Santo del día:
Santo Domingo de Guzmán
1170-1221
Del fundador de la Orden de Predicadores —los
dominicos—, el beato Jordán de Sajonia decía: «Acogía a todos los hombres en
la inmensidad de su caridad y, porque amaba a todos, todos lo amaban».
Santo Domingo comprendió que el anuncio del
Evangelio debía brotar de una vida profundamente contemplativa, pobre y
fraterna. Por eso quiso que sus religiosos fueran hombres de oración, estudio y
predicación. Se cuenta que durante el día hablaba de Dios a los hombres y,
durante la noche, hablaba de los hombres a Dios.
Su vida puede resumirse en el lema dominicano: «Contemplar
y dar a los demás lo contemplado». Su testimonio nos invita a unir la
oración y la misión, la verdad y la caridad, para anunciar a Cristo no solo con
palabras, sino también con una vida coherente y compasiva.
Santo Domingo de Guzmán, ruega por nosotros y
enséñanos a predicar la verdad con inteligencia, humildad y amor.
Pero
¿por qué?
(Mt 17,
14-20) ¿Acaso
la pregunta de los discípulos no es también la nuestra cada día ante el
sufrimiento y nuestra impotencia, cuando le pedimos cuentas a Dios: «¿Por
qué no actúas? ¿Por qué no respondes como esperamos?».
Jesús no condena
nuestra pregunta, pero nos invita a pasar del reclamo a la confianza. No
siempre elimina inmediatamente el mal ni resuelve las dificultades a nuestro
modo; en cambio, fortalece nuestra fe, nos enseña a orar y nos compromete a
trabajar con Él. A veces Dios parece callar, pero nunca está ausente.
La
fe, aunque sea pequeña como un grano de mostaza, no consiste en dominar a Dios,
sino en dejarnos transformar por Él. Entonces comprendemos que su poder actúa
también en nuestra fragilidad y que, unidos a Cristo, ningún dolor tiene la
última palabra.
P.E.I
Primera lectura
El justo por
su fe vivirá
Lectura de la profecía de Habacuc.
SEÑOR, ¿no eres, desde siempre, mi Dios?
¡Oh, Santo, que no muramos!
Señor, lo pusiste para sentenciar;
¡oh, Roca!, lo estableciste para juzgar.
Tus ojos, puros para contemplar el mal,
no soportan ver la opresión.
¿Por qué, pues, ves a los traidores y callas,
cuando el malvado se traga al justo?
Tratas a los hombres como a peces del mar,
como a reptiles sin dueño.
Los atrapa a todos con su anzuelo,
los arrastra con su red;
los amontona en su barca
contento y alegre.
Por eso ofrecen sacrificios a su red
e incienso a su barca,
pues en ellos tienen su sustento,
su ración y comida abundante.
¿Seguirá vaciando su red,
asesinando pueblos sin compasión?
Aguantaré de pie en mi guardia,
me mantendré erguido en la muralla
y observaré a ver qué me responde,
cómo replica a mi demanda.
Me respondió el Señor:
«Escribe la visión y grábala
en tablillas, que se lea de corrido;
pues la visión tiene un plazo,
pero llegará a su término sin defraudar.
Si se atrasa, espera en ella,
pues llegará y no tardará.
Mira, el altanero no triunfará;
pero el justo por su fe vivirá».
Palabra de Dios.
Salmo
R. No
abandonas a los que te buscan, Señor.
V. Dios
está sentado por siempre
en el trono que ha colocado para juzgar.
Él juzgará el orbe con justicia
y regirá las naciones con rectitud. R.
V. Él será
refugio del oprimido,
su refugio en los momentos de peligro.
Confiarán en ti los que conocen tu nombre,
porque no abandonas a los que te buscan. R.
V. Tañan en
honor del Señor, que reside en Sion;
narren sus hazañas a los pueblos;
él venga la sangre,
él recuerda
y no olvida los gritos de los humildes. R.
Aclamación
V. Nuestro
Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.
Evangelio
Si tuvieran
fe, nada les sería imposible
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se acercó a Jesús un hombre que, de rodillas, le dijo:
«Señor, ten compasión de mi hijo que es lunático y sufre mucho: muchas veces se
cae en el fuego o en el agua. Se lo he traído a tus discípulos y no han sido
capaces de curarlo».
