4 de noviembre del 2026: miércoles de la trigésima primera semana del tiempo ordinario II- San Carlos Borromeo, obispo
Testigo de la fe:
San Carlos Borromeo, obispo (1538–1584)
«Procura predicar con tu vida y tus costumbres», recomendaba san Carlos
Borromeo a sus sacerdotes. Durante veinte años, como arzobispo de Milán, puso
en práctica con celo las decisiones del Concilio de Trento. Fundó seminarios
para la formación de los futuros sacerdotes y recorrió en tres visitas
pastorales su extensa diócesis, para conocer de cerca a las comunidades
confiadas a su cuidado.
Cuando
la peste azotó Milán, en 1576 y 1577, Carlos vivió en primera persona aquel
consejo. Visitaba a los enfermos, se detenía a consolarlos y empleó sus propios
bienes para que recibieran los cuidados que necesitaban. También junto al lecho
de los enfermos predicó el Evangelio con su vida. Murió en 1584, a los 46 años,
y el papa Pablo V lo canonizó en 1610.
El criterio absoluto
Una gran multitud sigue a Jesús, pero él va a
proponerles un criterio absoluto para seguirlo sin reservas. Les pide una
preferencia exclusiva, una exigencia que parece desmesurada.
Sin embargo, no les pide que amen menos a los
suyos. Les pide que le den el primer lugar, aun cuando serle fieles les cueste
la aprobación de quienes más quieren. Hay un gesto que comparten el hombre que
quiere construir una torre y el rey que se dispone a ir a la guerra. Antes de
decidir, ambos se sientan. También yo puedo sentarme un momento con Jesús y
preguntarle en la oración: «Señor, ¿qué tengo miedo de perder si tomo mi cruz y
camino detrás de ti?».
Primera lectura
Flp
2, 12-18
Trabajen
por su salvación, porque es Dios quien activa el querer y el obrar
Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.
QUERIDOS hermanos, ya que siempre han obedecido, no solo cuando yo estaba
presente, sino mucho más ahora en mi ausencia, trabajen por su salvación con
temor y temblor, porque es Dios quien activa en ustedes el querer y el obrar
para realizar su designio de amor.
Cualquier cosa que hagan sea sin protestas ni discusiones, así serán
irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación
perversa y depravada, entre la cual brillan como lumbreras del mundo,
manteniendo firme la palabra de la vida. Así, en el Día de Cristo, esa será mi
gloria, porque mis trabajos no fueron inútiles ni mis fatigas tampoco. Y si mi
sangre se ha de derramar, rociando el sacrificio litúrgico que es su fe, yo
estoy alegre y me asocio a su alegría; por su parte estén alegres y alégrense
conmigo.
Palabra de Dios.
Salmo
Sal
26, 1bcde. 4. 13-14 (R.: 1b)
R. El Señor es mi
luz y mi salvación.
V.
El Señor es mi luz y mi salvación,
¿a quién temeré?
El Señor es la defensa de mi vida,
¿quién me hará temblar? R.
V. Una cosa pido al
Señor,
eso buscaré:
habitar en la casa del Señor
por los días de mi vida;
gozar de la dulzura del Señor,
contemplando su templo. R.
V.
Espero gozar de la dicha del Señor
en el país de la vida.
Espera en el Señor, sé valiente,
ten ánimo, espera en el Señor. R.
Aclamación
R. Aleluya, aleluya,
aleluya.
V. Si los ultrajan por
el nombre de Cristo, bienaventurados
ustedes, porque el Espíritu de Dios reposa sobre ustedes. R .
Evangelio
Lc
14, 25-33
Aquel
que no renuncia a todos sus bienes no puede ser discípulo mío
Lectura del santo Evangelio según san Lucas.
EN aquel tiempo, mucha gente acompañaba a Jesús; él se volvió y les dijo:
«Si alguno viene a mí y no pospone a su padre y a su madre, a su mujer y a sus
hijos, a sus hermanos y a sus hermanas, e incluso a sí mismo, no puede ser
discípulo mío.
Quien no carga con su cruz y viene en pos de mí, no puede ser discípulo mío.
Así, ¿quién de ustedes, si quiere construir una torre, no se sienta primero a
calcular los gastos, a ver si tiene para terminarla?
