jueves, 3 de septiembre de 2026

4 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Acoger la alegría del Esposo

«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el Esposo está con ellos?».

La presencia de Jesús, el Esposo, nos llama a vivir de una manera nueva nuestra relación con Dios: una relación fundada no en el miedo ni en el simple cumplimiento exterior, sino en la alegría del encuentro y de la comunión con Él. Sin embargo, acoger el vino nuevo del Evangelio exige odres nuevos: un corazón disponible y capaz de dejarse transformar. También el ayuno adquiere entonces un sentido nuevo: no es una práctica triste, sino la expresión de nuestro deseo de Cristo y de la espera de su presencia plena.

 


Primera lectura

1 Cor 4, 1-5
El Señor pondrá al descubierto los designios del corazón

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que la gente solo vea en nosotros servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios. Ahora, lo que se busca en los administradores es que sean fieles. Para mí lo de menos es que ustedes me pidan cuentas o un tribunal humano; ni siquiera yo me pido cuentas. La conciencia, es verdad, no me remuerde; pero tampoco por eso quedo absuelto: mi juez es el Señor.
Así, pues, no juzguen antes de tiempo, dejen que venga el Señor. Él iluminará lo que esconden las tinieblas y pondrá al descubierto los designios del corazón; entonces cada uno recibirá de Dios lo que merece.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 36, 3-4. 5-6. 27-28. 39-40 (R.: 39a)

R. El Señor es quien salva a los justos.

V. Confía en el Señor y haz el bien:
habitarás tu tierra y reposarás en ella en fidelidad;
sea el Señor tu delicia,
y él te dará lo que pide tu corazón.
R.

V. Encomienda tu camino al Señor,
confía en él, y él actuará:
hará tu justicia como el amanecer,
tu derecho como el mediodía.
R.

V. Apártate del mal y haz el bien,
y siempre tendrás una casa;
porque el Señor ama la justicia
y no abandona a sus fieles.
Los inicuos son exterminados,
la estirpe de los malvados se extinguirá.
R.

V. El Señor es quien salva a los justos,
él es su alcázar en el peligro;
el Señor los protege y los libra,
los libra de los malvados y los salva
porque se acogen a él.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—;
el que me sigue tendrá la luz de la vida.
R.

 

Evangelio

Lc 5, 33-39

Les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los fariseos y los escribas dijeron a Jesús:
«Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran, y los de los fariseos también; en cambio, los tuyos, a comer y a beber».
Jesús les dijo:
«¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, entonces ayunarán en aquellos días».
Les dijo también una parábola:
«Nadie recorta una pieza de un manto nuevo para ponérsela a un manto viejo; porque, si lo hace, el nuevo se rompe y al viejo no le cuadra la pieza del nuevo.
Nadie echa vino nuevo en odres viejos: porque, si lo hace, el vino nuevo reventará los odres y se derramará, y los odres se estropearán.
A vino nuevo, odres nuevos.
Nadie que cate vino añejo quiere del nuevo, pues dirá: “El añejo es mejor”».

Palabra del Señor.

 

 ************


«A vino nuevo, corazones nuevos»

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios nos invita hoy a renovar nuestra vida desde dentro. No basta cambiar algunas costumbres externas o colocar pequeños remiendos sobre aquello que no queremos transformar. Jesús nos ofrece el vino nuevo del Evangelio y, para recibirlo, necesitamos odres nuevos: un corazón humilde, disponible y abierto a la gracia.

San Pablo, en la primera lectura, nos recuerda que somos «servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios». Y lo que se espera de un administrador no es que busque aplausos o reconocimientos, sino que sea fiel. Pablo tampoco se deja esclavizar por los juicios humanos: sabe que solamente el Señor conoce lo que se esconde en lo profundo del corazón y puede manifestar las verdaderas intenciones de cada persona.

Esta enseñanza nos invita a revisar dos actitudes. Primero, nuestra tendencia a juzgar precipitadamente a los demás, sin conocer sus luchas, heridas o sufrimientos interiores. Muchas personas sonríen exteriormente, pero llevan en su alma una tristeza profunda; otras padecen enfermedades que no siempre se notan; algunas luchan silenciosamente contra la soledad, la ansiedad, la culpa o el desaliento. Solo Dios conoce completamente su historia. Antes de juzgar, estamos llamados a acercarnos, escuchar, comprender y acompañar.

En segundo lugar, san Pablo nos invita a reconocer que nuestra vida es un servicio. No somos dueños de los dones recibidos, sino administradores. Nuestra inteligencia, nuestra salud, nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestra fe nos han sido confiados para ponerlos al servicio de los demás. La pregunta cristiana no es: «¿Cuánto me reconocen?», sino: «¿Estoy siendo fiel a lo que Dios me ha confiado?».

