martes, 15 de septiembre de 2026

15 de septiembre del 2026: Bienaventurada Virgen María de los Dolores-memoria obligatoria

 

Testigo de la fe:

Bienaventurada Virgen María de los Dolores

«María participó íntimamente en la pasión de su Hijo. Por eso, fue asociada de una manera única a la gloria de su resurrección…”

Al recordar los dolores de María, contemplamos su amor fiel y su esperanza en medio de la prueba. Al pie de la cruz, permanece junto a Jesús y recibe como hijo al discípulo amado. Su maternidad se abre así a todos los que seguimos a Cristo.

La espada anunciada por Simeón atraviesa su alma, pero no destruye su confianza en Dios. María nos enseña que la fe puede convivir con las lágrimas y que acompañar a quien sufre es una hermosa expresión del amor.

Hoy le confiamos nuestras heridas y las de tantas familias. Que su presencia maternal nos sostenga y nos ayude a permanecer cerca de quienes llevan una cruz pesada, con la esperanza puesta en Cristo resucitado.

 


Primera lectura

Heb 5, 7-9

Aprendió a obedecer, y se convirtió en autor de salvación eterna

Lectura de la carta a los Hebreos.

CRISTO, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial.
Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 2-3a. 3bc-4. 5-6. 15-16. 20 (R.: 17b)

R. Sálvame, Señor, por tu misericordia.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo,
inclina tu oído hacia mí. 
R

V. Sé la roca de mi refugio,
un baluarte donde me salve,
tú que eres mi roca y mi baluarte;
por tu nombre dirígeme y guíame. 
R.

V. Sácame de la red que me han tendido,
porque tú eres mi amparo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. 
R.

V. Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen. 
R.

V. Qué bondad tan grande, Señor,
reservas para los que te temen,
y concedes a los que a ti se acogen
a la vista de todos. 
R.



Secuencia

La Madre piadosa estaba
junto a la cruz y lloraba
mientras el Hijo pendía;
cuya alma, triste y llorosa,
traspasada y dolorosa,
fiero cuchillo tenía.

¡Oh cuán triste y cuán aflicta
se vio la Madre bendita,
de tantos tormentos llena!
Cuando triste contemplaba
y dolorosa miraba
del Hijo amado la pena.

Y ¿cuál hombre no llorara,
si a la Madre contemplara
de Cristo, en tanto dolor?
¿Y quién no se entristeciera,
Madre piadosa, si os viera
sujeta a tanto rigor?

Por los pecados del mundo,
vio a Jesús en tan profundo
tormento la dulce Madre.
Vio morir al Hijo amado,
que rindió desamparado
el espíritu a su Padre.

¡Oh dulce fuente de amor!,
hazme sentir tu dolor
para que llore contigo.
Y que, por mi Cristo amado,
mi corazón abrasado
más viva en él que conmigo.

Y, porque a amarle me anime,
en mi corazón imprime
las llagas que tuvo en sí.
Y de tu Hijo, Señora,
divide conmigo ahora
las que padeció por mí.

Hazme contigo llorar
y de veras lastimar
de sus penas mientras vivo;
porque acompañar deseo
en la cruz, donde le veo,
tu corazón compasivo.

¡Virgen de vírgenes santas!,
llore ya con ansias tantas,
que el llanto dulce me sea;
porque su pasión y muerte
tenga en mi alma, de suerte
que siempre sus penas vea.

Haz que su cruz me enamore
y que en ella viva y more
de mi fe y amor indicio;
porque me inflame y encienda,
y contigo me defienda
en el día del juicio.

Haz que me ampare la muerte
de Cristo, cuando en tan fuerte
trance vida y alma estén;
porque, cuando quede en calma
el cuerpo, vaya mi alma
a su eterna gloria.
Amén.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dichosa es la bienaventurada Virgen María,
que, sin morir, mereció la palma del martirio
junto a la cruz del Señor. 
R

 

Evangelio

 Jn 19, 25-27 (opción 1)

Triste contemplaba y dolorosa miraba del Hijo amado la pena (Stabat Mater)

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

JUNTO a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

Palabra del Señor.


Lc 2, 33-35 (opción 2)

A ti misma una espada te traspasará el alma

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, el padre y la madre de Jesús estaban admirados por lo que se decía del niño.
Simeón los bendijo y dijo a María, su madre:
«Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; y será como un signo de contradicción —y a ti misma una espada te traspasará el alma—, para que se pongan de manifiesto los pensamientos de muchos corazones».

Palabra del Señor.

 

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Hoy es la fiesta de mi Patrona: Nuestra Señora de los Dolores. Desde muy niño, en mi parroquia de Marquetalia, aprendí a apreciar esta advocación de la Madre Dolorosa, que acompaña y se solidariza con su Hijo en el dolor de la cruz. Con el paso de los años, uno va comprendiendo que aquella imagen venerada desde la infancia tiene mucho que decirle a nuestra propia vida. Porque también nosotros hemos llorado, hemos despedido seres queridos y hemos sentido la impotencia de querer aliviar un sufrimiento que no está en nuestras manos evitar.

María nos enseña a permanecer junto a quien sufre. En el Evangelio de san Juan la encontramos de pie junto a la cruz de Jesús. ¡Cuánto amor hay en esa presencia! No puede arrancar los clavos ni detener la crueldad de quienes lo han condenado. Pero está allí. Su Hijo no está solo: su Madre lo acompaña hasta el final.

Hay momentos en los que amar consiste precisamente en eso: quedarse. Quedarse junto a la cama de un enfermo, escuchar a quien necesita desahogarse, acompañar a una familia después del entierro, cuando ya todos han regresado a sus ocupaciones y el silencio de la casa pesa más que nunca. María nos enseña que, aun cuando nos falten las palabras, podemos ofrecer nuestra presencia.

La carta a los Hebreos nos presenta hoy a Jesús ofreciendo oraciones y súplicas «con gritos y lágrimas». Qué consolador resulta saber que el Hijo de Dios también lloró y suplicó. A veces pensamos que tener fe significa mostrarnos siempre fuertes, sin preguntas, sin angustias. Sin embargo, Jesús mismo atravesó el sufrimiento con toda la hondura de su humanidad. Llorar no es dejar de creer; también podemos orar con nuestras lágrimas.

