martes, 21 de abril de 2026

22 de abril del 2026: miércoles de la tercera semana de Pascua

 Un proyecto de vida

(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna


Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

Un proyecto de vida


(Juan 6, 35-40) Jesús da contenido a la “voluntad de Dios”, de la que a veces hacemos un uso abusivo o que preferimos ignorar porque nos parece amenazante. Aquí, como en el conjunto de la Escritura, ella aparece como un proyecto de vida: “Porque yo sé muy bien los pensamientos que tengo sobre ustedes —oráculo del Señor—, pensamientos de paz y no de desgracia, para darles un porvenir y una esperanza” (Jr 29,11). Una vida que va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano.

 

Emmanuelle Billoteau, ermite

 

 

Primera lectura

Hch 8, 1b-8

Iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

AQUEL día, se desató una violenta persecución contra la Iglesia de Jerusalén; todos, menos los apóstoles, se dispersaron por Judea y Samaría.
Unos hombres piadosos enterraron a Esteban e hicieron gran duelo por él.
Saulo, por su parte, se ensañaba con la Iglesia, penetrando en las casas y arrastrando a la cárcel a hombres y mujeres.
Los que habían sido dispersados iban de un lugar a otro anunciando la Buena Nueva de la Palabra. Felipe bajó a la ciudad de Samaría y les predicaba a Cristo. El gentío unánimemente escuchaba con atención lo que decía Felipe, porque habían oído hablar de los signos que hacía, y los estaban viendo: de muchos poseídos salían los espíritus inmundos lanzando gritos, y muchos paralíticos y lisiados se curaban. La ciudad se llenó de alegría.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 1b-3a. 4-5. 6-7a (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Aclama al Señor, tierra entera;
toquen en honor de su nombre,
canten himnos a su gloria.
Digan a Dios: «¡Qué temibles son tus obras!». 
R.

V. «Que se postre ante ti la tierra entera,
que toquen en tu honor,
que toquen para tu nombre».
Vengan a ver las obras de Dios,
sus temibles proezas en favor de los hombres. 
R.

V. Transformó el mar en tierra firme,
a pie atravesaron el río.
Alegrémonos en él,
que con su poder gobierna eternamente. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Todo el que cree en el Hijo tiene vida eterna —dice el Señor—; y yo lo resucitaré en el último día. R. 

 

Evangelio

Jn 6, 35-40

Esta es la voluntad del Padre: que todo el que ve al Hijo tenga vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás; pero, como les he dicho, me han visto y no creen.
Todo lo que me da el Padre vendrá a mí, y al que venga a mí no lo echaré, porque he bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado.
Esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.
Esta es la voluntad de mi Padre: que todo el que ve al Hijo y cree en él tenga vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos regala una de las páginas más consoladoras del capítulo 6 de san Juan. Jesús se presenta diciendo: “Yo soy el pan de vida”, y enseguida nos abre una ventana luminosa al corazón del Padre: la voluntad de Dios no es una amenaza, sino un proyecto de vida.

A veces, cuando hablamos de “la voluntad de Dios”, muchos la imaginan como algo duro, implacable, casi como si Dios estuviera esperando quitarnos lo que nos gusta, contrariar nuestros planes o imponernos cargas insoportables. Incluso hay quienes utilizan esa expresión de manera equivocada: ante cualquier dolor, ante cualquier fracaso, ante cualquier tragedia, repiten casi mecánicamente: “era voluntad de Dios”, como si Dios fuera autor del sufrimiento o enemigo de la alegría humana. Pero Jesús, en el Evangelio de hoy, corrige esa imagen deformada y nos muestra algo muy distinto: la voluntad del Padre es que nadie se pierda, que todos tengan vida, que el hombre encuentre en Cristo el camino de la salvación y de la plenitud.

Escuchemos bien las palabras del Señor: “He bajado del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado. Y esta es la voluntad del que me ha enviado: que no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” ¡Qué maravilla! La voluntad de Dios no consiste en aplastar, sino en salvar. No consiste en reducirnos, sino en levantarnos. No consiste en conducirnos a la muerte, sino en llevarnos a la vida eterna.

Eso conecta bellamente con la palabra del profeta Jeremías que cita este versículo : “Yo sé los planes que tengo para ustedes: planes de paz y no de desgracia, para darles un futuro y una esperanza.” Nuestro Dios no improvisa. Nuestro Dios no juega con nosotros. Nuestro Dios no disfruta viendo sufrir a sus hijos. Tiene sobre cada uno de nosotros un designio de amor, un proyecto de vida, una vocación a la esperanza.

Claro está: ese proyecto no siempre coincide con nuestros caprichos ni con nuestros tiempos. A veces nosotros queremos caminos fáciles, seguridades inmediatas, respuestas rápidas. En cambio, Dios trabaja en profundidad. Mientras nosotros miramos lo urgente, Él mira lo eterno. Mientras nosotros pedimos solo pan para el cuerpo, Él quiere darnos el Pan de Vida. Mientras nosotros soñamos soluciones pasajeras, Él quiere regalarnos resurrección.

