La infinita delicadeza de Jesús
El evangelio del día nos
revela la infinita delicadeza del Hijo de Dios. Los Apóstoles regresan de la
misión. Después de tomarse el tiempo para escucharlos, Jesús se preocupa por
ofrecerles un momento de descanso en el desierto. Su solicitud desborda el círculo
de los íntimos. «Conmovido por la compasión» ante la gran multitud que
se les había adelantado, el Maestro asume el papel de pastor para guiarla con
el sonido de su palabra. Una actitud que se inscribe en el tiempo y en la
eternidad.
Bénédicte de la Croix, cisterciense
Primera lectura
1
Re 3, 4-13
Concede
a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo
Lectura del primer libro de los Reyes.
EN aquellos días, el rey Salomón acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos
sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Has actuado con gran benevolencia hacia tu siervo David, mi padre, porque
caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has
tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de
sentarse en su trono, como sucede en este día.
Pues bien, Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi
padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu
siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan
numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un
corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal.
Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme
pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo
obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como
no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las
de ningún otro rey mientras vivas».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 9. 10. 11. 12. 13. 14 (R.: 12b)
R. Enséñame, Señor, tus
decretos.
V. ¿Cómo podrá un joven
andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras. R.
V. Te busco de todo
corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos. R.
V. En mi corazón escondo
tus consignas,
así no pecaré contra ti. R.
V. Bendito eres, Señor,
enséñame tus decretos. R.
V. Mis labios van
enumerando
todos los mandamientos de tu boca. R.
V. Mi alegría es el
camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Mis ovejas
escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.
Evangelio
Mc
6, 30-34
Andaban
como ovejas que no tienen pastor
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
EN aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron
todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para
comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas
fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar,
Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que
no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.
Palabra de Dios.
1
La
infinita delicadeza de Jesús
Hermanos, hay delicadezas que solo entiende quien
ama de verdad. No son gestos “bonitos” para la foto, sino decisiones profundas:
escuchar, cuidar, proteger, orientar, sostener. El evangelio de hoy nos presenta
precisamente eso: la infinita delicadeza de Jesús. Y la liturgia nos
regala un eco maravilloso desde la primera lectura y el salmo: la delicadeza
de Dios que educa el corazón, que lo purifica y lo hace sabio.
1) Jesús escucha antes de mandar:
la delicadeza que devuelve el aliento
El texto de Marcos empieza con una escena
entrañable: “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que
habían hecho y enseñado” (Mc 6,30). Antes de corregir, antes de planificar,
antes de “medir resultados”, Jesús escucha. Les da espacio para narrar,
para revisar, para respirar.
Y luego viene un gesto más: “Vengan ustedes
solos a un lugar desierto, a descansar un poco” (Mc 6,31).
¡Qué retrato de un Maestro verdadero! No explota a los suyos. No los reduce a
“instrumentos”. Cuida la fragilidad de quienes sirven. Jesús sabe que un
corazón agotado se vuelve duro, que un discípulo sin descanso termina
predicando con resentimiento o con ansiedad, que el cansancio sin oración abre
la puerta a la impaciencia, al orgullo, a la búsqueda de aplausos.
Esta es una palabra muy actual para nosotros: en la
Iglesia, en la familia, en la vida consagrada, en el servicio pastoral. A veces
creemos que la santidad se mide por el activismo. Pero Jesús revela otro
criterio: la fecundidad nace del corazón cuidado.
2) La compasión que se vuelve
guía: Jesús, Pastor en el tiempo
Sin embargo, el descanso se frustra: la gente llega
antes, los espera, los desborda. Y aquí aparece el centro del evangelio: “Al
desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran
como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles largamente” (Mc 6,34).
La delicadeza de Jesús no es solo para “los suyos”;
se desborda. La multitud no le da tregua, pero Él no responde con
fastidio sino con compasión. Y la compasión toma una forma concreta: enseñar,
orientar, ofrecer la Palabra que ordena la vida. Jesús no solo “siente
lástima”; asume el rol de pastor.
