sábado, 11 de abril de 2026

12 de abril del 2026: segundo domingo de Pascua-Domingo de la Misericordia

 

Una promesa para hoy

Son pocos los pasajes de la Biblia que dicen claramente por qué nos han sido transmitidos. Este es uno de ellos. Está escrito para aquellos que nunca serán testigos directos de las apariciones del Resucitado, para quienes vivirán de la escucha de la Palabra y de la fe recibida. Para nosotros. Así, el Evangelio se convierte él mismo en una cita con Cristo. El Resucitado no suprime ni el miedo ni la duda, sino que viene a atravesarlos. Él es verdaderamente el Crucificado vivo: sus llagas permanecen visibles. La alegría de los discípulos nace precisamente de ese reconocimiento. La Resurrección no borra la historia; la lleva a su plenitud.

Ausente durante la primera aparición de Jesús, Tomás no se contenta con el testimonio de los demás. Se atreve a expresar su necesidad, su dificultad para creer. Su apego a Cristo es demasiado profundo como para conformarse con palabras. Tomás reclama las llagas, porque el Resucitado es, para él, aquel a quien vio sufrir. No busca una prueba abstracta, sino una continuidad. Su grito de fe es la confesión de una relación reencontrada. La Resurrección no puede ser desencarnada; lleva todavía las huellas del amor entregado.

Este texto es una promesa para hoy. La fe no exige certezas inmediatas, sino una disponibilidad interior, un corazón en camino. Creer sin haber visto es creer a partir de una Palabra recibida, transmitida, habitada por el Espíritu. Allí donde la búsqueda es sincera, allí donde la duda es acogida sin ser negada, Cristo vivo ya está obrando.

¿Qué me enseña este evangelio sobre Jesús resucitado?
¿Cómo puede el apóstol Tomás inspirar mi camino de fe?
¿Qué lugar tienen las Escrituras en mi vida de fe?

Karem Bustica, rédactrice en chef de Prions en Église



Primera lectura

Hch 2, 42-47

Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

LOS hermanos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión, en la fracción del pan y en las oraciones.
Todo el mundo estaba impresionado, y los apóstoles hacían muchos prodigios y signos. Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común; vendían posesiones y bienes y los repartían entre todos, según la necesidad de cada uno.
Con perseverancia acudían a diario al templo con un mismo espíritu, partían el pan en las casas y tomaban el alimento con alegría y sencillez de corazón; alababan a Dios y eran bien vistos de todo el pueblo; y día tras día el Señor iba agregando a los que se iban salvando.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 117, 2-4. 13-15. 22-24 (R.: 1)

R. Den gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

O bien:

R. Aleluya.

V. Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.
Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.
Digan los que temen al Señor:
eterna es su misericordia. 
R.

V. Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchen: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. 
R.

V. La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.
Este es el día que hizo el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
 R.

 

Segunda lectura

1 Pe 1, 3-9

Mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva

Lectura de la primera carta del apóstol san Pedro.


BENDITO sea Dios, Padre de nuestro Señor, Jesucristo, que, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha regenerado para una esperanza viva; para una herencia incorruptible, intachable e inmarcesible, reservada en el cielo a ustedes, que, mediante la fe, están protegidos con la fuerza de Dios; para una salvación dispuesta a revelarse en el momento final.
Por ello se alegran, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de su fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo aman y, sin contemplarlo todavía, creen en él y así se alegran con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de su fe: la salvación de sus almas.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Porque me has visto, Tomás, has creído —dice el Señor—; bienaventurados los que crean sin haber visto. R.

 

Evangelio

Jn 20, 19-31

A los ocho días llegó Jesús

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

AL anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
«Paz a ustedes».
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
«Paz a ustedes. Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo».
Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo:
«Reciban el Espíritu Santo; a quienes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos».
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
«Hemos visto al Señor».
Pero él les contestó:
«Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo».
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
«Paz a ustedes».
Luego dijo a Tomás:
«Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente».
Contestó Tomás:
«¡Señor mío y Dios mío!».
Jesús le dijo:
«¿Porque me has visto has creído? Bienaventurados los que crean sin haber visto».
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Estos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengan vida en su nombre.

