sábado, 25 de abril de 2026

26 de abril del 2026: Cuarto Domingo de Pascua- Día del Buen Pastor-Ciclo A-LXIII Jornada mundial de oración por las Vocaciones

 

Un paso que no es secreto

El evangelio de este domingo es rico en protagonistas: unas ovejas, un pastor, un bandido o ladrón, un portero y… ¡una puerta! La puerta es Jesús mismo. Al calificarse de esta manera, Él nos sorprende. En efecto, la imagen del buen pastor, con la cual se va a presentar inmediatamente después, nos resulta mucho más familiar.

Cuando Jesús dice de sí mismo que es la puerta que permite pasar de la seguridad del redil al espacio nutritivo de los pastos, expresa con imágenes lo que afirmará más adelante en el mismo evangelio: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie va al Padre sino por mí” (Jn 14,6).

Pasar por Jesús es acceder al Padre, es decir, a una vida entregada en abundancia. Por tanto, hay una cuestión de vida o muerte en poner nuestra confianza en Jesús. La imagen del rebaño amenazado por un ladrón animado por intenciones asesinas lo expresa claramente. Sin nombrar las fuerzas que se oponen a la vida, Jesús afirma que ellas están realmente actuando.

Ahora bien, Él nos recuerda que ha venido precisamente para que tengamos vida. Ciertamente, no somos librados de la muerte, pero la promesa de vida que Jesús hace en este texto no deja de ser real. Jesús, que viene a vivir con nosotros, nos abre el paso hacia la vida. Este paso no está escondido ni reservado únicamente a quienes poseen una llave; no es un laberinto de condiciones y leyes. Es Jesús, sencillamente.

¿Qué es para mí esta vida en abundancia?

¿Cómo puedo reconocer la voz de Jesús en mi existencia?

¿Cómo me habla esta imagen del pastor y de las ovejas? ¿Qué me dice de mi relación con Dios?

Marie-Caroline Bustarret, théologienne, enseignante aux facultés Loyola



Primera lectura

Hch 2, 14a. 36-41
Dios lo ha constituido Señor y Mesías


Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés Pedro, poniéndose en pie junto a los Once, levantó su voz y declaró:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?»
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 22, 1b-3a. 3b-4. 5. 6 (R.: 1b)

R. El Señor es mi pastor, nada me falta.

O bien:

R. Aleluya.

V. El Señor es mi pastor, nada me falta:
en verdes praderas me hace recostar;
me conduce hacia fuentes tranquilas
y repara mis fuerzas. 
R.

V. Me guía por el sendero justo,
por el honor de su nombre.
Aunque camine por cañadas oscuras,
nada temo, porque tú vas conmigo:
tu vara y tu cayado me sosiegan.
 R.

V. Preparas una mesa ante mí,
enfrente de mis enemigos;
me unges la cabeza con perfume,
y mi copa rebosa. 
R.

V. Tu bondad y tu misericordia me acompañan
todos los días de mi vida,
y habitaré en la casa del Señor
por años sin término. 
R.

 

Segunda lectura

1 Pe 2, 20b-25

Se han convertido al pastor de sus almas

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.


QUERIDOS hermanos:
Que aguanten cuando sufren por hacer el bien, eso es una gracia de parte de Dios.
Pues para esto han sido llamados,
porque también Cristo padeció por ustedes,
dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas.
Él no cometió pecado
ni encontraron engaño en su boca.
Él no devolvía el insulto cuando lo insultaban;
sufriendo no profería amenazas;
sino que se entregaba al que juzga rectamente.
Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño,
para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia.
Con sus heridas fueron curados.
Pues andaban errantes como ovejas,
pero ahora se han convertido
al pastor y guardián de sus almas.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—, que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. R.

 

Evangelio

Jn 10, 1-10

Yo soy la puerta de las ovejas

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: el que no entra por la puerta en el aprisco de las ovejas, sino que salta por otra parte, ese es ladrón y bandido; pero el que entra por la puerta es pastor de las ovejas. A este le abre el guarda y las ovejas atienden a su voz, y él va llamando por el nombre a sus ovejas y las saca. Cuando ha sacado todas las suyas camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen, porque conocen su voz; a un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños».
Jesús les puso esta comparación, pero ellos no entendieron de qué les hablaba. Por eso añadió Jesús:
«En verdad, en verdad les digo: yo soy la puerta de las ovejas. Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos; pero las ovejas no los escucharon.
Yo soy la puerta: quien entre por mí se salvará y podrá entrar y salir, y encontrará pastos.
El ladrón no entra sino para robar y matar y hacer estragos; yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

“Entrar por la puerta, escuchar la voz, descubrir la vocación”

 

Queridos hermanos:

En este cuarto domingo de Pascua, la Iglesia nos invita a contemplar a Jesús como Pastor y, de manera muy especial en el evangelio de hoy, como Puerta. Jesús dice: “Yo soy la puerta de las ovejas”. No dice simplemente: “Yo les muestro una puerta”, ni “Yo conozco una puerta”, sino: “Yo soy la puerta”.

Una puerta sirve para entrar, para salir, para proteger, para abrir camino. Jesús es la puerta por la que entramos a la vida de Dios y por la que salimos hacia los hermanos con una misión. Pasar por Jesús es pasar de la confusión a la luz, del miedo a la confianza, del pecado al perdón, de la vida dispersa a una vida con sentido.

Como dice alguien comentando este evangelio de hoy, este paso-pasaje no es secreto. No está reservado a unos pocos. No es un laberinto de leyes imposibles. El paso hacia la vida verdadera es Jesús mismo. Él no vino a complicarnos la existencia, sino a abrirnos el camino hacia el Padre. Por eso dice al final del evangelio: “Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”.

Y aquí aparece la gran pregunta de este domingo: ¿qué vida estamos buscando? ¿Una vida llena de cosas, pero vacía de sentido? ¿Una vida movida por la prisa, la apariencia, el resentimiento o la tristeza? ¿O la vida abundante que sólo Cristo puede dar?

En la primera lectura, Pedro anuncia con valentía: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Sus oyentes se sienten traspasados en el corazón y preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?” Esa pregunta es el comienzo de toda conversión. Cuando la Palabra toca el corazón, uno deja de justificarse y empieza a buscar la puerta verdadera.

