jueves, 30 de abril de 2026

30 de abril del 2026: jueves de la cuarta semana de Pascua- San Pío V, papa-memoria opcional

 

Santo del día:

San Pío V, papa

Miguel Ghislieri nació en Italia en 1504 y entró en la Orden a los quince años tomando el nombre de Pío. Fue prior, inquisidor, obispo, cardenal y elegido Papa el 7 de enero de 1566. Res­tauró el culto cristiano y la disciplina eclesiástica, poniendo en práctica, sobre todo con su misma vida, las normas del concilio de Trento. 



Fidelidad y humildad

(Hch 13,13-25 / Sal 89(88),2-3.21-22.25+27 (R. cf. 18[17],51) /
Jn 13,16-20)  
san Pablo anuncia cómo Dios ha guiado la historia de su pueblo hasta hacer surgir de la descendencia de David a Jesús, el Salvador prometido. El salmo nos hace cantar las misericordias del Señor, que permanece fiel a su alianza. Y en el Evangelio, Jesús, después de lavar los pies a sus discípulos, nos recuerda que el enviado no es más grande que quien lo envía.

G.Q

 


Primera lectura

Hch 13, 13-25

Dios sacó de la descendencia de David un salvador: Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


PABLO y sus compañeros se hicieron a la mar en Pafos y llegaron a Perge de Panfilia. Juan los dejó y se volvió a Jerusalén; ellos, en cambio, continuaron y desde Perge llegaron a Antioquía de Pisidia. El sábado entraron en la sinagoga y tomaron asiento. Acabada la lectura de la Ley y de los Profetas, los jefes de la sinagoga les mandaron a unos que les dijeran:
«Hermanos, si tienen una palabra de exhortación para el pueblo, hablen».
Pablo se puso en pie y, haciendo seña con la mano de que se callaran, dijo:
«Israelitas y los que temen a Dios, escuchen: El Dios de este pueblo, Israel, eligió a nuestros padres y multiplicó al pueblo cuando vivían como forasteros en Egipto. Los sacó de allí con brazo poderoso; unos cuarenta años “los cuidó en el desierto”, “aniquiló siete naciones en la tierra de Canaán y les dio en herencia” su territorio; todo ello en el espacio de unos cuatrocientos cincuenta años. Luego les dio jueces hasta el profeta Samuel. Después pidieron un rey, y Dios les dio a Saúl, hijo de Quis, de la tribu de Benjamín, durante cuarenta años. Lo depuso y les suscitó como rey a David, en favor del cual dio testimonio, diciendo: “Encontré a David”, hijo de Jesé, “hombre conforme a mi corazón, que cumplirá todos mis preceptos”.
Según lo prometido, Dios sacó de su descendencia un salvador para Israel: Jesús. Juan predicó a todo Israel un bautismo de conversión antes de que llegara Jesús; y, cuando Juan estaba para concluir el curso de su vida,
decía: “Yo no soy quien ustedes piensen, pero, miren, viene uno detrás de mí a quien no merezco desatarle las sandalias de los pies”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 2-3. 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)

R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dijiste: «La misericordia es un edificio eterno»,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad. 
R.

V. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. 
R.

V. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Jesucristo, eres el testigo fiel, el primogénito de entre los muertos; nos amaste y nos has librado de nuestros pecados
con tu sangre. 
R.

 

Evangelio

Jn 13, 16-20

El que recibe a quien yo envíe me recibe a mí

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

CUANDO Jesús terminó de lavar los pies a sus discípulos les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: el criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía. Puesto que saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica. No lo digo por todos ustedes; yo sé bien a quiénes he elegido, pero tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”. Se lo digo ahora a ustedes, antes de que suceda, para que cuando suceda crean que yo soy.
En verdad, en verdad les digo: el que recibe a quien yo envíe me recibe a mí; y el que me recibe a mí recibe al que me ha enviado».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“El enviado no es más grande que quien lo envía”

 

Queridos hermanos y hermanas:

 “Que Cristo habite en sus corazones.”, nos dice hoy Pablo.  No se trata simplemente de creer en Cristo como una idea, una doctrina o un recuerdo piadoso. Se trata de dejar que Él viva dentro de nosotros, que su Espíritu transforme nuestra manera de pensar, de amar, de servir, de trabajar, de anunciar y de esperar.

En este cuarto jueves de Pascua, la Palabra de Dios nos presenta justamente ese dinamismo: Dios llama, Dios elige, Dios envía, Dios sostiene y Dios cumple sus promesas. Y quien acepta ser enviado por Él debe aprender primero a ser servidor.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, Pablo llega a Antioquía de Pisidia y, en la sinagoga, toma la palabra para anunciar a Cristo. Pero su predicación no empieza con una teoría. Pablo hace memoria. Recuerda la historia de Israel: Dios eligió al pueblo, lo sacó de Egipto, lo condujo por el desierto, le dio jueces, le dio reyes, eligió a David y, de su descendencia, hizo surgir a Jesús, el Salvador.

Es muy bello ver que Pablo evangeliza contando la historia de la fidelidad de Dios. Él no anuncia una novedad desconectada de la vida; anuncia que toda la historia estaba caminando hacia Cristo. Dios ha sido fiel. Dios no improvisa. Dios no abandona a su pueblo. Dios prepara caminos incluso cuando nosotros no los entendemos.

Por eso el salmo responde con alegría: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor.” La misericordia de Dios no es un sentimiento pasajero. Es una alianza. Es una promesa. Es una fidelidad que atraviesa generaciones. El salmo recuerda a David, elegido y ungido por Dios: “Encontré a David, mi siervo, y lo he ungido con óleo sagrado.” Esa elección no nace del mérito humano, sino del amor gratuito de Dios.

Y aquí aparece una primera enseñanza vocacional: toda vocación nace de una elección amorosa de Dios. Nadie se llama a sí mismo. Nadie se envía a sí mismo. Nadie se consagra por cuenta propia. Dios llama primero. Dios unge primero. Dios confía primero. Y luego sostiene con su mano a quienes llama.

Esto vale para el sacerdote, para la religiosa, para el misionero, para el catequista, para el laico comprometido, para el padre y la madre de familia, para el joven que busca sentido, para el enfermo que ofrece su dolor, para el anciano que ora por la Iglesia. Cada vocación cristiana es una forma concreta de permitir que Cristo habite en el corazón y desde allí haga fecunda la vida.

