jueves, 5 de febrero de 2026

6 de febrero del 2026: viernes de la cuarta semana del tiempo ordinario-II- San Pablo Miki y compañeros mártires- Memoria obligatoria

 

Testigos de la fe:

San Pablo Miki y sus compañeros

Memoria de los primeros veintiséis mártires de Japón: 

Siglo XVI. Paul Miki (1564-1597), el primer jesuita japonés, fue crucificado en Nagasaki, con otros dos compañeros jesuitas, cinco franciscanos españoles, un franciscano mexicano y diecisiete laicos japoneses, incluidos tres niños, fueron crucificados en 1597. Beatificados en 1627 por Urbano VIII y canonizados por Pío IX en 1862.

 

 

El precio del testimonio

(Mc 6,14-29) El Evangelio nos conduce a la dramática muerte de Juan el Bautista. Su fidelidad a la verdad y su valentía profética lo enfrentan al poder y lo llevan al martirio. En este relato, se nos recuerda que la Palabra de Dios no puede ser encadenada y que el testimonio auténtico tiene un precio.

 G.Q


Primera lectura

Eclo 47, 2-11

Con todo su corazón David entonó himnos, demostrando el amor por su Creador

Lectura del libro del Eclesiástico.

COMO se separa la grasa en el sacrificio de comunión,
así David fue separado de entre los hijos de Israel.
Jugó con los leones como si fueran cabritos,
y con los osos como si fueran corderos.
¿Acaso no mató de joven al gigante,
y quitó el oprobio del pueblo,
lanzando la piedra con la honda
y abatiendo la arrogancia de Goliat?
Porque invocó al Señor altísimo,
quien dio vigor a su diestra,
para aniquilar al potente guerrero
y reafirmar el poder de su pueblo.
Por eso lo glorificaron por los diez mil
y lo alabaron por las bendiciones del Señor,
ofreciéndole la diadema de gloria.
Pues él aplastó a los enemigos del contorno,
aniquiló a los filisteos, sus adversarios,
para siempre quebrantó su poder.
Por todas sus acciones daba gracias
al Altísimo, el Santo, proclamando su gloria.
Con todo su corazón entonó himnos,
demostrando el amor por su Creador.
Organizó coros de salmistas ante el altar,
y con sus voces armonizó los cantos;
y cada día tocarán su música.
Dio esplendor a las fiestas,
embelleció las solemnidades a la perfección,
haciendo que alabaran el santo nombre del Señor,
llenando de cánticos el santuario desde la aurora.
El Señor le perdonó sus pecados
y exaltó su poder para siempre:
le otorgó una alianza real
y un trono de gloria en Israel.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 17, 31. 47 y 50. 51 (R.: cf. 47b)

R. Bendito sea mi Dios y Salvador.

V. Perfecto es el camino de Dios,
purísima es la promesa del Señor;
él es escudo para los que a él se acogen. 
R.

V. Viva el Señor, bendita sea mi Roca,
sea ensalzado mi Dios y Salvador.
Te daré gracias entre las naciones, Señor,
y tañeré en honor de tu nombre. 
R.

V. Tú diste gran victoria a tu rey,
tuviste misericordia de tu ungido,
de David y su linaje por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios con un corazón noble y generoso, la guardan y dan fruto con perseverancia. R.

 

Evangelio

Mc 6, 14-29

Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.


EN aquel tiempo, como la fama de Jesús se había extendido, el rey Herodes oyó hablar de él.
Unos decían:
«Juan el Bautista ha resucitado de entre los muertos y por eso las fuerzas milagrosas actúan en él».
Otros decían:
«Es Elías».
Otros:
«Es un profeta como los antiguos».
Herodes, al oírlo, decía:
«Es Juan, a quien yo decapité, que ha resucitado».
Es que Herodes había mandado prender a Juan y lo había metido en la cárcel encadenado.
El motivo era que Herodes se había casado con Herodías, mujer de su hermano Filipo, y Juan le decía que no le era lícito tener a la mujer de su hermano.
Herodías aborrecía a Juan y quería matarlo, pero no podía, porque Herodes respetaba a Juan, sabiendo que era un hombre justo y santo, y lo defendía. Al escucharlo quedaba
muy perplejo, aunque lo oía con gusto.
La ocasión llegó cuando Herodes, por su cumpleaños, dio un banquete a sus magnates, a sus oficiales y a la gente principal de Galilea.
La hija de Herodías entró y danzó, gustando mucho a Herodes y a los convidados. El rey le dijo a la joven:
«Pídeme lo que quieras, que te lo daré».
Y le juró:
«Te daré lo que me pidas, aunque sea la mitad de mi reino».
Ella salió a preguntarle a su madre:
«¿Qué le pido?».
La madre le contestó:
«La cabeza de Juan el Bautista».
Entró ella enseguida, a toda prisa, se acercó al rey y le pidió:
«Quiero que ahora mismo me des en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista».
El rey se puso muy triste; pero por el juramento y los convidados no quiso desairarla. Enseguida le mandó a uno de su guardia que trajese la cabeza de Juan. Fue, lo decapitó en la cárcel, trajo la cabeza en una bandeja y se la entregó a la joven; la joven se la entregó a su madre.
Al enterarse sus discípulos fueron a recoger el cadáver y lo pusieron en un sepulcro.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos, hoy la Palabra nos pone delante tres figuras muy distintas y, al mismo tiempo, profundamente unidas: David, Juan el Bautista y Pablo Miki con sus compañeros mártires. Tres maneras de vivir la fe: la de quien canta, la de quien denuncia, la de quien entrega la vida. Y en el fondo, un mismo mensaje: cuando Dios es nuestra roca, el dolor no tiene la última palabra.

1) David: la fe que aprende a cantar incluso con cicatrices

El Eclesiástico nos presenta a David como un hombre de historia compleja: pastor, guerrero, rey, pecador, penitente… Pero el texto subraya algo decisivo: David fue un hombre capaz de alabar. Su vida no fue un camino sin caídas, pero sí fue un camino donde el corazón regresaba a Dios. Por eso la Escritura lo recuerda como quien “puso orden en los cantos”, quien supo traducir el alma en oración.