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Es decir: vuelvan a Cristo, entren por Él, dejen que su gracia les perdone, les renueve y les dé el Espíritu Santo. La conversión no es solamente dejar algo malo; es volver al Pastor, dejarse encontrar por Él y permitir que ordene nuestra vida.

Por eso el salmo 23 nos pone en los labios una de las confesiones más hermosas de la Biblia: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No significa que nunca tendremos problemas. El mismo salmo habla de cañadas oscuras y de enemigos. Pero quien tiene al Señor como Pastor sabe que no camina solo. Puede atravesar noches, pérdidas, enfermedades, cansancios y pruebas, pero con una certeza: “Tú vas conmigo”.

Esa es la vida abundante: no una vida sin cruz, sino una vida acompañada por Cristo. No una vida sin heridas, sino una vida donde las heridas pueden ser curadas por el amor del Resucitado.

La segunda lectura, de la primera carta de san Pedro, nos recuerda precisamente esto: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor no es un pastor lejano. Es un Pastor herido. Cristo ha conocido el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Pero sus heridas se han convertido en fuente de vida para nosotros.

San Pedro añade: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Esta frase describe muchas veces nuestra historia. Andamos errantes cuando escuchamos voces que no vienen de Dios. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que invitan al egoísmo, a la indiferencia, a la mentira, a la superficialidad, al resentimiento. Jesús las llama voces de ladrones, porque el ladrón no viene sino para robar, matar y destruir.

También hoy hay muchos ladrones de vida: la prisa que no deja orar, el ruido que no deja escuchar, la tristeza que nos encierra, la comparación que nos amarga, el pecado que nos separa, la indiferencia que endurece el corazón. Frente a todo eso, Jesús dice: “Yo soy la puerta”. Si entras por mí, encontrarás vida.

Y hoy, Domingo del Buen Pastor, la Iglesia celebra también la Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones. El Papa León XIV nos recuerda que la vocación no es primero una obligación externa, sino un descubrimiento interior: Dios ha puesto en cada corazón un don, una llamada, un camino único de santidad y servicio. Para descubrirlo, dice el Papa, necesitamos interioridad: detenernos, escuchar, rezar, acoger la mirada de Cristo y confiar en Él.

Esto ilumina profundamente el evangelio de hoy. Jesús dice que las ovejas escuchan la voz del pastor, y que el pastor llama a cada una por su nombre. La vocación comienza ahí: cuando descubro que Dios no me llama en masa, sino personalmente. Me llama por mi nombre. Conoce mi historia, mis talentos, mis miedos, mis caídas y mis posibilidades.

Y la pregunta vocacional no es sólo para los jóvenes que quizá puedan ser sacerdotes o religiosas. Es para todos. Cada bautizado debe preguntarse: Señor, ¿qué quieres de mí? ¿Cómo quieres que sirva? ¿Dónde quieres que entregue mi vida? ¿Qué don has sembrado en mí para la Iglesia y para el mundo?

Necesitamos sacerdotes con corazón de pastor, no de funcionarios. Necesitamos religiosos y religiosas que recuerden al mundo que Dios basta. Necesitamos matrimonios santos, familias que sean escuelas de fe y ternura. Necesitamos laicos comprometidos que lleven el Evangelio a la educación, la política, la salud, la comunicación, la cultura, el trabajo y la vida social. Necesitamos jóvenes capaces de hacer silencio y decir: “Señor, habla, que tu siervo escucha”.

El Papa León XIV insiste en que la vocación madura en la oración, en la escucha de la Palabra, en la vida sacramental, en la adoración eucarística y en el acompañamiento fraterno; no es algo estático, sino un camino que crece cuando permanecemos unidos al Señor.

Por eso, queridos hermanos, hoy no basta con admirar al Buen Pastor desde lejos. Hay que entrar por la puerta. Hay que escuchar su voz. Hay que volver a Él. Hay que preguntarle: “Señor, ¿qué quieres hacer con mi vida?”

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos cura, nos alimenta y nos envía. Aquí entramos por Cristo para salir renovados hacia la vida. Aquí recibimos la vida abundante para llevarla a otros.

Pidamos hoy por las vocaciones. Pidamos que no falten pastores según el corazón de Cristo. Pidamos que nuestras familias, parroquias y comunidades sean lugares donde los jóvenes puedan escuchar la voz de Dios. Y pidamos también por nuestra propia vocación, para que ninguno de nosotros viva distraído, perdido o encerrado, sino siguiendo al Pastor que nos llama por nuestro nombre.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a detenernos, escuchar y confiar. Y que Jesús, puerta de las ovejas, nos conduzca a todos hacia la vida abundante.

Amén.

 

2

 

 

“Reconocer la voz del Pastor”

 

Queridos hermanos:

En este IV Domingo de Pascua, llamado también Domingo del Buen Pastor, Jesús nos regala una imagen muy sencilla y profunda: las ovejas conocen la voz de su pastor y lo siguen; pero no siguen a un extraño, porque no conocen su voz.

Esta imagen puede parecer lejana a nuestra vida moderna, pero en realidad habla de algo muy humano. Pensemos en un niño pequeño que reconoce la voz de su madre. Aunque haya muchas personas alrededor, él distingue esa voz familiar, esa voz que le da seguridad, alimento, ternura y protección. Cuando un extraño intenta tomarlo en brazos, muchas veces llora, se asusta, busca de nuevo los brazos conocidos.

Así también ocurre en la vida espiritual. El alma aprende a reconocer la voz de Dios cuando vive cerca de Él. Cuando oramos, cuando escuchamos la Palabra, cuando celebramos la Eucaristía, cuando hacemos silencio, cuando dejamos que Cristo nos mire y nos cure, poco a poco el corazón aprende a distinguir su voz. Y cuando llega una voz extraña, aunque parezca atractiva, el corazón creyente percibe que allí no está la vida.

Jesús dice en el evangelio: “Las ovejas lo siguen porque conocen su voz. A un extraño no lo seguirán, sino que huirán de él”. Esta palabra nos hace preguntarnos: ¿qué voces estamos escuchando? ¿Qué voces guían nuestras decisiones? ¿La voz de Cristo o la voz del miedo? ¿La voz del Evangelio o la voz del egoísmo? ¿La voz del Pastor o la voz del ladrón?

