sábado, 16 de mayo de 2026

17 de mayo del 2026: Solemnidad de la Ascensión del Señor-Ciclo A

 

Itinerancia apostólica

Hoy todos se ponen en movimiento: ¡todos miran hacia los apóstoles! Pablo, Lucas y Mateo, cada uno a su manera, da testimonio de una lección apostólica que reciben los primeros colaboradores de Jesucristo. Como sucede en cada generación, en realidad se trata de ayudarnos a vivir nuestra misión de cristianos.

Mateo cuenta que algunos apóstoles dudan. Sin embargo, todos son enviados hacia todas las naciones, relativizando así las fronteras. Pablo invoca para cada uno un espíritu de sabiduría, recordando que la fuerza de la resurrección de Cristo se despliega siempre en el reconocimiento de su único señorío y en el servicio de su cuerpo, que es la Iglesia.

Pero quizá Lucas es el más exigente. En la segunda parte de su obra, Lucas muestra cómo los apóstoles, que esperaban que Cristo instaurara por sí mismo su Reino definitivo, son remitidos a sus límites y a sus responsabilidades. Descubren que no lo saben todo sobre el designio de Dios, aunque están asociados a él. Pero, después de que dos hombres vestidos de blanco fueran enviados para esto, comprenden finalmente que les espera una misión exigente.

Esta itinerancia apostólica, consecuencia de la resurrección de Cristo, instala a la Iglesia en una situación siempre provisional. Así queda puesta bajo la acción del Espíritu Santo, que constituye la única fuerza de la que disponen los apóstoles.

Me queda una semana antes de Pentecostés: ¿sobre qué personas voy a invocar el Espíritu Santo?

Al acercarse el final del tiempo pascual, ¿qué desplazamientos puedo arriesgar para dar testimonio del Evangelio?

Luc Forestier, prêtre à La Madeleine (diocèse de Lille)

 


Primera lectura

Hch 1, 1-11
A la vista de ellos, fue levantado al cielo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN mi primer libro, Teófilo, escribí de todo lo que Jesús hizo y enseñó desde el comienzo hasta el día en que fue llevado al cielo, después de haber dado instrucciones a los apóstoles que había escogido, movido por el Espíritu Santo.
Se les presentó él mismo después de su pasión, dándoles numerosas pruebas de que estaba vivo, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles del reino de Dios.
Una vez que comían juntos, les ordenó que no se alejaran de Jerusalén, sino: «aguarden que se cumpla la promesa del Padre, de la que me han oído hablar, porque Juan bautizó con agua, pero ustedes serán bautizados con Espíritu Santo dentro de no muchos días».
Los que se habían reunido, le preguntaron, diciendo:
«Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino a Israel?».
Les dijo:
«No les toca a ustedes conocer los tiempos o momentos que el Padre ha establecido con su propia autoridad; en cambio, recibirán la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre ustedes y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría y “hasta el confín de la tierra”».
Dicho esto, a la vista de ellos, fue elevado al cielo, hasta que una nube se lo quitó de la vista. Cuando miraban fijos al cielo, mientras él se iba marchando, se les presentaron dos hombres vestidos de blanco, que les dijeron:
«Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo? El mismo Jesús que ha sido tomado de entre ustedes y llevado al cielo, volverá como lo han visto marcharse al cielo».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 6-7. 8-9 (R.: 6)

R. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas.


O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra. 
R.

V. Dios asciende entre aclamaciones;
el Señor, al son de trompetas:
toquen para Dios, toquen;
toquen para nuestro Rey, toquen. 
R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

 

Segunda lectura

Ef 1, 17-23

Lo sentó a su derecha en el cielo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

HERMANOS:
El Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la gloria, les dé espíritu de sabiduría y revelación para conocerlo, e ilumine los ojos de su corazón para que comprendan cuál es la esperanza a la que los llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de su poder en favor de nosotros, los creyentes, según la eficacia de su fuerza poderosa, que desplegó en Cristo, resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo, por encima de todo principado, poder, fuerza y dominación, y por encima de todo nombre conocido, no solo en este mundo, sino en el futuro.
Y «todo lo puso bajo sus pies», y lo dio a la Iglesia, como Cabeza, sobre todo. Ella es su cuerpo, plenitud del que llena todo en todos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos —dice el Señor—; yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos. R.

 

Evangelio

Mt 28, 16-20

Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra

Conclusión del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado.
Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron.
Acercándose a ellos, Jesús les dijo:
«Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.
Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado.
Y sepan que yo estoy con ustedes todos los días, hasta el final de los tiempos».

Palabra del Señor.

 

1

 

 

“No se queden mirando al cielo”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Y podríamos pensar, a primera vista, que esta fiesta nos habla de una ausencia: Jesús sube al cielo, se separa visiblemente de los discípulos y deja de caminar con ellos como lo había hecho en Galilea, en Judea, en los caminos polvorientos de Palestina.

Pero la Ascensión no es la fiesta de un Jesús que se va para desentenderse del mundo. No es la despedida triste de un Maestro que abandona a sus amigos. La Ascensión es, más bien, la proclamación de una presencia nueva. Cristo asciende al Padre, pero no se aleja de la humanidad. Entra en la gloria de Dios llevando consigo nuestra carne, nuestra historia, nuestras heridas, nuestras esperanzas. Desde hoy, la humanidad tiene un lugar en el corazón mismo de Dios.

Por eso el salmo nos invita a cantar: “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. No se trata de una escena de derrota, sino de victoria. No se trata de una ausencia, sino de un señorío. Cristo resucitado es constituido Señor del universo. San Pablo lo expresa con una fuerza admirable en la carta a los Efesios: Dios lo sentó a su derecha en el cielo, por encima de todo poder, dominación y señorío, y lo dio a la Iglesia como cabeza de todo.

Cristo sube al cielo, pero no abandona la tierra. Cristo entra en la gloria, pero no deja sola a su Iglesia. Cristo reina junto al Padre, pero sigue actuando en medio de nosotros por la fuerza del Espíritu Santo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a los discípulos todavía confundidos. Ellos preguntan: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Es una pregunta comprensible. Han visto morir a Jesús. Lo han visto resucitado. Han compartido con Él durante cuarenta días. Y ahora piensan que ha llegado el momento de una intervención definitiva, visible, espectacular. Quieren saber fechas, planes, calendarios, resultados.

Pero Jesús no satisface esa curiosidad. Les responde: “No les toca a ustedes conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido con su autoridad”. Es decir: no pretendan controlar el misterio de Dios. No quieran saberlo todo. No reduzcan la fe a cálculos humanos. No conviertan la esperanza en impaciencia.

Y enseguida les dice lo verdaderamente importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines de la tierra”.

Ahí está el centro de esta solemnidad. Jesús no les entrega a sus discípulos un calendario secreto. Les entrega una misión. No les da una explicación completa del futuro. Les promete el Espíritu Santo. No les dice: “quédense tranquilos mirando cómo yo lo hago todo”. Les dice: “ustedes serán mis testigos”.

