martes, 29 de septiembre de 2026

30 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II-Memoria obligatoria de San Jerónimo, presbítero y Doctor de la Iglesia


Testigo de la fe:

San Jerónimo


Hacia 347-420.

“Ignorar las Escrituras es ignorar a Cristo”, afirmaba el autor de la Vulgata (traducción de la Biblia al latín a partir de los textos hebreos y griegos).

Padre y doctor de la Iglesia, san Jerónimo consagró su inteligencia y sus esfuerzos al estudio, la traducción y la explicación de la Sagrada Escritura. Establecido en Belén, hizo de la Palabra de Dios el centro de su vida y procuró encarnarla, aun en medio de las dificultades de su temperamento. Su legado nos invita a leer la Biblia con perseverancia, en oración y en comunión con la Iglesia.

Celebrar su memoria es preguntarnos qué lugar ocupa el Evangelio en nuestra jornada. Al abrir las Escrituras con fe, encontramos a Cristo, que ilumina nuestras decisiones y transforma nuestro corazón.

Señor, por intercesión de san Jerónimo, despierta en nosotros el amor a tu Palabra. Enséñanos a escucharla, comprenderla y vivirla. Amén.

 

 

¡Adelante!

¡Qué exigencia casi inhumana en las palabras de Jesús! Se percibe una urgencia, una determinación. El enfrentamiento final se acerca; ya no es tiempo de titubear, de mirar atrás, de enterrar…

Jesús camina hacia Jerusalén y sus palabras sacuden a quienes desean seguirlo. ¿Habrá que renunciar incluso a los afectos más profundos? Su llamada no invita a la insensibilidad ni al desprecio de los deberes familiares. Nos confronta con la prioridad del Reino y con nuestra facilidad para aplazar lo esencial: «Te seguiré, Señor, pero primero…». Ese «primero» puede convertirse en una espera interminable.

Poner la mano en el arado supone orientar la vida hacia un horizonte y perseverar. Quien vuelve continuamente la mirada hacia lo que deja difícilmente puede abrir un surco recto. También nosotros podemos quedar atrapados en nostalgias, temores o seguridades que nos impiden responder a Dios en el presente.

¡Adelante! El Señor no nos pide borrar nuestra historia, sino confiarle el porvenir. Hoy podemos dar un paso: ofrecer ese perdón pendiente, servir a quien nos necesita, responder a una llamada que llevamos tiempo posponiendo. El seguimiento comienza cuando dejamos de poner condiciones y nos atrevemos a caminar con él.

Jesús, libera nuestro corazón de las excusas que retrasan nuestra respuesta. Danos la confianza necesaria para seguirte y la constancia para permanecer contigo. Amén.

 


 

Primera lectura

Job 9, 1-12. 14-16

El mortal no es justo ante Dios

Lectura del libro de Job.

RESPONDIÓ Job a sus amigos:
«Sé muy bien que es así:
que el mortal no es justo ante Dios.
Si quiere pleitear con él,
de mil razones no le rebatirá ni una.
Él es sabio y poderoso,
¿quién le resiste y queda ileso?
Desplaza montañas sin que se note,
cuando las vuelca con su cólera.
Estremece la tierra en sus cimientos,
hace retemblar sus pilares;
manda al sol que no brille
y guarda bajo sello las estrellas.
Él solo despliega los cielos
y camina sobre el dorso del Mar.
Creó la Osa y Orión,
las Pléyades y las Cámaras del Sur.
Hace prodigios insondables,
maravillas innumerables.
Si cruza junto a mí, no lo veo;
me roza, al pasar, y no lo siento;
si en algo hace presa, ¿quién se lo impedirá?,
¿quién le reclamará: “Qué estás haciendo”?
Cuánto menos podré yo replicarle
o escoger argumentos contra él.
Aunque tuviera yo razón, no respondería,
tendría que suplicar a mi adversario;
aunque lo citara y me respondiera,
no creo que me hiciera caso».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 87, 10bc-11. 12-13. 14-15 (R.: 3a)

R. Llegue hasta ti mi súplica, Señor.

V. Todo el día te estoy invocando, Señor,
tendiendo las manos hacia ti.
¿Harás tú maravillas por los muertos?
¿Se alzarán las sombras para darte gracias?
R.

V. ¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia,
o tu fidelidad en el reino de la muerte?
¿Se conocen tus maravillas en la tiniebla,
o tu justicia en el país del olvido?
R.

V. Pero yo te pido auxilio, Señor;
por la mañana irá a tu encuentro mi súplica.
¿Por qué, Señor, me rechazas
y me escondes tu rostro?
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por él lo perdí todo, y todo lo considero basura
con tal de ganar a Cristo y ser hallado en él.
R.

 

Evangelio

Lc 9, 57-62

Te seguiré adondequiera que vayas

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús y sus discípulos iban de camino, le dijo uno:
«Te seguiré adondequiera que vayas».
Jesús le respondió:
«Las zorras tienen madrigueras, y los pájaros del cielo nidos, pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza».
A otro le dijo:
«Sígueme».
Él respondió:
«Señor, déjame primero ir a enterrar a mi padre».
Le contestó:
«Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú vete a anunciar el reino de Dios».
Otro le dijo:
«Te seguiré, Señor. Pero déjame primero despedirme de los de mi casa».
Jesús le contestó:
«Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el reino de Dios».

Palabra del Señor.


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¡Adelante, también en medio de la fragilidad!

 

Hermanos, hay momentos en que avanzar cuesta mucho. Para una persona enferma, avanzar puede significar levantarse de la cama, acudir a una consulta, comenzar un tratamiento o simplemente afrontar otra noche sin dormir. Para quienes la cuidan, puede significar vencer el cansancio y encontrar fuerzas para seguir acompañando.