El evangelio de hoy no nace en abstracto. Jesús pronuncia estas palabras después de haber curado al ciego de nacimiento. Aquel hombre, que era ciego, termina viendo no sólo con los ojos del cuerpo, sino con los ojos de la fe. En cambio, los fariseos, que creían ver y saberlo todo, permanecen ciegos porque no reconocen la voz de Jesús.

Ahí está una gran enseñanza: la peor ceguera no es la de los ojos, sino la del corazón. El ciego curado reconoce la voz del Pastor con humildad; los fariseos rechazan a Jesús porque su orgullo les impide escuchar. Para ellos, Jesús era un extraño, alguien que no encajaba en sus esquemas. Y cuando Dios no cabe en nuestros esquemas, corremos el riesgo de rechazarlo precisamente cuando viene a salvarnos.

Por eso la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro anunciando con fuerza: “Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien ustedes crucificaron”. Esa palabra traspasa el corazón de los oyentes y ellos preguntan: “¿Qué tenemos que hacer, hermanos?”

Esta pregunta es el inicio de toda conversión. Cuando una persona empieza a reconocer la voz de Dios, deja de justificarse y pregunta humildemente: Señor, ¿qué quieres que haga? ¿Por dónde debo caminar? ¿Qué tengo que cambiar? ¿Qué voz debo dejar de seguir?

Pedro responde: “Conviértanse y bautícense”. Convertirse es volver al Pastor. Es reconocer que a veces hemos seguido voces extrañas. Voces que prometen felicidad, pero roban la paz. Voces que ofrecen libertad, pero esclavizan. Voces que parecen dulces, pero nos alejan de Dios, de los demás y de nosotros mismos.

Jesús lo dice con claridad: “El ladrón no viene sino para robar, matar y destruir; yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia”. Hay voces que roban vida: la soberbia, la mentira, el resentimiento, la indiferencia, el placer sin amor, la codicia, la violencia, la desesperanza, la superficialidad, el ruido que no nos deja orar. Son voces extrañas. Pueden sonar fuertes, modernas, seductoras; pero no conducen a verdes praderas.

En cambio, la voz de Cristo puede ser suave, pero es firme. A veces corrige, pero no humilla. A veces exige, pero no destruye. A veces nos llama a cargar la cruz, pero siempre para llevarnos a la vida. Esa voz nos dice: vuelve, confía, perdona, levántate, sígueme, no tengas miedo.

El salmo 23 expresa la confianza de quien ha aprendido a escuchar esa voz: “El Señor es mi pastor, nada me falta”. No dice: “Nada me duele”. No dice: “Nada me preocupa”. No dice: “Nunca pasaré por cañadas oscuras”. Dice algo más profundo: si el Señor es mi pastor, nada esencial me falta, porque Él va conmigo.

Y la segunda lectura nos recuerda que este Pastor no nos guía desde lejos. San Pedro dice: “Cristo padeció por ustedes, dejándoles un ejemplo para que sigan sus huellas”. Y añade: “Sus heridas nos han curado”. Nuestro Pastor es un Pastor herido. Conoce el dolor, la injusticia, el rechazo, la cruz. Por eso su voz no es la voz de un desconocido, sino la voz de quien ha entrado en nuestras heridas para sanarlas desde dentro.

San Pedro resume nuestra historia espiritual con una frase hermosa: “Andaban errantes como ovejas, pero ahora han vuelto al pastor y guardián de sus vidas”. Todos, de alguna manera, hemos andado errantes. Pero Pascua nos anuncia que podemos volver. El Pastor no se cansa de llamarnos.

Y hoy, en esta Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones, el Papa León XIV nos recuerda que la vocación nace precisamente de esa escucha interior. La vocación no es primero una obligación, ni una carga, ni un simple oficio religioso. Es el descubrimiento de un don de Dios que florece en el corazón cuando aprendemos a detenernos, escuchar y confiar.

Qué importante es esto para nuestros jóvenes, para nuestras familias, para nuestras comunidades. En un mundo lleno de ruido, necesitamos crear espacios donde la voz de Dios pueda ser escuchada. Una vocación no madura en medio de la dispersión permanente, sino en la oración, en la Eucaristía, en la Palabra, en el silencio, en el acompañamiento espiritual, en la vida de la Iglesia y en el servicio.

Por eso hoy pedimos al Buen Pastor que llame a muchos jóvenes al sacerdocio, a la vida consagrada, al matrimonio santo, al diaconado, a la misión, al servicio generoso en la Iglesia y en la sociedad. Pero también pedimos algo más: que cada bautizado descubra su propia vocación. Porque Dios no llama en masa; llama personalmente. El Pastor llama a cada oveja por su nombre.

Preguntémonos hoy: ¿conozco la voz de Jesús? ¿La busco en la oración? ¿La escucho en la Palabra? ¿La reconozco en la Eucaristía? ¿La sigo cuando me invita a cambiar? ¿O me he acostumbrado a voces extrañas que me alejan de la vida abundante?

La Eucaristía es el lugar donde el Pastor nos reúne, nos habla, nos alimenta y nos envía. Aquí aprendemos a reconocer su voz. Aquí recibimos la fuerza para huir de los extraños que roban la vida. Aquí descubrimos que nuestra existencia tiene una misión.

Que María, Madre del Buen Pastor, mujer de escucha y confianza, nos enseñe a decirle al Señor: habla, que tu siervo escucha. Y que Jesús, Pastor y puerta de las ovejas, nos conduzca siempre hacia la vida abundante.

Amén.

 

25 de abril del 2026: Fiesta de San Marcos, evangelista

 

Testigo de la fe

 San Marcos.

Los primeros cristianos se reunían en Jerusalén en la casa de la familia de Marcos. Este último acompañó a Pablo y Bernabé en Asia Menor; fue intérprete de Pedro en Antioquía y luego en Roma. Su Evangelio presenta una elección de palabras y acciones de Jesús, como resumen de la catequesis primitiva. Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría, Egipto.



 Nuestra misión de testigos

(1 Pedro 5,5b-14; Marcos 16,15-20) El evangelista Marcos nos recuerda que formamos parte de una cadena de testigos. Es una realidad que nos compromete también a nosotros a proclamar, con la palabra y con las obras, la Buena Nueva de la salvación.