Palabra del Señor.

 

 

1


Queridos hermanos y hermanas:

En este segundo domingo de Pascua, la Iglesia sigue de pie ante la gran noticia que cambió la historia: Cristo ha resucitado. Y, sin embargo, el Evangelio de hoy no nos presenta una comunidad triunfalista, segura de sí misma, llena de evidencias y certezas humanas. Nos presenta una comunidad frágil, encerrada, herida, con miedo. Y precisamente allí, en medio de puertas cerradas y corazones turbados, se manifiesta el Señor.

Eso ya es una primera buena noticia para nosotros: el Resucitado no espera a que todo esté resuelto para venir. No aguarda a que desaparezcan por completo nuestras dudas, nuestros temores o nuestras heridas. Él viene en medio de todo eso. No abolió mágicamente el miedo de los discípulos, pero atravesó ese miedo con su presencia. No eliminó de un golpe la duda de Tomás, pero entró en esa duda para transformarla en fe.

Este evangelio fue escrito para quienes nunca seríamos testigos directos de las apariciones del Resucitado. Es decir, fue escrito para nosotros. Nosotros no estuvimos en aquella sala con las puertas cerradas. No vimos al Señor entrar. No contemplamos con nuestros ojos sus manos y su costado. Y, sin embargo, el Evangelio nos ha sido dado para que también nosotros tengamos un verdadero encuentro con Cristo.

San Juan casi nos lo dice abiertamente al final de este pasaje: estos signos han sido escritos para que crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre. De modo que el Evangelio no es solo un relato del pasado; es una cita viva con el Señor. Cuando la Palabra es proclamada en la Iglesia, cuando es escuchada con fe, el Resucitado mismo sale a nuestro encuentro.

Y eso es muy importante, porque vivimos en un tiempo en el que mucha gente quisiera reducir la fe a emoción, a costumbre o a simple tradición cultural. Pero la fe cristiana nace de una Palabra recibida, transmitida por testigos, conservada en la Iglesia, vivificada por el Espíritu Santo. Creemos porque hemos escuchado. Creemos porque otros nos han anunciado. Creemos porque la Iglesia nos ha entregado este tesoro.

Por eso hoy el Evangelio nos pone delante la figura de Tomás. Y no para humillarlo, sino para enseñarnos. Con frecuencia hemos recordado a Tomás como el incrédulo. Pero sería injusto quedarnos solo con esa imagen. Tomás no es un hombre superficial. No es alguien que se burla de la fe. Es un discípulo profundamente unido a Jesús. Precisamente porque ama al Señor, no se contenta con palabras fáciles. Le cuesta creer, sí, pero no porque sea indiferente, sino porque su apego a Cristo es demasiado profundo.

Tomás quiere encontrar al mismo Jesús que vio sufrir. Quiere saber que el Resucitado no es una idea, no es un fantasma, no es una invención nacida del dolor de los discípulos. Por eso pide ver las llagas. No busca una prueba fría, abstracta; busca continuidad. Busca reconocer en el Señor glorioso al mismo Crucificado. Busca saber que el amor entregado en la cruz no ha sido anulado, sino glorificado.

Y eso es justamente lo que Jesús le ofrece. Le muestra sus llagas. ¡Qué misterio tan grande! La Resurrección no borra la historia de la pasión. No hace como si el dolor no hubiera existido. No suprime las heridas de la cruz. Las transforma. Las llena de gloria. Las convierte en signos eternos de amor.

Cristo resucitado sigue llevando en su cuerpo glorioso las marcas de su entrega. Es el Crucificado vivo. Esto quiere decir que Dios no salva negando el sufrimiento, sino atravesándolo. Dios no redime olvidando la historia, sino llevándola a plenitud. La Resurrección no borra el Viernes Santo; lo cumple. No deshace el amor crucificado; lo revela en toda su fuerza.

Por eso la alegría de los discípulos nace cuando reconocen al Señor en sus llagas. No se alegran simplemente porque alguien volvió de la muerte. Se alegran porque reconocen que aquel que está vivo es verdaderamente Jesús, el Maestro amado, el que entregó su vida, el que fue traspasado por amor.