Y aquí viene una primera luz para nuestra intención de hoy: quien sufre en el cuerpo o en el alma muchas veces pierde el canto interior. La tristeza, la ansiedad, el duelo, el cansancio, la enfermedad, pueden apagar la música del corazón. David nos enseña que la alabanza no es negar el dolor; es no permitir que el dolor lo explique todo. Alabar es decir: “Señor, estoy herido, pero no estoy abandonado”.

2) “El Señor es mi roca”: cuando el alma necesita un lugar seguro

El salmo responde como un grito de confianza: “Perfecto es el camino de Dios… ¡Viva el Señor!”
No es un salmo ingenuo; es un salmo de combate espiritual. Nos recuerda que la fe no consiste en tener una vida sin tormentas, sino en tener una roca cuando la tormenta llega.

Y pensemos con realismo pastoral: hay personas que cargan dolores visibles —enfermedades, diagnósticos, tratamientos— y otras que cargan dolores invisibles —depresión, soledad, recuerdos traumáticos, culpa, agotamiento emocional—. A veces, el sufrimiento del alma cansa más que el del cuerpo, porque no se ve, porque cuesta explicarlo, porque algunos no lo entienden.

Hoy el salmo nos regala una frase para repetir como medicina del corazón:
“Viva el Señor, bendita sea mi roca.”
Cuando el alma no puede más, una jaculatoria sencilla puede ser el hilo que nos mantiene unidos a Dios.

3) Juan el Bautista: la verdad que incomoda y el poder que se defiende

El Evangelio de Marcos es fuerte. Herodes no es un monstruo simple; es un hombre dividido: le atrae Juan, lo teme, lo escucha con gusto… pero no cambia. Se queda a mitad de camino. Y esa es una de las tragedias más comunes: saber lo que es correcto y no decidirse.

El relato muestra cómo la verdad puede resultar incómoda para quienes viven instalados en el pecado, en la apariencia, en los pactos silenciosos con el mal. Juan no muere porque sea violento, sino porque es libre. Y el poder —cuando no quiere convertirse— suele reaccionar así: intenta callar la voz que lo desenmascara.

Aquí hay una enseñanza psicológica y espiritual muy actual:

  • Herodes representa la conciencia inquieta: escucha la verdad, pero el miedo a perder prestigio, placer o control lo paraliza.
  • Herodías representa la resentida que no soporta ser confrontada.
  • Y la corte representa la presión del ambiente: “quedar bien”, “no quedar mal”, “sostener la imagen”.

¿Cuántas veces el sufrimiento del alma nace de ahí? De vivir divididos, de sostener una doble vida, de callar lo que habría que decir, o de decir “sí” por miedo, cuando el corazón grita “no”. Juan el Bautista nos recuerda que la paz interior tiene un precio: la coherencia.

4) San Pablo Miki y compañeros: el Evangelio no se negocia

Y hoy la Iglesia nos pone el sello de los mártires de Japón: San Pablo Miki, jesuita, y sus compañeros. Ellos no murieron por fanatismo; murieron por amor: amor a Cristo y al pueblo. En medio de la persecución, la fe no se convirtió en odio ni en revancha, sino en testimonio.

Ellos nos dicen: la fe auténtica no se sostiene solo cuando todo va bien. La fe auténtica se vuelve más pura cuando toca la cruz. Y aquí viene la gran noticia para quienes sufren en el alma y en el cuerpo:
tu dolor no es una prueba de que Dios se fue; puede ser el lugar donde Dios está obrando más profundamente.

No siempre entendemos el “por qué”, pero sí podemos aferrarnos al “para qué”: para que en nosotros crezca la esperanza, para que la compasión se haga más verdadera, para que la vida no sea superficial, para que el amor se haga fuerte.

5) Una palabra para quienes están sufriendo

Si hoy alguien está cansado, triste, ansioso, con el cuerpo adolorido o con el corazón hecho pedazos, la Iglesia no te da un discurso frío: te da una compañía. Hoy caminan contigo David, Juan, Pablo Miki… y sobre todo Jesús, que también fue malentendido, perseguido, herido y entregado.

Te propongo tres “pasos pequeños” (muy concretos) a la luz de la Palabra:

1.    No te aísles. El dolor busca encerrarnos; Dios busca comunidad. Pide ayuda, habla con alguien, deja que la Iglesia te abrace.

2.    Nombra tu dolor delante de Dios. Como David: ponle palabras. La oración no es bonita; es verdadera.

3.    Da un acto de confianza, aunque sea mínimo. Un “Señor, sosténme hoy”. Eso ya es fe.

Conclusión

Hoy celebramos la fe que canta (David), la fe que denuncia con amor (Juan) y la fe que entrega la vida (Pablo Miki y compañeros). Y pedimos una gracia: que el Señor sea roca para los que sufren, alivio para el cuerpo, consuelo para el alma, y fuerza para perseverar.

Que por intercesión de San Pablo Miki y sus compañeros mártires, el Señor sostenga a los enfermos, a los deprimidos, a los que viven noches interiores, a los que no encuentran salida, y a quienes cuidan de otros con tanto desgaste.

Y que María, Madre compasiva, nos enseñe a permanecer junto a la cruz sin desesperar, porque después del viernes, Dios siempre prepara su amanecer. Amén.


Oración final

Señor Jesús, roca firme y consuelo del corazón, mira a tus hijos que sufren en el alma y en el cuerpo.
Dales alivio, esperanza y compañía.
Que tu Espíritu sane lo que está herido, fortalezca lo que está débil y sostenga lo que está a punto de caer.
Por intercesión de San Pablo Miki y sus compañeros mártires, haznos valientes en la fe y tiernos en la caridad.
Amén.

