Testigo de la fe:
Santa Águeda, virgen y mártir
Nacida
en Sicilia en el siglo III, consagró su vida a Cristo desde muy joven. Durante
la persecución del emperador Decio, permaneció firme en su fe y rechazó toda
renuncia al Evangelio, aun a costa de crueles tormentos. Su testimonio luminoso
une la valentía y la ternura, la fidelidad y la entrega total. Mártir del amor
y de la libertad interior, Santa Águeda nos recuerda que nada puede separarnos
de Cristo cuando el corazón está anclado en Él.
Para venir al mundo
(Mc 6, 7-13)
Jesús
envía a sus discípulos por los caminos, del mismo modo que María se puso en
camino para la Visitación. Los envía de dos en dos y los envía pobres,
despojados de todo. De todo… excepto de Aquel que ya habita en ellos. Como
María, que llevaba en su seno al Dios hecho carne, los discípulos llevan dentro
al Señor para entregarlo al mundo.
No cargan provisiones
ni seguridades: sólo un bastón —la fe que sostiene el caminar— y unas sandalias
—la prontitud para anunciar el Evangelio de la paz—. Salen como sale Dios:
confiando, vulnerables, disponibles. Salen para encontrarse con el mundo tal
como es y para descubrir, en la experiencia de la misión, la hospitalidad que
Dios mismo ha sembrado en el corazón humano.
Primera lectura
Yo emprendo
el camino de todos. Ten valor, Salomón, y sé hombre
Lectura del primer libro de los Reyes.
SE acercaban los días de la muerte de David y este aconsejó a su hijo Salomón:
«Yo emprendo el camino de todos. Ten valor y sé hombre. Guarda lo que el Señor
tu Dios manda guardar siguiendo sus caminos, observando sus preceptos, órdenes,
instrucciones y sentencias, como está escrito en la ley de Moisés, para que
tengas éxito en todo lo que hagas y adondequiera que vayas. El Señor cumplirá
así la promesa que hizo diciendo: “Si tus hijos vigilan sus pasos, caminando
fielmente ante mí, con todo su corazón y toda su alma, no te faltará uno de los
tuyos sobre el trono de Israel”».
David se durmió con sus padres y lo sepultaron en la Ciudad de David.
Cuarenta años reinó David sobre Israel; siete en Hebrón y treinta y tres en
Jerusalén.
Salomón se sentó en el trono de David su padre y el reino quedó establecido
sólidamente en su mano.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Tú eres
Señor del universo.
V. Bendito
eres, Señor, Dios de nuestro padre Israel,
por los siglos de los siglos. R.
V. Tuyos son,
Señor, la grandeza y el poder,
la gloria, el esplendor, la majestad,
porque tuyo es cuanto hay en cielo y tierra. R.
V. Tú eres rey
y soberano de todo.
De ti viene la riqueza y la gloria. R.
V. Tú eres
Señor del universo,
en tu mano está el poder y la fuerza,
tú engrandeces y confortas a todos. R.
Aclamación
V. Está cerca
el reino de Dios; conviértanse y crean en el Evangelio. R.
Evangelio
Los fue
enviando
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, Jesús llamó a los Doce y los fue enviando de dos en dos,
dándoles autoridad sobre los espíritus inmundos. Les encargó que llevaran para
el camino un bastón y nada más, pero ni pan, ni alforja, ni dinero suelto en la
faja; que llevasen sandalias, pero no una túnica de repuesto.
Y decía:
«Quédense en la casa donde entren, hasta que se vayan de aquel sitio. Y si un
lugar no los recibe ni los escucha, al marcharse sacudan el polvo de los pies,
en testimonio contra ellos».
Ellos salieron a predicar la conversión, echaban muchos demonios, ungían con
aceite a muchos enfermos y los curaban.
Palabra del Señor.
1
Hermanos, la Palabra de Dios de hoy nos pone en un
cruce de caminos muy concreto: la herencia de la fe (David que se
despide), la soberanía de Dios (el salmo que bendice al Señor como dueño
de todo) y la misión (Jesús que envía). Y, como luz encendida en medio
del camino, la memoria de Santa Águeda, mujer joven que sostuvo su “sí”
a Cristo hasta el final.
