viernes, 29 de agosto de 2025

30 de agosto del 2025: sábado de la vigésima primera semana del tiempo ordinario-I

 

El don que enriquece

(Mateo 25, 14-30) El tercer siervo se equivocó respecto a la personalidad de su señor, como también respecto a la naturaleza del dinero que recibió. No se trataba de un depósito sino de un don. La prueba: ese dinero que le quema las manos no vuelve al señor sino al primero, que ya era rico con diez talentos. El señor, al final de la historia, siempre tiene las manos vacías: solo los siervos que creyeron en la generosidad de su don se han enriquecido.

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera lectura

1Ts 4,9-11

Dios mismo nos ha enseñado a amarnos los unos a los otros.

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Tesalonicenses.


HERMANOS:
Acerca del amor fraterno, no hace falta que les escriba, porque Dios mismo les ha enseñado a amarse los unos a los otros; y así lo hacen con todos los hermanos de Macedonia.
Sin embargo los exhortamos, hermanos, a seguir progresando: esfuércense por vivir con tranquilidad, ocupándose de sus asuntos y trabajando con sus propias manos, como se lo tenemos mandado.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 98(97),1.7-8.9 (R. cf. 9)

R. El Señor llega para regir los pueblos con rectitud.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. 
R.

V. Retumbe el mar y cuanto contiene,
la tierra y cuantos la habitan;
aplaudan los ríos,
aclamen los montes. 
R.

V. Al Señor, que llega
para regir la tierra.
Regirá el orbe con justicia
y los pueblos con rectitud. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Les doy un mandamiento nuevo -dice el Señor- que se amen unos a otros, como yo los he amado. R.

 

Evangelio

Mt 25,14-30

Como has sido fiel en lo poco, entra en el gozo de tu señor

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.


EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos esta parábola:
«Un hombre, al irse de viaje, llamó a sus siervos y los dejó al cargo de sus bienes: a uno le dejó cinco talentos, a otro dos, a otro uno, a cada cual según su capacidad; luego se marchó.
El que recibió cinco talentos fue enseguida a negociar con ellos y ganó otros cinco. El que recibió dos hizo lo mismo y ganó otros dos.
En cambio, el que recibió uno fue a hacer un hoyo en la tierra y escondió el dinero de su señor.
Al cabo de mucho tiempo viene el señor de aquellos siervos y se pone a ajustar las cuentas con ellos.
Se acercó el que había recibido cinco talentos y le presentó otros cinco, diciendo:
“Señor, cinco talentos me dejaste; mira, he ganado otros cinco”.
Su señor le dijo:
“Bien, siervo bueno y fiel; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó luego el que había recibido dos talentos y dijo:
“Señor, dos talentos me dejaste; mira, he ganado otros dos”. 
Su señor le dijo:
“¡Bien, siervo bueno y fiel!; como has sido fiel en lo poco, te daré un cargo importante; entra en el gozo de tu señor”.
Se acercó también el que había recibido un talento y dijo:
“Señor, sabía que eres exigente, que siegas donde no siembras y recoges donde no esparces, tuve miedo y fui a esconder tu talento bajo tierra. Aquí tienes lo tuyo”.
El señor le respondió:
“Eres un siervo negligente y holgazán. ¿Con que sabías que siego donde no siembro y recojo donde no esparzo? Pues debías haber puesto mi dinero en el banco, para que, al volver yo, pudiera recoger lo mío con los intereses. Quítenle el talento y dénselo al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene, se le quitará hasta lo que tiene. Y a ese siervo inútil échenlo fuera, a las tinieblas; allí será el llanto y el rechinar de dientes”».

Palabra del Señor.

 

 

1

Amar, trabajar, confiar y dar fruto


1. Introducción: Peregrinos de la calma y de la esperanza

Queridos hermanos: la Palabra de Dios en este sábado de la XXI semana del Tiempo Ordinario nos ofrece un itinerario espiritual para nuestro camino jubilar. San Pablo nos exhorta a vivir en calma y en el amor fraterno; el salmo nos invita a cantar con alegría porque el Señor reina con justicia; Jesús nos habla en el Evangelio de los talentos confiados para dar fruto; y la Virgen María, a quien honramos en este día, nos enseña con su vida a no guardar nada para sí, sino a ponerlo todo al servicio de Dios y de los hermanos.

En un mundo marcado por el miedo y la incertidumbre, la Palabra nos anima a no paralizarnos, sino a caminar como peregrinos de la esperanza, confiando que el amor vence al temor y que la fe se fortalece cuando se comparte.


2. Primera lectura: calma, fraternidad y trabajo responsable

En la carta a los tesalonicenses (1 Tes 4,9-11), Pablo, junto a Silas y Timoteo, recuerda que lo esencial de la vida cristiana es el amor fraterno. Dice con sencillez: “No tenéis necesidad de que os escriba sobre el amor, porque Dios mismo os ha enseñado a amaros mutuamente”. Y añade tres consejos muy prácticos:

1.    Progresar aún más en el amor. Nunca podemos quedarnos en lo ya logrado, siempre hay un paso más en el camino del donarse.

2.    Vivir en calma. No dejarse llevar por el miedo ni por la ansiedad del futuro, sino cultivar la serenidad que nace de la confianza en Dios.

3.    Trabajar con las propias manos. Ser responsables, aportar desde la propia tarea, no vivir de brazos cruzados.

¡Qué actual suena esto en nuestro tiempo! Frente a la tentación de la queja o de la pasividad, Pablo nos llama a vivir con realismo: amar, mantener la calma y trabajar. El Jubileo que celebramos no es un descanso egoísta, sino un llamado a una vida más fraterna, más serena y más comprometida.


