lunes, 6 de abril de 2026

7 de abril del 2026: martes de la Octava de Pascua-San Juan Butista de la Salle(memoria opcional)

 

Santo del día:


San Juan Bautista de La Salle

1651-1719.
“Subir cada día a Dios por la oración” y “descender luego hacia los niños para instruirlos”: esto es lo que recomendaba el fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Patrono de los educadores.

 

 

Ahí está, que vuelve

(Juan 20,11-18) Dos veces se le pide a María Magdalena que explique sus lágrimas. ¿Acaso es tan extraño llorar ante un sepulcro? Esta mujer, desbordada de dolor, viene a rendir los últimos homenajes al hombre que ama, crucificado el día del sábado… ¡y he aquí que él la llama por su nombre!

Novedad radical de este encuentro en el jardín de la Resurrección. El Maestro ha escapado al dominio de la muerte. Desde ahora, nada puede impedir su regreso al Padre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 2, 36-41

Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
 R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 20, 11-18

He visto al Señor y ha dicho esto

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos sumergidos en la alegría de la Pascua. La Iglesia no celebra un solo día de Resurrección, sino una gran octava, como si quisiera detener el tiempo para contemplar, gustar y dejar entrar en el corazón esta noticia que lo cambia todo: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y hoy el Evangelio nos regala una de las escenas más bellas, más humanas y más conmovedoras de todo el Nuevo Testamento: el encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena.

El comentario que hemos escuchado lo expresa de manera muy hermosa: “Ahí está, que vuelve”. Sí, eso es la Pascua: no solamente que Jesús vive en una forma abstracta o lejana, sino que vuelve; vuelve al corazón herido, vuelve al jardín del llanto, vuelve a la vida de quien lo busca entre sombras, vuelve para llamar por su nombre a quien lo ama.

1. María Magdalena: las lágrimas de una discípula fiel

El Evangelio de san Juan nos presenta a María Magdalena de pie junto al sepulcro, llorando. Dos veces le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y uno podría responder: ¿cómo no llorar? ¿Cómo no llorar ante la tumba de aquel que había cambiado su vida? ¿Cómo no llorar cuando el amor parece vencido, cuando la esperanza parece enterrada, cuando el cielo parece guardar silencio?

María llora porque ama. Sus lágrimas no son signo de debilidad, sino de fidelidad. Ella había permanecido cerca de la cruz. Ella no se desentendió del Maestro cuando todo parecía perdido. Ella vuelve al sepulcro porque el amor verdadero no abandona fácilmente. Va a buscar a Jesús incluso cuando ya no espera nada. Va a estar cerca de su memoria, de sus restos, de aquello que quede de Él.

Cuántas veces nosotros también hemos llorado así. No sólo ante la muerte de un ser querido, sino también ante la pérdida de ilusiones, ante una traición, ante una enfermedad, ante una oración que parece no ser escuchada, ante una noche interior que se hace larga. Hay lágrimas del cuerpo y lágrimas del alma. Y el Evangelio de hoy nos dice algo consolador: Jesús resucitado no desprecia nuestras lágrimas. Él no se burla de nuestro dolor. Él se acerca justamente allí donde lloramos.

2. María busca un cadáver, pero encuentra al Viviente

María Magdalena fue al sepulcro buscando a un muerto. Su amor era sincero, pero su esperanza todavía era pequeña. Ella pensaba en un cuerpo, en un recuerdo, en un pasado. Pero la Pascua viene precisamente a romper esos límites. Jesús no ha resucitado para convertirse en nostalgia piadosa, sino para inaugurar una vida nueva.

Por eso esta escena es tan profunda: María tiene a Jesús delante, pero no lo reconoce. Lo confunde con el hortelano. Esto también nos pasa muchas veces a nosotros. El Señor está cerca, actuando, sosteniéndonos, hablándonos en la Palabra, en la Eucaristía, en un hermano, en una gracia inesperada, en una puerta que se abre, en una fuerza interior que no sabemos de dónde viene… y sin embargo no lo reconocemos. Pensamos que está ausente, cuando en realidad está obrando. Pensamos que nos dejó solos, cuando en realidad nos está preparando un encuentro nuevo.

Hay algo muy humano en esta escena. El dolor nubla la mirada. El sufrimiento encierra. La tristeza hace ver el mundo desde la pérdida. Y entonces no reconocemos la presencia del Resucitado. Pero Jesús no se impacienta. Él tiene pedagogía divina. Él espera el momento preciso. Él se deja buscar. Él acompaña el camino interior de María hasta el instante decisivo.

3. “¡María!”: el Resucitado nos llama por nuestro nombre

El centro del Evangelio de hoy está en una sola palabra: “¡María!”. Jesús no le da una explicación teológica. No le ofrece primero una demostración. No empieza con un discurso. La llama por su nombre. Y en ese instante, todo cambia.

Porque ser llamado por el nombre es ser reconocido en lo más íntimo. Es saber que no somos anónimos para Dios. Es descubrir que la Resurrección no es sólo un acontecimiento glorioso, sino también una relación viva. Jesús resucitado conoce a cada uno, entra en la historia concreta de cada uno, toca la herida concreta de cada uno, pronuncia el nombre concreto de cada uno.

Hermanos, esta es una gran noticia para nuestra vida espiritual: Dios no nos ama en masa; nos ama personalmente. No ama una multitud impersonal; ama rostros, historias, heridas, búsquedas, cansancios. Nos llama por nuestro nombre. Nos conoce por dentro. Sabe lo que cargamos. Sabe lo que nos duele. Sabe lo que nos falta. Sabe lo que hemos perdido y también aquello que todavía esperamos.

Y cuando uno escucha que el Señor lo llama por su nombre, entonces empieza de nuevo la fe. María responde: “¡Rabbuní!”, “¡Maestro!”. Ya no está aferrada a un sepulcro vacío. Ya no está encerrada en el duelo. Ya no vive sólo de recuerdos. Ahora está delante del Viviente.

4. La primera lectura: del corazón compungido a la conversión

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro proclamando con valentía: “Sepa todo Israel con absoluta certeza que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado”. Y entonces dice el texto que, al oír esto, se les traspasó el corazón.

Qué hermoso enlace con el Evangelio. María Magdalena pasa del llanto al reconocimiento; la multitud en Jerusalén pasa de la indiferencia a la compunción del corazón. La Pascua no deja a nadie igual. El Resucitado no aparece para entretenernos espiritualmente; aparece para transformarnos. Donde Él pasa, el corazón se despierta. Donde Él habla, la conciencia se mueve. Donde Él se hace presente, nace la pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?”

Y Pedro responde con claridad: “Conviértanse”. La Resurrección no es sólo consuelo; también es llamada. No basta conmoverse. No basta admirar el relato. No basta decir “qué bonito”. La Pascua exige una respuesta: volver a Dios, dejar que el corazón cambie, abrirse al perdón, recibir el don del Espíritu, comenzar una vida nueva.

