El don que enriquece
(Mateo 25, 14-30) El
tercer siervo se equivocó respecto a la personalidad de su señor, como también
respecto a la naturaleza del dinero que recibió. No se trataba de un depósito
sino de un don. La prueba: ese dinero que le quema las manos no vuelve al señor
sino al primero, que ya era rico con diez talentos. El señor, al final de la
historia, siempre tiene las manos vacías: solo los siervos que creyeron en la
generosidad de su don se han enriquecido.
Jean-Marc Liautaud, Fondacio
Primera lectura
Dios mismo
nos ha enseñado a amarnos los unos a los otros.
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.
HERMANOS:
Acerca del amor fraterno, no hace falta que les escriba, porque Dios mismo les
ha enseñado a amarse los unos a los otros; y así lo hacen con todos los
hermanos de Macedonia.
Sin embargo los exhortamos, hermanos, a seguir progresando: esfuércense por
vivir con tranquilidad, ocupándose de sus asuntos y trabajando con sus propias
manos, como se lo tenemos mandado.
Palabra de Dios.
Salmo
R. El Señor
llega para regir los pueblos con rectitud.
V. Canten
al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
V. Retumbe
el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. R.
V. Al Señor,
que llega
para regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud. R.
Aclamación
V. Les doy un
mandamiento nuevo -dice el Señor- que se amen unos a otros, como yo los he
amado. R.
Evangelio
Como has sido
fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus
bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según
su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros
cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el
dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar
las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco,
diciendo:
“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
Su señor le dijo:
“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo
importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”.
Su señor le dijo:
“¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo
importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:
“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde
no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo
tuyo”.
El señor le respondió:
“Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no
siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el
banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses.
Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará
y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese
siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar
de dientes”».
Palabra del Señor.
1
Amar, trabajar, confiar y dar fruto
1. Introducción: Peregrinos de la
calma y de la esperanza
Queridos hermanos: la Palabra de Dios en este
sábado de la XXI semana del Tiempo Ordinario nos ofrece un itinerario espiritual
para nuestro camino jubilar. San Pablo nos exhorta a vivir en calma y en el
amor fraterno; el salmo nos invita a cantar con alegría porque el Señor reina
con justicia; Jesús nos habla en el Evangelio de los talentos confiados para
dar fruto; y la Virgen María, a quien honramos en este día, nos enseña con su
vida a no guardar nada para sí, sino a ponerlo todo al servicio de Dios y de
los hermanos.
En un mundo marcado por el miedo y la
incertidumbre, la Palabra nos anima a no paralizarnos, sino a caminar
como peregrinos de la esperanza, confiando que el amor vence al temor y
que la fe se fortalece cuando se comparte.
2. Primera lectura: calma,
fraternidad y trabajo responsable
En la carta a los tesalonicenses (1 Tes 4,9-11),
Pablo, junto a Silas y Timoteo, recuerda que lo esencial de la vida cristiana
es el amor fraterno. Dice con sencillez: “No tenéis necesidad de que
os escriba sobre el amor, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros mutuamente”.
Y añade tres consejos muy prácticos:
1. Progresar aún más en el amor. Nunca podemos quedarnos en lo ya
logrado, siempre hay un paso más en el camino del donarse.
2. Vivir en calma. No dejarse llevar por el miedo
ni por la ansiedad del futuro, sino cultivar la serenidad que nace de la
confianza en Dios.
3. Trabajar con las propias manos. Ser responsables, aportar desde
la propia tarea, no vivir de brazos cruzados.
¡Qué actual suena esto en nuestro tiempo! Frente a
la tentación de la queja o de la pasividad, Pablo nos llama a vivir con
realismo: amar, mantener la calma y trabajar. El Jubileo que celebramos no es
un descanso egoísta, sino un llamado a una vida más fraterna, más serena y más
comprometida.
3. El salmo: la alegría de quien
confía en Dios
El salmo 97 responde con un canto de júbilo: “El
Señor reina, alégrese la tierra”. La visión que propone el salmo contrasta
con la del siervo temeroso del Evangelio: mientras este imaginaba a su señor
como un amo duro, el salmista proclama a un Dios justo y bueno, cuyo juicio es
rectitud y equidad.
Quien ama, canta; quien confía, se alegra; quien se
sabe en manos de Dios, vive la esperanza. Todo el universo —los mares, la
tierra, los pueblos— se une en esta sinfonía de confianza. El Jubileo nos pide
precisamente esto: recuperar la alegría de sabernos hijos de un Dios que
reina con justicia, y no con dureza ni miedo.
