Testigos de la fe:
Santos Cosme y Damián
Hermanos
y mártires, médicos y de los siglos III–IV, hicieron de la medicina un servicio de caridad.
Según la tradición, atendían gratuitamente a los enfermos, anunciando con sus
gestos la bondad de Dios. Su fidelidad a Cristo los llevó hasta la entrega de
la vida.
Su
memoria nos invita a poner nuestros talentos al servicio de los demás, sin
calcular recompensas. Una presencia cercana, una escucha paciente y una ayuda
concreta pueden llevar consuelo a quien sufre. ¿Qué podemos ofrecer hoy para
aliviar el dolor de un hermano?
Señor,
por intercesión de san Cosme y san Damián, fortalece a los enfermos y concede a
quienes los cuidan un corazón generoso y compasivo.
¿A qué edad?
La
conmovedora poesía de Qohélet sobre la vejez encierra un mensaje discreto: ¡ya
desde nuestra juventud nos conviene orientar nuestra vida según Dios! Hoy, una
vez más, el Evangelio se hace eco de esta invitación a mirar nuestra existencia
con lucidez. Mientras todos se admiran de sus obras, Jesús anuncia que será
entregado en manos de los hombres. Los discípulos no comprenden sus palabras y
tienen miedo de preguntarle.
También
nosotros podemos aplazar las preguntas esenciales, como si siempre hubiera
tiempo para volver a Dios, reconciliarnos o aprender a amar. Qohélet nos invita
a recordar al Creador mientras recibimos y disfrutamos los dones de la vida.
Jesús nos enseña a confiar en él también cuando el camino nos desconcierta.
El
salmo convierte esta enseñanza en oración: pidamos aprender a contar nuestros
días para alcanzar un corazón sabio. Cada edad tiene su gracia, sus
posibilidades y su llamada. La juventud puede abrirse a Dios con entusiasmo; la
madurez, con responsabilidad; la vejez, con confianza y esperanza.
¿A
qué edad comenzar a vivir de verdad con el Señor? A la que tenemos hoy.
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Primera lectura
Ecl
11, 9 — 12, 8
Acuérdate
del Creador en los años mozos, antes de que el polvo vuelva a la tierra y el
espíritu a Dios
Lectura del libro del Eclesiastés.
DISFRUTA mientras eres muchacho y pásalo bien en la juventud; déjate llevar del
corazón y de lo que te recrea la vista; pero sábete que Dios te llevará a
juicio para dar cuenta de todo.
Rechaza las penas del corazón y rehúye los dolores del cuerpo: adolescencia y
juventud son efímeras.
Acuérdate de tu Creador en tus años mozos, antes de que lleguen los días
aciagos y te alcancen los años en que digas: «No les saco gusto»; antes de que
se oscurezcan el sol, la luz, la luna y las estrellas, y tras la lluvia vuelva
el nublado.
Ese día temblarán los guardianes de la casa, y los valientes se encorvarán; las
que muelen serán pocas y se pararán; los que miran por las ventanas se
ofuscarán; las puertas de la calle se cerrarán y el ruido del molino será solo
un eco; se debilitará el canto de los pájaros, las canciones se irán apagando;
darán miedo las alturas y en las calles rondarán los terrores; cuando florezca
el almendro y se arrastre la langosta y sea ineficaz la alcaparra; porque el
hombre va a la morada de su eternidad y el cortejo fúnebre recorre las calles.
Antes de que se rompa el hilo de plata y se destroce la copa de oro, y se
quiebre el cántaro en la fuente y se raje la polea del pozo, y el polvo vuelva
a la tierra que fue, y el espíritu vuelva al Dios que lo dio.
Vanidad de vanidades, dice Qohélet, vanidad de vanidades, todo es vanidad.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
89, 3-4. 5-6. 12-13. 14 y 17 (R.: 1bc)
R. Señor, tú has
sido nuestro refugio
de generación en generación.
V.
Tú reduces el hombre a polvo,
diciendo: «Retornen, hijos de Adán».
Mil años en tu presencia son un ayer que pasó;
una vela nocturna. R.
V. Si tú los retiras
son como un sueño,
como hierba que se renueva:
que florece y se renueva por la mañana,
y por la tarde la siegan y se seca. R.
V.
Enséñanos a calcular nuestros años,
para que adquiramos un corazón sensato.
Vuélvete, Señor, ¿hasta cuándo?
Ten compasión de tus siervos. R.
