¡Algo nunca visto!
¿Ustedes han visto alguna vez piedras vivas? Yo no.
¿O una casa que tenga alma? No he visto el alma, pero sí conozco lugares que
tienen alma: una casa, un bello monumento o una iglesia. En ellos se descubre
ese “no sé qué” que deja respirar belleza, paz, presencia. Seguramente ustedes
conocen lugares así, cerca de donde viven.
“La piedra que desecharon los arquitectos es ahora
la piedra angular”. Cristo, rechazado por los hombres, se ha convertido en la
piedra angular de la Iglesia; no del edificio material, sino de la comunidad de
los cristianos. Y yo puedo ser una de esas piedras vivas de la comunidad que se
reúne como Iglesia para celebrar al Resucitado.
También nosotros somos preciosos. Nosotros
sostenemos, nos sostenemos unos a otros, servimos como los diáconos, en
nuestras misiones cercanas a los pobres. Ellos también son piedras vivas de la
Iglesia.
Gracias a ellos, gracias a nosotros, la Palabra de
Dios se multiplica con fuerza. Y en la casa del Padre hay muchas moradas. Nos
corresponde desear ocupar nuestro lugar allí. Ese lugar ha sido preparado por
Jesús mismo. Nos corresponde querer estar allí con Jesús para vivir una gran
comunión.
El camino hacia la casa del Padre es más sencillo
de lo que imaginamos. Tener la mirada fija en Él nos hace avanzar, como por
atracción. En ese camino no estamos solos para conocer y vivir las obras del
Señor. La comunidad de la Iglesia es el lugar del compartir y de la alegría.
¡Aleluya!
Cuando miro la comunidad de los cristianos, ¿me
siento una piedra viva o una piedra inerte?
¿Miro el mundo desde la Iglesia en la que soy activo, o miro la Iglesia desde
fuera?
Tommy Scholtes, prêtre jésuite, Prions en Église Belgique
Primera lectura
Hch 6, 1-7
Eligieron a siete hombres llenos del
Espíritu Santo
Lectura del libro de los Hechos de
los Apóstoles.
EN aquellos días, al crecer el número de los
discípulos, los de lengua griega se quejaron contra los de lengua hebrea,
porque en el servicio diario no se atendía a sus viudas. Los Doce, convocando a
la asamblea de los discípulos, dijeron:
«No nos parece bien descuidar la palabra de
Dios para ocuparnos del servicio de las mesas. Por tanto, hermanos, escojan a
siete de ustedes, hombres de buena fama, llenos de espíritu y de sabiduría, y
los encargaremos de esta tarea; nosotros nos dedicaremos a la oración y al
servicio de la palabra».
La propuesta les pareció bien a todos y
eligieron a Esteban, hombre lleno de fe y de Espíritu Santo; a Felipe, Prócoro,
Nicanor, Timón, Parmenas y Nicolás, prosélito de Antioquía. Se los presentaron
a los apóstoles y ellos les impusieron las manos orando.
La palabra de Dios iba creciendo y en Jerusalén
se multiplicaba el número de discípulos; incluso muchos sacerdotes aceptaban la
fe.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
O bien:
R. Aleluya.
V. Aclamen, justos, al Señor,
que merece la alabanza de los buenos.
Den gracias al Señor con la cítara,
toquen en su honor el arpa de diez cuerdas. R.
V. La palabra del Señor es
sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. R.
V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre. R.
Segunda lectura
1 Pe 2, 4-9
Ustedes, en cambio, son un linaje
elegido, un sacerdocio real
Lectura de la primera carta del
apóstol san Pedro.
QUERIDOS hermanos:
Acercándose al Señor, piedra viva rechazada por
los hombres, pero elegida y preciosa para Dios, también ustedes, como piedras
vivas, entran en la construcción de una casa espiritual para un sacerdocio
santo, a fin de ofrecer sacrificios espirituales agradables a Dios por medio de
Jesucristo.
