domingo, 15 de febrero de 2026

16 de febrero del 2026: lunes de la sexta semana del tiempo ordinario-II- San José de Allamano, presbítero y fundador

  

San José Allamano

1851-1926.

«Las buenas obras deben hacerse bien y en silencio», repetía este antiguo alumno de Don Bosco, rector del santuario de la Consolata de Turín y fundador de dos institutos misioneros. Canonizado en 2024.

 

 

Una fe a toda prueba

En su conjunto, la carta de Santiago insiste en la necesidad de encarnar la fe en lo concreto de la vida. Aquí nos invita a pedir la sabiduría en el contexto de la prueba, que pone en desafío nuestra confianza. La sabiduría, recordémoslo, es ese don de Dios que nos permite orientarnos con rectitud en la existencia, considerar los acontecimientos a la luz de la Escritura más allá de las simples apariencias, atravesar la prueba sin ceder a la desesperación y ejercer nuestros talentos con alegría.

Emmanuelle Billoteau, ermite

 


Primera lectura

Sant 1, 1-11

La autenticidad de su fe produce paciencia, para que sean perfectos e íntegros

Comienzo de la carta del apóstol Santiago.

SANTIAGO, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus en la diáspora: saludos.
Consideren, hermanos míos, un gran gozo cuando se vean rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que la autenticidad de su fe produce paciencia. Pero que la paciencia lleve consigo una obra perfecta, para que sean perfectos e íntegros, sin ninguna deficiencia.
Y si alguno de ustedes carece de sabiduría, pídasela a Dios, que da a todos generosamente y sin reproche alguno, y él se la concederá.
Pero que pida con fe, sin titubear nada, pues el que titubea se parece a una ola del mar agitada y sacudida por el viento. No se crea un individuo así que va a recibir algo del Señor; es un hombre inconstante, indeciso en todos sus caminos.
Que el hermano de condición humilde se sienta orgulloso de su alta dignidad, y el rico de su pequeñez, porque pasará como flor de hierba. Pues sale el sol con su ardor y seca la hierba, se cae la flor y se pierde la belleza de su aspecto; así también se marchitará el rico en sus empresas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 67. 68. 71. 72. 75. 76 (R.: 77a)

R. Cuando me alcance tu compasión, Señor, viviré.

V. Antes de sufrir, yo andaba extraviado,
pero ahora me ajusto a tu promesa
. R.

V. Tú eres bueno y haces el bien;
instrúyeme en tus decretos. 
R.

V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. R.

V. Más estimo yo la ley de tu boca
que miles de monedas de oro y plata. 
R.

V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. 
R.

V. Que tu bondad me consuele,
según la promesa hecha a tu siervo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; nadie va al Padre sino por mí. R.

 

Evangelio

Mc 8, 11-13

¿Por qué esta generación reclama un signo?

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, se presentaron los fariseos y se pusieron a discutir con Jesús; para ponerlo a prueba, le pidieron un signo del cielo.
Jesús dio un profundo suspiro y dijo:
«¿Por qué esta generación reclama un signo? En verdad les digo que no se le dará un signo a esta generación».
Los dejó, se embarcó de nuevo y se fue a la otra orilla.

Palabra del Señor.

 

1

 

 

1. Una fe que se encarna en la prueba

Queridos hermanos:

La carta de Santiago es directa, concreta, casi incómoda. No se conforma con una fe teórica. Nos dice: si tu fe no atraviesa la prueba, si no ilumina tu sufrimiento, si no transforma tu manera de vivir las dificultades, entonces todavía no ha madurado.

Hoy Santiago nos invita a pedir sabiduría. Y no cualquier sabiduría: la que se necesita cuando la vida aprieta, cuando el dolor llega, cuando la pérdida nos visita.

Y pensemos: ¿cuántas pruebas atraviesan nuestras familias? Enfermedades, problemas económicos, duelos recientes, preocupaciones por los hijos… En nuestra región caribeña sabemos bien lo que es luchar contra el invierno, contra la incertidumbre, contra las limitaciones. La fe no nos evita esas realidades, pero sí nos da una manera distinta de vivirlas.

La sabiduría es mirar la prueba con los ojos de Dios.


2. La tentación de exigir signos

En el Evangelio (Mc 8,11-13), los fariseos piden un signo del cielo. Jesús suspira profundamente. Ese suspiro es casi un lamento: “¿Por qué esta generación pide un signo?”

Es interesante: Jesús ya había multiplicado panes, sanado enfermos, expulsado demonios. Pero para quien no quiere creer, ningún signo es suficiente.

Aquí hay una enseñanza psicológica profunda: cuando el corazón está cerrado, ni el milagro más grande convence. Cuando el corazón está abierto, incluso el silencio de Dios se convierte en mensaje.

Los fariseos querían pruebas espectaculares. Santiago nos invita a pedir sabiduría. ¡Qué diferencia!

Uno pide espectáculo.
El otro pide profundidad.


3. Sabiduría para atravesar el duelo

Hoy nuestra intención orante es por los difuntos. Y el duelo es una de las pruebas más duras de la vida. No hay teoría que lo alivie. No hay frase hecha que lo cure.

Cuando despedimos a un ser querido, la fe se vuelve concreta o se tambalea.

Santiago nos diría: pide sabiduría.
El salmo responde: “Señor, que tu misericordia me consuele”.

La sabiduría cristiana no elimina el dolor, pero le da horizonte. Nos recuerda que la muerte no tiene la última palabra. Nos enseña a llorar con esperanza. Nos ayuda a transformar la nostalgia en oración.

¿Cuántas veces, al orar por nuestros difuntos, sentimos que el Señor nos regala paz interior? Esa es la sabiduría actuando.


4. Riqueza verdadera y pobreza auténtica

Santiago habla también del rico y del pobre. La riqueza pasa, la flor se marchita. La vida es frágil.

