Testigo de la fe:
San Estanislao
1030-1079. Este obispo de Cracovia fue asesinado por el rey
Boleslao II, a quien había excomulgado a causa de sus crímenes y desórdenes.
Muy popular en Polonia, de la cual es uno de los santos patronos.
Pedagogía de la Resurrección
(Marcos 16, 9-15) Según Marcos, Jesús se aparece primero a una
mujer sola, luego a dos peregrinos, y finalmente se manifiesta al conjunto de
sus Apóstoles. Pedagogía del Maestro, que habría deseado tanto que unos y otros
se tuvieran confianza y formaran una larga cadena de transmisión. Pero “su
falta de fe y la dureza de sus corazones” se lo impidieron. ¡Solo el Espíritu
Santo podrá dar cohesión a los testigos de la Resurrección y conducirlos a
formar Iglesia!
Bénédicte de la Croix, cistercienne
Primera lectura
No podemos
menos que contar lo que hemos visto y oído
Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.
EN aquellos días, los jefes del pueblo, los ancianos y los escribas, viendo la
seguridad de Pedro y Juan, y notando que eran hombres sin letras ni instrucción,
estaban sorprendidos. Reconocían que habían sido compañeros de Jesús, pero,
viendo de pie junto a ellos al hombre que había sido curado, no encontraban
respuesta. Les mandaron salir del Sanedrín y se pusieron a deliberar entre
ellos, diciendo:
«¿Qué haremos con estos hombres? Es evidente que todo Jerusalén conoce el
milagro realizado por ellos, no podemos negarlo; pero, para evitar que se siga
divulgando, les prohibiremos con amenazas que vuelvan a hablar a nadie de ese
nombre».
Y habiéndolos llamado, les prohibieron severamente predicar y enseñar en el
nombre de Jesús. Pero Pedro y Juan les replicaron diciendo:
«¿Es justo ante Dios que les obedezcamos a ustedes más que a él? Júzguenlo
ustedes. Por nuestra parte no podemos menos que contar lo que hemos visto y
oído».
Pero ellos, repitiendo la prohibición, los soltaron, sin encontrar la manera de
castigarlos a causa del pueblo, porque todos daban gloria a Dios por lo
sucedido.
Palabra de Dios.
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Salmo
R. Te
doy gracias, Señor, porque me escuchaste.
O bien:
R. Aleluya.
V. Den gracias
al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.
El Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.
Escuchen: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos. R.
V. «La diestra
del Señor es poderosa,
la diestra del Señor es excelsa».
No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte. R.
V. Ábranme las
puertas de la salvación,
y entraré para dar gracias al Señor.
Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.
Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación. R
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Aclamación
V. Este
es el día que hizo el Señor; sea nuestra alegría y nuestro gozo. R.
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Evangelio
Vayan al
mundo entero y proclamen el Evangelio
Lectura del santo Evangelio según san Marcos.
JESÚS, resucitado al amanecer del primer día de la semana, se apareció primero
a María Magdalena, de la que había echado siete demonios. Ella fue a
anunciárselo a sus compañeros, que estaban de duelo y llorando.
Ellos, al oírle decir que estaba vivo y que lo había visto, no le creyeron.
Después se apareció en figura de otro a dos de ellos que iban caminando al
campo.
También ellos fueron a anunciarlo a los demás, pero no les creyeron.
Por último, se apareció Jesús a los Once, cuando estaban a la mesa, y les echó
en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que
lo habían visto resucitado.
Y les dijo:
«Vayan al mundo entero y proclamen el Evangelio a toda la creación».
Palabra del Señor.
1
Queridos
hermanos y hermanas:
En
este sábado de la Octava
de Pascua, la Iglesia continúa envuelta en la luz desbordante
de la Resurrección. No hemos salido todavía del asombro pascual. Seguimos
contemplando el sepulcro vacío, seguimos escuchando el anuncio de los ángeles,
seguimos descubriendo que Cristo vive y que, porque vive, la historia humana ya
no está condenada a la oscuridad ni al fracaso.
Y
en este día, para mí y quienes también festejan la vida, de manera muy
especial, esta celebración tiene un matiz profundamente personal y agradecido: dar gracias a Dios por un año más de
vida, por el don del cumpleaños, por la historia recorrida, por
las lágrimas y las alegrías, por las cruces y también por las resurrecciones
que el Señor nos ha permitido experimentar.
