Una promesa para hoy
Son pocos los pasajes de la Biblia que dicen
claramente por qué nos han sido transmitidos. Este es uno de ellos. Está
escrito para aquellos que nunca serán testigos directos de las apariciones del
Resucitado, para quienes vivirán de la escucha de la Palabra y de la fe recibida.
Para nosotros. Así, el Evangelio se convierte él mismo en una cita con Cristo.
El Resucitado no suprime ni el miedo ni la duda, sino que viene a atravesarlos.
Él es verdaderamente el Crucificado vivo: sus llagas permanecen visibles. La
alegría de los discípulos nace precisamente de ese reconocimiento. La
Resurrección no borra la historia; la lleva a su plenitud.
Ausente durante la primera aparición de Jesús,
Tomás no se contenta con el testimonio de los demás. Se atreve a expresar su
necesidad, su dificultad para creer. Su apego a Cristo es demasiado profundo
como para conformarse con palabras. Tomás reclama las llagas, porque el
Resucitado es, para él, aquel a quien vio sufrir. No busca una prueba
abstracta, sino una continuidad. Su grito de fe es la confesión de una relación
reencontrada. La Resurrección no puede ser desencarnada; lleva todavía las
huellas del amor entregado.
Este texto es una promesa para hoy. La fe no exige
certezas inmediatas, sino una disponibilidad interior, un corazón en camino. Creer
sin haber visto es creer a partir de una Palabra recibida, transmitida,
habitada por el Espíritu. Allí donde la búsqueda es sincera, allí donde la duda
es acogida sin ser negada, Cristo vivo ya está obrando.
¿Qué me enseña este evangelio sobre Jesús resucitado?
¿Cómo puede el apóstol Tomás inspirar mi camino de fe?
¿Qué lugar tienen las Escrituras en mi vida de fe?
Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église
Primera lectura
Hch
2, 42-47
Los
creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
LOS hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en
la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y
signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían
posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada
uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el
pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón;
alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor
iba agregando a los que se iban salvando.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
117, 2-4. 13-15. 22-24 (R.: 1)
R. Den gracias al Señor
porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
O
bien:
R. Aleluya.
V. Diga la casa de
Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. R.
V. Empujaban y
empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchen: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R.
V. La piedra que
desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
Segunda lectura
1
Pe 1, 3-9
Mediante
la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una
esperanza viva
Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.
BENDITO sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran
misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos
ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible,
intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a ustedes, que, mediante la
fe, están protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a
revelarse en el momento final.
Por ello se alegran, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas
diversas; así la autenticidad de su fe, más preciosa que el oro, que, aunque es
perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la
revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo aman y, sin contemplarlo
todavía, creen en él y así se alegran con un gozo inefable y radiante,
alcanzando así la meta de su fe: la salvación de sus almas.
Palabra de Dios.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Porque me has
visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin
haber visto. R.
Evangelio
Jn
20, 19-31
A
los ocho días llegó Jesús
Lectura del santo Evangelio según san Juan.
AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en
una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró
Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se
llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan
perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino
Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el
agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos.
Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no
seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber
visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista
de los discípulos. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el
Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
En este
segundo domingo de Pascua, la Iglesia sigue de pie ante la gran noticia que
cambió la historia: Cristo ha resucitado. Y, sin embargo, el Evangelio
de hoy no nos presenta una comunidad triunfalista, segura de sí misma, llena de
evidencias y certezas humanas. Nos presenta una comunidad frágil, encerrada,
herida, con miedo. Y precisamente allí, en medio de puertas cerradas y
corazones turbados, se manifiesta el Señor.
Eso ya es
una primera buena noticia para nosotros: el Resucitado no espera a que todo
esté resuelto para venir. No aguarda a que desaparezcan por completo
nuestras dudas, nuestros temores o nuestras heridas. Él viene en medio de todo
eso. No abolió mágicamente el miedo de los discípulos, pero atravesó ese miedo
con su presencia. No eliminó de un golpe la duda de Tomás, pero entró en esa
duda para transformarla en fe.
Este
evangelio fue escrito para quienes nunca seríamos testigos directos de las
apariciones del Resucitado. Es decir, fue escrito para nosotros. Nosotros no
estuvimos en aquella sala con las puertas cerradas. No vimos al Señor entrar.
No contemplamos con nuestros ojos sus manos y su costado. Y, sin embargo, el
Evangelio nos ha sido dado para que también nosotros tengamos un verdadero
encuentro con Cristo.
