viernes, 20 de febrero de 2026

21 de febrero del 2026: sábado después de Ceniza

 

La frescura de una fuente viva

(Isaías 58, 9b-14) Llegar a ser como un jardín bien irrigado, como una fuente: tal es el horizonte que abre Isaías, alimentado por las imágenes del capítulo 2 del Génesis. Recordemos que la sabiduría es comparada con el agua e identificada con la Torá en el libro del Eclesiástico (cf. Si 24, 23-27).

Esto subraya el hecho de que la fecundidad nace de la escucha de la Palabra, que riega y logra vencer esas rocas durísimas que pueden ser nuestros corazones cuando se endurecen al replegarse sobre sí mismos, sobre sus certezas y sus evidencias.

Emmanuelle Billoteau, ermita

                                                                               


Primera lectura

Is 58, 9b-14

Cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo, brillará tu luz en las tinieblas

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre,
hartará tu alma en tierra abrasada,
dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado,
un manantial de aguas que no engañan.
Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas,
volverás a levantar los cimientos de otros tiempos;
te llamarán “reparador de brechas”,
“restaurador de senderos”,
para hacer habitable el país.
Si detienes tus pasos el sábado,
para no hacer negocios en mi día santo,
y llamas al sábado “mi delicia”
y lo consagras a la gloria del Señor;
si lo honras, evitando viajes,
dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos,
entonces encontrarás tu delicia en el Señor.
Te conduciré sobre las alturas del país
y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.
Ha hablado la boca del Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 85, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: 11ab)

R. Enséñame, Señor, tu camino,
para que siga tu verdad
.

V. Inclina tu oído, Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. 
R.

V. Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. 
R.

V. Porque tú, Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. 
R.

 

Aclamación

V. No me complazco en la muerte del malvado —dice el Señor—,
sino en que se convierta y viva.

 

Evangelio

Lc 5, 27-32

No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de Jesús:
«¿Cómo es que comen y beben con publicanos y pecadores?».
Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, en estos primeros pasos de Cuaresma la Palabra nos ofrece una imagen preciosa: Dios quiere hacer de nosotros “un jardín bien regado, una fuente que no se agota” (cf. Is 58). No se trata de poesía bonita para consolar; es una promesa exigente. Dios sueña con una vida fecunda, fresca, luminosa… pero esa frescura no nace de la pura fuerza de voluntad: nace de dejarnos regar por la Palabra y por la misericordia.

1) De la roca al manantial: cuando el corazón se repliega

La Palabra “riega” y vence las rocas más duras, esas durezas que aparecen cuando el corazón se esclerotiza, cuando se repliega sobre sí mismo, sobre “sus certezas” y “sus evidencias”. ¡Qué actual!
A veces uno no se vuelve duro por maldad, sino por miedo, por cansancio, por heridas no sanadas. Y entonces pasa algo psicológico y espiritual a la vez: me defiendo. Me encierro. Me vuelvo “de piedra” para no sufrir. Pero con esa misma piedra termino sin ternura, sin escucha, sin paciencia; y la vida se seca por dentro.

Por eso Isaías no comienza hablándonos de abstinencias, sino de una conversión concreta: quitar el yugo, dejar la opresión, desterrar la acusación y la malicia, aprender a hacer el bien en lo cotidiano (cf. Is 58,9b-10). La Cuaresma no es un gimnasio de proezas religiosas: es un retorno a la verdad del amor.

2) Un ayuno que abre caminos y “repara brechas”

El profeta describe los frutos: luz en las tinieblas, fortaleza, guía, descanso interior, y un nombre nuevo: “reparador de brechas”, “restaurador de caminos” (cf. Is 58,12).
¿No es esto lo que más necesita una familia, una comunidad, un país? Gente que no viva abriendo grietas con chismes, desprecios y resentimientos, sino que repare, que vuelva a tender puentes.

Y aquí hay un punto clave: Isaías insiste en el “sábado”, en el día del Señor: no como carga, sino como espacio de libertad, de relación, de adoración, de alegría limpia (cf. Is 58,13-14). Cuando el domingo (y el ritmo santo de la oración) se vuelve negociable, el alma se deshidrata. Un jardín sin riego se agrieta. La fuente se tapa.

3) Levi y la mesa: Jesús no comienza por exigir, sino por llamar

En el Evangelio aparece Levi (Mateo), un publicano, alguien señalado, “mal visto”. Jesús pasa, lo mira y le dice: “Sígueme” (Lc 5,27). Y Levi deja todo y organiza un banquete.
Notemos el método de Jesús: no empieza por humillarlo, ni por enumerarle culpas. Empieza por llamarlo. Le devuelve futuro. Le regala una posibilidad: “Tú no eres tu pasado; tú puedes ser discípulo”.

Los fariseos murmuran: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” (Lc 5,30). Y Jesús responde con la frase que debería quedar grabada en nuestra Cuaresma: “No necesitan médico los sanos, sino los enfermos… No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la conversión” (Lc 5,31-32).

Aquí está el corazón del Evangelio: Jesús no se asusta de nuestras heridas. Se sienta a la mesa. Se mete en la historia real. Y desde ahí cura.

4) ¿Qué significa “convertirse” hoy?

