lunes, 6 de julio de 2026

7 de julio del 2026: martes de la decimocuarta semana del tiempo ordinario-II

 

Sin prejuicios

(Mt 9,32-38) Jesús cura a un sordomudo sin dejarse detener por las críticas. Su mirada está puesta en el sufrimiento, no en las acusaciones. Él actúa con amor y compasión. Nos invita a mirar a las personas sin prejuicios, sin condenas rápidas, sin dejarnos aprisionar por las apariencias o por los murmullos de los demás.

Donde algunos solo ven un problema, Jesús ve a un hermano que necesita ser levantado. Donde otros buscan acusar, Jesús elige sanar. Su corazón no se cierra por las sospechas ni por los juicios humanos; permanece abierto ante la miseria de quien sufre.

También hoy, el Señor nos llama a purificar nuestra mirada. Antes de criticar, aprendamos a comprender; antes de condenar, intentemos amar; antes de hablar de las heridas de los demás, acerquémonos con delicadeza para ayudar a curarlas.

Ser discípulo de Jesús es aprender a mirar como Él: con misericordia, con verdad y con un corazón libre de todo prejuicio.

 


Primera lectura

Os 8, 4-7. 11-13

Siembran viento, cosecharán tempestades

Lectura de la profecía de Oseas.

ESTO dice el Señor:
«Han constituido reyes en Israel, sin contar conmigo,
autoridades, y yo no sabía nada.
Con su plata y con su oro
se hicieron ídolos para establecer pactos.
¡Tu becerro te ha rechazado, Samaría!
Mi ira se inflamó contra ellos.
¿Hasta cuándo serán culpables
de la suerte de Israel?
¡Un artesano lo ha hecho,
pero eso no es un Dios!
Sí, terminará hecho pedazos
el becerro de Samaría.
Puesto que siembran viento,
cosecharán tempestades;
“espiga sin brote no produce harina”.
Tal vez la produzca,
pero la devorarán extranjeros.
Efraín multiplicó los altares de pecado,
y fueron para él altares de pecado.
Para él escribo todos mis preceptos,
son considerados cosa de otros.
¡Sacrificios de carne asada!
Sacrificaron la carne y se la comieron.
El Señor no los acepta.
Tiene presente su perversión
y castiga sus pecados:
deberán retornar a Egipto».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 113 B, 3-4. 5-6. 7ab-8. 9-10 (R.: 9a)

R. Israel confía en el Señor.

O bien:

R. Aleluya.

V. Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas. 
R.

V. Tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen. 
R.

V. Tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan.
Que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos. 
R.

V. Israel confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo.
La casa de Aarón confía en el Señor:
él es su auxilio y su escudo. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Yo soy el Buen Pastor —dice el Señor—,
que conozco a mis ovejas, y las mías me conocen. 
R.

 

Evangelio

Mt 9, 32-38

La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, le llevaron a Jesús un endemoniado mudo. Y después de echar al demonio, el mudo habló.
La gente decía admirada:
«Nunca se ha visto en Israel cosa igual».
En cambio, los fariseos decían:
«Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios».
Jesús recorría todas las ciudades y aldeas, enseñando en sus sinagogas, proclamando el evangelio del reino y curando
toda enfermedad y toda dolencia.
Al ver a las muchedumbres, se compadecía de ellas, porque estaban extenuadas y abandonadas, «como ovejas que no tienen pastor».
Entonces dice a sus discípulos:
«La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al Señor de la mies que mande trabajadores a su mies».

Palabra del Señor.

 

 

1

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos invita a purificar la mirada y el corazón. En el Evangelio, Jesús cura a un hombre mudo que estaba poseído por un demonio. Al ser liberado, aquel hombre recupera la palabra. La gente queda admirada y dice: “Nunca se ha visto cosa igual en Israel”. Pero los fariseos, en lugar de reconocer la acción de Dios, acusan a Jesús y dicen: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

Qué contraste tan fuerte: mientras unos se maravillan ante el bien, otros se cierran en la sospecha. Mientras el pueblo sencillo reconoce la misericordia de Dios, los corazones endurecidos interpretan el amor de Jesús como amenaza. Jesús, sin embargo, no se detiene ante las críticas. No se deja encerrar por los prejuicios ni por las acusaciones. Su mirada está puesta en el sufrimiento, no en los comentarios malintencionados. Él ve al hombre necesitado, lo libera y le devuelve la dignidad.

Aquí aparece una enseñanza muy importante para nuestra vida cristiana: Jesús nos invita a mirar a las personas sin prejuicios. Muchas veces nosotros también corremos el riesgo de juzgar demasiado pronto, de condenar por apariencias, de dejarnos llevar por rumores o interpretaciones negativas. Pero el discípulo de Cristo está llamado a mirar como mira Jesús: con misericordia, con compasión y con verdad.

