San Atanasio
Siglo IV. “El Verbo de Dios se hizo hombre para hacernos
Dios”, escribía este obispo de Alejandría, que fue desterrado cinco veces por
haber defendido con valentía la divinidad de Cristo. Doctor de la Iglesia.
Altibajos
Juan 14, 7-14
«Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía
no me conoces, Felipe?». En las palabras de Jesús hay como una nota de
tristeza. Es que las relaciones entre Él y sus discípulos son como todas las
relaciones: están marcadas por altibajos, por momentos de gran comunión y por
momentos de incomprensión mutua. Así sucede también en nuestra relación
personal con Cristo.
Bertrand Lesoing, prêtre de la
communauté Saint-Martin
Primera lectura
Sepan que nos
dedicamos a los gentiles
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EL sábado siguiente, casi toda la ciudad acudió a oír la palabra del Señor. Al
ver el gentío, los judíos se llenaron de envidia y respondían con blasfemias a
las palabras de Pablo.
Entonces Pablo y Bernabé dijeron con toda valentía:
«Teníamos que anunciarles primero a ustedes la palabra de Dios; pero como la
rechazan y no se consideran dignos de la vida eterna, sepan que nos dedicamos a
los gentiles. Así nos lo ha mandado el Señor: “Yo te he puesto como luz de los
gentiles, para que lleves la salvación hasta el confín de la tierra”».
Cuando los gentiles oyeron esto, se alegraron y alababan la palabra del Señor;
y creyeron los que estaban destinados a la vida eterna.
La palabra del Señor se iba difundiendo por toda la región. Pero los judíos incitaron
a las señoras distinguidas, adoradoras de Dios, y a los principales de la
ciudad, provocaron una persecución contra Pablo y Bernabé y los expulsaron de
su territorio.
Estos sacudieron el polvo de los pies contra ellos y se fueron a Iconio. Los
discípulos, por su parte, quedaban llenos de alegría y de Espíritu Santo.
Palabra de Dios.
Salmo
R. Los
confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
O bien:
R. Aleluya.
V. Canten
al Señor un cántico nuevo,
porque ha hecho maravillas.
Su diestra le ha dado la victoria,
su santo brazo. R.
V. El
Señor da a conocer su salvación,
revela a las naciones su justicia.
Se acordó de su misericordia y su fidelidad
en favor de la casa de Israel. R.
V. Los
confines de la tierra han contemplado
la salvación de nuestro Dios.
Aclama al Señor, tierra entera;
griten, vitoreen, toquen. R.
Aclamación
V. Si
permanecen en mi palabra —dice el Señor—, serán de verdad discípulos míos, y
conocerán la verdad. R.
Evangelio
Quien me ha
visto a mí ha visto al Padre
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si me conocieran a mí, conocerían también a mi Padre. Ahora ya lo conocen y lo
han visto».
Felipe le dice:
«Señor, muéstranos al Padre y nos basta».
Jesús le replica:
«Hace tanto que estoy con ustedes, ¿y no me conoces, Felipe? Quien me ha visto
a mí ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú: “Muéstranos al Padre”? ¿No crees que yo
estoy en el Padre, y el Padre en mí? Lo que yo les digo no lo hablo por cuenta
propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras. Créanme: yo
estoy en el Padre y el Padre en mí. Si no, crean a las obras.
En verdad, en verdad les digo: el que cree en mí, también él hará las obras que
yo hago, y aun mayores, porque yo me voy al Padre. Y lo que pidan en mi nombre,
yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Si me piden algo en
mi nombre, yo lo haré».
Palabra del Señor.
Queridos hermanos:
El Evangelio de hoy nos deja escuchar una frase de
Jesús que toca el corazón:
“Hace tanto tiempo que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces, Felipe?”