Jesús tomó la palabra y dijo:
«¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo estaré con ustedes, hasta
cuándo tendré que soportarlos? Tráiganmelo».
Jesús increpó al demonio y salió; en aquel momento se curó el niño.
Los discípulos se acercaron a Jesús y le preguntaron aparte:
«¿Y por qué no pudimos echarlo nosotros?».
Les contestó:
«Por su poca fe. En verdad les digo que, si tuvieran fe como un grano de
mostaza, le dirían a aquel monte: “Trasládate desde ahí hasta aquí”, y se
trasladaría. Nada les sería imposible».
Palabra del Señor.
1
«¿Por qué no actúas, Señor?»
Hermanos:
La
Palabra de Dios de hoy está atravesada por una pregunta que también nosotros
hemos pronunciado alguna vez: «¿Por
qué?» ¿Por qué permite Dios el sufrimiento? ¿Por qué parece
guardar silencio ante la injusticia? ¿Por qué no actúa cuando más lo
necesitamos?
El
profeta Habacuc se atreve a llevarle esta pregunta a Dios. Contempla la
violencia, el triunfo de los malvados y el sufrimiento de los inocentes, y
exclama: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». Habacuc no
ha perdido la fe; precisamente porque cree, se atreve a interrogar a Dios. Su
oración nace de un corazón desconcertado, pero todavía confiado.
También
nosotros le pedimos cuentas al Señor: «¿Por qué no sanas a esta persona?
¿Por qué no resuelves este problema? ¿Por qué permites esta prueba?». Dios
no se escandaliza ante nuestras preguntas sinceras. Él escucha incluso nuestro
reclamo, pero nos invita a no convertir la pregunta en desesperación. Por eso
responde al profeta: «Escribe la visión… aunque tarde, espérala». Y
concluye con una expresión fundamental: «El
justo vivirá por su fe».
Vivir
por la fe no significa comprenderlo todo, sino seguir confiando cuando todavía
no comprendemos. Dios puede parecer silencioso, pero nunca está ausente. Su
respuesta no siempre llega en el momento ni de la manera que esperamos; sin
embargo, su promesa permanece.
El
salmo confirma esta esperanza: «No
abandonas, Señor, a los que te buscan». Dios es refugio para el
oprimido, escucha el clamor de los pobres y no olvida a quienes sufren. Cuando
sentimos que el Señor no hace nada, la Palabra nos recuerda que Él sigue
obrando, muchas veces discretamente, en el corazón de las personas y a través
de quienes se comprometen con el dolor de los demás.
En
el Evangelio, los discípulos también preguntan: «¿Por qué nosotros no
pudimos expulsar aquel demonio?». Se sienten impotentes ante el sufrimiento
de un muchacho. Jesús les responde: «Por su poca fe». No les reprocha
que tengan una fe pequeña, sino que todavía confíen demasiado en sus propias
fuerzas. Una fe tan pequeña como un grano de mostaza puede mover montañas, siempre
que sea una fe puesta verdaderamente en Dios.
Mover
montañas no significa conseguir de Dios todo lo que deseamos. Significa
permitirle transformar nuestro miedo, nuestra impotencia y nuestro desánimo. La
fe no pretende dominar a Dios, sino dejarnos conducir por Él. A veces no cambia
inmediatamente las circunstancias, pero cambia nuestro modo de atravesarlas y
nos convierte en instrumentos de consuelo y liberación.
Hoy
celebramos a santo Domingo
de Guzmán, fundador de la Orden de Predicadores. Fue un hombre
que contempló el sufrimiento de su tiempo y no permaneció indiferente. Se decía
de él que acogía a todos en la amplitud de su caridad; hablaba de Dios a los
hombres durante el día y, durante la noche, hablaba de los hombres a Dios. Su
predicación nacía de la oración, del estudio de la verdad y de la compasión por
las personas.
