miércoles, 8 de abril de 2026

9 de abril del 2026: jueves de la Octava de Pascua

 

Verdadero Dios, verdadero hombre

(Lucas 24, 35-48) A sus discípulos, “sobrecogidos de miedo”, Jesús les hace constatar las llagas causadas por la crucifixión y les pide de comer. ¡Realismo de la encarnación! Después, solamente después, “les abrió la inteligencia para comprender las Escrituras”. Tras haber vencido la muerte, Jesús revela una humanidad atravesada por la vida que brota de la Resurrección. Desde ahora, los suyos serán los testigos privilegiados de su identidad pascual: verdadero Dios y verdaderamente hombre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 11-26

Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:
«Israelitas, ¿por qué se admiran de esto? ¿Por qué nos miran como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y de quien renegaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la fe en su nombre, este, que ven aquí y que conocen, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos ustedes.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que les estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Moisés dijo: “El Señor Dios de ustedes hará surgir de entre sus hermanos un profeta como yo: escuchen todo lo que les diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Ustedes son los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con sus padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y se lo envía en primer lugar a ustedes para que les traiga la bendición, apartando a cada uno de sus maldades».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9 (R.: 2ab)

R. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!


O bien:

R. Aleluya.

V. Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R.

V. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R.

V. Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 35-48

Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a ustedes».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tienen ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

Palabra del Señor

 

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Queridos hermanos:

en este jueves de la Octava de Pascua la Palabra de Dios nos coloca ante un misterio central de nuestra fe: el Resucitado es el mismo Crucificado. No es un recuerdo, no es un fantasma, no es una emoción pasajera de la comunidad. Es Jesús vivo, con su cuerpo glorificado, con las huellas de su pasión, con una presencia real que llena de paz, vence el miedo y abre la inteligencia para comprender el sentido de toda la historia de la salvación.

El comentario que has compartido lo expresa con una gran profundidad: “verdadero Dios y verdadero hombre”. Ahí está condensada toda la belleza del Evangelio de hoy. Jesús se presenta en medio de los discípulos y les dice: “Paz a ustedes”; pero ellos, lejos de tranquilizarse de inmediato, se llenan de temor y creen ver un espíritu. Entonces el Señor hace algo conmovedor: les muestra sus manos y sus pies, los invita a tocarlo y hasta les pide algo de comer. Lucas subraya así el realismo de la encarnación: el que resucita no es una apariencia celestial desligada de la historia, sino el Hijo de Dios que verdaderamente asumió nuestra carne, sufrió nuestra muerte y ahora vive glorioso.

Esto es muy importante para nuestra vida cristiana. Nosotros no creemos en un Dios lejano, incapaz de comprender el dolor humano. Creemos en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Verdadero Dios, porque vence la muerte, trae la paz y abre el sentido de las Escrituras. Verdadero hombre, porque conserva las llagas, come delante de los discípulos y se deja reconocer en la corporeidad de una presencia concreta. El Resucitado no borra la cruz; la transfigura. No elimina las heridas; las glorifica. No niega el sufrimiento vivido; lo convierte en fuente de vida nueva.

Cuántas veces nosotros quisiéramos un Cristo más cómodo: un Cristo sin llagas, sin cruz, sin exigencia, sin realismo. Pero el Evangelio nos muestra que la Pascua no consiste en maquillar el dolor, sino en anunciar que el amor de Dios ha sido más fuerte que el pecado y que la muerte. El cuerpo herido de Jesús, ahora glorioso, nos dice que nada de lo humano le es ajeno. Allí están nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras culpas, nuestros duelos, nuestras luchas apostólicas, todo lo que parece derrotado; y, sin embargo, todo eso puede ser atravesado por la vida que brota de la Resurrección.

Hay un detalle muy hermoso: solo después de mostrar sus llagas y de comer ante ellos, Jesús les abre la inteligencia para comprender las Escrituras. No hace primero una clase abstracta. Primero se deja ver, tocar, reconocer. Primero los saca del miedo. Primero les devuelve la certeza de su presencia. Y luego sí ilumina la mente y el corazón. Así actúa también con nosotros. La fe cristiana no nace de una idea suelta, sino de un encuentro. La Iglesia no evangeliza teorías; anuncia a una Persona viva.

Por eso la intención orante de hoy, la obra evangelizadora de la Iglesia, encuentra aquí una luz inmensa. La Iglesia evangeliza porque ha visto al Resucitado, porque ha sido alcanzada por Él, porque escucha de sus labios el mandato de anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Al final del Evangelio, Jesús dice: “Ustedes son testigos de esto”. Esa frase no es solo para los Once; es también para la Iglesia de todos los tiempos.

