Santos del día:
Santos Pedro y Pablo,
apóstoles
Siglo I. Las dos columnas de la
Iglesia que “llevaron al mundo el nombre de Cristo y dieron el testimonio
supremo del amor y de la sangre” (Pablo VI).
Siguiendo
al Maestro
(Mateo 16, 13-19) La Iglesia nos invita a contemplar a Pedro y
Pablo, dos figuras mayores de la tradición que, cada uno a su manera,
respondieron a la pregunta apremiante de Cristo: “Y ustedes, ¿quién dicen que
soy yo?” El compromiso radical de sus vidas siguiendo al Maestro nos invita a
abandonar nuestros estereotipos y a interrogarnos sobre el vínculo único que
nos une a Jesús. ¡Una relación rica en su singularidad, insustituible!
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
Ahora sé
realmente que el Señor me ha librado de las manos de Herodes
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, el rey Herodes decidió arrestar a algunos miembros de la
Iglesia para maltratarlos. Hizo pasar a cuchillo a Santiago, hermano de Juan.
Al ver que esto agradaba a los judíos, decidió detener también a Pedro. Eran
los días de los Ácimos. Después de prenderlo, lo metió en la cárcel,
entregándolo a la custodia de cuatro patrullas de cuatro soldados cada uno;
tenía intención de presentarlo al pueblo pasadas las fiestas de Pascua.
Mientras Pedro estaba en la cárcel bien custodiado, la Iglesia oraba
insistentemente a Dios por él.
Cuando Herodes iba a conducirlo al tribunal, aquella misma noche, estaba Pedro
durmiendo entre dos soldados, atado con cadenas. Los centinelas hacían
guardia a la puerta de la cárcel.
De repente, se presentó el ángel del Señor, y se iluminó la celda. Tocando a
Pedro en el costado, lo despertó y le dijo:
«Date prisa, levántate».
Las cadenas se le cayeron de las manos, y el ángel añadió:
«Ponte el cinturón y las sandalias».
Así lo hizo, y el ángel le dijo:
«Envuélvete en el manto y sígueme».
Salió y lo seguía, sin acabar de creerse que era realidad lo que hacía el
ángel, pues se figuraba que estaba viendo una visión. Después de atravesar la
primera y la segunda guardia, llegaron al portón de hierro que daba a la
ciudad, que se abrió solo ante ellos. Salieron y anduvieron una calle y de
pronto se marchó el ángel.
Pedro volvió en sí y dijo:
«Ahora sé realmente que el Señor ha enviado a su ángel para librarme de las
manos de Herodes y de toda la expectación del pueblo de los judíos».
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor me libró de todas mis ansias.
V. Bendigo
al Señor en todo momento,
su alabanza está siempre en mi boca;
mi alma se gloría en el Señor:
que los humildes lo escuchen y se alegren. R.
V. Proclamen
conmigo la grandeza del Señor,
ensalcemos juntos su nombre.
Yo consulté al Señor, y me respondió,
me libró de todas mis ansias. R.
V. Contémplenlo,
y quedarán radiantes,
su rostro no se avergonzará.
El afligido invocó al Señor,
él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. R.
V. El ángel
del Señor acampa en torno a quienes le temen
y los protege.
Gusten y vean qué bueno es el Señor,
dichoso el que se acoge a él. R.
Segunda
lectura
Me está
reservada la corona de la justicia
Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.
QUERIDO hermano:
Yo estoy a punto de ser derramado en libación y el
momento de mi partida es inminente.
He combatido el noble combate, he acabado la carrera, he
conservado la fe.
Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia,
que el Señor, juez justo, me dará en aquel día; y no solo
a mí, sino también a todos los que hayan aguardado con
amor su manifestación.
Mas el Señor estuvo a mi lado y me dio fuerzas para que,
a través de mí, se proclamara plenamente el mensaje y
lo oyeran todas las naciones. Y fui librado de la boca del
león.
El Señor me librará de toda obra mala y me salvará llevándome
a su reino celestial.
A él la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Tú eres
Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la
derrotará. R.
Evangelio
Tú eres
Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a
sus discípulos:
«¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?».
Ellos contestaron:
«Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los
profetas».
Él les preguntó:
«Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?».
Simón Pedro tomó la palabra y dijo:
«Tú eres el Mesías, el Hijo del Dios vivo».
