Santos Ángeles Custodios
La
Iglesia celebra hoy la memoria de los Santos Ángeles Custodios, a quienes Dios
ha confiado la misión de acompañar a los seres humanos con una presencia
fraterna.
Maravillarse como un niño
Hay
personas cuya presencia nos hace sentir protegidos: alguien que acompaña
nuestros pasos, una mano que nos sostiene, una mirada que advierte un peligro.
Su cuidado nos permite vislumbrar algo de la ternura de Dios, que conoce
nuestra fragilidad y no nos abandona.
La
memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a agradecer también esa
compañía invisible con la que el Señor cuida de nosotros. Los ángeles son
criaturas espirituales, servidores y mensajeros de Dios. Su presencia nos
recuerda que nuestra vida es preciosa a sus ojos, incluso cuando nos sentimos
olvidados por los demás.
Jesús
coloca a un niño en medio de sus discípulos y los llama a hacerse pequeños. El
niño sabe recibir, confiar, dejarse ayudar; conserva la capacidad de asombrarse
ante lo que el adulto, acostumbrado a todo, termina por ignorar. La infancia
espiritual nos enseña a vivir nuestra responsabilidad con la confianza puesta
en el Padre.
Crecer
en la fe supone aprender a reconocer cuánto recibimos. También nosotros
necesitamos compañía, orientación y protección. Y, al acoger el cuidado de
Dios, podemos aprender a cuidar mejor a los demás, especialmente a los pequeños
y vulnerables.
¿A
quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y proteja?
Señor, devuélveme la capacidad de maravillarme ante tu amor. Gracias por mi ángel de la guarda: que su compañía me ayude a escucharte, a elegir el bien y a caminar con confianza hacia ti. Amén.
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Primera lectura
Ex
23, 20-23
Mi
ángel irá por delante
Lectura del libro del Éxodo.
ESTO dice el Señor:
«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve
al lugar que he preparado.
Hazle caso y obedécele.
No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones.
Si le obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis
enemigos y tus adversarios serán mis adversarios.
Mi ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos, hititas,
perizitas, cananeos, heveos y jebuseos, y yo los exterminaré».
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11 (R.: 11)
R. A sus ángeles ha
dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.
V. Tú que habitas al
amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti». R
V.
Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura. R.
V.
No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía. R.
V.
No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V.
Bendigan al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplen sus deseos. R.
Evangelio
Mt
18, 1-5. 10
Sus
ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
EN aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad les digo que, si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán
en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño,
ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como
este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles
están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».
Palabra del Señor.
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Maravillarse como un niño, dejarse cuidar y aprender a
cuidar
Queridos
hermanos:
Una
imagen sencilla nos ayuda a entrar en esta celebración: un hombre que vigila la
salida de un colegio lleva en su camiseta las palabras «Ángel de la guarda».
Está pendiente de los estudiantes, los ayuda a cruzar, procura que lleguen
seguros a las manos de sus familiares. Su presencia nos recuerda cuánto
necesitamos que alguien cuide de nosotros.
Y
esa necesidad permanece cuando crecemos. También los adultos necesitamos una
mano que nos sostenga, una palabra que nos oriente, una presencia que nos
acompañe cuando sentimos miedo. A veces, detrás de nuestra aparente fortaleza,
hay un corazón cansado que quisiera poder decir: «Ayúdame; hoy no puedo con
todo».
La
memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a reconocer con gratitud el
cuidado de Dios. Los ángeles son criaturas espirituales que lo sirven y nos
acompañan en el camino de la salvación. La Iglesia reconoce su protección y su
intercesión a lo largo de nuestra vida. ¡Qué hermoso sabernos acompañados
también cuando nadie parece advertir lo que estamos viviendo!
En
la primera lectura, Dios promete enviar un ángel delante de su pueblo para
custodiarlo durante el camino y conducirlo al lugar preparado. Israel todavía
tiene un recorrido por hacer. Hay incertidumbres, peligros y decisiones.
