domingo, 2 de agosto de 2026

5 de agosto del 2024: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario- año II- Dedicación de la Basílica de Santa María Mayor


Evento sagrado del día

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor


La basílica de Santa María la Mayor es la primera de las iglesias occidentales que recibe el nombre de Santa María. Fue erigida en Roma en honor de la Madre de Jesús, a quien el Concilio de Éfeso acababa de reconocer el título de Madre de Dios (431).

 

Una pedagogía de la vida

(Jeremías 28, 1-17) La profecía optimista de Jnanías es un doble error. Políticamente, anima a Sedecías a rebelarse contra el vencedor babilónico, lo que conducirá al desastre del exilio. 

En el plano religioso, ahorra al pueblo el examen de conciencia que la derrota debería inspirarle. 

La pedagogía de Dios pretende hacernos vivir, a veces a costa de cuestionamientos dolorosos. 

Jean-Marc Liautaud, Fondacio

 


Primera Lectura

Lectura del libro de Jeremías (28,1-17):

Al principio del reinado de Sedecías en Judá, el mes quinto, Jananías, hijo de Azur, profeta natural de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de toda la gente: «Así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: «Rompo el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar todo el ajuar del templo que Nabucodonosor, rey de Babilonia, cogió y se llevó a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquín, rey de Judá, y a todos los judíos desterrados en Babilonia yo los haré volver a este lugar –oráculo del Señor–, porque romperé el yugo del rey de Babilonia.»»
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías, en presencia de los sacerdotes y del pueblo que estaba en el templo; el profeta Jeremías dijo: «Amén, así lo haga el Señor. Que el Señor cumpla tu profecía, trayendo de Babilonia a este lugar todo el ajuar del templo y a todos los desterrados. Pero escucha lo que yo te digo a ti y a todo el pueblo: «Los profetas que nos precedieron, a ti y a mi, desde tiempo inmemorial, profetizaron guerras, calamidades y epidemias a muchos países y a reinos dilatados. Cuando un profeta predecía prosperidad, sólo al cumplirse su profecía era reconocido como profeta enviado realmente por el Señor.»»
Entonces Jananías le quitó el yugo del cuello al profeta Jeremías y lo rompió, diciendo en presencia de todo el pueblo: «Así dice el Señor: «Así es como romperé el yugo del rey de Babilonia, que llevan al cuello tantas naciones, antes de dos años.»»
El profeta Jeremías se marchó por su camino. Después que el profeta Jananías rompió el yugo del cuello del profeta Jeremías, vino la palabra del Señor a Jeremías: «Ve y dile a Jananías: «Así dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, yo haré un yugo de hierro. Porque así dice el Señor de los ejércitos, Dios de Israel: Pondré yugo de hierro al cuello de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia; y se le someterán, y hasta las bestias del campo le entregaré.»»
El profeta Jeremías dijo a Jananías profeta: «Escúchame, Ananías; el Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por eso, así dice el Señor: «Mira: yo te echaré de la superficie de la tierra; este año morirás, porque has predicado rebelión contra el Señor.»»
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios

 

Salmo

Sal 118,29.43.79.80.95.102

R/. Instrúyeme, Señor, en tus leyes

Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu voluntad. R/.

No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. R/.

Vuelvan a mi tus fieles
que hacen caso de tus preceptos. R/.

Sea mi corazón perfecto en tus leyes,
así no quedaré avergonzado. R/.

Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. R/.

No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. R/.

 

Lectura del santo evangelio según san Mateo (14,13-21):

En aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan, el Bautista, se marchó de allí en barca, a un sitio tranquilo y apartado. Al saberlo la gente, lo siguió por tierra desde los pueblos. Al desembarcar, vio Jesús el gentío, le dio lástima y curó a los enfermos.
Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle: «Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren de comer.»
Jesús les replicó: «No hace falta que vayan, dadles vosotros de comer.»
Ellos le replicaron: «Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces.»
Les dijo: «Traédmelos.»
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y, tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor



Dar lo que recibes

 

Jesús tomando los cinco panes y los dos peces, alzó la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos hasta quedar satisfechos y recogieron doce cestos llenos de sobras. 

Mateo 14:19-20


Un aspecto importante de este milagro que es fácil pasar por alto es que Jesús multiplicó los panes y los peces por medio de sus discípulos. Lo hizo invitándolos a ayudar en la distribución de los panes y en la recolección de los fragmentos que sobraron. Esto revela que Dios a menudo nos utiliza como mediadores de sus gracias superabundantes otorgadas a otros. Aunque Dios podría derramar su misericordia directamente, la mayoría de las veces lo hace a través de otros.

Mientras reflexionas sobre este milagro, intenta verte como uno de los discípulos que fue invitado a distribuir el pan entre la gente. Si estuvieras allí y tuvieras hambre y luego te dieran pan, te sentirías tentado a comer el pan tú mismo antes de darlo a los demás. Pero Jesús les dio el pan a sus discípulos hambrientos con la instrucción de que primero lo dieran a los demás.

A veces, cuando Dios nos llama a dar su misericordia a los demás, nos volvemos egoístas. Es fácil pensar que primero debemos ocuparnos de nosotros mismos y de nuestras propias necesidades. Creemos erróneamente que solo podemos ofrecer misericordia a los demás después de que nuestras necesidades estén satisfechas. Imaginemos, por ejemplo, si al recibir el pan de Jesús, los discípulos hubieran decidido que debían comer de él primero. Luego, si había algo extra, podrían darlo a los demás. Si hubieran hecho esto, la superabundancia de la multiplicación de los panes no habría sucedido. Al final, los propios discípulos recibieron una superabundancia de alimentos, precisamente porque primero dieron lo que habían recibido.

Espiritualmente hablando, lo mismo sucede con nosotros. Cuando recibimos alimento espiritual de nuestro Señor, nuestro primer pensamiento debe ser el de darlo a los demás. Debemos ver primero todo lo que recibimos de Dios como una oportunidad para otorgar esas bendiciones a los demás. Esta es la naturaleza de la gracia. Por ejemplo, si recibimos una sensación de paz o alegría en nuestro corazón, debemos darnos cuenta de que esta paz o alegría que recibimos es un regalo que debe ofrecerse inmediatamente a los demás. Si recibimos una visión espiritual de las Escrituras, esto se nos da en primer lugar para compartirlo con los demás. Cada regalo que recibimos de Dios debe entenderse como un regalo que se nos da para que podamos compartirlo inmediatamente con los demás. La buena noticia es que cuando buscamos dar lo que hemos recibido, se nos da más y, al final, seremos mucho más ricos.