A veces quisiéramos una Pascua sin conversión, una alegría sin compromiso, una fe sin cambio de vida. Pero la Iglesia, en esta Octava, nos recuerda que el Resucitado trae paz, sí, pero una paz que renueva; trae misericordia, sí, pero una misericordia que nos levanta; trae consuelo, sí, pero un consuelo que nos impulsa a vivir de otra manera.

5. “La misericordia del Señor llena la tierra”

El salmo responsorial nos ha hecho cantar: “La misericordia del Señor llena la tierra”. Esa es precisamente la atmósfera de la Pascua. La tierra parecía llena de violencia, de injusticia, de muerte, de traición, de miedo; pero ahora la liturgia nos hace proclamar que lo que verdaderamente llena la tierra es la misericordia de Dios.

No el pecado, sino la misericordia.
No la muerte, sino la vida.
No la noche, sino la luz.
No la desesperanza, sino la promesa.

Y eso vale también para nuestras historias. Quizá alguno ha llegado hoy con el corazón parecido al de María Magdalena: triste, cansado, confundido. Quizá alguno carga una herida reciente. Quizá alguno siente que ha perdido algo importante. Pues bien, la Palabra de hoy nos dice: el Resucitado sabe llegar precisamente a ese jardín donde lloras. Y cuando llega, no siempre quita de inmediato todos los problemas, pero sí cambia radicalmente el sentido de la vida, porque nos revela que el mal no tiene la última palabra.

6. “No me retengas”: la fe pascual no encierra, envía

Después del reconocimiento, Jesús dice una frase misteriosa: “No me retengas”. Como si dijera a María: no quieras relacionarte conmigo como antes, porque ahora ha comenzado algo nuevo. La Resurrección inaugura una forma distinta de presencia. Jesús ya no pertenece a un lugar, ni a una sola persona, ni a un tiempo limitado. Su presencia se hace nueva, universal, sacramental, eclesial, misionera.

Y enseguida le da una misión: “Ve a mis hermanos y diles…”. María pasa de ser mujer llorosa a ser mensajera pascual. La que había venido al sepulcro para honrar un cadáver es enviada ahora a anunciar la vida. La que estaba encerrada en su dolor se convierte en apóstol de la esperanza.

Ese es también el camino del cristiano. Nadie se encuentra de verdad con Cristo resucitado para quedarse quieto. El encuentro auténtico siempre se vuelve anuncio, servicio, testimonio, caridad, misión. Un cristiano pascual no vive atrapado en el sepulcro de sus penas, sino enviado al mundo para decir con su vida: “He visto al Señor”.

7. Una palabra para nuestros benefactores

Hoy queremos poner de manera especial esta Eucaristía en intención por nuestros benefactores. Qué hermoso hacerlo precisamente con estas lecturas. Porque un benefactor, en el fondo, es alguien que, de algún modo, ayuda a que la vida venza sobre la escasez, el desánimo o la necesidad. Un benefactor es alguien que no se encierra en sí mismo, sino que comparte. Alguien que sostiene una obra buena, una comunidad, una misión, una persona necesitada. Alguien que hace presente algo de la bondad de Dios.

Cuántas obras de la Iglesia, cuántos procesos de evangelización, cuántos gestos de caridad, cuántos sueños apostólicos han sido posibles gracias a hombres y mujeres generosos que tal vez no buscan protagonismo, pero sí desean colaborar con el bien. Detrás de una misión, de una radio evangelizadora, de una comunidad que sale adelante, de una obra parroquial, de un servicio pastoral, suele haber corazones benefactores que dan, apoyan, oran, animan, comparten.

Hoy pedimos al Señor resucitado que los bendiga abundantemente. Que así como Él llamó a María por su nombre, llame también por su nombre a cada uno de nuestros benefactores y les haga sentir que nada de lo que han hecho por amor queda olvidado delante de Dios. Que el Señor les conceda salud, paz, fortaleza, alegría espiritual. Y a quienes atraviesan dificultades, que les regale consuelo y esperanza. Y si alguno de nuestros benefactores ha partido ya a la Casa del Padre, que la victoria de Cristo sobre la muerte le abra las puertas de la vida eterna.

8. Para nuestra vida concreta

Hoy el Evangelio nos deja varias preguntas muy sencillas pero muy profundas:

¿Dónde estoy buscando al Señor: en un sepulcro vacío o en la vida nueva de la Pascua?
¿Qué lágrimas llevo en el corazón?
¿He dejado que Jesús pronuncie mi nombre?
¿Estoy reteniendo a Jesús a mi manera, o dejándome enviar por Él?
¿Mi fe pascual me ha vuelto más testigo, más generoso, más agradecido?

Tal vez hoy el Señor no nos está pidiendo grandes cosas extraordinarias. Tal vez sólo nos pide lo esencial: que dejemos de vivir como si Él siguiera en el sepulcro. Porque muchos bautizados dicen creer en la Resurrección, pero viven derrotados, amargados, resentidos, sin horizonte, sin impulso misionero, sin alegría interior. La Pascua no elimina automáticamente todos nuestros problemas, pero sí cambia la base de nuestra existencia: ya no vivimos bajo el poder definitivo de la muerte, sino bajo el señorío del Resucitado.

9. Conclusión

Hermanos, en esta mañana de Pascua contemplemos a María Magdalena. La vemos llorando, buscando, confundida… y luego la vemos iluminada, llamada, enviada. Ese es también nuestro itinerario. Del llanto al anuncio. De la noche a la fe. Del sepulcro a la misión. Del dolor al encuentro.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos llame por nuestro nombre. Que nos saque de nuestros sepulcros interiores. Que nos conceda un corazón traspasado y convertido, como el de aquellos oyentes de Pedro. Que nos haga cantar con verdad que su misericordia llena la tierra. Y que bendiga con amor de predilección a todos nuestros benefactores, para que experimenten en su vida la fuerza consoladora de Cristo vivo.

Que María Magdalena, testigo del alba pascual, nos enseñe a reconocer la voz del Maestro. Y que nosotros, como ella, podamos decir con alegría y con convicción:

¡He visto al Señor!

Amén.

 

 

7 de abril:

San Juan Bautista de La Salle, presbítero — Memoria

1651–1719
Patrono de los educadores
Canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

En verdad, si hubiera pensado alguna vez que el cuidado que estaba teniendo de los maestros por pura caridad me obligaría a vivir con ellos, habría abandonado todo el proyecto. Pues, hablando humanamente, consideraba a los hombres que estaba obligado a emplear en las escuelas, al comienzo, como inferiores incluso a mi criado; el solo pensamiento de tener que vivir con ellos me habría resultado insoportable. De hecho, experimenté muchas incomodidades cuando por primera vez los hice venir a mi casa. Esto duró dos años.

