miércoles, 3 de junio de 2026

San Andrés en el corazón: dos años de misión entre el mar, la fe y la gratitud

 

“El Señor ha estado grande con nosotros, y estamos alegres”
Salmo 126

 




Era el 8 de marzo de 2024. Recuerdo bien aquella fecha porque, sin saberlo, ese día se abría una nueva página en mi historia sacerdotal y misionera. Estábamos en un compartir de vicaría, en un ambiente fraterno, sencillo, de esos encuentros donde uno conversa, escucha, se ríe, comparte la mesa y también la vida. En medio de aquel momento, nuestro obispo, Monseñor Hency Martínez, nos comentó que había llegado una invitación del obispo del Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina: se necesitaba algún sacerdote que quisiera ir a ofrecer su servicio pastoral en aquella jurisdicción insular, tan hermosa como necesitada de presencia sacerdotal.

No lo pensé demasiado. O mejor: creo que lo pensé con el corazón.

Apenas escuché la propuesta, levanté la mano. Así, de una. Manifesté que deseaba ir. No hubo grandes cálculos, ni largas deliberaciones, ni análisis complicados. Simplemente sentí que allí podía haber un llamado de Dios. Y uno, después de tantos años de ministerio, aprende —o debería aprender— que algunas llamadas del Señor no llegan con truenos ni relámpagos, sino con una invitación sencilla, dicha casi al pasar, pero capaz de mover la vida.

En ese momento yo era párroco de la comunidad de San Francisco de Asís, en el corregimiento de La Danta, donde llevaba ya cuatro años y poco más de un mes. Había aprendido a querer aquella comunidad, sus luchas, su gente, sus ritmos, sus rostros. Pero la vida sacerdotal, cuando se vive en clave de misión, tiene siempre algo de tienda de campaña: uno planta, riega, acompaña, ama… y un día el Señor dice: “levántate y ve”.

Monseñor Hency, al ver mi disposición, se comunicó inmediatamente con Monseñor Jaime Uriel Sanabria, Vicario Apostólico de las islas, para contarle que había un sacerdote interesado. Enseguida me pasó el teléfono. Monseñor Jaime me saludó con amabilidad, me hizo algunas preguntas, quiso conocer un poco mi disponibilidad y mis motivaciones. Yo, con entusiasmo, le manifesté mi deseo de ir a servir allí.

Así comenzaron las cosas. Sin ruido. Sin demasiada planeación humana. Con esa mezcla de incertidumbre y confianza que suele acompañar las verdaderas aventuras de Dios.

Celebré la Semana Santa en mi parroquia, entregué la administración y me dispuse a partir. Finalmente, el 2 de mayo de 2024, llegué a San Andrés Isla. El avión aterrizó casi a las cuatro de la tarde en el aeropuerto Gustavo Rojas Pinilla. Allí me recibió Monseñor José Archbold, quien desde el primer momento me acogió con esa mezcla de seriedad, experiencia, cordialidad y sabiduría pastoral que tanto agradezco. Me llevó enseguida a saludar a Monseñor Jaime Sanabria, y también pude encontrarme con algunos sacerdotes que estaban por la Curia en ese momento.

Aquella misma noche acompañé a Monseñor José en la Eucaristía. Como era jueves, también participé con él en la Hora de Adoración. De ese modo, mi llegada no fue turística, sino eucarística. No llegué primero a conocer playas, paisajes o sitios emblemáticos; llegué al altar, al Sagrario, al encuentro con la comunidad orante. Y tal vez esa fue la mejor manera de comenzar.

Supe entonces que la parroquia se llamaba Santa María Estrella del Mar, un nombre profundamente bello y significativo para una comunidad rodeada por el azul inmenso del Caribe. Estaba ubicada en la parte sur de la isla, en el sector de San Luis, una comunidad de fuerte identidad raizal, marcada por su historia, su lengua, su cultura, su música, sus tradiciones y su profunda religiosidad.

Durante dos años y veinticinco días, tuve la gracia de compartir la vida y la fe con las comunidades del Vicariato. Apoyé al párroco en la celebración de las Eucaristías, en la atención pastoral ordinaria y también en la apertura y consolidación de una experiencia misionera en el sector de Nueva Guinea. A esta misión se le dio el nombre de San Pedro Claver, evocando al santo que supo reconocer la dignidad de los hermanos afrodescendientes y servir a Cristo en ellos.

