miércoles, 29 de julio de 2026

30 de julio del 2026: jueves de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia, memoria opcional

 

Testigo de la fe:

San Pedro Crisólogo


Hacia 380–hacia 451.

«Hombre, ¿por qué buscas saber cómo fuiste hecho y no buscas para qué fuiste hecho?», preguntaba este obispo de Rávena, apodado «Crisólogo», es decir, «Palabra de oro», por la elocuencia y profundidad de su predicación.

La liturgia de este día nos ayuda a responder a esa pregunta. Mediante la imagen del alfarero, el profeta Jeremías nos recuerda que somos como barro en las manos de Dios: incluso cuando nuestra vida parece haber perdido su forma, el Señor no nos rechaza, sino que puede retomarnos, moldearnos y hacer de nosotros una obra nueva. El salmo nos invita, por tanto, a no poner nuestra confianza en los poderosos de este mundo, sino en el Señor, Creador fiel, que permanece como nuestra única esperanza.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que recoge toda clase de peces. Llegará un día en que el bien será separado del mal. Esta palabra no pretende asustarnos, sino llamarnos a la conversión: dejémonos modelar hoy por Dios, para que nuestra vida responda a la finalidad para la cual fuimos creados. San Pedro Crisólogo nos recuerda así que el ser humano solo descubre plenamente quién es cuando se vuelve hacia su Creador y acoge su llamada a la santidad.

 


Tomarse el tiempo

(Jr 18,1-6 / Sal 146(145),1b-2.3-4.5-6 (R. 5a) /
Mt 13,47-53)
Después de la pesca, es necesario sacar la red hasta la orilla, sentarse y recoger en canastos los peces buenos. ¿Respetamos cada una de estas etapas o queremos siempre ir demasiado rápido, juzgar demasiado rápido y decidir demasiado rápido?

En la primera lectura, Dios invita a Jeremías a bajar al taller del alfarero. Este trabaja el barro con paciencia y, cuando la vasija se estropea, no la desecha: vuelve a comenzar y le da una forma nueva. Así actúa el Señor con nosotros. Se toma el tiempo de retomarnos, corregirnos y modelarnos según su designio.

El salmo nos recuerda que nuestra confianza no debe apoyarse en los poderosos, sino en Dios, nuestro Creador, que permanece fiel y cuida la vida de sus hijos.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino con una red que recoge peces de toda clase. La selección solo se realiza cuando la red ha sido llevada hasta la orilla. Por eso, no estamos llamados a condenar precipitadamente, sino a vivir en la paciencia, la conversión y la fidelidad. Solo Dios conoce plenamente los corazones. Dejémosle tiempo para moldearnos y aprendamos también nosotros a tomarnos el tiempo necesario para discernir, perdonar y hacer crecer el bien.

G.Q

 

 

Primera lectura

Jer 18, 1-6

Lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi mano

Lectura del libro de Jeremías.

PALABRA que el Señor dirigió a Jeremías:
«Anda, baja al taller del alfarero, que allí te comunicaré mi palabra».
Bajé al taller del alfarero, que en aquel momento estaba trabajando en el torno. Cuando le salía mal una vasija de barro que estaba torneando (como suele ocurrir al alfarero que trabaja con barro), volvía a hacer otra vasija, tal como a él le parecía.
Entonces el Señor me dirigió la palabra en estos términos:
«¿No puedo yo tratarlos como este alfarero, casa de Israel?
—oráculo del Señor—.
Pues lo mismo que está el barro en manos del alfarero, así están ustedes en mi mano, casa de Israel».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 145, 1b-2. 3-4. 5-6ab (R.: 5a)

R. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaba, alma mía, al Señor:
alabaré al Señor mientras viva,
tañeré para mi Dios mientras exista. 
R.

V. No confíen en los príncipes,
seres de polvo que no pueden salvar;
exhalan el espíritu y vuelven al polvo,
ese día perecen sus planes.
 R.

V. Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob,
el que espera en el Señor, su Dios,
que hizo el cielo y la tierra,
el mar y cuanto hay en él.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Abre, Señor, nuestro corazón,
para que aceptemos las palabras de tu Hijo. 
R.

 

Evangelio

Mt 13, 47-53

Reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«El reino de los cielos se parece también a la red que echan en el mar y recoge toda clase de peces: cuando está llena, la arrastran a la orilla, se sientan y reúnen los buenos en cestos y los malos los tiran.
Lo mismo sucederá al final de los tiempos: saldrán los ángeles, separarán a los malos de los buenos y los echarán al horno de fuego. Allí será el llanto y el rechinar de dientes.
¿Han entendido todo esto?».
Ellos le responden:
«Sí».
Él les dijo:
«Pues bien, un escriba que se ha hecho discípulo del reino de los cielos es como un padre de familia que va sacando de su tesoro lo nuevo y lo antiguo».
Cuando Jesús acabó estas parábolas, partió de allí.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a aprender a tomarnos el tiempo necesario: tiempo para dejarnos transformar por Dios, tiempo para discernir, tiempo para evangelizar y tiempo para acompañar con paciencia las vocaciones que el Señor sigue sembrando en su Iglesia.

En la primera lectura, el profeta Jeremías baja al taller del alfarero. Allí contempla cómo el artesano trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija no sale bien, no la arroja ni abandona la obra. Vuelve a comenzar y modela con la misma arcilla un recipiente nuevo.

Esta imagen revela la paciencia y la misericordia de Dios. Nosotros somos el barro y el Señor es el alfarero. A veces nuestra vida se deforma por el pecado, las decisiones equivocadas, el cansancio, las heridas o la falta de fe. Pero Dios no nos desecha. Nos toma nuevamente entre sus manos, nos corrige, nos purifica y puede hacer de nosotros una obra nueva.

También la Iglesia está siempre en las manos de ese divino Alfarero. Ella necesita dejarse renovar constantemente para cumplir su misión. La evangelización no es únicamente fruto de planes, estrategias o capacidades humanas. Es obra de Dios, realizada a través de personas que permiten que el Señor las moldee.

Por eso hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Pedimos que nuestras comunidades no se cansen de anunciar el Evangelio, de visitar a los enfermos, de acompañar a los jóvenes, de enseñar la fe, de consolar a quienes sufren y de buscar a quienes se han alejado.

El salmo nos recuerda: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios». Nuestra esperanza no puede descansar solamente en las fuerzas humanas ni en los poderosos de este mundo. La misión de la Iglesia se sostiene en la fidelidad del Señor, que creó el cielo y la tierra, guarda fidelidad perpetuamente y levanta a los abatidos.

