martes, 11 de agosto de 2026

12 de agosto del 2026: miércoles de la decimonovena semana del tiempo ordinario II

 

Manual para tiempos de crisis

Mateo nos ayuda a comprender la comunidad cristiana como un lugar donde el Resucitado está verdaderamente «con nosotros», y es precisamente la concordia entre los hermanos la que mejor manifiesta esa presencia activa.

Jesús no imagina una comunidad sin conflictos. Sabe que habrá heridas, desacuerdos y pecados. Por eso ofrece casi un manual para los momentos de crisis: primero hablar personalmente con el hermano; después, si es necesario, buscar la ayuda de uno o dos más; finalmente, acudir a la comunidad. El objetivo nunca es humillar, señalar o excluir, sino «ganar al hermano» (cf. Mt 18,15).

La corrección cristiana nace del amor, no de la superioridad. Quien corrige debe hacerlo buscando salvar la relación y reconstruir la comunión.

Por eso Jesús termina con una promesa extraordinaria: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

Cristo se hace presente allí donde los discípulos buscan reconciliarse, escucharse, perdonarse y ponerse de acuerdo para orar.

En tiempos de crisis, una comunidad cristiana no se salva porque nunca tenga problemas, sino porque aprende a afrontarlos con verdad, caridad, diálogo y oración.

Quizá podríamos resumir el Evangelio así:

Cuando surge un conflicto, no hables primero del hermano: habla primero con el hermano. Y cuando la comunión parece imposible, recuerda que Cristo sigue estando en medio.

 



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Primera lectura

Ez 9, 1-7; 10, 18-22
Marca en la frente a los que se lamentan por las acciones detestables de Jerusalén

Lectura de la profecía de Ezequiel.

OÍ al Señor que exclamaba con voz potente:
«¡Ha llegado el juicio de la ciudad! Que cada uno empuñe su arma destructora».
Entonces aparecieron seis hombres por el camino de la puerta de arriba, la que da al norte. Cada uno empuñaba una maza. En medio de ellos estaba un hombre vestido de lino, con los avíos de escribano a la cintura. Al llegar se detuvieron junto al altar de bronce.
La Gloria del Dios de Israel se había levantado del querubín en que se apoyaba, dirigiéndose al umbral del templo.
Llamó al hombre vestido de lino, que tenía los avíos de escribano a la cintura.
El Señor le dijo:
«Recorre la ciudad, atraviesa Jerusalén, y marca en la frente a los que gimen y se lamentan por las acciones detestables que en ella se cometen».
A los otros les dijo en mi presencia:
«Recorran la ciudad detrás de él, golpeando sin compasión y sin piedad. A viejos, jóvenes y doncellas, a niños y mujeres, mátenlos, acaben con ellos; pero no se acerquen a ninguno de los que tienen la señal. Comenzarán por mi santuario».
Y comenzaron por los ancianos que estaban frente al templo.
Luego les dijo:
«Profanen el templo, llenando sus atrios de cadáveres, y salgan a matar por la ciudad».
La Gloria del Señor salió levantándose del umbral del templo y se colocó sobre los querubines. Los querubines desplegaron sus alas y se elevaron sobre la tierra ante mis ojos. Junto con ellos partieron también las ruedas y se detuvieron a la entrada de la puerta oriental del templo del Señor. La Gloria del Dios de Israel estaba por encima de ellos.
Eran los mismos seres que había visto bajo el Dios de Israel junto al río Quebar, y comprendí que eran querubines.
Cada uno tenía cuatro rostros y cuatro alas, y bajo las alas una especie de mano humana. El aspecto de sus rostros era el de los rostros que había visto junto al río Quebar. Todos ellos iban de frente.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6 (R.: cf. 4b)

R. La gloria del Señor se eleva sobre los cielos.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra
quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

 

*****

Hermanos, hay una frase del Evangelio de hoy que podría servirnos como un pequeño manual para los momentos de crisis:

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas».

Jesús es muy realista. Él no imagina una comunidad cristiana donde nunca haya problemas, diferencias, errores o pecados. Sabe que incluso entre quienes creen en Él habrá heridas. La cuestión no es si tendremos conflictos; la pregunta es qué hacemos cuando aparecen.

Y Jesús nos propone un camino muy distinto al que muchas veces sigue nuestra sociedad.

Porque cuando alguien se equivoca, nuestra primera reacción puede ser contárselo a otro. Después a otro. Y después quizá a todo el mundo.

Jesús propone exactamente lo contrario:

No hables primero del hermano; habla primero con el hermano.

Y añade algo todavía más importante: la finalidad de la corrección no es demostrar que yo tenía razón. Jesús dice:

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Ese es el objetivo: ganar al hermano, no ganar la discusión.

Ahí está la diferencia entre la corrección cristiana y la condena.

La condena dice: «Quiero demostrar que estás equivocado».

La corrección fraterna dice: «No quiero perderte como hermano».

Por eso Jesús propone un proceso lleno de delicadeza: primero personalmente; después, si es necesario, con la ayuda de otros; finalmente, con la comunidad. Todo está orientado a reconstruir la comunión.

Y esto conecta profundamente con la impresionante visión del profeta Ezequiel.

Jerusalén atraviesa uno de los momentos más dolorosos de su historia. El pecado, la idolatría y la injusticia han penetrado incluso en el lugar santo. Entonces Dios manda colocar una tav, una marca, sobre la frente de aquellos que todavía son capaces de lamentarse por el mal que se comete.

Es una imagen muy fuerte.

Los marcados por Dios son aquellos que no se han acostumbrado al mal.

Porque existe un peligro mayor que equivocarnos: dejar de sentir que algo está mal.