El Evangelio de hoy también nos advierte: no todo se resuelve con señales visibles. Lo esencial es invisible, decía alguien con razón.

La verdadera riqueza es una fe probada.
La verdadera pobreza es un corazón que necesita signos para creer.

En el fondo, Jesús nos pregunta:
¿Crees solo cuando todo sale bien?
¿O sigues confiando cuando no ves señales?


5. La sabiduría misionera

Hoy podemos recordar la memoria opcional de San José de Allamano, fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata. Él entendió que la fe se encarna en la misión, en el servicio, en el salir de uno mismo.

No buscó signos extraordinarios. Pidió sabiduría para servir. Y esa sabiduría lo llevó a enviar misioneros a África y a otras tierras.

La fe madura no exige pruebas; se convierte en entrega.


6. Aplicación concreta para nuestra vida

Hoy el Señor nos invita a tres actitudes muy claras:

1.    Pedir sabiduría cuando estemos en prueba.
No solo soluciones rápidas, sino mirada profunda.

2.    No exigirle a Dios espectáculos.
Él ya nos ha dado el mayor signo: su Hijo entregado.

3.    Vivir el duelo con esperanza.
Orar por nuestros difuntos no es rutina; es acto de amor y fe.


7. Una pregunta para el corazón

¿Qué hago cuando no veo signos claros de Dios en mi vida?
¿Me desespero, me quejo, o pido sabiduría?

El suspiro de Jesús en el Evangelio es un llamado a la madurez espiritual.


Conclusión

Hermanos, la fe verdadera no se demuestra cuando todo va bien. Se purifica en la prueba.

Pidamos hoy la sabiduría que Santiago nos propone:
la que ilumina el dolor,
la que fortalece la confianza,
la que convierte el duelo en esperanza.

Y en esta Eucaristía, pongamos en el altar los nombres de nuestros difuntos. Que el Señor les conceda el descanso eterno y a nosotros nos regale la sabiduría para caminar, aún en medio de las pruebas, sin pedir signos, pero llenos de confianza.

Amén.

 

 

2

 

Hermanos, en el Evangelio de hoy hay un detalle que, si lo dejamos entrar al corazón, cambia la manera de mirar nuestra fe y también la manera de mirar a los demás: Jesús “suspira desde lo más hondo de su espíritu”. No es un gesto teatral. Es un dolor real. Es lo que podríamos llamar una “tristeza santa”, un duelo santo, misericordioso, lleno de amor.

1) Cuando el corazón se cierra, ningún signo basta

Los fariseos se acercan a discutir y, para poner a prueba a Jesús, le piden “un signo del cielo”. No es una búsqueda humilde. Es un desafío. Y ahí está la tragedia: ya tenían suficientes signos. Habían visto curaciones, liberaciones, palabras con autoridad, compasión por los pobres, pan multiplicado. Pero cuando el corazón se endurece, siempre encuentra una excusa: “sí, pero…”. La obstinación es así: ciega. No por falta de luz, sino por exceso de orgullo.

Aquí el texto de Santiago encaja perfecto: habla de la fe probada, del camino en medio de la prueba, y de la tentación de medirlo todo con categorías de poder, éxito o seguridad. Santiago sabe que la fe verdadera no vive de “efectos especiales”; vive de confianza.

2) El suspiro de Jesús: misericordia que duele

¿Por qué suspira Jesús? No suspira de rabia. Suspira como suspira una madre cuando ve a un hijo encerrado en sí mismo; como suspira un padre cuando sabe que su hijo se está perdiendo… y aun así lo ama. Ese suspiro es misericordia en forma de dolor.

Hay un tipo de dolor que enferma: el resentimiento, el orgullo herido, la amargura. Pero hay un dolor que salva: la tristeza santa. La tristeza santa no destruye; intercede. No humilla; compadece. No condena; invita.

Y esto tiene un valor pastoral enorme: cuando encontramos personas cerradas, obstinadas, agresivas, ¿qué hacemos? A veces respondemos con dureza, lo tomamos personal, entramos en pelea. Jesús nos enseña otro camino: dolerse por la persona, no pelear contra ella. Sentir el peso de su ceguera con empatía. Eso es amor.

3) “Ningún signo se le dará”: una medicina fuerte

Jesús dice: “no se le dará ningún signo”. No es capricho. Es medicina. Los fariseos pedían signos como quien exige a Dios que se someta a sus reglas. Pero Dios no es un objeto de laboratorio. Y además, repetir signos a quien no quiere creer no convierte a nadie; solo alimenta la soberbia.

El signo definitivo ya estaba allí: Jesús mismo. Su presencia, su palabra, su modo de amar. La fe nace cuando el corazón se vuelve receptivo. Por eso, la misericordia a veces es tierna, y otras veces es firme: Dios también ama poniendo límites.

4) “Los dejó y se embarcó”: una ausencia que despierta

El Evangelio termina con una frase fuerte: “los dejó”. También eso es misericordia. A veces, Dios “se retira” para que la persona sienta el vacío de su propia dureza y se pregunte: “¿qué estoy haciendo?”. No porque Dios deje de amar, sino porque respeta la libertad y espera un despertar interior.

Esto ilumina nuestra vida: ¿cuántas veces hemos sentido sequedad, silencio, ausencia? No siempre es castigo. A veces es una llamada: “deja de pedirme pruebas; vuelve a la confianza; regresa al amor primero”.

5) Santiago: la prueba, la pobreza y la verdadera riqueza

Santiago también habla del pobre y del rico. Y nos recuerda lo frágil: la riqueza pasa, la flor se marchita. Es una manera bíblica de decirnos: no te apoyes en lo que no sostiene. La prueba revela dónde está tu fundamento.