Convertirse no es solo “portarse mejor”. A la luz de hoy, convertirnos es:

  • Dejar el “yugo”: esa forma de tratar a otros (y tratarnos) con dureza, control, desprecio, sarcasmo.
  • Reaprender la compasión concreta: bajar el tono de la crítica, subir el tono del servicio.
  • Regresar al riego: oración sincera, Palabra, Eucaristía, silencio, domingo vivido como alianza y alegría.
  • Sentarnos con Jesús: no como “perfectos”, sino como necesitados de médico.

5) Memoria de María en sábado: la mujer del corazón regado

Y hoy, en sábado mariano, miramos a María. Ella es la imagen más bella de lo que Isaías promete: un jardín bien regado, porque guardaba la Palabra y la meditaba en su corazón; una fuente, porque llevó en su seno al Agua viva, Cristo.
María no vivió una fe de durezas, sino de disponibilidad. No se encerró en “sus evidencias”; se abrió al misterio. Por eso, cuando nuestra fe se vuelve áspera, María nos enseña el camino: escuchar, acoger, confiar, servir.


Llamado final

Hermanos: en esta Cuaresma, pidamos una gracia sencilla y decisiva: que el Señor ablande la roca y haga brotar un manantial. Que nuestra casa, nuestra comunidad, nuestra Iglesia sean “reparadoras de brechas” y “restauradoras de caminos”. Y que, como Levi, nos dejemos mirar por Jesús y respondamos sin demora: “Sígueme”.

Oración breve (para cerrar)

Señor Jesús, Médico de las almas,
riega nuestro corazón con tu Palabra;
rompe la piedra de la autosuficiencia y del juicio,
y haznos fuente de misericordia.
María, Madre y discípula fiel,
enséñanos a escuchar y a servir.
Amén.

 

2

 

Homilía – Sábado después de Ceniza

Lecturas: Is 58,9b-14 / Sal 86(85) / Lc 5,27-32
Memoria de María en sábado

Hermanos, en estos primeros pasos de Cuaresma, la Palabra nos pone delante un gesto sencillo y, a la vez, decisivo: Jesús mira a Leví, lo llama, y él “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,28). No es una escena ruidosa, no hay milagro espectacular, no hay discurso largo. Hay una mirada, una invitación y una respuesta. Y ahí se juega la conversión: pasar de estar sentado a ponerse en camino.

1) “Sí, si quitas de en medio el yugo…”: el ayuno que Dios quiere (Isaías 58)

El profeta Isaías nos advierte que existe un ayuno que puede ser muy religioso por fuera… y muy vacío por dentro. Dios dice: si quitas el yugo, el dedo acusador, la maldad de tus palabras; si te abres al hambriento, si no te desentiendes del que es tu hermano, entonces “tu luz brillará en las tinieblas” (cf. Is 58,9b-10).

¿Notan el hilo? La Cuaresma no es solo “dejar comida”, sino dejar cargas:

  • el yugo de la soberbia que aplasta al otro,
  • el yugo del resentimiento que endurece el corazón,
  • el yugo del chisme y la palabra que humilla,
  • el yugo de la indiferencia frente al que sufre.

Dios no negocia con apariencias: la conversión verdadera se reconoce en la misericordia concreta. Por eso Isaías une el ayuno con la justicia y el cuidado del hermano. Es como si nos dijera: si tu ayuno no te vuelve más humano, más compasivo, más fraterno… algo está fallando.

2) “Enséñame, Señor, tu camino”: la oración que abre el oído (Salmo 86)

El salmo pone en nuestros labios la súplica del discípulo: “Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad” (Sal 86/85). Cuaresma es esto: volver a aprender a caminar. Porque uno puede estar bautizado, rezar, tener tradición… y aun así andar por caminos torcidos: el camino del “me lo merezco”, el camino del “así soy yo”, el camino del “yo no cambio”, el camino del “que otros hagan”.

El salmo insiste: Dios es bueno y clemente, “lento a la ira y rico en misericordia”. Eso sostiene nuestra esperanza: no nos convertimos por miedo, sino porque hemos sido amados. La voz que llama a Leví no es la voz que lo humilla; es la voz que lo rescata.

3) “Sígueme”: del escritorio al banquete (Evangelio)

Leví está sentado en el puesto de impuestos. Es un trabajo rentable, sí, pero socialmente despreciado; y, sobre todo, espiritualmente peligroso: la tentación de la codicia, la trampa fácil, la vida doble, la culpa acumulada. Jesús no le hace primero un interrogatorio moral. Lo llama. Y Leví hace algo precioso: se levanta.

Aquí hay una primera enseñanza: la gracia no solo “me perdona”; también “me pone de pie”. La conversión no es un sentimiento bonito: es una decisión que me cambia la dirección.

Y enseguida viene el detalle que ilumina toda la escena: Leví ofrece un gran banquete para Jesús (Lc 5,29). La conversión auténtica no termina en el “yo y mi alma”; se vuelve misión, se vuelve mesa, se vuelve invitación para otros. Él no convoca a los perfectos; convoca a los suyos: publicanos, gente con fama complicada, amigos de la noche, personas con hambre de sentido. Leví parece decir: “Vengan a conocer al que me cambió la vida”.

Entonces aparecen los fariseos y escribas: “¿Por qué comen y beben con publicanos y pecadores?” (Lc 5,30). Y Jesús suelta una frase que es medicina para el corazón:
“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores para que se conviertan” (Lc 5,31-32).