San Juan
casi nos lo dice abiertamente al final de este pasaje: estos signos han sido
escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que
creyendo tengan vida en su nombre. De modo que el Evangelio no es solo un
relato del pasado; es una cita viva con el Señor. Cuando la Palabra es
proclamada en la Iglesia, cuando es escuchada con fe, el Resucitado mismo sale
a nuestro encuentro.
Y eso es
muy importante, porque vivimos en un tiempo en el que mucha gente quisiera
reducir la fe a emoción, a costumbre o a simple tradición cultural. Pero la fe
cristiana nace de una Palabra recibida, transmitida por testigos,
conservada en la Iglesia, vivificada por el Espíritu Santo. Creemos porque
hemos escuchado. Creemos porque otros nos han anunciado. Creemos porque la
Iglesia nos ha entregado este tesoro.
Por eso
hoy el Evangelio nos pone delante la figura de Tomás. Y no para humillarlo,
sino para enseñarnos. Con frecuencia hemos recordado a Tomás como el incrédulo.
Pero sería injusto quedarnos solo con esa imagen. Tomás no es un hombre
superficial. No es alguien que se burla de la fe. Es un discípulo profundamente
unido a Jesús. Precisamente porque ama al Señor, no se contenta con palabras
fáciles. Le cuesta creer, sí, pero no porque sea indiferente, sino porque su
apego a Cristo es demasiado profundo.
Tomás
quiere encontrar al mismo Jesús que vio sufrir. Quiere saber que el Resucitado
no es una idea, no es un fantasma, no es una invención nacida del dolor de los
discípulos. Por eso pide ver las llagas. No busca una prueba fría, abstracta;
busca continuidad. Busca reconocer en el Señor glorioso al mismo Crucificado.
Busca saber que el amor entregado en la cruz no ha sido anulado, sino
glorificado.
Y eso es
justamente lo que Jesús le ofrece. Le muestra sus llagas. ¡Qué misterio tan
grande! La Resurrección no borra la historia de la pasión. No hace como si el
dolor no hubiera existido. No suprime las heridas de la cruz. Las transforma.
Las llena de gloria. Las convierte en signos eternos de amor.
Cristo
resucitado sigue llevando en su cuerpo glorioso las marcas de su entrega. Es el
Crucificado vivo. Esto quiere decir que Dios no salva negando el sufrimiento,
sino atravesándolo. Dios no redime olvidando la historia, sino llevándola a
plenitud. La Resurrección no borra el Viernes Santo; lo cumple. No deshace el
amor crucificado; lo revela en toda su fuerza.
Por eso
la alegría de los discípulos nace cuando reconocen al Señor en sus llagas. No
se alegran simplemente porque alguien volvió de la muerte. Se alegran porque
reconocen que aquel que está vivo es verdaderamente Jesús, el Maestro
amado, el que entregó su vida, el que fue traspasado por amor.
Y aquí
aparece una enseñanza muy actual para nosotros. También nuestra vida está marcada
por llagas: heridas familiares, fracasos, duelos, enfermedades, cansancios del
alma, heridas pastorales, pecados perdonados pero no olvidados del todo, cruces
que nos han dejado marcas hondas. A veces quisiéramos una fe que borrara todo
eso de un plumazo. Pero el Señor resucitado nos muestra otra cosa: las heridas,
cuando son tocadas por la gracia, no desaparecen sin más; pueden convertirse en
lugares de revelación, de misericordia y de esperanza.
Las
llagas de Cristo son la prueba de que el amor ha pasado por el dolor y ha
vencido. Y también nuestras llagas, unidas a las suyas, pueden llegar a ser
camino de vida para nosotros y para otros.
La
primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo esa fe en el
Resucitado se encarna en una comunidad concreta. No es una fe aislada, privada,
intimista. Los primeros cristianos perseveraban en la enseñanza de los
apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones.
Tenían un solo corazón. Compartían sus bienes. Alababan a Dios. Vivían como
hermanos.
Eso
significa que la Pascua no solo cambia el interior de las personas; también
crea un modo nuevo de vivir juntos. El Resucitado no funda individuos
dispersos, sino un pueblo, una Iglesia, una comunidad reconciliada. Y eso ilumina
también el caso de Tomás: mientras está fuera de la comunidad, queda atrapado
en su propia exigencia; cuando se encuentra con los demás discípulos, cuando
vuelve a estar reunido con ellos, el Señor se le manifiesta y su corazón se
abre.
Esto vale
también para nosotros. Hay dudas que se vuelven más oscuras cuando se viven en
soledad. Hay heridas que se agrandan cuando uno se aísla. Hay preguntas que no
se resuelven huyendo de la comunidad. La Iglesia, con todas sus pobrezas
humanas, sigue siendo el lugar donde el Resucitado se hace presente en la
Palabra, en la Eucaristía, en la fraternidad, en la oración compartida.