No es una frase dura solamente. Es también una
frase triste, tierna, profundamente humana y divina. Jesús lleva tiempo
caminando con sus discípulos. Ha compartido con ellos el pan, los caminos, las
noches de oración, las multitudes, los milagros, las parábolas, los cansancios,
las lágrimas y las esperanzas. Y, sin embargo, Felipe todavía le dice: “Señor,
muéstranos al Padre y nos basta.”
Es como si Jesús respondiera: “Felipe, ¿no te das
cuenta? Todo este tiempo has estado viendo al Padre en mí. Cada palabra mía,
cada gesto de misericordia, cada sanación, cada perdón, cada mirada compasiva,
cada cercanía con los pobres y pecadores, todo eso era el rostro del Padre
manifestándose ante ustedes.”
Hermanos: también nuestra relación con Cristo tiene
altibajos. Hay momentos en que sentimos a Jesús cercano, claro,
luminoso. Hay días en que rezamos y sentimos paz. Hay celebraciones en que la
Palabra parece hablarnos directamente. Hay circunstancias en que decimos: “El
Señor está conmigo.”
Pero también hay momentos de oscuridad, de
cansancio, de dudas, de tibieza, de rutina espiritual. Momentos en que Cristo
parece distante, no porque Él se haya alejado, sino porque nuestro corazón está
distraído, herido o encerrado. Como Felipe, podemos llevar años escuchando el
Evangelio, participando en la Eucaristía, rezando, sirviendo, y aun así Jesús
podría preguntarnos: “¿Tanto tiempo conmigo y todavía no me conoces?”
Esta pregunta no busca humillarnos. Busca
despertarnos.
Porque conocer a Jesús no es solamente saber cosas
de Él. No basta conocer doctrinas, oraciones, ritos o costumbres religiosas.
Todo eso es importante, pero el centro es otro: conocer a Jesús es entrar en
comunión con Él, dejar que su manera de amar transforme nuestra manera de
vivir.
Por eso Jesús dice:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Aquí está una de las grandes revelaciones de
nuestra fe: Dios no es una idea lejana, fría, inalcanzable. Dios tiene rostro.
Y ese rostro es Cristo. Si queremos saber cómo es Dios, miremos a Jesús. Si
queremos saber cómo mira Dios al pecador, miremos a Jesús con Zaqueo, con la
samaritana, con Pedro después de la negación. Si queremos saber cómo ama Dios a
los enfermos, miremos a Jesús tocando al leproso, levantando al paralítico,
devolviendo la vista al ciego. Si queremos saber cómo se acerca Dios a los
pobres, miremos a Jesús multiplicando el pan, defendiendo a los pequeños,
lavando los pies de sus discípulos.
Y si queremos saber hasta dónde llega el amor de
Dios, miremos la cruz.
La primera lectura, tomada de los Hechos de los
Apóstoles, nos presenta otro momento de altibajos. Pablo y Bernabé anuncian la
Palabra. La gente se reúne en gran número para escuchar el mensaje del Señor.
Hay entusiasmo, alegría, apertura. Pero también aparece la oposición, los
celos, el rechazo y la persecución.
Así es la vida de la Iglesia. Así es también la
vida del creyente. A veces el Evangelio es acogido con alegría; otras veces
encuentra resistencia. A veces la Palabra abre corazones; otras veces incomoda.
A veces quienes deberían alegrarse por la obra de Dios se llenan de envidia
porque Dios actúa de formas que no esperaban.
Pablo y Bernabé, sin embargo, no se quedan
paralizados ante el rechazo. No responden con odio. No abandonan la misión. El
texto dice que, ante la oposición, ellos sacuden el polvo de sus pies y siguen
adelante. Y añade algo hermoso:
“Los discípulos quedaron llenos de alegría y del Espíritu Santo.”
Qué enseñanza tan grande: la alegría cristiana no
depende de que todo salga bien. No depende de aplausos, éxitos o
reconocimientos. La alegría cristiana nace de saber que el Evangelio sigue
avanzando, incluso en medio de las dificultades.
Por eso el salmo canta:
“Los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios.”