El salmo nos entrega una orientación muy concreta: «Confía en el Señor y haz el bien». En los momentos de dolor no siempre encontramos explicaciones, pero sí podemos encontrar una presencia. Dios no promete una existencia sin pruebas; promete permanecer junto a quien sufre y salvar a quien se refugia en Él.

Confiar en el Señor no significa permanecer pasivos. El salmo une dos acciones: confiar y hacer el bien. Quien confía en Dios no se encierra en su propio dolor, sino que procura convertirse en consuelo para otros. Tal vez no podamos resolver todos los problemas, pero sí podemos escuchar al que está solo, visitar al enfermo, acompañar al afligido, compartir el pan, ofrecer una oración y pronunciar una palabra que devuelva esperanza.

En el Evangelio, algunos cuestionan a Jesús porque sus discípulos no ayunan como los discípulos de Juan y los fariseos. Jesús responde presentándose como el Esposo. Mientras Él está presente, los invitados a la boda están llamados a celebrar. Con Jesucristo ha llegado el tiempo de la salvación, del encuentro y de la alegría.

Esto no significa que Jesús rechace el ayuno o la penitencia. Él mismo anuncia que llegará el momento en que el Esposo será arrebatado y entonces sus discípulos ayunarán. La penitencia cristiana no nace del desprecio por la vida ni de una tristeza sin esperanza. Nace del amor. Ayunamos porque queremos liberar el corazón de aquello que nos impide amar; hacemos penitencia porque reconocemos nuestros pecados y deseamos volver al Señor; renunciamos a algo para compartir con quien lo necesita y solidarizarnos con quienes sufren.

Una penitencia que no nos hace más humildes, misericordiosos y generosos corre el riesgo de convertirse en un acto vacío. Dios no quiere únicamente privaciones exteriores: desea la conversión del corazón. Quizá el ayuno que necesitamos sea renunciar a una palabra hiriente, al juicio apresurado, al resentimiento, a la indiferencia o a esa costumbre que nos aleja de Él. Tal vez nuestro mejor sacrificio sea reconciliarnos, pedir perdón, visitar a una persona enferma o dedicar tiempo a quien atraviesa una noche oscura.

Jesús concluye diciendo: «A vino nuevo, odres nuevos». No podemos recibir la novedad del Evangelio conservando intactos nuestros viejos odres: el orgullo, la dureza, la indiferencia, la autosuficiencia y la falta de perdón. Cristo no vino simplemente a remendar nuestra vida antigua; vino a darnos un corazón nuevo. La gracia no es un adorno religioso que se añade a nuestra existencia: es una fuerza que transforma nuestra manera de pensar, juzgar, amar y servir.

En esta Eucaristía presentamos nuestra intención penitencial. Reconozcamos con sinceridad nuestros pecados y permitamos que el Señor manifieste y purifique las intenciones escondidas de nuestro corazón. Pidamos perdón por las veces que hemos juzgado, ignorado el dolor ajeno o administrado egoístamente los dones recibidos.

Oremos también por quienes sufren en el alma y en el cuerpo: por los enfermos, quienes padecen dolores prolongados, quienes esperan un diagnóstico o afrontan un tratamiento; por quienes viven deprimidos, angustiados, solos o desanimados; por quienes han perdido el deseo de continuar y por sus familiares y cuidadores. Que encuentren en Cristo, Esposo y Salvador, consuelo, fortaleza y esperanza. Y que nosotros sepamos convertirnos en odres nuevos capaces de llevarles el vino de la misericordia, la cercanía y el amor de Dios.

Que María, Madre compasiva, permanezca junto a todos los que sufren y nos enseñe a conservar un corazón abierto a la novedad del Evangelio. Amén.

 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

3 de septiembre del 2026: jueves de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II- San Gregorio Magno, papa y Doctor de la Iglesia

 

Testigo de la fe:

San Gregorio Magno

Hacia 540-604.

«Cuanto más perfecta es un alma, más compasión siente por los sufrimientos de los demás», afirmaba este monje benedictino, elegido papa en el año 590.

Dejó numerosos escritos de carácter pastoral, moral y espiritual.

Fue un gran pastor, reformador y evangelizador, reconocido como uno de los cuatro grandes doctores de la Iglesia de Occidente.

 

 

«Dejándolo todo, lo siguieron»

La palabra de Jesús manifiesta toda su eficacia, pues transforma una situación de fracaso en sobreabundancia. Y esta eficacia abre a los discípulos a una misión que los supera. Por tanto, la misión no se apoya principalmente en sus capacidades, sino en la confianza depositada en aquel que los llama.

