jesús, porque piensa: “Si este fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo está tocando”.

Pero Jesús conoce el corazón de ambos. Conoce el pecado de la mujer, pero también su arrepentimiento y su amor. Conoce la corrección exterior de Simón, pero también su frialdad, su orgullo y su incapacidad para experimentar misericordia.

Entonces Jesús pronuncia una de las frases más bellas del Evangelio: «Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho». No significa que el amor compre el perdón. Significa que aquella mujer, al saberse acogida y perdonada, responde con un amor inmenso. Quien ha experimentado verdaderamente la misericordia de Dios ya no puede permanecer indiferente.

Quizá nosotros podemos encontrarnos físicamente cerca de Jesús y, sin embargo, mantener cerrado el corazón. Simón compartió la mesa con él, pero no se dejó tocar interiormente. La mujer, en cambio, permaneció a sus pies y salió transformada. No basta con estar cerca de las cosas de Dios; es necesario permitir que Dios entre en nuestra vida.

El salmo nos invita: «Den gracias al Señor porque es bueno». Y proclama: «No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Esta podría ser la frase de Pablo, de la mujer perdonada y de todo discípulo que ha experimentado la salvación.

Evangelizar es precisamente contar lo que el Señor ha realizado en nosotros. No se trata únicamente de repetir doctrinas, sino de compartir una experiencia: “Yo estaba perdido y el Señor me buscó; estaba herido y me sanó; estaba caído y me levantó; me sentía indigno y él me llamó”.

Hoy, jueves, nuestra intención orante es por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Pidamos que surjan jóvenes, hombres y mujeres que, después de encontrarse con Cristo, puedan decir como Pablo: «Por la gracia de Dios soy lo que soy». Necesitamos sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, familias cristianas y laicos comprometidos que anuncien con alegría que Cristo vive.

Una vocación comienza muchas veces con un encuentro silencioso: una celebración que toca el corazón, una palabra de la Escritura, el testimonio de un sacerdote, la cercanía de una religiosa, el servicio de un catequista, el dolor de los pobres o una pregunta que Dios va colocando en el alma: “¿Por qué no tú? ¿Por qué no entregar tu vida al Evangelio?”.

En esta celebración recordamos también a san Roberto Belarmino, jesuita, obispo y doctor de la Iglesia. Fue un hombre de profunda oración y de gran inteligencia, que puso sus conocimientos al servicio de la defensa y la transmisión de la fe. Nos enseña que evangelizar exige un corazón encendido por el amor de Dios, pero también una fe bien conocida, meditada y explicada con claridad. No podemos amar verdaderamente lo que no conocemos, ni anunciar con convicción aquello que no hemos hecho vida.

San Roberto comprendió que la sabiduría cristiana no consiste en ganar discusiones, sino en conducir a las personas hacia la verdad que salva: Jesucristo. Su testimonio nos invita a formarnos mejor, a profundizar en la Palabra de Dios y a dar razón de nuestra esperanza con humildad y caridad.

Preguntémonos hoy: ¿mi encuentro con Cristo está transformando realmente mi manera de vivir? ¿Miro a los demás con la misericordia de Jesús o con la dureza de Simón? ¿He pensado alguna vez que Dios puede estar llamándome a colaborar más generosamente en su obra evangelizadora?

Pidamos al Señor que renueve en nosotros la alegría del primer encuentro; que la gracia recibida no se frustre por nuestra indiferencia; y que podamos decir con el salmista: «Viviré para contar las hazañas del Señor».

Que María Santísima, primera discípula y estrella de la evangelización, acompañe a quienes anuncian el Evangelio, sostenga a nuestros sacerdotes y consagrados, y ayude a los jóvenes a escuchar sin miedo la voz de Dios.

San Roberto Belarmino, ruega por nosotros y alcánzanos una fe luminosa, humilde y misionera. Amén.

 

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17 de septiembre:

San Roberto Belarmino, obispo y doctor — Memoria opcional

1542–1621
Patrono de los abogados canonistas, autores de catecismos, catequistas y catecúmenos
Canonizado por el Papa Pío XI en 1930
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI en 1931

 


Cita:


«Si busco a mi creador, encuentro sólo a Dios. Si busco la materia de la que me hizo, no encuentro absolutamente nada. De esto se puede concluir que todo lo que hay en mí fue hecho por Dios y pertenece enteramente a Dios. Si pregunto por mi naturaleza, descubro que soy imagen de Dios. Si pregunto por mi fin, hallo a Dios mismo, que es mi bien supremo y total. Por lo tanto, reconoceré que tengo un gran vínculo con Dios, y necesidad de Él, pues solo Él es mi creador, mi hacedor, mi padre, mi modelo, mi felicidad, mi todo. Si entiendo esto, ¿qué puede suceder sino que lo busque ardientemente, que piense en Él, que lo anhele, que desee verlo y abrazarlo? ¿Acaso no debo horrorizarme de la densa oscuridad de mi corazón, que durante tanto tiempo ha considerado, deseado y buscado cosas distintas a Dios, que es mi todo?»