Y aquí el salmo nos presta la voz:
Antes de sufrir, yo me descarriaba; pero ahora guardo tu palabra…
¡Qué frase para una homilía de lunes! Es decir: a veces la vida nos corrige donde la comodidad nos engañaba. La prueba, vivida con Dios, puede convertirse en escuela de sabiduría.

6) Intención por los difuntos: la tristeza santa también se vuelve oración

Hoy rezamos por nuestros difuntos. Y el tema de la “tristeza santa” cae como bálsamo. Porque el duelo cristiano no es negar la tristeza; es vivirla con esperanza. Hay lágrimas que son oración. Hay silencios que son ofrenda. Hay recuerdos que se vuelven altar.

Jesús suspira ante la dureza del corazón; nosotros suspiramos ante el misterio de la muerte. Y en ambos casos, lo que salva es la misericordia:

·        Misericordia para quienes se endurecen y se pierden.

·        Misericordia para quienes lloran y necesitan consuelo.

·        Misericordia para nuestros difuntos, confiados al Amor de Dios.

Y aquí cabe una enseñanza muy humana: no toda tristeza es falta de fe. Al contrario: cuando está atravesada por el amor, la tristeza puede ser un acto de fe. Porque el que ama, duele. Y el que duele con esperanza, ya está orando.

7) Tres llamadas concretas para esta semana

1.    Pide sabiduría en la prueba (Santiago lo repite con fuerza). No pidas solo que pase; pide que te transforme.

2.    Renuncia al “chantaje de los signos”: “Señor, si haces esto, creeré…”. Mejor di: “Señor, aunque no vea, confío”.

3.    Aprende la tristeza santa: por tu pecado, sin desesperarte; por el pecado del mundo, sin amargarte; por tus difuntos, sin perder la esperanza.

Conclusión y oración

Hermanos, el corazón de Jesús es misericordioso incluso cuando duele. Su suspiro es una homilía silenciosa: Dios se entristece por lo que nos destruye, pero no se cansa de llamarnos.

Pidámosle hoy:
Señor Jesús,
danos un corazón humilde, capaz de creer sin exigir pruebas,
capaz de llorar sin desesperar,
capaz de corregir sin herir,
capaz de sentir “tristeza santa” por el pecado y por el dolor del mundo.
Y recibe en tu paz a nuestros fieles difuntos:
que tu misericordia los abrace,
y que tu consuelo sostenga a quienes los lloramos.
Jesús, en Ti confiamos.
 Amén.

 

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16 de febrero:

San José de Allamano (1851–1926)

Presbítero diocesano – Fundador de los Misioneros y Misioneras de la Consolata

Canonización: 20 de octubre de 2024 (Papa Francisco)

 


1) Orígenes y llamada: un corazón “mariano” desde la infancia

José (Giuseppe) Allamano nació el 21 de enero de 1851 en Castelnuovo d’Asti (hoy Castelnuovo Don Bosco), en el Piamonte italiano. Creció en un ambiente cristiano fuerte y austero. Quedó huérfano de padre siendo muy pequeño, y la figura de su madre marcó su sensibilidad espiritual y su temple interior.

Su familia estaba vinculada a grandes santos del “Piamonte de la santidad”: era sobrino de San José Cafasso, formador de sacerdotes y figura clave del clero turinés. En el clima eclesial de Turín, marcado por la caridad concreta y la educación popular, Allamano aprendió que la santidad no es un adorno sino un servicio.

2) Sacerdote diocesano: formador, guía y pastor

Fue ordenado sacerdote el 20 de septiembre de 1873 para la diócesis de Turín. Muy pronto se distinguió por su vida de oración, prudencia y capacidad de acompañar almas. Con apenas 25 años, ya estaba al servicio del seminario como formador espiritual, tarea que realizaría con una profunda convicción: no basta “tener buenos sacerdotes”; hay que formar santos sacerdotes, capaces de ser pastores según el corazón de Cristo.

Una de sus responsabilidades más significativas fue su largo servicio vinculado al Santuario de la Consolata en Turín, un verdadero corazón mariano de la ciudad. Allí impulsó la renovación del santuario y lo convirtió en un foco de espiritualidad, confesión, dirección espiritual y dinamismo apostólico.

Su sacerdocio fue marcadamente contemplativo y práctico: oración intensa, austeridad, fidelidad diaria… pero siempre volcado a las necesidades reales del pueblo, en una Turín que vivía profundos cambios culturales y sociales. En ese contexto apoyó obras e iniciativas eclesiales orientadas al mundo del trabajo y a las nuevas pobrezas, con un estilo discreto, firme y evangélico.

3) Un sueño misionero que se hizo instituto

Allamano sintió desde joven una fuerte atracción por la misión, pero su salud y circunstancias no le permitieron ir él mismo “ad gentes”. Sin embargo, Dios transformó ese límite en fecundidad: sería misionero formando misioneros.

En 1901 fundó en Turín el Instituto de los Misioneros de la Consolata, y más tarde impulsó también el surgimiento de las Hermanas Misioneras de la Consolata. Su carisma nació bajo el amparo de María, “Consolata”, y con un marcado sello eclesial: misión en comunión, obediencia, fraternidad y una espiritualidad profundamente encarnada.

La misión para él no era propaganda religiosa: era llevar a Cristo con respeto, cercanía, paciencia, alegría y constancia, empezando por la santidad cotidiana. Por eso insistía en un ideal exigente pero humano: “primero santos, luego misioneros” (formulación ampliamente atribuida en su tradición espiritual y coherente con su magisterio práctico, recogido en perfiles biográficos institucionales).

4) Rasgos espirituales: sabiduría en la prueba, esperanza sin teatralidad

San José Allamano fue un hombre de sabiduría (en el sentido bíblico): mirar los acontecimientos con los ojos de Dios, sin quedarse en la apariencia, y atravesar las pruebas sin desesperar. Esa sabiduría se apoyaba en tres pilares:

  • Eucaristía y oración: raíz interior de su fecundidad pastoral y misionera.
  • Devoción mariana sólida: María Consolata como “forma” de su espiritualidad: consuelo que no anestesia, sino que sostiene y envía.
  • Caridad concreta: una santidad sin ruido, hecha de servicio diario, paciencia y misericordia.

