Al llamado
(Mt 10,10,1-7) Jesús pasa y llama a los Doce. Su elección
sigue siendo un misterio: llama a hombres frágiles e imperfectos, y sin embargo
los envía a anunciar que el Reino está muy cerca, a curar y levantar. A través
de ellos, es la misericordia de Dios la que se acerca a las multitudes heridas.
También hoy el Señor llama discípulos, no porque sean perfectos, sino para que
lleguen a ser signos de su presencia, servidores de su paz y testigos de su
amor.
G.Q
Primera lectura
Os
10, 1-3. 7-8. 12
Es
tiempo de consultar al Señor
Lectura de la profecía de Oseas.
UNA viña arrasada es Israel,
el fruto es como ella.
Por la abundancia de sus frutos,
multiplicó sus altares.
Cuanto más rica era su tierra,
más adornaban sus estelas.
Su corazón es inconstante,
así pues pagarán.
Él mismo hará pedazos sus altares,
demolerá sus estelas.
Entonces dirán: «no tenemos rey
porque no tuvimos temor del Señor...,
y el rey ¿qué haría por nosotros?».
Ha desaparecido el rey de Samaría,
como una rama de la superficie del agua.
Serán destruidos los altozanos de la Iniquidad,
¡pecado de Israel!
Espino y maleza crecerán sobre sus altares.
Dirán a las montañas: «Cúbrannos»,
y a las colinas: «Caigan sobre nosotros».
Siembren con justicia,
recojan con amor.
Pongan al trabajo un terreno virgen.
Es tiempo de consultar al Señor,
hasta que venga y haga llover
sobre ustedes la justicia.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
104, 2-3. 4-5. 6-7 (R.: 4b)
R. Busquen
continuamente el rostro del Señor.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Cántenle al son de
instrumentos,
hablen de sus maravillas,
gloríense de su nombre santo,
que se alegren los que buscan al Señor. R.
V. Recurran al
Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro.
Recuerden las maravillas que hizo,
sus prodigios, las sentencias de su boca. R.
V. ¡Estirpe de Abrahán,
su siervo;
hijos de Jacob, su elegido!
El Señor es nuestro Dios,
él gobierna toda la tierra. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Está cerca el reino
de Dios;
conviértanse y crean en el Evangelio. R.
Evangelio
Mt
10, 1-7
Vayan
a las ovejas descarriadas de Israel
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel tiempo, Jesús llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para
expulsar espíritus inmundos y curar toda enfermedad y toda dolencia.
Estos son los nombres de los doce apóstoles: el primero, Simón, llamado Pedro,
y Andrés, su hermano; Santiago, el de Zebedeo, y Juan, su hermano; Felipe y
Bartolomé, Tomás y Mateo el publicano; Santiago el de Alfeo, y Tadeo; Simón el
de Caná, y Judas Iscariote, el que lo entregó.
A estos doce los envió Jesús con estas instrucciones:
«No vayan a tierra de paganos ni entren en las ciudades de Samaría, sino vayan
a las ovejas descarriadas de Israel.
Vayan y proclamen que ha llegado el reino de los cielos».
Palabra del Señor.
1
Hermanos
y hermanas:
La
Palabra de Dios de este miércoles nos pone delante de una verdad muy seria: el
corazón humano puede llenarse de muchas cosas y, sin embargo, quedarse vacío de
Dios. El profeta Oseas denuncia a Israel porque, cuanto más prosperaba, más
multiplicaba sus altares falsos. El pueblo había recibido bendiciones, pero
olvidó al Señor. Por eso el profeta lanza una invitación que sigue siendo
actual: “Siembren justicia, cosechen misericordia; roturen un campo nuevo,
porque es tiempo de buscar al Señor”.
Esa
frase puede iluminar nuestra vida. También nosotros necesitamos roturar el
campo del corazón, arrancar lo que se ha endurecido, quitar los ídolos que
ocupan el lugar de Dios: el orgullo, la indiferencia, la comodidad, la
autosuficiencia. La verdadera conversión empieza cuando reconocemos que
necesitamos volver al Señor.
El
salmo nos muestra el camino: “Recurran al Señor y a su poder, busquen
continuamente su rostro”. No se trata de buscar a Dios solo cuando todo va mal,
sino de vivir con el corazón orientado hacia Él. Quien busca el rostro del
Señor aprende a mirar la vida de otra manera: con fe, con esperanza, con
humildad.
En
el Evangelio, Jesús llama a los Doce y los envía a anunciar que el Reino de los
cielos está cerca, a curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos y
expulsar demonios. Su elección es un misterio: llama a hombres frágiles,
imperfectos, llenos de límites; pero los convierte en instrumentos de su
misericordia. Jesús no llama a los perfectos, sino a los disponibles. No envía
a los autosuficientes, sino a los que se dejan transformar por Él.
Hoy,
al orar especialmente por los enfermos, comprendemos que la misión de la
Iglesia sigue siendo la misma: anunciar, consolar, levantar, sanar. Hay
enfermedades del cuerpo que duelen profundamente, pero también hay enfermedades
del alma: la tristeza, la soledad, la falta de fe, el miedo, el resentimiento.
A todos ellos quiere llegar Cristo con su presencia sanadora.
Pidamos
al Señor que cure a nuestros enfermos, que fortalezca a sus familias y que haga
de nosotros discípulos compasivos. Que no pasemos indiferentes ante el dolor de
los demás. Que sepamos ser una palabra de ánimo, una visita oportuna, una
oración sincera, una mano tendida.
