Testigo de la fe:
San Chárbel Makhlouf
1828-1898
Monje,
sacerdote y ermitaño libanés, muy querido por los cristianos maronitas. Después
de varios años de vida monástica, recibió la ordenación sacerdotal y, más
tarde, abrazó la vida eremítica, entregándose por completo a la oración, la
penitencia, el silencio y la celebración de la Eucaristía.
Vivió
oculto a los ojos del mundo, pero profundamente unido a Dios. Su existencia
sencilla nos recuerda que la fecundidad de la Iglesia no depende únicamente de
grandes obras visibles, sino también de tantas vidas consagradas que sostienen
al mundo mediante la oración y la entrega silenciosa.
Murió
el 24 de diciembre de 1898. Su tumba, en el monasterio de San Marón de Annaya,
se convirtió en un concurrido lugar de peregrinación, al que acuden cristianos
de distintas Iglesias e incluso creyentes de otras religiones para pedir su
intercesión.
Fue
canonizado por san Pablo VI en 1977.
En
este día, san Chárbel nos invita a recuperar el silencio interior, a cultivar
una amistad profunda con Cristo y a ofrecer nuestra vida por la Iglesia, por la
paz en el Líbano y en todo Oriente Medio, y por la unidad de los cristianos. Su
testimonio nos enseña que quien se aparta del ruido para buscar sinceramente a
Dios no se aleja de la humanidad, sino que la lleva consigo en el corazón y en
la oración.
Acoger y asumir la Palabra
«Escuchen»: esta invitación resuena a lo largo de toda la
Biblia. Si la Palabra de Dios es sembrada con generosidad, corresponde a cada
uno no solamente oírla, sino también acogerla, comprenderla y permitir que
produzca frutos en su vida.
Jesús nos advierte hoy que diversos obstáculos
pueden impedir que la semilla crezca: la superficialidad de un corazón que no
comprende, la inconstancia ante las dificultades, las preocupaciones del mundo
y la seducción de las riquezas que ahogan la Palabra. La tierra buena, por el
contrario, es el corazón disponible que escucha con fe, persevera en medio de
las pruebas y traduce el Evangelio en obras concretas de amor, justicia y
fidelidad.
El profeta Jeremías anuncia que Dios mismo reúne a
su pueblo disperso y lo conduce hacia Sion. Promete pastores según su corazón y
una Jerusalén renovada por su presencia. El salmo prolonga esta esperanza: el
Señor, como un pastor, reúne a su rebaño, transforma el duelo en alegría y
consuela a quienes sufren.
Acoger la Palabra significa, por tanto, permitir
que Dios nos reúna, nos guíe y nos transforme. Quien le abre el corazón se
convierte en tierra fecunda, capaz de producir fruto: treinta, sesenta o ciento
por uno. Pidamos hoy la gracia de no ser solamente oyentes pasajeros, sino
discípulos que asumen la Palabra, la conservan y la hacen vivir en medio del
mundo.
G.Q
Primera lectura
Les daré
pastores, según mi corazón; y todas las naciones se incorporarán a Jerusalén
Lectura del libro de Jeremías.
VUELVAN, hijos apóstatas —oráculo del Señor—, que yo soy su dueño. Los iré
reuniendo a uno de cada ciudad, a dos de cada tribu, y los traeré a Sion. Les
daré pastores, según mi corazón, que los apacienten con ciencia y experiencia.
Se multiplicarán y crecerán en el país. Y en aquellos días
—oráculo del Señor— ya no se hablará del Arca de la Alianza del Señor: no se
recordará ni se mencionará; nadie la echará de menos, ni se volverá a construir
otra.
En aquel tiempo llamarán a Jerusalén «Trono del Señor». Todas las naciones se
incorporarán a ella en el nombre de «El Señor que está en Jerusalén», y ya no
se dejarán guiar por su corazón perverso y obstinado.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor nos guardará como un pastor a su rebaño.
V. Escuchen,
pueblos, la palabra del Señor,
anúncienla en las islas remotas:
«El que dispersó a Israel lo reunirá,
lo guardará como un pastor a su rebaño». R.
V. «Porque el
Señor redimió a Jacob,
lo rescató de una mano más fuerte».
Vendrán con aclamaciones a la altura de Sion,
afluirán hacia los bienes del Señor. R.
V. Entonces se
alegrará la doncella en la danza,
gozarán los jóvenes y los viejos;
convertiré su tristeza en gozo,
los alegraré y aliviaré sus penas. R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso,
la guardan y dan fruto con perseverancia. R.
