Testigo de la fe:
San Gregorio Magno
Hacia
540-604.
«Cuanto más perfecta es un alma, más compasión siente por
los sufrimientos de los demás», afirmaba este monje
benedictino, elegido papa en el año 590.
Dejó numerosos escritos de carácter
pastoral, moral y espiritual.
Fue
un gran pastor, reformador y evangelizador, reconocido como uno de los cuatro
grandes doctores de la Iglesia de Occidente.
«Dejándolo todo, lo
siguieron»
La palabra de Jesús
manifiesta toda su eficacia, pues transforma una situación de fracaso en
sobreabundancia. Y esta eficacia abre a los discípulos a una misión que los
supera. Por tanto, la misión no se apoya principalmente en sus capacidades,
sino en la confianza depositada en aquel que los llama.
Simón acepta echar las
redes «por la palabra» de Jesús. Descubre así que la obediencia de la fe hace
fecundo aquello que los solos esfuerzos humanos no habían podido realizar. Ante
tal abundancia, Pedro reconoce su pequeñez y su condición de pecador. Sin
embargo, Jesús no lo rechaza, sino que lo tranquiliza y le confía una misión:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Seguir
a Cristo supone, entonces, dejar no solamente los bienes materiales, sino
también nuestras seguridades, costumbres y pretensiones de controlarlo todo. El
Señor no busca discípulos perfectos, sino corazones disponibles. También hoy
sube a la barca de nuestros fracasos, nos invita a remar mar adentro y
transforma nuestra pobreza en camino de fecundidad y misión.
Primera lectura
1
Cor 3, 18-23
Todo
es de ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios
Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.
HERMANOS:
Que nadie se engañe. Si alguno de ustedes se cree sabio en este mundo, que se
haga necio para llegar a ser sabio.
Porque la sabiduría de este mundo es necedad ante Dios, como está escrito: «Él
caza a los sabios en su astucia». Y también: «El Señor penetra los pensamientos
de los sabios y conoce que son vanos».
Así, pues, que nadie se gloríe en los hombres, pues todo es de ustedes: Pablo,
Apolo, Cefas, el mundo, la vida, la muerte, lo presente, lo futuro. Todo es de
ustedes, ustedes de Cristo y Cristo de Dios.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
23, 1b-2. 3-4ab. 5-6 (R.: 1b)
R. Del Señor es la
tierra y cuanto la llena.
V. Del Señor es la
tierra y cuanto la llena,
el orbe y todos sus habitantes:
él la fundó sobre los mares,
él la afianzó sobre los ríos. R.
V. ¿Quién puede subir al
monte del Señor?
¿Quién puede estar en el recinto sacro?
El hombre de manos inocentes y puro corazón,
que no confía en los ídolos. R.
V. Ese recibirá la
bendición del Señor,
le hará justicia el Dios de salvación.
Esta es la generación que busca al Señor,
que busca tu rostro, Dios de Jacob. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Vengan en pos
de mí —dice el Señor—,
y los haré pescadores de hombres. R.
Evangelio
Lc
5, 1-11
Dejándolo
todo, lo siguieron
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, la gente se agolpaba en torno a Jesús para oír la palabra de
Dios. Estando él de pie junto al lago de Genesaret, vio dos barcas que estaban
en la orilla; los pescadores, que habían desembarcado, estaban lavando las redes.
Subiendo a una de las barcas, que era la de Simón, le pidió que la apartara un
poco de tierra. Desde la barca, sentado, enseñaba a la gente.
Cuando acabó de hablar, dijo a Simón:
«Rema mar adentro, y echen sus redes para la pesca».
Respondió Simón y dijo:
«Maestro, hemos estado bregando toda la noche y no hemos recogido nada; pero,
por tu palabra, echaré las redes».
Y, puestos a la obra, hicieron una redada tan grande de peces que las redes
comenzaban a reventarse. Entonces hicieron señas a los compañeros, que estaban
en la otra barca, para que vinieran a echarles una mano. Vinieron y llenaron
las dos barcas, hasta el punto de que casi se hundían. Al ver esto, Simón Pedro
se echó a los pies de Jesús diciendo:
«Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador».
Y es que el estupor se había apoderado de él y de los que estaban con él, por
la redada de peces que habían recogido; y lo mismo les pasaba a Santiago y
Juan, hijos de Zebedeo, que eran compañeros de Simón.
Y Jesús dijo a Simón:
«No temas; desde ahora serás pescador de hombres».
Entonces sacaron las barcas a tierra y, dejándolo todo, lo siguieron.