Hermanos, esto es el Evangelio: Jesús no se escandaliza de nuestras heridas; viene a curarlas. Y si Él se sienta a la mesa con pecadores, no es para aprobar el pecado, sino para abrir un camino de retorno.

4) ¿Qué significa “dejarlo todo” hoy?

“Dejarlo todo” no siempre será renunciar a un trabajo o vender una casa. Para muchos, “dejarlo todo” se concreta en dejar eso que estorba el “sí” completo:

  • dejar una relación que me arrastra a lo oscuro;
  • dejar una adicción disfrazada de “costumbre”;
  • dejar la doble vida;
  • dejar el orgullo de “yo tengo la razón”;
  • dejar la lengua afilada y el dedo acusador (Isaías lo dijo claro);
  • dejar la comodidad que me hace pasar de largo ante el necesitado.

Y para otros, “dejarlo todo” será volver: volver a la oración, volver a la Eucaristía, volver a pedir perdón, volver a empezar. Porque Dios no se cansa de llamar. La Cuaresma es el tiempo del “levántate”.

5) Memoria de María en sábado: la Madre que nos lleva a Jesús

En este sábado, la Iglesia mira a María. Y María nos enseña la forma más pura de responder a la llamada: “Hágase”. Ella es la mujer del “sí” sin condiciones. Ella no pone excusas; guarda la Palabra, la medita, la vive. Y como en Caná, hoy nos dice con ternura firme: “Hagan lo que Él les diga” (cf. Jn 2,5).

María también es madre de la mesa: en su casa de Nazaret, Jesús aprendió el sabor del pan compartido, de la paciencia diaria, de la misericordia en lo pequeño. Pedámosle que en esta Cuaresma nuestras casas sean un “banquete” de reconciliación: menos gritos, menos heridas, más escucha; menos juicio, más compasión.

6) Tres llamadas concretas para vivir hoy

1.    Escucha la voz: hoy, en silencio, pregúntate: “Señor, ¿qué me estás pidiendo dejar?”

2.    Haz un ayuno con rostro humano: elige una obra concreta de misericordia esta semana (Isaías 58): una ayuda real, una visita, una llamada, una reconciliación pendiente.

3.    Invita a alguien al banquete: “banquete” puede ser una conversación, un testimonio sencillo, una invitación a la Eucaristía, un mensaje que levante al que está cayendo.


Oración final

Señor Jesús, hoy me miras como miraste a Leví.
A veces estoy sentado en mis seguridades, en mis excusas, en mis pecados repetidos.
Dame la gracia de levantarme.
Enséñame tu camino, para que siga tu verdad.
Arranca de mí el yugo del orgullo, la palabra que hiere, el dedo acusador.
Hazme misericordioso con el hambriento, con el triste, con el que carga una cruz.
Y con María, Madre fiel, dame un corazón libre para decirte: “Sígueme”, y seguirte de verdad.
Amén.

Intención orante (propia del día): Por una Cuaresma fecunda: que nuestro ayuno se convierta en misericordia, y que, como Leví, llevemos a otros al encuentro con Jesús.

 

jueves, 19 de febrero de 2026

20 de febrero del 2026: viernes después de Ceniza

 

Lejos de las falsas seguridades

(Isaías 58,1-9a) El ayuno que agrada a Dios pertenece a prácticas liberadoras respecto del otro y de uno mismo, a la apertura a la alteridad y a la capacidad de tomar distancia de nuestros intereses inmediatos, para considerar también los de los demás y orientar nuestras decisiones desde lo que tiene valor de eternidad. Esto nos invita a la interioridad y no, ante todo, a prácticas exteriores, a veces hipócritas y ostentosas. Como buen profeta, Isaías llama a sus oyentes a no instalarse en seguridades ficticias.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Is 58, 1-9a

Este es el ayuno que yo quiero

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor Dios:
«Grita a pleno pulmón, no te contengas;
alza la voz como una trompeta,
denuncia a mi pueblo sus delitos,
a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario,
desean conocer mi voluntad.
Como si fuera un pueblo que practica la justicia
y no descuida el mandato de su Dios,
me piden sentencias justas,
quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso;
mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacen sus negocios
y apremian a sus servidores;
ayunan para querellas y litigios,
y hieren con furibundos puñetazos.
No ayunen de este modo,
si quieren que se oiga su voz en el cielo.
¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:
inclinar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llaman ayuno,
día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero:
soltar las cadenas injustas,
desatar las correas del yugo,
liberar a los oprimidos,
quebrar todos los yugos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo,
cubrir a quien ves desnudo
y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 50, 3-4. 5-6ab. 18-19 (R.: cf. 19cd)

R. Un corazón quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.

V. Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. 
R.

V. Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. 
R.

V. Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. 
R.

 

Aclamación

V. Busquen el bien, no el mal, y vivirán;
y el Señor estará con ustedes.

 

Evangelio

Mt 9, 14-15

Cuando les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».

Palabra del Señor.

1

 

 

Hermanos y hermanas, en este viernes después de Ceniza, la Palabra de Dios nos pone frente a una pregunta muy concreta: ¿de qué sirve ayunar si el corazón no cambia? ¿Para qué “hacer sacrificios” si el trato con los demás sigue siendo el mismo, si la justicia se posterga, si el pobre continúa invisible, si el resentimiento sigue mandando en casa, y si por dentro el alma se nos está rompiendo?

