Cuando Jesús parte el pan
(Lucas 24, 13-35) Un gesto reconocible entre mil revela la presencia de Jesús, el hombre que camina hacia Emaús. A los ojos de los discípulos, este peregrino tiene una manera tan singular de partir el pan, que sus ojos se abren y reconocen en Él a su Maestro y Señor.
Cuando Jesús comparte el pan, entrega verdaderamente todo su ser a los
suyos, sin reserva. Un cuerpo quebrantado por el sufrimiento y la muerte, pero
resucitado en la fuerza del Espíritu.
Bénédicte de la Croix,
cistercienne
Primera lectura
Te doy lo que
tengo: en nombre de Jesús, levántate y anda
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, Pedro y Juan subían al templo, a la oración de la hora de nona,
cuando vieron traer a cuestas a un lisiado de nacimiento. Solían colocarlo
todos los días en la puerta del templo llamada «Hermosa», para que pidiera
limosna a los que entraban. Al ver entrar en el templo a Pedro y a Juan, les
pidió limosna. Pedro, con Juan a su lado, se quedó mirándolo y le dijo:
«Míranos».
Clavó los ojos en ellos, esperando que le darían algo. Pero Pedro le dijo:
«No tengo plata ni oro, pero te doy lo que tengo: en nombre de Jesucristo
Nazareno, levántate y anda».
Y agarrándolo de la mano derecha lo incorporó. Al instante se le fortalecieron
los pies y los tobillos, se puso en pie de un salto, echó a andar y entró con
ellos en el templo por su pie, dando brincos y alabando a Dios. Todo el pueblo
lo vio andando y alabando a Dios, y, al caer en la cuenta de que era el mismo
que pedía limosna sentado en la puerta Hermosa del templo, quedaron
estupefactos y desconcertados ante lo que le había sucedido.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Que
se alegren los que buscan al Señor.
O bien:
R. Aleluya.
V. Den gracias
al Señor, invoquen su nombre,
den a conocer sus hazañas a los pueblos.
Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas. R.
V. Gloríense
de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor.
Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro. R.
V. ¡Estirpe
de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R.
V. Se acuerda
de su alianza eternamente,
de la palabra dada, por mil generaciones;
de la alianza sellada con Abrahán,
del juramento hecho a Isaac. R.
Aclamación
V. Este
es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Evangelio
Lo
reconocieron al partir el pan
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
AQUEL mismo día, el primero de la semana, dos de los discípulos de Jesús iban
caminando a una aldea llamada Emaús, distante de Jerusalén unos sesenta
estadios; iban conversando entre ellos de todo lo que había sucedido. Mientras
conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y se puso a caminar con
ellos. Pero sus ojos no eran capaces de reconocerlo.
Él les dijo:
«¿Qué conversación es esa que traen mientras van de camino?».
Ellos se detuvieron con aire entristecido. Y uno de ellos, que se llamaba Cleofás,
le respondió:
«¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabes lo que ha pasado allí
estos días?».
Él les dijo:
«¿Qué?».
Ellos le contestaron:
«Lo de Jesús el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y palabras, ante
Dios y ante todo el pueblo; cómo lo entregaron los sumos sacerdotes y nuestros
jefes para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron. Nosotros esperábamos
que él iba a liberar a Israel, pero, con todo esto, ya estamos en el tercer día
desde que esto sucedió. Es verdad que algunas mujeres de nuestro grupo nos han
sobresaltado, pues habiendo ido muy de mañana al sepulcro, y no habiendo
encontrado su cuerpo, vinieron diciendo que incluso habían visto una aparición
de ángeles, que dicen que está vivo. Algunos de los nuestros fueron
también al sepulcro y lo encontraron como habían dicho las mujeres; pero a él
no lo vieron».
Entonces él les dijo:
«¡Qué necios y torpes son para creer lo que dijeron los profetas! ¿No era
necesario que el Mesías padeciera esto y entrara así en su gloria?».
Y, comenzando por Moisés y siguiendo por todos los profetas, les explicó lo que
se refería a él en todas las Escrituras.
Llegaron cerca de la aldea adonde iban y él simuló que iba a seguir caminando;
pero ellos lo apremiaron, diciendo:
«Quédate con nosotros, porque atardece y el día va de caída».
Y entró para quedarse con ellos. Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan,
pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. A ellos se les abrieron
los ojos y lo reconocieron. Pero él desapareció de su vista.
Y se dijeron el uno al otro:
«¿No ardía nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras?».
Y, levantándose en aquel momento, se volvieron a Jerusalén, donde encontraron
reunidos a los Once con sus compañeros, que estaban diciendo:
«Era verdad, ha resucitado el Señor y se ha aparecido a Simón».
Y ellos contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían
reconocido al partir el pan.
