sábado, 25 de abril de 2026

25 de abril del 2026: Fiesta de San Marcos, evangelista

 

Testigo de la fe

 San Marcos.

Los primeros cristianos se reunían en Jerusalén en la casa de la familia de Marcos. Este último acompañó a Pablo y Bernabé en Asia Menor; fue intérprete de Pedro en Antioquía y luego en Roma. Su Evangelio presenta una elección de palabras y acciones de Jesús, como resumen de la catequesis primitiva. Se le atribuye la fundación de la Iglesia de Alejandría, Egipto.



 Nuestra misión de testigos

(1 Pedro 5,5b-14; Marcos 16,15-20) El evangelista Marcos nos recuerda que formamos parte de una cadena de testigos. Es una realidad que nos compromete también a nosotros a proclamar, con la palabra y con las obras, la Buena Nueva de la salvación.

Esto supone dejar que el Señor trabaje con nosotros y en nosotros; supone “mantenernos humildemente” bajo su “mano poderosa” y “descargar en Él” todas nuestras preocupaciones.

¿No se trata, acaso, de liberarnos de nosotros mismos para que Cristo ocupe plenamente su lugar en cada uno?

Emmanuelle Billoteau, ermite



Primera lectura

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro (5,5b-14):

Tened sentimientos de humildad unos con otros, porque Dios resiste a los soberbios, pero da su gracia a los humildes. Inclinaos, pues, bajo la mano poderosa de Dios, para que, a su tiempo, os ensalce. Descargad en él todo vuestro agobio, que él se interesa por vosotros. Sed sobrios, estad alerta, que vuestro enemigo, el diablo, como león rugiente, ronda buscando a quién devorar. Resistidle firmes en la fe, sabiendo que vuestros hermanos en el mundo entero pasan por los mismos sufrimientos. Tras un breve padecer, el mismo Dios de toda gracia, que os ha llamado en Cristo a su eterna gloria, os restablecerá, os afianzará, os robustecerá. Suyo es el poder por los siglos. Amén. Os he escrito esta breve carta por mano de Silvano, al que tengo por hermano fiel, para exhortaros y atestiguaros que ésta es la verdadera gracia de Dios. Manteneos en ella. Os saluda la comunidad de Babilonia, y también Marcos, mi hijo. Saludaos entre vosotros con el beso del amor fraterno. Paz a todos vosotros, los cristianos.


Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 88,2-3.6-7.16-17

R/. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor


Cantaré eternamente las misericordias del Señor,
anunciaré tu fidelidad por todas las edades.
Porque dije: «Tu misericordia es un edificio eterno,
más que el cielo has afianzado tu fidelidad.» R/.

El cielo proclama tus maravillas, Señor,
y tu fidelidad, en la asamblea de los ángeles.
¿Quién sobre las nubes se compara a Dios?
¿Quién como el Señor entre los seres divinos? R/.

Dichoso el pueblo que sabe aclamarte:
caminará, oh Señor, a la luz de tu rostro;
tu nombre es su gozo cada día,
tu justicia es su orgullo. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Marcos (16,15-20):

En aquel tiempo, se apareció Jesús a los Once y les dijo: «ld al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, hablarán lenguas nuevas, cogerán serpientes en sus manos y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos, y quedarán sanos.»
Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban.

Palabra del Señor

 


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Queridos hermanos:

Hoy la Iglesia celebra la fiesta de San Marcos, evangelista, uno de aquellos hombres que ayudaron a que la memoria viva de Jesús llegara hasta nosotros en forma de Evangelio. Celebrar a San Marcos no es solamente recordar a un escritor sagrado del pasado; es reconocer que la fe cristiana ha llegado a nosotros gracias a una cadena inmensa de testigos: hombres y mujeres que escucharon, creyeron, anunciaron, sufrieron, caminaron, sirvieron y transmitieron la Buena Noticia.

Nosotros no inventamos la fe. La hemos recibido. Alguien nos habló de Cristo. Alguien nos enseñó a persignarnos. Alguien nos llevó al templo. Alguien nos habló de la Virgen, de los santos, de la Eucaristía, del perdón, de la esperanza. Alguien nos transmitió la fe con palabras, pero también con lágrimas, con sacrificios, con paciencia, con ejemplo.

Y hoy, en esta fiesta de San Marcos, la Palabra nos pregunta: ¿qué estamos haciendo nosotros con esa fe recibida? ¿La estamos guardando como un recuerdo bonito, o la estamos anunciando como una Buena Noticia viva?

El Evangelio de hoy nos presenta el mandato misionero de Jesús:

“Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación”.

Estas palabras no fueron dichas solamente para los apóstoles de hace dos mil años. Son palabras dirigidas también a la Iglesia de hoy. Son palabras dirigidas a cada bautizado. Son palabras dirigidas a nosotros.

El cristiano no puede vivir encerrado en sí mismo. La fe que no se comparte se enfría. La fe que no se anuncia se vuelve costumbre. La fe que no se traduce en obras termina siendo una teoría religiosa, pero no una vida transformada por Cristo.

San Marcos nos recuerda que el Evangelio nació para ser anunciado. La Buena Noticia no es un secreto privado, sino una luz para el mundo. No es una joya para guardarla en una caja fuerte, sino una lámpara para ponerla en alto. No es una idea para especialistas, sino una palabra de salvación para todos.

Pero hay algo muy importante: Jesús no manda a sus discípulos a anunciarse a sí mismos. No les dice: “Vayan y hablen de ustedes”. No les dice: “Vayan y busquen aplausos”. No les dice: “Vayan y construyan su fama”. Les dice: “Proclamen el Evangelio”. Es decir: anuncien a Cristo, anuncien la salvación, anuncien la misericordia, anuncien el perdón, anuncien la vida nueva.

Por eso la primera lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, es tan oportuna. Allí se nos dice:

“Revístanse todos de humildad en el trato mutuo”.

Y más adelante:

“Humíllense bajo la mano poderosa de Dios, para que Él los levante en el momento oportuno. Descarguen en Él todas sus preocupaciones, porque Él cuida de ustedes”.

