La otra actitud
(Mt 5,38-42) Ante
la violencia, ¿debemos quedarnos en el “ojo por ojo”? Jesús nos enseña otra
cosa. No se trata de dejarnos maltratar ni de “poner” la mejilla para que nos
golpeen, sino de proponer otra manera, otra actitud frente a la bofetada.
Durante su pasión, Jesús no presenta simplemente la mejilla al soldado que lo
golpea, sino que ofrece la palabra; lo devuelve a la palabra y, por tanto, a su
humanidad. Una gracia que debemos pedir.
Colette Hamza, xavière
Primera lectura
Nabot ha sido
lapidado y está muerto
Lectura del primer libro de los Reyes.
POR aquel tiempo, Nabot de Yezrael tenía una viña junto al palacio de Ajab, rey
de Samaría.
Ajab habló a Nabot diciendo:
«Dame tu viña para que pueda tener un huerto ajardinado, pues está pegando a mi
casa; yo te daré a cambio una viña mejor, o, si te parece bien, te pagaré su
precio en plata».
Nabot respondió a Ajab:
«Dios me libre de cederte la herencia de mis padres».
Se fue Ajab a su casa abatido y enfadado por la respuesta que le había dado
Nabot de Yezrael:
«No te cederé la heredad de mis padres».
Se postró en su lecho de cara a la pared y se negó a comer.
Jezabel, su mujer, se le acercó y le dijo:
«¿Qué te pasa que estás entristecido y no comes alimento alguno?».
Él le respondió:
«Hablé con Nabot de Yezrael y le propuse: “Véndeme tu viña por su valor en
plata, o, si lo prefieres, te daré otra viña a cambio”; pero él me contestó:
“No te cederé mi viña”».
Jezabel, su mujer, le replicó:
«¡Ya es hora de que ejerzas el poder regio en Israel! Levántate, come y se te
alegrará el ánimo. Yo misma me encargo de darte la viña de Nabot de Yezrael».
Escribió cartas con el nombre de Ajab y las selló con el sello de él,
enviándolas a los ancianos y notables que vivían junto a Nabot.
En las cartas escribió lo siguiente:
«Proclamen un ayuno y sienten a Nabot al frente de la asamblea. Frente a él
sienten a dos hombres hijos de Belial que testifiquen en su contra diciendo:
“Tú has maldecido a Dios y al rey”. Entonces lo sacarán y lo lapidarán hasta
que muera».
Los hombres de la ciudad, los ancianos y notables que vivían junto a Nabot en
su ciudad, hicieron tal como Jezabel les ordenó según lo escrito en las cartas
remitidas a ellos. Así proclamaron un ayuno y sentaron a Nabot al frente de la
asamblea.
Llegaron los dos hombres hijos de Belial, se sentaron frente a él y testificaron
contra él diciendo:
«Nabot ha maldecido a Dios y al rey».
Lo sacaron de la ciudad y lo lapidaron hasta que murió.
Enviaron a decir a Jezabel:
«Nabot ha sido lapidado y está muerto».
En cuanto Jezabel oyó que Nabot había muerto lapidado, dijo a Ajab:
«Levántate y toma posesión de la viña de Nabot, el de Yezrael, el que se negó a
vendértela por su valor en plata, pues Nabot ya no está vivo, ha muerto».
Apenas oyó Ajab que Nabot había muerto, se levantó y bajó a la viña de Nabot,
el de Yezrael, para tomar posesión de ella.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Atiende
a mis gemidos, Señor.
V. Señor,
escucha mis palabras,
atiende a mis gemidos,
haz caso de mis gritos de auxilio,
Rey mío y Dios mío. R.
V. Tú no eres
un Dios que ame la maldad,
ni el malvado es tu huésped,
ni el arrogante se mantiene en tu presencia. R.
V. Detestas
a los malhechores,
destruyes a los mentirosos;
al hombre sanguinario y traicionero
lo aborrece el Señor. R.
Aclamación
V. Lámpara es
tu palabra para mis pasos, luz en mi sendero. R.
Evangelio
Yo les digo
que no hagan frente al que los agravia
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Han oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Pero yo les digo: no
hagan frente al que los agravia. Al contrario, si uno te abofetea en la mejilla
derecha, preséntale la otra; al que quiera ponerte pleito para quitarte la
túnica, dale también el manto; a quien te requiera para caminar una milla,
acompáñale dos; a quien te pide, dale, y al que te pide prestado, no lo
rehúyas».
Palabra del Señor.
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Queridos hermanos:
La Palabra de Dios de este lunes nos pone frente a
una realidad dolorosa y muy humana: la violencia, la injusticia, el abuso del
poder y la tentación de responder al mal con más mal.
