miércoles, 3 de junio de 2026

San Andrés en el corazón: dos años de misión entre el mar, la fe y la gratitud

 

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”
Salmo 126

 




Era el 8 de marzo de 2024. Recuerdo bien aquella fecha porque, sin saberlo, ese día se abría una nueva página en mi historia sacerdotal y misionera. Estábamos en un compartir de vicaría, en un ambiente fraterno, sencillo, de esos encuentros donde uno conversa, escucha, se ríe, comparte la mesa y también la vida. En medio de aquel momento, nuestro obispo, Monseñor Hency Martínez, nos comentó que había llegado una invitación del obispo del Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina: se necesitaba algún sacerdote que quisiera ir a ofrecer su servicio pastoral en aquella jurisdicción insular, tan hermosa como necesitada de presencia sacerdotal.

No lo pensé demasiado. O mejor: creo que lo pensé con el corazón.

Apenas escuché la propuesta, levanté la mano. Así, de una. Manifesté que deseaba ir. No hubo grandes cálculos, ni largas deliberaciones, ni análisis complicados. Simplemente sentí que allí podía haber un llamado de Dios. Y uno, después de tantos años de ministerio, aprende —o debería aprender— que algunas llamadas del Señor no llegan con truenos ni relámpagos, sino con una invitación sencilla, dicha casi al pasar, pero capaz de mover la vida.

En ese momento yo era párroco de la comunidad de San Francisco de Asís, en el corregimiento de La Danta, donde llevaba ya cuatro años y poco más de un mes. Había aprendido a querer aquella comunidad, sus luchas, su gente, sus ritmos, sus rostros. Pero la vida sacerdotal, cuando se vive en clave de misión, tiene siempre algo de tienda de campaña: uno planta, riega, acompaña, ama… y un día el Señor dice: “levántate y ve”.

Monseñor Hency, al ver mi disposición, se comunicó inmediatamente con Monseñor Jaime Uriel Sanabria, Vicario Apostólico de las islas, para contarle que había un sacerdote interesado. Enseguida me pasó el teléfono. Monseñor Jaime me saludó con amabilidad, me hizo algunas preguntas, quiso conocer un poco mi disponibilidad y mis motivaciones. Yo, con entusiasmo, le manifesté mi deseo de ir a servir allí.

Así comenzaron las cosas. Sin ruido. Sin demasiada planeación humana. Con esa mezcla de incertidumbre y confianza que suele acompañar las verdaderas aventuras de Dios.

Celebré la Semana Santa en mi parroquia, entregué la administración y me dispuse a partir. Finalmente, el 2 de mayo de 2024, llegué a San Andrés Isla. El avión aterrizó casi a las cuatro de la tarde en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla. Allí me recibió Monseñor José Archbold, quien desde el primer momento me acogió con esa mezcla de seriedad, experiencia, cordialidad y sabiduría pastoral que tanto agradezco. Me llevó enseguida a saludar a Monseñor Jaime Sanabria, y también pude encontrarme con algunos sacerdotes que estaban por la Curia en ese momento.

Aquella misma noche acompañé a Monseñor José en la Eucaristía. Como era jueves, también participé con él en la Hora de Adoración. De ese modo, mi llegada no fue turística, sino eucarística. No llegué primero a conocer playas, paisajes o sitios emblemáticos; llegué al altar, al Sagrario, al encuentro con la comunidad orante. Y tal vez esa fue la mejor manera de comenzar.

Supe entonces que la parroquia se llamaba Santa María Estrella del Mar, un nombre profundamente bello y significativo para una comunidad rodeada por el azul inmenso del Caribe. Estaba ubicada en la parte sur de la isla, en el sector de San Luis, una comunidad de fuerte identidad raizal, marcada por su historia, su lengua, su cultura, su música, sus tradiciones y su profunda religiosidad.

Durante dos años y veinticinco días, tuve la gracia de compartir la vida y la fe con las comunidades del Vicariato. Apoyé al párroco en la celebración de las Eucaristías, en la atención pastoral ordinaria y también en la apertura y consolidación de una experiencia misionera en el sector de Nueva Guinea. A esta misión se le dio el nombre de San Pedro Claver, evocando al santo que supo reconocer la dignidad de los hermanos afrodescendientes y servir a Cristo en ellos.

Allí se mantuvieron durante mi estadía dos pequeñas comunidades eclesiales: New Hope, es decir, Nueva Esperanza, y Los Hijos de Abraham. Cada lunes procuramos acompañar estos grupos con fidelidad, paciencia y cariño pastoral. No siempre se trataba de grandes multitudes ni de estructuras complejas. Muchas veces la Iglesia crece así: en pequeños grupos, en casas, en encuentros sencillos, en la Palabra compartida, en una oración humilde, en un saludo, en una visita, en una silla puesta para escuchar.

Y comprendí una vez más que la misión no consiste únicamente en hacer muchas cosas, sino en estar. Estar con la gente. Estar con fe. Estar con respeto. Estar con el oído abierto y el corazón disponible. Estar allí donde la Iglesia necesita una presencia que recuerde que Dios no abandona a su pueblo.

También tuve la oportunidad de acompañar, por deseo de mi párroco, a la comunidad educativa del colegio Philippe Beckman, en el sector. Allí compartimos Eucaristías y algunas charlas en tiempos fuertes de la liturgia. Siempre he creído que el mundo educativo es una tierra sagrada. Allí se siembran no solo conocimientos, sino valores, preguntas, sueños, búsquedas y heridas. Estar cerca de niños, adolescentes, jóvenes, profesores y familias es también una forma preciosa de evangelización.

Cuando pude, acompañé igualmente los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera, así como el grupo juvenil. Ver a los niños y jóvenes acercarse a la fe, con sus preguntas, sus energías, sus dudas y sus talentos, confirma que la Iglesia no puede cansarse de sembrar. Quizás uno no siempre ve los frutos inmediatos, pero el Evangelio tiene su propio calendario. Dios sabe cuándo germina cada semilla.

Una de las pastorales más fuertes, constantes y profundamente humanas fue, sin duda, la visita y asistencia a los enfermos y ancianos. Durante año y medio tuve la oportunidad de compartir con poco más de una veintena de personas, visitándolas cada miércoles. Allí, en la habitación del enfermo, en la casa del anciano, junto a una cama, frente a una mirada cansada o una sonrisa agradecida, uno vuelve a descubrir el centro del ministerio sacerdotal.

Porque el sacerdote no está solamente para predicar desde el ambón o presidir desde el altar. Está también para llevar consuelo, escuchar silencios, bendecir lágrimas, ungir fragilidades, acompañar soledades y recordar, con su pobre presencia, que Cristo sigue pasando por las casas de su pueblo.