1) “Sé fuerte y pórtate como un
hombre”: la fortaleza según Dios (1R 2,1-4.10-12)
La primera lectura nos presenta a David en sus
últimas horas, hablando a Salomón como un padre que entrega lo esencial. Le
dice: “Sé fuerte… guarda los preceptos del Señor… camina por sus caminos”.
No es un consejo moralista ni un discurso de despedida para quedar bien. Es una
transmisión de lo que sostiene la vida: si Dios está en el centro, todo
encuentra su lugar.
Y aquí conviene aclarar: cuando la Escritura dice
“pórtate como un hombre”, no está hablando de machismo ni de fuerza bruta.
Habla de madurez espiritual, de esa firmeza interior que no se compra,
que no depende del aplauso, que no se derrumba con la crítica. David está
diciendo: “Hijo, lo que te hará rey no es el poder; lo que te hará rey es la
obediencia a Dios”.
Eso también vale para nosotros: la misión de la
Iglesia no se sostiene con estrategias únicamente, sino con hombres y
mujeres enraizados en Dios, con corazón fiel, con vida coherente.
2) “Tuyo es el poder y la
gloria”: la misión nace de la alabanza (Sal 1Cro 29)
El salmo —tomado de 1 Crónicas— es como un himno
que pone orden en el alma:
“Tuyo, Señor, es el poder, la grandeza… tuyas son la riqueza y la gloria”.
¡Qué medicina para nuestro tiempo! Porque cuando
uno se cree dueño, se agota; cuando uno se cree salvador, se amarga; cuando uno
se cree imprescindible, se endurece. Pero cuando el corazón vuelve a decir: “Señor,
todo es tuyo”, entonces la misión se vuelve ligera, libre, fecunda.
Evangelizar no es “imponer mi idea”, ni “defender
mi imagen”, ni “asegurar mi éxito”. Evangelizar es prestarle a Dios la voz,
el corazón, los pies y las manos, para que Él siga saliendo al encuentro de
su pueblo.
3) “Los envió de dos en dos… y
les dio autoridad” (Mc 6,7-13)
En el Evangelio Jesús hace tres cosas, y ahí está
la escuela del discípulo:
a) Los llama.
Antes de enviarlos, los reúne. La misión no empieza en la calle: empieza en el encuentro
con Jesús. Si no hay oración, si no hay escucha, si no hay Eucaristía, la
actividad termina siendo ruido.
b) Los envía de dos en dos.
Jesús conoce nuestra fragilidad: solos nos cansamos, nos desanimamos, nos
volvemos duros o nos volvemos tibios. En cambio, en comunión, nos sostenemos.
La misión es comunitaria: nadie evangeliza “por su cuenta”.
Y esto toca de lleno nuestra pastoral vocacional: las vocaciones nacen y
crecen donde hay comunidad que acompaña, donde hay hermanos que animan, donde
hay Iglesia que cuida.
c) Les manda ir ligeros: sin pan, sin alforja, sin
dinero…
¿Por qué? Porque el misionero no puede apoyarse en seguridades que sustituyan a
Dios. No es romanticismo: es pedagogía del Espíritu. Jesús está diciendo: “No
te apoyes en lo que tienes; apóyate en el Padre. No confíes en tus recursos;
confía en mi gracia”.
Y les da algo fundamental: autoridad sobre el
mal.
Esa autoridad no es arrogancia ni espectáculo: es la fuerza del Evangelio
vivido. Donde entra la verdad, retrocede la mentira. Donde entra el perdón,
se rompe la cadena del rencor. Donde entra la caridad, el mal pierde terreno.
Por eso el Evangelio describe una misión muy
concreta: predicar conversión, expulsar demonios, ungir enfermos y curar.
Es decir: palabra que despierta, presencia que libera, misericordia que sana.
4) Santa Águeda: una vocación
vivida hasta el extremo
Hoy la Iglesia nos pone delante a Santa Águeda,
virgen y mártir. Ella es un “Evangelio vivido”. Joven, frágil ante los ojos del
mundo, pero fuerte en el Señor. Su cuerpo fue amenazado, su dignidad fue
golpeada, su fe fue puesta a prueba… y aun así no negoció su pertenencia a
Cristo.
