jueves, 9 de julio de 2026

9 de julio del 2026:Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá-Patrona de Colombia


El mejor cumplido!

Una mujer del pueblo proclama dichosa a la Madre de Jesús. Pero el Señor eleva la mirada: la verdadera bienaventuranza no se queda en los lazos de la sangre, sino que nace de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón. María es bienaventurada, precisamente, porque creyó, escuchó y vivió fielmente la voluntad del Padre. Al acoger este Evangelio, pidamos la gracia de pasar de la admiración a la obediencia, de la devoción a la vida, para que también nosotros seamos discípulos que escuchan y ponen en práctica la Palabra.

G.Q

 

 


Un amor para compartir

Jesús envió a sus discípulos a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios en el corazón de los hombres. Despojados de todo, ellos se apoyan en la gracia recibida gratuitamente. Hoy, el Señor nos envía también a nosotros, no con la fuerza de nuestros medios, sino con la sencillez de la fe y la confianza en su Palabra.

El Evangelio nos recuerda que la misión nace de un amor recibido antes de ser un amor entregado. “Gratis han recibido, den gratis”. El discípulo no guarda para sí la paz, el consuelo y la luz que Dios le ofrece. Los comparte con quienes están cansados, heridos, desanimados o alejados de la esperanza.

Tal vez no tenemos el poder de resolver todos los sufrimientos del mundo, pero sí podemos ser una presencia que levanta, una palabra que serena, un gesto que consuela, una oración que acompaña. Allí donde vivimos, Cristo nos invita a ser mensajeros de su Reino.

Que nuestro corazón permanezca libre, sencillo y disponible, para que el amor recibido de Dios se convierta, por medio de nuestra vida, en un amor compartido.

G.Q



 


 

Primera lectura

Ef 1, 3-6. 11-12

Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

BENDITO sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él hemos heredado también,
los que ya estábamos destinados por decisión
del que lo hace todo según su voluntad,
para que seamos alabanza de su gloria
quienes antes esperábamos en el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Bendito sea el nombre del Señor por siempre.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

V. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. R.

 

Evangelio

Lc 11, 27-28

Bienaventurado el vientre que te llevó

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

 Memoria de Nuestra señora de Chiquinquirá


1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a contemplar la vida cristiana como una bendición recibida y como una misión que debe compartirse. San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un hermoso himno de alabanza: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales”. Antes de que nosotros hiciéramos algo por Dios, Dios ya había pensado en nosotros, nos había elegido, nos había amado y nos había destinado a ser sus hijos en Cristo.

Esta es la raíz de toda vocación cristiana: no somos fruto del azar, ni vivimos abandonados a nuestra suerte. Hemos sido amados desde siempre. Hemos recibido una gracia que no merecíamos y que no podemos guardar egoístamente. Todo lo que somos y tenemos viene de Dios, y por eso nuestra vida está llamada a convertirse en alabanza, en gratitud y en servicio.

El salmo nos ayuda a responder a este don: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. El creyente sabe bendecir a Dios no solo con los labios, sino también con la vida. Bendecimos al Señor cuando anunciamos su amor, cuando servimos a los pobres, cuando consolamos a los tristes, cuando acompañamos a los enfermos, cuando sostenemos la esperanza de quienes se sienten cansados o solos.

En el Evangelio, una mujer del pueblo alaba a la Madre de Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no rechaza aquella alabanza, pero la lleva más lejos: “Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, Jesús nos enseña que la verdadera grandeza de María no está solamente en haberlo llevado en su seno, sino en haber escuchado la Palabra, haberla guardado en el corazón y haberla hecho vida.

Por eso, en este día en que celebramos a la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la discípula fiel, la mujer de la escucha, la madre que acompaña a su pueblo. En Chiquinquirá, Dios quiso regalarnos un signo de ternura y esperanza para nuestra patria. Allí, la imagen renovada de la Virgen nos recuerda que Dios también quiere renovar el alma de Colombia: renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras heridas sociales y nuestra esperanza.

María no se queda encerrada en sí misma. Ella recibe la gracia de Dios y la comparte. Recibe al Verbo en su seno y lo lleva a Isabel. Guarda la Palabra y la entrega al mundo. Está de pie junto a la cruz y acompaña a la Iglesia naciente en Pentecostés. Ella nos enseña que todo amor recibido de Dios debe convertirse en amor compartido.

También nosotros somos enviados, como discípulos misioneros, a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios. La Iglesia existe para evangelizar. No anunciamos una idea, sino a Cristo vivo. No trabajamos solamente por una institución, sino por el Reino de Dios. Y para esta misión hacen falta corazones disponibles, vocaciones generosas, sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias evangelizadoras, jóvenes capaces de decirle sí al Señor.

Hoy oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que no falten obreros para la mies. Que no falten voces que anuncien el Evangelio. Que no falten manos que sirvan, pies que caminen, corazones que amen y vidas que se entreguen.

Pidamos a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá que interceda por Colombia y por la Iglesia. Que ella nos enseñe a escuchar la Palabra y cumplirla. Que nos ayude a vivir agradecidos por la gracia recibida. Y que, como verdaderos discípulos de Jesús, hagamos de nuestra vida un amor compartido para gloria de Dios y bien de nuestros hermanos. Amén.

 


Homilía jueves de la 14a semana del tiempo ordinario II


2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos sitúa ante una verdad muy profunda: antes de ser enviados, hemos sido bendecidos; antes de anunciar, hemos sido amados; antes de dar, hemos recibido.

San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un himno de bendición a Dios Padre, porque en Cristo nos ha colmado de toda clase de bienes espirituales. Dice el apóstol que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor. Esta afirmación es bellísima: nuestra vida no comienza en el vacío ni en el azar, sino en el amor eterno de Dios. Somos hijos elegidos, bendecidos y llamados a vivir para alabanza de su gloria.

Por eso, la misión cristiana no nace primero de una obligación externa, sino de una gracia recibida. Nadie puede dar lo que no ha recibido. Nadie puede anunciar con verdad a Cristo si antes no ha permitido que Cristo entre en su propia vida. Nadie puede hablar del Reino si primero no deja que el Reino de Dios vaya transformando su corazón.