El salmo nos invita a mirar más allá de nuestros
pequeños fracasos, de nuestras incomprensiones, de nuestras crisis personales o
comunitarias. Dios sigue obrando. Su salvación no queda encerrada en un grupo,
en una cultura, en una época o en una institución humana. La salvación se abre
camino hasta los confines de la tierra.
Y en este contexto celebramos la memoria de San
Atanasio, gran defensor de la fe en Cristo verdadero Dios y verdadero
hombre. Atanasio vivió tiempos difíciles. Fue perseguido, desterrado varias
veces, incomprendido, atacado. Pero permaneció firme. ¿Por qué? Porque sabía
que si Cristo no es verdaderamente Dios, entonces no nos revela plenamente al
Padre. Y si no nos revela al Padre, nuestra fe queda vacía.
San Atanasio defendió precisamente lo que hoy Jesús
dice en el Evangelio:
“El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”
Cristo no es simplemente un profeta admirable, un
maestro espiritual o un hombre bueno. Cristo es el Hijo eterno del Padre, la
Palabra hecha carne, el rostro visible del Dios invisible. En Él Dios se ha
acercado definitivamente a nosotros.
Y como hoy también hacemos memoria de María en
sábado, podemos mirar a la Virgen como la mujer que sí supo contemplar el
rostro de Dios en Jesús. María no entendió todo desde el comienzo. También ella
vivió preguntas, silencios, dolores y pruebas. Pero guardaba todo en su
corazón. No pretendía dominar el misterio; lo acogía. No exigía explicaciones
inmediatas; confiaba.
María nos enseña a permanecer con Jesús incluso
cuando no entendemos todo. Nos enseña a no abandonar la fe cuando aparecen los
altibajos. Nos enseña a mirar a Cristo y descubrir en Él el rostro amoroso del
Padre.
Queridos hermanos, quizás hoy el Señor nos hace una
pregunta personal:
“Hace tanto tiempo que estoy contigo… ¿y todavía no
me conoces?”
Hace tanto tiempo que te hablo en la Palabra.
Hace tanto tiempo que me recibes en la Eucaristía.
Hace tanto tiempo que te he sostenido en tus caídas.
Hace tanto tiempo que he perdonado tus pecados.
Hace tanto tiempo que he caminado contigo en tus luchas.
¿Todavía no reconoces mi presencia?
Pero no escuchemos esta pregunta como reproche
amargo. Escuchémosla como una invitación amorosa a volver al centro: Cristo. A
conocerlo más. A tratarlo más. A confiar más. A no reducir la fe a costumbre. A
no vivir una relación superficial con el Señor.
El Evangelio termina con una promesa audaz:
“El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aun mayores.”
Jesús no dice esto porque nosotros seamos más
grandes que Él, sino porque Él actúa en nosotros por medio de su Espíritu.
Cuando creemos de verdad, nuestras manos pueden consolar, nuestra palabra puede
levantar, nuestra presencia puede reconciliar, nuestra oración puede sostener,
nuestro testimonio puede abrir caminos de esperanza.
En este tiempo pascual, pidamos la gracia de
conocer más profundamente a Jesús. Que no pasemos años junto a Él sin dejarnos
transformar por Él. Que no seamos discípulos distraídos, sino amigos atentos.
Que en medio de los altibajos de la vida, de la fe y de la misión,
permanezcamos firmes como San Atanasio, alegres como Pablo y Bernabé, y
confiados como María.
Y que al mirar a Cristo podamos decir con fe
renovada:
Señor Jesús, en ti vemos al Padre.
En tu misericordia vemos su corazón.
En tu cruz vemos su amor.
En tu resurrección vemos nuestra esperanza.
Quédate con nosotros, para que después de tanto caminar contigo, podamos
conocerte mejor, amarte más y anunciarte con alegría.
Amén.