Por eso Jesús dice hoy: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás.” El Señor está tocando aquí el centro de nuestra existencia. Todos llevamos dentro alguna forma de hambre y de sed. Hambre de amor, de aceptación, de paz, de sentido, de seguridad, de consuelo. Sed de plenitud, de verdad, de felicidad, de ternura, de futuro. El problema es que muchas veces intentamos saciar esas hambres en lugares equivocados.

Hay personas que buscan llenar el vacío del alma con dinero. Otras con placeres. Otras con poder. Otras con activismo. Otras con afectos posesivos. Otras con apariencias. Y nada de eso basta. Todo eso puede entretener un momento, pero no sacia el corazón. Solo Cristo puede hacerlo, porque solo Él conoce la profundidad del ser humano. Solo Él ha venido del Padre. Solo Él puede conducirnos al Padre.

La gran revelación del Evangelio es esta: la voluntad de Dios tiene rostro, y ese rostro es Jesucristo. No estamos llamados a adivinar un destino oscuro, sino a seguir a una Persona viva. No estamos condenados a caminar entre miedos religiosos, sino invitados a una relación de fe y confianza con el Hijo. Creer en Jesús no es adherirse a una idea abstracta; es confiar la vida a Aquel que es Pan para el camino, Luz en la noche y Promesa de resurrección.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra precisamente cómo ese proyecto de vida se abre camino incluso en medio del dolor. Después de la muerte de Esteban, se desencadena una persecución contra la Iglesia de Jerusalén. Todo parece ruina, dispersión, fracaso. Pero quienes fueron dispersados iban anunciando la Palabra. Felipe baja a Samaría, predica a Cristo, y allí donde parecía que solo había caos, brota la gracia: los enfermos son curados, los oprimidos son liberados, y dice el texto que “hubo una gran alegría en aquella ciudad”.

Qué enseñanza tan profunda para nosotros. Dios sabe sacar vida incluso de las persecuciones. Sabe hacer brotar esperanza de en medio de las lágrimas. Sabe transformar una dispersión en misión. Lo que parecía derrota se convierte en fecundidad apostólica. Eso significa que el proyecto de Dios no queda frustrado por las maldades humanas. Al contrario, su amor es tan poderoso que puede escribir recto incluso sobre renglones torcidos.

Cuántas veces también nosotros hemos vivido momentos de dispersión: crisis familiares, enfermedades, duelos, desilusiones, problemas pastorales, cansancios interiores, incertidumbre. Y uno podría pensar: “Aquí se acabó todo.” Pero el Señor sigue obrando. El Resucitado sigue caminando con su Iglesia. El proyecto de Dios no se detiene porque nosotros no veamos claro. A veces precisamente en medio de la prueba es donde más profundamente madura la fe.

El salmo responsorial nos invita hoy a la alabanza: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un salmo que canta las obras admirables de Dios. Y eso es lo que estamos llamados a redescubrir: Dios sigue actuando. No es un Dios ausente. No es un Dios indiferente. No es un Dios que nos abandona a nuestra suerte. Él conduce la historia. Él sostiene a su Iglesia. Él acompaña a cada uno de sus hijos. Incluso cuando no entendemos del todo sus caminos, podemos confiar en que sus pensamientos son de paz y no de desgracia.

Ese proyecto de vida va de la mano con la fe-confianza en Jesucristo y en el ser humano. Esto es importante. Porque creer en Cristo no nos aleja de lo humano, sino que nos hace más humanos. Jesús no destruye al hombre; lo revela. No lo empequeñece; lo dignifica. No apaga sus anhelos; los purifica y los eleva.

En Cristo aprendemos también a creer en las posibilidades del ser humano redimido. A no desesperar de nadie. A no cerrar la puerta a la conversión de nadie. A no mirar a los otros solo desde sus límites, sino también desde la obra que la gracia puede realizar en ellos. Felipe lo entendió cuando fue a Samaría, un lugar mirado con sospecha por muchos judíos. Pero allí también había corazones abiertos, allí también podía florecer el Evangelio, allí también Dios tenía un proyecto.

Eso vale para nuestras comunidades, para nuestras familias, para nuestra propia vida. Quizá alguno piense: “Ya es tarde para mí.” “Yo he fallado demasiado.” “Mi historia está muy rota.” “Mi comunidad está muy herida.” Pero Jesús responde hoy: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Esta es una de las frases más conmovedoras del Evangelio. No dice: “Solo aceptaré al perfecto.” Dice: “Al que venga a mí no lo rechazaré.”

Qué consuelo para el pecador. Qué esperanza para el cansado. Qué alivio para quien se siente indigno. Cristo no cierra la puerta. Cristo no humilla al que vuelve. Cristo no desprecia la fragilidad humana. Él recibe, cura, alimenta y conduce.

Y aquí se abre para nosotros una resonancia profundamente eucarística. Cuando Jesús dice: “Yo soy el pan de vida”, está anunciando ya el gran don de la Eucaristía. La voluntad de Dios se concreta también en este sacramento admirable: que no caminemos solos, que no muramos de hambre espiritual, que tengamos un alimento para el peregrinaje de la fe. En la Eucaristía, el proyecto de vida de Dios se hace cercanía, presencia, comunión. Allí Cristo mismo se nos da como pan para sostener nuestras debilidades, iluminar nuestras decisiones y fortalecer nuestra esperanza.