El Evangelio de Juan nos sitúa en un momento muy intenso: Jesús está con sus discípulos en la Última Cena. Acaba de lavarles los pies. El Maestro se ha arrodillado ante los suyos. El Señor ha tomado el puesto del servidor. Y entonces dice: “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.”

Estas palabras son fundamentales para comprender la evangelización y las vocaciones. Jesús nos recuerda que quien anuncia el Evangelio no puede hacerlo desde la arrogancia, desde la superioridad o desde la búsqueda de prestigio. El enviado de Cristo debe parecerse a Cristo. Y Cristo evangelizó sirviendo, tocando heridas, perdonando pecadores, levantando caídos, partiendo el pan, lavando pies, entregando la vida.

A veces podemos pensar que evangelizar es hablar mucho de Dios. Y sí, hay que anunciar la Palabra. Pero antes de hablar mucho de Dios, hay que dejar que Dios hable a través de nuestra vida. Evangeliza quien sirve con humildad. Evangeliza quien escucha. Evangeliza quien consuela. Evangeliza quien no se cansa de sembrar esperanza. Evangeliza quien, aun en medio de cansancios y luchas, deja que Cristo siga habitando en su corazón.

Qué importante es esto para nosotros: Dios también trabaja en las etapas aparentemente ordinarias de nuestra vida. A veces pensamos que la vocación aparece solamente en momentos espectaculares. Pero muchas veces Dios llama en la vida sencilla: en el trabajo diario, en una pérdida, en una responsabilidad familiar, en una enfermedad, en una crisis, en una espera prolongada, en un deseo que no muere.

Por eso el Evangelio termina con una frase preciosa: “El que recibe a mi enviado, me recibe a mí; y el que me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.” Jesús se identifica con sus enviados. Esta es una gran dignidad y una gran responsabilidad. La Iglesia no evangeliza en nombre propio. El sacerdote no predica en nombre propio. El catequista no enseña en nombre propio. El misionero no va en nombre propio. Somos enviados de Cristo, y Cristo mismo quiere hacerse presente a través de nuestra pequeñez.

Pero para que eso suceda, necesitamos humildad. La humildad del servidor. La humildad de quien sabe que no es dueño del mensaje, sino mensajero. La humildad de quien no busca aplausos, sino frutos de salvación. La humildad de quien no se coloca en el centro, porque el centro es Cristo.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Y esta intención nace directamente de la Palabra. La Iglesia necesita hombres y mujeres con el corazón habitado por Cristo. Necesita sacerdotes que no vivan para sí mismos, sino para servir al Pueblo de Dios. Necesita religiosas y religiosos que sean signos vivos del Reino. Necesita familias que eduquen en la fe. Necesita jóvenes capaces de escuchar la voz del Señor y responder con generosidad. Necesita laicos que lleven el Evangelio a la cultura, a la educación, a la comunicación, a la política, al mundo del trabajo, a las redes sociales, a los ambientes donde muchas veces Dios parece olvidado.

Pero pidamos también algo más profundo: que no falten vocaciones porque no falte oración; que no falten respuestas porque no falten testigos; que no falten servidores porque no falten comunidades que sepan acompañar, valorar y cuidar los llamados de Dios.

Una comunidad que no ora por las vocaciones se va quedando sin horizonte. Una Iglesia que no evangeliza se encierra en sí misma. Una fe que no se comparte se debilita. Por eso hoy el Señor nos dice: “El enviado no es más grande que quien lo envía.” Es decir: vuelvan a la fuente. Miren al Maestro. Aprendan de Él. Sirvan como Él. Amen como Él. Anuncien como Él. Entréguense como Él.

Y volvamos a esa hermosa oración de san Pablo: que Cristo habite por la fe en nuestros corazones. Si Cristo habita en nosotros, nuestras palabras tendrán alma. Si Cristo habita en nosotros, nuestro servicio tendrá ternura. Si Cristo habita en nosotros, nuestra evangelización no será propaganda, sino testimonio. Si Cristo habita en nosotros, nuestra vida ordinaria podrá convertirse en misión.

Hermanos, que este jueves de Pascua renueve en nosotros la alegría de ser enviados. No somos dueños del Evangelio, somos servidores. No somos protagonistas absolutos, somos instrumentos. No anunciamos una idea, anunciamos a una Persona viva: Jesucristo, muerto y resucitado, el Salvador prometido, el Hijo enviado por el Padre.

Pidamos al Señor que haga fecunda la obra evangelizadora de su Iglesia. Que suscite vocaciones santas, humildes, alegres y perseverantes. Que fortalezca a quienes ya han respondido. Que despierte en muchos jóvenes el deseo de entregar la vida. Y que en cada uno de nosotros se cumpla esta gracia: que Cristo habite en nuestros corazones, para que nuestra vida entera sea Evangelio vivido, servido y anunciado.

Amén.

 

2

Queridos hermanos y hermanas:

En este jueves de la cuarta semana de Pascua, la Palabra de Dios nos lleva al corazón mismo de la misión cristiana: somos enviados por Cristo para servir como Cristo. Y el Evangelio de hoy nos recuerda una verdad que nunca debemos olvidar: “El criado no es más que su amo, ni el enviado es más que el que lo envía.”

Estas palabras de Jesús están dichas en un contexto muy especial: la Última Cena. Jesús acaba de lavar los pies a sus discípulos. El Maestro se ha puesto de rodillas. El Señor ha tomado el lugar del servidor. El Hijo de Dios, que viene del Padre y vuelve al Padre, se inclina ante hombres frágiles, temerosos, lentos para comprender, e incluso ante Judas, que lo va a traicionar.

Ese gesto resume todo el Evangelio. Jesús no vino a dominar, sino a servir. No vino a buscar honores humanos, sino a entregar la vida. No vino a imponer su poder, sino a revelar la fuerza humilde del amor de Dios.