Acostumbrarnos a la mentira.

Acostumbrarnos a la violencia.

Acostumbrarnos al sufrimiento ajeno.

Acostumbrarnos a destruir la fama de las personas.

Acostumbrarnos a guardar resentimientos.

Acostumbrarnos incluso a nuestras propias incoherencias.

Aquellos hombres de Ezequiel llevan la tav porque todavía conservan un corazón sensible ante Dios. Y el texto continúa con una escena dramática: la gloria del Señor abandona el umbral del Templo y se desplaza con los querubines.

Es como si Dios dijera:

«No pueden encerrarme dentro de un templo mientras mi alianza desaparece de sus vidas».

Dios ama el culto, porque Él mismo lo pidió a su pueblo; pero el culto verdadero tiene que transformar la existencia.

También nosotros podríamos llevar una cruz al cuello, persignarnos muchas veces, participar en procesiones y venir a la Eucaristía; pero la pregunta es:

¿la cruz que llevamos por fuera está también grabada en nuestra manera de vivir?

Por eso la antigua tav de Ezequiel resulta tan sugerente para nosotros. Aquella señal que distinguía a quienes pertenecían al Señor puede hacernos pensar, a la luz de Cristo, en la cruz con la que nosotros hemos sido marcados.

Pero la cruz no puede convertirse en un simple adorno.

Ser marcados por Cristo significa aprender a vivir como Cristo.

Perdonar como Cristo.

Buscar al que se ha alejado como Cristo.

Corregir sin destruir.

Decir la verdad sin humillar.

Defender la comunión sin esconder el pecado.

Y entonces comprendemos el salmo:

«La gloria del Señor se eleva sobre los cielos».

El profeta contempla la gloria alejándose del Templo; el salmista recuerda que esa gloria no puede quedar encerrada dentro de ningún edificio. Dios es más grande que nuestras estructuras, nuestros esquemas e incluso nuestras crisis. Desde la salida del sol hasta su ocaso, sea alabado el nombre del Señor.

Y precisamente por eso el Evangelio termina de una manera sorprendente.

Después de hablar de pecado, corrección y conflictos, Jesús habla de oración y presencia:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Qué hermoso.

Cristo está presente allí donde dos personas que estaban distanciadas vuelven a hablarse.

Cristo está presente cuando alguien tiene el valor de corregir sin humillar.

Cristo está presente cuando el ofendido decide escuchar.

Cristo está presente cuando una familia se reúne para pedir perdón.

Cristo está presente cuando una comunidad decide que vale más salvar al hermano que ganar una pelea.

Tal vez por eso podríamos resumir hoy el Evangelio con una frase:

Una comunidad cristiana no es aquella donde nunca hay problemas, sino aquella donde los problemas se enfrentan con verdad, caridad, diálogo y oración.

Y hoy queremos llevar esta Palabra de manera especial hacia nuestros enfermos.

Hay enfermedades del cuerpo que producen dolor, cansancio, preocupación e incertidumbre. Pero existen también heridas que no aparecen en una radiografía: la soledad, el miedo, el desánimo, la angustia, el sentirse una carga para los demás.

Quizá nosotros podemos convertirnos hoy en esa presencia de Cristo para ellos.

Una llamada.

Una visita.

Un mensaje.

Una oración.

Un momento para escuchar sin prisa.

A veces no podemos curar la enfermedad, pero sí podemos hacer que ningún enfermo tenga que vivirla sintiéndose solo.

Por eso, al celebrar esta Eucaristía, ponemos delante del Señor a nuestros familiares, amigos y miembros de nuestra comunidad que atraviesan alguna enfermedad.

Que Cristo pase hoy junto a sus camas.

Que fortalezca a quienes están cansados.

Que dé paciencia a quienes llevan tratamientos prolongados.

Que ilumine a médicos, enfermeras y cuidadores.

Que consuele a las familias.

Y que a nosotros nos quite la indiferencia para que sepamos reconocerlo en quien sufre.

Pidámosle al Señor una gracia muy concreta:

que la cruz que trazamos cada día sobre nuestra frente se convierta también en una manera de vivir: amar, reconciliar, acompañar y no abandonar a ningún hermano, especialmente cuando está enfermo.

Amén.

 

2

 

La caridad fraterna

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos ofrece una enseñanza muy concreta sobre algo que todos vivimos: los conflictos, las heridas y las ofensas.

Jesús dice:

«Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígelo a solas».

La caridad fraterna no consiste solamente en sentir afecto por los demás. A veces amar es fácil, pero cuando alguien nos hiere, nos decepciona o habla mal de nosotros, amar se vuelve mucho más difícil.

Y precisamente ahí comienza el Evangelio.

Jesús no nos pide negar el dolor. La herida existe. Pero nos enseña que esa herida no tiene por qué convertirse en resentimiento.

Por eso propone un camino muy concreto.

Primero: hablar a solas con el hermano.

No ir inmediatamente a contárselo a otros.

No comenzar por el chisme.

No publicar indirectas.

No destruir la fama de quien nos ha ofendido.

Jesús dice:

«Ve y habla con él».

Y añade:

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano».

Qué importante esa expresión.

Jesús no dice: “habrás ganado la discusión”.

Dice:

«Habrás ganado a tu hermano».

La finalidad de la corrección cristiana no es humillar, sino recuperar.

Si no escucha, entonces se busca la ayuda de uno o dos más. Y si todavía persiste, se acude a la comunidad.

Todo el proceso está orientado a una misma finalidad:

salvar la comunión y buscar la conversión.

La misericordia no significa aceptar todo.

A veces amar también significa corregir.

Pero corregir con caridad.