La lectura añade que, siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Esto no significa que antes fuera desobediente, sino que vivió hasta sus últimas consecuencias lo que implica confiar en el Padre y permanecer fiel al amor en medio de la prueba. Su oración fue escuchada: el Padre lo sostuvo y lo condujo, a través de la muerte, a la victoria de la resurrección.

También María recorrió ese camino de confianza. La profecía de Simeón —«a ti misma una espada te traspasará el alma»— encuentra al pie de la cruz toda su profundidad. Aquel niño que había sostenido entre sus brazos está ahora crucificado. Y ella sigue creyendo, aunque no pueda comprenderlo todo.

El salmo de hoy nos presta palabras para esas horas: «Tú eres mi roca y mi fortaleza»; «a tus manos encomiendo mi espíritu». Podemos imaginar cuánto resuenan estas palabras en el corazón de María. Su firmeza nace de su confianza en Dios. También nosotros podemos decirle al Señor: “No entiendo lo que estoy viviendo; me duele y me cuesta. Pero pongo mi vida en tus manos. Sálvame por tu misericordia”.

Y precisamente allí, en medio del dolor, Jesús abre un camino de comunión: «Mujer, ahí tienes a tu hijo»; «Ahí tienes a tu madre». A María le confía el discípulo amado, y al discípulo le confía su Madre. La Iglesia reconoce en este encuentro un regalo que alcanza nuestra propia vida: también nosotros podemos recibir a María en nuestra casa, en nuestra historia, en nuestras heridas.

Acogerla significa aprender de ella a cuidar. La devoción a Nuestra Señora de los Dolores nos lleva a reconocer el sufrimiento de tantos hermanos: las madres que lloran a sus hijos, las familias golpeadas por la violencia, quienes acompañan una enfermedad larga, los ancianos solos y quienes llevan por dentro una tristeza que casi nadie conoce. Nuestra Madre nos invita a acercarnos a ellos con delicadeza y ayuda concreta.

La secuencia de esta celebración expresa el deseo de acompañar a María junto a la cruz y de participar en su dolor. Es una petición para que nuestro corazón se haga sensible al amor de Cristo y al sufrimiento de nuestros hermanos. Que ninguna herida ajena nos resulte indiferente.

Hoy doy gracias por aquella devoción que comenzó en mi infancia, en Marquetalia, y que sigue acompañando mi camino. A nuestra Madre Dolorosa le confío a quienes llevo en el corazón y a cuantos necesitan consuelo.

Madre de los Dolores, enséñanos a permanecer junto a la cruz sin perder la esperanza en la resurrección. Cuando nos falten las fuerzas, acompáñanos; cuando otro hermano sufra, ayúdanos a estar presentes. Y condúcenos siempre a Jesús, tu Hijo, que ha entregado su vida por amor y vive para siempre. Amén.

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

14 de septiembre del 2026: lunes de la vigésima cuarta semana del tiempo ordinario II- Señor de los Milagros de Buga, memoria o fiesta opcional

 

Señor de los Milagros: ¡una Palabra tuya basta!

Celebramos con fe y gratitud la fiesta del Señor de los Milagros de Buga. Al contemplar a Jesús crucificado, reconocemos el amor de Dios que abraza nuestras heridas y sostiene nuestra esperanza. El Evangelio nos invita a acercarnos a él con la humildad y la confianza del centurión: «Señor, una palabra tuya basta para sanar». Presentemos al Señor nuestras familias, a quienes sufren y, especialmente, a nuestros fieles difuntos.

Que esta Eucaristía fortalezca nuestra fe y nos enseñe a cuidar de los demás.

 


Primera lectura

1 Cor 11, 17-26. 33

Si hay divisiones entre ustedes, eso no es comer la Cena del Señor

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Al prescribirles esto, no puedo alabarlos, porque sus
reuniones causan más daño que provecho.
En primer lugar, he oído que cuando se reúne su asamblea
hay divisiones entre ustedes; y en parte lo creo; realmente
tiene que haber escisiones entre ustedes para que se
vea quiénes resisten a la prueba.
Así, cuando se reúnen en comunidad, eso no es comer la
Cena del Señor, pues cada uno se adelanta a comer su
propia cena, y mientras uno pasa hambre, el otro está
borracho.
¿No tienen casas donde comer y beber? ¿O tienen en tan
poco a la Iglesia de Dios que humillan a los que no tienen?
¿Qué quieren que les diga? ¿Que los alabe?
En esto no los alabo.
Porque yo he recibido una tradición, que procede del Señor
y que a mi vez les he transmitido: que el Señor Jesús, en
la noche en que iba a ser entregado, tomó pan y, pronunciando
la Acción de Gracias, lo partió y dijo:
«Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes. Hagan
esto en memoria mía».
Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo:
«Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre; hagan esto
cada vez que lo beban, en memoria mía».
Por eso, cada vez que comen de este pan y beben del cáliz, proclaman la muerte del Señor, hasta que vuelva.
Por ello, hermanos míos, cuando se reúnen para comer espérense unos a otros.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 39, 7-8a. 8b-9. 10. 17 (R.: 1 Cor 11, 26b)

R. Proclamen la muerte del Señor, hasta que vuelva.

V. Tú no quieres sacrificios ni ofrendas,
y, en cambio, me abriste el oído;
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios;
entonces yo digo: «Aquí estoy». 
R.

V. «—Como está escrito en mi libro—
para hacer tu voluntad.
Dios mío, lo quiero, y llevo tu ley en las entrañas». 
R.

V. He proclamado tu justicia
ante la gran asamblea;
no he cerrado los labios, Señor, tú lo sabes. 
R.

V. Alégrense y gocen contigo
todos los que te buscan;
digan siempre: «Grande es el Señor»,
los que desean tu salvación. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito;
todo el que cree en él tiene vida eterna. 
R.