Qué hermoso equilibrio nos ofrece hoy la Palabra: por un lado, Jesús nos envía al mundo entero; por otro lado, san Pedro nos recuerda que el enviado debe ser humilde. La misión cristiana no nace del orgullo, sino de la confianza. No nace del deseo de imponerse, sino del deseo de servir. No nace de creernos mejores que los demás, sino de sabernos sostenidos por la misericordia de Dios.

El verdadero evangelizador no es el que habla más fuerte, sino el que deja que Cristo hable a través de su vida. No es el que aparenta tenerlo todo resuelto, sino el que, incluso en medio de sus fragilidades, se apoya en el Señor. No es el que se presenta como perfecto, sino el que puede decir: “Yo también necesito la gracia de Dios, pero he descubierto que Cristo salva, Cristo levanta, Cristo acompaña”.

San Pedro nos invita a “descargar en el Señor todas nuestras preocupaciones”. Esto es profundamente humano y profundamente espiritual. Muchas veces queremos evangelizar, servir, acompañar, sostener a otros, pero cargamos demasiados pesos por dentro: miedos, heridas, cansancios, resentimientos, ansiedades, preocupaciones familiares, pastorales, económicas, comunitarias. Y entonces la misión se nos vuelve pesada.

La Palabra nos dice hoy: no cargues solo lo que Dios quiere cargar contigo. Descarga en Él tus preocupaciones. Deja que el Señor trabaje contigo y en ti. Porque la misión no es solamente hacer cosas para Dios; es dejar que Dios haga su obra en nosotros y a través de nosotros.

Se trata de liberarnos de nosotros mismos para que Cristo ocupe todo su lugar en cada uno. Esta es una frase muy profunda. Muchas veces el mayor obstáculo para la misión no está afuera, sino dentro de nosotros: nuestro ego, nuestro miedo, nuestra necesidad de controlarlo todo, nuestro deseo de reconocimiento, nuestras inseguridades, nuestras heridas no sanadas.

Evangelizar exige vaciarnos un poco de nosotros mismos para que Cristo pueda pasar. Como Juan el Bautista, también nosotros deberíamos decir: “Es necesario que Él crezca y que yo disminuya”. Cuando Cristo ocupa su lugar, nuestras palabras se vuelven más transparentes, nuestras obras más fecundas, nuestro servicio más limpio, nuestra presencia más sanadora.

El salmo de hoy nos hace cantar:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Esta es la raíz de toda evangelización: cantar la misericordia. No anunciamos una ideología. No anunciamos una moral fría. No anunciamos una institución humana. Anunciamos que Dios es misericordioso, que Dios es fiel, que Dios cumple sus promesas, que Dios no abandona a su pueblo.

El mundo necesita testigos de misericordia. Necesita cristianos que no solamente hablen de Dios, sino que hagan sentir algo de la bondad de Dios. Necesita comunidades donde el herido encuentre acogida, donde el pecador encuentre camino de conversión, donde el triste encuentre consuelo, donde el joven encuentre sentido, donde el enfermo encuentre compañía, donde el pobre encuentre dignidad.

Y aquí podemos mirar también a María, especialmente en este sábado. Aunque la liturgia de hoy celebra la fiesta de San Marcos, el sábado tiene siempre un perfume mariano. María es la primera discípula, la mujer que escuchó la Palabra, la guardó en su corazón y la llevó al mundo. Ella no escribió un Evangelio con tinta, pero escribió el Evangelio con su vida.

María evangeliza desde la humildad. No busca protagonismo. No ocupa el centro. El centro es Cristo. En Caná dice: “Hagan lo que Él les diga”. Esa es toda su misión: llevarnos a Jesús. María es testigo silenciosa, fiel, fuerte. Está en Nazaret, está en Belén, está en Caná, está al pie de la cruz, está con la Iglesia naciente en Pentecostés.

En este día de San Marcos, podemos decir que María es también “evangelio viviente”: buena noticia para los pobres, consuelo para los afligidos, madre para los discípulos, señal de esperanza para la Iglesia peregrina.

San Marcos nos enseña a anunciar. San Pedro nos enseña a hacerlo con humildad y confianza. El salmo nos enseña a cantar la misericordia. María nos enseña a dejar que Cristo sea el centro.

El Evangelio termina diciendo que los discípulos salieron a predicar por todas partes, y que el Señor actuaba con ellos. Esta frase es preciosa: “El Señor actuaba con ellos”. No estaban solos. No iban únicamente con sus fuerzas. No dependían solamente de su inteligencia, de su valentía o de su capacidad de hablar. El Señor caminaba con ellos, obraba con ellos, confirmaba su palabra.

También hoy el Señor actúa con su Iglesia. Actúa cuando una madre enseña a rezar a su hijo. Actúa cuando un catequista prepara con amor su encuentro. Actúa cuando un sacerdote anuncia la Palabra y celebra los sacramentos. Actúa cuando un laico comprometido da testimonio honrado en su trabajo. Actúa cuando alguien visita a un enfermo, consuela a un triste, perdona una ofensa, comparte el pan, defiende la verdad, siembra paz.

No todos predicamos desde un púlpito, pero todos predicamos desde la vida. No todos escribimos un Evangelio como Marcos, pero todos estamos llamados a escribir páginas de Evangelio con nuestras decisiones de cada día.

Que San Marcos evangelista nos ayude a ser testigos valientes de la Buena Noticia. Que San Pedro nos enseñe la humildad de quien sabe confiar sus preocupaciones al Señor. Que María, Madre del Evangelio vivo, nos acompañe para que Cristo ocupe el centro de nuestro corazón.

Y que también nosotros podamos decir con el salmista, no solo con los labios sino con la vida:

“Cantaré eternamente las misericordias del Señor”.

Amén.

 

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San Marcos Evangelista
c. Primer siglo

patrón de los leones, abogados, Venecia, intérpretes y prisioneros

 

Hizo una crónica de lo que presenció el primer Papa

 


El Evangelio de Juan ofrece al lector esta breve escena posterior a la Resurrección: “Simón Pedro les dijo: 'Voy a pescar'. Ellos le dijeron: 'Iremos contigo'. Salieron y subieron a la barca…” ( Jn 21,3 ). 