3. El salmo: la alegría de quien confía en Dios

El salmo 97 responde con un canto de júbilo: “El Señor reina, alégrese la tierra”. La visión que propone el salmo contrasta con la del siervo temeroso del Evangelio: mientras este imaginaba a su señor como un amo duro, el salmista proclama a un Dios justo y bueno, cuyo juicio es rectitud y equidad.

Quien ama, canta; quien confía, se alegra; quien se sabe en manos de Dios, vive la esperanza. Todo el universo —los mares, la tierra, los pueblos— se une en esta sinfonía de confianza. El Jubileo nos pide precisamente esto: recuperar la alegría de sabernos hijos de un Dios que reina con justicia, y no con dureza ni miedo.


4. El Evangelio: no enterrar el don recibido

En el Evangelio (Mt 25,14-30), Jesús nos habla de los talentos confiados a tres siervos. Dos de ellos arriesgan, negocian, producen; uno, en cambio, entierra el talento por miedo. Su error no es solo la falta de productividad, sino la falsa imagen de su señor: lo ve como un amo duro, exigente, injusto. Ese miedo lo paraliza y lo hace estéril.

La enseñanza es clara: Dios no nos pide lo imposible; nos pide ser responsables y creativos con lo que hemos recibido. Los talentos no son simples monedas, son dones espirituales, carismas, oportunidades de amor y de servicio. El mayor talento confiado es la Buena Noticia del Evangelio. No se trata de esconderla ni guardarla para uno mismo, sino de compartirla, arriesgarla, dejar que se multiplique. Como decía san Juan Pablo II: “La fe se fortalece dándola”.


5. María, modelo de confianza y entrega

Hoy sábado, en la memoria de la Virgen María, encontramos en ella el mejor ejemplo de cómo responder a los dones de Dios. Al recibir el anuncio del ángel, no se encerró en el miedo; confió, se puso en camino, cantó su Magníficat y compartió su alegría con Isabel.

María no enterró el don recibido, lo multiplicó en amor, en servicio, en disponibilidad. Fue la primera en proclamar el Evangelio, la primera en cantar la justicia de Dios, la primera en arriesgar su vida por el Reino. Ella es la peregrina de la esperanza que nos enseña a no callar ni esconder la fe, sino a vivirla con audacia y generosidad.


6. Aplicación para nosotros hoy

Hermanos, la Palabra de este día nos deja un programa muy claro para nuestra vida cristiana:

  • Amar fraternalmente, sin miedo, progresando siempre en el amor.
  • Mantener la calma, no dejarnos arrastrar por la ansiedad ni por el temor al futuro.
  • Trabajar con las propias manos, ser responsables, aportar al bien común.
  • Alegrarnos y cantar, porque el Señor reina con justicia.
  • Multiplicar los talentos, arriesgando en la fe, compartiendo el Evangelio, viviendo sin miedo.

El Jubileo es un tiempo para desenterrar talentos, para dejar de justificarnos con excusas, para ponernos en camino con alegría. Cada uno de nosotros tiene algo que aportar: un don, un carisma, un servicio. No lo enterremos; démoslo al mundo.


7. Conclusión

Queridos hermanos: Dios no es un amo duro que paraliza, sino un Padre que confía. Nos pide lo que está a nuestro alcance: amar, trabajar, compartir. Y nos promete la alegría del banquete final si hemos sabido arriesgar y dar frutos.

Que María Santísima, Virgen del Magníficat y Madre de la esperanza, nos enseñe a vivir en calma, a cantar con alegría, a multiplicar nuestros talentos en servicio y a ser, en este Año Jubilar, verdaderos peregrinos de la esperanza.

Amén.

 

2

El don que enriquece a quien lo comparte


1. Introducción: una visión equivocada de Dios

Queridos hermanos: la Palabra de este sábado de la XXI semana del Tiempo Ordinario nos enfrenta a una pregunta decisiva: ¿qué imagen tenemos de Dios? El Evangelio de los talentos nos muestra que la diferencia entre los servidores no está solo en lo que recibieron, sino en cómo interpretaron a su señor. Dos lo vieron como alguien confiado y generoso, y multiplicaron los talentos. El tercero lo vio como un amo duro, desconfiado, exigente, y por eso escondió el don.

El tercer siervo se equivocó en dos cosas. Se equivocó sobre la personalidad del amo —no era duro, era confiado— y se equivocó sobre la naturaleza del talento —no era un depósito frío, era un don gratuito. Por eso su error no fue solo de acción, sino de visión.


2. Primera lectura: el amor que calma y da sentido al trabajo

En la primera lectura (1 Tes 4,9-11), san Pablo nos dice que Dios mismo nos ha enseñado a amarnos mutuamente. Nos pide vivir en calma, ocuparnos de nuestros asuntos y trabajar con nuestras manos. En el fondo, es el mismo llamado que el Evangelio hace: no enterrar la vida en el miedo, sino traducirla en obras de amor y responsabilidad.

El siervo que enterró su talento se quedó en la inacción, en la pasividad, en el miedo. Pablo, en cambio, nos dice: “Progresad más en el amor”. La vida cristiana no es un depósito estático, es un don dinámico que se multiplica en el amor y en el trabajo cotidiano.


3. El salmo: alegría de un Dios justo y generoso

El salmo 97 proclama: “El Señor reina, alégrese la tierra”. No habla de un Dios que oprime, sino de un Dios que reina con justicia y rectitud. Ese es el error del tercer siervo: confunde la imagen de Dios y se queda en la caricatura de un amo duro. Quien descubre la verdadera identidad de Dios canta, se alegra, comparte.

