miércoles, 3 de junio de 2026

4 de junio del 2026: jueves de la novena semana del tiempo ordinario-II

 

No olvidar a Jesús

(2 Timoteo 2, 8-15) «Acuérdate de Jesucristo». ¿No es ahí donde Pablo saca su fuerza en medio de las pruebas que debe afrontar? Este “hacer memoria” conviene practicarlo a lo largo de los días, en nuestros momentos concretos de oración, pero también en nuestras relaciones y en nuestras decisiones. Un himno latino habla de la “dulce memoria de Jesús”; dulce, porque está movida por el amor que le tenemos, pero de la cual nos dejamos distraer fácilmente si no está sostenida por una meditación asidua de la Palabra.

Emmanuelle Billoteau, ermite




  

Primera lectura

2 Tim 2, 8-15

La palabra de Dios no está encadenada. Si morimos con él, también viviremos con él

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

QUERIDO hermano:
Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, nacido del linaje de David, según mi evangelio, por el que padezco hasta llevar cadenas, como un malhechor; pero la palabra de Dios no está encadenada.
Por eso lo aguanto todo por los elegidos, para que ellos también alcancen la salvación y la gloria eterna en Cristo Jesús.
Es palabra digna de crédito:
Pues si morimos con él, también viviremos con él;
si perseveramos, también reinaremos con él;
si lo negamos, también él nos negará.
Si somos infieles, él permanece fiel,
porque no puede negarse a sí mismo.
Esto es lo que has de recordar, advirtiéndoles seriamente delante de Dios que no discutan sobre palabras; no sirve para nada y es funesto para los oyentes.
Procura con toda diligencia presentarte ante Dios como digno de aprobación, como un obrero que no tiene de qué avergonzarse, que imparte con rectitud la palabra de la verdad.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 24, 4-5a. 8-9. 10 y 14 (R.: 4a)

R. Señor, enséñame tus caminos.

V. Señor, enséñame tus caminos,
instrúyeme en tus sendas:
haz que camine con lealtad;
enséñame, porque tú eres mi Dios y Salvador.
R.

V. El Señor es bueno y es recto,
y enseña el camino a los pecadores;
hace caminar a los humildes con rectitud,
enseña su camino a los humildes.
R.

V. Las sendas del Señor son misericordia y lealtad
para los que guardan su alianza y sus mandatos.
El Señor se confía a los que le temen,
y les da a conocer su alianza.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte, e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R. 

 

Evangelio

Mc 12, 28b-34

No hay mandamiento mayor que estos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, un escriba se acercó a Jesús y le preguntó:
«¿Qué mandamiento es el primero de todos?».
Respondió Jesús:
«El primero es: “Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser”. El segundo es este: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. No hay mandamiento mayor que estos».
El escriba replicó:
«Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de él; y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios».
Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo:
«No estás lejos del reino de Dios».
Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos regala una frase sencilla, pero capaz de sostener una vida entera: “Acuérdate de Jesucristo”. San Pablo se la dice a Timoteo, su discípulo, como quien entrega un secreto espiritual. Pablo está preso, encadenado, probado por el sufrimiento; pero no está derrotado. ¿Por qué? Porque su memoria no está llena solamente de heridas, cansancios o frustraciones: su memoria está habitada por Cristo.

También nosotros necesitamos recordar a Jesús. No recordarlo como quien mira una fotografía vieja, sino como quien vuelve al amor primero, a la fuente, al centro de su vocación. Recordar a Jesús es preguntarnos cada día: ¿qué haría Él en mi lugar? ¿Cómo miraría Él a esta persona? ¿Cómo respondería Él ante esta dificultad? ¿Qué palabra suya ilumina hoy mi decisión?

El salmo nos hace pedir: “Señor, enséñame tus caminos”. Esa es la oración de quien no quiere caminar a ciegas. En medio de tantas voces, opiniones, miedos y distracciones, el creyente necesita volver una y otra vez al camino del Señor. Y ese camino no es una teoría: es una Persona viva, Jesucristo.

En el Evangelio, un escriba se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el mandamiento principal. Jesús responde uniendo dos amores inseparables: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo. Ahí está el corazón de la fe. No basta saber mucho de Dios si no amamos. No basta hablar de religión si el corazón se vuelve duro. No basta cumplir normas si olvidamos la misericordia.

La verdadera memoria de Jesús nos lleva al amor. Quien recuerda a Jesús aprende a mirar al hermano de otra manera. Quien recuerda a Jesús no puede vivir encerrado en sí mismo. Quien recuerda a Jesús descubre que la evangelización no es propaganda, sino testimonio de un amor que nos ha cambiado la vida.

Por eso hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia necesita hombres y mujeres que no olviden a Jesús; sacerdotes, religiosos, religiosas, matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos comprometidos que tengan el corazón encendido por el Evangelio. Las vocaciones nacen allí donde alguien ha hecho memoria viva de Cristo y ha sentido que su amor merece la vida entera.

Pidamos al Señor que no se nos enfríe la memoria del corazón. Que no olvidemos a Jesús en la oración, en el trabajo, en la familia, en la comunidad, en las decisiones difíciles y en el servicio cotidiano. Porque cuando Cristo permanece vivo en nuestra memoria, también permanece vivo en nuestras palabras, en nuestras obras y en nuestra manera de amar.

Que el Señor nos conceda vivir cerca de su Reino, como aquel escriba del Evangelio, y dar un paso más: no solo admirar la respuesta de Jesús, sino hacer de ella nuestra vida. Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos lleva al corazón de la fe. Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta: “¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?” No parece venir con mala intención, como otros que antes habían buscado tenderle trampas. Este hombre pregunta con sinceridad. Quiere saber, quiere comprender, quiere acercarse a la verdad.

Y Jesús no le responde con una norma fría, ni con una teoría complicada. Jesús va al centro: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas”, y añade: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo.” En estas dos frases está resumida toda la Ley, toda la vida espiritual, toda la vocación cristiana.

Jesús nos enseña que la fe no consiste ante todo en cumplir por cumplir, ni en discutir quién tiene más razón, ni en multiplicar normas sin alma. La fe verdadera nace del amor y conduce al amor. Amar a Dios con todo el corazón significa que Él no puede ser un adorno de nuestra vida, ni un recurso solo para los momentos difíciles. Dios debe ocupar el centro: de nuestras decisiones, de nuestros afectos, de nuestro tiempo, de nuestros proyectos.

