domingo, 8 de marzo de 2026

9 de marzo del 2026: lunes de la tercera semana de cuaresma

 

La fe que abre el corazón

En el camino cuaresmal de conversión, la Palabra de Dios de hoy nos invita a reconocer cómo actúa el Señor en medio de nuestra historia concreta.

En la primera lectura (2 Re 5,1-15a) escuchamos el relato de Naamán, un hombre poderoso pero enfermo, que busca la curación. Dios no lo sana mediante gestos espectaculares, sino a través de una humilde obediencia: bañarse en el Jordán. Para recibir la gracia, Naamán debe primero vencer su orgullo y aceptar la sencillez del camino que Dios le propone.

El Evangelio (Lc 4,24-30) nos muestra a Jesús rechazado en su propio pueblo. Sus paisanos no logran reconocer en Él al enviado de Dios. Cerrados en sus prejuicios, se escandalizan de que la salvación pueda llegar también a los extranjeros, como la viuda de Sarepta o Naamán el sirio.

La Cuaresma nos invita precisamente a esto: a dejarnos purificar el corazón de nuestras resistencias, de nuestro orgullo y de nuestros prejuicios. Solo un corazón humilde y abierto puede acoger la gracia de Dios que sana, libera y salva.

Pidamos al Señor, al comenzar esta celebración, que nos conceda la sencillez de Naamán y la fe capaz de reconocer su presencia en nuestra vida. Así su Palabra podrá transformarnos y renovar nuestro camino hacia la Pascua.

G.Q




Primera lectura

Lectura del segundo libro de los Reyes (5,1-15a):


EN aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido la victoria a Siria.
Pero, siendo un gran militar, era leproso.
Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a su señora:
«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo curaría de su lepra».
Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:
«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
Y el rey de Siria contestó:
«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:
«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:
«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra mí».
Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus vestiduras y mandó a que le dijeran:
«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».
Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:
«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».
Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para decirle:
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó limpio.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 41,2.3;42,3.4

R/.
 Mi alma tiene sed del Dios vivo:
¿Cuándo veré el rostro de Dios?



V/. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.

V/. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.

V/. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.


V/. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.

 

 

Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,24-30):

HABIENDO llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.

Palabra del Señor

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una enseñanza muy profunda para nuestro camino de Cuaresma: Dios obra muchas veces por caminos sencillos y humildes, no por los caminos espectaculares que nosotros esperamos.

En la primera lectura aparece Naamán, un hombre importante, poderoso, respetado… pero enfermo de lepra. Busca la curación esperando algo extraordinario, un gesto impresionante del profeta. Sin embargo, Dios le propone algo simple: bajarse al Jordán y lavarse siete veces. A Naamán le cuesta aceptar esa sencillez; su orgullo se resiste. Pero cuando finalmente obedece y se sumerge en el río, queda curado.

La enseñanza es clara: para recibir la gracia de Dios es necesario descender, hacerse humilde, aceptar caminos sencillos.

En el Evangelio vemos lo contrario. Jesús llega a Nazaret, su propio pueblo, y en lugar de ser acogido con fe, es rechazado. Sus paisanos creen conocerlo demasiado y no logran abrirse al misterio de Dios presente en Él. El orgullo y el prejuicio les impiden reconocer la salvación.

También a nosotros puede pasarnos lo mismo: queremos que Dios actúe, pero a veces nos cuesta aceptar sus caminos humildes: una conversión sincera, una reconciliación, una oración perseverante, un gesto sencillo de caridad.

Hoy, además, oramos por nuestros difuntos. Ante Dios todos somos necesitados de misericordia. La muerte misma es un gran acto de humildad: dejamos todo en las manos del Señor. Por eso los confiamos con esperanza a su amor, sabiendo que Dios es más grande que nuestras fragilidades y más misericordioso que nuestros juicios.

Pidamos al Señor en esta Eucaristía un corazón humilde, capaz de reconocer su presencia y de acoger su gracia. Y que nuestros fieles difuntos, purificados por su misericordia, descansen en la paz eterna. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos advierte sobre un peligro muy sutil en la vida espiritual: acostumbrarnos a Dios. No es solo el pecado evidente lo que puede alejarnos del Señor; a veces es la rutina espiritual, la familiaridad que nos hace perder la capacidad de reconocer su presencia.

Eso fue lo que ocurrió en Nazaret. Jesús estaba en medio de su propio pueblo. Lo habían visto crecer, conocían a su familia, sabían de su oficio de carpintero. Pero precisamente esa cercanía les impidió ver más allá de lo exterior. Vieron al hombre, pero no descubrieron al Hijo de Dios.