Y esto nos toca profundamente, porque muchas veces nosotros asociamos la grandeza con mandar, figurar, tener reconocimiento, ser importantes o tener la última palabra. Pero Jesús nos enseña que, en el Reino de Dios, la verdadera grandeza está en amar, servir, perdonar y entregarse.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando a Cristo en la sinagoga de Antioquía de Pisidia. Pablo hace memoria de la historia de salvación. Recuerda cómo Dios eligió a Israel, cómo lo liberó de Egipto, cómo lo condujo por el desierto, cómo le dio jueces, profetas y reyes. Recuerda especialmente a David, de cuya descendencia Dios hizo surgir al Salvador: Jesús.

Pablo evangeliza contando la fidelidad de Dios. No se anuncia a sí mismo. No se pone en el centro. No predica para lucirse. Él se sabe enviado. Él sabe que la historia no comenzó con él ni termina en él. La historia es de Dios. La salvación viene de Dios. La misión pertenece a Dios.

Esta es una enseñanza muy importante para la Iglesia de todos los tiempos: la evangelización no es propaganda personal, sino servicio humilde a la obra de Dios. La Iglesia no anuncia una ideología. No anuncia una moda. No anuncia un proyecto humano. La Iglesia anuncia a Jesucristo, muerto y resucitado, Salvador del mundo.

Por eso también el salmo nos hace cantar: “Cantaré eternamente las misericordias del Señor.” La evangelización nace de la experiencia de la misericordia. Solo quien ha experimentado que Dios ha sido fiel, que Dios lo ha levantado, que Dios lo ha perdonado, que Dios lo ha sostenido, puede anunciar con verdad el Evangelio.

No evangeliza bien quien se siente superior a los demás. Evangeliza quien sabe que también ha sido alcanzado por la gracia. Evangeliza quien no olvida que fue amado primero. Evangeliza quien, como Jesús, se inclina ante los pies cansados de la humanidad.

Hoy el evangelio nos enseña que el amor se perfecciona en la humildad. Jesús no solo predicó el amor; lo puso en práctica lavando los pies. Y lo hizo incluso sabiendo que uno de los suyos lo iba a traicionar.

Aquí el Evangelio se vuelve todavía más exigente. Porque servir a quienes nos aman puede ser relativamente fácil. Servir a quienes nos agradecen puede darnos satisfacción. Servir a quienes reconocen nuestro esfuerzo puede alimentar nuestro corazón. Pero Jesús va más lejos: Él sirve también a Judas. No aprueba su traición, no la disimula, no la llama bien; pero no deja de amarlo.

Este es uno de los rostros más desconcertantes del amor de Cristo: su humildad no tiene fronteras. Jesús ama incluso cuando no es correspondido. Sirve incluso cuando será rechazado. Ofrece una posibilidad de conversión incluso a quien ya está cerrando su corazón.

Y aquí debemos mirarnos sinceramente. ¿A quién me cuesta amar? ¿A quién he dejado de servir? ¿A quién he excluido de mi corazón? ¿Qué persona, por haberme herido, traicionado o decepcionado, ya no merece para mí ni siquiera una palabra de paz?

Jesús no nos pide ingenuidad. No nos pide negar el mal. Él mismo reconoce la traición: “El que comparte mi pan me ha traicionado.” Pero nos enseña que el discípulo no debe responder al mal con más mal, ni a la traición con odio, ni a la herida con venganza. El discípulo está llamado a responder desde otro lugar: desde la humildad de Cristo.

Esto es muy importante para nuestras familias, para nuestras comunidades, para nuestras parroquias y también para quienes ejercen algún liderazgo en la Iglesia. Un padre de familia, una madre, un sacerdote, una religiosa, un catequista, un animador pastoral, un educador, un servidor de la comunidad, no está llamado a mandar desde el orgullo, sino a guiar desde el servicio.

La autoridad cristiana no se impone humillando a los demás; se ejerce levantando a los demás. La autoridad cristiana no busca privilegios; busca lavar pies. La autoridad cristiana no usa a las personas; se gasta por ellas. La autoridad cristiana no vive de aplausos; vive de fidelidad.

Por eso, en este día oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Necesitamos una Iglesia que evangelice de rodillas, no por debilidad, sino por amor. Una Iglesia que no tenga miedo de ensuciarse las manos sirviendo. Una Iglesia que no se encierre en sí misma, sino que salga al encuentro de los cansados, los heridos, los alejados, los pobres, los jóvenes, los enfermos, los que han perdido la fe o la esperanza.

Y necesitamos vocaciones con el corazón de Cristo. Sacerdotes que sepan lavar los pies del pueblo de Dios. Religiosas y religiosos que sean memoria viva del amor entregado. Misioneros que no vayan a conquistar, sino a servir. Laicos comprometidos que evangelicen desde su familia, su trabajo, su profesión, su cultura, sus redes sociales, su palabra y su testimonio.

Pidamos al Señor que suscite vocaciones humildes, alegres, valientes y generosas. Vocaciones que no busquen brillar por sí mismas, sino transparentar a Cristo. Vocaciones que entiendan que el enviado nunca es más grande que quien lo envía. Vocaciones capaces de amar incluso cuando no reciban gratitud inmediata. Vocaciones capaces de perseverar incluso cuando aparezcan incomprensiones, cansancios o traiciones.

Pero no pensemos solo en “otros”. Cada uno de nosotros tiene una vocación. Cada bautizado es un enviado. Cada cristiano está llamado a hacer visible a Cristo en el mundo. Y Jesús nos dice hoy: “Si saben esto, dichosos ustedes si lo ponen en práctica.”

La felicidad cristiana no está solo en saber el Evangelio, sino en vivirlo. No basta entender que Jesús lavó los pies. Hay que lavar pies. No basta admirar su humildad. Hay que practicarla. No basta hablar del amor. Hay que amar concretamente, incluso cuando cuesta.

Hermanos, que esta Eucaristía nos ayude a mirar a Jesús servidor. En cada misa, Él vuelve a ponerse en medio de nosotros no como un rey distante, sino como Pan partido, como alimento humilde, como amor entregado. La Eucaristía es la escuela más profunda del servicio: Cristo se nos da para que nosotros aprendamos a darnos.

Que el Señor renueve en nosotros la alegría de evangelizar. Que sane nuestras resistencias para servir. Que nos conceda un corazón humilde, capaz de perdonar, capaz de reconciliarse, capaz de amar sin calcular demasiado.