El salmo
de hoy nos hacía repetir: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es
eterna su misericordia.” Ese es el canto que brota del corazón pascual. La
misericordia del Señor es eterna. No nuestras fuerzas. No nuestros estados de
ánimo. No nuestras certezas. Su misericordia. Eso es lo que sostiene la fe. Eso
es lo que permite a Tomás pasar de la exigencia a la adoración. Eso es lo que sostiene
también a la Iglesia en medio de sus noches.
Y la
segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, eleva todavía más
nuestra mirada: Dios nos ha hecho renacer para una esperanza viva por la
resurrección de Jesucristo de entre los muertos. San Pedro no habla de una
ilusión ni de una frase bonita. Habla de una esperanza viva, una
esperanza que permanece incluso en medio de la prueba.
Y eso nos
toca mucho, porque la vida real está hecha de pruebas. También el creyente
atraviesa momentos de oscuridad. También el creyente conoce la fragilidad.
También el creyente puede llorar, vacilar, cansarse. Pero una cosa cambia
radicalmente: ya no camina hacia la nada. Camina sostenido por una esperanza
viva. Camina sabiendo que Cristo vive. Camina sabiendo que el amor es más
fuerte que la muerte.
Por eso
este evangelio es una promesa para hoy. Nos dice que no hace falta tenerlo todo
resuelto para comenzar a creer. Nos dice que la duda sincera no escandaliza a
Dios. Nos dice que el Señor sale al encuentro de quienes lo buscan de verdad.
Nos dice que creer sin haber visto no es creer a ciegas, sino creer apoyados en
la Palabra, en el testimonio apostólico, en la acción del Espíritu, en la vida
de la Iglesia.
Y quizás
aquí conviene que nos hagamos las siguientes preguntas:
Hermanos,
el Señor hoy no nos pide una fe espectacular, sino un corazón disponible. No
nos exige certezas inmediatas, sino apertura interior. No nos pide negar nuestras
dudas, sino llevarlas hasta Él. Allí donde la búsqueda es sincera, donde la
duda no se convierte en cinismo sino en súplica, donde el corazón permanece
abierto, Cristo vivo ya está obrando.
Pidámosle
entonces, en este segundo domingo de Pascua, que renueve en nosotros la gracia
de creer. Que fortalezca nuestra fe cuando vacila. Que haga de nuestra
comunidad un verdadero signo del Resucitado. Que nos enseñe a vivir de la
Palabra, de la fracción del pan, de la comunión fraterna y de la esperanza
viva.
Y que
también nosotros, como Tomás, podamos pasar de la herida a la adoración, de la
duda a la confesión, del temor a la fe, y exclamar con toda el alma:
¡Señor
mío y Dios mío!
Amén.
2
Queridos
hermanos y hermanas en el Señor:
Todavía
resuena en la Iglesia el canto jubiloso de la Pascua. Todavía permanece
encendida, en el corazón del pueblo creyente, la luz victoriosa de Cristo
resucitado. Y en este segundo domingo de Pascua, la liturgia nos
congrega nuevamente en torno al misterio central de nuestra fe: Jesucristo,
el Crucificado, vive para siempre.
No
celebramos hoy un simple recuerdo piadoso, ni la memoria nostálgica de un gran
personaje del pasado. Celebramos un acontecimiento que ha cambiado para siempre
la historia del mundo y el destino de la humanidad: Jesús ha vencido la
muerte. El que fue entregado, humillado, traspasado y puesto en el
sepulcro, ha resucitado glorioso. Y desde esa victoria brota para nosotros la
paz, la esperanza, la misericordia y la vida nueva.
Y para
que no quede duda de su identidad, les muestra las manos y el costado. El
Resucitado no es otro distinto del Crucificado. El glorioso es el mismo que fue
herido. El vencedor de la muerte es el mismo que pasó por la pasión. Las llagas
permanecen, pero ya no como signo de derrota, sino como trofeos de amor, como
resplandor de misericordia, como testimonio eterno de que Dios nos ha amado
hasta el extremo.
Sin
embargo, en medio de esta manifestación tan sublime, aparece la figura de
Tomás. Y en torno a él se articula buena parte del mensaje de este domingo.
Tomás no estaba con la comunidad cuando el Señor se hizo presente. Había
quedado fuera. Ignoramos la razón. Tal vez la tristeza. Tal vez la decepción.
Tal vez una lucha interior que lo llevó a apartarse. Pero lo cierto es que, al
no estar con los demás, tampoco participa de la primera alegría pascual.
Cuando
los otros discípulos le dicen: “Hemos visto al Señor”, Tomás se resiste.
