domingo, 2 de agosto de 2026

3 de agosto del 2026: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario-II

 

Por encima de la borda

Jesús está solo, pero en oración. Los discípulos también están solos, en medio de la tempestad. Es de noche, una larga noche de angustia. Entonces Jesús se levanta como la aurora y va hacia ellos caminando sobre el mar. Precisamente cuando creen que todo está perdido, el Señor se hace presente y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pedro se atreve a abandonar la seguridad de la barca. Mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas; pero cuando se fija más en la violencia del viento que en la presencia del Señor, comienza a hundirse. Su oración es breve y desesperada: «¡Señor, sálvame!». Jesús extiende inmediatamente la mano y lo sostiene. No le evita la prueba, pero tampoco permite que las aguas lo devoren.

También nosotros atravesamos noches, vientos contrarios y momentos en los que parece que Dios está lejos. Podemos incluso comenzar el camino con entusiasmo y, después, hundirnos bajo el peso del miedo, las dudas o los problemas. La fe no consiste en negar la tormenta, sino en reconocer que Cristo es más fuerte que ella. Cuando todo se tambalea, basta una oración sincera: «¡Señor, sálvame!».

La primera lectura nos presenta otra clase de tormenta: la confusión provocada por las falsas palabras del profeta Jananías. Él anuncia una paz fácil e inmediata, mientras Jeremías permanece fiel a la palabra exigente y verdadera de Dios. No toda voz tranquilizadora viene del Señor. A veces preferimos escuchar promesas agradables antes que una verdad que nos llama a la conversión, a la paciencia y a la fidelidad. Jeremías nos enseña que el verdadero profeta no acomoda la Palabra a los deseos de la gente, sino que permanece fiel, aunque tenga que sufrir incomprensión.

Por eso, con el salmista, pedimos: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos aprender a distinguir su voz entre tantas voces, a no desviarnos por caminos falsos y a guardar su Palabra en el corazón.

Quizá hoy el Señor nos invite a arrojar por la borda nuestros miedos, falsas seguridades y engaños; a salir de la barca y confiar nuevamente en Él. Si comenzamos a hundirnos, no tengamos vergüenza de gritar. La mano de Jesús permanece extendida. Y cuando Él sube a nuestra barca, el viento se calma y renace la confesión de fe: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

G.Q

 


Primera lectura

Jer 28, 1-17
Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza

Lectura del libro de Jeremías.


EL mismo año, el año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, Jananías, hijo de Azur, profeta de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:
«Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: “He roto el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar el ajuar del templo, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para llevárselo a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquim, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar —oráculo del Señor— cuando rompa el yugo del rey de Babilonia”».
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías delante de los sacerdotes y de toda la gente que estaba en el templo.
Le dijo así el profeta Jeremías:
«¡Así sea; así lo haga el Señor! Que el Señor confirme la palabra que has profetizado y devuelva de Babilonia a este lugar el ajuar del templo y a todos los que están allí desterrados. Pero escucha la palabra que voy a pronunciar en tu presencia y ante toda la gente aquí reunida: Los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, solo era reconocido como profeta auténtico enviado por el Señor cuando se cumplía su palabra».
Entonces Jananías arrancó el yugo del cuello del profeta Jeremías y lo rompió.
Después dijo Jananías a todos los presentes:
«Esto dice el Señor: “De este modo romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, antes de dos años”».
El profeta Jeremías se marchó.
Vino la palabra del Señor a Jeremías después de que Jananías hubo roto el yugo del cuello del profeta Jeremías.
El Señor le dijo:
«Ve y dile a Jananías: “Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero yo haré un yugo de hierro. Porque esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Pondré un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta los animales salvajes”».
El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías:
«Escúchame, Jananías: El Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por tanto, esto dice el Señor: “Voy a hacerte desaparecer de la tierra; este año morirás porque has predicado rebelión contra el Señor”».
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102 (R.: 68b)

R. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.

V. Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. 
R.

V. No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. 
R.

V. Vuelvan a mí los que te temen
y hacen caso de tus preceptos. 
R.

V. Sea mi corazón perfecto en tus decretos,
así no quedaré avergonzado. 
R.

V. Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. 
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
 R.

 

Evangelio

Mt 14, 22-36
Mándame ir a ti sobre el agua

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

DESPUÉS que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron a todos los enfermos.
Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos sitúa en medio de una noche oscura. Jesús está solo en la montaña, orando; los discípulos se encuentran en la barca, sacudidos por las olas, porque el viento les era contrario. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida: también nosotros atravesamos noches de preocupación, momentos de incertidumbre y tormentas que ponen a prueba nuestra fe.

