sábado, 1 de agosto de 2026

2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

«Denles ustedes de comer».

(Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 /
Mt 14,13-21)
El Evangelio nos presenta a Jesús conmovido ante una multitud hambrienta y necesitada. Con cinco panes y dos peces, el Señor alimenta a todos, pero quiere contar con la colaboración de sus discípulos: «Denles ustedes de comer». También hoy nos invita a poner en sus manos lo poco que tenemos, porque cuando se comparte con fe y amor, Él puede convertirlo en bendición abundante para muchos.


Primera lectura

Is 55, 1-3
Vengan y coman

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 (R.: cf. 16)

R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 35. 37-39

Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 14, 13-21

Comieron todos y se saciaron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

 

*************

 

¿Pero dónde están los peces?

En la multiplicación de los panes narrada por san Mateo, los dos peces parecen desaparecer del relato. Jesús toma los cinco panes y los dos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los entrega a los discípulos. Mateo concentra la atención en el pan bendecido, partido y compartido, anticipando así el misterio de la Eucaristía.

Todo comienza con la compasión de Jesús. Al ver a la multitud cansada y necesitada, cura a los enfermos y se preocupa por su alimento. Cuando los discípulos sugieren despedir a la gente, Jesús les responde: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Esta palabra sigue interpelando a la Iglesia. No podemos permanecer indiferentes ante quienes padecen hambre de alimento, afecto, compañía, esperanza o fe.

Los discípulos reconocen su pobreza: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. También nosotros solemos pensar que tenemos muy poco para ofrecer: escasos recursos, poco tiempo, capacidades limitadas. Pero Jesús no nos pide lo que no tenemos; nos invita a entregarle lo que somos y poseemos: “Tráiganmelos”. En sus manos, lo pequeño se convierte en abundancia.

La primera lectura contiene una invitación semejante: “Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman”. Dios ofrece gratuitamente aquello que verdaderamente alimenta. Nos pregunta por qué gastamos la vida buscando cosas que no pueden saciarnos, mientras descuidamos su Palabra, su gracia y su amistad.

Por eso proclamamos con el salmo: “Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente”. Dios abre su mano, mientras nosotros muchas veces cerramos las nuestras por temor a que no alcance. El milagro comienza cuando dejamos de retener y aprendemos a compartir. Jesús bendice y multiplica, pero confía a sus discípulos la distribución. La abundancia de Dios quiere pasar también por nuestras manos.

¿Dónde quedaron, entonces, los peces? Quedaron incluidos en la ofrenda. Una vez entregados a Jesús, dejaron de pertenecer a unos pocos y se convirtieron en alimento para todos. Lo importante no es saber exactamente cómo fueron repartidos, sino comprender que nada ofrecido con amor se pierde en las manos de Cristo.

San Pablo nos revela la fuente de esta confianza: nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni la dificultad, ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro pueden vencer el amor con que Dios nos sostiene. Quien se sabe amado por Cristo puede vencer el miedo, abrir las manos y compartir.

La Eucaristía actualiza este misterio. Jesús recibe nuestra vida pobre y limitada, la une a su entrega y nos alimenta con el Pan de vida. Pero quien participa de la mesa del Señor no puede desentenderse de la mesa vacía del hermano. Comulgar con Cristo significa convertirnos también nosotros en pan compartido.

Hoy Jesús nos pregunta: “¿Qué tienen?”. Tal vez solo podamos presentarle cinco panes y dos peces: un poco de tiempo, una ayuda sencilla, una palabra de consuelo, una visita, una oración o un gesto de perdón. Puede parecernos insuficiente, pero, si lo ponemos en sus manos, Él sabrá multiplicarlo. Nada entregado por amor es demasiado pequeño para Dios.

Para la reflexión

1.    ¿En qué cosas estoy buscando saciar mi corazón, aunque sé que no pueden darme vida verdadera?

2.    ¿Cuáles son los “cinco panes y dos peces” que puedo poner hoy en las manos de Jesús?

3.    ¿Ante las necesidades de los demás, tiendo a despedirlos o escucho la invitación de Cristo: “Denles ustedes de comer”?

 

 

El cuidado providente de Dios

 

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Él les dijo: «Tráiganmelos». Luego mandó que la gente se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a la multitud. Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron los pedazos que sobraron: doce canastos llenos (Mateo 14,17-20).

En los evangelios de Mateo y Marcos encontramos dos multiplicaciones milagrosas de alimentos. El Evangelio de hoy narra la primera, realizada principalmente para una multitud judía cerca del lago de Galilea. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados con cinco panes y dos peces, y sobraron doce canastos. Esta multiplicación es, significativamente, el único milagro de Jesús narrado por los cuatro evangelistas, lo que pone de relieve su importancia.