Esto supone dejar que el Señor trabaje con nosotros y en nosotros; supone “mantenernos humildemente” bajo su “mano poderosa” y “descargar en Él” todas nuestras preocupaciones.

¿No se trata, acaso, de liberarnos de nosotros mismos para que Cristo ocupe plenamente su lugar en cada uno?

Emmanuelle Billoteau, ermite



Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (5,5b-14):

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros. Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos. Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos. Amén. Os he escrito esta breve carta por mano de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos en ella. Os saluda la comunidad de Babilonia, y también Marcos, mi hijo. Saludaos entre vosotros con el beso del amor fraterno. Paz a todos vosotros, los cristianos.


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 88,2-3.6-7.16-17

R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R/.

El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos? R/.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,15-20):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor

 


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Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de San Marcos, evangelista, uno de aquellos hombres que ayudaron a que la memoria viva de Jesús llegara hasta nosotros en forma de Evangelio. Celebrar a San Marcos no es solamente recordar a un escritor sagrado del pasado; es reconocer que la fe cristiana ha llegado a nosotros gracias a una cadena inmensa de testigos: hombres y mujeres que escucharon, creyeron, anunciaron, sufrieron, caminaron, sirvieron y transmitieron la Buena Noticia.

Nosotros no inventamos la fe. La hemos recibido. Alguien nos habló de Cristo. Alguien nos enseñó a persignarnos. Alguien nos llevó al templo. Alguien nos habló de la Virgen, de los santos, de la Eucaristía, del perdón, de la esperanza. Alguien nos transmitió la fe con palabras, pero también con lágrimas, con sacrificios, con paciencia, con ejemplo.

Y hoy, en esta fiesta de San Marcos, la Palabra nos pregunta: ¿qué estamos haciendo nosotros con esa fe recibida? ¿La estamos guardando como un recuerdo bonito, o la estamos anunciando como una Buena Noticia viva?

El Evangelio de hoy nos presenta el mandato misionero de Jesús:

“Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”.

Estas palabras no fueron dichas solamente para los apóstoles de hace dos mil años. Son palabras dirigidas también a la Iglesia de hoy. Son palabras dirigidas a cada bautizado. Son palabras dirigidas a nosotros.

El cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo. La fe que no se comparte se enfría. La fe que no se anuncia se vuelve costumbre. La fe que no se traduce en obras termina siendo una teoría religiosa, pero no una vida transformada por Cristo.

San Marcos nos recuerda que el Evangelio nació para ser anunciado. La Buena Noticia no es un secreto privado, sino una luz para el mundo. No es una joya para guardarla en una caja fuerte, sino una lámpara para ponerla en alto. No es una idea para especialistas, sino una palabra de salvación para todos.

Pero hay algo muy importante: Jesús no manda a sus discípulos a anunciarse a sí mismos. No les dice: “Vayan y hablen de ustedes”. No les dice: “Vayan y busquen aplausos”. No les dice: “Vayan y construyan su fama”. Les dice: “Proclamen el Evangelio”. Es decir: anuncien a Cristo, anuncien la salvación, anuncien la misericordia, anuncien el perdón, anuncien la vida nueva.

Por eso la primera lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, es tan oportuna. Allí se nos dice:

“Revístanse todos de humildad en el trato mutuo”.

Y más adelante:

“Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que Él los levante en el momento oportuno. Descarguen en Él todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes”.

Qué hermoso equilibrio nos ofrece hoy la Palabra: por un lado, Jesús nos envía al mundo entero; por otro lado, san Pedro nos recuerda que el enviado debe ser humilde. La misión cristiana no nace del orgullo, sino de la confianza. No nace del deseo de imponerse, sino del deseo de servir. No nace de creernos mejores que los demás, sino de sabernos sostenidos por la misericordia de Dios.

El verdadero evangelizador no es el que habla más fuerte, sino el que deja que Cristo hable a través de su vida. No es el que aparenta tenerlo todo resuelto, sino el que, incluso en medio de sus fragilidades, se apoya en el Señor. No es el que se presenta como perfecto, sino el que puede decir: “Yo también necesito la gracia de Dios, pero he descubierto que Cristo salva, Cristo levanta, Cristo acompaña”.

San Pedro nos invita a “descargar en el Señor todas nuestras preocupaciones”. Esto es profundamente humano y profundamente espiritual. Muchas veces queremos evangelizar, servir, acompañar, sostener a otros, pero cargamos demasiados pesos por dentro: miedos, heridas, cansancios, resentimientos, ansiedades, preocupaciones familiares, pastorales, económicas, comunitarias. Y entonces la misión se nos vuelve pesada.

La Palabra nos dice hoy: no cargues solo lo que Dios quiere cargar contigo. Descarga en Él tus preocupaciones. Deja que el Señor trabaje contigo y en ti. Porque la misión no es solamente hacer cosas para Dios; es dejar que Dios haga su obra en nosotros y a través de nosotros.

Se trata de liberarnos de nosotros mismos para que Cristo ocupe todo su lugar en cada uno. Esta es una frase muy profunda. Muchas veces el mayor obstáculo para la misión no está afuera, sino dentro de nosotros: nuestro ego, nuestro miedo, nuestra necesidad de controlarlo todo, nuestro deseo de reconocimiento, nuestras inseguridades, nuestras heridas no sanadas.

Evangelizar exige vaciarnos un poco de nosotros mismos para que Cristo pueda pasar. Como Juan el Bautista, también nosotros deberíamos decir: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”. Cuando Cristo ocupa su lugar, nuestras palabras se vuelven más transparentes, nuestras obras más fecundas, nuestro servicio más limpio, nuestra presencia más sanadora.

El salmo de hoy nos hace cantar:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Esta es la raíz de toda evangelización: cantar la misericordia. No anunciamos una ideología. No anunciamos una moral fría. No anunciamos una institución humana. Anunciamos que Dios es misericordioso, que Dios es fiel, que Dios cumple sus promesas, que Dios no abandona a su pueblo.