El salmo nos invita a responder con gratitud: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. Bendecir al Señor no es solamente repetir palabras piadosas. Bendecimos al Señor cuando nuestra vida se convierte en alabanza, cuando nuestra fe se vuelve servicio, cuando el amor recibido de Dios se transforma en amor compartido con los demás.

El evangelio que nos relata el envío de los apóstoles, nos recuerda las palabras de Jesús: “El Reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis han recibido, den gratis”. Jesús envía a los suyos, pero no los envía vacíos. Primero los llama, los forma, los instruye, los acerca a su corazón; luego los manda como testigos de su Reino.

Esta es también la dinámica de nuestra vida cristiana. Primero Dios trabaja dentro de nosotros: sana nuestras heridas, purifica nuestras intenciones, fortalece nuestra fe, nos enseña a confiar, nos libera de nuestros egoísmos. Luego nos envía. La misión comienza en el corazón, pero no se queda encerrada allí. Una fe que ha sido tocada por Cristo termina saliendo al encuentro de los demás.

En el Evangelio propio de esta memoria, una mujer alaba a la Madre de Jesús diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús responde: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, el Señor no disminuye a María; al contrario, revela su verdadera grandeza. María es bienaventurada porque escuchó, creyó, obedeció y vivió la Palabra.

Por eso hoy, al celebrar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la primera discípula misionera. Ella recibió la gracia de Dios y no la guardó para sí. Recibió al Hijo de Dios en su seno y salió presurosa a servir a Isabel. Guardó la Palabra en su corazón y permaneció fiel junto a la cruz. Acompañó a la Iglesia naciente en la oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

María nos enseña que toda misión auténtica nace de la escucha. Ella no evangeliza con ruido, protagonismo o imposición, sino con presencia, fe, servicio y fidelidad. En Chiquinquirá, su imagen renovada nos recuerda que Dios también quiere renovar el corazón de Colombia. Quiere renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras vocaciones, nuestra esperanza y nuestra capacidad de vivir como hermanos.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia existe para anunciar a Cristo. Pero esa misión necesita corazones disponibles: sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias que transmitan la fe, jóvenes valientes que se atrevan a decirle sí al Señor.

La evangelización comienza cerca: en la casa, en la comunidad, en la parroquia, en el ambiente de trabajo, en las redes sociales, en los caminos sencillos de cada día. A veces no podremos resolver todos los problemas de los demás, pero sí podemos ser una palabra que consuela, una presencia que levanta, una oración que acompaña, una luz que recuerda que Dios no abandona.

Pidamos, entonces, al Señor que establezca primero su Reino en nuestra alma. Que sane lo que está herido, que fortalezca lo que está débil, que purifique lo que está dividido, que encienda de nuevo el fuego de la fe. Y desde allí, que nos envíe como instrumentos de su gracia.

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona y madre de Colombia, intercede por nuestra patria, por la Iglesia, por los evangelizadores y por las vocaciones. Enséñanos a escuchar la Palabra y a cumplirla. Ayúdanos a recibir gratuitamente el amor de Dios y a compartirlo gratuitamente con nuestros hermanos. Amén.

 

miércoles, 8 de julio de 2026

8 de julio del 2026: miércoles de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

Al llamado

(Mt 10,10,1-7) Jesús pasa y llama a los Doce. Su elección sigue siendo un misterio: llama a hombres frágiles e imperfectos, y sin embargo los envía a anunciar que el Reino está muy cerca, a curar y levantar. A través de ellos, es la misericordia de Dios la que se acerca a las multitudes heridas. También hoy el Señor llama discípulos, no porque sean perfectos, sino para que lleguen a ser signos de su presencia, servidores de su paz y testigos de su amor.

G.Q



Primera lectura

Os 10, 1-3. 7-8. 12

Es tiempo de consultar al Señor

Lectura de la profecía de Oseas.

UNA viña arrasada es Israel,
el fruto es como ella.
Por la abundancia de sus frutos,
multiplicó sus altares.
Cuanto más rica era su tierra,
más adornaban sus estelas.
Su corazón es inconstante,
así pues pagarán.
Él mismo hará pedazos sus altares,
demolerá sus estelas.
Entonces dirán: «no tenemos rey
porque no tuvimos temor del Señor...,
y el rey ¿qué haría por nosotros?».
Ha desaparecido el rey de Samaría,
como una rama de la superficie del agua.
Serán destruidos los altozanos de la Iniquidad,
¡pecado de Israel!
Espino y maleza crecerán sobre sus altares.
Dirán a las montañas: «Cúbrannos»,
y a las colinas: «Caigan sobre nosotros».
Siembren con justicia,
recojan con amor.
Pongan al trabajo un terreno virgen.
Es tiempo de consultar al Señor,
hasta que venga y haga llover
sobre ustedes la justicia.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 4b)

R. Busquen continuamente el rostro del Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Cántenle al son de instrumentos,
hablen de sus maravillas,
gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. 
R.

V. Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. 
R.

V. ¡Estirpe de Abrahán, su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Está cerca el reino de Dios;
conviértanse y crean en el Evangelio. 
R.

 

Evangelio

Mt 10, 1-7

Vayan a las ovejas descarriadas de Israel

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro, y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan a las ovejas descarriadas de Israel.
Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una verdad muy seria: el corazón humano puede llenarse de muchas cosas y, sin embargo, quedarse vacío de Dios. El profeta Oseas denuncia a Israel porque, cuanto más prosperaba, más multiplicaba sus altares falsos. El pueblo había recibido bendiciones, pero olvidó al Señor. Por eso el profeta lanza una invitación que sigue siendo actual: “Siembren justicia, cosechen misericordia; roturen un campo nuevo, porque es tiempo de buscar al Señor”.

Esa frase puede iluminar nuestra vida. También nosotros necesitamos roturar el campo del corazón, arrancar lo que se ha endurecido, quitar los ídolos que ocupan el lugar de Dios: el orgullo, la indiferencia, la comodidad, la autosuficiencia. La verdadera conversión empieza cuando reconocemos que necesitamos volver al Señor.