V. Por la mañana
sácianos de tu misericordia,
y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Baje a nosotros la bondad del Señor
y haga prósperas las obras de nuestras manos.
Sí, haga prósperas las obras de nuestras manos. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.
Evangelio
Lc
9, 43b-45
El
Hijo del hombre va a ser entregado. Les daba miedo preguntarle sobre el asunto
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, entre la admiración general por lo que hacía, Jesús dijo a sus
discípulos:
«Métanse bien en los oídos estas palabras: el Hijo del hombre va a ser
entregado en manos de los hombres».
Pero ellos no entendían este lenguaje; les resultaba tan oscuro, que no
captaban el sentido.
Y les daba miedo preguntarle sobre el asunto.
Palabra del Señor.
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HOY ES TIEMPO DE CAMINAR CON DIOS
Queridos
hermanos:
A
veces vamos dejando lo más importante para después: «Cuando tenga más tiempo,
rezaré con tranquilidad»; «cuando se resuelvan estos problemas, me acercaré a
Dios»; «cuando esté menos ocupado, visitaré a esa persona». Y, mientras tanto,
pasan los días, cambian las circunstancias y quedan pendientes muchas
oportunidades de amar.
La
Palabra de Dios nos invita hoy a recibir nuestra vida con gratitud y a vivirla
junto al Señor desde este momento, con la edad, las fuerzas y las
circunstancias que tenemos.
En
la primera lectura, Qohélet comienza invitando al joven a disfrutar de su
juventud. Hay lugar para la alegría, los proyectos y los deseos del corazón.
Esa invitación va acompañada de una llamada a la responsabilidad: nuestras
decisiones tienen consecuencias y nuestra vida está abierta a la mirada de
Dios. Por eso escuchamos: «Acuérdate
de tu Creador en tus años jóvenes».
Después
aparece ese conmovedor poema sobre la vejez: las fuerzas disminuyen, la mirada
se debilita y las actividades cotidianas se vuelven difíciles. El autor nos
sitúa ante la fragilidad de nuestra existencia.
Muchos
conocen esa fragilidad de cerca. La experimentan en su propio cuerpo o la
acompañan en un padre, una madre, un familiar enfermo. Hay personas a quienes
les cuesta aceptar que ahora necesitan ayuda para hacer lo que antes hacían con
facilidad.
Esta
Palabra nos invita a mirarlas con ternura. Una persona conserva toda su
dignidad cuando sus pasos se hacen lentos, cuando repite una historia o cuando
necesita que alguien la sostenga. Su vida sigue siendo preciosa ante Dios. Y
quienes todavía disfrutamos de salud y fortaleza tenemos una hermosa
responsabilidad: convertirlas en servicio.
Por
eso resulta tan oportuna la oración del salmo: «Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un
corazón sensato».
Podemos
pedirle al Señor que nos enseñe a reconocer el valor de cada jornada: el valor
de una conversación pendiente, de una reconciliación, de una visita, de un
momento de oración. El salmista encuentra en Dios un refugio que permanece a
través de las generaciones y le confía también el trabajo de sus manos.
¡Cuánto
necesitamos esa sabiduría! A veces dedicamos mucha energía a una discusión y
muy poca a expresar cariño. Nos preocupamos por acumular cosas y dejamos sin
atender a una persona cercana. Hoy podemos pedir: «Señor, ayúdame a reconocer
lo que merece mi tiempo. Enséñame a amar mientras tengo la oportunidad».
El
Evangelio nos lleva a un momento desconcertante. Todos admiran lo que Jesús
hace y, precisamente entonces, él anuncia: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los
hombres». Los discípulos no comprenden y tienen miedo de
preguntarle.
También
nosotros conocemos ese miedo. Hay acontecimientos que nos dejan sin palabras:
una enfermedad, una pérdida, una dificultad familiar que se prolonga. Nos
cuesta unir lo que creemos sobre el amor de Dios con aquello que estamos
viviendo.
Podemos
acercarnos a Jesús llevando esas preguntas. La oración también puede comenzar así:
«Señor, no entiendo lo que está pasando. Me siento débil. Ayúdame a permanecer
contigo».
Jesús
camina hacia su entrega con amor fiel. Su pasión y su resurrección nos permiten
confiar en que el sufrimiento y la muerte no tienen la última palabra. Y esa esperanza
nos impulsa a acompañar el dolor de los demás.
