¡Qué alegría!
¡Cuánta
alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a
los espíritus malignos; la alegría de Jesús, que se estremece de gozo en el
Espíritu. Él orienta hacia la verdadera alegría, la de la comunión con Dios, la
de sabernos conocidos y amados por el Padre. Jesús invita a sus discípulos a
descubrir que sus nombres están inscritos en el cielo. Sus vidas tienen un
lugar en el corazón de Dios: ahí encuentran la fuente más profunda de su
alegría.
Los
frutos de la misión merecen nuestra gratitud, pero nuestra felicidad necesita
raíces más hondas que los resultados visibles. También cuando el esfuerzo
parece estéril, cuando faltan las fuerzas o nadie reconoce nuestra entrega,
podemos descansar en la fidelidad del Señor.
Jesús
se llena de alegría porque el Padre revela sus misterios a los pequeños. Un
corazón sencillo, que reconoce su pobreza y se deja enseñar, puede descubrir
las maravillas que pasan inadvertidas a quienes creen saberlo todo. La humildad
nos dispone a recibir la vida como un regalo y a reconocer la presencia de Dios
en lo cotidiano.
Pidamos
esa alegría que sostiene la esperanza en medio de las dificultades y nos anima
a servir con libertad.
Señor Jesús, enséñanos a alegrarnos contigo. Danos un corazón humilde y agradecido, capaz de reconocer el amor del Padre y de compartirlo con nuestros hermanos. Amén.
Primera lectura
Job
42, 1-3. 5-6. 12-17
Ahora
te han visto mis ojos; por eso, me retracto
Lectura del libro de Job.
JOB respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a
poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil
borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda,
Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que
las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a
sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
118, 66. 71. 75. 91. 125. 130 (R.: 135a)
R. Haz brillar,
Señor, tu rostro sobre tu siervo.
V. Enséñame la
bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. R.
V. Me estuvo bien
el sufrir,
así aprendí tus decretos. R.
V. Reconozco,
Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. R.
V. Por tu
mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. R.
V. Yo soy tu siervo:
dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. R.
V. La explicación de tus
palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. R.
Aclamación
R. Aleluya,
aleluya, aleluya.
V. Bendito seas,
Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. R.
Evangelio
Lc
10, 17-24
Estén
alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el
poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les
hará daño alguno.
Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén
alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido
estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el
Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera
revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que
muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír
lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».
Palabra del Señor.
*************
La alegría de un corazón que confía
Queridos
hermanos:
¡Cuánta
alegría encontramos en el Evangelio de hoy! Los discípulos regresan
entusiasmados de la misión. Han anunciado el Reino y han experimentado la
fuerza del nombre de Jesús frente al mal. Podemos imaginarlos contando lo
sucedido, deseosos de compartir con el Maestro sus experiencias.
También
nosotros conocemos esa alegría: cuando un esfuerzo da fruto, una persona
recupera la esperanza, una familia se reconcilia o alguien vuelve a acercarse a
Dios. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra pequeña colaboración puede hacer bien
a otros!
Jesús
recibe a sus discípulos y les ayuda a profundizar en el motivo de su felicidad:
sus nombres están escritos
en el cielo. Los invita a reconocer que, antes de cualquier
logro, está el amor de Dios que los ha llamado y los sostiene.
Esta
palabra también nos alcanza a nosotros. A veces medimos nuestra vida por los
resultados: cuánto conseguimos, cuántas personas nos escuchan, cuántos
reconocen nuestro trabajo. Y cuando los frutos tardan, fácilmente nos
desanimamos.
Hoy
el Señor nos recuerda que nuestra vida tiene valor ante sus ojos. Él conoce
nuestras luchas, nuestra fidelidad cotidiana, las oraciones que hacemos en
silencio y el bien que nadie aplaude. Podemos servir con alegría porque estamos
en sus manos.
Señor
Jesús, ayúdanos a recibir con gratitud los frutos de nuestro trabajo y a
perseverar cuando todavía no podemos verlos.