Por eso se dice en la Escritura:
«Mira, pongo en Sion una piedra angular,
elegida y preciosa;
quien cree en ella no queda defraudado».
Para ustedes, pues, los creyentes, ella es el
honor, pero para los incrédulos «la piedra que desecharon los arquitectos es
ahora la piedra angular», y también «piedra de choque y roca de estrellarse»; y
ellos chocan al despreciar la palabra. A eso precisamente estaban expuestos.
Ustedes, en cambio, son un linaje elegido, un
sacerdocio real, una nación santa, un pueblo adquirido por Dios para que
anuncien las proezas del que los llamó de las tinieblas a su luz maravillosa.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. Yo soy el camino y la verdad y
la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.
Evangelio
Jn 14, 1-12
Yo soy el camino y la verdad y la vida
Lectura del santo Evangelio según
san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi
Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a
prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré
conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya
saben el camino». Tomás le dice:«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos
saber el camino?». Jesús le responde: «Yo soy el camino y la verdad y la vida.
Nadie va al Padre sino por mí. Si me conociéran a mí, conocerían también a mi
Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto». Felipe le dice: «Señor, muéstranos
al Padre y nos basta». Jesús le replica: «Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y
no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices
tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en
mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece
en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí.
Si no, crean a las obras. En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí,
también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al
Padre».
Palabra del Señor.
************
1
Queridos
hermanos y hermanas:
En este V Domingo de
Pascua, la Palabra de Dios nos pone delante tres imágenes muy hermosas y
profundas: la
comunidad que sirve, las piedras vivas y la
casa del Padre.
Tres imágenes que nos
ayudan a responder una pregunta esencial: ¿qué significa ser Iglesia después de
la Pascua? Porque la Pascua no es solamente decir: “Cristo ha resucitado”. La
Pascua es dejar que Cristo resucitado transforme nuestra manera de vivir, de
mirar, de servir, de pertenecer y de caminar.
Podemos
afirmar que en la Pascua sucede “¡Algo
nunca visto!” Y claro, porque la Pascua inaugura algo nuevo.
Después de la resurrección de Cristo ya no miramos la vida igual, ya no miramos
la muerte igual, ya no miramos la comunidad igual, ya no miramos a los pobres
igual, ya no miramos la Iglesia igual.
1. Una comunidad donde nadie debe quedar
olvidado
La primera lectura,
tomada del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta una escena muy
realista de la primera comunidad cristiana. No todo era perfecto. Había
crecimiento, sí; la Palabra de Dios se difundía, sí; muchos abrazaban la fe,
sí. Pero también aparecieron tensiones, quejas y necesidades concretas.
Las viudas de lengua
griega estaban siendo descuidadas en la distribución diaria. Es decir, dentro
de la comunidad había personas vulnerables que corrían el riesgo de quedar
marginadas. Y la Iglesia naciente tuvo que aprender algo fundamental: una
comunidad pascual no puede celebrar al Resucitado y al mismo tiempo ignorar al
hermano necesitado.
Por eso nacen los siete
servidores, tradicionalmente vistos como el origen del ministerio diaconal. Los
apóstoles no dicen: “Ese problema no nos importa”. Tampoco dicen: “Lo
espiritual es una cosa y la caridad es otra”. Al contrario, organizan la
comunidad para que la oración, la Palabra y el servicio caminen juntos.
Aquí aparece una
primera enseñanza para nosotros: la Iglesia no es un club de
espectadores, sino una comunidad de servidores. Cada bautizado
tiene una responsabilidad. Cada cristiano tiene una misión. Cada uno, desde su
lugar, debe preguntarse: ¿a quién estoy sirviendo?, ¿a quién estoy
sosteniendo?, ¿qué necesidad concreta de mi comunidad me está pidiendo una
respuesta?
A veces pensamos que
servir es hacer cosas extraordinarias. Pero no. Servir puede ser visitar a un
enfermo, escuchar a alguien triste, colaborar en la parroquia, animar la fe de
la familia, compartir el pan, acercarse a un vecino solo, apoyar una obra
evangelizadora, orar por quien sufre, reconciliar una relación rota.
