viernes, 6 de febrero de 2026

7 de febrero del 2026: sábado de la cuarta semana del tiempo ordinario- II

 

La infinita delicadeza de Jesús

El evangelio del día nos revela la infinita delicadeza del Hijo de Dios. Los Apóstoles regresan de la misión. Después de tomarse el tiempo para escucharlos, Jesús se preocupa por ofrecerles un momento de descanso en el desierto. Su solicitud desborda el círculo de los íntimos. «Conmovido por la compasión» ante la gran multitud que se les había adelantado, el Maestro asume el papel de pastor para guiarla con el sonido de su palabra. Una actitud que se inscribe en el tiempo y en la eternidad.

Bénédicte de la Croix, cisterciense

 


Primera lectura

1 Re 3, 4-13

Concede a tu siervo un corazón atento para juzgar a tu pueblo

Lectura del primer libro de los Reyes.

EN aquellos días, el rey Salomón acudió a Gabaón a ofrecer mil holocaustos sobre aquel altar, pues era aún el santuario principal.
Aquella noche el Señor se apareció allí en sueños a Salomón y le dijo:
«Pídeme lo que deseas que te dé».
Salomón respondió:
«Has actuado con gran benevolencia hacia tu siervo David, mi padre, porque caminaba en tu presencia con lealtad, justicia y rectitud de corazón. Has tenido para con él una gran benevolencia, concediéndole un hijo que había de sentarse en su trono, como sucede en este día.
Pues bien, Señor mi Dios: Tú has hecho rey a tu siervo en lugar de David mi padre, pero yo soy un muchacho joven y no sé por dónde empezar o terminar. Tu siervo está en medio de tu pueblo, el que tú te elegiste, un pueblo tan numeroso que no se puede contar ni calcular. Concede, pues, a tu siervo, un corazón atento para juzgar a tu pueblo y discernir entre el bien y el mal. Pues, cierto, ¿quién podrá hacer justicia a este pueblo tuyo tan inmenso?».
Agradó al Señor esta súplica de Salomón.
Entonces le dijo Dios:
«Por haberme pedido esto y no una vida larga o riquezas para ti, por no haberme pedido la vida de tus enemigos sino inteligencia para atender a la justicia, yo obraré según tu palabra: te concedo, pues, un corazón sabio e inteligente, como no ha habido antes de ti ni surgirá otro igual después de ti.
Te concedo también aquello que no has pedido, riquezas y gloria mayores que las de ningún otro rey mientras vivas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 9. 10. 11. 12. 13. 14 (R.: 12b)

R. Enséñame, Señor, tus decretos.

V. ¿Cómo podrá un joven andar honestamente?
Cumpliendo tus palabras.
 R.

V. Te busco de todo corazón,
no consientas que me desvíe de tus mandamientos. 
R.

V. En mi corazón escondo tus consignas,
así no pecaré contra ti. 
R.

V. Bendito eres, Señor,
enséñame tus decretos. 
R.

V. Mis labios van enumerando
todos los mandamientos de tu boca. 
R.

V. Mi alegría es el camino de tus preceptos,
más que todas las riquezas. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Mc 6, 30-34

Andaban como ovejas que no tienen pastor

Lectura del santo Evangelio según san Marcos.

EN aquel tiempo, los apóstoles volvieron a reunirse con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado.
Él les dijo:
«Vengan ustedes a solas a un lugar desierto a descansar un poco».
Porque eran tantos los que iban y venían, que no encontraban tiempo ni para comer.
Se fueron en barca a solas a un lugar desierto.
Muchos los vieron marcharse y los reconocieron; entonces de todas las aldeas fueron corriendo por tierra a aquel sitio y se les adelantaron. Al desembarcar, Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas.

Palabra de Dios.

 

 

1

 

La infinita delicadeza de Jesús

Hermanos, hay delicadezas que solo entiende quien ama de verdad. No son gestos “bonitos” para la foto, sino decisiones profundas: escuchar, cuidar, proteger, orientar, sostener. El evangelio de hoy nos presenta precisamente eso: la infinita delicadeza de Jesús. Y la liturgia nos regala un eco maravilloso desde la primera lectura y el salmo: la delicadeza de Dios que educa el corazón, que lo purifica y lo hace sabio.