Su estilo evitaba lo espectacular: no buscaba “signos” grandilocuentes, sino frutos duraderos. Su obra misionera nació de lo pequeño y perseverante: acompañar, formar, sostener, enviar.

5) Pascua y glorificación: del beato al santo

Murió el 16 de febrero de 1926 en Turín. Fue beatificado por San Juan Pablo II en 1990.

El paso definitivo hacia la canonización se dio cuando el Papa Francisco autorizó decretos que reconocían, entre otros, un milagro atribuido a su intercesión, abriendo así el camino a su canonización. (Posteriormente, se fijó la fecha y se celebró la canonización el 20 de octubre de 2024, en el contexto de la Jornada Mundial de las Misiones (DOMUND), subrayando providencialmente el carácter misionero de su santidad.

6) Actualidad pastoral: ¿qué nos dice hoy San José Allamano?

San José de Allamano habla con fuerza a la Iglesia de hoy:

  • A los sacerdotes: que la fecundidad nace de la vida interior, no del activismo.
  • A los laicos: que la misión empieza en lo cotidiano: hogar, barrio, trabajo.
  • A los misioneros: que evangelizar es consolar y anunciar, con paciencia, respeto y alegría.
  • A quienes viven pruebas y duelos: que la sabiduría cristiana es atravesar la oscuridad sin perder la esperanza, apoyados en Cristo y de la mano de María.

Oración breve (para tu intención por los difuntos)

Señor Jesucristo, Pastor eterno,
por intercesión de San José Allamano,
concede a nuestros fieles difuntos el descanso en tu paz
y haz de nosotros hombres y mujeres
capaces de encarnar la fe en la vida diaria
y de consolar a los que sufren.
Amén.


sábado, 14 de febrero de 2026

15 de febrero del 2026: sexto domingo del tiempo ordinario- Ciclo A

 

La exigencia de una vida sintonizada con Cristo

Los textos de este domingo nos indican que elegir a Cristo no está exento de consecuencias, comenzando por la fidelidad necesaria al compromiso asumido. Si la primera lectura nos recuerda que la fidelidad depende verdaderamente de nosotros y de nuestra decisión de permanecer fieles, el final del Evangelio de Mateo nos invita a hacer de nuestra palabra un verdadero “sí” o un verdadero “no”. La enseñanza inaugural de la misión de Jesús continúa. Su voz se alza con fuerza y claridad para hablar de la Ley, que se convierte en un camino de vida que conduce a Dios. De algún modo, se nos invita a una auténtica radicalidad. Esta radicalidad la recibimos del mismo Cristo. Él no ha venido a abolir la Ley, sino a llevarla a su plenitud. Las palabras de Jesús siempre incomodarán. Afirmar que todo hombre que se enoja contra su hermano es un homicida, o que quien insulta a su hermano es digno de la gehena de fuego, son expresiones fuertes. La tentación de olvidar estas palabras de Jesús puede ser grande, pero sus palabras, incluso cuando son duras, nos invitan también a una exigencia de vida y de amor. La Ley es esa sabiduría de la que habla Pablo: una sabiduría tan alejada de la del mundo, que solo el Espíritu puede ayudarnos a descubrir sus contornos. Una sabiduría que no deja de iluminar nuestra búsqueda y de modelar nuestro discernimiento. Una sabiduría que escribe nuestros “sí” y nuestros “no”, para que nuestra vida esté cada vez más sintonizada con la vida misma de Dios.

Preguntas para la oración:

  • ¿Cuáles son los caminos habituales de mi discernimiento cuando debo tomar decisiones importantes en mi vida?
  • ¿Cómo ilumina la Palabra de Dios mis palabras y mis actos? ¿El Evangelio me ayuda a acercarme a mis compañeros de humanidad?

Benoît Gschwind, évêque de Pamiers

 


Primera lectura

Eclo 15, 15-20

A nadie obligó a ser impío

Lectura del libro del Eclesiástico.

SI quieres, guardarás los mandamientos
y permanecerás fiel a su voluntad.
Él te ha puesto delante fuego y agua,
extiende tu mano a lo que quieras.
Ante los hombres está la vida y la muerte,
y a cada uno se le dará lo que prefiera.
Porque grande es la sabiduría del Señor,
fuerte es su poder y lo ve todo.
Sus ojos miran a los que le temen,
y conoce todas las obras del hombre.
A nadie obligó a ser impío,
y a nadie dio permiso para pecar.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 1-2. 4-5. 17-18. 33-34 (R.: 1b)

R. Dichoso el que camina en la ley del Señor.

V. Dichoso el que, con vida intachable,
camina en la ley del Señor;
dichoso el que, guardando sus preceptos,
lo busca de todo corazón. 
R.

V. Tú promulgas tus mandatos
para que se observen exactamente.
Ojalá esté firme mi camino,
para cumplir tus decretos.
 R.

V. Haz bien a tu siervo: viviré
y cumpliré tus palabras;
ábreme los ojos, y contemplaré
las maravillas de tu ley. 
R.

V. Muéstrame, Señor, el camino de tus decretos,
y lo seguiré puntualmente;
enséñame a cumplir tu ley
y a guardarla de todo corazón.
 R.

