sábado, 7 de febrero de 2026

8 de febrero del 2026: Quinto domingo del tiempo ordinario- ciclo A

 

Sal y luz

El Evangelio de hoy forma parte del discurso de Jesús en la montaña. Sigue al Evangelio de las Bienaventuranzas, que es una llamada a la felicidad: «¡Felices ustedes!».
A los discípulos reunidos a su alrededor para escucharlo, el Señor no les dice: «Conviértanse en la sal de la tierra… conviértanse en la luz del mundo». Les dice: «Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».
Es decir, en el corazón de este mundo, son los granos de sal que revelan a cada hombre y a cada mujer el sabor de la vida, el gusto de ser discípulos del Señor Jesús.

En el relato de los comienzos, en el libro del Génesis, se nos cuenta que la primera palabra de Dios fue para hacer surgir la luz: «“Que exista la luz”. Y la luz existió. Dios vio que la luz era buena» (Gn 1,3-4).

El Señor nos llama a compartir lo que Él mismo es: «Yo soy la luz del mundo. El que me sigue no camina en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida» (Jn 8,12).

Ser la luz de Cristo es “estar con Él” y actuar a su manera: compartir nuestro pan con el que tiene hambre, acoger en nuestra casa a los pobres sin techo, cubrir al que no tiene vestido, no desentendernos de nuestro semejante. Entonces —dice el profeta Isaías— nuestra luz brotará como la aurora.

El apóstol Pablo lo afirma: los hombres y mujeres de este mundo que vean esta luz en nosotros darán gloria a nuestro Padre que está en los cielos.

¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo en mi vida a los más pobres?
¿Soy consciente de estar llamado, como discípulo de Jesús, a ser sal de la tierra y luz del mundo?

Anne Da, xavière


 

Primera lectura

Is 58, 7-10
Surgirá tu luz como la aurora

Lectura del libro de Isaías

ESTO dice el Señor:
«Parte tu pan con el hambriento,
hospeda a los pobres sin techo,
cubre a quien ves desnudo
y no te desentiendas de los tuyos.
Entonces surgirá tu luz como la aurora,
enseguida se curarán tus heridas,
ante ti marchará la justicia,
detrás de ti la gloria del Señor.
Entonces clamarás al Señor y te responderá;
pedirás ayuda y te dirá: “Aquí estoy”.
Cuando alejes de ti la opresión,
el dedo acusador y la calumnia,
cuando ofrezcas al hambriento de lo tuyo
y sacies al alma afligida,
brillará tu luz en las tinieblas,
tu oscuridad como el mediodía».

Palabra de Dios.


Salmo

Sal 111, 4-5. 6-7. 8a y 9 (R.: cf. 4a)

R. El justo brilla en las tinieblas como una luz.

O bien:

R. Aleluya.

V. En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.
Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos. 
R.

V. Porque jamás vacilará.
El recuerdo del justo será perpetuo.
No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor. 
R.

V. Su corazón está seguro, sin temor.
Reparte limosna a los pobres;
su caridad dura por siempre
y alzará la frente con dignidad. 
R.


Segunda lectura

1 Cor 2, 1-5

Les anuncié el misterio de Cristo crucificado

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios

YO mismo, hermanos, cuando vine a ustedes a anunciarles el misterio de Dios, no lo hice con sublime elocuencia o sabiduría, pues nunca entre ustedes me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado.
También yo me presenté a ustedes débil y temblando de miedo; mi palabra y mi predicación no fue con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu, para que su fe no se apoye en la sabiduría de los hombres, sino en el poder de Dios.

Palabra de Dios.


Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.


V. Yo soy la luz del mundo —dice el Señor—; el que me sigue tendrá la luz de la vida. R.


Evangelio

Mt 5, 13-16

Ustedes son la luz del mundo

Lectura del santo Evangelio según san Mateo

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?
No sirve más que para tirarla y que la pise la gente.
Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte.
Tampoco se enciende una lámpara para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa.
Brille así su luz ante los hombres, para que vean sus buenas obras y den gloria a su Padre que está en los cielos».

Palabra del Señor.

 

1

 

“Ustedes son: identidad, no tarea”

 

Queridos hermanos,

El Evangelio de hoy se sitúa inmediatamente después de las Bienaventuranzas. Jesús acaba de proclamar: «Felices ustedes», y sin dar tiempo a que esa felicidad se vuelva abstracta, la traduce en identidad y misión:
«Ustedes son la sal de la tierra… ustedes son la luz del mundo».

Jesús no dice: “esfuércense por llegar a ser”, ni “algún día, si lo hacen bien”.
Dice algo mucho más exigente y, al mismo tiempo, más consolador:
👉 ustedes ya lo son.

1. No “convertirse”, sino “vivir lo que somos”

Aquí está el punto decisivo del Evangelio de hoy.
La fe cristiana no comienza con una lista de tareas, sino con una identidad recibida.
Somos sal y somos luz porque hemos sido llamados, reunidos y enviados por Cristo.