 

2

 

1) Punto de partida: una conciencia culpable que no descansa

El Evangelio comienza con un dato inquietante: Herodes oye hablar de Jesús y, en vez de abrirse a la esperanza, cae en el miedo: “Es Juan a quien decapité; ha resucitado” (Mc 6,16). No es fe; es culpa. No es conversión; es remordimiento.
Hay una diferencia enorme entre ambos: el remordimiento nos aplasta y nos encierra; la conversión nos libera y nos devuelve a Dios.

Aquí aparece el primer mensaje de hoy, muy actual: cuando una persona persiste en el pecado y se niega a arrepentirse, la herida se profundiza. La culpa, si no se entrega a la misericordia, se convierte en ruido interior, en paranoia, en sospecha, en temor, en distorsión de la realidad. Herodes ya no mira a Jesús con ojos limpios; lo mira a través del lente de su culpa.

2) David: un corazón que sabe volver a Dios

La primera lectura nos habla de David (Sir 47). La Biblia no lo idealiza: fue grande, y también fue frágil. Pero la tradición lo recuerda como hombre capaz de alabar, de ordenar los cantos, de reconocer a Dios en su historia. David representa a quien, aun con cicatrices, aprende el camino del regreso.

David nos enseña una lección decisiva frente al drama de Herodes:

  • Herodes se queda en la culpa y se encierra.
  • David, cuando cae, se deja corregir, pide perdón, vuelve a Dios y reconstruye.

Es decir: no se trata de no caer nunca; se trata de no quedarse tirado. La diferencia entre una vida que se vuelve amarga y una vida que se vuelve sabia, muchas veces está en esto: humildad para arrepentirse.

3) El Salmo: “Viva el Señor, bendita sea mi roca”

El salmo 18 es una proclamación de confianza: Dios es roca, refugio, fuerza. Esta imagen es terapéutica. Porque quien vive con la conciencia culpable —o con una herida interior no sanada— se siente sin suelo, sin estabilidad, como si todo se pudiera venir abajo en cualquier momento.

Para quienes hoy sufren en el alma: ansiedad, recuerdos dolorosos, culpa, tristeza profunda, pensamientos oscuros…
y para quienes sufren en el cuerpo: enfermedad, tratamientos, dolor persistente, fatiga…
este salmo es una medicina espiritual: hay una roca. No eres tu diagnóstico. No eres tu pasado. No eres tu caída. Tu identidad más profunda es: hijo amado sostenido por Dios.

4) El Evangelio completo: cómo se fabrica una tragedia

Marcos relata la muerte de Juan el Bautista con crudeza. Y lo más doloroso es ver que todo ocurre como una cadena de pequeñas cobardías:

  • Herodes reconoce que Juan es justo y santo, lo escucha con gusto… pero no se decide.
  • La presión social (“quedar bien”) pesa más que la verdad.
  • Un juramento hecho por vanidad se convierte en cárcel.
  • La manipulación de Herodías termina de cerrar la trampa.
  • Y la vida de un inocente se paga por una noche de excesos.

El pecado no suele destruir de golpe; destruye por acumulación: una cesión hoy, otra mañana, y al final la conciencia queda sin fuerza.

Y, sin embargo, Juan aparece como un faro: no negocia la verdad, no grita por odio, sino por fidelidad. Su martirio es su última predicación: la verdad de Dios vale más que la comodidad.

5) San Pablo Miki y compañeros: la conciencia libre que canta en la cruz

Hoy, además, miramos a San Pablo Miki y a sus compañeros mártires. Ellos representan lo contrario de Herodes: no una conciencia culpable, sino una conciencia libre. No una vida sostenida por la apariencia, sino por la fe. No el miedo al qué dirán, sino el amor a Cristo.

El mártir no es alguien que “busca morir”; es alguien que elige no traicionar el amor. Por eso su muerte no es derrota, sino testimonio.
Y esto también trae consuelo a quienes sufren: el sufrimiento no es estéril cuando se une a Cristo. En los mártires vemos que el dolor, abrazado en la fe, puede convertirse en luz para muchos.

6) Aplicación pastoral: dos caminos ante la culpa y el dolor

Hoy el Evangelio nos pone delante dos caminos muy claros:

a) El camino de Herodes: obstinación

  • culpa no resuelta
  • miedo y confusión
  • decisiones sin libertad
  • conciencia que se apaga
  • vida dividida

b) El camino del Evangelio: arrepentimiento y misericordia

  • verdad reconocida
  • humildad para pedir perdón
  • corazón sanado
  • paz interior
  • libertad para amar

Aquí está el punto clave: la culpa puede ser una puerta o una cárcel.
Si la llevas a Dios, se vuelve puerta: te conduce a la confesión, a la sanación, a la paz.
Si la escondes, se vuelve cárcel: te persigue, te deforma, te amarga.

7) Palabra directa para quienes sufren en el alma y en el cuerpo

A ti, hermano o hermana que estás cargando dolor: Dios no te acusa; Dios te busca.
Dios no te humilla; Dios te levanta.
Dios no te reduce a tu herida; Dios te revela tu dignidad.

Y si hay culpas en el corazón, el Señor no quiere aplastarte con remordimiento: quiere darte arrepentimiento verdadero, que es distinto: es mirar la herida con valentía y decir: “Señor, aquí está; sálvame”. Eso es libertad.

Tres gestos sencillos para hoy:

1.    No te encierres: busca una mano amiga, una escucha, un acompañamiento espiritual.

2.    Ponle nombre a tu dolor delante de Dios: como David en sus salmos.

3.    Da un paso concreto hacia la misericordia: si es posible, la confesión; si no, una oración humilde pidiendo perdón y luz para recomenzar.

Conclusión

Herodes nos muestra el drama de una conciencia culpable que se resiste a la conversión. Juan el Bautista y los mártires nos muestran la belleza de una conciencia fiel. David nos muestra que la santidad no es perfección sin grietas, sino un corazón que vuelve.