Decir la verdad sin destruir.

Ser firmes sin dejar de amar.

Y esto conecta muy bien con la primera lectura del profeta Ezequiel.

Dios manda marcar con una tav la frente de aquellos que sufren por el mal que se comete en Jerusalén.

Son personas que no se han acostumbrado al pecado.

Y esta es una gran tentación también hoy: acostumbrarnos.

Acostumbrarnos a la mentira.

A la violencia.

Al resentimiento.

A hablar mal del otro.

A la indiferencia frente al sufrimiento.

Ezequiel nos recuerda que el hombre de Dios no puede volverse insensible frente al mal.

Pero el Evangelio completa la enseñanza:

no basta lamentarse por el pecado; hay que intentar salvar al pecador.

Podríamos resumirlo así:

Ezequiel nos enseña a no acostumbrarnos al pecado; Jesús nos enseña a no abandonar al pecador.

Después, Ezequiel contempla cómo la gloria de Dios abandona el Templo.

Es una imagen fuerte.

El Señor muestra que no basta conservar ritos, ceremonias o signos religiosos si el corazón está lejos de Él.

Podemos rezar mucho, venir a misa, llevar una cruz al cuello y, sin embargo, guardar resentimientos durante años.

Por eso el Evangelio termina con una promesa bellísima:

«Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cristo está presente cuando una familia se reconcilia.

Cristo está presente cuando dos personas vuelven a hablarse.

Cristo está presente cuando alguien renuncia a la venganza.

Cristo está presente cuando preferimos recuperar al hermano antes que tener la última palabra.

Y el salmo nos recuerda:

«Desde la salida del sol hasta su ocaso, alabado sea el nombre del Señor».

La gloria de Dios está sobre los cielos, pero ese Dios grande también se hace presente en los pequeños gestos de reconciliación, perdón y misericordia.

Hoy queremos poner esta Palabra especialmente en manos de nuestros enfermos.

Hay enfermedades del cuerpo, pero también existen heridas del corazón.

Que el Señor fortalezca a quienes sufren.

Que consuele a sus familias.

Que acompañe a médicos, enfermeros y cuidadores.

Y que también nosotros sepamos ser presencia de Cristo para ellos con una visita, una llamada, una palabra y una oración.

Pidamos hoy una gracia sencilla:

Señor, que no me acostumbre al mal, pero tampoco abandone al hermano que ha caído. Dame un corazón capaz de corregir con verdad y amar con misericordia.

Amén.

 

lunes, 10 de agosto de 2026

11 de agosto del 2026: martes de la decimonovena semana del tiempo ordinario II- Memoria de Santa Clara, virgen


Testigo de la fe:

Santa Clara de Asís

1193-1253

«¡Bendito seas, Señor, ¡por haberme creado!». Estas fueron, según la tradición, las últimas palabras de Santa Clara de Asís, llamada afectuosamente «la pequeña planta de san Francisco».

Nacida en Asís, quedó profundamente cautivada por el ideal evangélico de san Francisco y decidió consagrarse totalmente a Cristo en pobreza, sencillez y fraternidad. Fue fundadora de la rama femenina de la familia franciscana, conocida inicialmente como la Orden de las Damas Pobres y posteriormente como las Clarisas.

Vivió durante largos años en el monasterio de San Damián, donde destacó por su profunda vida de oración, su amor a la Eucaristía, su humildad y su fidelidad radical al Evangelio. Murió el 11 de agosto de 1253.

Su última acción de gracias resume toda su espiritualidad: la vida es un don recibido de Dios y, por eso, puede convertirse enteramente en alabanza.

 

 

Gritar en nombre de Dios


(Ez 2,8 - 3,4 / Sal 119(118),14.24.72.103.111.131 (R. 103a) /

Mt 18,1-5. 10.12-14) En un tiempo cargado de amenazas, marcado por la voracidad de los imperios y por la ceguera de su propio pueblo, Ezequiel es portador de gritos y lamentos. Sin embargo, experimenta que la Palabra que Dios le confía no es solamente una denuncia amarga: es también una llamada a la conversión y a la esperanza.

El profeta debe hacer suya la Palabra antes de proclamarla. Dios le pide que la reciba, que la “coma”, que permita que penetre en lo más profundo de su existencia. Y, paradójicamente, aquello que contiene lamentaciones y amenazas resulta en su boca dulce como la miel.

Así ocurre también con la Palabra de Dios en nuestra vida: a veces corrige, incomoda o desenmascara nuestras falsas seguridades; pero, cuando la acogemos con fe, descubrimos que incluso su exigencia nace del amor. Dios no grita para destruirnos, sino para despertarnos, convertirnos y devolvernos a la vida.

P.E.I

Primera lectura

Lectura de la profecía de Ezequiel 2, 8 – 3, 4

Esto dice el Señor:
«Ahora, hijo de hombre, escucha lo que te digo: ¡No seas rebelde, como este pueblo rebelde! Abre la boca y come lo que te doy».
Vi entonces una mano extendida hacia mí, con un documento enrollado. Lo desenrolló ante mí: estaba escrito en el anverso y en el reverso; tenía escritas elegías, lamentos y ayes.
Entonces me dijo:
«Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; cómete este volumen y vete a hablar a la casa de Israel».
Abrí la boca y me dio a comer el volumen, diciéndome:
«Hijo de hombre, alimenta tu vientre y sacia tus entrañas con este volumen que te doy».
Lo comí y me supo en la boca dulce como la miel.
Me dijo:
«Hijo de hombre, anda, vete a la casa de Israel y diles mis palabras».



Salmo

Sal 118, 14. 24. 72. 103. 111. 131


R/. ¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!

Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R/.