Y que, al orar por las vocaciones, podamos decirle con sinceridad:

Señor Jesús, servidor humilde del Padre,
haz de tu Iglesia una comunidad misionera,
pobre de orgullo y rica en amor.
Danos sacerdotes, consagrados, misioneros y laicos
con un corazón semejante al tuyo.
Enséñanos a lavar los pies de nuestros hermanos,
a servir sin buscar honores,
a perdonar sin guardar rencor,
y a anunciar tu Evangelio con la vida.

Amén.

 

**********

 

30 de abril: San Pío V, Papa—Memoria libre

1504–1572 Santo Patrono del Dicasterio para la Doctrina de la Fe Invocado para la reforma y defensa de la Iglesia 

Canonizado por el Papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712 






Cita:


Desde el principio, al ser elevados al Apostolado Mayor, con gusto dedicamos nuestra mente y energías, y dirigimos todos nuestros pensamientos a los asuntos concernientes a la preservación de una liturgia pura, y nos esforzamos, con la ayuda de Dios, por todos los medios a nuestro alcance, por lograr este propósito. Pues, además de otros decretos del sagrado Concilio de Trento, se nos dispuso la revisión y reedición de los libros sagrados: el Catecismo, el Misal y el Breviario. Con el Catecismo publicado para la instrucción de los fieles, con la ayuda de Dios, y el Breviario completamente revisado para la digna alabanza de Dios… Consideramos necesario dedicar nuestra atención inmediata a lo que aún quedaba por hacer, a saber, la reedición del Misal lo antes posible…

~Promulgación de la Liturgia Tridentina, San Pío V

 

Reflexión: 

En 1517, cuando Martín Lutero publicó sus Noventa y cinco Tesis en Alemania, lo que dio inicio a la Reforma Protestante, los reinos europeos enfrentaban numerosos desafíos y la Iglesia necesitaba urgentemente una reforma.

Las relaciones entre la Iglesia y el Estado eran constantemente tensas. Algunos gobernantes civiles luchaban por mantener la fe católica en sus territorios, mientras que otros luchaban por eliminarla. Muchos de estos reinos se enfrentaban entre sí, y todos estaban bajo la amenaza constante de invasores musulmanes.

Dentro de la Iglesia, era necesaria una reforma para abordar los abusos financieros, el nepotismo, la formación deficiente del clero, la gobernanza deficiente, los debates teológicos y la falta de un culto litúrgico uniforme. Fue en esta situación histórica que nació el santo que hoy conocemos.

Antonio Ghislieri nació en Bosco Marengo, en el noroeste de Italia.

De niño, Antonio era pobre y trabajaba para ayudar a su familia. A los catorce años, adoptó el nombre de Michele al ingresar en la orden dominica y recibió su educación de los frailes de Vigevano, Bolonia y Génova.

A lo largo de su formación, fue un estudiante excelente y aplicado, especialmente atraído por el estudio de la Sagrada Escritura y las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino.

A los veinticuatro años, fue ordenado sacerdote, y durante los dieciséis años siguientes enseñó teología y filosofía, formó novicios dominicos y fue prior en varios conventos. Siendo un joven sacerdote, el padre Michele continuó profundizando su vida de oración, desarrolló una profunda devoción a la Santísima Virgen María y al Rosario, hacía vigilias nocturnas, abrazó el carisma dominicano, ayunaba, hacía penitencia, abrazaba la pobreza y practicaba el silencio interior, con el que se esforzaba por mantenerse continuamente recogido, negándose a las conversaciones ociosas.

En 1542, para hacer frente a la amenaza constante que representaban los errores introducidos por la Reforma Protestante, que se extendían lentamente por los estados italianos, el papa Pablo III reorganizó la Inquisición Italiana. Poco después, el padre Michele fue nombrado para servir en varias misiones inquisitoriales, lo que llevó a cabo con inquebrantable determinación.

En 1556, el papa Pablo IV lo nombró obispo de Sutri, una diócesis al norte de Roma, y ​​un año después fue nombrado cardenal.

Como obispo y luego cardenal, continuó trabajando con celo, defendiendo vigorosamente la verdadera fe, erradicando la herejía, corrigiendo abusos, fortaleciendo las estructuras eclesiásticas y viviendo personalmente la vida de fe y moral a la que estaba llamado. Llegó a ser tan respetado, y su valentía, claridad y celo fueron tan beneficiosos para la Iglesia, que el Santo Padre lo nombró Gran Inquisidor de toda la cristiandad.

En 1559, fue trasladado más al norte, a la diócesis de Mondovì, pero era llamado regularmente a Roma para consultar con el Papa. En Mondovì, se esforzó por reconstruir dicha diócesis tras ser devastada por las guerras, alimentadas por la confusión teológica causada por la Reforma Protestante.

El obispo Michele no era un pusilánime, ni siquiera en lo que se refería al papa. Uno de los abusos recurrentes dentro de la Iglesia en aquella época era el nepotismo, la práctica de otorgar favores eclesiásticos a familiares. Cuando el papa Pablo IV anunció a su corte que quería nombrar cardenal a su sobrino de catorce años, el obispo Michele se opuso firmemente y detuvo el abuso. Si bien esto llevó al papa a disminuir parte de la autoridad inquisitorial del obispo Michele, también provocó la admiración de muchos cardenales. Como resultado, en 1566, el obispo Michele fue elegido nuevo papa y adoptó el nombre de Pío V.

Tan solo tres años antes de la elección papal de Pío V, el Concilio de Trento, que duró dieciocho años, concluyó su última sesión. Este concilio marcó el inicio de la Contrarreforma católica, que abordó directamente cuestiones teológicas y litúrgicas y buscó eliminar diversos abusos dentro de la Iglesia. Solo quedaba por implementar los decretos del concilio. No fue tarea fácil, pero el papa Pío V era, sin duda, el hombre indicado para la tarea.