El rebaño siguió por donde Pedro los guiaba. Con qué facilidad San Pedro pasa a primer plano en los Hechos de los Apóstoles. Con qué facilidad habla por toda la Comunidad de Fe. San Pedro deja incluso la dirección de la Iglesia en Jerusalén a Santiago para mostrar que no está ligado a una sola ciudad o comunidad. En cambio, Pedro camina hacia el horizonte más amplio de la evangelización, la capital del mundo: Roma. El traidor Pedro se convierte en el Papa Pedro.

Pedro era, por supuesto, un simple pescador. Es más interesante notar que no se quedó como un simple pescador. El Creció. Maduró. Dirigió. Y los líderes no tienen seguidores tanto como los que se unen. 

San Marcos, a quien conmemoramos hoy, fue uno de los más significativos de los muchos ensambladores que se desarraigaron para acompañar a Pedro en su peligrosa aventura de fundar la Iglesia.

Nada se sabe con certeza sobre los orígenes de Marcos o su juventud. No se le menciona en el Evangelio que lleva su nombre y sólo es posible el más mínimo esbozo biográfico. Lo que sí se sabe es que Marcos dejó su patria en Palestina para seguir primero a San Pablo y luego a San Pedro. 

Marcos navegó por mares peligrosos en barcos primitivos. Caminó largos trechos por tierras desoladas. Trató de convencer a los paganos empedernidos y a los romanos escépticos de que el mensaje del Evangelio era verdadero. 

Las palabras de los Hechos de los Apóstoles, las cartas de San Pablo y la Primera Carta de San Pedro ponen puntos en el gran mapa de la vida de Marcos. Sin embargo, aún quedaban muchos espacios en blanco en el medio. Marcos está viajando con Pablo en Asia Menor, luego está con Bernabé en un bote aquí, luego está con alguien más allá, y luego desaparece por varios años. Sin embargo, la evidencia dispersa termina con un claro testimonio de que Marcos se unió a Pedro en Roma. 

En la primera carta de Pedro, escrita desde la ciudad de su muerte a la Iglesia en Asia Menor, el Papa Pedro envía saludos de parte de Marcos y se refiere a él como “mi hijo”  (1 Pedro 5:13 ).

San Marcos es, por supuesto, más conocido como el autor de un Evangelio. Al igual que San Lucas y San Pablo, él no fue uno de los Doce Apóstoles y probablemente nunca conoció a Jesucristo en persona. Los eruditos creen que el Evangelio de San Marcos relata las experiencias de San Pedro, el mentor de Marcos. 

Cada Evangelio tiene sus propias fuentes, énfasis y audiencias únicas. 

Marcos escribe para los no judíos que estarían más impresionados por los milagros de Cristo que por su cumplimiento de las profecías del Antiguo Testamento. Así que en el Evangelio de Marcos se encuentran ciertos detalles coloridos que sugieren que el escritor estaba relatando las palabras de un testigo. 

Por ejemplo, en Marcos 5:41 , Jesús entra en la casa de Jairo, un líder de la sinagoga cuya hija yacía muerta. Cristo le dice: “Talitha koum”. Marcos luego le dice al lector que "Talitha koum" significa “A ti te te digo niña levántate”, presumiblemente porque sus lectores no hablaban arameo. Ningún otro Evangelio incluye este conmovedor detalle de las palabras no traducidas que salieron de la boca de Cristo ese día. Marcos también pone otras palabras arameas en los labios de Cristo: “ Ephatha ”, “ Abba ” y “ Hosanna. 

Pedro estaba allí cuando sucedió. Pedro escuchó al Señor hablar. Y Pedro estaba envejeciendo, o estaba en la cárcel, o lo amenazaban de muerte. El Evangelio que había compartido y repetido verbalmente miles de veces tuvo que ser escrito para enviarlo a otros, para preservar la exactitud de la historia o para contradecir versiones falsificadas. Y así ocurrió lentamente la progresión natural de la historia oral a la escrita. El Evangelio fue una palabra hablada antes de ser un libro, y la palabra tiene primacía sobre el libro. San Marcos el evangelista preservó para siempre la Palabra de Dios, Jesucristo, al poner por escrito las palabras de Pedro, asegurando así que los relatos de la vida de Cristo, hablados por testigos oculares, no se fueran flotando en la brisa. Consagrada la Palabra en papiro, San Marcos había cumplido su misión por los siglos de los siglos.

 

San Marcos, fuiste amigo de los Apóstoles y compartiste su compromiso de difundir la fe. Desde tu hogar en el Cielo, que fortalezcas a todos aquellos que no tienen el coraje de vivir el mensaje del Evangelio en sus propias vidas para que puedan testimoniarlo a los demás.


jueves, 23 de abril de 2026

24 de abril del 2026: viernes de la tercera semana de Pascua

 

No es magia

(Juan 6, 52-59) Aquí, la “carne” y la “sangre” designan a la persona en su totalidad. Se trata, por tanto, de vivir de la misma vida de Jesús: por la manducación de la Palabra, por la participación en la mesa eucarística y por una relación con Él semejante a la que Él vivió con el Padre. Sin la interiorización de la Palabra, sin una oración personal ferviente, la comida eucarística corre el peligro de convertirse en un acto mágico. Un tipo de relación con Dios que la Biblia no deja de denunciar.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura


Hch 9, 1-20


Ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a los pueblos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.


