viernes, 11 de septiembre de 2026

12 de septiembre del 2026: sábado de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- El Santísimo Nombre de María-Memoria opcional

 

Memoria de hoy:

El Santísimo Nombre de María

El nombre de María nos recuerda una presencia maternal que acompaña nuestra fe y nos conduce a Jesús. Al celebrar hoy su santísimo nombre, contemplamos a la mujer que acogió la Palabra y la hizo vida. Con ella, dispongamos el corazón para esta Eucaristía: que nuestra alabanza se vuelva gratitud, nuestra escucha dé frutos de amor y nuestra confianza permanezca firme en el Señor.

 

 

Poner en práctica la Palabra

¿Qué es un cristiano practicante? Alguien que va a misa los domingos, nos sentimos tentados a responder espontáneamente. Es verdad, pero eso no es exactamente todo lo que nos dice Jesús en el Evangelio. Para él, escuchar su Palabra y llamarlo «Señor» exige un paso más: llevar a la vida lo que hemos escuchado y profesado. La fe arraiga en nosotros cuando se convierte en decisiones, gestos y actitudes.

Participar en la Eucaristía es esencial: allí Cristo nos reúne, nos alimenta y nos envía. Pero la celebración debe prolongarse en nuestra manera de tratar a los demás, de trabajar, de afrontar los conflictos y de atender a quienes sufren. No tendría sentido recibir al Señor y cerrar después el corazón al hermano.

Jesús compara a quien escucha y practica su Palabra con un hombre que construye su casa sobre roca. Esa solidez no lo libra de las crecidas del río, pero le permite resistir. También el creyente atraviesa pérdidas, dudas y dificultades; su apoyo es la relación con Cristo, cultivada en la oración y vivida en el amor.

Ser cristiano practicante es dejar que la Palabra se vuelva vida. No significa ser perfecto, sino aceptar que el Señor nos transforme, reconocer nuestras incoherencias y volver a empezar. El fruto revela la calidad del árbol; nuestras obras muestran hasta dónde ha penetrado el Evangelio en nuestro corazón.

¿Qué palabra de Jesús puedo poner en práctica hoy? Tal vez una reconciliación pendiente, una ayuda concreta o una conversación en la que necesite escuchar con más paciencia.

Señor Jesús, que no me conforme con escucharte y llamarte Señor. Dame un corazón dócil para cumplir tu Palabra y construir sobre ti mi vida. Que lo que celebro en la Eucaristía se haga visible en el amor de cada día. Amén.

 


Primera lectura

1 Cor 10, 14-22

Nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

QUERIDOS hermanos, huyan de la idolatría. Les hablo como a personas sensatas; juzguen ustedes lo que digo.
El cáliz de la bendición que bendecimos, ¿no es comunión de la sangre de Cristo? Y el pan que partimos, ¿no es comunión
del cuerpo de Cristo?
Porque el pan es uno, nosotros, siendo muchos, formamos un solo cuerpo, pues todos comemos del mismo pan. Consideren al Israel según la carne: ¿los que comen de las víctimas no se unen al altar?
¿Qué quiero decir? ¿Que las víctimas sacrificadas a los ídolos son algo o que los ídolos son algo? No, sino que los gentiles ofrecen sus sacrificios a los demonios, no a Dios; y no quiero que se unan a los demonios. No pueden beber del cáliz del Señor y del cáliz de los demonios. No pueden participar de la mesa del Señor y de la mesa de los demonios. ¿O vamos a provocar los celos del Señor? ¿Acaso somos más fuertes que él?

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 115, 12-13. 17-18 (R.: 17a)

R. Te ofreceré, Señor, un sacrificio de alabanza.

V. ¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando el nombre del Señor. 
R.

V. Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando el nombre del Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me ama guardará mi palabra —dice el Señor—,
y mi Padre lo amará, y vendremos a él. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 43-49

¿Por qué me llaman «Señor, Señor», y no hacen lo que digo?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, decía Jesús a sus discípulos:
«No hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno; por ello, cada árbol se conoce por su fruto; porque no se recogen higos de las zarzas, ni se vendimian racimos de los espinos.
El hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca.
¿Por qué me llaman “Señor, Señor”, y no hacen lo que digo?
Todo el que viene a mí, escucha mis palabras y las pone en práctica, les voy a decir a quién se parece: se parece a uno que edificó una casa: cavó, ahondó y puso los cimientos sobre roca; vino una crecida, arremetió el río contra aquella casa, y no pudo derribarla, porque estaba sólidamente construida.
El que escucha y no pone en práctica se parece a uno que edificó una casa sobre tierra, sin cimiento; arremetió contra ella el río, y enseguida se derrumbó desplomándose, y fue grande la ruina de aquella casa».

Palabra del Señor.

 

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Con María, escuchar la Palabra y hacerla vida

 

Queridos hermanos:

Si nos preguntaran qué significa ser un cristiano practicante, probablemente responderíamos: alguien que va a misa, recibe los sacramentos y reza. Y estaríamos diciendo algo verdadero y muy valioso. Sin embargo, el Evangelio de hoy nos invita a profundizar: ¿qué sucede con nuestra fe cuando salimos del templo? ¿Cómo se refleja lo que celebramos en nuestras conversaciones, en nuestras decisiones y en la manera de tratar a quienes viven con nosotros?

Jesús quiere que la Palabra escuchada llegue hasta las manos, hasta los labios, hasta nuestras relaciones. La fe que celebramos está llamada a convertirse en la vida que compartimos.

Hoy contemplamos esta unidad entre escuchar y vivir en la Virgen María, cuyo santísimo nombre recordamos con cariño y gratitud. En ella encontramos un corazón que acogió la Palabra y una existencia enteramente disponible para cumplirla.

San Pablo, en la primera lectura, comienza con una exhortación fuerte: apartarse de la idolatría. Sus palabras se dirigen a una comunidad que debía comprender las consecuencias de pertenecer a Cristo. Participar de su mesa implica una comunión verdadera con él y con los hermanos.

