La fe
que abre el corazón
En el camino cuaresmal de conversión, la Palabra de Dios de hoy nos invita a reconocer cómo actúa el Señor en medio de nuestra historia concreta.
En la primera
lectura (2 Re 5,1-15a) escuchamos el relato de Naamán, un hombre poderoso pero
enfermo, que busca la curación. Dios no lo sana mediante gestos espectaculares,
sino a través de una humilde obediencia: bañarse en el Jordán. Para recibir la
gracia, Naamán debe primero vencer su orgullo y aceptar la sencillez del camino
que Dios le propone.
El Evangelio (Lc
4,24-30) nos muestra a Jesús rechazado en su propio pueblo. Sus paisanos no
logran reconocer en Él al enviado de Dios. Cerrados en sus prejuicios, se
escandalizan de que la salvación pueda llegar también a los extranjeros, como
la viuda de Sarepta o Naamán el sirio.
La Cuaresma
nos invita precisamente a esto: a dejarnos purificar el corazón de nuestras
resistencias, de nuestro orgullo y de nuestros prejuicios. Solo un corazón
humilde y abierto puede acoger la gracia de Dios que sana, libera y salva.
Pidamos al
Señor, al comenzar esta celebración, que nos conceda la sencillez de Naamán y
la fe capaz de reconocer su presencia en nuestra vida. Así su Palabra podrá
transformarnos y renovar nuestro camino hacia la Pascua.
G.Q
Primera lectura
Lectura del segundo libro de los Reyes (5,1-15a):
EN aquellos días, Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era hombre
notable y muy estimado por su señor, pues por su medio el Señor había concedido
la victoria a Siria.
Pero, siendo un gran militar, era leproso.
Unas bandas de arameos habían hecho una incursión trayendo de la tierra de
Israel a una muchacha, que pasó al servicio de la mujer de Naamán. Dijo ella a
su señora:
«Ah, si mi señor pudiera presentarse ante el profeta que hay en Samaría. Él lo
curaría de su lepra».
Fue (Naamán) y se lo comunicó a su señor diciendo:
«Esto y esto ha dicho la muchacha de la tierra de Israel».
Y el rey de Siria contestó:
«Vete, que yo enviaré una carta al rey de Israel».
Entonces tomó en su mano diez talentos de plata, seis mil siclos de oro, diez
vestidos nuevos y una carta al rey de Israel que decía:
«Al llegarte esta carta, sabrás que te envío a mi siervo Naamán para que lo
cures de su lepra».
Cuando el rey de Israel leyó la carta, rasgó sus vestiduras, diciendo:
«¿Soy yo Dios para repartir vida y muerte? Pues me encarga nada menos que curar
a un hombre de su lepra. Daos cuenta y veréis que está buscando querella contra
mí».
Eliseo, el hombre de Dios, oyó que el rey de Israel había rasgado sus
vestiduras y mandó a que le dijeran:
«Por qué has rasgado tus vestiduras? Que venga a mí y sabrá que hay un profeta
en Israel».
Llegó Naamán con sus carros y caballos y se detuvo a la entrada de la casa de
Eliseo. Envió este un mensajero a decirle:
«Ve y lávate siete veces en el Jordán. Tu carne renacerá y quedarás limpio».
Naamán se puso furioso y se marchó diciendo:
«Yo me había dicho: “Saldrá seguramente a mi encuentro, se detendrá, invocará
el nombre de su Dios, frotará con su mano mi parte enferma y sanaré de la
lepra”. El Abaná y el Farfar, los ríos de Damasco, ¿no son mejores que todas
las aguas de Israel? Podría bañarme en ellos y quedar limpio».
Dándose la vuelta, se marchó furioso. Sus servidores se le acercaron para
decirle:
«Padre mío, si el profeta te hubiese mandado una cosa difícil, ¿no lo habrías
hecho? ¡Cuánto más si te ha dicho: “Lávate y quedarás limpio”!».
Bajó, pues, y se bañó en el Jordán siete veces, conforme a la palabra del
hombre de Dios. Y su carne volvió a ser como la de un niño pequeño: quedó
limpio.