Pidamos hoy, por intercesión de San Pablo Miki y compañeros mártires, la gracia de una fe valiente y de un corazón reconciliado.
Y supliquemos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: que el Señor sea su roca, su paz y su alivio.

Amén.


Oración final (para cerrar)

Señor Jesús, médico de los cuerpos y de las almas,
libéranos de la ceguera del pecado y del peso de una culpa que no se entrega a tu misericordia.
Sana a los que sufren en el cuerpo, consuela a los que sufren en el alma,
y danos la valentía de arrepentirnos con sinceridad.
Por intercesión de San Pablo Miki y sus compañeros mártires,
haznos firmes en la fe y dóciles a tu gracia.
Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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6 de febrero:

Santos Pablo Miki y Compañeros, Mártires — Memoria

Martirizados el 5 de febrero de 1597
Santos Patronos de Japón
Canonizados por el papa Pío IX el 8 de junio de 1862

 


Cita:


Nuestro hermano, Pablo Miki, se vio a sí mismo de pie en el púlpito más noble que jamás había ocupado. A su “congregación” comenzó proclamándose japonés y jesuita. Estaba muriendo por el Evangelio que había predicado. Dio gracias a Dios por esta maravillosa bendición y terminó su “sermón” con estas palabras:
“Al llegar a este momento supremo de mi vida, estoy seguro de que ninguno de ustedes supondrá que quiero engañarlos. Por eso les digo con toda claridad: no hay otro camino de salvación sino el cristiano. Mi religión me enseña a perdonar a mis enemigos y a todos los que me han ofendido. Perdono gustosamente al Emperador y a todos los que han buscado mi muerte. Les ruego que busquen el bautismo y que ellos mismos se hagan cristianos.”


~ Oficio de Lecturas

 

Reflexión:

En la fiesta de la Asunción de la Santísima Virgen María, en 1549, san Francisco Javier y otros dos jesuitas llegaron al puerto de Kagoshima, convirtiéndose en los primeros misioneros en entrar en Japón. Menos de sesenta y cinco años después, la fe católica florecía en Japón, con más de 300.000 convertidos. Sobre el pueblo japonés, san Francisco Javier dijo: “Estos son los mejores pueblos descubiertos hasta ahora, y me parece que entre los no creyentes no se puede encontrar un pueblo que los supere”. Los jesuitas tuvieron éxito en su actividad misionera dentro de la altamente civilizada cultura japonesa porque respetaron las normas culturales, actuaron con gran dignidad y respeto, y aprendieron la lengua.

Sin embargo, en 1587 las cosas comenzaron a cambiar. Los monjes budistas estaban cada vez más preocupados por el creciente número de cristianos, lo que generó tensiones políticas para el gobernante de Japón, Hideyoshi. Hideyoshi y su predecesor habían sido amistosos y acogedores con los misioneros, quizá en gran parte porque veían en la relación con estos europeos una ventaja política y financiera. Pero, a causa de nuevas tensiones —provocadas en parte por algunos cristianos fanáticos—, Hideyoshi prohibió el cristianismo y dio a los misioneros seis meses para abandonar el país. Muchos permanecieron, no obstante, continuando discretamente su buena labor, y Hideyoshi los toleró.

En 1593 comenzaron a llegar franciscanos españoles, quienes adoptaron un enfoque de conversión más confrontativo que el de los jesuitas. Las tensiones siguieron creciendo y, en 1597, la situación llegó a un punto crítico. Un barco español naufragó frente a las costas de Japón, y Hideyoshi se apoderó de su mercancía. El capitán, enfurecido, habló imprudentemente con Hideyoshi y lo amenazó diciendo que los misioneros españoles habían sido enviados para preparar una invasión española de la isla. Entonces, Hideyoshi comenzó a hacer cumplir su edicto de una década atrás que prohibía el cristianismo, arrestando a veintiséis católicos: seis misioneros franciscanos, diecisiete franciscanos laicos japoneses y coreanos (tres de ellos niños), y tres jesuitas. Los jesuitas eran el hermano Pablo Miki, a pocos meses de ser ordenado sacerdote, otro hermano y un sacerdote.

Pablo había nacido en el seno de una familia japonesa acomodada y se hizo católico cuando toda su familia se convirtió. A los veinte años ingresó en un nuevo seminario jesuita en Japón y dos años después se convirtió en hermano. Pasó trece años como jesuita, durante los cuales fue conocido como un predicador dotado que ayudó a convertir a muchos de sus compatriotas.

Cuando el hermano Pablo y sus compañeros fueron arrestados, fueron torturados, se les cortó una oreja y fueron obligados a recorrer 600 millas durante treinta días consecutivos por muchas ciudades, expuestos públicamente para disuadir a la gente de hacerse cristiana. Al llegar a Nagasaki, que en aquel tiempo era el centro del cristianismo en Japón, a los futuros mártires se les permitió confesarse por última vez. Atados a sus cruces, asegurados con un collar de hierro y alineados unos junto a otros, cuatro soldados permanecían debajo de ellos, cada uno con una lanza en la mano. Durante todo ese tiempo, el padre Pasio y el padre Rodríguez animaban continuamente a los demás. El hermano Martín repetía sin cesar: “En tus manos, Señor, encomiendo mi vida”. El hermano Francisco y el hermano Gonsalvo oraban en voz alta dando gracias. Y el hermano Pablo Miki predicó su último sermón, proclamando a Jesús como el único camino de salvación, perdonando a sus perseguidores y orando para que se convirtieran a Cristo y recibieran el bautismo. El hermano Pablo siguió alentando a los demás y, mientras todos aguardaban la muerte, estaban llenos de alegría y repetían constantemente: “¡Jesús, María!”. Luego, con un solo empuje de la lanza y un golpe certero, cada mártir partió a la casa de Dios.

