La
teoría y la práctica
También nosotros
acerquémonos a Cristo en la oración para preguntarle: «Maestro, ¿qué debo
hacer de bueno?». Jesús nos remite a la Escritura, que nos señala el
camino. Pero entre las grandes orientaciones de la Palabra y las decisiones
concretas de cada día es necesario el discernimiento.
El
joven conoce y cumple los mandamientos, pero Jesús lo invita a dar un paso más:
liberar su corazón, compartir con los pobres y seguirlo. No basta conocer
teóricamente el bien; hay que practicarlo, incluso cuando exige renuncia.
Preguntemos hoy: Señor, ¿qué debo dejar para seguirte con mayor libertad y
alegría?
Primera lectura
Ezequiel les
servirá de señal: harán lo mismo que él ha hecho
Lectura de la profecía de Ezequiel.
ME fue dirigida esta palabra del Señor:
«Hijo de hombre, voy a arrebatarte repentinamente el encanto de tus ojos; pero
tú no entones una lamentación, no hagas duelo, no llores, no derrames lágrimas.
Suspira en silencio, no hagas ningún rito fúnebre. Ponte el turbante y cálzate
las sandalias; no te cubras la barba ni comas el pan del duelo».
Yo había hablado a la gente por la mañana, y por la tarde murió mi mujer. Al
día siguiente hice lo que se me había ordenado. Entonces me dijo la gente:
«¿Quieres explicarnos qué significa lo que estás haciendo?».
Les respondí:
«He recibido esta palabra del Señor:
“Di a la casa de Israel: Esto dice el Señor Dios: ‘Voy a profanar mi santuario,
el baluarte del que están orgullosos, encanto de sus ojos, esperanza de su
vida. Los hijos e
hijas que dejaron en Jerusalén caerán a espada.
Entonces harán lo que yo he hecho: no se cubrirán la barba ni comerán el pan
del duelo; seguirán con el turbante en la cabeza y las sandalias en los pies;
no entonarán una lamentación ni llorarán; se consumirán por sus culpas y
gemirán unos con otros. Ezequiel les servirá de señal: harán lo mismo que él ha
hecho.
Y, cuando suceda, comprenderán que yo soy el Señor Dios’”».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Despreciaste
al Dios que te engendró.
V. Despreciaste
a la Roca que te engendró,
y olvidaste al Dios que te dio a luz.
Lo vio el Señor, e irritado
rechazó a sus hijos e hijas. R.
V. Y dijo:
«Les ocultaré mi rostro,
y veré cuál es su suerte,
porque son una generación pervertida,
unos hijos desleales». R.
V. «Me han
dado celos con un dios que no es dios,
me han irritado con sus ídolos vacíos;
pues yo les daré celos con un pueblo que no es pueblo,
con una nación insensata los irritaré». R.
Aclamación
V. Bienaventurados
los pobres en el espíritu,
porque de ellos es el reino de los cielos. R.
Evangelio
Si quieres
ser perfecto, vende tus bienes, así tendrás un tesoro en el cielo
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, se acercó uno a Jesús y le preguntó:
«Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno para obtener la vida eterna?».
Jesús le contestó:
«¿Por qué me preguntas qué es bueno? Uno solo es Bueno. Mira, si quieres entrar
en la vida, guarda los mandamientos».
Él le preguntó:
«¿Cuáles?».
Jesús le contestó:
«No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio,
honra a tu padre y a tu madre, y ama a tu prójimo como a ti mismo».
El joven le dijo:
«Todo eso lo he cumplido. ¿Qué me falta?».
Jesús le contestó:
«Si quieres ser perfecto, anda, vende tus bienes, da el dinero a los pobres
—así tendrás un tesoro en el cielo— y luego ven y sígueme».
Al oír esto, el joven se fue triste, porque era muy rico.
Palabra del Señor.
***********
¿Qué ocupa el lugar de Dios?