Pero Jesús une inseparablemente el amor a Dios con el amor al prójimo. No podemos decir que amamos a Dios si despreciamos al hermano. No podemos rezar con las manos levantadas al cielo y cerrar el corazón ante quien sufre a nuestro lado. No podemos defender la verdad con palabras duras, soberbias o hirientes, porque la verdad de Dios siempre debe estar vestida de caridad.

San Pablo, en la primera lectura, le dice a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo.” Esa frase es preciosa. Pablo está encarcelado, sufre, pero no está vencido. Puede estar encadenado, pero dice con fuerza: “La Palabra de Dios no está encadenada.” Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia: pueden existir dificultades, cansancios, rechazos, crisis, persecuciones, falta de vocaciones, escasez de recursos; pero la Palabra de Dios no está encadenada. El Evangelio sigue abriéndose camino cuando encuentra corazones disponibles.

Por eso, evangelizar no es simplemente organizar actividades, hacer discursos o llenar agendas pastorales. Evangelizar es ayudar a otros a recordar a Jesucristo. Es hacer presente su amor. Es mostrar, con la vida, que vale la pena seguirlo. Es testimoniar que en Él hay perdón, sentido, esperanza y vida nueva.

También hoy el salmo nos hace orar: “Señor, enséñame tus caminos.” Esa es la oración de quien reconoce que necesita ser guiado. Muchas veces creemos saberlo todo, discutimos mucho, opinamos demasiado, pero escuchamos poco. El escriba del Evangelio nos da una lección: se acerca, pregunta, escucha y reconoce la verdad. Por eso Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios.”

No estar lejos del Reino significa estar en camino. Pero todavía falta dar un paso: pasar de saber el mandamiento del amor a vivirlo. Porque una cosa es saber que debemos amar a Dios y al prójimo, y otra cosa es amar concretamente cuando el prójimo nos incomoda, cuando piensa distinto, cuando nos exige paciencia, cuando necesita perdón, cuando reclama nuestra compasión.

Hoy, al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos que el Señor suscite corazones enamorados de Él. La Iglesia necesita sacerdotes que amen a Dios y a su pueblo; religiosos y religiosas que sean signos vivos del Reino; matrimonios que evangelicen desde la fidelidad y la ternura; jóvenes que no tengan miedo de preguntarle al Señor: “¿Qué quieres de mí?”; catequistas, misioneros y laicos que anuncien el Evangelio no desde la imposición, sino desde la alegría del amor.

Toda vocación auténtica nace de este doble amor: amar a Dios con todo el ser y amar al prójimo con un corazón generoso. Quien descubre que Dios lo ama, ya no puede vivir solo para sí mismo. Quien se sabe llamado por Cristo, entiende que su vida se vuelve misión.

Pidamos, entonces, la gracia de no reducir la fe a costumbre, ni la evangelización a estrategia, ni la vocación a simple función. Que todo nazca del amor y conduzca al amor. Que podamos recordar siempre a Jesucristo, porque cuando Cristo está vivo en la memoria del corazón, la Palabra no se encadena, la misión no se apaga y las vocaciones florecen.

Que el Señor nos enseñe sus caminos, nos haga humildes buscadores de la verdad y nos convierta en instrumentos de su caridad, para que muchos, al ver nuestra vida, puedan acercarse también al Reino de Dios.

Amén.

A la luz de las pantallas-1: amar a Dios y al prójimo

 

Jueves de la 9ª semana del Tiempo Ordinario – Año II

Evangelio: Mc 12,28b-34
Película sugerida: De dioses y hombres



A la luz de las pantallas, hoy podríamos asomarnos a una película profundamente evangélica: ** De dioses y hombres **. Esta película francesa de 2010, dirigida por Xavier Beauvois, se inspira en la historia de los monjes cistercienses de Tibhirine, en Argelia, y en el difícil discernimiento que vivieron cuando la violencia comenzó a amenazar su presencia entre la población local. (Wikipedia)

Allí vemos a unos monjes que no predican con grandes discursos, ni buscan imponerse, ni hacen de la fe una bandera agresiva. Evangelizan de otro modo: con la presencia, la oración, la fidelidad, el servicio médico, la amistad cotidiana, la cercanía con los pobres y el respeto profundo por un pueblo de otra tradición religiosa. Son hombres de Dios, pero también hombres del pueblo; viven mirando al cielo, pero con los pies metidos en la tierra sufriente.

Y entonces llega la gran pregunta: ¿huir o permanecer?
¿Salvar la propia vida o quedarse junto a quienes los necesitan?
¿Protegerse o seguir amando?
¿Cerrar la puerta por miedo o mantener abierta la casa por fidelidad?

Esa pregunta nos conduce directamente al Evangelio de hoy. Un escriba se acerca a Jesús y le pregunta cuál es el primero de todos los mandamientos. Jesús responde con el corazón mismo de la fe: amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todas las fuerzas; y amar al prójimo como a uno mismo.

En la película, esos monjes parecen encarnar esta respuesta de Jesús. Aman a Dios en la liturgia, en el silencio, en la Eucaristía, en los salmos, en la vida comunitaria. Pero ese amor no se queda encerrado en la capilla. Sale al encuentro del otro. Se hace medicina, pan compartido, escucha, compañía, respeto, hospitalidad y permanencia.

Ese es el punto clave: cuando el amor a Dios es verdadero, siempre termina haciéndose cercanía al prójimo. No hay adoración sincera que no nos vuelva más humanos. No hay oración auténtica que no nos haga más compasivos. No hay vocación cristiana que no termine convirtiéndose en servicio.

La primera lectura de hoy también ilumina esta mirada. San Pablo le dice a Timoteo: “Acuérdate de Jesucristo”. Pablo está encadenado, pero afirma con fuerza que la Palabra de Dios no está encadenada. Qué hermoso mensaje para la obra evangelizadora de la Iglesia. A veces la misión encuentra dificultades: cansancio, indiferencia, rechazo, persecución, escasez de vocaciones, pobreza de medios. Pero la Palabra sigue viva. No se encadena cuando hay corazones capaces de recordar a Cristo y de vivir como Él.

