Santos del día:
1. San Roberto Belarmino
1542-1621.
«Quien encuentra a Dios lo encuentra todo; quien pierde a Dios lo pierde todo», afirmó este jesuita toscano, uno de los polemistas más brillantes de su tiempo. Doctor de la Iglesia.
2. Santa Hildegarda de Bingen
1098-1179.
Monja benedictina alemana, mística, compositora y escritora. Fue llamada la “Sibila del Rin” por sus visiones y su sabiduría.
Doctora de la Iglesia desde 2012, destacó por su teología luminosa, su amor por la creación y su audacia profética. Enseñó: «La creación es un canto de amor que revela la gloria de Dios».
Experiencia del encuentro
El apóstol vuelve a centrar a sus destinatarios en
aquello que constituye el corazón de la fe cristiana: la muerte y la
resurrección de Cristo. Da testimonio, por tanto, de un acontecimiento que
supera toda demostración intelectual: un encuentro que transformó profundamente
su existencia. Pablo no recibió solamente una enseñanza; fue alcanzado
personalmente por el Resucitado. Esta experiencia convirtió al perseguidor en apóstol
y lo envió a anunciar el Evangelio.
En el Evangelio, la mujer pecadora también vive la
experiencia de un encuentro que cambia su vida. Se acerca a Jesús con sus
lágrimas, su arrepentimiento y su amor. Mientras Simón, el fariseo, permanece
encerrado en el juicio y la condena, Jesús acoge a aquella mujer, reconoce la
sinceridad de su corazón y le ofrece el perdón.
La fe cristiana, por consiguiente, no se reduce a
unos conocimientos ni al cumplimiento exterior de ciertas normas: nace del
encuentro personal con Cristo muerto y resucitado, que perdona, levanta y abre
un camino nuevo.
Primera lectura
Predicamos
así, y así lo creyeron ustedes
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
LES recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron,
en el que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la
palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que
resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más
tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la
mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a
Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me
apareció también a mí.
Porque yo soy el menor de los apóstoles y no soy digno de ser llamado apóstol,
porque he perseguido a la Iglesia de Dios.
Pero por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia para conmigo no se ha
frustrado en mí. Antes bien, he trabajado más que todos ellos. Aunque no he
sido yo, sino la gracia de Dios conmigo. Pues bien; tanto yo como ellos
predicamos así, y así lo creyeron ustedes.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Den
gracias al Señor porque es bueno.
O bien:
R. Aleluya.
V. Den
gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia. R.
V. «La diestra
del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor. R.
V. Tú eres mi
Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo. R.
Aclamación
V. Vengan
a mí todos los que están cansados y agobiados
—dice el Señor—, y yo los aliviaré. R.
Evangelio
Sus muchos
pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, un fariseo rogaba a Jesús que fuera a comer con él y, entrando
en casa del fariseo, se recostó a la mesa. En esto, una mujer que había en la
ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo,
vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás
junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con las lágrimas, se los
enjugaba con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con
el perfume. Al ver esto, el fariseo que lo había invitado se dijo:
«Si este fuera profeta, sabría quién y qué clase de mujer es la que lo está
tocando, pues es una pecadora».
Jesús respondió y le dijo:
«Simón, tengo algo que decirte».
Él contestó:
«Dímelo, Maestro».
Jesús le dijo:
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios y el otro
cincuenta. Como no tenían con qué pagar, los perdonó a los dos. ¿Cuál de ellos le
mostrará más amor?».
Respondió Simón y dijo:
«Supongo que aquel a quien le perdonó más».
Le dijo Jesús:
«Has juzgado rectamente».
Y, volviéndose a la mujer, dijo a Simón:
«¿Ves a esta mujer? He entrado en tu casa y no me has dado agua para los pies;
ella, en cambio, me ha regado los pies con sus lágrimas y me los ha enjugado
con sus cabellos. Tú no me diste el beso de paz; ella, en cambio, desde que
entré, no ha dejado de besarme los pies. Tú no me ungiste la cabeza con
ungüento; ella, en cambio, me ha ungido los pies con perfume. Por eso te digo:
sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho, pero al que
poco se le perdona, ama poco».