1) Jesús escucha antes de mandar: la delicadeza que devuelve el aliento

El texto de Marcos empieza con una escena entrañable: “Los apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc 6,30). Antes de corregir, antes de planificar, antes de “medir resultados”, Jesús escucha. Les da espacio para narrar, para revisar, para respirar.

Y luego viene un gesto más: “Vengan ustedes solos a un lugar desierto, a descansar un poco” (Mc 6,31).
¡Qué retrato de un Maestro verdadero! No explota a los suyos. No los reduce a “instrumentos”. Cuida la fragilidad de quienes sirven. Jesús sabe que un corazón agotado se vuelve duro, que un discípulo sin descanso termina predicando con resentimiento o con ansiedad, que el cansancio sin oración abre la puerta a la impaciencia, al orgullo, a la búsqueda de aplausos.

Esta es una palabra muy actual para nosotros: en la Iglesia, en la familia, en la vida consagrada, en el servicio pastoral. A veces creemos que la santidad se mide por el activismo. Pero Jesús revela otro criterio: la fecundidad nace del corazón cuidado.

2) La compasión que se vuelve guía: Jesús, Pastor en el tiempo

Sin embargo, el descanso se frustra: la gente llega antes, los espera, los desborda. Y aquí aparece el centro del evangelio: “Al desembarcar, vio una gran muchedumbre y se compadeció de ellos, porque eran como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles largamente” (Mc 6,34).

La delicadeza de Jesús no es solo para “los suyos”; se desborda. La multitud no le da tregua, pero Él no responde con fastidio sino con compasión. Y la compasión toma una forma concreta: enseñar, orientar, ofrecer la Palabra que ordena la vida. Jesús no solo “siente lástima”; asume el rol de pastor.

Esto es muy importante: hay una compasión sentimental que se queda en emoción; la compasión de Cristo se vuelve verdad que ilumina, camino que guía, alimento que sostiene. Jesús ve el hambre más profunda: gente con heridas, con confusión, con cansancio interior, con búsquedas mezcladas… “ovejas sin pastor”. Por eso su primera respuesta es: “se puso a enseñarles largamente”. La Palabra es medicina. La enseñanza es una forma de ternura.

3) Salomón pide sabiduría: la delicadeza de un corazón que sabe escuchar

Y ahora miremos la primera lectura: Salomón, en Gabaón, recibe la invitación de Dios: “Pídeme lo que quieras” (1 Re 3,5). ¿Qué pide? No pide longevidad, ni riqueza, ni la caída de enemigos. Pide algo más fino, más interior: “un corazón dócil para gobernar…, para discernir el bien del mal” (1 Re 3,9).

La expresión es preciosa: corazón dócil, literalmente un corazón que sabe escuchar. La sabiduría bíblica no es acumular información: es aprender a escuchar a Dios para decidir con rectitud, para no hacer daño, para hacer el bien posible en lo concreto.

Aquí se unen lectura y evangelio:

  • Los apóstoles “cuentan” y Jesús los escucha.
  • Salomón pide un corazón que escucha.
  • La multitud necesita un pastor que la guíe con la Palabra.

En el fondo, Dios está formando en nosotros un estilo: discípulos que escuchan y pastores que guían con delicadeza.

4) “¿Cómo un joven llevará una vida honesta?”: la purificación del deseo

El salmo 119 nos da la clave espiritual: “¿Cómo un joven llevará una vida honesta? Guardando tu palabra”; “En mi corazón he guardado tus promesas para no pecar contra ti” (Sal 119).

La Palabra guardada en el corazón no es un adorno piadoso. Es una fuerza que ordena la vida, que limpia intenciones, que fortalece decisiones. Por eso el salmo insiste: buscar, guardar, proclamar, alegrarse, gozar en los mandatos. La verdadera libertad nace cuando la Palabra se vuelve brújula, cuando la conciencia deja de ser un ruido y se convierte en un “murmullo santo” que nos orienta.

Y esto es delicadeza divina: Dios no nos domina por la fuerza; nos educa por dentro, con la verdad que ilumina y con la gracia que suaviza el corazón.

5) María en sábado: la escuela de la delicadeza

En este sábado, la Iglesia nos invita a mirar a María. Y María es maestra de la delicadeza de Dios. Ella sabe escuchar: “María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón” (cf. Lc 2,19). María no vive de impulsos; vive de interioridad. No corre detrás del ruido; guarda la Palabra, la rumia, la deja madurar. Por eso su presencia es discreta, pero decisiva.