~San Roberto Belarmino, La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas


Reflexión

Roberto Belarmino fue el tercero de diez hijos nacidos en una familia noble en el pueblo de Montepulciano, en el Gran Ducado de Toscana (actual Italia), a unos 160 kilómetros al norte de Roma. A pesar de su linaje noble, los padres de Roberto eran materialmente pobres. Cuando nació, su tío Marcello Cervini degli Spannocchi era cardenal; cuando Roberto tenía trece años, este tío fue elegido Papa con el nombre de Marcelo II, pero enfermó rápidamente y murió solo veintidós días después.

De niño, Roberto se distinguió por su inteligencia. Se decía que tenía memoria fotográfica, pues memorizaba rápidamente páginas enteras de libros y poemas, como los de Virgilio en latín. A los dieciocho años ingresó en el noviciado jesuita en Roma, donde brilló. Pocos años después, cuando se le pidió enseñar griego, idioma que no conocía, lo aprendió junto con sus alumnos y en poco tiempo lo dominaba. Sus estudios teológicos lo sumergieron en la escolástica tomista. Estudió en Padua y luego en Lovaina (actual Bélgica), donde fue ordenado sacerdote en 1570, a los veintiocho años.

Recién ordenado, el padre Belarmino fue asignado a enseñar en la Universidad de Lovaina, donde había completado sus estudios de teología. Tras seis años, lo enviaron a enseñar en el Colegio Romano, hoy Pontificia Universidad Gregoriana. Allí se convirtió en director espiritual y confesor del seminarista y futuro santo Luis Gonzaga.

Tanto en Lovaina como en Roma, se ganó el respeto por su brillantez y su predicación. Sus lecciones en Roma dieron origen a un libro en tres volúmenes: De Controversiis, una defensa sistemática de la fe católica frente a la Reforma protestante. En él abordó diecisiete controversias y defendió con poder y elocuencia la doctrina católica. Fue el primer intento católico de responder de forma ordenada y global a los reformadores. Sus temas incluyeron: Escritura y Tradición, Cristo, el Papa y la Iglesia, los sacramentos, el pecado, la gracia, el libre albedrío y las buenas obras. No solo expuso la fe católica, también refutó los errores de Lutero, Calvino, Zwinglio y otros. Su obra se convirtió en el estándar de la apologética católica en Europa.

Además de escribir, enseñar y predicar, fue requerido por los papas para tareas administrativas y diplomáticas. En 1592, a los cincuenta años, fue nombrado rector del Colegio Romano. En 1598 fue creado cardenal y designado Inquisidor, participando como juez en procesos importantes de la Inquisición, como el de Giordano Bruno, quien fue hallado culpable y entregado a la autoridad civil, que lo condenó a muerte.

En 1602, el Papa Clemente VIII lo ordenó obispo y lo nombró arzobispo de Capua. Tres años después, al morir Clemente VIII, Belarmino participó en el cónclave, donde incluso recibió algunos votos. Sin embargo, fueron elegidos sucesivamente León XI (que murió a los 26 días) y Pablo V. Este último ordenó, según el Concilio de Trento, que los obispos residentes en Roma regresaran a sus diócesis; pero pidió a Belarmino que permaneciera en la Curia, a lo cual obedeció. Renunció a su sede y se dedicó como teólogo y consejero principal de la Santa Sede.

Durante los siguientes dieciséis años, Belarmino fue figura central en el Vaticano. Ayudó a implementar el Catecismo de Trento (que él mismo había contribuido a redactar), resolvió divisiones, aclaró posiciones doctrinales y se enfrentó incluso a reyes y gobernantes. En 1616 intervino en el caso de Galileo, a quien consideraba amigo. No lo condenó, pero le transmitió la posición de la Iglesia: mientras la teoría heliocéntrica no estuviera probada científicamente, debía mantenerse la interpretación tradicional de la Escritura. Añadió que si la ciencia llegaba a demostrarlo, la Iglesia debía releer la Escritura a la luz de los nuevos datos. Tras su muerte, la Iglesia fue más lejos y condenó a Galileo, error que reconocería con el tiempo.

