Entrar en la lógica de Dios
Las
lecturas de este domingo nos revelan a un Dios tan bueno… que incluso puede
parecernos injusto. ¿Nos sentimos tentados a reconocernos en aquellos obreros
de la parábola? Sin duda, espontáneamente nos ponemos del lado de quienes
trabajaron desde la primera hora y soportaron todo el peso del día. Su protesta
nos parece comprensible: ¿cómo pueden recibir lo mismo quienes apenas llegaron
al final?
Pero
Jesús no pretende darnos una lección sobre salarios o legislación laboral. Quiere revelarnos cómo es Dios.
Y para entrar en su lógica debemos abandonar, por un momento, nuestros
cálculos.
Nosotros
calculamos méritos; Dios ofrece gracia.
Nosotros comparamos; Dios acoge.
Nosotros preguntamos quién merece más; Dios se pregunta quién necesita todavía
ser llamado.
Por
eso resuena con tanta fuerza la palabra del profeta Isaías: «Mis pensamientos no son sus
pensamientos, sus caminos no son mis caminos». La lógica de
Dios supera la nuestra porque está guiada por una misericordia que no se mide
con la calculadora.
Los
trabajadores de la primera hora no han sufrido ninguna injusticia: reciben
aquello que habían acordado. El problema aparece cuando descubren la
generosidad del dueño con los últimos. Entonces la comparación les roba la
alegría.
También
a nosotros puede ocurrirnos. Podemos aceptar fácilmente que Dios sea
misericordioso conmigo, pero puede costarnos más aceptar que lo sea con aquel
que llegó tarde, con quien se equivocó gravemente, con quien vivió durante años
lejos de Dios y un día decidió regresar.
El
Evangelio nos invita entonces a cambiar la mirada.
Quizás,
en lugar de identificarnos siempre con los trabajadores de la primera hora,
deberíamos reconocernos entre los de la última. Porque, ¿quién de nosotros
puede afirmar que ha respondido perfectamente a Dios? ¿Quién no ha
desperdiciado oportunidades, retrasado una conversión, dejado de amar o
comenzado muchas veces de nuevo?
Todos
vivimos finalmente de la misma generosidad.
Y
esta es la buena noticia: Dios
sigue saliendo a buscarnos hasta la última hora. Nunca
considera perdida una vida. Nunca dice: «Ya es demasiado tarde para ti».
Mientras haya posibilidad de volver, de amar y de responder, continúa
escuchándose su invitación:
«Ve también tú a mi viña».
Entrar
en la lógica de Dios significa, por tanto, aprender a alegrarnos de su bondad,
también cuando esa bondad alcanza a los demás.
Porque
en el Reino de Dios nadie pierde cuando otro recibe misericordia.
Al
contrario: cuando un
hermano vuelve, cuando alguien comienza de nuevo, cuando un pecador descubre
que todavía es amado, toda la viña debería alegrarse.
Primera lectura
Is
55, 6-9
Mis
planes no son sus planes
Lectura del libro de Isaías.
BUSQUEN al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son sus planes,
los caminos de ustedes no son mis caminos
—oráculo del Señor—.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los de ustedes,
y mis planes de sus planes.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
144, 2-3. 8-9. 17-18 (R.: 18a)
R. Cerca está
el Señor de los que lo invocan.
V. Día tras día,
te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R.
V. El Señor es
clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.
V. El Señor es justo en
todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R.
Segunda lectura
Flp
1, 20c-24. 27a
Para
mí la vida es Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
HERMANOS:
Cristo será glorificado en mi cuerpo, por mi vida o por mi muerte.
Para mí la vida es Cristo y el morir una ganancia. Pero, si el vivir esta vida
mortal me supone trabajo fructífero, no sé qué escoger.
Me encuentro en esta alternativa: por un lado, deseo partir para estar con
Cristo, que es con mucho lo mejor; pero, por otro, quedarme en esta vida veo
que es más necesario para ustedes.
Lo importante es que ustedes lleven una vida digna del Evangelio de Cristo.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro
corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.
Evangelio
Mt
20, 1-16a
¿Vas
a tener tú envidia porque yo soy bueno?
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«El reino de los cielos se parece a un propietario que al amanecer salió a
contratar jornaleros para su viña. Después de ajustarse con ellos en un denario
por jornada, los mandó a la viña.
Salió otra vez a media mañana, vio a otros que estaban en la plaza sin trabajo
y les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña y les pagaré lo debido”.
Ellos fueron.
Salió de nuevo hacia mediodía y a media tarde, e hizo lo mismo.
Salió al caer la tarde y encontró a otros, parados, y les dijo:
“¿Cómo es que están aquí el día entero sin trabajar?”.
