Caza del tesoro
(Mateo 6, 19-23) Más que saber cuál es el tesoro, se trata de
conocer el lugar donde está escondido y de elegir entre la tierra o el cielo.
Poner nuestro corazón del lado del verdadero tesoro, no del tesoro de la tierra
que consumen las polillas o roban los ladrones, sino del tesoro del cielo.
¿Dónde está mi tesoro? ¿Del lado de la cartera, del
poder o de Dios? La diferencia de lugar revela la manera de administrar el
tesoro: ¿acumular o compartir?
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Ungieron a
Joás y gritaron: «¡Viva el rey!»
Lectura del segundo libro de los Reyes.
EN aquellos días, cuando la madre del rey Ocozías, Atalía, vio que su hijo
había muerto, se dispuso a eliminar a toda la estirpe real. Pero Josebá, hija
del rey Jorán y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, de entre los
hijos del rey que estaban siendo asesinados, lo escondió y lo instaló, a él y a
su nodriza, en su dormitorio, manteniéndolo oculto a la vista de Atalía y así
no lo mataron. Estuvo seis años con ella, escondido en el templo del Señor,
mientras Atalía reinaba en el país.
El séptimo año, el sacerdote Yehoyadá mandó buscar a los centuriones de los
carios y de los guardias y los condujo junto a sí al templo del Señor para
establecer un pacto con ellos y hacerles prestar juramento. Luego les presentó
al hijo del rey.
Los centuriones cumplieron cuanto Yehoyadá les ordenó. Cada uno tomó sus hombres,
los que entraban y los que salían de servicio el sábado, y se presentaron ante
el sacerdote. Yehoyadá entregó a los centuriones las lanzas y escudos del rey
David que había depositados en el templo del Señor.
Los guardias se apostaron, arma en mano, desde el extremo sur hasta el extremo
norte del templo, ante el altar y el templo, en torno al rey, por un lado y por
otro.
El sacerdote hizo salir al hijo del monarca y le impuso la diadema y las
insignias reales. Luego lo proclamaron rey y lo ungieron. Aplaudieron y
gritaron:
«¡Viva el rey!».
Cuando Atalía oyó el griterío de los guardias y del pueblo, se fue hacia la
muchedumbre que se hallaba en el templo del Señor. Miró y vio al rey de pie
junto a la columna, según la costumbre: los jefes con sus trompetas con él, y a
todo el pueblo de la tierra en júbilo, tocando sus instrumentos.
Atalía rasgó entonces sus vestiduras y gritó:
«¡Traición!, ¡traición!».
Entonces el sacerdote Yehoyadá dio orden a los jefes de las tropas:
«Háganla salir de entre las filas. Quien la siga será pasado a espada» (pues el
sacerdote pensaba: «No debe ser ejecutada en el templo del Señor»).
Le abrieron paso y, cuando entró en el palacio real por la puerta de los
Caballos, fue ejecutada.
Luego Yehoyadá hizo una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, por la que
el pueblo se convertía en pueblo del Señor; hizo también una alianza entre el
rey y el pueblo.
Y todo el pueblo de la tierra acudió al templo de Baal para derribarlo.
Hicieron pedazos sus altares e imágenes, y ejecutaron a Matán, sacerdote de
Baal, frente a los altares.
El sacerdote puso entonces centinelas en el templo del Señor.
Todo el pueblo de la tierra exultaba de júbilo y la ciudad quedó tranquila:
Atalía ya había muerto a espada en palacio.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El
Señor ha elegido Sion
para vivir en ella.
V. El
Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono». R.
V. «Si
tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también sus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono». R.
V. Porque el
Señor ha elegido a Sion,
ha deseado vivir en ella:
«Esta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo». R.
V. «Haré
germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema». R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los pobres en el espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
Donde está tu
tesoro, allí estará tu corazón
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No atesoren para ustedes tesoros en la tierra, donde la polilla y la carcoma
los roen y donde los ladrones abren boquetes y los roban. Háganse tesoros en el
cielo, donde no hay polilla ni carcoma que los roen, ni ladrones que abren
boquetes y roban. Porque donde está tu tesoro, allí estará tu corazón.
La lámpara del cuerpo es el ojo. Si tu ojo está sano, tu cuerpo entero tendrá
luz; pero si tu ojo está enfermo, tu cuerpo entero estará a oscuras. Si, pues,
la luz que hay en ti está oscura, ¡cuánta será la oscuridad!».
