“En nosotros”
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?» La pregunta, planteada por los
judíos y retomada por Juan, ¿acaso no ha habitado en cada una y cada uno de
nosotros en algún momento de nuestra vida de creyentes?
Al hablar de un pan que baja del cielo, el
auditorio de Jesús tiene necesariamente presente el maná caído del cielo en el
libro del Éxodo, sin el cual el pueblo hebreo habría muerto de hambre. Pero
aquí la promesa es distinta, y eso es lo que Jesús quiere subrayar. Esta vez,
el pan que Él ofrece por medio de su carne da la vida eterna.
Tal vez sea precisamente sobre esta eternidad donde
debemos fijar nuestra atención. Más que ser un futuro hipotético, el don de
Jesús nos hace participar, desde aquí y ahora, de esa vida abundante que no
termina. En esta comunión, donde Dios viene a habitar en nosotros, el tejido de
nuestra existencia se abre a otra manera de ser, orientada hacia esa promesa de
eternidad y hacia lo que ella implica para nuestras vidas, si la tomamos en
serio.
Este Dios que viene a habitar en nosotros es lo que
nos impide reducir nuestra fe a una simple ética. Pero también es el aguijón
del amor que nos impulsa a vivir la comunión tal como Cristo la enseñó. Y si
necesariamente hay algo que nos supera en este medio que es la hostia, su
humildad corresponde muy bien a la sencillez evangélica. En un pedazo de pan
puede estar contenida una fuerza de salvación.
¿Cómo puede la promesa de la vida eterna dar una
dimensión nueva a mi vida cotidiana?
¿Me permito, como los judíos que interrogan a
Jesús, asombrarme ante esta sorprendente manifestación de Dios que es el
Santísimo Sacramento?
Marie Leduc-Larivé, théologienne
Primera lectura
Te alimentó
con el maná, que tú no conocías ni conocieron tus padres
Lectura del libro del Deuteronomio.
MOISÉS habló al pueblo diciendo:
«Recuerda todo el camino que el Señor, tu Dios, te ha hecho recorrer estos
cuarenta años por el desierto, para afligirte, para probarte y conocer lo que
hay en tu corazón: si observas sus preceptos o no.
Él te afligió, haciéndote pasar hambre, y después te alimentó con el maná, que
tú no conocías ni conocieron tus padres, para hacerte reconocer que no solo de
pan vive el hombre, sino que vive de todo cuanto sale de la boca de Dios.
No olvides al Señor, tu Dios, que te sacó de la tierra de Egipto, de la casa de
esclavitud, que te hizo recorrer aquel desierto inmenso y terrible, con
serpientes abrasadoras y alacranes, un sequedal sin una gota de agua, que sacó
agua para ti de una roca de pedernal; que te alimentó en el desierto con un
maná que no conocían tus padres».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Glorifica
al Señor, Jerusalén.
O bien:
R. Aleluya.
V. Glorifica
al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sion.
Que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti. R.
V. Ha puesto
paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.
Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz. R.
V. Anuncia su
palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos. R.
Segunda
lectura
El pan es
uno; nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de
Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues
todos comemos del mismo pan.
Palabra de Dios.
Hoy puede decirse la secuencia Lauda, Sion, Salvatorem.
Secuencia
(forma breve)
He aquí el pan de los ángeles,
hecho viático nuestro;
verdadero pan de los hijos,
no lo echemos a los perros.
Figuras lo representaron:
Isaac fue sacrificado;
el cordero pascual, inmolado;
el maná nutrió a nuestros padres.
Buen Pastor, Pan verdadero,
¡oh, Jesús!, ten piedad.
Apaciéntanos y protégenos;
haz que veamos los bienes
en la tierra de los vivientes.
Tú, que todo lo sabes y puedes,
que nos apacientas aquí siendo aún mortales,
haznos allí tus comensales,
coherederos y compañeros
de los santos ciudadanos.
Aclamación
V. Yo
soy el pan vivo que ha bajado del cielo - dice el Señor-; el que coma de este
pan vivirá para siempre. R.
Evangelio
Mi carne es
verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá
para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».
Disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no
beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi
sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo
modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo
comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
Hoy la Iglesia nos invita a contemplar uno de los
misterios más grandes, más humildes y más cercanos de nuestra fe: el misterio
de la Eucaristía. Celebramos la solemnidad del Cuerpo y la Sangre Santísimos de
Cristo. Celebramos que Dios no quiso quedarse lejos, no quiso hablarnos
solamente desde las alturas, no quiso ser únicamente una idea, una doctrina o un
recuerdo. Dios quiso hacerse carne, quiso hacerse pan, quiso hacerse alimento,
quiso quedarse con nosotros y, más todavía, quiso quedarse en nosotros.
El Evangelio de san Juan nos presenta una
afirmación de Jesús que escandalizó a muchos de sus oyentes:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para
siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo.”
No es extraño que algunos se preguntaran: “¿Cómo
puede este darnos a comer su carne?” Aquella pregunta no fue solamente de
ellos. También puede ser nuestra. A veces nos hemos acostumbrado tanto a
comulgar, a ver la hostia, a celebrar la misa, que olvidamos el asombro. Pero,
si lo pensamos bien, lo que creemos es inmenso: en un pequeño pedazo de pan
consagrado está realmente Cristo, vivo y verdadero; está su Cuerpo entregado,
su Sangre derramada, su vida ofrecida por la salvación del mundo.
La primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos
recuerda la experiencia del pueblo de Israel en el desierto. Dios permitió que
su pueblo sintiera hambre, no para destruirlo, sino para educarlo. Lo alimentó
con el maná, aquel pan misterioso venido del cielo, para enseñarle una verdad
profunda:
“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de la boca de
Dios.”
Israel descubrió en el desierto que la vida no se
sostiene solamente con alimentos materiales. El ser humano necesita pan, sí;
necesita trabajo, casa, salud, afecto, seguridad. Pero necesita también
sentido, esperanza, perdón, amor, Palabra de Dios. Hay hambres que no se calman
con dinero. Hay vacíos que no se llenan con entretenimiento. Hay cansancios del
alma que no se curan con descanso físico. Hay heridas que solo Dios puede
tocar.
Por eso la Eucaristía es el alimento del peregrino.
Así como Israel caminó por el desierto sostenido por el maná, nosotros
caminamos por los desiertos de la vida sostenidos por Cristo. Cada Eucaristía
nos recuerda que no vamos solos. Dios alimenta a su pueblo. Dios acompaña a su
Iglesia. Dios se hace pan para que no desfallezcamos en el camino.
Pero Jesús, en el Evangelio, va más allá del maná.
El maná alimentó al pueblo en el desierto, pero quienes lo comieron murieron.
En cambio, el pan que Cristo da comunica vida eterna. Y aquí conviene entender
bien esta expresión. La vida eterna no es únicamente algo que esperamos después
de la muerte. Es también una vida nueva que comienza ya, aquí y ahora, cuando
Cristo habita en nosotros.
Cuando comulgamos con fe, no recibimos simplemente
“algo sagrado”. Recibimos a Alguien. Recibimos al Señor. Y Él viene a
transformar nuestra existencia desde dentro. La comunión no es un premio para
los perfectos; es alimento para los débiles, medicina para los heridos, fuerza
para los que caminan, luz para los que buscan, consuelo para los que lloran,
esperanza para los que no quieren rendirse.
Por eso Jesús dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.”
Esta es una de las frases más hermosas del
Evangelio. Comulgar es entrar en una relación de permanencia. No se trata solo
de visitar a Dios por un momento. Se trata de dejar que Dios haga morada en
nosotros. La Eucaristía es Cristo en nosotros, y nosotros en Cristo. Es
intimidad, alianza, amistad, vida compartida.
Ahora bien, esta presencia de Cristo en nosotros no
puede quedarse encerrada en una devoción privada. San Pablo, en la segunda
lectura, nos lo dice con claridad:
“El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión con la Sangre de
Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de Cristo? Porque
el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo.”
La Eucaristía nos une a Cristo, pero también nos
une entre nosotros. No puedo comulgar con Cristo y vivir indiferente ante mi
hermano. No puedo recibir el Cuerpo de Cristo y despreciar el cuerpo sufriente
de los pobres, de los enfermos, de los ancianos, de los migrantes, de los que
están solos, de los que cargan heridas en silencio. No puedo decir “Amén” al
Cuerpo de Cristo en el altar y luego decir “no me importa” al Cristo que sufre
en la calle, en la familia, en la comunidad, en la historia.
