domingo, 2 de agosto de 2026

3 de agosto del 2026: lunes de la decimoctava semana del tiempo ordinario-II

 

Por encima de la borda

Jesús está solo, pero en oración. Los discípulos también están solos, en medio de la tempestad. Es de noche, una larga noche de angustia. Entonces Jesús se levanta como la aurora y va hacia ellos caminando sobre el mar. Precisamente cuando creen que todo está perdido, el Señor se hace presente y les dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pedro se atreve a abandonar la seguridad de la barca. Mientras mantiene los ojos puestos en Jesús, camina sobre las aguas; pero cuando se fija más en la violencia del viento que en la presencia del Señor, comienza a hundirse. Su oración es breve y desesperada: «¡Señor, sálvame!». Jesús extiende inmediatamente la mano y lo sostiene. No le evita la prueba, pero tampoco permite que las aguas lo devoren.

También nosotros atravesamos noches, vientos contrarios y momentos en los que parece que Dios está lejos. Podemos incluso comenzar el camino con entusiasmo y, después, hundirnos bajo el peso del miedo, las dudas o los problemas. La fe no consiste en negar la tormenta, sino en reconocer que Cristo es más fuerte que ella. Cuando todo se tambalea, basta una oración sincera: «¡Señor, sálvame!».

La primera lectura nos presenta otra clase de tormenta: la confusión provocada por las falsas palabras del profeta Jananías. Él anuncia una paz fácil e inmediata, mientras Jeremías permanece fiel a la palabra exigente y verdadera de Dios. No toda voz tranquilizadora viene del Señor. A veces preferimos escuchar promesas agradables antes que una verdad que nos llama a la conversión, a la paciencia y a la fidelidad. Jeremías nos enseña que el verdadero profeta no acomoda la Palabra a los deseos de la gente, sino que permanece fiel, aunque tenga que sufrir incomprensión.

Por eso, con el salmista, pedimos: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos aprender a distinguir su voz entre tantas voces, a no desviarnos por caminos falsos y a guardar su Palabra en el corazón.

Quizá hoy el Señor nos invite a arrojar por la borda nuestros miedos, falsas seguridades y engaños; a salir de la barca y confiar nuevamente en Él. Si comenzamos a hundirnos, no tengamos vergüenza de gritar. La mano de Jesús permanece extendida. Y cuando Él sube a nuestra barca, el viento se calma y renace la confesión de fe: «Verdaderamente, tú eres el Hijo de Dios».

G.Q

 


Primera lectura

Jer 28, 1-17
Jananías, el Señor no te ha enviado, y tú has inducido al pueblo a una falsa confianza

Lectura del libro de Jeremías.


