Ungidos por el Padre y con Cristo
Nos reunimos hoy en torno al
Señor Jesús, el Ungido del Padre, aquel de quien habló el profeta Isaías:
enviado para anunciar la buena noticia a los pobres, sanar los corazones
heridos y derramar consuelo sobre su pueblo. Las lecturas de esta celebración
nos invitan a contemplar a Cristo como fuente de toda unción, de toda
consagración y de toda esperanza.
En este contexto adquiere un
significado muy especial la presentación de los santos óleos: el óleo de los
catecúmenos, con el que la Iglesia fortalece a quienes se preparan para la vida
nueva del Bautismo; el óleo de los enfermos, signo de consuelo, alivio y
fortaleza para quienes sufren en el cuerpo o en el alma; y el santo crisma, que
no solo se presenta sino que fue solemnemente consagrado (por el obispo) en la
pasada misa crismal, para significar la plenitud del don del Espíritu en los
sacramentos que configuran más profundamente con Cristo.
Al celebrar esta Eucaristía
con presencia de enfermos, reconocemos que el Señor sigue cumpliendo hoy su
palabra: Él se acerca, toca, fortalece, consuela y renueva. Que esta liturgia
nos haga experimentar la ternura de Dios y nos recuerde que somos un pueblo
amado, ungido y enviado.
Primera lectura
El Señor me
ha ungido y me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres, y darles un
perfume de fiesta
Lectura del libro de Isaías.
EL Espíritu del Señor está sobre mí,
porque el Señor me ha ungido.
Me ha enviado para dar la buena noticia a los pobres,
para curar los corazones desgarrados,
proclamar la amnistía a los cautivos,
y a los prisioneros la libertad;
para proclamar un año de gracia del Señor,
un día de venganza de nuestro Dios,
para consolar a los afligidos,
para dar a los afligidos de Sion
una diadema en lugar de cenizas,
perfume de fiesta en lugar de duelo,
un vestido de alabanza en lugar de un espíritu abatido.
Ustedes se llamarán «Sacerdotes del Señor»,
dirán de ustedes: «Ministros de nuestro Dios».
Les daré su salario fielmente
y haré con ellos un pacto perpetuo.
Su estirpe será célebre entre las naciones,
y sus vástagos entre los pueblos.
Los que los vean reconocerán
que son la estirpe que bendijo el Señor.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Cantaré
eternamente tus misericordias, Señor.
V. Encontré a
David, mi siervo,
y lo he ungido con óleo sagrado;
para que mi mano esté siempre con él
y mi brazo lo haga valeroso. R.
V. Mi
fidelidad y misericordia lo acompañarán,
por mi nombre crecerá su poder.
Él me invocará: «Tú eres mi padre,
mi Dios, mi Roca salvadora». R.
Segunda
lectura
Nos ha hecho
reino y sacerdotes para Dios Padre
Lectura del libro del Apocalipsis.
GRACIA y paz a ustedes
de parte de Jesucristo,
el testigo fiel,
el primogénito de entre los muertos,
el príncipe de los reyes de la tierra.
Al que nos ama,
y nos ha librado de nuestros pecados con su sangre,
y nos ha hecho reino y sacerdotes para Dios, su Padre.
A él, la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén.
Miren: viene entre las nubes. Todo ojo lo verá, también los que lo traspasaron.
Por él se lamentarán todos los pueblos de la tierra.
Sí, amén.
Dice el Señor Dios:
«Yo soy el Alfa y la Omega, el que es, el que era y ha de venir, el
todopoderoso».
Palabra de Dios.
Aclamación
Evangelio
El Espíritu
del Señor está sobre mí, porque él me ha ungido
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, Jesús fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la
sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la
lectura. Le entregaron el rollo del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró
el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista;
a poner en libertad a los oprimidos;
a proclamar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el rollo y devolviéndolo al que lo ayudaba, se sentó. Toda la
sinagoga tenía los ojos clavados en él. Y él comenzó a decirles:
«Hoy se ha cumplido esta Escritura que acaban de oír».
Palabra del Señor.
Homilía
en la misa de presentación de los óleos y con presencia de enfermos
Queridos
hermanos y hermanas:
La Palabra de Dios que
hemos escuchado gira en torno a una idea central: Dios unge, consagra
y envía.
