martes, 1 de septiembre de 2026

2 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

 

Es Dios quien da el crecimiento

La fecundidad de una comunidad eclesial es obra de Dios. Los cristianos que la integran son sus colaboradores. Por eso, dentro de la Iglesia no estamos para competir, sino para complementarnos, poniendo cada uno sus dones al servicio de todos. Uno siembra, otro riega, pero solo Dios da el crecimiento. Esta certeza nos libra del orgullo y del desaliento: trabajamos con fidelidad y confiamos al Señor los frutos de nuestra misión.

 


Primera lectura

1 Cor 3, 1-9
Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

HERMANOS, no pude hablarles como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Por eso, en vez de alimento sólido, les di a beber leche, pues todavía no estaban para más. Aunque tampoco lo están ahora, pues siguen siendo carnales. En efecto, mientras haya entre ustedes envidias y contiendas, ¿no es que siguen siendo carnales y que se comportan al modo humano? Pues si uno dice «yo soy de Pablo» y otro, «yo de Apolo», ¿no se comportan al modo humano?
En definitiva, ¿qué es Apolo y qué es Pablo? Servidores a través de los cuales ustedes accedieron a la fe, y cada uno de ellos como el Señor le dio a entender. Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien hizo crecer; de modo que, ni el que planta es nada, ni tampoco el que riega; sino Dios, que hace crecer. El que planta y el que riega son una misma cosa, si bien cada uno recibirá el salario según lo que haya trabajado. Nosotros somos colaboradores de Dios y ustedes, campo de Dios, edificio de Dios.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 12-13. 14-15. 20-21 (R.: cf. 12)

R. Dichoso el pueblo que Dios se escogió como heredad.

V. Dichosa la nación cuyo Dios es el Señor,
el pueblo que él se escogió como heredad.
El Señor mira desde el cielo,
se fija en todos los hombres.
 R.

V. Desde su morada observa
a todos los habitantes de la tierra:
él modeló cada corazón,
y comprende todas sus acciones. 
R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo;
con él se alegra nuestro corazón,
en su santo nombre confiamos. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. El Señor me ha enviado a evangelizar a los pobres,
a proclamar a los cautivos la libertad.
 R.

 

Evangelio

Lc 4, 38-44

Es necesario que evangelice también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, al salir Jesús de la sinagoga, entró en la casa de Simón.
La suegra de Simón estaba con fiebre muy alta y le rogaron por ella.
Él, inclinándose sobre ella, increpó a la fiebre, y se le pasó; ella, levantándose enseguida, se puso a servirles.
Al ponerse el sol, todos cuantos tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él, imponiendo las manos sobre cada uno, los iba curando.
De muchos de ellos salían también demonios, que gritaban y decían:
«Tú eres el Hijo de Dios».
Los increpaba y no les dejaba hablar, porque sabían que él era el Mesías.
Al hacerse de día, salió y se fue a un lugar desierto.
La gente lo andaba buscando y, llegando donde estaba, intentaban retenerlo para que no se separara de ellos.
Pero él les dijo:
«Es necesario que proclame el reino de Dios también a las otras ciudades, pues para esto he sido enviado».
Y predicaba en las sinagogas de Judea.

Palabra del Señor.

 

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Dios da el crecimiento y nos levanta para servir

 

Queridos hermanos:

San Pablo contempla hoy una comunidad cristiana afectada por los celos, las rivalidades y las divisiones. Algunos decían: «Yo soy de Pablo»; otros: «Yo soy de Apolo». Habían olvidado que los ministros no son dueños de la Iglesia ni propietarios de la fe. Son solamente servidores y colaboradores de Dios.

Por eso, Pablo les recuerda una verdad que también nosotros necesitamos escuchar: «Yo planté, Apolo regó, pero fue Dios quien dio el crecimiento». Uno siembra la Palabra, otro acompaña, otro catequiza, visita a los enfermos, sirve en la liturgia o ayuda silenciosamente a quien lo necesita; pero es Dios quien toca los corazones y hace fecunda la misión.

