El mismo rostro de Dios
(Jn 14, 6-14) En el Evangelio de hoy, Jesús responde al deseo
profundo de Felipe: “Señor, muéstranos al Padre”. Y su respuesta nos lleva al
corazón de nuestra fe: quien ve a Jesús, ve al Padre. Él no es solo un
maestro que indica una dirección; Él mismo es el Camino, la Verdad y la Vida.
Escuchemos esta Palabra con corazón abierto. En
Jesús descubrimos el rostro cercano, misericordioso y fiel de Dios. Y al mismo
tiempo, recibimos una invitación: creer en Él, permanecer unidos a Él y dejar
que nuestras obras sean reflejo vivo de su amor.
Roger Fournier
Primera lectura
El Señor se apareció a Santiago, más tarde a
todos los apóstoles
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
LES
recuerdo, hermanos, el Evangelio que les anuncié y que ustedes aceptaron, en el
que además están fundados, y que los está salvando, si se mantienen en la
palabra que les anunciamos; de lo contrario, creyeron en vano.
Porque yo les transmití en primer lugar, lo que también yo recibí: que Cristo
murió por nuestros pecados según las Escrituras; y que fue sepultado y que
resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas y más
tarde a los Doce; después se apareció a más de quinientos hermanos juntos, la
mayoría de los cuales vive todavía, otros han muerto; después se apareció a
Santiago, más tarde a todos los apóstoles; por último, como a un aborto, se me
apareció también a mí.
Palabra de Dios.
Salmo
R. A
toda la tierra alcanza su pregón.
O bien:
R. Aleluya.
V. El cielo proclama
la gloria de Dios,
el firmamento pregona la obra de sus manos:
el día al día le pasa el mensaje,
la noche a la noche se lo susurra. R.
V. Sin que
hablen, sin que pronuncien,
sin que resuene su voz,
a toda la tierra alcanza su pregón
y hasta los límites del orbe su lenguaje. R.
Aclamación
V. Yo
soy el camino y la verdad y la vida —dice el Señor—; Felipe, quien me ha visto
a mí ha visto al Padre. R.
Evangelio
Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me
conoces?
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a Tomás:
«Yo soy el camino y la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí».
«Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo
han visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto
a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo
estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta
propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo
estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras.
En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que
yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre,
yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en
mi nombre, yo lo haré».
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
Hoy
celebramos la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, dos discípulos que
pertenecen al fundamento vivo de la Iglesia. La Iglesia no nació de una idea,
ni de una teoría, ni de una organización humana, sino del encuentro con Cristo
muerto y resucitado, anunciado por aquellos que lo vieron, lo escucharon, lo
siguieron y dieron testimonio de Él hasta entregar la vida.
La
primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos lleva al
corazón de nuestra fe: “Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al
tercer día.” San Pablo está transmitiendo lo que él mismo
recibió. Esa es la misión apostólica: recibir la fe, custodiarla, vivirla y
transmitirla.
Felipe
y Santiago fueron parte de esa cadena santa de testigos. Ellos no anunciaron
simplemente una doctrina bonita, sino una Persona viva: Jesucristo, el Señor.
Por eso el salmo dice: “A
toda la tierra alcanza su pregón.” La voz de los apóstoles se
extendió por el mundo entero. Gracias a ellos, y a tantos hombres y mujeres que
después de ellos anunciaron el Evangelio, nosotros hoy podemos decir: creemos
en Cristo, creemos en su muerte y resurrección, creemos en la vida eterna.
Y
esta fe ilumina de manera especial nuestra intención orante por los difuntos.
Si Cristo ha resucitado, entonces la muerte no es la última palabra. Si Cristo
venció el pecado y la muerte, entonces nuestros seres queridos difuntos no
están perdidos en la nada, sino confiados al amor misericordioso del Padre.
Orar por ellos es un acto de fe, de amor y de esperanza. Es poner sus vidas en
las manos de Aquel que dijo: “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida.”
En
el Evangelio, Jesús pronuncia precisamente esas palabras ante la inquietud de
sus discípulos. Tomás no comprende el camino, y Felipe le dice: “Señor, muéstranos al Padre y nos
basta.” Esta petición de Felipe es profundamente humana.
También nosotros, en medio de las dudas, del dolor, de la muerte y de la
ausencia de quienes amamos, quisiéramos decir: “Señor, muéstranos al Padre;
danos una señal; ayúdanos a entender.”
Jesús
responde: “Quien me ha
visto a mí, ha visto al Padre.” Es decir, Dios ya no es un
misterio lejano e inaccesible. Dios se ha mostrado en el rostro de Jesús: en su
compasión por los enfermos, en su cercanía a los pecadores, en su ternura con
los pequeños, en su perdón desde la cruz, en su victoria pascual sobre la
muerte.