Jesús le respondió:
«¡Bienaventurado tú, Simón, hijo de Jonás!, porque eso no te lo ha revelado ni
la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos.
Ahora yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el
poder del infierno no la derrotará.
Te daré las llaves del reino de los cielos; lo que ates en la tierra quedará
atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los
cielos».
Palabra del Señor.
1
Queridos hermanos y hermanas:
Hoy la Iglesia celebra con gozo y gratitud la
solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, dos columnas de la fe
cristiana. Dos hombres muy distintos, con temperamentos diferentes, historias
diferentes y caminos diferentes, pero unidos por una misma pasión: Jesucristo.
Pedro fue pescador de Galilea, hombre sencillo,
impulsivo, generoso, capaz de confesar con fuerza su fe, pero también capaz de
negar al Señor en la hora de la prueba. Pablo fue fariseo, perseguidor de los
cristianos, hombre de sólida formación, ardiente, apasionado, transformado por
el encuentro con Cristo resucitado en el camino de Damasco. Uno conoció a Jesús
caminando con Él por los senderos de Galilea; el otro lo encontró como una luz
que cambió para siempre su vida. Pero ambos terminaron entregándolo todo por el
Evangelio.
Al leer este texto y como comenta alguien, recordamos
que Pedro y Pablo respondieron, cada uno a su manera, a la pregunta central del
Evangelio de hoy: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Esa pregunta no es solo para Pedro. No es solo para
los apóstoles. Es una pregunta dirigida también a nosotros. Jesús no pregunta
simplemente qué dice la gente de Él, qué opinan los demás, qué dicen los
libros, los medios o la cultura. Jesús nos pregunta directamente: “Para ti,
¿quién soy yo?”
Pedro responde con una confesión luminosa: “Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Esa respuesta no nace solo de su
inteligencia ni de su fuerza humana. Jesús mismo le dice: “Eso no te lo ha
revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo.” La fe
verdadera es gracia. Es don. Es luz que Dios enciende en el corazón humano.
Y sobre esa fe, Jesús edifica su Iglesia: “Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.” Pedro no es piedra
porque sea perfecto. Pedro es piedra porque ha sido elegido, perdonado,
sostenido y confirmado por Cristo. La fuerza de la Iglesia no está en la
perfección humana de sus miembros, sino en la fidelidad del Señor que nunca
abandona a los suyos.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos muestra a Pedro en la cárcel. Herodes lo persigue, la comunidad
parece débil, y humanamente todo indica que la misión puede quedar detenida.
Pero hay un detalle hermoso: “La Iglesia oraba insistentemente a Dios por
él.” Mientras Pedro está encadenado, la comunidad ora. Y en medio de la
noche, el ángel del Señor lo libera.
Esta escena nos recuerda que la Iglesia vive de la
oración. Cuando todo parece cerrado, Dios abre caminos. Cuando las cadenas
parecen fuertes, la gracia es más fuerte. Cuando la noche es densa, el Señor
envía su luz. Pedro sale de la prisión y reconoce: “Ahora sé realmente que
el Señor ha enviado a su ángel para librarme.”
También nosotros conocemos cárceles: cárceles del
miedo, del pecado, de la tristeza, de la desesperanza, de la rutina, del resentimiento,
de la enfermedad y del duelo. Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos,
presentamos también nuestras propias cadenas interiores. Le pedimos al Señor
que así como liberó a Pedro de la prisión, libere a nuestros difuntos de toda
atadura y los reciba en la paz de su Reino.
El salmo nos hace cantar: “El Señor me libró de
todas mis ansias.” Es una palabra profundamente consoladora. El creyente no
está libre de pruebas, pero sabe que no está solo en ellas. El salmo dice
también: “El ángel del Señor acampa en torno a sus fieles y los protege.”
Por eso podemos bendecir al Señor en todo momento, incluso cuando atravesamos
la noche del dolor o de la muerte. Nuestra esperanza no descansa en nuestras
fuerzas, sino en la misericordia de Dios.
La segunda lectura nos presenta a san Pablo al
final de su vida. Sus palabras tienen sabor de despedida: “Yo estoy a punto
de ser sacrificado, y el momento de mi partida es inminente.” Pablo mira su
vida como una ofrenda. No se lamenta. No presume. No se desespera. Simplemente
hace una confesión serena: “He combatido bien mi combate, he corrido hasta
la meta, he mantenido la fe.”