4. El Evangelio: no enterrar el
don recibido
En el Evangelio (Mt 25,14-30), Jesús nos habla de
los talentos confiados a tres siervos. Dos de ellos arriesgan, negocian,
producen; uno, en cambio, entierra el talento por miedo. Su error no es solo la
falta de productividad, sino la falsa imagen de su señor: lo ve como un amo
duro, exigente, injusto. Ese miedo lo paraliza y lo hace estéril.
La enseñanza es clara: Dios no nos pide lo
imposible; nos pide ser responsables y creativos con lo que hemos recibido. Los
talentos no son simples monedas, son dones espirituales, carismas,
oportunidades de amor y de servicio. El mayor talento confiado es la Buena
Noticia del Evangelio. No se trata de esconderla ni guardarla para uno
mismo, sino de compartirla, arriesgarla, dejar que se multiplique. Como decía
san Juan Pablo II: “La fe se fortalece dándola”.
5. María, modelo de confianza y
entrega
Hoy sábado, en la memoria de la Virgen María,
encontramos en ella el mejor ejemplo de cómo responder a los dones de Dios. Al
recibir el anuncio del ángel, no se encerró en el miedo; confió, se puso en
camino, cantó su Magníficat y compartió su alegría con Isabel.
María no enterró el don recibido, lo multiplicó en
amor, en servicio, en disponibilidad. Fue la primera en proclamar el Evangelio,
la primera en cantar la justicia de Dios, la primera en arriesgar su vida por
el Reino. Ella es la peregrina de la esperanza que nos enseña a no
callar ni esconder la fe, sino a vivirla con audacia y generosidad.
6. Aplicación para nosotros hoy
Hermanos, la Palabra de este día nos deja un
programa muy claro para nuestra vida cristiana:
- Amar
fraternalmente,
sin miedo, progresando siempre en el amor.
- Mantener
la calma, no
dejarnos arrastrar por la ansiedad ni por el temor al futuro.
- Trabajar
con las propias manos, ser responsables, aportar al bien común.
- Alegrarnos
y cantar,
porque el Señor reina con justicia.
- Multiplicar
los talentos,
arriesgando en la fe, compartiendo el Evangelio, viviendo sin miedo.
El Jubileo es un tiempo para desenterrar talentos,
para dejar de justificarnos con excusas, para ponernos en camino con alegría.
Cada uno de nosotros tiene algo que aportar: un don, un carisma, un servicio.
No lo enterremos; démoslo al mundo.
7. Conclusión
Queridos hermanos: Dios no es un amo duro que
paraliza, sino un Padre que confía. Nos pide lo que está a nuestro alcance:
amar, trabajar, compartir. Y nos promete la alegría del banquete final si hemos
sabido arriesgar y dar frutos.
Que María Santísima, Virgen del Magníficat y Madre
de la esperanza, nos enseñe a vivir en calma, a cantar con alegría, a
multiplicar nuestros talentos en servicio y a ser, en este Año Jubilar,
verdaderos peregrinos de la esperanza.
Amén.
2
El don que enriquece a quien lo comparte
1. Introducción: una visión equivocada de Dios
Queridos hermanos: la Palabra de este sábado de la
XXI semana del Tiempo Ordinario nos enfrenta a una pregunta decisiva: ¿qué
imagen tenemos de Dios? El Evangelio de los talentos nos muestra que la
diferencia entre los servidores no está solo en lo que recibieron, sino en cómo
interpretaron a su señor. Dos lo vieron como alguien confiado y generoso, y
multiplicaron los talentos. El tercero lo vio como un amo duro, desconfiado,
exigente, y por eso escondió el don.
El tercer siervo se equivocó en dos cosas. Se
equivocó sobre la personalidad del amo —no era duro, era confiado— y se
equivocó sobre la naturaleza del talento —no era un depósito frío, era un don
gratuito. Por eso su error no fue solo de acción, sino de visión.
2. Primera lectura: el amor que
calma y da sentido al trabajo
En la primera lectura (1 Tes 4,9-11), san Pablo nos
dice que Dios mismo nos ha enseñado a amarnos mutuamente. Nos pide vivir en
calma, ocuparnos de nuestros asuntos y trabajar con nuestras manos. En el
fondo, es el mismo llamado que el Evangelio hace: no enterrar la vida en el
miedo, sino traducirla en obras de amor y responsabilidad.