Cuando faltan fuerzas, recursos o personas, podríamos sentirnos desanimados. Sin embargo, la evangelización no depende únicamente de nosotros. Es Dios quien abre caminos, toca los corazones y hace fecunda la semilla de su Palabra.

En el Evangelio, Jesús compara el Reino de los cielos con una red que se echa al mar y recoge peces de todas clases. Después, los pescadores llevan la red a la orilla, se sientan y separan los peces buenos de los que no sirven.

Hay aquí un detalle muy hermoso: los pescadores se sientan. No realizan la selección con precipitación. Se toman el tiempo necesario. Jesús nos recuerda así que el juicio definitivo corresponde a Dios. Nosotros no hemos sido enviados a condenar apresuradamente a las personas, sino a echar la red del Evangelio.

La Iglesia es esa red abierta que debe alcanzar a todos: buenos y pecadores, creyentes y alejados, fuertes y débiles, jóvenes y ancianos. Evangelizar significa salir al mar de la vida y ofrecer a todos la posibilidad de encontrarse con Cristo.

A veces podemos caer en la tentación de seleccionar antes de tiempo, de decidir quién merece acercarse a Dios y quién no. Pero la misión de la Iglesia no consiste en cerrar la red, sino en hacerla cada vez más amplia, acogedora y misionera. Será Dios quien, al final, juzgue con verdad y misericordia.

Hoy celebramos la memoria de san Pedro Crisólogo, obispo y doctor de la Iglesia, conocido como «el hombre de la palabra de oro». Su predicación fue sencilla, profunda y capaz de llevar el Evangelio al corazón de las personas. Él decía: «Hombre, ¿por qué buscas cómo fuiste hecho y no buscas para qué fuiste hecho?».

Esta pregunta tiene un profundo sentido vocacional. No basta con preguntarnos de dónde venimos o qué capacidades poseemos. Debemos preguntarnos: «Señor, ¿para qué me has creado? ¿Qué esperas de mí? ¿Cuál es mi lugar en tu Iglesia?».

Toda vocación comienza cuando una persona se deja tomar y modelar por Dios. El sacerdote, el religioso, la religiosa, el misionero, el catequista, los esposos cristianos y cada bautizado son barro en las manos del Alfarero. Nadie nace terminado. Dios nos forma lentamente mediante la oración, la Palabra, los sacramentos, las pruebas y el servicio cotidiano.

Por eso hoy pedimos especialmente por las vocaciones sacerdotales y religiosas. Rogamos al Señor que llame a muchos jóvenes y que les conceda valentía para responder. Pero también pedimos que nuestras familias y comunidades sepan acompañarlos con paciencia, sin imponer, sin presionar y sin apagar la voz de Dios.

Una vocación necesita tiempo para crecer, como el barro necesita tiempo para adquirir forma y como la red necesita tiempo para llegar a la orilla. Debemos sembrar, acompañar, escuchar y confiar en la obra silenciosa del Señor.

Pidamos en esta Eucaristía que san Pedro Crisólogo interceda por todos los evangelizadores. Que nuestras palabras no sean vacías, sino palabras nacidas de la oración, de la verdad y del amor. Que el Señor haga de nosotros instrumentos dóciles en sus manos.

Dejémonos modelar por Dios. No juzguemos precipitadamente. Echemos con esperanza la red del Evangelio. Y pidamos al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies, para que todos puedan conocer, amar y seguir a Jesucristo. Amén.

 

 

2

 

Vivir en el Reino

Queridos hermanos:

Jesús dijo a sus discípulos: «El Reino de los cielos se parece a una red que se echa al mar y recoge peces de toda clase. Cuando está llena, la arrastran hasta la orilla, se sientan y reúnen los buenos en canastos, mientras que los malos los tiran» (Mt 13,47-48).

El Evangelio de hoy concluye una serie de parábolas sobre el Reino de los cielos y nos ofrece una profunda meditación sobre el juicio final, la llamada al discipulado y la armoniosa relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento para llegar al conocimiento de la Verdad divina.

Después de terminar estas parábolas, Jesús se vuelve hacia sus oyentes y les dirige una pregunta decisiva: «¿Han entendido todo esto?». Ellos le responden: «Sí».

Esa misma pregunta se dirige hoy a cada uno de nosotros: «¿Han entendido todo esto?» ¿Comprendemos realmente el sentido de las parábolas de Jesús? ¿Alcanzamos a descubrir las verdades gloriosas del Reino de los cielos? Y, más importante todavía, ¿permitimos que esas verdades modelen nuestra manera de vivir cada día?

En la vida de la gracia, comprender no se reduce a una captación intelectual. Significa recibir una luz interior, concedida por el Espíritu Santo, que penetra el alma y la capacita para acoger y vivir las verdades reveladas por Dios. No se trata únicamente de aprender algo en un libro o en una clase, sino de dejarnos transformar por aquello que conocemos.

La primera lectura nos presenta precisamente esta acción transformadora de Dios. El profeta Jeremías desciende al taller del alfarero y contempla cómo este trabaja el barro entre sus manos. Cuando la vasija se estropea, el alfarero no arroja la arcilla, sino que vuelve a modelarla y hace con ella otra vasija según le parece mejor.

Así actúa el Señor con nosotros. Somos barro en sus manos. Nuestra vida puede deformarse por el pecado, las malas decisiones, las heridas, el cansancio o la dureza del corazón. Pero Dios no nos abandona. Nos toma de nuevo, nos corrige, nos purifica y nos da una forma nueva.

Comprender el Reino significa, por tanto, dejarnos modelar por Dios. No basta con escuchar su Palabra; es necesario permitir que ella cambie nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestras decisiones y nuestras acciones.

El don espiritual de entendimiento, uno de los siete dones del Espíritu Santo, capacita al alma para percibir el sentido más profundo de las verdades divinas. Es una gracia por la cual Dios mismo se convierte en nuestro Maestro, desvelando misterios ocultos a los sabios de este mundo y revelándolos a los humildes de corazón.

Este don no se nos concede para sentirnos superiores, sino para nuestra santificación: para que aquello que comprendemos interiormente pueda ser vivido exteriormente, transformando toda nuestra existencia conforme a la voluntad de Dios.

El salmo nos recuerda dónde debemos colocar nuestra confianza: «Dichoso a quien auxilia el Dios de Jacob, el que espera en el Señor, su Dios». No debemos apoyar nuestra vida únicamente en la inteligencia humana, en nuestras propias capacidades o en los poderosos de este mundo. Nuestra esperanza está en el Señor, creador del cielo y de la tierra, que mantiene su fidelidad perpetuamente.