El problema no es que no sepamos qué hacer; el problema es cuando olvidamos quiénes somos.
Un cristiano no pierde su misión cuando fracasa, sino cuando se acostumbra a vivir como si no fuera diferente, como si su fe no tuviera sabor ni brillo.

2. La luz: una historia que comienza en Dios

La primera palabra de Dios en la Biblia no fue una orden moral, sino un acto creador:
«Que exista la luz».

Antes de que existiera el pecado, antes de la ley, antes incluso del ser humano… existió la luz.
Y Jesús retoma esa historia cuando dice:
«Yo soy la luz del mundo».

Por eso, ser luz no es producir algo propio, sino reflejar una presencia.
El cristiano no ilumina porque sea perfecto, sino porque está con Cristo. La luz no es nuestra; pasa a través de nosotros.

3. Isaías: cuando la fe se vuelve concreta (Is 58)

Isaías pone los pies en la tierra. No habla de teorías ni de emociones religiosas. Habla de gestos:

  • compartir el pan con el hambriento,
  • acoger al pobre sin techo,
  • vestir al desnudo,
  • no desentenderse del hermano.

Y entonces aparece la promesa:
«Tu luz brotará como la aurora».

Fijémonos bien:
👉 la luz no brota antes, brota después del gesto de misericordia.
La fe que no se hace concreta se vuelve opaca.
La fe que se hace caridad se vuelve luminosa.

4. San Pablo: menos brillo humano, más poder de Dios (1 Co 2)

Pablo confiesa que no quiso apoyarse en discursos brillantes ni en estrategias persuasivas.
¿Por qué?
Porque la fe no nace del impacto del predicador, sino de la fuerza de Dios.

Esto es una llamada muy actual para la Iglesia:
no estamos llamados a impresionar, sino a transparentar;
no a deslumbrar, sino a iluminar;
no a ocupar el centro, sino a conducir al Padre.

5. El fruto: dar gloria al Padre

Jesús es claro:
«Que vean sus buenas obras y glorifiquen al Padre que está en los cielos».

El criterio es sencillo y exigente:
si después de vernos, la gente habla más de nosotros que de Dios, algo no va bien.
La luz cristiana no busca aplausos; busca conducir a Dios.

6. Preguntas que nos deja el Evangelio

  • ¿He hecho la experiencia de dar gloria al Padre acogiendo a los más pobres en mi vida concreta?
  • ¿Soy consciente de que ser discípulo de Jesús implica ser sal y luz en el corazón del mundo, no al margen de él?

No se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir de manera extraordinaria lo ordinario:
una palabra justa, una ayuda silenciosa, una presencia fiel, un pan compartido, una puerta abierta.

7. Conclusión

Hermanos,
la sal no hace ruido, pero cambia el sabor.
La luz no se impone, pero vence la oscuridad.

Jesús hoy no nos da una tarea más:
👉 nos recuerda quiénes somos.

Pidámosle la gracia de no perder el sabor del Evangelio
y de no esconder la luz que Él ha encendido en nosotros.

Amén.

 

2

 

1) Puerta de entrada

Hermanos, el Evangelio de hoy trae una palabra breve, casi cortante: “Ustedes son la sal de la tierra” (Mt 5,13). Y enseguida una advertencia que inquieta: “si la sal se vuelve sosa…”.
¿Cómo puede la sal perder su sabor? La experiencia cotidiana nos dice que la sal es estable. Pero Jesús no habla de química: habla de vida espiritual.

Se dice que en Palestina la “sal” que se obtenía del entorno del Mar Muerto venía mezclada con minerales; si se almacenaba mal o se humedecía, lo verdaderamente “salado” podía disolverse y quedar un residuo que parecía sal… pero ya no servía para nada.

Esa imagen es durísima y real: parecer cristianos, tener apariencia de sal… pero haber perdido lo esencial.


2) Clave bíblica: ¿qué significa ser “sal”?

Jesús, después de proclamar las Bienaventuranzas, nos revela que el discípulo está llamado a ser tres cosas en el mundo:

1.    Sabor (dar gusto a la vida)

2.    Conservación (preservar de la corrupción)

3.    Pureza/consagración (ofrecer a Dios un mundo más santo)

No son ideas abstractas: se aterrizan en las lecturas de hoy.


3) La sal que da sabor: el Evangelio como alegría y verdad

La primera función de la sal es dar sabor.
El mundo puede quedar insípido cuando se vive sin horizonte, sin sentido, sin verdad, sin esperanza. El discípulo de Jesús está llamado a poner “sabor” con la verdad del Evangelio y la alegría de pertenecer a Cristo.

Aquí conviene una pregunta pastoral:

  • ¿Qué sabor deja mi vida en los demás: amargura, crítica, cansancio… o esperanza, paz, misericordia?

Porque el cristiano no “predica” solo con palabras: la vida misma deja gusto.


4) La sal que preserva: un freno a la decadencia moral

La segunda función de la sal, sobre todo antes de las neveras, era conservar. La sal impedía la corrupción.

