«Denles ustedes de
comer».
(Is 55,1-3
/ Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 /
Mt 14,13-21) El Evangelio nos
presenta a Jesús conmovido ante una multitud hambrienta y necesitada. Con cinco
panes y dos peces, el Señor alimenta a todos, pero quiere contar con la
colaboración de sus discípulos: «Denles ustedes de comer». También hoy
nos invita a poner en sus manos lo poco que tenemos, porque cuando se comparte
con fe y amor, Él puede convertirlo en bendición abundante para muchos.
Primera lectura
Vengan y coman
Lectura del libro de Isaías.
ESTO dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David».
Palabra de Dios.
Salmo
R. Abres tú la
mano, Señor, y nos sacias.
V. El Señor es
clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.
V. Los ojos de
todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. R.
V. El
Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente. R.
Segunda
lectura
Ninguna
criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.
HERMANOS:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la
persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues
estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni
presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra
criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro
Señor.
Palabra de Dios.
Aclamación
V. No solo de
pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. R.
Evangelio
Comieron
todos y se saciaron
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de
allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió
por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los
enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a
las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los
dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes
y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente.
Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras.
Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.
Palabra del Señor.
*************
¿Pero dónde están los peces?
En la multiplicación de los panes narrada por san
Mateo, los dos peces parecen desaparecer del relato. Jesús toma los cinco panes
y los dos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los
panes y los entrega a los discípulos. Mateo concentra la atención en el pan
bendecido, partido y compartido, anticipando así el misterio de la Eucaristía.
Todo comienza con la compasión de Jesús. Al ver a
la multitud cansada y necesitada, cura a los enfermos y se preocupa por su
alimento. Cuando los discípulos sugieren despedir a la gente, Jesús les
responde: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Esta palabra
sigue interpelando a la Iglesia. No podemos permanecer indiferentes ante
quienes padecen hambre de alimento, afecto, compañía, esperanza o fe.
Los discípulos reconocen su pobreza: “No tenemos
aquí más que cinco panes y dos peces”. También nosotros solemos pensar que
tenemos muy poco para ofrecer: escasos recursos, poco tiempo, capacidades
limitadas. Pero Jesús no nos pide lo que no tenemos; nos invita a entregarle lo
que somos y poseemos: “Tráiganmelos”. En sus manos, lo pequeño se convierte en
abundancia.
La primera lectura contiene una invitación
semejante: “Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero,
vengan, compren y coman”. Dios ofrece gratuitamente aquello que verdaderamente
alimenta. Nos pregunta por qué gastamos la vida buscando cosas que no pueden
saciarnos, mientras descuidamos su Palabra, su gracia y su amistad.
Por eso proclamamos con el salmo: “Abres tú la
mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente”. Dios abre su mano, mientras
nosotros muchas veces cerramos las nuestras por temor a que no alcance. El
milagro comienza cuando dejamos de retener y aprendemos a compartir. Jesús
bendice y multiplica, pero confía a sus discípulos la distribución. La
abundancia de Dios quiere pasar también por nuestras manos.
¿Dónde quedaron, entonces, los peces? Quedaron
incluidos en la ofrenda. Una vez entregados a Jesús, dejaron de pertenecer a
unos pocos y se convirtieron en alimento para todos. Lo importante no es saber
exactamente cómo fueron repartidos, sino comprender que nada ofrecido con amor
se pierde en las manos de Cristo.
San Pablo nos revela la fuente de esta confianza:
nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni la dificultad, ni la angustia, ni
el hambre, ni el peligro pueden vencer el amor con que Dios nos sostiene. Quien
se sabe amado por Cristo puede vencer el miedo, abrir las manos y compartir.
La Eucaristía actualiza este misterio. Jesús recibe
nuestra vida pobre y limitada, la une a su entrega y nos alimenta con el Pan de
vida. Pero quien participa de la mesa del Señor no puede desentenderse de la
mesa vacía del hermano. Comulgar con Cristo significa convertirnos también
nosotros en pan compartido.
Hoy Jesús nos pregunta: “¿Qué tienen?”. Tal vez
solo podamos presentarle cinco panes y dos peces: un poco de tiempo, una ayuda
sencilla, una palabra de consuelo, una visita, una oración o un gesto de
perdón. Puede parecernos insuficiente, pero, si lo ponemos en sus manos, Él
sabrá multiplicarlo. Nada entregado por amor es demasiado pequeño para Dios.
Para la reflexión
1. ¿En qué cosas estoy buscando
saciar mi corazón, aunque sé que no pueden darme vida verdadera?
2. ¿Cuáles son los “cinco panes y
dos peces” que puedo poner hoy en las manos de Jesús?
3. ¿Ante las necesidades de los
demás, tiendo a despedirlos o escucho la invitación de Cristo: “Denles ustedes
de comer”?
El cuidado providente de Dios
«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Él les dijo: «Tráiganmelos».
Luego mandó que la gente se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los
dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los
panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a
la multitud. Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron los pedazos
que sobraron: doce canastos llenos (Mateo 14,17-20).
En
los evangelios de Mateo y Marcos encontramos dos multiplicaciones milagrosas de
alimentos. El Evangelio de hoy narra la primera, realizada principalmente para
una multitud judía cerca del lago de Galilea. Cinco mil hombres, sin contar
mujeres y niños, fueron alimentados con cinco panes y dos peces, y sobraron
doce canastos. Esta multiplicación es, significativamente, el único milagro de
Jesús narrado por los cuatro evangelistas, lo que pone de relieve su
importancia.
