Santo del día:
Santo Tomás, apóstol
Siglo I.
Fue uno de los doce apóstoles elegidos por Jesús.
Ha quedado especialmente recordado por su incredulidad inicial: quiso tocar las
llagas de Cristo para creer en la noticia de su resurrección.
Sin embargo, Tomás no es sólo el apóstol que dudó;
es también el discípulo que, al encontrarse con el Resucitado, proclamó una de
las confesiones de fe más profundas del Evangelio: «¡Señor mío y Dios
mío!». Su camino nos recuerda que Jesús no rechaza nuestras dudas
sinceras, sino que sale a nuestro encuentro para conducirnos a una fe más
madura, humilde y confiada.
La tradición cristiana lo venera como apóstol y
misionero, asociado especialmente al anuncio del Evangelio en Oriente. Su
fiesta nos invita a pedir una fe viva, capaz de reconocer a Cristo resucitado
incluso en medio de las heridas y pruebas de la vida.
¿Se atrevió?
(Jn 20, 24-29) «Acerca aquí tu dedo y
mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino
creyente».
¿Tomás dio ese paso? El texto guarda silencio. Tal vez ya no necesitó tocar: la
presencia del Resucitado le bastaba.
Ante Jesús vivo, su duda se convierte en fe y
su miedo se transforma en confesión: «¡Señor mío y Dios mío!».
Cristo no rechaza a Tomás; sale al encuentro de su necesidad de signos para
abrirlo a una fe más grande.
También
nosotros, a veces, queremos ver para creer. Pero Jesús viene al corazón de
nuestras dudas y nos invita a confiar en Él. Dichosos nosotros si sin haber
visto, podemos decir con Tomás: «¡Señor mío y Dios mío!».
G.Q
Primera lectura
Ef
2, 19-22
Están
edificados sobre el cimiento de los apóstoles
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.
HERMANOS:
Ustedes ya no son extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos,
y miembros de la familia de Dios.
Están edificados sobre el cimiento de los apóstoles y profetas, y el mismo
Cristo Jesús es la piedra angular. Por él todo el edificio queda ensamblado, y
se va levantando hasta formar un templo consagrado al Señor. Por él también
ustedes entran con ellos en la construcción, para ser morada de Dios, por el
Espíritu.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
116, 1. 2 (R.: Mc 16, 15)
R. Vayan al mundo entero
y proclamen el Evangelio.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Alaben al Señor
todas las naciones,
aclámenlo todos los pueblos. R.
V. Firme es su
misericordia con nosotros,
su fidelidad dura por siempre. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Porque me has visto,
Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber
visto. R.
Evangelio
Jn
20, 24-29
¡Señor
mío y Dios mío!
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
TOMÁS, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino
Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el
agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no
seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber
visto».
Palabra del Señor.
1
Celebramos hoy la fiesta de Santo Tomás, apóstol,
uno de los discípulos más cercanos de Jesús y, al mismo tiempo, uno de los más
humanos. Tomás no aparece en el Evangelio como un héroe perfecto, sino como un
hombre que duda, que necesita señales, que no se conforma con lo que otros le
cuentan. Por eso, quizá, nos sentimos tan cercanos a él.
El Evangelio nos presenta a Tomás ausente cuando
Jesús resucitado se aparece a los demás discípulos. Ellos le dicen: “Hemos
visto al Señor”. Pero él responde con una frase fuerte: “Si no veo en
sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el agujero de los
clavos y no meto mi mano en su costado, no lo creeré”.
Tomás quiere tocar para creer. Quiere comprobar. Quiere
una fe que pase por sus heridas, por sus preguntas, por su necesidad de
certeza. Y Jesús, lejos de rechazarlo, vuelve ocho días después. Entra
nuevamente donde están los discípulos y se dirige directamente a Tomás: “Trae
tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas
incrédulo, sino creyente”.