Palabra del Señor.
1
Hermanos y hermanas:
El Evangelio de hoy nos pone ante una pregunta
sencilla, pero decisiva: ¿dónde está nuestro tesoro? Jesús dice: “No
acumulen tesoros en la tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y
donde los ladrones perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el
cielo”. Y concluye con una frase que toca el centro de nuestra vida espiritual:
“Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”.
Todos tenemos un tesoro. A veces es el dinero, la
seguridad, el reconocimiento, el poder, la imagen, la salud, la familia, los
proyectos, los afectos. El problema no está en amar lo bueno, ni en cuidar
responsablemente lo que Dios nos ha dado. El problema aparece cuando algo
creado ocupa el lugar que sólo le pertenece a Dios. Entonces el corazón se
vuelve esclavo. Y cuando el corazón se vuelve esclavo, también la mirada se
oscurece.
Por eso Jesús añade: “La lámpara del cuerpo es el
ojo”. Es decir, según lo que miremos, según lo que deseemos, según lo que
valoremos, así se ilumina o se oscurece nuestra vida. Un corazón centrado en
Dios mira distinto. Un corazón dominado por la ambición, por el resentimiento,
por el egoísmo o por el miedo, termina viendo todo con sombras.
La primera lectura del segundo libro de los Reyes
nos muestra una escena dramática. Atalía, movida por la ambición de poder,
pretende destruir la descendencia real. Quiere asegurar su trono eliminando
todo lo que pueda amenazarla. Su tesoro era el poder, y por conservarlo fue
capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa. Joás, el pequeño
heredero, es protegido en el templo, y más tarde será proclamado rey. La
fidelidad de Dios vence las intrigas humanas. La alianza es renovada, el pueblo
vuelve al Señor, y la paz llega a la ciudad.
Aquí aparece una enseñanza muy clara: cuando el
poder se convierte en tesoro absoluto, destruye; cuando Dios vuelve a ocupar el
centro, la vida se ordena. Atalía representa el corazón oscurecido por la
ambición. El pueblo que renueva la alianza representa el corazón que regresa a
Dios. Y el templo, donde se protege la vida amenazada, nos recuerda que Dios
sigue siendo refugio para los pequeños, los débiles y los vulnerables.
El salmo confirma esta esperanza: “El Señor ha
elegido a Sión, ha deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su
pueblo. Dios no es un tesoro lejano ni frío. Él quiere poner su morada entre
nosotros. Él quiere ser luz en nuestras oscuridades, descanso en nuestras
fatigas, consuelo en nuestras heridas.
Por eso hoy oramos de manera especial por quienes
sufren en el alma y en el cuerpo. Hay sufrimientos visibles: la enfermedad, el
dolor físico, la limitación, el cansancio, la pobreza, la soledad. Pero también
hay sufrimientos escondidos: la tristeza, la ansiedad, el duelo, la culpa, la
depresión, las heridas familiares, el miedo al futuro, el vacío interior.
Muchas personas parecen estar bien por fuera, pero por dentro llevan una
batalla silenciosa.
A todos ellos, el Evangelio les anuncia una buena
noticia: nuestro verdadero tesoro no puede ser destruido por la enfermedad, ni
robado por la muerte, ni consumido por el paso del tiempo. Nuestro verdadero
tesoro es Dios mismo: su amor, su misericordia, su promesa, su Reino. Cuando
una persona descubre que Dios es su tesoro, no desaparecen automáticamente
todos los dolores, pero aparece una luz nueva para atravesarlos.
Jesús no nos invita a despreciar la tierra, sino a
vivirla con el corazón puesto en el cielo. No nos invita a abandonar nuestras
responsabilidades, sino a administrarlas desde el amor. No nos invita a vivir
sin bienes, sino a no convertir los bienes en ídolos. Por eso este evangelio
hoy nos deja una pregunta muy concreta: ¿mi tesoro me lleva a acumular o me
lleva a compartir?
Esa es una buena manera de examinar el corazón. Si
mi tesoro me encierra, me endurece, me hace indiferente al dolor ajeno,
probablemente no viene de Dios. Pero si mi tesoro me abre a los demás, me hace
generoso, me vuelve compasivo, me impulsa a servir, entonces estoy acumulando
tesoros en el cielo.