EL mismo año, el año cuarto de Sedecías, rey de Judá, el quinto mes, Jananías, hijo de Azur, profeta de Gabaón, me dijo en el templo, en presencia de los sacerdotes y de todo el pueblo:
«Esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: “He roto el yugo del rey de Babilonia. Antes de dos años devolveré a este lugar el ajuar del templo, que Nabucodonosor, rey de Babilonia, tomó de este lugar para llevárselo a Babilonia. A Jeconías, hijo de Joaquim, rey de Judá, y a todos los desterrados de Judá que marcharon a Babilonia, yo mismo los haré volver a este lugar —oráculo del Señor— cuando rompa el yugo del rey de Babilonia”».
El profeta Jeremías respondió al profeta Jananías delante de los sacerdotes y de toda la gente que estaba en el templo.
Le dijo así el profeta Jeremías:
«¡Así sea; así lo haga el Señor! Que el Señor confirme la palabra que has profetizado y devuelva de Babilonia a este lugar el ajuar del templo y a todos los que están allí desterrados. Pero escucha la palabra que voy a pronunciar en tu presencia y ante toda la gente aquí reunida: Los profetas que nos precedieron a ti y a mí, desde tiempos antiguos, profetizaron a países numerosos y a reyes poderosos guerras, calamidades y pestes. Si un profeta profetizaba prosperidad, solo era reconocido como profeta auténtico enviado por el Señor cuando se cumplía su palabra».
Entonces Jananías arrancó el yugo del cuello del profeta Jeremías y lo rompió.
Después dijo Jananías a todos los presentes:
«Esto dice el Señor: “De este modo romperé del cuello de todas las naciones el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, antes de dos años”».
El profeta Jeremías se marchó.
Vino la palabra del Señor a Jeremías después de que Jananías hubo roto el yugo del cuello del profeta Jeremías.
El Señor le dijo:
«Ve y dile a Jananías: “Esto dice el Señor: Tú has roto un yugo de madera, pero yo haré un yugo de hierro. Porque esto dice el Señor del universo, Dios de Israel: Pondré un yugo de hierro al cuello de todas estas naciones para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y se le sometan. Le entregaré hasta los animales salvajes”».
El profeta Jeremías dijo al profeta Jananías:
«Escúchame, Jananías: El Señor no te ha enviado, y tú has inducido a este pueblo a una falsa confianza. Por tanto, esto dice el Señor: “Voy a hacerte desaparecer de la tierra; este año morirás porque has predicado rebelión contra el Señor”».
Y el profeta Jananías murió aquel mismo año, el séptimo mes.

Palabra de Dios.

 

Salmo

Sal 118, 29. 43. 79. 80. 95. 102 (R.: 68b)

R. Instrúyeme, Señor, en tus decretos.

V. Apártame del camino falso,
y dame la gracia de tu ley. 
R.

V. No quites de mi boca las palabras sinceras,
porque yo espero en tus mandamientos. 
R.

V. Vuelvan a mí los que te temen
y hacen caso de tus preceptos. 
R.

V. Sea mi corazón perfecto en tus decretos,
así no quedaré avergonzado. 
R.

V. Los malvados me esperaban para perderme,
pero yo meditaba tus preceptos. 
R.

V. No me aparto de tus mandamientos,
porque tú me has instruido. 
R.

 

Aclamación

R. Aleluya, aleluya, aleluya.
V. No solo de pan vive el hombre,
sino de toda palabra que sale de la boca de Dios.
 R.

 

Evangelio

Mt 14, 22-36
Mándame ir a ti sobre el agua

Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

DESPUÉS que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente.
Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo.
Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma.
Jesús les dijo enseguida:
«¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».
Pedro le contestó:
«Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua».
Él le dijo:
«Ven».
Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó:
«Señor, sálvame».
Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo:
«¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?».
En cuanto subieron a la barca amainó el viento.
Los de la barca se postraron ante él diciendo:
«Realmente eres Hijo de Dios».
Terminada la travesía, llegaron a tierra en Genesaret. Y los hombres de aquel lugar apenas lo reconocieron, pregonaron la noticia por toda aquella comarca y le trajeron a todos los enfermos.
Le pedían tocar siquiera la orla de su manto. Y cuantos la tocaban quedaban curados.

Palabra del Señor.

 

1

 

Queridos hermanos:

El Evangelio de hoy nos sitúa en medio de una noche oscura. Jesús está solo en la montaña, orando; los discípulos se encuentran en la barca, sacudidos por las olas, porque el viento les era contrario. Es una imagen muy cercana a nuestra propia vida: también nosotros atravesamos noches de preocupación, momentos de incertidumbre y tormentas que ponen a prueba nuestra fe.

Los discípulos se sienten solos, pero en realidad Jesús no los ha abandonado. Mientras ellos luchan contra el viento, Él está orando. Y cuando la noche parece más oscura, Jesús se acerca caminando sobre las aguas. Sin embargo, ellos no logran reconocerlo y gritan de miedo, creyendo que es un fantasma.