Y a ella le dijo:
«Han quedado perdonados tus pecados».
Los demás convidados empezaron a decir entre ellos:
«¿Quién es este, que hasta perdona pecados?».
Pero él dijo a la mujer:
«Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Palabra del Señor.
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«Un encuentro que cambia la vida»
Queridos
hermanos:
Las
lecturas de hoy nos presentan dos encuentros con Cristo que transformaron
completamente la vida de quienes los experimentaron. Por una parte, san Pablo
recuerda su encuentro con el Señor resucitado; por otra, el Evangelio nos
muestra a una mujer pecadora que se acerca a Jesús con sus lágrimas, su
arrepentimiento y su amor.
Son
dos personas con historias muy diferentes. Pablo había perseguido a los
cristianos; aquella mujer llevaba sobre sus hombros el peso de sus pecados y el
desprecio de la sociedad. Sin embargo, ambos fueron alcanzados por la gracia.
Después de encontrarse con Cristo, ya no pudieron continuar viviendo de la
misma manera.
En
la primera lectura, tomada de la Primera Carta a los Corintios, san Pablo
resume el corazón de nuestra fe: «Cristo murió por nuestros pecados, fue
sepultado y resucitó al tercer día». Esta es la Buena Noticia que la Iglesia ha
recibido, conserva y anuncia de generación en generación.
Nuestra
fe no se apoya solamente en unas normas, unas costumbres o unas tradiciones. En
el centro de la fe cristiana hay una Persona viva: Jesucristo, muerto y
resucitado. Pablo no habla de una teoría que aprendió en un libro; habla de
alguien que salió a su encuentro y cambió su existencia.
Él
mismo reconoce con humildad: «Yo soy el menor de los apóstoles y no merezco
llamarme apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios». Pablo no oculta su
pasado ni intenta presentarse como un hombre perfecto. Sabe que su vocación no
nació de sus propios méritos, sino de la misericordia de Dios. Por eso puede
afirmar: «Por la gracia de Dios soy lo que soy, y su gracia no se ha frustrado
en mí».
¡Qué
palabras tan hermosas para comprender toda vocación! Nadie es llamado porque
sea perfecto, porque nunca se haya equivocado o porque posea capacidades extraordinarias.
Dios llama por pura gracia. Él mira nuestra pequeñez, nuestras heridas y hasta
nuestros pecados; pero también contempla lo que su amor puede realizar en
nosotros.
Cuando
Dios llamó a Pablo, no vio solamente al perseguidor; vio al futuro apóstol de
los pueblos. Cuando Jesús miró a aquella mujer del Evangelio, no vio
simplemente a una pecadora; vio a una hija arrepentida, capaz de amar
profundamente.
También
nosotros necesitamos aprender a mirar como mira Jesús. Con frecuencia reducimos
a las personas a sus errores: “Ese es el que hizo aquello”, “esa mujer tiene
mala fama”, “aquel joven anda por malos caminos”, “esa persona ya no tiene
remedio”. Pero Jesús nunca encierra a nadie en su pasado. Para él, mientras
exista un corazón capaz de abrirse a la gracia, siempre será posible comenzar
de nuevo.
El
Evangelio nos sitúa en la casa de Simón, el fariseo. Él ha invitado a Jesús a
comer, pero lo recibe con frialdad. No le ofrece agua para los pies, no le da
el beso de bienvenida ni unge su cabeza. En cambio, aparece una mujer conocida
públicamente como pecadora. Se coloca a los pies de Jesús, llora, los moja con
sus lágrimas, los seca con sus cabellos, los besa y los unge con perfume.
Simón
mira la escena y juzga interiormente. No ve a una mujer arrepentida; solo ve a
una pecadora. Tampoco comprende a Jesús, porque piensa: “Si este fuera profeta,
sabría quién es la mujer que lo está tocando”.
Pero
Jesús conoce el corazón de ambos. Conoce el pecado de la mujer, pero también su
arrepentimiento y su amor. Conoce la corrección exterior de Simón, pero también
su frialdad, su orgullo y su incapacidad para experimentar misericordia.