Sin duda, por esta razón Dios, que guía todas las cosas con sabiduría y serenidad, y cuyo modo de obrar no es forzar las inclinaciones de las personas, quiso confiarme enteramente el desarrollo de las escuelas. Dios lo hizo de manera imperceptible y a lo largo de mucho tiempo, de modo que un compromiso llevó a otro, sin que yo lo hubiera previsto al principio.
~ Memorias de San Juan de La Salle


Reflexión:

San Juan Bautista de La Salle murió en Viernes Santo, quizá como signo divino de la vida sacrificial que vivió por la salvación de las almas. Pero esa no fue su primera muerte. Su primera muerte fue la renuncia a la vida que llevaba y al mundo, por causa de la misión inesperada que Dios le confió.

La catedral de Reims, en Francia, fue fundada en el siglo V. Allí fue bautizado el primer rey franco por san Remigio, lo que dio origen a la conversión de muchos otros y a la cristianización del reino. Desde entonces, la catedral se convirtió en el lugar donde la mayoría de los reyes franceses fueron coronados. En su reconstrucción del siglo XIII, llegó a ser una de las catedrales góticas más ornamentadas y hermosas de Francia.

El santo de hoy nació en una familia acomodada en Reims y, desde joven, disfrutó de una vida de honor y prestigio social, así como de una excelente y costosa educación. Sus padres eran profundamente piadosos. A los once años recibió la tonsura, y junto con sus padres hizo la promesa de dedicar su vida al servicio de la Iglesia.

A los dieciséis años se convirtió en canónigo de la catedral de Reims. Los canónigos cuidaban de la catedral y aconsejaban al arzobispo. Posteriormente fue enviado a completar su formación en algunas de las mejores escuelas de Francia.

Poco después de comenzar sus estudios de teología, a los veintiún años, sus padres fallecieron, y tuvo que regresar a casa para cuidar de sus seis hermanos menores y administrar el patrimonio familiar. Durante los cinco años siguientes terminó sus estudios teológicos y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años.

Después de su ordenación, obtuvo el doctorado en teología y se entregó a la vida de un joven sacerdote respetado. Su director espiritual, el padre Nicolás Roland, era un hombre santo con gran amor por los pobres y por la educación de los niños. Él ayudó a fundar una congregación religiosa —las Hermanas del Niño Jesús— dedicada a atender a los enfermos y educar a las niñas pobres. El padre de La Salle se convirtió en su capellán y confesor, colaborando activamente con ellas.

Antes de morir, el padre Roland le pidió que continuara la obra educativa de los jóvenes pobres. De La Salle aceptó, sin imaginar lo que eso implicaría. Poco después conoció a un laico, Adrián Nyel, con quien fundó una escuela para niños pobres en Reims, seguida de otra más.

Se encontró entonces ante un dilema: humanamente no se sentía inclinado a esa misión, pero la pasión de los colaboradores y la inspiración divina lo impulsaban. Intentó retirarse, pero terminó continuando. Sin saberlo, había comenzado la obra que marcaría toda su vida y transformaría la Iglesia.

Con el tiempo, vio la necesidad de formar mejor a los maestros. Él había recibido una educación excelente y notaba la falta de preparación humana y espiritual de los docentes. Los niños que enseñaban estaban muchas veces “lejos de la salvación”.

Por ello, comenzó a invitar a los maestros a su casa, compartiendo con ellos la mesa y enseñándoles a ser mejores educadores y hombres de Dios. Luego los invitó a vivir con él para dedicarse plenamente a su formación.

Esto provocó incomprensión y críticas. Sus familiares se escandalizaban de su cercanía con personas de clase social baja. Algunos lo acusaban de ambición, de querer hacerse famoso. Incluso el obispo expresó preocupaciones similares.

A pesar de todo, perseveró en oración. Renunció a su cargo de canónigo y se dedicó por completo a la educación de los pobres.

Aunque había heredado una fortuna, en vez de usarla para fundar escuelas, la entregó a los pobres afectados por una hambruna, confiando totalmente en la Providencia divina para su obra.

Fundó entonces el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Los hermanos vivían en comunidad, sin aspirar al sacerdocio, dedicados exclusivamente a la educación de los niños pobres.

Desarrolló métodos pedagógicos innovadores, ordenados y eficaces. Enseñar a niños provenientes de ambientes difíciles exigía formar no solo la inteligencia, sino también el carácter y la virtud.

Sostenía que la educación debía ser gratuita para los pobres y que debía impartirse en francés, no en latín, lo cual era revolucionario.

A pesar de resistencias dentro y fuera de la Iglesia, perseveró. Fundó escuelas de formación para maestros y su obra creció rápidamente.

Más tarde reconocería que, si hubiera sabido desde el principio todo lo que Dios le pediría, jamás habría dicho “sí”. Pero Dios lo fue guiando paso a paso, y él solo tuvo que responder a cada impulso de la gracia.


Meditación:

Considera cómo Dios quiere obrar también en tu vida de ese modo. No te revela todo su plan de una vez. Te guía hoy, paso a paso, dándote la gracia necesaria para responder.

Di “sí” hoy, mañana y cada día. Y al final de tu vida, te sorprenderás de hasta dónde Dios te habrá conducido.


Oración:

San Juan Bautista de La Salle,
Dios te condujo paso a paso a lo largo de tu vida.
Tu generosidad ante los llamados de la gracia
te llevó por caminos que nunca imaginaste.

Ruega por mí,
para que siempre esté abierto al plan de Dios
y responda con generosidad, sin importar las dificultades.

San Juan Bautista de La Salle, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

6 de abril del 2026: Lunes de la Octava de Pascua


Cita del salmo

(Hechos 2:14.22b-33) El Salmo 15, citado por Pedro, le permite predicar al mismo tiempo el mesianismo de Jesús, descendiente de David, y su resurrección. Le permite también pintar una especie de retrato espiritual de Cristo, hombre de alabanza y de esperanza, teniendo constantemente ante los ojos la voluntad del Padre. Entregado a todos, incluso a sus detractores, hasta el extremo, hizo triunfar la vida de Dios y abre en adelante, el paso al Espíritu.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio


(Mateo 28, 8-15) No hay pruebas contundentes de la resurrección. La fe se basa en la credibilidad del testimonio. Y esta fe nos llama a buscar en nuestra vida las huellas de la presencia del Resucitado. Nos corresponde ahora convertirnos en testigos de la resurrección.