Los monjes de De dioses y hombres nos recuerdan precisamente eso: la evangelización no siempre hace ruido. A veces evangeliza más una presencia fiel que mil discursos. Evangeliza una comunidad que ora. Evangeliza una mesa compartida. Evangeliza un gesto de cuidado. Evangeliza quedarse cuando todos aconsejan irse. Evangeliza amar sin poseer, servir sin dominar, acompañar sin imponer.

El salmo de hoy nos pone en los labios una petición preciosa: “Señor, enséñame tus caminos.” Y el camino que Jesús nos enseña en el Evangelio no es el de la autosuficiencia, ni el de la vanidad religiosa, ni el de la discusión permanente para demostrar quién tiene la razón. Es el camino del amor humilde, entero, concreto. Amar a Dios con todo lo que somos, y amar al prójimo no en abstracto, sino en el rostro real de quien tenemos cerca.

Por eso esta reflexión se une hoy a nuestra intención orante: la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones. Necesitamos vocaciones así: hombres y mujeres que no vivan la fe como refugio cómodo, sino como entrega. Sacerdotes, religiosos, religiosas, matrimonios, catequistas, misioneros, jóvenes y laicos que recuerden a Jesucristo y hagan visible su amor en medio del mundo.

Al final, el escriba del Evangelio escucha a Jesús y reconoce que amar vale más que todos los sacrificios y holocaustos. Entonces Jesús le dice: “No estás lejos del Reino de Dios.” Quizás esa sea también la pregunta para nosotros al apagar la pantalla y volver a la vida real:
¿Estoy cerca del Reino?
¿Mi fe me está haciendo amar más?
¿Mi oración me vuelve más servidor?
¿Mi amor a Dios se nota en la manera como trato al prójimo?

Porque el Reino de Dios no está lejos cuando el amor deja de ser teoría y se vuelve vida. Y quizá, como en aquellos monjes de Tibhirine, el mundo necesite menos discursos brillantes y más testigos silenciosos; menos palabras duras y más presencias fieles; menos religiosidad de fachada y más corazones capaces de amar a Dios y al prójimo hasta el final.

A la luz de las pantallas, hoy la película nos deja una pregunta evangélica: cuando amar se vuelve difícil, ¿seguimos amando?

 

A la luz de las pantallas-una forma alternativa de leer el evangelio

 



Vivimos rodeados de pantallas. Algunas nos informan, otras nos entretienen; unas nos distraen, otras nos conmueven; unas nos roban el silencio, pero otras, cuando sabemos mirar, pueden convertirse en pequeñas ventanas hacia el misterio de la vida, del dolor, del amor, de la esperanza y de Dios.

Con esta serie, “A la luz de las pantallas”, quiero proponer una mirada creyente sobre películas, series, documentales o escenas que, sin reemplazar jamás la Palabra de Dios, pueden ayudarnos a entrar mejor en ella. El cine y la televisión, cuando son leídos con sensibilidad espiritual, pueden funcionar como parábolas contemporáneas: relatos donde aparecen nuestras preguntas, nuestras heridas, nuestros deseos, nuestras contradicciones y también nuestros anhelos más hondos.

Cada día, a partir del Evangelio y del santo o memoria litúrgica correspondiente, nos asomaremos a una historia de la pantalla para descubrir allí una chispa de luz. No se trata de “bautizar” cualquier producción ni de forzar mensajes religiosos donde no los hay, sino de ejercitar una mirada evangélica: aprender a ver cómo el amor, la entrega, el perdón, la fidelidad, la vocación, la compasión y la búsqueda de sentido también aparecen narrados en los lenguajes de nuestro tiempo.

Porque la fe no nos saca del mundo: nos enseña a mirarlo mejor. Y si Cristo es la Luz verdadera, entonces todo lo humano —también el arte, la cultura, la música, el cine y las series— puede ser iluminado por Él.

San Andrés en el corazón: dos años de misión entre el mar, la fe y la gratitud

 

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”
Salmo 126

 




Era el 8 de marzo de 2024. Recuerdo bien aquella fecha porque, sin saberlo, ese día se abría una nueva página en mi historia sacerdotal y misionera. Estábamos en un compartir de vicaría, en un ambiente fraterno, sencillo, de esos encuentros donde uno conversa, escucha, se ríe, comparte la mesa y también la vida. En medio de aquel momento, nuestro obispo, Monseñor Hency Martínez, nos comentó que había llegado una invitación del obispo del Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina: se necesitaba algún sacerdote que quisiera ir a ofrecer su servicio pastoral en aquella jurisdicción insular, tan hermosa como necesitada de presencia sacerdotal.

No lo pensé demasiado. O mejor: creo que lo pensé con el corazón.

Apenas escuché la propuesta, levanté la mano. Así, de una. Manifesté que deseaba ir. No hubo grandes cálculos, ni largas deliberaciones, ni análisis complicados. Simplemente sentí que allí podía haber un llamado de Dios. Y uno, después de tantos años de ministerio, aprende —o debería aprender— que algunas llamadas del Señor no llegan con truenos ni relámpagos, sino con una invitación sencilla, dicha casi al pasar, pero capaz de mover la vida.

En ese momento yo era párroco de la comunidad de San Francisco de Asís, en el corregimiento de La Danta, donde llevaba ya cuatro años y poco más de un mes. Había aprendido a querer aquella comunidad, sus luchas, su gente, sus ritmos, sus rostros. Pero la vida sacerdotal, cuando se vive en clave de misión, tiene siempre algo de tienda de campaña: uno planta, riega, acompaña, ama… y un día el Señor dice: “levántate y ve”.

Monseñor Hency, al ver mi disposición, se comunicó inmediatamente con Monseñor Jaime Uriel Sanabria, Vicario Apostólico de las islas, para contarle que había un sacerdote interesado. Enseguida me pasó el teléfono. Monseñor Jaime me saludó con amabilidad, me hizo algunas preguntas, quiso conocer un poco mi disponibilidad y mis motivaciones. Yo, con entusiasmo, le manifesté mi deseo de ir a servir allí.