El mundo necesita testigos de misericordia. Necesita cristianos que no solamente hablen de Dios, sino que hagan sentir algo de la bondad de Dios. Necesita comunidades donde el herido encuentre acogida, donde el pecador encuentre camino de conversión, donde el triste encuentre consuelo, donde el joven encuentre sentido, donde el enfermo encuentre compañía, donde el pobre encuentre dignidad.

Y aquí podemos mirar también a María, especialmente en este sábado. Aunque la liturgia de hoy celebra la fiesta de San Marcos, el sábado tiene siempre un perfume mariano. María es la primera discípula, la mujer que escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y la llevó al mundo. Ella no escribió un Evangelio con tinta, pero escribió el Evangelio con su vida.

María evangeliza desde la humildad. No busca protagonismo. No ocupa el centro. El centro es Cristo. En Caná dice: “Hagan lo que Él les diga”. Esa es toda su misión: llevarnos a Jesús. María es testigo silenciosa, fiel, fuerte. Está en Nazaret, está en Belén, está en Caná, está al pie de la cruz, está con la Iglesia naciente en Pentecostés.

En este día de San Marcos, podemos decir que María es también “evangelio viviente”: buena noticia para los pobres, consuelo para los afligidos, madre para los discípulos, señal de esperanza para la Iglesia peregrina.

San Marcos nos enseña a anunciar. San Pedro nos enseña a hacerlo con humildad y confianza. El salmo nos enseña a cantar la misericordia. María nos enseña a dejar que Cristo sea el centro.

El Evangelio termina diciendo que los discípulos salieron a predicar por todas partes, y que el Señor actuaba con ellos. Esta frase es preciosa: “El Señor actuaba con ellos”. No estaban solos. No iban únicamente con sus fuerzas. No dependían solamente de su inteligencia, de su valentía o de su capacidad de hablar. El Señor caminaba con ellos, obraba con ellos, confirmaba su palabra.

También hoy el Señor actúa con su Iglesia. Actúa cuando una madre enseña a rezar a su hijo. Actúa cuando un catequista prepara con amor su encuentro. Actúa cuando un sacerdote anuncia la Palabra y celebra los sacramentos. Actúa cuando un laico comprometido da testimonio honrado en su trabajo. Actúa cuando alguien visita a un enfermo, consuela a un triste, perdona una ofensa, comparte el pan, defiende la verdad, siembra paz.

No todos predicamos desde un púlpito, pero todos predicamos desde la vida. No todos escribimos un Evangelio como Marcos, pero todos estamos llamados a escribir páginas de Evangelio con nuestras decisiones de cada día.

Que San Marcos evangelista nos ayude a ser testigos valientes de la Buena Noticia. Que San Pedro nos enseñe la humildad de quien sabe confiar sus preocupaciones al Señor. Que María, Madre del Evangelio vivo, nos acompañe para que Cristo ocupe el centro de nuestro corazón.

Y que también nosotros podamos decir con el salmista, no solo con los labios sino con la vida:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Amén.

 

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San Marcos Evangelista
c. Primer siglo

patrón de los leones, abogados, Venecia, intérpretes y prisioneros

 

Hizo una crónica de lo que presenció el primer Papa

 


El Evangelio de Juan ofrece al lector esta breve escena posterior a la Resurrección: “Simón Pedro les dijo: 'Voy a pescar'. Ellos le dijeron: 'Iremos contigo'. Salieron y subieron a la barca…” ( Jn 21,3 ). 

El rebaño siguió por donde Pedro los guiaba. Con qué facilidad San Pedro pasa a primer plano en los Hechos de los Apóstoles. Con qué facilidad habla por toda la Comunidad de Fe. San Pedro deja incluso la dirección de la Iglesia en Jerusalén a Santiago para mostrar que no está ligado a una sola ciudad o comunidad. En cambio, Pedro camina hacia el horizonte más amplio de la evangelización, la capital del mundo: Roma. El traidor Pedro se convierte en el Papa Pedro.

Pedro era, por supuesto, un simple pescador. Es más interesante notar que no se quedó como un simple pescador. El Creció. Maduró. Dirigió. Y los líderes no tienen seguidores tanto como los que se unen. 

San Marcos, a quien conmemoramos hoy, fue uno de los más significativos de los muchos ensambladores que se desarraigaron para acompañar a Pedro en su peligrosa aventura de fundar la Iglesia.

Nada se sabe con certeza sobre los orígenes de Marcos o su juventud. No se le menciona en el Evangelio que lleva su nombre y sólo es posible el más mínimo esbozo biográfico. Lo que sí se sabe es que Marcos dejó su patria en Palestina para seguir primero a San Pablo y luego a San Pedro. 

Marcos navegó por mares peligrosos en barcos primitivos. Caminó largos trechos por tierras desoladas. Trató de convencer a los paganos empedernidos y a los romanos escépticos de que el mensaje del Evangelio era verdadero. 

Las palabras de los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Pablo y la Primera Carta de San Pedro ponen puntos en el gran mapa de la vida de Marcos. Sin embargo, aún quedaban muchos espacios en blanco en el medio. Marcos está viajando con Pablo en Asia Menor, luego está con Bernabé en un bote aquí, luego está con alguien más allá, y luego desaparece por varios años. Sin embargo, la evidencia dispersa termina con un claro testimonio de que Marcos se unió a Pedro en Roma. 

En la primera carta de Pedro, escrita desde la ciudad de su muerte a la Iglesia en Asia Menor, el Papa Pedro envía saludos de parte de Marcos y se refiere a él como “mi hijo”  (1 Pedro 5:13 ).

San Marcos es, por supuesto, más conocido como el autor de un Evangelio. Al igual que San Lucas y San Pablo, él no fue uno de los Doce Apóstoles y probablemente nunca conoció a Jesucristo en persona. Los eruditos creen que el Evangelio de San Marcos relata las experiencias de San Pedro, el mentor de Marcos. 

Cada Evangelio tiene sus propias fuentes, énfasis y audiencias únicas. 

Marcos escribe para los no judíos que estarían más impresionados por los milagros de Cristo que por su cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Así que en el Evangelio de Marcos se encuentran ciertos detalles coloridos que sugieren que el escritor estaba relatando las palabras de un testigo. 

