miércoles, 6 de mayo de 2026

7 de mayo del 2026: jueves de la 5a semana de Pascua

 

El nuevo decálogo

(Juan 15, 9-11) Jesús continúa desplegando su nuevo decálogo: permanecer en el amor, guardar sus mandamientos.

Es una llamada a habitar el lugar originario donde Dios quiso establecer a la humanidad desde el comienzo y custodiarlo.

Permanecer, mantenerse firmes, enraizados en el amor de Dios. Guardar en el corazón y recoger por la noche el maná del día vivido, para que, olvidando las murmuraciones, podamos establecernos en la alegría de Cristo.

Permanezcan y guarden.

Colette Hamza, xavière

 


Primera lectura

Hch 15, 7-21
A mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

EN aquellos días, después de una larga discusión, se levantó Pedro y dijo a los apóstoles y a los presbíteros:
«Hermanos, ustedes saben que, desde los primeros días, Dios me escogió entre ustedes para que los gentiles oyeran de mi boca la palabra del Evangelio, y creyeran. Y Dios, que penetra los corazones, ha dado testimonio a favor de ellos dándoles el Espíritu Santo igual que a nosotros. No hizo distinción entre ellos y nosotros, pues ha purificado sus corazones con la fe. ¿Por qué, pues, ahora intentan tentar a Dios, queriendo poner sobre el cuello de esos discípulos un yugo que ni nosotros ni nuestros padres hemos podido soportar? No; creemos que lo mismo ellos que nosotros nos salvamos por la gracia del Señor Jesús».
Toda la asamblea hizo silencio para escuchar a Bernabé y Pablo, que les contaron los signos y prodigios que Dios había hecho por medio de ellos entre los gentiles. Cuando terminaron de hablar, Santiago tomó la palabra y dijo:
«Escúchenme, hermanos: Simón ha contado cómo Dios por primera vez se ha dignado escoger para su nombre un pueblo de entre los gentiles. Con esto concuerdan las palabras de los profetas, como está escrito:
“Después de esto volveré
y levantaré de nuevo la choza caída de David;
levantaré sus ruinas y la pondré en pie,
para que los demás hombres busquen al Señor,
y todos los gentiles sobre los que ha sido invocado
mi nombre:
lo dice el Señor, el que hace que esto sea conocido desde
antiguo”.
Por eso, a mi parecer, no hay que molestar a los gentiles que se convierten a Dios; basta escribirles que se abstengan de la contaminación de los ídolos, de las uniones ilegítimas, de animales estrangulados y de la sangre. Porque desde tiempos antiguos Moisés tiene en cada ciudad quienes lo predican, ya que es leído cada sábado en las sinagogas».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 95, 1-2a. 2b-3. 10 (R.: cf. 3)

R. Cuenten las maravillas del Señor a todas las naciones.

O bien:

R. Aleluya.

V. Canten al Señor un cántico nuevo,
canten al Señor, toda la tierra;
canten al Señor, bendigan su nombre. 
R.

V. Proclamen día tras día su victoria.
Cuenten a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones.
 R.

V. Digan a los pueblos: «El Señor es rey:
él afianzó el orbe, y no se moverá;
él gobierna a los pueblos rectamente». 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Mis ovejas escuchan mi voz —dice el Señor—, y yo las conozco, y ellas me siguen. R.

 

Evangelio

Jn 15, 9-11

Permanezcan en mi amor para que su alegría llegue a plenitud

Lectura del santo Evangelio según san Juan.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor.
Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.
Les he hablado de esto para que mi alegría esté en ustedes, y su alegría llegue a plenitud».

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es breve, pero tiene una profundidad inmensa. Jesús dice a sus discípulos: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”. No les dice simplemente: “acuérdense de mí”, “hablen de mí” o “trabajen por mí”. Les dice algo más hondo: permanezcan.

Permanecer es una palabra muy pascual. Después de la Resurrección, los discípulos tuvieron que aprender a vivir de una presencia que ya no se podía poseer como antes, pero que tampoco había desaparecido. Cristo resucitado sigue presente, pero hay que aprender a habitar en Él. Permanecer en su amor es hacer de Cristo nuestra casa, nuestra raíz, nuestro centro, nuestro aire interior.

Al comentar este evangelio, alguien habla de un “nuevo decálogo”. No se trata de una lista fría de normas, sino de una ley nueva escrita en el corazón. Jesús resume el camino del discípulo en dos verbos: permanecer y guardar. Permanecer en el amor y guardar sus mandamientos.

Pero aquí hay algo muy importante: Jesús no empieza exigiendo, sino revelando un amor. Primero dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Antes del mandamiento está el don. Antes de la misión está el amor. Antes de la vocación está una mirada de predilección. Nadie puede evangelizar de verdad si no se sabe amado. Nadie puede responder a una vocación si no ha descubierto que Dios lo llama por amor y no por simple utilidad.