El salmo nos muestra el camino: “Recurran al Señor y a su poder, busquen continuamente su rostro”. No se trata de buscar a Dios solo cuando todo va mal, sino de vivir con el corazón orientado hacia Él. Quien busca el rostro del Señor aprende a mirar la vida de otra manera: con fe, con esperanza, con humildad.

En el Evangelio, Jesús llama a los Doce y los envía a anunciar que el Reino de los cielos está cerca, a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y expulsar demonios. Su elección es un misterio: llama a hombres frágiles, imperfectos, llenos de límites; pero los convierte en instrumentos de su misericordia. Jesús no llama a los perfectos, sino a los disponibles. No envía a los autosuficientes, sino a los que se dejan transformar por Él.

Hoy, al orar especialmente por los enfermos, comprendemos que la misión de la Iglesia sigue siendo la misma: anunciar, consolar, levantar, sanar. Hay enfermedades del cuerpo que duelen profundamente, pero también hay enfermedades del alma: la tristeza, la soledad, la falta de fe, el miedo, el resentimiento. A todos ellos quiere llegar Cristo con su presencia sanadora.

Pidamos al Señor que cure a nuestros enfermos, que fortalezca a sus familias y que haga de nosotros discípulos compasivos. Que no pasemos indiferentes ante el dolor de los demás. Que sepamos ser una palabra de ánimo, una visita oportuna, una oración sincera, una mano tendida.

Y que esta Eucaristía nos ayude a buscar siempre el rostro del Señor, para sembrar justicia, cosechar misericordia y ser, en medio del mundo, signos vivos de su Reino que ya está cerca. Amén.

 

2

 

Elegidos y enviados

 

Hermanos y hermanas:

El Evangelio de hoy nos presenta un momento decisivo en la vida pública de Jesús: “Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Luego el evangelista nos da sus nombres. No se trata de una simple lista. Son los nombres de aquellos hombres concretos, frágiles, limitados, con historias personales, temperamentos distintos y hasta debilidades evidentes, a quienes Jesús quiso asociar de manera especial a su misión.

Imaginemos por un momento a cada uno de los Doce cuando conoció por primera vez al Señor. Ninguno podía imaginar lo que vendría después. Once de ellos llegarían a ser fundamento visible de la Iglesia naciente. Sus palabras, su testimonio, su predicación y su entrega serían proclamados hasta los confines de la tierra. Celebrarían la Eucaristía, impondrían las manos comunicando el don del Espíritu Santo, anunciarían el perdón, harían signos en nombre de Jesús y muchos de ellos sellarían su fidelidad con el martirio.

Pero la fecundidad de sus vidas no nació de sus cualidades humanas, ni de sus planes personales, ni de una estrategia diseñada por ellos. Nació de una verdad fundamental: fueron elegidos y enviados por Cristo. No se inventaron la misión. No construyeron un proyecto propio de salvación. No se pusieron en el centro. Se dejaron llamar, se dejaron formar y, cuando llegó la hora, obedecieron al envío del Señor.

Esta misma Palabra ilumina la primera lectura del profeta Oseas. Allí el Señor denuncia el corazón dividido de Israel. Cuanto más prosperaba el pueblo, más multiplicaba altares falsos; cuanto más recibía bendiciones, más se alejaba de Dios. Israel había olvidado que su verdadera seguridad no estaba en sus reyes, en sus ídolos ni en sus alianzas humanas, sino en el Señor. Por eso el profeta proclama una invitación fuerte y hermosa: “Siembren justicia, cosechen misericordia; roturen un campo nuevo, porque es tiempo de buscar al Señor”.

Esa frase toca también nuestra vida. Muchas veces queremos construir nuestra existencia según nuestros propios planes: asegurar el futuro, alcanzar metas, obtener bienestar, reconocimiento, estabilidad. Todo eso puede ser legítimo y bueno. Pero el riesgo aparece cuando dejamos de preguntarle a Dios qué quiere de nosotros. El peligro es multiplicar nuestros “altares”, es decir, poner la confianza en cosas que no salvan: el dinero, el prestigio, la autosuficiencia, la comodidad, la imagen, el poder o los afectos desordenados.

Por eso el salmo nos da la actitud correcta: “Recurran al Señor y a su poder, busquen continuamente su rostro”. Buscar el rostro del Señor es vivir en discernimiento. Es preguntarnos no solo qué quiero yo, sino qué quiere Dios de mí. No solo hacia dónde quiero ir, sino hacia dónde me envía el Señor. No solo qué me conviene, sino qué produce frutos de eternidad.

Jesús no llamó a los Doce porque fueran perfectos. Los llamó porque quiso hacer de ellos instrumentos de su misericordia. Del mismo modo, Dios también nos ha elegido para una misión santa y concreta. Quizá no sea una misión espectacular a los ojos del mundo, pero puede ser gloriosa a los ojos del cielo: sostener una familia con amor, servir con humildad, perdonar, acompañar a quien sufre, enseñar la fe, orar por otros, trabajar con honestidad, evangelizar con la palabra y con la vida.

El llamado de Jesús siempre implica conversión. Hay aspectos de nuestra vida que quizá ya son buenos, pero el Señor puede pedirnos dar un paso más: amar con mayor generosidad, servir sin esperar recompensa, renunciar a un egoísmo, corregir una tibieza, dejar una idolatría, volver a sembrar justicia para cosechar misericordia.

Dios no nos promete tesoros materiales ni éxitos fáciles. Pero sí quiere derramar sobre nosotros un tesoro infinitamente mayor: su gracia. Su misericordia es abundante, como un océano inmenso que espera ser acogido. Cuando oramos, cuando nos convertimos, cuando abrimos el corazón, Dios comienza a transformar nuestra vida. Entonces dejamos de vivir solo para nuestros proyectos y empezamos a vivir para el Reino.

Hoy preguntémonos sinceramente: ¿Para qué me ha elegido Dios? ¿Qué misión me está confiando? ¿Qué campo de mi corazón necesita ser roturado de nuevo? ¿Qué ídolos debo derribar para buscar de verdad el rostro del Señor?