Evangelio
El que
escucha la palabra y la entiende, ese da fruto
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes, pues, oigan lo que significa la parábola del sembrador: si uno
escucha la palabra del reino sin entenderla, viene el Maligno y roba lo
sembrado en su corazón. Esto significa lo sembrado al borde del camino.
Lo sembrado en terreno pedregoso significa el que escucha la palabra y la
acepta enseguida con alegría; pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto
viene una dificultad o persecución por la palabra, enseguida sucumbe.
Lo sembrado entre abrojos significa el que escucha la palabra; pero los afanes
de la vida y la seducción de las riquezas ahogan la palabra y se queda estéril.
Lo sembrado en tierra buena significa el que escucha la palabra y la entiende;
ese da fruto y produce ciento o sesenta o treinta por uno».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
En el Evangelio de hoy, Jesús mismo nos explica la
parábola del sembrador. La semilla es buena, porque es la Palabra de Dios; el
sembrador es generoso, porque no se cansa de sembrar. La pregunta decisiva es:
¿qué clase de terreno encuentra esa Palabra en nuestro corazón?
Podemos escuchar la Palabra de Dios muchas veces y,
sin embargo, permitir que pase sin dejar huella. Puede quedarse al borde del
camino cuando la recibimos distraídamente, sin intentar comprenderla ni
relacionarla con nuestra vida. Puede caer en terreno pedregoso cuando nos
entusiasmamos por un momento, pero abandonamos el camino al aparecer una
dificultad, una crítica o una prueba. También puede quedar entre espinos cuando
las preocupaciones, el deseo de poseer, las ambiciones y el ruido cotidiano
terminan por ahogarla.
Jesús no cuenta esta parábola para desanimarnos,
sino para invitarnos a preparar la tierra. Ninguno de nosotros posee un corazón
perfectamente dispuesto. Todos llevamos dentro caminos endurecidos, piedras y
espinos. Por eso este viernes asumimos una actitud penitencial: reconocemos
humildemente aquello que impide que el Evangelio crezca en nosotros.
Pidamos perdón por las veces que escuchamos la
Palabra, pero no la obedecemos; por las ocasiones en que conocemos lo que Dios
espera de nosotros, pero preferimos nuestra comodidad; por permitir que el
resentimiento, la indiferencia, el egoísmo o las preocupaciones ocupen el
espacio que le corresponde al Señor. La conversión comienza cuando dejamos que
Dios remueva nuestra tierra y arranque aquello que está ahogando la semilla.
La primera lectura contiene una hermosa invitación:
«Vuelvan, hijos apóstatas». Dios no se cansa de llamar a su pueblo. No lo
abandona por sus infidelidades, sino que desea reunirlo, sanarlo y conducirlo
nuevamente a Jerusalén. Además, promete darle pastores según su corazón, que lo
apacienten con sabiduría y prudencia. Nuestro Dios no dispersa ni destruye:
reúne, acompaña y restaura.
Esta promesa continúa en el salmo tomado del mismo
profeta Jeremías: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». Dios rescata,
congrega y consuela. Convierte el duelo en alegría y cambia la tristeza en
gozo. Esta Palabra ilumina especialmente nuestra oración por quienes sufren en
el alma y en el cuerpo.
Hay enfermedades visibles que necesitan atención
médica, tratamientos, compañía y cuidado. Pero también existen dolores
interiores que muchas veces permanecen ocultos: la tristeza profunda, la
angustia, la soledad, el miedo, los recuerdos dolorosos, la pérdida de un ser
querido o la sensación de no poder continuar. A todos ellos les anuncia hoy el
Señor: «Yo los reuniré, los consolaré y cambiaré su tristeza en alegría».
La enfermedad también puede convertirse en un
momento difícil para la semilla. Algunas personas, ante el sufrimiento, sienten
que su fe se debilita y que Dios permanece en silencio. No debemos juzgarlas.
Necesitan encontrar en nosotros la cercanía del Buen Pastor: una presencia
respetuosa, una escucha paciente, una oración sincera y una ayuda concreta.
Acompañar a un enfermo es cuidar la tierra donde Dios continúa sembrando
esperanza.
La buena tierra no es el corazón que nunca ha
sufrido ni ha pecado. Es el corazón humilde que se deja trabajar por Dios; el
corazón que, a pesar de sus heridas, recibe la semilla y confía en su fuerza.