1) El ayuno que Dios no soporta… y el que Dios bendice

Isaías es directo, casi incómodo. Describe gente religiosa, cumplidora, capaz de ayunar… pero al mismo tiempo capaz de oprimir, de discutir, de golpear con palabras, de pisotear al débil. Y entonces aparece la gran denuncia: hay ayunos que se vuelven “seguridades falsas”. Uno puede sentirse bien consigo mismo porque “cumple”, porque “hace algo”, porque “se priva de algo”, pero sin tocar el núcleo del egoísmo.

Y el Señor, por boca del profeta, redefine el ayuno: romper cadenas injustas, soltar ataduras, dejar libres a los oprimidos, compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, cubrir al desnudo (cf. Is 58). Es decir: el ayuno que a Dios le agrada no es primero el del estómago, sino el del corazón que aprende a amar.

Aquí hay una clave pastoral preciosa: la Cuaresma no es un gimnasio de voluntad; es una escuela de libertad. Ayunamos para despegarnos de lo que nos esclaviza: caprichos, impulsos, rencores, adicciones, vanidades, pequeñas venganzas… y para abrir espacio a Dios y al hermano.

2) “Misericordia quiero”: el Salmo 51 y la verdad del corazón

El Salmo 51 es la gran oración de quien ya entendió: lo que Dios quiere no es teatro, sino verdad. “Un corazón contrito y humillado, tú no lo desprecias” (cf. Sal 51).

Hay personas que están sufriendo mucho —en el alma y en el cuerpo— y quizá lo último que necesitan es sentirse examinadas por “cuánto ayunan”. Lo que necesitan es que la Iglesia les recuerde que Dios no se enamora de nuestras hazañas ascéticas: Dios se conmueve con nuestra sinceridad. Un corazón herido que se pone en sus manos vale más que mil prácticas perfectas hechas con soberbia.

Por eso, si hoy alguien llega a misa cargado de ansiedad, con depresión silenciosa, con duelo, con enfermedad, con cansancio, con culpa o con vergüenza, el salmo le dice: “Dios no te desprecia.” Y a la comunidad le recuerda: no podemos ayunar de comida y alimentarnos de chismes, de juicios, de dureza, de indiferencia.

3) El esposo está con nosotros: Mt 9,14-15

En el Evangelio, le preguntan a Jesús por qué sus discípulos no ayunan como otros. Y Jesús responde con una imagen nupcial: mientras el esposo está, hay alegría; cuando se lo lleven, entonces ayunarán (cf. Mt 9).

Esto significa algo muy bello: el ayuno cristiano no nace del amargor, sino del amor. Ayunamos porque el corazón echa de menos al Esposo, porque deseamos que Cristo reine más en nosotros, porque queremos afinar el oído interior para reconocerlo. Si el ayuno me vuelve irritable, agresivo, superior, triste por dentro y duro por fuera, entonces me falta lo esencial: me falta el Esposo.

Cuaresma no es “ponerse sombrío”; es volver a enamorarse. Y cuando uno ama, renuncia a cosas por algo más grande. Renuncia a seguridades falsas para abrazar lo eterno.

4) Si se proclama Lucas: Getsemaní y el ayuno del alma

Si hoy se lee el texto de Lucas (22,39-46), vemos a Jesús en Getsemaní: ora, tiembla, suda angustia; y aun así se entrega: “que no se haga mi voluntad…” (cf. Lc 22). Aquí aparece un ayuno más profundo: el ayuno de la autosuficiencia, el ayuno de “yo puedo solo”, el ayuno de “yo controlo todo”.

Muchos de los que sufren en el alma y en el cuerpo están precisamente en esa batalla: la de aceptar ayuda, la de soltar el control, la de pedir oración, la de dejarse acompañar. Jesús, en Getsemaní, santifica esa lucha. Y a nosotros nos enseña: orar en la noche también es fidelidad.

5) Aplicación concreta para vivir hoy

Propongo tres gestos sencillos —muy “Isaías 58”— para este viernes:

1.    Un ayuno que libere: elige hoy una renuncia concreta que te haga más humano: no responder con ironía, no pelear, no “cobrar” con frialdad, no alimentar el rencor.

2.    Una limosna que sane: un acto real de misericordia: una llamada a alguien solo, una ayuda discreta, una visita, un mercado compartido, una palabra de dignidad a quien se siente invisible.

3.    Una oración que sostenga: ofrece hoy un misterio del Rosario, una hora de silencio, o una breve súplica repetida con fe: “Señor, crea en mí un corazón puro”, por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Porque al final, la promesa de Isaías es clara: cuando el ayuno es verdadero, “tu luz despuntará como la aurora… y cuando llames, el Señor responderá” (cf. Is 58,8-9). No es magia; es fruto de una vida que deja de girar alrededor del yo.


Oración final (intención orante)

Señor Jesús, Esposo del alma,
mira a quienes hoy sufren en el cuerpo por la enfermedad, el dolor o el cansancio;
y a quienes sufren en el alma por la angustia, la tristeza, la soledad o la culpa.
Danos un ayuno que libere, una oración sincera y una caridad concreta.
Arranca de nosotros las falsas seguridades,
y enséñanos a escoger lo que tiene valor de eternidad.
Amén.