En sus últimos años, retirado por enfermedad, escribió hermosas obras espirituales: La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas, Las siete palabras en la cruz y El arte de bien morir. También un extenso comentario a los Salmos y varias obras menores.

San Roberto Belarmino fue un hombre de mente brillante, pero lo que lo hizo santo fue que entregó toda su inteligencia y talentos al servicio de Dios. Él convirtió esa ofrenda en frutos inmensos para la Iglesia.


Oración

San Roberto Belarmino,
Dios te usó para su gloria al poner tu mente a su servicio.
Él te hizo articular su verdad de modo sistemático y práctico, fortaleciendo y unificando a la Iglesia.
Ruega por mí, para que siempre ponga mis dones y talentos al servicio de Dios,
y Él los use para cumplir su santa voluntad.
San Roberto Belarmino, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

2

 

Santa Hildegarda de Bingen, virgen y doctora de la Iglesia — Memoria opcional

1098–1179
Patrona de los filólogos y esperantistas
Canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2012 (canonización equipolente)
Declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI en 2012

 


Cita:
«Y he aquí que Aquel que estaba entronizado sobre aquella montaña clamó con voz fuerte y sonora diciendo: “¡Oh ser humano, polvo frágil de la tierra y ceniza de cenizas! ¡Clama y habla del origen de la salvación pura hasta que sean instruidos aquellos que, aunque ven los contenidos más íntimos de las Escrituras, no quieren transmitirlos ni predicarlos, porque son tibios y perezosos en servir a la justicia de Dios! Ábreles el cerco de los misterios que, tímidos como son, esconden en un campo oculto e infecundo. Estalla en una fuente de abundancia y rebosa de conocimiento místico, hasta que aquellos que ahora te desprecian a causa de la transgresión de Eva se agiten por la inundación de tu riego. Porque tu profundo entendimiento no lo has recibido de los hombres, sino del alto y tremendo Juez supremo, donde esta serenidad brillará con fuerza con luz gloriosa entre los resplandecientes.”»


~Visión de Santa Hildegarda


Reflexión

El feudalismo, caracterizado por relaciones estructuradas en torno a la posesión de tierras a cambio de servicios o trabajo, fue el rasgo definitorio del sistema socioeconómico en Europa entre los siglos IX y XV. Dentro de este sistema, el monarca, príncipes, duques, condes y sus familias —la alta nobleza— eran los principales terratenientes y gobernantes. Por debajo se encontraba la baja nobleza, que solía administrar menos tierras y servía a los grandes nobles como caballeros, barones y señores menores. Según su rango, estos nobles gobernaban sobre reinos, principados y ducados. Fue en medio de este complejo sistema feudal, con su jerarquía intrincada y su mezcla de autoridad secular y eclesiástica, donde nació la santa de hoy.

Santa Hildegarda de Bingen nació de padres de la baja nobleza en el pueblo de Bermersheim vor der Höhe, en el Ducado de Franconia (actual Alemania). Su padre estaba al servicio del conde Esteban II de Sponheim, miembro poderoso de la alta nobleza. Hildegarda, la décima hija de su familia, fue ofrecida a la Iglesia como “diezmo” por sus padres cuando tenía ocho años, como era costumbre en aquella época. Fue entregada al monasterio benedictino de Disibodenberg, a unos 40 km de su pueblo natal, y quedó al cuidado de Jutta von Sponheim, hija del conde Esteban II.

Jutta tenía solo seis años más que Hildegarda. A los catorce años se hizo ermitaña junto al monasterio masculino de Disibodenberg y más tarde fue magistra o abadesa de la rama femenina. A pesar de la fragilidad de Hildegarda en su infancia, Jutta le enseñó a leer latín lo suficiente para rezar los Salmos y el Oficio Divino. También le enseñó el catecismo básico y la guió en la fe, la devoción y la ascesis. Hildegarda aprendió además a tocar el salterio, una forma primitiva de arpa. Como Jutta también era de linaje noble, estaba en una posición única para comprender y acompañar a Hildegarda en su crecimiento. Juntas inspiraron a otras jóvenes nobles a unirse a ellas. En 1112, tras unos siete años con los benedictinos, Hildegarda tomó el velo bajo el obispo Otón de Bamberg a los quince años.