Tus preceptos son mi delicia,
tus enseñanzas son mis consejeros. R/.

Más estimo yo los preceptos de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. R/.

¡Qué dulce al paladar tu promesa:
más que miel en la boca! R/.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón. R/.

Abro la boca y respiro,
ansiando tus mandamientos R/.


Lectura del santo evangelio según san Mateo 18, 1-5. 10. 12-14

En aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?». Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad os digo que, si no os convertís yos hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque os digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial.
¿Qué os parece? Suponed que un hombre tiene cien ovejas: si una se le pierde, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va en busca de la perdida? Y si la encuentra, en verdad os digo que se alegra más por ella que por las noventa y nueve que no se habían extraviado.
Igualmente, no es voluntad de vuestro Padre que está en el cielo que se pierda ni uno de estos pequeños».


*********

Hermanos:

Hay palabras que simplemente escuchamos y olvidamos. Pero hay otras que llegan tan profundamente que terminan cambiando nuestra manera de vivir. La Palabra de Dios pertenece a estas últimas.

En la primera lectura encontramos una imagen sorprendente. Dios entrega al profeta Ezequiel un rollo escrito con lamentaciones y gemidos y le ordena: «Come este rollo». El profeta debe alimentarse de aquello que después tendrá que anunciar.

Es como si Dios le dijera: No hables de mi Palabra desde afuera. Primero deja que entre dentro de ti.

Y cuando Ezequiel lo come, descubre algo inesperado: «Fue en mi boca dulce como la miel».

La Palabra puede corregirnos, incomodarnos, mostrarnos aquello que no queremos ver. Puede cuestionar nuestras seguridades y nuestros egoísmos. Pero cuando verdaderamente la acogemos, descubrimos que incluso sus exigencias tienen sabor a miel, porque proceden de un Dios que nos ama y quiere salvarnos.

Por eso el salmo responde hoy:

«¡Qué dulce al paladar tu promesa, Señor!»

El salmista llega a decir:

«Más estimo yo la ley de tu boca que miles de monedas de oro y plata».

Es una pregunta muy concreta para nosotros: ¿qué valor tiene realmente la Palabra de Dios en nuestra vida?

Tenemos tiempo para muchas palabras: mensajes, redes sociales, noticias, opiniones, conversaciones… Pero quizá necesitamos preguntarnos si también damos tiempo para escuchar esa Palabra capaz de orientar el corazón.

El Evangelio nos muestra qué sucede cuando esa Palabra comienza verdaderamente a transformarnos.

Los discípulos preguntan a Jesús:

«¿Quién es el más importante en el Reino de los cielos?»

Y Jesús hace algo desconcertante: llama a un niño, lo pone en medio de ellos y les dice:

«Si no cambian y se hacen como los niños, no entrarán en el Reino de los cielos».

Los discípulos están pensando en grandeza. Jesús les habla de pequeñez.

Ellos preguntan quién ocupa el primer puesto. Jesús pone delante de ellos a quien socialmente ocupaba uno de los últimos.

El Reino de Dios funciona con una lógica diferente: grande no es quien domina, sino quien sabe hacerse pequeño; grande no es quien busca reconocimiento, sino quien sabe confiar; grande no es quien se coloca por encima de los demás, sino quien aprende a recibirlos.

Por eso añade Jesús:

«El que recibe a un niño como este en mi nombre, me recibe a mí».

Y todavía va más lejos. Habla del pastor que tiene cien ovejas y pierde una. Deja las noventa y nueve y sale a buscarla.

Aquí aparece uno de los rasgos más hermosos del corazón de Dios: para Él nadie es un número.

Nosotros quizá pensamos: «Son noventa y nueve, no está mal». Dios, en cambio, pregunta:

¿Dónde está la que falta?

Porque para Dios una sola persona vale la búsqueda.

Tal vez nosotros mismos hemos sido alguna vez esa oveja que se alejó, se cansó, se confundió o perdió el camino. Y el Señor no renunció a nosotros.

Jesús concluye:

«El Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ni uno solo de estos pequeños».

Hoy celebramos también a Santa Clara de Asís. Ella comprendió profundamente esta lógica del Evangelio.

Una joven perteneciente a una familia acomodada descubre, siguiendo el ejemplo de san Francisco, que la verdadera grandeza no estaba en poseer, sobresalir o recibir honores, sino en hacerse pequeña para que Cristo fuera grande en ella.

Clara prácticamente «comió» el Evangelio como Ezequiel: lo hizo carne en su propia existencia.

Escuchó la Palabra sobre la pobreza, la fraternidad, la humildad y la confianza en Dios, y no se limitó a admirarla: la vivió.

Por eso resultan tan hermosas las palabras que la tradición conserva al final de su vida:

«¡Bendito seas, Señor, por haberme creado!»

Después de una vida de pobreza y entrega, Clara no termina quejándose de lo que le faltó, sino agradeciendo el regalo fundamental: haber recibido la vida de Dios.

Y hoy queremos llevar ante el Señor de manera especial a nuestros seres queridos, nuestros amigos y nuestros benefactores.

Personas que Dios ha colocado en nuestro camino y que, muchas veces silenciosamente, han sido expresión de su providencia: quienes nos han acompañado, quienes han rezado por nosotros, quienes nos han ayudado material o espiritualmente, quienes han permanecido cerca en momentos difíciles.

Pidamos por ellos.

Y quizá podemos hacerlo con una imagen tomada del Evangelio de hoy: ponerlos espiritualmente en las manos del Buen Pastor y decirle:

«Señor, no permitas que ninguno de ellos se pierda. Cuídalos, bendícelos, fortalécelos y llévalos siempre cerca de tu corazón».