La primera comunidad
crece porque se organiza para servir. Y cuando la Iglesia sirve, la Palabra de
Dios no se queda encerrada: se multiplica.
2.
Cristo, piedra angular; nosotros, piedras vivas
La segunda lectura, de
la primera carta de San Pedro, nos regala una imagen bellísima: “También
ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de un templo espiritual”.
Es una expresión
sorprendente. Normalmente pensamos en piedras como algo duro, frío, inmóvil.
Una piedra no respira, no siente, no camina. Pero San Pedro dice que los
cristianos somos piedras vivas.
¿Por qué vivas? Porque
estamos unidos a Cristo, que es la piedra viva por excelencia. Él fue rechazado
por los hombres, pero elegido y precioso ante Dios. Él es la piedra angular. La
piedra angular era la que daba solidez, dirección y unidad a todo el edificio.
Sin ella, la construcción se debilitaba.
Esto quiere decir que
la Iglesia no se sostiene primero por nuestras cualidades humanas, por nuestros
planes, por nuestras estructuras, por nuestros gustos o protagonismos. La
Iglesia se sostiene sobre Cristo. Él es el centro. Él es el fundamento. Él es
la piedra que da sentido a todas las demás piedras.
Y aquí viene una
pregunta muy importante: ¿soy una piedra viva o una piedra
inerte?
Una piedra viva es un
cristiano que ora, ama, sirve, perdona, participa, construye comunidad. Una
piedra viva no se limita a criticar desde lejos. No vive la fe como simple
costumbre. No mira la Iglesia como si fuera algo ajeno. Dice: “Esta es mi casa,
esta es mi comunidad, esta es mi misión; aquí debo aportar”.
Una piedra inerte, en
cambio, está ahí, pero no sostiene. Está presente, pero no se compromete. Opina
mucho, pero sirve poco. Mira desde fuera, pero no se deja involucrar. Se queja
de la Iglesia, pero no ayuda a edificarla.
Y todos podemos tener
un poco de ambas cosas. Hay momentos en que somos piedras vivas, generosas,
disponibles. Y hay momentos en que nos volvemos piedras frías, cansadas,
indiferentes, encerradas en nosotros mismos. Por eso esta Palabra nos despierta
y nos dice: vuelve a ocupar tu lugar en la construcción espiritual de
Dios.
La Iglesia no es
solamente el templo material. La Iglesia somos nosotros cuando nos reunimos,
celebramos, compartimos la fe y salimos a servir. Es verdad que hay templos
hermosos, lugares que tienen alma, espacios donde uno siente paz y presencia de
Dios. Pero el templo más bello que Dios quiere edificar es una comunidad viva,
fraterna, misericordiosa, donde cada persona se sabe amada, necesaria y
enviada.
3.
“No se turbe su corazón”
En el Evangelio, Jesús
pronuncia unas palabras profundamente consoladoras: “No se turbe su
corazón. Crean en Dios y crean también en mí”.
Jesús dice esto en un
momento difícil. Está hablando de su partida, de su Pascua, de su entrega. Los
discípulos están confundidos, tristes, inquietos. No entienden del todo lo que
está ocurriendo. Y entonces Jesús les abre una esperanza: “En
la casa de mi Padre hay muchas moradas”.
Esta frase ha consolado
durante siglos a innumerables creyentes. La escuchamos muchas veces en
funerales, novenarios, momentos de duelo y despedida. Y con razón. Jesús nos
asegura que nuestra vida no termina en el vacío. Vamos hacia la casa del Padre.
Hay un lugar preparado por Él. No caminamos hacia la nada, sino hacia una
comunión plena.
Pero esta promesa no es
solamente para después de la muerte. También ilumina nuestra vida presente.
Jesús nos recuerda que somos peregrinos, que nuestra existencia tiene destino,
que no estamos abandonados. En medio de las turbaciones, de las crisis, de las
enfermedades, de las incertidumbres, de las preguntas familiares, sociales y
personales, Él nos dice: “No se turbe su corazón”.