Pidamos la gracia de responder como discípulos disponibles. Que no tengamos miedo de dejarnos llamar, cambiar y enviar. Porque cuando Dios elige, también sostiene; cuando envía, también acompaña; y cuando pide algo, siempre da la gracia necesaria para cumplir su voluntad.

Señor Jesús, tú me has llamado por mi nombre y me has elegido para una misión concreta en tu Reino. Abre mi corazón a tu gracia, purifica mis planes, derriba mis ídolos y enséñame a buscar siempre tu rostro. Que siembre justicia, que coseche misericordia y que vaya donde tú me envíes, confiando en que tu voluntad dará frutos de vida eterna. Amén.

 

lunes, 6 de julio de 2026

7 de julio del 2026: martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

Sin prejuicios

(Mt 9,32-38) Jesús cura a un sordomudo sin dejarse detener por las críticas. Su mirada está puesta en el sufrimiento, no en las acusaciones. Él actúa con amor y compasión. Nos invita a mirar a las personas sin prejuicios, sin condenas rápidas, sin dejarnos aprisionar por las apariencias o por los murmullos de los demás.

Donde algunos solo ven un problema, Jesús ve a un hermano que necesita ser levantado. Donde otros buscan acusar, Jesús elige sanar. Su corazón no se cierra por las sospechas ni por los juicios humanos; permanece abierto ante la miseria de quien sufre.

También hoy, el Señor nos llama a purificar nuestra mirada. Antes de criticar, aprendamos a comprender; antes de condenar, intentemos amar; antes de hablar de las heridas de los demás, acerquémonos con delicadeza para ayudar a curarlas.

Ser discípulo de Jesús es aprender a mirar como Él: con misericordia, con verdad y con un corazón libre de todo prejuicio.

 


Primera lectura

Os 8, 4-7. 11-13

Siembran viento, cosecharán tempestades

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Han constituido reyes en Israel, sin contar conmigo,
autoridades, y yo no sabía nada.
Con su plata y con su oro
se hicieron ídolos para establecer pactos.
¡Tu becerro te ha rechazado, Samaría!
Mi ira se inflamó contra ellos.
¿Hasta cuándo serán culpables
de la suerte de Israel?
¡Un artesano lo ha hecho,
pero eso no es un Dios!
Sí, terminará hecho pedazos
el becerro de Samaría.
Puesto que siembran viento,
cosecharán tempestades;
“espiga sin brote no produce harina”.
Tal vez la produzca,
pero la devorarán extranjeros.
Efraín multiplicó los altares de pecado,
y fueron para él altares de pecado.
Para él escribo todos mis preceptos,
son considerados cosa de otros.
¡Sacrificios de carne asada!
Sacrificaron la carne y se la comieron.
El Señor no los acepta.
Tiene presente su perversión
y castiga sus pecados:
deberán retornar a Egipto».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 113 B, 3-4. 5-6. 7ab-8. 9-10 (R.: 9a)

R. Israel confía en el Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas. 
R.

V. Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen. 
R.

V. Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan.
Que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos. 
R.

V. Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—,
que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 32-38

La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló.
La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando
toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos invita a purificar la mirada y el corazón. En el Evangelio, Jesús cura a un hombre mudo que estaba poseído por un demonio. Al ser liberado, aquel hombre recupera la palabra. La gente queda admirada y dice: “Nunca se ha visto cosa igual en Israel”. Pero los fariseos, en lugar de reconocer la acción de Dios, acusan a Jesús y dicen: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

Qué contraste tan fuerte: mientras unos se maravillan ante el bien, otros se cierran en la sospecha. Mientras el pueblo sencillo reconoce la misericordia de Dios, los corazones endurecidos interpretan el amor de Jesús como amenaza. Jesús, sin embargo, no se detiene ante las críticas. No se deja encerrar por los prejuicios ni por las acusaciones. Su mirada está puesta en el sufrimiento, no en los comentarios malintencionados. Él ve al hombre necesitado, lo libera y le devuelve la dignidad.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para nuestra vida cristiana: Jesús nos invita a mirar a las personas sin prejuicios. Muchas veces nosotros también corremos el riesgo de juzgar demasiado pronto, de condenar por apariencias, de dejarnos llevar por rumores o interpretaciones negativas. Pero el discípulo de Cristo está llamado a mirar como mira Jesús: con misericordia, con compasión y con verdad.

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, nos muestra el drama de un pueblo que se aparta de Dios. Israel se fabrica ídolos, multiplica altares y cree que puede organizar su vida sin escuchar al Señor. El profeta denuncia esa falsa seguridad con una frase muy fuerte: “Siembran vientos y cosecharán tempestades”. Cuando el ser humano se aleja de Dios, termina adorando obras de sus propias manos; termina confiando en lo que no salva.

El salmo responde a esta situación recordándonos la diferencia entre el Dios vivo y los ídolos muertos. Los ídolos tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen. Es decir, no pueden salvar, no pueden escuchar, no pueden acompañar. Por eso el salmista proclama: “Israel confía en el Señor”. Esa es también nuestra invitación de hoy: volver a poner la confianza en el Dios vivo, no en los ídolos del orgullo, del poder, del dinero, de la crítica o de la autosuficiencia.

Cuando una persona pierde la confianza en Dios, fácilmente cae en dos peligros: fabricar ídolos y juzgar sin misericordia. Eso hicieron los fariseos del Evangelio: tenían a Dios delante de ellos actuando con amor, pero sus prejuicios no les permitieron reconocerlo. Habían cerrado los ojos del alma. Por eso, aunque veían milagros, no veían la misericordia.

Jesús, en cambio, nos muestra otro camino. Él no se queda atrapado en la discusión. No responde con odio a la acusación. Sigue adelante, recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, proclamando el Evangelio del Reino y curando enfermedades. Su misión nace de un corazón compasivo. Al ver a la gente extenuada y abandonada, como ovejas sin pastor, se conmueve profundamente.

Esa compasión de Jesús debe tocar también nuestro corazón. Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores: por tantas personas que, de manera visible o escondida, ayudan, sostienen, colaboran, comparten sus bienes, su tiempo, su oración y su servicio. Ellos son instrumentos de la Providencia de Dios. En un mundo donde muchos siembran vientos de egoísmo, nuestros benefactores siembran gestos de bondad, de solidaridad y de esperanza.