Que Santa Clara nos enseñe hoy tres cosas muy sencillas:

acoger la Palabra hasta que se vuelva dulce en nuestra vida, hacernos pequeños para que Dios pueda ser grande en nosotros, y aprender a cuidar a cada persona sabiendo que para el Padre nadie es insignificante.

Porque para Dios no existen personas descartables.

Y quizá la mejor oración que podemos llevarnos hoy sea precisamente la de Santa Clara:

«Señor, bendito seas por haberme creado, por las personas que has puesto en mi camino y porque, aun cuando me pierdo, nunca dejas de buscarme».

Amén.


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                                       11 de agosto:

Santa Clara, Virgen — Memoria
c. 1193–1253
Patrona de las Clarisas, bordadoras, orfebres, lavanderas, costureras, teléfonos y televisión
Invocada contra las enfermedades de los ojos y para pedir buen clima
Canonizada por el papa Alejandro IV en 1255

 


Cita:

Al contemplar más profundamente sus inefables delicias, riquezas eternas y honores, y suspirar por ellos con el gran deseo y amor de tu corazón, puedas clamar: “¡Atráeme tras de Ti! ¡Corramos en el perfume de tus aromas, oh Esposo celestial! Correré y no me cansaré, hasta que me introduzcas en la bodega del vino, hasta que tu mano izquierda esté bajo mi cabeza y tu mano derecha me abrace con alegría y me beses con el más feliz beso de tu boca.”


(De una carta escrita por Santa Clara)

 

Reflexión:


Clara Offreduccio, nacida en el seno de una familia noble de alto rango en la pintoresca ciudad italiana de Asís, fue la mayor de tres hijas. Criada entre un suntuoso palacio en Asís y un castillo en la ladera cercana del Monte Subasio, las niñas fueron educadas en la fe por sus devotos padres católicos, especialmente por su madre. Desde muy pequeñas, llevaban una vida de oración.

Cuando Clara tenía doce años, sus padres, siguiendo las costumbres de la época, intentaron concertar su matrimonio con un noble adinerado. Sin embargo, Clara expresó su deseo de esperar hasta cumplir dieciocho años, a lo que sus padres accedieron.

En la adolescencia, Clara comenzó a admirar a un joven de veinticuatro años llamado Francisco, quien había experimentado recientemente una profunda conversión. En su juventud, Francisco había sido el alma de las fiestas en Asís, con el sueño de convertirse en un gran caballero, sueño que persiguió en dos ocasiones. Su vida cambió cuando fue capturado en la guerra y encarcelado durante un año. Tras ser rescatado por su padre, volvió a Asís como un hombre transformado. Aquella dura experiencia encendió en él una conversión espiritual que no solo marcaría su vida, sino también la de Clara, la de la ciudad de Asís y la de toda la Iglesia durante siglos.

Después de renunciar a la herencia de su familia y obtener la aprobación papal, Francisco y un pequeño grupo de seguidores adoptaron un estilo de vida radical, caracterizado por la pobreza, la oración, la penitencia y la predicación itinerante.

Hacia 1211 o 1212, cuando Clara se acercaba a sus dieciocho años, asistió a una misión cuaresmal en la iglesia de San Giorgio en Asís, predicada por el hermano Francisco. Aquella predicación caló hondo en su corazón, y Clara sintió que Dios la llamaba a unirse a Francisco y a sus hermanos formando una rama femenina de su nueva orden. Sabiendo que su familia no aprobaría su decisión, habló en secreto con el hermano Francisco. Con la aprobación del obispo local, Francisco aceptó recibirla la noche del Domingo de Ramos en la pequeña capilla de la Porciúncula, donde vivía su fraternidad.

Aquella noche, Clara llegó a la capilla vestida como una novia dispuesta a desposarse con su Esposo celestial. La acompañaban su tía y una amiga. Clara entregó su ropa noble a cambio de un tosco hábito, permitió que Francisco le cortara su larga cabellera y cubrió su cabeza con un velo. Luego, Francisco dispuso que se alojara en un convento benedictino cercano.

Cuando su familia supo lo sucedido, intentaron persuadirla de volver a casa, ofreciéndole riquezas y todos los privilegios de la nobleza. Clara se negó. Al tratar de llevarla por la fuerza, ella se aferró al altar y les mostró su cabello cortado, símbolo de su consagración a Dios. Comprendiendo que ya no tenían autoridad sobre ella, sus familiares cedieron. Este fue no solo un momento decisivo en la vida de Clara, sino también el nacimiento de la orden religiosa de las Clarisas.

Por su seguridad y tranquilidad, Clara fue trasladada a otro monasterio a los pocos días, y luego a otro más. Para su sorpresa, semanas después su hermana Catalina se le unió. La familia trató nuevamente de intervenir, pero —según cuenta una tradición—, por las oraciones de Clara, el cuerpo de Catalina se volvió tan pesado que los hombres no pudieron levantarla. Finalmente, la familia desistió. Catalina fue aceptada en la nueva orden y recibió el nombre religioso de Inés.

Con el tiempo, incluso su otra hermana y su madre se unieron a Clara e Inés en la pequeña casa que Francisco había construido junto a la iglesia de San Damián. Siguiendo la regla de vida que les dio Francisco, se las conoció como “Las Damas Pobres de San Damián”. Solo después de la muerte de Clara se las comenzó a llamar “Clarisas”.

