Señor de los Milagros: ¡una Palabra
tuya basta!
Celebramos
con fe y gratitud la fiesta del Señor
de los Milagros de Buga. Al contemplar a Jesús crucificado,
reconocemos el amor de Dios que abraza nuestras heridas y sostiene nuestra
esperanza. El Evangelio nos invita a acercarnos a él con la humildad y la
confianza del centurión: «Señor,
una palabra tuya basta para sanar». Presentemos al Señor
nuestras familias, a quienes sufren y, especialmente, a nuestros fieles
difuntos.
Que
esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos enseñe a cuidar de los demás.
Primera lectura
1
Cor 11, 17-26. 33
Si
hay divisiones entre ustedes, eso no es comer la Cena del Señor
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Al prescribirles esto, no puedo alabarlos, porque sus
reuniones causan más daño que provecho.
En primer lugar, he oído que cuando se reúne su asamblea
hay divisiones entre ustedes; y en parte lo creo; realmente
tiene que haber escisiones entre ustedes para que se
vea quiénes resisten a la prueba.
Así, cuando se reúnen en comunidad, eso no es comer la
Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su
propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está
borracho.
¿No tienen casas donde comer y beber? ¿O tienen en tan
poco a la Iglesia de Dios que humillan a los que no tienen?
¿Qué quieren que les diga? ¿Que los alabe?
En esto no los alabo.
Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor
y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús, en
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando
la Acción de Gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan
esto en memoria mía».
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; hagan esto
cada vez que lo beban, en memoria mía».
Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte
del Señor, hasta que vuelva.
Por ello, hermanos míos, cuando se reúnen para comer espérense unos a otros.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
39, 7-8a. 8b-9. 10. 17 (R.: 1 Cor 11, 26b)
R. Proclamen la muerte
del Señor, hasta que vuelva.
V. Tú no quieres
sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». R.
V. «—Como está
escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». R.
V. He proclamado tu
justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. R.
V. Alégrense y gocen
contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al
mundo, que entregó a su Unigénito;
todo el que cree en él tiene vida eterna. R.
Evangelio
Lc
7, 1-10
Ni
en Israel he encontrado tanta fe
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al
pueblo, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba
mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los
judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a
Jesús, le rogaban encarecidamente:
«Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha
construido la sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el
centurión le envió unos amigos a decirle:
«Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por
eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi
criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y
con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y
viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía,
dijo:
«Les digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.
Palabra del Señor.
***********
Una palabra tuya basta para sostener nuestra
esperanza
Hermanos
y hermanas:
Hay
momentos en los que las palabras se nos acaban. Sucede junto a la cama de un
enfermo, cuando recibimos una noticia dolorosa o cuando regresamos a casa
después de sepultar a un ser querido. Quisiéramos encontrar una explicación,
tener una respuesta, hacer algo para cambiar lo sucedido. Pero descubrimos
nuestra fragilidad.
En
esos momentos puede brotar una oración muy sencilla: «Señor, yo no puedo con todo esto; me
pongo en tus manos». Esa es la confianza que encontramos en el
Evangelio. Y con esa confianza celebramos hoy la Eucaristía, encomendando
especialmente a nuestros hermanos difuntos.
San
Lucas nos presenta a un centurión, un hombre acostumbrado a dar órdenes y a ser
obedecido. Sin embargo, tiene en casa un criado gravemente enfermo y ninguna
orden suya puede devolverle la salud. Su autoridad tiene un límite. Su poder no
alcanza para salvar a alguien a quien estima mucho.
Hay
un detalle hermoso: aquel hombre se preocupa por su criado. No lo considera una
herramienta que se reemplaza cuando deja de servir. Le importa su vida, le
duele su sufrimiento y busca ayuda para él. Su fe se expresa primero como preocupación por otra
persona.