No dice: “No tendrán
problemas”. No dice: “Todo será fácil”. Dice algo más profundo: “No permitan
que el miedo les robe la fe. No permitan que la confusión les apague la
esperanza. No permitan que el dolor les haga olvidar que hay una casa, un
Padre, un camino y una promesa”.
4.
“Yo soy el camino, la verdad y la vida”
Tomás, con su
sinceridad habitual, le dice a Jesús: “Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo
podemos saber el camino?”
Y Jesús responde con
una de las frases más grandes del Evangelio: “Yo soy el camino,
la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí”.
Jesús no dice
simplemente: “Yo les enseño un camino”. Dice: “Yo soy el camino”.
No dice: “Yo les comunico algunas verdades”. Dice: “Yo soy la verdad”.
No dice: “Yo les doy algunos consejos para vivir mejor”. Dice: “Yo
soy la vida”.
El cristianismo no es,
ante todo, una teoría, una moral, una costumbre social o una tradición
familiar. El cristianismo es una relación viva con Jesucristo. Él es el camino
que se recorre caminando con Él. Él es la verdad que se descubre amándolo. Él
es la vida que se recibe permaneciendo unido a Él.
Por eso el camino hacia
la casa del Padre es más sencillo de lo que imaginamos. No porque sea
superficial o fácil, sino porque tiene un centro claro: mirar
a Jesús y seguirlo. Cuando uno fija la mirada en Cristo, poco a
poco empieza a caminar en la dirección correcta.
Mirar a Jesús nos
enseña a servir como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a perdonar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a amar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a confiar como Él.
Mirar a Jesús nos enseña a construir Iglesia como Él.
5.
Una Iglesia que mira desde dentro
Podemos finalizar haciéndonos
dos preguntas muy oportunas:
Cuando miro la comunidad cristiana, ¿me siento una piedra
viva o una piedra inerte?
¿Miro
el mundo desde la Iglesia en la que soy activo, o miro la Iglesia desde fuera?
Son preguntas
exigentes. Porque hoy muchas personas miran la Iglesia desde la distancia:
opinan, juzgan, critican, se decepcionan, se alejan. Y es verdad que la
Iglesia, formada por seres humanos, tiene fragilidades, heridas, pecados y
limitaciones. Pero también es verdad que la Iglesia es nuestra casa espiritual,
el pueblo de Dios, el lugar donde Cristo sigue llamando, alimentando,
perdonando y enviando.
No se trata de negar
las sombras. Se trata de no abandonar la construcción. Si una casa tiene
grietas, no se arregla insultándola desde la calle. Se arregla entrando,
trabajando, reparando, sosteniendo, poniendo el hombro. Así también la Iglesia
necesita cristianos que no solo reclamen, sino que amen; no solo critiquen,
sino que sirvan; no solo observen, sino que participen.
La Pascua nos invita a
ser comunidad viva. Una comunidad donde los pobres no sean olvidados. Una
comunidad donde la Palabra crezca. Una comunidad donde cada bautizado encuentre
su lugar. Una comunidad donde Cristo sea realmente la piedra angular.
Conclusión
Hermanos y hermanas, en
este V Domingo de Pascua, el Señor nos dice tres cosas muy concretas:
Primero: sirvan,
porque una Iglesia que no sirve se vuelve estéril.
Segundo: construyan,
porque ustedes son piedras vivas del templo espiritual de Dios.
Tercero: confíen,
porque en la casa del Padre hay muchas moradas y Cristo mismo nos prepara un
lugar.
Que no se turbe nuestro
corazón. Que no nos gane el miedo. Que no nos paralice la indiferencia. Que no
nos quedemos como piedras frías al borde del camino.
Cristo resucitado,
piedra angular, camino, verdad y vida, nos llama hoy a ocupar nuestro lugar en
su Iglesia.