Evangelizar no consiste simplemente en organizar actividades, llenar calendarios o repetir fórmulas. Evangelizar es dar testimonio de que Cristo vive. Es anunciar que el crucificado ha resucitado. Es proclamar que el perdón es posible, que la esperanza no ha muerto, que la vida nueva ya ha comenzado. Y para poder hacer eso, la Iglesia necesita dejarse tocar una y otra vez por la paz del Resucitado.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente a Pedro convertido en testigo. Aquel hombre que antes tembló en el patio del sumo sacerdote, ahora habla con valentía ante el pueblo. No se atribuye nada a sí mismo. No busca protagonismo. Señala a Jesús: al Siervo de Dios, al Santo y Justo, al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos. Pedro predica la conversión para que lleguen tiempos de consuelo. Esa es la Iglesia evangelizadora: una Iglesia que no se anuncia a sí misma, sino a Cristo; una Iglesia que no busca su gloria, sino que remite al Señor vivo.

Qué bien nos hace escuchar esto hoy. Porque también la obra evangelizadora puede enfermarse cuando se vuelve autorreferencial, cuando descansa demasiado en métodos, cuando pone más confianza en estrategias que en la fuerza del Espíritu, cuando pierde el temblor sagrado ante la presencia del Resucitado. La Pascua nos recuerda que la misión nace de un encuentro y de una gracia. La Iglesia no convierte a nadie por sí sola; es Cristo quien toca los corazones. Nosotros somos testigos, instrumentos, servidores.

El salmo responsorial canta: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”. Ese asombro es esencial para evangelizar. Solo quien se maravilla puede anunciar con alegría. Solo quien ha quedado herido de amor por Cristo puede hablar de Él con convicción. Solo quien contempla al verdadero Dios y verdadero hombre puede sostener la esperanza en medio de un mundo tantas veces cansado, escéptico o herido.

Y aquí conviene hacer un pequeño examen de conciencia pastoral.
¿Mi anuncio nace de un verdadero encuentro con Cristo resucitado?
¿Predico a Jesús vivo o solo transmito costumbres religiosas?
¿Mi servicio en la Iglesia brota de la paz del Señor o de la ansiedad por hacer cosas?
¿Reconozco que también yo necesito que Él abra mi inteligencia para comprender las Escrituras?
¿Dejo que sus llagas iluminen mis propias heridas?

La evangelización de la Iglesia necesita hombres y mujeres pascuales: personas que no nieguen la cruz, pero que tampoco se queden encerradas en el Viernes Santo; personas capaces de mostrar las heridas sin desesperación, porque saben que por ellas pasa ya la luz de la Resurrección; personas que no hablen de Jesús como de un personaje del pasado, sino como del Viviente que camina con su pueblo.

Hoy podemos pedir de manera especial por toda la obra evangelizadora de la Iglesia: por el Papa, por los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, catequistas, misioneros, comunicadores, evangelizadores digitales, servidores de pequeñas comunidades, animadores de grupos, padres y madres que transmiten la fe en casa. Pidamos que ninguno anuncie un Cristo reducido a idea o ideología, sino al Señor verdadero Dios y verdadero hombre, muerto y resucitado por nosotros. Pidamos la gracia de una evangelización ardiente, humilde, fiel a la Palabra, centrada en la Eucaristía y sostenida por la fuerza del Espíritu.

Queridos hermanos, el mundo necesita testigos, no solo discursos. Necesita ver comunidades donde la paz de Cristo sea real. Necesita encontrar creyentes que no oculten sus llagas, pero que las vivan transfiguradas por la esperanza. Necesita una Iglesia que sepa decir, con la vida y con la palabra: lo hemos visto, lo hemos tocado, Él vive y nos envía.

Que María, Madre del Resucitado y estrella de la evangelización, acompañe a la Iglesia en su misión. Y que Cristo Señor nos conceda reconocerlo vivo en medio de nosotros, dejarnos instruir por su Palabra y salir al mundo como testigos alegres de su Pascua.

Amén.

 

martes, 7 de abril de 2026

8 de abril del 2026: Miércoles de la Octava de Pascua

 

Cuando Jesús parte el pan

(Lucas 24, 13-35) Un gesto reconocible entre mil revela la presencia de Jesús, el hombre que camina hacia Emaús. A los ojos de los discípulos, este peregrino tiene una manera tan singular de partir el pan, que sus ojos se abren y reconocen en Él a su Maestro y Señor. 

Cuando Jesús comparte el pan, entrega verdaderamente todo su ser a los suyos, sin reserva. Un cuerpo quebrantado por el sufrimiento y la muerte, pero resucitado en la fuerza del Espíritu.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 1-10
Te doy lo que tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona, cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 1-2. 3-4. 6-7. 8-9 (R.: 3b)

R. Que se alegren los que buscan al Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Den gracias al Señor, invoquen su nombre,
den a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas.
 R.

V. Gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro. 
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. 
R.

V. Se acuerda de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 13-35

Lo reconocieron al partir el pan

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando; pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La liturgia de hoy nos regala una palabra profundamente consoladora. En el Evangelio, los discípulos de Emaús van caminando tristes, desanimados, heridos por la decepción. Habían puesto su esperanza en Jesús, pero la cruz les había oscurecido el corazón. Caminan, hablan, recuerdan, pero no comprenden. Y precisamente allí, en medio de su tristeza, Jesús se hace compañero de camino.

Qué hermoso mensaje para nosotros, y de manera especial para nuestros enfermos. Muchas veces también nosotros recorremos caminos de Emaús: caminos de dolor, de incertidumbre, de cansancio interior, de preguntas sin respuesta. A veces el sufrimiento del cuerpo o las penas del alma nos hacen sentir que Dios está lejos. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que Cristo resucitado nunca abandona al que sufre. Aunque no siempre lo reconozcamos de inmediato, Él camina a nuestro lado.

Los discípulos lo reconocen al partir el pan. Ese gesto les abre los ojos. En ese pan partido descubren que el Crucificado está vivo, que el amor no ha sido vencido, que la muerte no tuvo la última palabra. Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros, sigue entregándose, sigue haciéndose alimento, fuerza y consuelo para su pueblo.

La primera lectura nos muestra a Pedro levantando al paralítico en el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro; pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Es la fuerza del Resucitado la que sana, la que levanta, la que devuelve dignidad y esperanza. La Pascua no es sólo un recuerdo bonito: es una fuerza viva que sigue actuando hoy.

Por eso, al orar por los enfermos, no lo hacemos desde una fe vacía, sino desde la certeza de que Jesús resucitado se acerca a sus camas, a sus hospitales, a sus hogares, a sus noches largas y silenciosas. Él no siempre suprime de inmediato el dolor, pero sí lo llena de su presencia. Él sostiene, fortalece, acompaña y transforma el sufrimiento en camino de gracia.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos abra los ojos para reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en cada hermano que sufre. Y que, como los discípulos de Emaús, después de haberlo encontrado, volvamos con el corazón ardiente a anunciar que Cristo vive.

Amén.

 

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más bellas y profundas de todo el tiempo pascual: los discípulos de Emaús. Es un relato que toca la vida real. No comienza con cantos de victoria, sino con dos hombres que caminan tristes, confundidos, heridos por la decepción. Habían esperado mucho de Jesús. Lo habían seguido, habían creído en Él, habían soñado con un futuro distinto. Pero la cruz les había destrozado los planes. Por eso se alejan de Jerusalén, el lugar de la comunidad, el lugar de la esperanza, y se van hablando de su fracaso.

Qué actual es este Evangelio. También nosotros muchas veces caminamos así: cansados, desilusionados, sin comprender lo que Dios permite, con preguntas en el corazón. Y eso se vuelve todavía más fuerte cuando aparecen la enfermedad, el sufrimiento, el dolor del cuerpo o el cansancio del alma. Cuántas personas hoy, especialmente nuestros enfermos, podrían decir con sinceridad: “Señor, yo esperaba otra cosa… yo pensaba que Tú ibas a actuar de otra manera… yo no entiendo este dolor, esta limitación, esta prueba”.

Y, sin embargo, el Evangelio nos revela algo maravilloso: Jesús resucitado se acerca precisamente a esos discípulos heridos. No espera a que estén fuertes, ni alegres, ni llenos de fe. Los alcanza en su confusión. Camina con ellos. Los escucha. Los deja hablar. Los deja vaciar su tristeza. Esa es la primera buena noticia de hoy: el Resucitado no se aparta del que sufre; al contrario, se hace compañero de camino.

Pero hay un detalle que sorprende: ellos no lo reconocen. Jesús está allí, a su lado, y no saben quién es. ¿Por qué? Porque la fe pascual no nace sólo de ver con los ojos del cuerpo. Nace cuando el corazón es iluminado por la Palabra de Dios. Antes de revelarse en el pan partido, Jesús primero les explica las Escrituras. Les enseña a leer su dolor, su cruz, su aparente fracaso, a la luz del plan de Dios. Les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en su gloria.

También nosotros necesitamos esa pedagogía del Señor. Muchas veces quisiéramos reconocer a Dios únicamente en el milagro visible, en la solución inmediata, en la curación instantánea. Pero con frecuencia Jesús primero se nos revela en la Palabra, en esa luz interior que nos ayuda a comprender que incluso en medio del sufrimiento Dios sigue obrando, sigue amando, sigue salvando. La fe se enciende cuando dejamos que la Palabra nos interprete la vida.

Por eso los discípulos dirán después: “¿No ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”. El corazón empieza a arder antes de que los ojos se abran. Primero la Palabra enciende. Luego el pan partido revela. Así sucede también en cada Eucaristía: primero escuchamos la Palabra; luego reconocemos al Señor en la fracción del pan.