El Evangelio no nos dice si Tomás tocó realmente
las heridas de Jesús. Guarda silencio. Tal vez porque, en aquel momento, Tomás
ya no necesitó tocar. La presencia viva del Resucitado le bastó. Sus dudas se
derrumbaron ante una presencia. Su incredulidad se convirtió en adoración. Y de
sus labios salió una de las confesiones de fe más hermosas de todo el
Evangelio: “¡Señor mío y Dios mío!”.
Esta es la gran enseñanza de Tomás: la duda no
tiene por qué alejarnos de Dios, si la vivimos con sinceridad y la dejamos
encontrar por Cristo. Tomás no abandona la comunidad; permanece con los
discípulos. Y allí, en medio de la comunidad, se encuentra con el Señor
resucitado. Su camino nos recuerda que la fe no siempre nace de respuestas
fáciles, sino del encuentro con Jesús vivo.
La primera lectura, de la carta a los Efesios, nos
dice que ya no somos extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los
santos y miembros de la familia de Dios. Y añade algo muy bello: estamos
edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, y la piedra angular
es Cristo Jesús.
Tomás, con su fe probada, también forma parte de
ese fundamento apostólico. La Iglesia no está construida sobre personas
perfectas, sino sobre hombres y mujeres encontrados, llamados, perdonados y
transformados por Cristo. Tomás dudó, sí; pero su duda fue vencida por el amor
paciente del Señor. Y desde entonces, su testimonio sostiene también nuestra
fe.
El salmo responsorial nos invita: “Vayan al
mundo entero y proclamen el Evangelio”. Esa es la misión de los apóstoles y
también la nuestra. Pero nadie puede anunciar de verdad a Cristo si antes no se
ha dejado encontrar por Él. Tomás pasa de la duda al anuncio, del encierro a la
misión, del “si no veo, no creo” al “Señor mío y Dios mío”.
Hoy, al celebrar esta fiesta, oramos de manera
especial por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Cuántas personas, en
medio de la enfermedad, la tristeza, la soledad, el duelo, la ansiedad o el cansancio
espiritual, sienten también la tentación de decir: “Si no veo, no creo”.
Cuántos quisieran tocar una señal de Dios, sentir una respuesta clara,
encontrar alivio inmediato.
El Evangelio de hoy nos recuerda que Jesús no se
escandaliza de nuestras heridas ni de nuestras preguntas. Él entra en nuestras
habitaciones cerradas. Entra donde hay miedo, dolor, incredulidad y silencio. Y
no viene a condenar, sino a mostrar sus propias heridas glorificadas. Las
llagas de Cristo nos dicen que Dios no es ajeno al sufrimiento humano. Él ha
pasado por la cruz y, desde la cruz, ha abierto un camino de vida.
Por eso, a quienes sufren en el cuerpo, pidamos hoy
la fortaleza, la salud, la paciencia y la cercanía de Cristo médico y salvador.
A quienes sufren en el alma, pidamos la paz profunda que sólo el Resucitado
puede dar. Y a todos nosotros, pidamos una fe más humilde, capaz de repetir en
medio de la prueba: “Señor mío y Dios mío”.
Que Santo Tomás interceda por nosotros. Que nos
enseñe a no huir de nuestras dudas, sino a llevarlas ante Jesús. Que nos ayude
a permanecer en la comunidad, aun cuando la fe parezca débil. Y que, tocados
por la presencia del Resucitado, podamos convertir nuestras heridas en lugar de
encuentro, nuestra fragilidad en confianza y nuestra vida en anuncio del
Evangelio.
Amén.
2
Queridos hermanos:
La fiesta de Santo Tomás, apóstol, nos pone delante
de una experiencia profundamente humana: la dificultad para creer cuando el
corazón está herido, confundido o ausente. Tomás no estaba con los demás
discípulos cuando Jesús resucitado se apareció en medio de ellos. Y cuando los
otros le dijeron: «Hemos visto al Señor», él respondió con sinceridad,
pero también con dureza: «Si no veo la señal de los clavos en sus manos, si
no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no
creeré».
