jueves, 9 de julio de 2026

9 de julio del 2026:Fiesta de la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá-Patrona de Colombia


El mejor cumplido!

Una mujer del pueblo proclama dichosa a la Madre de Jesús. Pero el Señor eleva la mirada: la verdadera bienaventuranza no se queda en los lazos de la sangre, sino que nace de escuchar la Palabra de Dios y guardarla en el corazón. María es bienaventurada, precisamente, porque creyó, escuchó y vivió fielmente la voluntad del Padre. Al acoger este Evangelio, pidamos la gracia de pasar de la admiración a la obediencia, de la devoción a la vida, para que también nosotros seamos discípulos que escuchan y ponen en práctica la Palabra.

G.Q

 

 


Un amor para compartir

Jesús envió a sus discípulos a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios en el corazón de los hombres. Despojados de todo, ellos se apoyan en la gracia recibida gratuitamente. Hoy, el Señor nos envía también a nosotros, no con la fuerza de nuestros medios, sino con la sencillez de la fe y la confianza en su Palabra.

El Evangelio nos recuerda que la misión nace de un amor recibido antes de ser un amor entregado. “Gratis han recibido, den gratis”. El discípulo no guarda para sí la paz, el consuelo y la luz que Dios le ofrece. Los comparte con quienes están cansados, heridos, desanimados o alejados de la esperanza.

Tal vez no tenemos el poder de resolver todos los sufrimientos del mundo, pero sí podemos ser una presencia que levanta, una palabra que serena, un gesto que consuela, una oración que acompaña. Allí donde vivimos, Cristo nos invita a ser mensajeros de su Reino.

Que nuestro corazón permanezca libre, sencillo y disponible, para que el amor recibido de Dios se convierta, por medio de nuestra vida, en un amor compartido.

G.Q



 


 

Primera lectura

Ef 1, 3-6. 11-12

Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Efesios.

BENDITO sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en Cristo
con toda clase de bendiciones espirituales en los cielos.
Él nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo
para que fuésemos santos e intachables ante él por el amor.
Él nos ha destinado por medio de Jesucristo,
según el beneplácito de su voluntad,
a ser sus hijos,
para alabanza de la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido en el Amado.
En él hemos heredado también,
los que ya estábamos destinados por decisión
del que lo hace todo según su voluntad,
para que seamos alabanza de su gloria
quienes antes esperábamos en el Mesías.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 112, 1b-2. 3-4. 5-6. 7-8 (R.: cf. 2)

R. Bendito sea el nombre del Señor por siempre.

O bien:

R. Aleluya.

V. Alaben, siervos del Señor,
alaben el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre. 
R.

V. De la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.
El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos. 
R.

V. ¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que habita en las alturas
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra? 
R.

V. Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo, bendita tú entre las mujeres. R.

 

Evangelio

Lc 11, 27-28

Bienaventurado el vientre que te llevó

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, mientras Jesús hablaba a la gente, una mujer de entre el gentío, levantando la voz, le dijo:
«Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron».
Pero él dijo:
«Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen».

Palabra del Señor.

 

 Memoria de Nuestra señora de Chiquinquirá


1

 

Queridos hermanos:

Hoy la Palabra de Dios nos invita a contemplar la vida cristiana como una bendición recibida y como una misión que debe compartirse. San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un hermoso himno de alabanza: “Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes espirituales”. Antes de que nosotros hiciéramos algo por Dios, Dios ya había pensado en nosotros, nos había elegido, nos había amado y nos había destinado a ser sus hijos en Cristo.

Esta es la raíz de toda vocación cristiana: no somos fruto del azar, ni vivimos abandonados a nuestra suerte. Hemos sido amados desde siempre. Hemos recibido una gracia que no merecíamos y que no podemos guardar egoístamente. Todo lo que somos y tenemos viene de Dios, y por eso nuestra vida está llamada a convertirse en alabanza, en gratitud y en servicio.

El salmo nos ayuda a responder a este don: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. El creyente sabe bendecir a Dios no solo con los labios, sino también con la vida. Bendecimos al Señor cuando anunciamos su amor, cuando servimos a los pobres, cuando consolamos a los tristes, cuando acompañamos a los enfermos, cuando sostenemos la esperanza de quienes se sienten cansados o solos.

En el Evangelio, una mujer del pueblo alaba a la Madre de Jesús: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús no rechaza aquella alabanza, pero la lleva más lejos: “Mejor, dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, Jesús nos enseña que la verdadera grandeza de María no está solamente en haberlo llevado en su seno, sino en haber escuchado la Palabra, haberla guardado en el corazón y haberla hecho vida.

Por eso, en este día en que celebramos a la Bienaventurada Virgen María del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la discípula fiel, la mujer de la escucha, la madre que acompaña a su pueblo. En Chiquinquirá, Dios quiso regalarnos un signo de ternura y esperanza para nuestra patria. Allí, la imagen renovada de la Virgen nos recuerda que Dios también quiere renovar el alma de Colombia: renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras heridas sociales y nuestra esperanza.

María no se queda encerrada en sí misma. Ella recibe la gracia de Dios y la comparte. Recibe al Verbo en su seno y lo lleva a Isabel. Guarda la Palabra y la entrega al mundo. Está de pie junto a la cruz y acompaña a la Iglesia naciente en Pentecostés. Ella nos enseña que todo amor recibido de Dios debe convertirse en amor compartido.