Entonces
Jesús pronuncia una de las frases más bellas del Evangelio: «Sus muchos pecados
han quedado perdonados, porque ha amado mucho». No significa que el amor compre
el perdón. Significa que aquella mujer, al saberse acogida y perdonada,
responde con un amor inmenso. Quien ha experimentado verdaderamente la
misericordia de Dios ya no puede permanecer indiferente.
Quizá
nosotros podemos encontrarnos físicamente cerca de Jesús y, sin embargo,
mantener cerrado el corazón. Simón compartió la mesa con él, pero no se dejó
tocar interiormente. La mujer, en cambio, permaneció a sus pies y salió
transformada. No basta con estar cerca de las cosas de Dios; es necesario
permitir que Dios entre en nuestra vida.
El
salmo nos invita: «Den gracias al Señor porque es bueno». Y proclama: «No he de
morir, viviré para contar las hazañas del Señor». Esta podría ser la frase de
Pablo, de la mujer perdonada y de todo discípulo que ha experimentado la
salvación.
Evangelizar
es precisamente contar lo que el Señor ha realizado en nosotros. No se trata
únicamente de repetir doctrinas, sino de compartir una experiencia: “Yo estaba
perdido y el Señor me buscó; estaba herido y me sanó; estaba caído y me
levantó; me sentía indigno y él me llamó”.
Hoy,
jueves, nuestra intención orante es por la obra evangelizadora de la Iglesia y
por las vocaciones. Pidamos que surjan jóvenes, hombres y mujeres que, después
de encontrarse con Cristo, puedan decir como Pablo: «Por la gracia de Dios soy
lo que soy». Necesitamos sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros,
catequistas, familias cristianas y laicos comprometidos que anuncien con
alegría que Cristo vive.
Una
vocación comienza muchas veces con un encuentro silencioso: una celebración que
toca el corazón, una palabra de la Escritura, el testimonio de un sacerdote, la
cercanía de una religiosa, el servicio de un catequista, el dolor de los pobres
o una pregunta que Dios va colocando en el alma: “¿Por qué no tú? ¿Por qué no
entregar tu vida al Evangelio?”.
En
esta celebración recordamos también a san Roberto Belarmino, jesuita, obispo y
doctor de la Iglesia. Fue un hombre de profunda oración y de gran inteligencia,
que puso sus conocimientos al servicio de la defensa y la transmisión de la fe.
Nos enseña que evangelizar exige un corazón encendido por el amor de Dios, pero
también una fe bien conocida, meditada y explicada con claridad. No podemos
amar verdaderamente lo que no conocemos, ni anunciar con convicción aquello que
no hemos hecho vida.
San
Roberto comprendió que la sabiduría cristiana no consiste en ganar discusiones,
sino en conducir a las personas hacia la verdad que salva: Jesucristo. Su
testimonio nos invita a formarnos mejor, a profundizar en la Palabra de Dios y
a dar razón de nuestra esperanza con humildad y caridad.
Preguntémonos
hoy: ¿mi encuentro con Cristo está transformando realmente mi manera de vivir?
¿Miro a los demás con la misericordia de Jesús o con la dureza de Simón? ¿He
pensado alguna vez que Dios puede estar llamándome a colaborar más
generosamente en su obra evangelizadora?
Pidamos
al Señor que renueve en nosotros la alegría del primer encuentro; que la gracia
recibida no se frustre por nuestra indiferencia; y que podamos decir con el
salmista: «Viviré para contar las hazañas del Señor».
Que
María Santísima, primera discípula y estrella de la evangelización, acompañe a
quienes anuncian el Evangelio, sostenga a nuestros sacerdotes y consagrados, y
ayude a los jóvenes a escuchar sin miedo la voz de Dios.
San
Roberto Belarmino, ruega por nosotros y alcánzanos una fe luminosa, humilde y
misionera. Amén.