Los discípulos se sienten solos, pero en realidad Jesús no los ha abandonado. Mientras ellos luchan contra el viento, Él está orando. Y cuando la noche parece más oscura, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Sin embargo, ellos no logran reconocerlo y gritan de miedo, creyendo que es un fantasma.

Algo semejante puede ocurrirnos. En los momentos difíciles, el miedo puede impedirnos reconocer la presencia del Señor. Pensamos que Dios se ha alejado, cuando precisamente viene caminando hacia nosotros. Entonces escuchamos sus palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Jesús no promete que nunca habrá tormentas, pero nos asegura que no tendremos que atravesarlas solos.

Pedro, impulsado por la fe, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Jesús le responde: «Ven». Mientras Pedro mantiene su mirada en el Señor, consigue caminar; pero cuando comienza a fijarse más en la violencia del viento que en Jesús, siente miedo y empieza a hundirse.

Esta es también nuestra experiencia. Mientras permanecemos unidos al Señor, podemos afrontar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando miramos solamente los problemas, nuestras limitaciones, las noticias negativas o las amenazas que nos rodean, comenzamos a hundirnos en la desesperanza.

Pedro nos deja entonces una de las oraciones más breves y sinceras de toda la Sagrada Escritura: «¡Señor, sálvame!». No pronuncia muchas palabras ni ofrece largas explicaciones. Solamente grita desde su necesidad. Y el Evangelio dice que Jesús, inmediatamente, extendió la mano y lo sostuvo. La mano del Señor no tarda en llegar cuando el corazón lo invoca con humildad.

En la primera lectura también encontramos una tormenta, pero esta vez se trata de una tormenta de confusión. Jananías anuncia que muy pronto terminará el dominio de Babilonia y que los objetos del templo y los desterrados regresarán a Jerusalén. Era un mensaje agradable, lo que todos querían escuchar. Jeremías, en cambio, debe anunciar una verdad más dolorosa: aquella promesa no venía de Dios.

La Palabra nos advierte que no todas las voces que nos tranquilizan proceden del Señor. A veces preferimos palabras fáciles que confirmen nuestros deseos, pero el auténtico profeta no acomoda el mensaje de Dios para agradar a los demás. Jeremías permanece fiel, aunque la verdad le traiga incomprensión y sufrimiento.

Por eso hoy repetimos con el salmista: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos que Dios nos enseñe a distinguir su voz entre tantas voces; que nos conceda sabiduría para no confundir la fe con nuestros deseos ni la esperanza cristiana con promesas engañosas. La verdadera esperanza no consiste en creer que nada malo puede sucedernos, sino en confiar en que Dios permanecerá con nosotros pase lo que pase.

Esta Palabra ilumina también nuestra oración por los fieles difuntos. La muerte constituye para nosotros una de las noches más dolorosas. Cuando fallece alguien a quien amamos, parece que la barca queda vacía y que el viento de la tristeza amenaza con hundirnos. Surgen preguntas, recuerdos y lágrimas. Pero en medio de esa noche, Cristo resucitado viene a nuestro encuentro y nos dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Nuestros difuntos atravesaron ya las aguas de la muerte. Los confiamos a Jesús, que venció el pecado, abrió los sepulcros y nos prometió la vida eterna. Orar por ellos es tender un puente de amor y esperanza; es pedir que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la paz de su Reino.

Hoy podemos colocar sus nombres y sus rostros en las manos de Cristo. La mano que sostuvo a Pedro es la misma que sostiene a quienes parten de este mundo y la que también nos sostiene a nosotros en el duelo. La muerte no tiene la última palabra: la última palabra pertenece al Señor de la vida.

Pidámosle, entonces, que arroje por encima de la borda nuestros miedos, nuestras falsas seguridades y nuestra falta de confianza. Y si alguna vez sentimos que nos hundimos, repitamos la oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!». Él extenderá su mano, subirá a nuestra barca y conducirá a nuestros fieles difuntos y a cada uno de nosotros hasta la orilla de la vida eterna.

Amén.

 

2

 

Las tormentas de la vida

 

«Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca se hallaba ya a varios kilómetros de la costa y era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar» (Mateo 14,22-25).

 

Hermanos:

Solamente Dios, en su sabiduría perfecta, podía transmitir un significado espiritual tan profundo por medio de las acciones humanas de Jesús. Sus milagros revelan su divinidad y sus enseñanzas expresan los misterios divinos; pero también cada uno de sus gestos, incluso el más discreto, forma parte del anuncio profético de la plenitud del Evangelio. Desde sus primeros siglos, la Iglesia ha reconocido y contemplado estas dimensiones más profundas mediante lo que conocemos como el sentido alegórico y espiritual de la Sagrada Escritura.

