Guardar la Palabra en el corazón
(Lucas 2,41-51) En esta memoria del Inmaculado Corazón de María,
el Evangelio nos lleva a Jerusalén, donde María y José buscan con angustia a
Jesús y lo encuentran en el templo, en medio de los maestros. María no
comprende del todo las palabras de su Hijo, pero no se cierra al misterio: “conservaba
todo esto en su corazón”.
El corazón de María es un corazón que ama, busca,
sufre, escucha y guarda. Ella nos enseña que la fe no siempre consiste en
entenderlo todo de inmediato, sino en permanecer confiados ante Dios, dejando que
su Palabra ilumine poco a poco nuestro camino. En su Corazón Inmaculado
aprendemos a contemplar a Jesús y a seguirlo con fidelidad.
Primera lectura
Desbordo de
gozo en el Señor
Lectura del libro de Isaías.
LA estirpe de mi pueblo será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.
Desbordo de gozo en el Señor,
y me alegro con mi Dios:
porque me ha puesto un traje de salvación,
y me ha envuelto con un manto de justicia,
como novio que se pone la corona,
o novia que se adorna con sus joyas.
Como el suelo echa sus brotes,
como un jardín hace brotar sus semillas,
así el Señor hará brotar la justicia
y los himnos ante todos los pueblos.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Mi corazón
se regocija en el Señor, mi Salvador.
V. Mi
corazón se regocija en el Señor,
mi poder se exalta por Dios.
Mi boca se ríe de mis enemigos,
porque gozo con tu salvación. R.
V. Se rompen
los arcos de los valientes,
mientras los cobardes se ciñen de valor.
Los hartos se contratan por el pan,
mientras los hambrientos engordan;
la mujer estéril da a luz siete hijos,
mientras la madre de muchos queda baldía. R.
V. El
Señor da la muerte y la vida,
hunde en el abismo y levanta;
da la pobreza y la riqueza,
humilla y enaltece. R.
V. Él levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para hacer que se siente entre príncipes
y que herede un trono de gloria. R.
Aclamación
V. Bienaventurada
Virgen María, que conservaba la palabra de Dios,
meditándola en su corazón. R.
Evangelio
Conservaba
todo esto en su corazón
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
LOS padres de Jesús solían ir cada año a Jerusalén por la fiesta de la Pascua.
Cuando cumplió doce años, subieron a la fiesta según la costumbre y, cuando
terminó, se volvieron; pero el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin que lo
supieran sus padres.
Estos, creyendo que estaba en la caravana, anduvieron el camino de un día y se
pusieron a buscarlo entre los parientes y conocidos; al no encontrarlo, se
volvieron a Jerusalén buscándolo.
Y sucedió que, a los tres días, lo encontraron en el templo, sentado en medio
de los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Todos los que le oían
quedaban asombrados de su talento y de las respuestas que daba.
Al verlo, se quedaron atónitos, y le dijo su madre:
«Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu padre y yo te buscábamos angustiados».
Él les contestó:
«¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?».
Pero ellos no comprendieron lo que les dijo.
Él bajó con ellos y fue a Nazaret y estaba sujeto a ellos.
Su madre conservaba todo esto en su corazón.
Palabra del Señor.
1
María guardaba todo en su corazón
Celebramos
hoy la memoria obligatoria del Inmaculado
Corazón de María, y la Palabra nos invita a mirar no solamente
a María como Madre de Jesús, sino a contemplar su interior: su manera de creer,
de amar, de sufrir, de esperar y de guardar la voluntad de Dios.
El
Evangelio de san Lucas nos presenta una escena muy humana y muy profunda:
Jesús, a los doce años, se queda en Jerusalén sin que María y José se den
cuenta. Ellos lo buscan angustiados durante tres días. Al encontrarlo en el
templo, María le dice con dolor de madre: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así?
Tu padre y yo te buscábamos angustiados”. Y Jesús responde con palabras
misteriosas: “¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”
María
no entiende del todo. Pero el Evangelio nos dice algo precioso: “Su madre conservaba todo esto en su
corazón”. Ahí está la clave de esta memoria. El Corazón de
María no es un corazón sin preguntas, sin lágrimas o sin sufrimiento. Es un
corazón creyente. Un corazón que no rechaza el misterio de Dios cuando no lo
comprende. Un corazón que guarda, medita, espera y confía.