Algo semejante puede ocurrirnos. En los momentos difíciles, el miedo puede impedirnos reconocer la presencia del Señor. Pensamos que Dios se ha alejado, cuando precisamente viene caminando hacia nosotros. Entonces escuchamos sus palabras: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!». Jesús no promete que nunca habrá tormentas, pero nos asegura que no tendremos que atravesarlas solos.

Pedro, impulsado por la fe, le dice: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas». Jesús le responde: «Ven». Mientras Pedro mantiene su mirada en el Señor, consigue caminar; pero cuando comienza a fijarse más en la violencia del viento que en Jesús, siente miedo y empieza a hundirse.

Esta es también nuestra experiencia. Mientras permanecemos unidos al Señor, podemos afrontar situaciones que parecían imposibles. Pero cuando miramos solamente los problemas, nuestras limitaciones, las noticias negativas o las amenazas que nos rodean, comenzamos a hundirnos en la desesperanza.

Pedro nos deja entonces una de las oraciones más breves y sinceras de toda la Sagrada Escritura: «¡Señor, sálvame!». No pronuncia muchas palabras ni ofrece largas explicaciones. Solamente grita desde su necesidad. Y el Evangelio dice que Jesús, inmediatamente, extendió la mano y lo sostuvo. La mano del Señor no tarda en llegar cuando el corazón lo invoca con humildad.

En la primera lectura también encontramos una tormenta, pero esta vez se trata de una tormenta de confusión. Jananías anuncia que muy pronto terminará el dominio de Babilonia y que los objetos del templo y los desterrados regresarán a Jerusalén. Era un mensaje agradable, lo que todos querían escuchar. Jeremías, en cambio, debe anunciar una verdad más dolorosa: aquella promesa no venía de Dios.

La Palabra nos advierte que no todas las voces que nos tranquilizan proceden del Señor. A veces preferimos palabras fáciles que confirmen nuestros deseos, pero el auténtico profeta no acomoda el mensaje de Dios para agradar a los demás. Jeremías permanece fiel, aunque la verdad le traiga incomprensión y sufrimiento.

Por eso hoy repetimos con el salmista: «Señor, enséñame tus leyes». Necesitamos que Dios nos enseñe a distinguir su voz entre tantas voces; que nos conceda sabiduría para no confundir la fe con nuestros deseos ni la esperanza cristiana con promesas engañosas. La verdadera esperanza no consiste en creer que nada malo puede sucedernos, sino en confiar en que Dios permanecerá con nosotros pase lo que pase.

Esta Palabra ilumina también nuestra oración por los fieles difuntos. La muerte constituye para nosotros una de las noches más dolorosas. Cuando fallece alguien a quien amamos, parece que la barca queda vacía y que el viento de la tristeza amenaza con hundirnos. Surgen preguntas, recuerdos y lágrimas. Pero en medio de esa noche, Cristo resucitado viene a nuestro encuentro y nos dice: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Nuestros difuntos atravesaron ya las aguas de la muerte. Los confiamos a Jesús, que venció el pecado, abrió los sepulcros y nos prometió la vida eterna. Orar por ellos es tender un puente de amor y esperanza; es pedir que el Señor purifique sus almas, perdone sus faltas y los reciba en la paz de su Reino.

Hoy podemos colocar sus nombres y sus rostros en las manos de Cristo. La mano que sostuvo a Pedro es la misma que sostiene a quienes parten de este mundo y la que también nos sostiene a nosotros en el duelo. La muerte no tiene la última palabra: la última palabra pertenece al Señor de la vida.

Pidámosle, entonces, que arroje por encima de la borda nuestros miedos, nuestras falsas seguridades y nuestra falta de confianza. Y si alguna vez sentimos que nos hundimos, repitamos la oración de Pedro: «¡Señor, sálvame!». Él extenderá su mano, subirá a nuestra barca y conducirá a nuestros fieles difuntos y a cada uno de nosotros hasta la orilla de la vida eterna.