En la primera lectura escuchamos una de las páginas
más dramáticas del Antiguo Testamento: la historia de Nabot, el hombre justo
que tenía una viña heredada de sus padres. El rey Ajab la quiere para sí. Nabot
se niega, no por capricho, sino porque aquella viña representa la herencia
recibida, la memoria de sus mayores, la fidelidad a Dios y a su familia. Pero
cuando el poder se vuelve egoísta, ya no respeta ni la dignidad de la persona
ni la justicia ni la vida. Jezabel organiza una mentira, manipula la ley,
compra testigos falsos y consigue la muerte de Nabot. Después de eso, Ajab baja
tranquilamente a tomar posesión de la viña.
Esta lectura nos muestra hasta dónde puede llegar
el corazón humano cuando se deja dominar por la codicia. Primero se desea lo
que no es propio; luego se manipula la verdad; después se destruye al inocente;
finalmente se pretende disfrutar como si nada hubiera pasado. Pero Dios ve.
Dios escucha. Dios no es indiferente ante la sangre del justo ni ante las
lágrimas de los pequeños.
Por eso el salmo pone en nuestros labios una
oración muy profunda: “Señor, escucha mis palabras”. Es la súplica de quien
sabe que Dios no aprueba la maldad, que el malvado no puede hospedarse junto a
Él, que la mentira, la violencia y la injusticia no tienen la última palabra.
Hoy, al orar por nuestros difuntos, esta súplica se hace también confiada:
Señor, escucha nuestra oración por quienes han partido de este mundo. Acoge sus
vidas, purifica sus faltas, perdona sus pecados y condúcelos a tu luz.
El Evangelio nos lleva todavía más lejos. Jesús
dice: “Han oído que se dijo: ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo:
no hagan frente al que les agravia”. Estas palabras no pueden entenderse como
una invitación a la pasividad, a aceptar abusos o a callar ante la injusticia.
Jesús no nos pide ser cómplices del mal ni renunciar a la dignidad. Lo que nos
enseña es otra actitud: no responder a la violencia con violencia, no dejar que
el agresor nos convierta también en agresores, no permitir que el odio del otro
entre en nuestro corazón y lo gobierne.
Recordemos que Jesús, durante su pasión, cuando es
golpeado, no responde con otro golpe, pero tampoco se queda simplemente en
silencio como si el mal estuviera bien. En el Evangelio de Juan, cuando un
guardia le da una bofetada, Jesús responde: “Si he hablado mal, muestra en qué;
pero si he hablado bien, ¿por qué me pegas?”. Jesús ofrece la palabra. Devuelve
al agresor a la razón, a la conciencia, a su humanidad. No se rebaja al nivel
de la violencia, pero tampoco renuncia a la verdad.
Esta es la gran enseñanza para nosotros: el
cristiano no está llamado a vengarse, sino a transformar. No está llamado a
humillar al enemigo, sino a desarmar el mal con la fuerza de la verdad, de la
paciencia, de la mansedumbre y del amor. No se trata de debilidad. Se trata de
una fortaleza más grande: la fortaleza de quien no permite que el odio tenga la
última palabra.
Nabot, en la primera lectura, aparece como víctima
de la injusticia. Jesús, en el Evangelio, nos enseña cómo no convertirnos en
servidores de esa misma injusticia. Porque muchas veces la violencia empieza
fuera de nosotros, pero puede terminar instalándose dentro de nosotros. Puede
entrar en forma de resentimiento, deseo de venganza, palabras duras, juicios
implacables, memoria herida. Por eso necesitamos pedir una gracia: la gracia de
responder de otra manera.
Hoy, al celebrar esta Eucaristía por nuestros
difuntos, también podemos pensar en tantas historias familiares marcadas por
heridas, conflictos, deudas de amor, palabras que no se dijeron o palabras que
hirieron. La muerte nos recuerda que la vida es breve y que no vale la pena
vivir esclavos del rencor. Orar por los difuntos es también dejar que Dios sane
nuestra memoria. Es decirle: Señor, recibe a quienes ya partieron; perdona lo
que haya que perdonar; sana lo que quedó roto; danos paz a quienes seguimos
caminando.
Cada Eucaristía nos pone ante Cristo, el justo
condenado injustamente, el inocente entregado, el Cordero que no devuelve mal
por mal. En la cruz, Jesús no pide venganza; pide perdón: “Padre, perdónalos,
porque no saben lo que hacen”. Esa es la otra actitud. Esa es la novedad del
Evangelio. Esa es la fuerza que puede cambiar el corazón humano.
Pidamos hoy al Señor que nos libre de la codicia de
Ajab, de la manipulación de Jezabel, de la mentira de los falsos testigos y de
la tentación de la venganza. Pidámosle un corazón libre, justo, misericordioso
y valiente. Que sepamos defender la verdad sin odio, denunciar el mal sin
perder la caridad, y responder a la violencia no con cobardía, sino con la
fuerza humilde del Evangelio.
Y por nuestros difuntos, elevemos una oración
confiada: que el Señor, justo y misericordioso, los reciba en su Reino; que
purifique sus vidas con su amor; que les conceda la paz eterna; y que a
nosotros nos enseñe a vivir de tal manera que, cuando llegue nuestra hora,
podamos presentarnos ante Él con un corazón reconciliado.
Amén.

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