 

Evangelio

Lc 7, 1-10

Ni en Israel he encontrado tanta fe

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, cuando Jesús terminó de exponer todas sus enseñanzas al pueblo, entró en Cafarnaún.
Un centurión tenía enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estimaba mucho. Al oír hablar de Jesús, el centurión le envió unos ancianos de los judíos, rogándole que viniese a curar a su criado. Ellos, presentándose a Jesús, le rogaban encarecidamente:
«Merece que se lo concedas, porque tiene afecto a nuestra gente y nos ha construido la sinagoga».
Jesús se puso en camino con ellos. No estaba lejos de la casa, cuando el centurión le envió unos amigos a decirle:
«Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo; por eso tampoco me creí digno de venir a ti personalmente. Dilo de palabra y mi criado quedará sano. Porque también yo soy un hombre sometido a una autoridad y con soldados a mis órdenes; y le digo a uno: “Ve”, y va; al otro: “Ven”, y viene; y a mi criado: “Haz esto”, y lo hace».
Al oír esto, Jesús se admiró de él y, volviéndose a la gente que lo seguía, dijo:
«Les digo que ni en Israel he encontrado tanta fe».
Y al volver a casa, los enviados encontraron al siervo sano.

Palabra del Señor.

 

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Una palabra tuya basta para sostener nuestra esperanza

 

Hermanos y hermanas:

Hay momentos en los que las palabras se nos acaban. Sucede junto a la cama de un enfermo, cuando recibimos una noticia dolorosa o cuando regresamos a casa después de sepultar a un ser querido. Quisiéramos encontrar una explicación, tener una respuesta, hacer algo para cambiar lo sucedido. Pero descubrimos nuestra fragilidad.

En esos momentos puede brotar una oración muy sencilla: «Señor, yo no puedo con todo esto; me pongo en tus manos». Esa es la confianza que encontramos en el Evangelio. Y con esa confianza celebramos hoy la Eucaristía, encomendando especialmente a nuestros hermanos difuntos.

San Lucas nos presenta a un centurión, un hombre acostumbrado a dar órdenes y a ser obedecido. Sin embargo, tiene en casa un criado gravemente enfermo y ninguna orden suya puede devolverle la salud. Su autoridad tiene un límite. Su poder no alcanza para salvar a alguien a quien estima mucho.

Hay un detalle hermoso: aquel hombre se preocupa por su criado. No lo considera una herramienta que se reemplaza cuando deja de servir. Le importa su vida, le duele su sufrimiento y busca ayuda para él. Su fe se expresa primero como preocupación por otra persona.

También nosotros hemos vivido algo semejante. Cuando alguien de nuestra familia estuvo enfermo, buscamos médicos, conseguimos medicamentos, pasamos noches en vela y elevamos muchas oraciones. Quizás hoy recordamos esos días con gratitud; quizás todavía nos duelen. El Evangelio nos permite reconocer que ese cuidado, aun cuando no logró evitar la muerte, fue una expresión verdadera de amor. No fue inútil acompañar, acariciar, escuchar, permanecer.

El centurión manda pedir ayuda a Jesús. Los intermediarios dicen: «Merece que se lo concedas». Presentan sus buenas obras, como quien lleva una carta de recomendación. Él, en cambio, envía un mensaje distinto: «No soy yo quién para que entres bajo mi techo». No exige un favor como recompensa. Se abandona a la bondad del Señor.

Así oramos también por nuestros difuntos. Recordamos agradecidos lo bueno que hicieron, lo que trabajaron, el cariño que nos dieron y los sacrificios que quizá nunca llegamos a conocer. Pero no presentamos sus méritos como una cuenta que Dios deba pagar. Los confiamos a su misericordia: «Señor, tú conoces su historia entera; perdona sus pecados, purifica cuanto necesite tu gracia y recíbelos en tu paz».

Nuestra esperanza descansa en Jesucristo, muerto y resucitado, que conoce y ama a quienes nosotros seguimos amando.

La primera lectura nos lleva precisamente al corazón de esta esperanza: la Eucaristía. San Pablo recuerda las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros». Y añade que, cada vez que comemos de este pan y bebemos del cáliz, proclamamos la muerte del Señor hasta que vuelva.

Por eso tiene tanto sentido celebrar la Misa por nuestros difuntos. Ponemos sus nombres y sus historias ante el Señor que entregó su vida por nosotros y venció la muerte. En la Eucaristía se hace sacramentalmente presente su única entrega salvadora; a ella unimos nuestra oración, nuestra gratitud y nuestras lágrimas.

Cuando alguien muere, sentimos dolorosamente que ya no podemos hacer muchas cosas por él: prepararle un alimento, llamarlo por teléfono, visitarlo. Pero podemos seguir amándolo mediante la oración. Encomendarlo a Dios es una manera de expresar: «No te olvido; te confío al amor que puede llevarte a la plenitud».

Ahora bien, san Pablo recuerda la institución de la Eucaristía en medio de una fuerte corrección a la comunidad. En Corinto había divisiones. Unos comían abundantemente mientras otros pasaban hambre. Se reunían para celebrar al Señor, pero humillaban a los pobres.

La pregunta de Pablo sigue interpelándonos: ¿cómo recibir el Cuerpo de Cristo y permanecer indiferentes ante el hermano? La presencia real del Señor en la Eucaristía nos llama a reconocer y cuidar a quienes forman su Cuerpo, la Iglesia.

Esto toca también nuestra oración por los difuntos. Honrar su memoria nos compromete con los vivos: acompañar a quien quedó solo, visitar a la madre que sigue llorando, escuchar al hijo que no sabe expresar su tristeza, ayudar a la familia que enfrenta dificultades después de una pérdida.

A veces acompañamos mucho durante la velación y el entierro, pero después llega el silencio. Pasan las semanas y la persona en duelo siente que todos continuaron su vida, mientras ella todavía está tratando de levantarse. La caridad cristiana necesita aprender a permanecer.

Y hay otra pregunta que conviene hacernos: ¿existe alguna reconciliación pendiente en nuestra familia? En ocasiones, después de una muerte aparecen disputas por una casa, un terreno o una herencia; otras veces resurgen heridas antiguas. La Eucaristía nos invita a buscar caminos de verdad, justicia y perdón. Recordar a quienes partieron puede ayudarnos a comprender que el tiempo para amarnos no es ilimitado.