La primera lectura, tomada del profeta Oseas, nos muestra el drama de un pueblo que se aparta de Dios. Israel se fabrica ídolos, multiplica altares y cree que puede organizar su vida sin escuchar al Señor. El profeta denuncia esa falsa seguridad con una frase muy fuerte: “Siembran vientos y cosecharán tempestades”. Cuando el ser humano se aleja de Dios, termina adorando obras de sus propias manos; termina confiando en lo que no salva.

El salmo responde a esta situación recordándonos la diferencia entre el Dios vivo y los ídolos muertos. Los ídolos tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen. Es decir, no pueden salvar, no pueden escuchar, no pueden acompañar. Por eso el salmista proclama: “Israel confía en el Señor”. Esa es también nuestra invitación de hoy: volver a poner la confianza en el Dios vivo, no en los ídolos del orgullo, del poder, del dinero, de la crítica o de la autosuficiencia.

Cuando una persona pierde la confianza en Dios, fácilmente cae en dos peligros: fabricar ídolos y juzgar sin misericordia. Eso hicieron los fariseos del Evangelio: tenían a Dios delante de ellos actuando con amor, pero sus prejuicios no les permitieron reconocerlo. Habían cerrado los ojos del alma. Por eso, aunque veían milagros, no veían la misericordia.

Jesús, en cambio, nos muestra otro camino. Él no se queda atrapado en la discusión. No responde con odio a la acusación. Sigue adelante, recorriendo ciudades y aldeas, enseñando, proclamando el Evangelio del Reino y curando enfermedades. Su misión nace de un corazón compasivo. Al ver a la gente extenuada y abandonada, como ovejas sin pastor, se conmueve profundamente.

Esa compasión de Jesús debe tocar también nuestro corazón. Hoy oramos de manera especial por nuestros benefactores: por tantas personas que, de manera visible o escondida, ayudan, sostienen, colaboran, comparten sus bienes, su tiempo, su oración y su servicio. Ellos son instrumentos de la Providencia de Dios. En un mundo donde muchos siembran vientos de egoísmo, nuestros benefactores siembran gestos de bondad, de solidaridad y de esperanza.

Pidamos al Señor que los bendiga abundantemente. Que recompense todo bien hecho por amor. Que les conceda salud, paz, fortaleza y alegría. Y que a nosotros nos conceda también un corazón agradecido, capaz de reconocer el bien, no de sospechar siempre; capaz de bendecir, no de murmurar; capaz de servir, no de juzgar.

Que esta Eucaristía nos ayude a derribar los ídolos que nos impiden confiar plenamente en Dios. Que el Señor sane nuestra mudez espiritual, esa que nos impide alabar, agradecer, pedir perdón o decir una palabra de consuelo. Y que nos enseñe a mirar como Él mira: sin prejuicios, con misericordia, con amor y con compasión.

Amén.

 

2

 

Hermanos y hermanas:

La Palabra de Dios de este día nos pone frente a una realidad muy profunda: no basta con tener boca para hablar; es necesario que nuestras palabras nazcan de un corazón habitado por Dios. En el Evangelio, le presentan a Jesús un hombre mudo, poseído por un demonio. Jesús expulsa al demonio y aquel hombre comienza a hablar. La gente, llena de admiración, exclama: “Nunca se ha visto cosa igual en Israel”.

A primera vista, se trata de una curación física: un hombre que no podía hablar recupera la palabra. Pero este signo tiene también un sentido espiritual. Aquel mudo representa al ser humano cuando pierde la capacidad de comunicarse verdaderamente con Dios, con los demás y consigo mismo. Hay una mudez del alma: cuando no sabemos orar, cuando no sabemos pedir perdón, cuando no encontramos palabras para consolar, cuando hablamos mucho pero no decimos nada que edifique.

Podemos tener muchas palabras y, sin embargo, estar espiritualmente mudos. Podemos opinar, discutir, responder, comentar, criticar, publicar, hablar sin parar… y aun así no comunicar vida. Porque la verdadera palabra no nace solo de la boca; nace de un corazón iluminado por la verdad de Dios. Cuando el corazón está lejos del Señor, la palabra se vuelve ruido, reacción, murmuración, soberbia o agresión. Pero cuando Cristo sana el corazón, también purifica la lengua.

La primera lectura del profeta Oseas denuncia precisamente a un pueblo que ha perdido la voz de la fidelidad. Israel se ha apartado de Dios, ha elegido reyes sin contar con Él, ha fabricado ídolos de plata y oro, ha multiplicado altares, pero no ha escuchado la Palabra del Señor. Por eso el profeta dice una frase dura y luminosa: “Siembran viento y cosecharán tempestades”.