Un ídolo puede ser aquello a lo que terminamos entregándole la conciencia: el dinero cuando justifica una injusticia, el poder cuando nos lleva a humillar, el orgullo cuando nos impide pedir perdón, o el resentimiento cuando dirige nuestras decisiones. También el placer puede convertirse en un ídolo cuando, por satisfacerlo, justificamos lo inmoral y dejamos de respetar nuestra dignidad y la de los demás. Así sucede cuando alimentamos el deseo sexual desordenado con la pornografía, reducimos a una persona a un objeto de consumo o buscamos nuestra satisfacción a costa de la fidelidad y del amor verdadero. La sexualidad es un don de Dios que estamos llamados a integrar en un amor responsable y respetuoso. Por eso, el Señor nos invita a revisar lo que miramos, lo que deseamos y lo que alimentamos en secreto. Su misericordia nos ofrece la posibilidad de recuperar la libertad, pedir ayuda cuando la necesitamos y aprender a amar con un corazón limpio.

Podemos pronunciar el nombre de Dios y, sin darnos cuenta, dejar que otras cosas gobiernen el corazón. Por eso, la advertencia de san Pablo nos invita a revisar nuestras lealtades: ¿a quién escuchamos cuando debemos decidir entre lo conveniente y lo justo?

El apóstol vincula esta llamada a la fidelidad con la Eucaristía. Compartir el único pan nos compromete a vivir como un solo cuerpo. ¡Qué exigencia tan hermosa para nuestras comunidades! Ante el altar llegamos con historias, temperamentos y situaciones diferentes, pero Cristo nos reúne y nos hace hermanos.

Comulgar con Cristo nos compromete con las heridas de su cuerpo, que también están presentes en nuestros hermanos. Pensemos en el enfermo que espera una visita, en el anciano que necesita ser escuchado, en la familia que atraviesa una dificultad, en aquella persona con quien hemos dejado de hablar. La comunión recibida nos da fuerza para acercarnos.

El salmo nos ayuda a responder desde la gratitud: ¿cómo corresponder a todo el bien recibido del Señor? El salmista alza la copa de la salvación, invoca a Dios y expresa su voluntad de cumplir sus promesas ante la comunidad.

También nosotros tenemos mucho que agradecer, aun cuando atravesamos momentos difíciles. Hemos recibido la vida, la fe, la ayuda de tantas personas y oportunidades para comenzar de nuevo. A veces una preocupación ocupa tanto espacio que nos impide reconocer los dones que siguen sosteniéndonos.

La gratitud abre los ojos y transforma la conducta. Quien reconoce cuánto ha recibido aprende a compartir; quien recuerda que ha sido perdonado encuentra motivos para perdonar. Nuestra alabanza se hace concreta cuando ofrecemos al Señor un trabajo honrado, una palabra paciente, un servicio discreto y una reconciliación sincera.

En el Evangelio, Jesús nos lleva precisamente a esa concreción. Habla del árbol y sus frutos. No basta con la apariencia de unas ramas hermosas: el fruto manifiesta lo que el árbol está produciendo. Así sucede con nuestra vida espiritual.

¿Qué frutos está dando nuestra oración? ¿Nos ayuda a escuchar mejor? ¿Nos vuelve más compasivos? ¿Nos hace más responsables y honestos? No se trata de exigirnos una perfección inmediata, sino de reconocer si estamos permitiendo que la gracia nos transforme.

Jesús también relaciona nuestras palabras con lo que guardamos dentro. Vale la pena examinar cómo hablamos en casa, cómo nos referimos a quien piensa diferente y qué compartimos en las redes sociales. Una lengua acostumbrada a herir necesita algo más que silencio: necesita un corazón sanado por Dios.

Pidamos al Señor que entre en nuestras heridas, que nos ayude a comprender nuestros resentimientos y que purifique nuestra mirada. Cuando el corazón recibe misericordia y aprende a ofrecerla, también cambia nuestra manera de hablar.

Finalmente, Jesús presenta la imagen de una casa bien cimentada. El constructor cava hondo hasta encontrar la roca. Ese esfuerzo permanece oculto, pero sostiene toda la vivienda.

También hay un trabajo interior que nadie aplaude: reconocer un error, perseverar en la oración, renunciar a una venganza, cumplir una responsabilidad cuando estamos cansados, buscar ayuda para cambiar una conducta que hace daño. Allí vamos cimentando nuestra vida sobre Cristo.

La casa firme también recibe el golpe del río. La fe no nos evita todas las enfermedades, los duelos ni las preocupaciones. Pero nos permite atravesarlos sostenidos por el Señor y acompañados por la comunidad. Y cuando sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan, podemos dejarnos sostener por la oración y la caridad de otros.

Hoy miramos a María. Su nombre nos recuerda a una persona concreta que confió en Dios, se puso en camino para servir y permaneció fiel junto a la cruz. Ella conoció la incertidumbre y el sufrimiento. Su confianza creció en medio de una vida real, con tareas, preguntas y decisiones.

Honrar su santo nombre es acudir con confianza a su intercesión y aprender de su manera de seguir a Jesús. Cada avemaría puede ayudarnos a renovar nuestra disponibilidad: «Señor, aquí estoy; enséñame a vivir tu voluntad».

Hermanos, llevemos hoy una decisión concreta a nuestra vida: una llamada que hemos aplazado, una disculpa necesaria, una visita, una ayuda o un compromiso que debemos cumplir. Que la Palabra encuentre en nosotros un lugar donde dar fruto.

María, mujer de la escucha y de la fidelidad, acompáñanos. Enséñanos a agradecer los dones de Dios, a vivir la comunión que celebramos y a construir nuestra vida sobre tu Hijo. Que al pronunciar tu dulce nombre recordemos tu amor de madre y aprendamos a responder, como tú, con una vida disponible para el Señor. Amén.

 

jueves, 10 de septiembre de 2026

11 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

El Evangelio corrosivo

«¡Hipócrita!», exclama hoy Jesús, aparentemente poco preocupado por suavizar sus palabras. El Evangelio no actúa siempre como un bálsamo que alivia; con frecuencia se presenta como una sustancia corrosiva. Frente a nuestra facilidad para descubrir los defectos ajenos y justificar los propios, Jesús nos invita a mirar con sinceridad nuestro corazón. ¿Cómo pretendemos sacar la mota del ojo del hermano si una viga oscurece nuestra mirada? Antes de corregir a los demás, necesitamos dejarnos corregir por la Palabra.

