SANTO DEL DÍA
Santa María Goretti (1890-1902)
Esta niña italiana de 12 años fue atacada brutalmente por un vecino. Antes de sucumbir a sus heridas, perdonó a su asesino. Canonizada en 1950.
«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».
(Mateo 9,18-26) En
Jesús, Dios se hace cercano: no mira ni el pasado ni los fracasos, sino el
corazón que se vuelve hacia Él. Acoge nuestra fragilidad con ternura y nos
levanta cuando nos atrevemos a acercarnos a Él con confianza. Nada está perdido
para quien espera en su misericordia. También hoy Cristo pasa por nuestra vida,
dispuesto a sanar nuestras heridas más profundas y a reavivar en nosotros la
esperanza. Atrevámonos a tocar, por la fe, el borde de su manto: Él nos ofrece
una vida nueva, una paz que nada puede quitarnos y la alegría de caminar tras
sus pasos.
G.Q
Primera lectura
Os
2, 16. 17b-18. 21-22
Me
desposaré contigo para siempre
Lectura de la profecía de Oseas.
ESTO dice el Señor:
«Yo la persuado,
la llevo al desierto, le hablo al corazón.
Allí responderá como en los días de su juventud,
como el día de su salida de Egipto.
Aquel día —oráculo del Señor—
me llamarás “esposo mío”,
y ya no me llamarás “mi amo”.
Me desposaré contigo para siempre,
me desposaré contigo
en justicia y en derecho,
en misericordia y en ternura,
me desposaré contigo en fidelidad
y conocerás al Señor».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
144, 2-3. 4-5. 6-7. 8-9 (R.: 8a)
R. El Señor es clemente
y misericordioso.
V. Día tras día, te
bendeciré
y alabaré tu nombre por siempre jamás.
Grande es el Señor, merece toda alabanza,
es incalculable su grandeza. R.
V. Una generación
pondera tus obras a la otra,
y le cuenta tus hazañas.
Alaban ellos la gloria de tu majestad,
y yo repito tus maravillas. R.
V. Encarecen ellos tus
temibles proezas,
y yo narro tus grandes acciones;
difunden la memoria de tu inmensa bondad,
y aclaman tu justicia. R.
V. El Señor es clemente
y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Nuestro Salvador,
Cristo Jesús, destruyó la muerte,
e hizo brillar la vida por medio del Evangelio. R.
Evangelio
Mt
9, 18-26
Mi
hija acaba de morir, pero ven tú y vivirá
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de los judíos que se
arrodilló ante él y le dijo:
«Mi hija acaba de morir. Pero ven tú, impón tu mano sobre ella y vivirá».
Jesús se levantó y lo siguió con sus discípulos.
Entre tanto, una mujer que sufría flujos de sangre desde hacía doce años, se le
acercó por detrás y le tocó la orla del manto, pensando que con solo tocarle el
manto se curaría. Jesús se volvió y al verla le dijo:
«¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado».
Y en aquel momento quedó curada la mujer.
Jesús llegó a casa de aquel jefe y, al ver a los flautistas y el alboroto de la
gente, dijo:
«¡Retírense! La niña no está muerta, está dormida».
Se reían de él.
Cuando echaron a la gente, entró él, cogió a la niña de la mano y ella se levantó.
La noticia se divulgó por toda aquella comarca.
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
La
Palabra de Dios de este lunes de la décima cuarta semana del tiempo ordinario
nos habla de un Dios que no se cansa de buscar, atraer, sanar y levantar a su
pueblo.
En
la primera lectura, el profeta Oseas nos presenta una imagen bellísima: Dios
habla como un esposo fiel que quiere reconquistar el corazón de su pueblo. Dice
el Señor: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El desierto, que
muchas veces representa prueba, soledad y pobreza, se convierte también en
lugar de encuentro. Allí donde parece que todo falta, Dios se revela como amor
fiel, como misericordia que no abandona.