En este viernes, día en que recordamos de modo
especial el amor entregado de Cristo, miremos nuestro corazón con sinceridad.
Preguntémonos: ¿qué ocupa mi mente? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué defiendo con más
fuerza? ¿Qué temo perder? ¿Dónde busco seguridad? ¿En la cartera, en el poder,
en la aprobación de los demás, o en Dios?
Pidamos al Señor una mirada limpia. Que nuestros
ojos no se oscurezcan por la codicia, la tristeza o la desesperanza. Que
sepamos ver a Cristo en el hermano enfermo, en el que sufre en silencio, en
quien necesita una palabra de consuelo, una visita, una ayuda, una oración.
Y que la Eucaristía, tesoro escondido y ofrecido,
nos enseñe a vivir con el corazón en el cielo y los pies comprometidos en la
tierra. Porque donde está Cristo, allí está nuestro verdadero tesoro. Y donde
está nuestro tesoro, allí debe descansar también nuestro corazón.
Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos coloca ante una de las preguntas más importantes de la
vida cristiana: ¿dónde
está nuestro tesoro? Jesús nos dice: “No acumulen tesoros en la
tierra, donde la polilla y la herrumbre los destruyen, y donde los ladrones
perforan muros y roban. Acumulen más bien tesoros en el cielo”. Y luego añade
una frase que deberíamos guardar en la memoria y en el corazón: “Donde está tu tesoro, allí estará
también tu corazón”.
Todos
tenemos un tesoro. Nadie vive sin aferrarse a algo. Para unos, el tesoro puede
ser el dinero; para otros, la salud, el prestigio, la seguridad, el poder, la
imagen, el éxito, los afectos, los proyectos personales. Muchas de esas
realidades no son malas en sí mismas. El problema comienza cuando ocupan el
lugar de Dios; cuando de medios se convierten en fines; cuando dejamos de
poseerlas y empezamos a ser poseídos por ellas.
Jesús
no está condenando simplemente los bienes materiales. Él nos está advirtiendo
sobre el peligro de poner en ellos nuestra seguridad más profunda. Los bienes
de la tierra pasan. La riqueza puede perderse, la fama se desvanece, la salud
puede quebrarse, los aplausos se apagan, los cargos terminan, las posesiones se
deterioran. Pero los tesoros del cielo permanecen: la fe, la caridad, la
misericordia, la humildad, el servicio, el perdón, la santidad, las obras
hechas por amor.
Hermanos
muchas veces intentamos suavizar el evangelio al decir: “Quiero tener mucho,
pero también ayudaré a los pobres”. Y ciertamente, quien tiene bienes está
llamado a administrarlos con responsabilidad y generosidad. Pero el Evangelio
va más hondo. No pregunta sólo cuánto tenemos, sino qué lugar ocupa eso en nuestro corazón.
Se puede tener poco y vivir esclavizado por el deseo de tener más. Y se puede
tener bienes y vivir desprendido, usando todo para servir a Dios y al prójimo.
La cuestión central es la libertad interior.
Por
eso Jesús habla también del ojo: “La lámpara del cuerpo es el ojo”. La mirada
revela el corazón. Cuando el corazón está sano, la mirada es limpia. Cuando el
corazón está atado al egoísmo, al dinero, al resentimiento o a la ambición, la
mirada se oscurece. Entonces dejamos de ver al hermano y sólo vemos intereses;
dejamos de ver la vida como don y la vemos como conquista; dejamos de ver a
Dios como Padre y comenzamos a vivir como huérfanos que tienen que asegurarlo
todo por sus propias fuerzas.
La
primera lectura nos ofrece un ejemplo dramático de lo que ocurre cuando el
poder se convierte en tesoro absoluto. Atalía, movida por la ambición, pretende
destruir la descendencia real para asegurarse el trono. Su tesoro es el poder,
y por conservarlo es capaz de sembrar muerte. Pero Dios no abandona su promesa.
El pequeño Joás es protegido en el templo y, en el momento oportuno, es
proclamado rey. Después, el pueblo renueva la alianza con el Señor y destruye
los signos de idolatría.
Esta
lectura nos muestra dos caminos. El camino de Atalía es el de quien acumula
tesoros en la tierra: poder, control, dominio, seguridad humana. Pero ese
camino termina en violencia, miedo y destrucción. El camino de la alianza, en
cambio, es el de quien vuelve a poner a Dios en el centro. Cuando Dios ocupa su
lugar, el pueblo recupera la paz. Por eso la lectura termina diciendo que la
ciudad quedó tranquila.
