SANTO DEL DÍA:
San José Obrero
El
humilde carpintero de Nazaret fue proclamado santo patrono de todos los
trabajadores en 1955.
Una impresión engañosa
Juan 14, 1-6
Períodos de sequedad en la oración, una situación familiar sin salida, un futuro que permanece oscuro: ¿quién no ha experimentado alguna vez la extraña sensación de que Jesús se hubiera retirado como de puntillas? ¡Impresión engañosa! Tal vez ya no sentimos su presencia, pero lo sabemos: Él se ha ido a “prepararnos un lugar” en el corazón de Dios.
Bertrand Lesoing, prêtre de la communauté Saint-Martin
Primera lectura
Hch 13, 26-33
Dios ha cumplido su promesa resucitando a Jesús
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, cuando llegó Pablo a Antioquía de Pisidia, decía en la
sinagoga:
«Hermanos, hijos del linaje de Abrahán y todos ustedes los que temen a Dios: a
nosotros se nos ha enviado esta palabra de salvación. En efecto, los habitantes
de Jerusalén y sus autoridades no reconocieron a Jesús ni entendieron las
palabras de los profetas que se leen los sábados, pero las cumplieron al
condenarlo. Y, aunque no encontraron nada que mereciera la muerte, le pidieron
a Pilato que lo mandara ejecutar. Y, cuando cumplieron todo lo que estaba
escrito de él, lo bajaron del madero y lo enterraron. Pero Dios lo resucitó de
entre los muertos. Durante muchos días, se apareció a los que habían subido con
él de Galilea a Jerusalén, y ellos son ahora sus testigos ante el pueblo.
También nosotros les anunciamos la Buena Noticia de que la promesa que Dios
hizo a nuestros padres, nos la ha cumplido a nosotros, sus hijos, resucitando a
Jesús. Así está escrito en el salmo segundo:
“Tú eres mi Hijo: yo te he engendrado hoy”».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal 2, 6-7. 8-9. 10-11 y 12a (R.: 7bc)
R. Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy.
O bien:
R.
V. «Yo mismo he establecido a mi Rey
en Sion, mi monte santo».
Voy a proclamar el decreto del Señor;
él me ha dicho: «Tú eres mi hijo:
yo te he engendrado hoy. R.
V. Pídemelo:
te daré en herencia las naciones;
en posesión, los confines de la tierra:
los gobernarás con cetro de hierro,
los quebrarás como jarro de loza». R.
V. Y ahora, reyes, sean sensatos;
escarmienten, los que rigen la tierra:
sirvan al Señor con temor,
ríndanle homenaje temblando. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el
Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.
Evangelio
Jn 14, 1-6
Yo soy el camino y la verdad y la vida
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No se turbe su corazón, crean en Dios y crean también en mí. En la casa de mi
Padre hay muchas moradas; si no, se lo habría dicho, porque me voy a
prepararles un lugar. Cuando vaya y les prepare un lugar, volveré y los llevaré
conmigo, para que donde estoy yo estén también ustedes. Y adonde yo voy, ya
saben el camino».
Tomás le dice:
«Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos saber el camino?».
Jesús le responde:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy comienza con una palabra que
necesitamos escuchar muchas veces, especialmente cuando la vida se vuelve
pesada, cuando el alma se cansa, cuando el cuerpo duele, cuando las
preocupaciones nos quitan la paz:
“No se turbe su corazón. Crean en Dios y crean
también en mí.”
Jesús pronuncia estas palabras en la Última Cena.
No las dice en un ambiente fácil. No las dice cuando todo va bien. Las dice
cuando se acerca la traición, la negación de Pedro, la cruz, la dispersión de
los discípulos. Jesús sabe que el corazón de los suyos se va a llenar de miedo.
Sabe que muchos tendrán la impresión de que Él se va, de que los abandona, de
que su presencia desaparece.
Y por eso les dice: “No se turbe su corazón.”