A veces comulgamos sin darnos cuenta de lo que recibimos. Nos acostumbramos. Nos distraemos. Perdemos el asombro. Pero si hoy escuchamos de verdad el Evangelio, deberíamos volver a decir con fe renovada: Señor, tú eres el Pan de Vida. Tú eres mi futuro y mi esperanza. Tú eres el proyecto del Padre para mi salvación.

Hermanos, el mundo ofrece muchos proyectos de vida: éxito, consumo, autosuficiencia, placer, prestigio. Pero casi todos terminan dejando vacío el corazón. En cambio, el proyecto de Jesús pasa por la fe, la entrega, la comunión, el amor, la perseverancia, y desemboca en la vida eterna. El mundo promete mucho y da poco. Cristo promete plenitud y cumple. El mundo seduce por un tiempo. Cristo salva para siempre.

Hoy el Señor nos invita a hacernos algunas preguntas muy concretas:
¿Estoy viviendo desde la confianza o desde el miedo?
¿Veo la voluntad de Dios como amenaza o como camino de vida?
¿Busco saciar mi hambre interior con cosas pasajeras o con Cristo?
¿Creo de verdad que el Señor quiere para mí un futuro y una esperanza?
¿Me acerco a la Eucaristía con fe viva?

Pidámosle al Resucitado que sane nuestras imágenes falsas de Dios. Que nos libre de pensar en un Padre que castiga arbitrariamente o que juega con nuestra vida. Que nos haga descubrir al Padre de Jesucristo, cuyo designio es salvar, reunir, alimentar y resucitar.

Y pidámosle también que, como a Felipe en Samaría, nos convierta en portadores de alegría. Porque quien ha descubierto que Dios tiene un proyecto de vida para la humanidad, ya no puede vivir sembrando desesperanza. El cristiano pascual no es un profeta de desgracias, sino un testigo de la esperanza.

Que María Santísima, mujer de la confianza, mujer del “hágase”, nos enseñe a abrazar la voluntad de Dios no con temor, sino con amor. Y que al acercarnos al altar podamos repetir desde el fondo del alma:

Señor Jesús, Pan de Vida,
hazme creer que la voluntad del Padre es mi salvación.
Hazme confiar en tu proyecto de paz.
Sacía mi hambre de verdad, de amor y de esperanza.
Y no permitas que busque lejos de ti la vida que solo tú puedes dar.
Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos pone delante una de las palabras más bellas, más profundas y más desafiantes de Jesús: “Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no pasará hambre, y el que cree en mí no pasará sed.” Estas no son palabras poéticas solamente. Son una revelación. Son una promesa. Son una invitación. Y son también una especie de examen para nuestro corazón: ¿de verdad creemos que solo Cristo puede saciar el hambre más profunda del alma?

Porque una cosa es escuchar a Jesús, y otra muy distinta es creerle. La multitud lo escucha. Algunos incluso lo buscan. Han visto signos. Han comido del pan multiplicado. Han sido testigos de algo extraordinario. Pero Jesús les dice con dolor: “Ustedes me han visto y no creen.” Qué frase tan fuerte. Ver no siempre significa creer. Estar cerca no siempre significa adherirse. Oír el Evangelio no siempre significa dejarse transformar por él.

También a nosotros puede pasarnos eso. Podemos estar rodeados de cosas sagradas, asistir a la misa, escuchar la Palabra, tener imágenes religiosas, hacer nuestras devociones… y, sin embargo, no entregarle verdaderamente la vida al Señor. Podemos ver, pero no creer. Podemos saber cosas sobre Jesús, pero no descansar en Él. Podemos admirarlo, pero no abandonarnos a su voluntad.

En el fondo, el Evangelio de hoy nos dice que el gran drama del corazón humano no es solo el pecado, sino también la falsa saciedad. Es decir, querer llenarnos con lo que no llena. Buscar vida donde no hay vida. Esperar plenitud de aquello que solo entretiene por un rato. Buscamos saciar el alma con éxitos, afectos, consumos, comodidades, placeres, distracciones, prestigio, aprobación de los demás. Y aunque algunas de esas cosas no sean malas en sí mismas, ninguna puede ocupar el lugar de Dios. Ninguna puede convertirse en pan de eternidad.

Por eso Jesús no dice simplemente: “Yo doy pan”, sino: “Yo soy el pan.” Él mismo es el alimento. Él mismo es el don. Él mismo es la respuesta del Padre a nuestras hambres más profundas. Hambre de amor verdadero. Hambre de perdón. Hambre de sentido. Hambre de paz. Hambre de ser plenamente acogidos. Hambre de vida que no termine. Y también sed: sed de ternura, de verdad, de pureza, de reconciliación, de esperanza.