Le respondieron:
“Nadie nos ha contratado”.
Él les dijo:
“Vayan también ustedes a mi viña”.
Cuando oscureció, el dueño dijo al capataz:
“Llama a los jornaleros y págales el jornal, empezando por los últimos y
acabando por los primeros”.
Vinieron los del atardecer y recibieron un denario cada uno.
Cuando llegaron los primeros, pensaban que recibirían más, pero ellos también
recibieron un denario cada uno. Al recibirlo se pusieron a protestar contra el
amo:
“Estos últimos han trabajado solo una hora y los has tratado igual que a
nosotros, que hemos aguantado el peso del día y el bochorno”.
Él replicó a uno de ellos:
“Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿No nos ajustamos en un denario? Toma lo
tuyo y vete. Quiero darle a este último igual que a ti. ¿Es que no tengo
libertad para hacer lo que quiera en mis asuntos? ¿O vas a tener tú envidia
porque yo soy bueno?”.
Así, los últimos serán primeros y los primeros, últimos».
Palabra del Señor.
***************
«VAYAN TAMBIÉN USTEDES A MI VIÑA»
Hermanos:
Durante estos
domingos, Jesús nos hablará varias veces de la viña, una imagen muy querida en la
Biblia. La viña representa al pueblo de Dios, el Reino, ese lugar donde Dios
llama a hombres y mujeres a trabajar con Él.
El Evangelio
de hoy comienza muy temprano. El dueño de una viña sale a contratar
trabajadores. Sale al amanecer, vuelve a media mañana, regresa al mediodía,
sale de nuevo por la tarde y todavía, cuando la jornada casi termina, encuentra
a algunos sin trabajo.
Les pregunta:
«¿Cómo
es que están aquí todo el día sin trabajar?»
Y ellos
responden:
«Porque
nadie nos ha contratado».
Es una frase
sencilla, pero muy dolorosa.
«Nadie nos ha
contratado».
Podríamos
traducirla también así:
Nadie nos
ha tenido en cuenta.
Nadie
confió en nosotros.
Nadie nos
dio una oportunidad.
Y entonces
aparece la palabra del dueño:
«Vayan
también ustedes a mi viña».
Ese es uno de
los mensajes centrales de este domingo:
Dios
nunca deja de llamarnos
El dueño de la
viña sale una y otra vez.
Dios también.
Nos busca en
la niñez, en la juventud, en la madurez y aun cuando comienza el atardecer de
nuestra vida.
Por eso la
primera lectura nos dice:
«Busquen
al Señor mientras se deja encontrar; invóquenlo mientras está cerca».
Y el salmo
responde:
«Cerca
está el Señor de los que lo invocan».
Nuestro Dios
no es un Dios distante. Es un Dios que sale al encuentro, que llama, que espera
y que siempre ofrece una nueva oportunidad.
Algunas
personas encontraron al Señor desde niños.
Otras
volvieron a Él después de muchos años.
Algunas
descubrieron la fe después de una enfermedad, una pérdida, un fracaso o una
crisis.
Y otras quizá
empiezan a tomarse en serio a Dios cuando ya sienten que buena parte de la vida
ha pasado.
Pero el
Evangelio nos dice hoy:
Nunca
es demasiado tarde para entrar en la viña del Señor.
Tal vez
alguien piense:
«He
desperdiciado muchos años».
«He cometido
demasiados errores».
«A estas alturas,
¿qué voy a cambiar?».
Y Jesús
responde:
«Ve
también tú a mi viña».
Mientras haya
vida, hay posibilidad de conversión.
Mientras haya
vida, podemos perdonar.
Mientras haya
vida, podemos reconciliarnos.
Mientras haya
vida, podemos servir.
Mientras haya vida,
podemos volver a Dios.
Nosotros
miramos el reloj.
Dios
mira el corazón.
Nosotros
contamos los años.
Dios
mira nuestra disposición para comenzar de nuevo.
La
lógica de Dios no es nuestra lógica
Pero la
parábola se vuelve incómoda cuando llega el momento de pagar.
Los que
trabajaron una sola hora reciben lo mismo que quienes trabajaron desde
temprano.
Y estos
últimos protestan:
«Hemos
soportado el peso del día y el calor, ¿y los tratas igual que a nosotros?».
Podemos
comprenderlos.
Nosotros
también solemos pensar así:
«Yo hice más».
«Yo llevo más
tiempo».
«Yo he sido
más fiel».
«Yo merezco
más».
Y aquí aparece
la primera lectura:
«Mis
pensamientos no son sus pensamientos y mis caminos no son sus caminos».
Jesús no está
enseñando cómo organizar los salarios de una empresa.
Está hablando
del Reino de Dios.