Que cada uno pueda
decir:
“Señor, quiero ser piedra viva.
Quiero servir en tu casa.
Quiero caminar contigo.
Quiero ayudar a que tu Palabra se multiplique.
Quiero vivir desde ahora como hijo amado en la casa del Padre”.
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
En este quinto domingo
de Pascua, la Palabra de Dios nos pone delante una de las frases más luminosas
y consoladoras de todo el Evangelio: “Yo soy el camino, la verdad y la vida.
Nadie va al Padre sino por mí”.
Jesús pronuncia estas
palabras en un momento muy delicado. Estamos en el contexto de la Última Cena.
Los discípulos presienten que algo grave se acerca. Jesús les ha hablado de su
partida, de la traición, de la cruz, de un camino que ellos todavía no
comprenden. Sus corazones están inquietos. Por eso el Evangelio comienza con
una frase que es casi una caricia para el alma: “No se turbe su
corazón. Crean en Dios y crean también en mí”.
Cuántas veces también
nosotros necesitamos escuchar esas palabras: “No se turbe tu corazón”. Cuando
no entendemos lo que pasa. Cuando una enfermedad nos golpea. Cuando una oración
parece no recibir respuesta. Cuando vemos sufrir a una persona inocente. Cuando
la familia atraviesa dificultades. Cuando alguien que amamos se aleja de la fe.
Cuando nos preguntamos: “Señor, ¿por dónde sigo?, ¿qué quieres de mí?, ¿cuál es
el camino?”.
Los
discípulos escuchaban a Jesús, pero muchas veces no entendían de inmediato.
Jesús les hablaba de misterios profundos: su regreso al Padre, la morada
preparada para ellos, la comunión con Dios. Pero ellos, aunque lo amaban,
todavía no podían comprenderlo todo.
Y eso debe consolarnos.
La fe no significa entenderlo todo desde el primer momento. La fe significa
confiar en Aquel que sí conoce el camino.
1.
Tomás y Felipe: la sinceridad de quien no entiende
En el Evangelio
aparecen dos discípulos que se atreven a preguntar: Tomás y Felipe.
Tomás dice: “Señor,
no sabemos a dónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?”. Esta
pregunta es muy humana. Tomás no finge entender. No se queda callado
aparentando seguridad. Él reconoce su confusión.
Y Jesús le responde no
con un mapa, no con una explicación larga, no con una teoría, sino con una
persona: “Yo
soy el camino, la verdad y la vida”.
Esto es fundamental.
Jesús no dice solamente: “Yo les enseño el camino”. Dice: “Yo
soy el camino”. No dice únicamente: “Yo les digo algunas
verdades”. Dice: “Yo soy la verdad”. No dice: “Yo les
ofrezco una vida un poco mejor”. Dice: “Yo soy la vida”.
El cristianismo no es,
ante todo, una doctrina fría, una lista de normas o una costumbre religiosa. El
cristianismo es una relación viva con Jesucristo. Seguir a Cristo no es caminar
detrás de una idea, sino detrás de una Persona. Creer en Cristo no es repetir
fórmulas, sino dejarse conducir por Él.
Después habla Felipe: “Señor,
muéstranos al Padre y eso nos basta”. También es una petición
hermosa. Felipe quiere ver a Dios. Quiere una certeza. Quiere una experiencia
definitiva. Y Jesús le responde: “Felipe, tanto tiempo hace que estoy con
ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre”.
Aquí Jesús nos revela
el corazón de nuestra fe: en Él vemos el rostro del Padre. Si queremos saber
cómo es Dios, miremos a Jesús. Si queremos saber cómo ama Dios, miremos a Jesús
tocando al leproso, perdonando a la pecadora, llorando ante la tumba de Lázaro,
lavando los pies de sus discípulos, entregándose en la cruz. Si queremos saber
qué piensa Dios del ser humano, miremos a Cristo dando la vida por nosotros.
2.