No sea que, si echa los cimientos y no puede acabarla, se pongan a burlarse de
él los que miran, diciendo:
“Este hombre empezó a construir y no pudo acabar”.
¿O qué rey, si va a dar la batalla a otro rey, no se sienta primero a deliberar
si con diez mil hombres podrá salir al paso del que lo ataca con veinte mil?
Y si no, cuando el otro está todavía lejos, envía legados para pedir
condiciones de paz.
Así pues, todo aquel de entre ustedes que no renuncia a todos sus bienes no
puede ser discípulo mío».
Palabra del Señor.
¿Me dejas sentarme contigo?
Queridos hermanos y hermanas,
¿Se fijaron en lo primero que hacen los dos
personajes del Evangelio? El hombre que quiere levantar una torre se sienta a
calcular cuánto le va a costar. El rey que ve venir un ejército más numeroso
también se sienta. Es curioso que Jesús, en medio de una multitud que va
caminando, hable de dos hombres que se detienen. Quizá también a nosotros nos
haga bien sentarnos un momento con él y hacerle una pregunta sincera. «Señor,
¿qué tengo miedo de perder si te sigo hasta el final?».
Jesús nombra a las personas que más queremos. Habla
del padre y de la madre, del esposo o la esposa, de los hijos. Nos pide que lo
prefiramos incluso a nuestra propia vida y que estemos dispuestos a renunciar a
cuanto poseemos. ¿Cómo se vive una palabra tan exigente dentro de una familia?
Pensemos en dos hermanos que llevan años sin
hablarse por un pedazo de tierra. Un día, uno de ellos cae enfermo. Al otro le
llegan noticias y le dan ganas de visitarlo. Pero recuerda la última discusión
y se imagina lo que dirán en casa si es él quien da el primer paso. Ahí mismo
se decide qué lugar ocupa Jesús en su vida. Tal vez cargar hoy con su cruz
empiece por recorrer el camino hasta aquella casa, tocar la puerta y preguntar
«Hermano, ¿me dejas sentarme un rato contigo?».
San Pablo les recuerda a los filipenses que Dios
obra en ellos tanto el querer como el actuar. ¡Qué consuelo para quien desea
dar ese paso y todavía vacila! Hasta esas ganas tímidas de ir a ver al hermano
pueden ser ya obra de Dios. Podemos rezar con lo poco que tenemos en el
corazón. «Señor, tú sabes que todavía me duele. Dame valor para acercarme». Y
después de rezar, ponerse en camino.
San Carlos Borromeo aconsejaba a sus sacerdotes que
predicaran con su vida. Cuando la peste azotó Milán, él mismo visitó y consoló
a los enfermos y destinó sus bienes a socorrerlos. A mí, como sacerdote, su
ejemplo me deja una pregunta muy concreta. ¿Quién estará esperando estos días
que vaya a llevarle la comunión?
Hermanos, este miércoles ofrecemos la Eucaristía por
nuestros enfermos. El salmista pide vivir en la casa del Señor todos los días
de su vida. ¡Cuántos quisieran hoy volver a su capilla, sentarse en su lugar de
siempre y comulgar con su comunidad! Pensemos un momento en uno de ellos.
Digamos su nombre en silencio. Y si hoy el cansancio o el dolor apenas le
permiten rezar, prestémosle nuestra voz para decir con él «El Señor es mi
luz y mi salvación».
Señor Jesús, te pedimos la salud de nuestros
enfermos. Alivia a quien tiene dolor, acompaña a quien espera un diagnóstico y
concede descanso a quien pasó la noche cuidando a un ser querido. Por
intercesión de María, salud de los enfermos, y de san Carlos Borromeo, abre
nuestros ojos para reconocer a quien necesita compañía. Y si hoy podemos
visitarlo, danos la delicadeza de arrimar una silla, escucharlo y quedarnos un
rato con él. Amén.
2
El costo de ser discípulo
Queridos hermanos y hermanas,
Una gran multitud camina con Jesús. En un momento
del camino, él se vuelve y les habla. Vale la pena recordar hacia dónde van.
Jesús ha salido de Galilea y sube a Jerusalén, donde entregará su vida. San
Lucas dedica casi diez capítulos a ese viaje, a las enseñanzas de Jesús y a los
signos que realiza. Hoy, mientras la gente camina a su lado, el Señor quiere
que cada uno comprenda lo que supone llegar con él hasta el final. Por eso
repite tres veces una frase que nos obliga a detenernos. «No puede ser mi
discípulo».
