Un paso que no es secreto
El evangelio de este domingo es rico en
protagonistas: unas ovejas, un pastor, un bandido o ladrón, un portero y… ¡una
puerta! La puerta es Jesús mismo. Al calificarse de esta manera, Él nos
sorprende. En efecto, la imagen del buen pastor, con la cual se va a presentar
inmediatamente después, nos resulta mucho más familiar.
Cuando Jesús dice de sí mismo que es la puerta que
permite pasar de la seguridad del redil al espacio nutritivo de los pastos,
expresa con imágenes lo que afirmará más adelante en el mismo evangelio: “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).
Pasar por Jesús es acceder al Padre, es decir, a
una vida entregada en abundancia. Por tanto, hay una cuestión de vida o muerte
en poner nuestra confianza en Jesús. La imagen del rebaño amenazado por un
ladrón animado por intenciones asesinas lo expresa claramente. Sin nombrar las
fuerzas que se oponen a la vida, Jesús afirma que ellas están realmente
actuando.
Ahora bien, Él nos recuerda que ha venido
precisamente para que tengamos vida. Ciertamente, no somos librados de la
muerte, pero la promesa de vida que Jesús hace en este texto no deja de ser
real. Jesús, que viene a vivir con nosotros, nos abre el paso hacia la vida.
Este paso no está escondido ni reservado únicamente a quienes poseen una llave;
no es un laberinto de condiciones y leyes. Es Jesús, sencillamente.
¿Qué es para mí esta vida en abundancia?
¿Cómo puedo reconocer la voz de Jesús en mi
existencia?
¿Cómo me habla esta imagen del
pastor y de las ovejas? ¿Qué me dice de mi relación con Dios?
Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola
Primera lectura
Dios lo ha
constituido Señor y Mesías
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz
y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien
ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás
apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el
Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo.
Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están
lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas
tres mil personas.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor es mi pastor, nada me falta.
O bien:
R. Aleluya.
V. El Señor es
mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. R.
V. Me
guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan. R.
V. Preparas
una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. R.
V. Tu
bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. R.
Segunda
lectura
Se han
convertido al pastor de sus almas
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de
Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Yo
soy el Buen Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me
conocen. R.
Evangelio
Yo soy la
puerta de las ovejas
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de
las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que
entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las
ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca.
Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo
siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de
él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba.
Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que
han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los
escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y
encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para
que tengan vida y la tengan abundante».
Palabra del Señor.
1
“Entrar por
la puerta, escuchar la voz, descubrir la vocación”
Queridos
hermanos:
En
este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a contemplar a Jesús como Pastor y, de manera muy
especial en el evangelio de hoy, como Puerta.
Jesús dice: “Yo soy la
puerta de las ovejas”. No dice simplemente: “Yo les muestro una
puerta”, ni “Yo conozco una puerta”, sino: “Yo soy la puerta”.
Una
puerta sirve para entrar, para salir, para proteger, para abrir camino. Jesús
es la puerta por la que entramos a la vida de Dios y por la que salimos hacia
los hermanos con una misión. Pasar por Jesús es pasar de la confusión a la luz,
del miedo a la confianza, del pecado al perdón, de la vida dispersa a una vida
con sentido.
Como
dice alguien comentando este evangelio de hoy, este paso-pasaje no es secreto.
No está reservado a unos pocos. No es un laberinto de leyes imposibles. El paso
hacia la vida verdadera es Jesús mismo. Él no vino a complicarnos la
existencia, sino a abrirnos el camino hacia el Padre. Por eso dice al final del
evangelio: “Yo he venido
para que tengan vida y la tengan en abundancia”.
Y
aquí aparece la gran pregunta de este domingo: ¿qué vida estamos buscando? ¿Una
vida llena de cosas, pero vacía de sentido? ¿Una vida movida por la prisa, la
apariencia, el resentimiento o la tristeza? ¿O la vida abundante que sólo
Cristo puede dar?