Tomás quería pruebas. Quería tocar. Quería
asegurarse de que no se trataba de una ilusión ni de un consuelo inventado por
sus compañeros. En el fondo, Tomás representa a tantos hombres y mujeres que
desean creer, pero que cargan heridas, dudas, decepciones o cansancios.
Representa también a quienes, al alejarse de la oración, de la comunidad, de la
Eucaristía o de la vida sacramental, comienzan a sentir que la fe se enfría y
que la duda crece.
Pero lo más hermoso del Evangelio no es la duda de
Tomás, sino la manera como Jesús responde a esa duda. Ocho días después, Jesús
vuelve a entrar en la casa, estando las puertas cerradas. Se pone en medio de
ellos y dice: «La paz esté con ustedes». Luego se dirige a Tomás
personalmente: «Trae tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en
mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Jesús no humilla a Tomás. No lo regaña con dureza.
No lo excluye del grupo de los apóstoles por haber dudado. Al contrario, se
acerca a él, le habla en su propio lenguaje, responde a su necesidad y le
muestra sus heridas. Esas heridas ya no son signo de derrota, sino de victoria;
ya no son memoria de fracaso, sino prueba del amor que ha vencido la muerte.
Y entonces Tomás pronuncia una de las confesiones
de fe más bellas de todo el Evangelio: «¡Señor mío y Dios mío!». El
discípulo que había dicho «no creeré» termina proclamando con fuerza la
divinidad de Cristo. La duda, tocada por la misericordia, se convierte en fe.
La ausencia se transforma en encuentro. El miedo da paso a la adoración.
La primera lectura, tomada de la carta a los
Efesios, ilumina muy bien esta fiesta. San Pablo nos dice: «Ya no son
extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos y miembros de la
familia de Dios». Nuestra fe no es un camino solitario. Somos parte de una
familia, de una casa espiritual, de una Iglesia edificada «sobre el cimiento
de los apóstoles y profetas, y el mismo Cristo Jesús es la piedra angular».
Tomás pertenece a ese cimiento apostólico. Y esto
es muy consolador: la Iglesia no está edificada sobre hombres perfectos, sino
sobre hombres llamados, corregidos, perdonados y transformados por Cristo.
Pedro negó, Pablo persiguió, Tomás dudó; pero todos fueron alcanzados por la
misericordia de Dios. El Señor no construye su Iglesia con piedras impecables,
sino con piedras vivas, muchas veces heridas, pero sostenidas por Cristo, la
piedra angular.
El salmo de hoy es breve, pero universal:
«Alaben al Señor todas las naciones, aclámenlo todos los pueblos». Y el
estribillo, tomado del mandato misionero, nos recuerda: «Vayan al mundo
entero y proclamen el Evangelio». Tomás, después de su encuentro con el
Resucitado, no se quedó encerrado en su duda. La tradición lo recuerda como
apóstol misionero, llevando la fe más allá de las fronteras conocidas. El que
necesitó ver las llagas de Cristo se convirtió luego en testigo de Cristo para
otros.
También nosotros somos enviados. Pero nadie puede
anunciar de verdad al Señor si antes no se deja encontrar por Él. No podemos
proclamar un Evangelio vivo si nuestra fe se ha quedado sólo en costumbre, en
tradición o en ideas. Necesitamos, como Tomás, pasar de la fe heredada a la fe
confesada; de hablar de Dios a decirle personalmente: «Señor mío y Dios
mío».
Hoy, en esta Eucaristía, ponemos de manera especial
nuestra intención orante por quienes sufren en el alma y en el cuerpo. Pensemos
en los enfermos, en quienes cargan dolores físicos, tratamientos, diagnósticos
difíciles o limitaciones. Pensemos también en quienes sufren por dentro: los
que viven tristeza, ansiedad, soledad, depresión, duelo, culpa, miedo o
cansancio espiritual. Muchos de ellos quisieran también una señal, una
respuesta, una certeza. Muchos, como Tomás, quisieran tocar algo que les
devuelva la esperanza.