El salmo nos ofrece las palabras para responder: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad».

Decir «aquí estoy» no significa esconder la tristeza ni fingir que todo está bien. Jesús mismo lloró ante la muerte de su amigo Lázaro. Podemos llorar y creer; sentir la ausencia y mantener la esperanza.

Decir «aquí estoy» significa ofrecerle al Señor nuestra vida tal como está: «Aquí estoy, con mi dolor y mis preguntas. Abre mi oído para escucharte. Enséñame a seguir viviendo y a cuidar a quienes todavía caminan conmigo».

Al contemplar al Señor de los Milagros de Buga, vemos a Cristo crucificado, con los brazos abiertos. Su cruz nos recuerda hasta dónde llega su amor. El Señor conoce el sufrimiento desde dentro; ha atravesado la muerte y, resucitado, nos abre el camino de la vida eterna.

Quizás alguien se pregunta: «Si Jesús curó al criado del centurión, ¿por qué no se curó mi familiar, por quien rezamos tanto?». No tenemos una explicación particular para cada pérdida. Pero sí podemos afirmar algo: la muerte de un ser querido no demuestra que nos haya faltado fe ni que Dios haya dejado de amarlo. La curación del criado es un signo del poder salvador de Jesús; la plenitud de su promesa es la resurrección y la vida junto a él.

Dentro de unos momentos diremos antes de comulgar: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme». Hagámoslo con la humildad y la confianza del centurión. Dejemos que esa oración abrace también nuestras heridas, nuestras familias y el recuerdo de nuestros difuntos.

Señor Jesús, te confiamos a quienes han partido de este mundo. Perdona sus faltas y concédeles participar de tu vida eterna. Consuela a quienes lloran su ausencia. Sana nuestras divisiones y haznos atentos al dolor de los demás.

Que esta Eucaristía nos enseñe a vivir unidos, a servir con generosidad y a esperar en ti. Y que un día, por tu misericordia, podamos reunirnos con nuestros hermanos difuntos en la alegría de tu Reino.

Amén.

 

 

 

2

Señor de los Milagros: una palabra tuya basta para sanar

Hermanos y hermanas:

Hoy venimos al encuentro del Señor con nuestra vida real. Algunos llegan agradecidos; otros, preocupados por un diagnóstico, esperando un examen médico o pidiendo fuerzas para continuar un tratamiento. Hay quienes llevan un dolor que se nota y quienes cargan una herida que nadie ve: una tristeza profunda, una dificultad familiar, un sentimiento de culpa o la ausencia de alguien querido.

En esta Eucaristía, al contemplar al Señor de los Milagros de Buga, presentamos todo eso ante Jesús. Pedimos por nuestros enfermos, por la sanación de quienes estamos aquí y por el descanso eterno de nuestros fieles difuntos. Nos reúne la confianza de que el Señor conoce nuestra historia y escucha nuestra oración.

El Evangelio nos presenta a un centurión que tiene enfermo, a punto de morir, a un criado a quien estima mucho. Es un hombre acostumbrado a mandar. Basta una orden suya para que sus soldados obedezcan. Pero ahora se encuentra ante una realidad que no puede controlar: la enfermedad de alguien querido.

También a nosotros nos sucede. Organizamos la vida, hacemos planes y creemos tener muchas cosas aseguradas, hasta que llega una enfermedad y descubrimos nuestra fragilidad. Entonces comprendemos cuánto necesitamos de los demás y cuánto necesitamos de Dios.

Sin embargo, hay algo hermoso en aquel centurión: su preocupación por la vida de su criado. En una sociedad que establecía tantas diferencias entre las personas, él reconoce el valor de quien está a su servicio. Le importa su sufrimiento y se moviliza para buscar ayuda.

Ese es ya un llamado para nosotros. Pedir sanación implica también comprometernos con el cuidado. Nuestra oración por los enfermos se hace concreta cuando acompañamos a una consulta, ayudamos a conseguir un medicamento, escuchamos sin afán o permitimos descansar a quien lleva semanas cuidando a un familiar.

Hay personas que, junto con el dolor de la enfermedad, sufren la soledad. Necesitan tratamiento y también compañía; necesitan que alguien les diga con sus gestos: «Tu vida me importa».

El centurión manda buscar a Jesús. Los ancianos que hablan en su nombre presentan sus méritos: «Merece que se lo concedas». Pero él mismo envía después un mensaje lleno de humildad: «Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo». Y añade: «Dilo de palabra, y mi criado quedará sano».

No viene a exigir; viene a confiar. Reconoce que necesita una ayuda que supera sus propias fuerzas.

Así queremos acercarnos hoy al Señor. Podemos pedirle con toda confianza la curación del cuerpo. Podemos decirle: «Señor, alivia este dolor; ayuda a que este tratamiento dé fruto; devuelve la salud a mi familiar». La fe nos permite expresar nuestros deseos más profundos. Y esa misma fe nos enseña a poner nuestra vida en sus manos, incluso cuando su respuesta no coincide con lo que esperamos.

Jesús se admira de la confianza de aquel hombre. Una confianza que no necesita controlar cada paso ni imponer condiciones: le basta la palabra del Señor.

Dentro de unos momentos, antes de comulgar, nosotros pronunciaremos unas palabras inspiradas en esa fe: «Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme».

Las decimos tantas veces que podríamos pronunciarlas sin advertir su profundidad. Hoy hagámoslas nuestras. Que cada uno piense en aquello que necesita presentar a Jesús: una enfermedad, un miedo, una herida, una relación rota, una lucha que lleva en silencio.

Y aquí conviene recordar algo esencial: toda Eucaristía nos pone en contacto con el amor salvador y sanador de Jesucristo. Hoy hacemos una petición especial por los enfermos, pero en cada Misa es el mismo Señor quien nos reúne, nos habla y se nos da como alimento.