Solo cuando confiamos humildemente en Dios comenzamos a entender verdaderamente. La fe no elimina todas las preguntas, pero nos permite contemplar la vida desde una luz nueva. Nos enseña que no estamos abandonados, que nuestra historia está en manos del Alfarero y que incluso nuestras pruebas pueden convertirse en caminos de transformación.

Después de conducir a sus discípulos hacia esta comprensión más profunda, Jesús concluye: «Todo escriba que se ha hecho discípulo del Reino de los cielos se parece al dueño de una casa que saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas» (Mt 13,52).

En otras palabras, quienes han sido verdaderamente formados en los misterios del Reino, quienes comprenden no solo con la mente sino también con un corazón conformado a la Verdad divina, se convierten en administradores de la Palabra de Dios y ciudadanos de su Reino.

Son capaces de extraer tesoros nuevos y antiguos: la antigua sabiduría de la Ley y los Profetas, y la vida nueva de la gracia revelada en Cristo. El discípulo cristiano interpreta lo antiguo a la luz de lo nuevo, contempla cómo las promesas de la antigua alianza se cumplen en Jesús y aplica toda la Sagrada Escritura a su vida diaria para alimentar también a los demás.

Ese discípulo se convierte en el dueño de una casa al que se le han confiado riquezas espirituales para compartir. Su propia vida demuestra que la verdadera comprensión siempre produce el fruto de una conducta fiel.

La parábola de la red nos recuerda, además, que el Reino acoge peces de toda clase. La red se lanza al mar y recoge a todos. Sin embargo, llegará el momento del discernimiento definitivo. Al final de los tiempos, Dios separará el bien del mal.

Esta palabra no pretende llenarnos de temor, sino despertarnos a la responsabilidad. Mientras vivimos, todavía estamos en las manos del Alfarero. Todavía podemos dejarnos transformar. Todavía podemos volver al Señor, convertirnos y permitir que su gracia nos haga nuevos.

Comprender el Evangelio significa saber que nuestras decisiones tienen un peso eterno. No podemos declararnos ciudadanos del Reino mientras vivimos voluntariamente alejados de sus valores. El Reino debe hacerse visible en nuestra misericordia, en nuestra justicia, en nuestra fidelidad, en nuestra oración y en nuestra forma de tratar a los demás.

Todo esto puede parecernos complicado, y ciertamente lo será si dependemos únicamente de nuestro propio esfuerzo. Ese camino termina en frustración. Pero cuando nos humillamos y abrimos la mente y el corazón al Espíritu Santo, los misterios de Dios no solo comienzan a tener sentido, sino que se convierten en fuente de alegría, fortaleza y propósito.

Entonces comprendemos que hemos sido creados para algo más grande que nosotros mismos. Hemos sido hechos para conocer a Dios, amarlo, servirlo y vivir eternamente en su Reino.

Hoy Jesús nos dirige nuevamente su sencilla y profunda pregunta: «¿Han entendido todo esto?».

¿Tiene sentido nuestra vida a la luz de la fe? ¿Surgen preguntas o dudas? ¿Las pruebas y las cargas pesan sobre nuestra alma? ¿O hemos permitido que Dios nos hable, nos revele el sentido de nuestra existencia, nos fortalezca en el camino y nos introduzca cada vez más profundamente en el misterio glorioso de su Reino?

Pidamos al Señor que nos conceda todo lo necesario para poder decirle con sinceridad y humildad: «Sí, Señor, comprendo; creo y elijo vivir como Tú me llamas a vivir».

No hay nada más grande en la vida que esto: dejarnos modelar por Dios, comprender su Palabra y vivir como verdaderos ciudadanos de su Reino. Amén.

 

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30 de julio: San Pedro Crisólogo, Obispo y Doctor de la Iglesia — Memoria opcional
c. 380 o 406 – c. 450
Patrono de Imola, Italia
Invocado contra las fiebres y los perros rabiosos
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Benedicto XIII en 1729




Cita:

“Te exhortamos en todo, honorable hermano, a obedecer lo que ha sido escrito por el santísimo papa de la ciudad de Roma, porque el bienaventurado Pedro, que vive y preside en su propia sede, proporciona la verdad de la fe a quienes la buscan. Pues nosotros, por amor a la paz y la fe, no podemos juzgar cuestiones de fe sin el consentimiento del obispo de Roma.”
~San Pedro Crisólogo, Carta a Eutiques


Reflexión:

San Pedro Crisólogo nació en Imola, en la actual Italia, durante un período de gran agitación en la Iglesia y en el Imperio Romano. En el año 410, cuando Pedro tenía aproximadamente cuatro años, Roma fue saqueada por los visigodos, lo que dio paso a una época de corrupción política y dificultades económicas. También fue una era marcada por emperadores romanos de breve y débil mandato, lo que agudizó la inestabilidad general.

A nivel eclesial, el arrianismo y otras herejías provocaban divisiones profundas, especialmente entre Oriente y Occidente. Pedro fue testigo del surgimiento de nuevas herejías y se convirtió en un ardiente defensor de la fe de la Iglesia. No existen datos fiables sobre su juventud, ni siquiera sobre su fecha exacta de nacimiento, que varía entre los años 380 y 406.

En Imola, Pedro desarrolló una estrecha relación con el obispo local, Cornelio, quien se cree que lo bautizó, educó y ordenó como archidiácono para la diócesis de Imola. Pedro consideraba a Cornelio como su padre espiritual y elogiaba su virtud manifiesta.

Hacia el año 433, al fallecer el obispo de Rávena, el clero y el pueblo de esa diócesis buscaron un nuevo pastor. Solicitaron al obispo Cornelio que fuera a Roma para obtener el consentimiento del Papa Sixto III sobre el candidato elegido por ellos. Según la tradición, Cornelio llevó consigo al archidiácono Pedro. La noche antes de reunirse con el papa, este tuvo una visión en la que vio a san Pedro Apóstol y a san Apolinar, el primer obispo de Rávena, con el archidiácono Pedro de pie junto a Apolinar. Al día siguiente, al ver a Pedro junto a Cornelio, el papa lo eligió como nuevo obispo de Rávena.

Rávena, en ese entonces capital del Imperio Romano de Occidente, permitió al nuevo obispo entrar en contacto con el emperador. Tras su ordenación episcopal, Pedro fue admirado por su predicación y su estilo de vida santo y penitente. También se ganó el aprecio del emperador cristiano Valentiniano III y de su piadosa madre, Gala Placidia. Es posible que haya sido ella quien le otorgó el sobrenombre “Crisólogo”, que significa “boca de oro”, en referencia a su poderoso estilo de predicación.