Águeda nos enseña que la vocación no es un adorno:
es un camino de amor fiel, a veces costoso, siempre fecundo. Ella
evangelizó sin micrófonos, sin plataformas, sin aplausos: evangelizó con la
fuerza de una vida entregada.
Y qué importante es decirlo hoy: necesitamos
vocaciones valientes —sacerdotales, religiosas, misioneras, matrimoniales,
laicales comprometidas—, vocaciones que no huyan cuando el ambiente se vuelve
hostil, vocaciones que sostengan la esperanza del pueblo.
5) Aplicación pastoral: tres
llamadas para hoy
Hoy el Señor nos deja tres invitaciones muy claras:
1. Vuelve a la fuente: deja que Jesús te llame a estar
con Él.
Sin oración, la misión se apaga.
2. Camina acompañado: “de dos en dos”.
Busca comunión, trabaja en equipo, cultiva la fraternidad.
3. Ve ligero: suelta lo que estorba.
Menos cargas, menos miedos, menos “yo controlo”, y más confianza.
Y en nuestra intención orante: pidamos por la
obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que Dios suscite
obreros para su mies. Que despierte corazones generosos. Que nuestros jóvenes
se atrevan a preguntar: “Señor, ¿qué quieres de mí?”, y que encuentren
comunidades que los acompañen con ternura y verdad.
Oración final
Señor Jesús, que llamas y envías,
purifica nuestras motivaciones y renueva nuestra alegría misionera.
Haznos pobres de orgullo y ricos de fe;
ligeros de equipaje y ardientes de Evangelio.
Suscita en tu Iglesia vocaciones santas y valientes:
sacerdotes según tu Corazón, consagrados fieles, familias luminosas,
laicos comprometidos que sean sal y luz.
Por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba
y fidelidad hasta el final. Amén.
2
Hermanos,
la Palabra de hoy tiene una música interior muy clara: Dios llama, Dios envía, Dios sostiene.
Vemos a David despidiéndose, vemos al pueblo bendiciendo al Señor como dueño de
todo, y vemos a Jesús enviando a los Doce con autoridad y pobreza evangélica.
Y, en medio, la figura luminosa de Santa
Águeda, que no solo “fue enviada”: se dejó consumir por la fidelidad a Cristo.
1)
La herencia que no se guarda en un cofre: se vive (1 Re 2, 1-4.10-12)
La
primera lectura nos lleva al final de la vida de David. En su despedida no
reparte bienes, reparte lo más valioso: una orientación para el alma. Le dice a
Salomón: “Sé fuerte…
guarda lo que manda el Señor… camina por sus caminos”. No es un
mandato frío; es la experiencia de un hombre que entendió, a veces a golpes,
que el corazón humano se pierde cuando se apoya en sí mismo, y se encuentra
cuando se apoya en Dios.
La
Escritura nos está diciendo: la
misión no se improvisa. Antes de enviar, Dios forma. Antes de pedir
frutos, Dios siembra raíces. Por eso, la evangelización auténtica no nace de la
ocurrencia del momento, sino de una vida que aprende a caminar “por los caminos
del Señor”.
Y
hoy, para la obra evangelizadora de la Iglesia, esta palabra es decisiva: no evangelizamos desde la
autosuficiencia, sino desde una fidelidad concreta a Dios. La
mayor herencia que podemos dejar —a una comunidad, a una familia, a un grupo
apostólico— no es solo una estructura o un proyecto, sino una manera de vivir: amar la voluntad de Dios y permanecer en
ella.
2)
La misión descansa en una certeza: “todo es tuyo, Señor” (Sal 1 Crón 29)
El
salmo es una gran respiración de fe:
“Tuyos son, Señor, la
grandeza y el poder… tuyas son la riqueza y la gloria”.
Esta
alabanza pone en su sitio aquello que nos tienta en toda misión: el deseo de
controlar, de figurar, de apropiarnos de resultados. Cuando uno se cree
“propietario” de la obra, se vuelve duro. Cuando uno se cree “salvador”, se
agota. Cuando uno se cree “indispensable”, se amarga.