Además,
este sábado está iluminado por la memoria
mariana. Y qué hermoso es que, en plena Octava de Pascua,
podamos mirar a María como la mujer creyente, la mujer fiel, la Madre que
permaneció de pie en la noche del Viernes Santo y que, sin duda, guardó en su
corazón la esperanza del triunfo definitivo de Dios. María en sábado siempre
nos recuerda que, cuando todo parece oscuro, la fe sabe esperar.
1. Un camino pedagógico: Jesús resucitado educa
la fe de los suyos
El
Evangelio de hoy, tomado del final de san Marcos, nos presenta algo muy humano
y muy real: a los
discípulos les cuesta creer. Jesús resucitado se aparece
primero a María Magdalena. Ella va a anunciarlo, pero no le creen. Después se
aparece a dos discípulos en el camino. También ellos dan testimonio, pero
tampoco les creen. Finalmente, Jesús se manifiesta a los once y les reprocha su
incredulidad y la dureza de corazón.
Este
detalle es muy consolador para nosotros. Porque a veces pensamos que la fe de
los apóstoles fue automática, inmediata, fácil. Y no. También ellos tuvieron
miedo, confusión, dudas, resistencias interiores. También ellos necesitaron un
proceso. También ellos tuvieron que ser educados pacientemente por el Señor.
Aquí
aparece la pedagogía de la
Resurrección. Jesús no aplasta, no humilla, no abandona a los
suyos por su lentitud para creer. Al contrario: se acerca, se deja ver,
insiste, vuelve a buscarlos, corrige con amor, fortalece, reúne, envía. El
Resucitado tiene paciencia con la fragilidad humana.
Y
eso vale también para nosotros. Tal vez hoy alguno vive una Pascua incompleta.
Tal vez cree, pero con heridas. Tal vez ora, pero con cansancio. Tal vez
anuncia a Cristo, pero a veces siente miedo o desánimo. Tal vez, incluso en
medio del ministerio, de la vida consagrada, de la misión o del servicio
parroquial, hay momentos en que el corazón se vuelve pesado y cuesta sostener
la alegría pascual.
Pues
bien, el Evangelio de hoy nos dice: el
Señor resucitado sigue educando nuestra fe. No se cansa de
nosotros. No se escandaliza de nuestras dudas. No rompe la caña cascada ni
apaga la mecha vacilante. Él sigue viniendo a nuestro encuentro para llevarnos
de una fe temerosa a una fe madura, de una fe aislada a una fe eclesial, de una
fe cerrada a una fe misionera.
2. De testigos dispersos a Iglesia reunida
Jesús
se aparece a personas distintas, en momentos distintos, y desea que ellas
mismas formen una cadena
de transmisión. Es decir, que la fe pase de unos a otros, que
el testimonio sea acogido, que se cree confianza, que se construya comunión.
Pero
los discípulos, al comienzo, fallan precisamente ahí: no se creen entre ellos.
Hay testimonios, pero no hay acogida. Hay anuncio, pero no hay apertura. Hay
gracia, pero todavía falta comunión.
Qué
actual resulta esto. También hoy podemos tener mucha información religiosa,
muchas prácticas, muchas palabras, pero poca confianza mutua; mucha actividad
pastoral, pero poca comunión real; muchos esfuerzos personales, pero no siempre
suficiente experiencia de Iglesia.
La
Resurrección no solo anuncia que Jesús venció la muerte. También crea un pueblo
nuevo. También reúne a los dispersos. También convierte un grupo asustado en
una comunidad creyente. También transforma la soledad en fraternidad, el miedo
en anuncio, la dispersión en misión.
Por
eso, el Señor no se limita a decir: “Estoy vivo”. Termina enviándolos: “Id al mundo entero y proclamad el
Evangelio”. El Resucitado no quiere discípulos encerrados, sino
testigos en camino.
Aquí
se une maravillosamente la primera lectura de los Hechos. Pedro y Juan aparecen
ante las autoridades. Son hombres sencillos, sin grandes títulos académicos,
pero hablan con una valentía que sorprende a todos. ¿De dónde les viene esa
fuerza? Del encuentro con Cristo resucitado. Son hombres nuevos porque han
pasado del miedo a la parresía, del encierro al testimonio, de la cobardía a la
firmeza.
Aquellos
que antes huyeron, ahora confiesan. Aquellos que antes temblaban, ahora
proclaman. Aquellos que antes callaban, ahora no pueden dejar de hablar. De
hecho, dicen una frase que debería arder siempre en el corazón de la Iglesia: “Nosotros no podemos dejar de hablar de
lo que hemos visto y oído”.