Pedro Crisólogo pronunció sermones singulares, de los cuales se conservan aproximadamente 176. Eran breves, con fundamento en las Escrituras, y a menudo centrados en la Persona de Cristo y las consecuencias de su Encarnación. Su enfoque era eminentemente evangélico: buscaba tocar corazones y mover voluntades, más que elaborar tratados teológicos. Gala, activamente comprometida en obras de caridad y en la construcción de iglesias, colaboró con él en la edificación de varios templos en Rávena.

Durante ese período, la Iglesia enfrentaba nuevas controversias sobre la naturaleza de Cristo. Surgió la herejía conocida como monofisismo. Eutiques, un monje de Constantinopla, enseñaba que, tras la Encarnación, la naturaleza humana de Cristo fue absorbida por su naturaleza divina, resultando en una sola naturaleza divina. Aunque distinta del arrianismo —que negaba la divinidad de Cristo—, esta herejía igualmente contradecía la doctrina ortodoxa definida en el Concilio de Nicea (325), que afirmaba las dos naturalezas de Cristo, divina y humana, unidas perfectamente en una sola Persona.

Cuando Eutiques buscó apoyo para su postura herética, Pedro le escribió una carta firme pero compasiva, exhortándolo a someterse a la autoridad del papa. Aunque la carta se ha perdido, parte de su contenido fue conservado en las Actas del Concilio de Calcedonia.

San Pedro Crisólogo comprendía profundamente la importancia de la precisión doctrinal. Reconocía que Jesucristo era el Hijo de Dios, plenamente divino, consustancial con el Padre y el Espíritu Santo. Al mismo tiempo, afirmaba que el Hijo eterno asumió la naturaleza humana, uniendo en sí mismo la divinidad y la humanidad para redimir al hombre. Por tanto, Jesús era verdadero Dios y verdadero hombre, uniendo en su Persona ambas naturalezas para ofrecer la salvación.

Como obispo de Rávena, Pedro defendió con vigor la fe pura contra el monofisismo y presentó a Cristo Salvador a través de sus homilías breves, profundas y bien articuladas. Aunque murió antes de que la Iglesia condenara oficialmente el monofisismo en el Concilio de Calcedonia (451), sus cartas, sermones e influencia prepararon el camino para que otros siguieran la doctrina verdadera.

Durante sus aproximadamente 27 años como obispo, promovió intensamente las prácticas religiosas como la comunión diaria, el ayuno, la limosna, la penitencia cuaresmal y la piedad personal, con un constante enfoque en la salvación de las almas.

No fue sino hasta 1729 cuando el papa Benedicto XIII lo declaró Doctor de la Iglesia. Este reconocimiento subraya el valor duradero de sus enseñanzas. Aunque vivió hace más de 1500 años, su doctrina sobre Cristo sigue siendo relevante, clara y profunda. Sus palabras todavía resuenan en documentos oficiales de la Iglesia, en el Oficio de Lecturas y en la lectura espiritual.

Al honrar hoy a este obispo del siglo V, recordamos que la verdad es eterna. Ya venga del Antiguo Testamento, del Nuevo, de los Padres de la Iglesia o de un obispo del siglo V, cuando se proclama la verdad, es válida para todas las épocas. Reflexionemos sobre la clara comprensión de la naturaleza de Cristo que San Pedro Crisólogo defendió y enseñó con pasión. Demos gracias por los grandes santos que allanaron el camino de la fe, construyendo la base de verdad sobre la cual hoy nosotros caminamos.


Oración:

San Pedro Crisólogo, tú fuiste un firme defensor de la verdadera naturaleza de Cristo, un predicador elocuente y un pastor entregado a la salvación de las almas.
Ruega por mí, para que yo llegue a comprender más profundamente el misterio de Cristo y, con esa comprensión, pueda entregarme más plenamente a su servicio.

San Pedro Crisólogo, ruega por mí.
Jesús, en ti confío.

martes, 28 de julio de 2026

29 de julio del 2026: santos Marta, María y Lázaro, amigos de Jesús


Testigos de la fe:

Santos Marta, María y Lázaro


Los nombres de Marta, María y Lázaro evocan la casa amiga de Betania, donde Jesús encontraba acogida, escucha y afecto. Cada uno representa una forma de recibir al Señor: Marta en el servicio, María en la escucha y Lázaro en la amistad.

El Evangelio presenta a Marta en medio del dolor por la muerte de su hermano. Aun herida, conserva la fe y escucha de Jesús estas palabras: «Yo soy la resurrección y la vida». Su respuesta es una verdadera profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

La primera lectura resume el corazón de esta memoria: «Dios es amor». Quien permanece en el amor permanece en Dios. El salmo invita a bendecir al Señor y a gustar su bondad.

Marta, María y Lázaro nos enseñan que todo hogar cristiano puede convertirse en una Betania: un lugar donde Cristo sea acogido, escuchado, servido y amado. También nos recuerdan que la fe no elimina el sufrimiento, pero lo ilumina con la esperanza de la resurrección.

G.Q

 


Cada uno por su camino


 (1Jn 4,7-16 / Sal 34(33),2-3.4-5.6-7. 8-9.10-11 (R. 2a) /
Jn 11,19-27 o Lc 10,38-42)

Marta y María: tanto en una como en la otra encontramos la misma apertura de corazón y el mismo deseo de servir a Cristo. Sin embargo, sus maneras de hacerlo son muy diferentes. Marta sale al encuentro de Jesús, le habla con franqueza y profesa su fe: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». María, más silenciosa y contemplativa, permanece en la escucha y la adoración. Una sirve y la otra escucha; ambas aman al Señor.

La primera lectura nos recuerda que «Dios es amor» y que quien permanece en el amor permanece en Dios. Esto es lo que une a las dos hermanas: más allá de sus diferencias, acogen el mismo amor y procuran responderle cada una según su propio camino.

El salmo nos invita a bendecir al Señor en todo momento y a gustar su bondad. Marta, María y Lázaro vivieron esta experiencia en su casa de Betania, convertida en un lugar de amistad, fe y esperanza.

Su memoria nos enseña que no existe una única manera de seguir a Jesús. Cada uno avanza con sus dones, su temperamento y su vocación, siempre que mantenga el corazón abierto al amor de Dios y al servicio de los demás.