La
primera lectura del profeta Isaías nos habla de alegría y de salvación:
“Desbordo de gozo con el Señor, y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido
con un traje de salvación”. Estas palabras parecen brotar también del corazón
de María. Ella es la mujer revestida de gracia, la humilde servidora en quien
Dios hizo maravillas. En su Corazón Inmaculado resplandece la alegría de quien
se sabe amada por Dios y llamada a colaborar en su obra de salvación.
El
salmo, tomado del cántico de Ana, también nos ayuda a comprender a María: “Mi
corazón se regocija en el Señor”. Ana canta porque Dios levanta al pobre,
fortalece al débil y da vida donde parecía no haber esperanza. María cantará
algo semejante en el Magníficat: Dios mira la pequeñez de su servidora, derriba
a los poderosos y enaltece a los humildes. El corazón de María está hecho de
esta confianza: Dios actúa, aunque sus caminos no siempre sean evidentes.
Por
eso, celebrar el Inmaculado Corazón de María es pedir la gracia de tener un
corazón semejante al suyo: limpio para amar, humilde para obedecer, fuerte para
sufrir, atento para escuchar y fiel para seguir a Jesús.
En
nuestra vida también hay momentos en que buscamos a Jesús con angustia. A veces
parece que se nos pierde entre las preocupaciones, las pruebas, las enfermedades,
los silencios de Dios, los problemas familiares o las heridas del alma. María
nos enseña qué hacer: no dejar de buscarlo, volver al templo, volver a la
oración, volver a la Palabra, volver a la casa del Padre.
Y
cuando no entendamos todo, cuando la respuesta de Dios nos parezca difícil,
hagamos como María: guardemos la Palabra en el corazón. No para quedarnos
pasivos, sino para dejar que Dios nos vaya educando por dentro.
Que
el Inmaculado Corazón de María nos enseñe a vivir con fe serena, con amor
limpio y con esperanza firme. Que ella nos ayude a buscar siempre a Jesús, a
encontrarlo en la casa del Padre y a conservar su Palabra en el corazón, hasta
que nuestra vida entera sea también un canto de alegría en el Señor. Amén.
2
El corazón que guarda, ama y contempla
Celebramos
hoy la memoria obligatoria del Inmaculado
Corazón de María, al día siguiente de haber contemplado el
Sagrado Corazón de Jesús. No es casualidad. La Iglesia nos invita a mirar estos
dos corazones unidos: el Corazón del Hijo, fuente de misericordia, y el Corazón
de la Madre, santuario limpio donde esa misericordia fue acogida, guardada y
meditada.
El
Evangelio de san Lucas nos presenta a María y José buscando a Jesús con
angustia. Han subido a Jerusalén para la fiesta de la Pascua y, al regresar,
descubren que el Niño no va con ellos. Después de tres días lo encuentran en el
templo, sentado entre los maestros, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
María, como verdadera madre, le dice: “Hijo, ¿por qué nos has tratado así? Tu
padre y yo te buscábamos angustiados”. Jesús responde con palabras misteriosas:
“¿No sabían que yo debía estar en las cosas de mi Padre?”.
María
no comprende del todo. Pero san Lucas nos dice una frase decisiva: “Su madre conservaba todo esto en su
corazón”. Ahí está el secreto de María. Su corazón no es un
corazón que lo entiende todo de inmediato, sino un corazón que cree, que ama,
que busca, que sufre y que guarda la Palabra hasta que Dios mismo la vaya
iluminando.
Esta
misma actitud ya aparece en otro momento del Evangelio de Lucas: cuando los
pastores, después de escuchar el anuncio de los ángeles, corren a Belén y
encuentran a María, a José y al Niño acostado en el pesebre. Ellos cuentan lo
que se les ha dicho acerca de aquel Niño, y todos se admiran. Pero María hace
algo más profundo: guardaba
todas estas cosas y las meditaba en su corazón. María no se
queda solo en la emoción del momento. Ella contempla. Ella deja que el misterio
entre en su interior.