Palabra del Señor.
**************
«Por tu palabra echaré las redes»
Queridos hermanos:
El Evangelio nos sitúa ante unos pescadores
cansados y decepcionados. Han trabajado durante toda la noche, han empleado su
experiencia y sus mejores esfuerzos, pero no han conseguido nada. Ahora están
en la orilla lavando las redes, quizá resignados a aceptar el fracaso.
También nosotros conocemos noches semejantes.
Trabajamos, oramos, aconsejamos, evangelizamos y procuramos hacer el bien, pero
no siempre vemos los frutos esperados. Algunas veces sentimos que nuestras palabras
no son escuchadas; que los jóvenes se alejan; que disminuyen las vocaciones;
que nuestras familias no responden como quisiéramos; o que, a pesar de tanto
esfuerzo pastoral, las redes continúan vacías.
Jesús no contempla aquella barca vacía desde lejos.
Sube a ella. Entra precisamente en el lugar del cansancio y del fracaso de
Simón. Esto es profundamente consolador: el Señor no espera que nuestra barca
esté llena para acercarse a nosotros. Él entra cuando está vacía; sube a ella
cuando nosotros pensamos que ya no tenemos nada que ofrecer.
Después de enseñar a la multitud, Jesús dice a
Simón: «Rema mar adentro y echen las redes para pescar». Humanamente, la orden
parece poco razonable. Pedro conoce el lago, domina su oficio y sabe que ya ha
pasado el momento más conveniente para la pesca. Sin embargo, responde:
«Maestro, hemos trabajado toda la noche y no hemos recogido nada; pero, por tu
palabra, echaré las redes».
Estas últimas palabras contienen el secreto de toda
fecundidad cristiana: «Por tu palabra». Pedro no vuelve a intentarlo
porque confíe más en su experiencia, ni porque haya recuperado súbitamente el
entusiasmo. Lo hace porque Jesús se lo ha pedido. La pesca abundante no será
solamente fruto del esfuerzo de Pedro, sino de su obediencia confiada.
La primera lectura nos ayuda a comprenderlo. San
Pablo advierte a los corintios que no deben apoyarse exclusivamente en la
sabiduría de este mundo ni convertir a los dirigentes de la comunidad en
ídolos. Algunos decían pertenecer a Pablo, otros a Apolo y otros a Cefas. Pero
el Apóstol corrige estas divisiones afirmando: «Todo es de ustedes, ustedes son
de Cristo y Cristo es de Dios».
La Iglesia no pertenece a un sacerdote, a un grupo,
a un movimiento ni a una determinada figura pastoral. Todos pertenecemos a
Cristo. Los evangelizadores somos servidores; la barca es del Señor y la pesca
también es suya. Necesitamos capacidades, preparación, organización y buenos
medios, pero nada de eso puede reemplazar la escucha de la Palabra, la oración
y la confianza en Dios.
El salmo proclama: «Del Señor es la tierra y cuanto
la llena». El mundo al que somos enviados ya le pertenece a Dios. Antes de que
llegue el misionero, el Señor ya está actuando en el corazón de las personas.
Antes de que el catequista pronuncie una palabra, el Espíritu Santo ya ha
comenzado silenciosamente su obra. Evangelizar no significa llevar a Dios a un
lugar donde Él no está, sino ayudar a las personas a descubrir su presencia y
abrirse a su amor.
El salmo también pregunta: «¿Quién puede subir al
monte del Señor?». Y responde: «El hombre de manos inocentes y puro corazón».
No se trata de exigir una perfección imposible. Pedro acaba de reconocer:
«Señor, apártate de mí, que soy un pecador». Jesús no niega su debilidad ni
aprueba su pecado, pero tampoco lo rechaza. Le dice: «No temas; desde ahora
serás pescador de hombres».
La conciencia de su pecado no incapacita a Pedro
para la misión; lo hace humilde y dependiente de la misericordia. Dios no llama
únicamente a personas que se sienten fuertes y preparadas. Llama a hombres y
mujeres que, reconociendo su fragilidad, se dejan purificar, confían en su
gracia y se ponen en camino. La vocación no nace de pensar: «Yo soy capaz»,
sino de responder: «Señor, si tú me llamas, confiaré en ti».
Hoy recordamos a san Gregorio Magno, monje
benedictino llamado a conducir la barca de la Iglesia como papa. En medio de
tiempos difíciles, supo unir la contemplación, el cuidado pastoral, la caridad
con los necesitados y el impulso evangelizador. Comprendió que la verdadera
grandeza del pastor consiste en servir y compadecerse de los sufrimientos
ajenos.
