Testigo de la Fe:
Natividad de la Virgen María
Antes incluso del nacimiento de Juan el Precursor,
el nacimiento de María en el hogar de Ana y Joaquín anuncia ya la Natividad de
Jesús y constituye como el preludio de la Buena Noticia. Con ella comienza a
despuntar la aurora de la salvación: Dios prepara silenciosamente la morada en
la cual su Hijo se hará carne.
La Sagrada Escritura no relata el nacimiento de
María y los Evangelios tampoco mencionan los nombres de sus padres. Es la
antigua tradición cristiana la que los llama Ana y Joaquín. Al celebrar hoy el
nacimiento de la Virgen, la Iglesia contempla con alegría el comienzo del
cumplimiento de las promesas de Dios. María viene al mundo para convertirse en
la Madre del Salvador, la humilde servidora del Señor y la primera discípula de
su Hijo.
Su nacimiento nos recuerda que Dios realiza
frecuentemente sus obras más grandes en el silencio y la sencillez. En María,
una pequeña niña todavía desconocida para el mundo, comienza a aparecer la luz
que resplandecerá plenamente en Cristo. Por eso esta fiesta, es una invitación
a la esperanza y a la confianza: aun cuando no podamos percibirlo, Dios ya está
preparando los caminos de nuestra salvación.
Hoy la Iglesia se alegra porque ha nacido aquella
de quien nacerá Cristo, nuestro Dios y Salvador. María es la aurora que anuncia
la llegada del Sol que nace de lo alto. Su vida entera será disponibilidad,
escucha y obediencia a la voluntad divina. Al celebrar su nacimiento, pidámosle
que nos enseñe a recibir con humildad los proyectos de Dios y a llevar a Jesús
a los demás mediante una vida sencilla, generosa y fiel.
¡Feliz cumpleaños, Madre María! Haz que también en
nosotros nazca cada día una fe más firme, una esperanza más luminosa y un amor
más generoso.
Primera lectura
Dé a luz la
que debe dar a luz
Lectura de la profecía de Miqueas.
ESTO dice el Señor:
«Y tú, Belén Efratá,
pequeña entre los clanes de Judá,
de ti voy a sacar
al que ha de gobernar Israel;
sus orígenes son de antaño,
de tiempos inmemoriales.
Por eso, los entregará
hasta que dé a luz la que debe dar a luz,
el resto de sus hermanos volverá
junto con los hijos de Israel.
Se mantendrá firme, pastoreará
con la fuerza del Señor,
con el dominio del nombre del Señor, su Dios;
se instalarán, ya que el Señor
se hará grande hasta el confín de la tierra.
Él mismo será la paz».
Palabra de Dios.
Rom 8, 28-30
(opción 2)
Dios
predestinó a los que había conocido de antemano
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
Sabemos que a los que aman a Dios todo les sirve para el bien; a los cuales ha
llamado conforme a su designio.
Porque a los que había conocido de antemano los predestinó a reproducir la
imagen de su Hijo, para que él fuera el primogénito entre muchos hermanos.
Y a los que predestinó, los llamó; a los que llamó, los justificó; a los que
justificó, los glorificó.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Desbordo
de gozo con el Señor.
V. Porque yo
confío en tu misericordia:
mi alma gozará con tu salvación. R.
V. Y cantaré
al Señor por el bien que me ha hecho. R.
Aclamación
V. Dichosa
eres, santa Virgen María, y muy digna de toda alabanza: porque de ti salió el
sol de justicia,
Cristo, nuestro Dios. R.
Evangelio
La criatura
que hay en ella viene del Espíritu Santo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
LIBRO del origen de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán.
Abrahán engendró a Isaac, Isaac engendró a Jacob, Jacob engendró a Judá y a sus
hermanos. Judá engendró, de Tamar, a Fares y a Zará, Fares engendró a Esrón,
Esrón engendró a Arán, Arán engendró a Aminadab, Aminadab engendró a Naasón,
Naasón engendró a Salmón, Salmón engendró, de Rajab, a Booz; Booz engendró, de
Rut, a Obed; Obed engendró a Jesé, Jesé engendró a David, el rey.
David, de la mujer de Urías, engendró a Salomón, Salomón engendró a Roboán,
Roboán engendró a Abías, Abías engendró a Asaf, Asaf engendró a Josafat,
Josafat engendró a Jorán, Jorán engendró a Ozías, Ozías engendró a Joatán,
Joatán engendró a Acaz, Acaz engendró a Ezequías, Ezequías engendró a Manasés,
Manasés engendró a Amós, Amós engendró a Josías; Josías engendró a Jeconías y a
sus hermanos, cuando el destierro de Babilonia.
Después del destierro de Babilonia, Jeconías engendró a Salatiel, Salatiel
engendró a Zorobabel, Zorobabel engendró a Abiud, Abiud engendró a Eliaquín,
Eliaquín engendró a Azor, Azor engendró a Sadoc, Sadoc engendró a Aquín, Aquín
engendró a Eliud, Eliud engendró a Eleazar, Eleazar engendró a Matán, Matán
engendró a Jacob; y Jacob engendró a José, el esposo de María, de la cual nació
Jesús, llamado Cristo.
La generación de Jesucristo fue de esta manera:
María, su madre, estaba desposada con José y, antes de vivir juntos, resultó
que ella esperaba un hijo por obra del Espíritu Santo.