Por
eso, cuando hoy hablamos del Inmaculado Corazón de María, no hablamos
simplemente de un símbolo piadoso. Hablamos de toda la persona de María: su fe,
su amor, su pureza, su obediencia, su silencio, su dolor, su esperanza y su
total disponibilidad a Dios. María, preservada del pecado desde su concepción
por una gracia singular de Dios, fue preparada para ser Madre del Salvador.
Pero esa gracia no la hizo pasiva; al contrario, María cooperó libremente con
Dios durante toda su vida.
La
primera lectura del profeta Isaías parece cantar desde el alma de María:
“Desbordo de gozo en el Señor y me alegro con mi Dios, porque me ha vestido con
vestiduras de salvación”. María es la mujer revestida de gracia, la humilde
esclava del Señor en quien Dios hizo maravillas. En ella vemos lo que Dios
puede hacer cuando encuentra un corazón limpio, disponible y fiel.
Isaías
habla también de una descendencia bendecida por el Señor. Y en María esa
promesa alcanza una belleza particular: por medio de ella viene al mundo
Jesucristo, el Bendito por excelencia, el Salvador. María no se guarda a Jesús
para sí. Lo ofrece al mundo. Su corazón materno se abre a todos los hijos que
Jesús le confiará desde la cruz.
El
salmo, tomado del cántico de Ana, nos ayuda a comprender todavía más el corazón
de María: “Mi corazón se regocija en el Señor”. Ana canta porque Dios levanta
al débil, sostiene al pobre, da vida, enaltece al humilde. Ese canto anticipa
el Magníficat de María. El corazón de María es un corazón que sabe que Dios
actúa en la pequeñez, que no abandona a los pobres, que derriba las falsas
seguridades y levanta a los humildes.
Pero
el corazón de María no solo conoció el gozo. También conoció la espada del
dolor. Lo vemos en la búsqueda angustiosa del Niño en Jerusalén. Lo veremos más
tarde al pie de la cruz. Allí, María contempla a su Hijo entregando la vida por
la salvación del mundo. Allí, Jesús le dice al discípulo amado: “Ahí tienes a tu
madre”. Y en Juan está representada toda la Iglesia. Desde entonces, María es
Madre de los creyentes.
Por
eso, el Inmaculado Corazón de María no es un corazón lejano. Es un corazón
materno que sigue amando a los hijos de Dios. Ella no reemplaza a Cristo; nos
conduce a Él. No ocupa el lugar del Salvador; nos enseña a recibirlo. No
distrae nuestra fe; la purifica y la orienta hacia Jesús.
Hoy
podemos preguntarnos: ¿qué guardamos nosotros en el corazón? A veces guardamos
heridas, resentimientos, tristezas, miedos, preocupaciones o recuerdos que nos
pesan. María nos enseña a guardar de otra manera: no guardarlo todo como quien
acumula dolor, sino como quien pone la vida delante de Dios y deja que su
gracia la transforme.
También
nosotros, como María y José, muchas veces buscamos a Jesús con angustia. Lo
buscamos en medio de pruebas, enfermedades, fracasos, silencios, dudas,
cansancios y oscuridades. El Evangelio nos recuerda que Jesús está en las cosas
del Padre. Para encontrarlo hay que volver al templo, volver a la oración,
volver a la Palabra, volver a la Eucaristía, volver al corazón de Dios.
Celebrar
el Inmaculado Corazón de María es pedir un corazón más parecido al suyo: limpio
para amar, humilde para obedecer, fuerte para sufrir, atento para escuchar,
generoso para servir y fiel para seguir a Cristo hasta el final.
Que
María nos ayude a no vivir superficialmente la fe. Que nos enseñe a meditar la
Palabra, a conservarla en el corazón y a descubrir la presencia de Dios incluso
cuando no comprendemos todo. Que su Corazón Inmaculado interceda por nosotros,
por la Iglesia y por el mundo entero, para que el amor misericordioso de Cristo
llegue a todos.
Inmaculado
Corazón de María, ruega por nosotros. Amén.


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