domingo, 3 de mayo de 2026

4 de mayo del 2026: Santos Felipe y Santiago, apóstoles-Fiesta

 

El mismo rostro de Dios

(Jn 14, 6-14) En el Evangelio de hoy, Jesús responde al deseo profundo de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre”. Y su respuesta nos lleva al corazón de nuestra fe: quien ve a Jesús, ve al Padre. Él no es solo un maestro que indica una dirección; Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.

Escuchemos esta Palabra con corazón abierto. En Jesús descubrimos el rostro cercano, misericordioso y fiel de Dios. Y al mismo tiempo, recibimos una invitación: creer en Él, permanecer unidos a Él y dejar que nuestras obras sean reflejo vivo de su amor.

Roger Fournier

 


 

Primera lectura

1 Cor 15, 1-8


El Señor se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles


Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

LES recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me apareció también a mí.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 2-3. 4-5b (R.: 5a)

 

R. A toda la tierra alcanza su pregón.

O bien:

R. Aleluya.

V. El cielo proclama la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. 
R.

V. Sin que hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. R.

 

Evangelio

Jn 14, 6-14


Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces?

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
«Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo han visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras.
En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en mi nombre, yo lo haré».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

Hoy celebramos la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, dos discípulos que pertenecen al fundamento vivo de la Iglesia. La Iglesia no nació de una idea, ni de una teoría, ni de una organización humana, sino del encuentro con Cristo muerto y resucitado, anunciado por aquellos que lo vieron, lo escucharon, lo siguieron y dieron testimonio de Él hasta entregar la vida.

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos lleva al corazón de nuestra fe: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día.” San Pablo está transmitiendo lo que él mismo recibió. Esa es la misión apostólica: recibir la fe, custodiarla, vivirla y transmitirla.

Felipe y Santiago fueron parte de esa cadena santa de testigos. Ellos no anunciaron simplemente una doctrina bonita, sino una Persona viva: Jesucristo, el Señor. Por eso el salmo dice: “A toda la tierra alcanza su pregón.” La voz de los apóstoles se extendió por el mundo entero. Gracias a ellos, y a tantos hombres y mujeres que después de ellos anunciaron el Evangelio, nosotros hoy podemos decir: creemos en Cristo, creemos en su muerte y resurrección, creemos en la vida eterna.

Y esta fe ilumina de manera especial nuestra intención orante por los difuntos. Si Cristo ha resucitado, entonces la muerte no es la última palabra. Si Cristo venció el pecado y la muerte, entonces nuestros seres queridos difuntos no están perdidos en la nada, sino confiados al amor misericordioso del Padre. Orar por ellos es un acto de fe, de amor y de esperanza. Es poner sus vidas en las manos de Aquel que dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.”

En el Evangelio, Jesús pronuncia precisamente esas palabras ante la inquietud de sus discípulos. Tomás no comprende el camino, y Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Esta petición de Felipe es profundamente humana. También nosotros, en medio de las dudas, del dolor, de la muerte y de la ausencia de quienes amamos, quisiéramos decir: “Señor, muéstranos al Padre; danos una señal; ayúdanos a entender.”

Jesús responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.” Es decir, Dios ya no es un misterio lejano e inaccesible. Dios se ha mostrado en el rostro de Jesús: en su compasión por los enfermos, en su cercanía a los pecadores, en su ternura con los pequeños, en su perdón desde la cruz, en su victoria pascual sobre la muerte.

Por eso, cuando oramos por los difuntos, no lo hacemos desde el miedo, sino desde la confianza. Los confiamos a un Dios que tiene rostro de Padre, corazón de misericordia y manos abiertas para acoger. La muerte nos hiere, nos duele, nos deja preguntas; pero la fe nos recuerda que Cristo ha abierto un camino donde parecía no haber camino. Él mismo es el Camino hacia la casa del Padre.

La fiesta de Felipe y Santiago también nos recuerda que la grandeza cristiana no está en buscar honores, sino en servir. Los apóstoles tuvieron que aprender, poco a poco, que seguir a Jesús no era ocupar puestos importantes, sino entregar la vida por el Evangelio. El verdadero apóstol no se anuncia a sí mismo; anuncia a Cristo. No busca ser el centro; conduce a los demás hacia Dios. No vive para dominar; vive para servir.