EN aquellos días, Saulo, respirando todavía amenazas de muerte contra los discípulos del Señor, se presentó al sumo sacerdote y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, autorizándolo a traerse encadenados a Jerusalén a los que descubriese que pertenecían al Camino, hombres y mujeres.
Mientras caminaba, cuando ya estaba cerca de Damasco, de repente una luz celestial lo envolvió con su resplandor. Cayó a tierra y oyó una voz que le decía:
«Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?».
Dijo él:
«¿Quién eres, Señor?».
Respondió:
«Soy Jesús, a quien tú persigues. Pero levántate, entra en la ciudad, y allí se te dirá lo que tienes que hacer».
Sus compañeros de viaje se quedaron mudos de estupor, porque oían la voz, pero no veían a nadie. Saulo se levantó del suelo, y, aunque tenía los ojos abiertos, no veía nada. Lo llevaron de la mano hasta Damasco. Allí estuvo tres días ciego, sin comer ni beber.
Había en Damasco un discípulo, que se llamaba Ananías. El Señor lo llamó en una visión:
«Ananías».
Respondió él:
«Aquí estoy, Señor».
El Señor le dijo:
«Levántate y ve a la calle llamada Recta, y pregunta en casa de Judas por un tal Saulo de Tarso. Mira, está orando, y ha visto en visión a un cierto Ananías que entra y le impone las manos para que recobre la vista».
Ananías contestó:
«Señor, he oído a muchos hablar de ese individuo y del daño que ha hecho a tus santos en Jerusalén, y que aquí tiene autorización de los sumos sacerdotes para llevarse presos a todos los que invocan tu nombre».
El Señor le dijo:
«Anda, ve; que ese hombre es un instrumento elegido por mí para llevar mi nombre a pueblos y reyes, y a los hijos de Israel. Yo le mostraré lo que tiene que sufrir por mi nombre».
Salió Ananías, entró en la casa, le impuso las manos y dijo:
«Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció cuando venías por el camino, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno de Espíritu Santo».
Inmediatamente se le cayeron de los ojos una especie de escamas, y recobró la vista. Se levantó, y fue bautizado. Comió, y recobró las fuerzas.
Se quedó unos días con los discípulos de Damasco, y luego se puso a anunciar en las sinagogas que Jesús es el Hijo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 116, 1. 2 (R. : Mc 16, 15)

R. Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben al Señor todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos.
 R.

V. Firme es su misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que come mi carne y bebe mi sangre —dice el Señor— habita en mí y yo en él. R.

 

Evangelio

Jn 6, 52-59

Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, disputaban los judíos entre sí:
«¿Cómo puede este darnos a comer su carne?».
Entonces Jesús les dijo:
«En verdad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.
Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida.
El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.
Como el Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre, así, del mismo modo, el que me come vivirá por mí.
Este es el pan que ha bajado del cielo: no como el de sus padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre».
Esto lo dijo Jesús en la sinagoga, cuando enseñaba en Cafarnaún.

Palabra del Señor.

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes de Pascua nos pone ante tres movimientos espirituales muy profundos: Saulo cae y es transformado, el salmo invita a todos los pueblos a alabar la misericordia del Señor, y Jesús en el Evangelio nos revela el misterio central de nuestra fe: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”.

La primera lectura nos presenta una de las conversiones más impresionantes de la historia cristiana: Saulo, perseguidor de la Iglesia, va camino de Damasco “respirando amenazas de muerte”. Lleva cartas, autoridad humana, seguridad ideológica, convicción religiosa, pero su corazón todavía no ha sido alcanzado por la misericordia. Entonces una luz del cielo lo envuelve y escucha aquella pregunta que lo derrumba: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”.

Esa pregunta es decisiva. Jesús no le dice: “¿Por qué persigues a mis discípulos?”, sino: “¿Por qué me persigues?”. Aquí aparece una verdad bellísima y exigente: Cristo se identifica con su Iglesia, con sus pequeños, con sus heridos, con sus perseguidos, con sus miembros sufrientes. Tocar al hermano es tocar a Cristo. Herir al hermano es herir a Cristo. Servir al hermano es servir a Cristo.

Saulo cae al suelo. Y a veces, hermanos, necesitamos caer. No porque Dios quiera humillarnos, sino porque hay caminos de soberbia, de autosuficiencia, de dureza interior, que sólo se interrumpen cuando una luz más grande nos desinstala. Saulo queda ciego, pero en realidad empieza a ver. Pierde la vista exterior, pero comienza a abrirse la mirada interior. El perseguidor será apóstol. El violento será evangelizador. El enemigo será instrumento elegido.

Por eso esta lectura tiene una fuerza penitencial muy grande. Nos invita a preguntarnos: ¿qué zonas de mi vida necesitan caer ante Cristo? ¿Qué durezas, resentimientos, cegueras, prejuicios, violencias interiores o palabras hirientes necesitan ser tocadas por la luz del Resucitado? ¿A quién estoy persiguiendo quizá con mi indiferencia, con mi juicio, con mi falta de caridad?

Y al mismo tiempo, esta lectura es profundamente esperanzadora. Nadie está definitivamente perdido. Nadie es sólo su pasado. Nadie queda reducido a sus errores. Si Saulo pudo convertirse en Pablo, también nosotros podemos renacer. Si aquel hombre que respiraba amenazas terminó respirando Evangelio, también nuestras heridas pueden convertirse en misión.

El salmo responsorial es breve, pero inmenso: “Que aclamen al Señor todos los pueblos. Aleluya”. Y añade: “Porque grande es su amor hacia nosotros y su fidelidad dura por siempre”. La conversión de Saulo confirma precisamente eso: que la misericordia de Dios es más grande que el pecado humano. Dios no se cansa de buscar, de llamar, de levantar, de sanar. Su fidelidad no dura hasta que nosotros fallamos; su fidelidad “dura por siempre”.

Y llegamos al Evangelio. Jesús continúa el discurso del Pan de Vida y sus palabras provocan desconcierto: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. La pregunta no es superficial. Es una pregunta seria, porque Jesús está diciendo algo que supera toda comprensión puramente humana. Él no ofrece una idea, no ofrece solamente una enseñanza moral, no ofrece un símbolo vacío. Jesús se ofrece a sí mismo: su carne, su sangre, su vida entera.

Cuando Jesús habla de su carne y de su sangre, habla de su persona total, de su existencia entregada, de su amor llevado hasta la cruz. La Eucaristía no es magia. No es un rito automático. No es una costumbre piadosa que funciona sin fe, sin conversión, sin amor, sin oración. La Eucaristía es comunión real con Cristo vivo, pero exige un corazón abierto, una vida que quiera dejarse transformar.

Hermanos como dice alguien comentando este evangelio: sin interiorizar la Palabra, sin oración personal ferviente, sin una relación viva con Jesús, la participación eucarística puede correr el riesgo de parecerse a un gesto mágico. Es decir, como si bastara comulgar exteriormente sin permitir que Cristo transforme nuestra manera de pensar, de hablar, de mirar, de perdonar, de servir.

La Eucaristía no es magia: es alianza, es comunión, es permanencia, es transformación. Jesús dice: “El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él”. Permanecer no es visitar de vez en cuando. Permanecer no es acercarse sólo por tradición. Permanecer es habitar en Cristo y dejar que Cristo habite en nosotros. Es vivir de Él como Él vive del Padre.