 

Segunda lectura

1 Cor 2, 6-10

Dios predestinó la sabiduría antes de los siglos para nuestra gloria

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS:
Hablamos de sabiduría entre los perfectos; pero una sabiduría que no es de este mundo ni de los príncipes de este mundo, condenados a perecer, sino que enseñamos una sabiduría divina, misteriosa, escondida, predestinada por Dios antes de los siglos para nuestra gloria.
Ninguno de los príncipes de este mundo la ha conocido, pues, si la hubiesen conocido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria.
Sino que, como está escrito: «Ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni el hombre puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman».
Y Dios nos lo ha revelado por el Espíritu; pues el Espíritu lo sondea todo, incluso lo profundo de Dios.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.

 

Evangelio

Mt 5, 17-37 (forma larga)

Así se dijo a los antiguos; pero yo les digo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«No crean que he venido a abolir la Ley y los Profetas: no he venido a abolir, sino a dar plenitud.
En verdad les digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley.
El que se salte uno solo de los preceptos menos importantes y se lo enseñe así a los hombres será el menos importante en el reino de los cielos.
Pero quien los cumpla y enseñe será grande en el reino de los cielos.
Porque les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo les digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado. Y si uno llama a su hermano “imbécil”, tendrá que comparecer ante el Sanedrín, y si lo llama “necio”, merece la condena de la “gehenna” del fuego.
Por tanto, si cuando vas a presentar tu ofrenda sobre el altar, te acuerdas allí mismo de que tu hermano tiene quejas contra ti, deja allí tu ofrenda ante el altar y vete primero a reconciliarte con tu hermano, y entonces vuelve
a presentar tu ofrenda.
Con el que te pone pleito procura arreglarte enseguida, mientras van todavía de camino, no sea que te entregue al juez y el juez al guardia, y te metan en la cárcel. En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último céntimo.
Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
Si tu ojo derecho te induce a pecar, sácatelo y tíralo. Más te vale perder un miembro que ser echado entero en la “gehenna”.
Si tu mano derecha te induce a pecar, córtatela y tírala, porque más te vale perder un miembro que ir a parar entero a la “gehenna”.
Se dijo: “El que repudie a su mujer, que le dé acta de repudio”.
Pero yo les digo que si uno repudia a su mujer —no hablo de unión ilegítima— la induce a cometer adulterio, y el que se casa con la repudiada comete adulterio.
También han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo les digo que no juren en absoluto: ni por el cielo, que es el trono de Dios; ni por la tierra, que es estrado de sus pies; ni por Jerusalén, que es la ciudad del Gran Rey. Ni jures por tu cabeza, pues no puedes volver blanco o negro un solo cabello. Que su hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor


Mt 5, 20-22a. 27-28. 33-34a. 37 (forma breve)

Así se dijo a los antiguos; pero yo les digo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Les digo que si su justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no entrarán en el reino de los cielos.
Han oído que se dijo a los antiguos: “No matarás”, y el que mate será reo de juicio.
Pero yo les digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano será procesado.
Han oído que se dijo: “No cometerás adulterio”.
Pero yo les digo: todo el que mira a una mujer deseándola, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón.
También han oído que se dijo a los antiguos: “No jurarás en falso” y “Cumplirás tus juramentos al Señor”.
Pero yo les digo que no juren en absoluto.
Que su hablar sea sí, sí, no, no. Lo que pasa de ahí viene del Maligno».

Palabra del Señor.

 

 

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1) Elegir a Cristo es elegir un camino

La primera lectura pone el asunto sobre la mesa con una claridad que no deja escapatoria: Dios te ha puesto delante el fuego y el agua… la vida y la muerte… lo que elijas se te dará (cf. Sir 15,16-17). La fe no es solo emoción religiosa; es una decisión que compromete la vida. Y por eso el libro del Eclesiástico (Sirácida) nos devuelve la dignidad y el peso de nuestra libertad: no somos marionetas de los impulsos ni víctimas inevitables del ambiente. Podemos elegir.

Pero aquí hay una verdad incómoda: elegir implica renunciar. Quien elige a Cristo elige también un estilo: aprender a amar como Él ama, a mirar como Él mira, a hablar como Él habla. Y eso tiene consecuencias.

2) La Ley como camino de vida, no como reja

En el Evangelio, Jesús no se presenta como alguien que viene a “bajar el listón” para que el cristianismo sea fácil. Dice todo lo contrario: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5,17).
La Ley, entendida desde Dios, no es una jaula sino una carretera: orienta, protege, conduce a la vida. Por eso el Salmo 119 no canta una obligación pesada, sino una alegría: “Dichosos los de conducta perfecta, los que caminan en la ley del Señor” (Sal 119/118,1).

Hay una forma de vivir la religión como “mínimos”: ¿qué es lo menos que tengo que hacer para no sentirme culpable? Jesús rompe esa lógica. Él no busca “mínimos”; busca corazones nuevos.

3) La radicalidad de Jesús: del acto al corazón

Aquí llega lo más desafiante: Jesús va al origen de nuestras acciones, al “motor” interior.

  • “Han oído… no matarás… Pero yo les digo…” (Mt 5,21-22).
    Jesús no reduce el mal solo al golpe final; lo rastrea hasta la raíz: la ira alimentada, el desprecio, la deshumanización del otro.
    Psicológicamente lo sabemos: una palabra hiriente repetida, un resentimiento rumeado por dentro, termina erosionando vínculos y sembrando violencia. Jesús llama a eso por su nombre: matar puede empezar en el corazón cuando el otro deja de ser “hermano” y se vuelve “estorbo”.
  • Y enseguida propone un camino concreto: reconciliación (Mt 5,23-24). No es un detalle devoto: es liturgia hecha vida. “Ve primero a reconciliarte.” La adoración que no cura relaciones se vuelve ritual vacío.
  • Luego toca el tema de la pureza del deseo (Mt 5,27-30). No es moralismo; es realismo: el corazón humano puede convertir al otro en objeto. Y cuando el otro se vuelve objeto, el amor se degrada. Jesús defiende la dignidad del otro y también la tuya: no dejes que el deseo te gobierne como tirano.
  • Finalmente, el Señor habla del lenguaje: que el “sí” sea sí y el “no” sea no (Mt 5,37). Aquí hay una medicina para nuestro tiempo: la época de la ambigüedad, de los dobles mensajes, de las medias verdades. El discípulo está llamado a una palabra clara, sin manipulación. La santidad también se juega en la credibilidad.

