La
obra revela al Artífice
La
belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su
finalidad no es solamente estética: nos abren a la sabiduría y a la bondad de
Dios, que sostiene todas las cosas y confía el mundo a nuestro cuidado.
Contemplar la Creación es reconocer su presencia, darle gracias y proteger
responsablemente cuanto hemos recibido.
Primera lectura
El hombre
natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre
espiritual lo juzga todo
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo
íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del
mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu
que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos
en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu.
Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le
parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con
el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo,
mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente
del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de
Cristo.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor es justo en todos sus caminos.
V. El Señor es
clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.
V. Que
todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. R.
V. Explicando
tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. R.
V. El Señor es
fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. R.
Aclamación
V. Un gran
Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.
Evangelio
Sé quién
eres: el Santo de Dios
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les
enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de
autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se
puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a
acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió
sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los
espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.
Palabra del Señor.
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La obra revela al Artífice
Hermanos, solemos reconocer a un artista por sus
obras. Un cuadro, una melodía o una construcción nos hablan de las capacidades,
la sensibilidad y hasta de la personalidad de quien los realizó. De una manera
mucho más profunda, la belleza y la bondad de la creación nos hablan de Dios.
Como dice el título de nuestra reflexión: la obra revela al Artífice.
Cuando contemplamos el cielo, los campos, las
montañas, la diversidad de los animales y, especialmente, la dignidad del ser
humano, descubrimos que el mundo no es fruto del absurdo. La creación lleva las
huellas de la sabiduría y del amor de Dios. Así lo proclama el salmo de hoy:
«El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Todo cuanto
existe está sostenido por su providencia y acompañado por su ternura.
Pero no siempre sabemos mirar. Podemos
acostumbrarnos tanto a los dones recibidos que terminamos considerándolos como
algo normal o como un derecho adquirido. Dejamos de maravillarnos por el regalo
de la vida, por el alimento cotidiano, por la familia, por la amistad, por la
posibilidad de servir o por las personas que Dios pone en nuestro camino. La
falta de contemplación conduce fácilmente a la ingratitud; en cambio, quien
aprende a contemplar descubre motivos para bendecir al Señor incluso en medio
de las dificultades.
La primera lectura nos enseña que para reconocer
plenamente los dones de Dios necesitamos la luz del Espíritu Santo. San Pablo
afirma: «El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». La
inteligencia humana puede descubrir muchas cosas, pero solo el Espíritu nos
ayuda a comprenderlas como dones y llamadas de Dios. Por eso añade el apóstol:
«Nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los
dones que Dios nos ha concedido».
Esta es una afirmación muy importante para nuestra
vida espiritual. No basta con tener ojos; necesitamos aprender a mirar con fe.
No basta con tener oídos; necesitamos escuchar lo que Dios quiere comunicarnos.
No basta con recibir bendiciones; necesitamos reconocer de quién proceden y
para qué nos han sido concedidas. El Espíritu Santo nos ayuda a pasar de la
simple admiración a la gratitud, y de la gratitud al compromiso. Lo que hemos
recibido gratuitamente no puede quedar encerrado en nosotros: debe ponerse al
servicio de los demás.
En el Evangelio, Jesús llega a Cafarnaún y enseña
con una autoridad que sorprende a todos. Su palabra no es un discurso vacío;
posee poder para tocar la vida y liberar a un hombre atormentado por un
espíritu impuro. Incluso el demonio reconoce su identidad y exclama: «Sé quién
eres: el Santo de Dios».
Las obras de Jesús revelan quién es Él. Su manera
de enseñar, de acercarse a los sufrientes, de enfrentarse al mal y de devolver
la libertad manifiesta que Dios ha visitado a su pueblo. Jesús no utiliza su
autoridad para dominar, humillar o buscar reconocimientos; la emplea para
liberar, sanar y devolver a cada persona su dignidad. Esta es la autoridad de
Dios: el poder del amor que vence el mal y abre caminos de vida nueva.
También nuestras acciones revelan lo que hay en
nuestro corazón. Podemos decir muchas palabras hermosas, pero finalmente
nuestras obras muestran si vivimos según el Espíritu de Dios o según los
criterios egoístas del mundo. Una palabra de consuelo, una visita al enfermo,
una ayuda oportuna, un perdón ofrecido, una colaboración generosa o un servicio
realizado discretamente pueden hablar de Dios con mayor fuerza que muchos discursos.
Hoy queremos reconocer precisamente esas obras de
amor en nuestros benefactores. Oramos por las personas que, con
generosidad, comparten parte de sus bienes, su tiempo, sus conocimientos y sus
esfuerzos para sostener la evangelización, acompañar las necesidades de la
comunidad y socorrer a quienes atraviesan momentos difíciles. Muchos de ellos
ayudan sin buscar reconocimiento; quizá su nombre no aparece públicamente, pero
está escrito en el corazón de Dios.
La generosidad de nuestros benefactores es también
una forma concreta de la providencia divina. Dios puede alimentar, consolar y sostener
a sus hijos mediante las manos abiertas de otras personas. Cuando alguien
comparte lo que posee, se convierte en instrumento de la bondad de Dios. Su
obra generosa nos permite vislumbrar algo del gran Artífice, porque allí donde
existe una caridad auténtica se hace visible la presencia del Señor.
Sin embargo, la oración por nuestros benefactores
debe llevarnos también a revisar nuestra propia vida. Todos podemos ser
benefactores de alguien. Quizá no todos podamos ofrecer grandes ayudas
económicas, pero todos podemos compartir algo: tiempo, escucha, cercanía,
conocimientos, trabajo, una palabra de esperanza o una oración sincera. Nadie
es tan pobre que no tenga algo para ofrecer, ni tan rico que no necesite
recibir de los demás.
Pidamos, entonces, que el Espíritu Santo nos
conceda una mirada contemplativa para descubrir las huellas de Dios en la
creación, en su Palabra y en las personas que hacen el bien. Que nuestras
propias acciones revelen también la bondad del Padre y la autoridad liberadora
de Jesucristo.
Pidamos que Dios bendiga abundantemente a nuestros
benefactores, recompense su generosidad, proteja sus familias y les conceda
cuanto necesitan. Que el Espíritu Santo nos enseñe también a nosotros a
reconocer los dones recibidos y a convertir nuestra vida en una obra que revele
la belleza, la bondad y la misericordia de nuestro Creador. Amén.