Y aquí aparece una enseñanza central para nosotros. El relato de Emaús es también una catequesis sobre la Santa Misa. En la Misa, Jesús resucitado sigue haciendo lo mismo: camina con su pueblo, nos habla en las Escrituras, enciende el corazón con su Palabra, y después se nos entrega en el Pan de Vida. No venimos a la Eucaristía sólo a cumplir una costumbre piadosa; venimos a encontrarnos verdaderamente con Cristo vivo. Él se hace presente en la asamblea, en la Palabra proclamada, en el sacerdote que preside en su nombre y, de manera plena y real, en la Eucaristía.

Cuando Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, entonces sus ojos se abrieron. Lo reconocieron. Y en ese mismo momento desapareció de su vista. No porque se hubiera alejado, sino porque ahora estaría presente de un modo nuevo: dentro de ellos, en la fe renovada, en la comunión recibida, en el corazón transformado. Ya no necesitaban retenerlo externamente; lo llevaban dentro.

Eso mismo sucede con nosotros. Cada Comunión bien vivida hace de nuestra alma un santuario. Cristo resucitado no sólo pasa junto a nosotros: quiere habitar en nosotros. Quiere entrar en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en nuestros temores, en nuestras enfermedades, en nuestras noches interiores. Quiere quedarse.

La primera lectura ilumina maravillosamente esta verdad. Pedro y Juan suben al templo y encuentran a un hombre paralítico de nacimiento. Ese hombre no puede caminar por sí mismo; depende de los demás; vive en situación de limitación permanente. Y Pedro le dice: “No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y camina”. Y aquel hombre se levanta, entra caminando, saltando y alabando a Dios.

Qué hermosa conexión con el Evangelio. El Resucitado no sólo enciende el corazón de los discípulos de Emaús; también levanta al paralítico por medio de sus apóstoles. Pascua significa precisamente eso: Cristo vivo continúa actuando, sanando, levantando, devolviendo esperanza. A veces obra una curación física; otras veces, concede una fortaleza interior inmensa; otras, regala paz, paciencia, serenidad y una misteriosa fecundidad espiritual en medio del dolor. Pero siempre actúa. Siempre levanta de alguna manera al que se deja tomar de la mano.

Hoy, entonces, nuestra oración se dirige de manera especial a los enfermos. Pensamos en quienes padecen enfermedades largas, en quienes esperan un diagnóstico, en quienes sufren dolores físicos, en quienes viven abatidos por la depresión, la angustia o la soledad, en quienes están hospitalizados, en quienes ya casi no pueden salir de casa, en los ancianos, en quienes sienten que su cuerpo ya no responde como antes. Para todos ellos resuena hoy esta buena noticia: Jesús camina contigo, aunque no siempre lo reconozcas; Jesús te habla, aunque a veces el dolor haga ruido; Jesús parte para ti el pan de la vida; Jesús tiene poder para levantarte.

Y a nosotros, que quizás acompañamos a un enfermo o convivimos con nuestras propias limitaciones, el Evangelio nos hace una invitación concreta: no huir de Jerusalén para encerrarnos en la tristeza; dejar que Cristo nos alcance en el camino; escuchar su Palabra; volver a la Eucaristía con más fe; y descubrir que el Resucitado sigue presente en la comunidad, en el sacramento y también en el hermano que sufre.

Hay, además, un detalle final muy significativo. Después de reconocer a Jesús, los discípulos no se quedan instalados en una emoción religiosa. Regresan inmediatamente a Jerusalén. Vuelven a la comunidad. Vuelven al anuncio. Vuelven a la misión. El encuentro auténtico con el Resucitado no nos encierra, nos envía. El que ha reconocido al Señor en la Palabra y en el Pan, no puede seguir viviendo igual.

Pidámosle hoy al Señor que haga arder también nuestro corazón. Que al escuchar su Palabra se disipen nuestras cegueras y se fortalezcan nuestras esperanzas. Que al recibirlo en la Eucaristía lo reconozcamos vivo y presente. Y que, de manera especial, visite con su consuelo y su fuerza a todos nuestros enfermos.

Que María, salud de los enfermos y madre de la esperanza, acompañe a quienes hoy cargan la cruz del dolor, y nos enseñe a descubrir a Jesús vivo en cada Misa, en cada prueba y en cada paso del camino.

Amén.

lunes, 6 de abril de 2026

7 de abril del 2026: martes de la Octava de Pascua-San Juan Butista de la Salle(memoria opcional)

 

Santo del día:


San Juan Bautista de La Salle

1651-1719.
“Subir cada día a Dios por la oración” y “descender luego hacia los niños para instruirlos”: esto es lo que recomendaba el fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Patrono de los educadores.

 

 

Ahí está, que vuelve

(Juan 20,11-18) Dos veces se le pide a María Magdalena que explique sus lágrimas. ¿Acaso es tan extraño llorar ante un sepulcro? Esta mujer, desbordada de dolor, viene a rendir los últimos homenajes al hombre que ama, crucificado el día del sábado… ¡y he aquí que él la llama por su nombre!

Novedad radical de este encuentro en el jardín de la Resurrección. El Maestro ha escapado al dominio de la muerte. Desde ahora, nada puede impedir su regreso al Padre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 2, 36-41

Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
 R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 20, 11-18

He visto al Señor y ha dicho esto

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos sumergidos en la alegría de la Pascua. La Iglesia no celebra un solo día de Resurrección, sino una gran octava, como si quisiera detener el tiempo para contemplar, gustar y dejar entrar en el corazón esta noticia que lo cambia todo: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y hoy el Evangelio nos regala una de las escenas más bellas, más humanas y más conmovedoras de todo el Nuevo Testamento: el encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena.

El comentario que hemos escuchado lo expresa de manera muy hermosa: “Ahí está, que vuelve”. Sí, eso es la Pascua: no solamente que Jesús vive en una forma abstracta o lejana, sino que vuelve; vuelve al corazón herido, vuelve al jardín del llanto, vuelve a la vida de quien lo busca entre sombras, vuelve para llamar por su nombre a quien lo ama.

1. María Magdalena: las lágrimas de una discípula fiel

El Evangelio de san Juan nos presenta a María Magdalena de pie junto al sepulcro, llorando. Dos veces le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y uno podría responder: ¿cómo no llorar? ¿Cómo no llorar ante la tumba de aquel que había cambiado su vida? ¿Cómo no llorar cuando el amor parece vencido, cuando la esperanza parece enterrada, cuando el cielo parece guardar silencio?

María llora porque ama. Sus lágrimas no son signo de debilidad, sino de fidelidad. Ella había permanecido cerca de la cruz. Ella no se desentendió del Maestro cuando todo parecía perdido. Ella vuelve al sepulcro porque el amor verdadero no abandona fácilmente. Va a buscar a Jesús incluso cuando ya no espera nada. Va a estar cerca de su memoria, de sus restos, de aquello que quede de Él.

Cuántas veces nosotros también hemos llorado así. No sólo ante la muerte de un ser querido, sino también ante la pérdida de ilusiones, ante una traición, ante una enfermedad, ante una oración que parece no ser escuchada, ante una noche interior que se hace larga. Hay lágrimas del cuerpo y lágrimas del alma. Y el Evangelio de hoy nos dice algo consolador: Jesús resucitado no desprecia nuestras lágrimas. Él no se burla de nuestro dolor. Él se acerca justamente allí donde lloramos.

2. María busca un cadáver, pero encuentra al Viviente

María Magdalena fue al sepulcro buscando a un muerto. Su amor era sincero, pero su esperanza todavía era pequeña. Ella pensaba en un cuerpo, en un recuerdo, en un pasado. Pero la Pascua viene precisamente a romper esos límites. Jesús no ha resucitado para convertirse en nostalgia piadosa, sino para inaugurar una vida nueva.

Por eso esta escena es tan profunda: María tiene a Jesús delante, pero no lo reconoce. Lo confunde con el hortelano. Esto también nos pasa muchas veces a nosotros. El Señor está cerca, actuando, sosteniéndonos, hablándonos en la Palabra, en la Eucaristía, en un hermano, en una gracia inesperada, en una puerta que se abre, en una fuerza interior que no sabemos de dónde viene… y sin embargo no lo reconocemos. Pensamos que está ausente, cuando en realidad está obrando. Pensamos que nos dejó solos, cuando en realidad nos está preparando un encuentro nuevo.

Hay algo muy humano en esta escena. El dolor nubla la mirada. El sufrimiento encierra. La tristeza hace ver el mundo desde la pérdida. Y entonces no reconocemos la presencia del Resucitado. Pero Jesús no se impacienta. Él tiene pedagogía divina. Él espera el momento preciso. Él se deja buscar. Él acompaña el camino interior de María hasta el instante decisivo.

3. “¡María!”: el Resucitado nos llama por nuestro nombre

El centro del Evangelio de hoy está en una sola palabra: “¡María!”. Jesús no le da una explicación teológica. No le ofrece primero una demostración. No empieza con un discurso. La llama por su nombre. Y en ese instante, todo cambia.

Porque ser llamado por el nombre es ser reconocido en lo más íntimo. Es saber que no somos anónimos para Dios. Es descubrir que la Resurrección no es sólo un acontecimiento glorioso, sino también una relación viva. Jesús resucitado conoce a cada uno, entra en la historia concreta de cada uno, toca la herida concreta de cada uno, pronuncia el nombre concreto de cada uno.

