miércoles, 1 de julio de 2026

2 de julio del 2026: jueves de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

La fe de los camilleros

(Mateo 9,1-8) Gracias a la fe de los camilleros, Jesús salva al hombre paralítico perdonándole sus pecados. Para Él, lo urgente es restablecer al enfermo en una relación justa con Dios. Frente a las murmuraciones de los escribas, Jesús muestra que su perdón levanta al hombre entero.

«Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa»: esta palabra devuelve al paralítico su libertad. Llevado por la fe de otros, ahora puede caminar. Así, el Evangelio nos recuerda que a veces necesitamos ser sostenidos por la fe de los demás, y que también nosotros estamos llamados a llevar a nuestros hermanos hasta Cristo.

G.Q

 


Primera lectura

Am 7, 10-17

Ve, profetiza a mi pueblo

Lectura de la profecía de Amós.

EN aquellos días, Amasías, sacerdote de Betel, envió un mensaje a Jeroboán, rey de Israel:
«Amós está conspirando contra ti en medio de Israel. El país no puede ya soportar sus palabras. Esto es lo que dice Amós: Jeroboán morirá a espada, e Israel será deportado de su tierra».
Y Amasías dijo a Amós:
«Vidente: vete, huye al territorio de Judá. Allí podrás ganarte el pan, y allí profetizarás. Pero en Betel no vuelvas a profetizar, porque es el santuario del rey y la casa del reino».
Pero Amós respondió a Amasías:
«Yo no soy profeta ni hijo de profeta. Yo era un pastor y un cultivador de sicómoros. Pero el Señor me arrancó de mi rebaño y me dijo: “Ve, profetiza a mi pueblo Israel”.
Pues bien, escucha la palabra del Señor: Tú me dices: “No profetices sobre Israel y no vaticines contra la casa de Isaac”.
Por eso, esto dice el Señor:
“Tu mujer deberá prostituirse en la ciudad,
tus hijos y tus hijas caerán por la espada,
tu tierra será repartida a cordel,
tu morirás en un país impuro
e Israel será deportado de su tierra”».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 18, 8. 9. 10. 11 (R.: 10cd)

R. Los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos.


V. La ley del Señor es perfecta
y es descanso del alma;
el precepto del Señor es fiel
e instruye a los ignorantes. 
R.

V. Los mandatos del Señor son rectos
y alegran el corazón;
la norma del Señor es límpida
y da luz a los ojos. 
R.

V. El temor del Señor es puro
y eternamente estable;
los mandamientos del Señor son verdaderos
y enteramente justos. 
R.

V. Más preciosos que el oro,
más que el oro fino;
más dulces que la miel
de un panal que destila. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.
 R.

 

Evangelio

Mt 9, 1-8

La gente alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, subió Jesús a una barca, cruzó a la otra orilla y fue a su ciudad. En esto le presentaron un paralítico, acostado en una camilla. Viendo la fe que tenían, dijo al paralítico:
«¡Ánimo, hijo!, tus pecados te son perdonados».
Algunos de los escribas se dijeron:
«Este blasfema».
Jesús, sabiendo lo que pensaban, les dijo:
«¿Por qué piensan mal en sus corazones? ¿Qué es más fácil, decir: “Tus pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que vean que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados —entonces dice al paralítico—: “Ponte en pie, coge tu camilla y vete a tu casa”».
Se puso en pie y se fue a su casa.
Al ver esto, la gente quedó sobrecogida y alababa a Dios, que da a los hombres tal potestad.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos habla de una misión que no siempre es fácil: anunciar la verdad de Dios, llevar a otros hasta Cristo y dejarnos levantar por su perdón.

En la primera lectura, el profeta Amós es rechazado por Amasías, sacerdote de Betel. Le dicen que se vaya, que no profetice allí. Pero Amós responde con sencillez y firmeza: él no eligió ser profeta por profesión o conveniencia; fue Dios quien lo llamó. “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo”. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios, no de un capricho humano.

El salmo nos recuerda que “los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios no siempre acomoda nuestro pensamiento, pero sí ilumina, corrige, purifica y da vida. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias ideas, sino la verdad del Señor, una verdad que salva.

En el Evangelio, unos camilleros llevan a un paralítico hasta Jesús. Ellos no pronuncian ningún discurso, pero su fe habla por sus gestos. Jesús, al ver la fe de ellos, dice al paralítico: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”. Antes de levantarlo físicamente, Jesús lo restaura por dentro. Porque la primera y más profunda parálisis del ser humano es la que produce el pecado, el miedo, la culpa, la desesperanza o la distancia de Dios.