La Ascensión, entonces, no es una invitación a mirar pasivamente al cielo, sino a comprometernos activamente con la tierra. No es una espiritualidad de evasión, sino de misión. No es una fe que se refugia en las nubes, sino una fe que camina por las calles, entra en las casas, consuela a los tristes, levanta a los caídos, anuncia la misericordia, defiende la dignidad humana, acompaña a los pobres y proclama que Cristo está vivo.

Por eso aparecen aquellos dos hombres vestidos de blanco que dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es una frase fuerte. Como si dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No vivan de recuerdos. No se refugien en una devoción sin compromiso. El Señor volverá, sí; pero mientras tanto, ustedes tienen una tarea”.

Cuántas veces también nosotros nos quedamos “mirando al cielo”. No necesariamente porque oremos demasiado, sino porque a veces confundimos la fe con la pasividad. Miramos al cielo esperando que Dios resuelva lo que nosotros no queremos enfrentar. Miramos al cielo para no mirar al hermano que sufre. Miramos al cielo para no asumir responsabilidades. Miramos al cielo para escapar de las heridas de la historia.

Pero los ángeles nos despiertan: “¿Qué hacen ahí parados?”. La Pascua no nos deja inmóviles. La resurrección de Cristo pone a la Iglesia en camino. La Ascensión inaugura una itinerancia apostólica. Es decir, una Iglesia que no se queda encerrada, que no se acomoda, que no se instala definitivamente en ninguna seguridad humana, sino que se deja mover por el Espíritu.

El Evangelio de Mateo nos sitúa en un monte de Galilea. Allí Jesús se encuentra con los Once. Y el evangelista, con una honestidad impresionante, nos dice: “Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron”. Qué consuelo tan grande hay en esa frase. Los discípulos están delante del Resucitado, lo adoran, pero algunos dudan.

La fe de los apóstoles no fue una fe perfecta desde el primer momento. No fueron héroes sin grietas. No fueron creyentes sin preguntas. No fueron misioneros sin miedo. También ellos experimentaron la mezcla de adoración y duda, de amor y fragilidad, de entusiasmo y temor.

Y, sin embargo, Jesús los envía. No espera a que sean perfectos. No les exige primero resolver todas sus dudas. No les pide tener una seguridad psicológica absoluta. No les dice: “Cuando estén completamente preparados, entonces vayan”. Les dice: “Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”.

Esta es una gran enseñanza para nosotros. Muchas veces creemos que para servir a Dios tenemos que estar impecables, totalmente fuertes, sin miedo, sin heridas, sin preguntas. Pero el Evangelio nos muestra que Jesús envía a hombres reales, no a ángeles. Envía a discípulos que adoran, pero también dudan. Envía a personas frágiles, pero disponibles. Envía a hombres que han fallado, que lo han abandonado, que han tenido miedo, pero que ahora se dejan reconstruir por su misericordia.

La misión no nace de nuestra perfección. Nace de la autoridad de Cristo y de la fuerza del Espíritu Santo.

Jesús dice: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. No se trata de un poder de dominio al estilo humano. No es el poder que aplasta, humilla o manipula. Es el poder del amor vencedor. Es el poder de la cruz glorificada. Es el poder de quien ha vencido el pecado y la muerte no destruyendo a sus enemigos, sino entregando la vida por ellos.

Desde esa autoridad, Jesús manda: “Vayan”. Ese verbo es fundamental. La Iglesia no nace para quedarse quieta. La Iglesia no existe para mirarse a sí misma. La Iglesia no puede contentarse con conservar estructuras, repetir costumbres o administrar nostalgias. La Iglesia existe para evangelizar.

“Vayan y hagan discípulos a todos los pueblos”. No dice: “vayan y consigan admiradores”. No dice: “vayan y aumenten estadísticas”. No dice: “vayan y formen grupos cerrados”. Dice: “hagan discípulos”. El discípulo es alguien que aprende a vivir con Jesús, a escuchar su Palabra, a caminar tras sus pasos, a dejarse transformar por su amor.

La misión no consiste simplemente en transmitir ideas religiosas. Consiste en introducir a otros en una relación viva con Cristo. Por eso Jesús habla del bautismo: “bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. La fe cristiana no es solo ética, ni cultura, ni tradición familiar. Es entrar en la vida trinitaria. Es ser sumergidos en el amor del Padre, en la gracia del Hijo y en la comunión del Espíritu Santo.

Y añade: “enseñándoles a guardar todo lo que les he mandado”. Evangelizar es también enseñar a vivir. No basta decir “Señor, Señor”. Hay que aprender el mandamiento del amor. Hay que guardar la Palabra. Hay que traducir la fe en vida concreta: perdonar, servir, compartir, cuidar, acompañar, anunciar, reconciliar.

Por eso la Ascensión nos hace mirar la misión desde tres claves.

La primera clave es la humildad. Los discípulos descubren que no lo saben todo. “No les toca conocer los tiempos y momentos”. Esta frase nos libra de la soberbia religiosa. Nadie posee a Dios. Nadie controla completamente sus planes. Nadie puede encerrar el Reino en sus propios cálculos. La Iglesia camina en obediencia, no en autosuficiencia.

También nosotros, como creyentes, tenemos que aceptar nuestros límites. No sabemos todo. No entendemos todo. No tenemos respuesta inmediata para cada dolor. Pero sí sabemos lo esencial: Cristo ha resucitado, Cristo está vivo, Cristo nos envía, Cristo nos acompaña.

La segunda clave es la responsabilidad. Jesús no dice: “Yo lo haré todo mientras ustedes observan”. Dice: “serán mis testigos”. La fe cristiana no nos infantiliza. Dios nos asocia a su obra. Nos confía responsabilidades. Nos hace colaboradores de su Reino.

Cada bautizado tiene una misión. No solo el Papa, los obispos, los sacerdotes o los religiosos. Cada padre y madre de familia, cada catequista, cada joven, cada anciano, cada trabajador, cada enfermo que ofrece su sufrimiento, cada persona que intenta vivir el Evangelio en medio de sus circunstancias, participa de esta misión.

Ser testigos no significa hablar mucho de Dios sin vivirlo. Significa que nuestra vida deje ver algo de Cristo. Que quien se acerque a nosotros encuentre un poco de su misericordia, de su paciencia, de su verdad, de su esperanza.

La tercera clave es el Espíritu Santo. “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo”. Esta es la única fuerza verdadera de la Iglesia. No son primero los recursos, ni los edificios, ni las estrategias, ni los prestigios humanos. Todo eso puede ayudar, pero no sustituye al Espíritu. Una Iglesia sin Espíritu se vuelve pesada, burocrática, cansada, temerosa. Una comunidad sin Espíritu puede conservar ritos, pero pierde fuego. Puede hablar de misión, pero sin pasión. Puede organizar actividades, pero sin alma.