17 de septiembre:
San Roberto Belarmino, obispo y doctor — Memoria opcional
1542–1621
Patrono de los abogados canonistas, autores de catecismos, catequistas y catecúmenos
Canonizado por el Papa Pío XI en 1930
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío XI en 1931
Cita:
«Si busco a mi creador, encuentro sólo a Dios. Si busco la materia de la que me hizo, no encuentro absolutamente nada. De esto se puede concluir que todo lo que hay en mí fue hecho por Dios y pertenece enteramente a Dios. Si pregunto por mi naturaleza, descubro que soy imagen de Dios. Si pregunto por mi fin, hallo a Dios mismo, que es mi bien supremo y total. Por lo tanto, reconoceré que tengo un gran vínculo con Dios, y necesidad de Él, pues solo Él es mi creador, mi hacedor, mi padre, mi modelo, mi felicidad, mi todo. Si entiendo esto, ¿qué puede suceder sino que lo busque ardientemente, que piense en Él, que lo anhele, que desee verlo y abrazarlo? ¿Acaso no debo horrorizarme de la densa oscuridad de mi corazón, que durante tanto tiempo ha considerado, deseado y buscado cosas distintas a Dios, que es mi todo?»
~San Roberto Belarmino, La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas
Reflexión
Roberto Belarmino fue el tercero de diez hijos nacidos en una familia noble en el pueblo de Montepulciano, en el Gran Ducado de Toscana (actual Italia), a unos 160 kilómetros al norte de Roma. A pesar de su linaje noble, los padres de Roberto eran materialmente pobres. Cuando nació, su tío Marcello Cervini degli Spannocchi era cardenal; cuando Roberto tenía trece años, este tío fue elegido Papa con el nombre de Marcelo II, pero enfermó rápidamente y murió solo veintidós días después.
De niño, Roberto se distinguió por su inteligencia. Se decía que tenía memoria fotográfica, pues memorizaba rápidamente páginas enteras de libros y poemas, como los de Virgilio en latín. A los dieciocho años ingresó en el noviciado jesuita en Roma, donde brilló. Pocos años después, cuando se le pidió enseñar griego, idioma que no conocía, lo aprendió junto con sus alumnos y en poco tiempo lo dominaba. Sus estudios teológicos lo sumergieron en la escolástica tomista. Estudió en Padua y luego en Lovaina (actual Bélgica), donde fue ordenado sacerdote en 1570, a los veintiocho años.
Recién ordenado, el padre Belarmino fue asignado a enseñar en la Universidad de Lovaina, donde había completado sus estudios de teología. Tras seis años, lo enviaron a enseñar en el Colegio Romano, hoy Pontificia Universidad Gregoriana. Allí se convirtió en director espiritual y confesor del seminarista y futuro santo Luis Gonzaga.
Tanto en Lovaina como en Roma, se ganó el respeto por su brillantez y su predicación. Sus lecciones en Roma dieron origen a un libro en tres volúmenes: De Controversiis, una defensa sistemática de la fe católica frente a la Reforma protestante. En él abordó diecisiete controversias y defendió con poder y elocuencia la doctrina católica. Fue el primer intento católico de responder de forma ordenada y global a los reformadores. Sus temas incluyeron: Escritura y Tradición, Cristo, el Papa y la Iglesia, los sacramentos, el pecado, la gracia, el libre albedrío y las buenas obras. No solo expuso la fe católica, también refutó los errores de Lutero, Calvino, Zwinglio y otros. Su obra se convirtió en el estándar de la apologética católica en Europa.
Además de escribir, enseñar y predicar, fue requerido por los papas para tareas administrativas y diplomáticas. En 1592, a los cincuenta años, fue nombrado rector del Colegio Romano. En 1598 fue creado cardenal y designado Inquisidor, participando como juez en procesos importantes de la Inquisición, como el de Giordano Bruno, quien fue hallado culpable y entregado a la autoridad civil, que lo condenó a muerte.
En 1602, el Papa Clemente VIII lo ordenó obispo y lo nombró arzobispo de Capua. Tres años después, al morir Clemente VIII, Belarmino participó en el cónclave, donde incluso recibió algunos votos. Sin embargo, fueron elegidos sucesivamente León XI (que murió a los 26 días) y Pablo V. Este último ordenó, según el Concilio de Trento, que los obispos residentes en Roma regresaran a sus diócesis; pero pidió a Belarmino que permaneciera en la Curia, a lo cual obedeció. Renunció a su sede y se dedicó como teólogo y consejero principal de la Santa Sede.
