sábado, 3 de octubre de 2026

3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

 

¡Qué alegría!

¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría de Jesús, que se estremece de gozo en el Espíritu. Él orienta hacia la verdadera alegría, la de la comunión con Dios, la de sabernos conocidos y amados por el Padre. Jesús invita a sus discípulos a descubrir que sus nombres están inscritos en el cielo. Sus vidas tienen un lugar en el corazón de Dios: ahí encuentran la fuente más profunda de su alegría.

Los frutos de la misión merecen nuestra gratitud, pero nuestra felicidad necesita raíces más hondas que los resultados visibles. También cuando el esfuerzo parece estéril, cuando faltan las fuerzas o nadie reconoce nuestra entrega, podemos descansar en la fidelidad del Señor.

Jesús se llena de alegría porque el Padre revela sus misterios a los pequeños. Un corazón sencillo, que reconoce su pobreza y se deja enseñar, puede descubrir las maravillas que pasan inadvertidas a quienes creen saberlo todo. La humildad nos dispone a recibir la vida como un regalo y a reconocer la presencia de Dios en lo cotidiano.

Pidamos esa alegría que sostiene la esperanza en medio de las dificultades y nos anima a servir con libertad.

Señor Jesús, enséñanos a alegrarnos contigo. Danos un corazón humilde y agradecido, capaz de reconocer el amor del Padre y de compartirlo con nuestros hermanos. Amén.

 


Primera lectura

Job 42, 1-3. 5-6. 12-17

Ahora te han visto mis ojos; por eso, me retracto

Lectura del libro de Job.

JOB respondió al Señor:
«Reconozco que lo puedes todo,
que ningún proyecto te resulta imposible.
Dijiste:
“¿Quién es ese que enturbia mis designios
sin saber siquiera de qué habla?”.
Es cierto, hablé de cosas que ignoraba,
de maravillas que superan mi comprensión.
Te conocía solo de oídas,
pero ahora te han visto mis ojos;
por eso, me retracto y me arrepiento,
echado en el polvo y la ceniza».
El Señor bendijo a Job al final de su vida más aún que al principio. Llegó a poseer catorce mil ovejas, seis mil camellos, mil yuntas de bueyes y mil borricas.
Tuvo siete hijos y tres hijas: la primera se llamaba Paloma; la segunda, Acacia; y la tercera, Azabache. No había en todo el país mujeres más bellas que las hijas de Job. Su padre las hizo herederas, igual que a sus hermanos.
Job vivió otros ciento cuarenta años, y conoció a sus hijos, a sus nietos y a sus biznietos.
Murió anciano tras una larga vida.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 66. 71. 75. 91. 125. 130 (R.: 135a)

R. Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo.

V. Enséñame la bondad, la prudencia y el conocimiento,
porque me fío de tus mandatos. 
R.

V. Me estuvo bien el sufrir,
así aprendí tus decretos. 
R.

V. Reconozco, Señor, que tus mandamientos son justos,
que con razón me hiciste sufrir. 
R.

V. Por tu mandamiento subsisten hasta hoy,
porque todo está a tu servicio. 
R.

V. Yo soy tu siervo: dame inteligencia,
y conoceré tus preceptos. 
R.

V. La explicación de tus palabras ilumina,
da inteligencia a los ignorantes. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendito seas, Padre, Señor del cielo y de la tierra,
porque has revelado los misterios del reino a los pequeños. 
R.

 

Evangelio

Lc 10, 17-24

Estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo

Lectura del santo Evangelio según san Lucas.

