sábado, 28 de marzo de 2026

29 de marzo del 2026: Domingo de Ramos

 

A riesgo de creer

A las puertas de Jerusalén, la multitud está allí, agolpándose y aclamando. En el corazón de toda esa agitación está Jesús. La Escritura se cumple. Jesús entra en Jerusalén montado en un asno. Es reconocido, aclamado como el Mesías. “¡Hosanna! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!”. La multitud no tiene otras palabras para recibirlo.

Hoy, como cada año, nuestras iglesias acogen a la multitud del Domingo de Ramos. Hombres y mujeres que vienen a buscar algunas ramitas de olivo. La multitud está allí, como de costumbre y por costumbre, pero sin medir demasiado lo que sucede en esta hermosa liturgia de Ramos. Algunos se van a veces con la pregunta de Dios en la cabeza; otros, con el deseo de recibir el bautismo; otros más, con una simple rama que vinieron a tomar casi a escondidas, sin saber muy bien por qué. Si la multitud podía desconcertar a las puertas de Jerusalén, la multitud del Domingo de Ramos también nos desconcierta un poco hoy en nuestras asambleas.

La Escritura se cumple: Jesús entra en Jerusalén, etapa última que nos revela la profunda humanidad y el despojamiento del triunfo de este Rey sentado sobre un burrito, lejos de los fastos y grandezas del mundo. La lectura de la Pasión nos permite comprender y acoger el don total que Jesús hace de su vida. Él camina hacia la Cruz, hacia la muerte y hacia la gran victoria de la Resurrección. El grito del centurión al pie de la Cruz abre de par en par el porvenir: “¡Verdaderamente éste era Hijo de Dios!”.

Intento releer la Pasión de Jesús contemplando cada instante de esta etapa de su vida.

Me dejo tocar por el grito del centurión. ¿Me ha ocurrido también a mí, como a él, arriesgar un grito de fe y reconocer que Dios está ahí, bien presente en tal o cual momento de mi vida?

Benoît Gschwind, évêque de Pamiers

 


Primera lectura

Is 50, 4-7
No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado (Tercer cántico del Siervo del Señor)

Lectura del libro de Isaías.

EL Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo;
para saber decir al abatido una palabra de aliento.
Cada mañana me espabila el oído,
para que escuche como los discípulos.
El Señor Dios me abrió el oído;
yo no resistí ni me eché atrás.
Ofrecí la espalda a los que me golpeaban,
las mejillas a los que mesaban mi barba;
no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos.
El Señor Dios me ayuda,
por eso no sentía los ultrajes;
por eso endurecí el rostro como pedernal,
sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 21, 8-9. 17-18a. 19-20. 23-24 (R.: 2ab)

R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

V. Al verme, se burlan de mí,
hacen visajes, menean la cabeza:
«Acudió al Señor, que lo ponga a salvo;
que lo libre si tanto lo quiere». 
R.

V. Me acorrala una jauría de mastines,
me cerca una banda de malhechores;
me taladran las manos y los pies,
puedo contar mis huesos. 
R.

V. Se reparten mi ropa,
echan a suerte mi túnica.
Pero tú, Señor, no te quedes lejos;
fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. 
R.

V. Contaré tu fama a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré.
«Los que temen al Señor, alábenlo;
linaje de Jacob, glorifíquenlo;
témanlo, linaje de Israel».
 R.

 

Segunda lectura

Flp 2, 6-11

Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

CRISTO Jesús, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente el ser igual a Dios;
al contrario, se despojó de sí mismo
tomando la condición de esclavo,
hecho semejante a los hombres.
Y así, reconocido como hombre por su presencia,
se humilló a sí mismo,
hecho obediente hasta la muerte,
y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo
y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre;
de modo que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor,
para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

 

Evangelio

Mt 26, 14 — 27, 66

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Mateo.