Alguien comentando este evangelio que acabamos de
escuchar habla de una experiencia muy humana y muy espiritual: la impresión de
que Jesús se ha retirado “como de puntillas”. Hay momentos en que uno reza y
parece no sentir nada; momentos en que una familia se complica y no se ve
salida; momentos en que el futuro aparece oscuro; momentos en que la
enfermedad, la depresión, la soledad, el cansancio o la culpa hacen pensar:
“¿Dónde está Dios?”
Pero el Evangelio nos dice que esa impresión puede
ser engañosa. Que no sentir a Dios no significa que Dios se haya ido. Que no
ver la salida no significa que Cristo no esté abriendo camino. Que el silencio
de Dios no siempre es ausencia; muchas veces es una presencia más honda, más
discreta, más misteriosa.
Jesús dice: “Voy a prepararles un lugar.”
No dice: “Me voy para olvidarme de ustedes.”
No dice: “Arréglense como puedan.”
No dice: “Ya no me importan sus lágrimas.”
Dice: “Voy a prepararles un lugar.”
Esta frase es profundamente consoladora, sobre todo
hoy que oramos por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Jesús no desprecia
el sufrimiento humano. Jesús no mira desde lejos al enfermo, al deprimido, al
angustiado, al que carga una culpa, al que no encuentra sentido, al que llora
en silencio. Él mismo pasó por la angustia, por la soledad, por el abandono,
por el dolor físico y moral.
Por eso puede decirnos con autoridad: “No se
turbe su corazón.” No porque no haya problemas, sino porque Él está con
nosotros dentro de los problemas. No porque la cruz desaparezca mágicamente,
sino porque la cruz ya no es un callejón sin salida: en Cristo se convierte en
camino hacia la vida.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos presenta a Pablo anunciando que Dios cumplió su promesa
resucitando a Jesús. Pablo predica a un pueblo que esperaba la salvación, que
había escuchado durante generaciones las promesas hechas a los padres. Y ahora
anuncia que esas promesas no quedaron en palabras vacías: Dios las cumplió
en Cristo resucitado.
Eso es Pascua: saber que Dios no abandona sus promesas.
Que aunque los hombres rechacen, aunque haya injusticia, aunque parezca
triunfar la muerte, Dios tiene la última palabra. Y esa última palabra no es
condena, no es fracaso, no es oscuridad: es vida, resurrección, esperanza.
El salmo de hoy nos hace repetir: “Tú eres mi
Hijo, yo te he engendrado hoy.” Es una palabra dirigida a Cristo, el Hijo
amado, glorificado por el Padre. Pero también, en Él, esa palabra toca nuestra
vida. En Cristo, también nosotros somos hijos amados. Incluso cuando sufrimos.
Incluso cuando fallamos. Incluso cuando nos sentimos inútiles, rotos o
perdidos.
Cuántas personas sufren en el alma porque han
olvidado —o les han hecho olvidar— que son hijos amados de Dios. Cuántas
heridas nacen de sentirse rechazado, abandonado, no valorado, no escuchado.
Cuántas enfermedades del corazón espiritual nacen de haber perdido la certeza
de que tenemos un lugar en el corazón de alguien.
Y hoy Jesús nos dice: “En la casa de mi Padre
hay muchas moradas.”
Hay lugar para ti.
Hay lugar para el enfermo.
Hay lugar para el pecador arrepentido.
Hay lugar para el cansado.
Hay lugar para el que llora.
Hay lugar para el que viene de lejos.
Hay lugar para el que no sabe cómo volver.
Hay lugar para quien sufre en el alma y para quien sufre en el cuerpo.
Esta frase debería curarnos muchas imágenes falsas
de Dios. A veces pensamos que Dios es estrecho, que Dios tiene poco espacio,
que Dios solo recibe a los perfectos, a los fuertes, a los que nunca han caído.
Pero Jesús revela otra cosa: la casa del Padre tiene muchas moradas. El
corazón de Dios es más grande que nuestras miserias. La misericordia de Dios es
más amplia que nuestras culpas. La fidelidad de Dios es más fuerte que nuestras
inconstancias.
Ahora bien, Tomás, con su sinceridad, le dice a
Jesús: “Señor, no sabemos adónde vas, ¿cómo podemos conocer el camino?”
