miércoles, 1 de abril de 2026

2 de abril del 2026: Jueves Santo (Eucaristía presentación de los Óleos santos y Misa de la Cena del Señor)

 

Ungidos por el Padre y con Cristo

Nos reunimos hoy en torno al Señor Jesús, el Ungido del Padre, aquel de quien habló el profeta Isaías: enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, sanar los corazones heridos y derramar consuelo sobre su pueblo. Las lecturas de esta celebración nos invitan a contemplar a Cristo como fuente de toda unción, de toda consagración y de toda esperanza.

En este contexto adquiere un significado muy especial la presentación de los santos óleos: el óleo de los catecúmenos, con el que la Iglesia fortalece a quienes se preparan para la vida nueva del Bautismo; el óleo de los enfermos, signo de consuelo, alivio y fortaleza para quienes sufren en el cuerpo o en el alma; y el santo crisma, que no solo se presenta sino que fue solemnemente consagrado (por el obispo) en la pasada misa crismal, para significar la plenitud del don del Espíritu en los sacramentos que configuran más profundamente con Cristo.

Al celebrar esta Eucaristía con presencia de enfermos, reconocemos que el Señor sigue cumpliendo hoy su palabra: Él se acerca, toca, fortalece, consuela y renueva. Que esta liturgia nos haga experimentar la ternura de Dios y nos recuerde que somos un pueblo amado, ungido y enviado.

 


Primera lectura

Is 61, 1-3a. 6a. 8b-9
El Señor me ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, y darles un perfume de fiesta

Lectura del libro de Isaías.

EL Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,
para curar los corazones desgarrados,
proclamar la amnistía a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar un año de gracia del Señor,
un día de venganza de nuestro Dios,
para consolar a los afligidos,
para dar a los afligidos de Sion
una diadema en lugar de cenizas,
perfume de fiesta en lugar de duelo,
un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
Ustedes se llamarán «Sacerdotes del Señor»,
dirán de ustedes: «Ministros de nuestro Dios».
Les daré su salario fielmente
y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 88, 21-22. 25 y 27 (R.: cf. 2a)

R. Cantaré eternamente tus misericordias, Señor.

V. Encontré a David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso.
 R.

V. Mi fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». 
R.

 

Segunda lectura

Ap 1, 5-8

Nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios Padre

Lectura del libro del Apocalipsis.

GRACIA y paz a ustedes
de parte de Jesucristo,
el testigo fiel,
el primogénito de entre los muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra.
Al que nos ama,
y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre,
y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre.
A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Miren: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron. Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra.
Sí, amén.
Dice el Señor Dios:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el todopoderoso».

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. El Espíritu del Señor está sobre mí: me ha enviado a evangelizar a los pobres.

 

Evangelio

Lc 4, 16-21

El Espíritu del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».

Palabra del Señor.

 

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Homilía en la misa de presentación de los óleos y con presencia de enfermos

 

Queridos hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios que hemos escuchado gira en torno a una idea central: Dios unge, consagra y envía.

El profeta Isaías nos presenta al enviado del Señor diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido”. Esta palabra alcanza su plenitud en el Evangelio, cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama ese mismo texto y afirma con autoridad: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban de oír”. Es decir, Jesús se revela como el verdadero Ungido, el Mesías, aquel en quien descansa el Espíritu Santo y por quien llega la salvación al mundo.

Cristo ha sido ungido no para dominar, sino para servir, sanar y levantar. Ha sido ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, para devolver esperanza a los heridos, para consolar a los que lloran. Por eso esta celebración tiene una belleza muy especial: porque en ella vemos que la misión de Cristo sigue viva en su Iglesia por medio de los sacramentos.

La presentación de los óleos nos ayuda a entenderlo.
El óleo de los catecúmenos habla de fortaleza y preparación: Dios acompaña a quien inicia el camino de la fe.
El óleo de los enfermos nos recuerda que nadie sufre solo, que Cristo se hace cercano al dolor humano y lo llena de gracia, paciencia y consuelo.
Y el santo crisma, que fue consagrado (en la última misa crismal por el señor Obispo), expresa plenitud, dignidad y misión: con él son ungidos los bautizados, confirmados, sacerdotes y altares, como signo de una vida marcada por el Espíritu.

