lunes, 4 de mayo de 2026

5 de mayo del 2026: martes de la quinta semana de Pascua

La paz eterna


(Juan 14, 27-31a) ¿Cuál es esa paz que Jesús nos deja, esa paz que no es como la del mundo? Él la entrega antes de la Cruz, sin escapatoria ni contraprestación. Una paz incondicional, pero exigente. Ella nos espera en los lugares de nuestros miedos y de nuestras resistencias, a pesar de todas las razones que podríamos tener para no creer en ella. La paz de Cristo ha sido dada de una vez para siempre, dispuesta a infiltrarse por la más estrecha de nuestras grietas.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 14, 19-28

Contaron a la Iglesia lo que Dios había hecho por medio de ellos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, llegaron unos judíos de Antioquía y de Iconio y se ganaron a la gente; apedrearon a Pablo y lo arrastraron fuera de la ciudad, dándole ya por muerto. Entonces lo rodearon los discípulos; él se levantó y volvió a la ciudad.
Al día siguiente, salió con Bernabé para Derbe. Después de predicar el Evangelio en aquella ciudad y de ganar bastantes discípulos, volvieron a Listra, a Iconio y a Antioquía, animando a los discípulos y exhortándolos a perseverar en la fe, diciéndoles que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el reino de Dios.
En cada Iglesia designaban presbíteros, oraban, ayunaban y los encomendaban al Señor, en quien habían creído. Atravesaron Pisidia y llegaron a Panfilia. Y después de predicar la Palabra en Perge, bajaron a Atalía y allí se embarcaron para Antioquía, de donde los habían encomendado a la gracia de Dios para la misión que acababan de cumplir. Al llegar, reunieron a la Iglesia, les contaron lo que Dios había hecho por medio de ellos y cómo había abierto a los gentiles la puerta de la fe. Se quedaron allí bastante tiempo con los discípulos.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 10-11. 12-13ab. 21 (R.: cf. 12)

R. Tus amigos, Señor, proclaman la gloria de tu reinado.

O bien:

R. Aleluya.

V. Que todas tus criaturas te den gracias, Señor,
que te bendigan tus fieles.
Que proclamen la gloria de tu reinado,
que hablen de tus hazañas. 
R.

V. Explicando tus hazañas a los hombres,
la gloria y majestad de tu reinado.
Tu reinado es un reinado perpetuo,
tu gobierno va de edad en edad.
 R.

V. Pronuncie mi boca la alabanza del Señor,
todo viviente bendiga su santo nombre
por siempre jamás. 
R

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Era necesario que el Mesías padeciera y resucitara de entre los muertos; y entrara así en su gloria. R.

 

Evangelio

Jn 14, 27-31a

Mi paz les doy

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy yo como la da el mundo. Que no se turbe su corazón ni se acobarde. Me han oído decir: “Me voy y vuelvo al lado de ustedes”. Si me amaran, se alegrarían de que vaya al Padre, porque el Padre es mayor que yo. Se lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda crean.
Ya no hablaré mucho con ustedes, pues se acerca el príncipe de este mundo; no es que él tenga poder sobre mí, pero es necesario que el mundo comprenda que yo amo al Padre, y que, como el Padre me ha ordenado, así actúo».

Palabra del Señor.

 

*************

 

                                                            1          

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús nos deja una de las palabras más consoladoras y más profundas de todo el discurso de despedida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo.”

Jesús pronuncia estas palabras en un momento cargado de tensión. No las dice después de la Resurrección, cuando todo parece ya victorioso. Las dice antes de la Pasión, cuando se acerca la noche, cuando Judas ya ha salido, cuando el corazón de los discípulos comienza a llenarse de miedo, confusión e incertidumbre.

Por eso, la paz de Jesús no es una paz ingenua. No es la paz de quien no tiene problemas. No es la tranquilidad superficial de quien logra escapar del sufrimiento. Es una paz que nace en medio de la cruz, que se mantiene firme en medio de la prueba y que no depende de que todo salga como nosotros quisiéramos.

El mundo suele llamar paz a la ausencia de conflictos, a la comodidad, al éxito, al control de las circunstancias. Pero Jesús nos ofrece otra paz: la paz de sabernos amados por el Padre, sostenidos por su gracia y acompañados por Él aun cuando el camino se vuelve difícil.

Por eso dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.” Jesús no promete que nunca habrá motivos para temblar. No dice que la vida estará libre de golpes, heridas o incertidumbres. Lo que promete es que, aun en medio de todo eso, su paz puede entrar en el corazón.