Por
eso, cuando oramos por los difuntos, no lo hacemos desde el miedo, sino desde
la confianza. Los confiamos a un Dios que tiene rostro de Padre, corazón de
misericordia y manos abiertas para acoger. La muerte nos hiere, nos duele, nos
deja preguntas; pero la fe nos recuerda que Cristo ha abierto un camino donde
parecía no haber camino. Él mismo es el Camino hacia la casa del Padre.
La
fiesta de Felipe y Santiago también nos recuerda que la grandeza cristiana no
está en buscar honores, sino en servir. Los apóstoles tuvieron que aprender,
poco a poco, que seguir a Jesús no era ocupar puestos importantes, sino
entregar la vida por el Evangelio. El verdadero apóstol no se anuncia a sí
mismo; anuncia a Cristo. No busca ser el centro; conduce a los demás hacia
Dios. No vive para dominar; vive para servir.
Y
aquí podemos pensar también en nuestros difuntos. Al final de la vida, lo que
permanece no son los títulos, los bienes, los cargos o los aplausos. Lo que
permanece es el amor entregado, el bien realizado, la fe sembrada, el perdón
ofrecido, el servicio humilde y silencioso. Muchos de nuestros seres queridos
quizá no hicieron cosas extraordinarias a los ojos del mundo, pero fueron
grandes porque amaron, trabajaron, acompañaron, sostuvieron una familia, dieron
ejemplo, rezaron, sirvieron y dejaron huellas de bondad.
Hoy
damos gracias por todo lo bueno que Dios sembró en ellos. Y al mismo tiempo
pedimos, con humildad, que el Señor purifique aquello que en su vida necesitó
misericordia. La oración por los difuntos no es un simple recuerdo sentimental;
es comunión espiritual. Es seguir amándolos en Dios. Es pedir que el Señor
complete en ellos la obra de su gracia y los lleve a la plenitud de la vida
eterna.
Hermanos,
Jesús dice también: “El
que cree en mí hará las obras que yo hago.” Creer en Cristo no
es solo repetir palabras religiosas. Creer en Él es dejarnos transformar por su
modo de vivir. Es convertirnos, como Felipe y Santiago, en testigos. Es mostrar
con nuestras obras que Cristo está vivo. Es consolar al triste, acompañar al que
sufre, servir al necesitado, reconciliarnos con quien estamos distanciados,
sembrar esperanza donde hay dolor.
En
esta Eucaristía, Cristo vuelve a ponerse en medio de nosotros como Camino,
Verdad y Vida. Camino para los que se sienten perdidos. Verdad para los que
buscan sentido. Vida para quienes lloran la muerte de sus seres queridos. Y en
el altar, unidos a los santos apóstoles Felipe y Santiago, presentamos también
a nuestros difuntos, confiándolos al amor eterno del Padre.
Que
el Señor les conceda el descanso eterno. Que brille para ellos la luz perpetua.
Y que a nosotros nos conceda vivir como verdaderos discípulos: creyendo con
firmeza, sirviendo con humildad y caminando con esperanza hacia la casa del
Padre.
Amén.
2
Hermanos
y hermanas:
Celebramos
hoy la fiesta de los santos apóstoles Felipe
y Santiago, dos testigos de la fe que recibieron de Cristo una
misión: anunciar al mundo que Jesús ha muerto y ha resucitado, y que en Él se
nos abre el camino hacia el Padre.
La
primera lectura, tomada de la carta de san Pablo a los Corintios, nos presenta
el corazón mismo del Evangelio: “Cristo
murió por nuestros pecados, según las Escrituras; fue sepultado y resucitó al
tercer día.” San Pablo no está transmitiendo una simple opinión
religiosa. Está entregando lo que él mismo recibió: la fe de la Iglesia, la fe
de los apóstoles, la fe que ha sostenido a los cristianos a lo largo de los
siglos.
Y
esta fe es la que ilumina nuestra oración por los difuntos. Cuando rezamos por
quienes han partido de este mundo, no lo hacemos desde la desesperanza, sino
desde la certeza pascual: Cristo
ha resucitado. Si Él venció la muerte, entonces la muerte ya no
tiene la última palabra. Nuestros difuntos no quedan abandonados en la
oscuridad de la nada; los confiamos al amor misericordioso de Dios, al Dios que
en Jesucristo nos ha mostrado su rostro de Padre.
El
salmo nos dice: “A toda la
tierra alcanza su pregón.” Esa frase nos recuerda la misión de
los apóstoles. Felipe y Santiago hicieron parte de esa voz que salió al mundo
entero para proclamar a Cristo. Ellos no anunciaron teorías complicadas, sino
una verdad viva: Jesús es el Señor. Y ese anuncio llegó hasta nosotros porque,
de generación en generación, otros creyentes recibieron la fe, la vivieron y la
transmitieron.