Y aquí aparece una enseñanza muy actual para nosotros. También nuestra vida está marcada por llagas: heridas familiares, fracasos, duelos, enfermedades, cansancios del alma, heridas pastorales, pecados perdonados pero no olvidados del todo, cruces que nos han dejado marcas hondas. A veces quisiéramos una fe que borrara todo eso de un plumazo. Pero el Señor resucitado nos muestra otra cosa: las heridas, cuando son tocadas por la gracia, no desaparecen sin más; pueden convertirse en lugares de revelación, de misericordia y de esperanza.

Las llagas de Cristo son la prueba de que el amor ha pasado por el dolor y ha vencido. Y también nuestras llagas, unidas a las suyas, pueden llegar a ser camino de vida para nosotros y para otros.

La primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra cómo esa fe en el Resucitado se encarna en una comunidad concreta. No es una fe aislada, privada, intimista. Los primeros cristianos perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones. Tenían un solo corazón. Compartían sus bienes. Alababan a Dios. Vivían como hermanos.

Eso significa que la Pascua no solo cambia el interior de las personas; también crea un modo nuevo de vivir juntos. El Resucitado no funda individuos dispersos, sino un pueblo, una Iglesia, una comunidad reconciliada. Y eso ilumina también el caso de Tomás: mientras está fuera de la comunidad, queda atrapado en su propia exigencia; cuando se encuentra con los demás discípulos, cuando vuelve a estar reunido con ellos, el Señor se le manifiesta y su corazón se abre.

Esto vale también para nosotros. Hay dudas que se vuelven más oscuras cuando se viven en soledad. Hay heridas que se agrandan cuando uno se aísla. Hay preguntas que no se resuelven huyendo de la comunidad. La Iglesia, con todas sus pobrezas humanas, sigue siendo el lugar donde el Resucitado se hace presente en la Palabra, en la Eucaristía, en la fraternidad, en la oración compartida.

El salmo de hoy nos hacía repetir: “Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.” Ese es el canto que brota del corazón pascual. La misericordia del Señor es eterna. No nuestras fuerzas. No nuestros estados de ánimo. No nuestras certezas. Su misericordia. Eso es lo que sostiene la fe. Eso es lo que permite a Tomás pasar de la exigencia a la adoración. Eso es lo que sostiene también a la Iglesia en medio de sus noches.

Y la segunda lectura, tomada de la primera carta de san Pedro, eleva todavía más nuestra mirada: Dios nos ha hecho renacer para una esperanza viva por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos. San Pedro no habla de una ilusión ni de una frase bonita. Habla de una esperanza viva, una esperanza que permanece incluso en medio de la prueba.

Y eso nos toca mucho, porque la vida real está hecha de pruebas. También el creyente atraviesa momentos de oscuridad. También el creyente conoce la fragilidad. También el creyente puede llorar, vacilar, cansarse. Pero una cosa cambia radicalmente: ya no camina hacia la nada. Camina sostenido por una esperanza viva. Camina sabiendo que Cristo vive. Camina sabiendo que el amor es más fuerte que la muerte.

Por eso este evangelio es una promesa para hoy. Nos dice que no hace falta tenerlo todo resuelto para comenzar a creer. Nos dice que la duda sincera no escandaliza a Dios. Nos dice que el Señor sale al encuentro de quienes lo buscan de verdad. Nos dice que creer sin haber visto no es creer a ciegas, sino creer apoyados en la Palabra, en el testimonio apostólico, en la acción del Espíritu, en la vida de la Iglesia.

Y quizás aquí conviene que nos hagamos las siguientes preguntas:

¿Qué me enseña este evangelio sobre Jesús resucitado?
Me enseña que Jesús resucitado es el mismo que fue crucificado; que vive, pero sin dejar de ser el que amó hasta el extremo; que entra en nuestros miedos y no se aleja de nuestras heridas.

¿Cómo puede Tomás inspirar mi camino de fe?
Me enseña a ser sincero delante de Dios. A no fingir una fe que no tengo. A presentar al Señor mis resistencias, mis oscuridades, mis preguntas. Pero también me enseña a no encerrarme en ellas, a dejarme encontrar por Cristo en la comunidad, hasta poder decir con todo el corazón: “Señor mío y Dios mío.”