Reflexiona hoy sobre la acción de los discípulos al recibir este alimento de nuestro Señor y repartirlo inmediatamente. Imagínate a ti mismo en este milagro y considera el pan como un símbolo de cada gracia que recibes de Dios.

¿Qué has recibido que Dios quiere que distribuyas a los demás? ¿Hay gracias que has recibido y que egoístamente tratas de conservar?

La naturaleza de la gracia es que se da para dársela a los demás. Procura hacer esto con cada don espiritual que recibas y descubrirás que las gracias se multiplican hasta el punto de que recibes más de lo que jamás podrías imaginar.

 

Mi generoso Señor, Tú derramas Tu gracia y misericordia en superabundancia. Al recibir todo lo que Tú me concedes, por favor llena mi corazón de generosidad para que nunca dude en ofrecer Tu misericordia a los demás. Por favor, úsame como Tu instrumento, querido Señor, para que, a través de mí, puedas alimentar abundantemente a los demás. Jesús, confío en Ti.



5 de agosto:

Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor—

Memoria opcional (Nuestra Señora de las Nieves)

c. 352


El siglo IV fue un período significativo en la historia de la Iglesia, y el siglo V fue un período significativo en la historia de la devoción mariana. En el año 313, el emperador romano Constantino el Grande emitió el Edicto de Milán, que legalizaba el cristianismo y ponía fin a las persecuciones estatales contra los cristianos. Durante los siguientes cuarenta años, muchas personas en todo el Imperio Romano, incluidas muchas en la propia Roma, se convirtieron. La Iglesia Católica también se volvió más estructurada y el obispo de Roma comenzó a ser cada vez más reconocido como el líder de la Iglesia universal.

Mientras la Iglesia en Roma seguía encontrando su camino, la leyenda cuenta que la Madre de Dios decidió hacer su parte para ayudar. En el año 352, un rico aristócrata romano llamado Juan y su esposa, que no tenían hijos y eran cristianos fieles, querían usar su dinero para ayudar a expandir la Iglesia. Después de orar para recibir orientación, Juan tuvo un sueño en la noche del 4 de agosto de 352, en el que nuestra Santísima Madre se le apareció y le informó que quería que se construyera una iglesia en Roma en el monte Esquilino. Ella dijo que, a pesar de estar en pleno verano, caería nieve en el lugar al día siguiente. Cuando Juan se levantó el 5 de agosto, fue a ver al Papa Liberio para contarle sobre su sueño-visión. Para sorpresa de Juan, el Papa Liberio había tenido un sueño similar la noche anterior, por lo que decidieron ver si había caído nieve en el monte Esquilino. Efectivamente, a su llegada, encontraron nieve fresca en forma de cimientos para una iglesia. El Papa utilizó la nieve para delinear los cimientos y ordenó que se construyera la iglesia. Juan y su esposa usaron su dinero para pagar el proyecto, y la iglesia se llamó Basílica Liberiana, en honor al Papa Liberio.

En el siglo siguiente surgió una controversia sobre el título apropiado para la madre de Jesús. ¿Debería llamársele “la que lleva a Cristo” o “la que lleva a Dios”? En otras palabras, ¿era ella sólo la Madre de Cristo o la Madre de Dios? Nestorio, que fue arzobispo de Constantinopla entre 428 y 431, sostuvo que María era sólo la madre del lado humano de Cristo, sugiriendo que había dos personas en Cristo, una persona divina y una persona humana. El arzobispo Cirilo de Alejandría, por otro lado, sostuvo que Cristo era sólo una Persona y que Su humanidad y divinidad estaban unidas como una sola en Su personalidad. La consecuencia natural de su argumento fue que, si María era la madre de la Persona, y la Persona era Dios, entonces María era y es la Madre de Dios.

Para resolver la controversia, el emperador romano de Oriente Teodosio II convocó un concilio eclesiástico que se celebraría en Éfeso en el año 431. Tanto Nestorio como Cirilo asistieron, aunque Nestorio llegó tarde y la posición de Cirilo ganó. Nestorio fue depuesto y exiliado. El papa Celestino I aprobó la decisión del concilio, pero murió poco después. El papa Sixto III fue elegido para sucederlo en el año 432 e hizo mucho por implementar las enseñanzas del Concilio de Éfeso. Entre ellas estaba la reconstrucción y ampliación de la Basílica Liberiana y darle un nuevo nombre en honor a la Madre de Dios. El núcleo de la estructura actual de la Basílica de Santa María la Mayor en el monte Esquilino en Roma fue construido y consagrado por el papa Sixto en algún momento antes de su muerte en el año 440.

Hoy en día, Santa María la Mayor es una de las cuatro basílicas principales de Roma, junto con la Basílica de San Pedro en la Colina del Vaticano, la Basílica de San Juan de Letrán (la catedral oficial de la Diócesis de Roma) y San Pablo Extramuros.

Cada basílica tiene un significado y una historia únicos.

Santa María la Mayor contiene entre sus muros un arco de triunfo y mosaicos impresionantes en la nave, que datan del siglo V. Los mosaicos representan varias escenas bíblicas, incluidos eventos del Antiguo Testamento y la infancia de Cristo. Se encuentran entre los mosaicos cristianos más antiguos e importantes de Roma. También dentro de la basílica, bajo el altar principal, se encuentra la reliquia más sagrada de la iglesia, la madera del pesebre en el que fue colocado el niño Jesús. Otra reliquia importante es el Salus Populi Romani, un icono de la Santísima Virgen María. Según la leyenda, este antiguo icono es el primer icono que se pintó de María y fue pintado por San Lucas, el escritor del Evangelio. Desde hace siglos, como recordatorio de la leyenda de la milagrosa nevada de verano, cada 5 de agosto se dejan caer pétalos de rosas blancas sobre los fieles desde la cúpula de la Basílica.

