La
frescura de una fuente viva
(Isaías 58, 9b-14) Llegar a ser como un jardín bien
irrigado, como una fuente: tal es el horizonte que abre Isaías, alimentado por
las imágenes del capítulo 2 del Génesis. Recordemos que la sabiduría es
comparada con el agua e identificada con la Torá en el libro del Eclesiástico
(cf. Si 24, 23-27).
Esto
subraya el hecho de que la fecundidad nace de la escucha de la Palabra, que
riega y logra vencer esas rocas durísimas que pueden ser nuestros corazones
cuando se endurecen al replegarse sobre sí mismos, sobre sus certezas y sus
evidencias.
Emmanuelle Billoteau, ermita
Primera lectura
Is
58, 9b-14
Cuando
ofrezcas al hambriento de lo tuyo, brillará tu luz en las tinieblas
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía.
El Señor te guiará siempre,
hartará tu alma en tierra abrasada,
dará vigor a tus huesos.
Serás un huerto bien regado,
un manantial de aguas que no engañan.
Tu gente reconstruirá las ruinas antiguas,
volverás a levantar los cimientos de otros tiempos;
te llamarán “reparador de brechas”,
“restaurador de senderos”,
para hacer habitable el país.
Si detienes tus pasos el sábado,
para no hacer negocios en mi día santo,
y llamas al sábado “mi delicia”
y lo consagras a la gloria del Señor;
si lo honras, evitando viajes,
dejando de hacer tus negocios y de discutir tus asuntos,
entonces encontrarás tu delicia en el Señor.
Te conduciré sobre las alturas del país
y gozarás del patrimonio de Jacob, tu padre.
Ha hablado la boca del Señor».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
85, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: 11ab)
R. Enséñame, Señor, tu
camino,
para que siga tu verdad.
V. Inclina tu oído,
Señor, escúchame,
que soy un pobre desamparado;
protege mi vida, que soy un fiel tuyo;
salva, Dios mío, a tu siervo, que confía en ti. R.
V. Piedad de mí, Señor,
que a ti te estoy llamando todo el día;
alegra el alma de tu siervo,
pues levanto mi alma hacia ti, Señor. R.
V. Porque tú,
Señor, eres bueno y clemente,
rico en misericordia con los que te invocan.
Señor, escucha mi oración,
atiende a la voz de mi súplica. R.
Aclamación
V. No me complazco en la
muerte del malvado —dice el Señor—,
sino en que se convierta y viva.
Evangelio
Lc
5, 27-32
No
he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, vio Jesús a un publicano llamado Leví, sentado al mostrador de
los impuestos, y le dijo:
«Sígueme».
Él, dejándolo todo, se levantó y lo siguió. Leví ofreció en su honor un gran
banquete en su casa, y estaban a la mesa con ellos un gran número de publicanos
y otros. Y murmuraban los fariseos y sus escribas diciendo a los discípulos de
Jesús:
«¿Cómo es que comen y beben con publicanos y pecadores?».
Jesús les respondió:
«No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los
justos, sino a los pecadores a que se conviertan».
Palabra del Señor.
1
Hermanos, en estos primeros pasos de Cuaresma la
Palabra nos ofrece una imagen preciosa: Dios quiere hacer de nosotros “un
jardín bien regado, una fuente que no se agota” (cf. Is 58). No se trata de
poesía bonita para consolar; es una promesa exigente. Dios sueña con una vida
fecunda, fresca, luminosa… pero esa frescura no nace de la pura fuerza de
voluntad: nace de dejarnos regar por la Palabra y por la misericordia.
1) De la roca al manantial:
cuando el corazón se repliega
La Palabra “riega” y vence las rocas más duras,
esas durezas que aparecen cuando el corazón se esclerotiza, cuando se
repliega sobre sí mismo, sobre “sus certezas” y “sus evidencias”. ¡Qué actual!
A veces uno no se vuelve duro por maldad, sino por miedo, por cansancio, por
heridas no sanadas. Y entonces pasa algo psicológico y espiritual a la vez: me
defiendo. Me encierro. Me vuelvo “de piedra” para no sufrir. Pero con esa
misma piedra termino sin ternura, sin escucha, sin paciencia; y la vida
se seca por dentro.
Por eso Isaías no comienza hablándonos de
abstinencias, sino de una conversión concreta: quitar el yugo, dejar la
opresión, desterrar la acusación y la malicia, aprender a hacer el bien en lo cotidiano
(cf. Is 58,9b-10). La Cuaresma no es un gimnasio de proezas religiosas: es un
retorno a la verdad del amor.
2) Un ayuno que abre caminos y
“repara brechas”
El profeta describe los frutos: luz en las
tinieblas, fortaleza, guía, descanso interior, y un nombre nuevo:
“reparador de brechas”, “restaurador de caminos” (cf. Is 58,12).
¿No es esto lo que más necesita una familia, una comunidad, un país? Gente que
no viva abriendo grietas con chismes, desprecios y resentimientos, sino que repare,
que vuelva a tender puentes.