El profeta Isaías nos
presenta al enviado del Señor diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque me ha ungido”. Esta palabra alcanza su plenitud en el
Evangelio, cuando Jesús, en la sinagoga de Nazaret, proclama ese mismo texto y
afirma con autoridad: “Hoy se cumple esta Escritura que acaban
de oír”. Es decir, Jesús se revela como el verdadero Ungido, el
Mesías, aquel en quien descansa el Espíritu Santo y por quien llega la
salvación al mundo.
Cristo ha sido ungido
no para dominar, sino para servir, sanar y levantar.
Ha sido ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, para devolver
esperanza a los heridos, para consolar a los que lloran. Por eso esta
celebración tiene una belleza muy especial: porque en ella vemos que la misión
de Cristo sigue viva en su Iglesia por medio de los sacramentos.
La presentación
de los óleos nos ayuda a entenderlo.
El óleo
de los catecúmenos habla de fortaleza y preparación: Dios
acompaña a quien inicia el camino de la fe.
El óleo
de los enfermos nos recuerda que nadie sufre solo, que Cristo
se hace cercano al dolor humano y lo llena de gracia, paciencia y consuelo.
Y el santo
crisma, que fue consagrado (en la última misa crismal por el
señor Obispo), expresa plenitud, dignidad y misión: con él son ungidos los
bautizados, confirmados, sacerdotes y altares, como signo de una vida marcada
por el Espíritu.
La segunda lectura del
Apocalipsis nos ha recordado algo muy hermoso: Jesucristo nos ama, nos ha
liberado con su sangre y ha hecho de nosotros un pueblo sacerdotal para Dios,
su Padre. Esto quiere decir que no solo Cristo es el Ungido: también nosotros,
unidos a Él, participamos de su unción y de su misión.
Y hoy, de manera
particular, esta palabra resplandece en medio de nuestros enfermos.
A veces la enfermedad hace sentir fragilidad, cansancio, incertidumbre y hasta
soledad. Pero la liturgia de hoy nos dice con fuerza: el Señor no abandona
a los suyos. Él unge también hoy. Él fortalece también hoy. Él
consuela también hoy. El óleo de los enfermos no es un signo de derrota, sino
de la cercanía amorosa de Cristo que toca la vida herida para llenarla de su
paz.
Por eso, esta
Eucaristía debe despertar en nosotros confianza. Jesús sigue diciendo: “Hoy
se cumple esta Escritura”. Hoy, cuando su Palabra se proclama.
Hoy, cuando la Iglesia ora. Hoy, cuando el enfermo es consolado. Hoy, cuando el
Espíritu Santo actúa en los sacramentos. Hoy, cuando una comunidad se reúne con
fe.
Pidámosle al Señor que
esta celebración renueve en todos nosotros la alegría de sabernos amados,
ungidos y enviados. Y que nuestros hermanos enfermos
experimenten de manera muy concreta la ternura de Cristo, médico de los cuerpos
y salvador de las almas.
Amén.
CELEBRACIÓN
DE LA CENA DEL SEÑOR
Los gestos del amor loco
La última comida del Señor con
sus discípulos es tiempo y lugar de combate.
Combate de Simón Pedro, que se
resiste a dejarse hacer por aquel mismo que le ha confiado la responsabilidad
de la comunidad de los discípulos. Combate de Judas, mientras Jesús realiza un
gesto de alianza al compartir el pan, cuerpo entregado, ofrecido libremente a
todos. Habiendo recibido de Jesús el bocado, Judas elige el bando del enemigo.
Traiciona al Señor y hace alianza con el diablo.
Jesús levanta el velo sobre su
verdadera identidad. Él, Maestro y Señor, es servidor de todos. Ofrece a los
discípulos la bienaventuranza del servicio: “Serán felices si lo ponen en
práctica”. Con la ofrenda de su vida, enseña a los discípulos. La alegría del
discípulo consiste en obrar al modo del Maestro para llegar a ser, con Él y por
Él, servidor de sus hermanos y hermanas en humanidad.
Así también nosotros,
siguiendo a los discípulos, somos llamados por el Señor mismo a lavarnos los
pies unos a otros: “Les he dado ejemplo, para que también ustedes hagan como yo
he hecho con ustedes”. El gesto del lavatorio de los pies es el de la victoria
del amor sobre toda forma de combate. Esta locura de amor se expresa en gestos:
el servicio mutuo, dentro de una comunidad de hermanos y hermanas, al estilo de
Cristo Jesús. Él mismo nos llama, nos convoca y nos hace capaces de construir
la fraternidad.
¿Escucho yo el llamado a la
alegría del servicio a mis hermanos y hermanas?
¿Cómo respondo a ese llamado en mi vida cotidiana?