Luego Jesús le dice: “Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa”. El que antes era llevado por otros, ahora camina. El que estaba postrado, ahora se pone de pie. El perdón de Cristo no humilla, sino que levanta; no encierra, sino que libera; no aplasta, sino que devuelve dignidad.

Hoy, al orar por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, pidamos al Señor tres gracias. Primero, la valentía de Amós, para anunciar la verdad, aunque no siempre sea bien recibida. Segundo, la fe de los camilleros, para llevar hasta Cristo a quienes están cansados, heridos o paralizados por la vida. Y tercero, un corazón abierto al perdón, para dejarnos levantar por Jesús y caminar como discípulos suyos.

Que el Señor suscite en su Iglesia vocaciones santas: sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios y laicos comprometidos que, con su vida, ayuden a muchos a levantarse y volver a Dios.

Amén.

 

2

 

Fuera de lo ordinario

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús subió a la barca, atravesó el lago y llegó a su ciudad. Probablemente se trata de Cafarnaúm, aquella pequeña población de pescadores que llegó a ser como el centro de su ministerio en Galilea. Allí, en medio de la vida sencilla y cotidiana, unas personas le llevaron un paralítico tendido en una camilla.

A simple vista, todo parecía ordinario: una ciudad pequeña, unas calles comunes, unos hombres cargando a un enfermo, una multitud reunida alrededor de Jesús. Pero en medio de esa escena común irrumpe la gracia extraordinaria de Dios. Jesús, viendo la fe de quienes traían al paralítico, le dice: “Ánimo, hijo, tus pecados están perdonados”.

Jesús no comienza por lo exterior, sino por lo más profundo. Antes de levantar el cuerpo del paralítico, sana su corazón. Antes de hacerlo caminar, lo reconcilia con Dios. Para Jesús, la verdadera salvación no consiste solamente en resolver una necesidad visible, sino en restaurar al ser humano entero: alma, cuerpo, dignidad, esperanza y relación con el Padre.

Esta escena nos recuerda que Dios actúa muchas veces en lo ordinario. Cafarnaúm puede representar nuestras casas, nuestras parroquias, nuestras familias, nuestros trabajos, nuestros barrios y comunidades. Allí donde parece que nada extraordinario sucede, Cristo está presente. Él se acerca a nuestras rutinas, a nuestras heridas, a nuestras parálisis interiores, y nos ofrece su perdón y su gracia.

La primera lectura nos presenta al profeta Amós. Amasías, sacerdote de Betel, quiere hacerlo callar y lo invita a irse a otra parte. Pero Amós responde con claridad: él no se hizo profeta por gusto propio ni por interés personal. Fue Dios quien lo llamó: “El Señor me sacó de junto al rebaño y me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel”.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para la obra evangelizadora de la Iglesia y para las vocaciones. La misión no nace simplemente de una iniciativa humana. La verdadera vocación nace de una llamada de Dios. Amós era un hombre sencillo, dedicado a tareas ordinarias; sin embargo, Dios lo tomó de su vida cotidiana y lo envió a anunciar su Palabra.

También los camilleros del Evangelio realizan una misión humilde y hermosa. No predican con grandes discursos, pero evangelizan con sus manos, con su esfuerzo, con su fe. Ellos llevan al paralítico hasta Jesús. Esa es también la misión de la Iglesia: cargar con amor a los heridos, acercar a Cristo a quienes no pueden avanzar solos, abrir caminos para que muchos reciban perdón, consuelo y vida nueva.

El salmo nos recuerda: “Los mandamientos del Señor son verdaderos y enteramente justos”. La Palabra de Dios es más preciosa que el oro y más dulce que la miel. Esa Palabra ilumina, corrige, alegra el corazón y da sabiduría a los sencillos. Por eso, quien evangeliza no anuncia sus propias opiniones, sino la Palabra viva del Señor, capaz de levantar al ser humano.

Hoy pidamos por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras comunidades sean como aquellos camilleros: comunidades que no se cansan de llevar a otros hasta Jesús. Pidamos también por las vocaciones: que el Señor siga llamando sacerdotes, religiosos, religiosas, misioneros, catequistas, matrimonios santos y laicos comprometidos, capaces de descubrir a Cristo en lo ordinario y de servirlo con generosidad.

Jesús sigue pasando por nuestras Cafarnaúm de cada día. Está presente en una conversación, en una visita a un enfermo, en una palabra de perdón, en una tarea sencilla, en una familia que lucha, en una comunidad que ora. Con ojos de fe, podemos reconocerlo.