Allí se mantuvieron durante mi estadía dos pequeñas comunidades eclesiales: New Hope, es decir, Nueva Esperanza, y Los Hijos de Abraham. Cada lunes procuramos acompañar estos grupos con fidelidad, paciencia y cariño pastoral. No siempre se trataba de grandes multitudes ni de estructuras complejas. Muchas veces la Iglesia crece así: en pequeños grupos, en casas, en encuentros sencillos, en la Palabra compartida, en una oración humilde, en un saludo, en una visita, en una silla puesta para escuchar.

Y comprendí una vez más que la misión no consiste únicamente en hacer muchas cosas, sino en estar. Estar con la gente. Estar con fe. Estar con respeto. Estar con el oído abierto y el corazón disponible. Estar allí donde la Iglesia necesita una presencia que recuerde que Dios no abandona a su pueblo.

También tuve la oportunidad de acompañar, por deseo de mi párroco, a la comunidad educativa del colegio Philippe Beckman, en el sector. Allí compartimos Eucaristías y algunas charlas en tiempos fuertes de la liturgia. Siempre he creído que el mundo educativo es una tierra sagrada. Allí se siembran no solo conocimientos, sino valores, preguntas, sueños, búsquedas y heridas. Estar cerca de niños, adolescentes, jóvenes, profesores y familias es también una forma preciosa de evangelización.

Cuando pude, acompañé igualmente los grupos de Infancia y Adolescencia Misionera, así como el grupo juvenil. Ver a los niños y jóvenes acercarse a la fe, con sus preguntas, sus energías, sus dudas y sus talentos, confirma que la Iglesia no puede cansarse de sembrar. Quizás uno no siempre ve los frutos inmediatos, pero el Evangelio tiene su propio calendario. Dios sabe cuándo germina cada semilla.

Una de las pastorales más fuertes, constantes y profundamente humanas fue, sin duda, la visita y asistencia a los enfermos y ancianos. Durante año y medio tuve la oportunidad de compartir con poco más de una veintena de personas, visitándolas cada miércoles. Allí, en la habitación del enfermo, en la casa del anciano, junto a una cama, frente a una mirada cansada o una sonrisa agradecida, uno vuelve a descubrir el centro del ministerio sacerdotal.

Porque el sacerdote no está solamente para predicar desde el ambón o presidir desde el altar. Está también para llevar consuelo, escuchar silencios, bendecir lágrimas, ungir fragilidades, acompañar soledades y recordar, con su pobre presencia, que Cristo sigue pasando por las casas de su pueblo.

¡Cuánto me enseñaron esos enfermos y ancianos! Algunos hablaban poco, otros contaban su historia con detalle. Algunos esperaban la comunión con emoción; otros simplemente agradecían que alguien llegara. En ellos encontré una cátedra silenciosa de paciencia, de fe, de humanidad y de esperanza.

También pude compartir temas de formación catequética con catequistas y diversos grupos apostólicos, entre ellos la Legión de María. Siempre he valorado mucho estos espacios porque la fe necesita ser alimentada, pensada, profundizada y celebrada. Una comunidad que se forma es una comunidad que aprende a amar mejor, a servir mejor y a dar razón de su esperanza.


La misión me llevó además a Providencia, una isla entrañable, herida y resucitada tantas veces por la fuerza de su gente. Tuve la oportunidad de acompañar comunidades allí en julio de 2025, y luego nuevamente en enero, abril y mayo de 2026. Providencia tiene algo especial: una belleza que no se queda en el paisaje, sino que se transparenta en la dignidad de sus habitantes, en su capacidad de resistir, reconstruir y seguir creyendo.

Mirando hacia atrás, descubro que esta experiencia en el Vicariato me conectó con otras etapas de mi vida misionera. El ambiente afrocaribeño, la cultura raizal, la música, la oralidad, la fuerza de la comunidad, el mar como horizonte y símbolo, todo ello me recordó experiencias anteriores: Buenaventura en 1991, mi paso por Camerún y otros países africanos entre 2003 y 2007. Hay culturas que, aunque distintas entre sí, comparten una manera profunda de celebrar la vida, llorar las pérdidas, resistir las adversidades y abrirse a Dios con una sensibilidad especial.

Por eso, San Andrés, Providencia y Santa Catalina no fueron para mí simplemente un destino pastoral. Fueron una escuela. Una escuela de misión, de humildad, de adaptación, de escucha y de gratitud. Me ayudaron a comprender nuevamente que la Iglesia es verdaderamente católica no porque uniforma, sino porque abraza la diversidad de pueblos, lenguas, acentos, memorias y caminos.