Por ejemplo, en Marcos 5:41 , Jesús entra en la casa de Jairo, un líder de la sinagoga cuya hija yacía muerta. Cristo le dice: “Talitha koum”. Marcos luego le dice al lector que "Talitha koum" significa “A ti te te digo niña levántate”, presumiblemente porque sus lectores no hablaban arameo. Ningún otro Evangelio incluye este conmovedor detalle de las palabras no traducidas que salieron de la boca de Cristo ese día. Marcos también pone otras palabras arameas en los labios de Cristo: “ Ephatha ”, “ Abba ” y “ Hosanna. 

Pedro estaba allí cuando sucedió. Pedro escuchó al Señor hablar. Y Pedro estaba envejeciendo, o estaba en la cárcel, o lo amenazaban de muerte. El Evangelio que había compartido y repetido verbalmente miles de veces tuvo que ser escrito para enviarlo a otros, para preservar la exactitud de la historia o para contradecir versiones falsificadas. Y así ocurrió lentamente la progresión natural de la historia oral a la escrita. El Evangelio fue una palabra hablada antes de ser un libro, y la palabra tiene primacía sobre el libro. San Marcos el evangelista preservó para siempre la Palabra de Dios, Jesucristo, al poner por escrito las palabras de Pedro, asegurando así que los relatos de la vida de Cristo, hablados por testigos oculares, no se fueran flotando en la brisa. Consagrada la Palabra en papiro, San Marcos había cumplido su misión por los siglos de los siglos.

 

San Marcos, fuiste amigo de los Apóstoles y compartiste su compromiso de difundir la fe. Desde tu hogar en el Cielo, que fortalezcas a todos aquellos que no tienen el coraje de vivir el mensaje del Evangelio en sus propias vidas para que puedan testimoniarlo a los demás.


jueves, 23 de abril de 2026

24 de abril del 2026: viernes de la tercera semana de Pascua

 

No es magia

(Juan 6, 52-59) Aquí, la “carne” y la “sangre” designan a la persona en su totalidad. Se trata, por tanto, de vivir de la misma vida de Jesús: por la manducación de la Palabra, por la participación en la mesa eucarística y por una relación con Él semejante a la que Él vivió con el Padre. Sin la interiorización de la Palabra, sin una oración personal ferviente, la comida eucarística corre el peligro de convertirse en un acto mágico. Un tipo de relación con Dios que la Biblia no deja de denunciar.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura


Hch 9, 1-20


Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:
«Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».
Dijo él:
«¿Quién eres, Señor?».
Respondió:
«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:
«Ananías».
Respondió él:
«Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo:
«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R. : Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
 R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que come mi carne y bebe mi sangre —dice el Señor— habita en mí y yo en él. R.

 

Evangelio

Jn 6, 52-59

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes de Pascua nos pone ante tres movimientos espirituales muy profundos: Saulo cae y es transformado, el salmo invita a todos los pueblos a alabar la misericordia del Señor, y Jesús en el Evangelio nos revela el misterio central de nuestra fe: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.

La primera lectura nos presenta una de las conversiones más impresionantes de la historia cristiana: Saulo, perseguidor de la Iglesia, va camino de Damasco “respirando amenazas de muerte”. Lleva cartas, autoridad humana, seguridad ideológica, convicción religiosa, pero su corazón todavía no ha sido alcanzado por la misericordia. Entonces una luz del cielo lo envuelve y escucha aquella pregunta que lo derrumba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Esa pregunta es decisiva. Jesús no le dice: “¿Por qué persigues a mis discípulos?”, sino: “¿Por qué me persigues?”. Aquí aparece una verdad bellísima y exigente: Cristo se identifica con su Iglesia, con sus pequeños, con sus heridos, con sus perseguidos, con sus miembros sufrientes. Tocar al hermano es tocar a Cristo. Herir al hermano es herir a Cristo. Servir al hermano es servir a Cristo.

Saulo cae al suelo. Y a veces, hermanos, necesitamos caer. No porque Dios quiera humillarnos, sino porque hay caminos de soberbia, de autosuficiencia, de dureza interior, que sólo se interrumpen cuando una luz más grande nos desinstala. Saulo queda ciego, pero en realidad empieza a ver. Pierde la vista exterior, pero comienza a abrirse la mirada interior. El perseguidor será apóstol. El violento será evangelizador. El enemigo será instrumento elegido.

Por eso esta lectura tiene una fuerza penitencial muy grande. Nos invita a preguntarnos: ¿qué zonas de mi vida necesitan caer ante Cristo? ¿Qué durezas, resentimientos, cegueras, prejuicios, violencias interiores o palabras hirientes necesitan ser tocadas por la luz del Resucitado? ¿A quién estoy persiguiendo quizá con mi indiferencia, con mi juicio, con mi falta de caridad?

Y al mismo tiempo, esta lectura es profundamente esperanzadora. Nadie está definitivamente perdido. Nadie es sólo su pasado. Nadie queda reducido a sus errores. Si Saulo pudo convertirse en Pablo, también nosotros podemos renacer. Si aquel hombre que respiraba amenazas terminó respirando Evangelio, también nuestras heridas pueden convertirse en misión.

El salmo responsorial es breve, pero inmenso: “Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya”. Y añade: “Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre”. La conversión de Saulo confirma precisamente eso: que la misericordia de Dios es más grande que el pecado humano. Dios no se cansa de buscar, de llamar, de levantar, de sanar. Su fidelidad no dura hasta que nosotros fallamos; su fidelidad “dura por siempre”.

Y llegamos al Evangelio. Jesús continúa el discurso del Pan de Vida y sus palabras provocan desconcierto: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. La pregunta no es superficial. Es una pregunta seria, porque Jesús está diciendo algo que supera toda comprensión puramente humana. Él no ofrece una idea, no ofrece solamente una enseñanza moral, no ofrece un símbolo vacío. Jesús se ofrece a sí mismo: su carne, su sangre, su vida entera.

Cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, habla de su persona total, de su existencia entregada, de su amor llevado hasta la cruz. La Eucaristía no es magia. No es un rito automático. No es una costumbre piadosa que funciona sin fe, sin conversión, sin amor, sin oración. La Eucaristía es comunión real con Cristo vivo, pero exige un corazón abierto, una vida que quiera dejarse transformar.

