miércoles, 8 de abril de 2026

9 de abril del 2026: jueves de la Octava de Pascua

 

Verdadero Dios, verdadero hombre

(Lucas 24, 35-48) A sus discípulos, “sobrecogidos de miedo”, Jesús les hace constatar las llagas causadas por la crucifixión y les pide de comer. ¡Realismo de la encarnación! Después, solamente después, “les abrió la inteligencia para comprender las Escrituras”. Tras haber vencido la muerte, Jesús revela una humanidad atravesada por la vida que brota de la Resurrección. Desde ahora, los suyos serán los testigos privilegiados de su identidad pascual: verdadero Dios y verdaderamente hombre.

Bénédicte de la Croix, cistercienne

 


Primera lectura

Hch 3, 11-26

Mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, mientras el paralítico curado seguía aún con Pedro y Juan, todo el pueblo, asombrado, acudió corriendo al pórtico llamado de Salomón, donde estaban ellos. Al verlo, Pedro dirigió la palabra a la gente:
«Israelitas, ¿por qué se admiran de esto? ¿Por qué nos miran como si hubiéramos hecho andar a este con nuestro propio poder o virtud? El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob, el Dios de nuestros padres, ha glorificado a su siervo Jesús, al que ustedes entregaron y de quien renegaron ante Pilato, cuando había decidido soltarlo.
Ustedes renegaron del Santo y del Justo, y pidieron el indulto de un asesino; mataron al autor de la vida, pero Dios lo resucitó de entre los muertos, y nosotros somos testigos de ello.
Por la fe en su nombre, este, que ven aquí y que conocen, ha recobrado el vigor por medio de su nombre; la fe que viene por medio de él le ha restituido completamente la salud, a la vista de todos ustedes.
Ahora bien, hermanos, sé que lo hicieron por ignorancia, al igual que sus autoridades; pero Dios cumplió de esta manera lo que había predicho por los profetas, que su Mesías tenía que padecer.
Por tanto, arrepiéntanse y conviértanse, para que se borren sus pecados; para que vengan tiempos de consuelo de parte de Dios, y envíe a Jesús, el Mesías que les estaba destinado, al que debe recibir el cielo hasta el tiempo de la restauración universal, de la que Dios habló desde antiguo
por boca de sus santos profetas.
Moisés dijo: “El Señor Dios de ustedes hará surgir de entre sus hermanos un profeta como yo: escuchen todo lo que les diga; y quien no escuche a ese profeta será excluido del pueblo”. Y, desde Samuel en adelante, todos los profetas que hablaron anunciaron también estos días.
Ustedes son los hijos de los profetas, los hijos de la alianza que hizo Dios con sus padres, cuando le dijo a Abrahán: “En tu descendencia serán bendecidas todas las familias de la tierra”. Dios resucitó a su Siervo y se lo envía en primer lugar a ustedes para que les traiga la bendición, apartando a cada uno de sus maldades».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 8, 2a y 5. 6-7. 8-9 (R.: 2ab)

R. ¡Señor, Dios nuestro,
qué admirable es tu nombre en toda la tierra!


O bien:

R. Aleluya.

V. Señor, Dios nuestro,
¿qué es el hombre para que te acuerdes de él,
el ser humano, para mirar por él? R.

V. Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad;
le diste el mando sobre las obras de tus manos.
Todo lo sometiste bajo sus pies. R.

V. Rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar
que trazan sendas por el mar. R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Este es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.

 

Evangelio

Lc 24, 35-48

Así está escrito: el Mesías padecerá y resucitará de entre los muertos al tercer día

