sábado, 3 de octubre de 2026

3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

 

¡Qué alegría!

¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría de Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu. Él orienta hacia la verdadera alegría, la de la comunión con Dios, la de sabernos conocidos y amados por el Padre. Jesús invita a sus discípulos a descubrir que sus nombres están inscritos en el cielo. Sus vidas tienen un lugar en el corazón de Dios: ahí encuentran la fuente más profunda de su alegría.

Los frutos de la misión merecen nuestra gratitud, pero nuestra felicidad necesita raíces más hondas que los resultados visibles. También cuando el esfuerzo parece estéril, cuando faltan las fuerzas o nadie reconoce nuestra entrega, podemos descansar en la fidelidad del Señor.

Jesús se llena de alegría porque el Padre revela sus misterios a los pequeños. Un corazón sencillo, que reconoce su pobreza y se deja enseñar, puede descubrir las maravillas que pasan inadvertidas a quienes creen saberlo todo. La humildad nos dispone a recibir la vida como un regalo y a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.

Pidamos esa alegría que sostiene la esperanza en medio de las dificultades y nos anima a servir con libertad.

Señor Jesús, enséñanos a alegrarnos contigo. Danos un corazón humilde y agradecido, capaz de reconocer el amor del Padre y de compartirlo con nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

Job 42, 1-3. 5-6. 12-17

Ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto

Lectura del libro de Job.

JOB respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 66. 71. 75. 91. 125. 130 (R.: 135a)

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

V. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. 
R.

V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. 
R.

V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. 
R.

V. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. 
R.

V. Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. 
R.

V. La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Lc 10, 17-24

Estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les hará daño alguno.
Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

*************

 

La alegría de un corazón que confía

 

Queridos hermanos:

¡Cuánta alegría encontramos en el Evangelio de hoy! Los discípulos regresan entusiasmados de la misión. Han anunciado el Reino y han experimentado la fuerza del nombre de Jesús frente al mal. Podemos imaginarlos contando lo sucedido, deseosos de compartir con el Maestro sus experiencias.

También nosotros conocemos esa alegría: cuando un esfuerzo da fruto, una persona recupera la esperanza, una familia se reconcilia o alguien vuelve a acercarse a Dios. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra pequeña colaboración puede hacer bien a otros!

Jesús recibe a sus discípulos y les ayuda a profundizar en el motivo de su felicidad: sus nombres están escritos en el cielo. Los invita a reconocer que, antes de cualquier logro, está el amor de Dios que los ha llamado y los sostiene.

Esta palabra también nos alcanza a nosotros. A veces medimos nuestra vida por los resultados: cuánto conseguimos, cuántas personas nos escuchan, cuántos reconocen nuestro trabajo. Y cuando los frutos tardan, fácilmente nos desanimamos.

Hoy el Señor nos recuerda que nuestra vida tiene valor ante sus ojos. Él conoce nuestras luchas, nuestra fidelidad cotidiana, las oraciones que hacemos en silencio y el bien que nadie aplaude. Podemos servir con alegría porque estamos en sus manos.

Señor Jesús, ayúdanos a recibir con gratitud los frutos de nuestro trabajo y a perseverar cuando todavía no podemos verlos.

La primera lectura nos presenta a Job al final de un camino muy doloroso. Ha sufrido pérdidas, ha expresado su angustia y ha llevado sus preguntas delante de Dios. Ahora reconoce los límites de su comprensión y dice: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos».

Es una frase que nos invita a revisar nuestra fe. Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y, al mismo tiempo, necesitar un encuentro más profundo con Él. Job descubre una presencia que transforma su manera de mirar la vida.

Su historia nos permite acercarnos al Señor con nuestras preguntas. Podemos decirle que estamos cansados, que nos duele una ausencia, que no entendemos lo que sucede. La oración también puede tener lágrimas. La confianza crece cuando, en medio de todo eso, seguimos abriendo el corazón.

La bendición con la que termina el relato nos habla de esperanza. No es una promesa de que toda persona creyente recuperará sus bienes o verá resueltas aquí todas sus dificultades. Es una invitación a confiar en que Dios puede abrir futuro donde nosotros apenas vemos ruinas.

Y el salmo nos enseña cómo caminar: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo».

Qué oración tan sencilla para comenzar cada día. Antes de pedir que cambien las circunstancias, pedimos la luz de su presencia. Necesitamos que el Señor ilumine nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás.

El salmista reconoce que, incluso en la aflicción, ha aprendido a escuchar a Dios. Conviene recibir esa experiencia con delicadeza: quien sufre necesita nuestra cercanía, nuestra ayuda y nuestro respeto. Desde esa compañía podemos descubrir juntos que la gracia también actúa en medio de la fragilidad.

El salmo añade que la Palabra de Dios ilumina y da entendimiento a los sencillos. Ahí encontramos el vínculo con la alegría de Jesús: Él se llena de gozo en el Espíritu Santo porque el Padre se revela a los pequeños.

Los pequeños son quienes se dejan enseñar, quienes saben pedir ayuda y reconocen que necesitan la misericordia de Dios. Esa sencillez permite que la Palabra encuentre espacio en nosotros.

En este sábado, al hacer memoria de la Santísima Virgen María, contemplamos esa disposición del corazón vivida de manera admirable.

María escucha, pregunta y ofrece su vida al Señor. Guarda la Palabra, la medita y permite que transforme sus pasos. En su canto de alabanza reconoce con alegría lo que Dios ha hecho en ella. Toda su vida nos enseña a recibir el amor del Padre y a responder con confianza.

También María conoció la incertidumbre, la preocupación y el sufrimiento. Buscó a Jesús con angustia y permaneció junto a la cruz. Su fe sostuvo su amor cuando el dolor era inmenso.

Por eso podemos acudir a ella con tanta confianza. Le presentamos a las madres preocupadas por sus hijos, a las familias que atraviesan dificultades, a quienes están solos y a quienes sienten que se les está apagando la esperanza. Pedimos su intercesión para aprender a escuchar a Jesús y permanecer cerca de Él.

Hermanos, en esta Eucaristía venimos con nuestros pequeños logros y con nuestras preocupaciones. Cristo nos recibe y se nos entrega como alimento. Su presencia renueva nuestra alegría y nos da fuerzas para continuar sirviendo.

Al terminar, llevemos una pregunta al corazón: ¿Qué lugar ocupa el amor de Dios entre los motivos de mi alegría?

Que durante este día encontremos un momento para agradecerle su cercanía, escuchar su Palabra y ofrecer un gesto de bondad a alguien que lo necesite.

Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a confiar. Acompáñanos cuando no comprendemos lo que vivimos y ayúdanos a guardar la Palabra en el corazón. Ruega por nuestras familias y por quienes sufren. Que, unidos a tu Hijo, aprendamos a servir con humildad y a vivir con la alegría de sabernos amados por el Padre. Amén.

 

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Gracias por visitar mi blog, Deje sus comentarios que si son hechos con respeto y seriedad, contestaré con mucho gusto. Gracias. Bendiciones




3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

  ¡Qué alegría! ¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría...