Testigo de la fe
San Marcos.
Los primeros cristianos se reunían en Jerusalén en la casa de la familia de Marcos. Este último acompañó a Pablo y Bernabé en Asia Menor; fue intérprete de Pedro en Antioquía y luego en Roma. Su Evangelio presenta una elección de palabras y acciones de Jesús, como resumen de la catequesis primitiva. Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría, Egipto.
Nuestra misión de testigos
(1 Pedro 5,5b-14; Marcos 16,15-20) El evangelista Marcos nos recuerda que formamos parte de una cadena de testigos. Es una realidad que nos compromete también a nosotros a proclamar, con la palabra y con las obras, la Buena Nueva de la salvación.
Esto supone dejar que el Señor trabaje con nosotros y en nosotros; supone “mantenernos humildemente” bajo su “mano poderosa” y “descargar en Él” todas nuestras preocupaciones.
¿No se trata, acaso, de liberarnos de nosotros mismos para que Cristo ocupe plenamente su lugar en cada uno?
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (5,5b-14):
Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros. Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos. Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos. Amén. Os he escrito esta breve carta por mano de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos en ella. Os saluda la comunidad de Babilonia, y también Marcos, mi hijo. Saludaos entre vosotros con el beso del amor fraterno. Paz a todos vosotros, los cristianos.
Palabra de Dios
Salmo
Sal 88,2-3.6-7.16-17
R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor
Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R/.
El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos? R/.
Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R/.
Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,15-20):
En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.
Palabra del Señor
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Queridos
hermanos:
Hoy
la Iglesia celebra la fiesta de San
Marcos, evangelista, uno de aquellos hombres que ayudaron a que
la memoria viva de Jesús llegara hasta nosotros en forma de Evangelio. Celebrar
a San Marcos no es solamente recordar a un escritor sagrado del pasado; es
reconocer que la fe cristiana ha llegado a nosotros gracias a una cadena
inmensa de testigos: hombres y mujeres que escucharon, creyeron, anunciaron,
sufrieron, caminaron, sirvieron y transmitieron la Buena Noticia.
Nosotros
no inventamos la fe. La hemos recibido. Alguien nos habló de Cristo. Alguien
nos enseñó a persignarnos. Alguien nos llevó al templo. Alguien nos habló de la
Virgen, de los santos, de la Eucaristía, del perdón, de la esperanza. Alguien
nos transmitió la fe con palabras, pero también con lágrimas, con sacrificios,
con paciencia, con ejemplo.
Y
hoy, en esta fiesta de San Marcos, la Palabra nos pregunta: ¿qué estamos haciendo nosotros con esa
fe recibida? ¿La estamos guardando como un recuerdo bonito, o
la estamos anunciando como una Buena Noticia viva?
El
Evangelio de hoy nos presenta el mandato misionero de Jesús:
“Vayan
al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”.
Estas
palabras no fueron dichas solamente para los apóstoles de hace dos mil años.
Son palabras dirigidas también a la Iglesia de hoy. Son palabras dirigidas a
cada bautizado. Son palabras dirigidas a nosotros.
El
cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo. La fe que no se comparte se
enfría. La fe que no se anuncia se vuelve costumbre. La fe que no se traduce en
obras termina siendo una teoría religiosa, pero no una vida transformada por
Cristo.
San
Marcos nos recuerda que el Evangelio nació para ser anunciado. La Buena Noticia
no es un secreto privado, sino una luz para el mundo. No es una joya para
guardarla en una caja fuerte, sino una lámpara para ponerla en alto. No es una
idea para especialistas, sino una palabra de salvación para todos.
Pero
hay algo muy importante: Jesús no manda a sus discípulos a anunciarse a sí
mismos. No les dice: “Vayan y hablen de ustedes”. No les dice: “Vayan y busquen
aplausos”. No les dice: “Vayan y construyan su fama”. Les dice: “Proclamen el Evangelio”.
Es decir: anuncien a Cristo, anuncien la salvación, anuncien la misericordia,
anuncien el perdón, anuncien la vida nueva.
Por
eso la primera lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, es tan
oportuna. Allí se nos dice:
“Revístanse
todos de humildad en el trato mutuo”.
Y
más adelante:
“Humíllense
bajo la mano poderosa de Dios, para que Él los levante en el momento oportuno.
Descarguen en Él todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes”.
Qué
hermoso equilibrio nos ofrece hoy la Palabra: por un lado, Jesús nos envía al
mundo entero; por otro lado, san Pedro nos recuerda que el enviado debe ser
humilde. La misión cristiana no nace del orgullo, sino de la confianza. No nace
del deseo de imponerse, sino del deseo de servir. No nace de creernos mejores
que los demás, sino de sabernos sostenidos por la misericordia de Dios.
El
verdadero evangelizador no es el que habla más fuerte, sino el que deja que
Cristo hable a través de su vida. No es el que aparenta tenerlo todo resuelto,
sino el que, incluso en medio de sus fragilidades, se apoya en el Señor. No es
el que se presenta como perfecto, sino el que puede decir: “Yo también necesito
la gracia de Dios, pero he descubierto que Cristo salva, Cristo levanta, Cristo
acompaña”.