A primera vista, el Evangelio de hoy revela la divinidad de Jesús sencillamente por el hecho de caminar sobre las aguas. Sin embargo, bajo la superficie se manifiestan otros misterios. La montaña, la soledad, la oración, la tormenta, la barca, el miedo y las palabras de Jesús nos comunican algo acerca de la misión salvadora de Cristo y de nuestro camino por la vida junto a Él.

Jesús sube solo a la montaña para orar. En la Sagrada Escritura, las montañas son lugares de encuentro con Dios: Moisés y Elías se encontraron con el Señor en el monte Sinaí, y Jesús se transfiguró delante de sus discípulos en el monte Tabor. En el Evangelio de hoy, la montaña representa la comunión de Jesús con el Padre y su intercesión celestial. Sube solo, dejando atrás a sus discípulos, del mismo modo que, después de la Resurrección, ascendería al Padre. Él permanece espiritualmente con nosotros mientras la Iglesia continúa su peregrinación en medio de las tormentas de este mundo.

Mientras Jesús ora, los discípulos luchan en la barca, sacudidos por las olas y con el viento en contra. La barca representa a la Iglesia en medio de las agitaciones del mundo. Las olas simbolizan las pruebas, las tentaciones y los temores que aparecen inesperadamente. Aunque Jesús parece encontrarse físicamente lejos, nunca está desatento. Precisamente en la hora de mayor angustia es cuando se acerca.

También nosotros conocemos los vientos contrarios: enfermedades, dificultades familiares, incertidumbre económica, crisis de fe, soledad, duelos y sufrimientos que parecen superar nuestras fuerzas. En esos momentos podemos pensar que el Señor se ha alejado o que nuestra oración no es escuchada. Sin embargo, mientras los discípulos luchan contra las olas, Jesús está orando. Aunque ellos no lo ven, no han dejado de estar presentes en su corazón.

Jesús va hacia ellos durante la cuarta vigilia de la noche, en el último y más oscuro momento antes del amanecer. Es la hora de la desolación más profunda del alma, cuando la persona se siente más abandonada, vulnerable e indefensa. Pero es también el momento preciso en el que llega la ayuda divina.

Jesús camina hacia ellos sobre el mar, convirtiendo las mismas olas que amenazaban con destruirlos en el camino por el que se acerca. La tormenta no lo detiene; Él camina por encima de ella, manifestando su autoridad sobre el caos y su poder para transformar incluso las pruebas más intensas en medios de su presencia. Aquello que para nosotros parece un obstáculo insuperable puede convertirse, por la gracia de Dios, en el lugar donde Cristo se nos manifieste con mayor claridad.

Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Gritan llenos de miedo porque creen que es un fantasma. Esto revela una profunda verdad espiritual: en nuestros momentos de temor y confusión podemos interpretar equivocadamente incluso la presencia de Cristo. Cuando el corazón está inquieto y la fe se debilita, podemos dejar de ver con claridad a Aquel que viene a salvarnos.

Esta dificultad para reconocer la voz de Dios aparece también en la primera lectura. El profeta Jananías pronuncia un mensaje agradable: anuncia que muy pronto se romperá el dominio de Babilonia, regresarán los desterrados y serán devueltos los objetos del templo. Era exactamente lo que el pueblo deseaba escuchar. Sin embargo, aquel mensaje no provenía del Señor.

Jeremías, en cambio, debe proclamar una palabra más exigente y dolorosa. No habla para complacer al pueblo, sino para permanecer fiel a Dios. Así nos enseña que no toda voz tranquilizadora procede del Señor ni toda palabra difícil debe ser rechazada. A veces las falsas promesas producen una calma momentánea, mientras que la verdad de Dios puede incomodarnos, corregirnos y pedirnos paciencia y conversión.

Por eso hacemos nuestra la súplica del salmo: «Apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Y también pedimos: «No quites de mi boca las palabras sinceras». Necesitamos que el Señor nos enseñe sus mandamientos para distinguir su voz entre tantas voces, reconocer la verdad y no dejarnos conducir únicamente por aquello que resulta agradable.

En medio de la tormenta, los discípulos necesitaban reconocer la voz auténtica del Señor. Entonces Jesús pronuncia unas palabras que siguen resonando a través de los siglos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

En griego, la expresión «soy yo» —egō eimi— evoca el nombre divino revelado a Moisés: «Yo soy». No se trata solamente de unas palabras de consuelo; es una revelación de la identidad divina de Jesús. Él no dice simplemente: «No tengan miedo porque pronto pasará la tormenta», sino: «No tengan miedo porque Yo estoy aquí».

Con esta declaración, Jesús hace mucho más que calmar el mar: calma el corazón. Invita a los discípulos a poner su confianza no solamente en aquello que Él puede hacer, sino en quien Él es. Nuestra seguridad más profunda no consiste en que nunca tendremos problemas, sino en saber que el Hijo de Dios permanece con nosotros y tiene poder sobre todo aquello que amenaza con hundirnos.