No le basta el testimonio de sus hermanos. Exige pruebas. Reclama evidencias.
Quiere tocar para creer.
Y aquí la
Palabra de Dios toca una fibra profundamente humana. Porque Tomás no es solo un
personaje del pasado. Tomás es también imagen del discípulo de todos los
tiempos. Es imagen de tantos hombres y mujeres que buscan sinceramente, pero
tropiezan con la duda. Es imagen del creyente herido que quisiera una certeza
total antes de entregarse. Es imagen de quienes, en ciertos momentos de la
vida, sienten que la fe vacila bajo el peso del dolor, de la oscuridad o de las
preguntas sin respuesta.
Por eso
este evangelio no debe leerse como una simple censura a Tomás, sino como una
revelación de la paciencia misericordiosa de Cristo con nuestras vacilaciones.
La fe en
la resurrección no fue fácil ni siquiera para los primeros discípulos. No se
impuso como una evidencia inmediata. También ellos tuvieron miedo,
desconcierto, resistencia interior. Aun los más cercanos al Señor necesitaron
un camino, una purificación, una gracia. La Pascua no abolió mágicamente la
fragilidad humana; la transformó desde dentro.
Los
relatos pascuales nos enseñan, una y otra vez, tres grandes verdades.
Por eso
aparece con un cuerpo transfigurado, libre de las limitaciones ordinarias, y,
sin embargo, conserva los signos de la pasión. La resurrección no borra la
cruz; la glorifica. No anula las heridas; las llena de sentido. No niega el
sufrimiento; lo redime.
Es
conmovedor contemplar esta escena. El Señor no aplasta a Tomás. No lo ridiculiza
delante de los demás. No lo humilla por su incredulidad. Sale a su encuentro
con infinita condescendencia. Se abaja hasta la herida interior de su discípulo
para elevarlo a la fe.
Esta
exclamación no es solo una frase devota. Es una profesión de fe plena, total,
adorante. Tomás reconoce en Jesús no solo a su Maestro recuperado, sino a su
Señor y a su Dios. Lo que antes reclamaba como prueba, ahora lo abraza como
misterio. Lo que antes exigía verificar, ahora lo contempla en adoración.
Aquí,
hermanos, hay una enseñanza de enorme importancia para nuestra vida espiritual:
la fe madura no nace del orgullo de querer dominar a Dios, sino de la
humildad de dejarnos alcanzar por Él.
Y esta
fe, además, tiene un ámbito privilegiado: la comunidad creyente.
Tomás,
mientras permanece aislado, no logra creer. Cuando vuelve a la comunidad,
cuando se reúne con sus hermanos, cuando entra de nuevo en el espacio donde la
Iglesia espera, ora y acoge la presencia del Señor, entonces su corazón se
abre. No es un detalle secundario. Es una gran lección eclesial. El Resucitado
se manifiesta en medio de la comunidad reunida. La fe no es una aventura
puramente individual. Se recibe, se alimenta y se fortalece en la Iglesia.
No basta,
pues, decir: “yo creo a mi manera”. La Pascua nos recuerda que la fe necesita
hogar, necesita comunidad, necesita altar, necesita Palabra, necesita hermanos.
Quien se aparta persistentemente del cuerpo eclesial corre el riesgo de
empobrecer también su fe. El Resucitado sigue viniendo allí donde su pueblo se
reúne en su nombre.
¡Una esperanza
viva! No una ilusión superficial. No un consuelo pasajero. No una emoción
efímera. Una esperanza viva, porque brota del Viviente. Una esperanza que no
niega las pruebas, pero las atraviesa. Una esperanza que no desconoce el
sufrimiento, pero no se deja derrotar por él. Una esperanza que permite al
cristiano caminar incluso entre lágrimas, sabiendo que la última palabra no
pertenece al sepulcro, sino a Dios.
Y qué
necesario es esto para nosotros hoy. Porque también nosotros conocemos las
puertas cerradas del miedo, las noches de incertidumbre, las heridas del alma,
las preguntas sin respuesta, las pruebas que desgastan la fe. También nosotros,
en más de una ocasión, somos Tomás. También nosotros quisiéramos signos más
claros, certezas más visibles, respuestas más inmediatas.
Todo eso
son destellos del Resucitado.
En este
domingo santo, celebrado también como Domingo de la Divina Misericordia,
pidamos al Señor la gracia de una fe más honda, más eclesial, más adorante y
más perseverante. No una fe ingenua ni una fe orgullosa, sino una fe humilde y
robusta; una fe que piense, una fe que ame, una fe que espere, una fe que se
mantenga en pie aun en medio de las pruebas.
Amén.

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