Mateo y Marcos relatan también una segunda multiplicación: cuatro mil personas fueron alimentadas en la región pagana de la Decápolis con siete panes y algunos peces, y sobraron siete canastos. En el primer relato, los doce canastos evocan a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles; en el segundo, el número siete sugiere la plenitud y la universalidad. Cristo es el Pan ofrecido a Israel y a todos los pueblos.

El primer milagro tiene lugar en un momento de profundo dolor para Jesús, pues acaba de recibir la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Jesús sabía que la muerte de Juan había ocurrido dentro de la voluntad permisiva del Padre y que, misteriosamente, serviría para su gloria. Sin embargo, esta mirada divina no eliminó su dolor humano. El dolor santo es una profunda expresión del amor ante el sufrimiento.

Precisamente porque el amor de Jesús era perfecto, su tristeza fue auténtica y profunda. Por eso decidió retirarse en una barca hacia un lugar solitario. Es hermoso comprobar que su divinidad no oscurece ni disminuye su humanidad. Con amor divino acepta la muerte de Juan y, con un corazón verdaderamente humano, guarda luto por él. En Jesús, humanidad y divinidad se unen perfectamente.

Pero, al desembarcar, encuentra una gran multitud que lo ha seguido a pie, deseosa de escuchar sus enseñanzas y recibir sus milagros. Jesús tenía motivos para aislarse; sin embargo, no se encierra en su propio dolor. Al contemplar el cansancio, la enfermedad y las heridas de aquella gente, «se compadeció de ellos y curó a sus enfermos». La compasión de Jesús no es un sentimiento superficial: nace de lo más profundo de su ser y se convierte en una acción concreta. Jesús no se limita a lamentar el sufrimiento; se acerca, cura, alimenta y devuelve la esperanza.

Al caer la tarde, los discípulos quieren despedir a la gente para que busque alimento. Jesús les responde: «No hace falta que vayan; denles ustedes de comer». Ellos reconocen su pobreza: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Pero Jesús no les reprocha la escasez; sencillamente les dice: «Tráiganmelos». Esta es también su invitación para nosotros: llevarle lo que tenemos, aunque parezca poco e insuficiente.

La primera lectura ilumina esta escena con la invitación del profeta Isaías: «Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman». Dios ofrece gratuitamente el alimento que da vida. Nos pregunta: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». Con frecuencia buscamos saciar el corazón con cosas que no pueden llenarlo. El Señor, en cambio, nos llama a acercarnos, escucharlo y recibir gratuitamente su gracia.

El salmo proclama esta misma confianza: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente». El milagro recuerda el cuidado providente de Dios durante los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, cuando cada mañana aparecía el maná necesario para la jornada. Tanto aquel acontecimiento como el Evangelio de hoy nos enseñan una verdad constante: Dios no abandona a quienes lo buscan con fe.

Esto no significa que Dios siempre responderá según nuestros planes, sino que su presencia y su amor nunca nos faltarán. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?». Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La providencia divina no consiste en vivir sin dificultades, sino en saber que, aun dentro de ellas, permanecemos sostenidos por un amor invencible.

La multiplicación de los panes y los peces anuncia también la Eucaristía. Jesús toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que realizará en la Última Cena. En la Eucaristía, Dios provee abundantemente nuestro alimento espiritual. Recibido con fe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalecen las virtudes, sanan nuestras heridas y nos preparan para la vida eterna, cuando participaremos plenamente del banquete del Reino, donde ya no habrá pecado, enfermedad, hambre ni sufrimiento.

Contemplemos hoy el cuidado entrañable de Jesús. Él mira nuestras necesidades con la misma compasión con que contempló a la multitud. Desea alimentarnos con el verdadero Pan bajado del cielo. Presentémosle lo que tenemos, aunque parezca pequeño: nuestras luchas, cansancios, oraciones, esperanzas y capacidades. En sus manos, todo puede ser bendecido y multiplicado para nuestro bien y para el bien de los demás.

El Señor no nos pide lo que no tenemos; nos pide que no guardemos egoístamente lo que sí poseemos. Los cinco panes y los dos peces parecían insuficientes, pero entregados a Cristo alimentaron a una multitud. Que este milagro despierte en nosotros una confianza más profunda en la providencia divina, un deseo más ferviente de la Eucaristía y una mayor disposición para compartir. Cristo es nuestro alimento, nuestra sanación y el anticipo de la alegría eterna.

Señor mío, presente en la Eucaristía, este don supera cuanto puedo comprender. Así como la multitud quedó admirada ante la multiplicación de los panes y los peces, concédeme descubrir con asombro el misterio de tu presencia y de tu cuidado providente. Recibe lo poco que soy y tengo, multiplícalo según tu voluntad y llena mi corazón de confianza, generosidad y gratitud. Jesús, confío en ti.

 

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