El
Señor promete desposarse con su pueblo “en justicia y derecho, en misericordia
y ternura”. Esta es una de las grandes revelaciones de la Biblia: Dios no se
relaciona con nosotros desde el rencor, sino desde la fidelidad. Aunque el
pueblo se haya alejado, Dios vuelve a hablarle al corazón. Aunque haya pecado,
heridas o infidelidades, Dios quiere reconstruir la alianza.
Por
eso el salmo nos invita a bendecir al Señor cada día: “El Señor es clemente y
misericordioso”. Su grandeza no está solamente en su poder, sino en su
compasión. Él sostiene a los que van a caer y endereza a los que ya se doblan.
Esta es una palabra de consuelo para todos, especialmente para quienes
atraviesan momentos de duelo, cansancio o incertidumbre.
Y
el Evangelio nos muestra esa misericordia hecha carne en Jesús. La mujer
enferma se acerca con fe y toca el borde de su manto. No pronuncia grandes
discursos; simplemente cree. Y Jesús le dice: “¡Ánimo, hija! Tu fe te ha
salvado”. También llega a la casa donde una niña ha muerto, y allí donde todos
ven final, Jesús ve vida. Donde la gente llora y se burla, Él entra, toma de la
mano a la niña y la levanta.
Qué
hermosa imagen para nuestra fe: Cristo toma de la mano a los caídos, a los
heridos, a los enfermos, a los pecadores, a los que lloran y también a nuestros
hermanos difuntos. Nosotros creemos que la muerte no tiene la última palabra.
Creemos que el mismo Jesús que levantó a aquella niña es el Señor de la vida,
el que conduce a los suyos hacia la plenitud del Reino.
Hoy,
al orar por nuestros hermanos difuntos, los ponemos en las manos
misericordiosas de Dios. No los confiamos a una idea vaga, sino al amor fiel
del Señor, ese amor del que habla Oseas: amor de alianza, de ternura, de
fidelidad eterna. Pedimos que quienes han partido de este mundo sean acogidos
por Cristo, que sana toda herida y abre las puertas de la vida eterna.
Y
también pedimos por nosotros, los que seguimos caminando. Que el Señor nos
conceda una fe sencilla y audaz como la de aquella mujer; una fe capaz de
acercarse a Jesús incluso en medio del dolor; una fe que no se rinde, que toca
el manto del Señor y espera en su misericordia.
Que
María, Madre de la esperanza, nos acompañe en este camino. Que ella interceda
por nuestros difuntos y nos enseñe a confiar siempre en su Hijo, que nos dice
también hoy: “Ánimo, tu fe te ha salvado”. Amén.
2
Responder al sufrimiento
Mientras Jesús hablaba, se acercó un jefe de
los judíos, se postró ante Él y le dijo: “Mi hija acaba de morir. Pero ven, pon
tu mano sobre ella, y vivirá”. Jesús se levantó y lo siguió, y también sus
discípulos. Entonces una mujer que padecía hemorragias desde hacía doce años se
acercó por detrás y tocó el borde de su manto. Ella pensaba: “Con solo tocar su
manto, quedaré curada”.
Mateo 9,18-21.
Trae
a la memoria uno de los momentos más dolorosos y difíciles de tu vida. Tal vez
sufriste una enfermedad grave o acompañaste la enfermedad de un ser querido.
Quizá pasaste por una profunda humillación o caminaste junto a alguien cercano
en medio de su propia humillación. Tal vez perdiste un trabajo, enfrentaste
deudas crecientes y te sentiste impotente. El sufrimiento tiene muchas formas,
y Dios solo permite esas pruebas porque, en su sabiduría, ve un bien mayor que
puede brotar de nuestra perseverancia paciente, si ponemos toda nuestra
esperanza y confianza en Él.