Primera lectura

1 Jn 4, 7-16

Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros

Lectura de la primera carta del apóstol san Juan.

QUERIDOS hermanos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.
En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios envió al mundo a su Unigénito, para que vivamos por medio de él.
En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados.
Queridos hermanos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros.
A Dios nadie lo ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
En esto conocemos que permanecemos en él, y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo para ser Salvador del mundo.
Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él, y él en Dios.
Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene y hemos creído en él. Dios es amor, y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 33, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9. 10-11 (R.: 2a; 9a)

R. Bendigo al Señor en todo momento.

O bien:

R. Gusten y vean qué bueno es el Señor.

V. Bendigo al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.

V. Proclamen conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.

V. Contémplenlo, y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.

V. El ángel del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R

V. Todos sus santos, teman al Señor,
porque nada les falta a los que le temen;
los ricos empobrecen y pasan hambre,
los que buscan al Señor no carecen de nada. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.


Evangelio

Jn 11, 19-27 (opción 1)

Creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, muchos judíos habían ido a ver a Marta
y a María para darles el pésame por su hermano.
Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió
a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo
Marta a Jesús:
«Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano.
Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios,
Dios te lo concederá».
Jesús le dijo:
«Tu hermano resucitará».
Marta respondió:
«Sé que resucitará en la resurrección en el último día».
Jesús le dijo:
«Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?».
Ella le contestó:
«Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Palabra del Señor.


Lc 10, 38-42  (opción 2)

Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas


Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, entró Jesús en una aldea, y una mujer llamada Marta lo recibió en su casa.
Esta tenía una hermana llamada María, que, sentada junto a los pies del Señor, escuchaba su palabra.
Marta, en cambio, andaba muy afanada con los muchos servicios; hasta que, acercándose, dijo:
«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola para servir? Dile que me eche una mano».
Respondiendo, le dijo el Señor:
«Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria. María, pues, ha escogido la parte mejor, y no le será quitada».

Palabra del Señor.


1

 

Una casa abierta al amor, la fe y la esperanza

 

Hermanos:

Hoy celebramos la memoria de los santos Marta, María y Lázaro, tres hermanos de Betania unidos por una profunda amistad con Jesús. Su casa era un lugar especial para el Señor: allí encontraba acogida, descanso, conversación, escucha y cariño. No era una familia perfecta ni estaba libre de dificultades, pero tenía algo esencial: había abierto sus puertas a Cristo.

Cada uno de ellos nos muestra una manera distinta y complementaria de relacionarnos con Jesús. Marta lo recibe mediante el servicio; María, por medio de la escucha atenta; y Lázaro, con una amistad sencilla y cercana. En ellos comprendemos que la fe no se vive de una sola manera. Hay momentos para servir, momentos para escuchar y momentos para permanecer junto al Señor en una amistad silenciosa y confiada.

La primera lectura nos ofrece la clave para entender esta memoria: «Dios es amor». San Juan no dice solamente que Dios ama, sino que Dios mismo es amor. Todo lo que procede verdaderamente de Dios conduce al amor, a la comunión, al servicio, a la misericordia y al cuidado de los demás.

Pero este amor no puede quedarse en palabras bonitas o en sentimientos pasajeros. La lectura afirma que, si Dios nos ha amado de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. El amor cristiano se hace concreto cuando acompañamos a quien está solo, escuchamos al que necesita hablar, perdonamos, servimos sin buscar recompensa y cuidamos con paciencia a quien atraviesa una enfermedad.

Por eso, la casa de Betania se convierte en una imagen de toda familia y de toda comunidad cristiana. Una comunidad auténticamente cristiana no es solamente aquella donde se reza, sino también aquella donde las personas se sienten acogidas, escuchadas y acompañadas. Donde hay amor verdadero, allí Dios permanece.

El salmo responde a esta lectura con una invitación llena de confianza: «Bendigo al Señor en todo momento». Bendecir al Señor en los momentos felices resulta sencillo; hacerlo en medio de la enfermedad, del miedo o del dolor exige una fe más profunda. No significa negar el sufrimiento ni aparentar que todo está bien. Significa reconocer que, incluso cuando no comprendemos lo que sucede, Dios no nos abandona.

El salmista añade: «Gusten y vean qué bueno es el Señor». La bondad de Dios puede experimentarse de muchas maneras: en la fortaleza para continuar, en la compañía de una persona, en la ternura de quien cuida, en la oración de una comunidad o en la paz interior que el Señor concede aun cuando la enfermedad no desaparece inmediatamente.

En el Evangelio encontramos a Marta atravesando uno de los momentos más dolorosos de su vida: su hermano Lázaro ha muerto. Cuando Jesús llega, ella sale a su encuentro y le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En esas palabras hay tristeza, desconcierto y hasta una especie de reproche, pero también hay confianza. Marta no se aleja de Jesús por su dolor; se acerca a él y le abre el corazón.

Esto también nos enseña a orar. Podemos presentarnos delante del Señor tal como estamos. Podemos hablarle de nuestras preguntas, de nuestras lágrimas, de aquello que no comprendemos. La fe no consiste en esconder el dolor, sino en llevarlo hasta Cristo.

Entonces Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida». No le ofrece solamente una explicación, sino que se ofrece a sí mismo. La esperanza cristiana no consiste únicamente en pensar que todo saldrá como nosotros deseamos. Nuestra esperanza está en una persona: Jesucristo, que permanece a nuestro lado y cuya vida es más fuerte que la enfermedad, el sufrimiento y la muerte.

Marta responde con una gran profesión de fe: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios». Aquella mujer conocida por su servicio aparece también como una creyente firme. Su dolor no ha destruido su fe; la ha llevado a confiar más profundamente.

Hoy nuestra intención orante es por los enfermos. Pensemos en quienes están en un hospital, en quienes esperan un diagnóstico o un tratamiento, en los enfermos crónicos, en quienes sufren dolores que otros no perciben y en quienes padecen angustia, depresión, soledad o cansancio interior. Oremos también por sus familias, que muchas veces comparten la incertidumbre y el agotamiento, y por médicos, enfermeros, cuidadores y todas las personas que dedican su vida a aliviar el sufrimiento.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía. Tal vez no podemos curar una enfermedad, pero sí podemos visitar, llamar, escuchar, llevar un alimento, ofrecer ayuda o simplemente permanecer junto a quien sufre. A veces, la medicina que más necesita una persona es saber que no está sola.

Que los santos Marta, María y Lázaro nos ayuden a convertir nuestros hogares y comunidades en nuevas Betanias: lugares donde Jesús sea recibido con amor, donde su Palabra sea escuchada, donde el servicio sea generoso y donde los enfermos encuentren consuelo, compañía y esperanza.