San
Pedro nos invita a “descargar en el Señor todas nuestras preocupaciones”. Esto
es profundamente humano y profundamente espiritual. Muchas veces queremos
evangelizar, servir, acompañar, sostener a otros, pero cargamos demasiados
pesos por dentro: miedos, heridas, cansancios, resentimientos, ansiedades,
preocupaciones familiares, pastorales, económicas, comunitarias. Y entonces la
misión se nos vuelve pesada.
La
Palabra nos dice hoy: no
cargues solo lo que Dios quiere cargar contigo. Descarga en Él
tus preocupaciones. Deja que el Señor trabaje contigo y en ti. Porque la misión
no es solamente hacer cosas para Dios; es dejar que Dios haga su obra en
nosotros y a través de nosotros.
Se trata de liberarnos de
nosotros mismos para que Cristo ocupe todo su lugar en cada uno. Esta es una
frase muy profunda. Muchas veces el mayor obstáculo para la misión no está
afuera, sino dentro de nosotros: nuestro ego, nuestro miedo, nuestra necesidad
de controlarlo todo, nuestro deseo de reconocimiento, nuestras inseguridades,
nuestras heridas no sanadas.
Evangelizar
exige vaciarnos un poco de nosotros mismos para que Cristo pueda pasar. Como
Juan el Bautista, también nosotros deberíamos decir: “Es necesario que Él
crezca y que yo disminuya”. Cuando Cristo ocupa su lugar, nuestras palabras se
vuelven más transparentes, nuestras obras más fecundas, nuestro servicio más
limpio, nuestra presencia más sanadora.
El
salmo de hoy nos hace cantar:
“Cantaré
eternamente las misericordias del Señor”.
Esta
es la raíz de toda evangelización: cantar la misericordia. No anunciamos una
ideología. No anunciamos una moral fría. No anunciamos una institución humana.
Anunciamos que Dios es misericordioso, que Dios es fiel, que Dios cumple sus
promesas, que Dios no abandona a su pueblo.
El
mundo necesita testigos de misericordia. Necesita cristianos que no solamente
hablen de Dios, sino que hagan sentir algo de la bondad de Dios. Necesita
comunidades donde el herido encuentre acogida, donde el pecador encuentre
camino de conversión, donde el triste encuentre consuelo, donde el joven
encuentre sentido, donde el enfermo encuentre compañía, donde el pobre
encuentre dignidad.
Y
aquí podemos mirar también a María, especialmente en este sábado. Aunque la
liturgia de hoy celebra la fiesta de San Marcos, el sábado tiene siempre un
perfume mariano. María es la primera discípula, la mujer que escuchó la
Palabra, la guardó en su corazón y la llevó al mundo. Ella no escribió un
Evangelio con tinta, pero escribió el Evangelio con su vida.
María
evangeliza desde la humildad. No busca protagonismo. No ocupa el centro. El
centro es Cristo. En Caná dice: “Hagan lo que Él les diga”. Esa es toda su
misión: llevarnos a Jesús. María es testigo silenciosa, fiel, fuerte. Está en
Nazaret, está en Belén, está en Caná, está al pie de la cruz, está con la
Iglesia naciente en Pentecostés.
En
este día de San Marcos, podemos decir que María es también “evangelio
viviente”: buena noticia para los pobres, consuelo para los afligidos, madre
para los discípulos, señal de esperanza para la Iglesia peregrina.
San
Marcos nos enseña a anunciar. San Pedro nos enseña a hacerlo con humildad y
confianza. El salmo nos enseña a cantar la misericordia. María nos enseña a
dejar que Cristo sea el centro.
El
Evangelio termina diciendo que los discípulos salieron a predicar por todas
partes, y que el Señor actuaba con ellos. Esta frase es preciosa: “El Señor actuaba con ellos”.
No estaban solos. No iban únicamente con sus fuerzas. No dependían solamente de
su inteligencia, de su valentía o de su capacidad de hablar. El Señor caminaba
con ellos, obraba con ellos, confirmaba su palabra.
También
hoy el Señor actúa con su Iglesia. Actúa cuando una madre enseña a rezar a su
hijo. Actúa cuando un catequista prepara con amor su encuentro. Actúa cuando un
sacerdote anuncia la Palabra y celebra los sacramentos. Actúa cuando un laico
comprometido da testimonio honrado en su trabajo. Actúa cuando alguien visita a
un enfermo, consuela a un triste, perdona una ofensa, comparte el pan, defiende
la verdad, siembra paz.
No
todos predicamos desde un púlpito, pero todos predicamos desde la vida. No
todos escribimos un Evangelio como Marcos, pero todos estamos llamados a escribir
páginas de Evangelio con nuestras decisiones de cada día.
Que
San Marcos evangelista nos ayude a ser testigos valientes de la Buena Noticia.
Que San Pedro nos enseñe la humildad de quien sabe confiar sus preocupaciones
al Señor. Que María, Madre del Evangelio vivo, nos acompañe para que Cristo
ocupe el centro de nuestro corazón.