Hoy, cuando encomendamos especialmente a nuestros enfermos, la Palabra nos habla de un camino exigente. Jesús nos invita a seguirlo; Job nos deja escuchar sus preguntas desde el sufrimiento, y el salmo convierte la angustia en oración. Las tres lecturas nos ayudan a creer cuando el camino se vuelve difícil.

En la primera lectura encontramos a Job, un hombre herido que no comprende lo que está viviendo. Reconoce la grandeza de Dios, su sabiduría y su poder sobre la creación, pero le cuesta percibir su cercanía. Se siente pequeño, sin argumentos suficientes para presentar su causa.

¡Cuántas personas pueden reconocerse en él! También un enfermo puede preguntarse: «Señor, ¿por qué me ocurre esto? ¿Por qué se prolonga tanto? ¿Dónde estás mientras sufro?». Y esas preguntas pueden aparecer en alguien que ha rezado toda la vida.

La experiencia de Job nos invita a acercarnos con respeto al dolor ajeno. No todo sufrimiento necesita una explicación inmediata. A veces necesita una silla junto a la cama, una mano que acompañe, alguien dispuesto a escuchar sin juzgar. No tenemos que resolver el misterio del dolor para hacernos presentes con amor.

Y, si somos nosotros quienes sufrimos, podemos presentarnos ante Dios tal como estamos. No hace falta disimular el miedo ni esconder las lágrimas para poder orar.

Eso nos enseña el salmo cuando repetimos: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». El salmista está en la oscuridad; pregunta, clama, extiende las manos. Todavía no encuentra alivio, pero sigue dirigiéndose a Dios. Su oración nace precisamente de esa herida.

Hoy podemos prestar nuestra voz a quienes ya casi no tienen fuerzas para rezar: al enfermo hospitalizado, a quien espera un diagnóstico, a quien vive con dolor constante, a quien padece una angustia que los demás no alcanzan a comprender. También a la familia que se siente agotada.

Por todos ellos decimos: «Llegue hasta ti mi súplica, Señor». Cuando a un hermano le faltan las palabras, la comunidad puede sostenerlo con su oración y con su presencia.

En el Evangelio, Jesús va de camino y se encuentra con personas que desean seguirlo. Sus respuestas sorprenden por su dureza. No promete comodidad; exige una decisión que alcanza incluso los vínculos más profundos. El anuncio del Reino tiene una urgencia que no permite dejar siempre la respuesta para después.

Podemos reconocer en nosotros esa disposición a aplazar: «Señor, cuando tenga más tiempo; cuando todo esté resuelto; cuando desaparezcan mis preocupaciones…». Pero, si esperamos a que la vida sea perfecta para vivir el Evangelio, nuestra respuesta puede no llegar nunca.

Jesús nos llama en la vida que tenemos hoy: con nuestras responsabilidades, nuestras limitaciones y nuestras heridas.

Sus palabras sobre enterrar al padre nos estremecen. No debemos convertirlas en una justificación para abandonar a la familia o desentendernos de un enfermo. Enterrar a los muertos y cuidar a quienes sufren son obras de misericordia. La fuerza de esta llamada nos confronta con la prioridad de Dios: seguir a Jesús compromete toda la existencia y transforma también nuestra manera de amar a los nuestros.

Para muchos de nosotros, responder hoy a Jesús tendrá la forma concreta de cuidar. Visitar a alguien que está solo. Acompañarlo a una cita. Ayudar a conseguir sus medicamentos. Dar un descanso a quien lleva semanas atendiendo a un familiar. Escuchar sin mirar constantemente el reloj.

El amor también tiene urgencia. Hay visitas que no conviene seguir aplazando y palabras de cariño que alguien necesita escuchar hoy.

Finalmente, Jesús presenta la imagen de quien pone la mano en el arado y vuelve la mirada hacia atrás. El labrador necesita atender al surco que está abriendo. Nosotros también necesitamos un horizonte para caminar.

Para una persona enferma, esta invitación debe escucharse con especial ternura. No significa que deba mostrarse fuerte a toda hora ni que llorar sea retroceder en la fe. A veces, seguir adelante consiste en aceptar ayuda, reconocer el propio cansancio o decir apenas: «Señor, acompáñame en este día».

La fidelidad también puede vivirse desde una cama. La dignidad de una persona no disminuye porque ya no pueda trabajar, desplazarse o hacer lo que antes hacía. Sigue siendo amada por Dios y sigue siendo parte necesaria de nuestra comunidad.

En la memoria de san Jerónimo, recordamos además cuánto necesitamos alimentarnos de la Escritura. Que en nuestras casas haya un momento para escuchar el Evangelio; que junto al enfermo sepamos compartir una palabra de esperanza, con delicadeza y respetando su cansancio. La Palabra puede ayudarnos a poner en manos de Dios aquello que no sabemos expresar.

Al celebrar esta Eucaristía, traigamos al corazón los nombres y los rostros de nuestros enfermos. Pidamos por su recuperación, por quienes los atienden y por sus familias. Y pidamos también disponibilidad para que nuestra oración se convierta en cuidado.

Quedémonos con esta pregunta: ¿Qué paso concreto me pide hoy Jesús para seguirlo y acompañar a alguien que sufre?

Señor Jesús, te presentamos a nuestros enfermos. Concédeles alivio y recuperación; sostenlos en el miedo y en la incertidumbre. Fortalece a sus familias y guía a quienes cuidan de su salud. Haznos atentos a sus necesidades y generosos con nuestro tiempo.

María, Salud de los Enfermos, acompaña a quienes atraviesan horas difíciles. Enséñanos a permanecer junto a ellos con ternura y a caminar con tu Hijo, un día a la vez. Amén.