En
ese camino encontramos hoy a los
santos Cosme y Damián. La tradición los recuerda como hermanos
médicos que atendían gratuitamente a los enfermos. Su servicio expresaba la fe
que profesaban, y su martirio llevó hasta el extremo su fidelidad a Cristo.
Pusieron
lo que sabían hacer al servicio de quienes necesitaban ayuda. Su ejemplo nos
invita a preguntarnos cómo estamos empleando nuestros propios dones. Algunos
pueden cuidar, otros enseñar, escuchar, acompañar o compartir recursos. Todos
podemos ofrecer una presencia que haga más llevadera la soledad.
Encomendemos
especialmente a los médicos, enfermeros, cuidadores y familiares que atienden a
personas enfermas. Pensemos en quienes pasan una noche en vela, ayudan con
paciencia o sostienen una mano cuando faltan las palabras.
Y,
en este sábado, volvamos la mirada hacia la
Santísima Virgen María.
María
conoció acontecimientos que no comprendía plenamente y los guardaba en su
corazón. Su fe fue una confianza vivida día tras día. Al pie de la cruz
permaneció junto a su Hijo, compartiendo su dolor y perseverando en el amor.
A
ella podemos confiarle nuestras preguntas y nuestros temores. Podemos pedirle
que nos enseñe a acompañar sin huir de la fragilidad, a escuchar con paciencia
y a mantener la esperanza durante la espera.
Hermanos,
en esta Eucaristía recibimos a Jesús, que entrega su vida por nosotros.
Pongamos junto al pan y al vino nuestra historia entera: la juventud de unos,
el cansancio de otros, nuestros trabajos, nuestros enfermos y todo lo que
todavía necesitamos reconciliar.
La
gracia de Dios nos alcanza hoy. Dejemos que transforme este día en una
oportunidad concreta de amar.
¿Qué gesto de fe, de reconciliación o de servicio estoy
llamado a realizar hoy, sin seguir aplazándolo?
Virgen
María, Madre nuestra, enséñanos a recibir cada día como un don de Dios. Acompaña
a nuestros jóvenes, fortalece a los adultos y consuela a nuestros mayores y
enfermos. Sostennos cuando nos cueste comprender y ayúdanos a permanecer junto
a Jesús. Que, por intercesión de los santos Cosme y Damián, aprendamos a servir
con generosidad y a cuidar con ternura la vida de nuestros hermanos. Amén.
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26 de septiembre:
Santos Cosme y Damián, Mártires — Memoria opcional
c. Finales del siglo III – c. 287 o 303
Santos patronos de boticarios, barberos, ciegos, industria química, droguistas, parteras, médicos, farmacéuticos, cirujanos.
Invocados contra la ceguera, cálculos renales, hernias y pestes.
Cita
El juez ordenó que los arrojaran a un gran fuego, pero las llamas se apartaron de ellos y mataron a muchos. Luego ordenó que los colocaran en un instrumento de tortura… pero un ángel del Señor los protegió… El juez ordenó encarcelar a los tres y mandó que Cosme y Damián fueran crucificados y apedreados por la gente, pero las piedras regresaban contra quienes las lanzaban, hiriendo a muchos. Entonces el juez, lleno de locura, hizo que los tres hermanos se colocaran junto a la cruz y ordenó a cuatro caballeros que dispararan flechas contra Cosme y Damián. Sin embargo, las flechas se volvieron en contra… Al ver esto, el juez quedó totalmente desconcertado, atormentado hasta la muerte, y ordenó que los cinco hermanos fueran decapitados juntos.
~ Extracto de la Leyenda Dorada, siglo XIII
Reflexión
Hoy la Iglesia honra a los santos Cosme y Damián: hermanos gemelos, médicos y mártires que han sido ampliamente venerados en Oriente y Occidente desde el tiempo de sus muertes. Poco se sabe con certeza de estos santos. Lo que sí sabemos es que fueron mártires, probablemente bajo el emperador romano Diocleciano. Lo que nos llega por vía de la leyenda, sin embargo, ofrece un testimonio inspirador de fe y valentía de la Iglesia primitiva.
Cosme y Damián pudieron haber nacido en Cirro, en la actual Siria, y más tarde haberse trasladado al golfo de Iskenderun en Cilicia, actual Turquía, hacia mediados o finales del siglo III. Eran gemelos, hijos de una madre cristiana y posiblemente de un padre cristiano, quienes los educaron en la fe. Se formaron en la ciencia de la curación y se convirtieron en médicos.