La
primera lectura del profeta Oseas ilumina profundamente esta experiencia. Dios
le habla a su pueblo herido como un esposo fiel que quiere reconquistar el
corazón de su amada: “Yo la llevaré al desierto y le hablaré al corazón”. El
desierto puede ser lugar de soledad, pérdida y prueba; pero, cuando Dios entra
en él, también se convierte en lugar de encuentro, de alianza y de
restauración. Allí donde el pueblo se siente extraviado, Dios no responde con
desprecio, sino con ternura: “Me desposaré contigo para siempre… en
misericordia y compasión”.
Esta
es la misma lógica de Jesús en el Evangelio. En Él, Dios no se mantiene lejos
del dolor humano. Jesús se deja alcanzar por quienes sufren, camina hacia la
casa donde hay muerte y permite que una mujer considerada impura toque el borde
de su manto. Lo que en la vida parecía desierto, exclusión, enfermedad o duelo,
en presencia de Cristo puede convertirse en lugar de salvación.
En
el Evangelio de hoy encontramos a dos personas que no se conocen entre sí, pero
que están marcadas por un sufrimiento intenso. Primero, un padre se postra ante
Jesús y le anuncia con dolor que su hija acaba de morir. En un acto admirable
de fe, le suplica a Jesús que vaya y ponga su mano sobre ella, convencido de
que volverá a vivir. Mientras Jesús va con él, una mujer que ha sufrido en
silencio durante doce años a causa de hemorragias se acerca por detrás y toca
el borde de su manto, creyendo que incluso un gesto tan sencillo bastará para
recibir la curación.
La
muerte repentina de una hija amada y doce años de sufrimiento físico y
emocional son cruces pesadas. Aunque nuestras pruebas sean distintas, estamos
invitados a reconocernos en estas dos almas sufrientes, especialmente cuando
atravesamos tiempos de gran dificultad.
Aquel
padre afligido seguramente también se sentía impotente. Él, que había cuidado
amorosamente de su hija desde su nacimiento —alimentándola, protegiéndola,
guiándola—, ahora se encuentra desarmado ante la muerte, una fuerza que no
puede vencer. O al menos eso parece.
La
mujer con hemorragias sufría no solo el desgaste físico de su enfermedad, sino
también el aislamiento social y espiritual impuesto por la Ley de Moisés. Según
la ley levítica, su sangrado continuo la hacía ritualmente impura y la apartaba
del culto público y de la vida comunitaria. Como su sangrado era constante,
también lo era su separación: un exilio doloroso, prolongado, aparentemente sin
fin. Nada podía hacer para cambiar su situación. ¿O sí?
Ante
el sufrimiento, cada uno de nosotros debe elegir: o nos volvemos hacia Dios con
una fe radical y confiada, o caemos en la desesperación, el resentimiento y la
rebeldía. El sufrimiento rara vez nos deja indiferentes: o purifica el corazón
o lo endurece. Por eso, cada prueba nos plantea una pregunta: ¿responderé con
fe o me encerraré en la amargura?
Estas
dos personas sufrientes se negaron a rendirse ante la desesperanza. Al
contrario, se volvieron hacia Jesús con una fe audaz y humilde: uno se
arrodilla públicamente, la otra se acerca en silencio y toca su manto. En ambos
casos, su confianza encuentra respuesta en la misericordia divina.
El
salmo responsorial nos ayuda a poner nombre a esa misericordia: “El Señor es
clemente y misericordioso”. El salmista bendice al Señor cada día porque
reconoce que Dios no abandona a sus criaturas. Su grandeza no consiste
solamente en su poder, sino en su compasión. Él sostiene a los que van a caer,
levanta a los abatidos y derrama bondad sobre todo lo que ha creado.
Por
eso, el padre que se postra y la mujer que toca el manto son imágenes vivas de
lo que significa confiar en el Dios clemente y misericordioso. Ambos se acercan
a Jesús no porque tengan todo resuelto, sino precisamente porque ya no pueden
más. Y allí está la enseñanza para nosotros: no es necesario llegar ante Dios
fuertes, impecables o seguros; basta llegar con fe, con humildad y con el
corazón abierto.