La comunión eucarística nos exige comunión
fraterna. Nos convierte en Iglesia. Nos saca del individualismo. Nos recuerda
que nadie se salva solo, que nadie cree solo, que nadie camina solo. El mismo
pan nos hace un solo cuerpo.
Qué hermoso sería que cada vez que nos acercamos a
comulgar nos preguntáramos: ¿a quién debo perdonar?, ¿con quién debo
reconciliarme?, ¿qué hambre puedo ayudar a saciar?, ¿a quién puedo consolar?,
¿qué gesto concreto de amor me está pidiendo Cristo?
Porque la Eucaristía no termina cuando salimos del
templo. La misa continúa en la vida. Continúa cuando compartimos el pan, cuando
somos pacientes en casa, cuando servimos sin buscar aplausos, cuando visitamos
al enfermo, cuando escuchamos al triste, cuando perdonamos una ofensa, cuando
defendemos la dignidad de alguien, cuando ponemos amor donde hay frialdad.
Alguien, hoy comentando este evangelio dice algo
muy bello: la humildad de la hostia corresponde a la sencillez del Evangelio.
Dios se manifiesta en un pedazo de pan. ¡Qué misterio tan grande! El Dios
inmenso se hace pequeño. El Todopoderoso se hace alimento. El Señor del
universo se deja tomar en nuestras manos. El Santo se acerca a nuestra pobreza.
Y ahí hay una lección espiritual muy profunda. Dios
no siempre viene de manera espectacular. Muchas veces viene en lo humilde, en
lo sencillo, en lo cotidiano. Viene en una palabra de consuelo, en un gesto de
ternura, en una visita inesperada, en el silencio de la oración, en el pan
compartido, en la misa sencilla de cada día. Quien no aprende a reconocer a
Dios en lo pequeño, difícilmente lo reconocerá en lo grande.
Hoy, solemnidad del Corpus Christi, pidámosle al
Señor que nos devuelva el asombro eucarístico. Que no comulguemos por rutina.
Que no asistamos a misa como quien cumple una costumbre vacía. Que cada
Eucaristía vuelva a estremecernos el alma. Que al mirar la hostia consagrada
podamos decir con fe: “Señor mío y Dios mío. Tú estás aquí. Tú vienes a mí. Tú
quieres vivir en mí.”
Y pidámosle también que la Eucaristía nos haga más
humanos, más fraternos, más compasivos, más generosos. Porque una comunidad
eucarística debe ser una comunidad donde hay pan para el hambriento, palabra
para el desanimado, perdón para el caído, acogida para el excluido y esperanza
para el que sufre.
Hermanos, Cristo es el pan vivo bajado del cielo.
No nos da solamente ideas. No nos da solamente mandamientos. No nos da
solamente recuerdos. Se nos da Él mismo. Se parte, se reparte y se queda. Se
hace alimento para que tengamos vida. Se hace comunión para que seamos
hermanos. Se hace pan humilde para enseñarnos el camino del amor.
Que al celebrar
hoy el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos renovar nuestra fe y decirle:
Señor
Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
aliméntanos en nuestros cansancios,
fortalécenos en nuestras luchas,
sana nuestras heridas,
une nuestras familias,
haznos un solo cuerpo en tu amor,
y enséñanos a vivir desde ahora
la vida eterna que Tú nos prometes.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
Celebramos
hoy una de las solemnidades más entrañables y profundas de nuestra fe: el
Cuerpo y la Sangre Santísimos de Cristo. Hoy la Iglesia se detiene ante el
misterio de la Eucaristía, no como quien explica completamente un misterio,
sino como quien se arrodilla ante él, lo adora, lo contempla y se deja
alimentar por él.
El
Evangelio nos pone delante unas palabras de Jesús que, desde el primer momento,
provocaron asombro, desconcierto y hasta rechazo:
“Yo soy el pan vivo bajado del cielo; el que coma de este
pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del
mundo.”
Aquellos
que escuchaban a Jesús comenzaron a discutir:
“¿Cómo puede este darnos a
comer su carne?”
La
pregunta es comprensible. Humanamente hablando, lo que Jesús dice parece
demasiado fuerte. Él no habla solo de creer en Él, de escuchar sus enseñanzas o
de imitar sus ejemplos. Habla de comer su carne y beber su sangre. Y cuando sus
oyentes se escandalizan, Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “No me
entendieron, era solo una metáfora”. Al contrario, insiste con más fuerza:
“Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su
sangre, no tienen vida en ustedes.”