Alguien que comentaba este texto, lo ha expresado de manera muy bella: la paz de Cristo está dispuesta a infiltrarse “por la más estrecha de nuestras grietas”. Es decir, por esas heridas que muchas veces escondemos, por esos miedos que nos cuestan reconocer, por esas resistencias interiores que nos impiden confiar plenamente en Dios.

Y esto se ilumina muy bien con la primera lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles. Pablo acaba de ser apedreado. Sus enemigos lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, cualquiera habría dicho: “Hasta aquí llegó la misión. Es mejor retirarse. Es demasiado peligroso seguir anunciando el Evangelio.”

Pero Pablo se levanta. Entra de nuevo en la ciudad. Luego continúa su camino con Bernabé, animando a los discípulos y diciéndoles una frase muy realista: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan fuerte. Qué frase tan pascual. El Reino de Dios no se alcanza por caminos cómodos. La misión no se construye sin heridas. La Iglesia no avanza sin pruebas. La fe no madura sin noches. Y, sin embargo, Pablo no aparece como un hombre derrotado, sino como un hombre sostenido por la paz de Cristo.

No tiene la paz del mundo. Si tuviera la paz del mundo, habría buscado seguridad, protección, aplausos y comodidad. Pero tiene la paz de Jesús: esa que permite levantarse después de haber caído, seguir amando después de haber sido herido, continuar sembrando después de haber llorado.

Por eso el salmo nos invita a bendecir al Señor y a proclamar su gloria. Aunque la respuesta tomada del salmo 126 nos recuerda: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.” Esta frase recoge muy bien el espíritu de la liturgia de hoy. Pablo siembra con lágrimas, con golpes, con persecución; pero la Iglesia cosecha comunidades fortalecidas, discípulos confirmados en la fe y puertas abiertas para los paganos.

También nosotros, en nuestra vida cristiana, conocemos esa experiencia. Hay lágrimas que se convierten en semilla. Hay sacrificios que no se ven, pero que dan fruto. Hay gestos silenciosos que sostienen la vida de otros. Hay personas que quizás no ocupan grandes escenarios, pero ayudan a que la misión de la Iglesia continúe.

Por eso hoy oramos especialmente por nuestros benefactores.

Los benefactores son esas personas que, de muchas maneras, ayudan a sostener la obra de Dios. Algunos lo hacen con una ayuda económica. Otros con su tiempo. Otros con su oración. Otros con un consejo oportuno, con una palabra de ánimo, con una presencia fiel, con una colaboración humilde y constante.

A veces los benefactores son como esas manos discretas que sostienen la misión sin hacer ruido. Gracias a ellos muchas obras evangelizadoras pueden continuar. Gracias a ellos se puede atender a los pobres, acompañar comunidades, formar niños y jóvenes, celebrar la fe, sostener proyectos pastorales, anunciar el Evangelio en lugares donde no siempre hay suficientes recursos.

Pero hoy la Palabra nos ayuda a mirar a los benefactores no solamente como quienes “dan algo”, sino como quienes participan de la misión. En la primera lectura, Pablo y Bernabé regresan a las comunidades, cuentan lo que Dios ha hecho y reconocen que el Señor ha abierto la puerta de la fe. La misión no es obra de una sola persona. La misión es una red de gracia. Unos predican, otros acogen, otros oran, otros sostienen, otros acompañan, otros animan.

Y todos, si lo hacen con amor, participan del mismo anuncio del Reino.

Por eso, cuando oramos por nuestros benefactores, pedimos que el Señor les conceda esa paz que el mundo no puede dar. Porque también ellos tienen luchas, preocupaciones, cansancios y cruces. Muchas veces quien ayuda también necesita ser ayudado. Quien sostiene también necesita ser sostenido. Quien da ánimo también necesita recibir consuelo.

Pidamos hoy que la paz de Cristo entre en sus hogares, en sus familias, en sus trabajos, en sus decisiones, en sus dificultades. Que el Señor recompense todo bien que han sembrado, incluso aquel que nadie ha visto. Que cada gesto de generosidad se convierta en una semilla de esperanza.

Queridos hermanos, la paz de Jesús no nos hace evadir la realidad; nos da fuerza para habitarla con fe. No nos quita automáticamente las cruces; nos ayuda a cargarlas con amor. No elimina todas las lágrimas; pero las convierte en semilla de vida nueva.

Tal vez hoy alguno de nosotros viene con el corazón inquieto. Tal vez hay cansancio, preocupaciones, heridas, miedos o incertidumbre. Tal vez sentimos que la paz se nos escapa. Entonces escuchemos otra vez a Jesús:

“La paz les dejo, mi paz les doy.”