EN aquel tiempo, los setenta y dos volvieron con alegría diciendo:
«Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre».
Jesús les dijo:
«Estaba viendo a Satanás caer del cielo como un rayo. Miren: les he dado el poder de pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo, y nada les hará daño alguno.
Sin embargo, no estén alegres porque se les someten los espíritus; estén alegres porque sus nombres están inscritos en el cielo».
En aquella hora, se llenó de alegría en el Espíritu Santo y dijo:
«Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos, y las has revelado a los pequeños.
Sí, Padre, porque así te ha parecido bien.
Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce quién es el Hijo sino el Padre; ni quién es el Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar».
Y, volviéndose a sus discípulos, les dijo aparte:
«¡Bienaventurados los ojos que ven lo que ustedes ven! Porque les digo que muchos profetas y reyes quisieron ver lo que ustedes ven, y no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, y no lo oyeron».

Palabra del Señor.

 

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La alegría de un corazón que confía

 

Queridos hermanos:

¡Cuánta alegría encontramos en el Evangelio de hoy! Los discípulos regresan entusiasmados de la misión. Han anunciado el Reino y han experimentado la fuerza del nombre de Jesús frente al mal. Podemos imaginarlos contando lo sucedido, deseosos de compartir con el Maestro sus experiencias.

También nosotros conocemos esa alegría: cuando un esfuerzo da fruto, una persona recupera la esperanza, una familia se reconcilia o alguien vuelve a acercarse a Dios. ¡Qué hermoso descubrir que nuestra pequeña colaboración puede hacer bien a otros!

Jesús recibe a sus discípulos y les ayuda a profundizar en el motivo de su felicidad: sus nombres están escritos en el cielo. Los invita a reconocer que, antes de cualquier logro, está el amor de Dios que los ha llamado y los sostiene.

Esta palabra también nos alcanza a nosotros. A veces medimos nuestra vida por los resultados: cuánto conseguimos, cuántas personas nos escuchan, cuántos reconocen nuestro trabajo. Y cuando los frutos tardan, fácilmente nos desanimamos.

Hoy el Señor nos recuerda que nuestra vida tiene valor ante sus ojos. Él conoce nuestras luchas, nuestra fidelidad cotidiana, las oraciones que hacemos en silencio y el bien que nadie aplaude. Podemos servir con alegría porque estamos en sus manos.

Señor Jesús, ayúdanos a recibir con gratitud los frutos de nuestro trabajo y a perseverar cuando todavía no podemos verlos.

La primera lectura nos presenta a Job al final de un camino muy doloroso. Ha sufrido pérdidas, ha expresado su angustia y ha llevado sus preguntas delante de Dios. Ahora reconoce los límites de su comprensión y dice: «Te conocía solo de oídas, pero ahora te han visto mis ojos».

Es una frase que nos invita a revisar nuestra fe. Podemos conocer muchas cosas acerca de Dios y, al mismo tiempo, necesitar un encuentro más profundo con Él. Job descubre una presencia que transforma su manera de mirar la vida.

Su historia nos permite acercarnos al Señor con nuestras preguntas. Podemos decirle que estamos cansados, que nos duele una ausencia, que no entendemos lo que sucede. La oración también puede tener lágrimas. La confianza crece cuando, en medio de todo eso, seguimos abriendo el corazón.

La bendición con la que termina el relato nos habla de esperanza. No es una promesa de que toda persona creyente recuperará sus bienes o verá resueltas aquí todas sus dificultades. Es una invitación a confiar en que Dios puede abrir futuro donde nosotros apenas vemos ruinas.

Y el salmo nos enseña cómo caminar: «Haz brillar, Señor, tu rostro sobre tu siervo».

Qué oración tan sencilla para comenzar cada día. Antes de pedir que cambien las circunstancias, pedimos la luz de su presencia. Necesitamos que el Señor ilumine nuestras decisiones, nuestras palabras y nuestra manera de tratar a los demás.

El salmista reconoce que, incluso en la aflicción, ha aprendido a escuchar a Dios. Conviene recibir esa experiencia con delicadeza: quien sufre necesita nuestra cercanía, nuestra ayuda y nuestro respeto. Desde esa compañía podemos descubrir juntos que la gracia también actúa en medio de la fragilidad.