Durante los 250 años siguientes, cientos de miles de cristianos fueron martirizados y muchos otros torturados cruelmente hasta que renunciaron públicamente a su fe. A pesar de ello, pequeños grupos de católicos permanecieron y practicaron su fe en secreto. En 1854, las fronteras de Japón se abrieron a Occidente, y numerosos misioneros regresaron para alimentar la fe de estos cristianos ocultos. En 1871 volvió la tolerancia religiosa, haciendo posible el culto público. Hoy, un monumento nacional señala el lugar de las ejecuciones en Nagasaki.

A veces, nuestros intentos de compartir la fe con otros parecen ser silenciados por influencias diabólicas presentes en el mundo. Estos mártires de Nagasaki nos enseñan que las semillas de la fe pueden seguir viviendo. Los numerosos mártires que les siguieron dan testimonio del poder de la gracia de Dios y del carácter transformador de su Palabra. ¿Qué tan fuerte es tu fe? ¿Es lo suficientemente fuerte como para soportar la tortura y la muerte? Deja que el testimonio de estos santos te inspire a ser más fervoroso.

Oración:

Santos Mártires de Nagasaki, ustedes y tantos otros entregaron sus vidas como testimonio de la fe que Dios sembró en sus corazones. Les ruego que intercedan por mí, para que tenga la misma fe y el mismo valor que cada uno de ustedes tuvo, y para que sea testigo de Cristo en todo lo que haga. Santos mártires de Dios, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.

 

 

miércoles, 4 de febrero de 2026

5 de febrero del 2026: jueves de la cuarta semana del tiempo ordinario-II- Santa Águeda, virgen y mártir- Memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

Santa Águeda, virgen y mártir

Nacida en Sicilia en el siglo III, consagró su vida a Cristo desde muy joven. Durante la persecución del emperador Decio, permaneció firme en su fe y rechazó toda renuncia al Evangelio, aun a costa de crueles tormentos. Su testimonio luminoso une la valentía y la ternura, la fidelidad y la entrega total. Mártir del amor y de la libertad interior, Santa Águeda nos recuerda que nada puede separarnos de Cristo cuando el corazón está anclado en Él.

 

Para venir al mundo

(Mc 6, 7-13) Jesús envía a sus discípulos por los caminos, del mismo modo que María se puso en camino para la Visitación. Los envía de dos en dos y los envía pobres, despojados de todo. De todo… excepto de Aquel que ya habita en ellos. Como María, que llevaba en su seno al Dios hecho carne, los discípulos llevan dentro al Señor para entregarlo al mundo.

No cargan provisiones ni seguridades: sólo un bastón —la fe que sostiene el caminar— y unas sandalias —la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz—. Salen como sale Dios: confiando, vulnerables, disponibles. Salen para encontrarse con el mundo tal como es y para descubrir, en la experiencia de la misión, la hospitalidad que Dios mismo ha sembrado en el corazón humano.

 


Primera lectura

1 Re 2, 1-4. 10-12

Yo emprendo el camino de todos. Ten valor, Salomón, y sé hombre

Lectura del primer libro de los Reyes.

SE acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes, instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los tuyos sobre el trono de Israel”».
David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido sólidamente en su mano.

Palabra de Dios.

 

Salmo

1 Crón 29, 10bc. 11abc. 11d-12a. 12bcd (R.: 12b)

R. Tú eres Señor del universo.

V. Bendito eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. 
R.

V. Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. 
R.

V. Tú eres rey y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria.
 R.

V. Tú eres Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.

 

Evangelio

Mc 6, 7-13

Los fue enviando

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos, dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía:
«Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacudan el polvo de los pies, en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos, la Palabra de Dios de hoy nos pone en un cruce de caminos muy concreto: la herencia de la fe (David que se despide), la soberanía de Dios (el salmo que bendice al Señor como dueño de todo) y la misión (Jesús que envía). Y, como luz encendida en medio del camino, la memoria de Santa Águeda, mujer joven que sostuvo su “sí” a Cristo hasta el final.

1) “Sé fuerte y pórtate como un hombre”: la fortaleza según Dios (1R 2,1-4.10-12)

La primera lectura nos presenta a David en sus últimas horas, hablando a Salomón como un padre que entrega lo esencial. Le dice: “Sé fuerte… guarda los preceptos del Señor… camina por sus caminos”. No es un consejo moralista ni un discurso de despedida para quedar bien. Es una transmisión de lo que sostiene la vida: si Dios está en el centro, todo encuentra su lugar.

Y aquí conviene aclarar: cuando la Escritura dice “pórtate como un hombre”, no está hablando de machismo ni de fuerza bruta. Habla de madurez espiritual, de esa firmeza interior que no se compra, que no depende del aplauso, que no se derrumba con la crítica. David está diciendo: “Hijo, lo que te hará rey no es el poder; lo que te hará rey es la obediencia a Dios”.

Eso también vale para nosotros: la misión de la Iglesia no se sostiene con estrategias únicamente, sino con hombres y mujeres enraizados en Dios, con corazón fiel, con vida coherente.

2) “Tuyo es el poder y la gloria”: la misión nace de la alabanza (Sal 1Cro 29)

El salmo —tomado de 1 Crónicas— es como un himno que pone orden en el alma:
“Tuyo, Señor, es el poder, la grandeza… tuyas son la riqueza y la gloria”.

¡Qué medicina para nuestro tiempo! Porque cuando uno se cree dueño, se agota; cuando uno se cree salvador, se amarga; cuando uno se cree imprescindible, se endurece. Pero cuando el corazón vuelve a decir: “Señor, todo es tuyo”, entonces la misión se vuelve ligera, libre, fecunda.

Evangelizar no es “imponer mi idea”, ni “defender mi imagen”, ni “asegurar mi éxito”. Evangelizar es prestarle a Dios la voz, el corazón, los pies y las manos, para que Él siga saliendo al encuentro de su pueblo.