El siervo que enterró su talento se quedó en la
inacción, en la pasividad, en el miedo. Pablo, en cambio, nos dice: “Progresad
más en el amor”. La vida cristiana no es un depósito estático, es un don
dinámico que se multiplica en el amor y en el trabajo cotidiano.
3. El salmo: alegría de un Dios
justo y generoso
El salmo 97 proclama: “El Señor reina, alégrese
la tierra”. No habla de un Dios que oprime, sino de un Dios que reina con
justicia y rectitud. Ese es el error del tercer siervo: confunde la imagen de
Dios y se queda en la caricatura de un amo duro. Quien descubre la verdadera
identidad de Dios canta, se alegra, comparte.
La creación entera aclama al Señor porque su juicio
no da miedo, sino esperanza. Y en este Año Jubilar, se nos recuerda que somos peregrinos
de la esperanza, llamados a celebrar que Dios reina no con puño de hierro,
sino con manos vacías de dueño y llenas de gracia para los hijos.
4. El Evangelio: del depósito al
don
Jesús nos revela que el talento recibido no es un
depósito prestado para custodiar, sino un don gratuito que se nos confía para
multiplicar. El detalle final del relato es iluminador: el señor no se queda
con el talento que quita al siervo perezoso, sino que lo entrega al que ya
tenía diez. Esto significa que Dios no necesita nuestro “dinero”, no busca
enriquecerse de nosotros, sino que quiere que seamos nosotros quienes nos
enriquezcamos en la medida en que creemos en la generosidad de su don.
El Evangelio es un regalo que nos transforma, no un
peso que nos paraliza. Quien lo arriesga, se multiplica; quien lo esconde, se
empobrece. Como decía san Juan Pablo II: “La fe se fortalece dándola”.
5. María, mujer que creyó en el
don
Hoy sábado, al recordar a la Virgen María, vemos en
ella la figura opuesta al siervo temeroso. María no entendió su vocación como
un “depósito” que debía guardar celosamente. La entendió como un don confiado
para compartir con el mundo. Por eso, en lugar de esconderse, se puso en
camino; en lugar de callar, cantó el Magníficat; en lugar de paralizarse por el
miedo, abrió su vida a la misión.
Ella nos enseña que solo quien cree en la
generosidad de Dios se enriquece verdaderamente. Ella, que nada guardó para sí,
es ahora la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres, la madre de
los peregrinos de la esperanza.
6. Aplicación a nuestra vida
Hermanos, ¿qué hacemos con los talentos que hemos
recibido? ¿Vivimos la fe como un depósito que hay que guardar bajo tierra o
como un don para compartir?
- En
nuestras familias: ¿el amor es un talento escondido o un don multiplicado
en paciencia, diálogo y ternura?
- En
la parroquia: ¿nuestra fe se queda enterrada en la rutina o se arriesga en
la misión y el testimonio?
- En
la sociedad: ¿nuestras capacidades se entierran en la indiferencia o se
convierten en servicio al bien común?
El Jubileo es el tiempo propicio para pasar del miedo
a la confianza, del depósito al don, de la parálisis a la fecundidad.
7. Conclusión
Queridos hermanos: Dios no es un amo duro que nos
roba, sino un Padre generoso que nos confía. Sus manos, al final del Evangelio,
están vacías: no necesita enriquecerse con lo nuestro. Es nosotros quienes nos
enriquecemos si creemos en la gratuidad de su don.
Que la Virgen María nos enseñe a confiar sin miedo,
a vivir en calma, a cantar con alegría y a multiplicar los talentos recibidos.
Que en este Año Jubilar seamos verdaderamente peregrinos de la esperanza,
testigos de que el Evangelio no es un peso, sino un regalo que, compartido,
siempre se multiplica.
Amén.
3
Los dones de Dios crecen en superabundancia
1. Introducción: Éxito o fracaso,
¿qué historia quiero escribir?
Queridos hermanos: cuando escuchamos una historia
donde hay éxito y fracaso, casi siempre nuestra atención se concentra en el
fracaso. Así nos pasa con la parábola de los talentos: solemos fijarnos en el
siervo perezoso que enterró lo recibido. Pero hoy quiero invitarles a mirar el
otro lado: las historias de éxito.
Dos servidores recibieron talentos, arriesgaron,
trabajaron, se fiaron de la generosidad de su señor… y multiplicaron lo
recibido al doble. Y el amo los felicitó con palabras que todos quisiéramos
escuchar un día: “Bien, siervo bueno y fiel, en lo poco has sido fiel, al
frente de lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor”.