Las Damas Pobres de San Damián vivían en extrema pobreza, trabajaban con sus manos y guardaban casi completo silencio, siguiendo estrictamente la regla de Francisco durante los primeros años. A diferencia de los frailes, ellas permanecían en clausura, sin salir a predicar. En aquella época, esta austeridad era novedosa para mujeres consagradas, ya que la mayoría de los conventos eran ricos y poseían grandes extensiones de tierra trabajadas por otros. Como la rama masculina, esta nueva forma de vida fue revolucionaria, especialmente por su estricta regla de pobreza.

Aunque no deseaba asumir autoridad, Clara fue elegida abadesa. Era humilde y reservada, y le resultaba difícil dar órdenes; solía encargarse de los trabajos más humildes y menos deseados.

La protección divina cuidó de la comunidad. Cuando invasores musulmanes rodearon el convento y se preparaban para atacar Asís, Clara tomó la custodia con el Santísimo Sacramento y salió a enfrentarlos. Impactados, los invasores se retiraron y nunca regresaron.

Madre Clara pasó gran parte de su vida resistiendo las presiones de obispos, cardenales e incluso papas que querían que su orden se asemejara más a las monjas benedictinas. Firme, optó por depender de la providencia divina, confiando plenamente en su Esposo celestial. Estas luchas se intensificaron tras la muerte de San Francisco en 1226. Después de años de insistencia, Clara redactó una regla para sus hermanas y obtuvo su aprobación del papa Inocencio IV pocos días antes de morir, en 1253, a los cincuenta y nueve años. Fue la primera vez en la historia que una mujer escribía una regla para la vida religiosa y lograba su aprobación oficial.

A pesar de su vida oculta, su santidad era tan reconocida que el papa acudió personalmente a Asís para celebrar su funeral. Fue canonizada solo dos años después.

Al honrar hoy a Santa Clara y a sus hermanas, se nos invita a contemplar su total confianza en Dios. Abandonar su vida noble para abrazar la pobreza radical requirió gran fe, pero permaneció fiel a su llamado. Por medio de ella, Dios ha dado frutos abundantes que solo se conocerán plenamente en el cielo. Meditemos en su pobreza, su vida escondida de silencio y oración continua, y su fidelidad a la llamada divina. Que su radicalidad nos inspire a salir de nuestra zona de confort y abrazar una vida más confiada y de servicio desinteresado a la voluntad de Dios.


Oración:


Santa Clara, aunque procedías de una familia rica y noble, Dios te llamó a la pobreza, donde encontraste tu verdadera nobleza. Escuchaste su llamado a vivir radicalmente para Él, respondiste y nunca volviste atrás. Ruega por mí, para que yo también responda al llamado de Dios en mi vida con radical fidelidad. Que nada se interponga en mi adhesión plena a su voluntad.
Santa Clara de Asís, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


domingo, 9 de agosto de 2026

10 de agosto del 2026: Fiesta de San Lorenzo Mártir

 

Testigo de la fe:

San Lorenzo, diácono y mártir


siglo III

San Lorenzo fue diácono del papa san Sixto II y uno de los mártires más venerados de la Iglesia de Roma. Murió mártir en el año 258, durante la persecución del emperador Valeriano.

Según la antigua tradición, cuando las autoridades imperiales le exigieron que entregara los bienes y tesoros de la Iglesia, Lorenzo se negó a entregar las limosnas destinadas al sostenimiento de los pobres. Más aún, presentó a los pobres, enfermos y necesitados diciendo, en sustancia: «Estos son los verdaderos tesoros de la Iglesia».

Por su fidelidad a Cristo, su servicio como diácono y su amor a los más necesitados, sufrió el martirio. Su memoria nos recuerda que la verdadera riqueza de la Iglesia no está en los bienes materiales, sino en Cristo presente especialmente en los pobres y en quienes sufren.

P.E.I

 

 

Dar nos enriquece

Las lecturas de este día expresan una convicción bíblica fundamental: dar nos enriquece. San Pablo exhorta a los corintios a vivir una generosidad que no empobrece, sino que nos hace participar de la alegría misma de Dios. Quien da con libertad, amor y confianza descubre que el corazón se ensancha y que la vida adquiere una fecundidad nueva.

La lógica del Evangelio es distinta a la del mundo: no poseemos más cuando acumulamos, sino cuando aprendemos a compartir. El grano que permanece encerrado queda solo; en cambio, cuando cae en tierra y muere, produce mucho fruto. Así también nuestra vida: cuando se entrega por amor, se vuelve fecunda.

San Lorenzo comprendió profundamente esta verdad. Sirviendo a los pobres y entregando finalmente su propia vida por Cristo, mostró que la mayor riqueza de la Iglesia está en el amor que se da sin reservas.

G.Q

 


Primera lectura

2 Cor 9, 6-10

Dios ama al que da con alegría

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
El que siembra tacañamente, tacañamente cosechará; el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará.
Cada uno dé como le dicte su corazón: no a disgusto ni a la fuerza, pues Dios ama “al que da con alegría”.
Y Dios tiene poder para colmarlos de toda clase de dones, de modo que, teniendo lo suficiente siempre y en todo, les sobre para toda clase de obras buenas.
Como está escrito:
«Repartió abundantemente a los pobres,
su justicia permanece eternamente».
El que proporciona “semilla al que siembra y pan para comer” proporcionará y multiplicará la semilla de ustedes y aumentará los frutos de su justicia.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 111, 1b-2. 5-6. 7-8. 9 (R.: 5a)

R. Dichoso el que se apiada y presta.

V. Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita. 
R.

V. Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos,
porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo. 
R.

V. No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos. 
R.

V. Reparte limosna a los pobres;
caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El que me sigue no camina en tinieblas —dice el Señor—,
sino que tendrá la luz de la vida.
 R.