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30 de septiembre:

San Jerónimo, Presbítero y Doctor — Memoria

c. 340s–420
Patrono de los arqueólogos, archivistas, biblistas, bibliotecarios, bibliotecas, escolares, estudiantes y traductores
Canonizado por aclamación popular (pre-congregación)
Declarado Doctor de la Iglesia por el papa Benedicto XIV en 1724

 


Cita:


«Interpreto como debo, siguiendo el mandato de Cristo: “Escudriñad las Escrituras” y “Buscad y hallaréis”. Porque si, como dice Pablo, Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios, y si quien no conoce la Escritura no conoce el poder y la sabiduría de Dios, entonces la ignorancia de las Escrituras es ignorancia de Cristo».


~San Jerónimo, Comentario a Isaías


Reflexión

Eusebio Sofronio Jerónimo, más tarde conocido como Jerónimo, nació en la ciudad de Estridón, en algún lugar de los Balcanes. Treinta años antes de su nacimiento, el emperador Constantino había legalizado la práctica del cristianismo en el Imperio Romano, pero muchos aún se aferraban a las religiones y filosofías romanas y griegas. Jerónimo tuvo al menos un hermano, y ambos fueron criados por buenos padres cristianos que creían en la importancia de la educación.

En la adolescencia, sus padres lo enviaron a Roma para estudiar lengua, gramática, retórica, teología y filosofía. Aprendió griego, además del latín que ya conocía desde niño, y se sumergió en los clásicos: Virgilio, Cicerón y Terencio. Aunque había sido criado como cristiano, en Roma sus costumbres se relajaron y cayó en pecados de la carne. Esto le llenó de culpa, y muchos domingos visitaba las catacumbas para recordarse de la muerte y de la posibilidad del infierno. Como era costumbre en aquel tiempo, no había sido bautizado de niño, por lo que, antes de salir de Roma, decidió bautizarse e inició una conversión.

Hacia los treinta años, después de su bautismo, Jerónimo viajó a varios lugares cristianos históricos. Fue a Aquilea, en la actual Italia septentrional, donde convivió con una ferviente comunidad cristiana bajo la guía del obispo Valeriano. Luego viajó al desierto de Calcis, al sur de la actual Alepo y Antioquía en Siria, donde vivió como ermitaño durante varios años. En el desierto oraba, profundizó en el griego y comenzó a aprender hebreo. También tradujo diversos libros cristianos al latín. Durante este tiempo tuvo una visión en la que fue “arrebatado en el espíritu y llevado ante el tribunal del Juez”. El Juez le preguntó quién era. Jerónimo respondió: “Soy cristiano”. Insatisfecho con la respuesta, el Juez le dijo: “Mientes, eres seguidor de Cicerón y no de Cristo. Porque ‘donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón’”. Esto lo marcó profundamente, pues comprendió que todavía estaba más apegado a la literatura pagana que a Cristo y a su Palabra sagrada. Con esa conciencia, Jerónimo se entregó más plenamente a Cristo y a una vida de celibato, comprometiéndose a dedicarse solo a la Palabra de Dios y a su voluntad, apartándose de su interés por la literatura secular. Tras varios años en el desierto, regresó a Antioquía, donde fue ordenado sacerdote.

Una vez ordenado, Jerónimo viajó a Constantinopla, donde pasó algunos años estudiando bajo la guía del futuro santo, el arzobispo Gregorio de Nacianzo. Allí profundizó enormemente en la fe ortodoxa del Credo de Nicea. Continuó traduciendo obras al latín común y se adentró más en la vida de oración.

Hacia el año 382, el papa Dámaso convocó al padre Jerónimo a Roma para que fuera su secretario y consejero. El Santo Padre le pidió preparar una nueva traducción de la Biblia a partir del griego y del hebreo, pues en ese tiempo había muchas versiones latinas mal hechas. El papa quería una sola versión buena, y Jerónimo aceptó el reto. Comenzó con el Nuevo Testamento, traduciéndolo del griego al latín.

El padre Jerónimo llevó una vida de oración y austeridad, y no tuvo reparos en denunciar la corrupción que veía en el clero y en la sociedad romana. Algunos biógrafos dicen que tenía un temperamento fuerte, pero otros interpretan esa energía como la pasión con la que predicaba contra el pecado y llamaba a la conversión. También reunió a su alrededor a un grupo de mujeres santas—nobles, viudas y vírgenes—con quienes compartía su conocimiento de las Escrituras. Debido al tiempo que pasaba con ellas, fue acusado de conductas inapropiadas, sobre todo por algunos clérigos romanos que se sentían ofendidos por él. Tras la muerte del papa Dámaso, esas acusaciones empeoraron, e incluyeron críticas a sus traducciones del Nuevo Testamento. A causa de esa hostilidad, Jerónimo decidió abandonar Roma, y algunas de estas mujeres santas se fueron con él.

Después de Roma, Jerónimo volvió a Antioquía y luego a Tierra Santa. Llegó a Belén, donde pasó el resto de su vida. Allí se convirtió en ermitaño en las cuevas cercanas a la Basílica de la Natividad y continuó su oración, estudios, traducciones y otros escritos. Fundó un monasterio para hombres, y las mujeres que lo acompañaban establecieron un convento cercano.