Que el Señor nos conceda descubrir su presencia humilde en la vida ordinaria, dejarnos sanar por su perdón y ayudar a otros a levantarse. Porque cuando Cristo entra en lo ordinario, todo puede convertirse en camino extraordinario de gracia.

Amén.

 

Primero de julio del 2026: miércoles de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

 

Sin sentido

Dios amonesta a los suyos. Ya no soporta el abismo que existe entre las prácticas religiosas escrupulosamente observadas y la ausencia de justicia que reina en medio del pueblo elegido. Los sacrificios, las fiestas, las oraciones y los ritos no pueden agradar a Dios cuando no van acompañados de un corazón recto, de una vida convertida y de un compromiso concreto en favor de los pobres, de los pequeños y de los oprimidos. Porque el verdadero culto rendido al Señor no se mide solamente por la fidelidad a los gestos religiosos, sino por la justicia, la misericordia y la verdad vividas en lo cotidiano.

G.Q




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Primera lectura

Am 5, 14-15. 21-24

Aparta de mí el estrépito de tus canciones, y fluya la justicia como arroyo perenne

Lectura de la profecía de Amós.

BUSQUEN el bien, no el mal, y vivirán,
y así el Señor, Dios del universo,
estará con ustedes, como pretenden.
Odien el mal y amen el bien,
instauren el derecho en el tribunal.
Tal vez el Señor, Dios del universo,
tenga piedad del Resto de José.
«Aborrezco y rechazo las fiestas de ustedes —dice el Señor—,
no acepto sus asambleas.
Aunque me presenten holocaustos y ofrendas,
no me complaceré en ellos,
ni miraré las ofrendas pacíficas
con novillos cebados.
Aparta de mí el estrépito de tus canciones;
no quiero escuchar la melodía de tus cítaras.
Que fluya como agua el derecho
y la justicia como arroyo perenne».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 49, 7. 8-9. 10-11. 12-13. 16bc-17 (R.: 23cd)

R. Al que sigue buen camino
le haré ver la salvación de Dios.


V. Escucha, pueblo mío, voy a hablarte;
Israel, voy a dar testimonio contra ti;
—yo soy Dios, tu Dios—. 
R.

V. No te reprocho tus sacrificios,
pues siempre están tus holocaustos ante mí.
Pero no aceptaré un becerro de tu casa,
ni un cabrito de tus rebaños.
 R.

V. Pues las fieras de la selva son mías,
y hay miles de bestias en mis montes;
conozco todos los pájaros del cielo,
tengo a mano cuanto se agita en los campos. 
R.

V. Si tuviera hambre, no te lo diría;
pues el orbe y cuanto lo llena es mío.
¿Comeré yo carne de toros,
beberé sangre de cabritos? 
R.

V. ¿Por qué recitas mis preceptos
y tienes siempre en la boca mi alianza,
tú que detestas mi enseñanza
y te echas a la espalda mis mandatos? 
R.


 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Por propia iniciativa el Padre nos engendró con la palabra de la verdad, para que seamos como una primicia de sus criaturas. R.

 

Evangelio

Mt 8, 28-34

¿Has venido aquí a atormentar a los demonios antes de tiempo?

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, llegó Jesús a la otra orilla, a la región de los gadarenos.
Desde los sepulcros dos endemoniados salieron a su encuentro; eran tan furiosos que nadie se atrevía a transitar por aquel camino.
Y le dijeron a gritos:
«¿Qué tenemos que ver nosotros contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?».
A cierta distancia, una gran piara de cerdos estaba hozando. Los demonios le rogaron:
«Si nos echas, mándanos a la piara».
Jesús les dijo:
«Vayan».
Salieron y se metieron en los cerdos. Y la piara entera se abalanzó acantilado abajo al mar y murieron en las aguas.
Los porquerizos huyeron al pueblo y lo contaron todo, incluyendo lo de los endemoniados.
Entonces el pueblo entero salió a donde estaba Jesús y, al verlo, le rogaron que se marchara de su país.

Palabra del Señor.

 

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1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone frente a una verdad exigente: Dios no se deja engañar por una religión de apariencias. El profeta Amós habla con fuerza en nombre del Señor: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El pueblo cumplía ritos, ofrecía sacrificios, celebraba fiestas religiosas, pero al mismo tiempo permitía la injusticia, el abuso y la indiferencia frente al dolor de los demás.

Por eso Dios dice por medio del profeta: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho, y la justicia como arroyo perenne”. No se trata de rechazar el culto, la oración o los sacrificios; se trata de recordar que todo culto verdadero debe brotar de un corazón convertido. La liturgia que no transforma la vida corre el riesgo de quedarse vacía. La oración que no nos hace más justos, más misericordiosos y más atentos al sufrimiento del hermano, necesita ser purificada.