Primera lectura

 Lectura del libro de los Hechos de los apóstoles (2,14.22-33):

EL día de Pentecostés, Pedro, poniéndose en pie junto con los Once, levantó su voz y con toda solemnidad declaró:

«Judíos y vecinos todos de Jerusalén, enteraos bien y escuchad atentamente mis palabras. Israelitas, escuchad estas palabras: a Jesús el Nazareno, varón acreditado por Dios ante vosotros con milagros, prodigios y signos que Dios realizó por medio de él, como vosotros sabéis, a este, entregado conforme el plan que Dios tenía establecido y provisto, lo matasteis, clavándolo a una cruz por manos de hombres inicuos. Pero Dios lo resucitó, librándolo de los dolores de la muerte, por cuanto no era posible que esta lo retuviera bajo su dominio, pues David dice, refiriéndose a el:
“Veía siempre al Señor delante de mí,
pues está a mi derecha para que no vacile.
Por eso se me alegró el corazón,
exultó mi lengua,
y hasta mi carne descansará esperanzada.
Porque no me abandonarás en el lugar de los muertos,
ni dejarás que tu Santo experimente corrupción.
Me has enseñado senderos de vida,
me saciarás de gozo con tu rostro”.
Hermanos, permitidme hablaros con franqueza: el patriarca David murió y lo enterraron, y su sepulcro está entre nosotros hasta el día de hoy. Pero como era profeta y sabía que Dios “le había jurado con juramento sentar en su trono a un descendiente suyo, previéndolo, habló de la resurrección del Mesías cuando dijo que “no lo abandonará en el lugar de los muertos” y que “su carne no experimentará corrupción”.
A este Jesús lo resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Exaltado, pues, por la diestra de Dios y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, lo he derramado. Esto es lo que estáis viendo y oyendo».

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 15,1b-2a y 5.7-8 9-10.11


R/.
 Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.
Yo digo al Señor: «Tú eres mi Dios».
El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano. R/.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. R/.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos
ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R/.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. R/.


Lectura del santo evangelio según san Mateo (28,8-15):

EN aquel tiempo, las mujeres se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús salió al encuentro y les dijo:
«Alegraos».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
Mientras las mujeres iban de camino, algunos de la guardia fueron a la ciudad y comunicaron a los sumos sacerdotes todo lo ocurrido. Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».
Ellos tomaron el dinero y obraron conforme a las instrucciones. Y esta historia se ha ido difundiendo entre los judíos hasta hoy.

Palabra del Señor

 

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 COMENTARIOS EXEGÉTICOS

1. Primera lectura: Hechos 2,14.22-33

Estamos ante el comienzo del kerygma de Pedro en Pentecostés. El apóstol interpreta los acontecimientos de Jesús a la luz del plan salvífico de Dios, destacando:

·        La identidad de Jesús: Hombre acreditado por Dios con milagros, signos y prodigios.

·        Su muerte: No como un fracaso, sino como parte del "designio determinado y la presciencia de Dios".

·        La resurrección: Prueba de que la muerte no pudo retener a Jesús.

·        El testimonio apostólico: Pedro dice con valentía: "Nosotros somos testigos de esto".

·        La exaltación: Jesús está “a la derecha de Dios”, ya glorificado, derramando el Espíritu.

Pedro cita el Salmo 15 para demostrar que la Escritura ya anunciaba que el “Santo no conocería la corrupción”.

2. Salmo 15(16)

Es un salmo de confianza absoluta en Dios. En Pascua, se convierte en un canto de victoria sobre la muerte. Los versículos clave son:

“No me entregarás a la muerte ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.”

Esto se ve cumplido en Jesús y promete también una vida plena para quienes en Él creen.

3. Evangelio: Mateo 28,8-15

Dos reacciones a la resurrección:

·        La fe de las mujeres: Salen “con miedo y gran alegría” y corren a anunciar la noticia. El Resucitado se les aparece, las consuela (“No temáis”) y las envía.

·        La incredulidad de los sumos sacerdotes: Frente a la verdad del sepulcro vacío, optan por ocultarla, comprando a los soldados y difundiendo una mentira.

Esto confronta al lector: ¿a qué grupo pertenezco? ¿A los que anuncian la vida o a los que encubren la verdad?


🕊 HOMILÍA: “No temáis… Id y anunciad”

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Verdaderamente ha resucitado!

Este lunes de la Octava de Pascua no es un día cualquiera. Es parte de esta gran semana luminosa, en la que la Iglesia celebra como si fuera un solo y largo domingo, la Pascua del Señor.

Hoy la Palabra nos invita a vivir y anunciar la Resurrección con la fuerza del Espíritu y con la alegría del corazón.


1. La valentía del anuncio

Pedro, el mismo que había negado a Jesús, ahora se pone de pie y proclama con fuerza la verdad pascual: Jesús ha resucitado. Su transformación es obra del Espíritu, pero también fruto de la experiencia pascual.

El miedo ha sido vencido. Como las mujeres del Evangelio, que salieron del sepulcro con "miedo y gran alegría", Pedro también supera su temor para convertirse en testigo valiente. Esta es la Pascua: pasar del temor a la misión.


2. Del sepulcro vacío a la vida en plenitud

El salmo proclama una verdad eterna: “no me entregarás a la muerte”. Esto no solo habla de Jesús, sino también de nosotros.

Vivimos en un mundo donde muchas cosas parecen oler a muerte: violencia, desesperanza, corrupción, hambre… Y sin embargo, la Pascua nos recuerda que Dios no abandona a los suyos. Que la última palabra no la tiene la tumba, sino la vida.


3. La lucha por la verdad

El evangelio también nos pone en guardia: no todos quieren aceptar la Resurrección. Algunos, como los sumos sacerdotes, prefieren el poder, el control, la mentira. Prefieren un mundo sin Resurrección.

También hoy hay estructuras que quieren ocultar la luz. En nuestras comunidades, incluso en nuestro país, hay quienes propagan la desinformación, dividen, manipulan. Frente a eso, el cristiano está llamado a ser testigo de la verdad, aunque cueste.


4. La Pascua como misión: “Id a decir a mis hermanos”

Cristo no solo aparece. Da una misión: "Id y decid a mis hermanos". Esta es la tarea pascual: anunciar a todos que Jesús vive.

 No podemos quedarnos quietos, encerrados en nuestros templos o en nuestras comodidades.

Hoy, desde nuestras islas del Caribe colombiano, desde las comunidades del Vicariato, desde cada rincón del país, el Resucitado nos dice: “No temáis… id y anunciad”.

 

🌿 ORACIÓN FINAL

Señor Resucitado,
derrama sobre nosotros tu Espíritu,
como lo hiciste sobre los apóstoles.
Haznos valientes para proclamar tu victoria,
firmes para resistir la mentira,
y generosos para llevar tu luz
a cada rincón donde aún reina la sombra.

Amén.

 


2

Humildad ante la Resurrección


Ellos, reunidos con los ancianos, llegaron a un acuerdo y dieron a los soldados una fuerte suma, encargándoles:
«Decid que sus discípulos fueron de noche y robaron el cuerpo mientras vosotros dormíais. Y si esto llega a oídos del gobernador, nosotros nos lo ganaremos y os sacaremos de apuros».