Pero
cuando la Iglesia ora de verdad —“Señor, todo es tuyo”— entonces el corazón se
vuelve humilde, libre y
fecundo. Se trabaja mejor, se sufre mejor, se sirve mejor. Y,
sobre todo, se entiende que la
evangelización es de Dios: nosotros somos instrumentos, no
dueños; sembradores, no ídolos.
3)
Jesús envía a los Doce: pobreza, comunión y autoridad (Mc 6,7-13)
El
Evangelio nos muestra un momento crucial: los Doce dejan de ser solo “alumnos”
y pasan a ser enviados.
Jesús los llama y los envía de
dos en dos, y les da autoridad
sobre los espíritus impuros.
a) De dos en dos: porque la misión es comunión
Jesús conoce la fragilidad humana. Sabe que, solos, nos desanimamos, exageramos
el éxito o nos hundimos con el rechazo. En cambio, cuando vamos con un hermano,
la misión se humaniza: nos corregimos, nos sostenemos, nos recordamos el motivo
por el que empezamos. Nadie evangeliza “por su cuenta”. La obra de Dios se
construye en Iglesia, en comunidad.
Esto
vale también para las vocaciones: donde hay fraternidad, acompañamiento y vida
comunitaria real, las
vocaciones florecen. Donde todo recae en una sola persona, se
quema el corazón, y la obra se resiente.
b) “No lleven nada… solo un bastón”: para aprender
Providencia
Jesús los manda ligeros. No es falta de realismo: es una escuela de libertad.
Les está diciendo: “No confíen primero en los medios; confíen primero en el
Padre”. La misión se vuelve estéril cuando el misionero se llena de seguridades
humanas y se vacía de Dios.
Y
aquí hay una enseñanza pastoral muy fina: no se trata de despreciar la
organización o los recursos; se trata de que los recursos no sustituyan la fe. La
Iglesia organiza, sí. Planifica, sí. Pero nunca puede perder el estilo del
Evangelio: sencillez, confianza, disponibilidad.
c) “Quédense en la casa… y si no los reciben, sacudan el
polvo”
Qué realista es Jesús: habrá puertas abiertas y puertas cerradas. Él enseña una
actitud que hoy necesitamos mucho: perseverar
donde hay acogida y no
amargarnos donde hay rechazo. “Sacudir el polvo” no es odio ni
venganza; es libertad interior. Es decir: “No cargo resentimiento; no vivo
atrapado en la frustración; sigo adelante”.
En
tiempos donde la fe a veces es recibida con indiferencia o burla, esta palabra
es medicina: el discípulo no se define por el éxito social, sino por la
fidelidad. El rechazo no debe volvernos agresivos, ni la acogida debe volvernos
soberbios.
d) La autoridad: no para lucirse, sino para liberar
Jesús les da autoridad sobre el mal. Y el Evangelio muestra los frutos: predican conversión, expulsan demonios, ungiendo con aceite curan a los enfermos.
No es teatro; es Reino de Dios irrumpiendo.
Y
aquí conviene ampliar, esa autoridad no se reduce al exorcismo formal. Cada
cristiano, viviendo en gracia, practicando la caridad, defendiendo la verdad,
perdonando, resistiendo la mentira, participa
de la victoria de Cristo sobre el mal. Hay demonios que se
alimentan del odio, de la división, de la pornografía, del alcoholismo, de la
desesperanza, de la mentira normalizada… y se debilitan cuando una vida se
vuelve evangélica.
Muchas
veces no expulsamos demonios con gritos, sino con santidad cotidiana: una
palabra honesta, una paciencia heroica, una reconciliación, una fidelidad en lo
escondido, una presencia que trae paz.
4)
Santa Águeda: el Evangelio encarnado en una mujer valiente
La
memoria de hoy nos pone a Santa
Águeda como espejo de esta misión. Águeda no fue “misionera
itinerante” como los Doce, pero vivió la misión en su forma más radical: dar testimonio de Cristo hasta la sangre.
Joven, vulnerable ante el poder, pero invencible por dentro, porque su
fortaleza no venía de ella: venía del Señor.