Simón acepta echar las redes «por la palabra» de Jesús. Descubre así que la obediencia de la fe hace fecundo aquello que los solos esfuerzos humanos no habían podido realizar. Ante tal abundancia, Pedro reconoce su pequeñez y su condición de pecador. Sin embargo, Jesús no lo rechaza, sino que lo tranquiliza y le confía una misión: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

Seguir a Cristo supone, entonces, dejar no solamente los bienes materiales, sino también nuestras seguridades, costumbres y pretensiones de controlarlo todo. El Señor no busca discípulos perfectos, sino corazones disponibles. También hoy sube a la barca de nuestros fracasos, nos invita a remar mar adentro y transforma nuestra pobreza en camino de fecundidad y misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 18-23

Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es de ustedes: Pablo, Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 (R.: 1b)

R. Del Señor es la tierra y cuanto la llena.

V. Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. 
R.

V. ¿Quién puede subir al monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. 
R.

V. Ese recibirá la bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Vengan en pos de mí —dice el Señor—,
y los haré pescadores de hombres. 
R.

 

Evangelio

Lc 5, 1-11

Dejándolo todo, lo siguieron

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.

Palabra del Señor.

 

**************

 

«Por tu palabra echaré las redes»

 

Queridos hermanos:

El Evangelio nos sitúa ante unos pescadores cansados y decepcionados. Han trabajado durante toda la noche, han empleado su experiencia y sus mejores esfuerzos, pero no han conseguido nada. Ahora están en la orilla lavando las redes, quizá resignados a aceptar el fracaso.

También nosotros conocemos noches semejantes. Trabajamos, oramos, aconsejamos, evangelizamos y procuramos hacer el bien, pero no siempre vemos los frutos esperados. Algunas veces sentimos que nuestras palabras no son escuchadas; que los jóvenes se alejan; que disminuyen las vocaciones; que nuestras familias no responden como quisiéramos; o que, a pesar de tanto esfuerzo pastoral, las redes continúan vacías.

Jesús no contempla aquella barca vacía desde lejos. Sube a ella. Entra precisamente en el lugar del cansancio y del fracaso de Simón. Esto es profundamente consolador: el Señor no espera que nuestra barca esté llena para acercarse a nosotros. Él entra cuando está vacía; sube a ella cuando nosotros pensamos que ya no tenemos nada que ofrecer.

Después de enseñar a la multitud, Jesús dice a Simón: «Rema mar adentro y echen las redes para pescar». Humanamente, la orden parece poco razonable. Pedro conoce el lago, domina su oficio y sabe que ya ha pasado el momento más conveniente para la pesca. Sin embargo, responde: «Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu palabra, echaré las redes».

Estas últimas palabras contienen el secreto de toda fecundidad cristiana: «Por tu palabra». Pedro no vuelve a intentarlo porque confíe más en su experiencia, ni porque haya recuperado súbitamente el entusiasmo. Lo hace porque Jesús se lo ha pedido. La pesca abundante no será solamente fruto del esfuerzo de Pedro, sino de su obediencia confiada.

La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. San Pablo advierte a los corintios que no deben apoyarse exclusivamente en la sabiduría de este mundo ni convertir a los dirigentes de la comunidad en ídolos. Algunos decían pertenecer a Pablo, otros a Apolo y otros a Cefas. Pero el Apóstol corrige estas divisiones afirmando: «Todo es de ustedes, ustedes son de Cristo y Cristo es de Dios».

La Iglesia no pertenece a un sacerdote, a un grupo, a un movimiento ni a una determinada figura pastoral. Todos pertenecemos a Cristo. Los evangelizadores somos servidores; la barca es del Señor y la pesca también es suya. Necesitamos capacidades, preparación, organización y buenos medios, pero nada de eso puede reemplazar la escucha de la Palabra, la oración y la confianza en Dios.

El salmo proclama: «Del Señor es la tierra y cuanto la llena». El mundo al que somos enviados ya le pertenece a Dios. Antes de que llegue el misionero, el Señor ya está actuando en el corazón de las personas. Antes de que el catequista pronuncie una palabra, el Espíritu Santo ya ha comenzado silenciosamente su obra. Evangelizar no significa llevar a Dios a un lugar donde Él no está, sino ayudar a las personas a descubrir su presencia y abrirse a su amor.

El salmo también pregunta: «¿Quién puede subir al monte del Señor?». Y responde: «El hombre de manos inocentes y puro corazón». No se trata de exigir una perfección imposible. Pedro acaba de reconocer: «Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Jesús no niega su debilidad ni aprueba su pecado, pero tampoco lo rechaza. Le dice: «No temas; desde ahora serás pescador de hombres».