Mateo 28: 12-14

 

 

El Señor de todos resucitó de la tumba, venciendo el pecado y la muerte, ¡haciendo posible que todos compartamos su gloriosa resurrección! La muerte había perdido. Satanás había perdido. Los líderes religiosos corruptos habían perdido. Y todos los que creían en Jesús ahora tenían renovada su esperanza eterna. Sin embargo, lamentablemente, la victoria más grande jamás conocida para la humanidad, una victoria que abrió las puertas a la gloria eterna para todos los que creen, no pudo ser aceptada por los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo. Vieron su muerte y, ahora que había resucitado, se apresuraron a hacer todo lo posible por ocultar esa verdad.

 

El orgullo es difícil de superar. Cuando una persona profesa que tiene razón, cuando en realidad está equivocada, y cuando luego se enfrenta a su error, el pecado del orgullo lo tentará inevitablemente a seguir pecando. Esto es lo que vemos hoy en este pasaje de nuestro Evangelio. Los soldados informaron a los principales sacerdotes y a los ancianos que cuando las mujeres llegaron a la tumba temprano en la mañana, hubo un gran terremoto, y vieron a un ángel del Señor descender del cielo, hacer retroceder la piedra y sentarse en ella. Cuando vieron esto, “los guardias se estremecieron de miedo y quedaron como muertos” ( Mateo 28: 4 ). Y después de que oyeron al ángel decir a las mujeres que Jesús había resucitado, los guardias fueron a avisar a los principales sacerdotes y a los ancianos.

 

Después de todos los milagros y la poderosa predicación de Jesús, uno pensaría que los principales sacerdotes y los ancianos habrían creído. Pero no lo hicieron. Y luego, después de escuchar el testimonio de estos soldados, pensaría uno que  habrían caído de rodillas, se habrían arrepentido de la dureza de su corazón y habrían llegado a creer. Pero no lo hicieron. Doblaron su pecado y agregaron pecado sobre pecado.

 

Algunas formas de pecado pueden admitirse más fácilmente, especialmente los pecados de debilidad. Cuando uno es débil y cae, puede que no siempre sea fácil vencer ese pecado en el futuro, pero es más fácil reconocerlo como pecado cuando es causado por la debilidad humana. Pero un pecado de debilidad es muy diferente a un pecado de orgullo obstinado. El orgullo obstinado no solo es difícil de superar, es difícil de admitir. Es difícil admitir nuestro pecado cuando se basa en nuestra obstinación y orgullo. Como resultado, este tipo de pecado a menudo conduce a otros pecados como el engaño, la manipulación y el enojo continuos. 

 

Esto lo ilustran estos sumos sacerdotes y ancianos. Pero si puedes humillarte y admitir tu pecado cuando proviene de tu orgullo, esa humildad puede tener un efecto poderoso y transformador en tu vida.


Reflexiona hoy sobre estos sumos sacerdotes y ancianos del pueblo. Trata de reflexionar sobre la dureza de su corazón y la triste situación en la que se encontraron mientras intentaban encubrir su error y pecado. Decide no caer nunca en esta forma de pecado. Sin embargo, si esto es una lucha para ti, busca la humildad para que puedas ser liberado de esta pesada carga por la gracia de la Resurrección de nuestro Señor.


 

Mi Señor resucitado, Tú conquistaste el pecado y la muerte y trajiste nueva vida a todos los que creen en Ti. Dame la gracia, querido Jesús, de nunca permitir que mi pecado de orgullo me impida estar abierto a la acción gloriosa y transformadora que deseas hacer en mi vida. Por favor, dame el don de la humildad para que siempre pueda apartarme de mi pecado y volverme a Ti. Jesús, en Ti confío.


sábado, 4 de abril de 2026

5 de abril del 2026: DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURECCIÓN DEL SEÑOR, Solemnidad

 

Un nuevo impulso

¡Es Pascua! Y más que un punto de llegada, esta fiesta debería ser un nuevo comienzo en nuestra vida espiritual. No en vano la primera lectura de la Vigilia Pascual comienza así: «En el principio…». Recuerdo un año en que me impuse una disciplina exigente durante la Cuaresma, especialmente en lo referente al ayuno. Al llegar la Pascua, me comí de golpe la mitad de una torta de chocolate; fue un momento placentero, lo reconozco. Pero pronto me enfrenté a un problema: durante los primeros días del tiempo pascual, ya no sabía cómo disponerme interiormente, ahora que la ascesis había terminado. Incluso estaba un poco triste: tanto esfuerzo para un placer intenso, pero al final con muy poca alegría.

La verdad es que yo no había corrido hacia Dios a lo largo de la Cuaresma; más bien había intentado “rendir” para estar más disponible para Él cuando llegara la Pascua. Pero, al llegar al final de la carrera, ya no sabía cómo caminar humildemente con Cristo. Había confundido el fin con los medios. Había tomado el camino por la meta.

Que hayamos “logrado” o no nuestra Cuaresma este año tiene hoy poca importancia. Porque la Pascua marca el inicio de un nuevo impulso, siempre que nos dejemos alcanzar por la alegría de esta convicción de fe: la muerte ha sido vencida, no tendrá la última palabra. No es demasiado tarde; nunca es demasiado tarde para darle a Dios el lugar central en nuestra vida. Y nada es tan eficaz para lograrlo como dejarnos atravesar por la alegría de ser salvados por Aquel “que va delante de nosotros”.

¿Qué me impide dejarme atravesar por la alegría de la Pascua, si es que algo me lo impide?

¿Qué “nuevo comienzo” deseo emprender en mi vida espiritual?

Jonathan Guilbault, directeur éditorial de Prions en Église Canada

 


Primera lectura

Hch 10, 34a. 37-43
Hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo:
«Ustedes conocen lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él.
Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos.
Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 1-2. 16-17. 22-23 (R.: 24)

R. Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. 
R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. 
R.

 

Segunda lectura

Col 3, 1-4 (Opción 1)

Busquen los bienes de allá arriba, donde está Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

HERMANOS:
Si han resucitado con Cristo, busquen los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Porque han muerto; y su vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida de ustedes, entonces también ustedes aparecerán gloriosos, juntamente con él.

Palabra de Dios.


1 Cor 5, 6b-8 (opción 2)

Barran la levadura vieja para ser una masa nueva

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa? Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que ustedes son panes ácimos. Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja (levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad.

Palabra de Dios.



Secuencia

Hoy es obligatorio decir la Secuencia. Los días dentro de la Octava es potestativo.

Ofrezcan los cristianos
ofrendas de alabanza
a gloria de la Víctima
propicia de la Pascua.

Cordero sin pecado
que a las ovejas salva,
a Dios y a los culpables
unió con nueva alianza.

Lucharon vida y muerte
en singular batalla,
y, muerto el que es la Vida,
triunfante se levanta.