Cronista: EN aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué están dispuestos a darme si se lo entrego a ustedes?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?
C. El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».
C. Él contestó:
+ «Vayan a la ciudad, a casa de quien ustedes saben, y díganle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.
Uno de ustedes me va a entregar
C. Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad les digo que uno de ustedes me va a entregar».
C. Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él respondió:
+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
«Tú lo has dicho».
Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
«Tomen, coman: esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:
+ «Beban todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y les digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con ustedes el vino nuevo en el reino de mi Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.
Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño
C. Entonces Jesús les dijo:
+ Esta noche se van a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor, y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de ustedes a Galilea».
C. Pedro replicó:
S. «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le dijo:
En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
Empezó a sentir tristeza y angustia
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Siéntense aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quédense aquí y velen conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:
«Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».
C. Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
«¿No han podido velar una hora conmigo? Velen y oren para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:
«Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya pueden dormir y descansar. Miren, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levántense, vamos! Ya está cerca el que me entrega».
Se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron
C. Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: préndanlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve, Maestro!».
C. Y lo besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a qué vienes?».
C. Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
«Envaina la espada; que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».
C. Entonces dijo Jesús a la gente:
«¿Han salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendieron. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
Verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder
C. Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:
S. «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo les digo: desde ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acaban de oír la blasfemia. ¿Qué deciden?».
C. Y ellos contestaron:
S. «Es reo de muerte».
C. Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Antes de que cante el gallo me negarás tres veces
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé qué quieres decir».
C. Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás
tres veces». Y, saliendo, lloró amargamente.
Entregaron a Jesús a Pilato, el gobernador
C. Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y, atándolo, lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.
No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre
C. Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. «He pecado entregando sangre inocente».
C. Pero ellos dijeron:
S. «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas, porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de plata,
el precio de uno que fue tasado,
según la tasa de los hijos de Israel,
y pagaron con ellas el Campo del Alfarero,
como me lo había ordenado el Señor».
¿Eres tú el rey de los judíos?
C. Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús respondió:
«Tú lo dices».
C. Y, mientras lo acusaban, los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:
S. «¿A quién quieren que les suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y, mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál de los dos quieren que les suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos gritaban más fuerte:
S. «¡Sea crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:
S. «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá ustedes!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y, trenzando una corona de espinas, se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y, terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
Crucificaron con él a dos bandidos
C. Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey
de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.
Si eres Hijo de Dios, baja de la cruz
C. Los que pasaban, lo injuriaban, y, meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:
S. «A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».
C. De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?»
C. Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:
«Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».
C. (Es decir:
+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está llamando a Elías».
C. Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.
Los demás decían:
S. «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
El centurión y sus hombres, que custodiaban a Jesús, al ver el terremoto y lo que pasaba, dijeron aterrorizados:
S. «Verdaderamente este era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.
José puso en su sepulcro nuevo el cuerpo de Jesús
C. Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas
enfrente del sepulcro.
Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como saben
C. A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».
C. Pilato contestó:
S. «Ahí tienen la guardia: vayan ustedes y aseguren la vigilancia como saben».
C. Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy comenzamos la Semana Santa con una liturgia llena de contrastes. Empezamos con ramos en las manos, con cantos, con aclamaciones, con el “¡Hosanna al Hijo de David!”, y terminamos escuchando la Pasión, el rechazo, la traición, el juicio injusto, la burla, la cruz y la muerte del Señor. Es como si la Iglesia quisiera decirnos desde el comienzo: no basta aclamar a Jesús un momento; hay que estar con Él también en la hora de la cruz.

La entrada de Jesús en Jerusalén es profundamente significativa. No entra como un rey poderoso según la lógica del mundo. No viene montado en caballo de guerra, sino en un humilde borrico. No entra imponiendo miedo, sino despertando esperanza. Jesús se nos presenta como el Mesías humilde, pobre, desarmado, cercano. En Él se cumple la profecía; en Él Dios visita a su pueblo. Pero muchos de los que lo aclaman no alcanzan todavía a comprender qué clase de Rey es este.

Y quizá ahí estamos también nosotros. Venimos con nuestros ramos, participamos en la celebración, repetimos palabras hermosas, pero la liturgia nos invita a ir más allá de la costumbre. No se trata solo de bendecir un ramo para llevarlo a la casa; se trata de dejar que Cristo entre de verdad en nuestra vida. Porque uno puede tener el ramo en la mano y no haberle abierto todavía el corazón al Señor.

La primera lectura, del profeta Isaías, nos presenta al Siervo de Dios: un hombre obediente, fiel, que no se echa atrás ante el sufrimiento: “Ofrecí la espalda a los que me golpeaban… y no aparté el rostro de insultos y salivazos”. Estas palabras encuentran en Jesús su plenitud. Él no huye. Él no se devuelve. Él no responde al odio con odio. Él permanece fiel al Padre, fiel a su misión, fiel al amor hasta el extremo.

El salmo 22 nos ha puesto en los labios el clamor del justo sufriente: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es el grito de tantos hombres y mujeres que sufren, de quienes se sienten solos, heridos, incomprendidos, aplastados por el dolor. Y es también el grito que Jesús asume en la cruz. Con eso nos está diciendo algo muy consolador: no hay dolor humano en el que Cristo no haya entrado; no hay noche humana en la que Él no haya puesto su presencia.

Luego san Pablo, en la carta a los Filipenses, nos ha regalado uno de los textos más bellos y profundos de todo el Nuevo Testamento: Cristo, “siendo de condición divina, no hizo alarde de su categoría de Dios; al contrario, se despojó de sí mismo”. Este es el camino de Jesús: el abajamiento, la entrega, la humildad, la obediencia. Y precisamente por eso el Padre lo exaltó. La gloria de Cristo pasa por la cruz. Su triunfo no consiste en salvarse a sí mismo, sino en entregarse por amor.