Nos queda una semana para Pentecostés. Esta solemnidad nos invita a prepararnos intensamente. ¿Sobre quiénes queremos invocar el Espíritu Santo? ¿Sobre nuestras familias heridas? ¿Sobre los jóvenes confundidos? ¿Sobre los enfermos? ¿Sobre los que han perdido la esperanza? ¿Sobre nuestra Iglesia, llamada siempre a renovarse? ¿Sobre nuestros gobernantes y pueblos necesitados de justicia y paz? ¿Sobre nuestras comunidades para que no se duerman en la rutina?

Pidamos el Espíritu para no ser cristianos inmóviles. Para no vivir una fe cómoda, tibia, repetitiva. Pidamos el Espíritu para atrevernos a dar nuevos pasos, a salir de nuestros encierros, a cruzar fronteras, a dialogar con quienes piensan distinto, a anunciar el Evangelio con lenguaje cercano, a cuidar a quienes han sido olvidados.

Porque la Ascensión relativiza las fronteras. Jesús dice: “a todos los pueblos”. El Evangelio no pertenece a un grupo cerrado. No es propiedad de una cultura, de una nación, de una clase social, de una generación. La misión de la Iglesia es universal. Allí donde haya un corazón humano, allí debe resonar la buena noticia de Cristo.

En nuestras comunidades también hay “confines de la tierra”. A veces no están lejos geográficamente. Están en la persona que vive al lado y se siente sola. En el joven que ya no encuentra sentido a la fe. En la familia dividida. En el enfermo que casi nadie visita. En el pobre que se acostumbró a no esperar nada. En quien se alejó de la Iglesia porque se sintió juzgado, ignorado o herido. Allí también nos envía Jesús.

La Ascensión nos recuerda que la Iglesia vive en una situación provisional. No estamos instalados definitivamente en este mundo. Caminamos hacia la plenitud del Reino. Pero esa esperanza futura no nos desentiende del presente. Al contrario, nos compromete más. Porque sabemos que Cristo volverá, queremos vivir vigilantes. Porque sabemos que Él reina, no nos arrodillamos ante los ídolos del poder, del dinero, de la violencia o del egoísmo. Porque sabemos que nuestra patria definitiva está en Dios, trabajamos para que esta tierra sea más humana, más fraterna, más justa y más evangélica.

Hermanos y hermanas: hoy Jesús asciende, pero nos deja una promesa maravillosa: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo”. Esta es la frase que sostiene a la Iglesia. No estamos solos. No evangelizamos solos. No cargamos solos la vida. No enfrentamos solos las pruebas. No caminamos solos en medio de la incertidumbre.

Cristo está con nosotros todos los días. No solo los días luminosos, también los días grises. No solo cuando sentimos fervor, también cuando dudamos. No solo cuando la comunidad está fuerte, también cuando parece frágil. No solo cuando todo sale bien, también cuando la misión se vuelve costosa.

La Ascensión no nos deja huérfanos. Nos pone en camino. Nos arranca de la comodidad. Nos libera de la nostalgia. Nos hace levantar la mirada, sí, pero no para escapar del mundo, sino para recibir de Dios la fuerza necesaria para servirlo mejor.

Que en esta Eucaristía escuchemos de nuevo la voz del Señor: “Vayan”. Vayan a sus casas, a sus trabajos, a sus comunidades, a sus redes, a sus barrios, a sus islas, a sus pueblos, a sus familias. Vayan no como dueños de la verdad, sino como testigos humildes. Vayan no con arrogancia, sino con misericordia. Vayan no apoyados solo en sus fuerzas, sino en el Espíritu Santo.

Y que, mientras esperamos Pentecostés, podamos preguntarnos sinceramente: ¿qué desplazamiento me está pidiendo hoy el Señor? ¿De qué comodidad debo salir? ¿A qué persona debo acercarme? ¿Qué frontera debo cruzar? ¿Dónde quiere Cristo que yo sea testigo de su Evangelio?

Que María, la mujer creyente, la que permaneció con los discípulos esperando el Espíritu, nos acompañe en esta semana de preparación. Ella no se quedó mirando al cielo con nostalgia; permaneció en oración con la Iglesia naciente. Que también nosotros permanezcamos unidos, orantes y disponibles.

Y que Cristo glorioso, sentado a la derecha del Padre, siga sosteniendo nuestra fe y repitiéndonos al corazón:
“No tengan miedo. Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la solemnidad de la Ascensión del Señor. Jesús resucitado, después de haberse manifestado a sus discípulos, sube al cielo y entra en la gloria del Padre. Pero esta fiesta no significa que Jesús se aleja de nosotros. No celebramos la ausencia del Señor, sino una presencia nueva, más profunda, más universal y más misteriosa. Cristo sube al cielo, pero permanece con su Iglesia. Deja de ser visible a los ojos de sus discípulos, pero comienza a estar presente en todos los pueblos, en todos los tiempos, en todos los corazones que lo acogen.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, los discípulos todavía tienen una pregunta muy humana: “Señor, ¿es ahora cuando vas a restaurar el reino de Israel?”. Ellos quisieran saber cuándo vendrá la plenitud, cuándo se arreglará todo, cuándo Dios intervendrá definitivamente. Pero Jesús les responde que no les corresponde conocer los tiempos y momentos que el Padre ha establecido. En cambio, les promete algo mucho más importante: “Recibirán la fuerza del Espíritu Santo y serán mis testigos… hasta los confines de la tierra”.

Aquí está el centro de esta fiesta: Jesús sube al cielo, pero nos deja una misión en la tierra. La Ascensión no es una invitación a quedarnos mirando las nubes, sino a salir al mundo como testigos del Evangelio. Por eso aquellos dos hombres vestidos de blanco les dicen a los apóstoles: “Galileos, ¿qué hacen ahí plantados mirando al cielo?”. Es como si les dijeran: “No se queden paralizados. No conviertan la fe en nostalgia. No esperen que Dios haga todo sin ustedes. Vuelvan al camino, porque comienza la misión”.

El Evangelio de Mateo recoge las últimas palabras de Jesús: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra. Vayan, pues, y hagan discípulos a todos los pueblos”. Son palabras solemnes, palabras de envío, palabras que marcan la identidad de la Iglesia. Jesús no dice simplemente: “Recuerden lo que les enseñé”. Tampoco dice: “Consérvense como un pequeño grupo cerrado”. Les dice: “Vayan”. La Iglesia nace en salida. La fe cristiana no está hecha para quedarse encerrada, sino para comunicarse, compartirse y hacerse vida en medio del mundo.

Y esa misión parece enorme, casi imposible: hacer discípulos a todos los pueblos, bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñar a guardar todo lo que Jesús ha mandado. Aquellos once discípulos eran pocos, frágiles, heridos por el miedo y por sus propias contradicciones. Incluso Mateo dice que algunos dudaban. Y, sin embargo, Jesús los envía.

Esto es profundamente consolador. Jesús no espera a que sus discípulos sean perfectos para confiarles la misión. No les pide que primero resuelvan todas sus dudas o que sean héroes sin debilidades. Los envía tal como son, pero no los envía solos. Los envía apoyados en su autoridad: “Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra”. Y los envía sostenidos por su promesa: “Yo estoy con ustedes todos los días, hasta el fin del mundo”.

