El destino del Evangelio
La palabra sobre las migajas puso de nuevo a
Jesús en camino: regresa a su tierra dando un gran rodeo por territorio pagano.
Aunque le cuesta liberar al hombre incapaz de oír y de hablar, lo consigue
finalmente, y el eco de ese gesto resuena por toda la Decápolis.
Los paganos adoptan, sin saberlo, las palabras de la Biblia. Marcos
profetiza aquí el destino del Evangelio, mejor recibido fuera de Israel que
dentro.
Jean-Marc
Liautaud, Fondacio
Primera lectura
1
Re 11, 29-32; 12, 19
Israel
se rebeló contra la casa de David
Lectura del primer libro de los Reyes
SUCEDIÓ entonces que Jeroboán salía de Jerusalén y se le presentó el profeta
Ajías de Siló cubierto con un manto nuevo.
Estando los dos solos en campo abierto, tomó Ajías el manto nuevo que llevaba
puesto, lo rasgó en doce jirones y dijo a Jeroboán:
«Toma diez jirones para ti, porque así dice el Señor, Dios de Israel: “Rasgaré
el reino de manos de Salomón y te daré diez tribus. La otra tribu será para él,
en atención a mi siervo David y a Jerusalén, la ciudad que me elegí entre todas
las tribus de Israel”».
Así Israel se rebeló contra la casa de David, hasta el día de hoy.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
80, 10-11ab. 12-13. 14-15 (R.: cf. 11a y 9a)
R. Yo soy el Señor, Dios
tuyo:
escucha mi voz
V. No tendrás un
dios extraño,
no adorarás un dios extranjero;
yo soy el Señor, Dios tuyo,
que te saqué de la tierra de Egipto. R.
V. Mi pueblo no escuchó
mi voz,
Israel no quiso obedecer:
los entregué a su corazón obstinado,
para que anduviesen según sus antojos. R.
V. ¡Ojalá me escuchase
mi pueblo
y caminase Israel por mi camino!:
en un momento humillaría a sus enemigos
y volvería mi mano contra sus adversarios. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya
V. Abre, Señor,
nuestro corazón, para que aceptemos las palabras de tu Hijo. R.
Evangelio
Mc
7, 31-37
Hace
oír a los sordos y hablar a los mudos
Lectura del santo Evangelio según san Marcos
EN aquel tiempo, dejando Jesús el territorio de Tiro, pasó por Sidón, camino
del mar de Galilea, atravesando la Decápolis. Y le presentaron un sordo, que,
además, apenas podía hablar; y le piden que le imponga la mano.
Él, apartándolo de la gente, a solas, le metió los dedos en los oídos y con la
saliva le tocó la lengua.
Y mirando al cielo, suspiró y le dijo:
«Effetá» (esto es, «ábrete»).
Y al momento se le abrieron los oídos, se le soltó la traba de la lengua y
hablaba correctamente.
Él les mandó que no lo dijeran a nadie; pero, cuanto más se lo mandaba, con más
insistencia lo proclamaban ellos.
Y en el colmo del asombro decían:
«Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».
Palabra del Señor.
1
Hay días en que uno siente que el corazón se le
parte en dos: por dentro hay un ruido de fondo —rabias, decepciones, culpas,
cansancios— y por fuera hay que seguir “funcionando”. La Palabra de hoy habla
justamente de eso: de un pueblo dividido, de un corazón que no escucha y de un
Dios que, aun así, no se cansa de abrir caminos de sanación.
1) Un reino roto y un corazón que
se endurece
La primera lectura presenta una escena dolorosa: Israel
se fractura. Jeroboam recibe diez tribus; la unidad se resquebraja y el
texto concluye con una frase seca: “Israel se rebeló contra la casa de David
hasta el día de hoy” (cf. 1R 12,19).
Pero la Biblia no cuenta esta ruptura como simple “política”. En el fondo hay
una herida espiritual: cuando el corazón se aparta de Dios, tarde o
temprano se rompe también la comunión entre hermanos.
Y aquí aparece el Salmo como diagnóstico y como
llamada:
“No haya en ti un dios extraño… ¡Ojalá me escuchara mi pueblo!” (cf. Sal
81).
Es impresionante: Dios no se presenta como un juez frío, sino como un Padre que
sufre porque no lo escuchamos. La idolatría —hoy con otros nombres— siempre nos
divide: nos hace absolutizar algo (el poder, el ego, el placer, el dinero, la
imagen, la rabia) y al absolutizarlo, perdemos el oído del alma.