Aquí está el centro de la vida cristiana: vivir por Cristo. No sólo hablar de Cristo, no sólo celebrar ritos en nombre de Cristo, no sólo defender ideas religiosas, sino vivir de su misma vida. Comer su carne y beber su sangre significa dejarnos alimentar por su amor entregado, por su obediencia al Padre, por su compasión hacia los enfermos, por su ternura hacia los pecadores, por su paciencia con los débiles, por su misericordia con los heridos.

Y hoy, al ofrecer esta Eucaristía con intención penitencial y por quienes sufren en el alma y en el cuerpo, comprendemos mejor el misterio. Hay personas que no sólo tienen hambre de pan material. Hay quienes tienen hambre de paz, de sentido, de perdón, de compañía, de salud, de esperanza. Hay hermanos que sufren en el cuerpo por la enfermedad, el cansancio, el dolor físico, las limitaciones. Y hay otros que sufren en el alma: depresión, ansiedad, culpa, soledad, duelos, heridas familiares, miedos profundos, silencios que nadie conoce.

A todos ellos, Cristo les dice: “Yo soy alimento para tu camino. Yo soy vida para tu cansancio. Yo soy presencia para tu soledad. Yo soy medicina para tus heridas. Yo soy resurrección para tus muertes interiores”.

Pero también nos dice a nosotros: no reciban mi Cuerpo para seguir indiferentes ante el cuerpo sufriente de sus hermanos. No beban mi Sangre para seguir alimentando divisiones, odios o palabras que hieren. No vengan a mi mesa si no quieren aprender mi estilo: el estilo del pan partido, de la vida entregada, del amor que se vuelve servicio.

Saulo recibió la luz de Cristo, pero también necesitó la mediación de Ananías. Dios pudo haberlo sanado directamente, pero quiso que un hermano se acercara, le impusiera las manos y le dijera: “Hermano Saulo”. Qué palabra tan poderosa: “hermano”. Ananías tenía razones para temerle, para desconfiar de él, para rechazarlo. Pero la gracia le enseñó a mirar a Saulo no sólo por su pasado, sino por la posibilidad nueva que Dios estaba haciendo nacer en él.

También nosotros estamos llamados a ser Ananías para alguien: acercarnos al que está ciego, al que ha caído, al que carga culpa, al que tiene mala fama, al que necesita una palabra que lo devuelva a la vida. A veces una persona empieza a sanar cuando alguien se atreve a llamarla de nuevo “hermano”, “hermana”, “hijo”, “hija”, “amigo”, “persona amada por Dios”.

Queridos hermanos: este viernes pascual nos invita a comulgar con profundidad. No nos acerquemos a la Eucaristía como quien cumple un gesto externo. Acerquémonos como Saulo caído en el camino, necesitados de luz. Acerquémonos como enfermos que buscan al Médico. Acerquémonos como pecadores que necesitan misericordia. Acerquémonos como discípulos hambrientos de vida eterna.

Pidamos hoy tres gracias.

Primera: la gracia de la conversión, para que Cristo derribe nuestras cegueras y transforme nuestras durezas.

Segunda: la gracia de vivir la Eucaristía con fe, no como magia ni rutina, sino como comunión viva con Jesús, Pan bajado del cielo.

Tercera: la gracia de ser consuelo para quienes sufren, especialmente para quienes padecen en el alma y en el cuerpo.

Que el Señor, cuya misericordia es grande y cuya fidelidad dura por siempre, nos alimente con su Cuerpo y con su Sangre. Que nos haga pasar de la ceguera a la luz, del pecado a la gracia, de la indiferencia a la compasión, de la muerte a la vida.

Y que cada comunión nos haga más parecidos a Jesús: pan partido para el mundo, presencia humilde para los heridos, testigos vivos de la Pascua.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este viernes pascual nos conduce al corazón de nuestra fe: Cristo vivo, Cristo que transforma, Cristo que se nos da como Pan de Vida. La primera lectura nos presenta la conversión de Saulo; el salmo nos invita a proclamar la misericordia del Señor a todos los pueblos; y el Evangelio nos pone ante una afirmación fuerte, luminosa y exigente de Jesús:

“Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida”.

Como comenta alguien:  la fe eucarística no nace solamente de la razón humana. La razón es un don precioso de Dios; nos ayuda a buscar la verdad, a distinguir el bien del mal, a orientar nuestras decisiones. Pero hay misterios que la razón sola no puede alcanzar. Necesita abrirse a la revelación. Necesita dejarse iluminar por la voz de Dios.

Por eso, ante el misterio de la Eucaristía, la pregunta de los judíos en el Evangelio es comprensible: “¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?”. Desde una mirada puramente humana, la Eucaristía parece imposible. ¿Cómo puede ese pan ser el Cuerpo de Cristo? ¿Cómo puede ese cáliz ser su Sangre? ¿Cómo puede lo pequeño contener al Infinito? ¿Cómo puede lo visible esconder una Presencia tan grande?

Pero Jesús no suaviza sus palabras. No dice: “Me expresé mal”. No dice: “Era sólo una imagen”. Al contrario, afirma con más fuerza: “Si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tienen vida en ustedes”. Y añade: “El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día”.

Aquí estamos ante una certeza de fe. La Eucaristía no es un simple símbolo vacío, no es una representación teatral, no es una costumbre piadosa heredada de nuestros mayores. La Eucaristía es Cristo mismo, entregado por nosotros; es su Cuerpo ofrecido, su Sangre derramada, su vida comunicada a quienes creen en Él.

Ahora bien, como decíamos en la reflexión anterior, la Eucaristía no es magia. No basta acercarse exteriormente a comulgar si el corazón no quiere convertirse. No basta recibir el Pan consagrado si no queremos alimentarnos también de la Palabra, de la oración, del perdón, de la caridad. La Eucaristía es real, pero pide una respuesta real. Cristo se nos da entero, pero también espera que nosotros nos entreguemos a Él con sinceridad.