Y que, aun en medio de nuestras pruebas, podamos decir con Marta: «Sí, Señor, yo creo».

Amén.

 

2

 

Amigos del Señor

 

«Muchos judíos habían ido a casa de Marta y María para consolarlas por la muerte de su hermano. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa»

(Jn 11,19-20).

Hermanos:

El Evangelio de la memoria que hoy celebramos comienza en medio del dolor. Lázaro ha muerto y muchas personas se han reunido alrededor de Marta y María para consolarlas. El sufrimiento congrega a la comunidad y prepara el escenario para que se manifieste la acción de Dios. Mientras Jesús se acerca a la casa, encuentra tristeza y lágrimas; sin embargo, está dispuesto a transformar aquella casa de duelo en una casa de esperanza y alegría.

Marta, María y Lázaro eran hermanos y amigos cercanos de Jesús. El Señor y sus discípulos visitaron su hogar en varias ocasiones y recibieron allí una hospitalidad generosa. Aunque conocemos poco sobre la personalidad de Lázaro, los rasgos de Marta y María se revelan con mayor claridad en sus encuentros con Jesús.

Marta aparece como una mujer activa, práctica y hospitalaria. Habla de manera directa y abierta, incluso en medio de su dolor. Cuando sale al encuentro de Jesús, le dice: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». En sus palabras percibimos tristeza y desconcierto, pero también confianza. Marta no se aleja del Señor a causa de su sufrimiento; por el contrario, se acerca a él y le abre el corazón.

Jesús la conduce entonces a una fe más profunda. Marta cree que su hermano resucitará al final de los tiempos, pero Jesús le revela algo mayor: «Yo soy la resurrección y la vida». La esperanza cristiana no consiste solamente en creer que algún día todo cambiará, sino en confiar en Jesucristo, que está presente aquí y ahora, y cuya vida es más fuerte que la muerte.

Marta responde con una de las profesiones de fe más hermosas del Evangelio: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Sus palabras y acciones manifiestan un corazón lleno de fe, aunque todavía no comprenda plenamente el misterio que está a punto de desarrollarse ante sus ojos.

María, en cambio, aparece como una mujer más contemplativa y reservada. Es la que se había sentado a los pies de Jesús para escuchar sus palabras mientras Marta servía. En la escena de hoy permanece en casa, probablemente sumergida en un dolor silencioso. Más adelante, cuando también salga al encuentro del Señor, expresará su fe y su amor postrándose a sus pies entre lágrimas.

Estas dos hermanas revelan dimensiones distintas y complementarias del discipulado: la acción y la contemplación, la palabra y el silencio, el servicio del amor y la adoración del corazón. Cada una respondió a Jesús según su manera de ser, y ambas fueron profundamente amadas por él.

También nosotros tenemos personalidades, capacidades y formas diferentes de vivir la fe. Algunos expresan su amor sirviendo, organizando y ayudando; otros lo hacen mediante la oración, la escucha y la contemplación. Jesús no pretende que todos seamos iguales. Él acoge nuestra historia, nuestras cualidades, nuestros dolores y nuestra manera particular de acercarnos a él. Seamos más parecidos a Marta o a María, el Señor nos invita a acercarnos y a confiar en que él es «la resurrección y la vida».

La primera lectura nos ayuda a comprender el corazón de esta amistad: «Dios es amor». San Juan nos recuerda que el amor no nace primero de nosotros, sino de Dios: «Él nos amó primero y envió a su Hijo». Marta, María y Lázaro pudieron amar a Jesús porque antes se dejaron amar por él.

La lectura añade: «Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros». Por eso, la casa de Betania no era solamente una vivienda donde Jesús encontraba alimento y descanso. Era un lugar donde el amor de Dios se hacía visible en la hospitalidad, la escucha, la amistad y el cuidado mutuo.

También nuestras familias y comunidades están llamadas a convertirse en nuevas Betanias. Allí donde se recibe al otro con respeto, donde se escucha a quien sufre, donde se sirve con generosidad y se acompaña al que está solo, Dios permanece y hace su morada.

Del mismo modo, el salmo nos invita: «Bendigo al Señor en todo momento; su alabanza está siempre en mi boca». No resulta difícil bendecir a Dios cuando todo marcha bien. La fe verdadera se pone a prueba cuando aparecen la enfermedad, la pérdida, la soledad y el sufrimiento.

Marta y María están atravesando una hora oscura. Sin embargo, en medio de su dolor, salen al encuentro de Jesús. El salmista proclama: «Consulté al Señor y me respondió, me libró de todas mis ansias». Esto no significa que Dios nos evite todas las dificultades, sino que nunca nos abandona y nos sostiene en medio de ellas.

El salmo también nos dice: «Gusten y vean qué bueno es el Señor». La familia de Betania había experimentado esa bondad en la amistad cotidiana con Jesús: en las comidas compartidas, en su palabra, en su presencia y ahora también en medio del llanto. La bondad de Dios no desaparece cuando llega la prueba; muchas veces se revela precisamente en la fuerza que recibimos, en la compañía de los hermanos y en la esperanza que renace.

Aunque sabemos poco acerca de Lázaro, conocemos algo esencial: Jesús lo amaba profundamente. Cuando llegó frente a su sepulcro y contempló el dolor de sus hermanas, el Evangelio dice: «Jesús lloró». Es el versículo más breve de la Escritura, pero también uno de los más profundos.

Jesús no es indiferente ante nuestro sufrimiento. No observa nuestras lágrimas desde lejos. Llora con quienes lloran, comparte el dolor humano y se conmueve ante la muerte de su amigo. En este gesto contemplamos la humanidad verdadera y el corazón compasivo del Señor.

Pero Jesús no solo llora. También llama a Lázaro para que salga del sepulcro. Su resurrección es una anticipación de la propia resurrección de Cristo y una señal poderosa de su autoridad divina sobre la muerte.

Lázaro se convierte así en un testigo viviente del poder de Jesús. Su sola presencia despertaba tanto asombro que los sumos sacerdotes llegaron a planear también su muerte. Sin pronunciar grandes discursos, Lázaro anunciaba con su vida que Cristo tiene poder para vencer la muerte.

Por eso, Lázaro es un signo silencioso pero luminoso de esperanza: pasó por la oscuridad del sepulcro y fue llamado nuevamente a la vida por la voz del Hijo de Dios. Su historia nos recuerda que también en nuestros sepulcros de sufrimiento, desesperanza, pecado o desánimo, Jesús se acerca para llamarnos y ofrecernos una vida nueva.