La creación entera aclama al Señor porque su juicio no da miedo, sino esperanza. Y en este Año Jubilar, se nos recuerda que somos peregrinos de la esperanza, llamados a celebrar que Dios reina no con puño de hierro, sino con manos vacías de dueño y llenas de gracia para los hijos.


4. El Evangelio: del depósito al don

Jesús nos revela que el talento recibido no es un depósito prestado para custodiar, sino un don gratuito que se nos confía para multiplicar. El detalle final del relato es iluminador: el señor no se queda con el talento que quita al siervo perezoso, sino que lo entrega al que ya tenía diez. Esto significa que Dios no necesita nuestro “dinero”, no busca enriquecerse de nosotros, sino que quiere que seamos nosotros quienes nos enriquezcamos en la medida en que creemos en la generosidad de su don.

El Evangelio es un regalo que nos transforma, no un peso que nos paraliza. Quien lo arriesga, se multiplica; quien lo esconde, se empobrece. Como decía san Juan Pablo II: “La fe se fortalece dándola”.


5. María, mujer que creyó en el don

Hoy sábado, al recordar a la Virgen María, vemos en ella la figura opuesta al siervo temeroso. María no entendió su vocación como un “depósito” que debía guardar celosamente. La entendió como un don confiado para compartir con el mundo. Por eso, en lugar de esconderse, se puso en camino; en lugar de callar, cantó el Magníficat; en lugar de paralizarse por el miedo, abrió su vida a la misión.

Ella nos enseña que solo quien cree en la generosidad de Dios se enriquece verdaderamente. Ella, que nada guardó para sí, es ahora la llena de gracia, la bendita entre todas las mujeres, la madre de los peregrinos de la esperanza.


6. Aplicación a nuestra vida

Hermanos, ¿qué hacemos con los talentos que hemos recibido? ¿Vivimos la fe como un depósito que hay que guardar bajo tierra o como un don para compartir?

  • En nuestras familias: ¿el amor es un talento escondido o un don multiplicado en paciencia, diálogo y ternura?
  • En la parroquia: ¿nuestra fe se queda enterrada en la rutina o se arriesga en la misión y el testimonio?
  • En la sociedad: ¿nuestras capacidades se entierran en la indiferencia o se convierten en servicio al bien común?

El Jubileo es el tiempo propicio para pasar del miedo a la confianza, del depósito al don, de la parálisis a la fecundidad.


7. Conclusión

Queridos hermanos: Dios no es un amo duro que nos roba, sino un Padre generoso que nos confía. Sus manos, al final del Evangelio, están vacías: no necesita enriquecerse con lo nuestro. Es nosotros quienes nos enriquecemos si creemos en la gratuidad de su don.

Que la Virgen María nos enseñe a confiar sin miedo, a vivir en calma, a cantar con alegría y a multiplicar los talentos recibidos. Que en este Año Jubilar seamos verdaderamente peregrinos de la esperanza, testigos de que el Evangelio no es un peso, sino un regalo que, compartido, siempre se multiplica.

Amén.

 

3

Los dones de Dios crecen en superabundancia


1. Introducción: Éxito o fracaso, ¿qué historia quiero escribir?

Queridos hermanos: cuando escuchamos una historia donde hay éxito y fracaso, casi siempre nuestra atención se concentra en el fracaso. Así nos pasa con la parábola de los talentos: solemos fijarnos en el siervo perezoso que enterró lo recibido. Pero hoy quiero invitarles a mirar el otro lado: las historias de éxito.

Dos servidores recibieron talentos, arriesgaron, trabajaron, se fiaron de la generosidad de su señor… y multiplicaron lo recibido al doble. Y el amo los felicitó con palabras que todos quisiéramos escuchar un día: “Bien, siervo bueno y fiel, en lo poco has sido fiel, al frente de lo mucho te pondré. Entra en el gozo de tu Señor”.


2. Primera lectura: amar, vivir en calma y trabajar con responsabilidad

La carta a los Tesalonicenses (1 Tes 4,9-11) es clara: lo fundamental es el amor fraterno. Y ese amor no se queda en sentimientos, sino que se traduce en calma, responsabilidad y trabajo con las manos.

San Pablo dice: “Dios mismo os ha enseñado a amaros mutuamente”. Pero no se conforma con que ya amemos: pide progresar aún más. Lo mismo pasa con los talentos: no basta conservar lo recibido, hay que hacerlo crecer. Quien ama multiplica. Quien se encierra en sí mismo, entierra.

En clave jubilar, este texto nos recuerda que somos peregrinos de la esperanza: no caminamos paralizados por el miedo, sino activos en la construcción de un mundo nuevo desde el amor, la serenidad y la responsabilidad.


3. El salmo: la alegría de quien confía

El salmo 97 proclama: “El Señor reina, alégrese la tierra”. Es el canto de quien sabe que Dios reina con justicia, no con dureza. Esto es lo que diferencia al siervo fiel del perezoso: uno confía y canta; el otro sospecha y se paraliza.

La creación entera se une a este canto: los mares, la tierra, todos los pueblos. Cuando dejamos que la gracia de Dios actúe en nosotros, su presencia se convierte en música y alegría. Cuando enterramos el don, nos quedamos mudos y estériles.


4. El Evangelio: dones que crecen en superabundancia

El Evangelio (Mt 25,14-30) nos muestra que los dones de Dios no solo se conservan, sino que están hechos para crecer en superabundancia. La gracia, por naturaleza, es fecunda. Si cooperamos con ella, los frutos son exponenciales.