La Eucaristía no es un procedimiento automático para eliminar enfermedades. Es el encuentro sacramental con Cristo muerto y resucitado, que nos comunica su vida. Su gracia alimenta nuestra fe, fortalece la caridad, perdona los pecados veniales y nos ayuda a resistir el mal. Cuando necesitamos reconciliarnos con Dios por un pecado grave, él nos ofrece también el sacramento de la confesión.

El Señor puede conceder la curación física, y por eso se la pedimos. Pero su acción sanadora alcanza también lo más profundo de nuestra persona. Puede sostenernos en medio del dolor, ayudarnos a salir del aislamiento, darnos fuerzas para pedir ayuda, abrir un camino de perdón o renovar una esperanza que creíamos perdida.

Que una enfermedad continúe no significa que haya faltado fe ni que Dios haya abandonado al enfermo. Hay personas de una fe inmensa que siguen viviendo con una enfermedad. En ellas también actúa la gracia de Cristo, dándoles fortaleza y permitiéndoles recibir y ofrecer amor en medio de su fragilidad.

Por eso, la oración camina junto con los tratamientos, los medicamentos y el cuidado profesional. Damos gracias por los médicos, las enfermeras, los terapeutas y todos los que trabajan por aliviar el sufrimiento. Pedimos que puedan realizar su servicio con sabiduría y humanidad.

La primera lectura amplía todavía más nuestra mirada. San Pablo encuentra una comunidad enferma de divisiones. Los cristianos de Corinto se reúnen, pero unos comen abundantemente mientras otros pasan hambre. Celebran juntos, pero no se cuidan mutuamente.

Pablo les recuerda entonces las palabras de Jesús: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros».

Es como si les dijera: «Miren al Señor que están celebrando. Él se entrega por todos. ¿Cómo pueden ustedes despreciarse o dejar a algunos al margen?».

También nuestras comunidades y nuestras familias necesitan sanación. Hay palabras que han herido durante años, silencios que se han convertido en distancias y resentimientos que van endureciendo el corazón. A veces pedimos que el Señor sane nuestro cuerpo, pero nos cuesta dejar que toque nuestra manera de tratar a los demás.

La Eucaristía nos invita a abrirle también esas puertas. Recibir al Señor nos compromete a buscar la reconciliación, a actuar con justicia y a cuidar a los más vulnerables. El perdón puede exigir tiempo y acompañamiento, pero podemos empezar pidiendo la gracia de no alimentar el odio.

San Pablo concluye con una invitación sencilla: «Esperaos unos a otros». ¡Cuánto necesitamos aprender esto! Tener paciencia con quien está débil, respetar el ritmo de quien atraviesa un duelo, acompañar a quien todavía no consigue levantarse. Una comunidad eucarística procura que nadie tenga que sufrir en completo abandono.

El salmo nos ayuda a responder: «Aquí estoy… para hacer tu voluntad».

Hoy podemos decirlo desde nuestra situación concreta: «Aquí estoy, Señor, con mi enfermedad; aquí estoy, con mis preguntas; aquí estoy, con mis fuerzas y mis límites. Abre mi oído para escucharte y enséñame a amar en medio de lo que estoy viviendo».

Esta disponibilidad no nos obliga a esconder las lágrimas. Podemos llorar y confiar. Podemos sentir miedo y seguir rezando. La fe nos permite llevar todo eso ante Dios.

También ponemos hoy en sus manos a nuestros fieles difuntos. Quizás al hablar de sanación alguien recuerda las muchas oraciones que hizo por un ser querido que finalmente murió. Y puede surgir una pregunta dolorosa: «¿Por qué no se curó?».

No tenemos una explicación particular para cada pérdida. Pero la muerte de esa persona no demuestra que nuestras oraciones fueran inútiles. La acompañamos con amor y ahora seguimos amándola al encomendarla a Dios. Nuestra esperanza cristiana alcanza más allá de la salud que podemos recuperar en este mundo: esperamos la resurrección y la vida eterna.

Por eso san Pablo nos recuerda que, al celebrar la Eucaristía, proclamamos la muerte del Señor «hasta que vuelva». Celebramos su entrega salvadora con la mirada puesta en el cumplimiento de su promesa. Le pedimos que perdone y purifique a nuestros difuntos, y los reciba en la plenitud de su paz.

Ante el Señor de los Milagros de Buga, contemplemos los brazos abiertos de Jesús. En ellos podemos confiar nuestra fragilidad. Sus heridas nos recuerdan que conoce el sufrimiento; su resurrección nos asegura que la muerte no tiene la última palabra.

Acerquémonos, entonces, con la confianza del centurión. Pidamos la salud que necesitamos y la gracia de acoger la acción de Dios en nuestra vida. Permitamos que esta Eucaristía nos transforme también en personas capaces de acompañar y cuidar.

Señor Jesús, una palabra tuya basta para sanarnos.

Mira con misericordia a nuestros enfermos. Alivia sus dolores, bendice sus tratamientos y fortalece a quienes los cuidan. Sana nuestras heridas interiores y nuestras relaciones. Ayúdanos a vivir reconciliados contigo y atentos a nuestros hermanos.

Recibe a nuestros fieles difuntos en tu paz y consuela a quienes lloran su ausencia.

Señor de los Milagros, alimenta nuestra fe en esta Eucaristía. Que tu amor nos sostenga en la enfermedad, nos haga generosos en el servicio y nos conduzca a la alegría de la vida eterna.

Amén.

 

sábado, 12 de septiembre de 2026

13 de septiembre del 2026: vigésimocuarto domingo del tiempo ordinario-ciclo A

 

La gracia del perdón y el esfuerzo por la justicia

La llamada apremiante a la indulgencia y la exigencia expresa de justicia parecen contradictorias. Por una parte, las lecturas nos invitan a un perdón sin límites del que, sin embargo, solo Dios es plenamente capaz. Por otra, nos recuerdan que nuestros actos tienen consecuencias y que debemos responder por el mal cometido. ¿Cómo acoger ambas exigencias?

El perdón no suprime la verdad ni la responsabilidad. No le exige a la víctima negar su herida, guardar silencio o seguir expuesta a la violencia. Abre un camino para que el mal sufrido no se convierta en un odio que gobierne toda su existencia. La justicia, por su parte, protege a las personas, reconoce el daño y exige reparación; pierde su sentido cuando se convierte en venganza.