4) Una sabiduría que no viene “de este mundo”

San Pablo pone el fundamento: el Evangelio no es una filosofía humana más; es sabiduría de Dios, revelada por el Espíritu (1Co 2,6-10).
Por eso no basta con “querer portarnos bien”: necesitamos pedir un don: discernimiento. La vida cristiana es un arte: elegir lo que edifica, lo que reconcilia, lo que hace crecer.

Cuando Pablo dice que el Espíritu “lo sondea todo, incluso las profundidades de Dios” (cf. 1Co 2,10), nos está diciendo: no estás solo para vivir esta exigencia. Lo que parece imposible a fuerza de voluntad se vuelve camino cuando lo vivimos en gracia, con oración, sacramentos y acompañamiento.

5) Aplicación pastoral: tres decisiones para esta semana

1.    Elegir una reconciliación concreta: una llamada, un mensaje, una visita; o al menos dar el primer paso interior: dejar de alimentar el desprecio.

2.    Cuidar el corazón: revisar qué pensamientos sostengo, qué consumo me forma, qué conversaciones me contaminan. No por miedo, sino por amor a la libertad.

3.    Purificar la palabra: menos promesas vacías; más coherencia. Que tu “sí” tenga peso, y tu “no” sea respetuoso y firme.

6) Para orar con las preguntas del comentario

  • ¿Cómo discierno mis decisiones importantes? ¿Solo por lo que me conviene, o también por lo que me convierte?
  • ¿La Palabra de Dios ilumina mis palabras y mis actos? ¿Me está haciendo más humano, más fraterno, más verdadero?

Oración final

Señor Jesús, Palabra viva del Padre,
no permitas que reduzcamos tu Evangelio a un listado de mínimos.
Enséñanos la radicalidad del amor:
un corazón sin odio, una mirada limpia, una palabra veraz.
Danos tu Espíritu para discernir,
para elegir la vida cuando se nos presenten el fuego y el agua,
y para que nuestra existencia esté cada vez más sintonizada con tu Vida.
Amén.

 

2

 

“Una vida sintonizada con Cristo: más allá del mínimo”

 

Hermanos, hoy la Palabra de Dios nos pone delante una verdad simple y exigente: ser cristiano no es solo “no hacer el mal”, sino aprender a amar como Cristo. Es una invitación a vivir una fe con columna vertebral: con decisiones, con coherencia, con un “sí” que sea sí.

1) “Delante de ti están el fuego y el agua”

La primera lectura del Sirácida es de una claridad impresionante: Dios nos toma en serio. No nos trata como niños sin libertad. Dice: “Delante de ti están la vida y la muerte… lo que elijas se te dará” (cf. Sir 15,15-20).
Aquí se desmonta una tentación muy humana: echarle la culpa a Dios, a la vida, al carácter, al ambiente, a “lo que me tocó”. La Escritura afirma: somos responsables de nuestras decisiones, y por eso mismo, somos capaces de elegir el bien.

Y esto no es un peso, es una dignidad. Pensemos en la historia del muchacho de 16 años, Jerry, que decidió donar un riñón a su hermano. Nadie lo presionó. Él lo dijo con sencillez: “Lo amo y quería hacerlo. Así de simple.” Esa historia es un icono del Evangelio: la libertad que se vuelve amor, la elección que se vuelve don.

2) La Ley no es una reja: es un camino de vida

El Salmo 119 canta: “Dichosos los que cumplen tus preceptos.” No dice “pobrecitos”, dice “dichosos”. Porque la Ley de Dios —cuando se entiende bien— no es para aplastar, sino para ordenar el corazón, proteger la vida, sostener relaciones, construir comunidad.

Una anécdota lo ilustra de manera simpática: alguien decía que las reglas son al béisbol lo que la ley es a la vida; no son el juego, pero sin ellas el juego pierde sentido. Si nadie define “bola o strike”, “justo o injusto”, “verdad o mentira”, “bien o mal”, todo termina en confusión. Y entonces se cumple lo que dijo aquel personaje de cine: “Sin ley, todo es oscuridad.”

3) Jesús no rebaja la exigencia: va a la raíz

Y aquí viene lo fuerte: Jesús dice: “No he venido a abolir, sino a dar plenitud.” (Mt 5,17).
O sea: no vino a negociar con el pecado, sino a sanar el corazón.

Por eso, en el Evangelio de hoy, Jesús hace algo impresionante: toma mandamientos conocidos y los lleva al fondo, al lugar donde nacen las acciones. No se conforma con el “no maté”; pregunta: ¿qué pasó en tu corazón?
No se conforma con “no fui infiel”; pregunta: ¿qué miradas, qué deseos, qué conversaciones, qué fantasías has alimentado?
No se conforma con “yo no firmé nada”; pregunta: ¿tu palabra es confiable?

Jesús nos enseña que la santidad no es maquillaje moral. Es conversión interior.

4) “Un matrimonio destruido por una barra de jabón”

Hay una historia tremenda: un matrimonio se desintegró por una barra de jabón olvidada. No fue el jabón. Fue el orgullo. Fue la incapacidad de decir: “Perdón… me equivoqué… no vale la pena.”
Durmieron meses en cuartos separados, comieron en silencio… y aun viejos, ese tema podía reabrir heridas como si fuera ayer.

Esto ilumina el Evangelio: Jesús no está exagerando cuando dice que la ira puede ser homicida. Porque la ira sostenida mata vínculos, mata ternuras, mata familias, mata la paz interior.