Qué importante es entender esto. Jesús no ha venido solo a resolver problemas exteriores, sino a sanar el corazón humano desde dentro. No vino solo a enseñarnos una moral, sino a darnos su propia vida. No vino solo a mejorar la tierra, sino a abrirnos el cielo. No vino solo a calmarnos por un momento, sino a saciarnos de verdad.

Algunos escucharon a Jesús con escepticismo, otros con humildad. Los humildes de corazón, aunque no entendían todo, comenzaron a creer. Y esa es una clave espiritual muy importante: muchas veces la fe precede a la comprensión. Primero el corazón dice: “Sí, Señor, creo”; y luego la inteligencia va entrando poco a poco en el misterio.

Eso pasa particularmente con la Eucaristía. Nadie agota el misterio eucarístico. Nadie lo comprende plenamente. Pero quien se abre con humildad empieza a experimentar que allí está realmente Jesús, vivo, entregado, presente, cercano, transformante. El mundo podrá decir: “Eso es solo pan.” La razón sola puede quedarse corta. Pero la fe de la Iglesia reconoce: es el Cuerpo del Señor, es la Sangre del Señor, es su presencia real, verdadera y sustancial.

Por eso las palabras de Jesús hoy tienen una resonancia profundamente eucarística. Cuando Él dice: “Yo soy el pan de vida”, no está pronunciando una metáfora vacía. Está revelando una verdad que llegará a su cumbre en el don de la Última Cena y que la Iglesia sigue viviendo en cada santa misa. En la Eucaristía no recibimos solo una bendición, no recibimos solo un símbolo, no recibimos solo un recuerdo: recibimos a Cristo mismo. Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad. El Resucitado se hace alimento para que no desfallezcamos en el camino.

Y aquí tendríamos que preguntarnos con mucha sinceridad: ¿cómo estoy comulgando? ¿Con fe viva? ¿Con rutina? ¿Con prisa? ¿Con amor? ¿Con superficialidad? ¿Con hambre espiritual? Porque uno puede acercarse muchas veces a la comunión y seguir interiormente vacío, no porque la Eucaristía no tenga poder, sino porque el corazón viene distraído, cerrado, endurecido o demasiado lleno de otras cosas.

La Eucaristía no actúa mágicamente. Es presencia real de Cristo, sí. Es fuente de gracia inmensa, sí. Pero pide de nosotros apertura interior, deseo verdadero, fe humilde. Cuando uno se acerca con el alma abierta, Jesús empieza a realizar algo profundo: ordena lo desordenado, serena lo agitado, ilumina lo confuso, fortalece lo débil, limpia lo manchado, despierta lo dormido.

La primera lectura de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos ofrece un contraste muy bello. La Iglesia está siendo perseguida. Después de la muerte de Esteban, muchos son dispersados. Humanamente parecería una tragedia. Pero aquellos discípulos dispersos iban anunciando el Evangelio, y Felipe predica en Samaría. ¿Y qué produce el anuncio de Cristo? Dice el texto: “La ciudad se llenó de alegría.”

Es admirable. Donde parecía haber derrota, brota la misión. Donde parecía reinar el miedo, nace la esperanza. Donde había enfermedad, opresión y sufrimiento, aparece la alegría del Evangelio. Y eso sucede porque cuando Cristo entra realmente en una ciudad, en una comunidad, en una familia o en un alma, ya nada queda igual.

Notemos que la alegría en Samaría no nace simplemente de una mejora emocional. Nace del encuentro con Cristo. El corazón humano no se alegra de verdad solo porque sus circunstancias cambien, sino cuando encuentra una razón más profunda para vivir. Y esa razón es Cristo. Él es el pan que sostiene a la Iglesia perseguida. Él es la fuerza del evangelizador. Él es la consolación del atribulado. Él es la paz del que está en combate.

El salmo responsorial nos hace exclamar: “Aclama al Señor, tierra entera.” Es un canto de alabanza por las maravillas de Dios. Y hoy ese salmo nos invita a reconocer que las obras de Dios siguen vivas entre nosotros. Él sigue sacando a su pueblo de las esclavitudes. Sigue abriendo caminos en medio del mar. Sigue convirtiendo persecuciones en misión. Sigue transformando tristezas en alegría. Sigue dándonos en Cristo el pan vivo bajado del cielo.

En el Evangelio, Jesús añade unas palabras que son puro consuelo: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.” Qué frase tan llena de misericordia. Tal vez aquí haya personas que se sienten indignas, cansadas, decepcionadas de sí mismas, con culpas acumuladas, con luchas interiores, con heridas antiguas. Jesús no dice: “Al que venga perfecto lo recibiré.” Dice: “Al que viene a mí no lo echaré fuera.”

Eso significa que siempre se puede volver. Siempre se puede recomenzar. Siempre se puede venir al Señor con la verdad del corazón. Aunque vengamos rotos. Aunque vengamos confundidos. Aunque vengamos con fe débil. El Señor no rechaza al que lo busca sinceramente. Lo recibe. Lo abraza. Lo alimenta. Lo levanta.