Pensemos hoy en alguna tormenta de nuestra vida en la que sintamos que Dios está ausente y que las olas nos desbordan. Imaginemos a Jesús caminando hacia nosotros sobre esas mismas olas. Aunque al principio no podamos reconocer claramente su presencia, miremos con los ojos de la fe y escuchemos su voz: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pidámosle también la gracia de no confundir su voz con las falsas promesas que nos ofrecen soluciones fáciles y seguridades engañosas. Que, como Jeremías, permanezcamos fieles a la verdad; y que, como el salmista, permitamos que la Palabra de Dios ilumine nuestros pasos.

Acojamos a Jesús en la barca de nuestra vida y confiemos en que su gracia es suficiente para afrontar cada prueba y tribulación que Dios permita. La tormenta puede continuar durante algún tiempo, pero ya no estaremos solos. Cristo está presente, ora por nosotros, camina hacia nosotros y convierte las aguas amenazantes en el camino de su llegada.

Señor misericordioso y poderoso, Tú me hablas de día y de noche por medio de las Escrituras, las inspiraciones, los acontecimientos y los signos sagrados. Sin embargo, muchas veces no logro percibir tu presencia, especialmente en medio de las tormentas de la vida.

Abre mis ojos para reconocerte, incluso cuando vengas de maneras inesperadas. Concédeme sabiduría para distinguir tu voz de las palabras falsas y engañosas. Ayúdame a recibirte con fe y alegría en la barca de mi alma, para que pongas orden en el caos que atravieso y me llenes de tu paz permanente.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

5 de agosto del 2024: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario- año II- Dedicación de la Basílica de Santa María Mayor


Evento sagrado del día

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor


La basílica de Santa María la Mayor es la primera de las iglesias occidentales que recibe el nombre de Santa María. Fue erigida en Roma en honor de la Madre de Jesús, a quien el Concilio de Éfeso acababa de reconocer el título de Madre de Dios (431).

 

Una pedagogía de la vida

(Jeremías 28, 1-17) La profecía optimista de Jnanías es un doble error. Políticamente, anima a Sedecías a rebelarse contra el vencedor babilónico, lo que conducirá al desastre del exilio. 

En el plano religioso, ahorra al pueblo el examen de conciencia que la derrota debería inspirarle. 

La pedagogía de Dios pretende hacernos vivir, a veces a costa de cuestionamientos dolorosos. 

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (28,1-17):

Al principio del reinado de Sedecías en Judá, el mes quinto, Jananías, hijo de Azur, profeta natural de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de toda la gente: «Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: «Rompo el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar todo el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, cogió y se llevó a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos desterrados en Babilonia yo los haré volver a este lugar –oráculo del Señor–, porque romperé el yugo del rey de Babilonia.»»
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías, en presencia de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo; el profeta Jeremías dijo: «Amén, así lo haga el Señor. Que el Señor cumpla tu profecía, trayendo de Babilonia a este lugar todo el ajuar del templo y a todos los desterrados. Pero escucha lo que yo te digo a ti y a todo el pueblo: «Los profetas que nos precedieron, a ti y a mi, desde tiempo inmemorial, profetizaron guerras, calamidades y epidemias a muchos países y a reinos dilatados. Cuando un profeta predecía prosperidad, sólo al cumplirse su profecía era reconocido como profeta enviado realmente por el Señor.»»
Entonces Jananías le quitó el yugo del cuello al profeta Jeremías y lo rompió, diciendo en presencia de todo el pueblo: «Así dice el Señor: «Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años.»»
El profeta Jeremías se marchó por su camino. Después que el profeta Jananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, vino la palabra del Señor a Jeremías: «Ve y dile a Jananías: «Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo haré un yugo de hierro. Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia; y se le someterán, y hasta las bestias del campo le entregaré.»»
El profeta Jeremías dijo a Jananías profeta: «Escúchame, Ananías; el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por eso, así dice el Señor: «Mira: yo te echaré de la superficie de la tierra; este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor.»»
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 118,29.43.79.80.95.102

R/. Instrúyeme, Señor, en tus leyes

Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad. R/.

No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. R/.

Vuelvan a mi tus fieles
que hacen caso de tus preceptos. R/.

Sea mi corazón perfecto en tus leyes,
así no quedaré avergonzado. R/.

Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. R/.

No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor



Dar lo que recibes

 

Jesús tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. 