Por eso, cuando hoy oramos por la obra evangelizadora de la Iglesia y por las vocaciones, no estamos pidiendo simplemente más trabajadores, más agentes pastorales, más sacerdotes, más religiosas, más misioneros. Estamos pidiendo hombres y mujeres que hayan experimentado el amor de Cristo y quieran permanecer en Él. Porque la Iglesia no evangeliza desde la estrategia solamente; evangeliza desde la comunión. No convence solo con discursos; atrae cuando transparenta la alegría de Cristo.

Jesús lo dice claramente: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. El fruto de permanecer en el amor no es una vida triste, pesada o reprimida. El fruto es la alegría. No una alegría superficial, de momento, de ruido o apariencia, sino la alegría profunda de saberse en Dios, sostenido por Dios y enviado por Dios.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia en un momento decisivo. Hay discusión, discernimiento, tensión. Se debate si los paganos que abrazan la fe deben cargar con todas las exigencias de la ley judía. Pedro interviene recordando que Dios no hizo distinción, que purificó sus corazones por la fe y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús.

Es una escena muy actual. La Iglesia, desde sus comienzos, tuvo que aprender a discernir qué es esencial y qué puede convertirse en carga innecesaria. Tuvo que aprender a evangelizar sin poner obstáculos al Evangelio. Ese sigue siendo un desafío para nosotros: anunciar a Cristo sin reducir la fe a normas exteriores, sin hacer de la religión una carga insoportable, pero también sin vaciar el Evangelio de su exigencia de amor.

La decisión de los apóstoles no fue rebajar la fe, sino volver al centro: Cristo, la gracia, el amor, la comunión. Cuando la Iglesia evangeliza, no anuncia primero un peso, sino una vida nueva. No impone primero un reglamento, sino que invita a permanecer en el amor de Cristo. Y desde ese amor, entonces sí, nacen los mandamientos, la conversión, la fidelidad, la misión.

El Salmo 96 nos ayuda a entender el horizonte misionero de este día: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. La alegría de Cristo no es para guardarla en privado. El amor recibido se vuelve anuncio. El discípulo que permanece en Cristo se convierte en testigo. La comunidad que vive en el amor se vuelve evangelizadora.

Aquí se unen Evangelio y vocación. Toda vocación nace de un encuentro con el amor de Dios y se convierte en servicio. El sacerdote, la religiosa, el misionero, el catequista, el matrimonio cristiano, el joven que se pregunta por el sentido de su vida, todos están llamados a escuchar esa palabra: permanece en mi amor. Porque sin permanencia, la vocación se vuelve activismo; sin amor, la misión se vuelve cansancio; sin alegría, el testimonio pierde fuerza.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿permanezco de verdad en el amor de Cristo o solo lo visito de vez en cuando? ¿Guardo sus mandamientos como respuesta agradecida o los vivo como carga? ¿Mi manera de vivir la fe ayuda a otros a acercarse a Dios o les pongo obstáculos? ¿La alegría de Cristo se nota en mi forma de servir, de hablar, de tratar a los demás?

Pidamos hoy por la obra evangelizadora de la Iglesia. Que no evangelicemos desde la queja, la nostalgia o el miedo, sino desde la alegría pascual. Que nuestras comunidades sean lugares donde muchos puedan sentirse acogidos, escuchados y llamados. Que sepamos distinguir lo esencial de lo secundario, para no cargar sobre los demás pesos que ni siquiera nosotros sabemos llevar.

Y pidamos especialmente por las vocaciones. Que muchos niños, adolescentes, jóvenes y adultos escuchen en el fondo de su corazón la voz de Cristo que les dice: “Permanece en mi amor”. Que no tengan miedo de consagrar su vida, de servir, de anunciar, de partir hacia donde Dios los envíe. Que descubran que la vocación no es perder la vida, sino encontrar la alegría plena.

Que María, mujer fiel, que guardaba todas las cosas en su corazón, nos enseñe a permanecer y a guardar. Permanecer en el amor de Cristo y guardar su Palabra, para que la Iglesia siga cantando entre los pueblos la gloria del Señor.

Amén.

 

2

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy es una de esas páginas breves que parecen decir poco, pero lo contienen casi todo. Jesús nos abre el corazón de su relación con el Padre y nos dice: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo; permanezcan en mi amor”.

No dice simplemente: “Dios los quiere”, ni tampoco: “Traten de ser buenos”. Dice algo mucho más profundo: “Como el Padre me ha amado, así los he amado yo”. Es decir, el amor con que Cristo nos ama no es pequeño, no es ocasional, no depende de nuestros estados de ánimo ni de nuestros méritos. Es un amor que nace del mismo corazón de la Trinidad. El Hijo nos ama con la fuerza, la pureza y la eternidad del amor que recibe del Padre.

Esto debería estremecernos. Muchas veces vivimos buscando amor, aprobación, reconocimiento. Queremos ser aceptados, valorados, tenidos en cuenta. Y cuando no lo recibimos, nos sentimos vacíos, heridos o frustrados. Pero Jesús nos recuerda hoy que hay un amor primero, más profundo que todos los demás: el amor de Dios. Antes de que alguien nos apruebe o nos rechace, antes de nuestros éxitos o fracasos, antes de nuestras virtudes o debilidades, Cristo ya nos ha amado.