También nosotros somos parte de esta historia. Por el Bautismo fuimos incorporados a Cristo y participamos de su misión sacerdotal, profética y real. No somos simples espectadores de la evangelización. Cada bautizado tiene una tarea en el Reino de Dios. Cada cristiano está llamado a ser puente entre Dios y los demás.

San John Henry Newman lo expresó bellamente en una oración: “Dios me ha creado para prestarle un servicio concreto. Me ha encomendado una obra que no ha encomendado a otro. Tengo mi misión”. Esta frase nos recuerda que ninguno de nosotros está de sobra en la Iglesia. Nadie es inútil para Dios. Cada uno tiene una palabra que decir, un testimonio que dar, una persona que acompañar, una herida que consolar, una esperanza que sembrar.

A veces pensamos que evangelizar es solo predicar, enseñar catequesis o ir a misiones lejanas. Y claro, también es eso. Pero evangelizar comienza muchas veces en lo sencillo: en una familia donde se ora, en un gesto de perdón, en una palabra que anima, en una visita al enfermo, en una actitud honesta, en una vida coherente, en una mano tendida a quien sufre.

Newman decía también: “Si estoy enfermo, mi enfermedad puede servirle; si estoy perplejo, mi perplejidad puede servirle; si estoy triste, mi tristeza puede servirle”. Qué hermoso pensamiento. Cristo puede servirse de todo lo que somos, incluso de nuestras pobrezas, si se las entregamos. El Señor puede hacer fecunda nuestra alegría, pero también nuestro dolor. Puede usar nuestra salud, pero también nuestra enfermedad. Puede servirse de nuestras certezas, pero también de nuestras búsquedas. Lo importante es decirle: “Señor, aquí estoy. Haz de mi vida un instrumento de tu Evangelio”.

La Ascensión nos invita a mirar hacia arriba, sí, pero no para escapar del mundo. Miramos hacia arriba para recordar que Cristo reina, que la muerte no tiene la última palabra, que nuestra vida tiene destino de eternidad. Pero miramos también hacia la tierra, porque aquí tenemos una misión. Aquí están los hermanos que esperan consuelo. Aquí están los jóvenes que necesitan sentido. Aquí están los pobres, los enfermos, los alejados, los que dudan, los que han perdido la esperanza. Aquí está el campo donde debemos sembrar el Evangelio.

San Pablo, en la carta a los Efesios, pide para nosotros “espíritu de sabiduría y revelación” para conocer mejor a Cristo. Eso necesitamos: sabiduría para comprender nuestra vocación, luz para descubrir la esperanza a la que hemos sido llamados y fuerza para vivir como miembros de la Iglesia, cuerpo de Cristo.

Queridos hermanos: la Ascensión no cierra la historia de Jesús; abre el tiempo de la Iglesia. No termina la misión; la entrega en nuestras manos. No nos deja huérfanos; nos asegura una presencia permanente: “Yo estoy con ustedes todos los días”.

Que esta Eucaristía renueve en nosotros la alegría de sabernos llamados y enviados. Preguntémonos hoy: ¿cuál es mi misión concreta? ¿A quién quiere acercar Dios a través de mí? ¿En qué ambiente debo ser testigo de Cristo? ¿Qué parte de mi vida, incluso mis heridas y mis límites, puedo poner al servicio del Evangelio?

Que María, que acompañó a los discípulos en la espera del Espíritu Santo, nos ayude a vivir esta semana camino a Pentecostés con un corazón abierto, disponible y misionero.

Y que Cristo glorioso, Señor del cielo y de la tierra, nos conceda la gracia de no quedarnos mirando al cielo con nostalgia, sino de caminar por la tierra con esperanza, anunciando con nuestra vida que Él está vivo y permanece con nosotros hasta el fin del mundo. Amén.

 

Juan Rulfo: el hombre que convirtió el silencio en literatura

 


Hoy, 16 de mayo, se conmemora el nacimiento de Juan Rulfo, uno de esos escritores cuya obra parece desmentir la lógica de la cantidad. Nació el 16 de mayo de 1917 en Jalisco, México, y murió el 7 de enero de 1986 en Ciudad de México. Su nombre completo fue Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno, pero la literatura universal lo recuerda simplemente como Juan Rulfo: el autor de El Llano en llamas y Pedro Páramo, dos libros suficientes para cambiar la narrativa latinoamericana del siglo XX.

(Elem)


En mi memoria de infancia y juventud, Juan Rulfo no entró primero por la lectura directa, sino por esa presencia casi ritual que tienen algunos nombres en las clases de Español y Literatura. Había autores que uno escuchaba mencionar como si fueran montañas lejanas: Cervantes, García Márquez, Borges, Neruda, Rulfo. De él se hablaba con respeto, con una especie de reverencia escolar, como de alguien que había escrito poco, pero había dicho mucho. Y, además, recuerdo la huella televisiva de El gallo de oro, aquella adaptación colombiana que permitió que muchos, sin haber abierto todavía sus páginas, nos acercáramos a su mundo de ferias, palenques, pobreza, destino y fatalidad. La versión televisiva colombiana de El gallo de oro, realizada en los años ochenta por RTI, fue protagonizada por Amparo Grisales y Frank Ramírez, y quedó en la memoria de muchos televidentes del país. (ELESPECTADOR.COM)

Una vida marcada por la pérdida

Rulfo fue hijo de una tierra herida. Su infancia transcurrió en Jalisco, en un ambiente rural atravesado por la violencia de la Revolución mexicana y de la Guerra Cristera. La Enciclopedia de la Literatura en México subraya que su obra se nutre de experiencias de guerra, despojo y orfandad, así como de la memoria de haciendas, pueblos y campos destruidos por la violencia. (Elem)

Esa palabra, orfandad, es clave para entenderlo. Cuando era niño perdió a su padre, asesinado en 1923; pocos años después murió también su madre. La muerte no fue para él un tema literario aprendido en los libros: fue una presencia temprana, una sombra doméstica, una voz que se instaló para siempre en su manera de mirar el mundo. Por eso, en Rulfo los muertos hablan. Pero no hablan como fantasmas de película barata; hablan como hablan los muertos en la conciencia de los vivos: a medias, desde el recuerdo, desde la culpa, desde una deuda que nunca se termina de pagar.

Su literatura no es abundante. Publicó el libro de cuentos El Llano en llamas en 1953 y la novela Pedro Páramo en 1955. También escribió El gallo de oro, redactada entre 1956 y 1958 y publicada mucho más tarde. Además fue fotógrafo, guionista y editor; durante las últimas décadas de su vida trabajó en el Instituto Nacional Indigenista, donde tuvo contacto con colecciones de antropología contemporánea de México. (Elem)

Pero la brevedad de su obra no disminuye su grandeza. Al contrario: Rulfo parece uno de esos autores que podaron tanto el lenguaje que dejaron solamente lo indispensable. Sus frases tienen polvo, sed, silencio, culpa y eternidad.