José, su esposo, como era justo y no quería denunciarla, decidió repudiarla en
privado. Pero, apenas había tomado esta resolución, se le apareció en sueños un
ángel del Señor que le dijo:
«José, hijo de David, no temas acoger a María, tu mujer, porque la criatura que
hay en ella viene del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por
nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados».
Todo esto sucedió para que se cumpliese lo que había dicho el Señor por medio
del profeta:
«Miren: la virgen concebirá y dará a luz un hijo
y le pondrán por nombre Enmanuel,
que significa “Dios-con-nosotros”».
Palabra del Señor.
Natividad de la Virgen María: Dios hace nacer
la esperanza
Queridos
hermanos:
Hoy
celebramos el nacimiento de la Virgen María. Es una fiesta de alegría y de
esperanza: antes del nacimiento del Salvador, nace aquella que lo llevará en su
seno. Como la aurora anuncia que pronto aparecerá el sol, el nacimiento de
María anuncia la cercanía de Jesucristo, luz de nuestra vida.
Los
Evangelios no describen aquel nacimiento. La tradición cristiana nos ha
transmitido los nombres de sus padres, Ana y Joaquín. Pero lo más importante de
esta celebración no es reconstruir los detalles de una escena familiar, sino
reconocer lo que Dios estaba preparando: en la pequeñez de una niña comenzaba a
abrirse un camino para la llegada de su Hijo. Dios ya estaba obrando, aunque el mundo todavía no lo
supiera.
La
primera lectura, del profeta Miqueas, nos ayuda a comprender esta manera de
actuar del Señor. La promesa del Salvador se dirige a Belén, una población
pequeña, sin el prestigio de las grandes ciudades. De allí surgirá quien
pastoreará al pueblo y será su paz.
¡Cuánto
necesitamos escuchar esto! A veces pensamos que para hacer el bien debemos
tener abundantes recursos, ocupar un cargo importante o realizar algo
extraordinario. Sin embargo, Dios puede hacer fecunda una vida sencilla, una
comunidad pequeña, una ayuda discreta. Lo decisivo no es cuánto podemos
exhibir, sino cuánto estamos dispuestos a entregar.
María
nos enseña precisamente eso: la grandeza de una vida no está en llamar la
atención, sino en dejar espacio a Dios. No debemos despreciar los comienzos
pequeños ni el bien que parece insignificante. Una palabra oportuna puede
devolver la esperanza; una visita puede aliviar una soledad; una colaboración
puede permitir que una comunidad siga reuniéndose y celebrando su fe.
El
salmo nos invita a responder: «Me
llenaré de alegría en el Señor». Es una alegría apoyada en su
misericordia, en la certeza de que no nos abandona. No significa que
desaparezcan las dificultades, sino que podemos atravesarlas sostenidos por su
amor.
Además,
el salmista canta agradecido por el bien recibido. Hoy podemos hacer nuestra
esa actitud y preguntarnos: ¿reconocemos los regalos de Dios? ¿Recordamos a las
personas por medio de las cuales nos ha cuidado? Es fácil acostumbrarnos a
recibir y olvidarnos de agradecer.
Por
eso, en esta Eucaristía oramos especialmente por nuestros benefactores.
Recordamos a quienes sostienen nuestras comunidades y capillas, colaboran con
la evangelización y ayudan a nuestros hermanos necesitados. Pensamos también en
quienes ofrecen su tiempo, su trabajo, sus conocimientos, su escucha y su
oración. Hay generosidades que no aparecen en ninguna lista, pero que sostienen
silenciosamente la vida de muchos.
No
pedimos por ellos como si la ayuda fuera una compra de favores de Dios. Oramos
porque somos una familia agradecida. Le confiamos al Señor sus hogares, sus
trabajos, sus preocupaciones y sus necesidades. Quienes ayudan también
necesitan ser acompañados; quienes consuelan también necesitan consuelo.
El
Evangelio, por su parte, nos lleva al centro de esta fiesta: Jesús. Celebramos
el nacimiento de María porque de ella nació el Salvador. La auténtica devoción mariana
no se detiene en María: de su mano aprendemos a conocer, amar y seguir a su
Hijo.
Mateo
nos presenta a José ante una situación que no comprende. Dios lo invita a
superar el miedo y a recibir a María. También nosotros necesitamos aprender a
acoger los caminos del Señor cuando no coinciden con nuestros planes. Creer no
consiste en tenerlo todo explicado, sino en dar el siguiente paso con confianza
y fidelidad.
Y
el niño que María lleva en su seno es el Emmanuel, Dios con nosotros. Esta es
nuestra esperanza: el Señor no contempla nuestras luchas desde lejos. Ha
entrado en nuestra historia para salvarnos. Por eso, aun en una familia
preocupada, en una comunidad con necesidades o en un corazón cansado, puede
comenzar algo nuevo.
Hermanos,
celebremos esta fiesta con tres actitudes: confianza para no despreciar los
pequeños comienzos; gratitud para reconocer el bien recibido; y generosidad
para convertirnos también nosotros en ayuda para los demás.
Dentro
de unos momentos recibiremos en la Eucaristía al mismo Jesús que María llevó en
su seno. Pidámosle que nuestra comunión se traduzca en servicio, cercanía y
amor concreto.
Virgen
María, en la fiesta de tu nacimiento, enséñanos a descubrir lo que Dios hace
crecer silenciosamente entre nosotros. Intercede por nuestros benefactores: que
el Señor fortalezca su fe, acompañe sus familias y los sostenga en sus
dificultades. Y haz que todos aprendamos de ti a recibir a Jesús y a llevarlo a
nuestros hermanos.
Amén.