A todos ellos, el Evangelio de hoy les anuncia una
buena noticia: Cristo resucitado no se aparta de las heridas humanas. Él mismo
conserva sus llagas gloriosas. Por eso comprende nuestras heridas. Él entra
incluso cuando las puertas están cerradas. Entra en la habitación del miedo, en
la casa del dolor, en el corazón que duda, y repite: «La paz esté con
ustedes».
Pidamos hoy a Santo Tomás que interceda por
nosotros. Que nos enseñe a no quedarnos encerrados en nuestras dudas, sino a
llevarlas ante Jesús. Que nos ayude a permanecer en la comunidad, porque allí,
reunidos con los hermanos, el Resucitado se hace presente. Que quienes sufren
en el cuerpo reciban fortaleza, alivio y esperanza. Que quienes sufren en el alma
sientan la paz profunda de Cristo.
Y que todos nosotros, al acercarnos al altar,
podamos hacer nuestra la oración de Tomás. En la Eucaristía no tocamos las
llagas visibles de Jesús, pero recibimos su Cuerpo entregado y su Sangre
derramada. Ante este misterio, digamos con fe humilde y ardiente:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Amén.
****************
3 de julio: Santo Tomás Apóstol — Fiesta
Murió hacia el año 72
Patrono de los que dudan, arquitectos, personas ciegas, constructores, geómetras, albañiles, agrimensores y teólogos
Cita:
Tomás, llamado el Mellizo, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Entonces los otros discípulos le dijeron: «Hemos visto al Señor». Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré».
Ocho días después, los discípulos estaban otra vez dentro, y Tomás con ellos. Jesús vino, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo: «La paz esté con ustedes». Luego dijo a Tomás: «Pon tu dedo aquí y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente».
Tomás respondió y le dijo: «¡Señor mío y Dios mío!». Jesús le dijo: «¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que no han visto y han creído».
(Juan 20, 24–29)
Reflexión:
Santo Tomás Apóstol es más conocido por haber dudado de la Resurrección de Jesús, cuando dijo: «Si no veo la marca de los clavos en sus manos y no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).
Antes de este episodio, los Evangelios mencionan a Tomás varias veces. Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas lo incluyen entre los apóstoles, pero no ofrecen detalles sobre su llamado. Uno de los pocos detalles personales que se da sobre Tomás aparece en el Evangelio de Juan, donde se le llama “Dídimo”, que significa “Mellizo”. Es razonable, entonces, suponer que tenía un hermano gemelo.
La primera mención detallada de Santo Tomás ocurre justo antes del séptimo y último “signo” realizado por Jesús en el Evangelio de Juan. Estos signos eran milagros realizados para que la gente «crea que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y que creyendo, tengan vida en su nombre» (Jn 20,31). El séptimo signo fue la resurrección de Lázaro. Antes de este milagro, el Sanedrín ya se encontraba cada vez más agitado y hostil hacia Jesús. Los discípulos lo sabían y entendían que si Jesús realizaba más milagros, habría represalias.
Cuando Jesús se enteró de que su amigo Lázaro había muerto, les dijo a sus discípulos que iría a devolverle la vida. Los discípulos lo cuestionaron por temor a la persecución: «Rabí, hace poco los judíos intentaban apedrearte, ¿y tú quieres volver allá?» (Jn 11,8). Entonces Tomás dijo con valentía a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros para morir con él» (Jn 11,16).
La segunda vez que Tomás aparece en el Evangelio de Juan es al inicio del discurso de la Última Cena. Jesús les dijo a los apóstoles que volvería al Padre a prepararles un lugar, y que luego regresaría para llevarlos consigo. Tomás objetó diciendo: «Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo podremos saber el camino?». A lo que Jesús respondió con su famosa frase: «Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie va al Padre sino por mí» (Jn 14,5–6).
La tercera, y más conocida aparición de Tomás, es cuando está ausente tras la Resurrección de Jesús, y éste se aparece a los otros diez apóstoles. Al enterarse después, Tomás expresa abiertamente su duda. Sin embargo, una semana después, esa duda se transforma en fe cuando exclama: «¡Señor mío y Dios mío!». Tradicionalmente, los fieles repiten esta frase durante la Misa, después de la Consagración, como expresión de fe en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Fue Tomás quien nos dejó estas poderosas palabras de fe.