Mateo
y Marcos relatan también una segunda multiplicación: cuatro mil personas fueron
alimentadas en la región pagana de la Decápolis con siete panes y algunos
peces, y sobraron siete canastos. En el primer relato, los doce canastos evocan
a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles; en el segundo, el número
siete sugiere la plenitud y la universalidad. Cristo es el Pan ofrecido a
Israel y a todos los pueblos.
El
primer milagro tiene lugar en un momento de profundo dolor para Jesús, pues
acaba de recibir la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Jesús
sabía que la muerte de Juan había ocurrido dentro de la voluntad permisiva del
Padre y que, misteriosamente, serviría para su gloria. Sin embargo, esta mirada
divina no eliminó su dolor humano. El dolor santo es una profunda expresión del
amor ante el sufrimiento.
Precisamente
porque el amor de Jesús era perfecto, su tristeza fue auténtica y profunda. Por
eso decidió retirarse en una barca hacia un lugar solitario. Es hermoso
comprobar que su divinidad no oscurece ni disminuye su humanidad. Con amor
divino acepta la muerte de Juan y, con un corazón verdaderamente humano, guarda
luto por él. En Jesús, humanidad y divinidad se unen perfectamente.
Pero,
al desembarcar, encuentra una gran multitud que lo ha seguido a pie, deseosa de
escuchar sus enseñanzas y recibir sus milagros. Jesús tenía motivos para
aislarse; sin embargo, no se encierra en su propio dolor. Al contemplar el
cansancio, la enfermedad y las heridas de aquella gente, «se compadeció de
ellos y curó a sus enfermos». La compasión de Jesús no es un sentimiento
superficial: nace de lo más profundo de su ser y se convierte en una acción
concreta. Jesús no se limita a lamentar el sufrimiento; se acerca, cura,
alimenta y devuelve la esperanza.
Al
caer la tarde, los discípulos quieren despedir a la gente para que busque
alimento. Jesús les responde: «No hace falta que vayan; denles ustedes de
comer». Ellos reconocen su pobreza: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos
peces». Pero Jesús no les reprocha la escasez; sencillamente les dice:
«Tráiganmelos». Esta es también su invitación para nosotros: llevarle lo que
tenemos, aunque parezca poco e insuficiente.
La
primera lectura ilumina esta escena con la invitación del profeta Isaías:
«Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan,
compren y coman». Dios ofrece gratuitamente el alimento que da vida. Nos
pregunta: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que
no da hartura?». Con frecuencia buscamos saciar el corazón con cosas que no
pueden llenarlo. El Señor, en cambio, nos llama a acercarnos, escucharlo y
recibir gratuitamente su gracia.
El
salmo proclama esta misma confianza: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de
favores a todo viviente». El milagro recuerda el cuidado providente de Dios
durante los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, cuando
cada mañana aparecía el maná necesario para la jornada. Tanto aquel
acontecimiento como el Evangelio de hoy nos enseñan una verdad constante: Dios
no abandona a quienes lo buscan con fe.
Esto
no significa que Dios siempre responderá según nuestros planes, sino que su
presencia y su amor nunca nos faltarán. Así lo afirma san Pablo en la segunda
lectura: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?». Ni la tribulación, ni
la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro
podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La providencia
divina no consiste en vivir sin dificultades, sino en saber que, aun dentro de
ellas, permanecemos sostenidos por un amor invencible.
La
multiplicación de los panes y los peces anuncia también la Eucaristía. Jesús
toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo
entrega. Son los mismos gestos que realizará en la Última Cena. En la
Eucaristía, Dios provee abundantemente nuestro alimento espiritual. Recibido
con fe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalecen las virtudes, sanan nuestras
heridas y nos preparan para la vida eterna, cuando participaremos plenamente
del banquete del Reino, donde ya no habrá pecado, enfermedad, hambre ni
sufrimiento.
Contemplemos
hoy el cuidado entrañable de Jesús. Él mira nuestras necesidades con la misma
compasión con que contempló a la multitud. Desea alimentarnos con el verdadero
Pan bajado del cielo. Presentémosle lo que tenemos, aunque parezca pequeño:
nuestras luchas, cansancios, oraciones, esperanzas y capacidades. En sus manos,
todo puede ser bendecido y multiplicado para nuestro bien y para el bien de los
demás.
El
Señor no nos pide lo que no tenemos; nos pide que no guardemos egoístamente lo
que sí poseemos. Los cinco panes y los dos peces parecían insuficientes, pero
entregados a Cristo alimentaron a una multitud. Que este milagro despierte en
nosotros una confianza más profunda en la providencia divina, un deseo más
ferviente de la Eucaristía y una mayor disposición para compartir. Cristo es
nuestro alimento, nuestra sanación y el anticipo de la alegría eterna.
Señor mío, presente en la Eucaristía, este don supera
cuanto puedo comprender. Así como la multitud quedó admirada ante la
multiplicación de los panes y los peces, concédeme descubrir con asombro el
misterio de tu presencia y de tu cuidado providente. Recibe lo poco que soy y
tengo, multiplícalo según tu voluntad y llena mi corazón de confianza,
generosidad y gratitud. Jesús, confío en ti.

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