Hermanos, esta es una gran noticia para nuestra vida espiritual: Dios no nos ama en masa; nos ama personalmente. No ama una multitud impersonal; ama rostros, historias, heridas, búsquedas, cansancios. Nos llama por nuestro nombre. Nos conoce por dentro. Sabe lo que cargamos. Sabe lo que nos duele. Sabe lo que nos falta. Sabe lo que hemos perdido y también aquello que todavía esperamos.

Y cuando uno escucha que el Señor lo llama por su nombre, entonces empieza de nuevo la fe. María responde: “¡Rabbuní!”, “¡Maestro!”. Ya no está aferrada a un sepulcro vacío. Ya no está encerrada en el duelo. Ya no vive sólo de recuerdos. Ahora está delante del Viviente.

4. La primera lectura: del corazón compungido a la conversión

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro proclamando con valentía: “Sepa todo Israel con absoluta certeza que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado”. Y entonces dice el texto que, al oír esto, se les traspasó el corazón.

Qué hermoso enlace con el Evangelio. María Magdalena pasa del llanto al reconocimiento; la multitud en Jerusalén pasa de la indiferencia a la compunción del corazón. La Pascua no deja a nadie igual. El Resucitado no aparece para entretenernos espiritualmente; aparece para transformarnos. Donde Él pasa, el corazón se despierta. Donde Él habla, la conciencia se mueve. Donde Él se hace presente, nace la pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?”

Y Pedro responde con claridad: “Conviértanse”. La Resurrección no es sólo consuelo; también es llamada. No basta conmoverse. No basta admirar el relato. No basta decir “qué bonito”. La Pascua exige una respuesta: volver a Dios, dejar que el corazón cambie, abrirse al perdón, recibir el don del Espíritu, comenzar una vida nueva.

A veces quisiéramos una Pascua sin conversión, una alegría sin compromiso, una fe sin cambio de vida. Pero la Iglesia, en esta Octava, nos recuerda que el Resucitado trae paz, sí, pero una paz que renueva; trae misericordia, sí, pero una misericordia que nos levanta; trae consuelo, sí, pero un consuelo que nos impulsa a vivir de otra manera.

5. “La misericordia del Señor llena la tierra”

El salmo responsorial nos ha hecho cantar: “La misericordia del Señor llena la tierra”. Esa es precisamente la atmósfera de la Pascua. La tierra parecía llena de violencia, de injusticia, de muerte, de traición, de miedo; pero ahora la liturgia nos hace proclamar que lo que verdaderamente llena la tierra es la misericordia de Dios.

No el pecado, sino la misericordia.
No la muerte, sino la vida.
No la noche, sino la luz.
No la desesperanza, sino la promesa.

Y eso vale también para nuestras historias. Quizá alguno ha llegado hoy con el corazón parecido al de María Magdalena: triste, cansado, confundido. Quizá alguno carga una herida reciente. Quizá alguno siente que ha perdido algo importante. Pues bien, la Palabra de hoy nos dice: el Resucitado sabe llegar precisamente a ese jardín donde lloras. Y cuando llega, no siempre quita de inmediato todos los problemas, pero sí cambia radicalmente el sentido de la vida, porque nos revela que el mal no tiene la última palabra.

6. “No me retengas”: la fe pascual no encierra, envía

Después del reconocimiento, Jesús dice una frase misteriosa: “No me retengas”. Como si dijera a María: no quieras relacionarte conmigo como antes, porque ahora ha comenzado algo nuevo. La Resurrección inaugura una forma distinta de presencia. Jesús ya no pertenece a un lugar, ni a una sola persona, ni a un tiempo limitado. Su presencia se hace nueva, universal, sacramental, eclesial, misionera.

Y enseguida le da una misión: “Ve a mis hermanos y diles…”. María pasa de ser mujer llorosa a ser mensajera pascual. La que había venido al sepulcro para honrar un cadáver es enviada ahora a anunciar la vida. La que estaba encerrada en su dolor se convierte en apóstol de la esperanza.

Ese es también el camino del cristiano. Nadie se encuentra de verdad con Cristo resucitado para quedarse quieto. El encuentro auténtico siempre se vuelve anuncio, servicio, testimonio, caridad, misión. Un cristiano pascual no vive atrapado en el sepulcro de sus penas, sino enviado al mundo para decir con su vida: “He visto al Señor”.

7. Una palabra para nuestros benefactores

Hoy queremos poner de manera especial esta Eucaristía en intención por nuestros benefactores. Qué hermoso hacerlo precisamente con estas lecturas. Porque un benefactor, en el fondo, es alguien que, de algún modo, ayuda a que la vida venza sobre la escasez, el desánimo o la necesidad. Un benefactor es alguien que no se encierra en sí mismo, sino que comparte. Alguien que sostiene una obra buena, una comunidad, una misión, una persona necesitada. Alguien que hace presente algo de la bondad de Dios.