Aunque las reliquias, la historia y las leyendas asociadas a esta antigua iglesia son inspiradoras, quizás la inspiración más duradera que podemos sacar de ella es que ha sido un lugar de culto divino durante más de 1.600 años. Desde entonces, casi todos los papas han celebrado misas allí, incontables millones de personas han rezado allí, numerosos santos han peregrinado a esa santa iglesia y nuestra Santísima Madre ciertamente ha recibido y respondido muchas oraciones dentro de esos muros.

Al celebrar la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, reflexionemos sobre nuestra propia devoción a la Madre de Dios. Recordemos especialmente a los innumerables santos que rezaron entre los muros de Santa María la Mayor y tratemos de imitar su fe y su devoción a la Madre de Dios.

 

Nuestra Señora de las Nieves, enviaste una suave y blanca nieve desde el cielo al lugar donde querías que se construyera una iglesia en tu honor. Eres la Madre de Dios, la Theotokos, y te honro y te amo como tal. Por favor, reza por mí, para que yo también pueda convertirme en un portador de Dios al llevar la presencia de tu divino Hijo a aquellos en mi vida que están más necesitados. Nuestra Señora de las Nieves, reza por mí. Jesús, confío en Ti.

sábado, 1 de agosto de 2026

2 de agosto del 2026: decimoctavo domingo del tiempo ordinario-Ciclo A

 

«Denles ustedes de comer».

(Is 55,1-3 / Sal 145(144),8-9.15-16.17-18 (R. cf. 16) / Rm 8,35.37-39 /
Mt 14,13-21)
El Evangelio nos presenta a Jesús conmovido ante una multitud hambrienta y necesitada. Con cinco panes y dos peces, el Señor alimenta a todos, pero quiere contar con la colaboración de sus discípulos: «Denles ustedes de comer». También hoy nos invita a poner en sus manos lo poco que tenemos, porque cuando se comparte con fe y amor, Él puede convertirlo en bendición abundante para muchos.


Primera lectura

Is 55, 1-3
Vengan y coman

Lectura del libro de Isaías.

ESTO dice el Señor:
«Oigan, sedientos todos, acudan por agua;
vengan, también los que no tienen dinero:
compren trigo y coman, vengan y compren,
sin dinero y de balde, vino y leche.
¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta
y el salario en lo que no da hartura?
Escúchenme atentos y comerán bien,
saborearán platos sustanciosos.
Inclinen su oído, vengan a mí:
escúchenme y vivirán.
Sellaré con ustedes una alianza perpetua,
las misericordias firmes hechas a David».

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 144, 8-9. 15-16. 17-18 (R.: cf. 16)

R. Abres tú la mano, Señor, y nos sacias.

V. El Señor es clemente y misericordioso,
lento a la cólera y rico en piedad;
el Señor es bueno con todos,
es cariñoso con todas sus criaturas.
 R.

V. Los ojos de todos te están aguardando,
tú les das la comida a su tiempo;
abres tú la mano,
y sacias de favores a todo viviente. 
R.

V. El Señor es justo en todos sus caminos,
es bondadoso en todas sus acciones.
Cerca está el Señor de los que lo invocan,
de los que lo invocan sinceramente.
 R.

 

Segunda lectura

Rom 8, 35. 37-39

Ninguna criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

HERMANOS:
¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?
Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor.

Palabra de Dios.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. 
R.

 

Evangelio

Mt 14, 13-21

Comieron todos y se saciaron

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

EN aquel tiempo, al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista se marchó de allí en barca, a solas, a un lugar desierto. Cuando la gente lo supo, lo siguió por tierra desde los poblados.
Al desembarcar vio Jesús una multitud, se compadeció de ella y curó a los enfermos. Como se hizo tarde, se acercaron los discípulos a decirle:
«Estamos en despoblado y es muy tarde, despide a la multitud para que vayan a las aldeas y se compren comida».
Jesús les replicó:
«No hace falta que vayan, denles ustedes de comer».
Ellos le replicaron:
«Si aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces».
Les dijo:
«Tráiganmelos».
Mandó a la gente que se recostara en la hierba y tomando los cinco panes y los dos peces, alzando la mirada al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos se los dieron a la gente. Comieron todos y se saciaron y recogieron doce cestos llenos de sobras. Comieron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños.

Palabra del Señor.

 

*************

 

¿Pero dónde están los peces?

En la multiplicación de los panes narrada por san Mateo, los dos peces parecen desaparecer del relato. Jesús toma los cinco panes y los dos peces, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, parte los panes y los entrega a los discípulos. Mateo concentra la atención en el pan bendecido, partido y compartido, anticipando así el misterio de la Eucaristía.

Todo comienza con la compasión de Jesús. Al ver a la multitud cansada y necesitada, cura a los enfermos y se preocupa por su alimento. Cuando los discípulos sugieren despedir a la gente, Jesús les responde: “No hace falta que vayan; denles ustedes de comer”. Esta palabra sigue interpelando a la Iglesia. No podemos permanecer indiferentes ante quienes padecen hambre de alimento, afecto, compañía, esperanza o fe.

Los discípulos reconocen su pobreza: “No tenemos aquí más que cinco panes y dos peces”. También nosotros solemos pensar que tenemos muy poco para ofrecer: escasos recursos, poco tiempo, capacidades limitadas. Pero Jesús no nos pide lo que no tenemos; nos invita a entregarle lo que somos y poseemos: “Tráiganmelos”. En sus manos, lo pequeño se convierte en abundancia.

La primera lectura contiene una invitación semejante: “Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman”. Dios ofrece gratuitamente aquello que verdaderamente alimenta. Nos pregunta por qué gastamos la vida buscando cosas que no pueden saciarnos, mientras descuidamos su Palabra, su gracia y su amistad.

Por eso proclamamos con el salmo: “Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente”. Dios abre su mano, mientras nosotros muchas veces cerramos las nuestras por temor a que no alcance. El milagro comienza cuando dejamos de retener y aprendemos a compartir. Jesús bendice y multiplica, pero confía a sus discípulos la distribución. La abundancia de Dios quiere pasar también por nuestras manos.

¿Dónde quedaron, entonces, los peces? Quedaron incluidos en la ofrenda. Una vez entregados a Jesús, dejaron de pertenecer a unos pocos y se convirtieron en alimento para todos. Lo importante no es saber exactamente cómo fueron repartidos, sino comprender que nada ofrecido con amor se pierde en las manos de Cristo.