En
la primera lectura, Pedro anuncia con valentía: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien
ustedes crucificaron”. Sus oyentes se sienten traspasados en el
corazón y preguntan: “¿Qué
tenemos que hacer, hermanos?” Esa pregunta es el comienzo de
toda conversión. Cuando la Palabra toca el corazón, uno deja de justificarse y
empieza a buscar la puerta verdadera.
Pedro
responde: “Conviértanse y
bautícense”. Es decir: vuelvan a Cristo, entren por Él, dejen
que su gracia les perdone, les renueve y les dé el Espíritu Santo. La
conversión no es solamente dejar algo malo; es volver al Pastor, dejarse
encontrar por Él y permitir que ordene nuestra vida.
Por
eso el salmo 23 nos pone en los labios una de las confesiones más hermosas de
la Biblia: “El Señor es mi
pastor, nada me falta”. No significa que nunca tendremos
problemas. El mismo salmo habla de cañadas oscuras y de enemigos. Pero quien
tiene al Señor como Pastor sabe que no camina solo. Puede atravesar noches,
pérdidas, enfermedades, cansancios y pruebas, pero con una certeza: “Tú vas conmigo”.
Esa
es la vida abundante: no una vida sin cruz, sino una vida acompañada por
Cristo. No una vida sin heridas, sino una vida donde las heridas pueden ser
curadas por el amor del Resucitado.
La
segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, nos recuerda precisamente
esto: “Sus heridas nos han
curado”. Nuestro Pastor no es un pastor lejano. Es un Pastor
herido. Cristo ha conocido el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Pero
sus heridas se han convertido en fuente de vida para nosotros.
San
Pedro añade: “Andaban
errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”.
Esta frase describe muchas veces nuestra historia. Andamos errantes cuando
escuchamos voces que no vienen de Dios. Voces que prometen felicidad, pero
roban la paz. Voces que invitan al egoísmo, a la indiferencia, a la mentira, a
la superficialidad, al resentimiento. Jesús las llama voces de ladrones, porque
el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir.
También
hoy hay muchos ladrones de vida: la prisa que no deja orar, el ruido que no
deja escuchar, la tristeza que nos encierra, la comparación que nos amarga, el
pecado que nos separa, la indiferencia que endurece el corazón. Frente a todo
eso, Jesús dice: “Yo soy
la puerta”. Si entras por mí, encontrarás vida.
Y
hoy, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de Oración por las
Vocaciones. El Papa León XIV nos recuerda que la vocación no es
primero una obligación externa, sino un descubrimiento interior: Dios ha puesto
en cada corazón un don, una llamada, un camino único de santidad y servicio.
Para descubrirlo, dice el Papa, necesitamos interioridad: detenernos, escuchar,
rezar, acoger la mirada de Cristo y confiar en Él.
Esto
ilumina profundamente el evangelio de hoy. Jesús dice que las ovejas escuchan
la voz del pastor, y que el pastor llama a cada una por su nombre. La vocación
comienza ahí: cuando descubro que Dios no me llama en masa, sino personalmente.
Me llama por mi nombre. Conoce mi historia, mis talentos, mis miedos, mis caídas
y mis posibilidades.
Y
la pregunta vocacional no es sólo para los jóvenes que quizá puedan ser
sacerdotes o religiosas. Es para todos. Cada bautizado debe preguntarse: Señor,
¿qué quieres de mí? ¿Cómo quieres que sirva? ¿Dónde quieres que entregue mi vida?
¿Qué don has sembrado en mí para la Iglesia y para el mundo?
Necesitamos
sacerdotes con corazón de pastor, no de funcionarios. Necesitamos religiosos y
religiosas que recuerden al mundo que Dios basta. Necesitamos matrimonios
santos, familias que sean escuelas de fe y ternura. Necesitamos laicos
comprometidos que lleven el Evangelio a la educación, la política, la salud, la
comunicación, la cultura, el trabajo y la vida social. Necesitamos jóvenes
capaces de hacer silencio y decir: “Señor, habla, que tu siervo escucha”.