Los primeros
trabajadores reciben exactamente lo que se les había prometido. El dueño no es
injusto con ellos.
Simplemente
decide ser generoso
con los últimos.
Y ahí está
nuestra dificultad.
Nos gusta que
Dios sea misericordioso con nosotros.
Pero a veces
nos cuesta aceptar que sea igualmente misericordioso con los demás.
Nos gusta el
perdón cuando somos nosotros quienes necesitamos ser perdonados.
Pero cuando
Dios acoge a alguien que consideramos indigno, empezamos a sacar cuentas.
Por eso el
dueño dice:
«Amigo,
no te hago ninguna injusticia… ¿vas a tener envidia porque yo soy bueno?»
Qué pregunta
tan profunda.
El problema no
es que los primeros hayan recibido poco.
El problema es
que no soportan que los últimos hayan recibido mucho.
La
contabilidad de Dios
Nuestra
contabilidad pregunta:
«¿Cuánto
hice?».
«¿Cuánto hizo
el otro?».
«¿Qué me
corresponde?».
Pero la
contabilidad de Dios tiene otra palabra:
gracia.
Todos vivimos
de la gracia.
Cuando miramos
sinceramente nuestra vida, descubrimos que tampoco tenemos tanto de qué
presumir.
¿Cuántas veces
nos ha perdonado Dios?
¿Cuántas
oportunidades nos ha dado?
¿Cuántas
promesas le hemos hecho y luego hemos incumplido?
¿Cuánto bien
podríamos haber realizado y dejamos pasar?
Tal vez
creemos ser trabajadores de la primera hora, pero delante de Dios todos
terminamos pareciéndonos bastante a aquellos que llegaron al final.
Todos
necesitamos misericordia.
Por eso la
Iglesia no puede convertirse en un club de perfectos.
La Iglesia es
la comunidad de quienes han sido llamados.
Unos temprano.
Otros más
tarde.
Pero todos
llamados por el mismo Señor.
«Para
mí la vida es Cristo»
San Pablo, en
la segunda lectura, nos da la clave para comprender cómo trabajar en la viña:
«Para
mí la vida es Cristo».
Quien descubre
a Cristo deja de preguntarse solamente:
«¿Qué voy a
recibir?».
Y comienza a
preguntarse:
«Señor,
¿qué quieres de mí?»
Entonces
servir deja de ser una carga.
Evangelizar
deja de ser una obligación.
Ayudar a otro
deja de ser una pérdida de tiempo.
Cuando Cristo
está en el centro, trabajar en su viña se convierte en una gracia.
Porque la
verdadera recompensa no es solamente aquello que recibiremos al final.
La verdadera
recompensa es haber vivido
con Cristo y para Cristo.
Todavía
hay lugar para ti
Tal vez
algunos llevamos muchos años trabajando en la viña.
No nos
cansemos.
Otros acaban
de llegar.
Bienvenidos.
Otros quizá
siguen todavía en la plaza, dudando, mirando desde lejos.
También para
ellos el Señor tiene una palabra:
«Vayan
también ustedes a mi viña».
Y quizá alguno
siente que ya desperdició demasiada vida.
El Evangelio
de hoy le responde:
Todavía
no ha terminado la jornada.
Mientras
puedas amar, puedes trabajar en la viña.
Mientras
puedas perdonar, puedes trabajar en la viña.
Mientras
puedas acompañar a alguien, escuchar a quien sufre, visitar un enfermo, ayudar
a una familia, enseñar la fe, pedir perdón o reconciliarte, puedes trabajar en
la viña.
En la viña del
Señor no hay jubilación para el amor.
Siempre se
puede amar un poco más.
Siempre se
puede servir un poco más.
Siempre se
puede comenzar nuevamente.
Pidamos
entonces al Señor que nos libre de compararnos con los demás.
Que no nos
moleste que otro encuentre misericordia.
Que no
sintamos celos porque alguien haya vuelto a Dios después de muchos años.
Alegrémonos de
que haya entrado también en la viña.
Y
preguntémonos hoy:
¿A qué
me está llamando concretamente el Señor en este momento de mi vida?
Quizá la
llamada sea a perdonar.
Quizá a
reconciliarme con alguien.
Quizá a volver
seriamente a la oración.
Quizá a servir
más en la comunidad.
Quizá a dejar
una vida que me está alejando de Dios.
Quizá simplemente
a comenzar otra vez.
Que la
Santísima Virgen María, la humilde servidora del Señor, nos ayude a responder:
«Aquí
estoy».
Y cuando
Cristo nos diga nuevamente:
«Vayan
también ustedes a mi viña», podamos responder:
«Señor,
aquí estoy. Cuenta conmigo».
Amén.
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