Y luego Jesús pronuncia la gran promesa pascual: “Esta es la voluntad del que me ha enviado: que yo no pierda nada de lo que me dio, sino que lo resucite en el último día.” Aquí está la meta final. Jesús no solo quiere darnos alivio en la vida presente. Quiere darnos la vida eterna. Quiere resucitarnos. Quiere llevarnos a la plenitud definitiva. La Eucaristía, por tanto, es también pan de resurrección, anticipo del cielo, medicina de inmortalidad, como decían los Padres de la Iglesia.

Hermanos, vivimos en un mundo lleno de ofertas de saciedad inmediata. Todo parece prometer felicidad rápida: placer, consumo, imagen, éxito, poder. Pero muy pronto se descubre que esas cosas no bastan. Dejan resaca interior. Dejan cansancio. Dejan un vacío todavía mayor. Solo Cristo puede llenar el corazón sin empobrecerlo. Solo Cristo puede saciar el alma sin esclavizarla. Solo Cristo puede colmar la sed sin dejar amargura.

Por eso hoy el Señor nos invita a revisar nuestras hambres. ¿Qué estoy buscando realmente? ¿Qué deseo me mueve? ¿Qué sed llevo por dentro? ¿Qué intento llenar con cosas pasajeras? ¿Dónde estoy poniendo mi esperanza? ¿Voy a la Eucaristía como quien cumple, o como quien sabe que allí está su vida?

San Juan María Vianney decía que si Dios hubiera tenido algo más precioso que la Eucaristía, nos lo habría dado. Y no lo hizo, porque no hay nada más grande: en la Eucaristía nos dio a su Hijo. Nos dio lo más santo, lo más tierno, lo más sublime. Por eso cada misa es una visita del cielo. Cada comunión bien recibida es una semilla de eternidad. Cada adoración eucarística es una escuela de amor.

Hoy, entonces, la Palabra nos invita a una fe más profunda, más humilde y más eucarística. No necesitamos comprenderlo todo para empezar a creer. Basta abrir el corazón. Basta decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero me fío de ti. Creo que eres el pan de vida. Creo que estás realmente presente. Creo que solo tú puedes saciar mi sed más honda.”

Pidámosle al Señor tres gracias.

La primera: hambre de Él. Que no nos acostumbremos a su presencia. Que no perdamos el deseo de buscarlo.

La segunda: fe en la Eucaristía. Una fe sencilla, adorante, obediente, enamorada. Una fe que no se quede en teorías, sino que se arrodille y adore.

La tercera: dejar que Él nos sacie. No a medias. No superficialmente. Sino de verdad. Que sane nuestras culpas, nuestros vacíos, nuestras nostalgias, nuestras ansiedades, nuestras soledades.

Que María Santísima, mujer del “sí”, mujer eucarística, nos enseñe a acoger a Jesús con un corazón abierto. Y que al acercarnos hoy al altar podamos decirle con toda el alma:

Señor Jesús, Pan de Vida, solo tú bastas.
Solo tú puedes llenar mi corazón.
Solo tú eres mi paz, mi fuerza y mi esperanza.
No permitas que busque fuera de ti lo que solo en ti puedo encontrar. Amén

 


21 de abril del 2026: martes de la tercera semana de Pascua

 

San Anselmo

Hacia 1033-1109.

Gran teólogo, hizo de la abadía benedictina de Bec-Hellouin (Eure) un renombrado centro espiritual. Luego llegó a ser arzobispo de Canterbury y primado de Inglaterra. Doctor de la Iglesia.

 


¡No hay que equivocarse!


(Juan 6, 30-35) Para la multitud, se trata de ver para creer. Pero, ¿acaso no ha sido ya testigo del signo de la multiplicación de los panes (cf. Jn 6, 1-15)? Evidentemente, no ha reconocido a aquel que estaba actuando, pasando así de largo ante la identidad de Jesús. Además, su interpretación del don del maná es errónea. Sólo Jesús, el enviado del Padre, puede saciar la sed de plenitud que habita en el corazón de todo ser humano. Sin embargo, nos corresponde acudir a Él, así como Él viene a nosotros.

Emmanuelle Billoteau, ermite




Primera lectura

Hch 7, 51 — 8, 1a

Señor Jesús, recibe mi espíritu

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, dijo Esteban al pueblo y a los ancianos y escribas:
«¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! Ustedes siempre resisten al Espíritu Santo, lo mismo que sus padres. ¿Hubo un profeta que sus padres no persiguieran? Ellos mataron a los que anunciaban la venida del Justo, y ahora ustedes lo han traicionado y asesinado; ustedes recibieron la ley por mediación de ángeles y no la han observado».
Oyendo sus palabras se recomían en sus corazones y rechinaban los dientes de rabia. Esteban, lleno de Espíritu Santo, fijando la mirada en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús de pie a la derecha de Dios, y dijo:
«Veo los cielos abiertos y al Hijo del hombre de pie a la derecha de Dios».
Dando un grito estentóreo, se taparon los oídos; y, como un solo hombre, se abalanzaron sobre él, lo empujaron fuera de la ciudad y se pusieron a apedrearlo. Los testigos dejaron sus capas a los pies de un joven llamado Saulo y se pusieron a apedrear a Esteban, que repetía esta invocación:
«Señor Jesús, recibe mi espíritu».
Luego, cayendo de rodillas y clamando con voz potente, dijo:
«Señor, no les tengas en cuenta este pecado».
Y, con estas palabras, murió.
Saulo aprobaba su ejecución.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 3cd-4. 6 y 7b y 8a. 17 y 21ab (R.: 6a)

R. A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.

O bien:

R. Aleluya.

V. Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. 
R.

