Lejos de las falsas
seguridades
(Isaías 58,1-9a) El ayuno que agrada a Dios pertenece a prácticas liberadoras respecto del otro y de uno mismo, a la apertura a la alteridad y a la capacidad de tomar distancia de nuestros intereses inmediatos, para considerar también los de los demás y orientar nuestras decisiones desde lo que tiene valor de eternidad. Esto nos invita a la interioridad y no, ante todo, a prácticas exteriores, a veces hipócritas y ostentosas. Como buen profeta, Isaías llama a sus oyentes a no instalarse en seguridades ficticias.
Emmanuelle Billoteau, ermite
Primera lectura
Is
58, 1-9a
Este
es el ayuno que yo quiero
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor Dios:
«Grita a pleno pulmón, no te contengas;
alza la voz como una trompeta,
denuncia a mi pueblo sus delitos,
a la casa de Jacob sus pecados.
Consultan mi oráculo a diario,
desean conocer mi voluntad.
Como si fuera un pueblo que practica la justicia
y no descuida el mandato de su Dios,
me piden sentencias justas,
quieren acercarse a Dios.
“¿Para qué ayunar, si no haces caso;
mortificarnos, si no te enteras?”
En realidad, el día de ayuno hacen sus negocios
y apremian a sus servidores;
ayunan para querellas y litigios,
y hieren con furibundos puñetazos.
No ayunen de este modo,
si quieren que se oiga su voz en el cielo.
¿Es ese el ayuno que deseo en el día de la penitencia:
inclinar la cabeza como un junco,
acostarse sobre saco y ceniza?
¿A eso llaman ayuno,
día agradable al Señor?
Este es el ayuno que yo quiero:
soltar las cadenas injustas,
desatar las correas del yugo,
liberar a los oprimidos,
quebrar todos los yugos,
partir tu pan con el hambriento,
hospedar a los pobres sin techo,
cubrir a quien ves desnudo
y no desentenderte de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
50, 3-4. 5-6ab. 18-19 (R.: cf. 19cd)
R. Un corazón
quebrantado y humillado,
oh, Dios, tú no lo desprecias.
V. Misericordia,
Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado. R.
V. Pues yo
reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado.
Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad en tu presencia. R.
V. Los sacrificios no te
satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
El sacrificio agradable a Dios
es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú, oh, Dios, tú no lo desprecias. R.
Aclamación
V. Busquen el
bien, no el mal, y vivirán;
y el Señor estará con ustedes.
Evangelio
Mt
9, 14-15
Cuando
les sea arrebatado el esposo, entonces ayunarán
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, los discípulos de Juan se le acercan a Jesús, preguntándole:
«¿Por qué nosotros y los fariseos ayunamos a menudo y, en cambio, tus
discípulos no ayunan?».
Jesús les dijo:
«¿Es que pueden guardar luto los amigos del esposo, mientras el esposo está con
ellos? Llegarán días en que les arrebatarán al esposo, y entonces ayunarán».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas, en este viernes después de
Ceniza, la Palabra de Dios nos pone frente a una pregunta muy concreta: ¿de
qué sirve ayunar si el corazón no cambia? ¿Para qué “hacer sacrificios” si
el trato con los demás sigue siendo el mismo, si la justicia se posterga, si el
pobre continúa invisible, si el resentimiento sigue mandando en casa, y si por
dentro el alma se nos está rompiendo?
1) El ayuno que Dios no soporta…
y el que Dios bendice
Isaías es directo, casi incómodo. Describe gente
religiosa, cumplidora, capaz de ayunar… pero al mismo tiempo capaz de oprimir,
de discutir, de golpear con palabras, de pisotear al débil. Y entonces aparece
la gran denuncia: hay ayunos que se vuelven “seguridades falsas”. Uno
puede sentirse bien consigo mismo porque “cumple”, porque “hace algo”, porque
“se priva de algo”, pero sin tocar el núcleo del egoísmo.
Y el Señor, por boca del profeta, redefine el
ayuno: romper cadenas injustas, soltar ataduras, dejar libres a los
oprimidos, compartir el pan con el hambriento, acoger al pobre, cubrir al
desnudo (cf. Is 58). Es decir: el ayuno que a Dios le agrada no es primero
el del estómago, sino el del corazón que aprende a amar.
Aquí hay una clave pastoral preciosa: la
Cuaresma no es un gimnasio de voluntad; es una escuela de libertad.
Ayunamos para despegarnos de lo que nos esclaviza: caprichos, impulsos,
rencores, adicciones, vanidades, pequeñas venganzas… y para abrir espacio a
Dios y al hermano.
2) “Misericordia quiero”: el
Salmo 51 y la verdad del corazón
El Salmo 51 es la gran oración de quien ya
entendió: lo que Dios quiere no es teatro, sino verdad. “Un corazón contrito y
humillado, tú no lo desprecias” (cf. Sal 51).