Jesús entonces pronuncia una frase fuerte:
“Ningún profeta es aceptado en su propia tierra.”

¿Por qué sucede esto? Porque cuando creemos conocer demasiado algo o a alguien, dejamos de mirarlo con profundidad. El corazón se acostumbra, y la fe puede volverse superficial.

Por eso Jesús recuerda dos historias del Antiguo Testamento: la viuda de Sarepta y Naamán el sirio. Ambos eran extranjeros, personas de fuera del pueblo de Israel, pero ellos sí supieron abrirse a la acción de Dios.

La primera lectura nos habla precisamente de Naamán. Era un hombre poderoso, respetado, exitoso… pero enfermo de lepra. Cuando va donde el profeta Eliseo buscando curación, espera algo espectacular, un gesto solemne, una intervención impresionante. Sin embargo, el profeta solo le manda decir:
“Ve y lávate siete veces en el Jordán.”

A Naamán le molesta esa sencillez. Le parece indigno de su rango. Se irrita. Pero sus propios servidores le hacen ver algo muy sencillo: si el profeta le hubiera pedido algo difícil, lo habría hecho. ¿Por qué no aceptar algo tan simple?

Finalmente Naamán desciende al río, se sumerge, y queda curado. Y no solo sana su cuerpo: también sana su corazón, porque termina reconociendo al Dios verdadero.

Aquí hay una gran enseñanza para nosotros: la gracia de Dios suele actuar por caminos humildes y sencillos. El problema es que muchas veces nosotros esperamos cosas espectaculares, extraordinarias, visibles. Pero Dios prefiere lo pequeño.

A veces la conversión comienza con gestos muy simples:
una confesión sincera,
una reconciliación,
una oración humilde,
un acto de perdón,
un servicio silencioso,
una obediencia sencilla a la Palabra de Dios.

Naamán tuvo que descender al Jordán. También nosotros necesitamos descender del orgullo, de la autosuficiencia, de la idea de que ya conocemos suficientemente a Dios.

El Evangelio también nos muestra otra cosa muy humana: cuando Jesús confronta la falta de fe de los habitantes de Nazaret, ellos se enfurecen. La verdad les incomoda. Y pasan rápidamente de la admiración a la violencia: intentan despeñarlo.

Esto revela algo profundo del corazón humano: cuando la Palabra de Dios toca nuestras zonas no convertidas, podemos reaccionar con resistencia. A veces preferimos defendernos antes que dejarnos transformar.

Por eso el Evangelio de hoy es también una invitación para nosotros. Quienes hemos crecido en la fe, quienes vamos a misa, quienes escuchamos el Evangelio con frecuencia, también podemos caer en la rutina espiritual.

Podemos escuchar la Palabra sin dejarnos tocar por ella.
Podemos celebrar la Eucaristía sin asombro.
Podemos hablar de Dios sin realmente encontrarnos con Él.

Entonces, a veces, el Señor permite lo que podríamos llamar un “sacudón espiritual”: una palabra que nos confronta, una situación que nos hace replantear la vida, una experiencia que nos despierta de la tibieza. No es para castigarnos, sino para despertarnos.

El salmo de hoy nos muestra la actitud correcta del creyente:
“Mi alma tiene sed del Dios vivo.”

Solo quien tiene sed reconoce a Dios. Solo quien lo busca de verdad descubre su presencia. Cuando el corazón se vuelve autosuficiente o distraído, dejamos de percibirlo incluso cuando está cerca.

Y Cristo hoy sigue estando cerca de nosotros.
Está en la Eucaristía.
Está en la Palabra proclamada.
Está en los sacramentos.
Está en las personas que encontramos cada día.
Está en los momentos sencillos de la vida.

La pregunta que nos deja este Evangelio es muy personal:
¿Estoy realmente atento a la presencia de Cristo en mi vida o me he acostumbrado a Él?

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón humilde como el de Naamán cuando finalmente se dejó sanar. Que nos libre de la ceguera espiritual de Nazaret. Y que renueve en nosotros el deseo profundo de buscarlo, reconocerlo y seguirlo.

Que en esta Cuaresma el Señor despierte nuestra fe, para que podamos reconocer su presencia incluso en lo más sencillo y cotidiano.

Amén.

 

8 de marzo del 2026: tercer domingo de Cuaresma (ciclo A)

Cristo, fuente de agua viva

En este tercer domingo de Cuaresma, la liturgia nos invita a contemplar la sed profunda del corazón humano y la respuesta que Dios ofrece a esa sed.