San Pablo nos revela la fuente de esta confianza: nada podrá separarnos del amor de Cristo. Ni la dificultad, ni la angustia, ni el hambre, ni el peligro pueden vencer el amor con que Dios nos sostiene. Quien se sabe amado por Cristo puede vencer el miedo, abrir las manos y compartir.

La Eucaristía actualiza este misterio. Jesús recibe nuestra vida pobre y limitada, la une a su entrega y nos alimenta con el Pan de vida. Pero quien participa de la mesa del Señor no puede desentenderse de la mesa vacía del hermano. Comulgar con Cristo significa convertirnos también nosotros en pan compartido.

Hoy Jesús nos pregunta: “¿Qué tienen?”. Tal vez solo podamos presentarle cinco panes y dos peces: un poco de tiempo, una ayuda sencilla, una palabra de consuelo, una visita, una oración o un gesto de perdón. Puede parecernos insuficiente, pero, si lo ponemos en sus manos, Él sabrá multiplicarlo. Nada entregado por amor es demasiado pequeño para Dios.

Para la reflexión

1.    ¿En qué cosas estoy buscando saciar mi corazón, aunque sé que no pueden darme vida verdadera?

2.    ¿Cuáles son los “cinco panes y dos peces” que puedo poner hoy en las manos de Jesús?

3.    ¿Ante las necesidades de los demás, tiendo a despedirlos o escucho la invitación de Cristo: “Denles ustedes de comer”?

 

 

El cuidado providente de Dios

 

«Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Él les dijo: «Tráiganmelos». Luego mandó que la gente se sentara sobre la hierba. Tomó los cinco panes y los dos peces y, levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y se los dio a los discípulos; los discípulos, a su vez, se los dieron a la multitud. Todos comieron y quedaron satisfechos, y recogieron los pedazos que sobraron: doce canastos llenos (Mateo 14,17-20).

En los evangelios de Mateo y Marcos encontramos dos multiplicaciones milagrosas de alimentos. El Evangelio de hoy narra la primera, realizada principalmente para una multitud judía cerca del lago de Galilea. Cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños, fueron alimentados con cinco panes y dos peces, y sobraron doce canastos. Esta multiplicación es, significativamente, el único milagro de Jesús narrado por los cuatro evangelistas, lo que pone de relieve su importancia.

Mateo y Marcos relatan también una segunda multiplicación: cuatro mil personas fueron alimentadas en la región pagana de la Decápolis con siete panes y algunos peces, y sobraron siete canastos. En el primer relato, los doce canastos evocan a las doce tribus de Israel y a los doce apóstoles; en el segundo, el número siete sugiere la plenitud y la universalidad. Cristo es el Pan ofrecido a Israel y a todos los pueblos.

El primer milagro tiene lugar en un momento de profundo dolor para Jesús, pues acaba de recibir la noticia de la muerte de su primo Juan el Bautista. Jesús sabía que la muerte de Juan había ocurrido dentro de la voluntad permisiva del Padre y que, misteriosamente, serviría para su gloria. Sin embargo, esta mirada divina no eliminó su dolor humano. El dolor santo es una profunda expresión del amor ante el sufrimiento.

Precisamente porque el amor de Jesús era perfecto, su tristeza fue auténtica y profunda. Por eso decidió retirarse en una barca hacia un lugar solitario. Es hermoso comprobar que su divinidad no oscurece ni disminuye su humanidad. Con amor divino acepta la muerte de Juan y, con un corazón verdaderamente humano, guarda luto por él. En Jesús, humanidad y divinidad se unen perfectamente.

Pero, al desembarcar, encuentra una gran multitud que lo ha seguido a pie, deseosa de escuchar sus enseñanzas y recibir sus milagros. Jesús tenía motivos para aislarse; sin embargo, no se encierra en su propio dolor. Al contemplar el cansancio, la enfermedad y las heridas de aquella gente, «se compadeció de ellos y curó a sus enfermos». La compasión de Jesús no es un sentimiento superficial: nace de lo más profundo de su ser y se convierte en una acción concreta. Jesús no se limita a lamentar el sufrimiento; se acerca, cura, alimenta y devuelve la esperanza.

Al caer la tarde, los discípulos quieren despedir a la gente para que busque alimento. Jesús les responde: «No hace falta que vayan; denles ustedes de comer». Ellos reconocen su pobreza: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos peces». Pero Jesús no les reprocha la escasez; sencillamente les dice: «Tráiganmelos». Esta es también su invitación para nosotros: llevarle lo que tenemos, aunque parezca poco e insuficiente.

La primera lectura ilumina esta escena con la invitación del profeta Isaías: «Todos los sedientos, vengan por agua; los que no tienen dinero, vengan, compren y coman». Dios ofrece gratuitamente el alimento que da vida. Nos pregunta: «¿Por qué gastar dinero en lo que no alimenta y el salario en lo que no da hartura?». Con frecuencia buscamos saciar el corazón con cosas que no pueden llenarlo. El Señor, en cambio, nos llama a acercarnos, escucharlo y recibir gratuitamente su gracia.

El salmo proclama esta misma confianza: «Abres tú la mano, Señor, y sacias de favores a todo viviente». El milagro recuerda el cuidado providente de Dios durante los cuarenta años de peregrinación de Israel por el desierto, cuando cada mañana aparecía el maná necesario para la jornada. Tanto aquel acontecimiento como el Evangelio de hoy nos enseñan una verdad constante: Dios no abandona a quienes lo buscan con fe.

Esto no significa que Dios siempre responderá según nuestros planes, sino que su presencia y su amor nunca nos faltarán. Así lo afirma san Pablo en la segunda lectura: «¿Quién podrá apartarnos del amor de Cristo?». Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni el peligro podrán separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús. La providencia divina no consiste en vivir sin dificultades, sino en saber que, aun dentro de ellas, permanecemos sostenidos por un amor invencible.