La primera lectura ilumina muy bien este camino. Saulo iba camino de Damasco lleno de seguridades humanas. Creía tener razón. Creía defender a Dios. Creía servir a la verdad. Pero en realidad estaba persiguiendo a Cristo en sus hermanos. Entonces una luz lo derriba y escucha aquella voz: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”

Qué fuerte es esto: Saulo tenía religión, pero todavía no tenía comunión con Cristo. Tenía celo, pero no tenía amor. Tenía convicciones, pero no tenía misericordia. Tenía fuerza, pero no tenía luz.

Y eso también puede pasarnos a nosotros. Podemos tener prácticas religiosas, devociones, discursos, cargos, conocimientos, pero necesitar todavía una verdadera conversión del corazón. Podemos comulgar y, sin embargo, seguir alimentando resentimientos. Podemos participar en la Eucaristía y, sin embargo, despreciar al hermano. Podemos decir “Amén” al Cuerpo de Cristo en el altar, pero no reconocer el cuerpo sufriente de Cristo en el enfermo, en el pobre, en el abatido, en el que sufre en el alma y en el cuerpo.

Por eso hoy la intención penitencial es tan necesaria. Pedimos perdón al Señor porque muchas veces nuestra fe ha sido débil, rutinaria, superficial. Pedimos perdón porque nos hemos acercado a la Eucaristía sin hambre verdadera de conversión. Pedimos perdón porque hemos creído más en nuestras ideas que en la Palabra de Cristo. Pedimos perdón porque a veces hemos recibido el Cuerpo del Señor, pero hemos ignorado las heridas de su Cuerpo místico, que es la Iglesia y que son nuestros hermanos.

Saulo cae al suelo, queda ciego, ayuna tres días, entra en silencio. Y allí comienza su transformación. La fe verdadera siempre nos lleva a una caída de nuestras soberbias y a un nuevo nacimiento. Saulo tiene que dejarse conducir. Él, que iba seguro de sí mismo, ahora necesita que otros lo lleven de la mano. Él, que quería apresar cristianos, ahora necesita recibir ayuda de un cristiano llamado Ananías.

Y Ananías también vive su propia conversión. Tiene miedo, porque sabe quién es Saulo. Pero Dios le pide que se acerque. Y cuando llega, no lo llama “enemigo”, no lo llama “perseguidor”, no lo llama “asesino”. Le dice: “Hermano Saulo”.

Esa palabra es profundamente eucarística: hermano. Porque quien comulga con Cristo aprende a mirar de otra manera. Aprende a ver posibilidades donde otros sólo ven pasado. Aprende a reconocer la gracia donde otros sólo ven culpa. Aprende a acercarse al herido, al caído, al difícil, al que necesita una nueva oportunidad.

El salmo lo resume con una frase breve y universal: “Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio”. Y también dice: “Firme es su misericordia con nosotros, su fidelidad dura por siempre”. Eso fue lo que experimentó Saulo: una misericordia firme, más fuerte que su pecado; una fidelidad que no se cansó de buscarlo; una gracia capaz de convertir al perseguidor en apóstol.

Y eso es lo que recibimos en la Eucaristía: no una idea, sino misericordia viva; no una teoría, sino presencia real; no un simple recuerdo del pasado, sino el mismo Cristo que nos alimenta hoy para la vida eterna.

Hermanos, el Evangelio nos invita a una fe más cierta, más profunda, más confiada. Creer en la Eucaristía no significa entenderlo todo con la cabeza. Significa fiarnos de Jesús. Significa escuchar su Palabra y decir: “Señor, si Tú lo dices, es verdad. Si Tú lo prometes, se cumple. Si Tú te entregas, yo quiero recibirte con fe”.

Muchas cosas las creemos porque las vemos, las tocamos, las comprobamos. Pero las verdades de la fe tienen una certeza más profunda, porque no descansan solamente en nuestros sentidos, sino en la Palabra de Dios. Los sentidos ven pan; la fe reconoce a Cristo. Los sentidos perciben vino; la fe adora la Sangre del Señor. Los sentidos ven un altar; la fe contempla el sacrificio redentor actualizado sacramentalmente. Los sentidos ven una asamblea reunida; la fe descubre al Cuerpo de Cristo alimentado por su Cabeza.

Por eso, al acercarnos a comulgar, no digamos “Amén” de manera distraída. Ese “Amén” es una profesión de fe. Es decir: “Creo, Señor, que eres Tú. Creo que vienes a mí. Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida. Creo que me das vida eterna. Creo que puedes sanar lo que está enfermo en mí. Creo que puedes levantar lo que ha caído. Creo que puedes iluminar mis cegueras”.

Y hoy, de modo especial, pongamos sobre el altar a quienes sufren en el alma y en el cuerpo. A los enfermos, a los tristes, a los deprimidos, a los ansiosos, a los que llevan duelos, a los que se sienten solos, a los que han perdido la esperanza, a los que viven dolores silenciosos que nadie conoce. La Eucaristía es alimento para los débiles. Es medicina para los heridos. Es compañía para los solos. Es fuerza para los cansados. Es promesa de resurrección para quienes sienten que algo se les está muriendo por dentro.

Pero también pidamos que esta Eucaristía nos convierta en presencia sanadora para ellos. Que no salgamos de misa igual. Que no salgamos sólo “cumplidos”, sino enviados. Que cada comunión nos haga más compasivos, más pacientes, más humildes, más capaces de decirle a alguien, como Ananías: “Hermano, hermana, Cristo también viene por ti”.

Queridos hermanos: Saulo encontró a Cristo en el camino y su vida cambió para siempre. Nosotros encontramos a Cristo en la Eucaristía. No lo dejemos pasar en vano. No lo recibamos como rutina. No lo reduzcamos a costumbre. No lo tratemos como magia. Recibámoslo como lo que es: el Señor vivo, el Pan verdadero, la Vida eterna que se nos entrega por amor.

Que el Señor aumente nuestra fe eucarística. Que purifique nuestra razón con la luz de su revelación. Que sane nuestras heridas. Que convierta nuestras durezas. Que haga de nosotros testigos de su misericordia.

Y que al comulgar el Cuerpo y la Sangre de Cristo podamos decir con toda el alma:

Señor Jesús, creo que estás verdaderamente presente en la Eucaristía.
Creo que tu Carne es verdadera comida y tu Sangre verdadera bebida.
Creo que Tú eres vida para mi alma, fuerza para mi camino y esperanza para mi dolor.
Aumenta mi fe. Sana mis heridas. Convierte mi corazón.
Y hazme instrumento de consuelo para quienes sufren en el alma y en el cuerpo.

