El don de la mirada
La mirada es uno de los dones más hermosos que el
Señor nos ha concedido. Pero ¡qué fácil resulta desviarla y corromperla! Como
los escribas y fariseos, podemos mirar a los demás no para comprenderlos y
amarlos, sino para juzgarlos, descubrir sus errores o encontrar motivos para
condenarlos.
Jesús, en cambio, posee una mirada que ilumina,
libera y devuelve la dignidad. Ante el hombre de la mano paralizada, no ve un
caso que discutir ni una norma que defender, sino una persona que sufre y
necesita ser sanada. Su mirada alcanza el corazón y conduce siempre hacia la
vida.
Pidamos al Señor que purifique nuestros ojos y nos enseñe a mirar como Él: con compasión, benevolencia y misericordia. Que sepamos descubrir en cada rostro a un hermano, en cada sufrimiento una llamada y en cada persona una historia sagrada que merece respeto y amor.
Primera lectura
Barran la
levadura vieja; porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Se oye decir en todas partes que hay entre ustedes un
caso de inmoralidad; y una inmoralidad tal que no se da ni
entre los gentiles: uno convive con la mujer de su padre.
¿Y ustedes siguen tan ufanos?
Estaría mejor ponerse de luto y expulsar de entre ustedes al
que ha hecho eso.
Pues lo que es yo, ausente en el cuerpo, pero presente en
espíritu, ya he tomado una decisión como si estuviera
presente: reunidos ustedes en el nombre de nuestro Señor
Jesús, y yo presente en espíritu, con el poder de nuestro
Señor Jesús entregar al que ha hecho eso en manos de
Satanás; para destrucción de la carne, a fin de que el espíritu
se salve en el día del Señor.
Ese orgullo de ustedes no tiene razón de ser.
¿No saben que un poco de levadura fermenta toda la masa?
Barran la levadura vieja para ser una masa nueva, ya que
ustedes son panes ácimos.
Porque ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo.
Así, pues, celebremos la Pascua, no con levadura vieja
(levadura de corrupción y de maldad), sino con los panes
ácimos de la sinceridad y la verdad.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Señor,
guíame con tu justicia.
V. Tú no eres
un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R.
V. Detestas
a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. R.
V. Que se
alegren los que se acogen a ti,
con júbilo eterno;
protégelos, para que se llenen de gozo
los que aman tu nombre. R.
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Aclamación
V. Mis
ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—,
y yo las conozco, y ellas me siguen. R.
Evangelio
Estaban al
acecho para ver si curaba en sábado
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
UN sábado, entró Jesús en la sinagoga y se puso a enseñar.
Había allí un hombre que tenía la mano derecha paralizada.
Los escribas y los fariseos estaban al acecho para ver si curaba en sábado, y
encontrar de qué acusarlo.
Pero él conocía sus pensamientos y dijo al hombre de la mano atrofiada:
«Levántate y ponte en medio».
Y, levantándose, se quedó en pie.
Jesús les dijo:
«Les voy a hacer una pregunta: ¿Qué está permitido en sábado?, ¿hacer el bien o
el mal, salvar una vida o destruirla?».
Y, echando en torno una mirada a todos, le dijo:
«Extiende tu mano».
Él lo hizo y su mano quedó restablecida.
Pero ellos, ciegos por la cólera, discutían qué había que hacer con Jesús.
Palabra del Señor.
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Queridos
hermanos:
La
Palabra de Dios nos invita hoy a revisar nuestra manera de mirar. Los ojos son
uno de los dones más hermosos que hemos recibido; pero la mirada puede
convertirse en instrumento de amor o de condenación, de cercanía o de
desprecio. Podemos mirar para comprender y ayudar, o mirar para descubrir los
defectos del otro y acusarlo. Precisamente eso sucede en el Evangelio: todos
observan, pero no todos ven de la misma manera.
En
la sinagoga había un hombre que tenía paralizada la mano derecha. Los escribas
y fariseos contemplaban la escena, pero aquel hombre no parecía importarles. Su
atención estaba puesta en Jesús: querían comprobar si lo curaría en sábado para
encontrar una acusación contra Él. Su mirada no nacía de la compasión, sino de
la sospecha. No buscaban el bien, sino una falta; no esperaban un milagro, sino
un motivo para condenar.