Precisamente allí, en medio del camino, recibe la promesa de la compañía de
Dios.
También
nosotros tenemos caminos difíciles: una enfermedad que se prolonga, una
preocupación familiar, una pérdida que todavía duele, una lucha interior que
los demás desconocen. Hoy podemos presentar todo eso al Señor y pedirle la
gracia de reconocer su cercanía.
Pero
la lectura también invita a escuchar y obedecer. El cuidado de Dios requiere
nuestra respuesta. Dejarnos conducir supone aceptar que necesitamos
orientación, revisar nuestras decisiones y permitir que su Palabra corrija
nuestros pasos.
Por
eso, en este viernes, nuestra oración tiene una intención penitencial. Pedimos
perdón por las veces en que hemos cerrado el oído al Señor; por las palabras
que hirieron; por la indiferencia ante el sufrimiento ajeno; por haber tratado
con dureza a quienes necesitaban paciencia.
Podemos
decirle desde ahora: Señor, reconozco que me he equivocado. Dame humildad para
pedir perdón, valor para reparar el daño y perseverancia para cambiar.
Acercarnos al sacramento de la Reconciliación es una manera concreta de acoger
esa misericordia que vuelve a ponernos en camino.
El
salmo responde a la primera lectura con una afirmación llena de confianza: «Dios les ha ordenado a sus ángeles que
nos cuiden». Sus imágenes de refugio, sombra y alas protectoras
expresan la ternura de un Dios en quien podemos descansar.
Esta
oración también puede brotar desde una cama de hospital, en una noche de
insomnio o entre las lágrimas de quien atraviesa un duelo. La protección de
Dios no significa que quedemos libres de toda enfermedad o dificultad.
Significa que podemos atravesarlas sostenidos por su amor, con la esperanza
puesta en Él.
Que
nadie interprete su sufrimiento como señal de que Dios lo ha abandonado. Jesús
mismo conoció la angustia y el dolor. Cuando nos acercamos a su cruz,
encontramos al Salvador que ha querido compartir nuestra fragilidad y abrirnos
un camino de vida.
Hoy
oramos especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Por quienes
esperan un diagnóstico, soportan dolores o se sienten agotados. Por quienes
cargan tristeza, ansiedad, soledad o heridas que les cuesta expresar. Pedimos
alivio, fortaleza y personas capaces de acompañarlos con respeto y ternura.
Recordamos también a sus familiares y a quienes los cuidan, tantas veces
silenciosamente.
En
el Evangelio, mientras los discípulos se preocupan por quién ocupa el primer
lugar, Jesús pone a un niño en medio. Les enseña a hacerse pequeños, a recibir,
a confiar y a reconocer que necesitan de otros.
La
infancia espiritual nos permite vivir nuestras responsabilidades con el corazón
abierto al Padre. Nos ayuda a agradecer lo que recibimos, a dejarnos ayudar y a
conservar la capacidad de maravillarnos: ante una amistad fiel, una
reconciliación, una visita o un gesto de bondad inesperado.
Jesús
añade una advertencia que debemos tomar muy en serio: «Cuidado con despreciar a uno de estos
pequeños». Los vincula con sus ángeles, que contemplan al
Padre. Cada pequeño posee una dignidad que exige nuestro respeto.
Celebrar
a los Ángeles Custodios nos compromete, entonces, a cuidar. A proteger a los
niños, escuchar al que está herido, visitar al enfermo y acompañar al anciano.
Nuestra devoción se vuelve fecunda cuando nuestras manos también sirven para
sostener.
En
esta Eucaristía, Jesús nos reúne y nos alimenta para que aprendamos a amar como
Él. Traigamos al altar nuestro arrepentimiento y el dolor de nuestros hermanos.
Y salgamos con una decisión concreta de cercanía.
¿A quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y
proteja?
