viernes, 3 de abril de 2026

4 de abril del 2026: Vigilia Pascual

 

La fe pascual: anunciar al Resucitado

Decir que Jesús murió y luego resucitó, es decir, que está vivo, se apoya en el testimonio apostólico y en la fe, transmitida por los Evangelios y por la tradición, que afirman la realidad de la cruz vacía y la presencia real de Cristo. Transmitir este acontecimiento inaudito se funda en la experiencia espiritual, en los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y en el testimonio de vida de los creyentes.

 


Primera lectura

LECTURAS ANTIGUO TESTAMENTO.

Primera Lectura.

Gn 1,1. 26-31a (forma breve)

Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno

Lectura del libro del Génesis

AL principio creó Dios el cielo y la tierra.
Dijo Dios:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza; que domine los peces del mar, las aves del cielo, los ganados y los reptiles de la tierra».
Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, varón y mujer los creó.
Dios los bendijo; y les dijo Dios:
«Sean fecundos y multiplíquense, llenen la tierra y sométanla; dominen los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se mueven sobre la tierra».
Y dijo Dios:
«Miren, les entrego todas las hierbas que engendran semilla sobre la superficie de la tierra y todos los árboles frutales que engendran semilla: les servirán de alimento.
Y la hierba verde servirá de alimento a todas las fieras de la tierra, a todas las aves del cielo, a todos los reptiles de la tierra y a todo ser que respira»,
Y así fue.
Vio Dios todo lo que había hecho, y era muy bueno.

Palabra de Dios



Segunda Lectura .
Gn 22, 1-2.9a.10-13.15-18 (forma breve)

El sacrificio de nuestro Patriarca Abrahán

Lectura del libro del Génesis

EN aquellos días, Dios puso a prueba a Abrahán. Le dijo:
«¡Abrahán!»
El respondió:
«Aquí estoy»
Dios dijo:
«Toma a tu hijo único, al que amas, a Isaac, y vete a la tierra de Moria y ofrécemelo allí en holocausto en uno de los montes que yo te indicaré»
Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abrahán levantó allí el altar y apiló la leña. Entonces Abrahán alargó la mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo.
Pero el ángel del Señor le gritó desde el cielo:
«¡Abrahán, Abrahán!».
Él contestó:
«Aquí estoy»
El ángel le ordenó:
«No alargues la mano contra el muchacho ni le hagas nada. Ahora he comprobado que temes a Dios, porque no te has reservado a tu hijo, a tu único hijo»
Abrahán levantó los ojos y vio un carnero enredado por los cuernos en la maleza. Se acercó, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo.
El ángel del Señor llamó a Abrahán por segunda vez desde el cielo y le dijo:
«Juro por mí mismo, oráculo del Señor: por haber hecho esto, por no haberte reservado tu hijo, tu hijo único, te colmaré de bendiciones y multiplicaré a tus descendientes como las estrellas del cielo y como la arena de la playa. Tus descendientes conquistarán las puertas de sus enemigos. Todas las naciones de la tierra se bendecirán con tu descendencia, porque has escuchado mi voz».

Palabra de Dios



Tercera lectura.
Éx 14,15 - 15,1 (nunca se puede omitir)

Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco

Lectura del libro del Éxodo

EN aquellos días, el Señor dijo a Moisés
«¿Por qué sigues clamando a mí? Di a los hijos de Israel que se pongan en marcha. Y tú, alza tu cayado, extiende tu mano sobre el mar y divídelo, para que los hijos de Israel pasen por medio del mar, por lo seco. Yo haré que los egipcios se obstinen y entren detrás de ustedes, y me cubriré de gloria a costa del faraón y de todo su ejército, de sus carros y de sus jinetes. Así sabrán los egipcios que yo soy el Señor
cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, de sus carros y de sus jinetes»,
Se puso en marcha el ángel del Señor, que iba al frente del ejército de Israel, y pasó a retaguardia. También la columna de nube, que iba delante de ellos, se desplazó y se colocó detrás, poniéndose entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel. La nube era tenebrosa y transcurrió toda la noche sin que los ejércitos pudieran aproximarse el uno al otro. Moisés extendió su mano sobre el mar y el Señor hizo retirarse el mar con un fuerte viento del este que sopló toda la noche; el mar se secó y se dividieron las aguas. Los hijos de Israel entraron en medio del mar, en lo seco, y las aguas les hacían de muralla a derecha e izquierda. Los egipcios los persiguieron
y entraron tras ellos, en medio del mar: todos los caballos del faraón, sus carros y sus jinetes.
Era ya la vigilia matutina cuando el Señor miró desde la columna de fuego y humo hacia el ejército de los egipcios y sembró el pánico en el ejército egipcio. Trabó las ruedas de sus carros, haciéndolos avanzar pesadamente.
Los egipcios dijeron:
«Huyamos ante Israel, porque el Señor lucha por él contra Egipto».
Luego dijo el Señor a Moisés:
«Extiende tu mano sobre el mar, y vuelvan las aguas sobre los egipcios, sus carros y sus jinetes»
Moisés extendió su mano sobre el mar, y al despuntar el día el mar recobró su estado natural, de modo que los egipcios, en su huida, toparon con las aguas. Así precipitó el Señor a los egipcios en medio del mar.
Las aguas volvieron y cubrieron los carros, los jinetes y todo el ejército del faraón, que había entrado en el mar Ni uno solo se salvó.
Mas los hijos de Israel pasaron en seco por medio del mar, mientras las aguas hacían de muralla a derecha e izquierda.
Aquel día salvó el Señor a Israel del poder de Egipto, e Israel vio a los egipcios muertos, en la orilla del mar. Vio, pues, Israel la mano potente que el Señor había desplegado contra los egipcios, y temió el pueblo al Señor, y creyó en el Señor y en Moisés, su siervo.
Entonces Moisés y los hijos de Israel entonaron este canto al Señor.