3) “Los envió de dos en dos… y les dio autoridad” (Mc 6,7-13)

En el Evangelio Jesús hace tres cosas, y ahí está la escuela del discípulo:

a) Los llama.
Antes de enviarlos, los reúne. La misión no empieza en la calle: empieza en el encuentro con Jesús. Si no hay oración, si no hay escucha, si no hay Eucaristía, la actividad termina siendo ruido.

b) Los envía de dos en dos.
Jesús conoce nuestra fragilidad: solos nos cansamos, nos desanimamos, nos volvemos duros o nos volvemos tibios. En cambio, en comunión, nos sostenemos. La misión es comunitaria: nadie evangeliza “por su cuenta”.
Y esto toca de lleno nuestra pastoral vocacional: las vocaciones nacen y crecen donde hay comunidad que acompaña, donde hay hermanos que animan, donde hay Iglesia que cuida.

c) Les manda ir ligeros: sin pan, sin alforja, sin dinero…
¿Por qué? Porque el misionero no puede apoyarse en seguridades que sustituyan a Dios. No es romanticismo: es pedagogía del Espíritu. Jesús está diciendo: “No te apoyes en lo que tienes; apóyate en el Padre. No confíes en tus recursos; confía en mi gracia”.

Y les da algo fundamental: autoridad sobre el mal.
Esa autoridad no es arrogancia ni espectáculo: es la fuerza del Evangelio vivido. Donde entra la verdad, retrocede la mentira. Donde entra el perdón, se rompe la cadena del rencor. Donde entra la caridad, el mal pierde terreno.

Por eso el Evangelio describe una misión muy concreta: predicar conversión, expulsar demonios, ungir enfermos y curar. Es decir: palabra que despierta, presencia que libera, misericordia que sana.

4) Santa Águeda: una vocación vivida hasta el extremo

Hoy la Iglesia nos pone delante a Santa Águeda, virgen y mártir. Ella es un “Evangelio vivido”. Joven, frágil ante los ojos del mundo, pero fuerte en el Señor. Su cuerpo fue amenazado, su dignidad fue golpeada, su fe fue puesta a prueba… y aun así no negoció su pertenencia a Cristo.

Águeda nos enseña que la vocación no es un adorno: es un camino de amor fiel, a veces costoso, siempre fecundo. Ella evangelizó sin micrófonos, sin plataformas, sin aplausos: evangelizó con la fuerza de una vida entregada.

Y qué importante es decirlo hoy: necesitamos vocaciones valientes —sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales, laicales comprometidas—, vocaciones que no huyan cuando el ambiente se vuelve hostil, vocaciones que sostengan la esperanza del pueblo.

5) Aplicación pastoral: tres llamadas para hoy

Hoy el Señor nos deja tres invitaciones muy claras:

1.    Vuelve a la fuente: deja que Jesús te llame a estar con Él.
Sin oración, la misión se apaga.

2.    Camina acompañado: “de dos en dos”.
Busca comunión, trabaja en equipo, cultiva la fraternidad.

3.    Ve ligero: suelta lo que estorba.
Menos cargas, menos miedos, menos “yo controlo”, y más confianza.

Y en nuestra intención orante: pidamos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que Dios suscite obreros para su mies. Que despierte corazones generosos. Que nuestros jóvenes se atrevan a preguntar: “Señor, ¿qué quieres de mí?”, y que encuentren comunidades que los acompañen con ternura y verdad.

Oración final

Señor Jesús, que llamas y envías,
purifica nuestras motivaciones y renueva nuestra alegría misionera.
Haznos pobres de orgullo y ricos de fe;
ligeros de equipaje y ardientes de Evangelio.
Suscita en tu Iglesia vocaciones santas y valientes:
sacerdotes según tu Corazón, consagrados fieles, familias luminosas,
laicos comprometidos que sean sal y luz.
Por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba
y fidelidad hasta el final.
Amén.

 

2

 

Hermanos, la Palabra de hoy tiene una música interior muy clara: Dios llama, Dios envía, Dios sostiene. Vemos a David despidiéndose, vemos al pueblo bendiciendo al Señor como dueño de todo, y vemos a Jesús enviando a los Doce con autoridad y pobreza evangélica. Y, en medio, la figura luminosa de Santa Águeda, que no solo “fue enviada”: se dejó consumir por la fidelidad a Cristo.

1) La herencia que no se guarda en un cofre: se vive (1 Re 2, 1-4.10-12)

La primera lectura nos lleva al final de la vida de David. En su despedida no reparte bienes, reparte lo más valioso: una orientación para el alma. Le dice a Salomón: “Sé fuerte… guarda lo que manda el Señor… camina por sus caminos”. No es un mandato frío; es la experiencia de un hombre que entendió, a veces a golpes, que el corazón humano se pierde cuando se apoya en sí mismo, y se encuentra cuando se apoya en Dios.

La Escritura nos está diciendo: la misión no se improvisa. Antes de enviar, Dios forma. Antes de pedir frutos, Dios siembra raíces. Por eso, la evangelización auténtica no nace de la ocurrencia del momento, sino de una vida que aprende a caminar “por los caminos del Señor”.

Y hoy, para la obra evangelizadora de la Iglesia, esta palabra es decisiva: no evangelizamos desde la autosuficiencia, sino desde una fidelidad concreta a Dios. La mayor herencia que podemos dejar —a una comunidad, a una familia, a un grupo apostólico— no es solo una estructura o un proyecto, sino una manera de vivir: amar la voluntad de Dios y permanecer en ella.

2) La misión descansa en una certeza: “todo es tuyo, Señor” (Sal 1 Crón 29)

El salmo es una gran respiración de fe:
“Tuyos son, Señor, la grandeza y el poder… tuyas son la riqueza y la gloria”.

Esta alabanza pone en su sitio aquello que nos tienta en toda misión: el deseo de controlar, de figurar, de apropiarnos de resultados. Cuando uno se cree “propietario” de la obra, se vuelve duro. Cuando uno se cree “salvador”, se agota. Cuando uno se cree “indispensable”, se amarga.