En la primera lectura, el pueblo de Israel, caminando por el desierto, sufre la sed y se llena de dudas. En medio de sus quejas, Dios hace brotar agua de la roca para saciar a su pueblo (Éx 17,3-7). El salmo retoma esa experiencia recordándonos: “Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón”, una invitación a confiar en Dios incluso en medio de las pruebas.

San Pablo, en la segunda lectura, nos recuerda que nuestra esperanza no es vana, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo (Rom 5,1-2.5-8). Dios no abandona al ser humano en su sed de sentido, de verdad y de vida.

Finalmente, en el Evangelio, Jesús se encuentra con la samaritana junto al pozo y le revela el gran don de Dios: el agua viva que sacia para siempre (Jn 4,5-42). A través de este diálogo, Cristo muestra que Él mismo es la fuente que puede llenar la sed más profunda del corazón humano.

En este camino cuaresmal, también nosotros somos invitados a acercarnos a Cristo, reconocer nuestra sed interior y dejarnos renovar por el agua viva de su gracia.




El Rito de la Iniciación Cristiano de los Adultos –

 Tres Escrutinios

 

Todos necesitamos conversión a lo largo de nuestra vida, por lo que nos unimos a los "elegidos" para escudriñar nuestra vida y orar por la gracia para vencer el poder del pecado que infecta nuestro corazón. Los escrutinios son ritos de auto búsqueda y arrepentimiento. Están destinados a descubrir, y luego sanar todo lo que es débil, defectuoso o pecaminoso en el corazón de los elegidos; para sacar a relucir, fortalecer todo lo que es recto, fuerte y bueno y se celebra para liberar a los elegidos del poder del pecado y Satanás, para protegerlos contra la tentación, y para darles fuerza en Cristo. Estos ritos profundizan la determinación de los elegidos de aferrarse a Cristo y de llevar a cabo su decisión de amar a Dios por encima de todo." Los escrutinios se celebran para inspirar un deseo de purificación y redención por cristo. Del primero al tercer escrutinio se invita a los elegidos a profundizar en su deseo de salvación.

Los escrutinios comienzan hoy y continúan durante dos domingos más.

 


Primera lectura

Éx 17, 3-7

Danos agua que beber

Lectura del libro del Éxodo.

EN aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo:
«¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?».
Clamó Moisés al Señor y dijo:
«¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean».
Respondió el Señor a Moisés:
«Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo».
Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo:
«¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 (R.: cf. 7d-8a)

R. Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».


V. Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 
R.

V. Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. 
R.

V. Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». 
R.

 

Segunda lectura

Rom 5, 1-2. 5-8

El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.


HERMANOS:
Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios.
Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado.
En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo;
dame agua viva, así no tendré más sed.

 

Evangelio

Jn 4, 5-42 (forma larga)

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes balde, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla».
Él le dice:
«Anda, llama a tu marido y vuelve».
La mujer le contesta:
«No tengo marido».
Jesús le dice:
«Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco, y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad».
La mujer le dice:
«Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el
Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?».
La mujer entonces dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente:
«Vengan a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será este el Mesías?».
Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él.
Mientras tanto sus discípulos le insistían:
«Maestro, come».
Él les dijo:
«Yo tengo un alimento que ustedes no conocen».
Los discípulos comentaban entre ellos:
«¿Le habrá traído alguien de comer?».
Jesús les dice:
«Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra.
¿No dicen ustedes que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo les digo esto: levanten los ojos y contemplen los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así, se alegran lo mismo sembrador y segador.
Con todo, tiene razón el proverbio: uno siembra y otro siega. Yo los envié a segar lo que no han trabajado. Otros trabajaron y ustedes entraron en el fruto de sus trabajos».
En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».
Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.



Jn 4, 5-15. 19b-26. 39a. 40-42 (forma breve)

Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, llegó Jesús a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el pozo de Jacob.
Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al pozo. Era hacia la hora sexta.
Llega una mujer de Samaría a sacar agua, y Jesús le dice:
«Dame de beber».
Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.
La samaritana le dice:
«¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana?» (porque los judíos no se tratan con los samaritanos).
Jesús le contestó:
«Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice “dame de beber”, le pedirías tú, y él te daría agua viva».
La mujer le dice:
«Señor, si no tienes balde, y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob,
que nos dio este pozo, y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados?».
Jesús le contestó:
«El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna».
La mujer le dice:
«Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla. Veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y ustedes dicen que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén».
Jesús le dice:
«Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran a uno que no conocen; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que lo adoren así. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y verdad».
La mujer le dice:
«Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga, él nos lo dirá todo».
Jesús le dice:
«Soy yo, el que habla contigo».
En aquel pueblo muchos creyeron en él. Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó allí dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer:
«Ya no creemos por lo que tú dices; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo».