La segunda lectura del Apocalipsis nos ha recordado algo muy hermoso: Jesucristo nos ama, nos ha liberado con su sangre y ha hecho de nosotros un pueblo sacerdotal para Dios, su Padre. Esto quiere decir que no solo Cristo es el Ungido: también nosotros, unidos a Él, participamos de su unción y de su misión.

Y hoy, de manera particular, esta palabra resplandece en medio de nuestros enfermos. A veces la enfermedad hace sentir fragilidad, cansancio, incertidumbre y hasta soledad. Pero la liturgia de hoy nos dice con fuerza: el Señor no abandona a los suyos. Él unge también hoy. Él fortalece también hoy. Él consuela también hoy. El óleo de los enfermos no es un signo de derrota, sino de la cercanía amorosa de Cristo que toca la vida herida para llenarla de su paz.

Por eso, esta Eucaristía debe despertar en nosotros confianza. Jesús sigue diciendo: “Hoy se cumple esta Escritura”. Hoy, cuando su Palabra se proclama. Hoy, cuando la Iglesia ora. Hoy, cuando el enfermo es consolado. Hoy, cuando el Espíritu Santo actúa en los sacramentos. Hoy, cuando una comunidad se reúne con fe.

Pidámosle al Señor que esta celebración renueve en todos nosotros la alegría de sabernos amados, ungidos y enviados. Y que nuestros hermanos enfermos experimenten de manera muy concreta la ternura de Cristo, médico de los cuerpos y salvador de las almas.

Amén.

 

 

CELEBRACIÓN DE LA CENA DEL SEÑOR

 

Los gestos del amor loco

La última comida del Señor con sus discípulos es tiempo y lugar de combate.

Combate de Simón Pedro, que se resiste a dejarse hacer por aquel mismo que le ha confiado la responsabilidad de la comunidad de los discípulos. Combate de Judas, mientras Jesús realiza un gesto de alianza al compartir el pan, cuerpo entregado, ofrecido libremente a todos. Habiendo recibido de Jesús el bocado, Judas elige el bando del enemigo. Traiciona al Señor y hace alianza con el diablo.

Jesús levanta el velo sobre su verdadera identidad. Él, Maestro y Señor, es servidor de todos. Ofrece a los discípulos la bienaventuranza del servicio: “Serán felices si lo ponen en práctica”. Con la ofrenda de su vida, enseña a los discípulos. La alegría del discípulo consiste en obrar al modo del Maestro para llegar a ser, con Él y por Él, servidor de sus hermanos y hermanas en humanidad.

Así también nosotros, siguiendo a los discípulos, somos llamados por el Señor mismo a lavarnos los pies unos a otros: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo he hecho con ustedes”. El gesto del lavatorio de los pies es el de la victoria del amor sobre toda forma de combate. Esta locura de amor se expresa en gestos: el servicio mutuo, dentro de una comunidad de hermanos y hermanas, al estilo de Cristo Jesús. Él mismo nos llama, nos convoca y nos hace capaces de construir la fraternidad.

¿Escucho yo el llamado a la alegría del servicio a mis hermanos y hermanas?


¿Cómo respondo a ese llamado en mi vida cotidiana?


¿Cómo dejarme transformar por el Evangelio y actuar al modo del Señor?

Anne Da, xavière

 


Primera lectura

Lectura del libro del Éxodo (12.1-8.11-14):

En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto: «Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: "El diez de este mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo. Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis panes sin fermentar y verduras amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida, las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa, porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre será vuestra señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto. Este día será para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta al Señor, ley perpetua para todas las generaciones."»

Palabra de Dios

 

 

Salmo

Sal 115,12-13.15-16bc.17-18

R/. El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo


¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre. R/.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R
/.

 

 

Segunda lectura

 Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios (11,23-26):


Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor, hasta que vuelva.

Palabra de Dios

 

Lectura del santo evangelio según san Juan (13,1-15)

Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.» Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo, el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con vosotros, vosotros también lo hagáis.»