Y aquí hay un punto clave: Isaías insiste en el
“sábado”, en el día del Señor: no como carga, sino como espacio de libertad,
de relación, de adoración, de alegría limpia (cf. Is 58,13-14). Cuando el
domingo (y el ritmo santo de la oración) se vuelve negociable, el alma se
deshidrata. Un jardín sin riego se agrieta. La fuente se tapa.
3) Levi y la mesa: Jesús no
comienza por exigir, sino por llamar
En el Evangelio aparece Levi (Mateo), un publicano,
alguien señalado, “mal visto”. Jesús pasa, lo mira y le dice: “Sígueme”
(Lc 5,27). Y Levi deja todo y organiza un banquete.
Notemos el método de Jesús: no empieza por humillarlo, ni por enumerarle
culpas. Empieza por llamarlo. Le devuelve futuro. Le regala una
posibilidad: “Tú no eres tu pasado; tú puedes ser discípulo”.
Los fariseos murmuran: “¿Por qué comen y beben con
publicanos y pecadores?” (Lc 5,30). Y Jesús responde con la frase que debería
quedar grabada en nuestra Cuaresma: “No necesitan médico los sanos, sino los
enfermos… No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a la
conversión” (Lc 5,31-32).
Aquí está el corazón del Evangelio: Jesús no se
asusta de nuestras heridas. Se sienta a la mesa. Se mete en la historia
real. Y desde ahí cura.
4) ¿Qué significa “convertirse”
hoy?
Convertirse no es solo “portarse mejor”. A la luz
de hoy, convertirnos es:
- Dejar
el “yugo”:
esa forma de tratar a otros (y tratarnos) con dureza, control, desprecio,
sarcasmo.
- Reaprender
la compasión concreta: bajar el tono de la crítica, subir el tono del servicio.
- Regresar
al riego:
oración sincera, Palabra, Eucaristía, silencio, domingo vivido como
alianza y alegría.
- Sentarnos
con Jesús: no
como “perfectos”, sino como necesitados de médico.
5) Memoria de María en sábado: la
mujer del corazón regado
Y hoy, en sábado mariano, miramos a María.
Ella es la imagen más bella de lo que Isaías promete: un jardín bien regado,
porque guardaba la Palabra y la meditaba en su corazón; una fuente,
porque llevó en su seno al Agua viva, Cristo.
María no vivió una fe de durezas, sino de disponibilidad. No se encerró en “sus
evidencias”; se abrió al misterio. Por eso, cuando nuestra fe se vuelve áspera,
María nos enseña el camino: escuchar, acoger, confiar, servir.
Llamado final
Hermanos: en esta Cuaresma, pidamos una gracia
sencilla y decisiva: que el Señor ablande la roca y haga brotar un
manantial. Que nuestra casa, nuestra comunidad, nuestra Iglesia sean
“reparadoras de brechas” y “restauradoras de caminos”. Y que, como Levi, nos
dejemos mirar por Jesús y respondamos sin demora: “Sígueme”.
Oración breve (para cerrar)
Señor
Jesús, Médico de las almas,
riega nuestro corazón con tu Palabra;
rompe la piedra de la autosuficiencia y del juicio,
y haznos fuente de misericordia.
María, Madre y discípula fiel,
enséñanos a escuchar y a servir. Amén.
2
Homilía – Sábado después de Ceniza
Lecturas: Is 58,9b-14 / Sal 86(85) / Lc
5,27-32
Memoria de María en sábado
Hermanos, en estos primeros pasos de Cuaresma, la
Palabra nos pone delante un gesto sencillo y, a la vez, decisivo: Jesús mira
a Leví, lo llama, y él “dejándolo todo, se levantó y lo siguió” (Lc 5,28).
No es una escena ruidosa, no hay milagro espectacular, no hay discurso largo. Hay
una mirada, una invitación y una respuesta. Y ahí se juega la conversión: pasar
de estar sentado a ponerse en camino.
1) “Sí, si quitas de en medio el
yugo…”: el ayuno que Dios quiere (Isaías 58)
El profeta Isaías nos advierte que existe un ayuno
que puede ser muy religioso por fuera… y muy vacío por dentro. Dios dice: si
quitas el yugo, el dedo acusador, la maldad de tus palabras; si te abres
al hambriento, si no te desentiendes del que es tu hermano, entonces
“tu luz brillará en las tinieblas” (cf. Is 58,9b-10).
¿Notan el hilo? La Cuaresma no es solo “dejar
comida”, sino dejar cargas:
- el
yugo de la soberbia que aplasta al otro,
- el
yugo del resentimiento que endurece el corazón,
- el
yugo del chisme y la palabra que humilla,
- el
yugo de la indiferencia frente al que sufre.
Dios no negocia con apariencias: la conversión
verdadera se reconoce en la misericordia concreta. Por eso Isaías une el
ayuno con la justicia y el cuidado del hermano. Es como si nos dijera: si tu
ayuno no te vuelve más humano, más compasivo, más fraterno… algo está fallando.