La primera exigencia toca lo más entrañable de
nuestra vida. Jesús habla del padre y de la madre, de la esposa y de los hijos,
de los hermanos y hasta de la propia vida. Algunas traducciones de san Lucas
conservan una palabra que nos desconcierta, el verbo «odiar». ¿Cómo entenderla
en labios de quien nos enseñó a amar incluso a nuestros enemigos? En esta
manera bíblica de hablar, la expresión indica a quién damos la preferencia. San
Mateo recoge la enseñanza con palabras más familiares. «El que ama a su padre o
a su madre más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10, 37).
Jesús nos pide que pongamos en orden nuestros
amores. Y eso se aprende en casa. Pensemos en quien cuida a un ser querido que,
por su enfermedad, ya casi no puede conversar. ¡Cuánto se echa de menos la voz
de antes, el consejo, la risa compartida! Y, sin embargo, allí sigue el hijo,
la esposa o el hermano, hablándole con ternura. Cuando dejamos que Cristo ocupe
el primer lugar, hasta nuestro cariño más humano aprende de él a seguir dando,
también cuando el otro apenas puede responder.
La segunda exigencia es cargar con la propia cruz y
caminar detrás de Jesús. En aquel tiempo, ver a un hombre cargar la cruz era
ver a un condenado llevar sobre los hombros el instrumento de su ejecución.
Nosotros la veneramos en nuestras iglesias y la besamos el Viernes Santo.
Cuánto cuesta abrazarla cuando ser fiel a la palabra dada nos trae burlas,
cuando hay que romper con un pecado querido o perdonar a quien de veras nos ha
herido. Entonces podemos hacer nuestra la confesión de san Pablo. «Ya no vivo
yo, sino que Cristo vive en mí» (Gál 2, 20).
Jesús nos pide también que nos sentemos a
considerar el costo. El hombre que quiere construir una torre calcula si le
alcanzará para terminarla. El rey que dispone de diez mil hombres considera si
puede enfrentar a quien viene con veinte mil o si debe negociar la paz. Y Jesús
lleva la reflexión hasta nuestros propios bienes. ¿Qué estoy dispuesto a poner
en sus manos cuando pase el entusiasmo del primer día? San Carlos Borromeo tuvo
que responder a esa pregunta durante la peste de Milán. Visitó a los enfermos,
los consoló y empleó sus propios bienes en socorrerlos. Quienes padecían la
peste pudieron reconocer el Evangelio en la manera en que su obispo se acercaba
a ellos.
Quizá alguno piense al escuchar todo esto «Señor, a
mí me faltan las fuerzas». A ese hermano le hace bien la primera lectura. Pablo
les recuerda a los filipenses que Dios mismo obra en nosotros el querer y el
actuar. Podemos pedirle hasta las ganas de hacer el bien cuando el
cansancio nos las ha quitado. Y hoy el salmo nos presta una oración que cabe en
el silencio de una habitación de hospital. «El Señor es mi luz y mi
salvación».
Hagamos un momento de silencio y digamos ante Jesús
el nombre del enfermo por quien ofrecemos esta Eucaristía. Pidamos su curación,
el alivio de su dolor y el descanso de quienes lo cuidan. Tal vez, al
pronunciar ese nombre, recordemos también una visita pendiente o a alguien a
quien podríamos relevar esta noche. Pidámosle al Señor la gracia de hacerlo.
Señor mío, tú que entregaste tu vida por amor,
llamas a tus discípulos a amarte sobre todas las cosas para que compartamos
plenamente tu camino hacia Jerusalén y entreguemos nuestra vida contigo y en
ti, por nosotros mismos y por los demás. Vive en mí. Concédeme la gracia de
cargar con mi cruz y seguirte sin llevar la cuenta de lo que doy. Llévame
contigo hasta lo más hondo de ese amor puro y santo con que te ofreciste por
nosotros. Jesús, en ti confío. Amén.
4 de noviembre:
San Carlos Borromeo, obispo — Memoria
1538–1584
Patrono de: huertos de manzanos, obispos, redactores del catecismo, catequistas, catecúmenos, seminaristas, fabricantes de almidón y directores espirituales.