Palabra del Señor

 

 

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Entramos esta tarde en una de las celebraciones más hondas, más bellas y más conmovedoras de todo el año litúrgico. El Jueves Santo nos reúne en torno a tres grandes dones que brotan del corazón de Cristo: la Eucaristía, el sacerdocio y el mandamiento del amor vivido en el servicio.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos lleva a la noche de la Pascua de Israel. El pueblo debía comer el cordero, ceñirse para la marcha, y recordar para siempre la acción salvadora de Dios. Aquella cena pascual no era una comida cualquiera; era memorial de liberación. Dios estaba pasando para salvar a su pueblo. Aquella noche marcó un antes y un después.

Pero lo que en el Éxodo era figura, en esta noche alcanza su plenitud. Jesús es el verdadero Cordero. Ya no se trata solo de la liberación de una esclavitud exterior, sino de una liberación mucho más profunda: del pecado, del egoísmo, de la muerte y de todo lo que desfigura el corazón humano.

San Pablo, en la segunda lectura, nos transmite el relato más antiguo de la institución de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… Este cáliz es la nueva alianza en mi sangre”. En el cenáculo, Jesús no solo anticipa sacramentalmente su entrega de la cruz; también se queda para siempre con nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía, no hacemos un simple recuerdo piadoso. Entramos en el misterio vivo del amor de Cristo que se entrega.

Y aquí está la gran verdad de esta noche: Jesús nos ama hasta el extremo. El Evangelio de san Juan lo dice con una fuerza conmovedora: “Habiendo amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.” Ese “hasta el extremo” significa hasta el final, hasta el colmo, hasta no reservarse nada. Jesús se da por entero.

Pero san Juan, en lugar de narrar las palabras del pan y del vino, nos presenta el lavatorio de los pies. ¿Por qué? Porque quiere mostrarnos que la Eucaristía no puede separarse del servicio. El mismo Jesús que parte el pan, se arrodilla. El mismo Jesús que se da como alimento, toma la toalla del servidor. El mismo Jesús que dice “hagan esto en memoria mía”, también dice con sus gestos: “hagan ustedes lo mismo”.

Y ahí aparece el combate del que podemos hablar.
Está el combate de Pedro, que no entiende, que se resiste: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Pedro ama a Jesús, pero todavía no acepta un Mesías humilde, un Señor que sirve. A veces también nosotros queremos un Dios poderoso, pero no un Dios arrodillado; queremos una religión solemne, pero sin abajamiento; queremos comulgar con Cristo, pero no siempre estamos dispuestos a parecernos a Él.

Y está también el combate de Judas. Judas permanece físicamente en la mesa, pero su corazón ya se ha ido lejos. Está cerca de Jesús, recibe incluso el bocado, pero no se deja tocar por el amor. Ese es uno de los dramas más tristes del Evangelio: se puede estar muy cerca de lo sagrado y, sin embargo, tener el corazón endurecido.

Por eso el Jueves Santo no solo nos invita a contemplar a Jesús; también nos obliga a mirarnos por dentro.
¿A cuál de estos personajes nos parecemos más?
¿A Pedro, que ama, pero se resiste?
¿A Judas, que aparenta cercanía, pero por dentro ya negoció con la oscuridad?
¿O al discípulo verdadero que se deja lavar, amar, enseñar y transformar?

El lavatorio de los pies nos recuerda algo decisivo: el amor cristiano no se queda en palabras; se vuelve gesto. Se vuelve servicio humilde, paciencia, perdón, cercanía, disponibilidad. Se vuelve ternura con el enfermo, compasión con el anciano, escucha para el que sufre, reconciliación en la familia, generosidad con el pobre, fidelidad en los pequeños deberes de cada día.

A veces pensamos que servir es hacer cosas extraordinarias. Pero Jesús escoge un gesto doméstico, sencillo, casi escondido: lavar los pies. Es como si nos dijera: la santidad empieza en lo pequeño; la caridad verdadera se ve en los detalles; el amor más grande se expresa muchas veces en los gestos más humildes.

También esta noche damos gracias por el don del sacerdocio ministerial, instituido al calor de la Eucaristía. El sacerdote no se pertenece a sí mismo; está llamado a ser hombre del pan partido, del perdón, del servicio, de la entrega silenciosa. Pero también todo el pueblo de Dios está llamado a vivir una existencia eucarística: una vida ofrecida, bendecida, partida y compartida por amor.