¿Qué lugar tienen las Escrituras en mi vida de fe?
Porque si este Evangelio fue escrito para nosotros, entonces cada vez que lo escuchamos, cada vez que lo meditamos, cada vez que lo acogemos con humildad, estamos abriendo una puerta al Resucitado. Donde la Palabra es escuchada, Cristo se hace presente. Donde la Palabra es guardada, la fe madura. Donde la Palabra es vivida, la comunidad renace.

Hermanos, el Señor hoy no nos pide una fe espectacular, sino un corazón disponible. No nos exige certezas inmediatas, sino apertura interior. No nos pide negar nuestras dudas, sino llevarlas hasta Él. Allí donde la búsqueda es sincera, donde la duda no se convierte en cinismo sino en súplica, donde el corazón permanece abierto, Cristo vivo ya está obrando.

Pidámosle entonces, en este segundo domingo de Pascua, que renueve en nosotros la gracia de creer. Que fortalezca nuestra fe cuando vacila. Que haga de nuestra comunidad un verdadero signo del Resucitado. Que nos enseñe a vivir de la Palabra, de la fracción del pan, de la comunión fraterna y de la esperanza viva.

Y que también nosotros, como Tomás, podamos pasar de la herida a la adoración, de la duda a la confesión, del temor a la fe, y exclamar con toda el alma:

¡Señor mío y Dios mío!

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Todavía resuena en la Iglesia el canto jubiloso de la Pascua. Todavía permanece encendida, en el corazón del pueblo creyente, la luz victoriosa de Cristo resucitado. Y en este segundo domingo de Pascua, la liturgia nos congrega nuevamente en torno al misterio central de nuestra fe: Jesucristo, el Crucificado, vive para siempre.

No celebramos hoy un simple recuerdo piadoso, ni la memoria nostálgica de un gran personaje del pasado. Celebramos un acontecimiento que ha cambiado para siempre la historia del mundo y el destino de la humanidad: Jesús ha vencido la muerte. El que fue entregado, humillado, traspasado y puesto en el sepulcro, ha resucitado glorioso. Y desde esa victoria brota para nosotros la paz, la esperanza, la misericordia y la vida nueva.

El Evangelio que acabamos de escuchar nos sitúa en un ambiente cargado de dramatismo y de hondura espiritual. Los discípulos están encerrados. El miedo los paraliza. La tristeza los hiere. La incertidumbre los oprime. Las puertas están cerradas, pero más cerrados aún están sus corazones. Y es precisamente allí, en medio de ese escenario de fragilidad, donde irrumpe el Resucitado con una palabra que sigue atravesando los siglos:
“La paz esté con ustedes.”

¡Qué admirable delicadeza la del Señor!
No entra reprochando.
No entra condenando.
No entra humillando a quienes lo abandonaron en la hora de la cruz.
Entra trayendo la paz.
La paz que brota de sus llagas.
La paz que nace de su sacrificio.
La paz que el mundo no puede dar.

Y para que no quede duda de su identidad, les muestra las manos y el costado. El Resucitado no es otro distinto del Crucificado. El glorioso es el mismo que fue herido. El vencedor de la muerte es el mismo que pasó por la pasión. Las llagas permanecen, pero ya no como signo de derrota, sino como trofeos de amor, como resplandor de misericordia, como testimonio eterno de que Dios nos ha amado hasta el extremo.

Sin embargo, en medio de esta manifestación tan sublime, aparece la figura de Tomás. Y en torno a él se articula buena parte del mensaje de este domingo. Tomás no estaba con la comunidad cuando el Señor se hizo presente. Había quedado fuera. Ignoramos la razón. Tal vez la tristeza. Tal vez la decepción. Tal vez una lucha interior que lo llevó a apartarse. Pero lo cierto es que, al no estar con los demás, tampoco participa de la primera alegría pascual.