La conciencia de su pecado no incapacita a Pedro para la misión; lo hace humilde y dependiente de la misericordia. Dios no llama únicamente a personas que se sienten fuertes y preparadas. Llama a hombres y mujeres que, reconociendo su fragilidad, se dejan purificar, confían en su gracia y se ponen en camino. La vocación no nace de pensar: «Yo soy capaz», sino de responder: «Señor, si tú me llamas, confiaré en ti».

Hoy recordamos a san Gregorio Magno, monje benedictino llamado a conducir la barca de la Iglesia como papa. En medio de tiempos difíciles, supo unir la contemplación, el cuidado pastoral, la caridad con los necesitados y el impulso evangelizador. Comprendió que la verdadera grandeza del pastor consiste en servir y compadecerse de los sufrimientos ajenos.

Pidamos hoy especialmente por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras parroquias, comunidades, escuelas, familias, medios de comunicación y redes sociales sean barcas desde las cuales Jesús pueda enseñar y acercarse a muchas personas. Que no nos desanimemos cuando parezca que hemos trabajado en vano, sino que volvamos a echar las redes confiados en su Palabra.

Oremos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas, misioneras y laicales. Que muchos niños, adolescentes y jóvenes permitan que Jesús suba a la barca de sus vidas; que no tengan miedo de remar mar adentro ni de dejar aquellas seguridades que les impiden seguirlo. Y que nuestras comunidades sepan acompañarlos con la oración, el testimonio y la alegría.

El Señor sigue diciendo: «Rema mar adentro». Aunque estemos cansados, aunque las redes parezcan vacías, aunque nos sintamos pequeños y pecadores, respondamos como Pedro:

«Señor, por tu palabra volveré a intentarlo; por tu palabra echaré las redes; por tu palabra te seguiré». Amén.



 *************


3 de septiembre:

San Gregorio Magno, Papa y Doctor — Memoria

c. 540–604
Patrono de los monaguillos, educadores, albañiles, músicos, papas, estudiantes y cantores.
Invocado contra la gota y la peste.
Canonizado antes del proceso formal de canonización.
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1295.

 


Cita

Nadie presume enseñar un arte antes de haberlo aprendido primero mediante la meditación atenta. ¡Qué temeridad, entonces, que los inexpertos asuman la autoridad pastoral, siendo que el gobierno de las almas es el arte de las artes! … Y, sin embargo, ¡cuántas veces hombres sin conocimiento alguno de los preceptos espirituales se profesan temerariamente médicos del corazón, mientras que aquellos que ignoran el efecto de los medicamentos se sonrojan de presentarse como médicos del cuerpo! Pero, debido a que, por disposición de Dios, todos los de mayor rango de esta época se inclinan a reverenciar la religión, hay algunos que, con la apariencia externa de autoridad en el seno de la santa Iglesia, buscan la gloria de la distinción. Desean aparecer como maestros, codician ser superiores a los demás y, como lo atestigua la Verdad, buscan los primeros saludos en las plazas, los primeros asientos en los banquetes, los primeros puestos en las asambleas (Mt 23,6-7), resultando tanto menos capaces de administrar dignamente el oficio que han asumido de cuidado pastoral, cuanto que han alcanzado el puesto magisterial de la humildad únicamente por vanagloria.
~San Gregorio Magno, Regla Pastoral, Libro I


Reflexión

San Gregorio Magno nació en Roma en el seno de una familia aristocrática cuyos miembros ocuparon cargos políticos y religiosos. Su padre fue senador y más tarde Prefecto de Roma, cargo similar al de un alcalde. Su madre, Silvia, fue una mujer virtuosa que después fue reconocida como santa, al igual que dos de sus tías. Así, la familia influyente, rica y santa de Gregorio le proporcionó una educación brillante y lo formó en la fe católica desde joven.

Durante los primeros catorce años de su vida, Gregorio fue testigo de cómo la guerra y la enfermedad devastaban Roma. Los ostrogodos habían gobernado la ciudad desde 479, pero entre 535 y 554 el emperador romano de Oriente libró una guerra para recuperarla. Ese conflicto causó gran destrucción y muchas muertes. Es posible que la familia de Gregorio incluso tuviera que huir por un tiempo. Tras la paz de 554, cuando Italia quedó bajo control del emperador de Oriente, la gente volvió a Roma para reconstruir la ciudad y restablecer el orden.

Entre 554 y 574, Gregorio siguió los pasos de su padre, asumiendo distintos cargos civiles de liderazgo. Alrededor del año 573 fue elegido Prefecto de Roma, el mismo puesto que había ocupado su padre. Sin embargo, poco después de asumirlo, murió su padre, y este acontecimiento lo llevó a dar un giro decisivo: renunció al cargo, transformó la casa familiar en un monasterio y profesó votos monásticos. Ese tiempo de profunda oración fue invaluable para él y lo preparó para las grandes responsabilidades que Dios más tarde le confiaría.