Ésa
es la gran transformación pascual. El encuentro con Cristo vivo no produce
simplemente consuelo interior; produce testimonio.
No genera solo emoción religiosa; genera misión.
No deja al discípulo igual; lo convierte en alguien que ya no puede vivir para
sí mismo.
3. María en sábado: la mujer que sostuvo la
esperanza
En
este día resplandece también la presencia silenciosa de la Virgen María. La
liturgia del sábado nos la pone delante como modelo de fe perseverante.
Mientras los discípulos vacilan, se dispersan y se resisten a creer, María
permanece. No hace ruido. No ocupa el centro. No pronuncia grandes discursos.
Pero está. Cree. Espera. Guarda.
4. “Es mejor refugiarse en el Señor”
El
salmo responsorial pone en nuestros labios una expresión bellísima: “Es mejor refugiarse en el Señor”.
Esa frase, en el fondo, puede resumir toda una vida creyente.
5. Una palabra final para la vida y para la
misión
Hermanos,
el Evangelio termina con un envío. La Pascua no nos deja quietos. La
Resurrección no es un recuerdo piadoso del pasado. Es una fuerza viva que nos
pone en camino.
Conclusión
Pidamos
al Señor que, así como transformó la incredulidad de los apóstoles en
testimonio valiente, transforme también nuestra fragilidad en entrega, nuestro
cansancio en esperanza, nuestras dudas en confianza, y nuestra vida entera en
alabanza.
Que
María, mujer del sábado santo y Madre de la esperanza nos acompañe.
Que el Espíritu Santo dé cohesión a nuestro corazón y nos haga verdaderos
testigos del Resucitado.
Y que podamos decir con Pedro y Juan, con humilde alegría y firme convicción:
“No podemos callar lo que hemos visto y oído.”
Amén.
2
Queridos hermanos y hermanas:
Seguimos celebrando la Octava de Pascua,
como si fuera un solo gran día de alegría, de luz y de victoria. Sin embargo,
el Evangelio de hoy nos muestra que esa alegría pascual no fue acogida
inmediatamente por los discípulos. Al contrario: primero hubo llanto,
confusión, miedo, incredulidad y dureza de corazón.
San Marcos nos presenta a María Magdalena
anunciando que ha visto al Señor resucitado, pero los discípulos no le creen.
Luego otros dos discípulos dan también testimonio, y tampoco les creen.
Finalmente, Jesús mismo se aparece a los Once y les reprocha su incredulidad.
Es decir, el Resucitado encuentra a su comunidad no llena de entusiasmo, sino
encerrada en la tristeza y en la resistencia interior.
Y esto nos dice mucho a nosotros. Porque también
nosotros, muchas veces, creemos en Jesús, pero no dejamos que la fuerza de su
Resurrección transforme de verdad nuestra manera de vivir. Seguimos enfrentando
las cruces con desaliento, los problemas con miedo, las pruebas con pesimismo,
y los sufrimientos con un corazón casi vencido. Creemos, sí, pero a veces
vivimos como si la última palabra la tuviera todavía el dolor y no la vida.
El Evangelio de hoy nos recuerda una verdad
central: la Resurrección de Cristo no elimina mágicamente la cruz, pero sí
le cambia el sentido. Desde Pascua, el sufrimiento no es signo de derrota
definitiva; puede convertirse, unido a Cristo, en camino de gracia, de
purificación, de madurez y de esperanza. Lo que parecía final, en Dios puede
ser comienzo. Lo que parecía fracaso, en Cristo resucitado puede abrirse a la
victoria.
Por eso Jesús corrige a sus discípulos. No para
humillarlos, sino para enseñarles a mirar todo desde una luz nueva. Él quiere
arrancarlos de la tristeza sin horizonte. Quiere enseñarles que quien se
encuentra con el Resucitado ya no puede vivir prisionero del miedo ni del
desespero.
La primera lectura nos muestra precisamente ese
cambio. Pedro y Juan, antes temerosos, ahora aparecen valientes ante las
autoridades. Hablan con una firmeza que sorprende. ¿Qué ocurrió? Que la Pascua
los transformó. El encuentro con Cristo vivo les dio la fuerza para no callar.
Por eso dicen: “No podemos callar lo que hemos visto y oído.” Ésa es la
señal de una fe pascual auténtica: no una fe triste, sino una fe valiente; no
una fe derrotada, sino una fe que da testimonio.