Aquí
está el corazón del misterio eucarístico. La Eucaristía no es solamente un
símbolo bonito. No es solamente un recuerdo de la Última Cena. No es solamente
una reunión comunitaria. Es Cristo mismo que se nos da como alimento. Es su
Cuerpo entregado y su Sangre derramada. Es su presencia real, viva y salvadora
en medio de nosotros.
Por
eso hoy necesitamos pedir una gracia muy concreta: recuperar el asombro. Tal
vez muchos de nosotros hemos asistido a tantas misas, hemos visto tantas veces
la hostia consagrada, hemos comulgado tantas veces, que corremos el peligro de
acostumbrarnos. Y cuando uno se acostumbra demasiado a lo sagrado, puede dejar
de estremecerse ante el amor de Dios.
San
Juan María Vianney decía: “Si
comprendiéramos bien la Misa, moriríamos de alegría.” Y también
afirmaba: “No hay nada tan
grande como la Eucaristía. Si Dios tuviera algo más precioso, nos lo habría
dado.”
Qué
palabras tan fuertes. Si comprendiéramos la Misa, moriríamos de alegría. Quizá
no morimos de alegría porque todavía no comprendemos del todo lo que sucede en
cada Eucaristía. Venimos a misa, escuchamos la Palabra, presentamos el pan y el
vino, el sacerdote pronuncia las palabras de la consagración, y ante nuestros
ojos sencillos sucede el mayor milagro de la tierra: Cristo se hace presente.
El pan ya no es solo pan. El vino ya no es solo vino. Es el Señor. Está ahí
como está en el cielo, aunque escondido bajo la humildad de las especies
sacramentales.
La
primera lectura, tomada del Deuteronomio, nos ayuda a entender este misterio
desde la experiencia del pueblo de Israel. Moisés recuerda al pueblo su camino
por el desierto. Les dice que Dios los condujo, los probó, los hizo
experimentar el hambre y luego los alimentó con el maná. El desierto fue una escuela.
Allí Israel aprendió que la vida no depende solamente del pan material, sino de
Dios:
“No solo de pan vive el hombre, sino de todo cuanto sale de
la boca de Dios.”
El
maná fue alimento para el camino. Sin él, el pueblo habría desfallecido. Pero
Jesús, en el Evangelio, nos dice que ahora hay un pan superior al maná. Quienes
comieron el maná en el desierto murieron. Pero quien come el pan que Cristo da
tiene vida eterna.
Y
aquí conviene detenernos. La vida eterna no es solamente algo que comienza después
de la muerte. La vida eterna comienza ya cuando Cristo habita en nosotros. La
comunión no es un gesto vacío. Cuando recibimos el Cuerpo de Cristo, Él entra
en nuestra historia, en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestras
luchas, en nuestras alegrías, en nuestras decisiones. Él viene a darnos una
vida distinta, una vida con sabor de eternidad.
Por
eso Jesús dice:
“El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo
en él.”
La
palabra clave es “permanecer”. Comulgar es permitir que Cristo permanezca en
nosotros y nosotros en Él. No venimos a recibir una cosa. Venimos a recibir a
una Persona. No recibimos una simple bendición. Recibimos al Señor mismo. No
nos acercamos a una idea religiosa, sino al Pan vivo bajado del cielo.
Pero
este misterio exige una respuesta. En el mismo capítulo sexto de san Juan,
muchos discípulos dijeron: “Este modo de hablar es duro, ¿quién puede hacerle
caso?” Y se fueron. Jesús no salió corriendo detrás de ellos para rebajar sus
palabras. Miró a los Doce y les preguntó: “¿También ustedes quieren marcharse?”
Entonces
Pedro respondió con una de las frases más bellas del Evangelio:
“Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida
eterna.”
Esa
debe ser también nuestra respuesta ante la Eucaristía. Hay misterios que nos
superan. Hay verdades que no caben del todo en nuestra inteligencia. Hay
realidades divinas que no se pueden medir solo con los sentidos. Pero la fe nos
permite decir: “Señor, no lo entiendo todo, pero creo en Ti. No puedo explicar
completamente este misterio, pero confío en tu Palabra. Si Tú dices que este
pan es tu Cuerpo y este cáliz es tu Sangre, yo creo, adoro y me postro.”