Como monje, Gregorio pasó cuatro años en oración y estudio silencioso. Aquellos años fueron de los más felices de su vida. En 578, el Papa Pelagio II lo ordenó diácono y, un año después, lo envió a Constantinopla como apocrisiario, es decir, embajador papal. Durante seis años allí, a pesar de los desafíos, mantuvo su vida monástica de oración y estudio mientras cumplía sus deberes en la corte imperial. En ese tiempo comenzó a escribir su célebre comentario al libro de Job, donde abordó la naturaleza de Dios, el problema del mal, la comprensión cristiana del sufrimiento humano y la virtud de la paciencia.

Tras su servicio en Constantinopla, Gregorio regresó a Roma, fue elegido abad de su monasterio y disfrutó algunos años más de paz monástica. En 590, a la muerte del Papa Pelagio II, el pueblo de Roma lo eligió como su sucesor. Gregorio aceptó, aunque con gran reticencia. Fue el primer monje en ser elegido papa.

Durante los siguientes catorce años, a pesar de su constante mala salud, el Papa Gregorio I se convirtió en uno de los pontífices más influyentes de la historia. Entre sus logros destacan importantes reformas en la administración y la liturgia de la Iglesia. En lo administrativo, reformó la gestión de los bienes y finanzas eclesiásticas, estableció directrices estrictas para el uso responsable de los recursos, puso medidas contra abusos como el nepotismo, aumentó la transparencia y expandió notablemente las obras de caridad, hasta vaciar el tesoro pontificio. También forjó alianzas políticas y militares estratégicas que fortalecieron al papado y garantizaron la seguridad y el bienestar de su pueblo. Incluso muchos líderes civiles acudieron a él en busca de orientación.

En lo litúrgico, contribuyó a la estandarización de la liturgia, estableciendo oraciones, el orden de la misa, el calendario litúrgico y desarrollando el canto litúrgico que, con el tiempo, llevaría su nombre: el canto gregoriano.

El Papa Gregorio también mostró un profundo espíritu misionero. En particular, impulsó la misión que inició la conversión de los pueblos anglosajones en Inglaterra. Se cuenta que, al ver en el mercado de Roma a unos niños esclavos de origen anglosajón, preguntó de dónde venían. Al oír que eran “anglos” de Inglaterra, respondió que parecían “ángeles”. Aquel encuentro le inspiró el deseo de evangelizar aquella nación pagana, enviando posteriormente a san Agustín de Canterbury y a cuarenta monjes de su propio monasterio, quienes llevaron adelante con gran éxito esta misión.

Además de sus comentarios bíblicos, Gregorio escribió la Regla Pastoral (Regula Pastoralis), una guía influyente para obispos y líderes de la Iglesia sobre su responsabilidad pastoral y la conducta en su vida personal y pública. Sus Diálogos recogen visiones, milagros y vidas de santos, incluyendo una de las primeras biografías de san Benito. Sus alrededor de 800 cartas ofrecen una rica visión del panorama eclesial, social y político de su tiempo, con consejos pastorales y teológicos de gran vigencia.

Los legados duraderos no se fabrican ni se compran: son fruto de un liderazgo verdadero y de un impacto profundo. El Papa Gregorio I es conocido como San Gregorio Magno. Es “Magno” porque no solo influyó en su época, en lo religioso y lo político, sino porque sus escritos y reformas marcaron el rumbo de la Iglesia por siglos. Sus primeros amores fueron Cristo y la vida monástica. Dios utilizó su humildad como cimiento para seguir edificando la Iglesia.

Al honrar a este gran papa, reflexionemos sobre la importancia de hacer de nuestra vida un fundamento sólido sobre el cual otros puedan crecer y florecer. Solo establecemos un verdadero cimiento para nuestra vida espiritual —y para la de quienes nos rodean— cuando hacemos de la oración y de la unión con Dios nuestra misión principal. San Gregorio lo hizo, y Dios lo usó de manera gloriosa. Que lo mismo pueda decirse de nosotros.


Oración

San Gregorio Magno, tu primer deseo fue amar a Dios, conocerlo en la oración y el estudio, y servirlo con todo tu corazón. Dios tomó lo que le ofreciste y lo convirtió en un sólido fundamento sobre el cual siguió edificando su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que mi vida esté siempre cimentada en la fe, de modo que Dios pueda servirse de mí como Él quiera, para su gloria y la salvación de las almas.
San Gregorio Magno, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.