Hermanos como dice alguien comentando este evangelio: sin interiorizar la Palabra, sin oración personal ferviente, sin una relación viva con Jesús, la participación eucarística puede correr el riesgo de parecerse a un gesto mágico. Es decir, como si bastara comulgar exteriormente sin permitir que Cristo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de mirar, de perdonar, de servir.

La Eucaristía no es magia: es alianza, es comunión, es permanencia, es transformación. Jesús dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer no es visitar de vez en cuando. Permanecer no es acercarse sólo por tradición. Permanecer es habitar en Cristo y dejar que Cristo habite en nosotros. Es vivir de Él como Él vive del Padre.

Aquí está el centro de la vida cristiana: vivir por Cristo. No sólo hablar de Cristo, no sólo celebrar ritos en nombre de Cristo, no sólo defender ideas religiosas, sino vivir de su misma vida. Comer su carne y beber su sangre significa dejarnos alimentar por su amor entregado, por su obediencia al Padre, por su compasión hacia los enfermos, por su ternura hacia los pecadores, por su paciencia con los débiles, por su misericordia con los heridos.

Y hoy, al ofrecer esta Eucaristía con intención penitencial y por quienes sufren en el alma y en el cuerpo, comprendemos mejor el misterio. Hay personas que no sólo tienen hambre de pan material. Hay quienes tienen hambre de paz, de sentido, de perdón, de compañía, de salud, de esperanza. Hay hermanos que sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor físico, las limitaciones. Y hay otros que sufren en el alma: depresión, ansiedad, culpa, soledad, duelos, heridas familiares, miedos profundos, silencios que nadie conoce.

A todos ellos, Cristo les dice: “Yo soy alimento para tu camino. Yo soy vida para tu cansancio. Yo soy presencia para tu soledad. Yo soy medicina para tus heridas. Yo soy resurrección para tus muertes interiores”.

Pero también nos dice a nosotros: no reciban mi Cuerpo para seguir indiferentes ante el cuerpo sufriente de sus hermanos. No beban mi Sangre para seguir alimentando divisiones, odios o palabras que hieren. No vengan a mi mesa si no quieren aprender mi estilo: el estilo del pan partido, de la vida entregada, del amor que se vuelve servicio.

Saulo recibió la luz de Cristo, pero también necesitó la mediación de Ananías. Dios pudo haberlo sanado directamente, pero quiso que un hermano se acercara, le impusiera las manos y le dijera: “Hermano Saulo”. Qué palabra tan poderosa: “hermano”. Ananías tenía razones para temerle, para desconfiar de él, para rechazarlo. Pero la gracia le enseñó a mirar a Saulo no sólo por su pasado, sino por la posibilidad nueva que Dios estaba haciendo nacer en él.

También nosotros estamos llamados a ser Ananías para alguien: acercarnos al que está ciego, al que ha caído, al que carga culpa, al que tiene mala fama, al que necesita una palabra que lo devuelva a la vida. A veces una persona empieza a sanar cuando alguien se atreve a llamarla de nuevo “hermano”, “hermana”, “hijo”, “hija”, “amigo”, “persona amada por Dios”.

Queridos hermanos: este viernes pascual nos invita a comulgar con profundidad. No nos acerquemos a la Eucaristía como quien cumple un gesto externo. Acerquémonos como Saulo caído en el camino, necesitados de luz. Acerquémonos como enfermos que buscan al Médico. Acerquémonos como pecadores que necesitan misericordia. Acerquémonos como discípulos hambrientos de vida eterna.

Pidamos hoy tres gracias.

Primera: la gracia de la conversión, para que Cristo derribe nuestras cegueras y transforme nuestras durezas.

Segunda: la gracia de vivir la Eucaristía con fe, no como magia ni rutina, sino como comunión viva con Jesús, Pan bajado del cielo.

Tercera: la gracia de ser consuelo para quienes sufren, especialmente para quienes padecen en el alma y en el cuerpo.

Que el Señor, cuya misericordia es grande y cuya fidelidad dura por siempre, nos alimente con su Cuerpo y con su Sangre. Que nos haga pasar de la ceguera a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la compasión, de la muerte a la vida.

Y que cada comunión nos haga más parecidos a Jesús: pan partido para el mundo, presencia humilde para los heridos, testigos vivos de la Pascua.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes pascual nos conduce al corazón de nuestra fe: Cristo vivo, Cristo que transforma, Cristo que se nos da como Pan de Vida. La primera lectura nos presenta la conversión de Saulo; el salmo nos invita a proclamar la misericordia del Señor a todos los pueblos; y el Evangelio nos pone ante una afirmación fuerte, luminosa y exigente de Jesús:

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

Como comenta alguien:  la fe eucarística no nace solamente de la razón humana. La razón es un don precioso de Dios; nos ayuda a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a orientar nuestras decisiones. Pero hay misterios que la razón sola no puede alcanzar. Necesita abrirse a la revelación. Necesita dejarse iluminar por la voz de Dios.

Por eso, ante el misterio de la Eucaristía, la pregunta de los judíos en el Evangelio es comprensible: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Desde una mirada puramente humana, la Eucaristía parece imposible. ¿Cómo puede ese pan ser el Cuerpo de Cristo? ¿Cómo puede ese cáliz ser su Sangre? ¿Cómo puede lo pequeño contener al Infinito? ¿Cómo puede lo visible esconder una Presencia tan grande?

Pero Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “Me expresé mal”. No dice: “Era sólo una imagen”. Al contrario, afirma con más fuerza: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”. Y añade: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Aquí estamos ante una certeza de fe. La Eucaristía no es un simple símbolo vacío, no es una representación teatral, no es una costumbre piadosa heredada de nuestros mayores. La Eucaristía es Cristo mismo, entregado por nosotros; es su Cuerpo ofrecido, su Sangre derramada, su vida comunicada a quienes creen en Él.

Ahora bien, como decíamos en la reflexión anterior, la Eucaristía no es magia. No basta acercarse exteriormente a comulgar si el corazón no quiere convertirse. No basta recibir el Pan consagrado si no queremos alimentarnos también de la Palabra, de la oración, del perdón, de la caridad. La Eucaristía es real, pero pide una respuesta real. Cristo se nos da entero, pero también espera que nosotros nos entreguemos a Él con sinceridad.