En 1136, la abadesa Jutta murió y Hildegarda, con treinta y ocho años, fue elegida abadesa. Durante los siguientes catorce años la comunidad siguió creciendo bajo su liderazgo. En 1150 trasladó la comunidad a Rupertsberg, cerca de Bingen, y en 1165 fundó un segundo monasterio en Eibingen.

Aunque ingresó en la vida religiosa con una educación limitada, Hildegarda desarrolló un vasto conocimiento en múltiples campos, señal de su gran inteligencia. Pero ella misma decía que su saber provenía de la “sombra de la luz viviente”, es decir, de las visiones místicas que experimentaba desde pequeña. Guardó estas experiencias en silencio hasta llegar a los cuarenta años, cuando ya las había meditado, interiorizado y profundizado. Su verdadero Maestro fue el Espíritu Santo, que le concedió un conocimiento divinamente infundido, iluminando su mente con la verdad y otorgándole comprensión sobrenatural de la Escritura, de la vida, de Dios, del cielo y del infierno, del pecado, de Cristo y de toda la revelación. Su sabiduría abarcaba también las ciencias naturales.

En 1142, a los cuarenta y cuatro años, Hildegarda sintió con fuerza el mandato divino de escribir sus visiones y compartir su conocimiento infundido. El resto de su vida lo dedicó a transcribir lo recibido de esa “luz viviente”. La claridad, especificidad y profundidad de sus escritos muestran que provenían del Espíritu Santo. Su primera obra, concluida en 1151, fue Scivias (“Conoce los caminos”), con veintiséis visiones comentadas que abarcan la creación, la naturaleza de Dios, el cielo y el infierno, los ángeles y demonios, la encarnación, la caída y la redención, la Iglesia, los sacramentos y el fin de los tiempos. Allí ofreció una síntesis grandiosa de la historia de la salvación.

Después de Scivias, Hildegarda escribió durante veintiocho años más, completando dos obras visionarias mayores, además de escritos sobre ciencias naturales, medicina, salud de la mujer, la Regla de San Benito y vidas de santos. Compuso himnos con melodías originales y escribió numerosas cartas a papas, emperadores, abades y abadesas. Sus composiciones, con melodías elevadas y armonías bellas, aún se interpretan hoy.

Aunque vivió en el claustro, fue buscada como consejera por toda la Iglesia. Predicó incluso en plazas y catedrales, algo poco común en mujeres de su tiempo. Sus escritos fueron examinados y aprobados por el Papa Eugenio III y elogiados por San Bernardo de Claraval.

Santa Hildegarda fue reconocida como santa desde su muerte, pero oficialmente canonizada y declarada Doctora de la Iglesia en 2012 por Benedicto XVI. Su sabiduría mística y casi apocalíptica sigue siendo actual para iluminar los misterios de la vida.


Oración

Santa Hildegarda de Bingen,
en tu humildad y sencillez fuiste levantada por Dios
y recibiste un don especial de conocimiento sobrenatural
sobre los misterios más profundos del cielo y de la tierra.
Ruega por mí, para que siempre esté abierto a las verdades
que Dios me revela y use ese conocimiento
como base de mis decisiones en la vida.
Santa Hildegarda de Bingen, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

 

martes, 15 de septiembre de 2026

16 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-Santos Cornelio, papa y Cipriano, obispo-Memoria obligatoria

Testigos de la fe:

Santos Cornelio, papa, y Cipriano, obispo, mártires —

«Siglo III. Cornelio, papa de 251 a 253, y su amigo Cipriano, obispo de Cartago y gran escritor eclesiástico, favorecieron el perdón de los cristianos apóstatas que habían renegado de su fe…».

En tiempos de persecución, algunos bautizados habían cedido al miedo y abandonado públicamente la fe. Cuando deseaban regresar a la comunidad, surgía una dolorosa controversia: ¿podían ser acogidos nuevamente? Cornelio y Cipriano defendieron la posibilidad de reconciliación, vinculada al arrepentimiento y a un camino de penitencia. Su actitud les acarreó la oposición de quienes consideraban inadmisible esa acogida.

Ambos conocieron también el sufrimiento por permanecer fieles a Cristo. Cornelio murió en el destierro, en Civitavecchia, en el año 253. Cipriano entregó su vida mediante el martirio por decapitación en Cartago, en el año 258. La Iglesia los recuerda unidos como pastores y testigos de la fe.