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos:
La liturgia de hoy nos regala una palabra
profundamente consoladora. En el Evangelio, los discípulos de Emaús van
caminando tristes, desanimados, heridos por la decepción. Habían puesto su
esperanza en Jesús, pero la cruz les había oscurecido el corazón. Caminan,
hablan, recuerdan, pero no comprenden. Y precisamente allí, en medio de su
tristeza, Jesús se hace compañero de camino.
Qué hermoso mensaje para nosotros, y de manera
especial para nuestros enfermos. Muchas veces también nosotros recorremos
caminos de Emaús: caminos de dolor, de incertidumbre, de cansancio interior, de
preguntas sin respuesta. A veces el sufrimiento del cuerpo o las penas del alma
nos hacen sentir que Dios está lejos. Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que
Cristo resucitado nunca abandona al que sufre. Aunque no siempre lo
reconozcamos de inmediato, Él camina a nuestro lado.
Los discípulos lo reconocen al partir el pan. Ese
gesto les abre los ojos. En ese pan partido descubren que el Crucificado está
vivo, que el amor no ha sido vencido, que la muerte no tuvo la última palabra.
Jesús resucitado sigue partiéndose por nosotros, sigue entregándose, sigue
haciéndose alimento, fuerza y consuelo para su pueblo.
La primera lectura nos muestra a Pedro levantando
al paralítico en el nombre de Jesús: “No tengo plata ni oro; pero lo que
tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda”. Es la
fuerza del Resucitado la que sana, la que levanta, la que devuelve dignidad y
esperanza. La Pascua no es sólo un recuerdo bonito: es una fuerza viva que
sigue actuando hoy.
Por eso, al orar por los enfermos, no lo hacemos
desde una fe vacía, sino desde la certeza de que Jesús resucitado se acerca
a sus camas, a sus hospitales, a sus hogares, a sus noches largas y silenciosas.
Él no siempre suprime de inmediato el dolor, pero sí lo llena de su presencia.
Él sostiene, fortalece, acompaña y transforma el sufrimiento en camino de
gracia.
Pidámosle al Señor que también a nosotros nos abra
los ojos para reconocerlo en la Palabra, en la Eucaristía, en la comunidad y en
cada hermano que sufre. Y que, como los discípulos de Emaús, después de haberlo
encontrado, volvamos con el corazón ardiente a anunciar que Cristo vive.
Amén.
2
Queridos
hermanos:
El
Evangelio de hoy nos presenta una de las escenas más bellas y profundas de todo
el tiempo pascual: los discípulos de Emaús. Es un relato que toca la vida real.
No comienza con cantos de victoria, sino con dos hombres que caminan tristes,
confundidos, heridos por la decepción. Habían esperado mucho de Jesús. Lo
habían seguido, habían creído en Él, habían soñado con un futuro distinto. Pero
la cruz les había destrozado los planes. Por eso se alejan de Jerusalén, el
lugar de la comunidad, el lugar de la esperanza, y se van hablando de su
fracaso.
Qué
actual es este Evangelio. También nosotros muchas veces caminamos así:
cansados, desilusionados, sin comprender lo que Dios permite, con preguntas en
el corazón. Y eso se vuelve todavía más fuerte cuando aparecen la enfermedad,
el sufrimiento, el dolor del cuerpo o el cansancio del alma. Cuántas personas
hoy, especialmente nuestros enfermos, podrían decir con sinceridad: “Señor, yo
esperaba otra cosa… yo pensaba que Tú ibas a actuar de otra manera… yo no
entiendo este dolor, esta limitación, esta prueba”.
Y,
sin embargo, el Evangelio nos revela algo maravilloso: Jesús resucitado se acerca precisamente
a esos discípulos heridos. No espera a que estén fuertes, ni
alegres, ni llenos de fe. Los alcanza en su confusión. Camina con ellos. Los
escucha. Los deja hablar. Los deja vaciar su tristeza. Esa es la primera buena
noticia de hoy: el
Resucitado no se aparta del que sufre; al contrario, se hace compañero de
camino.
Pero
hay un detalle que sorprende: ellos no lo reconocen. Jesús está allí, a su
lado, y no saben quién es. ¿Por qué? Porque la fe pascual no nace sólo de ver
con los ojos del cuerpo. Nace cuando el corazón es iluminado por la Palabra de
Dios. Antes de revelarse en el pan partido, Jesús primero les explica las
Escrituras. Les enseña a leer su dolor, su cruz, su aparente fracaso, a la luz
del plan de Dios. Les muestra que el Mesías tenía que padecer para entrar en su
gloria.
También
nosotros necesitamos esa pedagogía del Señor. Muchas veces quisiéramos
reconocer a Dios únicamente en el milagro visible, en la solución inmediata, en
la curación instantánea. Pero con frecuencia Jesús primero se nos revela en la
Palabra, en esa luz interior que nos ayuda a comprender que incluso en medio
del sufrimiento Dios sigue obrando, sigue amando, sigue salvando. La fe se enciende
cuando dejamos que la Palabra nos interprete la vida.