En la parábola, el servidor recibe el perdón de una deuda inmensa, pero niega a su compañero la compasión que acaba de recibir. La gracia recibida no ha transformado su mirada. Jesús nos pregunta así: ¿qué hacemos con la misericordia de Dios? ¿Dejamos que moldee nuestras relaciones?

Perdonar puede requerir tiempo, acompañamiento y nuevos comienzos. La reconciliación supone también que el otro reconozca el mal y se comprometa a cambiar. Pero ya podemos pedirle al Señor que nos libere del deseo de venganza y nos enseñe a buscar una justicia que proteja y ayude a levantarse.

En la Eucaristía acogemos a Cristo, que nos perdona y nos llama a la conversión. Que su gracia nos dé la fuerza para mantener unidas la verdad, la justicia y la misericordia.

 


Primera lectura

Eclo 27, 30 — 28, 7

Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados

Lectura del libro del Eclesiástico.

RENCOR e ira también son detestables,
el pecador los posee.
El vengativo sufrirá la venganza del Señor,
que llevará cuenta exacta de sus pecados.
Perdona la ofensa a tu prójimo
y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados.
Si un ser humano alimenta la ira contra otro,
¿cómo puede esperar la curación del Señor?
Si no se compadece de su semejante,
¿cómo pide perdón por sus propios pecados?
Si él, simple mortal, guarda rencor,
¿quién perdonará sus pecados?
Piensa en tu final y deja de odiar,
acuérdate de la corrupción y de la muerte
y sé fiel a los mandamientos.
Acuérdate de los mandamientos
y no guardes rencor a tu prójimo;
acuérdate de la alianza del Altísimo
y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 102, 1bc-2. 3-4. 9-10. 11-12 (R.: 8)

R. El Señor es compasivo y misericordioso,
lento a la ira y rico en clemencia.


V. Bendice, alma mía, al Señor,
y todo mi ser a su santo nombre.
Bendice, alma mía, al Señor,
y no olvides sus beneficios. 
R.

V. Él perdona todas tus culpas
y cura todas tus enfermedades;
él rescata tu vida de la fosa,
y te colma de gracia y de ternura. 
R.

V. No está siempre acusando
ni guarda rencor perpetuo;
no nos trata como merecen nuestros pecados
ni nos paga según nuestras culpas. 
R.

V. Como se levanta el cielo sobre la tierra,
se levanta su bondad sobre los que le temen;
como dista el oriente del ocaso,
así aleja de nosotros nuestros delitos. 
R.

 

Segunda lectura

Rom 14, 7-9

Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo.
Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor.
Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—:
que se amen unos a otros, como yo los he amado. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 21-35

No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, acercándose Pedro a Jesús le preguntó:
«Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?».
Jesús le contesta:
«No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.
Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así.
El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”.
Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo:
“Págame lo que me debes”.
El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo:
“Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”.
Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía.
Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo:
“¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.
Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda.
Lo mismo hará con ustedes mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Perdonar: dejar que la misericordia nos cambie la vida

 

Queridos hermanos:

Hay una contabilidad que casi todos sabemos llevar, aunque nunca hayamos estudiado matemáticas: la cuenta de las ofensas. Recordamos quién no nos saludó, quién habló mal de nosotros, quién nos quedó debiendo, quién estuvo ausente cuando más lo necesitábamos. A veces olvidamos dónde dejamos las llaves, pero conservamos intacta una frase que nos hirió hace veinte años.

Y cuando discutimos, abrimos el archivo: «Porque usted aquella vez…». «Porque su familia siempre…». «Porque yo todavía me acuerdo…».

Con ese corazón tan humano se acerca Pedro a Jesús: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Pedro quiere ser generoso, pero también quiere saber dónde está el límite. Hasta dónde tiene que llegar y a partir de qué momento puede decir: «¡Se acabó!».

Jesús responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete».

No le está poniendo una tarea de multiplicación. Le está proponiendo otra manera de vivir. Mientras sigamos contando los perdones para saber cuándo podemos empezar a odiar, todavía no hemos comprendido el corazón de Dios.

Esto no significa que perdonar sea fácil. Hay heridas que no se curan con una frase bonita ni con un consejo apresurado. Jesús conoce el dolor humano. Por eso, antes de pedirnos misericordia, nos cuenta una historia sobre la misericordia que hemos recibido.

Un servidor tiene una deuda inmensa, imposible de pagar. Suplica una prórroga, pero recibe algo mucho mayor: su señor le perdona la deuda entera. Podemos imaginar el alivio: recuperar el futuro, respirar otra vez, volver a casa sin aquella condena sobre los hombros.

Sin embargo, al salir encuentra a un compañero que le debe una cantidad mucho menor. Lo agarra por el cuello y exige que le pague. El compañero le suplica con palabras semejantes a las que él acaba de pronunciar. Pero no quiere escucharlo.

¡Qué escena tan dolorosa! Acaba de recibir una misericordia inmensa y no encuentra en sí mismo un poco de compasión.

Le perdonaron la deuda, pero él siguió viviendo como si la misericordia no hubiera ocurrido.

Aquí está una pregunta central para nosotros: ¿hemos permitido que el amor de Dios nos cambie? Porque podemos escuchar que Dios nos ama, confesarnos, comulgar y dar gracias con los labios, mientras seguimos tratando a los demás con la misma dureza.

Podemos pedirle al Señor que comprenda nuestras debilidades y negarnos a comprender las ajenas. Para nosotros solicitamos paciencia; para el otro exigimos castigo inmediato. Nuestra equivocación tiene explicaciones; la del vecino, según nosotros, demuestra que es una mala persona.

La parábola nos invita a reconocernos en ese servidor, sin escondernos detrás de los defectos de nadie.

El salmo de hoy nos ayuda a mirar de nuevo a Dios: su misericordia levanta al caído, sana y abre un porvenir. Su relación con nosotros no consiste en mantener un expediente de acusaciones siempre abierto.