El salmo añade que la Palabra de Dios ilumina y da entendimiento a los sencillos. Ahí encontramos el vínculo con la alegría de Jesús: Él se llena de gozo en el Espíritu Santo porque el Padre se revela a los pequeños.

Los pequeños son quienes se dejan enseñar, quienes saben pedir ayuda y reconocen que necesitan la misericordia de Dios. Esa sencillez permite que la Palabra encuentre espacio en nosotros.

En este sábado, al hacer memoria de la Santísima Virgen María, contemplamos esa disposición del corazón vivida de manera admirable.

María escucha, pregunta y ofrece su vida al Señor. Guarda la Palabra, la medita y permite que transforme sus pasos. En su canto de alabanza reconoce con alegría lo que Dios ha hecho en ella. Toda su vida nos enseña a recibir el amor del Padre y a responder con confianza.

También María conoció la incertidumbre, la preocupación y el sufrimiento. Buscó a Jesús con angustia y permaneció junto a la cruz. Su fe sostuvo su amor cuando el dolor era inmenso.

Por eso podemos acudir a ella con tanta confianza. Le presentamos a las madres preocupadas por sus hijos, a las familias que atraviesan dificultades, a quienes están solos y a quienes sienten que se les está apagando la esperanza. Pedimos su intercesión para aprender a escuchar a Jesús y permanecer cerca de Él.

Hermanos, en esta Eucaristía venimos con nuestros pequeños logros y con nuestras preocupaciones. Cristo nos recibe y se nos entrega como alimento. Su presencia renueva nuestra alegría y nos da fuerzas para continuar sirviendo.

Al terminar, llevemos una pregunta al corazón: ¿Qué lugar ocupa el amor de Dios entre los motivos de mi alegría?

Que durante este día encontremos un momento para agradecerle su cercanía, escuchar su Palabra y ofrecer un gesto de bondad a alguien que lo necesite.

Santa María, Madre de Jesús y Madre nuestra, enséñanos a confiar. Acompáñanos cuando no comprendemos lo que vivimos y ayúdanos a guardar la Palabra en el corazón. Ruega por nuestras familias y por quienes sufren. Que, unidos a tu Hijo, aprendamos a servir con humildad y a vivir con la alegría de sabernos amados por el Padre. Amén.

 

viernes, 2 de octubre de 2026

2 de octubre del 2026: Los Santos Ángeles Custodios-memoria obligatoria

 

Santos Ángeles Custodios

La Iglesia celebra hoy la memoria de los Santos Ángeles Custodios, a quienes Dios ha confiado la misión de acompañar a los seres humanos con una presencia fraterna.

 

 

Maravillarse como un niño

Hay personas cuya presencia nos hace sentir protegidos: alguien que acompaña nuestros pasos, una mano que nos sostiene, una mirada que advierte un peligro. Su cuidado nos permite vislumbrar algo de la ternura de Dios, que conoce nuestra fragilidad y no nos abandona.

La memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a agradecer también esa compañía invisible con la que el Señor cuida de nosotros. Los ángeles son criaturas espirituales, servidores y mensajeros de Dios. Su presencia nos recuerda que nuestra vida es preciosa a sus ojos, incluso cuando nos sentimos olvidados por los demás.

Jesús coloca a un niño en medio de sus discípulos y los llama a hacerse pequeños. El niño sabe recibir, confiar, dejarse ayudar; conserva la capacidad de asombrarse ante lo que el adulto, acostumbrado a todo, termina por ignorar. La infancia espiritual nos enseña a vivir nuestra responsabilidad con la confianza puesta en el Padre.

Crecer en la fe supone aprender a reconocer cuánto recibimos. También nosotros necesitamos compañía, orientación y protección. Y, al acoger el cuidado de Dios, podemos aprender a cuidar mejor a los demás, especialmente a los pequeños y vulnerables.

¿A quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y proteja?

Señor, devuélveme la capacidad de maravillarme ante tu amor. Gracias por mi ángel de la guarda: que su compañía me ayude a escucharte, a elegir el bien y a caminar con confianza hacia ti. Amén.