¿Cómo dejarme transformar por el Evangelio y actuar al modo del Señor?
Anne Da, xavière
Primera lectura
Lectura del libro del Éxodo (12.1-8.11-14):
En aquellos días, dijo el Señor a Moisés y a Aarón en tierra de Egipto:
«Este mes será para vosotros el principal de los meses; será para vosotros el
primer mes del año. Decid a toda la asamblea de Israel: "El diez de este
mes cada uno procurará un animal para su familia, uno por casa. Si la familia
es demasiado pequeña para comérselo, que se junte con el vecino de casa, hasta
completar el número de personas; y cada uno comerá su parte hasta terminarlo.
Será un animal sin defecto, macho, de un año, cordero o cabrito. Lo guardaréis
hasta el día catorce del mes, y toda la asamblea de Israel lo matará al
atardecer. Tomaréis la sangre y rociaréis las dos jambas y el dintel de la casa
donde lo hayáis comido. Esa noche comeréis la carne, asada a fuego, comeréis
panes sin fermentar y verduras amargas. Y lo comeréis así: la cintura ceñida,
las sandalias en los pies, un bastón en la mano; y os lo comeréis a toda prisa,
porque es la Pascua, el paso del Señor. Esta noche pasaré por todo el país de
Egipto, dando muerte a todos sus primogénitos, de hombres y de animales; y haré
justicia de todos los dioses de Egipto. Yo soy el Señor. La sangre será vuestra
señal en las casas donde estéis: cuando vea la sangre, pasaré de largo; no os
tocará la plaga exterminadora, cuando yo pase hiriendo a Egipto. Este día será
para vosotros memorable, en él celebraréis la fiesta al Señor, ley perpetua
para todas las generaciones."»
Palabra de Dios
Salmo
Sal 115,12-13.15-16bc.17-18
R/. El cáliz de la bendición es comunión con la sangre de Cristo
¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre. R/.
Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
hijo de tu esclava;
rompiste mis cadenas. R/.
Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo. R/.
Segunda lectura
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios
(11,23-26):
Yo he recibido una tradición, que procede del Señor y que a mi vez os he
transmitido: Que el Señor Jesús, en la noche en que iban a entregarlo, tomó pan
y, pronunciando la acción de gracias, lo partió y dijo: «Esto es mi cuerpo, que
se entrega por vosotros. Haced esto en memoria mía.» Lo mismo hizo con el
cáliz, después de cenar, diciendo: «Este cáliz es la nueva alianza sellada con
mi sangre; haced esto cada vez que lo bebáis, en memoria mía.» Por eso, cada
vez que coméis de este pan y bebéis del cáliz, proclamáis la muerte del Señor,
hasta que vuelva.
Palabra de Dios
Lectura del santo evangelio según san Juan (13,1-15)
Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de
pasar de este mundo al Padre, habiendo amado a los suyos que estaban en el
mundo, los amó hasta el extremo. Estaban cenando, ya el diablo le había metido
en la cabeza a Judas Iscariote, el de Simón, que lo entregara, y Jesús,
sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, que venía de Dios y a
Dios volvía, se levanta de la cena, se quita el manto y, tomando una toalla, se
la ciñe; luego echa agua en la jofaina y se pone a lavarles los pies a los
discípulos, secándoselos con la toalla que se había ceñido.
Llegó a Simón Pedro, y éste le dijo: «Señor, ¿lavarme los pies tú a mí?»
Jesús le replicó: «Lo que yo hago tú no lo entiendes ahora, pero lo
comprenderás más tarde.»
Pedro le dijo: «No me lavarás los pies jamás.»
Jesús le contestó: «Si no te lavo, no tienes nada que ver conmigo.»
Simón Pedro le dijo: «Señor, no sólo los pies, sino también las manos y la
cabeza.»
Jesús le dijo: «Uno que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies,
porque todo él está limpio. También vosotros estáis limpios, aunque no todos.»
Porque sabía quién lo iba a entregar, por eso dijo: «No todos estáis limpios.»
Cuando acabó de lavarles los pies, tomó el manto, se lo puso otra vez y les
dijo: «¿Comprendéis lo que he hecho con vosotros? Vosotros me llamáis "el
Maestro" y "el Señor", y decís bien, porque lo soy. Pues si yo,
el Maestro y el Señor, os he lavado los pies, también vosotros debéis lavaros
los pies unos a otros; os he dado ejemplo para que lo que yo he hecho con
vosotros, vosotros también lo hagáis.»