El
Papa León XIV insiste en que la vocación madura en la oración, en la escucha de
la Palabra, en la vida sacramental, en la adoración eucarística y en el
acompañamiento fraterno; no es algo estático, sino un camino que crece cuando
permanecemos unidos al Señor.
Por
eso, queridos hermanos, hoy no basta con admirar al Buen Pastor desde lejos.
Hay que entrar por la puerta. Hay que escuchar su voz. Hay que volver a Él. Hay
que preguntarle: “Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?”
La
Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos cura, nos
alimenta y nos envía. Aquí entramos por Cristo para salir renovados hacia la
vida. Aquí recibimos la vida abundante para llevarla a otros.
Pidamos
hoy por las vocaciones. Pidamos que no falten pastores según el corazón de
Cristo. Pidamos que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares
donde los jóvenes puedan escuchar la voz de Dios. Y pidamos también por nuestra
propia vocación, para que ninguno de nosotros viva distraído, perdido o
encerrado, sino siguiendo al Pastor que nos llama por nuestro nombre.
Que
María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a
detenernos, escuchar y confiar. Y que Jesús, puerta de las ovejas, nos conduzca
a todos hacia la vida abundante.
Amén.
2
“Reconocer la
voz del Pastor”
Queridos
hermanos:
En
este IV Domingo de Pascua, llamado también Domingo del Buen Pastor, Jesús nos regala
una imagen muy sencilla y profunda: las ovejas conocen la voz de su pastor y lo
siguen; pero no siguen a un extraño, porque no conocen su voz.
Esta
imagen puede parecer lejana a nuestra vida moderna, pero en realidad habla de
algo muy humano. Pensemos en un niño pequeño que reconoce la voz de su madre.
Aunque haya muchas personas alrededor, él distingue esa voz familiar, esa voz
que le da seguridad, alimento, ternura y protección. Cuando un extraño intenta
tomarlo en brazos, muchas veces llora, se asusta, busca de nuevo los brazos
conocidos.
Así
también ocurre en la vida espiritual. El alma aprende a reconocer la voz de
Dios cuando vive cerca de Él. Cuando oramos, cuando escuchamos la Palabra,
cuando celebramos la Eucaristía, cuando hacemos silencio, cuando dejamos que
Cristo nos mire y nos cure, poco a poco el corazón aprende a distinguir su voz.
Y cuando llega una voz extraña, aunque parezca atractiva, el corazón creyente
percibe que allí no está la vida.
Jesús
dice en el evangelio: “Las
ovejas lo siguen porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirán, sino que
huirán de él”. Esta palabra nos hace preguntarnos: ¿qué voces
estamos escuchando? ¿Qué voces guían nuestras decisiones? ¿La voz de Cristo o
la voz del miedo? ¿La voz del Evangelio o la voz del egoísmo? ¿La voz del
Pastor o la voz del ladrón?
El
evangelio de hoy no nace en abstracto. Jesús pronuncia estas palabras después
de haber curado al ciego de nacimiento. Aquel hombre, que era ciego, termina
viendo no sólo con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe. En cambio,
los fariseos, que creían ver y saberlo todo, permanecen ciegos porque no reconocen
la voz de Jesús.
Ahí
está una gran enseñanza: la peor ceguera no es la de los ojos, sino la del
corazón. El ciego curado reconoce la voz del Pastor con humildad; los fariseos
rechazan a Jesús porque su orgullo les impide escuchar. Para ellos, Jesús era
un extraño, alguien que no encajaba en sus esquemas. Y cuando Dios no cabe en
nuestros esquemas, corremos el riesgo de rechazarlo precisamente cuando viene a
salvarnos.
Por
eso la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a
Pedro anunciando con fuerza: “Dios
ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”.
Esa palabra traspasa el corazón de los oyentes y ellos preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”
Esta
pregunta es el inicio de toda conversión. Cuando una persona empieza a
reconocer la voz de Dios, deja de justificarse y pregunta humildemente: Señor,
¿qué quieres que haga? ¿Por dónde debo caminar? ¿Qué tengo que cambiar? ¿Qué
voz debo dejar de seguir?