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2 de mayo: San Atanasio, Obispo y Doctor—Memoria
C. 296–373 Patrono de los teólogos
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa San Pío V en 1568
Ahora bien, cuando Arrio y sus compañeros hicieron estas afirmaciones y las confesaron descaradamente, reunidos con los obispos de Egipto y Libia, casi cien en número, los anatematizamos a ellos y a sus seguidores. Pero Eusebio y sus compañeros los admitieron a la comunión, deseosos de mezclar la falsedad con la verdad, y la impiedad con la piedad. Pero no podrán hacerlo, porque la verdad debe prevalecer; ni hay comunión de la luz con las tinieblas, ni concordia de Cristo con Belial.
¿Puede algo ser 100% negro y 100% blanco al mismo tiempo? Ciertamente no. Fue una lógica similar a esta la que creó una feroz controversia conocida como arrianismo en la Iglesia del siglo cuarto. Entre los mayores opositores al arrianismo se encontraba San Atanasio, a quien hoy honramos.
Arrio era un sacerdote de Alejandría, el actual Egipto. La creencia de que Jesús era 100% humano y 100% divino le parecía lógicamente incompatible. Como resultado, Arrio enseñó que el Padre creó al Hijo, haciendo al Hijo subordinado al Padre y ni coeterno ni coigualcon Él.
El debate finalmente se resolvería en un concilio de la Iglesia en Nicea, convocado por el emperador romano Constantino el Grande. La respuesta vino a través de la formulación del Credo de Nicea, que seguimos profesando hoy como Iglesia. El Credo de Nicea lo hizo bien, y el santo de hoy se aseguró de ello.
Poco se sabe sobre la vida temprana de San Atanasio, pero se sabe mucho sobre su liderazgo inquebrantable, coraje y profundidad de fe, debido a los voluminosos escritos que dejó. Una historia relata que cuando Atanasio era solo un niño, él y dos amigos estaban jugando en la playa cuando el obispo de Alejandría los notó. El obispo observó que el joven Atanasio fingía bautizar a los otros niños, a imitación del propio obispo. Después de examinar la fe y la comprensión del sacramento de Atanasio, el obispo declaró que los bautismos de los otros niños por parte de Atanasio eran verdaderamente válidos. El obispo entonces tomó a Atanasio bajo su protección y se encargó de que recibiera la mejor educación que la floreciente ciudad cristiana de Alejandría podía ofrecerle. Llegó a ser un excelente estudiante y se sumergió especialmente en las Sagradas Escrituras.
En ese momento, Alejandría era un importante centro comercial, con una mezcla de cultura griega y romana. La fe era fuerte y las escuelas de la ciudad eran renombradas. Lo que salió de Alejandría afectó a toda la Iglesia. En 311, el obispo de Alejandría fue martirizado en una de las últimas persecuciones romanas de la fe.
En 313, el emperador Constantino emitió el Edicto de Milán, legalizando la práctica de la fe cristiana. Al completar su educación, Atanasio fue ordenado diácono en Alejandría. Como diácono, su conocimiento de la Escritura se daría a conocer especialmente a través de su primera gran obra, Sobre la Encarnación del Verbo, en la que articula poderosamente que Jesús es la Palabra divina y eterna del Padre.
Con la legalización del cristianismo y el fin de las persecuciones externas a la Iglesia, comenzó un nuevo ataque a la Iglesia, esta vez desde adentro. Hacia el año 318, Arrio, sacerdote de una rica parroquia de Alejandría, pronunció desde el púlpito que su obispo era hereje. Promovió su creencia de que el Hijo de Dios estaba subordinado al Padre, no participaba de Su divinidad y, por lo tanto, no era ni eterno ni coeterno.
El obispo de Alejandría trabajó duro para reconciliar a Arrio, pero fue en vano. En 321 se celebró en Alejandría un sínodo de casi 100 obispos, y rechazaron las enseñanzas de Arrio. Posteriormente, Arrio rechazó a los obispos y huyó a Palestina, donde continuó difundiendo sus errores. Con el cristianismo legal en todo el imperio, Arrio emprendió una campaña de prédicación…,
En 325, Constantino convocó el primer concilio ecuménico de la Iglesia en la ciudad de Nicea, cerca de Constantinopla, con la cooperación del Papa Silvestre.