Cuando los otros discípulos le dicen: “Hemos visto al Señor”, Tomás se resiste. No le basta el testimonio de sus hermanos. Exige pruebas. Reclama evidencias. Quiere tocar para creer.

Y aquí la Palabra de Dios toca una fibra profundamente humana. Porque Tomás no es solo un personaje del pasado. Tomás es también imagen del discípulo de todos los tiempos. Es imagen de tantos hombres y mujeres que buscan sinceramente, pero tropiezan con la duda. Es imagen del creyente herido que quisiera una certeza total antes de entregarse. Es imagen de quienes, en ciertos momentos de la vida, sienten que la fe vacila bajo el peso del dolor, de la oscuridad o de las preguntas sin respuesta.

Por eso este evangelio no debe leerse como una simple censura a Tomás, sino como una revelación de la paciencia misericordiosa de Cristo con nuestras vacilaciones.

La fe en la resurrección no fue fácil ni siquiera para los primeros discípulos. No se impuso como una evidencia inmediata. También ellos tuvieron miedo, desconcierto, resistencia interior. Aun los más cercanos al Señor necesitaron un camino, una purificación, una gracia. La Pascua no abolió mágicamente la fragilidad humana; la transformó desde dentro.

Los relatos pascuales nos enseñan, una y otra vez, tres grandes verdades.

Primero: Jesús está verdaderamente vivo.
Segundo: su vida resucitada ya no está sometida a las limitaciones de nuestra condición mortal.
Tercero: ese Señor glorioso es el mismo Jesús de Nazaret que fue crucificado.

Por eso aparece con un cuerpo transfigurado, libre de las limitaciones ordinarias, y, sin embargo, conserva los signos de la pasión. La resurrección no borra la cruz; la glorifica. No anula las heridas; las llena de sentido. No niega el sufrimiento; lo redime.

Ocho días después, cuando los discípulos están de nuevo reunidos, Tomás se encuentra con ellos. Ya no está solo. Ya no está fuera. Está en medio de la comunidad. Y otra vez viene Jesús. Otra vez se hace presente. Otra vez pronuncia la paz. Y entonces se dirige a Tomás con una ternura que desarma toda dureza:
“Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.”

Es conmovedor contemplar esta escena. El Señor no aplasta a Tomás. No lo ridiculiza delante de los demás. No lo humilla por su incredulidad. Sale a su encuentro con infinita condescendencia. Se abaja hasta la herida interior de su discípulo para elevarlo a la fe.

Y entonces acontece lo decisivo: Tomás ya no necesita tocar. El Evangelio no dice que haya metido efectivamente la mano en las llagas. Basta la presencia del Resucitado. Basta la gracia del encuentro. Basta el resplandor de la verdad divina manifestada en Cristo. Y de lo más profundo de su alma brota una de las más altas confesiones de fe de todo el Nuevo Testamento:
“¡Señor mío y Dios mío!”

Esta exclamación no es solo una frase devota. Es una profesión de fe plena, total, adorante. Tomás reconoce en Jesús no solo a su Maestro recuperado, sino a su Señor y a su Dios. Lo que antes reclamaba como prueba, ahora lo abraza como misterio. Lo que antes exigía verificar, ahora lo contempla en adoración.

Aquí, hermanos, hay una enseñanza de enorme importancia para nuestra vida espiritual: la fe madura no nace del orgullo de querer dominar a Dios, sino de la humildad de dejarnos alcanzar por Él.

Y esta fe, además, tiene un ámbito privilegiado: la comunidad creyente.

Tomás, mientras permanece aislado, no logra creer. Cuando vuelve a la comunidad, cuando se reúne con sus hermanos, cuando entra de nuevo en el espacio donde la Iglesia espera, ora y acoge la presencia del Señor, entonces su corazón se abre. No es un detalle secundario. Es una gran lección eclesial. El Resucitado se manifiesta en medio de la comunidad reunida. La fe no es una aventura puramente individual. Se recibe, se alimenta y se fortalece en la Iglesia.

Por eso la primera lectura de los Hechos de los Apóstoles nos ofrece hoy el retrato luminoso de la primera comunidad cristiana:
perseveraban en la enseñanza de los apóstoles, en la comunión fraterna, en la fracción del pan y en las oraciones.