NO SE DICE Palabra de Dios.



Cuarta lectura.
Is 54,5-14

Con amor eterno te quiere el Señor, tu libertador

Lectura del libro de Isaías.

QUIEN te desposa es tu Hacedor:
su nombre es Señor todopoderoso.
Tu libertador es el Santo de Israel:
se llama «Dios de toda la tierra».
Como a mujer abandonada y abatida
te llama el Señor;
como a esposa de juventud, repudiada
-dice tu Dios-
Por un instante te abandoné,
pero con gran cariño te reuniré.
En un arrebato de ira,
por un instante te escondí mi rostro,
pero con amor eterno te quiero
-dice el Señor, tu libertador-
Me sucede como en los días de Noé:
juré que las aguas de Noé
no volverían a cubrir la tierra;
así juro no irritarme contra ti
ni amenazarte.
Aunque los montes cambiasen
y vacilaran las colinas,
no cambiaría mi amor
ni vacilaría mi alianza de paz
- dice el Señor que te quiere-.
¡Ciudad afligida, azotada por el viento,
a quien nadie consuela!
Mira, yo mismo asiento tus piedras sobre azabaches,
tus cimientos sobre zafiros
haré tus almenas de rubí,
tus puertas de esmeralda,
y de piedras preciosas tus bastiones.
Tus hijos serán discípulos del Señor,
gozarán de gran prosperidad tus constructores.
Tendrás tu fundamento en la justicia:
lejos de la opresión, no tendrás que temer;
lejos del terror, que no se acercará.

Palabra de Dios.



Quinta lectura.
Is 55,1-11

Vengan a mi y vivirán. Sellaré con ustedes una alianza perpetua

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David:
lo hice mi testigo para los pueblos,
guía y soberano de naciones.
Tú llamarás a un pueblo desconocido
un pueblo que no te conocía correrá hacia ti;
porque el Señor tu Dios,
el Santo de Israel te glorifica.
Busquen al Señor mientras se deja encontrar,
invóquenlo mientras está cerca.
Que el malvado abandone su camino,
y el malhechor sus planes;
que se convierta al Señor, y él tendrá piedad,
a nuestro Dios, que es rico en perdón.
Porque mis planes no son sus planes,
los caminos de ustedes no son mis caminos
-oráculo del Señor-.
Cuanto dista el cielo de la tierra,
así distan mis caminos de los de ustedes,
y mis planes de sus planes.
Como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo,
y no vuelven allá sino después de empapar la tierra,
de fecundarla y hacerla germinar,
para que dé semilla al sembrador
y pan al que come,
así será mi palabra que sale de mi boca:
no volverá a mí vacía,
sino que cumplirá mi deseo
y llevará a cabo mi encargo».

Palabra de Dios



Sexta lectura.
Ba 3,9-15.32 - 4,4

Camina al resplandor de su luz

Lectura del libro de Baruc.

ESCUCHA, Israel, mandatos de vida;
presta oído y aprende prudencia
¿Cuál es la razón, Israel,
de que sigas en país enemigo
envejeciendo en tierra extranjera;
de que te crean un ser contaminado,
un muerto habitante del Abismo?
¡Abandonaste la fuente de la sabiduría!
Si hubieras seguido el camino de Dios,
habitarías en paz para siempre.
Aprende dónde está la prudencia,
dónde el valor y la inteligencia,
dónde una larga vida,
la luz de los ojos y la paz.
¿Quién encontró su lugar
o tuvo acceso a sus tesoros?
El que todo lo sabe la conoce
la ha examinado y la penetra;
el que creó la tierra para siempre
y la llenó de animales cuadrúpedos
el que envía la luz y le obedece,
la llama y acude temblorosa;
a los astros que velan gozosos
arriba en sus puestos de guardia,
los llama, y responden: «Presentes»
y brillan gozosos para su Creador.
Este es nuestro Dios
y no hay quien se le pueda comparar;
rastreó el camino de la inteligencia
y se lo enseñó a su hijo, Jacob,
se lo mostró a su amado, Israel.
Después apareció en el mundo
y vivió en medio de los hombres
Es el libro de los mandatos de Dios
la ley de validez eterna:
los que la guarden vivirán;
los que la abandonen morirán.
Vuélvete, Jacob, a recibirla,
camina al resplandor de su luz;
no entregues a otros tu gloria
ni tu dignidad a un pueblo extranjero.
¡Dichosos nosotros, Israel,
que conocemos lo que agrada al Señor!

Palabra de Dios.