Estos tres hermanos nos revelan, además, la profunda humanidad de Cristo. Jesús compartió su amistad, pasó tiempo con ellos, los escuchó, comió en su casa, recibió su afecto y se dejó tocar por sus vidas. En ellos contemplamos el amor tierno que Jesús siente también por nosotros: un amor personal, cercano y profundamente humano.

La casa de Betania fue un lugar donde Jesús encontraba descanso y compañía en medio de las exigencias de su ministerio público. Esto nos recuerda que el Señor no desea solamente nuestra adoración, sino también nuestra amistad. Quiere habitar en la casa de nuestro corazón, compartir nuestras alegrías y tristezas y caminar con nosotros en cada momento de la vida.

La santidad, por tanto, no es algo lejano o abstracto. Se descubre en la vida cotidiana, en la hospitalidad, en la oración, en el servicio, en la amistad y en una fe sincera. Marta, María y Lázaro fueron santos no porque vivieran lejos de los problemas, sino porque hicieron espacio para Jesús dentro de su realidad familiar.

Pensemos hoy en el amor tierno que Jesús tuvo por esta familia. Veamos reflejadas en ella nuestras propias familias. El Señor desea habitar en nuestros hogares, relacionarse personalmente con nosotros y convertir nuestra casa en un santuario de su presencia.

Abrámosle las puertas. Como Marta, sirvámoslo con generosidad. Como María, sentémonos a sus pies para escucharlo y adorarlo. Como Lázaro, permitamos que levante nuestro espíritu, restaure nuestra alma y nos libere de todo aquello que nos mantiene atados.

Jesús realiza todo esto con alegría, movido por una profunda compasión, cercanía y amor por cada uno de nosotros. Y así como convirtió la casa afligida de Betania en una casa de esperanza, también puede transformar nuestras tristezas y hacernos testigos de la vida nueva que solamente él puede dar.

Oración

Señor mío y Amigo divino, así como tu Sagrado Corazón se conmovió de compasión y de santa tristeza ante la muerte de tu amigo Lázaro y ante el dolor de sus hermanas, también tu Corazón se mueve de amor por mí, incluso cuando fallo.

Fortaléceme, Señor amado, mediante tu presencia permanente en el santuario de mi corazón. Que mi vida sea una casa que visites con frecuencia y un lugar de fe, amor y amistad.

Como Marta, enséñame a servirte; como María, a escucharte y adorarte; y como Lázaro, a dejarme llamar por ti a una vida nueva.

Jesús, confío en ti.

 

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29 de julio:

Santos Marta, María y Lázaro

 

(Nota: El 2 de febrero de 2021, el papa Francisco cambió esta memoria, que hasta entonces era la de santa Marta, por la memoria de los santos Marta, María y Lázaro. La siguiente semblanza, centrada originalmente en santa Marta, ha sido complementada con alusiones a sus hermanos.)

 

Siglo I

Santa Marta, patrona de las amas de casa, de quienes cuidan el hogar y de los cocineros

 


Amar a su familia fue una buena preparación para amar a Dios

 

Dios ama a las familias. Jesucristo se sentía atraído por ellas y compartió el amor familiar de Marta, la santa de hoy, de su hermana María y de su hermano Lázaro. Los tres formaban aquella familia de Betania a la que Jesús profesaba una amistad particular y en cuya casa encontraba acogida, descanso y cercanía.

Durante muchos siglos, la liturgia de la Iglesia consideró que María de Betania y María Magdalena eran una misma persona, y celebró una figura de María que reunía diversos rasgos evangélicos el 22 de julio. Las reformas litúrgicas posteriores al Concilio Vaticano II identificaron claramente la memoria del 22 de julio con María Magdalena, dejando abierta la cuestión de si ella era o no la misma María de Betania. La memoria de Marta se celebraba tradicionalmente una semana después, el 29 de julio. Hoy, sin embargo, la Iglesia honra conjuntamente a Marta, María y Lázaro, reconociendo el lugar singular que esta familia ocupó en la vida de Jesús.

La vida familiar normal y cotidiana posee un atractivo propio. Las conversaciones alrededor de la mesa, las discusiones sobre quién olvidó cumplir una tarea, las prisas, los desórdenes, las preocupaciones, las risas y las diferencias de carácter forman parte del drama doméstico. Puede ser un drama ruidoso y exigente, pero es real. No es un videojuego ni una realidad virtual.

Como las polillas atraídas por la luz, muchas personas se sienten atraídas por las familias sanas, especialmente quienes proceden de hogares heridos o divididos. Así se acercan el hijo único de la casa vecina, la mujer mayor cuyos hijos viven lejos o la pareja sin hijos que se pregunta cómo habría sido su vida familiar.

Jesús también se acercaba. El Señor, que vivió célibe, conoció sin embargo profundamente el calor del hogar de Nazaret y valoró la amistad familiar. Parece haber pasado bastante tiempo con Marta, María y Lázaro. Podemos imaginarlo sentado junto a ellos alrededor del fuego, escuchando sus voces entre el movimiento de la casa, compartiendo la comida y riendo con libertad cuando alguno decía algo gracioso. Jesús deseaba formar parte de aquella familia.

Y así, Jesús llega a la casa familiar de Betania.

María está atenta. Conoce muy bien a un hombre: su hermano Lázaro. Pero Jesús no es como él. No lo es en absoluto. Hay algo misterioso en el Señor, algo de lo que todos hablan, pero que nadie logra explicar completamente. María se siente tan honrada por su presencia que simplemente se sienta cerca de él, a sus pies, y escucha con atención.

Marta también se siente honrada y quizá algo avergonzada por el estado de la casa. Está distraída y preocupada, siguiendo esa antigua costumbre de muchas personas que sienten que el hogar es una prolongación de sí mismas. Por eso no deja de limpiar, preparar y atender, ni siquiera cuando el huésped ya ha llegado.

Entonces se queja, quizá con algo de humor o quizá con verdadera impaciencia:

«Señor, ¿no te importa que mi hermana me haya dejado sola con todo el trabajo? Dile que me ayude».

El Señor le responde:

«Marta, Marta, estás preocupada y agitada por muchas cosas; y hay necesidad de pocas, o mejor, de una sola. María ha escogido la mejor parte, y no le será quitada».