El Llano en llamas: la tierra que sufre

En El Llano en llamas, Rulfo retrató un México rural devastado, donde los campesinos, los pobres, los desplazados y los violentados hablan desde una dignidad quebrada, pero no destruida. Sus cuentos no son simples estampas costumbristas. Son pequeñas tragedias humanas.

En relatos como “¡Diles que no me maten!”, “Nos han dado la tierra”, “Talpa” o “Luvina”, aparece una humanidad pobre, áspera, resignada, pero también profundamente consciente del peso de la culpa, de la injusticia y del abandono. Rulfo no idealiza al campesino; tampoco lo convierte en símbolo ideológico. Lo muestra como ser humano: contradictorio, creyente, supersticioso, pecador, sufriente, necesitado de perdón.

Pedro Páramo: una novela de muertos que habla de los vivos

Con Pedro Páramo, Rulfo entró en la inmortalidad literaria. La novela cuenta el viaje de Juan Preciado a Comala, en busca de su padre, Pedro Páramo. Pero ese viaje se convierte en descenso a un pueblo de murmullos, culpas y almas atrapadas. Comala no es solo un lugar geográfico; es una especie de purgatorio sin redención visible, un pueblo donde los muertos siguen hablando porque en vida no pudieron decirlo todo.

La grandeza de Pedro Páramo está en su estructura fragmentaria, en sus voces cruzadas, en su atmósfera de sueño y condena. Antes de que se hablara tanto del “realismo mágico”, Rulfo ya había creado un territorio donde vivos y muertos comparten el mismo aire. Por eso se ha dicho tantas veces que sin Rulfo no se entiende del todo el camino que luego recorrería la gran narrativa latinoamericana.

Gabriel García Márquez reconoció la importancia decisiva de Pedro Páramo en su propia formación como novelista. La influencia de Rulfo sobre el autor de Cien años de soledad ha sido destacada en múltiples lecturas críticas y testimonios literarios. Incluso Gunter Grass llegó a llamar a Rulfo “padre de la literatura latinoamericana moderna”, subrayando su influencia en García Márquez y en otros autores. (Gaceta UNAM)

El gallo de oro: destino, ambición y fatalidad

El gallo de oro ocupa un lugar particular en la obra rulfiana. No posee la misma densidad espectral de Pedro Páramo, pero conserva los grandes temas de Rulfo: la pobreza, el azar, la ilusión de ascenso, el poder corruptor de la ambición y la imposibilidad de escapar del destino.

Dionisio Pinzón, el pregonero pobre que recibe un gallo casi muerto y lo levanta con sus cuidados, parece al comienzo un hombre tocado por la suerte. Pero en Rulfo la suerte nunca es inocente. La fortuna trae consigo otro tipo de condena. La Caponera, figura femenina poderosa, sensual y trágica, representa también ese mundo de ferias, cantos, apuestas y pasiones donde la vida se juega como en un palenque.

Para muchos colombianos, como en mi caso, El gallo de oro no llegó primero por la página escrita, sino por la televisión. La adaptación colombiana de 1981, con guion de Julio Jiménez y basada en la obra de Rulfo, fue producida por Caracol Televisión y RTI Colombia, y tuvo entre sus protagonistas a Frank Ramírez y Amparo Grisales. (FilmAffinity) Aquella experiencia televisiva permitió que el universo rulfiano entrara por la imagen, por el drama popular, por la memoria afectiva de una época en que la televisión todavía reunía a las familias alrededor de una historia.

¿Creía en Dios Juan Rulfo? ¿Era católico?

Esta es una pregunta delicada, porque conviene evitar dos extremos: convertir a Rulfo en “novelista católico” en sentido explícito, o presentarlo como un autor anticatólico. Ninguna de las dos simplificaciones le hace justicia.

Rulfo nació y creció en un mundo cultural profundamente marcado por el catolicismo mexicano. Su infancia se desarrolló en pueblos organizados alrededor de la parroquia, y su educación temprana incluyó el Colegio de las Josefinas, dirigido por el padre Ireneo Monroy. (Elem) Además, la Guerra Cristera —conflicto donde religión, poder político, violencia y pueblo se entrecruzaron trágicamente— dejó una huella evidente en el paisaje humano de su obra.

Ahora bien, otra cosa es afirmar que Juan Rulfo haya sido un escritor confesional o apologético. No lo fue. Su literatura no predica. No ofrece soluciones doctrinales ni consuelos fáciles. En Pedro Páramo, por ejemplo, el mundo religioso aparece lleno de rezos, culpas, promesas, ánimas, sacerdotes, pecados y búsqueda de absolución; pero muchas veces la gracia parece bloqueada, como si los personajes hubieran quedado atrapados en una tierra donde la salvación se desea, se intuye, se nombra, pero no termina de alcanzarse.

Rulfo no hace una crítica burlesca del catolicismo. Su mirada es más honda y más dolorosa. Lo que aparece en su obra es una religiosidad popular herida: rezos que no siempre consuelan, sacerdotes impotentes o ambiguos, almas que cargan culpas antiguas, pueblos donde la fe convive con el miedo, la superstición, la violencia y el abandono. En ese sentido, Rulfo no ataca la catolicidad como tal; más bien muestra el drama de una cultura católica atravesada por el pecado, la pobreza, la muerte y la ausencia.

Su mundo literario está lleno de elementos cristianos: culpa, confesión, ánimas, purgatorio, pecado, promesa, perdón, condena. Pero no es una literatura de catecismo; es una literatura de preguntas últimas. Rulfo no escribe desde la seguridad del teólogo, sino desde el temblor del hombre que ha visto sufrir a su pueblo.

Una espiritualidad del silencio

Si se puede hablar de espiritualidad en Juan Rulfo, habría que hablar de una espiritualidad del silencio, de la sed y de la memoria. En sus páginas, Dios no aparece como personaje evidente, pero su ausencia pesa. Y a veces, en literatura, la ausencia de Dios puede ser una forma terrible de seguir preguntando por Él.

En Pedro Páramo, las almas no descansan. Comala parece un cementerio con memoria, un pueblo donde la muerte no ha traído paz. Desde una sensibilidad cristiana, uno podría leer esa novela como una inmensa parábola sobre lo que ocurre cuando el poder, la injusticia, la lujuria, el egoísmo y la falta de misericordia destruyen una comunidad. Pedro Páramo no es solamente un cacique; es el hombre que convierte su herida en dominio, su deseo en posesión, su frustración en ruina para todos.

Rulfo parece decirnos que ningún pecado queda del todo enterrado. Todo vuelve. Todo murmura. Todo reclama verdad.