La fuerza de este Evangelio busca desprender de nosotros las capas de orgullo, apariencia y autosuficiencia que impiden amar. Como un producto que elimina el óxido para recuperar lo que hay debajo, la palabra de Jesús pone al descubierto aquello que desfigura nuestra condición de hermanos. A veces escuece, porque toca precisamente lo que preferimos mantener oculto.

Jesús no prohíbe la corrección fraterna: nos enseña a ejercerla desde la humildad. Quien reconoce sus propias heridas puede acercarse con mayor delicadeza a las del prójimo. Quien se sabe necesitado de misericordia aprende a corregir sin humillar y a orientar sin creerse superior.

Hoy, antes de señalar una falta ajena, pidamos al Señor que ilumine nuestra propia mirada. La conversión comienza cuando dejamos de utilizar el Evangelio para juzgar a otros y permitimos que cuestione nuestra vida.

Señor Jesús, limpia nuestros ojos de orgullo y nuestro corazón de hipocresía. Danos humildad para reconocer nuestros errores y caridad para ayudar a nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

1 Cor 9, 16-19. 22b-27

Me he hecho todo para todos, para ganar a algunos

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El hecho de predicar no es para mí motivo de orgullo.
No tengo más remedio y, ¡ay de mí si no anuncio el Evangelio!
Si yo lo hiciera por mi propio gusto, eso mismo sería mi paga.
Pero, si lo hago a pesar mío, es que me han encargado este oficio.
Entonces, ¿cuál es la paga? Precisamente dar a conocer el Evangelio, anunciándolo de balde, sin usar el derecho que me da la predicación del Evangelio.
Porque, siendo libre como soy, me he hecho esclavo de todos para ganar a los más posibles.
Me he hecho todo para todos, para ganar, sea como sea, a algunos.
Y todo lo hago por causa del Evangelio, para participar yo también de sus bienes.
¿No saben que en el estadio todos los corredores cubren la carrera, aunque uno solo se lleva el premio? Pues corran así: para ganar.
Pero un atleta se impone toda clase de privaciones; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita.
Por eso corro yo, pero no al azar; lucho, pero no contra el aire; sino que golpeo mi cuerpo y lo someto, no sea que, habiendo predicado a otros, quede yo descalificado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 83, 3. 4. 5-6. 12 (R.: 2)

R. ¡Qué deseables son tus moradas,
Señor del universo!


V. Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
se alegran por el Dios vivo.
R.

V. Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor del universo,
Rey mío y Dios mío.
R.

V. Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichoso el que encuentra en ti su fuerza
y tiene tus caminos en su corazón.
R.

V. Porque el Señor Dios es sol y escudo,
el Señor da la gracia y la gloria;
y no niega sus bienes
a los de conducta intachable.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tu palabra, Señor, es verdad; santifícanos en la verdad. R.

 

Evangelio

Lc 6, 39-42

¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego?

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a los discípulos una parábola:
«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?
No está el discípulo sobre su maestro, si bien, cuando termine su aprendizaje, será como su maestro.
¿Por qué te fijas en la mota que tiene tu hermano en el ojo y no reparas en la viga que llevas en el tuyo? ¿Cómo puedes decirle a tu hermano: “Hermano, déjame que te saque la mota del ojo”, sin fijarte en la viga que llevas en el tuyo? ¡Hipócrita! Sácate primero la viga de tu ojo, y entonces verás claro para sacar la mota del ojo de tu hermano».

Palabra del Señor.


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Dejarnos corregir para aprender a amar



Hermanos y hermanas:

Hay palabras de Jesús que nos consuelan apenas las escuchamos. Otras nos incomodan, porque descubren algo que preferiríamos no reconocer. Hoy el Señor pronuncia una palabra fuerte: «¡Hipócrita!». Conviene escucharla sin pensar inmediatamente en quién más debería oírla. Esta palabra está dirigida a los discípulos; por tanto, también a nosotros.

En ocasiones esperamos que el Evangelio sea únicamente un bálsamo para nuestras heridas. Pero la Palabra también limpia, remueve y cuestiona. Podemos compararla con una sustancia que desprende el óxido: su fuerza permite recuperar lo que estaba deteriorado. Así actúa Jesús cuando pone al descubierto nuestras contradicciones. Nos ama demasiado como para dejarnos encerrados en ellas.

La imagen de la viga y la mota nos invita a revisar nuestra manera de mirar. ¡Cuánto nos cuesta reconocer en nosotros lo que descubrimos fácilmente en los demás! Si otra persona responde mal, decimos que es insoportable; si respondemos mal nosotros, explicamos que estamos cansados. Para nuestras equivocaciones encontramos motivos; para las ajenas, muchas veces solo tenemos sentencias.

Esto sucede en el hogar, en el trabajo, en nuestras comunidades y también entre quienes servimos a la Iglesia. Podemos hablar de fraternidad y alimentar comentarios que dividen; pedir comprensión y escuchar poco; anunciar la misericordia y tratar con dureza a quien se equivoca.

Por eso, antes de preguntarnos a quién debemos corregir, hoy podemos preguntarnos: ¿qué necesita corregir el Señor en mí? Quizá una palabra hiriente, un resentimiento cultivado, la costumbre de sospechar, la necesidad de tener siempre la razón o la indiferencia ante el dolor de alguien cercano.

San Pablo, en la primera lectura, nos ofrece un ejemplo de esta revisión interior. Ha entregado su vida al anuncio del Evangelio, pero sabe que también él necesita disciplina y conversión. Utiliza la imagen del atleta que se prepara y persevera. Le preocupa que su propia vida desmienta lo que anuncia.

Es una llamada especialmente exigente para quienes predicamos, educamos, orientamos o tenemos personas a nuestro cuidado. La misión no nos coloca por encima del Evangelio. Somos los primeros que necesitamos escucharlo y dejarnos transformar por él. Un padre de familia enseña a pedir perdón cuando reconoce su falta; un catequista anuncia la paciencia cuando escucha; un sacerdote predica la misericordia también con la manera como recibe a las personas.