Invocado contra: dolores abdominales, cólicos, enfermedades del estómago y úlceras.
Canonizado por: el Papa Paulo V el 1 de noviembre de 1610.
Cita:
Carísimos hermanos:
Si examinan atentamente lo que está escrito en la Antigua Ley sobre la excelencia y pureza de los sacerdotes y demás ministros del altar, y sobre la limpieza exterior del cuerpo, comprenderán con claridad cuán más excelentes y puros, cuán más libres de toda mancha y defecto, tanto del cuerpo como —más aún— del alma, deben ser los ministros y sacerdotes de la Ley del Evangelio.
Porque si comparamos el santísimo sacrificio de la Nueva Ley —el sacrificio del Cordero inmaculado, el sacrificio del Hijo de nuestro Dios y Señor ofrecido cada día en el altar a Dios Padre por nuestros pecados— con aquellas víctimas irracionales sacrificadas en el Templo de Salomón en días determinados, ¿qué otra cosa es sino comparar la sombra con la realidad, la oscuridad con la luz, la tierra con el cielo, o más aún, los animales brutos con el Dios de los dioses, nuestro Salvador Jesucristo?
~ San Carlos Borromeo, a los sacerdotes recién ordenados
Reflexión
Carlos Borromeo nació en el Castillo de Arona, en el Ducado de Milán, dentro de una familia noble e influyente del norte de Italia. Su padre era el Conde de Arona, y su madre pertenecía a la poderosa familia Medici. Carlos fue el segundo de seis hijos. En las familias nobles de entonces, el primogénito heredaba los títulos y bienes, mientras que los demás hijos solían encaminarse a la vida eclesiástica, ocupando cargos como obispos o abades.
Cuando Carlos tenía siete años, comenzó el Concilio de Trento (1545), convocado para responder a la Reforma protestante y corregir los abusos dentro de la Iglesia. A los ocho años, su tío materno Juan Ángel Medici fue nombrado obispo y, tres años después, cardenal. Al cumplir nueve años, Carlos perdió a su madre; su padre volvió a casarse, y luego de enviudar, se casó nuevamente. A los doce años, Carlos recibió la tonsura, paso que lo encaminó oficialmente hacia la vocación eclesiástica.
Al mismo tiempo, otro de sus tíos le concedió el título de abad titular de los santos Gratiniano y Felino de Arona, cargo honorífico que le proporcionaba una renta estable. Con esos ingresos fue enviado a Milán para iniciar sus estudios de humanidades. A los dieciséis ingresó en la Universidad de Pavía, donde estudió derecho canónico y civil.
En 1558, a los diecinueve años, murió su padre. Carlos asumió la ardua tarea de ordenar la herencia familiar para que su hermano mayor pudiera ocupar el título de conde. Al concluir, su hermano Federico Borromeo asumió el condado, y Carlos regresó a Pavía, donde obtuvo su doctorado en derecho civil y canónico el 6 de diciembre de 1559.
Poco después, su vida dio un giro inesperado. En agosto de 1559 murió el Papa Paulo IV, y entre los cardenales electores se encontraba su tío Juan Ángel Medici, quien fue elegido Papa el día de Navidad de 1559, tomando el nombre de Pío IV.
El joven Carlos, con apenas 21 años, fue llamado a Roma por su tío, quien lo nombró cardenal, a pesar de que aún no era sacerdote. En una de las manifestaciones más claras del nepotismo eclesiástico de la época, el Papa confió a su sobrino múltiples responsabilidades: Secretario de Estado, administrador de la arquidiócesis de Milán, administrador de los Estados Pontificios y legado papal, entre otros cargos.
Durante los siguientes cuatro años, el cardenal Borromeo trabajó intensamente y con responsabilidad, ganándose el respeto de muchos. Sin embargo, su verdadero interés estaba en concluir el Concilio de Trento, que había comenzado cuando él era niño. Convenció a su tío el Papa para que reanudara las sesiones, y así se celebraron las últimas siete entre 1562 y 1563. Aunque no pudo participar como obispo —pues aún no lo era—, desempeñó un papel decisivo tras bastidores, gracias a su formación jurídica y a su influencia en la curia romana.