Durante los siguientes dieciséis años, Belarmino fue figura central en el Vaticano. Ayudó a implementar el Catecismo de Trento (que él mismo había contribuido a redactar), resolvió divisiones, aclaró posiciones doctrinales y se enfrentó incluso a reyes y gobernantes. En 1616 intervino en el caso de Galileo, a quien consideraba amigo. No lo condenó, pero le transmitió la posición de la Iglesia: mientras la teoría heliocéntrica no estuviera probada científicamente, debía mantenerse la interpretación tradicional de la Escritura. Añadió que si la ciencia llegaba a demostrarlo, la Iglesia debía releer la Escritura a la luz de los nuevos datos. Tras su muerte, la Iglesia fue más lejos y condenó a Galileo, error que reconocería con el tiempo.
En sus últimos años, retirado por enfermedad, escribió hermosas obras espirituales: La ascensión de la mente a Dios por la escalera de las cosas creadas, Las siete palabras en la cruz y El arte de bien morir. También un extenso comentario a los Salmos y varias obras menores.
San Roberto Belarmino fue un hombre de mente brillante, pero lo que lo hizo santo fue que entregó toda su inteligencia y talentos al servicio de Dios. Él convirtió esa ofrenda en frutos inmensos para la Iglesia.
Oración
San Roberto Belarmino,
Dios te usó para su gloria al poner tu mente a su servicio.
Él te hizo articular su verdad de modo sistemático y práctico, fortaleciendo y unificando a la Iglesia.
Ruega por mí, para que siempre ponga mis dones y talentos al servicio de Dios,
y Él los use para cumplir su santa voluntad.
San Roberto Belarmino, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.
2
Santa Hildegarda de Bingen, virgen y doctora de la Iglesia — Memoria opcional
1098–1179
Patrona de los filólogos y esperantistas
Canonizada por el Papa Benedicto XVI en 2012 (canonización equipolente)
Declarada Doctora de la Iglesia por el Papa Benedicto XVI en 2012
Cita:
«Y he aquí que Aquel que estaba entronizado sobre aquella montaña clamó con voz fuerte y sonora diciendo: “¡Oh ser humano, polvo frágil de la tierra y ceniza de cenizas! ¡Clama y habla del origen de la salvación pura hasta que sean instruidos aquellos que, aunque ven los contenidos más íntimos de las Escrituras, no quieren transmitirlos ni predicarlos, porque son tibios y perezosos en servir a la justicia de Dios! Ábreles el cerco de los misterios que, tímidos como son, esconden en un campo oculto e infecundo. Estalla en una fuente de abundancia y rebosa de conocimiento místico, hasta que aquellos que ahora te desprecian a causa de la transgresión de Eva se agiten por la inundación de tu riego. Porque tu profundo entendimiento no lo has recibido de los hombres, sino del alto y tremendo Juez supremo, donde esta serenidad brillará con fuerza con luz gloriosa entre los resplandecientes.”»
~Visión de Santa Hildegarda
Reflexión
El feudalismo, caracterizado por relaciones estructuradas en torno a la posesión de tierras a cambio de servicios o trabajo, fue el rasgo definitorio del sistema socioeconómico en Europa entre los siglos IX y XV. Dentro de este sistema, el monarca, príncipes, duques, condes y sus familias —la alta nobleza— eran los principales terratenientes y gobernantes. Por debajo se encontraba la baja nobleza, que solía administrar menos tierras y servía a los grandes nobles como caballeros, barones y señores menores. Según su rango, estos nobles gobernaban sobre reinos, principados y ducados. Fue en medio de este complejo sistema feudal, con su jerarquía intrincada y su mezcla de autoridad secular y eclesiástica, donde nació la santa de hoy.
Santa Hildegarda de Bingen nació de padres de la baja nobleza en el pueblo de Bermersheim vor der Höhe, en el Ducado de Franconia (actual Alemania). Su padre estaba al servicio del conde Esteban II de Sponheim, miembro poderoso de la alta nobleza. Hildegarda, la décima hija de su familia, fue ofrecida a la Iglesia como “diezmo” por sus padres cuando tenía ocho años, como era costumbre en aquella época. Fue entregada al monasterio benedictino de Disibodenberg, a unos 40 km de su pueblo natal, y quedó al cuidado de Jutta von Sponheim, hija del conde Esteban II.