 

2

 

1) Una pregunta honesta… y una Cuaresma que pide verdad

En el Evangelio, los discípulos de Juan se acercan a Jesús con una duda sincera: “¿Por qué nosotros ayunamos… y tus discípulos no?” (Mt 9,14). No vienen a atacar, sino a comprender. Y esa actitud humilde abre la puerta a la verdad.

Pero hoy la liturgia completa la escena con una luz fuerte: Dios no solo quiere prácticas religiosas; quiere un corazón convertido. No basta “hacer ayuno”; importa qué ayuno y para qué.

2) Isaías 58: Dios denuncia un ayuno que no cambia la vida

La primera lectura es directa, casi incómoda: “Grita a pleno pulmón… denuncia al pueblo sus delitos” (Is 58,1). ¿Qué denuncia? Un ayuno que convive con la injusticia; un ayuno que no toca el egoísmo; un ayuno que no se vuelve compasión.

Isaías describe una contradicción: “Me buscan cada día… quieren conocer mis caminos” (Is 58,2), pero al mismo tiempo hay pleitos, opresión, indiferencia ante el pobre. Es decir: mucha “religión” y poca misericordia.

Y entonces aparece el ayuno que agrada a Dios (la gran pregunta cuaresmal):

·        romper cadenas injustas,

·        dejar libres a los oprimidos,

·        compartir el pan con el hambriento,

·        acoger al pobre,

·        vestir al desnudo,

·        no desentenderse del hermano (cf. Is 58,6-7).

Ahí está la clave: el ayuno verdadero no es solo dejar de comer; es dejar de herir, dejar de explotar, dejar de vivir encerrados. Si el ayuno no termina en caridad, se vuelve teatro.

Y Dios promete: “Entonces romperá tu luz como la aurora… entonces clamarás al Señor y te responderá” (Is 58,8-9). El ayuno que se vuelve amor abre el cielo.

3) Salmo 51: lo que Dios quiere no es apariencia, sino corazón contrito

El Salmo responsorial lo pone en oración penitencial: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad…” (Sal 51). No venimos a “lucir” santidad. Venimos a decir la verdad de nosotros mismos: “Señor, he fallado; límpiame; recrea en mí un corazón nuevo”.

Y remata con una frase decisiva: “Los sacrificios no te satisfacen… un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias” (Sal 51,18-19). Eso es Cuaresma: menos máscara, más verdad; menos orgullo, más humildad.

4) Evangelio: el Esposo y el sentido del ayuno cristiano

Jesús responde: “¿Pueden los invitados a la boda estar de duelo mientras el esposo está con ellos?” (Mt 9,15). Cristo es el Esposo. Su presencia es alegría, gracia, vida nueva.

Pero añade: “Días vendrán en que les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán.” Ahí está la cruz. Cuando el Esposo sea “tomado” (Pasión y muerte), el ayuno tendrá sentido: será gesto de amor herido, de deseo de Dios, de reparación, de vigilancia del corazón.

Entonces entendemos algo precioso: el ayuno cristiano no es tristeza estéril; es amor que se ordena. Es educar el deseo para que Cristo sea el centro. Y, según Isaías, su prueba definitiva es esta: ¿me hace más misericordioso?

5) Para nuestra vida: ayunar de lo que enferma el alma… y cura el cuerpo social

Hoy la Palabra nos invita a un ayuno integral:

·        Ayuno penitencial: reconocer el pecado real, pedir perdón de verdad, reconciliarnos.

·        Ayuno de palabras: críticas destructivas, juicios, ironías que humillan.

·        Ayuno de indiferencia: pasar de largo ante el sufrimiento ajeno.

·        Ayuno de egoísmo: “mi comodidad primero” por encima del hermano.

Y llenarlo con lo que Dios pide en Isaías: pan compartido, tiempo donado, escucha paciente, visita al enfermo, ayuda al que está solo, misericordia concreta.

6) Intención orante: penitencia y súplica por los que sufren

Hoy, con el Salmo 51 en los labios, hacemos una oración penitencial verdadera:
Señor, perdónanos por ayunos sin amor, por rezos sin conversión, por religiosidad sin compasión.

Y oramos por quienes sufren en el cuerpo y en el alma:
por los enfermos, por los que viven dolor crónico, por quienes atraviesan ansiedad, depresión, duelo, adicciones, soledad, heridas familiares. Que encuentren en la Iglesia no juicio, sino abrazo; no reproche, sino pan compartido; no indiferencia, sino presencia.

7) Cierre: la señal de que el ayuno es auténtico

El signo de un ayuno verdadero no es la cara larga ni el orgullo espiritual. El signo es este: más luz, más humildad, más misericordia. Y entonces se cumple la promesa: “Clamarás al Señor y te responderá.” (Is 58,9)


Oración final

Señor Jesús, Esposo de la Iglesia,
perdona nuestra incoherencia y nuestra dureza.
Danos un corazón contrito y humilde,
capaz de ayunar del pecado y de la indiferencia.
Que nuestra penitencia se convierta en misericordia,
y nuestra oración en consuelo para los que sufren
en el cuerpo y en el alma.
Señor, ten piedad. Cristo, ten piedad. Señor, ten piedad.
Amén.


miércoles, 18 de febrero de 2026

19 de febrero del 2026: jueves después del miércoles de Ceniza

 

Asumir el riesgo

(Dt 30,15-20; Lc 9,22-25) La invitación de Dios a elegir la vida llega al final de un largo camino por el desierto, marcado por infidelidades, quejas y resistencias al querer del Señor. Precisamente por eso el texto es tan luminoso: nos recuerda que la conversión siempre es posible, y que Dios no mira nuestra historia con fatalismo, sino con esperanza. Él vuelve a proponernos el camino, como quien dice: “todavía se puede”.