Palabra del Señor.

 

 

 

1

 

Jesús, fuente de agua viva para nuestra sed más profunda

“Llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José; allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llegó una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: ‘Dame de beber’.”
(Jn 4,5-7)

El tercer domingo de Cuaresma nos sitúa ante una de las páginas más bellas y profundas del Evangelio: el encuentro de Jesús con la mujer samaritana. No es solo un diálogo entre dos personas; es un encuentro entre la sed humana y la misericordia de Dios.

Además, en este domingo la Iglesia celebra tradicionalmente el primero de los Escrutinios para los catecúmenos adultos que se preparan para recibir los sacramentos de iniciación cristiana en la Vigilia Pascual.

La palabra escrutinio proviene del latín scrutari, que significa examinar, indagar profundamente, buscar algo valioso incluso entre lo que parece inútil o desechado. La Iglesia usa este término porque expresa muy bien lo que Dios hace con cada uno de nosotros: Él entra en lo profundo de nuestra vida, revisa nuestras heridas, nuestros pecados y nuestras oscuridades, no para condenarnos, sino para rescatar la belleza del hijo o de la hija que Él creó.

El Ritual de la Iniciación Cristiana de Adultos explica que los escrutinios “están destinados a descubrir y sanar todo lo que es débil, defectuoso o pecaminoso en el corazón de los elegidos, y a fortalecer todo lo que es recto, fuerte y bueno”.

La historia de la mujer junto al pozo ilustra perfectamente esta acción de Dios.

Para comprender mejor el relato, conviene imaginar la escena. Jesús está sentado junto al pozo de Jacob alrededor del mediodía, la hora más calurosa del día. Normalmente las mujeres del pueblo iban al pozo temprano en la mañana o al atardecer. Pero esta mujer llega a esa hora precisamente porque quiere evitar a los demás. Su vida ha sido marcada por relaciones rotas y por el juicio de los demás. Vive cargada de vergüenza y soledad.

En ese contexto aparece Jesús, cansado del camino, y le dice algo sorprendente: “Dame de beber”.

El gesto es profundamente significativo. Los judíos evitaban a los samaritanos, a quienes consideraban impuros. Pero Jesús rompe esa barrera cultural y religiosa. Para Él, aquella mujer no es una pecadora despreciada: es una hija de Dios.

En realidad, la petición de Jesús es mucho más profunda de lo que parece. San Agustín decía que Jesús tenía sed de la fe y de la salvación de aquella mujer. Su sed no era solo física; era el deseo ardiente de rescatar su vida, de llenarla con la gracia que brotaría plenamente de su cruz.

Este Evangelio dialoga profundamente con las otras lecturas de este domingo.

En la primera lectura, el pueblo de Israel atraviesa el desierto y sufre la sed. La angustia los lleva a dudar de Dios y a preguntarse: “¿Está o no está el Señor en medio de nosotros?” (Ex 17,7). Entonces Dios hace brotar agua de la roca para saciar a su pueblo. Aquella agua fue un signo de que Dios no abandona a quienes caminan con Él, incluso cuando atraviesan momentos de sequedad y desierto.

El salmo responsorial retoma esa misma experiencia y nos invita a no repetir la dureza de corazón del pueblo en el desierto:
“Ojalá escuchen hoy la voz del Señor: no endurezcan el corazón.”
La sed física del desierto se convierte así en símbolo de la sed espiritual del ser humano.

San Pablo, en la segunda lectura, ilumina todavía más este misterio cuando afirma que “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo” (Rom 5,5). Dios no se limita a saciar una necesidad momentánea; derrama su amor en nosotros y nos introduce en una esperanza que no defrauda.

En el Evangelio, Jesús revela finalmente el sentido profundo de todo esto:
Él mismo es el agua viva.

La mujer samaritana había ido al pozo buscando el agua de cada día. Pero Jesús le revela que su verdadera sed es mucho más profunda: es sed de amor, de verdad, de dignidad, de vida nueva.

Por eso Jesús no se detiene en su pasado. Él conoce su historia, conoce sus heridas, conoce sus errores. Pero en lugar de condenarla, entra en su vida para transformarla. Es como si escarbara en el desorden de su historia para rescatar el tesoro escondido de su dignidad.