Por
eso los discípulos dirán después: “¿No
ardía acaso nuestro corazón mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba
las Escrituras?”. El corazón empieza a arder antes de que los
ojos se abran. Primero la Palabra enciende. Luego el pan partido revela. Así
sucede también en cada Eucaristía: primero escuchamos la Palabra; luego
reconocemos al Señor en la fracción del pan.
Y
aquí aparece una enseñanza central para nosotros. El relato de Emaús es también
una catequesis sobre la Santa Misa. En la Misa, Jesús resucitado sigue haciendo
lo mismo: camina con su pueblo, nos habla en las Escrituras, enciende el
corazón con su Palabra, y después se nos entrega en el Pan de Vida. No venimos
a la Eucaristía sólo a cumplir una costumbre piadosa; venimos a encontrarnos
verdaderamente con Cristo vivo. Él se hace presente en la asamblea, en la
Palabra proclamada, en el sacerdote que preside en su nombre y, de manera plena
y real, en la Eucaristía.
Cuando
Jesús tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, entonces sus
ojos se abrieron. Lo reconocieron. Y en ese mismo momento desapareció de su
vista. No porque se hubiera alejado, sino porque ahora estaría presente de un
modo nuevo: dentro de
ellos, en la fe renovada, en la comunión recibida, en el
corazón transformado. Ya no necesitaban retenerlo externamente; lo llevaban
dentro.
Eso
mismo sucede con nosotros. Cada Comunión bien vivida hace de nuestra alma un
santuario. Cristo resucitado no sólo pasa junto a nosotros: quiere habitar en
nosotros. Quiere entrar en nuestras heridas, en nuestros cansancios, en
nuestros temores, en nuestras enfermedades, en nuestras noches interiores.
Quiere quedarse.
La
primera lectura ilumina maravillosamente esta verdad. Pedro y Juan suben al
templo y encuentran a un hombre paralítico de nacimiento. Ese hombre no puede
caminar por sí mismo; depende de los demás; vive en situación de limitación
permanente. Y Pedro le dice: “No
tengo plata ni oro, pero lo que tengo te lo doy: en nombre de Jesucristo
Nazareno, levántate y camina”. Y aquel hombre se levanta, entra
caminando, saltando y alabando a Dios.
Qué
hermosa conexión con el Evangelio. El Resucitado no sólo enciende el corazón de
los discípulos de Emaús; también levanta al paralítico por medio de sus
apóstoles. Pascua significa precisamente eso: Cristo vivo continúa actuando,
sanando, levantando, devolviendo esperanza. A veces obra una curación física;
otras veces, concede una fortaleza interior inmensa; otras, regala paz,
paciencia, serenidad y una misteriosa fecundidad espiritual en medio del dolor.
Pero siempre actúa. Siempre levanta de alguna manera al que se deja tomar de la
mano.
Hoy,
entonces, nuestra oración se dirige de manera especial a los enfermos. Pensamos
en quienes padecen enfermedades largas, en quienes esperan un diagnóstico, en
quienes sufren dolores físicos, en quienes viven abatidos por la depresión, la
angustia o la soledad, en quienes están hospitalizados, en quienes ya casi no
pueden salir de casa, en los ancianos, en quienes sienten que su cuerpo ya no
responde como antes. Para todos ellos resuena hoy esta buena noticia: Jesús camina contigo, aunque no siempre
lo reconozcas; Jesús te habla, aunque a veces el dolor haga ruido; Jesús parte
para ti el pan de la vida; Jesús tiene poder para levantarte.
Y
a nosotros, que quizás acompañamos a un enfermo o convivimos con nuestras
propias limitaciones, el Evangelio nos hace una invitación concreta: no huir de
Jerusalén para encerrarnos en la tristeza; dejar que Cristo nos alcance en el
camino; escuchar su Palabra; volver a la Eucaristía con más fe; y descubrir que
el Resucitado sigue presente en la comunidad, en el sacramento y también en el
hermano que sufre.
Hay,
además, un detalle final muy significativo. Después de reconocer a Jesús, los
discípulos no se quedan instalados en una emoción religiosa. Regresan
inmediatamente a Jerusalén. Vuelven a la comunidad. Vuelven al anuncio. Vuelven
a la misión. El encuentro auténtico con el Resucitado no nos encierra, nos
envía. El que ha reconocido al Señor en la Palabra y en el Pan, no puede seguir
viviendo igual.
Pidámosle
hoy al Señor que haga arder también nuestro corazón. Que al escuchar su Palabra
se disipen nuestras cegueras y se fortalezcan nuestras esperanzas. Que al
recibirlo en la Eucaristía lo reconozcamos vivo y presente. Y que, de manera
especial, visite con su consuelo y su fuerza a todos nuestros enfermos.
Que
María, salud de los enfermos y madre de la esperanza, acompañe a quienes hoy
cargan la cruz del dolor, y nos enseñe a descubrir a Jesús vivo en cada Misa,
en cada prueba y en cada paso del camino.
Amén.



