Cada 7 de mayo, la literatura española recuerda el
nacimiento de Almudena Grandes, nacida en Madrid en 1960 y fallecida
también en Madrid el 27 de noviembre de 2021. Escritora, columnista, narradora
apasionada de la memoria, de los derrotados y de las heridas de España, fue una
de las voces más potentes de la narrativa contemporánea en lengua castellana.
El Instituto Cervantes la presenta como escritora y columnista española,
formada en Geografía e Historia, colaboradora habitual de prensa y autora de
una obra ampliamente reconocida, coronada en 2018 con el Premio Nacional de
Narrativa. (Instituto Cervantes)
Pero junto a su figura literaria surge una pregunta
delicada, especialmente para quienes leemos la cultura desde la fe: ¿creía
Almudena Grandes en Dios? ¿Qué lugar ocupaban en ella la fe, la Iglesia y la
espiritualidad?
No parece prudente responder con una frase tajante.
No he encontrado una confesión directa y definitiva de ella diciendo “soy atea”
o “soy creyente”. Lo que sí aparece con claridad es una postura laica,
crítica frente a la Iglesia institucional y muy marcada por la memoria del
nacionalcatolicismo español. En una entrevista sobre educación, defendía la
escuela pública “mixta, laica, gratuita e integradora”, y afirmaba: “A la
escuela debe irse a aprender, no a creer”. Para ella, la religión debía quedar
reservada al ámbito privado. (laicismo.org)
Esa frase no es simplemente una opinión educativa.
Revela una manera de mirar la fe: no como respiración comunitaria de una
cultura, ni como horizonte último de sentido, sino como una convicción íntima
que no debería ocupar el espacio público. Allí se percibe una distancia
profunda entre Almudena Grandes y la tradición católica como institución
social.
Ahora bien, conviene preguntarse: ¿qué Dios
rechazaba Almudena Grandes?
Porque muchas veces una persona no rechaza al Dios
vivo de la Biblia, sino una imagen histórica, cultural o deformada de Dios. En
el caso de Grandes, su crítica se dirigía con frecuencia a una Iglesia asociada
al franquismo, al control moral, a los privilegios fiscales y al peso del
nacionalcatolicismo. En una de sus columnas, comentada por la prensa, afirmaba
que los privilegios de la Iglesia en España eran una “herencia directa de la
dictadura” y un “vestigio del nacionalcatolicismo”. (ElHuffPost)
Ahí hay una clave de lectura. Para muchos españoles
nacidos en la posguerra o educados bajo sus restos culturales, la Iglesia no
fue percibida ante todo como casa de misericordia, comunidad de discípulos,
mesa de los pobres o sacramento de salvación. Fue vista, muchas veces, como
poder, vigilancia, culpa, represión y alianza con los vencedores.
Y cuando Dios queda demasiado identificado con el
poder, los sensibles al dolor de las víctimas terminan sospechando de Él.
En La madre de Frankenstein, novela
ambientada en la España de los años cincuenta, Almudena Grandes exploró
precisamente esa atmósfera opresiva. Al presentar la obra, dijo que en aquella
época el nacionalcatolicismo del Estado pasó a “ejercer el terror de otra
manera” y que el Estado y la Iglesia entraron en la intimidad de la gente,
creando una “atmósfera irrespirable”. (La Vanguardia)
Estas palabras son duras, pero también son
reveladoras. Almudena no discute tanto con el misterio de Dios cuanto con una
experiencia histórica concreta: la de una religión convertida en dispositivo de
control. Desde ahí se entiende su vacío religioso, su distancia eclesial, su
dificultad para mirar la Iglesia como espacio de libertad.
Sin embargo, y aquí está lo más interesante, su
literatura no está vacía de espiritualidad. No es una espiritualidad
confesional, sacramental o bíblica en sentido estricto. Es una espiritualidad
de la memoria, de la dignidad herida, de la compasión por los vencidos, de la
fidelidad a los muertos, de la resistencia frente al olvido.
Almudena Grandes no escribió desde la fe de la
Iglesia, pero muchas veces escribió desde heridas que la fe cristiana no puede
ignorar.
Sus Episodios de una guerra interminable
giran alrededor de una gran pregunta moral: ¿qué hacer con los vencidos? ¿Cómo
nombrar a quienes fueron borrados de la historia? ¿Cómo devolverles rostro,
voz, pan, casa, amor, sepultura? Estas preguntas, aunque ella las formulara
desde una sensibilidad laica y republicana, rozan profundamente el corazón del
Evangelio.
Porque el Dios bíblico también es el Dios de la
memoria:
el Dios que escucha el clamor de los esclavos en Egipto,
el Dios que no olvida la sangre de Abel,
el Dios que levanta del polvo al desvalido,
el Dios que en Jesús se inclina ante los descartados.
Quizás Almudena Grandes no creyó en ese Dios con
lenguaje de catecismo. Pero su literatura parece perseguir, una y otra vez,
algo que se parece mucho a una sed bíblica: la sed de justicia.