«¿Qué has visto de camino,
María, en la mañana?»
«A mi Señor glorioso,
la tumba abandonada,

los ángeles testigos,
sudarios y mortaja.
¡Resucitó de veras
mi amor y mi esperanza!

Vengan a Galilea,
allí el Señor aguarda;
allí verán los suyos
la gloria de la Pascua».

Primicia de los muertos,
sabemos por tu gracia
que estás resucitado;
la muerte en ti no manda.

Rey vencedor, apiádate
de la miseria humana
y da a tus fieles parte
en tu victoria santa.

 

Aclamación

RAleluya, aleluya, aleluya.
V. Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua en el Señor.
 R.

 

Evangelio

Jn 20, 1-9

Él había de resucitar de entre los muertos

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EL primer día de la semana, María la Magdalena fue al sepulcro al amanecer, cuando aún estaba oscuro, y vio la losa quitada del sepulcro.
Echó a correr y fue donde estaban Simón Pedro y el otro discípulo, a quien Jesús amaba, y les dijo:
«Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto».
Salieron Pedro y el otro discípulo camino del sepulcro. Los dos corrían juntos, pero el otro discípulo corría más que Pedro; se adelantó y llegó primero al sepulcro; e, inclinándose, vio los lienzos tendidos; pero no entró.
Llegó también Simón Pedro detrás de él y entró en el sepulcro: vio los lienzos tendidos y el sudario con que le habían cubierto la cabeza, no con los lienzos, sino enrollado en un sitio aparte.
Entonces entró también el otro discípulo, el que había llegado primero al sepulcro; vio y creyó.
Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!
Y esta es la noticia que hoy sacude la historia, renueva la Iglesia y quiere transformar también nuestra vida. Pascua no es simplemente el final feliz de la Semana Santa. Pascua no es la clausura solemne de unos días intensos. Pascua es, en realidad, el comienzo de algo nuevo. Es el inicio de una humanidad renovada. Es el amanecer de una esperanza que no engaña. Es el día en que Dios ha dicho definitivamente que el pecado no tendrá la última palabra, que el mal no tendrá la última palabra, que la tumba no tendrá la última palabra.

A veces vivimos la Cuaresma como una meta de esfuerzo: ayunamos, oramos, hacemos sacrificios, tratamos de confesarnos, de mejorar, de corregir lo que está mal. Y todo eso está bien. Pero puede sucedernos que podemos terminar la Cuaresma pensando que todo consistía en “cumplir”, en “rendir”, en “hacer lo correcto”, y cuando llega Pascua no sabemos qué hacer con la libertad, con la alegría, con la gracia. Como si el camino espiritual hubiera sido una carrera de rendimiento y no una historia de amor con Dios.

Y entonces Pascua viene a decirnos algo esencial: no hemos sido salvados por nuestras marcas espirituales; hemos sido salvados por Cristo muerto y resucitado. No es nuestro esfuerzo el que vence a la muerte. No es nuestra disciplina la que abre el sepulcro. No es nuestra perfección la que inaugura la vida nueva. Es Jesús. Solo Jesús. Él, que fue crucificado, ha resucitado. Él, que cargó con nuestros pecados, vive para siempre. Él, que descendió hasta el abismo de nuestra fragilidad, nos abre ahora el camino de la vida.

En el evangelio de san Juan, María Magdalena va al sepulcro de madrugada, cuando todavía estaba oscuro. Qué detalle tan profundo. Todavía estaba oscuro. No solo afuera. También en el corazón. Oscuridad de la pérdida, oscuridad del dolor, oscuridad de la confusión. Cuántas veces nosotros también caminamos así: con el alma todavía a oscuras. Seguimos amando a Jesús, sí, pero con lágrimas. Seguimos buscándolo, sí, pero sin entender del todo. Seguimos siendo creyentes, pero con el corazón herido por las cruces de la vida.

María Magdalena ve la piedra removida y corre a avisar a Pedro y al discípulo amado. También ellos corren. Ese correr de los discípulos es muy hermoso: es el movimiento del corazón que comienza a despertar. La Pascua pone a correr a la Iglesia. La Pascua saca del inmovilismo. La Pascua rompe la resignación. La Pascua nos arranca de la tristeza estéril y nos impulsa a buscar, a anunciar, a creer.

Pero notemos algo: al principio no entienden del todo. Ven signos. Ven el sepulcro vacío. Ven los lienzos. Ven que algo ha sucedido. Y el evangelio concluye diciendo: “todavía no habían comprendido que, según la Escritura, él debía resucitar de entre los muertos”. Es decir, la fe pascual también es un camino. No todo se comprende de golpe. Se entra poco a poco en el misterio. Primero se corre, luego se observa, después se recuerda la Palabra, y finalmente se cree.

Eso nos consuela mucho. Porque también nosotros estamos aprendiendo a creer en la Resurrección no solo con la cabeza, sino con la vida. Decimos “Cristo resucitó”, pero a veces seguimos viviendo como si la piedra siguiera cerrando el sepulcro. Nos domina el miedo, el pesimismo, el rencor, la rutina, la desesperanza. Y hoy el Señor nos dice: “Mira bien: la piedra ya fue removida”. No sigas buscando entre los muertos al que vive. No sigas encerrado en lo que ya pasó. No sigas definiendo tu vida solo por tus heridas. Yo he resucitado. Y si yo he resucitado, también tu historia puede empezar de nuevo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando con valentía el núcleo de la fe: Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día, y nosotros somos testigos. Este es el kerigma, el anuncio fundamental de la Iglesia. La Iglesia existe para decirle al mundo esta verdad: Jesús vive. No anunciamos una idea bella. No defendemos solo una doctrina moral. No conservamos únicamente una memoria religiosa del pasado. Proclamamos un acontecimiento: el Crucificado vive. Y porque vive, se puede recomenzar. Y porque vive, hay perdón. Y porque vive, hay esperanza para el pecador, para el enfermo, para el anciano, para el joven confundido, para la familia herida, para el que llora a sus difuntos, para el que siente que ha fracasado.

El salmo nos hace cantar: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el día”; dice: este es el día. Pascua no es solo recuerdo, es presencia. Hoy el Resucitado sale a nuestro encuentro. Hoy quiere entrar en nuestras casas. Hoy quiere renovar nuestra oración. Hoy quiere resucitar lo que en nosotros estaba apagado.

San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos da una orientación preciosa: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.” No significa desentendernos de la tierra, de los problemas concretos, de las responsabilidades humanas. Significa vivir esta tierra con el corazón orientado por Cristo. Quien celebra la Pascua no escapa del mundo, sino que aprende a habitarlo de otra manera: con esperanza, con limpieza interior, con libertad, con caridad, con sentido de eternidad.