Preocuparse puede ser una manera de expresar amor, responsabilidad y empatía. Marta se preocupa por la casa, la comida, la atención al huésped y las necesidades de los demás porque teme que, si ella no lo hace, nadie lo hará. Jesús le recuerda, sin embargo, que la preocupación y la agitación tienen límites. El servicio es bueno, pero necesita nacer de un corazón que primero escucha, descansa y permanece en Dios.

María representa precisamente esa dimensión contemplativa. Su lugar a los pies de Jesús no es pasividad ni desinterés, sino atención amorosa. Ella nos enseña que antes de hablar de Dios hay que escucharlo; antes de servirlo hay que dejarse amar por él; antes de hacer muchas cosas en su nombre hay que permanecer junto a él.

Más adelante, María mostrará de nuevo la profundidad de su amor cuando derrame perfume sobre los pies de Jesús y los seque con sus cabellos. Su gesto será interpretado por el Señor como una preparación para su sepultura. María ama con un amor abundante, silencioso, delicado y generoso. No calcula, no se reserva, no teme expresar públicamente su devoción.

En otra ocasión, algo mucho más grave que una casa desordenada obliga a Marta a hablar. Lázaro ha muerto. Jesús se conmueve ante la noticia y llega desde lejos para consolar a la familia.

Marta sale a su encuentro:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

La conversación que sigue es breve, poderosa y llena de fe. Marta dice:

«Sí, Señor, yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».

Estas palabras anticipan, de algún modo, las promesas del Bautismo. Marta expresa en pocas frases el núcleo mismo de la fe cristiana. Ella no solo sirve con las manos; también cree con el corazón y confiesa con los labios.

María, en cambio, permanece inicialmente en casa, sumergida en un dolor más silencioso. Pero cuando escucha que Jesús la llama, se levanta inmediatamente, corre hacia él y se arroja a sus pies. Pronuncia las mismas palabras de Marta:

«Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto».

Las dos hermanas comparten el mismo dolor y la misma confianza, aunque cada una lo expresa de forma distinta. Marta dialoga y profesa su fe; María llora y se postra. Una habla; la otra adora. Ambas creen. Ambas aman. Ambas son acogidas por Jesús.

Lázaro, por su parte, habla poco en los Evangelios. Sin embargo, su silencio no significa insignificancia. Sabemos algo esencial: Jesús lo amaba profundamente. Cuando el Señor llega al sepulcro y contempla las lágrimas de sus hermanas, se estremece y llora.

«Y Jesús lloró».

Es el versículo más breve de la Escritura y uno de los más profundos. Nos revela que Jesucristo no contempla el dolor humano desde lejos. Se conmueve, ama, acompaña y comparte nuestras lágrimas.

Lázaro había estado muerto durante cuatro días. Su cuerpo estaba frío y envuelto en vendas. Entonces Jesús gritó:

«Lázaro, sal afuera».

Y el muerto salió.

Marta volvió a sostener en sus manos la mano cálida de su hermano. María volvió a escuchar su voz. Ambas pudieron verlo caminar, sonreír y sentarse nuevamente a la mesa. Seguramente, como todos, quisieron preguntarle qué había experimentado en la muerte.

La resurrección de Lázaro fue un signo poderoso del dominio de Cristo sobre la muerte y una anticipación de la propia Resurrección del Señor. Lázaro se convirtió en un testigo vivo de ese poder. Su sola presencia despertó tanta admiración que los sumos sacerdotes decidieron también darle muerte, porque muchos creían en Jesús por causa suya.

Lázaro aparece así como un testigo silencioso pero luminoso. No pronuncia grandes discursos ni realiza obras espectaculares. Su vida recuperada es su testimonio. Él mismo es señal de que la palabra de Cristo puede abrir los sepulcros y devolver la esperanza.

Lázaro murió finalmente de nuevo y no fue resucitado por segunda vez en esta vida. Marta y María también atravesaron la muerte. Pero los tres siguieron al único hombre entre los hombres que resucitó por su propio poder y que nunca volvió a morir.

Después de que Jesús devolviera a Lázaro a la vida, Marta quedó profundamente transformada. Al final, ella también escogió la mejor parte, como su hermana. Su servicio ya no podía ser solamente actividad, sino respuesta creyente al Señor de la vida.

María, por su parte, nos enseña que la contemplación auténtica termina convirtiéndose en entrega. Quien se sienta verdaderamente a los pies de Cristo se levanta después para amar, acompañar y ofrecer su vida.

Lázaro nos recuerda que incluso una existencia silenciosa puede anunciar el Evangelio. Quien ha sido tocado por Cristo se convierte, muchas veces sin palabras, en testimonio de su poder.

Juntos, Marta, María y Lázaro muestran tres dimensiones inseparables de la vida cristiana: el servicio, la contemplación y el testimonio.

Marta sirve.
María escucha y adora.
Lázaro deja que su vida hable.

Los tres aman.
Los tres son amados.
Los tres hacen de su hogar un lugar para Jesús.

Su casa de Betania fue un refugio de amistad para el Señor. Allí Jesús fue recibido no solo como Maestro y Mesías, sino también como amigo. Compartió con ellos la mesa, las preocupaciones, las conversaciones, el dolor y la alegría.

Esta familia nos recuerda que Cristo no desea únicamente nuestra adoración solemne, sino también nuestra amistad. Quiere entrar en nuestros hogares, sentarse a nuestra mesa, escuchar nuestras historias, compartir nuestras penas y alegrarse con nuestras esperanzas.

La santidad de Marta, María y Lázaro no es distante ni abstracta. Se descubre en la vida diaria: en la casa, en la cocina, en la hospitalidad, en la escucha, en el llanto compartido, en la amistad sincera y en la fe que resiste incluso frente al sepulcro.

Santa Marta, tu profesión de fe en el Hijo de Dios, pronunciada ante el mismo Hijo de Dios, es una inspiración para todos los creyentes. Expresaste en pocas palabras los fundamentos de nuestra fe y uniste esa confesión con un servicio generoso a las necesidades concretas de Cristo.

Santa María de Betania, enséñanos a sentarnos a los pies del Señor, a escuchar su Palabra y a amarlo con un corazón generoso, contemplativo y sin reservas.

San Lázaro, amigo amado de Jesús, enséñanos a escuchar su voz cuando nos llama a salir de nuestros sepulcros de tristeza, pecado, miedo o desesperanza, y a convertir nuestra vida en un testimonio silencioso de su poder.

Santos Marta, María y Lázaro, hagan que también nuestros hogares sean nuevas Betanias: casas donde Cristo sea acogido, escuchado, servido y amado.

Que aprendamos, como ustedes, a hacer de la vida familiar una escuela de amor a Dios.


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