¡Cuánto me enseñaron esos enfermos y ancianos! Algunos hablaban poco, otros contaban su historia con detalle. Algunos esperaban la comunión con emoción; otros simplemente agradecían que alguien llegara. En ellos encontré una cátedra silenciosa de paciencia, de fe, de humanidad y de esperanza.

También pude compartir temas de formación catequética con catequistas y diversos grupos apostólicos, entre ellos la Legión de María. Siempre he valorado mucho estos espacios porque la fe necesita ser alimentada, pensada, profundizada y celebrada. Una comunidad que se forma es una comunidad que aprende a amar mejor, a servir mejor y a dar razón de su esperanza.


La misión me llevó además a Providencia, una isla entrañable, herida y resucitada tantas veces por la fuerza de su gente. Tuve la oportunidad de acompañar comunidades allí en julio de 2025, y luego nuevamente en enero, abril y mayo de 2026. Providencia tiene algo especial: una belleza que no se queda en el paisaje, sino que se transparenta en la dignidad de sus habitantes, en su capacidad de resistir, reconstruir y seguir creyendo.

Mirando hacia atrás, descubro que esta experiencia en el Vicariato me conectó con otras etapas de mi vida misionera. El ambiente afrocaribeño, la cultura raizal, la música, la oralidad, la fuerza de la comunidad, el mar como horizonte y símbolo, todo ello me recordó experiencias anteriores: Buenaventura en 1991, mi paso por Camerún y otros países africanos entre 2003 y 2007. Hay culturas que, aunque distintas entre sí, comparten una manera profunda de celebrar la vida, llorar las pérdidas, resistir las adversidades y abrirse a Dios con una sensibilidad especial.

Por eso, San Andrés, Providencia y Santa Catalina no fueron para mí simplemente un destino pastoral. Fueron una escuela. Una escuela de misión, de humildad, de adaptación, de escucha y de gratitud. Me ayudaron a comprender nuevamente que la Iglesia es verdaderamente católica no porque uniforma, sino porque abraza la diversidad de pueblos, lenguas, acentos, memorias y caminos.

El pasado 28 de mayo de 2026, después de dos años y veinticinco días de experiencia con las comunidades isleñas del Vicariato, me despedí del obispo, de las comunidades, de los hermanos sacerdotes, de los diáconos, de tantos laicos y laicas que durante este tiempo me brindaron su amistad, su apoyo y su confianza. Las despedidas nunca son fáciles cuando uno ha compartido la fe, la mesa, la oración, las alegrías y también las preocupaciones. Pero en la vida sacerdotal despedirse no significa borrar, sino agradecer. No significa cerrar el corazón, sino llevar dentro lo vivido.

Hoy regreso a mi diócesis de origen, La Dorada-Guaduas, en la cual me incardiné entre 2022 y 2023. Vuelvo con la maleta cargada de recuerdos, rostros, nombres, aprendizajes y bendiciones. Vuelvo con la certeza de que nada de lo vivido ha sido casualidad. Dios va tejiendo la historia con hilos que a veces solo entendemos después.

Por eso, más que hacer un balance administrativo o pastoral, quiero elevar una acción de gracias. Gracias al Señor por haberme permitido vivir esta experiencia. Gracias por haberme llevado una vez más a una tierra distinta, a una cultura concreta, a una Iglesia necesitada y viva. Gracias por las Eucaristías celebradas, por las Horas Santas compartidas, por las visitas a los enfermos, por las comunidades pequeñas, por las conversaciones sencillas, por los niños, jóvenes, catequistas, legionarias, familias, ancianos, benefactores, servidores y amigos.

Gracias a Monseñor Hency Martínez, por haber acogido mi disponibilidad y facilitar este envío. Gracias a Monseñor Jaime Uriel Sanabria, por recibirme en el Vicariato y permitirme servir en esta porción del Pueblo de Dios. Gracias a Monseñor José Archbold, por su acogida, su confianza, su experiencia compartida y por permitirme acompañar la vida pastoral de Santa María Estrella del Mar. Gracias a los sacerdotes, diáconos, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos que hicieron más fraterno este camino.

Gracias también a mi familia, que siempre ha acompañado mis idas y venidas, mis cambios, mis misiones, mis silencios y mis cansancios. Gracias a las comunidades con las que he compartido aquí y allá, a quienes han orado por mí, a quienes me han apoyado espiritual y materialmente, a quienes me han animado en los momentos de dificultad y a quienes han comprendido que el sacerdote no se pertenece del todo a sí mismo, porque su vida está puesta al servicio de Dios y de los hermanos.

Me voy de las islas, pero las islas no se van de mí.

Quedan en mi memoria el azul del mar, la brisa de San Luis, los rostros de los enfermos, la fe de las comunidades, la esperanza de Nueva Guinea, el nombre hermoso de Santa María Estrella del Mar, la fortaleza de Providencia, la identidad raizal, las voces, los cantos, las celebraciones, los saludos, las despedidas y tantas pequeñas escenas que, aunque quizá no aparezcan en ninguna crónica oficial, quedan escritas en el corazón.

Al final, uno descubre que la misión no es solamente lo que uno entrega. La misión es también —y quizá sobre todo— lo que uno recibe. Yo llegué a San Andrés creyendo que iba a dar un aporte. Y sí, con mis límites, traté de hacerlo. Pero hoy reconozco que recibí mucho más: recibí cariño, confianza, aprendizaje, paciencia, fe sencilla, nuevos amigos y una confirmación interior de que vale la pena seguir diciendo sí.

Que el Señor bendiga infinitamente al Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Que bendiga a sus pastores, a sus comunidades, a sus familias, a sus enfermos, a sus jóvenes, a sus ancianos, a sus niños, a sus catequistas, a sus servidores y a todo el pueblo raizal y residente que peregrina en esas islas amadas.

Y que Santa María, Estrella del Mar, siga guiando la barca de esa Iglesia particular, para que en medio de las aguas, los vientos y los desafíos, nunca falte la luz de Cristo, puerto seguro, esperanza viva y Señor de toda misión.

Gracias, Señor, por estos dos años de gracia.
Gracias por enviarme.
Gracias por sostenerme.
Gracias por permitirme amar y ser amado en tu nombre.

Dios les bendiga infinitamente.

 

martes, 2 de junio de 2026

3 de junio del 2026: miércoles de la novena semana del tiempo ordinario-II-San Carlos Lwanga y compañeros mártires, memoria obligatoria

 

SANTO DEL DÍA:
San Carlos Lwanga y sus compañeros

Siglo XIX. De 1885 a 1887, veintidós jóvenes cristianos de Uganda —entre ellos el jefe de los pajes, Carlos Lwanga— fueron quemados vivos por orden del rey Mwanga, quien veía en esta religión desconocida una amenaza para su trono. Fueron canonizados en 1964.