Palabra del Señor
1
Queridos
hermanos y hermanas:
Entramos esta tarde en
una de las celebraciones más hondas, más bellas y más conmovedoras de todo el
año litúrgico. El Jueves Santo nos reúne en torno a tres
grandes dones que brotan del corazón de Cristo: la Eucaristía, el
sacerdocio y el mandamiento del amor vivido en el servicio.
La primera lectura,
tomada del libro del Éxodo, nos lleva a la
noche de la Pascua de Israel. El pueblo debía comer el cordero, ceñirse para la
marcha, y recordar para siempre la acción salvadora de Dios. Aquella cena
pascual no era una comida cualquiera; era memorial de liberación. Dios estaba
pasando para salvar a su pueblo. Aquella noche marcó un antes y un después.
Pero lo que en el Éxodo
era figura, en esta noche alcanza su plenitud. Jesús es el
verdadero Cordero. Ya no se trata solo de la liberación de una
esclavitud exterior, sino de una liberación mucho más profunda: del pecado, del
egoísmo, de la muerte y de todo lo que desfigura el corazón humano.
San Pablo, en la
segunda lectura, nos transmite el relato más antiguo de la institución de la
Eucaristía: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por ustedes… Este cáliz
es la nueva alianza en mi sangre”. En el cenáculo, Jesús no
solo anticipa sacramentalmente su entrega de la cruz; también se queda para
siempre con nosotros. Cada vez que celebramos la Eucaristía, no hacemos un
simple recuerdo piadoso. Entramos en el misterio vivo del amor de Cristo que se
entrega.
Y aquí está la gran
verdad de esta noche: Jesús nos ama hasta el extremo.
El Evangelio de san Juan lo dice con una fuerza conmovedora: “Habiendo
amado a los suyos que estaban en el mundo, los amó hasta el extremo.”
Ese “hasta el extremo” significa hasta el final, hasta el colmo, hasta no
reservarse nada. Jesús se da por entero.
Pero san Juan, en lugar
de narrar las palabras del pan y del vino, nos presenta el lavatorio
de los pies. ¿Por qué? Porque quiere mostrarnos que la
Eucaristía no puede separarse del servicio. El mismo Jesús que parte el pan, se
arrodilla. El mismo Jesús que se da como alimento, toma la toalla del servidor.
El mismo Jesús que dice “hagan esto en memoria mía”, también dice con sus
gestos: “hagan
ustedes lo mismo”.
Y ahí aparece el
combate del que podemos hablar.
Está el combate de Pedro, que no entiende,
que se resiste: “Tú no me lavarás los pies jamás”. Pedro ama a Jesús, pero
todavía no acepta un Mesías humilde, un Señor que sirve. A veces también
nosotros queremos un Dios poderoso, pero no un Dios arrodillado; queremos una
religión solemne, pero sin abajamiento; queremos comulgar con Cristo, pero no
siempre estamos dispuestos a parecernos a Él.
Y está también el
combate de Judas.
Judas permanece físicamente en la mesa, pero su corazón ya se ha ido lejos.
Está cerca de Jesús, recibe incluso el bocado, pero no se deja tocar por el
amor. Ese es uno de los dramas más tristes del Evangelio: se puede estar muy
cerca de lo sagrado y, sin embargo, tener el corazón endurecido.
Por eso el Jueves Santo
no solo nos invita a contemplar a Jesús; también nos obliga a mirarnos por
dentro.
¿A cuál de estos personajes nos parecemos más?
¿A Pedro, que ama, pero se resiste?
¿A Judas, que aparenta cercanía, pero por dentro ya negoció con la oscuridad?
¿O al discípulo verdadero que se deja lavar, amar, enseñar y transformar?
El lavatorio de los
pies nos recuerda algo decisivo: el amor cristiano no se queda en
palabras; se vuelve gesto. Se vuelve servicio humilde,
paciencia, perdón, cercanía, disponibilidad. Se vuelve ternura con el enfermo,
compasión con el anciano, escucha para el que sufre, reconciliación en la
familia, generosidad con el pobre, fidelidad en los pequeños deberes de cada
día.
A veces pensamos que
servir es hacer cosas extraordinarias. Pero Jesús escoge un gesto doméstico,
sencillo, casi escondido: lavar los pies. Es como si nos dijera: la santidad
empieza en lo pequeño; la caridad verdadera se ve en los detalles; el amor más
grande se expresa muchas veces en los gestos más humildes.