Este viernes, nuestra intención penitencial empieza precisamente ahí: en presentarnos ante Dios sin excusas. Pedir perdón supone poner nombre al mal que hemos hecho y al bien que hemos dejado de hacer. Nos invita a acercarnos al sacramento de la Reconciliación y a reparar, en cuanto sea posible, aquello que nuestras acciones hayan dañado.

La penitencia puede tomar hoy una forma muy concreta: frenar un comentario que perjudica, reconocer una injusticia, pedir perdón sin añadir una justificación o dedicar tiempo a alguien que hemos descuidado. También el ayuno cobra sentido cuando educa nuestro corazón para compartir y amar mejor.

El salmo 83 nos ayuda a vivir esta conversión con confianza. Nos presenta el deseo de habitar junto al Señor y la imagen de las aves que encuentran allí un lugar para su nido. Podemos contemplar en esa imagen nuestra propia necesidad de acogida: también nosotros llegamos cansados, frágiles, buscando dónde descansar el corazón.

Dios nos ofrece esa cercanía. Ante él podemos reconocer nuestra pobreza sin desesperarnos. Su presencia nos sostiene para comenzar de nuevo. La oración nos permite abandonar las apariencias y decir sencillamente: «Señor, aquí estoy; necesito tu perdón, necesito tu fuerza».

Desde esa confianza, hoy presentamos especialmente a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Pensamos en los enfermos, en quienes soportan dolores persistentes, en quienes esperan un diagnóstico y en quienes acompañan día y noche a un ser querido. Recordamos también a quienes viven un duelo, sienten soledad, padecen angustia o llevan una tristeza que los demás apenas perciben.

El Evangelio nos pide revisar cómo los miramos. A veces juzgamos una reacción sin conocer el sufrimiento que hay detrás. Alguien que parece distante puede estar agotado; alguien que guarda silencio quizá no encuentra cómo expresar su dolor. No conocemos por completo la carga de nuestros hermanos.

Por eso necesitamos una mirada humilde, capaz de preguntar y escuchar. Evitemos añadir al sufrimiento el peso de nuestros juicios. Una visita, una llamada, una ayuda concreta o una presencia silenciosa pueden hacer sentir a una persona que sigue siendo amada y que su vida importa.

Jesús nos enseña a corregir desde esa misma caridad. Reconocer nuestras faltas nos prepara para ayudar al hermano con delicadeza. El ojo es una parte sensible del cuerpo: acercarse a él exige cuidado. ¡Cuánto más cuidado necesitamos para acercarnos a la conciencia y a las heridas de una persona!

Al celebrar esta Eucaristía, dejemos que la Palabra examine nuestra vida. Pidamos la gracia de salir de aquí con menos dureza para juzgar, mayor sinceridad para arrepentirnos y más disponibilidad para acompañar.

Señor Jesús, perdona nuestros pecados y las veces que hemos herido con nuestras palabras, acciones y omisiones. Libera nuestra mirada del orgullo. Danos valor para reconocer nuestras faltas y reparar el daño causado.

Mira con ternura a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Concédeles alivio, fortaleza y compañía; sostén también a quienes los cuidan. Haz de nuestra comunidad un hogar donde encuentren escucha, consuelo y esperanza.

Amén.

 

miércoles, 9 de septiembre de 2026

10 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II

 

Hacer el bien hace bien

Jesús nos invita a hacer el bien incluso cuando no recibimos agradecimiento, cuando nos sentimos incomprendidos o cuando alguien nos ha herido. Amar a quienes nos aman resulta más fácil; amar sin esperar recompensa nos introduce en la manera de amar de Dios.

No se trata de justificar la injusticia ni de permitir que nos maltraten, sino de impedir que el mal gobierne nuestro corazón. Podemos defender la verdad, establecer límites y, al mismo tiempo, renunciar a la venganza y orar por quien nos ha hecho daño.

Si hoy parece que nada puede cambiar, comienza por un gesto sencillo: escucha con paciencia, ayuda a quien lo necesita, ofrece una palabra de ánimo. No todo se resolverá de inmediato, pero estarás abriendo un espacio a la misericordia del Padre.

Hacer el bien hace bien: alivia la vida del prójimo y transforma nuestro propio corazón.

Señor, enséñanos a amar con tu libertad y a ser misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso.



Primera lectura

1 Cor 8, 1b-7. 11-13

Turbando la conciencia insegura de los hermanos, pecan contra Cristo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El conocimiento engríe, mientras que el amor edifica.
Si alguno cree conocer algo, eso significa que aún no conoce como es debido. Si alguno ama a Dios, ese tal es conocido por él.
Sobre el hecho de comer lo sacrificado a los ídolos, sabemos que en el mundo un ídolo no es nada y que no hay más Dios que uno; pues aunque están los que son dioses en el cielo y en la tierra, de manera que resultan numerosos los dioses y numerosos los señores, para nosotros no hay más que un Dios, el Padre, de quien procede todo y para el cual somos nosotros, y un solo Señor, Jesucristo, por quien existe todo y nosotros por medio de él.
Sin embargo, no todos tienen este conocimiento: algunos, acostumbrados a la idolatría hasta hace poco, comen pensando que la carne está consagrada al ídolo, y como su conciencia está insegura, se mancha.
Así por tu conocimiento se pierde el inseguro, un hermano por quien Cristo murió. Al pecar de esa manera contra los hermanos, turbando su conciencia insegura, pecan contra Cristo. Por eso, si por una cuestión de alimentos peligra un hermano mío, nunca volveré a comer carne, para no ponerlo en peligro.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 138, 1b-3. 13-14ab. 23-24 (R.: 24b)

R. Guíame, Señor, por el camino eterno.

V. Señor, tú me sondeas y me conoces.
Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares. 
R.

V. Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.
Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras. 
R.

V. Sondéame, oh, Dios, y conoce mi corazón,
ponme a prueba y conoce mis sentimientos,
mira si mi camino se desvía,
guíame por el camino eterno. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros
y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud.
 R.