He allí el rostro de la Iglesia pascual.
Una Iglesia que escucha la Palabra.
Una Iglesia que vive la comunión.
Una Iglesia que celebra la Eucaristía.
Una Iglesia que ora.
Una Iglesia que comparte.
Una Iglesia que deja transparentar, en su vida concreta, la presencia del Resucitado.

No basta, pues, decir: “yo creo a mi manera”. La Pascua nos recuerda que la fe necesita hogar, necesita comunidad, necesita altar, necesita Palabra, necesita hermanos. Quien se aparta persistentemente del cuerpo eclesial corre el riesgo de empobrecer también su fe. El Resucitado sigue viniendo allí donde su pueblo se reúne en su nombre.

El salmo responsorial ha puesto en nuestros labios el gran canto de la Pascua:
“Den gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia.”
Todo en este tiempo santo nos lleva a esa certeza: la misericordia del Señor es eterna. No pasajera. No frágil. No condicionada por nuestras miserias. Eterna. La piedra rechazada ha llegado a ser la piedra angular. Lo que el mundo desechó, Dios lo exaltó. Lo que parecía fracaso, se ha convertido en victoria. Lo que parecía oscuridad definitiva, ha sido atravesado por la luz invencible de la Vida.

Y en la segunda lectura, el apóstol san Pedro eleva un himno de alabanza al Padre, diciendo:
“Bendito sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, que por su gran misericordia nos ha regenerado, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, para una esperanza viva.”

¡Una esperanza viva! No una ilusión superficial. No un consuelo pasajero. No una emoción efímera. Una esperanza viva, porque brota del Viviente. Una esperanza que no niega las pruebas, pero las atraviesa. Una esperanza que no desconoce el sufrimiento, pero no se deja derrotar por él. Una esperanza que permite al cristiano caminar incluso entre lágrimas, sabiendo que la última palabra no pertenece al sepulcro, sino a Dios.

Y qué necesario es esto para nosotros hoy. Porque también nosotros conocemos las puertas cerradas del miedo, las noches de incertidumbre, las heridas del alma, las preguntas sin respuesta, las pruebas que desgastan la fe. También nosotros, en más de una ocasión, somos Tomás. También nosotros quisiéramos signos más claros, certezas más visibles, respuestas más inmediatas.

Pero hoy el Señor nos repite:
“No seas incrédulo, sino creyente.”
No como un reproche duro, sino como una invitación amorosa.
Cree para ver.
Cree para reconocer.
Cree para descubrir que sigo vivo en medio de mi Iglesia.
Cree para advertir mis huellas en la historia.
Cree para encontrarme en la Palabra, en la Eucaristía, en los pobres, en el perdón, en la fraternidad, en la perseverancia de los santos, en la fidelidad escondida de tantos creyentes sencillos.

Sí, hermanos, todavía hoy hay signos de resurrección.
Los hay cuando alguien perdona en lugar de vengarse.
Los hay cuando una familia rota intenta recomenzar.
Los hay cuando un enfermo ofrece su dolor con esperanza.
Los hay cuando un corazón endurecido vuelve a abrirse a Dios.
Los hay cuando la Iglesia, aun entre luchas y pobrezas, sigue orando, cantando, celebrando y sirviendo.
Los hay cuando la misericordia vence al juicio, cuando la verdad vence a la mentira, cuando el amor vence al egoísmo.

Todo eso son destellos del Resucitado.

En este domingo santo, celebrado también como Domingo de la Divina Misericordia, pidamos al Señor la gracia de una fe más honda, más eclesial, más adorante y más perseverante. No una fe ingenua ni una fe orgullosa, sino una fe humilde y robusta; una fe que piense, una fe que ame, una fe que espere, una fe que se mantenga en pie aun en medio de las pruebas.

Que el apóstol Tomás, pasando de la duda a la confesión, nos enseñe también a nosotros a caer de rodillas ante Cristo vivo y a pronunciar, con verdad interior, con amor rendido y con adoración profunda, aquellas palabras inmortales:
“¡Señor mío y Dios mío!”

Amén.

 

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