 

No ceder al miedo

(Timoteo 1, 1-3.6-12) Porque Dios no nos ha dado un espíritu de temor, sino un espíritu de fortaleza, de amor y de prudencia.”

Estas palabras nos invitan a trabajar sobre nuestros miedos en un contexto histórico desestabilizador: el miedo que paraliza o descontrola e impide avanzar; el miedo que nos encierra en nosotros mismos y aplasta la solidaridad; el miedo que engendra vergüenza y lleva a huir de las propias responsabilidades.
Fortaleza, amor y prudencia son dones del Espíritu que debemos hacer fructificar en la confrontación con la Palabra, para el anuncio del Evangelio.
Emmanuelle Billoteau, ermitaña


Primera lectura

2 Tim 1, 1-3. 6-12

Reaviva el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos

Comienzo de la segunda carta del apóstol san Pablo a Timoteo.

PABLO, apóstol de Cristo Jesús por voluntad de Dios para anunciar la promesa de vida que hay en Cristo Jesús, a Timoteo, hijo querido: gracia, misericordia y paz de parte de Dios Padre y de Cristo Jesús, Señor nuestro.
Doy gracias a Dios, a quien sirvo, como mis antepasados, con conciencia limpia, porque te tengo siempre presente en mis oraciones noche y día.
Por esta razón te recuerdo que reavives el don de Dios que hay en ti por la imposición de mis manos, pues Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.
Así pues, no te avergüences del testimonio de nuestro Señor ni de mí, su prisionero; antes bien, toma parte en los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios.
Él nos salvó y nos llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del Evangelio.
De este Evangelio fui constituido heraldo, apóstol y maestro. Esta es la razón por la que padezco tales cosas, pero no me avergüenzo, porque sé de quién me he fiado, y estoy firmemente persuadido de que tiene poder para velar por mi depósito hasta aquel día.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 122, 1b-2b. 2cdefg (R.: 1b)

R. A ti, Señor, levanto mis ojos.

V. A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.
Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores. 
R.

V. Como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre. R.

 

Evangelio

Mc 12, 18-27

No es Dios de muertos, sino de vivos

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, se acercan a Jesús unos saduceos, los cuales dicen que no hay resurrección, y le preguntan:
«Maestro, Moisés nos dejó escrito: “Si a uno se le muere su hermano, dejando mujer pero no hijos, que se case con la viuda y dé descendencia a su hermano”.
Pues bien, había siete hermanos: el primero se casó y murió sin hijos; el segundo se casó con la viuda y murió también sin hijos; lo mismo el tercero; y ninguno de los siete dejó hijos. Por último murió la mujer.
Cuando llegue la resurrección y resuciten, ¿de cuál de ellos será mujer? Porque los siete han estado casados con ella».
Jesús les respondió:
«¿No están equivocados, por no entender la Escritura ni el poder de Dios? Pues cuando resuciten, ni los hombres se casarán ni las mujeres serán dadas en matrimonio, serán como ángeles del cielo.
Y a propósito de que los muertos resucitan, ¿no han leído en el libro de Moisés, en el episodio de la zarza, lo que le dijo Dios: “Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob”? No es Dios de muertos, sino de vivos. Están muy equivocados».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta una escena de controversia. Se acercan a Jesús unos saduceos, grupo religioso que no creía en la resurrección, y le plantean un caso complicado, casi absurdo, para ridiculizar la fe en la vida eterna. No buscan sinceramente la verdad; quieren poner a Jesús en aprietos.

Pero la respuesta del Señor va directamente al corazón del problema:
“Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.”

Esta frase también puede iluminar nuestra vida. Muchas veces nos equivocamos no porque seamos malos, sino porque pretendemos entenderlo todo desde nuestros propios esquemas. Queremos encerrar a Dios dentro de nuestra lógica, dentro de nuestras ideas, dentro de nuestras preguntas humanas. Y cuando Dios no cabe en nuestros cálculos, entonces pensamos que Dios no actúa, que Dios no responde, que Dios está ausente.

Los saduceos pensaban la resurrección como una simple continuación de esta vida terrena. Por eso Jesús les muestra que la vida futura no es una copia de esta vida, sino una realidad nueva, transformada por el poder de Dios. La resurrección no es volver a lo mismo; es entrar en la plenitud de Dios. Por eso Jesús afirma:
“Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.”

Esta es una palabra de enorme esperanza. Nuestro Dios no es Señor de tumbas cerradas, sino de vidas abiertas a la eternidad. No es un Dios que abandona a sus hijos en la muerte, sino el Dios fiel que sostiene la vida incluso cuando nuestros ojos solo ven pérdida, dolor o silencio.

La primera lectura nos ayuda a profundizar esta confianza. San Pablo escribe a Timoteo desde la prueba, desde el sufrimiento, desde la experiencia de persecución. Y, sin embargo, no habla como un derrotado. Le recuerda a Timoteo:
“Reaviva el don de Dios que recibiste.”
Y añade:
“Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.”

Qué palabras tan necesarias para nosotros. La fe no elimina automáticamente las dificultades, pero nos da una fuerza interior para atravesarlas. La fe no nos ahorra las lágrimas, pero nos enseña a llorar con esperanza. La fe no nos libra siempre del miedo, pero nos recuerda que no estamos solos.

Por eso Pablo puede decir:
“Sé de quién me he fiado.”
Esta es una de las frases más hermosas de toda la Escritura. No dice: “Sé todo lo que va a pasar”. No dice: “Tengo explicaciones para todo”. Dice: “Sé de quién me he fiado.” Esa es la verdadera sabiduría cristiana: no entenderlo todo, pero confiar en Aquel que lo sostiene todo.

El salmo también nos enseña esta actitud espiritual:
“A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.”
El creyente no vive con la mirada hundida solamente en sus problemas. Levanta los ojos. Mira a Dios. Espera de Él misericordia. El salmista se compara con los siervos que miran la mano de su señor, aguardando una señal, una ayuda, una palabra. Así también nosotros estamos llamados a mirar al Señor con humildad, especialmente cuando no comprendemos sus caminos.

Hoy celebramos la memoria de San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que renunciar a Cristo y traicionar su conciencia. Ellos sí entendieron el poder de Dios. No porque fueran invulnerables, sino porque dejaron que el Espíritu venciera en ellos el miedo. Humanamente eran frágiles; espiritualmente fueron fuertes. Su martirio nos recuerda que la fe no es teoría, sino entrega; no es solo doctrina aprendida, sino vida ofrecida.