Hermanos, participar en esta misa no puede dejarnos iguales. No basta admirar la belleza del rito ni emocionarnos con el lavatorio. El Señor nos pregunta:
¿Escuchas el llamado a la alegría del servicio?
¿Te dejas lavar por mí?
¿Estás dispuesto a lavar los pies de tus hermanos?

Que esta noche santa nos conceda tres gracias.

La primera: amar la Eucaristía con un corazón nuevo, reconocer en ella la presencia real de Jesús, pan vivo bajado del cielo.

La segunda: dejarnos lavar por Cristo, es decir, permitir que Él sane nuestras resistencias, purifique nuestras intenciones y convierta nuestro corazón.

Y la tercera: vivir la caridad concreta, no de palabra solamente, sino con obras, con gestos, con disponibilidad humilde y fraterna.

Que al acercarnos hoy al altar comprendamos que no podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo sin comprometernos con el cuerpo sufriente de los hermanos. Y que al contemplar a Jesús de rodillas, descubramos que la verdadera grandeza no consiste en ser servidos, sino en servir.

Esta es la locura del amor.
Esta es la victoria de Cristo.
Esta es la lección del Cenáculo.

Que el Señor nos conceda vivirla. Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas:

Esta noche entramos en uno de los momentos más santos, más tiernos y más profundos de todo el año litúrgico. La Iglesia nos reúne en torno al Cenáculo, allí donde Jesús, antes de su pasión, nos deja los grandes dones de su amor: la Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del servicio fraterno.

Todo en esta celebración tiene una fuerza especial. El sagrario vacío al comenzar, el lavatorio de los pies, la consagración del pan y del vino, la reserva solemne del Santísimo y luego la adoración en silencio. Todo nos conduce a una misma verdad: Cristo nos amó hasta el extremo.

El Evangelio de san Juan nos presenta un gesto desconcertante. Jesús, el Maestro y el Señor, se levanta de la mesa, se ciñe la toalla y comienza a lavar los pies a sus discípulos. Y después les pregunta: “¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?”. Esa pregunta no era solo para ellos. Es también para nosotros esta noche:
¿Comprendemos de verdad lo que Jesús ha hecho por nosotros?

Muchas veces miramos el lavatorio de los pies como un hermoso ejemplo de humildad, como una invitación a ser amables, serviciales o atentos con los demás. Y ciertamente eso está incluido. Pero el gesto de Jesús va mucho más hondo. No se trata solo de cortesía ni de buenos modales. Se trata de revelar el corazón mismo de Dios. Dios no ama desde lejos. Dios se abaja. Dios sirve. Dios se entrega.

Pedro no entiende. Le parece inadmisible que el Señor se arrodille ante él. Por eso protesta: “No me lavarás los pies jamás”. Pero Jesús le responde con una frase decisiva: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.” Es decir: Pedro, antes de querer hacer algo por mí, debes dejarte amar por mí; antes de servirme, debes dejarte salvar; antes de seguirme, debes dejarte purificar.

Y ahí hay una enseñanza inmensa también para nosotros. Porque muchas veces queremos ser discípulos de Cristo sin dejarnos tocar por Cristo. Queremos caminar con Él, pero sin reconocer nuestras heridas. Queremos recibir la Eucaristía, pero sin abrir del todo el corazón a su gracia. Queremos estar cerca del altar, pero a veces sin pasar seriamente por la conversión.

Alguien comentando este evangelio dice sabiamente:  primero necesitamos ser lavados por Jesús; luego debemos participar en su modo de lavar a los demás.

¿Y cómo nos lava Jesús? Nos lava con su entrega, con su sangre derramada, con su cruz redentora. Esta noche, la segunda lectura de san Pablo nos recuerda las palabras santísimas de la institución de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre.” Ahí está el corazón del Jueves Santo: Jesús se hace alimento, Jesús se hace sacrificio, Jesús se queda con nosotros para siempre.

La primera lectura, tomada del libro del Éxodo, nos habla de la cena pascual de Israel. El pueblo debía comer el cordero y recordar para siempre la noche en que Dios lo liberó de la esclavitud. Aquella Pascua antigua anunciaba algo mucho más grande. Jesús es el verdadero Cordero. Su cuerpo entregado y su sangre derramada nos libran de una esclavitud más profunda: la del pecado, la del egoísmo, la de la muerte.