También
nosotros hemos vivido algo semejante. Cuando alguien de nuestra familia estuvo
enfermo, buscamos médicos, conseguimos medicamentos, pasamos noches en vela y
elevamos muchas oraciones. Quizás hoy recordamos esos días con gratitud; quizás
todavía nos duelen. El Evangelio nos permite reconocer que ese cuidado, aun
cuando no logró evitar la muerte, fue una expresión verdadera de amor. No fue
inútil acompañar, acariciar, escuchar, permanecer.
El
centurión manda pedir ayuda a Jesús. Los intermediarios dicen: «Merece que
se lo concedas». Presentan sus buenas obras, como quien lleva una carta de
recomendación. Él, en cambio, envía un mensaje distinto: «No soy yo quién
para que entres bajo mi techo». No exige un favor como recompensa. Se
abandona a la bondad del Señor.
Así
oramos también por nuestros difuntos. Recordamos agradecidos lo bueno que
hicieron, lo que trabajaron, el cariño que nos dieron y los sacrificios que
quizá nunca llegamos a conocer. Pero no presentamos sus méritos como una cuenta
que Dios deba pagar. Los confiamos a su misericordia: «Señor, tú conoces su historia entera;
perdona sus pecados, purifica cuanto necesite tu gracia y recíbelos en tu paz».
Nuestra
esperanza descansa en Jesucristo, muerto y resucitado, que conoce y ama a
quienes nosotros seguimos amando.
La
primera lectura nos lleva precisamente al corazón de esta esperanza: la
Eucaristía. San Pablo recuerda las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo,
que se entrega por vosotros». Y añade que, cada vez que comemos de este pan
y bebemos del cáliz, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva.
Por
eso tiene tanto sentido celebrar la Misa por nuestros difuntos. Ponemos sus
nombres y sus historias ante el Señor que entregó su vida por nosotros y venció
la muerte. En la Eucaristía se hace sacramentalmente presente su única entrega
salvadora; a ella unimos nuestra oración, nuestra gratitud y nuestras lágrimas.
Cuando
alguien muere, sentimos dolorosamente que ya no podemos hacer muchas cosas por
él: prepararle un alimento, llamarlo por teléfono, visitarlo. Pero podemos seguir amándolo mediante la
oración. Encomendarlo a Dios es una manera de expresar: «No
te olvido; te confío al amor que puede llevarte a la plenitud».
Ahora
bien, san Pablo recuerda la institución de la Eucaristía en medio de una fuerte
corrección a la comunidad. En Corinto había divisiones. Unos comían
abundantemente mientras otros pasaban hambre. Se reunían para celebrar al
Señor, pero humillaban a los pobres.
La
pregunta de Pablo sigue interpelándonos: ¿cómo recibir el Cuerpo de Cristo y
permanecer indiferentes ante el hermano? La presencia real del Señor en la
Eucaristía nos llama a reconocer y cuidar a quienes forman su Cuerpo, la
Iglesia.
Esto
toca también nuestra oración por los difuntos. Honrar su memoria nos compromete
con los vivos: acompañar a quien quedó solo, visitar a la madre que sigue
llorando, escuchar al hijo que no sabe expresar su tristeza, ayudar a la
familia que enfrenta dificultades después de una pérdida.
A
veces acompañamos mucho durante la velación y el entierro, pero después llega
el silencio. Pasan las semanas y la persona en duelo siente que todos
continuaron su vida, mientras ella todavía está tratando de levantarse. La
caridad cristiana necesita aprender a permanecer.
Y
hay otra pregunta que conviene hacernos: ¿existe alguna reconciliación
pendiente en nuestra familia? En ocasiones, después de una muerte aparecen disputas
por una casa, un terreno o una herencia; otras veces resurgen heridas antiguas.
La Eucaristía nos invita a buscar caminos de verdad, justicia y perdón.
Recordar a quienes partieron puede ayudarnos a comprender que el tiempo para
amarnos no es ilimitado.
El
salmo nos ofrece las palabras para responder: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad».