Desde el comienzo de su pontificado, el Papa Pío V continuó siendo el hombre de Dios santo, devoto, concienzudo y decidido que había sido desde su juventud. En lugar de actuar como un rey, actuó como un siervo. Continuó vistiendo su hábito blanco dominico (del que solo conservó uno), razón por la cual el Papa viste de blanco hoy en día. Distribuyó el dinero reservado para los extravagantes banquetes papales entre los pobres. Visitó a los enfermos, construyó hospitales, rezó dos veces al día ante el Santísimo Sacramento y resistió las trampas que conllevan el poder y la riqueza. Los Estados Pontificios, en particular, pronto se convirtieron en un monasterio más que en un reino.

Para abordar las confusiones teológicas que dividían a la Iglesia, promulgó un nuevo catecismo especialmente para párrocos, instituyó clases de catequesis para jóvenes, introdujo las enseñanzas de Santo Tomás de Aquino en las universidades y continuó la buena labor del Santo Oficio de la Inquisición con celo pastoral.

Para abordar los problemas eclesiásticos, denunció las inmoralidades dentro del clero, lo vinculó más estrechamente a una sola diócesis, impuso el sistema de seminarios, reafirmó la práctica del celibato, exhortó a los obispos a permanecer en su diócesis y servirla como verdaderos pastores, y renovó la disciplina, cada vez más debilitada, dentro de las casas religiosas.

Para atender las necesidades espirituales de la Iglesia, difundió especialmente la devoción al Santo Rosario, que él mismo rezaba íntegramente a diario, y promulgó un nuevo Breviario y un Misal Romano.

En el ámbito político, no dudó en reprender, e incluso penalizar, a los gobernantes desobedientes.

Defendió a Europa de los invasores musulmanes trabajando con varios gobernantes para formar la Liga Santa, un esfuerzo cooperativo de los reinos católicos de España e Italia, que incluía la Orden de Malta.

A lo largo de la historia, la Iglesia siempre ha necesitado una reforma interna. Aunque Cristo nunca abandona a su Iglesia, quienes están a su cuidado son pecadores. Pero entre esos pecadores, Dios siempre suscita santos para encaminar a la Iglesia y sus instituciones por el buen camino. En el siglo XVI, uno de los santos más notables que Dios usó para este propósito fue el papa San Pío V.

Al honrar a este santo papa, reflexionen ustedes sobre su propio llamado a apoyar las necesidades de reforma constantes en la Iglesia. Esas necesidades siempre estarán presentes. Aunque no estén llamados a hacerlo desde la perspectiva del papado, sí están llamados a hacerlo en el contexto de su propia vocación.

Reflexionen sobre cómo pueden reformar su vida, su familia, su parroquia y su comunidad. Comprométanse a someterse en oración a la voluntad de Dios y busquen el don de la valentía para que Dios los use de maneras que están más allá de sus capacidades naturales.

Oración: 

San Pío V, fuiste inquebrantable en tu fe y tu valentía. Dios usó esas virtudes para ayudar a defender y reformar a su Iglesia en un momento de gran sufrimiento. Por favor, reza por mí, para que, mientras la Iglesia sigue necesitando renovación y el Evangelio necesite ser proclamado, yo sea un instrumento santo en las manos de Dios.

Que también sea valiente y fiel hasta el final, cueste lo que cueste.

San Pío V, ruega por mí. Jesús, confío en ti.

 

martes, 28 de abril de 2026

29 de abril del 2026: miércoles de la cuarta semana de pascua- Santa Catalina de Siena- Virgen y Doctora de la Iglesia

 

Santo del día:

Santa Catalina de Siena

1347-1380

“Dios aborrece la soberbia y ama la humildad”, recordaba esta terciaria dominica, gran mística y mujer involucrada en los asuntos de su tiempo. Doctora de la Iglesia y copatrona de Europa.



“No estamos solos”

(Juan 12, 44-50) «El que me ve a mí, ve al que me ha enviado». Pero, ¿qué significa esto todavía más profundamente? ¿Qué rostro de Dios reveló Jesús al mundo? El rostro de su Padre, por supuesto. Precisemos: el rostro de Aquel que es el origen de la vida. Una vida que Él quiere compartir con los seres humanos y que, a pesar de nuestras limitaciones de criaturas, está llamada a durar para siempre. Cristo nos dice que Dios es una persona que irradia amor y bondad.

Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin

 


 

Primera lectura

Hch 12, 24 — 13, 5a

Apártenme a Bernabé y a Saulo

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, la palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba. Cuando cumplieron su servicio, Bernabé y Saulo se volvieron de Jerusalén, llevándose con ellos a Juan, por sobrenombre Marcos.
En la Iglesia que estaba en Antioquía había profetas y maestros: Bernabé, Simeón, llamado Níger; Lucio, el de Cirene; Manahén, hermano de leche del tetrarca Herodes, y Saulo.
Un día que estaban celebrando el culto al Señor y ayunaban, dijo el Espíritu Santo:
«Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los he llamado».
Entonces, después de ayunar y orar, les impusieron las manos y los enviaron. Con esta misión del Espíritu Santo, bajaron a Seleucia y de allí zarparon para Chipre.
Llegados a Salamina, anunciaron la palabra de Dios en las sinagogas de los judíos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 66, 2-3. 5. 6 y 8 (R.: 4)

R. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.


O bien:

R. Aleluya.

V. Que Dios tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación. 
R.

V. Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia
y gobiernas las naciones de la tierra. 
R.

V. Oh, Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.
Que Dios nos bendiga; que le teman
todos los confines de la tierra. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.

 

Evangelio

Jn 12, 44-50

Yo he venido al mundo como luz

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, Jesús gritó diciendo:
«El que cree en mí, no cree en mí, sino en el que me ha enviado. Y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado. Yo he venido al mundo como luz, y así, el que cree en mí no quedará en tinieblas.
Al que oiga mis palabras y no las cumpla, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo. El que me rechaza y no acepta mis palabras tiene quien lo juzgue: la palabra que yo he pronunciado, esa lo juzgará en el último día. Porque yo no he hablado por cuenta mía; el Padre que me envió es quien me ha ordenado lo que he de decir y cómo he de hablar. Y sé que su mandato es vida eterna. Por tanto, lo que yo hablo, lo hablo como me ha encargado el Padre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice una palabra profundamente consoladora: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”. Jesús no viene a hablar en nombre propio. Él viene a mostrarnos el rostro del Padre. Y ese rostro no es de amenaza, ni de condena, ni de indiferencia, sino de luz, vida, amor y salvación.