En Belén, Jerónimo continuó su labor de traducir la Biblia al latín. Pasó unos ocho años traduciendo el Nuevo Testamento del griego original y luego alrededor de quince años traduciendo el Antiguo Testamento del hebreo, algo que nunca se había hecho antes. Su obra fue aceptada por los eruditos de la Iglesia de Occidente por su precisión y claridad. La traducción fue llamada Vulgata, es decir, “traducción común”, porque buscaba presentar la Biblia de manera comprensible y clara para el pueblo sencillo, en su propia lengua. Con el tiempo, se difundió enormemente. Finalmente, después de la Reforma protestante, en 1546 el Concilio de Trento declaró la Vulgata de San Jerónimo como la traducción oficial de la Iglesia.

Gracias a su profundo conocimiento de la Escritura, el padre Jerónimo escribió comentarios sobre muchos libros de la Biblia, ofreciendo valiosas reflexiones fruto de su trabajo como traductor. También escribió sobre la vida de los santos, dejando algunas de las primeras fuentes históricas sobre sus vidas heroicas. Escribió ampliamente sobre la Santísima Virgen María, sobre el valor de la virginidad, combatió herejías y dejó muchas cartas que contienen ricas enseñanzas espirituales e históricas.

Tras unos 38 años en Belén, el padre Jerónimo murió, pero sus escritos siguieron vivos. Poco después de su muerte, fue reconocido como santo por aclamación popular, como era costumbre en la Iglesia primitiva. Aunque su impacto fue profundo y permanente, no fue declarado Doctor de la Iglesia hasta 1724.

San Jerónimo fue un cristiano devoto, teólogo, sacerdote y monje. Predicó la verdad incluso cuando ofendía a otros. Su dedicación a la Sagrada Escritura no tiene igual, y el impacto de sus traducciones y escritos sigue vigente hoy.


Exhortación

Al honrar a este santo, pensemos en nuestro propio compromiso con la reflexión orante de la Palabra de Dios. San Jerónimo debe inspirarnos a dedicar más de nuestro tiempo y atención al amor de la Palabra mediante el estudio, la reflexión y la oración. Comprometámonos a este ideal y busquemos la intercesión de San Jerónimo.


Oración

San Jerónimo, Dios te dio una vocación única y te usó para brindar a la Iglesia una comprensión fundamental de las Escrituras. Tu dedicación a la oración, la ascesis y el estudio mostró claramente tu amor por Dios y por su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que yo llegue a tener el mismo amor profundo por las Escrituras que tú tuviste y, así, alcance el mismo amor de Dios que habitó en ti.
San Jerónimo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

lunes, 28 de septiembre de 2026

29 de septiembre del 2026: Fiesta de los Santos Arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael


San Miguel, san Gabriel y san Rafael, arcángeles

Los nombres de estos tres arcángeles, mensajeros de Dios, significan en hebreo «¿Quién como Dios?» (Miguel), «Dios muestra su fuerza» (Gabriel) y «Dios sana» (Rafael).

La Sagrada Escritura nos presenta a Miguel como defensor del pueblo de Dios y combatiente contra el mal; a Gabriel como el mensajero que anuncia a María que será la Madre del Salvador; y a Rafael como instrumento de la acción sanadora de Dios en el libro de Tobías. Sus misiones nos hablan de un Dios que protege, comunica su amor y cura las heridas de sus hijos.

Celebrar a los santos arcángeles es renovar nuestra confianza en la presencia y el cuidado del Señor. Con Miguel, aprendemos a permanecer firmes en la fe; con Gabriel, a escuchar la Palabra y responder generosamente; con Rafael, a acompañar con ternura a quienes necesitan consuelo y sanación. También nosotros estamos llamados a llevar una buena noticia, tender una mano y ayudar a otros a descubrir la cercanía de Dios.

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, intercedan por nosotros: ayúdennos a resistir el mal, a acoger la voluntad de Dios y a caminar en su amor. Amén.

 

Como una escalera hacia el cielo

Durante su diálogo con Natanael, Jesús anuncia la apertura del cielo y los ángeles que suben y bajan. Es el sueño de Jacob (cf. Gn 28,12) que se convierte en promesa y se cumple en Jesucristo.

Podemos contemplar a Jesús como esa escalera viva que une la tierra con el cielo: en él, Dios viene a nuestro encuentro y nosotros encontramos el camino hacia el Padre. La imagen de los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del hombre dirige nuestra mirada hacia Cristo, centro de la comunión entre Dios y la humanidad.

La fiesta de los santos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael nos invita a reconocer con gratitud el cuidado de Dios. En medio de nuestras luchas, preguntas y heridas, el Señor sigue haciéndose cercano. Sus mensajeros nos recuerdan que nuestra existencia está abierta a una esperanza que supera lo que alcanzamos a ver.

También nosotros podemos hacer visible esa cercanía: una palabra que alienta, una visita que rompe la soledad, una mano que sostiene. La oración nos vuelve hacia Dios y la caridad nos acerca al hermano. Ambas nos ayudan a descubrir que el encuentro con el cielo comienza a transformar nuestra vida aquí, en la tierra.

¿A quién puedo ayudar hoy a descubrir que Dios está cerca?



Primera lectura

Dan 7, 9-10. 13-14 (opción 1)

Miles y miles lo servían

Lectura de la profecía de Daniel.

MIRÉ y vi que colocaban unos tronos. Un anciano se sentó.
Su vestido era blanco como nieve,
su cabellera como lana limpísima;
su trono, llamas de fuego; sus ruedas, llamaradas;
un río impetuoso de fuego brotaba y corría ante él.
Miles y miles lo servían, millones estaban a sus órdenes.
Comenzó la sesión y se abrieron los libros.
Seguí mirando. Y en mi visión nocturna
vi venir una especie de hijo de hombre entre las nubes del cielo.
Avanzó hacia el anciano y llegó hasta su presencia.
A él se le dio poder, honor y reino.
Y todos los pueblos, naciones y lenguas lo sirvieron.
Su poder es un poder eterno, no cesará.
Su reino no acabará.