En aquel tiempo, los médicos solían cobrar según su reputación. Los más hábiles y exitosos atendían a los ricos, recibiendo de ellos un salario regular. Otros cobraban por caso atendido. Como Cosme y Damián eran cristianos, cuenta la leyenda que decidieron evangelizar a la comunidad pagana en la que vivían haciendo algo extraordinario: ofrecían sus servicios médicos gratuitamente. Este gesto de caridad les valió el título de “Anárgiros”, que significa “sin plata”. Su práctica contracultural llamó la atención de sus conciudadanos y atrajo a muchos a la fe. Se dice que eran excelentes médicos que curaban a muchos, quizás más por sus oraciones que por su ciencia. Una leyenda afirma que fueron los primeros en trasplantar una pierna a un amputado, lo que suele representarse en el arte.
En el año 284, Diocleciano se convirtió en emperador romano y emprendió numerosas reformas en el Imperio. En el 303 comenzó a emitir una serie de edictos que desembocaron en una persecución general contra los cristianos, con la muerte de muchos. Antes de esto, las persecuciones eran más localizadas y esporádicas. Hacia el año 287 o 303 (los registros son contradictorios), el prefecto romano Lisias de Cilicia arrestó a los gemelos Cosme y Damián. Los cristianos prominentes solían ser los primeros en ser atacados.
Como era costumbre, se les ofreció la oportunidad de renunciar públicamente a su fe y honrar a los dioses romanos para salvar la vida. Ellos se negaron y fueron condenados a muerte. Diversas leyendas sobre sus muertes cuentan que fueron primero torturados para obligarlos a obedecer, pero fueron milagrosamente preservados del dolor, sin sufrir heridas. Se intentó matarlos ahogándolos, quemándolos, atravesándolos con flechas y apedreándolos, pero cada intento fracasó. Finalmente, Cosme y Damián, junto con tres de sus hermanos, fueron decapitados.
Se cree que fueron sepultados en la ciudad de Cirro, su posible lugar de nacimiento. Desde entonces han sido ampliamente venerados. Muchos milagros de curación se les han atribuido por intercesión. A menos de un siglo de su martirio, ya se habían erigido iglesias en su honor en Jerusalén, Egipto y Mesopotamia.
En el siglo VI, el emperador romano Justiniano I honró a estos santos restaurando la ciudad de su sepultura. Poco después, el emperador recibió una curación milagrosa por su intercesión. En agradecimiento, llevó sus reliquias a Constantinopla, donde construyó una iglesia en su honor que se convirtió en popular lugar de peregrinación. En esa iglesia surgió la costumbre de velar toda la noche en oración junto a su tumba, pidiendo curación para las enfermedades. A lo largo de los siglos se reportaron numerosos milagros.
También en el siglo VI, el papa Símaco insertó los nombres de Cosme y Damián en el Canon Romano (Plegaria Eucarística I), y el papa Félix IV adaptó un templo pagano del siglo IV en Roma, dentro del Foro de la Paz, dándole el nombre de Basílica de los Santos Cosme y Damián. Aunque ha sido renovada varias veces, los mosaicos del siglo V que narran su historia siguen siendo de las obras de arte sagrado más veneradas en Roma.
Aunque nunca conoceremos con certeza los detalles históricos de la vida y el martirio de los santos Cosme y Damián hasta que lleguemos a la gloria del Cielo, las virtudes que encarnan deben ser fuente de inspiración y estímulo. Su obra de evangelización mediante un servicio gratuito y desinteresado en nombre de Cristo es digna de imitación. Su heroico martirio nos presenta las virtudes de la valentía y la fidelidad a Cristo. Su intercesión milagrosa a favor de los enfermos nos invita a recurrir hoy a ellos por los que sufren.
Oración
Santos Cosme y Damián,
ustedes fueron tocados por Cristo y buscaron compartir su fe en Él mediante un servicio gratuito y desinteresado a todos los que necesitaban de su cuidado médico. Al ser perseguidos, permanecieron firmes en la fe, prefiriendo la muerte antes que el pecado.
Por favor, intercedan por mí, para que siga su ejemplo de servicio abnegado a los demás y tenga el valor de dar testimonio de Cristo, sin importar el costo. Hoy les confío también a todos los enfermos que necesitan sus oraciones.
Santos Cosme y Damián, rueguen por mí. Jesús, en Ti confío.
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