Y aquí vale una lectura psicológica, muy concreta: cuando uno “incuba” el enojo, el cuerpo lo paga. Se vuelve tensión, se vuelve insomnio, se vuelve hipertensión, se vuelve ansiedad… Y el alma se amarga. Por eso San Pablo dirá: “Si se enojan, no pequen” (Ef 4,26): hay un enojo que defiende la justicia, pero hay otro que se vuelve veneno.

Jesús nos pide un paso práctico y urgente: reconciliarse.
“Si vas a presentar tu ofrenda y recuerdas que tu hermano tiene algo contra ti, ve primero a reconciliarte.” (Mt 5,23-24).
No es un consejo opcional. Es medicina del Reino.

5) Pureza: no es miedo, es libertad del corazón

Luego Jesús habla de la mirada, del deseo, del adulterio del corazón. Y aquí hay que predicarlo bien: Jesús no está obsesionado con prohibir; está obsesionado con liberar.
Porque cuando la mirada se vuelve posesiva, el otro deja de ser persona y se vuelve objeto. Y eso destruye el amor.

Jesús usa un lenguaje fuerte (“arráncate… córtate…”) porque sabe que hay cosas que, si no se cortan a tiempo, se convierten en cadena. No se trata de mutilación física; se trata de una decisión espiritual: corta lo que te enferma el alma. Cambia hábitos, evita ocasiones, ordena tus afectos, busca ayuda si hace falta, vuelve a los sacramentos. Eso es libertad cristiana.

6) Matrimonio: alianza, no contrato de temporada

Y cuando Jesús toca el tema del divorcio, no lo hace para humillar a nadie, sino para recordarnos la verdad más hermosa: el amor no es “mientras me convenga”. El matrimonio es alianza, y por eso es signo del amor fiel de Dios.
En un mundo donde la cultura del descarte se mete también en las relaciones, Jesús proclama la dignidad de un amor que no huye a la primera dificultad.

Aquí conviene hablar con misericordia pastoral: sabemos que hay historias difíciles, heridas profundas, abandonos, violencias. La Iglesia acompaña, discierne, sostiene, abraza. Pero el ideal del Evangelio permanece: la fidelidad es posible por gracia, y vale la pena lucharla.

7) “Que tu sí sea sí”: integridad

Finalmente, Jesús nos lleva a la palabra: juramentos, promesas, “doble discurso”. Y nos pide integridad: “Que tu sí sea sí y tu no sea no.” (Mt 5,37).
Porque una vida cristiana sin verdad es una fe sin columnas. La gente puede perdonar errores, pero se rompe cuando percibe mentira, manipulación, doble intención.

Aquí entra la segunda lectura: San Pablo habla de una sabiduría que el mundo no entiende: la sabiduría del Espíritu (1 Co 2,6-10). Esa sabiduría forma la conciencia, afina el discernimiento, escribe nuestros “sí” y “no”.


Conclusión: tres decisiones para esta semana

Hermanos, el Evangelio de hoy nos pide no “mínimos”, sino plenitud. Propongo tres decisiones sencillas y valientes:

1.    Reconcíliate pronto: haz una llamada, manda un mensaje, da el primer paso. No esperes a que el orgullo mande.

2.    Corta lo que te lleva al pecado: un hábito, una conversación, un contenido, una relación ambigua. La libertad se cuida.

3.    Vive con palabra limpia: menos excusas, menos doblez. Más verdad. Más coherencia.

Porque elegir a Cristo tiene consecuencias, sí. Pero son consecuencias de vida.
Dios no nos dio su Ley para quitarnos alegría, sino para enseñarnos cómo ser dichosos.


Oración final

Señor Jesús,
Tú que no viniste a abolir, sino a dar plenitud,
purifica nuestro corazón: sana nuestra ira, ordena nuestros deseos, endereza nuestra palabra.
Danos tu Espíritu para discernir y elegir la vida.
Que nuestra justicia supere la apariencia,
y se convierta en amor verdadero,
para que nuestro “sí” sea fiel
y nuestra vida esté sintonizada con la tuya.
Amén.

 

3

 

“No he venido a abolir, sino a dar plenitud” (Mt 5,17)

 

Hermanos, a muchos les pasa que al abrir el Antiguo Testamento sienten una especie de desconcierto: leyes, ritos, prescripciones, historias que parecen lejanas… y entonces surge la pregunta: ¿qué tiene que ver todo eso con Jesús y con nuestra vida cristiana?

El Evangelio de hoy responde con una frase que es clave para entender la Biblia entera: “No piensen que he venido a abolir la Ley o los Profetas… he venido a darles plenitud.” (Mt 5,17).
Es decir: Dios no se contradice. Dios no se arrepiente de su Palabra. Toda la historia de Israel es un camino que conduce a Cristo. Todo converge en Él.

1) La Biblia como “boceto” y Cristo como “obra terminada”

Pensemos en una comparación sencilla. Un artista dibuja un boceto de una cordillera al atardecer. Ese boceto ya tiene líneas, estructura, luz y sombras; anuncia una belleza real. Pero cuando el artista logra llevarlo a la realidad —cuando lo convierte en una pintura perfecta o cuando se contempla la montaña verdadera— todo cobra plenitud.

Así es la relación entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento es como un boceto inspirado: contiene el diseño, las promesas, los signos, los llamados de Dios.
Cristo es la realidad: en Él el boceto se vuelve vida; lo anunciado se cumple; lo prometido se realiza.

Por eso Jesús dice que no pasará “ni la letra más pequeña” hasta que todo se cumpla (Mt 5,18). No es rigidez; es fidelidad. Dios cumple. Dios completa. Dios lleva a término.