Sus últimos días y su muerte

Los últimos meses de Juan Rulfo estuvieron marcados por la enfermedad. En octubre de 1985 se le diagnosticó cáncer pulmonar, enfermedad asociada, según la Gaceta de la UNAM, a su conocido gusto por el tabaco. Murió hacia las siete de la noche del martes 7 de enero de 1986, a los 67 años, en su departamento de la colonia Guadalupe Inn, en Ciudad de México. (Gaceta UNAM)

Su muerte produjo una resonancia internacional. Escritores de enorme talla reconocieron entonces, una vez más, que aquel hombre silencioso, de obra breve y figura discreta, había dejado una marca imborrable. Juan Carlos Onetti lamentó que no se le hubiera concedido el Premio Cervantes; Gunter Grass lo llamó “padre de la literatura latinoamericana moderna”. (Gaceta UNAM)

Rulfo murió como vivió literariamente: sin estridencias. No fue un escritor de grandes poses públicas. Fue más bien un hombre reservado, casi huidizo, que después de publicar sus obras mayores guardó un largo silencio creativo. Pero ese silencio no fue vacío. Fue parte de su leyenda.

Influencia en la literatura latinoamericana

La influencia de Rulfo en la literatura latinoamericana es inmensa. Con muy pocas páginas, transformó la manera de narrar el mundo rural, la violencia, la muerte y la memoria. Antes de él, buena parte de la literatura campesina podía quedarse en el regionalismo o en el costumbrismo. Rulfo tomó ese mundo local —Jalisco, los pueblos, los caminos, los muertos, los pobres— y lo convirtió en experiencia universal.

Sin Comala, Macondo no se entiende de la misma manera. Sin los murmullos de Rulfo, muchas voces posteriores de América Latina no habrían encontrado el mismo permiso para mezclar historia, mito, muerte, memoria y oralidad. Por eso Pedro Páramo sigue siendo una novela moderna, difícil, luminosa y oscura a la vez.

Rulfo enseñó que la literatura no necesita gritar para ser profunda. Enseñó que una frase seca puede contener un abismo. Enseñó que los pobres no son decorado, sino misterio humano. Enseñó que los muertos también narran la historia de un país.

Conclusión: Rulfo, el escritor de las almas que murmuran

Recordar hoy a Juan Rulfo, en su efeméride natal, es volver a un autor que quizá muchos conocimos primero por referencias escolares, por menciones de profesores, por adaptaciones televisivas o por esa fama misteriosa que rodea a ciertos nombres. Pero cuando uno entra de verdad en sus libros, descubre que Rulfo no es solamente un clásico de manual. Es un escritor que toca zonas hondas del alma latinoamericana.

Su obra habla de la tierra, pero también del más allá. Habla de campesinos, pero también de la culpa universal. Habla de México, pero también de todos los pueblos donde los muertos siguen pesando sobre los vivos. Habla de una cultura católica herida, donde el perdón se busca, pero no siempre se encuentra; donde las almas rezan, murmuran, esperan; donde el pecado personal se vuelve ruina comunitaria.

Juan Rulfo no escribió mucho. No le hizo falta. Algunos escritores necesitan bibliotecas enteras para dejar una huella. A Rulfo le bastaron unos cuentos, una novela y un puñado de silencios para abrir una de las puertas más hondas de la literatura latinoamericana.

Y tal vez por eso sigue vivo: porque sus muertos todavía hablan.

viernes, 15 de mayo de 2026

16 de mayo del 2026: sábado de la sexta semana de Pascua

 

La providencia

(Hechos 18,23-28; Juan 16,23b-28) Una vez más, nuestras dos lecturas se hacen eco mutuamente. Jesús predica a sus discípulos una fe ardiente en la providencia: deben creer que toda petición hecha en el Espíritu —que prolongará y desplegará su presencia en ellos— será escuchada por el Padre. Corinto, donde la comunidad tiene gran necesidad de apoyo, recibe providencialmente a Apolo, el hombre indicado para la situación, encontrado casi por casualidad en Éfeso. ¡Dios provee!

Jean-Marc Liautaud,, Fondacio

 


Primera lectura

Hch 18, 23-28
Apolo demostraba con la Escritura que Jesús es el Mesías

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

PASADO algún tiempo en Antioquía, Pablo marchó y recorrió sucesivamente Galacia y Frigia, animando a los discípulos.
Llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, hombre elocuente y muy versado en las Escrituras. Lo habían instruido en el camino del Señor y exponía con entusiasmo y exactitud lo referente a Jesús, aunque no conocía más que el bautismo de Juan.
Apolo, pues, se puso a hablar públicamente en la sinagoga. Cuando lo oyeron Priscila y Áquila, lo tomaron por su cuenta y le explicaron con más detalle el camino de Dios. Decidió pasar a Acaya, y los hermanos lo animaron y escribieron a los discípulos de allí que lo recibieran bien. Una vez llegado, con la ayuda de la gracia, contribuyó mucho al provecho de los creyentes, pues rebatía vigorosamente en público a los judíos, demostrando con la Escritura que Jesús es el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 46, 2-3. 8-9. 10 (R.: 8a)

R. Dios es el rey del mundo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Pueblos todos, batan palmas,
aclamen a Dios con gritos de júbilo;
porque el Señor altísimo es terrible,
emperador de toda la tierra.
 R.

V. Porque Dios es el rey del mundo:
toquen con maestría.
Dios reina sobre las naciones,
Dios se sienta en su trono sagrado. 
R.

V. Los príncipes de los gentiles se reúnen
con el pueblo del Dios de Abrahán;
porque de Dios son los grandes de la tierra,
y él es excelso. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. R.

 

Evangelio

Jn 16, 23b-28

El Padre los quiere porque ustedes me quieren y creen

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si piden algo al Padre en mi nombre, se lo dará.
Hasta ahora no han pedido nada en mi nombre; pidan, y recibirán, para que su alegría sea completa. Les he hablado de esto en comparaciones; viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que les hablaré del Padre claramente.
Aquel día pedirán en mi nombre, y no les digo que yo rogaré al Padre por ustedes, pues el Padre mismo los quiere, porque ustedes me quieren y creen que yo salí de Dios.
Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos invita a contemplar una realidad profundamente consoladora: Dios no abandona a su Iglesia, Dios no abandona a sus discípulos, Dios no abandona a quienes caminan con fe. A esa acción amorosa, discreta y eficaz de Dios en nuestra historia la llamamos providencia.

Providencia no significa que todo nos saldrá como queremos. No significa que nunca tendremos problemas, cansancios, enfermedades, dificultades familiares o crisis espirituales. Providencia significa algo más profundo: Dios está presente en medio de la historia, guiando, sosteniendo, abriendo caminos, enviando personas, iluminando decisiones y haciendo fecundo incluso aquello que parece pequeño o accidental.

En el Evangelio, Jesús dice a sus discípulos:

“Si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará.”

Jesús está preparando a los suyos para el tiempo de su aparente ausencia visible. Ya no lo verán como antes. Se acerca la hora de la cruz, de la Pascua, de la vuelta al Padre. Pero Jesús no los deja huérfanos. Les enseña a confiar. Les dice que el Padre los ama. Les recuerda que la oración hecha en su nombre no cae en el vacío.