Pidamos hoy especialmente por la obra
evangelizadora de la Iglesia. Que nuestras parroquias, comunidades, escuelas,
familias, medios de comunicación y redes sociales sean barcas desde las cuales
Jesús pueda enseñar y acercarse a muchas personas. Que no nos desanimemos
cuando parezca que hemos trabajado en vano, sino que volvamos a echar las redes
confiados en su Palabra.
Oremos también por las vocaciones sacerdotales, religiosas,
misioneras y laicales. Que muchos niños, adolescentes y jóvenes permitan que
Jesús suba a la barca de sus vidas; que no tengan miedo de remar mar adentro ni
de dejar aquellas seguridades que les impiden seguirlo. Y que nuestras
comunidades sepan acompañarlos con la oración, el testimonio y la alegría.
El Señor sigue diciendo: «Rema mar adentro». Aunque
estemos cansados, aunque las redes parezcan vacías, aunque nos sintamos
pequeños y pecadores, respondamos como Pedro:
«Señor, por tu palabra volveré a intentarlo; por tu
palabra echaré las redes; por tu palabra te seguiré». Amén.
3 de septiembre:
San Gregorio Magno, Papa y Doctor — Memoria
c. 540–604
Patrono de los monaguillos, educadores, albañiles, músicos, papas, estudiantes y cantores.
Invocado contra la gota y la peste.
Canonizado antes del proceso formal de canonización.
Declarado Doctor de la Iglesia por el Papa Bonifacio VIII en 1295.
Cita
Nadie presume enseñar un arte antes de haberlo aprendido primero mediante la meditación atenta. ¡Qué temeridad, entonces, que los inexpertos asuman la autoridad pastoral, siendo que el gobierno de las almas es el arte de las artes! … Y, sin embargo, ¡cuántas veces hombres sin conocimiento alguno de los preceptos espirituales se profesan temerariamente médicos del corazón, mientras que aquellos que ignoran el efecto de los medicamentos se sonrojan de presentarse como médicos del cuerpo! Pero, debido a que, por disposición de Dios, todos los de mayor rango de esta época se inclinan a reverenciar la religión, hay algunos que, con la apariencia externa de autoridad en el seno de la santa Iglesia, buscan la gloria de la distinción. Desean aparecer como maestros, codician ser superiores a los demás y, como lo atestigua la Verdad, buscan los primeros saludos en las plazas, los primeros asientos en los banquetes, los primeros puestos en las asambleas (Mt 23,6-7), resultando tanto menos capaces de administrar dignamente el oficio que han asumido de cuidado pastoral, cuanto que han alcanzado el puesto magisterial de la humildad únicamente por vanagloria.
~San Gregorio Magno, Regla Pastoral, Libro I
Reflexión
San Gregorio Magno nació en Roma en el seno de una familia aristocrática cuyos miembros ocuparon cargos políticos y religiosos. Su padre fue senador y más tarde Prefecto de Roma, cargo similar al de un alcalde. Su madre, Silvia, fue una mujer virtuosa que después fue reconocida como santa, al igual que dos de sus tías. Así, la familia influyente, rica y santa de Gregorio le proporcionó una educación brillante y lo formó en la fe católica desde joven.
Durante los primeros catorce años de su vida, Gregorio fue testigo de cómo la guerra y la enfermedad devastaban Roma. Los ostrogodos habían gobernado la ciudad desde 479, pero entre 535 y 554 el emperador romano de Oriente libró una guerra para recuperarla. Ese conflicto causó gran destrucción y muchas muertes. Es posible que la familia de Gregorio incluso tuviera que huir por un tiempo. Tras la paz de 554, cuando Italia quedó bajo control del emperador de Oriente, la gente volvió a Roma para reconstruir la ciudad y restablecer el orden.
Entre 554 y 574, Gregorio siguió los pasos de su padre, asumiendo distintos cargos civiles de liderazgo. Alrededor del año 573 fue elegido Prefecto de Roma, el mismo puesto que había ocupado su padre. Sin embargo, poco después de asumirlo, murió su padre, y este acontecimiento lo llevó a dar un giro decisivo: renunció al cargo, transformó la casa familiar en un monasterio y profesó votos monásticos. Ese tiempo de profunda oración fue invaluable para él y lo preparó para las grandes responsabilidades que Dios más tarde le confiaría.
