lunes, 6 de abril de 2026

7 de abril del 2026: martes de la Octava de Pascua-San Juan Butista de la Salle(memoria opcional)

 

Santo del día:


San Juan Bautista de La Salle

1651-1719.
“Subir cada día a Dios por la oración” y “descender luego hacia los niños para instruirlos”: esto es lo que recomendaba el fundador de los Hermanos de las Escuelas Cristianas.
Patrono de los educadores.

 

 

Ahí está, que vuelve

(Juan 20,11-18) Dos veces se le pide a María Magdalena que explique sus lágrimas. ¿Acaso es tan extraño llorar ante un sepulcro? Esta mujer, desbordada de dolor, viene a rendir los últimos homenajes al hombre que ama, crucificado el día del sábado… ¡y he aquí que él la llama por su nombre!

Novedad radical de este encuentro en el jardín de la Resurrección. El Maestro ha escapado al dominio de la muerte. Desde ahora, nada puede impedir su regreso al Padre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 2, 36-41

Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EL día de Pentecostés, decía Pedro a los judíos:
«Con toda seguridad conozca toda la casa de Israel que al mismo Jesús, a quien ustedes crucificaron, Dios lo ha constituido Señor y Mesías».
Al oír esto, se les traspasó el corazón, y preguntaron a Pedro y a los demás apóstoles:
«¿Qué tenemos que hacer, hermanos?».
Pedro les contestó:
«Conviértanse y sea bautizado cada uno de ustedes en el nombre de Jesús, el Mesías, para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa vale para ustedes y para sus hijos, y para los que están lejos, para cuantos llamare a sí el Señor Dios nuestro».
Con estas y otras muchas razones dio testimonio y los exhortaba diciendo:
«Sálvense de esta generación perversa».
Los que aceptaron sus palabras se bautizaron, y aquel día fueron agregadas unas tres mil personas.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 32, 4-5. 18-19. 20 y 22 (R.: 5b)

R. La misericordia del Señor llena la tierra.

O bien:

R. Aleluya.

V. La palabra del Señor es sincera,
y todas sus acciones son leales;
él ama la justicia y el derecho,
y su misericordia llena la tierra. 
R.

V. Los ojos del Señor están puestos en quien le teme,
en los que esperan su misericordia,
para librar sus vidas de la muerte
y reanimarlos en tiempo de hambre.
 R.

V. Nosotros esperamos en el Señor:
él es nuestro auxilio y escudo.
Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros,
como lo esperamos de ti.
 R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Jn 20, 11-18

He visto al Señor y ha dicho esto

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, estaba María fuera, junto al sepulcro, llorando. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio dos ángeles vestidos de blanco, sentados, uno a la cabecera y otro a los pies, donde había estado el cuerpo de Jesús.
Ellos le preguntan:
«Mujer, ¿por qué lloras?».
Ella les contesta:
«Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto».
Dicho esto, se vuelve y ve a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.
Jesús le dice:
«Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?».
Ella, tomándolo por el hortelano, le contesta:
«Señor, si tú te lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo recogeré».
Jesús le dice:
«¡María!».
Ella se vuelve y le dice:
«¡Rabbuní!», que significa: «¡Maestro!».
Jesús le dice:
«No me retengas, que todavía no he subido al Padre. Pero, anda, ve a mis hermanos y diles: “Subo al Padre mío y Padre de ustedes, al Dios mío y Dios de ustedes”».
María la Magdalena fue y anunció a los discípulos:
«He visto al Señor y ha dicho esto».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos y hermanas:

Seguimos sumergidos en la alegría de la Pascua. La Iglesia no celebra un solo día de Resurrección, sino una gran octava, como si quisiera detener el tiempo para contemplar, gustar y dejar entrar en el corazón esta noticia que lo cambia todo: Cristo ha resucitado verdaderamente. Y hoy el Evangelio nos regala una de las escenas más bellas, más humanas y más conmovedoras de todo el Nuevo Testamento: el encuentro entre Jesús resucitado y María Magdalena.

El comentario que hemos escuchado lo expresa de manera muy hermosa: “Ahí está, que vuelve”. Sí, eso es la Pascua: no solamente que Jesús vive en una forma abstracta o lejana, sino que vuelve; vuelve al corazón herido, vuelve al jardín del llanto, vuelve a la vida de quien lo busca entre sombras, vuelve para llamar por su nombre a quien lo ama.