No dice: “la paz se la presto”. No dice: “la paz se la doy solo si todo va bien”. No dice: “la paz se la doy cuando ya no tengan problemas”. Dice: “Mi paz les doy.”

Esa paz ya nos ha sido entregada. Está ahí, como una gracia pascual, buscando entrar incluso por nuestras grietas más pequeñas.

Que en esta Eucaristía el Señor nos conceda su paz. Que fortalezca a quienes anuncian el Evangelio en medio de pruebas. Que bendiga a nuestros benefactores y les devuelva en gracia, alegría y esperanza todo el bien que han sembrado. Y que también nosotros seamos instrumentos de esa paz: en la familia, en la comunidad, en la Iglesia y en el mundo.

Amén.               

 

2

 

Queridos hermanos:

En el Evangelio de hoy Jesús pronuncia una de esas frases que parecen escritas directamente para los momentos difíciles de la vida:

“La paz les dejo, mi paz les doy; no se la doy como la da el mundo. Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Estas palabras no fueron dichas en un ambiente tranquilo, sin problemas, sin amenazas. Jesús las dice en la Última Cena, cuando se acerca la hora de la cruz. Judas ya ha entrado en la noche de la traición. Los discípulos están confundidos. Pedro pronto negará al Maestro. Jesús sabe que viene el sufrimiento, la pasión, el aparente fracaso.

Y precisamente ahí habla de paz.

Esto nos ayuda a entender que la paz de Cristo no es simplemente la ausencia de problemas. No es la tranquilidad de quien tiene todo resuelto. No es la comodidad de quien vive sin conflictos. La paz de Jesús es más profunda: es la certeza interior de estar en manos del Padre, aun cuando por fuera todo parezca tambalear.

El mundo también busca la paz, y eso es bueno. Necesitamos paz social, paz en las familias, paz entre los pueblos, paz en las comunidades. Necesitamos justicia, seguridad, salud, pan, trabajo, respeto, reconciliación. Esa paz humana es necesaria y debemos trabajar por ella.

Pero Jesús nos habla de otra paz: una paz que no depende totalmente de las circunstancias externas. Una paz que puede permanecer incluso en medio de la enfermedad, la pobreza, el duelo, la persecución, la incomprensión o la soledad. Una paz que no nace de tener todo bajo control, sino de confiar en Dios cuando ya no podemos controlar todo.

Por eso dice: “No se la doy como la da el mundo.”

El mundo muchas veces nos ofrece una paz frágil: si tienes dinero, si tienes salud, si nadie te contradice, si todo sale como quieres, si nadie te molesta, entonces tendrás paz. Pero basta una mala noticia, una pérdida, una enfermedad, una traición, una crisis familiar o económica, y esa paz se rompe.

La paz de Cristo, en cambio, puede sostenernos incluso cuando la vida se vuelve difícil.

Y esto lo vemos claramente en la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles. Pablo ha sido perseguido, rechazado y apedreado. Lo dieron por muerto y lo arrastraron fuera de la ciudad. Humanamente hablando, ese habría sido el momento perfecto para decir: “Hasta aquí llegué. Ya hice suficiente. Mejor me retiro.”

Pero Pablo se levanta.

No se levanta porque no le duelan las heridas. No se levanta porque la persecución sea poca cosa. Se levanta porque dentro de él habita una fuerza que no viene del mundo. La paz de Cristo no lo hace insensible, pero sí lo hace perseverante. No le evita las piedras, pero le permite no quedarse tirado bajo ellas.

Y después de todo eso, Pablo y Bernabé siguen anunciando el Evangelio, fortaleciendo a los discípulos y diciéndoles: “Hay que pasar mucho para entrar en el Reino de Dios.”

Qué frase tan realista y tan cristiana. La fe no nos promete una vida sin pruebas. El Evangelio no nos dice que el creyente nunca llorará, nunca sufrirá, nunca caerá, nunca será herido. Lo que nos promete es que ninguna cruz, vivida con Cristo, tendrá la última palabra.

Pablo no predica una fe cómoda. Predica una fe pascual. Una fe que pasa por la cruz, pero camina hacia la vida. Una fe que conoce las lágrimas, pero espera la cosecha.

Por eso el salmo responde con una frase hermosísima: “Los que sembraban con lágrimas cosechan entre cantares.”

Esta respuesta ilumina toda la liturgia de hoy. Pablo sembró con lágrimas. Jesús sembró con sangre en la cruz. Los apóstoles sembraron entre persecuciones. La Iglesia, a lo largo de la historia, ha sembrado muchas veces en medio de incomprensiones, martirios, pobrezas y dificultades.