Así comenzaron las cosas. Sin ruido. Sin demasiada planeación humana. Con esa mezcla de incertidumbre y confianza que suele acompañar las verdaderas aventuras de Dios.

Celebré la Semana Santa en mi parroquia, entregué la administración y me dispuse a partir. Finalmente, el 2 de mayo de 2024, llegué a San Andrés Isla. El avión aterrizó casi a las cuatro de la tarde en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla. Allí me recibió Monseñor José Archbold, quien desde el primer momento me acogió con esa mezcla de seriedad, experiencia, cordialidad y sabiduría pastoral que tanto agradezco. Me llevó enseguida a saludar a Monseñor Jaime Sanabria, y también pude encontrarme con algunos sacerdotes que estaban por la Curia en ese momento.

Aquella misma noche acompañé a Monseñor José en la Eucaristía. Como era jueves, también participé con él en la Hora de Adoración. De ese modo, mi llegada no fue turística, sino eucarística. No llegué primero a conocer playas, paisajes o sitios emblemáticos; llegué al altar, al Sagrario, al encuentro con la comunidad orante. Y tal vez esa fue la mejor manera de comenzar.

Supe entonces que la parroquia se llamaba Santa María Estrella del Mar, un nombre profundamente bello y significativo para una comunidad rodeada por el azul inmenso del Caribe. Estaba ubicada en la parte sur de la isla, en el sector de San Luis, una comunidad de fuerte identidad raizal, marcada por su historia, su lengua, su cultura, su música, sus tradiciones y su profunda religiosidad.

Durante dos años y veinticinco días, tuve la gracia de compartir la vida y la fe con las comunidades del Vicariato. Apoyé al párroco en la celebración de las Eucaristías, en la atención pastoral ordinaria y también en la apertura y consolidación de una experiencia misionera en el sector de Nueva Guinea. A esta misión se le dio el nombre de San Pedro Claver, evocando al santo que supo reconocer la dignidad de los hermanos afrodescendientes y servir a Cristo en ellos.

Allí se mantuvieron durante mi estadía dos pequeñas comunidades eclesiales: New Hope, es decir, Nueva Esperanza, y Los Hijos de Abraham. Cada lunes procuramos acompañar estos grupos con fidelidad, paciencia y cariño pastoral. No siempre se trataba de grandes multitudes ni de estructuras complejas. Muchas veces la Iglesia crece así: en pequeños grupos, en casas, en encuentros sencillos, en la Palabra compartida, en una oración humilde, en un saludo, en una visita, en una silla puesta para escuchar.

Y comprendí una vez más que la misión no consiste únicamente en hacer muchas cosas, sino en estar. Estar con la gente. Estar con fe. Estar con respeto. Estar con el oído abierto y el corazón disponible. Estar allí donde la Iglesia necesita una presencia que recuerde que Dios no abandona a su pueblo.

También tuve la oportunidad de acompañar, por deseo de mi párroco, a la comunidad educativa del colegio Philippe Beckman, en el sector. Allí compartimos Eucaristías y algunas charlas en tiempos fuertes de la liturgia. Siempre he creído que el mundo educativo es una tierra sagrada. Allí se siembran no solo conocimientos, sino valores, preguntas, sueños, búsquedas y heridas. Estar cerca de niños, adolescentes, jóvenes, profesores y familias es también una forma preciosa de evangelización.

Cuando pude, acompañé igualmente los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera, así como el grupo juvenil. Ver a los niños y jóvenes acercarse a la fe, con sus preguntas, sus energías, sus dudas y sus talentos, confirma que la Iglesia no puede cansarse de sembrar. Quizás uno no siempre ve los frutos inmediatos, pero el Evangelio tiene su propio calendario. Dios sabe cuándo germina cada semilla.

Una de las pastorales más fuertes, constantes y profundamente humanas fue, sin duda, la visita y asistencia a los enfermos y ancianos. Durante año y medio tuve la oportunidad de compartir con poco más de una veintena de personas, visitándolas cada miércoles. Allí, en la habitación del enfermo, en la casa del anciano, junto a una cama, frente a una mirada cansada o una sonrisa agradecida, uno vuelve a descubrir el centro del ministerio sacerdotal.

Porque el sacerdote no está solamente para predicar desde el ambón o presidir desde el altar. Está también para llevar consuelo, escuchar silencios, bendecir lágrimas, ungir fragilidades, acompañar soledades y recordar, con su pobre presencia, que Cristo sigue pasando por las casas de su pueblo.

¡Cuánto me enseñaron esos enfermos y ancianos! Algunos hablaban poco, otros contaban su historia con detalle. Algunos esperaban la comunión con emoción; otros simplemente agradecían que alguien llegara. En ellos encontré una cátedra silenciosa de paciencia, de fe, de humanidad y de esperanza.

También pude compartir temas de formación catequética con catequistas y diversos grupos apostólicos, entre ellos la Legión de María. Siempre he valorado mucho estos espacios porque la fe necesita ser alimentada, pensada, profundizada y celebrada. Una comunidad que se forma es una comunidad que aprende a amar mejor, a servir mejor y a dar razón de su esperanza.


La misión me llevó además a Providencia, una isla entrañable, herida y resucitada tantas veces por la fuerza de su gente. Tuve la oportunidad de acompañar comunidades allí en julio de 2025, y luego nuevamente en enero, abril y mayo de 2026. Providencia tiene algo especial: una belleza que no se queda en el paisaje, sino que se transparenta en la dignidad de sus habitantes, en su capacidad de resistir, reconstruir y seguir creyendo.

Mirando hacia atrás, descubro que esta experiencia en el Vicariato me conectó con otras etapas de mi vida misionera. El ambiente afrocaribeño, la cultura raizal, la música, la oralidad, la fuerza de la comunidad, el mar como horizonte y símbolo, todo ello me recordó experiencias anteriores: Buenaventura en 1991, mi paso por Camerún y otros países africanos entre 2003 y 2007. Hay culturas que, aunque distintas entre sí, comparten una manera profunda de celebrar la vida, llorar las pérdidas, resistir las adversidades y abrirse a Dios con una sensibilidad especial.