Santo
Domingo nos enseña que la respuesta cristiana ante el sufrimiento no consiste
solamente en preguntar: «Señor, ¿por qué no actúas?», sino también en escuchar
que Dios nos pregunta: «Y
tú, ¿qué estás dispuesto a hacer conmigo?». Quizá no podamos
eliminar todo el dolor del mundo, pero sí podemos aliviar el dolor de alguien;
no podemos resolver todas las injusticias, pero podemos defender la verdad; no
podemos mover todas las montañas, pero podemos sembrar una pequeña semilla de
fe, esperanza y caridad.
En este sábado hacemos
también memoria de la Bienaventurada Virgen María,
mujer de una fe pequeña en apariencia, pero inmensa en confianza. María también
conoció preguntas, silencios y sufrimientos que no podía comprender. En Nazaret
preguntó: «¿Cómo será esto?», pero terminó respondiendo: «Hágase en
mí según tu palabra». Al pie de la cruz no recibió explicaciones;
permaneció de pie, confiando. Y en el silencio del Sábado Santo conservó
encendida la esperanza de la Iglesia. Ella nos enseña que creer no es tener
todas las respuestas, sino permanecer junto a Dios incluso cuando no entendemos
sus caminos.
Pidamos, entonces, una
fe como el grano de mostaza: una fe que, como la de Habacuc, pregunte sin dejar
de confiar; que, como proclama el salmo, encuentre refugio en Dios; que, como
la de santo Domingo, se convierta en oración, compasión y anuncio; y que, como
la de María, sepa permanecer fiel aun en medio del silencio y de la cruz.
Santo Domingo de
Guzmán, ruega por nosotros. Santa María, Virgen fiel y Madre de la esperanza,
acompáñanos siempre. Amén.
2
La fe que
mueve montañas
Hermanos:
Un
hombre se acercó a Jesús, se arrodilló ante Él y le dijo: «Señor, ten compasión
de mi hijo, que es lunático y sufre terriblemente; muchas veces cae en el fuego
y otras muchas en el agua. Se lo traje a tus discípulos, pero no pudieron
curarlo». Jesús respondió: «¡Generación incrédula y perversa! ¿Hasta cuándo
estaré con ustedes? ¿Hasta cuándo tendré que soportarlos? Tráiganme aquí al
muchacho».
Antes
de este encuentro, Jesús había enviado a sus discípulos a predicar, sanar y
expulsar demonios en su nombre, preparando el camino para su propia llegada.
Ellos habían contemplado admirados cómo el poder de Dios actuaba por medio de
sus vidas: predicaban con autoridad, dominaban a los espíritus malignos y
curaban a los enfermos.
Sin
embargo, en el Evangelio de hoy, un hombre les presenta a su hijo atormentado
y, esta vez, son incapaces de sanarlo. Jesús había subido a la montaña con
Pedro, Santiago y Juan, quienes fueron testigos de su Transfiguración, mientras
los otros nueve discípulos permanecían abajo.
Cuando
Jesús regresa, se acerca este padre desesperado, se arrodilla con reverencia y
suplica misericordia. El muchacho es descrito en griego con la palabra selēniazetai, que significa
literalmente «afectado por la luna» y suele traducirse como «lunático», aunque
alude más exactamente a ataques semejantes a la epilepsia. El término refleja
la antigua creencia de que la luna podía influir en el comportamiento de las personas.
Sin embargo, en este caso, el Evangelio deja claro que la causa es demoníaca.
La violencia de los síntomas —caer en el fuego y en el agua— manifiesta el
propósito destructor del maligno: herir y destruir aquello que Dios ha creado
bueno.
La
respuesta de Jesús resulta sorprendente: «¡Generación incrédula y perversa!
¿Hasta cuándo estaré con ustedes?». Es un lamento divino. Su dolor no se dirige
únicamente a los discípulos, sino a la ceguera espiritual de todo el pueblo.
Aunque los discípulos anteriormente habían expulsado demonios, esta vez algo
había fallado. Las palabras de Jesús revelan su falta de profundidad espiritual
y de una fe perseverante. Su desilusión nace del amor y del deseo de que su
pueblo crezca hasta alcanzar la fe que está llamado a vivir.
También
el profeta Habacuc, en la primera lectura, contempla una realidad dominada por
la violencia, la injusticia y el sufrimiento. Desconcertado, se atreve a
preguntarle a Dios: «¿Por qué contemplas en silencio a los traidores?». El
profeta no comprende cómo Dios puede permitir que el mal parezca triunfar. Pero
su pregunta no nace de la incredulidad, sino de una fe que busca comprender y
que, aun en medio de la oscuridad, permanece esperando una respuesta.
