Un santo abrigo
Deslumbrado por su
proeza arquitectónica, fascinado por la pompa de los rituales “sagrados”,
Salomón se imagina haber construido para el Eterno una morada “eterna”. Dios,
dócil a la invitación, toma posesión del lugar que, desde ahora, por un tiempo
solamente, albergará su santidad. En Jesús, templo nuevo y definitivo, esa
santidad recupera su libertad y sale al encuentro de los hombres en sus
caminos, bajo la forma de una vida de santidad contagiosa.
Jean-Marc
Liautaud, Fondacio
Primera lectura
1
Re 8, 1-7. 9-13
Acarrearon
el Arca de la Alianza al Santo de los Santos, y la nube llenó el templo del
Señor
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, congregó Salomón a los ancianos de Israel en Jerusalén —todos
los jefes de las tribus y los cabezas de familia de los hijos de Israel ante el
rey—, para hacer subir el Arca de la Alianza del Señor desde la ciudad de
David, Sion.
En torno al rey Salomón se congregaron todos los varones de Israel. En el mes
de etanín, el mes séptimo, por la fiesta, vinieron todos los ancianos de Israel
y los sacerdotes condujeron el Arca e hicieron subir el Arca del Señor y la
Tienda del Encuentro, con todos los objetos sagrados que había en ella.
El rey Salomón y todo Israel, la comunidad de Israel reunida en torno a él ante
el Arca, sacrificaron ovejas y bueyes en número no calculable ni contable.
Los sacerdotes acarrearon el Arca de la Alianza del Señor al santuario del
templo, el Santo de los Santos, a su lugar propio bajo las alas de los
querubines. Estos extendían sus alas sobre el lugar del Arca, cubriendo el Arca
y sus varales.
No había en el Arca más que las dos tablas de piedra que Moisés depositó allí
en el Horeb: las tablas de la alianza que estableció el Señor con los hijos de
Israel cuando salieron
de la tierra de Egipto.
Cuando salieron los sacerdotes del santuario —pues ya la nube había llenado el
templo del Señor—, no pudieron permanecer ante la nube para completar el
servicio, ya que la gloria del Señor llenaba el templo del Señor.
Dijo entonces Salomón:
«El Señor puso el sol en los cielos,
mas ha decidido habitar en densa nube.
He querido erigirte una casa para morada tuya,
un lugar donde habites para siempre».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
131, 6-7. 8-10 (R.: 8a)
R. ¡Levántate,
Señor, ven a tu mansión!
V. Oímos que estaba en
Efratá,
la encontramos en el Soto de Jaar:
entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies. R.
V. Levántate, Señor, ven
a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
que tus sacerdotes se vistan de justicia,
que tus fieles vitoreen.
Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Jesús
proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia del pueblo. R.
Evangelio
Mc
6, 53-56
Los
que lo tocaban se curaban
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, terminada la travesía, Jesús y sus discípulos llegaron a
Genesaret y desembarcaron.
Apenas desembarcados, lo reconocieron y se pusieron a recorrer toda la comarca;
cuando se enteraba la gente dónde estaba Jesús, le llevaba los enfermos en
camillas.
En los pueblos, ciudades o aldeas donde llegaba colocaban a los enfermos en la
plaza y le rogaban que les dejase tocar al menos la orla de su manto; y los que
lo tocaban se curaban.
Palabra del Señor.
Homilía
Hay algo profundamente humano —y, a la vez,
profundamente religioso— en el deseo de “darle casa a Dios”. Construirle un
templo, reservarle un lugar, asegurarle un espacio… Como si lo eterno
necesitara paredes para no escaparse; como si lo sagrado dependiera de nuestras
columnas para seguir siendo sagrado. Eso es lo que asoma en el corazón de
Salomón: un orgullo no necesariamente malo, pero sí peligroso: pensar que, por
la grandeza de la obra, Dios queda “instalado” para siempre y, de algún modo,
“a buen recaudo” en lo que hemos levantado.
1. “He construido una casa para
tu Nombre…”
La primera lectura nos presenta un momento solemne:
el arca de la alianza es llevada al santuario; la nube —signo de la Presencia—
llena el templo; y Salomón proclama: “He construido una casa como morada
para ti” (cf. 1R 8). Es emocionante: Dios acepta habitar en medio de su
pueblo. Pero también es una lección: Dios se deja “recibir”, sí… pero no se
deja “poseer”.
Por eso el salmo pone en nuestros labios una
súplica humilde, no un trofeo: “Levántate, Señor, ven a tu reposo” (Sal
132). Es decir: Señor, ven… porque sin ti, el templo es solo edificio; con
tu presencia, hasta una casa pobre se vuelve santuario.