Por eso, San Andrés, Providencia y Santa Catalina no fueron para mí simplemente un destino pastoral. Fueron una escuela. Una escuela de misión, de humildad, de adaptación, de escucha y de gratitud. Me ayudaron a comprender nuevamente que la Iglesia es verdaderamente católica no porque uniforma, sino porque abraza la diversidad de pueblos, lenguas, acentos, memorias y caminos.

El pasado 28 de mayo de 2026, después de dos años y veinticinco días de experiencia con las comunidades isleñas del Vicariato, me despedí del obispo, de las comunidades, de los hermanos sacerdotes, de los diáconos, de tantos laicos y laicas que durante este tiempo me brindaron su amistad, su apoyo y su confianza. Las despedidas nunca son fáciles cuando uno ha compartido la fe, la mesa, la oración, las alegrías y también las preocupaciones. Pero en la vida sacerdotal despedirse no significa borrar, sino agradecer. No significa cerrar el corazón, sino llevar dentro lo vivido.

Hoy regreso a mi diócesis de origen, La Dorada-Guaduas, en la cual me incardiné entre 2022 y 2023. Vuelvo con la maleta cargada de recuerdos, rostros, nombres, aprendizajes y bendiciones. Vuelvo con la certeza de que nada de lo vivido ha sido casualidad. Dios va tejiendo la historia con hilos que a veces solo entendemos después.

Por eso, más que hacer un balance administrativo o pastoral, quiero elevar una acción de gracias. Gracias al Señor por haberme permitido vivir esta experiencia. Gracias por haberme llevado una vez más a una tierra distinta, a una cultura concreta, a una Iglesia necesitada y viva. Gracias por las Eucaristías celebradas, por las Horas Santas compartidas, por las visitas a los enfermos, por las comunidades pequeñas, por las conversaciones sencillas, por los niños, jóvenes, catequistas, legionarias, familias, ancianos, benefactores, servidores y amigos.

Gracias a Monseñor Hency Martínez, por haber acogido mi disponibilidad y facilitar este envío. Gracias a Monseñor Jaime Uriel Sanabria, por recibirme en el Vicariato y permitirme servir en esta porción del Pueblo de Dios. Gracias a Monseñor José Archbold, por su acogida, su confianza, su experiencia compartida y por permitirme acompañar la vida pastoral de Santa María Estrella del Mar. Gracias a los sacerdotes, diáconos, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos que hicieron más fraterno este camino.

Gracias también a mi familia, que siempre ha acompañado mis idas y venidas, mis cambios, mis misiones, mis silencios y mis cansancios. Gracias a las comunidades con las que he compartido aquí y allá, a quienes han orado por mí, a quienes me han apoyado espiritual y materialmente, a quienes me han animado en los momentos de dificultad y a quienes han comprendido que el sacerdote no se pertenece del todo a sí mismo, porque su vida está puesta al servicio de Dios y de los hermanos.

Me voy de las islas, pero las islas no se van de mí.

Quedan en mi memoria el azul del mar, la brisa de San Luis, los rostros de los enfermos, la fe de las comunidades, la esperanza de Nueva Guinea, el nombre hermoso de Santa María Estrella del Mar, la fortaleza de Providencia, la identidad raizal, las voces, los cantos, las celebraciones, los saludos, las despedidas y tantas pequeñas escenas que, aunque quizá no aparezcan en ninguna crónica oficial, quedan escritas en el corazón.

Al final, uno descubre que la misión no es solamente lo que uno entrega. La misión es también —y quizá sobre todo— lo que uno recibe. Yo llegué a San Andrés creyendo que iba a dar un aporte. Y sí, con mis límites, traté de hacerlo. Pero hoy reconozco que recibí mucho más: recibí cariño, confianza, aprendizaje, paciencia, fe sencilla, nuevos amigos y una confirmación interior de que vale la pena seguir diciendo sí.

Que el Señor bendiga infinitamente al Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Que bendiga a sus pastores, a sus comunidades, a sus familias, a sus enfermos, a sus jóvenes, a sus ancianos, a sus niños, a sus catequistas, a sus servidores y a todo el pueblo raizal y residente que peregrina en esas islas amadas.

Y que Santa María, Estrella del Mar, siga guiando la barca de esa Iglesia particular, para que en medio de las aguas, los vientos y los desafíos, nunca falte la luz de Cristo, puerto seguro, esperanza viva y Señor de toda misión.

Gracias, Señor, por estos dos años de gracia.
Gracias por enviarme.
Gracias por sostenerme.
Gracias por permitirme amar y ser amado en tu nombre.

Dios les bendiga infinitamente.

 

martes, 2 de junio de 2026

3 de junio del 2026: miércoles de la novena semana del tiempo ordinario-II-San Carlos Lwanga y compañeros mártires, memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:
San Carlos Lwanga y sus compañeros

Siglo XIX. De 1885 a 1887, veintidós jóvenes cristianos de Uganda —entre ellos el jefe de los pajes, Carlos Lwanga— fueron quemados vivos por orden del rey Mwanga, quien veía en esta religión desconocida una amenaza para su trono. Fueron canonizados en 1964.

 

No ceder al miedo

(Timoteo 1, 1-3.6-12) Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de prudencia.”

Estas palabras nos invitan a trabajar sobre nuestros miedos en un contexto histórico desestabilizador: el miedo que paraliza o descontrola e impide avanzar; el miedo que nos encierra en nosotros mismos y aplasta la solidaridad; el miedo que engendra vergüenza y lleva a huir de las propias responsabilidades.
Fortaleza, amor y prudencia son dones del Espíritu que debemos hacer fructificar en la confrontación con la Palabra, para el anuncio del Evangelio.
Emmanuelle Billoteau, ermitaña


Primera lectura

2 Tim 1, 1-3. 6-12

Reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos

Comienzo de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

PABLO, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.
Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 122, 1b-2b. 2cdefg (R.: 1b)

R. A ti, Señor, levanto mis ojos.

V. A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. 
R.

V. Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre. R.

 

Evangelio

Mc 12, 18-27

No es Dios de muertos, sino de vivos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, se acercan a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les respondió:
«¿No están equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena de controversia. Se acercan a Jesús unos saduceos, grupo religioso que no creía en la resurrección, y le plantean un caso complicado, casi absurdo, para ridiculizar la fe en la vida eterna. No buscan sinceramente la verdad; quieren poner a Jesús en aprietos.