También nosotros somos enviados, como discípulos misioneros, a sanar, levantar, consolar y sembrar la paz de Dios. La Iglesia existe para evangelizar. No anunciamos una idea, sino a Cristo vivo. No trabajamos solamente por una institución, sino por el Reino de Dios. Y para esta misión hacen falta corazones disponibles, vocaciones generosas, sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias evangelizadoras, jóvenes capaces de decirle sí al Señor.

Hoy oremos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. Que no falten obreros para la mies. Que no falten voces que anuncien el Evangelio. Que no falten manos que sirvan, pies que caminen, corazones que amen y vidas que se entreguen.

Pidamos a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá que interceda por Colombia y por la Iglesia. Que ella nos enseñe a escuchar la Palabra y cumplirla. Que nos ayude a vivir agradecidos por la gracia recibida. Y que, como verdaderos discípulos de Jesús, hagamos de nuestra vida un amor compartido para gloria de Dios y bien de nuestros hermanos. Amén.

 


Homilía jueves de la 14a semana del tiempo ordinario II


2

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios que hoy escuchamos nos sitúa ante una verdad muy profunda: antes de ser enviados, hemos sido bendecidos; antes de anunciar, hemos sido amados; antes de dar, hemos recibido.

San Pablo, en la carta a los Efesios, eleva un himno de bendición a Dios Padre, porque en Cristo nos ha colmado de toda clase de bienes espirituales. Dice el apóstol que Dios nos eligió en Cristo antes de la creación del mundo, para que fuéramos santos e irreprochables ante Él por el amor. Esta afirmación es bellísima: nuestra vida no comienza en el vacío ni en el azar, sino en el amor eterno de Dios. Somos hijos elegidos, bendecidos y llamados a vivir para alabanza de su gloria.

Por eso, la misión cristiana no nace primero de una obligación externa, sino de una gracia recibida. Nadie puede dar lo que no ha recibido. Nadie puede anunciar con verdad a Cristo si antes no ha permitido que Cristo entre en su propia vida. Nadie puede hablar del Reino si primero no deja que el Reino de Dios vaya transformando su corazón.

El salmo nos invita a responder con gratitud: “Bendito sea el nombre del Señor, ahora y por siempre”. Bendecir al Señor no es solamente repetir palabras piadosas. Bendecimos al Señor cuando nuestra vida se convierte en alabanza, cuando nuestra fe se vuelve servicio, cuando el amor recibido de Dios se transforma en amor compartido con los demás.

El evangelio que nos relata el envío de los apóstoles, nos recuerda las palabras de Jesús: “El Reino de los cielos está cerca. Curen enfermos, resuciten muertos, limpien leprosos, expulsen demonios. Gratis han recibido, den gratis”. Jesús envía a los suyos, pero no los envía vacíos. Primero los llama, los forma, los instruye, los acerca a su corazón; luego los manda como testigos de su Reino.

Esta es también la dinámica de nuestra vida cristiana. Primero Dios trabaja dentro de nosotros: sana nuestras heridas, purifica nuestras intenciones, fortalece nuestra fe, nos enseña a confiar, nos libera de nuestros egoísmos. Luego nos envía. La misión comienza en el corazón, pero no se queda encerrada allí. Una fe que ha sido tocada por Cristo termina saliendo al encuentro de los demás.

En el Evangelio propio de esta memoria, una mujer alaba a la Madre de Jesús diciendo: “Dichoso el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. Jesús responde: “Dichosos más bien los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen”. Con estas palabras, el Señor no disminuye a María; al contrario, revela su verdadera grandeza. María es bienaventurada porque escuchó, creyó, obedeció y vivió la Palabra.

Por eso hoy, al celebrar a Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona de Colombia, miramos a María como la primera discípula misionera. Ella recibió la gracia de Dios y no la guardó para sí. Recibió al Hijo de Dios en su seno y salió presurosa a servir a Isabel. Guardó la Palabra en su corazón y permaneció fiel junto a la cruz. Acompañó a la Iglesia naciente en la oración, esperando la venida del Espíritu Santo.

María nos enseña que toda misión auténtica nace de la escucha. Ella no evangeliza con ruido, protagonismo o imposición, sino con presencia, fe, servicio y fidelidad. En Chiquinquirá, su imagen renovada nos recuerda que Dios también quiere renovar el corazón de Colombia. Quiere renovar nuestras familias, nuestras comunidades, nuestra Iglesia, nuestras vocaciones, nuestra esperanza y nuestra capacidad de vivir como hermanos.

Hoy oramos de manera especial por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones. La Iglesia existe para anunciar a Cristo. Pero esa misión necesita corazones disponibles: sacerdotes santos, religiosos y religiosas fieles, laicos comprometidos, familias que transmitan la fe, jóvenes valientes que se atrevan a decirle sí al Señor.

La evangelización comienza cerca: en la casa, en la comunidad, en la parroquia, en el ambiente de trabajo, en las redes sociales, en los caminos sencillos de cada día. A veces no podremos resolver todos los problemas de los demás, pero sí podemos ser una palabra que consuela, una presencia que levanta, una oración que acompaña, una luz que recuerda que Dios no abandona.

Pidamos, entonces, al Señor que establezca primero su Reino en nuestra alma. Que sane lo que está herido, que fortalezca lo que está débil, que purifique lo que está dividido, que encienda de nuevo el fuego de la fe. Y desde allí, que nos envíe como instrumentos de su gracia.

Nuestra Señora del Rosario de Chiquinquirá, patrona y madre de Colombia, intercede por nuestra patria, por la Iglesia, por los evangelizadores y por las vocaciones. Enséñanos a escuchar la Palabra y a cumplirla. Ayúdanos a recibir gratuitamente el amor de Dios y a compartirlo gratuitamente con nuestros hermanos. Amén.

 

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