 

Evangelio

Jn 12, 24-26

A quien me sirva, el Padre lo honrará

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto.
El que se ama a sí mismo, se pierde, y el que se aborrece a sí mismo en este mundo, se guardará para la vida eterna. El que quiera servirme, que me siga, y donde esté yo, allí también estará mi servidor; a quien me sirva, el Padre lo honrará».

Palabra del Señor.

 

I

 

Dar nos enriquece

 

Hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos presenta una verdad que parece contradictoria para la mentalidad del mundo: cuando damos, no quedamos más pobres; cuando damos por amor, nos enriquecemos delante de Dios.

San Pablo lo expresa con una imagen muy sencilla: «El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará». Y añade una frase hermosa: «Dios ama al que da con alegría».

La vida cristiana es precisamente eso: una siembra. Cada gesto de amor, cada obra de misericordia, cada ayuda que prestamos, cada palabra buena, cada sacrificio ofrecido silenciosamente es una semilla que quizá nosotros no veremos crecer inmediatamente, pero que Dios hará fructificar.

Y el salmo de hoy confirma esta misma enseñanza: «Dichoso quien se apiada y presta». El hombre justo «reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre». Es decir, hay cosas que terminan con nuestra muerte, pero el amor que hemos sembrado permanece.

Por eso hoy contemplamos a san Lorenzo, diácono de la Iglesia de Roma y servidor de los pobres. Cuando las autoridades le exigieron entregar los tesoros de la Iglesia, la tradición nos cuenta que Lorenzo presentó a los pobres y necesitados diciendo que ellos eran los verdaderos tesoros de la Iglesia.

¡Qué manera tan profundamente evangélica de mirar la vida!

El verdadero tesoro no está solamente en aquello que poseemos, sino en aquello que somos capaces de compartir. Una persona puede tener mucho y ser profundamente pobre; y otra puede poseer muy poco, pero tener un corazón inmensamente rico porque sabe darse.

Jesús lo lleva todavía más lejos en el Evangelio: «Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda infecundo; pero si muere, da mucho fruto».

Esa palabra se cumplió primero en Cristo. Jesús fue el grano que cayó en tierra: entregó su vida, murió y resucitó, y de su entrega nació una cosecha inmensa de salvación.

San Lorenzo siguió el mismo camino. No solamente distribuyó bienes entre los pobres: terminó entregando su propia vida. Su martirio fue la última y más grande de sus ofrendas.

Y aquí podemos unir nuestra intención de hoy: oramos por nuestros fieles difuntos.

Cuando alguien que amamos muere, humanamente sentimos que lo hemos perdido. Pero nuestra fe nos dice que la muerte no tiene la última palabra. La vida entregada no desaparece; la semilla enterrada está llamada a germinar en Dios.

Recordemos hoy a nuestros padres, familiares, amigos, benefactores y miembros de nuestras comunidades que ya han partido. Quizá muchos de ellos sembraron discretamente durante su vida: trabajaron por sus familias, ayudaron a otros, perdonaron, sufrieron, rezaron, compartieron lo poco o mucho que tenían.

Muchas veces solo después de su muerte descubrimos cuánto bien sembraron.

Por ellos ofrecemos hoy especialmente la Eucaristía, confiando en la misericordia del Señor y pidiendo que aquella semilla que sembraron durante su existencia alcance ahora su plenitud en la vida eterna.

Pero san Lorenzo también nos deja una pregunta a quienes todavía peregrinamos:

¿Qué estoy sembrando yo con mi vida?

Porque un día no llevaremos con nosotros lo que acumulamos. Llevaremos ante Dios aquello que amamos, aquello que compartimos y el bien que dejamos sembrado en los demás.

Pidamos hoy al Señor un corazón generoso. Que sepamos dar nuestro tiempo, nuestros talentos, nuestros bienes, nuestra cercanía, nuestro perdón y nuestra oración.

Y por nuestros queridos difuntos pidamos con esperanza:

Dales, Señor, el descanso eterno,
y brille para ellos la luz perpetua.
Que por tu infinita misericordia descansen en paz. Amén.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Una idea puede quedar como frase central para proclamar varias veces durante la homilía: «Lo que guardamos termina con nosotros; lo que damos por amor permanece para siempre».

 

II

 

Producir mucho fruto

 

Hermanos:

Jesús nos dice hoy en el Evangelio:

«En verdad, en verdad les digo: si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto».

Estas palabras parecen escritas para comprender la vida y el martirio de san Lorenzo, a quien hoy honra la Iglesia.

San Lorenzo ha sido profundamente venerado desde los primeros siglos del cristianismo. Vivió en el siglo III y, según la tradición, tenía alrededor de treinta y tres años cuando entregó su vida, una edad semejante a aquella en la que nuestro Señor dio la suya por nosotros. Lorenzo era uno de los siete diáconos de Roma y probablemente ejercía como archidiácono. Se le había confiado especialmente la distribución de los bienes de la Iglesia entre los pobres y mantenía una estrecha relación con el papa san Sixto II.

Cuando el emperador Valeriano comenzó la persecución contra la Iglesia, en el año 257, ordenó la ejecución de obispos, sacerdotes y diáconos. El 6 de agosto del año 258, el papa Sixto II y varios diáconos fueron martirizados. Según san Ambrosio, Lorenzo se alegraba por la valentía de aquellos mártires, pero al mismo tiempo sufría porque no había podido morir junto a quien consideraba su padre espiritual.

Poco después, Lorenzo fue arrestado y se le ordenó entregar los tesoros de la Iglesia.

Y aquí aparece una de las escenas más hermosas de su vida.

En lugar de entregar aquellos bienes a las autoridades, Lorenzo los distribuyó entre los pobres y, cuando fue llevado ante el prefecto, presentó precisamente a los pobres como los verdaderos tesoros de la Iglesia.