Su memoria nos invita a vivir con firmeza nuestra fe y con misericordia nuestra relación con quienes han caído. Una comunidad cristiana está llamada a acompañar la conversión, ayudar a reconstruir lo que el pecado ha herido y abrir caminos de regreso a Dios. También nosotros necesitamos esa paciencia: reconocer nuestra fragilidad nos enseña a acoger con humildad la fragilidad ajena.

La fidelidad a Cristo se manifiesta también en la mano que tendemos al hermano para ayudarlo a levantarse.

 


El corazón de Dios

Pablo reorienta a los corintios, que se dejan seducir fácilmente por lo «extraordinario», recordándoles lo esencial: el amor que se vive discretamente y de manera concreta en las relaciones cotidianas. Porque lo que manifiesta la presencia de Dios es, ante todo, la caridad que transforma nuestra manera de tratar a los demás. Podemos pronunciar palabras admirables, poseer grandes conocimientos o realizar obras que despierten aplausos; pero, si falta el amor, todo queda vacío.

El corazón de Dios se revela en ese bien que hacemos sin ruido: escuchar con paciencia, cuidar a un enfermo, renunciar a una palabra hiriente, alegrarnos por el bien ajeno y acompañar a quien atraviesa un momento difícil. Allí, en lo pequeño y cotidiano, la fe adquiere un rostro cercano.

Este amor también nos dispone a dejarnos interpelar por el Señor. En el Evangelio, Jesús cuestiona a quienes siempre encuentran un motivo para rechazar la invitación de Dios: les incomoda tanto la austeridad de Juan como la cercanía del Hijo del hombre. Cuando el corazón se cierra, cualquier excusa parece suficiente para evitar la conversión.

Hoy podemos preguntarnos: ¿busco experiencias extraordinarias mientras descuido el amor que alguien necesita de mí? ¿Reconozco a Dios cuando me visita en la sencillez de cada día?

Señor, forma nuestro corazón según el tuyo. Enséñanos a amar con paciencia, humildad y obras concretas, incluso cuando nadie nos vea ni nos agradezca. Amén.

 

 

Primera lectura

1 Cor 12, 31 — 13, 13

Quedan la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Ambicionen los carismas mayores. Y aún les voy a mostrar un camino más excelente.
Si hablara las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, no sería más que un metal que resuena o un címbalo que aturde.
Si tuviera el don de profecía y conociera todos los secretos y todo el saber; si tuviera fe como para mover montañas, pero no tengo amor, no sería nada.
Si repartiera todos mis bienes entre los necesitados; si entregara mi cuerpo a las llamas, pero no tengo amor, de nada me serviría.
El amor es paciente, es benigno; el amor no tiene envidia, no presume, no se engríe; no es indecoroso ni egoísta; no se irrita; no lleva cuentas del mal; no se alegra de la injusticia,
sino que goza con la verdad.
Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
El amor no pasa nunca.
Las profecías, por el contrario, se acabarán; las lenguas cesarán; el conocimiento se acabará.
Porque conocemos imperfectamente e imperfectamente profetizamos; mas, cuando venga lo perfecto, lo imperfecto se acabará.
Cuando yo era niño, hablaba como un niño, sentía como un niño, razonaba como un niño. Cuando me hice un hombre, acabé con las cosas de niño.
Ahora vemos como en un espejo, confusamente; entonces veremos cara a cara. Mi conocer es ahora limitado; entonces conoceré como he sido conocido por Dios.
En una palabra, quedan estas tres: la fe, la esperanza y el amor. La más grande es el amor.

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 32, 2-3. 4-5. 12 y 22 (R.: cf. 12)

R. Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad.

V. Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas;
cántenle un cántico nuevo,
acompañando los vítores con bordones. 
R.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tus palabras, Señor, son espíritu y vida;
tú tienes palabras de vida eterna. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 31-35

Hemos tocado y no han bailado, hemos entonado lamentaciones, y no han llorado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo el Señor:
«¿A quién, pues, compararé los hombres de esta generación? ¿A quién son semejantes?
Se asemejan a unos niños, sentados en la plaza, que gritan a otros aquello de:
“Hemos tocado la flauta
y no han bailado,
hemos entonado lamentaciones,
y no han llorado”.
Porque vino Juan el Bautista, que ni come pan ni bebe vino, y dicen: “Tiene un demonio”; vino el Hijo del hombre, que come y bebe, y dicen: “Miren qué hombre más comilón y borracho, amigo de publicanos y pecadores”.
Sin embargo, todos los hijos de la sabiduría le han dado la razón».

Palabra del Señor.