Los siervos fieles recibieron talentos y los duplicaron. Esto no fue solo obra de ellos: fue la fuerza interna del don. Como una semilla que, al ser plantada, crece y da fruto, así son los dones de Dios. Lo mismo pasa con la fe, la esperanza, el amor, y sobre todo con los siete dones del Espíritu Santo:

  • Sabiduría
  • Entendimiento
  • Consejo
  • Fortaleza
  • Ciencia
  • Piedad
  • Temor de Dios

Estos dones crecen cuando los ejercitamos. Por ejemplo, si nos esforzamos en aconsejar a otros según la fe, Dios multiplica en nosotros el don del Consejo. Si buscamos entender su Palabra, Él multiplica el don del Entendimiento. La gracia nunca se agota, siempre se multiplica cuando se comparte.


5. María, mujer llena del Espíritu Santo

En este sábado mariano, no podemos olvidar a la Virgen María, la llena de gracia. Ella recibió el mayor don: ser Madre del Salvador. Y no lo enterró en miedo ni desconfianza, sino que lo multiplicó en servicio, en canto, en camino, en fe.

María es la mujer en quien los dones del Espíritu Santo florecieron en plenitud: sabiduría al guardar todo en su corazón, fortaleza al permanecer de pie junto a la cruz, piedad al cantar el Magníficat, temor de Dios al vivir en reverencia profunda. Ella nos enseña que la gracia es fecunda y que quien se abre al Espíritu Santo se enriquece en abundancia.


6. Aplicación pastoral

Queridos hermanos, el Evangelio nos invita a preguntarnos:

  • ¿Qué dones naturales y sobrenaturales me ha dado Dios? ¿Los estoy usando para su gloria?
  • ¿Hay talentos enterrados en mi vida por miedo, pereza o desconfianza?
  • ¿Estoy permitiendo que los dones del Espíritu crezcan en mí o los tengo apagados?

El Jubileo es un tiempo para reavivar los dones recibidos. Para dejar de lado la excusa del siervo perezoso y convertirnos en siervos buenos y fieles que arriesgan, comparten, multiplican.


7. Conclusión

Hermanos: lo que Dios nos da, tanto en lo natural como en lo sobrenatural, está hecho para crecer. Si lo enterramos, lo perdemos. Si lo usamos para su gloria y para el bien de los demás, se multiplica en abundancia.

Pidamos hoy al Espíritu Santo que acreciente en nosotros sus dones, para que un día podamos escuchar de los labios del Señor: “Bien, siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor”.

Que María Santísima, Virgen del Magníficat, nos enseñe a confiar, a cantar con alegría, a multiplicar los dones recibidos y a vivir como peregrinos de la esperanza en este Año Jubilar.

Amén.

 

 

31 de agosto del 2025: vigésimo segundo domingo del tiempo ordinario- Ciclo C

 

Imitar a Dios en su abajamiento

Una frase atribuida a Pitágoras podría enlazarse bien con los textos litúrgicos que invitan a la humildad: «Un hombre nunca es tan grande como cuando está de rodillas para ayudar a un niño».

Las palabras de Ben Sirá el Sabio – «Realiza todo con humildad […]. Cuanto más grande seas, más debes humillarte» – resuenan como un eco de las palabras que Jesús dirige a sus discípulos: «Quien se enaltece será humillado, y quien se humilla será enaltecido».

Es una lección hermosa y exigente para todos: para los que no quieren contentarse con su lugar y para los que, desde su lugar, miran a los demás por encima del hombro. Pues bien, «el único momento en que está permitido mirar a una persona desde arriba es para ayudarla a levantarse», decía el papa Francisco en su discurso en la Jornada Mundial de la Juventud de Lisboa, en 2023.

En cualquier caso, las recomendaciones de la Palabra de Dios sobre la humildad cortan de raíz nuestros impulsos y nuestra búsqueda de honores y precedencias. Y es para nuestro bien.

El llamado último es este: imitar a Dios en su abajamiento. Cristo se abajó, y Dios lo exaltó soberanamente. Recordemos que al venir a nuestro mundo, Jesús no se presentó como un ídolo para ser adorado piadosamente. Él se mezcló con nuestra historia humana, con nuestros sufrimientos. Lo que pide a cada uno es: ser atentos con los demás, mirarlos con reconocimiento y admiración.

La humildad es difícil de vivir. Solo puede aprenderse en la escuela de Otro: Jesucristo.

Preguntas para la vida:

·        ¿Qué diferencia hago entre humildad y modestia?

·        ¿Qué medios puedo tomar para vivir la virtud de la humildad en lo cotidiano?

·        La sabiduría africana dice: «Se conoce la humildad de un hombre en su elevación, y su paciencia en la adversidad». ¿Cómo entiendo este proverbio?

Jean-Paul Sagadou, prêtre assomptionniste, rédacteur en chef de Prions en Église Afrique


 


Primera lectura

Eclo 3, 17-20. 28-29

Humíllate, y así alcanzarás el favor del Señor

Lectura del libro del Eclesiástico.

HIJO, actúa con humildad en tus quehaceres,
y te querrán más que al hombre generoso.
Cuanto más grande seas, más debes humillarte,
y así alcanzarás el favor del Señor.
«Muchos son los altivos e ilustres,
pero él revela sus secretos a los mansos».
Porque grande es el poder del Señor
y es glorificado por los humildes.
La desgracia del orgulloso no tiene remedio,
pues la planta del mal ha echado en él sus raíces.
Un corazón prudente medita los proverbios,
un oído atento es el deseo del sabio.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 68(67),4 y 5ac. 6-7ab.10-11 (R. cf. 11b) 

R. Tu bondad, oh, Dios,
preparó una casa para los pobres.


V. Los justos se alegran,
gozan en la presencia de Dios,
rebosando de alegría.
Canten a Dios, toquen a su nombre;
su nombre es el Señor. 
R.