La multiplicación de los panes y los peces anuncia también la Eucaristía. Jesús toma el pan, levanta los ojos al cielo, pronuncia la bendición, lo parte y lo entrega. Son los mismos gestos que realizará en la Última Cena. En la Eucaristía, Dios provee abundantemente nuestro alimento espiritual. Recibido con fe, el Cuerpo y la Sangre de Cristo fortalecen las virtudes, sanan nuestras heridas y nos preparan para la vida eterna, cuando participaremos plenamente del banquete del Reino, donde ya no habrá pecado, enfermedad, hambre ni sufrimiento.

Contemplemos hoy el cuidado entrañable de Jesús. Él mira nuestras necesidades con la misma compasión con que contempló a la multitud. Desea alimentarnos con el verdadero Pan bajado del cielo. Presentémosle lo que tenemos, aunque parezca pequeño: nuestras luchas, cansancios, oraciones, esperanzas y capacidades. En sus manos, todo puede ser bendecido y multiplicado para nuestro bien y para el bien de los demás.

El Señor no nos pide lo que no tenemos; nos pide que no guardemos egoístamente lo que sí poseemos. Los cinco panes y los dos peces parecían insuficientes, pero entregados a Cristo alimentaron a una multitud. Que este milagro despierte en nosotros una confianza más profunda en la providencia divina, un deseo más ferviente de la Eucaristía y una mayor disposición para compartir. Cristo es nuestro alimento, nuestra sanación y el anticipo de la alegría eterna.

Señor mío, presente en la Eucaristía, este don supera cuanto puedo comprender. Así como la multitud quedó admirada ante la multiplicación de los panes y los peces, concédeme descubrir con asombro el misterio de tu presencia y de tu cuidado providente. Recibe lo poco que soy y tengo, multiplícalo según tu voluntad y llena mi corazón de confianza, generosidad y gratitud. Jesús, confío en ti.

 

viernes, 31 de julio de 2026

1 de agosto del 2026: sábado de la decimoséptima semana del tiempo ordinario-II-Memoria obligatoria de San Alfonso María de Ligorio, Obispo y Doctor de la Iglesia


Testigo de la fe:

San Alfonso María de Ligorio

1696-1787.

«Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor a Dios consiste en hacer su voluntad», escribía el fundador de la Congregación de los Redentoristas. Proclamado doctor de la Iglesia, fue un gran teólogo moral, un predicador incansable y un pastor cercano a los pobres y a las personas más abandonadas. Obispo solícito y hombre de oración, enseñó una moral cristiana fundada no en el miedo, sino en la misericordia, la rectitud de conciencia y la confianza en Dios. Sus escritos, especialmente sobre la oración, el amor a Cristo y la Virgen María, continúan iluminando la vida espiritual de numerosos creyentes.

 


Una muerte injusta

(Jr 26,11-16.24 / Sal 69(68),15-16.30-31.33-34 (R. cf. 14) /
Mt 14,1-12)
Juan el Bautista, el más grande de los profetas, muere miserablemente en el fondo de una prisión, víctima de una sórdida historia de juramentos, venganza y cobardía. Herodes sabe que Juan es un hombre justo, pero prefiere salvar su imagen ante los invitados antes que salvar la vida de un inocente. Así, el miedo al juicio de los demás termina siendo más fuerte que la voz de la conciencia.

La primera lectura nos presenta también al profeta Jeremías amenazado de muerte por haber anunciado fielmente la Palabra de Dios. Pero Jeremías no se acobarda: recuerda al pueblo y a sus dirigentes que deben corregir su conducta y escuchar al Señor. Su fidelidad valiente termina conmoviendo a las autoridades, que reconocen que no merece la muerte. También Juan el Bautista se había atrevido a decirle la verdad al rey: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». La verdad incomoda, sobre todo cuando denuncia el pecado y llama a la conversión.

El salmo se convierte entonces en la oración de todos aquellos que sufren injustamente: «Por tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o abandonado, pero nunca queda olvidado ante los ojos de Dios. El Señor escucha el clamor de los pobres y no abandona a quienes permanecen fieles.

Esta Palabra nos interroga: ¿sabemos escuchar la verdad cuando incomoda nuestras costumbres? ¿Tenemos el valor de defender lo que es justo, incluso cuando esto tiene un precio? Pidamos al Señor la fortaleza de Jeremías y de Juan el Bautista: una fe libre, una palabra sincera y una conciencia que nunca se deje comprar por el miedo, el interés o la opinión de los demás.

G.Q

 

1

 

Queridos hermanos:

La Palabra de Dios de hoy nos pone ante una realidad dolorosa: muchas veces, quien dice la verdad termina incomodando, siendo rechazado e incluso perseguido. Jeremías, en la primera lectura, es acusado y amenazado de muerte por haber anunciado con fidelidad la palabra del Señor. Juan el Bautista, en el Evangelio, muere injustamente por haber denunciado el pecado de Herodes. Ambos son profetas que no acomodan el mensaje de Dios a los intereses de los poderosos.

Jeremías no se defiende con violencia ni intenta suavizar lo que ha dicho. Simplemente afirma: «El Señor me envió a profetizar». Su conciencia está tranquila porque no habló por capricho, sino por obediencia a Dios. Y añade una invitación a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras; escuchen la voz del Señor». El verdadero profeta no busca condenar, sino abrir caminos de regreso. La palabra puede ser dura, pero su finalidad es salvar.

Juan el Bautista también tuvo el valor de decirle a Herodes: «No te es lícito tener a la mujer de tu hermano». Esa verdad le costó la cárcel y finalmente la vida. Herodes sabía que Juan era justo, pero fue débil. Prefirió conservar su prestigio ante los invitados antes que escuchar la voz de su conciencia. Un juramento imprudente, el miedo al qué dirán y la manipulación de Herodías condujeron a la muerte de un inocente.

Aquí aparece una advertencia muy actual: cuando una persona vive pendiente de la aprobación de los demás, puede terminar traicionando sus convicciones. Herodes no fue capaz de reconocer su error. Por orgullo, convirtió una promesa equivocada en una injusticia mayor. También nosotros debemos aprender que nunca estamos obligados a cumplir una palabra cuando su cumplimiento implica hacer el mal. La fidelidad a Dios y al bien está por encima del orgullo personal.

El salmo recoge el clamor de quienes sufren injustamente: «En tu gran amor, respóndeme, Señor». El justo puede ser humillado, perseguido o rechazado, pero no está abandonado. Dios escucha el grito del pobre y sostiene a quienes permanecen fieles. Jeremías fue salvado de la muerte; Juan Bautista perdió la vida terrena, pero su testimonio quedó para siempre como luz para la Iglesia. Ante Dios, ninguna fidelidad es inútil y ningún sacrificio hecho por la verdad queda olvidado.