No todo se comprende de golpe
Podemos afirmar que las
palabras de Jesús tienen muchas capas de profundidad. No se pueden digerir como
quien lee rápidamente una novela o una noticia. El Evangelio necesita oración,
silencio, escucha, paciencia.
Esto nos hace mucho
bien recordarlo. Vivimos en una cultura que quiere respuestas inmediatas. Todo
rápido, todo explicado, todo resuelto. Pero los misterios de Dios no funcionan
así. Dios no siempre responde de manera directa o instantánea. A veces nos da
una pequeña luz y nos invita a caminar con ella. A veces nos permite comprender
poco a poco. A veces la respuesta no llega como explicación, sino como fuerza
interior para seguir.
Muchas preguntas
humanas no tienen una respuesta fácil: ¿por qué sufre el inocente?, ¿por qué
muere alguien joven?, ¿por qué Dios no actúa como nosotros esperamos?, ¿por qué
un hijo se aleja de la fe?, ¿por qué mi vida tomó este rumbo?
Jesús no desprecia
nuestras preguntas. Tomás preguntó. Felipe preguntó. Nosotros también podemos
preguntar. Pero Jesús nos enseña que la respuesta más profunda está en
permanecer unidos a Él. Hay cosas que solo se entienden de rodillas. Hay
caminos que solo se descubren orando. Hay verdades que solo se comprenden
cuando el corazón se va pareciendo al corazón de Cristo.
Por eso, cuando Jesús
dice: “Yo
soy el camino”, nos invita a caminar con Él incluso cuando no
vemos todo el trayecto. Cuando dice: “Yo soy la verdad”, nos
invita a confiar en su Palabra incluso cuando nuestras ideas se quedan cortas.
Cuando dice: “Yo soy la vida”, nos invita a recibir de
Él una vida que no termina, una vida que ya comienza aquí y se plenifica en la
casa del Padre.
3.
La casa del Padre: una esperanza para el corazón
Jesús dice también: “En
la casa de mi Padre hay muchas moradas”.
Esta frase ha consolado
a generaciones de creyentes. La proclamamos con frecuencia en funerales,
exequias y novenarios porque expresa una esperanza inmensa: no caminamos hacia
el vacío. Nuestra vida no termina en la oscuridad. Jesús nos prepara un lugar.
Pero esta esperanza no
es una evasión del mundo. No se trata de decir: “Como un día iremos a la casa
del Padre, entonces no importa lo que hagamos aquí”. Al contrario. Precisamente
porque sabemos hacia dónde vamos, debemos vivir de otra manera.
Quien sabe que va hacia
la casa del Padre aprende a vivir como hijo. Quien sabe que Cristo le prepara
una morada aprende a preparar también aquí espacios de fraternidad, servicio,
justicia y misericordia. La esperanza del cielo no nos aleja de la tierra; nos
compromete más con ella.
Y aquí se conecta muy
bien la primera lectura.
4.
Una Iglesia que sirve y no deja a nadie olvidado
En los Hechos de los
Apóstoles aparece una dificultad concreta dentro de la primera comunidad
cristiana. Las viudas de lengua griega estaban siendo descuidadas en la
distribución diaria. Es decir, había un grupo vulnerable que no estaba siendo
atendido suficientemente.
La comunidad pudo haber
ignorado el problema. Pudo haber dicho: “Eso no es tan importante”. Pero no.
Los apóstoles escuchan, disciernen y organizan mejor el servicio. Así nacen los
siete varones elegidos para atender esta necesidad; entre ellos, Esteban.
Esto nos muestra que la
Iglesia pascual no es una comunidad de discursos bonitos, sino de servicio
concreto. No basta anunciar que Cristo es el camino, la verdad y la vida si
después no abrimos caminos para los pobres, si no vivimos en la verdad de la
caridad, si no defendemos la vida de quienes están más abandonados.
El Evangelio se vuelve
creíble cuando la comunidad sirve. Por eso la lectura termina diciendo que la
Palabra de Dios iba creciendo y se multiplicaba el número de los discípulos.