Dios
le pide que escriba la visión y que sepa esperarla: «Aunque tarde, espérala,
pues llegará sin retrasarse». Finalmente, le revela el camino: «El justo vivirá por su fe».
La fe auténtica no consiste en comprender inmediatamente todos los caminos de
Dios, sino en seguir confiando cuando todavía no vemos la respuesta.
A
pesar de la poca fe de los discípulos, Jesús no retiene su poder. Ordena:
«Tráiganme aquí al muchacho». Con una sola palabra reprende al demonio y el
niño queda curado instantáneamente. Aquello que los discípulos no pudieron
hacer con sus propias fuerzas, Jesús lo realiza con facilidad. Solo Él puede
liberarnos plenamente del mal y lo hace movido por su compasión divina.
Más
tarde, cuando los discípulos le preguntan por qué fracasaron, Jesús les
responde: «Por su poca fe», es decir, por su falta de verdadera confianza en
Dios, que era quien debía actuar a través de ellos. Entonces les comunica una
verdad poderosa: «Si tuvieran fe como un grano de mostaza, le dirían a esta
montaña: “Trasládate de aquí allá”, y se trasladaría. Nada les sería
imposible».
¿Deseamos
expulsar demonios o sanar enfermos? Tales carismas no se conceden a todos; sin
embargo, todo discípulo
está llamado a mover montañas mediante la fe. No se trata de un
poder mágico con el cual podamos imponer nuestra voluntad. Mover montañas
significa cooperar con la voluntad de Dios para que su proyecto se realice en
la tierra como en el cielo.
Hay
montañas de resentimiento, miedo, adicciones, divisiones familiares,
injusticias y desesperanza que parecen imposibles de superar. No se mueven
únicamente con nuestras fuerzas, estrategias o capacidades. Por eso debemos
llevarlas ante Jesús y escuchar su mandato: «Tráiganmelo». Llevémosle a la
persona que sufre, la situación que no podemos resolver, la herida que no
conseguimos sanar y aquello que supera nuestras posibilidades.
El
salmo nos asegura que no acudimos en vano: «No abandonas, Señor, a los que te buscan».
Dios es refugio para el oprimido, escucha el clamor de los humildes y no olvida
el grito de quienes sufren. Quizá su respuesta no llegue en el momento ni de la
manera que esperamos, pero Él nunca permanece indiferente ante nuestro dolor.
Dios
siempre quiere el bien y lo realiza por medio de quienes poseen una fe
suficientemente firme para unir su corazón al suyo. La clave está en
desprendernos de nuestra propia voluntad, confiar inquebrantablemente en Él y
buscar solamente su gloria.
En
este sábado hacemos también memoria de la Bienaventurada Virgen María, la mujer de la
fe humilde, confiada y desinteresada. María no pretendió imponerle a Dios sus
propios planes. Ante el anuncio del ángel preguntó: «¿Cómo será esto?», pero
luego se abandonó a la voluntad divina: «Hágase en mí según tu palabra». En
Caná señaló el camino de la fe: «Hagan lo que Él les diga». Y al pie de la
cruz, cuando parecía que la montaña del dolor y de la muerte era invencible,
permaneció de pie, creyendo y esperando.
María
nos enseña que la fe no es controlar a Dios, sino permitirle actuar en
nosotros. Es confiar cuando no comprendemos, obedecer cuando el camino parece
difícil y permanecer junto a Cristo cuando todo parece perdido.
Reflexionemos
hoy sobre la calidad y profundidad de nuestra fe. ¿Confiamos más en el poder de
Dios que en nuestros propios esfuerzos? ¿Estamos dispuestos a renunciar a
nuestros deseos para que su voluntad pueda cumplirse por medio de nosotros?
Incluso
un grano de fe humilde, confiada y desinteresada puede realizar lo que parece
imposible cuando permanece unido al Dios para quien nada es imposible. Él desea
hacer grandes cosas a través de cada uno de nosotros, si se lo permitimos.
Pidámosle la fe que mueve montañas, porque cuando veamos actuar a Dios por
medio de nuestra pobreza, quedaremos maravillados y humildes ante su grandeza.
