jueves, 2 de abril de 2026

3 de abril del 2026: Viernes Santo de la Pasión y muerte del Señor

 

El precio de la salvación y de la libertad

Cada día, la actualidad del mundo y, a veces, incluso la de nuestras propias vidas, nos pone frente a la cuestión del mal y del sufrimiento. Hasta tal punto que el odio, la guerra, los atentados, la opresión de los pobres y de los pequeños parecen inscribirse, a pesar de nosotros, en el registro de la normalidad. La liturgia de este día dirige nuestra mirada hacia Cristo en la cruz. La Cruz toca nuestra humanidad: lo que ella es a veces, casi a pesar suyo, y lo que está llamada a ser. La Cruz hiere al ser humano, lo desfigura, pero, por encima de todo, ¡lo salva! He aquí todo el misterio que hoy celebramos. En todo lugar de nuestro mundo donde el hombre es amenazado, desfigurado como imagen de Dios, y allí donde la misma imagen de Dios es amenazada en el hombre, hay una cruz de más.

Sin embargo, en el corazón de nuestra vida de bautizados, la Cruz no deja de indicar el paso de la muerte a la vida. “¡Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único!” La Cruz es signo de una vida entregada, ¡entregada por completo! La Cruz es prueba de amor. La Cruz es el precio de nuestra libertad, de nuestra salvación. Ella es la llave de nuestro futuro y el fundamento de una historia que siempre está naciendo.

Al pie de la Cruz es siempre la hora de la ofrenda libre, la hora en que el Hijo deposita su vida entre las manos del Padre, la hora del gran movimiento de amor con el que Cristo nos lleva hacia el Padre, llamándonos también a nosotros al don de nuestra propia vida. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

¿Hay en mi casa, en mi apartamento, en mi habitación, una cruz que me recuerde el amor de Dios por mí?

¿Qué cruz estoy llamado a llevar con Cristo?

¿Me sucede mirar alguna vez el calvario o la cruz de misión en el corazón de mi ciudad o a la entrada de mi pueblo?

Benoît Gschwind, évêque de Pamiers

 


Primera lectura

Is 52, 13 — 53, 12
Él fue traspasado por nuestras rebeliones (Cuarto cántico del Siervo de Dios)

Lectura del libro de Isaías.

MIREN, mi siervo tendrá éxito,
subirá y crecerá mucho.
Como muchos se espantaron de él
porque desfigurado no parecía hombre,
ni tenía aspecto humano,
así asombrará a muchos pueblos,
ante él los reyes cerrarán la boca,
al ver algo inenarrable
y comprender algo inaudito.
¿Quién creyó nuestro anuncio?;
¿a quién se reveló el brazo del Señor?
Creció en su presencia como brote,
como raíz en tierra árida,
sin figura, sin belleza.
Lo vimos sin aspecto atrayente,
despreciado y evitado de los hombres,
como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos,
ante el cual se ocultaban los rostros,
despreciado y desestimado.
Él soportó nuestros sufrimientos
y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo estimamos leproso,
herido de Dios y humillado;
pero él fue traspasado por nuestras rebeliones,
triturado por nuestros crímenes.
Nuestro castigo saludable cayó sobre él,
sus cicatrices nos curaron.
Todos errábamos como ovejas,
cada uno siguiendo su camino;
y el Señor cargó sobre él
todos nuestros crímenes.
Maltratado, voluntariamente se humillaba
y no abría la boca:
como cordero llevado al matadero,
como oveja ante el esquilador,
enmudecía y no abría la boca.
Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron,
¿quién se preocupará de su estirpe?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malvados
y una tumba con los malhechores,
aunque no había cometido crímenes
ni hubo engaño en su boca.
El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento,
y entregar su vida como expiación:
verá su descendencia, prolongará sus años,
lo que el Señor quiere prosperará por su mano.
Por los trabajos de su alma verá la luz,
el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos,
porque cargó con los crímenes de ellos.
Le daré una multitud como parte,
y tendrá como despojo una muchedumbre.
Porque expuso su vida a la muerte
y fue contado entre los pecadores,
él tomó el pecado de muchos
e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 30, 2 y 6. 12-13. 15-16. 17 y 25 (R.: Lc 23, 46)

R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

V. A ti, Señor, me acojo:
no quede yo nunca defraudado;
tú, que eres justo, ponme a salvo.
A tus manos encomiendo mi espíritu:
tú, el Dios leal, me librarás. 
R.