1. María Magdalena: las lágrimas de una discípula fiel

El Evangelio de san Juan nos presenta a María Magdalena de pie junto al sepulcro, llorando. Dos veces le preguntan: “Mujer, ¿por qué lloras?”. Y uno podría responder: ¿cómo no llorar? ¿Cómo no llorar ante la tumba de aquel que había cambiado su vida? ¿Cómo no llorar cuando el amor parece vencido, cuando la esperanza parece enterrada, cuando el cielo parece guardar silencio?

María llora porque ama. Sus lágrimas no son signo de debilidad, sino de fidelidad. Ella había permanecido cerca de la cruz. Ella no se desentendió del Maestro cuando todo parecía perdido. Ella vuelve al sepulcro porque el amor verdadero no abandona fácilmente. Va a buscar a Jesús incluso cuando ya no espera nada. Va a estar cerca de su memoria, de sus restos, de aquello que quede de Él.

Cuántas veces nosotros también hemos llorado así. No sólo ante la muerte de un ser querido, sino también ante la pérdida de ilusiones, ante una traición, ante una enfermedad, ante una oración que parece no ser escuchada, ante una noche interior que se hace larga. Hay lágrimas del cuerpo y lágrimas del alma. Y el Evangelio de hoy nos dice algo consolador: Jesús resucitado no desprecia nuestras lágrimas. Él no se burla de nuestro dolor. Él se acerca justamente allí donde lloramos.

2. María busca un cadáver, pero encuentra al Viviente

María Magdalena fue al sepulcro buscando a un muerto. Su amor era sincero, pero su esperanza todavía era pequeña. Ella pensaba en un cuerpo, en un recuerdo, en un pasado. Pero la Pascua viene precisamente a romper esos límites. Jesús no ha resucitado para convertirse en nostalgia piadosa, sino para inaugurar una vida nueva.

Por eso esta escena es tan profunda: María tiene a Jesús delante, pero no lo reconoce. Lo confunde con el hortelano. Esto también nos pasa muchas veces a nosotros. El Señor está cerca, actuando, sosteniéndonos, hablándonos en la Palabra, en la Eucaristía, en un hermano, en una gracia inesperada, en una puerta que se abre, en una fuerza interior que no sabemos de dónde viene… y sin embargo no lo reconocemos. Pensamos que está ausente, cuando en realidad está obrando. Pensamos que nos dejó solos, cuando en realidad nos está preparando un encuentro nuevo.

Hay algo muy humano en esta escena. El dolor nubla la mirada. El sufrimiento encierra. La tristeza hace ver el mundo desde la pérdida. Y entonces no reconocemos la presencia del Resucitado. Pero Jesús no se impacienta. Él tiene pedagogía divina. Él espera el momento preciso. Él se deja buscar. Él acompaña el camino interior de María hasta el instante decisivo.

3. “¡María!”: el Resucitado nos llama por nuestro nombre

El centro del Evangelio de hoy está en una sola palabra: “¡María!”. Jesús no le da una explicación teológica. No le ofrece primero una demostración. No empieza con un discurso. La llama por su nombre. Y en ese instante, todo cambia.

Porque ser llamado por el nombre es ser reconocido en lo más íntimo. Es saber que no somos anónimos para Dios. Es descubrir que la Resurrección no es sólo un acontecimiento glorioso, sino también una relación viva. Jesús resucitado conoce a cada uno, entra en la historia concreta de cada uno, toca la herida concreta de cada uno, pronuncia el nombre concreto de cada uno.

Hermanos, esta es una gran noticia para nuestra vida espiritual: Dios no nos ama en masa; nos ama personalmente. No ama una multitud impersonal; ama rostros, historias, heridas, búsquedas, cansancios. Nos llama por nuestro nombre. Nos conoce por dentro. Sabe lo que cargamos. Sabe lo que nos duele. Sabe lo que nos falta. Sabe lo que hemos perdido y también aquello que todavía esperamos.

Y cuando uno escucha que el Señor lo llama por su nombre, entonces empieza de nuevo la fe. María responde: “¡Rabbuní!”, “¡Maestro!”. Ya no está aferrada a un sepulcro vacío. Ya no está encerrada en el duelo. Ya no vive sólo de recuerdos. Ahora está delante del Viviente.

4. La primera lectura: del corazón compungido a la conversión

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra a Pedro proclamando con valentía: “Sepa todo Israel con absoluta certeza que Dios ha constituido Señor y Mesías a este Jesús a quien ustedes han crucificado”. Y entonces dice el texto que, al oír esto, se les traspasó el corazón.