A medida que los obispos se reunían de todo el imperio, muchos de ellos mostraban las marcas físicas de la persecución por parte de los emperadores romanos que habían soportado durante toda su vida. Ahora, se enfrentaron a un nuevo enemigo, uno que buscaba negar la divinidad de Cristo. En el consejo, a Arrio se le dio la libertad de presentar su caso ante la audiencia de todos. El obispo de Alejandría también expuso su caso. Testimonios posteriores también afirman que el diácono Atanasio fue una de las voces más claras y convincentes en apoyo de la divinidad de Cristo, basando sus argumentos en su obra Sobre la Encarnación del Verbo de Dios…De los más de 300 obispos presentes, solo dos se negaron a apoyar la posición articulada por el obispo de Alejandría y el diácono Atanasio. Se formuló un credo para articular clara y concisamente la fe pura de la Iglesia: el Credo de Nicea. Esos dos obispos que se negaron a aceptarlo, junto con Arrio, fueron exiliados. Poco después del concilio, murió el obispo de Alejandría y Atanasio, de treinta años, fue elegido su sucesor, para deleite de todo el pueblo.
Uno podría pensar que el Concilio de Nicea, con la emisión del Credo de Nicea, habría puesto fin a los problemas, pero no fue así. Poco después, los obispos exiliados que apoyaban a Arrio ganaron el apoyo del emperador Constantino y lo convencieron de exiliar al obispo Atanasio de Alejandría. Este fue el primero de cinco exilios que el obispo Atanasio soportaría de cuatro emperadores romanos diferentes. De hecho, diecisiete de sus cuarenta y ocho años como obispo de Alejandría los pasó en el exilio.
Romanos 8:28 dice: “Sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados”. Esta Escritura ciertamente se cumplió en la vida de San Atanasio. Durante sus cinco exilios, escribió más de cincuenta cartas que se han conservado, numerosas obras sobre la fe y la primera biografía detallada de un santo, San Antonio del Desierto. Su libro sobre San Antonio se basó en su conocimiento de primera mano de la vida de este monje del desierto. Se cree que Atanasio pasó al menos un año con Antonio antes de la muerte de este, y luego pasó cinco o seis años más con la comunidad de monjes del desierto que Antonio había ayudado a formar.
El conocimiento de Atanasio de esta vocación única, así como su participación en ella, proporcionó a la Iglesia primitiva un poderoso testimonio de la vocación a la soledad y la oración.
Su libro se convirtió en uno de los libros más copiados de esa época y sigue siendo muy popular en la actualidad. No hay duda de que ese trabajo contribuyó en gran medida a la comprensión de la vida contemplativa no solo de los monjes del desierto, sino también de los religiosos, el clero y los laicos. Además, las otras obras de Atanasio no solo condujeron finalmente al repudio total de la herejía arriana, sino que también han brindado a los teólogos desde entonces valiosos conocimientos sobre la fe, especialmente sobre la Encarnación y la divinidad de Cristo.
Mientras honramos a este gran Doctor de la Iglesia, reflexionemos especialmente sobre su inquebrantable devoción a la verdad, a pesar de soportar una persecución de por vida por ella. Hubiera sido más fácil para él permanecer en silencio, pero no lo hizo. Si a veces te encuentras comprometiendo tu fe, inspírate en San Atanasio y busca su intercesión hoy.
San Atanasio, tu fe, conocimiento de la verdad y compromiso inquebrantable con la proclamación de la verdad resultaron en mucho sufrimiento en tu vida. Sin embargo, Dios usó ese sufrimiento y tu coraje para purificar a la Iglesia y ponerla en un camino glorioso. Ora por mí, para que imite tu fe y valor en mi propia vida para que Dios pueda usarme para dejar un legado duradero para aquellos a quienes estoy llamado a amar y servir. San Atanasio, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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