 

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El corazón de Dios late en el amor cotidiano

 

Hermanos y hermanas:

Hay gestos que nunca serán noticia, pero que sostienen la vida de muchas personas. Alguien se levanta de madrugada para acompañar a un familiar al médico. Una esposa vuelve a acomodar la almohada de su esposo enfermo. Un vecino prepara un almuerzo para quien está solo. Una hija escucha por quinta vez la misma preocupación de su madre y procura responderle con ternura.

En esos gestos discretos podemos reconocer algo del corazón de Dios. Y hoy, cuando ofrecemos especialmente nuestra Eucaristía por los enfermos, la Palabra nos invita a descubrir ese amor que se hace concreto, que permanece cerca y que muchas veces actúa sin hacer ruido.

San Pablo, en la primera lectura, tiene que reorientar a la comunidad de Corinto. Algunos estaban fascinados por los dones más llamativos: hablar en lenguas, comunicar conocimientos extraordinarios, realizar cosas admirables. Existía el peligro de convertir la vida cristiana en una competencia para ver quién sobresalía más.

Pablo les muestra el criterio decisivo: «Si no tengo amor, nada soy».

Esta palabra también nos examina a nosotros. Podemos conocer muchas oraciones, participar en actividades parroquiales, hablar con facilidad de asuntos religiosos y compartir mensajes hermosos por las redes sociales. Pero ¿cómo tratamos a quienes viven con nosotros? ¿Qué ocurre cuando alguien interrumpe nuestros planes? ¿Qué tono usamos con la persona que depende de nuestra ayuda?

La autenticidad de nuestra fe se juega también ahí, cuando se acaba la celebración y comienza la convivencia.

Pablo describe un amor paciente, servicial, libre de envidia y de orgullo. Y esto se vuelve especialmente concreto junto a una persona enferma. La enfermedad puede alterar el sueño, el ánimo y el ritmo de toda una familia. A veces, quien sufre repite sus preguntas, se impacienta o tiene dificultad para expresar lo que necesita. Amar exige aprender a escuchar también el miedo que hay detrás de sus palabras.

Por eso hoy pedimos por los enfermos y también por quienes los cuidan. Hay cuidadores agotados, personas que llevan meses durmiendo poco y familiares que necesitan ayuda para seguir adelante. Como comunidad podemos preguntarnos: ¿a quién podríamos ofrecerle unas horas de descanso? ¿A quién acompañar a una consulta? ¿Quién necesita apoyo para un traslado o, sencillamente, alguien con quien hablar?

Nuestra oración puede prolongarse en una visita, una llamada y una ayuda concreta.

El salmo de hoy nos recuerda la fidelidad del Señor, su amor a la justicia y la bondad con la que sostiene la tierra. Y termina poniendo nuestra esperanza en su misericordia.

¡Cuánto necesitamos esa confianza cuando llega la enfermedad! Hay momentos en los que cuesta rezar, cuando un diagnóstico desconcierta o un tratamiento se hace largo. En esas circunstancias podemos acercarnos al Señor con nuestra preocupación tal como está. No hace falta disimular el miedo para presentarnos ante él.

Confiar en Dios nos permite decirle: «Señor, esto me duele; tengo preguntas; necesito que me sostengas». La fe también se expresa en esa oración frágil. Y cuando al enfermo le faltan fuerzas para orar, la comunidad puede sostenerlo con su propia plegaria.

En el Evangelio, Jesús señala otra dificultad del corazón humano: la resistencia a acoger lo que Dios propone. A algunos les molesta la austeridad de Juan Bautista y también les incomoda la cercanía de Jesús con los pecadores. Siempre encuentran una objeción para mantenerse donde están.

También nosotros podemos acostumbrarnos a juzgarlo todo sin dejarnos transformar por nada. Si alguien nos invita a cambiar, nos parece demasiado exigente; si nos habla de misericordia, pensamos que es demasiado comprensivo. Mientras discutimos cómo deberían actuar los demás, dejamos pendiente nuestra propia conversión.

Hoy el Señor nos invita a abrir el corazón. Tal vez nos esté hablando a través de una persona que necesita reconciliarse con nosotros. Tal vez nos esté esperando en ese enfermo al que hemos prometido visitar tantas veces. Tal vez nos esté pidiendo que dejemos de aplazar una ayuda que está a nuestro alcance.