Qué hermoso enlace con el Evangelio. María Magdalena pasa del llanto al reconocimiento; la multitud en Jerusalén pasa de la indiferencia a la compunción del corazón. La Pascua no deja a nadie igual. El Resucitado no aparece para entretenernos espiritualmente; aparece para transformarnos. Donde Él pasa, el corazón se despierta. Donde Él habla, la conciencia se mueve. Donde Él se hace presente, nace la pregunta decisiva: “¿Qué tenemos que hacer?”

Y Pedro responde con claridad: “Conviértanse”. La Resurrección no es sólo consuelo; también es llamada. No basta conmoverse. No basta admirar el relato. No basta decir “qué bonito”. La Pascua exige una respuesta: volver a Dios, dejar que el corazón cambie, abrirse al perdón, recibir el don del Espíritu, comenzar una vida nueva.

A veces quisiéramos una Pascua sin conversión, una alegría sin compromiso, una fe sin cambio de vida. Pero la Iglesia, en esta Octava, nos recuerda que el Resucitado trae paz, sí, pero una paz que renueva; trae misericordia, sí, pero una misericordia que nos levanta; trae consuelo, sí, pero un consuelo que nos impulsa a vivir de otra manera.

5. “La misericordia del Señor llena la tierra”

El salmo responsorial nos ha hecho cantar: “La misericordia del Señor llena la tierra”. Esa es precisamente la atmósfera de la Pascua. La tierra parecía llena de violencia, de injusticia, de muerte, de traición, de miedo; pero ahora la liturgia nos hace proclamar que lo que verdaderamente llena la tierra es la misericordia de Dios.

No el pecado, sino la misericordia.
No la muerte, sino la vida.
No la noche, sino la luz.
No la desesperanza, sino la promesa.

Y eso vale también para nuestras historias. Quizá alguno ha llegado hoy con el corazón parecido al de María Magdalena: triste, cansado, confundido. Quizá alguno carga una herida reciente. Quizá alguno siente que ha perdido algo importante. Pues bien, la Palabra de hoy nos dice: el Resucitado sabe llegar precisamente a ese jardín donde lloras. Y cuando llega, no siempre quita de inmediato todos los problemas, pero sí cambia radicalmente el sentido de la vida, porque nos revela que el mal no tiene la última palabra.

6. “No me retengas”: la fe pascual no encierra, envía

Después del reconocimiento, Jesús dice una frase misteriosa: “No me retengas”. Como si dijera a María: no quieras relacionarte conmigo como antes, porque ahora ha comenzado algo nuevo. La Resurrección inaugura una forma distinta de presencia. Jesús ya no pertenece a un lugar, ni a una sola persona, ni a un tiempo limitado. Su presencia se hace nueva, universal, sacramental, eclesial, misionera.

Y enseguida le da una misión: “Ve a mis hermanos y diles…”. María pasa de ser mujer llorosa a ser mensajera pascual. La que había venido al sepulcro para honrar un cadáver es enviada ahora a anunciar la vida. La que estaba encerrada en su dolor se convierte en apóstol de la esperanza.

Ese es también el camino del cristiano. Nadie se encuentra de verdad con Cristo resucitado para quedarse quieto. El encuentro auténtico siempre se vuelve anuncio, servicio, testimonio, caridad, misión. Un cristiano pascual no vive atrapado en el sepulcro de sus penas, sino enviado al mundo para decir con su vida: “He visto al Señor”.

7. Una palabra para nuestros benefactores

Hoy queremos poner de manera especial esta Eucaristía en intención por nuestros benefactores. Qué hermoso hacerlo precisamente con estas lecturas. Porque un benefactor, en el fondo, es alguien que, de algún modo, ayuda a que la vida venza sobre la escasez, el desánimo o la necesidad. Un benefactor es alguien que no se encierra en sí mismo, sino que comparte. Alguien que sostiene una obra buena, una comunidad, una misión, una persona necesitada. Alguien que hace presente algo de la bondad de Dios.

Cuántas obras de la Iglesia, cuántos procesos de evangelización, cuántos gestos de caridad, cuántos sueños apostólicos han sido posibles gracias a hombres y mujeres generosos que tal vez no buscan protagonismo, pero sí desean colaborar con el bien. Detrás de una misión, de una radio evangelizadora, de una comunidad que sale adelante, de una obra parroquial, de un servicio pastoral, suele haber corazones benefactores que dan, apoyan, oran, animan, comparten.