 


martes, 1 de septiembre de 2026

2 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Es Dios quien da el crecimiento

La fecundidad de una comunidad eclesial es obra de Dios. Los cristianos que la integran son sus colaboradores. Por eso, dentro de la Iglesia no estamos para competir, sino para complementarnos, poniendo cada uno sus dones al servicio de todos. Uno siembra, otro riega, pero solo Dios da el crecimiento. Esta certeza nos libra del orgullo y del desaliento: trabajamos con fidelidad y confiamos al Señor los frutos de nuestra misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 1-9
Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, les di a beber leche, pues todavía no estaban para más. Aunque tampoco lo están ahora, pues siguen siendo carnales. En efecto, mientras haya entre ustedes envidias y contiendas, ¿no es que siguen siendo carnales y que se comportan al modo humano? Pues si uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no se comportan al modo humano?
En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales ustedes accedieron a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer. El que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 12-13. 14-15. 20-21 (R.: cf. 12)

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
 R.

V. Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones. 
R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad.
 R.

 

Evangelio

Lc 4, 38-44

Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto.
La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.
Pero él les dijo:
«Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

 

**************

 

Dios da el crecimiento y nos levanta para servir

 

Queridos hermanos:

San Pablo contempla hoy una comunidad cristiana afectada por los celos, las rivalidades y las divisiones. Algunos decían: «Yo soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo». Habían olvidado que los ministros no son dueños de la Iglesia ni propietarios de la fe. Son solamente servidores y colaboradores de Dios.

Por eso, Pablo les recuerda una verdad que también nosotros necesitamos escuchar: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien dio el crecimiento». Uno siembra la Palabra, otro acompaña, otro catequiza, visita a los enfermos, sirve en la liturgia o ayuda silenciosamente a quien lo necesita; pero es Dios quien toca los corazones y hace fecunda la misión.

En la Iglesia no estamos llamados a competir, sino a complementarnos. No debemos preguntarnos quién es más importante, quién recibe más reconocimiento o quién hace más cosas. Lo verdaderamente importante es que cada uno descubra los dones que ha recibido y los coloque con humildad al servicio de los demás. Nosotros sembramos y regamos; Dios hace germinar la semilla.

Esta certeza nos libra de dos grandes tentaciones: el orgullo y el desaliento. Nos libra del orgullo porque ningún fruto apostólico nos pertenece totalmente; todo es gracia. Y nos libra del desaliento porque, aunque no veamos resultados inmediatos, la semilla puede estar germinando silenciosamente en el corazón de las personas.

El salmo expresa esta confianza diciendo: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dios contempla desde el cielo, conoce el corazón de cada persona y no permanece indiferente ante nuestras necesidades. Por eso podemos decir: «Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo». Nuestra esperanza no descansa solamente en nuestras fuerzas, en nuestros recursos o en nuestras capacidades, sino en el amor fiel de Dios.

Esta confianza aparece de una manera muy hermosa en el Evangelio. La suegra de Simón estaba enferma, con una fiebre muy alta, y los discípulos le hablaron a Jesús de ella. Este pequeño detalle es profundamente significativo: aquella mujer no podía acercarse por sí misma al Señor; fueron otros quienes intercedieron por ella.

Eso mismo hacemos hoy al orar por nuestros hermanos enfermos. Los acercamos espiritualmente a Jesús. Le hablamos de quienes están hospitalizados, de quienes esperan un diagnóstico o una cirugía, de quienes padecen enfermedades crónicas, de quienes sufren dolores físicos o heridas del alma. Presentamos también a quienes se sienten solos, desanimados o asustados ante la enfermedad.

Jesús se acerca a la mujer, se inclina sobre ella y la levanta. Después, al caer la tarde, muchas personas llevan ante él a sus familiares enfermos. El Evangelio dice que Jesús imponía las manos «sobre cada uno». Para él no eran una multitud anónima: cada enfermo tenía un rostro, una historia y un sufrimiento particular. Así nos mira también el Señor. Él conoce el nombre, el dolor y las lágrimas de cada persona.

No siempre recibimos la curación de la manera o en el momento que deseamos. Sin embargo, Cristo nunca abandona al enfermo. Algunas veces concede la recuperación física; otras veces regala fortaleza, serenidad, reconciliación y esperanza para atravesar la prueba. También actúa mediante los médicos, enfermeros, familiares, cuidadores y todas las personas que acompañan con amor.

Cuando la suegra de Simón recuperó la salud, inmediatamente se puso a servir. La gracia recibida se convirtió en servicio. Jesús no nos levanta únicamente para que nos sintamos mejor, sino para que también nosotros ayudemos a levantar a los demás. Quien ha experimentado el consuelo de Dios aprende a consolar; quien ha sido perdonado aprende a perdonar; quien ha sido sostenido en su enfermedad puede comprender con mayor ternura el dolor ajeno.