Los santos Cornelio y Cipriano, cuya memoria celebramos, nos ayudan a comprender esta unión entre fidelidad y misericordia. En medio de las persecuciones, defendieron la posibilidad de que los cristianos que habían renegado de la fe pudieran reconciliarse con la Iglesia mediante el arrepentimiento y la penitencia. Supieron acompañar a quienes deseaban regresar. Ambos dieron testimonio de Cristo hasta el sufrimiento y la muerte.

Su ejemplo nos invita a mirar a las personas con esperanza. Quien ha caído necesita encontrar una mano que lo ayude a levantarse. Quien está enfermo necesita sentirse reconocido en toda su dignidad: sigue siendo alguien con una historia, una voz, unos afectos y mucho que aportar.

A ustedes, hermanos que atraviesan la enfermedad, queremos decirles hoy: su vida es preciosa y ustedes pertenecen al corazón de esta comunidad. Pueden expresar su cansancio, pedir ayuda y dejarse acompañar. El amor de Dios permanece con ustedes también en los días difíciles.

Dentro de unos momentos nos acercaremos al altar. En la Eucaristía recibimos a Cristo, que entrega su vida por nosotros. Pidámosle que esa comunión transforme nuestra manera de amar, que nos haga más atentos al dolor ajeno y más disponibles para servir.

Presentemos ahora, en silencio, el nombre y el rostro de los enfermos por quienes deseamos orar.

Señor Jesús, mira con ternura a nuestros hermanos enfermos. Concédeles alivio y recuperación; sostén su esperanza durante los tratamientos y las esperas. Ilumina al personal de salud, fortalece a sus familias y renueva las fuerzas de quienes los cuidan. Por intercesión de los santos Cornelio y Cipriano, haz de nuestra comunidad un hogar donde cada persona encuentre compañía, misericordia y amor. Amén.

 

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16 de septiembre:

San Cornelio, Papa, y San Cipriano, Obispo, Mártires — Memoria

San Cornelio: †253
Patrono del ganado y de los animales domésticos
Invocado contra los dolores de oído, la epilepsia, las fiebres y los espasmos

San Cipriano: c. 200–258
Patrono de Argelia y del norte de África



Cita:

Galerio Máximo: «¿Eres Tascio Cipriano?»
Cipriano: «Lo soy».
Galerio: «Los sacratísimos emperadores te han ordenado conformarte a los ritos romanos».
Cipriano: «Me niego».
Galerio: «Considera tu elección y sus consecuencias».
Cipriano: «Haz lo que quieras; en un caso tan claro acepto las consecuencias».
Galerio: «Has vivido mucho tiempo una vida irreligiosa, has reunido a un número de hombres unidos por una asociación ilícita y te has declarado enemigo abierto de los dioses y de la religión de Roma… serás hecho un ejemplo para aquellos con quienes perversamente te has asociado; la autoridad de la ley será confirmada en tu sangre… Es sentencia de este tribunal que Tascio Cipriano sea ejecutado con la espada».
Cipriano: «Demos gracias a Dios».
~Juicio de San Cipriano





Reflexión:

Hoy honramos a San Cornelio y a San Cipriano. Nada se sabe sobre la infancia y la juventud de Cornelio. En el año 251 fue elegido como el vigésimo primer papa, cargo que ejerció hasta su muerte dos años más tarde.

Cipriano, nacido Tascio Cecilio Cipriano, fue hijo de ricos padres paganos en el norte de África. Bien educado en la literatura grecorromana y en la retórica, tuvo una carrera exitosa como abogado y maestro. Alrededor de los cuarenta y seis años, se convirtió al cristianismo y entregó gran parte de su fortuna, dedicándose a la oración y a la vida ascética. En el lapso de tres años fue ordenado diácono, sacerdote y, finalmente, obispo de Cartago (en la actual Túnez, norte de África), hacia el año 249.

En el año 250, el emperador romano Decio implementó la primera persecución sistemática contra los cristianos en todo el Imperio. Exigió que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses romanos en presencia de los magistrados. Quienes lo hacían recibían un certificado oficial de sacrificio que confirmaba su cumplimiento. Quienes se negaban enfrentaban la confiscación de bienes, la tortura, la prisión e incluso la muerte. Decio murió en batalla al año siguiente, lo que puso fin de manera abrupta, aunque temporal, a la persecución.