Cuando el hombre deja de escuchar a Dios, termina hablando desde sus propios ídolos. Y los ídolos también tienen su lenguaje: el poder habla con arrogancia, el dinero habla con autosuficiencia, el orgullo habla con desprecio, la envidia habla con veneno, la ira habla hiriendo. Por eso muchas veces nuestras palabras revelan qué estamos adorando en el corazón.

El salmo nos ayuda a comprender mejor esta enseñanza. Los ídolos “tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no oyen”. Es una imagen muy fuerte. El ídolo parece tener vida, pero está muerto. Tiene boca, pero no comunica verdad. Tiene ojos, pero no mira con amor. Tiene oídos, pero no escucha el clamor del pobre. Y el salmo advierte: “Que sean igual los que los hacen, cuantos confían en ellos”.

Es decir, cuando el ser humano pone su confianza en ídolos muertos, también su corazón se va endureciendo. Si adoramos lo que no habla, terminamos perdiendo la palabra verdadera. Si confiamos en lo que no escucha, también dejamos de escuchar. Si vivimos lejos del Dios vivo, nuestras palabras se vacían de vida.

Por eso el Evangelio de hoy es tan esperanzador. Jesús, la Palabra hecha carne, se encuentra con un hombre sin palabra y le devuelve la voz. Cristo no solo cura una lengua; restaura una identidad. Aquel hombre vuelve a hablar porque ha sido liberado. Donde el mal había impuesto silencio, Jesús hace brotar una palabra nueva.

También nosotros necesitamos que el Señor expulse de nuestro interior todo aquello que enferma nuestra manera de hablar: la crítica destructiva, el chisme, la mentira, la palabra hiriente, la queja amarga, la ironía cruel, la dureza, el juicio rápido. Necesitamos que Jesús sane nuestra lengua para que nuestras palabras sirvan al Reino de Dios.

Una palabra cristiana no tiene que ser larga ni solemne. A veces basta una frase sencilla: “Estoy contigo”, “cuenta con mi oración”, “perdóname”, “gracias”, “ánimo”, “Dios te bendiga”. Cuando nace de la caridad, incluso una palabra cotidiana puede convertirse en instrumento de gracia. Una pregunta amable, un saludo cordial, una corrección hecha con respeto, una palabra de consuelo, pueden levantar a alguien que estaba caído.

Pero el Evangelio también nos muestra otro contraste. Mientras la gente sencilla se admira del milagro, los fariseos acusan a Jesús: “Este echa los demonios con el poder del jefe de los demonios”. Qué triste es un corazón que ya no puede alegrarse ante el bien. Qué peligroso es mirar la obra de Dios con prejuicio. Jesús sana, pero ellos sospechan. Jesús libera, pero ellos critican. Jesús devuelve la palabra, pero ellos usan sus palabras para acusar.

Aquí también hay una enseñanza para nosotros. No todo el que habla mucho habla bien. No toda palabra religiosa viene de Dios. También se puede usar el lenguaje de la fe para juzgar, dividir o condenar. Por eso debemos pedir al Señor que nuestras palabras no nazcan del prejuicio, sino de la misericordia; no de la envidia, sino de la verdad; no del orgullo, sino de la humildad.

Al final del Evangelio, Jesús contempla a la multitud y se compadece de ella, porque está extenuada y abandonada como ovejas sin pastor. Esa compasión es la fuente de su misión. Jesús no mira primero el pecado para condenar; mira el dolor para salvar. No mira a la gente como problema; la mira como rebaño amado, necesitado de pastores, de cuidado, de cercanía.

Y entonces dice a sus discípulos: “La mies es abundante, pero los trabajadores son pocos; rueguen, pues, al dueño de la mies que mande trabajadores a su mies”. Esta frase nos recuerda que la Iglesia necesita hombres y mujeres capaces de llevar una palabra de vida al mundo: sacerdotes, misioneros, catequistas, familias, servidores, benefactores, comunidades que hablen menos desde el egoísmo y más desde el Evangelio.

Hoy podemos orar también para que el Señor nos haga trabajadores de su mies con nuestras palabras. Que nuestra boca no sea altar de ídolos, sino instrumento de bendición. Que nuestra voz no siembre vientos de división, sino semillas de paz. Que nuestras palabras no cosechen tempestades, sino frutos de fraternidad, reconciliación y esperanza.

Pidamos al Señor que sane nuestra mudez espiritual. Que nos enseñe a orar con sinceridad, a hablar con verdad, a corregir con caridad, a consolar con ternura y a anunciar con valentía su Evangelio.

Que Cristo, Palabra eterna del Padre, entre en el silencio de nuestro corazón, expulse de nosotros toda confusión, pecado y temor, y nos conceda una lengua nueva: una lengua que bendiga, que edifique, que evangelice y que dé gloria a Dios.

Amén.

 

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