Mateo 14:19-20


Un aspecto importante de este milagro que es fácil pasar por alto es que Jesús multiplicó los panes y los peces por medio de sus discípulos. Lo hizo invitándolos a ayudar en la distribución de los panes y en la recolección de los fragmentos que sobraron. Esto revela que Dios a menudo nos utiliza como mediadores de sus gracias superabundantes otorgadas a otros. Aunque Dios podría derramar su misericordia directamente, la mayoría de las veces lo hace a través de otros.

Mientras reflexionas sobre este milagro, intenta verte como uno de los discípulos que fue invitado a distribuir el pan entre la gente. Si estuvieras allí y tuvieras hambre y luego te dieran pan, te sentirías tentado a comer el pan tú mismo antes de darlo a los demás. Pero Jesús les dio el pan a sus discípulos hambrientos con la instrucción de que primero lo dieran a los demás.

A veces, cuando Dios nos llama a dar su misericordia a los demás, nos volvemos egoístas. Es fácil pensar que primero debemos ocuparnos de nosotros mismos y de nuestras propias necesidades. Creemos erróneamente que solo podemos ofrecer misericordia a los demás después de que nuestras necesidades estén satisfechas. Imaginemos, por ejemplo, si al recibir el pan de Jesús, los discípulos hubieran decidido que debían comer de él primero. Luego, si había algo extra, podrían darlo a los demás. Si hubieran hecho esto, la superabundancia de la multiplicación de los panes no habría sucedido. Al final, los propios discípulos recibieron una superabundancia de alimentos, precisamente porque primero dieron lo que habían recibido.

Espiritualmente hablando, lo mismo sucede con nosotros. Cuando recibimos alimento espiritual de nuestro Señor, nuestro primer pensamiento debe ser el de darlo a los demás. Debemos ver primero todo lo que recibimos de Dios como una oportunidad para otorgar esas bendiciones a los demás. Esta es la naturaleza de la gracia. Por ejemplo, si recibimos una sensación de paz o alegría en nuestro corazón, debemos darnos cuenta de que esta paz o alegría que recibimos es un regalo que debe ofrecerse inmediatamente a los demás. Si recibimos una visión espiritual de las Escrituras, esto se nos da en primer lugar para compartirlo con los demás. Cada regalo que recibimos de Dios debe entenderse como un regalo que se nos da para que podamos compartirlo inmediatamente con los demás. La buena noticia es que cuando buscamos dar lo que hemos recibido, se nos da más y, al final, seremos mucho más ricos.

Reflexiona hoy sobre la acción de los discípulos al recibir este alimento de nuestro Señor y repartirlo inmediatamente. Imagínate a ti mismo en este milagro y considera el pan como un símbolo de cada gracia que recibes de Dios.

¿Qué has recibido que Dios quiere que distribuyas a los demás? ¿Hay gracias que has recibido y que egoístamente tratas de conservar?

La naturaleza de la gracia es que se da para dársela a los demás. Procura hacer esto con cada don espiritual que recibas y descubrirás que las gracias se multiplican hasta el punto de que recibes más de lo que jamás podrías imaginar.

 

Mi generoso Señor, Tú derramas Tu gracia y misericordia en superabundancia. Al recibir todo lo que Tú me concedes, por favor llena mi corazón de generosidad para que nunca dude en ofrecer Tu misericordia a los demás. Por favor, úsame como Tu instrumento, querido Señor, para que, a través de mí, puedas alimentar abundantemente a los demás. Jesús, confío en Ti.



5 de agosto:

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor—

Memoria opcional (Nuestra Señora de las Nieves)

c. 352


El siglo IV fue un período significativo en la historia de la Iglesia, y el siglo V fue un período significativo en la historia de la devoción mariana. En el año 313, el emperador romano Constantino el Grande emitió el Edicto de Milán, que legalizaba el cristianismo y ponía fin a las persecuciones estatales contra los cristianos. Durante los siguientes cuarenta años, muchas personas en todo el Imperio Romano, incluidas muchas en la propia Roma, se convirtieron. La Iglesia Católica también se volvió más estructurada y el obispo de Roma comenzó a ser cada vez más reconocido como el líder de la Iglesia universal.

Mientras la Iglesia en Roma seguía encontrando su camino, la leyenda cuenta que la Madre de Dios decidió hacer su parte para ayudar. En el año 352, un rico aristócrata romano llamado Juan y su esposa, que no tenían hijos y eran cristianos fieles, querían usar su dinero para ayudar a expandir la Iglesia. Después de orar para recibir orientación, Juan tuvo un sueño en la noche del 4 de agosto de 352, en el que nuestra Santísima Madre se le apareció y le informó que quería que se construyera una iglesia en Roma en el monte Esquilino. Ella dijo que, a pesar de estar en pleno verano, caería nieve en el lugar al día siguiente. Cuando Juan se levantó el 5 de agosto, fue a ver al Papa Liberio para contarle sobre su sueño-visión. Para sorpresa de Juan, el Papa Liberio había tenido un sueño similar la noche anterior, por lo que decidieron ver si había caído nieve en el monte Esquilino. Efectivamente, a su llegada, encontraron nieve fresca en forma de cimientos para una iglesia. El Papa utilizó la nieve para delinear los cimientos y ordenó que se construyera la iglesia. Juan y su esposa usaron su dinero para pagar el proyecto, y la iglesia se llamó Basílica Liberiana, en honor al Papa Liberio.