Amén.

 

2

 

Las tormentas de la vida

 

«Jesús mandó a sus discípulos que subieran a la barca y se adelantaran a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después de despedirla, subió al monte a solas para orar. Llegada la noche, estaba allí solo. Mientras tanto, la barca se hallaba ya a varios kilómetros de la costa y era sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vigilia de la noche, Jesús fue hacia ellos caminando sobre el mar» (Mateo 14,22-25).

 

Hermanos:

Solamente Dios, en su sabiduría perfecta, podía transmitir un significado espiritual tan profundo por medio de las acciones humanas de Jesús. Sus milagros revelan su divinidad y sus enseñanzas expresan los misterios divinos; pero también cada uno de sus gestos, incluso el más discreto, forma parte del anuncio profético de la plenitud del Evangelio. Desde sus primeros siglos, la Iglesia ha reconocido y contemplado estas dimensiones más profundas mediante lo que conocemos como el sentido alegórico y espiritual de la Sagrada Escritura.

A primera vista, el Evangelio de hoy revela la divinidad de Jesús sencillamente por el hecho de caminar sobre las aguas. Sin embargo, bajo la superficie se manifiestan otros misterios. La montaña, la soledad, la oración, la tormenta, la barca, el miedo y las palabras de Jesús nos comunican algo acerca de la misión salvadora de Cristo y de nuestro camino por la vida junto a Él.

Jesús sube solo a la montaña para orar. En la Sagrada Escritura, las montañas son lugares de encuentro con Dios: Moisés y Elías se encontraron con el Señor en el monte Sinaí, y Jesús se transfiguró delante de sus discípulos en el monte Tabor. En el Evangelio de hoy, la montaña representa la comunión de Jesús con el Padre y su intercesión celestial. Sube solo, dejando atrás a sus discípulos, del mismo modo que, después de la Resurrección, ascendería al Padre. Él permanece espiritualmente con nosotros mientras la Iglesia continúa su peregrinación en medio de las tormentas de este mundo.

Mientras Jesús ora, los discípulos luchan en la barca, sacudidos por las olas y con el viento en contra. La barca representa a la Iglesia en medio de las agitaciones del mundo. Las olas simbolizan las pruebas, las tentaciones y los temores que aparecen inesperadamente. Aunque Jesús parece encontrarse físicamente lejos, nunca está desatento. Precisamente en la hora de mayor angustia es cuando se acerca.

También nosotros conocemos los vientos contrarios: enfermedades, dificultades familiares, incertidumbre económica, crisis de fe, soledad, duelos y sufrimientos que parecen superar nuestras fuerzas. En esos momentos podemos pensar que el Señor se ha alejado o que nuestra oración no es escuchada. Sin embargo, mientras los discípulos luchan contra las olas, Jesús está orando. Aunque ellos no lo ven, no han dejado de estar presentes en su corazón.

Jesús va hacia ellos durante la cuarta vigilia de la noche, en el último y más oscuro momento antes del amanecer. Es la hora de la desolación más profunda del alma, cuando la persona se siente más abandonada, vulnerable e indefensa. Pero es también el momento preciso en el que llega la ayuda divina.

Jesús camina hacia ellos sobre el mar, convirtiendo las mismas olas que amenazaban con destruirlos en el camino por el que se acerca. La tormenta no lo detiene; Él camina por encima de ella, manifestando su autoridad sobre el caos y su poder para transformar incluso las pruebas más intensas en medios de su presencia. Aquello que para nosotros parece un obstáculo insuperable puede convertirse, por la gracia de Dios, en el lugar donde Cristo se nos manifieste con mayor claridad.

Sin embargo, los discípulos no lo reconocen. Gritan llenos de miedo porque creen que es un fantasma. Esto revela una profunda verdad espiritual: en nuestros momentos de temor y confusión podemos interpretar equivocadamente incluso la presencia de Cristo. Cuando el corazón está inquieto y la fe se debilita, podemos dejar de ver con claridad a Aquel que viene a salvarnos.