Incluso una vida marcada por la enfermedad puede producir frutos abundantes
mediante la paciencia, la oración y el ofrecimiento de su dolor. Del mismo
modo, quienes cuidan a los enfermos producen frutos de ternura, servicio y
misericordia.
Pidamos al Señor que haga de nuestro corazón una
tierra buena. Que quite las piedras de nuestra dureza, arranque los espinos del
egoísmo y abra surcos de esperanza en nuestras heridas. Que perdone nuestros
pecados, fortalezca a quienes están enfermos, consuele a quienes sufren en el
alma y conceda paciencia y generosidad a sus familiares y cuidadores.
Que su Palabra, acogida con fe, produzca en
nosotros frutos de conversión, misericordia y servicio; treinta, sesenta y
ciento por uno. Amén.
2
Un corazón receptivo al Evangelio
Queridos hermanos:
Después de proclamar ante la multitud la parábola
del sembrador y explicar a sus discípulos por qué les hablaba mediante
parábolas, Jesús les ofrece hoy su interpretación. Les habla de manera clara y
personal porque ellos están dispuestos a escucharlo y desean comprender la
verdad.
La parábola nos presenta cuatro clases de terreno
que representan cuatro disposiciones del corazón: el corazón endurecido, el
superficial, el distraído y el verdaderamente receptivo. La semilla siempre es
buena, pues es la Palabra del Reino, y el Sembrador nunca deja de sembrarla
generosamente. Lo que cambia es la tierra donde cae.
La semilla sembrada al borde del camino representa
a quienes escuchan la Palabra sin comprenderla ni esforzarse por hacerlo. Sus
corazones han sido endurecidos por el pecado, la indiferencia o unos hábitos
centrados en sí mismos. La Palabra llega a sus oídos, pero no alcanza a
penetrar en su interior. Esto puede sucedernos incluso cuando participamos
habitualmente en la Eucaristía: escuchamos las lecturas y la homilía, pero
salimos sin permitir que el Evangelio cuestione nuestras decisiones.
El terreno pedregoso representa al corazón
superficial. Recibe la Palabra inicialmente con alegría, emoción y entusiasmo,
pero carece de raíces profundas. Cuando llegan la dificultad, la crítica o la
persecución; cuando seguir a Cristo exige sacrificio, perseverancia y valentía,
entonces se desanima y abandona. Le atrae la belleza del Evangelio, pero no
está dispuesto a aceptar las exigencias de vivirlo plenamente.
La semilla caída entre espinos representa al
corazón distraído. La Palabra logra entrar y comienza a crecer, pero debe
competir con las preocupaciones, el afán de poseer, la ambición, la búsqueda de
comodidad y el deseo de controlar todas las cosas. Son los corazones que desean
vivir para Dios sin renunciar a los criterios del mundo; anhelan el cielo, pero
buscan al mismo tiempo seguridad y satisfacción según sus propias condiciones.
Poco a poco, los espinos terminan ahogando la Palabra y esta no produce fruto.
Finalmente, la tierra buena representa al corazón
verdaderamente receptivo. Es aquel que no solo escucha la Palabra, sino que la
comprende, la medita, la conserva y permite que transforme su existencia. No se
trata de un corazón perfecto, sino humilde, orante y dispuesto a colaborar con
la gracia. En esa tierra, la semilla divina penetra profundamente y produce
fruto: treinta, sesenta o ciento por uno. Allí se forman los santos: hombres y
mujeres que se dejan santificar día tras día por la verdad y el amor de Dios.
La primera lectura nos ayuda a comprender que Dios
no renuncia a trabajar nuestra tierra. Por medio del profeta Jeremías, llama
con ternura a su pueblo: «Vuelvan, hijos apóstatas». A pesar de sus infidelidades,
el Señor promete reunirlo, conducirlo nuevamente a Sion y darle pastores según
su corazón, que lo apacienten con sabiduría y prudencia. Dios no abandona la
tierra endurecida: la llama a volver, la reúne y desea hacerla fecunda.
Jeremías anuncia también una Jerusalén renovada,
que será llamada «Trono del Señor». Ya no habrá un pueblo obstinado que camine
siguiendo la dureza de su corazón, sino una comunidad reunida en torno a la
presencia de Dios. Esta es también la obra que la Palabra desea realizar en
nosotros: pasar de un corazón endurecido a un corazón donde Dios pueda habitar
y reinar.