En este contexto celebramos la memoria de san Alfonso María de Ligorio, obispo, doctor de la Iglesia y fundador de los Redentoristas. Él escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta frase resume muy bien el mensaje de hoy. Jeremías hizo la voluntad de Dios aunque fuera amenazado. Juan Bautista hizo la voluntad de Dios aunque le costara la vida. San Alfonso dedicó su existencia a anunciar la misericordia, a formar las conciencias y a acercar el Evangelio a los pobres y abandonados.

San Alfonso comprendió que la moral cristiana no puede reducirse al miedo, al castigo o a una colección de prohibiciones. Debe conducir a una conciencia recta, iluminada por la verdad y sostenida por la misericordia. Una conciencia bien formada no se vende, no se acomoda al poder y no actúa únicamente para quedar bien ante los demás. Es capaz de reconocer el pecado, pedir perdón y volver a comenzar.

Al hacer también memoria de la Virgen María en sábado, encontramos en ella el modelo perfecto de quien escucha y cumple la voluntad de Dios. María no hizo ruido, no buscó reconocimiento ni poder. Su respuesta fue sencilla y total: «Hágase en mí según tu palabra». Allí donde Herodes se dejó dominar por la opinión de los demás, María se dejó conducir por la voz de Dios. Allí donde unos reaccionaron con violencia frente a la verdad, ella acogió la Palabra, la guardó en su corazón y permaneció fiel incluso al pie de la cruz.

Pidamos hoy tres gracias. Primero, una conciencia recta, capaz de distinguir el bien del mal sin dejarnos manipular por la presión social. Segundo, valentía para decir y vivir la verdad con caridad, sin agresividad, pero también sin cobardía. Y tercero, humildad para reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores.

Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar la voluntad de Dios y a confiar siempre en su misericordia. Que san Juan Bautista nos conceda valentía profética. Que el profeta Jeremías nos ayude a permanecer firmes en medio de las dificultades. Y que la Virgen María forme en nosotros un corazón disponible, obediente y fiel, capaz de responder cada día: «Hágase en mí según tu palabra». Amén.

 

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Una caridad fiel hasta la muerte

 

«Herodes había mandado prender a Juan, lo había encadenado y lo había metido en la cárcel por causa de Herodías, la mujer de su hermano Filipo, porque Juan le decía: “No te es lícito tenerla”. Aunque quería matarlo, temía a la gente, porque tenían a Juan por profeta» (Mt 14,3-5).


San Juan Bautista fue firme y valiente en su predicación, humilde ante Dios y fiel a la verdad que proclamaba. Sin embargo, estas virtudes no lo libraron de caer en manos de Herodes, un hombre moralmente débil, políticamente temeroso e incapaz de arrepentirse. Al final, Herodes no solo encarceló a Juan, sino que, manipulado por Herodías y por su hija, terminó ordenando su muerte.

La primera lectura nos presenta una situación semejante. El profeta Jeremías también es perseguido y amenazado de muerte por anunciar la palabra del Señor. Los sacerdotes y los falsos profetas dicen: «Este hombre es reo de muerte». Pero Jeremías no retrocede ni acomoda su mensaje para salvarse. Con serenidad responde: «El Señor me envió a profetizar todas estas palabras». Y vuelve a llamar a todos a la conversión: «Mejoren su conducta y sus obras, escuchen la voz del Señor».

Jeremías y Juan Bautista tienen algo esencial en común: no hablan movidos por el odio, la ambición o el deseo de condenar. Hablan porque aman a Dios y porque aman también a aquellos a quienes corrigen. La verdadera caridad no consiste siempre en callar para evitar problemas. A veces amar significa advertir, denunciar el pecado y llamar a la conversión, aunque esa palabra incomode o tenga un precio.

¿Quién fue entonces el vencedor en el Evangelio? Desde una mirada puramente humana, parecería que Herodes triunfó: conservó el poder, silenció al profeta y mandó cortar su cabeza. Juan, en cambio, fue encarcelado, humillado y martirizado. Pero la verdadera victoria perteneció a Juan. Su triunfo no consistió en escapar del sufrimiento, sino en permanecer fiel a la verdad, a la voluntad de Dios y al deseo de salvación para el mismo Herodes.

Juan no corrigió al rey para humillarlo, sino porque quería salvar su alma. Su valentía nació de la caridad. Sabía que el pecado de Herodes lo alejaba de Dios y, por eso, se atrevió a decirle: «No te es lícito». Esa caridad sacrificial lo llevó a hablar con firmeza, incluso a costa de su propia vida.

También Jeremías está dispuesto a entregar su vida. Dice a sus acusadores: «Yo estoy en sus manos; hagan conmigo lo que les parezca bueno y justo». Pero les advierte que, si lo matan, derramarán sangre inocente. El profeta no se aferra desesperadamente a su existencia; se confía al Señor y permanece fiel a la misión recibida.

El salmo recoge la oración de quien sufre por causa de la verdad: «Que me escuche tu gran bondad, Señor». El justo se siente hundido en el fango, agotado de gritar y perseguido sin motivo. Sin embargo, no pierde la confianza. Sabe que Dios escucha a los pobres, no desprecia a sus cautivos y no abandona a quienes sufren por permanecer fieles.

A la muerte de Juan Bautista, Jesús sintió un dolor profundo. La pérdida fue verdadera y dolorosa, aunque no fue un dolor desesperado. Los discípulos de Juan también recogieron su cuerpo, lo sepultaron y fueron a comunicarle la noticia a Jesús. Lo lloraron porque lo amaban. Juan había transformado muchas vidas y había preparado el camino para el ministerio del Mesías. De él dijo Jesús: «No ha nacido de mujer uno más grande que Juan el Bautista».

Después de tantos siglos, quizá nos cueste percibir la profundidad de aquel dolor. Pero la herida fue grande porque también había sido grande el amor. Las personas arrogantes y egoístas suelen desaparecer rápidamente de la memoria. En cambio, cuando una vida irradia santidad, inspira por su sencillez y transforma los corazones por medio de la verdad, su ausencia se siente profundamente.