En medio de un mundo donde tantas personas se sienten solas, heridas, enfermas o abandonadas, Jesús nos recuerda: no estamos solos. Dios no está lejos. Dios se ha acercado en su Hijo. Quien mira a Jesús, mira el corazón del Padre. Quien escucha a Jesús, escucha una palabra que no destruye, sino que levanta; no oscurece, sino que ilumina; no aplasta, sino que salva.

Por eso Jesús afirma: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. Hay muchas tinieblas en la vida: la enfermedad, el miedo, la incertidumbre, el cansancio del alma, la angustia de no saber qué vendrá. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo resucitado sigue siendo luz en medio de nuestras noches. No siempre quita inmediatamente el dolor, pero sí nos acompaña dentro del dolor. No siempre responde como esperamos, pero nunca abandona.

La primera lectura nos muestra a la Iglesia naciente impulsada por el Espíritu Santo. Mientras la Palabra de Dios crece y se difunde, la comunidad ora, discierne, impone las manos y envía a Bernabé y a Saulo a la misión. La Iglesia no camina por sus propias fuerzas; camina enviada por Dios. Así también nosotros: en la salud y en la enfermedad, en la alegría y en la prueba, somos sostenidos por una presencia mayor que nosotros.

Y el salmo nos hace cantar: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. La salvación de Dios no es para unos pocos. Su luz quiere llegar a todos: a los sanos y a los enfermos, a los fuertes y a los débiles, a quienes caminan con esperanza y a quienes hoy apenas pueden sostenerse.

Hoy, de manera especial, ponemos ante el Señor a nuestros enfermos. Que ellos puedan descubrir en Jesús el rostro cercano del Padre. Que no se sientan olvidados. Que en sus dolores encuentren consuelo, en sus tratamientos fortaleza, en sus noches compañía, y en su fe una luz que no se apaga.

Pidamos también por quienes los cuidan: familiares, médicos, enfermeros, servidores y amigos. Que sean para ellos reflejo del amor de Dios.

Que Cristo, luz del mundo, entre en nuestras tinieblas y nos conceda creer, esperar y confiar. Porque quien ve a Jesús, ve al Padre; y quien se abandona en sus manos, nunca está solo. Amén.

 

 

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Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este miércoles de la cuarta semana de Pascua nos coloca ante una afirmación profunda de Jesús: “El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve al que me ha enviado”.

Esta frase nos lleva al corazón mismo de nuestra fe cristiana. Jesús no es simplemente un maestro admirable, un profeta poderoso o un hombre bueno que habló de Dios. Jesús es el rostro visible del Dios invisible. En Él, Dios se ha dejado ver, tocar, escuchar y amar. Quien contempla a Cristo contempla al Padre. Quien escucha a Cristo escucha la voz de Dios. Quien acoge a Cristo entra en comunión con Aquel que lo envió.

Muchas personas dicen: “Yo quisiera ver a Dios”, “quisiera sentirlo más cerca”, “quisiera tener más claridad en mi fe”. Y el Evangelio nos responde: mira a Jesús. Mira sus gestos, sus palabras, su compasión, su firmeza, su misericordia, su entrega. Allí está Dios. Dios no se ha quedado escondido detrás de las nubes. Dios ha querido mostrarse en Jesucristo.

Jesús dice también: “Yo he venido al mundo como luz, para que todo el que cree en mí no permanezca en tinieblas”. La fe es una luz. No siempre elimina todos los misterios, no siempre responde todas nuestras preguntas de inmediato, pero nos permite caminar sin quedar atrapados en la oscuridad. La fe nos ayuda a descubrir que la vida tiene sentido, que Dios está presente, que la muerte no tiene la última palabra, que el amor es más fuerte que el pecado y que la gracia trabaja silenciosamente en la historia.

Pero esta luz se recibe con humildad. No se impone a la fuerza. Jesús mismo lo dice: “Al que oye mis palabras y no las guarda, yo no lo juzgo, porque no he venido para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo”. Cristo no viene primero como juez severo, sino como Salvador. Su misión es rescatar, levantar, iluminar, abrir caminos de vida eterna. Sin embargo, también nos advierte que la Palabra que rechazamos será la que nos juzgue. Es decir, no da lo mismo acoger o rechazar la luz. No da lo mismo vivir según el Evangelio o vivir de espaldas a él.

Inspirados en este evangelio, como comenta alguien, hemos de recordar una verdad muy hermosa: algún día, si perseveramos en la gracia de Dios, veremos al Señor cara a cara. Eso es lo que la tradición llama la visión beatífica: contemplar a Dios plenamente en el cielo, sin velos, sin sombras, sin dudas. Pero esa visión no empieza solamente después de la muerte. Ya desde ahora, por la fe, comenzamos a ver a Dios.

Lo vemos en la Eucaristía. Nuestros ojos ven pan y vino, pero la fe reconoce la presencia real de Cristo. Como canta la Iglesia en el Tantum Ergo: cuando los sentidos no alcanzan, la fe suple lo que falta. Allí, en la humildad del Sacramento, Dios se deja mirar. Allí Jesús sigue diciéndonos: “El que me ve a mí, ve al Padre”.

Lo vemos también en la Palabra proclamada, en los sacramentos, en la caridad, en el perdón, en la comunidad, en los signos sencillos de cada día. Dios no siempre se manifiesta de manera espectacular. Muchas veces se esconde en lo humilde, en lo cotidiano, en lo silencioso. Por eso necesitamos educar la mirada. Hay personas que pasan por la vida sin ver nada más que problemas; otras, en cambio, aun en medio de dificultades, descubren señales de Dios. La diferencia está en la mirada de la fe.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra una Iglesia que vive precisamente de esa luz. Después de persecuciones, pruebas y conflictos, el texto dice una frase breve pero poderosa: “La Palabra de Dios crecía y se multiplicaba”. La Pascua no queda encerrada en un recuerdo bonito. La Resurrección se vuelve misión. La Palabra se expande. La Iglesia se mueve. El Espíritu Santo actúa.