 

Evangelio

Lc 6, 27-38

Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«A ustedes los que me escuchan les digo: amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian, bendigan a los que los maldicen, oren por los que los calumnian.
Al que te pegue en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite la capa, no le impidas que tome también la túnica. A quien te pide, dale; al que se lleve lo tuyo, no se lo reclames.
Traten a los demás como quieren que ellos los traten. Pues, si aman a los que los aman, ¿qué mérito tienen? También los pecadores aman a los que los aman. Y si hacen bien solo a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores hacen lo mismo.
Y si prestan a aquellos de los que esperan cobrar, ¿qué mérito tienen? También los pecadores prestan a otros pecadores, con intención de cobrárselo.
Por el contrario, amen a sus enemigos, hagan el bien y presten sin esperar nada; será grande su recompensa y serán hijos del Altísimo, porque él es bueno con los malvados y desagradecidos.
Sean misericordiosos como su Padre es misericordioso; no juzguen, y no serán juzgados; no condenen, y no serán condenados; perdonen, y serán perdonados; den, y se les dará: les verterán una medida generosa, colmada, remecida, rebosante, pues con la medida con que midieran se les medirá a ustedes».

Palabra del Señor.

 

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Hacer el bien, también cuando cuesta

 

Queridos hermanos:

Hay momentos en los que nos cansamos de hacer el bien. Ayudamos y no recibimos agradecimiento; procuramos acercarnos a alguien y encontramos indiferencia; ofrecemos amistad y recibimos una herida. Entonces aparece una tentación muy humana: «¿Para qué seguir? Que cada uno se las arregle como pueda».

Precisamente allí nos alcanza el Evangelio de hoy. Jesús nos invita a no dejar que la conducta de los demás determine la calidad de nuestro amor. Podemos estar heridos sin convertirnos en personas que hieren. Podemos sentir decepción sin renunciar a la bondad. Con la gracia de Dios, siempre es posible dar un paso que interrumpa la cadena del resentimiento.

Hacer el bien hace bien, aunque no siempre produzca satisfacción inmediata ni resuelva todos los problemas. Hace bien porque abre espacio a Dios en nuestra vida y evita que el rencor se adueñe de ella.

La primera lectura nos ayuda a entender cómo se concreta ese amor. En Corinto había una discusión sobre los alimentos que habían sido ofrecidos a los ídolos. Algunos cristianos tenían muy claras sus convicciones, pero no todos comprendían las cosas del mismo modo. Pablo les pide que tengan en cuenta la conciencia del hermano y las consecuencias de su comportamiento.

Esta enseñanza sigue siendo muy actual. Podemos conocer mucho de religión y tener poca delicadeza con las personas. Podemos defender una idea correcta con palabras que humillan. Incluso podemos ganar una discusión y dejar al otro más lejos de la comunidad.

Por eso, antes de hablar o actuar, conviene preguntarnos: ¿Esto que voy a decir ayuda a crecer? ¿Mi manera de corregir permite que el otro se levante? ¿Estoy cuidando a la persona que Dios ha puesto a mi lado?

También nosotros, quienes tenemos responsabilidades pastorales, necesitamos hacernos estas preguntas. El conocimiento y la formación son necesarios; precisamente por eso deben ponerse al servicio de una fe que acompaña, comprende y ayuda a madurar.

El salmo nos lleva entonces a la oración. Ante el Señor, que conoce nuestra intimidad y nos ha formado desde el seno materno, podemos dejar de justificarnos. Él ve las heridas que cargamos, pero también las excusas con las que a veces evitamos cambiar.

Podemos decirle: «Señor, entra en esos rincones de mi corazón donde todavía guardo resentimiento. Ayúdame a reconocer si estoy tratando con dureza a alguien. Muéstrame el camino por el que debo andar».

¡Cuánto necesitamos esta oración! Resulta fácil examinar la conducta ajena y mucho más difícil permitir que Dios examine la nuestra. La conversión comienza cuando dejamos de señalar únicamente hacia afuera y nos atrevemos a poner nuestra propia vida bajo su mirada.

Desde esa confianza podemos escuchar la exigencia del Evangelio: amar también a quien nos resulta difícil, responder con bondad y aprender a perdonar. Jesús nos conduce hacia un amor cuya fuente es la misericordia del Padre.

Esto no significa justificar la violencia, callar ante una injusticia o permanecer expuestos al maltrato. Buscar protección, establecer límites y exigir justicia puede ser necesario. Pero incluso entonces estamos llamados a no alimentar el odio ni desear la destrucción del otro. Podemos rechazar con firmeza sus acciones y pedir a Dios que transforme su corazón.

Quizá hoy todavía no podamos acercarnos a quien nos ha herido. Podemos comenzar por una oración sincera, aunque sea breve: «Señor, tú conoces lo sucedido. Sana mi dolor y conduce a esa persona hacia el bien». A veces ese es el primer paso posible, y Dios sabe cuánto cuesta.

Hoy oramos especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Esta intención está profundamente unida a las lecturas. ¿Cómo anunciaremos al Dios de la misericordia si nuestras comunidades están dominadas por la rivalidad, los comentarios hirientes o la indiferencia?

La evangelización necesita nuestra palabra, nuestra preparación y nuestros medios de comunicación. Y necesita que quien se acerque encuentre personas capaces de escuchar, acoger y servir. Un catequista paciente, un sacerdote disponible, una religiosa cercana, un joven que acompaña a otro pueden ayudar a descubrir la presencia de Cristo.

Pidamos por los misioneros que trabajan lejos de su tierra; por quienes anuncian el Evangelio en lugares difíciles; por los catequistas y agentes de pastoral que sirven sin reconocimiento; por quienes evangelizan mediante la radio y las redes sociales. Que el cansancio no les quite la alegría y que las dificultades no endurezcan su corazón.

Oremos también para que surjan vocaciones al sacerdocio, a la vida consagrada y a la misión. Que nuestros jóvenes encuentren libertad y acompañamiento para preguntarse: «Señor, ¿qué quieres de mi vida? ¿Dónde me llamas a amar y a servir?».