Decir
«aquí estoy» no significa esconder la tristeza ni fingir que todo está bien.
Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Podemos llorar y creer;
sentir la ausencia y mantener la esperanza.
Decir
«aquí estoy» significa ofrecerle al Señor nuestra vida tal como está: «Aquí
estoy, con mi dolor y mis preguntas. Abre mi oído para escucharte. Enséñame a
seguir viviendo y a cuidar a quienes todavía caminan conmigo».
Al
contemplar al Señor de los Milagros de Buga, vemos a Cristo crucificado, con
los brazos abiertos. Su cruz nos recuerda hasta dónde llega su amor. El Señor
conoce el sufrimiento desde dentro; ha atravesado la muerte y, resucitado, nos
abre el camino de la vida eterna.
Quizás
alguien se pregunta: «Si Jesús curó al criado del centurión, ¿por qué no se
curó mi familiar, por quien rezamos tanto?». No tenemos una explicación
particular para cada pérdida. Pero sí podemos afirmar algo: la muerte de un ser querido no demuestra
que nos haya faltado fe ni que Dios haya dejado de amarlo. La
curación del criado es un signo del poder salvador de Jesús; la plenitud de su
promesa es la resurrección y la vida junto a él.
Dentro
de unos momentos diremos antes de comulgar: «Señor, no soy digno de que
entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».
Hagámoslo con la humildad y la confianza del centurión. Dejemos que esa oración
abrace también nuestras heridas, nuestras familias y el recuerdo de nuestros difuntos.
Señor
Jesús, te confiamos a quienes han partido de este mundo. Perdona sus faltas y
concédeles participar de tu vida eterna. Consuela a quienes lloran su ausencia.
Sana nuestras divisiones y haznos atentos al dolor de los demás.
Que esta Eucaristía nos enseñe a vivir unidos, a servir con
generosidad y a esperar en ti. Y que un día, por tu misericordia, podamos
reunirnos con nuestros hermanos difuntos en la alegría de tu Reino.
Amén.
2
Señor de los Milagros: una palabra tuya basta
para sanar
Hermanos
y hermanas:
Hoy
venimos al encuentro del Señor con nuestra vida real. Algunos llegan
agradecidos; otros, preocupados por un diagnóstico, esperando un examen médico
o pidiendo fuerzas para continuar un tratamiento. Hay quienes llevan un dolor
que se nota y quienes cargan una herida que nadie ve: una tristeza profunda,
una dificultad familiar, un sentimiento de culpa o la ausencia de alguien
querido.
En
esta Eucaristía, al contemplar al Señor
de los Milagros de Buga, presentamos todo eso ante Jesús.
Pedimos por nuestros enfermos, por la sanación de quienes estamos aquí y por el
descanso eterno de nuestros fieles difuntos. Nos reúne la confianza de que el
Señor conoce nuestra historia y escucha nuestra oración.
El
Evangelio nos presenta a un centurión que tiene enfermo, a punto de morir, a un
criado a quien estima mucho. Es un hombre acostumbrado a mandar. Basta una
orden suya para que sus soldados obedezcan. Pero ahora se encuentra ante una
realidad que no puede controlar: la enfermedad de alguien querido.
También
a nosotros nos sucede. Organizamos la vida, hacemos planes y creemos tener
muchas cosas aseguradas, hasta que llega una enfermedad y descubrimos nuestra
fragilidad. Entonces comprendemos cuánto necesitamos de los demás y cuánto
necesitamos de Dios.
Sin
embargo, hay algo hermoso en aquel centurión: su preocupación por la vida de su criado.
En una sociedad que establecía tantas diferencias entre las personas, él
reconoce el valor de quien está a su servicio. Le importa su sufrimiento y se
moviliza para buscar ayuda.