El salmo insiste en esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros bienes, ni nuestros animales, ni nuestras ofrendas como si Él dependiera de nosotros. Lo que el Señor desea es un corazón sincero, agradecido y obediente. La verdadera alabanza a Dios se manifiesta en una vida recta: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

En el Evangelio, Jesús llega a la región de los gadarenos y se encuentra con dos hombres atormentados por el mal. Son personas heridas, aisladas, temidas por los demás. Nadie se acerca a ellos; todos los evitan. Pero Jesús no huye. Él entra en ese territorio de dolor, de miedo y de esclavitud para liberar.

Aquí aparece una gran lección: donde muchos ven solo peligro, Jesús ve personas necesitadas de salvación. Donde otros prefieren alejarse, Jesús se acerca. Donde la comunidad ha puesto distancia, Cristo lleva liberación. Sin embargo, sorprende la reacción de la gente: en vez de alegrarse por la liberación de aquellos hombres, le piden a Jesús que se vaya. Prefieren conservar su tranquilidad antes que dejarse incomodar por la presencia salvadora del Señor.

También nosotros podemos caer en esa tentación: querer una religión tranquila, sin exigencias, sin conversión, sin compromiso con los que sufren. Pero la Palabra de hoy nos recuerda que la fe verdadera no separa el altar de la vida, la oración de la justicia, la Eucaristía del amor concreto.

Hoy, de manera especial, oramos por nuestros enfermos. Ellos nos recuerdan que la fe no puede ser indiferente ante el sufrimiento humano. Cada enfermo es un llamado de Dios a vivir la compasión, la cercanía, la solidaridad y la oración. No basta decir que creemos; debemos hacer visible la ternura de Cristo con quienes padecen en el cuerpo, en el alma o en el espíritu.

Pidamos al Señor que purifique nuestro corazón. Que nuestra oración no sea solo palabra, sino vida entregada. Que nuestra Eucaristía nos haga más justos, más fraternos y más compasivos. Y que, como Jesús, sepamos acercarnos a quienes sufren, para que también ellos experimenten la fuerza liberadora del amor de Dios.

Amén.

 

2

 

¡Ser liberados por Cristo!

 

Cuando Jesús llegó a la región de los gadarenos, dos endemoniados salieron de entre los sepulcros y fueron a su encuentro. Eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Entonces gritaron: “¿Qué tenemos que ver contigo, Hijo de Dios? ¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”
Mateo 8,28-29

Después de proclamar el Sermón de la Montaña y de realizar muchos milagros en medio de su pueblo, Jesús cruza intencionalmente el mar de Galilea y llega a territorio pagano, a la región de los gadarenos, cercana a Gadara, una ciudad vinculada a la Decápolis. Este desplazamiento no es casual: Jesús manifiesta que su misión salvadora no se limita a Israel, sino que alcanza también a los pueblos considerados lejanos, impuros o excluidos.

El lugar al que llega Jesús es profundamente significativo. Se trata de una zona desolada, marcada por los sepulcros, signos de muerte, impureza y abandono espiritual. Según la Ley judía, el contacto con los sepulcros hacía impura a una persona. Pero, más allá de la norma ritual, esos sepulcros representan de manera viva el aislamiento, el vacío y la muerte interior que el pecado y el mal producen en el corazón humano.

El Evangelio nos dice que aquellos hombres eran tan violentos que nadie podía pasar por aquel camino. Esta imagen revela los efectos destructivos del mal cuando se apodera de la vida humana: rompe la comunión, destruye relaciones, siembra miedo, impide el encuentro y hace imposible la convivencia pacífica. El mal nunca conduce a la paz; siempre lleva al caos, al aislamiento, a la agresividad y a la pérdida de la dignidad.

Pero Jesús entra precisamente allí. No evita el territorio oscuro. No se aleja de la miseria humana. El Señor se acerca a esos hombres cuando están en su peor condición, esclavizados, temidos y marginados. Así revela que su misericordia no retrocede ante ninguna forma de oscuridad. Cristo viene a buscarnos allí donde el pecado, la desesperanza, la tristeza, la culpa o el miedo nos han dejado como encerrados entre sepulcros.

Cuando los endemoniados ven a Jesús, los demonios reconocen inmediatamente su identidad: “Hijo de Dios”. Saben que Él tiene autoridad sobre ellos. Esta escena nos plantea una pregunta espiritual importante: ¿reconozco yo la presencia de Cristo en mi vida? ¿Creo de verdad que Él tiene poder sobre mi pecado, mis esclavitudes, mis heridas, mis temores y mis pensamientos de desesperanza?