En la primera lectura, el profeta Ezequiel
atraviesa una experiencia profundamente dolorosa: la muerte repentina de su
esposa, “el encanto de sus ojos”. Sin embargo, Dios le pide que no realice las
manifestaciones públicas y acostumbradas del duelo. Es un gesto profético
difícil de comprender, pero relacionado con la tragedia que está a punto de
sufrir Jerusalén: la destrucción del templo, el lugar más amado y venerado por
el pueblo.
No significa que Dios haya dejado de estar presente
ni que prohíba expresar el dolor. El mensaje es otro: el pueblo había
convertido el templo en una falsa seguridad. Pensaba que, por tener un
santuario, nada malo podía sucederle, aunque viviera alejado de la alianza.
Habían amado más el edificio que al Dios que habitaba en medio de ellos. Por
eso, la pérdida del templo revelaría dramáticamente la gravedad de su
infidelidad.
El cántico responsorial lo expresa con palabras muy
fuertes: “Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio
la vida”. El gran pecado del pueblo fue el olvido. No necesariamente habían
dejado de realizar prácticas religiosas, pero Dios ya no ocupaba el centro de
su existencia. Habían cambiado al Señor por otros dioses, otras seguridades y
otros intereses.
También nosotros podemos conservar ciertas
costumbres religiosas y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera.
Podemos venir a la Eucaristía, rezar algunas oraciones y llevar una imagen
religiosa, pero apoyar nuestra vida únicamente en el dinero, el prestigio, las
relaciones, el poder o la comodidad. La Palabra nos pregunta hoy: ¿quién es
realmente la roca sobre la cual estamos construyendo nuestra vida?
El joven del Evangelio también busca una seguridad.
Se acerca a Jesús con una pregunta sincera: “Maestro, ¿qué tengo que hacer de bueno
para obtener la vida eterna?”. Es un buen muchacho: conoce los mandamientos y
asegura haberlos cumplido. No es una persona corrupta ni indiferente. Sin
embargo, siente que todavía le falta algo.
Jesús descubre el verdadero obstáculo de su
corazón: “Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, da el dinero a los pobres
y tendrás un tesoro en el cielo; después, ven y sígueme”. Jesús no le está
imponiendo simplemente una pérdida; le está ofreciendo una relación: “Ven y
sígueme”. Lo llama a cambiar un tesoro limitado por uno eterno, sus seguridades
humanas por la confianza en Dios y la tranquilidad de una vida correcta por la
aventura del discipulado.
Pero el joven se marcha triste porque tenía muchos
bienes. Quería la vida eterna, pero sin soltar aquello que ocupaba el centro de
su corazón. Poseía muchas cosas, pero en realidad eran las cosas las que lo
poseían a él.
También nosotros podemos desear grandes cosas:
seguir más de cerca a Cristo, servir a los necesitados, reconciliarnos con
alguien, responder a una vocación o entregarnos generosamente a una misión. Sin
embargo, retrocedemos cuando el Señor toca nuestras seguridades materiales,
afectivas o psicológicas. Queremos seguirlo, pero sin perder comodidad;
queremos cambiar, pero sin renunciar; queremos la alegría del Evangelio, pero
sin abandonar aquello que nos entristece y esclaviza.
Jesús no pide a todos que abandonen materialmente
todos sus bienes, pero sí nos pide que nada ocupe el lugar que le corresponde a
Dios. La riqueza no es solamente tener dinero. Puede ser también el orgullo, la
necesidad de aprobación, una relación desordenada, el apego a nuestros planes,
el resentimiento o el miedo a cambiar.
Hoy Jesús nos mira y nos dice: “Todavía te falta
una cosa”. Cada uno debe preguntarse: ¿qué me cuesta dejar para seguir al Señor
con mayor libertad? ¿Qué seguridad me impide confiar plenamente en Él? ¿Cuál es
ese “tesoro” sin el cual pienso que no podría vivir?
No nos marchemos tristes como aquel joven.
Permitamos que Cristo nos libere de todo lo que nos posee. Recordemos que
nuestra verdadera roca no son las cosas, los lugares ni las seguridades
humanas. Nuestra roca es Dios, que nos engendró, nos sostiene y nos invita a
encontrar en Él el tesoro que nadie podrá arrebatarnos.