Ese
es ya un llamado para nosotros. Pedir sanación implica también comprometernos
con el cuidado. Nuestra oración por los enfermos se hace concreta cuando
acompañamos a una consulta, ayudamos a conseguir un medicamento, escuchamos sin
afán o permitimos descansar a quien lleva semanas cuidando a un familiar.
Hay
personas que, junto con el dolor de la enfermedad, sufren la soledad. Necesitan
tratamiento y también compañía; necesitan que alguien les diga con sus gestos:
«Tu vida me importa».
El
centurión manda buscar a Jesús. Los ancianos que hablan en su nombre presentan
sus méritos: «Merece que se lo concedas». Pero él mismo envía después un
mensaje lleno de humildad: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que
entres bajo mi techo». Y añade: «Dilo de palabra, y mi criado quedará sano».
No viene a exigir; viene a confiar. Reconoce que necesita
una ayuda que supera sus propias fuerzas.
Así
queremos acercarnos hoy al Señor. Podemos pedirle con toda confianza la
curación del cuerpo. Podemos decirle: «Señor, alivia este dolor; ayuda a que
este tratamiento dé fruto; devuelve la salud a mi familiar». La fe nos permite
expresar nuestros deseos más profundos. Y esa misma fe nos enseña a poner
nuestra vida en sus manos, incluso cuando su respuesta no coincide con lo que
esperamos.
Jesús
se admira de la confianza de aquel hombre. Una confianza que no necesita
controlar cada paso ni imponer condiciones: le basta la palabra del Señor.
Dentro
de unos momentos, antes de comulgar, nosotros pronunciaremos unas palabras
inspiradas en esa fe: «Señor,
no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para
sanarme».
Las
decimos tantas veces que podríamos pronunciarlas sin advertir su profundidad.
Hoy hagámoslas nuestras. Que cada uno piense en aquello que necesita presentar
a Jesús: una enfermedad, un miedo, una herida, una relación rota, una lucha que
lleva en silencio.
Y
aquí conviene recordar algo esencial: toda
Eucaristía nos pone en contacto con el amor salvador y sanador de Jesucristo.
Hoy hacemos una petición especial por los enfermos, pero en cada Misa es el
mismo Señor quien nos reúne, nos habla y se nos da como alimento.
La
Eucaristía no es un procedimiento automático para eliminar enfermedades. Es el
encuentro sacramental con Cristo muerto y resucitado, que nos comunica su vida.
Su gracia alimenta nuestra fe, fortalece la caridad, perdona los pecados
veniales y nos ayuda a resistir el mal. Cuando necesitamos reconciliarnos con
Dios por un pecado grave, él nos ofrece también el sacramento de la confesión.
El
Señor puede conceder la curación física, y por eso se la pedimos. Pero su
acción sanadora alcanza también lo más profundo de nuestra persona. Puede
sostenernos en medio del dolor, ayudarnos a salir del aislamiento, darnos
fuerzas para pedir ayuda, abrir un camino de perdón o renovar una esperanza que
creíamos perdida.
Que una enfermedad continúe no significa que haya faltado
fe ni que Dios haya abandonado al enfermo. Hay personas de una fe
inmensa que siguen viviendo con una enfermedad. En ellas también actúa la
gracia de Cristo, dándoles fortaleza y permitiéndoles recibir y ofrecer amor en
medio de su fragilidad.
Por
eso, la oración camina junto con los tratamientos, los medicamentos y el
cuidado profesional. Damos gracias por los médicos, las enfermeras, los
terapeutas y todos los que trabajan por aliviar el sufrimiento. Pedimos que
puedan realizar su servicio con sabiduría y humanidad.
La
primera lectura amplía todavía más nuestra mirada. San Pablo encuentra una
comunidad enferma de divisiones. Los cristianos de Corinto se reúnen, pero unos
comen abundantemente mientras otros pasan hambre. Celebran juntos, pero no se
cuidan mutuamente.
Pablo
les recuerda entonces las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega
por vosotros».