 


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Primera lectura

Ex 23, 20-23

Mi ángel irá por delante

Lectura del libro del Éxodo.

ESTO dice el Señor:
«Voy a enviarte un ángel por delante, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que he preparado.
Hazle caso y obedécele.
No te rebeles, porque lleva mi nombre y no perdonará tus rebeliones.
Si le obedeces fielmente y haces lo que yo digo, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios serán mis adversarios.
Mi ángel irá por delante y te llevará a las tierras de los amorreos, hititas, perizitas, cananeos, heveos y jebuseos, y yo los exterminaré».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 90, 1-2. 3-4. 5-6. 10-11 (R.: 11)

R. A sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.

V. Tú que habitas al amparo del Altísimo,
que vives a la sombra del Omnipotente,
di al Señor: «Refugio mío, alcázar mío,
Dios mío, confío en ti».
R

V. Él te librará de la red del cazador,
de la peste funesta.
Te cubrirá con sus plumas,
bajo sus alas te refugiarás:
su verdad es escudo y armadura.
R.

V. No temerás el espanto nocturno,
ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas,
ni la epidemia que devasta a mediodía.
R.

V. No se acercará la desgracia,
ni la plaga llegará hasta tu tienda,
porque a sus ángeles ha dado órdenes
para que te guarden en tus caminos.
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. Bendigan al Señor, ejércitos suyos,
servidores que cumplen sus deseos.
R.

 

Evangelio

Mt 18, 1-5. 10

Sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel momento, se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:
«¿Quién es el mayor en el reino de los cielos?».
Él llamó a un niño, lo puso en medio y dijo:
«En verdad les digo que, si no se convierten y se hacen como niños, no entrarán en el reino de los cielos. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí.
Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles están viendo siempre en los cielos el rostro de mi Padre celestial».

Palabra del Señor.

 

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Maravillarse como un niño, dejarse cuidar y aprender a cuidar

 

Queridos hermanos:

Una imagen sencilla nos ayuda a entrar en esta celebración: un hombre que vigila la salida de un colegio lleva en su camiseta las palabras «Ángel de la guarda». Está pendiente de los estudiantes, los ayuda a cruzar, procura que lleguen seguros a las manos de sus familiares. Su presencia nos recuerda cuánto necesitamos que alguien cuide de nosotros.

Y esa necesidad permanece cuando crecemos. También los adultos necesitamos una mano que nos sostenga, una palabra que nos oriente, una presencia que nos acompañe cuando sentimos miedo. A veces, detrás de nuestra aparente fortaleza, hay un corazón cansado que quisiera poder decir: «Ayúdame; hoy no puedo con todo».

La memoria de los Santos Ángeles Custodios nos invita a reconocer con gratitud el cuidado de Dios. Los ángeles son criaturas espirituales que lo sirven y nos acompañan en el camino de la salvación. La Iglesia reconoce su protección y su intercesión a lo largo de nuestra vida. ¡Qué hermoso sabernos acompañados también cuando nadie parece advertir lo que estamos viviendo!

En la primera lectura, Dios promete enviar un ángel delante de su pueblo para custodiarlo durante el camino y conducirlo al lugar preparado. Israel todavía tiene un recorrido por hacer. Hay incertidumbres, peligros y decisiones. Precisamente allí, en medio del camino, recibe la promesa de la compañía de Dios.

También nosotros tenemos caminos difíciles: una enfermedad que se prolonga, una preocupación familiar, una pérdida que todavía duele, una lucha interior que los demás desconocen. Hoy podemos presentar todo eso al Señor y pedirle la gracia de reconocer su cercanía.

Pero la lectura también invita a escuchar y obedecer. El cuidado de Dios requiere nuestra respuesta. Dejarnos conducir supone aceptar que necesitamos orientación, revisar nuestras decisiones y permitir que su Palabra corrija nuestros pasos.