Pidamos al Señor que los bendiga abundantemente. Que recompense todo bien hecho por amor. Que les conceda salud, paz, fortaleza y alegría. Y que a nosotros nos conceda también un corazón agradecido, capaz de reconocer el bien, no de sospechar siempre; capaz de bendecir, no de murmurar; capaz de servir, no de juzgar.

Que esta Eucaristía nos ayude a derribar los ídolos que nos impiden confiar plenamente en Dios. Que el Señor sane nuestra mudez espiritual, esa que nos impide alabar, agradecer, pedir perdón o decir una palabra de consuelo. Y que nos enseñe a mirar como Él mira: sin prejuicios, con misericordia, con amor y con compasión.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone frente a una realidad muy profunda: no basta con tener boca para hablar; es necesario que nuestras palabras nazcan de un corazón habitado por Dios. En el Evangelio, le presentan a Jesús un hombre mudo, poseído por un demonio. Jesús expulsa al demonio y aquel hombre comienza a hablar. La gente, llena de admiración, exclama: “Nunca se ha visto cosa igual en Israel”.

A primera vista, se trata de una curación física: un hombre que no podía hablar recupera la palabra. Pero este signo tiene también un sentido espiritual. Aquel mudo representa al ser humano cuando pierde la capacidad de comunicarse verdaderamente con Dios, con los demás y consigo mismo. Hay una mudez del alma: cuando no sabemos orar, cuando no sabemos pedir perdón, cuando no encontramos palabras para consolar, cuando hablamos mucho pero no decimos nada que edifique.

Podemos tener muchas palabras y, sin embargo, estar espiritualmente mudos. Podemos opinar, discutir, responder, comentar, criticar, publicar, hablar sin parar… y aun así no comunicar vida. Porque la verdadera palabra no nace solo de la boca; nace de un corazón iluminado por la verdad de Dios. Cuando el corazón está lejos del Señor, la palabra se vuelve ruido, reacción, murmuración, soberbia o agresión. Pero cuando Cristo sana el corazón, también purifica la lengua.

La primera lectura del profeta Oseas denuncia precisamente a un pueblo que ha perdido la voz de la fidelidad. Israel se ha apartado de Dios, ha elegido reyes sin contar con Él, ha fabricado ídolos de plata y oro, ha multiplicado altares, pero no ha escuchado la Palabra del Señor. Por eso el profeta dice una frase dura y luminosa: “Siembran viento y cosecharán tempestades”.

Cuando el hombre deja de escuchar a Dios, termina hablando desde sus propios ídolos. Y los ídolos también tienen su lenguaje: el poder habla con arrogancia, el dinero habla con autosuficiencia, el orgullo habla con desprecio, la envidia habla con veneno, la ira habla hiriendo. Por eso muchas veces nuestras palabras revelan qué estamos adorando en el corazón.

El salmo nos ayuda a comprender mejor esta enseñanza. Los ídolos “tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”. Es una imagen muy fuerte. El ídolo parece tener vida, pero está muerto. Tiene boca, pero no comunica verdad. Tiene ojos, pero no mira con amor. Tiene oídos, pero no escucha el clamor del pobre. Y el salmo advierte: “Que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos”.

Es decir, cuando el ser humano pone su confianza en ídolos muertos, también su corazón se va endureciendo. Si adoramos lo que no habla, terminamos perdiendo la palabra verdadera. Si confiamos en lo que no escucha, también dejamos de escuchar. Si vivimos lejos del Dios vivo, nuestras palabras se vacían de vida.

Por eso el Evangelio de hoy es tan esperanzador. Jesús, la Palabra hecha carne, se encuentra con un hombre sin palabra y le devuelve la voz. Cristo no solo cura una lengua; restaura una identidad. Aquel hombre vuelve a hablar porque ha sido liberado. Donde el mal había impuesto silencio, Jesús hace brotar una palabra nueva.

También nosotros necesitamos que el Señor expulse de nuestro interior todo aquello que enferma nuestra manera de hablar: la crítica destructiva, el chisme, la mentira, la palabra hiriente, la queja amarga, la ironía cruel, la dureza, el juicio rápido. Necesitamos que Jesús sane nuestra lengua para que nuestras palabras sirvan al Reino de Dios.

Una palabra cristiana no tiene que ser larga ni solemne. A veces basta una frase sencilla: “Estoy contigo”, “cuenta con mi oración”, “perdóname”, “gracias”, “ánimo”, “Dios te bendiga”. Cuando nace de la caridad, incluso una palabra cotidiana puede convertirse en instrumento de gracia. Una pregunta amable, un saludo cordial, una corrección hecha con respeto, una palabra de consuelo, pueden levantar a alguien que estaba caído.

Pero el Evangelio también nos muestra otro contraste. Mientras la gente sencilla se admira del milagro, los fariseos acusan a Jesús: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Qué triste es un corazón que ya no puede alegrarse ante el bien. Qué peligroso es mirar la obra de Dios con prejuicio. Jesús sana, pero ellos sospechan. Jesús libera, pero ellos critican. Jesús devuelve la palabra, pero ellos usan sus palabras para acusar.

Aquí también hay una enseñanza para nosotros. No todo el que habla mucho habla bien. No toda palabra religiosa viene de Dios. También se puede usar el lenguaje de la fe para juzgar, dividir o condenar. Por eso debemos pedir al Señor que nuestras palabras no nazcan del prejuicio, sino de la misericordia; no de la envidia, sino de la verdad; no del orgullo, sino de la humildad.

Al final del Evangelio, Jesús contempla a la multitud y se compadece de ella, porque está extenuada y abandonada como ovejas sin pastor. Esa compasión es la fuente de su misión. Jesús no mira primero el pecado para condenar; mira el dolor para salvar. No mira a la gente como problema; la mira como rebaño amado, necesitado de pastores, de cuidado, de cercanía.