Águeda
nos enseña dos cosas esenciales para la evangelización:
·
Que
la fe no se negocia cuando se trata de la dignidad y de la verdad.
·
Que
la fuerza del cristiano no está en dominar, sino en permanecer fiel.
En
un mundo que presiona para acomodar el Evangelio, ella nos recuerda: el
Evangelio no se acomoda; se
vive. Y esa vida, aunque cueste, fecunda a la Iglesia.
5)
Llamados hoy: conversión, unión con Cristo, misión
Este
evangelio nos deja dos preguntas que vale la pena convertir en examen de
conciencia pastoral:
1.
¿He abrazado yo mismo la conversión?
¿Estoy dejando que Jesús me cambie, o solo hablo de Dios sin dejarme tocar por
Dios?
2.
¿Dejo que mi unión con Cristo me equipe para la
misión?
¿Mis palabras y mis gestos transmiten gracia? ¿Mi presencia trae paz? ¿O llevo
cansancio, queja, dureza?
Si
respondemos con sinceridad, la misión se purifica. Y la Iglesia evangeliza
mejor cuando se evangeliza primero a sí misma: cuando vuelve al Evangelio con
humildad.
Oración
final
Señor Jesús, Tú llamaste a los Doce, los formaste en la
verdad y en la gracia, y los enviaste en tu Nombre.
Atráenos hacia Ti, conviértenos de corazón, y haznos instrumentos dóciles de tu
amor.
Sostén la obra evangelizadora de tu Iglesia: renueva el ardor misionero, cura
nuestros cansancios, purifica nuestras intenciones.
Suscita vocaciones santas y valientes: sacerdotes según tu Corazón, consagrados
fieles, familias luminosas, laicos comprometidos.
Y por intercesión de Santa Águeda, concédenos fortaleza en la prueba y
fidelidad en la misión.
Jesús, en Ti confío. Amén.
¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨¨
Santa Águeda:
5 de febrero: Santa Águeda, virgen y mártir—Memoria
c. 231–c. 251
Patrona de los pacientes con cáncer de mama, de los mártires, de las víctimas
de violación, de los fundidores de campanas y de los panaderos
Invocada contra los terremotos, los desastres naturales y los incendios
Canonización anterior a la Congregación, confirmada posteriormente por el papa
san Gregorio Magno, siglo VII.
Cita:
Oh Señor, que me hiciste y me creaste, y me has guardado desde mi infancia,
… que me quitaste el amor del mundo, que guardaste mi cuerpo de toda
contaminación, que me hiciste vencer los tormentos del verdugo, el hierro, el
fuego y las cadenas, que me diste la virtud de la paciencia en medio de los
tormentos, te ruego que recibas mi espíritu.
~Breviario Romano de 1529
Reflexión:
Como ocurre con muchos de los mártires más antiguos
y venerados de nuestra Iglesia, se sabe muy poco sobre la vida y la muerte de
santa Águeda. Nació en Palermo o en Catania, Sicilia, hacia el año 231, y murió
con muerte de mártir en Catania hacia el año 251, durante la persecución de los
cristianos ordenada por el emperador romano Decio. La devoción temprana hacia
ella queda atestiguada por el hecho de que es una de las siete vírgenes
mártires mencionadas en el Canon Romano (Plegaria eucarística I del Misal
actual). Desde los siglos V o VI han surgido otros detalles, himnos, obras de
arte y relatos sobre su vida y su muerte. Sin embargo, gran parte de lo que se
escribe sobre ella apareció siglos después, lo cual deja en duda su exactitud
histórica.
Según esas tradiciones posteriores, Águeda nació en
una familia noble y rica. A los quince años hizo voto de virginidad, eligiendo
consagrarse a sí misma y a sus bienes únicamente a Cristo, su divino Esposo.
Por ser muy hermosa y rica, el prefecto romano local, Quintianus, quiso tomarla
por esposa por motivos impuros y para apropiarse de sus riquezas. Ella rechazó
todos sus intentos.