Séptima lectura.
Ez 36,16-17a.18-28

Derramaré sobre ustedes un agua pura. y les daré un corazón nuevo

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ME vino esta palabra del Señor
«Hijo de hombre, la casa de Israel profanó
con su conducta y sus acciones
la tierra en que habitaba.
Me enfurecí contra ellos,
por la sangre que habían derramado en el país,
y por haberlo profanado con sus ídolos.
Los dispersé por las naciones,
y anduvieron dispersos por diversos países.
Los he juzgado según su conducta y sus acciones
Al llegar a las diversas naciones,
profanaron mi santo nombre,
ya que de ellos se decía:
´´Estos son el pueblo del Señor
y han debido abandonar su tierra´´.
Así que tuve que defender mi santo nombre,
profanado por la casa de Israel
entre las naciones adonde había ido.
Por eso, di a la casa de Israel:
´´Esto dice el Señor Dios:
No hago esto por ustedes, casa de Israel,
sino por mi santo nombre, profanado por ustedes
en las naciones a las que fueron.
Manifestaré la santidad de mi gran nombre,
profanado entre los gentiles,
porque ustedes lo han profanado en medio de ellos.
Reconocerán las naciones que yo soy el Señor
-oráculo del Señor Dios-,
cuando por medio de ustedes les haga ver mi santidad.
Los recogeré de entre las naciones,
los reuniré de todos los países
y los llevaré a su tierra.
Derramaré sobre ustedes un agua pura
que los purificará:
de todas sus inmundicias e idolatrías
los he de purificar
y les daré un corazón nuevo,
y les infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de su carne el corazón de piedra,
y les daré un corazón de carne.
Les infundiré mi espíritu,
y haré que caminen según mis preceptos, y que guarden y cumplan mis mandatos. Y habitarán en la tierra que di a sus padres. Ustedes serán mi pueblo, y yo seré su Dios´´».

Palabra de Dios.



LECTURA NUEVO TESTAMENTO.

Epístola.
Rm 6,3-11 .

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte.
Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva.
Pues si hemos sido incorporados a él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya; sabiendo que nuestro hombre viejo fue crucificado con Cristo, para que fuera destruido el cuerpo de pecado, y, de este modo, nosotros dejáramos de servir al pecado
porque quien muere ha quedado libre del pecado.

Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él; pues sabemos que Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él. Porque quien ha muerto, ha muerto al pecado de una vez para siempre; y quien vive, vive para Dios
Lo mismo ustedes, considérense muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Salmo responsorial a la primera lectura.
Sal 104(103), 1-2a.5-6.10 y 12.13-14ab.24 y 35c (R. cf. 30)

R. Envía tu espíritu, Señor
y repuebla la faz de la tierra.


V. Bendice, alma mía, al Señor:
¡Dios mío, qué grande eres!
Te vistes de belleza y majestad,
la luz te envuelve como un manto. 
R.

V. Asentaste la tierra sobre sus cimientos,
y no vacilará jamás;
la cubriste con el manto del océano,
y las aguas se posaron sobre las montañas. 
R.

V. De los manantiales sacas los ríos,
para que fluyan entre los montes;
junto a ellos habitan las aves del cielo,
y entre las frondas se oye su canto. 
R.

V. Desde tu morada riegas los montes,
y la tierra se sacia de tu acción fecunda;
haces brotar hierba para los ganados,
y forraje para los que sirven al hombre.
Él saca pan de los campos. 
R.

V. Cuántas son tus obras, Señor,
y todas las hiciste con sabiduría;
la tierra está llena de tus criaturas.
¡Bendice, alma mía, al Señor! 
R.

Salmo responsorial a la segunda lectura.
Sal 16(15), 5+8.9-10.11 (R. 1)

R. Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti.

V. El Señor es el lote de mi heredad y mi copa,
mi suerte está en tu mano.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré. 
R.

V.  Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa esperanzada.
Porque no me abandonarás en la región de los muertos ni dejarás a tu fiel ver la corrupción. R.

V. Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha. 
R.

Salmo responsorial a la tercera lectura.
Sal Éx 15,1-2ab.2cd.3-4. 5-6.17-18 (R. 1a)

R. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria.

V. Cantaré al Señor, gloriosa es su victoria,
caballos y carros ha arrojado en el mar.
Mi fuerza y mi poder es el Señor,
Él fue mi salvación.
Él es mi Dios: yo lo alabaré;
el Dios de mis padres: yo lo ensalzaré. 
R.

V. El Señor es un guerrero,
su nombre es ´´El Señor´´.
Los carros del faraón los lanzó al mar,
ahogó en el mar Rojo a sus mejores capitanes. 
R.

V. Las olas los cubrieron,
bajaron hasta el fondo como piedras.
Tu diestra, Señor, es magnífica en poder,
tu diestra, Señor, tritura al enemigo. 
R.

V. Lo introduces y lo plantas en el monte de tu heredad,
lugar del que hiciste tu trono, Señor;
santuario, Señor, que fundaron tus manos.
El Señor reina por siempre jamás. 
R.

Salmo responsorial a la cuarta lectura .
Sal 30(29),3-4.5-6.12ac-13 (R. 2a)

R. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado.

V. Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.
Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa. 
R.

V. Tañan para el Señor, fieles suyos,
celebren el recuerdo de su nombre santo;
su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo. 
R.

V.  Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme.
Cambiaste mi luto en danzas.
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre. 
R.

Salmo responsorial a la quinta lectura.
Sal Is 12,2-3.4bcd.5-6 (R. 3)

R. Sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

V. «Él es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor,
él fue mi salvación»,
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación. 
R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel. 
R.

Salmo responsorial a la sexta lectura.
Sal 19(18),8. 9.10.11 (R. Jn 6,68c)

R. Señor, tú tienes palabras de vida eterna.

V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. 
R.

Salmo responsorial a la séptima lectura.
Sal 42(41),3. 5bcd; 43(42),3.4

R. Como busca la cierva corrientes de agua,
así mi alma te busca a ti, Dios mío.


V. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo:
¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? 
R.

V. Cómo entraba en el recinto santo,
cómo avanzaba hacia la casa de Dios
entre cantos de júbilo y alabanza,
en el bullicio de la fiesta.
 R.

V. Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada. 
R.

V. Me acercaré al altar de Dios,
al Dios de mi alegría,
y te daré gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío. 
R.

Salmo responsorial a la séptima lectura
(cuando se celebra el Bautismo, opción 1)
.
Is 12, 2-3. 4bcde. 5-6 (R:3)

R. Sacarán aguas con gozo de las fuentes de la salvación.

V. «El es mi Dios y Salvador:
confiaré y no temeré,
porque mi fuerza y mi poder es el Señor
él fue mi salvación»
Y sacarán aguas con gozo
de las fuentes de la salvación.
 R.