Pero Jesús añade una palabra decisiva: “Permanezcan en mi amor”. El amor de Dios es gratuito, sí; pero no se vive de cualquier manera. Hay que permanecer en él. Permanecer significa habitar, echar raíces, no vivir una fe de momentos, de emociones pasajeras o de conveniencia. Permanecer en el amor de Cristo es hacer de Él nuestra casa interior.

Y Jesús nos muestra el camino: “Si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor”. A veces, cuando escuchamos la palabra “mandamientos”, pensamos en peso, prohibición, obligación. Pero en labios de Jesús, los mandamientos no son una cadena; son el cauce por donde corre el amor. El mandamiento de Cristo no aplasta la vida: la ordena, la purifica, la hace fecunda.

Los mandamientos de Jesús son expresiones concretas del amor. Amar, perdonar, servir, ser fieles, vivir en la verdad, cuidar al hermano, no encerrarnos en el egoísmo: todo eso no es una carga impuesta desde fuera, sino el modo concreto de permanecer en el amor. Porque un amor que no se traduce en vida se vuelve palabra vacía. Y una fe que no se encarna en obras termina secándose.

En la primera lectura, tomada de los Hechos de los Apóstoles, vemos a la Iglesia enfrentando una cuestión delicada. Los primeros cristianos discuten si los paganos convertidos deben cumplir todas las prácticas de la ley judía. Hay tensión, hay diálogo, hay discernimiento. Pedro recuerda que Dios no hizo distinción y que la salvación viene por la gracia del Señor Jesús. Santiago, por su parte, busca un camino de comunión, evitando imponer cargas innecesarias.

Esta escena nos muestra una Iglesia viva. No una Iglesia sin problemas, sino una Iglesia que discierne, escucha y busca ser fiel al Espíritu Santo. Y nos enseña algo muy importante: el centro de la fe no es imponer pesos, sino comunicar la vida de Cristo. La Iglesia no existe para complicar el camino hacia Dios, sino para anunciar que en Cristo todos somos llamados a la salvación.

Claro está, esto no significa rebajar el Evangelio ni vivir sin exigencias. Significa comprender que la verdadera exigencia cristiana nace del amor. Cuando uno se sabe amado por Cristo, entonces puede cambiar, puede renunciar al pecado, puede servir, puede perdonar, puede entregarse. No por miedo, sino por amor.

El Salmo nos invita a cantar: “Cuenten a los pueblos la gloria del Señor”. Quien permanece en el amor de Cristo no puede guardarse esa alegría solo para sí. El amor recibido se vuelve anuncio. La experiencia de Dios se convierte en testimonio. La alegría pascual se vuelve misión.

Por eso Jesús concluye diciendo: “Les he dicho esto para que mi alegría esté en ustedes y su alegría llegue a plenitud”. La vida cristiana no es una tristeza disfrazada de virtud. No es una moral pesada sin horizonte. La vida cristiana es participación en la alegría de Cristo. Una alegría que no depende de que todo salga bien, sino de sabernos amados, sostenidos y habitados por Dios.

La alegría de Cristo no es superficial. No es simple entusiasmo. Es la paz profunda de quien sabe que su vida está en manos del Padre. Es la alegría del que ama aunque le cueste. Es la alegría del que sirve sin buscar aplausos. Es la alegría del que guarda los mandamientos no como esclavo, sino como hijo.

Hoy podríamos preguntarnos: ¿dónde estoy permaneciendo realmente? ¿En el amor de Cristo o en mis miedos? ¿En la confianza o en la queja? ¿En la comunión o en la división? ¿En el servicio o en el egoísmo? Porque uno termina pareciéndose al lugar donde permanece. Si permanecemos en el resentimiento, nos volvemos amargos. Si permanecemos en la superficialidad, nos volvemos vacíos. Pero si permanecemos en Cristo, poco a poco nos volvemos más libres, más fraternos, más luminosos.

Pidamos al Señor la gracia de no vivir una fe de paso, sino una fe arraigada. Que sepamos permanecer en su amor cuando todo va bien y también cuando llegan las pruebas. Que sus mandamientos no nos parezcan una carga, sino un camino de libertad. Que la Iglesia, como en los Hechos de los Apóstoles, sepa discernir siempre desde la gracia, la comunión y la fidelidad al Evangelio.

Y que María, mujer que permaneció en el amor de Dios incluso al pie de la cruz, nos enseñe a guardar la Palabra, a vivirla con sencillez y a encontrar en Cristo la alegría plena que el mundo no puede dar ni quitar.

Amén.

 

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




7 de mayo del 2026: jueves de la 5a semana de Pascua

  El nuevo decálogo (Juan 15, 9-11) Jesús continúa desplegando su nuevo decálogo: permanecer en el amor, guardar sus mandamientos. Es un...