Ellos hicieron realidad lo que Pablo decía a Timoteo: no recibieron un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, amor y dominio de sí. En medio de la persecución, supieron levantar los ojos al cielo. En medio de la amenaza de muerte, creyeron en el Dios de la vida.

También nosotros, en menor o mayor medida, enfrentamos pruebas: enfermedades, duelos, cansancios, incertidumbres familiares, crisis personales, heridas interiores. Y en esas situaciones podemos caer en la tentación de “pensar, pensar y pensar”, queriendo resolverlo todo con la mente, pero olvidando la oración. Pensar es necesario, pero no basta. La oración nos pone en otra actitud: no solo analizamos la vida, sino que dejamos que Dios la ilumine.

Orar es reconocer humildemente: “Señor, yo no lo entiendo todo. Yo no puedo controlarlo todo. Pero quiero confiar en Ti. Enséñame a mirar con tus ojos. Enséñame a esperar con tu esperanza.”

Pidamos hoy esa gracia: no vivir engañados por nuestros miedos, por nuestros cálculos o por nuestras falsas seguridades. Pidamos conocer mejor las Escrituras y confiar más en el poder de Dios. Que el Señor reavive en nosotros el don de la fe. Que, como San Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado.” Que, como el salmista, levantemos nuestros ojos al cielo. Y que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles al Dios vivo, al Dios que no abandona, al Dios que resucita.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de hoy nos pone frente a una realidad que todos conocemos: el miedo. Miedo al sufrimiento, miedo al fracaso, miedo a la enfermedad, miedo a la muerte, miedo al futuro. Y, sin embargo, San Pablo le recuerda a Timoteo una verdad profunda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de dominio de sí”.

Pablo no escribe estas palabras desde la comodidad. Él mismo está preso, encadenado, sufriendo por causa del Evangelio. Pero no se presenta como un derrotado. Al contrario, dice con firmeza: “Sé de quién me he fiado”. Esta frase podría ser el lema de todo creyente. La fe no consiste en saberlo todo, ni en tener todas las respuestas, ni en no sentir temor. La fe consiste en saber en quién hemos puesto nuestra confianza.

Y aquí aparece una luz muy bella para este día en que oramos por nuestros enfermos. Muchas veces la enfermedad nos hace sentir frágiles, dependientes, vulnerables. Puede despertar preguntas, angustias, cansancios y hasta momentos de oscuridad espiritual. Pero la Palabra nos recuerda que Dios no abandona a sus hijos en la prueba. Él no siempre quita inmediatamente la cruz, pero sí da la fuerza para cargarla. No siempre evita la noche, pero enciende una lámpara en medio de ella.

Por eso el salmo nos hace decir: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo”. Esa es la actitud del creyente: levantar los ojos. No vivir mirando solamente el dolor, la enfermedad, el problema o la tumba, sino mirar más alto. Levantar los ojos hacia Dios, como el servidor mira la mano de su señor, esperando misericordia, auxilio y consuelo.

En el Evangelio, los saduceos se acercan a Jesús con una pregunta tramposa sobre la resurrección. Ellos no creen en la vida eterna y quieren ridiculizar la esperanza. Pero Jesús les responde con fuerza: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos”.

Esta frase es el corazón del Evangelio de hoy. Nuestro Dios no es un Dios que abandona en la muerte. No es un Dios de sepulcros cerrados, sino de vida plena. Para Jesús, la resurrección no es una idea bonita para consolar a los tristes; es una verdad fundada en la fidelidad de Dios. Si Dios ama, no ama por un rato. Si Dios llama hijos a los suyos, no los llama hijos solo hasta la muerte. Su amor es más fuerte que el sepulcro.

Hoy celebramos también a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que prefirieron morir antes que traicionar su fe y su dignidad. Ellos nos enseñan que la fe verdadera no se reduce a palabras piadosas; la fe se demuestra cuando llega la hora de la prueba. Ellos no cedieron al miedo, porque sabían en quién habían puesto su confianza. Su martirio nos recuerda que el Espíritu Santo puede hacer fuerte al débil, valiente al temeroso y fiel al perseguido.

Hermanos, la muerte, la enfermedad y el sufrimiento no tienen la última palabra. La última palabra la tiene Dios. Y esa palabra es vida. Esa palabra es resurrección. Esa palabra es esperanza.

Pidamos hoy por nuestros enfermos: por los que sufren en el cuerpo, en la mente, en el corazón y en el alma. Que el Señor les conceda fortaleza, amor y serenidad. Que no se sientan solos. Que encuentren en sus familias, en sus cuidadores, en la comunidad y en la Iglesia una presencia cercana y misericordiosa.

Y pidamos también por nosotros, para que no cedamos al miedo. Que, como Pablo, podamos decir: “Sé de quién me he fiado”. Que, como el salmista, levantemos los ojos al Señor. Que, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, permanezcamos fieles. Y que, como discípulos de Cristo, vivamos convencidos de que nuestro Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.

Amén.

 

3

 

Queridos hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta a los saduceos acercándose a Jesús con una pregunta tramposa. Ellos no creían en la resurrección, ni en la vida después de la muerte, y por eso le plantean al Señor un caso exagerado: una mujer que, según la ley del levirato, llegó a casarse sucesivamente con siete hermanos. La pregunta parece inteligente: “Cuando resuciten, ¿de cuál de ellos será esposa?” Pero en el fondo no buscan la verdad; buscan ridiculizar la esperanza.

Jesús les responde con claridad: “Están equivocados, porque no entienden la Escritura ni el poder de Dios.” Esta frase es fuerte, pero profundamente iluminadora. El error de los saduceos no era solamente doctrinal; era espiritual. Querían medir las cosas de Dios con categorías demasiado humanas. Pensaban la eternidad como una simple prolongación de esta vida, como si el cielo fuera una repetición de nuestras estructuras terrenas. Pero Jesús eleva la mirada: la resurrección no es volver a lo mismo, sino entrar en una vida transformada por Dios.

Y añade una de las afirmaciones más consoladoras del Evangelio: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.” Nuestro Dios no es el Dios del final vacío, del sepulcro cerrado, de la muerte como última palabra. Es el Dios que llama a la vida, que sostiene la existencia, que no olvida a quienes ama. Abraham, Isaac y Jacob no pertenecen simplemente al pasado; viven en Dios, porque el amor de Dios no caduca.