También esta noche
damos gracias por el don del sacerdocio ministerial,
instituido al calor de la Eucaristía. El sacerdote no se pertenece a sí mismo;
está llamado a ser hombre del pan partido, del perdón, del servicio, de la
entrega silenciosa. Pero también todo el pueblo de Dios está llamado a vivir
una existencia eucarística: una vida ofrecida, bendecida, partida y compartida
por amor.
Hermanos, participar en
esta misa no puede dejarnos iguales. No basta admirar la belleza del rito ni
emocionarnos con el lavatorio. El Señor nos pregunta:
¿Escuchas
el llamado a la alegría del servicio?
¿Te
dejas lavar por mí?
¿Estás
dispuesto a lavar los pies de tus hermanos?
Que esta noche santa
nos conceda tres gracias.
La primera: amar
la Eucaristía con un corazón nuevo, reconocer en ella la
presencia real de Jesús, pan vivo bajado del cielo.
La segunda: dejarnos
lavar por Cristo, es decir, permitir que Él sane nuestras resistencias,
purifique nuestras intenciones y convierta nuestro corazón.
Y la tercera: vivir
la caridad concreta, no de palabra solamente, sino con obras,
con gestos, con disponibilidad humilde y fraterna.
Que al acercarnos hoy
al altar comprendamos que no podemos comulgar con el Cuerpo de Cristo sin
comprometernos con el cuerpo sufriente de los hermanos. Y que al contemplar a
Jesús de rodillas, descubramos que la verdadera grandeza no consiste en ser
servidos, sino en servir.
Esta es la locura del
amor.
Esta es la victoria de Cristo.
Esta es la lección del Cenáculo.
Que
el Señor nos conceda vivirla. Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas:
Esta noche entramos en
uno de los momentos más santos, más tiernos y más profundos de todo el año
litúrgico. La Iglesia nos reúne en torno al Cenáculo,
allí donde Jesús, antes de su pasión, nos deja los grandes dones de su amor: la
Eucaristía, el sacerdocio ministerial y el mandamiento nuevo del servicio
fraterno.
Todo en esta
celebración tiene una fuerza especial. El sagrario vacío al comenzar, el
lavatorio de los pies, la consagración del pan y del vino, la reserva solemne
del Santísimo y luego la adoración en silencio. Todo nos conduce a una misma
verdad: Cristo
nos amó hasta el extremo.
El Evangelio de san
Juan nos presenta un gesto desconcertante. Jesús, el Maestro y el Señor, se
levanta de la mesa, se ciñe la toalla y comienza a lavar los pies a sus
discípulos. Y después les pregunta: “¿Comprenden lo que he hecho con
ustedes?”. Esa pregunta no era solo para ellos. Es también para
nosotros esta noche:
¿Comprendemos
de verdad lo que Jesús ha hecho por nosotros?
Muchas veces miramos el
lavatorio de los pies como un hermoso ejemplo de humildad, como una invitación
a ser amables, serviciales o atentos con los demás. Y ciertamente eso está
incluido. Pero el gesto de Jesús va mucho más hondo. No se trata solo de
cortesía ni de buenos modales. Se trata de revelar el corazón mismo de Dios. Dios
no ama desde lejos. Dios se abaja. Dios sirve. Dios se entrega.
Pedro no entiende. Le
parece inadmisible que el Señor se arrodille ante él. Por eso protesta: “No
me lavarás los pies jamás”. Pero Jesús le responde con una
frase decisiva: “Si no te lavo, no tendrás parte conmigo.”
Es decir: Pedro, antes de querer hacer algo por mí, debes dejarte amar por mí;
antes de servirme, debes dejarte salvar; antes de seguirme, debes dejarte
purificar.
Y ahí hay una enseñanza
inmensa también para nosotros. Porque muchas veces queremos ser discípulos de
Cristo sin dejarnos tocar por Cristo. Queremos caminar con Él, pero sin reconocer
nuestras heridas. Queremos recibir la Eucaristía, pero sin abrir del todo el
corazón a su gracia. Queremos estar cerca del altar, pero a veces sin pasar
seriamente por la conversión.
Alguien comentando este
evangelio dice sabiamente: primero
necesitamos ser lavados por Jesús; luego debemos participar en su modo de lavar
a los demás.
¿Y cómo nos lava Jesús?
Nos lava con su entrega, con su sangre derramada, con su cruz redentora. Esta
noche, la segunda lectura de san Pablo nos recuerda las palabras santísimas de
la institución de la Eucaristía: “Esto es mi cuerpo, que se entrega por
ustedes… Este cáliz es la nueva alianza sellada con mi sangre.”