La
secuencia de esta solemnidad, atribuida a Santo Tomás de Aquino, canta con
belleza este misterio: “Alaba,
alma mía, a tu Salvador.” Y el mismo Santo Tomás compuso el
hermoso himno Pange Lingua,
del cual nace el conocido Tantum
Ergo, que tantas veces cantamos ante el Santísimo Sacramento. Allí
la Iglesia nos enseña que, cuando los sentidos no alcanzan, la fe viene en
nuestra ayuda.
Eso
sucede en la Eucaristía. Los ojos ven pan. La lengua saborea pan. Las manos
tocan pan. Pero la fe dice: es
Cristo. Los sentidos se quedan cortos, pero la fe se arrodilla
y adora.
Ahora
bien, la Eucaristía no solo nos une a Cristo; también nos une entre nosotros.
San Pablo lo dice en la segunda lectura:
“El cáliz de bendición que bendecimos, ¿no es comunión con
la Sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión con el Cuerpo de
Cristo? Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo
cuerpo.”
Aquí
aparece una consecuencia esencial de la comunión. Si todos comemos del mismo
Pan, entonces todos estamos llamados a vivir como hermanos. La Eucaristía no
puede convivir con el egoísmo, la indiferencia, la división, el desprecio o la
falta de perdón. Comulgar con Cristo implica aprender a comulgar con el
hermano.
No
puedo decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en la misa y luego cerrar el corazón
ante el Cristo que sufre en los pobres, en los enfermos, en los ancianos, en
los migrantes, en los solos, en los que lloran, en los que tienen hambre de
pan, de justicia, de ternura y de esperanza.
Cada
comunión debería hacernos más parecidos a Jesús. Si comulgamos y seguimos igual
de duros, igual de indiferentes, igual de orgullosos, igual de rencorosos, algo
nos falta por abrir al Señor. Porque la Eucaristía no es magia automática. Es
gracia ofrecida, pero necesita un corazón disponible.
Cristo
se nos da para que nosotros aprendamos también a darnos. Él se parte para
enseñarnos a partir nuestra vida por amor. Él se reparte para enseñarnos a
compartir. Él se hace pan humilde para enseñarnos que la verdadera grandeza
está en servir.
Por
eso, Corpus Christi no es solo una fiesta para adorar la hostia consagrada. Es
también una fiesta para revisar nuestra vida eucarística. ¿Cómo participo en la
misa? ¿Vengo por rutina o con fe viva? ¿Me preparo para comulgar? ¿Hago
silencio interior? ¿Dejo que la Palabra me cuestione? ¿Recibo al Señor con
gratitud? ¿Salgo de la misa dispuesto a amar más, perdonar más y servir mejor?
Hoy
Jesús nos vuelve a decir:
“Mi carne es verdadera
comida y mi sangre es verdadera bebida.”
Y
el mundo, aunque no siempre lo sepa, tiene hambre de este Pan. Tiene hambre de
Dios. Hambre de sentido. Hambre de verdad. Hambre de amor limpio. Hambre de
esperanza. Hambre de una vida que no termine en la muerte. Y la Iglesia existe
para llevar este Pan al mundo. Una Iglesia eucarística no puede encerrarse en
sí misma. Debe convertirse en pan partido para la humanidad.
Que
nuestras comunidades sean más eucarísticas. Que en ellas nadie se sienta
extraño. Que haya lugar para el pobre, para el herido, para el que vuelve
después de mucho tiempo, para el que busca a Dios entre dudas, para el que
necesita misericordia. Que cada misa nos enseñe a ser menos espectadores y más
discípulos. Menos consumidores religiosos y más testigos del Evangelio.
Hermanos,
hoy adoremos con humildad. Hoy comulguemos con fe. Hoy pidamos al Señor que nos
libre de la rutina. Que nos dé hambre de su Cuerpo y sed de su Sangre. Que nos
haga comprender que en la Eucaristía está el tesoro más grande de la Iglesia.
Y
cuando nos acerquemos a comulgar, digámosle interiormente:
Señor
Jesús, Pan vivo bajado del cielo,
yo creo que estás realmente presente en la Eucaristía.
Creo que eres mi alimento, mi fuerza y mi vida.
No permitas que me acostumbre a tu presencia.
Dame un corazón agradecido, humilde y adorador.
Hazme vivir en comunión contigo
y enséñame a vivir en comunión con mis hermanos.
Porque,
Señor, ¿a quién iremos?
Solo Tú tienes palabras de vida eterna.
Amén.