Cuando aquella mujer acepta la verdad sobre su vida y se abre a la gracia de Dios, ocurre algo extraordinario: la mujer que había llegado sola y avergonzada al pozo se convierte en misionera, en testigo que corre al pueblo para anunciar: “Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho.”

Así actúa Dios. Donde nosotros vemos fracaso, Él ve posibilidad de gracia.

Este Evangelio también nos habla personalmente.

La mujer samaritana representa a los catecúmenos que se preparan para el Bautismo, pero también representa a cada uno de nosotros. Todos llevamos dentro alguna forma de sed: sed de sentido, de amor verdadero, de reconciliación, de paz.

Y a cada uno de nosotros Jesús nos repite hoy la misma petición:
“Dame de beber.”

Cristo tiene sed de nuestra fe, de nuestra confianza, de nuestra conversión. Tiene sed de que abramos el corazón para recibir su misericordia.

En este camino cuaresmal, no permitamos que la vergüenza, el miedo o el sentimiento de indignidad nos alejen de Él. Al contrario, acerquémonos con humildad al pozo de su gracia: en la oración, en la Palabra de Dios, en la reconciliación y en la Eucaristía.

Porque cuando dejamos que Cristo entre en nuestra vida, su agua viva comienza a brotar dentro de nosotros como un manantial que salta hasta la vida eterna.

Señor Jesús,
Tú conoces mi sed más profunda.
Miras mi vida con misericordia y no te alejas de mí.
Purifica mi corazón, sana mis heridas
y haz que tu agua viva se convierta en un manantial de gracia en mi vida.
Jesús, en Ti confío.

  

sábado, 7 de marzo de 2026

7 de marzo del 2026: sábado de la segunda semana de Cuaresma

 

Volver al abrazo del Padre

En el corazón de la Cuaresma, el Evangelio nos ofrece una de las páginas más bellas de toda la Escritura: la parábola del padre misericordioso. Mientras los fariseos murmuran porque Jesús acoge a los pecadores, el Señor revela el verdadero rostro de Dios: un Padre que espera, que sale al encuentro y que se alegra cuando un hijo vuelve a casa.

El hijo menor representa nuestras propias fugas y extravíos; el hijo mayor, nuestras durezas y resistencias al perdón. Pero en el centro de la escena está el Padre, cuya misericordia es más grande que nuestras faltas.

Este tiempo cuaresmal es precisamente eso: una invitación a regresar. Dios no se cansa de esperarnos. Basta un paso hacia Él para descubrir que su abrazo ya nos estaba aguardando.

G.Q


Primera lectura

Lectura de la profecía de Miqueas (7,14-15.18-20):

 

PASTOREA a tu pueblo, Señor, con tu cayado,

al rebaño de tu heredad,

que anda solo en la espesura,

en medio del bosque;

que se apaciente como antes

en Basán y Galaad.

Como cuando saliste de Egipto,

les haré ver prodigios.

¿Qué Dios hay como tú,

capaz de perdonar el pecado,

de pasar por alto la falta

del resto de tu heredad?

No conserva para siempre su cólera,

pues le gusta la misericordia.

Volverá a compadecerse de nosotros,

destrozará nuestras culpas,

arrojará nuestros pecados

a lo hondo del mar.

Concederás a Jacob tu fidelidad

y a Abrahán tu bondad,

como antaño prometiste a nuestros padres.

 

Palabra de Dios



Salmo

Sal 102,1-2.3-4.9-10.11-12

 

R/. El Señor es compasivo y misericordioso

 

V/. Bendice, alma mía, al Señor,

y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor,

y no olvides sus beneficios. R/.

 

V/. Él perdona todas tus culpas

y cura todas tus enfermedades;

él rescata tu vida de la fosa,

y te colma de gracia y de ternura. R/.

 

V/. No está siempre acusando

ni guarda rencor perpetuo;

no nos trata como merecen nuestros pecados

ni nos paga según nuestras culpas. R/.

 

V/. Como se levanta el cielo sobre la tierra,

se levanta su bondad sobre los que lo temen;

como dista el oriente del ocaso,

así aleja de nosotros nuestros delitos. R/.



Lectura del santo evangelio según san Lucas (15,1-3.11-32):

 

EN aquel tiempo, se acercaron a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo:

«Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola:

«Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre:

“Padre, dame la parte que me toca de la fortuna”.

El padre les repartió los bienes.

No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente.

Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad.

Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían ¡os cerdos, pero nadie le daba nada.

Recapacitando entonces, se dijo:

“Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros”.

Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos.

Su hijo le dijo:

“Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo”.

Pero el padre dijo a sus criados:

“Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Y empezaron a celebrar el banquete.

Su hijo mayor estaba en el campo.

Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello.

Este le contestó:

“Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado e! ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud”.

Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo.

Entonces él respondió a su padre:

“Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado”.

El padre le dijo:

“Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado”».

 

Palabra del Señor

 

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Volver al abrazo que nunca se cansa

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos regala uno de los textos más conmovedores, más tiernos y más desarmantes de todo el Evangelio: la parábola del hijo pródigo, o mejor todavía, la parábola del Padre misericordioso. Porque, en realidad, el protagonista principal no es el hijo que se fue ni el hijo que se quedó, sino ese padre que ama sin cansarse, espera sin rendirse y perdona sin humillar.

Estamos en Cuaresma, y la Iglesia nos pone hoy frente a un espejo espiritual. En este Evangelio podemos vernos todos. A veces somos el hijo menor, que quiere libertad sin verdad, placer sin responsabilidad, vida sin obediencia, herencia sin comunión. Otras veces somos el hijo mayor, que aparentemente permanece en la casa, pero tiene el corazón endurecido, resentido, incapaz de alegrarse por la misericordia de Dios hacia los demás.

Y en medio de ambos hijos, aparece el rostro más bello de Dios: un Padre que no deja de amar.

1. La libertad: don maravilloso y riesgo tremendo

 El padre de la parábola deja marchar al hijo. No lo amarra. No lo chantajea. No lo amenaza. No lo encierra. Le entrega la parte de la herencia y lo deja ir.

Humanamente, esto parece desconcertante. ¿Qué padre haría algo así? ¿Cómo permitir que un hijo tome un camino de perdición? Y, sin embargo, allí Jesús nos revela algo esencial del corazón de Dios: Dios respeta nuestra libertad.

El Señor no quiere esclavos. Quiere hijos. No quiere obediencias mecánicas. Quiere amor verdadero. Y el amor verdadero solo existe donde hay libertad. Si yo no pudiera decir “no”, entonces mi “sí” no tendría valor. Si yo no pudiera alejarme, entonces mi regreso no sería una decisión de amor.

Ese es uno de los misterios más grandes de la existencia humana: Dios, que podría imponerse, elige proponerse. Dios, que podría forzarnos, elige esperarnos. Dios, que podría aplastarnos con su poder, prefiere conquistarnos con su misericordia.

Pero la libertad también tiene un precio. Cuando se separa de la verdad, se destruye a sí misma. Cuando se usa contra el amor, termina vaciando el alma. El hijo menor confunde libertad con capricho. Cree que ser libre es hacer lo que quiera. Cree que la felicidad está en irse lejos, en romper límites, en gastar sin medida, en vivir sin raíces. Y allí comienza su ruina.

También hoy pasa lo mismo. Cuántas personas confunden libertad con desenfreno. Cuántos creen que vivir es no rendir cuentas a nadie. Cuántos suponen que Dios estorba, que la fe limita, que los mandamientos aprisionan. Y terminan descubriendo, muchas veces tarde, que lejos de Dios no hay verdadera libertad, sino desorientación; no hay plenitud, sino hambre; no hay fiesta duradera, sino vacío interior.

2. El país lejano: geografía del alma

El Evangelio dice que el hijo se fue a “un país lejano”. No es solo una distancia geográfica. Es una distancia interior. El país lejano es ese lugar del alma donde uno empieza a vivir como si Dios no existiera.

Uno puede estar físicamente cerca del templo y espiritualmente muy lejos de Dios. Y también puede suceder lo contrario: una persona herida, caída, confundida, pero con el corazón todavía abierto al retorno.

El país lejano tiene muchos nombres hoy: soberbia, autosuficiencia, placer sin conciencia, relaciones sin amor, dinero sin honestidad, religiosidad sin conversión, activismo sin oración, rutina sin alma. También es país lejano vivir amargado, endurecido, incapaz de pedir perdón o de perdonar.

Y lo más doloroso es que, al principio, ese país parece fascinante. La tentación siempre se presenta hermosa. El pecado nunca se ofrece con rostro feo. Se disfraza de libertad, de alivio, de novedad, de revancha, de autonomía. Pero después llega la verdad: el derroche, la soledad, la humillación, el hambre.

El hijo termina cuidando cerdos y deseando comer su comida. Es la imagen de una degradación profunda. Aquel que quería ser dueño de su vida termina esclavo de su vacío.