Oración
Dios todopoderoso, Tú deseas realizar grandes cosas por
medio de nosotros: mover montañas y retirar todo obstáculo a la gracia, para
que se cumpla tu voluntad gloriosa y perfecta. Te pido una fe profunda, humilde
y perseverante, para que, a través de mí, puedas tocar muchas vidas y
conducirme a tu Reino glorioso y eterno.
Bienaventurada Virgen María, Madre creyente y fiel,
enséñame a confiar, a obedecer y a decir siempre: «Hágase en mí según tu
palabra».
Jesús, confío en Ti. Amén.
8 de agosto:
Santo Domingo, presbítero — Memoria
1170–1221
Patrono de los astrónomos, científicos y de los falsamente acusados
Canonizado por el Papa Gregorio IX en 1234
Cita:
El mismo día y a la misma hora en que el maestro Domingo murió, el hermano Guala, prior de Brescia y posteriormente obispo de esa ciudad, estaba descansando en el campanario de su convento. Justo cuando estaba por dormirse, vio lo que parecía una abertura en los cielos por la cual descendían dos escaleras brillantes. Cristo estaba de pie sobre una y Su Madre sobre la otra. Se veían ángeles subir y bajar. En la parte inferior, entre las dos escaleras, había un asiento en el que estaba sentado alguien que parecía uno de los frailes, pues su rostro estaba cubierto con una capucha, tal como hacemos en los entierros. Nuestro Señor y Su Madre iban elevando lentamente la escalera hasta que la persona en el asiento los alcanzó. Entonces fue recibido en el cielo con gran esplendor, en medio de un coro de ángeles. Luego, la brillante abertura en los cielos se cerró repentinamente y no se vio más. Entonces el fraile que tuvo esta visión recuperó la salud, pues antes estaba enfermo y débil, y partió rápidamente hacia Bolonia, donde descubrió que su visión —la cual nos relató— había ocurrido exactamente en el momento en que el siervo de Cristo, Domingo, había muerto.
~Primer biógrafo de Santo Domingo, Beato Jordán.
Reflexión:
Domingo nació en Caleruega, en el Reino de Castilla, actual España, de padres nobles. Probablemente recibió el nombre de San Domingo de Silos, un santo local del siglo anterior. Un antiguo biógrafo relata que su madre, con dificultades para concebir, peregrinó al monasterio donde San Domingo de Silos había sido abad. Por aquel tiempo, soñó con un perro que salía de su vientre, portando una antorcha que encendía el mundo entero. El nombre “Domingo” puede traducirse como “El perro del Señor”.
El santo de hoy provino de una familia santa. Su madre fue posteriormente beatificada, al igual que uno de sus hermanos que siguió a Domingo en la Orden de Predicadores. Otro hermano fue sacerdote diocesano, vivió en pobreza y se dedicó al cuidado de los pobres y los que sufrían. Desde los siete hasta los catorce años, Domingo fue educado por el tío sacerdote de su madre. De los catorce a los veinticuatro, estudió en la Universidad de Palencia, donde se destacó. Durante esos diez años, también fue muy devoto de los pobres. En una ocasión, vendió todo lo que tenía, incluyendo libros que él mismo había copiado a mano, para ayudar a los afectados por la peste. En dos ocasiones intentó venderse como esclavo para liberar a cristianos cautivos por musulmanes.
A los veinticuatro años, el obispo Diego de Acebo de Osma lo ordenó canónigo regular agustino de la catedral, con la esperanza de que ayudara a reformar a los demás canónigos. Durante nueve años, el padre Domingo llevó una vida de intensa oración, fue nombrado subprior y luego prior, y dio gran testimonio a otros con su vida santa.
En 1203, el rey de Castilla envió al obispo Diego en una misión diplomática, y éste pidió al padre Domingo que lo acompañara. Durante el viaje, descubrieron dos grandes necesidades de la Iglesia: la evangelización de pueblos del norte de Europa que no conocían el Evangelio, y la herejía de los cátaros (albigenses) en el sur de Francia. Tras cumplir la misión, pasaron por Roma para consultar al Papa, quien los envió de vuelta al sur de Francia para colaborar en la conversión de los herejes.