Tal
vez entre nuestros difuntos hubo personas que también fueron para nosotros
pequeños apóstoles: una madre, un padre, un abuelo, una abuela, un catequista,
un amigo, alguien que nos enseñó a rezar, alguien que nos habló de Dios,
alguien que nos dio ejemplo de fe, paciencia, servicio y esperanza. Hoy los
recordamos con gratitud, y los ponemos en las manos del Señor.
En
el Evangelio, Jesús dice: “Yo
soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí.”
Esta frase es profundamente consoladora, especialmente cuando oramos por los
difuntos. Jesús no dice simplemente: “Yo enseño un camino”; dice: “Yo soy el Camino.” No
dice solo: “Yo digo verdades”; dice: “Yo
soy la Verdad.” No dice únicamente: “Yo prometo vida”; dice: “Yo soy la Vida.”
Por
eso, cuando un creyente muere, no lo despedimos como quien se pierde para
siempre, sino como quien es confiado a Cristo, Camino hacia el Padre, Verdad
que no engaña, Vida que no termina. La fe no elimina el dolor de la ausencia,
pero sí le da una luz. La fe no borra las lágrimas, pero les da esperanza. La
fe no nos hace olvidar a los difuntos, sino que nos enseña a seguir amándolos
en Dios.
Felipe,
en el Evangelio, le dice a Jesús: “Señor,
muéstranos al Padre y nos basta.” Es una petición muy humana.
También nosotros, ante la muerte, ante el sufrimiento, ante las preguntas que
no tienen respuesta fácil, podríamos decir: “Señor, muéstranos al Padre; danos
una señal; ayúdanos a comprender.” Y Jesús responde: “Quien me ha visto a mí, ha visto al
Padre.”
Dios
no es un desconocido para nosotros. Dios se ha dejado ver en Jesús: en su
misericordia, en su cercanía, en su entrega, en su cruz y en su resurrección.
Quien mira a Cristo descubre que Dios no es indiferente al dolor humano. Dios
no mira la muerte desde lejos; entró en ella por medio de su Hijo para vencerla
desde dentro. Por eso, nuestra oración por los difuntos descansa en esta
certeza: ellos están en manos de un Padre que ama, perdona, purifica y salva.
El
amor es algo así como obediencia. Jesús dice en otro momento del Evangelio de
Juan: “El que me ama
guardará mis mandamientos.” A primera vista, puede parecernos
extraño unir amor y obediencia. Muchas veces pensamos que amar es solo sentir
bonito, experimentar ternura o emoción. Pero Jesús nos enseña que el amor
verdadero va más allá del sentimiento: amar es buscar el bien, amar es ser
fiel, amar es hacer la voluntad de Dios, incluso cuando cuesta.
Los
apóstoles Felipe y Santiago aprendieron esto. Amar a Cristo no fue solo
emocionarse al escucharlo, sino seguirlo, obedecerlo, anunciarlo y entregar la
vida por Él. El verdadero amor cristiano se convierte en servicio, en
fidelidad, en entrega concreta. Y esta enseñanza también nos interpela a
nosotros. ¿Cómo amamos a Dios? ¿Solo cuando sentimos consuelo? ¿Solo cuando
todo va bien? ¿O también cuando la vida nos exige fe, paciencia, obediencia,
perdón y esperanza?
La
oración por los difuntos nos recuerda que al final de la vida lo que permanece
es el amor vivido de verdad. No nos llevamos los títulos, las posesiones, los
reconocimientos ni las apariencias. Nos llevamos el bien que hicimos, el perdón
que ofrecimos, la fe que conservamos, el servicio que prestamos, la caridad con
que tratamos a los demás.
Por
eso, mientras pedimos por nuestros difuntos, también pidamos por nosotros. Que
no esperemos el final de la vida para descubrir lo esencial. Que aprendamos
desde ahora a amar como Cristo nos ama: con un amor obediente al Padre,
generoso con los hermanos y libre de egoísmos. Que no veamos los mandamientos
de Dios como una carga, sino como un camino de libertad. Porque Dios no nos
manda amar para quitarnos la alegría, sino para llevarnos a la plenitud de la
vida.
En
esta Eucaristía, Cristo vuelve a entregarse por nosotros. Él es el Evangelio
anunciado por Pablo. Él es la voz que alcanza toda la tierra. Él es el Camino
que conduce al Padre. Él es la Verdad que sostiene nuestra fe. Él es la Vida
que vence la muerte.
Confiemos
hoy a nuestros difuntos a su misericordia. Pidamos que el Señor purifique sus
faltas, les conceda el descanso eterno y los haga participar de la luz de su
resurrección. Y pidamos también para nosotros la gracia de vivir como
verdaderos discípulos: creyendo con firmeza, amando con obras, obedeciendo con
confianza y caminando con esperanza hacia la casa del Padre.
Que
los santos Felipe y Santiago intercedan por nosotros y por nuestros difuntos.
Amén.

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