V. A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás.
Yo confío en el Señor.
Tu misericordia sea mi gozo y mi alegría. 
R.

V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
En el asilo de tu presencia los escondes
de las conjuras humanas. 
R.

 

Aclamación   

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el pan de vida —dice el Señor—; el que viene a mí no tendrá hambre. R.

 

Evangelio

Jn 6, 30-35

No fue Moisés, sino que es mi Padre el que da el verdadero pan del cielo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, el gentío dijo a Jesús:
«¿Y qué signo haces tú, para que veamos y creamos en ti? ¿Cuál es tu obra? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”».
Jesús les replicó:
«En verdad, en verdad les digo: no fue Moisés quien les dio pan del cielo, sino que es mi Padre el que les da el verdadero pan del cielo. Porque el pan de Dios es el que baja del cielo y da vida al mundo».
Entonces le dijeron:
«Señor, danos siempre de este pan».
Jesús les contestó:
«Yo soy el pan de vida. El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás».


Palabra del Señor.

                                                                                            

****************

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone delante una verdad muy profunda: podemos tener a Dios muy cerca, ver sus signos, escuchar su voz, y aun así no reconocerlo. Eso fue lo que le ocurrió a la multitud en el evangelio. Habían sido testigos de la multiplicación de los panes. Habían comido hasta saciarse. Habían visto un signo grande. Y, sin embargo, vuelven a pedirle a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y creamos en ti?”

Parece increíble. Pero, si lo pensamos bien, eso mismo nos pasa muchas veces a nosotros. También nosotros pedimos pruebas, exigimos señales, reclamamos certezas, mientras Dios ya ha venido actuando en nuestra historia. A veces el Señor ya nos ha sostenido en momentos difíciles, ya nos ha abierto caminos, ya nos ha consolado en el dolor, ya nos ha dado personas generosas a nuestro lado, y aun así seguimos diciendo: “Señor, dame una señal”. No porque Dios no haya hablado, sino porque nuestro corazón a veces no sabe leer su presencia.

La multitud se equivoca en dos cosas. Primero, se queda en el pan material. Segundo, interpreta mal el maná del desierto, como si Moisés hubiera sido la fuente definitiva del don. Jesús los corrige con paciencia: no fue Moisés quien les dio el verdadero pan del cielo; es el Padre quien da el pan verdadero. Y ese pan verdadero no es una cosa, no es solamente un alimento, no es una ayuda pasajera: ese pan es una Persona. Jesús dice con toda claridad: “Yo soy el pan de vida”.

Ahí está el centro del evangelio de hoy. Jesús no vino simplemente a resolver necesidades inmediatas, aunque también le importan nuestras necesidades. Jesús vino a ir mucho más hondo. Vino a tocar esa hambre que el dinero no llena, que los aplausos no llenan, que el poder no llena, que ni siquiera los afectos humanos, por bellos que sean, logran llenar del todo. En el corazón del hombre hay una sed de infinito, una nostalgia de plenitud, una necesidad de sentido, de amor, de verdad, de vida eterna. Y sólo Cristo puede saciar esa hambre.

Por eso es tan actual esta Palabra. Vivimos en un mundo lleno de ofertas: ofertas de consumo, de entretenimiento, de éxito rápido, de placer inmediato. Nos prometen satisfacción, pero muchas veces nos dejan más vacíos. Nos hacen creer que el corazón humano se sacia con cosas, con experiencias, con posesiones, con reconocimientos. Pero el evangelio nos recuerda que el hombre tiene un hambre más honda. Y cuando esa hambre profunda no se orienta hacia Dios, termina buscando sustitutos.

San Agustín lo dijo de manera inolvidable: “Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti”. Eso es exactamente lo que Jesús revela hoy. Él es el pan que no perece, el alimento que da sentido, la presencia que no defrauda, el amor que no pasa.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Esteban, el primer mártir. Él sí supo reconocer a Cristo. Mientras otros endurecen el corazón, Esteban permanece lleno del Espíritu Santo. Mientras otros rechazan la verdad, él la anuncia con valentía. Mientras otros se enfurecen y lo apedrean, él mira al cielo abierto y confía su vida al Señor. En medio de la violencia, Esteban pronuncia palabras semejantes a las de Jesús en la cruz: perdona y se abandona.

Qué contraste tan impresionante. En el evangelio, una multitud que ha visto signos no cree de verdad. En la primera lectura, un hombre perseguido, herido y condenado, sí cree hasta el final. Eso nos enseña que la fe no depende solo de ver milagros, sino de abrir el corazón. Hay quienes ven mucho y no creen. Y hay quienes, incluso en la prueba, reconocen la gloria de Dios.