Ahí está el corazón del Jueves Santo: Jesús se hace alimento, Jesús se hace
sacrificio, Jesús se queda con nosotros para siempre.
La primera lectura,
tomada del libro del Éxodo, nos habla de la cena pascual de Israel. El pueblo
debía comer el cordero y recordar para siempre la noche en que Dios lo liberó
de la esclavitud. Aquella Pascua antigua anunciaba algo mucho más grande. Jesús
es el verdadero Cordero. Su cuerpo entregado y su sangre
derramada nos libran de una esclavitud más profunda: la del pecado, la del
egoísmo, la de la muerte.
Por eso la Eucaristía
no es un simple rito devoto, ni una costumbre piadosa, ni un recuerdo lejano.
La Eucaristía es el mismo Cristo que se nos da. Es su amor hecho pan. Es su
sacrificio hecho presencia. Es su Pascua viva ofrecida por nuestra salvación.
Pero el Evangelio de
hoy nos recuerda que no se puede separar la Eucaristía del
servicio. El mismo Jesús que dice: “Esto es mi cuerpo”, también
se arrodilla a lavar los pies. El mismo Cristo que se nos da en el altar, nos
enseña a darnos a los demás. El mismo Señor que nos alimenta con su Cuerpo y su
Sangre, nos pide que nuestra vida se vuelva también pan partido para los
hermanos.
Y aquí aparece una
exigencia concreta. Si de verdad comulgamos con Cristo, debemos parecernos a
Cristo. No basta venir a misa, no basta participar en una liturgia hermosa, no
basta emocionarnos con el canto o con el rito del lavatorio. El Señor nos
pregunta:
¿Comprendes
lo que he hecho por ti?
Si lo comprendes, entonces perdona.
Si lo comprendes, entonces sirve.
Si lo comprendes, entonces ama sin medida.
Si lo comprendes, entonces no vivas solo para ti.
Además, hay un detalle
muy fuerte en esta escena: Jesús lavó también los pies de Judas. Sabía que lo
iba a traicionar, y aun así no le negó el gesto del amor. Qué lección tan
grande para nosotros. El amor cristiano no puede limitarse solo a quienes nos
caen bien, a quienes nos responden, a quienes nos agradecen. Jesús ama también
al que hiere, al que falla, al que decepciona. No aprueba el mal, pero no deja
de amar.
Eso quiere decir que la
caridad cristiana es exigente. Nos pide salir de nuestros cálculos, de nuestras
simpatías, de nuestras heridas encerradas. Nos pide amar al modo de Jesús: sin
condiciones, sin mezquindad y sin reservas.
Esta noche santa es
también una ocasión preciosa para dar gracias por el don del sacerdocio.
En el Cenáculo, junto con la Eucaristía, Cristo confía a sus apóstoles y a sus
sucesores la misión de perpetuar sacramentalmente su entrega a través del
tiempo. Por eso hoy damos gracias por los sacerdotes, y pedimos al Señor que
suscite santas y generosas vocaciones para la Iglesia. Pero al mismo tiempo
recordamos que todo el pueblo de Dios está llamado a vivir un sacerdocio
bautismal, ofreciendo la vida, el trabajo, el dolor y la alegría en unión con
Cristo.
Hermanos, esta noche no
es para contemplar un recuerdo del pasado. Es para entrar en el hoy de Dios.
Esta noche Jesús vuelve a arrodillarse ante nuestra pobreza. Esta noche nos
vuelve a decir: “Déjame lavarte.” Esta noche vuelve a
ofrecernos su Cuerpo y su Sangre. Esta noche vuelve a mandarnos: “Haz
tú lo mismo.”
Pidámosle al Señor tres
gracias.
La primera: dejarnos
lavar por Él, con humildad sincera, reconociendo que
necesitamos su misericordia.
La segunda: amar
profundamente la Eucaristía, centro de nuestra vida cristiana,
tesoro de la Iglesia y presencia viva de Jesús entre nosotros.
La tercera: vivir
el mandamiento del amor en obras concretas, en la familia, en
la comunidad, con los pobres, con los enfermos, con quienes nos han herido, con
todos.
Que al acompañar esta
noche al Señor en su agonía y en su entrega, entendamos un poco más la
profundidad de su amor. Y que al escuchar su pregunta —“¿Comprenden lo que
he hecho con ustedes?”— podamos responder no solo con palabras,
sino con una vida transformada por la Eucaristía y hecha servicio humilde para
los demás.
Amén.