En el siglo siguiente surgió una controversia sobre el título apropiado para la madre de Jesús. ¿Debería llamársele “la que lleva a Cristo” o “la que lleva a Dios”? En otras palabras, ¿era ella sólo la Madre de Cristo o la Madre de Dios? Nestorio, que fue arzobispo de Constantinopla entre 428 y 431, sostuvo que María era sólo la madre del lado humano de Cristo, sugiriendo que había dos personas en Cristo, una persona divina y una persona humana. El arzobispo Cirilo de Alejandría, por otro lado, sostuvo que Cristo era sólo una Persona y que Su humanidad y divinidad estaban unidas como una sola en Su personalidad. La consecuencia natural de su argumento fue que, si María era la madre de la Persona, y la Persona era Dios, entonces María era y es la Madre de Dios.

Para resolver la controversia, el emperador romano de Oriente Teodosio II convocó un concilio eclesiástico que se celebraría en Éfeso en el año 431. Tanto Nestorio como Cirilo asistieron, aunque Nestorio llegó tarde y la posición de Cirilo ganó. Nestorio fue depuesto y exiliado. El papa Celestino I aprobó la decisión del concilio, pero murió poco después. El papa Sixto III fue elegido para sucederlo en el año 432 e hizo mucho por implementar las enseñanzas del Concilio de Éfeso. Entre ellas estaba la reconstrucción y ampliación de la Basílica Liberiana y darle un nuevo nombre en honor a la Madre de Dios. El núcleo de la estructura actual de la Basílica de Santa María la Mayor en el monte Esquilino en Roma fue construido y consagrado por el papa Sixto en algún momento antes de su muerte en el año 440.

Hoy en día, Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas principales de Roma, junto con la Basílica de San Pedro en la Colina del Vaticano, la Basílica de San Juan de Letrán (la catedral oficial de la Diócesis de Roma) y San Pablo Extramuros.

Cada basílica tiene un significado y una historia únicos.

Santa María la Mayor contiene entre sus muros un arco de triunfo y mosaicos impresionantes en la nave, que datan del siglo V. Los mosaicos representan varias escenas bíblicas, incluidos eventos del Antiguo Testamento y la infancia de Cristo. Se encuentran entre los mosaicos cristianos más antiguos e importantes de Roma. También dentro de la basílica, bajo el altar principal, se encuentra la reliquia más sagrada de la iglesia, la madera del pesebre en el que fue colocado el niño Jesús. Otra reliquia importante es el Salus Populi Romani, un icono de la Santísima Virgen María. Según la leyenda, este antiguo icono es el primer icono que se pintó de María y fue pintado por San Lucas, el escritor del Evangelio. Desde hace siglos, como recordatorio de la leyenda de la milagrosa nevada de verano, cada 5 de agosto se dejan caer pétalos de rosas blancas sobre los fieles desde la cúpula de la Basílica.

Aunque las reliquias, la historia y las leyendas asociadas a esta antigua iglesia son inspiradoras, quizás la inspiración más duradera que podemos sacar de ella es que ha sido un lugar de culto divino durante más de 1.600 años. Desde entonces, casi todos los papas han celebrado misas allí, incontables millones de personas han rezado allí, numerosos santos han peregrinado a esa santa iglesia y nuestra Santísima Madre ciertamente ha recibido y respondido muchas oraciones dentro de esos muros.

Al celebrar la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, reflexionemos sobre nuestra propia devoción a la Madre de Dios. Recordemos especialmente a los innumerables santos que rezaron entre los muros de Santa María la Mayor y tratemos de imitar su fe y su devoción a la Madre de Dios.

 

Nuestra Señora de las Nieves, enviaste una suave y blanca nieve desde el cielo al lugar donde querías que se construyera una iglesia en tu honor. Eres la Madre de Dios, la Theotokos, y te honro y te amo como tal. Por favor, reza por mí, para que yo también pueda convertirme en un portador de Dios al llevar la presencia de tu divino Hijo a aquellos en mi vida que están más necesitados. Nuestra Señora de las Nieves, reza por mí. Jesús, confío en Ti.

sábado, 1 de agosto de 2026

2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

«Denles ustedes de comer».

(Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 /
Mt 14,13-21)
El Evangelio nos presenta a Jesús conmovido ante una multitud hambrienta y necesitada. Con cinco panes y dos peces, el Señor alimenta a todos, pero quiere contar con la colaboración de sus discípulos: «Denles ustedes de comer». También hoy nos invita a poner en sus manos lo poco que tenemos, porque cuando se comparte con fe y amor, Él puede convertirlo en bendición abundante para muchos.


Primera lectura

Is 55, 1-3
Vengan y coman

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 (R.: cf. 16)

R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 35. 37-39

Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 14, 13-21

Comieron todos y se saciaron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

 

*************

 

¿Pero dónde están los peces?

En la multiplicación de los panes narrada por san Mateo, los dos peces parecen desaparecer del relato. Jesús toma los cinco panes y los dos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los entrega a los discípulos. Mateo concentra la atención en el pan bendecido, partido y compartido, anticipando así el misterio de la Eucaristía.

Todo comienza con la compasión de Jesús. Al ver a la multitud cansada y necesitada, cura a los enfermos y se preocupa por su alimento. Cuando los discípulos sugieren despedir a la gente, Jesús les responde: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Esta palabra sigue interpelando a la Iglesia. No podemos permanecer indiferentes ante quienes padecen hambre de alimento, afecto, compañía, esperanza o fe.

Los discípulos reconocen su pobreza: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. También nosotros solemos pensar que tenemos muy poco para ofrecer: escasos recursos, poco tiempo, capacidades limitadas. Pero Jesús no nos pide lo que no tenemos; nos invita a entregarle lo que somos y poseemos: “Tráiganmelos”. En sus manos, lo pequeño se convierte en abundancia.

La primera lectura contiene una invitación semejante: “Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman”. Dios ofrece gratuitamente aquello que verdaderamente alimenta. Nos pregunta por qué gastamos la vida buscando cosas que no pueden saciarnos, mientras descuidamos su Palabra, su gracia y su amistad.

Por eso proclamamos con el salmo: “Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente”. Dios abre su mano, mientras nosotros muchas veces cerramos las nuestras por temor a que no alcance. El milagro comienza cuando dejamos de retener y aprendemos a compartir. Jesús bendice y multiplica, pero confía a sus discípulos la distribución. La abundancia de Dios quiere pasar también por nuestras manos.

¿Dónde quedaron, entonces, los peces? Quedaron incluidos en la ofrenda. Una vez entregados a Jesús, dejaron de pertenecer a unos pocos y se convirtieron en alimento para todos. Lo importante no es saber exactamente cómo fueron repartidos, sino comprender que nada ofrecido con amor se pierde en las manos de Cristo.

San Pablo nos revela la fuente de esta confianza: nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni la dificultad, ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro pueden vencer el amor con que Dios nos sostiene. Quien se sabe amado por Cristo puede vencer el miedo, abrir las manos y compartir.

La Eucaristía actualiza este misterio. Jesús recibe nuestra vida pobre y limitada, la une a su entrega y nos alimenta con el Pan de vida. Pero quien participa de la mesa del Señor no puede desentenderse de la mesa vacía del hermano. Comulgar con Cristo significa convertirnos también nosotros en pan compartido.

Hoy Jesús nos pregunta: “¿Qué tienen?”. Tal vez solo podamos presentarle cinco panes y dos peces: un poco de tiempo, una ayuda sencilla, una palabra de consuelo, una visita, una oración o un gesto de perdón. Puede parecernos insuficiente, pero, si lo ponemos en sus manos, Él sabrá multiplicarlo. Nada entregado por amor es demasiado pequeño para Dios.

Para la reflexión

1.    ¿En qué cosas estoy buscando saciar mi corazón, aunque sé que no pueden darme vida verdadera?

2.    ¿Cuáles son los “cinco panes y dos peces” que puedo poner hoy en las manos de Jesús?

3.    ¿Ante las necesidades de los demás, tiendo a despedirlos o escucho la invitación de Cristo: “Denles ustedes de comer”?

 

 

El cuidado providente de Dios

 

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Él les dijo: «Tráiganmelos». Luego mandó que la gente se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a la multitud. Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron los pedazos que sobraron: doce canastos llenos (Mateo 14,17-20).

En los evangelios de Mateo y Marcos encontramos dos multiplicaciones milagrosas de alimentos. El Evangelio de hoy narra la primera, realizada principalmente para una multitud judía cerca del lago de Galilea. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados con cinco panes y dos peces, y sobraron doce canastos. Esta multiplicación es, significativamente, el único milagro de Jesús narrado por los cuatro evangelistas, lo que pone de relieve su importancia.