Esta verdad cambia nuestra manera de vivir. Quien cree en la resurrección no desprecia esta vida, sino que la toma más en serio. Sabe que cada acto de amor, cada gesto de servicio, cada sacrificio ofrecido, cada perdón concedido, cada fidelidad vivida en silencio tiene valor de eternidad. No vivimos para acumular cosas que se acaban; vivimos para sembrar bienes que permanecen.

La primera lectura nos muestra a San Pablo animando a Timoteo: “Reaviva el don de Dios que hay en ti.” Y le recuerda: “Dios no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fortaleza, de amor y de templanza.” Pablo habla desde la prueba, desde la persecución, desde el sufrimiento, pero no se deja vencer por el miedo. Su fuerza nace de una convicción: “Sé de quién me he fiado.”

Esta frase puede acompañarnos hoy. No siempre sabemos qué va a pasar. No siempre entendemos los caminos de Dios. No siempre encontramos respuestas inmediatas ante el dolor, la enfermedad, la injusticia o la muerte. Pero el creyente puede decir: “Sé de quién me he fiado.” Me he fiado del Dios vivo. Me he fiado de Cristo resucitado. Me he fiado de Aquel que venció la muerte.

El salmo también nos pone en la actitud correcta: “A ti levanto mis ojos, a ti que habitas en el cielo.” Levantar los ojos es no quedarnos encerrados en la angustia, en el miedo o en la visión limitada de las cosas. Levantar los ojos es esperar la misericordia de Dios. Es decirle: “Señor, no lo comprendo todo, pero confío en Ti. No controlo todo, pero me pongo en tus manos.”

Hoy celebramos a San Carlos Lwanga y sus compañeros mártires, jóvenes cristianos de Uganda que dieron testimonio de Cristo hasta la muerte. Ellos creyeron de verdad que Dios es Dios de vivos. Por eso no se dejaron intimidar por la persecución. Humanamente eran vulnerables, pero espiritualmente estaban firmes. En ellos se cumplió la palabra de Pablo: recibieron un espíritu de fortaleza, de amor y de dominio de sí.

Su memoria nos interpela. Tal vez a nosotros no se nos pida derramar la sangre por Cristo, pero sí se nos pide fidelidad diaria: fidelidad en la enfermedad, en la prueba, en el cansancio, en la vida familiar, en la misión, en el servicio, en la defensa de la dignidad humana, en la coherencia cristiana cuando el ambiente se vuelve adverso.

Y hoy, de manera especial, al orar por nuestros enfermos, recordemos que la fe en la resurrección no elimina el dolor, pero le da un horizonte. La enfermedad nos recuerda nuestra fragilidad, pero también puede abrirnos a una confianza más profunda. Cristo no abandona al que sufre. El Dios de vivos acompaña también las camas de los hospitales, las casas donde hay dolor, los corazones cansados y las almas que esperan consuelo.

Hermanos, no vivamos como si esta vida fuera lo único. No reduzcamos nuestra esperanza a lo inmediato. No pensemos la eternidad con una mente cerrada, como los saduceos. Dejemos que Jesús ensanche nuestra mirada. Estamos hechos para Dios, para la vida plena, para la comunión eterna con Él.

Pidamos al Señor que reavive en nosotros el don de la fe. Que nos conceda fortaleza ante el miedo, amor en medio de la prueba y esperanza ante la muerte. Y que, como San Pablo, como San Carlos Lwanga y sus compañeros, podamos decir con paz y valentía: “Sé de quién me he fiado.”

Amén.

 

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3 de junio: San Carlos Lwanga y Compañeros, Mártires — Memoria
1860–1886
Santos patronos de la juventud africana, los conversos y las víctimas de tortura
Canonizados por el Papa Pablo VI el 18 de octubre de 1964



Cita:

Este es el lugar donde la luz de Cristo brilló en vuestra tierra con un esplendor particular. Este fue el lugar de la oscuridad, Namugongo, donde la luz de Cristo resplandeció en el gran fuego que consumió a San Carlos Lwanga y a sus compañeros. ¡Que la luz de ese holocausto nunca deje de brillar en África! El sacrificio heroico de los mártires ayudó a atraer a Uganda y a toda África a Cristo, la verdadera luz que ilumina a todo hombre (cf. Jn 1,9). Hombres y mujeres de toda raza, lengua, pueblo y nación (cf. Ap 5,9) han respondido al llamado de Cristo, lo han seguido y se han hecho miembros de su Iglesia, como las multitudes que acuden en peregrinación, año tras año, a Namugongo. Hoy, el Obispo de Roma, el Sucesor de San Pedro, también ha venido en peregrinación al Santuario de los Santos Mártires de Uganda. Siguiendo los pasos del Papa Pablo VI, quien elevó a estos hijos de vuestra tierra a la gloria de los altares y fue el primer Papa en visitar África, yo también deseo plantar un beso especial de paz en esta tierra santa.
~San Juan Pablo II


Reflexión:

Cada año, millones de peregrinos de Kenia, Tanzania, Ruanda, Uganda, Nigeria y otras naciones africanas se reúnen en el Santuario de los Mártires de Namugongo, en Uganda, para una de las concentraciones católicas anuales más grandes del mundo. La celebración se realiza en el lugar del martirio de San Carlos Lwanga y sus veintiún jóvenes compañeros, el 3 de junio, fecha en que la mayoría de ellos fue asesinado.

En 1879, los Padres Blancos, una sociedad católica francesa de vida apostólica fundada en 1868, llegaron a la corte del rey Mutesa I de Buganda (actual Uganda) y recibieron permiso para establecer una misión y enseñar la fe católica. En ese entonces, católicos, protestantes y musulmanes buscaban convertir a los habitantes del reino, lo cual generaba descontento entre los sacerdotes paganos locales. Sin embargo, el rey Mutesa, con sus 87 esposas y 98 hijos, fue tolerante con las tres religiones.

Cuando murió en 1884, su hijo Mwanga II, fruto de su décima esposa, asumió el trono a los 16 años. Al principio fue tolerante, pero pronto se convenció de que los cristianos amenazaban su trono y su estilo de vida sexualmente pervertido.

Era costumbre que los reyes de Buganda tuvieran muchos jóvenes en su corte, conocidos como “pajes”, para cumplir funciones domésticas. Entre sus expectativas estaba la sumisión a los avances sexuales del rey. Algunos jóvenes, desde los 13 años, comenzaron a rechazar esas exigencias por motivos de fe. Esto enfureció al rey, quien temió perder el control de su reino.

El 29 de octubre de 1885, el obispo anglicano James Harrington y algunos de sus acompañantes fueron asesinados por orden del rey. Poco después, José Mukasa Balikuddembe, de 25 años, jefe de la casa real y catequista católico, reprendió al rey por sus acciones. Como castigo, fue decapitado el 5 de noviembre de 1885, y los católicos fueron arrestados. Ese mismo día, el catecúmeno Carlos Lwanga fue nombrado jefe de la casa real. Temiendo por su vida, recibió el bautismo junto a varios de sus alumnos catequizandos.

