Cada 9 de mayo vuelve a mi memoria el nombre
de José Ortega y Gasset, nacido en Madrid en 1883, uno de los pensadores
españoles más influyentes del siglo XX. Su obra sigue siendo una invitación a
pensar la vida, la historia, la cultura, la política, la vocación humana y esa
misteriosa relación entre lo que somos y el mundo que nos rodea.
La primera vez que oí hablar de Ortega y Gasset fue
durante mi formación para el sacerdocio, en el seminario y en la universidad.
Entre tantos nombres, sistemas filosóficos, escuelas, autores antiguos y
modernos, Ortega me llamó la atención de una manera especial. No lo sentí
lejano ni excesivamente abstracto. Al contrario: fue uno de los primeros
filósofos que me pareció más existencial, más cercano, más ameno y más fácil de
comprender.
Ortega no hablaba desde una torre de marfil.
Hablaba de la vida concreta, de la persona situada en el mundo, de la historia
que nos condiciona, de la cultura que nos forma, de las decisiones que nos
definen. Su célebre afirmación —“yo soy yo y mi circunstancia”— no era una
frase bonita para decorar cuadernos filosóficos; era casi una clave espiritual
para mirar la existencia. Nadie vive en el aire. Nadie se salva solo de
espaldas a su historia. Nadie se entiende plenamente si no mira también su
familia, su pueblo, su época, sus heridas, sus sueños, sus límites y sus
posibilidades.
Quizás por eso Ortega me pareció tan cercano desde
joven. Porque en el fondo su filosofía no se quedaba en conceptos fríos, sino
que tocaba la carne de la vida.
Uno de los aspectos que más me atrajo de él fue su
interés por Don Quijote. Sus Meditaciones del Quijote me hicieron
identificarme ampliamente con su sensibilidad. Ortega no miraba al caballero
manchego como una simple figura literaria del pasado, sino como un símbolo
profundo del alma española y, en cierto modo, del alma humana. Don Quijote
representa esa tensión entre ideal y realidad, entre sueño y camino, entre
locura aparente y fidelidad interior.
Y, ¿no hay algo profundamente cristiano en esa
tensión? El creyente también vive entre la realidad y la esperanza, entre la
pobreza de los medios humanos y la grandeza de la vocación divina. El Evangelio
mismo nos pone muchas veces en actitud quijotesca: creer cuando otros se
burlan, servir cuando otros buscan poder, perdonar cuando la lógica del mundo
pide venganza, esperar cuando la noche parece cerrada.
Por eso leo siempre a Ortega con agrado. No
necesariamente porque encuentre en él respuestas confesionales o teológicas,
sino porque hallo preguntas hondas, intuiciones luminosas, caminos para
comprender mejor al ser humano.
Ahora bien, la pregunta que suele surgir cuando nos
acercamos a grandes figuras del pensamiento es inevitable: ¿creía Ortega y
Gasset en Dios? ¿Fue católico? ¿Cuál fue su fe o su espiritualidad?
La respuesta no es simple.
Ortega nació y creció en una España de matriz
católica. Recibió formación en ambientes religiosos y conoció bien el universo
cultural del cristianismo. No fue un ignorante de la fe ni un enemigo
superficial de la tradición cristiana. Sin embargo, su camino intelectual lo
llevó pronto a tomar distancia de la Iglesia institucional y de la práctica
religiosa. No podemos presentarlo, con honestidad, como un católico practicante
ni como un pensador cristiano en sentido estricto.
Tampoco sería justo reducirlo a un ateo militante.
Ortega fue más bien un espíritu crítico, liberal, inquieto, profundamente
preocupado por el sentido de la vida y por el destino de España y de Europa. Su
espiritualidad, si podemos usar esa palabra, fue más filosófica que devocional.
No se expresó en clave de oración, sacramentos o pertenencia eclesial, sino en
clave de búsqueda, razón vital, cultura y responsabilidad histórica.
Ortega parece pertenecer a esa categoría de
intelectuales que no se sienten cómodos dentro de los moldes religiosos
tradicionales, pero que tampoco pueden vivir de espaldas al misterio. En él no
encontramos la fe humilde del santo, pero sí la inquietud del pensador que sabe
que la vida humana no se agota en lo práctico, lo económico o lo inmediato.
Su distancia frente al catolicismo institucional
debe entenderse también dentro de su contexto histórico. Ortega vivió una
España marcada por fuertes tensiones entre tradición y modernidad, entre
Iglesia y Estado, entre clericalismo y anticlericalismo, entre viejas
estructuras y nuevas aspiraciones culturales. En ese ambiente, muchos
intelectuales no rechazaban necesariamente a Dios, pero sí desconfiaban de
ciertas formas sociales, políticas o culturales de la religión.