Pero cuando la Iglesia ora de verdad —“Señor, todo es tuyo”— entonces el corazón se vuelve humilde, libre y fecundo. Se trabaja mejor, se sufre mejor, se sirve mejor. Y, sobre todo, se entiende que la evangelización es de Dios: nosotros somos instrumentos, no dueños; sembradores, no ídolos.

3) Jesús envía a los Doce: pobreza, comunión y autoridad (Mc 6,7-13)

El Evangelio nos muestra un momento crucial: los Doce dejan de ser solo “alumnos” y pasan a ser enviados. Jesús los llama y los envía de dos en dos, y les da autoridad sobre los espíritus impuros.

a) De dos en dos: porque la misión es comunión
Jesús conoce la fragilidad humana. Sabe que, solos, nos desanimamos, exageramos el éxito o nos hundimos con el rechazo. En cambio, cuando vamos con un hermano, la misión se humaniza: nos corregimos, nos sostenemos, nos recordamos el motivo por el que empezamos. Nadie evangeliza “por su cuenta”. La obra de Dios se construye en Iglesia, en comunidad.

Esto vale también para las vocaciones: donde hay fraternidad, acompañamiento y vida comunitaria real, las vocaciones florecen. Donde todo recae en una sola persona, se quema el corazón, y la obra se resiente.

b) “No lleven nada… solo un bastón”: para aprender Providencia
Jesús los manda ligeros. No es falta de realismo: es una escuela de libertad. Les está diciendo: “No confíen primero en los medios; confíen primero en el Padre”. La misión se vuelve estéril cuando el misionero se llena de seguridades humanas y se vacía de Dios.

Y aquí hay una enseñanza pastoral muy fina: no se trata de despreciar la organización o los recursos; se trata de que los recursos no sustituyan la fe. La Iglesia organiza, sí. Planifica, sí. Pero nunca puede perder el estilo del Evangelio: sencillez, confianza, disponibilidad.

c) “Quédense en la casa… y si no los reciben, sacudan el polvo”
Qué realista es Jesús: habrá puertas abiertas y puertas cerradas. Él enseña una actitud que hoy necesitamos mucho: perseverar donde hay acogida y no amargarnos donde hay rechazo. “Sacudir el polvo” no es odio ni venganza; es libertad interior. Es decir: “No cargo resentimiento; no vivo atrapado en la frustración; sigo adelante”.

En tiempos donde la fe a veces es recibida con indiferencia o burla, esta palabra es medicina: el discípulo no se define por el éxito social, sino por la fidelidad. El rechazo no debe volvernos agresivos, ni la acogida debe volvernos soberbios.

d) La autoridad: no para lucirse, sino para liberar
Jesús les da autoridad sobre el mal. Y el Evangelio muestra los frutos: predican conversión, expulsan demonios, ungiendo con aceite curan a los enfermos. No es teatro; es Reino de Dios irrumpiendo.

Y aquí conviene ampliar, esa autoridad no se reduce al exorcismo formal. Cada cristiano, viviendo en gracia, practicando la caridad, defendiendo la verdad, perdonando, resistiendo la mentira, participa de la victoria de Cristo sobre el mal. Hay demonios que se alimentan del odio, de la división, de la pornografía, del alcoholismo, de la desesperanza, de la mentira normalizada… y se debilitan cuando una vida se vuelve evangélica.

Muchas veces no expulsamos demonios con gritos, sino con santidad cotidiana: una palabra honesta, una paciencia heroica, una reconciliación, una fidelidad en lo escondido, una presencia que trae paz.

4) Santa Águeda: el Evangelio encarnado en una mujer valiente

La memoria de hoy nos pone a Santa Águeda como espejo de esta misión. Águeda no fue “misionera itinerante” como los Doce, pero vivió la misión en su forma más radical: dar testimonio de Cristo hasta la sangre. Joven, vulnerable ante el poder, pero invencible por dentro, porque su fortaleza no venía de ella: venía del Señor.

Águeda nos enseña dos cosas esenciales para la evangelización:

·        Que la fe no se negocia cuando se trata de la dignidad y de la verdad.

·        Que la fuerza del cristiano no está en dominar, sino en permanecer fiel.

En un mundo que presiona para acomodar el Evangelio, ella nos recuerda: el Evangelio no se acomoda; se vive. Y esa vida, aunque cueste, fecunda a la Iglesia.

5) Llamados hoy: conversión, unión con Cristo, misión

Este evangelio nos deja dos preguntas que vale la pena convertir en examen de conciencia pastoral:

1.    ¿He abrazado yo mismo la conversión?
¿Estoy dejando que Jesús me cambie, o solo hablo de Dios sin dejarme tocar por Dios?

2.    ¿Dejo que mi unión con Cristo me equipe para la misión?
¿Mis palabras y mis gestos transmiten gracia? ¿Mi presencia trae paz? ¿O llevo cansancio, queja, dureza?

Si respondemos con sinceridad, la misión se purifica. Y la Iglesia evangeliza mejor cuando se evangeliza primero a sí misma: cuando vuelve al Evangelio con humildad.

Oración final

Señor Jesús, Tú llamaste a los Doce, los formaste en la verdad y en la gracia, y los enviaste en tu Nombre.
Atráenos hacia Ti, conviértenos de corazón, y haznos instrumentos dóciles de tu amor.
Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia: renueva el ardor misionero, cura nuestros cansancios, purifica nuestras intenciones.
Suscita vocaciones santas y valientes: sacerdotes según tu Corazón, consagrados fieles, familias luminosas, laicos comprometidos.
Y por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba y fidelidad en la misión.
Jesús, en Ti confío.
Amén.

 

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Santa Águeda:

5 de febrero: Santa Águeda, virgen y mártir—Memoria

c. 231–c. 251
Patrona de los pacientes con cáncer de mama, de los mártires, de las víctimas de violación, de los fundidores de campanas y de los panaderos
Invocada contra los terremotos, los desastres naturales y los incendios
Canonización anterior a la Congregación, confirmada posteriormente por el papa san Gregorio Magno, siglo VII.