Por eso, en este viernes, nuestra oración tiene una intención penitencial. Pedimos perdón por las veces en que hemos cerrado el oído al Señor; por las palabras que hirieron; por la indiferencia ante el sufrimiento ajeno; por haber tratado con dureza a quienes necesitaban paciencia.

Podemos decirle desde ahora: Señor, reconozco que me he equivocado. Dame humildad para pedir perdón, valor para reparar el daño y perseverancia para cambiar. Acercarnos al sacramento de la Reconciliación es una manera concreta de acoger esa misericordia que vuelve a ponernos en camino.

El salmo responde a la primera lectura con una afirmación llena de confianza: «Dios les ha ordenado a sus ángeles que nos cuiden». Sus imágenes de refugio, sombra y alas protectoras expresan la ternura de un Dios en quien podemos descansar.

Esta oración también puede brotar desde una cama de hospital, en una noche de insomnio o entre las lágrimas de quien atraviesa un duelo. La protección de Dios no significa que quedemos libres de toda enfermedad o dificultad. Significa que podemos atravesarlas sostenidos por su amor, con la esperanza puesta en Él.

Que nadie interprete su sufrimiento como señal de que Dios lo ha abandonado. Jesús mismo conoció la angustia y el dolor. Cuando nos acercamos a su cruz, encontramos al Salvador que ha querido compartir nuestra fragilidad y abrirnos un camino de vida.

Hoy oramos especialmente por quienes sufren en el cuerpo y en el alma. Por quienes esperan un diagnóstico, soportan dolores o se sienten agotados. Por quienes cargan tristeza, ansiedad, soledad o heridas que les cuesta expresar. Pedimos alivio, fortaleza y personas capaces de acompañarlos con respeto y ternura. Recordamos también a sus familiares y a quienes los cuidan, tantas veces silenciosamente.

En el Evangelio, mientras los discípulos se preocupan por quién ocupa el primer lugar, Jesús pone a un niño en medio. Les enseña a hacerse pequeños, a recibir, a confiar y a reconocer que necesitan de otros.

La infancia espiritual nos permite vivir nuestras responsabilidades con el corazón abierto al Padre. Nos ayuda a agradecer lo que recibimos, a dejarnos ayudar y a conservar la capacidad de maravillarnos: ante una amistad fiel, una reconciliación, una visita o un gesto de bondad inesperado.

Jesús añade una advertencia que debemos tomar muy en serio: «Cuidado con despreciar a uno de estos pequeños». Los vincula con sus ángeles, que contemplan al Padre. Cada pequeño posee una dignidad que exige nuestro respeto.

Celebrar a los Ángeles Custodios nos compromete, entonces, a cuidar. A proteger a los niños, escuchar al que está herido, visitar al enfermo y acompañar al anciano. Nuestra devoción se vuelve fecunda cuando nuestras manos también sirven para sostener.

En esta Eucaristía, Jesús nos reúne y nos alimenta para que aprendamos a amar como Él. Traigamos al altar nuestro arrepentimiento y el dolor de nuestros hermanos. Y salgamos con una decisión concreta de cercanía.

¿A quién puedo ofrecer hoy una presencia que acompañe y proteja?

Señor, perdona nuestros pecados y renueva nuestro corazón. Devuélvenos la confianza de los pequeños y la capacidad de maravillarnos ante tu amor. Alivia a quienes sufren en el cuerpo y en el alma; sostén a quienes los cuidan y enséñanos a estar cerca de ellos.

Santa María, Madre del consuelo, acompaña nuestras penas y ayúdanos a permanecer junto a Jesús.

Santos Ángeles Custodios, protéjannos en el camino y ayúdennos a responder con fidelidad al amor de Dios. Amén.