Cuántas obras de la Iglesia, cuántos procesos de evangelización, cuántos gestos de caridad, cuántos sueños apostólicos han sido posibles gracias a hombres y mujeres generosos que tal vez no buscan protagonismo, pero sí desean colaborar con el bien. Detrás de una misión, de una radio evangelizadora, de una comunidad que sale adelante, de una obra parroquial, de un servicio pastoral, suele haber corazones benefactores que dan, apoyan, oran, animan, comparten.

Hoy pedimos al Señor resucitado que los bendiga abundantemente. Que así como Él llamó a María por su nombre, llame también por su nombre a cada uno de nuestros benefactores y les haga sentir que nada de lo que han hecho por amor queda olvidado delante de Dios. Que el Señor les conceda salud, paz, fortaleza, alegría espiritual. Y a quienes atraviesan dificultades, que les regale consuelo y esperanza. Y si alguno de nuestros benefactores ha partido ya a la Casa del Padre, que la victoria de Cristo sobre la muerte le abra las puertas de la vida eterna.

8. Para nuestra vida concreta

Hoy el Evangelio nos deja varias preguntas muy sencillas pero muy profundas:

¿Dónde estoy buscando al Señor: en un sepulcro vacío o en la vida nueva de la Pascua?
¿Qué lágrimas llevo en el corazón?
¿He dejado que Jesús pronuncie mi nombre?
¿Estoy reteniendo a Jesús a mi manera, o dejándome enviar por Él?
¿Mi fe pascual me ha vuelto más testigo, más generoso, más agradecido?

Tal vez hoy el Señor no nos está pidiendo grandes cosas extraordinarias. Tal vez sólo nos pide lo esencial: que dejemos de vivir como si Él siguiera en el sepulcro. Porque muchos bautizados dicen creer en la Resurrección, pero viven derrotados, amargados, resentidos, sin horizonte, sin impulso misionero, sin alegría interior. La Pascua no elimina automáticamente todos nuestros problemas, pero sí cambia la base de nuestra existencia: ya no vivimos bajo el poder definitivo de la muerte, sino bajo el señorío del Resucitado.

9. Conclusión

Hermanos, en esta mañana de Pascua contemplemos a María Magdalena. La vemos llorando, buscando, confundida… y luego la vemos iluminada, llamada, enviada. Ese es también nuestro itinerario. Del llanto al anuncio. De la noche a la fe. Del sepulcro a la misión. Del dolor al encuentro.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos llame por nuestro nombre. Que nos saque de nuestros sepulcros interiores. Que nos conceda un corazón traspasado y convertido, como el de aquellos oyentes de Pedro. Que nos haga cantar con verdad que su misericordia llena la tierra. Y que bendiga con amor de predilección a todos nuestros benefactores, para que experimenten en su vida la fuerza consoladora de Cristo vivo.

Que María Magdalena, testigo del alba pascual, nos enseñe a reconocer la voz del Maestro. Y que nosotros, como ella, podamos decir con alegría y con convicción:

¡He visto al Señor!

Amén.

 

 

7 de abril:

San Juan Bautista de La Salle, presbítero — Memoria

1651–1719
Patrono de los educadores
Canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

En verdad, si hubiera pensado alguna vez que el cuidado que estaba teniendo de los maestros por pura caridad me obligaría a vivir con ellos, habría abandonado todo el proyecto. Pues, hablando humanamente, consideraba a los hombres que estaba obligado a emplear en las escuelas, al comienzo, como inferiores incluso a mi criado; el solo pensamiento de tener que vivir con ellos me habría resultado insoportable. De hecho, experimenté muchas incomodidades cuando por primera vez los hice venir a mi casa. Esto duró dos años.

Sin duda, por esta razón Dios, que guía todas las cosas con sabiduría y serenidad, y cuyo modo de obrar no es forzar las inclinaciones de las personas, quiso confiarme enteramente el desarrollo de las escuelas. Dios lo hizo de manera imperceptible y a lo largo de mucho tiempo, de modo que un compromiso llevó a otro, sin que yo lo hubiera previsto al principio.
~ Memorias de San Juan de La Salle


Reflexión:

San Juan Bautista de La Salle murió en Viernes Santo, quizá como signo divino de la vida sacrificial que vivió por la salvación de las almas. Pero esa no fue su primera muerte. Su primera muerte fue la renuncia a la vida que llevaba y al mundo, por causa de la misión inesperada que Dios le confió.