El mayor dolor humano fue el sufrimiento compartido por el Sagrado Corazón de Jesús y el Corazón Inmaculado de María. Su amor era perfecto y, por eso, también fue inmensa su capacidad de sufrir. Sus corazones fueron atravesados no solamente por un dolor personal, sino también por el peso del pecado de toda la humanidad.

Por eso, la muerte de Juan no fue absurda. Fue dolorosa e injusta, pero estuvo llena de sentido. Murió por la verdad, por la caridad y por el Mesías. Murió como un hombre profundamente amado, cuya vida había tocado a muchos. No murió dominado por el resentimiento ni por la confusión, sino con valentía, compasión y fidelidad. Su ministerio había sido fecundo, pero el testimonio de su martirio, sostenido por la gracia, resultó aún más poderoso.

En este día celebramos también la memoria de san Alfonso María de Ligorio, quien escribió: «Toda la santidad consiste en amar a Dios, y todo el amor de Dios consiste en hacer su voluntad». Esta afirmación ilumina perfectamente la vida de Jeremías y de Juan Bautista. Ambos amaron a Dios haciendo su voluntad, no solo cuando era consoladora, sino también cuando implicaba rechazo, persecución y sufrimiento.

San Alfonso dedicó su vida a anunciar la misericordia de Dios y a formar las conciencias. Nos recuerda que la verdad cristiana nunca debe separarse de la caridad. La verdad sin amor puede convertirse en dureza; pero una falsa caridad que calla ante el mal termina convirtiéndose en complicidad. Juan Bautista une ambas cosas: dice la verdad con valentía porque ama.

Y al hacer memoria de María en sábado, contemplamos a la Virgen como modelo de fidelidad silenciosa. María también permaneció junto a la cruz cuando todo parecía perdido. No huyó ante el sufrimiento ni dejó de confiar. Su corazón, lleno de amor, aceptó el dolor sin desesperación y permaneció unido a la voluntad de Dios.

Cada uno de nosotros está llamado a imitar, a su manera, a san Juan Bautista: con valentía, humildad y fidelidad. Estamos llamados a vivir una caridad que se hace sacrificio, una caridad que a veces cuesta, que exige renuncias y que no se deja vencer por el miedo.

Al examinar nuestra vida, podemos preguntarnos: ¿vivimos con valentía y confianza en la verdad, o cedemos fácilmente ante el temor, la confusión y la indiferencia? ¿Nuestra caridad es suficientemente firme para soportar incomprensiones, críticas o incluso persecuciones injustas por la gloria de Dios y la salvación de las almas? ¿Somos capaces de corregir con amor, de escuchar cuando somos corregidos y de reconocer nuestros errores antes de que el orgullo nos lleve a cometer injusticias mayores?

Contemplemos hoy la fuerza de la caridad de Juan Bautista. El sacrificio duele. Le dolió a Juan, a sus discípulos y también a Jesús. Pero aquel dolor no fue inútil. Cuando se vive en fidelidad a Dios, el sufrimiento puede convertirse en testimonio, fecundidad y camino de salvación.

Pidamos la intercesión de san Juan Bautista, para que nuestra caridad toque muchas vidas y deje una huella duradera. Que san Alfonso María de Ligorio nos enseñe a amar a Dios cumpliendo su voluntad. Que Jeremías nos conceda fortaleza para anunciar la verdad. Y que la Virgen María nos ayude a permanecer fieles junto a la cruz, confiando siempre en la victoria de Dios.

Señor Jesús, tu corazón humano sintió profundamente el sufrimiento y la muerte de Juan Bautista, cuya misión fue preparar el camino para tu ministerio. Tu dolor no nació de la desesperación, sino del amor y de la gratitud por su vida y por su testimonio generoso. Concédeme la valentía y la caridad que ardían en su corazón, para que mi vida pueda tocar a los demás, darte gloria y santificar mi alma. Jesús, confío en ti. Amén.

 

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📅 1 de agosto: 

San Alfonso María de Ligorio, obispo y doctor de la Iglesia — Memoria


1696–1787


Patrono de los confesores y teólogos moralistas
Invocado contra los escrúpulos, la artritis y para alcanzar la perseverancia final
Canonizado por el Papa Gregorio XVI en 1839
Proclamado Doctor de la Iglesia por el Papa Pío IX en 1871




📜 Cita:

"Al comienzo de la conversión del alma, Dios suele darle un torrente de consuelos. Como consecuencia de esto, el alma se va desprendiendo poco a poco del apego a las criaturas y se entrega a Dios; pero aún no de manera perfecta, pues actúa más por los consuelos de Dios que por el Dios de los consuelos, como dice tan bellamente san Francisco de Sales. Es un defecto común de nuestra naturaleza caída que en todo lo que hacemos busquemos nuestra propia gratificación. El amor de Dios y la perfección cristiana no consisten en sentimientos dulces y consuelos sensibles, sino en vencer el amor propio y cumplir la voluntad de Dios. En las vidas de los grandes siervos y santos de Dios, vemos cómo la leche de los consuelos da lugar al alimento más sustancioso de las aflicciones; y es esto lo que les permite llevar la cruz en su camino hacia el Calvario."
San Alfonso, “La escuela de la perfección”, capítulo doce


Reflexión:

Alfonso María nació en el seno de la noble familia Ligorio, en Marinella, en el Reino de Nápoles, actual Italia. Fue el mayor de siete hijos y creció en un hogar católico devoto. De niño dominó el arpa y disfrutaba de la esgrima, la equitación y los juegos de cartas. También mostraba una voluntad fuerte y un carácter moral firme. Su padre era oficial naval y alcanzó el alto rango de Capitán de las Galeras Reales. Sin embargo, debido a su mala visión y asma, Alfonso no pudo seguir los pasos militares de su padre. No obstante, su extraordinaria inteligencia llevó a su padre a enviarlo a la Universidad de Nápoles, donde obtuvo un título en derecho civil y canónico a los dieciséis años, tres años antes de lo habitual.