En Antioquía encontramos una comunidad orante, plural, viva, capaz de escuchar al Espíritu. Mientras celebran el culto del Señor y ayunan, el Espíritu Santo dice: “Apártenme a Bernabé y a Saulo para la obra a la que los he llamado”. La misión no nace de una estrategia humana solamente. Nace de la oración, del discernimiento, de la escucha de Dios. La Iglesia no envía simplemente a quienes tienen talento; envía a quienes han sido llamados y sostenidos por el Espíritu.

Esto ilumina también nuestra vida cristiana. Si queremos ver a Dios, debemos aprender a orar. Si queremos conocer su voluntad, debemos hacer silencio. Si queremos ser instrumentos de su luz, debemos dejarnos enviar. Una comunidad que ora termina siendo una comunidad misionera. Una Iglesia que contempla a Cristo termina saliendo al encuentro del mundo.

El salmo 67 recoge esta misma dimensión universal: “Oh Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben”. Dios no quiere iluminar solamente a un pequeño grupo. Su rostro debe brillar sobre todos. Su salvación debe llegar hasta los confines de la tierra. La luz de Cristo no es para esconderla en la intimidad de una sacristía o en el consuelo privado de algunos creyentes. Es una luz para el mundo.

Por eso el cristiano no puede quedarse en una fe individualista. Ver a Dios en Cristo nos compromete a hacerlo visible para otros. Si Cristo es luz, nosotros estamos llamados a reflejar esa luz. Si Cristo revela el rostro misericordioso del Padre, nosotros no podemos mostrar un rostro duro, indiferente o amargado. Si Cristo vino a salvar y no a condenar, también nuestra manera de vivir la fe debe estar marcada por la misericordia, la verdad y la esperanza.

Hoy podríamos preguntarnos sinceramente: ¿qué rostro de Dios estoy mostrando a los demás? ¿El Dios de Jesús, lleno de luz, bondad y verdad? ¿O a veces presento un Dios deformado por mis impaciencias, mis juicios, mis durezas, mis incoherencias?

También podríamos preguntarnos: ¿veo a Dios en mi vida diaria? ¿Lo descubro en la Eucaristía? ¿Lo escucho en su Palabra? ¿Lo reconozco en las personas que me rodean? ¿Lo busco en la oración? ¿O vivo tan distraído que la luz pasa cerca de mí y no la percibo?

La duda, el cansancio espiritual, la rutina y el pecado pueden oscurecer nuestra mirada. Pero la Pascua nos anuncia que Cristo ha venido precisamente para que no permanezcamos en tinieblas. Él no se cansa de ofrecernos su luz. Él no deja de llamarnos. Él no deja de revelarnos al Padre.

Pidamos hoy la gracia de una mirada más limpia y más creyente. Que podamos contemplar a Cristo y, en Él, reconocer al Padre. Que podamos acercarnos a la Eucaristía no como quien cumple una costumbre, sino como quien se deja iluminar por una presencia viva. Que podamos escuchar la Palabra no como un discurso antiguo, sino como una voz que hoy nos juzga, nos salva, nos despierta y nos envía.

Y que, como la comunidad de Antioquía, seamos una Iglesia atenta al Espíritu: una Iglesia que ora, discierne, celebra y sale; una Iglesia que no se encierra en sí misma, sino que permite que la Palabra de Dios crezca y se multiplique.

Porque quien cree en Cristo, cree en el Padre. Quien ve a Cristo, ve al Padre. Y quien camina en su luz, aunque todavía no lo vea cara a cara, ya empieza a gustar desde ahora la alegría de la vida eterna. Amén.

 

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29 de abril: Santa Catalina de Siena,

Virgen y Doctora de la Iglesia—Memoria

 

1347–1380 Santa patrona de Europa, Italia, las enfermeras, los enfermos y los ridiculizados por su piedad

Invocada contra incendios, abortos y tentaciones

Canonizada por el Papa Pío II el 29 de junio de 1461

Proclamada Doctora de la Iglesia por el Papa Pablo VI en octubre 4, 1970

Proclamada Copatrona de Europa por el Papa Juan Pablo II el 1 de octubre de 1999

 


Cita:
¿No sabes, hija querida, que todos los sufrimientos que el alma soporta o puede soportar en esta vida, son insuficientes para castigar la más pequeña falta, porque la ofensa ha sido hecha a Mí, que soy el Bien Infinito?, exige una satisfacción infinita? Sin embargo, deseo que sepáis, que no todas las penas que se dan a los hombres en esta vida se dan como castigos, sino como correcciones, para castigar al hijo cuando ofende; aunque es verdad que tanto la culpa como la pena pueden ser expiadas por el deseo del alma, es decir, por la verdadera contrición, no por el dolor finito soportado, sino por el deseo infinito; porque Dios, que es infinito, desea un amor y un dolor infinitos

~El Diálogo de Santa Catalina de Siena

 

Reflexión:

Caterina di Jacopo di Benincasa (Catalina) fue la vigésimo tercera o vigésimo cuarta hija nacida de padres amorosos en la próspera ciudad de Siena, Italia. Su gemela, así como la mitad de sus veinticuatro hermanos, no sobrevivieron a la infancia. Cuando era niña, Catalina se destacó. Le pusieron el sobrenombre de "Euphrosyne", que significa "alegría", debido a su carácter gozoso y su profunda devoción a Dios desde una edad temprana. A los cinco años subía de rodillas las escaleras de su casa mientras rezaba el Ave María en cada escalón. A la edad de seis años, mientras caminaba con su hermano, tuvo la primera de muchas visiones. Vio a Jesús, sentado en un trono, coronado como Rey, rodeado de los santos Pedro, Pablo y Juan. Esta experiencia sobrenatural llevó a Catalina aún más profundamente a una vida de oración, penitencia y devoción infantil. Al cabo de un año, había hecho el voto personal de entregar toda su vida a Dios. Su vida de oración era tan evidente que sus padres le dieron un dormitorio en el sótano para que pudiera usarlo como su lugar personal de oración. Esta “celda” en la que vivió y rezó también estaba en su alma. Más tarde le contaría a su director espiritual que cuando estaba preocupada o tentada, construía una célula dentro de su mente, de la cual nunca podría huir. Su vida de oración también aumentó sus virtudes y trató a su padre como a Jesús, a su madre como a María y a sus hermanos como a los Apóstoles.