Señor, perdona nuestros pecados y renueva nuestro corazón.
Devuélvenos la confianza de los pequeños y la capacidad de maravillarnos ante
tu amor. Alivia a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; sostén a quienes
los cuidan y enséñanos a estar cerca de ellos.
Santa María, Madre del consuelo, acompaña nuestras penas y
ayúdanos a permanecer junto a Jesús.
Santos Ángeles Custodios, protéjannos en el camino y
ayúdennos a responder con fidelidad al amor de Dios. Amén.
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2 de octubre:
Los Ángeles Custodios — Memoria
Cita:
Así pues, la Majestad Suprema ha dado encargo a los ángeles. Sí, Él ha dado encargo a sus propios ángeles. ¡Piénsalo! A esos seres sublimes, que se aferran a Él con tanto gozo e intimidad, a los suyos propios les ha dado encargo sobre ti. ¿Quién eres tú? “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que lo visites?” ¡Como si el hombre no fuera podredumbre, y el hijo del hombre un gusano! Ahora bien, ¿por qué, piensas tú, les ha dado encargo sobre ti? — ¡Para guardarte!
~San Bernardo de Claraval
Reflexión:
“Cuídense de no despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles en el cielo ven continuamente el rostro de mi Padre celestial” (Mateo 18,10).
Jesús pronuncia estas palabras inmediatamente antes de enseñar la Parábola de la oveja perdida, que muestra el profundo amor de Jesús por cada persona, por cada uno de los “pequeños”. No solo busca a la oveja perdida y descarriada, también les da a cada uno sus propios ángeles custodios, que miran siempre el rostro de Dios y cuya única tarea es cuidarnos y llevarnos al Cielo. Son a estos seres angélicos a quienes honramos hoy.
El hecho de que cada persona tenga asignado un ángel custodio está profundamente arraigado no solo en la Sagrada Escritura, sino también en los escritos de los santos y en las enseñanzas de la Iglesia. En los Salmos leemos: “Pues a sus ángeles ha dado órdenes sobre ti, para que te guarden en todos tus caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra” (Salmo 91,11–12). San Jerónimo, al comentar el pasaje del Evangelio de Mateo antes citado, dice: “El valor de las almas es tan grande que desde el nacimiento cada una tiene un ángel asignado para su protección.” Santo Tomás de Aquino afirma: “A cada hombre le ha sido designado un ángel custodio. Esto se fundamenta en el hecho de que la custodia de los ángeles pertenece a la ejecución de la Providencia divina sobre los hombres” (Suma Teológica I, 113,2). Más recientemente, el Papa San Juan Pablo II enseñó, en una Audiencia General el 6 de agosto de 1986: “Dios ha confiado a los ángeles un ministerio en favor de los hombres. Por lo tanto, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta apropiada y recomendando el recurso a su protección mediante la oración frecuente, como en la invocación ‘Ángel de Dios’.” Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica, citando a San Basilio, dice: “Al lado de cada creyente está un ángel como protector y pastor que lo conduce a la vida” (CIC #336).
Aunque la realidad de los ángeles custodios suele presentarse a los niños como un consuelo cuando enfrentan temores, los ángeles custodios son para todos nosotros, y no debemos olvidarnos de los nuestros. Los ángeles no son solo intercesores, son mediadores. Esto significa que Dios les confía su poder divino, para actuar en su nombre y en su lugar, para transmitir su gracia, revelar su Verdad, guiarnos por el camino correcto y protegernos del mal. Aunque Dios es plenamente capaz de distribuir su gracia directamente, es su voluntad que todo lo que nos concede llegue a nosotros a través de mediadores que son instrumentos que cooperan con su plan divino.