Ortega quiso pensar a España desde la razón, desde
Europa, desde la modernidad. Quiso despertar conciencias. Quiso sacar a su país
de lo que él veía como atraso, improvisación, particularismo y falta de
proyecto común. En ese esfuerzo, la Iglesia no siempre aparece en su
pensamiento como hogar espiritual, sino muchas veces como parte de una estructura
histórica que debía ser examinada críticamente.
Pero aquí conviene hacer una distinción importante.
Una cosa es no ser católico practicante y otra cosa es carecer por completo de
sensibilidad espiritual. Ortega tuvo una profunda conciencia de la vida como
misión. Para él, vivir no era simplemente existir, sino hacerse cargo de una
tarea. El ser humano no está terminado: debe elegirse, construirse, responder a
su circunstancia.
Desde la fe cristiana, esta intuición puede
dialogar muy bien con la idea de vocación. Dios nos llama dentro de una
historia concreta. No nos llama en abstracto. Nos llama con nuestra familia,
nuestra tierra, nuestra lengua, nuestras heridas, nuestras capacidades,
nuestras pobrezas y nuestras oportunidades. La circunstancia no es una cárcel;
puede ser también el lugar donde Dios nos habla.
Como sacerdote, esta lectura me resulta muy
fecunda. Porque muchas veces, en el acompañamiento pastoral, uno descubre que
las personas no necesitan primero una teoría, sino una clave para leer su
propia vida. ¿Por qué nací aquí? ¿Por qué me tocó esta familia? ¿Qué hago con
mis fracasos? ¿Qué sentido tienen mis luchas? ¿Cómo convierto mi historia en
misión?
Ortega, sin predicar el Evangelio, ayuda a formular
esas preguntas. Y el Evangelio, con su luz propia, puede llevarlas más lejos.
En cuanto a su muerte, Ortega falleció en Madrid el
18 de octubre de 1955, después de padecer cáncer. También allí aparece
el matiz. Se ha dicho que recibió la extremaunción en sus últimos momentos, por
mediación de un sacerdote cercano a la familia y con el consentimiento de su
esposa, que era creyente. Sin embargo, no parece posible afirmar con certeza
una conversión final consciente y explícita. Su final quedó envuelto en esa
zona delicada donde se cruzan la fe de la familia, el respeto al moribundo, la
tradición católica y el misterio último de la conciencia humana.
Como cristianos, esto nos invita a ser prudentes.
No nos corresponde canonizarlo ni condenarlo. La última palabra sobre el alma
de un ser humano pertenece solo a Dios. Nosotros podemos mirar su vida,
agradecer su pensamiento, reconocer sus límites y dejar su destino en manos de
la misericordia divina.
Ortega y Gasset no fue un santo de altar ni un
maestro espiritual en sentido eclesial. Fue un filósofo. Un pensador brillante,
a veces polémico, profundamente español y profundamente europeo. Un hombre que
enseñó a pensar la vida no como una cosa ya hecha, sino como una tarea abierta.
Por eso, en esta efeméride de su nacimiento, me
gusta recordarlo no solo como autor de libros importantes, sino como alguien
que me ayudó, desde mis años de formación, a mirar la existencia con más
hondura. Su pensamiento me resultó cercano porque no separaba la razón de la
vida. Y quizá ahí esté una de sus mayores lecciones: pensar no es escapar del
mundo, sino entrar más profundamente en él.
Para quienes creemos en Dios, Ortega puede ser
leído como un interlocutor. No como un catequista, ciertamente, pero sí como un
provocador de preguntas. Nos recuerda que la fe no debe ser superficial, que la
cultura importa, que la vida humana necesita orientación, que cada generación
tiene una misión y que nadie puede vivir responsablemente sin hacerse cargo de
su circunstancia.
Y desde el Evangelio podríamos añadir: yo soy yo y
mi circunstancia, sí; pero también soy yo y la gracia de Dios que me busca
dentro de esa circunstancia. Soy mi historia, pero no estoy condenado a
repetirla. Soy mis límites, pero también mi llamada. Soy mi tiempo, pero estoy
abierto a la eternidad.
Tal vez Ortega no llegó a formularlo así. Pero
quienes lo leemos desde la fe podemos acoger sus preguntas y dejarlas iluminar
por Cristo, que es camino, verdad y vida. Porque al final, toda auténtica
búsqueda de la verdad, aunque avance por senderos incompletos, puede convertirse
en una forma secreta de nostalgia de Dios.