Y entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”. Esta frase nos recuerda que la Iglesia necesita hombres y mujeres capaces de llevar una palabra de vida al mundo: sacerdotes, misioneros, catequistas, familias, servidores, benefactores, comunidades que hablen menos desde el egoísmo y más desde el Evangelio.

Hoy podemos orar también para que el Señor nos haga trabajadores de su mies con nuestras palabras. Que nuestra boca no sea altar de ídolos, sino instrumento de bendición. Que nuestra voz no siembre vientos de división, sino semillas de paz. Que nuestras palabras no cosechen tempestades, sino frutos de fraternidad, reconciliación y esperanza.

Pidamos al Señor que sane nuestra mudez espiritual. Que nos enseñe a orar con sinceridad, a hablar con verdad, a corregir con caridad, a consolar con ternura y a anunciar con valentía su Evangelio.

Que Cristo, Palabra eterna del Padre, entre en el silencio de nuestro corazón, expulse de nosotros toda confusión, pecado y temor, y nos conceda una lengua nueva: una lengua que bendiga, que edifique, que evangelice y que dé gloria a Dios.

Amén.

 

domingo, 5 de julio de 2026

6 de julio del 2026: lunes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II-Santa María Goretti, virgen y mártir-memoria opcional

 

SANTO DEL DÍA

Santa María Goretti (1890-1902)

 

Esta niña italiana de 12 años fue atacada brutalmente por un vecino. Antes de sucumbir a sus heridas, perdonó a su asesino. Canonizada en 1950.



«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».

(Mateo 9,18-26) En Jesús, Dios se hace cercano: no mira ni el pasado ni los fracasos, sino el corazón que se vuelve hacia Él. Acoge nuestra fragilidad con ternura y nos levanta cuando nos atrevemos a acercarnos a Él con confianza. Nada está perdido para quien espera en su misericordia. También hoy Cristo pasa por nuestra vida, dispuesto a sanar nuestras heridas más profundas y a reavivar en nosotros la esperanza. Atrevámonos a tocar, por la fe, el borde de su manto: Él nos ofrece una vida nueva, una paz que nada puede quitarnos y la alegría de caminar tras sus pasos.

G.Q

 


Primera lectura

Os 2, 16. 17b-18. 21-22

Me desposaré contigo para siempre

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día —oráculo del Señor—
me llamarás “esposo mío”,
y ya no me llamarás “mi amo”.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 8a)

R. El Señor es clemente y misericordioso.

V. Día tras día, te bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. 
R.

V. Una generación pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. 
R.

V. Encarecen ellos tus temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. 
R.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Nuestro Salvador, Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 18-26

Mi hija acaba de morir, pero ven tú y vivirá

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos que se arrodilló ante él y le dijo:
«Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo:
«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la gente, dijo:
«¡Retírense! La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
La noticia se divulgó por toda aquella comarca.

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este lunes de la décima cuarta semana del tiempo ordinario nos habla de un Dios que no se cansa de buscar, atraer, sanar y levantar a su pueblo.

En la primera lectura, el profeta Oseas nos presenta una imagen bellísima: Dios habla como un esposo fiel que quiere reconquistar el corazón de su pueblo. Dice el Señor: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto, que muchas veces representa prueba, soledad y pobreza, se convierte también en lugar de encuentro. Allí donde parece que todo falta, Dios se revela como amor fiel, como misericordia que no abandona.

El Señor promete desposarse con su pueblo “en justicia y derecho, en misericordia y ternura”. Esta es una de las grandes revelaciones de la Biblia: Dios no se relaciona con nosotros desde el rencor, sino desde la fidelidad. Aunque el pueblo se haya alejado, Dios vuelve a hablarle al corazón. Aunque haya pecado, heridas o infidelidades, Dios quiere reconstruir la alianza.

Por eso el salmo nos invita a bendecir al Señor cada día: “El Señor es clemente y misericordioso”. Su grandeza no está solamente en su poder, sino en su compasión. Él sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan. Esta es una palabra de consuelo para todos, especialmente para quienes atraviesan momentos de duelo, cansancio o incertidumbre.

Y el Evangelio nos muestra esa misericordia hecha carne en Jesús. La mujer enferma se acerca con fe y toca el borde de su manto. No pronuncia grandes discursos; simplemente cree. Y Jesús le dice: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado”. También llega a la casa donde una niña ha muerto, y allí donde todos ven final, Jesús ve vida. Donde la gente llora y se burla, Él entra, toma de la mano a la niña y la levanta.

Qué hermosa imagen para nuestra fe: Cristo toma de la mano a los caídos, a los heridos, a los enfermos, a los pecadores, a los que lloran y también a nuestros hermanos difuntos. Nosotros creemos que la muerte no tiene la última palabra. Creemos que el mismo Jesús que levantó a aquella niña es el Señor de la vida, el que conduce a los suyos hacia la plenitud del Reino.

Hoy, al orar por nuestros hermanos difuntos, los ponemos en las manos misericordiosas de Dios. No los confiamos a una idea vaga, sino al amor fiel del Señor, ese amor del que habla Oseas: amor de alianza, de ternura, de fidelidad eterna. Pedimos que quienes han partido de este mundo sean acogidos por Cristo, que sana toda herida y abre las puertas de la vida eterna.

Y también pedimos por nosotros, los que seguimos caminando. Que el Señor nos conceda una fe sencilla y audaz como la de aquella mujer; una fe capaz de acercarse a Jesús incluso en medio del dolor; una fe que no se rinde, que toca el manto del Señor y espera en su misericordia.

Que María, Madre de la esperanza, nos acompañe en este camino. Que ella interceda por nuestros difuntos y nos enseñe a confiar siempre en su Hijo, que nos dice también hoy: “Ánimo, tu fe te ha salvado”. Amén.

 

2

 

Responder al sufrimiento

Mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos, se postró ante Él y le dijo: “Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon tu mano sobre ella, y vivirá”. Jesús se levantó y lo siguió, y también sus discípulos. Entonces una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años se acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Ella pensaba: “Con solo tocar su manto, quedaré curada”.
Mateo 9,18-21.