La catedral de Reims, en Francia, fue fundada en el siglo V. Allí fue bautizado el primer rey franco por san Remigio, lo que dio origen a la conversión de muchos otros y a la cristianización del reino. Desde entonces, la catedral se convirtió en el lugar donde la mayoría de los reyes franceses fueron coronados. En su reconstrucción del siglo XIII, llegó a ser una de las catedrales góticas más ornamentadas y hermosas de Francia.

El santo de hoy nació en una familia acomodada en Reims y, desde joven, disfrutó de una vida de honor y prestigio social, así como de una excelente y costosa educación. Sus padres eran profundamente piadosos. A los once años recibió la tonsura, y junto con sus padres hizo la promesa de dedicar su vida al servicio de la Iglesia.

A los dieciséis años se convirtió en canónigo de la catedral de Reims. Los canónigos cuidaban de la catedral y aconsejaban al arzobispo. Posteriormente fue enviado a completar su formación en algunas de las mejores escuelas de Francia.

Poco después de comenzar sus estudios de teología, a los veintiún años, sus padres fallecieron, y tuvo que regresar a casa para cuidar de sus seis hermanos menores y administrar el patrimonio familiar. Durante los cinco años siguientes terminó sus estudios teológicos y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años.

Después de su ordenación, obtuvo el doctorado en teología y se entregó a la vida de un joven sacerdote respetado. Su director espiritual, el padre Nicolás Roland, era un hombre santo con gran amor por los pobres y por la educación de los niños. Él ayudó a fundar una congregación religiosa —las Hermanas del Niño Jesús— dedicada a atender a los enfermos y educar a las niñas pobres. El padre de La Salle se convirtió en su capellán y confesor, colaborando activamente con ellas.

Antes de morir, el padre Roland le pidió que continuara la obra educativa de los jóvenes pobres. De La Salle aceptó, sin imaginar lo que eso implicaría. Poco después conoció a un laico, Adrián Nyel, con quien fundó una escuela para niños pobres en Reims, seguida de otra más.

Se encontró entonces ante un dilema: humanamente no se sentía inclinado a esa misión, pero la pasión de los colaboradores y la inspiración divina lo impulsaban. Intentó retirarse, pero terminó continuando. Sin saberlo, había comenzado la obra que marcaría toda su vida y transformaría la Iglesia.

Con el tiempo, vio la necesidad de formar mejor a los maestros. Él había recibido una educación excelente y notaba la falta de preparación humana y espiritual de los docentes. Los niños que enseñaban estaban muchas veces “lejos de la salvación”.

Por ello, comenzó a invitar a los maestros a su casa, compartiendo con ellos la mesa y enseñándoles a ser mejores educadores y hombres de Dios. Luego los invitó a vivir con él para dedicarse plenamente a su formación.

Esto provocó incomprensión y críticas. Sus familiares se escandalizaban de su cercanía con personas de clase social baja. Algunos lo acusaban de ambición, de querer hacerse famoso. Incluso el obispo expresó preocupaciones similares.

A pesar de todo, perseveró en oración. Renunció a su cargo de canónigo y se dedicó por completo a la educación de los pobres.

Aunque había heredado una fortuna, en vez de usarla para fundar escuelas, la entregó a los pobres afectados por una hambruna, confiando totalmente en la Providencia divina para su obra.

Fundó entonces el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Los hermanos vivían en comunidad, sin aspirar al sacerdocio, dedicados exclusivamente a la educación de los niños pobres.

Desarrolló métodos pedagógicos innovadores, ordenados y eficaces. Enseñar a niños provenientes de ambientes difíciles exigía formar no solo la inteligencia, sino también el carácter y la virtud.

Sostenía que la educación debía ser gratuita para los pobres y que debía impartirse en francés, no en latín, lo cual era revolucionario.

A pesar de resistencias dentro y fuera de la Iglesia, perseveró. Fundó escuelas de formación para maestros y su obra creció rápidamente.

Más tarde reconocería que, si hubiera sabido desde el principio todo lo que Dios le pediría, jamás habría dicho “sí”. Pero Dios lo fue guiando paso a paso, y él solo tuvo que responder a cada impulso de la gracia.


Meditación:

Considera cómo Dios quiere obrar también en tu vida de ese modo. No te revela todo su plan de una vez. Te guía hoy, paso a paso, dándote la gracia necesaria para responder.

Di “sí” hoy, mañana y cada día. Y al final de tu vida, te sorprenderás de hasta dónde Dios te habrá conducido.


Oración:

San Juan Bautista de La Salle,
Dios te condujo paso a paso a lo largo de tu vida.
Tu generosidad ante los llamados de la gracia
te llevó por caminos que nunca imaginaste.

Ruega por mí,
para que siempre esté abierto al plan de Dios
y responda con generosidad, sin importar las dificultades.

San Juan Bautista de La Salle, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

9 de abril del 2026: jueves de la Octava de Pascua

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