La
primera lectura nos presenta a Job al final de un camino muy doloroso. Ha
sufrido pérdidas, ha expresado su angustia y ha llevado sus preguntas delante
de Dios. Ahora reconoce los límites de su comprensión y dice: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te
han visto mis ojos».
Es
una frase que nos invita a revisar nuestra fe. Podemos conocer muchas cosas
acerca de Dios y, al mismo tiempo, necesitar un encuentro más profundo con Él.
Job descubre una presencia que transforma su manera de mirar la vida.
Su
historia nos permite acercarnos al Señor con nuestras preguntas. Podemos
decirle que estamos cansados, que nos duele una ausencia, que no entendemos lo
que sucede. La oración también puede tener lágrimas. La confianza crece cuando,
en medio de todo eso, seguimos abriendo el corazón.
La
bendición con la que termina el relato nos habla de esperanza. No es una
promesa de que toda persona creyente recuperará sus bienes o verá resueltas
aquí todas sus dificultades. Es una invitación a confiar en que Dios puede
abrir futuro donde nosotros apenas vemos ruinas.
Y
el salmo nos enseña cómo caminar: «Haz
brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo».
Qué
oración tan sencilla para comenzar cada día. Antes de pedir que cambien las
circunstancias, pedimos la luz de su presencia. Necesitamos que el Señor ilumine
nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás.
El
salmista reconoce que, incluso en la aflicción, ha aprendido a escuchar a Dios.
Conviene recibir esa experiencia con delicadeza: quien sufre necesita nuestra
cercanía, nuestra ayuda y nuestro respeto. Desde esa compañía podemos descubrir
juntos que la gracia también actúa en medio de la fragilidad.
El
salmo añade que la Palabra de Dios ilumina y da entendimiento a los sencillos.
Ahí encontramos el vínculo con la alegría de Jesús: Él se llena de gozo en el
Espíritu Santo porque el Padre se revela a los pequeños.
Los
pequeños son quienes se dejan enseñar, quienes saben pedir ayuda y reconocen
que necesitan la misericordia de Dios. Esa sencillez permite que la Palabra
encuentre espacio en nosotros.
En
este sábado, al hacer memoria de la Santísima Virgen María, contemplamos esa
disposición del corazón vivida de manera admirable.
María
escucha, pregunta y ofrece su vida al Señor. Guarda la Palabra, la medita y
permite que transforme sus pasos. En su canto de alabanza reconoce con alegría
lo que Dios ha hecho en ella. Toda su vida nos enseña a recibir el amor del
Padre y a responder con confianza.
También
María conoció la incertidumbre, la preocupación y el sufrimiento. Buscó a Jesús
con angustia y permaneció junto a la cruz. Su fe sostuvo su amor cuando el
dolor era inmenso.
Por
eso podemos acudir a ella con tanta confianza. Le presentamos a las madres
preocupadas por sus hijos, a las familias que atraviesan dificultades, a
quienes están solos y a quienes sienten que se les está apagando la esperanza.
Pedimos su intercesión para aprender a escuchar a Jesús y permanecer cerca de
Él.
Hermanos,
en esta Eucaristía venimos con nuestros pequeños logros y con nuestras
preocupaciones. Cristo nos recibe y se nos entrega como alimento. Su presencia
renueva nuestra alegría y nos da fuerzas para continuar sirviendo.
Al
terminar, llevemos una pregunta al corazón: ¿Qué lugar ocupa el amor de Dios entre los motivos de mi
alegría?
Que
durante este día encontremos un momento para agradecerle su cercanía, escuchar
su Palabra y ofrecer un gesto de bondad a alguien que lo necesite.
Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a
confiar. Acompáñanos cuando no comprendemos lo que vivimos y ayúdanos a guardar
la Palabra en el corazón. Ruega por nuestras familias y por quienes sufren. Que,
unidos a tu Hijo, aprendamos a servir con humildad y a vivir con la alegría de
sabernos amados por el Padre. Amén.
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