Cuando el emperador Decio promulgó un decreto en el
año 250 exigiendo que todos los ciudadanos ofrecieran sacrificios a los dioses
romanos, Quintianus tuvo una idea. Decidió que, si arrestaba a Águeda y la
amenazaba con tortura y muerte, ella renunciaría a su fe católica y aceptaría
su propuesta de matrimonio. En lugar de eso, ella profundizó su devoción a
Cristo y lo rechazó nuevamente, diciendo: “Si me amenazas con fieras, sabe que
al Nombre de Cristo se vuelven mansas; si usas el fuego, del cielo los ángeles
dejarán caer sobre mí un rocío sanador.”
Ante otro fracaso en su intento de arrebatarle la
pureza, Quintianus ideó otro plan. Encerró a Águeda en el burdel de la ciudad,
pensando que perdería allí su virginidad y luego cambiaría de parecer. Sin
embargo, ella permaneció firme en su pureza y en su fe en aquel ambiente impío.
Después de un mes en el burdel, Águeda fue citada
de nuevo ante Quintianus. Lleno de furia, la amenazó con tortura y muerte. Ella
lo enfrentó con valentía y se mantuvo en paz, irradiando alegría ante la
oportunidad de sufrir por Cristo. Su actitud serena y gozosa enfureció aún más
a Quintianus, de modo que mandó estirarla en el potro, desgarrarle la carne con
garfios de hierro, quemarla con antorchas y azotarla. Finalmente, el enfermo y
diabólico Quintianus ordenó que le retorcieran y desgarraran los pechos y luego
se los cortaran. Ante esto, Águeda respondió: “Tirano cruel, impío y sacrílego,
¿no sientes vergüenza de torturar a una mujer en sus pechos, tú que del pecho
de una madre tomaste tu primer alimento? Puedes destruir mi cuerpo, pues es
débil y perecedero; pero mi alma, consagrada desde mi infancia a su Salvador,
no puedes alcanzarla ni destruirla.” Tras ser devuelta a prisión en ese estado
mutilado, Águeda vio aparecerse a san Pedro, quien sanó milagrosamente sus
heridas con amor de padre. Entonces la celda se llenó de luz, lo cual asustó y
confundió a los guardias.
Cuatro días después, Quintianus volvió a convocarla.
Cuando ella se presentó ante él curada de sus heridas, Quintianus quedó
atónito, pero su corazón permaneció obstinado. Esta vez la despojó de sus
vestidos y la obligó a rodar sobre carbones encendidos y piedras afiladas. Pero
la ira de Dios se manifestó y hubo un terremoto. Parte del edificio en el que
estaban se derrumbó y mató a dos de los compañeros de Quintianus. El pueblo se
indignó por lo que Quintianus había hecho con Águeda y lo culpó del terremoto.
Una vez más, Quintianus no cedió. De vuelta en la prisión, Águeda oró y entregó
su espíritu al Señor, quien la recibió en su morada celestial.
Es impactante de lo que las personas son capaces.
Algunos son capaces de los actos más horribles, diabólicos y egoístas. Otros
son capaces de soportar esos males por amor a Cristo con paz, fortaleza y
alegría. Independientemente de la exactitud histórica de los detalles de la
vida y muerte de santa Águeda, el relato transmitido revela el potencial de
todo corazón humano. Tenemos el potencial de ser grandes pecadores, el
potencial de ser grandes santos, o de quedarnos en algún punto intermedio. Deja
que el testimonio de Quintianus llene tu corazón de un santo temor al pecado y
que el testimonio de santa Águeda te saque de ese “punto intermedio”. Su
valentía y su fidelidad inquebrantable a Cristo han iluminado el camino de
innumerables personas a lo largo de los siglos. Un día, en el Cielo,
encontraremos a la verdadera santa Águeda y nos alegraremos al contemplar la
belleza y la pureza de su alma. Busca que tu alma irradie esa misma gloria por
la gracia de Dios y por tu fidelidad a su santa voluntad.
Oración:
Santa
Águeda, ofreciste tu vida a Cristo, tu divino Esposo, y fuiste fiel hasta tu
último aliento. Ruega por mí, para que aprenda del testimonio de tu vida a ser
íntegro en mi fidelidad a la voluntad de Dios y a estar consagrado a Él por
encima de todos los temores y males de la tierra, confiando en Él hasta el
final. Santa Águeda, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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