La primera lectura ilumina muy bien este camino. Saulo iba camino de Damasco lleno de seguridades humanas. Creía tener razón. Creía defender a Dios. Creía servir a la verdad. Pero en realidad estaba persiguiendo a Cristo en sus hermanos. Entonces una luz lo derriba y escucha aquella voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Qué fuerte es esto: Saulo tenía religión, pero todavía no tenía comunión con Cristo. Tenía celo, pero no tenía amor. Tenía convicciones, pero no tenía misericordia. Tenía fuerza, pero no tenía luz.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. Podemos tener prácticas religiosas, devociones, discursos, cargos, conocimientos, pero necesitar todavía una verdadera conversión del corazón. Podemos comulgar y, sin embargo, seguir alimentando resentimientos. Podemos participar en la Eucaristía y, sin embargo, despreciar al hermano. Podemos decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar, pero no reconocer el cuerpo sufriente de Cristo en el enfermo, en el pobre, en el abatido, en el que sufre en el alma y en el cuerpo.

Por eso hoy la intención penitencial es tan necesaria. Pedimos perdón al Señor porque muchas veces nuestra fe ha sido débil, rutinaria, superficial. Pedimos perdón porque nos hemos acercado a la Eucaristía sin hambre verdadera de conversión. Pedimos perdón porque hemos creído más en nuestras ideas que en la Palabra de Cristo. Pedimos perdón porque a veces hemos recibido el Cuerpo del Señor, pero hemos ignorado las heridas de su Cuerpo místico, que es la Iglesia y que son nuestros hermanos.

Saulo cae al suelo, queda ciego, ayuna tres días, entra en silencio. Y allí comienza su transformación. La fe verdadera siempre nos lleva a una caída de nuestras soberbias y a un nuevo nacimiento. Saulo tiene que dejarse conducir. Él, que iba seguro de sí mismo, ahora necesita que otros lo lleven de la mano. Él, que quería apresar cristianos, ahora necesita recibir ayuda de un cristiano llamado Ananías.

Y Ananías también vive su propia conversión. Tiene miedo, porque sabe quién es Saulo. Pero Dios le pide que se acerque. Y cuando llega, no lo llama “enemigo”, no lo llama “perseguidor”, no lo llama “asesino”. Le dice: “Hermano Saulo”.

Esa palabra es profundamente eucarística: hermano. Porque quien comulga con Cristo aprende a mirar de otra manera. Aprende a ver posibilidades donde otros sólo ven pasado. Aprende a reconocer la gracia donde otros sólo ven culpa. Aprende a acercarse al herido, al caído, al difícil, al que necesita una nueva oportunidad.

El salmo lo resume con una frase breve y universal: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. Y también dice: “Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre”. Eso fue lo que experimentó Saulo: una misericordia firme, más fuerte que su pecado; una fidelidad que no se cansó de buscarlo; una gracia capaz de convertir al perseguidor en apóstol.

Y eso es lo que recibimos en la Eucaristía: no una idea, sino misericordia viva; no una teoría, sino presencia real; no un simple recuerdo del pasado, sino el mismo Cristo que nos alimenta hoy para la vida eterna.

Hermanos, el Evangelio nos invita a una fe más cierta, más profunda, más confiada. Creer en la Eucaristía no significa entenderlo todo con la cabeza. Significa fiarnos de Jesús. Significa escuchar su Palabra y decir: “Señor, si Tú lo dices, es verdad. Si Tú lo prometes, se cumple. Si Tú te entregas, yo quiero recibirte con fe”.

Muchas cosas las creemos porque las vemos, las tocamos, las comprobamos. Pero las verdades de la fe tienen una certeza más profunda, porque no descansan solamente en nuestros sentidos, sino en la Palabra de Dios. Los sentidos ven pan; la fe reconoce a Cristo. Los sentidos perciben vino; la fe adora la Sangre del Señor. Los sentidos ven un altar; la fe contempla el sacrificio redentor actualizado sacramentalmente. Los sentidos ven una asamblea reunida; la fe descubre al Cuerpo de Cristo alimentado por su Cabeza.

Por eso, al acercarnos a comulgar, no digamos “Amén” de manera distraída. Ese “Amén” es una profesión de fe. Es decir: “Creo, Señor, que eres Tú. Creo que vienes a mí. Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida. Creo que me das vida eterna. Creo que puedes sanar lo que está enfermo en mí. Creo que puedes levantar lo que ha caído. Creo que puedes iluminar mis cegueras”.

Y hoy, de modo especial, pongamos sobre el altar a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a los tristes, a los deprimidos, a los ansiosos, a los que llevan duelos, a los que se sienten solos, a los que han perdido la esperanza, a los que viven dolores silenciosos que nadie conoce. La Eucaristía es alimento para los débiles. Es medicina para los heridos. Es compañía para los solos. Es fuerza para los cansados. Es promesa de resurrección para quienes sienten que algo se les está muriendo por dentro.

Pero también pidamos que esta Eucaristía nos convierta en presencia sanadora para ellos. Que no salgamos de misa igual. Que no salgamos sólo “cumplidos”, sino enviados. Que cada comunión nos haga más compasivos, más pacientes, más humildes, más capaces de decirle a alguien, como Ananías: “Hermano, hermana, Cristo también viene por ti”.

Queridos hermanos: Saulo encontró a Cristo en el camino y su vida cambió para siempre. Nosotros encontramos a Cristo en la Eucaristía. No lo dejemos pasar en vano. No lo recibamos como rutina. No lo reduzcamos a costumbre. No lo tratemos como magia. Recibámoslo como lo que es: el Señor vivo, el Pan verdadero, la Vida eterna que se nos entrega por amor.

Que el Señor aumente nuestra fe eucarística. Que purifique nuestra razón con la luz de su revelación. Que sane nuestras heridas. Que convierta nuestras durezas. Que haga de nosotros testigos de su misericordia.

Y que al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos decir con toda el alma:

Señor Jesús, creo que estás verdaderamente presente en la Eucaristía.
Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida.
Creo que Tú eres vida para mi alma, fuerza para mi camino y esperanza para mi dolor.
Aumenta mi fe. Sana mis heridas. Convierte mi corazón.
Y hazme instrumento de consuelo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Amén.

 

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