V. Soy la burla de todos mis enemigos,
la irrisión de mis vecinos,
el espanto de mis conocidos:
me ven por la calle y escapan de mí.
Me han olvidado como a un muerto,
me han desechado como a un cacharro inútil. 
R.

V. Pero yo confío en ti, Señor;
te digo: «Tú eres mi Dios».
En tus manos están mis azares:
líbrame de mis enemigos que me persiguen. 
R.

V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo,
sálvame por tu misericordia.
Sean fuertes y valientes de corazón
los que esperan en el Señor. 
R.

 

Segunda lectura

Heb 4, 14-16; 5, 7-9

Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación

Lectura de la carta a los Hebreos.

HERMANOS:
Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe.
No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno.
Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz.
Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

 

Evangelio

Jn 18, 1 — 19, 42

Pasión de nuestro Señor Jesucristo

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

¿A quién buscan? A Jesús, el Nazareno
Cronista: EN aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscan?».
C. Le contestaron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Les dijo Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscan?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Jesús, el Nazareno».
C. Jesús contestó:
+ «Les he dicho que soy yo. Si me buscan a mí, dejen marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
Llevaron a Jesús primero ante Anás
C. La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo soy».
C. Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba
con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».
C. Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:
S. «¿Así contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús respondió:
«Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy
C. Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres tú también de sus discípulos?».
C. Él lo negó, diciendo:
S. «No lo soy».
C. Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.
Mi reino no es de este mundo
C. Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué acusación presentan contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo ustedes y júzguenlo según su ley».
C. Los judíos le dijeron:
S. «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús le contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le dijo:
S. «Entonces, ¿tú eres rey?».
C. Jesús le contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le dijo:
S. «Y, ¿qué es la verdad?».
C. Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre ustedes que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Quieren que les suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal Barrabás era un bandido.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve, rey de los judíos!».
C. Y le daban bofetadas.
Pilato salió otra vez y les dijo:
S. «Miren, se lo saco para que sepan que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí al hombre».
C. Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo, crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «Llévenselo ustedes y crucifíquenlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».
C. Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:
S. «¿De dónde eres tú?».
C. Pero Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».
C. Jesús le contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».
¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».
C. Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí a su rey».
C. Ellos gritaron:
S. «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».
C. Pilato les dijo:
S. «¿A su rey voy a crucificar?».
C. Contestaron los sumos sacerdotes:
S. «No tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.
Lo crucificaron; y con él a otros dos
C. Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:
S. «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».
C. Pilato les contestó:
S. «Lo escrito, escrito está».
Se repartieron mis ropas
C. Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.
Ahí tienes a tu hijo. Ahí tienes a tu madre
C. Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:
«Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego, dijo al discípulo:
«Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Está cumplido
C. Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:
«Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
«Está cumplido».
C. E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

Al punto salió sangre y agua
C. Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también ustedes crean. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
Envolvieron el cuerpo de Jesús en los lienzos con los aromas
C. Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy no celebramos una misa como en otros días. Hoy la Iglesia se detiene en silencio, contempla, adora, llora y espera. Hoy estamos ante el misterio más grande del amor: Cristo crucificado por nosotros.

El profeta Isaías nos ha presentado al Siervo sufriente: “despreciado y evitado de los hombres, varón de dolores, acostumbrado a sufrimientos”. No es un personaje lejano. En él reconocemos a Jesús, el Hijo amado del Padre, que ha querido cargar con nuestras dolencias, con nuestros pecados, con nuestras rebeldías, con las heridas de este mundo. Él fue traspasado por nuestras culpas; sobre Él cayó el castigo que nos trae la paz. Esta palabra no es solo poesía profética: es la radiografía espiritual del Calvario.