Y aquí podemos pensar también en nuestros difuntos. Al final de la vida, lo que permanece no son los títulos, los bienes, los cargos o los aplausos. Lo que permanece es el amor entregado, el bien realizado, la fe sembrada, el perdón ofrecido, el servicio humilde y silencioso. Muchos de nuestros seres queridos quizá no hicieron cosas extraordinarias a los ojos del mundo, pero fueron grandes porque amaron, trabajaron, acompañaron, sostuvieron una familia, dieron ejemplo, rezaron, sirvieron y dejaron huellas de bondad.

Hoy damos gracias por todo lo bueno que Dios sembró en ellos. Y al mismo tiempo pedimos, con humildad, que el Señor purifique aquello que en su vida necesitó misericordia. La oración por los difuntos no es un simple recuerdo sentimental; es comunión espiritual. Es seguir amándolos en Dios. Es pedir que el Señor complete en ellos la obra de su gracia y los lleve a la plenitud de la vida eterna.

Hermanos, Jesús dice también: “El que cree en mí hará las obras que yo hago.” Creer en Cristo no es solo repetir palabras religiosas. Creer en Él es dejarnos transformar por su modo de vivir. Es convertirnos, como Felipe y Santiago, en testigos. Es mostrar con nuestras obras que Cristo está vivo. Es consolar al triste, acompañar al que sufre, servir al necesitado, reconciliarnos con quien estamos distanciados, sembrar esperanza donde hay dolor.

En esta Eucaristía, Cristo vuelve a ponerse en medio de nosotros como Camino, Verdad y Vida. Camino para los que se sienten perdidos. Verdad para los que buscan sentido. Vida para quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Y en el altar, unidos a los santos apóstoles Felipe y Santiago, presentamos también a nuestros difuntos, confiándolos al amor eterno del Padre.

Que el Señor les conceda el descanso eterno. Que brille para ellos la luz perpetua. Y que a nosotros nos conceda vivir como verdaderos discípulos: creyendo con firmeza, sirviendo con humildad y caminando con esperanza hacia la casa del Padre.

Amén.

 

2

Hermanos y hermanas:

Celebramos hoy la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, dos testigos de la fe que recibieron de Cristo una misión: anunciar al mundo que Jesús ha muerto y ha resucitado, y que en Él se nos abre el camino hacia el Padre.

La primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos presenta el corazón mismo del Evangelio: “Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al tercer día.” San Pablo no está transmitiendo una simple opinión religiosa. Está entregando lo que él mismo recibió: la fe de la Iglesia, la fe de los apóstoles, la fe que ha sostenido a los cristianos a lo largo de los siglos.

Y esta fe es la que ilumina nuestra oración por los difuntos. Cuando rezamos por quienes han partido de este mundo, no lo hacemos desde la desesperanza, sino desde la certeza pascual: Cristo ha resucitado. Si Él venció la muerte, entonces la muerte ya no tiene la última palabra. Nuestros difuntos no quedan abandonados en la oscuridad de la nada; los confiamos al amor misericordioso de Dios, al Dios que en Jesucristo nos ha mostrado su rostro de Padre.

El salmo nos dice: “A toda la tierra alcanza su pregón.” Esa frase nos recuerda la misión de los apóstoles. Felipe y Santiago hicieron parte de esa voz que salió al mundo entero para proclamar a Cristo. Ellos no anunciaron teorías complicadas, sino una verdad viva: Jesús es el Señor. Y ese anuncio llegó hasta nosotros porque, de generación en generación, otros creyentes recibieron la fe, la vivieron y la transmitieron.

Tal vez entre nuestros difuntos hubo personas que también fueron para nosotros pequeños apóstoles: una madre, un padre, un abuelo, una abuela, un catequista, un amigo, alguien que nos enseñó a rezar, alguien que nos habló de Dios, alguien que nos dio ejemplo de fe, paciencia, servicio y esperanza. Hoy los recordamos con gratitud, y los ponemos en las manos del Señor.