Palabra de Dios.



Ap 12, 7-12a (opción 2)

Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón

Lectura del libro del Apocalipsis.

HUBO un combate en el cielo: Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón, y el dragón combatió, él y sus ángeles. Y no prevaleció y no quedó lugar para ellos en el cielo.
Y fue precipitado el gran dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el que engaña al mundo entero; fue precipitado a la tierra y sus ángeles fueron precipitados con él.
Y oí una gran voz en el cielo que decía:
«Ahora se ha establecido la salvación y el poder y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo; porque fue precipitado el acusador de nuestros hermanos, el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.
Ellos lo vencieron en virtud de la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio que habían dado, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por eso, estén alegres, cielos, y ustedes, que habitan en ellos».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 137, 1bcd-2a. 2bcd-3. 4-5 (R.: 1d)

R. Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor.

V. Te doy gracias, Señor, de todo corazón,
porque escuchaste las palabras de mi boca;
delante de los ángeles tañeré para ti;
me postraré hacia tu santuario.
R.

V. Daré gracias a tu nombre:
por tu misericordia y tu lealtad,
porque tu promesa supera tu fama.
Cuando te invoqué, me escuchaste,
acreciste el valor en mi alma.
R.

V. Que te den gracias, Señor, los reyes de la tierra,
al escuchar el oráculo de tu boca;
canten los caminos del Señor,
porque la gloria del Señor es grande.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendigan al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplen sus deseos.
R.

 

Evangelio

Jn 1, 47-51

Verán a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, vio Jesús que se acercaba Natanael y dijo de él:
«Ahí tienen a un israelita de verdad, en quien no hay engaño».
Natanael le contesta:
«¿De qué me conoces?».
Jesús le responde:
«Antes de que Felipe te llamara, cuando estabas debajo de la higuera, te vi».
Natanael respondió:
«Rabí, tú eres el Hijo de Dios, tú eres el Rey de Israel».
Jesús le contestó:
«¿Por haberte dicho que te vi debajo de la higuera, crees? Has de ver cosas mayores».
Y le añadió:
«En verdad, en verdad les digo: verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Cristo nos abre el cielo

 

Queridos hermanos:

Cuando queremos mucho a alguien, deseamos acompañarlo siempre, evitarle sufrimientos y ayudarlo a encontrar el camino. Sin embargo, experimentamos nuestros límites: hay familiares que viven lejos, amigos que atraviesan dificultades que apenas conocemos y personas generosas a quienes nunca podremos agradecer suficientemente cuanto han hecho por nosotros.

Hoy ponemos sus nombres y sus vidas delante del Señor. La fiesta de los santos arcángeles nos invita a hacerlo con confianza: el amor de Dios alcanza también aquellos lugares a los que nosotros no podemos llegar.

La primera lectura, tomada del profeta Daniel, nos presenta una visión impresionante: Dios en su trono, rodeado de innumerables servidores, y alguien semejante a un hijo de hombre que recibe un reino destinado a permanecer para siempre. En esta figura reconocemos el anuncio de Jesucristo y de su señorío definitivo.

Esta visión ensancha nuestra mirada. A veces vivimos tan pendientes de las dificultades que terminamos creyendo que ellas tienen la última palabra. Daniel nos invita a contemplar la historia desde la fidelidad de Dios. Nuestros problemas son reales; también es real el amor del Señor, que sostiene nuestra esperanza y nos llama a perseverar en el bien.

Los ángeles que lo sirven nos enseñan, precisamente, a orientar la vida hacia él. En nuestras decisiones, en nuestra familia y en nuestras relaciones, podemos preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios? ¿Le permitimos iluminar lo que pensamos, lo que decimos y lo que hacemos?

El salmo nos ayuda a responder con una oración de gratitud: «Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor». Y añade una expresión muy consoladora: «Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma».

Qué importante es esto: reconocer que Dios puede responder a nuestra oración fortaleciéndonos por dentro. A veces la dificultad continúa, pero encontramos ánimo para afrontarla, paciencia para acompañar a alguien o humildad para pedir ayuda. También ahí está actuando su gracia.

Hoy podemos rezar este salmo pensando en nuestros familiares, amigos y benefactores. Recordemos a quienes nos enseñaron a creer, a quienes estuvieron cerca durante una enfermedad, a quienes compartieron su pan, su tiempo o una palabra oportuna. Hay personas cuya bondad forma parte de nuestra historia y que quizá nunca han sabido cuánto bien nos hicieron.

Señor, gracias por cada una de ellas. Bendice su generosidad y danos un corazón capaz de agradecer.

En el Evangelio, Jesús mira a Natanael y le hace descubrir que ya lo conoce. Ese encuentro despierta su fe. Luego le anuncia algo todavía mayor: «Verán el cielo abierto». La promesa incluye a los ángeles que suben y bajan sobre el Hijo del hombre.

Es la imagen que nos recuerda el sueño de Jacob: una escalera apoyada en la tierra cuya cima llega al cielo. A la luz de este pasaje, podemos contemplar a Cristo como esa escalera viva: en él, Dios viene a nuestro encuentro y nosotros tenemos acceso al Padre.

Por eso, al celebrar a los arcángeles, nuestra mirada se dirige hacia Jesús. Todo su servicio está al servicio de la obra de Dios. Su presencia nos invita a confiar más profundamente en el Señor y a responder a su amor.

Miguel, cuyo nombre significa «¿Quién como Dios?», nos recuerda la grandeza del Señor y nos anima a permanecer firmes frente al mal. Su nombre puede convertirse en una pregunta que ordene nuestro corazón: ¿hay algo que esté ocupando el lugar de Dios? Confiemos a su intercesión nuestras familias, especialmente allí donde el orgullo, la mentira o el resentimiento están debilitando la unidad.