No pocas personas hoy están así. Tal vez no externamente, pero sí por dentro. Sonríen, trabajan, publican, aparentan, siguen adelante… pero tienen hambre del alma. Hambre de sentido. Hambre de ternura. Hambre de paz. Hambre de Dios.

3. Bendita crisis que nos hace volver

Hay una frase decisiva en el Evangelio: “entrando en sí mismo”. Ese es el punto de inflexión. El hijo toca fondo, pero justamente allí empieza a reencontrarse.

A veces Dios permite que experimentemos las consecuencias de nuestras decisiones no porque nos abandone, sino porque quiere despertarnos. No siempre el sufrimiento es castigo. Muchas veces es sacudida. Muchas veces es un espejo. Muchas veces es la hora de la verdad.

Hay dolores que destruyen, sí; pero hay dolores que purifican. Hay fracasos que hunden, pero también hay fracasos que despiertan. Hay lágrimas que amargan, pero también hay lágrimas que lavan el corazón.

Cuántas conversiones han comenzado en una cama de hospital, en una traición, en una crisis económica, en una soledad insoportable, en una mala decisión cuyas consecuencias ya no se pueden esconder. Cuántos han dicho: “Me equivoqué… lejos de Dios no puedo más”.

La Cuaresma sirve para eso: para entrar en nosotros mismos. Para dejar de vivir distraídos. Para escuchar el hambre del alma. Para reconocer que necesitamos volver a la casa del Padre.

Y qué hermoso es ver que el hijo no vuelve orgulloso. Vuelve quebrantado. No vuelve exigiendo derechos. Vuelve confesando su pecado: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti”.

Ahí empieza la sanación: cuando dejamos de justificarnos. Cuando dejamos de culpar a todo el mundo. Cuando dejamos de maquillarnos espiritualmente. Cuando llamamos al pecado por su nombre. Cuando reconocemos con humildad: “Señor, me perdí”.

4. El Padre corre: el escándalo de la misericordia

Y entonces viene la escena más conmovedora: cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió; corrió, se echó a su cuello y lo cubrió de besos.

Esto es extraordinario. En la cultura de aquel tiempo, un padre de familia no corría. Correr era impropio de un hombre digno. Pero Jesús quiere mostrarnos que el amor de Dios rompe todos nuestros esquemas. Dios no se limita a perdonar desde lejos. Dios sale al encuentro. Dios corre. Dios abraza. Dios restituye la dignidad.

El hijo había preparado un discurso de penitencia. El padre ni siquiera lo deja terminar. No porque el pecado no importe, sino porque la misericordia es más rápida que la acusación. Dios no necesita recrearse en nuestra miseria para amarnos. Él sabe todo, y aun así nos abraza.

Eso sí: el abrazo no niega el pecado; lo supera. La misericordia no dice que todo estuvo bien. Dice algo mucho más grande: “A pesar de todo, sigues siendo mi hijo”.

Qué mensaje tan necesario hoy. Hay personas que llevan años sin confesarse porque creen que ya no tienen arreglo. Hay quienes piensan que han caído demasiado bajo. Hay quienes creen que Dios se cansó de ellos. Hay quienes cargan culpas viejas, pecados repetidos, vergüenzas secretas, historias rotas.

A todos ellos el Evangelio de hoy les dice: todavía puedes volver. Todavía hay casa. Todavía hay Padre. Todavía hay abrazo. Todavía hay fiesta para quien regresa con corazón sincero.

La primera lectura del profeta Miqueas lo proclama con fuerza: “¿Qué Dios hay como tú, que perdonas la culpa y absuelves el pecado?”. Y añade algo bellísimo: “arrojará al fondo del mar todos nuestros pecados”. No los guarda como archivo para humillarnos después. Los sepulta en el océano de su compasión.

Y el salmo responde con ternura: “El Señor es compasivo y misericordioso”. No nos trata como merecen nuestros pecados. Ese es nuestro Dios.

5. El hermano mayor: el pecado de los buenos

Pero la parábola no termina con el regreso del hijo menor. Aparece el hijo mayor, y con él una advertencia muy seria para los que se consideran buenos, correctos, cumplidores, observantes.

Este hijo nunca se fue de casa, pero su corazón también estaba lejos del padre. No derrochó dinero, pero sí derrochó amor. No cayó en una vida escandalosa, pero vivía con amargura, con comparación, con resentimiento. No entendía la lógica de la misericordia.