Y si tomamos la otra opción, la primera carta a los Corintios, Pablo utiliza la imagen de la levadura: “Tiren la levadura vieja… celebremos la Pascua con los panes ázimos de la sinceridad y la verdad.” Qué actual es esta exhortación. Pascua no es una emoción pasajera. Pascua exige una vida nueva. No basta con cantar aleluya en el templo si seguimos alimentando viejos fermentos: la hipocresía, la doble vida, la amargura, la falta de reconciliación, la mediocridad espiritual. La Resurrección pide sinceridad y verdad. Pide que dejemos que Cristo limpie nuestro interior.

Si se proclama el evangelio de Mateo, como en la Vigilia Pascual, el ángel dice a las mujeres: “No tengan miedo.” Y luego Jesús mismo les sale al encuentro. Ahí está el corazón de la Pascua: primero Dios vence nuestro miedo, y después se hace encontradizo. El Resucitado no espera que nosotros lleguemos solos hasta Él; sale a buscarnos. Va delante de nosotros. Nos precede. Nos espera en Galilea, es decir, en la vida cotidiana, en el lugar de la llamada primera, en el sitio donde comenzó la amistad con Él.

Tal vez hoy cada uno debería preguntarse:

¿qué me impide dejarme atravesar por la alegría de la Pascua?
Puede ser una culpa no entregada.
Puede ser una herida mal cerrada.
Puede ser una imagen falsa de Dios.
Puede ser el cansancio del alma.
Puede ser la costumbre de vivir una fe sin asombro.
Puede ser también una Cuaresma mal entendida, vivida como carga y no como camino hacia el encuentro.

Pero el Señor hoy no viene a reprocharnos nada. Viene a abrir el sepulcro. Viene a despertarnos. Viene a decirnos: “No es tarde. Nunca es tarde. Empieza de nuevo conmigo.”

Y esa es la gran invitación de este Domingo de Pascua: tomar un nuevo impulso espiritual.
No simplemente felicitarse por haber llegado hasta aquí.
No simplemente decir: “ya pasó la Cuaresma”.
No simplemente volver a la normalidad.
No. Pascua nos pide comenzar de nuevo, pero ahora desde la alegría del Resucitado.

Tal vez ese nuevo comienzo, para uno, será volver a la confesión sincera.
Para otro, retomar la oración diaria.
Para otro, reconciliarse con alguien.
Para otro, dejar un pecado que lo tiene atado.
Para otro, volver a la Eucaristía dominical con un corazón nuevo.
Para otro, dejar de vivir la fe como obligación y empezar a vivirla como amistad con Cristo vivo.

Hermanos, la tumba vacía no es un detalle más del relato: es el signo de que Dios ha irrumpido donde parecía que todo estaba terminado. Y eso vale también para nosotros. Hay situaciones humanas que parecen cerradas como sepulcros: una enfermedad prolongada, una pena familiar, una depresión silenciosa, un duelo reciente, una vocación cansada, un matrimonio herido, una comunidad desanimada, un país golpeado por la violencia o por la corrupción. Pero la Pascua nos dice: Dios sabe abrir caminos donde solo veíamos piedras.

Por eso, hoy más que nunca, la Iglesia no grita una consigna vacía. La Iglesia proclama una certeza:
Cristo ha resucitado.
Y porque Cristo ha resucitado, la esperanza es razonable.
Y porque Cristo ha resucitado, amar vale la pena.
Y porque Cristo ha resucitado, la fidelidad tiene sentido.
Y porque Cristo ha resucitado, nuestros difuntos descansan en su misericordia.
Y porque Cristo ha resucitado, nosotros no caminamos hacia la nada, sino hacia la Vida.

Pidámosle al Señor en esta Pascua que no nos quedemos solo con la emoción de la fiesta, sino que entremos de verdad en el dinamismo de la Resurrección. Que no confundamos más el camino con la meta. Que no vivamos una religión de puro rendimiento. Que aprendamos a caminar humildemente con Cristo vivo. Que la alegría pascual atraviese nuestros miedos, sane nuestras tristezas, purifique nuestra fe y encienda en nosotros un nuevo impulso.

Que María, la Mujer fiel al pie de la cruz y la Madre creyente en la aurora de la Resurrección, nos enseñe a acoger este día santo con corazón disponible.

Y que hoy podamos decir con toda el alma, no solo con los labios:

Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo.
Cristo ha resucitado. Verdaderamente ha resucitado. Aleluya.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

¡Cristo ha resucitado! ¡Aleluya!

Hoy la Iglesia entera estalla de gozo. Después del silencio del sepulcro, después del dolor del Viernes Santo, después de la espera densa y creyente del Sábado Santo, hoy amanece la luz nueva de la Pascua. Hoy celebramos que la muerte no venció, que el pecado no triunfó, que la oscuridad no tuvo la última palabra. Jesús vive, y porque Él vive, también nuestra vida puede ser renovada.

El evangelio de san Juan nos sitúa en una escena profundamente humana y profundamente espiritual. María Magdalena va al sepulcro muy temprano, cuando todavía estaba oscuro. Ese detalle no es accidental. No solo estaba oscuro afuera; también estaba oscuro dentro del corazón de los discípulos. Había oscuridad de dolor, de duelo, de desconcierto, de preguntas sin respuesta. María amaba a Jesús, pero todavía no comprendía plenamente lo que Dios estaba realizando.

Y aquí hay una enseñanza muy hermosa para nosotros. María Magdalena ama de verdad. Su amor es sincero, generoso, fiel. Ella no abandona al Señor. Va a buscarlo. Va al sepulcro. Va movida por el amor. Pero al ver la piedra removida, interpreta lo ocurrido desde su dolor y desde su lógica humana: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto.” Ama mucho, sí; pero todavía no entiende.

¿Cuántas veces nos pasa también a nosotros?
Amamos al Señor, rezamos, buscamos hacer el bien, queremos ser fieles, pero no entendemos lo que Él está haciendo en nuestra vida. A veces vemos una piedra removida, un acontecimiento inesperado, una prueba, una ausencia, una ruptura, una cruz, y enseguida sacamos conclusiones precipitadas. Nos dejamos llevar por la emoción, por el miedo, por la tristeza, por la ansiedad. Y no alcanzamos a descubrir que, detrás de todo, Dios puede estar preparando una obra nueva.

María Magdalena representa entonces a tantos creyentes que aman sinceramente, pero cuya fe todavía necesita madurar. Y esto no ofende al Señor. Al contrario: el Resucitado sale al encuentro precisamente de quienes lo buscan, incluso con una fe todavía incompleta. Esa es la gran esperanza de la Pascua: Jesús no espera una fe perfecta para manifestarse; se revela a quienes lo buscan con corazón sincero.

María corre entonces a avisar a Pedro y al discípulo amado. Y también ellos corren hacia el sepulcro. La Pascua pone en movimiento. La Resurrección no deja a nadie quieto. El encuentro con el sepulcro vacío provoca búsqueda, despierta preguntas, sacude la rutina, obliga a mirar más hondo. Pedro entra, observa. El otro discípulo entra también, ve y cree. Pero el evangelista añade algo muy importante: “Pues hasta entonces no habían entendido la Escritura: que él había de resucitar de entre los muertos.”