2) “Enséñame, Señor, tu camino”:
la oración que abre el oído (Salmo 86)
El salmo pone en nuestros labios la súplica del
discípulo: “Enséñame, Señor, tu camino, para que siga tu verdad” (Sal
86/85). Cuaresma es esto: volver a aprender a caminar. Porque uno puede estar
bautizado, rezar, tener tradición… y aun así andar por caminos torcidos: el
camino del “me lo merezco”, el camino del “así soy yo”, el camino del “yo no
cambio”, el camino del “que otros hagan”.
El salmo insiste: Dios es bueno y clemente,
“lento a la ira y rico en misericordia”. Eso sostiene nuestra esperanza: no
nos convertimos por miedo, sino porque hemos sido amados. La voz que llama
a Leví no es la voz que lo humilla; es la voz que lo rescata.
3) “Sígueme”: del escritorio al
banquete (Evangelio)
Leví está sentado en el puesto de impuestos. Es un
trabajo rentable, sí, pero socialmente despreciado; y, sobre todo,
espiritualmente peligroso: la tentación de la codicia, la trampa fácil, la vida
doble, la culpa acumulada. Jesús no le hace primero un interrogatorio moral. Lo
llama. Y Leví hace algo precioso: se levanta.
Aquí hay una primera enseñanza: la gracia no
solo “me perdona”; también “me pone de pie”. La conversión no es un
sentimiento bonito: es una decisión que me cambia la dirección.
Y enseguida viene el detalle que ilumina toda la
escena: Leví ofrece un gran banquete para Jesús (Lc 5,29). La conversión
auténtica no termina en el “yo y mi alma”; se vuelve misión, se vuelve mesa, se
vuelve invitación para otros. Él no convoca a los perfectos; convoca a los
suyos: publicanos, gente con fama complicada, amigos de la noche, personas con
hambre de sentido. Leví parece decir: “Vengan a conocer al que me cambió la
vida”.
Entonces aparecen los fariseos y escribas: “¿Por
qué comen y beben con publicanos y pecadores?” (Lc 5,30). Y Jesús suelta
una frase que es medicina para el corazón:
“No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a
los justos, sino a los pecadores para que se conviertan” (Lc 5,31-32).
Hermanos, esto es el Evangelio: Jesús no se
escandaliza de nuestras heridas; viene a curarlas. Y si Él se sienta a la
mesa con pecadores, no es para aprobar el pecado, sino para abrir un camino
de retorno.
4) ¿Qué significa “dejarlo todo”
hoy?
“Dejarlo todo” no siempre será renunciar a un
trabajo o vender una casa. Para muchos, “dejarlo todo” se concreta en dejar eso
que estorba el “sí” completo:
- dejar
una relación que me arrastra a lo oscuro;
- dejar
una adicción disfrazada de “costumbre”;
- dejar
la doble vida;
- dejar
el orgullo de “yo tengo la razón”;
- dejar
la lengua afilada y el dedo acusador (Isaías lo dijo claro);
- dejar
la comodidad que me hace pasar de largo ante el necesitado.
Y para otros, “dejarlo todo” será volver:
volver a la oración, volver a la Eucaristía, volver a pedir perdón, volver a
empezar. Porque Dios no se cansa de llamar. La Cuaresma es el tiempo del “levántate”.
5) Memoria de María en sábado: la
Madre que nos lleva a Jesús
En este sábado, la Iglesia mira a María. Y María
nos enseña la forma más pura de responder a la llamada: “Hágase”. Ella
es la mujer del “sí” sin condiciones. Ella no pone excusas; guarda la Palabra,
la medita, la vive. Y como en Caná, hoy nos dice con ternura firme: “Hagan
lo que Él les diga” (cf. Jn 2,5).
María también es madre de la mesa: en su
casa de Nazaret, Jesús aprendió el sabor del pan compartido, de la paciencia
diaria, de la misericordia en lo pequeño. Pedámosle que en esta Cuaresma
nuestras casas sean un “banquete” de reconciliación: menos gritos, menos
heridas, más escucha; menos juicio, más compasión.
6) Tres llamadas concretas para
vivir hoy
1. Escucha la voz: hoy, en silencio, pregúntate: “Señor,
¿qué me estás pidiendo dejar?”
2. Haz un ayuno con rostro humano: elige una obra concreta de
misericordia esta semana (Isaías 58): una ayuda real, una visita, una llamada,
una reconciliación pendiente.
3. Invita a alguien al banquete: “banquete” puede ser una
conversación, un testimonio sencillo, una invitación a la Eucaristía, un
mensaje que levante al que está cayendo.
Oración final
Señor
Jesús, hoy me miras como miraste a Leví.
A veces estoy sentado en mis seguridades, en mis excusas, en mis pecados
repetidos.
Dame la gracia de levantarme.
Enséñame tu camino, para que siga tu verdad.
Arranca de mí el yugo del orgullo, la palabra que hiere, el dedo acusador.
Hazme misericordioso con el hambriento, con el triste, con el que carga una
cruz.
Y con María, Madre fiel, dame un corazón libre para decirte: “Sígueme”,
y seguirte de verdad.
Amén.
Intención orante (propia del día): Por una Cuaresma fecunda: que
nuestro ayuno se convierta en misericordia, y que, como Leví, llevemos a otros
al encuentro con Jesús.