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los discípulos de Jesús contaron lo que les había pasado por el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
Estaban hablando de estas cosas, cuando él se presentó en medio de ellos y les dice:
«Paz a ustedes».
Pero ellos, aterrorizados y llenos de miedo, creían ver un espíritu.
Y él les dijo:
«¿Por qué se alarman?, ¿por qué surgen dudas en su corazón? Miren mis manos y mis pies: soy yo en persona. Pálpenme y dense cuenta de que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo».
Dicho esto, les mostró las manos y los pies. Pero como no acababan de creer por la alegría, y seguían atónitos, les dijo:
«¿Tienen ahí algo de comer?».
Ellos le ofrecieron un trozo de pez asado. Él lo tomó y comió delante de ellos.
Y les dijo:
«Esto es lo que les dije mientras estaba con ustedes: que era necesario que se cumpliera todo lo escrito en la Ley de Moisés y en los Profetas y Salmos acerca de mí».
Entonces les abrió el entendimiento para comprender las Escrituras.
Y les dijo:
«Así está escrito: el Mesías padecerá, resucitará de entre los muertos al tercer día y en su nombre se proclamará la conversión para el perdón de los pecados a todos los pueblos, comenzando por Jerusalén. Ustedes son testigos de esto».

Palabra del Señor

 

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Queridos hermanos:

en este jueves de la Octava de Pascua la Palabra de Dios nos coloca ante un misterio central de nuestra fe: el Resucitado es el mismo Crucificado. No es un recuerdo, no es un fantasma, no es una emoción pasajera de la comunidad. Es Jesús vivo, con su cuerpo glorificado, con las huellas de su pasión, con una presencia real que llena de paz, vence el miedo y abre la inteligencia para comprender el sentido de toda la historia de la salvación.

El comentario que has compartido lo expresa con una gran profundidad: “verdadero Dios y verdadero hombre”. Ahí está condensada toda la belleza del Evangelio de hoy. Jesús se presenta en medio de los discípulos y les dice: “Paz a ustedes”; pero ellos, lejos de tranquilizarse de inmediato, se llenan de temor y creen ver un espíritu. Entonces el Señor hace algo conmovedor: les muestra sus manos y sus pies, los invita a tocarlo y hasta les pide algo de comer. Lucas subraya así el realismo de la encarnación: el que resucita no es una apariencia celestial desligada de la historia, sino el Hijo de Dios que verdaderamente asumió nuestra carne, sufrió nuestra muerte y ahora vive glorioso.

Esto es muy importante para nuestra vida cristiana. Nosotros no creemos en un Dios lejano, incapaz de comprender el dolor humano. Creemos en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. Verdadero Dios, porque vence la muerte, trae la paz y abre el sentido de las Escrituras. Verdadero hombre, porque conserva las llagas, come delante de los discípulos y se deja reconocer en la corporeidad de una presencia concreta. El Resucitado no borra la cruz; la transfigura. No elimina las heridas; las glorifica. No niega el sufrimiento vivido; lo convierte en fuente de vida nueva.

Cuántas veces nosotros quisiéramos un Cristo más cómodo: un Cristo sin llagas, sin cruz, sin exigencia, sin realismo. Pero el Evangelio nos muestra que la Pascua no consiste en maquillar el dolor, sino en anunciar que el amor de Dios ha sido más fuerte que el pecado y que la muerte. El cuerpo herido de Jesús, ahora glorioso, nos dice que nada de lo humano le es ajeno. Allí están nuestras heridas, nuestros fracasos, nuestras culpas, nuestros duelos, nuestras luchas apostólicas, todo lo que parece derrotado; y, sin embargo, todo eso puede ser atravesado por la vida que brota de la Resurrección.

Hay un detalle muy hermoso: solo después de mostrar sus llagas y de comer ante ellos, Jesús les abre la inteligencia para comprender las Escrituras. No hace primero una clase abstracta. Primero se deja ver, tocar, reconocer. Primero los saca del miedo. Primero les devuelve la certeza de su presencia. Y luego sí ilumina la mente y el corazón. Así actúa también con nosotros. La fe cristiana no nace de una idea suelta, sino de un encuentro. La Iglesia no evangeliza teorías; anuncia a una Persona viva.

Por eso la intención orante de hoy, la obra evangelizadora de la Iglesia, encuentra aquí una luz inmensa. La Iglesia evangeliza porque ha visto al Resucitado, porque ha sido alcanzada por Él, porque escucha de sus labios el mandato de anunciar la conversión y el perdón de los pecados a todos los pueblos. Al final del Evangelio, Jesús dice: “Ustedes son testigos de esto”. Esa frase no es solo para los Once; es también para la Iglesia de todos los tiempos.