2) “Delante de ti están la vida y la muerte”

La primera lectura del Sirácida aterriza todo en lo concreto: “Delante de ti están el fuego y el agua… la vida y la muerte… lo que elijas se te dará.” (Sir 15,16-21).
Aquí hay una proclamación preciosa: Dios nos creó libres. No nos fuerza al bien ni nos empuja al mal.
La fe no es fatalismo: “yo soy así”, “la vida me hizo así”, “no pude evitarlo”. La Palabra de Dios es clara: puedes elegir.

Y aquí aparece el vínculo con el Evangelio: elegir a Cristo significa aceptar que la Ley de Dios no es una jaula, sino un camino de vida. Por eso el salmo canta: “Dichosos los que caminan en la Ley del Señor.” (Sal 119/118). La felicidad no nace de hacer lo que a uno se le antoja; nace de aprender a amar bien, y amar bien necesita una brújula.

3) La Ley moral: no solo “lo que hago”, sino “lo que soy”

Jesús, después de afirmar que da plenitud a la Ley y los Profetas, pone ejemplos concretos. Y aquí viene lo más exigente y lo más liberador: Jesús no se contenta con la obediencia exterior; va al corazón.

  • “No matarás”… pero Jesús dice: el mal empieza antes del acto. La ira rumiada, el desprecio, la humillación del otro, ya son semillas de muerte. (Mt 5,21-22).
    Hay palabras que no dejan morados en la piel, pero sí dejan heridas profundas en el alma. Jesús llama a eso por su nombre: si yo destruyo al hermano con mi desprecio, me estoy alejando de la vida.
  • “No cometerás adulterio”… y Jesús dice: el adulterio puede comenzar en la mirada que cosifica, en el deseo alimentado que convierte al otro en objeto (Mt 5,27-28).
    Jesús no está proponiendo una moral de vigilancia enferma; está defendiendo la dignidad del amor. El amor se muere cuando el otro deja de ser persona y se vuelve cosa.
  • “No jurarás en falso”… y Jesús lo eleva a una vida de sinceridad e integridad: “Que su sí sea sí, y su no sea no.” (Mt 5,37).
    En tiempos de medias verdades, dobles discursos, promesas fáciles, Jesús pide coherencia: una palabra limpia, una vida transparente.

Este es el punto: Jesús no abolió la Ley; la curó por dentro.
La Ley, vivida a su modo, no es un código frío; es un camino de santidad.

4) La sabiduría que el mundo no entiende

San Pablo, en la segunda lectura, nos ofrece una clave decisiva: esta manera de vivir no se consigue solo “a punta de voluntad”. Pablo habla de la sabiduría de Dios, revelada por el Espíritu (1 Co 2,6-10).
El mundo entiende la “sabiduría” como conveniencia: lo que me sirve, lo que me deja ventaja, lo que me evita problemas.
Pero la sabiduría de Dios es otra: es verdad, amor, pureza interior, reconciliación, coherencia.

Y Pablo remata con una frase preciosa: Dios ha preparado para los que lo aman “lo que ojo no vio, ni oído oyó…” (cf. 1 Co 2,9).
Es decir: la obediencia a Dios no empobrece; ensancha la vida. Parece exigente, sí, pero porque está hecha para nuestra plenitud.

5) Jesús cumple también los ritos y los profetas: la Cruz y la Nueva Alianza

Aunque el Evangelio de hoy se centra en la Ley moral, no olvidemos lo demás: Jesús también da plenitud al culto y a las profecías.
Él se vuelve Cordero de Dios y ofrece el sacrificio definitivo. Él se vuelve el Sumo Sacerdote que presenta su propia vida en el altar de la Cruz.
Y cumple a los profetas estableciendo la Nueva Alianza en su sangre, esa alianza “escrita en el corazón” por la gracia.

Dicho de otra forma: no solo nos enseña un camino, sino que nos da la fuerza para caminarlo.

6) Aplicación pastoral: tres pasos concretos

Hermanos, ¿qué nos pide hoy el Señor?

1.    Revisar el corazón, no solo la conducta.
Preguntarnos: ¿qué estoy cultivando por dentro? ¿ira? ¿resentimiento? ¿doblez? ¿miradas que no son limpias?
El cristianismo no es cosmética; es conversión.

2.    Buscar reconciliación y no acostumbrarnos a la ruptura.
Jesús, en el Sermón de la Montaña, insistirá en que el culto auténtico lleva a la paz. No es normal comulgar con Cristo y vivir permanentemente enemistado con un hermano. A veces será un proceso, pero siempre hay un primer paso: orar por el otro, hablar con humildad, pedir perdón cuando toca, poner límites sanos cuando es necesario, pero sin odio.

3.    Renovar nuestra opción por Cristo, con libertad.
Sirácida nos lo recordó: delante de nosotros está la vida y la muerte. Cada día elegimos.
La gran pregunta no es “¿qué me permite la ley?” sino: “Señor, ¿qué te agrada? ¿Qué me hace más parecido a Ti?”

Conclusión

Hermanos, si Cristo es el cumplimiento de la Ley y los Profetas, entonces Él es también el cumplimiento de nuestra vida. Todo lo demás puede dejar vacío; Cristo no.
Él es el centro del tiempo y la eternidad; en Él todo converge y de Él brota vida nueva.

Pidámosle hoy la gracia de vivir una vida “sintonizada” con Él:
con un corazón que no mata con ira,
con una mirada limpia,
con una palabra veraz,
con una libertad que elige el bien.


Oración final

Señor Jesús, Legislador glorioso y Mesías,
Tu sabiduría es perfecta, eterna y transformadora.
Todo fue hecho por Ti y todo encuentra su plenitud en Ti.
Te doy gracias por el don de tu Ley eterna
y te pido la gracia de vivirla en plenitud,
con la ayuda de tu gracia salvadora.
Escribe tu alianza en mi corazón,
purifica mis intenciones, sana mis heridas,
haz mi “sí” verdadero y mi “no” honesto.
Jesús, yo confío en Ti.
Amén.

 

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