Y qué actual es esto. Vivimos en un mundo donde el mal parece haberse vuelto cotidiano: violencia, injusticia, desprecio por la vida, corrupción, guerra, divisiones, dolor en los hogares, angustias silenciosas, enfermedades del cuerpo y del alma. A veces nos acostumbramos tanto al sufrimiento que terminamos viéndolo como algo normal. Pero el Viernes Santo nos dice que el mal nunca será normal ante los ojos de Dios. Cada vez que el ser humano es humillado, herido, descartado o desfigurado en su dignidad, allí hay una cruz de más.

Por eso la liturgia de hoy dirige nuestra mirada a Cristo en la cruz. La cruz muestra lo peor del corazón humano: traición, cobardía, abuso de poder, mentira, odio, indiferencia. Pero, al mismo tiempo, revela lo más grande del corazón de Dios: amor hasta el extremo. Donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia. Donde el hombre clavó a su Salvador, Dios respondió ofreciendo salvación.

La carta a los Hebreos nos ha recordado que Jesús no es un sumo sacerdote lejano, incapaz de comprendernos. No. Él conoce el dolor desde dentro. Ha llorado, ha sufrido, ha suplicado con lágrimas, ha experimentado la angustia. Por eso podemos acercarnos con confianza. Cuando uno sufre, cuando uno siente el peso de la culpa, cuando la vida parece oscurecerse, puede mirar a Cristo crucificado y decir: Tú sí me entiendes, Señor; Tú sí sabes lo que llevo dentro.

Y en la pasión según san Juan contemplamos a un Jesús que, aun en medio del sufrimiento, sigue siendo Rey. No un rey poderoso según los criterios del mundo, sino un Rey que vence amando, que triunfa entregándose, que reina desde el madero. Él no muere derrotado. Él se ofrece libremente. Él entrega su espíritu. Él convierte la cruz, instrumento de suplicio, en trono de misericordia, en altar de salvación, en puerta de vida eterna.

Hermanos, el Viernes Santo nos enseña que la cruz no es la última palabra. La última palabra de Dios no es el odio, sino el amor; no es la muerte, sino la vida; no es la derrota, sino la entrega fecunda. La cruz hiere, sí; la cruz desfigura, sí; pero en Cristo la cruz también salva. Por eso nosotros no adoramos el sufrimiento por sí mismo; adoramos al Crucificado, que ha llenado la cruz de amor, de sentido, de redención.

Hoy también se nos hacen algunas preguntas muy concretas. ¿Hay una cruz en mi casa que me recuerde el amor de Dios? ¿La miro alguna vez con fe? ¿O se ha vuelto un simple adorno? ¿Cuál es la cruz que hoy estoy llamado a llevar con Cristo? Tal vez sea una enfermedad, una soledad, una pena familiar, una lucha interior, una humillación, una incertidumbre, una preocupación por el país o por la Iglesia. El Señor no nos promete una vida sin cruces, pero sí nos asegura que ninguna cruz llevada con Él será estéril.

Al pie de la cruz aprendemos también el camino del discípulo. Allí está María, firme en el dolor; allí está el discípulo amado, fiel en la hora dura; allí está Jesús, que sigue amando hasta el final. El Calvario no solo nos muestra cuánto nos ama Dios; también nos enseña cómo debemos amar nosotros: con fidelidad, con paciencia, con entrega, sin huir cuando llega la hora difícil.

En este Viernes Santo acerquémonos al Crucificado con humildad. Depositemos en sus llagas nuestras heridas. Pongamos en su corazón abierto los sufrimientos del mundo, los enfermos, las víctimas de la violencia, los pobres, las familias heridas, quienes cargan cruces pesadas, quienes sienten que ya no pueden más. Y pongamos también nuestros pecados, porque Él ha llevado sobre sí nuestras culpas para darnos paz.

Que al besar hoy la cruz no hagamos un gesto vacío, sino una verdadera profesión de fe: Señor, creo en tu amor. Señor, confío en tu cruz. Señor, quiero cargar mi vida contigo. Señor, que nunca olvide que fui salvado al precio de tu sangre.

Amén.

 


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