El pasado 28 de mayo de 2026, después de dos años y veinticinco días de experiencia con las comunidades isleñas del Vicariato, me despedí del obispo, de las comunidades, de los hermanos sacerdotes, de los diáconos, de tantos laicos y laicas que durante este tiempo me brindaron su amistad, su apoyo y su confianza. Las despedidas nunca son fáciles cuando uno ha compartido la fe, la mesa, la oración, las alegrías y también las preocupaciones. Pero en la vida sacerdotal despedirse no significa borrar, sino agradecer. No significa cerrar el corazón, sino llevar dentro lo vivido.

Hoy regreso a mi diócesis de origen, La Dorada-Guaduas, en la cual me incardiné entre 2022 y 2023. Vuelvo con la maleta cargada de recuerdos, rostros, nombres, aprendizajes y bendiciones. Vuelvo con la certeza de que nada de lo vivido ha sido casualidad. Dios va tejiendo la historia con hilos que a veces solo entendemos después.

Por eso, más que hacer un balance administrativo o pastoral, quiero elevar una acción de gracias. Gracias al Señor por haberme permitido vivir esta experiencia. Gracias por haberme llevado una vez más a una tierra distinta, a una cultura concreta, a una Iglesia necesitada y viva. Gracias por las Eucaristías celebradas, por las Horas Santas compartidas, por las visitas a los enfermos, por las comunidades pequeñas, por las conversaciones sencillas, por los niños, jóvenes, catequistas, legionarias, familias, ancianos, benefactores, servidores y amigos.

Gracias a Monseñor Hency Martínez, por haber acogido mi disponibilidad y facilitar este envío. Gracias a Monseñor Jaime Uriel Sanabria, por recibirme en el Vicariato y permitirme servir en esta porción del Pueblo de Dios. Gracias a Monseñor José Archbold, por su acogida, su confianza, su experiencia compartida y por permitirme acompañar la vida pastoral de Santa María Estrella del Mar. Gracias a los sacerdotes, diáconos, religiosas, agentes de pastoral y fieles laicos que hicieron más fraterno este camino.

Gracias también a mi familia, que siempre ha acompañado mis idas y venidas, mis cambios, mis misiones, mis silencios y mis cansancios. Gracias a las comunidades con las que he compartido aquí y allá, a quienes han orado por mí, a quienes me han apoyado espiritual y materialmente, a quienes me han animado en los momentos de dificultad y a quienes han comprendido que el sacerdote no se pertenece del todo a sí mismo, porque su vida está puesta al servicio de Dios y de los hermanos.

Me voy de las islas, pero las islas no se van de mí.

Quedan en mi memoria el azul del mar, la brisa de San Luis, los rostros de los enfermos, la fe de las comunidades, la esperanza de Nueva Guinea, el nombre hermoso de Santa María Estrella del Mar, la fortaleza de Providencia, la identidad raizal, las voces, los cantos, las celebraciones, los saludos, las despedidas y tantas pequeñas escenas que, aunque quizá no aparezcan en ninguna crónica oficial, quedan escritas en el corazón.

Al final, uno descubre que la misión no es solamente lo que uno entrega. La misión es también —y quizá sobre todo— lo que uno recibe. Yo llegué a San Andrés creyendo que iba a dar un aporte. Y sí, con mis límites, traté de hacerlo. Pero hoy reconozco que recibí mucho más: recibí cariño, confianza, aprendizaje, paciencia, fe sencilla, nuevos amigos y una confirmación interior de que vale la pena seguir diciendo sí.

Que el Señor bendiga infinitamente al Vicariato Apostólico de San Andrés, Providencia y Santa Catalina. Que bendiga a sus pastores, a sus comunidades, a sus familias, a sus enfermos, a sus jóvenes, a sus ancianos, a sus niños, a sus catequistas, a sus servidores y a todo el pueblo raizal y residente que peregrina en esas islas amadas.

Y que Santa María, Estrella del Mar, siga guiando la barca de esa Iglesia particular, para que en medio de las aguas, los vientos y los desafíos, nunca falte la luz de Cristo, puerto seguro, esperanza viva y Señor de toda misión.

Gracias, Señor, por estos dos años de gracia.
Gracias por enviarme.
Gracias por sostenerme.
Gracias por permitirme amar y ser amado en tu nombre.

Dios les bendiga infinitamente.

 

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