El libro de los Hechos de los Apóstoles menciona a Tomás en la lista de los apóstoles reunidos en el cenáculo después de la Ascensión del Señor. Fuera de esto, ya no se le menciona por su nombre, sino en referencia general junto con los demás apóstoles, como en Pentecostés. Sin embargo, diversas tradiciones antiguas sostienen ampliamente que Tomás tomó muy en serio las últimas palabras de Jesús: «Serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaría, y hasta los confines de la tierra» (Hch 1,8).
Sobre su viaje a los “confines de la tierra”, el Papa Benedicto XVI dijo en una audiencia general:
«Recordemos que una antigua tradición sostiene que Tomás evangelizó primero Siria y Persia (mencionado por Orígenes, según Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica 3,1), y que luego fue a la India occidental (cf. Hechos de Tomás 1–2 y siguientes), desde donde llegó finalmente al sur de la India» (27 de septiembre de 2006).
Si bien no puede afirmarse con certeza absoluta, hay evidencia significativa que lo respalda. Además de Orígenes y Eusebio, otros Padres de la Iglesia hablaron de sus misiones en la India. En el siglo IV, San Efrén el Sirio compuso un himno que menciona a Tomás predicando en la India, y también lo hizo San Gregorio Nacianceno. Más tarde, San Ambrosio de Milán habló de su labor misionera en India, y hacia finales del siglo VI, San Gregorio, obispo de Tours, escribió que el apóstol fue martirizado en India y que sus restos fueron llevados a Edesa, Siria (hoy Turquía), lugar que la tradición afirma que también visitó y donde predicó camino a India.
Según las tradiciones más confiables, Tomás llegó a la India alrededor del año 52. Predicó en la costa de Malabar, al suroeste del país, así como más al norte en la meseta del Decán. Un texto antiguo llamado Hechos de Tomás narra muchas conversiones y milagros que realizó. Hacia el año 68, se cree que Tomás y sus compañeros viajaron al este de India, en lo que hoy es Chennai, donde predicó el Evangelio, atendió a los pobres y enfermos y construyó iglesias. La tradición afirma que trabajó para convertir a reyes y a sus familias como forma de obtener su apoyo para evangelizar al pueblo.
En Chennai hay una colina llamada “Monte Santo Tomás”, considerada como el lugar de su martirio. Hacia el año 72, la leyenda cuenta que, mientras oraba en esa colina, Tomás fue atravesado por una lanza en la espalda por orden del rey, tras haber convertido a su esposa y a varios miembros de la familia real al cristianismo.
Al honrar a este gran apóstol del Señor, meditemos en el celo misionero que tuvo, al dejar su tierra, su familia y su comunidad para ir hasta los rincones más remotos de la India, donde pasó el resto de su vida predicando el Evangelio, bautizando y estableciendo la Iglesia. Murió como mártir, algo muy propio de un hombre tan valiente. Aunque al principio luchó con la duda, su fe fue transformada por Cristo. Lleno del Espíritu Santo en Pentecostés, Tomás nunca volvió la vista atrás.
Al reflexionar sobre su vida, pregúntate en qué aspectos puedes aprender e imitarlo. Si tú también luchas con dudas, ten la certeza de que el Espíritu Santo puede transformarlas y llenarte con el mismo fervor y compromiso que tuvo Santo Tomás.
Oración:
Santo Tomás Apóstol,
tú llegaste a ser un fiel seguidor de Jesús.
Aunque tuviste un momento de duda, esa lucha te transformó en un hombre nuevo.
Te ruego que intercedas por mí,
para que cada lucha y debilidad que tengo
sea eliminada y transformada,
y así Dios pueda servirse de mí para cumplir su santa y perfecta voluntad.
Santo Tomás Apóstol, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.



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