El 25 de mayo de 1886, el rey asesinó a otros dos cristianos. Ante el temor de que los demás jóvenes murieran sin bautismo, Carlos bautizó a los que aún eran catecúmenos. Ese mismo día, el rey exigió a todos renunciar a la fe cristiana o enfrentar tortura y muerte. Carlos confesó con valentía su fe, y muchos lo siguieron. El rey ordenó que fueran ejecutados en Namugongo, lugar tradicional de ejecuciones públicas.

Namugongo estaba a dos días de caminata. Durante el trayecto, muchos fueron azotados y atados. Tres fueron asesinados antes de llegar, uno de ellos por su propio padre por no renegar de la fe. Una vez allí, esperaron siete días para su ejecución. En ese tiempo fueron hambrientos, golpeados y atados de pies y manos.

Carlos fue asesinado primero. Para prolongar su sufrimiento, encendieron el fuego lentamente bajo sus pies. Se cuenta que dijo:

“Me están quemando, pero es como si me echaran agua para lavarme. Por favor, arrepiéntanse y sean cristianos como yo.”
Antes de morir, exclamó como Jesús:
“¡Dios mío! ¡Dios mío!”

Después, los demás jóvenes fueron torturados y asesinados de igual forma, rezando en voz alta el Padre Nuestro. En total, 22 jóvenes católicos fueron martirizados y posteriormente canonizados. Además, 23 anglicanos también fueron martirizados con ellos.

En aquel momento, Carlos Lwanga (26 años) y sus compañeros nunca imaginaron que, en el lugar donde murieron, millones de personas acudirían cada año a honrarlos y pedir su intercesión. El rey Mwanga pensó que podía acabar con el cristianismo matando a uno... pero eso solo encendió la conversión de muchos.

Uganda y muchas otras naciones africanas son hoy profundamente cristianas gracias al testimonio de fe de estos mártires. Como dice Romanos 8,28:

“Sabemos que Dios dispone todas las cosas para el bien de los que lo aman.”

En el caso de los Mártires de Uganda, sus muertes produjeron bien, y su carne quemada fue como un perfume que transformó aquella nación pagana en tierra cristiana.


Oración

San Carlos Lwanga y Compañeros,
la llama de la fe ardía en sus corazones
mientras las llamas de sus verdugos consumían sus cuerpos.
Su testimonio encendió la fe de toda Uganda y de África.
Rueguen por mí,
para que tenga la fe que ustedes tuvieron,
y que Dios transforme cada sufrimiento y cruz que yo cargue
en bien y salvación.
San Carlos y Compañeros, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

2 de junio del 2026: martes de la novena semana del Tiempo Ordinario-II-Santos Marcelino y Pedro, mártires- memoria libre

 

Santo del día:
Santos Marcelino y Pedro

Siglo IV.

El primero era sacerdote; el segundo, exorcista. Ambos fueron decapitados en Roma, bajo el emperador Diocleciano. En el lugar de su sepulcro fue construida una basílica.

 

¿Con retraso?

(2 Pedro 3,12-15a.17-18) La segunda carta de Pedro evoca el retraso del retorno glorioso de Cristo, ligado al fin de los tiempos. Esto fue una piedra de tropiezo para sus contemporáneos, algo que puede sorprendernos, pues nuestra época insiste más en el “ya presente” de la salvación. Sin embargo, permanece abierta la cuestión del pleno cumplimiento de las promesas. Esta pregunta se vuelve más viva en medio de las pruebas, cuando tenemos la impresión de que nuestra fe se desgasta. Pero, ¿no habrá que descubrir este retraso como una oportunidad para crecer en “la gracia y el conocimiento de Dios”?

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

2 Pe 3, 12-15a. 17-18


Esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pedro.

QUERIDOS hermanos:
¡Ustedes esperan y apresuran la llegada del Día de Dios! Ese día los cielos se disolverán incendiados y los elementos se derretirán abrasados.
Pero nosotros, según su promesa, esperamos unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.
Por eso, queridos míos, mientras esperan estos acontecimientos, procuren que Dios los encuentre en paz con él, intachables e irreprochables, y consideren que la paciencia de nuestro Señor es nuestra salvación.
Así pues, queridos míos, ya que están prevenidos, estén en guardia para que no los arrastre el error de esa gente sin principios ni decaiga su firmeza. Por el contrario, crezcan en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo. A él la gloria ahora y hasta el día eterno. Amén.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 89, 2. 3-4. 10. 14 y 16 (R.: 1bc)

R. Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.


V. Antes que naciesen los montes
o fuera engendrado el orbe de la tierra,
desde siempre y por siempre tú eres Dios. 
R.

V. Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. 
R.

V. Aunque uno viva setenta años,
y el más robusto hasta ochenta,
la mayor parte son fatiga inútil,
porque pasan aprisa y vuelan. 
R.

V. Por la mañana sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Que tus siervos vean tu acción
y sus hijos tu gloria. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Padre de nuestro Señor Jesucristo ilumine los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza
a la que nos llama.
 R.

 

Evangelio

Mc 12, 13-17

Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, enviaron a Jesús algunos de los fariseos y de los herodianos, para cazarlo con una pregunta.
Se acercaron y le dijeron:
«Maestro, sabemos que eres veraz y no te preocupa lo que digan; porque no te fijas en apariencias, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad. ¿Es lícito pagar impuesto al César o no? ¿Pagamos o no pagamos?».
Adivinando su hipocresía, les replicó:
«¿Por qué me tientan? Tráiganme un denario, que lo vea».
Se lo trajeron. Y él les preguntó:
«¿De quién es esta imagen y esta inscripción?».
Le contestaron:
«Del César».
Jesús les replicó:
«Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios».
Y se quedaron admirados.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos invita a mirar el tiempo con ojos de fe. A veces sentimos que Dios tarda: tarda en responder, tarda en intervenir, tarda en cumplir sus promesas. La segunda carta de Pedro hablaba precisamente de ese aparente retraso del retorno del Señor. Algunos cristianos comenzaban a cansarse, a dudar, a pensar que la espera era inútil. Pero el apóstol les recuerda que el tiempo de Dios no es vacío: es oportunidad, paciencia, conversión y crecimiento.