Pero la respuesta del Señor va directamente al corazón del problema:
“Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.”

Esta frase también puede iluminar nuestra vida. Muchas veces nos equivocamos no porque seamos malos, sino porque pretendemos entenderlo todo desde nuestros propios esquemas. Queremos encerrar a Dios dentro de nuestra lógica, dentro de nuestras ideas, dentro de nuestras preguntas humanas. Y cuando Dios no cabe en nuestros cálculos, entonces pensamos que Dios no actúa, que Dios no responde, que Dios está ausente.

Los saduceos pensaban la resurrección como una simple continuación de esta vida terrena. Por eso Jesús les muestra que la vida futura no es una copia de esta vida, sino una realidad nueva, transformada por el poder de Dios. La resurrección no es volver a lo mismo; es entrar en la plenitud de Dios. Por eso Jesús afirma:
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”

Esta es una palabra de enorme esperanza. Nuestro Dios no es Señor de tumbas cerradas, sino de vidas abiertas a la eternidad. No es un Dios que abandona a sus hijos en la muerte, sino el Dios fiel que sostiene la vida incluso cuando nuestros ojos solo ven pérdida, dolor o silencio.

La primera lectura nos ayuda a profundizar esta confianza. San Pablo escribe a Timoteo desde la prueba, desde el sufrimiento, desde la experiencia de persecución. Y, sin embargo, no habla como un derrotado. Le recuerda a Timoteo:
“Reaviva el don de Dios que recibiste.”
Y añade:
“Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.”

Qué palabras tan necesarias para nosotros. La fe no elimina automáticamente las dificultades, pero nos da una fuerza interior para atravesarlas. La fe no nos ahorra las lágrimas, pero nos enseña a llorar con esperanza. La fe no nos libra siempre del miedo, pero nos recuerda que no estamos solos.

Por eso Pablo puede decir:
“Sé de quién me he fiado.”
Esta es una de las frases más hermosas de toda la Escritura. No dice: “Sé todo lo que va a pasar”. No dice: “Tengo explicaciones para todo”. Dice: “Sé de quién me he fiado.” Esa es la verdadera sabiduría cristiana: no entenderlo todo, pero confiar en Aquel que lo sostiene todo.

El salmo también nos enseña esta actitud espiritual:
“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.”
El creyente no vive con la mirada hundida solamente en sus problemas. Levanta los ojos. Mira a Dios. Espera de Él misericordia. El salmista se compara con los siervos que miran la mano de su señor, aguardando una señal, una ayuda, una palabra. Así también nosotros estamos llamados a mirar al Señor con humildad, especialmente cuando no comprendemos sus caminos.

Hoy celebramos la memoria de San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que renunciar a Cristo y traicionar su conciencia. Ellos sí entendieron el poder de Dios. No porque fueran invulnerables, sino porque dejaron que el Espíritu venciera en ellos el miedo. Humanamente eran frágiles; espiritualmente fueron fuertes. Su martirio nos recuerda que la fe no es teoría, sino entrega; no es solo doctrina aprendida, sino vida ofrecida.

Ellos hicieron realidad lo que Pablo decía a Timoteo: no recibieron un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y dominio de sí. En medio de la persecución, supieron levantar los ojos al cielo. En medio de la amenaza de muerte, creyeron en el Dios de la vida.

También nosotros, en menor o mayor medida, enfrentamos pruebas: enfermedades, duelos, cansancios, incertidumbres familiares, crisis personales, heridas interiores. Y en esas situaciones podemos caer en la tentación de “pensar, pensar y pensar”, queriendo resolverlo todo con la mente, pero olvidando la oración. Pensar es necesario, pero no basta. La oración nos pone en otra actitud: no solo analizamos la vida, sino que dejamos que Dios la ilumine.

Orar es reconocer humildemente: “Señor, yo no lo entiendo todo. Yo no puedo controlarlo todo. Pero quiero confiar en Ti. Enséñame a mirar con tus ojos. Enséñame a esperar con tu esperanza.”

Pidamos hoy esa gracia: no vivir engañados por nuestros miedos, por nuestros cálculos o por nuestras falsas seguridades. Pidamos conocer mejor las Escrituras y confiar más en el poder de Dios. Que el Señor reavive en nosotros el don de la fe. Que, como San Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado.” Que, como el salmista, levantemos nuestros ojos al cielo. Y que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles al Dios vivo, al Dios que no abandona, al Dios que resucita.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos pone frente a una realidad que todos conocemos: el miedo. Miedo al sufrimiento, miedo al fracaso, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo al futuro. Y, sin embargo, San Pablo le recuerda a Timoteo una verdad profunda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio de sí”.

Pablo no escribe estas palabras desde la comodidad. Él mismo está preso, encadenado, sufriendo por causa del Evangelio. Pero no se presenta como un derrotado. Al contrario, dice con firmeza: “Sé de quién me he fiado”. Esta frase podría ser el lema de todo creyente. La fe no consiste en saberlo todo, ni en tener todas las respuestas, ni en no sentir temor. La fe consiste en saber en quién hemos puesto nuestra confianza.

Y aquí aparece una luz muy bella para este día en que oramos por nuestros enfermos. Muchas veces la enfermedad nos hace sentir frágiles, dependientes, vulnerables. Puede despertar preguntas, angustias, cansancios y hasta momentos de oscuridad espiritual. Pero la Palabra nos recuerda que Dios no abandona a sus hijos en la prueba. Él no siempre quita inmediatamente la cruz, pero sí da la fuerza para cargarla. No siempre evita la noche, pero enciende una lámpara en medio de ella.

Por eso el salmo nos hace decir: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. Esa es la actitud del creyente: levantar los ojos. No vivir mirando solamente el dolor, la enfermedad, el problema o la tumba, sino mirar más alto. Levantar los ojos hacia Dios, como el servidor mira la mano de su señor, esperando misericordia, auxilio y consuelo.