En la Iglesia no estamos llamados a competir, sino a complementarnos. No debemos preguntarnos quién es más importante, quién recibe más reconocimiento o quién hace más cosas. Lo verdaderamente importante es que cada uno descubra los dones que ha recibido y los coloque con humildad al servicio de los demás. Nosotros sembramos y regamos; Dios hace germinar la semilla.

Esta certeza nos libra de dos grandes tentaciones: el orgullo y el desaliento. Nos libra del orgullo porque ningún fruto apostólico nos pertenece totalmente; todo es gracia. Y nos libra del desaliento porque, aunque no veamos resultados inmediatos, la semilla puede estar germinando silenciosamente en el corazón de las personas.

El salmo expresa esta confianza diciendo: «Dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad». Dios contempla desde el cielo, conoce el corazón de cada persona y no permanece indiferente ante nuestras necesidades. Por eso podemos decir: «Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro auxilio y escudo». Nuestra esperanza no descansa solamente en nuestras fuerzas, en nuestros recursos o en nuestras capacidades, sino en el amor fiel de Dios.

Esta confianza aparece de una manera muy hermosa en el Evangelio. La suegra de Simón estaba enferma, con una fiebre muy alta, y los discípulos le hablaron a Jesús de ella. Este pequeño detalle es profundamente significativo: aquella mujer no podía acercarse por sí misma al Señor; fueron otros quienes intercedieron por ella.

Eso mismo hacemos hoy al orar por nuestros hermanos enfermos. Los acercamos espiritualmente a Jesús. Le hablamos de quienes están hospitalizados, de quienes esperan un diagnóstico o una cirugía, de quienes padecen enfermedades crónicas, de quienes sufren dolores físicos o heridas del alma. Presentamos también a quienes se sienten solos, desanimados o asustados ante la enfermedad.

Jesús se acerca a la mujer, se inclina sobre ella y la levanta. Después, al caer la tarde, muchas personas llevan ante él a sus familiares enfermos. El Evangelio dice que Jesús imponía las manos «sobre cada uno». Para él no eran una multitud anónima: cada enfermo tenía un rostro, una historia y un sufrimiento particular. Así nos mira también el Señor. Él conoce el nombre, el dolor y las lágrimas de cada persona.

No siempre recibimos la curación de la manera o en el momento que deseamos. Sin embargo, Cristo nunca abandona al enfermo. Algunas veces concede la recuperación física; otras veces regala fortaleza, serenidad, reconciliación y esperanza para atravesar la prueba. También actúa mediante los médicos, enfermeros, familiares, cuidadores y todas las personas que acompañan con amor.

Cuando la suegra de Simón recuperó la salud, inmediatamente se puso a servir. La gracia recibida se convirtió en servicio. Jesús no nos levanta únicamente para que nos sintamos mejor, sino para que también nosotros ayudemos a levantar a los demás. Quien ha experimentado el consuelo de Dios aprende a consolar; quien ha sido perdonado aprende a perdonar; quien ha sido sostenido en su enfermedad puede comprender con mayor ternura el dolor ajeno.

Finalmente, Jesús se retira a un lugar solitario para orar y después continúa su camino, porque debe anunciar el Reino de Dios en otros lugares. La oración no lo aleja de la misión: le da fuerzas para continuarla. También nosotros necesitamos encontrarnos con el Padre para seguir sembrando, regando, sanando heridas y llevando esperanza.

Pidamos hoy la gracia de trabajar unidos, sin rivalidades, sabiendo que todos somos colaboradores de Dios. Y pongamos especialmente en sus manos a nuestros hermanos enfermos. Que Jesús se acerque a sus camas, toque sus vidas, alivie sus dolores y fortalezca a sus familias. Que les conceda, según su voluntad, la salud del cuerpo y siempre la paz, el consuelo y la esperanza del corazón.

Nosotros sembramos, acompañamos, cuidamos y oramos; pero es Dios quien sana, sostiene y da el crecimiento. Amén.

 

 

2 de septiembre del 2026: miércoles de la vigésima segunda semana del tiempo ordinario II

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