Naamán y toda su comitiva regresaron al lugar donde se encontraba el hombre de
Dios. Al llegar, se detuvo ante él exclamando:
«Ahora conozco que no hay en toda la tierra otro Dios que el de Israel».
Palabra de Dios
Salmo
Sal 41,2.3;42,3.4
R/. Mi alma tiene sed del Dios vivo:
¿Cuándo veré el rostro de Dios?
V/. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío. R/.
V/. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? R/.
V/. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. R/.
V/. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. R/.
Lectura del santo evangelio según san Lucas (4,24-30):
HABIENDO llegado Jesús a Nazaret, le dijo al pueblo en la sinagoga:
«En verdad os digo que ningún profeta es aceptado en su pueblo. Puedo
aseguraros que en Israel había muchas viudas en los días de Elías, cuando
estuvo cerrado el cielo tres años y seis meses y hubo una gran hambre en todo
el país; sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías sino a una viuda de
Sarepta, en el territorio de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en
tiempos del profeta Eliseo, sin embargo, ninguno de ellos fue curado sino
Naámán, el sirio».
Al oír esto, todos en la sinagoga se pusieron furiosos y, levantándose, lo
echaron fuera del pueblo y lo llevaron hasta un precipicio del monte sobre el
que estaba edificado su pueblo, con intención de despeñarlo.
Pero Jesús se abrió paso entre ellos y seguía su camino.
Palabra del Señor
1
Hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios de hoy nos deja una enseñanza
muy profunda para nuestro camino de Cuaresma: Dios obra muchas veces por
caminos sencillos y humildes, no por los caminos espectaculares que
nosotros esperamos.
En la primera lectura aparece Naamán, un hombre
importante, poderoso, respetado… pero enfermo de lepra. Busca la curación
esperando algo extraordinario, un gesto impresionante del profeta. Sin embargo,
Dios le propone algo simple: bajarse al Jordán y lavarse siete veces. A
Naamán le cuesta aceptar esa sencillez; su orgullo se resiste. Pero cuando
finalmente obedece y se sumerge en el río, queda curado.
La enseñanza es clara: para recibir la gracia de
Dios es necesario descender, hacerse humilde, aceptar caminos sencillos.
En el Evangelio vemos lo contrario. Jesús llega a
Nazaret, su propio pueblo, y en lugar de ser acogido con fe, es rechazado. Sus
paisanos creen conocerlo demasiado y no logran abrirse al misterio de Dios
presente en Él. El orgullo y el prejuicio les impiden reconocer la salvación.
También a nosotros puede pasarnos lo mismo:
queremos que Dios actúe, pero a veces nos cuesta aceptar sus caminos humildes:
una conversión sincera, una reconciliación, una oración perseverante, un gesto
sencillo de caridad.
Hoy, además, oramos por nuestros difuntos. Ante
Dios todos somos necesitados de misericordia. La muerte misma es un gran acto
de humildad: dejamos todo en las manos del Señor. Por eso los confiamos con
esperanza a su amor, sabiendo que Dios es más grande que nuestras
fragilidades y más misericordioso que nuestros juicios.
Pidamos al Señor en esta Eucaristía un corazón
humilde, capaz de reconocer su presencia y de acoger su gracia. Y que nuestros
fieles difuntos, purificados por su misericordia, descansen en la paz eterna. Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
La
Palabra de Dios de hoy nos advierte sobre un peligro muy sutil en la vida
espiritual: acostumbrarnos
a Dios. No es solo el pecado evidente lo que puede alejarnos
del Señor; a veces es la rutina espiritual, la familiaridad que nos hace perder
la capacidad de reconocer su presencia.
Eso
fue lo que ocurrió en Nazaret. Jesús estaba en medio de su propio pueblo. Lo
habían visto crecer, conocían a su familia, sabían de su oficio de carpintero.
Pero precisamente esa cercanía les impidió ver más allá de lo exterior. Vieron al hombre, pero no descubrieron
al Hijo de Dios.
Jesús
entonces pronuncia una frase fuerte:
“Ningún profeta es aceptado en
su propia tierra.”
¿Por
qué sucede esto? Porque cuando creemos conocer demasiado algo o a alguien,
dejamos de mirarlo con profundidad. El corazón se acostumbra, y la fe puede
volverse superficial.