El relato de la Pasión según san Mateo nos muestra con crudeza hasta dónde llega el amor de Jesús. Judas lo entrega; Pedro lo niega; los discípulos huyen; las autoridades lo condenan; la multitud cambia de voz; los soldados se burlan; al pie de la cruz casi nadie permanece. Sin embargo, Jesús sigue amando. No deja de ser el Hijo obediente. No deja de ser el Siervo fiel. No deja de ser el Salvador misericordioso.

Y hay un detalle muy bello al final: el centurión, viendo cómo murió Jesús, exclama: “Verdaderamente éste era Hijo de Dios”. Qué misterio tan grande: un pagano reconoce al Hijo de Dios precisamente al pie de la cruz. Es decir, cuando aparentemente todo está perdido, cuando parece el fracaso total, allí brota una confesión de fe. La cruz, entonces, no es el final; es el lugar donde se revela el amor más grande.

Hermanos, el Domingo de Ramos nos hace una pregunta muy seria: ¿qué clase de discípulos somos? ¿De los que aclaman solo cuando todo va bien? ¿De los que acompañan a Jesús mientras reparte pan, cura enfermos y hace milagros? ¿O de los que permanecen con Él también cuando llega la hora dura, la hora del silencio, la hora del dolor, la hora de la cruz?

Seguir a Cristo no es solo decir “Hosanna”; es caminar con Él. Es aceptar que el amor verdadero cuesta. Es comprender que no hay resurrección sin pasión, ni gloria sin entrega, ni fecundidad sin cruz. La Semana Santa que hoy iniciamos no es simplemente el recuerdo de unos hechos del pasado; es una invitación a entrar con Jesús en el misterio de su entrega, para que también nuestra vida sea transformada.

Pidámosle al Señor que no vivamos estos días superficialmente. Que no nos quedemos solo con el ramo bendito, sino que entremos con fe en el misterio santo que celebramos. Que contemplemos a Cristo humilde, obediente y entregado. Y que, al pie de tantas cruces de nuestra vida, también nosotros nos atrevamos a hacer nuestra la confesión del centurión: “Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios”.

Amén.

 

2

 

“Bendito el que viene en nombre del Señor”

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy entramos en la Semana Santa. Y entramos de una manera muy especial: con ramos en las manos, con cantos en los labios, con una procesión que recuerda la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén. Pero sabemos que esta liturgia tiene un tono profundamente paradójico: comenzamos con alegría y terminamos escuchando la Pasión; empezamos con los “hosannas” y terminamos contemplando la cruz; iniciamos con la aclamación de la multitud y concluimos con el silencio del sepulcro.

Esta tensión no es accidental. La Iglesia quiere que comprendamos desde hoy que el verdadero triunfo de Cristo no es un triunfo mundano. Jesús no entra en Jerusalén buscando poder, prestigio o aplausos. Entra montado en un burrito, con humildad, con mansedumbre, con una soberanía distinta. Es Rey, sí, pero su trono será la cruz. Es Mesías, sí, pero no a la manera que muchos esperaban. Es Salvador, sí, pero salvará entregando su vida.

La multitud gritaba: “¡Hosanna al Hijo de David!”. Esa palabra “Hosanna” significa: “¡Sálvanos, te rogamos!”. Era al mismo tiempo súplica y alabanza. El pueblo intuía que en Jesús había salvación, que en Él Dios visitaba a su pueblo. Pero todavía no comprendían del todo cómo iba a realizarse esa salvación. Muchos soñaban quizás con una liberación política, con un mesianismo de fuerza, con un cambio inmediato de las circunstancias exteriores. Jesús, en cambio, entra en Jerusalén con otra determinación: ofrecerse como el Cordero que quita el pecado del mundo.

Y aquí hay algo muy importante para nosotros. Jesús sabía lo que le esperaba. Sabía que venían la traición, el abandono, la injusticia, los azotes, la humillación, la cruz. Y, sin embargo, entra. No retrocede. No huye. No se esconde. No negocia con la verdad. No se deja paralizar por el miedo. Hay en Él una fortaleza interior admirable, una paz profunda, una determinación nacida del amor y de la obediencia al Padre.

Por eso, hermanos, el Domingo de Ramos no solo nos invita a admirar a Jesús; nos invita a aprender de Él. Cristo no solamente nos redime: también nos muestra cómo vivir. Su entrada en Jerusalén es un modelo de valentía, de fidelidad y de entrega. Cuántas veces nosotros nos dejamos frenar por el temor, por la ansiedad, por la inseguridad, por el qué dirán, por la preocupación excesiva, por el miedo al sufrimiento o al fracaso. Jesús, en cambio, nos enseña a avanzar con serenidad cuando sabemos que estamos cumpliendo la voluntad de Dios.