Esta dificultad para reconocer la voz de Dios aparece también en la primera lectura. El profeta Jananías pronuncia un mensaje agradable: anuncia que muy pronto se romperá el dominio de Babilonia, regresarán los desterrados y serán devueltos los objetos del templo. Era exactamente lo que el pueblo deseaba escuchar. Sin embargo, aquel mensaje no provenía del Señor.

Jeremías, en cambio, debe proclamar una palabra más exigente y dolorosa. No habla para complacer al pueblo, sino para permanecer fiel a Dios. Así nos enseña que no toda voz tranquilizadora procede del Señor ni toda palabra difícil debe ser rechazada. A veces las falsas promesas producen una calma momentánea, mientras que la verdad de Dios puede incomodarnos, corregirnos y pedirnos paciencia y conversión.

Por eso hacemos nuestra la súplica del salmo: «Apártame del camino falso y dame la gracia de tu voluntad». Y también pedimos: «No quites de mi boca las palabras sinceras». Necesitamos que el Señor nos enseñe sus mandamientos para distinguir su voz entre tantas voces, reconocer la verdad y no dejarnos conducir únicamente por aquello que resulta agradable.

En medio de la tormenta, los discípulos necesitaban reconocer la voz auténtica del Señor. Entonces Jesús pronuncia unas palabras que siguen resonando a través de los siglos: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

En griego, la expresión «soy yo» —egō eimi— evoca el nombre divino revelado a Moisés: «Yo soy». No se trata solamente de unas palabras de consuelo; es una revelación de la identidad divina de Jesús. Él no dice simplemente: «No tengan miedo porque pronto pasará la tormenta», sino: «No tengan miedo porque Yo estoy aquí».

Con esta declaración, Jesús hace mucho más que calmar el mar: calma el corazón. Invita a los discípulos a poner su confianza no solamente en aquello que Él puede hacer, sino en quien Él es. Nuestra seguridad más profunda no consiste en que nunca tendremos problemas, sino en saber que el Hijo de Dios permanece con nosotros y tiene poder sobre todo aquello que amenaza con hundirnos.

Pensemos hoy en alguna tormenta de nuestra vida en la que sintamos que Dios está ausente y que las olas nos desbordan. Imaginemos a Jesús caminando hacia nosotros sobre esas mismas olas. Aunque al principio no podamos reconocer claramente su presencia, miremos con los ojos de la fe y escuchemos su voz: «¡Ánimo, soy yo, no tengan miedo!».

Pidámosle también la gracia de no confundir su voz con las falsas promesas que nos ofrecen soluciones fáciles y seguridades engañosas. Que, como Jeremías, permanezcamos fieles a la verdad; y que, como el salmista, permitamos que la Palabra de Dios ilumine nuestros pasos.

Acojamos a Jesús en la barca de nuestra vida y confiemos en que su gracia es suficiente para afrontar cada prueba y tribulación que Dios permita. La tormenta puede continuar durante algún tiempo, pero ya no estaremos solos. Cristo está presente, ora por nosotros, camina hacia nosotros y convierte las aguas amenazantes en el camino de su llegada.

Señor misericordioso y poderoso, Tú me hablas de día y de noche por medio de las Escrituras, las inspiraciones, los acontecimientos y los signos sagrados. Sin embargo, muchas veces no logro percibir tu presencia, especialmente en medio de las tormentas de la vida.

Abre mis ojos para reconocerte, incluso cuando vengas de maneras inesperadas. Concédeme sabiduría para distinguir tu voz de las palabras falsas y engañosas. Ayúdame a recibirte con fe y alegría en la barca de mi alma, para que pongas orden en el caos que atravieso y me llenes de tu paz permanente.

Jesús, confío en ti. Amén.

 

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