El salmo, tomado igualmente del profeta Jeremías,
prolonga esta promesa: «El Señor nos guardará como un pastor a su rebaño». El
Señor reúne a los dispersos, rescata a su pueblo, transforma el duelo en
alegría y consuela las tristezas. La Palabra sembrada en nuestro corazón no
viene a condenarnos, sino a restaurarnos; no pretende aplastarnos, sino reunir
aquello que el pecado, el sufrimiento y las preocupaciones han dispersado
dentro de nosotros.
Hoy celebramos también la memoria libre de san
Chárbel Makhluf, sacerdote, monje y ermitaño libanés. Su vida fue una magnífica
imagen de la tierra buena. En el silencio, la oración, la penitencia y la
celebración de la Eucaristía, permitió que la Palabra echara raíces profundas
en su corazón. Humanamente llevó una vida escondida; sin embargo, esa semilla
silenciosa produjo frutos abundantes que todavía hoy fortalecen la fe de
innumerables peregrinos.
San Chárbel comprendió que retirarse del ruido para
buscar a Dios no significa desentenderse del mundo. En su soledad llevó ante el
Señor las necesidades de la Iglesia y de la humanidad. Su vida nos enseña que
la fecundidad espiritual no depende del reconocimiento, de la popularidad ni de
grandes obras visibles, sino de permanecer unidos a Cristo y dejarnos
transformar por su gracia.
En este viernes, asumimos también una actitud
penitencial. Preguntémonos sinceramente: ¿qué terreno encuentra hoy la Palabra
en mí? ¿Se ha endurecido mi corazón por el pecado o el resentimiento? ¿Mi fe
depende solamente de emociones pasajeras? ¿Las preocupaciones, los bienes
materiales o el deseo de comodidad están ahogando mi relación con Dios? ¿Qué
piedras debo retirar y qué espinos necesito arrancar?
No basta con identificar nuestro terreno; es
necesario dejar que Dios lo trabaje. La tierra no puede ararse a sí misma.
Necesitamos la acción de la gracia, la oración perseverante, la escucha atenta
de las Escrituras, la reconciliación sacramental y decisiones concretas de
conversión. Así, incluso la tierra más endurecida puede convertirse en suelo
fecundo.
Pidamos también por quienes sufren en el alma y en
el cuerpo. Que la Palabra de Dios sea para nuestros enfermos semilla de
fortaleza, consuelo y esperanza. Que el Señor sostenga a quienes padecen
dolores físicos, angustia, depresión, soledad o cansancio; que bendiga a sus
familias, médicos y cuidadores. Como promete el salmo, que transforme su
tristeza en consuelo y les haga experimentar la cercanía del Buen Pastor.
Hoy el Sembrador vuelve a pasar por nuestra vida.
No dejemos que su Palabra permanezca en la superficie. Recibámosla con fe,
meditémosla con humildad y sostengámosla con perseverancia. Con la intercesión
de san Chárbel, pidamos un corazón silencioso, profundo y disponible para Dios,
capaz de producir frutos abundantes de conversión, misericordia, servicio y
santidad.
Oración final
Divino Sembrador, Tú siembras generosa y
abundantemente la semilla de la verdad. Continuamente me hablas, me revelas tu
amor y me manifiestas tu voluntad; sin embargo, muchas veces mi corazón
permanece endurecido, superficial o distraído.
Remueve la tierra de mi corazón y hazme receptivo a
todo lo que quieras revelarme. Arranca las piedras del pecado y los espinos de
las preocupaciones y los apegos. Haz que mi vida produzca frutos abundantes
para tu Reino.
Por intercesión de san Chárbel Makhluf, fortalece a
nuestros enfermos, consuela a quienes sufren en el alma y en el cuerpo, y
concédenos un corazón humilde, orante y perseverante.
Jesús, confío en ti. Amén.
24 de julio:
San Chárbel (Charbel) Makhlūf, presbítero y
ermitaño — Memoria libre
1828-1898
Santo patrono del Líbano
Canonizado por el papa Pablo VI el 9 de octubre de 1977.
Cita
«Sí, el tipo de santidad practicado por Chárbel
Makhlouf tiene un gran valor, no solo para la gloria de Dios, sino también para
la vitalidad de la Iglesia… Se necesitan pastores que reúnan al pueblo de Dios…
Necesitamos teólogos… evangelizadores y misioneros… catequistas… personas que
se dediquen directamente a ayudar a sus hermanos… Pero también necesitamos
personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, mediante una
penitencia libremente aceptada, una oración incesante de intercesión… y una
búsqueda apasionada del Absoluto, dando testimonio de que Dios merece ser
adorado y amado por sí mismo.