Gabriel, mensajero de la anunciación, nos enseña a escuchar a Dios y a comunicar su esperanza. Pensemos en nuestras palabras dentro de casa y entre amigos. Una palabra puede humillar; también puede levantar a quien está desanimado. Pidamos la gracia de hablar con verdad y caridad, de escuchar con atención y de llevar a otros la alegría del Evangelio.

Rafael, cuyo nombre significa «Dios sana», nos recuerda el cuidado del Señor manifestado en el libro de Tobías. Su misión nos invita a acompañar con ternura las fragilidades humanas. Encomendemos a su intercesión a nuestros seres queridos enfermos, a quienes recorren caminos difíciles y a las familias que necesitan recuperar la confianza y la paz.

Estas tres misiones también nos comprometen. Podemos defender a una persona injustamente señalada, comunicar una noticia que devuelva esperanza y acompañar a alguien que sufre. Así nuestra vida se convierte en un testimonio concreto del cuidado de Dios.

Orar por nuestros familiares, amigos y benefactores nos dispone a amarlos mejor. Quizá hoy esa oración deba continuar con una llamada, una visita, un agradecimiento pendiente o un primer paso hacia la reconciliación.

Dentro de unos momentos, en la Eucaristía, uniremos nuestra alabanza a la de los ángeles al cantar el Santo. Traigamos entonces al altar los nombres que llevamos en el corazón. Cristo nos reúne, nos alimenta y nos envía a compartir su amor.

Dejemos que una pregunta acompañe nuestra jornada: ¿Qué persona necesita hoy que yo le haga sentir, con un gesto concreto, la cercanía de Dios?

Señor Jesús, tú nos abres el camino hacia el Padre. Recibe nuestra oración por nuestros familiares, amigos y benefactores. Sostén a quienes están cansados, consuela a quienes sufren y fortalece los vínculos que nos unen.

Por intercesión de san Miguel, danos firmeza para elegir el bien; por intercesión de san Gabriel, enséñanos a escuchar tu Palabra y comunicarla con alegría; por intercesión de san Rafael, acompaña a quienes necesitan salud, consuelo y orientación.

María, Reina de los Ángeles, ayúdanos a responder al Señor con tu misma confianza y a llevar su amor a quienes encontramos cada día.

Amén.


2


El ministerio de los arcángeles


Queridos hermanos:

Hoy celebramos a los tres santos arcángeles que la Sagrada Escritura nos da a conocer por su nombre: Miguel, Gabriel y Rafael. En el cielo, los ángeles son espíritus puros, cada uno con una identidad única que permanece para siempre. Son criaturas personales e inmortales, creadas por Dios. Los nombres que reciben en la Escritura revelan sus misiones particulares en favor de la humanidad. Estos tres arcángeles manifiestan el poder, la presencia y la misericordia de Dios mediante sus misiones celestiales, realizadas en perfecta obediencia a su voluntad para el bien de las almas.

La primera lectura nos introduce en ese misterio. Daniel contempla a Dios rodeado de innumerables servidores y ve acercarse a alguien semejante a un hijo de hombre, que recibe autoridad, gloria y un reino que nunca será destruido. Esta visión nos permite comprender que toda la actividad de los ángeles está orientada hacia Dios y al cumplimiento de sus designios. La mirada creyente reconoce en el Hijo del hombre el anuncio de Jesucristo, cuyo señorío permanece para siempre.

Hermanos, también nuestra vida encuentra su orientación cuando ponemos a Dios en el centro. Los ángeles nos enseñan la disponibilidad, la obediencia y la alegría de servir. Contemplarlos nos invita a preguntarnos si nuestras decisiones y nuestros proyectos están abiertos a la voluntad del Señor.

Miguel significa «¿Quién como Dios?». Su nombre es una pregunta retórica que refleja su misión como gran defensor de la gloria de Dios frente al orgullo del diablo. Arrojó a Lucifer del cielo y continúa defendiendo hoy a la Iglesia.

Su nombre nos recuerda que toda criatura encuentra su verdad reconociendo al Creador. Cuando el orgullo nos encierra en nosotros mismos, la pregunta de Miguel nos devuelve a lo esencial: ¿quién como Dios? Invoquemos su ayuda para permanecer firmes en la fe y resistir las tentaciones que debilitan nuestro amor.

Gabriel significa «Dios es mi fuerza». Es el heraldo de los misterios divinos, enviado de manera particular a la Santísima Virgen María para anunciar la encarnación del Hijo de Dios. Fortalece a quienes son llamados a cumplir el plan divino, como lo hizo con María y Zacarías.

Su misión nos invita a escuchar la Palabra y a confiar en la fuerza que Dios concede para responder a su llamado. Podemos presentarle nuestras dudas y nuestra pequeñez, pidiendo un corazón disponible para aquello que el Señor nos encomienda.

Rafael significa «Dios sana». Es el guía y sanador en el libro de Tobías, enviado para traer restauración física y espiritual. Su misión revela el deseo de Dios de acompañarnos en nuestro camino, llevando sanación al cuerpo y al alma.

Cuánto necesitamos experimentar esa compañía cuando atravesamos una enfermedad, una incertidumbre o una herida interior. La misión de Rafael nos anima a poner nuestra fragilidad en manos del Señor y a acompañar con ternura la fragilidad de nuestros hermanos.

Ante este cuidado de Dios, el salmo nos invita a responder: «Delante de los ángeles tañeré para ti, Señor». Nuestra oración se une a la alabanza del cielo. Y el salmista reconoce: «Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma».