Amén.

 

miércoles, 22 de abril de 2026

23 de abril del 2026: jueves de la tercera semana de Pascua

 

 Imprescindible

(Juan 6, 44-51) Jesús se presenta como la mediación imprescindible para conocer a Dios, a quien “nadie ha visto jamás” (Jn 1,18), y para vivir de su misma vida para siempre. Son palabras que pueden resultar difíciles de escuchar en la época del diálogo interreligioso, pero que nos invitan a preguntarnos, en la oración y en la acción de gracias, qué ha cambiado en nosotros la vida con Cristo. Sabiendo que Él es un misterio que nos sobrepasa y unas alturas a las que no podemos llegar por nosotros mismos (cf. Sal 138 [139], 6).

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Hch 8, 26-40
Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, un ángel del Señor habló a Felipe y le dijo:
«Levántate y marcha hacia el sur, por el camino de Jerusalén a Gaza, que está desierto».
Se levantó, se puso en camino y, de pronto, vio venir a un etíope; era un eunuco, ministro de Candaces, reina de Etiopía e intendente del tesoro, que había ido a Jerusalén para adorar. Iba de vuelta, sentado en su carroza, leyendo al profeta Isaías.
El Espíritu dijo a Felipe:
«Acércate y pégate a la carroza».
Felipe se acercó corriendo, le oyó leer el profeta Isaías, y le preguntó:
«¿Entiendes lo que estás leyendo?».
Contestó:
«¿Y cómo voy a entenderlo si nadie me guía?».
E invitó a Felipe a subir y a sentarse con él. El pasaje de la Escritura que estaba leyendo era este:
«Como cordero fue llevado al matadero,
como oveja muda ante el esquilador,
así no abre su boca.
En su humillación no se le hizo justicia.
¿Quién podrá contar su descendencia?
Pues su vida ha sido arrancada de la tierra».
El eunuco preguntó a Felipe:
«Por favor, ¿de quién dice esto el profeta?; ¿de él mismo o de otro?».
Felipe se puso a hablarle y, tomando pie de este pasaje, le anunció la Buena Nueva de Jesús. Continuando el camino, llegaron a un sitio donde había agua, y dijo el eunuco:
«Mira, agua. ¿Qué dificultad hay en que me bautice?».
Mandó parar la carroza, bajaron los dos al agua, Felipe y el eunuco, y lo bautizó. Cuando salieron del agua, el Espíritu del Señor arrebató a Felipe. El eunuco no volvió a verlo, y siguió su camino lleno de alegría.
Felipe se encontró en Azoto y fue anunciando la Buena Nueva en todos los poblados hasta que llegó a Cesarea.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 65, 8-9. 16-17. 20 (R.: 1b)

R. Aclama al Señor, tierra entera.

O bien:

R. Aleluya.

V. Bendigan, pueblos, a nuestro Dios;
hagan resonar sus alabanzas,
porque él nos ha devuelto la vida
y no dejó que tropezaran nuestros pies. 
R.

V. Los que temen a Dios, vengan a escuchar,
les contaré lo que ha hecho conmigo:
a él gritó mi boca
y lo ensalzó mi lengua. 
R.

V. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica
ni me retiró su favor. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo —dice el Señor—;
el que coma de este pan vivirá para siempre.
 R.

 

Evangelio

Jn 6, 44-51

Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo

Lectura del santo Evangelio según san Juan.


EN aquel tiempo, dijo Jesús al gentío:
«Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Y yo lo resucitaré en el último día.
Está escrito en los profetas: “Serán todos discípulos de Dios”.
Todo el que escucha al Padre y aprende, viene a mí.
No es que alguien haya visto al Padre, a no ser el que está junto a Dios: ese ha visto al Padre. En verdad, en verdad les digo: el que cree tiene vida eterna.
Yo soy el pan de la vida. Sus padres comieron en el desierto el maná y murieron; este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.
Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre.
Y el pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo».

Palabra del Señor.

 

 1


Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este jueves de la tercera semana de Pascua nos deja una certeza luminosa: Dios sigue atrayendo corazones hacia Cristo, y lo hace por medio de su Palabra, de la Iglesia y de testigos concretos.

En el Evangelio Jesús afirma: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre” y se presenta además como “el pan vivo bajado del cielo”.

Eso significa que la fe no nace solo de un razonamiento humano, ni de una costumbre religiosa, ni de una emoción pasajera. La fe nace porque el Padre nos atrae hacia su Hijo. Hay en el fondo del alma una gracia, una llamada, una moción interior de Dios. A veces la sentimos con fuerza; otras veces, apenas como una inquietud, como un deseo de buscar algo más, como un hambre que nada de este mundo logra saciar. Y Jesús hoy nos dice: esa hambre tiene nombre; ese anhelo encuentra respuesta en Él, porque solo Él es el Pan de la Vida.

La primera lectura nos muestra cómo obra esa atracción de Dios en la vida real. El etíope va leyendo al profeta Isaías, pero no entiende. Entonces Dios le sale al encuentro por medio de Felipe. El ángel del Señor lo envía, el Espíritu lo guía, Felipe se acerca, explica la Escritura, anuncia a Jesús, y finalmente aquel hombre pide el bautismo. Es una escena bellísima de evangelización: Dios prepara el corazón, la Iglesia se acerca, la Palabra es explicada, Cristo es anunciado, y el hombre renace en el agua del bautismo. Después sigue su camino lleno de alegría.

Ahí hay un mensaje muy fuerte para nosotros, sobre todo en esta intención orante por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Evangelizar no es hacer propaganda religiosa. Evangelizar es dejarnos usar por Dios para acercarnos al “carro” del otro: al lugar donde el otro viaja con sus dudas, sus heridas, sus búsquedas, sus preguntas y hasta sus soledades. Cuántas personas hoy van por la vida leyendo fragmentos sueltos de esperanza, pero sin encontrar todavía a alguien que les anuncie claramente a Jesucristo.

