sábado, 5 de septiembre de 2026

6 de septiembre del 2026: vigésimo tercer domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

El trabajo de la escucha

Jesús funda una comunidad en el perdón mutuo: «¡Ve a buscar a tu hermano!». La responsabilidad de restablecer el vínculo fraterno recae también sobre la persona ofendida, llamada a atreverse a decir la verdad para restaurar la relación. No se trata de condenar al otro ni de demostrar que tenemos razón, sino de abrir un espacio donde cada uno pueda hablar y escuchar.

La corrección fraterna comienza en un encuentro personal, discreto y respetuoso. Exige valor para hablar, pero también humildad para escuchar lo que el otro tiene que decirnos. Porque el diálogo verdadero puede revelar nuestros propios errores, malentendidos o heridas todavía no sanadas.

«Si te escucha, habrás ganado a tu hermano». Esta es la finalidad: no ganar una discusión, sino recuperar al hermano; no humillarlo, sino reconstruir la comunión. Y cuando nuestros esfuerzos parecen insuficientes, Jesús nos invita a unirnos en la oración, seguros de su promesa: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Cuando alguien me ofende, ¿busco dialogar directamente con esa persona o prefiero guardar resentimiento y hablar de ella con los demás?

Cuando corrijo a alguien, ¿lo hago para ayudarlo y recuperar la fraternidad, o para demostrar que tengo razón?

¿Tengo la humildad necesaria para escuchar la corrección que otros puedan hacerme y reconocer mis propios errores?

 

 


Primera lectura

Ez 33, 7-9
Si no hablas al malvado, te pediré cuenta de su sangre

Lectura de la profecía de Ezequiel.

ESTO dice el Señor:
«A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la
casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les
advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero
tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta,
él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre.
Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y
no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado
la vida».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 94, 1-2. 6-7c. 7d-9 (R.: cf. 7d-8a)

R. Ojalá escuchen hoy la voz del Señor:
«No endurezcan su corazón».

V. Vengan, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos. 
R.

V. Entren, postrémonos por tierra,
bendiciendo al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía. 
R.

V. Ojalá escuchen hoy su voz:
«No endurezcan el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando sus padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras». 
R.

 

Segunda lectura

Rom 13, 8-10

La plenitud de la ley es el amor

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
A nadie le deban nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».
El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo,
y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. 
R.

 

Evangelio

Mt 18, 15-20

Si te hace caso, has salvado a tu hermano

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:
«Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano.
En verdad les digo que todo lo que aten en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desaten en la tierra quedará desatado en los cielos.
Les digo, además, que si dos de ustedes se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

 

**************

 

“Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”

 

Queridos hermanos:

Las lecturas de este domingo nos colocan ante una verdad exigente: no podemos vivir la fe de manera aislada, como si la vida de los demás no tuviera nada que ver con nosotros. Dios nos ha hecho comunidad y, por eso, somos responsables unos de otros. Sin embargo, esta responsabilidad debe ejercerse desde el amor, la humildad y la misericordia, nunca desde el juicio, la murmuración o el deseo de humillar.

En la primera lectura, Dios le dice al profeta Ezequiel: “A ti, hijo de hombre, te he puesto como centinela de la casa de Israel”. El centinela es quien permanece despierto, descubre el peligro y avisa para proteger la vida del pueblo. Dios no convierte a Ezequiel en espía, acusador o vigilante de la conducta ajena; lo hace responsable de transmitir su Palabra.

La misión del profeta no consiste en condenar al pecador, sino en advertirle para que cambie de camino y viva. Si guarda silencio por comodidad o cobardía, también él tendrá que responder. Pero si habla con fidelidad, habrá cumplido su misión.

También nosotros podemos caer en dos extremos. El primero es la indiferencia: “Ese no es mi problema; que cada cual haga con su vida lo que quiera”. El segundo es la condenación: señalar, divulgar la falta, destruir la reputación y cerrar toda posibilidad de cambio. La Palabra de Dios nos propone otro camino: cuidar al hermano, decirle la verdad con caridad y ayudarlo a regresar.

Pero antes de corregir a alguien debemos dejarnos interpelar por el salmo: “Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: no endurezcáis vuestro corazón”. No podemos corregir el corazón del hermano mientras mantenemos endurecido el nuestro. Antes de pedirle a otro que escuche, debemos preguntarnos si nosotros estamos escuchando al Señor.

Quizá el primer corazón que necesita ser corregido es el mío. Tal vez llevo demasiado tiempo alimentando un resentimiento, justificando una conducta equivocada o negándome a reconocer el daño que he causado. Corregir fraternalmente exige primero ponerse delante de Dios y pedir un corazón dócil, porque quien no escucha al Señor fácilmente confundirá la corrección con el desahogo de su rabia.