¡Cuánto bien nos haría llevar esa experiencia a nuestras relaciones! Hay hogares donde una persona nunca consigue dejar atrás su error porque alguien se lo recuerda todos los días. Hay matrimonios donde cada discusión vuelve a poner sobre la mesa las heridas de muchos años. Hay comunidades donde a alguien se le sigue llamando por su peor caída, aunque esté haciendo un esfuerzo sincero por cambiar.

Dios nos conoce enteramente y sigue llamándonos a una vida nueva. ¿Por qué nos cuesta tanto permitir que el hermano también tenga un futuro?

Los comentarios que inspiran esta reflexión relacionan el perdón con la alegría. Es una intuición hermosa, siempre que la entendamos bien: quien nos salva es Cristo, y la alegría de sabernos amados puede abrirnos a una vida más misericordiosa.

No se trata de estar sonriendo todo el tiempo. Una persona que atraviesa un duelo, una depresión o una gran preocupación puede vivir muy cerca de Dios. La tristeza no es una falta de fe. Tampoco el perdón depende de sentir de inmediato una emoción agradable.

Se trata de algo más profundo: descubrir que nuestra vida no está definitivamente encerrada en nuestros pecados ni en las heridas recibidas. Dios todavía puede hacer algo nuevo en nosotros.

El servidor de la parábola recibió una nueva oportunidad, pero no permitió que esa gracia transformara su manera de mirar al compañero. La gratitud no llegó a convertirse en compasión.

Y a nosotros también nos puede pasar.

La primera lectura, tomada del Eclesiástico, nos pone ante una contradicción: pedir a Dios sanación mientras alimentamos deliberadamente el resentimiento contra otra persona. Además, nos recuerda que somos mortales.

No para asustarnos, sino para despertarnos.

La vida es demasiado breve para gastarla preparando respuestas hirientes, sosteniendo enemistades y esperando que al otro le vaya mal. A veces, frente a un ataúd, aparecen palabras que debieron decirse mucho antes: «Perdóname». «Gracias». «Te quiero». «Hablemos».

No dejemos siempre para mañana el bien que hoy podemos comenzar.

En nuestra Colombia conocemos las consecuencias de la venganza. Una agresión provoca otra; una familia transmite a sus hijos una enemistad; una comunidad termina acostumbrándose a pensar que la paz llegará cuando desaparezca el contrario.

Esa lógica también entra en la vida cotidiana: en una discusión por un lindero, en el reparto de una herencia, en las diferencias políticas, en un grupo de WhatsApp donde alguien humilla y los demás aplauden.

Ante la ofensa podemos responder agravando el daño: «Me hizo sufrir; ahora sufrirá más». Podemos quedarnos en devolver exactamente lo recibido. O podemos comenzar el camino que Jesús propone: impedir que el mal siga multiplicándose a través de nosotros.

Perdonar es renunciar a convertir mi herida en un arma contra los demás.

Pero conviene decirlo con claridad: perdonar no significa llamar bueno a lo malo, ocultar un delito o permanecer en una situación de maltrato. Se puede perdonar y denunciar; perdonar y exigir reparación; perdonar y establecer una distancia necesaria para proteger la vida.

La reconciliación requiere verdad, disposición de ambas partes y cambios reales. La confianza necesita tiempo y hechos. A quien ha sufrido gravemente no podemos imponerle una reconciliación inmediata ni reprocharle que todavía le duela.

La misericordia cristiana acompaña a la víctima y llama al responsable a convertirse. No le ofrece una excusa para seguir haciendo daño.

San Pablo nos recuerda hoy que nuestra existencia pertenece al Señor. Esto toca también nuestra manera de afrontar los conflictos. Si Cristo orienta mi vida, mi orgullo no puede decidirlo todo. Mi rabia necesita ser escuchada y encauzada, pero no tiene por qué dirigir mis pasos.

Quizá esta semana podamos comenzar con algo concreto: dejar de difundir una historia que desacredita a alguien; reconocer nuestra parte en una discusión; pedir perdón sin añadir enseguida un «pero usted también»; buscar acompañamiento para una herida que solos no sabemos afrontar.

Y si todavía no podemos dar un paso mayor, podemos empezar rezando con sinceridad: «Señor, tú sabes cuánto me duele. No quiero que este dolor se convierta en odio. Ayúdame».

Esa oración ya abre una puerta.

Al acercarnos hoy a la Eucaristía, recordemos que venimos necesitados de misericordia. Recibimos a Jesús, que en la cruz pidió perdón para sus verdugos y que resucitado ofrece paz a sus discípulos.

Que su amor no se quede a la entrada de nuestro corazón. Que llegue hasta nuestras conversaciones, nuestras familias y nuestras decisiones.

Haber sido perdonados puede convertirse en la alegría de ofrecer a otro una nueva oportunidad.

Señor Jesús,
gracias por la paciencia con que acompañas nuestra vida.
Perdona nuestra dureza
y sana las heridas que todavía nos duelen.

Danos valor para reconocer el mal,
humildad para pedir perdón
y libertad para renunciar a la venganza.

Acompaña a quienes han sido heridos,
mueve a los responsables a reparar el daño
y enséñanos a construir una paz verdadera.

Que la misericordia que recibimos en esta Eucaristía
se convierta en misericordia compartida.

Amén.

 

2

 

El perdón y la justicia en la vida Cristiana

 

Queridos hermanos:

A veces, cuando escuchamos hablar del perdón, surge una pregunta muy comprensible: «Padre, ¿entonces hay que dejar que la gente haga lo que quiera? ¿Perdonar significa que nadie responda por el daño que ha causado?». Y, desde el otro lado, alguien pregunta: «Si busco justicia, ¿será que todavía no he perdonado?».

La Palabra de este domingo nos ayuda a caminar entre esas dos inquietudes. El Señor nos llama a perdonar de corazón y, al mismo tiempo, toma muy en serio el sufrimiento de quienes han sido heridos. Su misericordia nos mueve a reconocer el mal, reparar sus consecuencias y abrir caminos de conversión.