V. Padre de huérfanos, protector de viudas,
Dios vive en su santa morada.
Dios prepara casa a los desvalidos,
libera a los cautivos y los enriquece. 
R.

V. Derramaste en tu heredad, oh, Dios, una lluvia copiosa,
aliviaste la tierra extenuada;
y tu rebaño habitó en la tierra
que tu bondad, oh, Dios,
preparó para los pobres.
 R.

 

Segunda lectura

Heb 12, 18-19. 22-24a

Ustedes se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
No se han acercado a un fuego tangible y encendido, a densos nubarrones, a la tormenta, al sonido de la trompeta; ni al estruendo de las palabras, oído el cual, ellos rogaron que no continuase hablando.
Ustedes, se han acercado al monte Sion, ciudad del Dios vivo, Jerusalén del cielo, a las miríadas de ángeles, a la asamblea festiva de los primogénitos inscritos en el cielo, a Dios, juez de todos; a las almas de los justos que han llegado a la perfección, y al Mediador de la nueva alianza, Jesús.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Tomen mi yugo sobre ustedes —dice el Señor—, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón. R.

 

Evangelio

Lc 14,1.7-14

El que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

UN sábado, Jesús entró en casa de uno de los principales fariseos para comer y ellos lo estaban espiando.
Notando que los convidados escogían los primeros puestos, les decía una parábola:
«Cuando te conviden a una boda, no te sientes en el puesto principal, no sea que hayan convidado a otro de más categoría que tú; y venga el que los convidó a ti y al otro, y te diga:
“Cédele el puesto a este”.
Entonces, avergonzado, irás a ocupar el último puesto.
Al revés, cuando te conviden, vete a sentarte en el último puesto, para que, cuando venga el que te convidó, te diga:
“Amigo, sube más arriba”.
Entonces quedarás muy bien ante todos los comensales.
Porque todo el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido».
Y dijo al que lo había invitado:
«Cuando des una comida o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos; porque corresponderán invitándote, y quedarás pagado. Cuando des un banquete, invita a pobres, lisiados, cojos y ciegos; y serás bienaventurado, porque no pueden pagarte; te pagarán en la resurrección de los justos».

Palabra del Señor.

 

A guisa de introducción:

1.    La verdadera grandeza

Corría el año de 1986. Yo cursaba el grado 10º (5º de bachillerato) en la Normal de mi pueblo, institución dedicada a la formación pedagógica. Éramos un grupo de 24 estudiantes: 16 chicas y 8 chicos. Cerca de terminar el año, unos dos meses antes, junto con siete de mis compañeros recibimos una invitación muy especial: debíamos asistir a la inauguración de un gran proyecto de la empresa que administraba el agua del municipio. Nos pidieron llegar dos horas antes, muy bien vestidos.

Naturalmente, nos sentimos honrados. Orgullosos en nuestra adolescencia, imaginábamos que se nos permitiría participar de la gran fiesta, compartir la mesa, comer y beber junto a funcionarios, políticos y personalidades de la región. Sin embargo, al llegar, la sorpresa nos hirió en el corazón: habíamos sido convocados no como invitados de honor, sino como servidores voluntarios, como meseros encargados de atender a los “verdaderos” invitados.

Recuerdo que mi orgullo se resintió de inmediato. Yo soñaba con un puesto en la mesa, y se me pedía humildad, disponibilidad y servicio. No sé si mis compañeros lo recuerdan de la misma manera, o si tal vez fui yo quien entendió mal desde el principio, o quizá todo fue una broma. Lo cierto es que aquel domingo —sin paga y con cansancio— me dejó una lección inolvidable. Aprendí que la vida, una y otra vez, pondría a prueba mi ego y me invitaría a crecer desde abajo.

Ese día descubrí también la profundidad de la palabra humildad. Ella viene de humus, la tierra fértil, el suelo que, aunque pisado, es la condición de todo crecimiento. “Humilis” en latín significaba ‘bajo’, ‘pequeño’, incluso ‘mezquino’. Pero con la luz del cristianismo adquirió un sentido nuevo: virtud moral, disposición positiva, fuerza escondida en el servicio.

La humildad es grande porque humilde es Dios. Él, siendo eterno, no dudó en abajarse, hacerse hombre y ponerse a los pies de los suyos. En esa aparente pequeñez resplandece la verdadera grandeza.

Clave homilética

Las lecturas de este domingo nos recuerdan precisamente esto. El libro del Eclesiástico aconseja: “Hijo mío, actúa con humildad en tus quehaceres y te querrán más que al hombre generoso”. El sabio nos enseña que quien se sabe pequeño delante de Dios alcanza gracia y sabiduría. El Salmo 67 celebra a ese Dios que eleva a los humildes, que da hogar al huérfano y sostiene a la viuda.

La carta a los Hebreos nos muestra que la grandeza del cristiano no está en aproximarse al monte del temor, sino al monte de Sión, a la asamblea festiva de los santos, al Cristo mediador de la nueva alianza. Quien se acerca con corazón humilde, entra en comunión verdadera con el Dios vivo.

Y el Evangelio de san Lucas pone en labios de Jesús la enseñanza más gráfica: no busques los primeros puestos, porque quien se ensalza será humillado, y quien se humilla será enaltecido. No invites solo a los que te pueden corresponder, sino a los pobres, los lisiados, los cojos, los ciegos… entonces serás verdaderamente dichoso, porque Dios mismo se encargará de recompensarte.

Mi experiencia adolescente en aquella fiesta se convierte hoy en parábola personal: pensé que me habían invitado a sentarme en los puestos de honor y terminé con la bandeja en la mano, sirviendo. Solo con el paso del tiempo comprendí que aquel “desplante” era en realidad una lección evangélica, un entrenamiento de Dios para hacerme discípulo suyo: aprender que el camino de Jesús no es el de los honores, sino el del servicio.