La primera lectura de Isaías nos presenta al Siervo del Señor: “No me eché atrás… ofrecí la espalda a los que me golpeaban”. Este Siervo no responde con violencia, no escapa, no renuncia a su misión. Mantiene firme el rostro porque sabe que Dios lo sostiene. Esa profecía se cumple perfectamente en Jesús. Él entra en la Pasión con esa actitud: firmeza, docilidad, confianza total en el Padre.

El salmo 22 nos introduce en el sufrimiento del justo perseguido: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Son palabras que escucharemos también en labios de Jesús en la cruz. Allí vemos hasta qué punto el Señor quiso solidarizarse con nuestra condición humana. No se quedó en la superficie del dolor; entró hasta lo más hondo de nuestra angustia, de nuestra soledad, de nuestras heridas. Nadie podrá decir jamás: “Dios no sabe lo que estoy sufriendo”. En Cristo crucificado, Dios ha cargado con el peso del sufrimiento humano.

Y san Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece la clave más profunda de todo este misterio: Cristo, siendo de condición divina, se despojó de sí mismo, tomando la condición de esclavo. Este es el camino de Jesús: la kénosis, el abajamiento, la humildad, la obediencia hasta la muerte y muerte de cruz. Y precisamente por eso el Padre lo exaltó. El mundo piensa que triunfar es imponerse; Dios nos revela en Cristo que triunfar es amar hasta el extremo. El mundo exalta al que domina; Dios glorifica al que se entrega.

Luego escuchamos la Pasión según san Mateo. Y allí vemos cómo el entusiasmo de la entrada en Jerusalén contrasta con la dureza de los acontecimientos. Aparecen Judas con su traición, Pedro con su negación, los discípulos con su huida, Pilato con su cobardía, la multitud con su inconstancia, los soldados con su crueldad. Pero en medio de tanta oscuridad resplandece la figura serena y majestuosa de Jesús. Es golpeado, insultado, juzgado injustamente, coronado de espinas, clavado en la cruz; y, sin embargo, sigue siendo el Señor. No pierde su dignidad. No pierde su amor. No pierde su confianza en el Padre.

Qué importante es contemplar hoy la disposición interior de Jesús. No entra en Jerusalén arrastrado por los acontecimientos; entra libremente. No es una víctima pasiva de la historia; es el Hijo que se ofrece por amor. No va a la cruz derrotado; va a la cruz obedeciendo y amando. Eso cambia completamente nuestra mirada sobre la Pasión. La cruz no es simplemente un dolor padecido; es un amor entregado.

Hermanos, también nosotros tenemos nuestras Jerusalén. También nosotros atravesamos momentos difíciles: enfermedades, incomprensiones, pérdidas, cansancios, conflictos familiares, preocupaciones pastorales, cruces personales, noches interiores. Y muchas veces quisiéramos evitar el sufrimiento a cualquier precio. Pero Jesús nos enseña que no debemos dejarnos dominar por el miedo. No se trata de buscar el sufrimiento por sí mismo, sino de vivir con fidelidad y amor aquello que Dios permite en nuestro camino, sabiendo que con Él la cruz nunca tiene la última palabra.

En este Domingo de Ramos la pregunta no es solamente: “¿Quién es Jesús?”, como se preguntaba la ciudad de Jerusalén. La pregunta también es: ¿qué clase de discípulo soy yo? ¿Soy de los que aclaman al Señor solo en los momentos bellos y emotivos? ¿O estoy dispuesto a caminar con Él también cuando el camino pasa por el Calvario? ¿Mi fe es solo entusiasmo pasajero, o es fidelidad perseverante? ¿Llevo un ramo bendito en la mano, pero sigo reteniendo egoísmos, miedos y resistencias en el corazón?

La Semana Santa que hoy comenzamos es una invitación a acompañar de verdad a Jesús. A entrar con Él en Jerusalén. A sentarnos con Él en la Cena. A velar con Él en Getsemaní. A caminar con Él hasta el Calvario. A permanecer con Él al pie de la cruz. Y, solo así, podremos también participar con Él en la alegría de la Resurrección.

Pidámosle hoy al Señor una gracia muy concreta: que su valentía se vuelva nuestra valentía; que su paz se vuelva nuestra paz; que su fidelidad se vuelva nuestra fidelidad. Que no dejemos que el miedo, la ansiedad o el egoísmo frenen la obra de Dios en nosotros. Y que, unidos a Cristo, aprendamos a dar la vida cada día en las pequeñas y grandes entregas del amor.

Que al comenzar esta Semana Santa no nos quedemos solo con el gesto externo del ramo, sino que abramos el corazón al Rey humilde que viene a salvarnos. Y que podamos decir con fe, con amor y con compromiso verdadero:
¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Amén.

 

29 de marzo del 2026: Domingo de Ramos

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