Los cátaros seguían la herejía albigense, según la cual existen dos dioses: uno bueno (asociado al Nuevo Testamento y al mundo espiritual) y otro malo (asociado al Antiguo Testamento y al mundo material). Según ellos, el objetivo de la vida era escapar del mundo material mediante una vida rigurosamente ascética.
Anteriormente, el Papa había enviado monjes cistercienses a convertirlos, pero los cátaros, al ver que ellos no vivían en austeridad, los rechazaban. Domingo comprendió entonces que la mejor forma de combatir la herejía era fundar una orden que viviera una austeridad auténtica sin renunciar a la fe de la Iglesia.
En el sur de Francia, el padre Domingo y el obispo Diego trabajaron incansablemente para rescatar almas. Debatían públicamente y dialogaban en privado con los cátaros, buscando convencerlos con razón y caridad. Vivían en pobreza, como predicadores itinerantes, poseyendo solo el Evangelio. Tras la muerte del obispo Diego, Domingo fundó en 1206 un convento en Prouille, dedicado a Santa María Magdalena, con doble propósito: salvar almas por la oración, y dar refugio a mujeres y religiosas convertidas del albigensianismo. El convento también ofrecía educación a niñas, brindando una alternativa a los conventos heréticos.
En los años siguientes, Dios obró numerosos milagros por medio del padre Domingo. Algunos de ellos llevaron a conversiones y al aumento de seguidores. Con el tiempo, empezó a redactar una regla de vida para su comunidad. En 1215, con permiso del obispo de Toulouse, fundó una nueva orden de hombres, dedicada a la evangelización mediante la oración, el estudio y la pobreza.
Al igual que los franciscanos, buscaban un nuevo modo de vida consagrada: ni monjes, ni canónigos, ni sacerdotes diocesanos. Vivían en comunidad, oraban juntos, abrazaban la pobreza, la obediencia y la castidad, estudiaban la fe, y salían a predicar y evangelizar, regresando después a su casa común para renovarse. En 1216, el Papa Honorio III aprobó formalmente la orden: así nació la Orden de Predicadores, conocidos como Dominicos.
La orden creció rápidamente gracias a la humildad, paciencia y entrega de Domingo y sus frailes. También los milagros ayudaron. Una leyenda cuenta que, en un debate público con un monje albigense, decidieron echar sus respectivos libros al fuego para ver cuál se salvaba. El libro del hereje fue consumido; el de Domingo, lanzado tres veces al fuego, saltó de nuevo a sus manos intacto. La noticia se propagó, y muchas almas se convirtieron.
En 1217, el Papa, impresionado por la nueva orden, entregó a Domingo la iglesia de Santa Sabina en Roma como segunda casa de la orden. También lo nombró Maestro del Palacio Sagrado, es decir, teólogo del Papa. Pese a este éxito, Domingo permaneció humilde y penitente: dormía en el suelo, usaba cilicio y solía andar descalzo.
Hasta su muerte en 1221, fundó casas en París, Madrid y Bolonia. La orden continuó creciendo tras su muerte, y para mediados del siglo XIII, ya había cientos de conventos dominicos en Europa y otras partes del mundo.
Reflexión final:
Al honrar hoy a Santo Domingo y a su Orden de Predicadores, contemplemos su paciencia, humildad y entrega. Frente a los herejes albigenses, no fue duro ni condenador: se sumergió en la oración, el estudio y el diálogo, salvando muchas almas con su ejemplo y su sabiduría.
Dios también te llama a ti a una vocación semejante: buscar la salvación de las almas por encima de todo. Cuando ese deseo arde en ti, dedicarás todo lo que eres y tienes a esa misión. No hay tarea más gloriosa que rescatar un alma del pecado y del infierno, como lo hizo Santo Domingo.
Oración:
Santo Domingo, tu corazón se conmovía ante el sufrimiento.
Al encontrar a quienes estaban extraviados por la herejía, anhelabas su libertad,
y dedicaste tu vida a su salvación.
Ruega por mí, para que sepa reconocer a quienes me rodean y necesitan ser liberados del error y del pecado,
y para que, con oración, esté disponible a ser instrumento de Dios.
Santo Domingo, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