En el Evangelio, los saduceos se acercan a Jesús con una pregunta tramposa sobre la resurrección. Ellos no creen en la vida eterna y quieren ridiculizar la esperanza. Pero Jesús les responde con fuerza: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”.

Esta frase es el corazón del Evangelio de hoy. Nuestro Dios no es un Dios que abandona en la muerte. No es un Dios de sepulcros cerrados, sino de vida plena. Para Jesús, la resurrección no es una idea bonita para consolar a los tristes; es una verdad fundada en la fidelidad de Dios. Si Dios ama, no ama por un rato. Si Dios llama hijos a los suyos, no los llama hijos solo hasta la muerte. Su amor es más fuerte que el sepulcro.

Hoy celebramos también a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que traicionar su fe y su dignidad. Ellos nos enseñan que la fe verdadera no se reduce a palabras piadosas; la fe se demuestra cuando llega la hora de la prueba. Ellos no cedieron al miedo, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Su martirio nos recuerda que el Espíritu Santo puede hacer fuerte al débil, valiente al temeroso y fiel al perseguido.

Hermanos, la muerte, la enfermedad y el sufrimiento no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida. Esa palabra es resurrección. Esa palabra es esperanza.

Pidamos hoy por nuestros enfermos: por los que sufren en el cuerpo, en la mente, en el corazón y en el alma. Que el Señor les conceda fortaleza, amor y serenidad. Que no se sientan solos. Que encuentren en sus familias, en sus cuidadores, en la comunidad y en la Iglesia una presencia cercana y misericordiosa.

Y pidamos también por nosotros, para que no cedamos al miedo. Que, como Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado”. Que, como el salmista, levantemos los ojos al Señor. Que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles. Y que, como discípulos de Cristo, vivamos convencidos de que nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Amén.

 

3

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a los saduceos acercándose a Jesús con una pregunta tramposa. Ellos no creían en la resurrección, ni en la vida después de la muerte, y por eso le plantean al Señor un caso exagerado: una mujer que, según la ley del levirato, llegó a casarse sucesivamente con siete hermanos. La pregunta parece inteligente: “Cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?” Pero en el fondo no buscan la verdad; buscan ridiculizar la esperanza.

Jesús les responde con claridad: “Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.” Esta frase es fuerte, pero profundamente iluminadora. El error de los saduceos no era solamente doctrinal; era espiritual. Querían medir las cosas de Dios con categorías demasiado humanas. Pensaban la eternidad como una simple prolongación de esta vida, como si el cielo fuera una repetición de nuestras estructuras terrenas. Pero Jesús eleva la mirada: la resurrección no es volver a lo mismo, sino entrar en una vida transformada por Dios.

Y añade una de las afirmaciones más consoladoras del Evangelio: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Nuestro Dios no es el Dios del final vacío, del sepulcro cerrado, de la muerte como última palabra. Es el Dios que llama a la vida, que sostiene la existencia, que no olvida a quienes ama. Abraham, Isaac y Jacob no pertenecen simplemente al pasado; viven en Dios, porque el amor de Dios no caduca.

Esta verdad cambia nuestra manera de vivir. Quien cree en la resurrección no desprecia esta vida, sino que la toma más en serio. Sabe que cada acto de amor, cada gesto de servicio, cada sacrificio ofrecido, cada perdón concedido, cada fidelidad vivida en silencio tiene valor de eternidad. No vivimos para acumular cosas que se acaban; vivimos para sembrar bienes que permanecen.

La primera lectura nos muestra a San Pablo animando a Timoteo: “Reaviva el don de Dios que hay en ti.” Y le recuerda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.” Pablo habla desde la prueba, desde la persecución, desde el sufrimiento, pero no se deja vencer por el miedo. Su fuerza nace de una convicción: “Sé de quién me he fiado.”

Esta frase puede acompañarnos hoy. No siempre sabemos qué va a pasar. No siempre entendemos los caminos de Dios. No siempre encontramos respuestas inmediatas ante el dolor, la enfermedad, la injusticia o la muerte. Pero el creyente puede decir: “Sé de quién me he fiado.” Me he fiado del Dios vivo. Me he fiado de Cristo resucitado. Me he fiado de Aquel que venció la muerte.

El salmo también nos pone en la actitud correcta: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.” Levantar los ojos es no quedarnos encerrados en la angustia, en el miedo o en la visión limitada de las cosas. Levantar los ojos es esperar la misericordia de Dios. Es decirle: “Señor, no lo comprendo todo, pero confío en Ti. No controlo todo, pero me pongo en tus manos.”

Hoy celebramos a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que dieron testimonio de Cristo hasta la muerte. Ellos creyeron de verdad que Dios es Dios de vivos. Por eso no se dejaron intimidar por la persecución. Humanamente eran vulnerables, pero espiritualmente estaban firmes. En ellos se cumplió la palabra de Pablo: recibieron un espíritu de fortaleza, de amor y de dominio de sí.

Su memoria nos interpela. Tal vez a nosotros no se nos pida derramar la sangre por Cristo, pero sí se nos pide fidelidad diaria: fidelidad en la enfermedad, en la prueba, en el cansancio, en la vida familiar, en la misión, en el servicio, en la defensa de la dignidad humana, en la coherencia cristiana cuando el ambiente se vuelve adverso.

Y hoy, de manera especial, al orar por nuestros enfermos, recordemos que la fe en la resurrección no elimina el dolor, pero le da un horizonte. La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también puede abrirnos a una confianza más profunda. Cristo no abandona al que sufre. El Dios de vivos acompaña también las camas de los hospitales, las casas donde hay dolor, los corazones cansados y las almas que esperan consuelo.

Hermanos, no vivamos como si esta vida fuera lo único. No reduzcamos nuestra esperanza a lo inmediato. No pensemos la eternidad con una mente cerrada, como los saduceos. Dejemos que Jesús ensanche nuestra mirada. Estamos hechos para Dios, para la vida plena, para la comunión eterna con Él.

Pidamos al Señor que reavive en nosotros el don de la fe. Que nos conceda fortaleza ante el miedo, amor en medio de la prueba y esperanza ante la muerte. Y que, como San Pablo, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, podamos decir con paz y valentía: “Sé de quién me he fiado.”

Amén.