La Palabra crece cuando hay oración, pero también cuando hay caridad organizada.
La Palabra se multiplica cuando la Iglesia no se encierra en sí misma, sino que
cuida a los débiles.
Una comunidad que
celebra la Pascua debe preguntarse siempre: ¿quiénes son hoy nuestras viudas
olvidadas?, ¿quiénes están quedando por fuera?, ¿quién necesita ser escuchado?,
¿qué dolor cercano estamos pasando por alto?
5.
Piedras vivas de un templo espiritual
La segunda lectura, de
la primera carta de San Pedro, nos ofrece otra imagen preciosa: “También
ustedes, como piedras vivas, entran en la construcción de un templo espiritual”.
Cristo es la piedra
viva, rechazada por los hombres, pero escogida y preciosa ante Dios. Él es la
piedra angular. Y nosotros, unidos a Él por el bautismo, somos piedras vivas.
Esto significa que cada
cristiano tiene un lugar en la construcción de la Iglesia. Nadie sobra. Nadie
es inútil. Nadie está llamado a ser simple espectador.
Una piedra viva es
alguien que sostiene, que participa, que ora, que sirve, que perdona, que
edifica comunidad. Una piedra viva no se limita a mirar la Iglesia desde fuera,
como si no fuera asunto suyo. Una piedra viva dice: “Esta es mi casa, esta es
mi familia de fe, esta es mi misión”.
Pero también podemos
convertirnos en piedras inertes: cuando criticamos sin ayudar, cuando asistimos
sin comprometernos, cuando vivimos la fe solo por costumbre, cuando nos
quedamos cómodos, cuando dejamos que otros hagan todo.
Este domingo el Señor
nos pregunta: ¿eres piedra viva o piedra dormida? ¿Estás ayudando a
construir o solamente estás mirando desde lejos?
La Iglesia no es
solamente el templo material. La Iglesia es el pueblo que camina hacia la casa
del Padre, unido a Cristo, sirviendo a los hermanos, alimentado por la Palabra
y la Eucaristía.
6.
El salmo: confiar en la misericordia del Señor
El Salmo nos ayuda a
poner todo esto en actitud de confianza: “Que tu misericordia, Señor, venga sobre
nosotros, como lo esperamos de ti”.
Esa es la oración de
quien no entiende todo, pero confía. Esa es la oración de Tomás, de Felipe, de
la primera comunidad, de cada uno de nosotros.
Señor, no siempre
comprendo tus caminos, pero espero en tu misericordia.
Señor, no siempre veo claro, pero confío en tu Palabra.
Señor, no siempre tengo fuerzas, pero sé que Tú eres mi camino.
Señor, no siempre sé qué hacer, pero quiero permanecer unido a Ti.
Conclusión
Hermanos y hermanas,
este V Domingo de Pascua nos deja una certeza luminosa: no
estamos perdidos. Tenemos camino. Tenemos verdad. Tenemos vida.
Tenemos una casa hacia la cual caminar. Tenemos un Padre que nos espera.
Tenemos a Cristo que nos conduce.
Cuando la vida se
vuelva confusa, escuchemos a Jesús: “No se turbe su corazón”.
Cuando no sepamos por
dónde seguir, respondamos con fe: “Señor, Tú eres el camino”.
Cuando nos sintamos
confundidos por tantas voces, digamos: “Señor, Tú eres la verdad”.
Cuando el cansancio, el
dolor o la muerte quieran imponerse, proclamemos: “Señor, Tú eres la
vida”.
Y mientras caminamos
hacia la casa del Padre, no caminemos solos ni indiferentes. Seamos piedras
vivas. Seamos Iglesia que sirve. Seamos comunidad que no olvida a los pobres.
Seamos discípulos que oran, escuchan, aman y construyen.
Que Cristo resucitado,
camino, verdad y vida, nos conduzca siempre al Padre.
Y que, unidos a Él, aprendamos a vivir ya desde ahora como hijos de la casa de
Dios.
Amén.