Tomás nos representa. También nosotros muchas veces
no sabemos por dónde ir. No sabemos qué decisión tomar. No sabemos cómo
enfrentar una enfermedad. No sabemos cómo reconstruir una familia herida. No sabemos
cómo salir de una tristeza profunda. No sabemos cómo volver a empezar después
de haber fallado.
Y Jesús no responde con una teoría. No entrega un
mapa complicado. No da una receta fría. Responde con una de las frases más
hermosas del Evangelio:
“Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”
Cristo no solo muestra el camino: Él es el
Camino.
No solo enseña verdades: Él es la Verdad.
No solo promete vida: Él es la Vida.
Por eso, cuando todo se oscurece, no se trata
únicamente de entenderlo todo. Se trata de permanecer unidos a Él. Cuando no
sabemos qué hacer, al menos podemos decir: “Señor, no entiendo, pero confío. No
veo claro, pero me agarro de tu mano. No siento tu presencia, pero creo que
estás preparando un lugar para mí.”
Hoy celebramos también la memoria de San José
Obrero. Y qué bien ilumina San José este Evangelio. José también vivió
momentos oscuros. No entendió todo desde el principio. Tuvo que acoger un
misterio que lo superaba. Tuvo que proteger a María y al Niño. Tuvo que
emigrar, trabajar, sostener, callar, obedecer, confiar.
San José no fue un hombre de discursos largos. Fue
un hombre de fe concreta, de trabajo silencioso, de responsabilidad diaria. En
él vemos que la santidad también se vive en el taller, en la casa, en el
cansancio, en el pan ganado con esfuerzo, en la fidelidad a las pequeñas
tareas.
En este día de San José Obrero, pensemos en quienes
sufren también por causa del trabajo: los desempleados, los mal pagados, los
explotados, los que trabajan enfermos, los que viven con angustia económica,
los que sienten que su esfuerzo no es reconocido. San José nos recuerda que el
trabajo humano tiene dignidad, que no somos máquinas, que cada persona vale más
que lo que produce.
Y pensemos también en quienes ya no pueden trabajar
porque el cuerpo se debilitó, porque la enfermedad llegó, porque los años
pesan, porque el alma se quebró. A ellos también Jesús les dice: “No se
turbe su corazón.” Su valor no depende de su productividad. Su dignidad no
se pierde por estar enfermos. Su vida sigue teniendo un lugar en la casa del
Padre y en el corazón de la Iglesia.
Como es viernes, vivimos también una intención
penitencial. Pero la penitencia cristiana no es tristeza estéril ni castigo sin
esperanza. La penitencia es volver al camino, volver a Cristo, dejar que Él
ordene nuestro corazón. Es reconocer que muchas veces hemos turbado el corazón
de otros con nuestras palabras, con nuestra indiferencia, con nuestras omisiones,
con nuestra falta de caridad.
Pidamos perdón si no hemos acompañado al que sufre.
Pidamos perdón si hemos juzgado al enfermo del alma.
Pidamos perdón si hemos sido duros con quien estaba débil.
Pidamos perdón si hemos olvidado que cada persona herida necesita más
misericordia que reproches.
Y al mismo tiempo, pidamos la gracia de ser para
otros una pequeña señal de la casa del Padre: una palabra que consuela, una
visita, una oración, una ayuda concreta, una escucha paciente, una presencia
humilde.
Hermanos, Cristo no se ha ido para abandonarnos. Ha
ido a prepararnos un lugar. Y mientras caminamos hacia ese lugar, Él mismo
sigue siendo nuestro Camino, nuestra Verdad y nuestra Vida.
Que San José Obrero nos enseñe a confiar en
silencio, a trabajar con dignidad, a cuidar la vida frágil, a proteger a los
que Dios nos confía.
Y que el Señor Jesús, médico del alma y del cuerpo,
mire hoy con ternura a todos los que sufren. Que sostenga a los enfermos,
consuele a los tristes, levante a los caídos, perdone nuestras faltas y nos
conceda caminar, aun en medio de la oscuridad, con esta certeza pascual:
En la casa del Padre hay lugar para nosotros. Y
Cristo mismo nos conduce hacia allí. Amén.