Por eso la Iglesia necesita vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, laicos comprometidos, hombres y mujeres disponibles para correr, como Felipe, al encuentro del que busca a Dios. La vocación no nace primero de un proyecto personal, sino de una docilidad al Espíritu. Felipe no improvisa su propia misión; escucha, obedece y se pone en camino. Y porque se deja conducir, un corazón se abre a la fe y una vida cambia para siempre.

El salmo responsorial nos da la respuesta de la asamblea creyente: “Aclamen al Señor, tierra entera”. Y añade: “Vengan a escuchar… les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno puede decir, no solo quién es Dios en teoría, sino lo que Dios ha hecho en mí. El cristiano evangeliza mejor cuando habla desde una experiencia agradecida; cuando no repite fórmulas vacías, sino que testimonia la misericordia, la paciencia y la fidelidad de Dios en su propia historia.

Pidámosle hoy al Señor una gracia muy concreta: que nos dejemos atraer por el Padre hacia Jesús cada día más. Que no busquemos solo un Cristo útil, sino al Cristo vivo; no solo sus dones, sino su Persona; no solo consuelos pasajeros, sino el Pan que da vida eterna. Y pidamos también por la Iglesia: que nunca falten Felipes, nunca falten evangelizadores ardientes, nunca falten vocaciones generosas que sepan anunciar a Cristo con claridad, ternura y valentía.

Que la Eucaristía que celebramos nos recuerde esta verdad central: Jesús no es un complemento de la vida; Jesús es el Pan indispensable para vivir de verdad. Y quien se alimenta de Él, aunque atraviese desiertos, continúa su camino con alegría.

Amén.

 

2

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos deja una certeza profundamente consoladora: nadie llega a Jesús por pura iniciativa propia; es el Padre quien nos atrae hacia Él. En el Evangelio, Jesús lo dice con claridad: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado”. Y enseguida añade algo todavía más grande: Él es el pan vivo bajado del cielo, el alimento que da la vida eterna.

Esto cambia mucho nuestra manera de vivir la fe. A veces pensamos que oramos, venimos a misa, leemos la Palabra o servimos en la Iglesia porque nosotros tomamos la iniciativa, porque se nos ocurrió, porque somos buenos o responsables. Pero hoy Jesús nos recuerda algo más hondo: antes de que nosotros lo buscáramos, Dios ya nos estaba buscando. Antes de que pensáramos en Él, el Padre ya nos estaba llamando. Antes de que decidiéramos acercarnos a la Eucaristía, Él ya nos estaba atrayendo hacia su Hijo.

Y esto ilumina bellamente la primera lectura. El etíope iba en su carro leyendo al profeta Isaías, pero no entendía. Entonces Dios le sale al encuentro: envía a Felipe, lo pone en camino, lo acerca al hombre que buscaba sentido, y por medio del anuncio de Jesús aquel corazón termina pidiendo el bautismo. Es una escena preciosa de evangelización: Dios prepara el corazón, Dios suscita al misionero, Dios abre la inteligencia, Dios concede la fe. Y el resultado final es la alegría de un hombre que sigue su camino transformado por Cristo.

Ahí aparece una palabra muy importante para nuestra intención orante de hoy: la Iglesia evangeliza porque antes ha sido enviada. Felipe no evangeliza por gusto personal, ni por protagonismo, ni para cumplir una tarea fría. Evangeliza porque escucha al Espíritu y obedece. La Iglesia solo será fecunda cuando viva así: dejándose conducir por Dios, no por la pura estrategia humana; dejándose mover por el Espíritu, no solo por planes y estructuras.

Esto vale también para las vocaciones. Una vocación no nace simplemente del deseo de “hacer algo bueno”. Nace cuando una persona se deja atraer por el Padre, fascinar por Cristo y conducir por el Espíritu. Por eso hoy debemos orar con fervor por la Iglesia, por su obra evangelizadora y por las vocaciones: para que no falten hombres y mujeres capaces de escuchar la voz de Dios, de levantarse sin miedo y de acercarse al “carro” de tantos hermanos que van por la vida con preguntas, heridas, búsquedas y hambre de verdad.

El salmo responsorial nos da la respuesta del corazón creyente: “Aclama al Señor, tierra entera”. Y luego dice: “Vengan a escuchar, les contaré lo que hizo por mí”. La evangelización comienza precisamente ahí: cuando uno no habla de un Dios lejano, sino del Dios que ha actuado en su propia vida. Evangeliza de verdad el que puede decir: el Señor me sostuvo, me corrigió, me levantó, me alimentó, me tuvo paciencia, me dio nueva esperanza.

Y llegamos así al centro de todo: la Eucaristía. Jesús no dice solamente que enseña el camino; dice que Él mismo es el Pan vivo. La misa, entonces, no es un favor que nosotros le hacemos a Dios. No venimos a cumplirle. Venimos porque el Padre nos invita a recibir el Cuerpo y la Sangre de su Hijo como alimento para el camino. Venimos porque tenemos hambre de eternidad, aunque a veces no sepamos nombrarla. Venimos porque sin ese Pan el alma se debilita, la fe se enfría y el corazón se extravía.

Qué distinto sería participar en cada misa si entráramos con esta convicción: hoy el Padre me está atrayendo hacia Jesús. Hoy no vengo solo por costumbre, ni solo por obligación, ni solo porque “me toca”. Hoy vengo porque Dios me llama a sentarme a su mesa. Hoy vengo porque Cristo quiere darse a mí. Hoy vengo porque el cielo se inclina sobre mi pobreza para alimentarme con el Pan de vida.

Pidámosle entonces al Señor tres gracias. Primero, un corazón humilde, para reconocer que la fe es don antes que mérito. Segundo, un corazón agradecido, para vivir cada Eucaristía como regalo inmenso. Y tercero, un corazón misionero, para que la Iglesia nunca se canse de anunciar a Cristo y surjan vocaciones santas, generosas y valientes al servicio del Evangelio.

Que María, mujer atraída totalmente por el Padre y entregada por completo al Hijo, nos enseñe a decir nuestro “sí”. Y que al acercarnos hoy a la Eucaristía, podamos hacerlo con fe viva, con gratitud profunda y con la certeza de que Jesús sigue siendo el Pan vivo bajado del cielo para la vida del mundo.

Amén.

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