Pedir en nombre de Jesús no es usar su nombre como una fórmula mágica. Pedir en nombre de Jesús significa orar unidos a Él, con su espíritu, con sus sentimientos, con su obediencia al Padre. Es decirle a Dios: “Padre, no quiero imponer mi voluntad; quiero aprender a querer lo que tu Hijo quiere. Quiero confiar como Él confió. Quiero esperar como Él esperó. Quiero amar como Él amó.”

Y cuando una persona ora así, aunque no siempre reciba exactamente lo que pide, siempre recibe algo más grande: la certeza de que el Padre la escucha, la sostiene y la conduce.

La primera lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Apolo. Era un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso de espíritu, capaz de hablar de Jesús con entusiasmo. Pero todavía necesitaba una formación más completa. Entonces aparecen Priscila y Aquila, dos cristianos sencillos pero profundamente comprometidos, que lo acogen y le explican con mayor precisión el camino de Dios.

Aquí vemos una escena preciosa de providencia. Dios no trabaja solamente a través de grandes milagros visibles. Muchas veces su providencia se manifiesta en encuentros, conversaciones, correcciones fraternas, personas que llegan en el momento justo, hermanos que nos ayudan a comprender mejor la fe, comunidades que nos sostienen cuando estamos débiles.

Apolo tenía dones, pero necesitaba ser acompañado. Priscila y Aquila tenían fe y experiencia, y supieron orientar sin humillar, corregir sin apagar el entusiasmo, formar sin despreciar. Así actúa Dios en la Iglesia: unos evangelizan, otros acompañan; unos predican, otros forman; unos siembran, otros riegan; pero es Dios quien hace crecer.

Cuánto necesitamos hoy esta misma actitud en nuestras comunidades. A veces nos cuesta aceptar que necesitamos aprender. Otras veces nos cuesta corregir con caridad. Algunos tienen entusiasmo, pero les falta profundidad. Otros tienen doctrina, pero les falta fuego. Algunos tienen experiencia, pero les falta paciencia con quienes están comenzando. La comunidad cristiana madura cuando todos aceptamos que Dios puede servirse de nosotros, pero también que todos necesitamos ser instruidos, corregidos y fortalecidos.

El salmo nos hace proclamar:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación sostiene toda la liturgia de hoy. Dios reina. Dios guía. Dios conduce la historia. Aunque a veces el mundo parezca en manos del caos, de la violencia, de la mentira, de la injusticia o del egoísmo, la fe pascual nos recuerda que Cristo resucitado ha vencido. El mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La muerte hiere, pero no reina definitivamente. La oscuridad asusta, pero no puede apagar la luz de Cristo.

Y por eso podemos confiar en la providencia.

La providencia de Dios se ve en la historia de la Iglesia, pero también en nuestra vida personal. Si miramos hacia atrás, descubrimos que hubo personas que Dios puso en nuestro camino. Tal vez un catequista, una madre, un padre, un abuelo, un sacerdote, una religiosa, un maestro, un amigo, una comunidad. En su momento quizás no entendimos la importancia de esos encuentros. Pero con el paso del tiempo decimos: “Ahí estaba Dios. Ahí me estaba guiando. Ahí me estaba cuidando.”

También María, cuya memoria celebramos en este sábado, es signo humilde y luminoso de la providencia de Dios. En María vemos a la mujer que confía sin tenerlo todo claro. El ángel le anuncia un camino inmenso y misterioso; ella no controla todos los detalles, pero responde: “Hágase en mí según tu palabra.”

María cree en la providencia. Cree que Dios sabe más. Cree que Dios sostiene. Cree que Dios no falla. Y por eso camina. Camina a Belén, camina a Egipto, camina a Nazaret, camina al Calvario, camina con la Iglesia naciente en Pentecostés.

María nos enseña que la providencia no siempre evita la cruz, pero siempre nos acompaña en ella. No siempre nos libra del dolor, pero nos ayuda a atravesarlo con fe. No siempre nos da respuestas inmediatas, pero nos enseña a guardar las cosas en el corazón hasta que Dios las ilumine.

Queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿confío de verdad en la providencia de Dios? ¿O vivo dominado por la ansiedad, como si todo dependiera únicamente de mis fuerzas? ¿Sé reconocer a las personas que Dios pone en mi camino? ¿Me dejo formar, como Apolo? ¿Sé acompañar a otros, como Priscila y Aquila? ¿Oro al Padre en nombre de Jesús, buscando su voluntad y no solamente mis deseos?

La Pascua nos invita a vivir con una confianza nueva. Jesús ha vuelto al Padre, pero no se ha alejado de nosotros. Su Espíritu sigue actuando en la Iglesia. Su presencia sigue desplegándose en los corazones. Su amor sigue sosteniendo la misión.

Dios provee. Dios envía. Dios ilumina. Dios corrige. Dios fortalece. Dios abre puertas. Dios pone personas en el camino. Dios escucha la oración hecha con fe.

Pidamos hoy esa gracia: tener un corazón confiado, humilde y disponible. Un corazón que ore sin desesperarse. Un corazón que trabaje sin creer que todo depende de sí mismo. Un corazón que se deje enseñar. Un corazón que, como María, sepa decir cada día:

“Señor, no lo entiendo todo, pero confío en Ti.
No lo controlo todo, pero me abandono en tus manos.
No veo todo el camino, pero sé que Tú provees.”

Amén.

 

2

 

Pedir en nombre de Jesús para que nuestra alegría sea plena

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este sábado de la sexta semana de Pascua nos coloca ante una de las promesas más hermosas y más exigentes de Jesús:

“Lo que pidan al Padre en mi nombre, se lo concederá. Pidan y recibirán, para que su alegría sea completa.”

Jesús pronuncia estas palabras en el contexto de su discurso de despedida. Está preparando a sus discípulos para la hora de la cruz, para su partida visible, para el tiempo nuevo en que ya no lo tendrán físicamente caminando con ellos como antes. Pero no los deja abandonados. Les revela un camino de intimidad profunda con Dios: orar al Padre en su nombre.

Ahora bien, esta promesa puede ser malentendida. Jesús no está diciendo que la oración sea una fórmula mágica para conseguir todo lo que se nos ocurre. No está prometiendo que Dios cumplirá todos nuestros caprichos, ni que la fe consiste en pedir y recibir automáticamente aquello que deseamos. Pedir en nombre de Jesús significa algo mucho más profundo: orar unidos a Él, con su corazón, con su voluntad, con su confianza filial, con su obediencia al Padre.

Pedir en nombre de Jesús es aprender a decir: “Padre, no quiero solamente que se haga mi voluntad; quiero entrar en la voluntad de tu Hijo. Quiero amar como Él ama. Quiero confiar como Él confía. Quiero buscar lo que Él busca. Quiero que mi vida se parezca a la suya.”

Por eso Jesús añade una finalidad preciosa: “para que su alegría sea completa.”

La alegría completa no es simplemente estar contentos porque las cosas salen bien. No es una emoción pasajera, ni una satisfacción superficial. La alegría completa de la que habla Jesús nace de la comunión con Dios. Es la alegría de sabernos amados por el Padre, salvados por Cristo y habitados por el Espíritu Santo. Es la alegría que no depende solo de las circunstancias externas, porque brota de una fuente más profunda: la vida misma de Dios en nosotros.