Hoy pedimos al Señor resucitado que los bendiga abundantemente. Que así como Él llamó a María por su nombre, llame también por su nombre a cada uno de nuestros benefactores y les haga sentir que nada de lo que han hecho por amor queda olvidado delante de Dios. Que el Señor les conceda salud, paz, fortaleza, alegría espiritual. Y a quienes atraviesan dificultades, que les regale consuelo y esperanza. Y si alguno de nuestros benefactores ha partido ya a la Casa del Padre, que la victoria de Cristo sobre la muerte le abra las puertas de la vida eterna.

8. Para nuestra vida concreta

Hoy el Evangelio nos deja varias preguntas muy sencillas pero muy profundas:

¿Dónde estoy buscando al Señor: en un sepulcro vacío o en la vida nueva de la Pascua?
¿Qué lágrimas llevo en el corazón?
¿He dejado que Jesús pronuncie mi nombre?
¿Estoy reteniendo a Jesús a mi manera, o dejándome enviar por Él?
¿Mi fe pascual me ha vuelto más testigo, más generoso, más agradecido?

Tal vez hoy el Señor no nos está pidiendo grandes cosas extraordinarias. Tal vez sólo nos pide lo esencial: que dejemos de vivir como si Él siguiera en el sepulcro. Porque muchos bautizados dicen creer en la Resurrección, pero viven derrotados, amargados, resentidos, sin horizonte, sin impulso misionero, sin alegría interior. La Pascua no elimina automáticamente todos nuestros problemas, pero sí cambia la base de nuestra existencia: ya no vivimos bajo el poder definitivo de la muerte, sino bajo el señorío del Resucitado.

9. Conclusión

Hermanos, en esta mañana de Pascua contemplemos a María Magdalena. La vemos llorando, buscando, confundida… y luego la vemos iluminada, llamada, enviada. Ese es también nuestro itinerario. Del llanto al anuncio. De la noche a la fe. Del sepulcro a la misión. Del dolor al encuentro.

Pidámosle al Señor que también a nosotros nos llame por nuestro nombre. Que nos saque de nuestros sepulcros interiores. Que nos conceda un corazón traspasado y convertido, como el de aquellos oyentes de Pedro. Que nos haga cantar con verdad que su misericordia llena la tierra. Y que bendiga con amor de predilección a todos nuestros benefactores, para que experimenten en su vida la fuerza consoladora de Cristo vivo.

Que María Magdalena, testigo del alba pascual, nos enseñe a reconocer la voz del Maestro. Y que nosotros, como ella, podamos decir con alegría y con convicción:

¡He visto al Señor!

Amén.

 

 

7 de abril:

San Juan Bautista de La Salle, presbítero — Memoria

1651–1719
Patrono de los educadores
Canonizado por el Papa León XIII el 24 de mayo de 1900.



Cita:

En verdad, si hubiera pensado alguna vez que el cuidado que estaba teniendo de los maestros por pura caridad me obligaría a vivir con ellos, habría abandonado todo el proyecto. Pues, hablando humanamente, consideraba a los hombres que estaba obligado a emplear en las escuelas, al comienzo, como inferiores incluso a mi criado; el solo pensamiento de tener que vivir con ellos me habría resultado insoportable. De hecho, experimenté muchas incomodidades cuando por primera vez los hice venir a mi casa. Esto duró dos años.

Sin duda, por esta razón Dios, que guía todas las cosas con sabiduría y serenidad, y cuyo modo de obrar no es forzar las inclinaciones de las personas, quiso confiarme enteramente el desarrollo de las escuelas. Dios lo hizo de manera imperceptible y a lo largo de mucho tiempo, de modo que un compromiso llevó a otro, sin que yo lo hubiera previsto al principio.
~ Memorias de San Juan de La Salle


Reflexión:

San Juan Bautista de La Salle murió en Viernes Santo, quizá como signo divino de la vida sacrificial que vivió por la salvación de las almas. Pero esa no fue su primera muerte. Su primera muerte fue la renuncia a la vida que llevaba y al mundo, por causa de la misión inesperada que Dios le confió.

La catedral de Reims, en Francia, fue fundada en el siglo V. Allí fue bautizado el primer rey franco por san Remigio, lo que dio origen a la conversión de muchos otros y a la cristianización del reino. Desde entonces, la catedral se convirtió en el lugar donde la mayoría de los reyes franceses fueron coronados. En su reconstrucción del siglo XIII, llegó a ser una de las catedrales góticas más ornamentadas y hermosas de Francia.