María nos enseña dos cosas para vivir este evangelio:

1.    Delicadeza con los servidores: cuidar el corazón, no quemar la vida, no confundir misión con ansiedad.

2.    Delicadeza con el pueblo: compasión que guía, palabra que orienta, paciencia que enseña “largamente”.

En María vemos el equilibrio: disponibilidad total para Dios, y al mismo tiempo una humanidad tierna, atenta, profundamente real.

6) Aplicación pastoral: tres preguntas para esta semana

Para aterrizarlo, propongo tres preguntas sencillas:

  • ¿A quién necesito escuchar con más paciencia? (en casa, en la comunidad, en el trabajo pastoral).
  • ¿Estoy cuidando mi descanso y mi oración, o estoy viviendo “a punta de gasolina emocional”?
  • ¿Qué palabra concreta de Dios voy a “guardar en el corazón” esta semana para no pecar, para decidir mejor, para amar mejor?

Porque la delicadeza de Jesús no es solo un consuelo: es un camino de discipulado.

7) Cierre

Pidamos hoy lo que pidió Salomón: un corazón que escucha. Y supliquemos la gracia del evangelio: un corazón capaz de compasión, que no se endurece ante la multitud, que no se irrita ante la demanda, que no se distrae en la vanidad del éxito, sino que se deja mover por el amor.

Que María, Madre de la Iglesia, nos enseñe esa delicadeza que nace de la Palabra guardada en el corazón. Y que Jesús, Pastor bueno, nos haga descansar en Él y, al mismo tiempo, nos envíe a enseñar con paciencia, con ternura y con verdad. Amén.

 

2

 

Celo por la misión y compasión del Buen Pastor

Hermanos, hay momentos en la vida que se quedan grabados para siempre: la primera vez que un niño camina, el día de una graduación, una boda, el nacimiento de un hijo, una ordenación… Son “primeras veces” que llenan el corazón de alegría, de gratitud y, sí, también de una legítima satisfacción por lo vivido. En el Evangelio de hoy vemos a los Doce en uno de esos momentos: regresan de su primera misión y se reúnen con Jesús para contarle “todo lo que habían hecho y enseñado” (Mc 6,30). Y lo que Jesús hace con ellos revela el secreto de una misión auténtica: escucha, descanso, compasión y enseñanza.


1) Una alegría legítima… y una tentación sutil

Podemos imaginar el brillo en los ojos de los apóstoles: han predicado, han llamado a la conversión, han expulsado demonios, han curado enfermos (cf. Mc 6,7-13). No es poca cosa. Es la primera vez que “actúan” en nombre de Jesús de manera más autónoma. Y eso deja huella: se sienten útiles, confirmados, sorprendidos por la fuerza de Dios obrando a través de su pobreza.

Pero aquí aparece una tentación sutil: convertir la misión en motivo de autocelebración. Es humana esa tentación. A todos nos pasa: cuando algo sale bien, cuando vemos frutos, cuando nos reconocen… el corazón puede deslizarse hacia el “yo”. Y si no vigilamos, terminamos midiendo la obra de Dios por el aplauso, por el número, por el éxito.

Por eso el Señor no solo los “felicita”; los forma.


2) “Vengan… y descansen”: el descanso también es obediencia

Jesús les dice: “Vengan ustedes solos a un lugar apartado y descansen un poco” (Mc 6,31).
Qué delicadeza, qué sabiduría pastoral. El Maestro sabe que la misión desgasta y que un corazón agotado se vuelve vulnerable: se irrita, se endurece, se desanima o se llena de vanidad.

Este descanso no es una huida; es parte del discipulado. Es como si Jesús les dijera: “No se crean máquinas. No son salvadores. El Salvador soy yo. Descansen en mí”. El descanso, cuando está unido a la oración, purifica la intención y devuelve el centro: no “mi obra”, sino “su obra”.


3) La gente no espera… y ahí se mide el corazón del discípulo

Pero el plan “se complica”: la multitud se adelanta, los busca, los rodea. El Evangelio incluso dice que ni tiempo tenían para comer (cf. Mc 6,31-33). Podemos comprender que los apóstoles se sintieran tensos: “¡Señor, queríamos descansar!”. Y es aquí donde Jesús les da una lección decisiva.