Esta es una experiencia que también nosotros podemos pedir: que el Señor fortalezca nuestro interior. En medio de las pruebas, necesitamos valor para perseverar, humildad para dejarnos ayudar y confianza para seguir caminando. Al participar en la Eucaristía, unimos nuestra acción de gracias a la de los ángeles y reconocemos cuánto hemos recibido de Dios.

Hoy lo hacemos especialmente por nuestros familiares, amigos y benefactores. Agradecemos su presencia, su generosidad y el bien que han sembrado en nuestra vida. Encomendamos al Señor sus necesidades, sus enfermedades, sus preocupaciones y sus esperanzas. Que quienes nos han sostenido encuentren también fortaleza y consuelo.

El Evangelio de hoy nos ofrece una comprensión profunda del papel de los ángeles en nuestra vida y en la vida de la Iglesia, Cuerpo Místico de Cristo. El pasaje relata la llamada de Natanael, a quien la tradición identifica con Bartolomé, mencionado en los evangelios sinópticos. Cuando Natanael se acerca a Jesús por invitación de Felipe, Jesús pronuncia inmediatamente una verdad profética: «Aquí tienen a un verdadero hijo de Israel».

En una lectura espiritual más profunda, el verdadero Hijo de Israel es Cristo mismo: el Hijo del hombre, nacido del linaje de David y descendiente del patriarca Jacob, a quien Dios dio el nombre de Israel. Al llamar a Natanael verdadero hijo de Israel, Jesús revela tanto su disposición presente —un corazón abierto y sincero— como aquello que llegaría a ser.

Con el tiempo, a través del testimonio de la pasión, la resurrección y la ascensión de Cristo, de la efusión del Espíritu Santo en Pentecostés y de su misión apostólica, Natanael llegó a estar verdaderamente unido a Cristo: transformado en alguien en quien Cristo vivía y actuaba.

Esta es también nuestra vocación, hermanos: permitir que Cristo viva y actúe en nosotros, que su amor transforme nuestras relaciones y que su verdad ilumine nuestras decisiones.

Jesús continúa: «¿Crees porque te dije que te vi debajo de la higuera? Verás cosas mayores que estas… verán el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre» (Jn 1,50-51).

Estas palabras aluden al sueño de Jacob, en el libro del Génesis, cuando vio una escalera que se extendía desde la tierra hasta el cielo, con ángeles que subían y bajaban por ella (cf. Gn 28,12).

Aquella visión profética encontró su cumplimiento en Cristo. La escalera es Cristo mismo, el único Mediador entre el cielo y la tierra. El anuncio de la encarnación por parte de Gabriel señala el comienzo de este cumplimiento, y el ministerio de los ángeles continúa a lo largo de la vida terrena de Jesús. Se menciona expresamente después de sus tentaciones en el desierto y nuevamente durante su agonía en el huerto.

Pero el ministerio angélico se extiende más allá de la vida terrena de Cristo y continúa en la Iglesia, que es su Cuerpo. Natanael y cada miembro de la Iglesia participan de esta comunión mística. Con el lenguaje de aquella visión, podemos decir que los ángeles suben con nuestras oraciones y descienden con la ayuda de Dios, mientras nosotros continuamos la misión salvadora que Cristo nos ha confiado.

Reflexionemos hoy sobre este misterio celestial: por medio de Cristo, el cielo está abierto, y los ángeles de Dios continúan su ministerio entre nosotros, obedeciendo sus mandatos. Como Natanael y todos los santos que nos han precedido, estamos invitados a confiar en el servicio de los ángeles como miembros del Cuerpo de Cristo.

Invoquemos a san Miguel, san Gabriel y san Rafael para que nos guíen, nos defiendan y nos ayuden a recibir la sanación de Dios mientras recorremos este camino de santidad unidos a Cristo.

Y preguntémonos: ¿permito que el Señor transforme mi vida, de modo que también yo pueda llevar su ayuda, su consuelo y su esperanza a los demás?

Santos Miguel, Gabriel y Rafael, defiéndannos, fortalézcannos y sánennos mientras continuamos nuestra peregrinación hacia el cielo. Que, junto con Natanael y todos los santos, lleguemos a ser verdaderos hijos de la Promesa, miembros vivos del Cuerpo de Cristo.

Presenten también al Señor a nuestros familiares, amigos y benefactores. Acompáñenlos en sus caminos y ayúdenlos a permanecer en el amor de Dios.

Suban continuamente al cielo llevando nuestras oraciones y vuelvan a nosotros con la ayuda de Dios, para que un día podamos participar plenamente de la vida del cielo.

Jesús, en ti confío. Amén.


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29 de septiembre:


Santos Miguel, Gabriel y Rafael, Arcángeles — Fiesta

Patronazgos

  • San Miguel: soldados, policías, paramédicos, enfermos y moribundos.
  • San Gabriel: mensajeros, carteros, locutores y madres gestantes.
  • San Rafael: viajeros, ciegos, trabajadores de la salud y casamenteros.


Cita

La existencia de los seres espirituales, no corporales, que la Sagrada Escritura suele llamar “ángeles”, es una verdad de fe. El testimonio de la Escritura es tan claro como la unanimidad de la Tradición.
¿Quiénes son ellos? San Agustín dice: “‘Ángel’ es el nombre de su oficio, no de su naturaleza. Si buscas el nombre de su naturaleza, es ‘espíritu’; si buscas el nombre de su oficio, es ‘ángel’: por lo que son, ‘espíritu’; por lo que hacen, ‘ángel’” (San Agustín, Enarrationes in Psalmos 103, 1, 15: PL 37, 1348).