Por
eso Jesús recuerda dos historias del Antiguo Testamento: la viuda de Sarepta y
Naamán el sirio. Ambos eran extranjeros, personas de fuera del pueblo de
Israel, pero ellos sí
supieron abrirse a la acción de Dios.
La
primera lectura nos habla precisamente de Naamán. Era un hombre poderoso,
respetado, exitoso… pero enfermo de lepra. Cuando va donde el profeta Eliseo
buscando curación, espera algo espectacular, un gesto solemne, una intervención
impresionante. Sin embargo, el profeta solo le manda decir:
“Ve y lávate siete veces en el
Jordán.”
A
Naamán le molesta esa sencillez. Le parece indigno de su rango. Se irrita. Pero
sus propios servidores le hacen ver algo muy sencillo: si el profeta le hubiera
pedido algo difícil, lo habría hecho. ¿Por qué no aceptar algo tan simple?
Finalmente
Naamán desciende al río, se sumerge, y queda curado. Y no solo sana su cuerpo: también sana su corazón,
porque termina reconociendo al Dios verdadero.
Aquí
hay una gran enseñanza para nosotros: la
gracia de Dios suele actuar por caminos humildes y sencillos.
El problema es que muchas veces nosotros esperamos cosas espectaculares,
extraordinarias, visibles. Pero Dios prefiere lo pequeño.
A
veces la conversión comienza con gestos muy simples:
una confesión sincera,
una reconciliación,
una oración humilde,
un acto de perdón,
un servicio silencioso,
una obediencia sencilla a la Palabra de Dios.
Naamán
tuvo que descender al Jordán. También nosotros necesitamos descender del
orgullo, de la autosuficiencia, de la idea de que ya conocemos suficientemente
a Dios.
El
Evangelio también nos muestra otra cosa muy humana: cuando Jesús confronta la
falta de fe de los habitantes de Nazaret, ellos se enfurecen. La verdad les
incomoda. Y pasan rápidamente de la admiración a la violencia: intentan
despeñarlo.
Esto
revela algo profundo del corazón humano: cuando
la Palabra de Dios toca nuestras zonas no convertidas, podemos reaccionar con
resistencia. A veces preferimos defendernos antes que dejarnos
transformar.
Por
eso el Evangelio de hoy es también una invitación para nosotros. Quienes hemos
crecido en la fe, quienes vamos a misa, quienes escuchamos el Evangelio con
frecuencia, también podemos caer en la rutina espiritual.
Podemos
escuchar la Palabra sin dejarnos tocar por ella.
Podemos celebrar la Eucaristía sin asombro.
Podemos hablar de Dios sin realmente encontrarnos con Él.
Entonces,
a veces, el Señor permite lo que podríamos llamar un “sacudón espiritual”:
una palabra que nos confronta, una situación que nos hace replantear la vida,
una experiencia que nos despierta de la tibieza. No es para castigarnos, sino
para despertarnos.
El
salmo de hoy nos muestra la actitud correcta del creyente:
“Mi alma tiene sed del Dios
vivo.”
Solo
quien tiene sed reconoce a Dios. Solo quien lo busca de verdad descubre su
presencia. Cuando el corazón se vuelve autosuficiente o distraído, dejamos de
percibirlo incluso cuando está cerca.
Y
Cristo hoy sigue estando cerca de nosotros.
Está en la Eucaristía.
Está en la Palabra
proclamada.
Está en los sacramentos.
Está en las personas que
encontramos cada día.
Está en los momentos
sencillos de la vida.
La
pregunta que nos deja este Evangelio es muy personal:
¿Estoy realmente atento a
la presencia de Cristo en mi vida o me he acostumbrado a Él?
Pidámosle
al Señor en esta Eucaristía que nos conceda un corazón humilde como el de
Naamán cuando finalmente se dejó sanar. Que nos libre de la ceguera espiritual
de Nazaret. Y que renueve en nosotros el deseo profundo de buscarlo,
reconocerlo y seguirlo.
Que
en esta Cuaresma el Señor despierte nuestra fe, para que podamos reconocer su
presencia incluso en lo más sencillo y cotidiano.
Amén.