La memoria que celebramos hoy no se convirtió en una fiesta universal hasta finales del siglo XVII, cuando el Papa Clemente X la incluyó en el Calendario Romano. El Papa León XIII elevó la fiesta y subrayó su importancia a finales del siglo XIX. En esa misma época compuso la oración a “San Miguel Arcángel” y ordenó que se rezara al final de cada Misa. La fiesta de los Arcángeles se celebra el 29 de septiembre, y unos días después, la memoria de todos los ángeles custodios. Estas dos celebraciones subrayan el hecho de que Dios utiliza a algunos ángeles para fines específicos que afectan a todos los hombres, y que utiliza a los ángeles custodios para cuidar de cada una de nuestras necesidades concretas.
Basándose en el Antiguo y Nuevo Testamento, en las enseñanzas de los primeros Padres de la Iglesia y en la doctrina detallada de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia acepta en general que hay una jerarquía de ángeles compuesta por nueve coros, divididos en tres tríadas. La primera tríada está formada por los Serafines, Querubines y Tronos. Su deber es exclusivamente el servicio a Dios, adorándolo continuamente. La segunda tríada está compuesta por las Dominaciones, Virtudes y Potestades. Estos tres coros tienen la tarea de gobernar el universo creado. La tercera tríada está compuesta por las Principados, Arcángeles y Ángeles. Estos seres están más cercanos a la humanidad y actúan como mediadores entre Dios y el hombre. Así, aunque Santo Tomás definió a los ángeles custodios como el coro más bajo, esto debe entenderse únicamente en el sentido de que su preocupación directa es el cuidado de la humanidad. Sin embargo, ellos contemplan continuamente la Visión Beatífica.
En cuanto a la función de los ángeles custodios, Santo Tomás de Aquino da el mayor detalle (cf. Suma Teológica I, 113). Como ya se ha mencionado, enseña que cada persona recibe un ángel al nacer. Esto significa que los ángeles custodios no están ligados al bautismo, sino a la actividad humana en este mundo, concretamente a la actividad que comienza con el nacimiento. Estos ángeles no se “reciclan”, por así decir, sino que son asignados a una sola persona, y a nadie más. Los ángeles custodios pueden actuar sobre nuestros sentidos e imaginación, inspirándonos de un modo u otro. Pueden presentar ideas a nuestra mente para dirigirnos hacia la voluntad de Dios, pero no pueden controlar nuestra voluntad. Actuando sobre nuestros sentidos, pueden hacer que sintamos lo que es correcto o incorrecto e impulsarnos a elegir bien. Actúan en contra de los ángeles caídos, o demonios, que nos tientan con razonamientos falsos y placeres sensuales. Finalmente, en el Cielo, el papel del ángel custodio de llevarnos a la salvación se completará. Santo Tomás creía que incluso en el Cielo seguirán comunicándose con nosotros y continuarán iluminándonos con la Verdad de Dios, siempre nueva y siempre más profunda.
Al honrar hoy a las huestes celestiales de los ángeles custodios, piensa en tu propio ángel. San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, nos ofreció un mapa detallado de cómo se comunican con nosotros. Considera leer su sabiduría. En el Cielo, gozaremos de una relación eterna cara a cara con nuestros ángeles. Esa relación estará perfectamente impregnada del amor de Dios, y nuestra unión con ellos será irrompible. En la tierra, con frecuencia prestamos poca atención a nuestros ángeles, pero ellos siempre están atentos a nosotros. Aunque no siempre les hablemos en oración a nuestros intercesores y mediadores, procura hacerlo. Nuestros ángeles nos comunican cada día. ¿Escuchas? ¿Oyes? Procura discernir las acciones de tu ángel en tu vida, para que esta misión angélica pueda cumplirse mejor. Ten la certeza de que tienes un mediador que está delante de Dios y que no hace otra cosa que interceder por ti, trabajando continuamente para conducirte a la salvación eterna.
Oración:
Ángel de Dios, mi dulce compañía,
a quien el amor de Dios me confía;
no me desampares ni de noche ni de día,
ilumina, guarda, rige y guía. Amén.
Ángeles de Dios, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.


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