Y aquí aparece la primera luz para nuestra
intención orante por los difuntos: los seres queridos que ya partieron también
fueron —en su vida— “templos” frágiles. Su cuerpo fue morada de un alma amada
por Dios. Y ahora, al entregarlos al Señor, confesamos que la última casa no
la construimos nosotros: la prepara Él. Nuestra esperanza no está en la
piedra, sino en la fidelidad de Dios.
2. Jesús: el templo que camina
El Evangelio es, en apariencia, sencillo: Jesús
llega a Genesaret, la gente lo reconoce, corren, traen enfermos, suplican tocar
siquiera el borde de su manto… y “todos los que lo tocaban quedaban curados”
(Mc 6,53-56). Pero aquí hay una revolución silenciosa: la santidad ya no está
“encerrada” en un lugar al que hay que ir; la santidad sale al camino.
Ya no es el pueblo el que sube al templo para buscar a Dios; es Dios quien baja
a la historia y se deja encontrar en el camino, en la plaza, en la casa, en la
camilla del enfermo, en la orilla del lago.
Alguien lo dice: en Jesús, la santidad recupera
su libertad. ¡Qué imagen! Como si lo santo se negara a quedarse inmóvil
detrás de muros, y decidiera volverse cercano, accesible, “tocable”. Por eso en
el Evangelio aparece tanto el cuerpo: tocar, acercarse, poner, traer, curar.
Dios no se avergüenza de nuestra carne, ni de nuestras heridas: se deja
tocar por nuestra fe y nos toca con su misericordia.
Y esto también ilumina nuestra oración por los
fieles difuntos: creemos que no han caído en la nada, sino en manos de un Dios
vivo. El mismo Jesús que caminaba por Genesaret, que se dejó tocar y sanó, es
el que hoy los “toma” para sí, los purifica, los restaura, los conduce a la
plenitud.
3. Una “santidad contagiosa”
Hay contagios que enferman y contagios que salvan.
En este Evangelio, la santidad de Jesús es contagiosa: donde Él llega, la
esperanza se enciende; donde Él pasa, la vida se levanta; donde Él se deja
tocar, la muerte retrocede. Y aquí hay una pregunta pastoral inevitable: ¿qué
es lo que “contagiamos” nosotros?
- ¿Contagiamos
fe o cansancio?
- ¿Contagiamos
paz o amargura?
- ¿Contagiamos
misericordia o juicio?
La Iglesia, en el fondo, existe para esto: no para
exhibir edificios o ritos como si fueran fin en sí mismos, sino para llevar
a Cristo vivo a los caminos del hombre, y dejar que su santidad toque la
carne real de la gente: sus miedos, sus duelos, sus enfermedades, sus
soledades.
Por eso, cuando oramos por nuestros difuntos, la
oración no es un trámite piadoso: es un acto de amor y de fe. Es decirles: no
estás solo; sigues en el corazón de la Iglesia; tu nombre sigue siendo
pronunciado ante Dios. Y es decirle a Dios: Señor, yo no puedo atravesar
la frontera de la muerte, pero tú sí; yo no puedo sanar del todo, pero tú sí;
yo no puedo dar eternidad, pero tú sí.
4. Para aterrizarlo en la vida
Me quedo con tres invitaciones concretas para hoy:
1. No “encierres” a Dios. Búscalo en el templo, sí —porque
aquí lo celebramos y lo adoramos—, pero también encuéntralo en el camino: en el
enfermo, en el pobre, en el familiar difícil, en el que está solo.
2. Toca a Jesús con fe. En la Eucaristía, en la Palabra,
en la oración simple: “Señor, si tú quieres, puedes…”. A veces pedimos
soluciones grandes; el Evangelio nos enseña la humildad de un gesto: “déjame
tocar el borde”.
3. Recuerda a tus difuntos con
esperanza. No solo
con nostalgia. La nostalgia mira hacia atrás; la esperanza mira hacia arriba.
Pon sus nombres en manos de Dios; ofrece una misa; haz una obra de caridad por
ellos; reconcíliate con alguien por amor a ellos. Eso también es “santidad
contagiosa”.
Oración final (por los fieles
difuntos)
Señor
Jesús,
Templo vivo del Padre, presencia que camina con nosotros,
hoy te confiamos a nuestros fieles difuntos.
Tú conoces sus luchas, sus cansancios, sus caídas y sus anhelos.
Si en la vida te tocaron con fe —aunque fuera apenas el borde de tu manto—,
ahora tócalos tú con la plenitud de tu misericordia.
Dales
descanso en tu paz,
purifica en tu amor lo que quedó incompleto,
y condúcelos a la casa verdadera que no se derrumba:
tu Corazón. Amén.
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