Finalmente, Jesús se retira a un lugar solitario para orar y después continúa su camino, porque debe anunciar el Reino de Dios en otros lugares. La oración no lo aleja de la misión: le da fuerzas para continuarla. También nosotros necesitamos encontrarnos con el Padre para seguir sembrando, regando, sanando heridas y llevando esperanza.

Pidamos hoy la gracia de trabajar unidos, sin rivalidades, sabiendo que todos somos colaboradores de Dios. Y pongamos especialmente en sus manos a nuestros hermanos enfermos. Que Jesús se acerque a sus camas, toque sus vidas, alivie sus dolores y fortalezca a sus familias. Que les conceda, según su voluntad, la salud del cuerpo y siempre la paz, el consuelo y la esperanza del corazón.

Nosotros sembramos, acompañamos, cuidamos y oramos; pero es Dios quien sana, sostiene y da el crecimiento. Amén.

 

 

lunes, 31 de agosto de 2026

Primero de septiembre del 2026: martes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

La obra revela al Artífice

La belleza y la bondad de la Creación revelan el esplendor del Creador. Su finalidad no es solamente estética: nos abren a la sabiduría y a la bondad de Dios, que sostiene todas las cosas y confía el mundo a nuestro cuidado. Contemplar la Creación es reconocer su presencia, darle gracias y proteger responsablemente cuanto hemos recibido.

 

Primera lectura

1 Cor 2, 10b-16
El hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios; en cambio, el hombre espiritual lo juzga todo

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios. Pues, ¿quién conoce lo íntimo del hombre, sino el espíritu del hombre, que está dentro de él? Del mismo modo, lo íntimo de Dios lo conoce solo el Espíritu de Dios.
Pero nosotros hemos recibido un Espíritu que no es del mundo; es el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que de Dios recibimos.
Cuando explicamos verdades espirituales a hombres de espíritu, no las exponemos en el lenguaje que enseña el saber humano, sino en el que enseña el Espíritu. Pues el hombre natural no capta lo que es propio del Espíritu de Dios, le parece una necedad; no es capaz de percibirlo, porque solo se puede juzgar con el criterio del Espíritu. En cambio, el hombre espiritual lo juzga todo, mientras que él no está sujeto al juicio de nadie. «¿Quién ha conocido la mente del Señor para poder instruirlo?». Pues bien, nosotros tenemos la mente de Cristo.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 10-11. 12-13ab. 13cd-14 (R.: 17a)

R. El Señor es justo en todos sus caminos.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad. 
R.

V. El Señor es fiel a sus palabras,
bondadoso en todas sus acciones.
El Señor sostiene a los que van a caer,
endereza a los que ya se doblan. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Un gran Profeta ha surgido entre nosotros. Dios ha visitado a su pueblo. R.

 

Evangelio

Lc 4, 31-37

Sé quién eres: el Santo de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús bajó a Cafarnaún, ciudad de Galilea, y los sábados les enseñaba.
Se quedaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra estaba llena de autoridad.
Había en la sinagoga un hombre poseído por un espíritu de demonio inmundo y se puso a gritar con fuerte voz:
«¡Basta! ¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Jesús Nazareno? ¿Has venido a acabar con nosotros? Sé quién eres: el Santo de Dios».
Pero Jesús le increpó diciendo:
«¡Cállate y sal de él!».
Entonces el demonio, tirando al hombre por tierra en medio de la gente, salió sin hacerle daño.
Quedaron todos asombrados y comentaban entre sí:
«¿Qué clase de palabra es esta? Pues da órdenes con autoridad y poder a los espíritus inmundos, y salen».
Y su fama se difundía por todos los lugares de la comarca.

Palabra del Señor.

 

*********

 

La obra revela al Artífice

Hermanos, solemos reconocer a un artista por sus obras. Un cuadro, una melodía o una construcción nos hablan de las capacidades, la sensibilidad y hasta de la personalidad de quien los realizó. De una manera mucho más profunda, la belleza y la bondad de la creación nos hablan de Dios. Como dice el título de nuestra reflexión: la obra revela al Artífice.

Cuando contemplamos el cielo, los campos, las montañas, la diversidad de los animales y, especialmente, la dignidad del ser humano, descubrimos que el mundo no es fruto del absurdo. La creación lleva las huellas de la sabiduría y del amor de Dios. Así lo proclama el salmo de hoy: «El Señor es bueno con todos, es cariñoso con todas sus criaturas». Todo cuanto existe está sostenido por su providencia y acompañado por su ternura.