Con todo su ser, los ángeles son servidores y mensajeros de Dios. Porque “ven continuamente el rostro de mi Padre que está en los cielos” son los “poderosos ejecutores de sus órdenes, atentos a la voz de su palabra” (Mt 18,10; Sal 103,20). Como criaturas puramente espirituales, los ángeles poseen inteligencia y voluntad: son criaturas personales e inmortales, que superan en perfección a todas las criaturas visibles, como lo atestigua el esplendor de su gloria.


~Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 328–330


Reflexión

En los siglos V o VI, un importante teólogo de la Iglesia, conocido como Pseudo-Dionisio Areopagita, utilizó las muchas referencias de la Sagrada Escritura para articular claramente lo que se convirtió en la comprensión tradicional de la jerarquía de los ángeles. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino profundizó esa enseñanza. Ambos sostuvieron que hay nueve coros angélicos, divididos en tres tríadas:

  • Primera tríada: serafines, querubines y tronos, dedicados exclusivamente al servicio de Dios, adorándolo sin cesar.
  • Segunda tríada: dominaciones, virtudes y potestades, encargados del gobierno del mundo creado y del universo entero.
  • Tercera tríada: principados, arcángeles y ángeles, los más cercanos a la humanidad, actuando como mediadores entre Dios y los hombres.

Son los arcángeles a quienes hoy honramos.

A lo largo del Antiguo y Nuevo Testamento abundan las menciones a los espíritus celestiales. En el Antiguo Testamento, custodiaron la entrada del Paraíso, guiaron a Abraham, detuvieron su mano en el sacrificio de Isaac, destruyeron Sodoma y protegieron a Lot, hablaron y lucharon con Jacob, precedieron a Moisés y a Israel, e intervinieron en la vida de los reyes y profetas. En el Nuevo Testamento, el arcángel Gabriel anunció los nacimientos de Juan el Bautista y de Jesús. Jesús habló frecuentemente de los ángeles en su predicación. Lo asistieron en Getsemaní, estuvieron en la Resurrección y liberaron a Pedro de la cárcel. San Pablo también habló varias veces de la jerarquía angélica.

Santo Tomás de Aquino enseñó que cada ser humano tiene un ángel custodio. Los arcángeles, siguientes en la jerarquía, sirven directamente a la humanidad en las tareas más importantes. Los tres arcángeles que hoy honramos son los únicos mencionados por nombre en la Biblia. No obstante, las tradiciones judías antiguas hablaban de siete arcángeles, y se especula que existe una multitud de ellos a los que Dios encomienda aspectos clave de nuestra vida. El mismo Rafael se presenta como uno de los siete que están delante de Dios.


San Miguel

Su nombre significa “¿Quién como Dios?”. Se lo menciona varias veces en la Biblia:

  • En Daniel como príncipe protector de Israel (Dn 10,13; 10,21; 12,1).
  • En la Carta de Judas luchando contra Satanás por el cuerpo de Moisés (Jud 1,9).
  • En el Apocalipsis, combatiendo y expulsando al dragón del cielo (Ap 12,7–8).

Por estos textos, Miguel es visto como defensor contra Satanás, protector de la Iglesia y Príncipe de los ángeles. Aunque Santo Tomás lo ubica en uno de los coros inferiores, otros Padres (Basilio, Roberto Belarmino, Buenaventura) especularon que dirige a todos los ángeles, ocupando el lugar que dejó Lucifer. La famosa oración a San Miguel fue compuesta por el Papa León XIII y rezada después de cada misa hasta el Concilio Vaticano II; hoy sigue siendo usada en muchas comunidades.


San Gabriel

Su nombre significa “Dios es mi fuerza” o “Hombre fuerte de Dios”.

  • En Daniel interpreta visiones (Dn 8,15–27; 9,20–27).
  • En el Nuevo Testamento anuncia a Zacarías el nacimiento de Juan (Lc 1,5–20) y a María la Encarnación (Lc 1,26–38).
  • Posiblemente también habló en sueños a José (Mt 1,18–25).

Por ello suele representarse con trompeta, signo de quien comunica mensajes divinos y participa en momentos decisivos de la historia.


San Rafael

Su nombre significa “Dios ha sanado”. Solo aparece en el libro de Tobías:

  • Acompaña a Tobías en su viaje disfrazado de Azarías.
  • Lo protege del demonio que atormentaba a Sara y lo une en matrimonio con ella.
  • Sana la ceguera de Tobit.
  • Finalmente se revela: “Yo soy Rafael, uno de los siete ángeles que están delante de la Gloria del Señor” (Tb 12,15).

Se lo identifica también con los siete ángeles de Ap 8,2 que reciben las trompetas.


Conclusión espiritual

Aunque permanece un gran misterio sobre la naturaleza y funciones de estos espíritus gloriosos, lo cierto es que Dios los ha usado en la historia de la salvación. Hoy podemos afirmar con confianza que Dios sigue derramando su gracia a través de ellos, especialmente por medio de Miguel, Gabriel y Rafael. Sus nombres nos fueron revelados para que invoquemos su mediación. No solo interceden: ejecutan la voluntad de Dios en favor nuestro.

  • A través de Miguel, busquemos la protección de Dios.
  • A través de Gabriel, acojamos su revelación.
  • A través de Rafael, pidamos su sanación.

Oración

Gloriosos arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael, me encomiendo a su mediación angélica. Pongan en marcha el plan de Dios en mi vida, protéjanme del maligno, tráiganme la Palabra santa de Dios y sanen mis heridas. Les agradezco las gloriosas tareas que cumplen en la misión divina y confío en ustedes.
Santos Miguel, Gabriel y Rafael, rueguen por mí e intercedan la gracia de Dios para mi vida. Jesús, en Ti confío.

 

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