Es decir, la fe pascual no nace de una emoción superficial, sino de un camino: ver, buscar, recordar la Palabra, dejar que Dios ilumine lo que parecía incomprensible. Poco a poco los discípulos entran en la inteligencia del misterio. Primero constatan la ausencia del cuerpo. Luego advierten el orden de los lienzos. Finalmente comienzan a abrirse a la verdad de la Resurrección.

También nosotros estamos llamados a ese camino. Porque una cosa es saber de memoria que Cristo resucitó, y otra muy distinta es dejar que esa verdad transforme nuestra manera de vivir. Muchos cristianos creen en la Resurrección con los labios, pero siguen viviendo como si todo terminara en el sepulcro. Siguen dominados por el miedo, por la desesperanza, por el rencor, por la tristeza sin salida, por la sensación de que nada cambia. Por eso la Pascua no es solo una conmemoración; es una llamada a entrar existencialmente en la vida nueva de Cristo.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pedro anunciando el núcleo de la fe cristiana: Jesús pasó haciendo el bien, fue crucificado, pero Dios lo resucitó al tercer día, y los apóstoles son testigos de ello. La Iglesia nace de este anuncio. Nosotros no estamos aquí simplemente para recordar a un personaje admirable del pasado. Estamos aquí para proclamar que Jesucristo vive. Y si Él vive, entonces la historia humana no está condenada al absurdo. Y si Él vive, entonces el pecado puede ser perdonado. Y si Él vive, entonces el sufrimiento no es estéril. Y si Él vive, entonces nuestros difuntos no están perdidos, sino confiados a la misericordia del Dios de la vida.

El salmo de hoy hace resonar el canto de la Iglesia: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.” No dice: “este fue el día”, como si se tratara solo de un recuerdo lejano. Dice: este es el día. Hoy actúa el Señor. Hoy resucita nuestra esperanza. Hoy la piedra puede ser removida de tantas tumbas interiores. Hoy puede renacer la fe apagada, la oración descuidada, la alegría perdida, la confianza herida.

San Pablo, en la carta a los Colosenses, nos dice: “Busquen los bienes de arriba, donde está Cristo.” No significa desentendernos de la tierra o de las responsabilidades de cada día. Significa vivir de otra manera. El que cree en Cristo resucitado no se arrastra espiritualmente; levanta la mirada. No se deja encerrar solo en lo inmediato; vive orientado hacia lo eterno. No reduce su existencia a comer, producir, sufrir y morir; descubre que su vida está escondida con Cristo en Dios.

Y si se proclama la otra segunda lectura, san Pablo usa la imagen de la levadura vieja: hay que limpiarla, hay que dejar atrás lo corrompido, para vivir la Pascua con el pan nuevo de la sinceridad y la verdad. La Resurrección no es una emoción bonita de un solo día. Es un llamado a una vida nueva. Pascua nos invita a dejar atrás la vieja levadura del pecado, de la doblez, de la mediocridad, del resentimiento, de la tibieza espiritual.

Volvamos a María Magdalena. Ella corre movida por el amor, pero todavía no entiende. Y esto nos enseña que el amor necesita ser purificado por la fe. A veces queremos mucho al Señor, pero mezclamos ese amor con nuestras confusiones, con nuestras expectativas, con nuestros miedos, con nuestra necesidad de controlar lo que ocurre. Entonces Jesús resucitado se nos acerca para educar nuestro corazón. Nos toma de la mano y nos lleva de una fe emotiva a una fe más profunda; de una búsqueda angustiada a una confianza serena; de un amor herido a un amor maduro.

Cuántas veces nosotros también miramos la realidad solo con ojos humanos. Vemos problemas en la familia y pensamos que todo está perdido. Vemos crisis en la Iglesia y creemos que ya no hay esperanza. Vemos enfermedad, pobreza, violencia, divisiones, y sentimos que el mal está ganando. Pero la Pascua nos obliga a mirar más allá. Lo que parecía derrota era, en realidad, el umbral de la victoria de Dios. Lo que parecía final era el comienzo. Lo que parecía ausencia era presencia nueva. Lo que parecía tumba cerrada era puerta abierta a la vida eterna.

Por eso, hermanos, hoy la pregunta no es solo si creemos que Jesús resucitó hace dos mil años. La pregunta es: ¿estamos dejando que la Resurrección entre hoy en nuestra vida?
¿Dejamos que Cristo resucitado ilumine nuestras noches?
¿Permitimos que quite las piedras de nuestro corazón?
¿Aceptamos que purifique nuestro amor y fortalezca nuestra fe?
¿Vivimos como hombres y mujeres pascuales, o seguimos instalados en el Viernes Santo de la tristeza y del miedo?

Hoy el Señor nos llama a pasar del sepulcro a la vida, de la oscuridad a la luz, de la confusión a la fe, del duelo a la esperanza. No se trata de negar el dolor. María Magdalena fue al sepulcro llorando. Los discípulos corrían todavía con el corazón turbado. La Pascua no borra mágicamente nuestras heridas. Pero sí les da un horizonte nuevo. Nos dice que el dolor no es el último capítulo. Nos dice que Dios puede escribir vida donde parecía haberse cerrado todo.

Tal vez alguno hoy llega a esta Pascua con mucha fe y mucha alegría. Bendito sea Dios. Pero tal vez otro llega cansado, confundido, con heridas recientes, con preguntas sin respuesta, con duelos todavía abiertos, con temores hondos. También para él es esta fiesta. Porque Cristo resucitado sale al encuentro de quienes lo buscan incluso entre lágrimas. Y a todos nos repite hoy: No tengas miedo. Estoy vivo. Camina conmigo.

Pidamos, entonces, en esta Eucaristía, la gracia de una fe más profunda. No una fe superficial ni solo emotiva, sino una fe que sepa leer los signos de Dios. Pidamos un amor semejante al de María Magdalena: un amor fervoroso, fiel, que corre hacia el Señor. Pero pidamos también que ese amor sea purificado, iluminado, madurado por la gracia, para que podamos reconocer de verdad al Resucitado.

Que esta Pascua no sea solo una celebración externa, sino un verdadero comienzo.
Que resucite nuestra esperanza.
Que resucite nuestra oración.
Que resucite nuestra confianza.
Que resucite nuestra caridad.
Que resucite nuestra alegría de ser discípulos.

Y que al salir de esta celebración podamos proclamar no solo con los labios, sino con la vida entera:

¡Cristo ha resucitado!
¡Verdaderamente ha resucitado! Aleluya.

 

7 de abril del 2026: martes de la Octava de Pascua-San Juan Butista de la Salle(memoria opcional)

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