Que este domingo, al acercarnos a la mesa de la Eucaristía, no busquemos los lugares de prestigio, sino el lugar donde se sientan los pequeños y los que no cuentan, porque allí está Cristo. Y que, como María, la humilde esclava del Señor, aprendamos a proclamar: “El Señor derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes”.

 

2.


1. La Palabra: Dios nos enseña la humildad

  • El Eclesiástico nos recuerda: “Cuanto más grande seas, más humíllate”.
  • El Salmo proclama a Dios como Padre de huérfanos y defensor de viudas.
  • La carta a los Hebreos nos invita a acercarnos a la ciudad del Dios vivo, a la asamblea de los justos, donde todo es gracia.
  • En el Evangelio, Jesús nos dice: “Quien se enaltece será humillado; y quien se humilla será enaltecido”. La humildad no es debilidad, sino la manera de imitar a Cristo, que se abajó para servir y dar vida.

2. La Eucaristía: escuela del abajamiento de Cristo

  • Cada domingo, en la misa, Cristo mismo se abaja para hacerse pan y vino.
  • La Eucaristía nos enseña que en la mesa del Reino no hay lugares privilegiados: todos somos iguales ante el Señor.
  • Aquí aprendemos la verdadera humildad: compartir, agradecer, acoger a todos, especialmente a los más pobres y necesitados.
  • Vivir el tercer mandamientosantificar las fiestas— significa participar en la Eucaristía dominical, porque allí celebramos el banquete del Reino y nos dejamos transformar por la humildad de Jesús.

3. La Vida: humildad que se hace misión

  • Ser humilde no es aparentar, sino vivir en verdad, en servicio y en gratuidad.
  • En este Año Jubilar, como Peregrinos de la Esperanza, estamos llamados a hacer de nuestra vida un camino de humildad y fraternidad.
  • Hoy se realiza la colecta “Donna Nobis”, para sostener a los territorios de misión más pobres y ayudar a sus obispos. Contribuir es un gesto concreto de humildad y solidaridad: compartir con quienes no tienen.

Confiémonos a la Virgen María, la humilde esclava del Señor, que canta: “El Señor enaltece a los humildes”. Que ella nos ayude a vivir la humildad verdadera y a hacer del domingo una fiesta de fe, de familia y de esperanza. Amén.

 

 

Aproximación psicológica y pastoral al Evangelio:

El último lugar

Si estamos ante una parábola —como lo precisa san Lucas al inicio del pasaje— debemos ver en este relato algo mucho más profundo que una simple regla de etiqueta o, peor aún, un truco hábil para lograr una promoción delante de los demás (cf. Lc 14,10).

Las parábolas de Jesús son siempre ventanas abiertas al misterio de Dios y de su Reino, es decir, a su proyecto de una nueva humanidad. En este contexto, los invitados que buscan los primeros puestos se exponen al ridículo de ser desplazados. En cambio, el anfitrión se acerca a quienes están en lo bajo de la escala y los dignifica, mejorando su suerte.

Este gesto nos remite al Magníficat de María: “Derribó a los poderosos de sus tronos y enalteció a los humildes. Colmó de bienes a los hambrientos y despidió vacíos a los ricos” (Lc 1,52-53). El evangelio es coherente: Dios toma partido por los pequeños y derriba las falsas seguridades de los autosuficientes.

Por eso, cuando Jesús invita a ocupar “el último lugar”, no nos está proponiendo una estrategia de humildad aparente, sino un gesto de solidaridad real con los pobres y despojados. Es en ese espacio donde llega la salvación. Quien se exalta, será humillado; quien se humilla, será enaltecido.

El sentido radical de la invitación (Lc 14,12-14)

Jesús va más allá: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos. Feliz serás, porque ellos no tienen cómo recompensarte, y tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos”.

Esto parece un despropósito en nuestra lógica actual. Casi nadie cumple al pie de la letra esta enseñanza: en toda cultura, incluso en las más sencillas, solemos invitar a quienes pueden devolvernos algo. Todos, alguna vez, nos hemos sentido incómodos al recordar este pasaje cuando participamos en una fiesta elegante… hasta que el primer bocado nos hace olvidar la interpelación.

Sin embargo, lo esencial del mensaje es claro: no podemos dejarnos moldear por la mentalidad egoísta de los ricos y poderosos. En la Biblia, con frecuencia, la riqueza aparece asociada a la injusticia y a la explotación de los pobres (cf. Amós, Oseas). Jesús estuvo en casas de fariseos, con Zaqueo, Nicodemo o Simón, pero nunca cedió en sus convicciones. No se dejó “contaminar”, sino que llevó allí la novedad del Reino.

La fidelidad de Jesús frente a las presiones sociales

El evangelista nos dice que esta escena ocurre “en casa de uno de los jefes de los fariseos” (Lc 14,1). Allí, en el corazón mismo del establishment religioso y social, Jesús no disimula ni negocia su fidelidad. Con elegancia pero con firmeza, denuncia el egoísmo de quienes sólo invitan para recibir algo a cambio.

Esto nos habla también a nosotros: con frecuencia, ciertos “ascensos” en la sociedad implican renunciar a valores y convicciones. Se nos presiona a suavizar principios, a callar la verdad o a disimular nuestras opciones. Jesús, en cambio, no retrocede un milímetro en sus solidaridades esenciales: los pobres, los cojos, los ciegos, los excluidos. Es como si dijera a su anfitrión: “Si me invitas a tu mesa, prepárate a invitar también a ellos, porque yo no avanzo sin ellos”.