Fiesta de San José Obrero
Jesús vino a su pueblo natal y enseñaba a la gente en su
sinagoga. Se asombraron y dijeron: “¿De dónde saca este hombre tanta
sabiduría y proezas? ¿No es el hijo del carpintero?
El 8 de diciembre de 2020, el Papa Francisco anunció el inicio de
la celebración universal del “Año de San José”. Presentó este año con una
Carta Apostólica titulada “Con Corazón de Padre”. En la introducción a esa
carta, el Santo Padre dijo: “Cada uno de nosotros puede descubrir en José, el
hombre que pasa desapercibido, una presencia diaria, discreta y escondida, un
intercesor, un apoyo y una guía en tiempos de dificultad”.
El Evangelio anterior, tomado de las lecturas de este memorial,
señala el hecho de que Jesús era “el hijo del carpintero”. José era un
trabajador. Trabajó con sus manos como carpintero para proveer a las
necesidades diarias de la Santísima Virgen María y del Hijo de Dios. Les
proporcionó un hogar, comida y las demás necesidades diarias de la
vida. José también los protegió a ambos siguiendo los diversos mensajes
del ángel de Dios que le habló en sueños. José cumplió sus deberes en la
vida de manera tranquila y oculta, sirviendo en su papel de padre, esposo y
trabajador.
Aunque José es universalmente reconocido y honrado hoy en día
dentro de nuestra Iglesia e incluso como una figura histórica mundial
prominente, durante su vida habría sido un hombre que pasó desapercibido en
gran medida. Habría sido visto como un hombre ordinario que cumplía con su
deber ordinario. Pero en muchos sentidos, eso es lo que hace de San José
un hombre ideal a imitar y una fuente de inspiración. Muy pocas personas
están llamadas a servir a otros en el centro de atención. Muy pocas
personas son elogiadas públicamente por sus deberes cotidianos. Los
padres, especialmente, a menudo no son apreciados en gran medida. Por eso,
la vida de san José, esta vida humilde y escondida vivida en Nazaret, sirve de
inspiración a la mayoría de las personas para su propia vida cotidiana.
Si tu vida es algo monótona, oculta, poco apreciada por las masas,
tediosa e incluso aburrida a veces, entonces busca inspiración en San
José. El memorial de hoy honra especialmente a José como un hombre que
trabajó. Y su trabajo era bastante ordinario. Pero la santidad se
encuentra especialmente en las partes ordinarias de nuestra vida
diaria. Elegir servir, día tras día, con pocos o ningún elogio terrenal,
es un servicio de amor, una imitación de la vida de San José y una fuente de tu
propia santidad en la vida. No subestimes la importancia de servir de
estas y otras formas ordinarias y ocultas.
Reflexiona, hoy, sobre la vida cotidiana ordinaria y “ordinaria”
de San José. Si encuentra que su vida es similar a lo que él habría
experimentado como trabajador, cónyuge y padre, entonces regocíjese por ese
hecho. Alegraos de que también vosotros estáis llamados a una vida de
santidad extraordinaria a través de los deberes ordinarios de la vida
diaria. Hazlos bien. Hazlos con amor. Y hacedlas por inspiración
de san José y de su esposa, la santísima Virgen María, que habrían compartido
esta cotidianidad ordinaria. Sabed que lo que hacéis cada día, cuando lo
hacéis por amor y servicio a los demás, es para vosotros el camino más seguro
hacia la santidad de vida.
Jesús mío, Hijo del carpintero, te doy gracias por el don y la
inspiración de tu padre terrenal, San José. Te agradezco por su vida ordinaria
vivida con gran amor y responsabilidad. Ayúdame a imitar su vida
cumpliendo bien mis deberes diarios de trabajo y servicio. Que reconozca
en la vida de San José, un modelo ideal para mi propia santidad de
vida. San José Obrero, ruega por nosotros. Jesús, en Ti confío.