Qué hermoso sería que también nosotros, al final de
nuestra vida, pudiéramos decir: “He mantenido la fe.” No significa que no
hayamos tenido caídas, dudas o cansancios. Significa que, en medio de todo, no
soltamos la mano de Dios. Pablo sabe que el Señor estuvo a su lado: “El
Señor me ayudó y me dio fuerzas.” Esa fue la experiencia de Pedro, de Pablo
y de todos los santos: no fueron fuertes por sí mismos; fueron fuertes porque
el Señor los sostuvo.
Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos,
podemos mirar sus vidas a la luz de esta palabra. Cada persona carga su propio
combate, su propia carrera, su propia historia de fe, con luces y sombras. Nosotros
los confiamos no a nuestros méritos ni a nuestros recuerdos, sino a la
misericordia del Señor, juez justo y Padre compasivo. Pedimos que quienes ya
han terminado su carrera en este mundo reciban la corona de vida que el Señor
promete a los que esperan en Él.
Pedro y Pablo nos enseñan que seguir a Cristo no es
quedarse en una admiración superficial. No basta decir que Jesús fue un gran
maestro, un profeta, un líder espiritual o un ejemplo moral. La pregunta de
Jesús va más hondo: “¿Quién soy yo para ti?” Y la respuesta verdadera
compromete la vida.
Para Pedro, responder significó dejar las redes,
caminar con Jesús, llorar su pecado, recibir el perdón y confirmar a sus
hermanos. Para Pablo, responder significó dejar atrás su antigua seguridad,
hacerse servidor del Evangelio, anunciar a Cristo hasta los confines del mundo
y entregar su vida como ofrenda.
Y para nosotros, ¿qué significa responder hoy?
Significa poner a Cristo en el centro. Significa vivir la fe no como costumbre
vacía, sino como relación viva. Significa pertenecer a la Iglesia no como
espectadores, sino como discípulos. Significa confiar cuando hay pruebas, orar
cuando hay cadenas, perseverar cuando hay cansancio, servir cuando hay
necesidad y esperar cuando la muerte toca a nuestra puerta.
La solemnidad de Pedro y Pablo nos recuerda que la
Iglesia es apostólica: viene de la fe de los apóstoles, se sostiene en el
testimonio de los mártires y sigue anunciando a Cristo en medio del mundo.
También hoy la Iglesia necesita cristianos con corazón de Pedro y pasión de
Pablo: humildes para reconocer sus caídas, valientes para confesar la fe,
disponibles para evangelizar y firmes para mantener la esperanza.
En esta Eucaristía, unimos nuestra oración por
nuestros hermanos difuntos. Los colocamos espiritualmente sobre el altar del
Señor. Que Cristo, el Hijo de Dios vivo, a quien Pedro confesó; Cristo, el
Señor resucitado, a quien Pablo anunció; Cristo, vencedor del pecado y de la
muerte, los reciba en su paz.
Y pidamos también por nosotros, que todavía peregrinamos
en este mundo. Que al escuchar la pregunta de Jesús —“Y ustedes, ¿quién dicen
que soy yo?”— no respondamos solo con palabras, sino con la vida. Que podamos
decir con Pedro: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.” Y que al
final de nuestra carrera podamos decir con Pablo: “He combatido bien mi
combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe.”
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
Hoy
celebramos la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, dos grandes
columnas de la Iglesia. En ellos contemplamos dos maneras distintas y
complementarias de servir a Cristo: Pedro, como roca de la fe y signo de
unidad; Pablo, como apóstol ardiente que lleva el Evangelio hasta los confines
de la tierra.
El
Evangelio nos sitúa en un momento decisivo. Jesús pregunta a sus discípulos: “Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”
Pedro responde con una confesión luminosa: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”
Entonces Jesús le dice: “Tú
eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno
no la derrotará.”
Esta
es una de las grandes certezas de nuestra fe: la Iglesia prevalecerá. No porque sus
miembros sean perfectos, no porque no tenga heridas, no porque esté libre de
crisis, persecuciones o pecados, sino porque Cristo mismo la fundó y prometió
sostenerla. La Iglesia ha sufrido y sufrirá muchas pruebas, pero no será
vencida, porque está bajo la providencia de Dios.
Pedro
es elegido como roca, no por su perfección humana, sino por la gracia de
Cristo. Sabemos que Pedro fue débil, tuvo miedo, negó al Señor y necesitó ser
perdonado. Pero precisamente ahí se manifiesta la fuerza de Dios: Cristo
edifica su Iglesia no sobre la autosuficiencia humana, sino sobre una fe
sostenida por la gracia.