Como monje, Gregorio pasó cuatro años en oración y estudio silencioso. Aquellos años fueron de los más felices de su vida. En 578, el Papa Pelagio II lo ordenó diácono y, un año después, lo envió a Constantinopla como apocrisiario, es decir, embajador papal. Durante seis años allí, a pesar de los desafíos, mantuvo su vida monástica de oración y estudio mientras cumplía sus deberes en la corte imperial. En ese tiempo comenzó a escribir su célebre comentario al libro de Job, donde abordó la naturaleza de Dios, el problema del mal, la comprensión cristiana del sufrimiento humano y la virtud de la paciencia.
Tras su servicio en Constantinopla, Gregorio regresó a Roma, fue elegido abad de su monasterio y disfrutó algunos años más de paz monástica. En 590, a la muerte del Papa Pelagio II, el pueblo de Roma lo eligió como su sucesor. Gregorio aceptó, aunque con gran reticencia. Fue el primer monje en ser elegido papa.
Durante los siguientes catorce años, a pesar de su constante mala salud, el Papa Gregorio I se convirtió en uno de los pontífices más influyentes de la historia. Entre sus logros destacan importantes reformas en la administración y la liturgia de la Iglesia. En lo administrativo, reformó la gestión de los bienes y finanzas eclesiásticas, estableció directrices estrictas para el uso responsable de los recursos, puso medidas contra abusos como el nepotismo, aumentó la transparencia y expandió notablemente las obras de caridad, hasta vaciar el tesoro pontificio. También forjó alianzas políticas y militares estratégicas que fortalecieron al papado y garantizaron la seguridad y el bienestar de su pueblo. Incluso muchos líderes civiles acudieron a él en busca de orientación.
En lo litúrgico, contribuyó a la estandarización de la liturgia, estableciendo oraciones, el orden de la misa, el calendario litúrgico y desarrollando el canto litúrgico que, con el tiempo, llevaría su nombre: el canto gregoriano.
El Papa Gregorio también mostró un profundo espíritu misionero. En particular, impulsó la misión que inició la conversión de los pueblos anglosajones en Inglaterra. Se cuenta que, al ver en el mercado de Roma a unos niños esclavos de origen anglosajón, preguntó de dónde venían. Al oír que eran “anglos” de Inglaterra, respondió que parecían “ángeles”. Aquel encuentro le inspiró el deseo de evangelizar aquella nación pagana, enviando posteriormente a san Agustín de Canterbury y a cuarenta monjes de su propio monasterio, quienes llevaron adelante con gran éxito esta misión.
Además de sus comentarios bíblicos, Gregorio escribió la Regla Pastoral (Regula Pastoralis), una guía influyente para obispos y líderes de la Iglesia sobre su responsabilidad pastoral y la conducta en su vida personal y pública. Sus Diálogos recogen visiones, milagros y vidas de santos, incluyendo una de las primeras biografías de san Benito. Sus alrededor de 800 cartas ofrecen una rica visión del panorama eclesial, social y político de su tiempo, con consejos pastorales y teológicos de gran vigencia.
Los legados duraderos no se fabrican ni se compran: son fruto de un liderazgo verdadero y de un impacto profundo. El Papa Gregorio I es conocido como San Gregorio Magno. Es “Magno” porque no solo influyó en su época, en lo religioso y lo político, sino porque sus escritos y reformas marcaron el rumbo de la Iglesia por siglos. Sus primeros amores fueron Cristo y la vida monástica. Dios utilizó su humildad como cimiento para seguir edificando la Iglesia.
Al honrar a este gran papa, reflexionemos sobre la importancia de hacer de nuestra vida un fundamento sólido sobre el cual otros puedan crecer y florecer. Solo establecemos un verdadero cimiento para nuestra vida espiritual —y para la de quienes nos rodean— cuando hacemos de la oración y de la unión con Dios nuestra misión principal. San Gregorio lo hizo, y Dios lo usó de manera gloriosa. Que lo mismo pueda decirse de nosotros.
Oración
San Gregorio Magno, tu primer deseo fue amar a Dios, conocerlo en la oración y el estudio, y servirlo con todo tu corazón. Dios tomó lo que le ofreciste y lo convirtió en un sólido fundamento sobre el cual siguió edificando su Iglesia. Te ruego que intercedas por mí, para que mi vida esté siempre cimentada en la fe, de modo que Dios pueda servirse de mí como Él quiera, para su gloria y la salvación de las almas.
San Gregorio Magno, ruega por mí. Jesús, en Ti confío.


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