En el Evangelio, Jesús dice: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.” Esta frase es profundamente consoladora, especialmente cuando oramos por los difuntos. Jesús no dice simplemente: “Yo enseño un camino”; dice: “Yo soy el Camino.” No dice solo: “Yo digo verdades”; dice: “Yo soy la Verdad.” No dice únicamente: “Yo prometo vida”; dice: “Yo soy la Vida.”

Por eso, cuando un creyente muere, no lo despedimos como quien se pierde para siempre, sino como quien es confiado a Cristo, Camino hacia el Padre, Verdad que no engaña, Vida que no termina. La fe no elimina el dolor de la ausencia, pero sí le da una luz. La fe no borra las lágrimas, pero les da esperanza. La fe no nos hace olvidar a los difuntos, sino que nos enseña a seguir amándolos en Dios.

Felipe, en el Evangelio, le dice a Jesús: “Señor, muéstranos al Padre y nos basta.” Es una petición muy humana. También nosotros, ante la muerte, ante el sufrimiento, ante las preguntas que no tienen respuesta fácil, podríamos decir: “Señor, muéstranos al Padre; danos una señal; ayúdanos a comprender.” Y Jesús responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

Dios no es un desconocido para nosotros. Dios se ha dejado ver en Jesús: en su misericordia, en su cercanía, en su entrega, en su cruz y en su resurrección. Quien mira a Cristo descubre que Dios no es indiferente al dolor humano. Dios no mira la muerte desde lejos; entró en ella por medio de su Hijo para vencerla desde dentro. Por eso, nuestra oración por los difuntos descansa en esta certeza: ellos están en manos de un Padre que ama, perdona, purifica y salva.

El amor es algo así como obediencia. Jesús dice en otro momento del Evangelio de Juan: “El que me ama guardará mis mandamientos.” A primera vista, puede parecernos extraño unir amor y obediencia. Muchas veces pensamos que amar es solo sentir bonito, experimentar ternura o emoción. Pero Jesús nos enseña que el amor verdadero va más allá del sentimiento: amar es buscar el bien, amar es ser fiel, amar es hacer la voluntad de Dios, incluso cuando cuesta.

Los apóstoles Felipe y Santiago aprendieron esto. Amar a Cristo no fue solo emocionarse al escucharlo, sino seguirlo, obedecerlo, anunciarlo y entregar la vida por Él. El verdadero amor cristiano se convierte en servicio, en fidelidad, en entrega concreta. Y esta enseñanza también nos interpela a nosotros. ¿Cómo amamos a Dios? ¿Solo cuando sentimos consuelo? ¿Solo cuando todo va bien? ¿O también cuando la vida nos exige fe, paciencia, obediencia, perdón y esperanza?

La oración por los difuntos nos recuerda que al final de la vida lo que permanece es el amor vivido de verdad. No nos llevamos los títulos, las posesiones, los reconocimientos ni las apariencias. Nos llevamos el bien que hicimos, el perdón que ofrecimos, la fe que conservamos, el servicio que prestamos, la caridad con que tratamos a los demás.

Por eso, mientras pedimos por nuestros difuntos, también pidamos por nosotros. Que no esperemos el final de la vida para descubrir lo esencial. Que aprendamos desde ahora a amar como Cristo nos ama: con un amor obediente al Padre, generoso con los hermanos y libre de egoísmos. Que no veamos los mandamientos de Dios como una carga, sino como un camino de libertad. Porque Dios no nos manda amar para quitarnos la alegría, sino para llevarnos a la plenitud de la vida.

En esta Eucaristía, Cristo vuelve a entregarse por nosotros. Él es el Evangelio anunciado por Pablo. Él es la voz que alcanza toda la tierra. Él es el Camino que conduce al Padre. Él es la Verdad que sostiene nuestra fe. Él es la Vida que vence la muerte.

Confiemos hoy a nuestros difuntos a su misericordia. Pidamos que el Señor purifique sus faltas, les conceda el descanso eterno y los haga participar de la luz de su resurrección. Y pidamos también para nosotros la gracia de vivir como verdaderos discípulos: creyendo con firmeza, amando con obras, obedeciendo con confianza y caminando con esperanza hacia la casa del Padre.

Que los santos Felipe y Santiago intercedan por nosotros y por nuestros difuntos.

Amén.

 

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