En noviembre de 1562, una tragedia marcó su vida: su hermano Federico, el conde de Arona, murió repentinamente sin dejar descendencia. La familia Borromeo, sin heredero varón, estaba destinada a desaparecer. Por ello, muchos le suplicaron a Carlos que renunciara a la vida eclesiástica, regresara al estado laical, se casara y continuara el linaje familiar. Incluso el propio Papa Pío IV, su tío, lo alentó a hacerlo.
Pero en este momento de crisis, Carlos tomó la decisión que definiría su vida: consagrarse definitivamente a Dios. En secreto fue ordenado sacerdote, sin que el Papa lo supiera. Cuando su tío lo descubrió, aunque al principio se sintió decepcionado, acabó por respetar su decisión.
Carlos celebró su primera Misa en la solemnidad de la Asunción de María, en la Basílica de San Pedro, junto al sepulcro de los apóstoles. Tres meses después fue ordenado obispo en la Capilla Sixtina y, cinco meses más tarde, fue nombrado arzobispo de Milán, con apenas 25 años.
Reforma pastoral y celo apostólico
Aunque permaneció un tiempo en Roma, ayudando a implementar los decretos del Concilio de Trento, su corazón estaba ya en Milán. Allí encontró una arquidiócesis espiritualmente decaída, sin arzobispo residente durante casi ochenta años. Muchos sacerdotes estaban mal formados, los monasterios vivían con laxitud, la liturgia carecía de reverencia y el pueblo había abandonado en gran parte la práctica de la fe.
Durante diecinueve años, San Carlos se entregó con celo a una profunda reforma eclesial:
- Fundó seminarios para la formación integral de los futuros sacerdotes.
- Impulsó la catequesis de niños, jóvenes y adultos, creando la Cofradía de la Doctrina Cristiana.
- Promovió la reverencia litúrgica y la devoción a los sacramentos.
- Reavivó la vida religiosa y devolvió a los monasterios su espíritu original.
- Visitó personalmente todas las parroquias de su vastísima arquidiócesis, incluso las más lejanas.
- Distribuyó su fortuna entre los pobres y llevó una vida austera, de oración, penitencia y servicio.
Durante la peste que asoló Milán, no huyó ni se escondió, sino que se quedó para asistir a los enfermos, organizando hospitales y procesiones de penitencia. Caminaba descalzo por las calles llevando el Santísimo Sacramento para bendecir a los moribundos. Su testimonio conmovió a toda la ciudad, que redescubrió la fe bajo su guía.
Fruto del Concilio y ejemplo de santidad
San Carlos Borromeo encarnó el espíritu del Concilio de Trento. Si en un inicio había sido ejemplo del nepotismo y del privilegio eclesiástico, su conversión lo transformó en modelo de obispo santo, reformador y pastor.
Rechazó la comodidad del poder para abrazar el sacrificio del servicio. Donde antes había nobleza, ahora había humildad; donde hubo lujo, ahora había oración; donde hubo autoridad, ahora hubo obediencia y caridad.
Su celo pastoral y su amor por Cristo renovaron la Iglesia de Milán, inspirando a muchas diócesis de Europa. Por eso fue llamado “el obispo del Concilio de Trento hecho carne”.
Aplicación espiritual
Celebrar a San Carlos Borromeo es reconocer que la reforma de la Iglesia empieza en el corazón. Cada familia, cada comunidad, cada creyente está llamado a purificarse, a reencontrarse con su vocación, a revisar hábitos y prioridades.
La conversión no es solo para los demás: comienza en nosotros. Reformar la Iglesia exterior sin reformar la interior —la del alma— sería inútil.
Siguiendo su ejemplo, renovemos la fe en nuestras familias, en nuestros compromisos, en nuestras parroquias.
Seamos, como él, peregrinos de la esperanza: pastores unos de otros, reformadores de nuestra propia alma, servidores del Evangelio.
Oración
San Carlos Borromeo, tú naciste en medio del privilegio,
pero al ser ordenado te hiciste pobre de espíritu y siervo de Cristo.
Ruega por nosotros, para que sigamos tu ejemplo de entrega y reforma.
Enséñanos a trabajar por la renovación de la Iglesia,
comenzando por nuestro propio corazón y por nuestra familia.
Que todo lo que hagamos sea para la gloria de Dios
y la salvación de las almas.
San Carlos Borromeo, ruega por nosotros.
Jesús, en ti confío.


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