Jesús
le confía a Pedro las
llaves del Reino de los cielos. Con esta imagen, el Señor le
entrega una misión de servicio, de autoridad y de comunión. Pedro debe
confirmar a sus hermanos en la fe, custodiar la verdad recibida y mantener
unida a la comunidad. Por eso, al celebrar a San Pedro, miramos también con fe
el ministerio del Papa, sucesor de Pedro, llamado a servir a la Iglesia como
signo visible de unidad y fidelidad al Evangelio.
La
primera lectura nos muestra a Pedro encarcelado. Herodes persigue a la Iglesia,
Pedro está encadenado y todo parece perdido. Pero la comunidad ora
insistentemente por él, y el Señor envía a su ángel para liberarlo. Esta escena
confirma la promesa de Jesús: las fuerzas del mal pueden encadenar, perseguir y
amenazar, pero no pueden destruir la obra de Dios.
También
hoy la Iglesia experimenta pruebas: persecuciones, escándalos, divisiones,
indiferencia religiosa, cansancio espiritual. Sin embargo, la Palabra nos
recuerda que la última palabra no la tienen las cadenas, ni los poderes del
mundo, ni las puertas del abismo. La última palabra la tiene Cristo, que dijo: “El poder del infierno no la derrotará.”
El
salmo responde a esta experiencia con gratitud: “El Señor me libró de todas mis ansias.”
Pedro pudo decirlo al salir de la cárcel. Pablo pudo decirlo en medio de sus
persecuciones. Y también nosotros podemos decirlo cuando, en la fe, reconocemos
que Dios no abandona a su Iglesia ni a sus hijos.
San
Pablo, por su parte, aparece en la segunda lectura al final de su vida. Sus
palabras tienen la fuerza de un testamento espiritual: “He combatido bien mi combate, he
corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” Pablo sabe que su
vida ha sido derramada como ofrenda. Ha predicado, ha sufrido, ha viajado, ha
fundado comunidades, ha defendido la fe y ha anunciado a Cristo con valentía.
Si
Pedro nos recuerda la firmeza de la roca, Pablo nos recuerda el dinamismo de la
misión. La Iglesia no existe para encerrarse en sí misma, sino para anunciar a
Jesucristo. La fe que Pedro confiesa debe ser llevada al mundo con el ardor de
Pablo. Unidad y misión, verdad y evangelización, fidelidad y salida: eso
celebramos hoy en estos dos apóstoles.
La
Iglesia necesita siempre de estas dos gracias: la firmeza de Pedro y el celo
apostólico de Pablo. Necesita permanecer unida en la fe verdadera, pero también
salir con valentía a anunciar el Evangelio. Una Iglesia sin Pedro perdería
unidad y fundamento; una Iglesia sin Pablo perdería impulso misionero y pasión
evangelizadora.
Hoy
Jesús vuelve a preguntarnos: “Y
ustedes, ¿quién dicen que soy yo?” No basta responder con
fórmulas aprendidas. Nuestra respuesta debe verse en la vida: en el amor a
Cristo, en la fidelidad a la Iglesia, en la oración, en la caridad, en la
defensa de la fe, en la evangelización y en el testimonio cotidiano.
También
nosotros somos llamados a continuar la misión de Pedro y Pablo. Como Pedro,
estamos llamados a permanecer firmes en la fe, aun en medio de nuestras
debilidades. Como Pablo, estamos llamados a anunciar el Evangelio con valentía,
sin avergonzarnos de Cristo y sin cansarnos de hacer el bien.
Pidamos
en esta solemnidad la intercesión de los santos apóstoles Pedro y Pablo. Que
ellos oren por la Iglesia, por el Papa, por los obispos, por los sacerdotes,
por los misioneros, por los catequistas y por todos los bautizados. Que nos
ayuden a amar más a la Iglesia, a confiar en la promesa de Cristo y a
comprometernos con la misión que Él nos ha confiado.
Que
al final de nuestra vida podamos decir con San Pablo: “He combatido bien mi combate, he
corrido hasta la meta, he mantenido la fe.” Y que cada día
podamos confesar con San Pedro: “Tú
eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.”
San
Pedro y San Pablo, rueguen por nosotros. Amén.