Cuando Catalina era una adolescente, se opuso firmemente al deseo de sus padres de que se casara. Quería dedicarse únicamente a Dios, por lo que comenzó a ayunar y orar. Incluso llegó a cortarse el pelo para ser menos atractiva para los hombres jóvenes. Finalmente, sus padres aceptaron su vocación.

En 1363, apenas tres días después de cumplir dieciséis años, Catalina se unió a la Tercera Orden de Santo Domingo. La Tercera Orden estaba formada por laicos que vestían hábito religioso pero vivían en casa y trabajaban en el mundo en lugar de en un claustro. Sirvieron a los pobres y enfermos y realizaron obras de caridad. Durante los primeros años como Dominica de la Tercera Orden, Catalina vivió principalmente una vida de reclusión y oración. Alrededor de los veintiún años, contrajo lo que más tarde se describiría como “matrimonio místico” con nuestro Señor. Mientras oraba, se le apareció Jesús, junto con la Virgen María y el rey David como arpista. Jesús le puso un anillo en el dedo y se fue. El anillo permaneció por el resto de su vida, aunque Catalina fue la única que pudo verlo.

Dos siglos después, la mística española Santa Teresa de Ávila describiría así el matrimonio místico en su clásico espiritual, Castillo Interior :

Cuando nuestro Señor se complace en apiadarse de los sufrimientos, tanto pasados ​​como presentes, soportados por su anhelo por Él por esta alma que Él ha tomado espiritualmente por Su esposa, Él, antes de consumar el matrimonio celestial, la trae a esta Su mansión o cámara de presencia. Esta es la séptima morada, porque así como tiene morada en el cielo, así también la tiene en el alma, donde nadie sino Él puede morar y que se puede llamar segundo cielo.

Santa Teresa continuó explicando que este matrimonio celestial, este segundo cielo, es un don permanente otorgado a un alma. Por Su divina presciencia, cuando Él es consciente de la santidad permanente de un alma, le otorga este don de unión divina. Catalina fue una de las que recibió este raro regalo.

Después de recibir el don del matrimonio espiritual, Catalina comenzó un ministerio más activo hacia los pobres, los enfermos y los encarcelados de Siena. Cuando la peste bubónica (“Peste Negra”) azotó Siena, Catalina y sus compañeros siguieron trabajando arduamente, atendiendo a los afectados. Catalina también comenzó a involucrarse en controversias que asolaban a la Iglesia y al Estado. Escribió cientos de cartas a reyes, reinas, noblezas, religiosos, sacerdotes e incluso al propio Papa. En ese momento, las divisiones en la Iglesia eran tan profundas que Catalina se dedicó a severas penitencias y oraciones. Por ejemplo, ya no comía ni bebía, vivía únicamente de la Sagrada Eucaristía que recibía todos los días. Mientras estaba en Pisa en 1375, Catalina se enteró de las rebeliones dentro de la Iglesia. Cayó en éxtasis y recibió el regalo de un estigma invisible, que apareció físicamente en su cuerpo sólo después de su muerte. Tuvo una visión de nuestro Señor crucificado y rayos de luz se extendieron desde el cuerpo de Jesús hasta el de ella, atravesándola.

Un tema dominante de sus cartas al Papa fue instarlo a regresar a Roma. En ese momento, el papado se había trasladado a Aviñón, Francia, lo que se convirtió en la causa de muchos conflictos internos de la Iglesia. Se eligieron antipapas y la confusión fue generalizada. Catalina sabía que el Santo Padre, “papá” como ella lo llamaba, necesitaba regresar a la Ciudad Eterna para poner fin al caos. Sus cartas, y más tarde sus conversaciones cara a cara, no sólo fueron dirigidas al Santo Padre con el afecto y la sinceridad de una amorosa hija espiritual, sino que también fueron firmes, directas y desafiantes. En una carta al Papa Gregorio XI, le escribió instándolo a regresar a Roma: “Te digo, padre en Cristo Jesús, ven pronto como un manso cordero. Responded al Espíritu Santo que os llama. Yo os digo: Venid, venid, venid, y no esperéis el tiempo, porque el tiempo no os espera”. El Papa escuchó y regresó a Roma en 1377. Los últimos años de la vida de Catalina los pasó escribiendo cartas, visitando ciudades que estaban en guerra contra el papado y consultando a dos papas, primero el Papa Gregorio XI y luego su sucesor el Papa Urbano VI. Ella unió al pueblo, ganó muchos seguidores, abordó los abusos políticos, culturales y morales y dio un testimonio continuo de Cristo crucificado a través de su vida penitencial.

Su último, y quizás el mayor, regalo a la Iglesia fue su libro titulado El Diálogo de la Divina Providencia. Se cree que este libro fue dictado por Catalina mientras permanecía en éxtasis. Es una conversación entre un alma y el Padre Celestial. Además de esta gran obra maestra espiritual, han sobrevivido 382 de sus cartas y veintiséis de sus oraciones.

Santa Catalina fue una de las santas más grandes e influyentes de la historia de la Iglesia. Durante su vida tuvo un poderoso impacto en aquellos con quienes se encontró, incluido el Papa. Con su muerte, sigue teniendo un profundo impacto en la Iglesia como Doctora de la Iglesia. Nada de eso hubiera sido posible si ella no se hubiera dedicado a fervientes oraciones y penitencias durante toda su vida. Reflexiona sobre tu propia vida de oración mientras honramos a Santa Catalina y esfuérzate por imitar su amor ardiente por su Señor, su Divino Esposo. Ese amor, alimentado por un deseo insaciable de Dios, se ve maravillosamente en la siguiente oración que ella misma escribió:

 

Oración:

Dios eterno, Trinidad eterna, Tú has hecho tan preciosa la Sangre de Cristo al compartir Tu naturaleza Divina. Eres un misterio tan profundo como el mar; cuanto más busco, más encuentro, y cuanto más encuentro, más te busco. Pero nunca podré estar satisfecha; Lo que recibo siempre me dejará deseando más. Cuando Tú llenas mi alma, tengo un hambre cada vez mayor y me siento más hambrienta de Tu luz. Deseo sobre todo verte a Ti, la verdadera Luz, tal como eres realmente. Amén. 

Santa Catalina de Siena, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

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