Ese es el pecado de los fariseos. Y puede ser también nuestro pecado: cumplir externamente, pero sin ternura; estar en la Iglesia, pero sin compasión; rezar, pero juzgando; servir, pero contabilizando méritos; obedecer, pero sin alegría.

El hermano mayor representa a quienes dicen: “Yo sí he sido fiel, yo sí he estado aquí, yo sí he cumplido, ¿y ahora resulta que también reciben al que se fue?”. Le molesta la misericordia porque la siente como una injusticia.

Y, sin embargo, el padre también sale a buscarlo a él. Fijémonos en eso: así como salió corriendo hacia el menor, también sale a suplicar al mayor. Porque Dios ama tanto al pecador escandaloso como al religioso endurecido. Ambos necesitan conversión.

Uno necesita volver del desorden. El otro necesita volver de la soberbia.

En nuestras comunidades, esto es muy actual. A veces somos muy duros con el que cayó, con el que fracasó, con el que tuvo un pasado oscuro, con el que vuelve después de años. Nos cuesta creer que la gracia también pueda rehacer su vida. A veces preferimos una Iglesia de perfectos antes que una Iglesia de perdonados.

Pero Jesús vino precisamente por los que estaban perdidos. Y si no entendemos eso, todavía no hemos entendido el Evangelio.

6. María, Madre del regreso

Hoy además celebramos la memoria de María en sábado, y esto da a nuestra reflexión un matiz bellísimo. Si el Evangelio nos muestra el rostro del Padre, María nos ayuda a recorrer el camino de regreso.

Ella no reemplaza al Padre, pero nos conduce hacia Él. María es la Madre que acompaña silenciosamente el retorno de los hijos. Ella conoce nuestras fugas, nuestras heridas, nuestras contradicciones. Ella no trivializa el pecado, pero tampoco desespera de nosotros.

Cuántas conversiones han comenzado por una oración sencilla a la Virgen. Cuántos han regresado a Dios tomando de nuevo un rosario en sus manos. Cuántos, en medio del pecado y de la confusión, han sentido todavía el recuerdo de una madre que rezaba, de una imagen de María, de una Salve, de una vela encendida, de un santuario visitado alguna vez con fe.

María en sábado es la mujer de la esperanza fiel. Es la Madre que no abandona. Ella estuvo al pie de la cruz cuando todo parecía perdido. Por eso puede enseñar al pecador a no desesperar y al justo a no endurecerse.

Podemos imaginarla hoy susurrando al corazón de muchos hijos extraviados: “Vuelve. No tengas miedo. Tu Padre te espera”.

7. Una palabra muy concreta para nuestra vida

Hoy esta parábola nos deja varias preguntas muy concretas:

¿En qué aspecto de mi vida me he ido a un país lejano?
¿Estoy usando mal la libertad que Dios me dio?
¿Estoy viviendo de apariencias mientras por dentro tengo hambre?
¿Me cuesta reconocer mis pecados con sinceridad?
¿Me siento indigno de volver?
¿O quizá me parezco más al hermano mayor, juzgando a los demás y resistiéndome a la misericordia?

Tal vez hoy el Señor nos invita a dar un paso concreto. A algunos les dirá: regresa al sacramento de la reconciliación. A otros: deja esa relación desordenada. A otros: perdona de verdad. A otros: no sigas jugando con el pecado. A otros: deja de juzgar al hermano que vuelve. A otros: vuelve a rezar.

La Cuaresma no es teatro religioso. No es una costumbre decorativa. Es tiempo real de regreso. Tiempo de verdad. Tiempo de misericordia.

Conclusión

Queridos hermanos, lo más hermoso del Evangelio de hoy es que el hijo pensaba volver a la casa como jornalero, pero el padre lo restituye como hijo. Porque Dios no solo nos recibe: nos devuelve la dignidad.

Eso hace la gracia. Eso hace la confesión bien vivida. Eso hace la misericordia cuando la dejamos entrar. No solo borra el pasado: reabre el futuro.

Pidámosle al Señor que en esta Cuaresma ninguno de nosotros permanezca en el país lejano del pecado, ni tampoco en el patio amargo del hermano mayor. Que todos entremos en la casa, donde hay pan, abrazo, música, fiesta y perdón.

Y de la mano de María, Madre de misericordia, volvamos sin miedo al corazón del Padre.

Amén.

Si deseas, ahora te la adapto en una versión más breve para predicar en 7-8 minutos, o te preparo también el mensaje para feligreses y seguidores a la luz de estas lecturas.


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