Esto es muy importante: hay una compasión
sentimental que se queda en emoción; la compasión de Cristo se vuelve verdad
que ilumina, camino que guía, alimento que sostiene. Jesús ve el hambre más
profunda: gente con heridas, con confusión, con cansancio interior, con
búsquedas mezcladas… “ovejas sin pastor”. Por eso su primera respuesta es: “se
puso a enseñarles largamente”. La Palabra es medicina. La enseñanza es una
forma de ternura.
3) Salomón pide sabiduría: la
delicadeza de un corazón que sabe escuchar
Y ahora miremos la primera lectura: Salomón, en
Gabaón, recibe la invitación de Dios: “Pídeme lo que quieras” (1 Re
3,5). ¿Qué pide? No pide longevidad, ni riqueza, ni la caída de enemigos. Pide
algo más fino, más interior: “un corazón dócil para gobernar…, para
discernir el bien del mal” (1 Re 3,9).
La expresión es preciosa: corazón dócil,
literalmente un corazón que sabe escuchar. La sabiduría bíblica no es acumular
información: es aprender a escuchar a Dios para decidir con rectitud,
para no hacer daño, para hacer el bien posible en lo concreto.
Aquí se unen lectura y evangelio:
- Los
apóstoles “cuentan” y Jesús los escucha.
- Salomón
pide un corazón que escucha.
- La
multitud necesita un pastor que la guíe con la Palabra.
En el fondo, Dios está formando en nosotros un
estilo: discípulos que escuchan y pastores que guían con delicadeza.
4) “¿Cómo un joven llevará una
vida honesta?”: la purificación del deseo
El salmo 119 nos da la clave espiritual: “¿Cómo
un joven llevará una vida honesta? Guardando tu palabra”; “En mi corazón
he guardado tus promesas para no pecar contra ti” (Sal 119).
La Palabra guardada en el corazón no es un adorno
piadoso. Es una fuerza que ordena la vida, que limpia intenciones, que
fortalece decisiones. Por eso el salmo insiste: buscar, guardar, proclamar,
alegrarse, gozar en los mandatos. La verdadera libertad nace cuando la
Palabra se vuelve brújula, cuando la conciencia deja de ser un ruido y se
convierte en un “murmullo santo” que nos orienta.
Y esto es delicadeza divina: Dios no nos domina por
la fuerza; nos educa por dentro, con la verdad que ilumina y con la
gracia que suaviza el corazón.
5) María en sábado: la escuela de
la delicadeza
En este sábado, la Iglesia nos invita a mirar a
María. Y María es maestra de la delicadeza de Dios. Ella sabe escuchar: “María
conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (cf. Lc 2,19).
María no vive de impulsos; vive de interioridad. No corre detrás del
ruido; guarda la Palabra, la rumia, la deja madurar. Por eso su presencia es
discreta, pero decisiva.
María nos enseña dos cosas para vivir este
evangelio:
1. Delicadeza con los servidores: cuidar el corazón, no quemar la
vida, no confundir misión con ansiedad.
2. Delicadeza con el pueblo: compasión que guía, palabra que
orienta, paciencia que enseña “largamente”.
En María vemos el equilibrio: disponibilidad total
para Dios, y al mismo tiempo una humanidad tierna, atenta, profundamente real.
6) Aplicación pastoral: tres
preguntas para esta semana
Para aterrizarlo, propongo tres preguntas
sencillas:
- ¿A
quién necesito escuchar con más paciencia? (en casa, en la comunidad,
en el trabajo pastoral).
- ¿Estoy
cuidando mi descanso y mi oración, o estoy viviendo “a punta de gasolina
emocional”?
- ¿Qué
palabra concreta de Dios voy a “guardar en el corazón” esta semana para no
pecar, para decidir mejor, para amar mejor?