Señor Jesús, danos un corazón libre para
reconocerte como nuestra única riqueza, compartir generosamente con los pobres
y seguirte con alegría por el camino de la vida eterna. Amén.
Vida eterna y perfección
Un
joven se acercó a Jesús y le dijo: «Maestro, ¿qué cosa buena debo hacer para
alcanzar la vida eterna?». Él le respondió: «¿Por qué me preguntas acerca de lo
bueno? Uno solo es el Bueno. Si quieres entrar en la vida, cumple los
mandamientos» (Mt 19,16-17).
Todos
deseamos la vida eterna en el cielo. Hoy, al orar especialmente por nuestros
fieles difuntos, renovamos esta esperanza: la muerte no tiene la última
palabra, porque Cristo ha muerto y resucitado para abrirnos las puertas de la
vida. Pero, además de desear el cielo, debemos preguntarnos: ¿deseamos también
alcanzar la perfección mientras vivimos en la tierra? Y, si es así, ¿estamos
verdaderamente decididos a hacer lo necesario para alcanzarla o nos conformamos
simplemente con ser más o menos buenos? Aquí es donde el joven rico del Evangelio
encontró su dificultad.
La
primera lectura nos presenta una escena profundamente dolorosa. El profeta
Ezequiel recibe este anuncio: «Voy a quitarte repentinamente el encanto de tus
ojos». Su esposa muere y Dios le pide que no realice las manifestaciones públicas
y acostumbradas del duelo. No se trata de que Dios sea indiferente ante su
dolor ni de que esté prohibido llorar por nuestros seres queridos. El gesto de
Ezequiel es un signo profético: anuncia la destrucción del templo de Jerusalén,
“el encanto de los ojos” del pueblo.
Israel
se había acostumbrado a contemplar el templo como una seguridad casi
automática. Pensaba que, mientras conservara el santuario, nada malo podría
sucederle, aunque su corazón se hubiera alejado de Dios. Habían terminado
amando más el templo que al Dios que habitaba en él; se aferraban a una
seguridad religiosa externa, pero habían olvidado vivir la alianza.
Por
eso, el cántico responsorial denuncia la raíz de aquella tragedia:
«Despreciaste a la Roca que te engendró; olvidaste al Dios que te dio la vida».
Este olvido no consiste simplemente en dejar de pensar en Dios. Se puede
asistir al templo, cumplir algunos preceptos y conservar prácticas religiosas
y, al mismo tiempo, vivir como si Dios no existiera. Olvidar a Dios es desplazarlo
del centro del corazón y sustituirlo por otros dioses: el dinero, el poder, la
comodidad, el prestigio o las seguridades humanas.
Esta
misma realidad aparece en el Evangelio. El joven era claramente un fiel
observante de la Ley. Cuando Jesús enumeró los mandamientos como camino hacia
la vida eterna, él respondió: «Todo eso lo he cumplido». Desde el punto de
vista moral, esto es admirable. Revela una sincera devoción a la Ley de Dios y
un compromiso digno de elogio con la justicia.
Sin
embargo, Jesús no vino solamente a confirmar la Ley de Moisés, sino a llevarla
a su plenitud y elevarla. Cuando el joven insistió y preguntó: «¿Qué me falta
todavía?», manifestó un anhelo espiritual más profundo. Aunque había cumplido
fielmente la Ley, presentía que había algo más. En su alma se despertaba el
deseo de una mayor intimidad con Dios.
Es
entonces cuando Jesús le presenta el ideal de la perfección: «Si quieres ser
perfecto…». La obediencia a la Ley es fundamental, pero no constituye la
culminación de la vida espiritual. Jesús nos invita a ir más allá de la simple
obediencia, hacia un discipulado radical, una vida de completo desprendimiento
y entrega de todo corazón.
La
perfección, en este sentido, no consiste en no cometer nunca un error, sino en
alcanzar la plenitud del amor. La meta del discipulado cristiano no se alcanza
solamente evitando el pecado, sino entrando en una relación pura y
transformadora con el Dios uno y trino; una comunión que nos introduce cada vez
más profundamente en el amor divino.