Pero surge una pregunta decisiva: ¿cómo discernir dónde está la vida? La respuesta se vuelve más clara a la luz del Evangelio: la vida verdadera no se conserva encerrándola, sino entregándola. Jesús lo expresa con una paradoja que atraviesa toda la Cuaresma: “perder para ganar”. No hay vida sin confianza, sin riesgo, sin dar pasos que nos saquen de la comodidad. Elegir la vida supone, entonces, aceptar el desafío de superar límites y miedos, y creer que el amor de Dios sostiene al que se atreve a seguir a Cristo.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Dt 30, 15-20

Mira: yo les propongo hoy bendición y maldición

Lectura del libro del Deuteronomio.

MOISÉS habló al pueblo, diciendo:
«Mira: hoy pongo delante de ti la vida y el bien, la muerte y el mal. Pues yo te mando hoy amar al Señor, tu Dios, seguir sus caminos, observar sus preceptos, mandatos y decretos, y así vivirás y crecerás y el Señor, tu Dios, te bendecirá en la tierra donde vas a entrar para poseerla.
Pero, si tu corazón se aparta y no escuchas, si te dejas arrastrar y te postras ante otros dioses y les sirves, yo les declaro hoy que morirán sin remedio; no durarán mucho en la tierra adonde tú vas a entrar para tomarla en posesión una vez pasado el Jordán.
Hoy cito como testigos contra ustedes al cielo y a la tierra. Pongo delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición. Elige la vida, para que vivan tú y tu descendencia, amando al Señor, tu Dios, escuchando su voz, adhiriéndote a él, pues él es tu vida y tus muchos años en la tierra que juró dar a tus padres, Abrahán, Isaac y Jacob».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 1, 1-2. 3. 4 y 6 (R.: Sal 39, 5ab)

R. Dichoso el hombre que ha puesto
su confianza en el Señor.


V. Dichoso el hombre
que no sigue el consejo de los impíos,
ni entra por la senda de los pecadores,
ni se sienta en la reunión de los cínicos;
sino que su gozo es la ley del Señor,
y medita su ley día y noche. 
R.

V. Será como un árbol
plantado al borde de la acequia:
da fruto a su tiempo
y no se marchitan sus hojas;
y cuanto emprende tiene buen fin. 
R.

V. No así los impíos, no así;
serán paja que arrebata el viento.
Porque el Señor protege el camino de los justos,
pero el camino de los impíos acaba mal. 
R.

 

Aclamación

V. Conviértanse —dice el Señor—,
porque está cerca el reino de los cielos.

 

Evangelio

Lc 9, 22-25

El que pierda su vida por mi causa la salvará

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, ser desechado por los ancianos, sumos sacerdotes y escribas, ser ejecutado y resucitar al tercer día».
Entonces decía a todos:
«Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz cada día y me siga. Pues el que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por mi causa la salvará. ¿De qué le sirve a uno ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, apenas estamos comenzando la Cuaresma y la liturgia ya nos coloca frente a una decisión que no admite neutralidad. Moisés lo dice con una claridad estremecedora: “Mira: hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida” (cf. Dt 30,15.19). No es un discurso para gente “perfecta”. Es una palabra proclamada después de un camino difícil, con tropiezos, infidelidades y cansancios. Y eso es lo que la vuelve tan consoladora: Dios no nos habla porque ya seamos santos; nos habla para que podamos volver a empezar.

Cuaresma, entonces, no es una temporada de tristeza ni de culpabilidad estéril. Es el tiempo de la elección. Y elegir significa que hay algo que debo dejar, algo que debo recuperar, algo que debo ordenar. Porque el corazón puede vivir dividido: queremos a Dios… pero también queremos asegurar el control; deseamos la vida… pero nos aferramos a lo que nos quita vida.

1) “Elige la vida”: ¿dónde se reconoce?

El salmo de hoy nos dibuja dos caminos: el del justo y el del malvado (Sal 1). Uno es como árbol plantado junto al agua, que da fruto a su tiempo; el otro es como paja que se lleva el viento. Es una imagen sencilla: la vida verdadera se nota en los frutos.

  • Donde hay vida, hay raíces: oración, verdad, humildad, reconciliación.
  • Donde hay vida, hay fruto: paz interior, capacidad de amar, paciencia, servicio.
  • Donde no hay vida, todo se vuelve inestable: hoy entusiasmo, mañana vacío; hoy promesas, mañana excusas.

Y aquí aparece un criterio muy cuaresmal: cuando uno se aparta de Dios, no queda “neutral”; se va secando por dentro. Por eso la Cuaresma no es “portarse mejor”, sino volver a la fuente.