2) Jesús “da un rodeo”: Dios
también llega por caminos inesperados
El Evangelio nos muestra a Jesús en territorio
pagano, haciendo un recorrido amplio. Alguien comentando este texto, lo dice bellísimo:
la palabra de las “migajas” lo vuelve a poner en ruta. Es decir: el
diálogo con aquella mujer extranjera (Mc 7,24-30) abrió una puerta, y Jesús
continúa atravesando fronteras.
Esto es clave para nosotros: cuando uno sufre —en
el alma o en el cuerpo— muchas veces espera que Dios llegue “por donde yo
creo”, de manera rápida y directa. Pero el Señor a veces hace un rodeo,
porque está sanando más de lo que vemos: está trabajando el corazón, la fe, la
libertad interior… y está abriendo también el horizonte para otros.
3) Un hombre que no oye ni habla:
símbolo de tantas heridas humanas
Le traen a Jesús un hombre sordo y con
dificultad para hablar (Mc 7,31-37). Y Jesús hace algo muy humano y muy
divino:
- lo
aparta de la multitud: la sanación no es espectáculo.
- toca
sus oídos y su lengua: Dios no nos salva “desde lejos”.
- suspira,
mira al cielo, y dice: “Effatá” (Ábrete).
Aquí hay una luz pastoral preciosa: muchas
enfermedades del alma empiezan cuando dejamos de escuchar y, por tanto, dejamos
de comunicarnos. La sordera interior puede ser defensa: “si no escucho, no
me duele”; “si no hablo, no me expongo”. Pero ese mecanismo, que parece
proteger, termina aislando. Y el aislamiento enferma.
Jesús no le exige al hombre un discurso perfecto:
primero le devuelve el oído, y con el oído, le devuelve la relación; y
con la relación, le devuelve la palabra.
¡Cuánta gente hoy necesita eso! Personas que sufren ansiedad, duelos no
resueltos, depresiones silenciosas, heridas familiares, cargas de culpa… Gente
que por dentro grita, pero por fuera no puede decirlo.
4) “Todo lo ha hecho bien”:
cuando la sanación se vuelve anuncio
Al final la gente proclama: “Todo lo ha hecho
bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos”. Y como lo subraya
alguien: en la Decápolis —tierra pagana— resuena el eco. Marcos nos está
diciendo algo profético: el Evangelio tendrá un destino sorprendente, muchas
veces acogido con más frescura fuera de los lugares “religiosamente seguros”.
Eso nos pide humildad. A veces el corazón “de
dentro” —el de la costumbre, el de la autosuficiencia espiritual— se vuelve
impermeable. En cambio, quien se sabe necesitado, quien no presume, quien viene
desde la intemperie… recibe la Palabra como pan.
5) Para nuestra vida: tres
“Effatá” concretos
Hoy el Señor nos dice “Ábrete” en tres
direcciones:
1. Ábrete a Dios: vuelve a escucharlo. No sólo
oír misa; escuchar de verdad. La fe se apaga cuando el oído interior se
cierra.
2. Ábrete a la verdad: reconoce lo que te está
dividiendo por dentro. Lo no dicho se enquista. Lo no sanado se repite.
3. Ábrete al hermano: la comunión se reconstruye con
pequeños actos: una llamada, un perdón, un “aquí estoy”, una conversación
pendiente.
Oración final (según la intención
del día)
Señor
Jesús, que dijiste “Effatá”,
pronuncia hoy tu palabra sobre quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
sobre el que vive con dolor físico, sobre el que carga ansiedad,
sobre el que no puede dormir, sobre el que se siente solo,
sobre el que se ha quedado sin palabras por la tristeza,
sobre el que se endureció para no llorar.
Ábrenos
el oído para escucharte,
ábrenos la lengua para pedir ayuda y para bendecir,
ábrenos el corazón para volver a la comunión contigo y con los hermanos.
Y haz de tu Iglesia un lugar donde el herido no sea juzgado,
sino acompañado y levantado. Amén.
2
1. Dios abre caminos… aun cuando
nosotros cerramos el corazón
El Evangelio (Mc 7,31-37) nos muestra a Jesús
caminando por territorios paganos: Tiro, Sidón, la Decápolis. Es un Jesús que cruza
fronteras para que nadie quede fuera de la salvación. Y allí, en tierra
gentil, sana a un hombre sordo y con dificultad para hablar.
Pero hoy, la primera lectura nos pone
delante la otra cara: cuando el corazón humano se cierra, se rompe la
comunión.
Ahías anuncia a Jeroboam que el reino se dividirá
(1 Re 11,29-32). ¿Por qué? Porque el pueblo y sus líderes han permitido que el
corazón se les parta en dos: una parte para Dios… y otra para los ídolos, los
intereses, la autosuficiencia. Y el resultado es dramático: “Israel se
rebeló contra la casa de David hasta el día de hoy” (1 Re 12,19).