Durante los ocho años siguientes, Alfonso ganó caso tras caso como abogado en Nápoles, pero su éxito mundano no lo satisfacía. De hecho, podría no haber perdido nunca un juicio hasta el último, que cambiaría su vida. Un día, en lugar de refutar su brillante argumento, el abogado defensor le preguntó si veía algún error en su razonamiento. Alfonso identificó una pequeña falla en su propio caso y habló abiertamente de ella. Perdió el juicio, pero fue elogiado por su honestidad. Después declaró:

“Falso mundo, ya te conozco. Tribunales, no me verán más.”

Renunció a su profesión, dejando atrás la riqueza y el prestigio.

Después de esta experiencia, Alfonso hizo un retiro de tres días guiado por un sacerdote oratoriano. Habiendo descubierto que el éxito mundano no lo satisfacía, resolvió servir solo a Dios, eligiendo iniciar estudios teológicos, crecer en virtud y convertirse en sacerdote. Su padre se opuso a que ingresara en los oratorianos, por lo que Alfonso accedió a vivir en casa mientras terminaba sus estudios. Con la bendición del Cardenal Arzobispo de Nápoles, fue ordenado sacerdote en 1726 a los treinta años.

Durante los tres años siguientes, el Padre Alfonso vivió en casa de su familia y se dedicó a atender a los pobres y a los pecadores en Nápoles. Los reunía en las calles, hablándoles con amor y convicción, ganando a muchos para Cristo. El arzobispo le pidió que realizara sus servicios en las iglesias locales, que llegaron a conocerse como “Capillas Vespertinas”. Estas reuniones incluían catequesis y oración, especialmente para los jóvenes y los pobres, y eran frecuentemente dirigidas por los propios jóvenes, tras recibir la debida formación del Padre Alfonso. También se convirtió en un confesor muy querido. La gente lo consideraba un hombre de gran compasión, atención y preocupación. Trataba a cada penitente con misericordia y siempre ofrecía la absolución, sin dudar de la sinceridad del arrepentimiento del pecador. Desde el púlpito, predicaba de manera que todos lo entendían, incluso los más pobres e ignorantes, tanto santos como pecadores. En poco tiempo, su ministerio tuvo tal efecto en las zonas moralmente decadentes de Nápoles, que los pecados más graves prácticamente desaparecieron.

En 1729, para profundizar su vida de oración y compromiso ministerial, se trasladó a una nueva escuela para misiones en China, pero continuó su ministerio con los pobres y los pecadores. Amplió su apostolado más allá de Nápoles, hacia zonas rurales aún más pobres y decadentes. Al ver la necesidad de consolidar su labor, obtuvo el apoyo del obispo vecino de Scala para formar una nueva congregación. En 1732, el Padre Alfonso fue acompañado por trece compañeros (diez sacerdotes, dos seminaristas y un hermano laico), y así nació la Congregación del Santísimo Redentor.

La nueva congregación comenzó con buen pie. Sus miembros llevaban vidas de profunda oración, severa penitencia y radical pobreza. Salían en misiones como predicadores itinerantes, dedicándose a anunciar el arrepentimiento y la misericordia en las zonas rurales. Sin embargo, pronto surgieron disensiones sobre su misión y estilo de vida. Las propuestas del Padre Alfonso fueron rechazadas por todos, salvo por un hermano laico y un seminarista. Los demás se separaron y fundaron otra congregación. Alfonso fue ridiculizado en Nápoles, y hasta el obispo que lo apoyaba fue criticado. No obstante, ambos perseveraron, y con el tiempo nuevos compañeros se unieron y su ministerio floreció.

Durante los siguientes treinta años, el Padre Alfonso trabajó incansablemente para consolidar su congregación y servir al Pueblo de Dios con compasión. Una de las herejías emergentes de su tiempo fue el jansenismo, que negaba la universalidad del libre albedrío y afirmaba que la gracia y la misericordia de Dios no eran para todos. Los jansenistas veían la naturaleza humana tan corrompida que solo Dios podía salvar a algunos, de manera selectiva. Alfonso predicó fervorosamente que la gracia y la misericordia están disponibles para todos.

Además de predicar, fue un escritor extremadamente prolífico. Durante su vida escribió unos 100 libros y 400 folletos y panfletos para evangelizar al pueblo con un lenguaje claro, fiel a la doctrina. Dominó la teología moral y la hizo accesible a quienes necesitaban alejarse del pecado. Escribió hermosamente sobre la Virgen María, el Vía Crucis y la Persona de Jesucristo.

En 1762, fue nombrado Obispo de Sant’Agata dei Goti, diócesis al noreste de Nápoles. Como obispo buscó reformar el clero y organizar un plan de evangelización. Aunque su enfoque riguroso encontró resistencia, perseveró. En 1775 su salud se deterioró al punto de quedar parcialmente paralizado y encorvado, como suele representárselo en el arte. Renunció, y el Papa aceptó su dimisión con pesar.

Pasó sus últimos doce años en una casa religiosa de su congregación, escribiendo, orando y sufriendo. Finalmente quedó ciego y sordo, pero nunca dejó de amar a Dios ni de cumplir su voluntad. En sus últimos años, vio cómo su congregación sufría divisiones, y él mismo fue tentado por graves escrúpulos, ataques demoníacos y oscuridad espiritual. Todo esto aumentó su santidad.

A veces creemos que la santidad asegura una vida fácil. Por el contrario, el Padre permite grandes sufrimientos a quienes más ama, para que imiten a su Hijo. San Alfonso sufrió mucho en muchas formas, pero permaneció fiel a su misión de salvar almas. Creía en la misericordia de Dios, la llevó a los mayores pecadores y se aseguró de que su obra perdurara en el tiempo, fundando una congregación y dejando una abundante obra escrita accesible a todos.

Al honrar a este santo, medita en su mensaje central: Dios es misericordioso y acoge incluso al mayor de los pecadores. Mírate como ese pecador que necesita la misericordia de Dios, y no dudes en correr al Corazón del Santísimo Redentor para hallar descanso y paz.


🙏 Oración:

San Alfonso, aunque detestabas el pecado, amabas al pecador y trabajaste incansablemente para reconciliarlo con Dios. Lo hiciste con compasión y misericordia, a imitación de Jesús. Ruega por mí, para que comparta tus convicciones y tu misión, y busque amar a toda persona que se haya alejado de Dios.
San Alfonso María de Ligorio, ruega por mí.
Jesús, en Ti confío.


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