Lo
que la Ley de Moisés consideraba impuro, Jesús lo acoge y lo restaura. Él no queda
contaminado por el toque de aquella mujer; al contrario, Él la purifica. Cristo
revela así que es el cumplimiento de la Ley, la fuente de toda verdadera
sanación, especialmente de aquella sanación que llega a nosotros por medio de
los sacramentos. En la Eucaristía, la Reconciliación y la Unción de los
enfermos, también nosotros podemos “tocar su manto” y recibir la gracia que
restaura lo que está roto.
La
primera lectura, el salmo y el Evangelio nos muestran un mismo rostro de Dios:
un Dios que habla al corazón en el desierto, un Dios clemente y misericordioso,
un Dios que en Jesús se acerca al dolor humano para levantarlo. Él no mira
primero nuestras heridas como motivo de rechazo, sino como lugar donde puede
manifestar su amor.
Reflexiona
hoy sobre esta verdad consoladora: ningún sufrimiento es demasiado profundo,
ningún exilio demasiado largo, ninguna pérdida demasiado definitiva para
Cristo. Ya sean recientes o antiguas tus heridas, ya puedas gritar tu dolor o
apenas susurrar una oración en silencio, acércate a Él. Póstrate ante Él. Toca
con fe el borde de su manto por medio de la oración, los sacramentos y el
abandono confiado. Él no se apartará. Él ve tu dolor y, si se lo permites,
entrará en él, te hablará al corazón y te levantará.
Señor compasivo, Tú ves los sufrimientos de tu pueblo y tu
Corazón se conmueve por nosotros. Cuando lleguen las pruebas a mi vida, ayúdame
a descubrir en ellas una oportunidad para salir de mi indiferencia y confiar
plenamente en Ti. Llévame al desierto si es necesario, pero háblame allí al
corazón. Hazme experimentar que eres clemente y misericordioso, lento a la
cólera y rico en amor. Creo que nunca permitirás que soporte una cruz sin darme
también la gracia necesaria para llevarla contigo. Jesús, en Ti confío.
Santa María Goretti, virgen y
mártir
1890–1902
Memoria litúrgica: 6 de
julio
Patrona de los
adolescentes, de las jóvenes, de la pureza, del perdón y de las víctimas de
violencia sexual
Santa
María Goretti es una de las santas más jóvenes canonizadas por la Iglesia.
Nació el 16 de octubre de 1890 en Corinaldo, Italia, en el seno de una familia
campesina, pobre y profundamente creyente. Murió el 6 de julio de 1902, con
apenas once años, después de haber sido brutalmente atacada por Alessandro
Serenelli, un joven vecino que intentó abusar de ella.
Su
historia no debe leerse como una exaltación del sufrimiento, sino como el
testimonio luminoso de una niña que, en medio de la pobreza, la vulnerabilidad
y la violencia, conservó una conciencia clara del bien, una fe sencilla y una
capacidad extraordinaria de perdón.
La
familia Goretti vivía en condiciones muy duras. Sus padres, Luigi Goretti y
Assunta Carlini, trabajaban la tierra como campesinos pobres. La situación se
agravó cuando Luigi murió de malaria, dejando a Assunta con la responsabilidad
de sostener a sus hijos. Para sobrevivir, la familia compartía vivienda y
trabajo con otra familia campesina, los Serenelli. Mientras su madre trabajaba
largas jornadas en el campo, María se quedaba con frecuencia en casa, encargada
de cocinar, limpiar, remendar ropa y cuidar a sus hermanos menores.
En
ese ambiente de precariedad ocurrió la tragedia. Alessandro Serenelli, que
había intentado acercarse a María con intenciones desordenadas, la atacó
violentamente cuando ella se encontraba sola en la casa. María se resistió con
firmeza, no por desprecio a la vida, sino porque comprendía que aquella acción
era una grave ofensa contra Dios, contra su dignidad y contra la dignidad del
mismo agresor. Al no conseguir su propósito, Alessandro la hirió mortalmente
con un arma blanca.