El pecado, en cambio, nos promete felicidad, pero termina robándonos la alegría. Nos ofrece caminos aparentemente fáciles, pero nos separa de la fuente de la vida. El pecado siempre engaña: nos hace pensar que seremos más libres sin Dios, más felices lejos de su voluntad, más dueños de nosotros mismos si dejamos de escuchar su Palabra. Pero al final nos deja vacíos, divididos, tristes y cansados.

Jesús, en cambio, nos muestra el verdadero camino: volver al Padre por medio de Él.

La oración cristiana no es solamente pedir favores. Muchas veces nuestra oración se queda en una lista de necesidades: Señor, dame salud; Señor, resuelve este problema; Señor, ayúdame en esta dificultad; Señor, abre esta puerta. Y todo eso está bien, porque somos hijos necesitados y Dios es Padre. Pero la oración no puede quedarse solo en pedir cosas. La oración cristiana debe crecer hasta convertirse en adoración.

Adorar es reconocer que Dios es Dios. Es ponernos ante Él no solo por lo que nos puede dar, sino por lo que Él es. Adorar es decirle al Señor: “Tú eres mi Dios, mi Salvador, mi todo. Aunque no me des inmediatamente lo que pido, yo te amo. Aunque no entienda todo lo que ocurre, yo confío. Aunque tenga lágrimas en el alma, yo sé que Tú eres mi vida.”

Por eso hemos de hablar de la oración como culto divino, como adoración. La adoración es la forma más alta del amor, porque ya no buscamos primero los dones de Dios, sino a Dios mismo. Y cuando encontramos a Dios, entonces recibimos lo más grande: su presencia, su paz, su gracia y su alegría.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, aparece Apolo, un hombre elocuente, conocedor de las Escrituras, fervoroso, lleno de entusiasmo para hablar de Jesús. Pero todavía necesitaba ser instruido con mayor precisión. Entonces Priscila y Aquila lo acogen y lo ayudan a comprender mejor el camino de Dios.

También aquí vemos cómo actúa la gracia. Apolo tenía dones, pero necesitaba formación. Tenía entusiasmo, pero necesitaba madurar. Tenía palabra, pero necesitaba mayor profundidad. Y Dios, providencialmente, le pone en el camino a Priscila y Aquila.

Esto nos recuerda que nadie crece solo en la fe. También nuestra oración necesita ser educada. También nuestra forma de pedir necesita purificarse. También nuestra manera de relacionarnos con Dios debe madurar. A veces empezamos buscando a Dios por necesidad; luego aprendemos a buscarlo por amor. A veces comenzamos diciendo: “Señor, dame esto”; y poco a poco el Espíritu nos enseña a decir: “Señor, me entrego a Ti.”

La comunidad cristiana tiene precisamente esa misión: ayudarnos a crecer. Hay hermanos que nos enseñan a orar mejor, a entender mejor la Palabra, a vivir con mayor fidelidad. Hay personas que Dios pone en nuestro camino para corregirnos con caridad, iluminarnos con humildad y acompañarnos sin apagar el fuego que llevamos dentro.

El salmo proclama:

“Dios es el rey del mundo.”

Esta afirmación nos introduce en la adoración. Dios reina. Dios es Señor. Dios no es simplemente un recurso para nuestros momentos difíciles. Dios no es una ayuda de emergencia a la que acudimos solo cuando ya no podemos más. Dios es el centro, el principio y el fin de nuestra existencia.

Cuando reconocemos que Dios reina, nuestra oración cambia. Ya no oramos como quien exige, sino como quien confía. Ya no oramos como quien negocia, sino como quien se entrega. Ya no oramos solo para que Dios cambie las circunstancias, sino para que transforme nuestro corazón.

Y aquí entra de manera hermosa la memoria de María en sábado.

María es maestra de oración y de adoración. En ella vemos una fe que no se limita a pedir explicaciones. Cuando el ángel le anuncia el misterio de la Encarnación, ella pregunta, ciertamente, pero no desde la incredulidad, sino desde la disponibilidad. Y termina diciendo:

“Hágase en mí según tu palabra.”

Esa es una oración perfecta. María no le impone a Dios su plan; se abre al plan de Dios. No busca controlar el misterio; se deja envolver por él. No exige seguridades humanas; confía en la fidelidad del Señor.

María también adoró a Jesús antes que nadie. Lo adoró en su seno virginal, en Belén, en Nazaret, en el silencio de la vida cotidiana, en Caná, al pie de la cruz y en la espera de Pentecostés. Ella nos enseña que la verdadera oración no es ruido, ansiedad ni acumulación de palabras. La verdadera oración nace de un corazón que escucha, ama, adora y se entrega.

Por eso, queridos hermanos, hoy podemos preguntarnos: ¿cómo es mi oración? ¿Oro solamente cuando necesito algo? ¿Busco a Dios solo para que me resuelva problemas? ¿O he aprendido también a adorarlo, a alabarlo, a darle gracias, a permanecer ante Él simplemente porque Él es mi Dios?

Una de las formas más bellas de vivir esta oración de adoración es la Eucaristía. En cada Misa, la Iglesia ora al Padre por Cristo, con Cristo y en Cristo. Y en la adoración eucarística, nos arrodillamos ante Jesús realmente presente, no para hablar mucho necesariamente, sino para reconocerlo como Señor.

Ante el Santísimo Sacramento podemos decir: “Jesús, Tú eres mi Dios. Tú eres mi alegría. Tú eres mi paz. Tú eres el sentido de mi vida. No quiero buscarte solo por lo que me das; quiero amarte por lo que eres.”

Cuando adoramos así, nuestra oración se une a la oración de Cristo. Y entonces el Padre nos mira en su Hijo amado. Nuestra voz, pobre y frágil, queda unida a la voz de Jesús. Nuestra súplica, limitada y débil, entra en la oración perfecta del Hijo al Padre. Ahí comienza la alegría completa.

No una alegría artificial. No una alegría que niega los problemas. No una alegría ingenua. Sino una alegría pascual: la alegría de quien sabe que Cristo ha vencido, que el Padre nos ama, que el Espíritu nos acompaña y que nuestra vida está llamada a participar de la comunión eterna de Dios.

Pidamos hoy la gracia de orar mejor. De pedir, sí, porque somos hijos. Pero también de adorar, porque Dios es digno de todo amor. Pidamos la gracia de no apagar la alegría con el pecado, la queja o la desconfianza. Pidamos la gracia de dejarnos formar, como Apolo, y de acompañar a otros, como Priscila y Aquila. Pidamos la gracia de vivir como María: creyendo, adorando y entregándonos.

Y que al acercarnos al altar podamos decir con todo el corazón:

Señor Jesús, creo que Tú eres Dios.
Te adoro con toda mi alma.
Purifica mi oración, transforma mis deseos,
enséñame a pedir en tu nombre
y haz que mi alegría sea completa.

Amén.

 

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