Más que una exhortación moral

Este pasaje no es sólo una norma de cortesía ni un consejo para compartir. Es el testimonio de un hombre libre que, aun rodeado de quienes piensan distinto, permanece fiel a su misión. Jesús nos enseña que ser cristiano no significa enarbolar vagamente ciertos valores, sino mantenerse de pie, muchas veces en soledad, defendiendo la verdad del Evangelio y la opción por los pequeños.

 

Reflexión central



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Homilía

1. Introducción: una virtud incomprendida

Hablar de la humildad es como caminar sobre un campo minado. Hoy muchos la confunden con debilidad, con resignación boba o con pobreza mal vestida. En una sociedad que premia la apariencia, el éxito y el poder, la humildad parece una “perla rara”, anacrónica, incomprensible. Y, sin embargo, la Palabra de Dios este domingo nos la presenta como el camino seguro hacia la grandeza auténtica.

El libro del Eclesiástico lo dice con claridad: “Hazte pequeño en las grandezas y alcanzarás el favor de Dios” (Eclo 3,18). No hay virtud más fecunda que la humildad, porque ella abre el corazón a la gracia.

2. El banquete y los rangos

El Evangelio de Lucas nos sitúa en un banquete en casa de un jefe fariseo. Jesús observa cómo los invitados buscan los primeros puestos. La escena es muy humana: todos queremos reconocimiento, subir algunos escalones, ser mirados con honor. Desde los animales hasta los hombres, las jerarquías parecen regir la vida.

Pero Jesús aprovecha para darle la vuelta al esquema: “Cuando te inviten, ve y siéntate en el último lugar”. No habla de un gesto de falsa modestia ni de una estrategia para luego recibir honores. Nos habla de un estilo de vida: situarse del lado de los últimos, porque ahí está Dios.

3. La lógica de Dios: el Magníficat hecho vida

El Magníficat de María ilumina estas palabras: “Derribó a los poderosos de su trono y enalteció a los humildes” (Lc 1,52). El Evangelio no es un manual de urbanidad, es la revelación de un Dios que subvierte nuestras lógicas. Él se pone del lado de los pequeños, de los pobres, de los invisibles.

Por eso Jesús añade: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. No es simplemente un consejo moral: es la descripción del Reino. El banquete de Dios es gratuito, abierto, sin exclusiones. Allí los preferidos son los que no tienen cómo devolver el favor.

4. Humildad: más que cortesía

El salmo responsorial nos lo recuerda con imágenes bellísimas: “El Señor prepara casa a los desvalidos, libera a los cautivos, hace pasar a los solitarios a un hogar dichoso” (Sal 67). La humildad no es encogerse ni humillarse por miedo, sino aprender a vivir desde Dios, reconociendo que somos criaturas y que nuestra dignidad no depende de títulos ni rangos, sino de su amor.

Por eso la humildad no es simple cortesía. Es una virtud que brota del amor y que nos hace disponibles para acoger al otro sin reservas. San Juan María Vianney, el Cura de Ars, lo resumía con su célebre frase: las tres condiciones para la santidad son la humildad, la humildad y la humildad.

5. La ciudad de Dios: plenitud de la humildad

La segunda lectura, de la carta a los Hebreos, nos abre a un horizonte mayor. Dice el autor: “Ustedes se han acercado a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, a la asamblea festiva de los primogénitos” (Heb 12,22). Allí no cuentan las jerarquías humanas, ni los títulos, ni los rangos. Lo que vale es haber sido humildes y fieles, haberse dejado reconciliar por la sangre de Cristo.

La humildad es el camino de entrada en esa ciudad. Nadie entra por méritos propios, sino por gracia. Y la gracia solo se acoge con corazón sencillo.

6. Actualización: nuestra sociedad y nuestra Iglesia

Hermanos, el Evangelio de hoy nos incomoda porque cuestiona nuestras prácticas:

  • En la sociedad, donde vale más el que aparenta, el que ostenta, el que pisa al otro para subir.
  • En la Iglesia, donde también puede haber favoritismos, elitismos, exclusiones.

Jesús nos recuerda que en la fiesta de Dios los lugares no los asignan las intrigas ni los contactos, sino la gratuidad del Padre. Y que el verdadero discípulo es el que sabe vivir con los últimos, compartir con ellos, estar de pie en medio de un mundo que no piensa igual, defendiendo siempre la dignidad de los pequeños.

7. Conclusión: aprender del último

La enseñanza de hoy se resume en el mismo camino de Cristo. Él, siendo Dios, no se aferró a su rango, sino que se abajó, tomó la condición de siervo, se hizo obediente hasta la muerte y una muerte de cruz. Por eso el Padre lo exaltó (cf. Flp 2,6-11).

Si queremos ser grandes, aprendamos de Él. Si queremos ser reconocidos, pongámonos al servicio. Si queremos un lugar en el banquete eterno, no busquemos trepar, sino amar.

Pidamos hoy la gracia de la humildad verdadera, la que nace del amor, la que se traduce en servicio, la que nos hace libres frente a los honores del mundo y nos acerca al corazón de Dios.

8. Conclusión: humildad que se hace misión y solidaridad

Queridos hermanos, la liturgia de hoy nos ha recordado que la verdadera grandeza está en la humildad, en ponerse al servicio y en escoger los últimos lugares. Pero esta humildad no es pasiva: se traduce en gestos concretos de solidaridad y de amor fraterno.