Mateo y Marcos relatan también una segunda multiplicación: cuatro mil personas fueron alimentadas en la región pagana de la Decápolis con siete panes y algunos peces, y sobraron siete canastos. En el primer relato, los doce canastos evocan a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles; en el segundo, el número siete sugiere la plenitud y la universalidad. Cristo es el Pan ofrecido a Israel y a todos los pueblos.

El primer milagro tiene lugar en un momento de profundo dolor para Jesús, pues acaba de recibir la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Jesús sabía que la muerte de Juan había ocurrido dentro de la voluntad permisiva del Padre y que, misteriosamente, serviría para su gloria. Sin embargo, esta mirada divina no eliminó su dolor humano. El dolor santo es una profunda expresión del amor ante el sufrimiento.

Precisamente porque el amor de Jesús era perfecto, su tristeza fue auténtica y profunda. Por eso decidió retirarse en una barca hacia un lugar solitario. Es hermoso comprobar que su divinidad no oscurece ni disminuye su humanidad. Con amor divino acepta la muerte de Juan y, con un corazón verdaderamente humano, guarda luto por él. En Jesús, humanidad y divinidad se unen perfectamente.

Pero, al desembarcar, encuentra una gran multitud que lo ha seguido a pie, deseosa de escuchar sus enseñanzas y recibir sus milagros. Jesús tenía motivos para aislarse; sin embargo, no se encierra en su propio dolor. Al contemplar el cansancio, la enfermedad y las heridas de aquella gente, «se compadeció de ellos y curó a sus enfermos». La compasión de Jesús no es un sentimiento superficial: nace de lo más profundo de su ser y se convierte en una acción concreta. Jesús no se limita a lamentar el sufrimiento; se acerca, cura, alimenta y devuelve la esperanza.

Al caer la tarde, los discípulos quieren despedir a la gente para que busque alimento. Jesús les responde: «No hace falta que vayan; denles ustedes de comer». Ellos reconocen su pobreza: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Pero Jesús no les reprocha la escasez; sencillamente les dice: «Tráiganmelos». Esta es también su invitación para nosotros: llevarle lo que tenemos, aunque parezca poco e insuficiente.

La primera lectura ilumina esta escena con la invitación del profeta Isaías: «Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman». Dios ofrece gratuitamente el alimento que da vida. Nos pregunta: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». Con frecuencia buscamos saciar el corazón con cosas que no pueden llenarlo. El Señor, en cambio, nos llama a acercarnos, escucharlo y recibir gratuitamente su gracia.

El salmo proclama esta misma confianza: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente». El milagro recuerda el cuidado providente de Dios durante los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, cuando cada mañana aparecía el maná necesario para la jornada. Tanto aquel acontecimiento como el Evangelio de hoy nos enseñan una verdad constante: Dios no abandona a quienes lo buscan con fe.

Esto no significa que Dios siempre responderá según nuestros planes, sino que su presencia y su amor nunca nos faltarán. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?». Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La providencia divina no consiste en vivir sin dificultades, sino en saber que, aun dentro de ellas, permanecemos sostenidos por un amor invencible.

La multiplicación de los panes y los peces anuncia también la Eucaristía. Jesús toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que realizará en la Última Cena. En la Eucaristía, Dios provee abundantemente nuestro alimento espiritual. Recibido con fe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalecen las virtudes, sanan nuestras heridas y nos preparan para la vida eterna, cuando participaremos plenamente del banquete del Reino, donde ya no habrá pecado, enfermedad, hambre ni sufrimiento.

Contemplemos hoy el cuidado entrañable de Jesús. Él mira nuestras necesidades con la misma compasión con que contempló a la multitud. Desea alimentarnos con el verdadero Pan bajado del cielo. Presentémosle lo que tenemos, aunque parezca pequeño: nuestras luchas, cansancios, oraciones, esperanzas y capacidades. En sus manos, todo puede ser bendecido y multiplicado para nuestro bien y para el bien de los demás.

El Señor no nos pide lo que no tenemos; nos pide que no guardemos egoístamente lo que sí poseemos. Los cinco panes y los dos peces parecían insuficientes, pero entregados a Cristo alimentaron a una multitud. Que este milagro despierte en nosotros una confianza más profunda en la providencia divina, un deseo más ferviente de la Eucaristía y una mayor disposición para compartir. Cristo es nuestro alimento, nuestra sanación y el anticipo de la alegría eterna.

Señor mío, presente en la Eucaristía, este don supera cuanto puedo comprender. Así como la multitud quedó admirada ante la multiplicación de los panes y los peces, concédeme descubrir con asombro el misterio de tu presencia y de tu cuidado providente. Recibe lo poco que soy y tengo, multiplícalo según tu voluntad y llena mi corazón de confianza, generosidad y gratitud. Jesús, confío en ti.

 

3 de agosto del 2026: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario-II

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