San Pablo nos entrega en la segunda lectura el criterio fundamental: “A nadie le debáis nada, más que amor”. Y añade: “El amor no hace mal al prójimo; por eso, la plenitud de la ley es el amor”.

Esta es la pregunta que debe acompañar toda corrección: ¿lo que voy a decir nace verdaderamente del amor? ¿Busco ayudar al hermano o hacerle sentir mi superioridad? ¿Quiero sanar la relación o cobrarle una ofensa? ¿Estoy dispuesto a escucharlo también y reconocer mi parte de responsabilidad?

No toda palabra aparentemente sincera es caritativa. A veces decimos: “Yo digo las cosas de frente”, pero usamos la verdad como una piedra. La verdad cristiana no se arroja contra nadie: se ofrece con respeto, se pronuncia con humildad y se acompaña con misericordia. El amor no permanece indiferente ante el mal, pero tampoco disfruta exponiendo o avergonzando al que se equivocó.

En el Evangelio, Jesús nos presenta un camino concreto y progresivo: “Si tu hermano peca, ve y corrígelo a solas entre los dos”. Jesús dice: “Ve”. No dice que esperemos a que el otro adivine nuestro disgusto; tampoco que publiquemos indirectas, que formemos bandos o que contemos a todos lo ocurrido antes de hablar con la persona implicada.

En nuestro tiempo, esta enseñanza tiene una actualidad enorme. Resulta muy fácil divulgar una acusación por las redes sociales, reenviar un mensaje, compartir una fotografía o comentar los errores ajenos. En pocos minutos podemos destruir una reputación que tardó años en construirse. Con frecuencia hablamos con muchas personas acerca del hermano, pero no somos capaces de hablar con el hermano.

Jesús pide discreción: “A solas entre los dos”. Esa privacidad protege la dignidad de la persona y le permite reconocer su falta sin quedar humillada ante los demás. El propósito no es vencerla en una discusión, sino recuperarla: “Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”. Qué expresión tan hermosa: ganar al hermano, no ganar la pelea; salvar la comunión, no demostrar que teníamos razón.

Si ese primer diálogo no da fruto, Jesús propone acudir a una o dos personas prudentes. Y, si tampoco escucha, comunicarlo a la comunidad. No se trata de aumentar progresivamente la presión o la vergüenza, sino de ampliar la ayuda, garantizar la verdad de los hechos y buscar caminos de reconciliación.

Esta enseñanza sobre la discreción nunca debe utilizarse para ocultar delitos, abusos, violencia o situaciones que ponen en peligro a una persona. En esos casos, proteger a la víctima y acudir a las autoridades competentes también forma parte de nuestra responsabilidad cristiana. La misericordia no encubre la injusticia; busca la verdad, la protección de quien sufre y la conversión de quien ha causado el daño.

Jesús añade: “Si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un gentil o un publicano”. No es una autorización para odiarlo o despreciarlo. Recordemos cómo trataba Jesús a los gentiles y publicanos: no justificaba sus pecados, pero nunca dejaba de buscarlos, llamarlos y ofrecerles misericordia. En algunas situaciones será necesario establecer límites claros y reconocer que la comunión está herida, pero nunca podremos cerrar definitivamente la puerta de la oración y de la esperanza.

El Señor confía además a la comunidad la responsabilidad de “atar y desatar”. La Iglesia no es un grupo de personas perfectas, sino una comunidad reconciliada y reconciliadora, llamada a discernir, perdonar, acompañar y restaurar los vínculos rotos.

El Evangelio concluye con una promesa: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Jesús sabe que reconstruir una relación no depende únicamente de nuestras capacidades. Por eso nos invita a orar juntos. Cuando Cristo está realmente en medio, disminuye nuestro orgullo, aprendemos a escuchar, encontramos palabras menos hirientes y descubrimos que el otro sigue siendo nuestro hermano.

En esta Eucaristía ninguno puede presentarse como juez de los demás. Al comienzo de la celebración no dijimos: “Señor, ten piedad de los pecadores que están a mi lado”, sino: “Señor, ten piedad de nosotros”. Todos necesitamos ser corregidos, perdonados y levantados.

Pidámosle hoy al Señor que nos libre de la indiferencia que abandona al hermano, de la murmuración que lo destruye y del orgullo que pretende corregirlo sin amor. Que nos conceda un corazón capaz de escuchar su voz, la valentía para hablar cuando sea necesario, la humildad para aceptar nuestras propias faltas y la caridad para buscar siempre la reconciliación.

Porque corregir cristianamente no es perder a una persona, sino hacer todo lo posible por ganarla nuevamente como hermana. Y donde una comunidad se escucha, se perdona, ora unida y reconstruye la comunión, allí está Cristo vivo en medio de ella. Amén.

 

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