2) La clave del Evangelio: “perder para ganar”

Jesús, en el Evangelio, no endulza el seguimiento: anuncia la cruz (Lc 9,22) y enseña una lógica que desconcierta:
“El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la salvará” (Lc 9,24).

¿Qué significa esto en la vida real? Que muchas veces confundimos “salvar la vida” con protegernos, con no sufrir, con no complicarnos, con no comprometernos. Y Jesús nos dice: cuidado… porque puedes “salvarte” tanto, que termines perdiéndote.

Hay pérdidas que destruyen, sí. Pero hay otras pérdidas que fecundan:

  • Pierde el que perdona… pero gana libertad.
  • Pierde el que dice la verdad… pero gana dignidad.
  • Pierde el que sirve sin aplausos… pero gana el corazón de Dios.
  • Pierde el que deja un pecado habitual… pero gana paz.
  • Pierde el que responde a una vocación… pero gana sentido.

El Evangelio no nos invita al masoquismo, sino a la valentía del amor. Y amar siempre tiene riesgo. Porque amar es salir del “yo primero”, salir del cálculo, salir de la comodidad.

3) ¿Qué “vida” estoy eligiendo hoy?

Moisés lo aterriza: elegir la vida es amar al Señor, escuchar su voz y seguirlo (cf. Dt 30,20). No es una idea bonita; es una dirección concreta. Y hoy la Iglesia nos pregunta, con mucha serenidad:

  • ¿Qué decisiones me están acercando a Dios?
  • ¿Qué hábitos me están alejando de la vida?
  • ¿Qué estoy defendiendo con tanta fuerza que ya se volvió un “ídolo” (una falsa seguridad)?
  • ¿A qué cruz le huyo, que en realidad podría ser el inicio de una vida más auténtica?

Porque, seamos sinceros: hay cruces que no escogemos. Pero hay otras cruces que sí escogemos cuando decidimos amar de verdad: la cruz de pedir perdón, la cruz de cambiar, la cruz de renunciar a una relación tóxica, la cruz de poner límites, la cruz de ser coherentes.

4) Una Cuaresma misionera y vocacional

Hoy, además, oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esto encaja perfecto con el Evangelio: la evangelización y la vocación nacen del mismo lugar: la disponibilidad a “perder” algo por Cristo para que otros ganen vida.

No hay Iglesia misionera sin cristianos valientes. No hay vocaciones sin jóvenes (y adultos) capaces de decir: “Señor, me arriesgo contigo”. La vocación —al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio cristiano, al servicio laical comprometido— siempre tiene algo de salto al vacío… pero en realidad es salto a las manos de Dios.

Pidámosle al Señor que en nuestras comunidades no falten corazones dispuestos a decir: “Aquí estoy”. Y pidámosle también que quienes ya servimos en la misión no nos cansemos ni nos encerremos: que nuestra fe no sea una fe “de mantenimiento”, sino una fe que se entrega.

Conclusión

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, Dios nos lo vuelve a poner delante, con ternura y firmeza: vida o muerte, camino o deriva, árbol o paja. Y Jesús nos da la llave: se gana perdiendo por amor.

Que esta Cuaresma no sea solo “de propósitos”, sino de decisiones profundas. Y que el Señor nos conceda el coraje de escoger lo que da vida: su Palabra, su cruz, su amor y su misión. Amén.

Oración final (breve):

Señor Jesús, danos un corazón libre para elegir la vida. Haznos valientes para seguirte, aun cuando el amor cueste. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y despierta vocaciones santas: sacerdotes, consagrados y laicos con fuego misionero. Amén.

 

 

2

 

Hermanos y hermanas:

En este jueves después del Miércoles de Ceniza, la Palabra de Dios nos coloca, desde el inicio de la Cuaresma, frente a una decisión que define la vida entera: ¿qué camino elijo? ¿Qué “felicidad” persigo? ¿Dónde pongo mi esperanza?

1) “Mira: hoy pongo delante de ti la vida y la muerte”

La primera lectura (Dt 30,15-20) es directa y conmovedora. Moisés no presenta una teoría moral: presenta una encrucijada. Dice, en nombre de Dios: “Hoy pongo delante de ti vida y felicidad, muerte y desgracia… Elige la vida.”
Y la vida, según la Biblia, no es solo “estar respirando”. Vida significa comunión con Dios, verdad, libertad interior, paz, fecundidad, futuro. Muerte significa lo contrario: un corazón que se va apagando, una existencia encerrada en sí misma, un camino que parece “cómodo” pero termina secando el alma.

Moisés añade algo decisivo: “Ama al Señor, escucha su voz, permanece unido a Él, porque Él es tu vida.” (cf. Dt 30,20). No dice: “cumple un listado” como si Dios fuera un examinador. Dice: ámalo, escúchalo, únete a Él. La Cuaresma comienza ahí: no con un maquillaje religioso, sino con una opción del corazón.

2) El Salmo 1: árbol o paja

El Salmo 1 pone dos imágenes que cualquiera entiende:

  • El justo es como árbol plantado junto al agua, que da fruto.
  • El malvado es como paja que se lleva el viento.

Aquí está la pregunta cuaresmal: ¿me estoy volviendo árbol o me estoy volviendo paja?
Porque uno puede tener actividad, agenda, ruido, incluso “religiosidad”… y sin embargo estar seco por dentro. La señal del árbol es que tiene raíces: oración, Palabra, vida sacramental, coherencia, caridad. La señal de la paja es que vive a merced de lo que diga el mundo, de la prisa, de la aprobación ajena, de la ansiedad, del “me da igual”.