V. «Den gracias al Señor,
invoquen su nombre,
cuenten a los pueblos sus hazañas,
proclamen que su nombre es excelso». 
R.

V. Tañan para el Señor, que hizo proezas,
anúncienlas a toda la tierra;
griten jubilosos, habitantes de Sion,
porque es grande en medio de ti el Santo de Israel.
 R.

Salmo responsorial a la epístola.
Sal 118 (117),1-2.15c+16a+17.22-23

R. Aleluya, aleluya, aleluya.

V. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
 R.

V. «La diestra del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa»,
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente. 
R.

 

Evangelio

Mt 28, 1-10

Ha resucitado y va por delante de ustedes a Galilea

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

PASADO el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres:
«Ustedes no teman, ya sé que buscan a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Vengan a ver el sitio donde yacía y vayan aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de ustedes a Galilea. Allí lo verán”. Miren, se lo he anunciado».
Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos.
De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo:
«Alégrense».
Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él.
Jesús les dijo:
«No teman: vayan a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Palabra del Señor.

 

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Queridos hermanos y hermanas:

Esta es la noche más santa de todas las noches. La Iglesia entera se reúne en torno al fuego nuevo, al cirio pascual, a la Palabra proclamada con solemnidad, al canto jubiloso del Gloria, al anuncio de la Resurrección y, si es posible, a los sacramentos que renuevan y fecundan la vida cristiana. Esta noche no es una noche más: es la Madre de todas las Vigilias, porque en ella celebramos que Cristo, muerto por nosotros, ha vencido para siempre el pecado, el mal y la muerte.

Venimos de un largo recorrido de escucha. Las primeras siete lecturas del Antiguo Testamento, tomadas en su conjunto, no son una simple acumulación de textos hermosos. Son el gran relato del amor fiel de Dios. Son como un río inmenso que desemboca en Cristo resucitado. Lo que hemos escuchado esta noche nos dice una verdad fundamental: Dios nunca ha abandonado a su pueblo, y todo lo que ha ido realizando en la historia preparaba esta victoria definitiva de la Pascua.

La primera lectura, la creación, nos recuerda que desde el comienzo Dios quiso la vida, la luz, la belleza, el orden, la armonía. El mundo no nació del absurdo ni del caos definitivo, sino del amor creador de Dios. Y si esta noche celebramos la Resurrección, es porque el Dios que creó la vida al principio es el mismo que ahora, en Cristo, realiza una nueva creación. La Pascua no es un remiendo sobre un mundo roto; es el comienzo de un mundo nuevo. En Cristo resucitado, Dios rehace la humanidad.

La lectura del sacrificio de Isaac nos introduce en el drama de la fe. Abraham confía cuando humanamente todo parece oscuro. Y ahí aparece una figura que prepara el misterio pascual: el hijo amado ofrecido. Pero, a diferencia de Isaac, Jesús sí llevará hasta el extremo la entrega. El Padre no ahorrará a su propio Hijo, sino que lo entregará por amor a nosotros. Lo que en Abraham era figura y obediencia, en Cristo se vuelve plenitud y salvación. En la Pascua comprendemos que Dios no juega con el dolor humano: lo asume, lo atraviesa y lo redime.

La lectura del paso del Mar Rojo es quizá la gran imagen de esta noche. Israel, perseguido, sin salida, con el enemigo detrás y el mar delante, experimenta que cuando todo parece perdido, Dios abre un camino. Y ese camino pasa por las aguas. La Iglesia siempre ha visto allí la figura del Bautismo: el pueblo antiguo pasa de la esclavitud a la libertad; el pueblo nuevo pasa del pecado a la gracia, de la muerte a la vida. La Resurrección de Cristo no es una idea piadosa; es un verdadero éxodo. Jesús nos saca de nuestras esclavitudes, de nuestros miedos, de nuestras culpas, de nuestras tumbas interiores.

Las lecturas de los profetas nos han mostrado después el corazón de Dios. Hemos escuchado cómo el Señor ama con amor eterno, cómo convoca de nuevo a su pueblo disperso, cómo ofrece una alianza de paz, cómo invita gratuitamente al agua viva, cómo su Palabra es eficaz, cómo la sabiduría divina orienta el camino del hombre y cómo promete un corazón nuevo. Todo eso encuentra hoy su cumplimiento. Lo que los profetas anunciaron en esperanza, esta noche se realiza en Cristo.

Podríamos decir que toda la primera parte de la Vigilia nos ha repetido, de distintos modos, una misma certeza: Dios es fiel. Fiel cuando crea. Fiel cuando llama. Fiel cuando libera. Fiel cuando el pueblo se extravía. Fiel cuando corrige. Fiel cuando promete. Fiel incluso cuando el hombre traiciona. Y esa fidelidad alcanza su cumbre cuando Cristo, muerto en la cruz, resucita glorioso del sepulcro. La Pascua es la victoria de la fidelidad de Dios sobre todas nuestras infidelidades.

Luego, al llegar a la epístola, san Pablo nos ha dicho algo decisivo: por el Bautismo hemos sido incorporados a la muerte de Cristo para caminar en una vida nueva. No celebramos solamente algo que le sucedió a Jesús hace siglos. Celebramos algo que nos involucra personalmente. La Pascua no es solo memoria; es acontecimiento presente. Si Cristo ha resucitado, entonces nuestra vida puede cambiar. Si Cristo ha resucitado, entonces el pecado no tiene la última palabra. Si Cristo ha resucitado, entonces también nosotros estamos llamados a resucitar: resucitar del odio a la reconciliación, de la tibieza al fervor, de la desesperanza a la confianza, de la mediocridad a la santidad.