 

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2 de octubre:

Los Ángeles Custodios — Memoria

 

Cita:


Así pues, la Majestad Suprema ha dado encargo a los ángeles. Sí, Él ha dado encargo a sus propios ángeles. ¡Piénsalo! A esos seres sublimes, que se aferran a Él con tanto gozo e intimidad, a los suyos propios les ha dado encargo sobre ti. ¿Quién eres tú? “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿O el hijo del hombre para que lo visites?” ¡Como si el hombre no fuera podredumbre, y el hijo del hombre un gusano! Ahora bien, ¿por qué, piensas tú, les ha dado encargo sobre ti? — ¡Para guardarte!
~San Bernardo de Claraval

 


Reflexión:

“Cuídense de no despreciar a uno de estos pequeños, porque les digo que sus ángeles en el cielo ven continuamente el rostro de mi Padre celestial” (Mateo 18,10).

Jesús pronuncia estas palabras inmediatamente antes de enseñar la Parábola de la oveja perdida, que muestra el profundo amor de Jesús por cada persona, por cada uno de los “pequeños”. No solo busca a la oveja perdida y descarriada, también les da a cada uno sus propios ángeles custodios, que miran siempre el rostro de Dios y cuya única tarea es cuidarnos y llevarnos al Cielo. Son a estos seres angélicos a quienes honramos hoy.

El hecho de que cada persona tenga asignado un ángel custodio está profundamente arraigado no solo en la Sagrada Escritura, sino también en los escritos de los santos y en las enseñanzas de la Iglesia. En los Salmos leemos: “Pues a sus ángeles ha dado órdenes sobre ti, para que te guarden en todos tus caminos. En sus manos te llevarán, para que tu pie no tropiece en piedra” (Salmo 91,11–12). San Jerónimo, al comentar el pasaje del Evangelio de Mateo antes citado, dice: “El valor de las almas es tan grande que desde el nacimiento cada una tiene un ángel asignado para su protección.” Santo Tomás de Aquino afirma: “A cada hombre le ha sido designado un ángel custodio. Esto se fundamenta en el hecho de que la custodia de los ángeles pertenece a la ejecución de la Providencia divina sobre los hombres” (Suma Teológica I, 113,2). Más recientemente, el Papa San Juan Pablo II enseñó, en una Audiencia General el 6 de agosto de 1986: “Dios ha confiado a los ángeles un ministerio en favor de los hombres. Por lo tanto, la Iglesia confiesa su fe en los ángeles custodios, venerándolos en la liturgia con una fiesta apropiada y recomendando el recurso a su protección mediante la oración frecuente, como en la invocación ‘Ángel de Dios’.” Finalmente, el Catecismo de la Iglesia Católica, citando a San Basilio, dice: “Al lado de cada creyente está un ángel como protector y pastor que lo conduce a la vida” (CIC #336).

Aunque la realidad de los ángeles custodios suele presentarse a los niños como un consuelo cuando enfrentan temores, los ángeles custodios son para todos nosotros, y no debemos olvidarnos de los nuestros. Los ángeles no son solo intercesores, son mediadores. Esto significa que Dios les confía su poder divino, para actuar en su nombre y en su lugar, para transmitir su gracia, revelar su Verdad, guiarnos por el camino correcto y protegernos del mal. Aunque Dios es plenamente capaz de distribuir su gracia directamente, es su voluntad que todo lo que nos concede llegue a nosotros a través de mediadores que son instrumentos que cooperan con su plan divino.

La memoria que celebramos hoy no se convirtió en una fiesta universal hasta finales del siglo XVII, cuando el Papa Clemente X la incluyó en el Calendario Romano. El Papa León XIII elevó la fiesta y subrayó su importancia a finales del siglo XIX. En esa misma época compuso la oración a “San Miguel Arcángel” y ordenó que se rezara al final de cada Misa. La fiesta de los Arcángeles se celebra el 29 de septiembre, y unos días después, la memoria de todos los ángeles custodios. Estas dos celebraciones subrayan el hecho de que Dios utiliza a algunos ángeles para fines específicos que afectan a todos los hombres, y que utiliza a los ángeles custodios para cuidar de cada una de nuestras necesidades concretas.