El salmo lo expresa con una oración profundamente humana: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”. Nosotros pasamos; Dios permanece. Nuestros años son breves, nuestras fuerzas se gastan, nuestros proyectos cambian, pero el Señor sigue siendo casa, refugio y sostén. Por eso el salmista pide: “Sácianos de tu misericordia y toda nuestra vida será alegría y júbilo”. No pide solamente más años; pide que los años tengan sentido, que estén llenos de la misericordia de Dios.

En el Evangelio, los fariseos y herodianos quieren tenderle una trampa a Jesús con la pregunta sobre el impuesto al César. Si responde de una manera, lo acusan ante Roma; si responde de otra, lo desacreditan ante el pueblo. Pero Jesús no cae en la trampa. Pide una moneda y pronuncia una frase que ha atravesado los siglos: “Den al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Jesús no está dividiendo la vida en dos mundos separados: por un lado Dios, por otro la sociedad. Más bien nos enseña a ordenar las cosas. Al César se le puede dar una moneda, porque lleva su imagen; pero a Dios hay que darle el corazón, porque nosotros llevamos su imagen. La moneda pertenece al poder de este mundo; la persona humana pertenece a Dios. Por eso ningún poder, ninguna ideología, ningún interés económico, ninguna ambición puede ocupar el lugar del Señor.

Esta enseñanza ilumina también nuestra relación con los bienes materiales. Hoy oramos por nuestros benefactores, por quienes sostienen con generosidad la obra evangelizadora de la Iglesia. Ellos nos recuerdan que el dinero puede ser simple moneda de intercambio, pero también puede convertirse en instrumento de comunión, caridad y misión cuando se ofrece con corazón limpio. Dar a Dios lo que es de Dios significa también poner nuestros talentos, recursos y posibilidades al servicio del Reino.

Los santos Marcelino y Pedro, mártires del siglo IV, vivieron esta verdad hasta las últimas consecuencias. Marcelino, sacerdote, y Pedro, exorcista, fueron decapitados en Roma durante la persecución de Diocleciano. Ellos supieron que al emperador no se le podía entregar la conciencia ni la fidelidad a Cristo. Dieron testimonio con su sangre de que solo Dios merece adoración absoluta.

Hermanos, quizá también nosotros sentimos a veces que Dios tarda. Pero mientras esperamos, el Señor nos educa. Nos enseña a crecer en la gracia, a vivir con responsabilidad en el mundo, a servir con generosidad y a no olvidar que llevamos grabada en el alma la imagen de Dios.

Pidamos hoy al Señor tres gracias: saber usar bien el tiempo, saber ordenar los bienes de este mundo y saber entregarle a Dios lo que más le pertenece: nuestra vida, nuestra conciencia, nuestra fe y nuestro corazón. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de este martes nos pone delante una pregunta muy actual: ¿qué es lo que verdaderamente nos une? Porque no toda unión es comunión. Hay alianzas que nacen del amor, de la verdad, de la fe y del deseo sincero de buscar el bien. Pero también hay alianzas que nacen del miedo, del resentimiento, de la envidia, de la conveniencia o del deseo de destruir a alguien.

Eso es lo que vemos en el Evangelio de hoy. Se acercan a Jesús algunos fariseos y herodianos para tenderle una trampa. Lo curioso es que estos grupos no eran precisamente amigos. Los fariseos eran celosos de la Ley, desconfiaban de la dominación romana y querían preservar la identidad religiosa de Israel. Los herodianos, en cambio, estaban más cercanos al poder político y al sistema sostenido por Roma. Pero algo los une: su oposición a Jesús.

Aquí aparece una triste realidad humana: a veces las personas que no logran unirse para hacer el bien sí logran unirse para atacar, criticar, destruir o desacreditar. Es la falsa unidad del resentimiento. Se juntan no porque amen la verdad, sino porque temen perder poder, prestigio o influencia.

Se acercan a Jesús con palabras aparentemente hermosas:
“Maestro, sabemos que eres sincero, que no te dejas influir por nadie y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad”.

Todo lo que dicen es cierto, pero lo dicen con mala intención. No buscan aprender; buscan atrapar. Es la adulación disfrazada de respeto. Por eso esta escena también nos invita a revisar nuestro lenguaje: no basta decir palabras bonitas; hay que mirar desde dónde las decimos. Una palabra verdadera, dicha con mala intención, puede convertirse en veneno.

Luego viene la trampa:
“¿Es lícito pagar impuesto al César o no?”

Si Jesús respondía que sí, podían acusarlo de colaborador de Roma. Si respondía que no, podían denunciarlo como rebelde político. Pero Jesús no cae en la trampa. Pide una moneda y pregunta:
“¿De quién es esta imagen y esta inscripción?”

Le responden:
“Del César”.

Entonces Jesús dice:
“Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.

Esta frase no significa que la vida se divida en dos compartimentos: por un lado lo político, lo social, lo económico; por otro lado lo religioso. Jesús no está diciendo que Dios se quede encerrado en el templo y el César gobierne todo lo demás. Al contrario, Jesús nos enseña a poner cada cosa en su lugar.

La moneda lleva la imagen del César; por eso puede darse al César. Pero el ser humano lleva la imagen de Dios; por eso la vida, la conciencia, la dignidad y el corazón pertenecen a Dios. A los poderes de este mundo se les puede dar respeto, colaboración responsable, cumplimiento de deberes justos. Pero a Dios se le debe dar lo más profundo: la fe, la adoración, la obediencia de la conciencia, el amor primero.

Por eso el cristiano está llamado a ser buen ciudadano, pero nunca puede entregar su alma a ningún poder humano. Ningún gobierno, ideología, partido, dinero, cargo, fama o interés puede ocupar el lugar de Dios. Cuando eso sucede, el César se vuelve ídolo.

La primera lectura, tomada de la segunda carta de san Pedro, nos ayuda a mirar más lejos. El apóstol nos recuerda que esperamos “unos cielos nuevos y una tierra nueva en que habite la justicia”. Es decir, nuestra vida no se agota en las estructuras de este mundo. Vivimos aquí, trabajamos aquí, servimos aquí, cumplimos nuestras responsabilidades aquí; pero nuestro destino último está en Dios.

San Pedro añade una exhortación muy concreta: debemos procurar ser hallados “en paz, sin mancha ni reproche”, y crecer “en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo”. Esta es la verdadera madurez cristiana: no vivir atrapados por el ruido, la manipulación, las rivalidades o los intereses mezquinos, sino crecer en gracia, en sabiduría, en paz interior y en fidelidad al Señor.

El salmo 90 nos recuerda algo fundamental: somos pasajeros, Dios permanece.
“Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación”.