El salmo responsorial y todo el clima litúrgico de esta noche nos hacen pasar del lamento al júbilo, del silencio al canto, de las tinieblas a la luz. Y finalmente llegamos al Evangelio. Las mujeres van al sepulcro. Van con amor, con dolor, con desconcierto. Van buscando un cadáver, y se encuentran con el anuncio más grande de la historia: no está aquí; ha resucitado. El cristianismo se sostiene sobre esta noticia inaudita. Como decía el comentario que hemos traducido, afirmar que Jesús murió y resucitó se apoya en el testimonio apostólico y en la fe transmitida por los Evangelios y la tradición. No seguimos una leyenda hermosa ni un símbolo vacío. Seguimos a Cristo vivo.

Sin embargo, conviene detenernos un poco aquí. Nadie vio el instante exacto de la Resurrección. Lo que la Iglesia recibió fue el testimonio de quienes encontraron el sepulcro vacío, de quienes escucharon el anuncio, de quienes se encontraron con el Resucitado y fueron transformados por Él. Por eso la Pascua pide fe. No una fe ingenua, sino una fe fundada en el testimonio. La Iglesia cree porque los apóstoles vieron, escucharon, tocaron, comieron con el Resucitado; y porque esa experiencia fue transmitida fielmente en la comunidad creyente.

Pero la Pascua no se transmite solamente con palabras. También aquí el comentario que se nos ha dado es muy iluminador: este acontecimiento inaudito se comunica por la experiencia espiritual, por los sacramentos —especialmente la Eucaristía— y por el testimonio de vida de los creyentes. Es decir, Cristo resucitado sigue haciéndose presente en su Iglesia. Lo encontramos en la Palabra proclamada, en el Bautismo que nos regenera, en la Eucaristía que nos alimenta, en la comunidad reunida, en la caridad vivida, en la esperanza que no se deja derrotar.

Hermanos, una de las preguntas más importantes de esta noche es esta: ¿dónde se ve hoy la Resurrección? Se ve cuando un pecador vuelve a Dios. Se ve cuando una familia rota decide reconciliarse. Se ve cuando un enfermo mantiene la paz en medio de su sufrimiento. Se ve cuando una persona que ha llorado mucho no se deja vencer por la amargura. Se ve cuando alguien, en lugar de devolver odio, responde con bondad. Se ve cuando la Iglesia, a pesar de sus heridas, sigue anunciando el Evangelio. Se ve cuando participamos de la Eucaristía no como una costumbre vacía, sino como encuentro real con Cristo vivo.

También Santa María ocupa un lugar muy especial en esta noche. Ayer la contemplábamos en la soledad y el silencio. Hoy la intuimos como mujer de fe que esperó contra toda esperanza. Aunque los Evangelios no narran un encuentro explícito entre Jesús resucitado y su Madre, la tradición cristiana ha visto siempre en María a la creyente perfecta, la mujer que no dejó apagarse la lámpara de la esperanza. Ella permaneció firme en la noche del Sábado Santo. Ella nos enseña a esperar cuando todavía no vemos. Y por eso también ella es madre de la esperanza pascual.

La Vigilia Pascual nos invita, entonces, a tres actitudes concretas.

La primera: hacer memoria agradecida de la historia de la salvación. No somos huérfanos ni caminamos a oscuras. Dios ha guiado la historia desde la creación hasta la Pascua de Cristo, y sigue guiando nuestra historia personal. Cada uno podría preguntarse esta noche: ¿cuántas veces Dios ha abierto mares en mi vida? ¿Cuántas veces me ha sostenido, me ha perdonado, me ha levantado?

La segunda: renovar nuestra fe bautismal. Renunciar al pecado, al mal, a Satanás y a todas sus seducciones no es una fórmula vacía. Es tomar partido por Cristo. Es decidirnos de nuevo por la luz. Es dejar que la Pascua toque las zonas muertas de nuestra existencia. Tal vez algunos llevamos por dentro cansancios, heridas, culpas antiguas, rutinas espirituales, tristezas profundas. Esta noche el Señor nos dice: “Yo puedo sacar vida de todo eso”.

La tercera: volvernos testigos. Las mujeres del Evangelio no se quedaron inmóviles en el sepulcro; fueron enviadas. También nosotros somos enviados. Un cristiano pascual no puede vivir instalado en la queja permanente, en el pesimismo crónico o en una fe triste. El Resucitado nos llama a ser portadores de esperanza. En un mundo herido por la violencia, la incertidumbre, la mentira y la desconfianza, los cristianos estamos llamados a anunciar con la vida que Cristo vive.

Queridos hermanos y hermanas, esta noche santa nos invita a proclamar con todo el corazón: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y si Él ha resucitado, entonces la muerte no vence, el pecado no manda, la noche no dura para siempre, la piedra no permanece cerrada eternamente. La última palabra no la tiene el sepulcro, sino la vida; no la tiene el odio, sino el amor; no la tiene la derrota, sino la gloria de Dios.

Celebremos, pues, esta Pascua con un corazón renovado. Acerquémonos a la Eucaristía como al banquete del Resucitado. Renovemos nuestras promesas bautismales con fe viva. Dejemos que esta noche encienda de nuevo nuestra esperanza. Y salgamos de aquí con una certeza que nada ni nadie nos pueda quitar: Cristo vive, camina con nosotros y hace nuevas todas las cosas.

Amén.