2. Primera lectura: amar, vivir
en calma y trabajar con responsabilidad
La carta a los Tesalonicenses (1 Tes 4,9-11) es
clara: lo fundamental es el amor fraterno. Y ese amor no se queda en
sentimientos, sino que se traduce en calma, responsabilidad y trabajo con las
manos.
San Pablo dice: “Dios mismo os ha enseñado a
amaros mutuamente”. Pero no se conforma con que ya amemos: pide progresar
aún más. Lo mismo pasa con los talentos: no basta conservar lo recibido, hay
que hacerlo crecer. Quien ama multiplica. Quien se encierra en sí mismo,
entierra.
En clave jubilar, este texto nos recuerda que somos
peregrinos de la esperanza: no caminamos paralizados por el miedo, sino
activos en la construcción de un mundo nuevo desde el amor, la serenidad y la
responsabilidad.
3. El salmo: la alegría de quien
confía
El salmo 97 proclama: “El Señor reina, alégrese
la tierra”. Es el canto de quien sabe que Dios reina con justicia, no con
dureza. Esto es lo que diferencia al siervo fiel del perezoso: uno confía y
canta; el otro sospecha y se paraliza.
La creación entera se une a este canto: los mares,
la tierra, todos los pueblos. Cuando dejamos que la gracia de Dios actúe en
nosotros, su presencia se convierte en música y alegría. Cuando enterramos el
don, nos quedamos mudos y estériles.
4. El Evangelio: dones que crecen
en superabundancia
El Evangelio (Mt 25,14-30) nos muestra que los
dones de Dios no solo se conservan, sino que están hechos para crecer en
superabundancia. La gracia, por naturaleza, es fecunda. Si cooperamos
con ella, los frutos son exponenciales.
Los siervos fieles recibieron talentos y los
duplicaron. Esto no fue solo obra de ellos: fue la fuerza interna del don. Como
una semilla que, al ser plantada, crece y da fruto, así son los dones de Dios.
Lo mismo pasa con la fe, la esperanza, el amor, y sobre todo con los siete
dones del Espíritu Santo:
- Sabiduría
- Entendimiento
- Consejo
- Fortaleza
- Ciencia
- Piedad
- Temor
de Dios
Estos dones crecen cuando los ejercitamos. Por
ejemplo, si nos esforzamos en aconsejar a otros según la fe, Dios multiplica en
nosotros el don del Consejo. Si buscamos entender su Palabra, Él multiplica el
don del Entendimiento. La gracia nunca se agota, siempre se multiplica cuando
se comparte.
5. María, mujer llena del
Espíritu Santo
En este sábado mariano, no podemos olvidar a la
Virgen María, la llena de gracia. Ella recibió el mayor don: ser Madre del
Salvador. Y no lo enterró en miedo ni desconfianza, sino que lo multiplicó en
servicio, en canto, en camino, en fe.
María es la mujer en quien los dones del Espíritu
Santo florecieron en plenitud: sabiduría al guardar todo en su corazón,
fortaleza al permanecer de pie junto a la cruz, piedad al cantar el Magníficat,
temor de Dios al vivir en reverencia profunda. Ella nos enseña que la gracia es
fecunda y que quien se abre al Espíritu Santo se enriquece en abundancia.
6. Aplicación pastoral
Queridos hermanos, el Evangelio nos invita a
preguntarnos:
- ¿Qué
dones naturales y sobrenaturales me ha dado Dios? ¿Los estoy usando para
su gloria?
- ¿Hay
talentos enterrados en mi vida por miedo, pereza o desconfianza?
- ¿Estoy
permitiendo que los dones del Espíritu crezcan en mí o los tengo apagados?
El Jubileo es un tiempo para reavivar los dones
recibidos. Para dejar de lado la excusa del siervo perezoso y convertirnos
en siervos buenos y fieles que arriesgan, comparten, multiplican.
7. Conclusión
Hermanos: lo que Dios nos da, tanto en lo natural
como en lo sobrenatural, está hecho para crecer. Si lo enterramos, lo perdemos.
Si lo usamos para su gloria y para el bien de los demás, se multiplica en
abundancia.
Pidamos hoy al Espíritu Santo que acreciente en
nosotros sus dones, para que un día podamos escuchar de los labios del Señor: “Bien,
siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.
Que María Santísima, Virgen del Magníficat, nos
enseñe a confiar, a cantar con alegría, a multiplicar los dones recibidos y a
vivir como peregrinos de la esperanza en este Año Jubilar.
Amén.