También el salmo de hoy nos pone en labios una oración de abandono confiado: “En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu”. Es la oración de quien sabe que Dios no falla. Es la oración del creyente que, aun en la oscuridad, se apoya en la fidelidad del Señor. Quizá esa deba ser también nuestra oración en este tiempo pascual: “Señor, aunque no lo entienda todo, aunque a veces mi fe sea pobre, aunque muchas veces te busque más por tus dones que por ti mismo, quiero poner mi vida en tus manos”.

Hoy, además, la Iglesia nos invita a orar por los benefactores. Y esta intención armoniza hermosamente con el evangelio. Porque un benefactor, en el sentido cristiano, no es solo alguien que da cosas; es alguien que, de algún modo, se convierte en instrumento de la providencia de Dios. Cuántas personas sostienen la vida de la Iglesia con su ayuda material, su cercanía, su servicio silencioso, su colaboración generosa, su tiempo, su trabajo, su oración. Tal vez no aparecen, tal vez no son nombrados, tal vez pocos conocen el alcance de su bien. Pero Dios sí lo ve.

Nuestros benefactores, en cierto sentido, se parecen a aquellos panes que, puestos en manos de Jesús, alimentaron a la multitud. Lo que se entrega con amor en las manos del Señor nunca es poco. Un aporte humilde, una ayuda discreta, una ofrenda generosa, una colaboración sincera: todo eso, unido a Cristo, se vuelve bendición para muchos.

Pero esta intención también nos invita a examinarnos. No solo a agradecer por quienes nos ayudan, sino a preguntarnos: ¿soy yo también benefactor para alguien? ¿Contribuyo al bien de otros? ¿Ayudo a sostener la obra de Dios? ¿Comparto lo que tengo? ¿Soy pan partido para mis hermanos? Porque no basta con recibir; el discípulo de Cristo también aprende a dar.

Jesús, Pan de Vida, no sólo quiere saciarnos; quiere transformarnos. Quiere que, alimentados por Él, seamos hombres y mujeres capaces de alimentar la esperanza de los demás. Quiere que quienes comemos el Pan eucarístico vivamos con corazón eucarístico: agradecido, entregado, disponible, generoso.

Hermanos, no nos equivoquemos. No reduzcamos a Jesús a alguien que resuelve urgencias pasajeras. No lo busquemos solo cuando nos falta algo. No le pidamos señales, olvidando las que ya nos ha dado. No confundamos el hambre del alma con simples vacíos de la vida diaria. Vayamos al fondo. Cristo no vino solamente a darnos algo; vino a dársenos Él mismo.

En cada Eucaristía resuena esa promesa maravillosa: “El que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed jamás”. Acerquémonos entonces a Él con fe. Acerquémonos con humildad. Acerquémonos con el corazón abierto. Y pidámosle hoy de manera especial que bendiga a nuestros benefactores, que recompense su generosidad, que multiplique en ellos su paz, su salud y su esperanza. Y que a nosotros nos conceda la gracia de reconocerlo, amarlo y seguirlo, para que nunca busquemos fuera de Él el pan que sólo Él puede dar.

Amén.


2


Queridos hermanos y hermanas:

La liturgia de hoy nos introduce en uno de los momentos más profundos y hermosos del Evangelio de san Juan: el discurso del Pan de Vida. Es un texto que no sólo habla de pan, sino del hambre más profunda del corazón humano. Porque todos tenemos hambre. No solamente hambre de alimento material, sino hambre de paz, de sentido, de amor, de consuelo, de esperanza, de vida eterna.

En el Evangelio, la multitud le dice a Jesús: “¿Qué signo haces para que veamos y creamos en ti?” Y esta pregunta, en el fondo, revela una contradicción. Ya habían sido testigos de la multiplicación de los panes. Ya habían comido hasta saciarse. Ya habían visto un signo grande. Y, sin embargo, todavía piden otro signo.

Eso nos muestra una verdad muy humana: se puede ver mucho y entender poco. Se puede recibir un milagro y no reconocer a Aquel que lo realiza. Se puede experimentar la ayuda de Dios y, aun así, seguir dudando. La multitud había recibido pan, pero no había llegado a descubrir quién era Jesús.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. A veces buscamos a Dios solo por lo que puede darnos: salud, trabajo, solución, alivio, protección. Y ciertamente el Señor se interesa por nuestras necesidades. Pero Cristo no vino sólo a resolver problemas inmediatos. Vino a darnos algo infinitamente mayor: vino a dársenos Él mismo.

Por eso Jesús los conduce de la memoria del maná a la revelación del verdadero pan. Ellos recuerdan a Moisés, recuerdan el desierto, recuerdan el pan caído del cielo. Pero Jesús les muestra que todo aquello era anuncio, figura, preparación. El verdadero pan del cielo no es el maná del pasado, sino la presencia viva del Hijo de Dios en medio de nosotros. Y entonces pronuncia esa palabra central del Evangelio:
“Yo soy el pan de vida.”

No dice simplemente: “yo traigo pan”.
No dice: “yo reparto pan”.
Dice: “Yo soy el pan.”