Pedro
responde: “Conviértanse y
bautícense”. Convertirse es volver al Pastor. Es reconocer que
a veces hemos seguido voces extrañas. Voces que prometen felicidad, pero roban
la paz. Voces que ofrecen libertad, pero esclavizan. Voces que parecen dulces,
pero nos alejan de Dios, de los demás y de nosotros mismos.
Jesús
lo dice con claridad: “El
ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan
vida y la tengan en abundancia”. Hay voces que roban vida: la
soberbia, la mentira, el resentimiento, la indiferencia, el placer sin amor, la
codicia, la violencia, la desesperanza, la superficialidad, el ruido que no nos
deja orar. Son voces extrañas. Pueden sonar fuertes, modernas, seductoras; pero
no conducen a verdes praderas.
En
cambio, la voz de Cristo puede ser suave, pero es firme. A veces corrige, pero
no humilla. A veces exige, pero no destruye. A veces nos llama a cargar la
cruz, pero siempre para llevarnos a la vida. Esa voz nos dice: vuelve, confía,
perdona, levántate, sígueme, no tengas miedo.
El
salmo 23 expresa la confianza de quien ha aprendido a escuchar esa voz: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.
No dice: “Nada me duele”. No dice: “Nada me preocupa”. No dice: “Nunca pasaré
por cañadas oscuras”. Dice algo más profundo: si el Señor es mi pastor, nada
esencial me falta, porque Él va conmigo.
Y
la segunda lectura nos recuerda que este Pastor no nos guía desde lejos. San
Pedro dice: “Cristo
padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas”.
Y añade: “Sus heridas nos
han curado”. Nuestro Pastor es un Pastor herido. Conoce el
dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Por eso su voz no es la voz de un
desconocido, sino la voz de quien ha entrado en nuestras heridas para sanarlas
desde dentro.
San
Pedro resume nuestra historia espiritual con una frase hermosa: “Andaban errantes como ovejas, pero
ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Todos, de
alguna manera, hemos andado errantes. Pero Pascua nos anuncia que podemos
volver. El Pastor no se cansa de llamarnos.
Y
hoy, en esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa León XIV
nos recuerda que la vocación nace precisamente de esa escucha interior. La
vocación no es primero una obligación, ni una carga, ni un simple oficio
religioso. Es el descubrimiento de un don de Dios que florece en el corazón
cuando aprendemos a detenernos, escuchar y confiar.
Qué
importante es esto para nuestros jóvenes, para nuestras familias, para nuestras
comunidades. En un mundo lleno de ruido, necesitamos crear espacios donde la
voz de Dios pueda ser escuchada. Una vocación no madura en medio de la
dispersión permanente, sino en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en
el silencio, en el acompañamiento espiritual, en la vida de la Iglesia y en el
servicio.
Por
eso hoy pedimos al Buen Pastor que llame a muchos jóvenes al sacerdocio, a la
vida consagrada, al matrimonio santo, al diaconado, a la misión, al servicio
generoso en la Iglesia y en la sociedad. Pero también pedimos algo más: que
cada bautizado descubra su propia vocación. Porque Dios no llama en masa; llama
personalmente. El Pastor llama a cada oveja por su nombre.
Preguntémonos
hoy: ¿conozco la voz de Jesús? ¿La busco en la oración? ¿La escucho en la
Palabra? ¿La reconozco en la Eucaristía? ¿La sigo cuando me invita a cambiar?
¿O me he acostumbrado a voces extrañas que me alejan de la vida abundante?
La
Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos alimenta y nos
envía. Aquí aprendemos a reconocer su voz. Aquí recibimos la fuerza para huir
de los extraños que roban la vida. Aquí descubrimos que nuestra existencia
tiene una misión.
Que
María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a
decirle al Señor: habla, que tu siervo escucha. Y que Jesús, Pastor y puerta de
las ovejas, nos conduzca siempre hacia la vida abundante.
Amén.