Jesús
también mira, pero lo hace de otra manera. Donde ellos ven un problema legal,
Él contempla a una persona que sufre. Donde ellos buscan una infracción, Jesús
descubre una oportunidad para sanar. Por eso llama al hombre y le dice:
«Levántate y ponte ahí en medio». Lo coloca en el centro porque, para Dios, la
persona humana y su dignidad no pueden quedar relegadas. El dolor del hermano
debe ocupar un lugar central en la comunidad creyente.
Luego
Jesús pregunta: «¿Qué está permitido en sábado: hacer el bien o hacer el mal,
salvar una vida o destruirla?». Con esta pregunta nos recuerda que ninguna
práctica religiosa puede separarnos de la misericordia. El verdadero culto a
Dios no consiste únicamente en cumplir normas externas, sino en reconocer el
sufrimiento y actuar en favor de la vida. La ley de Dios alcanza su plenitud
cuando nos enseña a amar.
Aquel
hombre tenía paralizada la mano. La mano simboliza nuestra capacidad para
trabajar, servir, acariciar, compartir y ayudar. También nosotros podemos tener
“paralizadas” las manos cuando sabemos que alguien necesita ayuda y
permanecemos indiferentes; cuando retenemos el perdón, cerramos el corazón o
dejamos para mañana el bien que podríamos realizar hoy. Jesús nos dirige
también su palabra: «Extiende tu mano». Es una invitación a salir de la
pasividad, recuperar la capacidad de servir y tender la mano al hermano.
En
la primera lectura, san Pablo corrige con firmeza una grave situación dentro de
la comunidad de Corinto. No lo hace por desprecio hacia el pecador, sino porque
el mal tolerado termina dañando a toda la comunidad. Utiliza la imagen de la
levadura: «Un poco de levadura fermenta toda la masa». Hay actitudes que, si no
son reconocidas y corregidas, van contaminando lentamente nuestra vida
personal, familiar y comunitaria.
San
Pablo nos invita a retirar la “levadura vieja” de la corrupción y la mentira
para convertirnos en una masa nueva, marcada por «la sinceridad y la verdad».
La misericordia cristiana no consiste en llamar bueno a lo que hace daño. Jesús
acoge al pecador, pero también lo llama a levantarse y comenzar una vida nueva.
La corrección, cuando nace del amor y busca la salvación del hermano, también
es una obra de misericordia.
El
salmo nos hace pedir: «Señor, guíame con tu justicia». Necesitamos que Dios
guíe nuestra mirada, nuestras palabras y nuestras decisiones, porque fácilmente
confundimos la justicia con la condena. Podemos ser exigentes con los demás e
indulgentes con nosotros mismos. Podemos escandalizarnos por los pecados ajenos
mientras toleramos en nuestro interior la envidia, la hipocresía, el
resentimiento o la falta de caridad. La justicia de Dios, en cambio,
desenmascara el mal, pero nunca deja de buscar la salvación de la persona.
Hoy
ofrecemos esta Eucaristía por nuestros fieles difuntos. Al recordarlos, nuestra
mirada se dirige más allá de la muerte. No los contemplamos solamente desde la
tristeza de la ausencia, sino desde la esperanza en Cristo resucitado. Los
confiamos a la mirada misericordiosa de Dios, que conoce toda su historia, sus
luchas, sus heridas, sus obras buenas y también sus fragilidades.
Orar
por los difuntos es una hermosa obra de caridad. Quizá ya no podamos estrechar
sus manos ni escuchar su voz, pero todavía podemos ofrecer por ellos nuestra
oración, la Santa Misa y nuestras obras de amor. Pedimos al Señor que los
purifique de toda “levadura vieja”, perdone sus pecados y los reciba en la
alegría de su Reino. Que brille para ellos la luz perpetua y descansen en paz.
Pidamos
finalmente la gracia de recibir una mirada nueva: que no busque defectos para
condenar, sino heridas para sanar; que no ignore el sufrimiento, sino que se
acerque con misericordia; que sepa corregir con verdad, pero también acompañar
con amor. Y que nuestras manos, liberadas de toda parálisis espiritual, estén
siempre dispuestas para hacer el bien, consolar al afligido y sostener a quien
nos necesita.
Señor
Jesús, purifica nuestra mirada, sana nuestras manos y guíanos por el camino de
tu justicia. Acoge en tu misericordia a nuestros hermanos difuntos y concédeles
participar para siempre de la luz y la alegría de tu presencia. Amén.