Es decir, en Jesús, Dios responde a la necesidad más profunda del hombre. Porque el corazón humano tiene un hambre que ninguna cosa creada puede saciar del todo. Podemos tener comida, casa, trabajo, amistades, proyectos, logros, y aun así sentir un vacío. ¿Por qué? Porque fuimos hechos para algo más grande. Fuimos hechos para Dios.

Por eso, cuando intentamos llenar el alma sólo con cosas pasajeras, tarde o temprano aparece el cansancio interior. A veces uno puede sonreír por fuera y, por dentro, llevar una gran sequedad. A veces uno lo tiene casi todo y, sin embargo, siente que le falta lo esencial. A veces la vida nos deja una pregunta silenciosa: “¿Qué me falta? ¿Por qué no me siento plenamente saciado?”

La respuesta del Evangelio es clara: nos falta una comunión más profunda con Cristo. Nos falta acercarnos de verdad al Pan de Vida. Nos falta comprender que la Eucaristía no es un simple rito, no es una costumbre piadosa, no es un símbolo vacío. La Eucaristía es Jesús mismo, dándose por amor para la vida del mundo.

Y aquí aparece un aspecto muy importante que nos sirve de guía: la multitud esperaba un pan material; Jesús ofrece un pan espiritual, celestial, eterno. Ellos pensaban en el alimento del cuerpo; Él quería alimentar el alma. Ellos buscaban una solución inmediata; Él les abría la puerta del misterio de la vida eterna.

También nosotros corremos el riesgo de quedarnos en la superficie. Podemos participar de la Misa, acercarnos al altar, recibir la comunión, y sin embargo no dejarnos tocar profundamente por el misterio que celebramos. Podemos asistir físicamente, pero sin hambre espiritual. Podemos estar presentes, pero distraídos. Podemos comulgar, pero sin conciencia viva de la grandeza del don recibido.

Y, sin embargo, ¡qué grande es la Eucaristía! Allí no recibimos algo de Jesús: recibimos a Jesús. Su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad. El mismo Cristo resucitado entra en nuestra pobreza, en nuestras heridas, en nuestras luchas, en nuestras hambres más escondidas, para transformarnos desde dentro.

La primera lectura, por su parte, nos presenta a Esteban en medio de la persecución. Mientras algunos endurecen el corazón y rechazan la verdad, Esteban permanece lleno de fe. No se apoya en seguridades humanas, sino en Dios. Su fuerza no viene del aplauso de la gente ni de la ausencia de problemas. Su fuerza viene de una relación viva con el Señor. Por eso puede mantenerse firme aun en la prueba.

Aquí se ve algo hermoso: el que se alimenta de Dios aprende a vivir de otra manera. El que hace de Cristo su pan cotidiano no depende tanto de las circunstancias. No significa que no sufra, no significa que no tenga miedo, no significa que no le duela la vida. Significa que, aun en medio del dolor, tiene un centro, una fuerza, una esperanza, una paz que el mundo no puede dar.

Y el salmo nos hace repetir: “A tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu.” Esa es la oración del que ha descubierto quién lo sostiene de verdad. El pan del mundo alimenta por unas horas; el Pan de Vida sostiene el alma para siempre. El alimento material calma una necesidad temporal; Cristo responde a la sed de eternidad.

Hermanos, en estos días en que la Iglesia nos hace leer el discurso del Pan de Vida, se nos invita a redescubrir el asombro eucarístico. Tal vez necesitamos volver a preguntarnos:
¿Qué significa para mí la Eucaristía?
¿Voy a Misa por costumbre o por hambre de Dios?
¿Creo de verdad que Jesús está allí?
¿Me acerco al altar con reverencia, con fe, con deseo de ser transformado?

Porque a veces el problema no es que Cristo no se dé; el problema es que nosotros nos acercamos sin suficiente apertura. El Señor sigue ofreciéndose. El Pan de Vida sigue descendiendo del cielo. La gracia sigue fluyendo. Pero hace falta un corazón dispuesto, un corazón que no sólo pida signos, sino que se abra a la fe.

La multitud pedía pruebas. Jesús ofrece su presencia. La multitud buscaba pan que se acaba. Jesús ofrece el pan que permanece. La multitud quería saciar el hambre del día. Jesús venía a saciar el hambre de toda la existencia.

Hoy, entonces, pidámosle al Señor dos gracias. Primero, la gracia de reconocer nuestra hambre verdadera. No disimularla, no llenarla con sucedáneos, no taparla con distracciones. Y segundo, la gracia de buscar en la Eucaristía la plenitud que sólo Cristo puede darnos.

Que cada comunión sea para nosotros un acto de fe más consciente. Que cada Misa sea una escuela de adoración. Que cada encuentro con Jesús sacramentado renueve nuestro corazón. Y que podamos escuchar hoy, como dirigidas personalmente a nosotros, esas palabras del Señor:
“Yo soy el pan de vida; el que viene a mí no tendrá hambre, y el que cree en mí no tendrá sed.”

Amén.

 

 

22 de abril del 2026: miércoles de la tercera semana de Pascua

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