El santo de hoy nació en una familia acomodada en Reims y, desde joven, disfrutó de una vida de honor y prestigio social, así como de una excelente y costosa educación. Sus padres eran profundamente piadosos. A los once años recibió la tonsura, y junto con sus padres hizo la promesa de dedicar su vida al servicio de la Iglesia.

A los dieciséis años se convirtió en canónigo de la catedral de Reims. Los canónigos cuidaban de la catedral y aconsejaban al arzobispo. Posteriormente fue enviado a completar su formación en algunas de las mejores escuelas de Francia.

Poco después de comenzar sus estudios de teología, a los veintiún años, sus padres fallecieron, y tuvo que regresar a casa para cuidar de sus seis hermanos menores y administrar el patrimonio familiar. Durante los cinco años siguientes terminó sus estudios teológicos y fue ordenado sacerdote a los veintiséis años.

Después de su ordenación, obtuvo el doctorado en teología y se entregó a la vida de un joven sacerdote respetado. Su director espiritual, el padre Nicolás Roland, era un hombre santo con gran amor por los pobres y por la educación de los niños. Él ayudó a fundar una congregación religiosa —las Hermanas del Niño Jesús— dedicada a atender a los enfermos y educar a las niñas pobres. El padre de La Salle se convirtió en su capellán y confesor, colaborando activamente con ellas.

Antes de morir, el padre Roland le pidió que continuara la obra educativa de los jóvenes pobres. De La Salle aceptó, sin imaginar lo que eso implicaría. Poco después conoció a un laico, Adrián Nyel, con quien fundó una escuela para niños pobres en Reims, seguida de otra más.

Se encontró entonces ante un dilema: humanamente no se sentía inclinado a esa misión, pero la pasión de los colaboradores y la inspiración divina lo impulsaban. Intentó retirarse, pero terminó continuando. Sin saberlo, había comenzado la obra que marcaría toda su vida y transformaría la Iglesia.

Con el tiempo, vio la necesidad de formar mejor a los maestros. Él había recibido una educación excelente y notaba la falta de preparación humana y espiritual de los docentes. Los niños que enseñaban estaban muchas veces “lejos de la salvación”.

Por ello, comenzó a invitar a los maestros a su casa, compartiendo con ellos la mesa y enseñándoles a ser mejores educadores y hombres de Dios. Luego los invitó a vivir con él para dedicarse plenamente a su formación.

Esto provocó incomprensión y críticas. Sus familiares se escandalizaban de su cercanía con personas de clase social baja. Algunos lo acusaban de ambición, de querer hacerse famoso. Incluso el obispo expresó preocupaciones similares.

A pesar de todo, perseveró en oración. Renunció a su cargo de canónigo y se dedicó por completo a la educación de los pobres.

Aunque había heredado una fortuna, en vez de usarla para fundar escuelas, la entregó a los pobres afectados por una hambruna, confiando totalmente en la Providencia divina para su obra.

Fundó entonces el Instituto de los Hermanos de las Escuelas Cristianas. Los hermanos vivían en comunidad, sin aspirar al sacerdocio, dedicados exclusivamente a la educación de los niños pobres.

Desarrolló métodos pedagógicos innovadores, ordenados y eficaces. Enseñar a niños provenientes de ambientes difíciles exigía formar no solo la inteligencia, sino también el carácter y la virtud.

Sostenía que la educación debía ser gratuita para los pobres y que debía impartirse en francés, no en latín, lo cual era revolucionario.

A pesar de resistencias dentro y fuera de la Iglesia, perseveró. Fundó escuelas de formación para maestros y su obra creció rápidamente.

Más tarde reconocería que, si hubiera sabido desde el principio todo lo que Dios le pediría, jamás habría dicho “sí”. Pero Dios lo fue guiando paso a paso, y él solo tuvo que responder a cada impulso de la gracia.


Meditación:

Considera cómo Dios quiere obrar también en tu vida de ese modo. No te revela todo su plan de una vez. Te guía hoy, paso a paso, dándote la gracia necesaria para responder.

Di “sí” hoy, mañana y cada día. Y al final de tu vida, te sorprenderás de hasta dónde Dios te habrá conducido.


Oración:

San Juan Bautista de La Salle,
Dios te condujo paso a paso a lo largo de tu vida.
Tu generosidad ante los llamados de la gracia
te llevó por caminos que nunca imaginaste.

Ruega por mí,
para que siempre esté abierto al plan de Dios
y responda con generosidad, sin importar las dificultades.

San Juan Bautista de La Salle, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

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