Hay personas que están sufriendo mucho —en el alma
y en el cuerpo— y quizá lo último que necesitan es sentirse examinadas por
“cuánto ayunan”. Lo que necesitan es que la Iglesia les recuerde que Dios no
se enamora de nuestras hazañas ascéticas: Dios se conmueve con nuestra
sinceridad. Un corazón herido que se pone en sus manos vale más que mil
prácticas perfectas hechas con soberbia.
Por eso, si hoy alguien llega a misa cargado de
ansiedad, con depresión silenciosa, con duelo, con enfermedad, con cansancio,
con culpa o con vergüenza, el salmo le dice: “Dios no te desprecia.” Y a
la comunidad le recuerda: no podemos ayunar de comida y alimentarnos de
chismes, de juicios, de dureza, de indiferencia.
3) El esposo está con nosotros:
Mt 9,14-15
En el Evangelio, le preguntan a Jesús por qué sus
discípulos no ayunan como otros. Y Jesús responde con una imagen nupcial: mientras
el esposo está, hay alegría; cuando se lo lleven, entonces ayunarán (cf. Mt
9).
Esto significa algo muy bello: el ayuno cristiano no
nace del amargor, sino del amor. Ayunamos porque el corazón echa de menos
al Esposo, porque deseamos que Cristo reine más en nosotros, porque queremos
afinar el oído interior para reconocerlo. Si el ayuno me vuelve irritable,
agresivo, superior, triste por dentro y duro por fuera, entonces me falta lo
esencial: me falta el Esposo.
Cuaresma no es “ponerse sombrío”; es volver a
enamorarse. Y cuando uno ama, renuncia a cosas por algo más grande.
Renuncia a seguridades falsas para abrazar lo eterno.
4) Si se proclama Lucas:
Getsemaní y el ayuno del alma
Si hoy se lee el texto de Lucas (22,39-46), vemos a
Jesús en Getsemaní: ora, tiembla, suda angustia; y aun así se entrega: “que no
se haga mi voluntad…” (cf. Lc 22). Aquí aparece un ayuno más profundo: el
ayuno de la autosuficiencia, el ayuno de “yo puedo solo”, el ayuno de “yo
controlo todo”.
Muchos de los que sufren en el alma y en el cuerpo
están precisamente en esa batalla: la de aceptar ayuda, la de soltar el
control, la de pedir oración, la de dejarse acompañar. Jesús, en Getsemaní,
santifica esa lucha. Y a nosotros nos enseña: orar en la noche también es
fidelidad.
5) Aplicación concreta para vivir
hoy
Propongo tres gestos sencillos —muy “Isaías 58”—
para este viernes:
1. Un ayuno que libere: elige hoy una renuncia concreta
que te haga más humano: no responder con ironía, no pelear, no “cobrar” con
frialdad, no alimentar el rencor.
2. Una limosna que sane: un acto real de misericordia:
una llamada a alguien solo, una ayuda discreta, una visita, un mercado
compartido, una palabra de dignidad a quien se siente invisible.
3. Una oración que sostenga: ofrece hoy un misterio del
Rosario, una hora de silencio, o una breve súplica repetida con fe: “Señor,
crea en mí un corazón puro”, por quienes sufren en el alma y en el cuerpo.
Porque al final, la promesa de Isaías es clara:
cuando el ayuno es verdadero, “tu luz despuntará como la aurora… y cuando
llames, el Señor responderá” (cf. Is 58,8-9). No es magia; es fruto de una vida
que deja de girar alrededor del yo.
Oración final (intención orante)
Señor
Jesús, Esposo del alma,
mira a quienes hoy sufren en el cuerpo por la enfermedad, el dolor o el
cansancio;
y a quienes sufren en el alma por la angustia, la tristeza, la soledad o la
culpa.
Danos un ayuno que libere, una oración sincera y una caridad concreta.
Arranca de nosotros las falsas seguridades,
y enséñanos a escoger lo que tiene valor de eternidad. Amén.
2
1) Una pregunta honesta… y una Cuaresma que
pide verdad
En
el Evangelio, los discípulos de Juan se acercan a Jesús con una duda sincera: “¿Por qué nosotros ayunamos… y tus
discípulos no?” (Mt 9,14). No vienen a atacar, sino a comprender. Y
esa actitud humilde abre la puerta a la verdad.
Pero
hoy la liturgia completa la escena con una luz fuerte: Dios no solo quiere
prácticas religiosas; quiere un corazón convertido. No basta “hacer ayuno”;
importa qué ayuno
y para qué.