Y recordemos que las vocaciones necesitan comunidades que las cuiden. Nuestro modo de vivir la fe puede ayudar a alguien a escuchar la llamada de Dios. Una comunidad fraterna, que ora y sirve con alegría, ofrece un terreno donde esa respuesta puede crecer.

Al acercarnos a la Eucaristía, recibimos a Jesús, que se entrega por nosotros. No venimos solamente a escuchar una enseñanza exigente; venimos a recibir la fuerza para vivirla. Él conoce nuestra pobreza y puede ensanchar nuestra capacidad de amar.

Llevémonos hoy un propósito concreto: hacer un bien que venimos aplazando. Escuchar a alguien, ofrecer una ayuda, detener un comentario hiriente o rezar por una persona con la que tenemos dificultades. Un gesto pequeño puede ser el comienzo de una reconciliación.

Señor Jesús, forma en nosotros un corazón misericordioso. Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia y fortalece a quienes han consagrado su vida al anuncio de tu Palabra. Llama a muchos jóvenes a seguirte y danos comunidades capaces de acompañarlos. Que, aun cuando estemos cansados o heridos, no dejemos de sembrar el bien. Amén.

 

 

martes, 8 de septiembre de 2026

9 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima tercera semana del tiempo ordinario II- Memoria de San Pedro Claver, presbítero

 

Testigo de la fe:

San Pedro Claver

(1580-1654)


Nació en Verdú, Cataluña, cerca de Barcelona. Ingresó en la Compañía de Jesús y partió como misionero hacia América. Ordenado sacerdote en Cartagena de Indias, Colombia, consagró cerca de cuarenta años de su vida al servicio de los africanos esclavizados y deportados hacia el Nuevo Mundo.

Salía a su encuentro tan pronto llegaban los barcos negreros; entraba en las bodegas insalubres, curaba a los enfermos, alimentaba a los hambrientos, consolaba a los moribundos y anunciaba a todos la dignidad que les otorgaba el amor de Dios. Con la ayuda de intérpretes, los instruía en la fe y les administraba los sacramentos. También defendía sus derechos y recordaba a las autoridades y a los propietarios que eran seres humanos creados a imagen de Dios.

Firmaba sus cartas con estas palabras: «Petrus Claver, Aethiopum servus in perpetuum», es decir: «Pedro Claver, esclavo de los africanos para siempre». Agotado por su inmensa labor apostólica, murió en Cartagena en 1654. Fue canonizado en 1888 por el papa León XIII y es venerado como patrono de las misiones entre los pueblos africanos, de la justicia interracial y de Colombia.

San Pedro Claver nos recuerda que no podemos decir que amamos a Cristo si permanecemos indiferentes ante quienes son humillados, discriminados o tratados como mercancía. En el rostro herido de cada persona excluida continúa esperándonos el mismo Jesús.

 


En el banquillo

«Dichosos ustedes cuando los hombres los odien y los excluyan». ¿Estamos llamados, entonces, a desempeñar siempre el papel de incomprendidos? El sentido del Evangelio es, sin duda, más profundo. Quizás se refiere a todas aquellas situaciones en las que la fidelidad a Cristo nos pone a contracorriente y nos deja, por decirlo así, en el banquillo.

Jesús no declara bienaventurada la exclusión en sí misma. Tampoco nos invita a buscar el rechazo ni a encerrarnos en una actitud de víctimas. Más bien, nos recuerda que la aprobación de los demás no es la medida definitiva de nuestra vida. Quien elige la verdad, la justicia, el perdón y el servicio a los más pobres puede ser, algunas veces, incomprendido, ridiculizado o marginado.

La bienaventuranza comienza cuando, en medio de esa prueba, permanecemos unidos a Cristo sin dejarnos dominar por la amargura. Ser discípulos supone, en ocasiones, aceptar que no ocuparemos el primer lugar, que no siempre recibiremos aplausos y que incluso podremos perder algunas ventajas. Pero en el Reino de Dios nadie permanece relegado al banquillo: precisamente aquellos a quienes el mundo excluye son los que Jesús mira con amor, levanta y llama bienaventurados.

 


Primera lectura

1 Cor 7, 25-31
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación. ¿Estás libre de mujer? No busques mujer

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Acerca de los célibes no tengo precepto del Señor, pero doy mi parecer como alguien que, por la misericordia del Señor, es fiel.
Considero que, por la angustia que apremia, es bueno para un hombre quedarse así.
¿Estás unido a una mujer? No busques la separación.
¿Estás libre de mujer? No busques mujer; pero, si te casas, no pecas; y, si una soltera se casa, tampoco peca. Aunque estos tales sufrirán la tribulación de la carne; y yo quiero ahorrársela.
Digo esto, hermanos, que el momento es apremiante. Queda como solución que los que tienen mujer vivan como si no la tuvieran; los que lloran, como si no lloraran; los que están alegres, como si no se alegraran; los que compran, como si no poseyeran; los que negocian en el mundo, como si no disfrutaran de él: porque la representación de este mundo se termina.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 44, 11-12. 14-15. 16-17 (R.: 11a)

R. Escucha, hija, mira: inclina el oído.

V. Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor. 
R.

V. Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras. 
R.

V. Las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.
«A cambio de tus padres tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrense y salten de gozo —dice el Señor—,
porque su recompensa será grande en el cielo. 
R.

 

Evangelio

Lc 6, 20-26

Bienaventurados los pobres. Ay de ustedes, los ricos

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús, levantando los ojos hacia sus discípulos, les decía:
«Bienaventurados los pobres, porque de ustedes es el reino de Dios.
Bienaventurados los que ahora tienen hambre, porque quedarán saciados.
Bienaventurados los que ahora lloran, porque reirán.
Bienaventurados ustedes cuando los odien los hombres, y los excluyan, y los insulten y proscriban su nombre como infame, por causa del Hijo del hombre. Alégrense ese día y salten de gozo, porque su recompensa será grande en el cielo. Eso es lo que hacían sus padres con los profetas.
Pero ¡ay de ustedes, los ricos, porque ya han recibido su consuelo!
¡Ay de ustedes, los que están saciados, porque tendrán hambre!
¡Ay de los que ahora ríen, porque harán duelo y llorarán!
¡Ay si todo el mundo habla bien de ustedes! Eso es lo que sus padres hacían con los falsos profetas».