Y aquí el Evangelio se vuelve profecía: Jesús nos pide ser un “preservante” frente a la descomposición espiritual: la mentira normalizada, la violencia verbal, el desprecio del débil, la corrupción, la infidelidad, la sexualización sin amor, el “todo vale”.

Ser sal es no dejar que el alma se pudra: ni la propia, ni la del ambiente que tocamos.
Pero si el discípulo se “diluye”, si se vuelve indistinguible, si se vuelve “aguado”, entonces no preserva nada. Se vuelve un residuo que aparenta… y no transforma.


5) La sal de la pureza: consagración y alianza (Lv 2,13)

En la liturgia de Israel la sal era signo de alianza y consagración: “no dejarás que falte la sal de la alianza” (Lv 2,13).
La sal “purifica” la ofrenda: la preserva, la guarda, la hace digna.

Aquí aparece una dimensión preciosa del discipulado: ser sal es vivir con integridad, con un corazón unificado, sin doblez, sin “impurezas” que quitan el sabor: el orgullo, la hipocresía, la doble vida, la comodidad espiritual.

Hay “minerales” que se mezclan con nuestra fe y la vuelven insípida:

  • el miedo a quedar mal,
  • el deseo de agradar a todos,
  • el conformismo,
  • el “así es el mundo”,
  • el “yo soy así”, como excusa para no cambiar.

6) Isaías: el modo concreto de no perder el sabor (Is 58,7-10)

La primera lectura nos dice cómo se mantiene la sal viva: con caridad concreta.
Isaías no se queda en lo devocional; baja al cuerpo y al pan:

  • compartir el pan con el hambriento
  • acoger al pobre sin techo
  • vestir al desnudo
  • no desentenderse del hermano

Y entonces viene la promesa:
“tu luz brotará como la aurora”.

Nota el orden: primero misericordia, luego luz.
La fe pierde sabor cuando se vuelve discurso sin compasión.
La fe recupera su fuerza cuando se vuelve pan partido.


7) Salmo 112: el justo es “sal” porque es misericordioso

El salmo describe al justo como alguien compasivo y generoso, que no teme las malas noticias, que sostiene al pobre.
Es decir: el justo no “alardea” de ser sal. Lo es porque su vida tiene consistencia.

Ahí está una gran enseñanza:
la santidad no es un perfume para uno mismo; es un bien público: preserva, sostiene, ilumina, da sabor.


8) San Pablo: no “sazonar” con ego, sino con la fuerza de Dios (1 Co 2,1-5)

Pablo nos guarda de una tentación: creer que la misión depende de “retórica”, de “estrategia”, de “brillo”.
Él predicó “con temor y temblor”, para que la fe se apoyara en el poder de Dios.

Aplicación directa:

  • podemos “sazonar” con carisma… pero sin Cristo;
  • podemos impresionar… pero no convertir;
  • podemos llenar espacios… y no transformar corazones.

La sal auténtica no es el “yo” del predicador: es Cristo en él.


9) Evangelio completo: sal y luz (Mt 5,13-16)

Jesús une las dos imágenes: sal (interior, discreta) y luz (visible).
La sal actúa sin ruido; la luz se ve.
Pero ambas tienen un objetivo: que el Padre sea glorificado.

No se trata de que digan: “qué buen cristiano”, sino:
“qué grande es Dios”.


10) Examen pastoral: ¿cómo se vuelve “sosa” la sal?

Concretando: la sal se vuelve sosa cuando el “sodio” se disuelve y queda el residuo. En clave espiritual:

  • cuando la oración se diluye en rutina,
  • cuando el Evangelio se mezcla con la lógica del mundo sin discernimiento,
  • cuando dejamos que la queja, el cinismo o la tibieza nos “humedezcan”,
  • cuando la fe se vuelve apariencia sin amor.

Parecemos sal… pero ya no sazona.


11) Llamado concreto para esta semana

Te propongo tres acciones simples (pero potentes):

1.    Sabor: una palabra que levante a alguien (sin ironía, sin herir).

2.    Preservación: un “no” firme a una complicidad con el pecado (una conversación sucia, una injusticia, una trampa).

3.    Pureza: una obra de misericordia al estilo de Isaías: pan, visita, ayuda real, acogida.

Verás que, cuando haces esto, algo pasa: tu luz brota.


12) Conclusión

Hermanos, el mundo necesita sal auténtica.
No un cristianismo “de apariencia”, no un residuo sin sabor.
Necesita discípulos que, con humildad y firmeza, sean:

  • sabor de Evangelio,
  • preservación contra la corrupción,
  • ofrenda pura para Dios.

Y entonces, como dice Jesús, verán nuestras obras y glorificarán al Padre.

Amén.


Oración final

Señor Jesús,
Tú eres quien da sabor a nuestra vida,
quien nos preserva del pecado
y nos hace ofrenda agradable al Padre.

Líbranos de una fe diluida,
de una sal que solo aparenta.
Haznos sencillos y firmes,
misericordiosos y coherentes,
para que el mundo encuentre en nosotros
el sabor de tu Evangelio,
la fuerza que preserva del mal
y la pureza de un corazón entregado.

Jesús, en Ti confiamos. Amén.

 

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