 


Cita:


Oh Señor, que me hiciste y me creaste, y me has guardado desde mi infancia, … que me quitaste el amor del mundo, que guardaste mi cuerpo de toda contaminación, que me hiciste vencer los tormentos del verdugo, el hierro, el fuego y las cadenas, que me diste la virtud de la paciencia en medio de los tormentos, te ruego que recibas mi espíritu.


~Breviario Romano de 1529

 

Reflexión:

Como ocurre con muchos de los mártires más antiguos y venerados de nuestra Iglesia, se sabe muy poco sobre la vida y la muerte de santa Águeda. Nació en Palermo o en Catania, Sicilia, hacia el año 231, y murió con muerte de mártir en Catania hacia el año 251, durante la persecución de los cristianos ordenada por el emperador romano Decio. La devoción temprana hacia ella queda atestiguada por el hecho de que es una de las siete vírgenes mártires mencionadas en el Canon Romano (Plegaria eucarística I del Misal actual). Desde los siglos V o VI han surgido otros detalles, himnos, obras de arte y relatos sobre su vida y su muerte. Sin embargo, gran parte de lo que se escribe sobre ella apareció siglos después, lo cual deja en duda su exactitud histórica.

Según esas tradiciones posteriores, Águeda nació en una familia noble y rica. A los quince años hizo voto de virginidad, eligiendo consagrarse a sí misma y a sus bienes únicamente a Cristo, su divino Esposo. Por ser muy hermosa y rica, el prefecto romano local, Quintianus, quiso tomarla por esposa por motivos impuros y para apropiarse de sus riquezas. Ella rechazó todos sus intentos.

Cuando el emperador Decio promulgó un decreto en el año 250 exigiendo que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses romanos, Quintianus tuvo una idea. Decidió que, si arrestaba a Águeda y la amenazaba con tortura y muerte, ella renunciaría a su fe católica y aceptaría su propuesta de matrimonio. En lugar de eso, ella profundizó su devoción a Cristo y lo rechazó nuevamente, diciendo: “Si me amenazas con fieras, sabe que al Nombre de Cristo se vuelven mansas; si usas el fuego, del cielo los ángeles dejarán caer sobre mí un rocío sanador.”

Ante otro fracaso en su intento de arrebatarle la pureza, Quintianus ideó otro plan. Encerró a Águeda en el burdel de la ciudad, pensando que perdería allí su virginidad y luego cambiaría de parecer. Sin embargo, ella permaneció firme en su pureza y en su fe en aquel ambiente impío.

Después de un mes en el burdel, Águeda fue citada de nuevo ante Quintianus. Lleno de furia, la amenazó con tortura y muerte. Ella lo enfrentó con valentía y se mantuvo en paz, irradiando alegría ante la oportunidad de sufrir por Cristo. Su actitud serena y gozosa enfureció aún más a Quintianus, de modo que mandó estirarla en el potro, desgarrarle la carne con garfios de hierro, quemarla con antorchas y azotarla. Finalmente, el enfermo y diabólico Quintianus ordenó que le retorcieran y desgarraran los pechos y luego se los cortaran. Ante esto, Águeda respondió: “Tirano cruel, impío y sacrílego, ¿no sientes vergüenza de torturar a una mujer en sus pechos, tú que del pecho de una madre tomaste tu primer alimento? Puedes destruir mi cuerpo, pues es débil y perecedero; pero mi alma, consagrada desde mi infancia a su Salvador, no puedes alcanzarla ni destruirla.” Tras ser devuelta a prisión en ese estado mutilado, Águeda vio aparecerse a san Pedro, quien sanó milagrosamente sus heridas con amor de padre. Entonces la celda se llenó de luz, lo cual asustó y confundió a los guardias.

Cuatro días después, Quintianus volvió a convocarla. Cuando ella se presentó ante él curada de sus heridas, Quintianus quedó atónito, pero su corazón permaneció obstinado. Esta vez la despojó de sus vestidos y la obligó a rodar sobre carbones encendidos y piedras afiladas. Pero la ira de Dios se manifestó y hubo un terremoto. Parte del edificio en el que estaban se derrumbó y mató a dos de los compañeros de Quintianus. El pueblo se indignó por lo que Quintianus había hecho con Águeda y lo culpó del terremoto. Una vez más, Quintianus no cedió. De vuelta en la prisión, Águeda oró y entregó su espíritu al Señor, quien la recibió en su morada celestial.

Es impactante de lo que las personas son capaces. Algunos son capaces de los actos más horribles, diabólicos y egoístas. Otros son capaces de soportar esos males por amor a Cristo con paz, fortaleza y alegría. Independientemente de la exactitud histórica de los detalles de la vida y muerte de santa Águeda, el relato transmitido revela el potencial de todo corazón humano. Tenemos el potencial de ser grandes pecadores, el potencial de ser grandes santos, o de quedarnos en algún punto intermedio. Deja que el testimonio de Quintianus llene tu corazón de un santo temor al pecado y que el testimonio de santa Águeda te saque de ese “punto intermedio”. Su valentía y su fidelidad inquebrantable a Cristo han iluminado el camino de innumerables personas a lo largo de los siglos. Un día, en el Cielo, encontraremos a la verdadera santa Águeda y nos alegraremos al contemplar la belleza y la pureza de su alma. Busca que tu alma irradie esa misma gloria por la gracia de Dios y por tu fidelidad a su santa voluntad.

Oración:

Santa Águeda, ofreciste tu vida a Cristo, tu divino Esposo, y fuiste fiel hasta tu último aliento. Ruega por mí, para que aprenda del testimonio de tu vida a ser íntegro en mi fidelidad a la voluntad de Dios y a estar consagrado a Él por encima de todos los temores y males de la tierra, confiando en Él hasta el final. Santa Águeda, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 

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