Y en este sábado, memoria de la Santísima Virgen
María, miramos también a Ella como mujer de esperanza. María permaneció
firme junto a la cruz. María supo esperar contra toda esperanza. María guardó
la promesa de Dios incluso en la noche más oscura. Por eso ella es maestra de
fe pascual: nos enseña a no rendirnos, a no desesperar, a no dejar que el dolor
nos robe la confianza en Dios.
Cuántas veces necesitamos aprender de María. Cuando
no entendemos los caminos del Señor, cuando una prueba nos pesa, cuando el
corazón se cansa, María nos enseña a permanecer, a creer, a esperar. Ella nos
toma de la mano y nos conduce a su Hijo resucitado.
El salmo de hoy pone en nuestros labios una frase
preciosa: “Mejor es refugiarse en el Señor.” Ahí está la clave. No en
nuestras solas fuerzas, no en nuestros cálculos, no en nuestras seguridades
humanas, sino en el Señor. El que ha resucitado es nuestra fortaleza, nuestra
esperanza y nuestro canto.
Pidámosle hoy al Señor que nos libre de una fe
débil, rutinaria o triste. Que quite de nuestro corazón la dureza, la
incredulidad y el desaliento. Que nos conceda vivir cada cruz con la certeza de
que, unida a Él, puede dar fruto de vida nueva.
Que María, Madre de la Pascua y mujer del sábado
santo, nos enseñe a creer aun en la oscuridad, a esperar aun en medio del dolor
y a proclamar con la vida que Cristo vive y que su Resurrección sigue
transformando nuestro mundo.
Amén.
11 de abril:
San Estanislao, obispo y mártir—Memoria
1030–1079
Santo patrono de Polonia,
de los soldados en batalla y del orden moral
Canonizado por el Papa
Inocencio IV el 17 de septiembre de 1253, en Asís, Italia
Cita:
Así como una persona bautizada llega a la
madurez cristiana por medio del sacramento de la Confirmación, así la Divina
Providencia concedió a nuestra nación, después de su Bautismo, el momento
histórico de la Confirmación. San Estanislao, separado por casi todo un siglo
del período del Bautismo y de la misión de San Adalberto, simboliza de modo
especial este momento por el hecho de haber dado testimonio de Cristo con su
propia sangre.
~Homilía de San Juan Pablo II en Polonia, 1979
Reflexión: En el año 966, Mieszko I, duque y gobernante
de Polonia, junto con muchos otros de su corte gobernante, se convirtió a la fe
católica. Su conversión marcó el inicio de lo que a menudo se conoce como “el
Bautismo de Polonia”. En los años siguientes, muchas más conversiones tuvieron
lugar por toda la tierra, especialmente gracias a los esfuerzos del obispo
misionero San Adalberto. Poco más de un siglo después, ocurrió en Polonia otro
hecho significativo. El arzobispo de Cracovia, Estanislao de Szczepanów, fue
brutalmente martirizado por el rey Boleslao II. En 1979, el Papa San Juan Pablo
II, quien había sido también arzobispo de Cracovia, se refirió al martirio de
San Estanislao, de manera análoga, como “la Confirmación de Polonia” (véase
arriba).
Se
sabe con certeza muy poco acerca de San Estanislao, ya que su primera biografía
no fue escrita sino hasta más de un siglo después de su muerte. Sin embargo, su
influencia sobre Polonia ha sido enorme. Se cree que nació y creció en el sur
de Polonia, en el pueblo de Szczepanów. Su localidad y la región circundante se
distinguían del resto de Polonia por su cultura singular, su arquitectura, sus
trajes tradicionales, sus danzas, su comida y su dialecto. La capital y ciudad
más grande del territorio era Cracovia. Sus padres eran personas prominentes y
ricas, además de devotas y caritativas. Durante la mayor parte de su matrimonio
no tuvieron hijos. Cuando su madre concibió a Estanislao ya avanzada en años,
sus padres vieron en aquel hijo un don del Cielo.
En
su juventud, Estanislao se volvió muy devoto, caritativo con los pobres,
fervoroso en las mortificaciones y entregado al crecimiento en la virtud.
Siendo joven, se cree que fue enviado a estudiar a Gniezno, entonces capital de
Polonia, y que más tarde completó sus estudios teológicos en París. Después de
la muerte de sus padres, Estanislao recibió una enorme herencia, que de
inmediato entregó a los pobres. Fue ordenado sacerdote por el obispo de
Cracovia y nombrado canónigo de la catedral; llegó a ser un predicador muy
respetado, más tarde fue nombrado párroco y, finalmente, se convirtió en
vicario general de Cracovia, un cargo de gran importancia en la Iglesia local.