Porque la delicadeza de Jesús no es solo un
consuelo: es un camino de discipulado.
7) Cierre
Pidamos
hoy lo que pidió Salomón: un corazón que escucha. Y supliquemos la
gracia del evangelio: un corazón capaz de compasión, que no se endurece
ante la multitud, que no se irrita ante la demanda, que no se distrae en la
vanidad del éxito, sino que se deja mover por el amor.
Que
María, Madre de la Iglesia, nos enseñe esa delicadeza que nace de la Palabra
guardada en el corazón. Y que Jesús, Pastor bueno, nos haga descansar en Él y,
al mismo tiempo, nos envíe a enseñar con paciencia, con ternura y con verdad. Amén.
2
Celo por la misión y compasión del Buen Pastor
Hermanos,
hay momentos en la vida que se quedan grabados para siempre: la primera vez que
un niño camina, el día de una graduación, una boda, el nacimiento de un hijo,
una ordenación… Son “primeras veces” que llenan el corazón de alegría, de
gratitud y, sí, también de una legítima satisfacción por lo vivido. En el
Evangelio de hoy vemos a los Doce en uno de esos momentos: regresan de su primera misión
y se reúnen con Jesús para contarle “todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc
6,30). Y lo que Jesús hace con ellos revela el secreto de una misión auténtica:
escucha, descanso,
compasión y enseñanza.
1) Una alegría legítima… y una tentación sutil
Podemos
imaginar el brillo en los ojos de los apóstoles: han predicado, han llamado a
la conversión, han expulsado demonios, han curado enfermos (cf. Mc 6,7-13). No
es poca cosa. Es la primera vez que “actúan” en nombre de Jesús de manera más
autónoma. Y eso deja huella: se sienten útiles, confirmados, sorprendidos por
la fuerza de Dios obrando a través de su pobreza.
Pero
aquí aparece una tentación sutil: convertir
la misión en motivo de autocelebración. Es humana esa
tentación. A todos nos pasa: cuando algo sale bien, cuando vemos frutos, cuando
nos reconocen… el corazón puede deslizarse hacia el “yo”. Y si no vigilamos,
terminamos midiendo la obra de Dios por el aplauso, por el número, por el
éxito.
Por
eso el Señor no solo los “felicita”; los
forma.
2) “Vengan… y descansen”: el descanso también
es obediencia
Jesús
les dice: “Vengan ustedes
solos a un lugar apartado y descansen un poco” (Mc 6,31).
Qué delicadeza, qué sabiduría pastoral. El Maestro sabe que la misión desgasta
y que un corazón agotado se vuelve vulnerable: se irrita, se endurece, se
desanima o se llena de vanidad.
Este
descanso no es una huida; es parte del discipulado. Es como si Jesús les
dijera: “No se crean máquinas. No son salvadores. El Salvador soy yo. Descansen
en mí”. El descanso, cuando está unido a la oración, purifica la intención y
devuelve el centro: no “mi obra”, sino “su obra”.
3) La gente no espera… y ahí se mide el corazón
del discípulo
Pero
el plan “se complica”: la multitud se adelanta, los busca, los rodea. El
Evangelio incluso dice que ni tiempo tenían para comer (cf. Mc 6,31-33).
Podemos comprender que los apóstoles se sintieran tensos: “¡Señor, queríamos
descansar!”. Y es aquí donde Jesús les da una lección decisiva.
“Al desembarcar, vio Jesús una multitud y se compadeció de
ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).
La
misión no se mide solo por lo que “hicimos y enseñamos”, sino por cómo reaccionamos cuando la necesidad
del otro interrumpe nuestros planes. En esa interrupción
aparece el Evangelio puro: o me cierro y me defiendo, o amo como Cristo.
4) Celo sobrenatural: la compasión que
persevera
El
texto dice que Jesús sintió compasión: no es lástima; es el movimiento profundo
del corazón que no puede permanecer indiferente. Y esa compasión se vuelve
acción concreta: enseñar.