Por eso la Eucaristía no es un simple rito devoto, ni una costumbre piadosa, ni un recuerdo lejano. La Eucaristía es el mismo Cristo que se nos da. Es su amor hecho pan. Es su sacrificio hecho presencia. Es su Pascua viva ofrecida por nuestra salvación.

Pero el Evangelio de hoy nos recuerda que no se puede separar la Eucaristía del servicio. El mismo Jesús que dice: “Esto es mi cuerpo”, también se arrodilla a lavar los pies. El mismo Cristo que se nos da en el altar, nos enseña a darnos a los demás. El mismo Señor que nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre, nos pide que nuestra vida se vuelva también pan partido para los hermanos.

Y aquí aparece una exigencia concreta. Si de verdad comulgamos con Cristo, debemos parecernos a Cristo. No basta venir a misa, no basta participar en una liturgia hermosa, no basta emocionarnos con el canto o con el rito del lavatorio. El Señor nos pregunta:
¿Comprendes lo que he hecho por ti?
Si lo comprendes, entonces perdona.
Si lo comprendes, entonces sirve.
Si lo comprendes, entonces ama sin medida.
Si lo comprendes, entonces no vivas solo para ti.

Además, hay un detalle muy fuerte en esta escena: Jesús lavó también los pies de Judas. Sabía que lo iba a traicionar, y aun así no le negó el gesto del amor. Qué lección tan grande para nosotros. El amor cristiano no puede limitarse solo a quienes nos caen bien, a quienes nos responden, a quienes nos agradecen. Jesús ama también al que hiere, al que falla, al que decepciona. No aprueba el mal, pero no deja de amar.

Eso quiere decir que la caridad cristiana es exigente. Nos pide salir de nuestros cálculos, de nuestras simpatías, de nuestras heridas encerradas. Nos pide amar al modo de Jesús: sin condiciones, sin mezquindad y sin reservas.

Esta noche santa es también una ocasión preciosa para dar gracias por el don del sacerdocio. En el Cenáculo, junto con la Eucaristía, Cristo confía a sus apóstoles y a sus sucesores la misión de perpetuar sacramentalmente su entrega a través del tiempo. Por eso hoy damos gracias por los sacerdotes, y pedimos al Señor que suscite santas y generosas vocaciones para la Iglesia. Pero al mismo tiempo recordamos que todo el pueblo de Dios está llamado a vivir un sacerdocio bautismal, ofreciendo la vida, el trabajo, el dolor y la alegría en unión con Cristo.

Hermanos, esta noche no es para contemplar un recuerdo del pasado. Es para entrar en el hoy de Dios. Esta noche Jesús vuelve a arrodillarse ante nuestra pobreza. Esta noche nos vuelve a decir: “Déjame lavarte.” Esta noche vuelve a ofrecernos su Cuerpo y su Sangre. Esta noche vuelve a mandarnos: “Haz tú lo mismo.”

Pidámosle al Señor tres gracias.

La primera: dejarnos lavar por Él, con humildad sincera, reconociendo que necesitamos su misericordia.

La segunda: amar profundamente la Eucaristía, centro de nuestra vida cristiana, tesoro de la Iglesia y presencia viva de Jesús entre nosotros.

La tercera: vivir el mandamiento del amor en obras concretas, en la familia, en la comunidad, con los pobres, con los enfermos, con quienes nos han herido, con todos.

Que al acompañar esta noche al Señor en su agonía y en su entrega, entendamos un poco más la profundidad de su amor. Y que al escuchar su pregunta —“¿Comprenden lo que he hecho con ustedes?”— podamos responder no solo con palabras, sino con una vida transformada por la Eucaristía y hecha servicio humilde para los demás.

Amén.

 

2 de abril del 2026: Jueves Santo (Eucaristía presentación de los Óleos santos y Misa de la Cena del Señor)

  Ungidos por el Padre y con Cristo Nos reunimos hoy en torno al Señor Jesús, el Ungido del Padre, aquel de quien habló el profeta Isaías:...