Pero Dios sabe transformar las lágrimas en semilla.

A veces también nosotros sembramos llorando. Una madre que ora por un hijo perdido. Un enfermo que ofrece su dolor. Una familia que sigue unida a pesar de las pruebas. Una comunidad que persevera aunque haya cansancio. Una persona que sigue haciendo el bien aunque no reciba reconocimiento. Un creyente que lucha por mantenerse fiel en medio de tentaciones y oscuridades.

El mundo podría decir: “Eso es fracaso.” Pero Dios dice: “Eso es semilla.”

La paz de Cristo no consiste en negar las lágrimas. Consiste en descubrir que también las lágrimas, puestas en manos de Dios, pueden fecundar la vida.

Queridos hermanos, una de las grandes enfermedades espirituales de nuestro tiempo es vivir con el corazón turbado. Hay mucha gente exteriormente ocupada, conectada, informada, entretenida, pero interiormente intranquila. Hay corazones llenos de miedo: miedo al futuro, miedo a enfermar, miedo a perder, miedo a quedarse solos, miedo a no ser amados, miedo a fracasar, miedo a no tener suficiente.

Y Jesús no nos regaña por tener miedo. Nos ofrece su paz.

Nos dice: “Que no tiemble su corazón ni se acobarde.”

Es como si nos dijera: “Yo sé que el mundo puede sacudirlos. Yo sé que habrá noches, cruces, heridas y preguntas. Pero no permitan que el miedo sea el dueño de su corazón. Déjenme entrar. Déjenme habitar en ustedes. Déjenme darles una paz que nadie les puede quitar.”

Los mártires son el ejemplo más claro de esta paz. Exteriormente podían estar perseguidos, encarcelados, amenazados, llevados a la muerte; pero interiormente estaban firmes en Cristo. No porque fueran de piedra, sino porque estaban llenos del Espíritu. La paz de Jesús había vencido dentro de ellos el poder del miedo.

Y esa paz se nos comunica especialmente en la Eucaristía.

Cada vez que celebramos la Santa Misa, antes de comulgar, escuchamos una oración preciosa: “Señor Jesucristo, que dijiste a tus apóstoles: la paz les dejo, mi paz les doy…” La Iglesia repite hoy esas mismas palabras porque sabe que necesitamos recibir esa paz una y otra vez.

No venimos a la Eucaristía porque seamos fuertes. Venimos porque necesitamos ser sostenidos. No venimos porque tengamos una paz perfecta. Venimos porque muchas veces llegamos cansados, inquietos, preocupados, heridos, y necesitamos que Cristo vuelva a decirnos: “Mi paz te doy.”

La paz de Cristo no es anestesia. No nos desconecta de la realidad. Al contrario, nos permite enfrentar la realidad sin desesperarnos. Nos ayuda a seguir amando cuando hay razones para cerrar el corazón. Nos ayuda a perdonar cuando sería más fácil guardar rencor. Nos ayuda a levantarnos cuando las piedras de la vida nos han derribado. Nos ayuda a servir cuando estamos cansados. Nos ayuda a esperar cuando todo parece oscuro.

Por eso, hoy podríamos preguntarnos: ¿qué me está robando la paz? ¿Qué miedo está turbando mi corazón? ¿Qué herida no he dejado que Cristo toque? ¿Qué situación estoy tratando de controlar sin entregársela a Dios?

La Palabra de hoy nos invita a hacer un acto de confianza. No una confianza ingenua, sino pascual. La confianza de quien sabe que la cruz existe, pero también sabe que Cristo ha resucitado. La confianza de quien reconoce que el mal hace ruido, pero no tiene la última palabra. La confianza de quien, aun entre lágrimas, sigue sembrando.

Pidámosle al Señor en esta Eucaristía que nos conceda su paz. No solamente una paz exterior, sino esa paz profunda que nace de sabernos amados, perdonados, acompañados y enviados.

Que, como Pablo, sepamos levantarnos después de cada caída. Que, como los discípulos, aprendamos a no dejarnos paralizar por el miedo. Que, como la Iglesia naciente, sigamos anunciando el Reino aun en medio de las pruebas. Y que nuestra vida, tocada por la paz de Cristo, pueda convertirse también en instrumento de paz para los demás.

Porque donde entra la paz de Jesús, el miedo pierde fuerza.
Donde entra la paz de Jesús, las lágrimas se vuelven semilla.
Donde entra la paz de Jesús, el corazón deja de acobardarse.
Y donde entra la paz de Jesús, aun en medio de la cruz, comienza ya la Pascua.

Amén.

 


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