Palabra del Señor.

 

 

 

«En el Reino de Dios nadie queda en el banquillo»

 

Queridos hermanos:

San Pablo nos dice hoy una frase que puede inquietarnos, pero que también nos ayuda a ordenar la vida: «La representación de este mundo se termina». No afirma que la vida presente carezca de valor ni desprecia el matrimonio, la familia, el trabajo o los bienes materiales. Nos recuerda que ninguna realidad temporal es definitiva y que no debemos aferrarnos a las cosas como si fueran eternas.

Todo pasa: la juventud, la salud, el dinero, los cargos, los aplausos y hasta nuestras seguridades. Solo Dios permanece. Por eso, san Pablo nos invita a vivir en el mundo sin convertirnos en sus esclavos; a utilizar las cosas sin permitir que las cosas se adueñen de nosotros; a amar a las personas sin pretender poseerlas y a realizar nuestras responsabilidades sin olvidar que caminamos hacia la eternidad.

Esta llamada al desprendimiento se prolonga en el salmo: «Escucha, hija, mira: inclina el oído». Son tres verbos importantes para nuestra vida espiritual: escuchar, mirar e inclinarse ante Dios.

Escuchar significa hacer silencio para descubrir lo que el Señor quiere de nosotros. Mirar significa aprender a contemplar la realidad con los ojos de Dios. Inclinar el oído supone humildad, disponibilidad y obediencia. Muchas veces escuchamos únicamente aquello que confirma nuestras opiniones; miramos solo lo que nos interesa y pretendemos que sea Dios quien se adapte a nuestros proyectos. El salmo nos invita a dejar nuestras seguridades para entrar en una relación más profunda con el Señor.

En el Evangelio, Jesús dirige su mirada hacia sus discípulos y proclama las bienaventuranzas: «Bienaventurados los pobres; bienaventurados los que tienen hambre; bienaventurados los que lloran; bienaventurados ustedes cuando los odien, los excluyan y los insulten por causa del Hijo del hombre».

Jesús no está diciendo que la pobreza, el hambre, el dolor o la exclusión sean buenos en sí mismos. Dios no quiere el sufrimiento de sus hijos. Tampoco nos invita a buscar el rechazo o a presentarnos siempre como víctimas incomprendidas. Jesús anuncia que Dios se coloca de manera especial al lado de quienes el mundo margina, olvida o deja, por decirlo así, en el banquillo.

Las bienaventuranzas cambian la manera humana de medir la felicidad. El mundo llama dichoso al rico, al poderoso, al que siempre triunfa, al que recibe aplausos y tiene muchos seguidores. Jesús, en cambio, llama dichosos a quienes, aun en medio de la pobreza, el dolor o el rechazo, ponen su confianza en Dios y permanecen fieles al Evangelio.

Los «ayes» dirigidos a los ricos y satisfechos no constituyen una condena automática de quien posee bienes. Son una advertencia contra la indiferencia, la autosuficiencia y el corazón satisfecho que ya no necesita a Dios ni se conmueve ante el sufrimiento ajeno. El peligro está en vivir tan cómodamente que dejemos de escuchar el llanto de los demás.

La vida de san Pedro Claver constituye una encarnación luminosa de estas palabras. En Cartagena de Indias contempló a miles de africanos arrancados de su tierra, vendidos como mercancía y transportados en condiciones inhumanas. Eran los pobres, hambrientos, enfermos, humillados y excluidos de su tiempo.

Pedro Claver no se limitó a sentir compasión desde lejos. Cuando llegaban los barcos negreros, entraba en sus bodegas pestilentes, llevaba alimentos, medicinas, agua y ropa; curaba las heridas, consolaba a los moribundos y les anunciaba que, aunque los hombres les hubieran arrebatado su libertad, nadie podía quitarles su dignidad de hijos de Dios. Se llamó a sí mismo «esclavo de los africanos para siempre».

Su comportamiento resultaba incómodo para una sociedad que se enriquecía mediante la esclavitud. Al defender la dignidad de aquellos hermanos, Pedro Claver también conoció la incomprensión y el rechazo. Pero no buscó el aplauso de los poderosos; eligió permanecer junto a quienes habían sido relegados al banquillo de la historia. En ellos encontró a Jesucristo.

La memoria de san Pedro Claver sigue cuestionándonos. Todavía existen personas excluidas por su pobreza, el color de su piel, su enfermedad, su edad, su procedencia o su situación social. También podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno, pasar de largo o pensar que los problemas de los demás no nos corresponden.

Hoy oramos especialmente por nuestros hermanos enfermos. Algunos padecen dolores físicos; otros llevan enfermedades prolongadas, tratamientos difíciles o diagnósticos que les producen miedo. También hay quienes sufren depresión, ansiedad, soledad o profundas heridas del alma.

A ellos les decimos: ustedes no están olvidados ni relegados por Dios. La enfermedad puede obligarlos a permanecer apartados de muchas actividades, pero nunca los deja fuera del amor del Señor ni de la comunión de la Iglesia. Sus lágrimas son conocidas por Cristo; su oración tiene un valor inmenso y su vida conserva toda su dignidad.

Pero nuestra oración debe convertirse también en cercanía concreta. No basta con pedir por los enfermos si no los visitamos, llamamos, escuchamos y acompañamos. Siguiendo el ejemplo de san Pedro Claver, hemos de llevarles el alivio de nuestra presencia, la ternura de una palabra, la ayuda material que necesiten y, cuando sea posible, el consuelo de los sacramentos. Recordemos también a sus familiares, médicos, enfermeros y cuidadores, que muchas veces cargan en silencio con el cansancio y la preocupación.

Pidamos al Señor que nos conceda un corazón libre, capaz de utilizar los bienes sin quedar aprisionado por ellos; un oído atento para escuchar su Palabra y el clamor del que sufre; y unas manos disponibles para levantar a quienes la sociedad deja a un lado.