Cuando se rompe la alianza con Dios, comienzan las fracturas entre nosotros.
2. La gran enfermedad: la sordera
interior y la lengua atada
El hombre del Evangelio es sordo y no logra hablar
bien. Es una imagen potentísima de lo que ocurre en la vida espiritual y
comunitaria:
- Sordera
interior:
cuando ya no escuchamos a Dios, ni a los hermanos, ni el clamor del que
sufre.
- Lengua
atada:
cuando dejamos de bendecir, de pedir perdón, de decir la verdad con amor,
de anunciar el Evangelio… y en cambio hablamos con dureza, o callamos por
miedo, o nos escondemos en el “no me meto”.
La división del reino en Reyes comienza así: con el
oído cerrado a Dios y la conciencia negociando con el pecado. Lo que en el
corazón parece pequeño, termina en historia grande de ruptura.
3. Jesús sana con ternura:
“Effetá” también para las heridas del alma
Jesús no hace un milagro “frío”. Lo aparta, lo
toca, se acerca. Para quien no oye, el gesto es un lenguaje. Para quien está
bloqueado, el contacto es una forma de decir: “No estás solo”.
Hay gente que sufre en el cuerpo: enfermedades,
cansancio, dolores, diagnósticos.
Y hay gente que sufre en el alma: ansiedad, duelos, depresiones, culpa, heridas
antiguas, soledad, adicciones, rupturas familiares.
Muchos cargan ambas cosas a la vez.
Hoy Jesús se inclina sobre esas dolencias y dice: “Ábrete”.
Ábrete a recibir ayuda.
Ábrete a la gracia.
Ábrete a volver a empezar.
Ábrete a hablar con Dios, aunque sea con lágrimas.
4. Provocación caritativa: la
Iglesia no puede encerrarse
Que Jesús sane en tierra pagana es un mensaje a los
discípulos: el Evangelio no es de un grupito, no es un club de “puros”. Es una
medicina para todos.
Y aquí viene la “provocación” que a veces duele:
también nosotros podemos tener tradiciones, miedos o prejuicios que —sin
querer— bloquean el paso del Evangelio hacia quienes más lo necesitan.
Jesús rompe esas barreras, pero lo hace con
caridad: no aplasta; invita. No condena; cura. No humilla; toca.
5. Clave penitencial: el pecado
divide; la gracia reúne
La primera lectura nos habla de un reino
dividido; el Evangelio nos muestra a Jesús restaurando a un hombre
dividido por dentro (incomunicado, encerrado en su limitación).
Esta es una llamada penitencial:
- Señor,
¿qué ídolos me han ido partiendo el corazón?
- ¿Qué
hábitos, rencores, soberbias o doble vida están rompiendo mi paz?
- ¿A
quién no escucho? ¿A quién no quiero comprender?
- ¿Qué
palabra de perdón tengo atragantada?
El pecado nos aísla; la gracia nos reintegra.
El pecado nos vuelve duros; Cristo nos vuelve compasivos.
El pecado nos encierra; Jesús nos dice: “Effetá”.
6. Llamado final: oír para sanar,
hablar para consolar, salir para salvar
Hoy el Señor nos pide tres cosas muy concretas:
1. Escuchar de nuevo su Palabra con
docilidad.
2. Hablar: bendecir, consolar, pedir perdón,
anunciar con sencillez.
3. Salir: ir hacia los “territorios”
donde hay sufrimiento, confusión, lejanía de Dios… y llevar la presencia de
Cristo.
7. Intención orante penitencial y por quienes
sufren en el alma y en el cuerpo
Señor
Jesús,
médico de los cuerpos y de las almas,
hoy venimos con corazón contrito:
hemos permitido que el pecado nos divida por dentro
y que nuestras heridas dividan nuestras relaciones.
Dinos
otra vez: “Effetá”.
Abre nuestro oído para escuchar tu voz,
abre nuestra lengua para pronunciar palabras que curen,
abre nuestro corazón para acoger a quien sufre.
Te
pedimos especialmente por quienes padecen en el alma:
por los que viven ansiedad, tristeza profunda, culpa, soledad, desesperanza;
y por quienes sufren en el cuerpo:
enfermos, ancianos, agotados, quienes cargan tratamientos o dolores
silenciosos.
Tócalos,
Señor, como tocaste al hombre del Evangelio.
Y haz de nosotros instrumentos de tu ternura.
Jesús, en
Ti confío.