Basándose en el Antiguo y Nuevo Testamento, en las enseñanzas de los primeros Padres de la Iglesia y en la doctrina detallada de Santo Tomás de Aquino, la Iglesia acepta en general que hay una jerarquía de ángeles compuesta por nueve coros, divididos en tres tríadas. La primera tríada está formada por los Serafines, Querubines y Tronos. Su deber es exclusivamente el servicio a Dios, adorándolo continuamente. La segunda tríada está compuesta por las Dominaciones, Virtudes y Potestades. Estos tres coros tienen la tarea de gobernar el universo creado. La tercera tríada está compuesta por las Principados, Arcángeles y Ángeles. Estos seres están más cercanos a la humanidad y actúan como mediadores entre Dios y el hombre. Así, aunque Santo Tomás definió a los ángeles custodios como el coro más bajo, esto debe entenderse únicamente en el sentido de que su preocupación directa es el cuidado de la humanidad. Sin embargo, ellos contemplan continuamente la Visión Beatífica.

En cuanto a la función de los ángeles custodios, Santo Tomás de Aquino da el mayor detalle (cf. Suma Teológica I, 113). Como ya se ha mencionado, enseña que cada persona recibe un ángel al nacer. Esto significa que los ángeles custodios no están ligados al bautismo, sino a la actividad humana en este mundo, concretamente a la actividad que comienza con el nacimiento. Estos ángeles no se “reciclan”, por así decir, sino que son asignados a una sola persona, y a nadie más. Los ángeles custodios pueden actuar sobre nuestros sentidos e imaginación, inspirándonos de un modo u otro. Pueden presentar ideas a nuestra mente para dirigirnos hacia la voluntad de Dios, pero no pueden controlar nuestra voluntad. Actuando sobre nuestros sentidos, pueden hacer que sintamos lo que es correcto o incorrecto e impulsarnos a elegir bien. Actúan en contra de los ángeles caídos, o demonios, que nos tientan con razonamientos falsos y placeres sensuales. Finalmente, en el Cielo, el papel del ángel custodio de llevarnos a la salvación se completará. Santo Tomás creía que incluso en el Cielo seguirán comunicándose con nosotros y continuarán iluminándonos con la Verdad de Dios, siempre nueva y siempre más profunda.

Al honrar hoy a las huestes celestiales de los ángeles custodios, piensa en tu propio ángel. San Ignacio de Loyola, en los Ejercicios Espirituales, nos ofreció un mapa detallado de cómo se comunican con nosotros. Considera leer su sabiduría. En el Cielo, gozaremos de una relación eterna cara a cara con nuestros ángeles. Esa relación estará perfectamente impregnada del amor de Dios, y nuestra unión con ellos será irrompible. En la tierra, con frecuencia prestamos poca atención a nuestros ángeles, pero ellos siempre están atentos a nosotros. Aunque no siempre les hablemos en oración a nuestros intercesores y mediadores, procura hacerlo. Nuestros ángeles nos comunican cada día. ¿Escuchas? ¿Oyes? Procura discernir las acciones de tu ángel en tu vida, para que esta misión angélica pueda cumplirse mejor. Ten la certeza de que tienes un mediador que está delante de Dios y que no hace otra cosa que interceder por ti, trabajando continuamente para conducirte a la salvación eterna.

Oración:
Ángel de Dios, mi dulce compañía,
a quien el amor de Dios me confía;
no me desampares ni de noche ni de día,
ilumina, guarda, rige y guía. Amén.
Ángeles de Dios, rueguen por mí.
Jesús, en Ti confío.

 

3 de octubre del 2026: sábado de la vigésima sexta semana del tiempo ordinario II

  ¡Qué alegría! ¡Cuánta alegría hay en este texto! La de los discípulos, orgullosos de haber dominado a los espíritus malignos; la alegría...