Pero no siempre sabemos mirar. Podemos acostumbrarnos tanto a los dones recibidos que terminamos considerándolos como algo normal o como un derecho adquirido. Dejamos de maravillarnos por el regalo de la vida, por el alimento cotidiano, por la familia, por la amistad, por la posibilidad de servir o por las personas que Dios pone en nuestro camino. La falta de contemplación conduce fácilmente a la ingratitud; en cambio, quien aprende a contemplar descubre motivos para bendecir al Señor incluso en medio de las dificultades.

La primera lectura nos enseña que para reconocer plenamente los dones de Dios necesitamos la luz del Espíritu Santo. San Pablo afirma: «El Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios». La inteligencia humana puede descubrir muchas cosas, pero solo el Espíritu nos ayuda a comprenderlas como dones y llamadas de Dios. Por eso añade el apóstol: «Nosotros hemos recibido el Espíritu que viene de Dios, para que conozcamos los dones que Dios nos ha concedido».

Esta es una afirmación muy importante para nuestra vida espiritual. No basta con tener ojos; necesitamos aprender a mirar con fe. No basta con tener oídos; necesitamos escuchar lo que Dios quiere comunicarnos. No basta con recibir bendiciones; necesitamos reconocer de quién proceden y para qué nos han sido concedidas. El Espíritu Santo nos ayuda a pasar de la simple admiración a la gratitud, y de la gratitud al compromiso. Lo que hemos recibido gratuitamente no puede quedar encerrado en nosotros: debe ponerse al servicio de los demás.

En el Evangelio, Jesús llega a Cafarnaún y enseña con una autoridad que sorprende a todos. Su palabra no es un discurso vacío; posee poder para tocar la vida y liberar a un hombre atormentado por un espíritu impuro. Incluso el demonio reconoce su identidad y exclama: «Sé quién eres: el Santo de Dios».

Las obras de Jesús revelan quién es Él. Su manera de enseñar, de acercarse a los sufrientes, de enfrentarse al mal y de devolver la libertad manifiesta que Dios ha visitado a su pueblo. Jesús no utiliza su autoridad para dominar, humillar o buscar reconocimientos; la emplea para liberar, sanar y devolver a cada persona su dignidad. Esta es la autoridad de Dios: el poder del amor que vence el mal y abre caminos de vida nueva.

También nuestras acciones revelan lo que hay en nuestro corazón. Podemos decir muchas palabras hermosas, pero finalmente nuestras obras muestran si vivimos según el Espíritu de Dios o según los criterios egoístas del mundo. Una palabra de consuelo, una visita al enfermo, una ayuda oportuna, un perdón ofrecido, una colaboración generosa o un servicio realizado discretamente pueden hablar de Dios con mayor fuerza que muchos discursos.

Hoy queremos reconocer precisamente esas obras de amor en nuestros benefactores. Oramos por las personas que, con generosidad, comparten parte de sus bienes, su tiempo, sus conocimientos y sus esfuerzos para sostener la evangelización, acompañar las necesidades de la comunidad y socorrer a quienes atraviesan momentos difíciles. Muchos de ellos ayudan sin buscar reconocimiento; quizá su nombre no aparece públicamente, pero está escrito en el corazón de Dios.

La generosidad de nuestros benefactores es también una forma concreta de la providencia divina. Dios puede alimentar, consolar y sostener a sus hijos mediante las manos abiertas de otras personas. Cuando alguien comparte lo que posee, se convierte en instrumento de la bondad de Dios. Su obra generosa nos permite vislumbrar algo del gran Artífice, porque allí donde existe una caridad auténtica se hace visible la presencia del Señor.

Sin embargo, la oración por nuestros benefactores debe llevarnos también a revisar nuestra propia vida. Todos podemos ser benefactores de alguien. Quizá no todos podamos ofrecer grandes ayudas económicas, pero todos podemos compartir algo: tiempo, escucha, cercanía, conocimientos, trabajo, una palabra de esperanza o una oración sincera. Nadie es tan pobre que no tenga algo para ofrecer, ni tan rico que no necesite recibir de los demás.

Pidamos, entonces, que el Espíritu Santo nos conceda una mirada contemplativa para descubrir las huellas de Dios en la creación, en su Palabra y en las personas que hacen el bien. Que nuestras propias acciones revelen también la bondad del Padre y la autoridad liberadora de Jesucristo.

Pidamos que Dios bendiga abundantemente a nuestros benefactores, recompense su generosidad, proteja sus familias y les conceda cuanto necesitan. Que el Espíritu Santo nos enseñe también a nosotros a reconocer los dones recibidos y a convertir nuestra vida en una obra que revele la belleza, la bondad y la misericordia de nuestro Creador. Amén.

 

 

4 de septiembre del 2026: viernes de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

  Acoger la alegría del Esposo «¿Acaso pueden hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el Esposo está con ellos?». La presencia de Je...