Porque el pueblo estaba desorientado, “sin pastor”. No solo necesitaban pan:
necesitaban sentido, verdad, dirección, esperanza.
Ahí
está el “celo por la misión”: no es activismo nervioso; es fuego interior que nace
del amor y que se traduce en servicio constante, incluso cuando hay cansancio.
Celo sobrenatural es seguir amando cuando no “toca”, cuando cuesta, cuando
interrumpe.
Y
esta es la lección para los Doce: la misión no es para admirarse a sí mismos
por el poder recibido; la misión es para el pueblo de Dios.
5) A la luz de la primera lectura: pedir un
“corazón que escucha”
Hoy
la primera lectura nos regala una llave preciosa: Salomón tiene la oportunidad
de pedir lo que quiera y pide lo más necesario para servir: “un corazón dócil”, es
decir, un corazón que sabe
escuchar (1 Re 3,9).
Hermanos,
el celo apostólico sin escucha se vuelve dureza. La compasión sin discernimiento
se vuelve confusión. Por eso la sabiduría bíblica es esencial en la pastoral:
escuchar a Dios, escuchar a las personas, escuchar la realidad, y desde ahí
decidir con rectitud.
Salomón
nos enseña que el verdadero líder no es el que impone, sino el que discierne; no el que se
enorgullece, sino el que se sabe servidor; no el que busca prestigio, sino el
que busca agradar a Dios.
6) A la luz del Salmo 119: la misión se
sostiene guardando la Palabra
El
salmo pregunta: “¿Cómo un
joven podrá llevar una vida honesta?” Y responde: “guardando tu palabra” (Sal
119).
Y añade: “En mi corazón guardo
tus promesas para no pecar contra ti”.
Aquí
está el motor silencioso del celo apostólico: la Palabra guardada en el corazón. Cuando
la Palabra no habita en nosotros, la misión se vuelve “ruido”, se vuelve
cansancio estéril, se vuelve pura estrategia. Pero cuando la Palabra se guarda,
la misión se vuelve fecunda: nace paciencia, nace ternura, nace perseverancia.
7) Memoria de María en sábado: el celo humilde
que custodia y acompaña
En
este sábado miramos a María, la mujer del “sí” sin espectáculo, del servicio
sin protagonismo, de la escucha que guarda y medita. María nos enseña el celo
más puro: el celo humilde.
Ella no compite con nadie, no se apropia de nada: todo lo recibe y todo lo
entrega.
María
es escuela para todo servidor:
·
para
aprender a descansar en
Dios sin culpas,
·
para
aprender a servir sin
amargura,
·
para
aprender a acoger al
pueblo con corazón materno,
·
para
aprender a guardar la
Palabra como fuente del ministerio.
8) Aplicación concreta
Hoy
el Evangelio nos hace una pregunta directa:
·
¿Cómo
reacciono cuando la necesidad del otro interrumpe mi agenda?
·
¿Mi
servicio nace del amor o de la presión, del miedo, del “qué dirán”?
·
¿Estoy
pidiendo cada día “un corazón que escucha” para discernir y no desgastarme en
vano?
·
¿Estoy
guardando la Palabra, o pretendo sostener la misión solo con fuerzas humanas?
Porque
el celo del Reino no quema: enciende.
No destruye: construye.
No endurece: humaniza.
Oración final
Señor
Jesús, Pastor bueno: tú eres incansable en el amor y firme en la misericordia.
Tu corazón se conmueve ante la multitud y tu Palabra guía a quienes andan sin
rumbo. Danos un corazón dócil como el de Salomón, capaz de escuchar y
discernir. Y por intercesión de María, enséñanos a servir con celo
sobrenatural, con paciencia, con ternura y con alegría, sin cansarnos de amar a
quienes nos confías.
Amén.

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