Evangelizar no consiste simplemente en organizar actividades, llenar calendarios o repetir fórmulas. Evangelizar es dar testimonio de que Cristo vive. Es anunciar que el crucificado ha resucitado. Es proclamar que el perdón es posible, que la esperanza no ha muerto, que la vida nueva ya ha comenzado. Y para poder hacer eso, la Iglesia necesita dejarse tocar una y otra vez por la paz del Resucitado.

La primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, nos muestra precisamente a Pedro convertido en testigo. Aquel hombre que antes tembló en el patio del sumo sacerdote, ahora habla con valentía ante el pueblo. No se atribuye nada a sí mismo. No busca protagonismo. Señala a Jesús: al Siervo de Dios, al Santo y Justo, al Autor de la vida, a quien Dios resucitó de entre los muertos. Pedro predica la conversión para que lleguen tiempos de consuelo. Esa es la Iglesia evangelizadora: una Iglesia que no se anuncia a sí misma, sino a Cristo; una Iglesia que no busca su gloria, sino que remite al Señor vivo.

Qué bien nos hace escuchar esto hoy. Porque también la obra evangelizadora puede enfermarse cuando se vuelve autorreferencial, cuando descansa demasiado en métodos, cuando pone más confianza en estrategias que en la fuerza del Espíritu, cuando pierde el temblor sagrado ante la presencia del Resucitado. La Pascua nos recuerda que la misión nace de un encuentro y de una gracia. La Iglesia no convierte a nadie por sí sola; es Cristo quien toca los corazones. Nosotros somos testigos, instrumentos, servidores.

El salmo responsorial canta: “¡Señor, Dios nuestro, qué admirable es tu nombre en toda la tierra!”. Ese asombro es esencial para evangelizar. Solo quien se maravilla puede anunciar con alegría. Solo quien ha quedado herido de amor por Cristo puede hablar de Él con convicción. Solo quien contempla al verdadero Dios y verdadero hombre puede sostener la esperanza en medio de un mundo tantas veces cansado, escéptico o herido.

Y aquí conviene hacer un pequeño examen de conciencia pastoral.
¿Mi anuncio nace de un verdadero encuentro con Cristo resucitado?
¿Predico a Jesús vivo o solo transmito costumbres religiosas?
¿Mi servicio en la Iglesia brota de la paz del Señor o de la ansiedad por hacer cosas?
¿Reconozco que también yo necesito que Él abra mi inteligencia para comprender las Escrituras?
¿Dejo que sus llagas iluminen mis propias heridas?

La evangelización de la Iglesia necesita hombres y mujeres pascuales: personas que no nieguen la cruz, pero que tampoco se queden encerradas en el Viernes Santo; personas capaces de mostrar las heridas sin desesperación, porque saben que por ellas pasa ya la luz de la Resurrección; personas que no hablen de Jesús como de un personaje del pasado, sino como del Viviente que camina con su pueblo.

Hoy podemos pedir de manera especial por toda la obra evangelizadora de la Iglesia: por el Papa, por los obispos, sacerdotes, diáconos, religiosos, catequistas, misioneros, comunicadores, evangelizadores digitales, servidores de pequeñas comunidades, animadores de grupos, padres y madres que transmiten la fe en casa. Pidamos que ninguno anuncie un Cristo reducido a idea o ideología, sino al Señor verdadero Dios y verdadero hombre, muerto y resucitado por nosotros. Pidamos la gracia de una evangelización ardiente, humilde, fiel a la Palabra, centrada en la Eucaristía y sostenida por la fuerza del Espíritu.

Queridos hermanos, el mundo necesita testigos, no solo discursos. Necesita ver comunidades donde la paz de Cristo sea real. Necesita encontrar creyentes que no oculten sus llagas, pero que las vivan transfiguradas por la esperanza. Necesita una Iglesia que sepa decir, con la vida y con la palabra: lo hemos visto, lo hemos tocado, Él vive y nos envía.

Que María, Madre del Resucitado y estrella de la evangelización, acompañe a la Iglesia en su misión. Y que Cristo Señor nos conceda reconocerlo vivo en medio de nosotros, dejarnos instruir por su Palabra y salir al mundo como testigos alegres de su Pascua.

Amén.

 

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