Y
que también nosotros podamos decir con el salmista, no solo con los labios sino
con la vida:
“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.
Amén.
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San Marcos Evangelista
c. Primer siglo
patrón de los leones, abogados, Venecia, intérpretes y prisioneros
Hizo una crónica de lo que presenció el primer Papa
El Evangelio de Juan ofrece al lector esta breve escena posterior a la Resurrección: “Simón Pedro les dijo: 'Voy a pescar'. Ellos le dijeron: 'Iremos contigo'. Salieron y subieron a la barca…” ( Jn 21,3 ).
El rebaño siguió por donde Pedro los guiaba. Con qué facilidad San Pedro pasa a primer plano en los Hechos de los Apóstoles. Con qué facilidad habla por toda la Comunidad de Fe. San Pedro deja incluso la dirección de la Iglesia en Jerusalén a Santiago para mostrar que no está ligado a una sola ciudad o comunidad. En cambio, Pedro camina hacia el horizonte más amplio de la evangelización, la capital del mundo: Roma. El traidor Pedro se convierte en el Papa Pedro.
Pedro era, por supuesto, un simple pescador. Es más interesante notar que no se quedó como un simple pescador. El Creció. Maduró. Dirigió. Y los líderes no tienen seguidores tanto como los que se unen.
San Marcos, a quien conmemoramos hoy, fue uno de los más significativos de los muchos ensambladores que se desarraigaron para acompañar a Pedro en su peligrosa aventura de fundar la Iglesia.
Nada se sabe con certeza sobre los orígenes de Marcos o su juventud. No se le menciona en el Evangelio que lleva su nombre y sólo es posible el más mínimo esbozo biográfico. Lo que sí se sabe es que Marcos dejó su patria en Palestina para seguir primero a San Pablo y luego a San Pedro.
Marcos navegó por mares peligrosos en barcos primitivos. Caminó largos trechos por tierras desoladas. Trató de convencer a los paganos empedernidos y a los romanos escépticos de que el mensaje del Evangelio era verdadero.
Las palabras de los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Pablo y la Primera Carta de San Pedro ponen puntos en el gran mapa de la vida de Marcos. Sin embargo, aún quedaban muchos espacios en blanco en el medio. Marcos está viajando con Pablo en Asia Menor, luego está con Bernabé en un bote aquí, luego está con alguien más allá, y luego desaparece por varios años. Sin embargo, la evidencia dispersa termina con un claro testimonio de que Marcos se unió a Pedro en Roma.
En la primera carta de Pedro, escrita desde la ciudad de su muerte a la Iglesia en Asia Menor, el Papa Pedro envía saludos de parte de Marcos y se refiere a él como “mi hijo” (1 Pedro 5:13 ).
San Marcos es, por supuesto, más conocido como el autor de un Evangelio. Al igual que San Lucas y San Pablo, él no fue uno de los Doce Apóstoles y probablemente nunca conoció a Jesucristo en persona. Los eruditos creen que el Evangelio de San Marcos relata las experiencias de San Pedro, el mentor de Marcos.
Cada Evangelio tiene sus propias fuentes, énfasis y audiencias únicas.
Marcos escribe para los no judíos que estarían más impresionados por los milagros de Cristo que por su cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Así que en el Evangelio de Marcos se encuentran ciertos detalles coloridos que sugieren que el escritor estaba relatando las palabras de un testigo.
Por ejemplo, en Marcos 5:41 , Jesús entra en la casa de Jairo, un líder de la sinagoga cuya hija yacía muerta. Cristo le dice: “Talitha koum”. Marcos luego le dice al lector que "Talitha koum" significa “A ti te te digo niña levántate”, presumiblemente porque sus lectores no hablaban arameo. Ningún otro Evangelio incluye este conmovedor detalle de las palabras no traducidas que salieron de la boca de Cristo ese día. Marcos también pone otras palabras arameas en los labios de Cristo: “ Ephatha ”, “ Abba ” y “ Hosanna. ”
Pedro estaba allí cuando sucedió. Pedro escuchó al Señor hablar. Y Pedro estaba envejeciendo, o estaba en la cárcel, o lo amenazaban de muerte. El Evangelio que había compartido y repetido verbalmente miles de veces tuvo que ser escrito para enviarlo a otros, para preservar la exactitud de la historia o para contradecir versiones falsificadas. Y así ocurrió lentamente la progresión natural de la historia oral a la escrita. El Evangelio fue una palabra hablada antes de ser un libro, y la palabra tiene primacía sobre el libro. San Marcos el evangelista preservó para siempre la Palabra de Dios, Jesucristo, al poner por escrito las palabras de Pedro, asegurando así que los relatos de la vida de Cristo, hablados por testigos oculares, no se fueran flotando en la brisa. Consagrada la Palabra en papiro, San Marcos había cumplido su misión por los siglos de los siglos.
San Marcos, fuiste amigo de los Apóstoles y compartiste su compromiso de difundir la fe. Desde tu hogar en el Cielo, que fortalezcas a todos aquellos que no tienen el coraje de vivir el mensaje del Evangelio en sus propias vidas para que puedan testimoniarlo a los demás.