Trae a la memoria uno de los momentos más dolorosos y difíciles de tu vida. Tal vez sufriste una enfermedad grave o acompañaste la enfermedad de un ser querido. Quizá pasaste por una profunda humillación o caminaste junto a alguien cercano en medio de su propia humillación. Tal vez perdiste un trabajo, enfrentaste deudas crecientes y te sentiste impotente. El sufrimiento tiene muchas formas, y Dios solo permite esas pruebas porque, en su sabiduría, ve un bien mayor que puede brotar de nuestra perseverancia paciente, si ponemos toda nuestra esperanza y confianza en Él.

La primera lectura del profeta Oseas ilumina profundamente esta experiencia. Dios le habla a su pueblo herido como un esposo fiel que quiere reconquistar el corazón de su amada: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto puede ser lugar de soledad, pérdida y prueba; pero, cuando Dios entra en él, también se convierte en lugar de encuentro, de alianza y de restauración. Allí donde el pueblo se siente extraviado, Dios no responde con desprecio, sino con ternura: “Me desposaré contigo para siempre… en misericordia y compasión”.

Esta es la misma lógica de Jesús en el Evangelio. En Él, Dios no se mantiene lejos del dolor humano. Jesús se deja alcanzar por quienes sufren, camina hacia la casa donde hay muerte y permite que una mujer considerada impura toque el borde de su manto. Lo que en la vida parecía desierto, exclusión, enfermedad o duelo, en presencia de Cristo puede convertirse en lugar de salvación.

En el Evangelio de hoy encontramos a dos personas que no se conocen entre sí, pero que están marcadas por un sufrimiento intenso. Primero, un padre se postra ante Jesús y le anuncia con dolor que su hija acaba de morir. En un acto admirable de fe, le suplica a Jesús que vaya y ponga su mano sobre ella, convencido de que volverá a vivir. Mientras Jesús va con él, una mujer que ha sufrido en silencio durante doce años a causa de hemorragias se acerca por detrás y toca el borde de su manto, creyendo que incluso un gesto tan sencillo bastará para recibir la curación.

La muerte repentina de una hija amada y doce años de sufrimiento físico y emocional son cruces pesadas. Aunque nuestras pruebas sean distintas, estamos invitados a reconocernos en estas dos almas sufrientes, especialmente cuando atravesamos tiempos de gran dificultad.

Aquel padre afligido seguramente también se sentía impotente. Él, que había cuidado amorosamente de su hija desde su nacimiento —alimentándola, protegiéndola, guiándola—, ahora se encuentra desarmado ante la muerte, una fuerza que no puede vencer. O al menos eso parece.

La mujer con hemorragias sufría no solo el desgaste físico de su enfermedad, sino también el aislamiento social y espiritual impuesto por la Ley de Moisés. Según la ley levítica, su sangrado continuo la hacía ritualmente impura y la apartaba del culto público y de la vida comunitaria. Como su sangrado era constante, también lo era su separación: un exilio doloroso, prolongado, aparentemente sin fin. Nada podía hacer para cambiar su situación. ¿O sí?

Ante el sufrimiento, cada uno de nosotros debe elegir: o nos volvemos hacia Dios con una fe radical y confiada, o caemos en la desesperación, el resentimiento y la rebeldía. El sufrimiento rara vez nos deja indiferentes: o purifica el corazón o lo endurece. Por eso, cada prueba nos plantea una pregunta: ¿responderé con fe o me encerraré en la amargura?

Estas dos personas sufrientes se negaron a rendirse ante la desesperanza. Al contrario, se volvieron hacia Jesús con una fe audaz y humilde: uno se arrodilla públicamente, la otra se acerca en silencio y toca su manto. En ambos casos, su confianza encuentra respuesta en la misericordia divina.

El salmo responsorial nos ayuda a poner nombre a esa misericordia: “El Señor es clemente y misericordioso”. El salmista bendice al Señor cada día porque reconoce que Dios no abandona a sus criaturas. Su grandeza no consiste solamente en su poder, sino en su compasión. Él sostiene a los que van a caer, levanta a los abatidos y derrama bondad sobre todo lo que ha creado.

Por eso, el padre que se postra y la mujer que toca el manto son imágenes vivas de lo que significa confiar en el Dios clemente y misericordioso. Ambos se acercan a Jesús no porque tengan todo resuelto, sino precisamente porque ya no pueden más. Y allí está la enseñanza para nosotros: no es necesario llegar ante Dios fuertes, impecables o seguros; basta llegar con fe, con humildad y con el corazón abierto.

Lo que la Ley de Moisés consideraba impuro, Jesús lo acoge y lo restaura. Él no queda contaminado por el toque de aquella mujer; al contrario, Él la purifica. Cristo revela así que es el cumplimiento de la Ley, la fuente de toda verdadera sanación, especialmente de aquella sanación que llega a nosotros por medio de los sacramentos. En la Eucaristía, la Reconciliación y la Unción de los enfermos, también nosotros podemos “tocar su manto” y recibir la gracia que restaura lo que está roto.

La primera lectura, el salmo y el Evangelio nos muestran un mismo rostro de Dios: un Dios que habla al corazón en el desierto, un Dios clemente y misericordioso, un Dios que en Jesús se acerca al dolor humano para levantarlo. Él no mira primero nuestras heridas como motivo de rechazo, sino como lugar donde puede manifestar su amor.

Reflexiona hoy sobre esta verdad consoladora: ningún sufrimiento es demasiado profundo, ningún exilio demasiado largo, ninguna pérdida demasiado definitiva para Cristo. Ya sean recientes o antiguas tus heridas, ya puedas gritar tu dolor o apenas susurrar una oración en silencio, acércate a Él. Póstrate ante Él. Toca con fe el borde de su manto por medio de la oración, los sacramentos y el abandono confiado. Él no se apartará. Él ve tu dolor y, si se lo permites, entrará en él, te hablará al corazón y te levantará.

Señor compasivo, Tú ves los sufrimientos de tu pueblo y tu Corazón se conmueve por nosotros. Cuando lleguen las pruebas a mi vida, ayúdame a descubrir en ellas una oportunidad para salir de mi indiferencia y confiar plenamente en Ti. Llévame al desierto si es necesario, pero háblame allí al corazón. Hazme experimentar que eres clemente y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor. Creo que nunca permitirás que soporte una cruz sin darme también la gracia necesaria para llevarla contigo. Jesús, en Ti confío.