Es
como si les dijera: «Miren al Señor que están celebrando. Él se entrega por
todos. ¿Cómo pueden ustedes despreciarse o dejar a algunos al margen?».
También
nuestras comunidades y nuestras familias necesitan sanación. Hay palabras que
han herido durante años, silencios que se han convertido en distancias y
resentimientos que van endureciendo el corazón. A veces pedimos que el Señor
sane nuestro cuerpo, pero nos cuesta dejar que toque nuestra manera de tratar a
los demás.
La
Eucaristía nos invita a abrirle también esas puertas. Recibir al Señor nos
compromete a buscar la reconciliación, a actuar con justicia y a cuidar a los
más vulnerables. El perdón puede exigir tiempo y acompañamiento, pero podemos
empezar pidiendo la gracia de no alimentar el odio.
San
Pablo concluye con una invitación sencilla: «Esperaos unos a otros». ¡Cuánto
necesitamos aprender esto! Tener paciencia con quien está débil, respetar el
ritmo de quien atraviesa un duelo, acompañar a quien todavía no consigue
levantarse. Una comunidad eucarística procura que nadie tenga que sufrir en
completo abandono.
El
salmo nos ayuda a responder: «Aquí
estoy… para hacer tu voluntad».
Hoy
podemos decirlo desde nuestra situación concreta: «Aquí estoy, Señor, con mi
enfermedad; aquí estoy, con mis preguntas; aquí estoy, con mis fuerzas y mis
límites. Abre mi oído para escucharte y enséñame a amar en medio de lo que
estoy viviendo».
Esta
disponibilidad no nos obliga a esconder las lágrimas. Podemos llorar y confiar.
Podemos sentir miedo y seguir rezando. La fe nos permite llevar todo eso ante
Dios.
También
ponemos hoy en sus manos a nuestros fieles difuntos. Quizás al hablar de sanación
alguien recuerda las muchas oraciones que hizo por un ser querido que
finalmente murió. Y puede surgir una pregunta dolorosa: «¿Por qué no se curó?».
No
tenemos una explicación particular para cada pérdida. Pero la muerte de esa
persona no demuestra que nuestras oraciones fueran inútiles. La acompañamos con
amor y ahora seguimos amándola al encomendarla a Dios. Nuestra esperanza
cristiana alcanza más allá de la salud que podemos recuperar en este mundo:
esperamos la resurrección y la vida eterna.
Por
eso san Pablo nos recuerda que, al celebrar la Eucaristía, proclamamos la
muerte del Señor «hasta
que vuelva». Celebramos su entrega salvadora con la mirada
puesta en el cumplimiento de su promesa. Le pedimos que perdone y purifique a
nuestros difuntos, y los reciba en la plenitud de su paz.
Ante
el Señor de los Milagros de Buga, contemplemos los brazos abiertos de Jesús. En
ellos podemos confiar nuestra fragilidad. Sus heridas nos recuerdan que conoce
el sufrimiento; su resurrección nos asegura que la muerte no tiene la última
palabra.
Acerquémonos,
entonces, con la confianza del centurión. Pidamos la salud que necesitamos y la
gracia de acoger la acción de Dios en nuestra vida. Permitamos que esta
Eucaristía nos transforme también en personas capaces de acompañar y cuidar.
Señor Jesús, una palabra tuya basta para sanarnos.
Mira
con misericordia a nuestros enfermos. Alivia sus dolores, bendice sus
tratamientos y fortalece a quienes los cuidan. Sana nuestras heridas interiores
y nuestras relaciones. Ayúdanos a vivir reconciliados contigo y atentos a
nuestros hermanos.
Recibe
a nuestros fieles difuntos en tu paz y consuela a quienes lloran su ausencia.
Señor de los Milagros, alimenta nuestra fe en esta
Eucaristía. Que tu amor nos sostenga en la enfermedad, nos haga generosos en el
servicio y nos conduzca a la alegría de la vida eterna.
Amén.