 

4 de abril del 2026: Sábado Santo en el día (Con María la Madre)

   

María, esperanza en el silencio

En este Sábado Santo, la Iglesia permanece en silencio, contemplando el misterio de la muerte de Cristo y esperando, en vigilante esperanza, el anuncio de la Resurrección. Es el día del gran vacío, del sepulcro cerrado, del aparente triunfo de la oscuridad… pero también es el día de la fe más pura.

Hoy miramos a Santa María en su soledad. Ella, que ha dado su “sí” sin reservas, ahora guarda en su corazón el dolor y la esperanza. No hay palabras, no hay signos visibles, solo la confianza desnuda en la promesa de Dios. Mientras todo parece perdido, María cree, espera, ama.

Con ella aprendemos a permanecer firmes en medio de la noche, a sostener la fe cuando no vemos, a confiar cuando el silencio de Dios pesa en el alma. En esta jornada sobria y silenciosa, pidamos la gracia de una fe perseverante, capaz de esperar contra toda esperanza, sabiendo que la vida vencerá a la muerte.

(Prions en Église)



1


El silencio que espera la Vida

 

Esperanza expectante del Sábado Santo: Aunque ayer no se celebró el Santo Sacrificio de la Misa, los fieles recibieron la Sagrada Comunión durante la conmemoración de la Pasión del Señor. Hoy, sin embargo, la Iglesia entra en un profundo silencio. No se celebran servicios litúrgicos durante el día; el sagrario permanece vacío, y la Iglesia espera en quietud expectante el anuncio gozoso de la Resurrección. Este silencio nos invita a entrar más profundamente en el misterio del descenso de Cristo a los infiernos y a contemplar la insondable profundidad de su sacrificio.

Para quienes participan habitualmente en la Misa diaria, este día puede sentirse como un vacío, un anhelo por la Eucaristía que refleja el hambre espiritual del alma. Sin embargo, en su sabiduría, la Iglesia priva tanto de la Misa como de la comunión. ¿Por qué? Porque el Sábado Santo, en sí mismo, comunica una gracia particular. El silencio de este día no es una privación, sino una forma profunda de recibir: un don ofrecido en el silencio que nos invita a confiar, esperar y tener esperanza.

El Triduo Pascual revela que el año litúrgico es en sí mismo fuente de gracia, donde estos tres días sagrados despliegan progresivamente el Misterio Pascual. Santo Tomás de Aquino lo explica así: “La figura cesa con la llegada de la realidad. Pero este sacramento es figura y representación de la Pasión del Señor… Por eso, en el día en que se recuerda la Pasión tal como realmente ocurrió, este sacramento no se consagra” (Suma Teológica III, 83, 2). Es decir, el Viernes Santo, al hacernos participar plenamente en la Pasión del Señor, nos comunica la gracia total de su sacrificio redentor, haciendo innecesaria la celebración eucarística ese día.

De modo semejante, el Sábado Santo concede una gracia propia que nos introduce en el misterio de la espera llena de esperanza. Aunque no haya celebraciones litúrgicas hasta la Vigilia Pascual, este día de silencio nos invita a reposar en la certeza del triunfo de Cristo. Estamos llamados a permanecer con la Virgen María y los discípulos en su vigilia, confiando en que, incluso en el silencio, Dios actúa y su promesa de Resurrección está a punto de cumplirse.

En nuestra vida, la espera esperanzada es un don espiritual esencial. Nos da la gracia de perseverar en medio de las pruebas, de soportar con paciencia las dificultades y de mantenernos firmes en la esperanza, sin importar las luchas que enfrentemos. La esperanza es una de las tres virtudes teologales: nace de la fe, impulsa la acción y da origen a la caridad, que es la mayor de todas. Sin esperanza sobrenatural, no podemos vivir plenamente el amor.

Pero la esperanza no es simple optimismo. La esperanza sobrenatural está anclada en las promesas de Dios, recibidas en la fe y alimentadas por la oración y la confianza. Nuestra Madre Santísima es el ejemplo perfecto: en el Sábado Santo su corazón no se dejó invadir por la duda, sino que permaneció firme en la esperanza, velando en oración, esperando el cumplimiento de la promesa de su Hijo. Esa esperanza no se quedó en expectativa: se transformó en caridad viva, en amor fiel incluso en medio del dolor.

Reflexiona hoy sobre el silencio del Sábado Santo. Piensa en tus propias inquietudes, impaciencias o sufrimientos. Pide la gracia de la esperanza en medio de todo ello. Confía, espera, y deja que Dios cumpla su promesa en tu vida. Permite que tu fe y tu esperanza se conviertan en amor, para que puedas atravesar con Cristo la pasión y llegar con Él a la gloria de la Resurrección.

Oración:
Señor Jesús, en el silencio del sepulcro, cuando todo parecía terminado, Tú estabas obrando la salvación. Desciende también a mis noches, a mis vacíos, a mis esperas. Dame una esperanza firme cuando me tiente la desesperación. Que aprenda a confiar, a esperar y a abandonarme en Ti. Abre para mí las puertas de la vida nueva. Jesús, en Ti confío. Amén.


2


Sábado con María la Madre

 

El Salvador del mundo sufrió una muerte cruel en la Cruz. Su cuerpo destrozado fue puesto en la tumba. Sus discípulos se dispersaron y temieron ser también asesinados. Pero nuestra Santísima Madre permaneció vigilante con la perfecta esperanza de que su Hijo resucitaría pronto.

Tradicionalmente, los sábados del año eclesiástico están dedicados a la Santísima Virgen María. Esta antigua tradición se desarrolló en parte debido a la creencia de que, mientras otros estaban llenos de miedo y confusión, la Madre María mantenía vigilia el Sábado Santo en oración anticipando la resurrección de Jesús. Ella sabía que su Hijo resucitaría. Tenía esperanza más allá de la esperanza. Su fe era segura. Su amor la mantuvo alerta mientras esperaba el regreso de su Hijo.