Pedro se acerca a Jesús con una pregunta que también podría ser nuestra: «¿Cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Hasta siete veces?». Quiere ser generoso, pero necesita saber hasta dónde. Jesús le responde: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete». No propone llevar una cuenta más larga. Nos invita a dejar de calcular cuándo tendremos derecho a vengarnos.

Para explicarlo, cuenta la historia de un servidor que debe una suma imposible de pagar. Aquel hombre pide tiempo; su señor le concede mucho más: le perdona toda la deuda. Cuando parecía no haber salida, recibe una oportunidad inmensa de comenzar de nuevo.

Sin embargo, apenas sale, encuentra a un compañero que le debe mucho menos, lo agarra por el cuello y exige el pago. Escucha una súplica semejante a la suya, pero no se conmueve. Acaba de recibir compasión y responde con crueldad. Le han cambiado el futuro, pero él no ha permitido que la misericordia le cambie el corazón.

Aquí podemos reconocernos. Le pedimos a Dios paciencia con nuestras caídas, mientras exigimos perfección a los demás. Esperamos que comprenda nuestras circunstancias, pero juzgamos al vecino por una sola equivocación. En la confesión agradecemos una nueva oportunidad; en casa seguimos recordándole al otro lo que hizo hace años. ¿Qué estamos haciendo con el perdón que recibimos?

El salmo 102 nos presenta el corazón del Padre: «El Señor es compasivo y misericordioso». Su ternura nos sostiene; su perdón nos levanta. Dios no disfruta humillándonos ni nos mantiene atados para siempre a nuestros errores. ¡Qué descanso saber que podemos volver a él! Esa confianza puede convertirse en gratitud y en una alegría serena: todavía somos amados, todavía podemos cambiar.

La alegría cristiana nace de esa gracia. No exige sonreír cuando nos duele el alma. Podemos llorar y seguir confiando en Dios. Pero quien se descubre sostenido por su misericordia empieza a comprender que también el hermano necesita una mano para levantarse. El perdón recibido está llamado a convertirse en perdón compartido.

La primera lectura, del Eclesiástico, nos confronta con una contradicción: pedir al Señor que nos cure mientras alimentamos el rencor contra otro. Además, nos recuerda que nuestra vida tiene un final. No busca asustarnos; quiere despertarnos. ¿Vale la pena gastar los años sosteniendo una enemistad? Hay familias donde una herencia divide más de lo que ayuda, hermanos que dejaron de hablarse y heridas que pasan de padres a hijos. La vida es demasiado valiosa para entregársela entera al resentimiento.

Ahora bien, hermanos, el perdón necesita ser comprendido con delicadeza, especialmente cuando hablamos de heridas graves. Perdonar no significa negar lo ocurrido, guardar silencio ante un delito ni permanecer expuesto al maltrato. Se puede perdonar y denunciar; perdonar y pedir reparación; perdonar y establecer una distancia para protegerse.

La justicia debe defender a la víctima y exigir responsabilidad a quien hizo daño. La misericordia llama al culpable a reconocer la verdad y cambiar de vida. Una petición de perdón sincera lleva consigo el propósito de reparar, en la medida de lo posible. No basta decir «perdón» para seguir haciendo exactamente lo mismo.

También conviene distinguir el perdón de la reconciliación. Podemos comenzar a renunciar a la venganza aunque el otro todavía no quiera cambiar. Pero reconstruir una relación requiere la disposición de ambas partes. La confianza vuelve con hechos y puede necesitar mucho tiempo. A quien ha sufrido no le ayudamos apresurándolo ni haciéndolo sentir culpable porque la herida todavía duele.

En Colombia conocemos el daño que deja la lógica de la revancha: «Como me hicieron sufrir, ahora tienen que sufrir ellos». Así el mal encuentra nuevos caminos para continuar. Lo vemos en la violencia, pero también en una pelea por un lindero, en las humillaciones dentro del hogar y en mensajes de redes sociales que convierten al que piensa distinto en un enemigo.

El Evangelio nos llama a interrumpir esa cadena. Buscar la paz exige proteger la vida, escuchar a las víctimas y trabajar por una justicia que no sea venganza disfrazada. Y todos podemos aportar algo: negarnos a difundir una calumnia, evitar un insulto, corregir sin humillar y no alegrarnos de la desgracia ajena. El perdón comienza a hacerse concreto en esas decisiones.

San Pablo nos ofrece en la segunda lectura el fundamento de esta manera de vivir: «Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor». Nuestra existencia le pertenece a Cristo, muerto y resucitado por nosotros. Por eso, el orgullo no puede ser nuestro único consejero, ni la rabia nuestra dueña. Podemos preguntarnos: «Señor, si soy tuyo, ¿cómo quieres que responda a esta herida? ¿Qué paso puedo dar hoy?».

Quizá sea pedir perdón sin añadir enseguida: «Pero usted también». Tal vez sea reconocer una injusticia y devolver lo que no nos pertenece. O buscar acompañamiento para un dolor que solos no sabemos afrontar. Para alguien, el primer paso será una oración muy sencilla: «Señor, todavía me cuesta perdonar. No quiero vivir deseando el mal. Ayúdame». Dios puede trabajar con esa pequeña apertura.

El final de la parábola es severo. Nos advierte que la misericordia no es un asunto secundario. No podemos acoger sinceramente el amor del Padre y cerrar deliberadamente el corazón al hermano. Jesús nos pide un perdón que alcance nuestras decisiones, más allá de las palabras. No compramos la gracia con nuestras buenas obras; dejamos que la gracia recibida produzca frutos.

Dentro de unos momentos rezaremos el padrenuestro y nos acercaremos a la mesa de la Eucaristía. Venimos como hermanos necesitados de perdón. Recibimos a Cristo, que entregó su vida por nosotros y abrió, con su resurrección, un futuro de esperanza. Pidámosle que su amor llegue hasta nuestras heridas y transforme nuestra manera de tratar a los demás.

Señor Jesús, danos humildad para reconocer nuestras faltas y valor para reparar el daño. Acompaña a quienes sufren y libéranos del deseo de venganza. Que tu misericordia nos enseñe a perdonar, a buscar una justicia que proteja la vida y a construir paz desde nuestra propia casa. Amén.

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