 

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3 de junio: San Carlos Lwanga y Compañeros, Mártires — Memoria
1860–1886
Santos patronos de la juventud africana, los conversos y las víctimas de tortura
Canonizados por el Papa Pablo VI el 18 de octubre de 1964



Cita:

Este es el lugar donde la luz de Cristo brilló en vuestra tierra con un esplendor particular. Este fue el lugar de la oscuridad, Namugongo, donde la luz de Cristo resplandeció en el gran fuego que consumió a San Carlos Lwanga y a sus compañeros. ¡Que la luz de ese holocausto nunca deje de brillar en África! El sacrificio heroico de los mártires ayudó a atraer a Uganda y a toda África a Cristo, la verdadera luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9). Hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (cf. Ap 5,9) han respondido al llamado de Cristo, lo han seguido y se han hecho miembros de su Iglesia, como las multitudes que acuden en peregrinación, año tras año, a Namugongo. Hoy, el Obispo de Roma, el Sucesor de San Pedro, también ha venido en peregrinación al Santuario de los Santos Mártires de Uganda. Siguiendo los pasos del Papa Pablo VI, quien elevó a estos hijos de vuestra tierra a la gloria de los altares y fue el primer Papa en visitar África, yo también deseo plantar un beso especial de paz en esta tierra santa.
~San Juan Pablo II


Reflexión:

Cada año, millones de peregrinos de Kenia, Tanzania, Ruanda, Uganda, Nigeria y otras naciones africanas se reúnen en el Santuario de los Mártires de Namugongo, en Uganda, para una de las concentraciones católicas anuales más grandes del mundo. La celebración se realiza en el lugar del martirio de San Carlos Lwanga y sus veintiún jóvenes compañeros, el 3 de junio, fecha en que la mayoría de ellos fue asesinado.

En 1879, los Padres Blancos, una sociedad católica francesa de vida apostólica fundada en 1868, llegaron a la corte del rey Mutesa I de Buganda (actual Uganda) y recibieron permiso para establecer una misión y enseñar la fe católica. En ese entonces, católicos, protestantes y musulmanes buscaban convertir a los habitantes del reino, lo cual generaba descontento entre los sacerdotes paganos locales. Sin embargo, el rey Mutesa, con sus 87 esposas y 98 hijos, fue tolerante con las tres religiones.

Cuando murió en 1884, su hijo Mwanga II, fruto de su décima esposa, asumió el trono a los 16 años. Al principio fue tolerante, pero pronto se convenció de que los cristianos amenazaban su trono y su estilo de vida sexualmente pervertido.

Era costumbre que los reyes de Buganda tuvieran muchos jóvenes en su corte, conocidos como “pajes”, para cumplir funciones domésticas. Entre sus expectativas estaba la sumisión a los avances sexuales del rey. Algunos jóvenes, desde los 13 años, comenzaron a rechazar esas exigencias por motivos de fe. Esto enfureció al rey, quien temió perder el control de su reino.

El 29 de octubre de 1885, el obispo anglicano James Harrington y algunos de sus acompañantes fueron asesinados por orden del rey. Poco después, José Mukasa Balikuddembe, de 25 años, jefe de la casa real y catequista católico, reprendió al rey por sus acciones. Como castigo, fue decapitado el 5 de noviembre de 1885, y los católicos fueron arrestados. Ese mismo día, el catecúmeno Carlos Lwanga fue nombrado jefe de la casa real. Temiendo por su vida, recibió el bautismo junto a varios de sus alumnos catequizandos.

El 25 de mayo de 1886, el rey asesinó a otros dos cristianos. Ante el temor de que los demás jóvenes murieran sin bautismo, Carlos bautizó a los que aún eran catecúmenos. Ese mismo día, el rey exigió a todos renunciar a la fe cristiana o enfrentar tortura y muerte. Carlos confesó con valentía su fe, y muchos lo siguieron. El rey ordenó que fueran ejecutados en Namugongo, lugar tradicional de ejecuciones públicas.

Namugongo estaba a dos días de caminata. Durante el trayecto, muchos fueron azotados y atados. Tres fueron asesinados antes de llegar, uno de ellos por su propio padre por no renegar de la fe. Una vez allí, esperaron siete días para su ejecución. En ese tiempo fueron hambrientos, golpeados y atados de pies y manos.

Carlos fue asesinado primero. Para prolongar su sufrimiento, encendieron el fuego lentamente bajo sus pies. Se cuenta que dijo:

“Me están quemando, pero es como si me echaran agua para lavarme. Por favor, arrepiéntanse y sean cristianos como yo.”
Antes de morir, exclamó como Jesús:
“¡Dios mío! ¡Dios mío!”

Después, los demás jóvenes fueron torturados y asesinados de igual forma, rezando en voz alta el Padre Nuestro. En total, 22 jóvenes católicos fueron martirizados y posteriormente canonizados. Además, 23 anglicanos también fueron martirizados con ellos.

En aquel momento, Carlos Lwanga (26 años) y sus compañeros nunca imaginaron que, en el lugar donde murieron, millones de personas acudirían cada año a honrarlos y pedir su intercesión. El rey Mwanga pensó que podía acabar con el cristianismo matando a uno... pero eso solo encendió la conversión de muchos.

Uganda y muchas otras naciones africanas son hoy profundamente cristianas gracias al testimonio de fe de estos mártires. Como dice Romanos 8,28:

“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.”

En el caso de los Mártires de Uganda, sus muertes produjeron bien, y su carne quemada fue como un perfume que transformó aquella nación pagana en tierra cristiana.


Oración

San Carlos Lwanga y Compañeros,
la llama de la fe ardía en sus corazones
mientras las llamas de sus verdugos consumían sus cuerpos.
Su testimonio encendió la fe de toda Uganda y de África.
Rueguen por mí,
para que tenga la fe que ustedes tuvieron,
y que Dios transforme cada sufrimiento y cruz que yo cargue
en bien y salvación.
San Carlos y Compañeros, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

4 de junio del 2026: jueves de la novena semana del tiempo ordinario-II

  No olvidar a Jesús (2 Timoteo 2, 8-15 ) «Acuérdate de Jesucristo». ¿No es ahí donde Pablo saca su fuerza en medio de las pruebas que de...