María
fue llevada al hospital, donde los médicos intentaron salvarle la vida. Sus
últimas horas fueron de enorme sufrimiento físico, pero también de una grandeza
espiritual impresionante. Antes de morir, perdonó a su agresor y expresó el
deseo de que un día él pudiera estar con ella en el paraíso. Este gesto de
perdón no disminuye la gravedad del crimen ni borra la responsabilidad del
culpable; más bien revela hasta dónde puede llegar la gracia de Dios en un
corazón inocente, herido, pero no vencido por el odio.
Alessandro
fue condenado y pasó muchos años en prisión. Al principio se mostró cerrado y
endurecido, pero más tarde experimentó un profundo proceso de conversión. Según
su propio testimonio, tuvo un sueño en el que María se le aparecía ofreciéndole
lirios, símbolo de pureza. Con el tiempo pidió perdón a Assunta, la madre de
María, quien también lo perdonó. Después de salir de la cárcel, Alessandro
vivió humildemente, asociado a la vida franciscana, y sirvió durante años como
jardinero en un convento.
Santa
María Goretti fue canonizada por el papa Pío XII el 24 de junio de 1950. Su
madre Assunta estuvo presente en la ceremonia, un hecho profundamente
conmovedor: una madre veía a la Iglesia reconocer oficialmente la santidad de
su hija. María fue presentada como una mártir de la pureza, pero también puede
ser contemplada como testigo de la dignidad humana, de la fortaleza de la fe,
del perdón cristiano y de la esperanza que vence al mal.
Su
vida fue breve, pobre y escondida. No tuvo estudios, riquezas ni privilegios.
Conoció desde muy niña el cansancio del trabajo, la fragilidad de la familia
campesina, la pérdida de su padre y la dureza de una existencia marcada por la
necesidad. Sin embargo, en medio de esa pobreza, poseía un tesoro que nadie
pudo arrebatarle: la gracia de Dios en su alma.
Santa
María Goretti nos recuerda que la santidad no depende de la edad, de la cultura
ni de la posición social. También nos enseña que la pureza cristiana no es
ingenuidad ni debilidad, sino respeto profundo por la dignidad del cuerpo, del
alma y del amor. Su testimonio habla con especial fuerza a los jóvenes,
llamados a descubrir que su vida vale, que su cuerpo es templo del Espíritu
Santo y que ninguna presión, violencia o manipulación puede destruir la
dignidad que Dios les ha dado.
Pero
su mensaje también interpela a toda la Iglesia y a la sociedad: estamos
llamados a proteger a los niños, adolescentes y personas vulnerables; a
acompañar con delicadeza a las víctimas de abuso y violencia; a rechazar toda
forma de agresión sexual; y a proclamar que la misericordia de Dios nunca es
complicidad con el mal, sino fuerza que sana, convierte y restaura.
Santa
María Goretti, niña fuerte y humilde, mártir de la pureza y testigo del perdón,
intercede por nuestros niños y jóvenes. Ruega por las víctimas de violencia y
abuso. Enséñanos a defender la dignidad de cada persona, a custodiar la gracia
de Dios y a creer que el amor de Cristo puede vencer incluso las heridas más
profundas.
Oración
Santa María
Goretti,
tú que fuiste madura más allá de tus años
y permaneciste fiel a Dios en medio de la pobreza, la violencia y el dolor,
intercede por todos los niños, adolescentes y jóvenes.
Ayúdalos a
descubrir el valor de su dignidad,
la belleza de un corazón limpio
y la fuerza de una fe que no se rinde.
Ruega por
las víctimas de abuso y violencia,
para que encuentren protección, justicia, sanación y paz.
Ruega también por quienes han caído en el pecado y la violencia,
para que se abran a la conversión verdadera.
Santa María
Goretti,
enséñanos a preferir la gracia al pecado,
la verdad a la mentira,
el perdón al odio
y la vida eterna a todo lo pasajero.
Amén.


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