Durante muchos siglos, se ha sugerido que la primera persona a quien Jesús se apareció después de Su resurrección fue su propia madre. El Papa San Juan Pablo II así lo creía. San Ignacio de Loyola lo creía. Y muchos otros a lo largo de los siglos compartieron esta creencia.

Por estas razones, el Sábado Santo es un día ideal para reflexionar sobre el corazón meditabundo de nuestra Santísima Madre. Hay varias veces en la Sagrada Escritura donde se nos dice que la Madre María reflexionó en su corazón sobre los misterios de la vida de su Hijo. Ella fue una de las pocas que estuvo a su lado en Su agonía y muerte. Ella se paró ante la Cruz y reflexionó en oración sobre Su sacrificio perfecto. La Santísima Madre sostuvo Su cadáver en sus brazos y reflexionó sobre dónde había ido Su espíritu. Y hoy vela, pensando en su inminente regreso a ella.

Reflexione sobre su corazón reflexivo. Intente unir su propio corazón con el de ella. Trate de comprender lo que ella estaba pensando y esperando. Intente sentir lo que ella sintió en este triste día. Intente experimentar su fe, su confianza y su espera gozosa.

Mucha gente en este mundo camina en desesperación y confusión. Muchos han perdido la esperanza en la nueva vida que les espera. Muchos tienen su propia forma de muerte interior sin permitir que Dios los atraiga a su resurrección. Muchas personas hoy necesitan la esperanza que estaba tan viva en el corazón de nuestra Santísima Madre ese primer Sábado Santo.

Reflexione sobre la realidad del Sábado Santo en silencio este día y permita que el glorioso corazón de nuestra Santísima Madre le inspire y le atraiga más profundamente a su vida de fe, esperanza y amor.

 

Querida Madre María, en aquel primer Sábado Santo, velaste por tu Hijo. Dejaste crecer en ti el don divino de la esperanza, y permitiste que esa esperanza fuera tu fuerza en medio del horror de la Cruz. Ora por mí para que pueda reflexionar en tu hermoso corazón este día para que yo también pueda estar lleno de esperanza al soportar los desafíos de esta vida terrenal. Dame un corazón de gozosa anticipación mientras espero la gracia de una nueva vida que nuestro Señor tan profundamente desea concederme. Madre María, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

jueves, 2 de abril de 2026

3 de abril del 2026: Viernes Santo de la Pasión y muerte del Señor

 

El precio de la salvación y de la libertad

Cada día, la actualidad del mundo y, a veces, incluso la de nuestras propias vidas, nos pone frente a la cuestión del mal y del sufrimiento. Hasta tal punto que el odio, la guerra, los atentados, la opresión de los pobres y de los pequeños parecen inscribirse, a pesar de nosotros, en el registro de la normalidad. La liturgia de este día dirige nuestra mirada hacia Cristo en la cruz. La Cruz toca nuestra humanidad: lo que ella es a veces, casi a pesar suyo, y lo que está llamada a ser. La Cruz hiere al ser humano, lo desfigura, pero, por encima de todo, ¡lo salva! He aquí todo el misterio que hoy celebramos. En todo lugar de nuestro mundo donde el hombre es amenazado, desfigurado como imagen de Dios, y allí donde la misma imagen de Dios es amenazada en el hombre, hay una cruz de más.

Sin embargo, en el corazón de nuestra vida de bautizados, la Cruz no deja de indicar el paso de la muerte a la vida. “¡Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único!” La Cruz es signo de una vida entregada, ¡entregada por completo! La Cruz es prueba de amor. La Cruz es el precio de nuestra libertad, de nuestra salvación. Ella es la llave de nuestro futuro y el fundamento de una historia que siempre está naciendo.

Al pie de la Cruz es siempre la hora de la ofrenda libre, la hora en que el Hijo deposita su vida entre las manos del Padre, la hora del gran movimiento de amor con el que Cristo nos lleva hacia el Padre, llamándonos también a nosotros al don de nuestra propia vida. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

¿Hay en mi casa, en mi apartamento, en mi habitación, una cruz que me recuerde el amor de Dios por mí?

¿Qué cruz estoy llamado a llevar con Cristo?

¿Me sucede mirar alguna vez el calvario o la cruz de misión en el corazón de mi ciudad o a la entrada de mi pueblo?

Benoît Gschwind, évêque de Pamiers

 


Primera lectura

Is 52, 13 — 53, 12
Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Cuarto cántico del Siervo de Dios)

Lectura del libro de Isaías.

MIREN, mi siervo tendrá éxito,
subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él
porque desfigurado no parecía hombre,
ni tenía aspecto humano,
así asombrará a muchos pueblos,
ante él los reyes cerrarán la boca,
al ver algo inenarrable
y comprender algo inaudito.
¿Quién creyó nuestro anuncio?;
¿a quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como brote,
como raíz en tierra árida,
sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado de los hombres,
como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultaban los rostros,
despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo estimamos leproso,
herido de Dios y humillado;
pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas,
cada uno siguiendo su camino;
y el Señor cargó sobre él
todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba
y no abría la boca:
como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron,
¿quién se preocupará de su estirpe?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malvados
y una tumba con los malhechores,
aunque no había cometido crímenes
ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,
y entregar su vida como expiación:
verá su descendencia, prolongará sus años,
lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
Por los trabajos de su alma verá la luz,
el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos,
porque cargó con los crímenes de ellos.
Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 (R.: Lc 23, 46)

R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. 
R.

V. Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. 
R.

V. Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen. 
R.

V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valientes de corazón
los que esperan en el Señor. 
R.

 

Segunda lectura

Heb 4, 14-16; 5, 7-9

Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.
Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

 

Evangelio

Jn 18, 1 — 19, 42

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

¿A quién buscan? A Jesús, el Nazareno
Cronista: EN aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscan?».
C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscan?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
Llevaron a Jesús primero ante Anás
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy».
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba
con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy
C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
Mi reino no es de este mundo
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentan contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo ustedes y júzguenlo según su ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez y les dijo:
S. «Miren, se lo saco para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a su rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A su rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Lo crucificaron; y con él a otros dos
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».
Se repartieron mis ropas
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Está cumplido
C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Está cumplido».
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

Al punto salió sangre y agua
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Envolvieron el cuerpo de Jesús en los lienzos con los aromas
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy no celebramos una misa como en otros días. Hoy la Iglesia se detiene en silencio, contempla, adora, llora y espera. Hoy estamos ante el misterio más grande del amor: Cristo crucificado por nosotros.

El profeta Isaías nos ha presentado al Siervo sufriente: “despreciado y evitado de los hombres, varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos”. No es un personaje lejano. En él reconocemos a Jesús, el Hijo amado del Padre, que ha querido cargar con nuestras dolencias, con nuestros pecados, con nuestras rebeldías, con las heridas de este mundo. Él fue traspasado por nuestras culpas; sobre Él cayó el castigo que nos trae la paz. Esta palabra no es solo poesía profética: es la radiografía espiritual del Calvario.

Y qué actual es esto. Vivimos en un mundo donde el mal parece haberse vuelto cotidiano: violencia, injusticia, desprecio por la vida, corrupción, guerra, divisiones, dolor en los hogares, angustias silenciosas, enfermedades del cuerpo y del alma. A veces nos acostumbramos tanto al sufrimiento que terminamos viéndolo como algo normal. Pero el Viernes Santo nos dice que el mal nunca será normal ante los ojos de Dios. Cada vez que el ser humano es humillado, herido, descartado o desfigurado en su dignidad, allí hay una cruz de más.

Por eso la liturgia de hoy dirige nuestra mirada a Cristo en la cruz. La cruz muestra lo peor del corazón humano: traición, cobardía, abuso de poder, mentira, odio, indiferencia. Pero, al mismo tiempo, revela lo más grande del corazón de Dios: amor hasta el extremo. Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Donde el hombre clavó a su Salvador, Dios respondió ofreciendo salvación.

La carta a los Hebreos nos ha recordado que Jesús no es un sumo sacerdote lejano, incapaz de comprendernos. No. Él conoce el dolor desde dentro. Ha llorado, ha sufrido, ha suplicado con lágrimas, ha experimentado la angustia. Por eso podemos acercarnos con confianza. Cuando uno sufre, cuando uno siente el peso de la culpa, cuando la vida parece oscurecerse, puede mirar a Cristo crucificado y decir: Tú sí me entiendes, Señor; Tú sí sabes lo que llevo dentro.

Y en la pasión según san Juan contemplamos a un Jesús que, aun en medio del sufrimiento, sigue siendo Rey. No un rey poderoso según los criterios del mundo, sino un Rey que vence amando, que triunfa entregándose, que reina desde el madero. Él no muere derrotado. Él se ofrece libremente. Él entrega su espíritu. Él convierte la cruz, instrumento de suplicio, en trono de misericordia, en altar de salvación, en puerta de vida eterna.

Hermanos, el Viernes Santo nos enseña que la cruz no es la última palabra. La última palabra de Dios no es el odio, sino el amor; no es la muerte, sino la vida; no es la derrota, sino la entrega fecunda. La cruz hiere, sí; la cruz desfigura, sí; pero en Cristo la cruz también salva. Por eso nosotros no adoramos el sufrimiento por sí mismo; adoramos al Crucificado, que ha llenado la cruz de amor, de sentido, de redención.

Hoy también se nos hacen algunas preguntas muy concretas. ¿Hay una cruz en mi casa que me recuerde el amor de Dios? ¿La miro alguna vez con fe? ¿O se ha vuelto un simple adorno? ¿Cuál es la cruz que hoy estoy llamado a llevar con Cristo? Tal vez sea una enfermedad, una soledad, una pena familiar, una lucha interior, una humillación, una incertidumbre, una preocupación por el país o por la Iglesia. El Señor no nos promete una vida sin cruces, pero sí nos asegura que ninguna cruz llevada con Él será estéril.

Al pie de la cruz aprendemos también el camino del discípulo. Allí está María, firme en el dolor; allí está el discípulo amado, fiel en la hora dura; allí está Jesús, que sigue amando hasta el final. El Calvario no solo nos muestra cuánto nos ama Dios; también nos enseña cómo debemos amar nosotros: con fidelidad, con paciencia, con entrega, sin huir cuando llega la hora difícil.

En este Viernes Santo acerquémonos al Crucificado con humildad. Depositemos en sus llagas nuestras heridas. Pongamos en su corazón abierto los sufrimientos del mundo, los enfermos, las víctimas de la violencia, los pobres, las familias heridas, quienes cargan cruces pesadas, quienes sienten que ya no pueden más. Y pongamos también nuestros pecados, porque Él ha llevado sobre sí nuestras culpas para darnos paz.

Que al besar hoy la cruz no hagamos un gesto vacío, sino una verdadera profesión de fe: Señor, creo en tu amor. Señor, confío en tu cruz. Señor, quiero cargar mi vida contigo. Señor, que nunca olvide que fui salvado al precio de tu sangre.

Amén.

 


4 de abril del 2026: Vigilia Pascual

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