El estilo de vida de estos religiosos, de estos
monjes y de estos ermitaños no se propone a todos como un carisma que deba ser imitado;
pero, en estado puro y de manera radical, ellos encarnan un espíritu del que
ningún fiel de Cristo está exento. Ejercen una función de la cual la Iglesia no
puede prescindir y nos recuerdan un camino saludable para todos».
—Papa Pablo VI, homilía durante la canonización de
san Chárbel
Reflexión
Youssef Antoun Makhlouf nació en la aldea de Bekaa
Kafra, al norte del Líbano. Era el menor de cinco hermanos y fue bautizado en
el rito maronita de la Iglesia católica. La familia Makhlouf vivía en la aldea
situada a mayor altura del Líbano y se dedicaba a la agricultura. Su padre,
quien murió cuando Youssef tenía solamente tres años, era arriero. Después de
la muerte de su padre, su madre volvió a casarse; posteriormente, su padrastro
fue ordenado sacerdote y ejerció su ministerio en la parroquia local. En la
Iglesia católica maronita existe la antigua tradición de admitir al sacerdocio
a hombres casados.
Desde muy joven, Youssef llevó una vida santa y
piadosa. Dos de sus tíos eran ermitaños, y su ejemplo lo inspiró. Durante su
juventud cuidaba el ganado y solía pasar largos períodos orando en lugares
solitarios mientras los animales pastaban. Sentía una devoción especial por la
Santísima Virgen María y levantó un pequeño santuario en su honor dentro de una
cueva cercana. Desde temprana edad supo que Dios lo llamaba al sacerdocio y a
la vida monástica, especialmente a la vida eremítica.
En 1851, a la edad de veintitrés años, Youssef dejó
a su familia para no regresar jamás e ingresó en el monasterio de Nuestra
Señora de Mayfouq, perteneciente a la Iglesia católica maronita. Más tarde, su
madre le escribió:
«Si no fueras a ser un buen religioso, te diría:
“Regresa a casa”. Pero ahora sé que el Señor te quiere a su servicio. Y en
medio del dolor que me causa estar separada de ti, le digo resignada: “Que Él
te bendiga, hijo mío”».
Al profesar como monje, Youssef adoptó el nombre de
Chárbel, en honor de san Chárbel mártir, un oficial militar del siglo II
martirizado en Antioquía durante una persecución del emperador romano Marco
Aurelio.
Como monje, el hermano Chárbel anhelaba convertirse
en ermitaño y presentó esta petición muchas veces a sus superiores. Sin
embargo, durante los primeros veinticuatro años de su vida religiosa, sus
superiores le exigieron vivir en comunidad con los demás monjes.
Primero fue trasladado al monasterio de San Marón,
en Annaya, donde profesó sus votos. Después fue enviado al monasterio de los
Santos Cipriano y Justina, donde estudió teología y filosofía. Fue ordenado
sacerdote en 1859, a la edad de treinta y un años, y regresó al monasterio de
San Marón, donde permaneció durante los dieciséis años siguientes.
Aunque algunos monjes vivían como ermitaños, esta
vocación estaba reservada para aquellos que demostraban ser capaces de soportar
tal soledad y ascetismo. En 1875, cuando tenía cuarenta y siete años, el padre
Chárbel recibió permiso para ingresar en la ermita de los Santos Pedro y Pablo
y vivir como ermitaño, después de que tuviera lugar un acontecimiento
milagroso.
Algunos de sus hermanos monjes decidieron gastarle
una broma y llenaron con agua su lámpara de aceite. Cuando regresó a su celda,
tomó la lámpara llena de agua, la encendió y esta ardió. Al enterarse, sus
superiores inspeccionaron la lámpara y comprobaron que efectivamente estaba
llena de agua. Incapaces de explicar aquel prodigio, lo consideraron un signo
de su santidad y accedieron a permitirle convertirse en ermitaño, conforme a su
deseo.
Fue enviado a la ermita de los Santos Pedro y
Pablo, donde pasó los veintitrés años siguientes en soledad, siguiendo un
régimen estricto de oración diaria, trabajo manual y severo ascetismo. En 1898,
a los setenta años, el padre Chárbel sufrió un ataque cerebrovascular mientras
celebraba la Misa y murió ocho días después, en la víspera de Navidad. Según la
costumbre de su orden, fue sepultado directamente en la tierra, sin ataúd.