Hoy, en toda la Iglesia, se realiza la colecta “Donna Nobis”, destinada a sostener a los territorios de misión más pobres y a ayudar a sus obispos en la tarea de pastorear comunidades que carecen de lo básico para anunciar el Evangelio. Este gesto es profundamente evangélico: compartir lo que tenemos con quienes menos tienen, poner nuestra mesa en común, abrir nuestro corazón y nuestro bolsillo para que otros pueblos puedan experimentar la alegría del banquete del Reino.

Dar para la misión es también un modo de vivir la humildad: reconocer que no somos dueños de lo que tenemos, sino administradores de los dones de Dios. Cada aporte, por pequeño que parezca, es un signo de comunión y esperanza para tantos hermanos que esperan el pan de la Palabra y el sustento material para sus comunidades.

Confiemos este compromiso de humildad y solidaridad a la intercesión de la Virgen María, la humilde esclava del Señor, que en su Magníficat nos enseñó que Dios derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. Que ella nos ayude a vivir según las “buenas maneras” del Reino: la gratuidad, el servicio y la apertura a los pobres.

Así, caminando de su mano, podremos participar un día en el banquete eterno, donde Cristo mismo nos dará el lugar de honor reservado a los sencillos de corazón.

Amén.

 

2

 

1. Introducción: un mandamiento para hoy

Queridos hermanos:

El tercer mandamiento —“Santificarás las fiestas”— no es un simple recordatorio de asistir a misa. Es la invitación a reconocer que el domingo pertenece al Señor y que nuestra vida solo alcanza plenitud cuando se alimenta del banquete de la Palabra y de la Eucaristía. La misa dominical es, por tanto, el gran banquete del pueblo de Dios, donde aprendemos el estilo del Reino: la humildad, el servicio, la gratuidad.

En este Año Jubilar, como Peregrinos de la Esperanza, la liturgia de este domingo nos conduce a lo esencial: la verdadera grandeza no está en los honores, sino en la humildad de Cristo, que se abajó para hacernos hijos del Padre.


2. Primera lectura: la humildad abre la puerta de Dios

El libro del Eclesiástico nos dice: “Haz tus obras con humildad y serás amado más que el hombre generoso. Cuanto más grande seas, más debes humillarte” (Eclo 3,17-18). La sabiduría bíblica nos recuerda que la humildad no es debilidad, sino fuerza interior. Es reconocerse criatura ante Dios, saberse limitado y necesitado de su amor.

El humilde no vive para figurar, sino para servir. El soberbio se mira a sí mismo; el humilde mira a Dios y a sus hermanos.


3. Salmo responsorial: Dios, casa para los pobres

El salmo 67 nos muestra al Dios que es Padre de huérfanos y protector de viudas, al que prepara casa para los desvalidos y libera a los cautivos. El humilde se hace semejante a este Dios que inclina su mirada hacia el pequeño.

Participar en la misa dominical es reconocer que nuestro Dios no es indiferente al sufrimiento humano: nos acoge, nos alimenta, nos libera.


4. Segunda lectura: hemos llegado a la ciudad del Dios vivo

La carta a los Hebreos contrasta el monte del temor con la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial. Nosotros no nos acercamos a un Dios lejano y terrible, sino al Mediador de la nueva alianza: Cristo Jesús, humilde y crucificado.

Cada domingo, al celebrar la Eucaristía, hacemos presente esa liturgia celestial. En ella aprendemos que la humildad de Jesús —su sangre derramada— es el fundamento de nuestra esperanza.


5. Evangelio: escoger el último lugar

En el evangelio, Jesús observa cómo los invitados buscan los primeros puestos. Y enseña: “Quien se enaltece será humillado; quien se humilla será enaltecido”. No se trata de estrategia social ni de falsa modestia. Se trata de imitar a Dios en su abajamiento.

El único momento en que podemos mirar a alguien desde arriba —como decía el Papa Francisco— es para tenderle la mano y levantarlo. El discípulo de Jesús se sienta al lado de los últimos porque sabe que allí está Dios.

Por eso añade: “Cuando des un banquete, invita a los pobres, lisiados, cojos y ciegos”. El banquete del Reino no es exclusivo ni selecto; es para todos, comenzando por los descartados. Y la misa dominical es precisamente ese banquete, donde Cristo mismo nos alimenta y nos une como hermanos.


6. Vivir el domingo: escuela de humildad

Queridos hermanos:
Participar en la Eucaristía dominical es más que cumplir un precepto. Es aprender la pedagogía de la humildad. Aquí nadie tiene mejores asientos, todos somos iguales ante el Señor. Aquí descubrimos que lo que nos da dignidad no son los títulos ni los honores, sino ser invitados al banquete del Cordero.

En el altar, Cristo se abaja hasta hacerse pan y vino. Cada domingo, la misa nos enseña a vivir lo que celebramos: compartir con los pobres, abrir nuestra mesa, mirar con gratitud y respeto a cada persona.


7. Año Jubilar: humildad que se hace esperanza

Este Jubileo nos llama a ser peregrinos de la esperanza. Y la esperanza solo florece en un corazón humilde. El soberbio se encierra en sí mismo; el humilde abre caminos de fraternidad y de misión.

Que este domingo, al santificar el día del Señor, nos comprometamos a vivir la humildad como estilo de vida: en la familia, en la comunidad, en el trabajo.


8. Conclusión: confiarnos a María

La Virgen María, la humilde esclava del Señor, nos muestra el camino. Ella canta en su Magníficat que Dios derriba a los poderosos y enaltece a los humildes. Pidámosle que nos enseñe a vivir la humildad verdadera y a santificar el domingo como día del encuentro con Dios y con los hermanos.

Así, cada Eucaristía será un anticipo del gran banquete del Reino, donde Dios mismo enjugará nuestras lágrimas y nos dará la alegría de sentarnos a su mesa para siempre.

Amén.

 

 

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