Cuando murió el obispo de Cracovia, Estanislao fue escogido como su sucesor por
aclamación popular. Al principio rehusó el cargo, pero por orden expresa del
Papa lo aceptó y fue ordenado obispo hacia los cuarenta y dos años.
Como
obispo, Estanislao predicó enérgicamente contra las inmoralidades en todos los
niveles sociales. Incluso enfrentó al rey. Cuando encontró oposición,
permaneció firme en sus convicciones. Se cree que, para ayudar a resolver
diversos asuntos eclesiásticos, llevó legados pontificios a Polonia,
restableció la diócesis de Gniezno como arquidiócesis y trabajó con el rey para
fundar nuevos monasterios que ayudaran en los continuos esfuerzos de
evangelización.
En
aquel tiempo, Boleslao II era rey de Polonia. Cuenta la leyenda que el obispo
Estanislao había comprado para la Iglesia unas tierras a un hombre llamado
Piotr. Después de la muerte de Piotr, sin embargo, sus tres hijos disputaron la
venta y llevaron el asunto ante el rey. El rey, irritado contra el obispo
Estanislao por haber condenado sus inmoralidades, se puso de parte de los hijos
y ordenó que el obispo devolviera la propiedad. Se dice que el obispo
Estanislao pidió tres días para presentar a Piotr como testigo de la venta. El
rey y su corte se rieron y le concedieron esos tres días. Después de tres días
de oración y ayuno, el obispo Estanislao condujo una procesión hasta el
cementerio donde el cuerpo de Piotr fue exhumado, y el obispo le ordenó
levantarse, cosa que hizo. Luego el grupo se dirigió ante el rey, y Piotr dio
testimonio de que efectivamente había vendido la propiedad, reprendiendo a sus
hijos antes de volver a su tumba.
Aunque
el rey Boleslao gozaba de muchos honores como exitoso líder militar, también
seguía entregándose públicamente a inmoralidades, como la lujuria y una cruel
dureza contra cualquiera que se le opusiera. Las tensiones entre el obispo y el
rey continuaron creciendo. Finalmente, después de que el rey ignorara las
advertencias del obispo, el obispo Estanislao excomulgó a Boleslao. Furioso,
Boleslao organizó un juicio amañado y declaró al obispo culpable de traición,
delito castigado con la muerte. Cuando los soldados de Boleslao se negaron a
ejecutar la orden, el propio Boleslao mató al obispo con su espada mientras
este celebraba la Misa. La leyenda continúa diciendo que, después de la muerte
de Estanislao, los soldados recibieron la orden de descuartizar el cuerpo del
obispo y esparcir sus partes por la tierra para que fueran devoradas por las
fieras salvajes. Milagrosamente, unas águilas custodiaron los restos hasta que
los canónigos de la catedral pudieron recogerlos y darles digna sepultura. La
indignación por las acciones de Boleslao llegó rápidamente a un punto crítico
en el reino, y el rey tuvo que huir a Hungría, donde murió una muerte
desdichada.
San
Estanislao se ha convertido en leyenda e inspiración para toda Polonia durante
muchos siglos. Como muchos reinos a lo largo de la historia, Polonia ha pasado
por tiempos de división, para luego volver a reunificarse. En medio de todo
ello, San Estanislao ha sido una luz orientadora para los polacos y una fuente
de esperanza cuando más se necesitaba. Hay poca duda de que su martirio
confirmó a Polonia como país cristiano, fortaleciendo a su pueblo a lo largo de
los años para convertirse en verdaderos testigos de Cristo, cueste lo que
cueste.
Reflexiona
sobre tu propia llamada a entregar valerosamente la vida por la fe. Cuando el
miedo te impida ser fiel, recurre a la oración y busca imitar a San Estanislao.
Deja que sus oraciones y su testimonio te confirmen más firmemente en la fe,
para que seas testigo ante quienes más lo necesitan.
Oración: San Estanislao, tu nacimiento fue un don
del Cielo, y tu vida de virtud, valentía y caridad fue un don para la Iglesia
de Polonia. Ruega por mí, para que nunca me acobarde ante la oposición,
prefiriendo siempre la persecución antes que el pecado, y una vida santa antes
que el miedo a la muerte. Que, como tú, llegue a ser un verdadero testigo de mi
fe y una fuente de inspiración para los demás. San Estanislao, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


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