Y por eso el salmo es una súplica implícita: “Señor, muéstrame el camino de tus mandatos” (responso tomado del Sal 119[118],29). Es como decir: “No me dejes vivir a la deriva”.

3) El Evangelio: el gran “paradoja” cristiana

Y entonces llega Jesús (Lc 9,22-25) y nos suelta una frase que rompe la lógica habitual:
“El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que la pierda por mí, la salvará.”
Y remata con una pregunta que no deja escapatoria:
“¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si se pierde o se arruina a sí mismo?”

Aquí está el corazón del mensaje: la cruz no es un accidente; es un camino. Jesús no la busca por gusto, pero la abraza por amor. Y nos dice: “Tome su cruz cada día y sígame.” No “una vez al año”, no “cuando me sobre tiempo”, no “si me conviene”. Cada día.

La paradoja de la fe es esta: el mundo promete felicidad evitando la cruz; Cristo promete plenitud abrazándola con sentido. El mundo dice: “sálvate a ti mismo”. Cristo dice: “entrégate y vivirás”.

4) ¿Y Jesús fue feliz?

Hay una pregunta que mucha gente lleva por dentro: “¿Soy feliz?”
Si miramos la vida de Jesús con ojos mundanos, no parece una historia “exitosa”: pobreza, rechazo, incomprensiones, persecución, traición, cruz. Sin embargo, Jesús revela una alegría más honda: la alegría de hacer la voluntad del Padre, la alegría de amar hasta el extremo, la alegría de cumplir la misión para la salvación de todos.

Esa es la verdad que la Cuaresma quiere despertarnos: hay una “felicidad” que depende de que todo salga bien… y se rompe al primer golpe. Y hay una alegría más profunda, que nace de saber para qué vivo, a quién pertenezco, a quién sigo, por quién me entrego.

5) “Negarse a sí mismo”: no es odiarse, es liberarse

Jesús dice: “niéguese a sí mismo”. Eso no significa despreciarse. Significa algo muy concreto:

  • Negar el ego tirano que quiere tener siempre la razón.
  • Negar el apego que no suelta.
  • Negar la vanidad que vive de aplausos.
  • Negar la comodidad que siempre pospone lo importante.
  • Negar el pecado que promete alivio y deja vacío.

Negarse a sí mismo es dejar de vivir para uno mismo. Es pasar del “mi vida” al “Señor, tu vida en mí”.

6) La cruz diaria: ¿cuál es la mía?

Jesús no habla de cruces imaginarias ni de dramas inventados. Habla de la cruz real, cotidiana:

  • La cruz de perdonar cuando lo fácil sería cobrar venganza.
  • La cruz de ser fiel cuando la tentación ofrece atajos.
  • La cruz de servir sin reconocimiento.
  • La cruz de decir la verdad aunque cueste.
  • La cruz de cuidar a un enfermo, sostener una familia, educar con paciencia.
  • La cruz de convertirse de verdad: cortar con lo que me destruye, confesarme, ordenar mi vida.

Y aquí está el milagro: esa cruz, unida a Cristo, deja de ser solo peso y se convierte en camino, en ofrenda, en redención.

7) Intención orante: obra evangelizadora y vocaciones

Hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y las vocaciones. Y esto encaja perfectamente: porque evangelizar es, en el fondo, perder la vida por Cristo para que otros la encuentren.

No hay evangelización sin cruz:

  • Cruz de salir, de tocar heridas, de no cansarse.
  • Cruz de formar, acompañar, corregir con caridad.
  • Cruz de la paciencia pastoral y de la perseverancia.

Y no hay vocaciones sin esta misma lógica: el Señor sigue llamando a jóvenes y adultos a decirle: “Aquí estoy”. Pero responder siempre implica renuncias, implica riesgos, implica cruz… y, a la vez, implica una alegría más grande: la alegría de vivir para Dios y para los hermanos.

Pidamos al Señor vocaciones santas, alegres, firmes: sacerdotes según su Corazón, consagrados y consagradas con pasión, matrimonios que sean evangelio vivo, laicos misioneros que sostengan la fe en medio del mundo.

Conclusión

Al inicio de esta Cuaresma, la Palabra nos deja dos preguntas que conviene llevar al silencio:

1.    ¿Qué estoy eligiendo: vida o muerte? (Dt 30)

2.    ¿Qué estoy persiguiendo: ganar el mundo o salvar el alma? (Lc 9)

Y una certeza que lo resume todo: la cruz, abrazada con Cristo, no aplasta; transforma.
Pidámosle hoy al Señor la sabiduría del corazón para entender lo que la lógica del mundo no entiende: que se gana perdiendo por amor, y que el camino más seguro hacia la vida es seguir a Jesús, cada día, con la cruz al hombro y la esperanza encendida.

Oración final:

Señor Jesús, danos tu sabiduría para no dejarnos seducir por las falsas promesas del mundo. Enséñanos a elegir la vida, a tomar la cruz cada día y a seguirte con alegría. Bendice la obra evangelizadora de tu Iglesia y suscita vocaciones generosas, valientes y santas. Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

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