 

*********


Santa María Goretti, virgen y mártir

1890–1902
Memoria litúrgica: 6 de julio
Patrona de los adolescentes, de las jóvenes, de la pureza, del perdón y de las víctimas de violencia sexual

 


Santa María Goretti es una de las santas más jóvenes canonizadas por la Iglesia. Nació el 16 de octubre de 1890 en Corinaldo, Italia, en el seno de una familia campesina, pobre y profundamente creyente. Murió el 6 de julio de 1902, con apenas once años, después de haber sido brutalmente atacada por Alessandro Serenelli, un joven vecino que intentó abusar de ella.

Su historia no debe leerse como una exaltación del sufrimiento, sino como el testimonio luminoso de una niña que, en medio de la pobreza, la vulnerabilidad y la violencia, conservó una conciencia clara del bien, una fe sencilla y una capacidad extraordinaria de perdón.

La familia Goretti vivía en condiciones muy duras. Sus padres, Luigi Goretti y Assunta Carlini, trabajaban la tierra como campesinos pobres. La situación se agravó cuando Luigi murió de malaria, dejando a Assunta con la responsabilidad de sostener a sus hijos. Para sobrevivir, la familia compartía vivienda y trabajo con otra familia campesina, los Serenelli. Mientras su madre trabajaba largas jornadas en el campo, María se quedaba con frecuencia en casa, encargada de cocinar, limpiar, remendar ropa y cuidar a sus hermanos menores.

En ese ambiente de precariedad ocurrió la tragedia. Alessandro Serenelli, que había intentado acercarse a María con intenciones desordenadas, la atacó violentamente cuando ella se encontraba sola en la casa. María se resistió con firmeza, no por desprecio a la vida, sino porque comprendía que aquella acción era una grave ofensa contra Dios, contra su dignidad y contra la dignidad del mismo agresor. Al no conseguir su propósito, Alessandro la hirió mortalmente con un arma blanca.

María fue llevada al hospital, donde los médicos intentaron salvarle la vida. Sus últimas horas fueron de enorme sufrimiento físico, pero también de una grandeza espiritual impresionante. Antes de morir, perdonó a su agresor y expresó el deseo de que un día él pudiera estar con ella en el paraíso. Este gesto de perdón no disminuye la gravedad del crimen ni borra la responsabilidad del culpable; más bien revela hasta dónde puede llegar la gracia de Dios en un corazón inocente, herido, pero no vencido por el odio.

Alessandro fue condenado y pasó muchos años en prisión. Al principio se mostró cerrado y endurecido, pero más tarde experimentó un profundo proceso de conversión. Según su propio testimonio, tuvo un sueño en el que María se le aparecía ofreciéndole lirios, símbolo de pureza. Con el tiempo pidió perdón a Assunta, la madre de María, quien también lo perdonó. Después de salir de la cárcel, Alessandro vivió humildemente, asociado a la vida franciscana, y sirvió durante años como jardinero en un convento.

Santa María Goretti fue canonizada por el papa Pío XII el 24 de junio de 1950. Su madre Assunta estuvo presente en la ceremonia, un hecho profundamente conmovedor: una madre veía a la Iglesia reconocer oficialmente la santidad de su hija. María fue presentada como una mártir de la pureza, pero también puede ser contemplada como testigo de la dignidad humana, de la fortaleza de la fe, del perdón cristiano y de la esperanza que vence al mal.

Su vida fue breve, pobre y escondida. No tuvo estudios, riquezas ni privilegios. Conoció desde muy niña el cansancio del trabajo, la fragilidad de la familia campesina, la pérdida de su padre y la dureza de una existencia marcada por la necesidad. Sin embargo, en medio de esa pobreza, poseía un tesoro que nadie pudo arrebatarle: la gracia de Dios en su alma.

Santa María Goretti nos recuerda que la santidad no depende de la edad, de la cultura ni de la posición social. También nos enseña que la pureza cristiana no es ingenuidad ni debilidad, sino respeto profundo por la dignidad del cuerpo, del alma y del amor. Su testimonio habla con especial fuerza a los jóvenes, llamados a descubrir que su vida vale, que su cuerpo es templo del Espíritu Santo y que ninguna presión, violencia o manipulación puede destruir la dignidad que Dios les ha dado.

Pero su mensaje también interpela a toda la Iglesia y a la sociedad: estamos llamados a proteger a los niños, adolescentes y personas vulnerables; a acompañar con delicadeza a las víctimas de abuso y violencia; a rechazar toda forma de agresión sexual; y a proclamar que la misericordia de Dios nunca es complicidad con el mal, sino fuerza que sana, convierte y restaura.

Santa María Goretti, niña fuerte y humilde, mártir de la pureza y testigo del perdón, intercede por nuestros niños y jóvenes. Ruega por las víctimas de violencia y abuso. Enséñanos a defender la dignidad de cada persona, a custodiar la gracia de Dios y a creer que el amor de Cristo puede vencer incluso las heridas más profundas.


Oración

Santa María Goretti,
tú que fuiste madura más allá de tus años
y permaneciste fiel a Dios en medio de la pobreza, la violencia y el dolor,
intercede por todos los niños, adolescentes y jóvenes.

Ayúdalos a descubrir el valor de su dignidad,
la belleza de un corazón limpio
y la fuerza de una fe que no se rinde.

Ruega por las víctimas de abuso y violencia,
para que encuentren protección, justicia, sanación y paz.
Ruega también por quienes han caído en el pecado y la violencia,
para que se abran a la conversión verdadera.

Santa María Goretti,
enséñanos a preferir la gracia al pecado,
la verdad a la mentira,
el perdón al odio
y la vida eterna a todo lo pasajero.

Amén.


9 de julio del 2026:Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá-Patrona de Colombia

El mejor cumplido! Una mujer del pueblo proclama dichosa a la Madre de Jesús. Pero el Señor eleva la mirada: la verdadera bienaventuranza no...