Jutta tenía solo seis años más que Hildegarda. A los catorce años se hizo ermitaña junto al monasterio masculino de Disibodenberg y más tarde fue magistra o abadesa de la rama femenina. A pesar de la fragilidad de Hildegarda en su infancia, Jutta le enseñó a leer latín lo suficiente para rezar los Salmos y el Oficio Divino. También le enseñó el catecismo básico y la guió en la fe, la devoción y la ascesis. Hildegarda aprendió además a tocar el salterio, una forma primitiva de arpa. Como Jutta también era de linaje noble, estaba en una posición única para comprender y acompañar a Hildegarda en su crecimiento. Juntas inspiraron a otras jóvenes nobles a unirse a ellas. En 1112, tras unos siete años con los benedictinos, Hildegarda tomó el velo bajo el obispo Otón de Bamberg a los quince años.
En 1136, la abadesa Jutta murió y Hildegarda, con treinta y ocho años, fue elegida abadesa. Durante los siguientes catorce años la comunidad siguió creciendo bajo su liderazgo. En 1150 trasladó la comunidad a Rupertsberg, cerca de Bingen, y en 1165 fundó un segundo monasterio en Eibingen.
Aunque ingresó en la vida religiosa con una educación limitada, Hildegarda desarrolló un vasto conocimiento en múltiples campos, señal de su gran inteligencia. Pero ella misma decía que su saber provenía de la “sombra de la luz viviente”, es decir, de las visiones místicas que experimentaba desde pequeña. Guardó estas experiencias en silencio hasta llegar a los cuarenta años, cuando ya las había meditado, interiorizado y profundizado. Su verdadero Maestro fue el Espíritu Santo, que le concedió un conocimiento divinamente infundido, iluminando su mente con la verdad y otorgándole comprensión sobrenatural de la Escritura, de la vida, de Dios, del cielo y del infierno, del pecado, de Cristo y de toda la revelación. Su sabiduría abarcaba también las ciencias naturales.
En 1142, a los cuarenta y cuatro años, Hildegarda sintió con fuerza el mandato divino de escribir sus visiones y compartir su conocimiento infundido. El resto de su vida lo dedicó a transcribir lo recibido de esa “luz viviente”. La claridad, especificidad y profundidad de sus escritos muestran que provenían del Espíritu Santo. Su primera obra, concluida en 1151, fue Scivias (“Conoce los caminos”), con veintiséis visiones comentadas que abarcan la creación, la naturaleza de Dios, el cielo y el infierno, los ángeles y demonios, la encarnación, la caída y la redención, la Iglesia, los sacramentos y el fin de los tiempos. Allí ofreció una síntesis grandiosa de la historia de la salvación.
Después de Scivias, Hildegarda escribió durante veintiocho años más, completando dos obras visionarias mayores, además de escritos sobre ciencias naturales, medicina, salud de la mujer, la Regla de San Benito y vidas de santos. Compuso himnos con melodías originales y escribió numerosas cartas a papas, emperadores, abades y abadesas. Sus composiciones, con melodías elevadas y armonías bellas, aún se interpretan hoy.
Aunque vivió en el claustro, fue buscada como consejera por toda la Iglesia. Predicó incluso en plazas y catedrales, algo poco común en mujeres de su tiempo. Sus escritos fueron examinados y aprobados por el Papa Eugenio III y elogiados por San Bernardo de Claraval.
Santa Hildegarda fue reconocida como santa desde su muerte, pero oficialmente canonizada y declarada Doctora de la Iglesia en 2012 por Benedicto XVI. Su sabiduría mística y casi apocalíptica sigue siendo actual para iluminar los misterios de la vida.
Oración
Santa Hildegarda de Bingen,
en tu humildad y sencillez fuiste levantada por Dios
y recibiste un don especial de conocimiento sobrenatural
sobre los misterios más profundos del cielo y de la tierra.
Ruega por mí, para que siempre esté abierto a las verdades
que Dios me revela y use ese conocimiento
como base de mis decisiones en la vida.
Santa Hildegarda de Bingen, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.