Y
que esta Eucaristía nos ayude a buscar siempre el rostro del Señor, para
sembrar justicia, cosechar misericordia y ser, en medio del mundo, signos vivos
de su Reino que ya está cerca. Amén.
2
Elegidos y enviados
Hermanos
y hermanas:
El
Evangelio de hoy nos presenta un momento decisivo en la vida pública de Jesús:
“Llamó a sus doce discípulos y les dio autoridad para expulsar espíritus
inmundos y curar toda enfermedad y dolencia”. Luego el evangelista nos da sus
nombres. No se trata de una simple lista. Son los nombres de aquellos hombres
concretos, frágiles, limitados, con historias personales, temperamentos
distintos y hasta debilidades evidentes, a quienes Jesús quiso asociar de
manera especial a su misión.
Imaginemos
por un momento a cada uno de los Doce cuando conoció por primera vez al Señor.
Ninguno podía imaginar lo que vendría después. Once de ellos llegarían a ser
fundamento visible de la Iglesia naciente. Sus palabras, su testimonio, su
predicación y su entrega serían proclamados hasta los confines de la tierra.
Celebrarían la Eucaristía, impondrían las manos comunicando el don del Espíritu
Santo, anunciarían el perdón, harían signos en nombre de Jesús y muchos de ellos
sellarían su fidelidad con el martirio.
Pero
la fecundidad de sus vidas no nació de sus cualidades humanas, ni de sus planes
personales, ni de una estrategia diseñada por ellos. Nació de una verdad
fundamental: fueron elegidos y enviados por Cristo. No se inventaron la misión.
No construyeron un proyecto propio de salvación. No se pusieron en el centro.
Se dejaron llamar, se dejaron formar y, cuando llegó la hora, obedecieron al
envío del Señor.
Esta
misma Palabra ilumina la primera lectura del profeta Oseas. Allí el Señor
denuncia el corazón dividido de Israel. Cuanto más prosperaba el pueblo, más
multiplicaba altares falsos; cuanto más recibía bendiciones, más se alejaba de
Dios. Israel había olvidado que su verdadera seguridad no estaba en sus reyes, en
sus ídolos ni en sus alianzas humanas, sino en el Señor. Por eso el profeta
proclama una invitación fuerte y hermosa: “Siembren justicia, cosechen
misericordia; roturen un campo nuevo, porque es tiempo de buscar al Señor”.
Esa
frase toca también nuestra vida. Muchas veces queremos construir nuestra
existencia según nuestros propios planes: asegurar el futuro, alcanzar metas,
obtener bienestar, reconocimiento, estabilidad. Todo eso puede ser legítimo y
bueno. Pero el riesgo aparece cuando dejamos de preguntarle a Dios qué quiere
de nosotros. El peligro es multiplicar nuestros “altares”, es decir, poner la
confianza en cosas que no salvan: el dinero, el prestigio, la autosuficiencia,
la comodidad, la imagen, el poder o los afectos desordenados.
Por
eso el salmo nos da la actitud correcta: “Recurran al Señor y a su poder,
busquen continuamente su rostro”. Buscar el rostro del Señor es vivir en
discernimiento. Es preguntarnos no solo qué quiero yo, sino qué quiere Dios de
mí. No solo hacia dónde quiero ir, sino hacia dónde me envía el Señor. No solo
qué me conviene, sino qué produce frutos de eternidad.
Jesús
no llamó a los Doce porque fueran perfectos. Los llamó porque quiso hacer de
ellos instrumentos de su misericordia. Del mismo modo, Dios también nos ha elegido
para una misión santa y concreta. Quizá no sea una misión espectacular a los
ojos del mundo, pero puede ser gloriosa a los ojos del cielo: sostener una
familia con amor, servir con humildad, perdonar, acompañar a quien sufre,
enseñar la fe, orar por otros, trabajar con honestidad, evangelizar con la
palabra y con la vida.
El
llamado de Jesús siempre implica conversión. Hay aspectos de nuestra vida que
quizá ya son buenos, pero el Señor puede pedirnos dar un paso más: amar con
mayor generosidad, servir sin esperar recompensa, renunciar a un egoísmo,
corregir una tibieza, dejar una idolatría, volver a sembrar justicia para
cosechar misericordia.
Dios
no nos promete tesoros materiales ni éxitos fáciles. Pero sí quiere derramar
sobre nosotros un tesoro infinitamente mayor: su gracia. Su misericordia es
abundante, como un océano inmenso que espera ser acogido. Cuando oramos, cuando
nos convertimos, cuando abrimos el corazón, Dios comienza a transformar nuestra
vida. Entonces dejamos de vivir solo para nuestros proyectos y empezamos a
vivir para el Reino.
Hoy
preguntémonos sinceramente: ¿Para qué me ha elegido Dios? ¿Qué misión me está
confiando? ¿Qué campo de mi corazón necesita ser roturado de nuevo? ¿Qué ídolos
debo derribar para buscar de verdad el rostro del Señor?
Pidamos
la gracia de responder como discípulos disponibles. Que no tengamos miedo de
dejarnos llamar, cambiar y enviar. Porque cuando Dios elige, también sostiene;
cuando envía, también acompaña; y cuando pide algo, siempre da la gracia
necesaria para cumplir su voluntad.
Señor
Jesús, tú me has llamado por mi nombre y me has elegido para una misión
concreta en tu Reino. Abre mi corazón a tu gracia, purifica mis planes, derriba
mis ídolos y enséñame a buscar siempre tu rostro. Que siembre justicia, que
coseche misericordia y que vaya donde tú me envíes, confiando en que tu
voluntad dará frutos de vida eterna. Amén.

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