Los demonios preguntan: “¿Has venido aquí a atormentarnos antes de tiempo?”. Con ello revelan que conocen su destino final. Saben que el mal no tiene la última palabra. Saben que el poder de Dios terminará venciendo toda mentira, toda opresión y toda fuerza de muerte. Precisamente por eso buscan arrastrar al ser humano a la desesperación: quieren convencernos de que no podemos cambiar, de que no hay salida, de que nuestros pecados son más fuertes que la gracia, de que la tristeza y el miedo son definitivos.

Pero solo Cristo puede romper esas mentiras. Solo Él puede destruir las cadenas del pecado, de la desesperanza, del aislamiento y de la opresión interior. Al liberar a aquellos dos hombres, Jesús muestra lo que desea hacer también con nosotros: devolvernos la libertad de los hijos de Dios, restaurar nuestra dignidad y abrir de nuevo el camino que el mal había cerrado.

Esta escena evangélica se ilumina de modo especial con la palabra fuerte del profeta Amós. En la primera lectura, Dios dice a su pueblo: “Busquen el bien y no el mal, y vivirán”. El Señor no soporta una religión hecha solo de ritos, cantos, fiestas y sacrificios, mientras en la vida cotidiana reinan la injusticia, la mentira y la indiferencia. Por eso proclama: “Detesto y rehúso sus fiestas… Que fluya como agua el derecho y la justicia como arroyo perenne”.

Amós denuncia una fe separada de la vida. El pueblo cumplía prácticas religiosas, pero no se convertía de corazón. Honraba a Dios con sacrificios, pero olvidaba al pobre, al débil y al oprimido. También esa incoherencia es una forma de esclavitud espiritual. También allí el mal se instala: cuando el culto se vuelve apariencia, cuando la oración no toca la conducta, cuando la fe no produce justicia ni misericordia.

Por eso, la liberación que Cristo realiza en el Evangelio no se reduce a expulsar demonios exteriores. Él quiere liberar también nuestro corazón de toda doblez, de toda religiosidad vacía, de toda dureza ante el sufrimiento ajeno. Quiere arrancarnos de los sepulcros de la apariencia, del egoísmo y de la injusticia, para hacernos vivir en la verdad.

El salmo 50 refuerza esta misma enseñanza. Dios no necesita nuestros sacrificios como si dependiera de nosotros. Él es dueño de todo. Lo que pide es un corazón obediente, agradecido y convertido. El Señor reprende a quien recita sus mandamientos, pero rechaza la corrección y desprecia su palabra. El culto que agrada a Dios no es el que se queda en los labios, sino el que transforma la vida: “Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios”.

Así, las tres lecturas de hoy nos conducen a una misma verdad: Dios quiere liberarnos para que vivamos en la justicia, en la misericordia y en la comunión. Jesús no viene a atormentar al ser humano; viene a atormentar al mal que lo esclaviza. No viene a condenarnos, sino a rescatarnos. No viene a destruir nuestra vida, sino a devolvernos la vida verdadera.

Hoy podemos preguntarnos: ¿qué hay en mí que necesita ser liberado? ¿Qué pensamientos me roban la paz? ¿Qué pecados me aíslan de Dios y de mis hermanos? ¿Qué incoherencias hacen que mi oración no se traduzca en justicia, caridad y servicio? ¿Qué caminos han quedado cerrados porque el miedo, el resentimiento o la desesperanza se han instalado en mi corazón?

Jesús cruza también hoy hacia nuestra orilla. Entra en nuestras zonas heridas. Se acerca a nuestros sepulcros interiores. Nos mira no como casos perdidos, sino como hijos llamados a la libertad. Reconozcamos su presencia, confesemos su autoridad, confiemos en su misericordia y dejemos que Él nos libere.

Señor Jesús, Tú tienes autoridad sobre todo mal. En mi debilidad clamo a Ti y suplico tu misericordia. Libérame, Señor, de todo lo que me aparta de Ti. Rompe las cadenas del pecado, del miedo, de la desesperanza y de la incoherencia. Haz que mi oración sea sincera, que mi culto sea agradable a Ti y que mi vida haga brotar la justicia como un río y la caridad como un arroyo inagotable. Jesús, en Ti confío.


2 de julio del 2026: jueves de la decimotercera semana del tiempo ordinario-II

  La fe de los camilleros (Mateo 9,1-8) Gracias a la fe de los camilleros, Jesús salva al hombre paralítico perdonándole sus pecados. Par...