El
joven rico se marchó triste, «porque tenía muchos bienes». Deseaba la vida
eterna e incluso percibía la llamada hacia algo superior a una vida moral
mínima, pero sus apegos le impidieron recorrer el camino de la perfección.
Tenía muchas posesiones, pero aquellas posesiones habían terminado poseyéndolo
a él.
Este
encuentro sagrado nos enseña varias lecciones espirituales importantes. En
primer lugar, la vida eterna comienza con la obediencia —siempre sostenida por
la gracia de Dios—, pero florece mediante la entrega. La primera pregunta que
debemos hacernos, a la luz de este Evangelio, es si podemos, como el joven,
afirmar honestamente que procuramos obedecer los mandamientos de Dios. Sin ese
fundamento, todavía no estamos preparados para preguntar: «¿Qué me falta?».
Por
la gracia de Dios, cuando vivimos una obediencia sincera a los Diez
Mandamientos, estamos preparados para avanzar más profundamente y buscar la
perfección. Y la perfección exige desprendernos de cualquier cosa que compita
con nuestro amor por Cristo. Incluso las realidades buenas o moralmente neutras
pueden convertirse en obstáculos cuando ocupan el lugar de Dios en nuestro
corazón.
Para
el joven rico, el obstáculo era su riqueza material. Jesús contempló su alma,
conoció sus apegos y, con amor, le reveló el camino concreto hacia la comunión
más profunda que deseaba: «Ve, vende lo que tienes, dáselo a los pobres y
tendrás un tesoro en el cielo. Después ven y sígueme».
La
riqueza material no es mala en sí misma; ninguno de los Diez Mandamientos la
condena. Pero la perfección que conduce a una intimidad profunda con Dios exige
algo más que una base moral: exige eliminar todo aquello que compite con el
amor divino. El verdadero discipulado siempre implica una llamada a seguir a
Jesús con un corazón sin reservas.
También
a nosotros Jesús nos pregunta: «¿Qué te falta todavía?». Quizá nuestro
obstáculo no sea el dinero. Puede ser el orgullo, el deseo de controlar a los
demás, una relación desordenada, el apego a nuestra comodidad, el miedo al
cambio, un resentimiento que no queremos abandonar o una tristeza a la que nos
hemos acostumbrado. Cristo no busca empobrecernos, sino liberarnos. No quiere
arrebatarnos la alegría; quiere mostrarnos dónde se encuentra el verdadero
tesoro.
La
muerte de nuestros seres queridos también nos recuerda que llegará el momento
en que deberemos dejarlo todo. Nada material podrá acompañarnos. Solo
permanecerán el amor que hayamos entregado, la fe que hayamos vivido y la
misericordia que hayamos practicado. Al orar hoy por nuestros fieles difuntos,
confiémoslos al Dios que les dio la vida, a la Roca que nunca abandona a sus
hijos. Que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la
plenitud de su Reino.
Reflexionemos
hoy sobre la diferencia entre obedecer los mandamientos de Dios y entregarnos a
Él con un amor radical y sin reservas. Si procuramos cumplir la Ley, ¿qué nos
falta todavía? ¿Qué podría estar pidiéndonos Jesús que abandonemos para
seguirlo con mayor perfección? Pidámosle que nos revele dónde están nuestros apegos
y que nos conceda el valor para no alejarnos tristes, sino seguirlo con alegría
y confianza, adondequiera que Él nos conduzca.
Señor de toda perfección, tu santidad supera toda
comprensión y, sin embargo, bondadosamente me atraes hacia ti, invitándome a
vivir en íntima unión contigo. Muéstrame cualquier obstáculo que dificulte mi
camino hacia ti. Concédeme la gracia y el valor de entregar todo aquello que se
interponga en el camino de la perfección que has colocado en mi alma como su
deseo más profundo.
Recibe también a nuestros fieles difuntos. Perdona sus pecados, purifícalos con tu misericordia y concédeles contemplar eternamente tu rostro. Jesús, confío en ti. Amén.