Los poderes humanos pasan. Las monedas cambian. Los imperios caen. Las ideologías envejecen. Las modas se desvanecen. Pero Dios sigue siendo refugio. El salmista nos recuerda que mil años ante Dios son como un ayer que pasó. Nuestra vida es breve, frágil, limitada. Por eso pide:
“Sácianos de tu misericordia, Señor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo”.

Qué hermosa oración para este día. No basta vivir muchos años; hay que vivirlos llenos de misericordia. No basta tener ocupaciones; hay que tener sentido. No basta cumplir deberes externos; hay que pertenecer interiormente a Dios.

El Evangelio de hoy nos deja, entonces, tres llamadas muy concretas.

Primero: cuidemos nuestras alianzas. Preguntémonos: ¿qué me une a los demás? ¿El amor a Dios, el servicio, la verdad, la misión, la caridad? ¿O me uno a otros solo para criticar, quejarme, atacar, murmurar o alimentar resentimientos? La comunión cristiana no nace de tener un enemigo común; nace de tener un Señor común.

Segundo: cuidemos la sinceridad del corazón. Los fariseos y herodianos halagan a Jesús, pero no lo aman. Nosotros también podemos caer en una religiosidad de palabras bonitas, pero con el corazón dividido. Podemos decir “Señor, Señor”, pero reservarle a Dios solo una parte pequeña de nuestra vida. Jesús quiere verdad interior.

Tercero: demos a Dios lo que es de Dios. ¿Y qué es de Dios? Nuestra vida, nuestra conciencia, nuestra familia, nuestro trabajo, nuestros bienes, nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestra comunidad, nuestros proyectos. Todo lo que somos viene de Él y hacia Él debe volver.

Hoy podríamos preguntarnos: si alguien mirara mi vida, ¿vería en mí la imagen de Dios? ¿Mis palabras, mis decisiones, mi manera de tratar a los demás, mi relación con el dinero, mi forma de vivir la fe, muestran que pertenezco a Dios?

Que el Señor nos libre de las falsas unidades construidas sobre el resentimiento. Que nos conceda una fe limpia, una palabra sincera y un corazón libre. Y que podamos vivir en este mundo con responsabilidad, pero sin olvidar jamás que nuestra verdadera ciudadanía está en el Reino de Dios.

Amén.


3


Saber eludir las trampas de la vida

El Evangelio de hoy nos presenta una escena cargada de tensión. Algunos fariseos y herodianos se acercan a Jesús, no con deseo sincero de aprender, sino con la intención de tenderle una trampa. Quieren “cazarlo” en alguna palabra, hacerlo quedar mal ante el pueblo o comprometerlo ante las autoridades romanas. La pregunta parece inocente, incluso religiosa: “¿Es lícito pagar impuesto al César, sí o no?” Pero en realidad es una trampa política y espiritual.

Si Jesús respondía que sí, podía ser acusado de colaborador del poder romano. Si respondía que no, podía ser denunciado como rebelde ante el imperio. Sin embargo, Jesús no se deja llevar por la malicia ni por la presión del momento. Con serenidad y sabiduría, pide una moneda y responde: “Den al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios.”

Antes de hacerle la pregunta, sus adversarios dicen algo que, aunque nace de la hipocresía, termina siendo profundamente verdadero: “Maestro, sabemos que eres sincero, que no te dejas influir por nadie, porque no miras la condición de las personas, sino que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad.” Ellos lo dicen para adularlo y atraparlo, pero en esas palabras aparece un retrato precioso de Jesús: un hombre libre, íntegro, humilde y totalmente fiel a la verdad de Dios.

Jesús no vive pendiente de la aprobación de los demás. No actúa para agradar a los poderosos ni para quedar bien con la multitud. Tampoco desprecia a nadie por su condición social, religiosa o política. Mira el corazón, no las apariencias. Por eso su palabra es libre, luminosa y firme.

Esta enseñanza nos toca profundamente. También nosotros enfrentamos trampas en la vida: presiones, manipulaciones, falsas adulaciones, ambientes donde se nos empuja a decir lo que otros quieren oír, decisiones donde parece imposible quedar bien con todos. En esos momentos necesitamos la sabiduría de Jesús: no responder desde el miedo, no dejarnos gobernar por la opinión ajena, no vender la conciencia, no sacrificar la verdad por comodidad.

La primera lectura, tomada de la segunda carta de san Pedro, ilumina esta actitud. El apóstol nos recuerda que esperamos “unos cielos nuevos y una tierra nueva en los que habite la justicia.” Por eso invita a vivir en paz, sin mancha y sin reproche ante Dios, creciendo en la gracia y en el conocimiento de nuestro Señor Jesucristo. Es decir, el cristiano no puede dejarse arrastrar por el error ni por la confusión del mundo. Debe vivir con los pies en la tierra, pero con el corazón orientado hacia Dios.

El salmo también nos pone en nuestro lugar: “Señor, tú has sido nuestro refugio de generación en generación.” Nuestra vida es breve, frágil, pasajera. Por eso pedimos: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato.” La verdadera sabiduría no consiste en salir victoriosos de discusiones humanas, sino en vivir con un corazón sensato, limpio, libre y confiado en Dios.

El Evangelio no nos invita a despreciar las responsabilidades de este mundo. Jesús no dice que no haya que cumplir con los deberes ciudadanos, sociales o económicos. Pero nos recuerda que ningún poder humano puede ocupar el lugar de Dios. Al César se le puede dar la moneda, pero a Dios se le entrega la vida. La moneda lleva la imagen del César; nosotros llevamos la imagen de Dios. Por eso, nuestra conciencia, nuestra dignidad, nuestra fe y nuestro corazón pertenecen al Señor.

Reflexionemos hoy: ¿me dejo manipular fácilmente por la presión de los demás? ¿Actúo por convicción o por miedo al qué dirán? ¿Busco agradar a Dios o simplemente quedar bien con todos? ¿Soy capaz de vivir con integridad, aunque eso me cueste incomprensiones?

Pidamos al Señor la gracia de un corazón libre, humilde y verdadero. Que sepamos dar al mundo lo que justamente le corresponde, pero sin olvidar jamás que nuestra vida entera pertenece a Dios.


Oración

Señor Jesús,
Tú que supiste responder con sabiduría ante la trampa y la malicia,
dame un corazón libre y sincero.

Ayúdame a escuchar los buenos consejos,
pero no permitas que me deje arrastrar por presiones, miedos o falsas opiniones.

Enséñame a vivir con integridad,
a buscar siempre la verdad
y a recordar que mi vida lleva impresa la imagen de Dios.

Que, esperando los cielos nuevos y la tierra nueva,
crezca cada día en tu gracia,
camine en paz
y encuentre en Ti mi refugio.

Jesús, confío en Ti.


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