“Al desembarcar, vio Jesús una multitud y se compadeció de ellos, porque andaban como ovejas sin pastor; y se puso a enseñarles muchas cosas” (Mc 6,34).

La misión no se mide solo por lo que “hicimos y enseñamos”, sino por cómo reaccionamos cuando la necesidad del otro interrumpe nuestros planes. En esa interrupción aparece el Evangelio puro: o me cierro y me defiendo, o amo como Cristo.


4) Celo sobrenatural: la compasión que persevera

El texto dice que Jesús sintió compasión: no es lástima; es el movimiento profundo del corazón que no puede permanecer indiferente. Y esa compasión se vuelve acción concreta: enseñar. Porque el pueblo estaba desorientado, “sin pastor”. No solo necesitaban pan: necesitaban sentido, verdad, dirección, esperanza.

Ahí está el “celo por la misión”: no es activismo nervioso; es fuego interior que nace del amor y que se traduce en servicio constante, incluso cuando hay cansancio. Celo sobrenatural es seguir amando cuando no “toca”, cuando cuesta, cuando interrumpe.

Y esta es la lección para los Doce: la misión no es para admirarse a sí mismos por el poder recibido; la misión es para el pueblo de Dios.


5) A la luz de la primera lectura: pedir un “corazón que escucha”

Hoy la primera lectura nos regala una llave preciosa: Salomón tiene la oportunidad de pedir lo que quiera y pide lo más necesario para servir: “un corazón dócil”, es decir, un corazón que sabe escuchar (1 Re 3,9).

Hermanos, el celo apostólico sin escucha se vuelve dureza. La compasión sin discernimiento se vuelve confusión. Por eso la sabiduría bíblica es esencial en la pastoral: escuchar a Dios, escuchar a las personas, escuchar la realidad, y desde ahí decidir con rectitud.

Salomón nos enseña que el verdadero líder no es el que impone, sino el que discierne; no el que se enorgullece, sino el que se sabe servidor; no el que busca prestigio, sino el que busca agradar a Dios.


6) A la luz del Salmo 119: la misión se sostiene guardando la Palabra

El salmo pregunta: “¿Cómo un joven podrá llevar una vida honesta?” Y responde: “guardando tu palabra” (Sal 119).
Y añade: “En mi corazón guardo tus promesas para no pecar contra ti”.

Aquí está el motor silencioso del celo apostólico: la Palabra guardada en el corazón. Cuando la Palabra no habita en nosotros, la misión se vuelve “ruido”, se vuelve cansancio estéril, se vuelve pura estrategia. Pero cuando la Palabra se guarda, la misión se vuelve fecunda: nace paciencia, nace ternura, nace perseverancia.


7) Memoria de María en sábado: el celo humilde que custodia y acompaña

En este sábado miramos a María, la mujer del “sí” sin espectáculo, del servicio sin protagonismo, de la escucha que guarda y medita. María nos enseña el celo más puro: el celo humilde. Ella no compite con nadie, no se apropia de nada: todo lo recibe y todo lo entrega.

María es escuela para todo servidor:

·        para aprender a descansar en Dios sin culpas,

·        para aprender a servir sin amargura,

·        para aprender a acoger al pueblo con corazón materno,

·        para aprender a guardar la Palabra como fuente del ministerio.


8) Aplicación concreta

Hoy el Evangelio nos hace una pregunta directa:

·        ¿Cómo reacciono cuando la necesidad del otro interrumpe mi agenda?

·        ¿Mi servicio nace del amor o de la presión, del miedo, del “qué dirán”?

·        ¿Estoy pidiendo cada día “un corazón que escucha” para discernir y no desgastarme en vano?

·        ¿Estoy guardando la Palabra, o pretendo sostener la misión solo con fuerzas humanas?

Porque el celo del Reino no quema: enciende. No destruye: construye. No endurece: humaniza.


Oración final

Señor Jesús, Pastor bueno: tú eres incansable en el amor y firme en la misericordia. Tu corazón se conmueve ante la multitud y tu Palabra guía a quienes andan sin rumbo. Danos un corazón dócil como el de Salomón, capaz de escuchar y discernir. Y por intercesión de María, enséñanos a servir con celo sobrenatural, con paciencia, con ternura y con alegría, sin cansarnos de amar a quienes nos confías. Amén.

 

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