Que san Pedro Claver interceda por Colombia, por nuestros enfermos y por todos los pueblos que aún padecen discriminación, explotación y esclavitudes. Y que nosotros comprendamos que en el Reino de Dios nadie es descartado, nadie es invisible y nadie queda en el banquillo. Amén.

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9 de septiembre:

San Pedro Claver, presbítero —

Memoria en EE. UU.
1581–1654
Patrono de: las misiones africanas, los afroamericanos, las misiones entre personas negras, los pueblos negros, las misiones extranjeras, la justicia interracial, los esclavos y de Colombia.
Invocado contra: la esclavitud.
Canonizado por: el papa León XIII el 15 de enero de 1888.



📜 Cita

“Ayer, 30 de mayo de 1627, en la fiesta de la Santísima Trinidad, desembarcaron de un gran navío numerosos negros traídos de los ríos de África. Llevando dos canastas de naranjas, limones, dulces, bizcochos y no sé qué más, nos apresuramos hacia ellos. Al acercarnos a sus alojamientos, pensamos que entrábamos en otra Guinea. Tuvimos que abrirnos paso a la fuerza entre la multitud hasta llegar a los enfermos. Un gran número de ellos yacían en el suelo húmedo o más bien en charcos de barro. Para evitar la humedad excesiva, alguien había pensado en amontonar una mezcla de tejas y pedazos de ladrillo roto. Ese, entonces, era su lecho, muy incómodo no solo por esa razón, sino sobre todo porque estaban desnudos, sin ninguna ropa que los protegiera…”


~ Carta de San Pedro Claver


✝️ Reflexión

San Pedro Claver nació en 1581 en Verdú, Cataluña, España, en el seno de una familia devota y de clase acomodada. Poco se conoce de sus primeros años. A los veinte ingresó en el noviciado jesuita y fue enviado a estudiar al colegio de Montesión, en Mallorca. Allí conoció al hermano Alfonso Rodríguez, portero del colegio durante cuarenta y seis años, hombre de humildad, piedad y discernimiento espiritual. Pedro buscó su consejo y nació entre ambos una amistad que lo marcaría. Animado por Rodríguez, decidió ser misionero en las colonias españolas de América. En 1610 partió hacia Cartagena de Indias, en la actual Colombia.

La ciudad portuaria de Cartagena, fundada en 1533, era en el siglo XVII un centro estratégico del comercio trasatlántico de esclavos. Para cuando Pedro Claver fue ordenado sacerdote, se calcula que unos 10.000 esclavos eran transportados anualmente en barcos españoles hasta Cartagena, donde luego eran vendidos.

Las condiciones en los barcos eran inhumanas: cadenas, hacinamiento, hambre, enfermedades. Se estima que un tercio de los esclavos moría durante la travesía. Los colonizadores recurrieron a los africanos porque la población indígena había sido diezmada por enfermedades europeas. Pese a protestas de algunos sectores de la Iglesia, incluida la voz de papas, el tráfico y los abusos continuaron.

En Cartagena, tras completar estudios en Tunja y Bogotá, Pedro fue ordenado sacerdote. Mientras la mayoría de los clérigos atendía a los colonizadores, él decidió que su “parroquia” serían los esclavos. En su profesión perpetua escribió de su puño y letra: “Pedro Claver, esclavo de los esclavos para siempre.”

Durante 38 años de ministerio en Cartagena, se calcula que catequizó y bautizó a más de 300.000 esclavos. Su práctica era esperar en el puerto la llegada de cada barco, a menudo cargado con 500 personas encadenadas, maltratadas y famélicas tras meses de travesía. Con un grupo de intérpretes y colaboradores, entraba en las bodegas pestilentes, donde hallaba muertos y enfermos. Los atendía con alimentos, medicinas improvisadas, y hasta con gestos de ternura inauditos: besaba sus llagas, chupaba el pus de sus heridas, lavaba sus cuerpos con sus pañuelos. Alimentaba a los hambrientos, bautizaba a los niños, consolaba con palabras de fe y esperanza.

Su enfoque era único: más que agitar rebeliones, buscaba la salvación de las almas. Anunciaba a Cristo crucificado, levantaba el crucifijo mostrando al Dios que había sufrido por ellos y les ofrecía la libertad interior que ningún amo podía quitarles. La dignidad que les devolvía no dependía de condiciones externas, sino de la fe y el bautismo que los hacía hijos de Dios.

Cuando no había barcos, recorría las plantaciones visitando a los esclavos ya bautizados. Dormía en sus barracones, compartía su comida y les enseñaba la fe. Si caían en pecados, los corregía con firmeza y cariño, restaurando su dignidad cristiana.

Después de más de 40 años de ministerio, Pedro cayó enfermo y pasó sus últimos días soportando malos tratos de un esclavo encargado de cuidarlo. Lejos de quejarse, ofreció ese sufrimiento como penitencia, uniéndolo a la cruz de Cristo y a la suerte de aquellos a quienes había servido toda su vida.

La Escritura dice: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). San Pedro Claver, “esclavo de los esclavos”, gastó su vida en el servicio más radical y generoso, ofreciendo esperanza y salvación a quienes vivían en condiciones inhumanas.

Su ejemplo nos interpela hoy: luchar contra la injusticia es esencial, pero trabajar por la salvación de las almas es la obra de misericordia más grande. Él nos recuerda que, incluso en medio de sufrimientos y opresiones, nadie puede arrebatarnos la dignidad y la alegría si vivimos en Cristo y dejamos que su misericordia nos transforme.


🙏 Oración

San Pedro Claver, emprendiste un camino hacia el infierno de la esclavitud y la deshumanización, causado por la avaricia y la falta de respeto por la dignidad humana. Allí llevaste la luz de Cristo y la gracia de los sacramentos, ofreciendo esperanza a los más necesitados.
Ruega por mí, para que yo sea un faro de esperanza en medio de las tinieblas, que predique siempre a Cristo crucificado y ponga la salvación de las almas —comenzando por la mía— como la primera prioridad de mi vida.
San Pedro Claver, ruega por nosotros.
Jesús, en Ti confío.

 

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