El
salmo responde a esta historia con una promesa: “El Señor ha elegido a Sión, ha
deseado vivir en ella”. Dios quiere habitar en medio de su pueblo. Él es el
verdadero tesoro de Israel. No lo es el trono, ni el templo entendido sólo como
edificio, ni la fuerza militar, ni la riqueza del reino. El verdadero tesoro es
la presencia fiel de Dios, que sostiene su promesa y no abandona a los suyos.
Esta
Palabra ilumina también nuestra intención orante de hoy: oramos por quienes
sufren en el alma y en el cuerpo. Hay personas que sufren por una enfermedad
física, por el cansancio, por los tratamientos, por el dolor crónico, por la
fragilidad de los años. Pero también hay muchos que sufren en el alma: por la
depresión, la ansiedad, el duelo, la soledad, el abandono, la culpa, las
heridas familiares, la angustia económica, el vacío interior. A veces esos sufrimientos
no se ven, pero pesan profundamente.
A
quienes sufren, el Evangelio no les ofrece una frase superficial. Les ofrece
una verdad firme: hay un
tesoro que nadie puede robar. La enfermedad puede tocar el
cuerpo, pero no puede destruir la dignidad de un hijo de Dios. La tristeza
puede oscurecer un tiempo del camino, pero no puede apagar definitivamente la
luz de Cristo. La muerte puede arrebatarnos muchas cosas, pero no puede
quitarnos la esperanza de la vida eterna.
Por
eso necesitamos ordenar el corazón. Cuando nuestro único tesoro está en la
tierra, cualquier pérdida nos destruye. Pero cuando nuestro tesoro está en
Dios, incluso en medio de las pérdidas seguimos teniendo una roca donde
apoyarnos. No significa que no lloremos. No significa que no nos duela. No
significa que todo sea fácil. Significa que nuestra vida no queda reducida a lo
que tenemos, a lo que perdemos, a lo que nos falta o a lo que otros piensan de
nosotros. Nuestra vida está escondida en Dios.
Jesús
nos invita hoy a una vida de sencillez y desprendimiento. No una pobreza
amargada, ni una irresponsabilidad disfrazada de espiritualidad, sino una
libertad profunda. Usar las cosas sin adorarlas. Trabajar sin convertir el
éxito en ídolo. Cuidar la salud sin hacer de ella un absoluto. Amar a la
familia sin olvidar que Dios es el primero. Tener bienes, si los tenemos, para
compartir y servir. Y si tenemos poco, no dejar que el deseo de tener más nos
robe la paz.
Acumular
tesoros en el cielo es vivir cada día con amor. Es perdonar cuando cuesta. Es
visitar al enfermo. Es consolar al triste. Es compartir con el necesitado. Es
orar por quien sufre. Es servir sin buscar aplausos. Es hacer el bien aunque
nadie lo vea. Es confiar en Dios cuando las seguridades humanas se tambalean.
Hoy
podemos preguntarnos con sinceridad: ¿dónde está mi tesoro? ¿Qué ocupa más mi
mente y mi corazón? ¿Qué me quita la paz? ¿Qué temo perder? ¿Qué estoy
acumulando: cosas que pasan o bienes que permanecen? ¿Mi vida está orientada
hacia Dios o hacia una seguridad que tarde o temprano se acaba?
Que
el Señor purifique nuestra mirada. Que no vivamos con el ojo enfermo de la
codicia, del miedo o de la ambición. Que tengamos ojos limpios para reconocer a
Dios como nuestro verdadero tesoro y para mirar con compasión a quienes sufren
en el alma y en el cuerpo.
Y
que esta Eucaristía nos recuerde que el tesoro más grande no se compra ni se
acumula: se recibe. Cristo mismo se nos da como Pan de Vida. Él es la riqueza
de los pobres, la fortaleza de los débiles, el consuelo de los afligidos, la
luz de los que caminan en la oscuridad.
Pidamos
hoy: Señor, libera nuestro corazón de los apegos desordenados. Enséñanos a
vivir con sencillez, a compartir con generosidad y a buscar primero tu Reino.
Que donde esté nuestro tesoro, allí esté también nuestro corazón; y que nuestro
corazón descanse siempre en Ti.
Amén.

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