2) Isaías 58: Dios denuncia un ayuno que no
cambia la vida
La
primera lectura es directa, casi incómoda: “Grita
a pleno pulmón… denuncia al pueblo sus delitos” (Is 58,1). ¿Qué
denuncia? Un ayuno que convive con la injusticia; un ayuno que no toca el
egoísmo; un ayuno que no se vuelve compasión.
Isaías
describe una contradicción: “Me
buscan cada día… quieren conocer mis caminos” (Is 58,2), pero al
mismo tiempo hay pleitos, opresión, indiferencia ante el pobre. Es decir: mucha
“religión” y poca misericordia.
Y
entonces aparece el ayuno que agrada a Dios (la gran pregunta cuaresmal):
·
romper
cadenas injustas,
·
dejar
libres a los oprimidos,
·
compartir
el pan con el hambriento,
·
acoger
al pobre,
·
vestir
al desnudo,
·
no
desentenderse del hermano (cf. Is 58,6-7).
Ahí
está la clave: el ayuno verdadero no es solo dejar de comer; es dejar de herir, dejar de explotar, dejar de vivir encerrados.
Si el ayuno no termina en caridad, se vuelve teatro.
Y
Dios promete: “Entonces
romperá tu luz como la aurora… entonces clamarás al Señor y te responderá”
(Is 58,8-9). El ayuno que se vuelve amor abre el cielo.
3) Salmo 51: lo que Dios quiere no es
apariencia, sino corazón contrito
El
Salmo responsorial lo pone en oración penitencial: “Misericordia, Dios mío, por tu bondad…” (Sal
51). No venimos a “lucir” santidad. Venimos a decir la verdad de nosotros
mismos: “Señor, he fallado; límpiame; recrea en mí un corazón nuevo”.
Y
remata con una frase decisiva: “Los
sacrificios no te satisfacen… un corazón quebrantado y humillado tú no lo
desprecias” (Sal 51,18-19). Eso es Cuaresma: menos máscara, más
verdad; menos orgullo, más humildad.
4) Evangelio: el Esposo y el sentido del ayuno
cristiano
Jesús
responde: “¿Pueden los
invitados a la boda estar de duelo mientras el esposo está con ellos?”
(Mt 9,15). Cristo es el Esposo.
Su presencia es alegría, gracia, vida nueva.
Pero
añade: “Días vendrán en que
les arrebatarán al esposo; entonces ayunarán.” Ahí está la cruz.
Cuando el Esposo sea “tomado” (Pasión y muerte), el ayuno tendrá sentido: será
gesto de amor herido, de deseo de Dios, de reparación, de vigilancia del
corazón.
Entonces
entendemos algo precioso: el ayuno cristiano no es tristeza estéril; es amor que se ordena. Es
educar el deseo para que Cristo sea el centro. Y, según Isaías, su prueba
definitiva es esta: ¿me hace más misericordioso?
5) Para nuestra vida: ayunar de lo que enferma
el alma… y cura el cuerpo social
Hoy
la Palabra nos invita a un ayuno integral:
·
Ayuno penitencial: reconocer el pecado
real, pedir perdón de verdad, reconciliarnos.
·
Ayuno de palabras: críticas
destructivas, juicios, ironías que humillan.
·
Ayuno de indiferencia: pasar de largo ante
el sufrimiento ajeno.
·
Ayuno de egoísmo: “mi comodidad
primero” por encima del hermano.
Y
llenarlo con lo que Dios pide en Isaías: pan compartido, tiempo donado, escucha
paciente, visita al enfermo, ayuda al que está solo, misericordia concreta.
6) Intención orante: penitencia y súplica por
los que sufren
Hoy,
con el Salmo 51 en los labios, hacemos una oración penitencial verdadera:
Señor, perdónanos por ayunos sin amor, por rezos sin conversión, por
religiosidad sin compasión.
Y
oramos por quienes sufren
en el cuerpo y en el alma:
por los enfermos, por los que viven dolor crónico, por quienes atraviesan
ansiedad, depresión, duelo, adicciones, soledad, heridas familiares. Que
encuentren en la Iglesia no juicio, sino abrazo; no reproche, sino pan
compartido; no indiferencia, sino presencia.
7) Cierre: la señal de que el ayuno es
auténtico
El
signo de un ayuno verdadero no es la cara larga ni el orgullo espiritual. El
signo es este: más luz,
más humildad, más misericordia. Y entonces se cumple la
promesa: “Clamarás al Señor y
te responderá.” (Is 58,9)
Oración final
Señor
Jesús, Esposo de la Iglesia,
perdona nuestra incoherencia y nuestra dureza.
Danos un corazón contrito y humilde,
capaz de ayunar del pecado y de la indiferencia.
Que nuestra penitencia se convierta en misericordia,
y nuestra oración en consuelo para los que sufren
en el cuerpo y en el alma.
Señor, ten piedad. Cristo,
ten piedad. Señor, ten piedad. Amén.