En algunos fragmentos de su obra aparece Dios, pero
casi siempre como un nombre problemático, irónico, herido por la historia. En Inés
y la alegría, según recogen lectores y reseñas, aparece una frase brevísima
y tremenda: “Dios existía, pero nunca iba a cambiar de bando”. (elblogdelafabula.blogspot.com)
La frase es literariamente poderosa. Sugiere una
experiencia amarga: si Dios existe, parece estar del lado equivocado, o al
menos parece no intervenir como esperan los derrotados. Es la vieja pregunta de
Job, de los salmos de lamentación, de las víctimas de toda guerra: ¿dónde
estaba Dios cuando triunfaba la injusticia?
También se menciona en comentarios sobre Los
pacientes del doctor García otra sentencia de sabor popular y sombrío: “Dios
aprieta y también ahoga”. (El Club
del Libro)
La expresión subvierte el refrán tradicional —“Dios
aprieta, pero no ahoga”— y revela un universo narrativo donde la providencia no
aparece como consuelo fácil. Para Almudena, la historia no está ordenada por
una justicia visible. La historia pesa, aplasta, abandona, castiga de forma
desigual. Sus personajes no viven bajo una providencia luminosa, sino bajo una
intemperie moral donde la salvación, si llega, suele venir por la solidaridad
humana.
Hay otro dato muy sugerente: en Estaciones de
paso incluyó un relato titulado “Demostración de la existencia de Dios”,
donde un joven pide cuentas a Dios por la muerte de su hermano en medio de un
partido del Atlético de Madrid. Una entrevista literaria resume ese cuento como
“hermoso y muy triste”, pero también con un final algo esperanzador: el
protagonista logra decir que seguirá adelante a pesar del sufrimiento. (Líbero)
Ese detalle me parece precioso. Incluso cuando
Almudena Grandes pone a un personaje a discutir con Dios, lo hace desde el
dolor, no desde la indiferencia. Y discutir con Dios también es una forma de no
haberlo expulsado del todo. En la Biblia, muchos creyentes no hablan de Dios
con serenidad: le reclaman, le preguntan, le gritan. Job, Jeremías, algunos
salmos, incluso Jesús en la cruz —“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?”— nos muestran que la fe verdadera no siempre es paz inmediata; a
veces es combate.
Tal vez Almudena no tuvo fe eclesial, pero sí tuvo
una profunda conciencia de la ausencia. Y la ausencia de Dios, cuando duele,
también habla de Él.
Desde una mirada cristiana, no se trata de bautizar
artificialmente a una escritora que no quiso presentarse como creyente. Sería injusto
con ella y poco honesto intelectualmente. Pero tampoco debemos reducirla a
“atea”, “anticlerical” o “enemiga de la Iglesia”. Sería una lectura pobre. Su
obra es más compleja: está atravesada por la memoria, la culpa histórica, la
compasión, la rebeldía, la fidelidad, el amor a los humillados.
En términos pastorales, Almudena Grandes nos obliga
a una pregunta incómoda: ¿qué rostro de Dios hemos mostrado?
Si muchos hombres y mujeres de cultura han sentido
que para defender la libertad debían alejarse de la Iglesia, algo tenemos que
revisar. Si muchos han asociado a Dios con censura, miedo, culpa o poder, algo
del Evangelio quedó oscurecido. Si algunos han encontrado más misericordia en
la literatura que en la predicación, más memoria en la novela que en la
liturgia, más defensa de las víctimas en la cultura laica que en la comunidad
creyente, entonces no basta con juzgarlos: hay que escucharlos.
Almudena Grandes puede ser leída, desde la fe, como
una autora que no encontró en la institución católica el hogar espiritual de
sus grandes preocupaciones. Pero esas preocupaciones —la justicia, la memoria,
la dignidad de los vencidos, la denuncia de la hipocresía, la ternura hacia los
heridos— no son extrañas al cristianismo. Al contrario: pertenecen al núcleo
profético del Evangelio.
Quizás su distancia de la Iglesia fue también una
denuncia.
Quizás su laicismo fue una defensa de la conciencia.
Quizás su crítica fue una herida.
Quizás su literatura fue una búsqueda de redención sin altar.
Y quizás ahí haya una lección para nosotros,
creyentes: no basta con tener doctrina verdadera; hay que transparentar el
rostro verdadero de Dios. No basta con proclamar la fe; hay que hacerla amable,
compasiva, libre, humilde, samaritana. No basta con defender la Iglesia; hay
que purificarla de todo aquello que impide reconocer en ella a la esposa pobre
y servidora de Cristo.
En este 7 de mayo, recordar a Almudena Grandes
puede ser más que un homenaje literario. Puede ser también un examen de
conciencia. Ella escribió desde el lado de los que perdieron, de los que fueron
silenciados, de los que no tuvieron relato oficial. Y el cristiano sabe que
Dios también suele escribir la historia desde abajo: desde un pesebre, desde
una cruz, desde una tumba vacía, desde los pobres de la tierra.
Almudena Grandes tal vez no creyó en el Dios
bíblico como creemos nosotros. Pero su obra nos recuerda que hay preguntas
humanas que siguen esperando una respuesta de Dios. Y esa respuesta no puede
ser solo argumental o doctrinal. Tiene que ser una vida: una Iglesia más
parecida a Jesús, más cercana a las víctimas, más humilde ante la historia, más
libre frente al poder y más apasionada por la verdad.
Tal vez entonces, los alejados no vean en Dios al
cómplice de los vencedores, sino al Padre de los heridos.
Y tal vez descubran que el Evangelio, cuando se
vive de verdad, no apaga la memoria ni la libertad: las redime.

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