Durante esas persecuciones, el papa Fabián se negó a sacrificar a los dioses romanos y fue martirizado. Después, la persecución fue tan dura que resultó imposible elegir un sucesor en la Sede de San Pedro. Durante ese tiempo, varios sacerdotes, entre ellos un tal Novaciano, ayudaron a gobernar la Iglesia. Tras catorce meses, muerto ya Decio y terminadas las persecuciones, un grupo de obispos se reunió en Roma y eligió a Cornelio como papa. Novaciano, descontento con esta decisión, se hizo ordenar como obispo de Roma, convirtiéndose así en el primer antipapa.

En el 251, la Iglesia se dividió por la cuestión de qué hacer con los que habían accedido a sacrificar a los dioses. Estos eran llamados lapsi, por haber “caído” en la fe. Algunos obispos apoyaban su reconciliación; otros no. Entre los defensores de la misericordia se encontraban el papa Cornelio y el obispo Cipriano.

El antipapa Novaciano sostenía que la Iglesia no tenía autoridad para perdonar a quienes habían ofrecido sacrificios sacrílegos. Por tanto, los lapsi no podían volver a la plena comunión ni recibir los sacramentos. Cornelio, en cambio, afirmaba con firmeza que, tras el arrepentimiento y un tiempo de penitencia pública, podían ser recibidos de nuevo en la comunión de la Iglesia.

Tras la autoproclamación de Novaciano, Cornelio convocó un sínodo con sesenta obispos en Roma que lo apoyaron y excomulgaron conjuntamente a Novaciano. Desde allí, los obispos del Imperio fueron invitados a manifestar su apoyo al papa legítimo y a la postura pastoral de reconciliar a los lapsi. Uno de los más firmes defensores de Cornelio fue Cipriano, que participó en el sínodo y luego escribió extensamente para atraer más apoyos.

Después de la muerte de Decio, el emperador Galo subió al poder. Aunque no persiguió de forma general a los cristianos, sí favoreció la restauración de las prácticas religiosas paganas. Al poco tiempo, exilió a Cornelio a Centumcellae (actual Civitavecchia), cerca de Roma, en la costa mediterránea. Un año más tarde, debido a las duras condiciones, Cornelio murió en el destierro y es venerado como mártir.

En el 253 murió en batalla Galo y lo sucedió Valeriano. Al principio mostró cierta indiferencia hacia los cristianos, pero en el 257 inició una nueva persecución en todo el Imperio. Primero decretó que el clero debía participar en los ritos paganos. Al año siguiente, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos que se negaran a renegar de la fe. A los laicos se les despojaba de sus títulos y bienes. Entre los arrestados estuvo Cipriano en 257. En el 258 fue juzgado en Cartago y, al negarse a renegar de su fe, fue decapitado. Cuando escuchó la sentencia, exclamó: «Demos gracias a Dios». En gratitud, incluso entregó una moneda de oro a su verdugo.

Hombre de gran cultura, Cipriano dejó abundantes escritos. Sus numerosas cartas ofrecen un retrato claro de la situación de la Iglesia y del Imperio en esa época. Defendió a la Iglesia frente a la herejía de los lapsi, trabajó por acabar con el cisma de Novaciano y escribió obras sobre la unidad de la Iglesia, el Padrenuestro, la muerte cristiana, la limosna y los sacramentos.

San Cornelio y San Cipriano vivieron y sirvieron a Cristo y a su Iglesia en tiempos convulsos. Sufrieron duras persecuciones y guiaron al pueblo de Dios con la palabra y el ejemplo. Defendieron la unidad, fueron misericordiosos con los pecadores y actuaron como verdaderos pastores de su grey.

Hoy que los honramos, reflexionemos sobre el impacto que tuvieron en la Iglesia primitiva. Su testimonio marcó a los cristianos de su tiempo y sigue influyendo en generaciones posteriores. Honremos a estos santos imitándolos en su valentía y en su misericordia, para que Dios también nos use a nosotros como instrumentos de su gracia, no solo para quienes nos rodean, sino también para quienes vendrán después, en formas que solo Él conoce.


Oración:
San Cornelio y San Cipriano, ustedes amaron a Dios y permanecieron firmes en la fe, aun frente a la persecución y la muerte. Su testimonio valiente estuvo unido a un testimonio pastoral de misericordia. Intercedan por mí, para que imite su valentía y sus corazones misericordiosos, manteniéndome siempre fuerte en la fe y ofreciendo perdón a todo pecador.
San Cornelio y San Cipriano, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.


17 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II-San Roberto Belarmino-memoria obligatoria

  Santos del día:   1.      San Roberto Belarmino 1542-1621 . «Quien encuentra a Dios lo encuentra todo; quien pierde a Dios lo pierde todo»...