Aunque san Chárbel llevó una vida de extraordinaria
santidad, no fue sino hasta después de su muerte cuando esta comenzó a ser
conocida más allá de los muros del monasterio. Después de su entierro, se vio
una luz que resplandecía sobre su tumba. Este fenómeno atrajo la atención de
muchos habitantes de la región, quienes desafiaron el frío y la nieve para
contemplar aquella misteriosa luz.
Cuatro meses después, las autoridades eclesiásticas
concedieron permiso para exhumar su cuerpo. Para asombro de todos, lo
encontraron completamente incorrupto. Su piel y sus articulaciones estaban como
las de una persona dormida: suaves y flexibles. Limpiaron la tierra y el barro
que cubrían su cuerpo y lo depositaron en un ataúd dentro de la capilla del
monasterio.
Entonces comenzó a suceder algo más: de sus poros
parecía brotar sangre y sudor, empapando el hábito. El fenómeno era tan intenso
que sus vestiduras tenían que cambiarse dos veces por semana. Finalmente, en
1927, dos médicos de Beirut examinaron cuidadosamente su cuerpo. Después fue
colocado en otro ataúd y sellado en una tumba dentro de uno de los muros del
monasterio.
Poco más de dos décadas después, se observó un
líquido semejante a la sangre que salía por una esquina del muro detrás del
cual Chárbel había sido sepultado. Durante la década de 1950, su tumba fue
abierta en tres ocasiones. Una de ellas fue transmitida por televisión y contó
con la presencia de altos funcionarios del Estado, autoridades religiosas,
médicos y científicos.
En 1965, su cuerpo fue hallado nuevamente
incorrupto y continuaba exudando el mismo líquido semejante a sangre y sudor.
Finalmente, en 1976, un año antes de su canonización, se comprobó que el cuerpo
se había descompuesto y que solo quedaban los huesos.
Resulta llamativo que la descomposición del cuerpo
de Chárbel coincidiera con los primeros años de la devastadora guerra civil que
estalló en el Líbano en 1975. En 1976 tuvo lugar la masacre de Damour. Fuerzas
palestinas atacaron esta población cristiana maronita. Muchos de sus habitantes
murieron en los enfrentamientos, fueron masacrados o se vieron obligados a
huir.
Desde la sepultura de Chárbel, quienes han visitado
su tumba le han atribuido numerosos milagros obtenidos por su intercesión. Esto
ocurrió especialmente durante la década de 1950, cuando su cuerpo fue
encontrado incorrupto después de cincuenta años. En ese momento, los monjes
comenzaron a registrar las curaciones milagrosas atribuidas a la intercesión
del padre Chárbel. En solo dos años recopilaron una lista de más de doce mil
curaciones reportadas.
La devoción hacia él y la noticia de la
conservación de su cuerpo se difundieron rápidamente. Esta devoción, acompañada
de numerosos testimonios de milagros, impulsó una nueva evangelización en todo
el Líbano.
Dios se vale de cada uno de nosotros de distintas
maneras. Después de su muerte, san Chárbel fue instrumento para evangelizar el
Líbano y otros lugares del mundo. Durante su vida permaneció profundamente
unido a Dios. Respondió a su vocación de ermitaño mediante una existencia de
penitencia diaria, sacrificio, oración profunda y humilde servicio sacerdotal.
Como fruto de esa fidelidad, llegó a convertirse en uno de los santos más
influyentes del último siglo.
San Chárbel realizó grandes obras por una razón
sencilla: oró y cumplió la voluntad de Dios. Cada uno de nosotros puede hacer
lo mismo. Medita hoy acerca de la voluntad de Dios para tu vida y decídete a
cumplir esa misión sin vacilar. Así permitirás que nuestro divino Señor realice
grandes obras por medio de ti, quizá de maneras que no llegarás a conocer
plenamente sino hasta el cielo.
Oración
San Chárbel, fuiste llamado a la vida solitaria
como monje y, después, como ermitaño, y respondiste generosamente. Mantuviste
tus ojos fijos en Cristo, y Él transformó tu alma humilde en un glorioso faro
de luz para el mundo.
Ruega por mí, para que reciba la gracia que
necesito a fin de ser fiel a la vocación que Dios me ha concedido y pueda
responder con la misma generosidad y entrega que tú manifestaste durante tu
vida terrena.
San Chárbel, ruega por mí.
Jesús, confío en ti. Amén.