Aquella respuesta provocó la ira de las autoridades y Lorenzo fue condenado a muerte.

La tradición cristiana recuerda incluso su fortaleza y su santo humor en medio del sufrimiento. Se cuenta que, mientras era atormentado sobre una parrilla, llegó a decir a sus verdugos que ya estaba asado de un lado y podían darle la vuelta.

Más allá de los detalles tradicionales de su martirio, lo esencial permanece: Lorenzo entregó completamente su vida por Cristo.

Y así comprendemos mejor el Evangelio:

«Si el grano de trigo cae en tierra y muere, produce mucho fruto».

San Lorenzo, como todos los mártires, hizo quizá más por la Iglesia muriendo que cuanto habría podido hacer viviendo muchos años más.

En cierto sentido, podemos decir que todo mártir muere dos veces.

Primero muere interiormente: muere al egoísmo, al apego, a la búsqueda de sí mismo, al deseo de conservar la propia vida a cualquier precio.

Y después, algunos son llamados también al martirio físico.

Por eso Jesús afirma:

«El que ama su vida la pierde; y el que odia su vida en este mundo la guardará para la vida eterna».

Naturalmente, Jesús no nos invita a despreciar la vida. La vida es don de Dios. Lo que pide es no convertir nuestra vida en un absoluto, no vivir únicamente para nosotros mismos.

«Odiar la propia vida» significa aquí abandonarse totalmente a la voluntad de Dios, liberarse de aquellas búsquedas egoístas que nos impiden amar y servir.

San Lorenzo ya había comenzado a morir antes de su martirio: había muerto al egoísmo sirviendo a los pobres, administrando los bienes de la Iglesia para los necesitados y poniendo su vida al servicio de Cristo.

Por eso estaba preparado cuando llegó el sacrificio definitivo.

La primera lectura, de la segunda carta a los Corintios, nos presenta exactamente la misma lógica:

«El que siembra escasamente, escasamente cosechará; y el que siembra abundantemente, abundantemente cosechará».

San Pablo nos recuerda que Dios ama al que da con alegría.

¡Qué extraordinaria descripción de san Lorenzo!

Él no solamente dio bienes materiales. Dio su tiempo, su ministerio, su servicio, su amor por los pobres y, finalmente, se dio a sí mismo.

El cristiano verdadero comprende que aquello que se entrega por amor no se pierde.

El mundo dice: «Guarda para ti».

El Evangelio dice: «Entrega y producirás fruto».

El mundo dice: «Protege tu vida a cualquier precio».

Cristo dice: «Quien pierde su vida por mí la encontrará».

El mundo mide la riqueza por lo que uno posee.

San Lorenzo nos enseña que la verdadera riqueza de la Iglesia son aquellos a quienes amamos, servimos y levantamos.

Y el salmo de hoy prolonga esta enseñanza:

«Dichoso quien se apiada y presta», y añade: «Reparte limosna a los pobres; su caridad dura por siempre».

Esto significa algo muy hermoso: hay cosas que desaparecen cuando nosotros morimos, pero el bien que hacemos permanece.

Una casa pasa a otros.

El dinero cambia de manos.

Las posesiones terminan quedando atrás.

Pero una obra de amor, una ayuda dada en silencio, una persona levantada cuando estaba caída, una familia sostenida, un pobre socorrido, una palabra de esperanza pronunciada en el momento oportuno… eso permanece ante Dios.

Por eso el salmo puede afirmar:

«Su caridad dura por siempre».

La Iglesia honra a los mártires porque ellos se convierten en verdaderos iconos vivientes del amor sacrificial de Cristo.

Podríamos preguntarnos qué habría ocurrido si Lorenzo hubiera huido para salvar su vida.

Quizá muchos lo habrían comprendido. Tal vez habría continuado ayudando a los pobres durante muchos años. Quizás habría muerto tranquilamente y su nombre habría desaparecido de la historia.

Pero Dios quiso que su entrega se convirtiera en un testimonio que continúa hablando después de tantos siglos.

Como Cristo, el grano de trigo cayó en tierra.

Y produjo mucho fruto.

Por eso la pregunta del Evangelio llega también hasta nosotros:

¿Estoy dispuesto yo también a convertirme en ese grano de trigo?

Tal vez no se nos pedirá derramar la sangre por Cristo.

Pero existe otro martirio que todos debemos vivir: el martirio espiritual de la entrega cotidiana.

Morir a nuestro orgullo.

Morir al resentimiento.

Morir al egoísmo.

Morir a la necesidad de tener siempre la razón.

Morir al apego excesivo a nuestros bienes.

Morir a aquellas comodidades que nos impiden servir.

Morir un poco cada día para que Cristo viva más plenamente en nosotros.

Preguntémonos:

¿Qué apegos, temores o deseos egoístas me están impidiendo dar más fruto para el Reino de Dios?

San Lorenzo nos invita a vivir con valentía, alegría y confianza en la providencia de Dios.

Porque cuando una vida se entrega por amor, jamás resulta estéril.

El grano que se guarda termina secándose.

El grano que se entrega produce fruto.

Pidamos entonces:

Señor Jesús, que llenaste a san Lorenzo de un amor tan ardiente que llegó a considerar la muerte como ganancia, confiando en el fruto abundante que produciría su martirio, concédeme ese mismo valor y esa disponibilidad.

Que cada día aprenda a morir a mí mismo y a vivir solamente para Ti.

Haz que mi vida, como la de san Lorenzo, produzca un fruto abundante y duradero para la llegada de tu Reino.

San Lorenzo, diácono y mártir, ruega por nosotros.

Amén.

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